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Winnicot y Kohut :
la intersubjetividad y los trastornos complejos
Nuevas perspectivas en psicoanálisis, psicoterapia y psiquiatría
Carlos Nemirovsky
PRIMERA EDICIÓN EBOOK

Nemirovsky, Carlos
Winnicot y Kohut : la intersubjetividad y los trastornos complejos / Carlos Nemirovsky. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2017.
Libro digital, EPUB.
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-1678-74-7
1. Psicoanálisis. 2. Psicoterapia. 3. Psiquiatría. I. Título.
CDD 150.195
Edición en formato digital: abril de 2017
© Carlos Nemirovsky
© Ediciones Biebel, 2017 para la presente edición digital
Ediciones BIEBEL
J. J. Biedma 1005, Buenos Aires
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Diseño de páginas y tapa: Cálamus
La imagen de tapa corresponde a Vassily Kandinsky, “Broken line”, detalle, óleo
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ISBN 978-987-1678-74-7
Conversión a formato digital: Libresque
Dedicatoria
a María Alejandra
Presentación
Un epígrafe de Winnicott que dice:
“… y lo cierto es que la mera cordura
equivale a la pobreza”…
Otro de Carlos Nemirovsky (que, además, siento que me justifica):
“… seguramente me conformaré
con expresar mis opiniones,
quizás demasiado personales …”
No diré mucho del libro, sólo diré que es uno de esos libros que entran bien, desterrando así el equívoco de que los buenos libros son aquellos difíciles de leer, los que casi no se entienden, los caprichosamente oscuros, esos que muchas veces leímos con un sufrimiento indecible. Éste no, éste entra como los buenos vinos, y uno se encuentra en él con muchos pasajes a la altura de sus dudas e inquietudes; es como un libro que acierta y eso –ya lo sabemos– da mucho placer.
El libro parece estar escrito siguiendo ese pedido que unos alumnos le hacen a su profesor en una viñeta de El Roto, aparecida en El País: decían los alumnos: “Profe, no nos enseñe lo que le enseñaron, enséñenos lo que aprendió”. La diferencia es enorme y el autor la conoce.
Creo que una idea parecida está incluida en la cita que Freud recoge de Goethe: “Lo que has heredado de tus padres adquiérelo para poseerlo”. Aiento que Nemirovsky –en este libro– pudo hacer justamente esa operación con Winnicott y con Kohut.
Si compran el libro y les gusta les sugiero que se lo recomienden a sus amigos y si lo compran y no les gusta –cosa muy poco probable– también les pido que lo recomienden… en este caso… a sus enemigos.
Pero recomiéndelo.
Lo cierto es que no hablaré del libro directamente, pero sí de su autor –que es otra forma de hablar del libro, claro.
El Dr. Nemirovsky recoge una idea fundamental y la desarrolla muy bien: “No se puede distinguir una obra de la persona que la creó ni de su contexto sociohistórico”.
Creo que conociendo algo del autor podremos conocer mucho de su obra.
Ahora bien, no hablaré tampoco de lo que conozco de Carlos Nemirovsky, hablaré de lo que desconozco pero intuyo.
Ya que a Carlos le interesa el paradigma indiciario decir que yo lo he usado en esta ocasión y que tengo indicios –por no decir “sospechas”, que suena un poco paranoico– de que Carlos Nemirovsky forma parte de una secta secreta, algo parecido a una Logia Masónica, o por ponernos más psicoanalíticos: algo como el Cómite de los Anillos que Freud formase –en total secreto– con sus colegas más cercanos.
Es una corazonada que tiene una pequeña historia: yo lo venía intuyendo hace tiempo… pero hace pocos días ocurrió algo que me sacó de dudas: conocí en Madrid y en ámbitos lúdicos y profesionales a un amigo de Carlos, psicoanalista y buen conocedor –también– de la obra de Winnicott, Alfredo Painceira. ¡Ahí me cerraron ciertas cosas, el puzzle quedó armado y me di cuenta de que existe una secta winnicottiana! ¡Y que Nemirovsky debe ser un alto cargo!
Una aclaración necesaria: Winnicott no generó una escuela con militantes al uso dentro del psicoanálisis. Quizás y entre otras cosas, porque venía muy quemado de los excesos que M. Klein –y sus fieles seguidores– cometieron en pos de formar una escuela que perdurase.
En 1962 Winnicott escribe: “nunca he sido capaz de seguir a otro, ni siquiera a Freud. Pero Freud era fácil de criticar, pues siempre estaba criticándose a sí mismo”.
Quizás gracias a esa actitud, no ser seguidor de nadie, es que Winnicott formó parte del Grupo Independiente y no adhirió a ninguna de las dos corrientes fuertes que dominaban el psicoanálisis inglés en aquel momento.
Carlos sabe bien que ser winnicottiano es –fundamentalmente– pensar en libertad, con independencia, no cercenar la creatividad propia, no negociar el ser. Por eso digo secta y no escuela (quizás debería decir CLUB, ya que en esta secta entran porque quieren y permanecen porque disfrutan), por esto les pido hoy que no vean ustedes en mis palabras una contradicción. Acaso sea… una paradoja.
Puedo, incluso, aislar ciertos rasgos de sus integrantes, y decir que se los puede conocer por cosas que en Carlos he conocido afortunadamente de forma directa y de las que puedo dar fe.
Si quieren un esbozo para reconocerlos (quizás ustedes conozcan a alguien de esta secta-club y no lo sepan) ahí va ese esbozo:
Son espontáneos y auténticos y lo son porque aman el gesto espontáneo y no les importa demasiado quedar expuestos como queda quien accede a esa práctica y corriendo los riesgos que eso implica, lo hacen porque saben que la vida merece la pena ser vivida en tanto se vive desde el mayor contacto con nuestro verdadero sí-mismo, saben que el mayor atentado contra la vida no es la muerte, es la “no vida”, que sería –por ejemplo– quedar pegado a un falso self que anule la alegría de vivir auténticamente.
Desean con todas sus fuerzas vivir encarnando la experiencia vivida en cada momento, para ser agentes de su propia vida y así estar vivos… sintiéndose vivos.
Arnoldo Liberman, en su libro Los celos y el amor lo dice así: “sentirse uno mismo es asumir que nuestra existencia es irremplazable, que nuestra máscara y nuestro auténtico rostro son la misma cosa, que sin nosotros no vivimos lo que nos toca nadie podrá vivirlo por nosotros”.
Winnicott escribió –en el esbozo que hizo de su autobiografía– algo maravilloso, decía: “¡Oh, Dios, haz que esté vivo cuando muera!” (curiosamente Carlos Cano, el cantautor andaluz –que siempre me llamó la atención por su sencillez y por su autenticidad– después de recuperarse de una intervención de corazón de alto riesgo contestó a la pregunta: “¿Temió usted morir en la operación?”, diciendo: “No, porqué sé que moriré estando vivo…”, y así fue, murió cuando lo pasaban de la UCI a una planta… por cierto, otra casualidad, también Winnicott murió de una afección cardiaca…
Se mueven cómodos habitando la experiencia cultural, como si hubiesen tendido un buen acceso a la zona transicional desde la que ésta se gesta, les suele gustar la poesía, la lectura, la música…
Quizás no tuvieron toda la provisión ambiental como para tener regalado el acceso a la salud así entendida, entonces pienso que tuvieron/crearon o se curraron (en el sentido español de trabajar, no en el argentino) buenos encuentros humanos y tuvieron la inmensa suerte de tener buenos análisis y aprovecharlos, buenos en el sentido de que esos procesos –además de descifradores/interpretativos– se vivieron como segundas oportunidades para descongelar y hacer avanzar aquello –poco o mucho– que había quedado detenido en las etapas más tempranas.
Yo tiendo a pensar que tuvieron madres suficientemente buenas porque procuran, ya que en sus ideales está incluido, ser suficientemente buenos en lo que hacen –y especialmente– en lo que son.
Como analistas los imagino respetando la interpretación sin olvidar el valor del sostén, son de recursos amplios, son clínicos por vocación.
Siempre tienen a mano la ilusión, alguna ilusión (ojo, no son ilusos. No deberíamos confundir ambos términos) y se ve que algo de la omnipotencia vivida tempranamente –y bien administrada– les permite creer en lo que dice el novelista italiano Marco Vichi: “Somos seres insignificantes, pulgas del universo y, sin embargo, cada uno de nosotros se siente como si fuese él el que hace girar el mundo. Y quizás tengamos razón, somos pulgas que hacemos girar el mundo”.
Una expresión con fuerte tono paradojal, por cierto.
Y hablando de paradojas… decir que les gusta mucho la paradoja (además de la “para-joda” como decía un amigo mío) y paradojean… y paradojean con naturalidad claro, no como un deporte, no como una pose.
Al hablar, eso se nota mucho, un interlocutor algo ingenuo podría –en muchas ocasiones– preguntarles:
–Disculpe, ¿está usted hablando en serio o en broma?
A lo que ellos contestarían:
–Por supuesto que hablo en serio… y en broma.
Si el interlocutor además de ingenuo fuese un poco obsesivo, repreguntaría:
–Disculpe, ¿en qué porcentaje “en serio” y en qué porcentaje “en broma”?
A los que ellos responderían:
–Calcule que cada frase es 100 % en serio… y 100 % en broma!
Saben que la paradoja debe ser respetada y sostenida y saben que Winnicott cuando hace este planteo no se anda con chiquitas, la paradoja es una forma de ver el mundo, es la aceptación lúcida y valiente de que ciertos aspectos centrales de la existencia no se pueden expresar de otra forma que como paradojas, que no admiten reduccionismos, aunque haya mucho jíbaro suelto que lo intente una y otra vez. Acoger la paradoja con todo lo que tiene –y nos exige– es aceptar la ausencia de certezas, es reconocer que no hay otro camino que vivir el significado subjetivo y múltiple de las cosas y que eso incluye la renuncia a la completud y a lo unitario.
Unamuno escribió: “La paradoja se desarrolla entre el corazón que dice que sí a la inmortalidad del hombre y la razón que dice que no. Ahí está la contradicción y la lucha. La solución vendría de reconocer una forma de conocimiento además de la sensible y la racional: la mística”.
Les gusta jugar y juegan, no el sentido del término game (juego pautado) sino en el sentido de play, juego en un sentido amplio, lúdico, ligado a crear. Un amigo que vivió en Tanzania me contó algo fantástico: en Suahili hay un sólo verbo para designar jugar, bailar y follar y sólo el contexto permite saber de qué actividad y de qué placer se está hablando cada vez…
En la secta son buenos conversadores, y desean comunicarse sin ser hallados del todo, saben y respetan que el núcleo del sí-mismo, por definición, no se comunica y desde ahí respetan también en el otro el deseo de ser encontrado pero no descubierto.
Todo esto les permite tener la capacidad para estar solos, quizás la mayor garantía que tiene el otro de que cuando uno busca el contacto y el encuentro es porque quiere y lo desea y no tanto porque lo necesita… y esto no les impide saber que a la independencia absoluta nunca se accede… por suerte, diría yo.
En una cita que nos gusta mucho a Ariel y a mí, Winnicott dice: … “nuestra teoría incluye la creencia de que vivir en forma creadora es un estado saludable, mientras que la complacencia es una base enfermiza para la vida”, es una cita que habla de la creatividad y de la libertad, rasgos emparentados en su raíz, y será por esa relación con la libertad, con la creatividad y con la no-complacencia, que pueden – por ejemplo– contradecir un tango en el que se puede escuchar una definición tremenda, dice: “Ya aprendí que en esta vida se cuidan los zapatos andando de rodillas”… los de la secta suelen tener los zapatos hechos polvo pero las rodillas casi intactas…
Si miráis hoy los zapatos de Carlos buscando una prueba de lo que digo debéis saber que esta mañana pasó, gracias a una sugerencia de Alejandra, por la sección de zapatería del Corte Inglés… porque es muy elegante, eso sí.
Muy al contrario de lo que algunos críticos ya decían del propio Winnicott son pensadores rigurosos, este libro lo demuestra, pero saben también la diferencia que existe entre rigor y rigidez y saben algo más: que el mayor rigor posible… es deseable y saludable que nunca sea alcanzado, porque ese rigor es el rigor mortis.
Porque siguieron a Winnicott cambiaron la posición depresiva por la capacidad de preocupación por el otro y de ahí que establezcan buenos vínculos y que sean menos depresivos de lo que la teoría auguraba.
Algo tienen los participantes de esta secta que hace que uno se sienta cercano, incluido siempre, que sea fácil sentir que la relación sostiene y se sostiene y que las risas –como dice mi buen amigo Miguel Borge– siempre nos están esperando, que el encuentro nos reclama, que podemos vernos tomando un té, un vino o presentando el libro de un amigo con un amigo seguido de un vino.
Aunque a decir verdad, veo, después de tanto despliegue, que no es necesario haber leído a Winnicott para ser parte de este club, ni siquiera es preciso ser psicoanalista, si uno observa los rasgos que conozco de Carlos y que traté aquí de transmitir se dará cuenta que se resumen en que
a) uno se siente bien cerca de ellos;
b) aman la vida rabiosamente –y todo lo que ella incluye– y así, la honran;
c) son tozudos en el anhelo de ser –cada día– mejores personas;
d) son buenos amigos de sus amigos.
Es probable que todos ya se hayan dado cuenta, pero por las dudas voy a explicitarlo: quiero entrar en esa secta/club y leo estas líneas con la secreta esperanza de que me sirvan como el trabajo con el cual solicito dicho ingreso.
Deseo –de todo corazón– que Winnicott, Dios, los winnicottianos y Carlos Nemirovsky tengan a bien recibirme.
Muchas gracias por el libro Carlos… y por todo.
AUGUSTO ABELLO BLANCO
23 de octubre de 2007. Ágora
Prólogo Valentín Barenblit*
Prologar un libro implica sin lugar a dudas un trascendente acto en el que se articulan los más relevantes aspectos de un compromiso personal, profesional y ético.
En esta oportunidad la generosidad del autor de este texto al brindarme el honroso privilegio de ocupar este lugar en su obra, contrasta con una realidad que considero importante expresar a los lectores y es la de que yo no soy un cualificado experto en la obra de Donald Woods Winnicott y Heinz Kohut, que Carlos Nemirovsky desarrolla en su libro con tanta excelencia como rigor teórico y clínico.
Pero me siento legitimado en esta breve aportación introductoria por diversos motivos, de los que mencionaré algunos que considero que justifican el placer de poder acompañar con mis reflexiones y opiniones este volumen.
En primer lugar, deseo señalar la importancia de una relación intelectual y emocional de varios decenios, relación que se mantuvo a través del tiempo y la distancia, ya que hace casi treinta años tuve que exiliarme de Argentina; desde entonces yo resido en Barcelona y al igual que con otros colegas y amigos este vínculo se mantiene de manera inteligente y afectuosa.
El comienzo de esta relación se remonta a nuestra pertenencia y comprometida participación profesional y personal, en el llamado por entonces Servicio de Psicopatología y Neurología del Policlínico de Lanús, fundado y dirigido por nuestro prestigioso e inolvidable maestro, el Prof. Dr. Mauricio Goldenberg, a quién tuve la gran responsabilidad y el inapreciable honor de reemplazar en sus funciones, como jefe de dicho Servicio, por los años setenta cuando nuestro maestro continuó su actividad en el Hospital Italiano de Buenos Aires hasta su obligada emigración, primero a Venezuela y luego a USA.
También cabe destacar que en la “Introducción. Mi contexto personal” Carlos Nemirovsky describe y analiza la influencia que hemos tenido en su formación y prácticas como psiquiatra y psicoanalista, junto con los autores que presiden el título de su libro sino también con un largo listado de maestros del psicoanálisis argentinos, americanos y europeos. Muchos de ellos han dejado valiosas aportaciones e investigaciones a las distintas prácticas psicoanalíticas y se han posicionado en el campo psicoanalítico desde una perspectiva ideológica y teórico-técnica, que el autor destaca, para brindar los beneficios del psicoanálisis a la comunidad y para numerosos sectores de la población imposibilitados de acceder a las prácticas psicoanalíticas privadas.
Al mismo tiempo el autor señala la importante relevancia de las tareas interdisciplinarias. Este enfoque interdisciplinario remite a un concepto básico que se constituye en la actualidad, como marco de referencia primordial, que debiera ser objeto de una continuada atención, a los efectos de establecer una concepción ética que avale el reconocimiento simétrico de las distintas disciplinas. Además podemos afirmar que en el campo de la clínica, la función de la cura se desarrolla en la actualidad como un complejo espacio de producción de técnicas que incorporan una nueva perspectiva epistemológica. Partiendo de esta concepción se podrán investigar e implementar las complementariedades y articulaciones necesarias que promuevan la potenciación de distintas prácticas y la diversidad de posibles estrategias terapéuticas psicoanalíticas para la Atención en Salud Mental, con una especial vocación de desafío a las así denominadas patologías mentales graves o severas, que en el título de este volumen se enuncian como La Intersubjetividad y los trastornos complejos.
Este especial interés se plasmó precozmente en el curso de su formación académica como Médico Residente de Psiquiatría y posteriormente continuó como integrante del equipo profesional de nuestro Servicio. De la misma manera que el autor, muchos de esos profesionales formados en “el Lanús” actualmente son prestigiosos especialistas y ejercen sus prácticas en el campo de la Asistencia, Docencia e Investigación en Salud Mental. Todos ellos optaron libremente por orientar sus intereses teóricos y conceptuales de diversas escuelas psicoanalíticas, así como también optaron por desarrollar distintos saberes que integran el amplio campo de la Atención a la Salud Mental.
También podemos destacar del texto las trazas identificatorias con un modelo de formación de posgrado donde, desde el Hospital General se desarrollaron los fundamentos de una creativa actividad en la Atención a la Salud Mental Comunitaria y las premisas básicas de los conceptos de la subjetividad y de las prácticas clínicas de psicoterapia individual, familiar, grupal, institucional y comunitaria, en el sistema de la Atención a la Salud Pública.
Mención especial merece a mi criterio, el relato y las referencias que el autor nos ofrece acerca de su biografía privada y la evolución histórica desde su infantil inspiración para comprender las vicisitudes del psiquismo humano; cuando en su Rosario natal, mas precisamente en el pueblo de Pérez, en el contexto de una familia numerosa nos relata que “…En ese entorno, que enmarcaba amores, pasiones y rivalidades aunque también carencias, aprendí a sobrevivir y no pudo ser sino allí, en ese “caldo de cultivo”, donde, siendo niño comenzó mi vocación psicoanalítica”.
A partir de esa narración el texto nos transmite en un estilo retórico que evoca el discurso de Sigmund Freud, quién incluye con frecuencia a través de su extensa y prolífica obra, aspectos tan privados de su vida vigil y más aún tan íntimos, como cuando ilustra sus escritos con los relatos de su propia actividad onírica.
También me permito anticipar que placerá al lector, la sinceridad y los relatos que nos ofrece el autor, acerca de su evolución profesional, de su práctica clínica y la mención amplia y cuidadosa de sus referentes personales: amigos, colegas y de quienes como maestros o su propio psicoanalista, marcaron su pensamiento y facilitaron su libertad de expresión. En palabras del autor: “Si bien mi intención es hacer de este libro un texto orientador, y no un tratado seguramente me conformaré con expresar mis opiniones, quizá demasiado personales, aunque con la esperanza de que serán representativas de muchos colegas que me acompañan, compartiendo conmigo, esta perspectiva”, “Es el reflejo de un recorrido que intento sea útil a los que comienzan, o a los que ya están en el camino”.
Como en otras cuestiones tratadas con evidente valentía y coraje, mención especial merecen sus comentarios, que se refieren al proceso militar genocida que se desarrolló en Argentina desde 1976 a 1983 y a los efectos destructivos que generaron en la vida ciudadana, en la salud mental de la población, en las instituciones y en el medio sociocultural.
En otro nivel aunque muy distante pero desde una posición del pensamiento crítico, enuncia entre otras, sus convicciones a cuestiones de poder en las relaciones paciente-psicoanalista y en el marco de las instituciones psicoanalíticas. Es así como examina el psicoanálisis didáctico que desde hace largos decenios se practica en la Asociación Psicoanalítica Internacional, institución a la que ambos pertenecemos.
En el cuidadoso transcurrir de este libro el lector irá examinando junto con el autor, “las ideas fundamentales respecto del desarrollo psíquico de Donald W. Winnicott y Heinz Kohut”.
En la referencia histórica de la obra freudiana, Carlos Nemirovsky, excelente conocedor de dicha obra, encuentra el marco conceptual originario, esencial de nuestra disciplina. Quizás por ese cualificado conocimiento de los textos de Sigmund Freud, vuelve una y otra vez a ellos para poner énfasis en las aportaciones postfreudianas, en especial a su adhesión teórico-técnica a las contribuciones de Winnicott y Kohut, y también de otros psicoanalistas -a los que denomina sus inspiradores-. Podemos entonces afirmar, que este texto fue concebido y cuidadosamente escrito para ser “útil para la práctica clínica del psicoanálisis, de la psicoterapia y de la psiquiatría, especialmente con pacientes muy perturbados”. Es en la búsqueda de estos objetivos que percibimos una inspiración y un deseo que evocan entre otros a destacados psicoanalistas que integran una amplia y cualificada Bibliografía General que evidencia la erudición y una amplitud referencial como también su meticulosa, prolongada y continuada dedicación al estudio de las obras de muy diversos autores.
También nos explicita los fundamentos y producciones originadas en su propia práctica clínica, donde historia y contexto son temas de especial interés tratados reiteradamente desde distintas perspectivas conceptuales.
Otro tema central que nos ofrece este libro es el del desarrollo psíquico temprano. Conceptos que comparten Winnicott y Kohut aunque desde distintas perspectivas singulares. De igual manera, se pone acento en la complejidad de los conceptos de Self, del Narcisismo, del psicoanálisis relacional e intersubjetivo como también en la importancia de lo “ambiental” para la constitución del psiquismo humano y obviamente para hacer inteligible la así llamada normalidad y las patologías psíquicas, en especial los también denominados trastornos mentales severos.
Desde estas complicadas problemáticas Carlos Nemirovsky nos ofrece en su addenda bibliográfica I y addenda bibliográfica II las referencias teórico-clínicas más amplias y detalladas de las producciones de Winnicott y Kohut y también algunos sitios web relacionados con las obras de dichos autores.
Para terminar este breve prólogo, creo conveniente señalar que en este texto el autor interpela a la “ortodoxia” en las prácticas psicoanalíticas y a lo largo de su discurso, en este libro se define como un pensador que promueve una amplia diversidad de cuestiones trascendentes, desde su marco conceptual y su práctica clínica “heterodoxa”, propicia un debate constructivo que enriquecerá de forma cualificada los debates acerca de las teorías, la formación de psicoanalistas y de las prácticas clínicas del psicoanálisis.
Barcelona, diciembre de 2006
* Profesor Honorario Universidad de Buenos Aires. Profesor Consulto Universidad Nacional de Lanús. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis.
Epígrafe
“La locura es la incapacidad de encontrar a alguien que nos aguante.”
D. Winnicott (1961) citando a su amigo J. Rickman
Introducción
Mi contexto personal
Las diferentes miradas de la clínica psicoanalítica postulan diversas hipótesis acerca del desarrollo del psiquismo. Cada autor, cada escuela propone modelos –perspectivas– para comprender y explicar los fenómenos iniciales de la vida psíquica que tendrán incidencia en la organización mental del adulto. Las teorías psicoanalíticas originales –las que formulan nuevas comprensiones a través de originales planteos paradigmáticos– detienen su atención en aquellos elementos que jerarquizan, a los que conceden un valor central, para la construcción del psiquismo.
A lo largo de este libro intentaré desarrollar herramientas para la comprensión de la constitución de las estructuras psíquicas del adulto, desde las miradas de autores con los que diariamente dialogo, desde hace más de dos décadas.
Las perspectivas que he de plantear, están enlazadas con mi historia personal y profesional. El interlocutor privilegiado en estos últimos años es Winnicott, quien me ha resultado un modelo de pensador psicoanalítico profundo e independiente, cercano al sentido común y dueño de un lenguaje que hizo posible que la gente interesada, y no sólo los profesionales, pudiesen beneficiarse de sus aportes.
Otro autor de mi bibliografía habitual es Heinz Kohut, cuyos paradigmas replantearon el psicoanálisis norteamericano, particularmente en su segundo libro de 1977, The Restauration of the Self, en el que aporta una original descripción de la época en que se gesta el análisis en la Viena de finales del siglo XIX, los valores sociales jerarquizados y su concepción del self como continente de un psiquismo epigenético, emergente de la relación entre el individuo y su medio ambiente. Es a partir de esta época, que queda subrayado el alejamiento radical de Kohut de la clásica teoría freudiana de instinto / defensa (Teoría del conflicto) siendo su consecuencia el desplazamiento del centralismo motivacional del instinto sexual, que pasa a ser un factor más y no el único motor del psiquismo humano. La perspectiva inaugurada por Kohut configura una línea propia de investigación en nuestra disciplina, que se agrupa hoy como la Escuela de la Psicología del Self.
En 1981, Kohut publica en el International Journal of Psychoanalysis su trabajo póstumo “Introspección, psicoanálisis y el semicírculo de la salud mental” en el cual opone al mito edípico (en el que se fundamenta la teoría freudiana del conflicto) el mito de Odiseo, con el que el autor justifica su pensamiento más elaborado, basado en un narcisismo reparador, que lleva a la preservación y el cuidado de los hijos y a la cooperación intergeneracional (y no necesariamente a la rivalidad edípica).
Desde esta teoría, la muerte de Layo, padre rival, a manos de Edipo, así como la posterior pareja de éste con su madre, la culpa y su ceguera, resultan consecuencias del abandono temprano del niño, son resultados del sufrimiento de un self inmaduro incapaz de dominar sus instintos.
Coincidiendo con Winnicott, Kohut jerarquiza el ambiente humano en interacción con un bebé que necesita tanto de sus objetos más tempranos, de sus cuidadores (como diría Balint, necesita de sus objetos como del aire necesario para respirar y sobrevivir) con el fin de ir edificando su psiquismo. Para estos autores, estas necesidades narcisistas de la criatura humana son previas, lógica y cronológicamente, al devenir de la organización de las vicisitudes deseantes. Las características de objeto son destacadas, en la medida de su capacidad de respuesta a las necesidades elementales. Por ende, el concepto de narcisismo freudiano es fuertemente modificado, como veremos más adelante.
Kohut (1977) combate contra el prejuicio que propone “al narcisismo como primitivo, y a la relación de objeto como más evolucionada”, por lo cual la curación dependería de la transformación del narcisismo en libido objetal para el logro de la madurez. Como alternativa, postula dos líneas de desarrollo independientes, no jerárquicas, la del narcisismo y la instintivo-objetal.
También me apoyo en Balint, especialmente en el despliegue de la descripción del concepto de falta básica, así como en las propuestas del apego de Bowlby y en los desarrollos clínicos de McDougall, que desarrollaré más adelante.
A estos tan caros autores, los voy tomando desde diferentes contextos por los que transcurre mi aprendizaje. En el fluir de mi formación como psiquiatra, los libros de H. Ey y luego los artículos de G. Gabbard estuvieron siempre presentes y luego como psicoanalista fui recogiendo el pensamiento de estos autores, en el contexto del riquísimo psicoanálisis argentino.
Sin duda, me fui anoticiando del psicoanálisis desde una mirada local, influida por nuestros Pichon Riviere, Bleger, M. y W. Baranger, Liberman, Etchegoyen, Gioia.
Siguiendo la propuesta de estos autores, he tratado de escribir un libro útil para la práctica clínica del psicoanálisis, de la psicoterapia y de la psiquiatría, especialmente con pacientes muy perturbados.
Hoy en día, psicoterapia y psiquiatría son, junto con la práctica del psicoanálisis, mis herramientas de uso cotidiano. Con ellas trato de dar sentido a mi trabajo, a mi forma de estar en el mundo. Practico la psiquiatría apoyando mi mirada en conceptos psicoanalíticos, que además de los autores precitados, se enriquece especialmente de los desarrollados por las perspectivas intersubjetivas, desde Ferenczi en adelante. Estas ideas resultan un inevitable sesgo, una manera de construir –especialmente con el paciente grave– la situación clínica.
La experiencia de estos años me ha llevado a pensar que la gravedad es siempre complejidad (los trastornos eclosionan de múltiples maneras: en el cuerpo, en el trabajo, en la familia) y requiere siempre miradas desde múltiples perspectivas psicoanalíticas y no psicoanalíticas.
El subtítulo de este libro en lo referente a la psiquiatría está seguramente inspirado en el memorable artículo en el cual Winnicott (1959) “La clasificación: ¿hay una contribución psicoanalítica a la clasificación psiquiátrica?”, en el que intenta reflejar la dialéctica psiquiatría/psicoanálisis que refleja su propia trayectoria. También mi travesía y la de tantos otros colegas que comenzamos nuestra formación como médicos residentes, se inicia a partir de atender a los “pacientes de hospital”, mientras íbamos incorporando el psicoanálisis poco a poco1. En el Policlínico Lanús adquirimos una mirada que hoy está totalmente integrada en nuestras retinas y seguramente jamás podrá dejar de estar presente. Me fue posible ser psiquiatra e ir adquiriendo una sólida formación psicoanalítica, lo que no implica, dentro de mí, capas o catáfilas, con las que operaría en mi clínica, seleccionando de una manera esquemática o burda, al estilo de “este paciente es para psiquiatría y este otro para análisis”. Nunca pude separar mis acciones en la clínica. Me reconozco como un psicoanalista, al que no le molesta ser médico y psiquiatra. Nunca pienso en ayudar a un paciente desde “tal postura” excluyente de otras. Hago lo que mejor que puedo por él. Luego, y especialmente comentando el trabajo clínico con mis colegas, son ellos los que las más de las veces, me advierten acerca de la perspectiva utilizada como herramienta en una determinada intervención.2
Cuando debo prescribir medicación, con el fin de aliviar el sufrimiento sintomático e intentando crear mejores condiciones en el tratamiento, con la finalidad de armar con el paciente una pareja terapéutica que imprima un nuevo modelo de relación, no puedo dejar de hacer diversas hipótesis psicoanalíticas de acuerdo a mi formación, porque esa es mi forma de interrogar en la consulta y también de interrogarme. Quizá parto de dos déficits: me es imposible ser psiquiatra a secas –en esa concepción del psiquiatra como taxónomo de patologías mentales– así como no puedo reconocerme en la posición opuesta: un psicoanalista virgen de hospital, de locos, de comunidad. Mi práctica, quizá entonces, no puede ser otra que transitar el camino enriquecido y a la vez limitado por las identificaciones con mis maestros de ayer y de hoy.
Otro cuestión es mi imposibilidad de pensar en una práctica que no sea aquella basada en paradigmas indiciarios (Guinsburg, 1989) y que comentaré más adelante.
Nuestras ideas, nuestra forma profesional de operar, serán resultado de las historias personales de cada uno, de su desarrollo, del medio histórico-social, de sus docentes y de su clínica. Estamos “condenados” a una historia cambiante. Nuestra “tercera serie complementaria”, será nuestra práctica y no nuestras teorías. En esta práctica siempre estaremos al borde de la crisis. Nuestra tarea nos torcerá el brazo a menudo, si somos sinceros con nosotros mismos.
El contexto general en el que estemos inmersos coronará la contemplación de nuestro universo profesional, y las teorías personales que elaboremos deberán ser nuestros esclavos y no nuestros amos, parodiando a Guntrip (1971).
Si bien mi intención es hacer de este libro un texto orientador, y no un tratado, seguramente me conformaré con expresar mis opiniones, quizá demasiado personales, aunque con la esperanza de que serán representativas de muchos colegas que me acompañan, compartiendo conmigo esta perspectiva. Mi ambición es transmitir con cierto orden las ideas con las que trato de reflexionar en los cursos o seminarios. Es el reflejo de un recorrido que intento sea útil a los que comienzan, o a los que ya están en el camino.
Intento estas reflexiones después de más de treinta años de egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, y del inicio de la formación en psiquiatría en un Hospital General de alta complejidad. En este ámbito los médicos residentes tratábamos de aprovechar los diversos recursos con los que contábamos: psicoterapia individual, grupal, familiar, reuniones multitudinarias con pacientes en “asamblea” como las llamábamos, así como terapia ocupacional, talleres, etc.
Eran estos años de nuestra gestación en la práctica de la psiquiatría y de la psicoterapia, en los que nos debatíamos en interminables discusiones, entre los que teníamos como objetivo la salud mental y aquellos que comenzaban a apuntar a la “pura cura psicoanalítica” (un colega, de la incipiente corriente lacaniana de entonces, nos acusaba de ¡saludmentalistas!)
Cuando ocurre el golpe militar de 1976 se establece una herida irreversible: comienza el desmantelamiento del Servicio y se lo desarticula de la salud comunitaria, que era nuestro objetivo prioritario. El grupo pierde la riqueza de su heterogeneidad y desaparece la relación con la comunidad.
Los intersubjetivistas plantean con razón que no podemos dejar de conocer el contexto en el que un autor formula sus hipótesis. Contexto y datos biográficos, nos permiten aguzar nuestra empatía con quien presenta sus ideas. Como lo dice Borges (1975): “Mi relato será fiel a la realidad o en todo caso a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo”.
Referiré algo de mi historia, de donde vengo: tengo múltiples orígenes y diversos mitos acerca de ellos, como todos nosotros. Historias que se me van modificando, a veces a mi pesar, cuando son miradas desde diferentes contextos y momentos vitales. Las experiencias que, me consta, no se suman por aposición, generan nuevas perspectivas, responsables de formas inéditas de ver, que me obligan a complejizar las construcciones que intento ir haciendo.
Historizar también es demistificar, desnaturalizar esa creencia de lo que pasó, como si se tratara de una tranquilizadora línea recta, de una meseta. Como nos enseñaba José Bleger en su paso como docente por mi residencia en el Policlínico, no hay “historia natural”.
La resultante de hoy, quien yo soy y al que reconozco en mí, es una amalgama de tres paisajes, entremezclados y absolutamente inseparables: Rosario, Lanús, Buenos Aires.
Mi parto fue en el Lanús, pero crecí en Buenos Aires, en APde-BA. La concepción tuvo lugar en Rosario o quizá para ser más preciso a pocos kilómetros de allí, en Pérez, pueblito en donde mi padre había construido una pequeña casa de fin de semana en un predio compartido con siete hermanos. Pasábamos allí de tres a cuatro meses por año y entre hermanos, tíos y primos, sumábamos unos cuarenta. En ese entorno, que enmarcaba amores, pasiones y rivalidades aunque también carencias. Aprendí a sobrevivir y no pudo ser sino allí, en ese “caldo de cultivo”, donde, siendo niño, comenzó mi vocación psicoanalítica. Luego fueron cayendo en mis manos “La interpretación de los sueños”, “El chiste...” y los primeros historiales... que a los catorce años se mezclaban con lecturas de El arte de amar, Sandokan, Corazón, Escucha Yanky y el Antiguo Testamento.
El origen más significativo, profesionalmente hablando, es “el Lanús”, crisol de ideas y de modelos que conservo vivo hoy, recreándose en mi memoria como un ideal posible y como guía esperanzada y no como utopía. Los liderazgos, de muy diferente naturaleza, que ejercían Mauricio Goldenberg3 y luego, y en mi historia especialmente, Valentín Barenblit, fueron los gestores de un contexto facilitador que, como marco, me permitió, como a tantos colegas, el desarrollo de prácticas psicoterapéuticas únicas y originales, sintetizadoras e integradoras de los más diversos aspectos etiológicos de las patologías, a la manera de series complementarias. Atendiendo las complejas situaciones propias de las consultas que nos llegaban al Servicio del Policlínico Gregorio Araoz Alfaro (aunque ayer y hoy sigue siendo “el Policlínico Evita”) era imposible dejar de tener en cuenta los múltiples aspectos intervinientes en la patología mental. La consulta involucraba siempre todos los ingredientes que componen el mosaico enfermante, al que, simplificadamente enunciamos como “biológico, psicológico y social”. Plantearlo así, ateniéndonos a la complejidad causal, implicaba un intercambio entre los residentes, que resultaba un hervidero de interminables discusiones acerca de qué patología o qué aspecto de ella correspondía a cada área. ¿Cómo podríamos evitar “reducir” aquello que se nos presentaba a un solo factor? Si el problema era derivado de lo social como enfermante, ¿cuál era el rol que como psicoterapeutas podríamos o deberíamos cumplir? Si en alguna patología que tuviera una fuerte base social, intentábamos contener al paciente con psicoterapia y medicación, ¿no éramos cómplices de que el paciente evitara enfrentarse al problema que hubo originado su enfermedad? ¿Si pretendíamos coherencia, no deberíamos operar en todas las instancias productoras de la patología, ampliando nuestro radio de acción, dedicándonos más a la acción social y menos a las psicoterapias? ¿No sería una trampa enceguecedora ocuparnos, durante el desarrollo de una psicoterapia, de los aspectos sociales de la enfermedad, en un contexto individual? ¿O pretender al Hospital como un refugio ilusorio de aquello que sucedía del otro lado de sus paredes? En el fragor de estas discusiones nos forjamos varias generaciones de médicos residentes del Lanús y fuimos comprendiendo que las entidades clínicas, que caracterizaban la consulta del paciente, no resultaban pasibles de ser fácilmente tipificadas. Sólo forzando una clasificación podríamos pretender que no había inextricables mezclas etiológicas. Todas estas experiencias fueron, seguramente, las que más incidieron en mí.
Durante mi residencia médica, tomo contacto con J. Bleger, E. Pichon Rivière, D. Liberman, J. Zac, R. Paz y también durante este período gozo de la consulta cotidiana con colegas mayores, profesionales/modelos, comprometidos con su tarea y con sus dudas, como Lía Ricón, H. Fiorini, O. Fernández Moujan, H. Bleichmar, C. Sluzki, C. Bucahi, J. Kuten, S. Siculer.
Luego de mi graduación como médico residente, comienzo a ver la patología más descarnada, cuando con J. C. Ferralli y C. Verruno, iniciamos una nueva etapa del Centro de Alcoholismo del Policlínico.
Unos años después, a partir de la desaparición de la entrañable colega Marta Brea y de la intervención a nuestro Servicio, en 1976/77 se produce la dispersión de los miembros de aquel Lanús, generada por el proceso militar genocida.
Con mi modelo y maestro, Valentín Barenblit, ya en Barcelona, comenzaba para mi la búsqueda de una institución que me orientara en mi vocación. Quizá por mis características personales, o tal vez por justificarlas ideológicamente, no podía asumir un desarrollo “en singular”, y busqué la pluralidad en la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, APdeBA.
Una conferencia sobre el tema alcoholismo que brindó Horacio Etchegoyen para un auditorio médico, fue el punto de partida del proceso de mi incorporación a la Asociación. Al finalizar la charla, permanecí interrogándolo acerca de mis pacientes alcohólicos, intentando aprovechar la basta experiencia de Horacio en el tema y también su manera, muy accesible y convincente, de conjugar la nomenclatura psiquiátrica con los conceptos psicoanalíticos. Con gran paciencia y aceptando el acoso de mis preguntas, generosamente, sin percibir honorario alguno, me invitó a supervisar mis pacientes con él, haciéndose tiempo para la tarea. Ese modelo de docente, continente, generoso y que contemplaba justamente la patología argentina de la marginación por excelencia, me colmó de gratitud. A partir de esta experiencia con Etchegoyen, trasladé mi confianza al grupo “Ateneo” de APA, precursor de APdeBA y solicité mi análisis didáctico. Horacio me sugirió a Roberto Polito que condujo mi análisis, resultando una experiencia singular.
Los seminarios y las supervisiones hicieron lo suyo. Pertenecí al segundo grupo de candidatos del Instituto de APdeBA. Allí, hacia el final del cuarto año de seminarios, comienza a ocurrirme aquello que en mi intimidad llamo “el viraje”: la formación que obtuve era fundamentalmente freudiana y kleiniana. Cursando un seminario en el Instituto de Psicoanálisis presenté una viñeta; quien era mi profesor, excelente clínico, me interrogó acerca del esquema referencial con el que operaba. Le respondí que no podría determinarlo; simplemente, pensaba que correspondía que yo interviniera de la forma en que lo hacía, pero que no tenía en cuenta, incluso desconocía, los autores en los que me apoyaba para hacerlo. Esta respuesta disgustó mucho a mi profesor que me aconsejó revisara mis lecturas y que debía adoptar un esquema referencial claro y “no operar como un híbrido”. Intenté seguir su consejo, pero encontré tan intrincado panorama, entre las lecturas del Instituto, las hechas como residente en Lanús, las figuras de identificación entre las que estaban –y están– Valentín Barenblit y Hugo Bleichmar y otros ideales míos de los primeros momentos (L. Ricón, H. Fiorini, C. Slutzki), que me fue imposible encontrarme reflejado en un “preciso esquema referencial”. Desde entonces comencé a aceptar, cuidándome ocultándoselo al profesor, que “mi modalidad” era esa mezcla (y que, lejos del eclecticismo, va gradualmente, con estudio y experiencia, modificándose con el tiempo) pero que tanto me ha permitido comprender y seguramente beneficiar a mis pacientes.
En esa época, después de sumergirnos en Freud, estudiábamos en profundidad, intensivamente, el pensamiento kleiniano/poskleiniano. Otros autores... estaban representados por sólo unos pocos seminarios dictados en contadas materias.
Tengo “abuelos” y “padres” psicoanalíticos a los que me parezco (Balint, a Winnicott, a Kohut, a Ferenczi, a Fairbairn, a Mahler entre los foráneos) y entre nosotros, reconozco identificaciones de Polito, Liberman, Bleger, Gioa, Painceira, Lancelle, Valeros, como modelos que asumen con valentía el anuncio de ideas novedosas. Aunque seguramente, como es habitual en los hijos de hoy en día, me parezco más a mis contemporáneos –a mis “hermanos”– que a mis padres (esos hermanos son mis colegas de formación, mis amigos, quienes me acompañaron en la aventura del escribir, investigar y enseñar, especialmente H. Lerner, M. Spivacow, E. Alba, A. Zonis, J. Aguilar, J. Bricht, G. Seiguer, J.C. Ferrali, R. Moguillansky, M.Nemirovsky, O. Paulucci, M. Fernández Depetris, R. Rojas Jerez, M. Milchberg).
Y seguramente trato de parecerme a quienes hoy leo apasionadamente: S.Mitchell, Green, H. Bleichmar, Stolorow, McDougall, Killigmo, Renik, Bollas, Bacal.
El viraje hacia los autores que hoy frecuento, lo posibilitó la atención de una paciente borderline adulta, invadida por diversos síntomas, a cual más agudo (ansiedad, hipocondrías diversas, conversiones, tics, rituales) y que cada tanto presentaba lipotimias, ataques de ira, otros ataques en los que golpeaba su cabeza contra la pared o se autoagredía, cortándose o mordiéndose. Su pareja era un hombre esquizoide que se decía aturdido y abrumado por ella y que como salida, así me lo confesaba, y para “salvar el pellejo”, consiguió un trabajo en el interior, de manera que debía viajar por temporadas, mientras la paciente se quedaba sola. Por momentos ella permanecía en calma y era entonces, cuando se dejaba llevar por diversos intereses, pudiendo profundizar y comprometerse. Pero cuando se descompensaba, lo hacía a toda orquesta, iniciando una reacción en cadena.
En las primeras visitas a mi consulta, saltaba del diván al baño, luego se golpeaba la cabeza contra la pared o daba un portazo mostrando toda su ira conmigo, o me imitaba burlonamente. Tuve que acondicionar el consultorio para que no se lastimara, prohibirle abrir puertas que conducían a lugares privados y sacar algunos objetos con los que amenazaba arrojarme. Pero no podía comprender su proceso a partir de las perspectivas teóricas con las que estaba consustanciado en ese momento. Luego de dos años de tratamiento, al modo usual de la época (diván, cuando podía reclinarse en él, las cuatro sesiones semanales durante más de diez meses al año) comenzó a telefonearme a mi domicilio por la noche, a veces durante la madrugada y lo hacía –así decía– para escuchar mi voz: “quiero escucharlo, nada más”. Una vez que yo articulaba algunas palabras, las que podía, se tranquilizaba y de esta manera (así lo entendía yo) podía soportar el tiempo que transcurría hasta la siguiente sesión. Me sorprendía no sentir sus llamados como irrupciones violentas (como solía entenderlo mi supervisor). Siempre percibí su intento de comunicarse, como una necesidad de sostener su vínculo conmigo, que el tiempo iba diluyendo. Necesitaba retomar el contacto, aunque sea telefónico. Las interpretaciones (en términos de intromisión en mi vida privada, o de ataques a la pareja con que podría representarme dentro de ella, en mi ausencia, con las que intentaba seguir la línea que me planteaba el supervisor) no se arraigaban en mi, las percibía extrañas; por lo que me escuchaba formulándolas de manera muy poco convincente. Intentaba insistir en el señalamiento de su intrusión en mi vida privada, pero una y otra vez resultaba inconducente. Fue entonces cuando busqué contactar con Alfredo Painceira, comenzar una nueva supervisión y leer con avidez la bibliografía que me recomendara.
En esta nueva etapa pude comprender que la demanda de la paciente (que efectuaba en un medio muy diferente al de su crianza y con un interlocutor que trataba de comprenderla, tal vez por primera vez en su historia) era un intento de establecer un vínculo esperanzado que, ¡esta vez! no fallase, a diferencia de las relaciones tempranas de las que había participado de niña y de joven. Así me sentí mucho más responsable de sus reacciones (fui comprendiéndolas como respuestas a nuestras separaciones) y dejé de interpretar su agresión en términos de identificaciones proyectivas. Sostuve el vínculo sin culpabilizarla. Entendí que cuando ella agredía o cuando se “desarmaba” estaba muy asustada; que se sentía sola y desamparada y comencé a percibir que mi tono de voz, mi actitud de espera tranquila y la construcción histórica, más que la interpretación transferencial, me permitían lograr valiosos momentos, en los que ella se mostraba reflexiva. Esto me condujo a ir hilvanando secuencias de su historia pasada y de su presente y entonces comenzaron a tener sentido, para ambos, los ataques de ira y los síntomas hipocondríacos que fuimos comprendiendo como reacciones a las amenazas de desamparo.
A partir de esta experiencia, comencé a comprender a mis pacientes con nuevas herramientas y a reconocer los fenómenos clínicos tan paradojales, con los que contactamos hoy en nuestros consultorios.
En esos años pude apreciar que no me bastaba mi propia disciplina para procesar fenómenos hoy tan comunes en nuestros pacientes y tuve la suerte de contactarme con Marta López Gil, quien me abrió los ojos respecto al amplio contexto vincular posmoderno en el que estamos inmersos. Poco después fue Marta Zatoni quien a partir de la historia del arte, me guió en la complicada lectura de Nietszche, de Heiddeger y de los actuales hermeneutas (Ricoeur, Gadamer, Vattimo, Rorty) que enriquecen nuestros pensamientos.
Puedo ver a muchos de mis pacientes en la consulta atravesados por la incertidumbre y la superficialidad, mucho más cercanos a la inconsistencia de su ser, que a la férrea lucha entre sus deseos y sus defensas, distantes de la clásica estructuración sintomática y por ende, lejos de beneficiarse con el psicoanálisis, tal como fue fundado.
Desde las “histerias” de Freud hasta los narcisistas de hoy y desde el “aparato psíquico” pulsional y cerrado que busca su descarga, hasta la construcción intersubjetiva que tratan de plantear Lyon Ruth, Renik, Mitchell y Stolorow entre los más destacados, han pasado muchas décadas durante las cuales se ha caracterizado a una subjetividad cambiante, que no puede ser sino epocal, y que resulta hoy tan diferente de aquella centroeuropea de más de un siglo atrás. Estas hipótesis intersubjetivas son, seguramente, el punto de encuentro entre el presente y el futuro de mi manera de pensar, aunque aún me resulten por demás radicales.
Así como he contado de dónde vengo, debo reseñar también hacia donde “voy yendo” en el devenir institucional. Aquí hay algunas cuestiones que puedo advertir en mí en esta transición: así como considero imprescindible a la institución psicoanalítica para la formación y el desarrollo profesional, por el momento no me planteo ser analista didáctico, a pesar de las posibilidades institucionales y seguramente de los antecedentes personales que lo harían posible. No creo que un análisis con carácter didáctico, como hoy está propuesto en las instituciones que así lo requieren, sea necesario. Adhiero, en este sentido, a las propuestas en cuanto a la formación de las asociaciones uruguaya y francesa. Cuatro años después de este escrito obtuve la función didáctica. Lo hice convencido de que desde el claustro didáctico podría colaborar a establecer un cambio en la concepción de esta función.
Un buen análisis, aceptado por la institución a la que pertenece el futuro candidato, podría ser suficiente. Volvamos a Guntrip (1975) cuando se pregunta con alguna ironía: “¿Hasta qué punto fue completo el resultado de nuestros propios análisis didácticos?”.
Estamos ante una compleja relación de análisis y poder. No me refiero al poder en términos de sometimiento a determinadas ideas o personas, sino al que necesariamente se ejerce más allá de la disposición del analista con función didáctica, por el hecho de pertenecer a una institución, que considera a ese dispositivo esencial para la transformación del candidato en analista.
El análisis es imprescindible para la formación de un analista; seguramente es el elemento más importante de los que integran el trípode formativo junto a la supervisión y los seminarios, pero el vínculo Institución/analista didáctico genera en ambos componentes de la pareja un límite, un escollo difícil de abordar desde el interior de esa relación. Muchos de nosotros recomendamos analistas –y lo hacemos cuidadosamente– con o sin función didáctica, para nuestros familiares (o para nosotros mismos) y podemos reconocer las bondades o no de estos análisis, por su proceso y resultado. ¿Por qué considerar el tratamiento analítico de un candidato de diferente manera?
Mi idea hoy es que acordar modalidades institucionales de un análisis, no necesariamente favorece nuestra formación, y como podría decir Serrat... prefiero un análisis a un didáctico, o un buen análisis, a otro organizado institucionalmente.
Respecto a la calidad de “completo” que Guntrip cuestiona, y a mi modo de ver, por la manera en que está planteado el análisis didáctico, es imposible que no sea incompleto, más allá de las características de la pareja terapéutica. Especialmente, así lo creo, porque por sus características, obstacularizará el análisis del poder: La institución, asociada al tratamiento analítico, no sólo será generadora de contratransferencias indirectas, sino que estará presente en la perspectiva de ambos participantes. El sello del poder institucional podrá devenir, a mi criterio, en un baluarte (en el sentido de los Baranger, 1969a) duro de soslayar.
1 Nos reconocíamos como psiquiatras “dinámicos”. El agregado de este “apellido” nos diferenciaba de los psiquiatras “clásicos”. Sin embargo, el concluir la residencia en el Policlínico, el Ministerio de Salud nos otorgaba el título de “Residente de Psicopatología” (sic) es decir que para el poder oficial de turno, no éramos “psiquiatras veros”. Vieja discusión sostenida hasta el presente. En este sentido, H. Ey (1978) comienza su libro En defensa de la psiquiatría diciendo: “...la psiquiatría es médica o no es [...] Mal que les pese a los que le reprochan serlo demasiado y prefieren que sea ‘moral’ o ‘antropológica’ o ‘psicológica’ o ‘psicoanalítica’ o ‘social’ hasta ‘política’, es decir que no sea nada [...] renunciando a tomar como su verdadero objeto la enfermedad mental, en la estricta realidad de su estructura psicopatológica”. Un enfoque diferente es el de Gabbard, G. ( 2000) quien titula su libro Psiquiatría psicodinámica en la práctica clínica y plantea en su prefacio: “…la psiquiatría psicodinámica se ha convertido en forma progresiva en una real psiquiatría integrativa, que sintetiza lo biológico y lo psicosocial”. Me encuentro más cercano a esta última posición, reconociendo los extraordinarios méritos de Ey.
2 Así como cuando niño debí ponerme a prueba, frente a un dilema que como tal, era imposible de resolver, frente a la tan recurrente pregunta: “¿sos judío o argentino?”, el encuentro en alguna reunión social con quien espeta: “¿sos psiquiatra o psicoanalista?” a veces completada por “¿usas el diván o das medicamentos?”… siempre me deja perplejo. Hace algunos años trataba de explicar al insólito interlocutor, que no eran conceptos que se excluían necesariamente entre sí. Hoy pienso que, habitualmente, quien pregunta, no desea conocer la respuesta y si intentamos alguna seguramente, aburre.
3 Moguillansky, R. (1992) plantea que “Es mérito de Goldenberg la fundación del primer servicio de Psicopatología en un hospital general y la puesta en marcha del probablemente más serio programa de psiquiatría social que se ha hecho en este país. Impulsó el estudio epidemiológico en salud mental de mayor envergadura del área metropolitana. Hizo relevantes contribuciones a la organización y planificación de la salud mental en toda América Latina. Abrió una profunda senda en la Cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina, convirtiéndose en referente de una atención que se apartaba del manicomio […] con el regreso de la democracia, puso las bases de una educación médica distinta con la creación de la Cátedra de Salud Mental […] Los que estamos en APdeBA, además de la deuda personal que tenemos con él, reconocemos todo lo que le debe el psicoanálisis […] él contribuyó a poner a prueba nuestro instrumento en las patologías más graves, a la par que lo puso en contacto con enfoques interdisciplinarios. En la huella marcada por él, el psicoanálisis se amplió no sólo hacia patologías más severas, sino que estuvo al alcance de las capas de más bajos recursos económicos.”
Capítulo 1
El desarrollo psíquico temprano después de Freud4
“Sería agradable poder aceptar en análisis solamente a aquellos pacientes cuyas madres, al comienzo y durante los primeros meses de vida, hubiesen sido capaces de aportar condiciones suficientemente buenas. Pero esta era del psicoanálisis se está acercando irremisiblemente a su fin.”
Winnicott (1955)
“...en contraste con la estructura de personalidad de los pacientes de fin de siglo, cuyo examen llevó a Freud a concebir una psique dicotomizada y más tarde hablar del conflicto estructural, la organización de la personalidad prevaleciente en nuestro tiempo no está tipificada por la simple escisión horizontal que provoca la represión. La psique del hombre moderno, aquella que describieron Kafka, Proust y Joyce, está debilitada, fragmentada en múltiples partes (escindida verticalmente) y carente de armonía. De ello se desprende que no podremos comprender en forma adecuada a nuestros pacientes y explicarnos lo que a ellos les ocurre, si pretendemos hacerlo con la ayuda de un modelo de conflictos inconcientes no apto para ello.”
Kohut (1984)
El contexto temporal
Me detendré en las perspectivas5 derivadas de las ideas fundamentales respecto del desarrollo psíquico de Donald Winnicott y Heinz Kohut.
Sin duda, muchas de las cuestiones que en particular, Winnicott plantea, habían sido tratadas anterior o contemporáneamente por prolíficos analistas: Fairbairn y Bowlby, pero especialmente Ferenczi, exponen algunos enfoques similares, pero por distintas razones –que bien valdría analizar en la búsqueda de nuestros orígenes como analistas– no pudieron ganar terreno y universalizarse como escuelas en el pensamiento psicoanalítico, sino recién a partir de los desarrollos de los autores a los que nos referiremos.6
Hace algunos años (Nemirovsky, 1993) decíamos que “...desde la muerte del fundador del psicoanálisis, nuestra disciplina ha sufrido cambios de magnitud, en buen grado, producto de las transformaciones culturales de analizandos y analistas. A partir de allí hemos visto nacer y desarrollarse mutaciones que replantean paradigmas básicos. Poco a poco se han ido modificando la forma de pensar (teoría psicoanalítica) y de operar en la sesión (técnica psicoanalítica)”.
Etchegoyen (1990), afirmaba: “Si contemplamos panorámicamente el desenvolvimiento de la ciencia psicoanalítica se nos impone una línea divisoria muy nítida que coincide con el ocaso de la vida de Freud.” Sin embargo, podemos considerar que tomar como punto de partida 1939, podría ser ciertamente parcial o arbitrario, ya que con anterioridad, fuertes corrientes cuestionadoras de aspectos básicos del psicoanálisis venían gestándose y, la más de las veces, dando a luz encendidas polémicas (los replanteos de Jung, Adler y Ferenczi son hitos en la historia de nuestra disciplina). Aun así, debemos reconocer que los años de la Segunda Guerra Mundial son harto significativos: a partir de los ‘40 comienzan a delimitarse algunos paradigmas de las “escuelas” psicoanalíticas que hoy podemos reconocer. Green, A. (1975) también señala que ”...desde la muerte de Freud y aun antes, sin duda, ya no es posible referirse a la teoría psicoanalítica en singular”.
La historia del psicoanálisis implicó siempre el debate, y éste fue enriqueciendo teorías y técnicas. En este sentido, algunos hitos de la primera mitad de nuestro siglo fueron las polémicas de su fundador con Jung, Adler, Rank, Steckel, luego con Ferenczi; así como los desarrollos propios de la escuela inglesa analizando a niños y psicóticos, con los liderazgos de Jones y Melanie Klein y las controversias de esta última con Anna Freud, seguidas por el desarrollo original del psicoanálisis en los EEUU a partir de Hartmann, Kris y Lowenstein, y luego, volviendo a Europa, el inicio de las originales ideas de Lacan.
Retrocediendo aún más, debemos tener presente que los primeros desarrollos de Freud se gestaron en el contexto victoriano, autoritario y cuyos valores esenciales lo guiaron en su investigación, estos son: el descubrimiento de la verdad y el logro de la individualidad psicológica. (Kohut, 1984). Así como es de destacar que en los últimos años de producción de la obra freudiana y como lo señala Erikson (1982): “…el período histórico en que aprendimos a observar tales revelaciones de la vida interna estaba convirtiéndose en uno de los períodos más catastróficos de la historia, y la división ideológica entre mundo “interno” y el “externo” puede muy bien haber tenido las profundas connotaciones de una amenazadora escisión entre la civilización judeo-cristiana, individualista y de raigambre iluminista, y la veneración totalitaria del estado racista”.
La ciencia enmarcada en el positivismo7, continuadora de las posturas iluministas, tenía sus representantes más conspicuos en Darwin, Pasteur, Koch, Lister, Curie, en pragmatistas como Pierce y en la transición hacia el siglo XX, a Russel, Bohr y Einstein, para nombrar sólo a unos pocos. Ellos también eran referentes para Freud y sin duda una valiosa guía, en cuanto a la metodología que utilizaría para la disciplina que estaba gestando. En este sentido, Freud debió convivir con dos desarrollos contrapuestos: por un lado, el auge de los métodos científicos derivados de la ciencia natural, (excluyentes de aquello que no era abarcable por la objetivación y la mensura), y por otro la irrupción y gradual crecimiento del subjetivismo en la cultura (el fin del romanticismo y el surgimiento del impresionismo y luego, del surrealismo). Enmarcado por la Europa central de entonces, él acrisola en su formación cultural los valores de su época y también sus valores familiares y personales: desde allí va construyendo los cimientos del método analítico a partir de su autoanálisis (finalmente el análisis de un adulto sin graves padecimientos) y del análisis de sus pacientes, también adultos.
En el corazón de la Viena de los Habsburgo, trabajando como todo profesional de fines del siglo XIX, en su propia casa, rodeado de su familia, comienza a penetrar en el psiquismo humano el Complejo de Edipo, la sexualidad infantil, la realidad psíquica, la formación de sistemas o instancias y de complejos o estructuras. Lo hacía allí, hace cien años.
Bettelheim, B. (1986) lo retrata de esta manera: “La decadencia política y al final, el aniquilamiento del antiguo imperio de los Habsburgo obligó a la élite cultural vienesa a descubrir y apropiarse de un dominio muy diferente y nuevo, el de la vida interior del hombre, el del inconsciente, el de los procesos mentales hasta allí ignorados. La expresión y las revelaciones más radicales y más espectaculares de ese proceso se encuentran en la locura. En consecuencia parece natural que haya sido Viena y en ese período, que Freud nos diera una interpretación totalmente nueva de los procesos mentales, tanto de la gente normal como de los individuos mentalmente perturbados.”
No debe resultarnos extraño, entonces, que en el psicoanálisis –ideado por un creador que en ese especial contexto buscaba fervorosamente la verdad y no la confirmación de dogmas establecidos– se replanteen, durante su evolución como disciplina, muchos de los puntos de vista de su fundador, que al decir de Guntrip (1971) ha puesto la piedra fundamental, pero no ha construido la totalidad del edificio.
Las distintas expresiones de la cultura (artistas plásticos, arquitectos y poetas) incluyen siempre en su expresión los cambios axiológicos de la sociedad que les da origen. Así, la arquitectura vienesa de principios del siglo XIX era el reflejo de una vida cotidiana centrípeta, posibilitadora de una familia8 hiperestimulante que contrasta con la vida familiar de hoy, de fuerte tendencia centrífuga, que se despliega en nuestros edificios, cuyos habitantes resultan anónimos. La atmósfera de entonces, favorecía el desarrollo de la “prima donna” de los comienzos de siglo, la histeria, siempre necesitada de presencias. Como consecuencia, los primeros analistas, provenientes de ese mismo medio, centraban su atención en aquello que era obvio que atrajera su mirada: el complejo de Edipo y sus derivados, las neurosis. A partir de la clínica de estas neurosis podían explicar su origen y evolución y formular explicaciones operativas y acotadas, desarrollo que fue coherente y acorde a las metodologías científicas de la época. Crearon una metapsicología para la neurosis y los cuadros que quedaban fuera de esta singularidad no podían ser abarcados por el naciente psicoanálisis.
Hoy, los pacientes esquizoides y borderlines, que se gestan en los desencuentros y en las separaciones –se nutren de ausencias– le quitan ese privilegio a la histeria, y requieren de nuevas explicaciones que contemplen a la organización familiar y social –a lo ambiental– como factor necesariamente interviniente.
Con un esfuerzo empático, como el que nos reclaman los historiadores contemporáneos para aprehender nuestro pasado (Carr,1984), podremos comprender que muchos de los motivos de angustia de Freud en el contexto inicial de sus investigaciones, surgieron, como ya lo señalamos, del intento de ubicar al psicoanálisis dentro de las ciencias naturales, utilizando nomenclaturas adecuadas a ese fin, como catexia, aparato psíquico, libido. Actualmente, casi nadie dudaría de que la nuestra no es una disciplina exacta. Estamos hoy más cerca de la investigación histórica, de la narrativa, que de los métodos de las ciencias “naturales”.
Partimos de la historia (de un paciente, de una familia, de un grupo) y desde allí hipotetizamos en el contexto de nuestra investigación clínica. No deja de ser recurrente nuestro cuestionamiento acerca de qué es, qué recorta, cómo limitamos esta historia. Frecuentemente nos preguntamos: ¿Y qué es entonces, la historia? La tautología de definir la historia como lo que hace el historiador, como al psicoanálisis como lo que hace un psicoanalista subraya la dificultad de encontrar claros paradigmas para enmarcar nuestra tarea.
Historiadores y analistas utilizamos criterios provisorios, coyunturales, transitorios, que parten de indicios, de documentos, de narraciones... ¿Podemos intentar ser más precisos, por el momento, sin correr el riesgo de definiciones injustamente excluyentes?
Sabemos que la historia nunca es homogénea, nunca unidireccional, ni responde al principio de acción y reacción, al hecho simple y mecánico. El intento de homogeneización va por cuenta del historiador, que deberá lidiar con opiniones y presiones: nos es familiar que los dueños de la llamada verdad histórica son los que creen ganar y estos son los que habitualmente terminan escribiendo los textos. En este sentido, una de las cuestiones a considerar es la definición del concepto de “hecho” en nuestra disciplina. Y aquí nos encontramos con que los hechos significativos, aquellos que el autor nos relata, son obviamente interpretaciones de lo acontecido; y los llamamos “hechos” porque son psicológicamente activos, eficaces y producen un efecto de verdad, de realidad, de acaecido.
Nuevamente citamos a Carr (1984) cuando al referirse a la Historia como disciplina, señala que “...el conocimiento del pasado ha llegado a nosotros elaborado por mentes humanas, por lo tanto, estos conocimientos son alterables”.
Sabemos que no hay verdad histórica objetiva, y que la llamada verdad material no es tema de análisis. Debemos entonces considerar a los hechos como juicios admitidos que se asemejan a un suceso acontecido.
La historia es, después de todo, la historia del pensamiento...e implica una determinada perspectiva....la perspectiva del historiador ambientada en su contexto.
Esta reconstrucción del pasado en la mente del historiador/psicoanalista se apoya en lo que para él es la evidencia empírica: pero ésta no es una mera enumeración de datos. Antes bien, en el proceso de reconstrucción rige la selección y la interpretación de los hechos: esto es lo que los hace precisamente hechos históricos. Y esta selección e interpretación en psicoanálisis, acude más a las fuentes del indicio que a las de la evidencia. A mi modo de ver, para nuestro quehacer, lo indiciario es más valioso que la mera estadística o que la enumeración de lo evidente. (Guinzburg, 1989).
Entendemos entonces, desde esta mirada, que la tarea primordial del historiador (o del psicoanalista en nuestro caso) no es recoger sino valorar. Recoger valorando. Porque si no valoramos, ¿cómo reconoceremos el material que merece ser recogido? No nos debe ser extraño lo tantas veces comentado respecto a la historia: “...los hechos en la historia no existen para ningún historiador… hasta el momento en que él los crea”.
Ricoeur, P. (1977) sostiene que la teoría psicoanalítica selecciona y codifica hechos dentro del contexto de la sesión analítica, que son mediados por el lenguaje y dirigidos a otro. No son necesariamente observables, sino que resultan del sentido que cobran para el sujeto los mismos sucesos que el psicoterapeuta considera desde la posición de observador. Considera al hecho psicoanalítico en cuatro dimensiones: es narrable, está dirigido a otra persona, es fantaseado, figurado o simbolizado y además, es recogido en el relato de una biografía (historizado). Ricoeur coincide con los análisis de Habermas en cuanto a separar las ciencias histórico-hermenéuticas (ciencias del espíritu se corresponden con el interés práctico, reguladas por la intersubjetividad), de aquellas que buscan la objetividad.
Guntrip, H. (1967) basándose en Home, H. (1966) propone al psicoanálisis como el estudio de las vivencias subjetivas de objetos vivos, a través de un proceso subjetivo, interno, que llamamos reconocimiento o comprensión de nuestra vivencia inmediata.
Por otro lado, el aporte de Benedeto Croce nos enseña que toda historia es historia contemporánea: sólo podemos captar algo del pasado a través del cristal del presente, a la luz de los problemas y de las necesidades de nuestro contexto.
Entonces, ¿resultará que la historia no es más que una perspectiva sesgada? Si hacemos un ejercicio y pensamos: ¿Cómo vemos hoy a la Edad media? ¿Y cómo fue vista durante el Renacimiento? En nuestra respuesta, seguramente, nos encontraremos con hechos seleccionados absolutamente diferentes.9
Si nos preguntáramos qué representa Freud para los analistas de hoy en día (y dejando de lado los que por su vínculo narcisista con el maestro hicieron por la vía de la idealización de su teoría un dogma), podemos consensuar un modelo de incansable investigador, no conformista y entusiasta, que teorizó y se refutó a sí mismo, por lo que su obra científica siempre abierta no resulta uniforme o lineal. Saludablemente podremos identificarnos con su curiosidad, su rigor científico y su actitud frente a aquello que resulta novedoso: después de todo, él decía que el único texto sagrado era el del paciente, y éste, finalmente, nunca es el mismo: se agregan patologías, varían las prevalencias, “construimos” otros pacientes desde diferentes culturas. Hoy podremos refutar, complementar o descentrar el resultado de muchas de las investigaciones freudianas, pero probablemente su método –su modo de investigar– continúe con pocas variantes.10
Dice Green (1995) “El duelo de Freud significa que nos vemos obligados a comprobar: 1. que él ya no está aquí para seguir, como lo hizo, rectificando su obra con arreglo a las enseñanzas de la práctica; 2. que aun cuando estuviese ahí, no nos sería de ninguna utilidad, porque seguiría pensando como un hombre de principios de siglo; 3. que tampoco podemos no advertir que su genio no lo eximía de permanecer ciego a ciertas realidades, y de estar impregnado por una ideología que debemos cuestionar; 4. que ningún sucesor de Freud, al margen de contribuciones absolutamente notables, nos ofrece solución alguna de recambio; 5. que tenemos que arreglárnoslas solos en una perspectiva crítica. Crítica de la obra freudiana desde el interior y crítica de la obra freudiana desde el exterior, es decir, en función de nuestra experiencia y de nuestra epistemología.”
Cuando contamos nuestra historia, afirmándonos en el pasado, pero desde nuestro tiempo, hablamos siempre de un movimiento... todo ocurre en un devenir (going on being, como lo llama Winnicott, apelando al presente continuo, al gerundio), significando un “ir siendo” ininterrumpido.
La obra de los autores que privilegiamos en este libro se difunde en el mundo psicoanalítico luego de la Segunda Guerra Mundial. Winnicott publica artículos que jerarquizan, con la fundada experiencia del autor, los factores ambientales en la constitución del psiquismo temprano (Winnicott (1945, 1952,1956). Kohut, algo más tarde (1959, 1966) propone la valorización del narcisismo –que a la sazón se construye a partir de relaciones objetales tempranas– como “motor” del psiquismo hasta entonces peyorizado.
Es relevante en la difusión de sus ideas, que ambos ocuparan cargos importantes en la organización política de sus respectivas instituciones y se proyectaron también fuera de ellas: Winnicott presidió en dos oportunidades la Asociación Psicoanalítica Británica, mientras que Kohut fue presidente de la Asociación Psicoanalítica Norteamericana y luego vicepresidente de la International Psychoanalytic Association, sumando poder político a sus concepciones científicas.
Hoy podemos apreciar que estas perspectivas –nuevas formas de concebir lo psíquico– han tenido un efecto multiplicador, y a partir de ellas, muchos pensadores han podido jugar creativamente, confrontándolas, reuniéndolas entre sí, o con las de otros autores, ampliando líneas ya trazadas y desarrollando propias.
Sería difícil establecer territorios limítrofes entre los seguidores de ambos autores: en una primera generación, podemos destacar a M.Khan, R.Laing, M. Milner, R. Gaddini, C. Bollas, siguiendo los pasos de Winnicott, mientras que aquellos que han seguido desarrollando las ideas de Kohut, lo hacen desde diferentes líneas: así han crecido pensamientos como los de Gedo, J., Orstein, A., Orange, D., Bacal, H., Stolorow,R., Goldberg,A., Mitchell, S. Branchasft,B., Lichtemberg, J. y otros, configurando verdaderas escuelas (hoy ya podemos hablar de kohutianos de la primera tópica, relacionalistas, intersubjetivistas, y algunas más en formación).
Otros contemporáneos como J. McDougall y A. Green, sin enrolarse en escuela alguna, abrevan también en fuentes directas o cercanas a Winnicott y a Kohut, entre otros, y han contribuido con sus teorías propias al desarrollo actual del psicoanálisis.
Vale la pena recordar la famosa cita de Guntrip (1975): “La teoría es un sirviente útil [...] pero un mal amo, susceptible de dar origen a ortodoxias de toda clase.”
Sin embargo, sabemos (por la experiencia de recorrer nuestra práctica) que a menudo nuestra teoría se transforma inevitablemente en amo. Y resulta utópico, ingenuo, el intento de Wallerstein (1988) al plantear que los analistas tenemos la teoría clínica como un elemento común, unificador.
El mismo texto de Guntrip se propone desde una línea que no parece demasiado plástica. Pareciera que los embanderamientos (las identidades del analista en cuanto a su weldanchaung), son inevitables. Y resultan una resistencia o un baluarte a la hora de analizar. Seguramente ésta es quizá una de las principales razones por las cuales es necesario abrir el psicoanálisis al intercambio con otras disciplinas.
Ampliando las superficies de contacto en el aprendizaje de los psicoanalistas, quizá no caigamos en la tentación tan simple de reducirnos a tener un solo amo.
Algunos aportes posfreudianos al desarrollo psíquico temprano
Tradicionalmente (Cvik, N., 1984) se consideraba psiquismo temprano al desarrollo sexual infantil hasta la culminación del Complejo de Edipo. Se hablaba de la “prehistoria” de la criatura. Desde esta postura eran los desarrollos instintivos los tomados en consideración para definir el desarrollo. Hasta la aparición de las perspectivas de los autores a los que nos dedicaremos en este libro, no había sino referencias colaterales al papel del medio ambiente.
Autores como Mahler, Winnicott, y Kohut, entre otros, enfatizan que el desarrollo primitivo tiene lugar exclusivamente en la matriz madre-bebé. Winnicott, como veremos en los próximos capítulos, afirma “el bebé… no existe” (y se refiere así, tan taxativamente, a la imposibilidad de aislarlo de la figura maternante).
”En los primeros estadios abstraer al infante de esa matriz indiferenciada y hablar del niño como un ser diferenciado (con pulsiones, fantasías e intencionalidad, etc.) es un recurso de dudosa utilidad y peligrosamente expuesto a deformaciones adultomórficas.” (Lancelle, G., 1984)
Desde el inicio de su vida el bebé necesita objetos que lo sostengan, lo manipulen y le posibiliten un gradual acercamiento al mundo objetal (Winnicott) así también, que lo reflejen y le permitan la fusión idealizada para sentirse seguro (Kohut). Si estos objetos encarnados por la figura maternante (que no es necesariamente la madre biológica del bebé) responden a esas necesidades, posibilitarán la continuidad del self en desarrollo sin efracciones traumáticas.
El énfasis en la respuesta específica de los objetos del medio, caracteriza la perspectiva de estos autores. Si la atmósfera que rodea al bebé es insalubre para su desarrollo, en la clínica nos encontraremos con sus consecuencias.
Si el medio falla reiteradamente en sus respuestas, estaremos dentro de la patología deficitaria.
¿Por qué se desplaza el acento del instinto y sus transformaciones hacia las modalidades vinculares? ¿Por qué estas perspectivas descentran el nudo edípico como piedra angular de la patología y dirigen su mirada a aquello vincular que precede a la organización triangular?
Consideremos el punto de partida contextual –y de la práctica clínica– de nuestros autores: Winnicott, Kohut y algunos de sus contemporáneos comienzan a preocuparse por el individuo que produce el medio urbano y esto se refleja obviamente en las búsquedas que orientan a estos pensadores: muchos sufrimientos psicológicos del hombre a partir de la posguerra surgen como consecuencia de no poder hallar con facilidad la presencia, la disponibilidad, la comprensión, el encuentro, la cooperación intergeneracional, el respeto a la intimidad, que en plena sociedad posindustrial rehúyen tanto más que en la época de la modernidad freudiana.
Los diversos investigadores del psicoanálisis han forjado siempre teorías más o menos complejas acerca del nacimiento psíquico, necesitando hipotetizar acerca de los orígenes. Seguramente el método psicoanalítico, que propone un recorrido en reversa, intenta llegar a aquello que para cada escuela es lo más temprano, concepto éste que, para Winnicott (1967) no es lo más profundo: él establece una notable diferencia entre más temprano cronológicamente (el ambiente indiferenciado aún del sujeto) y lo que resulta más profundo (aquello ligado a los fenómenos depresivos y el odio). Lo temprano, entonces, suele no ser parte del self, aunque sí de la historia del sujeto: se trata de lo que el medio brindó en los primeros momentos de la vida extrauterina en términos de sostén, manipuleo y presentación objetal, mientras lo más profundo se va instalando gradualmente como contenido del self. Si en el ambiente inmediato al nacimiento hubo fallas generadoras de situaciones traumáticas, aparecerán luego, en el contexto de un análisis, quizá como “Transferencias de necesidad” (Lerner, H., Nemirovsky, C., 1989), quedando a menudo resueltas por el encuadre y por los aspectos parainterpretativos de la actividad del analista (su presencia, tono y timbre de su voz, sus acciones). Aquello que resulta más profundo irá apareciendo si posibilitamos la resolución a través del desarrollo de lo tempranamente fallido.
Acerca del concepto de self
Sólo destacaré algunos conceptos, relacionados con la idea del self cercanos a la manera en que es concebido por las perspectivas que desarrollaremos. En consecuencia, no me detendré en los primeros aportes a la conceptualización del self que provienen de H. Hartman, E. Jacobson, M. Mahler y O. Kernberg.
Stern, D. (1985) escribe: “El sí mismo y sus límites están en el corazón de la especulación filosófica sobre la naturaleza humana, y el sentido del sí mismo y su contraparte, el sentido del otro, son fenómenos universales que influyen profundamente en todas nuestras experiencias sociales. Si bien no hay dos personas que se pongan de acuerdo sobre lo que es, como adultos tenemos un sentido muy real del sí mismo que impregna cotidianamente la experiencia social. Es un fenómeno que aparece en formas múltiples. Está el sentido de un sí mismo que es un cuerpo único, distinto, integrado; está el agente de las acciones, el experimentador de los sentimientos, el que se propone intenciones, el arquitecto de planes, el que traspone la experiencia al lenguaje, el que comunica y participa el conocimiento personal. Por lo general estos sentidos del sí mismo están fuera de nuestra percatación conciente (como la respiración), pero pueden ser llevados a la conciencia y mantenidos en ella. Instintivamente procesamos nuestras experiencias de un modo tal que parecen pertenecer a algún tipo de organización subjetiva única que comúnmente denominamos sentido del sí mismo.
Incluso, aunque la naturaleza del sí mismo eluda por siempre a las ciencias de la conducta, el sentido del sí mismo subsiste como una importante realidad subjetiva, un fenómeno fiable y evidente que las ciencias no pueden dejar de lado. El modo en que nos experimentamos en relación con los otros proporciona una perspectiva organizadora básica para todos los acontecimientos interpersonales.”
“Es un supuesto básico de nuestra postura que algunos sentidos del sí mismo existen desde mucho antes de la autopercatación y el lenguaje. Entre esos sentidos se cuentan el de ser agente, el de la cohesión física, el de la continuidad en el tiempo, el de tener intenciones en la mente […].”
Recordemos que J. Strachey comenta en la Introducción a “El yo y el ello”: “Parece posible discernir dos usos principales de das Ich –“el yo”–… en uno de estos, el vocablo designa el “sí-mismo” de una persona como totalidad (incluyendo quizá su cuerpo) para diferenciarla de otras personas; en el otro uso, denota una parte determinada de la psique, que se caracteriza por atributos y funciones especiales. Freud empleó el término en este segundo sentido, en la detallada descripción de “el yo”, que efectuó en su “Proyecto de Psicología” de 1895 (SE, 1, págs. 322-4), así como también en la anatomía del aparato psíquico que emprende en “El yo y el ello”. Pero en alguno de sus trabajos de los años intermedios (particularmente en los vinculados al narcisismo) el “yo” parece más bien corresponder al “sí-mismo” (das Selbst). No es fácil, sin embargo, trazar una línea demarcatoria entre ambos sentidos del vocablo.”
Freud (1930) ha escrito poco al respecto. Considero más significativo, cuando lo expresa como: “Normalmente no tenemos más certeza que el sentimiento de nuestro sí-mismo, de nuestro yo propio.” Lo que refleja que si bien es difícil conceptualizar la idea, conocemos acerca de nuestro sí mismo como aquello que constantemente somos, podríamos decir, lo que reconocemos de nosotros mismos, nuestra identidad. El trabajo de Stern, ya citado, es coincidente con esta observación freudiana.
Winnicott (1970) asume que no es un concepto que le resulta fácil de definir. Lo hace a pedido de la traductora de su obra al francés y confiesa: “Me pregunté si podría escribir algo acerca de este término –se refiere al self– pero desde luego tan pronto me puse a hacerlo descubrí que hay mucha incertidumbre, incluso en mí propiamente, sobre su significado. Comprobé que había escrito lo siguiente: Para mí, el self, que no es el yo, es la persona que soy yo y solamente yo, que tiene una totalidad basada en el funcionamiento del proceso madurativo” […] “el self se encuentra naturalmente situado en el cuerpo, pero en ciertas circunstancias puede disociarse del cuerpo, en los ojos y la expresión de la madre, así como en el espejo que puede llegar a representar el rostro de la madre.” Nos referiremos en el próximo capítulo a los conceptos de verdadero y falso self.
Kohut (1977) señala que el self es incognoscible en su esencia. “No podemos, mediante la introspección y la empatía penetrar en el sí-mismo per se; sólo son accesibles sus manifestaciones psicológicas introspectiva o empáticamente percibidas […] el sí-mismo no es un concepto de una ciencia abstracta, sino una generalización derivada de datos empíricos […] Podemos reunir datos sobre la forma en la que se establece gradualmente una serie de experiencias internas introspectiva o empáticamente percibidas a las que más tarde llamamos ‘yo’ y podemos observar ciertas vicisitudes características de esa experiencia.”
Schafer, R. (1989) entiende que nuestra identidad está formada por varios selfs narrativos, coincidiendo con Mitchell, S (1991) respecto a que la salud mental también depende de la tolerancia a las múltiples facetas con las que estamos constituidos.
Winnicott, Kohut y sus inspiradores (Ferenczi, Balint, Sullivan, Fairbairn, Mahler, Hartmann, Erikson)
Las perspectivas de los autores que especialmente estamos recorriendo, tienen un basamento en pensadores que intentaron dar cuenta de algunos fenómenos que son desarrollados más adelante y en forma exhaustiva por nuestros contemporáneos.
En la historia de la ciencia es habitual que las ideas sean expuestas por pensadores sin que necesariamente prosperen en el momento en que son enunciadas. Así, Aristarco de Samos enunció en 270 AC el heliocentrismo, anticipándose al descubrimiento de Copérnico en más de quince siglos, sin embargo G. Bruno y Galileo pagaron, años después del anuncio de Copérnico, el primero con su vida y el segundo con el renunciamiento público a sus ideas, el precio de plantear teorías que el poder no estaba dispuesto a aceptar.
En todo el desarrollo de la ciencia poder y verdad se oponen y sólo se complementan y recién se aceptan cuando el primero se adueña de lo definido como verdad en cada momento histórico.
Por otra parte la teoría es emergente del contexto, como lo señala Guntrip (1971) al decir que “...toda teoría en particular si se refiere a la naturaleza humana, está condicionada a la era cultural, a la atmósfera intelectual y a las ideas imperantes en la época que nace y se desarrolla”. Así ocurrió –¿por qué habría de ser excepción?– en la historia del psicoanálisis. Sólo a modo de ejemplo encontraremos en las obras de Balint y Ferenczi muchas de las ideas que recién Winnicott puede enunciar.
Nos centraremos en los pensamientos de los autores predecesores de Winnicott y de Kohut, sin intentar desarrollar una síntesis de la obra de cada autor, entendiendo que entre todos integran un tronco común, una mirada particular, que genera una perspectiva que no queda sesgada en las vicisitudes instintivas. Recordemos que estos autores no consideran al conflicto psíquico el punto de partida de la patología psíquica, tomando en cuenta otras motivaciones de lo psíquico.
Habíamos señalado que se suele hablar de psiquismo temprano desde los primeros momentos del desarrollo hasta la culminación del Complejo de Edipo (la “prehistoria” de la criatura) considerando a los desarrollos instintivos como eje de la definición de desarrollo. Hasta la aparición de los predecesores que mencionaremos y en especial hasta las postulaciones de Winnicott y Kohut, no había sino referencias colaterales al importante papel del medio y de otros ejes motivacionales en la evolución del niño.
Un grupo de autores, entre los que sólo citaremos a los más destacados que figuran en el subtítulo de este capítulo, enfatizan que el desarrollo primitivo tiene lugar y exclusivamente en la matriz madre-bebé. Recordemos que taxativamente, Winnicott afirma “el bebé… no existe” (se refiere a la imposibilidad de aislarlo de la figura maternante, no considerando al bebé una entidad psíquica diferenciada: ese bebé no resulta “dueño” de su psiquismo incipiente).11
Ya señalamos que en los estadios más tempranos de la evolución del bebé humano –tan dependiente e inmaduro– necesita objetos que lo sostengan (material y metafóricamente) que lo manipulen y que le posibiliten un gradual acercamiento al mundo objetal (Winnicott), así como que lo reflejen y le permitan la fusión idealizada para sentirse seguro (Kohut). Si estos objetos encarnados por la figura maternante (que puede no ser necesariamente la madre biológica del bebé) responden a esas necesidades, serán experimentados como la continuidad del self que se irá estableciendo.
El énfasis en la respuesta específica de los objetos del medio, caracteriza la perspectiva de estos autores. Si esta atmósfera es insalubre para su desarrollo, veremos las consecuencias a posteriori.
Estamos entonces, frente a propuestas que jerarquizan al medio en que se desarrolla la criatura humana, más allá de la evolución instintiva, para el logro del establecimiento de una salud adecuada. Si el medio falla (si los vínculos más tempranos resultan inadecuados para el desarrollo) estaremos dentro de la patología deficitaria.
Encontramos un cúmulo de ideas de los predecesores, pero comentaremos sólo aquellas que tienen luego continuidad en las obras de Winnicott y de Kohut.
Sandor Ferenczi (1873-1933) y el matrimonio Balint, son los gestores emblemáticos de la creativa escuela húngara de psicoanálisis. El primero vive hasta sus 60 años (1873-1933) dejando enorme cantidad de obra en la cual se replantea el psicoanálisis tal como se lo conocía en ese momento. Es importante acercarse a la lectura directa de sus escritos, ya que es uno de los autores tan cuestionado como “transgresor” como tan poco leído. Recién en los últimos años (¡tantas décadas después de su muerte!) su obra comienza a revalorizarse.
Ferenczi fue paciente de Freud, un paciente de apenas noventa sesiones en distintos períodos. Sus trabajos más originales, que implican su particular perspectiva, son los que aparecen en la última década de su vida. Uno de los más creativos, luego de la publicación de Talassa (1924), es la Elasticidad de la técnica psicoanalítica (1928), donde desarrolla el concepto de Einfülhung (empatía) que será luego retomado por Kohut. Dice Ferenczi que esta empatía guiará la actitud del terapeuta en cuanto a cómo y cuándo interpretar y el modo de hacerlo (recordar que Kohut planteaba que la empatía es aquello que limita el campo de acción del psicoanalista, en cuanto al conocimiento que puede ir adquiriendo de su analizando, y que fuera de ella estamos en un terreno inseguro)
Michel Balint, quien compusiera muchos de sus trabajos con su esposa, a partir de una clínica de pacientes graves, abarca una serie de temáticas diversas, pero respecto a los antecedentes de nuestros autores destacaremos a la Falta básica (1968) como la obra más importante. La falta, sentimiento discernible en la clínica de pacientes graves, se desarrolla por el fracaso del objeto maternante en responder a las necesidades –preverbales, predípicas– del niño, dando lugar a la idea que se desarrollará luego como Teoría del déficit (Killigmo, B., 1978).
Fairbairn (1889-1964), recordémoslo una vez más, especialmente después de 1940, propone a la libido como buscadora de objetos y no de placer; a las zonas erógenas como canales mediadores, y a las fases libidinales como “técnicas del yo” para regular las relaciones con los objetos, fundando las bases para una concepción que podemos denominar del “impulso primario” (búsqueda de objetos como motor central del psiquismo), divergente de aquella de “impulsos secundarios” sostenida por Freud: la sexualidad cabalgando sobre los instintos (anaclisis). La sexualidad queda desdibujada como motivación psíquica siendo la necesidad de amor (interés) lo que el bebé busca primariamente. De allí la compleja estructuración psíquica que propone Fairbairn que “...incluyen funciones yoicas indisolublemente ligadas a objetos en la constitución de una realidad psíquica que excluye la mecánica-hidráulica instintiva del mundo interno.” (Dupetit, 1986)
Fairbairn replantea, como señalamos, la teoría pulsional: no considera que el psiquismo sea resultante del conflicto entre impulsos y defensas. Tampoco acepta la postulación de un instinto de muerte. Para él, primariamente está la relación, el vínculo objetal y luego ese vínculo se cargará libidinalmente. Los impulsos son subsidiarios del self y no son fuente de energía separados de las estructuras. Fairbairn no deja de destacar, como uno de los fundamentos de sus divergencias con Freud, las diferencias contextuales. El siglo XIX, para él, estaba dominado por “una concepción helmholtziana del universo físico”.
Si consideramos el concepto de libido desde la perspectiva enunciada por Fairbairn, y lo enlazamos con lo postulado por otros autores (aquellos que presentan al self como centro psicológico del individuo), podemos entender que queda fuera del campo del psicoanálisis de las neurosis todo un mundo vincular temprano que no encuentra lugar en la metapsicología clásica.
En USA, Harry S. Sullivan , psiquiatra y psicoanalista que vivió en la primera mitad del siglo XX (1892-1949), dedicándose en especial al estudio de pacientes esquizofrénicos, desarrolla una tan interesante cuanto poco citada teoría. Influido por el movimiento culturalista (White, Sapir, Mead, Meyer, Benedict) respecto al desarrollo de la personalidad (Sullivan la denomina Teoría de las relaciones interpersonales) y que sin duda, es la base desde la que despegan muchos de los intersubjetivistas de hoy.
Sullivan sostiene que el hombre, a partir de su biología, es un resultado de la interacción con sus semejantes desde el nacimiento. Plantea que las motivaciones más importantes del psiquismo humano son el lograr satisfacción y el anhelo de seguridad. El logro de satisfacción tiene una apoyatura biológica, mientras que la segunda es un producto de la cultura. Él adscribe a la idea de hombre en situación: no hay hombre aislado, siempre estamos en una situación respecto a los que nos rodean. A partir del sustrato biológico, el hombre es resultado de su vínculo con sus semejantes desde su nacimiento. Estas ideas le permiten integrar una concepción psico-somática-social del hombre que explora.
En sus conferencias en el Instituto William A. White, durante los años 1944 y 1945, planteaba que la enfermedad está relacionada con la comunicación interpersonal, en la medida en que gran parte del desorden mental resulta de la comunicación inadecuada y es perpetuado por ella, al verse obstaculizados los procesos comunicativos por la ansiedad.
H. Hartmann (1894-1970) despliega sus hipótesis teóricas a partir de antiguos modelos biológicos positivistas y desde ellos postula una esfera libre de conflictos en el yo. La maduración del yo, así lo postula, es el resultado de la acción recíproca e ininterrumpida entre las necesidades del organismo y las influencias ambientales (Fenichel, 1957). Considera al psicoanálisis como una psicología general y se interesa por las funciones mentales: afecto, memoria, conocimiento, etc. y especialmente, por los sistemas defensivos (Bleichmar y Bleichmar, 1989). La transferencia repetiría solamente los aspectos pulsionales edípicos, no siendo accesibles las etapas previas. Los aspectos relacionados a la figura real del analista cobran gran importancia, ya que con ella se relacionan los aspectos racionales, no conflictivos, del paciente, para establecer la alianza terapéutica. De estas concepciones derivan los pensamientos de autores como D. Rapaport, E. Zetzel y R. Greenson.
Erik Erikson (1902– 1994) ocupa un lugar prominente en el psicoanálisis norteamericano. Él se refirió a los potenciales del desarrollo en todos los momentos de la vida, construyendo el concepto de ciclo vital resumido en ocho etapas que no finalizan en la adolescencia, como se deduce de la obra freudiana en relación con la tramitación del complejo de Edipo, sino que continúan durante toda la vida adulta y la vejez. Las cuestiones centrales en cada etapa, que al resolverse adecuadamente permiten el paso saludable a la etapa siguiente son:
Confianza vs. Desconfianza
Autonomía vs. Vergüenza y duda
Iniciativa vs. Culpabilidad
Laboriosidad vs. Inferioridad
Identidad vs. Confusión
Intimidad vs. Aislamiento
Creatividad vs. Estancamiento
Integridad del Self vs. Desesperación
Las cinco primeras corresponden a la niñez y primera adolescencia y las tres posteriores a la adultez y vejez. Cada etapa transcurre con crisis emocionales específicas y se ven afectadas y determinadas tanto por factores biológicos como por la cultura. En cada etapa encontraremos la posibilidad de un desarrollo saludable o enfermo. Tomando la primera etapa, la confianza básica, y en coincidencia con los planteos de los autores más citados en este libro, señalemos que esta actitud confiada que va adquiriendo el bebé, dependerá de una respuesta saludable del medio objetal a sus primitivas necesidades, pero que tendrá implícitos los requerimientos sociales de crianza. Erikson (1982) ejemplifica esta compleja operación en su observación acerca de los métodos de crianza de los Sioux, subrayando que el bebé perfeccionará sus funciones adaptativas desde los más menudos hábitos cotidianos. Las madres sioux son atentas y generosas con sus crías pero durante el amamantamiento, y en la etapa de dentición “suscitan jugando la pronta cólera del niño de tal manera que provocan el máximo grado de ferocidad latente”. Y prosigue Erikson: “Esto parecía canalizarse más tarde en el juego habitual y luego en el trabajo, pues la caza y la guerra requieren una agresividad eficaz contra la presa y el enemigo. Llegamos entonces a la conclusión de que las culturas primitivas, más allá de dar significados específicos a la experiencia corporal e interpersonal temprana para crear los énfasis correctos sobre los modos de los órganos y sobre las modalidades sociales, parecen canalizar cuidadosa y sistemáticamente las energías así provocadas y refractadas y dan un significado sobrenatural coherente a las ansiedades infantiles que han explotado mediante tal provocación.”
Es importantísimo el aporte de Erikson a las teorías desarrolladas por los autores de “la escuela del self”, especialmente en lo que concierne al desarrollo epigenético y a la adaptación, teniendo en cuenta los requerimientos sociales encarnados en las acciones de la crianza.
A partir de numerosas observaciones del bebé y su madre, durante la décadas del ´60 y del ´70, Margaret Mahler (1897-1985) da cuenta de los fenómenos empíricos tomando en consideración el modelo freudiano, así como el de la psicología del yo relacionándolos con los planteos de Fairbairn de las relaciones objetales, proponiendo tres fases del desarrollo normal, una primera fase autística, hasta la 4ta. semana de vida, de absoluto narcisismo primario, en la que el bebé permanece aislado, absorto en sí mismo, seguida de una fase simbiótica de unidad con su madre, hasta los cinco meses aproximadamente, para luego proponer la tercera fase de separación-individuación, que comprende cuatro subfases (diferenciación, entrenamiento, acercamiento y constancia objetal), hasta llegar a la consolidación de la individualidad y a la integración y a una constancia objetal aceptablemente estable (entre los dos y los tres años).
La separación es considerada un logro intrapsíquico, mientras que la individuación comienza con la conciencia del propio ser. Mahler, M. (1968, 1975) considera que en la psicosis infantil, la relación simbiótica falta o está gravemente distorsionada. En el síndrome autista, el niño no puede utilizar a su madre para hacer frente a los estímulos de origen aún no discriminados que lo amenazan como ente individual. La defensa autista es un intento supremo de alucinar negativamente la existencia del mundo de los objetos vivientes (Dio de Bleichmar, E. 1977).
En cada fase puede haber dificultades que se traducirán en posterior patología, autista o simbiótica.
Es imposible reseñar a muchos autores además de los citados que influyeron en la obra de Winnicott y de Kohut, pero no podemos dejar de mencionar a Bowlby, J.(1907-1990) a quien nos hemos de referir luego.
4 Este capítulo y algunos de los siguientes parten de los desarrollados en los Cursos de Educación a Distancia deAPdeBA, 2004/2005/2006.
5 La perspectiva es siempre un resultado, un producto del imaginario social en un momento histórico. En el arte –¡y vaya si el psicoanálisis incluye tanto el arte al operar!– su valor es posibilitar un punto de vista hasta entonces no apreciado, permitiendo el hallazgo de nuevas formulaciones acerca de lo observado. Este proceder implica, finalmente, la creación de un hecho nuevo. Es lo que le permite decir a Alberti: “Por fin veo al mundo como Dios lo creó”, al tomar contacto con la perspectiva renacentista que inaugura Brunelleschi. (Berger, 1976) y cinco siglos después a Dalí: “Cuando veo, invento” (Ades, 1982).
6 Podemos hipotetizar que aquellos planteos fueron demasiado adelantados a una época que exigía fidelidad a la mirada freudiana, cuando no a la figura de Freud y además, que probablemente los innovadores que pergeñaron esas concepciones no supieron o no pudieron ganar el poder político necesario para posibilitar la aceptación de sus nuevas ideas.
7 Recordemos que las palabras iniciales del “Proyecto…” que Freud escribe en 1895 y rápidamente archiva, son: “El propósito de este proyecto es brindar una psicología de ciencia natural, a saber, presentar procesos psíquicos como estados cuantitativamente comandados de unas partes materiales comprobables y hacerlo de modo que esos procesos se vuelvan intuibles y exentos de contradicción.”
8 Conjugando épocas y objeto de estudio, y a modo de ejemplo veamos qué plantea Stern (1985): “Muchos datos sobre las pautas alimentarias de las sociedades primitivas existentes [...] sugieren que, casi durante toda la historia humana, los infantes fueron alimentados con mucha frecuencia, a la menor demanda hasta dos veces por hora. Puesto que la mayoría de los bebés eran llevados a cuestas por la madre, en contacto con el cuerpo de ella, ésta percibía la más ligera muestra de inquietud por parte del niño e iniciaba breves y frecuentes comidas, tal vez de unos pocos chupeteos para mantener bajo el nivel de activación /cita de Stern: deVore y Konnor, 1974/. La consecuencia de esta perspectiva es que el drama del amamantamiento hoy en día es producto de nuestro sistema de crear una gran estimulación y activación en forma de hambre, seguidas por una caída abrupta. La saciedad se convierte en un fenómeno de intensidad y drama iguales a los del hambre, pero de dirección opuesta.
9 Niestzsche, F. (1972) dice con su tremenda voz: “La fuerza del conocimiento no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su grado de asimilación, en su carecer en cuanto a condición vital. Allí donde estas dos cosas: vivir y conocer, parecían entrar en contradicción, no hubo jamás lucha seria; en este campo, la negación y la duda eran locura.”
10 Vale la pena enfatizar nuevamente que la psicopatología es un derivado de los esquemas referenciales; esquemas que son, a su vez, productos de la cultura de la época. La psicopatología habitualmente crece por los “bordes” de las categorías clasificatorias, como ejemplo: en las fronteras entre psicosis y neurosis aparece el borderline, pero pronto habrá que diferenciarlo del esquizoide que a su vez deberá distinguirse de las esquizofrenias ambulatorias y de las neurosis graves. Nuestras “nuevas miradas” van complejizando la taxonomía.
11 Laplanche y Pontalis (1971) comentan acerca de las zonas erógenas, y desde la perspectiva del desarrollo libidinal: “Conviene considerar que las zonas erógenas constituyen, en el origen del desarrollo psicosexual, los puntos de elección de los intercambios con el ambiente, al mismo tiempo que solicitan, por parte de la madre, la máxima atención, cuidados y, por consiguiente, excitaciones.”
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