Czytaj książkę: «Cien años de sociedad»
Nota preliminar
La edad, con sus limitaciones, ha contribuido a que este libro aparezca con un retraso que no estaba previsto cuando se publicó en 2006 Memorias de un espectador, el cual, como terminaba con temas y situaciones no más allá de 1950, invitaba a pensar en un segundo volumen. Pero si Cervantes tardó diez años en acabar una segunda entrega, me perdonarán la dilación cuando además no se trata tan siquiera de una continuación. Si hubiera seguido el ritmo expositivo del primer libro, no habría bastado ni un segundo libro ni un tercero.
Cien años de sociedad tiene vida propia, sin vínculo con una obra anterior ni perspectiva de preceder a ninguna otra. Recoge trazos que corresponden a la segunda mitad del siglo pasado, pero sin lazos muy estrictos con la cronología. Memorias, todo lo son cuando recordamos acontecimientos pretéritos. Pero una cosa es sistematizar el tiempo y otra dejarse llevar por los recuerdos que están ordenados en el cerebro como tomos en una estantería. Estos son, pues, capítulos sobre acontecimientos de mi vida recordados con la libertad de un escritor que está a punto de dejar atrás el hecho de ser nonagenario.
Carles Sentís
Prólogo
Cuando hace algunos meses recibí en mi despacho del Club de Madrid la llamada de mi buen amigo Jaime Arias, no podía imaginar que el objeto de la misma era ofrecerme la posibilidad de escribir el prólogo del nuevo libro que estaba a punto de publicar Carles Sentís. Por supuesto, no podía, ni quería, negarme a aceptar este honor, pero inmediatamente surgieron en mi mente algunas dudas. ¿Era yo realmente la persona indicada para asumir esta tarea?
Conocía evidentemente la trayectoria profesional, política y diplomática del autor, pero mis últimos contactos con él se remontaban a varios años atrás, cuando mi mujer y yo habíamos disfrutado de su hospitalidad en su casa de la Costa Brava en tiempos en que veraneábamos aún en Llafranc, antes de regresar a una infancia nunca perdida en aquel Camprodon que mi bisabuelo, Bartolomé Robert, recomendaba, entre otras razones por su “humedad seca”.
Si a veces amigos comunes me hablaban de él, me contaban que aún le veían por las aguas de Calella pilotando bravamente un gondolís con bandana de pirata en la frente adornada además –como más tarde me enteré– por una hoja de marihuana… por supuesto sin tener la menor idea de ello. Me decían también que seguía empeñado en dar la razón a Gabriel García Márquez cuando escribía que “la vida no es solo lo que uno vive sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarlo”.
Pero lo que no podía imaginar y lo que, aliviado y apasionado, fui comprobando al leer el texto de las memorias era que, salvando espacios y tiempos, muchas de las experiencias y muchas de las personas que habían marcado la vida de Carles Sentís me resultarían tan curiosamente próximas.
Cuando evoca por ejemplo la figura del embajador Casa-Rojas, no pude dejar de recordar una divertida anécdota: cuando el año 1959 tuvo la amabilidad de recibir a mi promoción en nuestro viaje de fin de la carrera de Derecho en aquellos espléndidos salones de su residencia de la Avenue Georges V, el embajador Casa-Rojas nos preguntó: “¿Alguno de ustedes piensa ser diplomático?”. Y ante nuestro silencio –yo por entonces pensaba hacer oposiciones a la abogacía del Estado– nos dijo: “Pues entonces tal vez alguno llegará a ser Embajador”.
Cuando leí el capítulo titulado “OTAN, de entrada no” en el que se refiere al referéndum que, llegado el PSOE al poder, decidió organizar Felipe González, no pude tampoco dejar de pensar en aquellos difíciles meses cuando, como subsecretario de Asuntos Exteriores, tuve que contribuir en la medida de mis posibilidades a explicar el porqué de las condiciones que el llamado modelo español exigía para nuestra permanencia en la Alianza.
Y sobre todo, lo que más me impresionó fue el altísimo número de amigos a los que cita el autor y que habían enriquecido también mis recuerdos, a veces ligados íntimamente a la memoria de mi padre. Como Alberto Puig Palau, como Mauricio Torra Balari, con su gran erudición recibiéndonos en su piso de la rue du Bac, como Xavier Valls, el gran pintor y delicioso conversador, a quien tuve el privilegio de conocer en París poco antes de que nos abandonara, como Enrique Tierno Galván, el viejo profesor, en mucho responsable de mi ingreso en la carrera diplomática, como Ángel Zúñiga, siempre divertidamente impertinente quien, tras una interpretación de El Relicario por una conocida artista en los salones del cónsul general de España en Nueva York, comentó en voz muy alta: “Esto, la que lo cantaba bien era Raquel”.
Si hay una ciudad en la que los recuerdos de Carles Sentís y los míos propios se confunden estrechamente, esa ciudad es París. Y no sólo cuando habla de nuestra embajada y sus titulares, sino en especial cuando evoca Saint-Germain-des-Prés o el Quai des Orfèvres y la Place Dauphine del comisario Maigret, el Pont Neuf o la Brasserie Lipp. ¿Cómo dejar de revivir los tres últimos años de mi larga vida diplomática pasados en la ciudad, para mí, más hermosa del mundo?
Tras la lectura de las páginas de esta obra no hay más remedio que concluir que el cúmulo de experiencias que, a lo largo de los años, fue atesorando Carles Sentís es realmente asombroso. Y no sólo por las fases en que jugó un papel de gran importancia en la historia reciente de nuestro país, como el que protagonizó en los primeros contactos entre el president Tarradellas y el presidente del Gobierno español Adolfo Suárez así como con el Rey. Y no sólo tampoco por los puestos de responsabilidad que desempeñó en la política, en la diplomacia o en el periodismo, sino sobre todo por haber tenido el privilegio de ser testigo de momentos inolvidables junto a personalidades de todo género.
A este último capítulo pertenecen, entre otras múltiples anécdotas que relata Carles Sentís, su primer encuentro con el general Franco y su curioso y sorprendente interés por el ciclismo, o la que le sitúa en una recepción con motivo de la fiesta nacional en París, cuando el embajador le encargó que diera conversación al nuncio de Su Santidad que “está un poco perdido” y que resultó ser después el maravilloso Juan XXIII, o la de su baño en las aguas de Palomares junto al ministro Fraga Iribarne y el embajador norteamericano Biddle Duke o la de su entrevista con el rey Faysal de Arabia Saudí dos meses después de destronar a su hermano mayor Saud y poco antes de ser asesinado por su sobrino.
En un momento determinado, declara Carles Sentís en este libro que “no me quería convertir en un político profesional, sino que había aportado mi colaboración dentro de una etapa política para volver al periodismo”, que era su opción fundamental. Creo que algo semejante podría decirse de su paso por la diplomacia, a la que dedicó también su gran capacidad de trabajo y su habilidad para las relaciones humanas.
Es cierto, como escribe, que en el mundo de los diplomáticos de carrera existe a veces cierta resistencia ante los denominados embajadores políticos. Esta actitud, que podría estar justificada en ciertos casos, no lo está en absoluto cuando un nombramiento de este género tiene una clara razón de ser, como fue el caso de Juan Antonio Samaranch, extraordinario embajador en Moscú, o el del propio Carles Sentís como embajador itinerante.
La vida del autor de estas memorias es pues un tesoro riquísimo de experiencias de todo género que quedan muy bien recogidas en estas memorias redactadas cuando ya ha alcanzado una edad y experiencia envidiables, una edad a la que sería aplicable aquella frase de un viejo sabio saudí: “Cuando te haces viejo pierdes las ilusiones, pero sólo te haces viejo si pierdes las ilusiones”.
Fernando Perpiñá-Robert
Recuerdos de un periodista centenario
Cien años de sociedad
Charles de Gaulle
Había visto a De Gaulle en circunstancias excepcionales, tanto cuando lo conocí en el palco del estadio de fútbol de Brazzaville, como después como corresponsal en la Segunda Guerra Mundial donde combatió. De vez en cuando, en Argel, nos concedía una conferencia de prensa y era admirable seguir sus razonamientos, para cuyo despliegue utilizaba un idioma riquísimo. A veces empleaba términos antiguos que la gente desconocía, lo que se explicaba por su formación clásica, tanto literaria como militar. Desde una edad temprana era conocido como monarquizante –leía L’Action Française– y, sin dejar de ser fiel a la República, sostenía teorías muy personales. Sobre todo en cuestiones técnicas o militares, donde se opuso al concepto de guerra defensiva, que era la tónica del Estado Mayor. Fue él quien creó la guerra de movimiento. Es decir, romper el frente en un punto determinado y profundizar hacia la retaguardia del adversario, sirviéndose de vehículos ligeros todo terreno, como por ejemplo motocicletas con sidecar. El Estado Mayor no estaba de acuerdo con esas teorías y otorgaba más confianza a la Línea Maginot, unas fortificaciones fantásticas que cubrían toda la frontera franco-alemana. Y he aquí que las teorías de De Gaulle fueron las que aplicó al pie de la letra el ejército alemán, que atacó por Bélgica. Los franceses fueron invadidos, pues, según las reglas técnicas configuradas un día por De Gaulle. La población civil del norte y de París se lanzó hacia el sur en su huida por carreteras y autopistas, colapsando todo movimiento del ejército francés. Paul Reynaud se apresuró a nombrar al coronel De Gaulle jefe de operaciones, pero a duras penas tuvo tiempo de tomar posesión pues todo se hundió cuando los ingleses, que previamente habían desembarcado tomando posiciones para defender Francia, se vieron obligados a reembarcar sus fuerzas en Dunkerque.
Como también es sabido, tras firmar el armisticio, los franceses desolados oyeron por Radio Londres (BBC) una voz conmovedora: “Hemos perdido una batalla pero no la guerra”. Pocas veces se ha dicho algo tan esperanzador…
El mariscal Philippe Pétain siempre demostró interés por Charles de Gaulle, al que nombró profesor de Estudios de la Defensa. Además Pétain fue padrino en el bautizo del hijo de De Gaulle, que por eso también se llama Philippe.
El día o, mejor, la noche más dramática que presencié fue cuando, llamado De Gaulle por la Asamblea Nacional y el presidente de la República, René Coty, para ser convertido en instrumento de renovación, en principio aceptó, pero exigiendo una serie de condiciones. En realidad los cambios que pedía De Gaulle equivalían a la muerte de la IV República y al nacimiento de la V. Sucedió el día 5 de junio de 1958. Hacía tiempo que Francia se hallaba en una situación muy difícil. Se producían crisis de Gobierno cada dos por tres. Había diputados socialistas, pero eran más numerosos los comunistas, y por su lado los de formaciones republicanas se peleaban entre sí. Resultaba muy complejo, pues, mantener un Gobierno. Debe recordarse que en aquellos momentos la guerra de Argelia –entonces no se la llamaba guerra, pero lo era– había alcanzado una gran virulencia. Tuvo lugar la batalla denominada de Argel, que demostró hasta que punto los argelinos del FLN (Frente de Liberación Nacional) tenían recursos y se movían como guerrillas urbanas, pues encontraban refugio en la Casbah, o sea, el barrio llamado indígena donde todo estaba comunicado entre terrazas y sótanos.

Carles Sentís junto a Carlos de Rafael saliendo de la estación de metro Mirabeau, en París, frente a la plaza que un grupo de comerciantes catalanes de la capital francesa consiguieron que se bautizara con el nombre de ‘place de Barcelone’
No hacía demasiado tiempo que, con otros corresponsales, nos habían llevado a un lugar del desierto argelino donde unos ingenieros habían encontrado un importante yacimiento petrolífero. El descubrimiento constituía una razón suplementaria para que los franceses quisieran conservar Argelia pero, al mismo tiempo, era también un motivo para que los combatientes argelinos se lanzaran a la lucha a vida o muerte. Se debían enviar más tropas a Argelia, pero Francia, acabada la Segunda Guerra Mundial, no se veía con ganas de volver a luchar como lo acababa de hacer por retener Indochina. Esta experiencia había resultado negativa y los franceses sufrieron un duro revés en un pequeño valle denominado Dien Bien Fu.
Fue entonces cuando el personal político recordó que doce años antes De Gaulle, fastidiado con lo que él consideraba “politiquería”, había abandonado la presidencia del Gobierno y se había retirado a su casa, concretamente al pueblo de Colombey-les-deux-Églises. “Si queréis, ya sabéis dónde estoy”, dijo. Fue en aquellos momentos cuando, a toda página, publiqué en el ABC un artículo titulado “Au revoir, mon général”. Muchos estuvieron en desacuerdo y quedé como un iluminado que pensaba que en Francia, donde siempre han surgido políticos extraordinarios, necesitaban aquel general un tanto extravagante. Pasó algún tiempo y Francia conoció buenos gobernantes y otros no tan buenos. El asunto más grave era la situación de Argelia. Obligada Francia a liberar Marruecos y Túnez, quería conservar Argelia como una especie de provincia en la que vivían cerca de tres millones de franceses o europeos que habían contribuido a modernizar un país que ya era casi más europeo que africano en ciertos aspectos.
Aunque las cosas estuvieran muy mal, y algunos diputados apuntaran la posibilidad de llamar a De Gaulle, otros –sobre todo comunistas y socialistas– se resistían. Finalmente, y en gran parte por el peso del presidente de la República, se tomó por votación la idea de llamar a quien había salvado a Francia ya una vez convirtiéndola en uno de los países victoriosos de la Segunda Guerra Mundial. En 1958, De Gaulle ya no era aquel hombre delgaducho de Argel, sino que había engordado bastante. Había adquirido, además, una dicción menos seca y en su lenguaje se inclinaba por modulaciones más suaves. Por eso aquella noche, cuando hablaba desde la tribuna, un diputado comunista dijo: “en Argel fue la sedición –cuando se erigió en jefe del Gobierno de Francia– y hoy es la seducción”, donde se refería a su voluntad de convencer a los diputados de algo que parecía imposible: cambiar la estructura constitucional. Esta era la situación: él aceptaba, como se le pedía, el Gobierno de Francia, pero no tal y como estaba organizada la estructura política, sino que exigía emprender algunas reformas que equivalían a una República semi-presidencialista. Se respetaría el Parlamento, que elegía al jefe de Gobierno, pero a su lado figuraría un presidente de la República que no era representativo, sino ejecutivo. El presidente, por otra parte, se reservaba la iniciativa en política internacional. El hecho de que el presidente de la República pudiera tener un color político y el presidente del Gobierno otro, era visto por De Gaulle como una ventaja para tomar unas decisiones políticas más equilibradas. Además, con el afán de evitar crisis de Gobierno, el presidente de la República, votado directamente por el pueblo, debía permanecer en el cargo un septenio y no un cuatrienio. O se aprobaban sus propuestas, o se volvía a casa. Al mismo tiempo, sin embargo, adoptaba maneras nada dictatoriales y cuando algunos le criticaban en ese sentido decía: “A mi edad no se empieza una carrera de dictador”. A los pocos días, ya instalado en el palacio del Eliseo, en una conferencia de prensa repitió esta frase que aquella noche había escuchado poca gente. La frase dio la vuelta al mundo.
Parecía que todo estaba decidido y él ya había abandonado la Cámara cuando, de pronto, volvió atrás. Pidió que la sesión continuara aquella noche en lugar de dejarla para el día siguiente. Había un proyecto de ley que, dado el planteamiento, podía hacerle perder una votación. Quiso rectificar sobre la marcha y pensó que si no retomaba el auditorio en caliente, se exponía a complicaciones. Fue entonces cuando se volvió más persuasivo y próximo y, por lo tanto, la seducción de la que había hablado el diputado comunista se acentuó. Incluso Mendès France, el diputado que había pronunciado el mejor discurso de oposición al plan de De Gaulle, cambió de opinión y después de escucharlo nuevamente, aceptó las modificaciones de lo que ya se denominó la V República.
A la última votación siguió un espeso silencio. De pronto se rompió por una voz surgida de la tribuna pública. Fue una voz femenina que con un profundo suspiro de liberación gritó: “¡¡Ah!!”… Los diputados comunistas desde sus escaños se dirigieron hacia la tribuna pública protestando airadamente contra aquella exclamación de una señora elegante. Así acabó la sesión de la Asamblea Nacional. De madrugada, saliendo hacia la plaza de la Concordia, pensé en la parte personal de aquel acontecimiento histórico. Doce años después había resultado profético mi artículo, que fue publicado nuevamente en el ABC y también en Clarín de Buenos Aires, del cual era corresponsal en París. Su director muchas veces me había tomado el pelo sobre mi convencimiento de un retorno de Charles De Gaulle.
Si Paul Reynaud hubiera podido dar a De Gaulle el mando antes de que empezara la verdadera guerra, en 1940, las cosas habrían tomado un rumbo muy distinto.
La ‘place de Barcelone’
Fue una media victoria aunque los promotores lo consideraran un éxito total. Unos barceloneses de vieja raigambre en París y yo mismo intentamos restablecer un equilibrio inexistente: mientras en Barcelona hay una calle París en el Eixample, en París no existía correspondencia.
Para negociar una calle o plaza para Barcelona en un París de principios de los sesenta, no cabía esperar ayudas políticas o diplomáticas puesto que una cierta enemistad franco española, por lo menos oficial, se mantenía. Pero siempre puede haber un atajo, y eso es lo que vieron unos pocos catalanes de la cámara de comercio española en París, con tintes poco políticos. El más fuerte económicamente era Joan Garrolera, dueño del hotel Montabor, que pudo considerarse, a lo largo del siglo XX, el vivo espejo de la política española: cuando llegaban refugiados monárquicos hacían sus maletas los republicanos, y con la Guerra Civil aumentó el trasvase. Garrolera era de Arbúcies, aunque la referencia para muchos catalanes en el extranjero ha sido y sigue siendo Barcelona. Estaba en el comité José Vert importador/exportador, Fèlix Ferrer dueño del viejo restaurante Barcelona que a pesar de su nombre presentaba espectáculos de flamenco. Cuando Ferrer se retiró, vendió el negocio a sus empleados porque le garantizaron conservar la denominación Barcelona. Otro integrante era Carlos de Rafael, consejero de la importante compañía Saint Gobain, y puede que olvide alguien más.
El caso es que todos teníamos fácil acceso al presidente del consejo municipal, el cual comprendió enseguida el tema. Le recordé que en la Belle Époque casi todos los grandes artistas barceloneses habían residido en París llevados por la corriente del mundo del arte, que lo consideraba como su centro o polo de atracción: Ramon Casas, Rusiñol, Créixams, Grau Sala, el escultor Fenosa, Picasso que, aunque malagueño, vivía en Barcelona cuando con sus amigos se trasladó a París, o Dalí aunque fuera de Figueres.
El presidente del consejo municipal nos prometió ocuparse del asunto, cosa que hizo muy bien. Nos dijo que no quería echar mano de ninguna ubicación fuera del París clásico como el quartier de la Défense, entonces en construcción. París es una ciudad muy hecha y bien terminada. Resultaba difícil encontrar algún lugar vacante en un buen barrio céntrico. Finalmente un día nos llamó: en el Ayuntamiento habían encontrado la solución. Se trataba de un cruce de varias calles que al prescindir de una gasolinera emplazada en una de las esquinas se podía considerar una verdadera plaza. El lugar no podía ser mejor: junto al Sena, no lejos del Trocadéro y a la vera misma de la Maison de la Radio –toda una referencia–. En la orilla opuesta del majestuoso Sena, la Tour Eiffel rendía honores en el campo de Marte.
Sólo apareció un inconveniente insalvable: la estación de metro que caracteriza el lugar no podía tomar el nombre de Barcelone porque desde su creación se llamaba Mirabeau. Cambiar el nombre hubiese significado modificar no sólo todos rótulos sino todos los mapas de la red que desde tiempo antiguo cuentan con unos paneles de consulta luminosos en casi toda las estaciones. De manera que la place Barcelone debe convivir con Mirabeau, el conde economista y diputado en tiempos de la revolución, partidario de una monarquía constitucional y puente entre ésta y la asamblea. Los nombres de las estaciones de metro van ligadas al sector urbano que ocupan y por lo tanto Barcelone ha quedado ensombrecida.

Simenon
Lo descubrimos, si se puede decir así, al mismo tiempo Josep Pla y yo. Estábamos en Marsella hacia finales del año 1936, y los libros del escritor belga Georges Simenon se vendían solamente en los quioscos de las estaciones de los ferrocarriles. Aunque tal vez empezaban a apuntar en las librerías ya que Pla me dijo un día que André Gide había escrito que Simenon era el Balzac moderno. En todo caso, nosotros lo leíamos y comentábamos con fruición. Buscábamos sus libros de años anteriores, cuando de periodista de un diario popular de París se convirtió en novelista. Pasé en blanco alguna noche abstraído en su lectura, que en aquel momento consistía en la serie del comisario Maigret. Me marché pronto de Francia, pero Pla, que permaneció en Marsella, viajó una vez a la vecina isla de Porquerolles, donde sabía que se albergaba Simenon. Quería hacerle una entrevista. Si no recuerdo mal, la cosa no funcionó porque la conversación tuvo lugar mientras Simenon se interesaba por el juego de la petanca, y Pla se sintió desconsiderado.
Por mi parte escribí a Simenon desde Nueva York, cuando supe que se hallaba en el Cape Cod, en el norte de Estados Unidos, junto a Canadá. Le expliqué que estaba interesado en hablar con él sobre la posibilidad de editar en España alguno de sus libros. Me respondió muy rápidamente diciéndome que había hablado previamente con otro catalán y había pactado la edición de algún libro. Sin embargo existía la posibilidad de editar otro porque no quería dar ninguna exclusiva de su producción. La persona aludida era el egarense Ferran Canyameres, el cual, precisamente, enterado de mi contacto con Simenon, vino a encontrarme meses después cuando yo estaba en París. Recuerdo que lo recibí en la habitación de mi hotel, el Scribe, porque estaba en cama a causa de un resfriado. Canyameres, simpáticamente, dijo que podríamos llegar a un acuerdo, y nos citamos para vernos después de que yo regresara de un viaje que debía emprender en tanto que enviado especial de mis diarios. Desde los primeros tiempos de la Segunda Guerra Mundial hasta el proceso de Nuremberg y la Asamblea General de la ONU viajaba constantemente y no podía pensar en otras cosas que exigieran un tiempo de dedicación pausada.
Por otra parte, consideré que el éxito de Simenon no estaba asegurado entre los lectores de un idioma como el español, pues entonces no era posible la publicación en catalán. El idioma catalán es más permeable para recibir un estilo como el de Simenon, un poco retorcido, frente al español, más académico. Yo mismo realicé la prueba traduciendo un cuento breve que fue publicado en una revista literaria de Madrid y comprobé la dificultad de la traducción simenoniana al español. El caso es que no pensé más en ediciones y, eso sí, proseguí leyendo, aunque con menos interés, los Simenon que iban apareciendo, ya en época alejada del comisario Maigret, adentrada la nueva etapa en la novela psicológica donde el detectivismo no contaba para nada. Me enteré por amigos belgas de la manera de escribir de Simenon. Se medio encerraba y pasaba noches enteras tomando cafés y escribiendo en un estado de tránsito, que consistía en ponerse en la piel del protagonista o de otro personaje del libro. De todas formas, tanto como en el retrato literario, Simenon sobresalía en la evocación de atmósferas y de ambientes. Una vez estuve en un bar de Montparnasse donde él había situado gran parte de una novela psicológica titulada La tête d’un homme. El ambiente del bar era realmente idéntico al que había volcado sobre papel.
Más en Barcelona que en Madrid, Simenon gozó de un recorrido bastante destacado. Tal vez menos que el merecido. Entre el conjunto de libros de detectives, los suyos merecen un punto y aparte.
Sucedió, sin embargo, que a la larga Simenon se volvió repetitivo. Casi todas sus novelas eran parecidas y carecían de la calidad que habían mostrado al principio. Bajó de nivel al tiempo que se convertía en más famoso, en especial a causa de las películas que se rodaron basadas en sus novelas. En los años setenta, con mucho dinero proveniente de la tirada de sus libros y de la exhibición de sus películas, Simenon se alojó en una magnífica finca muy cercana a Ginebra. En aquella época lo conocí personalmente. Fue en el festival de cine de Cannes, al que yo acudía cada primavera y de cuyo jurado incluso formé parte en una ocasión. Coincidimos en una mesa de dirigentes del festival y tuvimos una conversación muy confortable en la que recordó la carta que había recibido en Cape Cod.

Carles Sentís y Josep Pla, que compartieron la admiración por Simenon, en el hotel La Gavina de S’Agaró
Después, bastante distraídamente, seguí la curiosa etapa en que dejó de escribir novelas por cansancio o agotamiento. Sólo de vez en cuando agarraba un micrófono y grababa lo que le pasaba por la cabeza. A continuación, una de sus secretarias lo ponía sobre papel. Con este método, produjo unos pocos libros. Gran error. Se equivocaba porque las cosas improvisadas y no noveladas que decía ante el micrófono eran banalidades. Se adivinaba un hombre poco culto y con ideas muy extravagantes. La realidad de Simenon era mucho más adocenada que su proyección novelesca. Incluso grabó el número de veces que había practicado lo que se llama hacer el amor. Y explicaba que lo había hecho con todas las secretarias y con todas las domésticas de la casa, así como con profesionales. Lo tenía contado y no hablaba ni una sola vez de ningún enamoramiento ni de personalidad femenina que lo hubiera atraído espiritualmente. Además, demostró una gran falta de discreción. Escribió que el suicidio de su hija se debió a que se había enamorado de él y la pobre chica no encontró otra salida. Tal vez era cierto, pero al escribirlo, hizo gala de una gran insensibilidad. Muchos años antes Simenon ya lo había dejado patente. En el libro Je me souviens explica recuerdos de su infancia y vida familiar. Cuenta que no quería en absoluto a su madre, que sentía preferencia por su hermano. Éste se inclinaba más por la tendencia flamenca, ya que su familia era mixta: valona y flamenca. Además, por lo que parece, había colaborado, mucho o poco, con los alemanes ocupantes de Bélgica. Pero una cosa es evocar recuerdos de infancia, incluso defectos de la madre, y otra es poner en juego el suicidio de su hija.
No sé si por los hechos de esa última etapa o por un cambio de apreciación literaria, el caso es que, de simenonista decidido, pasé a no ser su lector.

Vuelos de prueba y otros viajes exóticos
Dado que los temas de actualidad a tratar me obligaban a continuos desplazamientos durante la posguerra mundial, adquirí una cierta fama de viajero. Tal vez por eso, el jefe de prensa de Iberia me invitó a la inauguración del vuelo Madrid-Caracas. Hasta entonces Iberia tenía una sede en San Juan de Puerto Rico, pero quería extenderse a otros lugares del Caribe. Se trataba de un vuelo de escasa relevancia, pero me permitió planear un recorrido de vuelta y escribir sobre Haití y la República Dominicana además de, por primera vez para mí, viajar a Puerto Rico. Sobre esta última isla el diario ABC me publicó tiempo después un librito titulado Puerto Rico, puerto pobre.
La segunda invitación para un vuelo experimental me la hicieron en París. Era amigo del jefe de prensa de Air France, que me convocó en el aeropuerto de la capital francesa. El resto de invitados y yo subimos a un avión Caravelle –modelo que se estrenaba entonces– sin conocer nuestro destino. Solamente sabíamos que saldríamos del eje de París a 12 kilómetros de altura. Fue a esta altitud cuando pararon los motores –punto muerto– y dejaron que el avión demostrara la calidad de su diseño: planeaba, es decir, avanzaba conforme perdía altitud. De este modo llegamos hasta Dijon sin extremar la prueba, que nos podría haber conducido hasta Ginebra. La demostración que el avión, si se producía un fallo en los motores, podía llegar hasta un aeropuerto lejano había resultado satisfactoria.
También por el mismo conducto de la compañía Air France fuimos invitados, mi mujer y yo, a sumarnos a un pequeño grupo de periodistas para realizar un vuelo de un itinerario nuevo: Tahití. Normalmente los vuelos desde Europa a la Polinesia pasan por Los Angeles o San Francisco y desde allí descienden por el Pacífico hasta Papeete. El nuestro, en cambio, se dirigía hacia América del Sur; hacía escala en Lima y de allí saltaba a Tahití.
El viaje no tuvo éxito por un motivo técnico: la distancia de Lima a Papeete es muy grande y, por tanto, exigía demasiado tiempo. Pero gracias a esta prueba, conocimos la Polinesia. Deleitamos nuestros ojos con paisajes de ensueño y comimos cerdo asado entre palmas, o bien frutos del árbol de pan, tan diferente a nuestro pan de cada día.
Al llegar a Tahití, al pasar la aduana, el gendarme que abrió mi pasaporte me habló en catalán. Era de Perpiñán y no de las islas, como las vahinés que nos pusieron collares de flores en la misma aduana. Después de los años treinta, cuando escritores o pintores –Gauguin y más tarde la película Sombra blancas– divulgaron imágenes de los mares del Sur, se podía temer que un turismo masivo invadiría las islas. No ha sido así. La facilidad de ir a otros lugares con playas igualmente atractivas, más próximas y, por tanto, a mejor precio, ha permitido que la Polinesia se haya conservado bastante intacta. Además en algunas islas no se puede construir, y en la que pertenecía a Marlon Brando no es posible ni alojarse. Como nuestra estancia fue breve, nos consolamos con la idea de retornar para visitar más islas. No hemos vuelto nunca más.
El vuelo de prueba más importante que he realizado también llegó por la vía de Air France: el primer vuelo del avión Concorde, recién salido de los talleres. El trayecto del supersónico era París-Nueva York. Lo realizamos en tres horas. Cuando salimos de la capital francesa vimos coches que llevaban niños a la escuela. Cuando llegamos a Nueva York presenciamos la misma escena. Dentro del avión, además del aviador Mermoz, que había cruzado el Atlántico en solitario, estaba el padre del presidente de la República Francesa, Giscard d’Estaign, y otras personalidades parisinas.
Una de las primeras personas que vi a la llegada fue Gérard Gaussen, el cónsul de Francia en Nueva York, que poco antes lo había sido de Barcelona. Guardo un buen recuerdo de la estancia en el hotel Pierre y no tanto del avión. Disponíamos de poco espacio, seguramente porque el diseño tenía que dar prioridad a cortar el aire como un cuchillo. El ruido del arranque lo notaban todos los pasajeros, pero en especial los que se ubicaban cerca de la salida. Además, cuando rompía la barrera del sonido, se producía un chasquido muy desagradable.
A pesar de los inconvenientes, todos los pasajeros de aquel vuelo inaugural pensamos que el Concorde se convertiría pronto en una línea regular que cubriría grandes distancias por todo el mundo. Es sabido que no fue así. El elevadísimo gasto en combustible no resultó compensado por la reducción a la mitad en el tiempo de vuelo. Además, el estruendo que producía levantó quejas por todos lados.
El fracaso económico conllevó que al cabo de pocos años desapareciera el que se postulaba como el gran avión del futuro. Si hubiese continuado el servicio del Concorde hubieran aflorado otros defectos, como sus excesivas emisiones contaminantes, que hoy, a diferencia de años atrás, preocupan seriamente.
Otro viaje especial fue un vuelo de París a Los Angeles, organizado el año 1963 por Stanley Kramer, que había tenido la idea de contratar un chárter. Se trataba de asistir a la primera proyección de Un mundo loco, loco, loco (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World). El productor nos invitó a cenar a su casa. El invitado de honor era el actor cómico Buster Keaton, entonces ya retirado. Cuando anunciaron su presencia y unos proyectores lo enfocaron, el hombre que siempre había hecho reír, poniéndose en pie, lloró.

María Casablancas y su esposo Carles Sentís en Manhattan en 1965, en una terraza de rascacielos habilitada como heliopuerto
Curiosamente, un crítico de cine de nuestro país durmió durante la entera proyección del filme. Es decir, había cruzado el océano Atlántico y el continente norteamericano para visionar la película y marchó de Los Angeles sin haberla visto. Las largas horas de vuelo le habían trastocado el sueño.

Franco y las bicicletas
En el libro Memorias de un espectador ya explico que cuando Manuel Aznar, como embajador de la República Dominicana, me presentó a su presidente y dictador Rafael Trujillo, éste, en un momento dado, me formuló esta pregunta: “¿Y usted conoce a Franco?”. Al decirle que no, percibí su expresión de decepción. Deduje que había calibrado al alza los elogios que debía de haber escuchado sobre mí del embajador. Y no por ideologías políticas, sino porque debía de considerar que un periodista de cierta importancia estaba obligado a conocer al jefe de Estado de su país. Yo mismo nunca me había preguntado si tenía que conocer a Franco o no. Él estaba por encima de todo y muy presente en el ambiente, pero, en cambio, no eran muchos los que le habían visto fuera de sus apariciones hieráticas y envaradas.
A raíz del final de la Segunda Guerra Mundial, Franco tenía que cerrar el estado de guerra civil y conseguir que España volviese a ser, con todas las nuevas circunstancias, lo que había sido. Don Juan de Borbón era la solución para el gobierno del país, con una monarquía tradicional sin vencedores ni vencidos. Eso exigía que los republicanos, desde el exterior e incluso con los maquis, no emprendiesen acciones que sirvieran de pretexto a Franco, pues, contra lo que ellos pensaban, esas acciones le ayudaban. Franco venía a decir: si me voy, volverá la revolución con los anarquistas y comunistas que están en las puertas y, por tanto, debo proseguir en el poder, contando con la aprobación tácita de los aliados que temen la expansión de la URSS a través de cualquier país de la Europa meridional. En lo que a mí se refiere tan pronto terminó la guerra trabajé en múltiples terrenos para el advenimiento de la monarquía.
Sucedió que, en vez de restaurar la convivencia en nuestro país, se practicó una represión sangrante e inacabable. En un país y una época en que los asesinos habían proliferado por todos lados, Franco no quiso dejar de ser el gran represor. La firma, de rúbrica enroscada, la estampaba fríamente bajo las sentencias de muerte. Incluso firmó la de su primo hermano.
Estuve en Estoril trabajando con don Juan de Borbón, tan pronto como descendió del avión que lo trajo desde Lausana. Al final de la Segunda Guerra Mundial parecía que podía producirse un relevo y que una noche, desde Lisboa, don Juan se presentaría en Madrid. No fue así, pero mi posición respecto al franquismo quedó perfectamente reflejada. Escribí un opúsculo, distribuido clandestinamente, titulado Conversaciones con Don Juan, dirigido de una manera clara a los que podían restaurar la monarquía, que eran en primer término los generales del ejército, tan vigilados por Franco porque sabía que eran los únicos que le podían derrocar. El llamado franquismo fue una responsabilidad múltiple y no de Franco solamente. Barcelona, desde julio de 1936 hasta mayo de 1937 fue víctima del dominio anarquista, ya que la Generalitat catalana contaba muy poco en los primeros meses después del 18 de julio de 1936. El alzamiento militar, mal preparado y pésimamente dirigido, dio pie con su fracaso a la revolución que la FAI preparaba desde hacía años. Por tanto, el primer genocidio que se produjo en la Península tuvo lugar en Catalunya por parte de patrullas anarquistas, trotskistas y otros extremistas. Se mataba por matar, y no hace falta mencionar el caso de los curas o los monjes de Montserrat…
Franco se blindó en el poder, decidido a no dejarlo antes de morir. Lo consiguió al precio de mantener a España en una triste situación. En el marco de los dos males citados –prolongación del poder y represión– se produjeron dos detalles curiosos: no entrar en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la presión de su entorno, y no dejar como sucesor a un general dictador sino al hijo de su víctima, don Juan de Borbón. La dinastía continuó en la persona de Juan Carlos, heredero, también dinásticamente, de don Juan.
¿Era necesario buscar un pretexto para ver actuar a Franco tal como era? Tras su jubilación Charles de Gaulle realizó dos visitas –llamémoslas turísticas– a lugares que durante el ejercicio de su mandato no tuvo ocasión de conocer. Había tratado a todos los jefes de Estado de su época excepto a Franco y entonces proyectó un viaje a España, en especial para seguir sobre el terreno, como un estudio militar, un par de batallas de Napoleón. De paso veía a Franco.
Y así fue como, bajo las directrices del embajador francés, se organizó la visita de De Gaulle. Viajaba en un Citroën con los mapas Michelin y con su mujer, Ivonne, y un ayudante. Nadie más. En Madrid, para evitar a la gente, no visitó ni el Museo del Prado y, después de la entrevista con Franco, marchó directamente a la finca El Cigarral de Toledo. En la puerta, le esperaba la familia Marañón para recibirle y retirarse, dejando así solo al general para que pudiera descansar, corregir las pruebas de su último libro de memorias y pisar el terreno donde se libró la batalla de Bailén.

Carles Sentís recibido por Franco en 1963, en la visita protocolaria a raíz de su nombramiento como director de la agencia Efe
Eran momentos en que yo sabía de buena tinta que si Madrid pedía entrar a formar parte de la OCDE no se lo negarían, como la UNESCO aceptó a España el día 30 de enero de 1953 para sorpresa de todos. De eso hablé con el ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que me preguntó también si conocía a Franco. Le respondí que sólo lo conocía de vista. Él me replicó: “Mejor, así sus palabras, viniendo de alguien de fuera, quizás puedan ser más convincentes”. Se refería a que Franco, escarmentado porque en un par de ocasiones lo habían rechazado de una organización internacional, no quería arriesgarse más. Martín Artajo me dijo que me arreglaría una visita a El Pardo para el día siguiente y me anunció proféticamente: “Él le hablará mucho y, si usted no lo tiene muy en cuenta, al final de alguna parrafada dará por terminada la entrevista y usted no le habrá colocado lo que queremos”. Era un mes de julio, y yo, que estaba en Madrid de puro paso para iniciar las vacaciones, no disponía de la adecuada vestimenta protocolaria. Únicamente tenía un traje blanco, de muy buena calidad –eso sí– que había comprado en Puerto Rico. “Es igual –me dijo Martín Artajo–. Usted, al llegar, se lo dice al jefe de gabinete y nada más”. Y en efecto, se lo comuniqué al llegar a El Pardo, y ante mi sorpresa me respondió: “Ah, bueno, tú mismo se lo comentas al Generalísimo cuando entres”. De golpe entendí que el problema del traje, que yo había considerado insignificante, se convertía en algo abrumador.
Recuerdo que, al entrar en el gran salón, tantas veces reproducido en la prensa y el NODO, Franco estaba de pie al lado de aquella mesa repleta de papeles, y el visitante, en este caso yo, estaba obligado a cruzarlo de punta a punta. El suelo, reluciente como el mármol, parecía resbaladizo y todavía lo podía ser más en el punto en que se desplegaba una gruesa alfombra. Había que salvar, pues, esos pequeños obstáculos para llegar al lado de la persona, carente de la menor sonrisa de acogida.
Tras la salutación, empecé a explicar el porqué de mi traje, pensando que un gesto suyo mataría la cuestión. No fue así. Quedó callado esperando escuchar mis razonamientos, que hube de improvisar dado que anteriormente tanto el ministro como el jefe de gabinete lo habían pasado por alto. Pero Franco no. Esperó a que yo acabara mi trabajosa justificación de pie. Una vez sentados, me preguntó por París. Consideraba que Francia nos tenía una especie de envidia. Era conocido su entusiasmo por lo que él llamaba nuestra raza. Justamente se había exhibido una película, cuyo guión era del mismo Franco, que se titulaba Raza. Le dije que en Francia existían unos españoles muy esforzados y que hacía poco había visto en el Tour de Francia un corredor llamado Bernardo Ruiz, tercero de la clasificación general, que cuando llegó a Dax, mientras los franceses, alemanes, italianos, etcétera, eran acogidos por masajistas y otros auxiliares, él, con la mano en el vértice del manillar de la bicicleta, se dirigió a un pequeño hotel que estaba cerca.
Esta noticia de Bernardo Ruiz, tercero del Tour, y sin ayudas, le entusiasmó y dijo: “¿Ve usted la diferencia? Siendo nosotros menos, tenemos corredores muy bien clasificados. Porque, vamos a ver, ¿cuántas bicicletas cree usted que hay en España?”. Yo apunté la primera cifra que me vino a la cabeza. Creo que dije 40.000. “¡Más, muchas más! Sin embargo, en Francia puede haber el triple. ¿Sabe usted cuántas bicicletas hay en Mallorca?”. También evidencié mi ignorancia. Él lo sabía. Después me enteré que los capitanes generales de entonces –Franco lo había sido de las Baleares– cada año realizaban un inventario de toda la locomoción existente en su zona, de la que podían disponer en caso de movilización. Entre los vehículos figuraban los semovientes (creo que se llaman así a las bicicletas). Mallorca ha dado siempre excelentes ciclistas, y él citó tres o cuatro. Como si viajáramos en bicicleta por Mallorca, no había conversación propiamente sino un monólogo en el cual Franco se lucía. Marqué un punto de interrupción por miedo a que se precipitara la despedida, y yo me quedara, como me había anunciado el ministro, sin comunicar mi mensaje. Le expliqué lo que hacía el caso: la buena disposición de la OCDE para aceptar la entrada de España. Franco escuchó mi breve exposición sin hacer ningún comentario. En el momento de la despedida se daban unos pasos hacia atrás para no darle la espalda. Otro peligro de tropiezo.
Me despidió fríamente, actitud que no era de extrañar dado su complejo ante la gente de letras, lo que viví de cerca cuando fui secretario del ministro sin cartera Sánchez Mazas, intelectual puro, que Franco cesó sin comunicárselo directamente. Mandó retirar su silla del Consejo de Ministros. También debía conocer mis movimientos en Estoril, pues su hermano Nicolás no dejaba de producir fieles informes sobre las personas que se movían en el entorno de don Juan de Borbón.
Bastantes años después, en 1962, y como estaba establecido protocolariamente, al ser nombrado director de la agencia Efe, fui –esta vez con chaqué– a El Pardo. Había un tema único: hablar de los proyectos de desarrollo e internacionalización de la agencia. Franco escuchó mi exposición sin añadir apenas una palabra, y la visita acabó enseguida.

Luis Miguel Dominguín de caza con Franco
Aunque la ocasión de una caza despolitizada no fuera un evento especial, no dejaba de ser interesante ver cómo Franco se desenvolvía cuando estaba, y quería estarlo, alejado de sus funciones. Por eso, aunque el protagonista de este capítulo debería ser Luis Miguel Dominguín, he situado este apartado tras el anterior protagonizado por el Caudillo.
Conocía a Luis Miquel Dominguín de cuando todavía era un chiquillo que toreaba con sus hermanos. Me lo había presentado en Madrid Alberto Puig Palau, tan aficionado a los toros y al flamenco. Una revista americana, creo que Vanity Fair, publicó un reportaje sobre Puig Palau titulado “The king of the spanish gipsies” (El rey de los gitanos españoles). El semanario americano se equivocaba. Puig Palau conocía a muchos flamencos, pero no era su rey.
Fue unos años después, ya en pleno éxito personal de Dominguín, cuando trabé amistad con Claude Popelin, un francés que vivía en España, experto en tauromaquia. Juntos acompañamos a Dominguín a unas corridas en Dax y otros lugares del sur de Francia.
A pesar del éxito del torero, Popelin no logró que toreara en París, pues un reglamento francés prohíbe cualquier corrida que no tenga lugar en alguna de las plazas de antigua tradición al sur del río Loira.

Los cazadores frente a sus piezas en la finca de Calderón en 1954. En el centro Carmen Villaverde, rodeada de su padre Francisco Franco y de Luis Miguel Dominguín. Carles Sentís es el tercero a la derecha
Pero una cosa era Dominguín toreando y otra convertido en un personaje de los que más tarde se han llamado famosos. Había periodistas de la Camarga muy entusiastas de Dominguín. Uno de ellos el muy conocido Jean Cau, que preparaba un libro sobre el torero madrileño.
En uno de los viajes de Dominguín a París, unos amigos míos del semanario Paris Match le dedicaron un amplio reportaje previamente acordado. Yo había dispuesto el primer contacto entre los periodistas y el torero. Unos acompañantes del matador, que venían de Madrid, y entre los cuales destacaba don Marcelino, que era un muy simpático liliputiense funcionario del Estado, y nosotros mismos (mi mujer y yo), realizamos un recorrido de night clubs, o como se denominaba en la belle époque, una tournée des grand ducs (en referencia a los rusos de la época) con el fin de tomar fotos para el reportaje.
En una de estas boîtes, L’Orangerie, muy cerca de la avenida George V, uno de los fotógrafos de Paris Match me comentó: “¿Por qué no le propones a Luis Miguel hacer un tour de pista con una amiga nuestra? Las fotos ayudarían a promocionarla”.
Vi que al lado de la pista se esperaba una chica. Era Brigitte Bardot, un producto de Paris Match que mi mujer y yo conocíamos de vista porque vivíamos en el mismo barrio. Dominguín accedió a la petición bastante displicente. No le gustó en absoluto que lo utilizaran. Al cabo de unos minutos volvió a la mesa. “¿Qué te ha parecido?”, le preguntamos. Con aire de superioridad contestó: “Le sudan las manos y huele”. Probablemente el papel que obligaban a hacer a la debutante le producía tensión, y, como el torero no le dirigió la palabra, la chica debió pasar unos malos momentos.
Curiosamente, un par de años más tarde, en su finca Saelices, en la provincia de Cuenca, de golpe Dominguín nos dijo, ilusionado, a Torcuato Luca de Tena y a mí: “¿Sabéis con quién me ha propuesto Clouzot rodar una película?”. Después de mantenernos en suspenso, proclamó: “Pues ¡con Brigitte Bardot!”. Le recordé aquel pase de baile, pero sólo conservaba de él una imagen vaga y confusa.
En uno de sus viajes a París, mi mujer y yo organizamos una recepción en nuestra casa dedicada a Dominguín. Telefoneé a Carmen Tessier, una columnista con talento y humor, que publicaba cada día en France-Soir. La recepción fue un éxito y Luis Miguel quedó muy satisfecho. Tal vez como agradecimiento me dijo que le gustaría invitarme a una de las importantes cacerías que se organizaban en tierras castellanas. Su amigo Calderón había convocado una que más o menos coincidía con un viaje que yo debía efectuar a Madrid.
El día sugerido por Dominguín llegué a Barajas. Vestía con indumentaria deportiva, tal como me había aconsejado. En el aeropuerto me esperaba un secretario suyo, que me dijo: “Los de la cacería ya están en su puesto. Nosotros llegaremos con un poco de retraso”. Y añadió: “Estará Franco, pero no se preocupe, porque su presencia ya ha sido consultada y aprobada”.

Brigitte Bardot entre el embajador José Casas Moreno, conde de Casa-Rojas, y Carles Sentís, invitados a un rodaje
Desde Barajas nos dirigimos directamente a Toledo, a la finca de Calderón, donde llegamos al atardecer. La primera cosa que vi fue una sala donde había militares y autoridades municipales. Ninguno de ellos eran escopetas. En esta especie de cacerías al ojeo hay dos categorías: las escopetas o cazadores, y los que tienen otras funciones pero que no son escopetas.
Atravesamos la primera sala y entramos en una segunda estancia donde hacían tertulia las verdaderas escopetas. Sólamente eran seis o siete. La primera persona que vi entrando fue la hija de Franco. En atención a su condición femenina, y por el hecho de que ya la conocía, fui a saludarla directamente. Carmen Franco dirigió su mirada hacia su padre para señalarme su presencia. Pero ya no pude cambiar mi trayectoria. El planchazo estaba hecho: no había saludado, de entrada, al jefe de Estado.
Acabadas las presentaciones y, al reemprender la conversación, pensé que Franco quizás me preguntaría algo sobre París. No fue así. No me dirigió la palabra. La conversación era muy general. Se trataba, sobre todo, de discutir sobre una perdiz que Franco reivindicaba como suya; su vecino se hacía el sordo. Era una perdiz que había pasado entre Franco y otro cazador. Ambos la reivindicaban.
Cada cazador, entre los cuales había las mejores escopetas de España, llevaba una libreta donde apuntaba las perdices abatidas, y el cómputo anual equivalía a un campeonato elitista. Una perdiz equivalía a un punto.
En estas cacerías se hablaba de los incidentes de la partida y otras cosas parecidas. Nunca de algo que tuviese relación con la política. Lo que me sorprendió más, sin embargo, fue ver cómo Franco se disputaba aquella perdiz. En otros momentos lo vi distendido y riendo de buena gana. Franco a carcajada limpia era inimaginable para los españoles de su época, acostumbrados a verlo siempre con su rictus entre amargo y trascendental.
Al principio de la cacería, de buena mañana, se sorteaban los lugares donde apostarse, excepto el de Franco. A él lo colocaban entre dos planchas de acero en previsión de alguna perdigonada. Eso podía suceder, por accidente, si una escopeta estaba en manos inexpertas. Los buenos disparan primero dos veces, cuando las perdices entran, y después se dan la vuelta y disparan nuevamente si alguna perdiz no ha caído. Ese movimiento de disparar primero delante y después detrás es lo que puede ser peligroso para los otros cazadores cercanos si quien tira no domina lo suficiente la puntería.
Huelga decir que solamente disparé a las perdices cuando entraban. Mis vecinos de posición, que pronto percibieron mi inexperiencia –a pesar de provenir de una familia de cazadores–, disparaban a matar a las perdices que habían pasado encima mío.
Una vez la pieza en el suelo y después de comprobar que, en efecto, la había matado mi vecino, era recogida por su secretario. Justamente ese procedimiento producía algunas dudas sobre la autoría del tiro mortal y sobre la propiedad de la pieza, dudas ante las cuales Franco protestaba en defensa de sus puntos, que podían valerle el título de campeón.
El último día de la cacería se expusieron todas las piezas abatidas como prueba del éxito de la partida. Se tomó una fotografía en que se muestran esparcidas por el suelo.

Luis Miguel Dominguín entrevistado por Carles Sentís en el restaurante parisino Le Procope en 1953
Dominguín, siguiendo la tradición de la gran época de los toros, tenía amigos del mundo artístico e intelectual. Su cuñado, Antonio Ordóñez, era muy amigo de Hemingway, y Domingo Ortega se veía a menudo con José Ortega y Gasset, tambien aficionado a los toros. No más que el doctor Gregorio Marañón, amigo íntimo de Juan Belmonte. Dominguín tenía amigos en todos los ámbitos, como lo demuestra el hecho de que estuviera de cacería con Franco cuando volvía de una de las visitas que realizaba en aquella época a su amigo Picasso. No sé si Picasso hablaba de Franco, pero sí que comprobé que Franco preguntaba con curiosidad a Dominguín cómo era Picasso.

París
Con el embajador Casa-Rojas
De José Rojas Moreno, conde de Casa-Rojas, destacaba la blancura de sus cabellos sobre un rostro de tonos rosados. Su aspecto señorial era algo descuidado. A él mismo, que era aristócrata, no le gustaba el protocolo y sí el trato desenvuelto. En París, donde con mi mujer íbamos muy a menudo desde Bruselas, me dijo un día: “Usted que ha convivido con los franceses de De Gaulle durante la guerra, muchos de los cuales forman ahora parte del Gobierno, debería estar en París como agregado de prensa”. Añadió que, sin duda, el embajador conde de Casa Miranda, que me había traído a Bruselas, comprendería que me trasladara a París. En efecto, en Bruselas encontré comprensión. De hecho se trataba de una promoción, aunque después surgieron unas consecuencias que no había previsto. En la embajada de Bruselas yo sólo dependía del Ministerio de Asuntos Exteriores. Casa Miranda me había invitado a acompañarle a su embajada porque meses antes estuve allí como corresponsal de ABC cubriendo la crisis que acabó con la abdicación del rey Leopoldo y, por lo tanto, conocía el paño. En París, en cambio, la agregaduría de prensa estaba instituida orgánicamente y en el nombramiento no solamente intervenía el embajador, sino un comité de delegados de varios ministerios, entre ellos el de Información. Y eso ya no resultaba lo mismo: estaba controlada por la Falange.
Pronto me convertí en amigo de Casa-Rojas, al que acompañé en algunos viajes por Francia y a diferentes actos, incluso deportivos. Se hizo amigo del director del Tour de Francia, Godded, quien lo invitó varias veces a seguir algunas etapas dentro de la caravana, y yo le acompañaba. Tambien mi mujer y yo lo acompañamos a la boda de Grace Kelly y el príncipe Rainiero. Grace Kelly, con su palidez y distinción, era ya una princesa antes de convertirse en mujer del príncipe de Mónaco. La acogió como princesa auténtica la reina Victoria de España, que en aquel momento era de las que sentaban cátedra.
En la embajada, Casa-Rojas celebraba recepciones muy diversas, como por ejemplo la que organizó con motivo de la fiesta española del 12 de octubre. Los invitados eran sobre todo empresarios, intelectuales y artistas, más que políticos. En un momento determinado, mientras hablaba con otras personas de la casa, el embajador se acercó diciéndonos: “Allí en el rincón veo que el nuncio está solo, vayan ustedes a darle conversación”. En efecto, algo perdido, ahí estaba el clérigo. Normalmente los nuncios no acuden a muchas recepciones, pero aquél se había hecho muy amigo del conde de Casa-Rojas cuando éste era embajador en Bucarest. El nuncio, entonces destinado a París, había estado también representando al Vaticano en Rumanía. En países no católicos los nuncios no gozan de una situación tan relevante como en los países de tradición católica. Casa-Rojas lo ayudó porque tenía muchos amigos rumanos. Justamente su hija se casó con un príncipe rumano quien, por cierto, murió en un accidente de avión.
Como yo conocía aquella amistad trabada en Bucarest, di conversación al nuncio con un tema relacionado con Rumanía: la vinculación de aquel país con Paul Morand, que había sido allí embajador de Francia.
Pasó el tiempo y resultó que el nuncio al que en París habíamos arrancado de su soledad, tras ser arzobispo de Venecia, se convirtió en el papa Juan XXIII. Angelo Roncalli, descendiente de labradores, era un hombre tímido y muy inteligente, con una gran experiencia en los países balcánicos dominados por los soviéticos. En su época de París, el después papa Juan XXIII trabó amistad con quien fue presidente de la Asamblea Francesa, Édouard Herriot, alcalde de Lyon durante más de treinta años.
Hay que recordar la enorme influencia que ejercieron los pocos años de su papado en la evolución de la Iglesia católica al convocar el Concilio Vaticano, que después continuó su sucesor, el papa Pablo VI. En España tuvieron un muy importante eco sus encíclicas, en especial la titulada Pacem in terris, en la cual señalaba la incompatibilidad del pensamiento cristiano con la política totalitaria. Esta encíclica fue censurada por el Ministerio de Información, y la versión auténtica sólo se publicó en Montserrat. Tuvo consecuencias en la nueva generación de clérigos catalanes y de otras partes de España, entre ellos, por ejemplo, el famoso cardenal Tarancón, que antes había sido obispo de la diócesis de Solsona.
Casa-Rojas tenía un concepto de su rol completamente apolítico, en el sentido que se consideraba el embajador de España y, por lo tanto, el intérprete de todos los españoles. Esto motivó, por ejemplo, un hecho que lo consternó y que me explicó el mismo día que tuvo lugar: Casa-Rojas asistió a una conferencia que pronunciaba Claudio Sánchez Albornoz. Éste había sido anteriormente presidente de la República en el exilio, pero en aquellos momentos había dejado toda actividad política. El tema de la conferencia era la España visigótica. El embajador consideró que era muy adecuado que como tal asistiera a la conferencia de un tan eminente historiador. Cuando tras la conferencia, Casa-Rojas volvió a la embajada, ya lo había telefoneado el ministro de Asuntos Exteriores quien, a su vez, había sido llamado por el ministro del Movimiento. Su ministro, el de Exteriores, le mostró su desaprobación. Ignoro la intensidad de la reprimenda pero sí, en cambio, recuerdo cómo aquel hecho dejó a Casa-Rojas visiblemente afectado.

El embajador conde de Casa-Rojas –José Rojas Moreno– hombro con hombro con Salvador de Dalí, en París. A la izquierda, Carles Sentís
Había en París un corresponsal de la prensa del Movimiento, que era una especie de comisario político. Estuvo en el origen de diversas situaciones fastidiosas. Ninguna, sin embargo, fue de tanta envergadura como la que surgió tras una visita del entonces jefe de prensa del Movimiento, Juan José Pradera. El embajador lo invitó a comer, e ignoro de qué hablaron, pero sí supe que Pradera salío enojado. Incluso se disgustó porque le sirvieron criadillas en el menú, cosa que él consideró una falta de atención. Se equivocaba absolutamente porque el embajador, que tenía un cocinero italiano muy bueno, al que pagaba de su bolsillo, solía ofrecer a sus invitados platos poco corrientes en las mesas francesas. El caso es que Pradera volvió a Madrid con una doble intención: cargarse al embajador y también a mí. Su principal propósito, que hizo llegar a El Pardo, fracasó. Franco pasó por alto la denuncia contra Casa-Rojas. ¿Por qué? Franco, cuando le fue mostrada la terna de los posibles embajadores en París, sin decir nada señaló a Casa-Rojas. El ministro de Asuntos Exteriores desconocía que esta posición de Franco obedecía a un hecho acontecido en Tánger durante los años de la República. Casa-Rojas, que había debutado como diplomático en el gabinete del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, fue tiempo después cónsul de España en Tánger cuando esta ciudad era una plaza internacional con especial intervención hispano-francesa.
Un día el consulado fue invadido por un grupo de sindicalistas españoles. Durante la protesta pincharon los neumáticos del coche del cónsul, cortaron los teléfonos y ocuparon la sede. Casa-Rojas hizo frente a los asaltantes con este argumento: “Si me elimináis, hay otros en el escalafón que esperan ocupar mi lugar. Yo soy el cónsul de España y vosotros sois españoles. Yo os atenderé si hay una petición. Pero, naturalmente, debo mantener mi autoridad de cónsul. Si no lo soy, seré sólo José Rojas Moreno y no os serviré de nada. Por lo tanto, tenéis que arreglar las ruedas del coche, activar de nuevo los teléfonos, evacuar el consulado y nombrar una comisión de cuatro o cinco, y yo los recibiré”.
Entonces Franco residía normalmente en un campamento del interior de Marruecos. Aquel día, sin embargo, se encontraba de permiso en Tánger, donde vivió de primera mano lo que sucedió en el consulado. Parece que quedó impresionado por el coraje mostrado por Casa-Rojas. Esta anécdota, ignorada por la mayoría, provocó que la denuncia de Juan José Pradera contra Casa-Rojas le resbalase. Otro fracaso de Pradera no se podía repetir en el caso de mi persona. Entonces yo era como un pájaro en un árbol seco.
Casa-Rojas me defendió hasta donde pudo. Podía poco, porque él mismo estaba tocado. Le supo tan mal que años después, en una situación política distinta, me nombró agregado honorario de la embajada. Así, los que podían creer que mi salida obedecía a razones oscuras, me vieron reivindicado en aquella situación honoraria, que significaba no percibir ningún emolumento, pero sí, en cambio, disponer de las franquicias diplomáticas, como por ejemplo el distintivo CD (cuerpo diplomático) en la matrícula del coche.

Retrato y dedicatoria de José Rojas Moreno a Carles Sentís y su esposa Maria Casablancas
Salida de la embajada
Abandonada la embajada, no me expulsaron de París. Retomé la actividad de corresponsal de prensa, que siempre ha sido mi norte. Primero un corto periodo por el ABC, que acabó cuando su director pretendía enviarme a Londres –equiparado a París, pero que para mí significaba un gran traslado, con los problemas familiares que comportaba–. Luego, enterado de que La Vanguardia iba a cambiar su corresponsal, hablé con don Juan de Borbón, el cual incluso escribió al conde de Godó.
Además de La Vanguardia, al poco tiempo tuve la corresponsalía de Clarín de Buenos Aires. El dr. Roberto Noble era director y propietario de esta cabecera. Venía a menudo a Europa, pero muy especialmente a París un par de semanas durante la primavera y durante el otoño. A veces también en verano. En un cierto momento le alquilé un yate en Cannes y lo acompañé hasta Italia. Él continuó hacia Grecia con unos amigos suyos.
Como corresponsal de Clarín tenía acceso a países del bloque comunista, lo que no era posible desde España. El pasaporte español no era válido para entrar en esos países. Pero en cambio, con una credencial de Clarín, pude viajar varias veces a Alemania Oriental y a Polonia, donde construyeron un gran petrolero para Argentina en los astilleros de Dansk. Clarín, como es lógico, tenía mucho interés en explicar el significado y alcance de esta construcción naval. En la recepción por la botadura del barco, un capataz me desafió con un vaso de vodka en la mano: “A ver si un argentino puede con un polaco”. No quise que los argentinos cargaran con ningún fracaso y le dije que era español. Él me respondió: “Es igual, todos habláis el mismo idioma”. Recordé que una cosa parecida experimentó Ernest Hemingway. Lo explica en Por quién doblan las campanas. Cuando se encontraba en un frente de la guerra española, unos milicianos le gritaron de lejos:
–¡Eh, tú, inglés, inglés!
–No, yo no soy inglés, soy norteamericano.
–Pero hablas inglés, ¿no?
–Sí
–Pues eres inglés inglés, y ya está.
Al dr. Noble le gustaba jugar en los casinos. Lo acompañé un par de veces. Su grandilocuencia, que utilizaba cuando dictaba los editoriales por teléfono, en la sala de juegos se traducía en un alud de apuestas. Decía: “Puede que lo pierdas todo, pero también puedes ganar mucho dinero con pocas jugadas”. Una vez me propuso: “¿Por qué no hacemos una vaca juntos?”. Le respondí que no me gustaba jugar y todavía menos perder. Pero habría ganado un buen fajo de francos si me hubiera sumado a su vaca. Yo mismo fui a cambiar sus fichas por dinero contante y sonante, logrando así que por aquella noche abandonara el juego.

La boda de Rainiero y Grace Kelly en 1956, con Carles Sentís al fondo entre la pareja
Roberto Noble y su hermano, junto con Luis Sciutto, su secretario uruguayo, vinieron un verano a la Costa Brava.
Sciutto siempre le acompañaba. Además escribía en Clarín con el famoso pseudónimo Diego Lucero. Rubricaba el apartado de fútbol y era uno de los periodistas más leídos en la especialidad. Escribía las crónicas en lunfardo, el argot propio del barrio de La Boca, en Buenos Aires, y popularizado por las letras de los tangos.
Como corresponsal de Clarín me relacionaba con los argentinos que iban a París por cuestiones políticas y económicas. Conocí a Frondizi quien, más tarde, cuando se convirtió en presidente, me invitó a la Casa Rosada. En Argentina viví, pues, una etapa de buena ley: después de Perón y antes de que la Junta Militar tomara el poder.
En Argentina estuve, con otras personas, en casa de Ramón Gómez de la Serna, autor de las greguerías, aquel género de prosa tan curioso. Tenía todas las paredes y el techo de su casa decorados con recortes de diarios con textos suyos. Estaba casado con una mujer yugoslava muy pálida. Era un noctámbulo pintoresco como de otra época, de cuando muchos escritores hacían vida e incluso escribían en los cafés. Colaboraba también en diarios de Venezuela, de lo que estaba muy satisfecho porque cobraba en dólares. Aunque volvió a España tras el exilio, murió en Argentina.
Clarín tenía dos o tres colaboradores franceses que yo veía de vez en cuando. Uno de ellos era Paul Reynaud y el otro Paul Goncourt. Reynaud había sido primer ministro del Gobierno francés en 1940 y fue quien descubrió a De Gaulle cuando todavía era teniente coronel. Era senador vitalicio y escribía un par de artículos al mes para Clarín. De vez en cuando le visitaba en su despacho de la Asamblea Nacional y aprovechaba la ocasión para entregarle un sobre con el abono de sus artículos. No valía la pena hacerlo a través de un banco, dadas las complicaciones de la época. Le pagaba con francos y quedaba la mar de contento porque así disponía de lo que en Francia llaman argent de poche, dinero de bolsillo. Yo aprovechaba la visita para hablar un rato de política. Reynaud y algún otro me pasaban informaciones confidenciales, por decirlo de alguna manera. Esto me permitía anticiparme, a veces, a lo que publicaban los diarios franceses.

Darmowy fragment się skończył.