Czytaj książkę: «Dual»
© Caridad Puig Camps, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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ISBN: 9788490562154
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Índice
Prólogo
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
Epílogo
PRÓLOGO
Valentiniano Enobarbo, único hijo de los príncipes Enobarbo, nació en Roma, en el suntuoso y viejo palacio de la via San Teodoro. En la pila bautismal, sus padres lo llamaron Valentino para perpetuar un nombre que generaciones de Enobarbos habían ostentado. Pero él, al cumplir los dieciocho años y adquirir la mayoría de edad, lo primero que hizo fue cambiarlo por Valentiniano, como el del antiguo emperador romano, pasmando a su familia, que consideraba absurda la acción.
Su aspecto era más americano que italiano gracias a su extraordinario parecido con el actor Jeff Bridges. Alto, esbelto y de rubios cabellos, un no sé qué de pícaro le encendía la mirada y ponía un deje de alegría, a veces de insolencia, en su perenne sonrisa. Los halagos que recibía de las mujeres, debido a su semejanza con el actor, más que alegrarlo, lo deprimían. Él no deseaba semejanzas americanas, sino las de un auténtico romano, y le importaba un bledo si su imagen atraía a las chicas como la miel a las moscas.
Se graduó tras haber cumplido estudios clásicos con excelentes notas, y a los diecinueve años entró en la Universidad de La Sapienza de Roma hablando latín y griego con soltura. De carácter pacífico, Valentiniano no deseaba grandes emociones; solo quería ejercer la enseñanza, y tener mujer e hijos.
A su madre, la princesa Elena, le traían sin cuidado los asuntos de la Roma antigua pese al empeño de su hijo en demostrarle que los Enobarbo ya existían entonces.
—Una gran familia —insistía Valentiniano señalando un grueso volumen que exhibía el retrato de un calco de la tumba de Domizio Enobarbo, noble romano que vivió entre el primer y segundo siglo antes de Cristo.
—No seas ridículo, hijo —replicaba ella invariablemente—. Los nombres pueden parecerse, pero existe una laguna de mil quinientos años entre esos personajes y nuestro predecesor.
La princesa se sentía orgullosa de la claridad con que era posible identificar al primer Enobarbo conocido de la familia. Un soldado de fortuna que, habiendo prestado notables servicios al papa Alejandro VI, fue, por decirlo así, heredado por su hijo César Borgia a su muerte en 1503. El primer Enobarbo aprendió de Nicolás Maquiavelo, secretario de Borgia, las artes de la política con tal acierto que al final de su vida podía alardear de nobleza y de fortuna. Sus descendientes aún dieron mejores pruebas de habilidad que su progenitor ya que, con el tiempo, lograron un principado. Siempre arrimados a los papas, los Enobarbo ejercieron cerca del solio pontificio sus funciones de camarlengos y secretarios. Dado que la prosperidad de la familia se había iniciado con el Renacimiento, los gustos de la princesa Elena, apegada a la tradición, eran renacentistas.
Mientras Valentiniano pasaba horas enteras en la piazza della Rotonda, donde se encuentra el Panteón, saboreando la visión del único monumento de la Roma imperial llegado intacto hasta la actualidad, la princesa prefería divertirse con sus amigos en Dal Bolognese, uno de sus restaurantes preferidos, situado entre el esplendor de la piazza del Popolo.
Contrariamente a su esposa e hijo, el príncipe Valentino pasaba su tiempo cumpliendo sus funciones en el Vaticano, dedicando el que le quedaba libre al empeño de encontrar una solución que le permitiera deshacerse del antiguo palacio en el que se veía obligado a vivir; tarea difícil, ya que el vetusto edificio estaba ligado a la Iglesia, y casi imposible desde que del Quirinal llegaban voces amenazando con las intenciones del ministro de Bienes Culturales que pretendía convertir el antiguo edificio en monumento nacional.
—Como si no hubiera bastantes construcciones en Roma tan dignas como la nuestra —se crispaba el príncipe—. ¡Podrían dejarnos en paz! Roma está atestada de monumentos, es una maniobra del secretario de Estado que me tiene ojeriza.
El sueño del príncipe Enobarbo consistía en trasladarse a un apartamento en el Gianicolo, preferentemente a un ático desde donde le fuera posible contemplar la cúpula de San Pedro y quizá cada mañana bajar la cuesta de la tercera de las siete colinas romanas a pie.
La princesa también soñaba con una moderna calefacción, pero prefería un apartamento en la piazza di Spagna o en la via Frattina, aunque tampoco le hubiera disgustado trasladarse al interior de Villa Borghese, cerca de la Porta Pinciana que se abría en las murallas Aurelianas a la via Veneto.
—¿Tú crees que algún norteamericano estaría dispuesto a comprarnos el palacio? —planteó el príncipe Valentino.
—Querido —se impacientó ella—, si fuera posible venderlo, nos habríamos deshecho de este vejestorio hace años.
—¡Apelaré al Papa! —se alzó retador el príncipe—. Juan Pablo II acabará por escucharme.
—Si tu padre no hubiera dilapidado la fortuna y vendido las tierras de tu patrimonio, podríamos gozar de la misma riqueza que la mayor parte de la nobleza romana que se ha enriquecido con sus propiedades... mientras que yo no puedo permitirme ir al peluquero más de un par de veces al mes.
—Deberías frecuentar uno menos caro que Sergio Russo —le aconsejó su hijo, quien, ante la desdeñosa mirada de la princesa, frenó de inmediato sus palabras.
Valentiniano fue el primer Enobarbo en abandonar la morada de sus mayores. Tenía veinticuatro años cuando consiguió graduarse en Historia, y la tesis que presentó tras finalizar los exámenes le brindó la oportunidad.
Era un trabajo de investigación de rigurosa exactitud científica que, no obstante, escondía una historia sorprendente, romántica y azarosa. Contaba los intentos de Honoria, hija de Gala Placidia, quien durante algunos años fue emperatriz del Imperio romano de Occidente, para casarse con Atila, rey de los hunos, siendo ella la causa que movió al bárbaro caudillo a marchar sobre Roma. Pese al contenido didáctico del trabajo, la historia descrita poseía tales acentos cautivadores que, como sucede con muchas tesis meritorias, acabó en el mercado. Un sabueso de Cinecittà que hacía frecuentes visitas a la universidad en busca de oportunidades, olió el buen negocio y le propuso a Valentiniano comprarle la tesis. Un mercader de la Paramount a la caza de nuevas historias estaba interesado en el trabajo, siempre que él fuera capaz de escribir el guion.
Para Valentiniano fue un placer dar vida a sus personajes, facilitarles movimiento, regalarles voz. Vivía con ellos volcando en las escenas la pasión que lo consumía, de modo que aún no habían transcurrido tres meses y el guion estaba concluido. La Paramount realizó una buena película y embutió un puñado de dólares en la bolsa del joven príncipe, además de una tentadora oferta para su futuro. Como muchos romanos, Valentiniano era desgraciado si pasaba fuera de la ciudad más de quince días, razón que le impidió aceptar las ofertas de los americanos que implicaban su traslado a California. Sin embargo, el abultado fajo de billetes verdes le permitió comprarse un apartamento en un edificio tan decrépito como suntuoso era su enclave, situado en el Largo Agnesi, a pocos metros del Coliseo y del Colle Oppio, con vistas al Foro Imperial y a la zona arqueológica.
A Valentiniano le tiraba demasiado la enseñanza. Su deseo era explicar a los estudiantes lo que él sabía de los héroes de Virgilio y de los más prácticos y feroces hombres de la antigua Roma, por cuanto se empeñó en lograr una cátedra y su padre le ayudó a conseguirla pese a su juventud.
Conoció a Onorata Capriospiro en Taormina, la bella localidad situada en la costa este de Sicilia, donde ambos pasaban el mes de agosto en el Santo Domenico, antiguo monasterio construido sobre un acantilado y convertido en hotel de cinco estrellas. Los jóvenes vivieron unas intensas vacaciones entre las azules aguas de la bahía, inmersos en la belleza del lugar. Se enamoraron locamente y decidieron casarse ante la sonrisa benevolente de sus mayores. El único detalle de la muchacha que preocupaba a Valentiniano era su nombre. La joven tenía un apellido tan ilustre como el suyo, pero cada vez que él pronunciaba «Onorata» se enfriaban sus ardores.
Un atardecer, mientras el sol en su caída vestía de oro las tierras, Valentiniano llevó a la joven hasta Selinunte. La columnata de la Acrópolis, construida por los griegos en el siglo V antes de Cristo, se recortaba nítidamente contra los juegos de luces del crepúsculo. La emoción embargó de tal manera a los amantes que rompió en un silencio atronador. Cogidos de la mano, contemplaron extasiados el panorama, y a Valentiniano le resultó natural rebautizar a su novia con el nombre de Honoria, la heroína de su tesis. Ella, como buena siciliana, se plegó a los deseos de su hombre.
Ocho meses después, Honoria y Valentiniano se dispusieron a unir sus vidas ante la paternal mirada del papa Juan Pablo II, quien los casó y bendijo en su capilla privada del Vaticano. Bellísima se veía la novia con su oscura cabellera cubierta por una mantilla blanca que desde generaciones lucían las desposadas Capriospiro. Muy elegante Valentiniano con su uniforme de gala, casi parecía un antiguo romano gracias al amplio manto renacentista que le cubría la espalda. A la hora del convite, el palacio Enobarbo mostró toda su magnificencia acogiendo, entre frescos, mármoles y cúpulas artesonadas, a más de quinientos invitados. Por un día, el vetusto edificio pareció revivir su antiguo esplendor, recuperada para la ocasión su olvidada belleza.
Tras los festejos, los novios partieron de luna de miel hacia Venecia en su flamante BMW, regalo del padre de la novia a los recién casados. Recorrieron la Toscana que Valentiniano, de ideas fijas, llamaba la Galia Itálica. Y fue durante el viaje de novios cuando Honoria escucharía por primera vez las historias de su marido; aquellas historias que al inicio de su matrimonio tanto la impresionaran, que más tarde dejaron de interesarle, y que al cabo del tiempo llegarían a ponerla tan nerviosa como al resto de la familia. Pero ninguno de ellos deseaba disgustarlo, por lo que disimulaban el fastidio que les producían sus continuas lecciones.
—¡Mira, Honoria! —dijo, tras detener el coche junto a la ribera de un fangoso río. Señaló las mansas aguas—. ¡He aquí el Rubicón! En este punto Julio César cruzó con sus legiones.
Y con énfasis, como si él mismo participara en el relato que contaba, narró con pelos y señales el episodio histórico. Su mirada era tan soñadora que se perdía entre siglos de historia. Algo dolida, Honoria se sintió abandonada y le tocó la espalda intentando llegar hasta él a través de sus pensamientos.
—Sin duda, amor mío —sonrió coqueta—, puede decirse lo mismo de nosotros. Hace tres días, cuando nos casamos, también cruzamos nuestro Rubicón.
—¡Jugarse el todo por el todo! —reflexionó él, regresando al presente y reconociendo a su esposa—. Quién sabe si yo sería capaz de hacerlo, de arriesgar incluso la vida por una noble causa...
—Espero que la ocasión no se te presente —bromeó Honoria, quien veía un porvenir dorado abrirse ante ellos.
Una década después, a sus treinta y siete años, Valentiniano se consideraba un hombre afortunado, satisfecho de su trabajo y de su familia. De la universidad no percibía un gran sueldo; el dinero que le permitía vivir con holgura lo ganaba con sus libros de texto, de lectura obligatoria en las escuelas. Trabajaba mucho, pero con placer, y vivía sereno, sin frustraciones. Su matrimonio se había consolidado, dando como fruto dos hijos, el orgullo de sus padres. La primogénita se llamaba Elena, ya tenía once años y era la belleza de la familia. Con su nombre no hubo problemas pues la sugerencia de la princesa Elena de que se llamara como ella fue una solución aceptable. En cambio, con el chico, que ya contaba nueve, tuvo que sostener una agria discusión con sus parientes a causa del nombre que debía darse al recién nacido. Todo se inició cuando propuso que el niño se llamara como él.
—Va-len-ti-ni-a-no... —se burló su madre—. ¡Un nombre que tiene analogías con la nariz de Cirano!
—Es tan largo que tras pronunciarlo no queda aliento suficiente para añadir más —añadió su suegra.
—Con semejante concentración de letras se podría formar un nuevo alfabeto —señaló su suegro.
—Insufrible —dijo su padre, quien carecía de ingenio.
Las lágrimas descendían por las mejillas de la vulnerable Honoria cuando, mirando amorosamente a su marido, decidió:
—Lo llamaremos Valente, de modo que se parezca a Valentiniano y a Valentino.
—¡Buena idea! —accedió su esposo de inmediato.
El pequeño Valente era un guapo chico con la mirada aterciopelada de la madre, y en su seriedad se advertía la sangre siciliana. Su padre opinaba que era la viva encarnación de Marco Antonio y esperaba que, al crecer, su atractivo igualara al del romano.
—Mientras no se tope con una Cleopatra —aducía la madre cada vez que se tocaba el tema.
Un domingo de la última quincena de julio, Valentiniano saltó de la cama antes de que el despertador sonara a las siete de la mañana y empezó a batir palmas para levantar a todos.
—¿Qué ocurre? —se asustó Honoria, abriendo los ojos.
Entonces vio a su marido encantado en la contemplación del Coliseo y de la zona arqueológica, y se cubrió la cabeza con la almohada para volverse a dormir. Pero de nada le valió, ni a ella ni a los chicos, y poco después las enfurruñadas caras de Elena y Valente, junto a la malhumorada Honoria, escuchaban con fastidio los proyectos que Valentiniano había trazado para pasar el domingo, dando al traste con los suyos.
—Habíamos quedado en comer con tus padres en La Casina Valladier —recordó Honoria—, y los chicos querían ir al cine a ver Indiana Jones con sus amigos.
—¡El Santo Grial y todo eso, memeces! —replicó Valentiniano—. Yo propongo algo mucho mejor: una excursión en un trenecillo encantador, provisto de la locomotora más lenta del mundo. Se trata de una antigua línea ferroviaria que descubre el Lacio, poquísimos romanos la conocen. El domingo es el mejor día para usarla porque los trabajadores que normalmente viajan en ella se quedan en casa.
—Qué suerte tienen... —dijo Honoria bostezando.
—Llamaré a mis padres ahora mismo.
—Déjalos dormir, querido. Podemos hacerlo más tarde desde la estación.
Valentiniano abrazó a su mujer.
—Tienes razón, tesoro. Tomaremos el tren en la estación de la piazza del Popolo, luego iremos hasta Castelnuovo del Porto donde visitaremos el Palacio Ducal construido en el siglo XV.
—Nada de romanos para hoy —dijo la niña con una mueca.
—¡Cómo no! —afirmó él alegremente—. Junto al Palacio Ducal se encuentra la Colegiata Santa Maria Assunta, construida en el setecientos sobre un templo romano de la época de Adriano. ¡El viejo campanile se conserva intacto! —Y empujando a su desanimada familia, exclamó—: ¡En marcha!
—¡Yo quiero desayunar! —protestó Valente.
Valentiniano consultó su reloj.
—Si os dais prisa, os llevaré a la cafetería de la piazza di Pietra, donde podéis hincharos de cruasanes, ciambellas y chocolate, todo lo que os apetezca antes de coger el tren.
—Vamos —instó Honoria, resignada—. Los domésticos arreglarán el apartamento antes de irse.
—Afortunados ellos —murmuró Elena, echando una ojeada hacia el cuarto donde dormía la pareja de filipinos.
Poco antes de llegar a la piazza di Pietra, el aroma de los cruasanes calientes escapaba de la cafetería. Los apetitosos olores reanimaron los decaídos ánimos y aumentaron la euforia de Valentiniano. Cuando entraron, Honoria advirtió con cierta envidia que algunos parroquianos vestían aún la indumentaria de la noche pasada. «Vaya juerga», pensó, mirando hacia su esposo, incapaz de tales desmanes. Inmediatamente se arrepintió de sus pensamientos, y los sustituyó por otros de gratitud por tener un marido cabal y bueno... «¡Si no fuera tan intelectual...!».
La princesa Honoria no estaba dispuesta a desperdiciar el tiempo que le quedara; tenía treinta y cinco años, y la última década había transcurrido a tal velocidad que el miedo a un futuro tedioso que consumiera su juventud y belleza hacía mella en su ánimo. Mil fantasías turbaban sus sueños. Conocía los movimientos de una sociedad que actuaba con plena libertad, o libertinaje, mejor dicho, en un mundo que tan solo la versátil Roma podía ofrecer: el mundo de los actores, millonarios, grandes artistas y cortesanas de altos vuelos que se lo pasaban en grande sin que les importara un bledo su reputación. ¡Por Dios, ella no quería llegar tan lejos! Honoria era una muchacha siciliana criada entre rígidas y severas tradiciones. Lo único que deseaba era lo que la mayoría de mujeres entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años. De ahí la caza a la primera arruga, las preocupaciones por el aspecto físico, siempre al acecho de nuevos cosméticos y de la disponibilidad para someterse a toda clase de manipulaciones destinadas a prolongar la belleza, casi nunca por vanidad. Lo que empujaba, no solo a las mujeres, sino también a los hombres, eran las mismas ansias que atormentaban a Honoria: un punto de romanticismo, una emoción, «aunque sea la última», que prestara nuevas alas a una vida que, con el tiempo, se había vaciado como un saco de patatas; algunas centellas, algunos coscorrones aquí y allá que dejaran su huella en un destino que ella imaginaba hueco.
La estación se encontraba semidesierta. Un grupo de jóvenes turistas, que por sus voces reconocieron como estadounidenses, se disponían a asaltar el tren. Un espléndido tren que al parecer había escapado a tantas reestructuraciones.
—¡Perfecto! —exclamó Valentiniano observándolo complacido y consultando su reloj—. ¡Y puntual! ¡Vamos! Tomaremos un compartimento solo para nosotros.
Cuando intentó poner un pie en el estribo, se vio casi arrollado por una alta joven de espléndidas formas.
Honoria la miró con desagrado.
—Vaya educación —dijo.
La chica exhibía unos pantaloncillos que dejaban al descubierto sus largas y bien torneadas piernas. Sus ojos verdes se fijaron unos instantes con indiferencia en Honoria, y luego sonrió abiertamente a Valentiniano.
—Sorry —murmuró, saltando ágilmente al interior del tren.
—Subid —dijo Valentiniano a los niños, ofreciendo la mano a su mujer.
—Has conquistado a esa putilla —ironizó ella.
—No digas tonterías —se ruborizó él.
La marcha se inició con cierto esfuerzo. La locomotora arrastraba tras ella los pequeños vagones, siguiendo los raíles hacia la superficie de luz y de sol, corriendo por el borde de un valle y dejando atrás alguna villa inmersa en el verde. El grupo de jóvenes azuzaba a un perro pastor que trotaba cerca del tren.
—Son americanos —comentó Honoria—, confiemos en que no se comporten ruidosamente.
Pero Elena y Valente también se unieron al grupo siguiendo las evoluciones del animal que permitía la lenta velocidad del tren.
De forma inesperada, la muchacha se plantó junto a ellos, se sentó frente a Valentiniano, y apoyó las piernas entreabiertas en el sillón de delante, los pies calzados con unas Reebok a pocos centímetros de él. La carne color miel de sus muslos brillaba bajo la aturdida mirada de Valentiniano, quien no pudo evitar recorrer con la vista los miembros desnudos hasta las ingles, apenas cubiertas sus partes íntimas por la diminuta prenda, mientras sentía los ojos verdes fijos en los suyos. «Es como un felino —pensó—. Me mira con la misma curiosidad que si yo fuera un ratón». Por un instante se dijo que no sería desagradable que aquella gata se entretuviera jugando con él, pero inmediatamente se avergonzó de sus pensamientos.
—You look like Jeff Bridges... Are you American?
—We are Italian —cortó Honoria, quien había pasado dos años de su juventud estudiando inglés en Irlanda.
La joven la miró con cierta insolencia.
—Tú parece italiana, él no... —Sonrió a Valentiniano. Se expresaba en un italiano chapucero, su voz era ronca y a la vez suave. Escucharla sacó de quicio a la princesa.
—Chicos —dijo a sus hijos en un intento de distraer su atención de la inesperada intrusa a la que ambos contemplaban boquiabiertos—. Estoy segura de que papá tiene alguna historia interesante que contar acerca de lo que estamos viendo.
Valentiniano la miró, sorprendido de que la iniciativa partiera de ella.
—My name is Xenia Moore —dijo la chica, sin darle tiempo a responder. Le señaló con sensual ademán—. ¿Tú cuál nombre tienes?
Él parpadeó un instante, dubitativo.
—Valentiniano Enobarbo —tosió, por fin, aturdido.
—¡Príncipe Enobarbo! —se alzó displicente Honoria—. Y ahora, haga el favor de dejarnos en paz.
—¡Honoria! —enrojeció él—. No es necesario pregonar mis títulos; pero si lo haces, compórtate como una princesa.
Los ojos verdes se dilataron de asombro mientras la admiración entreabría los labios de la chica en una mueca encantadora.
—Really...? Hey, guys —dijo, dirigiéndose a sus amigos—. There‘s a true prince in the car.
En un santiamén los tenían a todos rodeándolos. Llovían las preguntas de los jóvenes, cuya curiosidad era más fuerte que su discreción. Deseaban saber si tenía una corona, si vivía en un palacio y si ofrecía bailes a lo Cenicienta.
Valentiniano se volvió iracundo hacia su mujer.
—Buena la has hecho —dijo mientras intentaba hacer frente al ataque.
La joven de la verde mirada se había retirado en silencio, abandonando su sitio por otro más alejado; pero sus ojos alcanzaban a Valentiniano, resbalando misteriosos y sensuales sobre su cuerpo. Él sentía la intensidad de su mirada como si le escociera. Perplejo, se apercibió de su turbación y trató de controlar el alegre flujo de sangre que saltaba a su entrepierna concentrándose en el paisaje.
Intentando zafarse de las verdes pupilas, preguntó:
—¿Alguno de vosotros entiende el italiano?
—Tutti, tutti! —vociferaron los chicos.
—En realidad, soy profesor —explicó, sintiéndose más a gusto en su papel habitual.
Él ya había hecho frente a los innumerables asaltos de sus alumnas a lo largo de su carrera en la universidad. ¿Qué tenía esta muchacha, aparte de su belleza, para que él se sintiera tan tentado? Quizá la razón fuera que últimamente había olvidado con demasiada frecuencia la presencia de Honoria en su cama. La miró de reojo y recordó su cuerpo desnudo, el modo que ella tenía de hacer el amor, el empeño que él ponía en contentarla, y se prometió repetir la operación aquella misma noche.
El trenecillo avanzaba con lentitud hacia una periferia de Roma decididamente bella. La via Flaminia se entreveía a lo lejos y Valentiniano reconoció en el valle del Tíber la huella de unos acontecimientos que habían influido definitivamente en la historia del mundo: el advenimiento del cristianismo.
—Mirad —dijo, señalando un letrero lejano—, aquel poste dice que nos acercamos a Malborghetto, el arco cuadrifonte que se yergue sobre la via Flaminia. Fue construido en el siglo IV después de Cristo en recuerdo del triunfo de Constantino sobre Majencio. Lo comprenderéis mejor si empiezo la historia remontándome al emperador Diocleciano. Ese hombre fue un selfmade man, como decís en América, pues era hijo de un esclavo liberto que ni siquiera nació en Roma, a quien sus legiones proclamaron emperador. Fue un gran emperador, pero incluso los grandes hombres están sujetos a error; el primero que cometió fue dividir el Imperio en dos: Oriente y Occidente. A Maximiano, su mejor amigo, fue a parar el occidental, mientras que del oriental se hicieron cargo Constancio Cloro y Galerio. Su segundo error fue meterse con los cristianos. Desencadenó una persecución que dejaría a Hitler en pañales. A lo largo del Imperio, más de un millón de personas fueron dadas en pasto a las fieras, e innumerables víctimas murieron bajo tortura o fueron decapitadas al negarse a abandonar su religión. El período se recuerda como «la era de los mártires» o «la gran persecución». Diocleciano creía que los cristianos formaban una fuerza enemiga del Estado que había que eliminar, y así extirpar para siempre la nueva religión. Se cuenta que los mártires cantaban al ir hacia la muerte, rodeados por los rugidos de las fieras, los gritos de la plebe ebria de sangre, mientras las desamparadas figuras de los inocentes intentaban confortarse del cruel destino que les aguardaba entonando sus plegarias y cánticos...
—Tu mujer está durmiendo —interrumpió la voz ronca y sensual de Xenia Moore.
Valentiniano se volvió hacia Honoria que, en efecto, permanecía con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—Shut up, Xenia, let him continue —dijo uno.
—Please, professore —le rogaron otros—, continúe...
Valentiniano los miró agradecido y prosiguió.
—El cristianismo salió fortalecido de aquella gran prueba mientras que el Imperio, derrotado, se preparaba para convertirse a la nueva religión. Quizás un plan divino empujó a los herederos de Constancio Cloro y de Maximiano a luchar entre ellos por la toga imperial. Majencio, hijo de Maximiano, fue proclamado Augusto por el Senado, y el pueblo de Roma era pagano. Constantino, hijo de Constancio Cloro, favorable al cristianismo, fue proclamado Augusto por sus legiones, y descendió sobre Italia como una tromba. Pese a la inferioridad numérica de sus fuerzas, derrotó a Majencio... ¡allí! —dijo, señalando el ponte Milvio—. En su precipitada fuga, Majencio cayó al Tíber y murió ahogado, mientras que Constantino entró triunfalmente en Roma. En su honor se construyó el arco que aún se puede admirar cerca del Coliseo. Yo puedo verlo desde mi casa —añadió, modestamente.
El tren dejaba atrás el valle tiberino para enfrentar las colinas de Campagnano. El grupo se precipitó hacia el último vagón, deseoso de contemplar por última vez los lugares donde se había librado la gran batalla. Valente y Elena parecían tan impacientes por acompañarlos que su padre les hizo un gesto accediendo y los chicos echaron a correr mientras él se volvía hacia Honoria, quien, despierta, le sonreía. Tal vez el responsable de los sueños eróticos que había tenido era el chocolate ingerido en la cafetería, pero ahora se sentía llena de deseos de su marido.
—Lástima que no estemos solos —susurró acercándose a él y mordiendo sus labios.
—Qué casualidad, hace un rato yo pensaba lo mismo. Espera hasta la noche y te lo probaré —dijo guiñándole un ojo. Entonces vio que el enjambre de jóvenes regresaba y la apartó.
—Thank you, prof, ha estado magnífico.
—You deserve a kiss —dijo Xenia. Y estampó durante unos segundos su boca en la de Valentiniano, quien, rojo como la grana, la empujó liberándose de su perfume.
—No se besa a los príncipes sin su permiso —intentó bromear sin conseguirlo.
—Uuhhhh... —coreó el grupo.
Valente, muy serio, se volvió hacia su madre.
—¡Ha besado a papá! Mamá, ¿quieres que le pegue?
—No, hijo —sonrió Honoria, deseando estrangular a la chica con la misma intensidad con que intentaba disimular sus emociones. Ella era una noble siciliana pero, sobre todo, una mujer de mundo. Con la voz cortante como un cuchillo, dijo a su marido—: ¿Por qué no les cuentas el final de la historia? A lo mejor sirve para calmar los ardores de esa muchacha.
—Yes, yes! —gritaron los americanos—. More, more!
—Perdóname —murmuró Xenia, haciendo un mohín—. Yo solo deseaba premiarte, mis besos son muy buscados...
Valentiniano, que aún no había logrado serenarse, guardó silencio. Pero ante la insistencia del grupo, dijo:
—Está bien, calma. Narra la tradición que la víspera de la batalla del ponte Milvio, Constantino vio en el cielo una cruz con las palabras In hoc signo vinces, que significan «Con este signo vencerás». La visión lo conmovió tanto que hizo tallar en el lábaro que le precedió en la lucha una cruz coronada por el monograma de Cristo.
Observó el interés de sus oyentes y se animó.
—Pocos meses después de la victoria, Constantino, que se encontraba en Milán, promulgó el famoso Edicto de Milán por el que se concedía a los cristianos plena libertad de culto y declaraba el cristianismo religión del Estado. Constantino no vivió para ver consolidada en el Imperio la nueva religión que él tanto había defendido. A su muerte, nuevas guerras dividieron a sus tres hijos, quienes combatieron entre ellos en una larga lucha fratricida. Su sobrino Juliano, único superviviente de su estirpe, fue proclamado emperador. Había recibido una primera educación cristiana, pero más tarde se aficionó a las enseñanzas de la filosofía griega hasta tal punto que estas acabaron por hacer de él un ferviente admirador del helenismo y el paganismo. Sin llegar a ejercer una verdadera persecución, Juliano empeñó el tiempo que duró su reinado en intentar restaurar el paganismo en el Imperio, aunque con escaso éxito. Murió durante una expedición bélica contra los persas. La leyenda narra que en trance de morir gritó: «¡Has vencido, Galileo!», reconociendo así la victoria del cristianismo que desde entonces se adueñó del mundo.
—Nosotros no somos papistas —dijo Xenia con orgullo.
Valentiniano sonrió.
—En efecto... las cisiones entre cristianos empezaron ya entonces. ¿De dónde procedéis?
—De Nueva York —respondió un muchacho—. Este viaje por Europa es el premio por nuestra graduación.
—¿Hasta cuándo pensáis quedaros en Roma?
—Partiremos el jueves, Austria es nuestra próxima etapa —dijo Xenia—. Acabas de referirte al concilio de Nicea donde el arrianismo fue condenado, ¿no es cierto?
—¡Qué lista! —se burló Honoria.
—¿Y cómo es que un grupo de jóvenes americanos ha aprendido el italiano? —quiso saber Valentiniano—. Es inusual.
—Hemos seguido estudios lingüísticos —explicó una de las chicas—. Nosotros español e italiano, y los demás alemán y francés. Todos pertenecemos a la misma escuela.
—¿Hasta dónde viajáis vosotros? —inquirió Xenia—. ¿Quizás hasta Viterbo?
—Tenemos planeado atravesar Rignano, donde se conservan restos de la roca de Valentino, llamada también la torre del Borgia, y donde se encuentran las famosas catacumbas de Santa Teodora...
—¡No, imposible! —exclamó Honoria, tajante—. Hemos olvidado telefonear a tus padres, pero como no son ni las diez, podemos llegar a Castelnuovo di Porto, visitar el Palacio Ducal o lo que tú decidas, volver a Roma y mantener nuestra cita con ellos; de esta forma también los niños podrán ir al cine por la tarde como tenían previsto.
Valentiniano pensó que, sin los americanos, la excursión perdía para él todo su atractivo. Sin duda era culpable e injusto con su familia porque su deseo era mandarlos a todos a Roma y proseguir él solo con el grupo; incluso le agradaría convertirse en su cicerón durante el tiempo que aún pasarían en Roma. La boca se le hacía agua al pensar en las cosas que podría enseñarles, en cómo podría hacerles revivir la antigua capital del Imperio. Sin embargo, alzó los brazos en gesto de resignación.
—Lo siento, en la próxima estación nos despediremos.
—¡Uuuhhh! —protestaron los americanos.
—Don‘t worry prof, volveremos a vernos.
—Llegamos —dijo Honoria, incorporándose muy tiesa.
—See you soon —dijo Xenia, la voz muy suave.
Honoria se colgó del brazo de Valentiniano y avanzó con paso firme por delante de la joven.
—Vete al diablo —bisbiseó al pasar por su lado—. Ni te atrevas a pensar que volverás a ver a mi marido... Estás fresca.
Al llegar al andén, Valentiniano se volvió hacia el grupo.
—¡Good luck y buen viaje! —les gritó.
Un enjambre de manos se movió agitando el aire como abanicos entre el humo del tren que arrancaba. Cuando Honoria lo vio desaparecer, lanzó un suspiro de satisfacción.
—Unos chicos estupendos —comentó Valentiniano—, ¿no es así, niños?
—Súper —afirmó Elena.
Valente vio algo en el semblante de su madre que le impidió contestar.
Esa noche el matrimonio hizo el amor con una pasión que al parecer aún no se había mitigado entre ellos. Cuando Honoria se apartó exhausta del cuerpo de Valentiniano, una sonrisa afloraba en sus labios. «Después de todo, debería estar agradecida a esa putilla», pensó saciada y complacida.
Valentiniano abandonó el lecho y se dirigió al baño. Entró en la ducha y abrió los grifos para refrescarse. Una vez bajo el agua tibia, se dijo que el día había sido estupendo. Bajó la vista a su ahora flácido miembro y lo felicitó en silencio. «Y yo que pensaba jubilarte», rio orgulloso.
En los días que siguieron, se preguntó a menudo qué habría sido del grupo de chicos americanos, hasta que el trabajo y la rutina hicieron presa de él y los olvidó.
Una mañana, cuando el calor ya había iniciado su ronda amenazando la ciudad con un tórrido verano, Valentiniano se dispuso a entrar en el aula donde aguardaban sus alumnos. Estaba de pésimo humor. La noche anterior había sostenido una discusión con Honoria acerca de las vacaciones estivales. Ella se empeñaba en pasar tres semanas entre frivolidades en Portofino con sus nuevos amigos, e incluso lo había amenazado con irse con los niños si él no quería acompañarla. Y cuando él repuso que quizás aquella era la mejor solución, su mujer le armó una escena de llantos, improperios y acusaciones. Los planes de Valentiniano consistían en trabajar con un grupo de arqueólogos americanos que estaban excavando en el Campidoglio en busca del cinturón con el que Rómulo ciñó el trozo de tierra sobre el que fundó la ciudad de Roma. Era un hallazgo muy importante, al parecer a punto de ver la luz, y el proyecto le quitaba el sueño. Contaba los días que faltaban para que la universidad cerrara sus puertas y él pudiera dedicarse por entero a colaborar en los trabajos. Tenía planeadas para los suyos unas vacaciones en Sicilia, mientras él permanecía en Roma trabajando en las excavaciones, pero si Honoria deseaba divertirse unas semanas en Portofino, él no tenía nada que objetar. Dejó escapar un largo suspiro y por fin se resolvió a entrar en clase.
El aula estaba abarrotada. Los cursos de Valentiniano eran muy populares gracias a la calidad de su enseñanza y la amenidad que lograba. Nadie como él sabía mezclar pasado y presente en una sucesión de analogías destinadas a demostrar la poca diferencia que existía entre los hombres de la antigüedad y los actuales. Además, al término de sus clases permitía a sus alumnos exponer sus ideas libremente en unos debates que eran muy seguidos incluso entre estudiantes de otras materias que acudían deseosos de participar. Con la cartera bajo el brazo, se dirigió con paso firme a la tarima mientras en el aula se hacía el silencio. Todavía turbado por los problemas caseros, tomó asiento tras su mesa, ordenó los papeles, y alzó la vista.
Entonces la vio.
Sentada en primera fila, cruzadas las largas piernas enfundadas en unas botas vaqueras, Xenia Moore lo miraba sonriente.
Su primera reacción fue de alegría. Miró en busca de sus compañeros, pero no vio a ninguno y su contento se transformó en confusión. ¿Qué hacía aquella chica en Roma? ¡En su aula! ¡Y acomodada en un asiento tan difícil de obtener, reservado a sus mejores alumnos y ayudantes! Admiró unos segundos su belleza hasta que en su mente se abrió paso la idea de que estaba allí por él. De golpe, fingió no recordarla y apartó la vista de sus piernas. Carraspeando una tosecilla, empezó la lección sintiéndose muy incómodo. Su mirada le traspasaba la piel como un aguijón, intoxicándolo con su veneno. «Olvídala, no es más que una joven atractiva», se dijo abrumado. Entonces comprendió que estaba confundiendo sus explicaciones, y las miradas de sorpresa de los alumnos lo sacaron de quicio.
Iba a saltar de la silla cuando Xenia alzó el brazo para interrumpirlo con una pregunta.
—¿Sí, señorita...? —dijo, controlando sus modales con esfuerzo—. Usted es nueva aquí, ¿qué la ha traído hasta mi curso? Y más a estas alturas, cuando está a punto de terminar.
—Soy una oyente de última hora —respondió, la voz cargada de ironía—. Formaba parte de un grupo, pero lo he abandonado. Vuelan hacia Nueva York y yo he regresado a Roma para escuchar alguna de sus famosas clases.
Valentiniano la miró estupefacto. Al cabo, reaccionando ante las miradas de curiosidad que advertía en sus alumnos, intentó concentrarse en los papeles que tenía delante. «Anoche, mi mujer; y esta mañana, Xenia. ¡Por si no tenía ya bastantes problemas!». Se dispuso a proseguir la clase. Su propósito era comparar al señor Berlusconi, cuyo carácter admiraba, con el antiguo romano Sila que, como él, se había lanzado en medio del tumulto político con el único objetivo de salvar los ideales republicanos de Roma. Pero se sintió atenazado por los nervios y le hizo un gesto a uno de sus ayudantes para que ocupara su lugar mientras farfullaba unas excusas a sus alumnos.
—Lo siento, señores, pero creo que me ha atacado la gripe y me voy a casa. Vincenzo continuará la clase.
Apresuradamente, ante la sorpresa de los presentes, agarró la cartera y abandonó el aula. Empleó casi media hora en llegar hasta su coche y salir de la ciudad universitaria de La Sapienza. Decidió ir a comer a Harry‘s, quedaba lejos pero tenía tiempo; el bulevar de Regina Margherita no estaría muy transitado a esas horas. Había sido Honoria quien lo había llevado allí por primera vez. Pensando en ello, recordó que su mujer vestía inusitadamente un traje provocativo, con la falda corta y ceñida. Fue entonces cuando notó el sutil cambio de Honoria. A partir de aquella ocasión, ella insistía en que se aburría y en la necesidad de frecuentar nuevos ambientes más mundanos, como si el ansia de apartarse de las costumbres tradicionales la poseyera.
El semáforo se puso en rojo y frenó bruscamente en el cruce del Largo Marcello. ¿Qué le ocurría a Honoria? En una de sus últimas discusiones, incluso llegó a amenazarlo con buscarse un amante. Y cuando él se limitó a sonreír escéptico, se enfureció como nunca antes la había visto. «No hay quien entienda a las mujeres; en vez de vivir la realidad, prefieren las ilusiones», se dijo arrancando. Poco después, circuló por la via Veneto en busca de aparcamiento. Al fin, harto de buscar, y demasiado educado para aparcar en segunda fila, confió su BMW al portero de Harry’s, quien se apresuró a hacerse cargo de las llaves y le dio la bienvenida.
El interior era confortable y lujoso como un palacio del setecientos transformado. Maderas patinadas por la edad cubrían los muros; pinturas tan oscurecidas por el tiempo, que apenas se entreveían, adornaban arcos y cornisas. Suntuosos cortinajes daban un toque de elegancia al local. La barra ocupaba todo un ángulo, rodeada de mesitas tipo American bar, confiriendo al entorno un tono picante y atractivo. A la derecha se abría un restaurante pequeño y refinado, al frente del cual estaba el maître Desideri que hacía las delicias de Valentiniano. Reservó una mesa para más tarde y fue a la barra para tomar una copa. Pidió un cóctel Rossini y observó el local. Harry’s estaba muy concurrido, principalmente por sus clientes habituales. El ambiente era alegre y despreocupado. Reconoció algunos rostros e intercambió los saludos de rigor.
Iba a dar un sorbo cuando la puerta se abrió y una deslumbrante mujer se recortó en el umbral. Todos los hombres se volvieron hacia ella, la mayor parte boquiabiertos, mientras que a Valentiniano, al ver a su pesadilla, se le escurrió la copa de entre los dedos salpicándole los pantalones.
La recién llegada caminó con la elegancia de un felino, se detuvo un instante frente a él para dedicarle un cordial saludo, que provocó la envidia de todos los varones, y continuó su camino rodeada por varios camareros deseosos de servirla.
Confuso, Valentiniano solo atinó a tratar de limpiar con la servilleta los oscuros cercos de Rossini de su traje.
La llegada de un camarero le hizo levantar la mirada.
—La señora pregunta si el príncipe aceptaría comer con ella. Esto... le hemos explicado que usted ya había reservado una mesa. ¿Quizá desea que lo cambiemos de sitio?
Valentiniano dudó unos instantes. «Dios mío, Honoria se enterará». Se debatía entre la lealtad que debía a su mujer y la curiosidad por conocer las intenciones de la joven. «Después de todo, solo es una comida, nada más». Concluyó que debía aclarar las cosas con Xenia y que no había ningún mal en ello. «¿Y cuáles son tus intenciones?», se preguntó, embarazado.
—De acuerdo —aceptó.
Aparentando una seguridad que no sentía ni por asomo, Valentiniano se incorporó y, seguido por las miradas envidiosas de ellos y las admirativas de ellas, caminó hacia su destino.
I
Xenia y Alex Moore contaban diez años cuando, como cada mañana, miss Marta les anunció la llegada del doctor Osborn y las instó a presentarse en su despacho del Columbia Presbyterian Medical Center de Nueva York. Las niñas sabían que allí, además de su padrino, les esperaba su ración diaria de golosinas, y acudieron corriendo. Cruzaron ante la sonriente miss Porter y, sin llamar, se colaron en la gran estancia cogidas de la mano.
George Osborn se enterneció al ver a las dos pequeñas y, como era usual en él, abrió los brazos. Era la señal para que se acercaran a registrar sus bolsillos. Entre gritos de júbilo, Xenia y Alex se abalanzaron sobre el médico y, tras cubrirlo de besos, lo liberaron de los caramelos que traía preparados para ellas. El doctor Osborn gozaba lo indecible con el ritual. Como siempre, le conmovía el cariño que aquellas criaturas le demostraban, de quienes era deudor, pues a ellas debía su fama.
Las niñas le llenaban de orgullo y amor, como si fueran sus hijas. Había intentado adoptarlas, pero su mujer se opuso, temerosa de que se desencadenaran los celos entre sus propios hijos; de modo que las pequeñas, al carecer de parientes, y como al doctor Osborn le repugnaba la idea de que fueran a parar a una institución, habían crecido con el hospital como único hogar.
Mientras las miraba juguetear con el chocolate, no pudo evitar exhalar un suspiro de complacencia. Sin embargo, lamentó lo efímero del tiempo. Aquellos años se habían volatilizado demasiado deprisa. Rememoró la inolvidable fecha en que empezó todo, la víspera de Navidad de 1975, cuando recibió una llamada urgente en su casa de Nueva Jersey donde celebraba la Nochebuena con su familia. Se trataba de una noticia bomba: dos niñas siamesas habían nacido en el Columbia Hospital, un caso anómalo que solía despertar el interés del público. Mientras circulaba a toda velocidad por el West Side hacia el hospital, Osborn dedujo que si lo habían llamado a él, primer ayudante del equipo de neurología del doctor Richard Topper, era porque este último se encontraba en Aspen pasando las vacaciones navideñas, circunstancia que lo dejaba a él al frente de la situación.
Cuando Osborn llegó al hospital, tuvo que abrirse paso entre los periodistas que ya invadían el departamento de ginecología. Médicos y enfermeras rodeaban la cuna donde las recién nacidas reposaban. Osborn se inclinó sobre ellas, retiró la ligera sábana, y observó que la unión de los cuerpecitos se formaba en la espalda. Por eso habían llamado a un neurólogo, seguramente existían problemas con la columna vertebral.
—¿Dónde están los padres? —quiso saber.
—Solo conocemos a la madre —dijo una enfermera—. Llegó acompañada de una anciana muy rara, e ingresó por Urgencias. Había sufrido un accidente con un camión, pero gracias a Dios estos tesoros están a salvo. El doctor Green no cree que la mujer sobreviva, ha sido trasladada a reanimación.
—Examinaré a las recién nacidas. ¿Han avisado al doctor Topper? —preguntó, rogando que el viejo se encontrara en un lugar donde el teléfono brillara por su ausencia.
—No ha habido forma de ponerse en contacto con él.
Osborn casi saltó de júbilo. Sin poder creer en su buena suerte, ordenó que los bebés fueran trasladados a radiología mientras él iba a hablar con los periodistas.
—¿Es usted el doctor que se encarga del caso?
—En ausencia de mi superior no me queda otro remedio.
Luego, fue a realizar un minucioso reconocimiento a las recién nacidas. Pronto concluyó que la operación de separación era simple, como un juego de niños. Los dos cuerpos eran perfectos, y cada uno poseía intacta su propia columna vertebral. Cualquier cirujano podría realizar la operación sin problemas, pero él se guardaría bien de admitirlo; en cambio, evidenciaría las dificultades y se las arreglaría para presentar un caso que lo hiciera parecer un héroe.
Decidió intervenir inmediatamente antes de que el asunto escapara de sus manos. El único problema residía en cómo enredar a la enfermera de radiología que había visto las placas. Mirando a la buena mujer, vio enseguida que no se trataba de una profesional. Se encontraba allí de guardia por casualidad, no pertenecía al equipo del hospital, y seguramente trabajaba en alguna agencia privada y hoy hacía horas extraordinarias.
Osborn se volvió hacia ella con una expresión grave.
—Imagino que es consciente de la urgencia del caso —dijo. Y golpeó las radiografías, cubriéndolas casi por completo con la carpeta.
La chica enrojeció, nerviosa, y puso todo su empeño en entender a aquel inteligente doctor. Al final del discurso, lo único que estaba claro en su cabeza era que se encontraba ante un genio. Una vez Osborn se hubo asegurado de haber reclutado a una devota admiradora que en el futuro daría prueba de su pericia, ordenó que prepararan el quirófano mientras iba a hablar con la anciana que aguardaba en la sala de espera.
Encontró a una mujer alta, delgada y altanera, con la cara llena de arrugas y el pelo blanco encrespado sobre los hombros. Sostenía una botella de vodka, pero si había bebido lo disimulaba muy bien. Al acercarse, ella se incorporó y le tendió la mano esperando que se la besara. Osborn vio algunos periodistas en la sala, con los ojos clavados en él, y decidió mostrarse cortés. Se inclinó, tomando su mano, y se la llevó a los labios estremecido por la belleza de la anciana.
—¿Es usted pariente de las recién nacidas?
—Soy la condesa Lorsangeliev —dijo la mujer—. Las niñas son mis bisnietas. ¿Cómo se encuentra mi nieta?
Osborn le explicó que se encontraba en la sala de reanimación, que cuando hubiera noticias la informarían, y acto seguido le pidió su consentimiento para operar a las pequeñas.
La condesa lo miró de arriba abajo, atravesándolo con los ojos, y asintió lentamente.
La actuación de Osborn en el quirófano fue espléndida. Alargó la primera etapa con destreza, se enfrascó más de lo necesario en el microscopio electrónico, y, como deseaba crear un aura de verosimilitud en torno a la operación, se esmeró en su trabajo. Por último, se entretuvo en la perfecta sutura de las heridas para que las cicatrices desaparecieran y así las niñas, en el futuro, pudieran exhibir una espalda sin la menor señal.
—Bien, ya he terminado —dijo Osborn—. Ahora solo es cuestión de vendar y colocar un yeso, manos a la obra —pidió al adormilado equipo.
Diez minutos más tarde, el color volvía a las mejillas de las siamesas transformadas en gemelas. El mismo Osborn empujó la camilla para conducirlas a pediatría, donde deberían permanecer en la incubadora hasta que se estabilizaran.
—Habría sido mejor esperar a que las niñas fueran más grandes y fuertes para realizar la operación —dijo la pediatra, acomodando a los diminutos bebés en las incubadoras.
Osborn observó su oscuro semblante y se asustó. La idea de la muerte entró por primera vez en su cabeza al contemplar la fragilidad de los dos pequeños cuerpos.
—No —replicó—, la malformación oprimía la arteria impidiendo la correcta irrigación del cerebro. Habrían perecido.
—Si usted lo dice... A mí me pareció que estaban bien.
—Las radiografías no mienten —dijo Osborn, temblando ante la posibilidad de que la doctora lo verificase.
Permaneció varias horas aterrado por la suerte de las niñas; en parte debido a los remordimientos, en parte porque si morían se practicaría una autopsia. Osborn no quería ni pensar en las consecuencias que le acarrearía. Estaba tan preocupado que, cuando a las siete de la mañana, la doctora, conmovida por lo que creía dedicación a sus pacientes, le trajo una taza de café, esta se le escurrió de las manos y se estrelló en el pavimento.
—Parece que reaccionan —comentó la pediatra—, el pulso es débil pero regular. Ha sido una noche terrible, pero con un poco de suerte creo que acabará bien.
Osborn dejó escapar un intenso suspiro de alivio.
Los periodistas dormían a pierna suelta en los divanes de la sala de espera; todos menos uno que se entretenía charlando con la anciana y tomando notas. Al entrar Osborn en la sala, todos se pusieron en pie. Su imagen los conmovió.
—¿Ha permanecido toda la noche en el quirófano?
—Quizás hubiera hecho mejor en adecentarme un poco antes de venir a hablar con ustedes —dijo—. Las niñas han sido separadas y están bien, ¿quieren echar un vistazo?
Osborn ayudó a la dama a incorporarse, observando que la botella de vodka que sostenía estaba prácticamente vacía.
—Me vendría de perlas un buen trago —le sonrió.
Cuando el grupo se detuvo ante el cristal que protegía la enfermería, encontraron allí a más gente. La noticia de que habían nacido unas siamesas durante la Nochebuena, y que habían sido separadas con éxito, había corrido por el hospital como un reguero de pólvora. Se trataba de un suceso sin precedentes que atraía la atención de todos.
La pediatra olvidó sus dudas cuando controló por última vez los monitores de las incubadoras. Todas las funciones de las recién nacidas eran correctas. Satisfecha, la doctora solo recordaría de aquella noche las horas de abnegada dedicación del dotor Osborn a las pequeñas, y a eso se refirió a lo largo del camino de salida al ser asaltada por los periodistas.
La tragedia, sin embargo, también hizo acto de presencia. Y por partida doble. Esa misma noche la joven madre murió en la sala de reanimación; y la anciana condesa, tras contemplar sanas y salvas a sus bisnietas, brindó por la salud de su dinastía, se llevó a la boca las últimas gotas de vodka, estrelló la botella contra el suelo, y, acto seguido, se desplomó muerta.
Horas más tarde, las cadenas televisivas relataban las alegrías y las tristezas del acontecimiento, señalando sobre todo la actuación del joven doctor Osborn. Así fue como el doctor Topper descubrió lo sucedido en el hospital, en su departamento de neurología, y la noticia casi le provocó un síncope. ¿Por qué no lo habían esperado? La decisión de operar, de cómo hacerlo y cuándo, era suya. «Alguien pagará cara esta falta de ética profesional», se dijo, vengativo.
Entretanto, las niñas reposaban en sus incubadoras, ajenas a la conmoción que su llegada al mundo había provocado.
No había transcurrido del todo la jornada cuando una avalancha de regalos llovía sobre las recién nacidas. Ropas, juguetes y dinero no cesaban de afluir al Columbia. Los periódicos relataron la tragedia enfatizando los detalles de las muertes de las dos únicas parientes conocidas de las gemelas, pobres y desvalidas al parecer, y los mensajes de solidaridad no cesaron de llegar desde todos los rincones de la ciudad. De este modo, y a partir de entonces, la situación cambió para ellas, facilitándoles un porvenir desahogado. Su familia sería el hospital, Osborn su padre, y sus posibilidades económicas, que durante el período de su niñez aumentarían sin cesar, les permitirían en el futuro afrontar los gastos de su educación y vivir con independencia.
Únicamente fue una Nochebuena triste para los hijos de Osborn. El pequeño Junior, de siete años, esperaba con ansia el regalo prometido por su padre, pero debió aceptarlo de manos de su madre que no entendía nada de computadoras. Para él fue una Navidad desagradable, al igual que para su hermana Patty, que no pudo disfrutar de la presencia de su progenitor.
Al día siguiente, una imagen martilleaba el cerebro de Osborn atormentando sus sueños: las placas. Conocía demasiado bien a Topper, sabía que el neurólogo estudiaría a fondo el cuadro clínico de las siamesas, y allí estaban las delatoras radiografías. Se daría cuenta inmediatamente del fraude. Un sudor frío perló su frente. ¿Qué hacer? Hacerlas desaparecer era imposible; sustituirlas sería una solución, pero ¿cómo? Por muchas vueltas que le daba, no se le ocurría ninguna idea brillante. Presa de los nervios, consultó su reloj de muñeca: un Rolex Daytona que le regaló, como muestra de gratitud por sus cuidados, un paciente. Don Vittorio Storino. Un mafioso, convicto de asesinato.
Durante una semana Osborn se mantuvo en estrecho contacto con él mientras lo preparaba para una intervención, asombrándose con frecuencia por su afabilidad y sentido común. Don Vittorio no hablaba mucho, pero Osborn le caía bien y a menudo le pedía que se quedara con él tras la visita.
—Estoy solo —se lamentaba—. Después de la desgracia tuve que mandar a mis hijos a Sicilia, allí estarán mejor protegidos. —Y al ver la mirada perpleja de Osborn, añadió—: Porque usted sabe quién soy, ¿verdad?
Osborn tenía una vaga idea. Había leído en la prensa algo acerca de un crimen pasional cometido por un jefe de la mafia que controlaba el crimen organizado en Nueva Inglaterra, y que por fin había permitido a las autoridades echarle el guante. Al parecer, los crímenes abundaban en su currículum, pero a Osborn le costaba imaginar que aquel benévolo personaje estuviera enredado en tales fechorías.
—Me han dicho que usted es un mafioso.
Don Vittorio se rio con desdén.
—Digamos que soy un hombre de honor dedicado a los negocios y a la protección de mi familia, ¿comprende, doctor Osborn? —Suspiró—. ¿Será usted capaz de quitarme este dolor de cabeza? No puedo permitir que mis muchachos me vean en un estado tan vulnerable.
—Se trata de un tumor, pero confío en extirparlo. Según su grado de malignidad podrá salir de esta, aunque debe estar preparado para afrontar lo peor. —Hizo una pausa y, sin pensar, le formuló una pregunta—: ¿Qué le hizo a su mujer? Quizá soy indiscreto, no tiene por qué contármelo.
La expresión de don Vittorio mudó al instante, y una furia salvaje encendió su mirada. Sin embargo, su voz era tranquila cuando respondió como si se tratara de un suceso banal.
—La estrangulé con estas manos, lentamente, para que sufriera por haberme disonorato con mi mejor amigo, mi consigliere. Los cogí in fraganti, en mi propia cama. Aquel traidor era mi hombre de confianza y le hundí el cuchillo en el estómago; luego, le corté los testículos y dejé que se desangrara. —Se echó a reír y su ferocidad dejó sin aliento a Osborn—. Un buen final para un traidor que ambicionaba mi puesto y conspiraba en mi contra junto a mis rivales. Querían liquidarme. Por eso me entregué a la policía y mandé lejos a mis hijos.
Osborn no podía entender la dualidad de don Vittorio. Tan pronto demostraba nobleza como al instante se regodeaba en una escena criminal. Sabía que era un monstruo, y se preguntaba por qué le había relatado el terrible suceso sin ahorrar detalles. ¿Se trataba de una advertencia? No obstante, puso todo su empeño en la operación y esta resultó un éxito. Don Vittorio quedó tan satisfecho que, cuando se despidieron al cabo de diez días, le estrechó la mano con fuerza mientras ponía el reloj en su bolsillo.
—Recuerde mi nombre, doctor Osborn. Don Vittorio Storino está en deuda con usted. Si alguna vez se encuentra en dificultades, acuérdese de mí.
Ahora Osborn rememoraba sus palabras, aunque no confiaba mucho en las posibilidades de un tipo que estaba entre rejas. Pero no veía otra alternativa. Salió de casa sin dar explicaciones y cogió el coche. Corrió por la autopista Lincoln, atravesó Queens y subió al ferry para llegar a la prisión. Una vez en la penitenciaría, mencionó el nombre de Vittorio Storino y, para su sorpresa, le permitieron entrar. Don Vittorio se alegró de verlo. A pesar de las fiestas navideñas, era su único visitante.
—Lo he visto en la televisión —dijo. Lo escrutó de tal modo que Osborn bajó la mirada—. Doctor, es usted un héroe.
Osborn se dejó caer en una silla con la cabeza entre las manos. Tardó unos segundos en decidirse y, jugándose el todo por el todo, confió en aquel hombre. Comenzó a hablar a borbotones. Cuando terminó, se apercibió de que había despertado su atención. Los ojos de don Vittorio chispeaban de interés.
—Hábleme de las niñas, doctor. ¿Cómo están? Quiero saber la verdad, no lo que cuenta la televisión.
—Están fuera de peligro, y evolucionan favorablemente.
—Bien, eso está bien. Ahora permítame reflexionar unos instantes —dijo. Sacó del bolsillo una agenda muy usada, escrita en un galimatías indescifrable y, tras estudiarla, alzó su oscura mirada—. Puede hacerse, sí. ¿Le parece bien recibir las radiografías mañana por la noche? Solo debe precisarme lo que deben mostrar.
Osborn lo miró estupefacto, consciente por primera vez del gran poder de su organización. Aquel hombre, pese a su encierro, disponía de los recursos necesarios para mover los hilos con discreción, eficacia y en un breve lapso de tiempo.
—A lo mejor ignora cómo llevamos a cabo nuestros negocios —dijo don Vittorio, en tono profesional—. Se trata de un intercambio de favores. ¿Comprende usted a qué me refiero?
—Mientras no me pidan que mate a alguien...
—No, de eso se encargan otros; y le aseguro, doctor, que son muy eficaces. —Osborn se estremeció—. Le aconsejo que lo piense bien antes de decidir. Una vez dentro, es muy difícil abandonar la organización. Y peligroso.
—Estoy con ustedes —se atragantó Osborn—. Si ahora me ayudan, les seré leal en el futuro.
—Hablemos de las radiografías. ¿Prefiere que nosotros nos ocupemos de la sustitución o desea recibirlas usted mismo?
Osborn no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Es posible? ¿Puedo contar con que mañana por la noche estarán en su lugar en el Columbia?
—Eso he dicho, doctor, puede creer en mi palabra.
Osborn empleó una hora en realizar un croquis de lo que necesitaba. Entonces se lo dio, pero don Vittorio lo rechazó.
—No, usted mismo lo llevará. La entrega debe ser esta noche, dentro de una hora. En el último piso del Empire State hay una escalerilla que conduce al mirador. Deje los dibujos bajo el primer escalón. Muévase, no dispone de mucho tiempo.
Osborn se incorporó de inmediato.
—¿Volveremos a vernos?
—Quién sabe. Vaya, vaya... —sonrió don Vittorio.
Presa de la angustia por no perder la oportunidad, Osborn exprimió hasta el último segundo para llegar a tiempo. Por fin, aparcó frente al colosal rascacielos y entró en el edificio.
Faltaban diez minutos para la hora establecida cuando abandonó el primer ascensor del Empire y subió al segundo que lo llevaría hasta la torre. Una vez allí, cumplió las instrucciones con discreción. De forma disimulada, se deslizó por la escalera y colocó bajo el primer peldaño los dibujos que decidirían su destino. Luego, retrocedió hasta el ascensor, que en ese momento abría sus puertas a unos pocos turistas que salieron a la terraza.
De nuevo en la calle, circuló por Park Avenue con las manos temblando sobre el volante. Decidió tomar una copa para serenarse, y se detuvo ante el Suissotel The Drake. El bar estaba semidesierto. Pidió un whisky doble, que bebió de un trago, y después otro que paladeó lentamente. Al cabo, sintió que la bebida lo tranquilizaba y pagó al camarero dejando una abultada propina. De improviso, el cansancio le cayó encima como una losa. Como no se veía con fuerzas para regresar a Nueva Jersey, se dirigió a recepción y tomó una habitación. Pidió más bebidas y llamó a su mujer para explicarle que, después de visitar a las siamesas, pasaría la noche en el Drake, cerca del Columbia. Tras disculparse como pudo, colgó para realizar otra llamada, ahora al hospital, por si había novedades. La pediatra le explicó que todo iba bien y Osborn pensó que por fin podría descansar. Se metió en la cama y, al instante, se quedó profundamente dormido.
El doctor Topper sintió dispararse su adrenalina al observar la prensa del día siguiente. En primer plano, destacaban las fotografías de Osborn ante las incubadoras de las siamesas. Sin esperar a su familia, abandonó Aspen para correr al aeropuerto de Denver y desde allí tomar el primer vuelo para Nueva York.
Ante la sorpresa de su equipo, el día 27 por la mañana Topper se presentó en el Columbia y los convocó a todos. Su ira contra Osborn creció al ver que no acudía a la reunión.
—¿Dónde está ese mal nacido? —gritó.
Le explicaron que Osborn, después de visitar a las siamesas el día anterior, había anunciado que pensaba tomarse un respiro de un par de días y se había marchado sin dar explicaciones.
—¿Sin mi permiso? —se escandalizó Topper.
Rojo de rabia, decidió ver a las pequeñas y salió en tromba de la sala. Xenia y Alex dormían tranquilamente en su cuna, cubierta por una cortina de plástico con una abertura para el tubo que les proporcionaba oxígeno. Cuando Topper intentó apartarla para observar de cerca a las criaturas, un dragón en forma de enfermera se lo impidió.
—El doctor Osborn me avisó que usted vendría —dijo con firmeza—. Es mejor por ahora no mover a las niñas a causa del yeso que las cubre. También dejó a su disposición el cuadro clínico, el historial y las radiografías. Cualquier información que desee, la obtendrá de la doctora Macgree, la pediatra que se encontraba de guardia en Nochebuena.
Topper echó una última mirada a las niñas y sonrió. No mostraban ninguno de los síntomas ni traumas usuales tras una importante operación de microcirugía. Atreverse a montar todo ese tinglado por una nimiedad... Ya se encargaría él de que las aguas volvieran a su cauce.
Satisfecho de su perspicacia, Topper se dirigió a pediatría para consultar con la doctora Macgree. No encontró a la doctora, pues empezaba su turno más tarde, pero el pediatra que la sustituía le comentó lo que opinaba. Estaba de acuerdo con Topper en que las siamesas parecían demasiado en forma tras haber sufrido el terrible trauma, pero él lo achacaba al mérito del doctor Osborn.
—¿Ha visto las radiografías? —atajó Topper. Y ante su respuesta negativa, señaló—: Yo tampoco, estimado colega, así que reservaré mi juicio hasta haberlo hecho.
En radiología fue obedecido de inmediato. Al minuto, las placas se encontraban en los cuadros retroiluminados.
—¿No le parece excepcional, doctor Topper? —dijo el radiólogo—. Es un caso que hará historia en la medicina.
Topper abrió la boca sin emitir ningún sonido.
—¿Seguro que se trata de las verdaderas? —preguntó con un hilo de voz—. Quizá se ha confundido con otro caso...
—Son las correctas, doctor. En los últimos quince años es el primer caso de hermanos siameses en el Columbia. —Le tendió el sobre con los informes—. Está todo en orden.
Topper lo cogió de malos modos.
—¿Quién se hallaba de turno en Nochebuena?
—La enfermera Mansell. Solemos contratarla como auxiliar en este departamento. Es muy eficiente, trabaja en el centro de radiología de Nattan & Fauler, de la Tercera Avenida.
—¿Tiene su teléfono? Quiero hablar con ella.
El radiólogo disimuló su sonrisa mientras le entregaba la tarjeta de la enfermera. Topper marcó el número del centro.
Cuando estableció la comunicación, le informaron de que la enfermera Mansell no había acudido a trabajar a causa de unas anginas. Entonces les pidió su teléfono particular, aduciendo una consulta urgente, y se lo dieron. Algunos miembros del personal de radiología lo miraron con sorna al ver sus esfuerzos por desacreditar al joven doctor Osborn.
Por fin, Topper logró hablar con la enfermera Mansell.
—Desde luego que me acuerdo. El informe está claro, me lo dictó el propio doctor Osborn.
—¿Podría usted identificar las radiografías?
—Sin duda, fui yo quien las metió en el sobre y las guardó en el archivo.
—¿Había alguien más con usted esa noche?
—No, solo estábamos el doctor Osborn y yo.
—¿Pudo regresar y cogerlas después de la intervención?
—Le aseguro que no. ¿Ocurre algo, doctor?
—Es lo que trato de averiguar —gruñó Topper—. Necesito que venga al hospital para comprobar que el sobre que archivó es el mismo que ahora tengo en mis manos... Es decir, cuando se recupere de las anginas, por supuesto.
Mansell aceptó y Topper colgó, decepcionado.
—¿Cómo funciona el sistema de seguridad aquí? —preguntó—. ¿Podría sustituirse la documentación?
El radiólogo empezó a perder la paciencia por la terquedad del viejo. ¿Qué demonios trataba de demostrar?
—Acompáñeme —dijo, conduciendo a Topper hasta la entrada—. El departamento es grande como un almacén, pero esta —golpeó el hierro— es la única puerta de entrada y no tiene llave. Se abre accionando un dispositivo desde Seguridad. Siempre hay más de una persona trabajando aquí. ¿Cómo podría entrar alguien sin ser visto? La llave de los archivos del último año está en mi poder; y las demás, con el resto del material reservado, se guardan en la caja fuerte de Dirección. —Sacudió la cabeza—. Es una idea absurda, ¡y en tan poco margen de tiempo! Jugar con las radiografías es muy difícil, yo diría que tanto como falsificar un billete de banco. Puede irse tranquilo, doctor Topper, aquí todo está en orden.
—¿Y si lo hubiera hecho el propio doctor Osborn? Él tiene acceso a cualquier información y...
—¡Esto es demasiado! —estalló una enfermera—. ¿Se da cuenta de las acusaciones que está lanzando contra él?
—Su opinión no me interesa —dijo Topper, colérico. Se volvió hacia el radiólogo—. Me sobran motivos para estar en desacuerdo con el proceder del doctor Osborn y con su diagnóstico. Llevo a cabo una investigación y, si no colabora, estoy dispuesto a llegar hasta Dirección. ¿Va a responder a mis preguntas?
El radiólogo se encogió de hombros.
—El doctor Osborn hubiera podido hacerlo... Encontrar Dios sabe dónde un caso parecido al de las siamesas, en tan escaso lapso de tiempo, y colarse aquí, en un lugar vigilado, para sustituir uno por otro y luego salir sin ser visto por nadie, como si fuera un fantasma... —Hizo una mueca—. Doctor Topper, usted sabrá, pero yo diría que roza lo imposible.
—Me llevaré el informe y las radiografías para estudiarlas con calma —rezongó Topper.
—No puede llevarse los originales, pero le haremos una copia. Ya sabe, son las órdenes —se apresuró a calmarlo el radiólogo—. Solo los pacientes pueden retirar los originales.
Topper aguardó enfurecido a que le entregaran las copias y se llevó la documentación a Neurología.
La ausencia de Osborn lo obligó a visitar a los pacientes pese a que ardía de impaciencia por quedarse solo. De vuelta a su departamento, se entretuvo unos instantes en pediatría y pudo observar patalear a las gemelas. «¡Absurdo! —se dijo—. ¡Agitar las piernas tras una operación de separación de la columna!».
Mucho más tarde, ya de madrugada, en la soledad del despacho de su casa, se rindió a la evidencia. El informe le resultaba una fantasía científica, pero las pruebas estaban allí, tangibles, en las personas de las siamesas separadas y sanas. «En vez de patalear en la cuna, tendrían que estar muertas —pensó—. ¿Quién era aquel Osborn?». Topper creía conocerlo, pero al parecer se equivocaba. Tal vez había subestimado a un genio.
Osborn contempló con cariño a las gemelas y decidió llevárselas a comer con él. Se sentía muy a gusto con ellas, y le agradaba exhibirlas en público. Eran unas criaturas maravillosas. No había permitido que fueran adoptadas pese a la incesante lluvia de ofertas que recibieron durante los primeros años. Al principio sus rechazos se debían a hipotéticos problemas de orden médico, y más tarde logró que el Tribunal de Menores le concediera su tutela. Desde entonces, era su orgulloso padrino; cuidaba de ellas más que de sus propios hijos; administraba su dinero con la misma destreza que empleaba para acrecentar su propia fortuna, e incluso se ocupó de conseguirles un apartamento en propiedad en la nueva ala del Columbia, cargando los costes al programa anual de una sociedad benéfica. De este modo, Xenia y Alex crecieron felices correteando por un hospital donde eran adoradas por todos, bajo la sombra protectora de su director George Osborn.
—¿Qué os parecería ir a comer a Little Italy? —propuso.
—¡Sí! —aceptaron, encantadas—. ¡Llévanos a Paolucci!
—Y después —dijo Xenia—, podríamos ir al cine... ¡a ver una película de romanos!
—Estoy muy ocupado, pero podríais ir con miss Marta.
—No, contigo... —dijo Alex, haciendo pucheros.
Osborn sabía que era inútil intentar resistirse y claudicó.
—De acuerdo —dijo—, al diablo con el trabajo. Pero ¿no preferiríais ir a ver una de Steve McQueen?
—¡De romanos, de romanos! —exclamaron las niñas.
—Muy bien —se resignó—. ¿Qué os parece Atila? La han estrenado en el Alice Tully Hall del Lincoln Center.
Por un momento, Osborn pensó en llamar a su mujer, pero les habría aguado la tarde y decidió llamar en su lugar a la señora Cassiani, convencido de que aceptaría encantada la invitación.
La anciana señora Cassiani era una afable dama de blancos cabellos que gozaba del privilegio de ocupar una de las mejores habitaciones del Columbia. Había sufrido un intento de robo, y el incidente se saldó con una rotura de fémur pero con el bolso en su poder. Debido a su edad avanzada, había pasado un año en el hospital entre yesos y terapias de rehabilitación. Era ella quien, a través de sus historias, había insuflado en las niñas todo el amor que sentía por su lejana patria.
Los gritos y risas que solían escapar de su habitación, siempre atestada de alegres parientes y amigos italianos, fue lo que atrajo la curiosidad de las pequeñas. Una mañana asomaron sus rubias cabecitas por la puerta ante la sorpresa de la anciana.
—¿De dónde han salido estas preciosidades? —dijo, sintiendo derretirse su corazón italiano.
—Deben de ser las famosas siamesas —respondió su hija mayor, Ángela—. Las siamesas del doctor Osborn.
—Entrad, queridas —dijo la señora Cassiani abriendo los brazos—. ¿Os apetece un dulce?
Desde aquel día, las niñas se convirtieron en asiduas de la habitación de la abuela Cassiani, en quien encontraron algo muy parecido al amor materno. La anciana las entretenía con historias de su país, y fue así como las hermanas descubrieron, maravilladas, el mundo fascinante del otro lado del océano: el mundo de Ulises, de Enea, de Rómulo y Remo, y sobre todo del esplendor de Roma, ciudad soberana de la antigüedad.
Cuando la señora Cassiani regresó a su vida ordinaria, no se olvidó de las niñas. A menudo se veía su limusina negra aparcada ante la puerta del Columbia, y a las dos, muy modosas, tocadas con unos sombrerillos provistos de una larga cinta que se mezclaba en las rubias cabelleras, avanzar hacia ella bajo la atenta mirada del chófer, un guardaespaldas italoamericano que solo dulcificaba su expresión en presencia de las gemelas.
Osborn sentía demasiado respeto por la riqueza de la familia Cassiani, cuyos miembros eran parte importante de los donantes de la fundación del Columbia, y no puso ningún obstáculo al afecto surgido entre sus pupilas y la anciana. Es más, se alegró el día que fue invitado, junto a su mujer y las pequeñas, a la fiesta del ochenta aniversario de la matriarca de los Cassiani en su lujoso apartamento dúplex de Sutton Place.
Las gemelas, que ya habían cumplido doce años, lucían preciosas en sus trajes de muselina celeste, destacando entre la miríada de nietos y bisnietos de la señora Cassiani. La flor y nata de la sociedad italoamericana de Nueva York acudió a felicitar a su anciana compatriota. Era una heterogénea mezcla que provenía del mundo de la moda, el teatro, la industria y la política; todas personas brillantes pero que nada tenían en común con los italianos de Little Italy ni con el mundo que la señora Cassiani había relatado a las niñas. Ella era de las pocas que, por su edad, aún recordaba los terribles días de las emigraciones tras la Primera Guerra Mundial, cuando centenares de familias habían huido de las desoladas tierras europeas, amontonadas en lúgubres barcos, sostenidas por la esperanza de una nueva vida. Lo que los emigrantes italianos ignoraban era que, al otro lado del Atlántico, les aguardaba el desprecio y el rechazo, lo que unido a la nostalgia de su tierra, obligó a aquellos pobres desheredados a unirse y refugiarse entre las casuchas de los suburbios de Canal Street por el sur, hasta Houston Street al norte, hacinándose en un gueto que, con el correr de los años, se convertiría en uno de los barrios más típicos de Nueva York y al que sus moradores darían el nombre de «Pequeña Italia».
Los descendientes de aquellos pioneros que se habían enriquecido en el Nuevo Mundo se consideraban americanos; hablaban inglés y apenas chapurreaban su lengua, e incluso detestaban a los italianos del gueto que habían mantenido intactas las tradiciones de su tierra natal. La señora Cassiani sabía que solo la influencia de su marido había logrado que ella se apartara del barrio italiano y renunciara a ciertos hábitos que en ocasiones añoraba terriblemente. Entre sus descendientes, casi nada recordaba sus orígenes, ninguno de los pequeños hablaba italiano, y la anciana ya no tenía a nadie con quien hablar del pasado. De ahí su afición por las gemelas, entusiasmadas oyentes de sus narraciones, embriagadas con la historia del país más extraordinario de la tierra.
Fue la señora Cassiani quien se empeñó en que las hermanas asistieran al colegio italiano de Nueva York para que pudieran realizar estudios clásicos, y Osborn accedió vista la afición que ellas demostraban por la arqueología. En el fondo, opinaba que encajarían más en el papel de actrices o de modelos por su belleza, la cual se acrecentaba con el tiempo, pero estaba de acuerdo en que una buena instrucción las favorecería.
Osborn y su mujer se acercaron a felicitar a la anciana. Patricia Randall no sentía la menor simpatía por los italianos, a quienes consideraba sin excepción unos mafiosos; sin embargo, procuró mostrarse encantadora. Y mientras besaba sus arrugadas mejillas, observó a lo lejos a las dos pequeñas, consumida por los celos. «Son odiosas, tan absorbentes y desconsideradas; se creen el centro del mundo», se dijo, forzando una sonrisa.
II
Xenia y Alex descansaban muy juntas bajo el dosel de la cama en su habitación diseñada por el estilista romano Valentino. Con los ojos abiertos y las manos entrelazadas, hablaban en susurros para no despertar a miss Marta, que dormía en el cuarto contiguo al apartamento que ocupaban en un ala del Columbia. Aquel día habían cumplido quince años, y la abuela Cassiani había organizado para ellas una hermosa fiesta.
—Creo que estoy enamorada —suspiró Alex.
—¿Cómo, sin mi permiso? —murmuró Xenia—. No puede ser, yo no siento nada.
—En realidad, solo me gusta. Hablo de Robert Taylor en el papel de Marco, el centurión romano de Quo Vadis. ¿Has visto a alguien más guapo en tu vida?
—Bobby Edwin —dijo Xenia—, y me he fijado en cómo bailaba contigo esta noche. Igual que todos, no hay hombre que no vaya loco detrás de nosotras, somos las más guapas.
—Y también las más inteligentes —apuntó Alex.
—Sí, unos fenómenos de feria, las famosas siamesas del doctor Osborn —añadió Xenia con desdén—. Me alegro de que te hayas divertido, pero ahora déjame dormir.
—Va, no... Juguemos al juego, ¿quieres?
—Estoy muy cansada, no me saldrá.
—Concéntrate y ya veremos... ¡Xenia, tienes fiebre!
—¿Tú crees?
—Estoy segura, y no se trata del juego; siento tu dolor de cabeza —dijo, posando los labios en su frente.
Ella la rechazó con un manotazo.
—¡Déjame, estoy bien!
—¿Qué te ocurre? —Alex encendió la luz y se asustó—. ¡Xenia! Estás muy pálida, temblando, y te duele moverte.
—¡Sal de mí! ¡Quiero estar sola!
Alex se concentró en apartar de sí aquella sensación de náuseas. Una vez lo hubo logrado, observó a su hermana. Tenía círculos negros alrededor de los ojos y comprendió qué sucedía.
—¡Oh, Xenia, el día de nuestro cumpleaños! No deberías haberlo hecho. ¿Cómo te las has arreglado para conseguirla? Seguro que te la ha dado ese idiota de Junior...
—¡No importa! —exclamó, desesperada—. ¡Necesito más! Tengo que llamarlo, él me ayudará.
Agarró el teléfono, pero Alex se lo arrebató.
—¡Estás loca, se enterará el padrino!
Xenia se apretó el estómago con los brazos.
—Solo me ha dado una dosis pequeña —se quejó, mordiendo la almohada—. ¡Alex, estoy mal!
—No te preocupes, esto es un hospital, algo encontraré.
Alex saltó de la cama, se puso un vestido a toda prisa, y salió corriendo. Pasó por delante de miss Marta, que roncaba suavemente, y cruzó un patio antes de entrar en la zona hospitalaria. Como una loca, atravesó corredores y salas en penumbra, sin detenerse ante las preguntas de las enfermeras del turno de noche, hasta llegar al pabellón de Urgencias. Cuando entró, fue en busca de alguien de confianza.
Una voz la alcanzó desde la sala de curas.
—¿Cuál de las dos eres, guapa? —dijo alegremente un joven médico mientras terminaba de vendar la mano a un niño.
—¡Doctor Bell! —suspiró Alex, aliviada. Aquel médico era la persona adecuada—. Cuánto me alegro de encontrarlo.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó. Pero al ver su expresión preocupada, añadió—: ¿Necesitas ayuda?
—La verdad es que sí —dijo, apurada.
El doctor le hizo un gesto para que aguardara, terminó de atender al chiquillo y lo acompañó hasta la salida. Una vez solos, se acercó hasta ella.
—Ya podemos hablar, preciosa. Dime qué te ocurre.
—No se trata de mí, doctor Bell, sino de mi hermana...
—¿Algún trastorno menstrual? Con un analgésico se...
Alex lo empujó hasta un rincón y lo agarró por las solapas de la bata. Acercó su rostro a medio palmo del de él, bajó la voz, y dijo:
—Prométame que guardará el secreto. —El doctor, perplejo, asintió—. Xenia padece una crisis de abstinencia y no hay tiempo que perder. —Horrorizada por haberlo admitido en voz alta, unas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos—. ¡Tiene que darme algo para ella! —gritó zarandeando al médico.
El doctor Bell se quedó lívido. Sabía que el director Osborn era quien se encargaba de la salud de las hermanas y que no admitía interferencias. Se echó a temblar. Si llegaba a sus oídos, podría acusarlo de complicidad; pero por otro lado, no podía dejar solas a las gemelas.
—¡Por favor, doctor Bell, por favor!
—No será fácil, Alex, pero lo intentaré. Espérame aquí.
El doctor Bell se dirigió hacia la farmacia del hospital mientras Alex se retorcía las manos temiendo que de un momento a otro los dolores que atormentaban a Xenia la atacaran también a ella. Sorprendida, se apercibió de que todo iba bien, y lo achacó a su voluntad de rechazar la droga.
Al rato, Bell regresó con varios frascos, y Alex echó a correr hacia su apartamento con el médico pisándole los talones.
En la habitación reinaba el caos. Xenia aullaba en el baño y una llorosa miss Marta no acertaba a comprender qué sucedía. A la vista de la situación, Alex le rogó que avisara a Osborn mientras el doctor Bell se precipitaba a socorrer a Xenia.
Miss Marta llamó a casa de los Osborn. Cuando oyó la voz de Patricia, preguntó por su marido.
—El doctor no está —respondió—, me dijo que pasaría la noche en la ciudad con las gemelas.
—En efecto, pero ya se ha marchado —señaló miss Marta, sin inmutarse—. Lo llamaré al móvil.
—¿Ocurre algo?
—Xenia sufre un ataque de nervios —dijo—. Ahora tengo que colgar, disculpe si la he despertado. Buenas noches.
Patricia se quedó contemplando el teléfono, pensativa. De nuevo las dichosas gemelas reclamando la atención de su marido, y él corriendo a su lado como un perrito faldero. Le revolvía las entrañas. Tal vez se equivocó en su día, cuando se negó a adoptarlas. Si ellas se hubieran criado junto a sus hijos, todos como hermanos, quizás ahora su esposo no se decantaría siempre a favor de sus pupilas. ¡Justo lo que había querido evitar! Y para colmo, Junior se mostraba atraído por Xenia. ¡Era ridículo, no tenía ninguna posibilidad! Por más que adorara a su hijo, era consciente de que carecía del encanto de su padre. El chico era como ella, menudo, con tendencia a engordar. Un niño llorón siempre a la busca de su regazo. En cambio las gemelas... Exitosas, fuertes, con carisma. Compararlas con sus hijos le producía retortijones. No obstante, Xenia parecía dedicarle más atención a Junior últimamente. Aunque su hijo ya tenía veinte años, le preocupaban sus continuas desapariciones y el aspecto derrotado con el que solía regresar a casa. ¿Acaso se estaba viendo con ella?
Dio media vuelta y se dirigió a la habitación de su hijo. Al llegar, probó a girar la manilla. Cerrada. «Por lo menos está en casa». Entonces vio que se filtraba luz por debajo de la puerta del dormitorio de su hija. Entró de puntillas. Patty yacía dormida en su cama con un libro abierto en las manos. Fue hasta ella y, con suavidad, lo cogió para dejarlo sobre la mesita de noche. Permaneció unos instantes estudiando a su hija. Si no hubiera sido por las gemelas, la joven habría destacado por su aspecto agradable, además de por la clásica personalidad de las mujeres americanas de origen anglosajón que tanto admiraba. ¿Qué tenían esas hermanas que su hija no poseyera? «Ellas son deslumbrantes», respondió una voz en su interior. Frustrada, regresó a su cama solitaria.
Osborn estaba haciendo el amor con una prostituta de lujo en su pequeño y suntuoso apartamento de la Segunda Avenida cuando su móvil empezó a sonar. Fastidiado, apartó a la profesional y se revolvió en la cama. Su número lo tenían muy pocas personas, por lo que dedujo que se trataba de una llamada urgente. La mujer intentó reanudar su trabajo, pero no le fue posible. A la primera frase que Osborn escuchó al otro lado del teléfono, saltó de la cama y, sin decir una palabra, se vistió a toda prisa y salió corriendo.
Condujo a toda velocidad hacia el Columbia. Descubrir que una de sus adoradas pupilas era una adicta, y que había sido su propio hijo el que la había inducido al vicio, era un impacto ante el cual no sabía cómo reaccionar. Pero se dijo que él era médico, que sobre todo amaba a la pequeña, y que ya sabría actuar en consecuencia.
Nada más llegar al hospital comprobó con alivio que el tratamiento que el doctor Bell había suministrado a Xenia a base de sedantes y metadona era el más apropiado. Luego, se sentó en el borde de la cama y abrazó a Alex, que lloraba quedamente.
—No te preocupes, todo se arreglará, te lo prometo. Lo único decente de este asunto es que tú estás a salvo. —La miró con fijeza—. Porque lo estás, ¿no es cierto?
Alex asintió.
—Cuando Xenia hace esas cosas, yo solo percibo su dolor e insatisfacción. Me aterran las drogas. —Desvió los ojos hacia su hermana, quien yacía con una expresión extraña, la frente perlada de sudor, como ausente—. Siento como si ella estuviera en la antesala de la muerte, lo noto en mi interior. Si ella... si ella... ¡La cabeza me da vueltas!
Osborn la estrechó con fuerza tratando de calmarla.
—Esta noche me quedaré en el hospital —dijo—, y mañana iniciaremos la terapia de desintoxicación. Voy a darte algo para que te relajes, tú también necesitas descansar.
Media hora más tarde, en el apartamento reinaba el silencio, un silencio que tan solo quebraban los agitados pasos de Osborn. A las tres de la madrugada, impulsado por la ira, decidió llamar a su casa. De haber estado allí, hubiera sacado a su hijo a patadas de la cama. ¿Cómo había osado mezclar a Xenia en sus asquerosos vicios? ¡Tan solo tenía quince años! ¡Lo mataría!
Cuando la adormilada Patricia logró entender algo de lo que su marido le gritaba por teléfono, se quedó anonadada. No podía creer que la amenazante sombra de la droga se cerniera sobre ellos.
—Tal vez ha sido culpa de Xenia —señaló defendiendo a su hijo—, por fiarse demasiado de sus amigos mafiosos.
Osborn perdió toda su compostura.
—¡No digas estupideces y ve a despertar a tu hijo! ¡Quiero decirle cuatro cosas!
—¡También es hijo tuyo! —replicó airada—. Junior está encerrado con llave en su habitación.
—¡Quién sabe las porquerías que guarda en su cuarto! Si no fuera por el escándalo, llamaría ahora mismo a la policía. Arréglatelas como quieras, Patricia, pero si Junior no está en mi despacho a las nueve de la mañana, te juro que lo haré.
—Por favor, George... —sollozó Patricia—. Tú eres su padre y médico, tu deber es ayudarlo...
Oyó el clic al otro lado de la línea. Su marido había colgado. Estremecida, se dirigió al cuarto de su hijo. Aporreó la puerta sin resultado, y volvió a golpear y golpear hasta que Patty se despertó.
—¿Qué ocurre, mamá? —se alarmó.
—Junior tiene graves problemas, ¿lo sabías? —Patty asintió—. Debiste decírmelo, podrías haberme advertido...
—No hubiera servido de nada, créeme. —Su madre arremetió de nuevo contra la puerta—. Espera, yo tengo llave.
Cuando lograron entrar, Patricia se acercó a su hijo. Dormía tan profundamente que parecía estar en coma.
—Ayúdame a meterlo bajo la ducha, Pat. El agua fría lo despejará. Si no va al hospital a las nueve, su padre lo matará.
Con dificultad, arrastraron su cuerpo laxo hasta el baño. Luego, abrieron el grifo y un chorro helado le cayó encima. Segundos después, Junior abrió los ojos y comenzó a quejarse, pugnando por liberarse de aquella tortura. Al cabo, logró incorporarse, pero dio un traspié y cayó al suelo.
Patty lo observó con lástima a sus pies.
—Te han descubierto, Junior —dijo. Le arrojó una toalla—. Estás en un buen lío.
Osborn pasó el resto de la noche estudiando el historial clínico de las hermanas. Nada más nacer, había encargado a la doctora March, de psiquiatría, un registro diario de su evolución durante las etapas de crecimiento infantil. Recordando las emociones vividas durante esos años, comprendía que se había comportado con negligencia. Solo se había interesado por su espectacular desarrollo físico, olvidando las complejidades que podían desarrollarse en el carácter de los gemelos.
Las niñas habían demostrado una inteligencia poco común, una increíble facilidad para las lenguas y los estudios en general, que lo habían llenado de orgullo. Pero nunca pensó en el efecto que supondría para sus mentes sobrellevar el peso de su condición particular. Osborn no podía explicarles la verdad, que en realidad no pasaban de ser gemelas, y que sus organismos no habían tenido en común más que una fina película de piel. No habían compartido ningún órgano, sus sistemas circulatorios eran diferentes y sus cerebros se habían desarrollado por separado. Solo se trataba de un caso normal de gestación de dos criaturas en la misma placenta. Si no hubiera sido por su engaño, serían como cualquier otra pareja de gemelos.
Los últimos datos, fechados en enero, mencionaban que Xenia había padecido de forma repentina una crisis de identidad. Los términos eran fríamente clínicos: «Ha sufrido una alteración aguda en sus funciones cerebrales que, aparentemente, se han estabilizado». Osborn sabía que la mayor parte de los jóvenes que se drogaban lo hacían empujados por la curiosidad o impulsados por los trastornos de una psique antisocial, característica de los individuos con tendencias esquizoides. ¿Cuál era el caso de Xenia? ¿Desde cuándo duraba?
Tras leer todos los informes, concluyó que sometería a las jóvenes a una batería completa de tests. Luego, a la vista de los resultados, podría tomar una decisión.
Consultó su reloj. Las seis y media. Dentro de poco el hospital recuperaría el pulso habitual. Pensó en descansar un par de horas en el diván, y dejó una nota a su secretaria para que lo avisara a las ocho y media. Después, llamó al apartamento de sus pupilas. Una adormilada miss Marta le comunicó que no había novedades y que ambas dormían; Xenia como un plomo, y su hermana muy agitada. Osborn le encargó que se ocupara de que Alex acudiera a su despacho nada más despertarse. Por último, rendido, se acostó en el diván. Pero no se durmió de inmediato. Su mente elaboraba un plan que alejaría para siempre a Junior de la vida de las gemelas.
A las nueve en punto de la mañana, Osborn se enfrentó a su maltrecha familia. Patricia y sus hijos llevaban aguardando en la antesala más de diez minutos; el miedo a las consecuencias que un retraso podía acarrearle a Junior había acelerado su salida de Nueva Jersey. Osborn, agobiado por las preocupaciones, estaba de un humor de perros cuando por fin los hizo entrar.
Se incorporó para saludar con frialdad a su mujer. Acto seguido, besó a su hija, echó un vistazo al pálido Junior, le indicó un sillón, y, reprimiendo sus deseos de darle un puñetazo, regresó a su asiento tras la mesa.
—Me alegro de que hayáis venido todos —dijo—, así podréis escuchar los planes que he decidido para Junior. —Lo señaló sin mirarlo—. Pero antes, necesito saber algunas cosas. ¿Desde cuándo eres adicto a las drogas duras?
Su hijo no respondió. Osborn se volvió hacia él y repitió la pregunta.
—Solo hablo con quienes me miran —dijo Junior.
Osborn se quedó de una pieza. ¡Lo estaba desafiando! En silencio, clavó los ojos en su hijo y aguardó.
—Desde hace cinco años —respondió, por fin.
—¡Cinco años! —gimió Patricia. Parecía tan abatida que Osborn se compadeció de ella—. ¡Has llevado una vida ajena al resto de la familia y fingido durante cinco años!
—Para ser un drogadicto, soy excepcional, ¿no os parece? —se burló Junior.
—¿De dónde has sacado el dinero? —preguntó ella.
—Desde luego que no de vuestra asignación. Al principio se lo robaba a él —señaló a su padre—, tiene tanto que el muy imbécil ni se daba cuenta. Luego empezó a dármelo Xenia; no tienes idea de lo ricas que son las gemelas.
Osborn no daba crédito a sus oídos.
—Ellas son menores de edad —logró murmurar—, no tienen acceso a las cuentas bancarias...
Junior se arrellanó en el sillón y cruzó las piernas.
—Es que soy un buen hacker y averigüé tu contraseña enseguida. Ni te imaginas la de veces que he entrado en tu sistema informático desde el terminal de casa.
—Eso no es posible... ¿Cómo lo has hecho?
—Fácil, si dominas la informática —sonrió—. Programé tu ordenador y conseguí apoderarme de tus códigos personales para acceder a las cuentas de las gemelas a tu nombre.
Osborn se quedó paralizado por la osadía de su hijo. Tal vez lo había subestimado. Era un joven peligroso.
—Ya sé que tú no puedes entender mi conducta, madre —añadió Junior—. Pero estoy seguro de que él sí.
Osborn no respondió, pensando hasta qué punto Junior había metido la nariz en sus asuntos. Un recuerdo lo asaltó. Una noche llegó tarde a casa; todos dormían, o al menos eso creyó. Estaba cansado porque había realizado una operación larga y difícil tras obedecer una orden urgente de «las personas del lazo secreto», como las llamaba. Tres balas de una Beretta calibre 9 descansaban por olvido en el bolsillo de sus pantalones cuando se desnudó para darse un baño. De pronto, Junior estaba allí, a sus diez años, con las balas en la mano. «¿Has matado a alguien, papá?». Las balas fueron destruidas, pero el recuerdo perduraba.
—Te equivocas al pensar que yo puedo entenderlo —dijo Osborn—. Si sabes algún secreto mío, escúpelo. ¡Adelante, Junior! Demuéstrame hasta dónde llega tu coraje...
Junior pareció perder su seguridad. Parpadeó confuso. Había juzgado mal a su padre. No era vulnerable. Rebuscó en sus bolsillos, sacó una pastilla y se la tragó.
—¿De qué estáis hablando? —sollozó Patricia—. No comprendo nada. Creía que estabas enamorado de Xenia...
—¿Este mequetrefe? —se mofó Osborn.
—¡Papá! —le reconvino Patty.
El odio encendió la mirada de Junior.
—¡Eso es lo único que he obtenido de ti, el desprecio! Tú has destrozado mi vida, pero yo me he vengado en lo que más quieres... ¡las gemelas! Entérate de una vez: Xenia haría de puta si yo se lo ordenara, y tan solo por una dosis.
—¡Junior...! —se escandalizó su hermana.
—Basta de estas historias —zanjó Osborn—. Ni me impresionas ni voy a permitirte llevar a cabo tus sórdidos planes. —Respiró hondo y lo miró con fijeza—. Eres un necio, Junior. Yo no te odio. Me llevé una gran alegría cuando supe que iba a tener un hijo. Pero te han consumido los celos y la envidia. En vez de emplear tu inteligencia para crecer como un hombre, te has dedicado a rastrear entre la mierda en busca de excusas para disculpar tus vicios. ¡Mea culpa! No te he prestado la atención suficiente, y he sido débil contigo, permisivo. Pero ahora voy a remediar mi error. —Apretó un botón en el interfono y preguntó—: Miss Ellen ¿hay alguien aguardando en la antesala?
—Sí, doctor Osborn. Un oficial del cuerpo de Marines que viene de parte del general Foley.
—Bien. Lo recibiré en cinco minutos. —Se volvió hacia su mujer—. Creo que la única cura para Junior es el Ejército. Se enrolará como voluntario ahora mismo.
—¿No hay otra posibilidad, George? —dijo Patricia, angustiada—. Quizás una terapia psiquiátrica, un centro de recuperación para tóxico dependientes...
—Tranquila, madre —soltó Junior, confiado—. No me dejarán entrar, el Ejército no tolera drogadictos en sus filas.
—Vuelves a equivocarte —replicó Osborn—. El general Foley es un buen amigo. Se lo he explicado todo y se ha mostrado muy comprensivo. Tengo su promesa: me ha asegurado que dentro de un año te habrás convertido en otro hombre.
—¡No te desharás de mí tan fácilmente! —gritó Junior. Osborn no le hizo caso y preguntó a su esposa:
—Creo que es lo mejor. ¿Qué opinas tú, Pat?
Patricia se cubrió el rostro con las manos, abrumada, mientras Patty adoptaba una expresión de escepticismo.
—Tú no conoces a Junior, papá... No sé si se trata de una buena idea, pero tampoco creo que exista alternativa.
Osborn volvió a insistir a su mujer.
—Por favor, Patricia, ¿qué decides?
Ella hizo un gesto de asentimiento sin dejar de sollozar.
—¡Soy mayor de edad, no iré! —exclamó Junior.
—El Ejército o la cárcel, tú eliges —dijo Osborn.
—¡No te atreverás, el escándalo te salpicará! Ya puedo imaginar los titulares de la prensa: el famoso neurólogo George Osborn denuncia y envía a la cárcel a su propio hijo.
—Elige —dijo su padre con determinación.
El oficial entró en el despacho y se cuadró ante Osborn.
—¿Cuál es su grado, marine?
—Teniente de Infantería del Cuerpo de Marines, señor.
—Teniente, le presento al voluntario George Osborn. El general Foley ya le habrá explicado las circunstancias. Desde este momento, queda bajo su responsabilidad.
—Sí, señor. —El teniente dio un paso hacia Junior. A su lado, parecía un niño desvalido—. ¡Voluntario Osborn, sígame!
Aturdido, Junior se volvió una vez más hacia su familia en busca de compasión. Pero al no encontrarla, se rindió.
—Te arrepentirás de esto —dijo a su padre.
Acto seguido, siguió al oficial. En la puerta se cruzaron con Alex, quien acudía corriendo al despacho de Osborn. Al ver a Junior, le dirigió una mirada de terror y se apartó de él como si fuera un reptil venenoso. Osborn fue hasta ella.
—Alex, cariño, ¿cómo te encuentras?
La joven se refugió en sus brazos.
—Tengo miedo de que me alcance el dolor de Xenia.
Su aspecto era tan macilento que Patty se compadeció de ella.
—Tranquila —la consoló Osborn—, no te sucederá nada. La he puesto en manos de un buen equipo de médicos y me ocuparé de que esté atendida día y noche. La sacaremos de esta, Alex, te lo prometo. Vendrás a casa con mi familia hasta que Xenia se haya recuperado.
—¿Podría quedarme con la abuela Cassiani? —musitó.
—Desde luego, la llamaré inmediatamente.
—No es necesario, padrino. Anoche nos dijo que hoy vendría a las doce para seguir celebrando nuestro cumpleaños. La invitación te incluía —dijo, echándose a llorar.
Patricia se removió con rabia.
—Solo tienes ojos para tus pupilas —reprochó con amargura—, mientras Junior... Junior...
Osborn la observó con frialdad.
—Es mejor que ahora os marchéis a casa. Tengo que hablar con Alex para que me diga todo lo que sepa de Xenia.
Patricia comprendió que su marido escogía a las gemelas, como siempre, antes que a su familia. Agarró la mano de su hija.
—Vámonos, Patty, aquí estamos de más —dijo. Caminó hacia la puerta. Sin volverse, exclamó—: ¡Pediré el divorcio!
La idea no la consoló en absoluto.
Ángela Cassiani eligió la taberna del parque para almorzar. El lugar resplandecía. La primavera había iniciado su ronda, brotando aquí y allá, vistiendo de vivos colores los árboles y las plantas. Pidió una mesa apartada, junto al ventanal, y, tras encargar la comida, tomó la mano de Alex con cariño.
—Ha sucedido algo terrible, ¿no es verdad?
Osborn asintió con tristeza y pasó a relatarle los hechos.
—¡Madonna mía! —exclamó la anciana, llevándose la mano al corazón—. Me lo temía, pero no pensaba que fuera tan grave. Soy una vieja estúpida, tendría que haberle confiado mis sospechas, doctor. —La idea de Xenia hospitalizada sufriendo una crisis de abstinencia le afectó tanto que le temblaba la voz—. ¿En qué medida puede la conducta de Xenia afectar a Alex?
—En ninguna —respondió Osborn sin pensar—. Los gemelos, aunque uno puede influir en el carácter de otro, son capaces de crecer por separado con diferentes personalidades...
—Pero nosotras somos siamesas —señaló Alex.
—Da igual —dijo Osborn furioso consigo mismo por su metedura de pata—. Yo fui quien os separó, y conozco vuestra naturaleza mejor que nadie. No corres ningún peligro, Alex. Ese juego de transmitiros sensaciones que practicáis entre vosotras, y al que sois tan aficionadas, carece de significado. Es común en los mellizos porque crecen al mismo tiempo y más unidos que la mayoría. El contacto continuo provoca cierta reacción en las neuronas que facilita la transmisión de ideas, ¿comprendes?
—Parece razonable —comentó la anciana—, al fin y al cabo tú te has librado de la tentación de la droga. Querida, cuéntamelo todo, desde el principio.
Vacilante, Alex miró a su padrino pidiendo aprobación.
—Señora Cassiani —dijo Osborn—, el culpable ha sido Junior. Mi propio hijo. Puedes contárselo todo, Alex.
La joven fijó sus ojos azules en el rostro de la anciana.
—Junior empezó a rondar nuestra escuela hace más o menos un año. Al principio nos sorprendió, ya que conocíamos la hostilidad de su familia hacia nosotras... No, no te preocupes —dijo, atajando la protesta de Osborn—, solo nos importas tú. Solía llevarnos a tomar un helado, o al cine. Cada vez venía más a menudo. Era amable y simpático, y nos divertía haciendo bromas sobre su pequeña estatura. Íbamos de compras, y nos invitaba a hamburguesas en los puestos callejeros. Tenía un montón de dinero y al parecer le agradaba gastarlo en nosotras.
—¿Cuándo empezaron los problemas?
—Un domingo por la mañana. En lugar de ir a Sutton Place para comer contigo, nos convenció para que lo acompañásemos a Coney Island a visitar el acuario... No sé cómo sucedió, estaba encantada ante una enorme vitrina y, de repente, los perdí de vista. Me quedé allí, esperando a que regresaran, hasta que vi a Xenia. La llamé a gritos y ella se acercó, tambaleándose. Sonreía de forma muy rara. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que se sentía maravillosa, como si volara. Era la primera vez que la veía en aquel estado y quise saber por qué. «Junior me habrá puesto algo en el helado», balbuceó Xenia entre risas. Me encaré con él. «¿Qué le has dado?», indagué. «Polvo de ángel, belleza. ¿Quieres un poco?», soltó tan tranquilo. Entonces Xenia se plantó ante él y aulló: «¡Déjala en paz, Junior!». Nunca la había visto tan furiosa, pensé que iba a pegarle. Junior retrocedió con los brazos en alto, riendo, y poco después nos fuimos de allí.
La abuela Cassiani la miró con expresión apenada.
—¿Xenia nunca insistió para que tú tomaras algo?
Alex negó con la cabeza.
—Solo una vez me pasó un porro, pero con la primera calada me atraganté tanto que ya no me hizo probar otras cosas. Y eso que en casa siempre había crack, cannabis, coca...
El rostro de Alex reflejaba su desconcierto, y Osborn le apretó la mano con fuerza para animarla a continuar.
—Junior dejó de gustarme —prosiguió la joven—. Su visión de las cosas era anormal y retorcida, y me provocaba desconfianza. En cambio, a Xenia le fascinaban sus argumentos, sobre todo cuando estaba colocada.
—¿De qué hablaba? —inquirió Osborn, intrigado.
—Afirmaba que era capaz de percibir el agobio de una Tierra atestada de millones de seres por alimentar, y que la naturaleza acabaría por desencadenar su venganza contra el hombre-parásito. Y luego, de sus fantasías; de que entregarse al mal no era más que una forma de construir el bien, de que era necesaria la violencia del fuerte sobre el débil...
—¡Qué canalla! —exclamó indignada la señora Cassiani—. ¡Destilar su veneno en unas inocentes criaturas!
Contempló el rostro de Alex, su ternura, la sensibilidad que hacía temblar sus labios. Lo que en Xenia era artificio y actitud calculadora, en Alex era candor. Sus grandes ojos azules clamaban su fe incorruptible en los ideales y la nobleza de la humanidad. Xenia, en cambio, poseía esa incredulidad tan de moda entre los jóvenes, cuando en realidad era un disfraz ante el miedo. Se reía de los principios, pero su corazón no era depravado ni carecía de ternura; solo era vulnerable por la fragilidad que escondía su carácter. Xenia necesitaba un soporte firme que le diera estabilidad, y ese puntal era Alex.
Osborn, por su parte, estaba preocupado por si su hijo había abusado físicamente de Xenia.
—Cielo... —dijo, llevando sus manos a las mejillas de Alex—. Vosotras estáis muy unidas y compartís todos vuestros secretos. ¿Ha habido alguna relación... digamos carnal... entre Junior y Xenia?
—No, padrino, nosotras tenemos nuestras propias ideas, y soñamos en cómo debe ser la primera vez. Será algo especial y con el hombre adecuado, uno que nos inicie en la senda del amor de forma serena y profunda. —Miró a los ojos de Osborn y él sintió una punzada de celos por el afortunado mortal.
—Entonces Junior queda descartado. ¿Lo sabía él?
—Creo que lo sospechaba, porque un día se llevó toda la droga de casa. Xenia se puso histérica y tal vez se hubiera entregado a Junior, pero él se pasó. Gozaba atormentándola porque sabía que ella nunca le habría mirado a la cara si no hubiese sido por la droga. Me alegro de que por fin todo se haya descubierto.
—Bien —dijo Osborn. Dejó escapar un suspiro y se volvió hacia la anciana—. Señora Cassiani, mientras Xenia se recupera, ¿sería un abuso pedirle que alojara unos días a Alex?
Ella no consideró necesario responder. Se limitó a sonreír mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
III
La doctora March terminó de redactar los informes sobre las gemelas. Por fin consideraba el caso concluido. Durante los últimos cuatro meses, tres días a la semana, había soportado unas sesiones que para ella significaron una dura prueba. Con un suspiro, consultó el reloj. Eran casi las cinco, y en unos minutos el director Osborn acudiría a su consultorio para comentar con ella los resultados. Escéptica, se preguntó quién había sido el verdadero paciente durante ese tiempo, si las jóvenes o ella misma. Sabía de algunos colegas que, tras una laboriosa terapia sobre un sujeto complejo, habían debido someterse ellos mismos a curas psiquiátricas.
El problema no consistía en que las jóvenes presentaran síntomas de esquizofrenia o exhibieran algún tipo de complejo, como la culpa o las simples fobias ocultas en el subconsciente, sino en que desplegaran ante ella solo las normales esperanzas, los sueños y deseos que afloraban en el interior de cualquier joven. Con una particularidad: en ocasiones, sus conceptos sobre la vida y el amor se acercaban más a los ideales paganos que a la moral cristiana. Quizás esta anomalía se debía a que las niñas ignoraban cuál era su procedencia. Carecían de puntos de referencia que afirmaran su personalidad. Como por encanto, habían ingresado en el mundo en unas condiciones que las convertían en únicas. Tal vez las historias de la señora Cassiani habían poblado sus mentes infantiles de figuras mitológicas que, mezcladas con las situaciones del hospital, eran la causa de su desarrollado sentido de la imaginación.
Con toda naturalidad, las gemelas se movían en un mundo muy personal que ella, en el fondo, envidiaba. ¿O era admiración lo que sentía por la extraña y ambigua Xenia, incluso cuando descubrió una peligrosa vulnerabilidad tras su compleja máscara? Y allí estaba la dulce Alex, su manera exótica de fruncir los labios en un gesto de contrariedad que empujaba sutilmente a los demás a desear complacerla. Eran dos perfectos ejemplares de la raza humana, plenamente conscientes de su belleza, y rodeadas de una natural aureola de sensualidad.
Contemplar aquellos milagros de la naturaleza había reabierto la antigua herida que escondía el alma de la doctora March. Una parte importante de su vida se había escapado en su lucha por afirmarse en su profesión. De rebote consiguió un marido, ya viudo y con dos hijos, que le duró el tiempo suficiente para darle un sinfín de preocupaciones y poca felicidad antes de morir de un ataque cardíaco. Tras los sacrificios que le costó criar a los retoños de otra mujer, ellos crecieron y se fueron. Ahora, al compararse con las gemelas, su vida le pareció gris y mezquina, y se preguntó si acaso esta había tenido algún significado. Saber que la mayor parte de los pacientes que acudían a su consultorio se planteaban las mismas preguntas no la consolaba en absoluto.
Ya eran más de las cinco; dedicaría a Osborn solo unos minutos y luego se marcharía. Se tomaría unos días de vacaciones para recobrar el equilibrio. Iría a la pequeña casa que, tras la muerte de su marido, había comprado en una cala de Ipswich. Allí era donde se refugiaba muchos fines de semana, en soledad, sin escuchar más que las olas del mar y las gaviotas.
De improviso, sin hacerse anunciar, Osborn irrumpió en su consulta. Algo molesta, decidió no dejarse avasallar. Pero al ver su expresión fatigada, detuvo la frase agria que tenía en la punta de la lengua.
—Siéntese doctor, lo estaba esperando —dijo en su lugar. Al parecer, el asunto de su hijo lo había afectado más de lo que él pensaba. La doctora March no creía los rumores que corrían por el hospital acerca de sus problemas conyugales. Sin embargo, al observarlo derrumbarse en el diván de los pacientes, pensó que quizá los chismes no carecían de fundamento.
—¿Tiene un poco de tiempo para mí, doctora March? Diez minutos serán suficientes —dijo Osborn, cerrando los ojos.
—Creía que deseaba hablar de los resultados de los tests practicados a las gemelas.
—Desde luego, pero dentro de un minuto. Necesito hablar con alguien. ¿Es demasiado pedir?
La doctora lo miró con asombro, pues normalmente los neurólogos despreciaban a los psiquiatras. No podía negarse, y decidió que tomaría el tren de la noche para Ipswich. Resignada, se acomodó en el sillón que ocupaba durante las sesiones y aguardó en silencio. Sabía por experiencia que era el método más eficaz para obtener información.
En efecto, Osborn empezó a hablar con voz neutra.
—Mi hija Pat ha anunciado que se casa, abandona la carrera de Medicina y se va a Atlanta a vivir con un vendedor de coches. Mi hijo Junior está causando graves problemas en el Ejército, ya ha intentado desertar dos veces y eso que solo han transcurrido cuatro meses desde que se enroló. Mi mujer ha empezado a beber; intenta ahogar sus penas en la ginebra y no se lo reprocho. El asunto de Junior ha supuesto un duro golpe para ella. ¡Pobre Patricia! Ella soñaba con el día en que su hija se casara, y había proyectado para ella una boda fastuosa. Pero Patty se empeña en celebrar el matrimonio en familia sin la menor ostentación. Creo que lo que ella desea es, sobre todo, abandonar mi casa lo antes posible. ¿Tiene usted hijos, doctora?
—Sí, doctor Osborn, dos —dijo, harta de escuchar siempre las mismas lamentaciones. Era el tema diario que debía afrontar: el miedo a la vejez y la soledad. Sin embargo, le sorprendía que también el gran Osborn cayera en lo mismo. Para él, después de haber disfrutado del éxito y de una vida plena, sería mucho más penoso soportar la perspectiva de un futuro gris. Eran las personas como ella, las que poco tenían que recordar, quienes aceptaban con resignación su destino. Pero el miedo no cuadraba con el carácter de Osborn; debía de haber algo más, algo que él estaba deseando decirle.
De repente, él se incorporó del diván, esbozó una sonrisa y volvió a ser el de siempre.
—¿Sabe que su trabajo puede afectarle personalmente?
—¡A mí me lo va a decir! —bromeó ella—. Por ello hace unos minutos he decidido tomarme unos días de vacaciones.
—Excelente idea —alabó Osborn—. Bien, no le robaré más tiempo, hablemos de las gemelas. Dígame qué opina sobre los resultados de los tests que les ha practicado.
La doctora le tendió el dossier que contenía los informes. Osborn lo cogió y, acto seguido, lo dejó sobre la mesa.
—Me interesa su opinión. ¿Qué piensa de ellas?
—¡Son maravillosas, envidiables! —dijo de forma impulsiva. Y ante la mirada de sorpresa de Osborn, recuperó su tono profesional—. Son bellas, inteligentes y, según he oído, poseen una discreta fortuna. ¿Qué más se puede pedir?
—Vamos, doctora March —sonrió Osborn—, olvide su envidia y hábleme del otro lado de las niñas, el que no se ve.
—Solo he detectado cierta fragilidad en el carácter de Xenia. Es influenciable, sobre todo si se la induce a la autodestrucción, de ahí su problema con las drogas. Se ha liberado, pero eso no significa que no pueda tener una recaída.
—¿Por qué? Su voluntad no intervino, fue empujada.
La doctora March sacudió la cabeza.
—Xenia es terreno abonado. El camino más fácil para escapar de la vida es la muerte; y las drogas, el método ideal.
—¿Insinúa que tiene tendencias suicidas? —se alarmó.
—No bien definidas, pero es algo latente en ella, reprimido. Xenia es consciente de la suerte que la rodea, pero si esta le volviera la espalda... Hay que ser muy cuidadosos, vigilar a las personas que frecuenta, al menos hasta que alcance una edad madura. Quizás entonces se estabilice. Por su parte, Alex es una criatura extraordinaria. Ambas lo son, pero han crecido influidas por el extraño suceso de su nacimiento, la falta de parientes, y el hecho de ignorar incluso si su apellido les pertenece. Han crecido en un hospital y vivido muchos de sus dramas. Pese a su preocupación por ellas y el cariño de la señora Cassiani, ustedes no son su familia real. Ellas desconocen sus raíces, las cuales apoyan y estabilizan la personalidad con puntos de referencia, como por ejemplo: «Te pareces a tu abuelo», «Has salido a tu madre», «Tienes los ojos de tu padre»...
—Comprendo.
—Estos factores han contribuido a crear en ellas la necesidad de un mundo propio donde afirmarse, y lo han construido a su gusto, concentrándolo en ellas dos. Se sienten como una unidad, y como una unidad desean afrontar el porvenir. Sería aconsejable separarlas, con mucha diplomacia, y empezando por breves períodos. Y también, investigar la realidad de sus orígenes y dársela a conocer.
—Algo sé al respecto. Son de origen ruso, conocí a su abuela en el hospital la noche en que nacieron; incluso tengo un pequeño dossier sobre su pasado familiar. Quería hablarles de ello cuando fueran mayores, pero parecían tan felices...
—Lo son. Superado el bache de Xenia, ambas han regresado a su mundo particular y ahora se sienten libres y distintas. Su particularidad las coloca, según ellas, por encima de nuestras reglas; su realidad se basa solo en ellas y en su imaginación. Por fortuna, se trata de dos seres bondadosos, esencialmente buenos; de otro modo podrían surgir serios problemas. Deberíamos lograr que sus vidas discurrieran de forma independiente la una de la otra para que puedan adaptarse a la idea de que son dos personas. De no ser así, me temo que acabarán metiéndose en un buen lío. Llegar a esta conclusión ha sido difícil, pero mi experiencia me indica que no se puede ser feliz refugiándose en la imaginación.
Osborn cogió el dossier y se incorporó.
—Las gemelas son todo lo que me queda —murmuró—. Hablaré con ellas, doctora. Gracias por su colaboración, espero que continúe aconsejándome —dijo. Y le tendió la mano.
Mientras se alejaba de psiquiatría, Osborn se preguntó si la doctora March aceptaría una invitación para cenar. Se sentía atraído por ella y no sabía por qué. Era una mujer madura, sin atractivo. Quizá se debía a su profesión; emanaba una seguridad que él necesitaba con urgencia, sobre todo tras recibir los informes sobre el estado de salud de su garganta. Pensar en un cáncer hacía que el mundo se desplomara sobre su cabeza. Aún tenía esperanzas, los análisis no habían terminado, y podían ser tantas cosas... Se concentró en sus pupilas. Tenía cita para cenar con ellas y la señora Cassiani. Había decidido con esta última encontrarse una hora antes para comentar a solas los resultados de los tests y hablar del futuro de las niñas.
La limusina de la anciana aguardaba frente al hospital y Osborn agradeció el detalle. Se acomodó en el interior, y el vehículo enfiló la autopista oeste del Hudson.
Ángela Cassiani se hallaba sentada en la terraza ante el jardín. Las enredaderas que trepaban por las paredes, y los parterres de rosas y otras flores, convertían el lugar en un regalo para la vista. Los últimos rayos del sol acariciaban sus blancos cabellos y se diluían en las aguas del río en minúsculas centellas.
Osborn llegó, y la anciana quiso incorporarse para darle la bienvenida; pero él la detuvo, besó su mejilla con afecto y tomó asiento a su lado. En un extremo observó una mesa preparada para cuatro personas y se le abrió el apetito al imaginar la fuente de parmigiana que ella solía cocinar.
Señaló los fríos y altaneros rascacielos.
—Parecen ajenos a la vida hogareña que se respira en este jardín —dijo.
La señora Cassiani, sonriendo, hizo sonar una campanilla y al instante apareció Pietro, impecable en su chaqueta blanca.
—¿Desea probar un vino blanco antes de cenar, doctor? Nos ha llegado de Italia un espléndido Gaia & Rey del 86.
Osborn asintió satisfecho, sintiéndose relajado y en casa, algo que últimamente encontraba mucho a faltar. Luego, mientras paladeaba el vino seco y helado, le contó a la anciana su conversación con la doctora March, incluido lo que no tuvo valor para contarle sobre sí mismo. La señora Cassiani le cogió la mano y se la apretó con firmeza.
—Estoy segura de que todo saldrá bien, George. Uno de mis hijos tuvo algo parecido y al final todo ha quedado en que debe rebajar el volumen de voz, de modo que ahora no puede gritarle a su mujer —sonrió—. De todas formas, si la operación fuera inevitable, usted, por su posición, dispondría de lo mejor.
Osborn hizo un gesto de resignación.
—Ángela, le ruego que no les cuente mis problemas a las niñas. Usted y yo somos el único lazo que las liga al resto del mundo y no deseo alarmarlas sin motivo —dijo. Y acto seguido, pasó a detallarle las conclusiones de la doctora March—. He traído la documentación que en su día pude reunir sobre sus orígenes. Creo que un lugar como este, tranquilo y familiar, es el sitio ideal para plantear el tema.
—No se me había ocurrido que las niñas pudieran sentirse extrañas por el hecho de ignorar su procedencia —dijo la anciana, sorprendida—. Y lo cierto es que siento curiosidad por conocer algún detalle sobre la mujer que las dio a luz.
—Lo que sé no es muy halagüeño —dijo Osborn. Se encogió de hombros—. Tres generaciones de infelicidad...
Las gemelas entraron corriendo y Osborn se calló. Xenia se sentó en sus rodillas mientras Alex besaba a la anciana.
—¿Quién ha sufrido tres generaciones de infelicidad? —quiso saber Xenia. Después de darle un beso, insistió—: No has contestado a mi pregunta.
—Ya te lo explicaré, es algo que os atañe personalmente.
Las siamesas cruzaron una rápida mirada.
—¿Estabais confabulando a nuestras espaldas? —dijo Alex acariciando los cabellos blancos de la abuela Cassiani.
—Vuestro padrino ha reunido una información que puede interesaros —aclaró la anciana—. Creímos que os gustaría saber algo de vuestros orígenes.
—¿Por qué? —soltó Alex—. ¿Alguien nos reclama?
—¿Quién quiere desvelar el secreto de las famosas siamesas de Osborn? —inquirió Xenia.
—No es nada de eso —dijo George—, sencillamente pensé que os alegraría enteraros de quiénes eran vuestros padres.
—Ya no nos importa —señaló Xenia—, nos basta con ser nosotras mismas: las siamesas Moore.
—Las primeras de la dinastía —apostilló Alex.
—¿No tenéis una pizca de curiosidad? —indagó Ángela.
—Sí, pero no la suficiente como para quitarme el apetito —dijo Xenia revoloteando alrededor de Pietro, que portaba en las manos una fuente de la que emanaba un delicioso aroma.
Alex ayudó a la señora Cassiani y todos se sentaron a la mesa ante el servicio de cerámica de Positano que Ángela había hecho traer de Italia para ser usado en el jardín. La cena resultó exquisita y los vinos excelentes. Pese a que las chicas bebían unos refrescos, Osborn se empeñó en hacerles probar el tinto Barbaresco Sori San Lorenzo de 1985.
Entre bocado y bocado, Ángela volvió al tema.
—George, quizás a las niñas no les importe, pero yo tengo interés en conocer detalles sobre sus familiares.
Osborn extrajo unos papeles de su bolsillo y dijo:
—Son de procedencia rusa. —Se volvió hacia ellas—. Yo conocí a vuestra bisabuela, la condesa Lorsangeliev.
Alex abrió los ojos como platos.
—¿Quieres decir que somos nobles?
—Así parece —confirmó Osborn, contento de haber despertado por fin el interés de las jóvenes.
—Eso altera todos nuestros planes —dijo Xenia—. Dejaremos de lado a los hombres comunes para concentrarnos en alguien de nuestra alcurnia...
—¿De qué diablos hablas? —se extrañó Osborn.
—De nuestro futuro esposo —explicó Alex, con candor.
—Sois demasiado jóvenes para pensar en el matrimonio —intervino la anciana.
—Nosotras preferimos proyectar con antelación un acontecimiento tan decisivo en la vida. Lo que deseamos no es fácil de conseguir —dijo Alex mirando a su hermana.
—¿Y de qué se trata? —preguntó Osborn, intrigado.
Alex le guiñó un ojo cariñosamente.
—Lo sabrás a su debido tiempo, padrino.
La señora Cassiani recondujo la conversación.
—Volvamos al tema de vuestros padres. Sabemos que eran rusos y aristócratas, ¿qué más puede decirnos, George?
Osborn rebuscó en los papeles.
—Un reportero hizo una entrevista a la condesa, vuestra bisabuela, en el hospital la noche de Navidad que nacisteis. Apareció en una revista del corazón y, cuando la leí, me resultó muy melodramática; pero ese hombre era mi única fuente de información y le pedí una cita para que me contara lo que recordaba de la mujer. Estas son las notas que tomé. —Hizo una pausa para observar el efecto de sus palabras en las jóvenes. Satisfecho ante sus atentas miradas, continuó—: La condesa se llamaba Xenia Lorsangeliev y, por la arrogancia con que se expresaba, debía de pertenecer a una familia preeminente.
Las gemelas se irguieron en sus asientos.
—Durante la década de los veinte, en plena Revolución, huyó de Rusia junto a un grupo de refugiados y atravesó el país, llegó a Mongolia, y luego hizo otro tanto con China hasta llegar a Shangái. Durante el viaje, que duró casi un año, encontró al amor de su vida. Se llamaba Alexei y era un noble húsar del zar quien, como tantos otros, no tuvo más remedio que escapar. La condesa llevaba cosidas en su ropa interior valiosas joyas que los ayudaron a sobrevivir. Una vez en Shangái, compraron un pasaje de barco con destino a San Francisco y se casaron durante la travesía. Según el reportero, vuestra bisabuela le contó que lo hicieron a lo grande, con el champán corriendo por el barco durante veinticuatro horas de celebración ininterrumpida.
Osborn se detuvo para beber un sorbo de vino.
—¡No pares, continúa! —protestaron las gemelas.
—Por lo visto, tuvieron un único hijo que vio la luz en California y creció como un americano. Vuestro bisabuelo, como buen húsar, solo sabía exhibirse a caballo, tirar de espada, jugar y beber. Dado que en América no había un zar al que servir, y él era incapaz de ganarse la vida trabajando, se dedicó al juego. La fortuna debió de sonreírle porque, al cabo de cinco años de su llegada, poseía el club más elegante de la zona alta. En el lujoso local, la condesa exhibía sus encantos ante los clientes y dispensaba sonrisas a sus admiradores. La suerte les volvió la espalda durante los años de la Depresión, y la policía les clausuró el club. Perseguidos por los acreedores, o quizá para salvarse de la cárcel, la condesa y su familia escaparon. Una tarde, su marido se quitó la vida, no se sabe muy bien dónde, y a partir de entonces ella se aficionó a beber, hábito que ya no abandonaría hasta el día de su muerte.
Osborn observó a Xenia, la bisnieta de aquella pareja, con preocupación. ¿Había heredado la fragilidad que indujo a su bisabuelo al suicidio? Desechó la idea de inmediato.
—Continúe, George —animó Ángela, intrigada.
—A partir de la muerte del húsar hay una laguna de diez años. El periodista me contó que la condesa se había negado a comentar ese período. La cuestión es que abrió un pequeño hotel en Denver, el cual no prosperó debido a sus aires de grandeza, que la llevaban a desprenderse del dinero de forma alocada. Entonces vendió el hotel y, con el poco dinero que le quedaba, ella y su hijo vinieron a Nueva York, donde la condesa inició su carrera teatral. El éxito rehuyó a aquella mujer arrogante y pegada a la botella, y solo obtenía pequeños papeles de reparto que le permitieron salir adelante. Entretanto, su hijo se había convertido en un joven atractivo, pero sin talento. Su madre lo adoraba, y al parecer lo mismo le ocurrió a la primera actriz de la compañía, que se enamoró de él y se casó con él en secreto. De su unión nació una hija... vuestra madre.
Ellas no hicieron ningún comentario y Osborn prosiguió.
—La tragedia volvió a ensañarse con la condesa por segunda vez cuando, tres años después, el joven matrimonio murió en un accidente de coche. La niña creció entre la farándula del teatro y una abuela alcohólica más atenta a sus recuerdos de grandeza que a trabajar. La pequeña, como no podía ser menos, se aficionó a las bambalinas ya en edad temprana. A los diez años, su gracia natural y su esbelto cuerpo le permitieron entrar en la escuela del New York City Ballet. Y al cumplir los veinte, se abrió ante ella un porvenir esplendoroso cuando se convirtió en la estrella de la compañía. —Osborn extrajo unas fotografías amarilleadas por el tiempo y las dejó sobre la mesa—. Son de vuestra madre. La condesa las guardaba en su bolso. Como veis, era muy hermosa.
Xenia les echó un vistazo por encima mientras Alex las contempló con interés antes de acercárselas a la señora Cassiani.
—Su carrera terminó debido a una caída en el escenario durante un ensayo —explicó Osborn—. Amargada y frustrada, con una pierna rígida y la compañía de una abuela alcoholizada, la chica se las ingenió para sobrevivir. Encontró empleo como ayudante de profesores de baile en un teatro donde había cosechado grandes aplausos. Los mismos que antaño la adulaban, ahora le daban trabajo por compasión, y la amargura la transformó en una persona huraña. Ya pasados los treinta, conoció a Jonathan Moore, un muchacho que, como ella, adoraba la danza. El amor de un chico mucho más joven que ella reavivó su pasión artística, y se entregó por completo a hacer de su joven amado un bailarín de primera línea. Pero de nuevo la fortuna les volvió la espalda. Jonathan fue llamado a filas y partió para Vietnam. Tres meses más tarde, ella, cuyo nombre desconozco pues la condesa no le mencionó al periodista el nombre de su nieta ni el de su hijo, se dio cuenta de que estaba encinta. Fue en el Columbia donde le dieron la noticia de que esperaba gemelos. Esa misma noche escribió a Jonathan explicándole que iba a ser padre, y semanas más tarde le llegó su respuesta: se sentía muy feliz y su único deseo era regresar lo antes posible para legalizar su unión. En la carta adjuntaba una admisión de paternidad ante testigos, ya que ignoraba si le sería posible estar presente en el momento del parto.
—Una carta escrita por nuestro padre —musitó Alex.
—Ahora comprendo lo de las tres generaciones de infelicidad —dijo Xenia, pálida de repente.
—No interrumpáis a vuestro padrino, jovencitas.
Osborn respiró hondo y continuó con la historia.
—El embarazo, las preocupaciones por su amado, lejos y en peligro, los problemas con la pierna, fueron seguramente la causa de que vuestra madre acabara entre las ruedas de un camión. Cuando la llevaron al Columbia, no había nada que hacer, pero lograsteis venir al mundo normalmente.
—No tan normalmente —replicó Xenia—. Somos el último eslabón de una cadena de tragedias. ¿Cuándo nos golpeará la próxima?
—¿Se sabe qué le ocurrió a nuestro padre? —inquirió Alex con un hilo de voz.
Osborn negó con la cabeza.
—Desapareció, es todo lo que sé. En el bolso de la condesa se encontró una nota en la que ella manifestaba su deseo de que si los recién nacidos eran niñas, fueran bautizadas con su nombre y el de su amado húsar, Xenia y Alex.
Las chicas curiosearon las fotos de su madre.
—Era muy bella. Desgraciado accidente...
—Sí, qué fatalidad —murmuró la señora Cassiani.
Alex tomó del brazo a la anciana.
—¿Estás fatigada, abuela? Quizá deberías retirarte.
—¡Ni hablar! Después de tantas emociones me sería imposible conciliar el sueño —dijo incorporándose con ayuda de Alex y dando por terminada la cena.
Pietro se acercó solícito.
—Señora, no le conviene acostarse muy tarde.
Osborn se acercó a la anciana y le besó la mano.
—Hemos abusado de su hospitalidad, Ángela...
—¡Basta! Me niego a ser tratada como una vieja. La noche es demasiado hermosa para perder el tiempo durmiendo. Pietro, trae café y mi tisana. ¿Qué desea beber, George?
—Continuaré con el vino, gracias; es delicioso.
Levantó la copa y por un instante sus ojos se perdieron entre las barcazas que remontaban el East River, en cuyas aguas se reflejaban las luces de los rascacielos. .
Ángela Cassiani se volvió hacia las gemelas.
—Queridas, ¿me haríais el favor de ir a buscar un chal? La noche refresca. ¡Ah! Que sea el blanco, lo encontraréis en el vestidor, en uno de los armarios.
Cuando las jóvenes hubieron desaparecido, la anciana se acomodó en su butaca y dejó escapar un suspiro.
—¿Tiene noticias de su hijo, George?
Osborn se encogió de hombros.
—Fui a verlo tras su última escapada. Al parecer, está limpio de drogas. ¿Sabe qué me respondió cuando le pregunté el motivo de sus continuas deserciones? Me dijo que cuando el Ejército no fuera capaz de atraparlo, él estaría en condiciones de afrontar la vida. Algo está maquinando, pero ignoro qué es. Nada bueno, seguro. Me trató con una cortesía muy sospechosa.
—Dele tiempo, George. No puede hacer nada más que esperar y rezar.
—Hablemos de las niñas. ¿Qué opina de su reacción ante la historia de sus padres?
—Creo que ha golpeado más su imaginación que sus sentimientos. Es una historia fantástica con visos de irrealidad.
—Sí, exactamente lo opuesto a lo que les conviene. ¿Qué me aconseja, Ángela?
—Debemos elegir con cuidado el lugar donde concluirán sus estudios superiores. Debe ser un lugar selecto y pequeño; de este modo, podrán confraternizar con sus compañeros y vivir la vida de los jóvenes. Hasta ahora carecen de amigos de su edad y esto es lo primero que hay que corregir. —Las gemelas llegaron con el chal y se volvió hacia ellas. Mientras Alex se lo ponía sobre los hombros, les espetó—: ¿Por qué no tenéis amigos?
—Claro que los tenemos, abuela, todos los que asistieron a nuestra fiesta de cumpleaños —se defendió Alex.
—¡Bah! De esos conocíais a muy pocos; la mayoría eran amigos de mis nietos, y los demás acudieron atraídos por vuestra aureola. Todos os hacen la corte y os halagan, pero carecéis de verdaderas amistades. Yo qué sé... amigas con las que compartir secretos, algún chico a quien besar a la luz de la luna... Todas esas cosas que llenan la vida de los jóvenes.
—¿Quién te dice que lo necesitamos? —replicó Xenia, airada—. Teníamos a Junior, ¿recuerdas?
—¡Junior no era un amigo, era un sinvergüenza! —saltó Osborn—. Ángela tiene razón, necesitáis mezclaros con gente de vuestra edad. Ya está bien de aislamiento.
Las dos adoptaron una expresión obstinada.
—No nos deis consejos, ya sabemos equivocarnos nosotras solas —dijo Xenia con firmeza.
—Está bien, abuela —se ablandó Alex—. ¿Qué nos propones?
—Querida, nosotros poco podemos hacer, únicamente elegir el colegio más apropiado para vosotras.
Osborn carraspeó un par de veces y dijo:
—Conozco una sección de la Columbia University que funciona como un colegio autónomo: el Glory. Está pensado para los alumnos que por motivos profesionales prevén viajar a Europa con frecuencia; estudiantes de Música, Arqueología, Arte, Economía Política, idiomas... Por lo que sé, es un colegio muy exclusivo, con un número limitado de inscripciones. Estoy seguro de que os gustaría. El único problema es obtener las plazas, pero creo que podré conseguirlas con mi influencia.
—Espléndida noticia —señaló Ángela, contenta—. Es exactamente lo que necesitáis.
—Podríamos estudiar Historia y Arqueología —dijo Xenia, haciendo volar la imaginación—. Y al terminar, viajaríamos a Europa; siempre he soñado con visitar Italia.
Su entusiasmo era tan inesperado que Osborn y la señora Cassiani cruzaron una mirada de alivio. Solo Alex bajó la cabeza. Sus deseos eran diametralmente opuestos a los de su hermana. Ansiaba estudiar Medicina. Su máxima ambición era convertirse en pediatra. Pero al ver el alborozo de Xenia, descartó sus sueños dispuesta a compartir su alegría.
—Creo que sería magnífico —dijo, con un suspiro.
La mansión Van Cortlandt había sido edificada a principios del siglo anterior, brillando solitaria en el proyecto de construcción de una Nueva York que crecía con rapidez. Diez años más tarde la rodearon otros edificios, y fueron tantos los apremios y apreturas en Manhattan que la poderosa ciudad dirigió su mirada a las alturas. En la década de los treinta, el último de los Van Cortlandt no podía asomarse a ninguno de los balcones sin que su vista se topara con un rascacielos. Los Van Cortlandt eran obstinados, como buenos holandeses, y decidieron que su casa solariega jamás se convertiría en un edificio de ochenta pisos, y a partir de entonces orientaron sus esfuerzos hacia el interior de la mansión olvidándose del exterior. De esta forma nació el que en pocos años se convertiría en el famoso Glory, un colegio exclusivo y autónomo pese a depender del complejo universitario de la Columbia University.
El edificio era de piedra gris, cubierta de hiedra, y en el interior reinaba una atmósfera a la vez seria y alegre, muy acogedora. El último Van Cortlandt era un hombre rico obsesionado por el arte, en particular todo el arte italiano de los tiempos de los Borgia: de Lucrecia y César, de Maquiavelo, de Tiziano y Miguel Ángel, de los condotieros, de los santos y de las cortesanas. Gracias a su riqueza, acaparó tesoros de Roma, Florencia y Venecia. Notablemente instruido, y exhausto de recorrer el mundo, a los sesenta años decidió que el mejor modo de mantener contacto con la cultura era el de vincularse con una universidad y convertir la enorme mansión en un hogar temporal para aquellos estudiantes que desearan recibir una educación refinada y cosmopolita.
Tras un período de consultas, los directores de la Columbia University accedieron a todos sus deseos. A cambio de su colaboración, le exigieron que, a su muerte, la universidad heredara la mansión.
Libros, cuadros, esculturas y tapices se exhibían por todas partes arrimados a mesas de pulido roble. Sofisticados aparatos modernos se mezclaban con pinturas de Giotto y desnudos de Tiziano. Este es el ambiente que encontraron las gemelas, muy distinto al que las había cobijado hasta entonces. Desapareció la frialdad aséptica del hospital, y la habitación floreada de su infancia cedió su lugar a una estancia donde destacaban los cómodos sofás, dos grandes lechos, los tapizados de brocado color crema, y una enorme chimenea sobre la que reposaba un espejo veneciano. Dos excelentes secreteres de principios de siglo servían para el estudio, y una librería Luis XV estaba encajada junto a la ventana.
Las gemelas recibieron felices el regalo que significó para sus vidas aquellos tres años. Consideraban la mansión Van Cortlandt como un lugar sólidamente anclado en medio del frenético mundo neoyorquino: un arca soleada, maciza, dulce y cálida. Las llamas crepitaban en las altas chimeneas y, a través de las estancias, resonaban las voces de los profesores y las risas de los estudiantes, aislándolas del frío exterior.
Xenia estaba radiante de nuevo, como si jamás hubiera sido presa de la angustia de la adicción ni de negras obsesiones. En Alex se atenuó la nostalgia del hospital, casi esfumándose sus deseos de convertirse en médico. La juventud de ambas se abrió como una flor, y las dos saborearon la fusión de sus corazones mientras sus mentes atesoraban conocimientos. Trabaron amistad con el resto de los alumnos, una pequeña multitud de muchachos y muchachas que compartían la mansión, y que serían llamados a ocupar cargos de alto nivel dentro del vasto mundo de la política exterior estadounidense.
Ningún incidente turbó esa época feliz, salvo la operación que sufrió Osborn; pero pronto fue olvidada gracias a su desenlace positivo. Más tarde, su padrino les ocultó la definitiva deserción de Junior del Ejército; creía que solo él estaba al corriente, y por este motivo se quedó atónito al descubrir que su hijo se carteaba de forma regular con su hermana Patty, que vivía en Atlanta, así como con su madre. El modo de obrar de Junior era un continuo desafío hacia las autoridades, quienes no lograban atraparlo. Usaba sellos de la Marina para su correspondencia, y su movilidad era constante, cambiando de ciudad una y otra vez. De improviso, seis meses atrás, pareció que se cansaba del juego porque dejó de escribir y desapareció como si la tierra se lo hubiera tragado. La Marina cerró el caso, destituyó con deshonor al recluta Osborn y le retiró el pasaporte. Para su padre, la decisión del Ejército constituyó un duro golpe. Reprochó a su mujer los defectos de su hijo, detalle que hizo prácticamente imposible su ya precaria convivencia. Con el pretexto de su trabajo, Osborn pasaba la mayor parte de su tiempo en Nueva York, regresando a Nueva Jersey solo cuando Patricia lo amenazaba con el divorcio; pero ahora que tenían un nieto, su mujer se acostumbró a vivir en Atlanta la mayor parte del año, haciendo compañía a su hija. Osborn no les regateaba el dinero, y consintió que Patricia comprara a la pareja una nueva casa de estilo sureño. La idea fue un acierto, y Osborn empezó a pasar las Navidades y el día de Acción de Gracias en compañía de la familia en el sur. El nombre de Junior nunca se mencionaba, pero sobre ellos se cernía su sombra como un fantasma acusador.
Osborn redecoró su apartamento de Nueva York, y se aficionó a la doctora March, pese a que seguía asombrándole la atracción que ella le provocaba. Al principio se mostraba cauto, pero pronto se dio cuenta de la paz y ternura que la mujer aportaba a su vida, y su relación se consolidó. Solían pasar juntos los fines de semana en la costa de Ipswich, y aceptaba a menudo las invitaciones de Ángela Cassiani junto a sus pupilas. Una vez resuelto el problema de su garganta, tan solo la tenue sombra de Junior le impedía considerarse un hombre feliz.
IV
La primera vez que Xenia oyó el nombre de Valentiniano Enobarbo y escuchó su voz fue a través del teléfono, en una llamada internacional. Se encontraba en los sótanos del Glory, donde se había establecido el Departamento de Arqueología: un verdadero museo de piedras arcaicas, estatuillas precolombinas, ornamentos funerarios egipcios, estatuas romanas, arcilla etrusca y fenicia... Todos los alumnos escuchaban interesados cómo el profesor Mallory narraba los espectaculares datos recibidos del palatino romano, donde el famoso arqueólogo Andreas Steiner trabajaba en el descubrimiento del cinturón construido por Rómulo con objeto de marcar los límites de la ciudad que se proponía fundar: Roma. La historia de los legendarios gemelos Rómulo y Remo, que según la leyenda fueron amamantados por una loba, fascinaba a Xenia, quien insistía al profesor Mallory para que profundizasen todo lo posible en el tema.
El repiqueteo del teléfono interrumpió la clase, y Xenia saltó hacia la larga mesa atestada de libros y rebuscó entre los informes y papeles hasta que dio con el aparato.
—Dígame —resopló.
—¿El doctor Mallory? Lo llamo de centralita. Tenemos una llamada personal de Europa para él. Es de Roma, de la Universidad de La Sapienza.
—Un momento, ahora se pone —dijo Xenia. Hizo un gesto a Mallory—. ¡Profesor! Una conferencia para usted...
Se disponía a entregar el teléfono cuando resonó la voz:
—¡Profesor Mallory! Habla Valentiniano Enobarbo, quizá se acuerde de mí. —La cálida voz se expresaba en un inglés con fuerte acento extranjero que estremeció a Xenia.
—Perdóneme —dijo turbada—, inmediatamente se lo paso. —Y tendió el auricular a Mallory.
Dieciséis pares de ojos observaron la conversación. Al parecer, el romano deseaba el permiso de la universidad estadounidense para trabajar en las excavaciones durante ese verano junto a Steiner. En realidad, se trataba de una cuestión de ética profesional de tipo burocrático porque el profesor Steiner consideraba un honor la presencia en su equipo de un historiador tan competente como el catedrático Valentiniano Enobarbo.
Cuando terminó la conversación telefónica, el profesor Mallory se volvió a sus alumnos. Sonreía de oreja a oreja.
—La llamada me ha recordado algo importante. Este es el último año para vosotros ya que todos, sin excepción, vais a graduaros con notas excelentes.
Hurras y aplausos interrumpieron el discurso. Mallory alzó una mano para contenerlos.
—Cada tres años, la universidad organiza un viaje a Europa para los alumnos más sobresalientes como colofón a sus estudios. —Estallaron más aplausos—. Os estoy anticipando la noticia porque quiero que sepáis que... ¡iréis todos vosotros!
La alegría se desbordó en la sala.
—¡Se acabaron las clases por hoy! —concluyó—. ¡Iremos al parque, y haremos un picnic de hamburguesas!
Aquella iba a ser una noche especial y Xenia y Alex se estaban engalanando. La habitación estaba repleta de chicas que curioseaban entre las cosas de las jóvenes más populares del colegio. Los rumores sobre su vida sexual hacía tiempo que habían dejado de interesar a los alumnos del Glory, subyugados por la personalidad de las gemelas. Toda clase de conjeturas y habladurías entretuvieron las veladas del Glory en los primeros tiempos. Los sueños eróticos y ansias de romanticismo de los jóvenes eran causa de frecuentes aventuras entre ellos, pese a las severas normas que las prohibían; pero los estudiantes se las saltaban, salvo las siamesas, quienes permanecían indiferentes y ajenas, lo que provocó las conclusiones más peregrinas.
Gracias a su encanto y sencillez, por fin las dos se granjearon las simpatías de sus compañeros. Y quienes al principio se irritaban ante su frialdad, fueron luego los primeros en someterse a su belleza y carisma.
Para celebrar el último día oficial del curso, el grupo de amigos de Xenia y Alex había decidido acudir al teatro a ver El fantasma de la ópera. Osborn les había conseguido las entradas, e incluso iba a asistir en compañía de Olivia March.
El cielo estrellado brillaba sobre sus cabezas cuando el grupo, entusiasmado, salió en tromba del Glory. Se apretujaron en los taxis, y se dirigieron a Broadway. Osborn los aguardaba en la entrada del teatro. Cuando observó a los jóvenes llegar, armando bulla, le acometió una sensación de renovada juventud. Feliz, tomó entre sus manos la de la doctora March y la estrechó con fuerza.
Para Osborn, una de las cosas agradables de la vida consistía en sentarse en un teatro antes de que se alzara el telón y escuchar a los músicos afinando sus instrumentos. Se inclinó hacia Olivia para contárselo, cuando unos toques en su espalda lo obligaron a volverse. La sorpresa le impidió articular palabra. Allí estaba el amable rostro de su antiguo paciente y jefe de la mafia, don Vittorio Storino, mirándolo con ojos penetrantes.
—Buenas noches, doctor Osborn —dijo sonriente. Hizo un leve cabeceo hacia Olivia March—. Felicitaciones, señora.
Con gran esfuerzo, Osborn logró recobrarse y balbuceó las presentaciones. No había vuelto a ver a Storino desde la noche en que lo visitó en la cárcel. Los favores hechos a la organización, curando las heridas de bala a sus hombres, fueron siempre encargados a través de intermediarios. Nunca mostró interés en conocer a sus interlocutores, y solo se limitaba a obedecer las órdenes sin preguntar. Al fin y al cabo, curar era su trabajo, y eso era todo lo que había hecho.
Desconcertado, observó la amistosa charla que sostenían el mafioso y la doctora, preguntándose desde cuándo estaría en libertad. Si mal no recordaba, su condena era perpetua. ¿Qué querría ahora de él don Vittorio Storino? Entonces las luces se apagaron y dio inicio la representación. Su presencia en el teatro solo se debía a una coincidencia, concluyó. Sin embargo, no pudo evitar sentir un mal presagio. Y distraído, apenas pudo seguir las peripecias de la joven cantante y su desdichado amante enmascarado.
Cuando concluyó el primer acto, arrastró a Olivia con él sin mirar atrás.
—Vamos a buscar a los chicos —propuso.
—George, ha sido bellísimo —dijo Olivia, emocionada.
Cuando se vio rodeado por los jóvenes, se sintió mejor. Comprobó satisfecho que gozaban con la obra, y escuchó con interés las discusiones que mantenían acerca de las alternativas a la justicia humana, maravillado por su cordura. Una frase de Xenia le llamó la atención.
—¡Pobre fantasma! —decía su pupila—. El amor es para él como un rayo, un engañoso fuego destinado a embellecer solo unos instantes la naturaleza, para precipitar en los abismos de la muerte al infeliz amante a quien ha deslumbrado.
—No hables así —replicó Alex—, estoy segura de que todo acabará bien.
—Debe morir —sentenció Xenia—. Es un infeliz que carece de fuerza para oponerse a tantas calamidades; no basta con poseer un alma sensible. ¿Qué opina usted, doctora March?
Osborn no pudo escuchar la respuesta porque la voz de Vittorio Storino resonó a sus espaldas.
—Doctor Osborn, qué placer verlo en tan buena compañía. ¿Puedo ofrecerle una copa de champán?
La sonrisa había desaparecido de su rostro, y sus ojos, duros como piedras, se clavaron en Osborn, quien entendió que sus palabras era más una orden que una invitación.
Resignado, adujo una excusa a Olivia y se alejó del grupo, seguido por Storino, camino de la barra.
—Un Campari para mí y una copa de Dom Pérignon para mi amigo —pidió don Vittorio.
—Prefiero un whisky con hielo —dijo Osborn al barman. Luego, se volvió hacia el jefe mafioso—. Ignoraba que le hubieran concedido la libertad.
Don Vittorio se encogió de hombros.
—Hace años que estoy fuera. Ahora tengo una nueva esposa y Dios me ha bendecido con dos hijos preciosos. ¿Y usted, doctor Osborn? Me ha complacido seguir su exitosa carrera. Apostar por usted fue un buen negocio.
Osborn se ruborizó.
—Me alegro de verlo, don Vittorio, pero ahora tendrá que excusarme. —Señaló el grupo—. No he venido solo.
—Sabía que hoy acudiría al teatro, doctor; no se quejará de mi discreción. Después de tantos años, no quería que nuestro reencuentro le resultara una sorpresa desagradable. En un lugar público ha sido más cordial para ambos. Mañana podremos hablar con tranquilidad de nuestros asuntos en su casa de Nueva Jersey, un lugar prácticamente abandonado, por desgracia. ¿Le parece bien a las cinco, doctor?
Osborn palideció. Sus sospechas eran fundadas, aquel hombre quería algo de él. ¿Qué asunto podía ser tan importante para obligarlo a salir a la luz después de tantos años? Aceptó con un gesto porque necesitaba tiempo para meditar cómo rehusar, se tratara de lo que se tratase.
Regresó a su butaca, pero se sintió tan incómodo que no pudo disfrutar del final de la obra. Y cuando se reunieron con los jóvenes, no se percató de los ojos enrojecidos de Alex ni de la actitud de Xenia, silenciosa y abatida.
—¿George, ocurre algo? —preguntó Olivia—. ¿Ha pasado algo con ese hombre?
—Ahora no puedo hablar de ello, dame tiempo hasta el fin de semana; iremos a tu casa de Ipswich —dijo con una firmeza que llenó de aprensión a la doctora.
Entusiasmados por el teatro, los chicos se dedicaron a discutir la obra durante la cena, ante la mirada benévola de la señora Cassiani, quien había hecho preparar un resopón en su casa.
De pronto cambiaron de tema, y el prometido viaje a Europa atrajo la atención de todos. A pesar de su edad, la anciana sintió envidia y fue Olivia March quien, al darse cuenta, acudió en su ayuda.
—Ángela, si no estoy equivocada, usted no ha regresado a Italia en todos estos años.
La señora Cassiani bajó la cabeza con tristeza.
—Sí, en efecto. Al principio, porque estábamos muy ocupados sobreviviendo; más tarde, cuando las cosas empezaron a ir bien, porque llegaron más hijos; y cuando me quedé viuda, porque mi familia me retuvo, especialmente mis nietos. Italia es el país más bello del mundo —suspiró con nostalgia.
—Tengo una idea —saltó Alex—. ¡Ven con nosotros!
La anciana la miró con ternura.
—Es imposible, querida; a mi edad, un vuelo tan largo podría ocasionarme problemas.
—¿Y quién habla de aviones? —apuntó la doctora—. Podría ir en barco, acompañada por Pietro... y también por una de las gemelas. Estoy segura de que Xenia o Alex estarían encantadas de ir con usted. Ya es hora de que por una vez las hermanas se separen. —Y ante sus miradas de desconcierto, sonrió—. Queridas, sería por pocos días, y alguna vez tendréis que hacerlo. ¿Por qué no probar en esta ocasión? Creo que es una magnífica oportunidad. Vuestro viaje prevé tres semanas a lo largo de un itinerario bien preciso; una de vosotras podría ir con la señora Cassiani, la otra con el colegio, y luego os reuniríais en Europa. Ángela, ¿qué lugares le gustaría visitar?
—¡Dios mío, si pudiera volver a Nápoles! —dijo la anciana, tan excitada por la idea que le ardían las mejillas—. Yo nací en Sorrento, era maestra de escuela hasta que me casé.
Osborn pensó que aquel plan le venía como anillo al dedo para desaparecer durante un tiempo.
—A todos nos hacen falta unas vacaciones —dijo—. Olivia, ya está decidido. ¡Embarcaremos rumbo a Europa!
Feliz, la abuela Cassiani no pudo evitar las lágrimas.
—Señora —intervino Pietro—, no le conviene agitarse.
—¡Pietro, Pietro... volvemos a Italia! ¿No le parece maravilloso?
—Sí, señora. Veremos lo que sus hijos piensan del asunto, tal vez pongan reparos.
—Peor para ellos, Pietro; la decisión es mía.
Alex pasó un pañuelo con dulzura por sus mejillas.
—Abuela, yo te acompañaré; no veo la hora de partir.
Más tarde, cuando las luces del alba despuntaban por el horizonte, las gemelas yacían en la cama, cuchicheando entre ellas, con las cabelleras desparramadas sobre las almohadas.
—¿Te das cuenta de lo que significa separarnos, Alex? A lo mejor encontramos en el Viejo Mundo lo que buscamos. Tengo el presentimiento de que algo maravilloso nos espera, de que nos ocurrirá un suceso trascendental.
—Si las historias de la abuela se hacen realidad, puede que seamos raptadas por un bello italiano... —suspiró Alex.
—¡O quizá por un dios! —exclamó Xenia—. Sueño con llegar a Italia... Deberemos mantenernos continuamente en contacto; si tenemos suerte, puede ser un viaje inolvidable.
Darmowy fragment się skończył.