Czytaj książkę: «Entre el amor y la lealtad»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Candace Camp

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Entre el amor y la lealtad, n.º 265 - mayo 2020

Título original: Her Scandalous Pursuit

Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.

Traducido por Amparo Sánchez Hoyos

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-334-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

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Prólogo

Londres

Diciembre de 1556

Una mujer corría por la estrecha calle, pegada a la pared bajo el voladizo de los edificios. No había tiempo que perder. Iba por delante de ellos, gracias a Dios uno de los golfillos de Jamie le había dado el aviso, pero sabía que no andaban lejos. Y dado que él ya tenía el mandato judicial que permitía su arresto, no iba a perder el tiempo.

El odio ardía en su corazón, odio hacia el hombre que buscaba destruirla. Hal le había dicho que el hombre solo quería su invento, pero Hal era un buen hombre, demasiado dispuesto a pensar lo mejor de los demás. Él no conocía el corazón de la oscuridad, pero ella sí.

Entró en el patio y abrió la puerta de golpe dejando que se cerrara de un portazo a su espalda.

—¡Hal! Ya vienen.

Cruzó el taller a la carrera y se dirigió a la zona de estar de la familia. Un cazo colgaba del soporte metálico que había en la chimenea, donde el fuego ardía suavemente. Su idea había sido comer antes de marcharse, pero ya era demasiado tarde. Subió corriendo las estrechas escaleras hasta la planta superior, donde estaban los dormitorios. Daba a la calle y era más espaciosa que la de abajo. En ella estaban los dormitorios. Era una casa espaciosa, y motivo de orgullo para ella. Se le había dado bien, había prosperado. Pero de repente se veían obligados a huir de la ciudad, como vulgares delincuentes.

Hal estaba en la habitación de los niños, llenando un zurrón, y se puso de pie de un salto, dejando el resto de sus pertenencias tiradas en el suelo. Guy, el mayor, también se volvió, su rostro pálido bajo el tenue resplandor de la vela.

—¿Ya están aquí? —preguntó Hal con voz angustiada.

—Todavía no. Pero no tardarán. Debemos darnos prisa.

Él asintió y agarró el abrigo de Guy para echárselo al niño por los hombros. Mientras, ella se acercó a la cuna y tomó al bebé. El bebé no se despertó, limitándose a volver la cabecita y acurrucarse al calor de su madre.

—Alice —susurró ella, rozando los oscuros rizos con sus labios—. Mi amada niña.

Conteniendo las lágrimas, envolvió al bebé en su mantita, tapándole la cabeza para protegerla del frío.

A continuación se volvió hacia Hal y vio que ya se había puesto el abrigo. Le entregó al bebé y él la agarró del brazo.

—Venid con nosotros, amor.

—No puedo. Sabéis que no puedo —contestó ella con voz temblorosa—. Debo destruirlo.

—Esa malvada cosa —la habitualmente agradable expresión se oscureció—. Ojalá…

—Lo sé. Yo también desearía lo mismo. Pero debéis poner a los niños a buen recaudo. Y yo debo deshacer el mal que he creado —le entregó a Alice y se agachó para besarle las mejillas y a él en la boca.

Con el brazo que tenía libre, Hal la rodeó y se fundieron en un abrazo.

—Sígueme. Prométeme que me seguirás.

—Lo haré.

Hal la besó apresuradamente, apasionadamente, y bajó las escaleras.

Ella se arrodilló ante Guy, enderezándole el lazo del abrigo y grabándose en la memoria el rostro de su hijo.

—Sé fuerte. Ayuda a tu padre.

—Lo haré —el niño asintió bruscamente—. Los mantendré a salvo.

—Lo sé —el niño se parecía mucho a ella, quizás demasiado. No era de los que miraban atrás o cedía. Siempre embestía. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero las contuvo y lo besó siguiendo el mismo ritual, un beso en cada mejilla, antes de abrazarlo por última vez—. Cuídate.

Ella se levantó y el niño la miró con solemnidad.

—No volveré a veros jamás, ¿verdad?

—Siempre estaréis conmigo.

El niño corrió escaleras abajo y ella lo siguió. El bebé estaba en la silla, todavía dormida, el hatillo de Hal en el suelo. Hal había empujado a un lado el pequeño arcón y levantaba la trampilla del suelo. Un aire frío y oscuro surgió del interior.

Hal tomó el zurrón y pasó la cinta sobre su cabeza, ajustando el bulto sobre su espalda. Ella se dirigió a la alacena y tomó su diario, junto con el athame guardado en su funda. Acercándose a él, metió ambas cosas en el zurrón.

—¡Eso no! —él se apartó—. No. Sácalo. No quiero nada de eso.

—Tenéis que llevarlo. De lo contrario lo tendrá él. Guardadlo. Protegedlo. Prometédmelo.

Los ojos de él emitieron un ardiente destello y, por un instante, ella pensó que iba a negarse, pero entonces agitó una mano en el aire, como si apartara sus pensamientos a un lado.

—Lo prometo —él se inclinó para recoger al bebé. Ella encendió la mecha de la gruesa vela de sebo en el interior de la lámpara de hojalata y se la entregó. Él sostuvo la lámpara sobre el oscuro agujero—. Ven, hijo.

Guy miró a su madre y, por un segundo, asomó a su rostro el aterrorizado niño, pero rápidamente bajó la escalera. Hal se agachó para entregarle la lámpara al niño. Se irguió y la miró a ella. No habló, su mirada lo decía todo.

Ella tuvo la sensación de ahogarse en la tristeza que empezaba a llenar su pecho. Sin embargo, asintió y consiguió sonreír.

—Buena suerte, mi amor.

Su familia desapareció, dejando únicamente un negro agujero. Durante un instante ella no pudo moverse, todo su cuerpo gritándole que los siguiera. Sin embargo, reprimió el cobarde impulso y se apresuró a bajar la trampilla antes de arrastrar el pequeño arcón de nuevo a su sitio.

A pesar de su promesa, era consciente de que no los seguiría. No iba a conducir a sus enemigos hasta su familia. Nadie iba a molestarse en buscarlos, era a ella a quien querían. A ella y su creación.

Apartó el cazo del fuego y corrió a su taller. Eligió tarros con hierbas y un pequeño salero con sal. Sería mucho mejor si pudiera encender el brasero y trabajar en la mesa, pero no había tiempo. Debía confiar en que bastaría con el fuego de la chimenea. Tras acercar un taburete, se subió e insertó una llave en el armario más alto para abrirlo.

Introdujo un brazo en el interior y sacó un pequeño objeto envuelto en terciopelo. Incluso a través de la tela sentía el calor en su mano. El latido del poder. Aquello le pertenecía. Era la culminación del trabajo de toda su vida, el fruto de su conocimiento y habilidad. Y debía destruirlo.

Regresando al fuego, se arrodilló y desenvolvió el objeto, que brilló a la luz de las llamas. Sin embargo ella no se permitió mirarlo. Arrojó un puñado de hierbas al fuego, uno tras otro. No estaba segura de que fuera a funcionar, pero tenía que intentarlo.

Había buscado el conocimiento, pero, de algún modo, el camino que había seguido para que la condujera hacia la sabiduría había cambiado, conduciéndola hacia el poder. Era embriagador, seductor, pero en el corazón de ese poder residía el mal. Debía ser destruido. Tan solo esperaba que no fuese demasiado tarde. Con una mano agarró el colgante que colgaba de su cuello. Con la otra… tomó el objeto infernal.

Se volvió hacia el fuego y estiró el brazo. Intentó invocar las palabras en latín, pero se negaban a surgir. La mano le temblaba. Fuera, se oía el retumbar del trueno. Comprendió que su creación estaba luchando contra ella. Fuera se oían unas pisadas de botas y una orden emitida como un ladrido. Su voz.

Un golpe de nudillos retumbó contra la puerta. Ella agarró el objeto con más fuerza. Le cortaba la piel, pero apenas lo notaba. El familiar cosquilleo empezó a trepar por su brazo. Un canto de sirena le susurró al oído: ella podría detenerlos. Si volvía el objeto contra sus enemigos, estaría a salvo. Podría estar con su familia.

Pero no. No debía ceder a la tentación. Utilizarlo solo lo haría más fuerte, haría que renunciar a él fuera más difícil. Había jurado dejar de utilizarlo. Había jurado evitar que nadie, sobre todo él, lo utilizara jamás.

Algo mucho más fuerte que un golpe de nudillos sacudió la puerta. Otra vez. Y otra vez más. La puerta se abrió de golpe. Ella se levantó de un salto y se volvió hacia los intrusos. Los hombres del obispo irrumpieron, con sus espadas. Detrás de ellos lo vio a él. El hombre que había sido su mentor. El hombre en quien había confiado. El hombre que la había delatado ante las autoridades.

El odio latió en su interior y, sin pensárselo dos veces, extendió el brazo hacia ellos, sujetando en la mano el instrumento que había creado.

—¡Deteneos!

Un vendaval entró por la puerta abierta, llenando toda la habitación, haciendo volar todos los papeles del taller. Un rayo iluminó la escena, y ella sintió erizarse el vello de la nuca. El aire crujió entre ella y sus enemigos, cargado de energía, las luces centelleaban y estallaban.

Los soldados se detuvieron en seco, como si se hubieran estampado contra un muro, las manos paralizadas sobre las empuñaduras de las espadas. El miedo inundó sus rostros al comprender que no podían moverse, inmovilizados y debilitados por la crepitante, punzante, energía.

Ella sabía que su miedo se convertiría en terror si supieran hasta dónde llegaba el poder que era capaz de ejercer con su creación. La gente susurraba que era capaz de hablar con los muertos. Decían que era capaz de devolverlos a la vida. Que era capaz de arrancar de la muerte a un hombre moribundo. Pero lo que no sabían era que del mismo modo podía enviar la muerte a un hombre vivo.

Su sonrisa era letal mientras empezaba a cantar, casi en un susurro. No debería haberlo hecho, no debería haber seguido utilizándolo, pero no podía detenerse. No quería detenerse. Una sensación de placer la invadió mientras sentía el poder salir de ella, hacia ellos. Vio el horror en sus rostros cuando empezaron a sentir las sacudidas en sus corazones y los espasmos que recorrían sus extremidades. Ella aumentó la energía, viéndolos palidecer a medida que la vida se les escapaba.

Miró al hombre que había sido su mentor y que se había convertido en su jurado enemigo. Pero no fue miedo lo que vio en su rostro, sino avaricia y envidia. Él codiciaba su poder, ansiaba poseer el objeto. Haría cualquier cosa para conseguirlo, incluyendo acusarla de herejía y enviarla a la muerte. Su alma se había ennegrecido por su ansia de poder.

Y el suyo también lo estaría si continuaba. Debía detenerse. Debía librar al mundo de su mal. Pero la oscuridad que habitaba su interior la llamaba seductoramente: si lo utilizaba, sería libre. Si lo utilizaba, podría hacer siempre su voluntad.

Soltando un grito, se desembarazó de su esclavitud y se volvió. Lo oyó gritar «¡No!» y lo vio lanzarse hacia delante, pero demasiado tarde. Ella arrojó la creación al fuego.

Capítulo 1

Londres

Diciembre de 1868

Thisbe confiaba en que la clase magistral del Instituto Covington resultaría instructiva. Lo que no había esperado era que fuera a cambiar su vida.

Minutos después de que hubiese comenzado la charla, sintió un extraño cosquilleo en la nuca y se volvió hacia atrás. Un joven estaba de pie en la entrada de la abarrotada sala de conferencias, la mirada fija en ella. Rápidamente apartó los ojos y Thisbe se volvió de nuevo hacia el conferenciante. Llevaba toda la semana esperando a que llegara esa conferencia, pero de repente le costaba centrar su atención en el orador. Su mente estaba ocupada en el hombre que estaba junto a la puerta.

Siendo una mujer que trabajaba en un mundo de hombres, estaba acostumbrada a ser el objeto de las miradas de los demás, miradas que iban desde las más lascivas hasta las más sorprendidas, pasando por algunas bastante siniestras ante su atrevimiento. Normalmente las ignoraba, pero ese hombre… no sabía por qué le resultaba tan diferente de todos los demás, pero la intrigaba.

En su pecho estalló una extraña consciencia que nunca había sentido allí hasta entonces. No fue reconocimiento, pues estaba segura de no haber visto a ese hombre jamás en su vida. Tampoco se parecía a la vaga y omnipresente sensación que sentía hacia su mellizo, Theo. Era más parecida a una oleada de excitación y descubrimiento, parecida al estremecimiento de anticipación cuando estaba desarrollando un experimento. Pero, en esa ocasión, la sensación de certeza se mezclaba con la anticipación, aunque no tenía ni idea de qué podría ser aquello sobre lo que tenía tanta certeza.

Empezó a girar de nuevo la cabeza hacia atrás, pero, justo en ese momento, el hombre se sentó en el asiento junto al suyo. Tenía la cabeza agachada y no la miró, limitándose a sentarse. Sacó un pequeño cuaderno de notas y un pequeño lápiz y empezó a garabatear. Increíblemente, la peculiar sensación que anidaba en el interior de Thisbe aumentó y se caldeó mientras lo contemplaba. ¿Qué tenía ese hombre para hacerla sentirse así?

Solo alcanzaba a ver su perfil, y ni siquiera bien del todo, ya que estaba inclinado sobre sus notas, pero lo que veía la atraía. Era joven, quizás solo un poco mayor que ella. Sus cabellos eran gruesos y de un color marrón oscuro, un poco demasiado largos y revueltos. Daba la sensación de que se los había cortado él mismo. ¿De qué color eran sus ojos? Ojalá pudiera verlos mejor. Era alto y delgado, sus largas piernas ocupando todo el espacio entre el asiento y la fila de delante. Sus dedos también eran largos y flexibles, y se movían ágilmente sobre el cuaderno de notas. La imagen le produjo una punzada en el estómago.

De nuevo se volvió hacia el conferenciante, no queriendo que su vecino la descubriera observándolo. Al parecer se había perdido bastante, pues el hombre hablaba sobre números atómicos. Volvió a tomar notas, aunque no en la cantidad y a la velocidad que el hombre sentado junto a ella. Sin duda la agilidad era en parte la causa de que su escritura fuera apenas legible. ¿Cómo conseguiría leer lo que había escrito él mismo?

El hombre ni se volvió hacia ella ni habló, pero por el rabillo del ojo ella lo descubrió mirándola una y otra vez, sus miradas breves y casi furtivas. ¿Era tímido? Podría ser, aunque la timidez era una cualidad con la que ella no estaba muy familiarizada, dada la naturaleza de su familia. O, quizás, simplemente le sorprendiera la presencia de una mujer en una reunión de la sociedad científica.

Thisbe se volvió de nuevo hacia él y mantuvo la mirada fija, de modo que la siguiente vez que él la miró, se encontró con sus ojos. El hombre abrió los suyos y sus mejillas se tiñeron de rosa, antes de devolver la mirada a su cuaderno de notas. Había acertado, era tímido. Y sus ojos eran de un hermoso y cálido color chocolate. Un color encantador.

Ella se sintió agudamente consciente de ese hombre. Sentía el calor de su cuerpo y olía su olor, una suave mezcla de hombre y colonia. Eso, también, le provocó una punzada en el interior.

A su alrededor sonaron aplausos y Thisbe comprendió que la conferencia había terminado. Aunque con retraso, ella también aplaudió y se levantó, al igual que todos a su alrededor. Su vecino también se levantó de un salto, dejando caer el cuadernillo y el lápiz, y agachándose para recuperarlos. El lápiz rodó hacia ella y se detuvo junto a su falda. Él recogió el cuaderno y se irguió, contemplando el lápiz. Se movió ligeramente y se guardó el cuadernillo en el bolsillo antes de dedicarle otra mirada, cargada de añoranza, a su lápiz.

Sin duda iba a tener que hablarle. Thisbe aguardó, guardándose su propio cuadernillo y lápiz en el bolsito. Los aplausos habían concluido y a su alrededor todo el mundo empezaba a marcharse. El hombre arrastró los pies y empezó a alejarse. Era evidente que, si quería hablar con él, tendría que comenzar ella.

—¡Señor! —Thisbe recogió el lápiz. El hombre se alejaba—. Señor —ella lo siguió, y alargó una mano, tocándole el brazo.

Él se volvió tan deprisa que ella casi chocó contra él.

—¡Oh! Señora. Señorita. Yo, eh…

—Me parece que esto es suyo —Thisbe le mostró el lápiz mientras lo observaba de cerca.

Tenía un rostro agradable y los cálidos ojos marrones estaban bordeados de unas espesas pestañas negras.

—¡Oh! —las mejillas del hombre volvieron a teñirse de rojo—. Yo, eh, gracias —tomó el lápiz y sus dedos se rozaron, provocándole a ella un cosquilleo por todo el cuerpo. Él dejó caer el lápiz en el interior de su bolsillo, pero no se movió del lugar, ni dejó de mirarla—. Yo, eh, ha sido una conferencia estupenda, ¿verdad?

Thisbe sintió una oleada de triunfo. Ese hombre también quería hablar con ella. Aunque era evidente que la misión de encontrar un tema de conversación debía recaer en ella.

—Sí, el instituto Covington a menudo ofrece conferencias interesantes. La señora Isabelle Durant ofreció una interesante charla sobre botánica el mes pasado. Por supuesto, no todas las discusiones son científicas.

—¿La señora Durant? —preguntó él sorprendido.

—Sí. Lleva años siendo una ávida recolectora e ilustradora de flora salvaje. Ha publicado varios libros.

—Entiendo. Lo siento… la botánica no es un campo con el que esté especialmente familiarizado. Me temo que yo, eh, que no he oído hablar de ella.

—Por desgracia, muy pocas personas la conocen. Su trabajo es ampliamente ignorado por sus compañeros científicos, porque es mujer. El instituto Covington es bastante avanzado —ella sonrió—. Permite que las mujeres pertenezcan a él, que den conferencias y que asistan a ellas. Por eso vengo aquí tan a menudo.

Thisbe no añadió que Covington era el apellido de soltera de su madre, y que su madre había financiado considerablemente la institución para que abogasen por la educación femenina. Con el tiempo había comprobado que era mejor no sacar a la luz el apellido familiar. La gente no volvía a comportarse del mismo modo cuando averiguaban que Thisbe era hija de un duque. De un duque con fama de raro.

—Me alegra que lo haga —él sonrió y el corazón de Thisbe dio un vuelco en su pecho.

—Me he dado cuenta de que llegó tarde.

—Por decirlo suavemente —él volvió a sonreír—. No pude abandonar antes el trabajo. Lo siento… espero no haberla molestado —parecía más relajado y tan poco interesado en marcharse como lo estaba la propia Thisbe, aunque la sala de conferencias estaba prácticamente vacía.

—No, no me ha molestado en absoluto —eso, por supuesto, era mentira, aunque la molestia que ese hombre había causado era de una índole totalmente distinta de la que él pensaba—. Pensé que quizás le gustaría tomar prestadas las notas que tomé antes de su llegada —ella sacó el cuaderno de notas del bolsito y se lo ofreció.

—¿Está segura? —preguntó él mientras lo tomaba—. ¿No las quiere conservar?

—Ya me las devolverá cuando haya acabado —Thisbe se encogió de hombros—. ¿Tiene intención de asistir a la siguiente conferencia?

—Sí —contestó él de inmediato, la mano cerrándose sobre el cuaderno. En esa ocasión, Thisbe estuvo segura de que, cuando sus dedos se rozaron, no fue por accidente.

—No sé muy bien de qué trata.

—Eso no importa. Quiero decir que seguro que será interesante.

—Pues entonces podrá devolverme las notas —sin embargo, un mes se le antojaba mucho tiempo. Y por eso se sintió feliz cuando una nueva idea surgió en su mente—. O también… ¿tiene intención de asistir a las conferencias de Navidad en el Royal Institute? Yo estaré allí. El señor Odling va a dar una conferencia sobre la química del carbono.

—Sí. Las conferencias comienzan el día después de Navidad, ¿verdad?

—Creo que habrá unas cuantas —ella asintió.

—Excelente. Aunque no puedo evitar preguntarme cómo pueden las propiedades del carbono dar para varios días.

—¡Vaya! Veo que la química no es lo suyo.

—No especialmente. Pero veo que usted sí está interesada en la química.

—Es el trabajo de mi vida —contestó Thisbe—. Llevo estudiándola desde los diecisiete años. Bueno, desde antes en realidad, pero a los diecisiete la convertí en mi objetivo.

—¿En serio? ¿Y dónde ha…? —el hombre rápidamente disimuló su sorpresa—. Quiero decir que, pues, que, ¿la ha estudiado?

Thisbe soltó una pequeña carcajada. Por lo menos había intentado disimular su sorpresa.

—Mi familia le da mucha importancia a la educación… de todos, tanto de los chicos como de las chicas. Aprendí junto a mis hermanos. Y, después, estudié en Bedford College. Hasta este año me temo que a las mujeres no se nos permitía graduarnos en la universidad de Londres.

—Una escuela para mujeres. Entiendo. Qué interesante —observó él con aspecto de hablar en serio, lo cual no solía ser frecuente—. Siempre pensé que no era justo que Oxford y Cambridge no admitiesen mujeres —hizo una mueca—. Aunque a mí tampoco me habrían admitido. No a un insignificante hijo de obrero.

Desde luego había sido buena idea ocultar sus conexiones con la aristocracia.

—Son la cuna del esnobismo.

—Yo estudié en la universidad de Londres. Bueno, durante dos años. Hay muy pocas clases de temas científicos.

—Efectivamente —era uno de los principales reproches de Thisbe contra la educación inglesa, el segundo después de sus prejuicios contra las mujeres—. Inglaterra va muy por detrás de otros países en reconocer la importancia de la investigación científica.

—Sigue considerándose un hobby propio de un caballero —él asintió—. Se pone demasiado énfasis en la filosofía y las lenguas muertas.

—Sí —su padre y ella habían mantenido acaloradas discusiones sobre ese tema—. Por eso me fui a Alemania a estudiar con herr Erlenmeyer.

—¡Emil Erlenmeyer! ¿Lo dice en serio?

—Sí. ¿Lo conoce?

—Por supuesto. ¡Su teoría sobre el naftaleno es brillante!

A continuación se lanzaron a una animada discusión sobre el naftaleno, los anillos de benceno y la experimentación, que duró varios minutos. Hasta que no apareció el señor Andrews en la puerta y carraspeó Thisbe no se dio cuenta de que no quedaba nadie más allí. Ni siquiera se oía ruido en el vestíbulo.

—¡Oh! Me temo que el señor Andrews querrá cerrar la sala de conferencias —por supuesto, el señor Andrews les permitiría quedarse si ella se lo pidiera, pero no había ningún motivo para que el pobre hombre permaneciera allí por un capricho suyo.

—¡Oh! —el joven miró a su alrededor—. No me había dado cuenta de que…

—Yo tampoco.

Se dirigieron hacia la salida.

—Que tenga un buen día, señorita —saludó Andrews con una reverencia.

Afortunadamente no se había dirigido a ella como «milady», como solía hacer en el pasado. Thisbe había logrado quitarle esa costumbre, aunque de vez en cuando aún se le escapaba. Era evidente que le perturbaba. No se sentía cómodo dirigiéndose a ella como «señorita Moreland» y, al parecer, era incapaz de llamar a su madre otra cosa que no fuera «Ilustrísima».

Permanecieron en el vestíbulo. A Andrews aún le llevaría un rato recoger la sala de conferencias, de modo que disponían de unos minutos.

—Lo siento —continuó ella, deseosa de proseguir con la conversación—, no hemos hecho otra cosa que hablar de mis intereses. Ni siquiera le he preguntado cuál es su campo.

—Ya, bueno —él la miró con cierto recelo—. Estoy trabajando en un proyecto con el profesor Gordon.

—¿Archibald Gordon? —Thisbe lo miró fijamente—. ¿El que cree en fantasmas?

—Eso es lo único que se dice de él —el joven suspiró—. Pero se trata de un respetado científico.

—Era un respetado científico hasta que empezó a coquetear con fraudes como la fotografía de espíritus —espetó Thisbe antes de sonrojarse—. Lo siento, eso ha sido una grosería. Todo el mundo me acusa de ser demasiado franca. No pretendía… menospreciar sus convicciones. Si usted es un espiritista… —sería muy decepcionante, pero, por supuesto, eso no era algo que pudiera decirle.

Para su inmenso alivio, él sonrió.

—No se preocupe. No me ofende, ni tampoco soy espiritista. No creo en supersticiones o leyendas. En Dorset, donde yo me crie, son muy abundantes y mi tía solía contarme historias de fantasmas y magia y cosas como corazones de buey atravesados con espinas en la chimenea para evitar que la bruja bajara por ella, esa clase de cosas. Yo sabía que eran tonterías. Pero uno no puede ignorar que la gente haya visto imágenes espectrales, y no me refiero a esos que aseguran haber visto a lady Howard en su carruaje fantasma recorriendo las marismas. Me refiero a esas personas que se despiertan y descubren a un ser querido de pie junto a su cama.

—Eso son sueños. Todo el mundo tiene sueños raros de vez en cuando.

—Pero rechazarlo sin más es ignorar la evidencia. Personalmente, dudo que la fotografía de los espíritus logre capturar la imagen de los fantasmas, pero hay que tener en cuenta las pruebas que existen. El señor Gordon vio las fotografías, vio cómo se tomaban, y no vio ninguna señal de fraude, y por eso cree en ello. Debe admitir que nadie ha logrado explicar cómo los fotógrafos de espíritus logran que aparezca la imagen fantasmal sobre la placa fotográfica.

—Puede que no, pero ¿no hubo una mujer en Boston que afirmó que el fantasma de una de las fotos era en realidad una foto suya que le habían hecho en el mismo estudio? Yo diría que esa es una prueba concluyente.

—Y por eso me cuesta creerlo —él asintió—. Pero, si aceptamos la palabra de esa mujer como prueba, ¿cómo podemos rechazar la de todas esas personas que aseguran que esas imágenes pertenecen a sus seres queridos? Sin duda una madre sabrá reconocer a su propio hijo.

—En mi opinión, un familiar doliente tienen tantos deseos de creer que se trata de la persona que ha perdido, que imagina sus rasgos en esa foto y los identifica con ese ser querido. Las imágenes son pálidas y difusas, ¿no es así? Un bebé vestido con traje de cristianar y gorrito no es fácil de distinguir de cualquier otro vestido igual y, si el rostro está algo borroso, no resultará difícil ver lo que quieras ver.

—¿Y si usted también lo viera? ¿Y si tuviera la evidencia ante sus ojos?

—Seguiría mostrándome escéptica.

—Eso no me cabe duda —él soltó una carcajada.

—Sin embargo —continuó Thisbe—, si pudiera demostrarlo con absoluta certeza, sin asomo de duda, tendría que creérmelo.

—Y eso precisamente es lo que intentamos hacer —el rostro del joven se iluminó de entusiasmo—. Estamos haciendo experimentos. Mi objetivo es demostrar, o refutar, la presencia de un espíritu que permanezca después de la muerte. Me da igual cuál sea la hipótesis correcta. Lo que me importa es la investigación. En este mundo hay muchísimas cosas que desconocemos, que no vemos. Muchas de las cosas que ahora sabemos habrían sido tildadas de imposibles hace cincuenta, incluso veinte, años. El telégrafo, por ejemplo. ¿Quién habría creído que se podría enviar un mensaje a alguien a kilómetros y kilómetros de distancia, y en un instante? O la fotografía. La electricidad. Y sin embargo siempre estuvo allí… pero no lo veíamos.

En opinión de Thisbe, investigar fantasmas no podía considerarse ciencia, pero le gustó la alegría en la mirada del joven, la pasión que traslucía por aprender e investigar. Así se había sentido ella toda su vida, con esa ansia por saber, la excitación del descubrimiento. Le había gustado ese hombre nada más verlo, pero en ese mismo instante tuvo la convicción de que era importante.

—¿Y cómo pretenden demostrar la teoría? —preguntó.

—Necesitamos encontrar la herramienta adecuada. Piense en todas esas estrellas que no éramos capaces de ver antes de que se inventara el telescopio. Todos esos detalles minúsculos que nos resultaban invisibles hasta la invención del microscopio. ¿Y si los espíritus de las personas hubiesen estado allí todo el tiempo, y simplemente no teníamos la capacidad para verlos?

—¿Quiere inventar una herramienta para que podamos verlos?

—Esa es mi esperanza. La fotografía de espíritus se basa en la idea de que la cámara puede captar lo que el ojo no ve, lo que sucede demasiado rápido, o sin la suficiente nitidez. Mi campo de trabajo es el de las propiedades de la luz. La luz no es visible a nuestros ojos como colores hasta que empleamos un prisma. Pero William Herschel descubrió que había otra clase de luz, la infrarroja, que ni siquiera podemos ver con un prisma.

—Sí, he oído hablar de eso —Thisbe asintió—. Utilizó un prisma para separar los colores y luego aplicó un termómetro a cada color para comprobar cuál se calentaba más deprisa. Pero lo que descubrió fue que el termómetro subía más rápidamente fuera del espectro. De modo que tenía que haber otra parte del espectro que existe, pero que no podemos ver.

—Exactamente. Y entonces Ritter encontró otra banda… la luz ultravioleta.

—¿Entonces cree que un espíritu es algo que existe en otra banda de luz?

—Creo que puede ser visto en otra banda de luz. ¿Seremos capaces de crear un instrumento que nos permita ver las bandas invisibles del mismo modo que el prisma nos permite ver los colores por separado? —él se encogió de hombros—. Esa es una de las cosas en las que estamos trabajando. Pero hay más.

—¿Estamos? ¿El señor Gordon y usted?

—Y algunos otros colegas. El profesor Gordon tiene un patrocinador muy interesado en su investigación, y eso le permite proporcionarnos un laboratorio y el material necesario. Es muy agradable. Quizás le gustaría verlo alguna vez. Quiero decir, bueno, suponiendo que le interese, por supuesto.

—Eso sería… —Thisbe se interrumpió al ver acercarse a Andrews, con su capa.

—Me he tomado la libertad de traerle su capa, mila… señorita Moreland. Espero que no le importe.

—No, claro que no. Gracias —ya no quedaba nada más que hacer salvo marcharse. Thisbe se tomó su tiempo para ajustarse la capa y ponerse los guantes, pero aquello no duró eternamente—. Bueno, pues… —se volvió hacia el hombre.

—Supongo que deberíamos marcharnos —él volvió a arrastrar los pies—. Yo, eh… Me ha encantado hablar con usted. Ha sido muy generoso por su parte prestarme sus notas —le dio una palmadita al bolsillo, donde había guardado la libreta de Thisbe—. Le prometo cuidarla bien y devolvérsela. ¿En la conferencia de Navidad, quizás?

—Sí. Eso me parece perfecto —ella le ofreció su mano—. Discúlpeme, debería haberme presentado. Me llamo Thisbe Moreland.

Él le agarró la mano y Thisbe deseó no haberse puesto ya los guantes.

—Señorita Moreland, ha sido un placer conocerla. Yo soy Desmond Harrison.

—Señor Harrison —con una última sonrisa ella se volvió hacia la puerta mientras Desmond se apresuraba a abrirla.

Y a continuación la siguió escaleras abajo.

—Por favor, permítame acompañarla hasta su casa.

Thisbe miró hacia la calle, donde la esperaba el coche de los Moreland. John, el cochero, que permanecía de pie junto a los caballos, la vio y se subió al carruaje. Pero ella le dio la espalda.

—Eso sería muy amable por su parte, señor Harrison. Gracias.

Oyó el traqueteo del coche que se aproximaba a ellos, pero echó a andar en dirección contraria, acompañada por Desmond. Puso una mano a la espalda y, discretamente, le hizo una señal al cochero para que se marchara. John lo entendería. Bueno, no lo entendería del todo, pero los sirvientes estaban acostumbrados a las excentricidades de los Moreland.

Al parecer John captó la señal, pues el golpeteo de los cascos de los caballos se detuvo durante un instante, antes de proseguir, pero a un ritmo mucho más lento. Con suerte, Desmond no miraría hacia atrás y no vería el carruaje siguiéndolos de cerca.

Thisbe miró a Desmond, que caminaba a su lado con las manos hundidas en los bolsillos.

—¡Señor Harrison! ¿Dónde está su abrigo? ¿Y los guantes? ¿Y el sombrero? —ella se dio media vuelta— ¿Se los ha dejado en el instituto?

—No. Me temo que se me olvidaron —contestó él con aspecto avergonzado—. Llegaba tarde y salí corriendo sin abrigo ni sombrero. Los guantes los perdí la semana pasada —su expresión era ligeramente aturdida—. En alguna parte.

—Me recuerda a Theo. Es incapaz de conservar un par de guantes.

—¿Theo? —él la miró fijamente.

—Sí, mi hermano. En realidad mi mellizo.

—Entiendo —la expresión de Desmond se relajó—. Tiene un hermano mellizo. Los mellizos son fascinantes, aunque es aún mejor cuando son gemelos idénticos, por supuesto —de nuevo la miró—. Lo siento… por supuesto no he querido decir «mejor». Me refería solo, bueno, en términos científicos. Por así decirlo… interrumpió la frase y de nuevo se ruborizó.

—No pasa nada —Thisbe soltó una carcajada—. Sé a qué se refiere. Tengo dos hermanos más pequeños que sí son gemelos idénticos, casi imposibles de distinguir. Y desde luego son… interesantes.

—¿Tiene muchos hermanos? —la voz de Desmond sonaba ligeramente melancólica.

—Tengo cuatro hermanos y dos hermanas. ¿Tiene usted hermanos? —Thisbe se preguntó por el extraño tono en la voz de su acompañante.

—Tuve una hermana —él sacudió la cabeza—. Murió hace años.

—Lo siento.

—Gracias. Era bastante mayor que yo, pero estábamos muy unidos. Ella ayudó a mi tía a criarme. Verá, mi madre murió nada más nacer yo.

—Qué horrible —Thisbe posó una mano sobre su brazo—. Lo siento muchísimo. ¿Y su padre aún…?

—No —contestó él tras titubear—. Él también se fue.

—¿Y qué hará en Navidad? ¿Tiene más parientes aquí? Podría venir a nuestra casa —eso la obligaría a desvelar la situación familiar, claro, cosa que no era lo ideal, pero le partía el alma pensar en ese joven solo durante las fiestas.

—Es muy amable, pero no hay necesidad de preocuparse —Desmond sonrió—. Pasaré la Navidad con el señor Gordon.

—Me alegro —Thisbe se dio cuenta de que aún tenía su mano apoyada en el brazo de Desmond y, a regañadientes, la retiró—. Está temblando. Debe de estar muerto de frío. Realmente no hay ninguna necesidad de que me acompañe a casa. He ido sola muchas veces, y estoy perfectamente a salvo.

—Estoy bien. A menudo me olvido del abrigo o la capa, o… bueno, de un montón de cosas —él sonrió compungido—, de manera que frecuentemente me encuentro en situaciones como esta.

De ninguna manera podía Thisbe permitirle acompañarla a su casa. Con el tiempo iba a tener que hablarle de su familia, por supuesto, pero todavía no. Un vistazo a Broughton House bastaría para ahuyentar a cualquiera.

—Está lejos —insistió ella mientras, al frente veía la solución a su problema—. Verá, tengo que tomar el ómnibus —señaló a un montón de personas que esperaban el transporte público—. Será suficiente con que me acompañe hasta la parada.

Desmond se mostró de acuerdo, aunque insistió en esperar hasta que llegara el vehículo, y ella hubiera subido, antes de marcharse. Thisbe lo vio alejarse a través de la ventanilla del ómnibus. Por desgracia, estaba atrapada allí dentro hasta llegar a la siguiente parada. No tenía ni idea de hacia dónde se dirigía. Tendría que bajarse en cuanto pudiera y regresar hasta su carruaje, que, comprobó, aún la seguía. Empezó a reírse por lo bajo. Sin duda acababa de alimentar otra estupenda historia sobre la locura de los Moreland, historia con la que el cochero deleitaría al resto del servicio durante la cena de aquella noche.

Pero le daba igual. La tarde había merecido la pena, a pesar de la vergonzosa anécdota que correría de boca en boca entre los sirvientes. Sentía algo nuevo en su interior. Por primera vez en su vida había conocido a un hombre capaz de hacerle olvidar la ciencia.

Capítulo 2

Desmond corrió la mayor parte del camino a su casa. Tenía frío, pero también bullía de energía. Thisbe, un nombre encantador. Único y encantador, igual que ella. Se había fijado en ella en cuanto había entrado en la sala, simplemente porque era la única mujer allí. Había despertado su curiosidad. Y por eso había elegido la silla a su lado en lugar de cualquiera de las otras que estaban vacías.

Y, cuando la había mirado de cerca, su pecho había dado un vuelco. Era hermosa, aunque no hermosa como las muñecas de porcelana, de cabellos rubios, ojos azules y sonrisa bobalicona. Los cabellos que asomaban por debajo de su bonete eran de un color negro azabache, aún más oscuro que los suyos, y sus ojos eran de un impresionante color verde brillante. Era tan alta como él, que no había tenido necesidad de inclinarse para hablar con ella. También era delgada como un junco. Su cuerpo esbelto no poseía la típica forma de reloj de arena, conseguida gracias a encorsetar la cintura hasta cortar la respiración, sino algo que resultaba mucho más atractivo. Se movía con elegancia, a diferencia de la rígida postura de las mujeres encorsetadas. Y su rostro… bueno, no había palabras para describir su rostro, femenino y a la vez con fuerza, de forma cuadrada y barbilla pronunciada, suavizada por la curvatura de su boca y ese carnoso labio inferior. Cielos, qué labio. Casi daba miedo lo mucho que ansiaba sentirlo junto a su boca.

Pero no era solo su aspecto lo que le había convertido en un torpe desecho sin habla. Esa mujer era totalmente diferente a cualquier otra. Por ejemplo, la ropa: un pequeño sombrero con un sencillo lazo para decorarlo, una falda con miriñaque, pero sin ningún adorno, ni siquiera un volante, y unos botines más robustos que modernos. Y luego estaba su manera de hablar, directa, incluso descarada. Su manera de caminar, con pasos largos, rápidos y decididos. Su manera de mirar a los demás, directamente a los ojos, con confianza. Con ella no había miradas de soslayo, disimuladas, no había risitas tontas o aleteo de las pestañas, ni miradas coquetas. Thisbe era sencillamente… ella misma.

En cuanto a él, por supuesto se había comportado como un imbécil, mirándola de reojo mientras tomaba notas. No quería ni pensar en las notas que había tomado, y luego había dejado caer el lápiz al levantarse. Y no podía recuperarlo sin tocar su falda, lo que le había parecido demasiado descarado sin pedir permiso. Y, además, le había dado demasiada vergüenza preguntarle. Normalmente era algo tímido, pero sin llegar a ese punto de parálisis. El miedo de fracasar lo había agarrotado, impidiéndole hablar.

Otro hombre, como su amigo Carson Dunbridge, por ejemplo, habría hablado con ella y habría hecho alguna broma sobre el lápiz caído al suelo. Desmond había visto a Carson hablar con las mujeres, relajado y seguro, engatusándolas con una sonrisa. Pero, claro, Carson era hijo de un caballero, educado desde niño en el correcto comportamiento en sociedad. Estaba acostumbrado a tratar con damas.

Y era evidente que Thisbe era una dama, a pesar de que su sencillo bonete y las sencillas ropas sugerían que no era adinerada. El inglés culto podía aprenderse, ¿acaso el propio Desmond no había aprendido por sí mismo el correcto uso de la gramática y la oratoria, sin rastro del acento de Dorset? No obstante, Thisbe poseía ese aire indefinible, el que no se enseñaba, de la nobleza. A juzgar por el respeto con el que se había dirigido a ella, el gerente del instituto Covington la había reconocido.

Desmond, sin embargo, estaba muy lejos de la clase refinada. No había mentido del todo sobre su padre, el hombre se había marchado, aunque la respuesta había sido, en el mejor de los casos, falsa. Su padre había sido un obrero, y ladrón ocasional cuando no conseguía encontrar un trabajo honrado. Había terminado por ser enviado en un barco a la colonia penal de Australia.

La educación de Desmond había sido, en su mayor parte, autodidacta, con la generosa ayuda del vicario del pueblo, que había sabido reconocer la inteligencia y sed de conocimiento que habitaba en él. Lo que había cortado en seco su carrera en la universidad de Londres, aparte de la escasez de materias científicas, había sido la escasez de fondos. A diferencia de Carson y los demás del laboratorio de Gordon, él no recibía ninguna asignación de los padres y, por tanto, se veía obligado a trabajar en una tienda para mantenerse.

Ni en sus mejores sueños habría pensado que una mujer como Thisbe fuera a iniciar una conversación con él. Pero lo había hecho. Y entonces había descubierto lo fascinante que era ella realmente. En cuanto habían empezado a conversar, todo había sido más fácil. Desmond siempre había tenido problemas para hablar con las mujeres, ya que solían encontrar mortalmente aburridas las cosas que a él le interesaban. Para ser justos, a la mayoría de los hombres también les resultaban mortalmente aburridas.

Pero con Thisbe había sido completamente diferente. Incluso cuando se mostraba en desacuerdo con él, lo hacía de un modo amistoso y ameno, incluso vigorizante. Ni siquiera parecía haberle resultado extraño que Desmond pudiese ser tan olvidadizo como para dejarse su abrigo o perder los guantes, algo que, incomprensiblemente, le sucedía a menudo.

Le había preocupado la mención de Theo. Era poco probable que una mujer tan especial como ella no tuviera un pretendiente, aunque ya había echado un vistazo a su mano y comprobado que no llevaba anillo de casada. Para su alivio, el hombre había resultado ser su hermano. Porque, por improbable e imposible que fuera para él conquistarla, Desmond deseaba a esa mujer.

Sus probabilidades de éxito eran escasas, era muy consciente de ello. Pero, de momento, iba a ignorar ese hecho. Iba a permitirse soñar. Iba a centrarse en la idea de que en unos pocos días iba a volver a verla.

No podía recuperar el abrigo, que se había dejado en el taller, que ya estaba cerrado, de modo que fue directamente al laboratorio, situado en el sótano de un edificio y al que se llegaba bajando unas escaleras que partían de la calle.

El laboratorio estaba pobremente iluminado al disponer únicamente de dos ventanas altas que quedaban por encima del nivel del suelo. Las toscas paredes de piedra eran viejas y a menudo estaban húmedas. Pero estaba bien equipado y era espacioso, largo y estrecho, y ninguno de los hombres que trabajaban allí notaba ya el olor mohoso o la ausencia de vistas.

Desmond abrió la puerta y encontró al profesor Gordon y a los demás agrupados en el amplio espacio entre las mesas de trabajo y el escritorio del profesor, todos hablando en un tono excitado. Su mentor fue el primero en verlo llegar.

—Desmond, por fin has llegado. Llegas tarde.

—Sí, asistí a una conferencia cuando cerramos la tienda —se sentía reacio a mencionar a la señorita Moreland. No había motivo para mantenerlo en secreto, pero aun así prefería mantenerlo para sí mismo, saborearlo, de momento—. ¿Qué ha pasado? Parecéis…

—¿Entusiasmados? Pues será porque lo estamos, muchacho —Gordon lo miró resplandeciente, su rostro redondo sonrojado mientras lo señalaba—. Acércate y míralo tú mismo. He recibido una carta del señor Wallace. Las noticias son espléndidas.

—¿Más dinero? —supuso Desmond mientras se acercaba. La habitación estaba caldeada gracias a la estufa Franklin, y ya empezaba a sentir de nuevo los dedos.

—Mejor que eso —los ojos de Gordon brillaban.

Fuera lo que fuera, Desmond se alegró de ver a su mentor de tan buen humor. Cada vez era más habitual encontrarlo cabizbajo y melancólico. El daño a su reputación empezaba a pesarle. Años atrás, cuando Desmond llegó a Londres, Gordon era uno de los principales científicos de la ciudad, su opinión buscada y respetada. El propio Desmond se había considerado afortunado de que Gordon fuera amigo del vicario y de que, tras la petición de este, lo hubiera aceptado bajo su protección. Pero en esos momentos, tras haberse consagrado a la búsqueda de pruebas de la existencia del espíritu después de la muerte, Gordon era ridiculizado por sus colegas. A Desmond le dolía verlo cada vez más abatido.

—¿Cuáles son las noticias? —preguntó sonriente, mirando a los demás—. Contádmelo.

—El señor Wallace ha localizado el Ojo de Annie Blue —anunció Gordon triunfante.

—¿Qué? —Desmond enarcó las cejas—. ¿En serio?

—¡Sí!

—¿Lo ves? Te dije que Anne Ballew era real —intervino Carson a su manera descuidada, echándose hacia atrás y apoyando los codos sobre su mesa de laboratorio, la boca curvada en una perezosa sonrisa. Carson nunca empleaba el apodo usado para esa mujer.

—Sabía que era real, y también que fue quemada en la hoguera por bruja —Desmond había buscado toda la información posible sobre ella, aunque en su momento lo que había pretendido era desmentir las locas historias que contaba su tía sobre ella—. Incluso acepto que fabricó un instrumento llamado «el Ojo». Pero nunca he visto ninguna evidencia de que haya funcionado realmente. O de que sobreviviera a su desaparición. No existe ninguna señal del Ojo desde Anne Ballew. Según los rumores, fue quemado.

—Y también hay rumores que dicen que fue salvado de la hoguera —apuntó Carson.

—Pero ahora tenemos pruebas —Gordon agitó la hoja de papel que tenía en la mano—. El señor Wallace está seguro de haberlo encontrado.

Desmond no hizo ningún comentario, jamás desautorizaría a su mentor, pero Gordon tenía más fe en los conocimientos de su patrocinador que él. El señor Wallace no era científico ni estudioso, sino un hombre adinerado inmensamente ansioso por demostrar la existencia de los fantasmas. Y, como bien había señalado Thisbe unos minutos antes, era muy fácil creer en algo cuando uno quería hacerlo desesperadamente.

—Ahí mismo, míralo —Gordon golpeó el papel con un dedo y comenzó a leer—: «He visto con mis propios ojos una carta de un hombre llamado Henry Caulfield, escrita en 1692. En la carta, el señor Caulfield narra una visita al hogar de un tal Arbuthnot Gray, en la que afirma que Gray le mostró el «diabólico instrumento» de Annie Blue».

—¿Y con estas evidencias el señor Wallace pretende rastrear lo sucedido al Ojo después de aquello?

—No —Gordon casi se estremecía de la excitación—. El señor Wallace ya sabe dónde está. Está convencido de que permaneció en posesión de la familia Gray, pasando de generación en generación. Existe un testamento, escrito por la nieta de ese tal Arbuthnot, en el que lega a su hija «la colección de antigüedades, rarezas y curiosidades místicas, legadas a mí por mi madre». Es evidente que se trata de reliquias familiares y, sin duda, las conservarán aunque sea encerradas en un arcón. Así funciona la aristocracia. El señor Wallace está seguro de que está actualmente en manos de su descendiente, la duquesa viuda de Broughton.

A pesar de sus dudas, Desmond no pudo evitar sentir cierta emoción.

—¿El señor Wallace tiene intención de adquirirlo?

—Ya lo ha intentado —el rostro de Gordon se ensombreció—. Dice que le ha escrito tres cartas y no ha recibido respuesta alguna. Esperaba tenerlo en su poder antes de hablarme de él, pero se encuentra en un punto muerto y sintió que debía hacérmelo saber. Quizás esperaba que se nos ocurriera alguna idea sobre cómo conseguir el Ojo. Aunque no sé muy bien cómo iba yo a poder convencer a una duquesa si él no ha sido capaz de ello.

—Róbelo —sugirió Carson con desenfado.

—No seas tonto —Desmond puso los ojos en blanco.

—Lo digo en serio —protestó Carson—. El señor Wallace parece creer que no hay esperanza alguna de obtener ese objeto de la mujer.

—Sí, según él, la duquesa es rara y de trato difícil. Al parecer es una ávida coleccionista. Nunca se deshace de nada.

—Entonces ni siquiera se dará cuenta de que le falta —insistió Carson—. Es muy sencillo.

—Es ilegal —respondió Desmond.

—Bueno, si lo piensas bien, en realidad ya no pertenece a la duquesa, ¿verdad? —sugirió Benjamin Cooper desde el taburete en el que estaba encaramado, detrás de Gordon—. Quiero decir que Anne Ballew era la auténtica propietaria, ella lo creó. Sin duda le fue robado cuando la encarcelaron.

—Eso es verdad —asintió Gordon pensativamente.

—Anne Ballew era alquimista, los científicos de aquella época. Se dedicaba al conocimiento y al descubrimiento, igual que nosotros —señaló Albert Morrow, el otro científico de la habitación—. ¿No preferiría que tuviésemos nosotros el Ojo para poderlo estudiar, aprender de él, en lugar de que esté acumulando polvo en el ático de una vieja duquesa?

—Sí, sin duda lo preferiría —los ojos del profesor Gordon brillaron—. Con los años, Anne Ballew se había convertido en una obsesión para él—. Lo cierto es que sería como reclamar algo que la ciencia ha perdido.

—Aunque así fuera —señaló Desmond con ironía—, para la mayor parte del mundo sería un robo.

—Venga ya, Dez —los ojos de Carson miraban traviesos—. No seas un aguafiestas. ¿No sería estupendo tomar por una vez algo de la clase dirigente en lugar de al revés?

—Odio tener que recordártelo, pero tú formas parte de esa clase dirigente —espetó Desmond.

—En realidad no soy uno de ellos —contestó Carson sin darle importancia—. Mi familia no posee el apellido ni la fortuna necesaria para ser importante. No soy más que un adorno, un soltero al que se puede invitar para que equilibre los números o haga bulto en una fiesta.

—Supongo que no lo dirás en serio —con Carson siempre era difícil de saber. Desmond miró a los demás.

—No, por supuesto tienes razón —el profesor suspiró—. No podemos llevárnoslo, aunque ella no se lo merezca. Es que… no soporto pensar que está ahí mismo y que no podemos tenerlo.

—¿Por qué no le escribe a esa duquesa? —sugirió Desmond—. Seguramente solo contempla al señor Wallace como a otro adinerado caballero. Pero usted es un hombre de ciencia. Quiere estudiar el Ojo. Para usted lo importante es descubrir sus misterios, no poseerlo. Ella estará más dispuesta a prestar el Ojo a un hombre de ciencia para un noble propósito que a vendérselo a otro coleccionista. O puede que le permita estudiarlo en su casa, si no quiere alejarlo de ella.

—Pues… puede que tengas razón. Sobre todo si piensa que puede recibir alguna alabanza por ello.

—Ese es el principal motivo por el que la mayoría de los caballeros acceden a financiar un proyecto —afirmó Carson.

—Sí. Y yo sé cómo adularlos. El Señor sabe cuántas veces he tenido que hacerlo —Gordon se acercó a su escritorio en una esquina de la sala. Todos se situaron en sus respectivos puestos, aunque el continuo murmullo entre los compañeros de mesa sugería que no estaban muy concentrados en su tarea.

Desmond se sentó en su habitual puesto de trabajo junto a Carson y sacó del bolsillo el cuaderno de Thisbe, colocándolo junto al suyo. La escritura, al igual que ella, era pulcra y fresca. Pasó las páginas hasta llegar a la conferencia de ese día, resistiéndose a la tentación de echar un vistazo a lo demás que había escrito. Por supuesto no se lo habría prestado si contuviese algo que no quisiera que él viera.

—¿Has perdido también el abrigo? —preguntó Carson volviéndose hacia él. Siempre encontraba divertidos los olvidos de Desmond.

—No. Salí a toda prisa y me lo dejé. Llegaba tarde a una conferencia.

—No puedo por menos que admirar tus despistes —Carson rio por lo bajo y sacudió la cabeza—. Siento decir que yo no suelo olvidarme de mi propia comodidad —hizo una pausa—. ¿Mereció la pena?

—¿Qué? —Desmond levantó la vista de golpe antes de darse cuenta de que su amigo se refería a la conferencia, no a Thisbe. No existía ninguna posibilidad de que supiera lo de Thisbe. Y, comprendió, no sentía ningún deseo de hablarle de ella. Carson sería su amigo, pero Thisbe era algo que iba a guardarse para sí mismo, demasiado preciada para compartirlo con nadie—. Desde luego que sí. Fue muy interesante —a pesar de que no recordaba ni la mitad—. Seguramente asistiré a la siguiente.

Carson devolvió la atención a su experimento, y Desmond empezó a copiar las notas. Sin embargo, después de un rato, se detuvo y se volvió hacia su compañero.

—No lo decías en serio, ¿verdad? Lo de robar el Ojo…

—Solo a medias —Carson rio—. No creo que sea capaz de llegar tan lejos, pero el Ojo no debería estar en posesión de una vieja dama que no sabe nada de Anne Ballew —miró fijamente a Desmond—. Sigues siendo escéptico sobre todo este asunto, ¿verdad?

—Todo se basa en la certeza de las suposiciones del señor Wallace de que el «instrumento diabólico» era realmente el Ojo y que su actual heredera aún lo tiene en su poder. Nadie lo ha visto nunca, mucho menos usado nunca. Ni siquiera sabemos qué aspecto tiene. De qué se trata.

—Eso es lo mejor. Tenemos mucho que explorar. ¿No te parece interesante?

—Por supuesto que sí. Me encantaría saber si esa mujer había descubierto el secreto para ver a los espíritus. Me encantaría ver cómo funciona, cómo hacer una copia. Pero… —Desmond se encogió de hombros—. No existe ningún dibujo, ninguna descripción, ninguna explicación. Solo historias. Leyendas. «La gran bruja Annie Blue». Mi tía me contaba todas las historias de Anne Ballew y sus poderes mágicos. Que era una bruja, que veía a los muertos y hablaba con ellos.

Desmond rememoró los viejos cuentos de su tía.

—También me contó que, si ves a una liebre correr por una calle, una casa de esa calle se quemará. Estoy dispuesto a creer que a nuestro alrededor existe un mundo espiritual que no podemos ver. Pero no creo en la magia. No hay ninguna prueba sobre el Ojo. Relatos populares fantásticos no constituyen la base de la ciencia.

—Ya, pero sí recibirían la aclamación popular si resultaran ser ciertos.

En ocasiones, el cinismo de Carson irritaba a Desmond.

—En tu opinión —alzó la voz con cierto tono de indignación, pero, tras mirar a su mentor, la bajó ligeramente—. ¿Crees que el profesor Gordon lo hace por la aclamación popular?

—Únicamente por eso no. Él quiere saber realmente, quiere ver a los espíritus. Pero seguro que no le importaría arrojárselo a la cara a todos los que le han denostado.

—Han sido muy injustos con él —concedió Desmond—. Posee la misma inteligencia, la misma mente científica, la misma dedicación de siempre.

—No debería haberlo anunciado a los cuatro vientos —Carson se encogió de hombros—. Afirmó que podía demostrar la existencia de los espíritus entre nosotros, cuando lo único que tenía eran algunas fotografías dudosas. Tú te sientes demasiado unido a él, tu adoración por él anula tu visión.

—Le debo mucho. Aceptó la palabra de un vicario de pueblo de que yo era capaz de realizar este trabajo, que me merecía una oportunidad. Pero ha ido mucho más lejos de lo que se esperaría de su amistad con el vicario. Me ayudó a ingresar en la universidad. Me tuteló a pesar de mi falta de financiación. Incluso me recomendó para trabajar en la óptica.

—Lo sé. Y le has recompensado al aplicar tu interés por la espectrometría al campo en el que el profesor Gordon necesita ayuda. Opino que la astronomía sería una elección más pragmática que la exploración del mundo de los espíritus.

—La espectrometría es de utilidad en múltiples campos. Lo que yo descubra aquí puede ser aplicado a la astronomía o a la química, o la física.

—Sí, pero no eres un auténtico creyente —señaló Carson—. Desdeñas los relatos sobrenaturales.

—¿Y tú no? —preguntó Desmond.

—Yo creo que existen importantes semillas de verdad que pueden encontrarse en relatos transmitidos de generación en generación.

—¿Monstruos y duendes?

—No, eso no —Carson hizo una mueca—. Pero sí espíritus que vagan después de que su tiempo ya haya pasado. ¿Son todos los relatos inventados? ¿No están basados en algo? Ese escalofrío que sientes sin más, esa zona helada en el pasillo, esa cortina que se mueve sin intervención de ninguna brisa…

Desmond recordó ese momento en el que despertó sobresaltado y se encontró a su hermana muerta, Sally, de pie junto a su cama, sonriéndole de esa manera tan suya. El involuntario escalofrío que recorrió su espalda cuando la tía Tildy le habló de la maldición de Desmond.

—Sé que es posible ver cosas, sentir cosas, que parecen imposibles. De eso me puedes convencer. Pero los relatos no bastan —hizo una pausa—. ¿Y tú qué? Casi siempre te muestras muy cínico. ¿Crees en esas cosas?

—Creo en Anne Ballew. Sé que existió. Sé que la gente le tenía miedo, que la reverenciaba. Sé que estaba muy adelantada a su tiempo. Creo que creó el Ojo.

—¿Y crees que lo utilizaba para ver a los muertos?

—Bueno, eso… —Carson hizo una mueca y sus ojos brillaron—. Eso es lo que tendremos que averiguar, ¿no?

Las palabras de Carson eran inocentes, pero permanecieron suspendidas en el aire, y Desmond no pudo negar el frío que rozó su espalda, como un gélido aliento.

Capítulo 3

Thisbe entró flotando en su casa, rebosante de necesidad de hablar con alguien. Como siempre, se oían ruidos provenientes de todos los rincones, magnificados por el enorme vestíbulo de suelos de mármol. El sonido de las voces de su madre y sus invitadas que hablaban sobre su última causa provenía de saloncito rojo. El golpeteo de unos piececitos en la planta superior, acompañado de unos grititos de los gemelos, Con y Alex. Un pesado golpe proveniente de la parte trasera de la casa, seguido de la voz de su mellizo que soltaba una sarta de juramentos.

Normalmente era a Theo a quien acudía, pero en esa ocasión no era a él al que necesitaba, sobre todo dado su aparente estado de mal humor. Tampoco a su padre, que supervisaba a dos sirvientes que abrían una enorme caja de madera en un extremo de la larga galería. La habitual respuesta de papá, fuera cual fuera la pregunta, solía ser un tranquilizador «sí querida, eso está muy bien», tras lo cual la invitaría a que admirara su nuevo jarrón minoico, o estatua, o lo que fuera que acabara de recibir.

No. La conversación que necesitaba mantener requería de su hermana. Thisbe empezó a subir las escaleras, pero justo en ese momento alguien tocó una nota en el piano, a la que siguió una divertida melodía acompañada de risas femeninas. Thisbe se dio media vuelta y se dirigió hacia la salita de música.

Kyria estaba al piano, sus dedos volando mientras la cabeza seguía el compás, las palabras que cantaba ininteligibles por culpa de sus risas. Tenía el rostro arrebolado, y unos mechones de sus cabellos rojizos, sueltos por culpa del entusiasmo con el que tocaba el piano, caían de sus cabellos recogidos. Estaba, por supuesto, hermosa. A unos metros de Kyria, Olivia se sentaba de lado en un sillón, las piernas colgando de un brazo y la espalda apoyada contra el otro, un libro abierto descansaba sobre su pecho, mientras agitaba exageradamente los brazos al ritmo de la música y aullaba con acento alemán:

—Nein, nein, fräulein Moreland. ¡El ritmo! ¡El ritmo! Ach, mein Gott!

—Me parece que has vuelto a molestar a tu profesor de música —observó Thisbe, alzando la voz por encima de la música.

—¡Thisbe! —exclamó Olivia mientras se levantaba de un salto del sillón, las trenzas marrones balanceándose en el aire—. ¡Ha sido herr Schmidt quien me ha molestado a mí! «Fräulein, debe ponerle sentimiento a su música. ¡Es arte! ¡Es pasión!».

—Le estaba enseñando cómo se hacía —Kyria se giró en la banqueta hasta quedar de frente a sus hermanas.

—Pues a mí me ha sonado más a un cabaret que a Mozart —Thisbe rio.

—Y eso era —Kyria sonrió—. Reed me la enseñó. Le dije a Livvy que se la toque a herr Schmidt la próxima vez.

—Por favor, no lo hagas. Ese pobre hombre sin duda sufrirá una apoplejía —contestó Thisbe.

—Sí, a él solo le gusta Beethoven —Olivia se dejó caer junto a Kyria sobre la banqueta. Aunque solo se llevaban dos años, parecían más. Kyria había celebrado su puesta de largo ese año, y llevaba un vestido blanco con volantes, a la última moda, los cabellos recogidos en un complicado peinado y pendientes de perlas colgando de sus orejas. Olivia, de quince años, aún llevaba falda corta y sus cabellos castaños estaban recogidos en trenzas, y no mostraba ningún interés por abandonar el mundo de las colegialas.

—¿Dónde estabas? —preguntó Kyria—. Nadie lo sabía.

—Se lo dije a papá —Thisbe se detuvo, interrumpida por una exclamación de burla de Olivia, pero luego continuó—. Sí, lo sé, debería habérselo dicho a Smeggars, pero no estaba cuando me marché. Fui a una conferencia en Covington.

—Ah —Kyria arrugó la nariz—. Esperaba que estuvieras haciendo algo emocionante.

—A mí me pareció emocionante —protestó Thisbe.

—Un momento —Kyria se irguió de un salto—. He visto esa sonrisa. ¿Qué ha pasado? Estás…

—Radiante —intervino Olivia—. Como Kyria cuando vuelve de un baile.

—Bueno… —la sonrisa de Thisbe se hizo más amplia—. He conocido a alguien.

—¡Un hombre! —exclamó Kyria sin aliento mientras agarraba a su hermana mayor del brazo—. Por eso resplandeces.

—No seas tonta —Thisbe se sonrojó—. Yo no resplandezco.

—Sí lo haces —aseguró Olivia—. Y tus ojos brillan.

—¿Quién es él? ¿Lo conocemos? —la acribilló Kyria.

Unas agudas risas llenaron de repente el vestíbulo y un segundo más tarde dos niños pequeños vestidos con sus pijamas irrumpieron en la habitación, seguidos de cerca por la niñera. Los chicos eran idénticos, de cabellos tan oscuros y ojos tan verdes como Thisbe. Las rollizas mejillas estaban arreboladas después de tanto correr, y sus ojos brillaban traviesos. Miraron de una hermana a otra hasta que, al parecer, decidieron que Thisbe era la máxima autoridad por ser la hermana mayor y se arrojaron contra ella.

—¡Thisbe! —los gemelos se separaron y se escondieron detrás de ella, agarrándose a las faldas—. Léeme, léeme —chillaron, primero Con y luego Alex, mientras daban saltitos, siguiendo una coreografía al parecer destinada a hacer el máximo ruido con el mayor movimiento posible.

—Qué bonito —Kyria apoyó las manos sobre las caderas, fingiendo indignación—. ¿Os creéis que solo Thisbe puede salvaros?

Los chicos se detuvieron y se miraron. Alex abandonó a Thisbe y corrió hasta Kyria, agarrándose con fuerza a sus piernas.

—¡Kyria!

Y con un grito de regocijo, los gemelos empezaron a correr en círculo alrededor de las tres hermanas, hasta que al fin Thisbe agarró a uno de los niños que pasaba delante de ella.

—Con. Ya basta.

Con la miró resplandeciente y apoyó la cabeza sobre el hombro de su hermana mientras le rodeaba el cuello con los bracitos.

—Thisbe —farfulló suplicante—. Por fador —Con todavía tenía problemas con la «v».

—Eres un teatrero —Thisbe rio y besó la cabecita del niño.

—Teatrero —repitió Con, encantado con la palabra.

—¿Lo harás? —preguntó Alex, en brazos de Kyria. Le gustaba obtener respuestas claras—. Y Kyria también.

—Y Liddy —Con señaló a Olivia.

—Livvy también —convino Alex.

—Será mejor que vayamos —sugirió Thisbe a sus hermanas—, de lo contrario no nos dejarán en paz.

Y, sobre todo, así la pobre niñera podría descansar un poco. Thisbe contempló a la agotada cuidadora de los gemelos. Parecía a punto de renunciar a su trabajo, lo que la convertiría en la cuarta ese año.

Llevando en brazos a los niños, pues siempre era mejor tenerlos bien sujetos, las hermanas subieron las escaleras y siguieron por el pasillo hasta las habitaciones de los gemelos. Con les regaló un detallado relato de las andanzas suyas y de Alex durante ese día, con intervenciones puntuales de su hermano, y algún que otro desacuerdo sobre quién había sido el primero en birlar los bizcochos delante de las narices de la cocinera, o quién había trepado lo más alto, o saltado más escalones.

La pareja disponía de una suite con un dormitorio para Con y Alex y otro para la niñera. En medio estaba el cuarto de estudio. El cuarto de estudio parecía haber sido alcanzado por un huracán, como casi siempre al final del día. La niñera se dirigió directamente a su dormitorio, aunque Thisbe no estaba segura de si lo hacía para disfrutar de su bien merecido descanso, o para hacer las maletas. Sus hermanas acostaron a los niños en sus camas.

Thisbe les leyó un cuento de hadas, tras lo cual engatusaron a Olivia para que les contara su cuento favorito, el del oso polar y el mono, las limitaciones geográficas no existían para los gemelos, y el niño que salvó a ambos con su astucia. Aquello demostró ser un error, pues al término del cuento estaban más despiertos que antes y Kyria tuvo que calmarlos con una nana para conseguir que cerraran los ojos.

Tras salir de la habitación, Kyria agarró a Thisbe por el codo y la arrastró hasta su dormitorio.

—Y ahora —Kyria se acomodó en su cama, sentada sobre las piernas encogidas—. Cuéntanoslo todo. Esto es muy emocionante.

Thisbe se sorprendió al sentirse ruborizar.

—Bueno… a lo mejor a vosotras no os parece tan interesante.

—Debes estar de broma. ¿Tú y un hombre? —esto va a sacudir el mundo.

—Sí —Olivia se mostró de acuerdo mientras se sentaba en el otro extremo de la cama—. ¿Quién es? ¿Dónde lo conociste? ¿Te salvó de ser arrollada por un carruaje que circulaba sin control? ¿Te rescató de un bandido, o…? —Olivia era una gran lectora de novelas.

—Se sentó a mi lado durante la conferencia.

—Vaya, qué decepcionante —Olivia pareció desinflarse.

—No seas tonta —Kyria puso los ojos en blanco—. Thisbe no es tan estúpida como para ponerse delante de un carruaje en marcha. Ni lleva nada que merezca la pena ser robado. Adelante. Sigue. ¿Se sentó él a tu lado o fue al revés?

—Está visto que queréis conocer todos los detalles —Thisbe también se sentó en la cama de su hermana, entre las dos, que se volvieron hacia ella de inmediato. La escena se repetía en numerosas ocasiones, las tres hermanas acomodadas para una prolongada charla, aunque esa noche era diferente, como si se respirara cierta importancia, cierto… resplandor—. Él se sentó a mi lado. Lo cierto es que llegó tarde, y no había muchas sillas vacías.

—Aunque solo hubiera habido dos, es significativo que te eligiera a ti.

—Supongo que algo querrá decir, la mayoría de los hombres parecen tener miedo de sentarse a mi lado.

—¿Cómo se llama? ¿Lo conozco? —preguntó Kyria.

—Lo dudo. No se mueve en tu círculo. Trabaja en una tienda.

—¿Es un comerciante? —incluso Kyria pareció decepcionada ante la noticia—. ¿Es viejo?

—A papá le va a decepcionar saber que no es un intelectual —apuntó Olivia.

—Papá lo encontraría perfectamente adecuado —Thisbe rio—. Bueno, tan adecuado como puede ser un hombre incapaz de distinguir un jarrón etrusco de un tarro de aceitunas romano. Desmond es científico, y muy listo. Y no es viejo. No es el dueño de la tienda, trabaja allí para mantenerse. En cualquier caso, la aprobación de papá no es ningún problema aquí, no es que esté pensando en casarme con ese hombre.

—Yo no estaría tan segura. Es el primer hombre del que te he oído hablar nunca, salvo por algún viejo científico, que suele estar muerto —puntualizó Kyria—. Desmond —pronunció exageradamente el nombre—. Es un buen nombre.

—Me alegra que te guste.

—¿Qué aspecto tiene? ¿Qué tiene de especial? —preguntó Olivia, insistiendo en los detalles.

—Es bastante alto, tanto como Theo, quizás incluso más, aunque es más delgado. No tan atlético.

—Eso está bien —decidió Kyria—. Un científico no necesita ser capaz de remar contracorriente por el Amazonas.

—Tiene el cabello oscuro, demasiado largo y desastrado, y todo revuelto, aunque quizás se debiera a que iba con prisas porque llegaba tarde. No paraba de caerle sobre la cara mientras hablaba, y él se lo apartaba con la mano, así, consiguiendo que se le revolviera más —Thisbe sonrió al recordarlo—. Su rostro es más ovalado que cuadrado, y su barbilla es firme. Su boca es perfecta, ni demasiado ancha ni demasiado estrecha. Tiene una sonrisa adorable, aunque permanece muy serio casi todo el rato. Sus ojos son de un intenso color marrón, como el chocolate, y las pestañas son tan espesas que es injusto que pertenezcan a un hombre —mientras hablaba, Thisbe miraba al vacío, recordando todos los detalles de Desmond y, cuando volvió a mirar a sus hermanas, las encontró mirándola, boquiabiertas.

—Nunca te había oído describir a nadie con tanto detalle —aseguró Olivia.

—La semana pasada ni siquiera recordabas si el señor Barlow era rubio o de cabellos marrones —añadió Kyria.

—¿Quién es el señor Barlow?

—A eso me refería —Kyria echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada—. Estuvo aquí la semana pasada, pero tú apenas lo recuerdas.

—No lo recuerdo en absoluto —contestó Thisbe—. Yo no llevo la cuenta de tus pretendientes, Kyria. Ocuparía demasiado espacio en mi cerebro.

—Entonces contéstame a otra pregunta, ¿de qué color tiene los ojos, Willis, el lacayo? —Kyria desafió a su hermana.

—Yo, eh, ¿marrones?

—Son azules —contestó triunfante Kyria—. Y lleva aquí años. Lo ves cada noche durante la cena. No prestas la menor atención al aspecto de nadie.

—Normalmente me interesa más lo que tienen que decir.

—Y sin embargo recuerdas hasta el último detalle de ese hombre. Rápido, ¿qué llevaba puesto?

—Una chaqueta y pantalones, todo muy sencillo, de color grisáceo. Los zapatos eran negros y bastante estropeados —ella sonrió—. Se había olvidado el abrigo y el sombrero, y había perdido los guantes.

—¡Es igual que papá! —gritó Olivia y las tres estallaron en carcajadas.

—No me extraña que dijeras que papá lo aprobaría —añadió Kyria—. Y menos mal, porque estás gravemente enamorada.

—¿Enamorada? ¿Es verdad? —Thisbe sonrió débilmente—. Me preguntaba cómo se llamaría. Era de lo más extraño. Sentía este… este calambre por todo el cuerpo cada vez que me miraba. Y una… una conexión, supongo, casi como si ya lo conociera, solo que no era así, por supuesto, pero se parecía. Solo con mirarlo, ya tuve la sensación de conocerlo. ¿Tiene todo esto algún sentido?

—En absoluto, pero es que yo no conozco el amor —le explicó Kyria—. Me gustan varios hombres, algunos más que otros. Me gustaría poder bailar con Howard Buckley más de dos veces en un baile, pero solo porque es un excelente bailarín, y lord Highsmith me hace reír. Pero no siento la menor inclinación a enamorarme de ninguno de ellos —frunció el ceño—. ¿Crees que me pasa algo malo?

—Solo que tienes una superabundancia de pretendientes —contestó Thisbe—. ¿Cómo vas a poder encontrar a alguien especial entre todos ellos? Es tu primera temporada, y apenas ha comenzado. No te imagino encontrando el amor nada más celebrar tu puesta de largo.

—Cierto —Kyria sonrió—. De hecho creo que fastidiaría la diversión.

—¿Y a quién le importa la temporada de bailes? —protestó Olivia mientras hundía un dedo en la pierna de Kyria—. Quiero oír más sobre el enamorado de Thisbe.

—Yo también —su hermana asintió, aunque hizo una pausa para pellizcar el brazo de Olivia—. ¿Qué te dijo cuando os conocisteis?

—Nada. Fui yo la que inició la conversación. Tuve que agarrarlo del brazo para llamar su atención.

—¿No se fijó en ti? —preguntó Kyria sorprendida.

—Claro que se fijó en mí —Thisbe rio—. No paraba de mirarme de reojo mientras tomaba notas, así —les hizo una demostración.

—Eso es bueno —Kyria asintió sabiamente.

—Pero no dijo ni una palabra. Creo que es algo tímido… incluso se ruborizó.

—Qué monada —opinó Olivia.

—De modo que le pregunté si le gustaría tomar prestadas mis notas, y lo hizo, y a partir de ahí fue mucho más fácil conversar.

—¿Y de qué hablasteis?

—Bueno, pues de los estudios, y de la teoría de los naftalenos de herr Erlenmeyer.

—¡Naftalenos! —exclamó Kyria boquiabierta—. En serio, Thisbe, ¿hablasteis de química?

—Y de espectrometría. Oh, y de fotografías de espíritus… en eso no estuvimos muy de acuerdo.

—¿Discutiste con él?

—No fue exactamente una discusión. Fue más una conversación animada, bastante estimulante por cierto. Veréis, él está trabajando con el profesor Gordon, una pena porque no creo que le haga ningún bien a su carrera que lo asocien con él. Pero sí creo que tiene razón sobre la necesidad de tener la mente abierta a los descubrimientos científicos.

—Thisbe… —Kyria gruñó—, no me digas que hablasteis de ciencia todo el tiempo.

—¡Oh, no! También hablamos de su familia y cosas así, mientras me acompañaba hasta la parada del ómnibus.

—¿Qué ómnibus? ¿No te llevó Thompkins en el coche? —preguntó Olivia—. Estoy confusa.

—Sí, Thompkins estaba allí, pero tuve que ignorarlo. Es que no le hablé de… ya sabéis… de quiénes somos.

—Ah, ya —contestaron sus hermanas al unísono, comprendiéndolo todo.

—Así es mejor —Kyria se mostró de acuerdo—. No es nada fácil saber si un hombre flirtea contigo porque le gustas o porque le gusta tu dinero.

—No es eso. Desmond sería el peor cazafortunas del mundo.

—¿No querías que supiera que eres una Moreland porque somos… peculiares? —sugirió Olivia.

—¿No sabes que nos llaman «los locos Moreland»? —preguntó airada Kyria.

—Sí, Theo me lo contó hace unos años. Por eso lo expulsaron de Oxford aquella vez, por darle un puñetazo a alguien que nos llamó así.

—¿En serio? Siempre me pregunté qué habría sucedido —murmuró Kyria.

—¿Expulsaron a Theo? —preguntó Olivia—. No lo sabía. ¿Por qué nadie me lo dijo?

—Eras demasiado joven. Y no volvió a suceder. Creo que nadie más quería recibir una paliza —continuó Thisbe—. Pero no fue por nada de eso por lo que me presenté simplemente como Thisbe Moreland. No quería… bueno, no os imagináis cómo se comportan cuando saben quién soy. Intentan congraciarse conmigo buscando dinero para sus investigaciones, o a veces piensan que mis incursiones en la ciencia se deben únicamente a que los profesores han sido benevolentes conmigo porque mi padre es un duque.

—Y pensaste que haría una de esas cosas.

—No quería descubrirlo. Quería que me viera como soy. Además, no quería espantarlo. Sé que no tiene dinero, dijo que su padre había sido obrero, y tiene que trabajar en una tienda para ganarse la vida. A mí me da igual, pero me temo que a él no.

—Tienes razón, podría sentirse intimidado —intervino Kyria—. Pero, si viene a hacerte una visita, acabará por enterarse. Espera, ¿cómo vendrá a hacerte una visita si no sabe quién eres? ¿Cómo vas a hacer para verlo de nuevo?

—Lo veré otra vez el día después de Navidad —anunció Thisbe con cierto aire triunfal—. Va a asistir a las conferencias de Navidad, y yo también. Habrá unas cuantas entre Navidad y Epifanía.

—Para entonces estará tan cautivado que no importará quién seas —le aseguró Olivia.

—No sé… —Thisbe rio.

—Quiero verlo —decidió Kyria—. Podríamos acompañarte a las conferencias de Navidad. Estoy segura de que serán mortalmente aburridas, pero…

—¡No! —exclamó Thisbe alarmada—. Si venís conmigo, nos veremos rodeadas por todos los jóvenes solteros que haya allí, y seguramente también por algún viejo casado. Lo estropeará todo. Apenas tendré ocasión de hablar con él.

—Podemos sentarnos aparte —sugirió Olivia.

Thisbe las miró con severidad.

—Ni. Se. Os. Ocurra.

—De acuerdo —Kyria cedió—. No te espiaremos —su rostro se iluminó—. Pero puedo ayudarte a vestirte. Puedes ponerte uno de mis vestidos. Tenemos prácticamente la misma talla. Te haré un peinado.

—No sé —Thisbe parecía recelosa—. Él ya conoce mi aspecto.

—Pero no te ha visto con ropa bonita de verdad.

—¿Qué le pasa a mi ropa? —ella bajó la vista a su vestido—. Es perfectamente aceptable.

—Es perfectamente sosa.

—Y yo también. No quiero ser… chispeante.

—¡Por favor, Thisbe! —suplicó Kyria—. Será muy divertido, y te prometo que no te haré parecer «chispeante».

La idea resultaba de lo más tentadora. A Thisbe nunca le había preocupado su aspecto, pero de repente no podía evitar pensar en lo agradable que sería que Desmond la mirara con la misma clase de admiración con la que los hombres miraban a Kyria.

—No te haré parecer una princesa —Kyria negociaba con su hermana—. Él no sospechará que eres una aristócrata.

—¿Nada de volantitos?

—Nada de volantitos. Bueno, puede que solo uno.

—¿Nada de miriñaques ni enaguas?

—Nada de miriñaques. De todos modos, ya no están de moda.

—Ni plumas ni brazaletes. Ni abalorios.

—Nada de eso —su hermana asintió con firmeza.

—Nada de flores en mi pelo.

—Ni una sola.

—De acuerdo —Thisbe asintió—. Lo haré.

—¡Hurra! —Kyria se frotó las manos saboreando el momento—. Tu Desmond no tiene escapatoria.

Thisbe estaba en medio de la oscuridad, rodeada por muros de piedra. Demasiado pequeños, demasiado cerca. Respiraba aceleradamente, el corazón latía alocado. Las piedras empezaron a disolverse en una espesa niebla gris. El estómago se le encogió, la cabeza le daba vueltas. La envolvente niebla asustaba más que la prisión de piedra, una infinita y ciega vacuidad.

Había algo ahí fuera. Alguien. Ella no podía verlo ni oírlo, estaba indefensa. Pero estaba segura de que estaba ahí. Una bruma la envolvía, rozándole la piel como si fuera un aliento. Un sonido vibraba a través de la niebla, bajo e indistinguible, ¿un gemido? ¿Un sollozo? Y el aire parecía cargado de deseo.

La deseaba a ella. La buscaba, intentaba alcanzarla. Thisbe respiró entrecortadamente, el miedo agarrotándole los nervios con la fuerza de un relámpago. Intentó correr, apartarse, pero no podía. La niebla hervía, densa, comprimiéndola, envolviéndola como una mortaja. Se iba a asfixiar. El aire se detendría en sus pulmones y ella quedaría atrapada en esa infinita nada, atrapada para siempre.

Y aun así intentaba alcanzarla, agarrarla. Una mano se cerró en torno a su pierna, las uñas clavándose en su carne. Y el dolor, un dolor horroroso, increíble, la inundó…

Thisbe se sentó de golpe en la cama. Tenía los músculos agarrotados y los pulmones le ardían. El dolor abarcaba cada centímetro de su cuerpo. Durante un instante permaneció paralizada, perdida en las sombras entre la pesadilla y la realidad. Jadeaba, sus sentidos poco a poco devolviéndola a la realidad. Todo le resultaba familiar. Todo le era conocido. Estaba en su propia cama en su propio dormitorio, acompañada en la casa por toda su familia.

Si gritaba, si se encontraba en una situación de peligro o dolor, cualquiera de ellos, de hecho todos ellos, irían a su rescate. Se preguntó si su padre acudiría, tal y como solía hacer cuando ella era una niña, y sonrió débilmente, pensando en él irrumpiendo en su habitación con una vela en la mano, el gorro de dormir torcido sobre su canosa cabellera. Y de algún modo esa imagen, más que cualquier otra cosa, la tranquilizó.

Sus músculos se relajaron y pudo respirar más profunda y pausadamente. El dolor la abandonó poco a poco. Había sido un sueño muy extraño, la niebla, la sensación de estar encerrada, el miedo ante lo desconocido. La mano que le había agarrado la pierna, seguida de ese momento de agonía.

Bajó de la cama y se puso la bata ante el frío de la habitación. Encendió una vela y se sentó en su sillón. No había ninguna posibilidad de que volviera a dormirse de inmediato. Además, quería pensar un poco en el sueño.

Había sido de lo más extraño, e inesperado. Había pensado que sus sueños de aquella noche serían agradables, dada la naturaleza del día. Sin embargo, había sufrido una pesadilla, y muy extraña. No era la primera vez que soñaba con que la perseguían o que se perdía, pero no se había parecido a eso. Y no era lo único raro. Había sido muy clara, muy vívida. A pesar de que el mundo a su alrededor había estado gris y la amenaza invisible, no había encontrado la vaguedad que solía haber en sus sueños. Había sido nítido y cristalinamente claro. Y los detalles no se habían esfumado de su memoria. Cada detalle, cada momento, seguía grabado en su mente.

Sin embargo, lo más extraño había sido el final. En otras pesadillas, el sueño acababa antes de que empezara lo malo, fuera lo que fuera. Caía, pero no impactaba contra el suelo. Veía el cuchillo, pero no lo sentía hundirse en su cuerpo. Experimentaba el miedo, pero no sentía el dolor físico.

Pero esa noche todo su cuerpo se había visto inundado de dolor. Recordaba los dedos agarrándole la pierna, las uñas clavándose. Se estremeció ante el recuerdo mientras se agachaba para frotarse la pantorrilla. Tenía la sensación de que había sucedido realmente. Lo cual, por supuesto, era ridículo. Se subió el camisón para convencerse a sí misma.

Sobre la pálida piel de su pantorrilla se veían cinco pequeñas marcas, del tamaño y profundidad de unas uñas.

Thisbe se quedó paralizada, contemplando los arañazos. Su mente bullía con terribles pensamientos. Pero solo duró un instante. Las ideas no solo le producían miedo, sino que eran imposibles. Debía haber una explicación lógica, siempre la había.

Una mano hundiéndose en su piel en un sueño no podía crear una marca física verdadera. Al despertar no había habido nadie más en la habitación. Por tanto… se lo había hecho ella misma.

¡Eso era! En medio de la agonía de la vívida pesadilla, se había agarrado desesperadamente a algo, y lo único al alcance de su mano había sido su propia pierna. Había hundido las uñas con tal fuerza que le habían dejado marcas en la piel. Y eso explicaba también la sensación de dolor, lo había sentido porque era real. De repente todo tuvo sentido.

Satisfecha, Thisbe sopló la vela y volvió a meterse en la cama.

Capítulo 4

Unos días después, Thisbe estaba sentada ante el espejo mientras Kyria le arreglaba el pelo, y preguntándose si no habría sido un error acceder al ofrecimiento de su hermana. El vestido era precioso, y acentuaba el color verde de sus ojos. Tal y como le había prometido Kyria, no había ni un solo volante, y la falda era más estrecha y menos voluminosa por delante, con lo cual no estaría tropezando con todo a su alrededor. Lo cierto era que, bueno, que estaba atractiva, pero no se sentía exactamente ella misma.

En ese preciso instante desde luego su aspecto era el de una bruja, eso sí, una bruja muy bien vestida, mientras Kyria separaba su cabello en mechones y lo colocaba en distintos lugares de su cabeza, cada puñado de cabellos atado con una cinta.

—¿Estás segura de que sabes hacer esto?

—No te preocupes —Kyria la tranquilizó mientras retorcía uno de los mechones en un bonito moño sobre la cabeza—. Joan me ha enseñado.

—Y lo ha practicado conmigo —intervino Olivia desde su atalaya en el borde de la cama—. Me quedó precioso… por lo menos hasta que empecé a jugar con Alex y con Con.

—Ya me lo imagino —Thisbe soltó un bufido.

—Alex tuvo que deshacerlo todo para ver cómo estaba hecho, y se sintió de lo más decepcionado al ver que yo no podía volver a peinármelo igual.

—Eso mismo le pasó al reloj de pared del estudio de papá —añadió Kyria.

—¡Thisbe! —una profunda voz masculina llegó desde la puerta—. ¡Por Dios santo! ¿En qué te ha metido Kyria esta vez?

—Hola, Theo —bueno, pues esa era la gota que colmaba el vaso.

Su mellizo. Por mucho que lo quisiera, estaba segura de que iba a empezar a gastarle bromas. O, peor aún, iba a adoptar su pose de hermano mayor a pesar de que, por cierto, no era su hermano mayor, ya que había llegado al mundo cuatro minutos después que ella.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Reed asomando la cabeza por la puerta.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Kyria irritada—. Es el día después de Navidad. ¿No tenéis ningún regalo que repartir?

—Ya lo hemos hecho —contestó Theo.

—Bueno, pues, ¿no tenéis ningún amigo a quien visitar? ¿Ningún ponche que beber?

—Es un poco temprano para eso —Reed sonrió—. Además, ¿qué puede haber más agradable que pasar tiempo con nuestras dulces hermanitas?

—Largaos. Los dos.

—¿Por qué? ¿Qué estáis tramando? —insistió Theo.

Era alto, con los mismos cabellos negros y ojos verdes que su hermana melliza. Apoyado descuidadamente contra el marco de la puerta, los brazos cruzados, les sonreía.

—¿Qué le estás haciendo a Thisbe? ¿Estás enfadada con ella? —Reed entró en la habitación.

Era la versión más joven, y menos musculosa, de su hermano mayor. Tenía los cabellos de color castaño oscuro y sus ojos eran grises, pero poseía la indiscutible barbilla Moreland y sus ojos llenos de inteligencia, marca de la casa y de todo el clan.

—No, no estoy enfadada con Thisbe. Pero lo estaré con vosotros si no dejáis de molestarnos.

—No estamos haciendo nada —señaló Theo.

—Kyria está peinando a Thisbe —explicó Olivia.

—Ya, pero ¿por qué? ¿Y por qué así?

—Porque es un peinado bonito —Kyria se volvió hacia sus dos hermanos, las manos apoyadas en las caderas y un peligroso destello en su mirada.

—Entiendo —contestó Theo con aspecto de no entender nada.

—Bueno, será bonito cuando esté terminado, y lo estaría antes si no estuvierais aquí —Kyria retomó la tarea de trenzar y sujetar con horquillas el cabello de su hermana.

—Pero ¿por qué? —insistieron Theo y Reed mientras se miraban con expresión de sospecha y Thisbe se preparaba para una andanada de preguntas.

A través del espejo le dedicó una mirada suplicante a su hermana, pero fue Olivia quien la salvó.

—Thisbe perdió una apuesta. Y, si ganaba Kyria, le permitiría elegirle el vestido y peinarla para la conferencia de Navidad a la que va a asistir.

—¡Ah, bueno! —un desafío era algo que los dos hermanos se sentían capaces de entender.

—Thisbe me acusó de no ser cultivada y dijo que no sería capaz de citar a todos los monarcas ingleses desde Guillermo el Conquistador, y yo le dije que era capaz de citarlos hacia atrás —añadió Kyria, participando en la fabulación—. Y lo hice —hábilmente retorció las trenzas y las fijó con horquillas, escondiendo la punta bajo el nudo—. ¡Ya está! ¿Lo ves? Ha quedado precioso.

—Tienes razón. Es muy bonito. Estás impresionante, Thiz —le aseguró Theo.

—Tampoco hacía falta que lo dijeras en ese tono de sorpresa —protestó ella mientras tomaba el espejo de mano que le ofrecía su hermana y giraba la cabeza para poder verse desde todos los ángulos.

Su pelo estaba entretejido en un complicado despliegue de gruesas trenzas, todas retorcidas y conformando una elaborada composición que no parecía tener principio ni fin, y que resultaba tan delicado y suave que atraía las miradas sin que pareciera que llamaba la atención. No había lazos, ni adornos, ni rizos sueltos, solo un grueso y lustroso marco alrededor del rostro

—Es precioso, Kyria. Me veo tan… tan…

—¿Maravillosa? —sugirió su hermana.

—Diferente —Thisbe se volvió hacia el espejo, inclinando la cabeza.

—No seas tonta. Theo, dile que está diferente.

—Es que sí lo está —contestó su hermano, aunque, ante la fulminante mirada de Kyria, intentó arreglarlo—. Pero no lo digo en el mal sentido. Estás realmente guapa —se interrumpió—. No quiero decir que no lo estés siempre. Quiero decir que…

Kyria puso los ojos en blanco y Reed rio por lo bajo antes de decidirse a intervenir:

—Será mejor que pares antes de hundirte más en el fango.

—Pareces muy arreglada —concluyó Theo.

—Elegante —declaró Reed—. Impresionante.

—Mucho mejor así —Kyria asintió en un gesto de aprobación.

—¿Quieres que…? Esto… —Theo dudaba si continuar o no—. ¿Quieres que te acompañe a la conferencia?

—¡No! —gritó Thisbe antes de volverse hacia su mellizo y, al ver la expresión de su cara, empezar a reír—. No hace falta que pongas esa cara, como si estuvieras a punto de subir al patíbulo. Agradezco tu ofrecimiento, pero jamás te pediría tamaño sacrificio —su hermano era tan aficionado a la investigación como ella, pero sus intereses se centraban en el mundo de lo físico, no en el de la investigación científica.

—Gracias —Theo sonrió—. Vamos, Reed, vamos a contarle a Coffey lo de la expedición. Puede que te animes a unirte a nosotros.

Reed siguió a su hermano al pasillo antes de volverse hacia sus hermanas y sacudir la cabeza.

—No lo haré.

—¿Reed se está pensando lo de acompañar a Theo al Amazonas? —preguntó Olivia.

—No —afirmó Kyria con rotundidad. De toda la familia era la más próxima a Reed, apenas dos años más joven que él y, al igual que él, tenía fama de ser la más «normal» de los Moreland—. Theo tendría que apartar a la fuerza a Reed de trabajar en ese problema en la fábrica de papá.

—¿Esa fábrica que conserva porque allí conoció a mamá?

—Sí. Solo a papá le podía parecer romántico que ella invadiera su despacho y le amenazara con encadenarse a la puerta —Kyria rio.

—Lo que a mí me sorprende es que papá estuviera en la oficina.

—Era joven. Supongo que intentaba asumir sus funciones como el nuevo duque —Kyria volvió a Thisbe hacia el espejo—. Volvamos a nuestro asunto —ella ladeó la cabeza—. Tienes que ponerte uno de mis sombreros. Los tuyos ocultarán mi obra. He elegido el perfecto.

El sombrero «perfecto» resultó ser una pequeña pieza, poco más grande que un cazo, con un lazo verde y una espiga fijada en la parte delantera.

—Es lo menos práctico que he visto en mi vida —Thisbe rio—. Es imposible que esto proteja tus ojos del sol o mantenga la cabeza caliente.

—Pues claro que no. Los sombreros de Philippina son obras de arte.

—¿Y cómo se mantiene sujeto sobre la cabeza?

—Con alfileres de sombreros, querida —Kyria mostró dos largos alfileres de aspecto mortífero.

—Por lo menos dispondré de un arma si me encuentro con alguno de los bandidos de Olivia.

Kyria colocó el sombrero sobre la parte delantera de la cabeza de Thisbe para que se levantara de la parte trasera y rozara la elaborada hélice de cabello sobre la coronilla, y a su vez se inclinara sobre la frente. A continuación hundió los alfileres de sombrero profundamente en la masa de cabello trenzado y enrollado.

—Encantador.

—¡Desde luego que sí! —exclamó Olivia mientras saltaba de la cama para admirar a su hermana más de cerca—. Tu señor Harrison se va a quedar obnubilado.

—Es muy bonito, Kyria. Gracias —dijo Thisbe, sus palabras cargadas de emoción. El minúsculo e inútil sombrerito era adorable, y el vestido y el peinado muy favorecedores.

A pesar de lo cual, durante todo el trayecto hasta la sala de conferencias, no pudo evitar sentirse preocupada.

—¿Y si la encontraba demasiado cambiada? ¿Demasiado adinerada? ¿Demasiado aristocrática? No estaba segura de qué aspecto tenía una aristócrata, pero quizás los demás sí lo supieran. O quizás Desmond asumiera que intentaba atraparlo. ¿Pensaría que le gustaba? ¿Creería que se sentía atraída hacia él?

Lo cierto era que sí le gustaba, y también se sentía atraída hacia él, de modo que no existía ningún motivo racional para ocultarlo, ¿no? Parecía lo más razonable. Pero también estaba segura de que Kyria nunca permitía que los hombres que la cortejaban supieran si prefería a uno o a otro.

Resultaba de lo más complicado. Thisbe no sabía casi nada de artimañas femeninas. Quizás debería haber prestado más atención a las lecciones de comportamiento de la señorita Crabtree en lugar de dedicarse a leer libros. Kyria parecía saber todas esas cosas sin necesidad de aprenderlas.

Para cuando llegó a la sala de conferencias, el estómago de Thisbe estaba hecho un nudo. Hizo que el cochero la dejara a una manzana de la Royal Institution y caminó el resto del trayecto. Después de todas sus maquinaciones para ocultar el coche la última vez, sería una estupidez delatarse.

Por supuesto era poco probable que Desmond llegara en ese preciso instante, o que estuviera esperando fuera, sobre todo siendo tan temprano. Thisbe había llegado media hora antes para poder estar ya acomodada en su asiento cuando él llegara. Era importante que Desmond pudiera elegir entre sentarse a su lado o no. También quería encontrar el sitio perfecto para que le resultara fácil llegar hasta ella, y debía guardarle un asiento, pero de manera que no resultara demasiado descarado. Quizás no fuera necesario, pero no le gustaba dejar ningún fleco suelto.

No se encontró con él mientras se dirigía hacia el edificio, ni lo encontró esperándola fuera, y eso le produjo cierta decepción, aunque era muy consciente de lo ilógico que era. Entró al vestíbulo y echó un vistazo a la sala. Y allí estaba él. Había llegado incluso antes que ella. Había poco público y se dio cuenta de que Desmond había elegido uno de los asientos que habría elegido ella. También había echado el abrigo sobre el respaldo de la silla contigua, lo que le arrancó una sonrisa a pesar de los nervios que agarrotaban su estómago. De repente sintió una muy poco habitual timidez.

Desmond se volvió, buscando por la sala y, cuando sus ojos se toparon con ella, se levantó sonriente de un salto. El gélido nudo del estómago de Thisbe desapareció al instante y ella le devolvió la sonrisa con el mismo entusiasmo. Al acercarse a él, vio claramente su mirada, que reflejaba todo lo que ella había esperado.

Se quitó los guantes y le ofreció una mano, consciente de la necesidad que sentía de tocarlo.

—Señor Harrison…

—Señorita Moreland…

La mano de Desmond era cálida y ligeramente rugosa. La miraba del mismo modo que los pretendientes de Kyria a su hermana, tal y como Thisbe había deseado que hiciera, pero había más, algo más profundo e intenso.

—Está preciosa.

Thisbe sintió el calor ascender hasta sus mejillas. No estaba acostumbrada a esa clase de cumplidos. El pecho se le inflamó de felicidad, pero no supo cómo responder.

—Usted también —fue lo único que se le ocurrió mientras se sonrojaba más profundamente. Estaba casi segura de que no había sido una respuesta apropiada—. Quiero decir, atractivo. Me refiero a que, eh, pues a que tiene muy buen aspecto hoy.

—Gracias.

Hasta que no le soltó la mano, Thisbe no se había dado cuenta de que aún la tenía sujeta.

—No estaba segura de que fuera a venir —le aseguró.

—No me lo habría perdido por nada —Desmond quitó su abrigo de la otra silla y se sentaron, volviéndose ambos para mirarse de frente—. Mi jefe es un buen tipo. Si voy a trabajar antes de la hora, me deja salir antes también.

—Me alegro. Aunque es una pena que ocupe así sus días pudiendo dedicarlos a la ciencia.

—Desde luego me gustaría más —admitió él—. Pero mi trabajo pertenece al dominio de mis intereses.

Thisbe buscó en su mente algo para que él siguiera hablando, pero no le resultaba fácil pensar, no estando tan cerca de él.

—¿A qué se dedica?

—Mi trabajo está relacionado con instrumentos y componentes ópticos: lentes, termómetros y esas cosas. Trabajo, sobre todo, con caleidoscopios.

—¿Caleidoscopios? ¿Los fabrica?

Desmond asintió.

—Y también investigo en los avances en ese campo, utilizando diferentes objetos, o usándolos de diferente manera, desarrollando nuevas ideas. En particular, me interesan los tomoscopios.

—¿Y eso qué es? No me resulta familiar —al principio las preguntas de Thisbe habían estado dirigidas a hacerle hablar, pero él había despertado su curiosidad.

—Ya sabrá cómo funciona un caleidoscopio. Está formado por una caja que contiene pedacitos de cristales de colores de diferentes tamaños y formas. Esa cajita está conectada al tubo que tiene un visor en el otro extremo.

—La luz atraviesa la cajita —ella asintió—, y unos espejos situados en diferentes ángulos crean el efecto.

—Eso es. Pues lo que hace un tomoscopio es crear diseños del mismo modo, pero utilizando los objetos que nos rodean. Una flor, por ejemplo, queda fracturada y genera distintos diseños. Al girar la cajita, los diseños cambian dándole una apariencia totalmente distinta.

—Eso es fascinante —Thisbe se inclinó un poco hacia delante—. Me gustaría verlo.

—Se lo puedo mostrar —le ofreció Desmond—. Por desgracia, no llevo ninguno conmigo —fijó la mirada en sus manos mientras continuaba hablando—. Quizás, si le apetece verlo, podría venir a la tienda, eh, después de la conferencia. Sin duda no será la clase de lugar que frecuente habitualmente, pero no habrá nadie allí —levantó bruscamente la mirada y se sonrojó—. Lo que he querido decir es que no se sentirá avergonzada por estar en un local lleno de hombres. Pero no se me ocurrió que… no es lo más decoroso. No pretendía insinuar nada inapropiado. No intentaba atraerla hacia, pues, hacia, es decir, una situación comprometida. Espero que no…

La expresión del joven era tan compungida, tan sincera, que Thisbe posó una mano sobre su brazo.

—No pasa nada. He entendido perfectamente qué quería decir, no necesita preocuparse por eso. Cualquiera que me conozca podrá decirle que no me siento fácilmente cohibida. Estoy acostumbrada a la compañía de los hombres. Tengo cuatro hermanos, y a menudo soy la única mujer presente en las conferencias —sonrió y se le formó un hoyuelo en la mejilla mientras los ojos le brillaban traviesos. Por Dios santo, sin duda estaba flirteando.

Y, al parecer, él era de la misma opinión, pues sus ojos también brillaron y su sonrisa expresó tanto alivio como coqueteo.

—Me alegra que no se haya ofendido.

—Tampoco creo que sus intenciones hacia mi virtud sean maliciosas. Soy buena juzgando a los demás. Me encantaría ver su tienda y el tomoscopio.

De hecho, Thisbe estaba más que encantada de poder prolongar el tiempo en su compañía, aunque no iba a decirle tal cosa, no era tan osada. Desde luego estaba el problema del coche y su conductor. Iba a tener que convencer a Thompkins para que no la recogiera tras la conferencia, pero él se negaría obstinadamente. Recibía órdenes del duque, no de ella, y hasta su distraído padre insistía siempre en que tomara el carruaje cuando fuera sola a alguna parte. Sin embargo, había conseguido que Thompkins accediera a no acercarse a ella hasta que lo avisara. Thisbe confiaba en que el coche la siguiera sin molestar, dado lo bien que había resultado la última vez.

—¿Se preocupará su familia si tarda en regresar a casa?

—No, están todos ocupados con sus respectivos intereses, y están acostumbrados a mi comportamiento. En cualquier caso, voy bien armada —ella levantó la mano y sacó uno de los alfileres de sombrero de Kyria, mostrándolo en alto para que lo viera.

—Eso sin duda anularía cualquier impulso poco caballeroso que yo pudiera sentir —Desmond contempló el sombrero—. Me preguntaba cómo se sujetaría en su sitio. Es bastante pequeño.

—Le dije a Kyria que era de lo más inútil —Thisbe estuvo de acuerdo con él.

—Quizás, pero resulta encantador.

—Entonces Kyria estaba en lo cierto. Verá, es su sombrero.

—¿Kyria es su hermana? ¿Una amiga?

—Bueno, yo diría que ambas cosas. Es más joven que yo y bastante distinta. A ella no le interesa la ciencia, ni los libros. En ese sentido se parece a Theo.

—Su mellizo.

—Theo y yo nos parecemos en algunas cosas —ella asintió—, supongo que en el carácter. Los dos somos resueltos y obstinados, y a menudo hay quien dice que somos demasiado directos. Pero a él nunca le ha gustado estudiar o leer. Theo quiere viajar. Explorar. Quiere verlo todo, mientras que yo quiero saberlo todo.

—¿Y los demás qué? Dijo que había otros dos gemelos.

—Sí. Los bebés… aunque supongo que ya no son tan bebés. Pronto cumplirán tres años. Se llaman Alexander y Constantine, nosotros los llamamos »Los Grandes».

—¿Por los emperadores? —Desmond soltó una carcajada.

—Sí, ellos también pueden resultar bastantes imperiosos. Son unos auténticos diablillos.

—Pues da la impresión de estar muy encariñada con esos diablillos —él volvió a reír.

—Y lo estoy. Por suerte son tan adorables como movidos. Verlos resulta fascinante. Tienen su propio lenguaje.

—Debe de estar bromeando.

—No. Es verdad. Cuando empezaban a hablar, incluso antes de hablar con nosotros, ya se comunicaban entre ellos. Los demás no teníamos ni idea de qué estaban diciendo. A veces siguen haciéndolo, pero lo más espeluznante es que solo con mirarse actúan al unísono, como si lo hubiesen planeado.

—Cree que son capaces de comunicarse a través del pensamiento, a través del aire…

—Supongo que suena algo descabellado —admitió Thisbe.

—No más descabellado que pensar que es posible que haya espíritus a nuestro alrededor que no pueden ser vistos ni oídos —contestó él con los ojos brillantes.

—De acuerdo —ella soltó una carcajada—. Ahí me ha pillado. Intentaré tener la mente más abierta. Aunque no me imagino cómo va a conseguir demostrarlo, o lo contrario.

—Algún día le mostraré nuestro laboratorio. Así verá en qué estoy trabajando.

—Eso me gustaría —estaban haciendo planes juntos, asegurándose de volver a verse. Lo que el primer día había parecido solo una posibilidad empezaba a tomar cuerpo.

—Hábleme del resto de su familia. ¿Dijo que su padre es un erudito?

—Sí. Y el tío Bellard, que vive con nosotros, es un apasionado historiador. Es tremendamente brillante y muy tímido. Pero, si le hace una pregunta sobre historia, conseguirá que hable durante horas.

Siguieron charlando, ignorantes del resto del mundo, mientras la sala de conferencias se iba llenando a su alrededor. La conversación iba del señor Odling, el conferenciante, al carbono, el tema de su conferencia, y al reciente descubrimiento de un nuevo elemento, llamado helio. Thisbe casi lamentó que el orador subiera a la tribuna, aunque llevaba días ansiosa por escuchar su charla.

Tuvo serias dificultades para concentrarse en la presentación, demasiado consciente de la presencia de Desmond a su lado. Las conferencias navideñas siempre contaban con una gran asistencia de público y los asientos eran más pequeños, y estaban más próximos que en Covington, para así poder acomodar a todo el mundo. En la anterior ocasión él había estado a unos centímetros de su silla, pero allí su hombro casi rozaba el suyo. Si uno de los dos se moviera en el asiento, sus brazos sin duda se tocarían. No era fácil mantener una actitud calmada y atenta cuando sentía una punzada de excitación cada vez que él la rozaba con su brazo.

Concluida la conferencia caminaron hasta la tienda de Desmond, recorriendo parte del trayecto en ómnibus. El cochero los seguía a cierta distancia, pero Desmond no miró atrás en ningún momento. La tienda era pequeña, situada entre dos edificios más grandes. Sobre la puerta un cartel rezaba: «Barrow e Hijos». Para cuando llegaron, la luz empezaba a escasear y la tienda estaba cerrada, pero Desmond sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta. Tras encender una vela, invitó a Thisbe a entrar.

El espacio era pequeño y solo contaba con un estrecho mostrador tras el cual había un armario de madera.

—Aquí no exponemos el género como se hace habitualmente en las tiendas. La gente suele acudir a nosotros en busca de algo muy concreto, y a menudo hay que fabricarlo por encargo —le explicó Desmond mientras se acercaba hasta una puerta a un lado del mostrador y la abría.

Estaba claro que allí era donde se desarrollaba la acción. Thisbe nunca había estado en un taller, y miró a su alrededor con gran interés. Las paredes de la estrecha estancia estaban repletas de estanterías. Había varias mesas, cada una con dos o tres banquetas, la mayoría cubiertas por lo que parecían proyectos en proceso. Desmond la condujo hasta la última mesa de trabajo y encendió la lámpara de gas. A diferencia de los demás espacios de trabajo, el suyo estaba muy ordenado y las herramientas colocadas a un lado sobre una bandeja.

Se agachó y empezó a revolver en una caja bajo la mesa hasta encontrar un caleidoscopio. Thisbe lo contempló y miró por él mientras giraba el otro extremo para ver los dibujos.

—Es precioso. Los colores son muy brillantes.

—Gracias —él sonrió—. Nuestras lentes son las mejores. A mí siempre me gusta emplear colores vívidos —tomó otro caleidoscopio—. Esto es un tomoscopio. Utilícelo para mirar algún objeto sobre la mesa —la animó mientras disponía las herramientas y la llave de la puerta directamente bajo el foco de luz—. He estado trabajando en esto últimamente.

Thisbe sostuvo el instrumento junto a su ojo.

—¡Oh! No parece una llave —pasó de un plano al siguiente—. Esto es maravilloso —bajó el instrumento y sonrió.

—Me alegra que le guste —una tímida sonrisa asomó al rostro de Desmond.

—Desde luego que me gusta —Thisbe volvió a alzar el tomoscopio, dirigiéndolo hacia otro objeto—. Esto será precioso a la luz del día, ¿verdad? Se podrán ver las flores o un paisaje a lo lejos o, bueno, casi cualquier cosa.

—Lléveselo.

—¿Qué? —ella bajó el tomoscopio y se volvió hacia él.

—Es suyo. Se lo regalo.

—Oh, pero… no, yo no pretendía… no estaba insinuando que me regalara uno. Esto sin duda habrá sido fabricado por encargo de alguien.

—No —Desmond sacudió la cabeza—. Es mío, lo he estado haciendo por mi cuenta.

—Pero no está bien que lo acepte —ella alargó el tomoscopio hacia él.

—No, quiero que se lo quede —Desmond cerró la mano de Thisbe sobre el instrumento y empujó suavemente hacia ella—. Por favor, quédeselo.

Estaba tan cerca, y la miraba de tal manera que Thisbe sintió que se quedaba sin aliento. Sin darse cuenta, se inclinó hacia él, y él hizo lo mismo. Y la besó.

Capítulo 5

Sin duda era de lo más apropiado, pensó Thisbe, que su primer beso tuviera lugar en un lugar tan mundano como un taller. Pero en el beso no había nada mundano. Solo duró unos instantes, pero la hizo sentir como si el corazón estuviera a punto de saltar de su pecho.

Desmond levantó la cabeza con la mirada algo nublada.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó mientras se erguía—. ¡Lo siento! —sus manos, que se habían cerrado en torno a las caderas de Thisbe, se apartaron de golpe mientras él daba un paso atrás y seguía balbuceando—. No debería haber… jamás quise… le dije que no me aprovecharía, y voy y… lo siento.

—Pues yo no lo siento —Thisbe alzó la mirada hasta sus ojos, dio un paso al frente y lo besó mientras le rodeaba el cuello con los brazos.

Desmond emitió un extraño ruido antes de abrazarla con fuerza. Sus labios eran suaves y cálidos, la presión aumentando a medida que el beso se volvía más apasionado. Ella se agarró con fuerza, casi mareándose con las sensaciones. Sensaciones de la fuerza con la que él la abrazaba, cómo sus manos se posaban sobre ella, sensaciones como el indefinible olor de su cuerpo, y con esa boca… ¡esa boca! Sus labios se movían sobre los suyos, la lengua entrando en su boca. Bueno, eso sí que le resultó algo sorprendente y consiguió que todo su interior saltara, pero a continuación comenzó a derretirse contra él, apretándose contra su largo y fibroso cuerpo.

Le pareció que había transcurrido una eternidad antes de que Desmond interrumpiera el beso, pero cómo odió que terminara. Desmond levantó la cabeza y la miró a la cara con sus ojos oscuros y profundos.

—Thisbe.

¿Cómo era posible que la excitara tanto oírle pronunciar su nombre? Resultaba tan placentero que decidió devolverle el gesto.

—Desmond —Thisbe retiró los cabellos que habían caído sobre la frente de Desmond, cuyo rostro respondió con un sutil cambio. Qué extraño y excitante que su caricia ejerciera algún efecto en él. Tentativamente, posó una mano sobre su mejilla y, en esa ocasión, sintió aumentar la temperatura de su piel.

Desmond posó una mano sobre la de Thisbe, sujetándola contra su rostro durante un instante antes de tomarla y levantarla para besarle suave y dulcemente la palma.

—Yo… nosotros… deberíamos marcharnos.

—Sin duda tienes razón.

Él asintió, pero no se movió. En cambio inclinó la cabeza y volvió a besarla, lentamente, prolongadamente, antes de apartarse y hundir las manos en los bolsillos de su chaqueta. Se mantuvo en silencio mientras cruzaban la tienda y salían por la puerta. Thisbe tampoco dijo nada. No había nada y al mismo tiempo tantas cosas que decir, la emoción entre ambos demasiado frágil para romperla con palabras.

Desmond la acompañó hasta la parada del ómnibus, donde ella repitió la misma pantomima hasta acabar finalmente sentada en el carruaje que la condujo hasta su casa. Durante todo el trayecto se abrazó al recuerdo del beso de Desmond. Era un momento demasiado íntimo, demasiado nuevo, para compartirlo, ni siquiera con sus hermanas. Quizás más tarde lo analizara y considerara su significado. Pero de momento solo quería deleitarse en su recuerdo.

Al cruzar el umbral de Broughton House, Thisbe encontró a su madre junto a la mesa del vestíbulo, mirando con el ceño fruncido una carta sellada que descansaba sobre la mesa. Alta y con la espalda muy recta, bastaba con echarle un vistazo a la duquesa para saber cuál sería el aspecto de Kyria cuando alcanzara la mediana edad. El flamígero cabello rojo estaba salpicado de hebras grises, y su figura se había engrosado un poco alrededor de la cintura, pero aún conservaba su belleza innata. Era la mujer más intimidante que Thisbe hubiera conocido jamás. Leal a sus creencias y de propósito firme, Emmeline rara vez permitía que algo se interpusiera en su camino. Por tanto no era habitual verla con esa expresión indecisa, incluso recelosa, ante una sencilla carta.

—¿Madre? ¿Va todo bien?

—Es de la duquesa viuda.

—Ya —Thisbe lo comprendió de inmediato. La madre del duque no era muy prolífica en su correspondencia, y casi nunca escribía a su nuera, salvo para criticar u ofrecer algún consejo no solicitado, normalmente ambas cosas a la vez. También era la única persona, que supiera Thisbe, capaz de poner nerviosa a Emmeline—. Más vale que acabes con ello cuanto antes.

—Lo sé —la duquesa suspiró y rompió el sello—. Es que hoy ha sido un día tan agradable. Kyria y Olivia han dedicado casi toda la tarde a perseguir a Alex y a Con por los jardines, y han agotado tanto a los pequeños que se fueron directamente a la cama después de cenar. Puede que me hayan evitado tener que contratar a una nueva niñera. Pero ahora ha llegado esta carta.

—Por lo menos no es muy extensa —señaló Thisbe cuando su madre desdobló la única hoja.

—Eso sí es verdad —concedió su madre mientras alargaba un poco más el brazo para leer. Era una de las pocas concesiones a la vanidad de la duquesa: se negaba a ponerse gafas para ver de cerca—. Nos desea a todos una feliz Navidad y, ahí está, lo sabía… se queja de haber estado sola en Bath durante las vacaciones —Emmeline hizo una mueca de desagrado y miró a su hija—. Como si yo la hubiese obligado a quedarse allí. La invité a reunirse con nosotros aquí. Gracias a Dios que no vino.

—A la abuela siempre le ha gustado dramatizar. Estoy segura de que se lo ha pasado en grande con todos sus secuaces.

—Pues claro que sí… ¡Maldita sea! —Emmeline contempló horrorizada la carta—. Ha cambiado de idea.

—¿Va a venir? Yo creía que odiaba la ciudad.

—Así es. Según ella, el aire es «insalubre». Bueno, para ser justa, eso no puede negarse. Pero ¡mira! —la duquesa agitó la carta delante de Thisbe—. Es peor. ¡Viene para la temporada de baile! Yo no la invité para toda la temporada.

—Madre mía…

—Está convencida de que Kyria no está siendo adecuadamente promocionada, dada mi «inexperiencia en actividades sociales». Como si lady Jeffries no fuese uno de los pilares de la alta sociedad, además de una generosa contribuyente a mi campaña contra el trabajo infantil. Fue muy considerado por parte de lady Jeffries ofrecerse, y Kyria la adora. Estoy segura de que está haciendo una labor de presentación de Kyria en la sociedad mucho mejor de lo que puede hacer la duquesa viuda, que, y escúchame bien, habrá ofendido a la mitad nada más llegar.

—A Kyria no le va a gustar —concedió Thisbe—. Estoy segura de que la abuela pondrá pegas a todo lo que hace.

—Claro que lo hará. A eso viene. Con la ventaja añadida de complicarme a mí la vida —añadió Emmeline sombríamente—. Yo me siento capaz de hacerle frente, pero tu pobre padre… esa mujer siempre logra disgustar a Henry. Si no es quejándose de su dejadez en sus deberes como duque para «jugar con sus jarrones», lo consigue comparándolo con su «bendito» padre, al que quiere mucho más ahora que está muerto que cuando vivía. Siempre encuentra la oportunidad de recordarle que se casó por debajo de sus posibilidades. Y eso siempre consigue enfurecer a tu padre, y ya sabes lo mucho que odia enfadarse.

—El tío Bellard se largará en cuanto ella aparezca.

—Sí. Seguramente permanecerá todo el tiempo encerrado en sus habitaciones. El pobre siente terror hacia esa mujer. No sé de qué la creerá capaz, no es más que su cuñada.

—Creo que fue porque ella dijo que el tío Bellard estaba loco como una cabra y que debería ser encerrado en el ático.

—Sí. Eso no fue nada amable por su parte, pero el tío Bellard debería saber que Henry jamás lo permitiría. Hasta el viejo duque lo habría impedido, por mucho que se quejara Cornelia. Henry está convencido de que su padre le seguía la corriente a ella porque era la única forma de que le dejara en paz —la duquesa suspiró—. Lo siento, querida. No debería criticar a tu abuela delante de ti. Ella os quieres a todos. A su manera.

—Lo sé. Sobre todo a Theo. Reed y él podrán mantenerla apartada de papá durante un buen tiempo. Y los gemelos estarán felices de verla de nuevo.

—Cierto —Emmeline rio por lo bajo—. Ella no es capaz de intimidarlos.

—Pocas cosas lo consiguen. Ellos adoran todas esas cosas brillantes que se cuelga. Es a Olivia a quien le da miedo, con toda esa charla sobre que ha heredado el «don» de su abuela.

—Sí, Olivia seguramente le hará compañía al tío Bellard en su habitación de lectura y batallas. Pero ya conoces a Livvy, le encantará hacerlo. Y así se asegurará de que el tío Bellard no se salte sus comidas.

Thisbe subió las escaleras, parándose delante de la puerta de la habitación de su mellizo. Theo estaba sentado ante el pequeño escritorio de la esquina con un libro abierto, mientras escribía en una hoja de papel. Ella lo contempló durante un rato.

Toda su vida, Theo había sido la persona más cercana a ella. No podía decirse que lo quisiera más que al resto de sus hermanos, pues cada uno de ellos era imprescindible en su vida. Pero tenía un vínculo adicional con Theo, un entendimiento y una consciencia que no requería de palabras. A pesar de lo diferentes que eran sus respectivos intereses, Thisbe siempre se sentía capaz de compartir con su hermano lo que sentía, y a él le sucedía lo mismo. Ella, por ejemplo, no sentía el menor deseo de viajar a Egipto, pero el año anterior, cuando Theo había ido, había sentido y participado de su ilusión. Y cuando fallaba algún experimento, podía contárselo a Theo y sabía que él sentiría una parte de su decepción.

Pero de repente había un hombre nuevo abriéndose paso en su vida y, por primera vez, estaba ocultándole algo importante a su mellizo. Resultaba inquietante y no pudo evitar sentir cierta culpabilidad. Pero conocía bien a su hermano y, por mucho progresismo que su madre hubiera inculcado en todos sus hijos, el habitualmente amistoso y relajado Theo era muy protector con sus hermanas. Kyria había terminado por negarse a asistir a fiestas si sabía que su hermano estaría allí, fulminando con la mirada a todos sus pretendientes y haciéndoles innumerables preguntas incómodas. Thisbe sospechaba que su actitud sería aún más exagerada ante las intenciones de cualquier hombre hacia su hermana melliza. Sin duda querría conocer a Desmond, y lo último que ella quería era que Theo sometiese a ese pobre hombre a su interrogatorio.

Theo levantó la mirada y la vio. Arrojó el lápiz a un lado, en absoluto molesto con la interrupción de su tarea, y se levantó.

—Hola, Thiz. ¿Qué tal la conferencia?

—Maravillosa —ella se acercó.

—¿De qué trataba?

—De las propiedades del carbono.

—Vaya, vaya. Apasionante, desde luego —él hizo una mueca de desagrado.

—Tengo otra noticia menos agradable aún. La abuela viene de visita.

—¿Pronto? —preguntó Theo con recelo—. Puede que yo ya me haya ido.

—No estás de suerte. Da la sensación de que tiene intención de venir pronto.

—Y entonces tendré que acompañarla a la ópera —su hermano gruñó—. Y todo lo demás.

—No hace falta que lo hagas.

—¡Ja! Si no lo hago, se pondrá a hablar sin parar de mis deberes como heredero.

—Es tu castigo por ser su favorito —espetó Thisbe.

—Y porque soy el heredero. Ojalá pudieras serlo tú. Tienes cuatro minutos más que yo.

—¿Quién, yo? No gracias. Es un aspecto en el que me alegra que no se permita la participación de la mujer. De todos modos se me daría fatal.

—¿Y cómo te crees que se me va a dar a mí? —Theo frunció el ceño, aparentemente reflexionando sobre su destino—. Reed sería un duque excelente. Él debería ser el heredero del título.

—Sospecho que, de todos modos, será él quien haga todo el trabajo —bromeó Thisbe, arrancándole una risa avergonzada a su hermano—. ¿Qué estabas haciendo? —preguntó mientras miraba hacia la mesa—. No me digas que escribías una carta.

—No, por Dios —el disgusto de Theo por la escritura de cartas era legendario—. Estaba haciendo una lista con las cosas que debería llevarme a la expedición. Ya hemos fijado la fecha.

—¿Por eso te has reunido hoy con ese hombre en el museo Cavendish?

—Sí —él asintió, la ilusión reflejándose en la mirada—. Ha encontrado a alguien que hará de guía. Le ha costado muchísimo encontrar a alguien con conocimiento sobre el Amazonas. Partimos dentro de un mes.

—¿Tan pronto? —Thisbe sintió una opresión en el corazón—. ¿Vas a marcharte en invierno?

—Bueno, ya sabes que allí es al revés.

—Sí, por supuesto, no lo había pensado. ¡Oh, Theo! —impulsivamente, ella lo rodeó con sus brazos—. Voy a echarte de menos.

—Vamos, Thiz —él la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda—. Estaré bien. No voy a marcharme para siempre.

—Lo sé —Thisbe se apartó y sonrió, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No es la primera vez que me voy de expedición. El año pasado fui a Egipto.

—Lo sé —ella asintió—. Y otra vez bajaste por el Danubio. En tu recorrido por el continente.

—¿Lo ves? Será parecido a eso.

—Pero esta vez te vas mucho más lejos. Y suena tan… tan misterioso y extraño. La jungla.

—Sí —los ojos de Theo brillaban como cada vez que hablaba de alguna aventura—. Me muero de ganas de verlo. Dicen que hay loros de todos los colores. Monos. Y lianas tan gruesas como mi brazo.

—Y también serpientes tan grandes como tu brazo —señaló ella—. ¿Y no hay peces que se comen a las personas?

—Sí —contestó él con alegría—. Va a ser estupendo.

Thisbe sacudió la cabeza en un gesto de exasperación.

—Te lo juro, Theo, no sé cómo puede ilusionarte tanto la perspectiva del peligro.

—Bueno, ya sabes, la tía Hermione siempre decía que tenía menos sesos que un ganso.

—No olvides que te quiero, y que me enfadaré muchísimo si te matas.

—No lo haré, te lo prometo. Y volveré antes de que te des cuenta —Theo abrazó a su hermana—. Yo también voy a echarte de menos.

—Qué difícil es, ¿verdad? —ella suspiró y se apoyó contra él—. Hacerse mayor. Seguir adelante.

—Sí, pero nada podrá separarnos. Y piensa en el futuro. Me muero de ganas de verlo. ¿Y tú?

—También —Thisbe se apartó de su hermano y sonrió—. Va a ser una gran aventura.

En el transcurso de la siguiente semana y media, Thisbe siguió encontrándose con Desmond en las conferencias navideñas. Tres más en total, y en cada una de ellas ambos llegaron con antelación y después se marcharon juntos, charlando. Caminaban sin rumbo por la calle o iban a algún parque, comían castañas asadas calientes. Y hablaban.

Hablaban sobre toda clase de cosas, la ética de la investigación científica, los problemas de financiación, el fallo de los equipos, las posibilidades que se abrían a su alrededor en el mundo de la ciencia.

—Al principio a mí me interesaba la fotografía —le confesó Desmond.

—¿La fotografía de espíritus?

—No, la normal. Creía que quería ser fotógrafo. Por eso el vicario me recomendó al profesor Gordon. Conocía el interés de Gordon por la materia, y creo que tenía la esperanza de que yo fuera a la universidad y que allí me sintiera atraído por algo más intelectual.

—Y parece que así fue.

—Pero no la clase de disciplinas en las que pensaba el vicario, como Filosofía o Teología.

—¿Estuviste interesado en convertirse en clérigo?

—No. Era el vicario el que lo quería —Desmond sonrió con tristeza.

—¿Por qué desestimaste la fotografía?

—En cuanto aprendí el procedimiento, cómo cubrir el cristal con colodión y bañarlo en plata, cómo tomar la fotografía y revelarla, y lo demás, comprendí que sería exactamente eso. Siempre lo sería. Quizás yo podría perfeccionar mi habilidad, o crear algún dispositivo de utilidad, pero, básicamente, estaría siempre haciendo lo mismo. Y comprendí que lo que me gustaba no era hacer daguerrotipos, sino el proceso de aprender a hacerlos.

—Lo que quieres es descubrir cosas, encontrar nuevos conocimientos —señaló Thisbe.

—Exactamente. Estando en la universidad encontré trabajo en Barrow e Hijos, y eso me llevó hasta los prismas y las propiedades de la luz. Las posibilidades de descubrir y explorar… ¿habrá más bandas en el espectro que resulten invisibles al ojo humano?

A Thisbe le encantaba mirarlo cuando hablaba así, cómo su rostro se iluminaba de entusiasmo. Movía las manos para ilustrar sus argumentos, y sus ojos brillaban, todo su fibroso cuerpo intenso y concentrado.

Aunque quizás fuese únicamente que le encantaba verlo hablar de cualquier cosa. Y disfrutaba tanto, o más, de sus conversaciones más tranquilas y mundanas, cuando hablaban de ellos mismos o de sus familias, de sus lecturas favoritas, de la tonta extravagancia de algún sombrero, o incluso de los errores que habían cometido.

Thisbe relató un experimento que había llevado a cabo unos años atrás y que había explotado.

—Yo esperaba una reacción, pero no tenía ni idea de que sería tan enorme. Estalló el tanque de agua entero. Destrozó todas mis notas. Por supuesto que fue mejor que aquella vez en que uno de mis experimentos se prendió fuego. No fueron más que las cortinas, pero mi madre se alteró bastante.

Desmond se echó a reír y respondió con un relato de sus múltiples contratiempos, nada más trasladarse a Londres. Su risa la cautivó casi tanto como su entusiasmo. Su rostro cambiaba y la mirada bailaba divertida, y quizás algo sorprendida. Thisbe tuvo la impresión de que no estaba muy acostumbrado a reír, y le hizo desear decir algo que provocara en él esa risa. También le hizo desear besarlo.

Sin embargo, había pocas posibilidades de que eso sucediera. Durante todo el tiempo estuvieron en público, primero en la sala de conferencias, luego en la calle. Ni siquiera hubo la menor posibilidad de poder tomarle la mano a Desmond, mucho menos repetir el beso. Sin embargo, en una o dos ocasiones, cuando estaban en el parque fuera de la vista de los demás, Desmond sí la atrajo hacia sí para darle un fugaz, aunque apasionado, beso con los labios fríos, pero bajo los cuales ardía el fuego.

Thisbe quería estar a solas con él. También resultaría muy agradable poder cobijarse en algún lugar cálido. Pero, sobre todo, estaba el hecho de que las conferencias pronto acabarían y entonces, ¿con qué frecuencia iban a poder verse? Lo más obvio sería que Desmond fuera a visitarla a Broughton House.

Pero allí tampoco podrían estar a solas. Había demasiadas personas en la casa, y alguien podría aparecer en cualquier momento. Desde que Kyria había empezado a alternar en sociedad, no había una sola tarde en la que al menos un joven acudiera a visitarla. Aun así, estarían más a solas allí que en un parque o en la calle, o en una sala de conferencias.

El problema era que, en cuanto Desmond viera Broughton House, se daría cuenta de que ella era aristócrata, algo que hasta entonces había conseguido ocultar. Iba a tener que contarle que su padre era duque. Desmond debía saber ya que ella era una dama, por su forma de hablar, sus modales, sus estudios en Europa, las cosas que le había contado sobre su familia…sin duda se había delatado. Pero de lo que seguramente no era consciente era de que Thisbe era una dama con título de lady. La hija de un intelectual de clase alta estaba a años luz de la hija de un duque.

Por supuesto que debía contarle quién era su familia. De hecho debería habérselo contado ya. No le había mentido, pero sí había ocultado la verdad. Todo lo que le contaba sobre ella misma o su familia estaba cuidadosamente enunciado de manera que no se le escapara ningún detalle sobre la posición de los Moreland en la sociedad. Su primera intención había sido que se sintiera más cómodo, pero cuanto más se alargaba aquello, mayor le parecía la traición.

Sin embargo, Thisbe continuó aplazando la confesión, por miedo a que lo arruinara todo. ¿Y si cambiaba su comportamiento hacia ella? ¿Y si cambiaban sus sentimientos? ¿Y si cambiaba lo que sentía por ella? ¿Seguiría viéndola como era, la Thisbe que paseaba a su lado, o se volvería de repente todo muy incómodo entre ambos? ¿Decidiría que ella no era una verdadera científica, solo una aristócrata, como lady Burdett-Coutts, que se divertía jugando con la ciencia? Desmond era uno de los pocos hombres que conocía que la hablaba de igual a igual. Y no soportaría que su estatus social cambiara eso, pero no, seguro que no. A fin de cuentas, Desmond había llegado a conocerla y, sin duda, no la vería de manera distinta solo porque descubriera que había un título delante de su nombre. El problema era que lo que estaba en juego si se equivocaba era demoledor.

Cada día que pasaba, Thisbe se sentía más culpable por mantener el secreto. Tenía que contárselo. Se prometió a sí misma que lo haría tras la última conferencia navideña. Si no lo hacía, no volverían a verse hasta la siguiente reunión en el Covington, y para eso aún faltaban quince días. Sin embargo, mientras paseaban por el parque tras esa última conferencia, haciendo caso omiso de los copos de nieve que flotaban a su alrededor, no fue capaz de pronunciar las palabras.

Llegaron a un lugar aislado y alejado de miradas indiscretas, y allí Desmond la tomó en sus brazos y la besó. Resultó ser un beso de lo más agradable y, cuando él levantó la cabeza, los dos respiraban entrecortadamente.

—Quiero volver a verte —dijo él.

—Sí. Yo también —había llegado el momento de la confesión—. Quizás podrías, eh… —Thisbe lo miró a los ojos. Los nervios daban saltos en su estómago y lo único en lo que conseguía pensar era en cómo cambiaría su rostro, en cómo adquiriría una expresión incierta, en cómo se apartaría de ella—. Quizás podríamos vernos en la sala de lectura del Museo Británico. Allí permiten la presencia de mujeres, no nos obligan a permanecer en la «sala de lectura de revistas».

—¿Cuándo?

—Pues veamos —si le decía al día siguiente parecería demasiado ansiosa—. ¿El domingo por la tarde?

—Allí estaré —él sonrió antes de inclinarse para volver a besarla.

Resultó un broche de lo más agradable para ese día, pero Thisbe no paró de reprenderse a sí misma durante todo el trayecto a su casa por no haberle dicho la verdad. Era una estupidez pensar que fuera a apartarse de ella. A la mayoría de las personas les parecería estupendo que su padre fuera un duque. El hecho de que Desmond hubiera hecho alguna referencia a los «adinerados diletantes» cuando discutían del mecenazgo científico no significaba que pensara de ese modo sobre ella. Desmond sabía quién era ella.

Estaba subestimando a Desmond al pensar que reaccionaría como cualquier persona. Él vería más allá de la magnífica residencia y vería la verdadera imagen de su familia. Además, si un hombre no era capaz de hacer eso, ella no quería tener nada que ver con él, por mucho que le doliera renunciar a él. Se lo contaría el domingo. Lo escribiría para dárselo a leer, por si su boca volvía a cerrarse.

Pero, cuando entró en Broughton House y vio los bolsos de viaje y baúles que abarrotaban la entrada, el alma se le cayó a los pies. Había algo mucho peor que mostrarle a Desmond dónde vivía. Su abuela había llegado.

Capítulo 6

Era increíble que una sola mujer necesitara tanto equipaje para una visita, y hacía crecer el temor de que su abuela tuviera intención de vivir con ellos durante el resto de sus días. Pero la duquesa viuda siempre llevaba una enorme cantidad de ropa cuando viajaba. Y rara vez se movía sin llevar con ella el baúl de los «tesoros».

—¡Thisbe! —su madre se volvió hacia ella con una expresión de alivio grabada en el rostro—. Tu abuela está aquí.

—Sí, ya lo veo. Hola, abuela —Thisbe se adelantó para besar a su abuela en la mejilla.

La duquesa viuda no era especialmente corpulenta, pero de algún modo conseguía parecerlo. Sus cabellos eran plateados casi en su totalidad, los ojos, grises, y el rostro aún conservaba remanentes de su belleza de juventud. De no ser por la gélida mirada y la firmeza en la mandíbula, podría haber sido la imagen de una dulce y adorable abuelita.

Llevaba su habitual vestido a la moda y las joyas que tanto fascinaban a los gemelos. Un collar de oro rodeaba su cuello, a juego con la pulsera en un brazo y el brazalete de luto, encastrado con obsidianas, en el otro. Gruesos anillos decoraban tres de sus dedos, y alrededor de la cintura portaba una chatelaine de la cual colgaban sus quevedos de oro y otras «necesidades» como las sales, un espejito, pastillas digestivas, un pequeño costurero y unas diminutas tijeras, todo encerrado en ornamentados contenedores de oro. El dorso del espejo estaba encastrado en diamantes.

—Tu madre me dice que Theo no está aquí —se quejó la duquesa viuda mientras lanzaba una mirada acusadora a Emmeline.

—De haber sabido cuándo llegarías, estoy segura de que Theo habría insistido en estar aquí para darte la bienvenida —respondió Emmeline.

—Espero que no haya sido muy agotador el viaje —intervino Thisbe.

—Pues claro que lo ha sido. El tren era espantosamente ruidoso, capaz de enfermar a cualquiera. Habría preferido venir en carruaje, pero se lo dejé a Hermione.

—¿Lady Rochester estaba en Bath? —preguntó Thisbe mientras intercambiaba una mirada con su madre. Eso sin duda explicaría el repentino deseo de su abuela de hacerles una visita.

—Sí. Cree que los baños serán beneficiosos para su gota. Yo le expliqué que no comerse un plato de rosbif cada noche le haría aún más bien que los baños. Por supuesto no me hizo caso. Me sentí obligada a dejarle a ella el carruaje, dada su dolencia, y por eso vine en tren. Yo no soy de las que se queja —concluyó la duquesa viuda antes de proceder a hacer precisamente eso sobre la gente que viajaba en el tren, la incompetencia de los porteadores y la presencia de golfillos corriendo por la estación.

—Le estaba diciendo a la duquesa que debería subir a sus habitaciones para descansar después de tan terrible experiencia —le explicó Emmeline a su hija.

A Thisbe siempre le divertía que su madre y su abuela se molestaran tanto en evitar pronunciar sus respectivos nombres.

—Tonterías. Todavía no soy tan anciana como para necesitar echarme la siesta por las tardes. Demasiado sueño atonta el cerebro, ¿lo sabías? —la duquesa viuda se volvió y se dirigió hacia el salón formal, que apenas era utilizado por el duque y su familia.

—Menos mal que has llegado —Emmeline suspiró y se volvió hacia su hija—. Todos los demás están fuera. Bueno, Bellard está aquí, pero subió disparado por las escaleras traseras en cuanto oyó la voz de Cornelia. Y sospecho que Smeggars mintió al anunciar que Henry se había ido al club.

Siguieron a la duquesa viuda hasta el salón y la encontraron sentada en un sillón junto a la enorme chimenea.

—Aquí hace mucho frío.

—No solemos encender el fuego en esta habitación, dado que apenas la utilizamos —le explicó Emmeline—. Pero Smeggars hizo que encendieran la chimenea en cuanto supo de tu llegada. No debería tardar mucho en caldearse.

—¿Y dónde recibís a los invitados entonces? No me digas que seguís haciéndolo en esa monstruosidad roja.

—Prefiero el salón sultán, sí.

Cornelia soltó un bufido de desaprobación y echó un vistazo a su alrededor.

—Este es un salón majestuoso para celebrar recepciones. A mí siempre me gustó. Hoy en día no se encuentra gente que trabaje así —gesticuló hacia la repisa, y el panelado de la chimenea, de nogal labrado—. Yo solía venir aquí para hablar con el antepasado de Henry —sonrió con cariño al retrato de un hombre de aspecto adusto, vestido con ropa típica del siglo XVII.

—¿El viejo Eldric? —la voz de Thisbe se alzó incrédula—. Pero si lleva muerto doscientos años.

—Thisbe, vigila esos modales —la reprendió su abuela—. No deberías hablar de tus antepasados de ese modo tan impertinente. A fin de cuentas, Eldric fue el primer duque de Broughton.

—Lo siento, abuela. Yo solo, eh, me ha sorprendido saber que hablabas con él —Thisbe no sabía por qué le seguían sorprendiendo las peculiares creencias de su abuela—. Pensé que solo se… comunicaban contigo los seres más cercanos a ti.

—Por supuesto me comunico sobre todo con mi querido Alastair. Y mi madre viene a visitarme a menudo. Pero no son los únicos. Las sombras me alcanzan en muchos lugares. Ellos saben cuándo alguien tiene el don, como yo. Al igual que Olivia —la mujer ladeó la cabeza y observó atentamente a Thisbe—. Y, por lo que me cuentan, tú también tienes el don, al menos un poco.

Aquello era nuevo. Thisbe había oído durante toda su vida a su abuela presumir de su don. Le había dado escalofríos y hasta pesadillas siendo joven. Sobre todo en esa espeluznante ocasión en que Cornelia dijo que había visto la muerte de su cachorrito, un mes antes de que el animalito corriera a la calle y fuera atropellado por un carruaje. Las sentencias de la duquesa viuda ya no le provocaban escalofríos, pero la revelación de que ella poseía el mismo talento resultaba vagamente inquietante.

—Siempre has asegurado que Olivia lo poseía, pero de mí nunca dijiste nada.

—Es que yo tampoco lo creía —la duquesa viuda se encogió de hombros—. Pero madre me asegura que está ahí, todas las mujeres de nuestro linaje lo poseen. Aunque le resulta difícil creer que lo tenga Kyria. Esa niña, sin duda, se parece a ti —concluyó mirando a Emmeline.

—Sin duda —la duquesa sonrió con serenidad.

Quizás al final no resultara tan mala idea que Desmond conociera a la duquesa viuda. Estaba acostumbrado a su mentor, que creía en fantasmas. Quizás incluso querría estudiar a su abuela. Thisbe reprimió una sonrisa ante la idea.

—¿Dónde está Kyria? —Cornelia miró a su alrededor como si esperara descubrirla escondida en alguna parte—. Tenemos que hablar de su debut.

—Reed llevó a las demás chicas al museo. Lleva tiempo prometiéndoselo a Olivia.

—¿Kyria ha ido al Museo Británico? —Thisbe enarcó las cejas—. Pero si a ella no le gusta el museo, dice que la hace sentirse asfixiada.

—Solo las secciones de Egipto y el Creciente Fértil. Creo que es por las momias. Reed le aseguró que no iba a tener que visitar esa parte. Lo que ella quiere ver son las joyas antiguas. Además, sospechaba que Kenneth Duncan iba a venir de visita hoy.

—Desde luego Kyria tiene buen gusto para las joyas —reconoció la abuela de Thisbe—. En eso se parece a mí. Yo siempre he tenido fama por mi gusto para los accesorios. Cuando era joven, no se llevaban muchos adornos, ya sabéis, un camafeo o quizás una hilera de perlas. Gracias a Dios que eso ya pasó. Bueno, da igual. En realidad la que me preocupa es Thisbe.

—¿Yo? Abuela, te aseguro que estoy muy bien. No hay necesidad de que te preocupes por mí.

—Pero lo hago. Tienes que vestirte de largo.

—Yo no necesito la temporada —se trataba de una vieja discusión. Thisbe creía que su abuela la había dejado por imposible—. No quiero una puesta de largo.

—Tonterías. Todas las chicas necesitan una. ¿Cómo si no van a encontrar marido?

—Podría conocerlo durante una conferencia —sugirió ella con una sonrisa.

—¿Un intelectual? —preguntó Cornelia horrorizada—. No, no, yo me refiero a alguien adecuado. Alguien de tu clase. Un Moreland debe tener cuidado con casarse apropiadamente —concluyó mientras dirigía una significativa mirada a su nuera.

—En cualquier caso —Thisbe intervino apresuradamente—, ya se me ha pasado la edad para la puesta de largo. Tengo veintitrés.

—A eso me refiero precisamente —declaró Cornelia en tono triunfal—. Te acercas a una edad desesperada. Pronto serás considerada una solterona.

—¿Por qué no nos tomamos una copita de jerez? —Emmeline se puso en pie.

Por suerte su propuesta consiguió que se abandonara el tema y al poco empezó a llegar el resto de la familia, lo que le permitió a Thisbe liberarse de la carga de la conversación con su abuela. Se apartó para dejarle a su padre en el lugar que le correspondía, junto a su madre, e ignoró la mirada de dolor que le dirigió el hombre. Al poco rato pudo salir discretamente de la estancia.

No había manera de escapar a la cena y la posterior conversación en familia. Incluso el tío Bellard apareció, saludando a la duquesa viuda antes de sentarse en la silla más alejada de la presidencia de la mesa, satisfecho su sentido del deber. Aunque normalmente no solían practicar la costumbre de los hombres de tomar un brandy después de la cena, el duque la restablecía encantado cada vez que su madre los visitaba. Sin embargo, solo podían escapar durante un rato, antes de tener que cumplir con su deber y reunirse con las mujeres en el majestuoso salón.

La mente de Thisbe volaba mientras la conversación fluía a su alrededor. Levantó la mirada hacia el retrato del primer duque. Cuando era pequeña, creía que la duquesa viuda le contaba las historias de su comunicación con los muertos solo para llamar la atención. La práctica resultaba muy útil para atribuirle a otro los consejos que daba. Pero a los catorce años, Thisbe pasaba ante la habitación de su abuela una tarde y vio a la anciana conversar con el aire.

El recuerdo todavía le provocaba escalofríos. Le había resultado tan espeluznante como impactante, y allí comprendió que la duquesa viuda era realmente capaz de hablar con los muertos. Quizás no tuviera que preocuparse por si a Desmond le espantaba el título de su padre. Lo más probable era que huyera por culpa de su peculiar familia.

Más tarde, tumbada en la cama, intentando dormir, su mente regresó a la escena con su abuela de años atrás. Recordó la expresión atenta, incluso sonriente, de la mujer. Esa sonrisa era lo que más le había asustado. Aquella noche, Thisbe había echado el cerrojo de su puerta, aunque a saber por qué había creído que una puerta cerrada con llave podría protegerla de los fantasmas.

En todos los demás aspectos, Cornelia era normal. Dictadora y criticona, pero a la vez parecida a tantas otras. Y por eso resultaban tan espeluznantes las extrañas afirmaciones que dejaba caer de vez en cuando en las conversaciones. Lo hacía de un modo casual, como si hablar con los espíritus fuera de lo más común. Quizás su abuela estaba realmente loca…

Tenía calor, muchísimo calor. El calor la envolvía, comprimiéndola como un peso. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué estaba sucediendo? Oyó el crepitar del fuego a su alrededor. Un pesado y negro humo se elevó, ahogándola.

Tenía que salir. Tenía que encontrarlo, salvarlo.

A lo lejos oyó gritos, unos horribles sonidos de infinita agonía. En esa ocasión también iría a por ella. Lo sabía. Más cerca se oían gritos y burlas, el murmullo de la multitud conversando. Sentía su odio, sentía su excitación. Querían asistir al espectáculo de su muerte.

—Ayudadme. Mi hijo. Ayudadme. Por favor.

El crepitar se hizo más fuerte, el aire tan caliente que le rasgaba los pulmones. La leña ardía en llamas, el fuego alcanzando los troncos más grandes y pesados. Ella intentó apartarse de las llamas, pero no podía moverse. Desesperada se retorció y se giró, aunque en vano.

Tenía algo sujeto alrededor de la cintura, atándola con fuerza al duro poste contra su espalda. Sollozando, tironeó de la gruesa cuerda, clavando las uñas y tironeando desesperada. Las muñecas también estaban atadas, dificultándole alcanzar la cuerda más gruesa y rugosa.

Alzando el rostro hacia el cielo, gritó:

—¡Suéltame!

Thisbe despertó sobresaltada. Su corazón latía alocadamente, el estómago encogido de terror. Estaba empapada en sudor. El recuerdo del humo y el fuego era tan vívido, tan aterrador, que saltó de la cama y abrió la puerta que daba al pasillo para comprobar si había fuego. No se veía ningún resplandor. No olía a humo. Solo había sido una pesadilla.

Una pesadilla de lo más extraña. No había habido ni carreras ni caídas, ni la alocada sensación de llegar tarde que solía protagonizar la mayoría de sus pesadillas. Todo había sido fuego y miedo. ¿Por qué había soñado con fuego? En la casa no había ningún fuego, ni olía a humo. La habitación estaba fría. Thisbe sentía simplemente un racional temor al fuego. Y nada de lo sucedido durante ese día había tenido que ver con el fuego.

Más concretamente, ¿Por qué había soñado que ardía en la hoguera, pues sin duda era eso lo que había visto, atada a un poste, rodeada de fuego? En sus sueños, el peligro solía ser una nebulosa, incluso algo desconocido. Pero esa pesadilla había sido vívida y con muchos detalles, hasta un extremo inusitado.

Era fácil entender por qué había suplicado ayuda. Pero ¿por qué había dicho «mi hijo»? No tenía ningún hijo, ni lo tenía nadie cercano a ella. Y lo más inquietante era que la voz que había oído no era la suya.

Era más bien como si hubiese estado soñando la pesadilla de otra persona.

La idea le provocó un escalofrío por todo el cuerpo. Thisbe comprendió que tenía frío, allí de pie, vestida únicamente con el camisón de algodón. Corrió de regreso a la cama, frotándose los brazos… y dio un respingo ante el dolor que sintió en la yema de los dedos. Frunciendo el ceño, encendió la vela de su mesilla de noche y se miró las manos. Las uñas estaban rotas, una de ellas arrancada y la punta de los dedos roja y en carne viva.

Como si hubiese estado tirando de una áspera cuerda.

Desmond miró por uno de los oculares del artilugio que tenía frente a él. En fin, la idea no había funcionado. Alzó la cabeza y consideró el problema mientras dibujaba distraídamente sobre el papel que tenía ante él. Era sorprendentemente inmune al desaliento, considerando que su más reciente intento de construir un instrumento espectrográfico había fracasado. Pero era muy difícil sentir algo que no fuera optimismo. El domingo iba a ver a Thisbe. Sonrió para sus adentros.

Encontrarse en una sala de lectura no era precisamente lo ideal. Claro que podrían dar un paseo después y charlar, pero iba a echar de menos esa hora sentado a su lado, profundamente consciente de su presencia. También tenía un toque furtivo, como si estuvieran organizando una cita, lo cual, supuso, era verdad, con la diferencia de que estarían a la vista de todo el mundo en lugar de ocultándose en un sitio más íntimo.

Deseó con toda su alma poder verse con ella en privado. Pasear, charlar y reír con ella era maravilloso. En su vida había reído o sonreído tanto como cuando estaba en su compañía. Pero deseaba desesperadamente tocar su brazo, tomar su mano, aunque esa mano estuviese enguantada. Y, sobre todo, se moría por abrazarla, por sentir su cuerpo en sus brazos, por aspirar el aroma de su cuerpo. Por besarla.

Desmond se removió en la banqueta. Era una tontería pensar en ello. Nada bueno podría surgir de ese romance y debería disfrutar del momento, tomar lo que tenía, sin pensar en lo que quería y en los obstáculos que había entre él y ese futuro deseado. Lo cierto era que todos esos obstáculos se reducían a un solo: era un hombre sin futuro.

Suspiró y arrojó a un lado el lápiz, la molesta pregunta que lo había estado rondando durante todo el día regresando a su mente: ¿Por qué había querido Thisbe que se vieran en el museo? ¿Por qué no había sugerido que la visitara en su residencia? ¿Por qué nunca le permitía acompañarla hasta su casa?

Sus motivos siempre eran lógicos: él debía regresar a su trabajo, hacía frío y no llevaba su abrigo… Y así una tras otra. Pero Desmond no podía evitar pensar que ella no quería que supiera dónde vivía.

Se le ocurrían varios motivos para eso, y ninguno jugaba a su favor. El peor de todos era que se avergonzaba de él. El más desgarrador, que estaba casada. Y entre medias había unos padres estrictos que no le permitían recibir la visita de un hombre, la vergüenza por el lugar en que vivía, o por algún miembro de su familia. Desgraciadamente, los motivos del medio eran los menos probables. Un padre estricto no permitiría que su hija asistiera sola a conferencias, mucho menos que pasara fuera toda una tarde. Era evidente que amaba a su familia, y hablaba de ella siempre con afecto. También vestía demasiado bien para vivir en una choza.

El motivo más obvio era que no quería que su familia lo conociera. Incluso el más permisivo de los padres desaprobaría que su hija fuera cortejada por un hombre sin futuro y, siendo un intelectual, a su padre sin duda le desagradaría profundamente conocer a un hombre que no hubiese estudiado en Oxford, como había hecho él mismo y los hermanos de Thisbe. Peor aún, él no había conseguido permanecer un curso entero en ninguna universidad.

En Thisbe había una cualidad refinada, que seguramente se extendería a toda su familia, de la que él carecía. A pesar de su cultivado lenguaje, del poco acento de Dorset que conservara, su discurso carecía de ese tono que desvelaba el refinamiento. Su ropa era barata, su pelo desaliñado. Su pasado… Bueno, lo cierto era que no tenía nada de lo que enorgullecerse, aparte del hecho de haber conseguido dejarlo atrás.

Era la clase de hombre que perdía los guantes, que olvidaba el abrigo aunque hiciera un tremendo frío, que nunca sabía qué hora era y a menudo llegaba tarde, y que podía pasarse horas hablando sobre un tema que aburría a todo el mundo. Jamás conseguiría ganar dinero suficiente para mantener a su familia, y el poco dinero que conseguía ganar solía gastarlo en un libro o en sus investigaciones. En resumidas cuentas, no era un hombre al que una chica querría presentar a sus padres.

Bueno, pues desde luego había conseguido desinflar el balón de su felicidad. Desmond regresó a su instrumento fallido. Seguramente iba a tener que desmontar todo el artilugio.

Justo en ese momento la puerta del laboratorio se abrió de golpe, llevando al interior un golpe de aire invernal. Carson entró con una amplia sonrisa en su cara.

—Tengo noticias. Le van a encantar, profesor Gordon.

—¿En serio? —Gordon se levantó de la mesa y se colocó las gafas—. ¿Has descubierto algo?

—Así es —tras conseguir la atención que deseaba, Carson se acercó despacio a su mesa y se quitó el sombrero mientras a su rostro asomaba la expresión del gato que acababa de comerse al canario—. He sabido que la duquesa viuda de Broughton está en la ciudad.

Capítulo 7

Desmond se quedó boquiabierto, y Gordon corrió hacia el joven. Todo el mundo empezó a hacer preguntas.

—¿Estás seguro?

—¿Cuándo?

—¿Cómo lo sabes?

—¿Las has visto? ¿Lo has visto?

—¿Has hablado con ella?

—Un momento —Carson levantó las manos en un gesto de rendición—. Un momento. De uno en uno.

—Silencio —el profesor Gordon miró con severidad a los jóvenes—. Dejadle hablar —se volvió hacia Carson—. Cuéntanos.

—Respondiendo a las preguntas, llegó ayer. Al parecer es de la clase de persona cuyos movimientos llaman la atención. Y no, no la he visto. No me muevo en los mismos círculos que las duquesas. Oí a mi madre y a sus amigas chismorrear esta tarde sobre su llegada y me puse a escuchar. Al parecer es una especie de bruja. Una de las mujeres afirmó que la duquesa está como una cabra, que toda la familia lo está —hizo una pausa antes de continuar con dramatismo—. Y otra mujer aseguró que, según dice ella, habla con su marido muerto.

—¿Lo dices en serio? —Desmond se inclinó hacia delante.

—Ya supuse que esto llamaría la atención de todos vosotros.

—¿Crees que entonces sabe qué es el Ojo? ¿Crees que podría utilizarlo? —preguntó Gordon estupefacto.

—No tengo ni idea, señor. Pero me pareció que sonaba sospechosamente a eso.

—El que esté en la ciudad es un golpe de suerte —intervino Desmond—. Podrá hacerle una visita, señor, preguntárselo directamente.

—No —el hombre sacudió la cabeza—. Estoy seguro de que no querrá recibirme —se dejó caer sobre la banqueta, la expresión de abatimiento. Hundió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel doblada—. He recibido respuesta a mi carta. De su secretario. Ni siquiera se dignó a escribirme ella misma. Dice, y cito textualmente:

—«La duquesa no está interesada en vender o prestar ninguna de sus posesiones. Debo pedirle que no vuelva a dirigirse a ella con estas intenciones».

—Maldita mujer arrogante. Los avances del conocimiento no significan nada para ella.

—Así son los ricachones —observó Benjamin—. A la aristocracia solo le importa ella misma.

—Parece que ha llegado la hora de seguir mi sugerencia —afirmó Carson.

—¿Robarlo? —preguntó Desmond burlonamente.

—No sería robar. Estuvimos de acuerdo en que casi seguro se lo robaron a Anne Ballew. De pertenecer a alguien, sería a sus descendientes.

—Y nadie sabe quiénes son —señaló Gordon—. De modo que, en realidad podría ser propiedad del mundo, de la ciencia y la historia. Podríamos usarlo, a diferencia de ella, que solo quiere mantenerlo oculto.

—Esa excusa podría ser empleada por cualquier ladrón —protestó Desmond—. Necesito el dinero y él es rico. Además, si las noticias de Carson son ciertas, al parecer ella sí lo usa.

—Pero carece de un verdadero valor monetario —razonó otro de los estudiantes—. Annie Blue no era rica. Dudo que estuviese fabricado con materiales costosos.

—Sí —Gordon se mostró de acuerdo, y cada vez más interesado—. Para nosotros su valor es incalculable, pero en términos materiales, no tiene ninguno.

Desmond miró a sus compañeros. Sus rostros reflejaban excitación.

—No me puedo creer que lo estéis considerando siquiera. Ninguno de vosotros.

—No seas tan puritano, Dez —dijo Carson.

—No creo que considerar que robar esté mal me califique como puritano —protestó él.

—Esto es más importante que la legalidad —insistió Gordon—. Es por el avance del conocimiento humano. Si esa mujer ve a los espíritus, eso demostrará que el Ojo de Annie Blue funciona. Y eso hace que sea aún más urgente investigarlo. Una testaruda anciana no debería poder interponerse en el camino del progreso.

—Habláis como si estuvierais seguros de poder robarlo y salir impunes. Y ese razonamiento es equivocado. Las probabilidades de que consigáis robarlo son del cincuenta por ciento. En primer lugar, ninguno de vosotros es un ladrón, y es más que probable que hagáis una chapuza. En segundo lugar, ni siquiera sabéis qué aspecto tiene.

—En cuanto lo viera lo sabría —le aseguró Gordon.

Desmond se contuvo de poner los ojos en blanco.

—Le pido disculpas, señor, pero tan solo cree que lo reconocerá instintivamente. Y no son los únicos obstáculos. Esa mujer es una duquesa, sin duda vivirá en una gran mansión con muchísimas estancias. ¿Cómo sabrá dónde buscar?

—Apuesto a que lo mantendrá siempre cerca de ella —añadió Carson.

—Estupendo. Entonces lo único que necesitáis es entrar en una habitación en la que haya alguien durmiendo y merodear en la oscuridad, intentando encontrar un objeto de apariencia desconocida.

—Entraremos cuando no sea probable que ella esté en sus aposentos.

—¿Durante el día, a plena luz del día, con a saber cuántos sirvientes dando vueltas por ahí?

—Por la tarde —puntualizó Carson—. Estará oscuro, pero aún no se habrán acostado. La duquesa y su familia o bien habrán ido a alguna fiesta, o estarán en la planta baja disfrutando de una larga y opípara cena. Los sirvientes estarán también abajo, ocupados sirviendo la cena, o en la zona del servicio, disfrutando de la ausencia de su señora.

—Debo reconocer que has reflexionado mucho sobre este tema.

—Soy de pensamiento ágil. Y conozco los horarios de esa clase de gente —Carson sonrió y se dio unos golpecitos con el dedo en la sien, los brillantes ojos azules danzando.

—Para ti esto no es más que un juego —observó Desmond con exasperación—. Un debate, un ejercicio intelectual. No te das cuenta de las consecuencias. Para ti la cárcel no es más que una idea, algún lugar indeterminado donde va la gente corriente. Pero no es así. Esto es serio, Carson —alzó la voz—. Si te atrapan robando, te enviarán a prisión, durante muchos años. No cuentes con que vayan a dejarte libre porque seas una persona de la clase adecuada. La duquesa ejercerá toda su influencia. No dispondrás de chalecos de seda y un colchón blando, ni de buenas comidas. Serán gachas y agua, y unas condiciones higiénicas inadecuadas —por suerte se detuvo antes de soltar que si conocía tan bien las cárceles era porque allí había visitado a su padre.

—Lo siento, Dez —Carson abandonó su gesto divertido—. No debería bromear contigo. Te lo tomas todo muy en serio. Claro que no tengo intención de entrar en los aposentos de la duquesa y robar el Ojo. Me gustan demasiado mis chalecos de seda —la comisura de los labios tembló.

—Claro, esto es evidentemente hipotético —añadió Gordon pesaroso—. Una mera suposición.

—Qué pérdida de tiempo —Benjamin suspiró y sacudió la cabeza.

Uno a uno regresaron a sus tareas, pero nadie parecía capaz de concentrarse. No pasó mucho tiempo antes de que todos se marcharan. Pero Desmond permaneció, pues quería asegurarse de que Carson hubiera abandonado la idea de robar el Ojo. Su amigo le había asegurado que sí, pero la expresión en su rostro era tan ávida, su amargura ante el rechazo de la duquesa tan clara que temía que cediera a su deseo de poseer el Ojo.

Al parecer Gordon pensaba igual, pues después de que el último estudiante hubiera salido del laboratorio, lo llamó.

—Desmond, quiero hablar contigo.

—De acuerdo —él se acercó a su mentor—. No tuve ninguna intención de ser irrespetuoso antes.

—No, no, lo entiendo. Eres el más práctico de todos, el más sensato. Por eso quiero pedirte…

—¿El qué? Sabe que haría cualquier cosa por usted.

—Pedirte que recuperes el Ojo de Annie Blue.

—¿Señor? —Desmond lo miró boquiabierto—. Dijo que lo entendía.

—Y así es. Pero no dije que estuviera de acuerdo contigo.

—Profesor Gordon… —Desmond sacudió la cabeza a falta de palabras. Jamás había visto a su mentor tan ciego, tan obstinado. Cierto que ese hombre creía en cosas que él consideraba improbables, pero nunca lo había visto tan inmune al sentido común.

—Lo haría yo mismo, pero es evidente que, si esa mujer descubre el robo, yo seré su sospechoso más probable dado que acabo de enviarle una carta pidiéndoselo.

Desmond se bloqueó al imaginarse a ese caballero, tan digno, tan corpulento, trepando por una ventana.

—Señor, no puede…

—Sin embargo a ti no te conocen. Yo podría estar en algún lugar, en un acto público, tener una coartada sólida, mientras tú te deslizas en el interior de la casa y te lo llevas. Piénsalo, Desmond. Esa mujer no se merece tener el Ojo. Tú eres de Dorset, cerca del pueblo de Anne Ballew. Tienes más derecho sobre él que cualquier aristócrata.

¿Sería posible que Gordon conociera las locas afirmaciones de su tía?

—No poseo ninguna conexión con Anne Ballew. No tengo ningún derecho a reclamarlo.

—Pero Dorset sí lo tiene. Si Anne Ballew hubiese tenido algo que decir al respecto, habría ido a parar a algún lugar de Dorset.

—Quizás, pero eso no convierte el robo en algo legítimo. No es que crea que la duquesa debería poseerlo pues, independientemente de cómo lo consiguiera, originalmente fue robado. Y lo cierto es que me da igual que una aristócrata pierda algo de su propiedad. Pero es ilegal.

—Aquí hay un bien mayor que la ley. ¿No lo entiende? Tenemos la oportunidad de hacer historia. ¿No le gustaría verlo? ¿Tocarlo? ¿Ver cómo funciona?

—Claro que me gustaría. Quiero examinar esa cosa tanto como cualquiera. Estoy de acuerdo en que haría un mayor bien aquí, y que una testaruda anciana no debería privar al resto del mundo de él. Es decepcionante, frustrante… un error, que no podamos estudiarlo. Quiero verlo. Pero no tanto como para arriesgarme a ir a la cárcel.

—No te atraparán. Eres listo. No sucumbes al pánico. Y te he visto correr.

—Eso mismo puede decirse de cualquier hombre de Newgate. Además, es misión imposible. No sé en qué habitación está. No sé qué aspecto tiene. Ni siquiera sé dónde vive esa mujer, ni conozco el plano del lugar.

—Yo sé dónde está Broughton House, y los aposentos siempre están arriba —le aclaró Gordon, como si eso resolviera la cuestión.

—¿Por qué yo? —Desmond se apartó, alzando los brazos en un gesto de frustración—. ¿Por qué no se lo pide a alguno de los otros? Carson parece especialmente empeñado en ello.

—Ah, Carson… —Gordon lo desestimó agitando una mano en el aire—. Es demasiado impulsivo, irresponsable.

—Y precisamente por eso está dispuesto a robarlo —Desmond se interrumpió y entornó los ojos—. ¿Es porque se trata del hijo de un caballero? Si pillaran a Carson el escándalo sería mayor, mientras que yo soy prescindible.

—¡No! —Gordon abrió los ojos desmesuradamente—. No, claro que no. Lo cierto es que preferiría perder a Carson antes que a ti. Tú eres el más brillante del equipo. El mejor. No puedo confiar en nadie más para que lo logre. Te considero un hijo. Recuerdo la primera vez que viniste a la ciudad —él sonrió con nostalgia—. Cuánta ilusión tenías, qué brillante eras. Me dio igual que no pudieses pagar, quería tener la posibilidad de pasar mis conocimientos a alguien que fuera capaz de comprenderlos. De usarlos.

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