Czytaj książkę: «Apuesta de amor»

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2007 Candace Camp. Todos los derechos reservados.

APUESTA DE AMOR, Nº 45 - diciembre 2010

Título original: The Marriage Wager

Publicada originalmente por HQN™ Books

Publicado en español en 2008.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

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I.S.B.N.: 978-84-671-9341-1

Editor responsable: Luis Pugni

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Apuesta de amor
Candace Camp


Capítulo 1

Lady Haughston contempló a la muchedumbre que había bajo ella, con una mano apoyada ligeramente en la barandilla de nogal negra y brillante. Era consciente de que la gente se volvía a mirarla. De hecho, se habría sentido decepcionada de no ser así.

Francesca Haughston había sido una de las bellezas reinantes de la alta sociedad durante más de una década; a los treinta y tres años, no le interesaba el hecho de ser precisa en cuanto al tiempo que había transcurrido desde su presentación en sociedad. La naturaleza la había bendecido con una gran belleza: tenía el pelo rubio, casi dorado, los ojos azules y grandes, la piel suave y blanca, la nariz recta, ligeramente respingona, y los labios un poco curvados hacia arriba por las comisuras, lo cual le confería a su sonrisa un aire vagamente felino. Tenía también un pequeño lunar en la mejilla, cerca de la boca, cuyo único efecto era el de acentuar la perfección de sus rasgos. Era de mediana estatura, pero sus formas esbeltas y su porte elegante hacían que pareciera más alta.

Sin embargo, incluso con todas las ventajas que la naturaleza le había concedido a Francesca, ella siempre se aseguraba de aparecer en público impecablemente arreglada y de modo que sus características se vieran más realzadas aún: siempre llevaba los mejores vestidos, el calzado que mejor complementara las prendas y el peinado que más favoreciera a su rostro. Su atuendo siempre seguía los dictados de la última moda, pero ella no elegía las tendencias pasajeras, sino sólo aquéllas cuyos matices resaltaran mejor el color de su piel, de sus ojos y de su pelo, y los estilos que más embellecieran su figura.

Aquella noche llevaba un vestido de satén, de color azul claro, con el escote a la altura adecuada para dejar a la vista, de una manera seductora pero no vulgar, el pecho y sus hombros blancos y suaves. El escote estaba adornado con encaje plateado, que también remataba los bajos del vestido y que se derramaba como una cascada por la media cola trasera de la falda. Llevaba un sencillo pero maravilloso collar de diamantes y un brazalete a juego, y también un tocado con algunos brillantes diseminados por el pelo.

Francesca estaba segura de que al verla nadie se habría imaginado que sus finanzas eran más bien parcas. La verdad era que su difunto marido, al cual no añoraba en absoluto, lord Andrew Haughston, había muerto dejándole en herencia enormes deudas a causa de su adicción al juego y a las apuestas. Ella se había tomado grandes molestias en ocultar aquella realidad. Nadie sabía que las joyas que llevaba eran copias de las verdaderas, que había tenido que vender. Tampoco nadie, ni siquiera la más avezada de las damas de la sociedad londinense, sospechaba que había cuidado las chinelas que llevaba con esmero, de modo que ya estaban en su tercera temporada. Ni que su vestido estaba confeccionado a partir de otro que había lucido durante la temporada anterior, y que su habilidosa doncella había convertido en una prenda digna de la moda francesa más reciente.

Uno de los pocos que conocían su situación verdadera era el hombre elegante y esbelto que estaba a su lado, sir Lucien Talbot. Él se había unido al círculo de admiradores de Francesca durante su primera temporada, cuando era una jovencita, y aunque el interés romántico que había mostrado por ella no era más que una agradable ficción en la que los dos participaban, su devoción por ella era bastante real, y durante los años que habían transcurrido, habían llegado a ser grandes amigos.

Sir Lucien era un hombre muy elegante e ingenioso, y aquellas dos características, unidas a su estado de perpetua soltería, lo convertían en un invitado muy demandado en las fiestas. Era bien sabido que no tenía dinero, como toda la familia Talbot, pero eso no estropeaba su reputación ni le impedía acceder a los círculos más selectos; ésta era una cualidad que las anfitrionas de la alta sociedad tenían en muy alta consideración. Siempre se podía contar con él para que animara una conversación con uno o dos comentarios mordaces, nunca hacía escenitas, era un bailarín excelente y su sello de aprobación para una fiesta era suficiente para establecer la buena reputación de un anfitrión.

–Vaya, qué multitud –comentó en aquel momento, observando con el monóculo a la gente que había bajo ellos.

–Creo que lady Welcombe tiene la profunda convicción de que un rout debe estar lo más concurrido posible, con el único límite de que los invitados tengan espacio para bailar –convino Francesca, mientras se abanicaba con languidez–. Temo bajar. Sé que me pisarán sin remedio.

–¿Y no es ése el objetivo de un rout?

Aquella pregunta había sido formulada por una voz grave que provenía de atrás, ligeramente a la derecha.

Francesca conocía aquella voz.

–Rochford –dijo antes de volver la cabeza–. Me sorprende encontraros aquí.

Lucien y Francesca se giraron para saludar al recién llegado, que hizo una ligera reverencia y respondió:

–¿De veras? A mí me parece que uno puede pensar que verá a todos sus conocidos en este baile.

Después, apretó los labios con una mueca familiar que era casi, aunque no del todo, una sonrisa. Se llamaba Sinclair y era el quinto duque de Rochford, y si la presencia de Lucien era solicitada por las anfitrionas, la asistencia de Rochford a una fiesta era la máxima aspiración de todas ellas.

Rochford era un hombre alto, delgado y de hombros anchos. Iba vestido de impecable negro y blanco, tal y como se requería en las ocasiones formales; llevaba un broche de rubíes en el pañuelo del cuello y unos gemelos a juego. Era uno de los hombres más poderosos de la aristocracia, y además, muy guapo. Su comportamiento, al igual que su forma de vestir, era elegante y discreto. Causaba admiración entre los hombres por su habilidad en el manejo de los caballos y por su certera puntería, y era perseguido por las mujeres debido a su gran fortuna, sus pómulos marcados y sus ojos negros. Tenía casi cuarenta años y nunca se había casado, y como consecuencia, se había convertido en la desesperación de la mayoría de las damas de la alta sociedad, incluso de aquéllas con más determinación.

Francesca no pudo evitar sonreír un poco ante su respuesta.

–Probablemente tenéis razón.

–Como siempre, sois una visión, lady Haughston –le dijo Rochford.

–¿Una visión? –preguntó Francesca, arqueando una de sus delicadas cejas–. Me doy cuenta de que no habéis dicho qué tipo de visión. Podrían encontrarse muchas formas de terminar esa frase.

A Rochford le brillaron los ojos, pero respondió en tono neutral:

–Nadie que tuviera ojos imaginaría algo que no fuera una visión de belleza.

–Una excelente recuperación –le dijo Francesca.

Sir Lucien se inclinó hacia Francesca y le susurró:

–No mires. Lady Cuttersleigh se está acercando.

Una mujer alta y muy delgada se aproximaba hacia ellos, seguida de su marido, un hombre bajo y fornido. Lady Cuttersleigh era hija de un conde, pero se había casado con un barón, y solía recordarle a su marido, y al resto del mundo, que su matrimonio estaba por debajo de sus posibilidades. Consideraba que era su deber casar a sus numerosas hijas con alguien digno de su elevada línea de sangre. Sin embargo, dado que sus hijas se parecían mucho a ella en el físico y el carácter, le estaba resultando difícil. Aquélla era una de las pocas mujeres que no había cejado en el empeño de conseguir al duque de Rochford como yerno.

Rochford hizo una leve mueca de dolor antes de volverse y ejecutar una perfecta reverencia para saludar a la pareja que se había acercado.

–Mi señora Cuttersleigh.

–Lady Haughston –dijo lady Cuttersleigh para saludar a Francesca, y después asintió desinteresadamente hacia sir Lucien, cuyo título estaba muy por debajo de sus aspiraciones. Se giró nuevamente hacia Rochford con una sonrisa y afirmó–: Maravillosa fiesta, ¿no creéis? La fiesta de la temporada, diría yo.

Rochford no dijo nada, se limitó a sonreír con socarronería.

–Me pregunto cuántas fiestas de la temporada habrá este año –ironizó sir Lucien.

Lady Cuttersleigh lo miró con desdén.

–Sólo puede haber una.

–Oh, a mí me parece que habrá tres, al menos –intervino Francesca–. Una de ellas es la que cuenta con una mayor asistencia de invitados, que será ésta, seguramente; pero también está la fiesta ganadora de este año en cuanto al lujo con el que está decorada la casa.

–Y también está la que ganará por la importancia de los invitados que asisten –añadió sir Lucien.

–Bueno, yo sé que mi Amanda sentirá haberse perdido ésta –dijo lady Cuttersleigh.

Francesca y Lucien se miraron, y Francesca abrió su abanico y lo elevó hasta su rostro para ocultar su sonrisa. Fuera cual fuera el tema del que estuvieran hablando, lady Cuttersleigh se las arreglaba para sacar a sus hijas en la conversación.

Lady Cuttersleigh comenzó a describir detalladamente la fiebre que había postrado a sus dos hijas menores, y la manera tan conmovedora en que su hija mayor, Amanda, se había quedado en casa para cuidarlas. Francesca se preguntó dónde estaba el instinto maternal de aquella mujer, puesto que era su hija la que había tenido que quedarse cuidando de las dos niñas enfermas.

Lady Cuttersleigh siguió explayándose con las virtudes de Amanda hasta que Rochford intervino.

–Sí, mi señora, está claro que vuestra hija mayor es una santa. Verdaderamente, entiendo que sólo el más virtuoso de los hombres sería un marido apropiado para ella. ¿Puedo sugeriros al reverendo Hubert Paulty? Es un hombre excelente, y muy adecuado para ella.

Lady Cuttersleigh se quedó sin palabras. Miró al duque con abatimiento, parpadeando rápidamente e intentando recuperarse de aquel golpe para retomar sus esfuerzos. Rochford, sin embargo, fue demasiado rápido para ella.

–Lady Haughston, creo que me habíais prometido que me presentaríais a vuestro estimado primo –le dijo a Francesca, ofreciéndole el brazo.

Francesca le lanzó una mirada divertida, y le dijo en un tono de voz recatado:

–Por supuesto. Si nos excusáis, lady Cuttersleigh. Sir Lucien.

Sir Lucien se inclinó hacia ella y susurró:

–Traidora.

Francesca no pudo reprimir una risita mientras se alejaba del brazo de Rochford.

–¿Mi estimado primo? –repitió–. ¿Os referís al que tanto cariño le profesa a su oporto, o al que huyó al Continente después de un duelo?

Una vaga sonrisa se dibujó en los labios del duque.

–Me refiero, mi hermosa señora, a cualquiera que pueda librarme de lady Cuttersleigh.

Francesca sacudió la cabeza.

–Qué mujer tan horrible. Está asegurándose la soltería de todas sus hijas con esos intentos por casarlas. No sólo es muy torpe a la hora de imponérselas a la gente, sino que además sus expectativas exceden con mucho las posibilidades de las muchachas.

–Vos, según tengo entendido, sois una experta en esos asuntos –dijo Rochford, en un tono ligeramente burlón.

Francesca lo miró con las cejas arqueadas.

–¿De veras?

–Oh, sí. He oído decir que sois aquélla a la que hay que consultar cuando se hace una incursión en las procelosas aguas del mercado del matrimonio. Sin embargo, uno se pregunta por qué vos misma no os habéis puesto en las listas de nuevo.

Francesca le soltó el brazo y se volvió hacia la barandilla para mirar a la multitud que había bajo ellos. –Me encuentro a gusto en mi estatus de viuda, Excelencia.

–¿Excelencia? –repitió él burlonamente–. ¿Después de tantos años? Me parece que os he ofendido una vez más. Me temo que soy bastante proclive a hacerlo.

–Sí, parece que sois experto en ello –respondió Francesca–. No, no me habéis ofendido. Sin embargo, me pregunto si… ¿me estáis pidiendo ayuda?

Él soltó una carcajada.

–No, no. Sólo estaba conversando.

Francesca se giró de nuevo hacia el duque y lo observó fijamente, preguntándose por qué habría sacado aquel tema. ¿Quizá se hubieran extendido rumores sobre sus esfuerzos de casamentera? Durante aquellos últimos años, Francesca había ayudado a más de una pareja de padres que estaba intentando casar con éxito a una hija. Esos padres siempre le habían demostrado su gratitud con algún regalo, por supuesto, después de que Francesca hubiera guiado a la muchacha, bajo su protección, por los difíciles caminos de la alta sociedad hacia los brazos del marido adecuado.

Sin embargo, aquellos regalos se habían intercambiado con la máxima discreción por ambas partes, y Francesca no entendía cómo había podido saberse que cierto broche de plata o cierto anillo de rubí se habían empeñado en el establecimiento de algún prestamista.

Rochford la miró también, y Francesca detectó la chispa de la curiosidad en sus ojos oscuros. Entonces dijo, rápidamente:

–Sin duda, encontráis insignificante esa cualidad.

–Claro que no. He conocido a muchas madres formidables y empeñadas en convertir a sus hijas en duquesas, a demasiadas como para desdeñar los esfuerzos de una casamentera.

–Realmente, es asombroso –continuó Francesca– contemplar cómo muchas de esas madres manejan la cuestión de la forma más equivocada. No sólo lady Cuttersleigh. Mirad a aquellas muchachas.

Francesca asintió hacia un grupo que había bajo ellos, junto al tiesto de una palmera. Una mujer de mediana edad, vestida de color morado, estaba junto a dos jóvenes que, claramente, eran hijas suyas, teniendo en cuenta el desafortunado parecido que había entre ellas.

–Normalmente, las mujeres que no tienen idea de cómo vestirse se empeñan en elegir la ropa de sus hijas –comentó Francesca–. En este caso, la madre ha vestido a las hijas de color lavanda, un tono más juvenil del morado que ella lleva; y cualquier tono de ese color es desastroso con su color de piel, porque sólo sirve para hacerlo más amarillento. Además, llevan demasiados volantes, demasiado encaje y demasiados lazos. Y mirad como la madre habla y habla, sin dejar que sus hijas pronuncien una sola palabra.

–Sí, ya veo –respondió Rochford–. Pero seguramente éste es un ejemplo extremo. No creo que tuvieran muchas esperanzas incluso sin una madre tan dominante.

Francesca emitió un sonido desdeñoso.

–Yo lo conseguiría...

–Vamos, querida… –dijo él, con una mirada de diversión.

Francesca arqueó las cejas.

–¿Dudáis de mí?

–Me inclino ante todo vuestro conocimiento –dijo él–, pero pienso que ni siquiera vos conseguiríais casar a ciertas muchachas.

Aquel tono burlesco irritó a Francesca. Sin detenerse a pensar, dijo:

–Sí podría. Podría hacer que cualquier chica de esta sala estuviera comprometida antes del final de la temporada.

Él contuvo una sonrisa de un modo decididamente molesto y dijo con despreocupación:

–¿Os apetece hacer una apuesta?

Francesca pensó que había sido impetuosa, pero no podía retirarse ante aquel tono de voz de burla.

–Sí, me apetece.

–¿Cualquier muchacha de la sala? –preguntó Rochford.

–Cualquier muchacha.

–¿Y la tomaríais bajo vuestra protección hasta que estuviera comprometida con un candidato aceptable, antes del fin de la temporada social?

–Sí –respondió Francesca, mirándolo con frialdad. Ella no era de las que se amedrentaban ante un desafío–. Y vos podéis elegir a la muchacha.

–Pero… ¿qué nos apostaremos? Veamos… si yo gano, debéis acceder a acompañarnos a mi hermana y a mí cuando vayamos a hacerle nuestra visita anual a nuestra tía abuela.

–¿A lady Odelia? –preguntó Francesca con algo de horror.

Cuando respondió, a Rochford le brillaban los ojos.

–Vaya, pues claro. Lady Odelia os profesa un gran cariño, por si no lo sabíais.

–Sí, el mismo cariño que le profesa un halcón a un conejo gordo –respondió Francesca–. Sin embargo, acepto porque sé que no voy a perder la apuesta. ¿Y qué conseguiré yo cuando vos perdáis?

Él la miró, pensativamente, durante un momento antes de responder:

–Creo que un brazalete de zafiros del mismo color que vuestros ojos. Creo que a vos os agradan los zafiros.

Sus miradas se quedaron atrapadas la una en la otra durante unos instantes. Entonces, Francesca se volvió y dijo de manera insulsa:

–Sí, me agradan. Eso estará bien.

Apretó un poco su abanico, alzó la barbilla e hizo un gesto hacia los invitados de la fiesta.

–Bien, ¿a qué muchacha elegís?

Ella esperaba que Rochford eligiera a una de las dos jóvenes tan poco agraciadas sobre las que habían estado hablando.

–¿A la que lleva el enorme lazo en la cabeza, o la que lleva la pluma alicaída?

–A ninguna –respondió él, sorprendiéndola. Después señaló, asintiendo, a la mujer alta y esbelta que había tras las muchachas, vestida con un sencillo traje gris. Estaba claro, por la sencillez de aquel vestido, que la mujer había acudido a la fiesta en calidad de acompañante y no de debutante–. Elijo a aquélla.

Constance Woodley estaba aburrida. Se suponía que debía sentir gratitud, tal y como le decía frecuentemente su tía Blanche, por estar en Londres durante la temporada social y por poder asistir a grandes fiestas como aquélla. Sin embargo, Constance no podía alegrarse mucho por el hecho de acompañar a sus primas a tan numerosos bailes. Había una gran diferencia entre disfrutar de la temporada social como protagonista, caso de Georgiana y Margaret, y observar en un segundo plano como alguien disfrutaba de aquellos eventos.

Su oportunidad de tener una temporada social había pasado hacía mucho tiempo. Cuando ella cumplió dieciocho años y llegó el momento de su presentación, su padre se había puesto enfermo, y ella había pasado los cinco años siguientes cuidándolo mientras su salud decaía progresivamente. Él había muerto cuando ella tenía veintitrés años, y como su finca estaba vinculada a los herederos masculinos y Constan ce no tenía hermanos, la propiedad había ido a parar a manos de su tío, Roger. A Constance, soltera y sin medios económicos suficientes para mantenerse, aparte de la pequeña suma que su padre le había dejado en herencia y que había invertido íntegramente en fondos públicos, se le había permitido que permaneciera en la casa cuando sir Roger y su familia se habían instalado en ella.

Su tía Blanche le había dicho que con ellos siempre tendría un hogar, aunque pensaba que sería mejor que Constance dejara su habitación y ocupara otra mucho más pequeña en la parte trasera de la casa. La habitación más grande, con sus preciosas vistas al jardín, era más adecuada para las dos hijas de los dueños de la casa.

Aquel movimiento había sido un trago amargo para Constance, pero se había consolado pensando que al menos tenía una habitación para sí, y que no debía compartirla con sus primas; de aquel modo, podía retirarse allí de vez en cuando para disfrutar de la paz y la tranquilidad.

Constance había pasado aquellos últimos años viviendo con sus tíos y sus primas. Había ayudado a su tía con las niñas y con la casa para ser útil y agradecerle el hecho de que la hubieran acogido, pero también porque estaba claro que ellos esperaban aquel gesto en compensación por la habitación y el alojamiento. Pacientemente, Constance ahorraba y reinvertía los pequeños ingresos que recibía de su herencia, con la esperanza de que algún día acumularía lo suficiente como para poder mantenerse y vivir sola.

Dos años antes, cuando su prima mayor, Georgiana, había cumplido dieciocho años, su tío y su tía habían decidido que, debido a los gastos que suponía un debut, sería mejor esperar a que la segunda muchacha también cumpliera dieciocho años y presentar en sociedad a sus dos hijas a la vez.

Constance podía ir con ellos a Londres, le había dicho con deferencia su tía, en calidad de dama de compañía de las muchachas. No se había mencionado que participara en aquel rito social de ningún otro modo. Aunque la temporada londinense era en parte una especie de mercado matrimonial para madres con hijas casaderas, ni Constance ni su tía pensaban que Constance fuera un buen partido para ningún marido. Era una mujer atractiva; tenía unos grandes ojos grises y una melena espesa de color castaño oscuro rojizo, pero a los veintiocho años se había convertido en una solterona, porque hacía tiempo que había sobrepasado la edad conveniente para presentarse en sociedad. Ya no podía vestirse de colores claros ni hacerse tirabuzones en el pelo. De hecho, la tía Blanche prefería que Constance llevara una cofia, pero aunque Constance accedía a llevarla durante el día, para las fiestas rehusaba ponerse aquel símbolo definitivo de sus esperanzas malogradas.

Constance hacía todo lo posible por cumplir con las expectativas de su tía, porque sabía que sus tíos no tenían obligación de acogerla después de la muerte de su padre. Que lo hubieran hecho principalmente por miedo a la desaprobación social y por tener una asistenta gratis para sus hijas no eran motivos suficientes para no profesarles gratitud. Sin embargo, a veces le resultaba muy difícil soportar el parloteo de sus primas, que eran tontas e inexplicablemente engreídas. Y aunque también era algo engreído por su parte, Constance detestaba llevar aquellos aburridos vestidos grises, marrones y azul marino, los colores que su tía consideraba más adecuados para una mujer soltera de cierta edad.

Observar a la gente brillante de la alta sociedad producía cierto placer, por supuesto, y Constance estaba concentrada en aquel pasatiempo. Estaba observando a la pareja que había en lo alto de la escalinata, mirando a los invitados de la fiesta como unos monarcas hubieran contemplado a sus súbditos. Aquélla era una analogía idónea, porque el duque de Rochford y lady Francesca Haughston estaban entre los miembros reinantes de la sociedad londinense. Constance, por supuesto, no conocía a ninguno de los dos, porque ellos se movían en un círculo muy superior al de su tío Roger y su tía Blanche. Sólo en aquellos eventos tan grandes como aquel rout los veía Constance.

En aquel momento, ellos dos comenzaron a descender por las escaleras, y Constance perdió su visión entre la multitud. Su tía se giró hacia ella en aquel mismo momento y le dijo:

–Constance, querida, busca el abanico de Margaret. Parece que se le ha caído.

Constance pasó los minutos siguientes buscando el abanico, así que no se dio cuenta de que se aproximaban dos mujeres hasta que la respiración agitada de su tía la alertó de que sucedía algo extraño. Alzó la vista y se dio cuenta de que lady Haughston caminaba hacia ellos junto a la sonriente anfitriona de la fiesta, la misma lady Welcombe.

–Lady Woodley, sir… eh…

–Roger –dijo el tío de Constance.

–Por supuesto, sir Roger. Espero que ambos estén disfrutando de mi fiestecita –dijo la dama, haciendo un gesto hacia la gran sala, que estaba abarrotada de gente. Su sonrisa desdeñosa era indicación de que comprendía lo humorístico de su comentario.

–Oh, sí, señora mía. Es un maravilloso baile. El mejor de la temporada, se lo aseguro. Justamente le estaba diciendo a sir Roger que es el evento más espléndido al que hemos asistido por ahora.

–Bueno, la temporada aún es joven –replicó lady Welcombe con modestia–. Sólo espero que aún sea recordado en julio.

–Oh, estoy segura de que así será –dijo la tía Blanche, y se apresuró a alabar profusamente las flores, las velas, la decoración.

Incluso la anfitriona debió de aburrirse con tanto halago.

–Por favor, permítanme que les presente a lady Haughston –dijo a la primera oportunidad que tuvo, y se giró hacia Francesca–. Lady Haughston, os presento a sir Roger Woodley y a su esposa, lady Blanche, y ellas son… eh… sus encantadoras hijas.

–Encantada –dijo lady Haughston, tendiéndoles su esbelta y blanca mano.

–¡Oh, mi señora! ¡Es todo un honor! –exclamó la tía Blanche, sofocada por la excitación–. Me alegro tanto de conoceros. Por favor, permitidme que os presente a nuestras hijas, Georgiana y Margaret. Niñas, saludad a lady Haughston.

Lady Haughston sonrió superficialmente a cada una de las muchachas y después se acercó a Constance, que estaba ligeramente apartada.

–¿Y quién sois vos?

–Constance Woodley, señora –respondió Constance con una ligera reverencia.

–Disculpad –intervino la tía Blanche rápidamente–. La señorita Woodley es la sobrina de mi marido, y vive con nosotros desde que falleció su pobre padre, hace algunos años.

–Por favor, aceptad mis condolencias –dijo lady Haughston, y añadió después de una breve pausa–: Por la muerte de vuestro padre.

–Gracias, señora –respondió Constance.

Percibió cierta diversión en los ojos profundamente azules de la otra mujer, y no pudo dejar de preguntarse si lady Haughston no estaba insinuando algo distinto con lo que había dicho. Contuvo la sonrisa que le produjo aquel pensamiento y le devolvió la mirada, con amabilidad, a lady Haughston.

Lady Welcombe se despidió y se alejó, pero para sorpresa de Constance, lady Haughston se quedó hablando con ellos durante unos instantes. Constance se sorprendió aún más cuando la dama dijo que debía marcharse y se giró hacia ella.

–¿Os importaría dar un paseo conmigo por la sala, señorita Woodley?

Constance se quedó demasiado asombrada como para responder. Después se adelantó con presteza y dijo:

–Sí, me gustaría mucho, gracias.

Recordó mirar a su tía para pedirle permiso, aunque Constance sabía que se hubiera ido con lady Haughston aunque la tía Blanche se lo hubiera negado. Afortunadamente, su tía sólo pudo asentir con perplejidad, y Constance se marchó con lady Haughston.

Francesca la tomó por el brazo y comenzó a caminar por la enorme sala, charlando despreocupadamente.

–Vaya, apenas puede una ver a alguien conocido entre tal multitud. Es imposible encontrarse con nadie –comentó.

Constance sonrió en respuesta. Aún estaba atónita por el interés de lady Haughston en ella, y no sabía qué decir, ni siquiera se le ocurría el más tópico de los comentarios. No podía imaginar qué quería de ella una de las grandes damas de la aristocracia. No creía que Francesca se hubiera dado cuenta, con una breve mirada, de que Constance era merecedora de su amistad.

–¿Es ésta vuestra primera temporada? –continuó Francesca.

–Sí, señora. Mi padre estaba muy enfermo cuando llegó el momento de mi presentación –le explicó Constance–. Murió unos años después.

–Ah, entiendo –dijo Francesca.

Constance miró a su acompañante. En los ojos de Francesca había una mirada de perspicacia que daba a entender que entendía más cosas de las que le había contado Constance. Que entendía el pasar lento del tiempo mientras Constance cuidaba de su padre, los días de aburrimiento y tristeza, intercalados con momentos de trabajo duro y confusión cuando su enfermedad empeoró.

–Siento vuestra pérdida –dijo lady Haughston amablemente. Después de un momento, añadió–: Así que ahora vivís con vuestros tíos. Y vuestra tía os ha amadrinado. Qué bondadoso por su parte.

Constance notó que se le ruborizaban las mejillas. No podía negar aquellas palabras, porque habría sido un detalle desagradecido, pero tampoco era capaz de dar a entender que su tía actuaba por bondad. Así pues, se limitó a decir:

–Sí. Bueno, sus hijas ya tienen edad para debutar, y…

–Estoy segura de que sois una gran ayuda para ella –dijo lady Haughston.

Constance la miró de nuevo y tuvo que sonreír. Lady Haughston no era tonta; entendía muy bien por qué la tía Blanche había llevado a Constance a Londres: no por el bienestar de su sobrina, sino por su propio beneficio. Aunque Constance se preguntaba cuál sería el propósito de la dama, se sentía a gusto con ella sin poder evitarlo. Lady Haughston tenía una calidez de trato poco común entre la mayoría de los miembros del Ton.

–Aun así –continuó lady Haughston–, debéis tomaros tiempo para conocer Londres, también.

–He visitado algunos de los museos –respondió Constance–. Me han gustado mucho.

–¿De veras? Bueno, eso es excelente, pero yo estaba pensando en algo más parecido a… digamos que a ir de compras.

–¿De compras? –repitió Constance, que acababa de alcanzar el máximo punto de confusión–. ¿Comprar qué, señora?

–Bueno, yo nunca me limito a una sola cosa –respondió lady Haughston con una sonrisa de felino satisfecho–. Eso sería muy aburrido. Siempre salgo con la idea de explorar y buscar lo que haya por ahí. Quizá pudierais acompañarme mañana.

Constance la miró con verdadero asombro.

–¿Disculpad?

–Acompañarme de tiendas –repitió la dama con una suave carcajada–. No debéis mirarme así. Os prometo que no será nada horrible.

–Yo… lo siento –dijo Constance, ruborizándose de nuevo–. Debéis de creer que soy una boba. Lo que ocurre es que vuestro ofrecimiento me ha tomado por sorpresa. De hecho, me gustaría mucho ir con vos, aunque creo que debo deciros que se me dan muy mal las compras.

–No tenéis que preocuparos –respondió lady Haughston con los ojos brillantes–. Os aseguro que yo soy lo bastante experta como para comprar por las dos.

Constance sonrió. No sabía con exactitud qué estaba ocurriendo, pero la expectativa de pasar un día entero lejos de su tía y sus primas era deliciosa. Y Constance era humana, así que no pudo evitar sentir cierta satisfacción perversa al pensar en la cara que pondría su tía cuando supiera que Constance había sido elegida por una de las mujeres más aristocráticas y conocidas de Londres.

–Entonces, decidido –continuó lady Haughston–. Pasaré a buscaros mañana, digamos que a la una, e iremos de compras.

–Sois muy amable.

Francesca sonrió y le apretó la mano a Constance para despedirse. Después, se marchó. Constance observó cómo se alejaba, sin entender por qué lady Haughston estaba interesada en ella. Sin embargo, pensó que podría resultar interesante averiguarlo.

Se volvió y miró hacia el lugar en el que habían quedado sus tíos y sus primas, y los divisó entre la multitud. Entonces pensó que su tía no sabría exactamente en qué momento se habían separado lady Haughston y ella. Quizá pudiera pasar un poco más de tiempo alejada de ellos sin exponerse a la censura de la tía Blanche.

Constance miró a su alrededor y vio una puerta que se abría al pasillo. Avanzó entre la gente y la atravesó. Después de recorrer aquel pasillo, descubrió otro más estrecho, y en él, una puerta doble y parcialmente abierta. Constance se dio cuenta de que era una biblioteca. Con una sonrisa en los labios, entró. Era una gran biblioteca, en efecto, con estanterías repletas de libros que llegaban hasta el techo y que cubrían las cuatro paredes salvo en los lugares ocupados por las altísimas ventanas. Y, suspirando de puro placer, se puso a contemplar los volúmenes que ocupaban las baldas.

Su padre había sido un hombre cultivado, mucho más dispuesto a meter la nariz entre las páginas de un libro que a ocuparse de la contabilidad de su finca. La biblioteca de su casa también había estado llena de libros de todos los tamaños y temas, pero aquella estancia era mucho más pequeña, y no podía contener ni un tercio de los libros que había allí.

Constance se paseó por las estanterías de la pared opuesta a la puerta, y estaba leyendo los títulos cuando oyó unos pasos apresurados que se acercaban por el pasillo. Un momento después, un hombre irrumpió en la habitación con una expresión de angustia. Miró a su alrededor durante unos instantes y se fijó en Constance, que se había quedado muy sorprendida.

Él se puso un dedo sobre los labios para indicarle que guardara silencio y se escondió tras la puerta.

Capítulo 2

Constance, perpleja, no supo cómo reaccionar. Se dirigió hacia la salida de la biblioteca, pero en aquel mismo momento hizo aparición una mujer de baja estatura, regordeta, vestida con un traje rosa de satén muy poco favorecedor. La mujer miró acusadoramen te a Constance y le espetó:

–¿Habéis visto al vizconde?

–¿Aquí? ¿En la biblioteca? –le preguntó Constance, arqueando las cejas.

La otra mujer se mostró escéptica.

–Parece algo improbable –admitió. Después miró a ambos lados del pasillo y al interior de la biblioteca–. Pero estoy segura de que he visto a lord Leighton entrar aquí.

–Había un hombre corriendo por el pasillo hace un momento –dijo Constance–. Probablemente ha entrado en el corredor principal.

La mujer entrecerró los ojos.

–Seguro que se ha ido al salón de fumadores.

Se volvió y, apresuradamente, continuó con su persecución.

Cuando el sonido de sus pasos se acalló, el hombre salió de detrás de la puerta y dejó escapar un suspiro de alivio.

–Querida señora, os estaré eternamente agradecido –le dijo a Constance con una encantadora sonrisa.

A Constance también se le escapó una sonrisa. Era un hombre muy guapo, y tenía unos modales muy agradables. Era más alto que la media, y esbelto, con un cuerpo fibroso que insinuaba una fuerza física considerable. Iba vestido con elegancia; llevaba un traje negro y una camisa blanca, y un pañuelo anudado al cuello, sofisticado pero sin los adornos y volantes de un dandi. Tenía los ojos muy azules, y la boca amplia y expresiva. Cuando sonreía, como en aquel momento, se le formaba un hoyuelo en la mejilla y le brillaban los ojos, señales que seguramente conseguirían que todo el mundo se uniera a su buen humor. Tenía el pelo rubio oscuro, con mechones más claros, y un poco más largo de lo que hubiera sido aconsejable por la moda reinante.

A Constance le pareció una persona muy atractiva y encantadora, y pensó que, seguramente, él conocía el efecto que les producía a los demás, sobre todo a las mujeres. Ella sintió un tirón de atracción visceral, cosa que demostraba el poder de aquel hombre, pensó, y decididamente, intentó controlar los nervios que le atenazaban el estómago. Tenía que ser inmune a las sonrisas de coqueteo que pudieran dirigirle los hombres, porque, después de todo, ella no era un buen partido para nadie, y cualquier otra opción era inaceptable.

–Presumo que sois el vizconde Leighton… –le dijo con ligereza.

–Ah, así es, para mi castigo –respondió él, y le hizo una amable reverencia–. ¿Y cuál es vuestro nombre, señora?

–Soy señorita –respondió ella–, y sería impropio, me parece, decírselo a un extraño.

–Ah, pero no tan impropio como estar a solas con un extraño, como estáis ahora –replicó él–. Sin embargo, una vez que me hayáis dicho vuestro nombre, ya no seremos extraños, y entonces, todo será perfectamente respetable.

Ella se rió ante aquel razonamiento.

–Soy la señorita Woodley, milord. La señorita Constance Woodley.

–Señorita Constance Woodley –repitió él–. Ahora debéis ofrecerme vuestra mano.

–¿De veras? ¿Debo hacerlo? –preguntó Constance, divertida. No recordaba cuándo había coqueteado por última vez con un hombre, y lo encontró muy estimulante.

–Oh, sí –dijo él, gravemente–. Porque, si no lo hacéis, ¿cómo voy a inclinarme ante ella?

–Pero si ya habéis hecho una perfecta reverencia –señaló Constance.

–Sí, pero no mientras tenía la gran fortuna de estar en posesión de vuestra mano –replicó él.

Constance le tendió la mano, diciendo:

–Sois un individuo muy persistente.

Él le tomó la mano y se inclinó sobre ella, sujetándosela durante un poco más de lo que hubiera sido adecuado. Cuando la soltó, sonrió, y Constance sintió la calidez de su sonrisa por todo el cuerpo, hasta las puntas de los dedos de los pies.

–Ahora somos amigos, así que todo es muy propio.

–¿Amigos? Sólo somos conocidos –afirmó Constance.

–Ah, pero me habéis salvado de lady Taffington. Eso os convierte en mi amiga.

–Entonces, como amiga, puedo tomarme la libertad de preguntaros por qué os estabais escondiendo de lady Taffington en la biblioteca. No parecía una mujer tan terrorífica como para ahuyentar a un hombre.

–Si decís eso es porque no conocéis a lady Taffington. Es la más terrible de las criaturas: una madre decidida a casar a su hija.

–Entonces, debéis tener cuidado de no tropezar con mi tía –le advirtió Constance.

Él se rió.

–Me temo que están por todas partes. La perspectiva de un futuro condado es más de lo que pueden resistir.

–Algunos pensarían que no es tan malo estar tan solicitado.

Él se encogió de hombros.

–Quizá… si la persecución tuviera algo que ver conmigo, y no con mi título.

Constance sospechó que a lord Leighton lo solicitaban por algo más que por su título. Después de todo, era un hombre guapísimo y encantador. Sin embargo, le pareció muy atrevido decir algo así.

Como ella se quedó en silencio, él continuó:

–¿Y para quién intenta vuestra tía cazar marido? –le preguntó a Constance, y miró su dedo sin alianza antes de decirle–: No para vos, seguramente. Me parece que sería una tarea muy fácil, si éste fuera el caso.

–No, no para mí. Yo ya he pasado esa edad –dijo, y sonrió un poco para suavizar las palabras–. Yo sólo he venido a ayudar a tía Blanche como señora de compañía de sus hijas. Están en su debut.

Él arqueó una ceja.

–¿Vos? ¿Señora de compañía? –le preguntó, y sonrió también–. Espero que me perdonéis lo que voy a decir, pero eso es absurdo. Vos sois demasiado joven y bonita para ser una señora de compañía. Me temo que vuestra tía se dará cuenta de que los pretendientes de sus hijas visitan la casa para veros a vos.

–Y vos, señor, sois un adulador –dijo Constance, y miró hacia la puerta–. Debo irme.

–¿Me abandonáis? Vamos, no os marchéis todavía. Seguro que vuestras primas podrán vivir un poco más sin vuestro acompañamiento.

A decir verdad, Constance no sentía muchos deseos de marcharse. Era mucho más entretenido charlar con aquel vizconde tan guapo que ver como sus primas hablaban y coqueteaban. Sin embargo, temía que si se quedaba demasiado tiempo, su tía iría a buscarla, y lo último que quería era que la tía Blanche la encontrara allí, a solas con un extraño. Además, no deseaba en absoluto que su tía conociera a lord Leighton y se convirtiera en una más del grupo de señoras que lo perseguían para casarlo con una de sus hijas.

–Sin duda, pero yo estoy descuidando mi deber –respondió ella, y le tendió la mano–. Adiós, milord.

–Señorita Woodley –dijo él con una gran sonrisa, y le tomó la mano–. Me habéis alegrado la noche considerablemente.

Constance le devolvió la sonrisa, sin saber que el hecho de disfrutar de aquellos momentos le había conferido brillo a sus ojos y rubor a sus mejillas. Ni siquiera la severidad de su vestido y de su peinado pudo enmascarar su atractivo.

Él no le soltó la mano inmediatamente; se quedó mirándola con fijeza, y entonces, para sorpresa de Constance, se inclinó hacia ella y la besó.

Constance se quedó inmóvil. Aquel beso fue algo tan inesperado que ella no se apartó, y después de un momento se dio cuenta de que no quería hacerlo. Sentía los labios de aquel hombre de una manera ligera y suave, pero el contacto le produjo un cosquilleo por todo el cuerpo. Pensó que él sería quien se apartara, pero, para su sorpresa, tampoco lo hizo. En vez de eso, la besó cada vez más profundamente, hundiendo los labios en los de Constance, y con suavidad, inexorablemente, consiguiendo que su boca se abriera para él. Constance alzó las manos por instinto y las apoyó en su torso.

Sabía que tenía que empujarlo con indignación, pero en vez de eso, se agarró a las solapas de su chaqueta y se aferró al caudal de sensaciones que la embargaban. Él le posó la mano en la cintura, y con la otra le sujetó la nuca mientras seguía besándola.

Con sinceridad, Constance se alegró de que él la sujetara, porque tenía la sensación de que iban a fallarle las rodillas. Nunca se había sentido de aquella manera, ni siquiera cuando tenía diecinueve años y se había enamorado de Gareth Hamilton. Gareth la había besado cuando le había pedido que se casara con él, y Constance había pensado que nada podría ser tan dulce como aquel beso. Le había resultado más difícil rechazar a su pretendiente para poder cuidar a su padre durante su enfermedad.

Sin embargo, el abrazo de lord Leighton no era dulce en absoluto; era fuerte y exigente. Y la estaba marcando a fuego con su beso. Aunque Constance apenas conocía a aquel hombre, estaba temblando y había perdido la capacidad de pensar con claridad.

Él alzó la cabeza, y durante un largo momento se miraron el uno al otro, más afectados y temblorosos de lo que hubieran querido admitir. Leighton tomó aire y se apartó de ella. Constance lo miró con los ojos abiertos de par en par, incapaz de hablar. Después se dio la vuelta y salió corriendo de la biblioteca.

No había nadie en el pasillo, afortunadamente. Constance no quería imaginarse qué aspecto tenía. Si se parecía a lo que sentía por dentro, entonces estaba segura de que todo el mundo se quedaría mirándola. El corazón le latía aceleradamente y tenía los nervios de punta.

Constance se acercó a uno de los espejos que había colgados en la pared y contempló su reflejo. Tenía los ojos suaves y brillantes, y las mejillas y los labios enrojecidos. Se dio cuenta de que estaba más guapa. ¿Sería tan evidente como para que la gente supiera lo que había hecho?

Con las manos temblorosas, se atusó el moño. Después respiró profundamente varias veces e intentó calmarse y ordenar sus pensamientos.

¿Por qué la habría besado lord Leighton? ¿Acaso no era más que un mujeriego, un seductor que había querido aprovecharse de una mujer en una situación vulnerable? A Constance le resultaba difícil creerlo. Él había sido tan agradable… no sólo era un hombre guapo, sino que tenía un brillo especial en la mirada y un gran sentido del humor. Sin embargo, quizá los calaveras fueran así. Aquello tenía sentido. Sin duda, era mucho más fácil seducir a alguien siendo encantador.

Sin embargo, Constance no podía creer algo así de lord Leighton. Cuando se había apartado de ella, después de besarla, tenía una expresión de sorpresa en el rostro, como si él tampoco esperara lo que había sucedido. Y no había intentado seducirla después, aunque ella no hubiera opuesto resistencia, tan ensimismada como estaba en el beso. Claramente, el hecho de que él hubiera interrumpido aquel beso probaba que era demasiado caballeroso como para aprovecharse de la situación.

Él había querido besarla, por supuesto, aunque hubiera sido un gesto impulsivo. Pero Constance recordó como el beso, que al principio sólo había sido un ligero roce, se había hecho más profundo y apasionado. ¿Acaso él sólo pretendía darle un besito, como una especie de travesura, y se había visto atrapado por el deseo, como ella?

Aquel pensamiento hizo que Constance sonriera. Le gustaría pensar que ella no había sido la única que se había visto atrapada por la pasión.

Se miró de nuevo en el espejo. ¿Sería posible que el vizconde Leighton la hubiera encontrado atractiva pese a la sencillez con la que iba vestida? Observó su rostro, de rasgos regulares y con una agradable forma oval. Constance no creía que pareciera mucho mayor de veinte años. Y había habido uno o dos hombres aparte de Gareth que, cuando era joven, le habían dicho que tenía unos hermosos ojos y que su pelo era muy brillante. ¿Habría visto Leighton que más allá de su actual falta de brillo había una joven bonita?

A ella le gustaría que la hubiera visto como una mujer atractiva y deseable, y no que hubiera pensado, sencillamente, que era un blanco fácil para sus atenciones.

Sin dejar de pensar en aquel encuentro, Constance recorrió el pasillo de vuelta al salón de baile. La estancia seguía abarrotada y el ambiente resultaba agobiante. Se abrió paso entre la gente y volvió con sus tíos.

Para su sorpresa, su tía no le reprochó que hubiera pasado demasiado tiempo alejada de ellos. En vez de eso, le dedicó a Constance una sonrisa resplandeciente y la tomó por el brazo para acercársela.

–¿Qué te ha dicho? –le preguntó su tía Blanche ansiosamente, inclinándose hacia ella para hacerse oír por encima del ruido. Después, sin esperar la respuesta de Constance, prosiguió–: ¡Pensar que lady Haughston se ha fijado en nosotros! Me quedé anonadada cuando lady Welcombe nos la presentó. Nunca hubiera esperado que una dama tan distinguida se percatara de nuestra existencia, y mucho menos que quisiera conocernos. ¿Qué te ha dicho? ¿Cómo es?

A Constance le costó un poco de esfuerzo recordar su paseo con lady Haughston por el salón. Lo que había ocurrido después se lo había quitado de la cabeza por completo.

–Es muy agradable –dijo Constance–. Me ha resultado muy simpática.

Se preguntó si debía decirle a su tía que lady Haughston le había propuesto ir de compras al día siguiente. En realidad, a Constance le parecía improbable que la mujer lo hubiera dicho en serio. La conversación había sido muy agradable, pero era absurdo pensar que una mujer de la posición de lady Haughston hiciera cualquier esfuerzo por convertirse en su amiga. Constance provenía de una familia respetable, por supuesto, cuyos antepasados provenían de la familia Tudor, pero el título de su padre había sido sólo de barón, y además no tenía una gran fortuna. Su padre y ella habían llevado una vida tranquila en el campo. De hecho, aquélla era la primera vez que Constance visitaba Londres.

La tía Blanche le hizo un sinfín de preguntas sobre su conversación con lady Haughston y se jactó de todo lo que su influencia podía hacer por Georgiana y Margaret; sin embargo, Constance no había notado ningún interés particular en sus primas por parte de la dama. De hecho, lady Haughston había requerido la compañía de Constance, aunque ella no tuviera ni la más mínima idea del motivo. No obstante, Constance no consideró una buena idea hacérselo notar a su tía.

Así pues, no dijo nada cuando la tía Blanche y las dos muchachas siguieron especulando alegremente sobre las ventajas que les reportaría el hecho de conocer a lady Haughston a la hora de aumentar su estatus, y sobre lo que podían hacer para mejorar su vestimenta para la siguiente salida. De hecho, apenas las escuchó durante el trayecto de vuelta a casa, porque sus propios pensamientos estaban muy lejos del carruaje y de su familia. Tampoco pensó en el interés que lady Haughston pudiera tener en ella, ni en si verdaderamente iría a buscarla al día siguiente para ir de compras, aunque en circunstancias normales, se habría hecho muchas preguntas sobre todo aquello.

Sin embargo, aquella noche, mientras bajaba del coche y subía las escaleras hacia su habitación de la casa que habían alquilado sus tíos, mientras se desvestía para ponerse el camisón y se cepillaba la espesa melena, tenía la mente puesta en los ojos azules y en la risa de cierto vizconde, y la pregunta que no la dejó conciliar el sueño hasta mucho después de acostarse fue si volvería a verlo alguna vez.

Constance se vistió con más atención de lo normal a la mañana siguiente. Aunque se había negado a confiar demasiado en que lady Haughston la visitara realmente, no iba a desechar la posibilidad por completo y a tener que marcharse con la mujer, finalmente, con uno de sus peores vestidos. Así que se puso el mejor traje de tarde que tenía, confeccionado en muselina de color marrón chocolate. Su orgullo no le permitía ser vista sin ningún estilo ni gracia en compañía de la elegante lady Haughston.

El reloj dio la una en punto y lady Haughston no apareció. Constance intentó no sentirse decepcionada. Después de todo, siempre había sido consciente de que la presentación de la noche anterior había sido una casualidad. Quizá lady Haughston hubiera pensado que ella era otra persona, o se hubiera apiadado de la muchacha a la que nadie sacaba a bailar, y aquella mañana no hubiera tenido interés en proseguir con la relación.

Sin embargo, a Constance le resultó difícil no sentirse abatida. A Constance le había agradado mucho lady Haughston y, además, era lo suficientemente sincera como para admitir que había sentido cierto orgullo al haber llamado la atención de una de las damas más célebres de la alta sociedad. Y, sobre todo, conocerla había aliviado un poco el aburrimiento que le suponía la vida en Londres.

Durante el tiempo que llevaban allí, Constance se había dado cuenta de que prefería la vida en el campo a la rutilante vida de la ciudad. Sólo asistía a las fiestas en calidad de acompañante, y nadie le prestaba más atención que al mobiliario; no le pedían un baile, ni la incluían en las conversaciones que su tía y sus primas mantenían con los demás invitados.

Durante el día se aburría igualmente. El ama de llaves a la que habían contratado en Londres llevaba la casa con eficiencia, y Constance no tenía demasiadas tareas; tampoco tenía las relaciones sociales que le habían ocupado parte del tiempo en el pasado: estaba acostumbrada a hacerles visitas de cumplido a los arrendatarios de su padre y a la gente del pueblo, como el pastor y su esposa, y al abogado que manejaba los asuntos de su padre. También solía visitar a sus amigos y conocidos. Sin embargo, en Londres no conocía a nadie aparte de su familia y, a decir verdad, no encontraba demasiado enriquecedora su compañía.

Así pues, en gran parte debido al aburrimiento, Constance había deseado aquella salida con lady Haughston con más ímpetu del que hubiera querido admitir. A medida que pasaban los minutos, su desánimo crecía.

Entonces, un poco antes de las dos, justo cuando Constance estaba pensando en subir a su habitación para escapar de una tonta discusión de sus primas, una doncella anunció la llegada de lady Haughston.

–¡Oh, Dios Santo! –exclamó la tía Blanche, sobresaltándose como si alguien la hubiera pellizcado–. Sí, sí, claro. Haz pasar a la señora –le dijo a la doncella mientras se atusaba el cabello y se alisaba la falda del vestido–. Recógete el pelo, Margaret. En pie, niñas. Constance, aquí, toma mi labor.

Constance se acercó a su tía para tomar del suelo la labor de bordado que se le había caído a su tía al saltar de la silla, y después la dobló cuidadosamente y la guardó en el costurero. Estaba inclinada y ligeramente vuelta cuando lady Haughston entró en la habitación. La tía Blanche se apresuró a recibirla, tomándole ansiosamente ambas manos.

–¡Mi señora! ¡Qué honor! Por favor, sentaos. ¿Puedo ofreceros un té?

–Oh, no –respondió lady Haughston, que estaba bellísima con un vestido de paseo en seda verde. Con una sonrisa, tiró de las manos suavemente y asintió para saludar a Georgiana y a Margaret–. No puedo quedarme. Sólo he venido un instante a recoger a la señorita Woodley. ¿Dónde está?

Miró más allá de la tía Blanche y vio a Constance.

–Ah, ahí estáis. ¿Nos vamos? No debo dejar esperando durante demasiado rato a los caballos, o el cochero me reprenderá –dijo, y sonrió ante lo absurdo de aquella afirmación, con los ojos azules muy brillantes–. Espero que no hayáis olvidado nuestra salida de compras…

–No, claro que no. No estaba segura… bueno, de que lo hubierais dicho en serio.

–¿Y por qué no? –preguntó lady Haughston, con las cejas arqueadas de asombro–. ¿Os referís a mi tardanza? Bueno, no debéis preocuparos. Todo el mundo os dirá que siempre llego asombrosamente tarde a todas partes. No sé el motivo.

Entonces se encogió de hombros con tanta gracia, que Constance dio por sentado que no mucha gente se molestaría por la impuntualidad de lady Haughston.

–¿Vais a ir de compras? ¿Con Constance? –preguntó, sin salir de su asombro, tía Blanche.

–Espero que no os importe –le dijo lady Haughston–. La señorita Woodley me prometió que me ayudaría a elegir un sombrero hoy por la tarde. Estoy indecisa entre los dos que he seleccionado.

–Oh –murmuró la tía Blanche–. Sí, bueno, por supuesto.

Se volvió hacia Constance con una mezcla de confusión e irritación en el semblante, mientras decía:

–Ha sido muy amable por vuestra parte invitar a mi sobrina.

Constance se sintió un poco culpable por no haberle mencionado a su tía la invitación de lady Haughston; sin embargo, no podía explicarle sus dudas en presencia de la dama. Así pues, dijo solamente:

–Lo siento, tía Blanche. Se me olvidó decírtelo. Espero que no te importe.

La tía Blanche no podía hacer otra cosa que permitir aquella expedición si quería gozar del favor de lady Haughston, y Constance esperaba que se diera cuenta. De lo contrario, su tía probablemente se negaría por enfado.

Sin embargo, lady Woodley fue lo suficientemente inteligente como para asentir.

–Por supuesto que no, querida mía –le dijo a Constance, y después se volvió hacia lady Haughston–. No sé qué haría sin la ayuda de Constance. Es tan buena que ha accedido a venir a Londres para ayudarme con las niñas y ser su dama de compañía –dijo la tía Blanche, y miró con cariño a sus hijas–. ¡Es muy difícil mantener el ritmo de dos jóvenes tan animadas, y de tantas fiestas!

–Estoy segura de ello. ¿Asistiréis mañana al baile de lady Simmington? Espero que los veré a todos allí.

La tía Blanche siguió con la sonrisa pegada a los labios, aunque al oír las palabras de Francesca dio la impresión de que se había tragado un bicho. Finalmente, dijo:

–Yo… eh… me temo que he perdido la invitación.

–Oh, qué desafortunado. Bien, si queréis asistir, os daré mi invitación. No me gustaría perderme vuestra compañía mañana.

–¡Mi señora! –exclamó la tía Blanche, con la cara congestionada de felicidad. Lady Simmington era una anfitriona de importancia, y la tía Blanche había pasado gran parte de la semana lamentando el hecho de no haber recibido su invitación–. Eso es muy generoso por vuestra parte. Oh, vaya, por supuesto que iremos.

Su alegría fue tal que sonrió a su sobrina con verdaderas ganas al despedirse de ellas. Constance se puso rápidamente el sombrero y los guantes y siguió a lady Haughston antes de que a su tía se le ocurriera alguna excusa para enviar a sus primas con ellas.

Sin embargo, por muy contenta que estuviera Constance por poder escapar, finalmente, con lady Haughston, no pudo evitar preguntarse cuáles eran las intenciones de la dama. Claramente, el hecho de regalarle la invitación de uno de los bailes más exclusivos de la temporada social a su tía era un detalle muy generoso por parte de Francesca, aunque a lady Haughston nadie le negaría la entrada en una casa pese a que no llevara esa invitación. Sin embargo, ¿por qué lo habría hecho? Parecía una persona amistosa y buena, pero eso no explicaba el extraño interés que había demostrado por la familia de Constance.

No era verosímil que se hubiera sentido tan intrigada por Constance, por la tía Blanche o por sus hijas como para solicitar a la anfitriona de un baile que se las presentara. Y Constance apenas había hablado dos palabras con ella antes de que la aristócrata le pidiera que la acompañara a dar un paseo por el salón de baile. Después, para rematar aquel hecho tan sorprendente, le había preguntado si la acompañaría en una tarde de compras. Extrañamente, había cumplido con su palabra y había ido en busca de Constance, y, expertamente, se había metido a la tía Blanche en el bolsillo al ofrecerle la invitación para el baile de lady Simmington.

¿A qué jugaba lady Haughston? Y algo mucho más desconcertante todavía: ¿por qué?

Capítulo 3

Las dos mujeres se sentaron en el brillante carruaje negro de lady Haughston, y cuando el vehículo comenzó a moverse, Francesca se volvió hacia Constance.

–En realidad, es cierto que he visto dos preciosos sombreros en la sombrerería –le dijo–, pero tenemos tiempo de sobra para detenernos en cualquier otro lugar. ¿Vamos a Oxford Street? ¿Qué os gustaría comprar?

Constance sonrió.

–Me conformo con ir donde vos queráis, señora. No deseo comprar nada en particular.

–Oh, pero no podemos descuidaros –le dijo Francesca alegremente–. Seguramente, necesitaréis lazos, o unos guantes, o algo por el estilo –comentó, y miró pensativamente a Constance–. Un poco de encaje para el cuello de ese vestido, por ejemplo.

Sorprendida, Constance se miró el vestido marrón chocolate. Ciertamente, sería mucho más bonito con un poco de encaje en el cuello y en las mangas. Un encaje color champán, por ejemplo.

Sacudió la cabeza al mismo tiempo que, sin darse cuenta, dejaba escapar un ligero suspiro.

–Me temo que no sería lo suficientemente sencillo.

–¿Sencillo? –preguntó Francesca con consternación–. No seréis cuáquera, ¿verdad?

Constance se rió.

–No, señora. No soy cuáquera. Sin embargo, no es apropiado que una dama de compañía llame la atención.

–¡Dama de compañía! –exclamó Francesca–. Querida, ¿de qué estáis hablando? Sois demasiado joven y guapa como para ser una mera acompañante.

–Mi tía necesita que la ayude. Tiene dos hijas debutantes.

–¿Ayudarla? ¿A qué? ¿A mirar como las niñas bailan y charlan? Me parece que os tomáis demasiado en serio este asunto. Estoy segura de que ella no espera que os quedéis inmóvil durante todos los bailes. Debéis bailar mañana, en la fiesta de lady Simmington. Sus músicos siempre son excelentes. Yo hablaré con vuestra tía.

Constance se ruborizó.

–Dudo que alguien me pidiera un baile, señora.

–Tonterías. Claro que sí. Sobre todo, cuando hayamos animado un poco vuestro vestuario. Tengo un vestido de satén azul que ya me he puesto demasiado, y temo que debo desprenderme de él. Sin embargo, a vos os sentaría maravillosamente. Mi doncella hará algunos arreglos, lo cambiará un poco para que nadie lo reconozca. Debéis venir a mi casa antes de la fiesta y dejar que ella lo arregle para vos.

–¡Mi señora! Eso es demasiado amable por vuestra parte. No puedo aceptar un regalo tan generoso.

–Entonces, no será un regalo. Podréis devolvérmelo cuando termine la temporada. Y, por favor, ya está bien de formalidades. Tuteémonos.

Constance se quedó mirándola con un desconcierto total.

–Yo… no sé qué decir.

–Bien, ¿qué te parece algo como «gracias por el vestido, Francesca»? –le respondió su interlocutora con una sonrisa.

–Os lo agradezco… te lo agradezco mucho, pero yo…

–¿Qué? ¿No quieres ser mi amiga?

–¡No es eso! –respondió apresuradamente Constance–. Me gustaría mucho ser tu amiga. Sin embargo, eres demasiado generosa.

–Estoy segura de que hay personas que te dirían que no soy generosa en absoluto –replicó Francesca.

–Haces que resulte muy difícil decir que no –le dijo Constance.

Francesca sonrió mostrando sus blanquísimos dientes.

–Lo sé. He estado muchos años practicando. Ah, ya hemos llegado a la sombrerería. Ahora, deja ya las protestas y ayúdame a decidir entre esos dos sombreros.

Constance siguió a lady Haughston al interior del establecimiento. La dependienta las saludó con una sonrisa y, unos momentos después, una mujer de mediana edad que, evidentemente, era la propietaria, salió de la trastienda a atenderlas en persona.

Francesca se probó los dos sombreros en los que estaba interesada. Uno era de terciopelo azul oscuro, con un ala estrecha de la cual colgaba un delicado velo de encaje que cubría los ojos. El otro era un sombrerito de paja rematado con seda azul y con un lazo que se ataba a la barbilla. Ambos favorecían mucho los ojos azules de Francesca, y Constance también se vio incapaz de inclinarse por alguno.

–Pruébatelos tú –le sugirió Francesca–. Deja que vea cómo quedan.

Constance quiso protestar, pero, en realidad, deseaba ver cómo le quedaría el sombrerito de paja. Cuando se lo probó, no pudo evitar sonreír al verse en el espejo.

–¡Oh! –exclamó lady Haughston, aplaudiendo–. ¡Te queda perfectamente! Tú eres quien debe quedarse con él. Yo me llevaré el de terciopelo azul.

Constance titubeó mientras se miraba en el espejo. El remate y el forro azul de seda favorecían tanto a unos ojos grises como a unos azules, pensó. Era un sombrero precioso, y ella no se había comprado uno desde hacía mucho tiempo. Quizá pudiera gastar algo de dinero.

Sin embargo, finalmente y con un suspiro, sacudió la cabeza.

–No, me temo que debe de ser muy caro.

–Oh, estoy segura de que no. Creo que el precio está rebajado, ¿no es así, señora Downing? –le preguntó Francesca a la propietaria de la sombrerería, volviéndose hacia ella.

La señora Downing, que era consciente de los beneficios que entrañaba tener a lady Haughston como clienta, sonrió y asintió.

–Pues sí. Tenéis razón, señora. El precio es… eh… un tercio menor de lo que indica la etiqueta –dijo. Al ver la sonrisa de Francesca, asintió nuevamente–. Eso es. Un tercio menos. Una verdadera ganga.

Constance miró el precio e hizo un rápido cálculo mental. Nunca había gastado tanto dinero en un sombrero. Sin embargo, tampoco había visto nunca un sombrero tan bonito y elegante como aquél.

–Está bien –convino, despidiéndose de los ahorros de aquel mes–. Me lo llevaré.

Francesca se quedó encantada con la compra de Constance, y a su vez adquirió el sombrero de terciopelo azul. Después se empeñó en comprar un ramillete de capullitos de seda para que Constance se adornara el pelo.

–Tonterías –dijo cuando Constance comenzó a protestar–. Te quedarán perfectos con el vestido azul que te voy a prestar. Es un regalo. No puedes rechazarlo.

Una vez realizada la compra, Constance y Francesca volvieron al coche con las cajas de los sombreros y ocuparon sus asientos. Cuando se pusieron en marcha, Constance se volvió hacia su nueva amiga.

–Señora… Francesca, ¿por qué estás haciendo esto?

Lady Haughston la miró con una expresión de suprema inocencia.

–¿Haciendo qué, querida?

–Todo esto –dijo Constance, e hizo un gesto vago a su alrededor–. Invitarme a salir contigo esta tarde. Ofrecerme un vestido. Invitar a mi familia al baile de lady Simmington.

–Vaya, porque me simpatizas mucho –respondió Francesca–. ¿Por qué iba a tener otro motivo?

–No lo sé –respondió Constance sinceramente–. Pero no puedo creerme que nos vieras a mi tía, a mis primas y a mí en el baile y te sintieras tan encantada con nosotras como para hacer que lady Welcombe nos presentara.

Francesca miró pensativamente a Constance y suspiró.

–Muy bien. Tienes razón. Tenía una razón para querer conocerte. Me agradas mucho; eres una joven encantadora y tienes una mirada inteligente y de buen humor. Me gustaría ser tu amiga. Pero no es ésa la razón por la que me acerqué a conocerte. La verdad es que… hice una apuesta con alguien.

–¿Una apuesta? –repitió Constance, desconcertada–. ¿Acerca de mí? ¿Qué tipo de apuesta?

–Estaba fanfarroneando. Debería aprender a contener la lengua –admitió Francesca–. Rochford me desafió y… bueno, aposté con él que podría encontrarte un marido antes de que terminara la temporada.

Constance se quedó boquiabierta. Durante un instante no supo qué pensar ni qué decir.

–Lo siento –dijo Francesca al tiempo que apoyaba una mano, en un gesto conciliador, sobre el brazo de Constance–. Sé que no debería haberlo hecho, y lo lamenté al instante. Y tienes todo el derecho a enfadarte conmigo. Sin embargo, te ruego que no lo hagas. No quería hacerte daño, de veras.

–¡Que no querías hacerme daño! –exclamó Constance, enfadada y resentida–. No, claro que no. ¿Por qué iba a importarme que me pusieras en ridículo delante de todo el mundo?

–¿En ridículo? –repitió lady Haughston, alarmada–. ¿Por qué piensas eso?

–¿Y qué otra cosa voy a pensar si me has hecho objeto de una apuesta pública?

–Oh, no, no. No fue pública en absoluto. Fue algo entre Rochford y yo, únicamente. Nadie más lo sabe, te lo aseguro –afirmó Francesca con sinceridad–. Y te prometo que él no se lo contará a nadie. Nunca he conocido a un hombre más hermético –dijo con cierta exasperación.

–¿Y se supone que con eso se arregla todo? –preguntó Constance.

Francesca le había agradado mucho desde el principio, y después de saber aquello, se sentía traicionada. Aunque había tenido unas dudas razonables sobre la actitud de la dama, a Constance le parecía humillante que lady Haughston no hubiera buscado su amistad sino que sólo la estuviera usando como prueba de sus habilidades como celestina.

–¿Por qué fui yo la elegida? ¿Acaso era la mujer con menos posibilidades de encontrar marido de todo el baile?

–¡No, por favor, no debes pensar eso! –exclamó Francesca, angustiada–. Oh, lo he estropeado todo. La verdad es que hicimos la apuesta y después Rochford eligió a la mujer. Cuando te eligió a ti, yo me sentí muy aliviada, porque pensé que iba a seleccionar a una de tus primas, y entonces la tarea sí hubiera sido formidable. No sé por qué te eligió a ti, aparte de que estuvieras claramente relegada a un segundo plano por tu tía y tus primas. Rochford debió de pensar que, por parte de tu familia, yo no obtendría ninguna ayuda.

–Eso es muy cierto –dijo Constance, sin poder disimular su amargura.

–Mi querida Constance –Francesca le tomó una mano y se la estrechó suavemente–. Yo supe, al instante, que él había cometido una tontería al elegirte, porque convertirte en una de las bellezas de la temporada sería pan comido para mí. Es muy difícil darle a una persona ingenio o belleza cuando no tiene ninguna de las dos cosas. Sin embargo, estar a falta de una fortuna no es algo difícil de superar, al menos cuando se tiene estilo, inteligencia y una buena figura, además de belleza.

–No vas a conseguir engatusarme con halagos –le advirtió Constance. Sin embargo, le estaba resultando difícil continuar enfadada con lady Haughston. Aquella mujer era muy sincera, y tenía una sonrisa difícil de resistir.

–No estoy intentando engatusarte –le aseguró Francesca.

–Entonces, ¿qué pretendes?

–Sólo sugiero que tú y yo unamos fuerzas. Que trabajemos juntas para encontrarte un marido.

–¿Quieres que te ayude a ganar la apuesta? –le preguntó Constance con incredulidad.

–No. Quiero decir, sí, claro que quiero, pero ése no es el motivo por el que tú desearías ayudarme.

–Yo no deseo ayudarte –afirmó Constance.

–Ah, pero deberías. Quizá yo sólo gane una apuesta, pero los beneficios para ti son mucho más grandes.

Constance la miró con escepticismo.

–No esperarás que crea que voy a conseguir un marido con todo esto.

–¿Y por qué no?

Constance arrugó la nariz.

–No me gusta demasiado enumerar mis desventajas, aunque sé que son evidentes. No tengo fortuna. Ya se me ha pasado la edad para casarme, y no soy ninguna belleza. Sólo estoy en Londres para ayudar a que mis primas se casen. Soy su acompañante, no una jovencita en su debut.

–La falta de fortuna es un obstáculo –admitió Francesca–, pero no es imposible de superar. En cuanto a tu aspecto, bien, si te peinas adecuadamente y buscas algo que exhiba tu atractivo físico, en vez de esconderlo, serías una mujer muy atractiva. Y tampoco parecerías mucho mayor que tus primas. Dime una cosa, ¿quién ha decidido que siempre vistas de marrón y de gris?

–A mi tía le parece más apropiado para una soltera, aunque no me obligue a vestir así.

–Pero tú, por supuesto, sientes ciertas obligaciones hacia ella, porque vives bajo su techo.

–Sí, pero… no sólo es eso. Tampoco quiero parecer una tonta.

–¿Una tonta? ¿Por qué?

Constance se encogió de hombros.

–Estoy acostumbrada a vivir en el campo. No tengo ninguna sofisticación. De hecho, nunca había estado en Londres. No tengo ganas de dar un traspiés ante toda la alta sociedad. No quiero hacer el ridículo vistiéndome de una manera poco apropiada para una mujer de mi edad.

–Querida Constance, si te vistes de acuerdo a mis consejos, te aseguro que nadie pensará que tu apariencia es poco apropiada.

Constance no pudo contener una suave carcajada.

–Estoy segura de que no, Francesca, pero la verdad es que he abandonado cualquier esperanza de casarme.

–¿Quieres pasarte el resto de la vida viviendo con tus tíos? Estoy segura de que estás muy agradecida hacia ellos, pero no creo que seas muy… feliz con ellos.

Constance le lanzó una mirada de remordimiento.

–¿Es tan evidente?

–Las diferencias que hay entre vosotros son muy claras –le dijo Francesca sin ambages–. Una no puede ser feliz viviendo con gente con la que se tiene tan poco en común. Además, yo no pienso que tus tíos se hayan portado bien contigo. Anoche me dijiste que no te presentaste en sociedad porque tu padre se puso enfermo. Tú fuiste una hija buena y cariñosa. Pero cuando tu padre falleció y fuiste a vivir con tus tíos, ¿cuántos años tenías?

–Veintitrés. Demasiado tarde para mi debut.

–No era demasiado tarde para asistir a tu primera temporada social –replicó Francesca–. Si hubieran querido portarse bien contigo, ellos habrían procurado que tuvieras esa oportunidad. Sé que no debería hablar mal de tus parientes, pero tengo que decirte que me parece que tus tíos fueron unos egoístas. Se ahorraron el gasto de una temporada y te mantuvieron en su casa para que estuvieras a su entera disposición, cuidando a sus hijas y haciendo los recados. Y ahora, en vez de dejar que disfrutes en las fiestas, tu tía te ha obligado a ser la dama de compañía de tus primas, asegurándose de que llevaras ropa oscura y el pelo sin arreglar –dijo. Después miró a Constance con perspicacia y añadió–: Claro que quiere que estés lo más sosa posible. Ya les haces sombra a sus hijas de esta manera.

Constance se movió con incomodidad en el asiento. La descripción que lady Haughston había hecho de su vida con la tía Blanche era muy acertada.

–No puedes pasarte la vida viviendo con ellos –prosiguió Francesca, aprovechando la oportunidad del silencio de Constance–. Además, a mí me parece que eres una mujer independiente y con opiniones propias. ¿No deseas tener tu propia casa, tu propia vida? ¿Un marido e hijos?

Constance recordó aquel breve tiempo, años atrás, con Gareth, cuando ella había creído que aquella vida podía ser la suya.

–Nunca he querido casarme sólo para alcanzar una posición en la vida –le dijo Constance calladamente–. Quizá creerás que soy tonta, pero me gustaría casarme por amor.

Constance no consiguió descifrar el significado de la mirada de lady Haughston mientras la contemplaba.

–Espero que encuentres el amor –le dijo la dama gravemente–, pero se ame o no se ame, el matrimonio le proporciona independencia a una mujer. Tendrás un lugar en la vida, un estatus que no se puede encontrar ni siquiera en la más feliz de las situaciones, con unos padres cariñosos y ricos. Y no hay comparación, por supuesto, con el hecho de vivir bajo la supuesta protección de unos parientes exigentes y egoístas.

–Lo sé –respondió Constance en voz baja–. Pero no puedo atarme a un hombre sin quererlo para toda la vida.

Francesca apartó la mirada. Finalmente, después de un largo instante, dijo:

–En realidad, no hay razón para pensar que una no puede encontrar a un marido al que quiera durante la temporada social. Nadie te obligará a casarte con el primero que te lo pida. Pero… ¿no querrías tener la oportunidad de buscarlo? ¿No crees que es justo que experimentes aquello que te has perdido?

Aquello le tocó una fibra sensible a Constance. Ella se había quedado con su padre durante sus años de enfermedad, y había intentado por todos los medios no sentir melancolía por cómo podrían haber sido las cosas. Sin embargo, no podía negar que, en ciertos momentos, se había preguntado cómo habrían sido las cosas si hubiera podido presentarse en sociedad en Londres. No había podido evitar el deseo de experimentar algo de aquel glamour.

Francesca, al notar la vacilación de Constance, siguió exponiendo sus argumentos.

–¿No te gustaría disfrutar de una temporada, de llevar vestidos bonitos y coquetear con tus pretendientes? ¿No te gustaría bailar con los mejores partidos de toda Inglaterra?

Constance pensó en el vizconde Leighton. ¿Cómo sería coquetear con él? ¿Bailar con él? Deseaba con todas sus fuerzas verlo de nuevo, llevando ropa bonita y el pelo cayéndole alrededor de la cara en tirabuzones.

–Pero… ¿cómo voy a tener yo una temporada social? –le preguntó a Francesca–. He venido a Londres en calidad de acompañante de mis primas. Y mi ropa…

–Eso déjamelo a mí. Yo me aseguraré de que recibas invitaciones para las fiestas adecuadas. Y estaré allí para guiarte por entre las aguas peligrosas de la alta sociedad. Te convertiré en la mujer más solicitada de Londres.

Constance se rió.

–No creo que pudiera convertirme en esa criatura, por mucho que tú te esforzaras.

Francesca le lanzó una mirada de altivez.

–¿Acaso dudas de mi habilidad?

Constance supuso que si alguien podía conseguir lo que Francesca le había dicho, era la misma Francesca. Y de todos modos, aunque no la convirtiera en la mujer más solicitada de Londres, sí podía ayudarla a experimentar vivencias mucho más interesantes de la temporada social que las que estaba experimentando con su familia. Por supuesto, la tía Blanche se molestaría. Aquella idea le produjo a Constance una ligera y perversa satisfacción.

–Yo me encargaré de tu tía –continuó Francesca, como si le hubiera leído el pensamiento a Constance–. Creo que ella no se quejará, porque tu familia, al fin y al cabo, recibirá las mismas invitaciones que tú. Y ella no querrá ir en mi contra. Si te elijo como amiga, no creo que se oponga. En cuanto a la ropa, puede que no te lo creas, pero soy muy buena economizando. Repasaremos tu guardarropa y veremos cómo podemos conseguir que tus vestidos sean más atractivos. Por ejemplo, el vestido que llevabas anoche, con un escote ligeramente más bajo y un poco de encaje por aquí y por allá, parecerá otra cosa. Mi doncella, Maisie, es una maravilla con la aguja. Ella sabrá qué hacer. Mañana enviaré a mi carruaje a buscarte y traerás tus mejores vestidos a mi casa. Veremos lo que podemos hacer con tus cosas y veremos qué vestidos míos podemos usar.

Constance sintió entusiasmo. Pensó en sus ahorros.

Podía usar algo de aquel dinero para comprar uno o dos vestidos bonitos. Algo que pudiera hacer que un hombre, por ejemplo, lord Leighton, se acercara a ella desde el otro extremo del salón de baile. Aunque eso significara que tenía que vivir unos meses más con sus tíos, o quizá unos años más, al menos tendría un maravilloso verano que recordar. Una temporada llena de diversión y emoción, unos recuerdos que durarían toda la vida.

Constance se volvió hacia Francesca.

–¿Y harías todo esto para ganar la apuesta?

Francesca sonrió.

–Esto es algo más que una simple apuesta. Es algo acerca de un caballero al que quiero demostrar que está equivocado. Además, será divertido. Entonces, ¿quieres hacerlo?

Constance titubeó durante un momento y después respiró profundamente.

–Sí. Sí, quiero tener una temporada de verdad.

Francesca sonrió nuevamente.

–Maravilloso. Entonces, comencemos ya.

Constance pasó el resto del día en una orgía de compras. Para sorpresa de Constance, lady Haughston resultó ser toda una experta adquiriendo gangas. Sólo fueron necesarias unas palabras y una sonrisa para su modista favorita y la mujer redujo considerablemente el precio del vestido que interesaba más a Constance. Además, la señorita de Plessis también sacó un vestido de fiesta que le habían encargado pero que no habían pagado ni recogido, y que accedió a venderle a Constance por una pequeña fracción de su precio original.

Después, Francesca y Constance se dirigieron a tiendas más baratas donde encontrar complementos para su guardarropa. Su siguiente parada fue Grafton House, donde compraron encajes, lazos, pasamanería, botones y todo lo necesario para animar los vestidos de Constance, además de guantes y un par de abanicos.

Cuando terminaron las compras, aquella tarde, Constance estaba exhausta, pero casi embriagada de emociones. Estaba impaciente por llegar a casa y repasar todo lo que había adquirido.

–Me siento decadente –le dijo a Francesca, sonriendo, mientras salían de la última tienda y se dirigían al carruaje–. Nunca había derrochado tanto.

–Deberías hacerlo más a menudo. A mí me parece que derrochar es un buen estimulante para el alma. Me aseguro de hacerlo a menudo.

El cochero tomó las bolsas de Constance y de Francesca y las colocó en el pescante, junto a su asiento, puesto que el maletero y parte de los asientos interiores ya estaban llenos. Francesca se hallaba tomando la mano que le ofrecía el sirviente para subir al carruaje cuando oyó una voz masculina que la llamaba.

–¡Francesca!

Lady Haughston se detuvo y se volvió hacia el hombre. Su rostro se iluminó y le dedicó una sonrisa espléndida.

–¡Dominic!

–Francesca, querida. ¿De compras otra vez?

Constance se giró también hacia el hombre que caminaba hacia ellas quitándose el sombrero. Él le tomó la mano a Francesca y le sonrió con una calidez y un afecto evidentes.

Constance se quedó mirándolo, sorprendida. «La quiere», pensó, con una profunda consternación.

–Parece que ésa es la única forma en que puedo verte –dijo Francesca, riéndose–. Nunca vas a verme. Eres el hombre más despegado del mundo.

Él se rió también.

–Sé que soy incorregible. Detesto hacer visitas.

–Mira, quiero presentarte a alguien –le dijo Francesca, volviéndose hacia Constance.

El hombre siguió su mirada y abrió los ojos de par en par.

–¡Señorita Woodley!

–Lord Leighton.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
23 października 2024
Objętość:
241 str. 2 ilustracji
ISBN:
9788467193411
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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