Czytaj książkę: «Margarita»
CAMILA FORESI
Margarita

Foresi, Camila
Margarita / Camila Foresi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-1755-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Agradecimientos
Agradezco infinitamente a mi familia por confiar en mí y darme ese impulso para llevar a cabo este sueño tan postergado.
Les agradezco a mis hijas Abril y Emma por inspirarme y por sus palabras de aliento.
A mi esposo Hernán por darme la mano y caminar conmigo este camino nuevo… “Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”… (Mario Benedetti)
A todas esas personas que estuvieron ahí conmigo bancando, escuchando, ayudando y leyéndome; que son muchas, pero que cada una tiene un lugar muy especial en mi corazón.
Y por último, agradezco a todas esas personas que sabiéndolo (o no) se convirtieron en mis musas y hoy forman parte de esta historia.
Para Mamá y Papá…
Prólogo
¿Qué podía hacer? La habían lastimado más de una vez, herido, humillado y engañado. Estaba cansada de vivir en aquella jungla de cemento. Estaba cansada de sufrir por culpa de gente estúpida, arrogante y ambiciosa. Julieta se sentía fuera de lugar. Siempre había sido así. Nunca había sentido a Buenos Aires como su hogar, si bien había dos personas a las que amaba con todo su corazón; creyó que era el momento de partir.
Aquella mañana emprendió su viaje de reencuentro con ella misma; al hacerlo, no solo descubre cuál es su vocación en el mundo, sino que también, conoce un lugar remoto y extraordinario al que puede llamar hogar y donde es rescatada de todas formas posibles por el que sería el gran amor de su vida.
Capítulo I
Era sábado bien entrada la mañana, Julieta miró el reloj del celular con cara soñolienta; leyó las 10 de la mañana, suspiró y resopló, mientras se dejaba caer otra vez de espaldas sobre la cama. Frotó sus ojos con los puños y bostezó, se desperezó estirando cada parte del cuerpo, haciendo tronar algunos huesos en el proceso. Sonrió el recordar la noche anterior. Había sido su despedida de soltera en un bar de stripers. Sus ojos azules chispearon al recordar el baile sensual de los hombres más musculosos y sexis que jamás había visto. Se lamentó que su prometido no estuviese dormido junto a ella en ese instante… le hubiese hecho el amor.
En un mes desposaría al que había sido su novio durante 7 años, Mauro Montepietra; a quién había conocido en una fiesta de amigos en común. Era el hijo del candidato a Jefe de Gobierno Porteño, elecciones que se celebrarían casi a fin de año.
Se levantó de la cama para ir a darse un baño. Su pelo negro azabache se encontraba en terribles condiciones luego de una noche de alcohol, fiesta y humo de cigarrillos ajenos.
Parecía que ese iba a ser un día en extremo caluroso y muy húmedo en Buenos Aires. Algo normal a mediados de Enero en una ciudad erguida junto al Río de la Plata. Optó por un vestido de lino liviano color crema y sandalias bajas haciendo juego. Usó su fragancia preferida de Dior e hidrató la piel limpia con una crema humectante.
Caminó hacia el comedor para tomar el desayuno que la muchacha del servicio le había preparado.
Buen día señorita Julieta.
Buen día Rosí.
¿Tuvo una buena noche? - preguntó, pero no para saber si había dormido bien.
Sí – sonrió - ¡Me divertí mucho! – dijo mientras la empleada le extendía una bandeja con su primer comida habitual en la mañana - ¿Mauro dejó algún mensaje?
El señor me pidió que le dijera que hoy estaría fuera casi todo el día. Que la llamaría después de una reunión.
Gracias Rosí.
De nada señorita – la joven se retiró a hacer sus quehaceres.
Julieta admiró la vista mientras tomaba el desayuno. Estaba en el piso 22 de una torre en Puerto Madero, donde vivía con su prometido desde hacía dos años. Toda la sala de estar y el comedor tenían ventanales de piso a techo, desde donde la magnitud podía admirarse y los hacía sentirse los dueños del mundo a sus pies. Podía verse el río, a lo lejos, la Casa de Gobierno, el monumento a la mujer y el Museo del Bicentenario. Se puso de pie con la taza de café en su mano y se acercó a la ventana. Observó la ciudad y sonrió. Estaba emocionada por su boda, estaba contenta con su vida y expectante por la que sería de ahora en adelante.
Se desempeñaba como jefa de prensa de su futuro suegro. Había dejado hacía algunos años su carrera en la facultad para dedicarse a ello y la campaña iba tan bien que se vaticinaba la victoria de su suegro en todos los medios de comunicación locales.
Ese sábado, se había tomado el día para descansar, ya que la agenda del candidato estaba vacía (porque ella lo había planeado así) era uno de los privilegios con los que contaba al ser su jefa de campaña y asistente personal. Así que iría a visitar a su tía del corazón, Elisa, luego de haber almorzado con su madre y su padrastro en su casa de Barrio Parque. Su padre había muerto cuando Julieta aún era una niña y su madre había vuelto a casarse unos años más tarde con un hombre acaudalado de la ciudad. Si bien nunca le había faltado nada, Julieta había necesitado el amor de su padre, que había sido humilde y sincero. Su madre, en cambio, amaba su nueva vida llena de lujos, viajes y zapatos caros que el dinero de su esposo le proporcionaba. A menudo le hacía recordar que con su padre habían pasado necesidades económicas y era una llaga constante a la que le encantaba meter su dedo.
Vas a tener la boda más exclusiva, lujosa y con clase de todo Buenos Aires. Bien sabrás que con tu padre te hubieses casado en algún club de barrio de mala muerte. Con ese vestido viejo y apolillado de tu abuela con algún don nadie…
¡Ay mamá! – dijo con hartazgo – No sé por qué te preocupa tanto el qué dirán. No me interesa como o en dónde me case, siempre que lo haga con el hombre que amo – le había dicho en aquella oportunidad.
¿No ves en la posición en la que estás ahora? ¡No puedo creer tus necedades! Puedes tener a todos a tus pies y hacerte de una vida fabulosa y no entiendo el porqué de tu negación… ¿Acaso no eres feliz así?
Sí mamá – suspiró mientras se probaba el vestido de novia. Estaban eligiendo los que se pondría, ya que no solo era uno. Se miró al espejo - ¿Y este? – preguntó casi sin darle importancia
¡No, no! – opinó su madre – No puede ser tipo sirena, te hace ver gordo el trasero. Tiene que ser tipo corset, con muchas capas de organza de seda en la falda ¡Tienes que impactar con tu entrada a la catedral!
Tu mamá tiene razón – había dicho Carla, su mejor amiga - Tu entrada debe ser espectacular y hacer que más de una se muera de envidia amiga – dijo y bebió champagne.
Aquella tarde, habían tardado 4 horas en elegir los 3 vestidos que usaría (dos en la boda y uno para la beneficencia del Hospital Garrahan).
Al terminar el café, dejó la taza en la bandeja y comió algunas de las frutas del pequeño bowl que Rosí le había preparado. Miró la hora en su reloj pulsera y dejó todo para irse.
¡Rosí me voy! – gritó para que la oyera - ¡Vuelvo en la tarde!
¡Si señorita! – la escuchó decirle desde algún lugar del departamento.
Tomó el celular, el bolso y las llaves del auto. Llamó al ascensor (que oficiaba de puerta) y fue directo al subsuelo a buscar el auto. El sonido de sus pisadas hicieron eco mientras caminaba. Hizo sonar la apertura del Audi S3 con el control manual y se subió al coche gris plata. Salió a la calle y condujo hasta la casa de su madre en Barrio Parque. Con la radio encendida, escuchaba las encuestas electorales y los últimos acontecimientos en el mundo de la política; de los que tomaba nota mental para luego organizar la agenda con entrevistas, cenas, almuerzos y reuniones que su suegro debía conceder si quería ganar las elecciones en 9 meses.
Al llegar a la casa de su madre, abrió el portón de hierro con el control remoto y entró con el auto, que dejó estacionado a unos pasos del garaje, bajo uno de los árboles. Al bajar, el calor agobiante la golpeó, lo que la hizo darse prisa para entrar por la puerta principal si no quería “derretirse”.
¿Mamá? – llamó y cerró la puerta detrás de ella - ¡Llegué!
¡Hola querida! – dijo Perla, su madre, al verla caminado hacia ella - ¿Cómo estás?, cuéntame todo…
No hay mucho para contar – mintió – Solo salimos a cenar y después fuimos a bailar todas al pub de siempre.
¿Solo eso?
Solo eso. Carla dijo que haría otra despedida más adelante para que tú puedas ir.
Pero si te casas en dos semanas… ¿Qué caso tiene? Me hubiese encantado poder ir anoche, pero este dolor en mi pie no me deja en paz.
¿Qué te dijo el doctor?
Solo que siga tomando los antiinflamatorios y el analgésico cada 12 horas. Sigue hinchado, no puedo calzarme si quiera con esta bota de porquería.
Es un esguince mamá, debes cuidarte para que sane más rápido. La bota evita que muevas el pie, debe estar inmóvil.
¡Bah! – dijo haciendo ademán con la mano – Vamos a comer. Hice que preparasen algo liviano por este calor, además sabes que tu madre te cuida para que no engordes. Estamos a pocos días…
Caminaron hasta el lujoso comedor con espacio para 10 sillas. Aunque los comensales eran solo tres, Julieta pensaba que era demasiado fastuoso para tan solo una ensalada. El padrastro estaba sentado en la cabecera de la enorme mesa de roble y la recibió con una sonrisa sincera, ella se acercó y lo saludó cálidamente.
¿Cómo estás Juli querida?
Bien. ¿Cómo estás tú?
No me quejo – dijo sonriente.
Una empleada les sirvió la ensalada verde con tomates y piñones y el salmón ahumado rebanado en finas rodajas. Bebieron vino blanco y agua helada en las más finísimas copas de cristal.
Dime hijita… ¿Cómo está mi futuro yerno? - el tono de voz de Perla demostraba el orgullo que sentía por Mauro.
Supongo que bien. Aún no lo he visto hoy. Está trabajando en la casa de su padre.
Pero es fin de semana… deberían estar pasando tiempo juntos.
¡Ay por favor Luis! El chico se convertirá en un economista de renombre junto a su padre como Jefe de Gobierno. Deben trabajar para demostrar lo brillantes que son.
Trabajan demasiado. Yo le liberé la agenda a mi suegro para tener libre el fin de semana, y sin embargo tienen reuniones igual. Casi no nos vemos.
No te quejes querida, es lo mejor para ustedes. Luego de la boda lo tendrás un mes para ti solita – era evidente que Perla adoraba a su yerno.
¿A dónde irán de luna de miel? – preguntó Luis tratando de bajar a su esposa de la nube de orgullo.
Iremos a Bahamas
¿Hiciste la prueba del vestido?
Hoy a las 7 de la tarde tengo la última. Iré por Carla antes para que me acompañe. Pero antes iré a ver a Elisa.
¿Elisa? No entiendo por qué sigues yendo a ver a esa vieja… tu abuela murió ya hace mucho.
¡Porque la quiero mamá! – dijo enojada - ¿Por qué te molesta tanto que la vea?
Debe querer dinero…
¡Ella no es así!
¿Cómo lo sabes? – la cuestionó Perla.
Déjala querida – intervino Luis – Si Julieta desea ir a verla debe tener sus razones.
¡Pero no comprendo por qué sigue aferrada a alguien que ni siquiera es de la familia!
¡No arruines el almuerzo mamá! Déjame hacer mi vida…
¡Qué va! Has lo que se te venga en gana, eres igual de obstinada como tu padre – resopló con fastidio y bebió vino.
Déjalo así querida.
Subiré a mi cuarto a buscar algo que dejé olvidado y me voy mamá – Perla hizo señas con la mano para que Julieta se fuera y ésta se levantó de la mesa.
Caminó hasta la escalera estilo francés de la mansión y subió los peldaños hasta el primer piso. En el pasillo que iba a las habitaciones, sobre una mesa, enmarcada en un marco de plata se encontraba una foto de ella y de quien se convertiría en su esposo. Tomó el portarretrato entre sus manos y observó la imagen. Los ojos negros, el cabello oscuro y prolijamente cortado, falto de sonrisa y vestido con un traje color gris se encontraba Mauro. Julieta notó que esa foto ya no le gustaba tanto como antes. Pensó en que hacía mucho no lo veía sonreír, cada día estaba más alejado de ella. Lo atribuyó al estrés por todas sus obligaciones y la inminente boda de ambos. Dejó el marco donde lo había encontrado y fue hasta su cuarto.
Buscó en un viejo joyero que escondía en el vestidor de su vieja habitación la alianza de matrimonio que había pertenecido a su padre. Era lo único de valor material que le había dejado a ella y lo atesoraba. Buscó en el mismo joyero una cadenita para poder colgárselo del cuello, pero lo guardó en su cartera para que su madre no lo viese y la obligara a quitárselo. “¿Cómo pude olvidarlo aquí?” pensó y salió de la habitación para irse a ver a su tía del corazón. Saludó a su madre y a su esposo y volvió a enfrentarse al calor abrazador del exterior. Subió al auto, abrió el portón de hierro negro y salió de la mansión.
Condujo hacia el hogar donde se encontraba viviendo su tía Elisa. Minutos más tarde, estacionó el Audi cerca de la entrada, caminó hasta la puerta volviendo a sentir lo pegajoso del calor húmedo y agobiante del mes de Enero. Hizo sonar el timbre y mientras esperó a que le abriesen la puerta, se recogió el pelo en una cola de caballo, dejando el cuello al descubierto y así aliviar un poco la sensación de agobio. Un enfermero abrió la puerta y la reconoció al instante.
¡Señorita Julieta! ¿Cómo está? – saludó – pase, pase. La señora Elisa no hizo más que hablar de usted.
¿Cómo está la tía?
Ella está bien. Algo adolorida. Pero de buen ánimo.
Elisa no era su tía de sangre, Julieta la había conocido en ese mismo hogar en el tiempo que visitaba a su abuela materna internada allí. Como su abuela había sufrido demencia senil y no la había reconocido, no quería hablar con ella; entonces Julieta había entablado conversación con las demás señoras, una de ellas había sido Elisa. Tanto se habían encariñado la una con la otra que se sentían familia y ella había seguido visitándola incluso luego de ya fallecida su abuela.
Con ella podía hablar de cualquier cosa. Leían juntas, veían televisión o jugaban a las cartas. Pasaban largas horas en su cuarto, debido a que la mujer no podía moverse debido al cáncer en sus huesos. Le había mandado a poner aire acondicionado, una televisión grande e incluso le había instalado Netflix para que su tía adorada estuviese lo más cómoda posible. La amaba más que a su propia madre.
¡Hola tía! – dijo al verla.
¡Juli preciosa! – la mujer demostraba su devoción por su sobrina - ¿Cómo estás? Mandé a que compraran masitas en la panadería para esperarte.
¿Cómo estás? – dijo la joven y la besó en la frente – Si mamá viera lo que me das de comer se desmayaría – le dijo riendo.
Tu madre no puede tenerte a dieta para que entres en el vestido de novia. Estás demasiado delgada mi niña y eso no es sano.
No te angusties Elisa querida, estoy bien. Además, vine a contarte ciertas… cosas.
¡Cierto! – dijo expectante - ¡Cuéntame todo!
Julieta, que se había sentado a los pies de la cama, volvió a ponerse de pie para acomodar la mesita con ruedas entre ambas con el café y las masas. Luego se acomodó casi de frente a Elisa y comenzó con el relato con los sucesos de la noche anterior. La mujer oyó cada palabra sin perderse ningún detalle.
Fuimos al bar de stripers del que te había contado.
Sí, si… ¿Y?
Bueno, Carla y las chicas hicieron que me ponga una especie de vestido de novia sexy. Me llegaba justo debajo del culo, medias blancas y ligas. Hasta un velo tenía.
Seguro te habrán mirado… ¿Tu madre qué dijo?
No fue. Se esguinzó el pie la semana pasada y cuando le dijo a Carla que no iba a poder ir, ella cambió todos los planes y me llevaron al bar. Yo lo supe el mismo día que te conté.
Chica astuta, cambió todo para que tu madre no lo supiera.
¡Si hubiera llegado a ir a mi despedida habría hecho un escándalo! Sus palabras hubieran sido “Julieta Navarro estás deshonrando a la familia” – al imitar el tono de voz de Perla, Elisa estalló a carcajadas – En fin, nos sentamos en una de las mesas que estaba justo delante del escenario. Bebimos mojitos mientras pasaban uno a uno los stripers. Hubo uno vestido de policía…
Cliché.
Podría decirse. Después bailó uno disfrazado de obrero, uno de indio sexy…
¿Qué eran? ¿Village People? – la interrumpió - ¿Eran gays Julieta? – ella rió.
¡No!... eso creo. Pero tía después apareció uno que me volvió loca.
¿Cómo era?
Estaba vestido de traje y corbata. Era rubio, alto como yo, quizás un poco más. Tenía unos ojos verdes para el infarto y tenía los músculos todos trabajados. Tenía el culo más hermoso que haya visto nunca.
¡Já! – rió Elisa y bebió café.
Movía la pelvis como ninguno de los anteriores y con esa carita de ángel se portaba como el mismísimo diablo.
¿Entonces? – quiso saber.
Las mujeres gritaban como locas al verlo moverse y sacarse la ropa. Una a una las prendas quedaron regadas en el escenario. En eso las luces violetas se prendieron y mi vestido brilló, tanto que él me vio sentada ahí – Julieta volvió a sentir el mismo golpeteo en el pecho de la noche anterior, cuando la había seducido el striper – Cuando me vio ¡Ay tía!
¡¿Qué?!
¡Bajó del escenario y me buscó en mi silla!
¡N0! – se escandalizó
¡Sí! – repitió Julieta con un grito agudo - Me agarró de la mano y me hizo subir. Me sentó en una silla. Aún tenía puestos los pantalones. Me miró a los ojos y me preguntó “¿Cómo te llamas?” le dije que Julieta y me dice con total descaro “Sos hermosa Julieta, qué lástima que vayas a casarte”.
¿Y qué hiciste?
Sonreír como estúpida mientras parecía que se me iba a salir el corazón del pecho – la mujer rió – Entonces se puso de espaldas a mí y ¡Trash! - imitó el movimiento con sus manos – Se sacó el pantalón de un tirón y ese culo – suspiró – Era tan hermoso y perfecto… por eso lo vi de cerca. Se dio la vuelta y movió la pelvis bien cerca de mí. Lo miré a la cara y el muy hijo de puta me guiñó un ojo. Me hizo una media sonrisa como diciendo “¿Te gusta lo que ves?”. Se tocaba y se contorsionaba mientras hacía su baile. Estaba muerta de calor, sentada ahí mirándolo. Entonces me preguntó si quería una fiesta privada ¡Lo escuché clarito tía! ¡Quería acostarse conmigo!
¿Qué hubieras hecho? Porque estoy segura de que no aceptaste.
No. Pero pensándolo bien, hubiese dicho que sí.
Te lo perdiste ¿Cómo siguió?
Me hizo poner de pie y me pasó las manos por el costado del cuerpo. Desde las axilas, pasando por las costillas hasta la cadera y después hizo lo mismo de abajo hacia arriba. Pero llegó hasta la nuca y ahí no va y ¡Me besó!
¡¿Qué?! – dijo con total asombro la tía.
Y no solo me besó, sino que ¡Me comió la boca! Atrás se escuchaban mis amigas a los gritos y yo ahí, besándome con el ruso divino ese – Elisa se abanicaba con la mano ante el repentino calor que estaba sintiendo - Jamás me habían besado así. Creo que si hubiese seguido un poco más habría tenido un orgasmo ahí mismo.
¡Ay nena! ¡Por Dios! Seguro llegaste a tu casa y lo agarraste a Mauro como una gata salvaje pensando en ese beso…
¡No! ¡No estaba!
¡¿Cómo que no estaba?! ¿A dónde se había ido el estúpido?
Se quedó en la casa de su papá. Hoy se reunían con varios asesores por la campaña – Julieta resopló hastiada.
¡Pero es un pelotudo! – gritó la mujer sin escrúpulos llevando las manos al aire - ¿Ese tipo te satisface nena?
Sí. A su manera sí – Julieta sabía que era un rotundo NO – Es que tiene muchas presiones con esto de la candidatura, la boda. Apenas lo veo y a veces ni atención me presta.
Es un infeliz querida. Debería estar todo el tiempo encima de ti ¡Van a casarse!
Sí, ya lo sé.
Julieta y Elisa hablaron por horas mientras bebieron café y comieron masas. Ella podía contarle todo. Incluso que se había masturbado la noche anterior pensando en el striper de ojos verdes y Elisa no se había escandalizado en lo más mínimo.
Esa tarde, le había contado que hacía un par de semanas que su prometido no la tocaba. Que lo atribuía al estrés y a sus tantas obligaciones. Pero Elisa no pensaba lo mismo, le había dicho el viejo refrán “el diablo sabe más por viejo que por diablo” y que a sus 82 años, ella daba por sentado que su prometido estaba engañándola. A pesar de las objeciones por parte de Julieta, la mujer insistió en sus sospechas, haciéndola creer que su tía quizás tuviese razón.
Una hora antes de su cita para hacer la última prueba del vestido de novia, Julieta se despidió de la mujer que más quería en el mundo, prometiéndole que se tomaría una foto con el vestido para que ella lo viese. Se abrazaron y le dio un beso en la frente.
Caminó hasta el auto sintiendo el agobio del calor en pleno Enero. A pesar de que eran las 6 de la tarde, la temperatura no daba tregua. Una vez dentro del vehículo, prendió el aire acondicionado y volvió a ponerlo en marcha. Condujo hasta la avenida Callao, al atelier del modisto Gabriel Lage, uno de los más prestigiosos en materia de moda.
Durante el trayecto, debió detenerse en un semáforo. Se distrajo con el celular tratando de comunicarse con su amiga para que fuese con ella a la prueba, sin percatarse de que el striper de la noche anterior la miraba desde la vereda. Al sentir que alguien la observaba, levantó la vista y lo descubrió allí parado. Le sonrió y él también a ella. Se saludaron con un movimiento de las manos. El joven le hizo señas para que fuese con él a alguna parte. A pesar del aire acondicionado, Julieta sintió una gota de sudor recorriéndole la espalda, provocándole una especie de electricidad por todo el cuerpo, la boca seca y palpitaciones. Apretó el volante hasta que las manos le dolieron. No pudo dejar de verlo y él tampoco bajó la vista. Sus músculos se tensaron debajo del jean y la remera blanca que llevaba puesta. Un bocinazo detrás de ella la hizo dar un respingo y volver a la realidad. Puso el cambio y volvió a la marcha. Saludó al chico y se fue. Él le devolvió el saludo y miró al auto alejarse. Realmente había deseado a esa chica de pelo negro como la noche y radiantes ojos azules. “Julieta”, pensó, “Cómo me hubiese gustado ser tu Romeo” y siguió caminado hasta el bar donde esa noche también bailaría.
Mientras condujo, Julieta buscó la botella con agua para calmar la sed repentina que ese hombre le había provocado. Nunca se le habían insinuado así. Pensó en lo que él le habría podido hacer y bebió todo el agua en pocos minutos. La falta de sexo por parte de su prometido la hacían pensar cosas. Tiró la botella vacía sobre asiento del acompañante. Volvió a llamar a su amiga una vez más, y como antes, le dejó un mensaje en el correo de voz. Desistió de la idea de ir con ella y continuó el viaje sola.
Se miró al espejo vestida de blanco y sonrió. El vestido tenía infinitas capas de organza de seda en la falda, era entallado en la cintura y escote corazón. Straples, sin bretel alguno, dejaba al descubierto sus hombros. Se haría un peinado recogido tal y como el modisto le había recomendado, para realzar aún más su belleza. Le tomaron varias fotos para poder enviárselas a Elisa. Aunque el vestido no estaba terminado y solo quedaban algunos detalles, podía verse su majestuosidad al tenerlo puesto. Recordó las palabras de su madre “Tenés que impactar con tu entrada en la Catedral”.
Se ve realmente hermosa señorita – le había dicho la asistente del modisto esa tarde – Su prometido caerá a sus pies.
Gracias – respondió con voz serena
Y los zapatos que eligió son perfectos. Tal cual el color del vestido.
Y los compré por separado – rió Julieta.
¡Todo un hallazgo! – aplaudió la asistente y ella la siguió.
Una vez que la prueba había terminado, ayudaron a Julieta a quitárselo y volvió a vestirse. Le envió algunas fotos a Elisa, quién al verla soltó algunas lágrimas y le envió un audio diciéndole lo hermosa que se veía y que Mauro era demasiado afortunado.
Le entregó a otra muchacha la tarjeta de crédito negra para pagar todos los vestidos y se retiró del atelier. Encendió la radio del auto y escuchando “Circles” de Post Malone regresó a casa.
Ya en el piso de Puerto Madero, al ver que Mauro no había regresado aún, optó por darse un baño de inmersión. El calor de la jornada había sido demasiado intenso y necesitaba refrescarse. Recostada en la tina, sintió el perfume de los aceites que le había puesto al agua. La fragancia del jazmín y la lavanda la relajaban y le dejaban un dejo de tono dulce en su piel. Le encantaba.
Miró a su alrededor todo el lujo que la rodeaba; el mármol del piso, una tina blanca ovalada, ducha para dos. Vivía en uno de los pisos más exclusivos de Puerto Madero, en un piso 22, con toda la ciudad a sus pies. Sin embargo pensó “Cambiaría todo esto por un te amo”. Cerró los ojos y suspiró. Era inevitable sentirse así a días de su boda. El hombre con quien contraería matrimonio apenas la tocaba o estaba con ella. Se sentía más alejada de él con el transcurso de los días. En ese momento, la puerta del baño se abrió y por fin su novio entró. Esperanzada, ella lo saludó.
¡Hola! por fin llegas – le sonrió esperando un beso de su parte.
Hola – la saludó secamente e intuyó otro mal día.
¿Quieres acompañarme? – sugirió de manera seductora.
Ahora no – y se puso de espaldas para ponerse de frente al inodoro.
¡Qué haces! – le reprochó - ¿No ves que estoy aquí?
Sí, lo veo. Y tardas una eternidad en salir – y comenzó a orinar.
Asqueada, Julieta se sumergió en la bañera, contuvo la respiración bajo el agua hasta que oyó el sonido ahogado de la cadena y de la puerta al cerrarse unos segundos después. Volvió a salir a la superficie para poder respirar, pero la invadió un sentimiento amargo que desembarcó en un llanto silencioso. Ella supo que algo no estaba bien y decidió que ya era suficiente.
Luego del baño no muy placentero, se vistió con un camisón muy liviano y corto, se puso una bata a juego y permaneció descalza. Salió del cuarto y fue a buscar a su prometido. Al no encontrarlo y suponiendo que había vuelto a salir, buscó a Rosí para preguntarle.
Rosí ¿Mauro salió?
No señorita. Está en el gimnasio.
Gracias.
Caminó por los pisos de madera lustrada sintiendo esa suavidad en sus pies hasta el gimnasio; que no era otra cosa que una habitación acondicionada con tal fin en el lado más alejado de la casa. Tenían mancuernas de varios pesos, elípticos, bicicletas fijas y cintas caminadoras donde Mauro estaba trotando. Lo encontró con los auriculares puestos y mirando el piso. Su respiración se acompasaba con el ritmo ligero del ejercicio, su frente brillaba por el sudor. Llevaba pantalones cortos y zapatillas, su remera colgaba del costado de la máquina, se la había quitado. Solo levantó la vista al ver a Julieta a unos pasos delante de él, luego la devolvió al piso.
¿Qué te ocurre? – preguntó ella.
Nada – dijo distante.
Mírame, te estoy hablando – levantó un poco la voz para llamar su atención – ¿Por qué estás así?
¿Así como?
No lo sé… frío y distante. Apenas me diriges la palabra. No me llamaste hoy. No me saludaste al llegar…
Estaba ocupado.
Ocupado ¿Haciendo qué?
¡En reuniones con mi padre Julieta! – él levantó la voz apagando la máquina en el proceso - ¡Tú deberías saberlo!
¡Yo no agendé ninguna reunión para hoy Mauro!
¡Pues no sé! – se quejó - ¡Allí estuve todo el puto día!
Apenas si me tocas – susurró apenada.
¿Qué quieres de mí? Estoy de aquí para allá todo el día. Tengo demasiadas cosas que hacer Julieta que …
Ese es el problema – lo interrumpió – Yo no soy una maldita cosa Mauro.
Ella salió de la habitación hecha una furia. Oyó la voz de Rosí detrás de ella llamándola, pero dio un portazo y se encerró en su cuarto. No iba a salir de allí, ni siquiera iba a cenar. Se sintió furiosa, encolerizada y… sola.
Pasó un par de horas mirando la televisión y leyendo una novela en la Tablet hasta que se quedó dormida. La despertaron los besos que Mauro le estaba dando en el cuello y sus manos tocándole los pechos, entonces él le dijo.
Lo siento nena. Tú no eres una cosa… ven – la ayudó a darse vuelta y la colocó debajo de él – Déjame quererte.
Le quitó el camisón y la ropa interior, él ya se había desnudado. Comenzó a penetrarla y a besarla. Ella gimió ante cada embestida, pero sin poder llegar a excitarse y así tener un orgasmo. No era la primera vez que le sucedía algo así. Entonces cerró los ojos y recordó el baile del striper. Se lo imaginó haciéndole todo aquello que deseaba y lo que podría haber tenido con él. Pensó en su cuerpo musculoso y su culo perfecto, la sonrisa socarrona y sus ojos verdes; entonces tuvo el orgasmo más fuerte y placentero que jamás había tenido. Pero se lo había imaginado todo. Había pensado en otro hombre mucho más atractivo y así había logrado llegar al éxtasis. Luego de que Mauro tuviera su momento, se recostó a su lado, suspiró para recobrar el aliento y se durmió de espaldas a ella, dejándola con una sensación de soledad otra vez.
Los días fueron pasando y la boda se acercaba rápidamente. Luego del episodio del gimnasio, Mauro había sido un poco más contemplativo ante las demandas de Julieta y le había hecho el amor varias veces; pero ella había tenido que recurrir a los mismos métodos para llegar a excitarse. Volvió a pensar en el hombre rubio y de ojos verdes cada vez que tenían sexo. Odiaba tener que hacer eso y seguía atribuyéndolo al estrés. Solo pensó que en poco menos de una semana ambos estarían en Bahamas descansando en las playas paradisíacas, disfrutando del sol, tragos y mucho sexo.
Era miércoles al mediodía, Julieta iba al gimnasio para ponerse en forma, pasar el rato y sobre todo relajarse. Siempre iba acompañada de Carla, su mejor amiga, pero ese día ella se había excusado. Le había dicho que el período le había bajado y que no se encontraba bien, por lo que Julieta había ido sola a la clase de cross fit. Había sido una clase estupenda que la había hecho sentir con mucha energía y de excelente humor. Volvió a su casa para darse una ducha rápida, vestirse y volver a salir.
Había decidido cancelar el almuerzo con su madre y la próxima reunión que tenía en su agenda sería en un par de horas, así que decidió ir a ver a su amiga para saber cómo se sentía. Le solicitó al chofer que la llevase, ya que no quería lidiar con el tráfico, el calor o los piquetes.
De camino, se relajó y agendó algunos compromisos y conferencias para su suegro. Había recibido una llamada de un programa de televisión que se emitía muy temprano en la mañana y el periodista era de renombre, pensó que sería una entrevista más que interesante para seguir arriba en las encuestas. Su trabajo le gustaba, lo hacía de manera eficiente y por eso su futuro suegro le había pedido que lo llevara a cabo.
Julieta era estudiante de administración de empresas en la universidad cuando había conocido a su prometido. Llevaba media carrera cursada y aprobada con buenas calificaciones cuando el candidato a jefe de gobierno le había propuesto trabajar para él. Primero como asistente y luego como su jefa de prensa en la campaña. Iba y venía todo el día organizando toda su vida, desde el desayuno hasta la cena; y lo hacía tan bien que el hombre le pagaba con creces su trabajo. Como hacía un año se había comprometido con Mauro, su hijo, gozaba de ciertas libertades; como no ir con él a todos lados, a cada entrevista o conferencia. Julieta podía trabajar y ocuparse de los preparativos para el enlace. Así de eficiente era ella.
Llegamos señorita – le dijo Walter, el chofer, antes de detenerse. No se había percatado de que estaba en la puerta del edificio donde Carla vivía.
Tomó su cartera, la Tablet y guardó el celular. Cuando se disponía a bajar del auto, levantó la vista y los vio, entonces, había entendido todo. Las largas ausencias de Mauro, las reuniones imprevistas, las migrañas y los períodos tortuosos de su amiga. En el palier vidriado del edificio estaba su prometido y su mejor amiga. Se estaban besando apasionadamente. Ella se colgaba del cuello de Mauro, como si de eso dependiera su vida y él se sostenía su cabello negro. Literalmente se comían la boca el uno al otro, mientras él la mantenía aprisionada contra la pared. Incrédula del espectáculo que estaba presenciando Julieta bajó el vidrio de la ventanilla pulsando el botón, para que el polarizado diera lugar a una imagen más nítida y clara de la situación. Incluso dolorosa. “Elisa tenía razón” pensó mientras los miró besarse y tocarse frenéticamente desde el auto.
Cuando Mauro soltó por fin a su amante, ambos sonrieron; hasta que él se percató de la presencia de Julieta sentada en el asiento trasero del Mercedes Benz estacionado en la puerta del edificio.
¡Mierda! – dijo soltando a Carla y salió deprisa del palier hacia la calle. Carla, sin comprender, miró hacia afuera y vio a su amiga.
¡Ay carajo! – gritó casi con desesperación, llevándose las manos a la cabeza.
Vamos Walter – sentenció Julieta y antes de que su prometido llegase hasta el auto, el hábil chofer aceleró dejando la triste escena detrás de ellos.
Lo siento mucho señorita – dijo el hombre que también había sido testigo de todo.
¡Juli esperá! – le había gritado en vano el traidor de su novio.
¿A dónde quiere que la lleve señorita?
A casa. Esto se terminó – dijo y apagó su celular que había comenzado a sonar.
Claro. Estaremos allí en 15 minutos.
Gracias Walter – miró hacia adelante y el hombre inclinó la cabeza a modo de saludo viéndola por el espejo retrovisor.
Le había dedicado 7 años a esa relación. Había apostado al amor de ese hombre y lo había esperado para poder casarse cuando él terminase su carrera en economía. A sus 32 años, Julieta se había percatado de que había dejado sus propios sueños para cumplir los de alguien más. Había dejado todo para complacer a su madre, a su novio y a su suegro ¿Y para qué? Incluso le había sido fiel al imbécil durante todo ese tiempo porque era una mujer de principios y honesta, y le habían pagado con la más vil traición. Tenía un puñal clavado en la espalda y había sido su mejor amiga y el tipo con el cual ya no iba a casarse. “Ya no más”, pensó, y al llegar al piso de Madero buscó una vieja mochila y comenzó a juntar algunas cosas. Un poco de ropa, cepillo de dientes. Buscó entre sus zapatos de tacón algo cómodo para usar y se decidió por unas zapatillas.
Empacó sus jeans, remeras y ropa cómoda. Dejó atrás la ropa de diseñador, los bolsos caros de suela roja, los perfumes importados. Consideró todo aquello una mentira absoluta y quiso volver a sentir que valía la pena. No sabía qué sería de ella en ese instante, lo que si sabía era que no se quedaría allí ni un minuto más. “A la mierda la campaña, la boda y toda esta porquería” se dijo a sí misma.
Oyó la voz del infeliz de su novio llamándola desde la puerta y el cólera se apoderó de ella.
¡Juli! ¿Dónde estás? – la llamó con ella parada justo detrás de él.
Aquí estoy – respondió y al darse la vuelta para verla, Mauro recibió un cachetazo que retumbó en todo el lugar - ¡Hijo de puta! ¡¿Cómo fuiste capaz de hacerme algo así?! - gritó fuera de sí.
¡Espera! Estás muy alterada. Déjame explicarte – levantó las manos a la altura del pecho tratando de calmarla.
¡¿Qué me vas a explicar?! ¿Qué sos una mierda? ¿Qué mientras yo te pedía por favor que me tocaras te acostabas con mi amiga? ¿¡Hace cuánto que me toman por idiota!?
Juli no…
¡Juli nada! ¿Hace cuánto? – lo increpó señalándolo con el dedo.
Un año… pero – otro cachetazo en su mejilla le dejaba los dedos de su novia marcados.
Hace un año me pediste matrimonio imbécil ¿¡Para qué!? – gritó - ¿Para burlarte? ¿Para ver cuán estúpida soy? ¡Hablá carajo!
¡No sé!... ¡Solo pasó! – soltó por fin.
Solo pasó…
Sí – suspiró - Solo pasó – volvió a decir.
¿Solo pasó?... solo pasó… - Julieta caminó repitiendo esas dos palabras dirigiéndose hacia la terraza, mientras se quitaba el anillo de compromiso de brillantes y oro blanco de 24k.
¡No! ¡Detente por favor! – rogó - ¡No hagas una estupidez! – al oír esas palabras Julieta arrojó con furia el anillo por sobre la barandilla desde el piso 22 - ¡¿Por qué hiciste eso?!
No sé… solo pasó – se burló ella, levantó los hombros y volvió al cuarto. Tomó el bolso con sus cosas y salió del departamento, ante la mirada atónita de Mauro.
Condujo con furia hasta la casa de su madre en Barrio Parque. Su teléfono sonó una y otra vez con las llamadas de su, ahora, ex prometido y de su supuesta mejor amiga. Para ella ambos podrían irse a la mierda y vivir allá muy felices.
La habían engañado, le habían mentido, se habían reído de ella a sus espaldas y la traición era algo que no era capaz de perdonar, a ninguno de los dos. Buscaría la forma de alejarse y olvidar el daño que le habían hecho.
En casa de Perla, Julieta interrumpió la clase de yoga con su maestro personal. Al verla en ese estado de agitación, su madre canceló la clase, se despidió del maestro y le indicó a la muchacha del servicio que le hiciera a su hija un té de tilo bien cargado.
La hizo sentarse en la sala de estar y le pidió que se tranquilizara. Julieta hervía de furia.
Tómate el té querida – le indicó a su hija, ya que la mucama lo había dejado en la mesa ratona justo frente a ella – Iré a cambiarme de ropa, vuelvo enseguida – Perla no podía dejar que la vieran vestida en esas fachas. Simplemente era inadmisible. Volvió unos minutos después vestida con un vestido verde agua, lista para escuchar a su hija – Ahora sí, ¿Qué te ocurre? ¿A qué se debe tu estado tan alterado querida?
Mauro me engaña con Carla hace un año – dijo más calmada, luego de varios sorbos de té.
¿Mauro con Carla? – rió irónica – No es posible hija ¿Quién te ha dicho semejante falacia?
Nadie. Yo los vi y él confesó.
No puede ser – repitió incrédula.
Mamá… ¡Yo los vi!
¡Qué contrariedad!...
¿Contrariedad? – la bilis subió por su garganta, Julieta sospechó - ¿Tú lo sabías?
¿Cómo se te ocurre? – rió nerviosa.
¡¿Tú lo sabías?!
¡Ay Julieta no dramatices!... ¿Quién no tiene un muerto en el placard? – suspiró.
Mi prometido me estaba engañando, tú lo supiste todo este tiempo ¿Y no fuiste capaz de decírmelo? ¡Y me dices que no dramatice! – Julieta sintió cómo el odio comenzaba a apoderarse de ella e hizo algo que a su madre le dolería más que cualquier cosa – No me casaré con Mauro. Cancelé la boda. No voy a permitir que él se burle de mí de ese modo.
¡¿Qué!? No, no, no… eso es un atropello…
Sí mamá. Esta boda no va a realizarse ¿Ves? Ni siquiera traigo el anillo de compromiso – le mostró el dedo anular izquierdo.
¡Julieta Navarro! ¡No voy a permitir que hagas una estupidez! ¡Ve y ponte ese anillo de inmediato! ¡Vuelve a casa y habla con el pobre chico! ¡¡¡Luis!!! – llamó histérica a su esposo.
Tiré el anillo mamá. Ya no existe…
¿Qué sucede? ¿Por qué tanto escándalo? – dijo Luis entrando a la sala.
¡¿Escándalo?! ¡Julieta canceló la boda!... ¡Eso será un escándalo!
¡Él me engañó!
Julieta – la llamó su padrastro con la serenidad que lo había caracterizado siempre – Ven conmigo al escritorio por favor. No alteremos a tu madre – ella lo siguió. Luis la hizo pasar y cerró la puerta para conversar tranquilos. La invitó a sentarse en una de las sillas frente al escritorio y él se sentó frente a ella – Dime hija ¿Qué fue lo que ocurrió?
Cancelé la boda con Mauro. Lo descubrí engañándome con Carla.
Que imbécil – dijo y a ella le sorprendió la naturalidad del insulto.
Lo siento Luis. Sé que llevas gastado un dineral con la fiesta, pero…
El dinero va y viene Juli querida. Pero tu felicidad no – la interrumpió – No me molesta el dinero gastado. Seguramente fueron más los caprichos de Perla que los gustos tuyos. Lo que sí me molesta es ese estúpido infeliz no te haya respetado en absoluto. Tú eres una mujer extraordinaria y no creo a nadie capaz de merecerte.
Gracias Luis – respondió ella con la voz quebrada. Las palabras de ese hombre la habían emocionado casi al punto del llanto.
Dime qué piensas hacer ahora…
No lo sé. No puedo pensar mucho ahora.
Entiendo. Sé que no soy tu padre, pero ¿Me dejas darte un consejo? – ella asintió – Tu madre hará lo imposible para que vuelvas con Mauro, te olvides del problema y vivas una vida miserable pero bien vista solo por capricho. Eso será si te quedas aquí. Y cuando digo aquí, me refiero a esta ciudad – Julieta oyó atenta – Yo te quiero como si fueras sangre de mi sangre y no toleraría verte sufrir ¿Tienes alguna pertenencia aquí? – Julieta volvió a asentir sin decir palabra – Bien, entonces te recomiendo irte a un hotel por unos días, para calmarte y pensar. Elige un destino y vete de viaje, sal de la ciudad. No te quedes en Buenos Aires, aquí no estarás tranquila. Usa la tarjeta, así solo yo sabré por dónde estás. Tómate un tiempo a solas contigo. Piensa en tu futuro, qué quieres hacer. Descansa y medita. Esta casa no será buena para eso con tu madre aquí. Dios sabe que yo amo a tu madre, pero no estoy de acuerdo con ella en muchos aspectos y uno era precisamente que te casaras con ese pusilánime. Así que cuanto más lejos estés, más fácil verás las cosas. Luego, cuando sepas qué hacer… hazlo ¿Te parece?
Sí. Creo que sí.
Haz lo que necesites, organízate de acuerdo a tus sueños y no el de alguien más. Yo me encargaré de todo aquí. Solo debes ir y ser feliz…
Julieta se abrazó con el hombre de 60 años, delgado, cabello corto y entrecano. Mirándolo a sus ojos negros susurró.
Gracias Papá – le había dicho por primera vez en su vida y el hombre se mostró emocionado.
De nada hija mía. Ve y haz tu vida de la manera que te plazca. Pero no dejes de avisarme por dónde es que estás y si estás bien.
De acuerdo – sonrió ella.
Si necesitas algo, lo que sea… solo llama – Julieta asintió, se abrazaron y se despidieron.
Para evitar otra escena de moral, Julieta saludó a su madre rápidamente. No necesitaba otro sermón por parte de Perla, así que solo le dijo “Adiós mamá. Te llamo luego” y se fue de la casa de Barrio Parque en busca de su destino.
Dejó el Audi plateado en la mansión y caminó unas pocas cuadras hasta un garaje que había alquilado en secreto durante varios años en busca de su viejo Peugeot 206. Ese auto lo había tenido desde que iba a la facultad y luego su madre la había obligado a deshacerse de él porque, según ella, parecía vagabunda en la calle con ese cascajo.
Lo cierto es que Julieta amaba ese coche y lo había guardado y hecho cuidar por el dueño del garaje. Ese día, el 206 volvió a hacer su mejor compañero.
Antes de emprender un viaje “desintoxicante”, Julieta debía visitar a la mujer más sabia, sincera y cariñosa. Tocó el timbre del hogar donde Elisa vivía y aguardó a que el enfermero abriese la puerta. Luego de los saludos cordiales de rutina, se encontró sentada a los pies de la cama de Elisa, con la mesa entre ambas, dos tazas de café y un plato con mufins que la mujer había hecho compar con apuro para recibir a su sobrina del alma. Le contó a la mujer todo lo sucedido con Mauro, Carla y su madre.
Yo lo intuí en aquél momento ¡Es un imbécil! Mejor que se haya puesto al descubierto ahora y no ya casados con hijos. Eso hubiese sido mucho peor.
Sí, eso sí.
¿Y qué vas a hacer ahora? Imagino que el celular no ha dejado de sonar con llamadas del estúpido, la zorrita esa y tu suegro. De seguro debe estar buscándote desesperado para que vayas a limpiarle el culo…- Julieta rió.
Sí. No dejó de sonar ni un segundo. Así que lo apagué y lo dejé debajo del asiento del auto.
¿Tu madre?
Como de costumbre, dando la nota. Ella lo sabía Elisa. Lo supo todo el tiempo y nunca me dijo nada.
No me sorprende. Ella siempre guarda las apariencias, “el qué dirán” es lo que realmente le preocupa. Va a estar bien.
Lo sé. Luis me dijo que se encargaría.
Bien. Ese hombre sabrá qué hacer con ella. ¿Cuándo te vas?
No sé. Por el momento me voy a quedar en un hotel y ahí decidiré qué hacer.
Me parece bien. Solo te pido una cosa.
¿Qué?
Cuando encuentres un lugar donde estés bien y segura avísame. Dime dónde te encontraré.
Claro que sí. Eso ya lo daba por descontado.
Gracias mi niña. Sabes que te adoro con todo mi corazón y que deseo solo lo mejor para ti. Pero debes irte ahora, este es el primer lugar a donde te buscarán.
Se abrazaron y se despidieron. Un poco entre risas y un poco entre llanto. Julieta prometió que la llamaría para contarle a cerca de su viaje y por dónde estaba. Luego se fue, en busca de su nueva vida.
Capítulo II
Unos días después del incidente que había puesto como loco al padre de Mauro, Julieta comenzó su viaje de sanación. Quería reencontrarse con ella misma e ir en busca de su destino.
Aunque su suegro la había llamado durante horas, la había buscado por todas partes e incluso había llamado a su amiga para preguntar por su paradero. El candidato a Jefe de Gobierno Porteño había perdido los estribos al enterarse de que la razón de la desaparición de su asistente, jefa de prensa y futura nuera había sido su hijo, Mauro Montepietra.
¡En qué pensabas! ¡Idiota! – había comenzado – ¿Dejaste ir a una mujer de excelente familia, inteligente y heredera del imperio de Luis Cash por una puta? ¡Una zorra que se acuesta con cualquiera con tal de tener lo que quiere! ¡Hasta yo lo hice! – le había gritado - ¡Todos lo hicieron! Eres un pelotudo, un inconsciente, un alzado de mierda ¡Lo arruinaste todo! Tu vida, la fortuna de la que pudiste haber sido dueño y mi candidatura. ¿Cómo crees que seguiré arriba en las encuestas si tú, pedazo de mierda, te acuestas con prostitutas estando comprometido con una mujer hecha y derecha? ¡Me van a lapidar! ¡La prensa se hará un festín conmigo! Julieta tiene una familia con el más grande emporio de la industria metalúrgica del país… si tú te casabas con ella todos nos hubiésemos beneficiado de esa unión. Lo único que debías hacer era ¡Cogértela! – hizo énfasis en la palabra - Y tenerla feliz. Ahora lo echaste todo a perder imbécil de mierda ¡No sirves para nada!
Mauro solo pudo oír a su padre apretando los dientes hasta el punto del dolor, porque sabía que tenía razón. Se había comportado como un imbécil y sus acciones le habían costado su matrimonio.
Siempre había sabido que Carla era una mujer que solo buscaba dinero. Que lo había seducido tan solo por eso, y él había caído en su trampa como un idiota. Supuestamente iba a ser tan solo una vez, se acostaría con ella para sacarse las ganas y luego seguiría con su vida, pero ella lo había buscado y seducido y él había accedido cada vez. Al punto de arruinar el sexo con su prometida.
Lo que no se había imaginado era que su padre le dijera que él también se había acostado con ella, ese había sido un golpe bajo. “Ve y búscala. Arrodíllate frente a ella y ruégale que vuelva contigo. O todo se irá al carajo” recordó las palabras de su padre antes de salir de su despacho.
Comenzó la búsqueda de Julieta. La había llamado sin descanso, dejado mensajes y textos, hasta que ya no pudo comunicarse más. Ella había apagado su celular. La había buscado en sus lugares favoritos. Confiterías, parques, hasta el gimnasio y nada. Ella no estaba. Había ido a la casa de su madre en Barrio Parque y había conseguido el apoyo de Perla, pero no así el de Luis; quién ya le había dejado bien en claro su postura en una charla que habían tenido a solas. Le había dicho que se había comportado como lo que era, un pusilánime, y que no contara con él para saber el paradero de su hija. Porque ella era demasiada mujer para él.
Tú no merecías y no mereces que Julieta si quiera te haya mirado – le había dicho - Ella te ha dado, o mejor dicho, ¡Perdido! 7 años de su vida por ti ¿Y así le pagas? – Mauro había hecho ademán de querer decir algo, pero Luis lo calló - ¡No! ¡No tienes derecho a decirme nada! Eres poco hombre, un idiota, una mierda. Y no creas que yo te diré donde se encuentra o donde estará ¡Porque jamás obtendrás eso de mí! Mi esposa no comprende razones coherentes y no espero de ella ningún acto razonable. De seguro te apañará para encontrar a mi hija, pero debes saber que si llego a verte en mi casa otra vez no seré indulgente ¡Yo mismo te echaré a patadas en el culo! – habiéndolo escuchado con atención y en absoluto silencio, Mauro salió de la mansión de Barrio Parque con el rabo entre las piernas.
Julieta había tomado el acceso norte y había seguido por esa arteria hasta convertirse en la ruta 9. Había vinculado el bluetooth de su celular con el auto para escuchar su música favorita. The Weeknd le encantaba, sobre todo “Blinding Lights” que era ideal para comenzar su viaje en ruta. Así que la cantó y movió la cabeza al son de los sintetizadores. Bajó las ventanillas para sentir la brisa en la cara y subió al tope el volumen en el 206, mientras cantaba “¡Hey, hey, hey!”, su viaje de liberación había comenzado y esa se convertiría en su canción.
Casi a mediodía había llegado a Rosario. Era una ciudad desconocida para ella y pensó que era una buena oportunidad para hacer un mini tour. No era su idea pasar mucho tiempo allí, ya que era otra ciudad grande y lo que en realidad estaba buscando era paz y tranquilidad.
Se detuvo para cargar nafta y comer algo. Se sentó en una de las mesas del freeshop con un sándwich de hamburguesa completo (hacía años que no se deleitaba con uno debido a la estúpida dieta estricta impuesta por su madre), bebió una gaseosa de lima limón y disfrutó de la porción de papas fritas que completaban el combo. Hacía calor y con el Río Paraná tan cerca se sentía la humedad. La temperatura llegaba a los 40°, pero disfrutaba de su comida bajo el fresco del aire acondicionado.
Hacía un par de días que tenía apagado su teléfono, se había hartado de las insistentes llamadas y mensajes de Mauro, Perla, Carla y su suegro. Estaba cansada de las personas asfixiantes que la había rodeado toda su vida. El tiempo le había quitado la venda de los ojos y podía ver con claridad. Se había armado de valor y los había mandado a todos a la mierda de una sola vez. Se sintió bien, ligera sin todo ese peso y libre. Ahora podía pensar en su futuro.
El mismo miércoles cuando había descubierto toda la trama de mentiras, se había hospedado en un hotel. La primera noche casi no había dormido debido al estrés. Su cabeza no había dejado de darle vueltas al asunto haciéndole imposible conciliar el sueño. Sobre todo pensando en la actitud de Perla, quién le había ordenado volver a su casa y olvidarlo todo. El que ella supiese del engaño y que hubiese tomado parte la había hecho enfurecer. Pero al día siguiente se había internado en el spa del hotel, entregándose a las sesiones de masajes descontracturantes, baños de barro, hidromasajes y a todo lo que la hiciera sentir como si estuviera en las nubes. La segunda noche había dormido como un gatito hasta avanzada la mañana. No habían teléfonos sonando, ni noticias en la televisión, ni computadora; solo el golpe en la puerta de su habitación con el servicio al cuarto. Mientras comía a gusto, había buscado películas para ver en soledad. No era una chica romántica, así que había dejado de lado las historias de amor para ver una serie policial de la ciudad de Chicago. Había pasado todo el viernes en el cuarto, vestida con la bata del hotel, sentada en la cama, comiendo todo lo que se le venía en gana. Miró películas y series hasta quedarse dormida.
Miró su reloj que marcaba la una de la tarde. En unas horas más debería haber estado casándose pensó. Sin embargo no había sido así y se sentía muy bien. Había terminado de comer, así que se subió al auto y recorrió la ciudad. Dejó el auto en una cochera y caminó por la calle San Martin atestada de gente. Había personas comiendo en los restaurantes y bares, comprando, caminando o charlando. Si bien a Julieta le gustaba ese bullicio de la calle, le hacía acordar a esas tardes con sus amigas caminando por el centro de Buenos Aires y ella quería dejar atrás toda aquella vida.
Divisó un local de venta de celulares y decidió que era el momento justo para cambiar el número. Quería encender el suyo para poder tomar fotos a todo lo que viera y le llamara la atención. Sabía que si lo prendía en ese instante comenzaría a sonarle con los llamados y mensajes indeseados. Caminó hasta el negocio y le solicitó al vendedor un nuevo chip.
¿Está segura de que quiere dejarlo como cuando lo compró? Perderá mucha información, sus contactos, todo…
Esa es la idea – sonrió - ¿Puede hacerlo?
Seguro.
Solo déjeme anotar dos números telefónicos y el resto se va. Necesito que habilite un número nuevo.
Muy bien. Solo deme una hora más o menos y se lo tendré listo, con el chip funcionando y sin memoria.
En una hora estaré de vuelta – volvió a sonreírle - ¡Gracias!
Julieta dejó el negocio con la esperanza de que el hombre hiciese un gran trabajo y borrara todo recuerdo. Caminó unas cuadras más y se sentó en la mesita de un café que vio sin tanta concurrencia. Le solicitó al mozo un jugo de naranja y comenzó a leer un libro que había comprado hacía tan solo un momento en una librería en la misma calle. Estaba tan abstraída con la lectura que no se percató de los ojos verdes que la observaban desde otra mesa algo apartada de la suya. El tipo rubio dejó dinero pagando la cuenta, se puso de pie y se acercó a Julieta que estaba muy concentrada leyendo.
¿Qué no ibas a casarte? – dijo con un tono grave de voz sobresaltándola. Dejó el libro en el bolso al ver quién le había hablado.
¿Qué haces aquí? ¿Acaso me sigues? – le preguntó y el striper sonrió.
¿Puedo sentarme? – señaló la silla frente a ella.
Sí, claro – luego de verlo sentarse ella volvió a preguntar - ¿Me estás siguiendo?
Yo pregunté primero – dijo él - ¿Acaso no te casabas hoy?
Exacto, me casaba. Tiempo pasado.
O sea que…
O sea que no hubo boda porque la cancelé – sorprendido cruzó los brazos sobre el pecho asintiendo con la cabeza. Julieta lo miró y pensó que era más atractivo de lo que recordaba. A la luz del sol los músculos de los brazos resaltaban y el hoyuelo de la mejilla derecha se hizo presente en su sonrisa torcida.
Cuéntame… Julieta ¿Cierto?
Ajá – pudo decir.
¿Por qué cancelaste la boda? – el corazón de ella no quería quedarse en su pecho, explotaba con cada latido.
Descubrí al muy imbécil engañándome con mi mejor amiga…
¡Déjame adivinar! – con el puño en el mentón miró hacia arriba en pose de “hombre pensando” - ¿Fue con la morocha de cabello corto y mirada triste? ¿La de ojos pardos? – preguntó seguro.
Sí, con ella ¿Cómo lo sabes?
Porque esa noche quiso tener sexo conmigo. Le dije que no y se fue con mi compañero. El que vestía como policía – el nivel de zorra de su “amiga” había alcanzado niveles insospechados se dijo Julieta. Y siguió preguntando.
¿Por qué le dijiste que no?
¿No es obvio? – le contestó y le guiñó un ojo haciéndola sonrojarse.
¿En algún momento me dirás cómo te llamas?
Me llamo Leo ¿Por qué viniste a Rosario?
Estoy de paso ¿Y tú?
Yo soy de aquí y de allá. Cuando trabajo como modelo vengo a Rosario, cuando no, estoy en Buenos Aires seduciendo a novias fugitivas – ella se carcajeó.
¡Yo no soy fugitiva! ¡A mí me engañaron!
Entonces seduzco a novias despechadas.
¡No voy a acostarme contigo! – aunque en ese momento quisiera arrancarle la ropa, Julieta se mantuvo a raya.
Es una pena – se mofó Leo – Hubiese sido… perfecto – suspiró – Dijiste que estabas de paso ¿A dónde vas?
Aún no lo sé. Quizás vaya a conocer el norte. Igualmente iré a donde me diga el viento.
¡Ese tipo es un imbécil! – soltó él sorprendiéndola. Pero le había gustado.
¿Por qué? – estaba intrigada.
¿Cómo que por qué? ¡Solo mírate! Eres una mujer hermosa, culta y yo estoy loco por ti desde que te vi. Solo me has dejado darte un beso y aún le eres fiel… ¡Te dejó ir! Y aún lo respetas… es un maldito infeliz – las palabras de Leo la hicieron sentir incómoda. Había desnudado la verdad de tal forma que se había asustado y sentido vulnerable ante el hombre que acababa de conocer.
No le soy fiel. Ya no soy nada para él, ni él es nada para mí. Solo quiero darme un tiempo a solas para saber cuál será mi próximo paso.
Lo siento. Tienes razón. No deberías andar de promiscua solo por despecho. Debes pensar bien las cosas. Eres muy sabia, tienes los pies en la tierra. Ya no se ven mujeres así hoy día.
Leo acompañó a Julieta hasta el local de telefonía. Habían compartido la charla con jugo de naranja y cerveza (ella no bebió porque debía seguir conduciendo). Él se ofreció a pagar la cuenta y luego la acompañó el resto de su visita a la ciudad hasta que decidiera seguir su camino. Lo cierto era que si bien la había visto solo tres veces y besado una, Leo estaba enamorándose de esa chica de ojos azules y quería aprovechar cada instante a su lado, aunque no fuese correspondido.
El chico del negocio de telefonía le había formateado el celular borrándole absolutamente todo y tenía nuevo número. Agendó los teléfonos de Luis y de Elisa que ella había querido salvar. Le instaló nuevamente whatsapp y desde el dispositivo le dio de baja a sus cuentas de Facebook e Instagram. Oficialmente Julieta había dejado de existir. Pagó por todo el servicio del muchacho y salió con Leo de allí.
Caminaron juntos por la calle San Martin de regreso a la cochera, donde estaba el 206. En el camino se compró algo de ropa veraniega, como unos shorts de jean y remeras con tiras. Con la autorización de la empleada del negocio de ropa y la atenta mirada de Leo, Julieta se había cambiado. Se había dejado puestos unos shorts de jean azules, una remera blanca con tiras y sus zapatillas converse negras. Se recogió el cabello en una larga cola de caballo, pagó la compra y se fueron. Su acompañante le había cargado las bolsas como todo un caballero, mientras caminaban juntos las pocas cuadras hasta el estacionamiento. La “cita” estaba a punto de terminar y sabía que no la volvería a ver.
Leo guardó las bolsas dentro del baúl del 206 mientras Julieta acomodaba el bolso, algunos alfajores santafecinos que había comprado, una botella con agua y el celular dentro del habitáculo. Él se acercó a Julieta junto a la puerta del conductor.
Listo – dijo ella – El tanque está lleno, tengo mis cosas. Estoy lista – sonrió.
Dame tu teléfono – lo buscó nuevamente y se lo entregó. Leo agendó su número y luego se llamó a sí mismo para tener el número de ella – Escucha, sé que no me conoces y que necesitas tu tiempo a solas. Pero si algún día vuelves aquí o a Buenos Aires y deseas verme… no como striper, sino como el hombre que soy. Como esta tarde. Por favor llámame ¿Sí? – nunca se había sentido así con una mujer antes. Había algo especial en ella y solo la había besado. Jamás había tenido que pedirle a ninguna chica que lo llamase. Siempre había sido al revés. Se sintió algo idiota, pero ¿Qué podía hacer? La tomó por los hombros y se acercó a su boca. La miró a escasos centímetros casi sin pestañear – Solo un beso, uno más…
Julieta recorrió el pequeño trecho que los separaba y juntaron sus labios. Se sostuvo llevando sus brazos alrededor de su cuello y él le rodeó la cintura. Leo la beso tan intensamente que ella perdió el sentido. Se besaron como si de eso dependieran sus vidas. La puerta del 206 estaba abierta, estaba todo listo para que siguiera su viaje, pero ahí estaban los dos. Abrazados. Muy juntos. Besándose hasta que necesitaron respirar. Muy despacio se separaron, sin dejar de verse. Él acarició su mejilla. Sus corazones latían frenéticos. Julieta se replanteó si en verdad quería irse, el beso la había hecho dudar.
Vete. Busca tu destino – dijo él – Y si tu destino te trae de vuelta aquí, estaré esperándote – ella sonrió y Leo volvió a besarla, pero esta vez más sereno y tranquilo. Saboreándola, sintiéndola. Cuando logró separase de ella, se sonrieron. Julieta subió al auto y él le cerró la puerta – Ve con cuidado. Escríbeme y cuéntame de tu viaje – se dieron un pequeño beso a modo de despedida y ella saludó.
Nos vemos Leo – él tuvo esperanza; no había sido un “adiós”, había sido un “Hasta luego”.
Julieta dio marcha atrás con el 206, mientras Leo la saludó con una mano en alto y la otra en el bolsillo delantero del jean; puso primera y salió de la cochera tocando dos veces la bocina y se alejó del lugar.
Leo la observó irse; esa chica tenía algo especial, no supo si habían sido sus ojos, su sonrisa o el haberla encontrado tan sexy en el club esa noche. Ese fulano que la había engañado era un imbécil al haberla dejado ir ¿Y él? ¿Acaso era un idiota por no haberla seguido? La quería para él, todo su ser demandaba mucho más que solo un par de besos (los mejores de su vida), pero el auto ya había salido de su vista y Julieta se había marchado sin rumbo alguno. Tenía esperanza de volver a verla algún día, pero para ese entonces, juró que haría lo imposible por conquistarla y retenerla a su lado.
Julieta había tomado la ruta 11 hacia el norte. Aún no sabía a donde dirigirse, pero no le importó. Aún tenía el hormigueo en los labios debido al beso con Leo. Antes de salir de Rosario había tenido la necesidad de volver a buscarlo. Pero había seguido su marcha pensándolo y al darse cuenta, se encontró en la ruta nuevamente habiéndolo dejado atrás.
Media hora más tarde, encendió la radio para escuchar algo de música y divisó el cartel de que estaba en la localidad de San Lorenzo y sin dudar quiso conocer aquél lugar donde el Gral. San Martin había librado su única batalla en suelo argentino, allá por 1813. Se detuvo en el Campo de la Gloria, divisó el Convento de San Carlos y tomó su primer fotografía con el celular. Recorrió los 9 prismas de concreto con la mirada, acercándose para leer en cada uno los lugares de donde eran originarios los 9 granaderos caídos en la batalla. Dijo en voz alta el nombre de cada uno y 9 veces hizo la señal de la cruz mostrando su respeto. Contó los mástiles que rodeaban a los pilares hasta llegar a 16 en total, todos con la bandera nacional en lo alto.
Sintió escalofríos. Había leído y le habían contado a cerca de ese combate, del heroísmo de cada uno de sus protagonistas y Julieta estaba allí, admirando todo, fotografiando y guardando en su corazón cada instante. Se acercó a la llama votiva que homenajeaba a los héroes de San Lorenzo y la fotografió. Se acercó a un pequeño árbol de pino que tenía una inscripción y leyó que ese ejemplar era un hijuelo del mismo pino donde el General se había sentado a descansar y había dictado el parte de guerra para Buenos Aires luego de la batalla. Julieta tomó la botella de agua, la abrió y regó con ella el árbol, un gesto que demostraba su orgullo por la patria y sus héroes.
Minutos más tarde, volvió a subirse al auto y retomó su camino. Antes de salir de San Lorenzo, le envió una foto de ella en el Campo de la Gloria a Luis y le escribió: “Hola papá, estoy bien. Conociendo un poco mi país. Este número es nuevo. Por favor no se lo des a nadie. Ni siquiera a Perla. Besos, Juli”
Él respondió de inmediato: “Estás hermosa hija mía. Ve con cuidado y tranquila. Luis”
Luis llevaba siempre consigo el celular y cuando no, lo tenía con contraseña para desbloquearlo. Él ya no confiaba en su entorno, sobre todo en Perla. Luego del lamentable hecho con su adorada Julieta, algo en su relación con su esposa se había roto. La había encontrado husmeando entre sus cosas, tratando de ver su celular y eso le había molestado sobremanera.
Lo había interrogado por el paradero de su hija y él se había negado a decírselo, contestándole que no sabía a dónde se había marchado.
¡Tú sabes dónde está! ¡Haz que vuelva y se case con el pobre de Mauro! El chico parece alma en pena por ella.
Primero, no sé a dónde está tu hija y segundo, ese infeliz, por mí, puede irse al carajo con su alma en pena y la zorra esa.
¡Luis! ¡Por Dios Santo! – Perla se persignó.
No pronuncies a Dios en vano querida. Él sabe muy bien las cosas que Mauro le hizo a Juli y no creo que esté en desacuerdo conmigo…
Un error lo comete cualquiera. Esa chica no sabe lo que hace Luis.
Ella es muy inteligente Perla querida, me duele que tú la juzgues como una boba solo porque no cumplió con tu capricho.
Incluso el padre de Mauro y candidato a Jefe de Gobierno lo había llamado rogándole por el paradero de su nuera.
¡Por favor señor Cash! Mi hijo cometió un error. Dígame donde la encuentro, como doy con ella y yo mismo le hablaré.
Mire señor – dijo manteniendo su distancia – Yo no sé dónde está mi hija. Pero de saberlo y si ella me lo pidiese no se lo diría. Ella es una mujer hecha y derecha y no la haré sufrir.
Pero si hasta se ha llevado mi agenda. Se fue sin decir nada. La gente me llama por los compromisos que yo tenía con ellos y no sé quiénes son. Necesito urgente que Julieta me diga dónde la dejó. No estoy enojado con la muchacha, solo preocupado.
No entiendo por qué estaría usted enojado con ella, si fue su hijo el que desató todo este lío. Pero le aconsejo que vaya y se compre una Tablet nueva y que comience todo de nuevo – le dijo irónico y cortó la llamada. Segundos después se echó a reír a carcajadas solo en su despacho. Le contaría a Julieta el episodio cuando la viera.
Lo que su suegro no sabía era que Julieta había tomado la Tablet que usaba como agenda, donde la vida electoral del candidato estaba organizada hora por hora, día por día y la había hecho añicos con un martillo en la habitación del hotel. Martillo que había comprado en una ferretería con ese fin y que luego, al ver el aparato destrozado sobre la alfombra, le había dado un ataque de risa hasta que le dolió el estómago. Luego arrojó los restos a la basura y bebió vino blanco para celebrar.
Habían pasado unas horas desde su visita al Campo de la Gloria en San Lorenzo; Julieta iba con una sonrisa mientras manejaba por la ruta 11 hacia el norte. Ya había pasado por la ciudad de Santa Fé y había cargado combustible. Había comido un par de alfajores santafecinos y tomado mate con el auto cebante, ya que sola le era imposible hacerlo a la manera tradicional (con un termo y un mate). Al día le quedaban pocas horas y comenzó a pensar en dónde pasaría la noche, mientras escuchaba la radio. Su humor había cambiado repentinamente al oír que la canción que trasmitía la radio era “All of me” de John Legend, esa que juntos con Mauro hubiesen bailado como primer canción como marido y mujer. La había elegido en lugar de bailar el típico vals porque había creído que hablaba de ambos, que supuestamente se amaban. Miró la hora en el reloj del tablero del 206 y notó que era la hora exacta en que la boda se hubiese estado realizando. El golpe fue duro para ella. Miró por los espejos y se detuvo en la banquina con las balizas encendidas. Sintió algo en el pecho que no había sentido antes y al dejarlo salir, se había convertido en un llanto cruel y amargo. Sintió como se le había roto el corazón y al darse cuenta de ello gritó “¡Hijo de puta!!”, luego susurró “¿Qué hice para que me hicieras esto?”. Estaba haciendo su duelo, ese que no había podido hacer antes debido a esa coraza de hierro que llevaba sobre su ser para cubrirse de los demás y que Mauro había logrado romper, volviéndola vulnerable.
Cuando logró tranquilizarse, respiró profundo y soltó despacio el aire. Se limpió las lágrimas de la cara y bebió agua. Volvió a encender el auto, miró por los espejos, segura de que nadie venía detrás, volvió a la cinta asfáltica y siguió con su viaje.
Debía olvidar, dejar todo atrás. Comenzar de nuevo, una nueva vida lejos de Buenos Aires y de todas las personas que la habían lastimado. Dar vuelta la página era crucial para salir de todo eso.
Eran casi las 8 de la noche, le quedaban pocos minutos de claridad. En el mes de Febrero aún anochecía bastante tarde, y aunque el atardecer en el campo era algo realmente precioso de ver, Julieta no quiso arriesgarse a que la noche la encontrara en la ruta y con poco combustible. Tampoco podía regresar a Santa Fé, la había dejado muy atrás hacía como 3 horas. Según el mapa de Google en su celular, unos kilómetros más adelante había una estación de servicio, así que hasta allí se dirigió.
Tal y como el mapa se lo había indicado, tan solo a 10 kilómetros más adelante había un paraje y una estación de servicio. Julieta bajó del auto y le preguntó al playero que estaba cargándole combustible.
Buenas noches señorita – la había saludado muy atento.
Hola ¿Cómo está?
Muy bien, gracias ¿Lo llenamos? – le preguntó y ella asintió.
¿Sabe de algún lugar por aquí cerca donde pueda pasar la noche? ¿Allí en frente se puede? – dijo señalando una posada con el frente pintado de rosa y bastante feo, tan solo cruzando la ruta.
Bueno mire… ahí en frente podría – dijo – Pero ahí se quedan muchos camioneros y a veces suelen llevar compañía ¿Me entiende? – su pregunta daba a entender que ese no era un lugar para una mujer como ella – Pero si sigue un kilómetro más adelante va a llegar a Margarita, va a ver un cartel medio gastado arriba de la ruta. El acceso esta medio escondido, pero se va a dar cuenta por los eucaliptos. Doble a la derecha y sígalo hasta el final.
¿El camino de eucaliptos?
Sí. Sígalo hasta donde termina – Julieta miraba hacia donde el chico le indicaba y hasta podía ver los árboles desde allí, de seguro eran enormes – Ahí va a ver una plazoleta grande y en frente una construcción blanca con azul ¿Me sigue?
Sí, perfecto.
Bien, ese es un hotelcito muy lindo. La señora es muy amable. Pregunte por María Rosa y dígale que Fede de la estación de servicio la mandó.
¡Muchas gracias!
No hay por qué señorita. Mejor se apura, porque allá ¿Ve? – señaló el horizonte a su derecha y ella miró también – Allá se viene una tormenta y no va a ver nada con la lluvia.
Es cierto. Mejor me doy prisa. Muchas gracias Fede.
Vaya con cuidado.
Julieta pagó el combustible y se despidió del joven, condujo el kilómetro como le había dicho y divisó el cartel que anunciaba su llegada a Margarita. Dobló a su derecha justo donde se encontraban los enormes eucaliptos. Los árboles se cerraban sobre ella formando una especie de túnel verde con camino de tierra, pensó que por la mañana ese lugar de seguro sería más hermoso. Condujo hasta el final del camino arbolado y allí se encontró con una casona bastante antigua. Pintada de blanco con molduras sobre las ventanas y la puerta en color azul.
Capítulo III
Julieta estacionó el 206 casi en la puerta del lugar. Estaba como a un metro por encima del suelo, era una edificación antigua pintada de blanco, con molduras sobre la puerta y las ventanas pintadas de azul. Debía subir unos 5 escalones para poder ingresar. Las ventanas eran altas con celosías y balcones estilo francés. El lugar era muy bonito, acogedor y circundado con flores de muchos colores. Todo estaba abierto, la puerta y las ventanas y el aire de la nochecita corría llevando consigo el perfume a fresco. Subió los peldaños e ingresó a lo que parecía ser un comedor bastante grande e iluminado. El piso de color rojo estaba muy cuidado, brillaba como uno nuevo; pero era antiguo. Había 6 mesas rectangulares con 6 sillas cada una, coronadas con hermosos manteles en cuadrillé rojo y blanco. Paredes altas, prolijamente pintadas de blanco. Una televisión grande colgada en una de las paredes y una puerta hacia otra habitación con la luz encendida y ruido a que alguien estaba allí. Julieta golpeó las manos y llamó.
¿Hola? – un perro cocquer salió ladrando desde la otra habitación y la voz de una mujer le siguió al ladrido.
¡Shhh! ¡Coca! – la mujer reprendió a la perrita que había ladrado mientras se secaba las manos con el delantal. En el ambiente se sentía un olor exquisito - ¡Hola! Perdón ladra por cualquier cosa, se está poniendo vieja.
¿Usted es María Rosa? – le preguntó
¡Sí! ¿Te mandó Fede? Él me avisó que venías. Me llamó por teléfono. Qué bueno que llegaste – Julieta sonrió.
Soy Julieta.
María Rosa, pero decime Marité – era una mujer muy simpática, sonriente, de estatura un poco más baja que ella, rubia con el pelo debajo de los hombros y flequillo. Ojos claros y un strass en la nariz. A Julieta le agradó de inmediato.
¿Tendrá un lugar para que pueda quedarme?
Tuteame por favor… me hace sentir vieja – rió – Sí, te preparé la piecita más linda. Por aquí.
Caminaron hacia una puerta antigua y alta, de esas que tienen banderolas arriba, con vidrios repartidos esmerilados. Al cruzarla, pasaron hacia una galería semi techada, con el alero bien alto que era sostenido por cuatro columnas muy antiguas de hierro torneado en excelente estado y pintadas de negro. El piso era rojo, pero con dibujos de rombos blancos en la parte central, formando un rectángulo en toda la galería, que al encender la luz, brilló como el que había visto en el comedor. Las puertas de la galería en forma de “U” eran todas iguales, de doble hoja, altas, con banderolas y vidrios repartidos esmerilados. El jardín en el centro era precioso; la gramilla prolijamente cortada lo cubría todo y se erguían hermosos arbustos con flores. En el centro había un aljibe rodeado por florcitas rosas y un enorme jazmín lo perfumaba todo. Ese lugar era realmente precioso y Julieta no dejaba de ver cada detalle. Marité se detuvo en la segunda puerta de las dos que había sobre ese costado, justo frente al jardín. Al otro lado de la “U” una pared baja con rejas negras lo separaba de la calle.
Te preparé la piecita que tiene baño. Las demás comparten el de allá – y señaló otra puerta – La tuya es en suite como dicen ahora – le dijo y rió.
Entraron al cuarto y Marité encendió la luz, a su huésped le encantó de inmediato. Piso de madera de pinotea en perfecto estado, un roperito con molduras y puertas dobles. La ventana era igual a las del frente, pero esta llegaba hasta el piso. También con balcón. Una cama grande de hierro que se veía muy cómoda y la mesita de noche de madera con mármol tenía un velador arriba. Cobijas blancas y almohadones en color azul, gris y negro daban ese toque de color. Un sillón de mimbre al lado de la ventana y un espejo de pie en uno de los rincones. Otra puerta, no tan alta, pero con vidrios repartidos esmerilados daba al baño que Marité le mostró orgullosa.
Este es tu bañito – dijo en diminutivo – Tiene ducha y bañera. Todo funciona perfecto.
Este lugar es hermoso… realmente hermoso – dijo mirando todo a su alrededor.
Gracias. La casona es todo para mí y la cuido como el hogar que es ¡Ay! – grito del susto al oír caer un rayo cerca de ahí. La tormenta había llegado – Parece que se vino no más. Después cerrá la persiana así el agua no entra.
Sí. No hay problema.
Si tenés algo en el auto podés buscarlo. ¿Tenés hambre? Yo iba a comer. Te convido
Si gracias – no dudó en aceptar la invitación. Uno porque tenía hambre y dos porque el aroma al entrar le había hecho agua la boca.
Bueno, yo voy a la cocina. Después vení conmigo.
Gracias Marité.
De nada reina – le dijo y salió del cuarto.
Julieta recorrió el lugar con la vista otra vez y le pareció divino. El baño era blanco y negro y la bañera era una de esas antiguas con patas, blanca e impecable. Los pisos brillantes y relucientes. A diferencia del piso en Puerto Madero, era acogedor y no un lugar frío y sombrío que había quedado muy atrás.
Caminó de regreso al comedor y salió a la calle hasta el auto para ir por sus cosas que estaban en el asiento y el baúl. Se fijó en dejar todo bien cerrado para que el agua no entrase. Miró a su alrededor y solo encontró paz. Una sola luz iluminaba la plazoleta que tenía en frente. De una camioneta roja perpendicular a ella vio bajar a una persona, pero no le prestó atención. Fue a la única persona que vio a su alrededor. Todo parecía tranquilo y callado, salvo por los truenos que se hacían presentes.
Volvió a caminar hacia el interior de la casona, Marité ya había cerrado las tres celosías de las ventanas que daban al frente. Julieta llevó sus cosas a la habitación e hizo lo mismo cerrando la persiana. Encendió la luz del velador y apagó la de arriba y fue hasta la cocina al encuentro con la dueña de casa, atendiendo el llamado de aquél aroma embriagador. Ante la calidez de la cocina, ambas se sentaron a la mesa enorme que había allí y que ocupaba casi todo el espacio.
Siéntate – le dijo y señaló la cabecera de la mesa, ella se sentó a su izquierda, de espaldas a la mesada.
A Julieta le llamó la atención la enorme cocina industrial que tenía la mujer, estaba casi en medio de una mesada azulejada que iba de un extremo al otro de la habitación, finalizando al lado de una puerta, que pensó, iría a la parte trasera de la casa. La mesa ocupada todo el lado opuesto, media como dos metros y medio, dejando tan solo un pasillo estrecho para pasar entre ella y la mesada. Al otro extremo de la habitación estaba una antigua cocina a leña y donde la perrita tenía su camita justo al lado. Un par de puertas empotradas daban acceso a la despensa, de donde Marité había sacado todo lo que había en la mesa.
Comé reina – le dijo extendiéndole un plato a Julieta – Eres tan delgadita – dijo haciéndola sonreirá – Son unos sorrentinos que sobraron del servicio del mediodía ¿No te molesta no?
¡No, por supuesto que no! – le contestó amable y ya al verlos comenzó a comer con los ojos.
Son caseritos. Todo hecho con mis propias manos. Ahí hay quesito rayado.
Están riquísimos – saboreó la invitada de Marité - ¿Dijiste servicio?
Sí, yo tengo un comedor. Aquí vienen a comer vecinos que se quedaron solos, algunos peones y gente de paso. Fede los manda cuando alguien pregunta por un lugar para comer.
O dormir… - dijo sonriente.
O dormir, sí – ella la imitó – Eso me ayuda a mantener todo esto en pie, así como lo ves. Por lo general se llena a la noche, porque al mediodía vienen los viejos. Los peones almuerzan en al campo.
¿Hace mucho que lo haces?
¿Todo esto? – hizo ademán con sus manos abarcando todo a su alrededor – Lo hizo mi abuelo como en el 1890 y pico o 1900. Llegó de España y aquí se quedó. Primero fue pulpería, venían los gauchos a tomar la ginebra y el aguardiente – rió – Después mi papá y su hermano hicieron el hotel. Lo de atrás era la casa de mi abuelo y ellos lo reformaron. Mi tío falleció y mi papá lo cuidó hasta que yo me hice cargo. Sola, porque a mi hermano nunca le interesó. Él es abogado en Rosario y allá se quedó.
¿Esto tiene más de 100 años Marité? – dijo sorprendida.
Sí, sí – contestó con evidente orgullo.
¡Wau!
Mi sobrino me ayuda mucho a mantenerlo. Quizás lo conozcas antes de irte. Hoy debe haberse quedado en el campo, con alguna amiga. Sino siempre cena conmigo los sábados.
María Rosa le contó casi toda la historia de su vida y del lugar. A ella le gustaba contarla y a Julieta escucharla, así que la dejó hacer. Hablaron hasta terminada la cena y el postre, que había sido una porción generosa de budín de pan con dulce de leche. Hasta que Marité miró la hora en el reloj de pared y suspiró.
Son más de las doce, con razón me dio sueño. Me voy a ir a dormir. Cierro acá adelante y me voy a acostar.
Te ayudo.
Ambas caminaron hasta el comedor y cerraron las ventanas. La mujer miró a través del vidrio de la puerta y exclamó.
¡Sí vino Juan!... debió llegar tarde. Por eso no debe haber venido a comer – ella sonrió – Es la camioneta roja de allá – se la señaló a Julieta y ella miró hacia donde le dijo. Recordó haber visto el vehículo cuando buscó las cosas en el auto, pero no dijo nada.
Julieta se recostó en la antigua cama oyendo la lluvia caer sin descanso. Un sonido continuo pero tranquilo, hipnótico y relajante. Sintió el olor de la tierra mojada, el aire fresco colarse por las rendijas de la persiana y oyendo a la lluvia pronto se vio envuelta en un sueño profundo.
El domingo, Julieta despertó a media mañana, sintiéndose completamente renovada. Aún se oía el sonido de la lluvia, había llovido toda la noche. Abrió la persiana y observó todo lo que la noche anterior no había podido. La ventana daba a la parte trasera de la casona de más de 100 años y delante de ella solo estaba el horizonte. Solo había campo y nada más.
Una huerta hermosa crecía a sus pies. Prolijamente cuidadas, crecían lechugas, acelgas, tomates, morrones, zapallos y sandías enormes; y todo estaba siendo regado por el agua de lluvia. Corrió la cortina de voile y la vio bailar con la brisa que entraba por la ventana. Se dirigió al baño y comenzó a llenar la bañera, esa tan blanca e impecable que había visto por primera vez la noche anterior. Buscó en su neceser un frasquito con aceite de jazmines y perfumó el agua, también, sobre una especie de bandeja de madera que cruzaba la bañera y se sostenía a los lados, dejó shampoo, jabón y acondicionador. Mientras preparaba el baño, sobre la cama había dejado una muda de ropa que aún no había estrenado y un pote de crema para el cuerpo, para hidratar la piel luego de haberse bañado.
Se sumergió en el agua caliente y sintió sus poros abrirse con el relajante calor de la inmersión, mientras oía la lluvia caer. Con calma y premura, lavó su cuerpo y su cabello. Cuando se sintió satisfecha y renovada, se secó con una de las toallas que Marité le había dejado colgada en un toallero. Era tan suave al tacto que más que secarse, la acariciaba a cada paso por su piel, luego la hidrató y se vistió con lo que había escogido minutos antes.
Salió al pasillo de la galería, caminó hasta la puerta de vidrios repartidos que daba al comedor y se detuvo al oír la voz de un hombre. La dueña de casa hablaba con alguien, pero por alguna razón, Julieta creyó conveniente no darse a conocer, había algo en esa voz.
¡Hubieses venido igual a cenar Juan! – le reprochó Marité – Si la chica es re simpática.
No lo dudo… la vi cuando llegué ayer – confesó su sobrino – Pero no quise interrumpir.
¡Qué salame que sos!
Gracias tía – dijo irónico.
Tomá – le dijo mientras le extendía un plato con tostadas de pan casero, queso y mermelada – Comé y tomá el mate.
Uno no más. Quizás la chica se despierta y…
¿Y qué? ¿Me vas a decir que le tienes miedo ahora?
Juan no le tuvo miedo. Él la había visto llegar la noche anterior y, aunque estaba algo lejos, pudo verla y sentir que despertaba algo en él. Algo diferente. Era absurdo, quizás ridículo. Él solo había visto a una chica sacar cosas de un auto y entrar a la casa de su tía ¿Por qué entonces deseaba apartarse? ¿Por qué necesitaba mantenerse lejos?
Se llama Julieta – su tía lo había quitado del trance, mientras le ofrecía otro mate – Quizás se vaya hoy o mañana. Vino a pasar la noche solamente ¿Y Natalia?
¿Qué hay con ella?
¿La seguis viendo?
Nah
¿Cuándo vas a sentar cabeza? – se quejó la mujer – Vas con una, con otra y con ninguna…
¿Y qué con eso? – dijo molesto.
Tenés 30 años Juan
Acabo de cumplir 29. Me voy ya.
¿Por qué?
Porque aunque sea domingo, no quiero escuchar sermones.
¿Venís a cenar? – lo llamó mientras cruzaba el comedor hacia la puerta de entrada.
¡No!
Este chico me va a sacar canas de todos los colores – se quejó Marité y suspiró mientras seguía con sus quehaceres.
¿Buen día? – dijo Julieta detrás de ella. Al ver la figura de tan imponente hombre marcharse, se había sentido segura y había salido de su escondite.
¡Hola! – la saludó – Juan acaba de irse.
Me estaba bañando – se excusó.
No, está bien. Él es así, va y viene. Se enoja y vuelve – suspiró apenada. Ella quería algo bueno para su sobrino.
Lo quería como al hijo que no había podido tener y le dolía verlo así, desorientado. Ella creía que Juan no sabía cómo formar una familia, porque él mismo no había tenido una. La había visto tener muchas novias o “acompañantes”, pero se aburría rápido y se quedaba solo hasta encontrar a otra y así se conducía por la vida.
Juan era conocido en el pueblo por sus muchas conquistas. Mucho se decía de él y de su estilo de vida, pero poco se sabía en realidad. Lo cierto era que la crianza que había tenido con su padre no había sido del todo buena. Si bien había intentado hacer lo mejor para el chico, cuando su esposa los había abandonado (por algún sueño incumplido) el hombre trató de criar solo a su hijo; un chico por demás enérgico y con muchas ganas de hacer cosas, crear, experimentar y explorar. Pero viviendo en un departamento en la ciudad de Rosario, no había muchos lugares para ser explorador. Había estado confinado a las 4 paredes de su casa, al cuidado de niñeras porque su padre era un abogado reconocido y trabajaba largas jornadas. Juan se aburría y les jugaba bromas a las mujeres encargadas de su cuidado, haciendo que se quejaran con su padre por su mal comportamiento; lo que devenía en castigos físicos severos, los que habían moldeado un carácter muy fuerte en él y a veces peligroso.
Al crecer, se lo había exigido de manera intelectual y había realizado actividades extracurriculares para que Juan (ya adolescente) se mantuviese ocupado. Pero tantas presiones afectaban su conducta y eso lo había llevado de escuela en escuela, de deporte en deporte, idiomas y demás. Solo se había sentido libre, explorador y útil en los veranos en los que su padre lo había enviado a Margarita, en un intento desesperado por tranquilizar al chico. Allí con su abuelo y Marité, había aprendido a cocinar, a cazar y exploraba aquél vasto territorio. Se escabullía entre los maizales, pasaba horas a la vera del arroyo y conocía cada rincón como la palma de su mano.
También había aprendido mecánica de la mano de su abuelo y para su adolescencia, ya arreglaba cualquier motor con los ojos cerrados. Había aprendido a conducir con la Ford F100 del 65´ roja y había tenido su primera vez con Desiré, su “amor de verano” a los 16 años. En Margarita había sido feliz durante su infancia y su adolescencia, hasta que debió someterse a los rigores de su padre por última vez.
Marité le extendió a Julieta una panera con tostadas y ella la puso sobre la mesa, sentándose en el mismo lugar que la noche anterior. Aún podía escucharse la lluvia caer sin pausa. María Rosa sirvió dos tazas de mate cocido con leche y se sentó a la mesa con su huésped.
¿Te gusta el mate cocido? No te pregunté, perdón – se disculpó la mujer.
Huele de maravillas – suspiró Julieta a modo de cumplido.
Menos mal. Come lo que quieras, ahí hay azúcar – fue señalando cada cosa en la mesa – Queso, mermelada de higos, manteca… come con confianza.
Gracias – respondió mientras comía con los ojos – Todo se ve tan rico.
¡Todo caserito! – dijo orgullosa.
Julieta le puso azúcar a la infusión en su taza en lugar de edulcorante y el sabor había sido completamente diferente. Tomó una tostada y la untó con mermelada de higos, que era una delicia al paladar. Nunca había comido tan rico en toda su vida.
No creo que te convenga irte hoy reina. La lluvia no paró en toda la noche. Aunque le hizo bien al campo, la ruta es peligrosa, sobre todo la entrada.
Estaba pensando en quedarme unos días. Hacía mucho no encontraba tanta… paz.
¿En serio? – Marité no ocultó su alegría y entusiasmo. Los ojos le brillaron.
Es que me fui de Buenos Aires buscando exactamente esto y quiero aprovecharlo.
¿Buscando qué? Pensé que ibas de vacaciones a algún lugar.
Buscaba paz Marité – sorbió de su taza la reconfortante infusión.
Pero… ¿Qué te pasó? – dijo extrañada.
Iba a casarme. Incluso hoy debería estar casada viajando a Bahamas. Pero no lo hice. Dejé todo.
¡No lo puedo creer! ¿Ibas a casarte? – Julieta asintió - ¿Y qué pasó?
Me engañó. Con mi mejor amiga – la mujer la alentó a seguir el relato – Yo trabajaba para su padre, era su asistente personal. Al chico lo había conocido en la facultad y por él dejé mi carrera, dejé todo. Su padre me contrató y hace un año me pidió matrimonio porque ya se había recibido de economista y trabajaba también para él.
¿Pero qué hacía ese hombre para necesitar asistente, economista y todo eso?
Es el candidato a Jefe de Gobierno Porteño.
¡Con razón!
Y bueno… hacía un tiempo que Mauro, así se llama mi ex, no era igual conmigo. me trataba bastante mal.
¿Te pegó? – se inquietó Marité y Julieta negó con la cabeza.
No. Más bien eran malas contestaciones. Indiferencia. No me llamaba y se iba todo el día. volvía tarde y malhumorado. Incluso había dejado de tocarme.
¡Infeliz!
Julieta le contó a su nueva confidente los sucesos que la habían llevado a dejar todo en Buenos Aires y rieron a carcajadas cuando le contó cómo y dónde había arrojado el anillo de compromiso. Según la mujer “se lo merecía por estúpido”. Ambas desayunaron y al terminar de comer, le siguieron las rondas de mate y los sustos al oír los rayos caer en plena tormenta, la cual, se había ido incrementando con el correr de las horas.
El resto del domingo había transcurrido en la calma absoluta. La lluvia había cesado después del almuerzo y María Rosa se había retirado a su cuarto a dormir la siesta. Coca dormía plácidamente en su camita al lado de la cocina a leña y Julieta, en cambio, estaba en su cuarto leyendo junto a la ventana abierta hecha un ovillo en el sillón de mimbre.
Mientras leía, respiraba profundo para llenar sus pulmones de ese olor a tierra mojada y aire fresco. Pudo oír el trinar de benteveos, teros y calandrias que habían salido luego de la tormenta. El cielo permaneció gris, pero el aire era templado y agradable. Había comenzado a pensar en que quizás su estancia allí podría extenderse bastante tiempo más.
Habían pasado varios días desde la llegada de Julieta a Margarita y se sentía como en casa. Junto a Marité, quién se había vuelto su amiga, habían preparado el servicio del comedor y estaba aprendiendo a cocinar. Había oficiado de moza y atendido las mesas para ayudar a la dueña del lugar. Había conocido a “los viejos” que iban a comer cada día, aquellos hombres que habían quedado viudos y preferían almorzar y cenar en compañía de la gente conocida del pueblo.
Todos le habían dado una cálida bienvenida a la chica de Buenos Aires y habían halagado su belleza. “Ojos de cielo” la habían apodado y a Julieta le había parecido encantador. Algunos de los peones de los campos que venían durante la noche le decían “señorita”, otros solo se quedaban mudos ante su presencia debido a la timidez.
Había hablado con su padrastro y le había contado a cerca de Margarita y su gente tan amable. Ella se sentía cómoda y a gusto allí. En cambio Luis le había contado que su madre estaba cada día más encaprichada con que su hija volviese y se casase con el infeliz de Mauro. Al parecer, el joven, estaba arrepentido de lo sucedido y lo había hablado con Perla.
Mauro se había percatado de que había perdido a una mujer perfecta para él por haberse acostado con una cualquiera. A menudo, se sentaba en el sillón en forma de “L” de la sala y bebía whisky cada noche hasta caer desmayado. Incluso Rosí, la mucama, se había preocupado por el estado de su señor. Estaba demacrado, ojeroso y había catalogado a su higiene personal como algo innecesario. En vano, Rosí había querido llamar a su patrona varias veces, pero el número estaba fuera de servicio. Preocupada buscó ayuda con el padre de Mauro, pero ese hombre era un trozo de hielo. Lo único que le había dicho había sido que “se lo merecía por imbécil y que se las apañara solo”. Ante la negativa de ayuda, la mucama, optó por llamar a Perla y ella acudió de inmediato.
Al presentarse Perla en el piso de Puerto Madero, encontró a un joven desalineado, sucio y desmayado de borracho en el sillón de la sala. Lo ayudó a levantarse y a bañarse. Le cambió la ropa que ordenó tirar a la basura y lo obligó a comer, ya que estaba visiblemente demacrado. Según la muchacha del servicio él no había probado bocado en 3 o 4 días.
¿Quieres matarte Mauro querido? – le había dicho la mujer.
Soy un estúpido. Ella era una reina y lo arruiné todo.
¿Y cómo piensas hacerla volver si ni siquiera te has bañado?
Julieta no va a volver Perla, menos conmigo.
¡Tonterías! – sentenció – Ella volverá de donde quiera que esté y te pedirá perdón a ti por haberse ido así… ¡Ya lo verás!
Luego de una charla motivacional por parte de Perla, obligó al muchacho a recostarse y descansar, mientras que ella buscaría la forma de obligar a su hija a volver a Buenos Aires y cumplir con sus deberes a como diera lugar.
Esa madrugada en Margarita había sido más húmeda y calurosa de lo que Julieta hubiese esperado. El aire fresco era inexistente y el ventilador de pie solo movía el aire caliente dentro de la habitación de un lado a otro. Miró su reloj que marcaba las 5 de la mañana. Estaba aclarando y se vaticinaba un día por demás agobiante.
Incómoda en la cama, agobiada por el calor, se levantó para ir a la cocina y buscar algo de agua fresca. Estaba sedienta, la temperatura era la misma tanto afuera como adentro. Caminó a la cocina, encontró a Coca durmiendo jadeante en medio del camino. Antes de llegar a la cocina, escuchó un sonido que llamó su atención. Marité había dejado abiertas las ventanas del comedor pero las celosías cerradas, en un intento en vano por obtener aire fresco durante la madrugada; debido al silencio reinante, cualquier sonido externo podía oírse claramente. Eran respiraciones profundas y jadeos en el silencio de la mañana. Parecía que alguien hacía alguna especie de esfuerzo y tenía la respiración agitada. Extrañada, Julieta se acercó a la puerta vidriada del frente de la casona y buscó el origen de aquellos sonidos, los que descubrió al instante.
Por el porte robusto y su altura (como de 15 o 20 centímetros más que ella) se trataba de Juan, el sobrino de Marité. Vestido con pantalones cortos y zapatillas, estaba en la plazoleta frente al comedor, completamente solo, observado atentamente por un perro mestizo. Él hacía ejercicio. Lo vio recostarse en el piso para hacer abdominales y flexiones de brazos. Lo observó colgarse de un arco de fútbol que había allí y levantar el peso de su cuerpo con los brazos. Los músculos del pecho y brazos se tensaban con cada movimiento, su torso desnudo parecía haber sido tallado con un cincel y sus piernas mostraban su magnitud con cada sentadilla que realizaba. Era lo más hermoso que Julieta había visto en toda su vida. Asombrada, lo vio anudarse una soga a la cintura con el otro extremo sujeto a algo muy pesado, luego él comenzó a correr, levantando una nube de polvo arrastrando aquél objeto que no logró ver con claridad. Era un entrenamiento muy intenso, algo que en Buenos Aires hubiesen pagado fortunas para hacer en el mejor de los gimnasios y Juan lo hacía gratis antes de que saliera el sol.
Lo miró absorta, encantada de lo que sus ojos tenían frente a ella. Respiró profundo sintiendo la falta de aire, pero consiente de la creciente humedad en su sexo. Unas gotas de sudor corrieron entre sus senos, pero ella sabía que no eran por el calor del ambiente, sino el calor que ese hombre le había provocado. Sintió seca la garganta y el sudor en la frente. Al ver a Juan dejar la plazoleta seguido del perro, ella volvió a sus planes de buscar agua en la cocina. Tomó la botella de la heladera y se sirvió un vaso. El líquido fresco corrió por su garganta calmando su sed y el calor de su cuerpo. Volvió a servirse y caminó a su habitación, sabiendo que el deseo que hervía dentro de ella no podría calmarlo tan solo con agua.
Juan había terminado de entrenar como casi todas las mañanas. Había despertado temprano, antes de que el sol saliera y había cruzado la calle para ejercitarse en la plaza frente a su casa. Ringo, su perro mestizo lo acompañó.
Había corrido alrededor del terreno varias vueltas, había hecho abdominales y flexiones de brazos. Varias series de sentadillas y arrastrado la pesa de 50 kilos. Había trabajado cada músculo como de costumbre y se sintió satisfecho. Luego se había bañado y bajo el agua caliente había estirado los músculos trabajados. Se vistió con su ropa de trabajo (jeans, camisa y borceguís de trabajo) cargó sus herramientas en la caja de la camioneta, le abrió la puerta a su perro y éste subió detrás. Condujo por los caminos vecinales hacia los campos donde debía arreglar las máquinas agrícolas descompuestas. Sabía que sería un día largo y agotador, no solo por el calor agobiante de esa jornada, sino también, por la imagen de aquella mujer que a través de la ventana lo había estado observando esa mañana, haciendo el entrenamiento aún más difícil y doloroso, debido a la dureza de su miembro tan solo al verla.
Cada uno había transitado ese día de manera cansina. El calor no había mermado en absoluto y tampoco el pensamiento de uno por el otro, que, aún sin saberlo, era de deseo mutuo.
Julieta había ayudado a Marité en el servicio del mediodía, habían trabajado en el huerto y cosechado tomates, lechuga, morrones y acelga. Les habían quitado las hierbas de entre las plantas y regado todo bien temprano, bajo la mirada de Coca. Ese mediodía el almuerzo había sido muy liviano, con una ensalada bien fresca de lechuga, tomate, zanahoria y huevo. Para Julieta había sido todo un manjar y le había dicho a la cocinera “esta lechuga es tan tierna que es como comer solo los corazones”. No había nada más fresco que eso.
A la hora de la siesta, la dueña de casa se había recostado y Julieta había dejado de lado su lectura para imitarla y descansar un rato. En cambio Juan, había pasado varias horas recorriendo lugares en busca de un repuesto difícil de conseguir para una cosechadora que estaba harto de arreglar. Se rompía todo el tiempo y Alejandro, su dueño, no quería venderla y comprar una nueva. Luego de conseguirlo, le dedicó varias horas más a cambiar el nuevo por el viejo.
¿Cuándo vas a vender esta maldita porquería? – le había dicho.
¡Oye! El dinero no crece en los árboles, bien sabes que no me darán mucho por esta mierda y yo no tengo tanto para comprar otra – respondió Alejandro, el dueño de la máquina y del campo.
¡Deja de llorar!
Supe que hay una chica muy bonita parando en la casa de tu tía – dijo sin miramientos y Juan sintió la ira apoderarse de él.
Cuidado Alejandro… no querrás que te rompa todos los huesos del cuerpo – dijo amenazante con la mitad del cuerpo metido dentro del motor de la cosechadora.
¡No puedes quererlas a todas para ti amigo!... todas quieren que Juan se las coja. “Quiero que Juan me invite a salir” – dijo Alejandro poniendo voz aguda a modo de burla – Además, si esta chica está de paso quizás quiera conocer la caballerosidad margaritense – dijo tocándose la entrepierna – Ya sabes… algo que no se olvide de su paso por aquí. Podría ir esta noche a cenar y… - desprevenido, Alejandro sintió un golpe seguido de un dolor agudo en la nuca y su cuello siendo aplastado por una mole. Al abrir los ojos, vio los azules de Juan a centímetros de los suyos. Lo tenía inmovilizado con su antebrazo aplastándole el cuello dificultándole la respiración. El tipo era demasiado fuerte.
Aléjate de Julieta – volvió a amenazarlo con su voz grave y pausada – Si la tocas haré que vayas a visitar al creador maldito degenerado ¿Lo entiendes? – Alejandro no podía respirar ni tampoco librarse de Juan. Apenas asintió él lo soltó. Cayó al piso y tosió como acto reflejo. Juan recogió sus cosas y silbó llamando a Ringo que estuvo a su lado en segundos. Tiró las herramientas dentro de la caja de la F100 y se fue de allí. Cuando pudo volver a hablar, Alejandro le gritó.
¡No puedes tenerlas a todas maldito imbécil! - siguió tosiendo mientras vio la camioneta alejarse.
Condujo como enajenado por los caminos vecinales de tierra, levantando una nube espesa de polvo a su paso con la F100. La ira y el sentido de la posesión lo habían tomado por completo. No quería ver a esa mujer con otro hombre que no fuese él. Ella era suya.
Se había mantenido distante, tratando de que ella no lo afectara, pero le había sido imposible. Su plan había sido esperar a que ella se fuera del pueblo, pero no había sido así. Había pasado como una semana y aún seguía allí. ¿Por qué no se había ido? ¿Acaso no estaba solo de paso?, sea lo que fuese, ya no tenía sentido; porque Juan se sintió atraído por aquella mujer (demasiado para su gusto) y no había vuelta atrás. Esa noche iría a cenar a lo de Marité y vigilaría que nadie se pasara de listo con ella.
La había visto el día que llegó a Margarita. Era bellísima. Había sentido su perfume tan solo al entrar al comedor aquél domingo, la había visto detrás de la puerta vidriada que iba del comedor a la galería antes de irse, incluso supo que lo había estado observando esa misma mañana mientras entrenaba en la plazoleta. Lo estaba volviendo loco, y ni siquiera habían cruzado palabra. Era descabellado, casi estúpido; pero supo que cuando le pusiera una mano encima perdería el control por completo. En su interior, Julieta, ya era suya y de nadie más.
Para el servicio de la cena, afortunadamente el calor había mermado un poco y corría aire fresco del sur. Marité y Julieta habían abierto todas las ventanas y las puertas de los cuartos para ventilar y refrescar los ambientes. Excepto la puerta que iba del comedor a las habitaciones, porque la dueña de casa mantenía la privacidad de aquella ala de la casa.
Habían preparado milanesas con ensalada para la cena y Julieta estaba ayudando como lo hacía desde que había llegado. El comedor estaba lleno, incluso había mujeres, que, según María Rosa, eran las cocineras o empleadas domésticas de los campos que a veces iban a cenar.
Mientras preparaban las bandejas con la comida en la cocina, escucharon a las mujeres decir “¡Juan!” y Marité fue feliz al tener que poner otro juego de plato, vaso y cubiertos para su sobrino. Mientras tanto Julieta experimentó cierta incomodidad, mezclada con deseo y ganas de salir corriendo.
¡Vino Juan! – le confirmó su tía -Llevale el pan y la manteca – le extendió las cosas y Julieta invadida por el miedo y la expectativa, caminó al comedor.
No había hecho dos pasos que los ojos de él estuvieron sobre ella. No había dejado de verla al acercarse. Julieta vio su rostro por fin y se derritió por dentro. Sus ojos azules (un poco más oscuros que los de ella), el cabello corto negro estaba húmedo, seguramente porque se había dado un baño antes de ir a comer. Su rostro de rasgos definidos y masculinos, la barbillas hermosamente dividida en dos y la barba de algunos días le cubrían las mejillas dándole aún más carácter… no había dejado de mirarla y ella a él tampoco. No se dijeron nada, solo se miraron.
¡Ojos de cielo! – la llamó Don Cosme desde una de las mesas. Julieta debió ir a verlo.
¿Qué le traigo Don Cosme? – dijo sonriendo. Sin dejar de sentir la mirada de Juan sobre ella.
Un poco más de pan – le extendió la panera vacía.
Ya le traigo – la tomó y volvió a la cocina. Sentía un temblor correrle por todo el cuerpo. Al entrar distraída, se dio de bruces con Marité quien llevaba una jarra con agua al comedor, lo que hizo que Julieta se mojara de arriba abajo.
¡Ay perdón! – se excusó la mujer – Fue sin querer.
Está bien. Yo estaba distraída y no te vi. Voy a cambiarme.
Tranquila, yo sigo por acá – y María Rosa siguió con los quehaceres.
Juan, que había estado atento a todo, vio a Julieta irse hacia el otro lado de la casa y fue tras ella. Despacio dejó su silla, caminó hasta la puerta y desapareció. Las mujeres que allí estaban se ofuscaron porque el semental había ido tras la chica nueva.
Se ocultó en la habitación a oscuras y vacía que estaba al lado de la de Julieta, y la esperó. Pudo oírla cambiarse y oler su perfume desde allí. Era como una bestia al acecho. Cuando Julieta pasó por delante de la puerta de la habitación, Juan la tomó por detrás y le tapó la boca con una mano para que no gritase y llamase la atención. La sostuvo contra la pared y la instó a que hiciera silencio. “Shhh” sisó y ella lo observó atónita. Se miraron a los ojos, azul contra azul. Julieta respiraba agitada, su pecho subía y bajaba; Juan le quitó la mano de la boca muy despacio y se miraron casi sin pestañear. El corazón les latía con fuerza. Puso el pulgar en el mentón de ella y el resto de la mano en la nuca, tocó sus labios con el dedo y le habló casi susurrando, acariciándola con la nariz en su paso por el cuello, mejillas y boca.
Sé que me observas. Te he visto. Aunque creíste que no lo hacía – habló en su oído y Julieta se sintió desfallecer - ¿Qué quieres de mí Julieta? ¿Acaso no sabes lo que despiertas en mí? ¿Lo que me provocas? – ella no pudo decir palabra alguna, ese hombre la tenía completamente cautivada – Debes saber que a partir de este instante y desde el momento en que te vi, tú, me perteneces… ¿Lo sabes? – ella asintió – Dilo… ¿Eres mía? – su voz grave y susurrante en su oído despertó en ella sensaciones que jamás había sentido.
Lo soy – susurró sin pensar.
Entonces Juan llevó su otra mano al rostro de Julieta y sosteniéndole las mejillas y la nuca arremetió contra su boca. Tomó por asalto sus labios, la besó y ella lo dejó hacer. Aprisionó su cuerpo contra el de Julieta y ella pudo sentir la dureza de Juan sobre su pelvis. Ambos comían la boca del otro, dejando salir ese deseo que los había embriagado desde el primer instante, aún sin haberse visto.
Julieta enredó los brazos en el cuello de Juan, se puso de puntitas porque era muy alto, él la sostuvo de la cintura y la aprisionó contra la pared. La hizo suya con la boca y ella se entregó a ese hombre que le inspiraba miedo, temor y deseo. Cuando la soltó por fin, ambos respiraban agitados y sentían sus corazones acelerados. Se miraron una vez más, Juan besó la punta de su nariz y le sonrió por primera vez, mostrándose satisfecho. Él se fue caminando tranquilamente hacia el comedor, dejándola sola allí, confundida. Sintió la puerta del comedor abrirse y cerrarse unos segundos después, como si el beso no hubiese ocurrido, como si nada hubiese pasado. Se arregló la ropa, el pelo, respiró profundo y volvió al comedor. Lo vio a Juan comer con la vista en el plato y sonriendo. Su tía le preguntó.
¿Dónde estabas?
En el baño – respondió sereno.
Julieta se sentó en su lugar en la mesa de la cocina, vio su plato servido pero dudó si comer o no, ya que no quería que el sabor de Juan se fuera de su boca. Aún olía el almizcle de su cuello y sentía un hormigueo en sus labios “¿Eres mía?” le había preguntado, “Lo soy” le había respondido. La cabeza le daba vueltas.
¿Estás bien? – le preguntó Marité quitándola de sus pensamientos.
Sí – le contestó – Te esperaba para comer.
Gracias reina. Pero si tienes hambre puedes comer sin mí.
Puedo esperarte – sonrió y pensó “Total, ya comí los labios de Juan”.
Capítulo IV
Los días habían pasado y todo seguía igual. Juan iba a cenar cada noche y miraba a Julieta con ojos depredadores, ella lo observaba cada mañana al ejercitarse, antes de que el sol saliera. Pero no había habido otro beso o habían cruzado palabra alguna. Ambos esperaban el avance del otro.
Julieta se sintió confundida ¿Para qué la había besado de esa forma si ahora mantenía distancia? ¿Para qué la había reclamado como “suya” si ya no lo hacía? Había soñado con ese beso cada noche, incluso había tenido un orgasmo estando dormida. Juan la desconcertaba, pero a su vez lo quería devuelta en su boca, sentir sus manos en su cuerpo y su aliento cerca de su piel. Pero él tan solo la había mirado.
Se dijo que esa noche le hablaría y le preguntaría que le ocurría con ella, porque ya no soportaba ese silencio. “Si él no se decide, seguiré mi viaje hacia el norte” pensó.
Pero esa misma noche Juan no habría de llegar. Su camioneta se había descompuesto en medio de la nada y hacía un par de horas que había intentado arreglarla. Estaba a 20 km del pueblo, en un camino vecinal y quería ir a ver a Julieta para decirle que ya no podía mantener distancia, que necesitaba estar con ella y ¡Dios! Quería decirle tantas cosas; tenerla entre sus brazos y amarla hasta perder el sentido. Pero su F100 esa noche se había convertido en su peor enemiga. Maldijo su mala suerte haciendo lo imposible por arreglar lo descompuesto lo antes posible y volver a Margarita.
Jano había visto a Juan en el campo de su amigo, en realidad, solo había visto su camioneta estacionada allí (de seguro estaría en alguna parte arreglando una máquina del dueño del lugar) y decidió que era tiempo de conocer a la chica nueva que paraba en casa de Marité. Estaba harto de conformarse con las migajas que le dejaba el semental del pueblo, ahora quería el plato fuerte. Cuando estuvo seguro de que nadie lo estaba viendo, se acercó a la F100 y le averió un par de cosas, de esa forma, iba a dejarlo a varios kilómetros dándole tiempo para ir a cenar y ver a la chica tranquilo, sabiendo que él no llegaría. Por lo menos por un buen rato. Alejandro había llegado al comedor y se había sentado en una silla vacía para cenar, Marité se acercó y lo saludó cordial.
Hola Jano ¿Cómo estás?
Bien doña Marité ¿Cómo está usted?
Bien nene ¿Te sirvo? – le mostró la bandeja con canelones que habían preparado con Julieta casi toda la tarde.
Solo aquí se come como Dios manda…
Como siempre
Ella le sirvió en su plato y volvió a la cocina, aunque había algo de ese muchacho que lo le gustaba, lo trataba bien como a todos. Minutos después Julieta salió de la cocina para ver que todos tuviesen lo necesario. Ante el saludo de Jano ella contestó. Intercambiaron algunas palabras como de dónde venía, si se quedaría por algún tiempo y cosas banales. También le preguntó qué le había gustado de Margarita, haciendo que se diera cuenta de que no había recorrido mucho del lugar y que no lo había conocido como era debido. Entonces Alejandro vio ahí la oportunidad servida en bandeja y quiso aprovecharla lo antes posible. La invitó a dar una vuelta luego de la cena para conocer los alrededores, aludiendo que había lugares muy bonitos para conocer de noche.
Julieta pensó que si le daba celos, quizás Juan se daría cuenta de que ella no lo esperaría y que pronto se iría del lugar si no le hablaba o le demostraba algo más; así que aceptó la invitación y terminada la cena, previo aviso a Marité de que saldría un momento, Jano y ella se subieron a la camioneta blanca de él y se fueron, a lo que ella creyó, sería una vuelta inocente por el pueblo. Pero se equivocaría.
Alejandro no era hombre de fiar y lo descubriría de la peor manera. La había llevado a ver varios lugares del pueblo, pero sin detenerse en ninguno; luego se desvió hacia la ruta diciéndole que a 5km había un bar muy lindo y con buen ambiente. Al llegar, se sentaron en una de las mesas y pidieron cerveza para ambos. Charlaron e hizo reír a la chica con supuestas anécdotas de él en el campo. Jano inventaba historias para ganar su confianza. Bebieron otra ronda de cerveza y en un descuido de Julieta, él adulteró su bebida colocándole una droga que la atontaría y la dejaría en estado de semi conciencia, algo que había conseguido de manera ilegal. Julieta bebió el contenido adulterado de su vaso sin percatarse del peligro inminente y pocos minutos después comenzó a sentirse mal. La vista se le había nublado y comenzó a marearse. Jano sonrió.
Por fin, luego de varias horas extenuantes, Juan había podido volver a poner en marcha el vehículo y recorrió los 20 km a toda velocidad, había tenido un mal presentimiento; lo que le había pasado estaba seguro que había sido adrede. Vio la camioneta Hilux blanca de Alejandro en el bar de las afueras y lo había tranquilizado pensar que no estaba en el comedor de Marité acechando a Julieta.
El servicio de la cena había terminado hacía como una hora y María Rosa estaba en plena labor de limpiar y ordenar todo. Extrañó a su nueva compañera, ya que con ella lo hubiese terminado mucho más rápido.
Juan notó las luces apagadas del salón pero no las de la cocina al entrar en la vieja casona. Caminó hacia dónde provenía el ruido de platos lavándose y lo alertó no ver a Julieta con ella.
¿Y Julieta? – preguntó de pronto, haciendo que Marité se asustara.
¡Hola! ¿No? – se quejó - ¿Dónde estabas? Sentate que ahora te sirvo la cena ¿O ya comiste por ahí?
No voy a comer. No tengo hambre.
¿Qué te pasó? ¿Por qué no viniste temprano?
La camioneta se rompió a 20 km y me demoré en arreglarla. Mañana tengo que revisarla bien porque no pude ver nada.
¡Qué mala suerte!
¿Y Julieta? ¿No te ayuda hoy?
Salió
¿Salió? – un sudor frío recorrió su espalda - ¿A dónde?
Jano la llevó a conocer el pueblo – dijo despreocupada y su sobrino estalló.
¡¿Qué?! – gritó volviendo a asustar a su tía - ¿¡Y la dejaste ir!?
¿Por qué no? ¡Ay Juan! Ya es una chica grande ¿No te parece?
¡Voy a matarlo! – gritó, Marité no comprendió el por qué - ¡Lo mataré! ¡Dame las llaves del auto de Julieta! – al ver que su tía no reaccionaba volvió a gritar - ¡Las llaves del auto ya!
¡No sé dónde están!
¡Mierda! – corrió hasta el cuarto de la huésped y revisó todo, encontrándolas por fin en la mesa de noche.
¡Juan! ¿Qué pasa? ¿Por qué te pones así?
¡Porque ese hijo de mil putas le va a hacer algo! ¡Por eso!
¿Cómo lo sabes?
¡Solo lo sé!
Disparado, corrió al auto y rogó porque el 206 anduviese bien. Levantando una nube de polvo, lo aceleró a su potencia máxima y se dirigió hasta el bar de las afueras, donde había visto la Hilux de Alejandro. Marité lo vio irse como alma que lleva el demonio sin comprender qué era lo que había ocurrido en realidad. Pero fuera lo que fuese, rezó porque Julieta estuviera bien.
Juan había llegado al bar de las afueras en 10 minutos, pero la camioneta blanca ya no estaba, “¡Mierda!” gritó y golpeó el volante del 206. Igualmente, bajó del vehículo y corrió a la parte trasera para asegurarse de que Julieta no estuviera allí. Al no verla, volvió a maldecir.
¡No, no, no!... hijo de puta te voy a encontrar.
Subió al auto y trató de serenarse para para pensar “¿A dónde más la llevaría?” su casa estaba demasiado lejos, la posada frente a la estación de servicio no era un lugar limpio y decente, nadie del pueblo iba allí, solo los camioneros de paso, “¡La estación vieja!” se dijo y hasta allí se dirigió. A ese lugar iban las parejitas a tener sexo, ya que podían estacionarse bajo el viejo tinglado y al estar apartada nadie veía lo que ocurriese.
Condujo por las calles de tierra como un loco. Quería encontrar a Julieta y matar a Alejandro por meterse con ella. Al llegar al viejo edificio del ferrocarril, Juan buscó una mancha blanca en el oscuro paisaje. Fue por el frente y al no ver nada, fue a la parte de atrás y allí la vio. La bilis subió por su garganta, tuvo náuseas. Apagó las luces del 206 para no alertar de su llegada y se acercó a la camioneta. No vio movimiento, no vio a Julieta. Bajó del auto sin cerrar la puerta y caminó sin dejar de ver el parabrisas. Tragó saliva y cerró las manos en puños apretados. Si estaba con ella lo mataría a golpes y si no, lo golpearía hasta saber dónde la había dejado. De pronto, vio el torso desnudo de Alejandro recostado boca abajo, alguien estaba con él. La ira lo embargó y abrió de un manotazo la puerta del conductor.
¡Ey! – gritó Jano ante la interrupción – Ay no… - balbuceó al verlo a Juan con la mirada inyectada de ira y cara de poco amigos.
Juan lo tomó por la cintura del pantalón, que aún traía puesto y lo tiró a la tierra.
¡Te dije que no la tocaras! ¡Maldito hijo de puta!
Juan lo tomó del cabello de la nuca obligándolo a arrodillarse, llevó su cabeza hacia atrás y desde allí lo golpeó en la cara. A los gemidos de Alejandro le seguían un golpe de puño. La sangre brotaba de su nariz y de su ceja partida. Lo golpeó en la quijada una y otra vez, hasta que perdió el sentido. Lo empujó al piso y lo dejó allí tirado. Buscó a Julieta, quién no se había asomado, ni gritado, ni le había dicho nada al verlo golpear a Jano. Pero lo que vio lo asustó como nada nunca lo había hecho. Julieta estaba inconsciente en el asiento de la camioneta. Su blusa estaba desprendida y el corpiño corrido hacia arriba, dejando al descubierto sus senos. Al acercarse a ella, le acomodó la ropa. No dormía, tampoco estaba ebria. Le salía espuma de la boca y los ojos se le iban hacia atrás. “¿Qué te ha hecho?” susurró, cuando terminó de acomodarle la ropa, se alivió de ver los pantalones en su lugar. No le había dado tiempo al malnacido de hacerle algo más. Julieta estaba fría. Trató de despertarla, pero había sido en vano. Entonces ella convulsionó y él se horrorizó.
¿Cariño?... ¡Cariño despierta! – entonces la alzó en sus brazos y la llevó al auto.
Con cuidado, la sentó en el asiento del acompañante y lo reclinó. Condujo hasta el Hospital de Reconquista a 95 km en menos de una hora. Al tomarle el pulso en el trayecto lo notó muy débil e hizo acelerar al 206 al máximo.
Cariño aguanta. Llegaremos pronto – le decía todo el tiempo – No me dejes amor…
El viaje hasta Reconquista le había parecido interminable, pero solo habían pasado 40 minutos. En el camino, había llamado a un amigo médico que trabajaba allí.
¿Román? – lo había llamado con el manos libres.
¡Ey Juan! ¿Cómo estás?
Dime ¿Estás en el hospital esta noche?
No amigo ¿Qué te ocurre? Te siento agitado…
No soy yo. Es mi chica.
¿Tu chica? – se sorprendió.
¡Si hombre! ¿Puedes ir por favor? Estoy a medio camino.
¡Si claro! Voy para allá ¿Qué le ocurrió?
No estoy seguro, creo que la drogaron.
Carajo. Bien, te veo allá en la guardia.
Gracias amigo.
Román y Juan habían sido amigos desde que eran niños. Habían compartido muchos veranos en Margarita, ambos esperaban con ansias esa época del año para verse e incluso habían estudiado juntos en la facultad en la ciudad de Rosario. Eran muy cercanos, casi como hermanos.
Los años en la gran cuidad habían sido los mejores para Román, había estudiado medicina y había compartido con su amigo su estadía en la época de estudiantes; aunque para Juan había sido un calvario, ya que él había sido obligado a estudiar abogacía y lo odiaba. Solo había pensado en recibirse lo más rápido posible y radicarse en Margarita por el resto de su vida. Lo único que había hecho esos años llevaderos era haber compartido con su amigo Román aquellos días.
Al recibir el llamado esa madrugada, Román se vistió en un tris y se dirigió al sanatorio, donde se desempeñaba como jefe de guardia. Al llegar a su lugar de trabajo, dio las especificaciones necesarias para recibir a “la chica” de su mejor amigo. Media hora más tarde y con todo dispuesto, Juan había llegado desesperado con Julieta en brazos.
¡Doctor! – lo llamó la enfermera - ¡Ya llegó! – Román corrió y vio a Juan con pánico en su rostro, parado al lado de una camilla con una chica muy delgada y pálida recostada en ella.
Hola amigo – le dijo sin mirarlo, ya que fue directo a Julieta - ¿Dices que la drogaron?
Eso creo, sí.
¿Cómo se llama?
Ju… Julieta – tartamudeó de los nervios.
No hay pulso… - susurró - ¡No hay pulso! – gritó después.
¡No! - Juan llevó las manos a su cabeza y los nervios lo tomaron.
Miró como Román se subió con gran destreza a la camilla sobre Julieta y comenzaba a practicarle RCP, a la vez iba gritando indicaciones a su equipo mientras los llevaban a ambos hacia adentro del hospital. Una enfermera detuvo a Juan en la entrada por donde se habían ido.
Aguarde en la sala de espera señor, ella está en buenas manos – y la señora cerró la puerta doble por donde se habían llevado a Julieta.
Derrotado, Juan se sentó en una de las sillas de la sala de espera y llamó a Marité.
¿Mamá? – le dijo y ella supo al instante que algo no estaba bien, porque solo la había llamado así cuando Juan se había asustado y habían pasado años desde eso.
¿Juan qué pasó? – dijo alarmada.
Estoy en Reconquista, en el hospital.
Dios Santo… ¿Qué le pasó a Julieta?
El infeliz la drogó. Quiso violarla...
¡Ay Dios mío! ¿Cómo está?
Llegó sin pulso – dijo con voz quebrada – Román la está atendiendo.
¡No puede ser!... tranquilo, tranquilo Juan. Román es un médico excelente, él va a saber qué hacer. Todo va a estar bien. Ya lo verás…
Sí. Espero que sí.
¿Necesitas que vaya?
No, yo me quedo. Te llamaré cuando sepa algo.
Sí por favor. Te quiero Juan.
Igual yo… - Juan colgó la llamada y reprimió el llanto que sintió en su garganta. Secó una lágrima que amenazaba con salir con el dorso de la mano y esperó a que Román le dijera cómo estaba “su chica”.
Tenemos pulso – dijo una enfermera que miraba el monitor conectado al corazón de Julieta.
Exhausto, Román revisó el corazón con el estetoscopio y confirmó que estaba estable. Sus compañeros lo ayudaron a bajar de la camilla para poder hacer mejor su trabajo. Junto a una ginecóloga, le quitaron la ropa con cuidado y revisaron si tenía signos de haber sido abusada, lo cual, afortunadamente, había sido negativo.
Le extrajeron sangre y la enviaron a analizar, le suministraron solución salina por vía intravenosa para limpiar su sangre de cualquier psicofármaco, le administraron oxígeno con una mascarilla y la mantuvieron en observación. Estaba estable. Una vez seguro del estado de Julieta, Román buscó a Juan a quién había notado extrañamente preocupado.
Bien Julieta – le dijo Román – será mejor que vaya a ver a tu Romeo.
La enfermera que controlaba el suero intravenoso rió ante la expresión del doctor. Román salió del cuarto y caminó hasta la sala de espera. Se fue quitando los guantes y el barbijo desechándolos en un bote de basura. Traspasó la puerta aún con el ambo azul marino y lo vio a Juan, más calmado, pero con evidente preocupación.
¿Juan? – saltó de la silla al oír su nombre y ver a su amigo allí parado junto a él.
¿Co… cómo está? – tartamudeó otra vez.
Ella está bien – al oír eso, se desplomó otra vez sobre uno de los asientos y suspiró aliviado. Román se sentó a su lado - Está estable, le administramos suero para limpiar toda la sangre de su sistema y oxígeno. Ahora debemos esperar a que despierte.
¿Con qué la drogó?
No lo sé aún. En unas horas tendré el resultado de los análisis. Juan ¿Qué pasó? – le dijo serio - ¿Quién es esa chica y por qué estás así por ella? – los ojos azules de Juan miraron a los negros de Román, suspiró y luego habló.
Julieta llegó a casa de Marité hace unos 20 días. No sé mucho de ella, solo que viene de Buenos Aires y que estaba de paso. Quise mantenerme lejos, lo intenté. Pero ya no puedo más.
¿La drogaste?
¡No! ¡Claro que no! ¿Cómo se te ocurre esa mierda?
Lo siento. Pero ¿Quién fue?
Fue Jano.
Pedazo de mierda. Luego nos encargaremos de ese. ¿Qué hay entre ella y tú? – Román habló muy seriamente, aquella conversación sería sin tabúes.
Aún nada. Solo un beso.
¿Solo un beso?
Sí.
¿Y por qué estás así? Tú no te pones así por cualquiera.
Amigo… tan solo al verla lo supe. Yo… yo creo que me enamoré de ella.
¿Crees o estás seguro?
Estoy seguro.
¿Ella lo sabe? – sonó un “bip” en el celular de Román.
No.
Pues ve a decirle amigo, porque acaba de despertar. Vamos.
Julieta despertó en la habitación de un hospital. Le dolía la cabeza de manera monstruosa y no sabía lo que le había ocurrido.
Una enfermera había tratado de calmarla, pero ella estaba demasiado nerviosa. No sabía dónde estaba, ni quiénes eran esas personas que le pedían que se calmase. Supo que era un hospital, pero ¿Por qué estaba ahí? Una de las enfermeras le dijo a la otra.
Avisa al doctor Montenegro que ya despertó – mientras la compañera hizo lo que le habían pedido, ella siguió tratando de calmar a Julieta – Señorita debe tranquilizarse, todo está bien.
¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué tengo esto en mi mano? – dijo mirando el catéter con el suero.
Afuera, Román caminaba a paso ligero acompañado de Juan. Ambos vieron a la enfermera afuera del cuarto que les dijo.
La paciente despertó, pero está muy sobresaltada.
Bien, la veré primero antes de darle un sedante.
¡Doctor! - llamó una joven que era la bioquímica de guardia esa noche y que en tiempo récord le había analizado la sangre de Julieta - ¡Le traigo los resultados! – le dijo agitada por la corrida.
Rohypnol. Infeliz – dijo molesto – Ven Juan – abrió la puerta y vio a Julieta muy nerviosa - Hola Julieta, soy el doctor Montenegro ¿Cómo te sientes?
¿Quién le dijo mi… - se extrañó aún más al ver que detrás del hombre alto, delgado y de cabello corto, entraba Juan a la habitación - ¿Juan?
Hola – le respondió él.
¿Qué ocurre? No entiendo nada.
Román se acercó a ella y la examinó rápidamente ante la atenta mirada de Juan, quien no le quitaba los ojos de encima. Aun así seguía sin entender nada en absoluto. Entonces el hombre vestido con ambo azul habló.
Julieta… ¿Cuál es tu apellido?
Navarro - y lo anotó en los papeles en su mano.
Bien, estás en el hospital de Reconquista.
¿A dónde?
A una hora y minutos de Margarita ¿Esté bien? – ella sintió - ¿Qué recuerdas?
Pues… estaba bebiendo una cerveza con un tal Jano que me invitó a recorrer el pueblo, porque hace días que estoy ahí y yo no lo había conocido aun.
Bien ¿Qué más recuerdas?
Solo que estaba bebiendo la segunda ronda y charlando con él. De pronto me sentí mareada… - se calló tratando de pensar.
¿Y? – dijo Román.
No lo sé… no recuerdo nada más. Luego de eso desperté aquí y me asusté.
Bueno, te diré lo que pasó. El tipo te drogó, le puso rohypnol a tu cerveza.
¿Qué es eso? – preguntó ella.
Le dicen la droga de la violación – Julieta abrió los ojos y comenzó a llorar de pánico.
Dice que me… me… - pero no pudo terminar la frase. Miró a Juan y al doctor.
No. No te violó – Juan suspiró aliviado – Es una droga que te deja en un estado de inconciencia, pero tú sigues moviéndote. Haces cosas que luego no recuerdas. Igualmente te examinamos por posible abuso, pero todo fue negativo.
Sigo sin entender cómo llegué aquí…
Juan te encontró. Te encontró justo a tiempo de que algo más te pasara. Pudiste haber muerto – Julieta se alteró al oír las palabras “violación” y “muerte”, entonces Román creyó conveniente suministrarle un relajante para que pudiese dormir y descansar.
Juan, que se había mantenido en completo silencio durante la charla entre Julieta y Román, buscó una silla en un rincón de la habitación y se sentó a un lado de la cama. Ahí se iba a quedar hasta que Julieta volviera a despertarse.
Juan quédate con ella.
No pensaba irme.
Perfecto. Volveré en unas horas para ver cómo está.
Gracias amigo – se dieron la mano y una palmada en la espalda.
De nada. Te veo luego Romeo.
Juan sonrió ante el chiste de su amigo. Miró a Julieta, le besó la palma de la mano y recostado sobre el borde de la cama se quedó dormido.
Al día siguiente, o unas horas más tarde, Julieta despertó. Esta vez, recordó que estaba en el hospital y verlo a Juan dormido casi en su regazo la tranquilizó. Por la ventana se filtraban los rayos del sol de la mañana. Le dio pena despertarlo, así que lo dejó dormir allí como estaba. Sintió su perfume embriagador y su respiración calmada y serena. Pero una enfermera la interrumpió mientras admiraba al chico guapo dormido allí.
Buen día – saludó la enfermera – Romeo y Julieta – dijo suspirando - ¿Cómo descansó?
Bien, eso creo… - contestó mientras le revisaba la intravenosa, le tomó la temperatura y la presión. La saludó y se fue. Como no había comprendido eso de “Romeo y Julieta” despertó a Juan.
Juan… - lo llamó bajito – Juan… - repitió acariciando su cabeza. Su cabello era sedoso al tacto y le encantó enredarlo entre sus dedos.
¿Qué? – respondió y se sobresaltó al recordar que estaba en el hospital - ¡Cariño! ¿E… estas bien? – tartamudeó nervioso y la miró expectante.
¿Por qué la enfermera nos llamó “Romeo y Julieta”? – él rió soñoliento.
No lo sé – mintió - ¿Necesitas algo?
¿Puedes contarme lo que pasó?, sigo sin entender cómo supiste ¿Cómo me encontraste?
Anoche llegué tarde porque la camioneta se descompuso. Cuando Marité me dijo que te habías ido con ese imbécil salí a buscarte. Conozco al tipo, no es de fiar. Ya me había insinuado cosas a cerca de ti hace unos días. Sabía que estabas en la casona y que estabas sola. Quise protegerte. Fui cada noche. Pero la camioneta se rompió a medio camino y no pude llegar antes. Los encontré en la estación de tren vieja. Estabas inconsciente y el tratando de violarte.
¡Dios mío!
¿Por qué te fuiste con él Julieta? – le reprochó.
No sé. Me invitó a salir y quise ir ¿Qué hay de malo con eso? – se quejó.
¡Que casi te mueres!
¿¡Cómo iba yo a saberlo!?
Dios Santo – exasperó – Si yo no hubiese llegado él hubiese podido… ¡Ah! ¡Maldito imbécil!
¿Por qué fuiste a buscarme? – pero antes de poder responder, una mucama entró a la habitación con té para Julieta y galletitas.
¡Buen día! – saludó y los miró – Hacen una pareja hermosa – sonrió y se fue. Julieta miró a Juan furiosa.
¿Por qué dijo que somos pareja? – Juan se sentó en la cama y le respondió arrogante.
Porque les dije que eres mi chica.
¿Tu chica?
Sí.
¡Solo me besaste! Y después no me hablaste por días y ¿Ahora soy tu chica? ¡Apenas si te conozco! – se molestó.
¿Por qué te fuiste con Alejandro? – quería saber la verdadera razón.
Ya te lo dije.
Mientes.
¡No!
¡Dime! ¿Fue para darme celos?
¡Sí! ¿Contento?
¡No! ¡Mira las consecuencias de tu estupidez!
¡¿Me llamas estúpida?!
¡Ey! – dijo Román entrando al cuarto – ¡Mírense! Como todo un matrimonio – se burló.
¡Cállate Román! – dijo Juan molesto, se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Miró hacia afuera, el día estaba precioso.
¿Cómo te encuentras hoy Julieta?
Bien doctor.
¿Solo bien? ¡Pero aquí yo veo mucha energía! – volvió a burlarse y ella se cruzó de brazos ofuscada. Román leyó en voz alta los resultados en los papeles – Bueno, parece que tu sangre ya está limpia. Tuviste una buena noche y estás sin la vía intravenosa – ella miró su brazo y descubrió que el catéter, en efecto, ya no estaba - ¿Te sientes bien para volver a casa?
Sí doctor.
Para ti solo soy Román.
De acuerdo – ella sonrió.
Bueno, ya tienes el alta firmada. Puedes irte en cuanto estés lista.
Gracias Román – el doctor le sonrió y caminó hacia la puerta de la habitación.
Juan – lo llamó – Ven conmigo, dejémosla cambiarse.
Ambos salieron hacia el pasillo y cerraron la puerta detrás de ellos. Justo ahí Román interrogó a su amigo.
¿Todo bien?
Ya lo viste ¿No?
¿Le dijiste?
¿Cómo iba a decirle? Me detesta…
Yo creo que te lo está poniendo difícil.
¿Difícil? ¡Es imposible!
Juan, Juan, Juan… ella no es como todas amigo. Pude verla cómo te mira y estoy seguro de que no lo hace como el resto. Mira a tu alrededor, de seguro las enfermeras te están mirando y te lo harían muy fácil para que te acuestes con ellas – Juan movió los ojos y miró sobre los hombros de Román, era cierto, todas las mujeres que allí los estaban observando – Solo hay una mujer que quiere algo más de ti, y está justo detrás de esa puerta – dijo señalándola – Amigo… ya deja de buscar – Román palmeó su hombro a modo de saludo y volvió a su trabajo.
Juan aguardó afuera del cuarto a que Julieta se vistiera y saliese, pero sentir las miradas indiscretas de las jóvenes enfermeras ahí lo pusieron incómodo. Algo que jamás habría creído posible. Llamó a la puerta y entró al oír el “pase” de la voz de Julieta. Cerró la puerta detrás de él y la encontró sentada en la silla. Parecía no sentirse bien. Se acercó rápido y se acuclilló frente a ella.
¿Estás bien? ¿Necesitas algo? - al correr el cabello de su rostro y ponerlo detrás de su oreja descubrió que estaba llorando - ¿Qué te ocurre? – habló bajo y con dulzura.
¿Es verdad que casi muero?
Si – susurró. Sostuvo el rostro de ella con las manos y la miró a los ojos llenos de lágrimas - Pero no ocurrió.
Soy una estúpida – dijo llorando con pena y algo de vergüenza.
No lo eres – besó las lágrimas de sus mejillas y volvió a mirarla a los ojos – Yo te cuidaré.
La besó en los labios suavemente. Un beso tierno que le había sido correspondido y que le había hecho latir muy fuerte el corazón. Estaba enamorado.
Al salir del hospital, Julieta se sorprendió al ver su auto allí estacionado. Se detuvo frente a él y preguntó.
¿Por qué mi auto está aquí?
Lo siento, debí usarlo anoche. Mi camioneta se averió y lo tomé para ir a buscarte ¿Quieres conducir? – Juan le ofreció las llaves del 206.
No – dijo y negó con la cabeza – Conduce tú. No creo poder.
Era una mañana hermosa, templada y con el sol en lo alto, ideal para un viaje en ruta. Pero necesitaban lo indispensable para eso, así que, antes de partir, hicieron varias paradas. Cargaron combustible y Julieta compró un termo y un mate (según ella eran muy necesarios para la ocasión) Mientras la esperaba en el auto mientras hacía las compras, Juan llamó a Marité a quien no le había hablado desde la noche anterior.
¡Juan! Estaba preocupada ¿Cómo está Julieta? – dijo con un poco de reproche.
Perdón, es que me quedé dormido.
Bueno, tu voz me hace pensar que todo está bien… ¿O no?
Si – suspiró Juan – Román ya le dio de alta, en un ratito salimos para Margarita.
¡Ay qué alivio! ¿Cómo estás?
Bien, algo cansado. Pero bien.
¿Y ella?
Está comprando un juego de mate – la miró a través del vidrio del negocio. Le pareció preciosa en cualquier momento y lugar.
¿Entonces está bien?
Perfecta – respondió dándole varios sentidos a esa palabra.
Los espero para almorzar.
Sí, llegamos al mediodía.
Colgó la llamada y Julieta se acercó a la ventanilla del conductor. Se agachó, le dio el nuevo juego de mate color rosa pastel y le preguntó.
Voy por unas facturas allá en frente ¿De cuáles te gustan?
De membrillo – respondió él que moría de hambre.
¡Igual que a mí! – sonrieron – Ahora vuelvo – miró a ambos lados y cruzó la calle ante su mirada atenta.
Ambos estaban sonrientes, la mañana estaba hermosa, las facturas riquísimas y el mate muy bueno. El viaje de vuelta a Margarita distaba mucho del que Juan había tenido que hacer durante la madrugada, con Julieta inconsciente. En ese momento, ella iba cantando, bailando y moviendo los brazos al son de la música. Cebó mate y comieron facturas, rieron y conversaron. Ese iba a ser un viaje perfecto para ambos.
El teléfono de Julieta sonó y Juan la notó particularmente muy contenta con quien fuese que iba a hablar. Quizás, hasta sintió algo de celos.
¡Hola papá! – entonces Juan se relajó - ¿Cómo estás?
¡Hola hija mía! Hace días que no sé nada de ti ni de tu viaje…
Es que no estoy viajando. Estoy parando en Margarita, Santa Fé.
¿Pero por qué? ¿No ibas al norte?
Sí pero este lugar me gustó mucho – y miró a Juan al decir eso – Y quisiera conocer un poco más por aquí.
Ya veo… ¿Y qué has conocido mi niña?
Bueno… - pensó - Vine a conocer la ciudad de Reconquista – Juan la miró extrañado - Es muy linda.
¿Dónde te quedaste?
En un hotel muy grande, pasé una noche increíble. La atención fue de lo mejor y la comida excelente. Casi como ir al paraíso - Juan cerró los ojos un instante y negó con la cabeza, no podía creer que le dijera a su padre que su estadía en el hospital había sido como el mejor hotel.
¿Estás conduciendo mientras hablamos? ¡No seas imprudente!
¡No, no! Un amigo me acompaña.
¿Amigo?
Sí, un muchacho que conocí en el pueblo – no le había gustado mucho que se refiriera a él de esa forma. Como un “amigo”. Pero comprendió que Julieta no podía decirle a su padre que él era más que eso. Juan deseaba ser mucho más que un amigo para ella.
Bueno mi niña, espero te cuides mucho ¿Vas a seguir pronto con tu viaje?
Pensaba quedarme un tiempo más aquí. En serio – dijo mirando a Juan y haciendo énfasis en la frase - En serio papá, me gusta mucho – se miraron y Juan tragó saliva. En ese instante supo todo lo que necesitaba saber.
Entonces quédate el tiempo que quieras. Debo colgar, tu madre está rondando.
Claro. Besos – colgó la llamada y volvieron a mirarse. Entonces Juan buscó un lugar y momento seguros para detenerse debajo de unos árboles alejados de la banquina. Detuvo el motor, se quitó el cinturón de seguridad y se volvió hacia la mujer sentada a su lado, expectante.
¿Vas a quedarte?
Sí.
¿Por cuánto tiempo? – él no quería involucrarse más de lo que ya estaba sabiendo que ella estaba de paso.
El que tú me dejes…
¿Qué quieres decir?
Juan me gustas. Mucho. Pero no quiero ser otra más de tu lista.
¿Fue por eso que quisiste darme celos?
¿Otra vez con eso?
Contéstame – aguardó un instante y ante su silencio insistió – Dímelo.
¡Sí! – confesó - ¡Estoy loca por ti! Pero tú no me hablabas y no sabía si jugabas conmigo. Dijiste que era tuya, pero luego me ignoraste. Me diste el beso más hermoso de mi vida y luego te apartaste ¡No sé qué quieres de mí! por días esperé a que me dijeras algo y no tuve respuesta alguna. Estoy confundida y pensé que así llamaría tu atención. Pero no quiero volver a sufrir. Si tú no sientes lo mismo seguiré con mi viaje y no veré hacia atrás… - Julieta había abierto su corazón esperando ser correspondida. Tuvo miedo a que su respuesta fuese “no”, pero ahí estaba, lo había dicho todo. Ante el silencio de Juan ella le rogó - ¡Por Dios dime algo!
¿Quieres saber si estaba celoso?
¿Lo estabas? ¿Quieres que me quede? – entonces Juan la miró, sintió cómo el corazón quiso salírsele del pecho. Lo que iba a decir no era fácil para él.
¡Sí, lo estaba! Estaba furioso y celoso de que te hubieras ido con ese infeliz. Sueño contigo cada noche desde que te vi llegar y muero por verte cada día. Quiero tenerte entre mis brazos y te deseo como a ninguna mujer desee en toda mi existencia ¿Qué si quiero que te quedes? Sí, no quiero estar otro día sin ti.
Ambos se miraron en silencio, oyeron sus respiraciones agitadas. No supieron qué más hacer. Habían tirado todas las cartas sobre la mesa. Juan desabrochó el cinturón de Julieta que seguía en el soporte y la sentó en su regazo. Con dulzura, acarició su mejilla y sin dejar de verla le confesó.
Estoy loco por ti cariño. Te quiero para mí Julieta Navarro… - ella sonrió y sonrojada le dijo.
No sé tú apellido – él sonrió también.
Castañeda. Me llamo Juan Castañeda…
Te quiero para mí Juan Castañeda…
Sonrieron y sellaron aquella conversación con un beso. Un beso largo e intenso, pero a la vez dulce y tierno. Volvieron a probar sus sabores, a sentir sus perfumes. Aquél beso se convertiría en el primero de muchos, en el principio de todo.
Darmowy fragment się skończył.