Czytaj książkę: «La Pirámide de la Sabiduría»

Czcionka:

«La insensatez del mundo a veces parece abrumadora. La pirámide de la sabiduría hace desaparecer esa niebla y revela que el mundo de Dios está lleno de bondad, verdad y belleza. Al acudir a estas fuentes, en el orden apropiado, los sabios encontrarán que la necedad se disipa y que el mundo parecerá y será un lugar diferente. La sabiduría, como bien nos recuerda este libro, está justo frente a nosotros si tan solo fijamos nuestra mirada en ella».

Karen Swallow Prior, autora de On Reading Well: Finding the Good Life through Great Books [Buenas lecturas: Cómo encontrar la buena vida a través de grandes libros]

«¡Uno de los libros más importantes que he leído este año! ¿Y si te despertaras y descubrieras que has estado comiendo solo Doritos y Óreos durante un año? Cuando se trata de nuestra dieta de información, La pirámide de la sabiduría revela que la mayoría de nosotros ha estado consumiendo básicamente comida chatarra, con la consiguiente arremetida de crisis en la salud pública y personal. McCracken es como un doctor que no solo diagnostica con precisión la fuente de nuestra enfermedad cultural, sino que también prescribe la cura: un cambio en la forma en que consumimos el conocimiento que puede promover la sabiduría sana y el amor a Dios».

Joshua Ryan Butler, pastor de Redemption Church en Tempe (Arizona); autor de The Skeletons in God’s Closet [Los esqueletos en el armario de Dios] y The Pursuing God [El Dios que te busca]

«La pirámide de la sabiduría, de Brett McCracken ejemplifica el discernimiento que él les pide a los lectores que practiquen. Además de ser completamente bíblico, también está conformado por una amplia variedad de fuentes de verdad, belleza y bondad. Desde san Agustín hasta Jacques Ellul, desde la teología reformada a la música pop, desde los himnos cristianos históricos hasta la poesía moderna, McCracken demuestra cómo vadear a través de nuestro diluvio diario de información, formar hábitos de atención pausados y desarrollar la paciencia y la humildad de la sabiduría divina. Creo que este libro se convertirá en una lectura esencial para las familias, los grupos de estudio y las iglesias».

Jen Pollock Michel, autora de Surprised by Paradox [Sorprendidos por la paradoja] y Teach Us to Want [Enséñanos a desear]

«Se ha dicho que “nosotros hacemos nuestras herramientas, y luego nuestras herramientas nos hacen a nosotros”. Al incluir una gran diversidad de análisis reveladores, Bret McCracken ofrece una sabiduría profunda sobre cómo tenemos más información, menos verdad y una capacidad cada vez menor para identificar la verdad. Bien informado, vívidamente ilustrado y orientado hacia respuestas sólidas, el libro La pirámide de la sabiduría es una lectura obligada».

Michael Horton, profesor de Teología Sistemática y Apologética de J. Gresham Machen, Westminster Seminary California

«La primera vez que descubrí el diagrama de la pirámide de la sabiduría de Brett McCracken, supe que él estaba en lo cierto. Lo usé el domingo siguiente y tuvo mucha repercusión en las personas. ¿Por qué? Porque los cristianos necesitan de forma desesperada una dieta equilibrada de información. Este libro es increíblemente útil tanto para diagnosticar un problema en el cristianismo contemporáneo como para ofrecer una solución integral. La pirámide de la sabiduría es un libro que esclarece y trae convicción. Es una guía de lectura obligada para el discipulado en nuestra era saturada de información».

Mark Vroegop, pastor principal de College Park Church en Indianápolis; autor de Nubes oscuras, misericordia profunda y Weep with Me [Llora conmigo]

«En una época de distracción perpetua, comentarios apresurados y conclusiones superficiales, estamos perdiendo rápidamente nuestra aptitud y apetito por la sabiduría. El libro de Bret McCracken es un antídoto muy necesario para los peligrosos valores de nuestro tiempo. Un llamado convincente a reordenar nuestras vidas y reorientar nuestros corazones y mentes en torno a la forma de la sabiduría bíblica —amar, escuchar y mirar a Dios—, La pirámide de la sabiduría es una lectura esencial para todo aquel que anhele un recorrido de fe más significativo».

Jay Y. Kim, pastor principal de enseñanza de WestGate Church en San José (California); autor de Analog Church [Iglesia analógica]

«La revolución digital ha transformado, no modificado, el entramado de la vida diaria. Nunca ha sido tan fácil llamar la atención, descubrir el entretenimiento u obtener conocimientos. No es de extrañar que seamos adictos. Sin embargo, Google es un pobre sustituto de la sabiduría. De hecho, si no somos cuidadosos, la vida en línea nos hará ser conscientes de todo y sabios en nada. Esa es la razón por la que estoy tan entusiasmado por el antídoto de Brett McCracken contra las prioridades invertidas de nuestra era. Si vives en una isla sin wifi, elige un libro diferente. De lo contrario, La pirámide de la sabiduría es para ti. Después de todo, pocas cosas revitalizan el alma como cambiar el aire atrofiado de la cronología de Twitter por la brisa fresca de mar de un excelente libro. Y este es un excelente libro».

Matt Smethurst, director editorial de Coalición por el Evangelio; autor de Deacons [Diáconos] y Antes de abrir tu Biblia

«Es realmente perturbador considerar cómo nuestras formas actuales de ingesta de información nos moldean. La pirámide de la sabiduría, de Brett McCracken, es un regalo del cielo, un camino de regreso a la sensatez y a la salud. Creo que la propuesta que se ofrece en La pirámide de la sabiduría es tan importante para nuestra salud mental y espiritual en el mundo moderno como lo es una dieta adecuada para nuestra salud física. Además, este libro está escrito con excelencia, es atractivo, práctico y esperanzador. ¡Compra una copia para ti y muchas más para regalar!».

Gavin Ortlund, pastor principal de la Primera Iglesia Bautista de Ojai; autor de Escoge tus batallas


La pirámide de la sabiduría:

Cómo alimentar tu alma en un mundo posverdad

© 2021 por Brett McCracken

Publicado por Editorial Patmos,

Miami, FL. 33169

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés por Crossway,

1300 Crescent Street Wheaton, Illinois 60187, con el título The Wisdom Pyramid: Feeding Your Soul in a Post-Truth World. © por Brett McCracken.

Las citas bíblicas han sido tomadas de la Reina-Valera 1960®

© Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado

© Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso.

Traducido y editado por Grupo Scribere

Diseño por Adrián Romano

e-ISBN: 978-1-64691-154-7

Categoría: Vida cristiana / Crecimiento espiritual

Conversión a epub: Cumbuca Studio

Para Jeff McCracken, quien me enseñó a amar la sabiduría.

CONTENIDO

Introducción: Una era insensata

PARTE UNO: LAS FUENTES DE NUESTRA ENFERMEDAD

1. La glotonería informática

2. La novedad perpetua

3. La autonomía de «mirar hacia adentro»

PARTE DOS: LAS FUENTES DE NUESTRA SABIDURÍA

Introducción: Las fuentes de la verdad para una vida de sabiduría

4. La Biblia

5. La Iglesia

6. La naturaleza

7. Los libros

8. La belleza

9. Internet y las redes sociales

10. Cómo luce la sabiduría

Agradecimientos

Notas

Índice general

Índice de pasajes bíblicos

Introducción

UNA ERA INSENSATA

«La sabiduría clama en las calles,

Alza su voz en las plazas;

Clama en los principales lugares de reunión;

En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones.

¿Hasta cuándo, oh simples, amaréis la simpleza,

Y los burladores desearán el burlar,

Y los insensatos aborrecerán la ciencia?».

PROVERBIOS 1:20-22

NUESTRO MUNDO TIENE cada vez más información, pero cada vez menos sabiduría. Más datos, menos claridad; más estímulos, menos síntesis; más distracción, menos calma; más pontificación, menos reflexión; más opinión, menos investigación; más discursos, menos escucha; más para mirar, menos para ver; más diversiones, menos alegría.

Hay más, pero somos menos. Y todos lo sentimos.

Tenemos vértigo por el aluvión que recibimos desde todas las direcciones, todos los días.

Nos sentimos nauseabundos por la naturaleza giratoria de un mundo en constante cambio y siempre inestable descrito en fuentes (a menudo contradictorias y aturdidoras) de noticias fragmentadas y partidistas. Nuestros oídos sangran por el chillido de las multitudes que diariamente atacan nuestros sentidos. Todo el mundo tiene un megáfono, pero nadie tiene un filtro.

Tenemos los ojos fatigados, el cerebro sobrestimulado y el alma cansada. Vivimos en una crisis epistemológica. Es difícil saber si se puede conocer algo de manera confiable. Estamos resignados a una nueva normalidad donde la elección parece ser: confiar en todo o no confiar en nada. O tal vez la elección sea: no confiar en nada o confiar solo en uno mismo, una estrategia aparentemente lógica, pero que, lamentablemente, solo agrava nuestra enfermedad epistemológica.

¿Cómo se puede florecer en un mundo así? ¿Cómo se puede fortalecer la inmunidad y permanecer saludable en medio de un contagio de insensatez cuya propagación no da señales de detenerse? ¿Cómo pueden los cristianos convertirse en depósitos de sabiduría en esta era en la que cada vez más personas enfermas buscarán una cura?

Mejores hábitos para el consumo de información

Este libro propone que necesitamos una mejor dieta de conocimiento y mejores hábitos de consumo de información. Para volvernos sabios en la era de la información, donde las opiniones, los comentarios, las diversiones y las distracciones son abundantes, pero la sabiduría escasea, debemos ser más exigentes con lo que consumimos. Necesitamos una dieta compuesta de fuentes de sabiduría duraderas y confiables en lugar de la información fugaz y poco confiable que nos bombardea hoy; una dieta rica en lo que fomenta la sabiduría y baja en lo que fomenta la insensatez.

Quizás recuerdes de tu infancia la antigua «pirámide nutricional». Publicada por primera vez en Estados Unidos en 1992 por el Departamento de Agricultura, la pirámide nutricional fue diseñada para ayudar a las personas a comprender la insensatez de comer solo papas fritas, gaseosas y dulces, y la sabiduría de comer granos, frutas y verduras. La pirámide nutricional era una excelente guía visual para los hábitos alimentarios saludables, ya que brindaba orientación sobre cuántas porciones de cada grupo de alimentos ayudaban a formar una dieta equilibrada.

Necesitamos algo similar para nuestros hábitos de consumo de información. Necesitamos orientación sobre cómo navegar diariamente por el exceso de información disponible para nosotros, un marco de ordenamiento para navegar por el ruido y el lío de nuestro momento cultural. Necesitamos una «pirámide de la sabiduría».

Sin embargo, antes de ir a la guía práctica de la pirámide para «comer» bien en la era de la información (parte dos de este libro), primero debemos comprender la naturaleza y las fuentes de nuestra enfermedad (parte uno). ¿Cómo llegamos aquí?

La nueva normalidad de la «posverdad»

La pandemia de la COVID-19 de 2020 expuso la gravedad de la crisis epistemológica que enfrentamos en la era digital. A medida que el nuevo virus se propagaba por todo el mundo, los expertos en salud pública y las autoridades gubernamentales ciertamente lucharon por entender la naturaleza del contagio y la mejor manera de contenerlo. Sin embargo, la velocidad con la que se divulga la información, ya sea buena, mala o desagradable, en el mundo actual significó que los datos defectuosos, las predicciones errantes, los análisis escritos de forma apresurada y las recomendaciones contradictorias se difundieran con certeza y rapidez, lo que tuvo como resultado un desastre de información tan peligroso como la enfermedad misma. Independientemente de lo que quisieras creer sobre la pandemia y las restricciones de «quedarse en casa» que los gobiernos impusieron, había artículos, estudios y expertos que podías encontrar en línea para defender tu punto de vista. El resultado fue un cinismo cada vez más intenso y una incertidumbre sobre casi todo.

La COVID-19 no creó estas aterradoras dinámicas de información, pero sí agravó la crisis. En realidad, fue en 2016 cuando el alcance de nuestra crisis epistemológica se hizo evidente. Fue el año en que la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y el «Brexit» en el Reino Unido sorprendieron a los expertos y aceleraron la sensación de que el mundo estaba entrando en una nueva fase impredecible impulsada más por la ira que por la realidad, más por el miedo que por los hechos.

Como resultado, en 2016, el Diccionario de Oxford declaró el vocablo «posverdad» la palabra internacional del año, definido de la siguiente manera: «que relaciona o denota circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a los sentimientos y a las creencias personales».1 La nueva normalidad de la «posverdad» quedó recalcada a principios de 2017 cuando la revista Time planteó la pregunta: «¿La verdad está muerta?» en su portada, diseñada de manera tal que reflejaba una portada de la revista de 50 años antes que planteaba una pregunta más fundacional: «¿Dios está muerto?».2 Estas dos portadas, separadas por medio siglo, cuentan una historia importante. Sin Dios como el estándar supremo de la verdad, lo único que tenemos son «verdades» según como las interpretan los individuos. Cada uno con lo suyo. Tú, haz lo tuyo. No es de extrañar que ahora estemos así de confundidos. Elimina a Dios y eliminarás la verdad.

Nuestra enfermedad mental y espiritual

Hace poco hablé con un grupo de estudiantes universitarios y les hice dos preguntas. La primera: «¿Cuántos de ustedes tienen un teléfono inteligente?». Los cuarenta en el aula levantaron las manos. La segunda: «¿Cuántos de ustedes dirían que su teléfono inteligente los ha hecho mejores, más felices y saludables?». Solo tres levantaron las manos.

La generación Z, o iGen, como la ha llamado la psicóloga Jean Twenge, vive la vida a través de los teléfonos; y no es más feliz. La generación iGen está caracterizada por la presencia constante de pantallas, mensajes de texto y redes sociales y, posteriormente, por el aumento en las tasas de depresión, soledad, ansiedad, insomnio e ideas suicidas.

«No es una exageración decir que iGen está al borde de la peor crisis de salud mental en décadas», escribió Twenge,3 quien reunió una amplia variedad de investigaciones para respaldar esta tesis en su libro de 2017 iGen: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy —and Completely Unprepared for Adulthood— and What That Means for the Rest of Us [iGen: Por qué los niños superconectados de hoy están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y no están preparados para la adultez, y lo que eso significa para el resto de nosotros]. El título lo dice todo.

Twenge muestra en su libro que el aumento en las tasas de problemas de salud mental en iGen comenzó a producirse en los años posteriores al debut del iPhone en 2007. Las líneas en varios gráficos de enfermedades mentales se volvieron más empinadas cuando se extendió el uso de los teléfonos inteligentes. Seguramente eso no es una coincidencia. Y no es solo esta generación la que está cada vez más enferma por las toxinas de nuestra era digital. Las enfermedades mentales están aumentando en todas partes. Según un informe de Blue Cross Blue Shield de 2018, la cantidad de estadounidenses diagnosticados con depresión severa ha aumentado en un 33 % desde 2013.4 Aunque las tasas están aumentando de forma más rápida entre los adolescentes, se puede ver un aumento en todas las franjas etarias. Y no es solo un problema de Estados Unidos. La depresión es ahora la principal causa de discapacidad, con más de trescientos millones de personas que la padecen en todo el mundo.5

La investigación también muestra que los estadounidenses son cada vez más infelices. Según el «Índice de bienestar» de Gallup-Sharecare, el año 2017 marcó un nuevo pico de infelicidad en Estados Unidos. Un récord de veintiún estados vio disminuir sus puntajes de bienestar en 2017 y, por primera vez en nueve años, ningún estado mejoró su puntuación en un margen estadísticamente significativo con respecto al año anterior.6

Las personas también se sienten cada vez más solas. El «Índice de soledad de EE. UU. de 2018» de Cigna encontró que poco menos de la mitad (46 ٪) de los estadounidenses siempre o algunas veces se sienten solos, con los niveles más altos de soledad en la generación Z y los mileniales. La soledad «tiene el mismo impacto en la mortalidad que fumar quince cigarrillos al día, lo que la hace incluso más peligrosa que la obesidad»7 y cada vez más los gobiernos de todo el mundo la consideran una crisis de salud pública. En 2017, el Reino Unido se convirtió en el primer gobierno en nombrar un «ministro de soledad», acompañado de una «estrategia de soledad» integral de 21,8 millones de libras esterlinas para abordar la crisis.8

Nuestra enfermedad cultural en la era digital es real y va en aumento, y hay indicios de que también está afectando nuestra salud física. Después de aumentar durante la mayor parte de los últimos sesenta años, la esperanza de vida en Estados Unidos comenzó a disminuir después de 2014 y todavía está en descenso, en gran parte debido al incremento en las tasas de suicidio y sobredosis de drogas.9 Sin embargo, las estadísticas, las encuestas nacionales y los índices de bienestar son una cosa. La realidad cotidiana de vivir en este entorno enfermo es otra. De alguna forma u otra, todos nos sentimos infectados.

Náuseas, adicciones y otras dolencias

Yo siento la enfermedad de manera constante. Cuando abro Twitter y veo el último surtido de insultos despreciables, los comentarios moralistas y el postureo ético, me vuelvo aprensivo. Cuando me encuentro deambulando por mi teléfono, dando vueltas por Instagram, haciendo clic en enlaces aleatorios, comprobando resultados deportivos o lo que sea, a menudo siento que me alejo de mi cuerpo, que estoy perdido en una madriguera digital. Incluso mientras escribo este capítulo, el teléfono en mi escritorio me ha atraído a su red probablemente una docena de veces. ¿Por qué? ¿Cómo detengo esto? ¿Cómo puedo resistirme a revisar mi teléfono a primera hora de la mañana, a última hora de la noche y varias veces entre cada hora? Estas preguntas me preocupan, como probablemente te preocupan a ti.

La enfermedad que siento, que tanta gente siente, es parecida a la del adicto a las máquinas tragamonedas. Hemos sido condicionados al estilo pavloviano para seguir poniendo monedas proverbiales en la máquina. Los sonidos y los destellos de nuestras notificaciones automáticas nos dan golpes de dopamina que nos mantienen enganchados, porque así fueron diseñados. Queremos ver quién nos etiquetó, lo que la gente dice sobre nuestras fotos y lo que hoy está exasperando a las masas. Para nosotros, es terrible, y lo sabemos, pero es adictivo al igual que otros vicios, como, por ejemplo, el alcohol, el tabaco, el azúcar.

Hay otros síntomas que experimento. En ocasiones, me encuentro hojeando un libro, o leyendo algunas páginas de un libro, luego algo en Wikipedia, luego algunas páginas más del libro, luego Twitter, y así sucesivamente. Luego aparecen la ansiedad y el dolor de cabeza provocados por las notificaciones que exigen una respuesta: los interminables mensajes de texto, los mensajes de Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, Slack, Voxer, MarcoPolo, Asana, LinkedIn, el correo electrónico y otros. Es la sensación de nadar contra la corriente y no avanzar nunca.

Estas y otras dolencias me impulsaron a escribir este libro. Habiendo experimentado la enfermedad en mí mismo y viéndola en otros, quiero abogar por una manera mejor, una manera para estar centrado, ser sensato y virtuoso en este mundo loco. Quiero que seamos perspicaces en una era de distracción; pero antes de ir a la medicina, primero debemos comprender las causas de la enfermedad.

Tres hábitos que nos enferman

Debemos examinar nuestra dieta diaria de ingesta de conocimientos. Puede ser nutritiva, lo que nos hace sabios y astutos, y nos capacita para prevenir infecciones intelectuales y aflicciones espirituales; pero también puede ser tóxica, lo que nos hace insensatos y más susceptibles a las mentiras y a las trampas de nuestro tiempo.

A continuación, se presentan tres malos hábitos de «alimentación» informativa que son particularmente frecuentes en el mundo de hoy, hábitos que contribuyen a nuestra enfermedad. Los próximos tres capítulos examinarán cada uno de estos malos hábitos con mayor profundidad, pero aquí están de forma resumida.

1. Comer demasiado

Así como comer demasiado de cualquier cosa nos enferma, nos causa dolor de estómago, indigestión o algo peor, demasiada información también nos enferma. Y nada caracteriza mejor a la era de Internet como el «exceso de información».

¿Tienes alguna pregunta sobre la Biblia? Búscala en Google y obtendrás cientos de respuestas. ¿Necesitas un video tutorial sobre cómo instalar cortinas? Hay toneladas de ellos en YouTube. (Créeme, he visto por lo menos cinco de ellos). ¿Buscas el mejor cruasán de París? Intenta buscar en Yelp, TripAdvisor o en muchos otros sitios web que tengan una opinión.

En teoría, el vasto depósito de información que tenemos a nuestra disposición es algo maravilloso. En la práctica, suele ser paralizante. Aun cuando el algoritmo de Google clasifica los resultados de la búsqueda, es abrumador tener que examinar tanta información. Por ejemplo, cada bloguero y gurú de bebés tiene una recomendación diferente para el entrenamiento del sueño. ¿En quién confías? ¿Qué método funciona realmente? El atractivo de que Internet todo lo sabe promete claridad, pero a menudo solo complica.

Es el problema del espacio ilimitado. Mientras que las tiendas físicas y las comunidades están sujetas a limitaciones: un supermercado solo puede almacenar cierta cantidad de marcas de café y una familia solo tiene cierta cantidad de opiniones sobre qué cocinar para el Día de Acción de Gracias; Internet no tiene ninguna de esas limitaciones. Para café, recetas de Acción de Gracias y cualquier otra cosa, las opciones son variadas. Nuevamente, en teoría, ¡esto es liberador! En la práctica, es frustrante. ¿Cómo puedes elegir la mejor opción entre tantas que no se diferencian, no están probadas y, más allá de las reseñas que envían los usuarios, no se han sometido a investigación?

La naturaleza del «espacio ilimitado» de los medios en línea también ha creado una situación en la que los canales de «noticias» deben encontrar contenido para llenar las 24 horas del día, los siete días de la semana, lo que tiene como resultado una disminución de lo que califica como «noticias de interés» (por ejemplo, ocupar una hora con persecuciones de autos en vivo). En la web, no solo se espera un contenido diario, fresco y «de último momento», sino que también existe una competencia feroz por los clics. Desesperados por sobresalir, los sitios web se ven motivados a utilizar titulares escandalosos y otros trucos para conseguir por cualquier medio necesario los codiciados clics. El resultado es contenido que suele ser apresurado (una versión polémica de la controversia de ayer), aleatorio, imprudente o incluso distorsionado para suscitar una controversia a corto plazo en lugar de sabiduría a largo plazo.

En el panorama competitivo de la era digital, el «alimento» de la información no se está volviendo más nutritivo, sino que se está convirtiendo en comida chatarra. Los Doritos y los Rocklets siempre obtendrán más clics que la espinaca. Y así recorremos las mesas de bocadillos de las redes sociales y la comida chatarra en línea, atiborrándonos diariamente hasta el punto de la glotonería. No es de extrañar que esto nos esté enfermando.

2. Comer demasiado rápido

Cuando ingieres comida con prisa, a menudo pagas por ello más tarde. Por más conveniente que sea, la comida «rápida» no suele ser la más nutritiva. La mayor parte de la mejor comida, tanto en valor nutricional como en sabor general, se prepara y se come lentamente. Al igual que con la comida, lo mismo ocurre con la información.

Vivimos en una época de mucho ajetreo. Los acontecimientos que dominaron los titulares una semana son olvidados a la siguiente. Las redes sociales favorecen la #tendencia del momento, pero no tienen ningún incentivo para volver al problema social del mes pasado, y mucho menos al del año pasado. Internet es un medio del ahora. Su memoria es corta; su forma siempre cambia. Navegar por la vida en línea es tener que ponerse siempre al día: leer el artículo que todos comparten en Facebook, seguir la historia de Instagram de alguien antes de que desaparezca. Si no respondes el mensaje de texto de tu amigo en 20 minutos, podrías poner en peligro la amistad. Si eres un «líder de opinión» y no opinas sobre el escándalo del día en las redes sociales, es posible que pierdas tu estatus de líder de opinión. Ya sea en un ciberanzuelo de algún tema polémico o en los hilos oportunos de Twitter, en Internet, la suerte favorece al más rápido; no promueve la sabiduría.

Ese tipo de ritmo no tiene tiempo para el pensamiento crítico. Cuando estamos condicionados a pasar rápidamente de un tuit a otro, de un tema polémico a otro, lo único que podemos hacer es hojearlo, no podemos leerlo con un pensamiento crítico y cuidadoso. Los estudiosos han descubierto que la naturaleza de la «comida chatarra» del consumo de información en línea está reconfigurando nuestros cerebros, de tal forma que está erosionando nuestras capacidades cognitivas para pensar de manera cuidadosa y crítica. Maryanne Wolf, defensora de la alfabetización, escribe: «En una cultura que premia la inmediatez, la facilidad y la eficiencia, el tiempo y el esfuerzo que se requieren para desarrollar todos los aspectos del pensamiento crítico lo convierten en una entidad cada vez más asediada».10

Por eso, las «noticias falsas», la desinformación viral y las teorías conspirativas son problemas cada vez más frecuentes. La velocidad a menudo conduce a errores. Nos hace susceptibles de caer en informes falsos y desinformar. Y no solo los blogueros aficionados y los que publican en Facebook son propensos a esto. Incluso los expertos más estimados de la sociedad y las instituciones más sagradas son vulnerables a cometer los errores que surgen al comentar o informar algo más rápido de lo que se puede llegar a entender. Si el New York Times puede caer en la trampa de la velocidad de Internet de los reportajes demasiado apresurados e incorrectos, ¿en quién se puede confiar? Si los centros para el control de enfermedades no brindan información confiable sobre la dinámica de un contagio y la mejor manera de contenerlo, ¿quién lo hace? Con el tiempo, nuestro escepticismo con respecto a todas las fuentes nos lleva a volvernos hacia adentro, a confiar solo en nosotros mismos, lo que nos lleva a nuestro tercer mal hábito alimentario.

3. Comer solo lo que me gusta

Si solo hubiéramos comido nuestros alimentos favoritos, la mayoría de nosotros estaríamos enfermos o muertos. Me encantan los cruasanes de almendras y las galletas con chispas de chocolate (¡especialmente con una taza de café negro!), pero una dieta de solo esto me llevaría al hospital. Así ocurre con nuestra dieta de información. Podríamos sentirnos tentados a consumir solo el material que nos gusta y nos place, pero eso nos dejará enfermizos. Por desgracia, esto es exactamente lo que muchos de nosotros hacemos en el mundo hiperindividualista de hoy, en el que cada uno elige su propia aventura.

Internet se construye a tu alrededor. Las búsquedas de Google, los algoritmos de las redes sociales, las recomendaciones de Siri, Alexa, Netflix y Spotify; e incluso la espeluznante inteligencia artificial que ahora termina tus oraciones cuando escribes un correo electrónico: todo está hecho a tu medida. En teoría, ¡esto es increíble! ¿Qué hay de malo con un mundo que gira en torno a ti y tus preferencias e inclinaciones particulares? Unas cuantas cosas.

En primer lugar, cuando todo gira en torno a ti y a tus gustos, solo será genial si sabes exactamente lo que es bueno para ti. Y por lo general, no lo sabemos. Piensa en la tendencia de los restaurantes «arma tu propia pizza». Vas por la fila y eliges exactamente lo que quieres en tu pizza: salsa marinara picante, salchichas, pepperoni, aceitunas, cebollas rojas, ajo, ricota, mozzarella, tal vez un poco de pesto por encima. Lo que se adapte a tu gusto. Sin embargo, en mi experiencia (y tal vez soy muy malo armando pizzas), la «pizza perfecta para mí» casi siempre termina siendo una decepción. En general, habría sido mejor simplemente confiar en el conocimiento especializado del chef, permitir que alguien con verdadera sabiduría culinaria cree una pizza que seguramente disfrutaría. Además, si siempre depende de mí armar mi propia pizza, es probable que solo me quede con los sabores que conozco y me gustan, y nunca me aventuraría en un nuevo territorio culinario ni expandiría mi paladar.

El segundo problema es que cuando cada individuo vive una vida centrada en el «yo» totalmente única, personalizada y perfectamente curada, es más difícil encontrar elementos en común con los demás. Empezamos a perder la capacidad de ser empáticos y no podemos conectarnos con las personas porque su experiencia del mundo, las noticias que consumen, lo que aparece en sus redes sociales y demás, es diferente a la nuestra en formas que ni siquiera podemos saber. Todos vivimos en nuestras propias burbujas mediáticas, y no hay dos iguales. Parte de la razón por la que la sociedad es cada vez más divisiva es que no podemos tener conversaciones productivas cuando todos llegan con su propio conjunto de «hechos», «expertos» y sesgos de fondo, habiendo sido moldeados por una dieta de información completamente diferente a la de cualquiera de los demás. Y cuando no podemos relacionarnos con los demás, nos retiramos aún más a nuestras burbujas individualistas y autorreferenciales, que no son un entorno donde la sabiduría pueda crecer.

Una dieta más saludable

Entonces, ¿qué hacemos con estos malos hábitos alimentarios que están envenenando nuestras almas? ¿No deberían los cristianos, como seguidores del hombre que se llamó a sí mismo «la verdad» (Juan 14:6) y dijo «la verdad os hará libres» (Juan 8:32), estar al frente de la tarea de recuperar la verdad y ser ejemplos de sabiduría en la era de la posverdad?

Algunos cristianos han sugerido que la situación cultural es tan terrible, y el impulso de deformación de la era digital tan imparable, que la mejor estrategia es retirarse. Para evitar la infección por los contagios de la era digital deberíamos desconectarnos y formar comunidades alternativas en alguna otra parte, como los monjes en la Edad Media. Si queremos seguir siendo sal y luz para las generaciones futuras y ser portadores de la sabiduría cristiana más allá de esta era inquietante, debemos agacharnos y esperar, no sea que nos perdamos en el ataque.

Esa parece ser la lógica y tiene algo de sentido. En mis momentos más cínicos, cuando veo las tendencias perturbadoras en mis propios hábitos de ingesta de conocimiento y me preocupo por cómo les irá a mis hijos en un ambiente así, yo también me siento tentado a arrojar mi teléfono a la basura y tirar mi computadora por el techo. A veces, sueño con construir una institución de conocimiento, al estilo de L’Abri, en un hermoso paisaje desértico o montañoso llena de libros y sin teléfonos.

Pero luego recuerdo que, a lo largo de la historia cristiana, los seguidores de Jesús no han huido de los enfermos por miedo a contagiarse, sino que se han quedado con los enfermos y han tratado de ayudarlos. Desde los cristianos que cuidaban de sus vecinos paganos que sufrían las devastadoras plagas del Imperio romano primitivo hasta los médicos misioneros Nancy Writebol y el doctor Kent Brantly (que en 2014 contrajo el ébola mientras trataba a víctimas de la enfermedad en África occidental),11 los seguidores de Jesús han hecho lo que Jesús hacía. En vez de evitar al leproso, a la prostituta, al adicto a los opioides y al esquizofrénico sin hogar, los cristianos se han acercado a ellos. En vez de escapar para salvarse, sacrificaron su seguridad en el servicio.

Esto es lo que debemos hacer en esta era de enfermedad epistemológica. Sí, permanecer en este ambiente de información tóxica es correr el riesgo de infectarnos más por las dolencias que ya nos acosan. No obstante, retirarse es abandonar a los perdidos y dejarlos en una perdición aún más oscura.

El mundo necesita desesperadamente sabiduría, una verdad inquebrantable y unos cimientos sólidos. Solo el cristianismo brinda este tipo de sabiduría, y es exactamente la medicina que necesita nuestra cultura enferma. Para llevar la luz de la sabiduría cristiana a las tinieblas de nuestra era insensata; sin embargo, los cristianos deben recuperar hábitos de sabiduría en sus propias vidas. Necesitamos una dieta basada en la ingesta de conocimientos que realmente cultivan la sabiduría. Necesitamos para nuestra salud mental y espiritual lo que fue la pirámide nutricional para nuestra salud física: una guía para saber qué comer y qué no comer y en qué proporciones para que podamos volvernos más saludables y fuertes.

De esto se trata La pirámide de la sabiduría. Es un plan para estabilizar una sociedad enferma al hacer que los cristianos sean más sabios: temerosos de Dios, honestos y confiables y que viven la verdad. Sal y luz. Eso es lo que somos llamados a ser. Esto es lo que el mundo necesita desesperadamente que seamos.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

1. ¿Por qué parece que hay una correlación inversa entre la información y la sabiduría? («Nuestro mundo tiene cada vez más información, pero cada vez menos sabiduría», pág. 9).

2. ¿De qué manera has sentido de forma personal la enfermedad mental y espiritual de la era digital?

3. De los tres malos hábitos de «alimentación» informativa, comer demasiado, comer demasiado rápido y comer solo lo que me gusta, ¿con cuál tienes más dificultad?

Parte uno

LAS FUENTES DE NUESTRA ENFERMEDAD

Capítulo 1

LA GLOTONERÍA INFORMÁTICA

«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?

¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?».

T. S. ELIOT, EL PRIMER CORO DE LA ROCA

LA EXPLOSIÓN EXPONENCIAL DE la información en la «era de la información» es alucinante. Considera una muestra de las cifras. En 2019, en un solo minuto de Internet se enviaron 188 millones de correos electrónicos, 18,1 millones de mensajes de textos y se vieron 4,5 millones de videos en YouTube.1 Para el año 2020, había 40 veces más bytes de datos en Internet que estrellas en el universo observable. Algunos cálculos sugieren que para el año 2025, se crearán 463 exabytes de datos por día en línea, el equivalente a 212 765 957 DVD por día.2 ¿Y qué es un exabyte? Bueno, considera esto: cinco exabytes equivalen a todas las palabras dichas por los seres humanos desde el comienzo de los tiempos.3 En 2025, esa cantidad de datos se creará cada 15 minutos.

Esto es lo más descabellado: todo está en nuestros bolsillos, a solo unos clics de distancia. Nuestros teléfonos ahora son enciclopedias, bibliotecas, universidades, universos; pero por más conveniente que sea tener dicho acceso —respuestas a cualquier pregunta que tengamos, resultados para cualquier pintura o video que queramos ver, innumerables recursos para lo que sea que deseemos investigar— el exceso de información en línea también es abrumador y no nos hace sabios.

Así como demasiada comida enferma el cuerpo, demasiada información enferma el alma. La glotonería informática es un problema real en la era de Google, sus síntomas se han extendido y son preocupantes. A continuación, se presentan cinco de ellos.

Síntoma 1: ansiedad y estrés

Demasiado de algo causa problemas en nuestra salud. Esto es cierto tanto para la información que ingerimos como para los alimentos que consumimos. El bombardeo de información al que nos enfrentamos cada vez más, caracterizado por deslizar, desplazar, ver, escuchar, leer, enviar mensajes de texto y realizar tareas múltiples de la mañana a la noche sin parar, está creando estrés en nuestros cerebros y contribuyendo a aumentar los niveles de ansiedad. Nuestros cerebros son sorprendentemente adaptables y resilientes, pero tienen límites.

El panorama frenético de la información actual hace que nuestros cerebros estén más ocupados que nunca: la cantidad de información que nuestros cerebros sobrecargados deben clasificar constantemente consume de forma natural grandes cantidades de energía. Realizar tareas múltiples de manera constante también consume energía: reservas una cena a través de Yelp mientras contestas un mensaje de texto de mamá, envías un correo electrónico de trabajo y miras un video «imperdible» que un amigo acaba de compartir en Facebook todo en un lapso de cinco minutos. Este tipo de multitarea extrema, observa el neurocientífico Daniel Levitin, sobreestimula y estresa nuestro cerebro:

Al pedirle al cerebro que cambie la atención de una actividad a otra, la corteza prefrontal y el cuerpo estriado queman glucosa oxigenada, el mismo combustible que necesitan para permanecer activos. Y el tipo de cambio rápido y continuo que hacemos con las multitareas hace que el cerebro queme el combustible tan rápido que nos sentimos agotados y desorientados incluso después de un breve período de tiempo. Hemos agotado, literalmente, los nutrientes de nuestro cerebro. Esto compromete el rendimiento cognitivo y físico. Entre otras cosas, cambiar de tarea de forma repetida conduce a la ansiedad, lo que aumenta los niveles de cortisol, la hormona del estrés en el cerebro, lo que a su vez puede llevar a un comportamiento agresivo e impulsivo.4

Otra forma en que el exceso de información causa estrés y ansiedad es que nos cargamos con grandes cantidades de conocimiento innecesario y, a menudo, preocupante. Cuando nos enfermamos físicamente buscamos en páginas relacionadas a la salud, como WebMD, para encontrar respuestas y, por lo general, solo encontramos más preocupaciones. Como si nuestras propias luchas y complejidades familiares no fueran lo suficientemente agobiantes en lo emocional, las noticias en nuestro Instagram y Facebook nos llevan a las súplicas, los comentarios llenos de enojo y los torbellinos emocionales de cientos de personas a lo largo del día. Las constantes notificaciones de noticias de Amber Alerts, los tornados mortales, los brotes de sarampión, los tiroteos en las escuelas, las «actividades sospechosas» en nuestros vecindarios (gracias a aplicaciones como NextDoor) y todo tipo de titulares de crímenes horribles se acumulan en nuestra conciencia, sobrecargando nuestros cerebros con ansiedad por la creciente cantidad de formas en que el mundo nos puede matar. Nuestros FitBits, aplicaciones sobre dietas y otros dispositivos de salud brindan información sobre nuestro cuerpo que puede ser útil con moderación, pero que con facilidad puede convertirse en una obsesión que avive la ansiedad.

No es que la información de este tipo sea siempre mala o de poca ayuda. Es solo que el efecto acumulativo de demasiada información, de tan fácil y constante acceso para nosotros, crea una carga que nuestras mentes y almas no pueden soportar porque no fueron creadas para eso.

Síntoma 2: desorientación y fragmentación

Todos los días nos llega un aluvión de información de todas partes y en formas desconectadas e indiferenciadas. Un ejemplo de esto son las noticias en nuestras redes sociales que no respetan el flujo lógico o la necesidad de síntesis. Si abres tu Facebook, Twitter o Instagram en este momento, verás esto: un avance de una película seguido por un artículo sobre el aborto; una foto del viaje de un amigo por Texas seguida por otra persona que promociona su pódcast.

Desde luego, esto nos deja la cabeza dando vueltas y, con el tiempo, hace daño al corazón y, finalmente, lo anestesia. Obituarios seguidos por anuncios de bebés, gritos de auxilio para llamar la atención seguidos por fotos de vacaciones que muestran «una mejor vida», resultados deportivos seguidos por citas de san Agustín, música para adorar seguida por los videos de iguanas que persiguen serpientes, sermones de John Piper entre sesiones de Fortnite y clases para aprender idiomas en Duolingo. En palabras del grupo de rock Arcade Fire, es «¡todo ya!».

Además de causar mareos cognitivos, esta variedad indistinguible de información erosiona nuestra capacidad para distinguir entre lo trivial y lo verdaderamente importante. Con el tiempo, llegamos a valorar la información más por su espectáculo, infoentretenimiento, que por las complejas realidades que conlleva. Nuestras fuentes de noticias son los parques de atracciones, las salas de juegos y los escenarios de vodevil de la era digital.

El crítico de medios, Neil Postman, vio venir esto en la década de 1980 cuando observó que las noticias televisadas se habían convertido en una especie de programa de varietés de diversiones desconectadas destinadas a mantener a los espectadores sintonizados:

«¡Y ahora… esto!» se usa comúnmente en los noticiarios de la radio y la televisión para indicar que lo que uno acaba de escuchar o ver no tiene punto de comparación con lo que está a punto de escuchar o ver, ni posiblemente con nada de lo que alguna vez uno pueda escuchar o ver. La frase es un medio de reconocer el hecho de que el mundo, tal como ha sido diseñado por los medios electrónicos acelerados, carece de orden o significado y no debe ser tomado seriamente. No hay ningún asesinato que sea tan brutal, ningún terremoto tan devastador, ningún error político tan costoso —si vamos al caso, ningún tanteo entusiasma tanto, o un informe sobre el estado del tiempo es tan amenazador— que no sea posible borrar de nuestras mentes con un «¡Y ahora… esto!» de un presentador.5

Además de estos efectos que adormecen e insensibilizan, el zumbido constante de nuestras fuentes de información fragmenta nuestras vidas. En vez de estar presentes con nuestras familias, estamos presentes con las hordas que reclaman nuestra atención en el correo electrónico, mensajes de texto, Voxer, WhatsApp, Messenger y otras innumerables plataformas de comunicación. En lugar de estar presentes en los lugares donde vivimos, estamos presentes en las crisis alrededor del mundo y en los debates que están de moda en el poco interesante Twitter. Nuestras fuentes de noticias traen el mundo y todo su caos a nuestras mentes, dividiendo nuestra atención en cientos de formas diferentes.

No fuimos hechos para esto. Cuando el teólogo protestante francés, Jacques Ellul, escribió hace medio siglo en The Technological Society, observó:

«[El hombre] fue hecho para ir a seis kilómetros por hora, y va a mil kilómetros por hora. […] Fue creado para tener contacto con los seres vivos, y vive en un mundo de piedra. Fue creado con una cierta unidad esencial, y está fragmentado por todas las fuerzas del mundo moderno».6

Irónicamente, por mucho que la era de la información (y su «aldea global») prometa ampliar nuestros horizontes y crear ciudadanos del mundo sanos, integrados y bien informados, en realidad, ha tenido el efecto contrario. La hiperconexión y el exceso de conciencia del espacio conquistado de un mundo nos fragmenta y nos desconecta del lugar: los contextos locales donde podemos conocer y ser conocidos y efectuar todos los cambios que sea posible. Como afirma Ellul: «La paradoja es característica de nuestros tiempos, que a la conquista abstracta del Espacio por el Hombre (en mayúsculas) corresponde la limitación del lugar para los hombres (en minúsculas)».7

Síntoma 3: impotencia

Nuestra exposición más amplia al espacio, junto con una conexión disminuida con el lugar, nos deja sintiéndonos sobrestimulados, pero con poca actividad. En un día normal, nos sentimos exacerbados por cualquier agravio al que Internet nos ha expuesto, pero no podemos hacer mucho, si es que podemos hacer algo, al respecto. La interminable cinta transportadora de contenido pone más cosas en nuestro radar en un día de lo que la gente de hace un siglo encontraría en un año, a menudo sobre lugares de los que nunca habíamos oído hablar y problemas que no sabíamos que eran problemas.8

Postman habla de cómo nuestro acceso a la información y a las noticias de todo el mundo «nos proporciona algo de lo que hablar, pero que no nos conduce a ninguna acción significativa». Este es el legado del telégrafo, dice: «… al generar en forma abundante información irrelevante, alteró dramáticamente lo que podríamos llamar la “relación información-acción”».

Históricamente, observa Postman, la información se consideraba valiosa si tenía el potencial de conducir a la acción. Sin embargo, el telégrafo y las tecnologías posteriores volvieron a esa relación abstracta y remota: «Por primera vez en la historia de la humanidad la gente se enfrentó con el problema del exceso de información, lo que significó, simultáneamente, enfrentarse con el problema de potencial social y político disminuido».9

Las redes sociales personifican esto. Nuestras fuentes nos informan de manera constante de noticias lejanas sobre las que tenemos muy poco contexto e incluso menos recurso a la acción: protestas políticas en Venezuela, erupción volcánica en Nueva Zelanda, una serpiente encontrada en un baño en Florida, entre otras. Podemos llegar fácilmente al punto en el que pasamos horas leyendo titulares sobre cosas que nunca nos afectarán, debates sobre cosas de las que sabemos poco y problemas que no podemos resolver. Mientras los dramas «lejanos» de nuestros espacios en las redes sociales nos consumen, descuidamos las realidades tangibles de nuestro lugar inmediato: las noticias locales, los debates próximos y los problemas cercanos que podríamos abordar de manera más significativa.

Después del telégrafo, argumenta Postman, «todo se convirtió en responsabilidad de todos». Por primera vez recibíamos información que respondía a preguntas que no habíamos hecho y que, en todo caso, no daba lugar al derecho de réplica».10 Las redes sociales, por supuesto, nos dan permiso para «responder», pero ¿con qué fin? Podemos tener la sensación de que nuestra participación es una acción significativa, que está haciendo algo, pero la mayoría de las veces solo estamos agregando ruido, enojándonos innecesariamente y aportando más información irrelevante a nuestros cerebros ya sobrecargados y agotados.

El panorama de la información actual, que nos bombardea con agravios y trivialidades que no buscamos, pero que, sin embargo, nos absorben, dignifica la irrelevancia y amplía la impotencia, argumenta Postman. Todo se suma a una sensación exagerada de lo terrible que es el mundo y a una angustia por no poder hacer mucho al respecto.

Síntoma 4: parálisis de decisión y compromiso

Otro síntoma de la enfermedad de la glotonería informática es una sobreabundancia de opciones que debilita. Con todo a tu disposición digital, ¿cómo eliges? Tal vez hayas experimentado una «parálisis de elección» mirando Netflix, ese momento en el que estás tratando de decidir qué mirar, pero te paralizas porque hay demasiadas opciones y no hay una guía externa que te ayude en tu selección. Te preocupa perder el tiempo y la pregunta «¿Será la elección perfecta?» pesa mucho.11

Cuando todo está a nuestra disposición y a nuestro gusto, naturalmente experimentamos estrés por miedo a perdernos algo. ¿Tomaremos la decisión equivocada? De los quince programas que tus amigos han estado hablando en las redes sociales, ¿cuál deberías ver?

Estas preguntas pueden ser debilitantes y se suman a la ansiedad que surge de lo que Alvin Toffler acuñó como «sobrecarga de información» en su libro de 1970 El shock del futuro.12

La sobrecarga de información en el mundo de la transmisión de video no es una broma. La cantidad de contenido nuevo que se publica cada mes en YouTube, Facebook, Hulu, HBO, Disney+, Netflix, Amazon Prime y todos los demás son abrumadoras. Y a medida que nos volvemos cada vez menos capaces de tomar decisiones en medio de esta abrumadora variedad de opciones, los algoritmos «sugeridos para ti» serán cada vez más hábiles para hacer el trabajo por nosotros y nos mostrarán con un entusiasmo personalizado contenido para que miremos a continuación y nos mantenga en la plataforma. De hecho, el estrés de tener que examinar activamente las opciones de visualización tiende a hacernos más pasivos, con poca capacidad para lo que Tony Reinke llama «resistencia al espectáculo»: «Los creadores de espectáculos alimentan felizmente nuestros ojos perezosos y nuestra mirada indiferente. Ya no buscamos nuevos espectáculos; los nuevos espectáculos nos buscan a nosotros».13

Los efectos de la sobrecarga de información también plantean problemas más allá de la información digital. Donde hay abundancia de opciones podemos tener dificultades para comprometernos con cualquier cosa. A menudo, veo esto en la iglesia, por ejemplo. Con una «opción» de iglesia para todos los gustos, preferencias, inclinaciones políticas y estéticas (sin mencionar la opción de no ir a la iglesia), el seguidor de Cristo se posiciona como un consumidor cuyo apego a una iglesia es tan fuerte como un comprador se apega a una marca. Cuando nuestros gustos cambian, también lo hacen nuestros compromisos. Así como en Netflix podemos ver solo dos episodios de una serie, o 20 minutos de una película, antes de perder el interés y cambiamos a otra cosa, así nos acercamos a la iglesia y abordamos la espiritualidad como algo fluido que debe adaptarse a nuestras necesidades y estados de ánimo cambiantes.

El filósofo, Charles Taylor, llama a esta abundancia de opciones espirituales «el efecto nova», una «variedad cada vez mayor de opciones morales / espirituales»14 que ocupa un lugar destacado en su relato de la secularidad en su monumental obra La era secular. Reformulando las ideas de Taylor, Alan Noble observa que «la sobrecarga de decisiones es un problema tanto para la espiritualidad como para la multitarea digital. […] Una era distraída y secular nos hace esto: estamos cognitivamente abrumados por el horizonte en expansión de posibles creencias».15

Estamos tan abrumados con posibles caminos, posibles fuentes de verdad y teorías de la buena vida, que no elegimos ningún camino. O cambiamos de camino en pocos meses. O improvisamos nuestro propio camino espiritual solo para nosotros, extrayendo fragmentos de teología, filosofía, moralidad y estética de todo tipo de fuentes desconectadas, simplemente porque podemos.

Síntoma 5: Sesgo de confirmación

Debido a que en línea existe un espacio ilimitado, cada teoría conspirativa, cada nicho peculiar y cada comunidad de culto tiene un espacio para florecer. Sea lo que sea que creas o te sientas tentado a creer, hay información en línea que te respalda. Y aquí no solo estamos hablando de la internet oculta, donde los troles y los terroristas encuentran apoyo para sus creencias extremistas. Todos somos susceptibles de elegir el camino de menor resistencia cognitiva: seleccionar fuentes que armonicen con nuestras creencias existentes y no compliquen nuestros paradigmas ni nos irriten.

¿Quién nos puede culpar? Probablemente esa sea la razón por la que los estadounidenses que viajan a un país extranjero optan por comprar café en un Starbucks en lugar de en una de las cafeterías locales (seguramente mucho mejores). En espacios ruidosos y cognitivamente abrumadores, hay comodidad en productos conocidos. Maryanne Wolf lo expresa de esta manera:

«Necesitamos enfrentar la realidad de que cuando nos bombardean con demasiadas opciones, nuestro valor predeterminado puede ser confiar en información que impone pocas exigencias al pensamiento. Más y más de nosotros pensamos entonces que sabemos algo basado en información cuya fuente fue elegida porque se ajusta a cómo y a qué pensábamos antes».16

En un mundo con cada vez más sobrecarga de información, este es un mecanismo de afrontamiento cada vez más peligroso, aunque comprensible. Clasificamos nuestro caos de información personal cultivando fuentes llenas de voces que nos brindan comodidad en lugar de voces que hacen que hierva nuestra sangre. ¿Quién tiene tiempo o espacio mental para eso? Y lo dejamos de seguir.

Reconociendo la dificultad de la persona del siglo XXI por filtrar el exceso de información, las empresas de redes sociales, incentivadas para hacer de sus plataformas espacios agradables y no tóxicos, empeoran el problema del sesgo de confirmación mediante algoritmos personalizados.

El resultado son espacios únicos para cada usuario que crean un mundo en el que no hay dos personas que vean la misma información. Todos vivimos en islas de fantasía impulsada por algoritmos y sesgo de confirmación. No es de extrañar que el tribalismo esté en aumento. No es de extrañar que todos estén hablando por encima de los demás.

El informático, Jaron Lanier, autor de Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, llama a esta fragmentación impulsada por algoritmos como un «acontecimiento histórico» que hace que sea más difícil entender al otro y empatizar.

«La versión del mundo que vemos es invisible para quienes nos malinterpretan, y viceversa. […] Lo que sucede es que vemos menos que nunca las cosas que otros ven, y por eso tenemos una capacidad menor de entendernos».17

El placer del diablo

Es fácil imaginar al diablo deleitándose con todo esto: tribalismo enojado, trivialidad adictiva, diversión hasta el cansancio. El caos reina a medida que los seres humanos se vuelven más estresados, anestesiados, desorientados, distraídos y paralizados por el insondable exceso de información. Mientras el caos reina, el pecado aumenta.

Es curioso que la caída del hombre en Génesis 3 se produjo por las tentaciones del conocimiento: el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. También en nuestra era, el atractivo del conocimiento divino e infinito causa estragos. A veces pienso que el logo de mi iPhone, un dispositivo que se aproxima al conocimiento divino, si es que alguna vez hubo algo así, es una manzana con un mordisco. ¿Un guiño al pecado original de Eva? ¿Una oda al hambre insaciable de conocimiento infinito de la humanidad? Quizás.18 Pero al igual que como fue para Adán y Eva en el Edén, así es para nosotros: el deseo de saberlo todo solo conduce al dolor.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

1. ¿Cuáles de los «síntomas» del exceso de información analizados en este capítulo experimentas más?

2. ¿En qué áreas sientes que tener acceso a demasiada información ha sido una carga o ha hecho más daño que bien?

3. ¿Por qué es importante tener una conexión entre información y acción? Piensa ejemplos de tu propia vida en los que haya una conexión entre información y acción, y en los que no haya una conexión.

Capítulo 2

LA NOVEDAD PERPETUA

«Ahora bien, al igual que aislamos y exageramos el placer de comer para producir la glotonería, aislamos y exageramos el natural placer del cambio y lo distorsionamos hasta una exigencia de absoluta novedad». ESCRUTOPO (EN CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO, DE C. S. LEWIS)

¿PUEDES NOMBRAR cinco noticias que hayan ocurrido la semana pasada? ¿Cuatro personas a las que les enviaste un mensaje de texto ayer? ¿O tres cosas que hayas visto hoy en televisión o en un sitio de transmisión en continuo? Si eres como yo, te cuesta recordar la información y el entretenimiento (o infoentretenimiento) que viste en la última semana, por no decir en la última hora. Esto se debe a que la abrumadora cantidad de contenido que ingresa a nuestros cerebros hoy en día también llega a un ritmo abrumador.

Las velocidades de Internet se vuelven más rápidas cada año. En 2018, las velocidades de descarga de banda ancha en Estados Unidos aumentaron un 35,8 % con respecto a 2017.1 En todo el mundo, el promedio global de velocidad de descarga móvil aumentó un 15,2 % con respecto a 2017.2 La velocidad es primordial en la economía de la atención, ya que los proveedores de contenido quieren mantener a los consumidores en sus plataformas sin perderlos por algún desfase. Que el flujo de información sea más rápido que nunca puede ser un beneficio para la situación de los negocios digitales, pero un fiasco para la sabiduría humana.

Así como comer demasiada comida nos enferma, comer demasiado rápido también nos enferma. Engullir la comida de forma rápida puede saciar nuestra hambre inmediata o la necesidad de combustible «sobre la marcha», pero, por lo general, no es bueno para nuestra salud. Algo similar sucede cuando consumimos información demasiado rápido. Puede parecer que estamos maximizando el tiempo y optimizándonos, consumiendo de manera eficiente todo tipo de información a velocidades cada vez mayores, pero, en realidad, estamos deteriorando nuestra capacidad de sabiduría.

El horror a lo mismo de siempre

Los seres humanos siempre han sido criaturas inquietas. Tanto Internet como otras tecnologías pueden exacerbar esta tendencia, pero no la crearon. Los dedos inquietos de Adán y Eva no pudieron contenerse en el Edén y, desde entonces, los seres humanos hemos luchado con el contentamiento: queremos más de lo que tenemos y lo queremos ya.

El diablo se deleita en esta tendencia y se aprovecha de ella. En Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis capta de maravillas lo vulnerables que somos por nuestra aversión al «horror a lo mismo de siempre». Escrutopo (un demonio experimentado) aconseja a su sobrino Orugario (un demonio en entrenamiento) que explote la demanda humana de novedades: «Esta exigencia es valiosa en varios sentidos. En primer lugar, reduce el placer mientras aumenta el deseo. El placer de la novedad, por su misma naturaleza, está más sujeto que cualquier otro a la ley del rendimiento decreciente».3

El trabajo del diablo en el área de la obsesión por la novedad nunca ha sido tan fácil. Revisamos nuestros teléfonos inteligentes más de doscientas veces al día, llenando cada espacio vacío de la vida con cualquier cosa nueva que aparezca en pantalla: mientras estamos en la fila de un supermercado, en el automóvil al llegar a los semáforos, en la mesa de la cena, en el baño. Nuestro teléfono suele ser lo primero que miramos por la mañana y lo último que miramos antes de acostarnos.

En lugar de contentarnos con el silencio en los momentos «intermedios» de la vida, nuestros dedos inquietos no pueden evitar agarrar el teléfono, para hacer algo, cualquier cosa, para maximizar el tiempo. De hecho, la moda de los pódcast coincide con el frenesí impulsado por los dispositivos móviles por «aprovechar cada momento» escuchando episodios mientras limpiamos la casa o vamos al trabajo, o quizás hasta escuchamos un audiolibro mientras salimos a correr.

No faltan contenidos que reclamen nuestra atención —muchos de esos contenidos son buenos—, y la presión de «mirar eso, leer aquello, escuchar esto» puede ser difícil de resistir. Pero ¿qué le hace todo esto a nuestro cerebro?

Los estudios no son alentadores.

Nuestros cerebros cambiantes

En el libro Superficiales, Nicholas Carr llama a Internet «una tecnología de olvido» y describe cómo gracias a la plasticidad de nuestras vías neuronales, nuestros cerebros están siendo literalmente reconfigurados por las distracciones digitales:

«Cuanto más usemos la web, más entrenamos nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficiente, pero sin atención sostenida. Esto ayuda a explicar por qué a muchos de nosotros nos resulta difícil concentrarnos incluso cuando estamos lejos de nuestros ordenadores. Nuestro cerebro se ha convertido en un experto en olvido, un inepto para el recuerdo».4

Aunque leemos muchísimo en nuestros dispositivos y pantallas, de hecho, leemos el equivalente de una novela por día, no es el tipo de lectura continua, sostenida y atenta que conduce al pensamiento reflexivo. Maryanne Wolf sostiene lo siguiente: «No hay tiempo ni ímpetu para cultivar un ojo tranquilo y mucho menos el recuerdo de sus cosechas».5

Nuestra rápida alternancia entre espectáculos —un episodio de un programa de Hulu por aquí, un álbum de Spotify por allá— va en contra de la sabiduría del momento, al no darnos tiempo para reflexionar o hacer una síntesis antes de que lo siguiente nos atraiga. Aunque también va en contra de la sabiduría a largo plazo, como demuestran las investigaciones sobre el cerebro. Nuestros cerebros sobrestimulados se están volviendo más débiles, menos críticos y más crédulos en un momento de la historia en el que necesitamos que estén más agudos que nunca.

Respuestas rápidas en vez de reflexiones lentas

Google ofrece respuestas rápidas a cualquier consulta que tengamos. Sin embargo, la sabiduría no consiste en obtener respuestas lo más rápido posible. Se trata más bien del recorrido, del panorama general, de las preguntas y de las complicaciones que surgen en el camino. La entrega rápida de respuestas de Google es eficiente, aunque no tan nutritiva ni agradable para nuestras almas. Es como tratar la comida solo como combustible y renunciar al valor de prepararla y disfrutarla lentamente.

La velocidad y el acceso a la información nos han condicionado a recolectar información con impaciencia. Leer echando un vistazo se ha convertido en la única forma de lectura. En este mundo, señala Carr: «… estamos evolucionando de ser cultivadores de conocimiento personal a cazadores recolectores en un bosque de datos electrónicos. […] La extracción aislada de “contenido relevante” sustituye a la excavación lenta en busca de significado».6 Esto tiene consecuencias para el cerebro, que puede volverse más hábil en la extracción de información rápida, pero pierde la capacidad de reflexionar lentamente en cosas que requieren síntesis e introspección. Vamos rápidamente de una cosa a la otra, pero no vemos cómo se relacionan entre sí. Si bien ahora podemos obtener información más rápido que nunca, estamos perdiendo la capacidad de procesarla de manera tal que podamos absorber por completo sus nutrientes.

Presentismo perceptivo

Para agravar el problema está lo que llamo «presentismo perceptivo», donde la realidad se nos filtra en fragmentos fugaces de lo que está ocurriendo ahora, en lugar de hacerlo a través del filtro del tiempo y de la sabiduría generacional. Los tuits en tiempo real y las publicaciones en Facebook que a menudo discuten la tendencia del debate del día dominan ahora nuestra atención. Las actualizaciones de estado y las historias que desaparecen en un día pueblan nuestro campo perceptivo. Después de todo, se llama Instagram por una razón. La prontitud se convierte en una toxina adictiva. La inmediatez se convierte en un ídolo.

Además, este enfoque del tiempo no solo es narcisista, también es peligroso. Nos desconecta de la sabiduría de la historia y pone un énfasis mental indebido (y una confianza ciega) en lo que es menos probable que genere sabiduría: el ahora que no se puede comprobar. C. S. Lewis llamó a este énfasis en el ahora «orgullo cronológico», definido como «la aceptación sin reservas del clima intelectual que se desarrollaba en nuestra época y la suposición de que todo lo pasado de moda queda desacreditado».7 El filósofo católico, Augusto Del Noce, escribió en 1970 y lo expresó de esta manera: «El hombre de hoy, aislado del pasado y del futuro, vive una secuencia de instantes discontinuos. […] La novedad perfecta es su oxígeno».8

En un aleccionador artículo de la revista The Atlantic de 2019, Jonathan Haidt y Tobias Rose-Stockwell señalan el modo problemático en que las ideas y los conflictos del momento presente «dominan y desplazan las ideas antiguas y las lecciones del pasado». Ellos observan que una paradoja de la era de la información es que, aunque las generaciones más jóvenes crecen con un acceso sin precedentes a todo lo que se ha escrito y digitalizado, las nuevas generaciones «se encuentran menos familiarizadas con la sabiduría acumulada de la humanidad que cualquier generación reciente y, por lo tanto, [son] más propensas a adoptar ideas que aportan prestigio social dentro de su red inmediata [y] que, sin embargo, son básicamente erróneas».9

El panorama tecnológico actual no ha creado este tipo de presentismo problemático, sino que lo ha ampliado. Nuestra inclinación humana hacia lo último y lo más moderno se ve acelerada por la velocidad vertiginosa con la que las cosas van y vienen. Esta orientación presentista es particularmente tóxica (y demasiado común) en las comunidades de fe evangélica, donde la obsesión por la «relevancia», la aceptación poco crítica de la tecnología y la desconexión con la historia dejan a muchas iglesias vulnerables a ser moldeadas más por el espíritu efímero de la época que por la sabiduría sólida y probada de épocas pasadas.

El presentismo es tóxico no solo porque rechaza los recursos del pasado, sino porque también carece prácticamente de disciplina para mantenerse en rumbo en el futuro. La orientación en torno a lo nuevo es, por definición, inestable, porque lo «nuevo» se convierte rápidamente en «viejo» y pasado de moda. El mundo presentista se consume a través de modas e ideas a un ritmo alarmante. Entre otras cosas, esto socava el tipo de cualidades esenciales para resolver problemas complejos, como la determinación, la perseverancia y el compromiso a largo plazo. El presentismo nos lleva a estar muy comprometidos en una causa durante unos meses solo para perder el interés no bien otra causa capte nuestra atención. Nos convierte en consumidores volubles, «activistas de sillón», cuyos breves estallidos de pasión —por un nuevo plan de pérdida de peso, un programa atrapante de Netflix, una campaña de hashtags contra alguna injusticia— no marcan la diferencia, excepto en el margen de ganancias de las plataformas que se benefician de nuestra adicción por el «ahora».

El negocio de nuestra atención

Nuestra obsesión por la novedad alimenta el consumismo. Nuestro deseo incesante por lo «nuevo» (ropa, autos, electrodomésticos, café artesanal, etc.) mantiene a flote innumerables industrias. Nuestra constante demanda de nuevos espectáculos y polémicas ha hecho multimillonarios a los directores ejecutivos de Silicon Valley. A los titanes de la tecnología les interesa mantenernos constantemente alimentados con lo que Tony Reinke denomina «microespectáculos»: videoclips virales, tuits polémicos, memes y «dulces de atención» que alimentan nuestro apetito «por algo nuevo, raro, espectacular, divertidísimo, curioso o bonito».10 Estas empresas de medios de comunicación saben que los dulces pueden ser adictivos (aunque sepamos que son terribles para nosotros) y quieren mantenernos enganchados. Se han vuelto expertos en empaquetar estímulos que nuestros cerebros encuentran irresistibles, sostiene Matthew Crawford, «al igual que los ingenieros de alimentos se han convertido en expertos en crear alimentos “hiperpalatables” manipulando los niveles de azúcar, grasa y sal». Nuestra consiguiente distracción, por lo tanto, «podría considerarse el equivalente mental de la obesidad».11

El cofundador de Facebook, Sean Parker, admitió, en una infame entrevista en 2017, que el proceso de pensamiento detrás de Facebook era: «¿Cómo obtenemos la mayor cantidad posible del tiempo y la atención consciente de la gente? Eso significaba que teníamos que darles un pequeño golpe de dopamina de vez en cuando, por ejemplo, cuando a alguien le ha gustado o ha comentado una foto o una publicación o lo que sea».12 Por eso son tan eficaces los sonidos y las notificaciones automáticas que nos bombardean a cada hora. Nos dan un subidón de dopamina, similar a lo que mantiene a los jugadores adictos a las máquinas tragamonedas: hacemos clic inconscientemente y, ¡zas!, volvemos a la plataforma sin saber por qué, con nuestra atención centrada en otro microespectáculo. Como señala Carr: «Redunda en el interés económico de Google asegurarse de que hagamos clic, cuántas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero».13

No solo Google y Facebook luchan por el producto lucrativo de nuestra atención; todos los productores de contenido lo hacen. Con una competencia cada vez mayor por la atracción visual de nuestros ojos que tienen una capacidad de atención cada vez más corta, todos los editores de medios de comunicación deben recurrir a medidas desesperadas para ganar nuestros codiciados clics. Esta es una de las razones por las que el periodismo ha visto mejores días. En el mundo actual de los microespectáculos, lo que gana en el juego de la atención son, a menudo, las opiniones controversiales, el titular escandaloso, la historia reportada precipitadamente, las «noticias de último momento» que no son realmente de interés periodístico. Los canales de noticias por cable tienen mucho más tiempo de emisión que noticias reales que informar, por lo que llenan sus horarios con comentarios de panelistas, debates partidistas, escándalos sexuales, divorcios de celebridades y otro tipo de infoentretenimiento para mantener a los espectadores pegados a sus pantallas, al menos hasta que otra alerta de «noticias de último momento» o un video viral «imprescindible» atraiga la atención del espectador a otra parte.

Vulnerabilidad a las noticias falsas

La velocidad del ciclo de noticias y nuestra decreciente capacidad de pensar lenta y cuidadosamente tiene otro efecto preocupante: somos cada vez más crédulos y cómplices en la difusión de noticias falsas. Al igual que los reporteros se apresuran cada vez más a ser los primeros en dar la «primicia», nosotros solemos apresurarnos a opinar o a enfurecernos con los últimos titulares. En ambos casos, la rapidez juega en contra de la precisión y la prudencia.

El auge de las #FakeNews (noticias falsas) no solo tiene que ver con los robots rusos y la nefasta propaganda política. Es algo con lo que luchan incluso los medios de comunicación de prestigio. Consideremos el caso de Jussie Smollett. En enero de 2019, el actor de la serie Empire, que es gay y negro, le dijo a la policía de Chicago que dos hombres lo atacaron y le pusieron una soga al cuello mientras le gritaban epítetos racistas y homófobos. Casi todos los principales medios de comunicación le dieron mucha relevancia a la historia, que alimentó la narrativa popular sobre un aumento de crímenes de odio descarados en los Estados Unidos de Trump. Un reportero del Daily Beast tuiteó que el ataque demostraba que el apoyo de Trump era «equivalente a proporcionar artillería para el fanatismo armado».14 Excepto que luego resultó que Smollett había escenificado el ataque con fines publicitarios. La velocidad de la información y la velocidad de la propagación de la ira de los medios de comunicación impulsaron la historia de forma viral, tal y como Smollett quería. Todos fueron engañados.

Un buen artículo requiere tiempo. Se deben verificar las fuentes, se debe buscar el panorama más completo con citas, imágenes y videos fuera de contexto. Sin embargo, la naturaleza del periodismo actual caracterizada por «la suerte favorece al más rápido» a menudo se salta estos pasos esenciales. Además, por lo general, los consumidores estamos deseosos de compartir cosas de inmediato. Nuestra postura rápida para atacar en las redes sociales suele ser «publicar primero, pensar después» (si es que pensamos). Esto es desastroso, no solo porque nos vuelve fáciles de manipular, sino también porque perjudica nuestra credibilidad y puede ocasionar mucho daño a los demás.

La tentación en el mundo actual es hacer público cada pensamiento. ¿Pero es esto sabio? Algunas de las personas más sabias que conozco son muy lentas a la hora de compartir públicamente sus opiniones. Reconocen la falibilidad de las primeras impresiones y la necedad de la «reacción instantánea». Kevin DeYoung señaló hace poco que una de las marcas distintivas de una «persona pendenciera» es que no deja opiniones sin expresar. «¿Las personas saben lo que piensas sobre cada tema?», pregunta DeYoung. «No deberían. Para eso tienes un diario o una habitación de oración o un perro».15

Una de las áreas más valiosas de la sabiduría bíblica que necesitamos para nuestros días es la domesticación de la lengua. Antes de despotricar en línea, deberíamos recordar proverbios como:

• «El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad» (Pr 13:3).

• «El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad» (Pr 14:29).

• «El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias» (Pr 21:23).

Santiago 1:19 es un versículo al que, si se le prestara atención, evitaría todo tipo de problemas en el mundo actual (pero que también probablemente acabaría con las redes sociales): «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse». El problema, por supuesto, es que la economía de los medios de comunicación de hoy en día se alimenta de comentarios llenos de enojo, turbas y amontonamientos de los que son «rápidos para hablar» que crean picos de tráfico web y temas de actualidad. Resistir esta tentación es una de las cosas más desafiantes y subversivas que puede hacer un cristiano que busca la sabiduría.

«El valor y la determinación de un soldado cristiano —escribió Jonathan Edwards hace casi trescientos años— se demuestra con mayor gloria cuando mantiene una calma santa, con humildad y amor, frente a todas las tormentas, heridas, comportamientos extraños y sucesos preocupantes de un mundo malvado e irracional».16 La Escritura parece insinuar que la verdadera fortaleza consiste principalmente en esto: «Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad» (Pr 16:32).

La insensatez de la distracción

En Proverbios, lo opuesto a la sabiduría se personifica a menudo en un personaje conocido como «la mujer extraña». Una mujer «que halaga con sus palabras» (Pr 2:16-17) cuyos labios «destilan miel» (5:3), es «alborotadora», «ignorante» y «se sienta en una silla a la puerta de su casa» «para llamar a los que pasan por el camino» (9:13-15). A. W. Tozer la describe como «la insensatez moral personificada» que «trabaja por el poder de la sugestión». En el mundo actual, vemos a la «mujer extraña» trabajando mediante algoritmos que nos dicen: «¡mira lo siguiente!» y que nos llevan a la distracción constante poniendo «sugerencias» en nuestras mentes. Esto es lo que Tozer opina:

«A muchos les lavan el cerebro por el poder de la sugestión desde las nueve de la mañana o antes hasta que el último párpado se cierra por la noche. Estas personas no se comprometen. Van por la vida sin comprometerse, sin saber en qué dirección van».17

Aquí vemos el quid de la cuestión de por qué el entorno mediático actual es tan propenso a llevarnos a la insensatez. Cuando agarramos nuestros teléfonos sin rumbo fijo, navegamos por nuestros canales de noticias sin un objetivo en mente, o le sugerimos a nuestro cónyuge que «deberíamos ver algo en Netflix», no estamos comprometidos. Somos vulnerables al poder de la sugestión, piezas de la maquinaria de algoritmos cada vez más sofisticados que nos mantienen distraídos en sus plataformas. Somos vagabundos digitales, y esto es algo peligroso.

El antídoto contra la distracción peligrosa es el propósito, la concentración y la intención. Proverbios 4:25 dice: «Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante». Esta sabiduría contrasta con la mujer insensata, cuyos «caminos son inestables; no los conocerás, si no considerares el camino de vida» (Pr 5:6).

Cuando te conectas, pregúntate qué es lo que vas a hacer. ¿Tienes un objetivo específico? Cuando abres YouTube, ¿es para ver algo concreto? Cuando agarras el teléfono mientras esperas en una fila o vas de un lugar a otro, ¿es con un propósito o solo por costumbre? Cuando no vamos a ningún sitio, iremos a cualquier sitio, y los «sitios» de Internet rara vez son buenos para nosotros.

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

1. ¿De qué manera práctica pueden los cristianos ser ejemplo de un ritmo más lento y sabio en un mundo acelerado?

2. Analiza ejemplos concretos y recientes de cómo la velocidad de la información y la difusión de las noticias han ido en contra de la verdad. ¿Qué podemos hacer para protegernos de la difusión de noticias «falsas» o informadas al azar?

3. ¿Por qué es tan peligroso ser un «vagabundo digital»? ¿Qué medidas prácticas podemos tomar para evitar desplazarnos y hacer clics sin rumbo en Internet?

Darmowy fragment się skończył.

Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
206 str. 11 ilustracji
ISBN:
9781646911547
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki