Czytaj książkę: «Drácula»
Drácula

Drácula (1897) Bram Stoker
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Traducción: Benito Romero
Edición: Abril 2020
Imagen de portada: Designed by Freepik
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 Capítulo 1
2 Capítulo 2
3 Capítulo 3
4 Capítulo 4
5 Capítulo 5
6 Capítulo 6
7 Capítulo 7
8 Capítulo 8
9 Capítulo 9
10 Capítulo 10
11 Capítulo 11
12 Capítulo 12
13 Capítulo 13
14 Capítulo 14
15 Capítulo 15
16 Capítulo 16
17 Capítulo 17
18 Capítulo 18
19 Capítulo 19
20 Capítulo 20
21 Capítulo 21
22 Capítulo 22
23 Capítulo 23
24 Capítulo 24
25 Capítulo 25
26 Capítulo 26
27 Capítulo 27
Capítulo 1
Diario de Jonathan Harker
3 de mayo. Bistrita.
Salí el primero de mayo de Múnich a las 8:35 P.M., y llegué a Viena temprano al día siguiente; debería haber llegado a las 6:46, pero el tren se retrasó una hora. A juzgar por lo poco que pude ver desde el tren y la pequeña caminata que di por sus calles, Budapest parece ser un lugar maravilloso. No quise alejarme mucho de la estación, ya que habíamos llegado tarde y el tren partiría lo más cercano posible a la hora establecida.
Me dio la impresión de que estábamos abandonando Occidente para adentrarnos en Oriente. A través del puente más occidental y espléndido sobre el Danubio, que en esta zona adquiere gran anchura y profundidad, recorrimos las zonas en las que siguen perdurando las tradiciones de la época de la dominación turca.
Salimos de Budapest a muy buena hora, y llegamos ya entrada la noche a Klausenburg, donde pernocté en el Hotel Royale. Para comer, o más bien para cenar, disfruté un pollo preparado con pimiento rojo, el cual estaba muy sabroso, pero me dio mucha sed. (Nota. Pedir la receta para Mina). Le pregunté al mesero, y me dijo que se llamaba “paprika hendl”, y que, como era un platillo nacional, podría encontrarlo en cualquier lugar de los Cárpatos.
Descubrí que mis escasos conocimientos de alemán me fueron de mucha ayuda en este lugar; de hecho, no sé cómo me las habría arreglado sin estos.
Aprovechando un poco de tiempo libre durante mi estancia en Londres, visité el Museo Británico, y eché una ojeada a los libros y mapas sobre Transilvania que había en la biblioteca. Pensé que el hecho de saber un poco acerca del país podía serme útil en mis tratos con un noble originario de este lugar.
Descubrí que la localidad de la que me había hablado se encontraba en el extremo Este del país, justo en la frontera de tres estados: Transilvania, Moldavia y Bucovina, en medio de los Montes Cárpatos; una de las zonas más salvajes y menos conocidas de Europa.
No encontré ningún mapa o libro que indicara la ubicación exacta del Castillo de Drácula, pues no hay mapas de este país que se puedan comparar con aquellos realizados por la Ordnance Survey Maps; pero pude ver que Bistrita, la ciudad mencionada por el Conde Drácula, era un lugar bastante conocido. Incluiré aquí algunas de mis notas, pues, más adelante, cuando le platique a Mina sobre mis viajes, podrían ayudarme a refrescar la memoria.
Entre la población de Transilvania hay cuatro nacionalidades distintas: sajones en el sur y, mezclados con ellos, los valacos, que descienden de los dacios; magiares en el oeste, y sículos en el este y norte. Yo me relacionaré con estos últimos, que afirman ser descendientes de Atila y los hunos. Es probable que sea cierto, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo XI, se encontraron con los hunos, que ya se habían establecido allí.
He leído que todas las supersticiones conocidas en el mundo se encuentran reunidas en la herradura de los Cárpatos, como si se tratara del centro de alguna especie de remolino imaginario; de ser así, mi estancia podría ser muy interesante. (Nota: preguntar al Conde sobre estas supersticiones).
No pude dormir bien, a pesar de que mi cama era bastante cómoda, pues tuve toda clase de sueños extraños. Tal vez haya sido porque un perro se la pasó aullando bajo mi ventana toda la noche, o tal vez fue la paprika, pues tuve que beber toda el agua de mi garrafa, y aun así seguía sintiéndome sediento. Me quedé dormido casi al amanecer, pero me despertó el sonido constante de alguien llamando a mi puerta, por lo que supongo que estaba durmiendo profundamente.
Para el desayuno comí más paprika, y una especie de puré hecho de harina de maíz que me dijeron se llamaba “mamaliga”, y berenjena rellena con carne molida, un platillo delicioso al que llaman “impletata”. (Nota: pedir también la receta de este platillo).
Desayuné rápidamente porque el tren partiría un poco antes de las ocho, o al menos ese era el plan, puesto que después de correr a la estación para llegar a las 7:30, tuve que esperar sentado en el vagón durante más de una hora antes de que nos pusiéramos en movimiento.
Me parece que mientras más nos adentramos en el Este, menos puntuales son los trenes. ¿Cómo serán en China?
Tuve la sensación de que pasamos todo el día recorriendo un territorio lleno de hermosos paisajes. De vez en cuando veíamos pequeños pueblos o castillos en la cima de empinadas colinas, como los que vemos en los antiguos misales; también atravesamos ríos y arroyos que parecían estar expuestos a grandes crecidas por el amplio y pedregoso margen que había a cada uno de sus lados. Se necesita una gran cantidad de agua, y una corriente muy potente, para sobrepasar el límite del borde exterior de un río.
En todas las estaciones había grupos de personas, a veces incluso multitudes, ataviadas con todo tipo de atuendos. Algunas de ellas eran exactamente iguales a los campesinos de mi país, o a los que había visto en mi paso por Francia y Alemania, con chaquetas cortas, sombreros redondos y pantalones confeccionados por ellos mismos; pero otras tenían una apariencia muy pintoresca.
Las mujeres parecían bonitas, excepto cuando te acercabas a ellas, pues tenían cinturas muy gruesas. Todas iban vestidas con largas mangas blancas de distintos tipos, y la mayoría llevaban cinturones muy grandes con un montón de flecos hechos de algún material que revoloteaba, similar a los vestidos que se usan en el ballet, aunque, desde luego, llevaban enaguas debajo.
Los personajes más extraños que vimos fueron los eslovacos, que eran más salvajes que el resto, con sus grandes sombreros de vaquero, sus enormes pantalones holgados y sucios, sus camisas blancas de lino y sus pesados cinturones de cuero, que medían casi 30 centímetros de ancho, completamente decorados con clavos de latón. Llevaban botas altas, con los pantalones metidos dentro de ellas, tenían largas melenas negras y unos bigotes tupidos y oscuros. Son muy pintorescos, pero no parecen demasiado simpáticos. En cualquier otro lugar se les tomaría inmediatamente por miembros de alguna vieja pandilla oriental de bandoleros. Sin embargo, me han dicho que son prácticamente inofensivos y más bien tímidos.
Ya había caído la noche cuando llegamos a Bistrita, que es una zona antigua y muy interesante. Como está prácticamente en la frontera, pues el Desfiladero de Borgo conduce desde ahí a Bucovina, Bistrita ha tenido una existencia muy tempestuosa, que definitivamente ha dejado sus huellas. Hace cincuenta años tuvo lugar una serie de grandes incendios, que ocasionaron un caos terrible en cinco ocasiones diferentes. A comienzos del siglo XVII, la ciudad sufrió un asedio de tres semanas, que cobró la vida de trece mil personas, y a las muertes provocadas por la guerra se sumaron las víctimas del hambre y las enfermedades.
El Conde Drácula me dio indicaciones para dirigirme al Hotel Golden Krone, el cual, para mi mayor placer, era bastante antiguo, pues, desde luego, yo quería tener todo el contacto posible con las costumbres del país.
Claramente ya me esperaban en el hotel, pues, cuando me acerqué a la puerta, me encontré con una mujer de rostro alegre, ya entrada en años, que portaba la vestimenta usual de los campesinos: enaguas blancas con un largo delantal doble, por delante y por detrás, de tela colorida, y tan ajustado que apenas podía considerarse modesto. Cuando me acerqué, la mujer se inclinó y dijo:
—¿Es usted el Herr inglés?
—Sí —le respondí—. Soy Jonathan Harker.
La mujer sonrió, y le dijo algo a un hombre anciano que llevaba arremangadas las mangas de su camisa, y que la había seguido hasta la puerta.
El hombre se marchó, pero regresó inmediatamente con una carta en las manos:
“Amigo mío:
Bienvenido a los Cárpatos. Lo estoy esperando ansiosamente. Duerma bien esta noche. Mañana, a las tres, la diligencia partirá rumbo a Bucovina; hay un lugar reservado para usted. Mi carruaje lo estará esperando en el Desfiladero de Borgo para traerlo a mi casa. Espero que su viaje desde Londres haya sido agradable, y que disfrute su estancia en mi hermoso país.
Su amigo,
Drácula”
4 de mayo.
Supe que mi posadero había recibido una carta del Conde, para pedirle que se asegurara de reservar para mí el mejor lugar del carruaje; pero al preguntarle acerca de los detalles se mostró un poco reticente, y fingió que no podía entender mi alemán.
Esto no podía ser cierto, porque hasta antes de ese momento lo había entendido perfectamente; o al menos respondía a mis preguntas como si así fuera.
Él y su esposa, la mujer mayor que me había recibido, se miraron mutuamente con temor. El hombre dijo entre dientes que le habían enviado el dinero en una carta, y que eso era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula, y si podía decirme algo sobre su castillo, ambos se santiguaron y, asegurándome que no sabían nada en absoluto, simplemente se negaron a decir más. Como la hora de partir se acercaba, no tuve tiempo para preguntar otras personas, pero todo era muy misterioso y nada tranquilizador.
Justo antes de marcharme, la mujer subió a mi habitación, y me dijo en un tono casi histérico:
—¿Tiene que ir? ¡Oh, joven Herr!, ¿en verdad tiene que ir?
Estaba tan alterada que parecía haber olvidado completamente el poco alemán que sabía, y comenzó a mezclarlo con algún otro idioma que yo nunca había oído. Apenas pude comprender un poco de lo que decía haciéndole numerosas preguntas. Cuando le dije que debía partir inmediatamente porque me esperaban asuntos muy importantes, me preguntó otra vez:
—¿Sabe usted qué día es hoy?
Le respondí que era cuatro de mayo. Ella movió la cabeza negativamente y habló otra vez:
—¡Sí! ¡Eso ya lo sé! ¡Ya lo sé! Pero, ¿sabe usted qué día es hoy?
Cuando le dije que no entendía a qué se refería, ella prosiguió:
—Es la víspera del día de San Jorge. ¿Sabe usted que esta noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas malignas del mundo serán omnipotentes? ¿Sabe usted a dónde va, y a lo que se enfrentará?
Estaba sumida en tal angustia que intenté consolarla, pero no lo conseguí. Finalmente, se puso de rodillas y me rogó que no fuera; o que al menos esperara uno o dos días antes de partir.
Aunque todo eso parecía sumamente ridículo, me hizo sentir intranquilo. Sin embargo, me esperaban asuntos importantes, y no podía permitir que nada se interpusiera en mi camino.
Intenté ayudarla a ponerse de pie, y le dije, tan seriamente como pude, que se lo agradecía, pero que mi deber era urgente, y que debía partir.
La mujer se levantó y se enjaugó las lágrimas, y tomando un crucifijo que llevaba colgado al cuello me lo dio.
No sabía qué hacer, pues como miembro de la Iglesia de Inglaterra, me habían enseñado a considerar semejantes cosas como símbolos de idolatría en cierto sentido. Sin embargo, me pareció sumamente descortés rechazar aquel gesto de una anciana, con tan buenas intenciones y que se encontraba en tal estado de ánimo.
Creo que adivinó la expresión de duda en mi rostro, pues poniendo ella misma el rosario alrededor de mi cuello, me dijo:
—Hágalo por amor a su madre.
Y luego salió de la habitación.
Estoy escribiendo esta parte del diario mientras espero a que llegue el carruaje, que, naturalmente, viene retrasado; y el crucifijo sigue colgado alrededor de mi cuello.
No sé si sea por los temores de la anciana, o debido a las incontables tradiciones fantasmales de este lugar, o por el crucifijo en sí, pero el caso es que mi mente no está tan tranquila como de costumbre.
Si este libro llegará a manos de Mina antes que yo, espero que le lleve mi adiós. ¡Aquí viene el carruaje!
5 de mayo.
El Castillo. —Las tinieblas de la mañana han desaparecido, y el sol brilla en lo alto sobre el horizonte distante, que parece irregular, no sé si debido a los árboles o a las colinas, pues está tan lejos que las cosas grandes y pequeñas se mezclan entre sí.
No puedo dormir, y como nadie me llamará hasta que me despierte, me he puesto a escribir hasta que me venza el sueño.
Han pasado tantas cosas extrañas sobre las que quisiera escribir, y para que quien lea esto no crea que cené opíparamente antes de llegar Bistrita, anotaré exactamente lo que comí.
Cené un platillo que los locales llaman “filete robado”, compuesto por rodajas de tocino, cebolla y carne de res, sazonado con pimiento rojo, y ensartados en pinchos para ser asados al fuego, ¡muy parecido al estilo sencillo de la “carne de gato” de Londres!
El vino fue un Golden Mediasch, que provoca una sensación extraña de picazón en la lengua, la cual, curiosamente, no es desagradable.
Sólo bebí un par de copas de este vino.
Cuando me subí al carruaje, el cochero todavía no se encontraba en su asiento, y pude verlo hablando con la posadera.
Era evidente que estaban hablando de mí, pues de vez en cuando volteaban a verme, y algunas de las personas que estaban sentadas en una banca fuera de la puerta, se acercaron para escuchar, y luego me miraron, la mayoría con lástima. Alcancé a escuchar distintas palabras que se repetían a menudo, palabras extrañas, pues en el grupo había personas de distintas nacionalidades, así que saqué discretamente de mi maleta mi diccionario políglota y comencé a buscarlas.
Debo decir que no sentí la menor alegría al ver su significado, pues entre ellas estaban “Ordog” (Satanás), “pokol” (infierno), “stregoica” (bruja), “vrolok” y “vlkoslak” (ambas significan lo mismo, una en eslovaco y la otra en serbio, y se utilizan para referirse a algo que es un vampiro o un hombre lobo). (Nota: Preguntar al Conde acerca de estas supersticiones.)
Cuando nos pusimos en marcha, el grupo de personas reunidas alrededor de la puerta de la posada, que para ese entonces ya había aumentado considerablemente, hicieron la señal de la cruz y extendieron dos dedos hacia mí.
Con cierta dificultad, logré que uno de los pasajeros me dijera lo que eso significaba. Al principio no quiso responderme, pero cuando supo que yo era inglés, me explicó que se trataba de un hechizo o protección contra el mal de ojo.
Escuchar esto tampoco fue nada agradable, especialmente mientras partía rumbo a un lugar desconocido para reunirme con un hombre que nunca antes había visto. Pero todos parecían tan bondadosos, tan tristes, y tan solidarios, que no pude evitar sentirme emocionado.
Nunca olvidaré el último vistazo que eché a la posada y al grupo de pintorescos personajes, todos santiguándose a la vez de pie en el amplio pórtico, sobre un fondo de abundante follaje de adelfas y naranjos en contenedores verdes concentrados en el centro del patio.
En ese instante, nuestro cochero, cuyo enorme pantalón de lino cubría todo el asiento frontal, (ellos le llaman “gotza”), golpeó con su largo látigo a sus cuatro caballos pequeños, que corrían lado a lado, e iniciamos nuestro viaje.
Al poco tiempo perdí de vista y olvidé todos los temores fantasmales ante la belleza del paisaje que recorríamos, aunque si hubiera conocido el idioma, o más bien los idiomas, en que hablaban mis compañeros de viaje, seguramente no habría podido olvidarme tan fácilmente de ellos. Frente a nosotros se extendía una vasta ladera de campo verde, repleta de bosques y salpicada de empinadas colinas coronadas por grupos de árboles o casas de campo, con sus aguilones blancos mirando hacia la carretera. Se podía ver por todas partes una sorprendente cantidad de frutos en flor: manzanos, ciruelos, perales y cerezos. Y a medida que avanzábamos, se asomaba el verde pasto bajo los árboles adornado con los pétalos caídos. La carretera serpenteaba dentro y fuera de las verdes colinas de este lugar, que los locales llaman “Tierra Media”, perdiéndose al rodear las curvas cubiertas de hierba, u ocultándose tras las desordenadas ramas de los bosques de pinos, que corrían colina abajo por aquí y por allá como si fueran lenguas de fuego. El camino era bastante accidentado, pero parecía que volábamos sobre él con una prisa frenética. En ese momento no entendí por qué avanzábamos con tanta prisa, pero evidentemente el cochero estaba decidido a no perder ni un segundo hasta llegar a Borgo Prund. Según me dijeron, en el verano esta carretera era excelente, pero que todavía no la habían reparado después de las nevadas invernales. En esto se diferenciaba a la mayoría de las carreteras de los Cárpatos, pues según dicta una antigua tradición no deben mantenerse en buen estado. Desde tiempos muy antiguos, los hospodares nunca reparaban las carreteras, para evitar que los turcos pensaran que se estaban preparando para traer tropas extranjeras, y así atizar la guerra que en realidad siempre estaba a punto de estallar.
Más allá de las verdes y enormes colinas de la Tierra Media se levantaban poderosas laderas de bosque hasta las cumbres más altas de los Cárpatos. Se elevaban a nuestra izquierda y a nuestra derecha, con el sol de la tarde iluminándolas completamente y haciendo brillar todos los magníficos colores de esta hermosa gama azul oscuro y morado, en las sombras de las crestas, verde y café, donde se mezclaba el pasto con las rocas. Después seguía una infinita perspectiva de rocas afiladas y peñascos puntiagudos, que se perdían en la distancia, donde las cumbres nevadas se elevaban imponentemente. Por todas partes parecía haber poderosas grietas en las montañas, a través de las cuales, a medida que el sol comenzó a ponerse, podíamos ver de vez en cuando el blanco brillo de alguna cascada. Al rodear la base de una colina, uno de mis compañeros de viaje me tocó el brazo y señaló la elevada cima cubierta de nieve de una montaña que, mientras avanzábamos serpenteando por el camino, parecía estar justo frente a nosotros.
—¡Mire! ¡Isten széke! ¡El trono de Dios! —dijo, mientras se santiguaba con reverencia.
A medida que recorríamos nuestro interminable camino, y el sol descendía cada vez más a nuestras espaldas, las sombras de la tarde comenzaron a cernirse sobre nosotros. Esta sensación era más intensa porque la cima de la montaña nevada seguía estando alumbrada por el sol, y parecía brillar con un delicado y frío tono rosado. Mientras avanzábamos, nos cruzamos con algunos checos y eslovacos, todos ataviados pintorescamente. Y pude darme cuenta de que el bocio prevalecía dolorosamente entre ellos. A lo largo del camino había un gran número de cruces, y cuando pasábamos frente a ellas, todos mis compañeros se santiguaban. De vez en cuando veíamos a algún campesino o campesina arrodillados frente a un altar, y que no se volvían a nuestro paso, pues parecían estar tan arrobados por la devoción que no tenían ojos ni oídos para el mundo exterior. Casi todas estas cosas eran nuevas para mí, por ejemplo, los montones de paja en los árboles, y los grupos de hermosos abedules diseminados por el camino, con sus ramas blancas brillando como la plata a través del delicado color verde de sus hojas.
De vez en cuando nos cruzábamos con una carreta de carga (utilizada normalmente por los campesinos), con su larga vértebra parecida a una serpiente, calculada perfectamente para ajustarse a las desigualdades del camino. En ellas iban sentados varios campesinos que regresaban a sus hogares, cubiertos con sus pieles de cordero, blancas en el caso de los checos, y teñidas de colores en el de los eslovacos; estos últimos cargaban sus largas varas a manera de lanzas, con un hacha en la punta. Al llegar la noche, empezó a sentirse mucho frío y el creciente ocaso parecía fusionar en una especie de neblina oscura la penumbra de los árboles: robles, abetos y pinos, aunque a medida que ascendíamos por el Desfiladero, en los valles que corrían profundamente entre los surcos de las colinas, los oscuros abetos sobresalían contra el fondo de la nieve tardía. En ocasiones, cuando la carretera era cortada por los bosques de pino, que en la oscuridad parecían cernirse sobre nosotros, las gigantescas masas grisáceas que cubrían los árboles producían un efecto muy peculiar bastante extraño y solemne, que traía de vuelta a mi mente los siniestros pensamientos e imaginaciones de la tarde, mientras que el ocaso hacía sobresaltar las fantasmales nubes que, entre los Cárpatos, parecían serpentear incansablemente a través de los valles. Algunas veces las colinas eran tan empinadas que, a pesar de la prisa de nuestro cochero, los caballos sólo podían subirlas lentamente. Tenía ganas de bajarme del carruaje y caminar a su lado, como hacemos en mi país, pero el cochero no me lo permitió.
—No, no —me dijo. —No debe caminar por aquí. Los perros son muy salvajes —y luego dijo algo que evidentemente tenía la intención de ser una broma macabra, pues volteó a ver al resto de los pasajeros en busca de una sonrisa de aprobación—: Ya tendrá usted mucho que hacer esta noche antes de irse a dormir.
Solo se detuvo una vez durante unos minutos para poder encender sus lámparas.
Cuando la noche se hizo más oscura, los pasajeros comenzaron a ponerse más nerviosos y hablaban continuamente con el cochero, uno tras otro, como si lo estuvieran presionando para ir más rápido. El cochero golpeó despiadadamente con su largo látigo a los caballos, y profiriendo salvajes gritos intentaba obligarlos a esforzarse todavía más. Entonces, a través de la oscuridad, pude distinguir una especie de claridad grisácea frente a nosotros, como si hubiera una grieta en las colinas. La agitación de los pasajeros aumentó todavía más. El alocado carruaje se sacudió sobre sus grandes resortes de cuero, y se tambaleó hacia uno y otro lado como un barco golpeado por el mar tempestuoso. Tuve que sujetarme con fuerza. El camino se hizo más parejo, y parecía que íbamos volando sobre él. Sentía como si las montañas se acercarán a nosotros por ambos lados y quisieran envolvernos dentro de ellas; en ese momento llegamos al Desfiladero Borgo. Uno por uno, varios de los pasajeros me ofrecieron regalos, con una insistencia tan sincera que me era imposible rechazarlos. Naturalmente los regalos eran bastante extraños y variados, pero todos me los ofrecieron con muy buena fe, acompañados de una palabra amable y una bendición; esa misma extraña mezcla de gestos temerosos que ya había visto en las afueras del hotel en Bistrita: la señal de la cruz y la protección contra el mal de ojo. Entonces, mientras volábamos por el camino, el cochero se inclinó hacia adelante y los pasajeros se estiraron por ambos lados del coche para mirar por las ventanillas, escudriñando ansiosamente la oscuridad. Era evidente que estaba sucediendo, o esperaban que sucediera, algo muy interesante. Sin embargo, aunque les pregunté a todos al respecto, ninguno me dio la menor explicación. Este estado de agitación se prolongó durante algún tiempo, cuando por fin vimos frente a nosotros el Desfiladero, que aparecía por el Este. Por encima de nuestras cabezas había nubes oscuras y tenebrosas, y el aire se sentía cargado con la pesada y opresiva sensación que precede a una tormenta. Parecía como si la cordillera hubiera dividido la atmósfera en dos, y ahora nos encontrábamos bajo la tempestuosa. En seguida, comencé a buscar el vehículo que me llevaría hasta el Conde. A cada instante me parecía ver el brillo de las lámparas a través de la negrura, pero todo seguía oscuro. La única luz provenía de los rayos parpadeantes de nuestras propias lámparas, y en ella se elevaba en una nube blanca el vapor producido por nuestros agotados caballos. Gracias a esto, podíamos ver el arenoso camino extendiéndose frente a nosotros, pero no había la menor señal de un vehículo. Los pasajeros retrocedieron dando un suspiro de alegría, que parecía burlarse de mi propia decepción. Ya estaba pensando en lo que podía hacer ante tal situación, cuando el cochero, mirando su reloj, dijo algo a los otros pasajeros que apenas pude escuchar, pues su tono de voz era muy silencioso y suave. Creo haber escuchado algo como: “una hora antes de tiempo”. Luego, volviéndose hacia mí, me habló en un alemán mucho peor que el mío:
—No hay ningún carruaje aquí. Parece que después de todo no lo esperaban, Herr. Tendrá que venir a Bucovina y regresar mañana o al día siguiente; mejor al día siguiente.
Mientras hablaba, los caballos comenzaron a relinchar y resoplar salvajemente, con tal ímpetu que el cochero tuvo que sujetarlos. Entonces, en medio de un coro de gritos proferidos por los campesinos que se santiguaban al unísono, apareció detrás de nosotros una calesa, dirigida por cuatro caballos, que nos rebasó y se puso al lado de nuestro carruaje. Gracias al destello de nuestras lámparas, que iluminaban a los caballos, pude ver que se trataba de unos animales espléndidos, negros como el carbón. Eran conducidos por un hombre alto, con una barba larga y café y un enorme sombrero negro, que parecía ocultar su rostro. Cuando se volvió hacia nosotros, lo único que pude distinguir fue el resplandor de un par de ojos muy brillantes, que se veían de un tono rojizo bajo la luz de la lámpara. Entonces, el hombre le dijo al cochero:
—Ha llegado muy temprano esta noche, amigo mío.
—El Herr inglés tenía mucha prisa —respondió el cochero tartamudeando.
El extraño volvió a hablar:
—Supongo que por eso le propuso usted ir hasta Bucovina. No puede engañarme, amigo mío. Sé demasiado, y mis caballos son veloces.
Sonreía mientras hablaba, pero a la luz de las lámparas se distinguía una expresión de dureza en su boca, que tenía unos labios muy rojos y dientes afilados, blancos como el marfil. Uno de mis compañeros le susurró a otro un verso del poema Leonora de Bürger:
Denn die Todten reiten schnell. (Porque los muertos viajan velozmente)
Al parecer, el extraño cochero escuchó las palabras, pues alzó la mirada sonriendo relucientemente. El pasajero volteó el rostro, mientras hacía la señal con sus dos dedos y se santiguaba.
—Deme el equipaje del Herr—dijo el cochero recién llegado.
Con una prontitud impresionante sacó mis maletas y las colocó en la calesa. Luego, me bajé del carruaje, y el cochero de la calesa, que estaba junto a nuestro vehículo, me ayudó, tomándome por el brazo como si tuviera un puño de acero. Debía tener una fuerza prodigiosa.
Sin decir una palabra agitó las riendas, los caballos dieron vuelta y nos deslizamos hacia la oscuridad del Desfiladero. Cuando miré hacia atrás, pude ver el vapor que emanaban los caballos del carruaje alumbrados por la luz de las lámparas, y proyectadas contra ella las siluetas de mis antiguos compañeros de viaje, santiguándose. Entonces, el cochero agitó su látigo y dio un grito a los caballos, que avanzaron a toda prisa rumbo a Bucovina. Mientras se perdían en la oscuridad, sentí un escalofrío extraño, y una sensación de soledad se apoderó de mí. Pero de pronto, el cochero me cubrió los hombros con una capa y me echó una manta sobre las rodillas, diciéndome en un alemán perfecto:
—La noche está muy fría, mein Herr, y mi amo el Conde me ha ordenado que cuide muy bien de usted. Debajo del asiento hay una botella de slivovitz (un brandy típico del país hecho con ciruelas), por si quiere beber.
No bebí ni una gota, pero era agradable saber que estaba allí. Me sentía un poco extraño, y bastante asustado. Creo que de haber habido cualquier otra alternativa la hubiera tomado, en vez de proseguir aquel viaje nocturno hacia lo desconocido. El carruaje avanzó rápidamente en línea recta, luego dimos una vuelta completa y continuamos avanzando por otro camino recto. Me pareció que estábamos recorriendo el mismo camino una y otra vez, por lo que tomé nota de algunos puntos sobresalientes, y descubrí que eso era efectivamente lo que hacíamos. Me hubiera gustado preguntarle al cochero que significaba todo eso, pero tuve mucho miedo de hacerlo, pues pensé que, en mi situación, ninguna protesta habría sido efectiva ante una intención de retrasar el viaje.
Sin embargo, más tarde, quise saber cuánto tiempo había pasado, por lo que encendí un cerillo, y bajo su luz miré mi reloj. Faltaban algunos minutos para la medianoche, lo que me provocó una especie de sobresalto, pues supongo que la superstición generalizada acerca de la medianoche se había intensificado a causa de mis recientes experiencias. Esperé en medio de una horrible sensación de suspenso.
Entonces un perro comenzó a aullar en alguna casa de campo carretera abajo; era un aullido prolongado, agonizante y temeroso. El sonido fue ahogado por el de otro perro, y luego otro y otro, hasta que, transportados por el viento que ahora soplaba suavemente a través del Desfiladero, comenzó un concierto de aullidos salvajes, que parecían provenir de todos los rincones del país, desde tan lejos como la imaginación lo supusiera a través de las tinieblas de la noche.
Cuando escucharon el primer aullido los caballos comenzaron a resoplar y a jalonearse, pero recobraron la calma cuando el cochero les habló en un tono tranquilizador. No obstante, temblaban y sudaban como si huyeran asustados. Entonces, muy a lo lejos, desde las montañas que nos rodeaban, se escucharon unos aullidos más fuertes y agudos, proferidos por los lobos, que nos afectaron, tanto a los caballos como a mí, de la misma manera, pues estuve a punto de saltar de la calesa y echarme a correr, mientras que ellos retrocedían de nuevo jaloneándose enérgicamente, a tal grado que el cochero tuvo que emplear toda su gran fuerza para impedir que se desbocaran. Sin embargo, al cabo de unos cuantos minutos, mis oídos se habían acostumbrado a aquel sonido, y los caballos se tranquilizaron a tal punto, que el cochero pudo bajar de la calesa y pararse frente a ellos.
Los acarició mientras los tranquilizaba, susurrándoles algo en sus orejas, de la misma manera en que he oído decir que hacen los domadores de caballos. Los resultados fueron extraordinarios, porque con sus caricias recuperaron su docilidad, aunque seguían temblando. El cochero se sentó de nuevo y agitando las riendas arrancó a gran velocidad. Esta vez, después de llegar al extremo más lejano del Desfiladero, dio una vuelta repentina por una carretera estrecha que corría bruscamente por la derecha.
Pronto nos encontramos cubiertos de árboles, que en algunos sitios se arqueaban sobre el camino formando una especie de túnel a través del cual avanzábamos. Y una vez más, nos amenazaban gigantescos y temibles peñascos a cada lado del camino. Aunque estábamos protegidos, podíamos escuchar el viento que se levantaba, gimiendo y silbando a través de las rocas, y las ramas de los árboles quebrándose a medida que avanzábamos. El frío aumentaba cada vez más, y empezó a caer una nieve fina, que casi parecía polvo, por lo que rápidamente todo quedó cubierto por un manto blanco. El agudo viento seguía transportando los aullidos de los perros, aunque el sonido se iba debilitando a medida que nos alejábamos. Sin embargo, los aullidos de los lobos se escuchaban más y más cerca, como si nos estuvieran cercando por todos los flancos. Yo me sentía sumamente asustado, y los caballos compartían mi temor. No obstante, el cochero parecía no mostrar la menor señal de preocupación, y volteaba continuamente hacia ambos lados, aunque yo no podía ver nada a través de la oscuridad.
Repentinamente vislumbré a lo lejos, a nuestra izquierda, una débil y parpadeante llama azul. El cochero la vio al mismo tiempo que yo, pues detuvo inmediatamente a los caballos y, apeándose de un brinco, desapareció en la oscuridad. Yo no sabía qué hacer, y menos cuando los aullidos de los lobos parecían acercarse cada vez más. Pero mientras me lo preguntaba, el cochero apareció súbitamente y, sin decir una sola palabra, ocupó su asiento y reanudamos nuestro viaje. Creo que me quedé dormido y soñé varias veces con aquel incidente, pues pareció repetirse interminablemente en mis sueños. Y ahora, al recordarlo, me parece que fue una especie de pesadilla horrible. Cuando la llama apareció tan cerca del camino, que incluso en la oscuridad que nos rodeaba pude distinguir los movimientos del cochero, éste se dirigió rápidamente al lugar de donde provenía. La llama era tan débil que no parecía iluminar a su alrededor, y tomando algunas piedras, el cochero las colocó de una manera específica.
En ese instante me pareció ver un extraño efecto óptico, pues al pararse el cochero entre la llama y yo, no la obstruyó, sino que yo podía seguir observando su fantasmal resplandor. Esto me sorprendió, pero como el efecto solo duró unos segundos, di por un hecho que mis ojos me habían engañado debido al esfuerzo realizado para ver en la oscuridad. Durante un largo rato no volvimos a ver las llamas azules, y continuamos avanzando velozmente a través de las tinieblas, con los aullidos de los lobos a nuestro alrededor, como si nos estuvieran siguiendo en círculo.
Finalmente, hubo un momento en que el conductor se alejó más de lo que lo había hecho hasta entonces. Durante su ausencia, los caballos empezaron a temblar peor que nunca, y a resoplar y relinchar atemorizados. No entendía por qué se comportaban así, pues los aullidos de los lobos se habían detenido completamente. Pero justo en ese momento, navegando a través de las negras nubes, la luna apareció detrás de la dentada cresta de una roca prominente llena de pinos, y bajo su luz distinguí alrededor de nosotros un círculo de lobos, con sus colmillos blancos y sus colgantes lenguas rojas, exhibiendo sus extremidades largas y sinuosas cubiertas por un pelo enmarañado. Eran mil veces más terribles en medio de aquel siniestro silencio que cuando estaban aullando. En ese momento mi cuerpo quedó como paralizado por el miedo. Solo es posible comprender el verdadero significado de tales horrores cuando nos enfrentamos a ellos cara a cara.
De pronto, todos los lobos comenzaron a aullar al unísono, como si la luna ejerciera algún efecto peculiar sobre ellos. Los caballos brincaban y retrocedían, y miraban desesperadamente a su alrededor con ojos desorbitados, en un espectáculo digno de compasión. Pero el espantoso cerco viviente los rodeaba por todas partes, y no tuvieron más alternativa que quedarse dentro de él. Llamé al cochero para que regresara, pues me pareció que nuestra única salida era tratar de abrirnos paso a través del cerco formado por los lobos. Para ayudarlo a acercarse, comencé a gritar y a golpear un lado de la calesa, esperando que el ruido asustara a los lobos que se encontraban allí, permitiendo así al cochero subir de nuevo. No sé cómo llegó, pero de pronto lo escuché gritar en un tono de mando imperioso, y al dirigir la mirada hacia el lugar de donde provenía el sonido, lo vi parado en medio del camino, extendiendo sus largos brazos como si intentara apartar algún obstáculo invisible. Los lobos retrocedieron poco a poco. Justo en ese momento, una densa nube ocultó la luna, por lo que nuevamente nos sumergimos en la oscuridad.
Cuando pude ver otra vez, el cochero estaba subiéndose a la calesa y los lobos habían desaparecido. Todo esto parecía tan extraño y misterioso que un miedo espantoso se apoderó de mí, y el temor me impedía hablar o moverme. Las horas parecían interminables mientras continuábamos nuestro camino en medio de una oscuridad casi completa, pues las densas nubes tapaban la luna.
Seguimos ascendiendo, con períodos ocasionales de rápido descenso, pero la mayor parte del tiempo el camino era cuesta arriba. De pronto, me di cuenta de que el cochero estaba deteniendo a los caballos en el patio de un gigantesco castillo en ruinas, con largas y negras ventanas de las que no provenía el menor rayo de luz, y cuyas almenas rotas mostraban sus dentadas siluetas contra el cielo.
Capítulo 2
Continuación del diario de Jonathan Harker.
5 de mayo.
Debo haberme quedado dormido, pues si hubiera estado plenamente despierto, definitivamente habría notado que nos acercábamos a este lugar tan extraordinario. En medio de aquella oscuridad, el patio parecía bastante grande, y como de él procedían varios corredores oscuros, cubiertos por grandes arcos, tal vez parecía más grande de lo que realmente era. Todavía no he podido verlo a la luz del día.
Cuando la calesa se detuvo, el cochero se bajó de un brinco y me ofreció su mano para ayudarme a bajar. Nuevamente me percaté de su fuerza prodigiosa. Su mano parecía realmente una prensa de acero que hubiera podido triturar la mía de haberlo querido. Luego descargó mis pertenencias y las colocó a mi lado sobre el suelo, cerca de una enorme y antigua puerta, tachonada con grandes clavos de acero, metida en un portal de piedra maciza. Aun en medio de aquella oscuridad, pude ver que la piedra estaba enteramente esculpida, aunque las esculturas habían sido desgastadas por las inclemencias del tiempo y el paso de los años. Mientras yo seguía de pie junto a la puerta, el cochero subió nuevamente a la calesa y agitó las riendas; los caballos empezaron a avanzar y todos desaparecieron debajo de una de esas aberturas oscuras.
Permanecí inmóvil y en silencio, porque no sabía qué hacer. No había ningún indicio de una campana o aldaba, y era altamente improbable que mi voz pudiera penetrar a través de aquellas amenazadoras paredes y oscuros ventanales. Mientras esperaba, el tiempo parecía interminable, y empecé a sentir que el miedo y las dudas se apoderaban de mí. ¿Qué clase de lugar era este, y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué sombría aventura me había embarcado? ¿Era este un incidente normal en la vida de un auxiliar de abogado que había sido enviado a explicarle a un extranjero cómo comprar una propiedad en Londres? ¡Auxiliar de abogado! A Mina no le gustaría ese término. Más bien tendría que decir simplemente abogado, pues justo antes de salir de Londres recibí la noticia de que había aprobado mi examen. ¡Esto significa que ahora soy un abogado en todo el sentido de la palabra! Comencé a tallarme los ojos y a pellizcarme para cerciorarme de que estaba despierto. Todo me parecía ser una horrible pesadilla, y esperaba despertar de pronto de vuelta en casa, con la aurora asomándose por las ventanas, como me había sucedido tantas veces por la mañana luego de un día de trabajo excesivo. Pero mi carne sintió el dolor del pellizco, y lo que mis ojos veían no era una ilusión. Definitivamente estaba despierto y en medio de los Montes Cárpatos. Lo único que podía hacer en ese momento era ser paciente y esperar a que amaneciera.
Justo cuando acababa de llegar a esta conclusión, escuché el ruido de unos pesados pasos aproximándose del otro lado de la enorme puerta, y pude ver a través de las grietas el brillo de una luz que se acercaba. Inmediatamente distinguí el ruido de cadenas y el chirrido de pesados cerrojos al ser abiertos. Una llave giró emitiendo el peculiar rechinido producido por un prolongado período de desuso, y entonces la enorme puerta se abrió.
Del otro lado apareció un anciano alto, perfectamente afeitado, excepto por un tupido bigote blanco, y vestido de negro de la cabeza a los pies, sin un solo rastro de color en su persona. En su mano sostenía una antigua lámpara de plata, en la que una llama ardía sin cristal o ningún otro tipo de protección, proyectando largas y temblorosas sombras mientras parpadeaba por la corriente de aire que penetraba a través de la puerta abierta. El anciano me invitó a pasar haciendo un gentil ademán con su mano derecha, diciendo en un inglés perfecto, pero con una entonación extraña:
—¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre con libertad y por su propia voluntad!
No hizo ningún movimiento para salir a recibirme, sino que se quedó inmóvil cual estatua, como si su ademán de bienvenida lo hubiera convertido en piedra. Sin embargo, en el instante en que crucé el umbral, dio un paso impulsivamente hacia adelante y, extendiendo su mano, sujetó la mía con tanta fuerza que me hizo estremecer. Esta sensación se intensificó por el hecho de que su mano estaba tan fría como el hielo, al grado que parecía más bien la mano de un muerto. Me dijo otra vez:
—¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente, permanezca sin temor, y deje algo de la alegría que trae consigo!
La fuerza del apretón de manos era muy parecida a la del cochero, cuyo rostro no había podido ver y, por un instante, dudé si no sería la misma persona con quien estaba hablando. Para asegurarme, le pregunté:
—¿Es usted el Conde Drácula?
Se inclinó cortésmente, y me respondió:
—Yo soy Drácula, y le doy la bienvenida a mi casa, Sr. Harker. Entre, pues el aire de la noche está muy frío, y seguramente necesita comer y descansar.
Mientras hablaba, colocó la lámpara sobre un soporte en la pared, y tomó mi equipaje. Antes de poder detenerlo ya lo había cargado, y aunque protesté, él insistió:
—Nada de eso, señor, usted es mi invitado. Es tarde ya, y la servidumbre no se encuentra disponible. Deje que yo mismo me haga cargo de usted.
Insistió en cargar mis maletas a lo largo del corredor, y luego a través de una impresionante escalera de caracol, seguida de otro largo pasillo, en cuyo piso de piedra nuestras pisadas resonaban fuertemente. Al final del pasillo, abrió de par en par una pesada puerta, y me alegré al ver un cuarto bien iluminado, con una mesa servida para la cena y una espléndida chimenea donde ardía y centelleaba un magnífico fuego de leños recién puestos.
El Conde se detuvo, colocó mis maletas en el suelo y cerró la puerta. Entonces, atravesando el cuarto, abrió otra puerta que conducía a un pequeño cuarto de forma octagonal alumbrado por una sola lámpara, y en el que no parecía haber ninguna ventana. Cruzó también este cuarto y abrió otra puerta, invitándome a pasar con un ademán. Lo que vi adentro era muy agradable, pues se trataba de un enorme dormitorio bien iluminado y calentado por otra chimenea que seguramente también acababa de ser encendida, pues los troncos superiores todavía estaban frescos y emitían un estruendo hueco alrededor. El Conde dejó mi equipaje dentro de la habitación y se retiró, diciendo antes de cerrar la puerta:
—Seguramente necesitará refrescarse un poco, después de un largo viaje. Espero que encuentre todo lo que necesite. Cuando esté listo, pase al otro cuarto, ahí encontrará su cena servida.
La luz y la calidez de la amable bienvenida del Conde parecieron disipar todas mis dudas y temores. Una vez que recuperé mi estado de ánimo normal, me percaté de que estaba medio muerto de hambre. Así que, después de asearme rápidamente, me dirigí al otro cuarto.
Encontré la cena ya servida. Mi anfitrión, que estaba de pie a un lado de la enorme chimenea, reclinado sobre la piedra, hizo un gracioso ademán con la mano, señalando hacia la mesa, y dijo:
—Le ruego se siente y cené todo lo que quiera. Espero que me disculpe por no acompañarlo, pero yo tomé algo más temprano, y normalmente no suelo cenar.
Le entregué la carta sellada que el Sr. Hawkins me había dado. La abrió y la leyó seriamente. Luego, sonriendo encantadoramente, me la dio para que yo también la leyera. Una parte de ella, al menos, me llenó de gran satisfacción.
“Lamento mucho que un ataque de gota, enfermedad que padezco constantemente, me impida absolutamente realizar cualquier viaje durante algún tiempo. Pero me alegra decirle que le estoy enviando un sustituto adecuado, en quien confío plenamente. Es un hombre joven, lleno de energía y talento en su propio estilo, y de gran disposición. Es discreto y reservado, y ha crecido bajo mi guía. Estará preparado para atenderlo cuando usted así lo desee durante su estancia en el castillo, y seguirá sus instrucciones en todos los asuntos”.
El Conde se acercó y levantó la tapa de uno de los platos, e inmediatamente empecé a devorar un exquisito pollo asado. Esa fue mi cena, además de un poco de queso, ensalada y una botella de Tokay añejo, del que bebí dos copas. Mientras comía, el Conde me hizo muchas preguntas sobre mi viaje y, poco a poco, le conté todas mis experiencias.
Para entonces ya había terminado mi cena y, obedeciendo el deseo de mi anfitrión, acerqué una silla al fuego y empecé a fumar un cigarro que me ofreció, mientras él se disculpaba por no fumar también. En ese momento tuve la oportunidad de observarlo detenidamente, y descubrí que tenía una fisonomía muy marcada.
Su rostro era fuertemente aguileño, con un puente muy alto sobre la fina nariz y las fosas nasales peculiarmente arqueadas; su frente era alta y abombada, y el cabello le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero abundantemente en el resto de la cabeza. Sus cejas eran sumamente pobladas, casi se tocaban en el entrecejo y tan tupidas que parecían encresparse por esta misma razón. La boca, o lo poco que pude ver de ella debajo de su enorme bigote, era firme y de apariencia más bien cruel, con dientes blancos particularmente afilados, los cuales sobresalían sobre sus labios, cuya extraordinaria rubicundez mostraba una vitalidad sorprendente para un hombre de su edad. En cuanto al resto, sus orejas eran de un tono pálido y extremadamente puntiagudas en la parte superior. La barbilla era ancha y fuerte, y las mejillas firmes pero hundidas. La impresión general era de una palidez extraordinaria.
Había observado de reojo el dorso de sus manos mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me pareció que eran muy blancas y finas. Pero al verlas más de cerca, me percaté de que eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Una cosa que me pareció muy curiosa, es que tenía pelos en el centro de las palmas. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en puntas afiladas. Cuando el Conde se inclinó sobre mí y sus manos me tocaron, no pude reprimir un escalofrío. Tal vez fue por su fétido aliento, pero lo cierto es que me sobrevino una horrible sensación de náusea que se apoderó de mí, y que no pude ocultar por más que lo intenté.
Evidentemente el Conde lo notó, y retrocedió. Y con una especie de sonrisa lúgubre, que me permitió ver con más detalle sus protuberantes dientes, volvió a tomar asiento a un lado de la chimenea. Nos quedamos en silencio por un momento, y cuando miré hacia la ventana pude observar los primeros tenues rayos de luz de la inminente aurora. Parecía que todo estaba cubierto por una extraña quietud, pero, al escuchar con más atención, pude escuchar los aullidos de un gran número de lobos como si provinieran de la zona inferior del valle. Los ojos del Conde brillaron al decirme:
—Escúchelos. Son los hijos de la noche. ¡Qué hermosa música crean!
Supongo que debió haber visto alguna expresión de extrañeza en mi rostro, pues añadió:
—¡Ah, señor, ustedes los habitantes de la ciudad no pueden comprender los sentimientos de un cazador!
Luego se incorporó, y dijo:
—Seguramente debe estar exhausto. Su cuarto está listo, y mañana puede levantarse tan tarde como desee. Debo salir, y no estaré disponible hasta el atardecer, ¡así que descanse y tenga felices sueños!
Haciendo una cortés reverencia, él mismo me abrió la puerta de la habitación octagonal, y entré en mi dormitorio.
Me siento sumergido en un mar de dudas, preguntas y temores. Se me vienen a la mente cosas tan extrañas que no me atrevo a confesar ni a mi propia alma. ¡Que Dios me proteja, aunque sea únicamente por el bien de mis seres queridos!
7 de mayo.
Otra vez es de mañana, pero durante las últimas veinticuatro horas he podido descansar y relajarme. Dormí hasta muy tarde, y me levanté cuando yo quise. Una vez que terminé de vestirme, me dirigí a la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, y vi la mesa servida con un desayuno ya frío, acompañado de café que se conservaba caliente gracias a que la olla había sido colocada cerca de la chimenea. Había una tarjeta sobre la mesa que decía:
“Tengo que ausentarme por un tiempo. No me espere. D”.
Así que me senté y disfruté de una comida sustanciosa. Cuando terminé de desayunar, busqué una campana para avisar a la servidumbre que ya había terminado, pero no encontré ninguna. Ciertamente hay varias deficiencias extrañas en la casa, tomando en cuenta los extraordinarios indicios de riqueza que hay por todas partes. El servicio de la mesa es de oro, y con grabados tan bellos que debe valer una fortuna. Las cortinas y tapicería de las sillas, los sillones y los cobertores de mi cama están hechos de las telas más costosas y hermosas, y deben haber costado mucho dinero cuando fueron confeccionados, porque a pesar de que parecen tener varios cientos de años, se conservan en excelente estado. En Hampton Court había algo parecido, pero aquellas estaban muy desgastadas, deshilachadas y roídas por las polillas. Sin embargo, no he visto ni un solo espejo en ninguno de los cuartos. Ni siquiera hay uno en mi tocador, por lo que he tenido que sacar de mi maleta mi pequeño espejo de mano para poder peinarme o afeitarme. Tampoco he visto a la servidumbre por ningún lado, ni he escuchado el menor ruido cerca del castillo, de no ser por el aullido de los lobos. Una vez que terminé de comer, aunque no sé si llamarlo desayuno o comida, pues eran entre las cinco y seis cuando me senté a la mesa, busqué algo para leer, pues no me sentía a gusto recorriendo el castillo sin tener antes la autorización del Conde. No había absolutamente ningún material de lectura en la habitación: ni libros, ni periódicos, ni siquiera utensilios para escribir. Así que abrí otra de las puertas y descubrí una especie de biblioteca. Traté de abrir la puerta que estaba del otro lado, pero la encontré cerrada con llave.
Para mi mayor alegría, en la biblioteca encontré varios libros ingleses, repisas enteras llenas de ellos, y volúmenes encuadernados de revistas y periódicos. Sobre una mesa en el centro de la habitación había varias pilas de estos, aunque ninguno era de fechas recientes. Había libros de todo tipo de temas: historia, geografía, política, economía política, botánica, geología y leyes. Todos estaban relacionados con Inglaterra y su estilo de vida, costumbres y modales. Había incluso libros de consulta, como el Directorio de Londres, los libros Rojo y Azul, el Almanaque de Whitaker, las Listas del Ejército y de la Marina y, por alguna razón, me alegré mucho cuando vi el Directorio Legal.
Mientras inspeccionaba los libros, la puerta se abrió y entró el Conde. Me saludó calurosamente y me preguntó si había pasado una buena noche. Luego prosiguió:
—Me alegro de que haya encontrado este cuarto, pues estoy seguro que hay muchas cosas aquí que le interesarán. Estos compañeros —dijo, poniendo su mano sobre algunos de los libros —han sido muy buenos amigos míos, y desde hace varios años, desde que tuve la idea de viajar a Londres, me han brindado incontables horas de placer. Gracias a ellos he podido conocer su maravillosa Inglaterra, y conocerla es amarla. Me gustaría tanto poder caminar por las atestadas calles de su imponente Londres, estar en medio del torbellino y la prisa de sus habitantes, compartir sus vidas, sus cambios, sus muertes, y todo aquello que la hace ser lo que es. Pero, desgraciadamente, hasta ahora sólo conozco su idioma a través de los libros. Amigo mío, confío en que usted me ayudará a practicarlo.
—Pero, Conde —le dije—, ¡usted conoce y habla perfectamente el inglés!
El Conde hizo una reverencia con mucha solemnidad.
—Le agradezco, amigo mío, su estimación tan halagadora. Sin embargo, temo que me falta mucho camino por recorrer para llegar a mi destino. Si bien es cierto que conozco la gramática y las palabras, todavía no sé utilizarlas correctamente.
—Desde luego que sí —le dije—, lo habla de forma excelente.
—No tanto —respondió él—. Lo que quiero decir es que si yo fuera a Londres y hablara su idioma, estoy seguro de que todos sabrían que soy extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy un noble; soy un boyardo. La gente común me conoce, y soy su señor. Pero un extranjero en una tierra extraña no es nadie. Los hombres no lo conocen; y no conocer algo es no interesarse en ello. Me sentiría satisfecho si pudiera ser como el resto, de modo que nadie detuviera su paso al verme, ni interrumpiera sus palabras al escucharme hablar para decir: “¡Ja, ja, es solo un extranjero! He sido señor por tanto tiempo que quiero seguir siéndolo, o por lo menos que nadie esté encima de mí. Usted ha venido hasta aquí no sólo como el agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exeter, para explicarme todo lo necesario sobre mi nueva propiedad en Londres. Espero que se quede conmigo algún tiempo, para que a través de nuestras conversaciones pueda aprender el acento inglés. Y me gustaría que me indicara los errores que cometo al hablar, por más mínimos que sean. Siento mucho haberme ausentado hoy durante tanto tiempo, pero estoy seguro que usted sabrá perdonar a alguien que tiene tantos asuntos importantes que resolver.
Naturalmente le dije al Conde que podía disponer de mí como mejor le pareciera, y le pregunté si podía entrar en aquel cuarto cuando yo quisiera, a lo que me respondió:
—Sí, por supuesto —y agregó—, puede ir a cualquier parte del castillo, excepto a las habitaciones cerradas con llave, a las cuales, desde luego, usted no querrá entrar. Hay una razón para que todas las cosas sean como son, y si usted pudiera ver con mis ojos y supiera lo que yo sé, seguramente entendería mejor las cosas.
Le respondí que tenía razón, y él continuó:
—Estamos en Transilvania, y Transilvania no es Inglaterra. Nuestras costumbres no son como las suyas, y seguramente habrá muchas cosas que le parecerán extrañas. Es más, por lo que usted me ha contado sobre las experiencias de su viaje, ya puede imaginarse un poco lo extrañas que pueden ser algunas cosas.
Hablamos un largo rato sobre este tema. Era evidente que el Conde quería hablar, aunque sólo fuera por el simple placer de hacerlo. Así que le hice muchas preguntas sobre algunas de las cosas que ya me habían sucedido o que había observado. Algunas veces evitaba el tema o cambiaba el giro de la conversación fingiendo no entenderme, pero fuera de eso respondió francamente a todas mis preguntas. A medida que pasaba el tiempo, y mi audacia aumentaba, le pregunté acerca de las cosas extrañas que habían sucedido la noche anterior, por ejemplo, por qué el cochero había ido a todos los lugares donde veía las llamas azules. El Conde me explicó que, según una creencia popular, en una determinada noche del año —la noche anterior, de hecho, cuando supuestamente todos los espíritus malignos tienen poderes ilimitados— puede verse una llama azul en todos los lugares donde hay escondido algún tesoro.
—Seguramente hay tesoros escondidos en la región por donde viajaron anoche—prosiguió—, pues es la tierra que ha sido disputada durante siglos por los valacos, los sajones y los turcos. De hecho, sería difícil encontrar un solo metro de tierra en toda esta región que no haya sido enriquecido con la sangre de los hombres, patriotas o invasores. En la antigüedad hubo épocas muy turbulentas, cuando los austriacos y los húngaros llegaban en hordas, y los patriotas salían a su encuentro: hombres y mujeres, ancianos y niños, esperaban su llegada en las rocas de los desfiladeros, para destruirlos con sus avalanchas artificiales. Cuando los invasores salían victoriosos encontraban muy pocas cosas, pues todas las pertenencias ya habían sido enterradas bajo tierra.
—Pero, ¿cómo puede ser —pregunté— que continúen enterradas sin haber sido aún descubiertas, cuando existe una señal tan clara para encontrarlas, si los hombres se tomarán la molestia de seguirla?
El Conde sonrió, y cuando sus labios dejaron al descubierto sus encías, aparecieron unos caninos largos y afilados.
—¡Porque los campesinos son en esencia cobardes y tontos! —respondió el Conde—. Esas llamas sólo aparecen una noche al año. Y en esa noche, ningún hombre de este país, si puede evitarlo, tiene la osadía siquiera de asomar la nariz por la puerta. Y aunque lo hicieran, mi querido señor, no sabrían qué hacer. Es más, ni siquiera el campesino del que usted me contó que había marcado el lugar de las llamas, sabría dónde buscar durante el día, aun cuando él mismo hubiera hecho el trabajo. Y me atrevería a jurar que usted tampoco podría encontrar esos lugares nuevamente.
—En eso le concedo la razón —dije—. Creo que hasta un muerto podría encontrarlos antes que yo.
Terminado este tema, pasamos a otras cuestiones.
—Venga —dijo finalmente—, hábleme sobre Londres y la casa que ha comprado para mí.
Disculpándome por mi negligencia, fui a mi habitación a sacar los documentos de mi maleta. Mientras los colocaba en orden, escuché el tintineo de la vajilla y la cubertería en el cuarto contiguo, y cuando regresé vi que la mesa ya había sido recogida y la lámpara estaba encendida, pues para ese entones ya estaba completamente oscuro. Las lámparas también estaban encendidas en el despacho o biblioteca, y encontré al Conde sentado en el sofá, leyendo nada más y nada menos que una Guía Bradshaw inglesa. Cuando entré, el Conde quitó los libros y papeles de la mesa, y nos embarcamos en una conversación sobre planos, escrituras y cuentas de todo tipo. Estaba interesando hasta en los más mínimos detalles, y me hizo un sinfín de preguntas sobre el lugar en que estaba ubicada la casa y sus alrededores. A todas luces el Conde había estudiado con anticipación todo lo relacionado sobre la región, pues al final fue evidente que él sabía mucho más que yo del tema. Cuando le señalé este hecho, me respondió:
—Bueno, amigo mío, ¿no era necesario que estuviera bien informado? Cuando llegue allá estaré completamente solo, y mi amigo Harker Jonathan… No, discúlpeme, siempre sigo la costumbre de mi país de anteponer su nombre patronímico; mi amigo Jonathan Harker no estará a mi lado para corregirme y ayudarme. Estará en Exeter, a miles de kilómetros, tal vez trabajando en algún documento legal con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¡Así que, ahí tiene!
Repasamos minuciosamente el tema de la compra de la propiedad en Purfleet. Después de haberle explicado los hechos, pedirle que firmara los documentos necesarios, y redactara una carta informando al Sr. Hawkins, el Conde me preguntó cómo había encontrado un lugar tan adecuado. Entonces le leí las notas que había tomado, y que adjunto a continuación:
“En Purfleet, a un lado de la carretera, he encontrado un lugar que parece adecuarse exactamente a lo solicitado. Un anuncio destartalado indica que la propiedad está en venta. Está cercado por un muro alto, de estructura antigua, construido con grandes piedras, y que parece no haber sido reparado durante muchos años. Las puertas, que estaban cerradas y completamente carcomidas por la herrumbre, están hechas con antigua y pesada madera de roble y hierro.
La propiedad se llama Carfax, sin duda se trata de una deformación del antiguo nombre Quatre Face, ya que la casa tiene cuatro lados, que corresponden a los puntos cardinales de la brújula. En total contiene alrededor de veinte acres, completamente rodeados por los sólidos muros de piedra arriba mencionados. La propiedad tiene tantos árboles que por momentos llega a adquirir una cierta apariencia lúgubre. Hay también un estanque o lago pequeño, de apariencia oscura y profunda, alimentado por algunos manantiales, ya que el agua es transparente y fluye en una corriente bastante fuerte. La casa es muy grande, y me atrevería a decir que de la época medieval, pues una de sus partes está hecha de piedra sumamente gruesa, con unas cuantas ventanas ubicadas muy en lo alto y con enormes barrotes de hierro. Parece que formó parte de un torreón, y está ubicada cerca de una antigua capilla o iglesia, a la cual no pude entrar, pues no tenía la llave de la puerta que conducía a su interior desde la casa. Pero he tomado varias imágenes con mi Kodak desde distintos ángulos. La casa ha sido ampliada, pero en una forma extraña, y sólo puedo calcular aproximadamente la extensión de tierra que ocupa y que debe ser gigantesca. En los alrededores sólo hay unas cuantas casas, una de ellas muy grande, recientemente construida, y acondicionada para funcionar como manicomio privado. Sin embargo, no se alcanza a ver desde el terreno.”
Cuando terminé de leer, el Conde dijo:
—Me alegra que la casa sea antigua y grande. Yo provengo de una antigua familia, y creo que el hecho de vivir en una casa nueva me mataría. Hoy en día, las casas son prácticamente inhabitables. Y después de todo, son muy pocos los días que conforman un siglo. También me da gusto saber que tiene una antigua capilla. A los nobles transilvanos nos desagrada pensar que nuestros huesos puedan yacer mezclados entre los muertos comunes. Yo no busco alegrías ni júbilo, ni la brillante voluptuosidad de un día soleado y las relucientes aguas que son el deleite de los jóvenes alegres. Yo ya no soy joven, y mi corazón, tras los pesados años de llorar por los que ya se han ido, ya no está dispuesto para el júbilo. Las paredes de mi castillo están rotas. Hay demasiadas sombras, y el viento corre frío por entre las almenas y los muros quebrados. Amo la oscuridad y las sombras, y prefiero estar a solas con mis pensamientos.
Por alguna razón, sus palabras no parecían coincidir con su mirada. O tal vez era porque la expresión de su rostro hacía que su sonrisa pareciera maligna y taciturna.
Unos instantes después, se disculpó por tener que retirarse, diciéndome que recogiera todos los documentos. Había pasado ya un tiempo considerable desde que se marchara, por lo que empecé a hojear los libros que había a mi alrededor. Entre ellos había un atlas que, desde luego, estaba abierto en la sección sobre Inglaterra, como si ese mapa hubiera sido utilizado muchas veces. Al mirarlo, noté que algunos lugares habían sido marcados con pequeños círculos. Y al observarlos más detenidamente me percaté de que uno de ellos estaba cerca de Londres, en el lado este, donde se ubicaba su nueva casa. Los otros dos estaban en Exeter y Whitby, en la costa de Yorkshire.
Había transcurrido casi una hora cuando el Conde regresó.
—¡Vaya! —dijo—. ¿Sigue entretenido con sus libros? ¡Muy bien! Pero no debe trabajar todo el tiempo. ¡Venga! Me acaban de avisar que su cena está lista.
Me tomó por el brazo y nos dirigimos al otro cuarto, donde encontré servida sobre la mesa una excelente cena. El Conde volvió a disculparse, diciéndome que había cenado mientras estuvo fuera de casa. Pero, al igual que la noche anterior, se sentó y charlamos mientras yo comía. Después de cenar, encendí un cigarro, como había hecho la noche anterior, y el Conde se quedó conmigo, charlando y haciéndome preguntas sobre todos los temas habidos y por haber, mientras las horas pasaban. Me di cuenta de que se estaba haciendo muy tarde, pero no dije nada, pues me sentí obligado a satisfacer todos los deseos de mi anfitrión. No tenía sueño, ya que las largas horas de descanso del día anterior me habían fortalecido. Sin embargo, no pude evitar sentir el escalofrío que se experimenta con la llegada de la aurora, similar en cierto modo al que ocurre con el cambio de la marea. Dicen que las personas agonizantes suelen morir con la llegada de la aurora o el cambio de la marea. Cualquiera que, estando cansado, y obligado a mantenerse en su puesto, haya experimentado este cambio en la atmósfera, me creerá. De pronto, escuchamos el canto de un gallo, elevándose con una estridencia sobrenatural a través del fresco aire matutino.
El Conde Drácula se puso de pie de un salto, y dijo:
—¡Ya es de mañana otra vez! Qué descuido de mi parte haberlo obligado a mantenerse despierto hasta esta hora. Debe hacer menos interesante su conversación acerca de mi nuevo y querido país, Inglaterra, para no olvidarme por completo de lo rápido que pasa el tiempo.
Y haciendo una cortés reverencia, se marchó rápidamente.
Me dirigí a mi dormitorio y abrí las cortinas, pero no había mucho que observar. Mi ventana daba al patio principal y lo único que pude ver fue el cálido tono grisáceo del cielo despejado. Así que volví a cerrar las cortinas, y me puse a escribir lo acontecido este día.
8 de mayo.
Cuando comencé a escribir este diario temí estar siendo poco concreto, pero ahora me alegro de haberme detenido en los detalles desde el inicio. Hay algo tan extraño acerca de este lugar y todo lo relacionado con él que me produce una sensación de inquietud. Desearía estar lejos de aquí, o incluso nunca haber venido. Tal vez esta extraña vida nocturna esté afectándome. ¡Ojalá solo sea eso! Si hubiera alguien con quien poder hablar creo que lo soportaría, pero no hay nadie. Sólo puedo hablar con el Conde, y él… Me temo que soy el único ser vivo en este lugar. Me permitiré ser tan prosaico como los hechos lo requieran, pues me ayudará enormemente a sobrellevar la situación. No puedo permitir que la imaginación se descontrole, pues si esto sucediera sería mi ruina. Comenzaré explicando a continuación la situación en la que me encuentro, o en la que creo encontrarme…
Cuando por fin me acosté, dormí sólo unas cuantas horas. Al darme cuenta de que ya no podría volver a conciliar el sueño, me levanté. Había colgado mi pequeño espejo cerca de la ventana, y empecé a afeitarme. De pronto, sentí una mano sombre mi hombro, y escuché la voz del Conde diciéndome: “Buenos días”. Me sobresalté, porque me sorprendió el hecho de no haberlo visto entrar, puesto que el reflejo del espejo abarcaba todo el perímetro del cuarto a mis espaldas. Debido al susto me corté ligeramente, pero no me di cuenta en ese momento. Después de responder al saludo del Conde, me volví nuevamente hacia el espejo para comprobar por qué no lo había visto. Pero esta vez no cabía la posibilidad de error, pues el hombre estaba muy cerca mí y podía verlo por encima de mi hombro. ¡El espejo no mostraba ningún reflejo! Podía ver reflejado todo el cuarto detrás de mí, pero no había el menor rastro de otro ser humano en el espejo, a excepción de mí. Esto me pareció sorprendente, y sumado a todos los otros sucesos extraños que ya me habían acontecido, la vaga sensación de inquietud que experimento siempre que el Conde está cerca de mí comenzó a intensificarse. En ese momento me percaté de que la herida había sangrado un poco, y la sangre estaba goteando por mi barbilla. Solté la navaja de afeitar, dando media vuelta para buscar una tela adhesiva. Cuando el Conde vio mi cara, sus ojos resplandecieron con una especie de furia demoníaca y súbitamente me tomó por la garganta. Retrocedí un poco y su manó tocó la cadena que llevo colgada al cuello con el crucifijo. Acto seguido se operó en él un cambio instantáneo, pues la furia se desvaneció tan rápidamente que apenas podía creer que todo eso hubiera sucedido.
—Tenga cuidado —dijo—. Tenga cuidado de no cortarse. En este país podría resultar más peligroso de lo que se imagina.
Luego, cogió mi pequeño espejo de afeitar, y dijo:
—Esta condenada cosa es la culpable de todo. No es más que un adorno repugnante para la vanidad del hombre. ¡Al diablo con ella!
Abriendo la pesada ventana con un golpe de su terrible mano, lanzó el espejo, que se rompió en mil pedazos al estrellarse contra las piedras del patio inferior. Luego se retiró sin decir una sola palabra más. Todo esto resulta muy fastidioso, pues ahora no sé cómo podré afeitarme, a menos que use el estuche de mi reloj o la parte inferior de mi tarro de afeitar, que afortunadamente es de metal.
Cuando entré al comedor, el desayuno ya estaba listo, pero no pude encontrar al Conde por ningún lado. Por lo tanto, desayuné solo. Me parece extraño que hasta ahora nunca haya visto al Conde comer o beber. ¡Es un hombre muy peculiar! Después del desayuno, me dediqué a explorar un poco el castillo. Subí las escaleras y descubrí un cuarto que miraba hacia el sur. La vista era imponente, y desde donde yo me encontraba podía apreciarla en su totalidad. El castillo está ubicado justo en el borde de un terrible precipicio. ¡Si una piedra cayera desde la ventana caería libremente miles de metros sin tocar absolutamente nada a su paso! Hasta donde alcanza la vista se distingue un mar de verdes copas de árboles, con algunas profundas grietas ocasionales bajo las que hay un abismo. Se pueden ver hilos plateados diseminados por aquí y por allá donde los ríos atraviesan por profundos desfiladeros a lo largo de los bosques.
Pero no estoy de humor para describir estas bellezas, pues luego de contemplar la vista continué mi exploración del castillo. Lo único que encontré fueron puertas, puertas y más puertas, todas cerradas con llave. Con excepción de las ventanas en los muros del castillo, no hay ni un solo lugar por donde se pueda salir. ¡El castillo es realmente una prisión, y yo soy su prisionero!
Capítulo 3
Continuación del diario de Jonathan Harker.
Cuando entendí que estaba prisionero, una especie de sensación salvaje me sobrecogió. Subí y bajé las escaleras a toda prisa, intentando abrir todas las puertas y mirando a través de todas las ventanas que encontré. Pero después de unos instantes, la convicción de mi impotencia superó todos los demás sentimientos. Ahora que ya han pasado unas horas, al contemplar la situación creo que debo haber enloquecido por unos instantes, porque mi reacción fue semejante a la de una rata atrapada en una trampa. Sin embargo, cuando acepté mi impotencia, me senté tranquilamente, con una calma como jamás había sentido en mi vida, y me puse a pensar en lo que más me convenía hacer. Todavía sigo pensando en ello, y aún no he llegado a una conclusión definitiva. De lo único que estoy seguro es que sería inútil hablar de esto al Conde. Sabe perfectamente que estoy atrapado, y como él mismo ha sido el autor, y sin duda alguna tiene sus propios motivos para ello, si le confío todas mis preocupaciones tratará de engañarme. Tal como están las cosas, mi única salida será no decir nada sobre mis temores y descubrimientos, y mantener los ojos bien abiertos. Sé que hay dos opciones: estoy siendo engañado como un niño pequeño por mis propios temores, o estoy en una situación desesperada. Si lo último resultara ser cierto, necesito, y necesitaré, toda mi inteligencia para salir de esto.
Apenas había llegado a esta conclusión cuando escuché cerrarse la enorme puerta de la planta inferior, y supe que el Conde había regresado. No entró inmediatamente a la biblioteca, así que me dirigí cautelosamente a mi habitación y lo encontré tendiendo mi cama. Esto me pareció extraño, pero sólo sirvió para confirmar mis sospechas acerca de que no hay un solo criado en la casa. Más tarde, cuando lo vi a través de una rendija de las bisagras de la puerta sirviendo la mesa en el comedor, estuve completamente seguro de ello. Si él mismo se encarga de realizar todas esas tareas domésticas, es la prueba de que no hay nadie más en el castillo. Eso significa que el Conde también fue el cochero que me trajo hasta aquí. Esto era una idea terrible, pues de ser cierto, ¿qué significa que pudiera controlar a los lobos como lo hizo, tan solo levantando su mano en silencio? ¿A qué se debía el gran temor que toda la gente en Bistrita y en la calesa sentía por mí? ¿Por qué me dieron un crucifijo, ajos, rosas silvestres y cenizas de la montaña?
¡Bendita sea esa mujer tan buena que me colgó el crucifijo alrededor del cuello! Siento un gran consuelo y fortaleza cada vez que lo toco. Es curioso que, algo que me enseñaron a considerar con desaprobación y como un símbolo de idolatría, se haya convertido en una ayuda tan grande en momentos de soledad y angustia. ¿Será acaso que hay algo en la esencia misma del crucifijo, o se trata solamente de un medio, una ayuda tangible que evoca sentimientos de comprensión y consuelo? Tal vez algún día tenga que analizar esta cuestión para aclarar mi mente al respecto. Mientras tanto, debo averiguar todo lo que pueda acerca del conde Drácula, pues eso podría ayudarme a comprenderlo. Esta noche intentaré que hable de sí mismo llevando la conversación hacia esa dirección. Pero debe tener mucho cuidado para no despertar sus sospechas.
Medianoche.
Platiqué durante un largo rato con el Conde. Le hice algunas preguntas sobre la historia de Transilvania, y él habló largo y tendido sobre el tema. Cuando hablaba sobre los hechos y personajes, y especialmente acerca de las batallas, lo hacía en tal modo que parecía como si hubiera estado presente en ellas. Posteriormente justificó esta actitud diciéndome que para un boyardo el orgullo de su familia y de su apellido era su propio orgullo, que su gloria es la suya, su destino el suyo también. Cada vez que hablaba de su linaje usaba el término “nosotros”, y casi todo el tiempo utilizaba el plural, como hacen los reyes. Quisiera poder anotar aquí todo lo que dijo exactamente, pues me pareció sumamente fascinante. Parecía que en sus palabras estaba contenida toda la historia del país. A medida que hablaba se iba emocionando cada vez más. Caminaba alrededor de la habitación tirando de su tupido bigote blanco y estrujando todo lo que tocaban sus manos como si quisiera triturarlo con su fuerza prodigiosa. En cierto momento dijo algo que intentaré transcribir tan exactamente como sea posible, pues cuenta, en cierto modo, toda la historia de su linaje:
“Nosotros, los sículos tenemos derecho a sentirnos orgullosos, pues por nuestras venas corre la sangre de muchas razas valientes que pelearon como leones por su soberanía. Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu de los vogulos trajo desde Islandia el espíritu de lucha que Thor y Odín les heredaron. El mismo que sus Berserker demostraron tan decididamente en las costas de Europa. Y no sólo de Europa, sino de Asia y África también, a tal grado que la gente creía que eran hombres-lobo. Cuando llegaron aquí se encontraron con los hunos, cuya furia guerrera había arrasado la tierra como una llama viviente, de tal manera que las víctimas agonizantes afirmaban que por sus venas corría la sangre de aquellas antiguas brujas que, al ser expulsadas de Escitia, se habían apareado con los demonios en el desierto. ¡Estúpidos! ¿Qué demonio o qué bruja ha sido jamás tan grande como Atila, cuya sangre corre por estas venas? —dijo, levantando los brazos—. ¿Acaso es de sorprenderse que fuéramos una raza conquistadora, que fuéramos orgullosos, que cuando los magiares, los lombardos, los ávaros, los búlgaros o los turcos atacaron por miles nuestras fronteras, los hayamos hecho retroceder? ¿Es difícil de creer que cuando Árpád y sus legiones arrasaron con la patria húngara, nos encontraran aquí al llegar a la frontera, y que el Honfoglalás se hubiera consumado aquí? ¿Y que cuando los húngaros se desplazaron hacia el Este, los victoriosos magiares recurrieran a sus parientes los sículos, confiándonos la guardia de su frontera con Turquía durante siglos? Y lo que es más, que nos hayan confiado el deber permanente de la vigilancia fronteriza, porque, como dicen los turcos: “mientras el agua duerme, el enemigo vela”. ¿Acaso hubo otro entre las Cuatro Naciones que recibiera más gustoso que nosotros la “espada sangrienta”, o que al grito de guerra del rey corriera más rápidamente a su lado? Cuándo fue redimida la gran afrenta de mi nación, la vergüenza de Cassova, y las banderas de los valacos y de los magiares cayeron ante la Media Luna, ¿quién sino uno de mi propia raza, venció a los turcos en su propia tierra cuando como vaivoda cruzó el Danubio? ¡Era sin duda alguna un Drácula! ¡Qué infortunio que su propio e indigno hermano, al verse derrotado, haya vendido su pueblo a los turcos, trayendo sobre nosotros la vergüenza de la esclavitud! ¿No fue este mismo Drácula, el que inspiró a aquel otro de su raza, el cual, en una época posterior, dirigió sus fuerzas a través del gran río para invadir Turquía, y que, al ser derrotado, regresó una y otra vez, porque sabía que, aunque regresara solo del sangriento campo de batalla donde sus tropas estaban siendo masacradas, él podía conseguir la victoria? La gente dice que actuaba pensando sólo en él mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un líder? ¿En qué termina la guerra sin un cerebro y un corazón que la dirijan? Aún más, cuando, después de la batalla de Mohács, nos deshicimos del yugo húngaro, nosotros los Drácula estábamos entre sus líderes, pues nuestro espíritu no toleraba el hecho de no ser libres. Ah, joven señor, los sículos (y los Drácula siempre fueron su sangre, su cerebro y sus espadas), pueden jactarse de una historia que los Habsburgo o los Romanoff, a pesar de haberse multiplicado como hongos, jamás podrán alcanzar. Los días de guerra ya han quedado atrás. La sangre es considerada demasiado valiosa en estos días de paz deshonrosa, y las glorias de las grandes razas son solamente historias para ser narradas.
Para entonces el amanecer estaba cerca y nos fuimos a la cama. (Nota: este diario parece tan horrible como el inicio de Las Mil y una Noches, o como el fantasma del padre de Hamlet, pues todo debe terminarse al cantar el gallo.)
12 de mayo.
Empezaré estableciendo los hechos, simples y escuetos, verificados con libros y cifras sobre los cuales no cabe la menor duda. No debo confundirlos con experiencias basadas en mi propia observación o con el recuerdo de ellas. Anoche, cuando el Conde llegó de su habitación, empezó a hacerme varias preguntas sobre cuestiones legales y la forma de llevar a cabo ciertos negocios. Yo había pasado el día aburrido entre los libros y, para mantener mi mente ocupada, comencé a analizar algunas de las cosas que había observado en la Posada Lincoln. Había un cierto método en el modo de preguntar del conde, así que intentaré anotar las preguntas como se fueron sucediendo. Puede que este conocimiento llegue a serme útil de alguna forma.
Primero me preguntó si un hombre en Inglaterra podía tener dos o más abogados. Le respondí que podía tener una docena de ellos si así lo deseaba, pero que no era una decisión sabia contratar a más de uno para una misma transacción, ya que sólo uno de ellos podía actuar a la vez, y cambiarlos continuamente afectaría sus intereses. Pareció comprender perfectamente lo que le acababa de decir, y a continuación me preguntó si había alguna dificultad práctica al contratar un abogado para hacerse cargo, digamos de las cuestiones financieras, y otro para los embarques, en caso de tuvieran que viajar a una población alejada. Le pedí que me explicara más detalladamente la cuestión, para que no fuera a proporcionarle información errónea, a lo que él respondió:
—Voy a explicarme. Nuestro amigo mutuo, el Sr. Peter Hawkins, bajo la sombra de su hermosa catedral en Exeter, que queda bastante lejos de Londres, compra para mí, a través de su amable persona, una casa en Londres. ¡Muy bien! Ahora, permítame ser honesto en este punto, para que no le parezca extraño que haya contratado los servicios de una persona que vive tan lejos de Londres, en vez de buscar a un residente, que mi deseo fue que ningún interés particular fuera servido excepto por el mío. Un residente de Londres tal vez podría tener algún interés personal, o amigos a quien beneficiar. Por tanto, procedí a buscar a mi agente en algún lugar retirado, para que atendiera únicamente mis negocios. Ahora, supongamos que yo, una persona con un sinfín de negocios, quisiera enviar algunas cosas por barco, digamos, a Newcastle, o Durham, o Harwich, o Dover, ¿no sería más fácil hacerlo consignándolas a alguien que estuviera instalado en uno de estos puertos?
Le respondí que ciertamente sería más fácil, pero que nosotros los abogados teníamos un sistema de colaboración de unos con otros, de forma que cualquier trabajo local podía llevarse a cabo localmente siguiendo las instrucciones de cualquier otro abogado. De este modo, el cliente, confiándose en las manos de un solo hombre, podría ver sus deseos ejecutados sin tomarse más molestias.
—Pero —dijo—, yo tendría completa libertad de dar las instrucciones, ¿no es así?
—Desde luego —le respondí—. Eso es algo muy común entre los hombres de negocios que no desean que sus asuntos sean conocidos por cualquier persona.
—¡Muy bien! —dijo el conde.
Luego siguió haciéndome preguntas sobre los envíos, la forma de llevarlos a cabo y acerca de todos los tipos de dificultades que pudieran surgir, pero posibles de evitar si uno se anticipaba a ellas. Le expliqué todas estas cosas de la mejor manera que pude, y ciertamente me dio la impresión de que podría ser un magnífico abogado, pues no se le había escapado un solo detalle ni había nada que no hubiera tomado en cuenta. Para un hombre que nunca había estado en el país, y que a todas luces no tenía nada que ver con el mundo de los negocios, sus conocimientos y sagacidad eran sorprendentes. Cuando quedó satisfecho respecto a estas cuestiones sobre las que me había preguntado, después de que yo verificara toda la información con los libros disponibles, se puso repentinamente de pie y dijo:
—¿Ha escrito nuevamente a nuestro querido amigo el Sr. Peter Hawkins, o a cualquier otra persona?
Con un dejo de amargura en el corazón le respondí que no lo había hecho, pues hasta entonces no había tenido la oportunidad de enviar cartas a nadie.
—Entonces, escriba ahora, mi joven amigo —me dijo, poniendo su pesada mano sobre mi hombro—. Escriba a nuestro amigo y a quien usted quiera, y dígales, si así lo desea, que se quedará conmigo durante un mes a partir de hoy.
—¿Desea que me quede tanto tiempo? —le pregunté, el corazón se me congeló tan solo de pensarlo.
—Lo deseo mucho, y no aceptaré un no por respuesta. Cuando su señor, jefe, o como usted lo llame, se comprometió a enviarme a alguien en su nombre, se dio por entendido que mis necesidades eran las únicas a tener en cuenta. Yo no he escatimado en nada, ¿verdad?
¿Qué otra cosa podía hacer sino aceptar con una reverencia? Eran los intereses del Sr. Hawkins, no los míos, y tenía que pensar en él, y no en mí. Además, mientras el conde Drácula hablaba, había algo en su mirada y en su comportamiento que me recordaban que yo era su prisionero, y que aunque yo deseara otra cosa, realmente no tenía otra opción. El conde reconoció en mi reverencia que había salido victorioso, y al ver la angustia dibujada en mi rostro supo que me tenía bajo su dominio, e inmediatamente empezó a usar esto a su favor, aunque con sus formas amables e irresistibles.
—Le ruego, mi joven amigo, que no hable en sus cartas de otra cosa que no sean negocios. Sin duda sus amigos querrán saber que usted se encuentra bien y que espera ansiosamente poder regresar a casa con ellos. ¿No es así?
Mientras hablaba, me dio tres hojas de papel y tres sobres, todos hechos de algún material extranjero muy fino. Vi los sobres y luego me volví para mirarlo, con su sonrisa discreta, sus afilados colmillos sobresaliendo por encima de su rojo labio inferior, y entonces comprendí tan bien como si me lo hubiera dicho con palabras, que debía tener mucho cuidado con lo que escribía, pues iba a leerlo. Así que decidí escribir únicamente notas formales, pero más tarde escribiría en secreto al Sr. Hawkins y también a Mina, pues a ella podía escribirle en taquigrafía, lo cual dejaría perplejo al conde en caso de que viera la carta. Cuando terminé de escribir mis dos cartas, me senté en silencio leyendo un libro mientras el conde escribía varias notas, consultando de vez en cuando algunos libros sobre su mesa. Luego tomó mis dos cartas, colocándolas junto con las suyas, y guardó sus utensilios de escritura. En el instante en que la puerta se cerró detrás de él, me incliné y miré las cartas, que estaban boca abajo sobre la mesa. No sentí el menor remordimiento al hacer esto, pues dadas las circunstancias en las que me encontraba sentí que tenía que protegerme de cualquier manera posible.
Una de las cartas estaba dirigida a Samuel F. Billington, The Crescent No. 7, Whitby; otra a Herr Leutner, Varna. La tercera era para Coutts & Co., Londres, y la cuarta para Herren Klopstock & Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y la cuarta no estaban cerradas. Estaba a punto de leer el contenido cuando vi moverse la perilla de la puerta. Regresé a mi asiento, teniendo el tiempo justo para volver a tomar mi libro, antes de que el conde entrara con otra carta en su mano. Tomó todas las cartas que estaban sobre la mesa y las estampó cuidadosamente, y luego, volviéndose a mí, me dijo:
—Espero me disculpe, pero esta noche tengo mucho trabajo que hacer en privado. Confío en que encuentre todas las cosas a su gusto.
Al llegar a la puerta se dio la vuelta, y luego de una breve pausa, dijo:
—Permítame aconsejarle, mi querido y joven amigo. No, es más bien una advertencia con toda seriedad: si planea salir de estas habitaciones, por ningún motivo se quede dormido en ninguna otra parte del castillo. Es muy antiguo y está lleno de recuerdos. Hay muchas pesadillas para aquellos que duermen imprudentemente. ¡Ha sido advertido! En caso de que el sueño esté a punto de vencerlo, o le parezca que va a quedarse dormido, apresúrese de regreso a su propio dormitorio, o a estas habitaciones, para que su descanso sea seguro. Pero si usted no tiene cuidado en este sentido, entonces…
Terminó su discurso en una forma horripilante, pues empezó a frotarse las manos como si se las estuviera lavando.
Entendí perfectamente lo que me había dicho. Mi única duda era si de verdad un sueño podía ser más terrible que la horrible red sobrenatural de misterio y tinieblas que parecía cernirse sobre mí.
Más tarde.
Refrendo las últimas palabras escritas, y esta vez no cabe la menor duda al respecto. No tendré miedo de dormir en cualquier lugar siempre que él no esté allí. He colocado el crucifijo sobre la cabecera de mi cama, y ahí se quedará, porque me imagino que así mi descanso estará más libre de pesadillas.
Cuando el conde se marchó, me dirigí a mi dormitorio. Después de algún tiempo, al no escuchar ya ningún ruido, salí y subí por las escaleras de piedra hasta algún lugar desde donde pudiera ver hacia el sur. En comparación con la oscura estrechez del patio interior, había una cierta sensación de libertad en esa vasta extensión de tierra, aunque fuera inaccesible para mí. Al mirar hacia afuera, me sentí realmente atrapado, y me pareció que necesitaba un poco de aire fresco, aunque fuera de noche. Empiezo a sentir que esta existencia nocturna me está afectando. Está acabando con mis nervios. Me asusto con mi propia sombra y mi mente está llena de imaginaciones terribles. ¡Dios sabe que en este maldito lugar hay justificación para mis temores tan espantosos! Miré el bello paisaje bañado a la tenue luz amarillenta de la luna, y me pareció que era de día. En medio de aquella suave luz, las distantes colinas parecían fundirse con las sombras de la negrura aterciopelada de los valles y desfiladeros. Toda esa belleza pareció animarme un poco. Cada respiración me proporcionaba una sensación de paz y consuelo. Al reclinarme sobre la ventana mis ojos se detuvieron en algo que se movía en el piso inferior, un poco hacia mi izquierda, donde imagino, por el orden de los cuartos, que deben estar las ventanas de la habitación del conde. La ventana en la que yo me encontraba era alta y profunda, cavada en piedra, y aunque estaba desgastada por las inclemencias del tiempo, seguía completa. Aunque era evidente que el marco había desaparecido hacía mucho tiempo. Me oculté detrás de la sillería y miré hacia afuera cuidadosamente.
Lo que vi fue la cabeza del conde saliendo por la ventana. No pude ver su rostro, pero supe que era él por el cuello y los movimientos de su espalda y brazos. En cualquier caso, no podía confundir aquellas manos, las cuales había tenido muchas oportunidades de estudiar. Al principio me sentí interesado, y hasta cierto punto entretenido, pues es increíble como algo tan insignificante puede llamar la atención a un hombre prisionero. Pero mis sentimientos se transformaron en repulsión y terror cuando vi al conde salir lentamente por la ventana y comenzar a arrastrarse por la pared del castillo, hacia el profundo abismo, con la cabeza hacia abajo y su capa extendida sobre él simulando unas grandes alas. Al principio no podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Pensé que era algún truco ocasionado por la luz de la luna, un extraño efecto de las sombras. Pero seguí mirando y tuve completa certeza de que no era un engaño. Vi cómo los dedos de sus manos y de sus pies se sujetaban a las esquinas de las piedras, desgastadas de la argamasa por el paso de los años, y aprovechaba cada protuberancia y desigualdad para descender a una velocidad considerable, al igual que una lagartija camina por una pared.
¿Qué clase de hombre es éste, o que clase de criatura con apariencia de hombre? Siento que el terror de este horrible lugar se apodera de mí. Tengo miedo, un miedo terrible… y no encuentro ninguna posibilidad de escape. Estoy rodeado de tales terrores que no me atrevo ni siquiera a pensar en ellos.
15 de mayo.
Volví a ver al conde salir de su habitación deslizándose como una lagartija. Descendió inclinadamente durante unos treinta metros, hacia la izquierda, y luego desapareció a través de un hoyo o una ventana. Cuando ya no pude ver su cabeza, me incliné hacia afuera tratando de ver más, pero no tuve éxito. Había mucha distancia de por medio como para poder tener un ángulo de visión adecuado. Sabía que el conde ya había abandonado el castillo, y pensé en aprovechar la oportunidad para explorar más de lo que me había atrevido hasta el momento. Regresé a mi habitación, y tomando una lámpara, intenté abrir todas las puertas, pero estaban cerradas con llave, tal y como había esperado, y las cerraduras eran comparativamente nuevas. Entonces bajé las escaleras de piedra hasta llegar al vestíbulo por el que había entrado la primera vez. Descubrí que podía abrir las cerraduras con cierta facilidad y destrabar las pesadas cadenas. ¡Pero la puerta estaba cerrada, y no había ninguna llave alrededor! Esa llave debía estar en la habitación del conde. Tengo que estar atento en caso de que su puerta esté abierta, para poder tomar la llave y escaparme. Seguí inspeccionando minuciosamente las distintas escaleras y pasadizos, intentando abrir todas las puertas que encontraba a mi paso. Había una o dos habitaciones pequeñas cerca del vestíbulo que estaban abiertas, pero nada interesante en su interior excepto por algunos muebles antiguos, cubiertos de polvo por el paso del tiempo y carcomidos por las polillas. Sin embargo, por fin encontré una puerta al final de la escalera que, aunque parecía estar cerrada, cedió un poco ante la presión ejercida. Empujé con más fuerza, y descubrí que no estaba cerrada, sino que la resistencia se debía a que las bisagras se habían caído un poco, y la pesada puerta descansaba sobre el suelo. Tenía entre manos una oportunidad que tal vez no se presentaría nuevamente, así que realicé un esfuerzo supremo y después de mucho empujar logré abrirla lo suficiente como para poder entrar. Me encontraba ahora en un ala del castillo ubicada más hacia la derecha que los cuartos que ya conocía y un piso más abajo. Desde las ventanas pude ver que aquellas habitaciones ocupaban el lado sur del castillo, y que las ventanas de la última miraban hacia el oeste y hacia el sur, en donde había un profundo precipicio. El castillo estaba construido en la esquina de un gran peñasco, por lo que era prácticamente impenetrable por sus tres lados, donde se elevaban grandes ventanales a los que ni la honda, ni el arco, ni la culebrina podían llegar, y por lo tanto la luz natural y las seguridades que proporcionaban eran imposibles de encontrar en una posición a defender. Hacia el oeste había un gran valle, y elevándose muy a lo lejos, aparecían las cimas de un gran número de montañas, formadas por escarpadas rocas dentadas salpicadas por frescos y espinos, cuyas raíces se aferraban a las grietas, hendiduras y huecos de las piedras. Esta era a todas luces la parte del castillo habitada en días pasados por las damas, pues los muebles tenían una mayor apariencia de comodidad que los que hasta entonces había visto.
Las ventanas no tenían cortinas y la amarilla luz de la luna, que se filtraba a través de los cristales en forma de diamante, permitía distinguir incluso los colores, al mismo tiempo que disimulaba la acumulación de polvo que lo cubría todo y disfrazaba los estragos ocasionados por el paso del tiempo y las polillas. Mi lámpara parecía ser poco útil en la brillante luz de la luna, pero me alegró el hecho de tenerla conmigo, pues en aquel lugar había una terrible soledad que me helaba el corazón y me ponía los nervios de punta. Aun así, esto era mejor que permanecer solo en los cuartos que había llegado a odiar debido a la presencia del conde y, después de intentar calmar un poco mis nervios, una suave tranquilidad se apoderó de mí. Heme aquí, sentado ante una pequeña mesa de roble, donde en tiempos pasados posiblemente alguna hermosa dama se sentara a escribir, llena de pensamientos y muchos rubores, sus torpes cartas de amor, anotando en taquigrafía en mi diario todo lo que ha sucedido desde que lo cerré por última vez. ¡Esta técnica es uno de los avances más importantes del siglo XIX! Y sin embargo, a menos que mis sentidos me engañen, los siglos pasados tenían, y tienen, sus propios poderes que la mera “modernidad” no puede eliminar.
Más tarde: en la mañana del 16 de mayo.
Que Dios me ayude a preservar mi cordura, pues ya no me queda otra cosa. La seguridad y la garantía de seguridad son cosas del pasado. Mientras viva en este lugar, sólo hay una cosa que me mantiene esperanzado: no volverme loco, si es que no lo estoy ya. Si estoy cuerdo, entonces ciertamente resulta enloquecedor pensar en todas las cosas repugnantes que acechan en este espantoso lugar y el conde es la que encuentro menos atemorizante. Solo a él puedo recurrir en busca de seguridad, aunque esto solo dure mientras le soy de utilidad. ¡Buen Dios! ¡Dios misericordioso, ayúdame a conservar la calma, pues fuera de ella me espera la locura! Empiezo a entender algunas cosas que antes me parecían desconcertantes. Hasta ahora nunca había comprendido realmente a lo que Shakespeare se refería cuando hizo que Hamlet dijera: “¡Mi libreta! ¡Rápido, necesito mi libreta! Es imprescindible que lo anote”… porque ahora, sintiendo como si mi propia mente estuviera trastornada, o como si hubiera recibido un golpe que terminará por arruinarla, acudo a mi diario en busca de serenidad. Estoy seguro que el hábito de anotar todo con exactitud tendrá un efecto tranquilizador. La misteriosa advertencia del conde me asustó. Pero me asusta más cuando no pienso en ella, pues en el futuro ejercerá un aterrador poder sobre mí. ¡Tendré cuidado de no dudar nada de lo que diga el conde!
Cuando terminé de anotar en mi diario y coloqué el libro y la pluma en mi bolsillo, empecé a sentir sueño. La advertencia del conde apareció en mi mente, pero sentí cierto placer al desobedecerla. La sensación de sueño se apoderaba de mí y, con ella, la obstinación que suele traer consigo. La suave luz de la luna me tranquilizaba, y el vasto paisaje afuera me producía una reconfortante sensación de libertad. Tomé la decisión de no regresar a aquellos cuartos tenebrosos y embrujados que tanto me asustaban y quedarme a dormir allí, donde, en otros tiempos, las damas se habían sentado, cantado y vivido sus dulces vidas, mientras sus amables corazones lloraban por sus hombres que se encontraban lejos en crueles guerras. Acerqué un gran sillón hasta una esquina, para que al estar acostado, pudiera contemplar esa hermosa vista al Este y al Sur. Y sin pensar en el polvo, ni preocuparme por él, me acomodé para dormir. Supongo que debí haberme quedado dormido, o eso espero. Pero temo que todo lo que sucedió fue extraordinariamente real, a tal grado que ahora que me encuentro sentado a plena luz del sol matutino, no puedo creer en lo absoluto que fuera un sueño.
No estaba solo. El cuarto parecía igual. No había sufrido ningún cambio desde que entré en él. Bajo la brillante luz de la luna, podía ver en el suelo las huellas de mis propias pisadas donde habían alterado la inmensa acumulación de polvo. En el lado opuesto de donde yo estaba, iluminadas por la luna, había tres jóvenes mujeres. Por la forma en que iban vestidas, y por sus modales, supuse que eran damas. Cuando las vi pensé que estaba soñando, pues no proyectaban ninguna sombra en el suelo, a pesar de que tenían la luna detrás de ellas. Se acercaron a mí, y luego de mirarme fijamente durante algunos instantes, comenzaron a susurrarse algo. Dos de ellas eran de piel oscura, narices aguileñas como el Conde y grandes, penetrantes ojos negros, que parecían tener un tono casi rojizo en contraste con la pálida y amarillenta luz de la luna. La otra era de piel blanca, tan blanca como es posible, con grandes mechones de cabello dorado y unos ojos parecidos a pálidos zafiros. Por alguna razón su rostro me pareció familiar, como si la recordara de alguna horrible pesadilla, pero en ese momento no pude recordar cómo o dónde. Las tres tenían dientes blancos y brillantes, que relucían como perlas sobre el rubí de sus voluptuosos labios. Había algo en ellas que me producía inquietud, así como una especie de nostalgia y, al mismo tiempo, un temor mortal. Sentí en mi corazón un deseo malévolo y ardiente de que me besaran con esos labios rojos. No está bien que anote esto, pues Mina podría leerlo algún día y la lastimaría mucho. Pero es la verdad. Murmuraron algo, y luego las tres comenzaron a reírse, con una risa sumamente musical, pero tan dura que parecía como si el sonido no hubiera surgido de unos labios tan dulces. Era parecido al intolerable y dulce tintineo de los vasos de cristal cuando son tocados por una mano experta. La joven rubia meneó la cabeza coquetamente, a instancias de las otras dos.
Una de ellas dijo:
—¡Vamos! Tú hazlo primero, y nosotras te seguimos. Tienes derecho a ser la primera.
La otra agregó:
—Es joven y fuerte. Hay besos para todas.
Permanecí inmóvil, mirando bajo mis pestañas en la agonía de una deliciosa anticipación. La joven rubia avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude sentir su agitada respiración en mi rostro. En cierto sentido, su aliento era dulce como la miel, y producía la misma sensación de cosquilleo en mis nervios que el sonido de su voz. Pero había un dejo de amargura debajo de aquella dulzura, como la que se percibe en la sangre.
Tenía miedo de abrir los ojos, pero podía mirar perfectamente debajo de las pestañas. La chica se arrodilló y se inclinó sobre mí, regodeándose. Había una voluptuosidad deliberada, que era al mismo tiempo excitante y repulsiva, cuando dobló su cuello relamiéndose los labios como un animal, hasta que pude ver, a la luz de la luna, la humedad brillando sobre sus labios escarlata y la roja lengua golpeando sus blancos y afilados dientes. Bajó la cabeza más y más, hasta que sus labios pasaron a lo largo de mi boca y mi barbilla, deteniéndose sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa, y pude escuchar el revoloteo de su lengua mientras se relamía los dientes y los labios, notando su respiración caliente sobre mi cuello. La piel de mi garganta comenzó a hormiguear, como sucede cuando se aproxima una mano que planea hacer cosquillas. Pude sentir el suave y tembloroso contacto de sus labios sobre la piel extremadamente sensible de mi garganta, y la fuerte presión de dos dientes agudos, tocándome y deteniéndose ahí. Cerré los ojos sumido en un éxtasis lánguido y esperé. Esperé con el corazón latiéndome a toda prisa.
Pero en ese instante, otra sensación me recorrió tan rápidamente como un rayo. Tuve conciencia de la presencia del conde y de su ser lleno de furia. Al abrir mis ojos involuntariamente, vi su fuerte mano sujetando el delgado cuello de la chica rubia y con la fuerza de un gigante la hizo retroceder. Sus ojos azules se transformaron por la cólera, sus dientes blancos rechinaron y sus pálidas mejillas se encendieron por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás imaginé tanta ira y furia, ni siquiera en los demonios del infierno. Sus ojos despedían llamas. La roja luz que había en ellos era pavorosa, como si las llamas del infierno ardieran detrás de ellos. Su rostro tenía una palidez mortal, y sus facciones estaban tan tensas como alambres estirados. Las gruesas cejas, que se unían sobre la nariz, parecían un pesado barrote de metal al rojo vivo. Con un violento movimiento de su brazo, apartó a la mujer de él, y luego hizo una seña a las otras para que retrocedieran. Era el mismo gesto imperioso que había usado con los lobos. Con una voz que, aunque baja y casi en susurro, parecía cortar el aire y resonar por toda la habitación, dijo:
—¿Cómo se atreve cualquiera de ustedes a tocarlo? ¿Cómo se atreven a poner los ojos sobre él cuando se los he prohibido? ¡Atrás, les digo! ¡Este hombre me pertenece! Mucho cuidado de meterse con él, o se las verán conmigo.
La chica rubia, con una risa obscena y coqueta, se volvió para responderle:
—¡Tú jamás has amado! ¡Tú nunca amas!
En ese momento las otras mujeres se unieron a ella, y una risa tan triste, dura y sin alma recorrió la habitación de tal modo que casi me desmayé al escucharla. Parecían las risas de los demonios. Entonces, el conde se dio la vuelta, mirando mi cara atentamente y dijo en un suave susurro:
—Sí, yo también puedo amar. Ustedes mismas lo comprobaron en el pasado. ¿No es así? Les prometo que, cuando haya terminado con él, podrán besarlo tanto como deseen. ¡Ahora, largo! ¡Fuera de aquí! Debo despertarlo, porque hay mucho trabajo por hacer.
—¿Es que acaso no vamos a tener nada esta noche? —dijo una de ellas, con una risa ahogada, mientras señalaba hacia la bolsa que el conde había lanzado sobre el suelo y que se movía como si hubiera algo vivo dentro de ella.
El conde respondió asintiendo con la cabeza. Una de las mujeres dio un salto hacia adelante y abrió la bolsa. Si mis oídos no me engañaron, escuché un jadeo y un débil gemido, como el de un niño medio asfixiado. Las mujeres formaron un círculo alrededor de la bolsa, mientras yo permanecía petrificado por el terror. Pero al volver a mirar ya habían desaparecido, llevándose con ellas la horrible bolsa. No había ninguna puerta cerca, y no pudieron haber pasado sobre mí sin que me hubiera dado cuenta. Simplemente se desvanecieron en los rayos de la luz de la luna, saliendo por la ventana, pues pude ver afuera las tenues y turbias siluetas antes de que desaparecieran completamente.
Entonces el terror se apoderó de mí, y me hundí en la inconsciencia.
Capítulo 4
Continuación del Diario de Jonathan Harker
Me desperté en mi propia cama. El conde debió haberme traído hasta aquí, si es que todo esto no fue un sueño. Intenté dar sentido a lo acontecido, pero no llegué a ninguna conclusión clara. Ciertamente había algunas evidencias, por ejemplo, el hecho de que mi ropa estuviera doblada y arreglada en una forma en la que yo no acostumbraba hacerlo. Mi reloj no tenía cuerda, y yo tengo la rigurosa costumbre de no irme a dormir sin antes darle cuerda; y así había muchos otros detalles. Pero nada de esto era una prueba real, pues bien podía ser que mi mente no estuviera funcionando adecuadamente y, por una u otra causa, me hubiera perturbado demasiado. Debo buscar pruebas contundentes. Al menos me alegro de una cosa: si fue el conde quien me cargó hasta aquí y me desvistió, debe haberlo hecho a toda prisa, pues mis bolsillos están intactos. Estoy seguro de que este diario hubiera sido un misterio intolerable para él. Se lo hubiera llevado o lo hubiera destruido. Al mirar este cuarto, que hasta ahora me había provocado tanto temor, lo considero ya como una especie de santuario, pues no hay nada más espantoso que esas horribles mujeres, que esperaban... que esperan, para succionar mi sangre.
18 de mayo.
Bajé nuevamente a esa habitación para verla a la luz del día, pues debo saber la verdad. Cuando llegué a la puerta al final de las escaleras, la encontré cerrada. La habían empujado con tanta fuerza hacia el marco que parte de la madera se había astillado. Noté que el pestillo de la cerradura no estaba cerrado, sino que habían atrancado la puerta desde adentro. Me temo que no fue un sueño, y debo actuar siguiendo esta conjetura.
19 de mayo.
Sin duda alguna estoy atrapado. Anoche el conde me pidió, en el tono más amable, que escribiera tres cartas: una, diciendo que mi trabajo aquí estaba casi terminado y que emprenderé el regreso a casa en algunos días; otra, donde decía que partiría a la mañana siguiente, y la tercera, para informar que me había marchado del castillo y me encontraba en Bistrita. Me hubiera gustado protestar, pero sentí que en la situación en que me encontraba hubiera sido una locura desafiar abiertamente al conde, dado que me encuentro absolutamente en su poder. Y rehusarme a hacer lo que me pedía significaba despertar sus sospechas y provocar su ira. Él sabe que yo sé demasiado, y que no debo vivir, para evitar que me convierta en un peligro. Mi única posibilidad es prolongar mis oportunidades. Podría ocurrir algo que me brinde la oportunidad de escapar. Vi en sus ojos algo de aquella ira que se manifestó cuando lanzó a la mujer rubia lejos de él. Me explicó que el correo era escaso y poco seguro, y que escribir las cartas ahora seguramente tranquilizaría a mis amigos. Me aseguró tan insistentemente que me devolvería las últimas cartas, las cuales se quedarían en Bistrita en caso de que la suerte permitiera que yo prolongara mi estancia aquí, que oponerme a él hubiera significado despertar nuevas sospechas. Por tanto, pretendí estar de acuerdo con su idea y le pregunté qué fechas debía escribir en las cartas. Hizo unos cálculos rápidos, y luego dijo:
—La primera debe tener fecha del 12 de junio, la segunda del 19 y la tercera del 29.
Ahora sé cuánto tiempo me queda de vida. ¡Que Dios se apiade mí!
28 de mayo.
Ha surgido una posibilidad de escape, o en todo caso de enviar noticias a casa. Una banda de cíngaros ha venido al castillo, y han acampado en el patio interior. Son gitanos. He anotado algunas cosas sobre ellos en mi libreta. En esta zona son muy típicos, aunque están relacionados con los gitanos ordinarios del resto del mundo. Hay miles de ellos en Hungría y Transilvania y viven prácticamente al margen de la ley. Por regla general, se atribuyen el nombre de algún noble o boyardo y comienzan a llamarse así. Son indomables y no tienen religión, excepto la superstición, y sólo hablan en sus propias variantes de la lengua romaní.
Voy a escribir algunas cartas a casa, e intentaré pedirles que las envíen. Ya he hablado con ellos desde mi ventana para entablar una relación. Se quitaron sus sombreros e hicieron muchas reverencias y gestos, los cuales, sin embargo, no pude entender más de lo que entiendo su idioma…
Ya he escrito las cartas. La que va dirigida a Mina está en taquigrafía, y al Sr. Hawkins solo le pido que se ponga en contacto con ella. A Mina le he explicado mi situación, pero sin hablar de los horrores que sólo puedo suponer. Si le dijera todo lo que pienso, creo que podría matarla de un susto. Si las cartas no fueran enviadas, al menos el conde no podrá conocer mi secreto, ni el alcance de mi conocimiento…
Les he entregado las cartas. Las lancé a través de los barrotes de mi ventana junto con una moneda de oro, e hice las señas necesarias para indicar que las pongan en el correo. El hombre que recibió las cartas las apretó contra su corazón e hizo una reverencia, y luego las colocó en su gorra. Era todo lo que yo podía hacer. Regresé nuevamente al despacho, y me puse a leer. Como el conde no ha venido a verme, empecé a escribir aquí…
El conde ya vino. Se sentó junto a mí y me dijo, en el tono más suave, mientras abría las dos cartas:
—Los gitanos me las dieron, y aunque no sé de dónde provienen, me haré cargo de ellas, por supuesto. ¡Veamos! —seguramente ya las había visto antes. —Una es de usted y está dirigida a mi amigo Peter Hawkins. La otra —al abrir el sobre se percató de los extraños símbolos, y una oscura mirada apareció en su rostro, mientras sus ojos empezaron a centellear malévolamente—, la otra es una cosa vil, ¡un ultraje a la amistad y a la hospitalidad! No está firmada, así que no debe importarnos.
Y tomando la carta y el sobre, los sostuvo tranquilamente sobre la llama de la lámpara hasta que se consumieron por completo.
Luego prosiguió:
—Desde luego, enviaré la carta para Hawkins, ya que usted la escribió. Sus cartas son sagradas para mí. Disculpe, amigo mío, que haya roto el sello sin darme cuenta. ¿Podría ponerlo de nuevo?
Me entregó la carta, y con una cortés reverencia me dio un sobre nuevo.
No me quedó más remedio que anotar la dirección y entregarle la carta en silencio. Cuando el conde salió de la habitación, escuché que la llave giraba suavemente en la cerradura. Un minuto después, fui a la puerta e intenté abrirla, pero estaba cerrada.
Al cabo de un par de horas, cuando el conde entró en silencio a la habitación, su presencia me despertó, pues me había quedado dormido en el sofá. Su actitud era muy cortés y alegre; al ver que yo estaba dormido, dijo:
—Amigo mío, ¿está usted cansado? Vaya a la cama. Ahí descansará mejor. Quizá no tenga el placer de hablar con usted esta noche, ya que tengo varios asuntos que atender, pero espero que duerma tranquilo.
Me dirigí a mi dormitorio para acostarme y, aunque parezca extraño, no tuve pesadilla alguna. La desesperación tiene sus momentos de tranquilidad.
31 de mayo.
Esta mañana, al despertar, se me ocurrió sacar algunas hojas y sobres de mi maleta, y guardarlos en mi bolsillo para poder escribir en caso de que se presentara una oportunidad, pero me esperaba una sorpresa, ¡una gran sorpresa!
Había desaparecido todo rastro de papel, junto con todas mis notas y memorandos relacionados con el ferrocarril y los viajes, mi carta de crédito y, de hecho, todo lo que pudiera serme útil una vez fuera del castillo. Me senté y reflexioné por un momento, entonces se me ocurrió buscar en mi baúl y en el guardarropa donde había puesto mi ropa.
El traje que llevaba puesto durante el viaje había desaparecido, así como mi abrigo y mi frazada. No encontré rastros de ellos por ningún lado. Todo esto parecía un nuevo plan infame del conde.
17 de junio.
Esta mañana, mientras estaba sentado en la orilla de mi cama, absorto en mis pensamientos, escuché afuera el sonido de un látigo y el golpeteo de cascos de caballos en el camino de piedras más allá del patio. Corrí lleno de alegría a la ventana y vi entrar en el patio dos enormes carretas de carga, cada una de ellas tirada por ocho robustos caballos y dirigida por unos eslovacos, ataviados con sus anchos sombreros, sus enormes cinturones tachonados de clavos, sus sucias pieles de cordero y sus botas altas. Tenían también dos largas varas en la mano. Corrí hacia la puerta, tratando de bajar las escaleras para unirme a ellos en el vestíbulo principal, pues creí que tal vez estaría abierto para que pudieran entrar. Pero me esperaba otra sorpresa: mi puerta estaba cerrada por fuera.
Corrí entonces hacia la ventana y empecé a gritarles. Voltearon hacia arriba y me miraron estúpidamente mientras me señalaban. Pero en ese momento salió el “atamán” de los gitanos, y al verlos señalando hacia mi ventana, dijo algo que hizo reír a todos.
A partir de ese momento, ninguno de mis intentos, ningún grito lastimero o ruego agonizante los hizo voltear nuevamente. Se dieron la vuelta y se alejaron decididamente. Las carretas de carga llevaban grandes cajas cuadradas, con agarraderas hechas de gruesa cuerda. Era evidente que las cajas estaban vacías debido a la facilidad con que los eslovacos las levantaban, y por el ruido que producían cuando las movían bruscamente.
Cuando terminaron de descargarlas y de acomodarlas en una de las esquinas del patio, el gitano les dio algo de dinero a los eslovacos, quienes, luego de escupir sobre él para la buena suerte, regresaron perezosamente cada uno a su carreta correspondiente. Al poco tiempo, escuché los golpes de sus látigos desapareciendo en la distancia.
24 de junio.
Anoche el conde se retiró temprano y se encerró en su propia habitación. En cuanto reuní el valor suficiente, subí rápidamente por la escalera de caracol y miré por la ventana que da hacia el sur. Pensé que debía vigilar al conde, pues tenía la impresión de que algo estaba sucediendo. Los gitanos montaron su campamento en algún lugar del castillo y están haciendo algún trabajo. Lo sé, porque de vez en cuando, escucho muy a lo lejos, ruidos ahogados de picos y palas. Sea lo que sea, debe tratarse de alguna villanía despiadada.
Llevaba poco menos de treinta minutos en la ventana, cuando vi algo saliendo de la habitación del conde. Retrocedí, observé cuidadosamente y lo vi salir completamente por la ventana. Me sorprendí enormemente cuando descubrí que el conde llevaba puesto el traje que yo había utilizado durante mi viaje hacia este lugar y que de su hombro colgaba la terrible bolsa que había visto a las mujeres llevarse. No cabía la menor duda de lo que planeaba hacer, ¡y además con mi ropa puesta! Esto quiere decir que se trata de un nuevo plan malévolo. Quiere que otras personas me vean en las ciudades y en las aldeas, para que haya evidencia de que yo mismo he dejado mis propias cartas en el correo, para que cualquier acto maligno que cometa sea atribuido a mi persona.
Me enfurece pensar que esta situación pueda continuar, mientras yo estoy encerrado aquí arriba, como un verdadero prisionero, sin gozar siquiera de la protección de la ley, que es el derecho y consuelo incluso de los criminales.
Pensé en quedarme esperando hasta que el conde regresara, y durante un largo rato permanecí obstinadamente sentado en la ventana. Entonces, empecé a notar que había unas pequeñas y curiosas partículas flotando en los rayos de la luna. Eran similares a diminutas motas de polvo, que giraban y se agrupaban en racimos de forma nebulosa. Las observé con una sensación de tranquilidad, y una especie de calma me invadió. Me recliné hacia atrás sobre la pared para estar más cómodo y poder disfrutar más plenamente de aquel espectáculo etéreo.
Algo me sobresaltó. Era un débil y lastimero aullido de perros, a lo lejos en el valle, oculto a mis ojos. Parecía que el sonido resonaba cada vez más fuerte en mis oídos, mientras las partículas flotantes de polvo cambiaban de forma al ritmo del sonido, como si bailaran a la luz de la luna. Sentí que mis adormecidos instintos luchaban por despertarse en lo profundo de mi ser. ¡Pero, qué digo! Era mi propia alma la que luchaba y mis sentidos adormecidos se esforzaban por responder al llamado. ¡Estaba siendo hipnotizado! El polvo bailaba cada vez más rápido. Los rayos de la luna parecían temblar al pasar a mi lado y perderse en la oscuridad a mis espaldas. Se unieron más y más, hasta que adoptaron las tenues formas de unos fantasmas. Y entonces me sobresalté, completamente despierto, en plena posesión de mis sentidos y me alejé de aquel lugar gritando.
Las formas fantasmales, que estaban empezando a materializarse poco a poco en los rayos de la luna, eran las de esas tres mujeres fantasmagóricas a quienes había sido predestinado.
Huí de ese lugar, y me sentí mucho más seguro en mi propia habitación, donde no penetraba la luz de la luna y la lámpara ardía brillantemente.
Después de algunas horas escuché ruidos en la habitación del conde, parecidos a un lamento agudo rápidamente sofocado. Y luego reinó un completo silencio, un profundo y espantoso silencio, que me erizó la piel. Con el corazón latiéndome a toda prisa, intenté abrir la puerta, pero descubrí que estaba encerrado otra vez en mi prisión, no había nada que pudiera hacer. Simplemente me senté y me eché a llorar.
Mientras estaba sentado, escuché un ruido afuera en el patio interior. Era el grito agonizante de una mujer. Corrí hacia la ventana y abriéndola de golpe me asomé por entre los barrotes.
Efectivamente, había una mujer con el cabello despeinado, con las manos sobre el pecho, como si acabara de correr un largo trecho. Estaba apoyada sobre una esquina de la reja. Cuando vio mi rostro en la ventana se lanzó hacia adelante y gritó con una voz cargada de amenaza:
— ¡Monstruo, devuélveme a mi hijo!
Cayó de rodillas y, levantando sus manos, volvió a gritar las mismas palabras en un tono que me estrujó el corazón. Luego se arrancó los cabellos y se golpeó el pecho, abandonándose a todas las violencias propias de la emoción desmesurada. Finalmente, se abalanzó hacia adelante, y aunque no podía verla, alcancé a escuchar los golpes de sus manos desnudas contra la puerta.
En algún lugar muy arriba de donde yo estaba, tal vez en la torre, escuché la voz del conde llamando a alguien en un susurro duro y metálico. Su llamado pareció ser respondido desde lo lejos por los aullidos de los lobos. Al cabo de algunos cuantos minutos, apareció una manada de ellos a través de la amplia entrada del patio interior, como el agua de una presa al ser liberada.
Ya no se escuchaban los gritos de la mujer, y el aullido de los lobos duró poco tiempo. Después de unos instantes, se alejaron uno a uno, lamiéndose los hocicos.
No sentí lastima por ella, pues ahora sabía lo que le había sucedido a su hijo y pensé que era mejor que estuviera muerta.
¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo escapar de esta espantosa cosa nocturna y terrorífica?
25 de junio.
Solo después de haber sufrido los horrores de la noche, se puede conocer el dulce y entrañable efecto que la mañana ejerce sobre la vista y el corazón. Cuando esta mañana el sol se elevó tan alto que alcanzó la parte superior de la enorme reja opuesta a mi ventana, me pareció como si la paloma del arca hubiera descendido ahí. Mi temor se desvaneció como si fuera una vestimenta vaporosa que se disolviera con el calor.
Debo ponerme en acción mientras tengo el valor que me infunde la luz del día. Anoche, una de mis cartas con fecha posterior a la verdadera, fue puesta en el correo, la primera de esa serie fatal cuyo fin es eliminar hasta el último rastro de mi existencia en esta tierra.
¡No pensaré más en ello! ¡Debo actuar!
Siempre ha sido durante la noche cuando he sido molestado o amenazado, o cuando me he sentido en peligro o asustado. Hasta ahora, nunca he visto al conde a la luz del día. ¿Será tal vez porque mientras los demás están despiertos, para poder despertar cuando el resto duerme? ¡Si tan solo pudiera entrar a su habitación! Pero es imposible. La puerta siempre está cerrada, y no hay manera de poder entrar.
Bueno, sí hay una forma, si es que alguien se atreviera llevarla a cabo. ¿Por qué no puede entrar otro cuerpo por donde su cuerpo ha salido? Yo mismo lo he visto arrastrarse desde su ventana. ¿Por qué no podría imitarlo? Las probabilidades son mínimas, pero mi situación es muy desesperada. Voy a arriesgarme. Lo peor que me podría pasar es la muerte, pero la muerte de un hombre no es la de un ternero en el matadero, y el temido “Más Allá” podría estar todavía abierto para mí. ¡Que Dios me ayude en mi misión! Si fracaso, me despido de ti, Mina. Adiós a mi fiel amigo y segundo padre. ¡Adiós a todos, y sobre todo adiós a Mina!
Ese mismo día, más tarde.
Lo intenté, y con la ayuda de Dios, logré regresar sano y salvo a esta habitación. Debo anotar todos los detalles en orden. Mientras mi valor seguía vivo, fui directamente hacia la ventana del ala sur e inmediatamente salí a la cornisa de piedra que rodea el edificio por ese lado. Las piedras son grandes, están cortadas toscamente y debido al paso del tiempo la argamasa entre ellas se ha desgastado. Me quité las botas y me aventuré hacia ese camino tan desesperado. Miré hacia abajo una sola vez, para asegurarme de que no me sobrecogiera algún vistazo repentino del espantoso abismo, pero luego mantuve la vista alejada. Conozco muy bien la dirección y distancia que hay hasta la ventana del conde, me dirigí hacia ella lo mejor que pude, aprovechando las oportunidades que se me presentaban. No me sentí mareado, supongo que debido a la excitación, además, el tiempo que me tomó llegar hasta el alfeizar de la ventana, me pareció ridículamente corto. Acto seguido, traté de levantar la ventana. Sin embargo, fui presa de una terrible agitación cuando me agaché y entré a través de la ventana con los pies por delante. Lo primero que hice fue mirar alrededor en busca del conde, ¡pero con gran sorpresa, y alegría, descubrí que la habitación estaba vacía! Apenas estaba amueblada con algunas cosas raras, que parecían nunca haber sido utilizadas.
Los muebles eran de un estilo parecido a los que había en los cuartos en el ala sur del castillo y estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave pero no estaba en la cerradura y no pude encontrarla por ningún lado. Lo único que descubrí fue una enorme montaña de oro en una de las esquinas; oro de todo tipo: en monedas romanas, británicas, austriacas, húngaras, griegas y turcas, cubiertas por una capa de polvo, como si llevaran mucho tiempo sobre el suelo. Todas tenían por lo menos trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos incrustados con piedras preciosas, pero todos eran antiguos y estaban manchados.
En una de las esquinas de la habitación había una pesada puerta. Intenté abrirla, ya que al no encontrar la llave de la habitación ni de la puerta exterior, que era el principal objetivo de mi búsqueda, tenía que investigar otras cosas, o todos mis esfuerzos serían en vano. La puerta estaba abierta y conducía a un pasadizo de piedra que daba a una escalera circular muy empinada.
Bajé por la escalera teniendo mucho cuidado pues estaba prácticamente a oscuras, ya que la única luz era la que penetraba por unas fisuras en la pesada mampostería. Al final de las escaleras había un pasadizo, oscuro como un túnel, del que provenía un olor mortal y repugnante: era el olor de tierra vieja recién revuelta. A medida que avanzaba por el pasadizo, el olor se sentía más sofocante e intenso. Finalmente, empujé una pesada puerta que estaba entreabierta, y me encontré dentro de una antigua capilla en ruinas, que evidentemente había sido usada como cementerio. El techo estaba agrietado, había dos escaleras que conducían a las criptas pero el suelo había sido excavado recientemente y la tierra estaba colocada en grandes cajas de madera. Claramente se trataba de las cajas traídas por los eslovacos.
No había nadie alrededor, así que inspeccioné cada centímetro del terreno para no pasar nada por alto. Bajé incluso a las criptas, donde la tenue luz luchaba por alumbrar, aunque al hacerlo me sobrecogió un terrible miedo. Entré a dos de ellas, pero no vi nada, con excepción de algunos fragmentos de ataúdes viejos y montones de polvo. Sin embargo, en la tercera, descubrí algo.
Ahí, en una de las grandes cajas, de las que había cincuenta en total, sobre un montón de tierra recién excavada, ¡yacía el conde! Parecía muerto o dormido, no podría decir cuál de las dos, porque sus ojos estaban abiertos y parecían de piedra, pero sin tener la vidriosidad de la muerte, y en las mejillas podía verse el calor de la vida, a pesar de su palidez. Los labios tenían el tono rojo habitual, pero no había la menor señal de movimiento. No tenía pulso, no respiraba y su corazón no latía.
Me incliné sobre él intentando encontrar alguna señal de vida, pero no tuve éxito. No podía llevar mucho tiempo allí, pues el olor de la tierra se habría disipado en unas cuantas horas. A un lado de la caja estaba la tapa, perforada con hoyos en distintos lados. Pensé que tal vez el conde tenía las llaves consigo, pero cuando estaba a punto de registrarlo me encontré con esos ojos muertos que, a pesar de estar apagados y no tener conciencia de mi presencia, tenían una mirada de odio tan terrible, que huí despavorido de aquel lugar. Salí de la habitación del conde por la ventana, arrastrándome por la pared del castillo. Ya de regreso en mi mis habitaciones, me tiré sobre la cama jadeando y tratando de pensar.
29 de junio.
Hoy es el día de mi última carta, y el conde ha tomado las medidas necesarias para demostrar su autenticidad, pues nuevamente lo vi abandonar el castillo por la misma ventana y ataviado con mi ropa. Mientras se deslizaba por la pared, como una lagartija, deseé tener una pistola o alguna otra arma letal que pudiera destruirlo. Pero mucho me temo que ningún arma forjada por la mano de un hombre tenga algún efecto sobre él. No me atreví a esperar su retorno, pues temí volver a ver a esas espantosas hermanas. Regresé a la biblioteca y me puse a leer hasta que me quedé dormido.
Fui despertado por el conde que, mirándome tan sombríamente como puede hacerlo un hombre, dijo:
—Mañana, amigo mío, debemos separarnos. Usted regresará a su hermosa Inglaterra y yo proseguiré con algunos asuntos, que pueden terminar de tal forma que no nos volvamos a ver. Su carta a casa ha sido enviada. Mañana no estaré aquí, pero todo estará listo para su viaje. En la mañana vendrán los gitanos, que tienen algunas cosas que hacer por aquí, y también vendrán algunos eslovacos. Cuando se hayan ido, mi carruaje vendrá por usted para llevarlo al Desfiladero Borgo, donde encontrará la diligencia que lo llevará de Bucovina a Bistrita. Pero tengo la esperanza de que volveremos a encontrarnos en el castillo de Drácula.
Sus palabras me parecieron sospechosas y decidí comprobar su sinceridad. ¡Sinceridad! Parece que profano esta palabra al relacionarla con un monstruo como este. Así que le pregunté directamente:
— ¿Por qué no puedo partir esta noche?
—Porque, mi querido señor, tanto mi cochero como mis caballos se encuentran lejos en una misión.
—Pero puedo caminar gustosamente. Quisiera irme lo más pronto posible.
El conde sonrió, con una sonrisa tan suave, amable y diabólica, que en ese instante supe que ocultaba algo detrás de su amabilidad, y me dijo:
—¿Y qué hay de su equipaje?
—No me importa en lo más mínimo. Puedo enviar a alguien a recogerlo después.
El conde se puso de pie y, en un tono tan cortés y amable que me hizo frotarme los ojos por lo sincero que parecía, me dijo:
—Ustedes los ingleses tienen un dicho que me gusta mucho, pues su espíritu es el mismo que nos rige a nosotros los boyardos: “Da la bienvenida al que llega y apresura al huésped que parte”. Venga conmigo, mi querido y joven amigo. Usted no permanecerá ni una sola hora más en mi casa en contra de su voluntad, aunque debo decirle lo mucho que esto me entristece, no menos que su súbito deseo de partir. ¡Venga!
Alumbrándose con la lámpara, el conde me condujo escaleras abajo y a través del vestíbulo con una seriedad majestuosa. De pronto se detuvo.
—¡Escuche!
De algún lugar cercano provenía el aullido de muchos lobos. Era casi como si el sonido brotara cuando él levantaba la mano, así como la música de una gran orquesta que surge bajo la batuta del conductor. Luego de una breve pausa, siguió caminando en la misma manera majestuosa, hacia la puerta, recorrió los pesados cerrojos, desató las enormes cadenas y la abrió de un jalón.
Para mi mayor asombro vi que no tenía echada la llave. Eché un vistazo a mi alrededor sospechosamente, pero no vi ninguna llave.
Cuando la puerta empezó a abrirse, los aullidos de los lobos crecieron en intensidad y rabia. A través de la puerta entreabierta trataban de introducir sus rojas quijadas llenas de dientes afilados, y las enormes garras de sus pezuñas. En ese momento supe que era inútil luchar contra el conde. Con aliados como estos bajo su mando no había nada que yo pudiera hacer.
Pero la puerta continuó abriéndose lentamente, y ahora lo único que se interponía en el paso era el cuerpo del conde. Súbitamente caí en la cuenta de que tal vez este sería el momento de mi muerte. Iba a ser echado a los lobos y por mi propia iniciativa. Había una malicia diabólica en la idea, digna del conde. Finalmente, como última posibilidad, grité:
—¡Cierre la puerta! ¡Esperaré hasta mañana!
Y me cubrí el rostro con las manos para ocultar las lágrimas de mi amarga decepción.
Con un solo movimiento de su poderoso brazo, el conde cerró la puerta, y los pesados cerrojos resonaron al volverlos a cerrar lanzando su eco por todo el vestíbulo.
Regresamos en silencio a la biblioteca, y luego de algunos minutos me fui a mi habitación. Lo último que vi hacer al conde Drácula fue agacharse para besarme la mano, con un brillo rojo de triunfo en su mirada, y con una sonrisa de la que Judas se hubiera sentido orgulloso en el infierno.
Cuando me encontré solo en mi habitación y estaba a punto de acostarme, escuché susurros detrás de mi puerta. Me acerqué en silencio y escuché. A menos que mis oídos me engañaran, pude escuchar la voz del conde:
—¡Atrás! ¡Regresen a su lugar! Su hora aún no ha llegado. ¡Esperen! ¡Tengan paciencia! Esta noche me pertenece a mí. ¡Mañana por la noche será suyo!
Se escuchó un débil y suave murmullo de risas. Y en un ataque de ira, abrí la puerta de golpe. Allí estaban esas tres terribles mujeres lamiéndose los labios. En cuanto me vieron empezaron a reírse espantosamente al unísono y huyeron.
Regresé a mi habitación y caí al suelo de rodillas. ¿Quiere decir que mi final está tan cerca? ¡Mañana! ¡Mañana! ¡Señor, te pido ayuda para mí y para aquellos que me aman!
30 de junio.
Tal vez estas sean las últimas palabras que escriba en este diario. Dormí casi hasta el amanecer y al despertar volví a echarme al suelo de rodillas, pues había decidido que si la Muerte iba a venir por mí, estaría listo para recibirla.
Finalmente, sentí ese sutil cambio en el aire y supe que la mañana había llegado. Luego alcancé a escuchar el agradable canto de un gallo y comprendí que estaba a salvo. Con el corazón lleno de alegría, abrí la puerta de mi habitación y bajé las escaleras hacia el vestíbulo. La noche anterior pude ver que la puerta no estaba cerrada con llave y ahora la libertad estaba ante mí. Con las manos temblando por la ansiedad, desaté las cadenas y descorrí los pesados cerrojos.
Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Tiré una y otra vez de la puerta, y la empujé hasta que se sacudió completamente contra el marco, a pesar de lo enorme que era. Vi que el cerrojo estaba puesto. El conde la había cerrado después de nuestro encuentro.
Entonces, se apoderó de mí un deseo salvaje de conseguir la llave a costa de lo que fuera, y en ese mismo instante me decidí a volver a trepar por la pared para entrar otra vez a la habitación del conde. Corría el riesgo de que me matara, pero en ese momento la muerte parecía ser el menor de los males. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia la ventana del ala este y me deslicé por la pared, como lo había hecho la vez anterior, para entrar a la habitación. Estaba vacía, tal y como esperaba. No encontré la llave por ningún lado, pero la montaña de oro seguía estando en el mismo lugar. Entré por la puerta de la esquina, bajé la escalera circular y atravesé el oscuro pasadizo que conducía a la antigua capilla. Ahora sabía perfectamente dónde encontrar al monstruo que buscaba.
La enorme caja seguía estando en el mismo lugar, junto a la pared, pero esta vez la tapa estaba puesta, aunque aún no había sido completamente cerrada, pues los clavos estaban listos en sus lugares para ser colocados a golpes de martillo. Sabía que tenía que acercarme al cuerpo para conseguir la llave, así que levanté la tapa y la recargué sobre la pared. Entonces vi algo que me llenó el alma de un terror absoluto. Ahí estaba el conde, pero parecía como si hubiera recuperado su juventud, pues tanto su bigote como sus cabellos blancos ahora eran de un gris acero oscuro. Las mejillas eran más redondas y la blanca piel parecía tener un tono rojo rubí debajo de ella. La boca estaba más roja que nunca, pues había en los labios gotas de sangre fresca que le escurrían por las comisuras de la boca y se deslizaban hasta la barbilla y el cuello. Incluso sus ojos profundos e hinchados parecían incrustados en la carne inflamada, pues los párpados y las bolsas debajo de ellos estaban abultados. Parecía como si toda la horrible criatura estuviera repleta de sangre. Estaba ahí acostado como una asquerosa sanguijuela, exhausta por la saciedad.
Cuando me incliné para tocarlo, mi cuerpo se estremeció y todos mis sentidos se rebelaron al contacto. Pero tenía que buscar la llave, de lo contrario estaba perdido. Tal vez la próxima noche mi propio cuerpo serviría de banquete en una manera similar a aquellas tres mujeres espantosas. Busqué por todo su cuerpo, pero no encontré ninguna llave. Entonces me detuve y observé al conde con más cuidado. Parecía haber una sonrisa burlona en la cara hinchada que me hacía enloquecer de rabia. Este era el ser a quien yo estaba ayudando a mudarse a Londres, donde tal vez durante los siglos venideros saciaría su sed de sangre entre sus millones de habitantes y crearía un nuevo, y más amplio, círculo de semi-demonios para alimentarse de los indefensos.
El simple hecho de pensar en esto me volvía loco. Se apoderó de mí un terrible deseo de librar al mundo de semejante monstruo. No había ningún arma letal a la mano, pero tomé la pala que los trabajadores habían usado para llenar las cajas y, levantándola muy alto, asesté un golpe, con el filo hacia abajo, sobre aquel rostro horripilante. Pero al hacerlo, el conde volteó la cabeza, y sus ojos me miraron con toda su furia de letal basilisco. Esta visión casi me paralizó, y la pala se volteó en mi mano desviándose de su rostro, haciéndole apenas un corte profundo sobre la frente. La pala cayó de mis manos al otro lado de la caja y al volver a tomarla, el reborde de la lámina se atoró con el borde de la tapa, haciéndola caer de nuevo, ocultando así esa cosa horripilante de mi vista. Lo último que alcancé a ver fue ese rostro hinchado, manchado de sangre, con esa sonrisa maliciosa en los labios que era digna de las profundidades del infierno.
Pensé una y mil veces cuál debía ser mi próximo movimiento, pero mi cerebro parecía estar en llamas, así que esperé en medio de una sensación cada vez más desesperanzadora. Mientras esperaba, escuché en la distancia un canto gitano entonado por varias voces alegres que se acercaban cada vez más. Su canto estaba acompañado por el ruido de las pesadas ruedas y los golpes de sus látigos. Eran los gitanos y los eslovacos de los que el conde me había hablado. Eché un último vistazo alrededor y a la caja que contenía ese cuerpo repugnante, me alejé corriendo de aquel lugar hasta llegar a la habitación del conde, decidido a salir en el instante en que se abriera la puerta. Esforzándome por escuchar, alcancé a distinguir el chirrido de la llave en la gran cerradura del piso de abajo y el ruido de la pesada puerta al abrirse. Debía haber otras entradas, o alguien tenía la llave para alguna de las puertas cerradas.
Entonces escuché muchas pisadas fuertes que desaparecían en algún pasadizo produciendo un eco estruendoso. Me di la vuelta para bajar corriendo las escaleras hacia la cripta, donde tal vez encontraría la nueva entrada. Pero en ese momento pareció surgir una violenta ráfaga de viento y la puerta que conducía a la escalera circular se cerró con tal fuerza que el polvo de los dinteles se elevó por el aire. Cuando corrí para volver a abrirla, me di cuenta de que estaba completamente cerrada. Otra vez era prisionero y la red de mi perdición se cerraba cada vez más sobre mí.
Mientras escribo esto, en el pasillo que hay debajo de mí, se escucha el ruido de muchas pisadas y el estruendo de cosas pesadas al ser puestas sobre el suelo. Sin duda alguna son las cajas con su cargamento de tierra. Se escucha también un martilleo; están clavando la tapa. Ahora vuelvo a escuchar las ruidosas pisadas atravesando el vestíbulo, seguidas de otras que caminan arrastrándose.
Han cerrado la puerta y escucho el ruido que producen las cadenas al ser puestas de nuevo. La llave produce un chirrido al ser introducida en la cerradura, y luego alcanzo a escuchar cuando la retiran. Entonces se abre y se cierra otra puerta; puedo oír el sonido de la llave al girar y del cerrojo.
¡Atención! En el patio de abajo y a través del rocoso camino escucho el ruido producido por las pesadas ruedas, el golpe de los látigos y el canto de los gitanos mientras se alejan en la distancia.
Estoy solo en el castillo con esas horribles mujeres.
¡Bah! Mina es una mujer y no tiene nada en común con ellas. ¡Esos son demonios del infierno!
No voy a quedarme solo con ellas. Intentaré escalar el muro del castillo para llegar más lejos que la vez pasada. Llevaré conmigo un poco del oro, en caso de necesitarlo después. Tal vez encuentre alguna escapatoria de este lugar tan terrible.
¡Y entonces directo a casa! ¡Al tren más rápido y cercano! ¡Lejos de este lugar maldito, de esta tierra maldita, donde el Demonio y su descendencia aún cohabitan con los humanos! Aunque el precipicio es alto y empinado, prefiero la misericordia de Dios que a esos monstruos. Si llegara a caer de él, podría descansar en sus profundidades como un hombre… ¡Adiós a todos! ¡Mina!
Capítulo 5
Carta de la señorita Mina Murray a la señorita Lucy Westenra
9 de mayo.
Mi queridísima Lucy:
Perdona que me haya demorado tanto en escribirte, pero he estado verdaderamente ocupada. La vida de una asistente de profesora puede resultar desafiante en ocasiones. Deseo tanto estar contigo, a la orilla del mar, donde podamos hablar libremente y construir nuestros castillos en el aire. Últimamente he estado trabajando mucho porque quiero seguir el mismo ritmo de los estudios de Jonathan, y he estado practicando asiduamente la taquigrafía. Cuando nos casemos, podré ayudar mucho a Jonathan y, si logro aprender a escribir en taquigrafía, podré tomar nota de lo que él me dicte para luego transcribirlo en la máquina de escribir.
Algunas veces nos escribimos cartas en taquigrafía y Jonathan tiene un diario estenográfico donde registra todo acerca de sus viajes en el extranjero. Cuando estemos juntas también tendré un diario igual. No me refiero a esos típicos diarios en los que sólo se escriben dos páginas a la semana, anotando el domingo en algún pedazo apretujado, sino a un diario donde pueda escribir cada vez que tenga ganas.
Supongo que no será de mucho interés para las demás personas, pero no lo escribo para los demás. Tal vez se lo muestre a Jonathan algún día, si es que hay algo en él digno de ser compartido, pero en realidad será un libro de práctica. Intentaré hacer lo que he visto que hacen las periodistas. Entrevistan a las personas, anotan las descripciones y tratan de recordar las conversaciones. He escuchado que, con un poco de práctica, es posible recordar todo lo que sucede, o lo que se escucha durante el día. Pero ya veremos qué pasa.
Cuando estemos juntas te contaré acerca de mis pequeños planes. Acabo de recibir una breve carta de Jonathan desde Transilvania, donde me cuenta que está bien y que regresará dentro de una semana. Me muero de ganas por recibir noticias suyas. Debe ser agradable conocer países extraños. Me pregunto si algún día Jonathan y yo los veremos juntos. Ya está sonando la campana de las diez. Adiós.
Te quiere,
Mina
Cuéntame todas tus novedades cuando me escribas. No me has contado nada desde hace mucho tiempo. He escuchado por ahí algunos rumores, especialmente relacionados con un joven alto, guapo y de cabello rizado.
Carta de la señorita Lucy Westenra a la señorita Mina Murray
Chatham Street #17
Miércoles
Mi queridísima Mina:
Debo decir que me calificas muy injustamente al decir que no soy buena para la correspondencia. Desde la última vez que nos vimos te escribí dos veces, y tu última carta sólo era la segunda. Además, no tengo nada nuevo que contarte. No hay nada que pueda parecerte interesante realmente.
La ciudad es muy agradable en esta temporada y solemos visitar a menudo las galerías de pintura. También damos paseos y cabalgamos por el parque. En cuanto al joven alto, de cabello rizado, supongo que se trata de quien me acompañó al último concierto. Es obvio que alguien ha estado esparciendo rumores.
Era el Sr. Holmwood. Viene a visitarnos a menudo. Él y mamá se llevan muy bien, pues tienen muchas cosas en común de las qué hablar.
Hace algún tiempo conocimos a un hombre que sería perfecto para ti, si no estuvieras ya comprometida con Jonathan. Es un excelente partido: es guapo, adinerado y de buena familia. Es un doctor sumamente inteligente. ¡Imagínate! Sólo tiene veintinueve años y es dueño de un gigantesco manicomio. El Sr. Holmwood me lo presentó. Vino una vez después de eso y a partir de entonces nos visita a menudo. Creo que es uno de los hombres más resueltos que he conocido y, sin embargo, el más tranquilo. Parece absolutamente imperturbable. Me imagino el maravilloso poder que debe ejercer sobre sus pacientes. Tiene la extraña costumbre de mirar a las personas directamente a los ojos, como si intentara leer los pensamientos. Cuando está conmigo hace esto todo el tiempo, pero me halaga pensar que esta vez se ha encontrado con un hueso duro de roer. Eso lo sé gracias a mi espejo.
¿Alguna vez has intentado leer tu propio rostro? Yo sí y puedo afirmar que es un buen ejercicio, aunque más difícil de lo que te imaginas si nunca lo has intentado.
A menudo me dice que yo represento para él un curioso caso psicológico y en mi humilde opinión, creo que tiene razón. Como sabes, no me interesa mucho la ropa como para estar al tanto de las nuevas modas. Los vestidos son un fastidio. Otra vez estoy hablando en lenguaje coloquial, pero no le prestes atención. Arthur me lo dice todos los días.
Bueno, ya lo he dicho todo, Mina. Siempre nos hemos contado todos nuestros secretos desde que éramos niñas. Hemos dormido juntas, hemos comido, llorado y reído juntas. Y ahora, aunque ya he hablado, me gustaría seguir haciéndolo. Oh, Mina, ¿no lo has adivinado todavía? Lo amo. Mientras escribo esto me he sonrojado completamente, pues aunque creo que él me ama también, todavía no me lo ha expresado con palabras. Pero, ay Mina, yo lo amo. ¡Lo amo! Listo, decirlo así me hace sentir bien.
Me gustaría tanto estar contigo, querida mía, sentadas junto al fuego, como solíamos hacerlo. Y yo intentaría decirte lo que siento. No sé cómo me he atrevido a escribir esto, ni siquiera a ti. Tengo miedo de detenerme porque podría romper la carta pero ansío contártelo todo. Escríbeme en cuanto recibas esto y dime todo lo que piensas al respecto. Mina, reza por mi felicidad.
Lucy
P.D. —No necesito decirte que esto es un secreto. Buenas noches de nuevo.
L.
Carta de la señorita Lucy Westenra a la señorita Mina Murray
24 de mayo
Mi queridísima Mina:
Gracias, una y mil veces, por tu carta tan dulce. Fue tan agradable poder contártelo todo y tener tu apoyo.
Querida mía, no cabe duda que cuando llueve, graniza. Qué ciertos son los antiguos proverbios. Heme aquí, a punto de cumplir veinte años en septiembre, y hasta ahora no había recibido ni una sola propuesta de matrimonio. Me refiero a una propuesta real, y hoy recibí tres, ¡Imagínate! ¡Tres propuestas en un día! ¿No es horrible? Me siento terrible, verdadera y profundamente terrible, por dos de esos tres chicos. Ay, Mina, estoy tan feliz que no sé qué hacer. ¡Tres propuestas! Por amor de Dios, no les cuentes a las chicas sobre esto, o empezarán a tener toda clase de ideas extravagantes y podrían sentirse ofendidas y desairadas si no reciben al menos seis propuestas en cuanto lleguen a casa. ¡Algunas chicas son tan vanidosas! Tú y yo, querida Mina, que estamos comprometidas y que muy pronto nos convertiremos en un par de sensatas mujeres casadas, podemos hacer a un lado la vanidad. Bueno, debo contarte sobre los tres chicos, pero no puedes decírselo a nadie, excepto a Jonathan, por supuesto. Se lo contarás a Jonathan, porque yo haría lo mismo con Arthur si estuviera en tu lugar. Una mujer debe decirle todo a su esposo, ¿no lo crees así, querida? Y debo ser leal con él. A los hombres les gusta que las mujeres, especialmente si están casados con ellas, sean tan leales como ellos. Pero me temo que las mujeres no siempre lo son tanto como debieran.
Bien, querida mía, el primer joven llegó justo antes del almuerzo. Ya te conté sobre él, el Dr. John Seward, el que dirige un manicomio. Tiene una mandíbula fuerte y frente amplia. Se veía muy tranquilo en el exterior, pero aun así estaba nervioso. Era evidente que había practicado hasta el más mínimo detalle, y lo recordó absolutamente todo. Pero por poco se sienta en su sombrero de seda, cosa que los hombres no suelen hacer cuando están tranquilos. Y luego, en su intento por mostrar una apariencia serena, se la pasó jugando nerviosamente con una lanceta, de tal modo que estuve a punto de gritar. Me habló muy directamente, Mina. Me dijo lo mucho que me amaba, sin importar lo poco que me conocía, que su vida sería maravillosa si yo estuviera a su lado para ayudarlo y alegrarlo. Estaba a punto de decirme lo infeliz que sería si yo no sintiera lo mismo que él, pero cuando me vio llorar dijo que se estaba comportando como un salvaje y que no quería causarme más problemas. Entonces hizo una pausa, y me preguntó si con el tiempo yo podría llegar a amarlo. Cuando moví la cabeza negativamente, sus manos empezaron a temblar y luego, dudando un poco, me preguntó si yo estaba enamorada de alguien más. Se expresó en una forma muy gentil, diciéndome que no quería forzarme a responderle, sino que sólo quería saber porque si el corazón de una mujer está libre, significaba que existía una oportunidad. Entonces, Mina, sentí que era mi obligación decirle que había alguien más. Sólo le dije eso. Él se puso de pie y, con una expresión muy fuerte y seria, me tomó ambas manos y me dijo que esperaba que fuera muy feliz, que si alguna vez necesitaba un amigo, no dudara en considerarlo como el mejor de ellos.
Ay, Mina querida, no puedo evitar llorar. Debes perdonar que esta carta esté llena de manchones. Recibir una propuesta de matrimonio y todas esas cosas son muy lindas, pero no es agradable en lo más mínimo tener que ver a un pobre hombre, que sabes que te ama honestamente, alejarse con el corazón completamente roto, sabiendo que, sin importar lo que diga en ese momento, estás saliendo de su vida para siempre. Querida mía, debo detenerme por el momento, me siento sumamente triste, ¡aunque estoy tan feliz!
Por la tarde.
Arthur se acaba de marchar y me siento de mejor ánimo que cuando dejé de escribirte, así que puedo seguir contándote sobre mi día. Bien, querida mía, el segundo llegó después del almuerzo. Es un chico tan agradable, un estadounidense de Texas, se ven tan joven y lleno de vida que parece casi imposible que haya visitado ya tantos lugares y tenido tantas aventuras. Ahora comprendo a la pobre Desdémona cuando escuchó esa peligrosa palabrería, incluso si provenían de un negro. Supongo que las mujeres somos tan cobardes que creemos que un hombre nos salvará de nuestros temores si nos casamos con él. Ahora sé lo que haría si yo fuera hombre y quisiera que una mujer me amara. No, no lo sé, pues el Sr. Morris siempre nos cuenta sus historias, Arthur nunca lo hizo, y sin embargo…
Querida, me estoy adelantando un poco en la historia. Cuando llegó el Sr. Quincy P. Morris, yo estaba sola. Parece ser que los hombres siempre encuentran solas a las chicas. No, no es verdad, porque Arthur lo intentó en dos ocasiones, y con toda la ayuda de mi parte, no me da vergüenza admitirlo ahora. Antes que nada debo decirte que el Sr. Morris no siempre habla en lenguaje coloquial, es decir, nunca lo hace con extraños o delante de ellos, pues es muy educado y sus modales son exquisitos. Pero cuando se dio cuenta de que me divertía mucho oírlo hablar en el lenguaje coloquial estadounidense, siempre que estoy yo presente, y no hay nadie alrededor que pudiera escandalizarse, dice las cosas más graciosas. Me temo, querida mía, que tiene que inventarlo todo, pues encajan perfectamente en todo lo que dice. Pero así es como funciona. No sé si algún día yo sea capaz de hablarlo. Tampoco sé si le gusta a Arthur, pues hasta ahora nunca lo he escuchado utilizarlo.
Bueno, el Sr. Morris se sentó junto a mí, se veía sumamente alegre y jovial, pero era evidente que estaba muy nervioso. Me tomó ambas manos, me dijo en el tono más dulce:
—Señorita Lucy, sé que no soy digno siquiera de atar las correas de sus pequeños zapatos, pero creo que si espera hasta encontrar un hombre que lo sea, tendrá que unirse a las siete jóvenes de las lámparas de aceite. ¿Por qué no compartimos el mismo yugo y recorremos el largo camino juntos, conduciendo con arneses dobles?
Se veía tan alegre y de buen humor que no me fue tan difícil rechazar su propuesta, como sucedió con el pobre Dr. Seward. Así que le dije, tan delicadamente como pude, que no sabía nada acerca de yugos y que todavía no estaba lista para llevar puesto un arnés. Entonces me dijo que se había expresado muy a la ligera, que si había cometido un error al hacerlo así en una ocasión tan seria e importante para él, por favor, lo perdonara. Cuando dijo esto se puso sumamente serio, pero yo no pude evitar sentirme halagada al caer en la cuenta de que él era el segundo en un mismo día. Y entonces, querida mía, antes de poder decir una sola palabra, comenzó a deshacerse en un torrente de palabras amorosas, poniendo su corazón y su alma a mis pies. Se veía tan sincero, que jamás volveré a cometer el error de creer que un hombre, que a veces es bromista, tenga que estar siempre alegre y no pueda ponerse serio. Supongo que debe haber visto algo en mi rostro que lo hizo comprender, pues se detuvo súbitamente y dijo, con una especie de fervor masculino que podría haberme hecho amarlo, si yo hubiera estado libre…
—Lucy, usted es una chica de corazón honesto. Lo sé. No estaría aquí, hablándole como lo estoy haciendo si no la considerara firme y sincera hasta en lo más profundo de su ser. Dígame, de un buen amigo a otro, ¿alguien más ocupa su corazón? Si la respuesta es afirmativa, jamás volveré a molestarla, sino que me contentaré con ser el más sincero de sus amigos, si usted me lo permite”.
Mi querida Mina, ¿por qué los hombres son tan nobles, cuando nosotras las mujeres somos tan poco dignas de ellos? Heme aquí, casi burlándome de este verdadero y leal caballero de tan gran corazón. Rompí en llanto… Me temo, querida, que esta carta te parecerá demasiado sentimental en muchos sentidos, pero en verdad me sentí muy mal.
¿Por qué no puede una chica casarse con tres hombres, o con tantos como quiera y así evitarse todos estos problemas? Estoy diciendo una herejía, no debo hablar así. Me alegra decirte que, a pesar de que estaba llorando, pude mirar directamente a los valientes ojos del Sr. Morris, y decirle sin rodeos:
—Sí, amo a alguien más, aunque él todavía no me ha confesado su amor.
Hice bien en hablarle tan francamente, pues su rostro pareció iluminarse y, extendiendo sus manos, tomó las mías (o creo que yo puse mis manos en las suyas), me dijo lleno de emoción:
—Qué chica tan valiente. Vale más llegar tarde a una oportunidad para ganar su amor, que llegar a tiempo por cualquier otra chica en el mundo. No llore, querida mía. Si sus lágrimas son por mí, le digo que soy un hueso duro de roer, aguanto los golpes de pie. Pero si ese otro tipo no ha descubierto su felicidad, es mejor que se apresure o tendrá que vérselas conmigo. Mi pequeña niña, su sinceridad y valor me han convertido en su amigo, eso es más difícil de encontrar que un enamorado, porque es menos egoísta. Querida señorita, me espera una larga y solitaria caminata hasta el Más Allá. ¿No me daría un solo beso? Será algo para ahuyentar la oscuridad cada tanto. Si usted quiere, puede hacerlo, ¿sabe? Pues ese otro hombre, que debe ser muy bueno, de lo contrario no podría usted amarlo, no le ha confesado su amor todavía.
Eso me conmovió profundamente, Mina, pues fue un gesto valiente y dulce, además de noble, hacia su rival, ¿no crees? Él estaba tan triste… así que me incliné y lo besé.
Él se puso de pie, sosteniendo mis manos entre las suyas y, mirándome a la cara, me temo que yo estaba bastante sonrojada, me dijo:
—Mi pequeña niña, yo sostengo su mano y usted me ha besado. Si estas cosas no nos convierten en buenos amigos, nada más lo hará. Gracias por su dulce honestidad. Adiós.
Apretó mi mano y tomando su sombrero, salió decididamente de la habitación sin mirar atrás, sin derramar una lágrima, sin temblar ni detenerse. Y yo estoy llorando como una niña al recordarlo.
Ay, ¿por qué un hombre como él debe ser infeliz cuando hay tantas chicas que adorarían el suelo por el que camina? Sé que yo lo haría, si mi corazón estuviera libre. Solo que no quiero estar libre. Querida mía, esto me ha entristecido bastante, siento que no puedo escribir sobre cosas felices en este momento, después de lo que te dicho. No quiero contarte sobre el tercero hasta que me sienta completamente feliz.
Tu amiga que te quiere siempre,
Lucy
P.D. —Ah, respecto al tercero, no necesito decirte nada sobre él, ¿o sí? Además, todo fue tan confuso. Pareció transcurrir un segundo desde que entró a la habitación hasta que me abrazó y me besó. Estoy muy, muy feliz, y no sé qué he hecho para merecer esto. Debo esforzarme en el futuro para demostrar mi agradecimiento a Dios por toda su bondad al enviarme un enamorado así, un esposo y un amigo.
Adiós.
Diario del Doctor Seward (Grabado en fonógrafo)
25 de mayo.
Hoy ha disminuido mi apetito. No puedo comer, ni puedo dormir, así que me dedicaré a mi diario. Desde mi desaire de ayer, tengo una sensación de vacío. Nada en el mundo parece ser lo suficientemente importante como para dedicarse a ello. Sé que la única cura para este tipo de cosas es el trabajo, así que fui a ver a mis pacientes. Elegí a uno que me ha proporcionado un caso muy interesante. Es tan singular que me he decidido a entenderlo lo mejor que pueda. Tengo la impresión de que hoy me aproximé más que nunca al fondo de su misterio.
Lo cuestioné más detalladamente de lo que lo había hecho hasta ahora, para comprender mejor los hechos de su alucinación. Ahora comprendo que mi modo de actuar fue un poco cruel. Parecía que quería mantenerlo en el punto más álgido de su locura, algo que evito hacer con mis pacientes, igual que evito el infierno.
(Nota: ¿Bajo qué circunstancias no evitaría el infierno?) Omnia Romae venalia sunt. ¡El infierno tiene su precio! Si acaso hay algo detrás de este instinto, sería de gran utilidad darle un seguimiento preciso posteriormente, así que mejor empiezo en este momento, por tanto…
R. M, Renfield, edad 59 años. Temperamento sanguíneo, gran fortaleza física, mórbidamente excitable, períodos de melancolía que terminan en alguna idea fija que no he podido descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo en sí mismo y la perturbación conducen a la ofuscación. Es un hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si no fuera egoísta. En los hombres egoístas, la precaución es una armadura tan segura contra sus enemigos como para ellos mismos. Lo que pienso al respecto es que, cuando el punto fijo es el yo, la fuerza centrípeta se equilibra con la centrífuga. Cuando el punto fijo es el deber, una causa, etcétera, la última fuerza es la predominante, y solamente un accidente, o una serie de accidentes pueden equilibrarla.
Carta de Quincey P. Morris al honorable Arthur Holmwood
25 de mayo.
Mi querido Art:
Nos hemos contado historias estando frente a una fogata en las praderas, y nos hemos curado las heridas mutuamente luego de intentar desembarcar en las Marquesas. Hemos brindado a nuestra salud en la orilla del Titicaca. Pero aún quedan historias por contar, heridas por curar y más brindis por hacer. ¿No quisieras que esto fuera frente a mi fogata mañana por la noche? No dudo ni en segundo en preguntártelo, porque sé que cierta dama tiene que asistir a una cena, y tú estarás libre. Sólo habrá otro invitado, nuestro viejo amigo de Corea, John Seward. Él también vendrá, y los dos queremos mezclar nuestras lágrimas con el vino, y brindar de todo corazón por el hombre más feliz sobre la faz de la tierra, que ha ganado el corazón más noble que Dios haya creado y el más digno de ser ganado. Prometemos darte una calurosa bienvenida, una afectuosa felicitación y un brindis tan sincero como tu propia mano derecha. Ambos juraremos dejarte en tu casa si llegaras a beber demasiado en honor a cierto par de ojos.
¡Ven!
Tu amigo, hoy y siempre,
Quincey P. Morris
Telegrama de Arthur Holmwood para Quincey P. Morris
26 de mayo
Cuenten conmigo siempre. Tengo varias noticias que les harán zumbar los oídos.
Art.
Capítulo 6
Diario de Mina Murray
24 de julio. Whitby.
Lucy fue a recogerme a la estación, y se veía más dulce y bonita que nunca. Nos dirigimos a la casa de The Crescent, donde se hospedan ella y su madre. Es un lugar hermoso. Un pequeño río, el Esk, corre a través de un profundo valle, que se hace más ancho a medida que se acerca al puerto. Un gran viaducto lo atraviesa, con altos embarcaderos, a través de los cuales el paisaje parece más lejano de lo que está realmente. El valle es de un hermoso tono verde, y es tan empinado que, cuando te encuentras en su parte más alta, solo puedes ver lo que hay al otro lado, a menos que se esté lo suficientemente cerca del borde como para ver hacia abajo. Todas las casas del antiguo pueblo, el lado más alejado de donde nosotras estamos, tienen techos rojos y parecen estar apiladas unas sobre otras, como se ve en los cuadros de Núremberg. Justo encima del pueblo se encuentran las ruinas de la Abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses, y donde se sitúa una de las escenas de Marmión, cuando la chica es emparedada en el muro. Son unas ruinas grandiosas, de un tamaño inmenso, llena de rincones hermosos y románticos. Según una leyenda, se puede ver en una de sus ventanas a una dama vestida de blanco. Entre las ruinas y el pueblo hay otra iglesia, la parroquial, alrededor de la cual hay un gran cementerio, repleto de tumbas. En mi opinión, este es el lugar más hermoso en todo Whitby, pues está ubicado justo sobre el pueblo, y se puede ver desde allí todo el puerto hasta la bahía, donde el cabo Kettleness se extiende hasta el mar. El cementerio desciende tan empinadamente sobre el puerto que una parte de la ribera se ha caído y algunas de las tumbas han quedado destruidas. En ciertos puntos, algunas de las lápidas destruidas han llegado hasta el camino arenoso situado más abajo. Hay caminos, con bancas a los lados, a lo largo del cementerio; las personas van a sentarse allí todo el día disfrutando de la hermosa vista y gozando de la brisa.
Vendré a sentarme aquí a menudo para trabajar. De hecho, ahora mismo estoy escribiendo, con mi libreta sobre las rodillas, y escuchando la conversación de tres hombres mayores que están sentados junto a mí. Parece que no hacen otra cosa durante el día más que sentarse aquí y charlar.
A mis pies está el puerto. A lo lejos, hay una enorme pared de granito que se introduce hasta el mar, con una curva al final, en medio de la cual está el faro. Por la parte exterior del faro se extiende un sólido muro rompeolas. En el lado más cercano, el muro forma una especie de codo a la inversa, al final del cual también hay un faro. Entre los dos muelles hay una pequeña abertura hacia el puerto, que se ensancha a partir de ese lugar repentinamente.
La vista es agradable cuando la marea está alta, pero cuando baja se reduce prácticamente a la nada, lo único que queda es la corriente del Esk, que fluye entre los bancos de arena y algunas rocas esparcidas por aquí y por allá. De este lado, afuera del puerto, se eleva un gran arrecife que se extiende a lo largo de casi un kilómetro, cuyo lado más agudo proviene directamente de la parte trasera del faro ubicado al sur. Al final, hay una boya con una campana que suena cuando hay mal tiempo y envía al viento un sonido lúgubre.
Según cuenta una leyenda, cuando un barco se pierde, las campanas se oyen hasta el mar. Le preguntaré sobre esto al anciano. Ya lo veo venir caminando hacia mí…
Es un hombre muy gracioso. Debe ser muy viejo, porque su rostro está lleno de pliegues y retorcido como la corteza de un árbol. Según me ha dicho tiene casi cien años, y que ya era marinero de la flota pesquera de Groenlandia durante la batalla de Waterloo. Me temo que es una persona muy escéptica, pues cuando le pregunté sobre las campanas en el mar y acerca de la Dama de Blanco en la Abadía, me dijo muy bruscamente:
—Si yo fuera usted, no perdería mi tiempo en esos asuntos, señorita. Esas cosas están muy desgastadas. No digo que nunca hayan sucedido, pero no ocurrieron en mi época. Eso está muy bien para los visitantes, viajeros y gente parecida, pero no para una señorita tan agradable como usted. Tal vez se lo crean esos caminantes de York y Leeds que siempre están comiendo arenques curtidos y bebiendo té, atentos a comprar cualquier baratija. Me preguntó quién se tomará la molestia de contarles estas mentiras, ni siquiera salen en los periódicos, que están llenos de tonterías.
Me pareció que podría ser una persona de la cual aprender cosas interesantes, así que le pregunté si podía contarme algo sobre la pesca de ballenas en los tiempos antiguos. Estaba acomodándose para empezar su relato, cuando el reloj marcó la seis, entonces se levantó con muchos esfuerzos y dijo:
—Debo irme a casa, señorita. A mi nieta no le gusta esperar cuando el té ya está listo, pues me toma bastante tiempo caminar cojeando entre las tumbas, porque son muchas. Y según el reloj, ya va siendo hora de comer algo.
Se alejó cojeando y pude verlo bajando la escalinata tan a prisa como podía. Esta última es una de las principales características del lugar, pues conduce del pueblo a la iglesia, y tiene cientos de escalones, no sé exactamente cuántos, que concluyen en una delicada curva. La pendiente es tan leve que un caballo podría muy fácilmente subir y bajar por ella.
Me parece que deben haber tenido algo que ver con la abadía originalmente. Yo también debo irme a casa. Lucy salió a hacer algunas visitas con su madre, y como sólo se trataba de visitas de cortesía, no tuve que acompañarlas.
1 de agosto.
Hace una hora llegué aquí arriba con Lucy y tuvimos una conversación de lo más interesante con mi viejo amigo y los otros dos que siempre están con él. A todas luces, él es el gran oráculo de los tres, me parece que en su época debió haber sido una persona muy dictatorial.
Nunca cede en su opinión y le lleva la contraria a todo el mundo. Si no puede ganar en las discusiones entonces los amedrenta, luego toma su silencio como aceptación de sus puntos de vista.
Lucy se veía dulcemente hermosa en su vestido de algodón blanco. Desde que llegamos aquí, tiene muy buen color. Me percaté de que los ancianos no desaprovecharon la oportunidad de sentarse junto a ella. Es tan dulce con los hombres mayores, que creo que todos se enamoraron de ella al instante. Hasta mi viejo amigo sucumbió ante ella, pues no la contradijo en lo absoluto, pero a mí me atacó el doble. Logré que hablara sobre el tema de las leyendas, e inmediatamente se embarcó en una especie de sermón. Trataré de recordarlo para anotarlo todo aquí.
—Todo eso no son más que tonterías; eso son y nada más. Esos cuentos, dichos, fantasmas, señales y todo lo que tiene que ver con ellos, únicamente sirven para asustar a las mujeres locas y a los niños. Sólo es palabrería, nada más que señales y advertencias inventadas por curas y personas malvadas, así como por los ferrocarrileros embaucadores para asustar a los pobres tipos y obligarlos a hacer cosas que de lo contrario no harían. Me llena de rabia pensar en todo eso. ¿Por qué no se conforman con imprimir sus mentiras sobre papel y predicarlas desde los púlpitos? No, encima de todo quieren grabarlas hasta en las lápidas. Miren a su alrededor, y verá todas esas lápidas inclinadas asomando sus cabezas tanto como su orgullo se los permite, pero en realidad están cayendo bajo el peso de todas las mentiras grabadas en ellas. Todas tienen escritas cosas como: “Aquí yace el cuerpo” o “A la sagrada memoria”, y sin embargo, no hay ni sólo cuerpo en la mitad de ellas, y su recuerdo no le importa a nadie y mucho menos es sagrado. ¡Mentiras, y nada más que mentiras, de todos tipos! ¡Por Dios! Ya vendrá el gran castigo en el Día del Juicio Final cuando todos salgan con sus vestidos de muerte, empujándose unos a otros e intentando arrastrar sus lápidas con ellos para demostrar lo buenos que fueron. Algunos de ellos temblando y tropezando, con sus manos adormecidas y resbalosas por llevar tantos años en el mar, que ni siquiera podrán sujetarlas.
Por la expresión de satisfacción del anciano y el modo en que miraba alrededor en busca de la aprobación de sus amigos, pude ver que sólo estaba “alardeando”, así que dije algo para que continuara hablando:
—Oh, Señor Swales, no puede estar hablando en serio. ¡Seguro que entre todas estas lápidas habrá alguna que diga la verdad!
—¡Tonterías! Puede ser que haya algunas cuantas que no estén tan mal, excepto donde pintan a la gente mucho mejor de lo que realmente fue, pues no faltan aquellos que se tragan cualquier cuento. Pero no son más que mentiras. Pongámosla a usted como ejemplo. Usted vino aquí como visitante, y vio este cementerio de iglesia.
Asentí con la cabeza, pues sabía que era mejor darle la razón, aunque no entendía del todo su dialecto. Sabía que era algo relacionado con el cementerio.
El hombre continuó:
—Y usted piensa que todas estas lápidas pertenecen a personas que descansan como Dios manda, ¿no es cierto?
Asentí nuevamente con la cabeza.
—Ahí es justamente donde aparece la mentira. ¡Caramba! Existen miles de estos cementerios cuyas tumbas están tan vacías como el cajón del viejo Dun el viernes por la noche —al decir esto, le dio un codazo a uno de sus compañeros, y todos soltaron una carcajada—. ¡Por Dios! ¿Cómo podría ser de otra forma? Mire esa, la más lejana del cementerio, ¡lea lo que dice!
Caminé hasta la lápida, y la leí:
—Edward Spencelagh, capitán, asesinado por los piratas en la Costa de Andrés, en abril de 1854, a los 30 años de edad.
Cuando regresé, el Señor Swales continuó:
—Me pregunto, ¿quién lo trajo a casa para sepultarlo aquí? ¡Asesinado en la Costa de Andrés! ¿Y a usted le consta que su cuerpo se encuentra allí? ¡Caramba! Podría enumerarle una docena de hombres cuyos huesos yacen en el mar de Groenlandia, allá arriba —y señaló con su dedo hacia esa dirección—, o donde sea que las corrientes los hayan arrastrado. Mire las lápidas que hay aquí. Con sus jóvenes ojos, usted puede leer desde aquí las mentiras grabadas. Este es Braithwaite Lowery, yo conocí a su padre; se perdió en el Lively a las afueras de Groenlandia, en los años veinte. Ese de allá es Andrew Woodhouse, ahogado en el mismo mar en 1777. Aquel es John Paxton, ahogado en el Cabo Farewell un año después. Allá está el viejo John Rawlings, cuyo abuelo navegó conmigo, ahogado en el Golfo de Finlandia, en los años cincuenta. ¿Usted cree que todos estos hombres tendrán que apresurarse para llegar a Whitby cuando las trompetas suenen? ¡Tengo mis dudas al respecto! Para cuando lleguen aquí, le aseguro que estarán chocando y peleándose unos con otros en forma tal que parecerá una pelea sobre hielo de los viejos tiempos, cuando luchábamos desde el amanecer hasta el anochecer, e intentábamos curar nuestras heridas a la luz de la aurora boreal.
Esto último debía ser alguna broma local, porque el anciano empezó a reírse, y sus amigos se unieron a las carcajadas gustosamente.
—Pero —dije—, seguramente usted no tiene toda la razón, porque supone que todas esas pobres personas, o sus espíritus, tendrán que cargar consigo sus lápidas en el Día del Juicio. ¿De verdad cree que eso será necesario?
—¿Para qué otra cosa sirven las lápidas, entonces? ¡Respóndame eso, señorita!
—Supongo que para hacer sentir bien a sus familiares.
—¡Para hacer sentir bien a sus familiares! —dijo en tono burlón—. ¿Cómo puede hacer sentir bien a sus familiares saber que sólo hay mentiras escritas en ellas y que todo mundo aquí lo sabe?
Señaló hacia una lápida cercana a nosotros, que había sido utilizada como loza, sobre la que descansaba nuestra banca, cerca del borde del peñasco.
—Lea las mentiras escritas sobre esa lápida —dijo.
Las letras se leían al revés desde donde yo estaba, pero Lucy estaba casi frente a ellas, así que se inclinó y leyó: “A la sagrada memoria de George Canon, que murió en la esperanza de resucitar gloriosamente un día, el 29 de julio de 1873, al caer de las rocas de Kettleness. Esta tumba fue erigida por la afligida madre para su amadísimo hijo.”
—Era el hijo único de su madre viuda. ¡Francamente, Señor Swales, no me parece gracioso en lo absoluto! —dijo Lucy, en un tono muy serio y bastante severo.
—¡No le parece gracioso! ¡Ja, ja! Eso es porque usted no sabe que la afligida madre era una arpía que odiaba a su hijo porque era un pillo, un sinvergüenza cualquiera. Y que él la odiaba tanto que se suicidó para que su madre no pudiera cobrar un seguro de vida que ella le había comprado. Casi se vuela la tapa de los sesos con una vieja escopeta que utilizaban para espantar a los cuervos. No la apuntó sobre los cuervos, sino que los atrajo sobre él. Por eso fue que se cayó de las rocas. Y en cuanto a la esperanza de una gloriosa resurrección, yo mismo le oí decir muchas veces que esperaba irse al infierno, pues su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo y él no quería pudrirse en el mismo lugar que ella. ¿Acaso no es esto mezquino, por decir lo menos? —dijo, mientras golpeaba la loza con su bastón—. ¿No es una sarta de mentiras? ¡Cómo se va reír San Gabriel cuando Geordie suba jadeante por las rocas cargando su lápida sobre la espalda, ¡y le pida que sea tomada como evidencia!
No supe qué decir, pero Lucy desvió la conversación diciendo, mientras se ponía de pie:
—Oh, ¿para qué nos contó todo eso? Este es mi lugar favorito, no puedo dejarlo y ahora descubro que estoy sentada sobre la tumba de un suicida.
—No le hará ningún daño, preciosa, y tal vez alegre a Geordie tener por fin a una chica como usted sentada sobre su regazo. No tiene que temer. ¡Caramba! Yo mismo me he sentado aquí durante los últimos veinte años, y nunca me ha pasado nada. No se preocupe por los que yacen debajo de usted, ¡o por los que no están allí! Será momento de correr cuando vea a todos cargando con sus lápidas, y que el lugar queda tan vacío como un campo segado. Ya suena el reloj, y debo irme. ¡Quedo a sus órdenes, señoritas! Y se alejó cojeando.
Lucy y yo nos quedamos sentadas en el mismo lugar durante unos instantes. El paisaje frente a nosotras era tan hermoso, que nos tomamos de las manos y Lucy volvió a contarme todo sobre Arthur y su próximo matrimonio. Todo eso me puso un poco triste, pues no he recibido noticias de Jonathan desde hace un mes.
Ese mismo día vine aquí sola porque estoy muy triste. No había ninguna carta para mí. Espero que no le haya ocurrido nada malo con Jonathan. El reloj acaba de dar las nueve. Veo las luces encendidas por todo el pueblo, solas en algunos sitios y formando hileras donde están las calles. Suben por el curso del Esk y terminan en una curva en el valle. A mi izquierda, el paisaje se corta por la línea negra del techo de una antigua casa junto a la abadía. Las ovejas y los corderos balan en los campos a mis espaldas, escucho el ruido de las pezuñas de los burros por el camino pavimentado más abajo. La banda en el muelle está tocando un vals disonante a buen ritmo. Y más a lo lejos, en el malecón, el Ejército de Salvación está en una reunión en algún callejón. Ninguna de las bandas se puede oír mutuamente, pero aquí arriba puedo escuchar y ver a las dos. Me pregunto dónde estará Jonathan, ¡y si está pensando en mí! Me gustaría tanto que estuviera aquí.
Diario del Doctor Seward
5 de junio.
El caso Reinfeld se vuelve más interesante a medida que logro entender más al hombre. Tiene algunas características ampliamente desarrolladas: el egoísmo, la discreción y la determinación.
Me gustaría descifrar cuál es el objeto de esta determinación. Parece tener algún esquema trazado, pero no sé de qué se trate. Su cualidad redentora es su amor por los animales, aunque tiene algunos cambios tan curiosos que a veces imagino que sólo una crueldad anormal. Tiene mascotas de todo tipo.
Por el momento, su pasatiempo favorito es atrapar moscas. Tiene ya tantas que he tenido que decirle algo al respecto. Para mi mayor asombro, no estalló en un ataque de furia como esperaba, sino que tomó las cosas con una seriedad muy simple. Reflexionó por un momento y luego dijo:
—¿Me concede tres días? Voy a deshacerme de ellas en ese tiempo.
Por supuesto le respondí afirmativamente. Debo vigilarlo de cerca.
18 de junio.
Ahora su atención está centrada en las arañas, y tiene varios ejemplares enormes dentro de una caja. Las alimenta con las moscas, y el número de estas últimas ha disminuido en gran medida, aunque utiliza casi la mitad de su comida para atraer más moscas a su cuarto.
1 de julio.
Sus arañas se han convertido en una molestia igual de grande que sus moscas, y hoy le he dicho que tenía que deshacerse de ellas.
Se puso muy triste por esta noticia, así que le dije que por lo menos se deshiciera de la mayoría. Accedió alegremente a esto último y le he dado el mismo plazo que la vez pasada para llevarlo a cabo.
Mientras estaba con él, me provocó gran repugnancia, pues cuando un horrible moscardón, hinchado por la carroña, entró volando al cuarto, él lo atrapó, sosteniéndolo entre su dedo pulgar e índice por unos instantes y, antes de que pudiera imaginar lo que haría, lo puso en su boca y se lo comió. Lo reprendí por lo que había hecho, pero me respondió tranquilamente que tenía muy buen sabor y que era muy nutritivo; que era una vida, una vida muy fuerte y que le transmitía su vitalidad. Esto me dio una idea, o el inicio de una. Debo estar atento para averiguar cómo se deshace de sus arañas.
Es evidente que tiene algún serio problema en su mente, pues tiene consigo una pequeña libreta donde todo el tiempo está anotando algo. Hay páginas enteras llenas de montones de números, normalmente números simples sumados en grupos, y luego los totales sumados en grupos otra vez, como si estuviera ajustando en alguna cuenta, como suelen decir los contadores.
8 de julio.
Hay un método en su locura y la incipiente idea en mi mente está tomando cada vez más forma. Pronto será una idea completa, y entonces, ¡ah, cerebración inconsciente, tendrás que ceder el lugar de honor a tu hermano consciente!
Me mantuve alejado de mi amigo durante algunos días para poder notar si se operaba algún cambio. Todo sigue igual, excepto que se ha deshecho de algunas de sus mascotas y ha conseguido una nueva.
Se las ha arreglado para atrapar a un gorrión y ya lo ha domesticado parcialmente. Su manera de domesticar es muy simple, pues me he percatado de que las arañas ya han disminuido. Sin embargo, las que siguen ahí, están bien alimentadas, porque sigue atrapando moscas atrayéndolas con su comida.
19 de julio.
Estamos progresando. Mi amigo tiene ahora una colonia entera de gorriones y sus moscas y arañas han desaparecido casi por completo. Cuando entré a su cuarto, corrió hacia mí y me dijo que necesitaba pedirme un gran favor. Un enorme y gigantesco favor. Y mientras hablaba, se portaba zalamero, como suelen comportarse los perros.
Le pregunté cuál era el favor y me respondió, con una especie de quebranto en su voz que parecía a punto de llorar:
—Un gatito. ¡Un hermoso gatito, pequeño, pulcro y juguetón, con el que pueda jugar y enseñarle cosas! ¡Y alimentarlo, y alimentarlo, y alimentarlo!
Su petición no me tomó completamente por sorpresa, pues ya había notado que sus mascotas crecían en tamaño y vivacidad, pero no me pareció agradable que su bonita familia de gorriones domesticados fuera eliminada de la misma forma en que habían sido eliminadas sus moscas y arañas. Así que le respondí que lo pensaría, y le pregunté si no preferiría tener un gato adulto a un cachorrito.
Su ansiedad lo traicionó al contestar:
—¡Oh, sí! ¡Me gustaría un gato adulto! Pedí un cachorrito porque pensé que me negaría un gato adulto. Nadie se atrevería a negarme un gatito, ¿verdad?
Moví la cabeza negativamente y le dije que por el momento me temía que no sería posible, pero que lo pensaría. Su rostro se entristeció y pude ver una especie de advertencia de peligro en sus ojos, pues repentinamente apareció una mirada de reojo violenta, que significaba deseos de muerte. El hombre es un homicida maniático en potencia. Voy a poner a prueba su obsesión actual y veré cómo resulta todo; después podré saber más al respecto.
10 pm. —Fui a verlo otra vez, y lo encontré sentado en un rincón, pensativo. Cuando entré al cuarto, se puso de rodillas frente a mí y me rogó que le permitiera tener un gato, que su salvación dependía de eso.
Sin embargo, fui firme, y le dije que no podría ser posible, luego de lo cual se levantó sin decir una sola palabra y se sentó, mordiéndose los dedos, en la esquina donde lo había encontrado. Mañana temprano volveré a verlo.
20 de julio.
Fui a visitar a Renfield muy temprano por la mañana, antes de que el guardia hiciera sus rondas. Lo encontré despierto y tarareando una melodía. Estaba espolvoreando sobre la ventana el azúcar que había guardado, y a todas luces estaba empezando nuevamente con su cacería de moscas, lo hacía alegremente y de buena gana.
Miré alrededor en busca de sus aves, pero no las vi, entonces le pregunté dónde estaban. Me respondió, sin voltear a verme, que todas se habían escapado. Había algunas plumas esparcidas por el cuarto y sobre su almohada había una gota de sangre. No dije nada, pero le ordené al guardia que me reportara si observaba cualquier comportamiento extraño en él durante el día.
11 am. —Mi asistente acaba de venir a decirme que Renfield está muy enfermo y que ha vomitado muchas plumas.
—Creo, doctor, —me dijo—, que se ha comido todas sus aves y completamente crudas.
11 pm. —Esta noche le di a Renfield un fuerte sedante. Suficientemente fuerte como para ponerlo a dormir incluso a él, y tomé su libreta para revisarla. La idea que ha estado rondando mi mente ya está completa y la teoría ha sido probada.
Mi maniático homicida es de una clase muy peculiar. Tendré que inventar una nueva clasificación para él. Lo llamaré un maniático zoófago (que come cosas vivas). Lo que desea es absorber tantas vidas como le sea posible, y se ha propuesto llevarlo a cabo en un modo acumulativo. Alimentó a las arañas con un gran número de moscas, y a las aves con muchas arañas, y luego quería que el gato se comiera tantas aves como fuera posible. ¿Cuál hubiera sido su siguiente paso?
Casi hubiera valido la pena esperar para que completara el experimento. Podría llevarse a cabo si hubiera una causa suficiente. Los hombres se burlaban de la vivisección y sin embargo, ¡hay que ver sus resultados actuales! ¿Por qué no he de ayudar al progreso de la ciencia en su aspecto más difícil y vital, es decir, el conocimiento del cerebro?
Si descifrara el secreto de una mente de este tipo. Si tuviera la llave de las imaginaciones de al menos uno de estos lunáticos, podría hacer avanzar mi propio ramo de la ciencia a tal grado que la fisiología de Burdon Sanderson o el conocimiento del cerebro humano de Ferrier no serían nada en comparación. ¡Si tan sólo hubiera causa suficiente! No debo pensar mucho en esto, o podría sentirme tentado a hacerlo. Una buena causa podría inclinar el platillo de la balanza para mí, pues ¿acaso no es cierto que yo también poseo un cerebro excepcional, congénitamente hablando?
Qué bien razonó este hombre. Los lunáticos siempre lo hacen dentro de su propio espectro. Me pregunto en cuántas vidas valorará a un hombre, o si sólo se trata de una sola. Cerró la cuenta con toda exactitud, y hoy comenzó un nuevo registro. ¿Cuántos de nosotros empezamos un nuevo registro con cada día de nuestras vidas?
A mí me parece que fue ayer cuando sentí que toda mi vida terminaba con mi nueva esperanza, y que verdaderamente empezaba un nuevo registro. Así será hasta que el Gran Juez cierre mi cuenta con un balance de ganancias o pérdidas.
¡Ay, Lucy, Lucy!, no puedo sentirme enojado contigo, ni tampoco con mi amigo cuya felicidad es la tuya. Lo único que me resta por hacer es avanzar en la desesperanza y trabajar. ¡Trabajar! ¡Trabajar!
Si tan solo tuviera una causa tan fuerte como la de mi pobre amigo loco, una causa buena y desinteresada que me hiciera trabajar. Sin duda eso me proporcionaría felicidad.
Diario de Mina Murray
26 de julio.
Estoy angustiada y me tranquiliza poder expresarme aquí. Es como susurrarme a mí misma y escuchara al mismo tiempo. Los símbolos de taquigrafía tienen un cierto encanto que los diferencia de la escritura normal. Estoy triste por Lucy y por Jonathan. No había tenido noticias de Jonathan durante varios días y me sentía muy preocupada. Pero ayer, el querido Señor Hawkins, que siempre es tan amable, me envió una carta de su parte. Yo le había escrito preguntándole si había recibido noticias de Jonathan y me respondió diciéndome que acababa de recibir la carta que me envió. Sólo son unas breves líneas escritas durante su estancia en el castillo de Drácula, donde dice que está iniciando el viaje de regreso a casa. Eso no es propio de Jonathan. No lo comprendo y me llena de angustia.
Y luego, Lucy, aunque está muy bien, ha vuelto a recaer en su viejo hábito de caminar dormida. Su madre ya me había dicho algo sobre eso y decidimos que voy a cerrar la puerta de nuestro cuarto con llave todas las noches.
La Sra. Westenra cree que los sonámbulos siempre se suben a los techos de las casas y caminan por los bordes de los despeñaderos, despertándose repentinamente, cayendo al vacío lanzando un grito desesperado que hace eco por todo el lugar.
Pobrecilla, naturalmente está preocupada por Lucy, me ha contado que su esposo, el padre de Lucy, tenía la misma costumbre de despertarse en medio de la noche, vestirse y salir de casa, a menos que alguien lo detuviera.
Lucy se casará en otoño y ya está planeando su vestido y los arreglos de su casa. La entiendo perfectamente, porque yo haré lo mismo, sólo que Jonathan y yo empezaremos nuestra vida de una manera mucho más sencilla, esforzándonos por cubrir nuestros gastos.
El Sr. Holmwood, es decir, el Honorable Arthur Holmwood, hijo único de Lord Godalming, vendrá dentro de pocos días, en cuanto pueda dejar la ciudad, pues su padre no se encuentra bien de salud. Y creo que mi querida Lucy está contando ansiosamente los días hasta su llegada.
Quiere llevarlo a nuestra banca en el cementerio de la iglesia sobre el acantilado y mostrarle la belleza de Whitby. Me atrevo a decir que lo que la tiene angustiada es esta espera. Estoy segura que se sentirá mejor cuando él esté aquí.
27 de julio.
No he tenido noticias de Jonathan. Estoy empezando a sentirme sumamente preocupada por él, aunque no sé exactamente por qué. Pero me gustaría tanto que me escribiera, aunque fuera sólo una línea.
El problema de sonambulismo de Lucy empeora día con día, y todas las noches me despierto al sentir que camina por el cuarto. Afortunadamente, el clima está tan cálido que no podría resfriarse. Pero aun así, la preocupación y el estar despierta toda la noche está comenzando a causar estragos en mí, y yo misma me estoy empezando a sentir nerviosa y no puedo dormir. Gracias a Dios, la salud de Lucy se mantiene estable. El Sr. Holmwood ha sido llamado repentinamente a Ring para ver a su padre, que se encuentra gravemente enfermo. Lucy está destrozada por la posibilidad de tener que posponer la visita de su prometido, pero esto no ha afectado su aspecto. Está ligeramente más robusta y sus mejillas tienen un encantador tono rosado. Ya no tiene esa apariencia anímica que solía tener. Rezo para que esto continúe igual.
3 de agosto.
Ha pasado otra semana y sigo sin recibir noticias de Jonathan. Ni siquiera a través del Sr. Hawkins, con quien sí he podido comunicarme. Ay, espero que no esté enfermo, porque, de ser así, sin duda alguna me habría escrito. He leído mil veces su última carta, pero hay algo en ella que no me satisface. No suena a él, y sin embargo es su escritura. De esto no cabe la menor duda.
La semana pasada Lucy casi no caminó mientras dormía, pero hay una extraña concentración en ella que no comprendo; parece como si me observara, aun estando dormida. Intenta abrir la puerta, pero al encontrarla cerrada, recorre todo el cuarto en busca de la llave.
6 de agosto.
Han pasado otros tres días, y sigo sin recibir noticias. El suspenso se está volviendo espantoso. Si tan sólo supiera a dónde escribirle, o a dónde ir, me sentiría más tranquila. Pero nadie ha escuchado una sola palabra de Jonathan desde su última carta. Sólo debo rogar a Dios que me conceda paciencia.
Lucy está más nerviosa que nunca, pero por lo demás está bien. Anoche el tiempo estuvo terrible y los pescadores dicen que se espera una gran tormenta. Debo observarla para aprender sobre las señales del tiempo.
Hoy el día está nublado, mientras escribo esto el sol está escondido detrás de las espesas nubes en lo alto del Kettleness. Todo se ve gris, con excepción del pasto verde, que parece una esmeralda en medio de este paisaje tan gris. Las rocas son grises y terrosas; grises son las nubes, teñidas por la luz del sol en su orilla más lejana, que se ciernen sobre el mar gris, en el que se introducen los bancos de arena similares a figuras grises. El mar rompe sobre las playas, ahogando su furor en la neblina marina que llega desde la tierra empujada por el viento. El horizonte se pierde en una neblina grisácea. Hay una inmensa vastedad. Las nubes están apiladas como rocas gigantes y hay ráfagas de viento sobre el mar que parecen anunciar algo funesto. Por toda la playa pueden verse diseminadas oscuras figuras, algunas envueltas a medias por la niebla, que tienen la apariencia de “árboles con formas humanas caminando”. Los botes pesqueros se apresuran para llegar a casa, se elevan y hunden en las grandes olas mientras navegan hacia el puerto, curvándose frente a los imbornales. Aquí viene el Sr. Swales, caminando directamente hacia mí. Puedo ver, por la forma en que ha levantado su sombrero, que quiere hablar conmigo.
Me conmovió bastante el cambio operado en el pobre anciano. Cuando se sentó junto a mí, me dijo en tono muy amable:
—Quiero decirle algo, señorita.
Pude notar que estaba intranquilo, así que tomé su pobre y arrugada mano en la mía y le pedí que me hablara con toda confianza. Entonces me dijo, sin mover su mano:
—Me temo, querida mía, que la he asustado con todas esas cosas malévolas que le he estado diciendo acerca de los muertos y demás durante las últimas semanas. Pero no he hablado en serio y quiero que recuerde eso cuando yo ya me haya ido. A nosotros los viejos un poco chiflados y con un pie sobre la tumba maldita, no nos gusta mucho pensar en la muerte. Queremos aparentar que eso no nos asusta. Es por eso que me burlo de ella, para alegrar un poco mi propio corazón. Pero, con Dios como mi testigo, le digo que no tengo miedo de morir, señorita. Ni un poco. Solo que me gustaría no hacerlo, si eso fuera posible. Mi hora debe estar muy cerca ahora, pues ya soy viejo y cien años es mucha espera para cualquier hombre. Y estoy tan cerca de ella que la Vieja ya debe estar preparando su guadaña. ¿Ha visto? No puedo dejar de reírme de todo esto, las burlas siempre serán parte de mí. Un día cercano, el Ángel de la Muerte sonará su trompeta para mí. ¡Pero no se aflija ni llore, querida mía! —me dijo, al darse cuenta de que yo estaba llorando—, si viniera esta misma noche, no me negaría a responder a su llamado. Después de todo, la vida sólo es una espera para una cosa distinta a la que estamos haciendo. Y la muerte es la única cosa de la que podemos tener certeza. Pero estoy contento, pues sé que ya viene por mí, querida, y sé que lo hace rápidamente. Podría incluso llegar mientras estamos observando el paisaje, preguntándonos cosas. Tal vez venga en ese viento sobre el mar que trae consigo pérdidas y destrucción, dolor angustioso y corazones tristes. ¡Mire! ¡Mire! —gritó repentinamente—. Hay algo en ese viento, y en su eco más lejano que suena. Sabe y huele como la muerte. Está en el aire. Lo siento venir. ¡Señor, haz que mi respuesta sea alegre cuando llegue mi hora! —dijo, levantando los brazos devotamente y quitándose el sombrero.
Su boca se movía como si estuviera rezando. Luego de algunos minutos en silencio, se levantó, me estrechó la mano y me dio la bendición. Se despidió de mí y se alejó cojeando. Todo esto me conmovió y me perturbó en gran medida.
Me alegré cuando el guardacostas se acercó a mí, con su catalejo bajo el brazo. Se detuvo a hablar conmigo, como siempre lo hace. Pero sin quitar la vista ni un segundo de un extraño barco.
—No sé qué es —dijo—. Por su aspecto debe ser ruso. Pero se está balanceando de manera muy extraña. No sabe qué hacer. Parece haberse dado cuenta que se avecina una tormenta, pero no puede decidir si dirigirse hacia el norte al mar abierto, o quedarse aquí. ¡Mire! Están conduciéndolo de una manera sumamente extraña. Pareciera que no hay ninguna mano sobre el timón, y cambia de rumbo con cualquier ráfaga de viento. Seguramente mañana a esta hora sabremos más al respecto.
Capítulo 7
Recorte del "Dailygraph", 8 de agosto
(Pegado en el diario de Mina Murray)
Corresponsal en Whitby.
Acaba de tener lugar una de las tormentas más fuertes y repentinas de la historia, dejando una serie de resultados tanto extraños como únicos. El clima había estado un tanto bochornoso, pero nada fuera de lo normal para el mes de agosto. El sábado por la tarde hizo un tiempo maravilloso, como hace mucho no se veía y la gran mayoría de veraneantes visitaron ayer los Bosques de Mulgrave, la Bahía de Robin Hood, el Molino de Rig, Runswick, Staithes y demás sitios turísticos ubicados en los alrededores de Whitby. Los barcos de vapor Emma y Scarborough realizaron numerosos recorridos a lo largo de la costa, y hubo una cantidad inusual de “viajes” de ida y regreso de Whitby. El clima estuvo excepcionalmente hermoso hasta que llegó la tarde, cuando algunos de los chismosos que suelen frecuentar el cementerio de East Cliff, para observar desde aquella imponente eminencia el gran movimiento del mar hacia el norte y el este, notaron la súbita aparición de “colas de caballo” en lo alto del cielo hacia el noroeste. El viento soplaba desde el suroeste con una intensidad muy leve, que en lenguaje barométrico se califica como “No.2, brisa ligera”.
El guardacostas de turno informó inmediatamente sobre esto y un anciano pescador, que por más de medio siglo ha vigilado desde East Cliff las señales de cualquier cambio en el tiempo, predijo en un tono enfático la llegada de una tormenta repentina. Sin embargo, el atardecer fue tan hermoso, tan espléndido con sus masas de nubes maravillosamente coloreadas, que un enorme grupo de personas se reunió en el camino a lo largo del despeñadero en el viejo cementerio para disfrutar el paisaje. Antes de que el sol se ocultara detrás de la negra masa de Kettleness, que sobresale audazmente contra el cielo del oeste, su descenso fue marcado por una miríada de nubes de todos los tonos del atardecer: rojo encendido, morado, rosa, verde, violeta, y todos los matices dorados, con algunas masas no muy grandes de una negrura absoluta, esparcidas por aquí y por allá, con formas de todo tipos. Tan bien delineadas como siluetas colosales. Este singular paisaje no fue desaprovechado por los pintores, y sin duda alguna algunos bocetos del “Preludio de la Gran Tormenta” adornarán las paredes de la R.A y la R.I el próximo mes de mayo.
Más de un capitán decidió en ese mismo momento y lugar que su “guijarro” o su “mula”, como suelen llamar a las diferentes clases de botes, no se moverían del muelle hasta que la tormenta hubiera pasado. Por la tarde, el viento se tranquilizó por completo y a la medianoche todo estaba en una calma absoluta. Pero se sentía ese calor bochornoso y esa intensidad reinante que, al acercarse una tormenta, afecta a las personas de naturaleza sensible.
Sólo había unas cuantas luces en el mar, pues hasta los barcos de vapor costeros, que normalmente navegan muy cerca de la orilla, se mantuvieron mar adentro y sólo podían verse algunos barcos pesqueros. La única vela visible era una goleta extranjera que tenía todas las velas desplegadas, y que parecía avanzar en dirección hacia el oeste. La temeridad o ignorancia de sus oficiales fue un gran tema de conversación durante el tiempo que el barco permaneció a la vista. Se realizaron toda clase de esfuerzos por enviarle señales desde el puerto para que plegara las velas debido al peligro inminente. Antes de que el sol se pusiera, se le podía ver todavía con las velas ondeando ociosamente mientras navegaba tranquilamente sobre el ondulante oleaje del mar.
“Tan ociosamente como un barco pintado sobre un océano pintado.”
Poco antes de las diez la quietud en el aire se volvió muy opresiva. El silencio era tal que se podía escuchar claramente el balido de una oveja tierra adentro, o los ladridos de los perros en el pueblo, la banda en el muelle, que con su alegre música francesa, era como un acorde disonante en la gran armonía del silencio de la naturaleza. Un poco después de la medianoche se escuchó un extraño ruido proveniente del mar y muy en lo alto en el aire retumbaron unos truenos débiles y huecos.
Entonces, sin ninguna advertencia, estalló la tempestad. Con una rapidez que, en ese momento, pareció increíble, y que aun después es difícil de comprender. Todo el aspecto de la naturaleza se convulsionó de repente. Las olas se elevaban con una furia creciente, cada una sobrepasando a la anterior, hasta que al cabo de algunos minutos el mar, tan cristalino y tranquilo hacía unos instantes, parecía un monstruo rugiente y furioso. Las olas de crestas blancas golpeaban violentamente la arena de las playas y se estrellaban contra los enormes despeñaderos. Otras olas rompían sobre los muelles, y su espuma se llevaba consigo las linternas de los faros que se erigían en cada uno de los extremos de los muelles del Puerto de Whitby.
El viento rugía como un trueno, y soplaba con tanta fuerza que incluso los hombres más corpulentos tenían dificultad para mantenerse en pie, o sujetarse con firmeza a los candeleros de hierro. Fue necesario despejar el muelle de todos los curiosos, de lo contrario las desgracias de la noche habrían aumentado considerablemente. Para empeorar las dificultades y los peligros de la tormenta, grandes masas de niebla marina empezaron a desplazarse tierra adentro. Había nubes blancas y húmedas, que avanzaban rápidamente en una forma fantasmal, tan húmedas y frías que no se necesitaba tener mucha imaginación para pensar que se trataba de los espíritus de aquellos perdidos en el mar y que tocaban a sus hermanos vivos con las viscosas manos de la muerte, más de uno se estremeció al pasar y sentirse envuelto en los espirales de aquella niebla marina.
La niebla parecía despejarse por algunos instantes, y podía verse el mar hasta cierta distancia bajo el resplandor de los truenos, que caían fuerte y rápidamente, seguidos de tales estrépitos que el cielo entero parecía temblar bajo el golpe de la tormenta.
Algunas de las escenas iluminadas por los relámpagos fueron de una grandeza inconmensurable y de un interés subyugador. El mar, que se levantaba tan alto como las montañas, lanzaba hacia el cielo con cada ola enormes masas de espuma blanca, que la tempestad parecía arrebatar y soltar con toda su fuerza por todo el espacio. Podían verse desperdigados algunos botes pesqueros, con las velas rasgadas, navegando desesperadamente en busca de refugio. De vez en cuando se divisaban las blancas alas de alguna ave marina golpeada por la tormenta. En la cima de East Cliff, el nuevo faro estaba listo para empezar a trabajar, pero aún no había sido probado. Los empleados a cargo del faro lo pusieron en funcionamiento, y durante las pausas de la creciente masa de niebla, barrían con él la superficie del mar. Su servicio fue de lo más eficiente en una o dos ocasiones, por ejemplo, cuando un barco pesquero, con la borda bajo el agua, navegó a toda prisa hasta el puerto, logrando, gracias a la guía de la luz protectora, evitar el peligro de estrellarse contra los muelles. Cada vez que un bote llegaba sano y salvo hasta el puerto, se escuchaba un grito de alegría proveniente de las personas que se encontraban en la orillas. Que por momentos parecían unirse al vendaval para luego ser barridos por su fuerza.
Al poco tiempo, el faro descubrió a lo lejos una goleta con todas las velas desplegadas, que aparentemente era la misma que había sido vista esa misma tarde. Para ese entonces, el viento ya había retrocedido hacia el este, y un escalofrío recorrió a todos los espectadores sobre el despeñadero al percatarse del terrible peligro en que se encontraba ahora el navío.
Entre la goleta y el puerto estaba el gigantesco arrecife contra el cual ya habían chocado tantos otros buenos barcos anteriormente, y con el viento soplando hacia esa dirección, era prácticamente imposible que lograra llegar hasta la entrada del puerto.
Era ya casi la hora de la marea alta, pero las olas eran tan grandes que en sus depresiones casi podía verse la arena de la playa. Mientras tanto la goleta, con todas sus velas desplegadas, avanzaba con tanta prisa que, en palabras de un viejo marinero, “tendría llegar a alguna parte, aunque fuera al infierno.” Entonces, llegó otra ráfaga de niebla marina, más grande que todas las anteriores, una masa de niebla húmeda, que pareció cernirse sobre todas las cosas como un paño mortuorio grisáceo, dejándonos disponible únicamente el sentido del oído, pues el rugido de la tempestad, los golpes de los truenos y el estrépito de las poderosas olas atravesaban al aire con más estruendo que antes. Los rayos del faro se mantuvieron fijos en la boca del puerto a través del Muelle Este, donde se esperaba el choque, y los presentes miraban sin poder respirar.
Entonces el viento cambió súbitamente de dirección hacia el noreste, y los remanentes de la niebla marina se desvanecieron en la ráfaga de aire. Y entonces, mirabile dictu, entre los dos muelles, saltando de ola en ola mientras avanzaba a gran velocidad, apareció la extraña goleta, con todas sus velas desplegadas, y logró llegar a la seguridad del puerto. El faro la siguió, y un escalofrío recorrió a todos los que presenciaron el suceso, pues atado al timón había un cadáver, con la cabeza colgando, que se balanceaba horriblemente hacia un lado y hacia el otro siguiendo el movimiento del barco. Sobre la cubierta del barco no se distinguía ninguna otra forma de vida.
Un gran temor sobrecogió a todos los presentes cuando se dieron cuenta de que el barco, como por un milagro, había encontrado el puerto, dirigido únicamente ¡por la mano de un hombre muerto! Sin embargo, todo sucedió mucho más rápidamente del tiempo que toma escribir estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que navegando a toda velocidad a través del muelle, se clavó en una montaña de arena y grava, acumuladas por muchas mareas y tormentas en la esquina sureste del muelle que sobresale bajo East Cliff, conocido localmente como el Muelle Tate Hill.
Desde luego, hubo una gran conmoción cuando la nave llegó hasta el montón de arena. Cada mástil, cuerda y montante se tensaron, y una parte del “mástil principal” colapsó estrepitosamente. Pero lo más extraño de todo fue que, en el instante en que la goleta tocó la costa, un enorme perro saltó a la cubierta desde abajo, como si hubiera lanzado por el golpe, y corriendo a toda velocidad, saltó desde la proa a la arena.
Se echó a correr directamente hacia el empinado despeñadero, donde el cementerio cuelga tan inclinadamente sobre las callejuelas que conducen hasta el Muelle Este, que algunas de las lápidas “planas” o “piedras atravesadas”, como les llaman coloquialmente aquí en Whitby, proyectan su sombra en los lugares donde el despeñadero que las sostenía se ha derrumbado. El perro desapareció en la oscuridad, que parecía intensificarse justo detrás de la luz del faro.
Dio la casualidad de que en ese momento no había nadie en el Muelle Tate Hill, pues todos aquellos cuyas casas estaban en las cercanías ya se habían ido a la cama o habían ido a suelo más elevado para ver mejor. Por ello, el primero en subir a la goleta fue el guardacostas de turno en el lado este del puerto, que había corrido inmediatamente hacia el pequeño muelle. Los hombres que manejaban el faro, después de escudriñar la entrada del puerto sin encontrar nada extraño, encendieron la luz sobre la nave en ruinas y la dejaron ahí. El guardacostas corrió a popa, y cuando llegó hasta el timón, se inclinó para examinarla, retrocedió súbitamente como empujado por una fuerte emoción. Esto pareció despertar la curiosidad general, y un gran número de personas empezaron a correr hacia la nave.
Hay una distancia bastante considerable desde West Cliff pasando por Drawbridge hasta el Muelle Tate Hill. Pero su corresponsal es un buen corredor, y llegó mucho antes que el resto de la multitud. Sin embargo, cuando llegué, encontré ya reunida en el muelle a una multitud, a quienes tanto el guardacostas como la policía les negaban el permiso para subir al barco. Gracias a la amabilidad del jefe de marineros, se le permitió a este su corresponsal, subir a cubierta, y fui una de las pocas personas que vio al marinero muerto mientras seguía todavía atado al timón.
No fue nada raro que el guardacostas se hubiera sorprendido, e incluso aterrado, pues no es nada común presenciar un espectáculo como este. El hombre muerto estaba atado a uno de los radios del timón con las manos una sobre la otra. Entre la mano interior y la madera había un crucifijo y el resto del rosario al que estaba fijo se encontraba alrededor de ambas muñecas y del timón, todo fuertemente atado por las cuerdas. Es probable que el pobre hombre estuviera sentado en algún momento, pero el batir y el golpeteo de las velas habían llegado hasta la madera del timón, empujándolo de un lado a otro, hasta que las cuerdas con que estaba atado habían cortado la carne llegando al hueso.
Se llevó a cabo un registro detallado de todas las cosas, y un doctor, que llegó inmediatamente después de mí, el cirujano J.M. Caffyn, que radica en el No. 33 de East Elliot Place, declaró, luego de realizar una inspección minuciosa del cadáver, que el hombre había muerto desde hacía dos días por lo menos.
En uno de sus bolsillos había una botella, cuidadosamente tapada con un corcho y vacía, excepto por un pequeño rollo de papel, que resultó ser un anexo de la bitácora.
El guardacostas dijo que el hombre debió haber atado sus propias manos, apretando los nudos con sus dientes. El hecho de que un guardacostas hubiera sido el primero a bordo puede evitar ciertas complicaciones en el futuro a la Corte del Almirantazgo, pues los guardacostas no pueden reclamar el salvamento que por derecho le corresponde al primer civil que ingresa a un barco en ruinas. Sin embargo, las autoridades legales ya se están moviendo, y un joven estudiante de leyes está asegurando a voz en cuello que los derechos del propietario han sido completamente atropellados, ya que su propiedad ha sido confiscada en contravención a los estatutos de manos muertas, pues el timón, como símbolo, si no es que como prueba, de posesión delegada, estaba sostenido por la mano de un muerto.
Sobra decir que el cuerpo del piloto muerto ha sido removido reverentemente del lugar donde llevó a cabo su honorable guardia y custodia hasta su muerte. Tan tenaz y noblemente como el joven Casabianca, y ha sido colocado en la morgue en espera de las investigaciones.
La repentina tormenta ya está pasando, su furor ya ha menguado. La multitud ha empezado a retirarse a sus casas y el cielo está empezando a enrojecer sobre la campiña de Yorkshire.
En mi próxima entrada, proporcionaré más detalles sobre el barco abandonado que logró llegar milagrosamente hasta el puerto en medio de la tormenta.
9 de agosto.
Las consecuencias de la extraña llegada del barco abandonado en la tormenta, es casi tan sorprendente como el suceso en sí mismo. Resulta que la goleta es rusa, de Varna, y se llama Demeter. El lastre estaba conformado casi en su totalidad por sacos de arena fina, con solo un pequeño cargamento, unas cuantas enormes cajas de madera llenas de tierra.
El cargamento fue consignado a un abogado de Whitby, el Sr. S.F. Billington, que radica en el No. 7 de The Crescent, y que esta mañana subió a bordo del banco para tomar posesión formal de los bienes que le habían sido consignados.
El cónsul ruso, en su calidad de representante del transportista, también tomó posesión formal del barco, y se hizo cargo de todos los derechos portuarios, etc.
No se habla de otra cosa hoy más que de la extraña coincidencia. Los funcionarios del Ministerio de Comercio se han esforzado al máximo para asegurarse de que todos los trámites legales se lleven a cabo según las regulaciones en vigor. Como el asunto parece no ser más que una “maravilla de nueve días”, están tomando todas las medidas necesarias para que no haya ningún otro motivo de queja.
El asunto del perro que saltó a la tierra cuando el barco atracó ha generado gran interés, y más de un miembro de la S.P.C.A. (Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales) , asociación muy importante en Whitby, se ha ofrecido a ayudar al animal. Sin embargo, para la decepción de la mayoría, no han visto al perro por ningún lado. Parece haber desaparecido completamente de la ciudad. Tal vez estaba tan asustado que corrió hasta los pantanos, donde probablemente siga escondido aterrorizado.
Hay quienes creen que esta posibilidad es terrible, pues podría suceder que el animal se convirtiera en un peligro, ya que a todas luces se trata de una bestia feroz. Esta mañana temprano fue encontrado muerto, en el camino frente al patio de su dueño, un perro de gran tamaño, cruza de mastín que pertenecía a un mercader de carbón que radica cerca al Muelle Tate Hill. Había estado peleando y era evidente que se había enfrentado a un oponente salvaje, pues su pescuezo estaba desgarrado y su vientre abierto como por una garra salvaje.
Más tarde. —Gracias a la amabilidad del inspector del Ministerio de Comercio, se me ha permitido echar un vistazo a la bitácora del barco Demeter, que se actualizó hasta hace tres días. Pero no contiene nada importante, con excepción de lo relacionado a los hombres desaparecidos. Sin embargo, lo más interesante hasta el momento es el papel que había dentro de la botella, presentado hoy durante las investigaciones. Es la primera vez que me enfrento a un suceso tan extraño como el que parece desprenderse de esos textos.
Como no hay ningún motivo para guardar el secreto, se me ha permitido usarlos y enviarle una transcripción, omitiendo simplemente los detalles técnicos de marinería y sobrecargo. Pareciera como si el capitán hubiera sido atacado por una especie de manía antes de adentrarse en altamar, y que esta situación aumentó persistentemente a lo largo del viaje. Desde luego, mi observación no debe tomarse al pie de la letra, porque estoy escribiendo basándome en el dictado de un empleado del cónsul romano, que tuvo la amabilidad de traducirlo para mí, debido a que no dispongo de mucho tiempo.
Bitácora del “Demeter”. De Varna a Whitby
Escrito el 18 de julio, están pasando cosas tan extrañas, que a partir de ahora mantendré un registro exacto de ellas, y así lo haré hasta que desembarquemos.
El 6 de julio terminamos de subir el cargamento de arena fina y cajas de tierra. Zarpamos por la tarde. Viento fresco proveniente del este. Tripulación: cinco manos… dos oficiales, un cocinero y yo (el capitán).
El 11 de julio al amanecer llegamos al Bósforo. Fuimos abordados por oficiales aduaneros de Turquía. Propinas. Todo en orden. Zarpamos nuevamente a las 4 p.m.
El 12 de julio cruzamos los Dardanelos. Más oficiales aduaneros y barco insignia del escuadrón de guardia. Más propinas. El trabajo de los funcionarios minucioso, pero rápido. Quieren que zarpemos rápidamente. Al amanecer pasamos el Archipiélago.
El 13 de julio pasamos por Cabo Matapán. La tripulación está a disgusto por algo. Parece asustada, pero no dicen por qué.
El 14 de julio. Me sentí inquieto por la tripulación. Todos son hombres tranquilos, con los que ya he navegado antes. El piloto tampoco pudo descifrar lo que sucede. Solo le dijeron que había ALGO a bordo, y se santiguaron. El piloto perdió los estribos con uno de ellos ese día y lo golpeó. Esperaba una pelea feroz, pero todo sigue tranquilo.
El 16 de julio. Por la mañana, el piloto reportó que uno de la tripulación, Petrofsky, estaba desparecido. No pudo dar más detalles. Anoche tomó guardia a babor a las ocho campanadas. Fue relevado por Amramoff, pero no fue a su camarote. Los hombres están más abatidos que nunca. Todos dicen que ya esperaban algo parecido, pero lo único que dicen es que hay ALGO a bordo. El piloto está cada vez más impaciente con ellos. Temo que surja algún problema más adelante.
El 17 de julio. Ayer, uno de ellos, Olgaren, entró a mi cabina y atemorizadamente me confió que pensaba que había un hombre extraño a bordo. Me dijo que durante su guardia se había resguardado detrás de la cámara de la cubierta, porque había una tormenta, cuando vio a un hombre alto y delgado, que no se parecía a ninguno de la tripulación, subiendo por la escalera de la cámara y caminando a través de la cubierta hasta desaparecer. Lo siguió cautelosamente, pero cuando llego a la proa no vio a nadie, y todas las compuertas estaban cerradas. Sintió un terrible pánico supersticioso, me temo que ese pánico se extienda a toda la tripulación. Para evitar esto, hoy registraré todo el barco cuidadosamente, de proa a popa.
Más tarde ese día, reuní a toda la tripulación y les dije que, como evidentemente estaban convencidos de que había alguien en el barco, haríamos una inspección de proa a popa. El piloto se enojó, me dijo que le parecía una locura, que ceder ante esas ideas tan absurdas desmoralizaría al resto de los hombres. Me aseguró que él se encargaría de mantenerlos en orden por la fuerza. Lo dejé a cargo del timón, mientras el resto llevaba a cabo una minuciosa inspección, manteniéndonos informados todo el tiempo y con la ayuda de linternas. Buscamos en todos los rincones. Como el único cargamento eran las grandes cajas de madera, no había recovecos donde se pudiera esconder un hombre. Los hombres estaban mucho más tranquilos cuando terminó la inspección, y regresaron a trabajar alegremente. El piloto puso mala cara pero no dijo nada más.
22 de julio.
Ha habido un clima terrible los últimos tres días, y todos están ocupados con las velas. No hay tiempo para el miedo. Parece que los hombres ya olvidaron sus temores. El piloto está de buen humor nuevamente y toda la tripulación está en buenos términos. Elogié a los hombres por su gran trabajo durante el mal tiempo. Pasamos Gibraltar y salimos por los Estrechos. Todo está en orden.
24 de julio.
Parece haber una especie de maldición sobre este barco. Ya habíamos perdido un hombre y, anoche, al entrar a la Bahía de Vizcaya con un clima terrible ante nosotros, otro hombre desapareció. Al igual que sucedió con el primero, terminó su guardia y no se le volvió a ver. Toda la tripulación está sumida en un pánico terrible. Me enviaron una petición firmada para solicitar guardias dobles, pues temen quedarse solos. El piloto está furioso. Temo que pueda haber problemas, ya que él o los hombres podrían ponerse violentos.
28 de julio.
Cuatro días en el infierno, balanceándonos como en una especie de remolino y vientos tempestuosos. Nadie ha dormido. Todos los hombres están exhaustos. Apenas pueden montar guardias, ya que nadie está en condiciones para hacerlo. El segundo oficial se ofreció a tomar el control del timón y hacer guardia, para que los hombres durmieran algunas horas. El viento está disminuyendo, el mar continúa terrorífico, pero es menos perceptible, porque el barco está más estable.
29 de julio.
Otra tragedia. Hubo guardia sencilla esta noche, porque el resto de la tripulación estaba demasiado cansada para hacer guardias dobles. Cuando el guardia de relevo subió esta mañana a cubierta no encontró a nadie, además del timonero. Hizo un escándalo y todos subieron a cubierta. Se hizo una revisión minuciosa, pero no encontramos nada. Nos hemos quedado sin segundo oficial, la tripulación está en gran pánico. El piloto y yo acordamos ir armados de ahora en adelante, en espera de cualquier signo.
30 de julio.
Noche anterior. Todos estamos felices porque nos estamos acercando a Inglaterra. Buen tiempo. Todas las velas desplegadas. Me retiré exhausto y dormí profundamente, pero fui despertado por el piloto diciéndome que los dos hombres que estaban de guardia y el timonero están desparecidos. Sólo quedamos el piloto, dos miembros de la tripulación y yo para controlar el barco.
1 de agosto.
Dos días de niebla y ni una sola vela a la vista. Tenía la esperanza de enviar señales de ayuda, o al menos de llegar a algún lado, cuando estuviéramos en el Canal de la Mancha. Al no tener fuerza para controlar las velas, tenemos que navegar con el viento en popa. No me atrevo a arriarlas, porque no podríamos desplegarlas de nuevo. Parece que estamos vagando sin rumbo hacia un horrible destino. El piloto está ahora más desmoralizado que el resto de los hombres. Parece que su fuerte naturaleza se volvió contra él. Los marineros parecen haber superado el miedo y trabajan imperturbable, pacientemente, preparándose para lo peor. Ellos son rusos; el piloto es rumano.
2 de agosto, medianoche.
Me desperté de una breve siesta al escuchar un grito, que parecía venir del otro lado de mi puerta. No podía ver nada por la neblina. Corrí a cubierta y me encontré con el piloto. Me dijo que escuchó el grito y corrió, pero no había ninguna señal del hombre que estaba de guardia. Otro desaparecido. ¡Señor, ayúdanos! El piloto dice que ya debemos estar más allá del Estrecho de Dover, pues en un momento en que la niebla disminuyó pudo ver North Foreland, justo cuando escuchó el grito. Si así fuera, significa que estamos en el Mar del Norte y sólo Dios podrá guiarnos en esta niebla, que parece moverse junto con nosotros. Pero parece que Dios nos ha abandonado.
3 de agosto.
A medianoche fui a relevar al hombre encargado del timón, pero cuando llegué no vi a nadie. El viento estaba tranquilo, y como navegamos frente a él no hubo ningún movimiento. No me atreví a separarme del timón, así que le grité al piloto. Luego de unos segundos, llegó corriendo a cubierta en sus pantalones de franela. Tenía los ojos desorbitados y se veía demacrado, me temo mucho que haya perdido la razón. Se acercó a mí y, con voz ronca, con su boca muy cerca de mi oreja, como si temiera que hasta el aire pudiera escucharlo, me susurró: “Está aquí. Ahora lo sé. Lo vi en la guardia de anoche. Es como un hombre alto y delgado, y de un pálido fantasmal. Estaba en la proa mirando hacia afuera. Me acerqué a él a rastras y lo apuñalé con mi cuchillo, pero este lo atravesó, como si frente a mí solo hubiera aire”. Y mientras hablaba, tomó el cuchillo y empezó a agitarlo salvajemente en el aire. Luego, prosiguió: “Pero está aquí, y voy a encontrarlo. Está en la bodega, tal vez en alguna de esas cajas. Las abriré una por una y veré. Usted encárguese del timón”. Y con una mirada de advertencia, se puso un dedo sobre sus labios, y se dirigió hacia abajo. El aire comenzó a agitarse, por lo que no pude alejarme del timón. Lo vi subir nuevamente a cubierta con una caja de herramientas y una linterna, y luego bajar por la escotilla delantera. Está loco, total y completamente loco. No tiene ningún caso que trate de detenerlo. No puede hacerle ningún daño a esas grandes cajas, pues están llenas de arcilla y arrastrarlas de un lado a otro es lo más inofensivo que puede hacer. Así que aquí me quedaré cuidando el timón, mientras escribo estas notas. Sólo puedo confiar en Dios y esperar a que la niebla se despeje. Entonces, si no puedo navegar hacia algún puerto debido a este espantoso viento, arriaré las velas y esperaré, enviando señales para pedir ayuda…
Ya todo está a punto de terminar. Justo cuando esperaba que el piloto saliera de la bodega más tranquilo, pues lo escuché martillando algo, y el trabajo le hace bien, surgió por la escotilla un grito repentino y asustado, que me heló la sangre. Subió corriendo a cubierta como si hubiera sido lanzado desde un cañón, completamente loco, con los ojos y el rostro convulsionados por el miedo. “¡Sálveme! ¡Sálveme!”, gritó, y luego miró a su alrededor a través de la neblina. Su terror se convirtió en desesperación, y dijo con voz firme: “Será mejor que usted también venga, capitán, antes de que sea demasiado tarde. ¡Está aquí! Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de Él, y es todo lo que queda!” Antes de que pudiera decir nada, o diera un paso para sujetarlo, saltó por la borda y se lanzó deliberadamente al mar. Supongo que ahora yo también conozco el secreto. Fue este demente el que hizo desaparecer a los hombres uno por uno, y ahora él mismo los ha seguido. ¡Que Dios me ayude! ¿Cómo podré explicar todos estos horrores cuanto llegue a puerto? ¡Cuando llegue a puerto! ¿Será que eso llegue a suceder?
4 de agosto.
Sigue habiendo neblina, que no permite ser traspasada ni por el sol. Sé que hay luz del sol porque soy marinero, pero no por otra razón. No me atreví a bajar ni a separarme del timón, así que aquí me quedé toda la noche, y en la penumbra de la noche lo vi, ¡a Él! Que Dios me perdone, pero el piloto tuvo razón en haber saltado por la borda. Es mejor morir como un hombre. Morir como marinero en el mar azul, es algo a lo que ningún hombre puede objetar. Pero yo soy el capitán, y no debo abandonar mi barco. No obstante, detendré a ese demonio o monstruo, pues ataré mis manos al timón cuando mis fuerzas comiencen a fallarme, y junto con ellas ataré también aquello que él, o esa cosa, no se atreverá a tocar. Y luego, haya buen o mal viento, salvaré mi alma y mi honor de capitán. Cada vez me siento más débil y la noche ya se acerca. Si vuelve a verme a la cara, tal vez no tenga tiempo de actuar… Si naufragamos, tal vez alguien encuentre esta botella, y así puedan comprender. Si no… bueno, entonces todos los hombres sabrán que he sido leal a mi juramento. Que Dios, la Santísima Virgen y todos los santos ayuden a esta pobre alma ignorante que solo está tratando de cumplir con su deber…
Desde luego, el veredicto fue abierto. No hay evidencias que aportar, y ya no hay nadie que pueda atestiguar si el capitán cometió o no los asesinatos. La gente de aquí afirma casi unánimemente que el capitán es simplemente un héroe, y que debe tener un funeral público. Ya se han hecho los arreglos necesarios para que su cuerpo sea llevado en un tren de botes por un tramo del Esk, para luego ser traído de vuelta al Muelle Tate Hill y subido por la escalinata de la Abadía, pues será enterrado en el cementerio del despeñadero. Los propietarios de más de cien barcos ya han dado sus nombres para ofrecerse a seguir al capitán hasta su tumba.
No se ha encontrado rastro alguno del enorme perro, lo cual es motivo de gran tristeza, porque, en el presente estado de la opinión pública, creo que hubiera sido adoptado por la ciudad. Mañana será el funeral, y así terminará este “misterio del mar”.
Diario de Mina Murray
8 de agosto.
Lucy estuvo muy inquieta toda la noche, y yo tampoco pude dormir. La tormenta fue atemorizante, cuando resonaba estrepitosamente entre las marmitas de la chimenea, un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Cada vez que se escuchaba una fuerte ráfaga de viento parecía el disparo de un cañón lejano. Curiosamente, Lucy no se despertó, pero se levantó dos veces de la cama y comenzó a vestirse. Afortunadamente, ambas veces me desperté a tiempo y pude desvestirla sin despertarla, y acostarla de nuevo. Este sonambulismo es una cosa muy extraña, pues en cuanto su voluntad se ve impedida de cualquier forma física, su intención, si es que la tiene, desaparece, y cede casi exactamente a la rutina de su vida.
Temprano por la mañana, las dos nos levantamos y bajamos hasta el puerto para ver si había ocurrido algo durante la noche. Había muy poca gente alrededor, y aunque el sol brillaba con fuerza y el aire se sentía fresco y limpio, las enormes y sombrías olas, que parecían más oscuras porque la espuma que tenían en la cresta era como nieve, se introducían por la fuerza en la boca del puerto, como un gigantón que se abre pasó entre la multitud. Por alguna razón, me sentí aliviada de que Jonathan no se encontrara en el mar anoche, sino en tierra firme. Pero, oh, ¿está en tierra o en mar? ¿Dónde está y cómo está? Me siento terriblemente preocupada por él. Si tan solo supiera qué hacer, ¡y si pudiera hacerlo!
10 de agosto.
Hoy tuvo lugar el funeral del pobre capitán, y fue de lo más conmovedor. Parecía que todos los botes del puerto estaban allí. Y el ataúd fue cargado en hombros por varios capitanes desde el Muelle Tate Hill hasta el cementerio de la iglesia. Lucy me acompañó, fuimos temprano a nuestra vieja banca, mientras el cortejo de botes navegaba río arriba hasta el Viaducto y volvía nuevamente de regreso. La vista era maravillosa y vimos la procesión de cerca casi todo el camino. El cuerpo del pobre hombre fue enterrado cerca de nuestra banca, por lo que tuvimos que levantarnos y, cuando llegó el momento, pudimos verlo todo.
La pobre Lucy parecía muy afectada. Estuvo sumamente inquieta e intranquila todo el tiempo, no puedo evitar pensar que sus sueños nocturnos están causando estragos en ella. Su comportamiento es muy extraño en un aspecto: no admite que haya causa alguna para su intranquilidad, y en caso de haberla, ni ella misma la conoce.
Es posible que haya otra razón para esto, y es que el pobre Sr. Swales fue encontrado muerto esta mañana en nuestra banca, con el cuello roto. Según dijo el doctor, evidentemente cayó de espaldas de la banca a causa de algo que lo espantó, pues en su rostro había una expresión de miedo y horror que hizo estremecer a los hombres que lo vieron. ¡Pobre y querido anciano!
Lucy es tan dulce y sensible que estas cosas la afectan más profundamente que al resto de la gente. Justo ahora está muy perturbada por un pequeño detalle al que yo no le presté mucha atención, a pesar de que yo misma siento un gran afecto por los animales.
Uno de los hombres que suele subir aquí para mirar los botes llegó seguido por su perro, que no se separaba jamás de su lado. Ambos son muy tranquilos, y yo nunca he visto enojado al hombre, ni he escuchado ladrar al perro. Durante el funeral el perro no obedeció al llamado de su amo, que estaba sentado en la banca que nosotras, sino que se mantuvo alejado algunos metros, ladrando y aullando. Su amo le habló dulcemente, luego en un tono áspero y, finalmente, muy enojado. Pero el perro no se movió ni dejo de hacer ruido. Estaba hecho una furia, con los ojos salvajes y todo el pelo erizado como la cola de un gato cuando se prepara para pelear.
Finalmente, el hombre, que ya estaba muy enojado, se levantó de un brinco y pateó al perro. Luego lo tomó por el pescuezo casi arrastrándolo y lo lanzó a la lápida sobre la que está fijada nuestra banca. En cuanto tocó la piedra, el pobre animal se cayó y empezó a temblar. No trató de escapar, sino que se agachó a mis pies, tembloroso y muerto de miedo. Estaba en un estado de terror tan lamentable que traté de calmarlo, sin conseguirlo.
Lucy también estaba muy apenada, pero no trató de tocar al perro, sino que se limitó a mirarlo lastimosamente. Me temo mucho que su naturaleza sea demasiado sensible como para poder vivir en el mundo sin problemas. Estoy segura que esta noche soñará con esto. Todo el conjunto de cosas: el barco llevado a puerto por un hombre muerto atado al timón con un crucifijo y un rosario, el conmovedor funeral, el perro furioso y atemorizado, le proporcionará mucho material para sus sueños.
Creo que lo mejor será que se vaya a la cama exhausta físicamente, así que la llevaré a dar un largo paseo por los acantilados hasta la bahía Robin Hood y de regreso. Espero que después de esto no le queden muchas ganas para caminar dormida.
Capítulo 8
Diario de Mina Murray
Mismo día, 11.00 p.m.
¡Oh, qué cansada estoy! Si no me hubiera impuesto como una obligación escribir todas las noches en mi diario, no lo abriría esta noche. Tuvimos un paseo encantador. Luego de un rato, Lucy se puso muy alegre. Creo que fue debido a unas pacíficas vacas que se acercaron a nosotras para olfatearnos en un campo cercano al faro, y casi nos matan de un susto. Creo que nos olvidamos de todo, excepto, por supuesto, del temor personal. Esto pareció borrarlo todo y nos permitió comenzar de nuevo. Bebimos un delicioso té en una pequeña y encantadora posada antigua, en la Bahía de Robin Hood, con una ventana arqueada cuya vista daba a las rocas cubiertas de algas marinas de la playa. Creo que hubiéramos asustado a la “Mujer Nueva” con nuestros apetitos. Los hombres son más tolerantes, ¡gracias a Dios! Luego regresamos a casa haciendo una, o más bien varias paradas, durante el camino para descansar, y con nuestros corazones llenos de temor constante por los toros salvajes.
Lucy estaba muy cansada, y queríamos irnos a la cama en cuanto tuviéramos la oportunidad. Sin embargo, llegó el joven párroco, y la Sra. Westenra lo invitó a cenar. Lucy y yo luchamos fuertemente contra el sueño. Sé que por mi parte la pelea fue muy dura pero salí victoriosa. Creo que los obispos deberían reunirse algún día para discutir sobre la formación de una nueva clase de párrocos, que no se queden a cenar, sin importar cuanto se les insista, y que sepan adivinar cuando las chicas estén cansadas.
Lucy está dormida y respira suavemente. Sus mejillas tienen más color que otras veces, y se ve muy hermosa. Si el Sr. Holmwood se enamoró de ella al verla únicamente en el salón, me pregunto lo que diría si pudiera verla ahora. Algunas escritoras del movimiento de la “Mujer Nueva” propondrán un día la idea de que los hombres y las mujeres deberían poder verse mientras duermen antes de proponer matrimonio o aceptarlo. Pero supongo que en el futuro la “Mujer Nueva” no se contentará solamente con aceptar, sino que ella misma propondrá matrimonio. ¡Y hará un estupendo trabajo también! Hay cierto consuelo en esto. Estoy tan feliz esta noche, porque mi querida Lucy parece sentirse mejor. Creo realmente que ya ha superado todo esto, y que sus problemas para dormir han quedado atrás. Me sentiría completamente feliz si supiera algo sobre Jonathan… Que Dios lo bendiga y lo proteja.
11 de agosto.
He abierto mi diario otra vez. No tengo sueño, así que he decidido ponerme a escribir. Me siento demasiado inquieta para dormir. Hemos tenido una aventura extraordinaria, y una experiencia tan angustiosa. Me quedé dormida en cuanto cerré mi diario… Súbitamente, me desperté por completo y me senté sobre la cama, con una horrible sensación de miedo en mi interior y un sentimiento de vacío a mi alrededor. El cuarto estaba oscuro, por lo que no podía ver la cama de Lucy. Me acerqué a ella y la busqué a tientas, pero la cama estaba vacía. Encendí un fósforo y me di cuenta de que no estaba en el cuarto. La puerta estaba cerrada, pero no tenía la llave puesta, como yo la había dejado. Temí despertar a su madre, que últimamente ha estado más enferma de lo normal, así que me vestí rápidamente y me alisté para salir a buscarla. Cuando estaba a punto de salir del cuarto, pensé que tal vez la ropa que ella llevaba puesta me daría alguna pista sobre la intención de su sonambulismo. La bata significaría que estaba en casa. Un vestido implicaría que había salido a la calle. Tanto la bata como el vestido estaban en su lugar. “Gracias a Dios”, me dije a mí misma, “no puede estar muy lejos, ya que sólo lleva puesto su camisón”.
Bajé las escaleras a toda prisa y busqué en la sala. ¡No estaba allí! Luego busqué en todos los otros cuartos de la casa, con un miedo cada vez mayor que me helaba el corazón. Finalmente, llegué a la puerta del vestíbulo y la encontré abierta. No estaba completamente abierta, pero el cerrojo no estaba puesto. Las personas que viven en la casa siempre tienen mucho cuidado de cerrar la puerta todas las noches, por lo que temí que Lucy hubiera salido tal y como estaba. No había tiempo para pensar en lo que podía ocurrir. Un miedo vago y abrumador oscurecía todos los detalles.
Tomé un grande y pesado chal, y corrí hacia afuera. El reloj estaba a punto de dar la una cuando llegué a The Crescent, pero no había ni un alma a los alrededores. Corrí a lo largo de North Terrace, pero no vi el menor rastro de la blanca figura que esperaba encontrar. Al llegar al borde de West Cliff, sobre el muelle, miré a través del puerto hacia East Cliff, con la esperanza o el temor, no sé exactamente cuál de los dos, de ver a Lucy sentada en nuestra banca favorita.
Había una luna llena y brillante, con nubes negras y pesadas pasando frente a ella rápidamente, que daban a toda la escena un diorama fugaz de luz y sombra a medida que navegaban. No pude ver nada durante algunos instantes, porque la sombra de una nube oscurecía la iglesia de Santa María y todo lo que la rodeaba. Luego, cuando la nube se fue, pude distinguir las ruinas de la Abadía. Y cuando el borde de una estrecha franja de luz, tan delgada como el filo de una espada, iba avanzando, la iglesia y el cementerio se volvieron visibles gradualmente. No sé qué era exactamente lo que esperaba ver, pero no quedé defraudada, pues allí, en nuestra banca favorita, la luz plateada de la luna alumbró una figura reclinada a medias, blanca como la nieve. La nube pasó demasiado rápido, por lo que no pude ver mucho más, pues la sombra ahogó la luz casi inmediatamente. Pero me pareció como si algo oscuro estuviera de pie detrás de la banca donde brillaba la figura blanca, inclinándose sobre ella. Si aquello era hombre o bestia, no puedo decirlo.
No esperé a poder ver de nuevo la escena, sino que bajé corriendo los empinados escalones hasta el muelle y me apresuré a través del mercado de pescado hasta llegar al puente, que era el único camino para llegar a East Cliff. El pueblo parecía completamente muerto, pues no vi pasar una sola alma. Pero me alegré de que fuera así, pues no quería que nadie supiera sobre la terrible condición de Lucy. El tiempo y la distancia parecían interminables. Las rodillas empezaron a temblarme y mi respiración comenzó a agitarse mientras subía trabajosamente los incontables escalones hacia la Abadía. Debo haber subido muy rápido, sin embargo me parecía que mis pies estaban cargados con plomo, y como si todas las articulaciones de mi cuerpo estuvieran oxidadas.
Cuando estaba a punto de llegar a la cima, pude ver la banca y la figura blanca, pues ya estaba lo suficientemente cerca como para distinguirla aun a través de las pesadas sombras. Definitivamente había algo allí, largo y negro, inclinándose sobre la figura blanca casi reclinada. Grité llena de temor: “¡Lucy! ¡Lucy!”. Esa cosa levantó una cabeza, y desde donde estaba pude ver un rostro pálido, con ojos rojos y centelleantes.
Lucy no me respondió, así que corrí hasta la entrada del cementerio de la iglesia. Cuando entré, la iglesia quedó entre la banca y yo, y durante un minuto perdí de vista a Lucy. Cuando apareció nuevamente, la nube había pasado y la luz de la luna alumbraba el lugar tan brillantemente que pude distinguir a Lucy casi completamente reclinada con su cabeza recostada sobre el respaldo de la banca. Estaba sola y no había el menor rastro de ningún ser viviente alrededor.
Cuando me incliné sobre ella pude ver que seguía dormida. Sus labios estaban entreabiertos. Pero no respiraba con la suavidad que es habitual en ella, sino dando largas y pesadas bocanadas de aire, como si estuviera luchando por llenar sus pulmones en cada respiración. Al acercarme más a ella, levantó la mano entre sueños y tiró del cuello de su camisón hasta cubrirse la garganta, como si tuviera frío. Puse el cálido chal sobre ella, y crucé los bordes muy cerca de su cuello, pues como estaba casi desnuda, temí que cogiera frío por el aire nocturno. No quise despertarla de golpe, así que, para poder tener mis manos libres para ayudarla, sujeté el chal cerca de su garganta con un alfiler de gran tamaño. Pero mis movimientos deben haber sido muy torpes debido a mi angustia, creo que debo haberla pinchado o pellizcado con el alfiler, porque, cuando su respiración se tranquilizó un poco más, se llevó nuevamente la mano a la garganta y se quejó. Cuando terminé de cubrirla cuidadosamente, le puse mis zapatos y empecé a despertarla muy suavemente.
Al principio no respondió, pero poco a poco comenzó a inquietarse cada vez más en su sueño, quejándose y suspirando ocasionalmente. Finalmente, como el tiempo pasaba demasiado rápido, y debido a muchas otras razones, pensé que debía llevarla inmediatamente a casa. Así que la sacudí enérgicamente, hasta que abrió los ojos y se despertó. No pareció sorprendida de verme, ya que, desde luego, no se percató inmediatamente del lugar en el que estaba.
Lucy siempre se despierta viéndose hermosa, e incluso en ese momento, cuando su cuerpo debía estar congelado por el frío y su mente horrorizada al despertarse casi desnuda en el cementerio de una iglesia, de madrugada, no perdió su gracia en lo absoluto. Su cuerpo tembló un poco y se aferró a mí. Cuando le dije que viniera inmediatamente a casa conmigo, se levantó sin decir una palabra, con la obediencia de una niña. Cuando empezamos a caminar, la gravilla me lastimó los pies, Lucy notó mis muecas de dolor. Se detuvo e insistió en darme mis zapatos, pero no lo acepté. Sin embargo, cuando llegamos al sendero afuera del cementerio, había un charco de agua restante de la lluvia, y cubrí mis pies con lodo, usando un pie para untar el lodo sobre el otro. Hice esto para que durante el camino a casa nadie se diera cuenta de que no llevaba zapatos, en caso de que nos encontráramos a alguien.
La fortuna nos favoreció, y llegamos a casa sin toparnos con nadie. En cierto momento vimos a un hombre, que no parecía estar del todo sobrio, caminando por una calle frente a nosotras. Pero nos escondimos en una puerta hasta que desapareció a través de un estrecho y empinado callejón, o wynds, como las llaman en Escocia, de esos que suelen ser muy comunes aquí. El corazón me latía tan fuertemente todo el tiempo que pensé que me iba a desmayar. Estaba muy preocupada por Lucy. No sólo por su salud, pues podía enfermarse al haberse expuesto al frío helado, sino por su reputación en caso de que la historia se difundiera. Cuando llegamos a casa, nos lavamos los pies y, después de rezar una oración juntas para dar gracias, llevé a Lucy a la cama. Antes de quedarse dormida me pidió, más bien me rogó, que no dijera una palabra a nadie, ni siquiera a su madre, sobre su aventura de sonámbula.
Al principio dudé en prometer lo que me pedía, pero al pensar en el estado de salud de su madre, y cómo se preocuparía al enterarse de una cosa parecida, por otra parte, en cómo podría llegar a distorsionarse una historia de este tipo, mejor dicho, en cómo sería infaliblemente distorsionada, en caso de que se llegara a saber, pensé que lo mejor era prometer lo que me pedía. Espero haber hecho lo correcto. Ya he cerrado la puerta y la llave está atada a mi muñeca. Así que tal vez no vuelva a ser perturbada esta noche. Lucy duerme profundamente. El reflejo del amanecer ya se ve a lo alto y muy lejos sobre el mar…
Mismo día, al mediodía. —Todo está en orden. Lucy durmió hasta que la desperté, y parece que ni siquiera cambió de posición. La aventura de anoche no parece haberla afectado. Al contrario, le ha hecho bien, pues esta mañana se ve mucho mejor de lo que se había visto en semanas. Sentí pena al notar que mi torpeza con el alfiler le hizo daño. De hecho, creo que puede tratarse de algo serio, pues la piel de su garganta está perforada. Debo haberle pinchado un pedazo de piel, atravesándola con el alfiler, pues hay dos pequeños puntos rojos, como pinchazos de alfiler, en el cuello de su camisón había una gota de sangre. Cuando me disculpé con ella y le expresé mi preocupación, Lucy se rió y me acarició, diciendo que no había sentido absolutamente nada. Afortunadamente no le quedará ninguna cicatriz, porque la herida es demasiado pequeña.
Mismo día, por la noche.
Pasamos un día muy feliz. El aire estaba muy despejado, el sol brillaba, y había una brisa fresca. Comimos nuestro almuerzo en el bosque Mulgrave. La Sra. Westenra fue por carretera, mientras Lucy y yo caminamos por el sendero del desfiladero hasta encontrarnos con ella en la reja. Me sentía un poco triste, pues no pude evitar pensar en lo increíblemente feliz que sería si Jonathan hubiera estado conmigo. Pero, ¡vamos!, sólo debo ser paciente. Por la tarde dimos un paseo hasta el Casino Terrace, escuchamos buena música de Spohr y Mackenzie, y nos fuimos temprano a la cama. Lucy parece más tranquila de lo que había estado antes, se quedó dormida inmediatamente. Cerraré la puerta y guardaré la llave en el mismo lugar que anoche, aunque no espero problemas esta noche.
Darmowy fragment się skończył.