Czytaj książkę: «Susurros subterráneos»

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SUSURROS SUBTERRÁNEOS
Ben Aaronovitch
Traducción de Marina Rodil
Serie Ríos de Londres 3


Contenido

Página de créditos

Sinopsis

Dedicatoria

Frase

Domingo

Capítulo 1

Lunes

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Martes

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Miércoles

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Jueves

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Viernes

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Sábado

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Navidad

Capítulo 26

Diciembre y más allá

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Agradecimientos

Notas

Sobre el autor

Página de créditos
Susurros subterráneos

V.1: abril de 2020

Título original: Whispers Under Ground

Publicado originalmente por Gollanz, un sello de Orion Publishing Group (Londres)

© Ben Aaronovitch, 2012

© de la traducción, Marina Rodil, 2018

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados.

Ilustración de cubierta: © Stephen Walter

Ilustración cortesía del autor, tomada de la obra The Island - London Series

Diseño de cubierta: © Patrick Knowles

Corrección: Iván Jiménez e Isabel Mestre

Publicado por Oz Editorial

C/ Aragó, n.º 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@ozeditorial.com

www.ozeditorial.com

ISBN: 978-84-17525-82-8

THEMA: FM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Susurros subterráneos
Es hora de llamar de nuevo al agente Peter Grant, el último mago de Gran Bretaña

Es Navidad, y Peter Grant recibe una llamada de la inspectora Stephanopoulos: debe investigar un asesinato en uno de los túneles del metro de Londres en Baker Street, un lugar tenebroso, húmedo y con un pasado muy oscuro. Todos los indicios apuntan a que una fuerza mágica ha intervenido en la muerte de la víctima, James Gallagher, hijo de un senador estadounidense. El FBI envía a la agente Kimberly Reynolds para colaborar en la investigación y Peter se verá obligado a ocultarle cualquier atisbo de magia. En las oscuras entrañas de la ciudad, plagadas de cloacas victorianas y ríos enterrados, resuenan los susurros de unos espíritus torturados que buscan venganza…

«Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro.»

The Independent

A la memoria de Blake Snyder (1957-2009),

que salvó al gato y al escritor,

y también a la hipoteca y su profesión.

Les diría, mientras sacuden la cabeza con temor: «Ahora bien, ¿qué es vuestro libro insignificante, o el roce fidiano de la punta del cincel, que puede darle forma al mármol, para nuestro monstruo, que durante siglos descansaba en las profundidades de la tierra soñadora, hasta que lo sacamos con una ovación y un grito y lo forjamos a golpes para que naciera?».

«La locomotora», Alexander Anderson

Domingo

Capítulo 1
Tufnell Park

Durante el verano cometí el error de contarle a mi madre a lo que me dedicaba. No hablo de lo de ser policía, eso ya lo sabía porque había acudido a mi graduación en Hendon, sino lo de trabajar para el departamento de Scotland Yard que se encargaba de los asuntos sobrenaturales. Mi madre lo interpretó en su cabeza como «cazador de brujas», lo cual no estaba mal porque mi madre, como la mayoría de los africanos occidentales, consideraba que cazar brujas era una profesión más respetable que la de policía. Afectada por un estallido insospechado de orgullo, informó de mi nueva trayectoria profesional a sus amigos y familiares, un grupo que calculo que se compone de al menos el veinte por ciento de los inmigrantes de Sierra Leona que residen actualmente en el Reino Unido. Esto incluía a Alfred Kamara, que vivía en la misma urbanización que mi madre, y a través de él llegó a su hija Abigail, de trece años, que decidió, el último domingo antes de Navidad, que quería que me acercara a echarle un vistazo a un fantasma que había encontrado. Consiguió mi atención porque incordió a mi madre hasta tal punto que se rindió y terminó por llamarme al móvil.

No me hizo mucha gracia porque el domingo es uno de los pocos días en los que no tengo que bajar a practicar al campo de tiro por la mañana, y tenía pensado quedarme en la cama hasta tarde y después ir al pub a ver el fútbol.

—A ver, ¿dónde está ese fantasma? —pregunté cuando Abigail abrió la puerta de su casa.

—¿Por qué sois dos? —preguntó a su vez Abigail. Era una chica bajita, delgada y mestiza cuya piel clara se había vuelto cetrina por efecto del invierno.

—Esta es mi compañera, Lesley May —dije.

Abigail se la quedó mirando con recelo.

—¿Por qué llevas puesta una máscara? —preguntó.

—Porque se me cayó la cara —respondió Lesley.

Abigail lo pensó durante un rato y después asintió.

—Vale —dijo.

—¿Dónde está esa cosa entonces? —pregunté.

—Es un chico, no una cosa —me respondió Abigail—. Está en el colegio.

—Vamos entonces —dije.

—¿Cómo? ¿Ahora? —preguntó—. Pero si hace muchísimo frío.

—Ya lo sabemos —aclaré. Era uno de esos días grises y apagados de invierno con esa clase de frío terrible que se cuela entre los huecos de la ropa—. ¿Vienes o no?

Me dirigió la mirada típica de una adolescente agresiva de trece años, pero yo no era ni su madre ni un profesor. Ni tan siquiera quería que se pusiera en marcha, lo que de verdad estaba deseando era irme a casa y ver el fútbol.

—Tú misma —dije mientras me alejaba.

—Espera —contestó—. Voy con vosotros.

Justo cuando me di la vuelta, me cerró la puerta en las narices.

—No nos ha pedido que entremos —comentó Lesley. Que no te inviten marca una de las casillas del bingo del comportamiento sospechoso que todo policía lleva consigo en su cabeza, así como tener un perro absurdamente dominante y darse demasiada prisa en proporcionar una coartada. Rellena todas las casillas y podrás ganar una visita con todos los gastos pagados a la comisaría del barrio.

—Es domingo por la mañana, su padre seguirá probablemente en la cama.

Decidimos esperar a Abigail en el coche, donde pasamos el rato hurgando entre las distintas bolsas de comida que se habían ido acumulando a lo largo del año. Encontramos un bote de golosinas y, justo cuando Lesley me hizo apartar la mirada para levantarse la máscara y comerse una, Abigail dio unos golpecitos en la ventanilla.

Abigail, como yo, había heredado su pelo del progenitor «equivocado». Sin embargo, cuando yo era pequeño, se limitaban a rapármelo hasta dejar una pelusilla, mientras que el padre de Abigail solía pasearla por una serie de peluquerías, parientes y vecinos entusiastas en un intento de que pudieran mantenerlo bajo control. Desde el principio, Abigail acostumbraba a quejarse y a no parar quieta mientras se lo suavizaban, trenzaban o alisaban a lo japonés, pero su padre estaba decidido a que su hija no lo avergonzara en público. Todo eso terminó cuando Abigail cumplió once años y le anunció con total tranquilidad que tenía el teléfono de protección del menor en las teclas de marcación rápida y que la siguiente persona que se acercara a ella con extensiones, productos químicos para el alisado o, Dios no lo quisiera, un cepillo alisador, acabaría explicándole sus acciones a los servicios sociales. Desde entonces llevaba su cabello afro largo y sujeto en un moño en la nuca. Era demasiado grande como para que entrara en la capucha de su anorak rosa, así que llevaba puesto un gorro rastafari enorme que la hacía parecer un estereotipo racista de los años setenta. Mi madre dice que el pelo de Abigail es un escándalo vergonzoso, aunque yo no pude evitar fijarme en que al menos el gorro le protegía el rostro de la llovizna.

—¿Qué le ha pasado al Jaguar? —preguntó Abigail cuando le abrí la puerta de atrás.

Mi jefe tenía un Jaguar Mark 2 auténtico, con un motor en línea de 3,8 litros que había pasado a formar parte del folclore urbano porque, en una ocasión, lo dejé aparcado en la urbanización. Incluso los millennials consideraban que un Jaguar antiguo como ese molaba. Desgraciadamente, el Focus ST naranja fosforito que conducía ahora mismo solo era otro Ford Asbo del montón.

—Le han prohibido usarlo hasta que se saque el curso de conducción avanzada —dijo Lesley.

—¿Eso ha sido porque tiraste una ambulancia al río? —preguntó Abigail.

—No la tiré al río —la corregí. Saqué el Asbo a Leighton Road y volví al tema del fantasma—. ¿En qué parte del colegio está esa cosa?

—No está en el colegio —dijo—. Está debajo, donde las vías de tren. Y es un chico, no una cosa.

El colegio del que hablaba era el instituto público Acland Burghley, donde incontables generaciones del vecindario de Peckwater Estate habían estudiado, yo y Abigail incluidos. O, como Nightingale insiste en que debería ser, Abigail y yo. He dicho «incontables», pero en realidad se había construido a finales de los sesenta, de manera que no pudieron haber sido más de cuatro generaciones como mucho.

La mayor parte del edificio estaba asentada sobre Dartmouth Park Hill y no cabía duda de que lo había diseñado un auténtico admirador de Albert Speer, sobre todo de su último trabajo: las monumentales fortificaciones del Muro Atlántico. El instituto, con sus tres torres y sus anchos muros de hormigón, podría haber dominado sin problema el cruce estratégico de cinco calles de Tufnell Park y haber evitado que cualquier columna de voluntarios de la infantería ligera de Islington avanzara por la calle principal.

Encontré un hueco para aparcar en Ingestre Road, donde terminan los terrenos del instituto, y nos dirigimos hacia la pasarela que cruza las vías por detrás del colegio.

Había dos grupos de vías dobles, las del lado sur descendían por una zanja al menos dos metros por debajo de las del norte. Esto significaba que la vieja pasarela tenía dos escaleras independientes con escalones resbaladizos y que había que atravesarlos antes de que pudiéramos mirar por la valla.

El patio del colegio y el gimnasio se habían construido sobre una base de hormigón que tendía un puente sobre los dos grupos de vías. Vistos desde la pasarela, y aunque mantenían el diseño general, tenían un aspecto casi idéntico a la entrada de un par de búnkeres para submarinos.

—Ahí abajo —dijo Abigail, y señaló hacia el túnel de la izquierda.

—¿Has bajado a las vías? —preguntó Lesley.

—Tuve cuidado —le respondió Abigail.

A Lesley le hizo tan poca gracia como a mí. Las vías de tren eran letales. Sesenta personas al año saltaban a las vías y morían; la única ventaja es que, cuando esto ocurre, sus cuerpos pasan a ser propiedad de la Policía Británica de Transporte y no son mi problema.

Antes de hacer algo realmente estúpido como caminar por las vías del tren, un agente de policía bien entrenado debe hacer una evaluación de los riesgos. El procedimiento correcto habría sido llamar a la PBT para que enviaran a un equipo de búsqueda cualificado que pudiera, con suerte, interrumpir el tráfico de la línea como una precaución extra para que Abigail y yo pudiéramos ir a buscar al fantasma. El inconveniente de no llamarlos sería que, si le pasara algo a Abigail, supondría sin duda el final de mi carrera y, dado que su padre era un patriarca del oeste africano chapado a la antigua, también de mi vida.

El lado negativo de llamarlos sería tener que explicarles lo que andaba buscando y que se rieran de mí. Como cualquier joven desde los albores del tiempo, decidí arriesgarme a la muerte antes que a una posible humillación.

Lesley dijo que al menos deberíamos mirar los horarios.

—Es domingo —dijo Abigail—. Se tirarán todo el día haciendo trabajos de mantenimiento.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lesley.

—Porque lo he mirado —dijo Abigail—. ¿Por qué se te cayó la cara?

—Porque abrí demasiado la boca —respondió Lesley.

—¿Cómo llegamos ahí abajo? —pregunté rápidamente.

Había viviendas de protección oficial construidas en los terrenos baratos del ferrocarril que había a ambos lados de las vías. Detrás del bloque de pisos de los años cincuenta situado en el lado oriental había una parcela de césped empapado rodeada de arbustos y, detrás de estos, una valla metálica. Un túnel estrecho atravesaba los arbustos y conducía hasta un agujero en la valla y hacia las vías que había a lo lejos.

Nos agachamos y lo atravesamos detrás de Abigail. Lesley soltó una risita cuando un par de ramas húmedas me golpearon en la cara. Se detuvo para fijarse en el agujero de la valla.

—No lo han cortado —dijo—. Parece desgastado y rasgado…, quizá lo hicieron los zorros.

Había bolsas mojadas de patatas fritas esparcidas por el suelo y latas de Coca-Cola arrastradas contra la verja; Lesley las apartó con la punta del zapato.

—Los drogadictos todavía no han descubierto este lugar —dedujo—. No hay agujas. —Miró a Abigail—. ¿Cómo sabías que esto estaba aquí?

—Se puede ver el hueco desde la pasarela.

Manteniéndonos lo más alejados de las vías que nos fue posible, nos dirigimos bajo la pasarela y nos encaminamos hacia la boca de hormigón del túnel que había debajo del colegio. Los grafitis cubrían las paredes hasta la altura de la cabeza. Unos simples garabatos escritos con cualquier cosa, que incluían desde firmas a esvásticas que difícilmente habrían impresionado al almirante Dönitz, cubrían unas letras redondas de colores primarios difuminados pintadas con mucho más esmero.

El techo nos mantenía protegidos de la llovizna y todo el lugar olía a meados, aunque el olor era demasiado punzante para que fuera humano; «de zorro», pensé. El techo liso, los muros de hormigón y el espacio diáfano que ocupaba te hacían sentir que estabas en un almacén abandonado más que en un túnel.

—¿Dónde estaba? —pregunté.

—En el centro, donde está oscuro —dijo Abigail.

«Cómo no», pensé.

Para empezar, Lesley le preguntó a Abigail en qué estaba pensando al bajar allí.

—Quería ver el Expreso de Hogwarts —respondió.

«No el de verdad —aclaró Abigail con rapidez—. Porque es un tren inventado, ¿no?». Así que, obviamente, no era el auténtico Expreso de Hogwarts. Pero su amiga Kara, que vivía en un piso que daba a las vías, dijo que, de vez en cuando, veía una locomotora de vapor —porque así es como se supone que hay que llamarlas— que pensaba que era la que utilizaron como Expreso de Hogwarts.

—Ya sabéis —dijo—. En las películas.

—¿Y eso no podías verlo desde el puente? —preguntó Lesley.

—Pasa demasiado rápido —dijo—. Tengo que contar las ruedas, porque en las películas es un tren GWR 4900 clase 5972 que tiene una configuración 4-6-0.

—No sabía que fueras una apasionada de los trenes —dije.

—No lo soy —dijo Abigail, y me dio un puñetazo en el brazo—. Eso va de apuntar números mientras que lo mío era para verificar una teoría.

—¿Viste el tren? —preguntó Lesley.

—No —respondió—, vi al fantasma. Por eso fui en busca de Peter.

Le pregunté dónde había visto al fantasma y nos enseñó las líneas de tiza que había dibujado.

—¿Estás segura de que es aquí donde apareció esa cosa? —pregunté.

—Donde apareció él —insistió Abigail—. No dejo de decirte que era un chico.

—Ahora no está aquí —dije.

—Pues claro que no —dijo Abigail—. Si estuviera aquí todo el rato, alguien más lo habría denunciado ya.

Era una buena observación, y me dije a mí mismo que tenía que comprobar los informes cuando volviera a La Locura. Había descubierto un cuarto de servicio fuera de la biblioteca mundana con archivos repletos de papeles de antes de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos, unos cuadernos llenos de avistamientos de fantasmas anotados a mano; hasta donde podía decir, avistar fantasmas había sido el pasatiempo favorito entre los aprendices a mago adolescentes.

—¿Le hiciste una foto? —preguntó Lesley.

—Tenía el teléfono a punto para cuando pasara el tren —dijo Abigail—, pero, cuando fui a hacer la foto, había desaparecido.

—¿Notas algo? —me preguntó Lesley.

Había sentido un escalofrío cuando llegué al sitio en el que había estado el fantasma, un olorcillo a gas butano que interrumpió el de la orina de zorro y el de hormigón húmedo; una risita como la de Patán y el rugido hueco de un motor diésel bien grande.

La magia deja una huella allá donde ha estado. El nombre técnico que usamos es vestigium. Las piedras son las que mejor los absorben y los seres vivos, los que peor. El hormigón es casi tan bueno como la piedra, pero, incluso así, los indicios pueden ser vagos y casi idénticos a los artificios de la propia imaginación. Aprender a diferenciar unos de otros es una habilidad clave si quieres hacer magia. Es muy probable que el escalofrío se deba al tiempo, y la risita, real o imaginaria, podría venir de Abigail. El olor a propano y el rugido del diésel apuntaban hacia una tragedia familiar.

—¿Y bien? —preguntó Lesley. Se me da mejor percibir los vestigia que a ella, y no solo porque lleve más tiempo siendo aprendiz que ella.

—Aquí hay algo —dije—. ¿Puedes alumbrar un poco?

Lesley le sacó la batería a su móvil y le dijo a Abigail que hiciera lo mismo.

—Porque la magia destrozará los chips si están conectados —le aclaré al verla dudar—. No tienes que hacerlo si no quieres, es tu teléfono.

Abigail sacó un Ericsson del año anterior, lo abrió con bastante facilidad y le quitó la batería. Le hice un gesto con la cabeza a Lesley, mi teléfono tenía un botón manual que yo mismo había instalado con la ayuda de uno de mis primos, que llevaba desmontando móviles desde que tenía doce años.

Lesley extendió la mano, dijo la palabra mágica y conjuró un globo de luz del tamaño de una pelota de golf que flotó sobre la palma abierta. La palabra mágica era en este caso Lux, y el nombre coloquial del hechizo era luz mágica; es el primero que aprendes. La luz mágica de Lesley arrojó una luz perlada que producía sombras tenues sobre los muros de hormigón del túnel.

—¡Guau! —dijo Abigail—. Podéis hacer magia.

—Ahí está el chico —dijo Lesley.

Un joven apareció junto a la pared. Era blanco, de entre diecisiete y veintipocos años y llevaba su mata de pelo rubio teñido peinada con pinchos engominados. Iba vestido con unas deportivas blancas baratas, vaqueros y un chaquetón de trabajo con tela impermeable en los hombros. Tenía un espray de pintura en la mano que movía delicadamente para trazar un arco en el hormigón. El siseo apenas era audible, y no había ninguna muestra de que la pintura fresca se estuviera aplicando de nuevo. Cuando se detuvo para agitar el espray, el tintineo fue sordo.

La luz mágica de Lesley se atenuó y se puso más roja.

—Dame más luz —le dije.

Se concentró y la luz brilló antes de atenuarse de nuevo. El siseo se escuchó más alto y por fin pude ver lo que el chico estaba dibujando. Había mostrado ambición: estaba escribiendo una frase que empezaba cerca de la entrada.

—Sed buenos con… —leyó Abigail—. ¿Qué se supone que significa eso?

Me llevé un dedo a los labios y miré a Lesley, que inclinó la cabeza para demostrar que podía seguir con el hechizo todo el día si hiciera falta…, aunque yo no iba a permitírselo. Saqué mi sencilla libreta policial y preparé el bolígrafo.

—Perdone —dije con el mejor tono policial que pude adoptar—. ¿Podríamos hablar un momento?

En realidad, te enseñan a hablar así en Hendon. El objetivo es conseguir un tono que atraviese cualquier halo de alcohol, agresividad o culpabilidad aleatoria en el que se encuentre algún ciudadano.

El joven me ignoró. Sacó un segundo espray del bolsillo de la chaqueta y empezó a sombrear las líneas de una C mayúscula. Lo intenté un par de veces más, pero parecía resuelto a terminar la palabra «CADA».

—Eh, cariño —dijo Lesley—. Deja eso, date la vuelta y habla con nosotros.

El siseo se detuvo, los aerosoles volvieron al bolsillo y el joven se volvió. Tenía el rostro pálido y anguloso y llevaba los ojos ocultos tras un par de gafas oscuras a lo Ozzy Osbourne.

—Estoy ocupado —dijo.

—Ya lo vemos —dije, y le mostré mis credenciales—. ¿Cómo te llamas?

—Macky —murmuró mientras volvía a concentrarse en su tarea—. Estoy ocupado.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lesley.

—Estoy haciendo del mundo un lugar mejor —respondió Macky.

—Es un fantasma —interrumpió Abigail con incredulidad.

—Fuiste tú la que nos trajo aquí —dije.

—Ya, pero cuando lo vi estaba más delgado —dijo Abigail—. Mucho más delgado.

Le expliqué que se estaba alimentando de la magia que generaba Lesley, lo que nos llevó a la inevitable pregunta:

—¿Y qué es la magia entonces? —preguntó Abigail.

—No lo sabemos —respondí—. No es ninguna forma de radiación electromagnética. Eso es lo único que sé a ciencia cierta.

—A lo mejor son ondas cerebrales —dijo Abigail.

—No lo creo —dije—. Porque eso sería electroquímico, y seguiría estando relacionada con alguna clase de manifestación física si tuviera que salir de tu cabeza.

Así que atribuyámoslo al polvo de hadas o al entrelazamiento cuántico, que es lo mismo que el polvo de hadas solo que contiene la palabra «cuántico».

—¿Vamos a hablar con este tío o no? —preguntó Lesley—. Porque, de lo contrario, apagaré esto. —La luz mágica osciló sobre la palma de su mano.

—Eh, Macky —lo llamé—. Me gustaría hablar contigo.

Macky había vuelto con su arte; estaba terminando de sombrear la última A de «CADA».

—Estoy ocupado —dijo—. Estoy haciendo del mundo un lugar mejor.

—¿Y cómo piensas conseguirlo? —pregunté.

Macky dejó la «A» a su gusto y se alejó unos pasos para admirar su obra. Todos habíamos tenido el máximo cuidado posible en mantenernos alejados de las vías, pero o Macky se estaba arriesgando o, lo que era más probable, se le había olvidado. Vi que Abigail pronunciaba «Oh, mierda» con los labios al darse cuenta de lo que iba a pasar.

—Porque sí —dijo Macky, y entonces lo golpeó el tren fantasma.

Pasó por delante de nosotros, invisible y silencioso salvo por la ráfaga de calor y el olor a diésel. Macky salió volando de la vía y aterrizó en un pliegue justo debajo de la U de «BUENO». Se escuchó un gorjeo y su pierna sufrió un par de espasmos antes de quedarse prácticamente inmóvil. Entonces se desvaneció y, con él, su grafiti.

—¿Puedo dejarlo ya? —preguntó Lesley. La luz mágica seguía siendo tenue; Macky continuaba absorbiendo su poder.

—Aguanta un poco más —dije.

Escuché un traqueteo leve y, al mirar hacia la boca del túnel, distinguí una figura borrosa y transparente que empezaba a dibujar el contorno de una S redonda con espray.

«Cíclico —anoté en mi libreta—, repetitivo…, ¿insensible?».

Le dije a Lesley que podía apagar la luz mágica y Macky desapareció. Abigail, que se había espachurrado precavidamente contra la pared del túnel, nos observó mientras Lesley y yo hacíamos una rápida búsqueda a lo largo de la franja de tierra que había junto a la vía. Hacia la entrada, a mitad de camino, recogí los restos rotos y polvorientos de las gafas de Macky de entre la arena y el balasto. Las sostuve en mi mano y cerré los ojos. En lo referente a los vestigia, el metal y el vidrio son impredecibles, pero sentí vagamente un par de compases de un solo de guitarra de rock.

Tomé nota de lo de las gafas —una prueba física de la existencia del fantasma— y pensé en si debería llevármelas a casa. ¿Tendría algún efecto en el fantasma que me llevara algo tan esencial de su paradero? Y si al llevármelas hería o destruía al fantasma, ¿importaba? ¿Era un fantasma una persona?

No me he leído ni un diez por ciento de los libros de fantasmas de la biblioteca mundana. De hecho, había leído sobre todo los libros de texto que Nightingale me había mandado y cosas como Wolfe y Polidori, con los que me había topado durante una investigación. Por lo que he leído, está claro que las posturas con respecto a los fantasmas entre los magos oficiales habían cambiado a lo largo del tiempo.

Sir Isaac Newton, fundador de la magia moderna, parecía considerarlos una molesta distracción que enturbiaba la belleza de su precioso y limpio universo. Hubo una corriente durante el siglo xvii que los clasificaba como si se tratara de plantas o animales y, durante la Ilustración, hubo muchas discusiones serias sobre el libre albedrío. Los victorianos se dividían claramente entre los que consideraban que los fantasmas eran almas a las que había que salvar y los que pensaban que era una forma de corrupción espiritual… a la que había que exorcizar. En la década de los treinta, cuando la relatividad y la teoría cuántica aparecieron para perturbar el antiguo tapizado de cuero de La Locura, las conjeturas se volvieron emocionantes y se consideró que los pobres espíritus de los difuntos eran los sujetos más oportunos para el estudio de toda clase de experimentos mágicos. El consenso fue que no eran más que grabaciones de gramófono de vidas pasadas y que, por tanto, tenían el mismo estatus ético que las moscas de fruta en un laboratorio genético.

Le había preguntado a Nightingale por esto, ya que él había estado allí, pero no había pasado mucho tiempo en La Locura durante esos días. «Estuve de un lado para otro, recorriendo el Imperio y ultramar», había dicho. Le pregunté qué había estado haciendo.

—Recuerdo haber escrito un montón de informes, pero ¿con qué propósito? Nunca estuve completamente seguro.

Yo no creía que fueran «almas», pero, hasta que supiera lo que eran, decidí equivocarme y eligir el lado del comportamiento ético. Cavé un surco poco profundo en el balasto, justo donde Abigail había dibujado la marca, y enterré las gafas. Anoté la hora y el sitio para pasarlos a los ficheros cuando volviera a La Locura. Lesley apuntó la localización del agujero en la valla, pero fui yo el que tuvo que llamar a la PBT, puesto que ella, legalmente, aún estaba de baja.

Le compramos a Abigail un Twix y una Coca-Cola y le hicimos prometer que se mantendría alejada de las vías del tren, pasara o no el Expreso de Hogwarts. Esperaba que la desaparición fantasmal de Macky fuera suficiente por sí sola para que no se acercara. Después la dejamos en la urbanización y volvimos a Russell Square.

—Ese abrigo era demasiado pequeño para ella —dijo Lesley—. ¿Y qué clase de adolescente va en busca de trenes de vapor?

—¿Crees que tiene problemas en casa? —pregunté.

Lesley metió a la fuerza el dedo índice por debajo del borde de su máscara y se rascó.

—Esta mierda no es hipoalergénica —dijo.

—Puedes quitártela —contesté—. Ya casi hemos llegado.

—Creo que deberías dejar constancia de tus preocupaciones en los servicios sociales —dijo Lesley.

—¿Ya has tomado nota de los minutos que llevas?

—Solo porque conozcas a su familia —empezó Lesley—, no significa que le estés haciendo un favor a la chica por ignorar el problema.

—Hablaré con mi madre —dije—. ¿Cuántos minutos?

—Cinco —dijo.

—Más bien diez.

Se supone que Lesley no puede hacer magia durante mucho tiempo al día. Era una de las condiciones impuestas por el doctor Walid cuando dio su autorización para que empezara como aprendiz. Además, tiene que anotar la magia que hace y, una vez a la semana, tiene que estar yendo y viniendo del Hospital Universitario para meter la cabeza en un escáner de resonancias magnéticas y que el doctor Walid le eche un vistazo a su cerebro en busca de las lesiones que muestran señales prematuras de una degradación hipertaumatúrgica. El precio que hay que pagar por utilizar demasiado la magia es un infarto masivo, si tienes suerte, o un fatídico aneurisma cerebral, si no la tienes. El hecho de que, antes de la llegada de las resonancias magnéticas, la primera señal de alarma de un uso excesivo fuera morirse de repente es una de las muchas razones por las que la magia no ha llegado nunca a considerarse un pasatiempo.

—Cinco minutos —dijo.

Llegamos a un acuerdo y lo dejamos en seis.

El inspector Thomas Nightingale es mi jefe, mi superior y mi maestro —solo en el sentido estricto de la palabra, como profesor-alumno, se entiende— y los domingos, por norma general, cenamos pronto en lo que llamamos el comedor privado. Es una pizca más bajo que yo, delgado, con el pelo castaño y los ojos grises, y aparenta cuarenta años, pero es mucho mucho más mayor. Aunque por rutina no suele arreglarse para cenar, siempre me da la clara sensación de que se está conteniendo por cortesía hacia mí.

Estábamos tomando cerdo en salsa de ciruelas con lo que, por alguna razón, Molly consideró que era el acompañamiento perfecto: pudin de Yorkshire y repollo salteado con azúcar. Como era habitual, Lesley decidió cenar en su cuarto, y no la culpaba, es difícil comer pudin de Yorkshire con algo de dignidad.

—Tengo que proponerte un pequeño paseo por el campo mañana —dijo Nightingale.

—¿Ah, sí? —pregunté—. ¿Dónde esta vez?

—En Henley-on-Thames —dijo Nightingale.

—¿Y qué hay en Henley? —pregunté.

—Un posible Pequeño Cocodrilo —respondió Nightingale—. El profesor Postmartin ha hecho algunas investigaciones para nosotros y ha descubierto a algunos miembros más.

—Todo el mundo quiere ser detective —dije.

Aunque Postmartin, como guardián de los archivos y veterano de Oxford, era la única persona adecuada para localizar a los estudiantes a los que pensábamos que les habían enseñado magia de forma ilegal. Dos de ellos, al menos, se habían graduado con el estatus de «magos oscuros completamente cabronazos»: uno estuvo en activo durante los años sesenta y otro estaba vivito y coleando y había intentado tirarme de una azotea durante el verano. Estábamos a cinco pisos de altura, de manera que me lo tomé como algo personal.

—Creo que Postmartin siempre se ha considerado un detective amateur —dijo Nightingale—. Sobre todo si tiene que ver en su mayor parte con reunir cotilleos universitarios. Cree que ha encontrado a uno en Henley y a otro viviendo en nuestra querida ciudad, en el mismísimo Barbican nada menos. Quiero que vayas a Henley mañana y eches un vistazo, que compruebes si practica la magia. Ya conoces el procedimiento. Lesley y yo iremos a ver al otro.

Limpié el plato de salsa de ciruelas con el último trozo de pudin de Yorkshire.

—Henley se sale un poco de mi terreno —dije.

—Razón de más para que expandas tus horizontes —comentó Nightingale—. Pensé que podrías combinarlo con una visita «pastoral» a Beverley Brook. Tengo entendido que ahora mismo vive en ese tramo del Támesis.

«¿En ese tramo o en el propio Támesis?», me pregunté.

—No me importaría —dije.

—Sabía que pensarías eso —dijo Nightingale.

Por alguna razón inexplicable, Scotland Yard no tiene un formulario estándar para los fantasmas, de manera que tuve que hacer uno casero en una hoja de Excel. En los viejos tiempos, todas las comisarías solían tener un catalogador, un agente cuyo trabajo era mantener los archivos llenos de información sobre los delincuentes del barrio, los casos viejos, los cotilleos y cualquier cosa que pudiera permitir a los defensores uniformados de la justicia tirar abajo la puerta correcta. O, al menos, alguna puerta en el barrio adecuado. En realidad, aún existe una oficina del recopilador en el Hendon College, una habitación polvorienta forrada de pared a pared y de arriba abajo con archivadores llenos de fichas. A los cadetes les enseñan esta habitación y les hablan, entre susurros, de los remotos días del siglo pasado cuando toda la información se escribía en pedazos de papel. En la actualidad, si dispones de los permisos adecuados, te registras en tu terminal AWARE y accedes a CRIS para obtener informes criminales, a Crimint+ para la información penal, a NCALT para programas de formación o a MERLIN, que se ocupa de los delitos relacionados con los niños, y consigues la información que necesitas en cuestión de segundos.

La Locura, al ser el depósito oficial de las cosas de las que los agentes de policía de buen juicio no les gusta hablar y, mucho menos, tener flotando por el sistema electrónico de información para que cualquier Fulano, Mengano o periodista del Daily Mail pueda tener acceso a ellas, obtiene la información a la vieja usanza: el boca a boca. La mayor parte va a parar a Nightingale, que la anota, con una letra muy clara, debería añadir, en papel, y después yo la archivo tras pasar los datos básicos a una tarjeta de 5x3 que termina en la sección correspondiente del catálogo de fichas de la biblioteca mundana.

A diferencia de Nightingale, yo paso los informes a una hoja de cálculo del portátil, imprimo los formularios y después los archivo en la biblioteca. Calculo que la biblioteca mundana tendrá más de tres mil archivos, sin contar con todos los libros de avistamiento de fantasmas que se quedaron sin ordenar en los años treinta. Algún día lo introduciré todo en una base de datos…, posiblemente le enseñe a Molly a teclear.

Me puse media hora con el papeleo, lo máximo que pude aguantar, y después pasé a Plinio el Viejo, cuyo duradero salto a la fama viene de escribir la primera enciclopedia y de navegar demasiado cerca del Vesubio en su gran día. Después llevé a Toby de paseo por Russell Square, me tomé una pinta en el Marquis y a continuación regresé a La Locura para acostarme.

En una unidad en la que los miembros son el inspector jefe y un agente, os aseguro que el primero no va a ser el que está localizable en mitad de la noche. Después de freír accidentalmente tres móviles, me había aficionado a dejar el mío apagado mientras estuviera en La Locura. Pero esto implicaba que, cuando tenía alguna llamada de trabajo, Molly contestaba al teléfono en el piso de abajo y a continuación se quedaba en silencio en el rellano de la puerta de mi habitación, de donde no se movía hasta que yo me despertaba de puro pánico para darme el aviso. Poner un cartel con «llamar antes de entrar» no tuvo ningún efecto, como no lo tuvo cerrar la puerta con llave y poner una silla debajo del pomo. A ver, me encanta la comida que prepara Molly, pero hubo una vez en la que casi me come, así que pensar en ella deslizándose por mi cuarto sin permiso mientras yo me echaba una siesta significó que empecé a perder horas útiles de sueño. De manera que, después de un par de días de duro trabajo y con la ayuda de un conservador del Museo de Ciencias, coloqué un cable coaxial que subía hasta mi habitación.

Ahora, cuando el poderoso ejército de la justicia que es Scotland Yard necesita mis expertos servicios, envía una señal por un cable de cobre aislado y activa la campana electromagnética que hay dentro de un teléfono de baquelita que se fabricó cinco años antes de que mi padre naciera. Es como si te despertara un taladro armonioso, pero es mejor que la alternativa.

Lesley lo llama el bat-teléfono.

Me despertó pasadas justo las tres de la mañana.

—Levántate, Peter —dijo la inspectora Stephanopoulos—. Ha llegado la hora de que hagas un trabajo policial de verdad.

Lunes

Capítulo 2
Baker Street

Echo de menos estar en compañía de otros agentes. No me entendáis mal, que me asignaran a La Locura me ha dado la oportunidad de ser detective al menos dos años antes de lo previsto, pero, puesto que la totalidad de la unidad actual somos yo, el inspector Nightingale y, probablemente en poco tiempo, la agente Lesley May, no cumplo con mis obligaciones seguido de una masa de gente. Es una de esas cosas que no echas de menos hasta que desaparecen: el olor de los chubasqueros mojados en los vestuarios, la tensión por conseguir un ordenador en la sala de informática de los agentes los viernes por la mañana, cuando subían las nuevas misiones al sistema, refunfuñar y bromear en la sesión informativa de las seis de la mañana. Ese sentimiento de que hay muchos como tú en un mismo sitio que se preocupan por las mismas cosas.

Esa fue la razón por la que, cuando vi el mar de luces azules a las afueras de la estación de metro de Baker Street, me sentí casi como si volviera a casa. Elevándose por encima de las luces se encontraba la estatua de tres metros de Sherlock Holmes, con su gorro de cazador y su pipa de hachís incluida, para supervisar nuestro trabajo policial y asegurarse de que alcanzaba los mayores estándares ficticios. Las verjas estaban abiertas hacia dentro y un par de agentes de la Policía Británica de Transporte se acurrucaban en el interior, como si se estuvieran escondiendo de la mirada austera de Sherlock, aunque era más probable que fuera porque hacía mucho frío. Apenas se fijaron en mis credenciales, me hicieron señas con las manos para que pasara, partiendo del hecho de que nadie, salvo un agente de policía, sería tan idiota como para estar en la calle tan temprano.

Bajé las escaleras hasta el vestíbulo principal, donde todos los tornos automáticos estaban abiertos en la posición de emergencia. Un grupo de gente con chaquetas reflectantes y botas pesadas deambulaba mientras bebía café, hablaba y jugaba en sus teléfonos. No cabía duda de que las labores de mantenimiento de aquella noche no se estaban llevando a cabo…; podéis esperar retrasos en la línea.

Baker Street abrió en 1863, pero la mayor parte de la estación está modernizada con azulejos color crema y paneles de madera y hierro forjado de los años veinte cubiertos con capas de cables, cajas de conexión, altavoces y cámaras de vigilancia.

No es tan difícil encontrar los cuerpos en un delito grave, ni siquiera en una escena del crimen tan complicada como lo es una estación de metro; solo tienes que buscar la mayor concentración de trajes Noddy* y tomar esa dirección. Cuando llegué al andén 3, parecía que en el extremo hubiera un brote de ántrax. Debía tratarse de un crimen, porque un suicidio o una de las cinco a diez personas que consiguen matarse accidentalmente al año en el metro no habrían llamado tanto la atención.

El andén 3 estaba construido con el viejo sistema de «trincheras cubiertas», en el que se ponía a unos dos mil peones de obra a cavar una puta zanja enorme, después se colocaba una vía de tren en la base y se volvía a cubrir todo. Por aquel entonces pasaban trenes de vapor, de manera que la mitad de la estación estaba al aire libre para que el vapor saliera y las inclemencias climáticas entraran.

Acercarse a una escena del crimen es como meterse en una discoteca: por lo que respecta al segurata, si no estás en la lista, no entras. En este caso, la lista era el registro de la escena del crimen, y el segurata era un agente de la Policía Británica de Transporte con un aspecto muy severo. Le dije mi nombre y mi rango y miró por encima de mí, hacia donde una mujer baja y fornida con un desafortunado corte de pelo a lo cepillo nos fulminaba con la mirada desde el fondo del andén. Era la recién nombrada inspectora Miriam Stephanopoulos y ese era, me di cuenta, su primer trabajo oficial como inspectora. Ya habíamos trabajado juntos antes, lo que puede que fuera la razón por la que dudó antes de hacerle un gesto con la cabeza al agente. Esa es la otra forma de acceder a una escena del crimen: si conoces a los que están al mando.

Firmé en el libro de registro y me agencié un traje Noddy que había sobre una silla plegable. Cuando me lo puse, me dirigí hacia donde estaba Stephanopoulos, que supervisaba al agente encargado de las pruebas mientras este supervisaba a su vez al equipo forense que pululaba por el extremo del andén.

—Buenos días, jefa —dije—. ¿Me llamó usted?

—Peter —dijo. Por Scotland Yard se rumorea que tiene una colección de testículos humanos en un tarro junto a la cama, recuerdos cortesía de los hombres lo bastante insensatos como para expresar una opinión cómica sobre su orientación sexual. Eso sí, también he oído que tiene una casa enorme pasada la carretera de North Circular donde su compañera y ella crían pollos, pero nunca me he atrevido a preguntárselo.

El tipo que estaba muerto al final del andén 3 había sido guapo en algún momento, pero ya no lo era. Estaba tumbado de costado, la cara le descansaba sobre el brazo extendido hacia fuera, tenía la espalda medio encorvada y las piernas dobladas por las rodillas. No estaba exactamente en lo que los patólogos llaman una posición pugilística, sino más bien en la posición de recuperación que me habían enseñado en primeros auxilios.

—¿Lo han movido? —pregunté.

—El jefe de la estación lo encontró así —dijo Stephanopoulos.

Llevaba puestos unos vaqueros desteñidos y una chaqueta de vestir azul marino sobre un jersey de cuello cisne negro de cachemir. La chaqueta estaba hecha con tela de buena calidad y estaba muy bien cortada, sin duda, hecha a medida. Sin embargo, lo extraño era que calzaba unas Doctor Martens, el modelo clásico 1460, es decir, botas de trabajo, no zapatos. Estaban manchadas de barro desde las suelas al tercer ojal. La piel por encima de la línea de barro era mate, flexible, sin dar de sí; prácticamente estaban nuevas.

Era blanco, tenía el rostro pálido, la nariz recta, la barbilla prominente. Como he dicho, probablemente había sido guapo. Tenía el pelo rubio y llevaba un flequillo emo y lacio que le cruzaba la frente. Tenía los ojos cerrados.

Stephanopoulos y su equipo ya habrían tomado nota de todos estos detalles. Incluso mientras me agachaba junto al cuerpo, media docena de técnicos forenses esperaban para coger muestras de cualquier cosa que no se hubiera precisado ya rigurosamente y, detrás de ellos, había otro grupo de técnicos con herramientas de cortar para recoger todo lo que hubiera. Mi trabajo era algo diferente.

Me puse una mascarilla y unas gafas protectoras, acerqué el rostro lo máximo que pude al cuerpo sin tocarlo y cerré los ojos. Los cuerpos humanos retienen los vestigia bastante mal, pero la magia que es lo suficientemente potente para matar a alguien de forma directa, si eso es lo que pasó, tiene la fuerza suficiente para dejar un rastro. Solo con hacer uso de mis sentidos normales, detecté sangre, polvo y un olor a orina que sin duda alguna esta vez no se debía a los zorros.

Hasta donde podía asegurar, los vestigia no estaban asociados con el cuerpo. Me alejé y me giré para mirar a Stephanopoulos. Frunció el ceño.

—¿Por qué me ha hecho venir? —pregunté.

—Hay algo extraño en este caso —dijo—. Pensé que sería mejor que vinieras a echar un vistazo ahora que tener que llamarte luego.

Como, por ejemplo, después de desayunar, cuando me hubiera despertado… Me callé. Eso no se dice. No cuando tener que salir a cualquier hora es prácticamente la definición del trabajo de un agente de policía.

—No encuentro nada —dije.

—¿No podrías…? —Stephanopoulos hizo un pequeño gesto con la mano. Normalmente no le explicamos cómo hacemos las cosas al resto de Scotland Yard, por no hablar de todo lo demás, porque solemos inventarnos los procedimientos a medida que los necesitamos. Como resultado, los superiores como Stephanopoulos saben que hacemos algo, pero no están completamente seguros de qué.

Me alejé del cuerpo y los forenses que estaban esperando se abalanzaron por delante de mí para terminar de procesar la escena.

—¿Quién es? —pregunté.

—Todavía no lo sabemos —respondió Stephanopoulos—. Tiene una sola puñalada en la zona lumbar y el rastro de sangre conduce al túnel. No podemos asegurar si lo arrastraron o si se tambaleó hasta aquí arriba él solo.

Miré hacia el túnel. En los túneles tipo «trincheras cubiertas», las vías van una al lado de la otra, como en las exteriores, lo que significaba que ambas vías tendrían que permanecer cerradas mientras las inspeccionaban.

—¿En qué dirección se va por ahí? —pregunté. Me había dado la vuelta; estaba en alguna parte de la planta del entresuelo.

—Hacia el este —dijo Stephanopoulos. De vuelta a Euston y King’s Cross—. Y la cosa empeora mucho más que eso. —Señaló hacia donde el túnel giraba a la izquierda—. Pasada la curva está la intersección de District y Hammersmith, así que tendremos que cerrar todo el intercambiador.

—Al Servicio de Transportes de Londres le va a encantar —dije.

Stephanopoulos soltó una risa escueta.

—Ya están encantados —dijo.

El metro tenía que reabrir su servicio normal en menos de tres horas, y si las vías de Baker Street estaban cerradas, entonces todo el sistema iba a bloquearse el lunes de la última semana de compras antes de Navidad.

Aunque Stephanopoulos tenía razón; había algo raro en la escena del crimen. Algo más aparte del muerto. Cuando miré hacia el túnel, me llegó desde arriba un destello, no de vestigia, sino de algo más antiguo: ese instinto que todos heredamos del lapso evolutivo en el que pasamos de estar en los árboles a inventar el garrote. De cuando solo éramos un puñado de simios delgados y bípedos en un mundo lleno de grandes depredadores. Por la época en la que éramos un almuerzo con patas. Esa alerta que te indica que algo te está vigilando.

—¿Quiere que mire en el túnel? —pregunté.

—Pensé que nunca lo preguntarías —respondió Stephanopoulos.

Las personas tienen una concepción graciosa de los agentes de policía. Por un lado parecen pensar que nos encanta ir corriendo a cualquier emergencia sin pensar en nuestra propia seguridad. Y es verdad que somos como los bomberos y los soldados, pero eso no significa que no pensemos. Una cosa en la que pensamos es en el tercer riel electrificado y en lo fácil que es matarse si lo tocas. La sesión informativa de seguridad sobre los placeres de electrificarse nos la ofreció, a mí y a los distintos forenses que se mantenían a la espera, un sargento de la Policía Británica de Transporte que se llamaba Jaget Kumar. Pertenecía al grupo de los raritos: un agente de la PBT que había hecho el curso de cinco semanas sobre seguridad ferroviaria que te permite deambular por entre la maquinaria pesada incluso cuando las vías están funcionando.

—No es que alguien quiera hacer eso —dijo Kumar—. Para empezar, el principal consejo sobre seguridad cuando estás tratando con vías con corriente eléctrica es no estar en ellas.

Seguí a Kumar mientras el resto del grupo de los forenses se quedaba en el sitio. Puede que no estuvieran seguros de cuál era mi función, pero entienden la norma de no contaminar una escena del crimen. Además, de esa forma podían quedarse esperando y ver si Kumar y yo nos electrocutábamos o no antes de ponerse ellos mismos en peligro.

Kumar esperó hasta que estuvimos fuera del alcance de sus oídos para preguntarme si de verdad formaba parte de los Cazafantasmas.

—¿Cómo? —pregunté.

—La ECD 9 —respondió Kumar—. La unidad de los monstruos que acechan por la noche.

—Algo así —dije.

—¿Es verdad que investigas… —Kumar se detuvo y buscó el término adecuado—… fenómenos fuera de lo común?

—No nos dedicamos a los ovnis ni a las abducciones alienígenas —contesté, porque esa solía ser la segunda pregunta que me hacían.

—¿Quién se encarga de los temas de los alienígenas? —preguntó Kumar. Lo miré y vi que se estaba cachondeando.

—¿Podemos concentrarnos en nuestra tarea? —pregunté.

Era fácil seguir el rastro de sangre.

—Se mantuvo a uno de los lados, lejos del raíl central.

—Alumbró con la linterna la perfecta huella de una pisada que había sobre el balasto—. No se acercaba a las traviesas, lo que me lleva a pensar que tenía ciertos conocimientos de seguridad.

—¿Por qué? —pregunté.

—Si tienes que andar por las vías cuando están electrificadas, te mantienes alejado de las traviesas. Son resbaladizas. Si te resbalas, caes, extiendes las manos y te quedas frito.

—Te quedas frito —repetí—. Esa es la expresión técnica, ¿no? ¿Cómo llamáis de verdad a alguien que se ha quedado frito?

—Don Tostado —dijo Kumar.

—¿Eso es lo mejor que se os ha ocurrido?

Kumar se encogió de hombros.

—No es precisamente una de nuestras prioridades más importantes.

Ya habíamos girado en la curva y habíamos desaparecido de la vista del andén cuando llegamos al sitio en el que empezaba el rastro de sangre. Hasta entonces, el balasto y la tierra de la vía habían hecho un buen trabajo al absorber la sangre, pero ahí conseguí iluminar con la linterna un charco de color rojo oscuro brillante e irregular.

—Voy más adelante a comprobar las vías para ver si consigo encontrar por dónde entró —dijo Kumar—. ¿Estarás bien aquí solo?

—No te preocupes por mí —dije—. Estoy bien.

Me agaché y dividí la zona metódicamente en cuartos alrededor del charco de sangre con la luz de la linterna. A menos de medio metro de vuelta hacia el andén encontré un rectángulo marrón de cuero y la luz de la linterna reflejó la parte resplandeciente de un teléfono muerto o apagado. Estuve a punto de recogerlo, pero me detuve.

Llevaba puestos unos guantes y tenía un bolsillo lleno de bolsas para pruebas y etiquetas, y si esto hubiera sido una agresión, un robo o cualquier otro delito menos grave, lo habría metido en las bolsas y etiquetado yo mismo. Pero se trataba de una investigación de asesinato, y pobre del agente que rompiera la cadena de las pruebas, ya que lo harían tomar asiento para explicarle con pelos y señales lo que salió mal en el juicio de O. J. Simpson por asesinato. Con una presentación de PowerPoint incluida.

Saqué mi airwave del bolsillo, volví a ponerle las pilas, llamé a un policía de la científica y le dije que tenía algunas pruebas para él. Estaba volviendo a revisar la zona mientras esperaba cuando me di cuenta de que había algo extraño en el charco de sangre. La sangre es más espesa que el agua, sobre todo cuando ha empezado a coagularse, por lo que, en un charco, no se esparce del mismo modo. Y me di cuenta de que puede ocultar lo que tenga debajo. Me incliné todo lo que pude sin arriesgarme a contaminarlo con mi respiración. Según lo hacía, noté un fogonazo de calor, polvo de carbón y un olor a mierda que te humedecía los ojos y que era como caerse de bruces dentro de un corral. La verdad es que me hizo estornudar. Eso sí que eran vestigia.

Me agaché hacia delante para ver si podía averiguar qué había debajo de toda aquella sangre. Era triangular y tenía el color de las galletas. Al principio pensé que era una piedra, pero vi que tenía los bordes afilados y me di cuenta de que era un fragmento de cerámica.

—¿Algo más? —preguntó una voz detrás de mí; un técnico forense.

Le señalé las cosas que había descubierto y después me hice a un lado para que el fotógrafo tomara imágenes in situ. Iluminé el túnel y vi el destello de la chaqueta reflectante de Kumar unos treinta metros más adelante. Él me iluminó también y me puse en marcha, con cuidado, para unirme a él.

—¿Hay algo? —pregunté.

Kumar utilizó la linterna para señalar un conjunto de puertas modernas de acero situadas en un arco de ladrillo decididamente victoriano.

—Se me ocurrió que podría haber entrado por los antiguos accesos de los trabajadores, pero siguen cerrados. Aunque quizás quieras buscar huellas.

—¿Dónde estamos?

—Debajo de Marylebone Road, hacia el este —dijo Kumar—. Hay un par de respiraderos viejos más adelante que quiero comprobar. ¿Vienes?

Quedaban setecientos metros hasta Great Portland Street, la siguiente parada. No llegamos hasta el final, solo hasta donde se veía el andén. Kumar comprobó los puntos de acceso y dijo que si nuestro chico misterioso hubiera saltado allí desde el andén, lo habrían visto los siempre atentos operarios de las cámaras de seguridad.

—¿Por dónde coño entró a las vías? —preguntó Kumar.

—A lo mejor hay otra formar de entrar —dije—. Algún sitio que no aparezca en los planos, algo que se nos haya escapado.

—Voy a pedirle al agente que patrulla por aquí que venga —dijo Kumar—. Él lo sabrá.

Estos agentes se pasaban toda la noche recorriendo los túneles en busca de defectos y eran, según Kumar, los guardianes de los secretos del metro. «O algo así», dijo.

Dejé a Kumar esperando a su guía experto y retrocedí hacia Baker Street. Estaba a medio camino cuando me resbalé con un fragmento suelto de balasto y me caí de bruces. Lancé los brazos para protegerme de la caída, como es habitual, y no pasé por alto que la palma de mi mano izquierda golpeó sobre el tercer riel electrificado. Un policía achicharrado…, ¡encantador!

Estaba sudando para cuando volví a subir al andén. Me sequé el rostro y descubrí una capa fina de suciedad sobre mis mejillas, tenía las manos cubiertas de ella. «Polvo del balasto», supuse. O quizá hollín viejo de cuando las locomotoras de vapor tiraban de varios vagones tapizados y llenos de respetables ciudadanos victorianos a través de los túneles.

—Por el amor de Dios, que alguien le traiga a ese muchacho un pañuelo —dijo una voz pretenciosa con acento del norte—. Y después que alguien me explique qué coño hace aquí.

Seawoll, el inspector jefe del cuerpo de detectives, era un hombre corpulento de un pequeño pueblo a las afueras de Mánchester. La clase de sitio que, como dijo una vez Stephanopoulos, explicaba la actitud alegre frente a la vida de Morrissey.* Ya habíamos trabajado juntos antes: había intentado ahorcarme en el escenario del Teatro Real de la Ópera y yo le había inyectado cinco centímetros cúbicos de tranquilizante para elefantes… Todo tuvo sentido en su momento, lo digo en serio. Podría decirse que estábamos en paz; claro que él tuvo que estar cuatro meses de baja, algo que la mayoría de los policías con amor propio habría considerado un regalo.

Estaba claro que los meses de baja habían terminado y que Seawoll estaba de nuevo al frente de su equipo de la Brigada de Homicidios. Se había colocado en el andén de forma que pudiera vigilar a los forenses sin tener que quitarse el abrigo de piel de camello y sus zapatos Tim Little hechos a mano. Nos hizo señas con las manos a Stephanopoulos y a mí para que nos acercáramos.

—Me alegra ver que se encuentra mejor, señor —dije antes de que pudiera contenerme.

Seawoll miró a Stephanopoulos.

—¿Qué está haciendo él aquí?

—Había algo en el caso que no encajaba —dijo.

Seawoll suspiró.

—Has llevado a mi Miriam por el mal camino —añadió—. Pero ahora ya estoy de vuelta, así que espero que volvamos a la antigua y maravillosa práctica de mantener el orden público basándonos en las pruebas y que reduzcamos de forma notable las putas rarezas.

—Sí, señor —dije.

—Dicho esto, ¿en qué clase de jodida peculiaridad me has metido esta vez? —preguntó.

—No creo que la magia…

Seawoll me silenció con un gestó brusco de la mano.

—No quiero oírte decir la palabra que empieza con eme —contestó.

—Creo que no hay nada extraño en la forma en la que murió —dije—, salvo…

Seawoll volvió a cortarme.

—¿Cómo murió? —le preguntó a Stephanopoulos.

—Tiene una fea puñalada en la zona lumbar y posibles daños orgánicos, pero murió desangrado —respondió.

Seawoll preguntó por el arma homicida y Stephanopoulos le hizo señas al policía de la científica, que se acercó y nos ofreció una bolsa de plástico con las pruebas para que las inspeccionáramos. Era el triángulo color galleta que yo había encontrado en el túnel.

—¿Qué coño es eso? —preguntó Seawoll.

—El fragmento de un plato roto —respondió Stephanopoulos, y retorció la bolsa para que pudiéramos ver que efectivamente era un pedazo triangular de un plato hecho añicos; tenía el reborde decorado—. Parece de cerámica —dijo.

—¿Están seguros de que eso es el arma homicida? —preguntó Seawoll.

Stephanopoulos dijo que la patóloga estaba tan segura como le era posible sin una autopsia.

No me apetecía nada tener que contarle a Seawoll lo del pequeño nudo concentrado de vestigia que se aferraba al arma homicida, pero supuse que solo provocaría más problemas si me callaba.

—Señor —dije—. Eso es la fuente de… las putas rarezas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Seawoll.

Me planteé explicarle qué eran los vestigia, pero Nightingale me había avisado de que a veces era mejor ofrecerles una explicación simple con la que pudieran sentirse identificados.

—Tiene una especie de brillo alrededor —dije.

—¿De brillo?

—Sí, de brillo.

—Que solo tú puedes ver, supuestamente con tus poderes místicos especiales—dijo.

Lo miré a los ojos.

—Sí —respondí—, mis poderes místicos especiales.

—Está bien —dijo Seawoll—. Así que a nuestra víctima la apuñalaron en el túnel con un pedazo de cerámica mágica, se tambaleó por las vías en busca de ayuda, subió al andén, se desplomó y se desangró.

Sabíamos la hora exacta de la muerte: la una y diecisiete minutos de la mañana, porque conseguimos todo el material de las cámaras de vigilancia. A la una y catorce minutos, las imágenes mostraban el borrón de su cara pálida mientras subía al andén, los bandazos que dio mientras intentaba ponerse en pie y aquel terrible derrumbe final, aquel desplome lateral: la rendición.

Cuando detectaron a la víctima en el andén, el jefe de la estación tardó menos de tres minutos en llegar hasta él, pero, como dijo el propio jefe de la estación, estaba completamente fiambre cuando lo encontró. No sabíamos cómo había entrado en el túnel ni tampoco cómo había salido su asesino, pero, al menos, cuando los forenses procesaron su cartera, supimos de quién se trataba.

—Oh, mierda —dijo Seawoll—. Es estadounidense. —Me pasó una bolsa de pruebas con una tarjeta plastificada dentro. En lo alto se leía: «Estado de Nueva York», debajo ponía: «Carné de circulación», y después había un nombre, una dirección y la fecha de nacimiento. Se llamaba James Gallagher, venía de una ciudad llamada Albany, en Nueva York, y tenía veintitrés años.

Tuvimos una pequeña discusión sobre qué hora exacta sería en Nueva York antes de que Seawoll enviara a uno de los agentes mediadores a contactar con la Jefatura de Policía de Albany. Esta ciudad es la capital del estado de Nueva York, cosa que yo no supe hasta que Stephanopoulos me lo dijo.

—El alcance de tu ignorancia es realmente perturbador, Peter —dijo Seawoll.

—Bueno, nuestra víctima estaba sedienta de conocimiento —dijo Stephanopoulos—. Estudiaba en St. Martin’s College.

Había una tarjeta del Sindicato Nacional de Estudiantes en la cartera, un par de tarjetas de visita a nombre de James Gallagher y lo que esperamos que fuera su dirección en Londres: unas caballerizas antiguas convertidas en viviendas al lado de Portobello Road.

—Me encanta cuando nos lo ponen fácil —dijo Seawoll.

—¿Tú qué crees? —preguntó Stephanopoulos—. ¿La casa, su familia o sus amigos primero?

Me había quedado callado hasta ese momento y, sinceramente, habría preferido escabullirme y marcharme a casa, pero no podía ignorar el hecho de que a James Gallagher lo habían matado con un arma mágica. Bueno, o con un fragmento de cerámica mágica al menos.

—Me gustaría echarle un vistazo a su casa —dije—. Por si acaso era un practicante.

—Practicante, ¿eh? —preguntó Seawoll—. ¿Así es como los llamáis?

Volví a quedarme en silencio y Seawoll me dirigió una mirada de aprobación.

—Está bien —dijo—. Primero la casa, reunid a cualquier familiar y a los amigos y haced una línea temporal. La Policía Británica de Transporte va a traer a varios agentes para que limpien los túneles.

—Al Servicio de Transportes de Londres no le va a hacer gracia —dijo Stephanopoulos.

—Mala suerte para ellos, ¿no?

—Deberíamos decirles a los forenses que el arma homicida puede ser un resto arqueológico —dije.

—¿Arqueológico? —preguntó Seawoll.

—Podría serlo —respondí.

—¿Es tu opinión profesional?

—Sí.

—Que, como es habitual —dijo Seawoll—, es tan útil como una chocolatera.

—¿Quiere que llame a mi jefe para que venga? —pregunté.

Seawoll frunció los labios y me asusté al darme cuenta de que realmente estaba considerando la posibilidad de traer a Nightingale. Aquello me molestó, porque significaba que no confiaba en mí para hacer el trabajo, y me inquietó, porque había habido algo reconfortante en la resistencia que sentía Seawoll hacia cualquier clase de «magia de mierda» que vulnerara sus investigaciones. Si empezaba a tomarme en serio, entonces la presión recaería sobre mí.

—He oído que Lesley se ha unido a tu gente —dijo.

Un cambio de noventa grados en el tema de conversación; un truco clásico de policía. No funcionó, porque yo había practicado la respuesta para esa pregunta desde que Nightingale y el comisario llegaron a otro «acuerdo».

—No de forma oficial —dije—. Está de baja indefinida.

—Menudo desperdicio —comentó Seawoll mientras sacudía la cabeza—. Es suficiente como para hacerle a uno llorar.

—¿Cómo quiere hacerlo, señor? —pregunté—. ¿AB se encarga del asesinato y yo de… las… otras cosas? —AB eran las siglas de la comisaría de Belgravia, donde tenía base la Brigada de Homicidios de Seawoll (a los policías no nos gusta utilizar palabras de verdad cuando podemos optar por un poco de jerga incomprensible en su lugar).

—¿Después de cómo funcionó la última vez? —preguntó Seawoll—. Ni de coña. Trabajarás fuera de nuestro centro de coordinación como miembro del equipo de investigación. De esa forma podré tenerte vigilado.

Miré a Stephanopoulos.

—Bienvenido al escuadrón de homicidios —dijo.

Capítulo 3
Ladbroke Grove

Scotland Yard tiene un enfoque muy claro con respecto a las investigaciones por asesinato: el instinto del detective o las intrincadas deducciones lógicas del sabio investigador no están hechas para ellos. No. Lo que a Scotland Yard le gusta hacer es mandar a una burrada de efectivos adonde esté el problema y deteriorar todas las posibles pruebas hasta que estén exhaustos, se coja al asesino o el jefe de la investigación muera de viejo. Como resultado, las investigaciones de los asesinatos no las dirigen los inspectores con problemas de pareja, alcohol o mentales, sino un puñado de agentes aterradoramente ambiciosos que se encuentran en el primer arrebato de locura de sus carreras. Así que, como puedes ver, encajo a la perfección.

Hacia las cinco y veinte de la mañana, al menos treinta de los nuestros se habían reunido en Baker Street, de modo que salimos hacia Ladbroke Grove en masa. Un par de agentes vinieron en el coche conmigo mientras Stephanopoulos nos seguía en un Fiat Punto de cinco años de antigüedad. Conocía a una de los detectives que iban en mi coche. Se llamaba Sahra Guleed y una vez estrechamos lazos en el Soho con un cuerpo al lado. También había sido una de los agentes que participaron en la redada del club de striptease del doctor Moreau, de manera que era una buena elección para cualquier cosa extraña.

—Me encargo de mediar con la familia —dijo mientras se subía al asiento del copiloto.

—Me alegro de no ser tú —dije.

Un agente rollizo con el pelo rubio vestido con un traje arrugado se presentó cuando se montó detrás.

—Soy David Carey —dijo—. También mediaré con la familia.

—Por si acaso fuera una familia grande —dijo Guleed.

Siempre es importante contactar deprisa con los familiares de la víctima, en parte porque es una buena costumbre darles la noticia antes de que la vean en televisión y en parte porque nos hace parecer eficientes, pero, sobre todo, porque queremos verles la cara cuando escuchan la noticia. Fingir auténtica sorpresa, un shock o pena puede resultar difícil.

No me gustaría estar en el pellejo de Guleed y Carey.

Notting Hill está a tres kilómetros al oeste de Baker Street, de manera que llegamos en menos de un cuarto de hora y habríamos tardado menos si no me hubiese desorientado cerca de Portobello Road. En mi defensa diré que, por la noche, todas esas puñeteras casas señoriales de falso estilo Regencia de finales de la época victoriana parecen iguales y que nunca había pasado mucho tiempo en Notting Hill salvo en Carnaval. Tampoco ayudaba que Guleed y Carey llevaran puesto el GPS en sus móviles y que cada uno me diera indicaciones contradictorias por turnos. Por fin localicé un punto de referencia que conocía y me detuve delante de la parroquia de Notting Hill. Tiene una congregación pentecostal y es la clase de sitio ruidoso y ferviente que a mi madre le gusta en esas raras ocasiones en las que recuerda que se supone que es cristiana.

Mi padre solo entraba a una iglesia si le gustaba el coro que tenían, así que puedes imaginarte con cuánta frecuencia ocurría eso. Cuando yo era muy pequeño, me gustaba lo de vestirnos con nuestra mejor ropa y solía haber otros niños con los que podía jugar, pero nunca duraba demasiado. Pasados un par de meses, mi madre aceptaba algún trabajo los domingos, se peleaba con el cura o simplemente perdía el interés. Entonces volvíamos a considerar el domingo como un día en el que podía quedarme en casa, ver los dibujos y cambiar los vinilos en el tocadiscos de mi padre.

Salí del coche y nos adentramos en un silencio espeluznante. El viento estaba en calma, se escuchaban sonidos sordos, los escaparates estaban cubiertos del resplandor amarillo de la luz plana de las farolas y parecían un plató de cine por su falsedad. Las nubes estaban bajas y reflejaban lúgubramente la luz. El golpe que emitieron las puertas quedó silenciado en el ambiente húmedo.

—Va a nevar —dijo Carey.

La verdad es que hacía bastante frío. Podía meter las manos en los bolsillos, pero las orejas se me estaban congelando. Guleed se puso un gorro grande y peludo con orejeras sobre el hiyab y nos miró con cachondeo a Carey y a mí, que llevábamos la cabeza descubierta y teníamos las orejas heladas.

—Práctico y discreto —dijo.

Ninguno de los dos le dio la satisfacción de una respuesta.

Nos dirigimos hacia las caballerizas convertidas en viviendas.

—¿De dónde has sacado ese gorro? —pregunté.

—Se lo he mangado a mi hermano —respondió.

—He oído que en el desierto hace frío —dijo Carey—. Necesitarías un gorro como ese.

Guleed y yo nos miramos, pero ¿qué podíamos hacer?

Durante décadas, Notting Hill había luchado una valiente batalla en la retaguardia contra la creciente especulación que se había colado a hurtadillas ahora que Mayfair se les había ofrecido por completo a los oligarcas. Me fijé en que quienquiera que hubiera reformado las caballerizas había adoptado el espíritu del lugar, pues no hay nada que diga «formo parte de un vecindario animado» como poner unas puñeteras puertas de seguridad gigantes en la entrada de tu calle.* Guleed, Carey y yo nos quedamos mirando a través de los barrotes como si fuéramos unos niños victorianos.

Eran las típicas viviendas de Notting Hill: una calle sin salida cubierta de lo que solían ser las cocheras de los ricos y que ahora se habían convertido en casas y pisos. Era la clase de sitio en el que los ministros gais ocultaban a sus novios cuando esa clase de cosas habrían podido provocar un escándalo. En la actualidad era más probable que estuviera lleno de banqueros y de los hijos de los banqueros. Todas las ventanas estaban oscuras, pero había varios BMW, Range Rover y Mercedes aparcados con torpeza en la calzada estrecha.

—¿Creéis que deberíamos esperar a Stephanopoulos? —preguntó Carey.

Lo pensamos detenidamente, pero no durante mucho tiempo, puesto que a los no devotos se nos estaban congelando las orejas. Había un portero automático gris soldado a la valla, así que pulsé el número de la casa de Gallagher. No respondió nadie. Lo intenté un par de veces más. Nada.

—Puede que esté roto —dijo Guleed—. ¿Deberíamos intentarlo con los vecinos?

—No me apetece tratar con los vecinos todavía —dijo Carey.

Comprobé la valla. Tenía pinchos en lo alto muy espaciados y había un bolardo blanco situado lo bastante cerca para ofrecerme un sitio para pasar. El metal estaba dolorosamente frío bajo mis manos, pero me llevó menos de cinco segundos poner el pie en el barrote superior, pasar por encima y caer al otro lado. Los zapatos me patinaron sobre los adoquines, pero conseguí recuperar el equilibrio sin caerme.

—¿Qué te parece? —preguntó Carey—. Yo le doy un nueve con cinco.

—Un nueve con dos —dijo Guleed—. Ha perdido puntos por el aterrizaje.

Había un botón de salida en el muro, fuera del alcance del brazo desde la valla. Lo apreté y entraron los demás.

Puesto que los tres éramos londinenses, nos detuvimos un segundo para llevar a cabo el ritual de «tasar la propiedad». Supuse que valdría, por la zona, al menos un millón y pico.

—Un millón y medio fácil —dijo Carey.

—Más, si tiene pleno dominio de la propiedad —dijo Guleed.

Había un farolillo antiguo ensamblado junto a la puerta principal que demostraba que el gusto no se compra con dinero. Llamé al timbre y escuchamos que sonaba en el piso de arriba. Dejé el dedo sobre él. Era una de las maravillas de ser policía: no tienes que ser considerado a las cinco de la mañana.

Escuchamos unas pisadas torpes que bajaban por una escalera y una voz que gritaba: «Ya voy, vale ya con el jodido timbrecito…». Y entonces se abrió la puerta.

Era un hombre alto, blanco, veinteañero, sin afeitar, con una mata de pelo castaño y desnudo salvo por los calzoncillos. Estaba delgado, aunque no de forma enfermiza. Se le marcaban las costillas, pero tenía un principio de abdominales y los hombros, brazos y piernas musculados. En su rostro delgado, una boca grande se quedó boquiabierta cuando nos vio.

—Eh —dijo—, ¿quién coño sois vosotros?

Le enseñamos nuestras placas y se las quedó mirando durante un buen rato.

—¿Y si me dais cinco minutos de ventaja para esconder mi alijo? —preguntó por fin.

Nos abalanzamos hacia dentro como un solo ser.

No cabía duda de que la planta baja había sido un garaje que, hipotéticamente, se había dividido en dos: la zona de la cocina, de un falso estilo rústico, al fondo, y un «recibidor» diáfano en la entrada con una escalera con barandilla pegada a la pared de la izquierda. Las casas de concepto abierto están muy bien, pero, al no disponer del tradicional pasillo que sirva de cuello de botella, es ridículamente fácil que tres policías ansiosos pasen por encima de ti y tomen el control.

Yo me puse entre las escaleras y él, Guleed pasó por delante de mí y subió las escaleras para comprobar que no había nadie más en la vivienda y Carey se quedó delante del hombre a propósito e invadió su espacio personal.

—Somos policías que nos encargamos de mediar con las familias —dijo—. Así que en el desarrollo normal de los acontecimientos, no nos importa mucho el uso recreativo que hagas de las drogas. Claro que esta actitud dependerá por completo de si nos ofreces o no tu más sincera cooperación.

—Y en si nos das café o no —dije.

—¿Tienes café? —preguntó Carey.

—Sí, sí que tenemos —dijo el hombre.

—¿Está bueno? —gritó Guleed desde alguna parte del piso de arriba.

—No está mal. Podéis hacerlo en la cafetière y eso. Está chupado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Carey.

—Zach —dijo el hombre—. Zachary Palmer.

—¿Esta casa es tuya?

—Vivo aquí, pero es de mi compañero, de mi amigo James Gallagher. Es estadounidense. En realidad, pertenece a una empresa, pero él puede usarla, y los dos vivimos aquí.

—¿Tiene alguna relación sentimental con el señor Gallagher? —preguntó Carey—. ¿Unión civil? ¿Una relación seria de larga duración? ¿Algo?

—Solo somos amigos —dijo Zach.

—En ese caso, señor Palmer, sugiero que nos dirijamos a la cocina para tomar café.

Me aparté mientras Carey azuzaba a Zachary, que tenía los ojos algo desorbitados, hacia la zona de la cocina. Carey buscaría sacarle nombres y direcciones de los amigos de James Gallagher y, si fuera posible, también de su familia, así como determinar el paradero de Zach a la hora del asesinato. Es mejor hacer esa clase de cosas rápido, antes de que la gente tenga tiempo de sincronizar sus historias. Guleed estaría en el piso de arriba localizando cualquier diario, agenda telefónica, portátil u otras cosas útiles que pudieran permitirle ampliar la red de contactos de James Gallagher y rellenar los huecos que había en la línea temporal de sus últimos movimientos.

Le eché una ojeada al salón. Supuse que la casa venía con los muebles, porque, por el estilo, daba la sensación de estar sacada de un catálogo, aunque, a juzgar por la solidez de los muebles y la falta de paneles de madera laminados, provenían de un catálogo más caro que el que habría usado mi madre. La televisión era grande y plana, pero tendría dos años de antigüedad. Había un Blu-ray y una Xbox, pero no televisión por cable o satélite. Inspeccioné las estanterías de roble de imitación que había junto a la tele; la colección era un tanto ostensiblemente extranjera: películas remasterizadas de Godard, Truffaut y Tarkovski. Yojimbo, de Kurosawa, yacía de forma sacrílega sobre la carcasa, sustituida por una de las películas de Saw, a juzgar por la carcasa que había en el suelo, junto al televisor.

La chimenea original, una rareza, dado que la planta baja habría sido una cochera, se había cubierto de ladrillo y yeso, pero la repisa se había mantenido. Sobre ella había un caro equipo de música de Sony, aunque sin ningún iPod conectado (otra cosa que tendríamos que localizar), una figurita sin pintar, una baraja de cartas, un paquete de papel para fumar y una taza sin lavar.

En la zona de la cocina, Carey había dejado a Zach junto a la mesa mientras él se entretenía preparando un café como Dios manda y hurgando en todos los armarios y estanterías, por si acaso.

Si eres un limpiador profesional, como mi madre, una de las formas de asegurarte de que les quitas el polvo a las esquinas es utilizar una fregona húmeda y arrastrarla a lo largo de los rodapiés. Toda la porquería se queda enrollada en unas pequeñas pelotillas mojadas, esperas un poco a que se sequen y después las aspiras. Esto deja un inconfundible dibujo en círculos en la alfombra, que es lo que encontré detrás de la televisión. Eso significaba que James y Zach no se encargaban de limpiar su propia casa y que iba a resultarme difícil encontrar algo útil en el salón. Me encaminé hacia las escaleras.

Alguna profesional había dejado el baño reluciente, pero yo esperaba que quienquiera que fuera la señora de la limpieza hubiera puesto límites con respecto a los dormitorios. A juzgar por la combinación de olores a calcetines viejos y marihuana que había en el dormitorio más pequeño, se había mantenido a raya. La habitación de Zach, supuse. La ropa esparcida por el suelo tenía etiquetas nacionales y había una cachimba de tecnología punta que habían improvisado con un soldador y un tubo de metacrilato oculta bajo la cama. No había mucho equipaje, solo encontré una bolsa de deporte grande con las asas desgastadas y manchas en la base. La olí con cuidado. No hacía mucho que la habían lavado, pero debajo del detergente se percibía el tufillo de algo rancio. Lo que mi padre habría llamado «olor a vagabundo».

Fuera lo que fuera, no tenía nada que ver con la magia, así que salí.

Guleed y yo nos encontramos en el descansillo.

—Ni tiene agenda ni libreta de direcciones, deben de estar en su teléfono —dijo—. Un par de cartas llegadas por avión, creo que de su madre, que tienen la misma dirección que su carné de conducir.

Dijo que iba a llamar a la policía estadounidense y que les pediría que contactaran con la madre. Le pregunté cómo iba a averiguar el número.

—Para eso sirve internet —dijo.

—La cosa no funciona así —dije, pero no me entendió—. Creo que el jefe va a querer investigar bien a Zach, sobre todo si no tiene una coartada.

—¿Y eso por qué?

—No creo que sea un estudiante —dije—. Incluso es posible que haya estado durmiendo en la calle.

Guleed me dedicó una sonrisa de medio lado.

—Debe de ser un malo, entonces.

—¿Has hecho ya alguna búsqueda en el sistema informático de la Policía Nacional?

—No te preocupes por mi trabajo, Peter. Se supone que deberías estar buscando cosas mágicas o lo que sea. —Sonrió para demostrarme que estaba medio bromeando, aunque no del todo. Dejé que continuara con su trabajo y entré en la habitación de James para ver si podía detectar alguna puta rareza.

Y daba la impresión de que escaseaban.

Me sorprendió que no hubiera pósteres en las paredes, pero James Gallagher tenía veintitrés años. A lo mejor se le había pasado la edad de los pósteres o quizás estaba reservando el espacio para obras más serias. Había un montón de lienzos apoyados en la pared. Sobre todo eran escenas urbanas, de la zona, pensé cuando reconocí el mercadillo de Portobello. No parecían las típicas porquerías de guiri, así que asumí que probablemente serían creaciones suyas…, aunque eran un poco retro para alguien que estudia en una escuela de bellas artes moderna.

La cama estaba arrugada, pero habían cambiado las sábanas hacía poco tiempo y el edredón estaba encima y doblado. Había una pila de libros en la mesilla: libros sobre arte, pero de los que son serios y académicos, no de los que suelen tenerse en la mesilla. Eran sobre el realismo socialista, carteles de propaganda de los años treinta, carteles clásicos del metro de Londres y un volumen titulado Right About Now – art theory since the 1990s [«Justamente ahora: arte teorías desde 1990»]. Los únicos libros que no trataban sobre arte eran la edición antológica de la trilogía de Londres de Colin MacInnes y un libro de consulta sobre salud mental que se titulaba 50 Signs of Mental Illness [«50 síntomas de las enfermedades mentales»]. Cogí el libro de medicina por el lomo y lo agité, pero no reveló ninguna pista en las partes que se habían leído con asiduidad.

¿Estaría buscando ideas?, me pregunté. ¿Le preocupaba otra persona o él mismo? El libro estaba reluciente y era relativamente nuevo. ¿Estaría, tal vez, preocupado por Zach?

Eché una ojeada alrededor de la habitación, pero no había ningún libro sobre esoterismo ni sobre nada místico y no digamos muestras de vestigia que fueran más allá de lo normal. Era un ejemplo típico de lo que yo había empezado a llamar la ley inversa del uso de la magia, es decir, la probabilidad de dar con fenómenos mágicos es inversamente proporcional a lo puñeteramente útil que sería encontrarlos.

Era completamente posible que cualquier rastro de magia en el asesinato proviniera del asesino y no de la víctima. Probablemente tendría que haberme quedado en los túneles con el sargento Kumar y el equipo de búsqueda.

De manera que, como era de esperar, encontré lo que estaba buscando cinco minutos después, en el piso de abajo, mientras le tomábamos declaración a Zach.

Este se había puesto unos pantalones de chándal y una camiseta mientras yo estaba arriba. Estaba medio sentado encorvado sobre la mesa mientras Carey le tomaba declaración. Guleed se apoyaba despreocupadamente en un módulo de la cocina de falso estilo rural, dentro del campo de visión de Zach. Lo miraba a la cara con detenimiento y tenía el ceño fruncido. Supuse que ella también había encontrado el libro sobre la salud mental.

Me esperaba una taza de café sobre la mesa. Me senté al lado de Carey, pero adopté una postura relajada, cogí la taza y me recliné ligeramente hacia atrás cuando me lo bebí. A Zach le temblaban las manos y se balanceaba adelante y atrás sin darse cuenta mientras repasábamos con él lo que había hecho en las últimas veinticuatro horas. Siempre resulta útil que el testigo esté un poco nervioso, pero todo en exceso es malo.

Encima de la mesa de la cocina había un cuenco de cerámica con dos manzanas, un plátano moteado y un puñado de tarjetas de compañías de taxis en su interior. Tenía el mismo color tostado que el fragmento que me había encontrado en el metro, pero era demasiado curvilíneo para que fuera idéntico.

Le di otro sorbo al café, que, sin duda, era de buena calidad, y paseé los dedos despreocupadamente por el borde del cuenco. Allí estaba, más débil que en el fragmento: calor, carbón, algo que identifiqué como mierda de cerdo y… no estaba seguro de qué más.

Saqué la fruta y las tarjetas del cuenco y pasé la punta de los dedos por la suave curva del interior. Me parecía que tenía una forma hermosa, pero no sabía por qué. Después de todo, un círculo es solo un círculo. Pero era tan precioso como la sonrisa de Lesley… o, al menos, como la sonrisa de Lesley solía ser.

Me percaté de que los demás se habían quedado callados.

—¿De dónde ha salido esto? —le pregunté a Zach.

Me miró como si estuviera loco… y lo mismo hicieron Guleed y Carey.

—¿El cuenco? —preguntó.

—Sí, el cuenco —respondí—. ¿De dónde ha salido?

—Solo es un cuenco —dijo.

—Ya, lo sé —dije con calma—. ¿Sabes de dónde ha salido?

Zach miró a Carey con consternación mientras se preguntaba a sí mismo, como era obvio, si estábamos empleando la rara técnica de poli bueno/poli malo para interrogarlo.

—Creo que lo compró en el mercadillo.

—¿El de Portobello?

—Sí.

El mercadillo de Portobello mide al menos un kilómetro de longitud y debe de tener unos mil puestos, por no mencionar las más de cien tiendas alineadas a ambos lados de Portobello Road y esparcidas por las calles aledañas.

—¿Podrías ser más específico, si es posible? —pregunté.

—Por el principio, creo —dijo Zach—. Ya sabes. No en el extremo pijo, sino en el otro, donde están los puestos normales. Eso es todo lo que sé.

Cogí el cuenco, lo así entre mis manos y lo elevé a la altura de los ojos.

—Necesito empaquetarlo —dije—. ¿Tiene alguien plástico de burbujas para embalar?

Capítulo 4
Archway

La respuesta a esa pregunta resultó ser un sí, sorprendentemente. Por lo visto, es habitual que los estudiantes de arte tengan que transportar sus obras más frágiles, así que resultó que, en un armario de la cocina, no solo había un montón de espaguetis que se estaban poniendo rancios y de paquetes de sopa instantánea, sino también plástico de burbujas, papel de seda y cinta de carrocero.

También era donde Zach tenía su alijo: una bolsa de autocierre con una hoja amarillenta que Carey insinuó que era más un condimento que una sustancia ilegal. No obstante, la confiscó de manera extraoficial hasta que decidiéramos si podría servirnos como pretexto para detener a Zach.

El cuenco terminó dentro de una bolsa de pruebas con una etiqueta blanca que la cerraba y que llevaba mi nombre, mi rango y mi número. Después, con torpeza y con una letra enana, escribí la hora, la dirección y las circunstancias bajo las que lo había incautado. Siempre he pensado que era un descuido imperdonable que no hubiera un curso de caligrafía en el entrenamiento básico de Hendon.

Me sentía indeciso. Quería descubrir de dónde había salido el cuenco, pero también quería echarle un vistazo a la taquilla de James Gallagher en St. Martin, o a su espacio de trabajo, o a lo que sea que tengan los estudiantes de arte, para comprobar si tenía más objetos mágicos. Decidí ir primero a St. Martin porque acababan de dar las ocho y era poco probable que todo el despliegue del mercadillo estuviera listo antes de las once más o menos. Según las normas de los mercadillos, a primera hora se encuentran las verduras y las frutas, no la cerámica; a los turistas les lleva un par de horas abrirse camino por ese difícil tramo que hay entre la estación de metro de Notting Hill y el cruce con Pembridge Road.

Alguien tenía que quedarse hasta que Stephanopoulos llegara con la caballería y vigilara a Zach, quien, si bien no era exactamente un sospechoso todavía, estaba imitando a uno bastante bien. Guleed y Carey se jugaron semejante privilegio a piedra, papel y tijeras. Carey perdió.

Tenía que llevar a Guleed a la comisaría de Belgravia para que entregara la declaración de Zach al Equipo de Investigación Interna, que la introduciría en HOLMES, el potente sistema informático encargado de filtrar, cotejar y, con suerte, evitar que quedemos como unos idiotas a ojos de los ciudadanos. Atrapar al auténtico criminal sería la guinda del pastel.

Nos adentramos en la débil luz grisácea del exterior, que parecía darle un aspecto más frío a las cosas, pero al menos el sitio ya no se asemejaba a un plató de cine. Caminé cuidadosamente por los adoquines helados y resbaladizos con el cuenco mágico entre las manos. Todos los coches que había en la calle estaban blancos por la escarcha, incluido mi Asbo. Encendí el motor y después hurgué en la guantera en busca del raspador; tardé una eternidad en limpiar el parabrisas mientras Guleed esperaba sentada en el asiento del copiloto y me daba consejos.

—Tienes mejor calefacción en tu coche que nosotros en el nuestro —dijo Guleed cuando me monté en el asiento del conductor. La miré. Tenía las manos entumecidas y tuve que tamborilear con los dedos encima del volante un par de segundos para poder recuperar la sensibilidad y así conducir de forma segura.

Entré a Kensington Park Road y añadí un par de guantes para conducir a mi lista de regalos de Navidad.

Estaba girando para entrar en Sloane Street cuando empezó a nevar. Pensé que caería como ligeras motas de polvo, la clase de fiasco que se convertía en una gran decepción cuando eras pequeño. Pero enseguida empezaron a caer verticalmente en el aire en calma unos copos grandes que se posaban en el acto, incluso en las calles principales. Bajé la velocidad y me encogí de miedo cuando un capullo en un Range Rover me pitó, me adelantó, perdió el control y se estrelló contra el maletero de un Jaguar XF.

A pesar del frío, bajé la ventanilla al pasar cautelosamente por delante y le expuse que las características superiores de conducción de un todoterreno se anulaban si uno no sabía conducir bien.

—¿Has visto algún herido? —le pregunté a Guleed—. ¿Crees que deberíamos parar?

—No —dijo Guleed—. No es nuestro trabajo y, de cualquier modo, creo que será el primero de muchos.

Vimos otras dos colisiones leves antes de llegar a Sloan Square y la nieve empezaba a amontonarse en lo alto de los coches, en las aceras e incluso sobre las cabezas y los hombros de los peatones. Para cuando me detuve delante de los ladrillos rojos exteriores del bloque de la comisaría de Belgravia, el tráfico se había reducido a un chorreo de conductores desesperados y arrogantes. Incluso la superficie de Buckingham Palace Road estaba blanca; nunca antes la había visto así. Dejé el motor encendido mientras Guleed salía. Me preguntó si quería que se llevara el cuenco, pero le respondí que no.

—Quiero que mi jefe le eche una ojeada primero —dije.

Cuando desapareció sana y salva de mi vista, me bajé del Asbo, abrí el maletero y saqué mi chaqueta reflectante de la Policía y, puesto que cuando la temperatura desciende drásticamente incluso yo estoy dispuesto a sacrificar la elegancia por la comodidad, me puse un gorro con una borla granate y morada que me había tejido una de mis tías. Cuando me lo hube puesto todo encima, volví a subirme al coche y me dirigí al oeste… lentamente.

James Gallagher no estudiaba en el flamante y vanguardista campus principal de King’s Cross, sino en el edificio Byam Shaw, más pequeño, que se encontraba cerca de Holloway Road, junto a Archway. Aquello era, en palabras de Eric Huber, el tutor de James Gallagher y el director del estudio, algo positivo.

—Es demasiado nuevo —dijo al hablar del campus principal—. Se construyó especialmente con todas las comodidades y grandes espacios para las oficinas de los administrativos. Es como intentar ser creativo dentro de un McDonald’s.

Huber era un hombre bajito y de mediana edad que vestía con una cara camisa color lavanda y unos chinos. Era obvio que en la actualidad lo vestía su pareja, probablemente un modelo más joven que él, alumno de segundo año, a juzgar por lo que veía. Lo que lo había delatado había sido su pelo despeinado y su abrigo: una chupa de cuero agrietada que provenía, obviamente, de una época anterior y a la que había tenido que recurrir por la nieve.

—Es mucho mejor trabajar en un edificio que ha evolucionado de forma orgánica —dijo—. De esa forma puedes aportar algo.

Nos habíamos encontrado en la recepción y me condujo hacia dentro. La universidad se localizaba en un par de edificios de ladrillo que se habían construido como fábricas a finales del siglo xix. Huber me contó con orgullo que se había utilizado para fabricar munición durante la Primera Guerra Mundial y, por ese motivo, tenía unos muros gruesos y un techo ligero. El espacio destinado a los estudiantes había sido una vez una planta diáfana de la fábrica, pero la universidad la había dividido con unos paneles blancos que iban del suelo al techo.

—Se dará cuenta de que no hay estancias cerradas —dijo Huber mientras me conducía a través del laberinto de tabiques—. Queremos que todos puedan ver el trabajo de todos. No tiene sentido venir a la universidad y después encerrarte en una habitación.

Por extraño que parezca, era como volver al aula de plástica del colegio. Las mismas manchas de pintura, rollos de papel, tarros de cristal medio llenos de agua sucia y pinceles. Bocetos sin acabar en las paredes y el ligero olor rancio a aceite de linaza. Claro que a mayor escala. Había cientos de pólipos hechos con papel de colores minuciosamente doblado dispuestos en uno de los tabiques. Lo que pensaba que era un exhibidor con viejos vídeos y televisores almacenados resultó ser una obra a medio terminar.

La mayoría de las cosas que dejábamos atrás, o al menos las que pude identificar, eran abstractas, estaban medio esculpidas o eran obras hechas de objetos encontrados.* De manera que fue una sorpresa llegar al rincón del estudio de James Gallagher y descubrirlo lleno de pinturas. Pinturas bonitas. Los cuadros que había en su habitación de Notting Hill eran obras suyas.

—Estas son un pelín distintas —comenté.

—En contra de lo que se espera de nosotros —dijo Huber—, no rehuimos lo figurativo.

Las pinturas eran de las calles de Londres, de sitios como Camden Lock, St. Paul, The Mall o Well Walk, en Hampstead; todas mostraban días soleados con gente feliz vestida de colores. No entiendo sobre pinturas figurativas, pero se parecían sospechosamente a la clase de cosas que se vendían en las tiendas de antigüedades cutres junto a los cuadros de payasos o de perros con sombrero.

Le pregunté si no eran un poco turísticos.

—Le seré sincero. Cuando hizo su solicitud, pensamos que su trabajo era… ingenuo, pero uno tiene que mirar más allá del contenido y ver lo hermosa que es su técnica —dijo Huber.

Y tampoco debió de hacer daño que fuera un estudiante extranjero que pagaba el precio íntegro, y mucho más, por dicho privilegio.

—Por cierto, ¿qué le ha ocurrido a James? —preguntó Huber. Su tono de voz se había vuelto indeciso, cauteloso.

—Todo lo que puedo decir es que hallamos su cadáver esta mañana y que estamos tratando su muerte como sospechosa. —Aquella era la fórmula estándar para estos casos, aunque un «cadáver hallado en la estación de Baker Street» saldría en las noticias del mediodía después de «indignación ciudadana por la gran nevada que ha bloqueado Londres». Suponiendo que los medios no diesen con alguna forma de conectar las dos historias.

—¿Se ha suicidado?

Interesante.

—¿Tiene alguna razón para pensar que pudo hacerlo? —pregunté.

—El estilo de sus obras había empezado a progresar —dijo Huber—. Desafiaba más la conceptualización. —Se dirigió a la esquina, donde había un portafolio de piel grande y plano apoyado contra la pared. Lo abrió de golpe, hojeó rápidamente el contenido y eligió una pintura. Me di cuenta de que era distinta antes de que terminara de sacarla del portafolio. Los colores eran oscuros, agresivos. Huber se volvió y la sostuvo a la altura del pecho para que yo pudiera verla bien.

Unas ondas de color morado y azul insinuaban el techo arqueado de un túnel mientras una figura alargada inhumana, esbozada con pinceladas largas e intensas de color negro y gris, emergía como de entre las sombras. A diferencia de las caras que aparecían en sus obras anteriores, el rostro de esta figura estaba lleno de personalidad, tenía una boca grande y retorcida que se convertía en una ingente mirada lasciva y unos ojos como platos situados bajo la lustrosa cúpula sin pelo que era su cabeza.

—Como puede ver —dijo Huber—, su trabajo ha mejorado mucho últimamente.

Volví a mirar el cuadro del alféizar de una ventana moteado por la luz del sol…, solo le faltaba un gato.

—¿Cuándo cambió su estilo? —pregunté.

—Oh, su estilo no cambió —contestó Huber—. La técnica se parece extraordinariamente a la de sus trabajos anteriores. Lo que vemos aquí es mucho más profundo. Es un cambio interno radical, me gustaría decir que de los temas que trata, pero creo que va mucho más allá. Solo hay que mirarlo: hay una emoción en el cuadro, una pasión incluso, que no se aprecia en sus pinturas anteriores. Y no es solo que fuera más allá de su zona de confort en cuanto a la técnica…

Huber se detuvo.

—Ya ha ocurrido antes —dijo—. Escogemos a estos jóvenes y pensamos que nos están mostrando algo. Después se suicidan y te das cuenta de que lo que pensabas que era un progreso en realidad era todo lo contrario.

No soy un completo insensible, así que le dije que no pensábamos en el suicidio como causa probable. Se sintió tan aliviado que no me preguntó qué había ocurrido, y eso supone de por sí una de las casillas que hay en el cartón del bingo de «comportamientos sospechosos».

—Acaba de decir que se estaba aventurando más allá de su zona de confort —dije—, ¿a qué se refería?

—Preguntaba por materiales nuevos —dijo Huber—. Se interesó por la cerámica, lo que fue un poco desafortunado.

Le pregunté por qué y Huber me explicó que habían tenido que dejar de utilizar su propio horno.

—Encenderlo es muy caro. Tienes que hacer bastantes piezas para justificar el encendido —dijo, visiblemente avergonzado de que la realidad económica se hubiera colado en la universidad.

Me quedé pensando en el fragmento de cerámica que se había utilizado como arma homicida. Le pregunté si tenían un horno en el campus nuevo y si James Gallagher podría haberlo usado.

—No —dijo Huber—. Yo mismo lo habría organizado si me lo hubiera pedido, pero no lo hizo.

Frunció el ceño y cogió una de las últimas pinturas: el rostro de una mujer, pálida, con ojos grandes, rodeada de sombras moradas y negras. Huber la examinó, suspiró y volvió a ponerla en su sitio con las demás.

—Eso sí —empezó Huber—, no cabe duda de que pasaba tiempo en otro sitio…

Volvió a quedarse callado. Esperé unos segundos para ver si añadía algo más, pero no fue así, y le pregunté si James Gallagher tenía una taquilla.

—Sígame —dijo Huber—. Está al fondo.

Una de las numerosas taquillas metálicas grises estaba cerrada con un candado barato que quité con un cincel que había tomado prestado de uno de los estudios cercanos. Huber hizo una mueca cuando el candando cayó al suelo, pero creo que estaba más preocupado por el candado que por la taquilla. Me puse los guantes de látex y eché un vistazo en el interior. Encontré dos estuches con lapiceros, otro con pinceles en el que faltaban la mitad, un libro de bolsillo con una etiqueta de Oxfam titulado The Eye in the Pyramid [«El ojo de la pirámide»] y un callejero. Dentro de este último había un panfleto de la exhibición de un artista llamado Ryan Carroll en la Tate Modern. Como era de esperar, el panfleto estaba en la página adecuada del callejero y había rodeado con lápiz la Tate Modern en Southwark.

No cabía duda de que tenía planeado ir, pensé; la gran inauguración de la exposición sería al día siguiente. Anoté las horas, las fechas y los nombres antes de embolsar y etiquetar el contenido de la taquilla. Después cogí cinta de carrocero para cerrar la taquilla, le di mi tarjeta al señor Huber y me marché a casa.

Tuve que limpiar tres centímetros de nieve del parabrisas antes de poder realizar el viaje de veinte minutos de vuelta a La Locura y poner el Asbo a buen recaudo en el garaje. Me aventuré a subir las heladas escaleras exteriores hasta el piso de arriba de las cocheras, donde mantenía mi televisión, mi equipo de música bueno, el portátil y demás accesorios del siglo xxi que dependen de una conexión con el mundo exterior. Aquello se debía a que La Locura estaba imbuida de unas defensas místicas (la terminología no es lo mío) que, al parecer, se debilitarían si metíamos un cable desde el exterior. No se me ocurrió sugerir una conexión por wifi porque tengo mis propios problemas con la seguridad de la señal y, además, me gusta tener un sitio que sea mío en su mayor parte.

Encendí la estufa de parafina que había encontrado en el sótano de La Locura después de que mi estufa eléctrica fundiera, por tercera vez, los viejos plomos de las cocheras. A continuación, asalté el armario de los snacks de emergencia y me dije a mí mismo que tenía que comprar comida para reponerlo y hacer una de estas dos cosas: limpiar mi pequeña nevera o declararla un peligro biológico. Aún quedaba café y medio paquete de galletas que realmente sabían a galleta de Marks & Spencer, así que decidí terminar con el papeleo antes de visitar la cocina de Molly.

Me llevó un par de horas terminar con la declaración del señor Huber y con mis observaciones sobre el posible cambio ocurrido en la personalidad de James Gallagher, como indicaba el cambio abrupto que mostraba su trabajo. Para mitigar el aburrimiento, busqué en Google a Ryan Carroll por si había algo interesante en la curiosidad que sentía James Gallagher por él. Su biografía era bastante escueta: nacido y criado en Irlanda y, hasta hacía poco tiempo, radicado en Dublín. Era conocido sobre todo por la construcción con Legos de unas granjas pequeñas techadas con viejas ediciones de los clásicos de la literatura irlandesa sacadas de las bibliotecas y cubiertas con una capa de caca de caballo. No parecía lo suficientemente cursi para el primer James Gallagher ni lo bastante retorcido para su etapa más tardía. Había un par de reseñas en algunas revistas online, todas del último par de meses, que ensalzaban su nuevo trabajo y una entrevista en la que Carroll hablaba de la importancia de reconocer la Revolución Industrial como un punto de ruptura entre el hombre como ser espiritual y el hombre como consumidor. Al haberse criado en Irlanda, haber sido testigo de primera mano del crecimiento del Tigre Celta* y haber experimentado su quiebra, Carroll ofrecía una visión única sobre el aislamiento del hombre y la máquina, o al menos eso es lo que Carroll creía. Su nueva obra tenía como objetivo principal desafiar la forma en la que percibimos la interrelación existente entre la figura humana y la máquina.

«Somos máquinas —decía en una de sus citas—. Convertimos la comida en mierda y hemos creado otras máquinas que nos permiten ser más productivos y convertir más alimentos en más mierda». Me dio la impresión de que se lo consideraba un hombre que habría que tener en cuenta en el futuro, aunque probablemente no mientras comieras. Añadí estos detalles al informe. No sabía qué tenía de significativo que un estudiante de arte planeara ir a una galería, pero la regla de oro del trabajo policial moderno es que todo es importante. Seawoll o, lo que era más probable, Stephanopoulos lo revisarían y decidirían si querían que se investigara.

Llamé al Equipo de Investigación Interna de AB, que es el que se encarga de la introducción de los datos, y les pregunté si podían mandarme por e-mail la declaración. Me dijeron que no había problema si les entregaba el original tan pronto como me fuera posible y lo etiquetaba correctamente. También me recordaron que, a no ser que La Locura tuviera un almacén de pruebas seguro, tendría que entregarle a la policía científica todo lo que hubiera recogido de la taquilla de James Gallagher.

—No se preocupen. Aquí estamos completamente seguros —les aseguré.

Me llevó otra media hora terminar los formularios y enviarlos, momento en el que Lesley me llamó para recordarme que teníamos que interrogar a nuestro sospechoso, el Pequeño Cocodrilo, ya que Nightingale se había marchado a Henley esa mañana, cuando había quedado claro que yo no iba a estar disponible. Tanto esfuerzo para poder ver a Beverley este año. Lesley quiso saber si a Nightingale le daría tiempo a estar de vuelta esa tarde.

—Es demasiado sensato para conducir en estas condiciones —dije.

Nos encontramos en las escaleras traseras, que estaban escondidas en la parte delantera de La Locura, y me siguió hasta al almacén de seguridad que teníamos abajo y que también servía como nuestro armero. Tras mi emocionante encuentro con el Hombre Sin Rostro en una azotea del Soho, Nightingale y nuestro amigo Caffrey, el exparacaidista, se divirtieron durante una semana retirando las armas y las municiones que se habían estado pudriendo allí dentro durante los últimos sesenta años. Me resultó especialmente agradable el momento en que abrí por accidente una caja de granadas de fragmentación que había estado sobre un charco desde 1946 y Caffrey elevó la voz dos octavas para decirme que me apartara despacio. Tuvimos que llamar a un par de tíos de la Unidad de la Desactivación de Artefactos Explosivos para que vinieran y se las llevaran, procedimiento que Lesley y yo supervisamos desde la cafetería que hay en el parque de enfrente.

El equipamiento que Caffrey había considerado apto para el uso se había limpiado y almacenado en unas estanterías nuevas a un lado y se habían instalado otras de metal en el otro para guardar las pruebas. Registré los objetos en el portapapeles que había allí y después Lesley y yo nos piramos al Barbican.

Capítulo 5
El Barbican

Tras la Segunda Guerra Mundial, aparte de Nightingale, los muertos vivientes y varios practicantes demasiado viejos o que no habían conseguido que los mataran en aquella última batalla estremecedora en los bosques cercanos a Ettersberg, no quedaba mucho de la hechicería inglesa. No estoy seguro del todo del porqué de la batalla, pero tengo mis teorías —los nazis, los campos de concentración, las ciencias ocultas—, muchas teorías. Solo Nightingale y un par de magos experimentados, muertos desde hacía tiempo, se habían mantenido activos; el resto había muerto de las heridas, se habían vuelto locos o habían renunciado a su vocación y llevaban una vida ordinaria. «Rompieron sus bastones», fue lo que dijo Nightingale.

Nightingale se había mostrado satisfecho con encontrar una salida: se retiraba a La Locura y solo se ausentaba para tratar las dificultades sobrenaturales ocasionales de Scotland Yard y las fuerzas policiales locales. Era un mundo nuevo de autopistas, superpotencias globales y bombas atómicas. Él, como la mayoría de las personas en el ajo, daba por sentado que la magia se desvanecía, que la luz estaba desapareciendo del mundo y que nadie, salvo él, hacía magia.

Resultó que estaba equivocado en casi todos los aspectos, pero cuando lo descubrió era demasiado tarde…, otra persona se había dedicado a enseñar magia desde los cincuenta. No sé por qué Nightingale se mostró tan sorprendido; yo apenas conocía cuatro hechizos y medio y nadie habría conseguido que lo dejara a pesar de algunos encontronazos cercanos a la muerte con vampiros, ahorcamientos, espíritus malignos, revueltas, un hombre tigre y el ineludible riesgo de pasarse con la magia y conseguir un aneurisma cerebral.

Hasta donde pudimos averiguar, Geoffrey Wheatcroft, un mago mediocre, según se dice, se había retirado después de la guerra para enseñar teología en el Magdalen College, en Oxford. En algún momento a mitad de los cincuenta, había financiado a un grupo que se reunía para cenar llamado los Pequeños Cocodrilos. Los universitarios pijos en los cincuenta y los sesenta se unían a estos grupos cuando no mantenían romances condenados al fracaso, espiaban a los rusos o inventaban las sátiras modernas.

Para animar las veladas, Geoffrey Wheatcroft le enseñó a un número elegido de sus jóvenes amigos las bases de la magia newtoniana, lo que no debería haber hecho, y entrenó al menos a uno de ellos hasta lo que Nightingale llamaba «nivel de maestría» —lo que sí que realmente no debería haber hecho—. En algún momento, no sabemos cuándo, este aprendiz se mudó a Londres y se unió al lado oscuro. En realidad, Nightingale nunca lo llama el lado oscuro, pero Lesley y yo no podemos resistirnos.

Hizo cosas terribles a la gente, lo sé, he visto algunas de ellas: la cabeza inerte de Larry el Alondra y del resto de los moradores del club de striptease del doctor Moreau, y Nightingale había visto más, pero no hablaba de ello.

Sabemos por las declaraciones de los testigos que hacía uso de la magia para ocultar sus rasgos. Daba la impresión de que se había mantenido inactivo a finales de los setenta y, hasta donde podíamos asegurar, nadie había ocupado su sitio hasta que en algún momento de los últimos tres o cuatro años apareció en escena la persona a la que llamamos el Hombre Sin Rostro. Estuvo a punto de volarme la cabeza el pasado octubre, y no tenía ninguna prisa por volver a encontrármelo. Al menos, no sin refuerzos.

No obstante, tener a un mago con una ética discutible correteando por nuestro vecindario no estaba bien. De manera que nos decantamos por una estrategia de inteligencia para esta detención. En la policía, una estrategia de inteligencia es cuando piensas en lo que vas a hacer antes de echar abajo una puerta y que te vuelen la cabeza. De ahí que trabajáramos con la lista de posibles cómplices y que buscáramos desenmascarar la verdadera identidad de Sin Rostro, puesto que, si no era un punto débil, ¿por qué querría mantenerla oculta?

La Torre Shakespeare es uno de los tres bloques residenciales que forman parte del complejo Barbican y que se encuentran en la City de Londres. Diseñada por los seguidores de la misma escuela de arquitectura que construyó mi colegio y que se fijó en los emplazamientos militares de Guernsey, era otra torre brutalista* de hormigón escarpado que había conseguido un nivel 1 de protección, porque o la incluían en la lista o tendrían que confesar lo jodidamente fea que era. Sin embargo, a pesar de mis gustos estéticos, la Torre Shakespeare tenía algo que era prácticamente único en Londres, algo por lo que me sentí agradecido mientras deslizaba el Asbo por las calles cubiertas de nieve: su propio parking subterráneo.

Llegamos, enseñamos nuestras placas al tío que estaba en la garita de cristal y aparcamos en la plaza que nos asignó. Nos dio algunas indicaciones, pero, aun así, terminamos dando vueltas durante cinco minutos hasta que Lesley se fijó en un discreto cartel oculto entre las tuberías y los contrafuertes de hormigón. Entonces el conserje nos abrió pulsando un sonoro timbre y nos condujo hasta la zona de recepción.

—Venimos a entrevistarnos con Albert Woodville-Gentle —dije.

—Y preferiríamos que no le dijera que estamos aquí —añadió Lesley mientras nos metíamos en el ascensor.

—Solo vamos a hablar —le dije a Lesley mientras la puerta se cerraba.

—Somos policías, Peter —respondió—. Siempre es mejor presentarse en un sitio por sorpresa, hace que resulte más difícil guardarse los secretos.

—Vale, tiene sentido —admití.

Lesley suspiró.

Todos los rellanos de los pisos tenían la misma forma de un triángulo incompleto, unas paredes de hormigón desnudas, moquetas grises y salidas de emergencia del tamaño y forma de las puertas herméticas de un submarino. Albert Woodville-Gentle vivía en el segundo tercio de la torre, en el piso treinta. Todo estaba impoluto. Me pone de los nervios que tanto hormigón institucional esté limpio.

Llamé al timbre.

En la práctica, el objetivo de ser policía es no reunir información de forma encubierta. Se supone que tienes que plantarte ante la puerta de la gente, aterrorizarlos con el simple esplendor de tu autoridad y hacerles preguntas hasta que te cuenten lo que quieres saber. Por desgracia, a los de La Locura nos ordenaban mantener la existencia de lo sobrenatural, si bien no en secreto del todo, desde luego sí a un nivel discreto. Al parecer, todo formaba parte del acuerdo. Esto quería decir que empezar cualquier interrogatorio con la pregunta: «Eh, ¿estudiaste magia en la universidad?» estaba fuera de toda cuestión y teníamos que elaborar un plan ingenioso en su lugar.

La puerta se abrió enseguida, lo que nos indicó que el conserje había llamado para prevenir a los residentes. Una mujer de mediana edad con el rostro ajado, los ojos azules y el cabello del color de la paja sucia apareció en el umbral. Se fijó en la máscara de Lesley y retrocedió un paso involuntariamente —siempre funciona—.

Me presenté y le mostré la placa. Inspeccionó primero la placa y después a mí —tenía unos ojos estrechos y desconfiados—. A pesar de la sencilla falda marrón, una blusa a juego y una rebeca, me fijé en que del bolsillo del pecho, bocabajo, le colgaba un reloj analógico. ¿Sería una enfermera privada?

—Venimos a ver al señor Woodville-Gentle —anuncié—. ¿Está en casa?

—Se supone que a esta hora tiene que descansar —respondió la mujer. Tenía acento eslavo. «Ruso o ucraniano», pensé.

—Podemos esperar —dijo Lesley. La mujer se la quedó mirando y frunció el ceño.

—¿Podría saber quién es usted? —pregunté.

—Soy Varenka —contestó—. Soy la enfermera del señor Woodville-Gentle.

—¿Podemos pasar? —preguntó Lesley.

—No lo sé —dijo Varenka.

Yo ya tenía mi libreta preparada.

—¿Puede decirme su apellido, por favor?

—Es una investigación oficial —dijo Lesley.

Varenka titubeó y entonces, me pareció que de mala gana, se apartó de la puerta.

—Pasen, por favor —dijo—. Iré a ver si el señor Woodville-Gentle se ha despertado ya.

«Qué curioso…», pensé. Prefería dejarnos entrar a decirnos su apellido.

El piso era lisa y llanamente un largo rectángulo con el salón y una cocina pequeña a la izquierda y los dormitorios y lo que supuse que serían los baños, a la derecha. Había estanterías en todas las paredes y, como las cortinas estaban echadas, el aire se había concentrado y desprendía un tufillo a desinfectante y moho. Me fijé en los libros mientras Varenka, la enfermera, nos conducía al salón y nos pedía que esperásemos. Era como si la mayoría de los libros hubieran salido de una tienda de segunda mano: los de tapa dura tenían las sobrecubiertas deterioradas y los de tapa blanda tenían los lomos arrugados y las cubiertas descoloridas por la luz del sol. Daba igual donde los hubiera comprado, los tenía organizados meticulosamente por temas, hasta donde alcancé a ver, y después por autor. Había dos estantes llenos de lo que parecían ser todos los libros de Patrick O’Brian, hasta Almirante en tierra, y otro con una pila de libros de tapa blanda de Penguin de la década de los cincuenta.

Mi padre mata por esos libros de Penguin, dice que tenían tanta clase que todo lo que tenías que hacer era sentarte en la cafetería adecuada del Soho, fingir que estabas leyendo uno y estarías tan en la onda que impresionarías a las jovencitas antes de pedirte otro café.

Lesley me agarró del brazo disimuladamente para recordarme que debía parecer duro y profesional mientras Varenka nos conducía al salón antes de ir a despertar a Albert Woodville-Gentle.

—Va en silla de ruedas —murmuró Lesley.

A juzgar por el espacio que había entre los muebles y la situación de la mesa, el piso se había dispuesto para una silla de ruedas. Lesley perfiló con el zapato las zonas de la alfombra en las que las finas ruedas habían dejado marcas sobre el tejido burdeos.

Escuchamos unas voces apagadas que provenían del otro lado del piso. Varenka elevó la suya un par de veces, pero, como fue obvio unos minutos después, perdió la discusión porque apareció por el pasillo empujando la silla de su paciente en dirección al salón para recibirnos.

Uno siempre espera que la gente que va en silla de ruedas parezca anquilosada, así que me impresionó que Woodville-Gentle estuviera rollizo, sonrosado y sonriente. O, al menos, la mayor parte de su cara sonreía. Tenía una evidente inclinación hacia el lado derecho. Parecían las consecuencias de un derrame cerebral, pero vi que mantenía la movilidad completa de ambos brazos, aunque le temblaban notablemente. Tenía las piernas escondidas bajo una manta de cuadros que lo tapaba hasta los pies. Iba bien afeitado, bien aseado y parecía realmente contento de vernos, lo que es, en caso de que te lo estés preguntando, otra casilla del cartón de bingo del comportamiento sospechoso.

—Dios bendito —dijo—, es la poli. —Se dio cuenta de que Lesley llevaba una máscara y volvió a mirarla de forma exagerada—. Joven, ¿no cree que se está tomando el trabajo de ir de incógnito demasiado en serio? ¿Puedo ofrecerles un té? Varenka hace un té muy bueno, siempre y cuando les guste con limón.

—Pues da la casualidad de que sí que me tomaría una taza, oiga —dije. Si él iba a comportarse como un libertino de clase alta, yo no me quedé muy atrás con mi vocabulario de policía cockney.

—Siéntense, siéntense —dijo, y nos señaló un par de sillas colocadas junto a la mesa del comedor. Empujó él solo la silla de ruedas, se colocó enfrente y juntó las manos para que dejaran de temblar—. Ahora tiene que contarme lo que los ha hecho irrumpir en mi domicilio.

—No sé si está usted al tanto de esto, pero David Faber desapareció recientemente y nos estamos encargando de localizar su paradero —dije.

—Creo que nunca he oído hablar de ningún David Faber —dijo Woodville-Gentle—. ¿Es alguien famoso?

Abrí visiblemente la libreta y hojeé las páginas.

—Los dos fueron al Magdalen College de Oxford durante los mismos años: de 1956 a 1959.

—Eso no es correcto del todo —dijo Woodville-Gentle—. Yo asistí a partir de 1957 y, aunque mi memoria no es lo que solía ser, estoy bastante seguro de que me acordaría de un nombre como Faber. ¿Tienen alguna fotografía?

Lesley sacó una imagen de su bolsillo interior, una versión claramente coloreada de una fotografía en blanco y negro. En ella aparecía un hombre de pie, vestido con una chaqueta de tweed y con un corte de pelo ondulado verdaderamente antiguo, que se apoyaba sobre una anodina pared de ladrillo con una hiedra.

—¿Le suena de algo ahora? —preguntó Lesley.

Woodville-Gentle miró de reojo la fotografía.

—Me temo que no —dijo.

Me habría sorprendido si lo hubiera hecho teniendo en cuenta que Lesley y yo nos la habíamos bajado de una página de Facebook sueca. David Faber era completamente imaginario. Habíamos escogido un sueco porque era prácticamente imposible que cualquiera de los Pequeños Cocodrilos hubiera llegado a reconocerlo. Era una mera excusa para meter las narices en sus vidas sin alertar a ningún practicante de que íbamos tras ellos, si es que había alguno más.

—Nos habían informado de que pertenecían al mismo club social en Cambridge. —Volví a hojear mi libreta—. Los Pequeños Cocodrilos.

—Clubs vespertinos —dijo Woodville-Gentle.

—¿Disculpe?

—Se llamaban clubs vespertinos —dijo—, no clubs sociales. Eran una excusa para ir a cenar y beber en exceso, aunque me atrevería a decir que también realizamos obras de caridad y cosas por el estilo.

Varenka entró con el té al estilo ruso: negro con limón, en vaso. Cuando nos hubo servido, se colocó detrás de Lesley y de mí en un sitio en el que no podíamos verla sin volvernos. Eso es una especie de truco policial, y no nos gusta cuando la gente nos lo hace a nosotros.

—Oh, me temo que no hay pastel ni galletas en casa —dijo Woodville-Gentle—. Los médicos no me dejan comerlas, y tengo mucha más agilidad e ingenio a la hora de averiguar las cosas que no son buenas para mí de lo que ustedes podrían pensar.

Me tomé el té mientras Lesley le hacía algunas preguntas rutinarias. Woodville-Gentle se acordaba de los nombres de algunos coetáneos que sabía que habían sido miembros de los Pequeños Cocodrilos y de otros que creía que podrían haberlo sido. La mayoría de los nombres ya estaban en nuestra lista, pero nunca está de más corroborar la información. Sí que nos dio los de algunas universitarias a las que describió como «afiliadas»; de todo hay que sacar provecho. Pasados cinco minutos, comenté que había oído que desde la terraza se tenían unas vistas maravillosas y pregunté si podía asomarme. Woodville-Gentle me dijo que adelante, de manera que me levanté y, después de que Varenka me enseñara cómo se abría la puerta corrediza, salí. Le había dado unas palmaditas distraídas al bolsillo de la chaqueta cuando me había levantado. Llevaba una caja de cerillas dentro para parecer creíble, así que estaba convencido de que pensaban que había salido a fumar. Todo formaba parte del astuto plan de Lesley.

Las vistas eran extraordinarias. Me apoyé en la barandilla del balcón y miré hacia la cúpula de San Pablo, al sur, y hacia Elephant and Castle, al otro lado del río, donde el edificio conocido cariñosamente como la «Maquinilla de Afeitar Eléctrica» competía en importancia con el infame poema de hormigón y carencias de Stromberg: la Torre Skygarden. Y, a pesar de las nubes bajas, pude distinguir detrás de ellas las luces de Londres que se dispersaban sobre las colinas North Downs. Al darme la vuelta, pude ver directamente el caos del centro de Londres, donde, por un efecto de la perspectiva, se confundían la circunferencia del London Eye y la silueta picuda y gótica del palacio de Westminster. En todas las calles principales las luces de Navidad brillaban y se reflejaban en la nieve recién caída. Podría haberme quedado allí durante horas si no hubiera sido porque hacía tanto frío que se me estaban congelando las bolas y porque se suponía que debía ponerme a husmear.

La terraza tenía forma de ele: una parte ancha junto al salón, me imaginé que para tomar el té de la tarde bajo el sol, y después otro tramo mucho más estrecho y largo que recorría la longitud del piso. Gracias a los planos que nos había enviado un agente inmobiliario, sabíamos que todas las habitaciones, menos los baños y las cocinas, tenían puertas francesas que daban a la terraza y, como éramos policías, también sabíamos que la probabilidad de que estuvieran cerradas, a treinta pisos de altura, era remota. La terraza medía poco más de treinta centímetros y, aunque la barandilla me llegaba a la cintura, me mareaba si desviaba la mirada demasiado a la izquierda. Supuse que la enfermera dormía en el dormitorio más pequeño de los dos que había, así que seguí avanzando hasta el final de la terraza, que terminaba en una puerta de salida de emergencia. Me puse los guantes e intenté abrir las puertas francesas, que se abrieron con un silencio alentador. Entré.

La puerta del dormitorio estaba abierta, pero la luz del pasillo del fondo estaba apagada, así que la habitación estaba demasiado oscura para ver nada. Pero no estaba allí para usar los ojos. Había un olor rancio a enfermo mezclado con polvo de talco y, extrañamente, con Chanel número 5. Respiré profundamente e intenté percibir algún vestigium.

No había nada, o al menos nada que resultara evidente.

No tenía tanta experiencia como Nightingale, pero estaba dispuesto a apostar que no había ocurrido nada relacionado con la magia en ese piso desde que lo construyeron.

Decepcionado, me moví despacio hasta que pude ver la puerta, el pasillo entero y el salón en el que Lesley seguía haciendo sus preguntas. Era obvio que había conseguido captar la atención de Woodville-Gentle: el viejo estaba inclinado hacia delante en su silla y miraba, para mi sorpresa, a lo que me di cuenta que era el rostro descubierto de Lesley. Varenka también parecía fascinada; escuché que preguntaba algo y vi que la boca deforme de Lesley le contestaba. Como último recurso, Lesley había bromeado con que podría quitarse la máscara para crear una distracción, pero nunca pensé que llegaría a hacerlo. Woodville-Gentle alargó el brazo con un gesto vacilante y delicado, como si quisiera tocar la mejilla de Lesley, pero ella echó la cabeza hacia atrás y volvió a ponerse la máscara torpe y rápidamente.

De repente noté que Varenka, que había estado de pie a un lado observando, se había dado la vuelta para mirar por el pasillo y la habitación principal. Me quedé completamente quieto; estaba escondido en las sombras y estaba seguro de que, si no me movía, no podría verme.

Volvió la cabeza para decirle algo a Woodville-Gentle y se apartó unos pasos, de modo que desapareció de mi vista. Un tanto para el pequeño ninja de Kentish Town.

—Las cosas que tengo que hacer para que no te metas en líos… —dijo Lesley mientras íbamos en el ascensor camino del parking. Se refería a lo de quitarse la máscara—. ¿Ha valido la pena?

—No percibí nada —dije.

—Me pregunto qué causó su apoplejía —dijo. Los derrames cerebrales progresivos eran uno de los muchos, variados y emocionantes efectos secundarios de practicar la magia—. Ya sabes, si hubo una panda de niños pijos aprendiendo magia, alguno de ellos tuvo que haberse lesionado en algún momento. A lo mejor deberíamos pedirle al doctor Walid que busque derrames y esas cosas en nuestra quiniela de sospechosos.

—Sí que te gusta hacer papeleo.

Las puertas se abrieron y nos dirigimos hacia el parking congelado.

—Así es como se coge a los malos, Peter —dijo Lesley—. Haciendo el trabajo preliminar.

Me reí y me dio un puñetazo en el brazo.

—¿Qué? —preguntó.

—Te he echado mucho de menos mientras no estabas —dije.

—Oh —dijo, y se quedó callada durante todo el trayecto de vuelta a La Locura.

No nos pareció extraño que Nightingale no hubiera regresado de Henley ni que Molly estuviera acechando en la entrada a la espera de su vuelta. Toby se puso a dar saltos alrededor de mis piernas mientras me dirigía al comedor privado, donde Molly, que se sentía optimista, había puesto la mesa para dos. Por primera vez desde que me mudé, la chimenea estaba encendida. Volví a salir a la terraza y vi a Lesley que se dirigía hacia las escaleras para subir a su habitación.

—Lesley —la llamé—. Espera.

Ella se detuvo y me miró, su rostro era una máscara de color sucio.

—Ven a cenar —dije—. Será mejor que lo hagas, de lo contrario, tendremos que tirarlo.

Miró hacia lo alto de las escaleras y después en mi dirección. Sé que la máscara le da picores y que probablemente estaría deseando subir a su habitación y quitársela.

—Ya te he visto la cara —dije—. Y Molly también. Y a Toby no le importa una mierda mientras consiga que le den una salchicha. —Toby ladró en el momento preciso—. Quítate esa jodienda, odio comer solo.

Asintió.

—Vale —dijo, y empezó a subir.

—¡Eh! —le grité.

—Tengo que echarme crema, idiota —me respondió.

Miré a Toby; se estaba rascando la oreja.

—Adivina quién viene a cenar —dije.

Molly, dolida quizás por la cantidad de comida para llevar que ingeríamos en las cocheras, había empezado a experimentar. Pero esa noche, probablemente por comodidad, había vuelto a los clásicos. De hecho, se había remontado a la vieja Inglaterra.

—Es venado a la sidra —dije—. Lo ha tenido en remojo toda la noche. Lo sé porque anoche bajé a buscar un tentempié y los vapores casi acaban conmigo.

Molly lo había servido aderezado con champiñones en una olla, con patatas asadas, berros de agua y judías verdes. Lo importante, desde mi punto de vista, era que estaban en filetes —Molly podía llegar a ser muy anticuada con cosas como las mollejas, que no son lo que muchos de vosotros pensáis, debería añadir—. Después de asistir a un par de accidentes mortales, la casquería pierde su atractivo. De hecho, me alucina que todavía me guste comer kebabs.

Lesley se había quitado la máscara y yo no sabía hacia dónde mirar. Le brillaba el sudor de la frente y la piel de las mejillas y lo que quedaba de su nariz tenían un aspecto rosáceo e inflamado.

—No puedo masticar bien por el lado izquierdo —dijo—. Voy a poner cara rara.

«Venado —pensé—, una carne exquisita, pero que cuesta mucho masticar… Buen trabajo, Peter».

—¿Como cuando comes espaguetis? —pregunté.

—Me los como al estilo italiano —respondió.

—Sí, claro, con la cabeza dentro del plato —dije—. Muy elegante.

El venado no estaba duro, se cortaba como la mantequilla. Pero Lesley tenía razón, la forma en la que lo amontonaba en un solo carrillo, como una ardilla con dolor de muelas, resultaba graciosa.

Me dirigió una mirada agria que me provocó la risa.

—¿Qué? —preguntó después de tragar. Me di cuenta de que las cicatrices de la última operación en la mandíbula todavía estaban rojas e hinchadas.

—Me gusta poder ver tus expresiones —dije.

Se quedó paralizada.

—¿Cómo se supone que voy a saber si bromeas o no?

—pregunté.

Se acercó la mano a la cara y se detuvo. Se la quedó mirando, como si se sorprendiera de que se cerniera sobre su boca, y después la empleó para coger el agua en su lugar.

—¿No podías dar por hecho que siempre estaba bromeando? —preguntó.

Me encogí de hombros y cambié de tema.

—¿Qué opinas del ermitaño del rascacielos?

Frunció el ceño. Me sorprendió, no sabía que aún podía hacerlo.

—Me pareció interesante —respondió—. Aunque la enfermera daba miedo, ¿no crees?

—Tendríamos que haber ido con uno de los Rivers —dije—. Son capaces de distinguir a un practicante solo con olerlo.

—¿En serio? ¿Y a qué olemos?

—No quise preguntarlo —dije.

—Estoy segura de que Beverly pensaba que olías estupendamente —comentó Lesley. Tenía razón, daba igual que llevara la máscara o no porque yo no era capaz de saber si estaba bromeando.

—Me pregunto si será inherente a los Rivers o si todos los… —Me detuve antes de decir «seres mágicos», hay que tener principios.

—¿Monstruos? ¿Criaturas? —sugirió Lesley.

—Los dotados de magia —dije.

—Bueno, no cabe duda de que Beverley estaba dotada de magia —dijo Lesley. «Decididamente está bromeando», pensé—. ¿Crees que es algo que nosotros podríamos aprender a hacer? —preguntó—. Nuestro trabajo sería mucho más fácil si pudiéramos rastrearlos con el olfato.

Es fácil saber cuándo alguien está modelando una forma en su cabeza. Es como los vestigia: cualquiera puede sentirlos; el truco, como siempre, es identificar la auténtica impronta de esa sensación. Nightingale decía que podías aprender a reconocer a un solo practicante por su signare, la distintiva firma que dejaba su magia. Cuando Lesley se unió a nosotros, hice una prueba a ciegas y me di cuenta de que no podía notar en absoluto la diferencia, aunque Nightingale podía hacerlo diez veces de diez.

—Es algo que se aprende con la práctica —había dicho. También había afirmado que no solo podía distinguir a la persona que había hecho un hechizo, sino también a la persona que había enseñado al conjurador y, a veces, a la persona que había elaborado el hechizo. Yo no supe muy bien si creerlo.

—Se me ha ocurrido un protocolo provisional con el que podemos experimentar —dije—. Pero supone que uno de los Rivers se quede muy quieto mientras nos turnamos para escuchar sus pensamientos. Y necesitaríamos a Nightingale para que sirviera de control.

—No creo eso vaya a ocurrir en un futuro cercano —dijo Lesley—. Quizás esté en la biblioteca… ¿Cómo va tu latín?

—Mejor que el tuyo: Aut viam inveniam aut faciam —dije. Significaba: «Encontraré un modo u otro». Era una de las frases favoritas de Nightingale y se le atribuía a Aníbal.

—Vincit qui se vincit —indicó Lesley, a quien le gustaba aprender latín casi tanto como a mí. «Vence el que se vence a sí mismo», otra de las preferidas de Nightingale y el lema de la película de Disney La bella y la bestia, lo que todavía no habíamos tenido el valor de confesarle.

—Se pronuncia «vinquit», no «vincit» —dije.

—Que te den —dijo Lesley.

Le sonreí y ella me correspondió…, más o menos.

Darmowy fragment się skończył.

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381 str. 2 ilustracji
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9788417525828
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Bookwire
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