Czytaj książkę: «Familias fatales»

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FAMILIAS FATALES
Ben Aaronovitch
Traducción de Marina Rodil
Serie Ríos de Londres 4

Página de créditos
Familias fatales

V.1: abril, 2020

Título original: Broken Homes

Publicado originalmente por Gollanz, un sello de Orion Publishing Group (Londres)

© Ben Aaronovitch, 2013

© de la traducción, Marina Rodil, 2019

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados.

Ilustración de cubierta: © Stephen Walter

Ilustración cortesía del autor, tomada de la obra The Island - London Series

Diseño de cubierta: © Patrick Knowles

Publicado por Oz Editorial

C/ Aragón, 287, 2º, 2ª

08009 Barcelona

info@ozeditorial.com

www.ozeditorial.com

ISBN: 978-84-17525-91-0

THEMA: FMX

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita utilizar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Familias fatales
¿Podrá el agente Peter Grant detener al mago más peligroso de Londres?

El cuerpo mutilado de una mujer y ni rastro de magia: eso es lo único que el agente Peter Grant encuentra en la escena del crimen. Pero tiene razones para creer que el asesino practica la magia… Todas las pistas apuntan al mismo lugar: el Skygarden, una torre diseñada por un loco y habitada por personas desesperadas. Dispuestos a resolver el misterio, Peter Grant y su mentor, el inspector Nightingale, se adentrarán en las tinieblas más allá del Támesis, donde se esconden los secretos más oscuros de Londres.

«Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro.»

The Independent

Contenido

Portada

Página de créditos

Sinopsis

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Contexto histórico y arquitectónico

Notas

Agradecimientos

Sobre el autor

Dedico este libro a todas las personas que se levantan y hacen algo, sea lo que sea y tenga la importancia que tenga.

«El problema de la vivienda es un problema de la época. El equilibrio de la sociedad hoy en día depende de ello. La primera obligación de la arquitectura, en este periodo de renovación, es proporcionar una revisión de los valores, un estudio de los elementos constituyentes de la vivienda. Debemos crear el espíritu de la producción en masa.»

Charles-Édouard Jeanneret (Le Corbusier)

Capítulo 1
Monstruos perfectamente humanos

A las siete y veintitrés de la mañana, Robert Weil condujo su Volvo V70 del 53 por encima del puente que une Pease Pottage,1 nombre que recibe el pueblo inglés por increíble que parezca, con Pease Pottage, la gasolinera de la autopista. Sabemos la hora exacta porque las cámaras de la Dirección General de Carreteras lo recogieron en ese instante. A pesar de la lluvia y de la poca visibilidad, los fotogramas de las imágenes clave aumentadas mostraban a Robert Weil, solo, en el asiento delantero.

Con una conducción que parecía, a posteriori, sospechosa y deliberadamente cautelosa, Robert Weil giró a la izquierda en la rotonda para unirse a la carretera en curva que rodea la gasolinera y que lleva a Crawley propiamente dicho a través del segundo puente que pasa por encima de la M23. Ahí hay una intersección complicada en la que el tráfico que sale de la autopista se cruza con los coches que atraviesan el puente; está regulada por unos semáforos para evitar accidentes. No sabemos por qué Robert Weil se saltó esos semáforos. Algunos creen que era un acto para llamar la atención, un deseo inconsciente de que lo pilláramos. Otros dicen que tenía prisa por llegar a casa y optó por un riesgo calculado, lo que no explicaría los lentos cincuenta kilómetros por hora a los que iba cuando se los saltó. Yo creo que iba tan concentrado en mantener el límite legal de velocidad y evitar llamar la atención que ni siquiera vio el semáforo… Tenía muchas cosas en la cabeza.

No sabemos en qué estaba pensando Allen Frust cuando salió de la autopista, en ángulo recto con respecto a Robert Weil, a unos ochenta y cinco kilómetros por hora aproximadamente en su Vauxhall Corsa de cinco años de antigüedad. El semáforo se lo permitía, así que siguió girando a la izquierda y estaba en el centro de la intersección cuando golpeó el lateral del Volvo de Robert Weil, justo delante de la puerta del copiloto. El Equipo Forense de Investigación de Accidentes de Sussex determinó después que ninguno de los dos vehículos frenó ni realizó maniobra evasiva alguna antes del choque, lo que les llevó a concluir que, con las condiciones de lluvia y oscuridad, ningún conductor fue consciente de la presencia del otro.

El impacto desplazó el Volvo hasta el arcén cubierto de hierba y lo hizo chocar contra el quitamiedos, donde se detuvo casi de inmediato. El Vauxhall, que circulaba prácticamente el doble de rápido, giró varias veces por culpa de la humedad antes de volcar y dar vueltas de campana hasta una fila de árboles que había más adelante, contra los que terminó estrellándose. Se determinó que, mientras Allen Frust había sobrevivido en primera instancia gracias al cinturón de seguridad y al airbag, por desgracia el cinturón falló mientras el coche hacía trombos y él salió despedido contra el techo, con lo que se fracturó el cuello.

El primer policía que apareció fue la agente Maureen Slatt, que estaba destinada en la cercana comisaría de Northgate, en Crawley. Había estado patrullando sola a menos de un kilómetro al norte y, a pesar de que las condiciones climatológicas habían empeorado, llegó a la escena en menos de dos minutos.

No hay nada que ponga más en peligro la vida de un policía que acudir a un accidente de tráfico en una vía rápida, de manera que lo primero que hizo fue aparcar su vehículo policial en la intersección en «posición diagonal», con las luces del techo, los faros y los intermitentes encendidos. Después, una vez dispuesta toda aquella escasa protección contra los desquiciados conductores nocturnos, se aventuró a acercarse primero al Volvo, donde encontró a Robert Weil atontado pero respirando, y después al Vauxhall, en el que halló a Allen Frust tendido y bien muerto. Tras realizar un rápido barrido con la linterna para asegurarse de que ningún pasajero había salido despedido hacia los matorrales que había a lo largo del arcén, volvió junto a Robert Weil para ver si podía ayudarle. Fue entonces cuando la agente Slatt, y apuesto a que la habían acosado por tener ese nombre, demostró que era una policía de verdad y no solo un uniforme con destreza para la conducción.

El Volvo V70 era un coche familiar grande y, en el momento del impacto, la puerta trasera se había abierto de golpe. La sabiduría popular de los policías está llena de historias espantosas sobre mascotas, abuelitas e incluso niños sin abrochar que salen volando por la parte de atrás de los coches, así que la agente Slatt pensó que debía echar un vistazo.

Reconoció de inmediato las manchas de sangre que había en el lateral del coche; eran tan recientes que aún brillaban a la luz de su linterna. No había mucha, pero sí la suficiente como para que se preocupara. Se puso a buscar minuciosamente, pero no había nadie en la parte trasera del coche ni a diez metros a la redonda.

Para cuando hubo terminado la búsqueda, los policías de tráfico habían llegado con sus grandes BMW 520 llenos de barreras, luces de emergencia y suficientes señales reflectantes como para montar una segunda pista en Gatwick. Acordonaron rápidamente el carril y volvieron a hacer que el tráfico circulara de forma segura. Una ambulancia llegó poco después y, mientras el personal sanitario se ocupaba de Robert Weil, la agente Slatt se puso a buscar la documentación del coche en la guantera. Antes de que la ambulancia se fuera, Slatt subió a la parte de atrás y le preguntó a Robert Weil si alguien iba con él en el coche.

—Estaba completamente aterrado —le contó después a los detectives—. No solo le alarmaba la pregunta, sino que estaba incluso más asustado por el hecho de que yo fuera policía.

Entre los policías se dice que todos los ciudadanos son culpables de algo, pero algunos en particular lo son más que otros. Cuando la ambulancia subió con esfuerzo hacia la M23 en dirección a las urgencias de Redhill, la agente Slatt la seguía de cerca. Mientras conducía, le recomendó por radio al inspector de la Unidad de Mando y Control que estaba de guardia que el Departamento de Investigación de Delitos fuera a echar un vistazo. Nunca se consigue hacer nada deprisa a las dos de la mañana, de manera que ya amanecía cuando el detective de la cercana comisaría de Crawley consideró que valía la pena llamar a su inspector. Patalearon, maldijeron a los trabajadores madrugadores que tocaban el claxon y se quejaban por el retraso, y decidieron que bien podrían convertir ese asunto en el problema de otra persona. Así pasó a la Brigada Conjunta de Grandes Crímenes de la policía de Sussex y Surrey.

Se necesita algo más que un poco de misterio para arrancar de su cama cómoda y calentita a un inspector jefe veterano, así que cuando Douglas Manderly, el oficial superior designado para la investigación, llegó a la oficina, ya había enviado a un par de desafortunados detectives a la escena, otro se dirigía al hospital West Surrey para relevar a la agente Slatt y su ayudante ya había encendido el programa HOLMES y le había asignado un nombre a la operación: «Sallic».

Douglas Manderly no se imaginaba que, nada más introducir el nombre de Robert Weil en HOLMES, se desencadenaba una señal que yo había conseguido de un informático civil experto en soporte técnico al que había engatusado, y que recibía un correo electrónico en mi ordenador. Después, el ordenador me lo enviaba al teléfono, y este sonó cuando Toby y yo paseábamos por Russell Square.

Digo que salimos de paseo, pero, en realidad, los dos nos habíamos escabullido a través de la fina llovizna invernal a la cafetería del parque, donde yo me tomé un café y Toby, un pedazo de pastel. Comprobé los detalles lo mejor que pude en el teléfono, pero no es lo bastante seguro para asuntos tan delicados, de manera que volvimos a La Locura saltando los charcos. Para ahorrar tiempo entramos por la puerta de atrás, atravesamos el patio trasero y subimos por la escalera de caracol exterior hacia el apartamento renovado que había sobre el garaje. Ahí tenía los ordenadores, la televisión de plasma, el equipo de sonido y el resto de accesorios de la vida del siglo xxi que, por una u otra razón, no me atrevía a mantener dentro de La Locura.

Después de Navidad le había pedido a mi primo Obe que viniera a poner un interruptor principal junto a la puerta. Corta la corriente de todos los dispositivos eléctricos del apartamento salvo las luces; muy ecológico, pero esa no es la razón por la que lo instalé. La verdad es que cuando haces magia, cualquier microprocesador que esté a una corta distancia se convierte en chatarra y, puesto que hoy en día casi todo lo que tiene un interruptor tiene un microprocesador, termina saliendo caro muy pronto. Ahora bien, llevé a cabo unos pequeños experimentos que revelaron que dichos microchips deben tener corriente para romperse, de ahí lo del interruptor. Me aseguré de que Obe escogía un conmutador de palanca antiguo que fuera lo suficientemente duro como para imposibilitar cualquier uso fortuito. Cuando alargué el brazo para encenderlo esa mañana, descubrí que ya lo estaba. Pero claro, sabía que no había sido yo porque, después de que mis mierdas volaran por los aires por culpa de la magia hacía más de un año, me había vuelto muy exigente con estas cosas. Y no había sido Lesley porque le estaban operando otra vez la cara en el hospital. Sabía que Nightingale se colaba de vez en cuando para ver el rugby a hurtadillas, así que podría haber sido él.

Tan pronto como entré, con Toby sacudiéndose el húmedo pelaje y metiéndose entre mis pies, encendí el Dell que utilizamos como terminal para AWARE, respondí a un correo electrónico que me recordaba que en dos semanas tenía que presentarme al curso de repaso de Seguridad para Agentes y volví a comprobar la alerta que me remitía a la Operación Sallic en HOLMES, que no me permitía el acceso. Pensé en entrar con el número de placa de Nightingale, que parece tener acceso a todo, pero los mandamases se mostraban muy inquietos por entonces con los accesos no autorizados a las bases de datos, de manera que me pregunté qué habría dicho Lesley en estas circunstancias: «¡Llama al Centro de Coordinación, idiota!».

Así que eso es lo que hice y, después de diez minutos al teléfono hablando con el ayudante de la Brigada de Grandes Crímenes, salí corriendo para contárselo todo a Nightingale, aunque me aseguré de apagar el interruptor principal mientras salía.

* * *

Una hora más tarde nos dirigíamos al sur en el Jaguar.

Nightingale me dejó conducir, lo que estuvo bien, aunque todavía no me dejaba ir solo en él hasta que hiciese el curso avanzado de conducción de Scotland Yard. Ya me había apuntado, pero el problema era que prácticamente todos los agentes del cuerpo querían hacer el curso y los chicos y chicas que conducen los vehículos de apoyo de los comandantes del distrito tienen prioridad. Puede que hubiera una vacante en junio. Hasta entonces tendría que contentarme con que me supervisaran mientras aceleraba el motor de seis cilindros en línea y bajaba a unos comedidos ciento veinte kilómetros por hora por la M23. Consiguió alcanzarlos sin ningún esfuerzo aparente, lo que no está mal para un coche que es casi tan viejo como mi madre.

—Estaba en la lista que nos dio Tyburn —le dije a Nightingale cuando por fortuna escapamos de la terrorífica singularidad que es el tráfico de Croydon.

—¿Por qué no hemos hablado con él antes? —preguntó Nightingale.

Habíamos estado monitorizando a los antiguos miembros de un club vespertino de la Universidad de Oxford, que se llamaba los Pequeños Cocodrilos, desde que descubrimos que un viejo mago, Geoffrey Wheatcroft, había estado enseñándoles magia contra todo hábito y costumbre. Llevaba haciéndolo desde principios de los cincuenta, así que, como os imaginaréis, había muchos nombres que cubrir. Tyburn —Lady Ty para ti, campesino—, genius loci de uno de los afluentes perdidos del Támesis y licenciada de Oxford, había localizado a algunos miembros de esta camarilla durante sus años allí. Aseguraba, y yo la creía, que era capaz de oler, literalmente, a un practicante de magia. Así que le dimos prioridad a su lista.

Y nuestro conductor del Volvo estaba en ella.

—Robert Weil, con W —dije—. Hemos trabajado con la lista en orden alfabético.

—Eso no hace más que probar que existe algo que se llama ser demasiado metódico —dijo Nightingale—. Supongo que has arrasado con los registros informáticos, ¿qué has descubierto?

En realidad, el ayudante con el que había hablado me había enviado los resultados de las investigaciones, pero no iba a decirle eso a Nightingale.

—Tiene cuarenta y dos años, nació en Tunbridge Wells, su padre era abogado; su madre, ama de casa. Estudió en el colegio privado del Sagrado Corazón de Beachwood… —dije.

—¿Era externo o comía allí? —preguntó Nightingale.

Había adquirido algunos conocimientos rudimentarios de lenguaje elegante desde que trabajaba con Nightingale, así que al menos conseguí entender la pregunta.

—El colegio está en Tunbridge Wells, así que yo diría que era externo —dije—. A menos que sus padres tuvieran muchas ganas de que no estuviera en casa.

—Y de ahí, supuestamente hasta Oxford —comentó Nightingale.

—Donde cursó Biología… —empecé a decir.

—Estudiar —dijo—. En la universidad se estudian asignaturas.

—Donde estudió Biología y se licenció con unas notas normalitas —dije—. Así que no era el tipo más brillante de la pandilla.

—Biología —repitió Nightingale—. ¿Estás pensando lo mismo que yo?

Estaba pensando en las quimeras de Sin-rostro, en sus gatitas producidas en masa y en los chicos-tigre que habían salido de lo que llamábamos el club de striptease del doctor Moreau. En eso y en la Dama Pálida, que se había deshecho de varias personas arrancándoles a mordiscos la polla con los dientes de su vagina. Y en el resto de cosas que Nightingale había considerado demasiado terribles como para que yo las viera.

—Espero sinceramente que no —dije, pero sabía que, en realidad, sí que estaba pensando lo mismo que él.

—¿Y después de que se licenciara? —preguntó Nightingale.

Había estado en Imperial Chemical Industries2 durante diez años, antes de pasarse al creciente campo de las evaluaciones de impacto medioambiental, y había trabajado para las autoridades aeroportuarias británicas como agente de control medioambiental hasta que lo vendieron, junto con el resto del aeropuerto de Gatwick, en 2009.

—Le despidieron el año pasado —dije—. Formaba parte de la dirección, así que consiguió un buen finiquito. En la actualidad cotiza como consultor.

* * *

El centro de coordinación se había establecido en Sussex House, a las afueras de Brighton, en lo que parecía una planta de ingeniería eléctrica de los años treinta convertida en oficinas. En algún momento de los últimos treinta años, habían brotado en el lugar unos almacenes, una tienda Matalan y un supermercado ASDA del tamaño de un portaviones impulsado por energía nuclear. Era la clase de desarrollo urbanístico de las afueras que hace que los hombres y mujeres serenos y respetuosos con el medio ambiente echen espuma por la boca por la indignación y muerdan los volantes de sus Prius, pero yo no pude evitar pensar que, desde un punto de vista policial, venía estupendamente bien para comprar después del trabajo. De hecho, puesto que el centro de detención de Brighton estaba justo detrás, también venía genial para los sospechosos. Y había unos trasteros Big-Box al lado, lo que podría resultar práctico si las celdas se abarrotaban alguna vez.

El inspector jefe Douglas Manderly era un policía al estilo moderno, con un sutil traje de raya diplomática entallado, el pelo castaño y corto, ojos azules y un móvil de última generación en el bolsillo. Era serio, trabajaba hasta tarde, bebía la cerveza rubia en cañas y sabía cambiar un pañal. En poco tiempo buscaría ascender a superintendente, pero solo por la paga extra y la pensión. Era bueno en su trabajo, deduje, pero probablemente no se sintiera cómodo con las cosas que se salían de su zona de confort.

Le íbamos a encantar.

Nos encontramos con él en su oficina para proclamar su autoridad, pero se levantó y nos dio la mano por turnos para promover una correcta atmósfera entre compañeros. Nos sentamos en los sitios que nos ofreció y también aceptamos su café, y le dedicamos un minuto y medio, más o menos, a las cortesías antes de que nos preguntara, sin rodeos, qué queríamos.

No le contamos que estábamos cazando brujas porque esa clase de cosas suele causar sobresaltos.

—Puede que Robert Weil esté relacionado con otra investigación —dijo Nightingale—. Una serie de asesinatos que tuvo lugar durante el verano.

—¿Con el caso de Jason Dunlop? —preguntó.

«Es mejor que bueno en su trabajo», pensé.

—Sí —respondió Nightingale—, aunque no está directamente relacionado.

Manderly parecía decepcionado. La gente tiene una idea errónea sobre la territorialidad policial. Una investigación por asesinato a gran escala sale por un cuarto de millón de libras como mínimo. Si Manderly pudiera pasárselo a Scotland Yard, entonces se convertiría en nuestro dinero y nuestro problema, por no mencionar que mejoraría su recuento de criminalidad a final de año. Era evidente que no quería asignarnos a uno de sus preciados detectives para que nos acompañara, pero no se mostró particularmente contento cuando Nightingale preguntó por la agente Maureen Slatt.

—Eso es un tema de su superior más inmediato —indicó Manderly.

Entonces preguntó si tenía que buscar algo en especial, dado nuestro interés.

—Podría informarnos si descubre algo que se salga de lo normal —dijo Nightingale.

—¿Eso incluye algún cuerpo? —preguntó.

Técnicamente no hace falta que tengas ningún cadáver para acusar a alguien de asesinato, pero los detectives siempre se sienten mejor cuando han encontrado a la víctima propiamente dicha; son así de supersticiosos. Además, a nadie le gusta pensar que se puedan estar gastando un cuarto de millón y que resulte que la víctima esté viviendo en Aberdeen con un vendedor de seguros llamado Dougal.

—¿Estamos seguros de que había un cuerpo en el Volvo? —pregunté.

—Seguimos esperando los resultados de ADN, pero el laboratorio ha confirmado que la sangre es humana —respondió Manderly—. Y que salió de un cuerpo en las primeras fases de rigor mortis.

—Entonces no fue un secuestro —dijo Nightingale.

—No —concedió el detective.

—¿Y dónde está el señor Weil ahora? —preguntó Nightingale.

Manderly entrecerró los ojos.

—Está de camino —dijo—. Pero, a menos que tengan algo sustancial que añadir a su interrogatorio, preferiría que nos lo dejaran a nosotros.

Ahora que había quedado claro que no íbamos a relevarle de este problemático caso, no iba a dejarnos acercarnos al sospechoso principal hasta que lo tuviera todo atado y bien atado.

—Me gustaría hablar con la agente Slatt primero —dijo Nightingale—. Imagino que ya se habrá registrado la casa de Weil, ¿verdad?

—Tenemos a un equipo allí —dijo Manderly—. ¿Están buscando algo en concreto?

—Libros —respondió—. Y posiblemente otras clases de parafernalia.

—¿Parafernalia? —repitió el detective.

—Lo sabré cuando la vea —dijo Nightingale.

* * *

La principal diferencia entre las labores policiales de la ciudad y las de campo, hasta donde me parecía, era la distancia. Había treinta kilómetros por la A23 hasta Crawley, donde vivía Robert Weil, que era mucho más de lo que yo conducía en Londres durante la semana laboral. Eso sí, como Londres no se interponía, llegamos en menos de media hora. De camino pasamos por el punto donde había tenido el lugar el accidente. Le pregunté a Nightingale si quería que parásemos, pero, puesto que ya se habían llevado el Volvo de Weil, continuamos hasta Crawley.

En los cincuenta y los sesenta, los todopoderosos hicieron un esfuerzo conjunto para echar a la clase trabajadora de Londres. La ciudad estaba perdiendo rápidamente su industria y las maravillas tecnológicas de la era de los electrodomésticos estaban sustituyendo a un amplio número de sirvientes que se requería en las casas eduardianas. Londres simplemente ya no necesitaba tanta gente pobre. Crawley, que hasta entonces había sido un pequeño pueblo medieval basado en el comercio, tenía sesenta mil residentes allí tirados. Digo tirados, pero en realidad fueron a parar a miles de sólidos adosados con tres dormitorios en los que a mis padres le habría encantado vivir, si hubieran podido llevarse la escena londinense del jazz, el mercado de Peckham y a la población exiliada de Sierra Leona o, al menos, a la mitad con la que mi madre se seguía hablando.

Crawley se las había apañado para evitar la plaga de centros comerciales a las afueras con el simple recurso de colocar uno en el centro del pueblo. Más allá estaban las oficinas del ayuntamiento, la universidad y la comisaría, todo apiñado con tanto esmero como si hubiera salido de un juego de SimCity.

Encontramos a la agente Slatt en la cafetería, que era tan anodina como sus equivalentes en Londres. Era una mujer bajita y pelirroja que rellenaba el chaleco antipuñaladas como un adosado de tres dormitorios y tenía unos ojos grises e inteligentes. Nos dijo que su inspector ya la había puesto al día. Yo no sabía lo que le habían dicho, pero la mujer miraba a Nightingale como si esperara que fuera a salirle otra cabeza.

Nightingale me envió a la barra y, cuando volví con el té y las galletas, la agente Slatt le estaba describiendo cómo había obrado en el lugar del accidente. Si pasas algún tiempo entre accidentes de tráfico, no tendrás ningún problema en distinguir la sangre cuando la veas.

—Brilla cuando la iluminas con la linterna, ¿no es verdad? —dijo—. Pensé que podría haber otra víctima en el coche.

Es bastante común que las personas que han sufrido un accidente de coche escapen de su vehículo y se pongan a deambular en cualquier dirección, aunque estén seriamente heridos.

—Solo que no pude encontrar ningún rastro de sangre y el conductor negaba que hubiera alguien más con él en el coche.

—Cuando miró por primera vez en la parte trasera del vehículo, ¿notó algo extraño? —preguntó Nightingale.

—¿Extraño?

—¿Sintió algo fuera de lo normal al mirar en el interior? —preguntó Nightingale.

—¿Fuera de lo normal? —repitió ella.

—Raro —aclaré yo—. Espeluznante. —La magia, sobre todo la que es muy potente, puede dejar una especie de eco tras de sí. Con lo que mejor funciona es con la piedra, mal con el hormigón y el metal e incluso peor con los materiales orgánicos, pero extrañamente bien con algunas clases de plástico. Localizar el eco es fácil si sabes lo que estás buscando o si la fuente es muy potente. De ahí vienen los fantasmas, por cierto. Y es un coñazo tener que explicárselo a las personas que los ven.

Slatt se recostó en la silla para alejarse de nosotros. Nightingale me miró con dureza.

—Estaba lloviendo —dijo Slatt por fin.

—¿Qué impresión le dio? —preguntó Nightingale—. Me refiero al conductor.

—De primeras, la de cualquier otra víctima de un accidente de tráfico con la que me haya encontrado —dijo—. Aturdido, descentrado, ya saben cómo es esto: o balbucean o se quedan catatónicos; él era de los primeros.

—¿Y balbuceaba sobre algo en particular? —preguntó Nightingale.

—Creo que dijo algo sobre unos perros ladrando, pero murmuraba a la vez que balbuceaba.

Slatt terminó con su comida, Nightingale con su té y yo con mis anotaciones.

* * *

Mientras yo conducía, la agente Slatt me guiaba. Dejamos atrás la estación de tren, pasando por encima de las vías, y atravesamos, hasta donde me pareció, la zona victoriana de Crawley. Por supuesto, la casa de Robert Weil era una achaparrada e independiente villa victoriana de ladrillo con miradores cuadrados, un tejado inclinado y pináculos de terracota. Las casas que la rodeaban eran todas eduardianas o incluso de estilos posteriores, por lo que supuse que, hace tiempo, la villa se habría erguido orgullosa en sus propios terrenos. Se notaba en los restos del gran jardín trasero, que actualmente era el foco de un equipo de perros rastreadores, un préstamo de la Brigada de Rescate Internacional, por lo que supe después.

Slatt conocía al agente que estaba de guardia en la puerta, que anotó nuestros nombres sin decir palabra. La casa era lo bastante grande como para que sus dueños no hubieran sentido la necesidad de derribar todos los muros intermedios y hubieran restaurado —recientemente, pensé— las molduras decorativas. Habían tenido que abandonar el comedor porque sus hijos, de siete y nueve años según mis notas, lo habían invadido traicioneramente y lo tenían lleno de juguetes, xilófonos rotos y varios DVD que iban a la deriva fuera de sus carcasas. Los niños estaban en casa de unos amigos, pero la mujer seguía allí. Se llamaba Lynda, escrito con y, y tenía el pelo de un rubio descolorido y una boca de labios finos. Estaba sentada en el sofá de la sala de estar y nos fulminaba con la mirada mientras inspeccionábamos su casa; los policías locales buscaban cadáveres; nosotros, libros. Nightingale se encargó del estudio y yo de los dormitorios.

Miré primero en las habitaciones de los niños, por si acaso hubiera algo interesante escondido entre las pegatinas de Lego de Star Wars, los libros de Highway Rat o los de colorear, que tenían un aspecto un poco pringoso. El hijo mayor ya tenía su propio portátil en su habitación, aunque, a juzgar por sus años de antigüedad, parecía de segunda mano. Los hay que tienen suerte.

El dormitorio de los padres tenía un olor rancio y concentrado, y no había muchas cosas que me interesaran. Los practicantes de magia de verdad nunca dejaban los libros importantes por ahí tirados, pero vas aprendiendo algunos trucos. La clave está en las yuxtaposiciones improbables. Mucha gente lee libros sobre ocultismo, pero si los encuentras junto a otros escritos por o sobre Isaac Newton, especialmente los tochos más aburridos, entonces se te erizan los pelos del pescuezo, se izan las banderas y, lo que es más importante, haces anotaciones en la libreta.

Lo único que descubrí en el dormitorio, bajo la cama, fue una copia con las esquinas dobladas de El descubrimiento de las brujas, junto con La vida de Pi y El dios de las pequeñas cosas.

—Él no ha hecho nada —dijo una voz a mi espalda.

Me levanté y, al girarme, descubrí a Lynda Weil en la puerta.

—No sé qué es lo que se piensan que hizo —dijo—, pero no lo hizo. ¿Por qué no me dicen qué se supone que ha hecho?

Los policías buenos, cuando están ocupados con otros asuntos, evitan interactuar con los testigos o los sospechosos y, sobre todo, con aquellos individuos que encajen en las dos categorías. Además, desconocía lo que había hecho su marido.

—Lo lamento, señora —dije—. Terminaremos tan pronto como podamos.

Acabamos incluso antes porque, un minuto después, Nightingale me llamó para que bajara y me dijo que la Brigada de Grandes Crímenes había encontrado un cuerpo.

Además, lo habían logrado con un poco de vigilancia policial. Me habían impresionado de verdad. La Brigada de Grandes Crímenes tenía las imágenes de unas cámaras de vigilancia en las que se veía a Robert Weil atravesando la rotonda de Pease Pottage y dirigiéndose hacia la Carretera del Bosque, que tenía ese nombre tan siniestro porque recorría el eje central del bosque de St. Leonard, un mosaico de forestas que cubrían la cumbre de un terreno elevado que iba desde Pease Pottage hasta Horsham.

Un terreno ideal para depositar un cadáver, según la agente Slatt; de fácil acceso a pie por los senderos y las pistas forestales y sin cámaras de tráfico. Fuera a donde fuera, Robert Weil no había vuelto a Pease Pottage hasta más de cinco horas después, así que podría haber estado, sin problema, en cualquier sitio del bosque. Pero habían tenido suerte, porque Lynda Weil llamó a su marido a las nueve menos cuarto de la mañana, presumiblemente para preguntarle dónde demonios estaba, y eso le permitió a la policía de Sussex triangular la posición de su teléfono a una celda pegada al pueblo de Colgate. Después de eso, solo era cuestión de comprobar el tramo adecuado de la carretera hasta que localizaran algo, en este caso, las marcas de neumático de un Volvo V70.

Las nubes grises se estaban oscureciendo hasta ponerse de un negro campestre cuando llegamos al lugar del crimen. No había ninguna salida directa, así que tuve que aparcar el Jaguar avanzando un poco por la carretera y retrocedimos andando.

La agente Slatt nos explicó que el dueño de las tierras acababa de bloquear la entrada a una ruta de acceso que atravesaba el bosque.

—Probablemente Weil recordara la salida de algún paseo que había dado por la zona —dijo—. No se imaginaba que ya no existiría.

Consejo de seguridad importante para asesinos en serie: investigar siempre el sitio donde se van a tirar las cosas antes de utilizarlo. Tuvimos que escalar un montículo artificial hecho de un barro pegajoso y amarillento y de las ramas desechadas de los árboles, porque los forenses seguían trabajando en el camino ligeramente visible.

—Tuvo que arrastrar el cuerpo, porque dejó un rastro —dijo la agente Slatt.

—No da la impresión de que sea una persona muy preparada —dije. La lluvia formaba rayas plateadas a la luz de mi linterna mientras apuntaba hacia atrás para guiar a Nightingale.

—A lo mejor era su primer asesinato —comentó.

—Dios, eso espero —dijo Slatt.

El camino que había más adelante estaba lleno de barro, pero lo atravesé con la confianza de un hombre que se ha asegurado de meter unas botas DM en su kit de supervivencia. Ya sea en el campo o en la ciudad, uno no quiere llevar puestos sus mejores zapatos en la escena de un crimen. A no ser que seas Nightingale, que parecía tener un suministro ilimitado de zapatos de calidad hechos a mano que otra persona se encargaba de limpiar y de sacar brillo. Sospechaba que probablemente sería Molly, pero podrían haber sido unos gnomos, que yo supiera, o cualquier otro espíritu de la casa indeterminado.

A cada lado del camino había una hilera de árboles esbeltos con unos troncos pálidos que Nightingale identificó como abedules plateados. La hilera sombría de árboles puntiagudos y oscuros que había más adelante estaba conformada, por lo visto, por abetos Douglas intercalados con algunos alerces aquí y allá. Nightingale estaba horrorizado por mi falta de conocimientos arbóreos.

—No entiendo cómo conoces cinco formas de unir ladrillos pero eres incapaz de distinguir el árbol más común de todos —dijo.

En realidad conocía veintitrés formas de unir ladrillos, si contaba el estilo Tudor y el resto de estilos de la Edad Moderna, pero me lo guardé para mí mismo.

Alguna persona sensata había puesto cinta reflectante de un árbol a otro para señalar nuestro camino descendente hacia el sitio desde el que me llegaba el zumbido de un generador portátil y donde veía los flashes blancoazulados de las cámaras, las chaquetas amarillas reflectantes y las figuras fantasmagóricas de las personas ataviadas con trajes desechables de papel.

En oscuros tiempos lejanos, se embolsaba a la víctima, se la etiquetaba y se la enviaba a la morgue en cuanto se tomaban las primeras fotografías. Hoy en día, los patólogos forenses colocan una tienda sobre el cuerpo y se instalan indefinidamente. Por suerte, de vuelta en la civilización, no tardan mucho tiempo, pero en el campo hay toda clase de insectos y esporas interesantes que se dan un festín con el cadáver. Según nos han contado, estos ofrecen una gran información sobre la hora de la muerte y el estado en el que se encontraba el cuerpo cuando cayó al suelo. Catalogarlo todo puede llevar un día y medio y acababan de empezar cuando llegamos. Se notaba que a la patóloga forense no le hacía gracia que otro grupo desconocido de policías interfiriera en su cuidada investigación científica, incluso aunque nos portáramos bien y fuéramos vestidos con unos trajes Noddy con las capuchas y mascarillas puestas.

Y al inspector jefe Manderly, que había llegado allí antes que nosotros, tampoco le hacía gracia. Aun así debió de pensar que, cuanto antes empezáramos, antes nos marcharíamos, porque se puso a hacernos señas de inmediato para que nos acercáramos y nos presentó a la forense.

Yo había echado bastantes horas junto a cadáveres desde que me uní a La Locura y, después del bebé al que arrojaron y del Hari Krishna al que le había explotado la cabeza, pensaba que me había vuelto más frío. Pero, como le he oído contar a los agentes con experiencia, nunca consigues serlo lo suficiente. Era el cuerpo de una mujer, estaba desnudo y cubierto de barro. La forense nos explicó que la habían enterrado en una tumba de poca profundidad.

—Solo estaba a doce centímetros de la superficie —dijo—. Los zorros habrían acabado con ella en cuestión de segundos.

No había señales de lucha, de manera que Robert Weil, si es que había sido él, se había limitado a depositarla en el agujero y cubrirla. Con aquella luz artificial, la mujer parecía estar tan gris e incolora como las fotografías del holocausto que recuerdo del colegio. No veía más allá del hecho de que era caucásica, mujer y ni una adolescente ni tan mayor como para tener la piel caída.

—A pesar de este entierro chapucero —dijo la forense—, hay pruebas forenses de tácticas defensivas, todos los dedos han desaparecido a partir de la segunda falange y, por supuesto, está la cara…

O su ausencia, más bien. De la barbilla para arriba no había nada salvo una papilla roja moteada del blanco de los huesos. Nightingale se agachó y situó el rostro tan cerca como para haber besado la zona donde habrían estado los labios de la mujer. Yo aparté la vista.

—Nada —me dijo Nightingale mientras se incorporaba—. Y tampoco ha sido dissimulo.

Respiré hondo. Así que no era producto del hechizo que le destrozó la cara a Lesley.

—¿Qué cree que lo ha causado? —le preguntó Nightingale a la forense.

Esta señaló la zona de la parte de arriba del cuero cabelludo, que presentaba unos pequeños surcos rojos.

—Nunca lo he visto en carne y hueso, por así decirlo, pero sospecho que el disparo de una escopeta en el rostro a poca distancia.

Las palabras «a lo mejor alguien pensaba que era una zombi» intentaron escaparse de mi garganta con tanta fuerza que tuve que ponerme la mano delante de la mascarilla para que no salieran.

Nightingale y la forense me miraron con curiosidad antes de volver a centrarse en el cadáver. Salí corriendo de la tienda con la mano aún sobre la boca y no me detuve hasta que me alejé del perímetro forense interno, donde pude recostarme contra un árbol y quitarme la mascarilla. Ignoré las miradas compasivas de los policías de más edad que había fuera; prefería que pensaran que estaba mareado y no que me estaba conteniendo para no reírme.

La agente Slatt se acercó y me ofreció una botella de agua.

—Queríais que hubiera un cadáver —dijo mientras me enjuagaba la boca—. ¿El caso es vuestro?

—No, no creo que vaya a ser nuestro —dije—, gracias a Dios.

* * *

Nightingale tampoco lo pensaba, de manera que volvimos a Londres tan pronto como nos deshicimos de nuestros trajes y le dimos las gracias al inspector jefe Manderly por su cooperación. Nightingale condujo.

—No había vestigia, y la verdad es que me parecía la herida que produce una escopeta —dijo—. Pero estoy dispuesto a preguntarle al doctor Walid si le gustaría venir y echarle un vistazo en persona. Solo para asegurarnos.

La lluvia constante había aflojado mientras nos dirigíamos al norte y vi las luces de Londres reflejadas más allá de las nubes, justo pasadas las North Downs.

—Un asesino en serie normal y corriente, entonces —convine.

—Estás sacando conclusiones apresuradas —dijo Nightingale—. Solo hay una víctima.

—Que sepamos —indiqué—. Bueno, aun así ha sido una pequeña pérdida de tiempo para nosotros.

—Teníamos que asegurarnos —dijo Nightingale—. Y nunca viene mal salir al campo.

—Oh, claro —dije—. No hay nada como una escapada a la escena de un crimen. Es imposible que esta sea la primera vez que investigas a un asesino en serie.

—Si es que lo es.

—Y si lo es, no puede ser el primero.

—Por desgracia, eso es verdad —dijo—, aunque yo nunca he sido el oficial al mando.

—¿Alguno de los famosos eran seres sobrenaturales? —pregunté. Pensaba que aquello explicaría muchas cosas.

—Si hubieran sido sobrenaturales —indicó—, nos habríamos asegurado de que no fueran famosos.

—¿Y Jack el Destripador? —pregunté.

—No —respondió—. Y créeme, se habría producido un gran alivio si hubiera resultado ser un demonio o algo así. Conocí a un mago que ayudó en la investigación policial y me dijo que todos habrían dormido mucho mejor de haber sabido que no era un hombre el que estaba haciendo todas aquellas atrocidades.

—¿Peter Sutcliffe?

—Yo mismo lo interrogué —dijo—. Nada. Y desde luego ni era un practicante ni estaba bajo la influencia de ningún espíritu maligno. —Levantó la mano para que me callara la siguiente pregunta que iba a hacerle—. Y tampoco lo era Dennis Nilsen, hasta donde yo sé, ni Fred West ni Michael Lupo ni ningún otro del desfile de espantosos individuos a los que he tenido que investigar en los últimos cincuenta años. Todos eran unos monstruos perfectamente humanos.

Capítulo 2
Los hijos de Weyland

Si Robert Weil era nuestro monstruo perfectamente humano, entonces se lo tenía muy calladito. Hice un seguimiento de las transcripciones del interrogatorio a través de HOLMES y, en la primera declaración, encontré lo que era de esperar: niega que llevara un cuerpo en la parte trasera del vehículo, sostiene que salió a dar una vuelta en coche y después a pasear, no sabe cómo llegó allí la sangre y, por supuesto, no está familiarizado con mujeres muertas a las que les han volado la cara. Como empieza a resultar evidente que las pruebas forenses son abrumadoras, con lo de la sangre en su ropa y el barro bajo sus uñas, deja de contestar a las preguntas. Cuando lo acusaron formalmente y lo arrestaron, dejó de hablar con la gente, incluso con su abogado, que, a raíz de aquello, recomendó que le realizaran una evaluación psicológica. Solo con leer por encima la lista de tareas sentí la frustración de la Brigada de Grandes Crímenes mientras se embarcaban en un largo y duro esfuerzo, desmenuzando cada pista hasta convertirla en un fino polvo y después tamizándola en busca de pruebas. La víctima no se dejaba identificar y la autopsia no reveló nada más aparte de que era mujer, caucásica, de unos treinta y cinco y que no había comido nada durante al menos cuarenta y ocho horas antes de morir. La causa de la muerte era muy probablemente el disparo de una escopeta en el rostro, lo bastante cerca como para dejar quemaduras de pólvora. El doctor Walid, la respuesta gastroenterológica a Cat Stevens1 y, hasta donde sabíamos, el único criptopatólogo en activo en el mundo, se acercó un momento de camino a su casa con su propio informe de la autopsia.

Así que tomamos la merienda hablando de patología, sentados en los butacones mullidos de cuero que había en el patio interior de la planta baja. El mobiliario de La Locura se había renovado por última vez en los años treinta, cuando la clase dirigente británica creía firmemente que la calefacción central era obra, si no del mismísimo diablo, sin duda de los malvados extranjeros empeñados en debilitar el robusto espíritu británico. Extrañamente, a pesar de su tamaño y de la cúpula de cristal, en el patio interior se estaba a menudo más calentito que en el pequeño comedor o en cualquiera de las bibliotecas.

—Como podéis ver —dijo el doctor Walid mientras extendía las imágenes de unas rebanadas finas de cerebro sobre la mesa—, no hay indicios de degradación hipertaumatúrgica. —Las rebanadas estaban teñidas con una variedad de colores estridentes para mejorar el contraste, pero el doctor Walid se quejó de que seguían siendo obstinadamente normales, y yo le tomé la palabra—. Tampoco había indicios de modificaciones quiméricas en ninguna de las muestras de tejido —prosiguió, y le dio un sorbo a su café—. Pero he enviado un par de ellas para que hagan su secuenciación.

Nightingale asintió educadamente, pero yo sabía por experiencia que solo tenía una idea vaga de lo que era el ADN, ya que era tan viejo como para haber sido el padre de Crick y de Watson.2

—Creo que podemos dar el caso por cerrado —dijo—. Al menos, desde nuestro punto de vista.

—Me gustaría continuar —dije—, por lo menos hasta que identifiquemos a la víctima.

Nightingale se puso a tamborilear la mesa con los dedos.

—¿Estás seguro de que tienes tiempo para hacerlo? —preguntó.

—La Brigada de Grandes Crímenes de Sussex y Surrey elaborarán un resumen diario mientras el caso siga abierto —dije—. Solo me robará diez minutos.

—Creo que no me toma tan en serio como debería —le dijo Nightingale al doctor—. Todavía se escabulle para realizar experimentos ilegales cuando se cree que no le veo. —Me miró—. ¿Cuál es tu último interés?

—He estado estudiando cuánto tiempo aguantan varios materiales los vestigia —dije.

—¿Cómo mides la intensidad de los vestigia? —preguntó el doctor.

—Utiliza al perro —respondió Nightingale.

—Pongo a Toby en una caja junto con el material y después mido la frecuencia y el volumen de sus ladridos —expliqué—. Es como usar un perro rastreador.

—¿Cómo te aseguras de la consistencia de los resultados? —preguntó el doctor Walid.

—Realicé una serie de experimentos de control para eliminar las variables —respondí. Dejé solo a Toby en una caja a las nueve de la mañana y después a intervalos de una hora para medir los puntos de referencia del volumen. A continuación puse a Toby en una caja con varios materiales que eran cien por cien inertes, para obtener también esas referencias. El tercer día, Toby se escondió debajo de la mesa de la cocina de Molly y tuve que tentarle con salchichas para que saliera.

El doctor Walid se inclinó hacia delante mientras se lo contaba; al menos, él apreciaba un poco de empirismo. Le expliqué que había expuesto cada muestra de los materiales a la misma cantidad de magia al conjurar una bola de luz —el hechizo más simple y más fácil de controlar que sabía— y después la había introducido en la caja con Toby para ver qué pasaba.

—¿Hubo algún hallazgo significativo? —preguntó.

—Toby no es un gran entendido, así que hablamos de un amplio margen de error —dije—. Pero fue un poco lo que me esperaba y acorde con mis interpretaciones. La piedra es el material que mejor retiene los vestigia, seguido del hormigón. Los metales se parecían todos demasiado como para diferenciarlos. La madera era el siguiente y el peor era la carne. —En forma de una pierna de cerdo que Toby se comió posteriormente antes de que pudiera detenerlo—. La única sorpresa —concluí— fueron algunos plásticos, que llegaron casi tan alto en el ladrómetro como la piedra.

—¿El plástico? —preguntó Nightingale—. Eso sí que es inesperado. Siempre había asumido que las cosas naturales eran las únicas que conservaban lo insólito.

—¿Puedes enviarme por correo electrónico los resultados? —preguntó el doctor.

—Claro.

—¿Has pensado en probar con otros perros? —preguntó—. A lo mejor si son de razas distintas tienen sensibilidades diferentes.

—Abdul, por favor —dijo Nightingale—. No le des ideas.

—Está haciendo progresos en este campo —indicó el doctor Walid.

—Escasos —dijo Nightingale—. Y creo que está repitiendo trabajos que ya se han hecho.

—¿Quién los ha hecho? —quise saber.

Nightingale bebió un sorbo de su té y sonrió.

—Haré un trato contigo, Peter —dijo—. Si mejoras en los progresos de tus estudios de verdad, te diré dónde puedes encontrar las notas del último cerebrito que llenó el laboratorio con… En realidad, la mayoría eran ratas, pero creo recordar un par de perros en su casa de fieras.

—¿Mejorar cuánto en mis progresos? —pregunté.

—Más que ahora —respondió.

—A mí no me importaría ver esos datos —dijo el doctor Walid.

—Entonces deberías animar a Peter para que estudie más —comentó Nightingale.

—Es un hombre malvado —dije.

—Y astuto —concedió el doctor.

Nightingale nos miró plácidamente por encima del borde de su taza de té.

—Malvado y astuto —repitió.

* * *

A la mañana siguiente conduje hasta Hendon para la primera parte del curso obligatorio de Seguridad para Agentes. Se supone que debes hacer uno de estos seminarios cada seis meses hasta llegar al rango de inspector jefe, pero dudo que alguna vez veamos a Nightingale asistir a uno. Tuvimos una clase entretenida sobre el Delirio Agitado, o qué hacer con las personas que están colocadísimas. Y después hicimos juegos de cambio de rol en el gimnasio, donde practicamos cómo sujetar a los sospechosos para evitar que se caigan por las escaleras. Había un par de agentes que estudiaron con Lesley y conmigo en Hendon y nos sentamos juntos en la comida. Me preguntaron por Lesley y yo les conté la versión oficial de que la habían agredido físicamente durante los disturbios de Covent Garden y que su atacante se había suicidado posteriormente antes de que pudiera arrestarle.

Por la tarde nos turnamos para esconder armas ilegales en nuestro cuerpo mientras nuestros compañeros nos cacheaban, concurso que yo gané de calle porque sé ocultar esconder una cuchilla de afeitar en la cinturilla de mis vaqueros y no me da miedo llegar hasta la entrepierna de un sospechoso. Todas las pruebas físicas me infundieron una extraña energía, así que cuando uno de los agentes sugirió ir a una discoteca, me pegué a él como una lapa. Terminamos en un granero con luz ultravioleta y lleno de gente de Romford donde, quizás sí o quizás no, terminé dándome el lote con la diosa del río Rom. Pero, a ver, no fue nada serio, solo un poco de sobeteo y algo de lengua, que es lo que ocurre cuando te pasas con el vodka. Me desperté a la mañana siguiente sobre una de las sillas del patio interior, sorprendentemente con poca resaca y con Molly cerniéndose sobre mí. Me miraba con desaprobación. Hubiera preferido tener resaca.

Mi fiel Ford Asbo estaba aparcado sano y salvo en el garaje, así que, después del desayuno y de bañarme en un cubo, salí otra vez para Hendon. Mientras me subía al asiento del conductor, un fuerte vestigium se abalanzó sobre mí. Sabía a vodka, olía a aceite industrial y sentí la resbaladiza textura de un bálsamo labial. Había gritos y chillidos de entusiasmo y un acelerón ilegal, de los que te empujan hacia atrás en el asiento mientras el motor gruñe como si fuera algo grande y en vías de extinción.

Había un pintalabios abierto en el salpicadero, rosa fosforito.

No sabía mucho de la diosa del río Rom, pero sin duda me había rozado con algo sobrenatural. A lo mejor, no había sido el vodka, al fin y al cabo.

«Se acabó», pensé. «No vuelvo a salir por ahí sin tener una carabina».

Pisé el acelerador del Asbo pero, a pesar de la pequeña presión que le había ocasionado al motor, no rugió como una pantera.

Sí que me llevó de vuelta a Hendon a tiempo de empezar con el segundo día, que iba sobre la seguridad del equipo del agente. La clase de por la mañana trataba sobre parar y cachear en relación con la localización de comportamientos sospechosos. El ponente, que se vanagloriaba de llamarse Douglas Douglas, ilustró la rara posición rígida de las extremidades que mostraban los ladrones de tiendas, conocida como «el robot», o el exagerado comportamiento, parecido al de los mimos, que adoptaban los culpables de verdad cuando se encontraban inesperadamente con la policía.

—Nunca os equivocaréis —dijo— al cachear a alguien que quiera mantener una conversación con vosotros.

Partíamos de la base de que nadie quiere hablar por voluntad propia con la policía a no ser que esté intentando desviar tu atención de otra cosa, pero nos advirtió que hiciéramos excepciones con los turistas porque Londres necesitaba el capital extranjero.

Después de eso, volvimos al gimnasio para que nos recordaran cómo usar las esposas correctamente. Utilizamos las que tienen el centro firme, que puedes sujetar y retorcer para ejercer presión en los brazos del sospechoso y asegurarte de lo que nuestro instructor llamaba sumisión y cooperación. Por la tarde, uno de nuestros instructores se puso un traje acolchado, adoptó un aspecto de loco y nos retó a que lo redujéramos con nuestras porras extensibles. A esta parte se la solía llamar entrenamiento «de locos», pero ahora se conoce oficialmente como «la persona con diferencias». Son conocimientos útiles. Nunca sabes cuándo tendrás que asegurar la docilidad y cooperación de las personas con diferencias, en un estado de Delirio Agitado o no.

Cuando terminamos, volvieron a invitarme a salir, pero dije que no y, en su lugar, conduje despacio y con cuidado hasta casa.

* * *

Lesley salió del hospital y apareció inesperadamente cuando yo intentaba perfeccionar una forma llamada aqua que, para los que no hayáis tenido una educación clásica, es una forma básica para manipular el agua. Solía formar la empedocliana junto con lux, aer y terra, dos de las cuales pasaron de moda cuando la teoría de los cuatro elementos de la materia no sobrevivió a la época de la Ilustración.

Se parece mucho a luz porque moldeas la forma en tu cabeza, abres la palma de la mano y, con suerte, te encuentras con una bola de agua del tamaño de una pelota de ping-pong. Nightingale aseguraba no saber de dónde salía el agua, pero yo supuse que provenía del aire del entorno. Era eso o que la absorbiéramos de una dimensión paralela, del hiperespacio o de algo incluso más extraño. Yo esperaba que no fuera el hiperespacio porque no estaba preparado para lo que eso implicaba.

En mi caso, de momento, había conseguido hacer una nube pequeñita, una gota de lluvia congelada y un charco. Y eso después de que tardara cuatro semanas en conseguir algo. Nightingale me estaba supervisando en el laboratorio de aprendizaje del primer piso cuando la neblina sobre mi mano se encogió y se convirtió en una bola flácida. El problema que surge en esta fase en la que estás aprendiendo a dominar una forma es que resulta casi imposible saber por qué lo que estás haciendo en ese momento funciona mejor que lo que estabas haciendo dos segundos antes. Por eso terminas practicando mucho las formae nuevas y no es fácil mantenerlas, sobre todo cuando alguien decide empezar a cantar el estribillo de Rehab al otro lado de la puerta, en voz alta y desafinando un cuarto de tono.

La bola explotó como un globo de agua, empapándome a mí, al banco y al suelo que teníamos alrededor. Nightingale, que ya estaba acostumbrado a mi peculiar aptitud de explotar las formae, se había mantenido bien atrás y llevaba puesto un chubasquero.

Fulminé a Lesley con la mirada y ella adoptó una pose en la puerta.

—He recuperado mi voz —dijo—, más o menos. —Había dejado de llevar puesta la máscara dentro de La Locura y, aunque su rostro seguía destrozado, al menos conseguía distinguir cuándo sonreía.

—No —dije—, siempre has desafinado.

Nightingale le hizo señas a Lesley para que entrara.

—Perfecto —dijo—, me alegro de que estés aquí. Tengo algo que enseñaros y estaba esperando a que estuvierais los dos para haceros la demostración a la vez.

—¿Puedo dejar mis cosas primero? —preguntó Lesley.

—Pues claro —respondió Nightingale—. Mientras lo haces, aquí el amigo puede ponerse a limpiar el laboratorio.

—Menos mal que era agua —comentó Lesley—. Ni siquiera Peter puede hacer que explote.

—No tentemos a la suerte —dijo Nightingale.

Nos reunimos de nuevo media hora después y Nightingale nos condujo a uno de los laboratorios sin usar del final del pasillo. Quitó unos guardapolvos y descubrió unos bancos de trabajo arañados, tornos y tornillos de banco. Lo identifiqué como un taller de diseño y tecnología, como el que utilizaba en el colegio, solo que atrapado en el túnel del tiempo de los días de la energía a vapor y el trabajo infantil. Levantó el último guardapolvo, bajo el que había un yunque negro de hierro de la clase que solo he visto cayendo sobre la cabeza de los dibujos animados.

—¿Estás pensando lo mismo que yo, Lesley? —pregunté.

—Eso creo, Peter —respondió—. Pero ¿cómo vamos a subir hasta aquí el poni?

—Herrar un caballo es una destreza muy útil —comentó Nightingale—. Y cuando yo era niño solía haber una herrería abajo, en el patio. Aquí, sin embargo, es donde convertimos a los chicos en hombres. —Se quedó callado y miró a Lesley—. Y supongo que a las jovencitas en mujeres.

—¿Vamos a forjar el Anillo Único? —pregunté.

Nightingale levantó un bastón.

—¿Lo reconoces? —preguntó.

Sí, lo reconocía. Era el bastón de un caballero, con un mango de plata de aspecto un tanto deslustrado.

—Es tu bastón para caminar —dije.

—¿Y qué más?

—Tu bastón de mago —dijo Lesley.

—Muy bien —dijo Nightingale.

—El golpea-canallas —dije, y cuando Lesley levantó lo que quedaba de su ceja izquierda, añadí—: Un bastón para darle una paliza a los granujas.

—Y la fuente de poder de un mago —dijo Nightingale.

Hacer magia tiene una limitación muy específica. Si te pasas, tu cerebro se convierte en queso suizo. El doctor Walid lo llama degradación hipertaumatúrgica y tiene algunos cerebros en un cajón que saca a la menor excusa para mostrárselos a los jóvenes aprendices. La regla de oro del daño cerebral es que, para cuando sientes cualquier cosa, el daño ya está hecho. Así que los practicantes de esta destreza suelen pecar de precavidos. Esto puede causar tensión cuando, solo como hipótesis, dos tanques Tigre aparecen de repente por entre los árboles una noche lluviosa de 1945. Para convertirse en el héroe de Boy’s Own Weekly y conservar el cerebro intacto, un mago sensato lleva consigo un equipo al que haya imbuido personalmente de muchísimo poder.

No me preguntes qué clase de poder es porque lo único que tengo que puede detectarlo es Toby, el perro. Me encantaría meter algún material con potentes vestigia en un espectrómetro de masas. Primero tendría que conseguir uno y después tendría que aprender suficiente física como para interpretar los puñeteros resultados.

Nightingale puso su bastón sobre uno de los bancos de trabajo, desatornilló la parte de arriba y sujetó la parte del palo a un tornillo de banco. Después, con un martillo y un cincel, lo partió a lo largo y descubrió un núcleo color plomo azulado mate del grosor de un lápiz.

—Este es el corazón del báculo —dijo, y buscó una lupa en un cajón cercano—. Miradlo más de cerca.

Cogimos la lupa por turnos. La superficie del núcleo se había difuminado salvo por unas distinguibles ondas sombreadas que parecían enrollarse hacia arriba a lo largo de su longitud.

—¿De qué está hecho? —preguntó Lesley mientras lo observaba.

—De acero —respondió Nightingale.

—De acero doblado —dije—, como las espadas de los samuráis.

—Se llama acero wootz —dijo Nightingale—. Son diferentes aleaciones de acero, forjadas con un diseño intencionado. Si se hace correctamente, crea una matriz que retiene la magia de manera que su dueño pueda recurrir a ella después.

Con lo que uno se ahorra bastante desgaste del cerebro, pensé.

—¿Cómo se introduce la magia? —preguntó Lesley.

—Mientras lo forjas —dijo Nightingale, y fingió que usaba un martillo—. Se utiliza un hechizo de tercera orden para elevar la temperatura de la forja y otro para mantenerla caliente mientras golpeas tu obra con el martillo.

—¿Y qué hay de la magia? —pregunté.

—Deriva, o eso me enseñaron, de los hechizos que uses durante su forja —dijo.

Lesley se frotó el rostro.

—¿Cuánto tiempo se tarda? —preguntó.

—Este bastón llevará más de tres meses. —Vio la expresión de nuestro rostro y añadió—: Si trabajas, digamos, una o dos horas al día. No puedes excederte con la cantidad de magia, de lo contrario, el propósito del bastón sería irrelevante.

—¿Y cada uno vamos a hacer un bastón? —quiso saber Lesley.

—Con el tiempo, sí —respondió Nightingale—. Pero primero tenéis que observar y aprender.

De lejos oímos débilmente que sonaba el teléfono y todos nos volvimos hacia la puerta esperando a que Molly apareciera. Cuando lo hizo, inclinó la cabeza hacia Nightingale para indicar que la llamada era para él.

Nosotros le seguimos a una distancia prudente con la esperanza de escuchar la conversación.

—Sabía que tendría que haber prestado más atención en las clases de tecnología —dijo Lesley.

Ya estábamos en el descansillo cuando Nightingale nos llamó para que bajáramos. Le encontramos con el teléfono en la mano y una expresión de completo asombro reflejada en el rostro.

—Ha llegado una denuncia sobre un mago solitario —dijo.

* * *

El mago solitario y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro con una incomprensión compartida. Él se preguntaba por qué demonios había un agente de policía sentado junto a su cama y yo me preguntaba de dónde narices había salido este tipo.

Se llamaba George Nolfi y era un hombre blanco, con un aspecto normal y corriente, de unos sesenta y pico años (sesenta y siete según mis notas). El pelo le clareaba, pero seguía siendo castaño en su mayoría, tenía los ojos azules y un rostro que evidentemente se había decantado por una vejez cadavérica y no por unos buenos carrillos. Llevaba las manos vendadas desde las muñecas hasta abajo, de manera que solo mostraba las puntas de los dedos —en ocasiones las ponía hacia arriba y se las examinaba con una expresión de auténtica sorpresa en el rostro. Mis notas decían que había sufrido quemaduras de segundo grado en las manos durante el «incidente», pero que nadie más había resultado herido, aunque se había atendido a varios niños por el shock.

—¿Por qué no me cuenta lo que ha ocurrido? —pregunté.

—No me creería —dijo.

—Hizo que una bola de fuego apareciera de la nada —dije—. ¿Ve? Sí le creo, esta clase de cosas ocurren todo el rato.

Se me quedó mirando con cara de tonto. Nos ocurre mucho, incluso con gente que tiene cierta experiencia con lo sobrenatural… No, ni de coña, nos pasa con gente que es sobrenatural.

Venía de Wimbledon y era perito. No estaba en nuestra lista de los Pequeños Cocodrilos. De hecho, había ido a la Universidad de Leeds y el apellido Nolfi no aparecía en las listas de la antigua escuela de Nightingale ni de La Locura. Y aun así había conjurado una bola de fuego en el salón de la casa de su hija —lo habían grabado todo con una cámara de vídeo.

—¿Lo había hecho ya antes? —pregunté.

—Sí —respondió—. Aunque la última vez era pequeño.

Lo apunté. Nightingale y Lesley seguían registrando su casa en busca de libros sobre magia, focos de vestigium, lacuna, ídolos y espíritus malignos. Nightingale me había dejado claro mi trabajo: determinar, primero, lo que había hecho el señor Nolfi; segundo, por qué lo había hecho; y, por último, por qué sabía cómo hacerlo.

—Era la fiesta de cumpleaños de Gabriella, mi nieta —dijo—. Es una niña encantadora pero, como tiene seis años, es un poco traviesa. ¿Tiene usted hijos?

—Todavía no.

—Una habitación llena de niñas de seis años en masa puede ser un panorama abrumador, así que puede que cogiera fuerzas con más jerez del que era mi intención —dijo—. Hubo un problema con la tarta.

Incluso peor, las luces ya se habían apagado, anticipando su entrada, y las velas estaban encendidas; todo acompañado por un coro de «Cumpleaños Feliz (chúpate la nariz)».

Así que al señor Nolfi, el abuelo, le ordenaron que mantuviera entretenidas a las niñas mientras se solucionaba el problema.

—Y me acordé del truco que solía hacer cuando era pequeño —dijo—. En ese momento me pareció una buena idea. Conseguí su atención, algo que no es fácil de hacer, ¿sabe? Me subí las mangas y dije la palabra mágica.

—¿Cuál era la palabra mágica? —pregunté.

—¡Lux! —dijo—. En latín significa luz.

Pero claro, yo eso ya lo sabía. También es la primera forma que aprende un aprendiz de mago con formación clásica. Le pregunté al señor Nolfi qué esperaba que hubiera ocurrido.

—Solía ser capaz de hacer una bola de luz de colores —dijo—. A mi hermana le divertía.

Con un poco de insistencia me reveló que solo conocía ese hechizo y que había dejado de hacerlo cuando lo mandaron al colegio.

—Mi escuela era católica, así que veían con malos ojos las incursiones en lo oculto… Las incursiones en general, para ser sinceros —dijo—. El director creía que si ibas a hacer algo, debías hacerlo hasta el final.

Me dio algunos detalles del colegio, pero me advirtió que había cerrado a finales de los sesenta por un escándalo.

—El director metió la mano en la caja —dijo.

—Entonces, ¿de quién aprendió usted este truco de magia? —pregunté.

—De mi madre, por supuesto —respondió el señor Nolfi.

* * *

—De su madre —dijo Nightingale.

—Eso es lo que dice él —indiqué.

Estábamos todos en lo que llamábamos el Comedor Privado, comiendo… Para ser sincero, no sabíamos el qué porque Molly estaba experimentando otra vez. Pata de cordero, según Lesley, guisada con algo que parecía pescado, posiblemente anchoas, posiblemente sardinas, y dos cucharadas de puré de… Yo dije colinabo, pero Nightingale insistió en que al menos una de ellas era chirivía.

—Creo que no deberíamos comer cosas que no sepamos qué son —dijo Lesley.

—No fui yo el que le compró el libro de Jamie Oliver por Navidad —señalé.

—No —dijo Lesley—, tú eres el que quería comprarle el de Heston Blumenthal.3

Nightingale —entrenado desde muy pequeño en comer lo que le pusieran delante, como indicó—, lo devoró con entusiasmo. Dado que Molly merodeaba por el umbral de la puerta, Lesley y yo teníamos pocas opciones que no fueran seguir su ejemplo.

Sabía extraordinariamente a cordero en salsa de sardinas, pensé.

Tras una espera lo suficientemente larga para asegurarnos de que no nos había envenenado, seguimos hablando del señor Nolfi.

—Me parece poco probable —dijo Nightingale—. O al menos algo que no había visto nunca antes.

—No encontramos nada en su casa —comentó Lesley.

—Incluso en tus tiempos habría mujeres practicantes —dije.

—Había algunas Brujas del Cerco —dijo Nightingale—. Sobre todo en el campo, siempre las hay. Pero no había nadie con un entrenamiento académico, que yo supiera.

—Hogwarts era territorio masculino —dije.

—Peter —empezó a decir Nightingale—, si quieres pasarte los próximos tres días limpiando el laboratorio, entonces, por favor, sigue refiriéndote a mi viejo colegio como Hogwarts.

—Casterbrook —dije.

—Eso está mejor —dijo Nightingale, y dio cuenta de lo que le quedaba del colinabo, si es que realmente era eso.

—Pero solo era para chicos —insistí.

—Indudablemente. De lo contrario, estoy seguro de que me habría dado cuenta.

—¿Y estos chicos provenían de viejas familias de magos?

—Tienes una idea maravillosamente pintoresca de cómo funcionaban las cosas —dijo Nightingale—. Había una serie de familias que normalmente enviaba a uno o más de sus hijos a la escuela. Eso es todo.

Tradicionalmente, los terratenientes mantenían a sus primogénitos en casa para heredar la hacienda, enviaban al segundo a ser soldado y el tercero se dedicaba a la iglesia o a las leyes. Le pregunté a Nightingale en qué posición de la lista se encontraba la magia.

—La Locura nunca fue muy popular entre los aristócratas —explicó—. Éramos más burgueses orgullosos que aristócratas. Sería más conveniente pensar en nosotros como unos profesionales, como los médicos o los abogados. Lo común era que un hijo siguiera los pasos de su padre.

—Pero no una hija, ¿verdad?

Nightingale se encogió de hombros.

—Eran otros tiempos —dijo.

—¿Tú padre era mago? —pregunté.

—Dios mío, no. Fue mi tío Stanley el que siguió la tradición en esa generación y el que sugirió que yo fuera a Casterbrook.

—¿No tenía hijos propios?

—Nunca se casó —explicó Nightingale—. Yo tenía cuatro hermanos y dos hermanas, así que creo que mi padre pensó que podía prescindir de mí. Mi madre siempre decía que yo fui un niño curioso, haciendo demasiadas preguntas en los momentos más inoportunos. Estoy seguro de que se sintieron aliviados de tener a otra persona que adquiriera la responsabilidad de contestarlas.

Nos pilló a Lesley y a mí intercambiando una mirada.

—Me sorprende que esto os parezca interesante en lo más mínimo —dijo.

—Nunca antes nos habías hablado de tu familia —dije.

—Estoy seguro de que sí —comentó.

—Para nada —replicó Lesley.

—Oh —dijo Nightingale, y cambió de tema de inmediato—. Mañana quiero que los dos practiquéis en el campo de tiro por la mañana. Después, por la tarde, toca latín.

—Mátame ya —dije.

—¿No deberíamos estar haciendo algo de trabajo policial? —preguntó Lesley.

Llegó el pudin, un pudin de mermelada, rojo y humeante. Molly nos lo colocó delante con mucha más confianza que con la que nos había ofrecido las piernas de cordero.

—¿Y todos se hacían su propio bastón? —preguntó Lesley.

—¿Todos quiénes? —preguntó Nightingale.

—En los viejos tiempos —dijo, y señaló alrededor del comedor—. ¿Todos los que formaban parte de este sitio?

—No —respondió Nightingale—. Para empezar, muy pocos necesitábamos uno para el día a día, por así decirlo. Y, para terminar, hacerlos se convirtió en algo parecido a una especialidad. Un grupo de magos de Manchester, venidos de todas partes, que se llamaban a sí mismos los Hijos de Weyland, los hacían por encargo. Por suerte para vosotros, me considero a mí mismo un hombre moderno del Renacimiento, listo para darle la mano a cualquier arte o ciencia.

Nightingale se había ido a Manchester, donde había aprendido los misterios de los Hijos de Weyland, o al menos las partes de esos misterios que eran apropiados para un caballero. Cuando le pregunté qué había ocurrido con las personas que le habían enseñado, el rostro de Nightingale se ensombreció y supe cuál era la respuesta. Todos, la flor y nata de la hechicería británica, se habían marchado a Ettersberg. Y solo unos pocos habían regresado.

—¿Aprendió Geoffrey Wheatcroft los misterios de los Weyland? —preguntó Lesley.

Nightingale la miró, meditabundo.

—¿En qué estás pensando? —preguntó.

—Estoy pensando, señor —dijo—, que si Geoffrey Wheatcroft no aprendió a hacer un bastón, entonces no podría haber pasado esos conocimientos a los Pequeños Cocodrilos ni al Hombre Sin-rostro.

—Sabemos que sus protegidos podían hacer trampas para demonios —dije—. Y cosas peores.

—Lesley tiene razón —dijo Nightingale—, cualquiera puede hacer una trampa para demonios, siempre y cuando sea un vil espécimen de la peor calaña. Pero había algunos secretos relacionados con la fabricación de los bastones, secretos que seriamente dudo que el viejo Geoffrey llegara a aprender nunca. No estoy seguro de cómo puede ayudarnos eso.

Yo sí lo estaba.

—Significa que tenemos algo que el Sin-rostro querrá para sí mismo como un loco —dije.

—En otras palabras, señor —dijo Lesley—: tenemos un cebo.

Capítulo 3
Una entidad subterránea

Justo antes de Navidad, yo había ayudado en la investigación de un asesinato que tuvo lugar en la estación de metro de Baker Street. Durante dicha investigación me hice amigo del sargento Jaget Kumar, un explorador urbano, espeleólogo experto y la respuesta de la Policía en el Transporte a Mulder y Scully.1 Juntos ayudamos a atrapar al asesino, descubrimos toda una civilización bajo tierra, aunque fuera pequeña, y, por desgracia, destruimos uno de los andenes de Oxford Circus. Durante aquel desbarajuste terminé enterrado bajo tierra medio día y tuve un sueño despierto que todavía me impide dormir. Pero eso, como se suele decir, es para otra sesión de terapia.

A pesar del hecho de que el servicio había vuelto a la normalidad para finales de enero, yo no era precisamente «Míster Popularidad» en el Servicio de Transportes de Londres, que hace funcionar el metro, ni en la Policía en el Transporte, que tiene que vigilarlo. Y esta puede ser la razón de que, cuando Jaget dijo que tenía cierta información para mí, no nos encontráramos en la sede central de la Policía en el Transporte que hay en Camden Town, sino en una cafetería justo bajando la calle.

Nos sentamos para tomarnos un café, Jaget desbloqueó su Samsung y buscó unos archivos.

—Tuvimos esta «entidad subterránea» en Paddington la semana pasada —dijo—. Y aparecía en los primeros puestos de tu lista. —La Locura mantiene una lista de personas potencialmente interesantes: el decreciente número de practicantes que quedaban de la Segunda Guerra Mundial, sospechosos de pertenecer a los Pequeños Cocodrilos y personas que se juntan con las hadas, lo que hace que se dispare un aviso si alguien los busca en la Plataforma Integrada de Información.

Jaget le dio la vuelta a la tableta para mostrarme la imagen de un hombre blanco de mediana edad con el pelo rubio y escaso y unos labios finos y exangües. A juzgar por su palidez y su mirada cristalina, la imagen era post mortem, de la clase que haces para mostrársela a los parientes y testigos potenciales y no matarlos del susto. Tenía sentido, puesto que una «entidad subterránea» es el argot que utilizan en el metro para referirse a los ciudadanos que se tiran a las vías. Doscientas cuarenta toneladas de locomotora pueden arruinarte el día entero.

—Richard Lewis —dijo Jaget—. Cuarenta y seis años.

Le busqué en mi libretita negra; tenía a todos los Pequeños Cocodrilos potenciales anotados por fecha de nacimiento. Jaget sonrió cuando la vio.

—Es estupendo ver cómo abrazas el potencial de las tecnologías modernas —dijo, pero yo le ignoré. Richard Lewis había asistido a Oxford entre 1985 y 1987, pero no estaba en la lista principal de Pequeños Cocodrilos confirmados, sino que aparecía en una secundaria hecha para aquellos cuyo tutor personal había sido Geoffrey Wheatcroft, antiguo mago oficial y el hombre que había sido tan idiota como para empezar a enseñar magia fuera de la ley. Nightingale no suele maldecir muy a menudo, pero cuando habla de Geoffrey Wheatcroft, notas que quiere hacerlo con todas sus jodidas ganas.

—¿Esto es solo porque aparece en la lista? —pregunté.

—Había algo que no encajaba con el suicidio —comentó.

—¿Le empujaron?

—Míralo tú mismo —dijo Jaget, y preparó los vídeos de las cámaras de vigilancia en la tableta. Como las estaciones de metro de Londres son el objetivo de todo, desde un pis espontáneo hasta asesinatos en masa, el despliegue de las cámaras de vigilancia va, literalmente, de pared a pared.

—Aquí llega —dijo Jaget.

No cabía duda de que Jaget había pasado tiempo editando y juntando las imágenes, porque contaban la historia con cierto estilo un poco innecesario. Podrías haberle puesto música, algo triste y alemán, quizás, y habérselo vendido a una galería de arte.

—¿Cómo de aburrido estabas cuándo hiciste esto? —le pregunté.

—No todos tenemos una profesión llena de misterio y magia —replicó—. ¿Ves? Sube las escaleras mecánicas hasta arriba pero, antes de llegar a los tornos, se da la vuelta y vuelve a bajar.

Observé la pantalla mientras Richard Lewis arrastraba los pies pacientemente por el pasillo con el resto de la multitud, bajaba un tramo de escaleras y llegaba al andén. Se deslizó hacia delante hasta quedarse sobre la línea amarilla que marca el borde. Allí se quedó esperando, con la vista al frente, el siguiente metro. Cuando llegaba, Richard Lewis giró la cabeza para ver cómo se aproximaba y entonces, en lo que Jaget llamó el momento precisamente perfecto, saltó delante de él.

Imagino que habría más imágenes de la colisión pero, por suerte, Jaget no había sentido la necesidad de herirme con ellas.

—¿De dónde venía? —pregunté.

—De London Bridge —respondió Jaget—. Trabajaba para la junta municipal de Southwark.

—¿Por qué viajaría de una estación a otra antes de suicidarse?

—Oh, eso no es inusual —dijo Jaget—. Hubo una mujer que se detuvo para terminarse sus patatas fritas antes de saltar, y un tío en South Ken se negó a hacerlo mientras hubiera niños delante que pudieran verle. —Jaget describió cómo el hombre, vestido respetablemente con un traje de raya diplomática y con un paraguas en la mano, se había ido poniendo cada vez más nervioso con cada oportunidad perdida. Finalmente, cuando tuvo el andén para él solo, en las imágenes de las cámaras de vigilancia se le vio estirándose los puños y ajustándose la corbata.

—Como si quisiera dar una buena impresión cuando llegara allí —dijo.

Dondequiera que fuera «allí».

Entonces, cuando al siguiente metro le faltaba un minuto para entrar, todo un grupo escolar, recién salido de los museos, bajó al andén. Niños y profesores hostigados de uno al otro extremo.

—Tendrías que haber visto su cara —dijo Jaget—. Estaba tan frustrado.

—¿Y consiguió hacerlo al final?

—Qué va —señaló—. Para entonces, alguien de la sala de control de la estación le había visto y bajó corriendo para intervenir. —Y menos de seis horas después, el hombre del traje de raya diplomática estaba detenido, internado y lo habían enviado a toda velocidad a una unidad psiquiátrica para mantener una charla rápida con el psicólogo de guardia.

—Me pregunto si lo volvió a intentar.

—Mientras no lo hiciera en nuestro horario —dijo Jaget.

—Entonces ¿qué hay de sospechoso en nuestro señor Lewis?

—La zona desde la que saltó —respondió—. Las entidades subterráneas tienden a ser bastante predecibles al elegir el punto desde el que saltarán hacia el olvido.

»Si simplemente es un grito de desesperación —explicó—, entonces saltan desde el extremo más alejado del andén, de manera que al metro le dé tiempo a detenerse casi por completo cuando llegue allí. Si van en serio, entonces se dirigen al otro extremo, donde el conductor no tiene oportunidad de reaccionar y el metro va a toda velocidad. Joder, si lo haces desde ahí, ni siquiera tienes que saltar, te asomas y el metro te arranca la cabeza.

—¿Y si saltan desde el medio?

—Entonces no están seguros. Es algo gradual: si tienen dudas, van a un extremo y si están seguros, van al otro.

—El señor Lewis eligió el centro —dije—, así que estaba indeciso.

—El señor Lewis —dijo Jaget rebobinando las imágenes hasta justo antes del salto— se tiró justo delante de la entrada de los pasajeros. Si un tren hubiera llegado de inmediato, lo entendería, pero tuvo que esperar. Es como si su posición en el andén fuera irrelevante.

Me encogí de hombros.

—¿Y?

—Tu posición nunca es irrelevante —dijo Jaget—. Es la última acción que harás vivo… Mírale. Se limita a mirar una vez el metro para calcular el momento preciso y ¡pum! Se acabó. Mira la confianza que le imprime al salto, no duda en absoluto.

—Me inclino ante tus elevados conocimientos de los suicidios en las vías —dije—. ¿Qué crees que pudo pasar exactamente?

Jaget observó su café durante un instante y después preguntó:

—¿Es posible obligar a la gente a hacer cosas contra su voluntad?

—¿Te refieres a como en el hipnotismo?

—Más que hipnotizarlas —dijo—. Como si te lavaran el cerebro durante un segundo.

Pensé en la primera vez que me encontré con el Hombre Sin-rostro y en la forma tan casual con la que me había ordenado que saltara de una azotea. Yo también lo habría hecho si no hubiera desarrollado una resistencia para esa clase de cosas.

—Se llama glamour —dije.

Jaget se me quedó mirando durante un rato, creo que no esperaba que yo fuera a responder que sí.

—¿Y tú puedes hacerlo? —preguntó.

—¡Haz el favor! —exclamé. Ya le había preguntado a Nightingale por el glamour y me había contestado que incluso la variedad más sencilla se realizaba con un hechizo de séptima orden y los resultados no eran demasiado fiables. «Sobre todo cuando piensas que es una tarea de la que es fácil defenderse», había dicho.

—¿Qué hay de tu jefe?

—Dice que sabe la teoría pero que nunca ha llegado a hacerlo —contesté—. El doctor Walid cree que altera la química del cerebro, haciéndote extraordinariamente sugestionable, pero solo es una teoría.

En particular porque el protocolo presuntamente experimental que teníamos el doctor Walid y yo de cargarnos a algunos voluntarios y comprobar la composición química de su sangre antes y después estaba en el extremo de una larga lista de otras cosas que queríamos evaluar. Y eso asumiendo que consiguiéramos la aprobación de Nightingale y del Consejo de Investigación Médica.

—¿Crees que a nuestro señor Lewis le obligaron a suicidarse? —pregunté—. ¿En qué te basas? ¿En el sitio desde el que saltó?

—No solo eso —dijo Jaget, y preparó otro MPEG en su tableta—. Mira esto.

Este vídeo estaba compuesto de los primeros planos de la cabeza y hombros de Richard Lewis, de cuando subía las escaleras mecánicas hasta el vestíbulo. La resolución de las cámaras de vigilancia se había ido optimizando rápidamente y el Metro de Londres, objetivo terrorista desde antes de que se inventara el término, tiene los mejores modelos disponibles. Pero la imagen seguía estando granulada y sufría repentinos cambios de luz que daban a entender que su mejora había sido buena, bonita y barata.

—¿Qué tengo que buscar? —pregunté.

—Mira su cara —dijo Jaget. Y eso hice.

Tenía el rostro normal y corriente de un trabajador que vive en las afueras, cansado, resignado, parpadeando de forma ocasional cuando localizaba algo o a alguien que llamaba su atención. Miró el reloj al menos dos veces mientras subía las escaleras, nervioso por coger el primer tren a Swindon.

—Vive en las afueras —dijo Jaget, y compartimos un momento de incomprensión mutua ante la inexplicable elección de vida de esa clase de ciudadanos.

La imagen era lo suficientemente buena como para capturar el momento anterior a su salida por lo alto de la escalera y grabar el torno menos concurrido. Lewis volvió a mirar su reloj y se dirigió a su salida predilecta adrede. Entonces se detuvo y dudó durante un instante antes de darse la vuelta, encaminándose hacia las escaleras descendentes y su cita con el extremo de un tren modelo Mark II de 1972.

Era como si se hubiera acordado de que se le había olvidado algo.

—Es demasiado rápido —dijo Jaget—. Si se te olvida algo, te detienes, piensas: «Oh, Dios, tengo que volver a bajar todas las escaleras, ¿de verdad necesito tan desesperadamente lo que sea?», y entonces te das la vuelta.

Tenía razón. Richard Lewis se detuvo y se volvió tan deprisa como si estuviera en una plaza de armas y le hubieran dado una orden. Mientras bajaba las escaleras tenía una expresión abstraída e intensa, como si estuviera pensando en algo importante.

—No sé si es glamour —dije—, pero definitivamente es algo. Creo que necesito una segunda opinión.

Pero yo ya estaba pensando en que era el Sin-rostro.

* * *

—Es complicado —dijo Nightingale después de que lo atrajera a la tecnocueva y le mostrara las imágenes—. Es una técnica muy restringida y una estación de metro en plena hora punta es difícilmente el ambiente ideal para practicarla. ¿Tienes algún celuloide que muestre una vista amplia del vestíbulo?

Me llevó un par de minutos buscar entre los archivos que Jaget me había enviado, sobre todo por el estrafalario sistema que empleaba para catalogarlos. Nightingale soltó un murmullo de asombro por la facilidad y velocidad con la que se podía manipular el «celuloide».

—¿O eso se llama cinta? —preguntó.

No le dije que eso se almacenaba como información binaria en discos brillantes que giraban muy deprisa, en parte porque tendría que haber buscado los detalles yo mismo, pero sobre todo porque, para cuando entendiera dicha tecnología, ya la habrían sustituido por otra cosa.

Se tiró una hora pasando las imágenes del vestíbulo adelante y atrás para ver si localizaba al practicante entre la multitud de pasajeros. El nivel de concentración de Nightingale puede ser aterrador, pero ni siquiera él fue capaz de identificar a algún sospechoso.

—Podría haber ido caminando dos pasos por detrás de él —dijo Nightingale—. Tampoco es que sepamos qué aspecto tiene.

Lesley quería saber, después de que la pusiéramos al día, por qué dábamos por hecho que era el Sin-rostro.

—Podría haber sido una de las novias acuáticas de Peter —dijo—. U otra cosa igual de extraña con la que no nos hayamos topado todavía.

Señalé que Richard Lewis aparecía en la lista de Pequeños Cocodrilos potenciales, y estuvo de acuerdo en que podría ser una pista y en que debíamos comprobarla.

—Tienes que ir a su casa y olisquearla —dijo—. Si encuentras algo, entonces sabremos que merece la pena investigar el suicidio.

—¿Quieres acompañarme? —le pregunté, pero Lesley respondió que, aunque que la perspectiva de una escapada a Swindon resultaba atrayente, era una dicha que tendría que dejar pasar.

—Tengo que terminar un informe sobre Nolfi el Magnífico —señaló. Habría dos informes: uno para los archivos de La Locura y otra versión depurada para todo Scotland Yard. A Lesley se le daba particularmente bien elaborar el segundo—. Diré que fue un intento de hacer el truco del combustible para mecheros pero con brandi —dijo—. De esa forma, su declaración oficial de que estaba haciendo un truco de magia que salió mal coincidirá con las pruebas.

Ni que decir tiene que no íbamos a acusarle de nada. En su lugar, conseguiría lo que nos gusta llamar «la charla sobre seguridad» del doctor Walid. Media hora con el buen doctor y sus cerebros rebanados era suficiente para alejar a cualquiera de la magia para siempre.

De este modo, me subí solo al Asbo y conduje por la M4 hacia el desolado valle del Támesis.

Llovió durante la mayor parte del trayecto y en la radio amenazaban con inundaciones.

Richard Lewis había vivido en una casa de campo con un nivel 1 de protección, con el tejado de paja, su propia vía de acceso y lo que parecía, a través de la lluvia, su propio huerto. Era la clase de sitio intensamente pintoresco que compra la gente con fantasías rurales y un cobertizo lleno de dinero. Al contemplarlo, deseé con todas mis fuerzas haberle echado un vistazo a las finanzas del señor Lewis, porque no había forma de que pudiera permitirse un sitio así con lo que ganaba en la junta municipal de Southwark. Me pregunté si habría hecho algo ilegal. A lo mejor se volvió codicioso y le pidió un extra a la persona equivocada.

O quizá su marido, un tal señor Phillip Orante, había sido rico.

Aparqué fuera —cerca de un Range Rover Sloane verde, de menos de un año de antigüedad y que, a juzgar por los guardabarros, nunca había circulado fuera del asfalto— y subí ruidosamente por el camino de gravilla mojada hasta la puerta principal. Aunque era primera hora de la tarde, las nubes bajas y la llovizna provocaban que estuviera lo suficientemente oscuro como para que los residentes necesitaran encender las luces del piso de abajo. Ver que había alguien en la casa supuso un alivio, porque había decidido no llamar antes de venir.

Si puedes evitarlo, no lo haces, porque siempre es mejor plantarse en la puerta de alguien para darle una terrible sorpresa. Por lo general, las cosas fluyen mejor si las personas con las que hablas no han tenido la oportunidad de ensayar sus coartadas, pensar en lo que van a decir, esconder pruebas, enterrar partes de un cuerpo… Esa clase de cosas.

La puerta principal de roble tenía una cuerda atada a algo que sonó, en el otro extremo, como un cencerro. El techo de paja que sobresalía del porche intentaba tirar gotas de agua por mi espalda, así que me aparté mientras esperaba. Los terrenos alrededor de la casa —pensé que eran demasiado amplios como para considerarlos un jardín— estaban húmedos y silenciosos bajo la suave lluvia. En alguna parte, por allí cerca, olí un rosal mojado.

Una mujer de mediana edad, con un rostro redondo y moreno, ojos negros y pelo corto y oscuro —diría que filipina— abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal blanco de plástico sobre una túnica azul de poliéster y un par de guantes amarillos de fregar. No parecía muy entusiasmada de verme.

—¿Puedo ayudarle? —Tenía un acento que no reconocí

Me identifiqué y pedí hablar con el señor Orante.

—¿Viene por lo del pobre Richard? —preguntó.

Le respondí que sí y me dijo que a Phillip se le había roto el corazón.

—Qué lástima —dijo, y me invitó a pasar y me pidió que esperara en el salón mientras iba a buscar a Orante.

Era decepcionante ver que el interior de la casa de campo estaba amueblado con la habitual insipidez de un diseñador: sillones en color crema, algunos muebles con patas de acero y las paredes pintadas en tonos blancos del gusto de los agentes inmobiliarios. Solo las imágenes de las paredes, copias de fotografías en blanco y negro en su mayoría, tenían algo de personalidad. Estaba examinando un retrato realista de un par de hombres del jazz de Nueva Orleans cuando la mujer con el delantal volvió con Phillip Orante.

Era un hombre bajito y flaco de treinta y muchos. A pesar de su rostro delgado, sus rasgos se parecían lo suficiente a los de la mujer mayor como para establecer un parentesco. Su madre, pensé, o por lo menos una hermana mayor o una tía. Parecía un poco joven para ser su madre.

Lo bonito de ser policía, no obstante, es que puedes satisfacer tu curiosidad sin preocuparte por parecer socialmente torpe.

—¿Son ustedes parientes? —pregunté.

—Phillip es mi hijo —respondió ella—. Mi hijo mayor.

—Vino para…, eh…, ayudar, ya sabe —dijo Phillip—. Después.

Hizo un gesto para que me sentara y yo, automáticamente, esperé hasta que él hubiera elegido el sofá para colocarme en una silla auxiliar y así mantener la ventaja de la altura. Nos pusimos a tratar los temas habituales para iniciar una conversación: yo sentía mucho su pérdida, él sentía que yo lo sintiera y ¿querría tomarme un café?

Siempre tienes que tomarte el café de los parientes del difunto, al igual que siempre empiezas con las expresiones repetitivas de condolencia. La banalidad del intercambio es lo que ayuda a calmar a los testigos. Las personas que han visto alteradas sus vidas buscan orden y predictibilidad, aunque solo sea en los detalles. Es entonces cuando ser el agente Pasito A Pasito resulta más útil: pon una expresión imperturbable, habla despacio y el noventa por ciento de las veces te contarán lo que quieres saber.

Phillip tenía un acento que pensé que era canadiense pero que resultó ser, cuando le pregunté, californiano. De San Francisco, para ser más precisos. Su madre era filipina, pero se había mudado a California a los veintitantos y había conocido al padre de Phillip, cuyos padres eran filipinos, pero que había nacido en Seattle, mientras los dos visitaban a unos parientes en Caloocan. Así que intimamos con una conversación sobre los placeres de crecer en una familia que se extendía en diáspora y unas madres que sentían, erradamente, que las prioridades de un joven debían ser el colegio, las tareas de la casa y los compromisos familiares. Ya habrá tiempo suficiente para la vida social cuando termines la universidad, te cases y me des nietos. La contradicción obvia nunca parece perturbarlas.

—Estábamos trabajando en lo de los nietos —dijo Phillip.

«¿Adopción o madre subrogada?», me pregunté. No parecía el momento de decirlo.

Su madre me trajo el café en una bandeja esmaltada con gatitos pintados. Esperé a que ella volviera a salir afanosamente para preguntarle por qué se había mudado a Reino Unido y cómo había conocido a Richard Lewis.

—Yo me hice millonario con las páginas web —dijo simplemente—. Era el cofundador de una compañía de la que usted nunca ha oído hablar, que compró otra empresa más grande con la que había firmado un acuerdo de confidencialidad. Me ofrecieron una opción de compra de acciones inmensa que cobré justo antes de que el mercado se fuera a pique.

Me dedicó una pequeña sonrisa. Obviamente este era su discurso habitual, con las pausas pertinentes para las sonrisas de arrepentimiento y las risitas de autocrítica, solo que esta vez era la primera que lo soltaba con su pareja habiendo fallecido.

—Siempre me preocupo cuando lo bueno abunda demasiado —dijo.

Una vez conseguidos sus millones, se marchó a Londres, por la cultura, la vida nocturna y, sobre todo, porque, hasta donde él sabía, ninguno de sus parientes más cercanos vivía allí.

—Quiero a mi familia —dijo mirando hacia donde su madre se había marchado—. Pero usted ya sabe cómo es eso.

Había conocido a Richard Lewis en el Teatro Real de la Ópera, durante la representación de Un Ballo in Maschera, de Verdi. Había ido por impulso y había estado en la zona de las localidades de pie cuando un desconocido bien vestido se había vuelto hacia él y le había dicho: «Dios mío, qué representación tan terrible».

—Dijo que se le ocurrían al menos otras cinco cosas que preferiría estar haciendo —recordó Phillip—. Le pregunté qué era lo primero de la lista y me dijo: «Bueno, una bebida bien cargada sería un buen principio, ¿no te parece?». Así que nos marchamos a tomar algo y eso fue todo, un flechazo de Cupido justo entre los ojos.

Pero no había sido amor a primera vista exactamente. Phillip no se había cruzado el charco con una amplia fortuna para enamorarse de la primera proposición medio decente.

—Se lo trabajó —dijo Phillip—. Era metódico, paciente y… —Phillip apartó la vista y se quedó mirando fijamente una parte vacía de la pared durante un instante antes de respirar hondo—. Tan jodidamente divertido.

Tres meses después estaban casados, o, para ser más precisos, se habían unido civilmente, con la debida ceremonia, celebración y un acuerdo prenupcial adecuado.

—Eso fue idea de Richard —señaló Phillip.

Juzgué que esta era una oportunidad tan buena como cualquier otra para sacar a relucir el cuestionario. Lo habían redactado el doctor Walid y Nightingale para descubrir las pruebas de un uso real de la magia, a diferencia de un simple interés por lo oculto, las historias de fantasmas, las novelas de fantasía y la religión antigua. El doctor Walid había incluido algunas preguntas de estudios verificados de psicometría y sociología para que parecieran legales. Yo lo llamaba test Voigt-Kampff, aunque solo el doctor Walid había pillado el chiste…, y después de buscarlo en la Wikipedia.2

—Es para darle contexto a estos… trágicos incidentes —dije—. Para ver qué puede hacerse en el futuro para prevenirlos.

Hasta este momento les había soltado esa charla a los posibles Pequeños Cocodrilos a los que fingía interrogar de una forma completamente aleatoria. Viendo el rostro de Phillip, decidí que tendríamos que trazar toda una nueva estrategia para tratar con los familiares de los fallecidos. Eso o que el doctor Walid viniera y aplicara él mismo sus puñeteros test.

Phillip asintió como si todo eso fuera perfectamente razonable; a lo mejor solo estaba contento de que nos interesáramos.

El test empezaba con un par de preguntas psicológicas para calentar y casi me salto la número cinco: «¿Mostraba el sujeto insatisfacción con algún aspecto de su vida?». Pero el doctor Walid había insistido en que fuera consistente al ponerlo en práctica.

—No me lo pareció —dijo Phillip—. No hasta que vi el vídeo del accidente.

—¿Le dejaron verlo? —pregunté.

—Oh, yo insistí en ello —contestó Phillip—. Pensaba que era imposible que Richard se hubiera suicidado. ¿Qué razones habría tenido? Pero es difícil discutir con el testimonio de tus ojos.

Pasé a las preguntas «espirituales», que revelaron que Richard había sido casi un anglicano de la misma forma que Phillip había sido casi un católico. Phillip me contó, orgulloso, que su madre había dejado de practicar el catolicismo al día siguiente de que él saliera del armario.

—Dice que volverá a la iglesia el día que pidan disculpas —indicó.

Lewis no había mostrado ni el más mínimo interés por lo oculto más allá de su necesidad de apreciar a Wagner o La flauta mágica, y no tenía ningún libro sobre magia; más bien, no tenía muchos libros en general.

—Donó la mayoría de sus viejos libros cuando se mudó aquí —señaló Phillip—. Y decía que su Kindle era mucho más manejable para ir a trabajar a Londres. Ahora me siento resentido por todas las horas que pasó en ese tren. Pero le encantaba vivir aquí y no iba a dejar su empleo.

Claro que Phillip no lograba entender el porqué.

—Sé que no sacaba ni la más mínima satisfacción de ese trabajo —dijo. Phillip podría haberle empleado fácilmente en su propia compañía, que lograba financiación para las nuevas empresas de tecnología punta—. Odiaba trabajar en Londres, decía que odiaba la ciudad, y yo estuve rogándole que lo dejara durante al menos cinco años, pero no lo hizo.

—¿No decía por qué? —pregunté.

—No —respondió—. Siempre cambiaba de tema.

Hasta entonces había estado haciendo garabatos, pero ahora me puse a tomar notas. Guardar un secreto levanta sospechas en la policía. Y, aunque estamos dispuestos a creer en la posibilidad de una explicación completamente inocente, nunca apostaríamos por ella.

Le pregunté si había alguna faceta del trabajo de Richard como urbanista de la que hubiera hablado más que de otras, pero Phillip no había notado nada. Y Richard tampoco se había quejado de ningún incidente por corrupción o de si fue objeto de presiones para que influyera, de alguna forma u otra, en alguna decisión de planificación.

—Y fuera lo que fuera lo que le retenía allí —dijo Phillip—, era obvio que se había cansado de ello, porque me dijo que iba a dejarlo. —Dejó de mirarme y buscó a tientas su taza de té para cubrir sus lágrimas.

La madre volvió a entrar enérgicamente, vio las lágrimas y me lanzó una mirada asesina. Avancé rápidamente por la parte final del cuestionario, ofrecí mis condolencias una vez más y me marché.

A Richard Lewis le había ocurrido algo sospechoso y posiblemente sobrenatural, pero, puesto que era evidente que no era un practicante, no conseguía pensar en cuál sería su conexión con el emocionante y mortal mundo moderno de la magia. Cuando volví a La Locura, dejé registro de ello y elaboré los dos informes requeridos. El pensamiento del policía en estas situaciones en las que faltan pistas es que o bien una línea de investigación completamente distinta resultará estar conectada a ella de una forma inesperada o nunca descubrirás qué coño estaba pasando.

Mi instinto me decía que nunca averiguaríamos por qué Richard Lewis se tiró delante de un metro…, razón de más por la que nunca deberías confiar en tu instinto.

Capítulo 4
Asuntos complicados e imprecisos

Tras los incidentes relacionados con la seguridad vial, los robos y los hurtos son los delitos más comunes que sufren los civiles (lo que la gente llama habitualmente ciudadanos ciudadanos). También son de los que más se quejan, sobre todo porque saben que el número de casos resueltos es bajo.

—No sé por qué se molestan en anotar todo eso —dicen mientras exageran el valor de sus pertenencias para el seguro—. Tampoco es que vayan a pillarlo, ¿no? —A lo que no tenemos respuesta porque tienen razón. No vamos a atraparlos por ese robo en particular, pero a menudo les cogemos después y entonces conseguimos devolverles sus cosas, esas que ya han sustituido por otras mejores gracias al seguro. La mayor parte de las pertenencias recuperadas son porquerías, pero algunas llaman la atención de la Brigada de Patrimonio Histórico, que se las lleva, las fotografía y las sube a una base de datos que se llama, gracias al infalible oído de Scotland Yard para conseguir acrónimos melodiosos, LSAD: Directorio de Arte Robado de Londres.

No dejan de decir que van a hacerla accesible al público, pero yo esperaría sentado. Un agente de policía sí que puede hacer consultas si consigue persuadir a su jefe más inmediato de que presione para que le den acceso a su Unidad de Mando Operacional a través de sus terminales. No es fácil cuando el jefe más inmediato en cuestión tiene un poco difusos los conceptos sobre bases de datos, búsquedas por Internet y, ciertamente, la mismísima noción de «jefe directo». Yo había conseguido tener acceso después de Año Nuevo, y ahora comprobar las nuevas adquisiciones se había convertido en parte de mi rutina matinal. «Cualquier cosa con tal de evitar el trabajo de verdad», era el veredicto de Lesley, y Nightingale me dirigía la misma mirada larga y de sufrimiento que me dedica cuando exploto accidentalmente los extintores, me quedo dormido mientras habla o no consigo conjugar los verbos en latín.

Así que podrás imaginarte lo contento que me puse cuando, una fría y oscura mañana, quince días después de mi visita a Swindon, localicé mi primer hallazgo. Siempre empiezo con los libros raros y casi lo paso por alto porque estaba en alemán: Über die Grundlagen, die der Praxis der Magie zugrunde leigen, pero por suerte se había traducido como Sobre los conceptos básicos subyacentes a la práctica de magia, probablemente por el traductor de Google. Había una imagen en la portada que apuntaba a Reinhard Maller como su autor y 1799 como su fecha de publicación en Weimar. Busqué a Maller en el índice de tarjetas de la biblioteca mundana, pero no encontré nada.

Anoté el número del caso, imprimí la descripción y se lo enseñé a Nightingale después, durante la práctica de esa mañana. Él tradujo el título como Sobre los fundamentos que subyacen a la práctica de la magia.

—No presumas —dije.

—Creo que será mejor lo guardes —dijo—. Y mira a ver si puedes averiguar de dónde ha salido.

—¿Tiene algo que ver con Ettersberg? —pregunté.

—Dios mío, no —respondió—. No todo lo que es alemán está relacionado con los nazis.

—¿Es una traducción del Principia Artis Magicae?

—No puedo decírtelo sin haberle echado una ojeada.

—Me acercaré a Patrimonio Histórico —dije.

—Hazlo más tarde, después de las prácticas.

* * *

Patrimonio Histórico, a la que sin duda el resto de la Policía Metropolitana conoce como la Brigada de Manualidades, recuperaba de vez en cuando algún objeto tan valioso que ni siquiera el almacén de pruebas del Nuevo Scotland Yard era lo suficientemente seguro para él. Para esos objetos alquilaban un espacio en la casa de subastas Christie’s, donde se ríen de los hombres araña, les retuercen la nariz a los ladrones internacionales de arte y tienen las medidas de seguridad más importantes, y se rumorea que ilegales, del mundo. Por eso a la mañana siguiente me encontré bajando por King Street en el barrio de St. James, donde ni siquiera la lluvia glacial podía borrar el olor a dinero.

Tampoco pudo un cartucho de bombas incendiarias, en abril de 1941, cuando lo destruyó todo salvo la fachada del número 8 de King Street, la sede londinense de Christie’s desde 1823. La reconstruyeron en los cincuenta, razón por la que el recibidor era decepcionantemente deforme y tenía un techo bajo, aunque con un aire acondicionado caro y con los suelos de mármol.

La Locura no genera los gigabytes de papeleo que el resto de Scotland Yard, pero lo que sí producimos tiende a ser un pelín demasiado esotérico como para subcontratar a una compañía de tecnología de la información en Inverness. En su lugar tenemos a un anciano metido en un sótano de Oxford, aunque cierto es que el sótano está bajo la biblioteca Bodleiana y el hombre es un doctor en Filosofía y un miembro de la Royal Society.1

Encontré al profesor Harold Postmartin, doctor en Filosofía, miembro de la RS y la B. Mon, inclinado sobre el libro en una sala de consultas del piso superior. Diseñada, me enteré después, para ser deliberadamente neutra y no distraerte de lo que fuera que se suponía que estabas consultando, toda la sala estaba enmoquetada en color beige, tenía las paredes blancas y unas sillas de falso estilo Bauhaus, de aluminio y lona negra. Postmartin estaba examinando su premio en un atril anodino. Llevaba puestos unos guantes blancos y utilizaba una espátula de plástico para pasar las páginas.

—Peter —dijo cuando entré—. Esta vez te has superado a ti mismo. De verdad que te has superado.

—¿Es bueno? —pregunté.

—Yo diría que sí —respondió Postmartin—. Un auténtico grimorio alemán. No había visto uno de estos desde 1991.

—Pensé que podría ser una copia del Principia.

Postmartin me miró por encima de sus gafas y sonrió.

—Sin duda, se basa en los principios newtonianos, pero opino que es mucho más que una copia. Mi alemán está un poco oxidado, pero creo que no me equivoco al decir que parece haber salido de la Weiβe Bibliothek de Colonia.

Mi alemán es peor que mi latín, pero me pareció que hasta yo podía traducir eso.

—¿De la Biblioteca Blanca? —pregunté.

—También conocida como la Bibliotheca Alba y como la sede central de la práctica de la magia alemana hasta 1798, cuando los franceses, que eran dueños de esa parte de Alemania por aquel entonces, cerraron la universidad.

—¿Entonces a los franceses no les gustaba la magia?

—Apenas —respondió—. Cerraron todas las universidades. Es uno de los desafortunados efectos secundarios de la Revolución Francesa.

Los detalles de lo que le pasó al contenido de la biblioteca anexa eran escasos, pero, según los documentos de Postmartin, toda la Weiβe Bibliothek se había trasladado en secreto de Colonia a Weimar.

—Donde, alentada sin duda por la ola creciente del nacionalismo alemán —dijo—, se convirtió en la Deutsche Akademie der Höhere Einsichten zu Weimar o en la Weimarer Akademie der Höhere Einsichten, para abreviar.

—Porque lo segundo es mucho más corto —aclaré.

—La Academia de Conocimientos Superiores de Weimar —dijo Postmartin.

—¿Conocimientos Superiores? —pregunté.

—Höhere Einsichten puede traducirse así o como «comprensión superior» —me explicó—. O de las dos formas, de hecho. El alemán es una lengua realmente espléndida para hablar de lo esotérico.

Aunque no era del todo la versión alemana de La Locura.

—Mucho más rigurosa, mucho menos petulante —dijo Postmartin, que pensaba que la Akademie había ido probablemente por delante de La Locura durante gran parte del siglo xix.

—Aunque a uno le guste pensar que estaban a la par hacia los años veinte —dijo. En la década de los treinta, se la había tragado la Ahnenerbe de Himmler, una organización dedicada a proporcionar tanto una infraestructura intelectual para el nazismo como una reserva interminable de malos desechables para Indiana Jones.

«Y volvemos a Ettersberg una vez más», pensé. Y a lo que fuera que Nightingale y sus funestos camaradas hubieran hecho allí en 1945.

Le pregunté si los alemanes tenían un equivalente contemporáneo de La Locura.

—Hay una sección de la Bundeskriminalamt (es decir, de la Policía Federal) establecida en Meckenheim y llamada Abteilung KDA, siglas de Komplexe und Diffuse Angelegenheiten, que se traduce como el Departamento de Asuntos Complejos e Indefinidos.

Dejando a un lado el maravilloso nombre, el Gobierno Federal mantenía una inconcreción poco alemana sobre las responsabilidades de dicho departamento.

—Una postura asombrosamente parecida a la tomada por sus homólogos de Whitehall con respecto a La Locura —dijo Postmartin—. En realidad, eso habla por sí solo.

—Supongo que nunca se te ocurrió descolgar el teléfono y preguntarles —dije.

—Eso es un asunto de Operaciones, así que no tiene nada que ver conmigo, me temo —indicó—. Y, además, no pensábamos que fuera necesario.

Entre los magos británicos supervivientes había sido un artículo de fe que la magia desaparecería del mundo. No hacía falta que establecieras vínculos bilaterales con organizaciones afines si tu razón de ser era irte evaporando como el casco polar ártico.

—Además, Peter —añadió—, si este libro realmente procede de la Biblioteca Blanca, entonces es bastante probable que los alemanes lo quieran de vuelta y yo, por mi parte, no tengo ninguna intención de dejar que me lo quiten de las manos. —Colocó su mano blanca y enguantada suavemente sobre la cubierta para enfatizar sus palabras—. ¿Cómo dieron con él en Patrimonio Histórico?

—Lo entregó un librero respetado —señalé.

—¿Cómo de respetado?

—Bastante, como es obvio —dije—. Colin and Leech, en Cecil Court.

—El ladrón debía de ser dichosamente inconsciente de lo que tenía entre manos —dijo Postmartin—. Es como intentar colocar —se jactó al pronunciar la palabra, evidentemente disfrutaba de su sonido— un Picasso en Portobello. ¿Cómo se lo arrebataron?

Le dije que no conocía los detalles y que iba a investigarlo tan pronto como acabáramos esa conversación.

—¿Y por qué no se ha hecho eso ya? —preguntó—. Dejando a un lado su calidad esotérica, sigue siendo un objeto muy valioso. Sin duda ya se habrá abierto una investigación, ¿no?

—No se ha denunciado el robo del libro —expliqué—. Por lo que respecta a Patrimonio Histórico, no hay ningún delito que investigar. —Y, dado que en Scotland Yard estaban tan seriamente machacones entonces con los recortes de los gastos, nadie tenía prisa por encontrar una excusa para trabajar más.

—Qué curioso —dijo Postmartin—. Quizás el propietario no se ha dado cuenta de que se lo han robado.

—Quizás el propietario sea el tío que intentó venderlo y quiera recuperarlo —anuncié.

Postmartin me miró, espantado.

—Imposible —dijo—. Un camión de seguridad viene de camino para llevarnos rápidamente a este libro y a mí a Oxford, donde estaremos protegidos. Además, si es el propietario, no se merece lo que tiene. A cada uno lo que le corresponde y esas cosas.

—¿Has contratado un camión de seguridad?

—¿Para esto? —dijo Postmartin mirando cariñosamente el libro—. Por supuesto. Incluso pensé en salir con mi revólver. —Hizo aquella pausa para asegurarse de que yo me asustaba como correspondía—. No te preocupes, era muy buen tirador en mis tiempos.

—¿Y qué tiempos eran esos?

—En Corea, en el Servicio Nacional —dijo—. Todavía tengo mi revólver militar.

—Pensaba que para entonces el ejército utilizaba la Browning —dije. Limpiar el arsenal de La Locura el año anterior había resultado todo un aprendizaje sobre armas antipersona del siglo xx y sobre el número de décadas que puedes dejarlas oxidándose antes de que se vuelvan peligrosamente inestables.

Postmartin sacudió la cabeza.

—Mi leal Enfield Modelo Dos.

—Pero no lo has hecho, ¿no? Traértela.

—Al final no. No logré encontrar la munición de repuesto.

—Genial.

—Busqué por todas partes.

—Qué alivio.

—Creo que debí de dejármela en alguna parte del cobertizo —dijo Postmartin.

* * *

Charing Cross Road fue una vez el corazón de la venta de libros de Londres, y tenía suficiente mala fama como para que la evitaran las cadenas multinacionales en su incesante cruzada por convertir todas las calles, de todas las ciudades, en clones las unas de las otras. Cecil Court era un callejón peatonal que unía Charing Cross con St. Martin’s Lane donde, si ignorabas la cara hamburguesería de un extremo y la franquicia mejicana en el otro, todavía veías cómo debía de haber sido. Aunque, según mi viejo, está mucho más limpio que antes.

Entre las librerías especializadas y las galerías estaba Colin and Leech, fundada en 1897, cuyo propietario actual era Gavin Headley. Resultó ser un hombre blanco, bajito y corpulento, con la clase de petulante bronceado mediterráneo que proviene de tener una segunda vivienda en algún lugar soleado y bastantes genes mediterráneos como para que tu piel no se ponga naranja. En el interior de la tienda hacía suficiente calor para cultivar granadas y olía a libros nuevos.

—Nos especializamos en primeras ediciones firmadas —dijo Headley, y me explicó que a los autores se los persuadía de que «firmaran y citaran» sus libros recién publicados—. Escriben una cita de su libro en lo alto de la portadilla —dijo, y entonces sus clientes los comprarían y los dejarían reposar como un buen vino.

La tienda tenía techos altos, era estrecha y estaba cubierta de libros modernos de tapa dura, colocados en estanterías de madera maciza caramente barnizadas.

—¿Como una inversión? —pregunté. A mí me parecía un poco arriesgado.

Headley lo encontró gracioso.

—No va a volverse rico invirtiendo en libros nuevos de tapa dura —dijo—. Puede que sus hijos sí, pero usted no.

—¿De dónde sacan sus ingresos?

—Es una librería —dijo Headley encogiéndose de hombros—, vendemos libros.

Postmartin tenía razón. El ladrón tendría que haber sido increíblemente estúpido para intentar vender una antigüedad valiosa de verdad en Cecil Court y conseguirlo, sobre todo en Colin and Leech. Headley no se había mostrado impresionado.

—Para empezar, lo traía envuelto en una bolsa de basura —dijo—. En cuanto lo sacó, pensé: «No me jodas». Quiero decir que puede que yo me especialice en el mercado contemporáneo, pero sé reconocer algo auténtico cuando me lo ponen escandalosamente delante. «¿Cree que es valioso?», me pregunta. ¿Lo es? ¿Cómo podría él ser una persona aceptable y no saberlo? Vale, supongo que quizá lo encontró en el desván de su abuelo, pero ¿es eso posible cuando se encontraba en tan buenas condiciones?

Estuve de acuerdo en que era un supuesto poco probable y le pregunté cómo se las apañó para alejar el libro del caballero en cuestión.

—Le dije que quería quedármelo una noche, ¿sabe? Para pedirle a alguien que viniera a valorarlo como es debido.

—¿Y se lo tragó?

Headley se encogió de hombros.

—Le di un recibo y le pedí sus datos de contacto, pero me dijo que acababa de recordar que había aparcado en una línea doble amarilla y que volvería enseguida.

Y se marchó, dejando el libro tras de sí.

—Imagino que debió de darse cuenta de que la había cagado —dijo Headley— y le entró el pánico.

Le pregunté si podía darme una descripción.

—Puedo hacer algo mejor que eso —dijo, y levantó un USB—. Guardé las imágenes.

* * *

El problema con el supuesto estado de vigilancia de las narices es que lleva mucho trabajo intentar localizar los movimientos de alguien utilizando las cámaras, sobre todo si van a pie. Parte de la dificultad es que todas las cámaras pertenecen a diferentes personas por diferentes motivos. La junta municipal de Westminster tiene una red para las infracciones de tráfico, la Asociación de Comerciantes de Oxford Street tiene una red enorme para pillar a los ladrones de las tiendas y a los carteristas, las tiendas pequeñas tienen sus propios sistemas, como los pubs, las discotecas y los autobuses. Cuando paseas por Londres es importante recordar que el Gran Hermano puede estar observándote, o quizás esté haciendo pis, leyendo el periódico o ayudando a desviar el tráfico por un accidente de coche o a lo mejor se le ha olvidado encender ese puñetero trasto.

En un equipo de investigación de delitos graves como Dios manda hay un detective o un sargento cuyo trabajo es llegar a la escena del crimen, localizar todas las cámaras potenciales, reunir todas las imágenes y después revisar las miles de horas que haya grabados, sean las que sean, buscando algo relevante. Él o ella tienen un equipo de un máximo de seis detectives para que les ayuden con el trabajo; el tonto de mí me tenía a mí mismo, a Toby y la terca determinación de ver cómo se hacía justicia.

Habían entregado el libro a Patrimonio Histórico a finales de enero y la mayoría de los locales privados solo guardan cuarenta y ocho horas de imágenes, pero yo me las ingenié para sacar algunas de la cámara de tráfico y de un pub que acababa de instalar su sistema y aún no había averiguado cómo se borraban las antiguas. En los viejos tiempos, cuando un gigabyte era mucha memoria, me habrían endilgado una gran bolsa llena de cintas de vídeo, pero ahora todo cabía en el USB que Headley me había dado.

Contando con una parada para almorzar en Gaby’s pastrami con pepinillos, tardé unas buenas tres horas y no volví a La Locura hasta bien entrada la tarde. Quería meterme directamente en la tecnocueva para comprobar las imágenes, pero Nightingale insistió en que Lesley y yo nos pusiéramos a practicar golpeando una pelota de tenis adelante y atrás a través del patio interior, utilizando únicamente impello. Nightingale afirmaba que había sido un deporte de los días de lluvia cuando iba al colegio y lo llamaba tenis de interior. Lesley y yo, para su gran enojo, lo llamábamos quidditch de bolsillo.

Las reglas eran sencillas y lo que se esperaría de un grupo de adolescentes encerrados en un ambiente agresivo y exclusivamente masculino. Los jugadores se ponían en cada extremo del patio interior y tenían que quedarse dentro de un círculo de tiza de dos metros de ancho dibujado en el suelo. El árbitro, en este caso Nightingale, colocaban una pelota de tenis en el centro del campo y los jugadores intentaban utilizar impello y cualquier otro hechizo relacionado para impulsar la bola contra su oponente. Los puntos se contaban por los golpes dados en el cuerpo, entre el cuello y la cintura, y se perdían si no lograbas controlar la pelota en tu mitad del campo. En cuanto el doctor Walid oyó hablar del juego, insistió en que nos pusiéramos cascos de críquet y protectores en la cara cuando jugáramos.

Nightingale se quejó de que en sus tiempos nunca habrían pensado en ponerse protecciones —ni siquiera durante el bachillerato, cuando jugaban con pelotas de críquet— y además, reducían la motivación del jugador de mantener una buena forma y que no le golpearan a la primera. Lesley, a la que nunca le gustó llevar puesto un casco, se opuso hasta que descubrió que podía provocar un sonido divertido, boing, haciendo que la pelota rebotase en el mío. Yo, por mi parte, me habría cabreado más de no ser por 1) el casco y 2) Lesley desaprovechaba tiros fáciles hacia mi cuerpo para ir a por mi cabeza, lo que hacía que fuera más fácil ganarle.

Antiguamente, en Casterbrook, los chicos apostaban en el juego. Sus apuestas consistían en «días con alumnos de primero», lo que significaba que un chico más pequeño tenía que actuar como el sirviente de otro más mayor, y eso resume más o menos todo lo que hay que saber sobre los colegios pijos. Lesley y yo, que éramos de clase obrera con aspiraciones, preferíamos invertir en pagar rondas en el pub. El hecho de que yo le llevara siete meses de ventaja a Lesley como aprendiz era probablemente la única razón por la que ella nunca tuvo que pagarse sus propias bebidas.

Al final terminamos en empate, con un golpe en el cuerpo para mí, un boing para Lesley y un punto que no contaba porque Toby saltó y atrapó la bola en el aire. Nos dirigimos a lo que Lesley y yo llamábamos cena, Nightingale consideraba un tentempié y Molly se pensaba, o eso habíamos empezado a sospechar, que era un campo de pruebas para hacer sus experimentos culinarios.

* * *

—Esta patata sabe un poco diferente —dijo Lesley dándole un golpecito al montón cónico y meticuloso de puré que equilibraba un lado del plato junto a lo que Nightingale había identificado como un taco de atún chamuscado.

—Eso es porque es boniato —dijo Nightingale, sorprendiéndome. El boniato no destaca precisamente en el menú inglés tradicional. Aunque, de haberlo hecho, probablemente lo habrían convertido en puré y después lo habrían cubierto con salsa espesa de cebolla. Mi madre lo cuece como la yuca, lo corta en rebanadas con mantequilla y hace una sopa lo suficientemente picante como para cauterizarte la punta de la lengua.

Me fijé en Molly, que nos observaba mientras comíamos, y levantó la barbilla para encontrarse con mi mirada.

—Está muy bueno —dije.

Escuchamos un zumbido lejano que nos confundió a todos hasta que nos dimos cuenta de que era el timbre de la puerta principal de La Locura. Todos nos miramos hasta que quedó claro que, puesto que yo no era intrínsecamente un ser sobrenatural ni un inspector jefe ni necesitaba ponerme una máscara para recibir a la gente, me habían nominado abridor oficial de la puerta.

Resultó ser un mensajero en bicicleta que me entregó un paquete a cambio de mi firma. Era un sobre A4 rígido gracias al cartón que llevaba e iba dirigido al señor Thomas Nightingale.

Nightingale empleó un cuchillo de sierra para abrir el sobre por el lado incorrecto —el mejor, según explicó, para evitar sorpresas desagradables— y extrajo una hoja de papel de calidad. Nos la enseñó a Lesley y a mí; estaba escrita a mano y en latín. Nightingale la tradujo:

—«El señor y la señora del Río le anuncian que celebrarán su Audiencia de Primavera juntos en los Jardines de Bernarda de España. —Se detuvo y releyó el último cacho—. Los Jardines de Berni de España, y que se le encarga por la presente, como si fuera una antigua costumbre, garantizar la seguridad y proteger los festejos de todo enemigo». Y está sellado con el Hombre Ahorcado de Tyburn y la Noria de Agua de Oxley, más sus firmas.

Nos mostró los sellos.

—Alguien se ha pasado viendo Juego de Tronos —comentó Lesley—. ¿Y qué es la Audiencia de Primavera?

Nightingale explicó que, tiempo atrás, era tradición que el Anciano del Támesis celebrase una Audiencia de Primavera río arriba, normalmente cerca de Lechlade, donde sus súbditos podían acudir para presentar sus respetos. Por lo general ocurría en el equinoccio de primavera o alrededor de esa fecha, pero no se había celebrado ninguna desde que el Anciano abandonara el canal en la década de 1850.

—Y La Locura, si recuerdo bien la historia, tampoco desempeñaba ningún papel —dijo—, salvo el de mandar un enviado con nuestros respetos.

—Me he fijado en que dice «como si fuera una antigua costumbre» —señalé.

—Ya —respondió Nightingale—. Imagino que tanto Tyburn como Oxley se han divertido con la ambigüedad de esa declaración.

—A lo mejor no se lo están tomando muy en serio —dije.

—Ojalá fuera verdad —contestó Nightingale.

Después de la cena me dirigí a la tecnocueva para tomarme una cerveza y ver qué había en la tele por cable. Pensé que Lesley se uniría a mí, pero me dijo que estaba hecha polvo y que se iba a la cama. Saqué una Red Stripe de la nevera y pasé de un canal a otro en vano durante cinco minutos antes de decidir que me convenía más ponerme a procesar las imágenes de las cámaras de esa tarde.

Empecé con las de la tienda. A juzgar por el ángulo, la cámara estaba sobre el mostrador y cubría toda la tienda, estrecha y larga, hasta la puerta principal. Preparé el vídeo y lo inicié en el momento en que nuestro hombre entraba, aferrado a la bolsa negra con su botín dentro, y se acercaba enérgicamente al mostrador.

Era caucásico, de tez pálida, con la nariz estrecha, me pareció que de unos cuarenta y cinco, de cabello oscuro que le clareaba y unos ojos azules oscuros con ojeras. Iba vestido con una chaqueta color tostado con cremallera, sobre una camisa de un tono claro y unos chinos caquis.

Comprobé que la transacción ocurría como la describió Headley y me fijé en que era bastante evidente el momento en el que el ladrón se daba cuenta de que había cometido un error. Miró involuntariamente hacia la cámara de vigilancia, se dio cuenta de lo que había hecho y salió por la puerta menos de un minuto después.

Treinta y seis segundos exactamente, según el código de tiempo que había en la esquina de la pantalla.

La cámara de la tienda era de última generación. Rebobiné y conseguí una imagen de su rostro cuando miró hacia ella. Hice una ampliación maravillosa utilizando solo el Paint Shop Pro e imprimí dos copias para utilizarlas después. A pesar del ángulo deficiente, estaba bastante convencido de que el ladrón de libros había girado a la derecha al salir de la tienda, dirigiéndose hacia St. Martin’s Lane, pero para estar seguro comprobé las imágenes que tenía del Barclays de Charing Cross Road. Los bancos del centro de Londres tienen las mejores cámaras, y una de las quince del Barclays grababa la entrada de Cecil Court. Comprobé los veinte minutos antes y después de su hora de partida y corroboré que definitivamente no había salido a Charing Cross Road.

Había un par de ángulos buenos en el propio Cecil Court, pero habían borrado las imágenes. Así que lo mejor que tenía de ese lado de St. Martin’s Lane salió del Angel and Crown, donde, gracias a Dios, aún no habían averiguado cómo borrar los vídeos. Aun así, era un sistema de bajas especificaciones que grababa diez fotogramas por segundo, y tenía más imágenes fantasma de las que una cámara operativa a plena luz del día debería tener. A pesar de eso, resultaba fácil localizar a aquel hombre —jersey con cremallera tostado y pantalones caqui— saliendo a St. Martin’s Lane, girando a la izquierda y subiéndose a una ranchera Mondeo blanca, Serie 2 por lo que pude ver.

Aquello me dio esperanzas. Si era su coche, entonces solo habría que solicitar otro reconocimiento a la Plataforma Integrada de Información, que incluiría la base de datos de la DGT, y obtendría su nombre, fecha de nacimiento y dirección —todo cortesía de la Base de Datos de la Seguridad Social—, lo que demostraba que el Gran Hermano sirve para algo, al fin y al cabo.

Mierda, no veía la matrícula. Incluso cuando arrancó, el Mondeo se encontraba en un ángulo demasiado oblicuo y la imagen tenía una calidad tan baja que no pude identificar el número. Lo rebobiné y lo reproduje un par de veces, pero el vídeo no se veía más nítido. Tendría que persuadir a la junta municipal de Westminster para que me entregara algunas de las imágenes de sus cámaras de tráfico y así ver si podía pillar al Mondeo cuando giraba hacia Charing Cross Road.

Y no iba a conseguirlas pasadas las seis porque otro problema que tiene la llamada vigilancia del Estado es que solo trabaja hasta las cinco.

Me tomé otra Red Stripe y me fui a la cama.

Después del desayuno y de mi paseo obligado con Toby, volví a la tecnocueva y seguí buscando un plano claro de la matrícula del coche del ladrón de libros. Estaba a punto de respirar hondo y de disponerme a atravesar las cenagosas entrañas de la burocrática interfaz de la junta municipal de Westminster cuando, de repente, se me ocurrió que había pasado por alto una opción más fácil. Puse las imágenes de St. Martin’s Lane y rebobiné para ver cómo el Mondeo aparcaba al principio. A mi ladrón de libros no se le daba muy bien estacionar y la segunda vez que hizo maniobras conseguí una buena visión de la matrícula.

Tras una sola consulta a la Plataforma Integrada de Información ya tenía su nombre: Patrick Mulkern. Su cara coincidía con la de la cámara de vigilancia y su ficha policial, con el perfil de un ladrón de cajas fuertes profesional. Uno bueno y cuidadoso, además, a juzgar por la falta de condenas durante la segunda mitad de su carrera. Un montón de cargos, como el de «persona de interés» para el caso y varios arrestos, pero ninguna condena. Según las notas de inteligencia adjuntas, Mulkern era un especialista contratado por individuos o grupos para abrir cualquier caja fuerte problemática con la que pudieran encontrarse en su trabajo. Hasta tenía un negocio legal de cerrajería, con dirección en Bromley, como apunté, lo que hacía que detenerle por «ir equipado» fuera algo complicado, porque utilizaba las mismas herramientas para los dos trabajos. Las notas también sugerían que acababa de «jubilarse» de los robos de cajas fuertes, pero no de la cerrajería.

La dirección de su última casa conocida se correspondía tanto con la de su carné de conducir como con la de su negocio, así que decidí ir a darle un tirón de orejas.

Capítulo 5
El cerrajero

Estaba lloviendo otra vez y tardé casi tanto en cruzar el río en coche y bajar a Bromley, el municipio de Londres, como lo que me había llevado conducir hasta Brighton el mes anterior. Pasé una buena parte del tiempo sorteando el tráfico de Elephant and Castle y reptando por Old Kent Road.

Cuando llegas al sur de Grove Park, los restos victorianos de la ciudad se reducen y te encuentras en la tierra de las construcciones bajas de estilo Tudor de imitación que protagonizaron la última gran expansión urbana de Londres. A la gente como a mi padre o a mí no nos gusta pensar que los sitios como Bromley forman parte de Londres, pero los municipios periféricos son igual que los cuñados: te gusten o no, tienes que aguantarlos.

La dirección de Patrick Mulkern era un híbrido extraño. Parecía que el constructor se hubiera cansado de construir casas adosadas de imitación al estilo Tudor y hubiera juntado dos a presión para crear una pequeña hilera de cuatro casas. Como ocurría con la mayoría de las viviendas de esa calle, su generoso jardín delantero se había asfaltado para conseguir más aparcamiento y un mayor riesgo de inundaciones.

Un Ford Mondeo blanco roto estaba aparcado fuera, reluciente bajo la lluvia. Comprobé la matrícula, coincidía con la de las imágenes de las cámaras. No solo era un Serie 2, sino que también tenía el débil motor Zetec 1.6. Fuera cual fuera el salario de los delincuentes, no cabía duda de que Mulkern no se lo gastaba en coches.

Me quedé sentado en el exterior con el motor apagado durante cinco minutos y observé la casa. Era un día sombrío, pero no se apreciaba ninguna luz visible a través de las ventanas y nadie tiraba de los visillos para mirarme. Salí del coche y caminé lo más rápido que pude para refugiarme en el porche. En algún momento, la casa había adquirido una capa gruesa de mezquinos guijarros de pedernal que casi me arrancaron la piel de la palma cuando apoyé la mano sobre ella.

Llamé al timbre y esperé.

A través de los cristales esmerilados que había a cada lado de la puerta vi un despliegue de machas blancas y marrones en el suelo del recibidor: el correo sin abrir. De dos o quizás tres días, a juzgar por la cantidad. Llamé y mantuve el dedo en el timbre mucho más tiempo del que se consideraba cortés, pero aun así no hubo respuesta.

Pensé en volver al coche y esperar. Tenía mis difíciles Geórgicas de Virgilio para entretenerme y una bolsa reabastecida para las tareas de vigilancia que estaba bastante seguro de que no contenía ninguna de las espeluznantes sorpresas culinarias de Molly, pero, según me apartaba, rocé con los dedos la cerradura y sentí algo.

Una vez, Nightingale me describió los vestigia como la imagen persistente que queda en tus ojos tras mirar una luz brillante. Lo que la cerradura me transmitió fue como el efecto resultante del flash de una cámara. Y en su interior había algo duro y punzante y peligroso, como el suavizador de una navaja de afeitar sobre una piedra de afilar.

Nightingale, en virtud de su amplia experiencia, asegura que es capaz de identificar al conjurador de un hechizo por su signare (en cristiano, eso es su firma). Pensaba que me estaba tomando el pelo, pero desde hacía poco tiempo había empezado a creer que yo mismo podía sentirlo. Y la signare que se desprendía de la puerta me llevó de golpe a la azotea del Soho y a un cabrón con acento pijo, sin rostro y con un entusiasta interés no académico en la sociopatía criminal.

Comprobé las ventanas del salón, no había nadie allí. Con aspecto fantasmal a través de los visillos, se dibujaba la silueta de los muebles, pasados de moda pero bien conservados, y de la televisión, que tendría unos veinte años de antigüedad.

Puesto que no se había denunciado realmente el robo del libro, no iba a conseguir una orden de registro. Si entraba ilegalmente, tendría que confiar en la vieja Sección 17.1.e. de la Ley de Pruebas Criminales y Policiales (1984), que claramente establece que un agente puede entrar a un sitio para salvar «la vida y la integridad física» de alguien, lo que ni siquiera requiere que oigas algo sospechoso. Esto se debe a que ni siquiera el miembro más extremo del liberalismo quiere que la policía se quede titubeando al otro lado de la puerta mientras le están estrangulando dentro.

¿Y si entraba a la fuerza y el Sin-rostro seguía dentro?

No tengo tanta práctica como Nightingale, pero estaba seguro casi al cien por cien de que los vestigia de la cerradura llevaban allí depositados menos de veinticuatro horas y de que hacía tiempo que el hombre Sin-rostro se había marchado.

Seguro casi al cien por cien.

Solo había sobrevivido a nuestro último encuentro porque él me había subestimado y los refuerzos habían aparecido justo a tiempo. No pensaba que fuera a menospreciarme de nuevo y la caballería estaba ahora mismo en la otra orilla del río.

Tampoco es que una furgoneta Sprinter llena de agentes del Grupo de Apoyo Territorial fuera a suponer mucha diferencia. Nightingale estaba convencido de que solo él podría ganar al Hombre Sin-rostro en una pelea justa. «Aunque no tengo intención de ofrecerle semejante satisfacción», había aclarado.

Pero no podía recurrir a Nightingale cada vez que quisiera entrar en casa de algún sospechoso, ¿para qué estaba yo, entonces? Y no podía quedarme dando vueltas hasta que uno de los vecinos sospechara lo suficiente como para llamar a emergencias.

Así que me incliné, dispuesto a entrar a la fuerza. Pero, para cubrirme las espaldas, llamaría a Lesley y le diría dónde me encontraba y qué estaba haciendo.

Esto es a lo que llamamos en el cuerpo «hacer una evaluación de los riesgos».

Su teléfono me desvió directamente al contestador, de manera que le dejé un mensaje. Después apagué el móvil, comprobé que nadie me estaba observando y reventé la cerradura de la puerta con una bola de fuego. Nightingale conoce un hechizo que saca la cerradura de una forma más limpia, pero yo me las tengo que apañar con lo que tengo.

Me quedé un momento en el umbral de la puerta, escuchando.

Delante de mí, las escaleras subían al piso superior; a la derecha, unas puertas abiertas conducían al salón y, tras otra puerta en la parte trasera de la casa, tapada con una cortina de cuentas, supuse que estaba la cocina.

—¡Policía! —grité—. ¿Hay alguien?

Volví a esperar. Cuando entras en masa, lo haces deprisa para sobrepasar cualquier resistencia que pueda haber antes de que empiece la acción. Cuando vas solo, entras despacio, con un ojo puesto en la retaguardia.

Otro vestigium: un olor a carne quemada, a barbacoa oxidada y, por encima, otro rozamiento del filo de un cuchillo sobre la piedra de afilar y un destello de calor.

Por mucho que quisiera, no podía quedarme esperando en la puerta todo el día. Atravesé a toda velocidad la entrada y verifiqué que el salón estaba despejado. Después, avanzando lo más lentamente que pude, volví a salir con sigilo y entré en la habitación del fondo.

Lo que evidentemente había sido una vez el comedor se había transformado en un despacho de facto. Había una mesa abatible antigua invadida por una máquina duplicadora de llaves, cajas de llaves en blanco y unas ventanas francesas que daban a un patio y a una franja de césped empapado. Un aparador de caoba pasado de moda tenía una imitación de Stubbs enmarcada y colgada encima: unos caballos en un paisaje escarpado del siglo xviii .

La habitación olía al polvo del metal, pero no fui capaz de saber si eran vestigia o la consecuencia de haber estado recortando llaves. El silencioso recibidor que tenía detrás me estaba poniendo nervioso, así que avancé rápidamente hacia la cocina.

Limpia, anticuada, con un par de tazas y un solo plato de porcelana azul sobre el escurridor de plástico amarillo.

El olor a carne quemada se percibía menos allí, y cuando revisé los armarios y la nevera de pie, ambos estaban bien provistos, pero no había nada podrido.

Empezaba a hacerme una idea de la casa. Un hombre soltero en una vivienda de tamaño familiar… ¿Sería de sus padres? ¿O habría por ahí una exmujer e hijos? Si esta hubiera sido la casa de mi madre, la habría llenado de parientes, habría alquilado las habitaciones o, probablemente, las dos cosas.

Volví a salir a la entrada y me quedé de pie frente a las escaleras.

El olor a barbacoa oxidada era más fuerte allí y me di cuenta de que no era ninguna clase de vestigium, era real.

—Señor Mulkern —dije en voz alta, porque, en algún momento de un lejano futuro, un abogado defensor podría preguntarme si lo había hecho—. Soy policía, ¿necesita ayuda?

Madre mía, ojalá estuviera visitando a su madre enferma, o en la compra o comprándose un plato de curry.

En lo alto de la escalera vi la parte superior de una puerta medio abierta que, salvo porque se alejaba radicalmente del diseño típico, conduciría al baño.

Puse un pie en los escalones y desplegué el bastón extensible al máximo. No es que no confíe en mis habilidades, sobre todo con impello, pero nada dice «brazo largo de la ley» como una porra con resorte.

Mientras subía las escaleras despacio, el olor empeoró; los matices cobreños se mezclaban con algo parecido al hígado quemado. Tenía el terrible presentimiento de que sabía de dónde provenía el olor.

Estaba en mitad de la escalera cuando le vi, tumbado bocarriba dentro del baño. Los pies apuntaban en mi dirección, calzados con unos zapatos negros de piel, de buena calidad pero gastados por los talones. Los tenía estirados hacia fuera por el tobillo de una forma que es difícil de mantener a no ser que seas un bailarín profesional.

A medida que ascendía los últimos escalones, vi que su mirada estaba fija en el techo. La piel del rostro, cuello y manos que quedaba al descubierto presentaba un horrible color marrón rosáceo, como el de un cerdo bien cocinado. Tenía la boca completamente abierta y teñida de un negro como el hollín, y parecía tener los ojos cocidos, a juzgar por su desagradable color blanco. Sin embargo, incluso a esta distancia tan corta, el hedor seguía siendo apenas soportable; debía de llevar muerto un tiempo. Días, quizás. No intenté buscarle el pulso.

A un policía bien entrenado se le exige que haga dos cosas cuando encuentra un cuerpo: dar aviso y proteger el escenario.

Yo hice las dos cosas mientras esperaba fuera, bajo la lluvia.

Los asesinatos son un tema importante en Scotland Yard, lo que significa que las investigaciones resultan caras de cojones y que no vas a arriesgarte a abrir una para después descubrir que la víctima solo estaba como una cuba y se había echado un sueñecito. En realidad, eso ocurrió una vez, aunque, a decir verdad, el tío estaba en coma por una intoxicación etílica, pero no era un asesinato, a eso voy. Para evitar que alejen a la fuerza a los agentes de las Brigadas de Homicidios de su papeleo de suma importancia, por Londres patrullan los coches de los Equipos de Evaluación de Homicidios, que están listos para abalanzarse en picado y asegurarse de que vale la pena gastarse el dinero y el tiempo en algún cadáver.

Debían de estar cerca, porque el equipo apareció cinco minutos después en, de todos los coches posibles, un Skoda rojo ladrillo en cuya parte trasera seguro que resultaría doloroso sentarse.

El inspector a cargo del coche era un sij robusto con acento de Birmingham y una barba cuidada que se le estaba poniendo gris antes de tiempo. Subió las escaleras, pero volvió a bajarlas menos de cinco minutos después.

—No se puede estar más muerto que eso —dijo, y envió a los agentes a precintar el escenario y a prepararse para ir de casa en casa. Después se pasó un largo rato al teléfono, supuse que informando, y me hizo señas para que me acercara.

—¿De verdad trabajas para la SCD 9? —preguntó.

—Sí —dije—, pero se supone que ahora nos llamamos UES: Unidad de Evaluaciones Especiales.

—¿Desde cuándo? —preguntó el inspector.

—Desde noviembre —respondí.

—Pero seguís siendo la división de lo oculto, ¿no?

—Así es —dije, aunque la «división de lo oculto» era una definición nueva para mí.

El inspector se lo retransmitió a su interlocutor, escuchó, me miró de una forma extraña y después colgó.

—Tienes que quedarte aquí —me dijo—. Mi jefa quiere hablar contigo.

De manera que me esperé en el porche y redacté mis notas. Tengo de dos tipos: las que van a mi Moleskine y las que edito un poco para anotar en mi libro oficial de incidencias de Scotland Yard. Es un procedimiento terrible, pero está autorizado porque hay ciertas cosas que Scotland Yard no quiere saber oficialmente… por si pudieran ofenderles.

La inspectora jefe Maureen Duffy, como me dijeron que se llamaba, apareció en un Mercedes clase-E con un ligero techo descapotable que le pegaba más a un hombre andropáusico que a la mujer blanca y esbelta, vestida con una gabardina negra, que salió de él. Tenía un rostro pálido y delgado, una nariz larga y lo que pensé que era un acento de Glasgow, pero después me enteré de que era de Fife.1 Me encontró en la puerta, pero antes de que pudiera, hablar levantó la mano para silenciarme.

—Un minuto —dijo, y entró.

Mientras esperaba a que me dieran prioridad, llamé a Lesley por segunda vez y me volvió a saltar el contestador. No me molesté en llamar al móvil que le había regalado a Nightingale por Navidad porque solo lo utilizaba cuando quería llamar a alguien; aquella nueva tecnología estaba limitada a su conveniencia, no a la de los demás.

Para cuando me indicaron que volviera a subir las escaleras, los forenses ya habían llegado y el equipo que iba de casa en casa ya estaba llamando a las puertas.

La inspectora jefe Duffy se encontró conmigo en lo alto de la escalera, lo suficientemente arriba como para ver el cuerpo, pero lo bastante apartados para no molestar al par de forenses con trajes azules de papel que estaban trabajando en la escena.

—¿Sabes qué lo mató? —preguntó.

—No, señora —respondí.

—Pero ¿te parece que la causa de la muerte sea algo «que se sale de normal»?

Miré el rostro de Patrick Mulkern, similar al de una langosta cocida, y pensé en decir algo frívolo, pero decidí ahorrármelo.

—Sí, señora —respondí—, no cabe duda de que se sale de lo normal.

Duffy asintió. Como era obvio, había superado el test sumamente importante de «mantener la bocaza bien cerrada».

—Tengo entendido que tenéis a un patólogo especializado en estos casos —comentó.

—Así es, señora.

—Entonces será mejor que le comuniques que tenemos trabajo para él —dijo—. Y también me gustaría que tu jefe estuviera aquí.

—Está un poco ocupado.

—No te lo tomes a mal, Peter, pero no me interesa hablar con un simple marinero, sino con el capitán del barco.

Aunque sí que me lo tomé a mal, tuve cuidado para que no se notara.

—¿Puedo registrar sus cosas del piso de abajo? —pregunté.

Duffy me miró con dureza.

—¿Para qué?

—Solo por si hay algo… extraño —dije, y Duffy frunció el ceño—. Mi jefe querrá que lo tenga hecho antes de que llegue.

—Ah, ¿sí?

—Sí, señora.

—Está bien —dijo—. Pero las manos quietas y ven a informarme en cuanto encuentres cualquier cosa.

—Sí, señora —dije con resignación, y bajé las escaleras para llamar al doctor Walid, que, a diferencia de otros a los que podría nombrar, contestó al teléfono al sonar el primer tono. Estaba verdaderamente encantado de tener un nuevo cuerpo que examinar y prometió venir tan pronto como le fuera posible. Le dejé otro mensaje a Lesley en el contestador, metí las manos en los bolsillos y bajé a trabajar.

* * *

Mi padre asegura que puede distinguir a un trompetista de otro tras escucharle tocar tres notas, y no me refiero solo a diferenciar a Dizzy Gillespie de Louis Armstrong. Sabe distinguir a Freddie Hubbard, en sus inicios, de Clifford Brown al final de su trayectoria. Y no es nada fácil, os lo aseguro. Mi padre puede hacerlo no solo porque se ha tirado años escuchando a estos tipos tocando solos, sino porque se toma en serio la tarea de conocer la diferencia.

La mayoría de las personas ven la mitad de las cosas que tienen delante. La corteza visual hace un jodido montón de procesamientos de imágenes antes incluso de que la señal llegue al cerebro, cuyas prioridades siguen siendo las de comprobar la sabana ancestral por si hubiera depredadores peligrosos, bayas comestibles y árboles a los que trepar. Por eso, un gato que aparece de repente por la noche puede hacerte dar un brinco y algunas personas, cuando están distraídas, pueden cruzar por delante de un autobús. Sencillamente, a tu cerebro no le interesan esos grandes bloques de metal con ruedas o los montones de cosas color fosforito que se apilan a nuestro alrededor. «No te preocupes por eso», dice el cerebro, «son los mercaderes de la muerte cubiertos de pelo con los que tienes que andarte con ojo».

Si de verdad quieres ver lo que tienes delante, si quieres ser algo parecido a un agente de policía medio decente, entonces debes tomarte en serio lo de mirar con atención. Esa es la única forma de localizar la prueba, la que generará la siguiente pista. Sobre todo cuando no tienes ni idea de cuál será.

Deduje que, fuera la que fuera esta vez, probablemente estaría en el comedor/taller improvisado. Aun así, estudié el salón y la cocina primero, porque no hay nada peor que descubrir posteriormente que te has dejado una pista importantísima detrás… o, y solo llevaba trabajando una semana cuando ocurrió, un sospechoso.

Lesley le atrapó, en caso de que os lo preguntarais.

Fuese lo que fuese últimamente el difunto Patrick Mulkern, no era un dejado. Tanto la cocina como el salón estaban recogidos y limpios a unos niveles que, si no eran profesionales, al menos sí que eran adecuados. De modo que, cuando me puse los guantes y separé el sillón de la pared, encontré una mezcla de bolígrafos, trozos de papel, pelusas, un caramelo duro y treinta y seis peniques en monedas.

La prueba sería uno de los pedazos de papel, pero no me di cuenta de su importancia hasta más tarde.

La habitación trasera era la única parte de la casa que tenía libros: dos estanterías independientes y baratas de la década de los setenta llenas de lo que parecían manuales técnicos y revistas de negocios con nombres como el Independent Locksmith Journal y The Locksmith. Desde que me uní a La Locura, he tenido que estudiar muchas estanterías sospechosas y el truco está en no ojearlas. Tienes que moverte metódicamente a lo largo de cada estantería, empezando de arriba abajo. Esta contenía dos números de la revista Loaded de 2010, un catálogo de Navidad de Argos, una copia en tapa blanda de Objetivo: la Luna, de Tintín, una carpeta llena de facturas que se remontaban a los noventa y un folleto de Patrimonio Nacional sobre las maravillas de West Hill House, en Highgate. Dejé el folleto medio fuera de la estantería para que resultara fácil volver a encontrarlo y regresé al salón para comprobar de nuevo uno de los trozos de papel.

Aún seguía allí: una entrada individual antigua, de la clase que recortan de un rollo los guías voluntarios de las propiedades más pequeñas de Patrimonio Nacional. Una propiedad como West Hill House, en Highgate. Hice unas anotaciones, pero dejé la entrada donde la había encontrado. En Scotland Yard se ponen bastante pesados con la cadena de conservación de pruebas de los casos de asesinato porque no solo ayuda a evitar anomalías de las que pudiera aprovecharse un abogado defensor, sino que también elimina cualquier tentación de «mejorar» el caso que pudieran tener los agentes a cargo de la investigación. O al menos hace que sea mucho más difícil que antes.

Me tomé mi tiempo para comprobar los aparadores de la habitación de trabajo y, con permiso de la inspectora Duffy, inspeccioné las estancias del piso de arriba, por si acaso Patrick Mulkern hubiera sido un visitante entusiasta de las casas de Patrimonio Nacional y tuviera una pila de guías turísticas escondidas junto a la cama. Nada. Aunque me fijé en que tenía un ejemplar de El atlas de las nubes en la mesilla de noche.

Cuando me convencí de que no iba a hacer el ridículo, persuadí a uno de los agentes del grupo de Duffy para que solicitara en la Plataforma Integrada de Información una búsqueda sobre delitos ocurridos en las propiedades que Patrimonio Nacional tenía en Londres. La respuesta fue bastante inmediata: un allanamiento en West Hill House, Highgate; algo poco corriente porque el personal no sabía qué habían robado. Justo estaba apuntando el número del caso cuando Nightingale apareció en el Jaguar. Salí a recibirle y, mientras caminábamos hacia la casa, le puse al día de cómo había llegado yo hasta allí.

Se detuvo para examinar la quemadura de la puerta principal.

—¿Esto es obra tuya, Peter? —preguntó.

—Sí, señor —dije.

—Bueno, al menos esta vez no has quemado toda la puerta —dijo. Pero su sonrisa se desvaneció cuando entró en el recibidor. Olisqueó el ambiente y vi que un pequeño recuerdo se reflejaba en su rostro, pero lo reprimió rápidamente.

—Conozco este olor —dijo, y subió las escaleras.

Acordar una interrelación entre La Locura y el resto de policías siempre resulta complicado, sobre todo cuando son de la Brigada de Homicidios. No consigues llegar a oficial al mando de una investigación a no ser que tengas una licenciatura en escepticismo, un máster en recelo y tu currículo cite «cabrón desconfiado» entre tus aficiones. Nightingale cuenta que en los viejos tiempos, que para él son antes de la guerra, La Locura disfrutaba de una cooperación inmediata e incondicional, sin duda acompañada de numerosas inclinaciones de cabeza e individuos quitándose el sombrero de fieltro. Incluso después de la guerra, decía que no había demasiados casos y que los detectives al cargo seguían estando mucho más relajados con el papeleo, los procedimientos y, lo que es más, las pruebas. Pero en la actualidad, cuando se espera que un agente superior de inteligencia haga coincidir a unos maleantes específicos con unos delitos determinados y, de no conseguirlo, deba de enfrentarse a una evaluación externa, tienes que utilizar cierta cantidad de tacto y encanto. Un inspector jefe es, por definición, mucho más encantador que un agente, razón por la que Nightingale subió la escalera para hablar con Duffy. No tardó mucho en bajar… Creo que lo consigue con su acento elegante.

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371 str. 3 ilustracji
ISBN:
9788417525910
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Bookwire
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