Czytaj książkę: «Física»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 203


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ALBERTO BERNABÉ PAJARES .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1995.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN , 1995.

REF. GEBO304

ISBN 9788424932336.

INTRODUCCIÓN
1. La episteme de la «phýsis»

La obra conocida desde Andrónico de Rodas como Physikḗ akróasis , «Curso de física», es el texto de las lecciones que diera Aristóteles sobre la phýsis , el gran tema de fondo del pensamiento griego, y como tales fueron conservadas por sus discípulos inmediatos 1 . No se trata, pues, de una obra editada por su autor, ni tampoco de lo que ahora se llamaría un «inédito», ya que estos escritos no fueron redactados para su publicación, sino sólo para su exposición oral ante un público muy restringido dentro de la escuela. En la clasificación del célebre editor de Rodas, estas «lecciones» encabezan el conjunto de estudios aristotélicos sobre la phýsis , la naturaleza, en sus más diversas manifestaciones, desde los seres vivos y el hombre hasta los fenómenos atmosféricos y los astros del cielo, los cuales constituyen casi la mitad del corpus de la edición de Berlín. La Física se nos presenta, en esta ordenación, como la ciencia de los principios más generales para el estudio de la naturaleza.

Ahora bien, el título de esta obra se presta a un malentendido. Porque el lector no iniciado que se aproxime a ella desde el actual nivel de conocimientos puede creer que el vocablo «física» tenía el mismo significado entonces que ahora, como efectivamente ocurre con «geometría» o «aritmética». Y aquí está el malentendido. La física moderna, tal vez el producto más gigantesco del espíritu europeo en su historia, ha hecho, junto con la técnica, que el modo como el europeo actual se siente intelectualmente instalado en el mundo sea radicalmente distinto que el del griego. La ciencia es la gran aventura de nuestra época, y sus avances mediatizan y modifican la visión que tenemos del mundo. Y, claro está, el espejismo de una identidad de significado y de contenidos lleva al estudioso de nuestro tiempo a condenar sin paliativos la física aristotélica, y negarle hasta el nombre de «ciencia» con que Aristóteles se empeñaba en llamarla una y otra vez. Porque si ciencia significa conocimiento riguroso y efectivo del mundo al par que una vía que nos permita ampliarlo, la physikḕ epistḗme de Aristóteles ni es física ni es ciencia en el sentido actual de los vocablos.

Hay otro posible equívoco que conviene disipar. Buena parte de los estudios «físicos» de Aristóteles están dedicados a los seres vivos, como por ejemplo la Historia animalium , que tanta admiración despertaba en Darwin. Son los escritos del Aristóteles naturalista. Pero, aunque las taxonomías que en ellos encontraron sean propias de una morfología descriptiva y pertenezcan efectivamente a la historia de la biología y de la zoología, el marco general en el que han sido pensados esos estudios no es «naturalista», en el sentido actual del vocablo. Por lo demás, ni siquiera en esos escritos Aristóteles es un naturalista a la manera en que lo eran, por ejemplo, los médicos hipocráticos. Y aunque encontremos en la Física teorías que podamos tomar como las bases de una mecánica, y haya hasta elementos de una matematización del movimiento, sin embargo el marco general en el que han sido pensados no tiene nada que ver con la problemática de la física moderna. Y es que la Física no pertenece a la «historia de la física», sino que es una obra de otra índole.

Pero hay otra limitación, a saber: esta physikḕ epistḗmē se encuentra íntimamente ligada a una determinada cosmología, en la cual la diferencia de naturaleza entre la Tierra y los cuerpos celestes ocupa un lugar central. No se trata de un detalle del que se pueda prescindir, sino que la doctrina de la inmovilidad de la Tierra en el centro del mundo se articula íntimamente con doctrinas fundamentales de esta física, tales como la de la estructura táxica del universo, la teoría de los movimientos naturales, la distinción entre un arriba y un abajo cósmico, o la teoría de los elementos. Así se comprende que los aristotélicos de comienzos del siglo XVII vieran en el heliocentrismo un ataque frontal a la philosophia naturalis del estagirita, pues pensaban que ésta dependía directamente de aquella cosmología que se ponía en cuestión. Atribuir movimiento a la Tierra y convertirla en un cuerpo celeste significaba para ellos unificar el cielo y la tierra, y con ello modificar de raíz el marco cosmológico en el que aquella física había sido pensada 2 . Y si de la cosmología del siglo XVII pasamos a la astrofísica y cosmología actuales, las dos ciencias que han logrado extender realmente la física a la totalidad del universo conocido, el abismo se ahonda todavía más entre la física aristotélica y la física de nuestros días. Pero juzgar esta obra desde el actual nivel de conocimientos sería un error de perspectiva, porque, como ya se dijo, la Física es una obra de otra índole. ¿Qué es, entonces?

El vocablo physikḗ , que en griego era un adjetivo, no hay que tomarlo como la denominación de una ciencia especial, como lo sería la «nuova scienza» de Galileo, sino como la de una ciencia omnicomprensiva. En efecto, phýsis no era el nombre de una región especial del ente, sino que en la tradición griega designaba todo cuanto existe en el Universo: los astros, la materia inerte, las plantas, los animales y el hombre. El surgimiento en el siglo VI de una ciencia de la phýsis , en este sentido, fue el gran hecho que decidió el destino del pensamiento griego. Lo que la expresión phýsei ónta quería significar en el legado de los jonios es que las cosas provienen y se fundan en la phýsis , que la phýsis es su entidad misma, lo que las hace estar siendo en sus más diversas mutaciones y vicisitudes, que para ser hay que llegar a ser y que la phýsis es el gran protagonista del devenir de lo real, de cuanto es y acontece. Pues bien, es dentro de esta tradición como Aristóteles piensa su physikḕ epistḗmē , la cual tendrá como centro temático el estudio del movimiento; pero no se trata de estudiar la mutación por sí misma, como lo hará la cinemática de Galileo, sino de tomar el movimiento en todas sus formas como una manifestación de la phýsis t n óntōn (Fís . 191a25), de la «naturaleza de las cosas», para decirlo con Lucrecio. La Física es el estudio de lo físico según sus manifestaciones empíricas. Lo físico será entonces el fundamento entitativo de las apariencias, a la vez que su razón explicativa. Este estudio del movimiento así enfocado significa la superación del dualismo parmenídeo Apariencia/Verdad, en cuanto que toma los movimientos sensibles en toda su diversidad como manifestaciones de la phýsis t n ṓntōn .

Esta manera de pensar, ya lo indicamos, se inscribía en una tradición que se remontaba a los primeros pensadores jonios, para los que Perì phýseōs era el nombre de un saber acerca del Todo 3 , el único saber digno de tal nombre. Estos estudios, al igual que los escritos de los atomistas y los de los físicos sicilianos, fueron dados a conocer en Atenas por Anaxágoras y en poco tiempo impregnaron todas las grandes transformaciones culturales de los siglo V y IV a. C., dando lugar no sólo a nuevas formas de episteme, sino también a múltiples estudios naturalistas de carácter empírico. Y donde más evidente se hace este influjo es en el espléndido desarrollo de la medicina griega de aquel tiempo. El propio Platón se hace eco de esta manera de ver las cosas, al citar una sentencia atribuida a Hipócrates, según la cual para conocer algo «hay que conocer la phýsis del todo» 4 (Fedro 270c). Y en un conocido pasaje del Fedón encontramos el siguiente testimonio:

Cuando yo era joven tuve un maravilloso deseo de conocer eso que llaman perì phýseōs historía , porque me parecía magnífico saber las causas de cada cosa, por qué llega a ser, por qué perece y por qué es cada cosa. Y muchas veces daba vueltas en mi cabeza considerando cuestiones tales como éstas: ¿acaso es cuando lo caliente y lo frío alcanzan una suerte de putrefacción, como dicen algunos, el momento en que se forman los seres vivos? ¿O es la sangre aquello con lo que pensamos, o es el aire o el fuego? ¿O no es ninguna de estas cosas, sino que es el cerebro lo que proporciona las sensaciones del oído, la vista y el olfato, y de éstas se origina la memoria y la opinión, y de la memoria y la opinión, cuando alcanzan estabilidad, se origina la epistḗmē? (Fedón 96a/b) 5 .

Este texto es especialmente expresivo de la nueva situación intelectual ateniense en tiempos de Sócrates, en la que los estudios perì phýseōs llegaron a tener un alcance casi universal. El propio Platón no pudo sustraerse a ellos y en su última época los problemas de la kínesis y la génesis adquirieron en su filosofía una importancia preponderante: fueron los años en que se alumbró el Timeo . Ésta es la situación que le toca vivir a Aristóteles durante su formación en la Academia. Son los años en los que va construyendo su filosofía desde Platón, y buena parte del aparato conceptual de estas lecciones sobre la phýsis es de origen platónico, como también lo es la metodología utilizada. Pero el esfuerzo por racionalizar los movimientos fenoménicos desde sus propias condiciones de inteligibilidad, el empeño en hacer de los fenómenos de la phýsis el objeto de la ciencia fundamental de la filosofía, hasta el punto de que cualquier otra especulación ha de partir de ella, incluso la «filosofía primera», esto sí se debe al genio de Aristóteles.

La doctrina de las Ideas había sido también una reflexión sobre la phýsis t n óntōn . Pero para Platón el objeto de la episteme no eran las apariencias sensibles, sino los principios inteligibles que las fundan. Las cualidades sensibles son, todo lo más, indicios de realidad, y sólo cobran significado cuando son pensadas desde lo verdaderamente real. La experiencia sensible no funda conocimiento alguno: no hay ciencia de lo accidental y perecedero.

La innovación aristotélica fue entonces doble: en cuanto a la manera de entender la episteme y en cuanto a su objeto. En lo que respecta a su objeto, esta episteme se constituyó a partir de una síntesis de dos grandes formas de pensamiento: por un lado, la tradición jónica, que pasaba por Empédocles, Demócrito y Anaxágoras, y, por otro, la tradición eleática, que pasaba por el propio Platón. Los jonios habían buscado la phýsis que internamente constituye las cosas, con anterioridad a la distinción entre Apariencia y Realidad, y vieron en ella un primordium indiferenciado siempre uno e idéntico, principio y raíz de la diversidad. Aristóteles hizo suyo este enfoque: lo que llamamos Naturaleza o Ser no es algo realmente distinto de las cosas, sino lo que internamente las constituye. Pero lo hizo suyo en primera aproximación, pues para Aristóteles, buen hijo de la Academia, sólo podemos pensar esa phýsis desde el punto de vista de lo que hace que los phýsei ónta sean en cada caso, esto es, de su esencia, superando así la tesis «Todo es uno»: la Naturaleza es siempre Naturaleza de las cosas, pero no se identifica con ellas. Asume así el legado de los jonios, pero platonizándolo. Tenemos que admitir un «de qué», un primordium material, pero lo que hace que las cosas estén siendo lo que son y lo que nos permite conocerlas es su eîdos . Pero, por otra parte, Aristóteles fisicaliza el eîdos platónico al hacer de él un constitutivo interno de las cosas. «Forma» no es sólo un postulado necesario del pensamiento, sino que es primariamente aquello que configura cada una de las cosas, lo que internamente las conforma, una conformación que brota del fondo de la phýsis de cada cosa. Así, la episteme de la phýsis según sus manifestaciones empíricas es vista por Aristóteles como la búsqueda de la interna conformación que hace que las cosas estén siendo en sus diversas realizaciones. Es desde este enfoque como hay que entender su teoría del movimiento.

Para fisicalizar el eidos y salvar la movilidad como algo connatural en las cosas, Aristóteles se ve en la necesidad de hacer un análisis de la sensación. El movimiento es, por de pronto, un dato empírico. Las apariencias sensibles nos presentan el hecho incontestable del devenir, y en este orden la teoría ha de partir de la experiencia y construir su logos de tal manera que concuerde con los hechos (Acerca del cielo 306a6). Por el contrario, quienes proceden por mera especulación «no buscan que sus teorías y explicaciones concuerden con los fenómenos, sino que más bien fuerzan los fenómenos e intentan que concuerden con sus propias teorías y opiniones» (Ibid . 292a23-27). Pero pretender deducir el devenir desde un puro eidos inteligible es un intento condenado al fracaso.

El principio del conocer está en el acto de sentir, de experimentar las cosas. Percibir no es simplemente tener sensaciones, sino sentirlas como manifestación, aparición o fenómeno de las cosas. Las cosas reales, tà phýsei ónta , nos manifiestan su movilidad a través de determinadas cualidades sentidas. Ahora bien, para que algo sea sentido es preciso que se aparezca sensitivamente, y para ello hace falta que sea sensible (aisthētón ). Pero ¿qué es lo que les otorga a las cosas su condición de sensibles? ¿Ciertamente, lo que llamamos «sensible» no es algo dado, sino una denominación analítica. El hecho primario es eso que llamamos afección —páthēma , dice a veces Aristóteles—, entendida procesualmente, como un estar siendo afectado. Así, la experiencia básica del movimiento es la de un movimiento en la afección. Lo sensible es algo potencial, algo que tiene posibilidad de ser sentido, y cuando afecta al sentiente llega a ser actualmente sentido. El sentiente es también algo potencial, una dýnamis toû patheîn le llama Aristóteles, y llega a ser sentiente en acto al ser afectado por lo sensible. Pues bien, la actualidad de lo sensible en el estar sintiendo es la sensación en acto. Ciertamente, lo sensible depende del sentiente: es la propia sensibilidad del sentiente lo que abre el campo de lo sensible y permite denominarlo como tal. Pero el hecho del sentir no consiste sólo en captar determinada sensación (visual, auditiva, etc.), sino en ser a la vez y a una lo captado en dicha sensación: «el acto de lo sensible y del sentir son uno y el mismo» (Acerca del alma 425b25), aunque, como añade Aristóteles, «su ser no es el mismo» (b26). Aquí está la sutil distinción de Aristóteles. Lo primario es el hecho compacto e indiferenciado del sentir, un hecho anterior a toda conceptuación diferenciadora. Denominarlo afección es un primer intento de objetivación. El segundo momento está en la distinción entre lo actual y lo potencial, lo cual implica una reconstrucción racional de la sensación. La experiencia primaria es la de una mera presencia, no de algo actual: nadie tiene experiencia de actualidades ni de potencialidades. Pues bien, es esta simple presencia en afección, entendida como actualidad unitaria, lo que nos fuerza a admitir la duplicidad potencial de lo sensible y el sentiente, la duplicidad conceptual en cuanto a su ser.

Al no distinguir suficientemente entre ser y poder ser los megáricos habían planteado la aporía del sentir: «nada será frío ni caliente ni dulce ni, en general, sensible, si no lo estamos sintiendo efectivamente…, ni se tendrá sensibilidad si no se está sintiendo actualmente» (Met . 1047a4-8). Más aún, si sólo es posible lo que se está realizando, entonces «lo que no se esté generando será imposible que llegue a generarse». Pero para Aristóteles esta doctrina está en contradicción flagrante con los hechos, porque, si así fuera, «el que esté de pie estará siempre de pie, y el que esté sentado estará siempre sentado y nunca podrá levantarse» (Ibid . a16). En el fondo, dice Aristóteles, los megáricos son seguidores de Parménides: una cosa es lo que es, piensan, y no puede ser lo que no es. La respuesta de Aristóteles es simple: aunque una cosa no puede ser lo que no es, puede sin embargo llegar a ser lo que no es ahora. El concepto de posibilidad se refiere al futuro. Pero para poder llegar a ser algo hace falta serlo ya de algún modo, al menos aptitudinalmente 6 . Ciertamente, lo que llamamos «ser» designa primariamente lo actual, lo presencial, pero lo virtual, de algún modo también es. Habrá que ensanchar entonces el sentido del ser de tal manera que incluya en algún sentido el poder ser. Porque el sentir actual es un movimiento que requiere un poder sentir. «Lo que tiene capacidad de sentir es potencialmente tal como lo sensible es ya en acto; mientras al comienzo de la afección no es semejante, una vez afectado se hace semejante a la cosa y es como ella» (Acerca del alma 418a3-6). Si lo que llamamos ser fuera la pura y compacta presencialidad, el movimiento quedaría relegado a una mera ilusión de los sentidos y ya no podríamos salir de las redes del lenguaje parmenídeo. Dicho de otro modo, sería imposible «salvar las apariencias», el objetivo inicial que se propuso la propia filosofía.

Pero el pensar es ya un movimiento 7 . Aristóteles hizo suya la tesis de la identidad entre pensar y ser: «el conocimiento en acto es idéntico a la cosa conocida» (Acerca del alma 430a20); pero su sentido es bien distinto que en Parménides, ya que el pensar supone para él multiplicidad y potencialidad. Porque, aunque en el pensar el pensamiento «es» en acto lo mismo que la cosa pensada, esta identidad de actualidad no significa que sea una identidad de ser. Por lo demás, para que algo sea pensado tiene que poder llegar a ser pensado, esto es, tiene que ser pensable.

Fue probablemente la aporía del movimiento lo que le llevó a Aristóteles a la idea de que el ser escapa a toda determinación unívoca. Esto se pone de manifiesto en la teoría de las categorías, una teoría que parece también forjada desde la aporética del cambio a fin de salvar la posibilidad de un lenguaje sobre las cosas. Porque no se trata sólo de que el ser se diga en muchos sentidos (Fís . 185a21), sino de que la multiplicidad es tal que no hay ningún denominador común que los pueda unificar, ya que el ser no es un género (Met . 998b21), por lo que la unidad de las categorías es sólo analógica. Pero, además, la propia realidad cambiante del mundo empírico nos muestra la imposibilidad de que el lenguaje del ser sea unívoco. Porque si ser sólo significase lo que real y efectivamente es aquí y ahora, como afirmaban los megáricos, ya no podríamos distinguir los distintos estados que se dan en un mismo sujeto: el hombre ya no sería el mismo cuando está despierto y cuando duerme, ni tampoco lo sería el arquitecto cuando construye y cuando no construye (Met . 1048a25-b4). Ya Platón había mostrado que lo que hace del movimiento algo tan sorprendente es esa extraña mixtura de identidad y diferencia, y, lo que es todavía más admirable, de ser y de no ser 8 . El bloque de mármol es transformado en estatua, la madera en cama: al explicar este cambio de ser desde la dimensión de virtualidad Aristóteles se ve forzado a tener que admitir el no-ser en el seno del ser real y efectivo. Porque hasta en el cambio más vulgar y cotidiano hay siempre para Aristóteles un llegar a ser desde lo que no era . Y aunque desde el punto de vista de la actualidad sea un no-ser con respecto al ser, la situación sigue siendo realmente desconcertante. Se dirá que ese no-ser no es un dato empírico, que es sólo un problema de lenguaje. ¡Pero de eso se trata! Porque si no se lo admite, hasta el propio lenguaje que lo rechaza perdería significación, ya que el lenguaje también es movimiento. «En cierto sentido el llegar a ser (génesis ) se hace a partir de lo que no es absolutamente, pero en otro sentido se hace siempre a partir de lo que es. Porque el llegar a ser implica necesariamente la preexistencia de algo que pontencialmente ‘es’, pero actualmente ‘no es’» (Acerca de la generación y la corrupción 317b16-18). El concepto de dýnamis , una de las más geniales creaciones de Aristóteles, antes que la solución de un problema, como se lo suele presentar en las exposiciones de esta filosofía, hay que considerarlo como el enunciado de uno de los supuestos últimos y radicales que tenemos que hacer sobre las cosas en cuanto intentamos verlas en el lenguaje; y, además, como la suposición dialéctica de esa mezcla de ser y de no-ser que quiere expresar, algo que no deja de ser sorprendente a pesar de las distinciones aspectuales.

La suposición de lo potencial en el seno del ente que efectivamente cambia nos fuerza a tener que concebirlo como una estructura constituida por principios que lo articulan como tal —también aquí Aristóteles sigue a Platón: tenemos que suponer siempre partes conceptuales en la cosa que cambia; algo simple no podría cambiar. Pues bien, el movimiento requiere ante todo un protagonista, algo que cambie: es la materia como sujeto potencial e indeterminado del movimiento con respecto a ese otro momento determinante y actualizante que es el eîdos (o morphḗ ). A estas dos partes conceptuales del ente cambiante Aristóteles las llama «principios» del cambio. La materia, tanto en el sentido de material de que algo está hecho como en el de sujeto o substrato, no es un dato empírico, sino una suposición necesaria en nuestra conceptuación del cambio. En cuanto al eîdos , no hay que entenderlo como algo que se agregue a la materia: para Aristóteles, el principio formal es de algún modo educido del propio substrato material —nos referimos, claro está, a los entes naturales, no a los artificiales. Estos dos principios constituyen al ente como una articulación de lo potencial y lo actual. Pero la conceptuación del movimiento exige además otro principio, que Aristóteles llama stérēsis , privación, un vocablo que también es usado en los tratados de lógica con el sentido de negación. «Privación» es privación de forma: es el «de dónde» con respecto a las cualificaciones que va adquirir el ente. Lo que Aristóteles quiere decir es que, si el movimiento es un llegar a ser desde lo que no es, un llegar a ser A desde no-A, el término inicial es una «privación», por tanto un no-ser respecto de lo que llega a ser. La materia es también un no-ser, pero lo es en el sentido de no ser ahora lo que va a ser después. Así, esa mezcla admirable de ser y de no-ser que era el movimiento para Platón, es conceptuada por Aristóteles mediante tres principios, de los cuales dos son un no-ser: uno, la materia, que es un no-ser accidental, pues aunque tenemos que suponer que ya es, nos vemos forzados a concebirla como un no-ser con respecto a lo que va a ser; otro, la privación, que con respecto al término a que ha llegado a ser se nos presenta como un no-ser de suyo (kath ’hautó ).

Pero ¿en qué consiste propiamente el cambio? Al caracterizarlo como la actualidad transitiva de lo potencial en cuanto tal (Fís . 201a10) Aristóteles quería significar ante todo que el cambio sólo es inteligible como el tránsito de una no-determinación a una determinación, ya que sólo es racionalizable con respecto a los términos entre los cuales se produce. El cambio está, pues, en la transición. Pero aquí hay que mirar con cuidado para no cometer errores. Porque como la transición es siempre de algo, podría parecer que lo que cambia es pura y simplemente la cosa misma; pero el cambio sólo es atribuible a la cosa en lo que tiene de potencial, lo cual, como hemos dicho, no es un dato empírico sino un reducto analítico. El mármol utilizado como material para esculpir en él la imagen de Hermes se presenta como perfectamente actualizado, y no es en tanto que mármol que cambiará. Otro error sería identificar el cambio con lo que ha llegado a ser, con el término ad quem . Pero, en tanto que actualidad de lo potencial que sigue siendo tal, el cambio queda excluido del estado que ha alcanzado. Podría parecer también que el movimiento es un estado, que la transición desde el término inicial a las distintas fases del movimiento es un cambio de estado, que la movilidad del móvil es un estado como lo es su reposo. Pero, en rigor, el movimiento no es un estado, sino un proceso , un devenir, un llegar a ser: un proceso finito que ha de dejar de ser al alcanzar su término.

Para aclarar aún más el estatuto teórico del movimiento veamos el caso hipotético de un movimiento del movimiento, considerado en Fís . V 2. La hipótesis es interesante porque nos permite marcar la diferencia con la física moderna. Para que el movimiento pudiera experimentar en sí mismo otro movimiento, para que pudiera ser «calentado o enfriado o desplazado o aumentado o destruido» (225b18-19), tendría que ser el movimiento una entidad autónoma, autosuficiente, o, para decirlo con palabras de Aristóteles, tendría que ser el sujeto de su propia realidad y de los cambios que pudieran sobrevenirle, ser su propio principio y su propio fin, para Aristóteles una hipótesis enteramente absurda, porque sería contradictoria en sus propios términos. Y si supusiéramos un movimiento en el cual el término inicial y el término final fueran ellos mismos movimientos, la hipótesis no sería menos absurda, porque sería irracional suponer que un cambio pudiera engendrar por sí mismo otro cambio, ya que es imposible concebir el cambio como una entidad sustantiva que se apoye en sí misma. La hipótesis conduciría además a la destrucción de las esencias del mundo, porque si el cambio tuviese total autonomía entitativa, entonces los entes que cambian no podrían ser ya entes sustantivos. Además, se suprimiría la distinción entre el movimiento y el acto del movimiento. La hipótesis era, pues, para Aristóteles absolutamente rechazable. Por el contrario, al físico de la era moderna le parecería desconcertante la argumentación de Aristóteles, pues, como observa Clavelin 9 , no vería ninguna contradicción en la idea de un movimiento del movimiento: un movimiento acelerado o desacelerado sería para él un caso de movimiento del movimiento, algo perfectamente inteligible según las categorías de la física moderna. Pero para Aristóteles la única perspectiva posible para entender el movimiento es la perspectiva ontológica: el movimiento es siempre movimiento de los entes. Aceptar la posibilidad de un movimiento del movimiento sería desligarlo de las cosas, con lo que se convertiría entonces en un fenómeno enteramente irracional. Una situación tal no sólo conduciría a la destrucción de la filosofía del ens mobile , sino también de la propia filosofía, tal como Aristóteles la entendía. Este rechazo de dicha hipótesis muestra con claridad que el punto de vista de Aristóteles era radicalmente distinto que el que adoptó la mecánica clásica a partir de Galileo. Al no concederle al movimiento ningún tipo de autonomía, Aristóteles no podía considerarlo jamás como un estado y tratarlo en consecuencia de la misma manera que el reposo 10 .

Decíamos al comienzo de estas páginas que lo que cambió a partir del Renacimiento fue la propia idea de la física, hasta el punto de que el vocablo pasó a significar algo distinto. Aparentemente, el lenguaje continuó siendo en cierto modo el mismo, y hasta el propio objeto a estudiar, pues también la «nuova scienza» se propuso estudiar el movimiento, e incluso la «naturaleza de las cosas». Pero el sentido de las palabras cambia: «movimiento», «naturaleza», «cosa», «fenómeno», «materia», «potencia», «energía», etc. ya no significan lo mismo. Lo que sucede es que se ha operado un cambio radical de perspectiva en la consideración de la realidad física. Los objetos de que se ocupa la física ya no son entes , sino sólo fenómenos racionalizables por su referencia al orden espacio-temporal en que se producen y al sistema de fuerzas del cual resultan.

Hay otra diferencia importante, a saber: el campo de objetos al que se aplica el vocablo «física», su denotación. La física moderna estudia todo cuanto materialmente existe en el universo, así como las fuerzas elementales de las que resultan todos los procesos conocidos, pero la restricción está en la óptica que adopta: lo que define la fisicalidad de un hecho no es la realidad misma de los cuerpos, su ousía , como dice Aristóteles, sino su sometimiento a las leyes universales de la naturaleza. Quedan entonces fuera de la física el estudio de la realidad propia de las plantas, los animales y el hombre. Los abarca, ciertamente, pero sólo en cuanto que dichos cuerpos se encuentran sometidos a las mismas leyes que los objetos inanimados: así, según la ley de gravitación quedan físicamente igualados una piedra, un animal y un objeto artificial. De ahí que la biología tuviese en Europa un desarrollo enteramente independiente de la física en cuanto al método. Para Aristóteles, en cambio, el vocablo «física» designaba un plural colectivo en cuanto que abarcaba no sólo el estudio de los principios generales de la phýsis y de los diversos procesos en que se manifiesta, sino también la cosmología, la meteorología, la mineralogía, la botánica, la zoología, la biología, la psicología y la antropología. Así, para Aristóteles, el estudio de las pasiones del alma, y el de sus diversos procesos cognoscitivos, es tan físico como el estudio del movimiento local: lo que define la fisicalidad de un hecho es la propia phýsis de las cosas.

2. Física y Ontología

Hemos intentado indicar qué hay que entender por «física», en el sentido de Aristóteles, tanto con respecto a la física moderna como tomada en sí misma. Consideremos ahora cuál es el lugar de esta física en el conjunto de su filosofía teorética. Hemos dicho que buena parte de la actividad de nuestro filósofo estuvo dedicada al estudio de los phýsei ónta , a investigar qué son y cómo son, y ante todo en qué consiste ese carácter fundamental que manifiesta su propia condición cual es el movimiento. Pero los escritos del corpus nos muestran que para él la filosofía no era sólo eso, pues concibió también un tipo de saber más radical que él llamó «filosofía primera», y al que después se llamó «metafísica». Ahora bien, esta denominación que le diera Andrónico se presta a equívocos, pues el lector no iniciado puede pensar que se trata de una ciencia de lo que está más allá de la física, que lo metafísico se halla allende lo físico. Pero para Aristóteles lo físico es la entidad misma de las cosas, con lo cual lo metafísico está ya en lo físico, aunque sean objeto de dos ciencias distintas. Distintas, pero no independientes. Porque no parece que se pueda entender su física como una mera ciencia subalterna y derivada, ya que su metafísica se apoya sobre esa misma realidad que estudia la física, hasta el punto de que no sólo su física remite a la metafísica, sino que ésta no puede concebirse sin aquélla. ¿Qué relación hay, pues, entre ambas disciplinas? Porque las definiciones del movimiento, el continuo, el lugar, el tiempo, etc. son claramente definiciones ontológicas. ¿No habrá que entender entonces esta física más bien como una metafísica del mundo sensible? En definitiva, y a pesar de las distinciones aristotélicas, ¿es la física una ontología? Y, por otra parte, ¿qué relación hay entre física y cosmología?

Claro está, es, cuando menos, problemático hablar de la metafísica de Aristóteles como una ciencia unitaria, porque los escritos reunidos por Andrónico bajo ese título nos muestran un doble concepto de la misma: un concepto de metafísica como ontología (Met . IV, VII-IX) y un concepto de metafísica como ciencia de lo suprasensible (Met . VI, XI-XII). La dificultad está en poder conciliar ambos conceptos, esto es, que la prṓtē philosophía sea una ciencia universal y fundamental por ser ciencia del ente en cuanto ente y sea a la vez una ciencia particular por ser una teología del ente inmaterial e inmutable entendido como género supremo del ente.

En múltiples pasajes de la Metafísica se dice que la física estudia sólo los géneros del ente, no el ente en su totalidad, pues hay otro género del ente no afectado por la movilidad física y que es objeto de esa ciencia que él llama «teología» o «filosofía primera». Así, en el libro VI de la Metafísica se dice que si no hay otras substancias que las constituidas por naturaleza (tàs phýsei synestēkyías ), la física será la filosofía primera, pero si existe una substancia inmutable e imperecedera, ésta será anterior y su ciencia la filosofía primera 11 . En Met . III, el libro de las aporías, ya se había formulado el problema que nos ocupa: «¿Hay una ciencia única de todas las substancias o hay varias?» (997a15); «¿Sólo hay que admitir la existencia de substancias sensibles o también otras además de éstas? ¿Sólo hay un único género de substancias o hay varios?» (997a42-b1). A estas preguntas se responde en Met . IV: «La filosofía tiene tantas partes como substancias hay; una de ellas tendrá que ser entonces filosofía primera y otra filosofía segunda. Porque, así como el ente y el uno tienen directamente géneros, también lo tienen las ciencias correspondientes a esos géneros» (1004a3-6). Con «filosofía segunda» parece referirse aquí Aristóteles a la física, como explícitamente la calificará en 1037a15 12 , pues, como se dice en 1005a34, la phýsis es sólo un género del ente, a saber, el de las cosas sometidas a la generación y destrucción. Pero en éste y otros muchos pasajes similares la expresión filosofía primera designa el estudio de los entes que son primeros , esto es, los entes eternos, inmóviles, plenariamente autárquicos y separados. Así, esta parte de la filosofía es primera porque tiene por objeto el género «más excelente» (timiṓtaton ), siendo por ello la ciencia «más excelente» (timiōtáten ). Esta ciencia es la teología .

Pero la expresión prṓtē philosophía tiene también otro referente, a saber: el ente en cuanto ente, que fue, sin duda, la gran creación conceptual aristotélica. Así, el libro IV de la Metafísica comienza diciendo: «Hay una ciencia que estudia el ente en cuanto ente y lo que le corresponde de suyo. Esta ciencia no se confunde con ninguna de las llamadas ciencias particulares, porque ninguna de ellas considera, en general, el ente en cuanto tal, sino que, habiendo recortado una parte del ente, sólo investiga las propiedades de esa parte» (Met . 1003a21-26). Y en el libro XI se identifica explícitamente la filosofía primera con la ciencia del ente en cuanto ente, contraponiéndosela por la universalidad de su objeto a las ciencias particulares: «La filosofía primera no se ocupa de las cosas particulares en cuanto que cada una de ellas tiene alguna propiedad, sino del ente, en cuanto que cada una de esas cosas es ente. (…) La física, por el contrario, considera las propiedades y los principios de los entes en cuanto móviles y no en cuanto entes, mientras que la ciencia primera estudia estas cosas en cuanto los sujetos son entes y no bajo otro respecto» (Met . 1061b25-32). Y antes, en ese mismo libro, como identificando la prṓtē philosophía con la filosofía en su conjunto, nos dice: «La ciencia del filósofo es la del ente en cuanto ente, tomado universalmente y no en alguna de sus partes» (Met . 1060b31-32). Tal ente en cuanto ente no es para Aristóteles un Ser realmente distinto de las cosas, sino lo que en cada caso las constituye como tales: el Ser sólo es en los entes, aunque podamos hacer una distinción conceptual. Ahora bien, esta ciencia de la entidad de las cosas no estudia todo cuanto es; ciertamente, todo lo que «es» es ente, pero para Aristóteles no hay ciencia de lo accidental (Met . XI 8), sino sólo de lo que hay de constitutivo y substancial en las cosas. Así, recortando su objeto, la prṓtē philosophía como ciencia del ente en cuanto ente se nos presenta entonces como ciencia de la entidad de la ousía , de la substancia.

Pero ¿de qué substancia? ¿De la física o de la teológica? ¿De la substancia sensible y sujeta a caducidad de nuestro mundo empírico, o de la substancia suprasensible, plenamente autárquica e imperecedera? No es fácil responder. Si nos atenemos a los textos de la Metafísica la prṓtē philosophía se nos presenta con una irreductible duplicidad de objeto. Hans Wagner, autor de una notable traducción de la Física en lengua alemana, dice: «Es imposible demostrar de manera irrefutable que la prṓtē ousía (de que se habla expresamente en 1005a35) tiene el mismo significado en Met . IV y en Met . VI 1 13 .

Porque, ¿qué se quiere decir con «filosofía primera»? ¿Qué significa «primera»? Claro está, no se trata de que después de esa protofilosofía vengan otra filosofías, una segunda, una tercera, etc. No es una enumeración ordinal, sino que esa filosofía es primera porque versa sobre lo que es «primero» en el orden de la entidad. Pero, una vez más, ¿qué significa en este caso «primero»? Algunos, apoyándose en los textos programáticos de Met . IV y en ciertos pasajes de Met . XI, han pensado que este vocablo designa lo primero que tienen todas las cosas, su entidad; en otras palabras, «primero» significaría el ente en cuanto ente, y la llamada «filosofía primera» sería una ontología, una ciencia de la totalidad del ente, que abarcaría incluso el theós como el más noble y suficiente de los entes. Esta interpretación parece una nueva versión del aristotelismo medieval, que entendió que el ente en cuanto ente de que nos hablaba Aristóteles no es ni físico ni suprafísico, sino el ens commune , el ser que es común a lo sensible y a Dios. De aquí derivó la distinción entre una Metaphysica generalis y una Metaphysica specialis o Theologia . Pero esto es hacer caso omiso de las contradicciones que nos presentan los textos a fin de preservar el sistema. Porque, salvo tres pasajes de XI, cuya autenticidad ha sido cuestionada, la verdad es que en todos los demás casos la expresión «filosofía primera» es el nombre que le da Aristóteles a la ciencia de lo que es primero en el orden del ser, a saber: el pr ton kinoûn akínēton , llamado en Met . XII «el primero de los entes» (tò pr ton t n óntōn, Met . 1073a18).

Ahora bien, si «filosofía primera» significa en unos casos ontología y en otros teología, entonces el objeto de esta ciencia es ambiguo, porque lo son los usos de la expresión prṓtē ousía ; pero además es contradictorio, porque sería por un lado una ciencia universal y por otro una ciencia particular. Y entender la teología como una ontología especial de lo divino, abarcada y subordinada de algún modo por la ontología general del ente en cuanto tal, va contra la letra y el espíritu de los textos aristotélicos. Porque, si así fuera, la teología no sería más que la primera de las ciencias particulares, no la primera de las ciencias, pero Aristóteles insiste una y otra vez en que la teología es la ciencia primera, ya que al tener por objeto el género más eminente (to timiṓtaton génos , 1026a21) tiene que ser asimismo la ciencia más eminente (timiōtátēn ).

Ante esta situación paradójica de una ciencia primera que es a la vez general y particular, Werner Jaeger 14 propuso su célebre tesis cronológica, según la cual estas dos concepciones de la metafísica corresponderían a épocas distintas: a la primera época, la teología de inspiración platónica, y la ontología a la madurez de Aristóteles.

Philip Merlan 15 , por el contrario, tras un exhaustivo análisis del problema que nos ocupa llega a la conclusión de que la ciencia primera aristotélica es sólo una teología. Para Merlan, el «ente en cuanto ente» no es un ente universal abstracto, sino la substancia primera (prṓtē ousía ), el ente «separado», inmóvil, inteligible e imperecedero. Hay, por cierto, un texto en Met . XI que parece apoyar esta interpretación: «Puesto que hay una ciencia del ente en cuanto ente y separado, tenemos que examinar si esa ciencia se identifica con la física o bien es otra distinta» (Met . 1064a28-30). Esta concepción del ente, en cuanto tal, como separado (chōristón ), que parece una vuelta a Platón, identificado cuatro líneas más abajo con «el ente separado e inmóvil», tuvo especial fortuna en los comentarios neoplatónicos y se prolongaría hasta Santo Tomás de Aquino.

Pierre Aubenque 16 , por su parte, recusa la autenticidad de este texto y de buena parte del libro XI. Para él, las contradicciones pueden superarse si se admite que se trata de dos ciencias distintas: la «filosofía primera» sólo sería la teología del ente «separado» y «primero», y la ciencia del ente en cuanto ente quedaría como una ciencia sin nombre, que Aubenque llama «ontología». Esta ontología no tendría ese carácter omnímodo que le daban los medievales a la ciencia del ens commune , sino que sería básicamente una ontología de los entes sensibles y coincidiría materialmente con la física; pero, además, y a pesar de las declaraciones programáticas aristotélicas, excluiría de hecho el estudio de los entes suprasensibles. La razón aducida por Aubenque es que la ontología aristotélica no es más que una reflexión sobre el discurso humano, y este discurso sólo se refiere al ser del mundo sublunar (en sentido aristotélico); toda otra referencia sólo será por vía de negaciones.

Tras esta rápida revisión de los textos aristotélicos y de las interpretaciones extremas que han suscitado, vemos que el objeto de esta ciencia se ha convertido en nuestra época en una auténtica quaestio disputata . No entraremos en la discusión, pues el problema que nos mueve aquí es otro. Pero este excursus nos ha permitido adelantar algunos aspectos de la posición de Aristóteles sobre el tema que nos ocupa. Por de pronto hemos comprobado que la epistḗmē perì phýseōs no tiene ya en Aristóteles el alcance que tenía entre sus predecesores. Veamos esto un poco más de cerca.

Para los jonios, la física era la filosofía, pues phýsis era el nombre para el todo de lo real, para la totalidad del ente. La pregunta por la phýsis t n óntōn sería entonces para ellos la pregunta auténticamente radical. Pero ¿qué significaría este genitivo? ¿La phýsis que tienen las cosas, o la phýsis que posee a las cosas y de la cual éstas resultan? ¿O bien, ya que no hay phýsis fuera de las cosas, lo que éstas poseen en propio pero que a la vez las posee, precisamente por ser aquello que las hace ser y dejar de ser? No es éste el lugar para intentar una aclaración. Aquí sólo interesa indicar que para los jonios, y quienes hicieron suya su herencia, lo que desde Andrónico se llamó metafísica sería simplemente física.

El pensamiento jonio gravita poderosamente en la filosofía de Aristóteles. Pero nuestro filósofo, buen discípulo de Platón, va a entender esta phýsis de sus predecesores como referida tan sólo a la materialidad de las cosas. Para él, sin embargo, los entes físicos (tà physiká ) no son sólo materia, sino que son también, y primariamente, eîdos , forma. Una de las muchas cosas que les debemos a las nuevas interpretaciones de Aristóteles, desde Natorp y Jaeger hasta nuestros días, es que su filosofía no se puede entender si no se tiene en cuenta que proviene de la Academia, y que no sólo su lenguaje fue y siguió siendo básicamente platónico, sino que también lo fue la manera de plantear y analizar los problemas, el enfoque conceptual que les dio, y hasta «la atmósfera que rodeó toda su obra» 17 . Sólo así se puede entender su programa de reducción de la física a una suerte de ciencia aspectual o regional frente a la ciencia del ente como ousía.

A veces encontramos lugares donde todavía se oyen los ecos de la herencia jónica, como cuando en Met . IV se dice: «Pero, puesto que buscamos los principios y las causas más elevadas, es evidente que esos principios y causas tendrán que ser de cierta phýsis por sí misma» (Met . 1003a27-29). Y a continuación se reformula esta búsqueda como la búsqueda de los principios del ente en cuanto ente. Aparentemente se trata de una identificación de campos, como si la ciencia del ente en cuanto tal fuera sólo una reformulación de la antigua ciencia perì phýseōs , pero si seguimos la lectura veremos que se vuelve a la diferenciación aspectual. Y es que la filosofía ha experimentado con Platón un cambio decisivo, a saber: el enfoque esencialista de los problemas. Con él, toda una constelación de palabras van a cobrar un nuevo significado. Así, phýsis pasa a significar eîdos o esencia, como cuando habla de la «phýsis de la Belleza» (Fedro 248b), o de «la phýsis del Ser (ón )» (Rep . 537c), o cuando, en contraposición a la mera existencia mental, dice: «lo Contrario mismo… (existe) en la phýsis » (Fedro 103b), es decir, en el orden esencial de lo real. Desde esta perspectiva esencialista es como tenemos que entender el uso aristotélico de la expresión «phýsis t n óntōn », a saber, como la esencia de los entes, su ousía; tà phýsei ónta significa entonces los entes que son tales en virtud de su propia esencia 18 , a diferencia de los téchnēi ónta . Se objetará que phýsis no tiene en Aristóteles un sentido inteligible como en Platón, sino en función de la experiencia sensible. Ciertamente, para nuestro filósofo la materia no es una mera circunstancia, sino que a los entes naturales les es esencial el tenerla desde el punto de vista de la generación, de sus cambios y transformaciones, de su localización, etc.; pero a la hora de conceptuarlos, nos dice en Fís . II 1 que los phýsei ónta son preponderantemente eîdos , forma, en cuanto principio determinante de su entidad.

Esta interpretación de la phýsis desde el punto de vista del eîdos le ha abierto la posibilidad de una doble consideración de los phýsei ónta : por una parte, atendiendo a su mera entidad, le ha permitido proyectar una ciencia aparentemente nueva, la del ente en cuanto ente entendido como substancia (ousía ); y por otra parte, atendiendo a sus cambios e interacciones, le ha hecho posible reconvertir la física de sus predecesores en una ciencia de ese carácter común a todos ellos cual es el movimiento, no tomado por sí mismo sino desde el punto de vista de las estructuras físicas que lo fundan. Pero, una vez más, lo que ha posibilitado esta reconversión es el nuevo sentido que cobró en la Academia la expresión phýsis t n óntōn .

Pero, además, la phýsis de que hablaban los presocráticos ya no es para Aristóteles el todo de lo real, ni tan siquiera entendida como un orden de entes hilemórficos. Hay también un género de entes suprafísicos primeros y separados, el del theós o los theoí , objetos de esa «ciencia primera» que es la teología. En este punto Aristóteles es abiertamente platónico. Pero cuidado con las palabras: aquí «suprafísico» —Aristóteles dice parà phýsin — no significa «sobre-natural», sino sólo supramaterial, por encima de la naturaleza material. El theós de Aristóteles, entendido ahora como puro eîdos , no está más allá del ser, sino que es un ente tal que su phýsis es puramente inteligible.

Pero hay más. Porque aun dentro del orden hilemórfico de los phýsei ónta no todo es movilidad. Ciertamente, es un dato de experiencia que los entes individuales y concretos cambian. Aquí la apariencia es manifestación de la propia condición de las cosas: éstas son kinoúmena (185a12), entes que consisten en estar cambiando, dejando de ser y llegando a ser esto o aquello, con cambios en su cualificación, en su cuantificación, en su localización, incluso en su propia realidad en el nacimiento y muerte. Son auténticos cambios ontológicos, que de algún modo afectan a la propia identidad de las cosas. El frágil niño Aquiles en brazos de su madre, la nereida Tetis, no es lo mismo que ese prodigio de la naturaleza que ha llegado a ser Aquiles al frente de los mirmidones, ni es ya el mismo ese Aquiles que yace exánime en el campo de batalla tras la flecha mortal que le arrojara Paris. Entre la oruga metamorfoseada en crisálida y luego en mariposa hay un prodigioso cambio de identidad. Pero ¿en qué sentido lo es? ¿Acaso es la phýsis misma de las cosas lo que cambia? Si así fuera nuestro filósofo estaría repitiendo la tesis de Heráclito: ser es devenir, porque nada sigue siendo lo mismo. Pero para Aristóteles el movimiento no afecta a la esencia misma de las cosas: hay generación substancial de los individuos, incluso cambios que transforman su propia condición, como en el caso de la metamorfosis, pero no hay cambios de las esencias específicas. Las esencias del mundo son físicamente ingenerables e indestructibles. Hay generación y destrucción de tal o cual ente, pero no de la entidad misma. La identidad de las cosas en cierto modo cambia, pues no siguen siendo lo mismo que eran —esto hay que concedérselo a Heráclito—, pero a pesar de todas las transformaciones, su phýsis permanece esencialmente la misma.

No todo es, pues, movimiento para Aristóteles. Porque en la totalidad de los real encontramos, por un lado, lo cambiante , el orden de los cuerpos sujetos a la generación y destrucción, y, por otro, lo permanente , lo siempre idéntico a sí mismo, el transfondo de lo real. Algunos pensaron que estos dos órdenes definían los objetos respectivos de la física y la metafísica. Fue la interpretación alejandrina, que reaparece en el concepto medieval de metafísica como ciencia de lo suprasensible: el ente en cuanto tal, la substancia, la esencia de la substancia serían su objeto propio. Los entes sensibles —habría que decir sublunares, en el lenguaje de Aristóteles— están todos sometidos al deterioro del movimiento y el tiempo, que todo lo envejece, y, en definitiva, a la caducidad. Pero el ser mismo, el ente en cuanto ente entendido como substancia, y también como la suprema substancia inmaterial de que hemos hablado, permanece inalterable en un tiempo sin vejez, como decían los órficos. «El ser mismo es ingénito e imperecedero» 19 . Según esta interpretación, tales ciencias se diferenciarían por lo que los medievales llamaron «objeto formal»: los entes en tanto que móviles serían el objeto propio de la física, a diferencia de la metafísica, que tendría por objeto el ente considerado en tanto que ente. Ambas formalidades, decían, responden a abstracciones distintas: la física, a un primer grado de abstracción, en el que se prescinde de la individualidad de las cosas, quedando sólo lo corpóreo, el ens mobile , según la cualidad y la cantidad —el ens sensibile , preferían decir algunos escolásticos, por entender que el carácter propio del movimiento físico de los cuerpos es el de ser sensible. Otro modo sería el de las matemáticas, ciencias de la cantidad abstracta. Y otro sería, finalmente, el de la abstracción total del ente inmaterial objeto de la metafísica, en la que se prescinde de lo individual, de la cualidad y de la cantidad, quedando reducido el ente a una pura formalidad, el ens qua ens entendido como substancia.

Tendríamos así un triple objeto inteligible: el movimiento, la cantidad y la substancia, que permiten la división tripartita de la filosofía teorética tal como la establece Aristóteles en el libro VI de la Metafísica . Estos objetos dan lugar, pues, a estudios formales de lo que lo medievales llamaron «formalidades» de los entes, desde la formalidad «movimiento» hasta la formalidad de todas las formalidades que es el ente como substancia, una formalidad tal que coincide con el objeto material.

No vamos a discutir esta interpretación, que tiene a su favor el haber introducido un imponente rigor lógico en la filosofía de Aristóteles, vertiéndola en un lenguaje casi perfecto, modelo de precisión conceptual y rigor formal en el tratamiento de los problemas. Pero, al tratarla así, convirtió en un sistema acabado y definitivo lo que en Aristóteles nunca pasó de un esbozo programático, logificando su filosofía según el modelo de los Analíticos , hasta el extremo de presentarla como un sistema deductivo válido para todos los tiempos, esto es, como una philosophia perennis . Y como botón de muestra basta recordar que en todos los tratados de la filosofía tradicional se habla de la física aristotélica como una ciencia deductiva o «propter quid », lo que llenará de asombro a cualquier lector libre de prejuicios que se aproxime a esta obra.

Algunos escolásticos de tendencias escotista afirmaron que el objeto formal propio de la física era la substantia naturalis . Para ellos, que eran teólogos, esto significaba introducir un principio de distinción con respecto a la ciencia que realmente les interesaba: la teología. Pero si de lo que se trata es de deslindar con precisión el campo propio de la metafísica aristotélica, el concepto de substantia naturalis puede dar lugar a cierta confusión; porque, aunque pueda parecer que algunos textos dicen lo contrario, ya hemos indicado que para Aristóteles la Phýsis , entendida en sentido colectivo, como la totalidad del ente, no es sin más sinónimo de movilidad, ya que incluye también un phýsei ón inmóvil cual es el theós (o los theoí ).

Los escolásticos medievales no tenían que esforzarse en establecer la distinción entre filosofía y ciencia, pues para ellos la filosofía de Aristóteles era la ciencia, la única ciencia posible, y ningún saber podía aspirar a tal título si no encontraba su lugar en esa Enciclopedia definitiva del conocimiento humano que era para ellos la obra de Aristóteles, a quien Sto. Tomás llamaba «el Filósofo». El vocablo «física» tenía entonces para ellos un significado inmediato, preciso e inequívoco, ya que no había otra física que la de Aristóteles. Pero la situación es muy distinta para nosotros, pues el vocablo nos sugiere inmediatamente esa ciencia verdaderamente grandiosa que se ha ido construyendo desde Galileo hasta nuestros días, totalmente autónoma respecto de la filosofía. De ahí que al hablar de la física de Aristóteles nos veamos en la necesidad de adjetivarla para quitarle ambigüedad. Algunos prefirieron hablar de philosophia naturalis , pero desde el Renacimiento en adelante esta expresión cobró un significado muy diferente que el que tuvo aquella ciencia para Aristóteles. La clasificación de Wolff parece en principio más aceptable, pues introduce más claridad al tratar a la física filosófica («cosmología» le llama él) como una Metafísica u Ontología Especial, aunque lo que él entiende por Metafísica u Ontología General sea algo muy distinto que la filosofía primera de Aristóteles.

Ciertamente, la doctrina medieval de los objetos formales, que Wolff hizo suya, introdujo un enorme rigor y precisión en la clasificación de las ciencias. Pero se le puede hacer una objeción de fondo, a saber, que en ella se está suponiendo que existe realmente una ciencia del ens commune en Aristóteles; a los escolásticos les interesaba que la hubiese, ya que hacían un uso instrumental de esa filosofía con la mirada puesta en la theologia . Para nosotros, sin embargo, es cuando menos problemático que haya en Aristóteles un concepto general de ser y, en consecuencia, que su filosofía primera sea una Metaphysica generalis . Si la hubiera, la clasificación escolástica sería definitiva, y nuestra única tarea sería glosarla.

Para el fundador de la escuela de Lovaina, que decía inspirarse directamente en Aristóteles, la metafísica tenía por objeto la substancia de las cosas individuales y concretas de la experiencia 20 , es decir, de lo que Aristóteles llamaba, respectivamente, tò kath ’hékaston y tóde ti . Dejemos de lado las consecuencias que sacaba el cardenal Mercier con vistas a su concepto de ser, y quedémosnos con esa definición tan general, porque es perfectamente aplicable a la metafísica aristotélica. Su objeto material sería, entonces, exactamente el mismo que el de la física. Porque hablar de cosas de la experiencia es hablar de cosas cambiantes, en movimiento. Y lo que Aristóteles nos dice en su Física es que para conocerlas tenemos que conocer su movimiento: ignoto motu ignota natura , dice un antiguo aforismo que traduce el pasaje de Fís . 200b14. Porque el movimiento es, para Aristóteles, el fenómeno fundamental en que se manifiesta la naturaleza de las cosas, y por esa razón tiene que haber una ciencia específica del mismo. Así pues, el objeto de la física es el movimiento de las cosas desde el punto de vista de su phýsis , esto es, de su ser, de su substancia. Esto significa que, en rigor de los términos, la física de Aristóteles es una ontología del movimiento .

Pero ¿cuál es el estatuto de esta ontología del movimiento con respecto a la ontología del ente en cuanto tal? Wolff decía que la física (es decir, la «cosmología») como ontología especial era la ciencia de las aplicaciones de la ontología general a las substancias corpóreas. ¿Es así realmente? ¿Es una ciencia independiente la ontología del ser? Ya hemos visto que Aristóteles distingue en múltiples ocasiones entre física y filosofía del ente, tratándolas como si fueran dos ciencias «separadas» 21 , independientes. Ahora, es este punto, como en tantos otros, una cosa son sus declaraciones programáticas y otra lo que efectivamente hace en sus escritos. Y lo que nos muestra una lectura atenta de la Metafísica es más bien que el problema del ser se halla íntimamente entrelazado con el problema del movimiento, hasta el punto de que se puede afirmar que la física impregna toda la reflexión ontológica de Aristóteles. No se trata, pues, de que la física suponga una ontología del ente, de la substancia, de su esencia, de los modos categoriales del ser, de la potencia y el acto, etc.; no se trata de que la filosofía de Aristóteles sea primariamente una ontología fundamental del ser y la física una aplicación de sus conceptos. Antes bien, se puede afirmar con Bröcker 22 que el movimiento es el problema fundamental de la filosofía aristotélica, y que sus grandes doctrinas ontológicas han surgido de una reflexión sobre el movimiento. Porque el movimiento no es algo que le acontezca ocasionalmente al ente, una experiencia entre otras que se pueda tener, sino que el filósofo no tiene otra experiencia que la de entes en movimiento. Por lo tanto, no se trata de que tengamos, por un lado, una filosofía autónoma del ente en cuanto tal, y, por otro, una reflexión sobre la phýsis que sea una aplicación de la anterior, sino todo lo contrario: el concepto de ousía , incluso el de esa suprema ousía que es el theós , ha surgido de una analítica del movimiento, como exigido por la necesidad de concebir al ente como enérgeia . Porque, no lo olvidemos, la teología es para Aristóteles una exigencia interna de la propia física; en otras palabras, su teología es física.

¿Puede haber una metafísica sin física? Las anteriores consideraciones nos muestran que en Aristóteles es imposible, pues su reflexión sobre el ser es física en el sentido indicado. Aunque lo mismo se podría decir de toda la filosofía griega, pues el movimiento fue el horizonte fundamental del pensamiento antiguo. ¿Acaso no es física la metafísica de un Heráclito, de un Parménides, de un Platón? Porque la pregunta radical de los griegos, desde sus inicios hasta el final, fue siempre la pregunta por la phýsis t n óntōn . Esta es la herencia que inadvertidamente nos han dejado. Una filosofía que no fuera física sería una mística, o bien una lógica puramente formal, sin contenido alguno. En este sentido se puede entender la afirmación de Heidegger de que con la doctrina del ser como enérgeia la metafísica aristotélica es «física», que «la física determinó ya desde el comienzo en Grecia la esencia y la historia de la metafísica» 23 .

3. Las formas de argumentación de la física . Epistḗmē, dialéctica y retórica

Hemos hablado de la epistḗmē de Aristóteles como una de sus grandes innovaciones en el tratamiento de la phýsis . La reflexión sobre la phýsis es común a todo el pensamiento antiguo, pero sólo Aristóteles, se dice, hizo de ella una episteme. Ahora bien, ¿qué fue realmente esa episteme? Hay dos maneras de responder a esta pregunta: o bien partir de la idea que el propio Aristóteles se hizo de la filosofía como ciencia según los Analíticos e interpretar desde allí las doctrinas de sus grandes obras, o bien acudir a los textos mismos y analizar su manera concreta de proceder y argumentar. El aristotelismo tradicional escogió la primera vía, e interpretó su filosofía como un imponente sistema apodíctico que operaba mediante deducciones silogísticas a partir de unos pocos principios intuitivamente evidentes. Porque, se pensó, como Aristóteles habla constantemente de epistḗmē en la Física y la Metafísica —la del ente en cuanto ente, la del theós , la de la phýsis , etc.—, y no habla por hablar, sino que es un filósofo coherente y sistemático, tenemos que dar por supuesto que él hace uso de su propia conceptuación del saber dada en los escritos metodológicos. Y, según tales escritos, «episteme» significa siempre y sólo saber apodíctico, demostrativo. Reconstruir el pensamiento de Aristóteles según su idea del saber fue el gran empeño de los exégetas, primero de los alejandrinos, luego de los escolásticos medievales, una tarea de siglos para hacer de su filosofía un sistema acabado y perfecto. Esta idea de la filosofía de Aristóteles se mantuvo en Europa hasta finales del siglo pasado, e incluso perduró en las primeras décadas de nuestro siglo en la Universidad de Lovaina. Y a pesar de la crítica histórica desde Jaeger en adelante, que condujo a una reinterpretación de esta filosofía mediante rigurosos análisis de sus textos, la antigua aureola del Aristóteles apodíctico se mantuvo en determinados espíritus, hasta el punto de que todavía por los años sesenta se pudo decir en Madrid: «Es magnifico discurrir a lo largo de los diálogos de Platón; pero junto a ellos, una de esas páginas de Aristóteles apretadas de episteme es menos brillante, y a veces, tal vez, menos rica en pensamiento, pero infinitamente superior en rigor de conocimiento» 24 .

Pero nosotros no podemos dar por sentada sin más la correspondencia entre la teoría y la práctica del saber en Aristóteles. Antes bien, si queremos entender su filosofía tenemos que atender no tanto a lo que dice que hay que hacer, cuanto a lo que hace efectivamente en sus escritos. Y para ello tenemos que analizar su manera concreta de proceder en los textos mismos. Por lo demás, como ya indicó A. Mansion, de poco nos serviría en este caso acudir a los Analíticos , porque a pesar de las largas disquisiciones sobre las condiciones de la ciencia, quedó sin establecer según sus principios «una lógica metodológica de la epistḗmē physikḗ » 25 . ¿En qué consistió entonces esta episteme? ¿De qué manera estableció sus grandes doctrinas sobre la phýsis ? En definitiva, ¿qué formas de argumentación encontramos aquí?

Pues bien, digamos ante todo que estas «lecciones», o «curso de física», no son un tratado sistemático sobre la phýsis . Tienen, desde luego, una cierta unidad, en cuanto que su objeto parece ser preponderantemente el movimiento, aunque también se estudian otros temas, pero esa unidad no es la de un sistema. Tampoco son exhaustivas, sino que sólo estudian determinados aspectos, y, como veremos, no tienen ese carácter deductivo o «propter quid» que le atribuían los escolásticos. Por eso, en lugar de presentarlas como un tratado, conviene hablar de ellas más bien como un conjunto de «investigaciones» (zētḗseis ), «indagaciones» o «consideraciones» (sképseis ) fragmentarias que versan principalmente sobre la movilidad de las cosas y sus condiciones de inteligibilidad.

Lo que Aristóteles busca en estas investigaciones son los principios que expliquen los fenómenos en que se manifiesta la phýsis . Pero ¿cómo los busca? ¿De dónde parte? La respuesta tradicional ha sido que Aristóteles parte de las cosas, de un análisis de los fenómenos, pero en realidad éstos son su punto de referencia, el problema que hay que explicar, pero no su punto de partida. Repárese en que tanto la propia búsqueda de los principios como la condición problemática de los fenómenos son algo heredado, lo cual supone una escuela de pensamiento. Pues bien, Aristóteles parte de una herencia, la que constituye su propia situación. La suya no es una búsqueda abstracta, sino situacional e histórica: es la búsqueda de quien se siente inmerso en una tradición, hasta el extremo de ver su propio pensamiento como el resultado y cumplimiento de la historia intelectual de la Hélade. Todas sus investigaciones, en efecto, comienzan con un examen de las doctrinas de sus predecesores. «Con respecto al conocimiento que buscamos —dice en otro lugar—, tenemos que examinar primero las aporías que se han planteado, esto es, todo cuanto los otros han pensado de diversa manera al respecto, así como lo que se les ha pasado desapercibido» (Met . 995a24-26). La aporética era al parecer un método usual en la pedagogía de la Academia, y como testimonio de ella nos queda un diálogo señero, el Parménides . En Aristóteles será un procedimiento íntimamente vinculado a lo que él entiende por investigación, es decir, una manera de abrirse paso a través de las doctrinas heredadas, convirtiéndolas dialécticamente en problemas por las contradicciones que comportan, al par que una discusión que busca sacar a la luz cuando en ellas estaba implícito y había pasado desapercibido. Porque lo que Aristóteles se propone en la crítica a sus predecesores es hacer explícito lo que en la tradición ya estaba en forma larvada y latente. No hay que ver, pues, en este remitirnos al pasado una ilustración didáctica e introductoria: Aristóteles parece apelar a la tradición desde una visión genética de la filosofía, como si la historia de la filosofía fuera un constitutivo interno de la suya propia. Pero también por razones de utilidad:

Buscar sin haber explorado antes las aporías en todos los sentidos es como caminar sin saber adónde ir, con lo que nos exponemos a no reconocer si en algún momento hemos encontrado o no lo que buscábamos; pues el término sólo es manifiesto al que ha planteado bien las aporías. Además, forzosamente estará en mejores condiciones para juzgar el que ha oído, como a litigantes opuestos, todos los argumentos en conflicto (Met . 995a34-b4).

Este carácter aporético de la Física nos muestra la importancia de la dialéctica en las investigaciones aristotélicas, la cual, según Tópicos I 2, no sólo es útil como método para orientarnos en los problemas, sino también para el conocimiento de los principios. Sobre la importancia de la dialéctica en el orden del saber bastaría con indicar el papel relevante que le otorga Aristóteles en dicha obra con respecto a la definición, pero su alcance es mucho mayor. Nada menos que el hypokeímenon (substrato o sujeto), el gran postulado teórico de Aristóteles como principio sine qua non del movimiento, se establece mediante consideraciones dialécticas. Y hasta el propio movimiento, que Aristóteles trata también como un principio, se establece mediante la refutación dialéctica de sus negadores. No hay en las obras mayores del corpus una oposición tajante entre dialéctica y filosofía; antes bien, lo que en ellas se presenta como ciencia se encuentra tan íntimamente entrelazado con la dialéctica que casi se puede afirmar que todo el saber que se logra en un saber dialéctico. Lo que Aubenque dice de la Metafísica se puede aplicar también a la Física : en lugar del método apodíctico de los Analíticos «encontramos aquí los procedimientos dialécticos que describen los Tópicos y los Argumentos sofísticos: la refutación, la división (bajo la forma típicamente aristotélica de la distinción de sentidos), la inducción, la analogía, etc.» 26 . La aporética abarca la totalidad de la Física , y en todas partes encontramos ese tono polémico que hace de nuestra obra una constante disputa.

Una de las formas en que se ejercita esta dialéctica es en los análisis del lenguaje: es realmente sorprendente el papel y alcance que tienen en la Física este tipo de consideraciones 27 . En unos casos se trata de análisis del decir según los usos de la lengua griega, explicitando y conceptualizando las estructuras categoriales implícitas en tales usos. Así, por ejemplo, en el capítulo 7 del libro I, cuando parece que va a estudiar finalmente la antigua aporía de la génesis y el gígnesthai , acaso el problema central de los presocráticos, Aristóteles no hace otra cosa que analizar el lenguaje usual, poniendo de manifiesto los supuestos del «decir», a propósito del cambio y el llegar a ser. Una dialéctica de este tipo encontramos también en las distinciones de los múltiples significados de una palabra, y en las distinciones dicotómicas como método de prueba.

En otras ocasiones, el análisis del lenguaje es el instrumento para rebatir tesis opuestas. Así, la célebre refutación (élenchos ) del eleatismo del capítulo 3 del libro I se hace mediante un procedimiento tan típicamente dialéctico como es la reducción al absurdo, usual en todas las páginas polémicas de la Física , a fin de mostrar que el lenguaje sobre el ser supone multiplicidad. El lenguaje del monismo cae en contradicciones insalvables, pues es imposible hablar del ser si se lo toma sólo en su mismidad. Otro tanto se dirá luego de los heraclíteos, que toman el ser en su diversidad. El resultado de esta apretada discusión es que un lenguaje sobre la phýsis y el movimiento sólo será viable si tenemos en cuenta los distintos significados de la palabra «ser», si distinguimos entre «potencia» y «acto», «por sí» y «por accidente», «substrato» y «accidente» (derivada al parecer de la distinción lógica entre sujeto y predicado), entre «identidad in re » y «diversidad katà lógon ». Sólo mediante estas distinciones dialécticas se puede salvar el lenguaje sobre la phýsis . Y obsérvese que los conceptos que resultan de estas distinciones —como por ejemplo «materia», «privación», hypokeímenon — no son conceptos descriptivos, pues no hay ninguna entidad real que pueda ser llamada «materia» o «privación», sino sólo reductos analíticos, lo que Wieland llama «conceptos de reflexión».

Así pues, en lugar de analizar los fenómenos mismos, lo que hace Aristóteles en el libro I, y en general a lo largo de toda la obra, es más bien analizar el lenguaje sobre los fenómenos. En esta manera de proceder a la búsqueda de los principios, observa Wieland 28 , «en ningún momento se plantea Aristóteles el problema de la correspondencia entre el lenguaje y las cosas: el orden de las cosas no es para él un orden objetivo e independiente del modo en que hablamos de ellas. De ahí que, como a Platón, lo que le interesa a Aristóteles no es tanto establecer la posibilidad de la verdad, cuanto mostrar la posibilidad del error». Sería la versión aristotélica de la tesis eleática de la identidad entre pensamiento y ser.

Pero aunque sea un análisis del lenguaje sobre los fenómenos, a la postre tal análisis tiene que tener como punto de referencia los fenómenos mismos. Esto requiere alguna aclaración. Volvamos al punto inicial desde otro ángulo. Tradicionalmente se ha dicho que, a diferencia de la dialéctica, la argumentación física aristotélica parte siempre de los fenómenos, esto es de los hechos. Pero, curiosamente, el propio Aristóteles nos dice que la argumentación dialéctica parte también de los fenómenos 29 . Lo que sucede es que el vocablo phainómenon oculta una ambigüedad. Por un lado, tiene efectivamente el sentido de apariencia sensible, de observación empírica, como en el siguiente pasaje: «Corresponde a la experiencia (empeiría ) proporcionar los principios propios de un estudio. En la astronomía, p. ej., es la experiencia astronómica lo que proporciona los principios de esta ciencia, pues sólo cuando los phainómena celestes fueron captados se pudieron descubrir las demostraciones de la astronomía. Lo mismo se puede decir de cualquier otro arte o ciencia» (Analíticos primeros 46a17-22). Pero hay otros lugares en los que phainómenon tiene un sentido distinto; así, en un conocido pasaje metodológico de la Ética Nicomáquea se dice: «Aquí, como en los otros casos, tenemos que exponer los phainómena referidos al objeto a estudiar; después, considerar las aporías que plantean, y luego intentar justificar, de ser posible, todos los éndoxa sobre los estados del alma, o la mayor parte, o los más importantes» (Ét. Nic . 1145b2-6). Aquí phainómena , como ha mostrado Owen 30 , tiene el sentido de lo que ha parecido verdadero a los filósofos anteriores, o a los sabios, o a la mayor parte de la gente, es decir, lo que Aristóteles llama éndoxa , las opiniones recibidas, las ideas dominantes, las doctrinas admitidas, en estrecha conexión con lo que luego en ese mismo texto se llama legómena . Ambos sentidos del vocablo phainómenon , apostilla Owen, se siguen de la doble significación del verbo phaínesthai , que significa tanto «lo que aparece a los sentidos» como «lo que parece a alguien».

Pues bien, aunque la física aristotélica tenga por objeto salvar las apariencias sensibles y dar razón del movimiento como hecho capital de nuestra experiencia del mundo, eso no quiere decir que parta de ellas ni que se funde en ellas. Ya decía Monseñor Mansion: «los análisis conceptuales de la física se presentan ilustrados por datos empíricos más bien que fundados en ellos» 31 . Los análisis aporéticos de la Física parten más bien de los fenómenos en el segundo sentido que hemos indicado. Cuando Aristóteles quiere restringir el uso del vocablo a su primer sentido, y distinguirlo de un éndoxon , habla de phainómenon katà aísthēsin (Acerca del cielo 303a22-23). Y en Acerca del cielo 313a16-17 se usa esta misma expresión para indicar el criterio que ha de decidir la validez de nuestros principios en la física, a saber: que concuerden con los hechos.

Esta ambigüedad en los usos de phainómenon la podemos detectar también en otras expresiones correlacionadas. Tal es el caso de epagōgḗ , inducción, usada para establecer los principios de la ciencia a partir de los datos de la experiencia (Analíticos segundos 100b3-5, 81a38-b9). Pero se habla también de epagōgḗ como uno de los dos métodos cardinales de la dialéctica (Tóp . 105a10-19), y como tal ha de partir de los éndoxa , de lo que es aceptado por todos o por la mayor parte o por el sabio (Tóp . 100b21-23); en este mismo sentido se usa epagōgḗ para encontrar los principios de las ciencias (Tóp . 101a36-b4). Lo mismo se puede decir del vocablo aporía , según se refiere a phainómena en el primer sentido del vocablo o en el segundo.

Las argumentaciones de la Física parten, pues, más bien de las aporías suscitadas por los fenómenos entendidos como éndoxa y legómena . Hemos hablado antes de las raíces históricas de esta obra, pero, como mostró Owen 32 , y tras él otros investigadores 33 , la fuente principal de esta aporética está en Platón, en especial en ese diálogo de tan asombrosa brillantez y originalidad que fue el Parménides ; la coincidencia de ideas y lenguaje entre este diálogo y muchas de las mejores páginas de la Física es tal que parecen haber sido escritas bajo la fascinación de ese diálogo sorprendente. En efecto, el Parménides le suministra a Aristóteles, mucho más que el Timeo , la mayor parte de los problemas centrales que se plantean en los libros III-VI de la Física , y hasta la terminología y los métodos de análisis para resolverlos. Por lo demás, obsérvese que, según el lenguaje de Aristóteles, las discusiones sobre el tiempo y el movimiento del Parménides serían también físicas.

Alguien podría objetar que Aristóteles se tomó buen cuidado en distinguir los argumentos «lógicos» (o dialécticos) de los argumentos «físicos», por lo que es excesivo darle a la dialéctica el alcance que aquí se le está dando. Frente a tal posible objeción diremos, primero, que aquí no estamos afirmando que el método de la Física sea sólo dialéctico. Ciertamente, hay en esta obra muchos argumentos que parecen depender de exigencias empíricas específicas, como, por ejemplo, los referidos a los lugares naturales. Hay además múltiples pasajes donde la manera de argumentar es deductiva. Pero es evidente que tomada en su conjunto la Física no es la exposición de una ciencia apodíctica según el modelo de los Analíticos . En segundo lugar, es un error creer que la aporética en Aristóteles es sólo una propedéutica del saber, similar a lo que fue el status quaestionis en los aristotélicos medievales, y que tras ella encontramos el método propiamente aristotélico. Por el contrario, la aporética impregna todas las pragmateíai de esta obra; no es un momento preliminar, sino que también, por ejemplo, la pregunta por la phýsis del tiempo está dominada por la aporética. En tercer lugar, es un error creer que physikós significa «empírico», «fundado en los hechos» o en la experiencia sensible inmediata, como también lo es creer que los lógoi logikoí de los dialécticos eran construcciones puramente conceptuales de espaldas a la experiencia. La diferencia entre logikós y physikós está más bien en el tipo de razones que se aducen, generales en un caso, específicas en el otro, por ser «apropiadas» (oikeíoi ) al génos a estudiar. La Física no es una obra de ciencia empírica, como lo fue, por ejemplo, la Historia animalium , una obra realmente genial que decidió el destino de la zoología; no lo es porque los datos observacionales no son ni punto de partida ni fundamento de cuanto aquí se dice.

Para ilustrar mejor cuanto hemos dicho vayamos a otras partes de esta obra. En los libros VII-VIII se establece la necesidad de un primer moviente inmóvil, tesis culminante de la Física . El tipo de argumentaciones dialécticas utilizadas a tal efecto es, una vez más, el de aquellas que parten de la tesis a discutir y extraen de ella consecuencias contradictorias con la tesis misma. Este método puede ser considerado como demostrativo, en el sentido de que, cuando la opinión es estrictamente contradictoria, la tesis opuesta a la refutada tiene que ser forzosamente verdadera por el principio del tercio excluso. Veamos dos ejemplos.

En el capítulo 1 del libro VIII se demuestra la eternidad del movimiento 34 . Se parte entonces de la opinión de que todo lo movible ha sido engendrado o ha llegado a ser (al parecer, se apoya Aristóteles en una doctrina del Timeo ). Luego, «si cada una de las cosas movibles ha sido generada, con anterioridad a este movimiento tendrá que haber habido entonces otro cambio o movimiento… Por consiguiente, tendrá que haber un cambio con anterioridad al primer cambio» (Fís . 251a16-28). El mismo argumento puede aplicarse también a la opinión de que todo lo movible tiene que llegar a destruirse: así como habrá siempre un movimiento antes del movimiento, tendrá que haber también un movimiento después del movimiento, de lo que se sigue que el movimiento tiene que ser eterno. El mismo argumento vale para el tiempo.

La necesidad de un primer moviente inmóvil se establece mediante la refutación de la doctrina platónica, según la cual el primer moviente del universo es un alma cósmica automoviente. Ahora se mostrará, por reducción al absurdo, que la hipótesis de un principio automoviente es contradictoria, ya que este principio tendría que estar al mismo tiempo en potencia y en acto con respecto al mismo movimiento.

Todo el libro VIII es una cadena de discursos similares. Si se quiere seguir hablando de «rigor de conocimiento» aquí no hay más rigor que el que hemos indicado; ciertamente, se precede mediante argumentos de necesidad, pero en definitiva se trata siempre de una necesidad dialéctica. Los análisis del lenguaje a que nos hemos referido dan lugar a sutiles distinciones que se manifiestan como necesarias a fin de evitar la contradicción, y lo mismo hay que decir del tratamiento y refutación de los éndoxa .

Pero hay más; pues en la Física encontramos también ciertas formas de argumentación que son algo distintas que las consideradas hasta ahora. Hemos dicho que Aristóteles establece sus grandes doctrinas mediante investigaciones parciales sobre determinadas condiciones del movimiento, que son, por decirlo así, condiciones de su inteligibilidad. Pero como el objeto a estudiar no es el movimiento inteligible, Aristóteles se ve en la necesidad de establecer la existencia del tiempo, del lugar, etc. La pregunta es entonces: ¿qué tipo de argumentación nos da en estos casos? Veamos a continuación la sugestiva interpretación de Wolfgang Wieland 35 , que ilumina algunos aspectos del filosofar aristotélico. Aunque su estudio recae específicamente sobre el pasaje de Fís . 217b29, a propósito de la realidad del tiempo, es aplicable sin embrago a todas las argumentaciones existenciales de la Física . En este pasaje se dice que, antes de considerar su naturaleza 36 , hay que examinar la aporía de si existe o no el tiempo dià t n exōterik n lógōn 37 . Para Wieland, esta expresión no se refiere a los diálogos aristotélicos perdidos, sino que tiene un sentido metodológico: hace referencia al modo de tratar los problemas existenciales en esta filosofía.

¿Cómo procede Aristóteles en tales casos? La pregunta tiene su importancia, porque, al igual que la de Platón, su filosofía es básicamente una Wesenontologie , como dice Wieland; aunque también se podría decir lo mismo de todo el pensamiento antiguo. El propio vocabulario filosófico griego se nos muestra como predominantemente esencialista, y de hecho no encontramos en la filosofía griega una pareja de conceptos como los de essentia-existentia del pensamiento cristiano, heredero de la teología del Génesis.

Aparentemente hay en los Analíticos un tratamiento conceptual de ambos momentos de las cosas, cuando se distingue entre el hecho o realidad (hóti ) de una cosa y su esencia (tí ). Pero, si se mira bien, la pregunta por el hóti se hace siempre desde una perspectiva esencial, siendo en el fondo una pregunta esencial disfrazada, lo que Wieland llama una unechte Existenzfrage . Ciertamente hay ocasiones en que Aristóteles platea auténticas preguntas existenciales 38 , como, por ejemplo, la pregunta de si existe un centauro o si existe un theós 39 , pero se puede afirmar en general que el problema existencial no tuvo un tratamiento metodológico en los Analíticos .

La razón es clara: la existencia de lo individual sólo es un dato perceptivo y no se puede establecer por el pensamiento. Aunque Aristóteles afirme en su teoría de la substancia (ousía ) que el verdadero ser reside en el individuo —lo que llama tóde ti —, no puede haber, sin embargo, ninguna ciencia de lo individual, por lo cual el tóde ti sólo es pensable con respecto a su esencia 40 : el individuo no es definible. Así, la propia dialéctica interna de esta filosofía conduce a la idea de que sólo puede pensar su objeto, la substancia de un ente individual, no en cuanto individuo, sino desde el punto de vista de su tí estin .

Pero si no hay ciencia de lo individual y concreto, ¿cómo puede Aristóteles establecer (tithénai ) la existencia del tiempo, del lugar, etc.? Se dirá que para Aristóteles el tiempo no es un tóde ti como las demás cosas individuales, por lo que sólo se puede hablar de él desde las cosas; tampoco el lugar es una cosa, sino una respectividad. Pero aunque el enfoque sea modal, la pregunta por el tiempo es ontológicamente una auténtica pregunta existencial. ¿Existe o es una ilusión? Por lo demás, el propio Aristóteles nos dice que en la investigación de los principios hay un problema existencial: «No se ha de exigir la causa por igual en todas las cuestiones; bastará en algunas con mostrar el hecho (tò hóti ), como cuando se trata de los principios, ya que el hecho es primero y es principio» (Ét. Nic . 1098b2).

Pues bien, para Wieland los argumentos que Aristóteles nos da en estos casos son retóricos, y nos remite a un pasaje de la Retórica donde se habla de una prueba de la existencia, pero de la existencia pura y simple, sin las restricciones de los Analíticos . El pasaje dice: «Es evidente que al litigante sólo le corresponde mostrar el hecho (prágma ), si es o no es, o si sucedió o no sucedió» (Ret . 1354a26-28). Aristóteles se refiere aquí a la retórica forense, que tiene que establecer hechos individuales no susceptibles de una prueba científica, ya que toda episteme recae sobre lo esencial. Hay, pues, una diferencia metodológica entre la prueba científica y la prueba retórica de la existencia.

Aristóteles sólo habla de esta prueba en el referido pasaje, pero su alcance es mucho mayor y se la puede aplicar a la retórica general. Porque la retórica forense es paradigmática para toda retórica, ya que la acusación y la defensa, tomadas en su sentido más amplio, son las situaciones fundamentales de toda argumentación retórica. Además, si la retórica es un método general de argumentación, tiene que abstenerse de toda determinación material del objeto y considerar sólo su existencia. De ahí la importancia de la retórica forense, pues en ésta hay que demostrar la existencia individual del hecho en cuestión, y ello mediante el logos, no por la experiencia sensible, algo que puede parecer paradójico si se lo considera desde la doctrina de la episteme de los Analíticos .

¿En qué consiste esta prueba retórica de la existencia? Claro está, a una prueba de esta índole no se le puede pedir que sea demostrativa. El propio Aristóteles observa: «se ha de exigir exactitud en cada género de conocimiento en la medida que lo permita la naturaleza de la cosa de que se trate; evidentemente, tan absurdo sería admitir que un matemático empleara la persuasión como exigir demostraciones a un retórico» (Ét. Nic . 1094b25-27). Pero, aunque no sea demostrativa, tiene que ser una argumentación convincente. Para ello es preciso que sea razonable, es decir, la argumentación no puede buscar sólo la mera persuasión, sino que tendrá que aducir razones que la hagan plausible para sí misma. A tal efecto nos da Aristóteles su doctrina de los entimemas 41 . Un entimema es un silogismo que parte de signos o indicios (sēmeîa ) para llegar a las realidades que hay tras ellos.

Las argumentaciones existenciales de la Física nos muestran un uso preferente de esta técnica del sēmeîon 42 ; es un hecho constatable hasta en el lenguaje. Ciertamente, el discurso semiológico no es un discurso de conexiones necesarias, pero puede llegar a producir una convicción (pístis ) razonable al apoyarse en las relaciones que normalmente se dan entre lo que tomamos por «indicios» y las realidades que razonablemente suponemos tras ellos (razonablemente, porque se suelen dar en la mayor parte de los casos).

Otra de las características de esta técnica de argumentación es el hecho de que la prueba de la existencia se haga siempre mediante una pluralidad de argumentos, algo que visto desde la apódeixis de los Analíticos parece extraño. Porque, desde el punto de vista de una demostración estrictamente lógica, no tiene sentido querer dar múltiples pruebas de una cosa. Pero la situación es distinta cuando se trata de una prueba retórica; en este caso la fundamentación de una cosa o de un hecho parecerá tanto mejor y más segura cuanto más indicios de prueba (sēmeîa, tekmḗria ) se puedan dar 43 .

Así pues, el referente de exōterikoì lógoi es, para Wieland, la manera retórica de argumentar según el modelo de la retórica forense, en la que cada una de las partes en litigio objeta a la otra las pruebas que presenta sobre los hechos, aduciendo en cada caso argumentos convincentes y plausibles. Ya nos encontramos aquí vocablos como epistḗmē o eídēsis , sino pístis (o peithṓ ), que provienen de la retórica 44 . Lo mismo se puede decir en el caso del «lugar». Al tratar el tema del ápeiron (lo infinito o ilimitado), después de desarrollar las aporías en los capítulos IV 4 y 5 se apela incluso a un juez (diaitētḗs , 206a13) que ejerza de árbitro para que resuelva el problema (!).

Pero hay más. Porque lo retórico en esta filosofía no se reduce a las pruebas de la existencia, sino que impregna también la propia aporética: el uso constante de tópoi retórico-dialécticos como recursos argumentativos son el instrumento con que se ejerce esta aporética. Así, por ejemplo, el cúmulo de aporías que plantea Aristóteles sobre el movimiento, sobre todo a partir del libro V, se hace mediante una auténtica tópica de los movimientos 45 . Un tópos dialéctico es en este sentido una aporía-tipo, un encabezamiento de problemas o preguntas que se pueden hacer sobre un tema dado; por ejemplo, aporías como «¿en qué sentido el movimiento es uno?» (V 4), o «de qué manera es divisible un movimiento?» (VI 4), son aporías-tipo, que abarcan a su vez otras subaporías posibles. Un buen dialéctico, un hombre ejercitado en el arte de la disputa, es aquel que sabe preguntar; sólo así sabrá desarrollar una aporía y esgrimir argumentos de peso en una controversia. Pues bien, la Física es a este respecto una verdadera tópica de los movimientos: el expositor parece disponer en cada lección de una lista de las preguntas y sub-preguntas pertinentes que hay que hacer, y de los argumentos que hay que aducir, sobre uno y otro tópico.

Esta investigación parece superar en ocasiones los límites de la simple aporética, llegando a establecer, como dice De Gandt, «los primeros lineamientos, o los cuadros, en los que puede desplegarse un discurso ordenado sobre los movimientos de la naturaleza» 46 . Así, por ejemplo, en el libro VIII se establecen las relaciones entre fuerza y cantidad de movimiento. Pero no hay que ver aquí las bases de una Mecánica, en el sentido que tendrá esta ciencia a partir del Renacimiento: al alcance que Aristóteles le da a tales relaciones de proporcionalidad es puramente especulativo.

En definitiva, las exposiciones de la Física son en muchos aspectos —tanto por el lenguaje como por la composición y sobre todo por la técnica de argumentación— de innegable origen retórico. Ahora, cuando hablamos de retórica no hay que extender este vocablo como referido sólo al arte oratorio 47 , sino también, y primariamente, como una técnica de argumentación que no se sirve del silogismo apodíctico, sino que procede mediante una tópica retóricodialéctica a fin de establecer doctrinas que sean no sólo plausibles, sino también necesarias, aunque de una necesidad distinta que la de los Analíticos . Entendida así, la retórica cobra un papel relevante en la investigación de los principios de la naturaleza.

Pero, a pesar de toda su importancia, la retórica es sólo un instrumento del decir, no su objeto. Digámoslo de otra manera: las investigaciones de la Física estarían diseñadas para exhibir (epídeixis ) lo que discursivamente se aparece (phaínesthai ) como necesario en nuestras conceptuaciones de la realidad cambiante. Es sólo un instrumento porque no se trata de hacer que algo «parezca» necesario, sino de que la necesidad se aparezca, de exhibir la «aparición» de la necesidad en y por el logos. Porque «apariencia» no es sólo la sensible, sino que también el pensar es el lugar del phaínesthai .

Esta manera de pensar era heredada. También la pregunta por la phýsis era un tópos heredado. Pero los tópicos con los que opera este logos no recaen a su vez sobre otros tópicos, sino sobre eso que sus antecesores habían llamado phýsis t n óntōn , y que Aristóteles llama también en ocasiones ousía t n óntōn (225b10). En definitiva, es la misma phýsis de que hablaban los trágicos, cuando la consideraban como un poder que gobierna todas las cosas y que a la postre se impone sobre la facticidad de la vida humana. Y aunque se nos diga aquí que la phýsis es principio, la phýsis no es tal por ser principio, sino que es principio por ser phýsis . La grandeza de Aristóteles está en haber desarrollado de la forma en que lo hizo esta manera de pensar la phýsis (o ousía ) como condición necesaria para entender esa desconcertante realidad que es el movimiento.

4. Nota sobre el texto y la traducción

Esta traducción de la Física se ha hecho sobre el texto griego establecido por Sir David Ross (Oxford, 1936), al igual que todas las que se han hecho en Europa desde entonces. Con esto queremos decir que el trabajo que ofrecemos es sólo una traducción, no una edición crítica. Hablamos de edición crítica cuando se establece el texto griego en base a todos los manuscritos conocidos y todas las fuentes indirectas. Después de la célebre edición de Bekker (Berlín 1831), las únicas ediciones críticas que se han hecho son la muy meritoria de K. Prantl (Leipzig, 1854) y la ya citada de D. Ross. En cuanto a H. Carteron (París, 1926-1931), hoy sabemos que no colacionó los manuscritos que cita, sino que el texto y las variantes que introdujo los tomó de la edición de Bekker. Por nuestra parte, sólo en unos pocos casos nos hemos apartado de Ross 48 , tomando las variantes de su propia edición. Pero esta «lectura crítica», llamémosla así, la puede hacer cualquier lector que tenga en sus manos el texto griego y consulte su aparato de variantes.

Immanuel Bekker representó una etapa capital en la historia del texto. Los manuscritos conservados de la Física era más de ochenta (algunos completos, otros parciales), y Bekker los redujo a seis principales: el Parisinus 1853 (E), los tres Laurentiani (F, G, K) y los dos Vaticani (H, I). Posteriormente se encontró en la Biblioteca de Viena un manuscrito bizantino que era tan antiguo como el Parisinus (siglo X ) y que hoy conocemos como Vindobonensis 100 (J). El primero que colacionó las lecciones de este texto fue Ross, el cual tuvo también en cuenta los comentarios antiguos y las traducciones latinas medievales de las versiones árabes, y para el libro VII otros cuatro códices más 49 .

Hecha esta presentación, la pregunta que se impone es: ¿qué garantía de autenticidad ofrece esta obra? Porque se trata de un texto establecido por un editor moderno, primero por Bekker, mejorado por Prantl y luego por Ross, en base a los manuscritos conservados y la tradición indirecta, los cuales son copias de copias de copias, con la modificaciones que, voluntaria o involuntariamente, se introducen en estos casos: omisiones, correcciones, conjeturas, adiciones, notas explicativas, glosas interpoladas (téngase en cuenta que se copiaban para uso escolar). Hay que suponer tales copias descienden de un manuscrito bizantino que sería el arquetipo de todas ellas, pero nada sabemos. Hay que suponer también que ese supuesto «arquetipo» descendería, a su vez, a través de copias, de los que utilizaron los comentaristas alejandrinos (también las copias que ellos tenían ofrecían variantes), y hay que suponer asimismo que estos manuscritos descendían, a su vez, a través de copias, de los que Andrónico de Rodas editara en Roma en el siglo I a. C., y aquí tendríamos que hacer un nuevo acto de fe al suponer que su edición fue fiel al original, suponiendo que tuviera en sus manos el original y no una copia. En definitiva, no tenemos plena seguridad de que el texto de nuestros manuscritos sea el mismo que el de los rollos que tuviera en sus manos Eudemo tras la muerte de su maestro.

¿En qué consistió el trabajo de Andrónico como editor? Porfirio, en su Vida de Plotino (cap. 24), nos dice que, cuando recopiló los escritos de su maestro, no lo hizo según un orden cronológico, como era costumbre en su tiempo, sino que los agrupó por temas, «siguiendo el ejemplo de Andrónico el peripatético, que dividió los escritos de Aristóteles en ‘pragmatías’ (discursos sobre un mismo tema, tratados), reuniéndolos por afinidades temáticas». Pero esta ordenación por temas, que es válida referida a las partes, puede tener mayor alcance cuando se trata de un todo. Así, en el caso de la Metafísica es hoy opinión generalizada que la intervención de Andrónico fue decisiva, ya que no sólo unificó libros muy distintos como si fueran partes de una obra que antes no existía, sino que hasta el propio título se debió a él. Pero el caso de la Física era distinto, pues el antiguo título Perì phýseōs podía tomarse como un principio ordenador. Aunque hay división de opiniones entre los eruditos, pues algunos, apoyándose en Simplicio, piensan que la Física como obra unitaria se debe también a Andrónico, en el sentido de que unificó bajo ese título dos grupos de libros distintos (I-IV y V-VIII); otros suponen que la obra ya llegó unificada a manos de Andrónico. Sea como fuera, nuestra obra presenta una unidad «natural» que no tiene la Metafísica . En cuanto al libro VII, todos admiten que no se encontraba entre los rollos que Eudemo se llevó consigo a Rodas, y que su inclusión en la Física se debe a Andrónico 50 .

En cuanto a la cronología, a diferencia de lo que ocurrió con la Metafísica , el método genético propugnado por Jaeger ha modificado muy poco la idea que se tenía sobre el orden y la unidad de esta obra. El libro VIII parece el más tardío (para Ross 51 , su redacción habría que situarla en la segunda estancia de Aristóteles en Atenas (334-323); para Jaeger 52 , este libro no perteneció inicialmente a la Física ). En cuanto a la redacción de los restantes libro, la mayor parte de los eruditos 53 piensa que hay que situarla en una época relativamente temprana de la producción intelectual de Aristóteles, acaso en Atenas en los años inmediatamente anteriores a la muerte de Platón (348), acaso en los años inmediatamente posteriores, durante su estancia en Asia Menor (348-345). Del libro VII se piensa que fue redactado cuando todavía su autor pertenecía a la Academia, aunque los especialistas no se ponen de acuerdo sobre su relación cronológica con los demás libros. No vamos a entrar en los detalles de estas discusiones. Aquí sólo nos interesa la consecuencia que se sigue de ellas, a saber: que las diferencias cronológicas entre los ocho libros de la Física nos ponen de manifiesto que lo que al comienzo de esta Introducción llamamos, para entendernos, «Curso de Física», en realidad nunca fue dado como un todo unitario, sino que hay que tomarlo más bien como un conjunto de cursos dados en distintas épocas, y que algunos de ellos, según los datos que poseemos, es probable que se repitieran en más de una ocasión. ¿Qué tienen en común todos ellos? Al comienzo de los Meteorológicos nos da Aristóteles una lista de los cursos que ha profesado sobre la phýsis , y refiriéndose a los que corresponden a nuestra obra nos dice: «Hemos hablado antes sobre las primeras causas de la naturaleza y sobre el movimiento en general» (338a20). Pues bien, es en estos dos grandes temas, que en el fondo son uno, donde podemos ver la unidad de la Física aristotélica.

* * *

Ésta es la primera traducción española de la célebre obra de Aristóteles. Trasladar su lenguaje al nuestro es una tarea que presenta no pocas dificultades, porque a la concisión característica de la lengua griega se añade aquí esa braquilogía típicamente aristotélica que hace que su manera de expresarse sea en ocasiones oscura y se preste a más de una interpretación. Por otra parte, el vocabulario explicativo de las lenguas europeas actuales sólo parcialmente traduce el que usaba Aristóteles, como dejamos consignado en múltiples ocasiones. Además, el aparato conceptual que aquí encontramos se formula mediante un lenguaje muy concreto, lo que constituye un nuevo desafío para el intérprete que se empeñe en no recaer en las terminologías abstractas de las versiones tradicionales. Además, se trata de unas lecciones que fueron escritas para los oyentes de su tiempo, llenas de supuestos y sobreentendidos que serían claros para ellos, pero que no lo son inmediatamente para nosotros, por lo que el traductor tiene que agregar palabras a fin de que el texto sea compresible para el lector actual: el desafío está en este caso en llegar a un equilibrio, en el que no falten ni sobren palabras.

En estas dificultosa tarea hemos contado con la ayuda de muchos estudios e interpretaciones de esta obra hechos en las principales lenguas europeas. Pero una cosa es comprender un texto, otra bien distinta traducirlo según las posibilidades y limitaciones de la lengua en que se lo vierte. Veamos dos características del español que parecen especialmente relevantes para el caso.

Una de las peculiaridades de nuestra lengua es la distinción entre ser y estar , la cual nos otorga unas posibilidades expresivas que otras lenguas no tienen. Ahora bien, es cuando menos dudoso que esta dualidad verbal sea una ventaja a la hora de traducir el lenguaje ontológico de Aristóteles. Porque es muy distinto hablar de «ser» en movimiento, en reposo, en otra cosa, en un lugar, en el tiempo, en el mundo, etc., con el sentido existencial y categorial que tienen esas expresiones en Aristóteles, que emplear el lenguaje del «estar», como es usual y natural en nuestra lengua. A juicio de este traductor, expresiones como «estar en movimiento» o «estar en reposo» sugieren en español la idea de un «estado» del móvil, es decir, de un «estar en el estado de movimiento o de reposo», con un sentido muy en consonancia con la idea de status en la física moderna; pero ya hemos indicado más arriba (vid . pág. 21) que para Aristóteles el movimiento no es propiamente un estado, sino un proceso , en el sentido de un llegar a ser, de un cambio en el ser. El movimiento no es un cambio de estado. Lo mismo se puede decir de la expresión «estar siendo», si con ella se quiere traducir el ón griego. Además, el sentido activo que tenía «ser» (eînai ) en el lenguaje filosófico griego indefectiblemente se pierde en el «estar». Violentando nuestra lengua, en los últimos capítulos del libro IV hemos intentado mantener el lenguaje del ser en las citadas expresiones a fin de que el lector repare en lo que Aristóteles quiere decir; pero como seguir con tal lenguaje a lo largo de toda la obra hubiera sido en extremo chocante, hemos recurrido al «estar» por ser más idiomático y natural en los usos de nuestra lengua. Queda advertido el lector.

Otra de las peculiaridades de nuestra lengua es el uso preferente de la voz media en ciertos verbos para expresar la misma idea que el griego o el latín lo harían en voz pasiva 54 . En Aristóteles todo el lenguaje sobre el movimiento es expresado con verbos en pasiva, incluso en el caso de los semovientes («movimiento» significa siempre para él «ser movido»). Aquí tenemos que decir de nuevo que una cosa es traducir un determinado pasaje por la correspondiente voz pasiva en español, otra bien distinta mantener tal traducción a lo largo de toda la obra, por lo que lo hemos hecho mediante las formas que son más naturales a nuestra lengua. Queda advertido el lector que cuantas veces se encuentre con «moverse» o «estar en movimiento» tales formas corresponden a verbos en pasiva.

No tenemos en español un vocablo que traduzca el participio presente griego ón . «Ente» sólo traduce por convención cierto aspecto del vocablo griego, pero no sugiere inmediata y naturalmente un sentido verbal activo de participio de presente —en realidad nuestra lengua ha perdido tales participios—, por lo que hemos tratado de evitar en lo posible tal vocablo; cuantas veces lo usamos es por una concesión al lenguaje tradicional.

El vocablo ousía , cuando Aristóteles lo usa técnicamente, lo traducimos por «substancia» siguiendo la versión tradicional, a pesar de que esta palabra no sea una traducción sino más bien una paráfrasis; en otros usos lo traducimos por «ser» o, en ocasiones, por «esencia». Como ya mostró V. García Yebra 55 , el vocablo «entidad», propuesto por ciertos acólitos de Heidegger para ousía , es una traducción imposible en los casos en que Aristóteles usa técnicamente esta palabra para significar el òn kath’ hautó , el ón propiamente autárquico, «sujeto» de su propia realidad, porque también lo accidental es ente.

Biarritz, mayo de 1994


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1 Aquí damos por supuesto que el texto de la Física llegado hasta nosotros, y en general los del corpus , no son meras notas tomadas por sus oyentes, sino que es genuinamente aristotélico, a pesar de las múltiples adiciones que presenta, obra sin duda de sucesivos escoliastas y copistas. Los trabajos de Zürcher, y los de Gohlke, que cuestionaban la autenticidad del corpus , son hoy unánimemente rechazados por los eruditos. Véase P. MORAUX (ed.), Aristoteles in der neuren Forschung , Darmstadt, 1968; G. GRAYEFF , Aristotle and his School , Londres, 1974. Para más detalles sobre el texto véase la cuarta parte de esta Introducción.

2 Sobre la actitud de los aristotélicos ante la «nuova scienza» véase las interesantes observaciones de M. CLAVELIN , La philosophie naturelle de Galilee , París, 1968, cap. 1.

3 Desde Anaximandro, acaso desde Ferécides, Perì phýseōs llegó a ser el título de un género literario. Jonathan Barnes dice: «El pensamiento de los presocráticos solía expresarse en forma de discursos Perì phýseōs . Todo discurso sobre la phýsis se iniciaba con una cosmogonía, para pasar después al estudio del orbe celestial. Se investigaba el desarrollo de la tierra, de los seres vivientes y del hombre; se estudiaban las nubes, la lluvia y el viento, la estructura rocosa de la tierra y las aguas del mar. Se pasaba de lo inorgánico a lo orgánico, a la botánica y zoología: se hacía una tipología de las especies y se estudiaba su anatomía. Se estudiaba la psicología de la sensación, la naturaleza del conocimiento y su extensión, y el lugar del hombre en la naturaleza. En pocas palabras, un discurso Perì phýseōs abarcaba toda la ciencia y toda la filosofía» (The Presocratic Philosophers , Londres, 1979, vol. 1, pág. 24).

4 Lo que se dice en este pasaje sobre el método hipocrático es más bien lo siguiente: retórica y medicina proceden de la misma manera, dice Sócrates, pues en ambas hay que analizar (dielésthai ) una phýsis , la del cuerpo en la medicina y la del alma en la retórica, y «la phýsis del alma no es posible conocerla sin conocer la phýsis del todo». A lo que responde Fedro: «De creer a Hipócrates el Asclepíada, ni siquiera la phýsis del cuerpo podría entenderse sin ese método». Hay tres puntos a considerar en este pasaje: a) ¿Qué significa aquí «la phýsis del todo»? ¿El universo o la totalidad del cuerpo? b) ¿Qué hay que entender por «analizar la phýsis» ? c) ¿A qué texto del corpus hippocraticum se refiere Platón? Sobre estos tres puntos hay interesantes sugerencias y precisiones en: P. LAÍN ENTRALGO , La medicina hipocrática , Madrid, 1987, págs. 87-90; C. GARCÍA GUAL , «Introducción» a Tratados hipocráticos I Madrid, B.C.G., 1983, págs. 32-36.

5 Según los testimonios de que disponemos, Alcmeón de Crotona fue quien primero situó en el cerebro el centro de la inteligencia y la actividad anímica, doctrina común a los pitagóricos, a Demócrito, al autor del Sobre la enfermedad sagrada y a Platón (Tim . 73b-d). Para Aristóteles, en cambio, el principio vital está en el corazón, fuente del calor de la vida a través del movimiento sanguíneo; esta concepción parece inspirada en Empédocles, quien estableció la ecuación «caliente-alma», y aparece también en el escrito hipocrático Sobre el corazón , donde se concibe el pneûma o soplo vital como la rarefacción más fina, el producto último de la sangre (vid . I, DÜRING , Aristoteles , Heidelberg, 1966, págs. 537-540).

6 Estamos reflejando aquí esquemáticamente el punto de vista de Aristóteles. La aporía de la posibilidad planteada por Diodoro, sin embargo, es de un radicalismo tal que se puede decir que en cierto modo sale indemne del tratamiento aristotélico en Metafísica IX, y de hecho pervivió en el helenismo, y reaparece en la teología medieval y en la filosofía moderna. Se puede decir, pues, que es una de las aporías capitales de la tradición filosófica occidental. Para un estudio pormenorizado de la misma vid . J. VUILLEMIN , Nécessité ou contingence, L’aporie de Diodore et les systèmes philosophiques , París, 1984.

7 Cf. Fis . 254a27-30; Acerca del alma 428b11 sigs.

8 Vid . PLATÓN , Sofista 254d-256d.

9 M. CLAVELIN , o. c ., pág. 25.

10 Henri Carteron dice: «La afirmación, de orden empírico y metafísico, de que no hay movimiento independientemente de las cosas, muestra que la idea de una cinemática es ajena a Aristóteles. Incluso se puede decir que él ha negado la posibilidad de esta ciencia al establecer que no hay movimiento del movimiento, por una demostración cuyo principio es que el movimiento es una propiedad del móvil. Su substancialismo le impedía considerar la posibilidad de un cambio del cambio» (H. CARTERON , La notion de force dans le système d’Aristote , París, 1923, pág. 1).

11 Cf. Met . 1026a27-29.

12 Cf. Met . 1005a33-b2; Acerca del cielo 298b19-20.

13 H. WAGNER , «Zum Problem des aristotelischen Metaphysikbegriffs», Phil. Rundschau 7 (1959), 151.

14 W. JAEGER , Aristoteles. Grundlegung einer Geschichte seiner Entwicklung , Berlín, 1923, págs. 226-228.

15 PH . MERLAN , From Platonism to Neoplatonism , Den Haag, 1959, págs. 123 sigs.

16 P. AUBENQUE , El problema del ser en Aristóteles , tr. esp., Madrid, 1974, págs. 37-44.

17 S. MANSION , Symposium aristotelicum I, pág. 69. Véase también en esa misma publicación las interesantes intervenciones de Hirzel, Gadamer, Düring.

18 En Met . V 4 nos dice Aristóteles que phýsis tiene varios sentidos: principio de ser, principio de movimiento, elemento componente, elemento del cual están hechos todos los cuerpos, etc.; pero todos esos diversos sentidos tienen en común un significado fundamental: la phýsis es la ousía de los entes móviles, de los que tienen en sí mismos el principio (activo o pasivo) de su movilidad.

19 Tò òn autò ou gígnetai oudè phtheíretai, ék tinos gàr àn egígneto, Met . 1051b29-30. «El Ser mismo» —que Sto. Tomás identifica con el ente en cuanto ente— es una expresión típicamente platónica, como lo es toda la sentencia. Sto. Tomás comenta: «El ente secundum seipsum no se genera ni se corrompe, pues todo lo que se genera se genera de algo, pero el ente en cuanto ente, el ens simpliciter , no puede generarse de algo, porque no hay algo fuera del ente (simpliciter ), sino sólo fuera de tal ente. De donde el ente puede generarse secundum quid , pero no el ente simpliciter » (In Met . Marietti. Turín, 1911, pág. 458). La sentencia de Aristóteles, tomada aisladamente, bien podría haberla firmado un Parménides o un Platón; pero tomada según el contexto, donde se habla de «substancias separadas» (ousiai chōristaí ) en el sentido de formas que son pura enérgeia , la expresión «el Ser mismo» puede entenderse también en sentido teológico —lo que sería, para Jaeger, otra manera de ser platónico.

20 D. MERCIER , Metaphysique générale ou Ontologie , Lovaina-París, 1919, pág. 12.

21 Para los sentidos en que Aristóteles usa el vocablo «separado» (chōristós ), véase P. AUBENQUE , o. c ., pág. 39. Véanse también las observaciones sobre los usos de este vocablo en un autor mucho más riguroso y equilibrado: W. K. C. GUTHRIE :, Aristotle, an encounter (vol. VI de A Hist. of Greek Philosophy ), Cambridge, 1981, págs. 103, 144, etc.

22 W. BRÖCKER , Aristoteles , Francfort, 1957, pág. 34.

23 M. HEIDEGGER , Einführung in die Metaphysik (curso de 1935), Tubinga, 1952, pág. 14.

24 X. ZUBIRI , Cinco lecciones de filosofía , Madrid, 1963, pág. 55.

25 A. MANSION , Intr. a la Physique Aristotélicienne , Lovaina-París, 1946, pág. 215.

26 P. AUBENQUE , o. c ., pág. 289.

27 Para los análisis del lenguaje en la Física véase J. M. LE BLOND , Logique et méthode chez Aristotle , París, 1939, págs. 308-326. El estudio más importante sobre este aspecto de la filosofía de Aristóteles es el de W. WIELAND , Die aristotelische Physik , Gotinga, 1970, en especial el cap. II.

28 W. WIELAND , «Aristotle’s Physics and the Problem of Inquiry into Principles», en Barnes-Schofield-Sorabji, Articles on Aristotle 1, Londres, 1975, pág. 133.

29 Cf. Tóp . 159b17-23; Analíticos primeros 24b10-12.

30 Cf. G. E. L. OWEN , «Tithenai ta phainomena», en Articles on Aristotle I, pág. 114. La interpretación de Owen, discutida en su día por los eruditos británicos, fue seguida por ACKRILL (ed.), Aristotle’s Ethics , Londres, 1973, y es hoy aceptada por la mayor parte de los investigadores. El paper de Owen corresponde a su ponencia en el Symposium Aristotelicum II, Lovaina, 1960, y publicado en: S. Mansion (ed.) Aristote et les problèmes de méthode , Lovaina-París, 1961.

31 A. MANSION , Intr. à la Phys. arist ., pág. 211.

32 Véase: G. E. L. OWEN , art. c., pág. 116. Owen hace un estudio pormenorizado de alguna de las doctrinas fundamentales de la Física para mostrar la presencia del Parménides .

33 Por ej., E. BERTI , «Aristote et la méthode dialectique du “Parménide” de Platon», Revue Intern, de Phil ., 34(1980), 341-358.

34 Sobre las formas de argumentación del libro VIII véase: E. BERTI , «Les méthodes d’argumentation et de démostration dans la Physique », en DE GANDT & SOUFFRIN (ed.), La physique d’Aristote , París, 1991.

35 W. WIELAND , «Aristoteles als Rhetoriker und das Problem der exoterischen Schriften», Hermes 86 (1958), 324-346. Véase también Die aristotelische Physik , págs. 202-230.

36 Como ya se indicó antes, la pregunta por la phýsis del tiempo equivale a la pregunta por su esencia; el significado fundamental de phýsis en Aristóteles es el de ousía (cf. supra n. 18).

37 Sobre las diversas interpretaciones de esta expresión véase nota ad loc . en el libro IV.

38 Cf. Anal. seg ., I. 1.

39 La pregunta por la existencia del tragélaphos o hircociervo (Sobre la interpretación 16a16; Anal. seg . 92b7; Fis . 208a30), al parecer una referencia usual en la Academia, fue tratada como una hipótesis puramente especulativa y no daba lugar a un serio análisis de su existencia.

40 Cf. Met . 1030a5 ss.; Categorías 3b10.

41 Vid. Anal. Prim . 70a10; Ret . 1355a6 ss. Véase también E. H. MADDEN , «The Enthimeme: Crossroads of Logic, Rhetoric and Metaphysics», Philosophical Review , 61 (1952), 368-376.

42 Hay casos, sin embargo, en los que la argumentación por signos se asemeja a la «semiología» de los médicos empíricos hipocráticos, o a los experimentos que hará después Arquímedes, como cuando en apoyo de la afirmación sobre la corporeidad del aire aduce Aristóteles como signo (sēmeîon ) la diferencia de peso entre un odre vacío y otro lleno (Acerca del cielo 311b9). Pero en cualquier caso, en el discurso semiológico siempre se aducen razones fácticas, no de iure . De ahí que a este tipo de discurso lo adjetive Aristóteles con vocablo eúlogos (razonable), de uso constante en la Física . Habría, pues, dos tipos distintos de racionalidad, la de lo «razonable» y la de lo «necesario» (anankaíon ): la primera se refiere a los hechos (hóti ), la segunda a la causa (dióti ); sólo esta última puede ser apodictica, de iure . Pero la prueba de la existencia sólo puede aducir razones de facto . Sobre los usos de sēmeîon, martýrion y tekmḗrion véase J. DE BLOND , o. c ., pág. 241 ss. Sobre sēmeîon en los hipocráticos hay algunas interesantes observaciones en la citada obra de Laín Entralgo.

43 Así, para Wieland (art. cit., pág. 335), las múltiples pruebas de la inmortalidad del alma en el Fedón de Platón sólo pueden entenderse desde la técnica retórica. Otro tanto se podría decir de las demostraciones de la existencia de Dios en la escolástica medieval.

44 Cf. Fís . 203b15, 213a15, 270b33, etc.

45 Sobre la «tópica» de Aristóteles véase W. WIELAND , Die arist. Physik , § 14 «Die Prinzipien als Topoi».

46 F. DE GANDT , «Sur la determination du mouvement selon Aristote et les conditions d’une mathematisation», en DE GANOT -SOUFFRIN (eds.), La Phys. d’Aristote , pág. 96.

47 Aunque hay también oratoria en la Física . Hay partes que son sobrias notas del autor para sus clases, en forma preliteraria, sin ese pulimiento estilístico que, como todo texto griego, tendrían que haber tenido de haber sido editadas; en ellas lo retórico sólo se encuentra en la manera de argumentar. Pero hay también partes muy bien escritas, con la mejor técnica del discurso oratorio, como, por ej., las páginas iniciales del libro VIII.

48 El texto de Ross no es el ne varietur , algo definitivo que ha superado todas las dificultades. Antes bien, una obra que presenta tantos pasajes deteriorados es siempre mejorable, y muchas conjeturas de Ross son desde luego discutibles. Esperemos que en el futuro surja un nuevo Ross —acaso el mayor especialista en Aristóteles de este siglo— y nos de realmente una nueva edición crítica de la Física .

49 Sobre la transmisión del texto véase D. Ross, Aristotle’s Physics , Oxford, 1936, págs. 102 ss.; véase también H. DIELS , Zur Textgeschichte der aristotelischen Physik , Berlín, 1882 (acaso el antecedente más importante de la obra de Ross), J. BRUNSCHWIG , «Qu’est ce que “La Physique” d’Aristote?», en DE GANDT -SOUFFRIN (eds.), o. c ., págs. 41-52, y las obras citadas en nota 1.

50 Sobre VII véase D. ROSS , o. c ., págs. 11-19; R. WARDY , The chain of change. A study of Aristotle’s Physics VII , Cambridge, 1990; I. DÜRING , Arist ., Heidelberg, 1966, pág. 291.

51 Cf. D. ROSS , o. c ., pág. 10.

52 Cf. W. JAEGER , Arist., tr . esp., México, 1946, pág. 342.

53 Véase D. Ross, o. c ., págs. 3-8; I. DÜRING , o. c ., págs. 292-293. Con respecto a los testimonios antiguos sobre la obra de Aristóteles véase P. MORAUX , Les listes anciennes des ouvrages d’Aristote , Lovaina, 1951; I. DÜRING , Aristotle in the ancient biographical tradition , Gotemburgo, 1957, P. MORAUX , Der Aristotelismus bei den Griechen von Andronikos bis Alexander von Aphrodisias , 2 vols., Berlin-Nueva York, 1973 y 1984.

54 Obsérvese también la preferencia del español por la voz activa en forma tales como «Fulano nació (o murió) el pasado 7 de mayo», que tanto las lenguas antiguas como modernas expresarían en pasiva.

55 Cf. V. GARCÍA YEBRA , Metafísica de Aristóteles , Prólogo a la 2.a ed., Madrid, Gredos, 1982, págs. XLVI-XLVIIl.


LISTA DE VARIANTES



CLAVE: <…> = supplevi.

[…] = seclusi.

LIBRO I


RESUMEN
Cap. 1. OBJETO Y MÉTODO DE LA FÍSICA

Método general de la ciencia de la naturaleza. Su objeto: el estudio de los principios. Su procedimiento: el análisis.

Cap. 2. NÚMERO DE LOS PRINCIPIOS . NEGACIÓN DEL MONISMO

Opiniones de los antiguos sobre los principios de la naturaleza y de los entes. Exclusión de algunas teorías. El postulado fundamental de la física: la realidad del movimiento. Refutación general de la tesis de la unidad del Ser: ex ratione entis, ex ratione unius — el uno como continuo, como indivisible, por definición. Perplejidad de los antiguos ante la aporía de lo uno y lo múltiple.

Cap. 3. REFUTACIÓN DE LA TESIS «EL SER ES UNO »

A ) Crítica de los argumentos de Meliso sobre la unidad del Ser.— B ) Análisis de los supuestos lógicos de la tesis de Parménides. El lenguaje de la tesis es imposible si se supone la univocidad y la indistinción entre Ser y lo que es. Imposibilidad de hablar de tal Ser tomado en su mismidad: no puede ser atributo ni sujeto. El Ser mismo no puede tener magnitud ni partes conceptuales.— Críticas insuficientes del eleatismo por admitir sus supuestos.

Cap. 4. CRÍTICA DE LOS FÍSICOS

Crítica de los físicos. Las tesis dinamicistas; su relación con Platón. Las tesis mecanicistas: Empédocles y Anaxágoras. Crítica de las tesis de Anaxágoras desde sus supuestos y su manera de proceder; crítica de sus conceptos de infinito, de separación y de generación.

Cap. 5. LOS CONTRARIOS COMO PRINCIPIOS

Herencia de los antiguos: los principios como primeros contrarios; su justificación. Razones: cualquier cosa no puede provenir de cualquier otra al azar; caso de la generación de las cosas simples y de las compuestas. Conclusión: los contrarios o sus intermediarios son términos de la generación y la destrucción. Crítica de los antiguos.

Cap. 6. NÚMPERO DE LOS PRIMEROS PRINCIPIOS

Su número no es ni uno ni infinito. Necesidad de un tercer principio, sujeto de los contrarios; tres razones; apelación a los antiguos en pro de un sustrato. Los principios son más de uno pero no más de tres.

Cap. 7. ANÁLISIS DE LA GENERACIÓN

Análisis del lenguaje de la generación. Necesidad de un sujeto; su dualidad: uno en número, dos en cuanto a la forma. Incluso la generación sustancial exige un sujeto. Consecuencias: todo lo generado es compuesto. Los principios son tres: dos esenciales, uno accidental; en qué sentido pueden ser considerados como dos; los tres principios: materia, forma y privación. Resumen.

Cap. 8. SOLUCIÓN DE LAS APORÍAS DE LOS ANTIGUOS

Para los antiguos la génesis es imposible, pues el ser no puede provenir del ser ni del no-ser. Crítica: la distinción conceptual entre lo esencial y lo accidental; hay génesis accidental desde lo que no es y lo que es. Otra solución: la génesis desde el punto de vista de lo potencial y lo actual.

Cap. 9. MATERIA Y PRIVACIÓN . CRÍTICA DE PLATÓN

Distinción conceptual entre materia y privación; diferencia con la tríada platónica. El principio material y su tendencia. El principio formal.


LIBRO I

1 Objeto y método de la Física

[184a ] Puesto que en toda investigación sobre cosas que tienen principios 1 , causas o elementos, el saber y la ciencia resultan del conocimiento de éstos —ya que sólo creemos conocer una cosa cuando cono cemos sus primeras causas y sus primeros 2 principios, e incluso sus elementos—, es evidente [15] que también en la ciencia de la naturaleza tenemos que intentar determinar en primer lugar cuanto se refiere a los principios 3 .

La vía natural consiste en ir desde lo que es más cognoscible y más claro para nosotros hacia lo que es más claro y más cognoscible por naturaleza 4 ; porque lo cognoscible con respecto a nosotros no es lo mismo que lo cognoscible en sentido absoluto. Por eso tenemos que proceder de esta manera: desde lo que es menos claro por naturaleza, pero más [20] claro para nosotros, a lo que es más claro y cognoscible por naturaleza.

Las cosas que inicialmente nos son claras y evidentes son más bien confusas; sólo después, cuando las analizamos, llegan a sernos conocidos sus elementos y sus principios. Por ello tenemos que proceder desde las cosas en su conjunto 5 a sus constituyentes particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su [25] conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una multiplicidad de partes.

[184b ] Esto mismo ocurre en cierto modo con los nombres respecto de su definición, pues un nombre significa un todo sin distinción de partes, como por ejemplo «círculo», mientras que su definición lo analiza en sus partes constitutivas. También los niños comienzan llamando «padre» a todos los hombres, y «madre» a todas las mujeres; sólo después distinguen quién es cada cual.

2 Número de los principios. El ser no es uno como suponen Parménides y Meliso

[15] Tiene que haber necesariamente o un principio o muchos. Si sólo hay uno, tendrá que ser inmóvil, como dicen Parménides y Meliso, o estar en movimiento, como afirman los físicos 6 , algunos de los cuales dicen que el primer principio es Aire 7 , otros que Agua 8 . Pero si hay muchos, tendrán que ser o finitos o infinitos. Si son finitos y más de uno, entonces serán dos 9 o tres o cuatro 10 o cualquier [20] otro número. Y si son infinitos, entonces o pertenecerán a un único género, diferenciándose sólo en la figura, como afirma Demócrito 11 , o serán diferentes o incluso contrarios 12 en especie.

Los que buscan cuántos entes hay realmente proceden de la misma manera 13 , pues pretenden saber si lo que constituye primariamente a los entes es uno o múltiple, y en el caso de que sean múltiples, si son finitos o infinitos. Por lo tanto, éstos también investigan si los principios o los elementos [25] son uno o muchos.

Ahora bien, examinar si el Ser es uno e inmóvil no es tarea propia de la Física 14 , pues así como el geómetra no [185a ] tiene argumentos contra quien niegue los principios de la geometría —tendría que remitirse a otra ciencia o una ciencia común a todas—, lo mismo le sucede también a quien estudia los principios. Porque si sólo hay un ente, y es uno de la manera mencionada, entonces ya no hay un principio 15 , puesto que todo principio es tal si es principio de uno o de muchos entes. Examinar si el Ser es uno en ese [5] sentido es, pues, como discutir cualquiera de las otras tesis que se presentan sólo por discutir, tales como la de Heráclito 16 o la de que el Ser es un único hombre, o es como refutar una argumentación erística, tal como la de Meliso o la de Parménides 17 (pues ambos parten de premisas falsas y sus [10] conclusiones no se siguen; la de Meliso es más bien tosca y no presenta problemas, pero si se deja pasar un absurdo se llega a otros, y en eso no hay ninguna dificultad).

Por nuestra parte damos por supuesto que las cosas que son por naturaleza, o todas o algunas, están en movimiento; esto es claro por inducción 18 . No estamos obligados a refutar [15] toda doctrina adversa, sino sólo cuantas concluyen falsamente de los principios de una demostración; en caso contrario, no. Así, por ejemplo, es propio del geómetra refutar la cuadratura del círculo por medio de los segmentos 19 , pero refutarla por el método de Antifonte 20 no es tarea propia de un geómetra. Pero como ellos plantean importantes problemas de orden físico, aunque su estudio no verse sobre la naturaleza, quizás sea conveniente decir algo al respecto, ya que este examen tiene interés para la filosofía. [20]

El punto de partida más apropiado será ver qué es lo que quieren decir cuando afirman que todas las cosas son una unidad, puesto que «ser» se dice en mucho sentidos. ¿Acaso que todas son sustancias o cantidades o cualidades? ¿Acaso que son una única sustancia, como por ejemplo «un» hombre, o «un» caballo o «un» alma, o que son una única cualidad, [25] como por ejemplo «blanco» o «caliente» o alguna otra similar 21 ? Todas estas alternativas son muy diferentes y no es posible afirmarlas a la vez. Porque si el Todo fuese un todo de sustancia y también de cantidad y de cualidad 22 , estén o no separadas entre sí, habría muchos entes. Y si todas las cosas fuesen cualidades o cantidades, haya sustancia o no la haya, entonces sería absurdo, si hay que llamar absurdo [30] a lo imposible. Porque ninguna de éstas puede existir separadamente, excepto la sustancia, ya que todas ellas se dicen de la sustancia como su sujeto.

Meliso afirma que el ser es infinito. El ser sería entonces una cantidad, porque lo infinito es infinito en cantidad 23 , [185b ] pues ninguna sustancia puede ser infinita, ni tampoco una cualidad ni una afección, salvo que lo sean accidentalmente 24 , esto es, si cada una fuese al mismo tiempo una cantidad. Porque para definir el infinito tenemos que hacer uso de la cantidad, no de la sustancia ni de la cualidad. Luego, si [5] el ser es sustancia y cantidad, es dos y no uno. Pero si sólo es sustancia, entonces no será infinito ni tendrá magnitud alguna, porque tener una magnitud sería tener una cantidad.

Además, puesto que el «uno» mismo, como el ser, se dice en muchos sentidos 25 , hay que examinar en qué sentido dicen que el Todo es uno. Porque se dice de algo que es uno si es continuo o si es indivisible o si la definición de su esencia es una y la misma, como la bebida espirituosa y el vino.

Si el Todo es uno por ser continuo, entonces el Uno es [10] múltiple, pues lo continuo es infinitamente divisible 26 .

(Hay, por cierto, una dificultad sobre la parte y el todo 27 , aunque quizás no sea relevante para esta discusión, sino sobre la parte y el todo tomados en sí mismos, a saber: si la parte y el todo son una misma cosa o son varias, y de qué manera son una o varias, y si son varias, de qué manera son varias. La misma dificultad se plantea en el caso de que las partes no sean continuas. Y también, si cada parte es una [15] con el todo por ser indivisible, cabe preguntarse si cada parte será una con cada otra.)

Pero si el Todo es uno en cuanto que es indivisible, ninguna cosa tendrá cantidad ni cualidad, ni el ser será infinito, como quiere Meliso, ni tampoco finito, como afirma Parménides; porque aunque el límite es indivisible, lo limitado no lo es.

Y si todos los entes son uno por tener la misma definción, [20] como un vestido o una túnica, entonces se vuelve a la doctrina de Heráclito 28 , pues en tal caso ser bueno será lo mismo que ser malo, ser bueno lo mismo que ser no-bueno, y por tanto serán lo mismo bueno y no-bueno, hombre y caballo, y ya no se podrá afirmar que todas las cosas son una unidad, sino que no son nada; lo que es de una cierta [25] cualidad será lo mismo que lo que es de una cierta cantidad.

Los antiguos más próximos a nosotros se sentían perturbados ante la posibilidad de que una misma cosa resultase a la vez una y múltiple. Por eso algunos, como Licofrón 29 , suprimieron el «es»; otros modificaron la forma de las expresiones, diciendo, por ejemplo, «hombre blanqueado» en lugar de «el hombre es blanco», «camina» en lugar de «está [30] caminando», a fin de evitar que lo uno se hiciera múltiple si se le añadía el «es», como si «uno» y «ser» sólo tuviesen un único significado. Pero los entes son muchos, o por definición (por ejemplo, «ser músico» es distinto de «ser blanco», aunque ambos sean un mismo hombre; de esta manera lo uno puede ser múltiple), o por división (como el todo y sus partes). Ante esto se quedaban perplejos, pues tenían que [186a ] admitir que lo uno era múltiple, como si no fuera posible que una misma cosa sea una y múltiple sin oposición, pues lo que es uno puede ser uno en potencia o uno en acto.

3 Refutación de la tesis «el Ser es uno»

Si procedemos de esta manera, parece [5] imposible que todos los entes sean uno, y los argumentos utilizados para probarlo no son difíciles de refutar. Porque tanto Parménides como Meliso hacen razonamientos erísticos (ya que parten de premisas falsas y sus conclusiones no se siguen; el de Meliso es más bien tosco y no presenta problemas, pero si se deja pasar un absurdo se llega a otros sin dificultad).

[10] Es manifiesto que Meliso comete una falacia, pues piensa que si «todo lo que ha llegado a ser tuvo un comienzo», entonces «lo que no ha llegado a ser no lo tiene» 30 . Y también es absurdo suponer que todo tiene un comienzo, no del tiempo, sino de la cosa, y que tiene que haber un comienzo no sólo de una generación absoluta, sino también de la generación [15] de una cualidad, como si no pudiese haber cambios instantáneos 31 .

Además, ¿por qué el Todo, si es uno, tiene que ser inmóvil? Si una parte del Todo que es una, como esta parte de agua, puede moverse en sí misma 32 , ¿por qué no ha de poder hacerlo el Todo? ¿Y por qué no puede haber alteración? Por otra parte, el Ser no puede ser uno en cuanto a la forma, sino sólo en cuanto a la materia —de esta unidad hablan [20] algunos físicos, pero no de la otra—; pues un hombre y un caballo son distintos en cuanto a la forma, y también lo son los contrarios entre sí.

A Parménides se le pueden hacer las mismas objeciones 33 , aunque hay también otras que se le pueden aplicar con más propiedad. Se le refuta mostrando que sus premisas son falsas y sus conclusiones no se siguen. Sus premisas son [25] falsas porque supone que «ser» sólo se dice en sentido absoluto, siendo que tiene muchos sentidos. Y sus conclusiones no se siguen, porque si sólo hubiese cosas blancas, y si «blanco» sólo tuviese un significado, lo que es blanco sería sin embargo múltiple y no uno. Lo que es blanco no sería uno ni por continuidad ni por definición. Porque el ser de lo blanco es distinto del ser de aquello que lo recibe, aunque [30] lo blanco no exista separadamente, fuera de lo que es blanco; pues lo blanco y aquello a lo que pertenece no se distinguen por estar separados sino por su ser 34 . Esto es lo que Parménides no vio.

En efecto, forzosamente Parménides está suponiendo no sólo que «es» tiene un único significado, sea cual sea aquello a que se atribuya, sino también que significa «lo que propiamente es », y <«es uno»> «lo que propiamente es uno » 35 . <Pero entonces «ser» ya no será un atributo>, porque un atributo es aquello que se predica de un sujeto; por [35] lo tanto, si «ser» fuese un atributo, aquello a lo que se atribuya no será, ya que sería algo distinto de lo que es; luego [186b ] algo que no es. Por lo tanto, «lo que propiamente es» no podrá predicarse de algo, pues no sería ente aquello de que se predique, a menos que se admita que «es» tiene más de un significado, de tal manera que cada cosa sea un cierto ser. Pero se ha supuesto que «es» sólo tiene un significado.

Pero, por otra parte, si «lo que propiamente es» no es [5] atributo de algo, sino que se le atribuye alguna otra cosa, ¿por qué «lo que propiamente es» ha de significar el «es» más bien que el «no es»? Porque en el supuesto de que «lo que propiamente es» no sólo «es» sino que también es «blanco», lo que es blanco no sería «lo que propiamente es» (ya que el ser no puede pertenecerle, porque lo que no es «aquello que propiamente es», no es); luego lo blanco no es, y no se trata de que no sea en un sentido particular, sino que [10] no es en absoluto. Luego «lo que propiamente es» no es, porque si se dice con verdad que es blanco, esto significa decir que no es. Por consiguiente, también «blanco» tendrá que significar «lo que propiamente es»; pero entonces «es» tendría más de un significado.

Además, si el ser es «lo que propiamente es», entonces no tendrá magnitud 36 , porque en tal caso el ser de cada una de sus partes sería distinto.

Por otra parte, que «lo que propiamente es» es divisible [15] en otros que «propiamente son», es también evidente desde el punto de vista de la definición. Por ejemplo, si «hombre» fuese «lo que propiamente es», también «animal» y «bípedo» tendrían que ser «lo que propiamente es». Porque, si no lo fueran, serían entonces atributos del hombre o de algún otro sujeto 37 . Pero ambas alternativas son imposibles.

Se entiende por atributo : o bien lo que puede pertenecer o no pertenecer <a un sujeto>, o bien aquello en cuya definición [20] está presente <el sujeto> del cual es un atributo o bien aquello a lo que pertenece la definición del sujeto del cual es un atributo. Por ejemplo, «estar sentado» es un atributo separable, pero «chato» no puede definirse sin la definición de «nariz», de la cual decimos que pertenece como un atributo. Además, la definición del todo no está presente en la definición de cada una de las partes o elementos de lo que se define; por ejemplo, la definición de «hombre» no [25] está incluida en la de «bípedo», ni la de «hombre blanco» en la de «blanco». Si esto es así, y si «bípedo» es el atributo de «hombre», entonces o bien «bípedo» tendrá que ser separable de «hombre», de tal manera que podría haber hombres que no fuesen bípedos, o bien la definición de «hombre» tendrá que estar presente en la definición de «bípedo»; pero [30] esto es imposible, porque «bípedo» está contenido en la definición de «hombre».

Y si «bípedo» y «animal» fuesen atributos de otra cosa y si ni uno ni otro fuesen «lo que propiamente es», entonces «hombre» sería también un atributo de otra cosa. Pero «lo que propiamente es» no puede ser atributo de nada, y aquello de lo cual se predican ambos y cada uno en particular («bípedo» y «animal») tiene que ser también aquello de lo cual se predica el compuesto («animal bípedo»). ¿Tendremos [35] que decir, entonces, que el Todo está compuesto de indivisibles?

Algunos nos han transmitido ambos argumentos: a ) el [187a ] que afirma que todas las cosas son una, porque «ser» sólo significa una cosa, con lo cual supone que el no ser es 38 , y b ) el argumento de la dicotomía 39 , que supone magnitudes indivisibles. Pero evidentemente no es verdad que, si «ser» sólo significa una cosa y no es posible al mismo tiempo la [5] contradicción, entonces el no-ser no es. Porque nada impide que haya, no el no-ser absoluto, sino un cierto no-ser. Por otra parte, es absurdo decir que Todo es uno porque no puede haber nada fuera del Ser mismo 40 . Pues ¿qué se ha de entender por el Ser mismo sino «lo que propiamente es»? Pero si esto es así, nada impide que las cosas sean múltiples.

Es evidente, entonces, que el ser no puede ser uno en [10] ese sentido.

4 Crítica de los físicos

En cuanto a los físicos 41 , éstos hablan de dos maneras. Algunos establecen que el Uno es el cuerpo subyacente —bien uno 42 de los tres elementos o bien otro más denso que el fuego pero más ligero que el aire— 43 , del que se generan todas las demás cosas, [15] que se hacen múltiples por rarefacción y condensación 44 . Ahora lo raro y lo denso son contrarios y, tomados en general, son el exceso y el defecto, como lo son lo Grande y lo Pequeño de los que habla Platón 45 , salvo que él hace de éstos la materia y del Uno la forma, mientras que ellos hacen del Uno la materia subyacente y de los contrarios las diferencias o formas.

Otros afirman que los contrarios están contenidos en el [20] Uno y emergen de él por separación, como Anaximandro y también cuantos dicen que los entes son uno y múltiples, como Empédocles y Anaxágoras, pues para éstos las cosas emergen de la Mezcla por separación. Aunque los dos últimos difieren entre sí: para el primero hay cambios cíclicos 46 , [25] para el segundo cambios únicos 47 ; para el segundo hay infinitas de partículas semejantes 48 y sus contrarias, mientras que el primero sólo admite los llamados «elementos» 49 .

Anaxágoras, al parecer, consideró que eran infinitos, porque aceptaba como verdadera la doctrina común entre los físicos de que nada llega a ser de lo que no es. Por eso ellos dicen: «todas las cosas estaban juntas», considerando algunos el llegar a ser como una alteración y otros como [30] una combinación o una separación 50 . Además, la generación recíproca de los contrarios les llevó a suponer que tenían que haber existido ya uno en otro. Porque si todo lo que llega a ser tiene que venir o de lo que es o de lo que no es, y es imposible el llegar a ser de lo que no es (sobre estas doctrinas todos los físicos están de acuerdo), pensaron entonces [35] que lo primero se seguía necesariamente, a saber, que las cosas llegan a ser de cosas ya existentes, aunque por la pequeñez de sus masas no nos sean perceptibles. Por eso decían [187b ] que toda cosa está mezclada en toda cosa, porque veían que todo proviene de todo; las cosas parecen diferentes y se les da distintos nombres según sea aquello que predomine numéricamente entre los infinitos constituyentes de la mezcla. Para ellos, nada es enteramente blanco o negro o [5] dulce o carne o hueso, sino que la naturaleza de una cosa sería lo que parece poseer preponderantemente.

Ahora bien, si el infinito en cuanto infinito es incognoscible, entonces el infinito según el número y según la magnitud es una cantidad incognoscible; y el infinito según la forma es una cualidad incognoscible. Y si los principios fueron infinitos según el número y según la forma, sería imposible conocer lo que está compuesto de ellos; porque [10] creemos conocer un compuesto sólo cuando sabemos cuáles y cuántos son sus componentes 51 .

Además, si las partes de una cosa pudiesen ser de cualquier tamaño en grandeza o pequeñez (y entiendo por «partes» [15] los componentes en que puede ser dividido el todo), entonces necesariamente la cosa total podrá ser de cualquier tamaño. Pero si es imposible que un animal o una planta sean de cualquier tamaño en grandeza o en pequeñez, es evidente que tampoco cualquiera de sus partes podrá serlo, pues si no fuera así, el todo también lo sería. La carne, los huesos y otras cosas similares son partes del animal, como los frutos son partes de las plantas. Es evidente, entonces, [20] que la carne o el hueso o alguna otra cosa no pueden ser de cualquier tamaño, ni con respecto a lo más grande ni a lo más pequeño 52 .

Además, en el supuesto de que todas estas cosas estén ya presentes una en otras y no haya generación, sino separación tras una mutua presencia, y que reciban sus nombres según la parte que exceda a las otras partes, y que cualquier cosa pudiera llegar a ser de cualquier otra (por ejemplo, el [25] agua por separación de la carne o la carne del agua), entonces, puesto que todo cuerpo finito se agota por la sustracción reiterada de una magnitud finita 53 , es evidente que toda cosa no puede estar presente en toda cosa. Porque si la carne fuese extraída del agua y de nuevo emergiese más carne por separación en el agua residual, aunque la parte fuese cada [30] vez más pequeña no llegará jamás a ser tan pequeña que no tenga ninguna magnitud. Por consiguiente, si el proceso de separación llegase a detenerse, toda cosa no estará en toda cosa (pues no habría ya carne en el agua residual). Pero si no se detuviese y la extracción de carne pudiese continuar indefinidamente, habría entonces un número infinito de partes iguales finitas en una magnitud finita; pero esto es imposible 54 .

Además, si todo cuerpo al que se le quite algo tiene que [35] hacerse necesariamente más pequeño, y si la carne no puede aumentar o disminuir en cantidad más allá de cierto límite, es evidente que a ningún cuerpo se le puede separar la cantidad mínima de carne, porque entonces sería más pequeño [188a ] que el mínimo de carne 55 .

Finalmente, en cada una de estas infinitas partículas corpóreas estaría ya presente una cantidad infinita de carne, sangre y cerebro, no separada entre sí, aunque no por eso menos real. Pero esto es absurdo. [5]

Que jamás tendrá lugar una completa separación, es verdad, aunque Anaxágoras lo dice sin saber por qué: porque las afecciones son inseparables. Por lo tanto, si los colores y los estados están mezclados, en el caso de que fuera separados tendríamos, por ejemplo, un «blanco» y un «sano» que no serían más que blanco y sano, sin ser atributo de ningún sujeto. Así pues, es absurda e imposible esta Inteligencia de Anaxágoras, pues pretende separar lo que no [10] es posible separar 56 , tanto respecto de la cantidad como de la cualidad: respecto de cantidad, porque no hay una magnitud mínima; respecto de la cualidad, porque las afecciones son inseparables.

Tampoco tiene razón Anaxágoras al concebir la generación de los cuerpos desde partículas homeómeras. Porque en cierto sentido el barro se puede dividir en trozos de barro, [15] pero en otro sentido no. Ni el agua y aire son y se engendran mutuamente de la misma manera en que los ladrillos vienen de la casa o la casa de los ladrillos. Sería mejor concebir un número más reducido y finito de principios, como hace Empédocles.

5 Los contrarios como principios 57

Todos ponen los contrarios como principios, tanto aquellos que afirman que [20] el Todo es uno e inmóvil (pues Parménides pone como principios el calor y el frío 58 , y los llama fuego y tierra), como los que hablan de lo raro y lo denso. También Demócrito habla de lo lleno y lo vacío 59 , entendiéndolos, respectivamente, como el ser y el no-ser, y habla asimismo de diferencias de posición, figura y orden, los cuales serían los géneros de los contrarios: así, de la posición, lo alto y lo bajo, lo interior y lo posterior; de la [25] figura, la angular y lo no angular, lo recto y lo circular.

Así pues, es manifiesto que de una u otra manera todos consideran los contrarios como principios. Y con razón, pues es necesario que los principios no provengan unos de otros, ni de otras cosas, sino que de ellos provengan todas las cosas. Ahora los primeros contrarios poseen estos atributos: no provienen de otras cosas, porque son primeros, ni tampoco unos de otros, porque son contrarios. Pero tenemos [30] que examinar la razón por la cual esto es así.

En primer lugar, hay que admitir que no hay ninguna cosa que por su propia naturaleza pueda actuar de cualquier manera sobre cualquier otra al azar o experimentar cualquier efecto de cualquier cosa al azar, que cualquier cosa no puede llegar a ser de cualquier cosa 60 , salvo que se le considere [35] por accidente 61 . Pues, ¿cómo lo blanco podría generarse del músico, salvo que «músico» sea un accidente de lo no-blanco o del negro? Lo blanco se genera de lo no-blanco, pero no de un no-blanco cualquiera, sino del negro o de algún [188b ] color intermedio 62 ; y el músico se genera del nomúsico, pero no de cualquier no-músico, sino de un a-músico o de algo intermedio, si lo hay. Tampoco una cosa, cuando se destruye, lo hace primariamente en otra cualquiera al azar; así, lo blanco no se destruye en el músico (salvo [5] que sea por accidente), sino en lo no-blanco, y no en un noblanco cualquiera al azar, sino en el negro o en algún otro color intermedio, como también el músico se destruye en el no-músico, no en cualquier no-músico al azar, sino en un amúsico o en algo intermedio.

Lo mismo sucede en todos los demás casos, ya que aplicamos el mismo razonamiento a las cosas que no son simples [10] sino compuestas, pero como no tenemos un nombre para las disposiciones opuestas no lo advertimos. Porque todo lo que es armónico tiene que llegar a ser de lo noarmónico, y lo no-armónico de lo armónico; y lo armónico ha de destruirse en lo no-armónico, que no es una disposición [15] cualquiera al azar, sino la opuesta a lo armónico. Y no hay diferencia si se habla de armonía o de orden y de composición, pues evidentemente el razonamiento es el mismo. También una casa, una estatua o cualquier otra cosa llegan a ser de la misma manera; pues una casa llega a ser de cosas que están en cierta separación más bien que en una conjunción, y una estatua o cualquier cosa que haya sido configurada llega a ser de lo no configurado; y lo que resulta es en [20] un caso orden y en otro composición.

Si esto es verdad, todo lo que llega a ser proviene de su contrario o de algo intermedio y todo lo que se destruye se destruye en su contrario o en algo intermedio. Los intermedios provienen también de los contrarios, como por ejemplo los colores, que provienen del blanco y del negro. Por consiguiente, [25] todas las cosas que llegan a ser por naturaleza o son contrarias o provienen de contrarios.

Hasta aquí la mayor parte de nuestros predecesores de una u otra forma nos han acompañado, como dijimos antes; pues todos, como constreñidos por la verdad misma, han dicho que los elementos, y lo que ellos llaman «principios», son contrarios, aunque no han dado ninguna razón. Pero se [30] diferencian entre sí al tomar unos, como anteriores unos contrarios, y otros, como posteriores; unos lo que es más cognoscible según el pensamiento, otros lo que es más cognoscible según la sensación: pues algunos ponen lo caliente y lo frío como causas de la generación, otros lo húmedo y lo seco, otros lo impar y lo par, otros incluso el Amor y el [35] Odio, diferenciándose entre sí de la manera que hemos indicado. Por consiguiente, sus principios son en un sentido los mismos y en otro son diferentes; diferentes según el parecer de la mayoría de ellos, los mismos en tanto que son análogos; [189a ] pues los toman de la misma tabla de los contrarios 63 , siendo unos de mayor extensión y otros de menor. Así hablan de los principales de igual y de diferente manera, unos peor y otros mejor 64 , y, como dijimos antes, algunos los [5] entienden como más cognoscibles según la razón y otros como más cognoscibles según la sensación; pues lo universal es más conocido por la razón y lo particular por la sensación, ya que la razón es de lo universal y la sensación de lo particular; por ejemplo, lo Grande y lo Pequeño 65 son principios contrarios según la razón, lo Raro y lo Denso 66 lo son según la sensación.

[10] Es, pues, evidente que los principios tienen que ser contrarios.

6 Número de los primeros principios

Queda ahora por decir si los principios son dos o tres o más.

No es posible que haya un único principio, puesto que los contrarios no son una misma cosa. Tampoco pueden ser infinitos, porque en tal caso el ser sería incognoscible, y porque en cada uno de los géneros 67 sólo hay una contrariedad y la sustancia es un género único, y también porque es posible partir de un número finito, y de un número finito, [15] como hace Empédocles, es mejor que de un número infinito (pues Empédocles piensa que desde sus principios finitos puede dar razón de todo lo que Anaxágoras explica con sus principios infinitos). Además, algunos contrarios son anteriores a otros, y algunos proceden de otros, como lo dulce y lo amargo, lo blanco y lo negro, mientras que los principios tienen que permanecer siempre. Resulta claro, entonces, que [20] los principios no pueden ser ni uno ni infinitos.

Pero si son finitos, hay alguna razón para no suponer que sean sólo dos. Porque es difícil ver cómo la densidad podría actuar por su propia naturaleza sobre la rareza, o la rareza sobre la densidad. Lo mismo se puede decir de cualquier otra pareja de contrarios, ya que ni el Amor se une al Odio y produce algo de éste, ni el Odio produce algo del [25] Amor, sino que ambos actúan sobre una tercera cosa. Algunos, en cambio, suponen más principios y de ellos hacen surgir la naturaleza de las cosas.

Además, si no suponemos bajo los contrarios una naturaleza distinta, puede plantearse todavía otra dificultad, puesto que no vemos que los contrarios sean la sustancia de ninguna cosa; pero un principio no puede ser predicado de [30] ningún sujeto, ya que si lo fuera sería el principio de un principio; porque el sujeto es un principio, y según parece es anterior a lo que se predica de él.

Además, decimos que no hay sustancia que sea contraria a una sustancia 68 . ¿Cómo, entonces, una sustancia podría estar constituida por no-sustancias? O bien, ¿cómo una nosustancia podría ser anterior a una sustancia? 69 .

[35] Por eso, si se admiten como verdaderos el anterior 70 y el [189b ] último argumento 71 , es necesario, si se quiere preservar a ambos, suponer un tercer principio, como afirman los que dicen que el Todo es una única naturaleza, tal como el agua 72 o el fuego 73 o algo parecido entre ambos 74 . Y parece que es más bien algo intermedio, porque el fuego, la tierra, [5] el aire y el agua están ya entretejidos de contrarios. De ahí que no carezcan de razón los que ponen como substrato algo distinto de éstos, especialmente los que ponen el aire, porque el aire presenta menos diferencias sensibles que los otros principios; y después del aire, el agua. Todos, sin embargo, consideran esa Unidad como configurada por contrarios, tales como la densidad y la rareza, el más y el menos; [10] estos contrarios, tomados en general, son claramente el exceso y el defecto, como ya hemos dicho antes 75 . Y al parecer es antigua esta doctrina: que el Uno, el Exceso y el Defecto son los principios de las cosas, aunque todos no la entienden de la misma manera, ya que los antiguos 76 consideraban que los dos contrarios eran activos y el Uno pasivo, mientras que algunos más recientes 77 sostienen más bien lo [15] opuesto, que el Uno es activo y los dos contrarios pasivos.

Así, a la luz de estas consideraciones y otras similares parece razonable afirmar, como hemos dicho antes, que los elementos son tres, y no más de tres. Porque como principio pasivo basta con uno solo; si fueran cuatro habría dos contrariedades, y tendríamos que suponer otra naturaleza intermedia [20] fuera de cada una. Y si fueran dos y pudieran engendrar cosas entre sí, una de las contrariedades sería superflua 78 . Pero, además, es imposible que haya varias contrariedades primeras 79 ; porque la sustancia es un género único del ser, de manera que los principios sólo serían distintos entre sí por el antes y el después, pero no por el género [25] (pues en un género singular nunca hay más de una contrariedad, y todas las otras contrariedades parecen reducirse a una sola 80 ).

Es evidente, entonces, que no puede haber un solo elemento, ni tampoco más de dos o tres. Pero, como hemos dicho, es muy difícil decidir si son dos o tres.

7 Análisis de la generación

[30] En cuanto a nosotros, hablemos ahora, en primer lugar, de la generación 81 en general, pues es conforme a la naturaleza hablar primero de lo que es común y examinar después lo que es particular. Cuando decimos que una cosa llega a ser de otra, o que algo llega a ser de algo distinto, podemos referirnos bien a lo que es simple o bien a lo que es compuesto. Quiero decir lo siguiente: un hombre puede llegar a ser músico 82 , y también lo que es no-músico puede llegar a ser músico, o el hombre no-músico puede llegar a ser un hombre músico. [190a ] Llamo simple al término inicial del llegar a ser, a saber «hombre» y «no-músico», y simple también lo que ha llegado a ser, «músico»; pero cuando decimos «el hombre nomúsico llega a ser un hombre músico», tanto aquel que llega ser como lo que ha llegado a ser son compuestos . [5]

Ahora bien, en uno de estos casos no decimos sólo: «esto llega a ser», sino también: «esto llega a ser de esto», por ejemplo, «el músico llega a ser del no-músico». Pero no hablamos de la misma manera en todos los casos, ya que no decimos: «el músico ha llegado a ser del hombre», sino: «el hombre ha llegado a ser músico».

Por otra parte, cuando decimos que algo simple llega a ser, en un caso permanece lo que llega a ser y en otro no [10] permanece; en efecto, el hombre permanece y es un hombre cuando llega a ser músico, mientras que lo no-músico y lo a-músico no permanecen, ni como simples ni como compuestos.

Después de estas distinciones se puede comprender que, en todos los casos de llegar a ser, si se los considera como hemos dicho, tiene que haber siempre algo subyacente en lo [15] que llega a ser, y para esto, aunque es uno en número, no es uno en forma 83 (y por «forma» entiendo lo mismo que por «concepto»). Porque no es lo mismo el ser del hombre que el ser de lo no-músico, ya que el uno permanece, mientras que el otro no permanece: lo que no es un opuesto, permanece (pues el hombre permanece); pero lo no-músico y lo amúsico [20] no permanece, ni tampoco el compuesto de ambos, esto es el hombre a-músico.

Decimos «algo llega a ser de algo», y no «algo llega a ser algo», principalmente de las cosas que no permanecen; así decimos «el músico llega a ser del a-músico», y no «el músico llega a ser del hombre». Aunque también de las cosas que permanecen hablamos en ocasiones de la misma [25] manera, pues decimos que del bronce llega a ser una estatua, y no que el bronce llega a ser una estatua. En cuanto a los opuestos que no permanecen, se dicen de ambas maneras: decimos «esto llega a ser de esto» y también «esto llega a ser esto»; así, «del a-músico llega a ser el músico» y también «el a-músico llega a ser músico». Y hablamos de la misma manera en el caso del compuesto, pues decimos: «de [30] un hombre a-músico llega a ser un músico», y también «un hombre a-músico llega a ser un hombre músico».

«Llegar a ser» (gígnesthai ) se dice en muchos sentidos 84 : en algunos casos no se habla simplemente de llegar a ser, sino de llegar a ser algo particular, pero sólo de las sustancias se dice que llegan a ser en sentido absoluto. Cuando no se trata de sustancias, es evidente que tiene que haber un sujeto de lo que llega a ser, pues en el llegar a ser de una [35] cantidad o una cualidad o una relación o un donde hay siempre un sujeto 85 de ese llegar a ser, ya que sólo la sustancia no se predica de ningún otro sujeto, mientras que todo lo demás se predica de la sustancia. Pero que también [190b ] las sustancias, y todos los demás entes simples, llegan a ser de un sustrato, resulta evidente si se lo examina con atención. Porque siempre hay algo subyacente de lo que procede lo que llega a ser; por ejemplo, los animales y las plantas proceden de la semilla 86 . [5]

Las cosas que simplemente llegan a ser lo hacen en algunos casos por transfiguración, como la estatua del bronce; en otros por adición, como las cosas que aumentan; en otros por sustracción, como el Hermes de la piedra; en otros por composición, como la casa; en otros por alteración, como las cosas que cambian con respecto a su materia. Es evidente que todas las cosas que llegan a ser de esta manera [10] proceden de un substrato.

Resulta claro entonces de cuanto se ha dicho que todo lo que llega a ser es siempre compuesto, y que no sólo hay algo que llega a ser, sino algo que llega a ser «esto», y lo último en dos sentidos: o es el substrato o es lo opuesto. Entiendo por «opuesto», por ejemplo, el a-músico, y por «sujeto» el hombre; llamo también «opuesto» a la carencia [15] de figura o de forma o de orden, mientras que llamo «sujeto» al bronce o a la piedra o al oro.

Por lo tanto, si de las cosas que son por naturaleza hay causas y principios de los que primariamente son y han llegado a ser, y esto no por accidente, sino cada una lo que se dice que es según su sustancia, entonces es evidente que todo llega a ser desde un substrato y una forma. Porque «hombre músico» está compuesto, en cierto sentido, de «hombre» y de «músico», ya que se lo puede analizar en los conceptos de ambos. Es claro, entonces, que lo que llega a ser proviene de éstos.

El substrato es uno en número, pero dos en cuanto a la [25] forma 87 (pues lo numerable es el hombre o el oro o, en general, la materia, ya que es sobre todo la cosa individual, y no es por accidente como lo generado llega a ser de ello; en cambio, la privación y la contrariedad son sólo accidentales). Pero la forma es una, como el orden o la música o cualquier otra determinación similar.

Por eso, en un sentido hay que decir que los principios [30] son dos, y en otro que son tres. En un sentido son los contrarios, como en el caso del músico y el a-músico, o del calor y el frío, o de lo armónico y lo inarmónico; pero en otro sentido no lo son, ya que es imposible que los contrarios se afecten entre sí. Pero esta dificultad puede resolverse también porque hay otro término, el substrato, que no es un [35] contrario. Por consiguiente, en cierto sentido los principios no son más numerosos que los opuestos, sino que, por así decirlo, son dos en número; pero, en otro sentido, como en [191a ] cada uno de ellos hay un ser distinto, no son ya dos, sino tres; porque «ser hombre» es distinto del «ser a-músico», y «ser informe» es distinto de «ser bronce».

Hemos dicho, pues, cuántos son los principios del llegar a ser de las cosas naturales y en qué sentido son tantos, y queda claro que tiene que haber un substrato para los contrarios [5] y que los contrarios son dos. Pero, en otro sentido, esto no es necesario, pues es suficiente con uno de los contrarios para efectuar el cambio por su ausencia o presencia.

En cuanto a la naturaleza subyacente 88 , es cognoscible por analogía. Porque así como el bronce es con respecto a la estatua, o la madera con respecto a la cama, o la materia y lo informe antes de adquirir forma con respecto a cualquier [10] cosa que tenga forma, así es también la naturaleza subyacente con respecto a una sustancia o a una cosa individual o a un ente. Es, pues, un principio, aunque no es uno ni es ente a la manera en que lo es una cosa individual; otro principio es aquello del cual hay definición, y otro también su contrario, la privación.

Hemos dicho en lo que precede en qué sentido los principios [15] son dos y en qué sentido son más. Primero dijimos que sólo los contrarios son principios, y después que es necesario un substrato y que los principios son tres. Con esto se ha aclarado cuál es la diferencia entre los contrarios, cómo los principios se relacionan entre sí, y qué es el substrato. Sin embargo, todavía no está claro cuál de los dos es la sustancia, si la forma o el substrato 89 . Pero que los principios [20] son tres, en qué sentido son tres y en qué relación están entre sí, está claro.

Hemos examinado, entonces, cuántos son los principios y qué son.

8 Solución de las dificultades de los antiguos

Que sólo de esta manera se pueden resolver las dificultades de los antiguos, lo vamos a mostrar ahora.

[25] Los que primero filosofaron, al indagar sobre la verdad y la naturaleza de las cosas se extraviaron, como empujados hacia un camino equivocado por inexperiencia 90 , y dijeron que ninguna cosa puede generarse o destruirse, puesto que lo generado tendría que llegar a ser o del ser o del no-ser, pero ambas alternativas [30] son imposibles; porque de lo que es no puede llegar a ser, puesto que ya es, y de lo que no es nada puede llegar a ser, puesto que tendría que haber algo subyacente. Y así, extremando las consecuencias inmediatas, llegaron a afirmar que no existe la multiplicidad, sino sólo el Ser mismo. Tal fue la opinión que adoptaron por las razones expuestas.

Nosotros, por el contrario, decimos que «llegar a ser de [35] lo que es o de lo que no es» o «lo que no es o lo que es ejerce o experimenta alguna acción, o llega a ser algo particular» [191b ] en nada se diferencia del médico que ejerce o experimenta alguna acción, o de algo que llega a ser por obra del médico. Porque, así como estas expresiones tienen un doble sentido, es claro que cuando se dice «de lo que es» o «lo que es ejerce o experimenta alguna acción» también tienen doble sentido. Así, un médico construye una casa, no en cuanto médico, sino en tanto que constructor, y llega a ser canoso no en cuanto médico, sino en tanto que tenía pelo [5] negro; pero en cuanto médico cura o pierde la capacidad de curar. Y puesto que hablamos con toda propiedad cuando decimos que el médico ejerce o experimenta algo, o que por obra del médico algo llega a ser, sólo si en tanto que médico actúa o experimenta o llega a ser algo, es claro que decir «algo llega a ser de lo que no es» significa «de lo que no es en tanto que no es» 91 . Pero ellos al no hacer estas distinciones [10] se extraviaron, y de este error pasaron a otro mayor: pensaron que ninguna cosa llega a ser o es de otras, y suprimieron así toda generación. También nosotros afirmamos que en sentido absoluto nada llega a ser de lo que no es, pero que de algún modo hay un llegar a ser de lo que no es, a saber, por accidente; pues una cosa llega a ser de la [15] privación, que es de suyo un no-ser, no de un constitutivo suyo. Pero esto produce estupor y parece imposible que algo llegue a ser así, de lo que no es.

Y de la misma manera afirmamos que nada llega a ser de lo que es, y que lo que es no llega a ser, salvo por accidente. Así esto también puede suceder: que el animal llegue a ser del animal, y un animal particular de un animal particular, [20] como por ejemplo un perro <de un perro o un caballo> 92 de un caballo. Porque el perro llegaría a ser no sólo de un animal particular, sino también del animal, aunque no en tanto que animal, pues esto ya le pertenecía. Pero si algo llegase a ser un animal y no sentido accidental, no sería entonces de un animal, y si fuese un ente, no sería del ente, ni [25] tampoco del no ente; porque ya hemos dicho que «de lo que no es» significa «de lo que no es en tanto que no es». Con esto no negamos que «toda cosa es o no es».

Esta es, pues, una manera de resolver la dificultad. Pero hay otra, ya que podemos hablar de una misma cosa con respecto a su potencialidad y con respecto a su actualidad; esto se ha determinado con más precisión en otro lugar 93 .

[30] Así, según se ha dicho, se resuelven las dificultades que les forzaron a hacer las supresiones de que hemos hablado; pues fue por ellas por las que los antiguos se apartaron del camino de la generación, la destrucción y el cambio en general. Les habría bastado con mirar esta naturaleza 94 para que se disipase toda su ignorancia.

9 Materia y privación. Critica de Platón 95

Hay otros que la han percibido, aunque de una manera insuficiente. Porque, en primer lugar, admiten en general 96 que algo sólo puede llegar a ser de lo que no es, y que en esto Parménides tenía razón. [192a ] Y, en segundo lugar, piensan que si <esta naturaleza> es numéricamente una, es una sólo en potencia 97 , lo cual es algo enteramente diferente.

Nosotros afirmamos que la materia es distinta de la privación, y que una de ellas, la materia, es un no-ser por accidente, mientras que la privación es de suyo no ser, y también [5] que la materia es de alguna manera casi una sustancia, mientras que la privación no lo es en absoluto. Ellos, en cambio, afirman que lo Grande y lo Pequeño son por igual no ser, tomados conjuntamente o cada uno por separado. Su tríada 98 es, entonces, enteramente distinta de la nuestra. [10] Ciertamente han llegado a ver la necesidad de que haya una naturaleza subyacente, pero la conciben como una; pues aunque alguno haga de ella una díada y la llame lo Grande y lo Pequeño, la entienden como una sola y misma cosa, ya que no se han percatado de la otra naturaleza.

Una de ellas permanece, siendo junto con la forma una concausa de las cosas que llegan a ser, como si fuese una madre 99 . La otra parte de la contrariedad puede parecer a [15] menudo como enteramente inexistente para los que sólo piensan en su carácter negativo. Porque, admitiendo con ellos que hay algo divino, bueno y deseable, afirmamos que hay por una parte algo que es su contrario y por otra algo que naturalmente tiende a ello y lo desea de acuerdo con su propia naturaleza. Pero para ellos se seguiría que el contrario [20] desearía su propia destrucción. Sin embargo, la forma no puede desearse a sí misma, pues nada le falta, ni tampoco puede desearla el contrario, pues los contrarios son mutuamente destructivos; lo que la desea es la materia, como la hembra desea al macho 100 y lo feo a lo bello, salvo que no sea feo por sí sino por accidente, ni hembra por sí sino por accidente.

En cierto sentido la materia se destruye y se genera, en [25] otro no. Porque, considerada como aquello «en lo que» 101 , en sí misma se destruye (pues lo que se destruye, la privación, está en ella); pero considerada como potencia, en sí misma no se destruye, sino que necesariamente es indestructible e ingenerable. Porque si llegase a ser, tendría que haber primero algo subyacente de lo cual, como su constituyente, llegase a ser; pero justamente ésa es la naturaleza de [30] la materia, pues llamo «materia» al sustrato primero en cada cosa, aquel constitutivo interno y no accidental de lo cual algo llega a ser 102 ; por lo tanto tendría que ser antes de llegar a ser. Y si se destruyese, llegaría finalmente a eso, de tal manera que se habría destruido antes de que fuera destruida.

En cuanto al principio según la forma, si es uno o muchos, [35] y qué es o qué son, es tarea propia de la filosofía primera 103 determinarlo con precisión, por lo que se deja para esa ocasión. En cuanto a las formas naturales que pueden [192b ] destruirse hablaremos de ellas más adelante.

Queda, pues, establecido que hay principios, qué son y cuántos son. Continuemos ahora nuestra exposición desde otro punto de partida.


1 La discusión sobre los principios (archaí ) del libro I es una búsqueda de los prima contraria y su fundamento. En Met . 1013a18 se dice que archḗ es aquello primero (pr ton ) de donde (hóthen ) algo procede, y se distinguen tres clases de principios: de donde algo «es», de donde algo «llega a ser» y de donde algo «es conocido». El vocablo latino principium (de primun y capio ) sólo traduce un aspecto de archḗ , a saber: su primariedad. Pero lo que es archḗ es «primero» por ser comienzo, fuente de donde algo surge, y también por ser un poder dominante (sentido primario de archḗ , presente en «arconte»). Para sus distintos uso véase Met . V 1. Véase también: G. MORAK , «De la notion de principe chez Aristote», Arch. de Philos . 23 (1960), 487-511, y 24 (1961), 497-619. Sobre los sentidos de «causa» (aítion, aitía ), véase infra II 3 y Met . V 2. Principio es una noción más general que causa. Las principales contraposiciones son la de aítion enypárchon (causa interna, p. ej., la materia) y aítion toû ektós (causa externa, p. ej., la causa eficiente), y la de pr tai archaí (o tà ex arch s aítia , las cuatro causas) y aítia katà symbebēkós (causas accidentales). La palabra stoicheîon (elemento), que significaba letra o fonema, al parecer fue generalizada e introducida en la filosofía por Platón para designar tà pr ta aítia enypárchonta .

2 Aristóteles usa pr ton , «primero», a veces con el sentido de «próximo» (como en el libro II), otras con el de «último» (como en el libro VIII). Aquí, como indica Pacius, parece referirse a las «causas y principios próximos», a diferencia de tá stoicheía , que serían los principios o componentes últimos de las cosas.

3 Sobre este punto, y en general sobre el libro I como una investigación sobre los principios, véase W. WIELAND , Die arist. Physik , pág. 52 ss.

4 Locus clásico sobre la cuestión del próteron/hýsteron en el conocimiento, en el que Aristóteles nos presenta un método opuesto al de Platón: la epistḗmē de la phýsis ha de ir de los fenómenos a los principios y no a la inversa. Sobre este pasaje véase W. WIELAND , «Arist. Physik and the Problem of Inquiry into Principles», en BARNES , SCHOFIELD , SORABJI , Articles on Aristote I, Londres, 1975, págs. 128 ss.

5 kathólou , que normalmente se lo traduce por «universal», «general», aquí parece significar algo tomado como un todo (sentido etimológico de kathólou) .

6 Los physikoí son los filósofos jonios, Empédocles, Anaxágoras y los atomistas, a diferencia de los eleáticos y los pitagóricos (cf. 186a20, 187a12, 203a13; Met . 1078b19).

7 Anaxímenes y Diógenes de Apolonia (cf. Met . 984a5-7).

8 Tales e Hipón de Samos (cf. Met . 983b20-984a3; Acerca del alma 405b2).

9 Se refiere a los pitagóricos, que hablaban de principios tales como el Calor y el Frío, el Fuego y la Tierra, lo Par y lo Impar (cf. Met . 984b1-8; Infra 188a19-26).

10 Referencia a Empédocles (cf. Met . 984a8-9).

11 Para Demócrito la materia de los átomos es una en especie, aunque éstos sean infinitos en número y forma (cf. infra . 187a19-23; Acerca del cielo 303a3-8; Acerca de la gen. y la corr . 314a21-4; Met . 104b11-15).

12 Cf. la conceptuación de enantion en Met . V 10. Si se refiere aquí a Demócrito, estos «contrarios» serían lo lleno y lo vacío, el ser y el no-ser, o bien los contrarios en posición, figura y orden. Pero quizás se refiere a Alcmeón, quien supuso que los principios eran un número indefinido de contrarios (Met . 986a27-b2), o bien a Anaxágoras, para quien los principios no sólo eran diferentes en especie sino también entre sí.

13 Aquí parece tener presente Aristóteles el célebre pasaje de Soph . 242 C-243 A, donde Platón trazó el primer bosquejo histórico del problema de los ónta : ¿son uno o muchos, o bien y uno y muchos?

14 Sería competencia de la «filosofía primera» (cf. Met . 1026a27-32, 1064b9-14).

15 Si el ser es uno y sólo uno. entonces no puede ser principio, porque si lo fuera habría una duplicidad.

16 Cf. Met . 1005b23.

17 Las tesis eleáticas serán discutidas en el cap. 3.

18 epagōgḗ , término no empleado antes de Aristóteles en el sentido técnico que tiene en el corpus , aunque tiene antecedentes en los usos de epágein en Platón (cf. Pol . 278 A); se suele traducir por «inducción», en sentido metodológico pero a veces, como en este caso, significa simplemente «experiencia». Para Aristóteles la realidad del movimiento es un hecho indubitable (cf. 193a3 y nota ad loc .; Acerca del alma 425a13-427a16).

19 Se refiere al célebre geómetra Hipócrates de Quíos, quien suponía que si un tipo particular de lúnula puede encuadrarse, también podrá ser encuadrada otra. Para el problema de la cuadratura del círculo, véase HEATH , History of Greek Mathematics , 1921, vol. I, págs. 183-200; Ross, o. c ., págs. 463-466.

20 Cf. HEATH , o. c ., I, págs. 221-223. El procedimiento de Antifonte fue el de la exhaución: dibujó un cuadrado en un circulo, luego triángulos isósceles en sus lados y así sucesivamente, y afirmó que el polígono así inscrito tendría que resultar a la postre igual al área del círculo. En otros lugares Aristóteles lo considera como un procedimiento erístico y no geométrico (Anal. seg . 75b40; Refutaciones sofisticas 171b16, 172a4). Sobre el método de Antifonte véase: HEATH , Mathematics in Aristotle , Oxford, 1970, págs. 96-97; Ross, o. c ., págs. 466-467.

21 Nótese la reducción de la sentencia eleática tà pánta, hén esti al lenguaje modal aristotélico, preguntándose qué significan categorialmente tà pánta y hén . La doctrina aristotélica de las categorías establece los modos según los cuales se dice que algo «es»: sólo la ousía es ón en sentido estricto y tiene realidad independiente; los demás es atributo (symbebēkós ) de ella y su modo de realidad es la inherencia (hypárchein ) en un sujeto (hypokéimenon ), la ousía .

22 Aunque el color es siempre color de un cuerpo coloreado, son distinguibles katà lógon , por tanto son «muchos».

23 Aquí, como en tantos otros lugares, la actitud de Aristóteles frente a sus antecesores no es la de un historiador objetivo. Y no se trata sólo de que proyecte su propio lenguaje sobre sus doctrinas, sino de que convierte sus tesis en aporías desde las redes de su terminología, para mostrar luego que son inviables o que son insuficientes o que son atisbos de su propia doctrina (véase W. K. C. GUTHRIE , «Aristotle as a Historian of Phylosophy», Journal of History of Philosophy 77 (1957), 35-41.

24 Katà symbebēkós , traducido al latín por per accidens , opuesto a kath ’hautó, per se , o a h i autó , quatenus ipsum . El vocablo symbebēkós , sin embargo, es usado por Aristóteles con cierta ambigüedad: desde el punto de vista de la inherencia se lo puede entender como accidens , pero desde el punto de vista de la predicación es atributum; el vocablo tiene también otras connotaciones secundarias (cf. Tóp . 102b4-14; Met . 1025-a13-15).

25 Para los sentidos se dice de algo que es «uno» véase Met . V 6. En cuanto al tercer tipo de unidad que aquí se reseña, es la que se da cuando dos o más palabras significan una y misma cosa (méthy , que traducimos por «bebida espirituosa», era en griego una expresión poética que significaba lo mismo que «vino»). Sobre el tratamiento aristotélico de lo uno y lo múltiple véase M. S. STOKES , One and Many in Presocratics Philosophy , cap. 1.

26 Se da por supuesta aquí la distinción aristotélica entre lo actual y lo potencial: un todo es actualmente uno, pero es potencialmente múltiple por división.

27 Las aporías sobre la parte y el todo, de clara raigambre platónica, serán tratadas en Met . VII 10-11.

28 Cf. Met . 1005b23-32. Para CHARLTON (Arist’s Physics I and II , pág. 59), con esta referencia a Heráclito tendría Aristóteles en mente lo que dice Platón en Teéteto 169-79, en especial 172 A-B y 177 C-D.

29 Sofista discípulo de Gorgias. Para el problema de la predicación aquí esbozado cf. Platón, Sof . 251 A, Filebo 14 D. Véase también P. AUBENQUE , El probl. del ser en Arist ., págs. 140-153; W. K. C. GUTHRIE , Hist, de la fil. gr ., III, págs. 215-217.

30 Sobre la autenticidad de la «falacia» de Meliso véase Ross, págs. 470-471. Sin embargo, la tesis de Meliso sobre la eternidad del Uno (o del Todo) y la negación de toda génesis parece tener otra base, si nos atenemos al fr. 1 : «Lo que fue siempre fue y siempre será. Porque si hubiese llegado a ser, antes de que llegase a ser tendría que haber sido nada; y si era nada, nada en absoluto podría haber llegado a ser de nada». Y el fr. 2: «Y puesto que no llegó a ser, es y siempre fue y siempre será, no tiene comienzo ni fin, sino que es infinito» (DK 30 B 1-2).

31 Para Aristóteles una alteración puede ser instantánea, sin un comienzo temporal, pues el instante o «ahora» es indivisible (cf. 253b25).

32 Parece referirse a un movimiento de antiperístasis , por sustitución de partes, como en un torbellino (cf. 214a31). Pero para Zenón el Uno no tiene partes.

33 En lo que sigue se discute la tesis parmenídea de la unidad del Ser analizando el lenguaje en que se expresa. El argumento es platónico: si el Ser es uno, entonces no es y la tesis es imposible. Todo lenguaje sobre el Ser supone multiplicidad.

34 Esta argumentación por analogía tiene por objeto mostrar que la unidad del ser afirmada por Parménides no se opone a que haya múltiples cosas que son. El pasaje nos recuerda la paradoja de Zenón y la réplica de Sócrates en el Parménides de Platón (127d-130a): si no hay distinción entre ser y ser A, entonces una segunda cosa, B, o tendrá que ser lo mismo que A o no será. El argumento reaparece en Sof . 243d-244b. Éste es también el diagnóstico de Aristóteles: Parménides afirmó que el Ser es uno y que es imposible la pluralidad por no distinguir los predicados de aquello de que se predican, de suerte que si el ser tiene un único significado, todo aquello de que se diga que «es» será idéntico con el ser, y por tanto será uno. La solución, se nos dice, está en distinguir la blancura de las cosas blancas, el ser de las cosas que son. Y aunque Aristóteles no admita la separabilidad de lo blanco en sí, el diagnóstico de Aristóteles es el mismo que el de Platón: este monismo reposa sobre un nominalismo implícito, un nominalismo que identificó la unidad y el ser por haber identificado antes el ser con lo que es (véase: R. E. ALLEN , Plato’s Parmenides , págs. 79-80).

35 hóper ón y hóper hén , expresiones en las que el -per enclítico acentúa el sentido esencialista que tiene en este caso el relativo hó referido a ón y hén; en la edición de Didot se las traduce enfáticamente por «quod est proprie atque essentialiter ens» y «quod est proprie atque essentialiter unum» (dicho de otra forma: «el Ser mismo», «la Unidad misma»). Al parecer son de origen platónico (de hecho en Sof . 244c se apela a hóper hén para refutar a Parménides de una manera similar a como aquí se lo hace), y platónico es también método de refutación que Aristóteles utiliza, lo que él llama apagōgḗ eis tò adýnaton (reducción a lo imposible, al absurdo) tan usual en las páginas polémicas de la Física. En efecto, Aristóteles procede a mostrar que, si no se admite que «ser» tiene muchos sentidos, tomada en sus propios términos la tesis de Parménides conduce a consecuencias absurdas. Porque si, en tal tesis, «ser» significa que el sujeto de la afirmación es el Ser mismo, y este sujeto tiene atributos, entonces el lenguaje de la tesis carece de sentido, ya que, si el atributo es entitativo, el Ser mismo sería un «no ser», y si no es entitativo entonces es imposible hablar del Ser. Dicho de otra manera: el on parmenídeo, entendido como hóper ón , no puede significar un atributo, porque en tal caso aquello de lo cual es un atributo sería un no-ser; y si no es un atributo pero tiene un atributo, entonces este atributo no sería hóper ón , pues de lo contrario on tendría dos significados. Por lo tanto, si hóper ón es B, y B no es, entonces hóper ón no es. Luego el ón como hóper ón no puede tener ningún atributo y todo lo que se diga de él será falso. (La argumentación nos recuerda la primera hipótesis del Parménides , en el sentido de que si no se puede distinguir entre «Ser» y «lo que es», porque sólo el Ser es, todo lo que se diga sobre el Ser no tiene sentido.)

36 Si el ón es entendido como hóper ón , entonces no puede tener magnitud, porque si la tuviese habría que admitir la diferencia.

37 Ahora se supone la indivisibilidad de los predicados últimos, con lo que la reducción al absurdo se plantea así: si «es» significa ser hóper ón y no es posible la predicación accidental, ¿qué pasa entonces con «animal» y «bípedo», que no son atributos separables (todo hombre tiene que ser «animal» y «bípedo»), ni inseparables (no contienen a «hombre» en su definición)? La predicación plantea entonces este dilema: o bien «hombre» como hóper ón es indivisible, o bien es divisible en indivisible (es decir en sus predicados esenciales últimos, que sería cada uno un hóper ón ), en cuyo caso «hombre» (y de la misma manera el Todo o el Uno) estaría compuesto por una pluralidad de indivisibles. El Uno, entonces, sería divisible en indivisibles, es decir, sería múltiple.

38 AUBENQUE , (o. c ., pág. 150) siguiendo a los comentaristas antiguos, piensa que hay aquí una referencia expresa a Platón, y nos remite a Met . 1089a2-6: «Son muchas las razones del extravío (de los platónicos) hacia estas causas, aunque la principal es el haber planteado los problemas a la manera antigua. Porque les pareció que todos los entes serían un solo, el Ente en sí, si no se conseguía refutar el argumento de Parménides: «Pues jamás se logrará por la fuerza que el no-ser tenga ser», y que era necesario «probar que el no-ser es» (cf. Sof . 237a, 256e). Ross (o. c ., pág. 480) siguiendo a Burnet, piensa que es más probable que haya aquí una referencia a la doctrina atomista de la realidad del «vacío» como no-ser, y nos remite a Acerca de la gen. y la corr . 324b35-325a32.

39 Para Charlton (pág. 63) con el argumento de la «dicotomía» Aristóteles se estaría refiriendo a la paradoja del estadio de 239b18-22; sobre la divisibilidad de la materia véase Acerca de la gen. y la corr . I 2, y para la réplica de Aristóteles a las paradojas de lo divisible según Zenón véase infra VIII 8. Los comentaristas antiguos vieron también aquí una referencia al platónico Jenócrates, que afirmó la existencia de líneas indivisibles (cf. Ross, o. c ., pág. 480).

40 Si, como parece, la referencia es a Platón (hay en estas líneas expresiones típicamente platónicas, como autò tò ón , el Ser mismo o Ser en si), llama la atención que Aristóteles ignore aquí los textos pertinentes del Sofista , en los que el no-ser cuya realidad se afirma, como principio de la multiplicidad y condición para la posibilidad del discurso predicativo, no es un no-ser simpliciter , sino ese no-ser relativo y cualificado que Platón llama lo Otro y que Aristóteles entiende como «relación». Pero para Aristóteles, indica Aubenque (págs. 148-149), el no-ser como relación no es algo opuesto al ser; lo otro que el ser no es sino otro ser: lo que no es por sí puede ser por accidente, lo que no es en acto puede ser en potencia. El fundamento de la multiplicidad hay que buscarlo en el seno mismo del ser, en la pluralidad de sus significaciones.

41 En este capítulo se pasa revista a dos grupos de teorías sobre los principios de las cosas: unas suponen una materia primordial única (Tales, Anaxímenes, Heráclito, Platón), otras una multiplicidad latente en una mezcla primordial (Anaximandro, Empédocles, Anaxágoras).

42 Fuego, aire o agua, excluyéndose la tierra. En Met . 988b30 se dice que ninguno de «los físicos» concibió la tierra como un hypokeímenon .

43 Cf. Acerca de la gen. y la corr . 328b35, 332a21; Met . 988a30.

44 Parece referirse a Anaxímenes.

45 Según Aristóteles, en los ágrapha dógmata Platón concibió la generación de todas las cosas a partir de dos principios: el Uno como forma, y lo Grande y lo Pequeño como materia (la aóristos dyás de Met . 1081a14, etc.). Cf. Met . 987b20 y el comentario ad loc . de Ross. Sobre los ágrapha dógmata véase infra nota 20 del libro IV.

46 Para Empédocles hay ciclos cósmicos en los que alternan períodos regidos por el Amor, que une los opuestos, y el Odio, que los separa (cf. Met . 985a2-b4, DK 32 B 6).

47 Para Anaxágoras, en el principio fue la Mezcla, mígma , luego vino el Nous como principio ordenador (cf. Met . 984b15-19, 989a30-b21). Aristóteles presenta la doctrina anaxagórea como otro intento por mantener la realidad del mundo físico frente a la negación eleática del devenir.

48 «Homeomerias», tà homoiomerḗ , serían para Anaxágoras, según Aristóteles (cf. Met . 984a11-16), las partes semejantes de que están hechas las cosas, semejantes a cada cosa y semejantes entre sí. Mientras que para Empédocles un cuerpo por división se resuelve en los cuatro elementos, para Anaxágoras por más que se lo divida siempre se encontrará partes semejantes, es decir los elementos son partes semejantes (Acerca del cielo 302a28). Ahora bien, aunque consagrada por la tradición doxográfica posterior (en la que se usa homoioméreia , término utilizado por primera vez en Epicuro), la palabra homoiomerés no aparece en los fragmentos de Anaxágoras, y es probable que fuera una invención de Aristóteles (cf. ROSS , Met . I 132). La idea, no la palabra, se encuentra en PLATÓN , Prot . 329d-e. La palabra usada por Anaxágoras es más bien spérmata , para designar las «semillas» de las cosas, inicialmente confundidas en el caos primordial (DK 59 B 4). Esta doctrina, tal como la presenta Aristóteles, parece estar en colisión con la sentencia de Anaximandro: «en todo hay una parte de todo», DK B 11, 12 (vid . GUTHRIE , Hist. de la fil. gr ., II, págs. 297 ss.).

49 Se refiere a los cuatro elementos de Empédocles: tierra, fuego, aire y agua (cf. Met . 984a8-11).

50 Para quienes suponen un único principio de donde todo proviene, génesis sólo sería alteración, pues la verdadera sustancia de las cosas es un principio único, ingenerable e indestructible. Para quienes suponen más de uno, la generación sería una combinación o una separación de los principios, mientras que la alteración sería, por ej., un cambio en el orden o posición de los principios en la mezcla.

51 Si conocer es conocer por las causas, la episteme de algo cuyas partes o principios fuesen infinitos sería imposible.

52 Parece argumentarse, contra Anaxágoras, que si las partes pudieran ser de cualquier tamaño también podría serlo la cosa; pero si no es posible que las cosas sean de cualquier tamaño, aunque sea difícil establecer el límite, entonces tampoco podrán serlo las partes.

53 Éste es el llamado «postulado de Arquímedes», aunque ya fuera enunciado más de un siglo antes por Eudoxo de Cnido; Aristóteles lo menciona a menudo.

54 El argumento pretende refutar por reducción al absurdo la afirmación de Anaxágoras de que la parte más pequeña de un spérma contiene algo de cualquier otro spérma . Se da por supuesto que el cuerpo más pequeño tiene a su vez una parte más pequeña, y que hay una magnitud m que agotará la magnitud M (postulado de Arquímedes).

55 Para Ross (pág. 486), lo que aquí se quiere indicar no es que haya una parte tan pequeña que no pueda hacer otra más pequeña (lo que estaría en contradicción con la doctrina aristotélica de la infinidad diversidad de la materia), sino que hay una parte tan pequeña de carne que ya no podría haber otra parte de carne que fuese más pequeña.

56 Cf. DK 59 B 13: «Después de que el Nous comenzó a mover, se fue separando de todo lo movido, y todo cuanto movió el Nous se separo».

57 En este capítulo presenta Aristóteles dos argumentos para apoyar su tesis de que los principios de los phýsei ónta son contrarios: uno es el argumento ex consensu de los filósofos que le han precedido (188a19-30, 188b26-189a10); el otro se basa en una sképsis epì toû lógou (188a30-b26).

Para la conceptuación aristotélica de la enantíōsis o tò enantion (contrariedad, lo contrario) y la antíphasis (contradicción), como especies del género antíthesis o tà antikeimena (oposición, los opuestos), véase Met . V 10.

58 Para Parménides, dice Aristóteles, el Ser es uno según el logos; pero según los fenómenos o los sentidos hay dos principios, lo Caliente y lo Frío, o el Fuego y la Tierra, considerando el primero semejante al Ser y el segundo al No-Ser (cf. Acerca de la gen. y la corr . 318b6-7, 330b13-15; Met . 984b1-4). Ahora, en el poema de Parménides la referencia a los principios contrarios sólo se encuentra en la segunda parte (DK 28 B 8.53-61). En Met . 986b1-4 dice Aristóteles que, aunque para Parménides sólo el Ser es, se vio forzado a atenerse a los fenómenos y admitir dos causas, el Ser y el No-Ser. Pero, según el fr. 8.50-52, en la segunda parte del poema sólo se establecen las falsas «opiniones de los mortales», refiriéndose acaso a los pitagóricos, que era la filosofía vigente en su época (véase J. BURNET , Early Greek Philosophy , págs. 182-186), no a la visión del Ser propia de Parménides. ¿Cómo hemos de entender, entonces, esta concepción de los contrarios que aquí se le atribuye?

59 En Met . 985b5 y 1009a28 se le llama también «lo lleno», tò pl res .

60 Todo ente tiene que provenir de su contrario o de algo intermedio, pero no quodlibet ex quolibet . Esta doctrina supone una taxis del universo en la cual los cambios se producen siempre dentro de determinados órdenes categoriales, no al azar (de una planta o un animal sólo puede generarse un individuo de la misma especie).

61 Por ejemplo, un cuerpo puede actuar sobre otro cuerpo, pero no puede hacerlo un color o un pensamiento; y cuando se dice que un color actúa sobre un cuerpo no se quiere decir que actúe por sí mismo, sino en tanto que atributo.

62 Véase la discusión de este punto en Met . 1057a18-b24.

63 Cf. Met . 986a22 sobre la systoichía utilizada por los pitagóricos en su lista de los diez principales opuestos.

64 Los predicados parecen platónicos: lo anterior o más universal o más conocido katá phýsin es «mejor» (béltion ), lo posterior o menos universal o más conocido kat’ aisthēsin es «peor» (cheíron ).

65 Son, según Aristóteles, los principios materiales de Platón a los que se refirió en 187a17 (cf. Met . 987b20-22).

66 Son los principios de Leucipo y Demócrito (cf. Met . 985b4-10).

67 génos significa aquí «categoría». Como en cada categoría pueden haber distintas contrariedades, la contrariedad sólo puede ser única si se refiere a los cambios específicos en cada género. El concepto de enantíon (enantiōsis ) era en Aristóteles un concepto heredado: está en los presocráticos, en Platón y en las explicaciones fisiológicas de los hipocráticos; los movimientos de la phýsis siempre fueron vistos como movimientos entre contrarios. Lo nuevo de Aristóteles fue su postulado de un sujeto (la hypokeiménē phýsis ), concepto que sólo en época helenística se introducirá en la medicina griega; nuevo es también su concepto de privación (stérēsis ), que en Aristóteles parece derivado de un análisis lógico del lenguaje sobre el cambio —aunque Cherniss piensa que la propia doctrina de los tres principios (materia, forma y privación), al parecer construida polémicamente contra Platón, tendría también origen platónico (vid . H. CHERNISS , Arist.’s Crit. of Plato , pág. 91).

68 Para Aristóteles, un contrario no puede ser una sustancia sino un predicado, y como tal posterior en existencia a una sustancia (cf. Cat . 3b24-27). Según Le Blond, también esta tesis se derivaría de un análisis lógico del lenguaje (J. M. LE BLOND , Logique et méthode chez Aristote , págs. 311 ss.).

69 Reducción al absurdo: si los contrarios fuesen los principios de las sustancias, éstas estarían constituidas por no-sustancias; pero como algo no-sustancias no puede tener una existencia separada, ¿en qué existiría entonces, ya que la sustancia sería posterior?

70 Es decir, que los contrarios son principios, cap. 5.

71 Es decir, que los contrarios requieren un sujeto, líneas 31-34.

72 Tales (cf. Met . 983b20).

73 Heráclito e Hipaso (cf. Met . 984a7).

74 Anaximandro (cf. Acerca de la gen. y la corr . 328b35, 332a21; Met . 988a30; Acerca del cielo , 303b12).

75 Se refiere a 187a16.

76 Parece referirse a Anaxímenes (cf. supra 187a12-16).

77 Se refiere a Platón, de quien se dice en Met . 987b18-27 que puso el Uno como principio formal y la diada indefinida como principio material.

78 Como indica Ross (pág. 491), si hubiese dos pares de contrarios, habría entonces dos materias-sujetos distintas, una de las cuales sería superflua, o bien tendrían un mismo sujeto material, en cuyo caso uno de los pares de contrarios sería superfluo. Basta, pues, con suponer un único sujeto material del cambio.

79 Para Aristóteles, los principios de todo cambio son un sujeto (in quo ) y dos contrarios (los términos a quo y ad quem ). En una génesis haplḗ los contrarios son forma y privación, pero en una génesis tis los contrarios lo son según el lugar, la cantidad o la cualidad, y aunque en estos casos las contrariedades sean múltiples, hay una contrariedad primaria en cada cambio específico de cada categoría.

80 Cf. Met . 1018a25-35, 1055a3-b29.

81 génesis (gígnesthai ), generación, llegar a ser (de lo que no es), lo que para los presocráticos fue el gran problema de la phýsis ; en Parménides opuesta al ser y relegada al orden de las apariencias. Aristóteles ve como la gran tarea de la filosofía el introducir la génesis en el ser mismo, y darnos una física del ser. Como todo cambio implica génesis , llegar a ser, puede tener dos sentidos: a ) génesis de una ousía (génesis haplḗ, simpliciter ), y b ) génesis de una determinación de una ousia (génesis tís, secundum quid ), es decir, génesis particular, como en el caso de una modificación cualitativa. Génesis «absoluta» de un ente no significa «creación», pues ésta para los teólogos era producción de un ente ex nihilo sui et subiecti , mientras que génesis sería generación de una sustancia ex nihilo sui non subiecti , ya que para Aristóteles no hay génesis desde la nada pura y simple, sino desde un cierto no ser en el sentido de no ser algo determinado, es decir, desde lo que él llama privación .

82 Análisis de un caso de génesis por alteración con el ejemplo de alguien que llega a ser músico (mousikós también se puede traducir por culto, cultivado, relacionado con las Musas). Se hace un análisis del lenguaje para mostrar la distinción conceptual entre el punto de partida del cambio (la ignorancia de música: la privación) y, el sujeto (el hombre, el in quo del cambio): ambos son in re lo mismo, pero difieren conceptualmente, es decir, tomados en sí mismo «hombre» y «a-músico». Este tipo de distinción, que Aristóteles esgrime como el instrumento más poderoso para enfrentarse con sus predecesores, es claramente de origen platónico. La privación (no ser) no le pertenece de suyo al sujeto, y sólo tiene sentido por referencia al término ad quem .

83 La distinción analítica entre uno «en número» (= identidad in re ) y dos «en cuanto a su eîdos » o razón formal (= distinción conceptual, katá lógon ) es un procedimiento típicamente aristotélico y se encuentra en múltiples lugares de la Física (así, en III 1 para distinguir lo actual y lo potencial, en III 3 la acción y la pasión, en IV 11 el tiempo y el movimiento, etc.). Esta distinción conceptual, que en ocasiones también se presenta bajo la expresión «en tanto que», fue llamada por algunos medievales «distinción formal» (escotistas) y por otros «distinción de razón» (tomistas).

84 Aquí, una vez más, como insiste Le Blond (o. c ., pág. 311), Aristóteles se apoya en los usos de su propia lengua: es la simple consideración del lenguaje lo que le permite afirmar que gígnesthai «se dice» (sc. en griego) de muchas maneras, tanto de los cambios sustantivos como de los accidentales o «adjetivos».

85 El término hypokéimenon se usa en este análisis con cierta ambigüedad, pues significa tanto lo que es sujeto de atribución (= sujeto lógico) como lo que es sujeto físico de inherencia, el substrato; entendido como materia es substrato, no sujeto lógico.

86 Con respecto a la planta o al animal, la semilla es un sujeto con privación de forma, pero no es un sujeto que persista en el cambio; sería entonces un «sujeto» sui generis .

87 Aunque no haya distinción real entre el sujeto y la privación, su identidad es sólo per accidens ; de ahí que, en tanto que concebido, hay que hablar de dos sujetos, aunque in re sean uno y el mismo. Pero ¿la distinción es solo conceptual? Pues aunque sea el mismo sujeto, es claro que no es lo mismo. Como sujeto, Sócrates es el mismo, esté enfermo o esté sano, sea sabio o ignorante, esté en su casa o en el ágora, etc., pero en uno y otro caso no es lo mismo. Es el viejo problema de la identidad y la diferencia que ya planteara Heráclito.

88 Esta hypokeiménē phýsis es el sustrato material, la materia (cf. 192a31: «llamo materia al primer sujeto subyacente en cada cosa»), que para Aristóteles es indeterminada, sólo cognoscible indirectamente mediante la forma («conocemos todas las cosas por el eîdos », Met . 1010a25).

89 Este punto es considerado en II I, y con más detención en Met . VIII 3.

90 Cf. Acerca de la gen. y la corr . 316a6 ss., donde se dice que los errores de los antiguos provienen de la apeiría (impericia en el análisis), y que se requiere más «familiaridad con los fenómenos» (para Aristóteles, una característica del verdadero filósofo) para comprender los principios; es muy distinto examinar las cosas physik s que hacerlo sólo logik s .

91 Aristóteles vuelve ahora sobre el camino recorrido para reafirmar su posición ante la aporía del gígnesthai . Los antiguos se han extraviado por no distinguir los sentidos del ser, por tomar «ser» y «no-ser» sólo en un sentido absoluto. El símil del médico (ejemplo recurrente tomado de la Academia) quiere indicar que así como cuando un médico cambia de la salud a la enfermedad (no-salud) siguen siendo médico, así también una cosa puede cambiar desde un estado a su contrario y seguir siendo la misma cosa; pero si cambia en tanto que médico llega a ser no-médico, se destruye. La analogía sería entonces: el ser es al no-ser como el médico es al no-médico, ser X es a no ser X como el médico sano al médico nosano.

92 Aceptamos el añadido de Ross <ek kynòs ḕ hýppos >, pues sería demasiado fantástico suponer la generación de un perro de un caballo, ni siquiera a título de mera hipótesis.

93 Quizás se refiere a Met . IX 6, quizás a Met . 1017a35-b9, aunque el texto podría ser una adición posterior.

94 «Esta naturaleza», si el texto no es una interpolación, sería el sustrato material, la hypokeiménē phýsis de 191a8, que con su momento de «privación» le permite a Aristóteles superar la aporia eleática sobre la génesis ; su otro argumento es la dimensión de potencialidad de la materia. Ya hemos indicado que en el análisis aristotélico «materia» no es un concepto descriptivo, sino un reducto abstracto; Wieland («Arist.’s Physics and the Problem of Inquiry into Principles», in loc. cit., passim ) llega a considerar este concepto de «materia» (como también los de «forma» y «privación») como un simple concepto de reflexión , en el sentido kantiano de esta expresión (KANT , Kritik der reinen Vernunft B 316), es decir, no como un concepto de cosa, sino como la condición bajo la cual se puede llegar a concebir la cosa. Düring hace suya esta interpretación (Aristóteles , Heidelberg, 1966, págs. 233 y ss.).

95 En este capítulo, Aristóteles contrasta su propia doctrina con la de Platón: éste conoció la hypokeiménē phýsis , pero ignoró su verdadera condición, es decir, la dimensión de privación del substrato material.

96 Tomamos hapl s con homologoûsin , con Charlton y Zekl. No está claro el sentido que pueda tener la noción de «no-ser» que aquí se atribuye a Platón. No parece que se refiera al «no-ser» entendido como «lo otro» de Sof . 258d-259d, es decir, al no-ser relativo como distinto del no-ser simpliciter de Parménides. El contexto sugiere más bien que se equipara el no-ser con lo Grande y lo Pequeño, que según 209b13-15 serían expresiones alternativas para la chṓra («espacio» o «receptáculo») que Platón presenta negativamente en el Timeo , como lo que no es tierra ni aire ni fuego ni agua (51a).

97 Aquí «en potencia», dynámei , equivale a eidei o kalà lógon de 190a16, b24, donde se dijo que el «sujeto» es uno en número (o in re ), pero conceptualmente dos; ahora se da otra precisión conceptual: es virtualmente dos por su potencialidad respecto de la forma que ha de recibir.

98 Sobre la «triada» de Platón y sus «doctrinas no escritas» vid. supra n. 47, y libro IV, n. 22. En 209b11-15 se dice que para Platón la «materia», «lo que participa» y la chṓra son una y misma cosa; en este contexto «lo Grande y lo Pequeño» serían otra manera de concebir la chṓra del Timeo .

99 Clara referencia a Tim . 50d3„ 51a4, donde Platón utiliza la metáfora de la «madre» para hablar de la chṓra . En buena parte de este capitulo las expresiones utilizadas nos recuerdan al Timeo .

100 Nueva referencia al Timeo (50d), donde la relación de la materia y la forma se compara con la de la hembra y el macho (Aristóteles repite esta comparación en otros lugares: Met . 988a5, Reproducción de los animales 729a28).

101 Para Ross (pág. 498), este «aquello en lo cual» es el substratum en cuanto privado de forma. Charlton (pág. 83) piensa que la expresión está tomada del Timeo (50d, cf. 49e), donde se le emplea para hablar del «espacio» o chṓra , y que Aristóteles entiende este «aquello en lo cual» como la privación misma , y considera el paréntesis que va a continuación como una glosa añadida por algún copista que perdió la referencia al Timeo . En cuanto a que la materia como potencialidad es indestructible, es una tesis sobre la que se insiste en otros lugares (cf. Met . 1033a28-b9, 1070a2-4).

102 En 194b30 se da la misma definición de materia: tò ex hoû gígnetaí ti enypárkhontos , aquel constitutivo interno de lo cual algo llega a ser; como factor constitutivo, persiste después de que la cosa llega a ser.

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13 listopada 2024
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9788424932336
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