Czytaj książkę: «Hernán Cortés. La verdadera historia»

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Más allá de la conquista

Hernán Cortés

La verdadera historia

Más allá de la conquista

Hernán Cortés

La verdadera historia

ANTONIO CORDERO


Colección: Historia Incógnita

Título: Más allá de la conquista. Hernán Cortés. La verdadera historia

Autores: © Antonio Cordero

Copyright de la presente edición: © 2021 Ediciones Nowtilus, S. L.

Camino de los vinateros, 40, local 90, 28030 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos Rodríguez

Diseño y realización de cubierta: Efímero Estudio (www.efimeroestudio.com)

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital: 978-84-1305-241-0

Fecha de edición: noviembre 2021

A Alejandra

Agradecimientos

Gracias:

A los míos, quienes llegaron y se fueron antes, favoreciendo se filtrara en mí el espíritu de la historia. No tienen la culpa de mis obsesiones, pero sí son responsables de algunos de mis afectos.

A mis padres y hermanos, por estar.

Al escritor e historiador Christian Duverger que, entusiasta, leyó el manuscrito haciendo precisiones importantes.

Al Doctor Alejandro Carrillo Castro, entendido del tema y entendedor de la necesidad de recuperar la verdad de nuestros personajes históricos. De paso, se atrevió a prologar la primera edición.

A Daniel Borbolla, promotor cultural que «empujó» y coordinó la publicación de este escrito.

Al historiador e investigador Carlos Sola Ayape, experto en las relaciones de nuestros países, por lo que entiende mejor que nadie que la cuestión de México mucho tiene que ver con la España de donde él proviene. Además le quité mucho del poco tiempo que tenía.

A Ramón Cifuentes y Santos Rodríguez, editores de oficio, por lo que saben librar tormentas.

Al reconocido filólogo y catedrático español Lidio Nieto, un claro ejemplo de que se pueden combinar las virtudes del vino con la literatura (él lo entiende). Cuando le pedí una opinión de mi escrito, me ofreció una asesoría profesional y detallada. Yo agradecí el gesto, pero no quise aceptar de manera contundente su propuesta por no «molestarlo», evidenciando de alguna manera una mexicanísima característica a la que contestó: «revisaremos el texto. Por favor, dímelo claramente. Recuerda que soy castellano y me gusta la franqueza y la sinceridad. Sin rodeos». Firmeza que agradezco profundamente. El libro no sería el mismo sin la levadura lidiana.

A los que leyeron y revisaron estas líneas. Desde el afecto parcial de mi hermana Pilar, al interés de muchos y desdén de otros. A todos, gracias.

A mis amigos, a quienes les importa un bledo el tema, pero juntos encontramos un motivo más para regocijarnos en la crítica de mis pasiones.

A mi querido Germán Ortega Chávez, maestro y amigo que con sabiduría conjuga humor y conocimiento.

Al historiador Pedro Fernández Noriega, por su comentario tan preciso.

Mi gratitud (por las ilustraciones en la primera edición) está siempre con los artistas que enriquecen todo con su talento. Ustedes son «los notarios del tiempo», dan fe de lo que sucede, de manera hermosa. Gracias a Rafael Cauduro, Víctor Contreras, Antonio Luquín, Ismael Ramos, Narcissus Quagliata y Marco Zamudio. Son personas normales que hacen cosas extraordinarias, lo que ya los descalifica como lo primero. A mi tío José por su aprobación post mortem del uso de sus magníficos dibujos de caballos.

Finalmente, dedico este libro a mi esposa Alejandra, mi pirámide (en la que a menudo me sacrificaría) y mi catedral, y a mis hijos Marco, Jerónimo y Pedro, haciendo votos para que sean ciudadanos del mundo conscientes de su mexicanidad.

Cortés no sabía que la gloria de los grandes hombres es como la semilla de los grandes árboles; tiene un periodo en que es flor y se abre lozana, pero dura poco; después, convertida ya en semilla, necesita pasar largo tiempo sepultada en el olvido, para levantarse sobre la tierra, espléndida y vigorosa, desafiando el huracán de la calumnia y las tempestades de la envidia.

Vicente Riva Palacio,

«México a través de los siglos»

Índice

Agradecimientos

Prólogo

Sobre España Y México, Hernán Cortés Y «Cortesia»

Prefacio a la presente edición

Introducción

Capítulo I. Cortés y México

Capítulo II. México antes de España

Capítulo III. Por qué España

Capítulo IV. Por qué Cortés

Capítulo V. La Malinche

Capítulo VI. El mito del Cortés violento. Un mundo cruel

Capítulo VII. El drama de Moctezuma y su circunstancia

La profecía

Capítulo VIII. Razones para no prevalecer

Capítulo IX. Evangelización

Capítulo X. Cortés, el hombre

Capítulo XI. Causas contradictorias del mexicano

Capítulo XII. Viacrucis de la figura cortesiana, causas de su desprestigio

Capítulo XIII. Desconocimiento público. Consecuencias

Capítulo XIV. Conquistados, todos

Concluyendo

Corolario

Glosario de personajes

Aguilar, Jerónimo de Sevilla, 1489 – Nueva España, 1531

Aldrete, Julián Valladolid, 1490 – Ciudad de México, 1525

Alva Cortés Ixtlilxóchitl (Flor de rostro ennegrecido), Fernando de Texcoco, 1568 – Ciudad de México, 1648

Alvarado Tezozomoc, Fernando Tenochtitlán, ca. 1520 – ibídem, 1610

Alvarado y Contreras, Pedro de Castilla, 1485 – Nueva España, 1541

Ahuizótl (Espinas de río) Tenochtitlán, ca. 1446 – ibídem, 1502

Benavente (Motolinía), Toribio de España, 1492 – Ciudad de México, 1569

Boadbil / Boadbil «el Chico» / Muhammad XII Granada, 1459 – Marruecos, 1533

Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Flandes, 1500 – Extremadura, 1558

Cipac de Aquino, Marcos Tenochtitlán, 1517 – ibídem. 1572

Zúñiga de Cortés, Juana Soria, ¿? – Sevilla, 1559

Cortés Malintzin, Martín Coyoacán, ¿1524? – Madrid, 1595

Cuauhtémoc (El águila que descendió) Tenochtitlán, 1496 – Hibueras, 1525

Cuitláhuac (El que ha sido encargado de algo) Tenochtitlán, 1476 – ibídem, 1520

Díaz del Castillo, Bernal Medina del Campo, 1496 – Guatemala, 1584

Felipe II de España Valladolid, 1527 – El Escorial, 1598

FDEZ. de Córdoba y Enríquez de Aguilar, Gonzalo Montilla, 1453 – Granada, 1515

Gante, Pedro de / Pedro de Mura / Pieter van der Moere. Bélgica, 1480 – Ciudad de México, 1572

Grijalva, Juan de Castilla, 1490 – Honduras, 1528

Beltrán de Guzmán, Nuño Guadalajara, España, 1490 – Torrejón de Velasco, 1558

Hernández Portocarrero, Alonso Badajoz, ¿? – España, ¿1523?

Jaramillo, Juan Extremadura, fin. S. XV – Ciudad de México, ca. 1550

López de Gómara, Francisco Gómara, 1511 – Sevilla, 1566

López de Legazpi, Miguel España, 1502 – Filipinas, 1572

Magallanes, Fernando de Portugal, 1480 – Filipinas, 1521

Mendoza y Pacheco, Antonio de Alcalá, 1490 – Perú, 1552

Moctezuma Tecuichpo (Hija del señor) Ixcaxochitzin (Flor de algodón), Isabel Tenochtitlán, 1509 – ibídem, 1550

Moctezuma Xocoyotzin (El que se hace respetar, El joven) Tenochtitlán, 1466 – ibídem, 1520

Narváez, Pánfilo de Castilla, 1470 – Florida, 1528

Nezahualcóyotl (Coyote que ayuna) Texcoco, 1402 – ibídem, 1472

Nezahualpilli (Señor penitente) Texcoco, 1464 – ibídem, 1515

Olid, Cristóbal de Andalucía, 1488 – Nueva España, 1525

Olmedo, Bartolomé de / Bartolomé Ochaita Castilla, 1484 – Nueva España, 1524

Ordaz, Diego de Zamora, 1480 – Venezuela, 1532

Patlahuatzin (El mayor de lo alto) ¿? – TLAXCALA, 1519

Pizarro González, Francisco España, 1478 – Perú, 1541

Ponce de León, Luis ¿? – Ciudad de México, 1526

Sahagún, Bernardino de Sahagún, ca. 1499 – Tlatelolco, 1590

Tlalcaelel (El que anima el espíritu) ¿?, 1398 – ¿?, 1475

Torquemada, Juan de España, 1557 – Ciudad de México, 1624

Urdaneta y Ceráin, Andrés de España, 1508 – Ciudad de México, 1568

Valencia, Martín de León, 1474 – Nueva España, 1534

Velázquez de Cuéllar, Diego España, 1465 – Cuba, 1524

Cronología general

Bibliografía

Conferencia

Escritos inéditos

Artículo

SOBRE ESPAÑA Y MÉXICO, HERNÁN CORTÉS Y «CORTESIA»

Amable lectora, amable lector:

Me asiste el convencimiento de que tiene entre sus manos un gran libro. Le aseguro que gozará su lectura, inquietará sus pensamientos y no pocas creencias y le dejará un poso de reflexión sobre nociones de tanta valía como la mismidad y la otredad. Verá que estas páginas recrearán su valoración de ciudadanía consciente y comprometida, doble naturaleza que me consta por el simple hecho manifestar interés por la presente obra.

Si bien la curiosidad por la lectura comienza por el título1, francamente prometedor, afirmo también que Antonio Cordero, nuestro autor, ha concebido su manuscrito no solo pensando en sus paisanos mexicanos, sino también en España y los españoles. Su particular forma de tratar la problemática –siempre fascinante y retadora a la luz del intelecto– es una invitación a situarnos en el epicentro de la singular relación bilateral hispano-mexicana, dos países que, desde hace dos siglos, transitan por veredas diferentes, pero que comparten un pasado común.

Y, al respecto, creo no estar equivocado al afirmar que, en materia de raíces compartidas, España y México pueden presumir, sin rubor alguno, de un patrimonio propio, porque es más lo que les une de lo que, en realidad, les separa. Siendo este país americano uno de los altares donde se venera la figura de Cervantes y su Don Quijote, constato cada día la presencia de ese puente entre ambas esquinas de La Mancha.

A decir verdad, una de las muchas tesis que comparto es que, por momentos, nuestro presente pareciera opacarse por una niebla espesa ante la recuperación disímil de un pasado enquistado en una retahíla de temas que nuestro ciudadano autor aborda con una decidida y serena responsabilidad. Determinación necesitaba para tal abordaje y determinación le ha sobrado al consumar el final del trayecto.

A lo largo de estas páginas, y al vaivén del entrelazamiento de las palabras, emergen figuras históricas como Hernán Cortés, Moctezuma Xocoyotzin o la tan conocida Malinche; fenómenos religiosos como la aparición de la Virgen de Guadalupe ante Juan Diego y su ayate y también temas de gran trascendencia histórica como la conquista española de aquellas tierras mesoamericanas, la evangelización producto de la labor misionera de religiosos, que fueron sembrando de pilas bautismales la Nueva España o la herencia poliédrica que testó el virreinato novohispano. A modo de tesis, se advierte que, en lo que hoy es México, España no dejó conquista ni conquistados, sino civilización y civilizados. He aquí uno de los pilares donde se asienta la arquitectura de este libro.

Empero, con arrojo nuestro autor también aborda esas particulares duplas enquistadas en el imaginario colectivo, mismas que parecieran indispensables en la emotiva recreación de nuestro pasado histórico. Como si se tratase de un maniqueísmo adictivo, las páginas de este libro también acogen a esos héroes y villanos, a esos buenos y malos, a esos ángeles y demonios, en suma, a ese doble constructo sustentado en el parteaguas del mito y la realidad.

Frente a semejante pórtico, el análisis nos invita a explicar y comprender el pasado desde la debida contextualización histórica, despojando el ánimo de prejuicios varios, bajo la premisa última de abrazarlo sin resentimientos. Puesto que la explicación requiere de serena racionalidad y el enjuiciamiento, de arrebatada emotividad, la propuesta se encarama sobre el fiel de balanza que mira, con prudencia, distancia y por igual, la historia y la memoria y a su extraño y no siempre afortunado maridaje.

La temática y el afinamiento de la mirada bien lo ameritaban y, con el fin de estar a la altura del reto, el resultado final es un manuscrito bien pensado y mejor escrito que a nadie dejará indiferente. En su condición de artesano de la palabra, Antonio Cordero sabe cuidar la forma porque, primeramente, quiso cuidar el fondo. En él no hay improvisación, ni simulación, ni mucho menos máscara, sino un intento genuino por contar «su» verdad, postergando la opinión en pro de la argumentación. Se agradece, por consiguiente, la honradez intelectual al cuajar el deseo de huir de simulaciones y hasta pretensiones ventajistas.

Planteado el enfoque, cada página se convierte en una caja de resonancia donde la palabra entretejida da forma a un hilo narrativo bien urdido. Concebido desde el aseo académico, el manuscrito va adquiriendo naturaleza de ensayo, donde el que escribe se mueve tan libre como certeramente en el venero de la interpretación y la reflexión. Buscar respuestas haciendo preguntas es el objetivo que se propone desde el inicio.

El resultado final es una prosa vibrante, que le permite al autor –no podía ser de otro modo– abordar un tema espinoso particularmente por las múltiples emociones encontradas que, aún a fecha de hoy, sigue generando. ¿Por qué será?, se preguntará amable lectora o amable lector. Desde las primeras páginas, el escritor nos deja sobre la mesa una primera e inquietante pregunta: ¿acaso el México del siglo XXI es heredero de una tierra conquistada o, por el contrario, lo es de una tierra civilizada?

Como el lector irá descubriendo, el que propone reclama para sí y para los demás el derecho ciudadano de conocer la verdad –para la ocasión, la verdad histórica–, a través de la búsqueda consciente y del rigor metodológico que brinda la disciplina de la Historia, bajo la premisa de conocer verdaderamente el pasado para saber qué hacer «en» y «con» el presente. Por ello, y a modo de anclaje de partida, la mirada debe hacerse distante, serena y racional, bajo la encomienda de ser brújula que oriente los vectores del porvenir. En suma, la provisión de un conocimiento que, lejos de ser arma arrojadiza o distractor malintencionado para ocultar acuciantes problemas del presente, asegure un caudal ingente de aprendizajes, puestos al servicio de la construcción de la verdad como un derecho ciudadano irrenunciable. Renegando de la lectura única, se nos invita a recrear el caleidoscopio de miradas, bajo el único requerimiento de la argumentación.

A este respecto, se agradece, y mucho, la autenticidad del autor y su compromiso de no huir, ni mucho menos esconderse, a la hora de mostrar su forjada opinión. Su mérito consiste en apartarse del miramiento emocional, pauta tan común en la gestación de las viejas narrativas nacionales, para formar una propuesta arropada con el don siempre necesario de la mostración y demostración. No concibe maniqueísmo alguno y, si bien no es historiador, y así lo reconoce, tiene la virtud de adentrarse en el proceloso territorio del pasado histórico, rodeado de reconocidos historiadores y de sus aportaciones bibliográficas. Invita a la búsqueda para cuestionar los dogmas.

El autor no solo es mexicano, sino de ascendencia mexicana por los cuatro costados, dos cualidades que, en otras circunstancias, pasarían desapercibidas si no fuera por el hecho de que Antonio Cordero también se declara español, una declaración rotunda y sin tapujos, tal y como la hicieran aquellos hispanistas mexicanos del siglo XX como José Elguero, Alfonso Junco o Jesús Guisa y Azevedo. Los mexicanos «somos España», matiza a modo de exhorto, dando la espalda a la inveterada carga de prejuicios que, como capas de cenizas, han venido cubriendo y momificando, y hasta fechas presentes, la verdad histórica en su país natal. Valora y argumenta, partiendo de la base de que, antes de la llegada de los españoles a territorio mesoamericano, su México natal no existía como nación. Por ello, y en calidad de ciudadano de su tiempo, piensa y se piensa al margen de esos estereotipos trabados, dando paso a contemplación tranquila pero crítica de la historia, así como de la memoria que envuelve al gran personaje y figura central en su libro: Hernán Cortés.

A quinientos años –se dice pronto– del arribo de este extremeño a aquellas costas de América, su presencia sigue viva en el imaginario colectivo como cuña que une y a la vez desgaja. Consciente del hecho, la intrahistoria de este libro se concibe como un ejercicio de diagnosis con su consiguiente prontuario de respuestas. Y el autor nos lleva a la raíz del problema: ¿es Hernán Cortés o, más bien, todo lo que se ha venido haciendo, con buena o mala intención, con su figura y legado? Siendo pregunta que insinúa respuesta, de la lectura del libro se desprende que la subjetividad sigue sacrificando a la objetividad y, por tanto, solo el conocimiento del pasado nos puede llevar a revisar y hasta desmantelar la supuesta verdad de tan arraigadas memorias.

Consciente de los prejuicios como agentes hacedores de la psique colectiva, el investigador toma distancia crítica de relatos tan sesgados como interesados, sabedor de que las memorias oficiales y sus particulares narrativas acabaron imponiéndose a esa pretendida verdad histórica. Por eso, entre líneas, se advierte su encomienda de dudar de lo aprendido y de fomentar el acto contemplativo de aprendizaje cancelando el juicio peyorativo. El actor y el hecho recreado en su debido contexto.

En un ejercicio de honradez profesional, rescato del autor su anhelo por mirar de frente a los problemas, de diagnosticar su génesis, de analizar su etiología, de explicar sin condenas y de resolverlos de manera consciente o, cuando menos, de señalar la ruta de salida. Ciertamente, es un libro de respuestas, tal y como se advierte en la portada, y una invitación a reflexionar sobre ese «nos» colectivo –consciencia empática de sí, del otro y del común–, reclamando la presencia de ese ciudadano del siglo XXI, desprovisto de prejuicios inventados y hasta de atavismos heredados. Un escrito que busca educar la mirada para salir al encuentro de la conciliación, donde se concibe y se entrega un documento con vocación propositiva, en busca de lo que llama un «pensamiento conciliado».

Buena parte de esas preguntas tienen por objeto descubrir las raíces de una tradición memorística oficial basada en la calificación del pasado desde la cosmovisión del presente –y los otros presentes pretéritos–, incurriendo premeditadamente en lo que nomina como la «temeraria praxis de la especulación». «Creamos dioses y demonios a nuestra imagen y semejanza», añade. Dicho de otra forma, esa memoria oficial que, a modo de verdad absoluta, condena, exonera y a la vez reduce la realidad de ayer a un santoral de héroes y villanos: para los primeros, pedestal en el altar patrio; para los segundos, ignominia, distorsión y olvido.

Contra ello se rebela nuestro autor, que se muestra, sin tapujos, como un gran defensor de la figura y obra de Hernán Cortés, a quien considera el principal impulsor de la nacionalidad mexicana, lamentando en consecuencia que México siga cometiendo el viejo error de tener «recluido» al «principal constructor del país» en una pequeña urna, de una descuidada iglesia, de un olvidado hospital de la capital mexicana. Además de esta reclusión, que anuncia fractura interna y ausencia de reconciliación del «nos» colectivo con su propia biografía nacional, la lectura recuerda el olvido infligido contra Cortés en los anales oficiales y la consiguiente condena como si se tratase del primero de los villanos, un parricidio contra el fundador de un país que, en palabras del propio creador, bien podría llamarse, por méritos consustanciales, «Cortesia». Por todo ello, el libro se presenta como un reclamo contra esa manipulación «irresponsable y cortoplacista», que se ha hecho de la figura de Cortés durante los dos siglos del México independiente.

Desde esta perspectiva, Antonio no oculta una realidad que persiste, donde Hernán Cortés se presenta como punto de fractura, como ese símbolo de explotación que nutre una «leyenda negra», debidamente alimentada por quienes, en su día y hasta la fecha, desde adentro y desde afuera, recrean la hispanofobia para provecho propio. Si bien sabe que hablar de Cortés es «causar polémica», no tiene reparo alguno en afianzar su tesis: «Cortés es ante todo México». Por eso, y frente al viacrucis de su desprestigio, aboga no solo por el rescate consciente del personaje y por una valoración racional de su legado, sino que alerta de las graves consecuencias de su olvido.

Si bien el ensayista hace hagiografía y hasta panegírico de Cortés, también advierte que lo hace para reivindicar esa verdad histórica y no para evocar acostumbradas falacias propagandísticas de quienes se siguen sabiendo conquistadores o de quienes recrean su victimismo en su noción consciente de conquistados (o sometidos). Así se deja bien claro –tesis que comparto–, que Cortés no puede seguir siendo nutrimento legitimador de banderías al uso, sino fuente de aprendizaje para la reunión de ese «nos» mexicano –y añadiría para la ocasión, hispano-mexicano– que, a fecha de hoy, y después del paso de tantos y tantos años, pareciera seguir fragmentado. Superar estos maniqueísmos es intención del autor, partidario como es, eso sí, de un solo anhelo para México: el descubrimiento del «nosotros».

Como se dice, Antonio analiza ese «colectivo» al que pertenece en su condición de mexicano –y hasta español– para avanzar una inquietante reflexión: «no hemos tenido ganas de pensarnos; nos da miedo buscarnos, porque, en una de esas, nos encontramos». De nuevo, la ausencia de una reconciliación del mexicano con su propia biografía nacional, una apelación que también serviría para procurar la revisión de la particular relación entre España y México.

Por ende, reclama la pertinencia de una mirada interior consciente, con el único propósito de salir de la trampa en la que se encuentra enquistado el «ser nacional» de un México que ha venido siendo rehén de una mitología patria, «tan útil a la historia oficialista estancada y estancadora». Por eso, y de nuevo, el libro nos pone en la senda de la propuesta para descubrir que la solución pasa por la recuperación de esa herencia rechazada, esto es, por la vivificación de toda huella de «lo español». Frente al señalamiento de la orfandad, el ocaso definitivo de la misma pasa ineludiblemente por lograr ese tránsito que asegure la conciliación de México con su particular «hormonismo histórico», una de las acertadas expresiones en el libro.

Pongo el punto final a este introito y les dejo con la vibrante prosa de Antonio Cordero. Nuevamente, les hago la cordial invitación a leer este libro, de principio a fin, aunque siempre con las pausas debidas para asentar la reflexión. Si secunda el propósito, navegará por las aguas calmas de sus páginas con la brújula de la explicación, pero nunca del juicio. Para quienes se sienten cómodos oteando fronteras nuevas, disfrutarán y aprenderán de su lectura; para quienes, por el contrario, se aferran a los estereotipos arcanos, con mayor razón hago la invitación a que lo lean. Me consta que solo la lucidez puede vislumbrar de nuevo el rumbo, tantas veces perdido, más aún en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión, aunque para ello sea preciso abrir con serenidad, prudencia y suma responsabilidad la Caja de Pandora del pasado.

Carlos Sola Ayape

Doctor en Historia y profesor e investigador

en el Tecnológico de Monterrey

(campus Ciudad de México).

1 La versión original publicada en México se tituló Hernán Cortés o nuestra voluntad de no ser.

Prefacio a la presente edición

Nota aclaratoria:

Antes de lo sustantivo, mencionemos la forma en que este libro fue escrito. Al inicio fue concebido únicamente para el lector mexicano, después se valoró la importancia de hacerlo conocer al resto del público interesado en los temas del papel del hispanismo en la historia del mundo, para lo que se adaptó esta versión. El resultado es el siguiente, no sin esfuerzo de quien aceptó la tarea de conciliar un estilo personal muy mexicano a otro que pudiera comprender con facilidad quien no esté habituado al mismo. No obstante, para no desvirtuar el sentido de algunos fragmentos, se estimó apropiado respetar la dirección íntima y forma gramatical que tenía el texto original en ciertas partes.

Entonces, digamos:

Tienen razón quienes piden a España que se disculpe. Como las personas, toda nación que ofende a otra debería hacerlo. Motivos hay muchos y por los cuales ya varios perdones y en distintas épocas se ofrecieron. Pero si se demandan justificaciones de otro, si se es congruente, antes habría que reconocerle sus contribuciones. Correspondería entonces enviar, primero, un detallado pliego de agradecimientos, extensos listados de legados recibidos y una medalla al mérito acompañada de carta explicativa de por qué la primera solicitud no debe ser tomada en serio. Después, tener muy claro de qué España se pretenden cuentas: de la de allá o la de acá. La de América se llama México, porque todos sus habitantes también son España, desde el Presidente de la República hasta el indígena más puro con el que se entabla comunicación. Poder hacerlo, hablar, es la prueba más clara del legado español. Los hispanoamericanos, los que llegaron hace 500 años, hace 40 o los que ya estaban hace 5.000 y se latinizaron, lo son. Los primeros tendrían que enviar la mencionada diligencia después de la entrega de los documentos. Y como mexicanos – yo mismo me incluyo–, también debemos exculparnos por las horribles ofensas que cometimos contra nosotros mismos a lo largo de las centurias en las que todavía no éramos España: fuimos muy duros y crueles entre nosotros y apenas nos conocíamos. Sería una larga y absurda cadena de absolución.

Otra petición lamentable es la que hizo públicamente en una entrevista con un conocido periodista una diputada del Partido Verde Ecologista de México2. Omito su nombre para no avergonzar a sus hijos o nietos si en un futuro leen este escrito. Sugirió, con una clara intencionalidad política, pero también con ingenuidad que llama a la ternura, la desaparición de todos los monumentos de Cristóbal Colón y Hernán Cortés que hubiese en México, «para no ofender a los pueblos originarios». Es decir, aspiraba no al retiro de objetos de bronce, sino a la negación de la cultura misma. Todo ser humano es beneficiario de la cultura y, como probablemente esté de acuerdo el lector conmigo después de contar con su paciencia, los pueblos originarios, los secundarios o los que resulten de las mezclas de todos los anteriores, no solo son beneficiarios de la cultura, son la cultura. La legisladora no propuso un debate de especialistas, tampoco hizo un llamado a la investigación histórica, a la revisión o análisis de hechos, sino exigió la negación del pasado, borrarlo (por eso el presente se tambalea).

Con el mismo criterio de la diputada, o más bien, con igual falta del mismo, habría que retirar los miles de bustos de los emperadores romanos regadas por Europa debido a los excesos que infringieron a los conquistados y gobernados, los de los santos que impusieron su fe a la población de distintos lugares, las estatuas de deidades mitológicas que abundan en el mundo, los monumentos a Cuauhtémoc y los otros señores del Anáhuac que acabaron con sus iguales para ascender al trono, o el de Mickey Mouse que custodia el acceso a Disneylandia3. En fin.

Cómo exigir en el extranjero que a los mexicanos se les reconozcan ciertas cuestiones si niegan lo que más podrían exhibir para ser bien tratados. Debemos examinar la complejidad del dilema y aceptar que no hay, en la cultura, buenos y malos. Los que creemos buenos, no lo son tanto, y los malos, tampoco lo son mucho.

No obstante la dicotomía en la que vivimos, por un lado la esperanza de un mejor futuro que incluya a todos, y por otro, el reino de la «cangrejocracia»4, este es el momento histórico para reanudar el futuro. Se necesitaría hacer una limpieza nacional y reinterpretar la propia cruz.

El simple hecho de cuestionar, en territorio mexicano y en la propia España, que la celebración del quinto centenario del encuentro de dos mundos puede molestar al gobierno y al pueblo de México, es razón suficiente para atender de manera urgente las causas reales, las internas de tal malestar. Esta es la oportunidad de autoexaminación para saber a dónde vamos y si vamos bien. No hemos tenido ganas de pensarnos, nos da miedo buscarnos porque, en una de esas, nos encontramos.

Hoy, a menos que se siga redundando en la torpeza, debe entenderse que la identidad mexicana es resultado de dos vertientes con capacidades sobresalientes. Liberarse de prejuicios y reconciliarse con uno mismo da lugar a lograr lo extraordinario. La conquista de hoy es el descubrimiento de los mexicanos.

Por último, no me quiero quedar sin una reflexión particular para esta edición. Pienso cuán distintas perspectivas tendremos de lo mismo en ambos continentes. Entiendo que en España, así como en otros países de Europa, la visión de Cortés es de un caudillo, un avezado guerrero, un segundón; un personaje histórico más de ese pedazo de la historia tan importante para España.

En México en cambio, Cortés es un personaje de relevancia determinante en nuestra historia, dueño de los principios y de las consecuencias, que sin embargo, una gran mayoría niega. Por eso me invade la curiosidad por descubrir la opinión que la lectura de este análisis tendrá en el lector no mexicano.

2 Cuando este prefacio fue escrito no habían retirado aún el monumento a Colón, del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Lo que se creía una ocurrencia, pronto fue una acción de una ideología corta.

3 Un concejal de Segovia, España, sugirió destruir el acueducto romano de esa ciudad «para borrar la huella de esa conquista». Ilustres luminosos hay en todas partes del mundo.

4 Neologismo proveniente del griego krateîn («gobernar») y «cangrejo», el cual describe al sistema que, como hacen esos animales, se desplaza hacia atrás, en lugar de avanzar.

Introducción

Hablar de Hernán Cortés es causar polémica. El propósito de este escrito es provocar aún más. No responder, sino hacer preguntas que obliguen a escudriñar hasta el fondo de la conciencia.

En el 2019 se cumplieron 500 años del inicio de la gesta de la Conquista y, dos años después, 500 de su culminación. Es tiempo de reflexiones. Medio milenio no es cualquier asunto. Resulta necesario cerrar un ciclo doloroso para abrir una etapa de aceptación que conduzca con serenidad al futuro.

Quise empezar declarando mi pretensión objetiva e imparcial sobre la cuestión cortesiana, pero después de releer mis palabras opto por la versión apasionada de mí mismo y no la veladamente hipócrita que a veces nos empeñamos en representar.

Entenderé que no todos coincidan conmigo, porque aunque crea que esto es la verdad, no por ello quiero imponerla, pero sí proponerla y, más, desvelarla. No soy un obseso de la verdad. Creo que todos tenemos derecho a conocerla, aunque, también, en ocasiones, la responsabilidad de no decirla, salvo que nos perjudique a todos, en cuyo caso habrá de irse liberando con prudencia, como el buen administrador que gasta para recuperar la inversión.

Me adentro en la historia como un viajero y me escudo en la inmunidad que me otorga mi calidad de ciudadano observador. La historia se escribe siempre de manera retroactiva; no es sino un recuento, una narración personal de lo que sucedió según la visión de quien lo escribe, pues así nos convertimos en el presente, en autores del pasado.

Hoy, lejos de las circunstancias que determinaron la versión de los hechos concretos de una época, podemos tranquilamente hacer una lectura más objetiva de lo que en realidad pasó, sin pesos emocionales ni juicios racionales cargados de intención. Nos volvemos dioses de la nueva creación remota cuando la lejanía disuelve la primera pretensión. Sin embargo, la verdadera utilidad de la historia no es conocer lo que sucedió en el pasado, sino saber qué hacer en el presente.

Lo apremiante es el análisis de los efectos de esa historia. Si han sido buenos, cabría preservarlos; si han resultado perjudiciales, reinterpretarlos para iniciar la corrección, extirpar prejuicios, ampliar la perspectiva. Estoy convencido de que en el futuro entenderemos más nuestro pasado.

Esta no es una biografía del conquistador ni el relato de sus acciones; es un conato de rescate del personaje y un intento de concientización –¡qué iluso!– de las consecuencias de su olvido. También una reflexión para dejar de lado la historia y explicar al mexicano, explicarNOS. El esfuerzo se hace sin la intención de demeritar a nadie, ni persona ni grupo. Al contrario, al posicionarlo nuevamente, quiero ayudar a complementar la imagen que el pueblo mexicano tiene de sí mismo.

Entramos ya en la modernidad sin resolver nuestro pasado, preocupante, como se verá más adelante, si consideramos las consecuencias de arrastrar vicios de origen. La maquinaria mental mexicana se ve constantemente atorada por rebabas que hemos sido incapaces de pulir, pero como colectividad tampoco queremos ni siquiera distinguir. Resolvemos ingeniosamente «ahorita»5 nuestros problemas, pero en lo sucesivo tropezamos, una y otra vez, con «algo» que no anda bien y, llegado el momento, esa inquietud, sin rostro preciso, se torna urgente de sanar para poder continuar. En esas andamos.

Por eso, mientras no se encuentre el equilibrio, hablar de Hernán Cortés será tomar partido: los imparciales se quedarán truncos, nos privarán de su opinión personal, del riesgo de confrontar. No pretendo, por otro lado, exponer una visión apologética del personaje, pero sí compensatoria ante la falta de ánimo reivindicatorio para ayudar a colocarlo donde le corresponde, no más, pero tampoco menos.

5 Ahorita es una expresión idiomática del español mexicano para referirse a un periodo temporal indeterminado y ambiguo. Puede ir desde «dentro de un momento», hasta varios días, meses, años o nunca. Forma parte de la mala costumbre cultural de postergar o no tener el valor de decir claramente que no se desea hacer algo.

Capítulo I
Cortés y México

Cortés es, ante todo, México. Sin embargo, el estudio de su vida colma de escenas de todo el mundo: de España, de Extremadura, donde nace y se cría el ambicioso soñador; de Salamanca, donde absorbe el joven sus primeros conocimientos legales y cobra conciencia de la universalidad del ser humano. Ya en América, en Santo Domingo, se estrena como soldado y comerciante, descubre sus dotes de organizador y funge como escribano. En Cuba, se forma como político dentro de la alcaldía de Santiago, emprende negocios agrícolas, de ganado vacuno y caballar, explota la minería, se convierte en naviero, es mercader de altos vuelos. Ahí amasa una considerable fortuna que compromete en su totalidad en la aventura mexicana que patrocina como principal empresario y comanda de capitán. Es respetado y sabe mandar, ¿a quién mejor encomendar una expedición?


La empresa de la conquista de México se gesta en Cuba, donde Hernán Cortés destaca como político en la alcaldía de Santiago. También fue empresario agrícola, minero, comerciante, ganadero y naviero. Ahí amasa una considerable fortuna, que compromete en su totalidad en la aventura mexicana (este mapa reproduce el error inicial de los primeros cartógrafos que ubicaban La Habana al sur, cuando en realidad está al norte frente a la Florida).

Llega de las Antillas a México por el Caribe, el cual domina, recorre las costas de Yucatán y Cabo Catoche, desembarca en el Cozumel de la diosa Ixchel y sigue por la Isla de las Mujeres. Son los contactos que originan su odisea mexicana. Curiosamente estas playas, bañadas por el mar azul que toca, son la porción del país que más tarda en desarrollarse cuatro siglos después. Quintana Roo fue el último territorio en convertirse en entidad federal.

Cortés remonta a Tabasco, donde se dan las primeras escaramuzas: el militar prueba sus fuerzas con prudencia. Ahí conoce a Malintzin, la famosa Malinche, importantísimo puente lingüístico e intuitivo asesor femenino en la estrategia general de la Conquista. Destaca Veracruz, donde funda el primer ayuntamiento de la América continental, con lo que reviste de legalidad sus acciones (había que desmarcarse de la autoridad cubana, dependiente de la de Santo Domingo, que lo envía). Continúa por la ruta de Cempoala, Tlaxcala y Cholula hasta el Valle de México, enmarcado por su cordillera. Ahí se imponen los volcanes guardianes y utiliza el paso que lleva su nombre.


La ruta de Cortés: el futuro conquistador llega de las Antillas, desembarca en Cozumel y recorre la costa hasta entrar al Golfo de México. Después, baja a Centla, Tabasco, donde libra la primera batalla, y llega al actual Veracruz, donde funda el primer ayuntamiento. Cempoala, Tlaxcala y Cholula son las ciudades más importantes que domina antes de llegar a México-Tenochtitlán.

Ya en la Ciudad de Tenochtitlán, que después nombraría de México, donde se consuma la hazaña, todo se relaciona con el conquistador: la plaza mayor, los primeros palacios, el hospital, los conventos, los lagos que aprovecha. Desde luego, llega a Coyoacán6, que propone como sede de la primera capital de la Nueva España, para no destruir la gran Tenochtitlán, y la cual elige como morada principal en sus estancias capitalinas. A Cuernavaca7 se retira para no chocar con las audiencias y otras autoridades peninsulares, la escoge por su clima privilegiado. Erige un palacio de inspiración extremeña, copia del de Santo Domingo, primero en América, donde vive con su segunda esposa, Doña Juana de Zúñiga, noble española y a quien llena de hijos.

Se enseñorea en los pueblos del hoy Estado de Morelos, donde desarrolla diversas actividades agrícolas y ganaderas, dejando edificios de toda índole. Adopta Oaxaca para nombrar su marquesado debido a su importancia comercial, minera y cultural. Las costas del Pacífico las explora exhaustivamente con barcos armados en sus propios astilleros de los puertos que construye, y donde organiza los primeros viajes de comercio marítimo al otro gran imperio de América, Perú, abriendo brecha a una de las rutas comerciales más importantes de la navegación mundial, que coronaría después la Nao de la China con toda su derrama económica y cultural.


Llegada de Cortés a Veracruz y la recepción de los embajadores de Moctezuma, anónimo.

Por paisajes tan distintos como los desiertos de California se aparece también el fantasma de Cortés, y no de manera fortuita sino contundente: cuatro expediciones organiza, financia y encomienda. La tercera la dirige hasta fundar La Paz. En otra marcha, uno de sus capitanes sube al norte hasta un imponente y revoltoso río al que nombra Colorado. En todas las travesías pierde recursos, hombres y fortuna. Imaginemos el carácter del hombre que no desfallece ante los elementos y fracasos, sino, al revés, utiliza estos como basamento de sus siguientes acciones. Cuánto les deben hoy los ricos californianos de la alta y baja California a los primeros exploradores de su tierra bronca.

La expedición a las Hibueras (Honduras), en 1524, es una proeza comparable solo con la de Magallanes: el contingente atraviesa una de las selvas más densas del mundo, con sus fieras, serpientes, ríos caudalosos que cruzan con puentes construidos por ellos mismos, calor extremo, lluvias torrenciales, enfermedades y hambre. Vencen todos los obstáculos dirigidos por el talento de su capitán. Debe pasar casi un siglo para que los pobladores de estas regiones vuelvan a ver a un europeo por sus lares: los primeros misioneros. Esta expedición es en apariencia inútil en resultados, pero como dice Stefan Zweig, biógrafo de Magallanes, quien, bajo pabellón español y también en 1519, zarpa de Sevilla para realizar una epopeya jamás atrevida. Dice Zweig: «en la historia nunca la utilidad práctica determina el valor moral de una conquista. Solo enriquece a la humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea y eleva su capacidad creadora».

Antes, para verificar la redondez de la Tierra se tenía que ir al confín del mundo; hoy, para ver la superficie de Marte basta con apretar un botón. Con tanto conocimiento en la palma de nuestras manos, vemos como una locura el heroísmo de esas proezas, pero en su momento se trató de una guerra santa de la humanidad contra lo desconocido. Por eso agrega Zweig: «donde exista una generación decidida el mundo se transformará». Esa generación, la de Magallanes, la de Cortés, nos posiciona en la era moderna.

América no le es suficiente al inquieto descubridor. Conocedor de la importancia económica que representan las especias y que fue la motivación principal de los viajes de Colón, organiza, a petición del emperador pero con recursos propios, una expedición a las Molucas (Indonesia), las islas más codiciadas de aquellos tiempos, lo que representa el primer cruce del océano Pacífico partiendo desde México. Allá llega el ímpetu empresarial de Cortés: de la Nueva España hasta Asia.

Años más tarde se lo ve en Argel acompañando a su monarca. Pudo haber salvado la honra de Carlos I (V de Alemania), quien no lo toma en cuenta para el mando de las tropas españolas. Los elementos no los favorecen y fracasan en su intento de castigo al pirata Barbarroja y a sus cómplices turcos y berberiscos que azotan el Mediterráneo. Los últimos años se le ve en Madrid y Valladolid haciendo vida de corte, no por gusto, puesto que añora la acción, sino enfrascado en decenas de juicios esperando la justicia real que no llega. Se amarga su otoño. Finalmente el fundador evoca Sevilla, de donde partió hacia América y donde, muy cerca, muere en Castilleja de la Cuesta en 1547, a los 62 años.

6 Coyoacán es una de las 16 demarcaciones de la Ciudad de México. Durante la época pre colonial fue una entidad política independiente de Tenochtitlán, pero ligada a esa gran ciudad prehispánica.

7 Cuernavaca es la capital del estado mexicano de Morelos, aproximadamente a 90 kilómetros de la Ciudad de México. Fue fundada por la etnia tlahuica, cuyas construcciones se usaron como material para establecer los marquesados y el Palacio de Cortés.

Capítulo II
México antes de España

Antes de la llegada de los españoles, México no existe como nación. Lo que hoy es el territorio nacional mexicano está conformado por una multitud de tribus, separadas no solo por cordilleras, ríos y montañas de enorme paisaje, sino por el peor de los abismos: el lingüístico. Centenares de lenguas y dialectos separan a vecinos de territorios comunes que, en ocasiones, como señala el historiador José López Portillo y Weber, en su investigación La Conquista de la Nueva Galicia, comparten como única relación entre ellos la guerra. Cuando el invasor llega, salvo el del pueblo dominante, todo esplendor había terminado.

Hacía mucho tiempo que las montañas en Mesoamérica eran montículos selváticos que escondían en su seno una pirámide maya, y en el Valle de México, Teotihuacán era un conjunto de ruinas sin nombre desde cientos de años antes de que los aztecas llegaran al Anáhuac. Desde luego que en esas tierras hubo grandeza, magnificencia e interesantes avances en la ciencia y organización social, pero se dieron siempre de manera aislada y nunca de forma continuada. Los aztecas, desde su ciudad estado, dominaron, gracias a sus alianzas, la meseta central, e impusieron por la fuerza su hegemonía al resto de poblaciones, a las cuales sojuzgaban.


Los aztecas, desde su ciudad-estado México-Tenochtitlán, en la meseta central, imponen su hegemonía al resto de poblaciones. La ciudad alcanzó un urbanismo que maravilló a los conquistadres españoles por sus dimensiones, jardines, palacios y plazas.

Los aztecas, entonces, viven en constante rivalidad con los tlaxcaltecas y permiten cierta soberanía a los tarascos en occidente, y a los zapotecas en el sur. Pero nada los identifica como un alma nacional, ni una misma lengua, idea de estado, organización política o religión común; son fracciones que no arman un todo. Al contrario, una feroz enemistad alimenta la guerra perpetua, siempre inclinado el resultado a favor del dominante, cuya evidencia eran los esclavos para los trabajos más arduos, tributos excesivos y víctimas para los sacrificios. Deséchese ese sentimentalismo, fomentado por algunos autores anglosajones, sobre el dolor del indio que pierde su patria. No existía ninguna patria antes de la Conquista. Los aztecas sí perdieron su ciudad, la cual fue destruida junto con su supremacía y su poder, pero ellos eran una minoría privilegiada y opresora. Los españoles, dice José Vasconcelos, el famoso educador, filósofo y escritor mexicano, en su Breve Historia de México, «oprimieron a los indios, y los mexicanos seguimos oprimiéndolos, pero nunca más de lo que los hacían padecer sus propios caciques y jefes».

En las crónicas se lee cómo el cacique de Cempoala8 y el señor de Quiahuiztlán se quejan con Cortés, desde el principio, de las exacciones de los mexicas, de los niños robados para los sacrificios, de las cosechas confiscadas, de las mujeres tomadas, violadas y esclavizadas. Terror y extorsión de Estado. Se entiende por qué Cortés, más que un sometedor, fue un libertador para la mayoría. Llaman la atención, y así lo manifiesta en sus cartas al monarca español, las rivalidades existentes que encuentra entre los distintos pueblos. Llegaban emisarios de uno y otro bando solicitando mediación. Cortés se convierte entonces, de súbito, el comandante invasor, en árbitro de añejas rivalidades entre los naturales de la tierra que apenas conoce.

Si se logra extirpar el veneno acumulado por dos siglos de propagandas inductivas, deberá reconocerse que fue más patria la que Cortés construyó después, que la del valiente Cuauhtémoc o la del temido Moctezuma. De los tributarios de este gran tlatoani9 recoge el futuro conquistador múltiples quejas, como los de Huejotzingo, quienes sienten tal enemistad por los mexicas que abrazan la causa de la Conquista con un entusiasmo que desconcierta a los españoles, y hasta de sus forzados aliados, como constata a su paso por Chalco, Tlalmanalco y Chimalhuacán, tomando nota de lo vulnerable que podría ser la posición del absoluto emperador tenochca. Por eso Vasconcelos le pide al indio «que reconozca para su propia sangre humillada por la Conquista, que había más oportunidades, sin embargo, en la sociedad cristiana que organizaban los españoles, que en la sombría hecatombe periódica de las tribus anteriores a la Conquista». Severo, sin duda, Vasconcelos, pero no es posible negarle la razón.


Entrada de Cortés en Cempoala. Ahí es recibido por el «Cacique Gordo», quien se queja de las exacciones que Moctezuma impone a los pueblos dominados. El futuro conquistador vislumbra la posible alianza con los enemigos del imperio.

Antes de continuar, una aclaración: se usarán indistintamente las palabras azteca, mexica o mexicas, que es como se llamaron a sí mismos los antiguos mexicanos. El primer término, aclara Juan Miralles, aparece empleado por primera vez por Álvaro Tezozomoc, a finales del siglo XVI y propalado por Prescott siglos después, al referirse a los hombres que procedían de un lugar llamado Aztlán. También se les llamará tenochcas, por ser los habitantes del nombre binario como se llamaba esa ciudad: México-Tenochtitlán.


En el Templo Mayor, actual Zócalo de la Ciudad de México, confluían los aspectos más importantes de la vida política, religiosa y económica de los mexicas. Ahí tenían lugar desde las fiestas que el calendario ritual marcaba, hasta la entronización de los tlatoani («Gran Señor», «el que habla») y los funerales de los viejos gobernantes.

Se verá más adelante lo que pasó a los mexicanos al ignorar la herencia hispana y olvidarse de uno de sus mejores exponentes. Pero que aflore de una vez lo que en el «consciente colectivo» se cree que es Cortés y el país de donde proviene: lo primero un conquistador ambicioso que destruyó una maravillosa civilización y forma de vida mítica; dirigió a un puñado de bandidos cuya única intención era enriquecerse y regresar a casa con su botín; oprimió al indio; asesinó y torturó para conseguir riquezas. En segundo lugar, España, una nación atrasada que no merece todo lo que encontró. Desplumemos, entonces, el guajolote10 para no indigestarnos.


Inventario de tributos recibidos por México-Tenochtitlán. Según sus propios registros, se recibían, de 371 señoríos y pueblos, diversas cantidades de productos, alimentos y riquezas, sin ninguna contraprestación por parte del imperio. El pueblo que no cumpliera con el requerimiento era sujeto a la esclavitud o encontraba la muerte.

Los reyes aztecas no solo fueron vencidos por los centenares de españoles que acompañaban a Cortés, sino también por los millares de indios que se unieron a este para destruir la opresión en que vivían. En ese entonces, aunque al mexica se le considera imperio porque, según sus registros, recibe tributos de 371 señoríos y pueblos distintos, en realidad no gobierna, solo sojuzga y extrae beneficios de distinta clase. El sistema tributario, tan exigente y sin contraprestación, es un detonante definitivo para que los indios decidan aliarse contra la Confederación del Valle de México que encabezaban los tenochcas.

El odio que los indígenas de Tlaxcala11 y de otras poblaciones tenían a los aztecas, era más fuerte que su sentimiento racial. En la realidad del mundo indígena hay más regocijo por el fatal destino azteca que interés por formar causa común contra el extranjero, como se demostró finalmente con la apatía de los príncipes tarascos ante el desesperado llamado de Cuauhtémoc para salvar Tenochtitlán.

Desde cierta óptica, las batallas revisten más la forma de una guerra civil que de una conquista y, desde otra, los verdaderos conquistadores son los habitantes locales, venciendo a otros. Por eso la ocupación española, en algunas partes del territorio mexicano, fue pacífica, por persuasión. Pero esto no es un argumento para minimizar la victoria de Cortés; al contrario, los fuertes enemigos de los aztecas, nunca logran imponerse a su dominador. Es el genio del conquistador, su estrategia, quien concreta la gesta. La principal herramienta no es el garrote tlaxcalteca, sino el liderazgo del general que sabe utilizar la imprescindible fuerza que no lleva. ¿Fue la honda la que venció a Goliat o fue David?


El tzompantli (osario) impresionó a los extranjeros invasores durante su primera visita a la sede del imperio mexica. Era un altar donde se empalaban las cabezas de los cautivos, sacrificados para honrar a los dioses.

Durante aquella época, el mundo indígena está dividido social, cultural y políticamente. Ningún predominio, ya sea la tiranía azteca –o antes, la tolteca– en la meseta, la olmeca en el Golfo o la maya en el sureste, logra formar nunca una unión. Tuvieron que pasar cientos de años para que, como resultado del nuevo planteamiento social y el mestizaje cultural, surgiera la noción integral de grupo-país que no existió antaño.

Como en toda conquista, hay en muchas ocasiones una brutal destrucción de las civilizaciones, y en esto tienen razón los indigenistas, pero difícilmente estas, por sus características, hubieran podido lograr un cabal desarrollo. Aunque en todas partes del mundo se mata por necesidades de la guerra o por sentencias de la justicia, en los países católicos, especialmente en España, por decisiones obscuras de tribunales eclesiásticos, ello se hacía sabiendo que se cometía un acto antinatural o un crimen justificado. El azteca, por su parte, convertía en fiesta las matanzas. Es justo decirlo: esas fiestas de muerte indígena dejaron menos víctimas que las muy santas guerras del cristianismo europeo.


Tzompantli (osario), autor: Rafael Cauduro.

Algunos esgrimen el argumento de que las Guerras Floridas12 para obtener prisioneros para los sacrificios humanos tienen una motivación religiosa: intentan buscar en lo sagrado la justificación de la barbarie, pero es precisamente el origen tergiversado del sentido lo que más se cuestiona. Muy pocos dioses, de los que la mente humana inventa, exigen tantos corazones en sus altares.

Debe conocerse la dimensión real de lo que acontecía. No eran sacrificios de animales o rituales sagrados donde se daba muerte a personas con intenciones religiosas muy específicas, como se dio en algunas partes de Asia, en Escandinavia o en el propio territorio maya. Se trataba de ¡holocaustos periódicos! de miles y miles de personas, una industria de matanza humana (la principal y alrededor de la cual se movía más gente: templos, ejércitos, guerras y una enorme burocracia de organización, recaudación, administración, etc.) a disposición de la insaciable sed de sangre del panteón azteca y de los temores metafísicos de su clase sacerdotal. A medida que van consolidando su poder, aumenta la demanda de sangre. Con su supremacía se propaga y glorifica el rito de los sacrificios humanos; solo en la principal celebración de la ciudad sagrada de Cholula se sacrificaban cada año seis mil víctimas a los dioses.

El carácter sanguinario de la religión de Huitzilopochtli, el principal dios azteca, encuentra su culminación en los tiempos de Ahuízotl: en su reinado se termina un templo gigantesco consagrado al dios de la guerra. Cuando se inaugura, inmolan a 20 mil cautivos (algunos autores afirman que fueron 80 mil) durante cuatro días en los que se suceden decenas de sacerdotes exhaustos extrayendo corazones. «Se les dispuso en cuatro largas columnas, que se extendían desde más allá de los límites de la ciudad hasta la cima de la pirámide. Algunas miles de víctimas eran prisioneros de recientes victorias aztecas; pero la gran mayoría fueron entregados a los aztecas por gobernantes vasallos. Los nobles llegados de las provincias tributarias y estados enemigos fueron instalados, regalados con manjares y mordisquearon hongos alucinógenos para mitigar sus percepciones durante el sangriento espectáculo», narra Jonathan Kandell.

Imaginemos la enajenación de la «fiesta». A los cautivos se les arrancaba el corazón en pocos segundos y sus cuerpos eran lanzados por la pirámide. El estruendo de los tambores ahogaba sus alaridos. Una vida tras otra era extinguida. Los torrentes de sangre humana que bajaban por los escalones del templo se coagularon en grandes cuajarones horribles. «El hedor era tan grande en toda la ciudad, que resultaba intolerable para la población». Los cuerpos eran desmembrados, y algunos, cocinados. Pero en esa ocasión, las víctimas fueron tantas, que miles de cuerpos fueron arrojados al lago de Texcoco.

Nunca un osario aglutinó tantos cráneos, es el tzompantli13 más grande del continente cinco años antes del descubrimiento de Colón. Tlalcaelel14, el poder tras el trono, comentó: «que nuestros enemigos vayan y digan a su pueblo lo que han visto». Es la política del terror, la pax mexica. «Es una religión implacable, el amor no existía», se lamenta Jean Descola. Y ello se hacía a costa principalmente de los pueblos sometidos.

Visualicemos el ambiente en el que se sobrevivía esperando la inevitable llegada del turno en que tocaba entregar a un ser querido. La gente vivía bajo pánico constante debatiéndose con su fortuna; por un lado, odiando a su opresor y, por otro, tratando de ganarse su favor para postergar o evitar su destino. Siendo así, los mexicanos desarrollamos, como efecto y por instinto de conservación, formas serviles en nuestro trato y dobles intenciones en nuestro pensamiento, las cuales practicamos inconscientemente hasta la fecha y, como se verá adelante, todavía convivimos con sus consecuencias.


Práctica de sacrificios humanos, «una industria de matanza humana» alrededor de la cual se desarrollaba gran parte de la actividad administrativa, de recaudación, religiosa y militar del imperio azteca. «Había la necesidad de alimentar al cosmos, el sol perdería su fuerza si no recibía la sangre de los sacrificios, ya que ésta era la fuerza vital que movía el universo». Contra tal práctica, Cortés no escuchó argumentos: combatió la costumbre apenas tuvo contacto con ella.

Hay un intento de supresión de sangre destacable en la era prehispánica y esta es fruto de las enseñanzas de Quetzalcóatl15, quien, como personaje histórico o leyenda, fue enemigo de los sacrificios humanos, tesis que recoge Sahagún, para identificar a Cortés como heredero «mítico» del dios emplumado y posicionarlo en la vida indígena con antelación a la Conquista. Por eso es importante resaltar el principal legado cortesiano para con el país que México es desde entonces.

La lengua (la patria es el idioma, decía Unamuno), las costumbres, un gobierno con economía y leyes unificadas, la religión y un territorio definido son lo que hace nación. Estos elementos comunes son los que identifican a los mexicanos y aparecen en su territorio después de 1521. Repito: antes de la Conquista se trataba de diferentes poblaciones antagónicas y dispersas, después, con muchos defectos, surgió la nación. Cualesquiera habitantes de una nación deben, primero, reconocerse juntos, ser, sentirse parte, para luego pretender figurar en el mundo. «Para que Dulcinea fuera universal, primero fue del Toboso», dice, en Mis Tiempos, una inteligencia brillante.

8 Cempoala fue un señorío prehispánico ubicado en el Golfo de México, habitado, según la época, por totonacas, chinantecas y zapotecas, en palabras de algunos expertos, desde 1.500 años antes de la llegada de los españoles.

9 Término derivado de la lengua náhuatl para designar a un gobernador elegido por la nobleza.

10 Guajolote: del náhuatl huey (viejo) y xólotl (monstruo), es el término que se usa en esa lengua para designar al pavo doméstico.

11 Tlaxcala es uno de los 32 estados de la República Mexicana. Durante la época prehispánica se distinguió por el bloqueo que los aztecas aplicaron en ese territorio para comerciar con los pueblos del Golfo, Centroamérica y el Valle de México.

12 Se le conoce como Guerras Floridas a los enfrentamientos que los aztecas libraban contra otros pueblos para mantenerlos subyugados y obligarlos a pagar tributo. Como parte de ellas, se capturaban prisioneros, a quienes se sacrificaba ritualmente o se consumía.

13 Tzompantli: altar donde se montaban ante la vista pública las cabezas sanguinolentas de los cautivos sacrificados.

14 Tlalcaelel, «el que anima el espíritu», fue un sacerdote y consejero mexica. Asesoró a tres gobernantes: Itzcóatl, Moctezuma y Axayácatl.

15 Quetzalcóatl: uno de los más importantes dioses del panteón azteca. Dios de la vida, la luz y la fertilidad. El significado de la palabra en lengua náhuatl es «serpiente emplumada».

Capítulo III
Por qué España

Ya que evocamos al Quijote, hablemos de su patria. La intervención más importante que ha tenido España en la historia del mundo es la obra que realiza en América. Se equivocan quienes sugieren la conveniencia de haber sido conquistados por otra nación más «avanzada». En aquella época, asevera Agustín Basave Fernández del Valle, «España fue la más preparada para la incorporación y comprensión de los pueblos sometidos». Y dice Vasconcelos: «a través de España, accedemos a la cultura más vieja y más sabia e ilustre de Europa: la cultura latina; y latino es el mestizo hispano-indígena desde que se formó la raza nueva».

Cuando los romanos llegaron a la Península Ibérica en el siglo segundo antes de Cristo, se encontraron con íberos, celtas y tartesios, los pueblos más antiguos de la hoy España. También estaban ya los griegos y cartagineses disputando el dominio de ese suelo estratégico del mundo antiguo. Los romanos, tenaces, dejaron ahí casi «nada»: un nombre (Hispania), caminos eternos, ciudades de piedra, acueductos, organización política, códigos y, al final del imperio y ya oficializado, el cristianismo. Es decir, la principal aportación de ese imperio fue unidad. Las conquistas romanas comenzaron en tal época y se extendieron por casi todo el territorio.


Anfiteatro de Mérida, España. El peninsular hispano recibe el legado greco-romano y lo riega en América. La organización política, la lengua, la religión, entre otras muchas expresiones humanas, son la herencia cultural que Europa implanta en el «nuevo continente».

Su dominio militar tardó siete siglos en decaer, pero su soberanía subsiste hasta nuestros días a través de una fuerza aún más poderosa: la cultura, que se traduce en orden, disciplina y estructura, pero también en tecnología, filosofía y ciencia. En conclusión, otorgaron la supremacía de ideas y valores, una estructura mental y una forma de organización.

Diecisiete siglos después, ese mismo mundo romano envía al nuevo continente un procónsul, Hernán Cortés, y funda igualmente ciudades, dicta leyes, impone la religión, da estructura al territorio, nombra autoridades y establece gobiernos. Es decir, Roma, españolizada, vuelve a dar unidad a lo que no tenía. La principal herramienta fue una lengua común, el castellano, hija del latín. Hasta hoy, la mitad occidental del mundo sigue siendo romana, incluyendo México, así como su organización en municipios, el senado, el derecho, la iglesia, la división política, la estructura diplomática, la lengua latina, entre otros rasgos.

Pero también ingresamos a la civilización bajo el estandarte hispano que riega en América todo el bagaje cultural que recibe. A través de España y de distintos influjos, nos llega una vasta herencia. Además de los pueblos ya mencionados, hubo influencia fenicia, románica (como heredera cultural de Grecia), visigótica (de los descendientes germánicos), además del refinamiento y la ciencia árabe, con todo lo que representa. Asimismo, hubo influencia judía, pues España es el país más judío del mundo, Israel incluido. Convivieron tantos siglos y su cultura subterránea permeó a tal grado que en México lo constato cada día que me desnudo. Encontramos rostros judíos no solo bajo el kipá en alguna sinagoga de Polanco16, sino también en cualquier celebración de la colonia española.

España no era cualquier cosa, venía de una misión espiritual autoimpuesta: salvar la cultura cristiana y recuperar el territorio de la península. Lo anterior, dice López Portillo y Weber, «dota a la Historia de España de una dirección bien definida y de un carácter trascendente, dramático, estético, de que carece la de cualquier otro pueblo. Y esa historia es tan nuestra como la de los Aztecas».

Traía inercia, le sobraba adrenalina después de casi ocho siglos de reconquista. Salvó al viejo mundo, se merecía el nuevo, pues, en la concepción de la época, Europa y el cristianismo se veían amenazados por el poder otomano-islámico. Los reinos españoles, liderados por Castilla, fueron los que al final los contuvieron. España ya se había probado a sí misma, ahora tocaba hacérselo saber al mundo. En esa época, la principal característica de lo español, asegura J.M. Sánchez-Pérez, era el valor, un valor rayano en la osadía. Pero «la intrepidez de sus capitanes, de sus atrevidos navegantes, ha estado siempre templada por la caridad de sus misioneros».


Ruinas romanas, en Extremadura, España. «En una de las regiones más pobres y áridas de Europa, donde la tierra más se agrieta, en Extremadura, germina la semilla que dará mejores frutos, da los hombres más enérgicos, que más riquezas aportan al imperio y más almas a la iglesia».

Durante aquellos tiempos, España domina en el nuevo mundo porque domina en el viejo. A ella acuden los aventureros de Europa en busca de apoyo (Colón, de Génova; Magallanes, de Portugal, entre otros), dan Papas a Roma y exportan literatura. Son los mejores. Mientras en España se organiza la exploración de nuevas rutas y tierras para luego lograr su conquista, en Inglaterra y Francia se organizan empresas estatales de piratería, con mucho éxito, por cierto.

El Houston de la época, donde se planifican las expediciones y se gestionan fondos y voluntades, es la corte itinerante de los reyes de España y Sevilla, el Cabo Cañaveral. Desde ahí se lanza la mayoría de los viajes de descubrimiento y la odisea de Magallanes que da la primera vuelta al mundo. Los «astronautas» de antaño no nacen en Nueva Jersey; son extremeños, andaluces o portugueses, quienes aplican la mejor técnica y tecnología disponibles en ese momento.


El Cid. Las principales características del guerrero español de la conquista de América concurren en sus dos principales antecedentes: el Cid y el «Gran Capitán» Gonzalo Fernández de Córdoba.

En una de las regiones más pobres y áridas de Europa, donde la tierra se agrieta, en Extremadura, germina la semilla que dará mejores frutos, los hombres más enérgicos, que más riquezas aportan al imperio y más almas a la Iglesia. Ningún otro pueblo tiene en igual grado el poder de espíritu necesario ni el fogueo militar para llevar a cabo la empresa más importante hasta entonces. Y la conquista del suelo de México es el más atrayente e interesante episodio. Esa hazaña, casi legendaria, la construye un conquistador poco común, que revela, en todas sus acciones, dotes de general y político. El mérito es doble, puesto que estos descubrimientos y posteriores conquistas las hacen los españoles, no España, es decir, son empresas privadas sujetas a las leyes de la monarquía, pero organizadas y financiadas por particulares. Para eso se necesita ser «notoriamente ambicioso», como lo fue Cortés.

La empresa de la Conquista de América es de tal magnitud que, por su misma grandeza, queda fuera del alcance de las colectividades organizadas. Solo está al alcance de los individuos. Que no se crea que a ese hecho histórico llega la escoria de la península. Juan Miralles lo confirma: «entre todos los capitanes y soldados de Cortés, que desempeñaron algún papel relevante, no figura uno solo que fuese analfabeto, eso, para la medida de su tiempo, era un porcentaje elevadísimo; se diría que allí venía lo mejor de Europa».

¿Cuáles son las circunstancias que producen a esos hombres? ¿Cuál es el troquel de Hernán Cortés y el resto de sus iguales, que los lleva a sobresalir por encima de sus contemporáneos? ¿Por qué produce España, y solo España, esos guerreros astutos, capaces y con tal ánimo de lucro? ¿Por qué surgen en la Península Ibérica esos paradójicos capitanes que son leales a su rey, indisciplinados, desobedientes, audaces, ávidos, fanáticos, bravos, religiosos, crueles y organizadores?

Todos son expertos en el conocimiento y en la práctica de las leyes; todos, hábiles en el juego de las armas y ambiciosos, pero en ellos esta ambición se edifica sobre profundos cimientos de solidaridad española y de lealtad a su rey, y resultan capaces de superar los embates de la propia conveniencia y del propio egoísmo.

¿Cómo esos guerreros, con arreos iguales a los que llevan los demás europeos de su época, naturalmente sin vitaminas, repelentes, vacunas ni periodos de adaptación, pueden luchar en las altísimas y heladas mesetas de México y Perú? Y ¿cómo, alimentándose defectuosamente, se internan pocos días después por cálidas y resecas llanuras o por mortíferos laberintos de selvas tropicales experimentando y soportando colapsos nerviosos?


La batalla de las Navas de Tolosa, según un óleo de Francisco van Halen. La reconquista de España contra los árabes fue, durante casi ocho siglos, el «entrenamiento» del guerrero español para la gran aventura de la conquista de América. «España no era cualquier cosa, venía de una misión espiritual autoimpuesta: salvar la Cultura Cristiana y recuperar el territorio de la península».

Para contestar lo anterior, resulta conveniente estudiar los antecedentes de la casta guerrera española. Al hacerlo, se aclara que todas las circunstancias concurrentes en los capitanes de la conquista de América se reflejan también en los dos más grandes líderes militares españoles: el Cid y el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.

La reconquista de España fue el «entrenamiento», la preparación específica del guerrero español para la gran aventura de la conquista de América. «Las milicias que toman parte en las expediciones de la Reconquista, pasan en unos cuantos días de las heladas montañas españolas, a los valles ardorosos de Andalucía, y este choque térmico, repetido muchísimas veces a través de 25, quizá 30 generaciones, fortalece el organismo español, y estabilizándolo atávicamente, lo prepara a las pruebas tremendas de la Conquista de América», concluye López Portillo y Weber.

Eso, en lo físico. En cuanto a la ambición, hallamos que todos estos capitanes son modestos hidalgos campesinos, o bien, segundones de grandes casas, y atendiendo a la costumbre de que el hijo mayor hereda la totalidad de las tierras y fortuna, deja, entonces, al resto de los hijos en la necesidad o la libertad de buscar oportunidades donde se presenten.

La forma de organización de las empresas individuales, la iniciativa española, deviene también de la guerra contra los moros (nada fortalece tanto como el empeño de tu enemigo). Esta se da de dos formas, mediante los esfuerzos «nacionales» hechos por el Reino entero y dirigido por los reyes con las huestes de la alta nobleza, pero también a través de los ánimos de las villas y pequeñas ciudades de la frontera con sus propias milicias, proveídas con los recursos individuales de sus componentes y comandadas por hidalgos de estirpes locales.

Esto prepara y reglamenta la integración de pequeños ejércitos para librar guerras lucrativas con aportaciones particulares, como lo serían las de América. Asimismo, facilita el surgimiento de una disciplina muy peculiar entre aquellos soldados voluntarios que eligen su propio jefe, de quien son vecinos, amigos, paisanos o parientes. Dicha dinámica explica la altivez individual española y esa conducta militar contradictoria, hecha de disciplina en los combates y de rebeldía en los campamentos, la cual se observa en la historia militar de España.

Este sistema desarrolló el empuje y el espíritu de empresa de aquellos hidalgos que tanto se replicó en América. Aunque, de tanto tratar asuntos litigiosos con villas o ciudades inmediatas con vecinos o funcionarios reales, los hombres se tornaron leguleyos expertos en leyes, con consideración mística a la persona del rey, pero atemperados siempre por los fueros de la nobleza y de las ciudades, o por los derechos ganados en los descubrimientos, conquistas y batallas de los esforzados capitanes.

Siendo así, cabe concentrarse en lo propio, en la llegada a América de tales hombres y sus consecuencias. Es difícil calificar desde el presente las acciones del pasado, ya que se tienen distintas perspectivas. Lo que resulta temerario es explorar el ámbito de la especulación, pero arriesguémonos, consideremos el «hubiera». Busquemos respuestas haciendo preguntas.

Hoy tenemos una historia que es resultado de lo que sucedió, pero ¿qué hubiera ocurrido si los españoles no hubieran llegado ni conquistado México? ¿Estaría el territorio mejor? ¿Hubiesen existido las condiciones para un desarrollo armónico de los pueblos desde las mesetas de Norteamérica hasta Mesoamérica? Y considerando ya lo que era ese nuevo orden mundial, ¿qué ha pasado en poblaciones semejantes que no cayeron bajo el control de culturas más experimentadas, por ejemplo muchas africanas? Respuesta: están peor. Verdugos locales matando y explotando a sus hermanos. Si no hubiera pasado esto, hoy probablemente el idioma oficial sería el inglés, como bien decidieron los nigerianos para poder comunicarse todos.

Si se revisa el libro negro de la humanidad, nos convenceremos de que lo que sucedió no estuvo nunca por debajo de la norma habitual, tomando en cuenta la medida de su tiempo, no obstante la apropiación del tesoro de Moctezuma, la ambición desmedida por el oro, los injustificados abusos en muchas partes contra la gente, los primeros exterminios resultado de las enfermedades (principalmente la viruela), introducidas involuntariamente desde Europa y contra las cuales las poblaciones americanas no tenían defensas y provocaron millones de muertes; los trabajos forzados, la horrible explotación en las minas que diezman regiones enteras (siguen abiertas las venas, diría Eduardo Galeano) y un largo etcétera. Pero otras potencias dominadoras hubieran hecho lo mismo, sin considerar las normas de protección al conquistado, la incorporación al cristianismo de todas las almas, la prohibición de esclavizar ni muchas otras cuestiones, que España, a su ritmo, sí implantó. Es largo el catálogo de ejemplos contundentemente inhumanos a cargo de otras potencias «civilizadas».

En todo caso, España carga con sus defectos y vicios, pero las culpas son de la época, y las virtudes, muy de su pueblo.

Todavía, con el afán de demeritar, hay voces necias que se atreven a afirmar que la Conquista no la hizo España, que fue el reino de Castilla porque el nombre de España no se oficializó hasta años después de tal periodo, ¡como si la historia fuera cuestión nominativa! Así se llamara Pueblo Viejo, Iberandia, Castilla o España al conjunto de pueblos que la componen, fueron los dueños de aquellas tierras quienes se adueñaron de las americanas. ¿Quién fue el conquistador: Hernán, Hernando o Fernando? Es el mismo.

16 Importante barrio de la Ciudad de México.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
17 grudnia 2025
Objętość:
249 str. 82 ilustracji
ISBN:
9788413052410
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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