Czytaj książkę: «El mundo en que vivimos»

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EL MUNDO EN QUE VIVIMOS

Créditos
El mundo en que vivimos

V.1: abril de 2020

Título original: The Way We Live Now

© de la traducción, Claudia Casanova, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial en cualquier forma.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Ilustración de cubierta: The Dinner Party, de Ferenc Paczka - Bridgeman

Corrección: Ana Bustelo

Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 978-84-17743-82-6

THEMA: FBC

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Cofinanciado por el programa Europa Creativa de la Unión Europea


El presente proyecto ha sido financiado con el apoyo de la Comisión Europea. Esta publicación (comunicación) es responsabilidad exclusiva de su autor. La Comisión no es responsable del uso que pueda hacerse de la información aquí difundida.

Contenido

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 23

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Notas de la traductora

Sobre el autor

Sobre la traductora

El mundo en que vivimos
Una magistral novela contra la corrupción y la codicia

Augustus Melmotte, un banquero sin escrúpulos recién llegado a Londres, vende a sus inversores un producto sin valor y crea una burbuja que hace subir el precio de las acciones para acaparar beneficios. Esta historia, que podría pasar hoy, es la que se cuenta en esta novela de Anthony Trollope.

El mundo en que vivimos está ambientada en el Londres de finales del siglo xix y es una obra maestra, reconocida por la crítica como la mejor novela de Trollope. Su origen se encuentra en que el autor, tras regresar a Inglaterra de las colonias en 1872, quedó horrorizado por la inmoralidad y deshonestidad que encontró en su país. Indignado, se sentó a escribir esta obra, y nada escapó a la sátira de su pluma: ni los políticos, ni los banqueros, ni el mundillo literario, ni los apostadores, ni siquiera el sexo.

En un mundo de sobornos y venganzas en el que las herederas se ganan como fichas de casino, los personajes de Trollope personifican los vicios de su sociedad, que son también los de la nuestra.

«Trollope no escribía para la posteridad, sino para su tiempo y momento, pero ese es precisamente el tipo de escritores a los que la posteridad prefiere.»

Henry James

«La obra maestra de Trollope.»

The Observer

«Una historia de corrupción financiera que recuerda algunos escándalos recientes de la City.»

Daily Telegraph

«Su sutil descripción de las relaciones humanas y del amor, así como del esfuerzo que supone tomar decisiones, no tiene rival. Es tan gracioso, tan sensible y tan lúcido respecto a cómo la gente busca dinero, poder y reconocimiento social que debería leerlo todo el que tenga pulso.»

The Guardian

Capítulo 1
Tres editores

Sirvan estas líneas para presentar lady Carbury al lector. De su carácter y hazañas dependerá en gran medida el interés que tengan las páginas que siguen; esa tarde, permanecía sentada frente a su escritorio, en la habitación de su casa en la calle Welbeck. Lady Carbury se pasaba muchas horas frente a ese escritorio, escribía numerosas cartas, y no solamente cartas. En ese entonces, se refería a sí misma como una mujer dedicada a la Literatura, y siempre deletreaba la palabra con L mayúscula. Es posible desentrañar la naturaleza de su devoción analizando las tres misivas que esa mañana la ocupaban, y que había escrito con su veloz letra manuscrita. Lady Carbury era veloz en todo, y sobre todo en el redactado de cartas. He aquí la primera misiva.

Jueves, calle Welbeck

Querido amigo:

Me he asegurado de que le lleguen mañana las primeras galeradas de mis dos nuevos volúmenes, o como muy tarde el sábado, de modo que si lo desea, pueda darle un empujón a su esforzada servidora de usted en el periódico de la semana que viene. Hágalo, por favor. Me refiero al empujón. Usted y yo tenemos tanto en común, ¡y hasta me he aventurado a creer que somos realmente amigos! No pretendo halagarle al decir que su ayuda significaría más para mí que ninguna otra, y que sus alabanzas serían un bálsamo para mi vanidad más allá de cualquier otro elogio que pudiera recibir. Estoy casi segura de que le gustarán mis Reinas criminales. El esbozo de Semíramis posee fuerza, aunque tuve que modificar un poco las cosas para subrayar su culpabilidad. Cleopatra, por supuesto, la he tomado prestada de Shakespeare. ¡Menuda descarada! No pude convertir a Julia en reina, pero era una personaje demasiado jugoso como para prescindir de él. En las dos o tres damas del imperio, se dará usted cuenta de lo mucho que domino mi Gibbon. ¡Pobre y querido Belisario! Hice lo que pude con Juana, pero no logré sentir pena por ella. Hoy en día, simplemente habría dado con sus huesos en Broadmore. Espero que no piense que he sido demasiado dura con Enrique VIII y su pecaminosa aunque desdichada Howard. Y Ana Bolena no me gusta nada. Me temo que he caído en la tentación de extenderme en demasía sobre la italiana Catalina, pero confieso que siempre fue mi favorita. ¡Qué mujer! ¡Un verdadero demonio! Es de lamentar que un segundo Dante no creara para ella un infierno especial. El resultado de sus enseñanzas se ve a las claras en la vida de nuestra María escocesa. Confío en que esté de acuerdo en mi opinión sobre la reina de los escoceses. ¡Culpable, siempre culpable! Adulterio, asesinato, traición: todo y más. Sin embargo, debemos ser compasivos a causa de su sangre real. Nació y se crió como una reina, se casó como una reina y estuvo rodeada de reinas: ¿cómo podía escapar de la culpa? No declaro inocente a Maria Antonieta, no me decido. No tendría el menor interés, y además hasta quizá sería una falsedad. La he acusado con amor, no obstante, y la reconvengo con un beso. Espero que el público británico no se enfade porque no tapo las vergüenzas de Carolina, especialmente teniendo en cuenta que estoy de acuerdo con ellos acerca de su lamentable marido.

Pero no quiero malgastar su tiempo enviándole otro libro, aunque me llena de satisfacción pensar que estoy escribiendo un texto que solamente usted leerá. Hágalo personalmente, como buen hombre que es, y con indulgencia, como el gran hombre que también es. O mejor dicho, como el amigo que le considero, léala con cariño.

Agradecida y entregada,

Matilda Carbury

Al fin y al cabo, ¿cuántas mujeres son capaces de elevarse más allá del miasma que denominamos amor, y convertirse en algo más que meros juguetes en manos de los hombres? De entre todas las pecadoras lujuriosas y de sangre real que me han ocupado, su mayor desliz fue consentir, en algún momento de sus vidas, ser juguetes sin ser esposas. Me he esforzado por mantenerme dentro de los límites de la propiedad, pero hoy en día en que las muchachas leen de todo, ¿por qué no iba una mujer madura como yo a escribir sobre lo que se le antoje?

Dicha carta estaba dirigida al señor Nicholas Broune, editor del diario Morning Breakfast Table, de elevado carácter moral, y como era la más larga también era considerada la más importante de las tres. El señor Broune era un hombre poderoso en su profesión, y le gustaban las señoras. En su carta, lady Carbury se había calificado de mujer de cierta edad, pero lo hacía convencida de que nadie más la consideraba bajo esa luz. Su edad no será un secreto para el lector, aunque no la había divulgado ni entre sus amigos más íntimos, entre los que se contaba el señor Broune. Tenía cuarenta y tres años, tan bien llevados, y tan bien dotada estaba dicha señora por la Naturaleza, que era imposible negar que aún era un mujer hermosa. Y no solamente empleaba su belleza para incrementar su influencia, como suele suceder con las mujeres a las que la fortuna sonríe en ese aspecto, sino que calculaba cuidadosamente cómo obtener ayuda material para vivir, fin muy necesario a sus ojos, adaptando con prudencia las cosas buenas con que la Providencia la había dotado a sus objetivos. No se enamoraba, no flirteaba voluntariamente, ni se comprometía; pero sonría y susurraba, intercambiaba confidencias, y miraba a los hombres como si existiera un misterioso lazo que los uniera con ella, si tan solo las misteriosas circunstancias lo permitieran. El fin de todo ello era inducir a los demás a hacer algo que impulsara a un editor a pagarle por sus indiferentes escritos, o que se enfrentara con menos severidad a sus textos, cuando los méritos de los mismos así lo exigieran. El señor Broune era, de entre todos sus amigos de círculos literarios, en quien más confiaba, y al señor Broune le gustaban las mujeres guapas. Quizá valga la pena ofrecer un breve resumen de la escena que tuvo lugar entre lady Carbury y su amigo, un mes antes de que tuviera lugar la redacción de la carta. Lady Carbury quería que este aceptara una serie de textos para el Morning Breakfast Table, y que los abonara a la tarifa de categoría 1, aunque sospechaba que el señor Broune no estaba muy convencido de los méritos de su labor. Lady Carbury era consciente de que sin un trato especial, era muy dudoso que obtuviera una remuneración de tarifa de categoría 2, o incluso de categoría 3. De modo que lo miró a los ojos, y posó su suave y blanda mano sobre la del señor Broune durante unos instantes. Un hombre enfrentado a esas circunstancias a menudo pasa por una situación embarazosa, sin saber si decantarse por una cosa o por la otra. El señor Broune, en un momento de entusiasmo, había rodeado la cintura de lady Carbury con sus brazos, y la había besado. Decir que lady Carbury se había ofendido, como tantas mujeres habrían reaccionado al ser tratadas así, no transmitiría la imagen justa de su carácter. Se trató de un pequeño incidente, que no causó daño alguno, a menos que fuera el de romper su relación con un valioso aliado. Su sentido del pudor no sufrió, pues ¿qué importaba? No la habían insultado imperdonablemente, ni había pasado nada malo. Bastaba con convencer al pobre y susceptible asno de que esas no eran maneras de comportarse.

Sin temblar ni ruborizarse, lady Carbury logró zafarse del abrazo, y luego le obsequió con un excelente discursito:

—¡Señor Broune, qué tontería, qué locura, qué equivocación! ¿No le parece? ¡Dudo que quiera poner fin a la amistad que nos une!

—¿Poner fin a nuestra amistad? ¡Lady Carbury, eso no!

—Entonces, ¿por qué arriesgarla con un acto así? Piense en mi hijo y en mi hija, ambos ya crecidos. Piense en los sinsabores que he vivido, en cuánto he sufrido inmerecidamente. Nadie lo sabe tan bien como usted. Piense en mi reputación, ¡cuántas veces han intentado mancillarla, sin éxito! Dígame que lo siente, pues, y todo quedará olvidado.

Cuando un hombre besa a una mujer, no le apetece disculparse inmediatamente después. Eso equivaldría a afirmar que el beso no ha estado a la altura de sus expectativas. Así, el señor Broune no pudo satisfacer la petición de lady Carbury, quien a su vez quizás tampoco lo esperaba. Dijo él:

—Usted sabe que no querría ofenderla por nada en el mundo.

Y eso bastó. Lady Carbury volvió a mirarlo a los ojos, y ese día obtuvo la promesa de que se imprimirían sus artículos, con una generosa remuneración.

Cuando la entrevista terminó, lady Carbury pensó que había sido un éxito. Por supuesto que era de esperar que surgieran incidentes, cuando se tenía que luchar trabajosamente para salir adelante. La señora que se ve obligada a alquilar un carruaje que pasa por la calle se encontrará con barro y polvo, a diferencia de su vecina más pudiente, que posee un carruaje privado. Claro que habría preferido que el señor Broune no la besara, pero ¿qué importaba? Sin embargo, para el señor Broune el asunto era un poco más serio. «Demonios», se dijo al salir de la casa, «no hay manera de llegar a entenderlas, por mucha experiencia que uno tenga». A medida que se alejaba, casi pensó que lady Carbury había querido que la besara de nuevo, y a punto estuvo de enfadarse consigo mismo por no haberlo hecho. Después del incidente, la vio tres o cuatro veces más, pero tuvo buen cuidado de no repetir la ofensa.

Seguiremos ahora con las cartas restantes, ambas destinadas a los editores de otros tantos periódicos. La segunda estaba dirigida al señor Booker, del Literary Chronicle. El señor Booker era un esforzado profesor de literatura, no desprovisto de talento, ni de influencia, ni de conciencia. Pero, a causa de la naturaleza de sus esfuerzos, de los compromisos a los que se había visto obligado a adquirir, por parte de sus colegas autores por un lado, y las demandas de sus empleadores por el otro, únicamente preocupados por el beneficio económico, se había acomodado en un trabajo rutinario en el cual resultaba difícil ser escrupuloso, y casi imposible alimentar el lujo de una conciencia literaria. Ahora era un hombre calvo de sesenta años, con numerosas hijas, una de las cuales era viuda y tenía dos hijos, y los tres dependían de él económicamente. El señor Booker ganaba un sueldo de quinientas libras al año como editor del Literary Chronicle, diario que gracias a su energía se había convertido en una cabecera muy leída. También escribía para otras revistas literarias, y casi cada año publicaba un libro propio. Sobrevivía, y los que conocían su reputación, pero no le conocían a él, le consideraban un hombre de éxito. Siempre conservaba el ánimo, y en los círculos literarios lograba hacerse valer. Pero la presión de las circunstancias le obligaba a aceptar todo lo bueno que le salía al paso, y apenas podía permitirse ser independiente. Hay que aclarar, además, que los escrúpulos literarios no formaban parte ya de sus preocupaciones, desde hacía tiempo. La segunda carta, pues, rezaba así:

Calle Welbeck, 25 de febrero de 187—

Estimado señor Booker:

Le he pedido al señor Leadham [el cual era socio principal de la empresa editorial Leadham & Loiter] que le enviara un ejemplar anticipado de mi obra Reinas criminales. También he acordado con mi amigo el señor Broune que voy a reseñar su Nueva historia de una bañera en el Breakfast Table. De hecho, estoy en ello en estos momentos, y me estoy esforzando mucho. Si desea que haga mención de algún aspecto específico del protestantismo de la época, no dude en decírmelo. Igualmente, me agradaría mucho que hiciera usted mención de mi profunda investigación histórica, detalle que confío a su buen saber. No se retrase, se lo ruego, pues las ventas dependen en gran medida de que salgan reseñas tempranas. Solamente me pagan mediante regalías, que no cobro hasta alcanzar los primeros cuatrocientos ejemplares de venta.

Sinceramente,

Matilda Carbury

Alfred Booker

Literary Chronicle, Office, Strand

Al señor Booker no le escandalizó en absoluto recibir dicha nota. Se rió para sus adentros, con una risita agradablemente reticente, mientras pensaba en lady Carbury escribiendo sobre sus opiniones acerca del protestantismo. También pensó en los numerosos errores históricos en los que la aguda dama sin duda había incurrido, habida cuenta de que escribía sobre asuntos de los que, el señor Booker estaba convencido, lo ignoraba todo. Sin embargo, no le pasó por alto que una reseña favorable de su concienzuda obra, titulada Nueva historia de una bañera, en el Breakfast Table, no sería nada desdeñable, aun si llegara de la mano de una charlatana literaria, y por lo tanto no tendría el menor escrúpulo en devolver el favor cubriendo a su vez la obra de lady Carbury de alabanzas en el Literary Chronicle. Probablemente no afirmaría que el libro fuera certero, pero sería capaz de declarar que se trataba de una lectura deliciosa, que las características femeninas de las reinas estaban dibujadas con maestría, y que el libro sin duda encontraría un lugar en las estanterías de todas las bibliotecas privadas respetables. El señor Booker era muy hábil en sus reseñas, y sabía perfectamente cómo redactar una breve nota de un libro como el de las Reinas criminales de lady Carbury, sin perder mucho tiempo leyéndolo. Incluso era capaz de hacerlo sin menoscabar el libro, de modo que la utilidad de la reseña de cara a las ventas no se viera mermada. Y sin embargo, el señor Booker era un hombre honrado, y se había significado con firmeza frente a ciertas malas prácticas del mundo de la literatura. Denostaba con vehemencia consciente las reseñas artificialmente largas, o las demasiado escuetas, y la francesa costumbre de deambular alrededor de unas pocas palabras por toda la página. Se le consideraba, más bien, un Arístides de los críticos literarios. Pero debido a sus circunstancias, tampoco podía oponerse completamente a las prácticas de su tiempo. «¡Mal! ¡Por supuesto que está mal!», le había dicho a un joven amigo que trabajaba en el periódico. «¿Es que alguien lo duda? ¡Hay tantas cosas malas en lo que hacemos cada día! Pero si nos propusiéramos reformar todos nuestros errores de golpe, nunca lograríamos nada bueno. No soy lo bastante fuerte como para transformar el mundo yo solo, y dudo que tú puedas». Así era el señor Booker.

Luego estaba la carta número 3, dirigida al señor Ferdinand Alf. El señor Alf dirigía y era supuestamente el principal dueño del Evening Pulpit, rotativo que durante los dos últimos años se había convertido en «una buena cabecera», como les gustaba decir a los hombres que estaban en los círculos de la prensa. El Evening Pulpit proporcionaba, o esa era la intención, información diaria a sus lectores de todo lo que los líderes de la metrópolis habían dicho o hecho hasta las dos de ese mismo día, y profetizaba con maravillosa precisión lo que se haría y diría en las siguientes doce horas. El diario desarrollaba dicha tarea con un asombroso aire de omnisciencia, y a menudo adornado con una ignorancia a duras penas superada por su arrogancia. Pero escribían bien. Si bien los hechos eran falsos, estaban bien contados. Los argumentos no tenían lógica alguna, pero eran convincentes. El espíritu que presidía el diario poseía el don, en cualquier caso, de saber qué quería su público, y cómo abordar los temas para la lectura fuera amena. El Literary Chronicle del señor Booker no se atrevía a posicionarse ideológicamente, mientras que el Breakfast Table era decididamente conservador. El Evening Pulpit hablaba mucho de política, pero se ceñía fielmente a su lema: «Nullius addictus jurare in verba magistri». En consecuencia, en todo momento el diario ejercía el valioso privilegio de atacar lo que hacía uno y otro bando. Un periódico que desee prosperar jamás debe perder el espacio de sus columnas y agotar a sus lectores elogiando nada. Las alabanzas son invariablemente aburridas, un hecho que el señor Alf había descubierto y utilizado en provecho de su empresa.

El señor Alf también había comprobado otra gran verdad. Los ataques procedentes de los que habitualmente elogian a los demás se consideraban personalmente ofensivos, y las personas que ofenden a veces convierten el mundo en un lugar demasiado incómodo para ellos mismos. Pero en cambio, la censura de los que siempre hallan defectos en las acciones del prójimo se convierte en un hecho tan habitual, que pronto deja de ser objeto de alarma. El dibujante de caricaturas que solamente se dedica a eso raras veces debe responder de sus actos, sino que se le permite tomarse las libertades artísticas que le plazcan con el rostro o el cuerpo de una persona. Es su oficio, y su función, transformar todo lo que toca en algo deleznable y cómico. Pero si un artista publicara una serie de retratos de los cuales solamente dos de entre una docena fueran horrendos, sin duda se ganaría dos enemigos, si no más. El señor Alf nunca hacía enemigos, porque no elogiaba a nadie, y por lo que se podía deducir de la posición de su periódico, nada le satisfacía.

Personalmente, el señor Alf era un hombre notable. Nadie sabía de su origen o de su anterior profesión. Supuestamente, era un judío alemán, y algunas damas afirmaban que se detectaba un ligerísimo acento extranjero cuando hablaba. Sin embargo, se aceptaba que conocía Inglaterra como solamente un oriundo de ese país podía conocerla. Durante el último par de años, se había abierto camino, como suele decirse, y lo había hecho con no poco acierto. Le habían prohibido la entrada en tres o cuatro clubes privados, pero también le habían aceptado en otros dos o tres; y la manera en que había aprendido a hablar de los establecimientos que le habían rechazado estaba calculada para alimentar en la mente de sus interlocutores la sospecha de que dichas sociedades eran instituciones anticuadas, imbéciles y moribundas. Jamás se cansaba de implicar que no conocer al señor Alf, no tener buena relación con él o no comprender que, sin importar cómo y dónde había nacido, el señor Alf era una conexión socialmente respetable e interesante, constituía un craso error y sumía al que lo cometía en la más abyecta oscuridad. Y como no se cansaba de insistir en ello, o insinuarlo sutilmente, las damas y caballeros que le rodeaban empezaron a creerlo, y finalmente el señor Alf se convirtió en un hombre destacado en los círculos políticos, literarios y modernos.

Era un hombre atractivo, de unos cuarenta años, pero se comportaba como si fuera más joven. De estatura inferior a la media, con una mata de pelo oscuro con mechas grises, si no fuera por el arte en el tinte de su peluquero, de facciones cinceladas, ostentaba una sonrisa permanente, cuya placidez se veía mermada por la dura severidad de sus ojos. Vestía con cuidada sencillez, y al mismo tiempo era atildado. No estaba casado, poseía una casita cerca de la plaza Berkeley en la que celebraba notables fiestas y veladas, era dueño de cuatro o cinco cotos de caza en Northamptonshire, y se decía que ganaba unas seis mil libras al año con el Evening Pulpit, y que gastaba la mitad de sus ingresos. También mantenía una relación íntima, a su manera, con lady Carbury, cuya diligencia en el uso y disfrute de sus útiles amistades seguía incólume. Su carta al señor Alf rezaba como sigue:

Querido señor Alf:

Debe decirme quién escribió la reseña sobre el último poemario de Fitzgerald Barker. Sé que no lo hará. En mi vida he visto una pieza tan notable. Imagino que el pobre hombre no osará levantar la cabeza, como mínimo antes del próximo otoño; lo cierto es que se lo merecía. No tengo la menor paciencia con las pretensiones de los supuestos poetas que logran, medrando y utilizando la influencia de sus amistades, colocar sus volúmenes en todas las bibliotecas respetables de la ciudad. No conozco a nadie que esté tan predispuesto a dicha práctica como Fitzgerald Barker, pero tampoco conozco a nadie que esté dispuesto a llegar al extremo de leer su poesía.

¿No es sorprendente la forma en que algunos hombres siguen acrecentando su reputación de autores populares sin añadir una sola palabra digna de mención a la literatura de su nación? Lo consiguen mediante la asidua e incansable práctica de hincharse de importancia. Exagerar acerca de los demás y de uno mismo se ha convertido en dos nuevas ramas de una profesión moderna. ¡Ay de mí! Ojalá encontrara un aula en donde recibir lecciones para que una humilde escriba como yo se hiciera con una milésima parte de dicha habilidad. Aunque confieso que odio ese tipo de comportamiento desde lo más profundo de mi alma, y admiro la coherencia con la que el Pulpit se ha opuesto a la misma, me encuentro tan necesitada de apoyo para mis pequeños esfuerzos literarios, y lucho tan denodadamente por convertir mi pasión en una profesión remunerada, que creo que si me ofrecieran la oportunidad, me guardaría el honor en el bolsillo, dejaría a un lado los nobles sentimientos que me dicen que las alabanzas no deben comprarse ni con dinero ni con amistad, y me adentraría en los infiernos de la bajeza, para un día poder regodearme en el orgullo de haber alcanzado el éxito con mi trabajo, y poder así alimentar a mis hijos.

Pero aún no ha llegado ese momento, aún no desciendo a las profundidades inicuas; y por lo tanto, aún me atrevo a decirle que espero con profundo interés, y sin preocupación alguna, ver publicada una reseña de mis Reinas criminales en el Pulpit. Me aventuro a afirmar, aunque lo haya escrito yo, que el libro posee una importancia en sí mismo, y que logrará atraer alguna que otra mención. No dudo en absoluto de que todos los defectos de mi texto serán señalados, y que la presunción de una dama escritora no pasará sin castigo, pero creo que su crítico literario podrá certificar que los esbozos poseen vida propia y que los retratos están bien perfilados. Pero tampoco espero que me diga que más me vale quedarme en mi casa y dedicarme a mis labores, como le dijo usted el otro día a la pobre y desgraciada señora Effington Stubbs.

Hace ya tres semanas que no le veo. Los martes por la noche organizo una velada íntima para mis amigos; le ruego que asista, a la próxima o la de la semana que viene. Y también le ruego que crea que sin importar la severidad editorial o crítica de su diario, le recibiré con mi mejor sonrisa.

Sinceramente suya,

Matilda Carbury

Lady Carbury, después de terminar su tercera carta, se recostó en su silla y por un instante o dos cerró los ojos, como si se dispusiera a descansar. Pero pronto recordó que la actividad de su vida no le permitía ningún momento de reposo y por lo tanto, tomó de nuevo la pluma y empezó a redactar más cartas.

Capítulo 2
La familia Carbury

El lector habrá deducido ya ciertos rasgos del carácter y la situación de lady Carbury, a través de las cartas proporcionadas en el anterior capítulo, pero es menester añadir más datos. Afirma ser objeto de terribles calumnias, pero al mismo tiempo salta a la vista que no siempre se puede confiar en las declaraciones que hace sobre su persona. Dice también que el propósito de su labor literaria es atender las necesidades de su progenie, y que es el noble objetivo que la impulsa a seguir una carrera en el campo de la Literatura. Pese a lo detestablemente falsas que resultan las cartas a los editores, al sistema absoluta y abominablemente rastrero que emplea para alcanzar el éxito de su obra, tan lejos del honor y la honestidad como la han llevado su servilismo y disposición a arrastrarse para tal fin, hay que reconocer que sus afirmaciones son esencialmente verdaderas. La habían maltratado. La habían calumniado. Era leal para con sus hijos, a los que adoraba, y estaba dispuesta a arrancarse las uñas trabajando si con ello lograba protegerlos y darles una vida mejor.

Lady Carbury era la viuda de sir Patrick Carbury, que antaño había sido un famoso soldado en India, donde había destacado por su valor, y en el interín había ganado su título. En su madurez, se había casado con una mujer joven, y al descubrir demasiado tarde su error, alternativamente la había tratado mal y la había mimado excesivamente; ambos extremos, en abundancia. Entre los defectos de lady Carbury nunca se había manifestado, ni incipientemente, ni siquiera en espíritu, la tentación de ser infiel a su marido. Cuando era una muchacha encantadora, de dieciocho años y sin un centavo, había aceptado casarse con un hombre de cuarenta y cuatro que tenía a su disposición una pequeña fortuna. Al tomar esa decisión, había abandonado toda esperanza de conocer el amor que los poetas describen y que los jóvenes desean experimentar. Cuando se casó, sir Patrick tenía la cara arrebolada, era robusto, calvo, muy dado a la cólera, generoso con su dinero, de temperamento desconfiado, e inteligente. Sabía cómo gobernar a los hombres. Sabía leer y comprender un libro. No era mezquino, y contaba con cualidades atractivas. Era un hombre al que se podía querer, pero no estaba hecho para el amor. La joven lady Carbury comprendió cuál era su posición, y decidió cumplir con su deber desde el primer día. Antes de caminar hacia el altar, ya había decidido que jamás se permitiría flirtear después de casarse, y así había sido. Durante quince años, las cosas habían ido razonablemente bien; es decir, que lady Carbury había soportado su vida con entereza y hasta cierta satisfacción. Cada tres o cuatro años viajaban a Inglaterra, y cada vez sir Patrick obtenía un cargo mejor. A lo largo de quince años, aunque había sido apasionado, imperioso y a menudo cruel, jamás había sido celoso. Habían sido padres de una niña y un niño, y los habían mimado en exceso; la madre, según sus propias palabras, trataba de educarlos en las mejores condiciones. Sin embargo, puesto que desde el principio de su vida la habían educado en el engaño, también en su vida de casada lo había puesto en práctica. Su madre había dejado a su padre, y lady Carbury había vivido una infancia nómada, de un protector a otro, a veces en peligro de desear importarle a alguien, hasta que la dificultad de su posición la había convertido en la persona que hoy era: dura, incrédula y poco fiable. Pero era lista, y se había hecho con modales y buena educación durante esa infancia; y también era atractiva.

Su ambición se había concentrado en casarse y ser dueña de su propio dinero, cumplir con su deber, vivir en una casa grande y que los demás la respetasen. Así, durante los primeros quince años de su vida de casada había tenido éxito, en medio de grandes dificultades. Sonreía a los cinco minutos de escuchar malas palabras, y cuando su esposo la golpeaba, se esforzaba denodadamente por ocultárselo al mundo entero. En el último tramo de su vida, sir Patrick se dio excesivamente a la bebida. Lady Carbury se esforzó primero por apartarle de ese camino, y luego simplemente ocultaba los efectos perniciosos de la afición de su marido. Y en el interín, mentía, manipulaba y vivía inmersa en la mendacidad. Finalmente, cuando ya no se sentía una mujer joven, se permitió establecer amistades para su propio disfrute, y entre dichas relaciones había un hombre. Si la fidelidad de una esposa es compatible con una amistad íntima, si para una mujer el matrimonio no exige el rechazo total de las relaciones con los demás hombres, excepto con su marido, entonces lady Carbury fue una esposa fiel. Pero sir Carbury se volvió celoso, dijo cosas que ni siquiera lady Carbury pudo soportar, hizo otras que la empujaron más allá del cálculo prudente que había presidido su vida, y por fin le dejó. Aun así, lo hizo tan precavidamente que, a cada paso que daba, podía demostrar cuán inocente era. Esa etapa de su vida importa poco a nuestra historia, excepto que al lector debe quedarle claro un hecho esencial: lady Carbury fue víctima de una calumnia. Durante un mes o dos, los amigos de su esposo no cejaron, arrastrando su reputación por los suelos, e incluso el propio sir Patrick se unió al coro. Pero gradualmente, la verdad salió a relucir, y tras un año de separación, volvió a convivir bajo el mismo techo con él, y fue la señora de la casa hasta la muerte de su marido. Le acompañó de regreso a la patria, pero durante el breve período en que se mantuvo alejada de él, sir Patrick se convirtió en un inválido cansado y moribundo. El escándalo la persiguió hasta Inglaterra, y había gente que jamás se cansaba de recordar que durante su vida de casada, lady Carbury se había separado de su marido, y que este la había aceptado graciosamente de nuevo, cuando volvió arrepentida, porque tenía un corazón de oro.

Sir Patrick dejó una herencia moderada; no era ninguna fortuna. A su hijo, ahora sir Felix Carbury, le legó mil libras al año, y la misma cantidad para su viuda, con la provisión de que después de la muerte de esta, la cantidad se dividiría entre los dos vástagos que dejaría atrás. Así pues, el joven, que ya se había alistado en el ejército cuando su padre falleció, y que no tenía la menor necesidad de mantener una residencia pues de hecho pasaba largas temporadas en casa de su propia madre, poseía el mismo nivel de ingresos que el de su madre y hermana, con el que estas tenían que además pagar los gastos de un techo sobre sus cabezas. Lady Carbury, cuando quedó viuda a los cuarenta años, no tenía la menor intención de vivir el resto de su vida en la estrechez habitualmente asociada a la viudedad. Hasta ahora se había esforzado por cumplir con su deber, sabedora de que al hacerlo aceptaba lo bueno y lo malo de dicha posición. Sin duda, hasta ahora había experimentado el lado menos feliz de su deber: castigada, vigilada, pegada e insultada por un anciano colérico hasta que se vio obligada a huir de su propia casa. Luego, tuvo que humillarse para que la acogiera de vuelta, como un favor, con la seguridad de que su nombre quedaría manchado para siempre, injustamente, y que su marido le reprocharía su escapada constantemente, hasta el último día. Y finalmente, durante uno o dos años, vivió convertida en la enfermera de un libertino moribundo: había pagado un alto precio por las cosas buenas que había disfrutado hasta entonces. Ahora, después de las penas, llegaba la tranquilidad, su recompensa, su libertad, su oportunidad de ser feliz. Pensó mucho en sí misma y tomó una o dos decisiones. El tiempo del amor había pasado de largo, y no pretendía perseguirlo. Tampoco volvería a casarse por conveniencia. Pero sí tendría amigos, amigos de verdad, que pudieran ayudarla, y a los que ella también prestaría su apoyo. Se labraría una carrera, un futuro profesional, para cultivar una actividad interesante. Viviría en Londres, y allí se haría un nombre, en alguno de los múltiples círculos de la gran ciudad. Más por accidente que por elección, había terminado en el mundillo literario, pero durante los últimos dos años, había confirmado y corroborado el accidente debido a su deseo de ganar dinero. Desde el principio fue consciente de que tendría que administrar su renta, no solo porque presentía que con mil libras al año, su hija y ella no podrían vivir, sino también a causa de su hijo. No quería lujos, solamente una residencia situada en un barrio respetable de la ciudad. Su hija era una muchacha prudente y por ese lado estaba tranquila. Podía confiar en Henrietta. Pero su hijo, Felix, no era tan de fiar, y sin embargo sentía una extrema debilidad por él.

En el momento de dar comienzo nuestra historia, al redactar las tres cartas de las que hemos sido testigos, lady Carbury precisaba dinero. Sir Felix tenía ya veinticinco años, llevaba cuatro en un regimiento de lo más aceptable, pero había vendido su comisión. Para no faltar a la verdad, también había malgastado todo lo que su padre le había dejado. Y su madre lo sabía, y por ende sabía que la pequeña renta reservada para ella y su hija tenía que mantener también al barón. Ignoraba, no obstante, la cuantía total de las deudas de su hijo, cifra que él también ignoraba. Un caballero con título, con una comisión militar en la Guardia Real, y del que se sabe que ha obtenido una herencia de su padre, puede endeudarse sin dificultad durante mucho tiempo, y hasta alcanzar cifras muy elevadas. Sir Felix había hecho abundante uso de ese feliz privilegio, y su vida se había echado a perder en todos los sentidos. Se había convertido en una carga tal para su madre, y para su hermana también, que vivía de susto en vergüenza. Pero ellas no se lo habían recriminado, en ningún momento. Henrietta había aprendido, tras observar la conducta de su padre y de su madre, que todos los vicios en un hombre y en un hijo merecen el perdón, y que a las mujeres, y especialmente a las hijas, se les exigen todas las virtudes. La lección había llegado tan temprana a su vida, que la había aprendido sin el menor reparo o sentido de la injusticia. Lamentaba la mala conducta de su hermano, puesto que le causaba sinsabor a él; pero la perdonaba de buena fe en cuanto a los inconvenientes que le causaba a ella. Le parecía natural que todos sus intereses quedaran supeditados a los deseos de Felix, y cuando sus pequeñas comodidades desaparecieron, y tuvo que recortar los modestos gastos en los que incurría, porque el hermano que había malgastado toda su herencia ahora devoraba también la de su madre, jamás se quejó. Henrietta había aprendido la lección: los caballeros de su clase siempre malgastaban el dinero, el suyo y el de los demás.

Los sentimientos de la madre eran menos nobles, o mejor dicho, estaban más abiertos a la censura. El niño, que de pequeño era hermoso como una estrella, siempre había sido su preferido, el único ser en el que se recreaba su corazón. Incluso durante su locura y despilfarro, nunca había aventurado una palabra de reproche para evitar su ruina. Lo había mimado de niño, y de mayor siguió haciendo lo mismo. Estaba casi orgullosa de sus vicios, y le encantaba escuchar sus hazañas, que si bien no eran pecaminosas, rozaban la ruina por lo extravagantes. Le había dado tanta libertad que incluso en su presencia, Felix no se avergonzaba de su propio egoísmo, ni parecía consciente de la forma injusta en que afectaba la vida de su familia.

La consecuencia de todo lo cual fue que la afición literaria que había empezado en parte por placer, y en parte porque constituía un pasaporte hacia la buena sociedad, se había convertido en un trabajo que rendía provecho económico. Así que cuando lady Carbury escribía a sus amigos, los editores de periódicos, y les hablaba de sus esfuerzos, les decía la verdad. Le llegaban rumores del éxito de tal o cual escritor o bien, aún más cerca de su situación, de aquella u otra autora, que se ganaba el estipendio escribiendo. Y se le antojaba que, dentro de unos límites moderados, quizá podía albergar esperanzas para el suyo propio. ¿Por qué no soñar con añadir mil libras más a sus ingresos anuales, para que Felix pudiera llevar de nuevo la vida de un caballero, y casarse tal vez con una heredera, que en los planes de lady Carbury para el futuro, solucionaría todos sus problemas? ¿Quién era tan guapo como su hijo? ¿Qué caballero era más agradable y atractivo? ¿Quién poseía la misma audacia, la principal característica necesaria para la obtención de la mano de una heredera?

Y entonces, su esposa tendría el título de lady Carbury. Si tan solo lograban ganar lo bastante como para superar la marea del mal momento económico en el que se encontraban atrapados, todo acabaría bien.

El mayor y más esencial obstáculo para el éxito del plan era, probablemente, la convicción de lady Carbury de que alcanzaría su objetivo no tanto escribiendo buenos libros, como logrando convencer a un determinado número de personas para que dijeran que sus libros eran buenos. Trabajaba mucho en su escritura, al menos lo bastante como para producir un buen número de páginas a un ritmo más que notable; y por naturaleza, era una mujer lista. Poseía un estilo fácil, rápido de entender, agudo, y ya dominaba la técnica de extender una idea delgada hasta convertirla en una vasta extensión de letras. No abrigaba la ambición de escribir un buen libro, sino que se dedicaba ansiosamente a pergeñar un libro que los críticos literarios calificaran de bueno. Si el señor Broune, en privado, le hubiera dicho que su libro era una porquería pero al mismo tiempo publicado una reseña elogiosa en el Breakfast Table, es dudoso que la opinión del editor hubiera herido la vanidad de la dama. Era una mujer falsa, de pies a cabeza, pero con muchas y buenas intenciones, pese a lo mendaz de su persona.

¿Quién sabe, en lo que se refiere a sir Felix, si se había convertido en lo que era después de mucho empeño, o había nacido con tendencia al vicio? Es más que probable que no fuera mejor persona si le hubieran apartado de sus padres y sometido a un régimen moral más duro, de la mano de maestros dotados de una brillante ética. Y aun así, también resulta increíble que la educación, o la falta de ella, fueran responsables de un corazón tan absolutamente privado de sentir compasión por los demás, como el suyo. Ni siquiera era capaz de sentir nada ante su propia desgracia, a menos que afectaran a las comodidades de las que disfrutaba en ese preciso momento. Era como si le faltara la suficiente imaginación como para comprender que vendrían tiempos más míseros y empobrecidos, aunque el futuro estuviera solamente a un mes, una semana o una única noche de distancia. Le gustaba que le trataran con amabilidad, que le alabaran y le trataran con deferencia, que le alimentaran y le acariciaran; y a los que lo hacían, los consideraba sus amigos. En esto, poseía el mismo instinto que los caballos, sin llegar a la simpatía exuberante de los perros. Pero no se puede decir que amara a nadie hasta el punto de negarse el más breve instante de gratificación personal. Su corazón era una piedra. Era guapo, ingenioso e inteligente. Tenía la tez oscura, con ese tono oliváceo, que da a los jóvenes aspecto de pertenecer a una alcurnia aristocrática. Su pelo, que jamás se había dejado largo, era casi negro, suave y sedoso sin llegar al tacto grasiento tan habitual en los que gozan de esa textura en sus melenas. Sus ojos eran grandes, marrones, y perfectamente delineados por el arco de sus cejas también perfectas. Pero quizá lo más glorioso de su rostro se debía más al acabado de sus facciones, a la fina simetría de su nariz y su boca que al resto de sus rasgos. Llevaba un bigote en el labio superior, tan cincelado y fino como sus cejas, pero no tenía barba. La forma de su barbilla también era perfecta, aunque carecía de la suavidad y la dulzura de expresión que transmiten los hoyuelos y que indican un corazón amable. Medía casi un metro ochenta, y su figura era tan excelente como su faz. Los hombres admitían y las mujeres proclamaban vigorosamente que no había existido un caballero más guapo que Felix Carbury. También se daba por sabido que nunca se había mostrado consciente de su propia belleza. Se daba aires por un puñado de motivos: por su dinero, pobre tonto, mientras lo tuvo; por su título, por su comisión militar, hasta que tuvo que venderla; y especialmente, por la superioridad de su intelecto. Pero era lo bastante listo como para vestirse de simplicidad, y evitar la apariencia de que le preocupaba su figura exterior. Por el momento, el reducido mundo de sus amigos y conocidos no había descubierto lo superficial de sus afectos, o más bien, cuán poco afecto sentía por nada ni nadie. Su actitud y su aspecto, junto a cierta agudeza, le habían protegido hasta de los vicios de su propia vida. En un instante, sin embargo, en un único momento de debilidad, había perjudicado su buen nombre más que las locuras de los tres últimos años. Se había peleado con un oficial de su compañía, agrediéndole, y cuando el corazón de un hombre debía haber mostrado una conducta honorable, primero había amenazado y luego se había comportado como un timorato. De eso hacía ya un año, y había dejado atrás el incidente, pero algunos hombres aún recordaban que llegada la hora de la verdad, Felix Carbury había agachado la cabeza, y en definitiva había demostrado ser un cobarde.

Así que ahora debía casarse con una heredera. Lo sabía muy bien, y estaba preparado para hacer frente a su destino. No obstante, adolecía en el arte de hacer el amor. Era guapo, poseía los modales de un caballero, hablaba bien, no le faltaba audacia, y no sentía repugnancia ante la idea de declarar una pasión que no sentía. Pero sabía tan poco de pasión, que ni siquiera podía convencer a una joven de que la sentía. Cuando hablaba de amor, no solo pensaba que estaba diciendo idioteces, sino que lo dejaba traslucir. A raíz de ese defecto, ya había fracasado con una joven dama cuya herencia rondaba las cuarenta mil libras, y que le había rechazado porque, como dijo con absoluta e inocente franqueza, «en realidad no te importo». «¿Cómo no vas a importarme», le había dicho él, «si estoy pidiendo tu mano en matrimonio?». «No sé cómo, pero sé que así es», replicó ella. Y así la joven logró escapar esa trampa del destino. Ahora tenía a otra joven en su mira, a quien el lector conocerá a su debido tiempo, y sir Felix la perseguía con implacable dedicación, instigado por sus circunstancias. La cuantía de su fortuna no estaba definida con tanta precisión como las cuarenta mil libras de su antecesora, pero se sabía a ciencia cierta que superaba esa cifra con creces. Efectivamente: se suponía que era una fortuna inabarcable, sin límites, infinita. Que para el padre de la joven, la cantidad que se dedicara a gastos cotidianos, casas, sirvientes, caballos, joyas y similar le resultaba indiferente. Era un hombre que tenía otras preocupaciones, mayores y más grandes; y pagar diez o veinte mil libras por una fruslería era lo mismo, igual que a los hombres que no tienen problemas de dinero no les importa pagar seis o nueve peniques por carne que compran diariamente. Un hombre así corría el riesgo permanente de arruinarse; pero el hombre que se casara con su hija en aquel momento, en que su prosperidad era desvergonzadamente inmensa, podría disfrutar de una gran fortuna. Lady Carbury, que sabía muy bien de las adversidades que había superado su hijo, estaba decidida a que sir Felix llevara a buen puerto la intimidad que le había abierto las puertas de la casa del Creso de la temporada.

Y ahora, dediquemos unas pocas palabras a Henrietta Carbury. Por supuesto, era infinitamente menos importante que su hermano, que era un barón, cabeza de la rama de los Carbury, y el preferido de su madre. Por eso, bastarán unas pocas palabras. También era una joven encantadora, muy parecida a su hermano, pero de facciones menos regulares y piel menos oscura. En su expresión, se leía esa dulzura que parece implicar que toda consideración del bienestar de uno mismo está supeditada al de los demás. Era una característica que su hermano no poseía, y el rostro de Henrietta era el fiel reflejo de su carácter. De nuevo, ¿cómo desentrañar el motivo por el cual, con la misma educación recibida por parte de su madre, ambos hermanos eran tan distintos entre sí? ¿Habrían salido de otra manera, si les hubieran apartado de la compañía de su familia, o las virtudes de la joven se debían a que, precisamente, sus padres no la habían mimado como a su hermano? En cualquier caso, ni los títulos, ni el dinero ni las tentaciones del gran mundo habían estropeado el carácter de Henrietta Carbury. Tenía en ese momento apenas veintiún años recién cumplidos, y no había frecuentado la sociedad londinense. Su madre no solía asistir a bailes ni cenas, y durante los dos últimos años la necesidad de ahorrar las había forzado a restringir el dispendio en guantes y vestidos de gala. Por supuesto, sir Felix sí que salía, pero Hetta Carbury se pasaba casi todo el tiempo haciendo compañía a su madre, en la calle Welbeck. Ocasionalmente, el mundo la veía, y cuando eso sucedía la declaraba una chica encantadora. Y de momento, el mundo tenía razón.

Pero para Henrietta Carbury, el romance de la vida ya había empezado, y con vívidas emociones. La rama principal de los Carbury, ahora representada por Roger Carbury, de la casa Carbury, entrará pronto en la historia y hablaremos abundantemente de ella; baste decir que Roger Carbury estaba apasionadamente enamorado de su prima Henrietta; aunque rozaba los cuarenta años de edad. Y entre tanto, Henrietta había conocido a un tal Paul Montague.

Capítulo 3
El club Beargarden

La casa de lady Carbury en la calle Welbeck era modesta, sin pretensiones de llegar a mansión, ni siquiera a residencia; pero como su dueña tenía algo de dinero cuando la adquirió, la había convertido en un hogar agradable y bonito, y se sentía orgullosa de poseer, a pesar de la dificultad de su posición económica, un entorno cómodo para recibir a los amigos de su círculo literario que la visitaban los martes. Allí vivía aún, con sus dos hijos. La salita posterior estaba separada del resto del salón por unas puertas que siempre permanecían cerradas, y allí trabajaba lady Carbury. Era allí donde escribía sus obras y esbozaba su plan para atraer la buena voluntad de los dueños de periódicos y de la crítica literaria. En ese rincón raras veces la molestaba su hija, y no recibía visitantes, exceptuando editores y críticos. Pero como su hijo no estaba sometido a ninguna ley doméstica, interrumpía su privacidad sin el más mínimo remordimiento. Apenas había terminado de pergeñar dos notas a toda velocidad, después de terminar su carta al señor Ferdinand Alf, cuando Felix entró en la salita con un cigarro en los labios y se dejó caer en el sofá.

—Querido mío —dijo su madre—, haz el favor de prescindir del tabaco cuando entres aquí.

—Qué cansancio, madre —dijo él, arrojando sin embargo el objeto a la chimenea—. Algunas mujeres juran que les gusta el tabaco, y otras que no lo soportan. Depende solamente de si desean halagar o insultar al caballero.

—¿No insinuarás que pretendo insultarte?

—A fe mía que no lo sé. Pero, ¿puedes prestarme veinte libras?

—¡Querido Felix!

—Claro que sí, madre. Pero, ¿qué hay de las veinte libras?

—¿Para qué las quieres?

—Bueno, la verdad es que solamente para tenerlas, al menos hasta que salga algo mejor. Uno no puede vivir sin dinero en el bolsillo. Puedo sobrevivir con muy poco, como la mayoría. No pago nada, si puedo evitarlo. Hasta voy al barbero a crédito, y mientras fue posible, tuve una berlina para ahorrar en taxis.

—Oh, Felix. ¿Es que nunca terminará?

—Nunca supe ver el final de nada, madre. Jamás fui capaz de azuzar el caballo cuando los perros estaban siguiendo el rastro de la presa. No dejé pasar un plato que me gustaba, pensando en los que venían después que me gustaban aún más. ¿De qué serviría?

El joven no dijo carpe diem, pero sin duda era el espíritu de su filosofía.

—¿Has ido a casa de los Melmotte hoy?

Eran las cinco de una tarde invierno, la hora en que las damas beben su té, los hombres ociosos se dedican a jugar al whist en el club, y a los jóvenes ociosos se les permite flirtear, a veces. Lady Carbury pensó que su hijo podría haber dedicado la tarde a cortejar a Marie Melmotte, la insigne heredera.

—Vengo de allí.

—¿Y qué piensas de ella?

—Para ser sincero, madre, pienso muy poco en ella. No es bonita ni tampoco fea. No es lista, ni estúpida. Ni una santa, ni una pecadora.

—Entonces será una buena esposa, ¿no?

—Tal vez. En cualquier caso, estoy dispuesto a creer que será lo bastante buena esposa para mí.

—¿Qué dice su madre?

—Es todo prudencia. Se me ocurre que aun si me caso con la hija, nunca sabré de dónde procede la madre. Dolly Longestaffe dice que es una judía bohemia, pero creo que es demasiado gorda como para eso.

—¿Y eso importa, Felix?

—En lo más mínimo.

—¿Es educada contigo?

—Sí, lo es.

—¿Y el padre?

—Bueno, para empezar no me echa de su casa, ni nada por el estilo. Por supuesto que somos media docena los que estamos cortejando a su hija, y creo que el viejo está perplejo con todos ellos. Le preocupa más cuántos duques se sientan a su mesa que los pretendientes de su hija. El primero que la conquiste se la podría llevar sin el menor problema.

—¿Y por qué no tú?

—En efecto, ¿por qué no? Hago lo que puedo, y nunca dio buenos resultados azotar un caballo. ¿Me prestas las veinte libras?

—Felix, creo que no eres conscientes de lo pobres que somos. ¡Aún tienes tus animales!

—Si te refieres a ellos, sí, aún poseo dos caballos, y no he pagado ni un chelín por el alquiler de sus establos y su mantenimiento desde que empezó la temporada. Mira, madre: es un juego arriesgado, pero estoy jugando según tus consejos. Si logro casarme con la señorita Melmotte, todo terminará bien. Pero no creo que para ello tenga que arrojarlo todo por la borda y que el mundo se entere que no tengo un centavo. Para alcanzar sus objetivos, un hombre tiene que llevar la vida que desea. Apenas salgo de caza, pero si vendo mis caballos, tendré que contarles a un buen puñado de tipos en la plaza Grosvenor por qué lo hice.

Este argumento presentaba una verdad plausible, que la pobre mujer era incapaz de contradecir. Antes de que terminara la entrevista, el dinero solicitado llegó a los bolsillos de Felix, aunque en ese momento lady Carbury apenas podía permitírselo. Sin embargo, el joven desapareció con el corazón ligero y dinero en las manos, sin prestar atención a las súplicas de su madre para que su relación con Marie Melmotte llegara a un presto y feliz final.

Cuando dejó a su madre, Felix se dirigió al único club al que ahora pertenecía. Los clubes para caballeros eran lugares agradables, exceptuando por una cosa. Para ser miembro, había que poseer dinero o peor aún, abonar cuotas anuales y por ende, poseer dinero por anticipado; por eso, el joven barón se había visto obligado a contenerse. De hecho, de entre todos los clubes a los que podía acceder, escogió el peor. Era el Beargarden, y recientemente había abierto sus puertas con la expresa filosofía de combinar parsimonia con dilapidación. Según algunos jóvenes parsimoniosos y despilfarradores, los clubs se arruinaban porque ofrecían comodidad a viejos clientes que pagan poco o nada excepto sus cuotas, y con su mera presencia consumían tres veces más de lo que el club ingresaba. El Beargarden no abría hasta las tres de la tarde, porque antes de esa hora los dueños presumían que los clientes no necesitarían ningún club. No había periódicos de la mañana, no había biblioteca ni tampoco sala de desayuno. El Beargarden solamente ofrecía salones para cenar, sala de billar y salas de juego. Había un único proveedor, de modo que el club se aseguraba de que solamente le estafaba un comerciante. Todo era lujoso, pero los lujos tenían que salir bien de precio. Era una buena idea, y se decía que el club prosperaba. Herr Vossner, el proveedor, era una joya y lo supervisaba todo para que no hubiera incidentes. Hasta colaboraba en la delicada y difícil tarea del pago de las deudas de juego, y se comportaba con gran cariño y galantería con los que firmaban cheques cuyos banqueros habían declarado que no tenían fondos. Herr Vossner era una joya, y el Beargarden un éxito. Y probablemente, ningún joven londinense disfrutaba tanto del Beargarden como sir Felix Carbury. El club se encontraba cerca de otros establecimientos del mismo tipo, en una callecita justo después de girar por la calle de Saint James, y se enorgullecía de su exterior sobrio y tranquilo. ¿Para qué gastar dinero en una fachada? ¿Por qué invertir en columnas de mármol y cornisas, que no se podían ni comer, ni beber, ni apostar a las cartas? Eso sí, el Beargarden hacía gala de los mejores vinos —o eso decía— y los sillones más cómodos, y dos mesas de billar que era lo más perfecto que jamás se había erigido sobre cuatro patas de madera. Allí se dirigió sir Felix esa tarde de enero tan pronto como obtuvo de su madre un cheque por valor de veinte libras.

Se encontró con su amigo, Dolly Longestaffe, de pie en las escaleras con un cigarro entre los labios, mirando distraído a la aburrida casa de ladrillos grises frente al club.

—¿Vas a cenar, Dolly? —preguntó Felix.

—Supongo que sí, porque cualquier otra cosa sería una complicación endemoniada. Sé que estoy invitado a otra parte, pero no tengo ganas de ir a casa a cambiarme. ¡Ay, madre! No sé cómo lo hacen los demás, de verdad que no.

—¿Irás de caza mañana?

—Bueno, sí; aunque no lo sé, la verdad. Quería salir de caza la semana pasada, cada día, pero mi criado nunca me despertaba a tiempo. No entiendo por qué demonios hay que ir a cazar de buena mañana. ¿Por qué no a las dos o las tres de la tarde, para que no tengamos que despertarnos en medio de la noche?

—Porque no se puede ir de caza a la luz de la luna, Dolly.

—A las tres de la madrugada no hay luna. Bueno, de todos modos no logro llegar a la plaza Euston a las nueve de la mañana. Ni tampoco creo que a mi criado le guste levantarse tan pronto. Dice que lo hace, que entra en mi cuarto y me despierta, pero yo no me acuerdo.

—¿Cuántos caballos tienes en Leighton, Dolly?

—¿Cuántos? Creo que cinco, pero el tipo que los cuida vendió uno, y luego compró otro. Sé que hizo algo.

—¿Quién los monta?

—Él, supongo. Bueno, y yo, claro está, pero no voy mucho por ahí. Alguien me dijo que Grasslough montó a dos la semana pasada. No recuerdo haberle dado permiso. Creo que sobornó a mi cuidador; y me parece una maldita bajeza. Se lo preguntaría, pero sé que me dirá que le di permiso. Bueno, quizá lo hice cuando andaba borracho.

—Pero si tú y Grasslough nunca habéis ido de juerga juntos.

—No me cae nada bien. Se da muchos aires porque es un lord, y tiene una naturaleza ladina. No sé por qué quiere montar mis caballos.

—Para no tener que gastar dinero.

—Pero si no tiene problemas. ¿Por qué no tiene caballos propios? Te diré lo que he decidido, Carbury, vaya que sí, y por Jorge que me atendré a ello. Jamás pienso prestarle uno de mis caballos a nadie más. Si alguien quiere un caballo que se lo compre.

—Pero hay gente que no tiene dinero, Dolly.

—Pues que se espabilen. Yo aún no he pagado los míos esta temporada. Llegó un tipo aquí ayer…

—¡No! ¿Aquí, en el club?

—Sí. Me siguió y dijo que quería que le pagara no sé qué. Creo que se trataba de los caballos, por los pantalones que llevaba.

—¿Y qué le dijiste?

—¿Yo? Nada.

—¿Cómo terminó la cosa?

—Cuando acabó de hablar, le ofrecí un cigarro y mientras lo encendía me fui para arriba. Supongo que se largó cuando se cansó de esperar.

—Mira, Dolly: ojalá me dejaras montar dos de tus caballos durante un par de días. Eso sí, mientras no vayas tú, claro está. Ahora no tienes problemas de dinero.

—No, no los tengo —dijo Dolly, con aquiescencia melancólica.

—Quiero decir que no me gustaría tomar prestados tus caballos sin que tú te acuerdes. Nadie sabe mejor que tú lo mal que lo estoy pasando. Sé que las cosas cambiarán, pero mientras tanto, es muy duro. No le pediría este favor a nadie más, solamente a ti.

—Bueno, puedes montarlos durante dos días. No sé si mi cuidador te creerá. No creyó a Grasslough, y se lo dijo. Pero Grasslough fue y sacó a los caballos del establo, y se quedó tan ancho. Eso me contaron.

—Podrías mandarle una nota al cuidador, para que esté avisado.

—¡Menudo fastidio! No, no creo que pueda. Te creerá, porque sabe que tú y yo somos amigos. Creo que me tomaré una copita de curaçao antes de cenar. Ven y pruébalo, seguro que nos abre el apetito.

Eran casi las siete de la tarde. Nueve horas después, los dos jóvenes, acompañados de otros dos caballeros —uno de los cuales era lord Grasslough, la peculiar aversión de Dolly Longestaffe— se levantaron de la mesa de juego de una de las salas del club. Pues aunque el Beargarden no abría antes de las tres de la tarde, la hospitalidad que no proveía durante el día se ofrecía sin restricciones durante la noche. Nadie podía desayunar en el Beargarden, pero las cenas a las tres de la mañana eran de lo más habitual. Y así había sido aquella noche, con una cena o más bien una sucesión de cenas, con sopas y caldos y tostadas calientes que habían circulado de vez en cuando entre los caballeros, primero unos y después otros. Eso sí, no habían dejado de jugar en ningún momento, desde la apertura de las salas de juego a las diez de la noche. A las cuatro de la mañana, Dolly Longestaffe se encontraba en condiciones de prestar sus caballos y no recordarlo. Trataba afectuosamente a lord Grasslough, y también a sus otros compañeros, pues su mente en estado etílico adoptaba dicha actitud afectuosa de manera natural. No estaba borracho perdido, de ninguna de las maneras, y no decía mayores estupideces que cuando estaba sobrio; pero estaba dispuesto a jugar a cualquier cosa, la entendiera o no, y apostando lo que fuera. Cuando sir Felix se levantó y dijo que no jugaría más, Dolly le imitó, satisfecho. Cuando lord Grasslough, con una expresión sombría en el rostro, dijo que no era cosa de hombres romper así la partida, cuando tanto dinero había cambiado de manos, Dolly procedió a sentarse de nuevo, amablemente. Pero no bastaba con Dolly.

—Voy de caza mañana, así que no puedo jugar más —dijo sir Felix (aunque quería decir ese mismo día)—. Un caballero debe retirarse a descansar.

—No estoy de acuerdo —dijo lord Grasslough—. Cuando un caballero ha ganado tanto como tú esta noche, debe quedarse.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó sir Felix, en tono enfadado—. Eso es una tontería; todo tiene su final, y yo no pienso seguir jugando esta noche.

—Bueno, como desees —dijo lord Grasslough.

—Efectivamente, eso deseo. Buenas noches, Dolly. Arreglaremos cuentas la próxima vez que nos veamos. Lo tengo todo en la cabeza.

La noche había sido importante para sir Felix. Se había sentado en la mesa de cartas con el triste cheque de su madre por valor de veinte libras y ahora tenía no sabía cuánto en los bolsillos. También había bebido, aunque no tanto como para ofuscar su mente. Sabía que Longestaffe le debía más de trescientas libras, y también que lord Grasslough y el otro jugador le habían entregado casi el doble de eso en dinero y cheques. El dinero de Dolly Longestaffe llegaría, sin duda, aunque Dolly se quejara de los cobradores. Mientras avanzaba por la calle Saint James en busca de un taxi, calculó que llevaba encima unas setecientas libras. Al pedirle la pequeña suma a lady Carbury, le había dicho que no podía seguir en la carrera por la mano de la señorita Melmotte sin dinero, y al salir de su casa con el cheque en el bolsillo, se consideró muy afortunado. Ahora poseía una bonita suma, que como mínimo le facilitaría la tarea de conquistar a la heredera. No se le pasó por la cabeza ni por un momento pagar sus deudas, por supuesto. Ni siquiera esa cantidad sería suficiente para un objetivo tan quijotesco; pero al menos podría acicalarse, mejorar su presencia, comprar regalos, y ser visto como un joven caballero con dinero. Es difícil cortejar a una heredera sin un centavo en el bolsillo.

No encontró taxi, pero en su actual estado de ánimo no le importó ir andando a casa. Poseer tal cantidad de dinero le alegraba, y convertía el paseo nocturno en una excursión de lo más placentera. Entonces, de repente, recordó el gemido con el que su madre había hablado de pobreza, cuando le había pedido dinero. Quizá podría devolverle las veinte libras. Pero se le ocurrió, con un ataque de precaución muy poco propio de su carácter, que tal vez no sería aconsejable. ¿Quién sabía si volvería a necesitar esas veinte libras en poco tiempo? Y además, no podría devolverle el dinero sin contarle cómo lo había obtenido. Sería preferible no decirle nada. Mientras entraba en la casa y se dirigía a su cuarto, decidió que guardaría silencio.

Esa mañana llegó a la estación a las nueve, y fue a cazar a Buckinghamshire, montando dos de los caballos de Dolly Longestaffe, por los cuales había pagado treinta chelines al hombre de Longestaffe.

Capítulo 4
El baile de madame Melmotte

Dos noches después del intercambio monetario que tuvo lugar en el Beargarden, se celebró un gran baile en Grosvenor. Se trataba de una velada de tan magnífica escala que se hablaba de ella desde que el Parlamento se había reunido, hacía cosa de quince días. Ciertas personas habían expresado la opinión de que un baile de esas características no podía celebrarse con éxito en el mes de febrero. Otros declararon que lo que costaría —una cantidad que marcaría un hito en los anales de los bailes de la temporada— convertiría la velada en todo un éxito, por pura necesidad. Y lo cierto es que había costado mucho más que dinero. Se habían desplegado esfuerzos increíbles para conseguir el apoyo de los pares del reino, y dichos esfuerzos se habían visto recompensados con creces. La duquesa de Stevenage se había desplazado desde el mismísimo castillo de Albury para estar presente, y traía también a sus hijas, aunque no era costumbre de la duquesa viajar a Londres durante esos meses tan inclementes. Sin duda, la persuasión que la había convencido no había sido poca. Era bien sabido que su hermano, lord Alfred Grendall, se encontraba en apuros económicos, que, según decían, se habían resuelto como por arte de magia gracias a ciertas oportunas ayudas pecuniarias. Y también se sabía que uno de los jóvenes Grendall, el segundo hijo de lord Alfred, había encontrado un buen empleo en la actividad mercantil, gracias al cual recibía un salario para el que hasta sus amigos más íntimos creían que no estaba cualificado. Sin duda era cierto que iba a la calle Abchurch, en el centro económico de la ciudad, cuatro o cinco días a la semana, y que no ocupaba su tiempo de manera tan desacostumbrada para nada. Y allá donde iba la duquesa de Stevenage, allá iba la gente. En el último momento, un día antes de la fiesta, también se supo que asistiría un príncipe de sangre real. Cómo se había logrado, nadie lo sabía; pero corrieron rumores de que se habían recuperado las joyas de cierta dama, que llevaban tiempo en una casa de empeño. Todo se hizo con la misma magnífica escala. Era cierto que el primer ministro había declinado que su nombre apareciera en la lista de asistentes; pero un ministro del gabinete y dos o tres subsecretarios habían aceptado la invitación, pues se presentía que el organizador de la velada pronto poseería una notable influencia en el Parlamento. Se creía que estaba dotado para la política, y siempre es aconsejable tener a los dueños de grandes fortunas de parte de uno. Pero desde el principio, se dedicó mucho tiempo a la planificación de la velada, y muchas horas de angustia e ideas, porque cuando los grandes planes fallan, el fracaso es desastroso y puede acarrear la ruina. Este baile ya había superado dicho escollo; estaba más allá de la posibilidad del fracaso.

El caballero, Augustus Melmotte, era el anfitrión del baile, y también el padre de la joven con quien sir Felix Carbury deseaba casarse, así como el marido de la dama de la que se decía era una judía de Bohemia. Así era como se conocía al caballero, aunque durante los dos últimos años que había pasado en Londres, llegado de París, su nombre había sido sencillamente señor Melmotte. Pero había hecho saber a todo el que quisiera prestar atención que había nacido en Inglaterra, y que era un inglés. Admitía que su esposa era extranjera, confesión necesaria puesto que la dama hablaba muy poco inglés. El propio Melmotte hablaba bien su idioma «nativo», pero con un acento que delataba, por lo menos, un largo período como expatriado. La señorita Melmotte, a la cual durante un breve lapso de tiempo se la conocía como mademoiselle Marie, hablaba muy buen inglés, pero como lo haría una extranjera. En lo que a ella respectaba, la familia reconocía que había nacido fuera de Inglaterra; algunos decían que en Nueva York. Pero madame Melmotte, que debía estar informada de la localización geográfica del nacimiento, había declarado que tuvo lugar en París.

En cualquier caso, era un hecho establecido que el señor Melmotte había amasado su fortuna en Francia. Sin duda mantenía estrechas relaciones comerciales en otros países, respecto a las cuales circulaban rumores que sin duda eran exagerados. Se decía que había construido un ferrocarril que cruzaba toda Rusia, que era el proveedor del ejército sureño en la Guerra Civil americana, que vendía armas a Austria, y que, en un momento determinado, había comprado todo el hierro fabricado en Inglaterra. Podía hundir o elevar cualquier empresa al cielo del éxito financiero comprando o vendiendo acciones, y hacer que el dinero fuera barato o caro según le apetecía. Todo esto se decía de Melmotte, en tono de elogio; aunque también se murmuraba que en París le consideraban el mayor estafador que jamás hubo, y que había tenido que abandonar la ciudad a toda prisa; que después de intentar instalarse en Viena, la policía le había pedido que se fuera de la ciudad. Y que finalmente, había encontrado en la libertad británica el derecho a disfrutar, sin temor a la persecución, los frutos de su esfuerzo. Ahora estaba instalado en una residencia en Grosvenor, y poseía unas oficinas en Abchurch, y todo el mundo sabía que un príncipe de sangre real, un ministro del gabinete, y la más selecta duquesa de la sociedad londinense iban a asistir a su baile. Y lo había logrado todo en doce meses.

Los Melmotte solamente tenían un vástago, una heredera de toda su riqueza. El propio Melmotte era un hombre voluminoso, de tupidas patillas y espesa caballera, cejas marcadas y una maravillosa expresión de poder en su boca y su mentón. Eran características que redimían su rostro de una cierta vulgaridad innata; pero aun así, el aspecto y la apariencia del hombre eran en conjunto desagradables, y si se me permite, despertaban desconfianza. Parecía un hombre rico y avasallador. Su esposa, por contraste, era gordita y de pelo claro, un color no muy habitual en las mujeres hebreas; pero sí poseía una nariz afilada. La señora Melmotte no era precisamente guapa, pero siempre estaba dispuesta a gastar dinero en cualquier objeto que sus nuevas amistades le recomendaran comprar. A veces, hasta parecía que recibiera una comisión por parte de su marido, pues no cesaba de ofrecer regalos a todo el que quisiera aceptarlos. El mundo había recibido a Augustus Melmotte como caballero y así se dirigía a él, en las numerosas cartas que recibía diariamente, y que le procuraban un cargo en el consejo de dirección de las tres docenas de empresas a las que pertenecía. Pero su esposa aún era madame Melmotte. La hija disfrutaba de su rango con nomenclatura inglesa, es decir que en todo momento, la llamaban señorita Melmotte.

Felix Carbury había descrito correctamente a Marie Melmotte a su madre. No era hermosa, no era lista y no era una santa. Pero tampoco era fea, estúpida o especialmente mala. Era poca cosa, apenas había cumplido los veinte, no se parecía a su madre ni a su padre, su rostro no denotaba ninguna herencia hebrea; daba la impresión de que su propia posición la superaba. Con gente como los Melmotte, las cosas iban muy deprisa, y era de todos sabido que la señorita Melmotte había tenido un pretendiente al que la familia casi había aceptado. Sin embargo, su romance había tenido un final abrupto. Nadie culpaba a la señorita de dicho final, ni tampoco le tenían lástima. No suponían que la hubieran dejado por otra, ni que ella a su vez hubiera abandonado a su galán. Como en los consortes reales, los intereses de estado mandan desde una reconocida ausencia, e incluso proclamada imposibilidad, de predilecciones personales, el dinero se comportaba de la misma manera. Es decir, que el matrimonio con el referido pretendiente no fue aprobado, según las importantes disposiciones pecuniarias inevitablemente ligadas a la señorita Melmotte. El joven lord Nidderdale, el hijo mayor del marqués de Auld Reekie, había pedido la mano de la joven, y le había ofrecido el título de marquesa, a cambio de medio millón. Melmotte no había puesto ninguna objeción a la suma, según se decía, pero sí había requerido que el dinero se invirtiera en un fondo, para asegurarlo. Nidderdale lo quería ya y sin ataduras, y no aceptaba ningún otro término. Melmotte quería hacerse con el marqués, para darle a su hija el título de marquesa; por aquél entonces no había entrado en contacto todavía con la duquesa. Pero al final perdió la paciencia, y le preguntó al abogado de lord Nidderdale si le parecía probable que le entregara alegremente esa cantidad de dinero a un hombre como su futuro yerno. «Piensa usted entregarle a su hija», señaló el abogado. Melmotte lanzó una furibunda mirada a su interlocutor durante unos segundos, desde sus pobladas cejas, y luego le dijo que su respuesta era una tontería, y que eso no tenía nada que ver; y procedió a abandonar la estancia. Así fue como el romance llegó a su abrupto final. Dudo que lord Nidderdale dirigiera una sola palabra de amor a Marie Melmotte, o que siquiera la pobre muchacha la esperara. Sin duda le habían explicado claramente cuál era su destino.

Otros habían intentado lo mismo, y habían fracaso de la misma manera. Todos trataban a la chica como un escollo que superar, a un alto precio. Pero a medida que la vida mejoraba para los Melmotte, y que los príncipes y duquesas aparecían en sus salones gracias a otros procedimientos —costosos, sin duda, pero no ruinosos—, el casamiento inmediato de Marie se convirtió en un objetivo menos necesario, y Melmotte redujo sus ofertas. La chica también empezó a desarrollar una opinión propia. Se decía que había rechazado de plano a lord Grasslough, cuyo padre estaba en bancarrota, y que no tenía ningún ingreso propio y era feo, malvado, de mal carácter y sin la menor virtud que lo redimiera. Marie había tenido algunas experiencias desde que lord Nidderdale, con una carcajada en voz baja, le dijo que quizá la convertiría en su esposa. Ahora, de vez en cuando, la muchacha dedicaba tiempo a reflexionar sobre su propia felicidad y su estado. La gente que la rodeaba empezó a decir que sir Felix Carbury podía ser el elegido, si jugaba bien sus cartas.

Además, no todos estaban seguros de que Marie fuera realmente la hija de madame Melmotte, y por lo tanto hebrea. Se habían hecho pesquisas infructuosas acerca de la verdadera fecha de la boda de los Melmotte. En el extranjero se rumoreaba que Melmotte había conseguido dinero casándose con su primera esposa, y que no hacía mucho de eso. Y había otros que decían que Marie no era hija de Melmotte en absoluto. El misterio era agradable, casi tanto como que el dinero existía. El dispendio cotidiano no dejaba lugar a dudas: la casa, los muebles, el carruaje, los caballos, los sirvientes con librea y peluca, y los que no llevaban más que chaquetas negras y no tenían derecho a llevar pelucas. También estaban las joyas y los regalos, y todas las cosas bonitas que se pueden comprar con dinero. Celebraban dos veladas diarias, una a las dos de la tarde, y una cena a las ocho. Los comerciantes ya tenían suficientes datos como para estar tranquilos, y en los círculos económicos de la ciudad de Londres, el nombre del señor Melmotte equivalía a un tesoro, si bien su carácter no valía demasiado.

Hacia las diez de la noche, la gran casa en la parte sur de la plaza Grosvenor tenía todas las luces encendidas. La extensa galería se había convertido en un invernadero, cubierta con paneles que imitaban una enredadera, y se mantenía cálida con aire caliente y decorada con exóticos objetos de precio fabuloso. Desde la puerta se había erigido un paso cubierto, hasta la calle y me temo que había policías sobornados para apartar a los paseantes y convencerles de que dieran un rodeo. Una vez dentro, la residencia había sufrido tal revolución decorativa, que uno dudaba de en qué país se hallaba. El vestíbulo era un paraíso, la escalera el país de las hadas. Los recovecos de los pasillos, pequeñas grutas desde las que asomaban helechos y plantas. Había arcos nuevos y donde era menester, se habían derribado paredes. Las columnas se habían afianzado y recubierto, forrado o decorado. El baile tenía lugar en la planta baja y en el primer piso, y la casa parecía no tener fin. «Le ha costado sesenta mil libras», le dijo la marquesa de Auld Reekie a su viaje amiga, la condesa de Mid-Lothian. La marquesa había decidido asistir al baile a pesar del desgraciado final del romance de su hijo con la señorita Melmotte. Había tomado esa decisión al enterarse de que la duquesa de Stevenage estaría presente. «Y una cantidad tan malgastada nunca ha tenido mejor destino», dijo la condesa. «Por lo que se dice, también la ganó de mala manera», replicó la marquesa. Luego las dos nobles damas, una después de otra, dedicaron elaboradas declaraciones de admiración a madame Melmotte, la hebrea de Bohemia, que estaba en pie en el país de las hadas, para recibir a sus invitados, casi a punto de desmayarse ante la grandeza de la ocasión.

Los tres salones del primer piso, o el piso destinado a los salones, estaban preparados para acoger el baile, y allí era donde se encontraba Marie. La duquesa, no obstante, había decidido que alguien debía abrir el baile y le había encargado la tarea a su sobrino Miles Grendall, un joven caballero que ahora frecuentaba las compañías de la City. La misión del muchacho consistía en dar órdenes a la banda de música y en general, ser útil a la velada. Efectivamente, las relaciones entre los Grendall —es decir, la rama de lord Alfred— y los Melmotte se habían estrechado, y no podía ser de otra manera, pues ambas partes daba y recibía mucho fruto de esa circunstancia. Lord Alfred no tenía ni un chelín a su nombre; pero su hermano era duque, y su hermana duquesa, y durante los últimos treinta años el pobre y querido Alfred había constituido una perpetua fuente de ansiedad y preocupación. Su matrimonio no le había aportado ni un centavo, se había gastado ya su propio y moderado patrimonio, tenía tres hijos y tres hijas, y llevaba mucho tiempo viviendo de las reticentes donaciones de sus parientes nobles. Melmotte podía mantener a toda su familia, con lujos y sin apenas notarlo. ¿Y por qué no hacerlo? Hubo un tiempo en que flotaba la idea de que Miles debía pedir la mano de la heredera, pero pronto se desechó tal propuesta. Miles no poseía título ni dinero, y no era suficiente para ocupar ese puesto. En todos los aspectos, era mucho mejor que las aguas de ese río regaran a toda la familia Grendall; y por eso, Miles encaminó sus pasos a la City.

Lord Buntingford, el hijo mayor de la duquesa, abrió el baile con una cuadrilla a la que invitó a Marie. Era uno de los detalles que se había arreglado de antemano. Se podría incluso decir que formaba parte del trato. Lord Buntingford había emitido alguna que otra débil protesta, pues era un joven caballero dedicado a sus negocios, que gozaba con el orden, bastante tímido, y al que no le gustaba bailar. Pero había cedido ante la voluntad materna.

—Por supuesto que son vulgares —había dicho la duquesa—, y lo son tanto que la cosa ya no es de mal gusto, puesto que es de todo punto absurda. Ya podemos decir lo que queramos, y que no nos gusta, pero ¿qué vamos a hacer con los niños de Alfred? Miles recibirá unas quinientas libras al año, todo lo más, y se pasa la mitad del tiempo en casa. Y entre tú y yo, tienen las facturas de Alfred, y dicen que no les importa si se quedan en la caja fuerte hasta que a tu tío le apetezca pagarlas.

—Pues se quedarán allí durante un buen rato —observó lord Buntingford.

—Claro, y esperan algo a cambio; así que haz el favor de bailar una vez con la muchacha —replicó su madre.

Lord Buntingford expresó su desaprobación con un ligero gesto de incomodidad, e hizo lo que su madre le pedía.

Todo fue bastante bien. En una de las salas de la planta baja, había tres o cuatro mesas de juego, y en una de ellas se sentaron lord Alfred Grendall y el señor Melmotte, con otros dos o tres jugadores, que entraban y salían al final de cada mano. El único logro de lord Alfred era jugar al whist, y se dedicaba casi enteramente a dicha actividad. Empezaba cada día en su club a las tres de la tarde, y seguía jugando hasta las dos de la mañana, con un intervalo de un par de horas para cenar. Lo hacía durante unos diez meses al año, y durante los otros dos frecuentaba alguna población con balnearios donde también se jugaba al whist. No jugaba grandes cantidades de dinero, sino que siempre se ceñía a la apuesta media del club. Pero sí se concentraba enteramente en la tarea, y siempre superaba a sus adversarios de juego. Pero la fortuna era tan cruel con lord Alfred que ni siquiera del whist era capaz de extraer ganancias significativas. Melmotte quería obtener acceso al club de lord Alfred, los Peripatéticos. Le gustaba ser testigo de la elegancia con la que lord Alfred perdía su dinero, y la suave intimidad con la que le llamaba Alfred. A lord Alfred aún le quedaba algo de orgullo, y le hubiera gustado propinarle una buena patada. Aunque Melmotte era un hombre más corpulento que él, y también más joven, lord Alfred no hubiera tenido la menor dificultad. A pesar de su habitual pereza y su inutilidad general, aún poseía un arrebato de vigor, y a veces pensaba que le daría el puntapié a Melmotte y terminaría de una vez por todas con el asunto. Pero luego pensaba en sus pobres hijos, y las facturas que Melmotte guardaba en su caja fuerte. Y además, Melmotte perdía con regularidad, ¡y pagaba sus apuestas con tan buen humor! «Venga y tómese una copa de champán, Alfred», decía Melmotte, cuando ambos se levantaban de la mesa de juego. A lord Alfred le gustaba el champán, y seguía a su anfitrión; pero mientras lo hacía, seguía pensando que un día le daría una lección.

Esa noche, Marie Melmotte bailaba un vals con Felix Carbury, mientras Henrietta estaba de pie hablando con el señor Paul Montague. Lady Carbury también estaba allí. No le gustaban los bailes, ni las personas como los Melmotte; a Henrietta tampoco. Pero Felix había sugerido que para no perjudicar sus posibilidades con la heredera, todos tenían que aceptar la invitación que su proximidad con la familia Melmotte les había procurado. Así lo hicieron, y entonces Paul Montague también recibió una invitación, lo cual no le gustó demasiado a lady Carbury. Sin embargo, era una mujer capaz de cumplir con su deber, y soportar las penalidades sin quejarse.

—Es el primer gran baile al que asisto en Londres —le dijo Hetta Carbury a Paul Montague.

—¿Y le gusta?

—No, en absoluto. ¿Cómo iba a gustarme? No conozco a nadie. No entiendo cómo se conocen todas estas personas, o si es que se dedican a bailar entre sí sin conocerse.

—Precisamente. Supongo que una vez han bailado, se presentan y terminan conociéndose, y luego va todo tan rápido como les apetezca. Si desea bailar, puede hacerlo conmigo.

—Ya hemos bailado, dos veces.

—¿Acaso hay alguna ley que prohíba bailar tres veces?

—Es que tampoco tengo muchas ganas de bailar —dijo Henrietta—. Creo que iré a consolar a mi pobre madre, que no tiene a nadie con quien hablar.

Pero justo en ese momento, lady Carbury no estaba sola, sino que un amigo inesperado había acudido a hacerle compañía.

Sir Felix y Marie Melmotte estaban dando vueltas y vueltas durante el largo vals, disfrutando de la animada música y de los movimientos del baile. Para ser justos con Felix Carbury, hay que reconocer que la actividad física se le daba bien. Bailaba, montaba a caballo y cazaba con animación, y durante esos instantes se sentía feliz. No se trataba de calcular o de reflexionar, sino de organizar físicamente sus esfuerzos. Y Maria Melmotte también se había sentido feliz. Le gustaba bailar, con todo su corazón, siempre que podía sin perjudicarse.

La habían advertido sobre ciertos hombres, con los que nunca debía bailar. Casi la habían arrojado a los brazos de lord Nidderdale, y se habría casado con él si su padre así se lo hubiera pedido. Pero no disfrutaba cuando se encontraba en sociedad, y aún no era absolutamente desgraciada porque todavía no era consciente de que poseía una identidad propia, y que debía tener derecho a opinar acerca de su destino. Desde luego, sabía que no le gustaba bailar con lord Nidderdale. Y lord Grasslough tampoco bailaba bien, aunque al principio Marie no se había atrevido ni a sugerirlo. Uno o dos de los demás caballeros se habían portado horriblemente de distintas maneras, pero al final habían desaparecido de su horizonte, por un motivo u otro. En aquel momento, no había ningún pretendiente a quien su padre la empujara a aceptar. Simplemente, le gustaba bailar con sir Felix Carbury. No era solo que fuera un caballero apuesto, sino que tenía el poder de modificar su expresión, como si fuera un actor, contradiciendo sus verdaderos pensamientos. Podía parecer enamorado y sincero, hasta que llegaba el momento de ofrecer de veras su corazón, o como mínimo intentarlo. Entonces es cuando fracasaba, pues nada sabía de decir la verdad. Pero no se le daba mal cortejar íntimamente a una joven. Casi había logrado su objetivo con Marie Melmotte, pero Marie aún no había advertido las deficiencias de carácter del joven. A sus ojos, Felix era un dios. Si permitían que sir Felix la cortejara, y podía entregarse a él, creía que alcanzaría una feliz satisfacción.

—Qué bien baila usted —dijo sir Felix, en cuanto recuperó el aliento.

—¿De verdad? —Marie hablaba con un ligero acento extranjero, y eso le daba un cierto atractivo a su entonación—. Nadie me lo había dicho antes. Pero es que nadie me habla de mí.

—Me gustaría decírselo todo de su persona, de principio a fin.

—Pero no lo sabe.

—Lo averiguaría. Creo que puedo adivinar unas cuantas cosas. Le diré lo que más le gustaría en el mundo entero.

—¿Y qué es?

—Alguien a quien usted le gustara más que el mundo entero.

—Ah, cierto. Pero, ¿quién?

—La única manera de saberlo, señorita Melmotte, es creer.

—No, esa no es la única manera. Si una chica me dijera que le gusto más que las demás, no lo sabría. Ella simplemente habría dicho eso. Yo tendría que asegurarme de que es así.

—¿Y si se lo dijera un caballero?

—Entonces le creería aún menos, y no me preocuparía de averiguarlo. Pero sí me gustaría tener una buena amiga, alguien a quien querer diez veces más que a mí misma.

—A mí también.

—No me diga que usted no tiene amigos.

—Me refería a una joven a quien amar diez veces más que a mí mismo.

—Se está usted burlando de mí, sir Felix —dijo la señorita Melmotte.

—¿Cree que eso terminará en algo? —le dijo Paul Montague a la señorita Carbury. Habían regresado al salón, y observaban las acometidas y zalamerías del barón.

—Quiere decir lo de Felix y la señorita Melmotte. No me gusta pensar en ese tipo de cosas, señor Montague.

—Sería una espléndida oportunidad para él.

—Casarse con la hija de unos nuevos ricos vulgares, ¿solo porque ella va a heredar mucho dinero? No creo que le importe un ardite, solamente le importa su dinero.

—¡Pero le gusta tanto el dinero! Sospecho que la única manera en que Felix puede enfrentarse al mundo es siendo el marido de una heredera.

—¡Qué cosa tan espantosa acaba de decir!

—Pero es cierto, ¿verdad? Se ha vendido al mejor postor.

—Ay, señor Montague.

—Y usted y su madre tendrán el mismo destino.

—No me importa lo que me pase.

—A otros sí les importa —Lo dijo sin mirarla, hablando entre dientes, como si estuviera furioso consigo mismo y con ella.

—No le creía capaz de hablar tan duramente sobre Felix.

—No soy duro con él, señorita Carbury. No he dicho que fuera culpa suya. Hay gente que parece nacida para gastar dinero; y como esta joven tendrá mucho dinero para gastar, creo que para él sería bueno casarse con ella. Si Felix tuviera veinte mil libras al año, todo el mundo pensaría que es un hombre bueno.

Al decir esto, el señor Paul Montague se demostró poco apto para adivinar la opinión de la sociedad londinense, pues ya fuera rico o pobre, el mundo, con su negro corazón, jamás consideraría a sir Felix un hombre bueno.

Lady Carbury llevaba sentada una media hora en soledad, sin emitir ninguna queja y oculta bajo un busto, cuando la aparición del señor Ferdinand Alf le arrancó una sonrisa.

—¿Usted aquí? —saludó.

—¿Por qué no? Melmotte y yo somos hermanos de aventura.

—No habría creído que una velada como esta le divirtiera.

—Acabo de encontrarla a usted, y además de eso, he coincidido en abundancia con duquesas y con sus hijas. ¡Esperan al príncipe Jorge!

—¿De verdad?

—Y Legge Wilson, del Departamento de la India, ya está aquí. Acabo de mantener una conversación con él acerca de un tocador enjoyado. Todo un éxito. ¿No le parece, lady Carbury?

—No sé si habla en serio o en broma.

—Jamás bromeo. Digo que es todo un éxito. Los anfitriones han gastado miles de libras para agasajarnos a usted, a mí y a todos sus invitados, y lo único que piden es un poco de apoyo.

—¿Y piensa dárselo?

—Eso hago.

—Me refiero al apoyo del Evening Pulpit. ¿Piensa darles el apoyo de su periódico?

—Bueno, nuestra línea editorial no es precisamente la crónica social ni enumerar los nombres y los atuendos de las damas invitadas. Quizá nuestro anfitrión incluso agradecería que su nombre no apareciera en los periódicos.

Después de una breve pausa, lady Carbury preguntó:

—¿Piensa ser severo conmigo, señor Alf?

—Jamás somos severos con nadie, lady Carbury. Allí está el príncipe. ¡Lo que harán con él, ahora que está aquí! Oh, van a pedirle que baile con la heredera. ¡Pobrecita!

—¡Pobre príncipe! —dijo lady Carbury.

—No, al contrario. Es una niña bonita y no será molestia para él. ¿Pero cómo hará ella, pobrecilla, para dirigirse a alguien de sangre real?

Ciertamente, ¡pobre! El príncipe fue conducido a la sala donde Marie seguía hablando con Felix Carbury, y al momento comprendió que debía ponerse en pie y bailar con el vástago real. La presentación se llevó a cabo de manera muy profesional. Miles Grendall llegó primero, y encontró a la víctima femenina; la duquesa apareció con la víctima masculina. Madame Melmotte, que llevaba de pie toda la noche y estaba a un tris de caer derrumbada, le seguía a duras penas, pero no se le permitió que tomara parte en la ceremonia. La banda estaba tocando a toda marcha, pero les mandó parar de repente, para gran confusión de los asistentes que estaban bailando. En dos minutos, Miles Grendall lo había organizado todo: él en pie frente a su tía, la duquesa, acompañando a Marie y al príncipe, hasta que hacia la mitad del baile, encontraron a Legge Wilson y le obligaron a ocupar su lugar. Lord Buntingford se había esfumado, pero aún estaban presentes las dos hijas de la duquesa, que pronto fueron atrapadas en el baile. Sir Felix Carbury, que era guapo y tenía título, fue asignado como pareja a una de ellas, y lord Grasslough bailó con la otra. Había otras cuatro parejas, todos dueños de un título nobiliario, como si la intención fuera que este baile en especial terminara en las páginas de sociedad, si bien quizá no en las del Evening Pulpit, sí en las de un periódico menos serio. En la residencia se encontraba un periodista, con la tarea de salir corriendo hacia la redacción con la lista de participantes en el baile del príncipe, en cuanto este hubiera concluido. El propio príncipe no sabía muy bien cuál era su papel, pero los que conducían su vida le habían llevado hasta allí. Probablemente, no sabía nada de los diamantes rescatados de la dama, o de la considerable donación que el señor Melmotte había realizado al hospital de San Jorge. La pobre Marie pensó que otra hora de penitencia era más de lo que podía soportar, y tenía aspecto de desear estar a mil millas de distancia, si ello fuera posible. Pero el apuro pasó rápidamente, y no fue realmente difícil. El príncipe pronunció una o dos frases entre movimientos, sin que diera la impresión de esperar respuesta. Le sacaba mucho partido a unas pocas palabras, pues tenía pericia en la tarea de facilitar la carga de su propia grandeza a los que la soportaban. Cuando terminó el baile, le permitieron escapar tras la ceremonia de tomarse una única copa de champán con la anfitriona. Hasta que el príncipe se marchó, hubo denostados esfuerzos para ocultarle la presencia del personaje de sangre real al propio dueño de la casa. A Melmotte le hubiera gustado servirle una copa de vino con sus propias manos, para solaz del paladar de Su Alteza Real, y la escena probablemente hubiera sido bochornosa y problemática. Miles Grendall se hacía cargo de todo esto, y había manejado la situación con mano izquierda.

—Por Dios, ¿que Su Alteza Real se ha ido ya? —exclamó Melmotte.

—Usted y mi padre estaban tan inmersos en la partida de whist que no he tenido valor de interrumpirles —contestó Miles.

Melmotte no era ningún idiota, y lo captó a la perfección. No solamente que no se le había permitido hablar con el príncipe, sino que el motivo era porque se consideraba que era lo mejor. No podía tenerlo todo, al fin y al cabo. Tener a Miles Grendall a su lado le resultaba muy útil, y no pensaba pelearse con él, al menos por ahora.

—¿Otra partida, Alfred? —le dijo al padre de Miles mientras los carruajes iban llevándose a los invitados.

Lord Alfred había tomado mucho champán y por un momento se olvidó de las facturas guardadas en la caja fuerte, y de las cosas buenas que sus hijos sacaban del acuerdo.

—Qué tontería —exclamó—. Debería llamar a la gente por su título.

Y se largó de la casa sin dirigirle ni una palabra más a su dueño.

Esa noche, antes de retirarse a dormir, Melmotte le preguntó a su cansada esposa por el baile, y especialmente, por la conducta de Marie.

—Se ha portado bien, pero sin duda ha mostrado una clara preferencia por sir Carbury, antes que cualquier otro joven.

Hasta ahora, el señor Melmotte apenas había oído hablar de sir Carbury, exceptuando el dato de que era un barón. Aunque sus ojos y sus orejas siempre estaban alerta, y aunque estaba siempre pendiente de todo, y era un hombre de aguda inteligencia, aún no entendía bien el significado y la importancia de los títulos nobiliarios ingleses. Sabía que para su hija tenía que conseguir un primogénito, o un joven que fuera dueño absoluto de su fortuna. Sir Felix, según había averiguado, solamente era barón; pero era dueño absoluto de sí mismo. También había descubierto que la progenie de sir Felix seguiría ostentando el título de «sir». Por lo tanto, aún no estaba dispuesto a darle órdenes concretas a su hija con respecto al joven caballero. Sin embargo, no se le había pasado por la cabeza que sir Felix se hubiera dirigido ya a su hija con las palabras que había empleado al despedirse de ella:

—Ya sabe usted —había susurrado— quién la prefiere por encima de todas las cosas.

—Nadie lo sabe, sir Felix.

—Yo sí —dijo él, mientras sostenía la mano de Marie entre las suyas, durante un minuto. La miró fijamente, y ella pensó que era muy tierno. Se había aprendido las palabras de memoria, y como las repitió igual, no lo hizo mal. Lo bastante, en cualquier caso, como para enviar a la pobre chica a la cama con la dulce convicción de que por fin podría enamorarse del hombre que se había dirigido a ella.

Capítulo 5
Después del baile

—Es un trabajo muy arduo —dijo sir Felix mientras subía en la berlina con su madre y su hermana.

—Pues imagina cómo lo he pasado yo, sin nada que hacer —dijo su madre.

—Es precisamente porque yo tenía una tarea entre manos el motivo por el cual lo califico de arduo. Por cierto, ahora que lo pienso, pasaré por el club antes de irme a casa —Y sacó la cabeza por la ventana, para detener al conductor por señas.

—Son las dos de la madrugada, Felix —dijo su madre.

—Pues sí, pero es que tengo hambre. Quizá tú has cenado, pero yo no.

—¿Vas a cenar al club? ¿A esta hora?

—Si no, me iré a dormir con hambre. Buenas noches.

Y saltó de la berlina y llamó un taxi que le llevó al Beargarden. Se dijo que los hombres que estuvieran en el club le reprocharían que no les diera la posibilidad de recuperarse de sus pérdidas. La noche anterior había vuelto a jugar y a ganar. Dolly Longestaffe le debía ya una considerable cantidad de dinero, y lord Grasslough también. Estaba seguro de que Grasslough iría al club después del baile de los Melmotte, y estaba decidido a que no creyeran que se había rebajado a retirarse a casa, empujado por su madre y su hermana. Así reflexionaba para sus adentros, pero la verdad era que el demonio del juego había hecho mella en su pecho, y aunque temía perder dinero de verdad y era consciente de que si ganaba, tardarían en pagarle, no podía mantenerse lejos de las mesas de juego.

Ni la madre ni la hija pronunciaron palabra hasta que llegaron a casa y subieron al piso de arriba. Entonces, lady Carbury habló de lo que más le preocupaba en ese momento:

—¿Crees que juega?

—Pero si no tiene dinero, mamá.

—Me temo que eso no le detendrá. Y sí que tiene dinero, aunque no sea mucho para él y su círculo de amigos. Si se ha dado al juego, todo está perdido.

—Supongo que todos juegan, más o menos.

—A mí no me consta. Estoy agotada, con el corazón destrozado, por lo poco que se preocupa por mí. No es que no me obedezca; quizá una madre no debe esperar que sus hijos la obedezcan. Es que no le importa nada de lo que digo. Mis palabras caen en saco roto. No tendrá el menor escrúpulo en comportarse mal delante de mí, igual que si fuera una extraña.

—Hace mucho tiempo que Felix hace lo que se le antoja, mamá.

—¡Exactamente! Lo que se le antoja, sí. Pero yo soy la que tengo que pagar sus gastos, como si fuera un niño pequeño. Hetta, te has pasado toda la velada hablando con Paul Montague.

—No, mamá. Eso no es verdad.

—Se ha pasado toda la noche a tu lado.

—Yo no conocía a nadie más. Y difícilmente podía pedirle que no me dirigiera la palabra. Bailé con él dos veces. —Su madre se sentó, llevándose ambas manos a la cabeza, y la sacudió con un gesto desesperado—. Si no querías que hablara con Paul, no deberías haberme llevado al baile.

—No quiero impedirte que hables con él. Ya sabes lo que quiero.

Henrietta se acercó y le dio un beso en la frente.

—Buenas noches, madre.

—Creo que soy la mujer más desgraciada de Londres —sollozó de repente lady Carbury.

—¿Por culpa mía, mamá?

—Podrías hacer tanto, si quisieras. Trabajo como un animal, y nunca gasto un chelín si puedo evitarlo. No quiero nada para mí, nada. Nadie ha sufrido tanto como yo. Pero Felix no piensa en mí, nunca.

—Yo sí pienso en ti, mamá.

—Si eso fuera cierto, aceptarías el ofrecimiento de tu primo. ¿Qué derecho tienes a rechazarle? Estoy convencida de que es por ese joven.

—No, mamá. No es por eso. Mi primo es muy agradable, pero eso es todo. Buenas noches, mamá.

Lady Carbury permitió que su hija le volviera a dar un beso, y luego se quedó a solas.

A las ocho de la mañana siguiente, cuatro jóvenes acababan de levantarse de la mesa de juego del Beargarden. Era un club tan flexible, que no tenía ninguna regla con respecto a la hora del cierre. La única ley era que no abría antes de las tres de la tarde. Pero los criados habían recibido la sutil directriz de retrasarse o no servir bebida ni comida después de las seis de la mañana, de modo que hacia las ocho, la atmósfera cargada de humo empezaba a ser irrespirable incluso para los pulmones jóvenes que poblaban las salas. El grupo de caballeros consistía en Dolly Longestaffe, lord Gresslough, Miles Grendall y Felix Carbury, y los cuatro se habían divertido durante las últimas seis horas con varios juegos de lo más inocente. Habían empezado con whist, y durante la última media hora habían seguido con hookey a ciegas. Felix había ganado durante toda la noche. Miles Grendall lo odiaba, y había comentado discretamente con el joven lord que lo más adecuado y provechoso sería aliviar los bolsillos de sir Felix y recuperar sus pérdidas de las dos últimas noches. Los dos hombres habían jugado pues con una estrategia común, y como eran jóvenes no habían sabido disimularlo, de modo que se había creado cierta atmósfera de hostilidad durante la partida. No debe creer el lector que ninguno de los dos hizo trampas, o que el barón sospechara que había habido juego sucio. Pero Felix sí había comprendido que esa noche Grendall y Grasslough eran sus enemigos, y se había inclinado hacia Dolly en busca de amistad y simpatía. Dolly, sin embargo, estaba un poco bebido.

A las ocho de la mañana se habían apaciguado los ánimos, aunque el dinero no había cambiado de manos. El motivo era que el dinero en efectivo se había superado con creces durante las apuestas de la noche. Grasslough era el que había perdido más, y las cifras y pedazos de papel con las cantidades que debía estaban ahora en poder de Carbury, que contó hasta unas dos mil libras de ganancias por ese lado. Lord Grasslough negó la cifra pero fue en vano. Eran sus iniciales, sus pagarés, y ni siquiera Miles Grendall, que era el más despierto y lúcido de todos, podía negarlo. El propio Grendall había perdido otras cuatrocientas libras, y las había quedado a deber a Carbury. Una cantidad pequeña, pero para Miles equivalía a cuarenta mil libras, porque no podía pagar ni una ni otra. A pesar de todo, entregó su pagaré con aire de despreocupación. Grasslough tampoco tenía un centavo, pero sí tenía un padre; ciertamente, tan empobrecido como él, pero al menos en su caso el asunto tenía visos de solucionarse. Dolly Longestaffe estaba tan bebido que no era capaz ni siquiera de sumar cuánto debía. Carbury y él quedaron en arreglar las cosas, más adelante.

—Supongo que estarás aquí mañana, quiero decir, esta noche —dijo Miles.

—Sí, claro. Pero, una cosa —respondió Felix.

—¿Qué cosa?

—Creo que deberíamos saldar cuentas antes de jugar otra vez.

—¿Qué quieres decir con eso? —exclamó Grasslough furioso—. ¿Qué insinúas?

—Nunca insinúo, Grassy —dijo Felix—. Creo que cuando la gente juega a las cartas, tendría que ser con dinero en efectivo. Pero no pienso quedarme con tus pagarés. Esta noche tendrás oportunidad de resarcirte.

—Espléndido —dijo Miles.

—Hablaba con lord Grasslough —dijo Felix—. Es un viejo amigo, y nos conocemos bien. Y no te has portado bien esta noche, Grendall.

—¿Cómo? ¿Qué demonios significa eso?

—Creo que deberíamos saldar nuestra cuenta pendiente antes de jugar de nuevo.

—Yo suelo satisfacer mis deudas una vez a la semana —dijo Grendall.

Nadie dijo nada más, pero los jóvenes no se separaron amigablemente. Felix, camino de casa, calculó que si llegaba a cobrar sus ganancias, podría empezar la temporada de nuevo con caballos, sirvientes y todos los lujos de los que había disfrutado en otros tiempos. Si le pagaban, ¡cobraría más de tres mil libras!

Capítulo 6
Roger Carbury y Paul Montague

Roger Carbury, de la casa Carbury, era el dueño de una pequeña propiedad en Suffolk, y era el cabeza de la familia Carbury. Desde la guerra de las Dos Rosas, los Carbury habían vivido en Suffolk, y siempre habían llevado una vida digna, pero no precisamente elevada. No había constancia de que ninguno hubiera alcanzado el título de caballero antes de sir Patrick, que incluso había superado ese nivel, pues le habían hecho barón. Sin embargo, habían conservado sus tierras, y estas les habían seguido allá donde iban, durante los peligros de las guerras civiles, la Reforma, la Commonwealth y la Revolución, y el cabeza de la familia Carbury siempre había sido dueño de y había residido en la casa Carbury. A principios del siglo actual, el señor de Carbury era un hombre notable; si no sus tierras, al menos su papel en la vida del condado sí lo era. Las rentas de las tierras le permitían vivir con comodidad y hospitalidad, beber oporto, montar un fornido caballo de caza, y mantener un viejo carro para que su esposa lo utilizara cuando iba de visita. Contaba con un mayordomo casi centenario, que nunca había vivido en otra casa, y un muchacho del pueblo cercano que era el aprendiz del mayordomo. También había una cocinera, a la que no le dolían prendas para lavar ella misma los platos, y un par de jóvenes doncellas, si bien la señora Carbury se ocupaba de llevar la casa, planchar y limpiar su propia colada, preparar mermelada casera y supervisar el curado de los embutidos. En el 1800, las tierras de los Carbury eran más que suficientes para mantener la residencia Carbury. Desde ese entonces, el valor de la propiedad había subido notablemente, y también los alquileres. Hasta el terreno había crecido, ganando nuevos campos colindantes. Pero los ingresos ya no bastaban para sufragar los gastos de la residencia de un caballero inglés. Hoy en día, cuando un hombre recibe la herencia de un terreno, lo primero que debe averiguar es hasta qué punto le perjudicará eso, hasta que esté seguro de que con las tierras llegan también rentas suficientes para mantenerlo todo. La tierra es un lujo, de todos ellos el más caro. Ahora los Carbury solamente tenían tierras. Suffolk no tenía ni carbón ni hierro, y ninguna gran ciudad había crecido en las cercanías de la propiedad de los Carbury. Ninguno de sus hijos mayores se había dedicado al comercio, ni se había abierto paso profesionalmente, añadiendo algún ingreso a la riqueza de los Carbury. No se había celebrado ninguna alianza con una rica heredera. No se habían arruinado, ni tampoco les habían acometido las desgracias. Pero en el momento de escribir estas líneas, el caballero de Carbury era un hombre pobre, simplemente a causa de la riqueza de los demás. Se suponía que sus tierras rendían unas dos mil libras al año. Si se hubiera contentado con abandonar la casa familiar, residir en el extranjero y que un agente de la propiedad lidiara con los inquilinos de sus tierras, sin duda habría tenido más que suficiente para vivir con lujos. Pero no: vivía en su propia tierra, con su familia, y al igual que todos los Carbury antes que él, era pobre porque estaba rodeado de vecinos ricos. Los Longestaffe de Caversham, de los cuales Dolly era el primogénito y la gran esperanza de su generación, tenían fama de ser muy ricos, y además el fundador de la familia había sido alcalde de Londres y canciller durante el reinado de la Reina Ana. Los Hepworth, que hacían gala de la más irreprochable nobleza, habían acogido entre sus filas a más de una heredera. Los Primero, que disfrutaban de un título respetuoso, Caballero Primero, gracias a la bondad de las gentes de la campiña, comerciaban con españoles hacía cincuenta años, y habían comprado la residencia Bundlesham de manos de un duque. Las propiedades de los tres caballeros, junto con las tierras del obispo de Elmham, rodeaban las de Carbury, y las ensombrecían.

Al señor Carbury no le importaba que el obispo fuera más rico que él. Deseaba que los obispos poseyeran riquezas, y se contaba entre los que creían que la legislación había perjudicado al campo al transformar los terrenos de la Iglesia en estipendios. Pero la grandeza de los Longestaffe y la fortuna obscena de los Primero sí le causaban sinsabor, aunque era un hombre incapaz de confesar dicho malestar ni al más querido de sus amigos. Era su opinión, y no la expresaba contundentemente, pero todos los que vivían con él la conocían: el lugar de un hombre en el mundo no debería depender de su riqueza. Los Primero estaban sin duda por debajo de él en la escala social, aunque los jóvenes de la familia poseyeran cada uno tres caballos, y mataran legiones de faisanes cada año, a diez chelines la cabeza. Hepworth de Eardly era un buen tipo, que no se daba ningún aire de grandeza y comprendía perfectamente cuáles eran sus deberes como caballero de la campiña inglesa; pero estaba a la par con los Carbury de Carbury, aunque supuestamente disfrutaba de siete mil libras esterlinas al año. Los Longestaffe, en cambio, eran asfixiantes. Sus lacayos llevaban pelucas blancas, incluso en el campo. Poseían una casa en la ciudad, y era propiedad suya, no de alquiler, y vivían como magnates. La señora de la casa era lady Pomona Longestaffe. Las hijas, francamente bonitas, estaban destinadas a casarse con jóvenes poseedores de un título nobiliario. El único hijo, Dolly, poseía o había llegado a poseer una fortuna propia. La familia al completo era excesiva, para un vecindario de campo. Y por si fuera poco, además de ser insoportablemente ricos, nunca lograban pagar sus deudas a nadie. Seguían viviendo con todos los privilegios de la riqueza. Las chicas siempre montaban a caballo, tanto en Londres como en el campo. El lector ya conoce a Dolly, que era un pobre hombre aunque de natural bondadoso; su energía se agotaba en una sola dirección. Se peleaba tozudamente con su padre, que solamente cobraba una pequeña renta de sus tierras. La casa de Caversham Park estaba llena de criados durante seis o siete meses al año, cuando no de invitados, y todos los comerciantes de los pueblos de alrededor, desde Bungay a Beccles pasando por Harlestone, sabían que los Longestaffe eran la familia principal del condado. Aunque ocasionalmente se quejaban por el impago de las cuentas pendientes, siempre ejecutaban las órdenes y los pedidos de los Longestaffe con puntualidad sumisa, porque todos creían ciegamente en la solidez de la fortuna Longestaffe. Y además, al fin y al cabo el dueño de tamaña fortuna no siempre puede detenerse en todas y cada una de sus facturas pendientes.

El señor Carbury de Carbury jamás había dejado a deber ni un chelín que no pudiera pagar, y su padre había seguido escrupulosamente la misma regla. No solía mandar pedidos excesivos a los comercios de Beccles, y se preocupaba de comprar solamente lo que le hacía falta, al precio justo. En consecuencia, a los comerciantes de Beccles no les gustaba mucho el señor Carbury; aunque tal vez uno o dos de los más ancianos aún mostraban cierta reverencia hacia la familia. El señor Roger Carbury de la casa Carbury era un Carbury de pura cepa, una distinción de la que, por naturaleza, no podían alardear ni los Longestaffe ni los Primero, y que por supuesto tampoco pertenecía a los Hepworth de Eardly. La mismísima parroquia en la que se erigía la mansión Carbury —o la Finca Carbury, como se la conocía más correctamente— era la parroquia de Carbury. Y luego estaba el coto de caza Carbury, a caballo entre Carbury y Bundlesham, pero que por desgracia pertenecía por completo a la circunscripción de Bundlesham.

Roger Carbury estaba solo en el mundo. Sus parientes más cercanos eran sir Felix y Henrietta, pero no eran más que primos segundos. Tenía hermanas, que hacía tiempo se habían casado y se encontraban con sus maridos muy lejos de Inglaterra: una en India y otra en el lejano oeste, en Estados Unidos. Carbury no estaba lejos de los cuarenta y permanecía soltero. Era un hombre fornido y de aspecto agradable, con un rostro firme y cuadrado, facciones afiladas, una boca pequeña, buenos dientes y una barbilla contundente. Era pelirrojo y de pelo rizado, aunque empezaba a perder cabello en la coronilla. Tenía unas finísimas, casi invisibles patillas y no llevaba barba. Sus ojos eran pequeños pero brillantes, y era alegre cuando estaba de buen humor. Medía casi dos metros de altura, y exudaba fuerza y una salud de hierro. Era todo un hombre. Caía bien de entrada, en parte porque al verlo, uno llegaba a la inconsciente convicción de que sería tozudo llevarle la contraria; y en parte por la convicción igualmente fuerte de que se llevaría bien con los amigos.

Cuando sir Patrick había vuelto inválido de India, Roger Carbury se había apresurado a viajar a Londres para visitarle, y se había portado amablemente con el anciano, invitándole a él y a sus hijos a venir al campo y pasar unos días en Carbury. A sir Patrick la residencia familiar le importaba un higo, y así se lo dijo a su primo, con esas palabras. Así pues, durante el resto de la vida de sir Patrick la relación entre él y Roger había sido más bien escasa. Pero cuando el violento y malcarado anciano murió, Roger visitó la casa por segunda vez, y volvió a ofrecer a su viuda y sus hijos la hospitalidad de su residencia. El joven barón por aquel entonces acababa de alistarse y no tenía ganas de visitar a su primo en Suffolk; pero lady Carbury y Henrietta habían ido a pasar un mes allí, y Roger se había desvivido por hacerlas felices. El esfuerzo, en lo relativo a Henrietta, había tenido éxito. En cuanto a la viuda, había que reconocer que Carbury no era precisamente del gusto de la dama, que ya apuntaba a la gloria literaria y profesional. O a una profesión de algún tipo, lo bastante provechosa como para compensarle los sinsabores de su juventud. «Mi querido primo Roger», como lady Carbury le llamaba, no tenía aspecto de estar en situación de ayudarla con ese objetivo. Además, a lady Carbury no le gustaba el campo. Había intentado charlar animadamente con el obispo, pero este era demasiado simple y sincero para ella. Los Primero eran odiosos y los Hepworth, estúpidos; los Longestaffe, arrogantes. Eso decía lady Carbury, después de intentar hacerse amiga de lady Pomona. Su conclusión, que había enunciado a Henrietta, era que «Carbury era muy aburrido».

Pero de repente, había sucedido algo que cambió radicalmente su opinión acerca de Carbury, y sobre su dueño. Después de unas pocas semanas, este las siguió hasta Londres, y muy pragmáticamente, pidió la mano de la hija a la madre. En ese momento tenía treinta y seis años de edad, y Henrietta no había cumplido los veinte. Era un hombre tranquilo, hasta flemático en su manera de cortejar a la joven. Henrietta le dijo a su madre que no se lo esperaba en absoluto, pero Roger tenía prisa y se mostraba muy persistente. Lady Carbury se puso de su parte sin dudarlo. Aunque la Finca Carbury no era precisamente de su agrado, le parecía un lugar ideal para Henrietta. Y en cuanto a la diferencia de edad, como ella tenía más de cuarenta años, un hombre de treinta y seis se le antojaba un jovencito. Pero Henrietta exhibió opiniones propias. Su primo le gustaba pero no estaba enamorada de él. Le sorprendió la petición de su mano, e incluso se molestó un poco. Le había alabado tanto, a él y a la casa, frente a su madre —pues en su inocencia ni se le había ocurrido que quisiera casarse con ella— que ahora le resultaba difícil darle una razón para rechazarlo. Sí, había dicho que su primo era encantador, pero no quería decir encantador en ese sentido. Rechazó la oferta de plano, pero al parecer no lo hizo tajantemente. Cuando Roger sugirió que se tomara un tiempo para pensarlo, y su madre asintió vigorosamente con la cabeza, Henrietta solamente pudo decir que no creía que fuera a cambiar de opinión. Su primera visita a Carbury tuvo lugar en septiembre. Tuvo que volver el febrero siguiente, casi contra su voluntad; una vez allí se había enfriado, se había sentido impotente y hasta adormecida en presencia de su primo Roger. Antes de que se marcharan, Carbury volvió a pedir su mano en matrimonio, pero Henrietta declaró que no podía ceder a sus deseos. No era capaz de darle ninguna razón, solamente que no le quería como a un marido. Pero Roger volvió a dejar claro que no pensaba abandonar. Que la amaba verdaderamente, y que el amor era algo muy serio para él. Todo sucedió en el curso de un año, antes del principio de nuestra narración.

También sucedió algo más. Durante la segunda visita a Carbury, se presentó allí un joven del cual Roger Carbury había hablado mucho a sus primas: Paul Montague, del cual hablaremos brevemente durante este capítulo. El caballero, pues así se llamaba siempre a Roger Carbury en su propia casa, no adivinó lo que sucedería al coincidir sus primas y Paul Montague. El resultado no podía ser más nefasto. Paul Montague se había enamorado de la prima de su anfitrión, y de ahí había brotado una gran infelicidad general.

Lady Carbury y Henrietta llevaban casi un mes en Carbury, y Paul Montague apenas una semana, cuando Roger Carbury se dirigió como sigue a su amigo:

—Tengo algo que decirte, Paul.

—¿Pasa algo grave?

—Muy grave para mí. Es lo más grave que ha sucedido nunca, en toda mi vida. —El dueño de Carbury había asumido inconscientemente la mirada determinada, que su amigo entendía bien, del que ha decidido llevar a cabo su deber, y luchar por él si es necesario. Montague lo conocía mucho, y percibió que sin querer había hecho algo para perjudicar la grave decisión de su amigo. Miró hacia arriba sin decir nada.

Roger prosiguió, con expresión seria:

—He pedido la mano de mi prima Henrietta.

—¿La señorita Carbury?

—Sí; Henrietta Carbury. No ha aceptado mi ofrecimiento. De hecho, me ha rechazado dos veces, pero aún tengo esperanzas de convencerla. Quizá no tengo derecho, pero no me daré por vencido. Te lo digo claramente. Mi vida y mi felicidad dependen de ello. Creo que puedo contar con tu buena voluntad.

—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora? —preguntó Paul Montague, con voz ronca.

A lo cual había seguido un repentino y rápido intercambio de palabras entre ambos hombres, cada uno de ellos contando su verdad, declarando que tenía razón y que el otro se había comportado abominablemente; los dos con voz cada vez más elevada, igual de generosos e irracionales. Montague afirmó al momento que él también amaba a la señorita Carbury. Declaró su seguridad de la manera más escueta e incompleta posible, pero sus palabras no dejaban lugar a las dudas. No, no le había dicho nada a la dama. Había pensado en hablar primero con el propio Roger Carbury; tenía pensado hacerlo en uno o dos días, quizá en ese mismo día si Roger no hubiera abierto fuego.

—No tienes ni un centavo para abrirte paso en el mundo —dijo Roger—, y ahora que sabes cuáles son mis sentimientos, debes abandonar tus intenciones.

Montague declaró que tenía todo el derecho a hablar con la señorita Carbury, aunque no tenía ningún indicio de que la joven sintiera nada por él. No, nada le hacía pensar eso. Era imposible, de todo punto. Pero aun así tenía derecho a su oportunidad, que significaba un mundo para él. En cuanto al dinero, no pensaba admitir que fuera pobre de solemnidad y además, era capaz de ganarse la vida como cualquiera. Si Carbury le hubiera dicho que la señorita estaba predispuesta a recibir sus atenciones, es decir, las de Roger, Paul desaparecería de escena en un santiamén. Pero al no ser así, no se atendría a la verdad si decía que estaba dispuesto a abandonar sus esperanzas.

La conversación duró más de una hora. Cuando terminaron, Paul Montague hizo las maletas y Roger le acompañó a la estación de tren, sin que tuviera ocasión de ver a ninguna de las dos damas. Se habían cruzado palabras muy fuertes, pero lo último que le dijo Roger a su rival en el andén no fue hostil.

—Que Dios te bendiga, amigo —dijo, apretando la mano de Paul. Los ojos de este brillaban, rebosantes de lágrimas, y por toda respuesta apretó a su vez la mano de su amigo.

Los padres de Paul habían fallecido hacía tiempo. El padre había sido abogado en Londres, y quizá dispusiera de una pequeña fortuna propia. En cualquier caso, le había dejado a su hijo, entre otros herederos, una cantidad suficiente como para establecerse por su cuenta. Paul llegó a la mayoría de edad y descubrió que poseía seis mil libras. Por ese entonces estaba en Oxford, y quería cursar derecho y ser abogado. Un tío suyo, hermano más joven de su padre, se había casado con una Carbury, la hermana más pequeña, aunque mayor que Roger. Ese tío se había instalado desde hacía años en California, y allí había adquirido la nacionalidad americana. Poseía extensas tierras, comerciaba con lana, grano y fruta; pero ni los Montague ni los Carbury supieron nunca a ciencia cierta si le iba bien o no. La relación entre las dos familias había establecido un lazo de afecto entre Paul Montague y Roger, ya desde que Paul era joven, a pesar de que no tenían ningún grado de parentesco, como le habrá quedado claro al lector. Roger, aún joven en esa época, se había hecho cargo de la educación del chico, y le había enviado a Oxford. Pero el plan de que Paul terminara sus estudios y luego se hiciera abogado, e hiciera carrera como juez en algún destino del país no había terminado bien. Paul se había visto envuelto en un altercado en Balliol, le habían propinado una paliza, luego se había peleado de nuevo y finalmente le habían expulsado. Desde luego, tenía talento para meterse en embrollos aunque como Roger Carbury sostenía, ninguno de esos incidentes era censurable, o al menos el papel de Paul en ellos no lo era. El chico tenía ya veintiún años, y con sus seis mil libras se fue a California, con su tío. Tal vez acariciaba la idea —basada en información escasa— de que los embrollos no eran un problema en California. Al cabo de tres años descubrió que no le gustaba la vida de granjero en California, y que tampoco le gustaba su tío. Así que regresó a Inglaterra, pero a su vuelta no pudo recuperar las seis mil libras invertidas en la granja de California. Efectivamente, se había visto obligado a volver sin su dinero, sin apenas lo bastante como para viajar de vuelta a casa; pero su tío le había asegurado que le enviaría un diez por ciento de rentas sobre su capital como un reloj, cada cuatrimestre. Debía ser un reloj estropeado, pues las cosas habían ido muy mal. Al final de los primeros cuatro meses llegó la cantidad prometida; luego, la mitad, y se produjo un largo intervalo sin un centavo. De repente, algún que otro pago irregular, aquí y allá; y luego se sucedieron doce meses sin nada. Al final de ese año, volvió a California con el dinero que Roger le había prestado para el viaje. Ahora volvía a encontrarse en Londres, con algo de efectivo y la garantía adicional de una hipoteca a su favor a nombre de un tal Hamilton K. Fisker, un socio de su tío, con el que habían montado una fábrica de harina. De acuerdo con ese documento, sus ingresos ascendían al doce por ciento de su capital, y además habían añadido su nombre al de los dueños de la empresa, que ahora se llamaba Fisker, Montague y Montague. Sus dos socios habían abierto oficinas en Fiskerville, a unas doscientas cincuenta millas de San Francisco, y los ánimos de Fisker y el tío de Paul estaban muy altos. Paul odiaba horriblemente a Fisker, no quería demasiado a su tío, y hubiera preferido con mucho recuperar sus seis mil libras. Pero no podía, y por eso regresó a Londres como uno de los dueños de Fisker, Montague y Montague, no del todo descontento pues había logrado recuperar lo bastante de su inversión inicial como para pagar lo que le debía a Roger, y vivir unos meses sin pasar penurias. Ahora quería decidir hacia dónde encaminar sus pasos, profesionalmente hablando, y hablaba diariamente con Roger acerca de ello, cuando repentinamente Roger se había dado cuenta de que el joven se estaba enamorando de la muchacha con la que él tenía intención de casarse, y de ahí la escena que acabamos de narrar.

No se le dijo nada a lady Carbury ni a su hija acerca de la verdadera razón que había causado la súbita desaparición de Paul. Simplemente, era necesario que viajara a Londres. Cada una de las damas probablemente adivinó algo de la verdad, pero ninguna de las dos mencionó el tema a la otra. Antes de que dejaran Carbury, el caballero volvió a pedir la mano de la joven, pero todo fue en vano. Henrietta estuvo más fría que nunca, pero pronunció una frase desafortunada, que acabó con todo el impacto de su frialdad. Le dijo a Roger que era demasiado joven como para pensar en el matrimonio. Ella quería decir, en realidad, que la diferencia de edad entre ambos era demasiado grande, aunque no sabía cómo explicarlo con delicadeza. A Roger le resultó fácil recordarle que en doce meses sería mayor, pero fue imposible convencerla de que con el transcurso de varios periodos de doce meses, la disparidad de edades de su primo y de ella desaparecería. Sin embargo, ni siquiera esa diferencia era el principal motivo que la empujaba a no querer casarse con Roger Carbury.

Al cabo de una semana, tras la partida de lady Carbury de la Finca Carbury, Paul Montague volvió, y fue recibido como un buen amigo. Se había comprometido a no ver a Henrietta durante al menos tres meses, pero nada más. «Si no acepta casarse contigo, no hay razón para que yo no lo intente», había sostenido. Roger ni siquiera quiso ceder en eso. Estaba convencido de que Paul debía retirarse completamente, en parte porque no disponía del menor ingreso, y en parte porque Roger había sido el primero en fijarse en Henrietta; y también en señal de gratitud, aunque sobre esta última razón, Roger jamás dijo palabra. Si Paul no se daba cuenta de ello, entonces su amigo no tenía el carácter que Roger le había atribuido.

Paul sí lo veía, y sentía numerosos escrúpulos. Pero, ¿por qué su amigo debía ser como el perro del hortelano? No dudaría en dejarle el camino libre a Roger si la muchacha le aceptaba, desde luego; entonces Paul no tendría la menor posibilidad. Roger contaba con la ventaja de las tierras de Carbury, mientras que él solamente poseía la dudosa participación en Fisker, Montague y Montague, en un pueblecito dejado de la mano de Dios, a doscientas cincuenta millas de San Francisco. Pero si ni aún con esa ventaja de su lado, Roger conseguía nada, ¿por qué iba él a dejar de intentarlo? Lo que Roger decía acerca de su falta de estabilidad económica era una sandez. Paul estaba seguro de que no habría objetado lo mismo si su amigo no hubiera estado interesado por la misma mujer. Se dijo que tenía dinero, aunque estuviera en manos dudosas, y que no pensaba renunciar a Henrietta por esa razón.

Volvió a Londres en varias ocasiones en busca de los empleos que algunos conocidos le habían prometido a medias, y después del plazo de tres meses, visitó constantemente a lady Carbury y a su hija. Pero de vez en cuando tenía que prometerle de nuevo a Roger Carbury que no declararía su pasión a la joven: durante dos meses, luego seis semanas, y aún otro mes. Mientras tanto, los dos hombres conservaban su amistad, y tanto era así que Montague se pasaba la mayor parte del tiempo como invitado de Roger. La amistad se mantenía, si bien con el tácito entendimiento de que Roger Carbury explotaría en un arrebato de hostilidad si Paul alguna vez lograba hacerse con el puesto del pretendiente oficial de Henrietta Carbury, y que todo seguiría sin el menor altercado si alguien convencía a Henrietta de convertirse de una vez por todas en dueña de Carbury. Así siguieron las cosas hasta la noche en que Montague se encontró con Henrietta en el baile de los Melmotte. El lector debería saber, llegados a este punto, que Paul Montague ya había mantenido un romance previamente: con una viuda, la señora Hurtle, con la que había tratado desesperadamente de casarse antes de su segundo viaje a California. Roger Carbury había impedido el enlace, al considerar que se trataba de una locura de su joven amigo, ofuscado por la pasión.

Capítulo 7
El mentor

El deseo de lady Carbury de que se produjera la esperada unión entre Roger y su hija se veía aún más impulsado por la preocupación que sentía por su hijo. Desde la primera solicitud de matrimonio de Roger, Felix había ido de mal en peor, hasta que su estado constituía una vergüenza sin arreglo. Si su hija lograba consolidar su posición económica, se decía lady Carbury, ella podría dedicarse a los intereses de su hijo. No tenía muy claro en qué consistiría esa dedicación, pero sabía que se había gastado mucho dinero en su educación y crianza, y que se vería obligada a seguir gastando aún más hasta incluso verse privada de la posibilidad de un techo para ella y para su hija. Durante sus momentos de mayor angustia, apelaba sin dudarlo a Roger Carbury, para que ofreciera sus sensatos consejos, que sin embargo nunca seguía. Carbury le recomendó vender la casa en la ciudad, y encontrar una casita más modesta para ella y su hija en lugar menos oneroso, y también para Felix si es que este consentía. Si no, entonces tenía que dejar que el joven se hiciera cargo de sus responsabilidades. Sin duda, cuando no tuviera un centavo para gastar en Londres, ya llamaría a su puerta, por lejana que estuviese. Roger siempre hablaba severamente del barón, o eso le parecía a lady Carbury.

n los que sabía que Roger no simpatizaría. Aún creía que sir Felix florecería y alcanzaría grandeza, riqueza y que en suma se convertiría en el epítome de la moda, como marido de una rica heredera, y a pesar de los vicios de su hijo, estaba orgullosa de él aún antes de que lo consiguiera. Cuando lograba sacarle dinero, como las veinte libras de hacía unos días; cuando con indiferencia supina a sus objeciones se dirigía a su club a las dos de la madrugada; cuando bromeaba impúdicamente sobre la cuantía de sus deudas, lady Carbury sentía una marea de desesperanza y tristeza, y se abandonaba a una explosión de lloros histéricos, y generalmente se pasaba la noche en vela, preocupada. Pero si se casaba con la señorita Melmotte y conquistaba así la solución a todos sus problemas merced a su belleza personal, entonces lady Carbury se sentiría muy orgullosa de todas esas penurias. Roger Carbury, ella lo sabía, no sentiría la menor simpatía por esa lógica. Para él, el joven ya había caído en desgracia: cualquier caballero que no pudiera pagar sus deudas y sus facturas arruinaba su buen nombre. Y entretanto, el corazón de lady Carbury latía con otras esperanzas, a pesar de sus ataques de histeria y de sus temores. Su Reinas criminales podía convertirse en un libro de éxito, estaba casi convencida. Leadham y Loiter, los editores, estaban contentos con ella y eran muy educados. El señor Broune se había comprometido con una reseña. El señor Booker había dicho que vería lo que podía hacer. Y las prudentes y cáusticas palabras del señor Alf garantizaban al menos una reseña en el Evening Pulpit. No, no aceptaría el consejo de Roger de abandonar Londres; pero no dejaría de pedirle consejo. A los hombres les gusta. Y si podía, lograría que Henrietta aceptara casarse con él. ¿Qué mejor lugar tranquilo que la Finca Carbury, la residencia de su hija, para cuando lady Carbury deseara retirarse? Y luego, su mente volaba hacia la satisfacción. Si al final de la temporada Henrietta se comprometía con su primo, Felix se convertía en el marido de la heredera más rica de Europa y ella era reconocida como la autora del libro más ambicioso del año, ¡qué triunfo paradisíaco se abría, a pesar de todos los sinsabores que había tenido que pasar! Entonces, la naturaleza apasionada de lady Carbury la empujaba hacia la euforia, y durante una hora se sentía muy feliz, a pesar de todo.

Unos días después del baile de los Melmotte, Roger Carbury estaba en Londres, sentado en la salita privada de lady Carbury. La causa oficial de su visita era revisar el estado de las deudas del barón, así como evaluar la necesidad indispensable —o así lo creía Roger— de tomar medidas para impedir o ralentizar el ritmo de dispendio de Felix. ¡Le resultaba horrible que un joven que no tenía un chelín, ni perspectivas de ganarlo, poseyera caballos de caza! Estaba indignado, y dispuesto a expresar su vehemente opinión frente al propio interesado, si es que aparecía por la casa.

—¿Donde está ahora, lady Carbury?

—Creo que está con el barón.

Cuando Felix estaba con el barón, quería decir que había salido de caza a unas cuarenta millas de Londres.

—¿Cómo puede? ¿Con qué caballos, quién los paga?

—Roger, no te enfades conmigo. ¿Qué puedo hacer yo para impedírselo?

—Creo que deberías negarle tu ayuda hasta que no cambie de actitud.

—¡Es mi propio hijo!

—Exactamente. Pero, ¿hasta cuando seguirá así? ¿Vas a permitirle que te arruine a ti y a Hetta? Esto es insostenible.

—No querrás que lo eche de casa.

—Más bien te está echando a ti. Y es tan absolutamente deshonesto, ¡un comportamiento impropio de un caballero! No entiendo cómo sobrevive. ¿No le estarás dando dinero, verdad?

—Un poco.

Roger frunció el ceño.

—Entiendo que le des un techo, cama y comida pero no que le permitas dilapidar en sus vicios lo poco que tienes. —Había hablado sin rodeos, y lady Carbury parpadeó ante la crudeza de sus palabras. —El tipo de vida que lleva requiere grandes ingresos. Sé de lo que hablo, y ni siquiera yo cuento con dinero suficiente para vivir así.

—Eres muy distinto a él.

—Soy mayor, por supuesto. Mucho mayor. Pero Felix no es tan joven como para no comprender la situación. ¿Tiene alguna fuente de ingresos, aparte del dinero que le das?

Lady Carbury procedió a revelar la sospecha que abrigaba desde hacía un par de días.

—Creo que está jugando a las cartas.

—Eso le llevará a perder dinero, no a ganarlo —dijo Roger.

—Supongo que alguien gana, alguna vez.

—Los que ganan son los fulleros, y los que pierden tontos infelices. Preferiría que formara parte de estos últimos: que sea un idiota antes que un hombre sin honor.

—Roger, ¡qué severo eres!

—Dices que juega. ¿Cómo crees que pagará, si llega a perder mucho dinero?

—No sé nada a ciencia cierta. Pero tengo motivos para pensar que desde la semana pasada, dispone de más dinero que de costumbre. Lo he visto yo misma. Llega a casa tardísimo, come a deshoras. Ayer entré en su habitación a las diez, y no se despertó. En la mesita de noche había billetes y monedas, más dinero del que suele tener a su disposición.

—¿Y no te lo quedaste?

—¿Pretendes que robe a mi propio hijo?

—¡Pero si dices que no tienes dinero para pagar las facturas de esta casa, y que no ha dudado en tomar prestado lo que ha querido, aun cuando le has expuesto la gravedad de vuestra situación! ¿Por qué no te devuelve el dinero que le diste?

—Bueno, sí. Eso debería hacerlo, si lo tiene. Había un fajo de papeles en la mesita: pagarés firmados por otros hombres.

—Los revisaste.

—No, solamente los vi por encima. No es que tenga curiosidad, pero es mi hijo y me preocupa. Creo que ha comprado otro caballo. Vino a casa un mozo de establo, y se lo dijo a los criados.

—¡Por el amor de Dios!

—Si tan solo pudieras convencerle para que dejara las cartas… Por supuesto, no está bien, gane o pierda; aunque estoy segura de que Felix no hará nada malo. Nadie puede acusarle de ser malvado. Y si ha ganado dinero, lo cierto es que me iría bien que me devolviera un poco de lo que le he dado. Se me han acabado las opciones, y nadie puede acusarme de habérmelo gastado en frivolidades para mí.

Roger volvió a repetir sus ya añejos consejos. No tenía ningún sentido mantener el nivel de vida que la casa de la calle Welbeck les exigía. Quizá hubieran podido seguir allí, si no tuvieran que pagarles todos los caprichos al manirroto de sir Felix, pero actualmente estaban galopando hacia la ruina más absoluta. Si lady Carbury sentía el deber de ofrecerle un techo al desgraciado de su hijo, a pesar de su locura y de sus vicios, como sin duda en tanto que madre se veía en la obligación de hacerlo, entonces debía encontrar una residencia lejos de Londres. Si el joven quería permanecer en Londres, que lo hiciera a su costa y con sus propios recursos. Debía tomar una decisión y hacer algo en la vida. Quizá en India podía empezar una digna carrera como comerciante.

—Si fuera un hombre se deslomaría antes que vivir a tu costa —dijo Roger.

Pero aceptó hablar con su primo al día siguiente para convencerle; esto era, si podía encontrarle. No resultaba fácil localizar a los jóvenes que juegan toda la noche y se pasan el día cazando. Pero vendría a las doce, porque a esa hora generalmente Felix desayunaba. Luego por fin le ofreció a lady Carbury una garantía que no fue la peor parte de la conversación.

—En caso de que no te devuelva el dinero que precisas, sería un honor para mi prestarte cien libras hasta que llegue tu renta de mitad de año. —La voz de Roger cambió de tono cuando cambió de tema—: ¿Puedo ver a Henrietta mañana?

—Por supuesto, ¿cómo no? Está en casa ahora, creo.

—Esperaré a mañana, cuando venga a ver a Felix. Me gustaría que supiera que la visitaré. Paul Montague ha estado en Londres y me imagino que vino a verla, ¿no?

—Sí, vino.

—¿Y no le visteis en ninguna otra ocasión?

—También estaba en el baile de los Melmotte. Felix le consiguió una invitación, y allí coincidimos. ¿Ha vuelto a ir a Carbury?

—No, a Carbury no. Creo que fue a Liverpool por un tema de sus socios. Otro buen ejemplo de un joven ocioso. No es que Paul se parezca a sir Felix, claro está —añadió, empujado por un fuerte espíritu de honestidad.

—No seas muy duro con el pobre Felix —pidió lady Carbury.

Roger, al despedirse, pensó que era imposible ser muy duro con sir Felix Carbury.

A la mañana siguiente, lady Carbury fue al cuarto de su hijo antes de que este se levantara, y con voz tremendamente frágil le dijo que su primo Roger venía a hablar con él.

—¿Y por qué demonios quiere hablar conmigo? —dijo Felix desde la cama, sin moverse.

—Si me hablas así, Felix, me veré obligada a irme de esta habitación.

—Quiero decir, ¿con qué objeto? Sé perfectamente lo que me dirá, tan bien como si acabara de escucharlo. Está muy bien predicar sermones a la gente de bien, pero no sirve de nada con los que llevamos mala vida.

—¿Por qué dices eso? Tú eres bueno.

—Madre, me irá perfectamente, sobre todo si ese tipo me deja tranquilo. Sé jugar mis cartas, y no necesito sus consejos. Y ahora, si me dejas tranquilo, me levanto y me visto.

Lady Carbury tenía la intención de pedirle algo de dinero, pues estaba convencida de que aún lo tenía, pero le faltó valor. Si le pedía dinero y lo aceptaba, equivalía en cierto modo a reconocer que jugaba, y a aprobar tácitamente esa actividad. Aún no eran las once, por lo que era pronto para él; pero Felix había decidido largarse de la casa antes de que el pesado de su primo se presentara para propinarle su sermón. Para ello, tenía que moverse deprisa. A las once y media ya había desayunado, y había decidido cambiar de acera en la calle si era preciso, para evitarle, en dirección a Marylebone, un camino que sabía Roger jamás tomaría. Se fue a las doce menos diez, astutamente modificó el recorrido girando por la primera esquina, y justo entonces se dio de bruces con su primo. Roger, preocupado por lo que lady Carbury le había encargado, con tiempo de sobra, había llegado pronto y se había dedicado a pasear por el vecindario; aunque no pensaba en Felix, sino en la hermana del joven. El barón sintió que lo habían pillado con las manos en la masa, injustamente, pero no por ello abandonó la esperanza de huir.

—Iba a casa de tu madre para hablar contigo —abrió fuego Roger.

—¿De veras? Cuánto lo siento, tengo una cita a la que no puedo faltar. Podemos quedar otro día.

—Por diez minutos no pasará nada —dijo Roger, cogiéndole del brazo y arrastrándole de vuelta a la casa.

—Bueno, en este momento…

—Seguro que no se molesta. He venido porque tu madre me lo ha pedido, y no puedo esperar todo el día en Londres a que tengas un momento. Vuelvo a Carbury esta misma tarde, y tu amigo seguro que podrá esperar. —Su firmeza era demasiado para Felix, que no tenía valor como para apartarse de su primo con violencia física, y seguir por otro camino. Pero a medida que volvían a la casa de lady Carbury, el dinero que tenía en el bolsillo (pues aún conservaba sus ganancias) le animó, así como el recuerdo de las dulces palabras que había cruzado con Marie Melmotte después del baile, y decidió que no se dejaría avasallar por Roger Carbury. Pronto llegaría el día en que incluso lo desafiaría; casi estaba seguro de que no faltaba mucho. Sin embargo, la charla que se avecinaba le causaba una desazón y un miedo prácticamente físicos.

—Tu madre me dijo que tienes caballos —declaró Roger.

—No sé qué entiende ella por caballos. Tengo uno, el único que no vendí.

—¿Tienes un caballo solamente?

—Bueno, para ser exactos tengo un caballo de caza y otro de exhibición.

—¿Y otro en Londres?

—¿Quién te ha dicho eso? No, no es cierto. Al menos, que yo sepa. Hay uno cuya compra me han pedido que estudie, en unos establos.

—¿Y quién paga el mantenimiento de esos animales?

—En cualquier caso, no te lo he pedido a ti.

—No. Te falta valor para eso. Pero no tienes el menor escrúpulo en pedirle dinero a tu madre, aunque eso la obligue a pedírmelo a mí o a otros amigos. Has malgastado todo el dinero que te pertenecía por derecho propio, y ahora la estás arruinando a ella.

—Eso no es cierto. Aún tengo dinero.

—¿De dónde lo has sacado?

—Todo esto está muy bien, Roger, pero no creo que tengas derecho a hacerme estas preguntas. Tengo dinero. Si compro un caballo es porque puedo permitírmelo. Si compro dos, o tres, es porque tengo dinero para mantenerlos. Por supuesto que tengo deudas, pero también hay gente que me debe dinero a mí. Estoy bien, y no necesitas preocuparte.

—Entonces, ¿por qué le pides a tu madre hasta su último centavo, y después no tienes nada para pagarle lo que te ha prestado a ti?

—Puedo devolverle las veinte libras, si te refieres a eso.

—Me refiero a eso y a mucho más. Supongo que has estado jugando.

—Insisto en que no estoy obligado a contestarte, y no pienso hacerlo. Si no tienes nada más que añadir, me despido.

—Sí tengo algo más que añadir, y lo haré —Felix se dirigió a la puerta, pero Roger se le adelantó y se interpuso.

—No pienso quedarme aquí contra mi voluntad —declaró Felix.

—Vas a tener que escucharme, así que más vale que te estés quieto. ¿Quieres que el mundo te considere un rufián?

—¡Venga!

—Pues eso es lo que sucederá. Has despilfarrado todo tu dinero, y porque tu madre te quiere y es débil de carácter, te aprovechas para gastar todo lo que tiene, hasta poner en peligro su subsistencia y la de tu hermana.

—No le pido que pague mis gastos.

—¿No? ¿Y cuando le pides dinero, qué haces?

—Aquí tienes las malditas veinte libras, cógelas y dáselas —dijo Felix, extrayendo y contando los billetes de su cartera—. Cuando se las pedí, no pensaba que iba a montar este escándalo por una tontería.

Roger aceptó los billetes y se los guardó.

—¿Has terminado? —dijo Felix.

—No. ¿Pretendes que tu madre te mantenga y pague tu ropa durante toda tu vida?

—Espero ser capaz de mantenerla yo, dentro de poco, y hacerlo mejor que quienes se dicen sus amigos. La verdad, Roger, es que no tienes ni idea de lo que está en juego. Si me dejas en paz, verás que no me irá nada mal.

—No conozco a ningún joven a quien le vaya peor, ni que tenga un concepto menos moral del bien y del mal.

—Bien, esa es tu opinión. Por supuesto, disiento. No todos compartimos las mismas ideas. Ahora, por favor, tengo que irme.

Roger pensaba que no había dicho ni la mitad de lo que tenía que decirse, pero no sabía si valía la pena. ¿De qué serviría hablar con un joven que estaba desprovisto de compasión y de dignidad? El remedio a su conducta radicaba antes en la actitud de la madre, no en la del hijo. Si no fuera tan espantosamente débil, lady Carbury se apartaría de su hijo y dejaría que sufriera en la más abyecta pobreza. Eso le haría despertar, y cuando la agonía de la necesidad domara su espíritu indolente, entonces aceptaría su techo y sus alimentos con humildad y agradecimiento. Ahora que tenía dinero en el bolsillo, se dedicaría a comer y beber y darse a todos los lujos que le apeteciera, sin el menor inconveniente. Mientras nadara en la prosperidad, nada le conmovería.

—Serás la ruina de tu hermana, y le romperás el corazón a tu madre —dijo Roger por fin, con un último intento que no tuvo el menor efecto en el joven holgazán.

Cuando lady Carbury llegó al saloncito, que fue en cuanto se cerró la puerta de entrada tras su hijo, le pareció todo un éxito que Roger hubiera recuperado sus veinte libras.

—Sabía que las devolvería, si tenía dinero —dijo.

—Entonces, ¿por qué no te las dio antes?

—Supongo que no quería tocar el tema. ¿Te ha dicho si está ganando dinero en las mesas de juego?

—No, no me dijo la verdad en todo el rato que hablamos. Puedes estar segura de que así ha sido, no obstante: consigue su dinero jugando. ¿De qué otra manera puede obtenerlo? Y también te digo esto: perderá todo lo que ha ganado. Sus palabras eran las de un hombre inconsciente, sin la menor noción de la realidad. Decía que pronto será él quien proporcione un techo para Henrietta y para ti.

—¿Ha dicho eso? ¡Mi querido niño!

—¿Tú le crees?

—Oh, sí. Y es cierto, es prácticamente seguro. Habrás oído hablar de la señorita Melmotte.

—He oído hablar del gran estafador que se ha establecido en Londres, sí, y que está comprando su entrada y ascenso en la sociedad.

—Todo el mundo visita su casa ahora, Roger.

—Pues vergüenza debería darle a todo el mundo. ¿Qué sabemos de él, excepto que tuvo que abandonar París porque se había ganado la reputación de ser un canalla especialmente próspero? Bueno, cuéntame qué tiene que ver él en todo esto.

—Hay quien piensa que Felix se casará con su única hija, y no es nada descabellado. Es bien parecido, ¿no crees? ¿Quién es tan guapo y agraciado como él? Y dicen que ella heredará medio millón.

—Así que esa es la jugada, ¿eh?

—¿No te parece bien?

—No, en absoluto. Pero no llegaremos a ponernos de acuerdo en eso. ¿Puedo ver a Henrietta durante unos minutos?

Capítulo 8
Enfermos de amor

Roger Carbury tenía razón al decir que él y su prima, una dama viuda, no se pondrían de acuerdo sobre el matrimonio y los cazadores de fortunas. Era totalmente imposible. Para lady Carbury, la perspectiva de que su hijo se uniera en matrimonio con la señorita Melmotte solamente despertaba una profunda alegría y sensación de triunfo exultante. Si Marie Melmotte fuera rica y su padre estuviera condenado por una sentencia en tribunales, quizá hubiera experimentado una ligera sombra de duda. No obstante, el dinero pesaría más en la balanza que la pérdida de respetabilidad, y lady Carbury ya se encargaría de encontrar motivos por los cuales Marie no debía cargar con los pecados de su padre, incluso mientras gozaban de los frutos de esos pecados. Además, la situación era muy diferente: el señor Melmotte no estaba mezclado en ningún proceso, sino que era el anfitrión de duquesas y príncipes en su casa de la plaza Grosvenor. La gente decía que la reputación en Europa del señor Melmotte era ciertamente la de un estafador de marca mayor, que no se detenía ante nada frente a la búsqueda deshonesta y fructífera de dinero. También se rumoreaba que no había tenido escrúpulos en organizar la caída y la ruina de los que habían confiado en él, mediante planes cuidadosamente premeditados y trampas que habían tardado mucho tiempo en cristalizar; y que se había quedado con las tierras y las propiedades de todos los que habían entrado en contacto con él. Que se alimentaba de la sangre de viudas y niños, pero, ¿qué le importaba eso a lady Carbury? Si las duquesas le aceptaban, ¿tenía ella que mostrar reparos? La gente también pronosticaba la caída futura de Melmotte, afirmando que un hombre que había hecho fortuna de la manera en que lo había hecho, estaba destinando a terminar mal. Pero quizá eso no sucedería antes de que Marie recibiera su fortuna, y Felix necesitaba ese dinero, lo necesitaba mucho. ¡Era el joven más adecuado del mundo para casarse con una heredera que recibiría medio millón de libras! A lady Carbury no se le ocurría ninguna otra forma de ver las cosas.

Y tampoco a Roger Carbury: jamás había caído en la condonación de los antecedentes que, debido a la prisa del mundo en que vivimos, a menudo acarrea el éxito; esa creciente sensación que empuja a las personas a creer que no deben seguir las reglas establecidas para todo el mundo, y que pueden tratar con quien les apetezca, y como les apetezca. Se ceñía a la anticuada idea de que «el que toca el betún, queda manchado». Era un caballero, y se sentiría deshonrado al entrar en la casa de alguien como Augustus Melmotte. Ni todas las duquesas de Inglaterra o el dinero de la City podían alterar su opinión o inducirle a modificar su conducta. Pero también sabía que sería inútil explicárselo así a lady Carbury. Confiaba, sin embargo, en que uno de los miembros de esa familia sí apreciara la diferencia entre honor y ruina. Henrietta Carbury poseía, a su entender, mayor capacidad de entendimiento que su madre, y su carácter aún no se había estropeado. En cuanto a Felix, se había revolcado tantas veces en las alcantarillas que su alma ya estaba teñida de negro. Solamente media vida de sufrimientos prolongados le salvarían. Encontró a Henrietta en el salón.

—¿Has podido hablar con Felix? —preguntó la joven, tan pronto como se hubieron saludado.

—Sí, me lo encontré en la calle.

—Nos hace tan desgraciadas.

—Lo entiendo perfectamente, y tenéis motivos para ello. Soy de la opinión, como sabe, de que tu madre le consiente más allá de lo razonable.

—¡Pobrecita! Adora el suelo que pisa Felix.

—Hasta una madre no debería desperdiciar su adoración de esa manera. El hecho es que tu hermano os arrastrará a la ruina si esto sigue así.

—¿Y qué puede hacer mamá?

—Irse de Londres, y negarse a pagarle ni un chelín más de sus caprichos.

—Pero, ¿qué haría Felix en el campo?

—Si no hiciera nada, habría mejorado mucho con respecto a lo que hace en la ciudad. Supongo que no querrá que se convierta en un jugador profesional.

—Ay, señor Carbury. ¡No querrás decir que se dedica a eso!

—Me resulta difícil y cruel decirte estas cosas, pero en un asunto de tanta importancia, solamente puedo decirte la verdad. No tengo la menor influencia sobre lo que hará tu madre, pero quizá tú sí la tengas. Me pide consejo, y luego decide no hacerme el menor caso. No la culpo por eso, pero me preocupo, claro está que me preocupo, por… Por la familia, ¿entiendes?

—Estoy segura de que así es.

—Y especialmente por ti. Porque nunca le apartará de su lado.

—No creo que me vayas a pedir que deje de hablar con mi hermano.

—Pero piensa que corres el riesgo de terminar hundida en el fango, por su culpa. Por su mediación, ya ha pisado usted la residencia de ese hombre, Melmotte.

—No creo que eso represente ningún perjuicio para mi reputación —dijo Henrietta, levantándose.

—Disculpa si te parezco entrometido.

—Oh, no. No considero que seas entrometido.

—Entonces, perdóname si mis palabras son duras. A mí me parece que tu reputación corre peligro si visitas la casa de un hombre como ese. ¿Por qué le frecuenta tu madre? No es porque le guste, ni porque sienta la menor simpatía por él o por su familia. Simplemente lo hace porque su hija es una heredera.

—Todo el mundo le frecuenta, señor Carbury.

—Sí, esa excusa dan todos. ¿Es razón suficiente para que asistas a un baile? ¿O es que no hay otro sitio excepto el lugar al que acuden todos, sencillamente porque se ha puesto de moda y es agradable? ¿No crees que deberías escoger tus amistades por tus propios motivos? Admito que la familia tenga una razón: tienen mucho dinero, y Felix cree que puede hacerse con una parte de él si le jura amor eterno a una muchacha. Después de lo que has oído, ¿sigues pensando que debes relacionarte con los Melmotte?

—No lo sé.

—Yo sí lo sé, y muy bien. Son una vergüenza. Sería menos objetable que fueras amiga de un barrendero —dijo Roger con una energía que desconocía poseer. Frunció el ceño, le brillaban los ojos. Respiraba con fuerza. Por supuesto, a Henrietta se le ocurrió de inmediato la petición de mano que seguía flotando entre ambos, y que seguramente Roger estaría preocupado porque la conexión con los Melmotte le afectara a él, a través de su enlace con Henrietta; pero no le dio importancia, pues estaba segura de que jamás aceptaría casarse con él. La verdad era que, además, era un hombre demasiado sencillo como para pensar en cosas tan complicadas. Él prosiguió, decidido:

—Felix ya ha caído tan bajo que no puede fingir preocuparse por las casas que frecuenta. Pero a mí me apenaría que te vieran a menudo en la residencia de los Melmotte.

—Señor Carbury, creo que mamá tendrá buen cuidado de no llevarme allí donde no deba.

—Desearía que tú también tuvieras una opinión con respecto a lo que es o no es propio de una joven de tu clase.

—Espero tenerla, por supuesto. Lamento que creas lo contrario.

—Soy un hombre a la antigua, Henrietta.

—Y pertenecemos a un mundo nuevo, y peor. Lo sé y creo que estoy de acuerdo. Siempre has sido muy amable, pero tengo dudas de que puedas cambiar las cosas, tal y como están. Siempre he pensado que tú y mamá no encajáis demasiado.

—Yo pensaba que tú y yo sí… Que sí podríamos encajar bien.

—Oh, en cuanto a mí, no te preocupes: siempre estaré del lado de mi madre. Si opta por visitar a los Melmotte, ciertamente la acompañaré. Y si eso me contamina de alguna forma, entonces supongo que así debe ser. No veo porqué tengo que creerme mejor que los demás.

—Siempre he creído que eres mejor que nadie.

—Eso debía ser antes de que visitara a los Melmotte. Seguro que ahora ya no piensas lo mismo, o así me lo has dado a entender. Me temo, señor Carbury, que nuestros caminos deben separarse.

Roger miró fijamente a la joven mientras hablaba, y gradualmente empezó a comprender lo que Henrietta insinuaba. Era tan fiel a lo que pensaba, que ni se le había ocurrido que con ella pudiera surgir la sombra violeta de la mentira que las mujeres asumen como un encanto adicional. ¿Era posible que creyera que al advertirla contra esas nuevas amistades estaba pensando en sus futuros intereses?

—Yo solamente tengo un deseo en este mundo —dijo, estirando su mano en un vano esfuerzo por atrapar la de ella— y es compartir el mismo camino que tú. No digo que sea también tu deseo; pero debes saber que soy sincero en mis sentimientos. Lo que le he dicho de los Melmotte era por tu bien. ¿No habrás pensado que lo decía por mí?

—Oh, no. ¿Cómo podría?

—Me dirigía a ti como a mi prima, que quizá me considera una especie de hermano mayor. Ningún contacto con una legión de Melmotte podrá alterar mi opinión de ti: eres la mujer a la que pertenece mi corazón. Incluso si verdaderamente cayera en desgracia —si es que la ruina pudiera hacer mella en alguien tan puro como tú—, sentiría lo mismo. Te quiero tanto que ya te he aceptado, para bien o para mal. No soy capaz de cambiar; mi naturaleza es demasiado terca para eso. ¿Tienes algo que decirme que pueda aliviar mi situación? —Al girar Henrietta la cabeza, insistió—: ¿Entiendes hasta qué punto necesito tu ayuda?

—Creo que puedes vivir sin mi ayuda, perfectamente.

—Por supuesto que sí, claro que viviré. No hay duda de ello. Pero no viviré feliz. Ya no lo soy ahora, tal y como estamos. Me he amargado, mi ánimo experimenta altibajos, y ya no estoy a gusto con mis amigos. Me gustaría en cualquier caso que me creyeras cuando te digo que te amo.

—Supongo que lo crees, y que quiere decir algo.

—Lo creo, y quiere decir mucho. Dice todo lo que un hombre puede decirle a una mujer. Nada más y nada menos. Debes comprender que hablo en serio, hasta el punto de que rozo la alegría exultante por un lado y por el otro siento la más absoluta indiferencia hacia el mundo, pendiente como estoy de una respuesta. Jamás cejaré, no hasta que me digas que piensas casarte con otro.

—¿Qué puedo decir?

—Que me amarás.

—¿Y si no puedo decir eso?

—Entonces, di que lo intentarás.

—No, eso no pienso decirlo. El amor debe llegar sin forzarse. No concibo cómo una persona puede intentar querer a otra, tal y como me pides. Me gustas mucho, pero casarse es algo mucho más grave.

—Conmigo no sería grave, querida mía.

—Sí lo sería, cuando descubrieras que soy demasiado joven para compartir tus gustos.

—Perseveraré, lo sabes bien. ¿Me juras que si te prometes con otro hombre, me lo dirás al instante?

—Supongo que puedo prometerlo, sí —dijo ella después de una pausa.

—¿Aún no hay nadie más?

—No, aún no. Pero señor Carbury, no tienes ningún derecho a preguntármelo. No me parece generoso por tu parte. Te permito que me digas cosas que nadie más podría porque eres primo mío, y porque mi madre confía mucho en ti. Pero nadie excepto ella tiene derecho a preguntarme algo así.

—¿Estás enfadada conmigo?

—No.

—Te he ofendido porque te quiero mucho, discúlpame.

—No me he ofendido, pero no me gusta que un caballero me haga ese tipo de preguntas. No creo que a ninguna joven le guste. No tengo porqué contarle a nadie todo lo que me pasa.

—Quizá cuando entiendas hasta qué punto mi felicidad depende de ello, podrás perdonarme. Adiós, por ahora. —Henrietta le tendió la mano y permitió que él la sostuviera entre las suyas por un instante—. Cuando camino por las rosaledas de Carbury, y recuerdo los paseos que solíamos dar, siempre me pregunto qué posibilidad hay de que alguna vez vuelvas allí, como la dueña de la casa.

—Ninguna.

—Claro, no esperaba oír otra cosa. Bueno, me despido. Que Dios te bendiga.

El hombre no poseía el menor ápice de poesía. Ni siquiera le importaba ser romántico. Todas las señales externas del amor que tanto gustan a muchos hombres y que constituyen la única dulzura que muchas mujeres experimentan en su vida no significaban nada para él. Hay hombres y mujeres para los cuales hasta las postergaciones y decepciones del amor son encantadoras, incluso cuando existen en detrimento de la esperanza. Para dichas personas, la melancolía es dulce, dulce penar, dulce también sentir que la desgracia romántica les ha atrapado, igual que a los héroes y heroínas cuyos sufrimientos constituyen la materia de la poesía. Pero no para Roger Carbury. Él estaba convencido de haber encontrado a la mujer de su vida, digna de su amor, y después de haberla elegido, la deseaba con increíble intensidad. Había dicho la pura verdad cuando le había confesado que la vida sin ella no tenía sentido. En Inglaterra, no había nadie menos susceptible de arrojarse desde lo alto de un monumento o de hacerse saltar los sesos. Sentía el dolor en cada rincón de su mente. No lograba superar ningún escollo, ni alcanzar consuelo de ninguna manera. Solamente una cosa existía en su horizonte: perseverar hasta hacerla suya, o hasta que finalmente la perdiera de una vez por todas. Y si el resultado final era ese, como empezaba a temer, entonces seguiría viviendo pero en adelante, lo haría como un hombre que hubiera perdido una mano o una pierna.

En el fondo de su corazón, estaba casi seguro de que la chica estaba enamorada del otro joven. También tenía la práctica certeza de que nunca había confesado ese amor, ni a sí misma ni a él. Tanto Paul como Henrietta le habían asegurado ese extremo, y Roger era un hombre a quien las palabras satisfacían fácilmente, y que tenía tendencia a creer al prójimo. Pero también sabía que Paul Montague sentía afecto por ella, y que el joven no pensaba renunciar a sus posibilidades de conquistar a Henrietta. Por eso, mirando hacia el futuro y adelantándose a los acontecimientos, creía adivinar que Henrietta terminaría convertida en la esposa de Paul. ¿Qué haría él, de ser así? Su felicidad personal quedaría completamente aniquilada, y solamente le quedaría ser testigo de la felicidad, prosperidad y alegría de la joven pareja. Roger se transformaría en una suerte de hada madrina, aunque la agonía de su decepción jamás le abandonaría. Sí, podía proceder así, darles su bendición; o también tenía la posibilidad de confesarle a Paul el profundo resentimiento que su ingratitud le causaría. ¿Acaso no había sido como un padre para él, o como un hermano? Le había abierto las puertas de su casa y le había prestado su dinero. ¿Qué derecho tenía Paul a irrumpir justo cuando Roger se disponía a alcanzar la perfecta felicidad y robarle todo lo que amaba en este mundo? Era consciente de que no todo encajaba en ese argumento, que cuando Paul se había enamorado de la chica no sabía nada del afecto de su amigo por ella; y que Henrietta, aún si Paul no hubiera aparecido, quizá jamás le habría concedido su mano de todos modos. Lo sabía, porque era un hombre de inteligencia despejada. Pero la injusticia y su tristeza eran tan grandes que perdonar y recompensar ese comportamiento se le antojaba una actitud débil y estúpida; casi propia de una mujer. Roger Carbury no creía en el perdón de las ofensas que los demás infligían. Si uno perdona todas las malas acciones, ¡termina por fomentar que los demás sigan perpetrándolas! Al entregarle una capa al que acaba de robártela, la pregunta es: ¿cuánto tiempo tardará en privarte también de la camisa y los pantalones? Roger Carbury regresó esa tarde a Suffolk, y tras reflexionar durante todo el trayecto, decidió que jamás perdonaría a Paul Montague si este se convertía en el marido de su prima Henrietta.

Capítulo 9
El gran ferrocarril a Veracruz

—Has estado invitado en su casa. Así que no veo cuál es el problema. —Su interlocutor habló con un deje agudo y nasal: era un caballero americano bien vestido que esperaba en una de las más elegantes salitas de un gran hotel con parada de ferrocarril en Liverpool. Se dirigía a un joven inglés que estaba sentado frente a él. Entre ambos, la mesa estaba cubierta de mapas, calendarios y programas impresos. El americano fumaba un enorme cigarro, que giraba constantemente en su boca y que mordía por la mitad. El inglés tenía una pipa corta. El señor Hamilton K. Fisker, de la firma Fisker, Montague y Montague, era el americano y el inglés era nuestro amigo Paul, el socio más reciente de la compañía.

—Pero si ni siquiera crucé una palabra con él —dijo Paul.

—En los negocios, eso no importa. Es suficiente para que me lo presentes. No vamos a pedirle ningún favor, ni queremos su dinero.

—Pensaba que sí lo queríais.

—Si invierte, será uno más, por lo que no será ningún préstamo. Se convertirá en un socio, si es tan listo como dicen, porque verá que es una manera fácil de ganar un par de millones. Si además se presenta en San Francisco, se haría con el doble de esa cifra. Los hombres de negocios no lo dudarán dos veces e invertirán allá donde él vaya, porque saben que entiende de qué va el juego y que su instinto no falla. Un hombre que ha llegado donde está con el sistema financiero que hay en Europa, ¡por todos los santos! No hay ningún límite a lo que podría ganar si se uniera a nuestro fondo. Somos más grandes que todos los británicos, y aún hay sitio para más. Invertimos en empresas más grandes, y no perdemos el tiempo como vosotros. Y Melmotte es el mejor de entre todos. Si se decide y apuesta por esto, no encontrará inversión más segura ni más rentable. Lo verá de inmediato, si puedo hablar con él media hora.

—Señor Fisker —dijo Paul misteriosamente—, puesto que somos socios, creo que debo informarle que la gente habla muy mal de la reputación del señor Melmotte.

El señor Fisker sonrió amablemente, giró el cigarro dos veces entre sus labios y luego cerró un ojo.

—Siempre se echa de menos la caridad del mundo, cuando un hombre tiene éxito.

La propuesta de negocio era la construcción de un ferrocarril desde el Pacífico sur y central, hasta México, que debía empezar en Salt Lake City, partiendo de la vía de San Francisco y Chicago, y cruzando las fértiles tierras de Nuevo México y Arizona, adentrándose en el territorio de la república mexicana, atravesar la ciudad de México y salir hacia el golfo, en el puerto de Veracruz. El señor Fisker admitía sin ambages que se trataba de una empresa titánica, y que la distancia abarcaba unas dos mil millas; reconocía que no era posible contabilizar completamente el coste de construcción de dicha vía de tren; pero parecía convencido de que estas preguntas no eran importantes, más aún, que eran infantiles. Si Melmotte se decidía a invertir, seguro que no preguntaría nada por el estilo.

Pero recapitulemos. Paul Montague había recibido un telegrama que su socio, Hamilton K. Fisker, le había enviado desde el puerto de Queenstown, en uno de los grandes cruceros de Nueva York, donde solicitaba que se reuniera con Fisker en Liverpool a la mayor brevedad. Dada la petición urgente, Montague se sintió obligado a obedecer. Personalmente, Fisker no le agradaba, y quizá era, en parte, porque durante su estancia en California jamás había podido resistir la combinación del buen humor, la audacia y la astucia del hombre. Le habían convencido para que participara en cualquiera de las propuestas que el señor Fisker tenía entre manos. Era un comportamiento absolutamente ajeno a su carácter habitual, y sin embargo, con su consentimiento habían abierto el molino de harina en Fiskerville. Temía por su dinero y no quería volver a ver a Fisker jamás; pero aun así, cuando Fisker viajó a Inglaterra, se sintió extrañamente orgulloso de ser su socio, y obedeció su llamada cuando este le convocó en Liverpool.

Si la fábrica de harina le preocupaba, ¡qué no debía inquietarle del actual proyecto! Fisker explicó que había venido con sendos objetivos: primero, pedirle permiso a su socio inglés para el cambio en el negocio, y en segundo lugar, obtener el apoyo de inversores ingleses. El cambio en cuestión implicaba la venta del establecimiento de Fiskerville, para utilizar todo el capital fruto de esa operación en el desarrollo de la vía de ferrocarril. «Aún si pudiera invertir todo el dinero, no lograría ni construir una milla de ferrocarril», objetó Paul, ante lo cual el señor Fisker se echó a reír. La meta de Fisker, Montague y Montague no era construir el ferrocarril hasta Veracruz, sino fundar y sanear una compañía. Paul pensó que el señor Fisker demostraba una absoluta indiferencia acerca de si el ferrocarril terminaría construido o no; claramente, era de la opinión que ganarían una fortuna, antes de que se moviera una paletada de tierra de la obra. Y a juzgar por los folletos hermosamente impresos, con mapas delicadamente dibujados, y lindas ilustraciones de trenes que se introducían en túneles bajo montañas cubiertas de nieve, y emergían al borde de lagos iluminados por el sol, el señor Fisker había realizado una encomiable labor. Pero cuando Paul examinó el material no podía dejar de preguntarse de dónde había salido el dinero para pagar todo eso. El señor Fisker había declarado que el propósito de su visita era obtener el consentimiento de su socio, pero al susodicho le parecía que se habían hecho muchas cosas sin su permiso. Y los temores de Paul en ese aspecto no se aliviaron en absoluto al descubrir que en los textos de los panfletos informativos, su nombre aparecía como uno de los representantes y directores generales de la compañía. Cada uno de los documentos ostentaba la firma de Fisker, Montague y Montague. Todas las preguntas y explicaciones acerca del proyecto las daban Fisker, Montague y Montague; y uno de los contratos declaraba que un miembro de la empresa se había instalado en Londres para ocuparse de los intereses de los inversores británicos. Daba la sensación de que Fisker estaba convencido de que su joven socio expresaría una satisfacción sin límites ante la grandeza de la responsabilidad que ahora recaía sobre él. Y si bien era cierto que una sensación de importancia, no del todo desagradable, asaltó a Paul, la verdad es que en la mente de Montague se formó la convicción, no del todo agradable, de que el dinero desaparecía o se gastaba sin que él pudiera decir nada, y que más le valía ser prudente, o de otro modo sus socios obtendrían su aquiescencia por omisión.

—¿Qué ha pasado con el molino? —preguntó.

—Hemos puesto un encargado al frente.

—¿No es un poco arriesgado? ¿Cómo controlan su trabajo?

—Nos paga una suma fija, señor. Pero, ¡por Dios! Cuando tenemos entre manos un negocio de esta magnitud, ¿qué es un simple molino? No vale la pena que perdamos el tiempo en eso.

—Entonces, ¿no lo han vendido?

—Bueno, no. Pero ya hemos acordado un precio de venta.

—Pero, ¿aún no se ha cobrado?

—Bueno, sí. Sí, ya hemos obtenido una cantidad, es cierto. Pero usted no estaba allí, de modo que los dos socios residentes actuaron en nombre de la compañía. Pero señor Montague, sin duda lo habría aprobado, de haber estado ahí. Sí, sin duda.

—¿Y qué hay de mi parte?

—Verá, eso es otro asunto. En cuanto hayamos avanzado un poco más en el tema del ferrocarril, no le importará gastar veinte o cuarenta mil dólares al año. Ya hemos obtenido la concesión del gobierno de Estados Unidos para pasar por esos territorios, y estamos manteniendo negociaciones con el presidente de la República de México. No me cabe duda de que ya tenemos oficinas en México, y también en Veracruz.

—¿De quién obtendremos el dinero?

—¿El dinero, señor? Bueno, ¿de dónde imagina usted que sale el dinero para esta iniciativa? Si logramos que las acciones incrementen su valor, el dinero entrará a manos llenas. Nosotros somos dueños de tres millones de dólares en acciones de la compañía.

—¡Seiscientas mil libras! —exclamó Montague.

—Por el valor equivalente, claro está. Y a medida que vayamos vendiendo, las pagaremos. Pero solamente venderemos con un buen margen. Si logramos que suban hasta ciento diez, estaríamos hablando de trescientos mil dólares, aunque seguramente será más que eso. Tengo que entrevistarme con Melmotte lo antes posible. Más vale que le escriba la carta de presentación.

—No conozco a ese hombre.

—No importa. Mire, la escribiré yo y solamente tendrá que firmarla.

Sin esperar a que Paul dijera nada, el señor Fiske redactó la siguiente misiva:

Hotel Langham, Londres

4 de marzo de 18—

Estimado caballero:

Tengo el placer de informarle de que mi socio, el señor Fisker, de la compañía Fisker, Montague y Montague de San Francisco, se encuentra actualmente en Londres, con el objetivo de invitar a los inversores británicos a participar en lo que quizá sea la empresa más ambiciosa de nuestro tiempo, esto es, el Ferrocarril del Pacífico Sur Central y México, que constituirá una vía de transporte directa entre San Francisco y el golfo de México.

El señor Fisker desea entrevistarse con usted tan pronto como se haya instalado, y es plenamente consciente de que su contribución a nuestra empresa sería muy deseable. Estamos seguros de que, gracias a su experta trayectoria empresarial, se dará cuenta enseguida de las magníficas perspectivas de nuestra iniciativa. Si es usted tan amable de fijar un día y hora, el señor Fisker se desplazará hasta su residencia.

Aprovecho para agradecerle a usted y a la señora Melmotte la agradable velada que pasé en su casa la semana pasada.

El señor Fisker propone que a su regreso a Nueva York, yo permanezca en Inglaterra para supervisar los intereses de los inversores británicos que participen en nuestra compañía.

Tengo el honor de ser su seguro servidor,

Paul Montague

—Pero si yo jamás he accedido a supervisar nada… —protestó Montague.

—No pasa nada si lo dice en esa carta, porque en el fondo no significa nada. Ustedes los ingleses están tan cargados de escrúpulos y manías que pierden toda una vida en ello, y también la ocasión de ganar una fortuna.

Después de varios minutos más de conversación y convencimiento, Paul Montague aceptó copiar la carta con su letra manuscrita, y firmarla. Lo hizo sumido en la duda, casi con renuencia. Pero se dijo que no ganaba nada, negándose a ello. Si el maldito americano, con su sombrero ladeado y los dedos cargados de anillos, había logrado convencer al tío de Paul para manejar a su voluntad los fondos de la empresa, Paul no podría detenerle. Así, a la mañana siguiente se dirigieron juntos a Londres, y durante la tarde el señor Fisker se presentó en Abchurch. La carta, escrita en Liverpool pero fechada desde el hotel Langham, se había enviado desde la estación de ferrocarril de la plaza Euston, en el momento en que Fisker había llegado. De modo que la visita empezó con la tarjeta de presentación de Fisker, y la solicitud de que esperara. Veinte minutos después, apareció en presencia del gran hombre, acompañado precisamente de Miles Grendall.

Ya se ha dicho que el señor Melmotte era un hombre corpulento, de grandes patillas, pelo hirsuto y con expresión astuta en un rostro por lo demás vulgar. Sin duda era un hombre de aspecto repelente, a menos que uno se sintiera atraído hacia él por aspectos internos de su carácter. Gastaba con magnificencia, desplegaba un poder inexorable en sus actos, tenía éxito en los negocios, y por esa razón, el mundo que le rodeaba no le rechazaba. Por contra, Fisker era un hombre pequeño y reluciente, de unos cuarenta años de edad, con un bigote retorcido, pelo marrón y grasiento que empezaba a calvear, bien parecido pero, en conjunto, de aspecto insignificante. Iba muy bien vestido, con un chaleco de seda, reloj de cadena y un bastón. Un observador distraído afirmaría a primera vista que Fisker no era gran cosa; pero después de conversar con él, muchos concederían que poseía algo que le distinguía de los demás. No sentía timidez, ni escrúpulos ni miedo alguno. Su mente quizá no era muy aguda, pero sabía utilizarla, y conocía bien sus límites y sus fuerzas.

Abchurch Lane no era un espacio impresionante, para ser las oficinas de un príncipe del comercio. En una pequeña casa esquinera había una escueta placa de cobre en una puerta batiente, en donde constaba el nombre Melmotte & Co, y nadie sabía quién era el Co. En cierto sentido, el señor Melmotte estaba asociado con todo el sector comercial, pues nunca se negaba a prestar su cooperación a ninguna empresa, siempre que fuera en sus términos. No obstante, jamás había aceptado la carga de un socio en la acepción habitual de la palabra. En la oficina, Fisker contó tres o cuatro administrativos instalados en sus mesas, y le acompañaron al piso de arriba por unas escaleras estrechas y retorcidas, hasta una estancia pequeña e irregular, donde había un ejemplar de The Daily Telegraph, para que los invitados se entretuvieran. Y allí esperó durante un rato, hasta que Miles Grendall le avisó de que el señor Melmotte le recibiría. El millonario le miró durante unos instantes, condescendiendo a tocar con sus dedos la mano que Fisker le ofrecía.

—No creo recordar —dijo— al caballero que me ha escrito acerca de usted.

—Imagino que no, señor Melmotte. Cuando estoy en mi casa en San Francisco, recibo a muchísima gente de la que luego apenas recuerdo nada. Si no me equivoco, mi socio mencionó que acudió a su casa en compañía de su amigo sir Felix Carbury.

—Conozco a un joven llamado Felix Carbury.

—Ese es. No me habría costado mucho esfuerzo obtener la presentación de un buen número de caballeros, si hubiera creído que no era suficiente con esta —aquí el señor Melmotte inclinó la cabeza—. Nuestra cuenta en Londres se encuentra en la Sociedad de Valores City y West End. Pero acabo de llegar a Londres, y mi principal objetivo durante mi visita era verle a usted, por lo que me reuní con mi socio, el señor Montague, en Liverpool y no perdí un momento en presentarme aquí.

—¿Qué puedo hacer por usted, señor Fisker?

En este punto, el señor Fisker empezó a narrar la gran aventura empresarial que constituía el Ferrocarril del Pacífico Sur Central y México, y exhibió una considerable habilidad, al resumir su grandeza en unas pocas palabras, aun así exuberantes y hermosas. En dos minutos había sacado su folleto, sus mapas y las fotos, procurando que el señor Melmotte se fijara en los omnipresentes Fisker, Montague y Montague que aparecían al pie de toda la documentación. A medida que Melmotte leía los papeles, Fisker de vez en cuando intercalaba alguna puntualización, sin referirse en absoluto a los futuros beneficios del ferrocarril, o a las ventajas que dicha red de transporte aportaría al mundo en general; simplemente se ocupaba de resaltar el valor de las acciones de la empresa, que sin duda podría aumentarse en bolsa gracias a una manipulación apropiada de las circunstancias y de los inversores.

—Parece dar a entender que en su país de origen, nadie tiene intención de invertir en su empresa —apuntó Melmotte.

—No hay duda alguna de que se venderán las acciones a espuertas allí. Son rápidos y saben cómo jugar a este juego; pero no hace falta que le diga, señor Melmotte, que nada le inyecta tanta vida a un negocio como la competencia. Cuando en San Luis o Chicago se enteren de que Londres apuesta por la empresa, se desatará el interés a buen seguro. Y lo mismo pasará aquí: si oyen que las acciones se venden en América, también despegarán aquí.

—¿Y cómo le va?

—Estamos trabajando en la concesión de la línea por parte del Congreso de Estados Unidos. Obtendremos la tierra a coste cero, claro está, y mil acres alrededor de cada estación; cada una estará separada por unas veinticinco millas.

—¿Y cuándo les entregarán la tierra?

—Cuando esté diseñada la línea hasta la estación.

Fisker sabía perfectamente que Melmotte no se lo preguntaba por el valor concreto del terreno, sino por el atractivo que el calendario de expansión tendría para los posibles especuladores.

—¿Qué quiere usted de mí, señor Fisker?

—Quiero que su nombre esté aquí —dijo Fisker, señalando el espacio donde constaba el título de presidente de la junta directiva inglesa, pero sin nombre.

—¿Quiénes formarán parte de esa junta directiva?

—Le pediríamos a usted que los seleccione, señor Melmotte. El señor Paul Montague debería ser miembro, y quizá su amigo sir Felix Carbury, si le parece bien a usted. Quizá podríamos incluir también a uno de los directores del City y West End. Pero en definitiva, la decisión está en sus manos, así como la cantidad de acciones a las que podría optar. Si apuesta por nosotros, señor Melmotte, formará parte de una de las mayores empresas que hayan surgido en los últimos años. ¡No habría límite al valor de las acciones que podríamos alcanzar!

—Imagino que tendría que respaldar el proyecto con algún capital inicial.

—En el Oeste sabemos que no hay que asfixiar la energía de un proyecto aplicando métodos anticuados. Mire lo que ya hemos logrado, trabajando sin ataduras. Mire la línea de ferrocarril que ya cruza el continente, de San Francisco a Nueva York. Mire…

—Eso no tiene la menor importancia, señor Fisker. La gente quería viajar de Nueva York a San Francisco, y no estoy tan seguro de que quieran llegar a Veracruz. Pero estudiaré su propuesta y tendrá noticias mías.

La entrevista había terminado y el señor Fisker estaba satisfecho. Si el señor Melmotte no tuviera la menor intención de participar en la empresa, ni siquiera le habría dedicado diez minutos. A fin de cuentas, apenas le pedían nada: que respaldara el ferrocarril con su nombre, y como pago el señor Fisker le había prometido unas doscientas o trescientas mil libras, del capital inicial que obtuvieran de los inversores británicos.

Así, quince días después de la llegada del señor Fisker, la compañía estaba plenamente lanzada en Inglaterra, con una junta directiva inglesa, de la cual el señor Melmotte era el presidente. Entre los directores se encontraban lord Alfred Grendall, sir Felix Carbury, Samuel Cohenlupe, esq., miembro del Parlamento por la circunscripción de Staines, así como un caballero judío, lord Nidderdale, que también poseía un escaño en el Parlamento; y el señor Paul Montague. Podía tacharse a la junta directiva de débil, y pensar que no sería capaz de prestar mucho apoyo a ninguna empresa, sobre todo pensando en miembros como lord Alfred o sir Felix, pero la mera presencia del señor Melmotte constituía un pilar tan sólido que la fortuna de la compañía se consideraba un hecho consumado.

Capítulo 10
El éxito del señor Fisker

El señor Fisker se sentía muy satisfecho del avance que había logrado, pero no terminó de convencer a Paul Montague de la bondad de sus planes. El señor Melmotte se había convertido en parte de su aventura empresarial, y su presencia era una realidad tal, un hecho tan incontestable en el Londres dedicado a los negocios y el comercio, que Montague ya no podía negarse a reconocer que los sueños de Fisker tenían muchas posibilidades de convertirse en realidad. Melmotte dominaba la compañía de telégrafos, y había investigado en San Francisco y Salt Lake City con tanta facilidad como si preguntara por los barrios de Londres. Era presidente de la rama inglesa de la compañía, y tenía (o como decía él, gestionaba) acciones valoradas en dos millones de dólares. Aun así, subsistía entre muchos la sensación de que Melmotte, pese a ser un torreón de grandeza, estaba erigido sobre arenas movedizas.

Paul ya se había incorporado totalmente al proyecto, sin prestar atención a los consejos en contra de su viejo amigo Roger Carbury, y se había trasladado a Londres, para poder ocuparse personalmente de todos los detalles relacionados con el gran ferrocarril. Habían abierto una oficina justo detrás de la Bolsa, con dos o tres administrativos y un secretario, posición que ocupaba el señor Miles Grendall. Paul, que tenía conciencia y era muy sensible al hecho de que no solamente era miembro de la junta, sino que también era uno de los apellidos responsables de todo el asunto, estaba rotundamente ansioso por empezar a trabajar de veras, y se presentaba en los momentos más inoportunos en las oficinas de la compañía. Fisker, que aún no había regresado a América, hacía lo que podía para poner freno a su inquietud, y en más de una ocasión se burlaba así de su socio:

—Mi querido amigo, ¿de qué sirve que se ataree tanto? En este tipo de negocios, una vez se ponen en marcha, no hay mucho que hacer. Y por otra parte, ya puede uno quemarse las pestañas antes de arrancar, a veces se fracasa sin un movimiento. Pero no se preocupe, está todo arreglado. Basta con que pase usted por ahí los jueves. Piense que un hombre como Melmotte no soportará ninguna interferencia real.

Paul trataba de reafirmar su posición:

—Soy uno de los gerentes de la compañía, y como tal pienso tomar parte en la dirección de la empresa. Al fin y al cabo, mi fortuna está invertida en ello, y para mí es tan importante como la fortuna del señor Melmotte lo sea para él.

—¿Fortuna? ¿Qué fortuna, dígame, tenemos entre los dos? —replicó Fisker—. Unos míseros miles de dólares de los que más vale ni hablar, y que no son suficientes para emprender ningún proyecto. ¿Y ahora, dónde está usted? Mire, le diré: ganaremos más cuando todo esto estalle, si es que así sucede, que después de años y años de duro trabajo respetando las reglas.

Desde luego, a Paul Montague el señor Fisker no le gustaba un ápice, ni tampoco compartía su filosofía de negocios, pero se dejó arrastrar por ambos. «¿Cuándo y cómo podía haberlo evitado?», le escribió a Roger Carbury. «El dinero se había invertido incluso antes de que pusiera pie en Inglaterra. Es muy fácil decir que no tenía ningún derecho a hacerlo; pero es que ya era un hecho consumado. Ni siquiera podía demandarlo, sin verme obligado a regresar a California, y allí no tenía ni la menor oportunidad». Es decir, que Fisker siguió sin gustarle nada a lo largo de todo el asunto, y aun así había que admitir que Fisker poseía un gran mérito, que contribuía a que Montague le apreciara un poco. Aunque no admitía la más mínima interferencia de Paul en el negocio, sí que aceptaba su derecho a compartir el momento de afortunada prosperidad. Pero en cuanto a los verdaderos datos financieros de la empresa, no estaba dispuesto a revelarle nada a Paul. No obstante, a Fisker no le faltaba el dinero, y se preocupaba de que a su socio le ocurriera lo mismo. Le pagó todos los intereses pendientes de sus ingresos estipulados hasta la fecha, y le entregó nominalmente un buen número de acciones del ferrocarril, con la indicación de que no debía venderlas hasta que hubieran aumentado hasta el diez por ciento de su valor, y que en cualquier transacción de compraventa no debía aspirar sino a ganar la plusvalía derivada de dicha venta. Paul nunca supo qué le permitían hacer a Melmotte con su parte de las acciones; y hasta donde sabía, el poder de Melmotte era ilimitado en todo y sobre todos. El humor del joven se perturbó, sintiéndose desgraciado, inquieto y extravagante a resultas de dicha situación. Vivía en Londres y disponía de dinero, pero no podía quitarse de encima la sensación de que todo estaba a punto de desmoronarse, como un castillo de naipes, y que terminaría arruinado y caído en desgracia, uno más del puñado de estafadores que participaba en el asunto.

Todos sabemos bien como, en dichas circunstancias, la vida de un hombre se entregará al disfrute de los placeres que le sobrevienen, y en mucha menor medida soportará las desgracias, sacrificios y tristezas. Si el joven miembro de la junta directiva le hubiera descrito a su amigo el estado en el que se encontraba, habría dicho que estaba sumido en las dudas, las sospechas y el miedo, hasta el punto que su vida era una pesada carga. No obstante, los que le acompañaban en aquellos momentos le calificarían de un hombre agradable, que disfrutaba de los placeres de la vida, y que estaba dispuesto a sacar el mejor partido de lo que esta pusiera en su camino. Bajo los auspicios de sir Felix Carbury se había convertido en miembro del Beargarden, que de entre todos los posibles clubs, era el que poseía un método de entrada más irregular, a la par con sus otras costumbres. Cuando un joven deseaba solicitar la entrada en el club, y no se creía que su estilo de vida encajara con las reglas del establecimiento, se le decía que deberían pasar tres años antes de que pudieran estudiar su solicitud; pero cuando el club deseaba aceptar un nuevo miembro, su nombre saltaba al principio de la lista de espera con velocidad inaudita, facilitando el proceso milagrosamente. A Paul Montague, de repente, se le otorgaba una enorme riqueza y aún mayor influencia comercial. Se sentaba en la misma junta directiva que Melmotte y sus secuaces; y por eso le aceptaron en el Beargarden, sin tener que someterse a los pesados retrasos que los candidatos menos afortunados tenían que arrostrar.

Y admitámoslo, si bien lamentándolo, pues Paul Montague era un hombre honrado y decente: se acostumbró a pasar largos ratos en el Beargarden. Al fin y al cabo un caballero debe cenar en alguna parte, y es bien sabido que cenar en el club es mucho menos costoso que salir a un restaurante. Así razonaba Paul consigo mismo: pero sus cenas en el Beargarden no salían precisamente baratas. Se reunía con sus compañeros de junta: con sir Felix Carbury y lord Nidderdale, recibía a lord Alfred más de una vez, y por dos veces había cenado con su presidente, rodeado de la magnificencia de la hospitalidad del príncipe de mercaderes en Grosvenor. El señor Fisker también le había sugerido que no dejara de apuntar al gran pastel encarnado en la forma de la señorita Marie Melmotte. Lord Nidderdale había reiterado su disposición a entrar en la carrera, debido a la considerable presión que ciertos comerciantes a los que adeudaba dinero habían infligido en su economía, y por eso había aceptado entrar en la junta directiva de la Compañía de Ferrocarril. En el momento de escribir estas líneas, sin embargo, sir Felix seguía siendo el caballo favorito según las apuestas de los círculos de la alta sociedad.

Fisker permanecía en Londres, y ya estaban a mediados de abril. Cuando hay millones de dólares en juego, que quizá incluso pertenecen a viudas y huérfanos, como el propio Fisker hacía notar, un hombre debe dejar a un lado su conveniencia. Pero el sacrificio no iba sin recompensa, pues el señor Fisker se lo pasaba divinamente en Londres. También a él le aceptaron en el Beargarden, como miembro honorífico, y se dedicó a gastar dinero a manos llenas. El consuelo de los negocios de altos vuelos es que no importa lo que uno gaste en sí mismo, la cantidad siempre es una miseria. El champán y la cerveza de jengibre son lo mismo, si uno puede perder o ganar miles de libras; la única diferencia radica en que el champán tiene resultados más perniciosos en la salud que la inocente bebida. La sensación de que la grandeza de estas operaciones los liberaba de la necesidad de vigilar los pequeños gastos, la sintieron tanto Fisker como Montague en lo que se refiere al champán, y el resultado fue dañino. El Beargarden era, sin duda, un lugar más animado que la Finca Carbury, pero Montague descubrió que no era capaz de despertar en estas mañanas de Londres con pensamientos tan satisfactorios como los que asistían a su almohada en la antigua casa solariega.

El sábado 19 de abril, Fisker debía abandonar Londres para regresar a Nueva York, y el día antes se organizó una cena en su honor en el club. Le pidieron al señor Melmotte que asistiera, y para la ocasión el club hizo un despliegue de todos sus recursos. Lord Alfred Grendall también estaba invitado, y el señor Cohenlupe, que solía acompañar a Melmotte. Nidderdale, Carbury, Montague y Miles Grendall eran miembros del club, y los anfitriones de la cena, para la que no se escatimó en ningún dispendio. Herr Vossner se ocupó de las viandas y los vinos, y también los pagó. Lord Nidderdale presidió, con Fisker a su derecha y Melmotte a la izquierda; para un joven lord de vida acelerada, no lo hizo mal. Solamente se hicieron dos brindis, a la salud del señor Melmotte y del señor Fisker, y por supuesto, se pronunciaron sendos discursos. Tal vez fue la ocasión del señor Melmotte de demostrar de una vez por todas la autenticidad de sus orígenes ingleses, tan grande fue su incapacidad para el discurso y la torpeza de la que hizo gala. Se puso en pie con las manos encima de la mesa y con la mirada fija en el plato, barbotó que confiaba en el futuro de la compañía de ferrocarril, que un día sería una de las operaciones comerciales de más éxito a ambos lados del Atlántico. Era una gran empresa, sin duda; muy grande. No dudaba en lo más mínimo: era una de las mayores empresas que operaba en la actualidad. No creía que existiera nada mayor, en suma. Y se complacía en dar toda su humilde ayuda a la consecución de algo tan grande, y así siguió durante un buen rato. Profirió estas afirmaciones, que no variaban mucho entre sí, salpimentadas con tantas interjecciones distintas, esforzándose por mirar a los asistentes uno por uno a la cara, como si en los rostros buscara inspiración para su siguiente intento. No era elocuente, desde luego; pero su audiencia recordaba que se trataba del gran Augustus Melmotte, que probablemente les haría a todos muy ricos, y por lo tanto le jalearon al eco de dichos pensamientos. Lord Alfred ya se había reconciliado con el hecho de que le llamara por su nombre de pila, pues tenía la oportunidad de obtener entre doscientas y trescientas libras sobre el valor de las acciones que le habían asignado, aunque aún no había tenido ni un centavo entre manos. ¡Qué maravillosos son los prodigios del mercado! Basta con introducir la punta del dedo meñique en el pastel, y se pegarán nobles y suculentos pedazos, al sacarlo.

Cuando por fin se sentó Melmotte y llegó el turno de Fisker, habló con elocuencia, rapidez y una prosa florida. Sin repetirla palabra por palabra, lo cual sería tedioso, el narrador no es capaz de dibujar frente al lector la placentera imagen que el señor Fisker pintó del amor y la armonía comercial que se extendería por todo el mundo, gracias al honrado ferrocarril que uniría Salt Lake City con Veracruz, ni tampoco explicar la enorme gratitud que el mundo entero sentiría, y entregaría, a las grandes compañías de Melmotte & Co, de Londres, y Fisker, Montague y Montague, de San Francisco. El señor Fisker agitó grácilmente los brazos. Giraba la cabeza de vez en cuando, de un lado a otro, pero jamás miró su plato. En suma, lo hizo muy bien. Sin embargo, los asistentes tenían más fe en una de las agotadoras frases procedentes de labios del señor Melmotte que en toda la oratoria del americano.

A todos los presentes se les había dado a entender de un modo u otro que iban a ganar una fortuna, no gracias a la construcción del ferrocarril, sino con el aumento de valor de las acciones de la compañía. Todos se susurraban mutuamente su convicción al respecto y ni Montague se engañaba creyendo que era el director de una empresa dedicada a la construcción de un ferrocarril de verdad. A la gente que no participaba en el apaño se les decía que tenían que comprar acciones, y a los que sí estaban metidos en el asunto les quedaba el privilegio de fabricar esas acciones. Esa era su función y todos lo sabían. Pero ahora, como se habían reunido para una celebración, hablaron de la humanidad en su conjunto y de la futura armonía de las naciones.

Después del primer cigarro Melmotte se retiró y lord Alfred con él. Al joven le hubiera gustado quedarse, pues era un hombre que disfrutaba con el tabaco y el brandy con soda, pero llegaban tiempos importantes para él, y pensó que más le valía pegarse a Melmotte. El señor Samuel Cohenlupe también se fue con ellos, pues su papel en la velada no había sido muy lucido. Luego solamente quedaron los jóvenes, y pronto acordaron desplazar la noche a la sala de juegos. Todos esperaban que Fisker se retirara con los de más edad, pero no fue así. Nidderdale, que no sabía demasiado de hombres y razas, tenía dudas sobre si el caballero americano no sería un «chino descreído», como había leído en alguna poesía. Pero al señor Fisker le gustaba pasar un buen rato como al que más y se adentró decididamente en la sala de juegos. Lord Grasslough se unió a ellos, y pronto se pusieron manos a la obra, después de decidir que jugarían al lanterloo. El señor Fisker hizo una alusión al póker como un entretenimiento más deseable, pero lord Nidderdale, recordando su poesía, sacudió la cabeza. «¡Oh, no! Juguemos a algo respetable y cristiano». El señor Fisker procedió a declarar que todos los juegos de cartas le parecían aceptables, sin ningún tipo de prejuicio religioso.

Es necesario precisar que las partidas de cartas del Beargarden habían continuado sin mayores interrupciones y que, en conjunto, sir Felix Carbury había tenido suerte. Por supuesto, se habían producido vicisitudes, pero su estrella estaba en ascenso. Durante algunas noches, se había mantenido con tanta firmeza que el señor Miles Grendall le había sugerido a su amigo lord Grasslough que había gato encerrado. Lord Grasslough, que no estaba muy dotado, al menos no era un hombre suspicaz, y rechazó la idea de plano.

—Le vigilaremos —dijo Miles Grendall.

—Tú harás lo que te plazca, pero yo no pienso vigilar a nadie —replicó Grasslough.

Así que Miles había vigilado y vigilado en vano; y puede decirse que sir Felix, a pesar de sus muchos defectos, no era un esquirol. Ahora ambos le debían a sir Felix una considerable suma de dinero, y también Dolly Longestaffe, que no estaba presente en esta ocasión. Últimamente, muy poco dinero había cambiado de manos, poco en relación a las sumas que estaban inscritas en pagarés, aunque sir Felix aún disponía de suficiente caudal como para sentirse justificado, rechazando ejercer la prudencia que su madre le aconsejaba.

Cuando los pagarés se intercambian con facilidad entre un grupo similar de amigos, como el que nos ocupa, la repentina presencia de un extraño es muy desagradable, especialmente cuando el susodicho se dispone a partir hacia San Francisco a la mañana siguiente. Si se pudiera garantizar que el extraño iba a perder, entonces sin duda le considerarían un regalo de los dioses. Este tipo de extraños tienen los bolsillos llenos de dinero, una porción del cual sería como una dulce lluvia en época de sequía, a ojos del grupo de jóvenes. Cuando uno lleva tanto tiempo jugándose pagarés, los billetes de verdad poseen un encanto hasta entonces desconocido. Pero si ganase el extraño, entonces las complicaciones derivadas de tal hecho conllevan una situación de lo más incómoda, sin solución posible. Llegados a ese punto, la única salida era llamar a Herr Vossner, cuyos términos de préstamo eran también una garantía de ruina. En esta ocasión, desafortunadamente, no hubo un final cómodo. Desde el principio, Fisker se llevó la mano ganadora, y un montón de papelitos cayó en sus manos, muchos de ellos procedentes de sir Felix, aunque también los había con «G», por Grasslough y «N» por Nidderdale, y también un maravilloso jeroglífico que en el Beargarden sabían perfectamente que correspondía a D.L., Dolly Longestaffe, que a pesar de ser el responsable de la firma, no había participado en la velada de esa noche.

Y también estaban los pagarés con la firma de M.G., por Miles Grendall, que era una especie de documento peculiarmente abundante y de escaso atractivo en esas ocasiones comerciales. Hasta entonces, nunca le habían entregado un pagaré a Paul Montague en el Beargarden, ni tampoco lo había hecho nuestro amigo sir Felix. En esta ocasión, Montague también resultó agraciado por la suerte, aunque no tanto como Fisker. Sir Felix no dejó de perder, y se erigió prácticamente en el único gran perdedor de la noche. El señor Fisker fue quien ganó casi todo lo que se había perdido en aquella mesa de juego esa noche. Como tenía que tomar el tren de las 8:30 hacia Liverpool, y a las 6 de la mañana estaba contando todos los pagarés, declarándose poseedor de unas ganancias de seiscientas libras.

—Creo que casi todos proceden de usted, sir Felix —dijo Fisker, entregándole un fajo de pagarés al caballero.

—Efectivamente, así es. Pero son todos buenos, contra el dinero de estos caballeros.

Entonces, de perfecto buen humor, el americano procedió a extraer uno del montón que indicaba que Dolly Longestaffe le debía cincuenta libras.

—Es de Longestaffe —dijo Felix— y por supuesto, lo cambiaré.

De su bolsillo sacó otros pequeños documentos con la firma de M.G., que tenía tan poco valor entre ellos, y así alcanzó la suma.

—Son ciento cincuenta libras de Grasslough, ciento cuarenta y cinco de Nidderdale y trescientas veintidós con diez peniques, de Grendall —declaró el barón. Entonces sir Felix se levantó, como si hubiera pagado su deuda. Fisker, sonriendo y de buen humor, recolocó los pedacitos de papel frente a sí y entonces miró a sus compañeros de juego.

—Eso no es válido, lo sabéis perfectamente —dijo Nidderdale—. El señor Fisker debe recibir su dinero antes de irse. Tú lo tienes, Carbury.

—Por supuesto que lo tiene —dijo Grasslough.

—Pues resulta que no lo llevo encima —declaró sir Felix—, y si lo llevara, ¿qué?

—El señor Fisker regresa a Nueva York de inmediato —dijo lord Nidderdale—. Supongo que seremos capaces de reunir seiscientas libras, entre todos. Llamad a Vossner. Creo que debería ser Carbury quien pague, puesto que ha sido él quien lo ha perdido, y no esperábamos que utilizara nuestros pagarés para saldar su deuda, como ha hecho.

—Lord Nidderdale —dijo sir Felix—, ya he dicho que no llevo el dinero encia. ¿Por qué debería, especialmente si cuento con pagarés por una suma más que suficiente para hacer frente a mis pérdidas?

—En cualquier caso, hay que pagarle su dinero al señor Fisker —dijo lord Nidderdale, agitando de nuevo la campanita.

—No tiene la menor importancia, milord —dijo el americano—. Pueden enviármelo a Frisco, por correo, si les resulta más cómodo.

Y se levantó para ir a buscar su sombrero, para gran alegría de Miles Grendall. Pero los dos jóvenes lords no estaban de acuerdo en absoluto.

—Si realmente debe irse ahora mismo, permítame que vaya a buscarle a la estación para entregarle sus ganancias —dijo Nidderdale.

Fisker declaró que no debía molestarse. Por supuesto, esperaría diez minutos si así lo deseaba, pero la cuestión no tenía la menor importancia. ¿Es que no disponían de correo diariamente? Entonces Herr Vossner se levantó, enfundado en una bata, y mantuvo una discreta conversación en un rincón con los dos lores y con el señor Grendall. En pocos minutos, Herr Vossner extendió un cheque por el dinero adeudado por los dos caballeros, pero lamentaba no disponer de suficiente crédito con su banco como para aumentar la cifra. Así pues, quedó claro que Herr Vossner no pensaba adelantar la cantidad adeudada por el señor Grendall a menos que hubiera otros dispuestos a responder por el caballero.

—Supongo que lo mejor será enviarle el dinero por correo a América —dijo Miles Grendall, que no se había pronunciado sobre el tema mientras estuvo en la misma situación que los dos lores.

—Por supuesto. Mi socio, el señor Montague, le indicará la dirección. —Y despidiéndose con afecto de Paul, estrechó las manos de todos los presentes, con aspecto de no dar la menor importancia a la cuestión del dinero, procedió a irse no sin antes pronunciar un viva por la Compañía de Ferrocarril del Pacífico Sur Central y México.

Fisker no caía bien a nadie, porque sus modales no eran como los de ellos; su chaleco también era distinto. Fumaba su cigarro de manera diferente, y escupía en las alfombras. Decía «milord» demasiado a menudo, e irritaba a todos ya les tratara con familiaridad o con deferencia. Pero se había comportado razonablemente acerca de las deudas de juego, y ellos estaban en falta. Sir Felix era el culpable inmediato, pues debería haber entendido que no podía pagar a un extraño con pagarés que, por un pacto tácito, sí valían para pagar las deudas contraídas entre sí. Sin embargo, ahora no tenía ningún sentido insistir en el tema, aunque algo debía hacerse.

—Vossner debe recuperar su dinero —dijo Nidderdale—. Vamos a llamarle de nuevo.

—No creo que sea culpa mía —dijo Miles—. A nadie se le ocurrió que tendríamos que llamarle para que respondiera por las deudas de esa manera.

—¿Por qué no? —dijo Carbury—. Tú reconociste que tenías esas deudas al firmar los pagarés.

—Pienso que Carbury debería haber satisfecho la cantidad adeudada —dijo Grasslough.

—Grass, querido mío —dijo el barón—, tus intentos de pensar nunca valen demasiado. ¿Porqué iba yo a suponer que jugaríamos con un desconocido? ¿Acaso llevas tú cantidades ingentes de dinero en efectivo encima, para pagar en caso de que hubieras perdido tú? No sé, pero yo no voy por la calle con seiscientas libras esterlinas en el bolsillo; ¡y tú tampoco, no digas lo contrario!

—No sirve de nada quejarse —dijo Nidderdale—. Vamos a conseguir el dinero.

Montague se ofreció a cubrir la deuda con sus propios fondos, argumentando que solía realizar numerosas transacciones financieras con sus socios. Pero los demás no lo consintieron. Acababa de unirse al grupo de amigos, nunca había firmado un pagaré, y era el último que debía responsabilizarse de la falta de pecunio de Miles Grendall. En cambio, el joven cuya falta de liquidez —a la cual se sumaba una escandalosa incapacidad de conseguir crédito— permanecía en silencio, acariciando su espeso bigote.

Tuvo lugar una segunda ronda de conversaciones entre Herr Vossner y los dos caballeros, esta vez en una estancia diferente, que concluyó con la preparación de un documento mediante el cual el señor Miles Grendall se comprometía a pagarle a Herr Vossner cuatrocientas cincuenta libras al cabo de tres meses, y los dos lores, sir Felix y Paul Montague respaldaban su crédito. A cambio, el alemán consintió en entregarles trescientas veintidós libras y diez peniques en billetes y monedas de oro. Eso llevó un cierto tiempo, tras lo cual se sirvió y consumió té; después, Nidderdale, con Montague, salieron hacia la estación de ferrocarril para encontrarse con Fisker.

—No nos costará demasiado: unas cien libras por cabeza, todo lo más —dijo Nidderdale, en el taxi.

—¿Crees que Grendall no pagará?

—Por Dios, claro que no. ¿Cómo podría?

—Entonces, no debería jugar.

—Eso sería muy duro para él, pobre. Supongo que recuperaríamos el dinero si fuéramos a hablar con su tío, el duque. O Buntingford podría arreglarlo también. Quizá algún día gane, quién sabe, y entonces pueda saldar sus deudas. Sería justo con todo el mundo si tuviera dinero, ¡pobre Miles!

No les costó encontrar a Fisker, envuelto en brillantes mantas y un abrigo ribeteado con seda.

—Le traemos el dinero —dijo Nidderdale, acercándose a él en el andén.

—Milord, de veras, lamento muchísimo que se haya tomado tanta molestia por una nadería.

—Un hombre siempre debería cobrar sus ganancias cuando juega.

—Eso son detalles en Frisco, milord.

—Qué buena gente son ustedes en Frisco, vive Dios. Aquí pagamos en cuanto podemos. A veces no es posible pagar rápido, y entonces se produce una situación desagradable.

Volvieron a despedirse, y por fin Fisker salió hacia su destino.

—No es mal tipo, pero no se parece en absoluto a un caballero inglés —decretó lord Nidderdale, saliendo de la estación.

Capítulo 11
Lady Carbury en su casa

Durante las últimas seis semanas, lady Carbury había vivido entre la depresión y el entusiasmo. Su gran obra, las Reinas criminales, se había publicado y la habían reseñado en numerosos lugares. Este asunto no siempre le había traído placer, pues dichos artículos contenían no pocas palabras duras acerca de ella. A pesar de la hermosa amistad que la unía con el señor Alf, uno de los subordinados de lengua más acerada se había encargado de la lectura de su libro, y lo había destrozado casi con ávida malignidad. Uno pensaría que una obrita tan ligera no merecía una reacción tan atenta y desatada. Pero con despiadada abundancia, el crítico había señalado error tras error. Sin duda, el autor del artículo era un sesudo especialista en todas las etapas de la Historia, pues cuando se detenía en los errores que lady Carbury había cometido, siempre se refería a los hechos históricos mal citados, mal fechados o mal narrados, como si estuviera familiarizado con ellos con tanta frescura como un alumno de doce años. El autor de la crítica sin duda poseía toda una biblioteca de referencia y dominaba el arte de localizar todas las citas que precisaba en un instante, y sin embargo daba la sensación de que su tarea se limitaba a comprobar uno por uno los errores, sin más conocimiento del asunto que el que tiene un ama de casa sobre el carbón, cuando hace inventario de los sacos que contiene el almacén. Hablaba del parentesco de una de las antiguas damas de mala vida, y de las fechas de las enfermedades de otra, con un aplomo pensado para demostrar que poseía el conocimiento exacto de dichos detalles, y que siempre lo había poseído. Debía ser un hombre de vasta y variada cultura, y se apellidaba Jones. El mundo no le conocía, pero su erudición estaba al servicio del señor Alf y de su crueldad. La grandeza del señor Alf consistía en que siempre tenía un lacayo apellidado Jones, o dos, para que le hicieran el trabajo sucio. Y no era poco trabajo, pues también contaba con un Jones para la filología, la ciencia, la política, la historia y un Jones especial, extraordinariamente preciso y al día de sus referencias, dedicado en cuerpo y alma a la crítica del drama isabelino.

Hay críticas que se escriben para vender un libro, y que se publican inmediatamente después de la puesta en venta del volumen, o incluso poco antes; existe la crítica que proporciona un nombre y una reputación, pero que no incide en las ventas, y que llega un poco más tarde; la crítica que denota, silenciosamente, al libro, y la que busca elevar o hundir al autor un peldaño, o dos, a veces; también la crítica que súbitamente encumbra a un autor, y la crítica que lo aplasta. Sabemos de personajillos, Jones exuberantes que declaran en voz alta que piensan hundir a un escritor, y también de Jones confiados que afirman haber cumplido con su objetivo. De todas las críticas y reseñas, la que busca hundir al escritor es la más popular, pues es la más fácil de leer. Cuando circula el rumor de que un notable es la diana de una crítica virulenta, es decir, que ha sido atropellado por una fuerza de la naturaleza, un autobús de reseñas negativas, hasta que su cuerpo literario ha quedado hecho una masa amorfa, entonces sí puede hablarse de éxito, y el Alf del día ha logrado algo importante; pero incluso la humillación de un objetivo tan humilde como la pobre lady Carbury, si es absoluta, es efectiva. Y dicha reseña quizá no fuera a incrementar las ventas del Evening Pulpit, pero sin duda a los lectores del periódico les infundirá satisfacción, y el sentimiento de que era dinero bien empleado. Cuando la circulación de un diario empieza a flojear, los propietarios siempre deberían, por principio, instar a su Alf de turno a que añadiera potencia a su departamento de atropellos.

Así pues, lady Carbury había sido aplastada por el Evening Pulpit. Quizá crean que se trató de una tarea fácil, y que el histórico señor Jones, de la cuadra de los Jones del señor Alf, no se vio obligado a esforzarse, manejando numerosos libros de referencia para contrastar datos. Lo cierto es que los errores saltaban a la vista, y la estructura de la obra, que se plegaba a los gustos morbosos del público, desvelando supuestas revelaciones de crímenes a menudo fabulados, recibió la reprobación del señor Jones, en su mejor tono. Pero la pobre autora, aunque hundida, habiendo quedado en no más que un montón de pulpa literaria durante una hora o dos, no quedó destrozada. A la mañana siguiente visitó a sus editores, y se encerró durante media hora con el socio mayoritario, el señor Leadham.

—Lo tengo todo aquí, negro sobre blanco— dijo, agraviada por la injusticia que se había cometido contra ella— y puedo demostrar que se equivoca. El caballero en cuestión visitó París por primera vez en 1522, de modo que no pudo ser su amante antes de esa fecha. Obtuve todos los datos de la Biographie Universelle. Pienso escribirle una carta al señor Alf personalmente, para que se publique en la sección de «Cartas al director».

—Le ruego que no haga tal cosa, lady Carbury.

—Puedo demostrar que tengo razón.

—Y ellos que usted se equivoca.

—Dispongo de todos los hechos, de las fechas…

Al señor Leadham no le importaban un ardite los hechos o las fechas, y no tenía ninguna opinión respecto a quién estaba en posesión de la verdad, si la señora o el crítico; pero sabía muy bien que el Evening Pulpit ganaría la partida contra cualquier autor que se enfrentara a ellos.

—Nunca luche contra un periódico, lady Carbury. ¿Quién ha obtenido una victoria con un acto así? Su negocio consiste en pelear, y usted no está acostumbrada a ello.

—¡Y el señor Alf es amigo personal! Es tan injusto —dijo lady Carbury, limpiándose las cálidas lágrimas que caían por sus mejillas.

—No nos va a perjudicar en lo más mínimo, lady Carbury.

—¿No cree que bajen las ventas?

—No mucho. Un libro de ese tipo no tiene una larga vida, ¿sabe usted? El Breakfast Table le dedicó una excelente reseña, y salió justo a tiempo. De hecho, la crítica del Pulpit no está tan mal; hasta me gusta.

—¡Cómo puede decir que le gusta! —exclamó lady Carbury, que con cada fibra de su autoestima aún dolorida por la amargura de las ruedas del autobús crítico que la había atropellado.

—Cualquier cosa es mejor que la indiferencia, lady Carbury. Mucha gente retendrá simplemente que el libro fue reseñado, pero ni se acordará del tono de la crítica. Es buena publicidad.

—¡Pero si dice que tengo que ir a clase de Historia! Después de lo mucho que me esforcé…

—Es una figura retórica, lady Carbury.

—¿Cree usted que el libro ha funcionado bien?

—Bien, más o menos como esperábamos, ya sabe.

—¿Suficiente como para que cobre algo más, señor Leadham?

El señor Leadham hizo que le mandaran un grueso libro de contabilidad, y giró varias páginas revisando columnas de cifras; luego se rascó la cabeza.

—Sí, algo más, pero no debe usted pensar que será mucho.

Y procedió a explicar que un primer libro nunca rinde una cantidad muy lucrativa. Sin embargo, cuando lady Carbury abandonó la oficina del editor, llevaba consigo un cheque. Iba elegante y su aspecto era muy agradable, y le había sonreído con calidez al señor Leadham. El señor Leadham, que al fin y al cabo no era más que un hombre, le había extendido un cheque, por una cantidad modesta, pero algo era algo.

Estaba claro que el señor Alf no se había portado bien; pero tanto el señor Broune del Breakfast Table como el señor Booker del Literary Chronicle sí habían cumplido con ella. Lady Carbury se había atenido a su palabra y había «hecho» la Nueva historia de una bañera del señor Booker en el Breakfast Table. Es decir, le habían permitido, a cambio de mirar a los ojos al señor Broune, posar su suave mano en su manga, y dar a entender que nadie podía comprenderla tan bien como él, parlotear sobre el sesudo libro del señor Booker de manera muy irreflexiva, y que le pagaran por su trabajo. Lo que el Breakfast Table había publicado sobre la obra no le había gustado demasiado al pobre señor Booker. Ofendía a su inteligencia contemplativa interior que arrojaran sobre él tamaña basura; pero su experiencia vital le decía que hasta la basura tenía algo de valor, y que debía pagar por ella de la forma en que, desafortunadamente, se había acostumbrado a hacerlo. Así, el propio señor Booker escribió el artículo sobre Reinas criminales para el Literary Chronicle, sabiendo que también lo que él escribiría era basura. «Notable vivacidad». «El poder de delinear al personaje». «Excelente elección del tema». «Considerable conocimiento de los detalles históricos de varios periodos». «Sin duda, el mundo literario volvería a saber de lady Carbury». La redacción de su crítica, junto a la lectura del libro, no llevó al señor Booker más de una hora. No lo hizo adrede, no trató de saltarse la lectura de las páginas, sino que simplemente entreabrió el volumen y echó un vistazo aquí y allá. Lo hacía así tan a menudo, que sabía muy bien cómo proceder. Habría podido escribir la reseña de un libro como ese estando dormido. Cuando hubo terminado, dejó la pluma a un lado y exhaló un profundo suspiro. Le resultaba injusto que las exigencias de su posición le obligaran a caer tan bajo en lo literario; pero no se le ocurrió que de hecho, no tenía ninguna obligación sino que tenía plena libertad para ser crítico, y morirse de hambre honestamente, si es que no existía otro modo de avanzar en su carrera. Pero se decía: «Si no lo hago yo, otro lo hará».

El hecho es que la reseña del Morning Breakfast Table logró destacar la obra de lady Carbury, hasta donde era posible. El señor Broune se entrevistó con la dama después de la recepción de la carta que hemos visto en el primer capítulo de esta historia, y profirió valiosas promesas, que cumplió al pie de la letra. Habían dedicado dos columnas enteras al libro, en las que aseguraban al mundo que no se había escrito jamás una mezcla más deliciosa de entretenimiento e instrucción, como las Reinas criminales de lady Carbury. Era el libro que todo el mundo estaba esperando, una obra fruto de un infinito esfuerzo combinado con una brillante imaginación. No cabía ninguna duda: era una maravilla. Durante su última entrevista, lady Carbury había sido dulce, estaba hermosa y convincente; el señor Broune había dado sus órdenes con buena voluntad, y de la misma manera le habían obedecido.

Así pues, aunque la reseña negativa la había afectado duramente, lady Carbury también había disfrutado de alabanzas, por lo que la suma de ambas llevó a pensar a lady Carbury que su carrera literaria aún podía culminar en éxito. El cheque del señor Leadham no era muy alto, ciertamente, pero tal vez era el principio de algo mejor. Al menos la gente hablaba de ella, y sus veladas de los martes estaban más concurridas que nunca. Pero su vida literaria y sus éxitos, su flirteo con el señor Broune, sus negocios con el señor Booker, y su decepción para con el señor Jones, no eran sino apéndices de su verdadera vida interior, cuyo principal y absorbente interés era su hijo. En este caso, la situación también oscilaba entre la tristeza y el entusiasmo, aunque la esperanza dominaba al miedo. Y había mucho que temer. Hasta la moderada contención de los gastos del joven que las circunstancias habían forzado era ya cosa del pasado. Aunque nunca le decía nada, lady Carbury se dio cuenta de que durante el último mes de la temporada de caza, su hijo había salido cada día a cazar. También sabía que poseía un caballo, aunque no en qué establos. Apenas le veía más de una vez al día, cuando iba a verle a su habitación hacia las doce del mediodía, y sabía que se pasaba el tiempo en el club, jugando toda la noche. Lady Carbury odiaba el juego, pues lo consideraba el pasatiempo más peligroso; pero también sabía que su hijo poseía suficiente dinero para sus gastos inmediatos, y que uno o dos comerciantes, dotados con una insoportable capacidad de persecución a sus deudores, habían dejado de molestarles. Así pues, por el momento se consolaba pensando que si bien su hijo jugaba a las cartas, al menos ganaba. Pero su alegría también procedía de una fuente más elevada: los rumores que le llegaban indicaban que sir Felix iba a llevarse el ansiado premio, la mano de la señorita Melmotte. Y de ser así, ¡qué bendición de hijo! Sería capaz, en el triunfo subsiguiente, de olvidar todos sus vicios, deudas, debilidad por el juego, hábitos nocturnos y la manera tan cruel como la había tratado. Aunque pensándolo bien, tanta felicidad parecía excesiva, inasible: la cifra inicial que corría por los círculos londinenses era de diez mil libras esterlinas, y que eso solo era el principio. La fortuna completa convertiría a sir Felix Carbury en el caballero sin título más rico de Inglaterra. En lo más profundo de su corazón, lady Carbury adoraba la riqueza, pero la deseaba más para su hijo que para ella. Luego, su mente se distrajo pensando en títulos nobiliarios, y las futuras glorias que caerían sobre el hijo cuyos vicios casi habían devorado a su madre, arrastrándola a la ruina.

Tenía otro motivo de alegría, que le proporcionaba gran satisfacción, aunque era bastante absurdo teniendo en cuenta la causa. Había descubierto que su hijo ostentaba el cargo de director de la Compañía de Ferrocarril del Pacífico Sur Central y México. Lady Carbury era perfectamente consciente (si no antes, ahora sí) de que su hijo era totalmente incapaz de prestar ayuda a ninguna empresa o compañía interesada en la obtención de beneficios, ni en Londres ni en ninguna otra parte del mundo. También intuía que había una razón detrás de ese cargo y ese título, que permanecía oculta, y que contenía una más que probable falsedad. Un barón arruinado de veinticinco años, que desde que alcanza la mayoría de edad se dedica al vicio y al dispendio, cuya conducta egoísta hace que sus propios amigos convengan en que no sabe qué son los principios, ¿de qué puede servirle a una empresa, y cómo logra el título de director? Pero aunque lady Carbury sabía que sir Felix era un inútil, no estaba sorprendida por su flamante empleo. Al menos ahora podía enorgullecerse un poco de su hijo, y no se olvidó de informar del acontecimiento a Roger Carbury. ¡Su hijo, compartiendo junta directiva con el señor Melmotte! ¡Toda una indicación de sus triunfos venideros!

Como el lector quizá recuerde, Fisker había empezado la mañana del sábado 19 de abril dejando a sir Felix en el club a eso de las siete de la mañana. Durante todo ese día, su madre no le vio el pelo. Le encontró durmiendo en su habitación a mediodía, y a las dos de la tarde aún no se había levantado. Cuando volvió a buscarle, ya no estaba. Pero el domingo sí logró hablar con él:

—Espero —dijo ella— que estés en casa el martes por la noche.

Hasta entonces nunca le había convencido para que asistiera a sus veladas literarias.

—¡Pero si vienen todos tus amigos! Mamá, es un aburrimiento.

—Vienen la señora Melmotte y su hija.

—Qué tontería, celebrar algo así en la casa de uno. Todo el mundo se da cuenta de que es forzado. ¡Y en un saloncito tan pequeño y apretujado!

Lady Carbury habló con franqueza:

—Felix, eres un tonto. Desde luego que ya no espero que hagas nada para complacerme, a pesar de que lo sacrifico todo por ti. No espero nada a cambio. Pero cuando hago algo que puede beneficiarte a ti, cuando me esfuerzo día y noche por arrancarte de las garras de la ruina, me parece que podrías poner algo de tu parte. No por mí, sino por tu propio bien.

—No sé a qué te refieres con que te esfuerzas día y noche. No es mi intención que trabajes día y noche.

—No hay ni un solo joven en todo Londres que no tenga los ojos puestos en esa chica, y ninguno tiene las oportunidades que tú tienes. Me he enterado de que van a ir al campo, por la Pascua, y que allí coincidirá con lord Nidderdale.

—No soporta a Nidderdale. Me lo ha dicho ella misma.

—La muchacha hará lo que le digan, a menos que se enamore de alguien como tú. ¿Por qué no te declaras el martes?

—Si voy a hacerlo, será a mi manera. No pienso dejar que nadie me obligue a ello.

—Claro que si no te tomas la molestia siquiera de estar en tu propia casa el día en que ella viene, no va a creerte cuando le digas que estás enamorado.

—¡Enamorado! ¡Qué tontería! Bueno, está bien. ¿A qué hora vienen los animales a por su rancho?

—No hay rancho, Felix, ni nada parecido. Eres tan desalmado y tan cruel que a veces pienso que debería permitir que te arruines, y no dirigirte jamás la palabra. Mis amigos llegan a eso de las diez, y estarán hasta las doce más o menos. Y creo que tú deberías estar aquí para recibirla a eso de las diez, desde luego no más tarde.

—Si logro terminar la cena para esa hora, vendré.

Cuando llegó el martes en cuestión, el obligado joven logró consumir su cena y también sorber su vaso de brandy, fumar su cigarro y jugar al billar a tiempo de presentarse en el salón de casa de su madre, no mucho después de las diez y media. La señora Melmotte y su hija ya se encontraban allí, y muchos otros, la mayor parte aficionados a la literatura. Entre ellos, el señor Alf, que se encontraba en ese preciso instante hablando del libro de lady Carbury con el señor Booker. Le habían recibido graciosamente, como si no fuera el responsable de la cruel reseña. Lady Carbury le había apretado la mano con tanta energía y afecto como siempre, dándole la misma bienvenida que reservaba para sus amigos del mundo literario, y simplemente le había mirado con ojos suplicantes, como si en silencio le preguntara cómo era posible que su corazón fuera tan cruel para alguien tan tierno, solo e inocente como ella.

—No lo soporto —le decía el señor Alf al señor Booker—. Este sistema de encumbrar por encumbrar, que parece que hayamos traído del extranjero, y no pienso dejarlo pasar.

—Si es lo bastante fuerte como para ello —dijo el señor Booker.

—Creo que sí. En cualquier caso, tengo fuerza suficiente como para demostrar que no tengo miedo de ser el primero en abrir fuego. Tengo el mayor respeto por nuestra querida anfitriona, pero su libro es simplemente malo, un horror, un pastiche desvergonzado de una docena de obras más reputadas, y al copiarlas casi se las ha arreglado para citar erróneamente los hechos y confundir las fechas. Luego me escribe y me pide que haga lo que pueda por ella. Pues eso he hecho.

El señor Alf sabía muy bien lo que el señor Booker había hecho, a su vez, y este no era ajeno a dicho conocimiento.

—Lo que dice usted es correcto —dijo el señor Booker— solo que usted quiere vivir en otro mundo.

—Efectivamente, y por eso debemos hacer las cosas de modo distinto. Me pregunto qué pensó su amigo Broune cuando vio que su crítico había declarado que las Reinas criminales era la obra histórica más grande de la época moderna.

—No vi la reseña. Desde luego el libro no vale demasiado, al menos hasta donde yo he podido leer. No me he expresado bien: quería decir que en este libro tanto la reseña viperina como las alabanzas son un desperdicio. Uno no aplasta una mariposa con una rueda, especialmente una mariposa amiga.

—La amistad no tiene nada que ver, esa es mi opinión —dijo el señor Alf, alejándose.

Mientras, lady Carbury sostenía la mano del señor Broune entre las suyas, susurrando:

—Jamás olvidaré lo que ha hecho por mí, ¡jamás!

—Solamente mi deber —dijo él, sonriendo.

—Espero demostrarle que una mujer puede ser muy agradecida, señor Broune— respondió ella. Luego soltó su mano y se alejó para atender a otro invitado. Había sinceridad en lo que le había dicho. Era dudoso que su gratitud fuera muy duradera, pero en aquel momento lady Carbury sí era consciente de que el señor Broune había hecho mucho por ella, y que estaba dispuesta a hacer algo a cambio de ese favor. Pero era inocente de cualquier sentimiento, o flirteo, o siquiera de invitación a un caballero que una vez había actuado como si fuera su amante. La dama había olvidado por completo ese pequeño y absurdo episodio en sus vidas. Estaba, en cualquier caso, demasiado ocupada como para pensar en ello; pero no le sucedía lo mismo al señor Broune. Aún no sabía si la señora estaba o no enamorada de él; o si lo estaba, si debía responder a sus atenciones, y de ser así, en qué modo. Pero al mirarla, tenía que reconocer que era hermosa, que tenía una figura elegante, que sus ingresos eran estables y su rango considerable. Aun así, el señor Broune sabía que no era un hombre casadero. Hacía tiempo que había decidido que el matrimonio no era bueno para sus negocios, y sonrió para sí al pensar en que era imposible que lady Carbury le hiciera cambiar de opinión en ese respecto.

—Cuánto me alegro de que haya podido venir esta noche, señor Alf —dijo lady Carbury al idealista editor del Evening Pulpit.

—¿Acaso no estoy siempre encantado de asistir a sus veladas, lady Carbury?

—Es usted tan bueno. Pero temía que…

—¿Qué temía, lady Carbury?

—Que quizá pensara que no le recibiría con afecto, después de… bueno, después de lo del jueves pasado.

—Nunca mezclo las cosas, lady Carbury. Y no lo escribo todo yo, naturalmente.

—Naturalmente. Qué criatura más amarga sería usted, si lo hiciera.

—Para ser sincero, no escribo ninguna de esas reseñas. Por supuesto, tratamos de encargar la tarea a personas en cuyo criterio confiamos y si, como en este caso, sucede que la opinión del crítico es hostil a las pretensiones literarias de una de mis amigas personales, solamente puedo lamentarme, y confiar en que dicha amiga posea la valentía de espíritu de diferenciar el individuo del señor Alf que tiene la desgracia de ser el editor de un periódico.

—Por su confianza, quedo por siempre agradecida —dijo lady Carbury con la más dulce de sus sonrisas. No creía una sola palabra de lo que acababa de decir el señor Alf. Pensaba, y no se equivocaba, que el señor Jones obedecía al pie de la letra a su jefe, y que este había ordenado la cruel reseña de sus Reinas criminales. Pero lady Carbury quería escribir otro libro, y pensaba que quizá lograría conquistar al señor Alf haciendo gala de valor y de fuerza de espíritu.

Durante la velada, el deber de lady Carbury consistía en halagar y repartir alabanzas entre sus invitados, y no dejó de hacerlo. Pero en todo momento pensaba en su hijo y en Marie Melmotte, y por fin consiguió separar a la joven de su madre. La propia Marie no ponía reparos a que sir Felix se dirigiera a ella con cierta intimidad. Jamás la había avasallado, ni se había mostrado despreciativo; y además, ¡era tan guapo! La pobre chica, confundida por sus múltiples pretendientes, y por la vida en la que la habían arrojado, vivía asolada por los repentinos ataques de censura de su padre, que a la semana siguiente olvidaba su existencia. No confiaba en su madre postiza, pues la verdad era que la pobre Marie había nacido antes de que su padre fuera un hombre casado, y lo ignoraba todo de su verdadera madre, y no disfrutaba un ápice de su actual vida. Por eso, había llegado a la conclusión, por su cuenta, de que le gustaría que alguien se la llevara lejos. Había vivido ya de maneras muy diferentes. Recordaba apenas la sucia callejuela en la parte alemana de Nueva York en la que había nacido, y vivido durante los cuatro primeros años de su vida, y también atesoraba destellos inciertos de la pobre y maltratada mujer que había sido su madre. Recordaba el mar, sus mareos; pero ya no sabía si esa mujer había viajado con ella o no. Luego había correteado por las calles de Hamburgo, a veces hambrienta, otras vestida con harapos; y recordaba vagamente también los problemas de su padre, y que durante un tiempo había vivido lejos de ella. Tenía sus propias ideas acerca de esa ausencia, pero jamás las había confesado a nadie. Luego su padre se había casado con su actual mujer en Fráncfort. Eso sí lo recordaba nítidamente, así como las habitaciones en las que habían vivido a partir de entonces, y el hecho de que a partir de ese momento, le habían dicho que sería judía. Pero pronto hubo nuevos cambios: se habían mudado de Fráncfort a París, y allí volvieron a ser cristianos. Habían residido en numerosas viviendas en la capital francesa, pero siempre habían vivido bien. A veces con carruaje, otras sin. Y luego fue lo bastante mayor como para comprender que su padre era alguien muy conocido, y de quien se hablaba mucho. Para ella, había sido una figura entre caprichosa e indiferente, no malo ni cruel, pero justamente en ese entonces sí se comportaba de forma cruel con ella y con su mujer. Y a veces la señora Melmotte lloraba y declaraba que estaban arruinados. Luego, de repente, volvía el estallido de lujo en París. Poseían una residencia privada, carruajes y caballos sin límite; frecuentaban sus salones un puñado de hombres grasientos y bastos, y apenas venían mujeres. Por ese entonces Marie apenas había cumplido los diecinueve, y era lo bastante joven tanto en apariencia como en modales como para pasar por una chica de diecisiete. De pronto, le dijeron que ahora vivirían en Londres, y la mudanza se había efectuado con munificencia. Llegaron a Brighton primero, donde habían alquilado la mitad de un hotel, y luego recalaron en Grosvenor, para entrar sin dilación en el mercado matrimonial. Nada le había resultado más desagradable, ni había sentido tanto miedo, como aquellos primeros meses que había pasado yendo de un Nidderdale a un Grasslough, como si fuera una mercancía. Era demasiado cobarde como para oponerse a nada, pero sin embargo también sentía el deseo de participar en su propio destino. Por suerte para ella, los primeros intentos de Nidderdale y Grasslough de hacer cambalaches con su padre habían terminado en nada; y por fin había logrado reunir algo de valor, y empezaba a creer que era posible intervenir si la situación no era de su gusto. También empezaba a creer en una situación que sí lo era.

Felix Carbury estaba recostado contra una pared, y ella se encontraba sentada en una silla a su lado.

—Te quiero más que a nada en el mundo —decía él, sin disimular, quizá indiferente a que los demás le oyeran.

—Oh, Felix, no hables así, te lo ruego.

—Lo sabes perfectamente. Ahora quiero que me digas si consentirás en ser mi esposa.

—¿Cómo voy a contestar eso? Papá lo decide todo.

—¿Puedo hablar con tu padre?

—Si quieres —dijo ella, susurrando muy bajito.

Y así fue como una de las grandes herederas de Londres, la más rica que había existido si lo que decía la gente era cierto, se entregó sin más a un hombre arruinado.

Capítulo 12
Sir Felix en casa de su madre

Cuando todos sus amigos se hubieron retirado, lady Carbury buscó a su hijo, sin esperar encontrarlo, por supuesto, pues sabía lo puntual que era con sus amigos en el Beargarden; no obstante, albergaba la leve esperanza de que se hubiera quedado para contarle cómo le había ido con la heredera. Había observado los susurros, la fría desfachatez con la que Felix hablaba, pues aun sin oír las palabras supo de inmediato en qué consistía la declaración, y había sido testigo de la tímida expresión de la chica, de sus ojos bajos, de la forma nerviosa cómo se agarraba las manos en el regazo. En tanto que mujer, que comprendía los sentimientos de la señorita Melmotte, pues a ella también la habían cortejado, y había soñado con el amor, no aprobaba la actitud de su hijo. Pero, en caso de que se alzara con la victoria, si a la chica no le molestaba un cortejo tan desenfadado, y si el gran Melmotte aceptaba a cambio de su dinero un título tan modesto como el de su hijo, ¡qué gloriosa la gesta de sir Felix, a pesar de su indiferencia!

—Creo que se fue antes de los Melmotte —comentó Henrietta, cuando su madre mencionó que iba a subir a la habitación de su hijo.

—Podría haberse quedado… ¿Crees que le propuso matrimonio?

—¿Cómo voy a saberlo, mamá?

—Imaginaba que estarías preocupada por tu hermano. Bueno, yo estoy casi segura de que lo hizo, y de que ella le aceptó.

—Si es así, espero que se porte bien con ella. Espero que esté enamorado.

—¿Y por qué no iba a estarlo? Una chica no es desagradable solo por ser rica. No tiene nada malo.

—No, no es desagradable. No sé si es especialmente atractiva.

—¿Y quién lo es? No hay nadie especialmente atractivo. Me parece que Felix te es un poco indiferente.

—No digas eso, mamá.

—Sí, es así. No entiendes todo lo que puede significar para él la fortuna de esa chica, y en cambio lo que puede pasarle si no consigue ese dinero mediante el matrimonio. Nos está destrozando.

—Yo no dejaría que lo hiciera, mamá.

—Muy bien, pero yo tengo corazón. Le quiero, no quiero que pase hambre. ¡Piensa en lo que podría suceder con veinte mil libras al año!

—Si solamente se casa por eso, no creo que sean felices.

—Mejor vete a la cama, Henrietta. Nunca dices nada que me reconforte ni me distraes de mis preocupaciones.

Así que Henrietta se fue a la cama, y lady Carbury se quedó despierta toda la noche, en vela, esperando a su hijo. Subió a su habitación, se quitó el traje de noche y se puso una bata blanca. Mientras se sentaba frente al tocador, y se quitaba el postizo, reconoció que su edad empezaba a verse. Podía ocultar su desagradable cercanía con artificios, y ocultarla con más eficacia que muchas mujeres de su edad, pero ahí estaba, reptando sobre ella con pequeñas canas cerca de las orejas y alrededor de sus sientes, diminutas arrugas en los ojos, fácilmente ocultables gracias al uso de la dudosa cosmética. Y una expresión de cansancio en la boca, que solamente desaparecía cuando adoptaba otra de seguridad, y que practicaba para poder desplegar cuando estaba acompañada, pero que ahora, con más frecuencia, la abandonaba al quedarse sola.

Pero no era una mujer que se sintiera infeliz porque se hacía mayor. Su felicidad, como sucede con la mayoría de nosotros, siempre estaba en el futuro: nunca llegaba, pero siempre se acercaba. Lady Carbury, sin embargo, no había buscado la felicidad en el amor ni el cariño, y por eso no se sentía decepcionada en ese aspecto. Nunca había sabido realmente qué la haría feliz; tenía una vaga aspiración de distinción social y fama literaria, siempre mezclada con el disfrute del dinero. No obstante, en ese momento sus mayores temores y sus más grandes esperanzas se centraban en su hijo. No le importaba que su pelo fuera gris, o lo cruel que era el señor Alf, mientras Felix se casara con la heredera. Por otra parte, nada que la cosmética o el Morning Breakfast Table pudieran hacer evitaría el desastre, si no podían evitar la ruina que ahora amenazaba con devorar a su hijo. Así que bajó al salón, para estar segura de oír la llave en la cerradura de la puerta principal, incluso si se quedaba dormida, y le esperó con un volumen de memorias francesas por lectura.

¡Pobre y desgraciada mujer! Ya podría haberse retirado a su hora de siempre, pues fue después de las ocho de la mañana, con la luz del sol brillando en la sala cuando el taxi trajo a Felix hasta la puerta de su casa. Lady Carbury había pasado una noche horrenda. Se había quedado dormida, y el fuego se había apagado, con lo cual había dormitado aterida de frío. No pudo concentrarse en su libro, y mientras estuvo despierta el tiempo parecía ir lento como una eternidad. Y además, ¡le parecía tan terrible que su hijo pasara tantas horas jugando, y hasta la madrugada! ¿Por qué querría jugar, si estaba a punto de hacerse con la fortuna de la joven? Era un inconsciente, arriesgando su salud, su carácter, su belleza y el poco dinero que aún tenía en un momento en que podía ser indispensable para su gran objetivo, solo para ganar algo que en comparación con el dinero de Marie Melmotte, era una cuantía despreciable. Pero por fin llegó, y ella esperó pacientemente hasta que se hubo quitado sombrero y abrigo, y entonces apareció en la puerta del salón. Había pensado mucho en cómo abordarle. No pensaba proferir ni un reproche, y por eso le saludó con una sonrisa.

—Madre —dijo él—, ¡tú despierta tan pronto!

Sir Felix tenía la cara arrebolada, y lady Carbury reparó en su paso vacilante. Nunca le había visto bebido, y pensó en lo doblemente terrible que sería que hubiera pasado la noche jugando y bebiendo.

—No podía dormir hasta hablar contigo.

—¿Por qué no? ¿Para qué querías verme? Ahora voy a dormir. Ya tendremos tiempo de hablar después.

—¿Hay algún problema, Felix?

—¿Problema? ¿Qué problema? Ha habido una decorosa pelea entre los caballeros del club, eso es todo. Tuve que sincerarme con Grasslough, y no le gustó. Tampoco era mi intención.

—¿Pelea? Espero que no estés hablando de ningún duelo, Felix.

—¿Duelo? No, no, nada tan interesante como eso. Quizá se hayan repartido algunos golpes aquí y allá, y eso es todo cuanto puedo decir. Ahora tienes que dejarme ir a dormir, porque estoy agotado.

—¿Qué te dijo Marie Melmotte?

—Nada en especial —respondió y permaneció con la mano en el pomo.

—¿Y tú que le dijiste?

—Nada en especial. Por Dios, madre, ¿crees que un hombre está en condiciones de hablar de estas cosas a las ocho de la mañana, después de pasar toda la noche en pie?

—Si supieras lo mucho que sufro por ti, me dirías lo que ha sucedido —dijo ella, implorando, agarrándole del brazo, y observando su cara enrojecida y sus ojos inyectados en sangre. Estaba segura de que había bebido; se le notaba en el aliento.

—Antes tengo que hablar con el viejo, claro.

—¿Te dijo que hablaras con su padre?

—Hasta donde recuerdo, así fue. Por supuesto, si quiere arreglarlo a su gusto, tengo unas probabilidades de diez contra uno.

Y apartó un poco bruscamente de su madre. Subió a su habitación tambaleándose ligeramente por las escaleras.

¡Entonces, la heredera había aceptado a su hijo! De ser así, el éxito estaba cerca. Lady Carbury recordó su antigua convicción de que una hija siempre podía conquistar el corazón de un padre obcecado cuando no estaban de acuerdo en el asunto del matrimonio, si se lo proponía. Pero la muchacha tenía que estar convencida, y eso dependía de su enamorado. En este caso, sin embargo, aún no había motivos para pensar que el gran hombre fuera a negarse al enlace de su hija. Hasta guiándose por las señales externas, el gran hombre había mostrado alguna que otra deferencia para con su hijo. Sin duda era el señor Melmotte quien había obtenido el cargo de director para sir Felix en la compañía de ferrocarril. También le habían abierto las puertas de la casa de la plaza Grosvenor. Y a fin de cuentas, sir Felix era sir Felix: un barón. El señor Melmotte sin duda se habría propuesto cazar a tal o cual lord, pero si no lo conseguía, ¿por qué no iba a conformarse con un barón? Lady Carbury opinaba que a su hijo solo le faltaba dinero para convertirse en un pretendiente aceptable para un suegro como el señor Melmotte. No una cantidad alta, no una fortuna de verdad, no miles de libres al año: la propia e inmensa riqueza del padre lo hacía innecesario, pero estaba claro que a alguien como el señor Melmotte no le gustarían las señales externas de pobreza. Tenían que disponer de suficientes medios como para proyectar una imagen elegante y hasta lujosa. Sir Felix debía tener un caballo, anillos y abrigos, bastones nuevos, y sobre todo dinero para hacer regalos. No debía parecer pobre. Por fortuna, por una grandísima fortuna, la Suerte se le había pegado en los últimos tiempos y eso le había proporcionado algunos fondos. Sin embargo, si seguía jugando así, la propia Suerte se lo quitaría al momento y hasta donde su pobre madre sabía, ya podría haberlo hecho. Y además, era indispensable que abandonase la costumbre del juego, al menos por el momento, mientras su futuro dependía de la buena opinión del señor Melmotte. Por supuesto que al señor Melmotte no le gustaría nada la perspectiva de un caballero jugando toda la noche en el club, por mucho que en los círculos sociales de la City todo el mundo lo hiciera. ¿Por qué no iba a aprender Felix a jugar en otro escenario, en la bolsa o entre los inversores, o en el banco, con un mentor como Melmotte a su lado? Lady Carbury se propuso instigarle para que fuera responsable y diligente en sus tareas como director de la compañía de ferrocarril, que podía constituir un buen punto de partida para que amasara su propia fortuna personal. Pero luego cayó en la cuenta: ¿qué esperanza había para él si caía en las garras de la bebida? Toda esperanza de convencer al señor Melmotte de que el enlace era una buena idea se desvanecerían si descubría que el pretendiente de su hija llegaba a su casa a las ocho de la mañana después de pasar toda la noche fuera, y que se tambaleaba subiendo las escaleras hacia su dormitorio.

Al día siguiente lady Carbury no se perdió detalle del aspecto de su hijo, y emprendió su cruzada al instante.

—Felix, ¿sabes qué se me ha ocurrido? Voy a visitar a tu primo Roger durante la Pascua.

—¡La Finca Carbury! —exclamó él, devorando unos riñones que la cocinera había preparado ex profeso para su desayuno—. Creía que te parecía un sitio tan aburrido que no pensabas volver nunca más.

—Nunca he dicho tal cosa. Y ahora tengo un motivo.

—¿Qué hará Hetta?

—Venir conmigo, ¿por qué no?

—Oh, no lo sé. Se me ocurre que quizá no le apetezca.

—No sé por qué dices eso. Además, no todos tenemos que doblegarnos a sus caprichos.

—¿Roger te ha pedido que vayas?

—No, pero estoy segura de que estará muy contento de recibirnos si le propongo que vayamos todos a verle.

—¡No hables por mí, madre!

—Sí, especialmente tú.

—Ni soñarlo. ¿Qué voy a hacer yo en Carbury?

—La señora Melmotte me dijo ayer por la noche que toda la familia irá a Caversham para pasar tres o cuatro días con los Longestaffe. Habló de lady Pomona como si fuera su amiga personal.

—Oh. Ya veo. Eso lo explica todo.

—¿Explica qué, Felix? —dijo lady Carbury, que había oído hablar de Dolly Longestaffe y no ocultaba su temor de que la visita a Caversham estuviera relacionada con el enlace matrimonial de su agradable y joven heredero.

—En el club se rumorea que Melmotte se ocupa de los asuntos del anciano Longestaffe, y que va a poner orden. Hay una propiedad en Sussex y otra en Caversham, y dicen que Melmotte piensa quedárselas. Pero la cosa no está hecha porque Dolly, que haría lo que fuera por cualquiera, dice que no está de acuerdo en la venta. ¡Así que los Melmotte van a ir a Caversham!

—Eso me dijo la señora Melmotte.

—Y los Longestaffe son la familia más orgullosa de Inglaterra.

—Pues aún estoy más convencida de que deberíamos estar en la Finca Carbury mientras ellos estén ahí. No es nada raro. Todo el mundo pasa temporadas fuera de Londres, por esa zona. ¿Y porqué no deberíamos ir a pasar unos días en la mansión familiar?

—Nada raro, madre, si puedes organizarlo.

—¿Vendrás?

—Si Marie Melmotte está ahí, yo pasaré un día y una noche, por lo menos —dijo Felix.

Su madre pensó que, teniendo en cuenta que se trataba de Felix, había obtenido una elegante promesa por parte de su hijo.

Capítulo 13
Los Longestaffe

El señor Adolphus Longestaffe, caballero de Caversham en Suffolk y de Pickering Park en Sussex, se había encerrado cierta mañana durante casi una hora con el señor Melmotte en la calle Abchurch para hablar de sus asuntos privados y estaba a punto de abandonar la estancia con expresión insatisfecha. Hay hombres, y de provecta edad también, que piensan, pese a que ya deberían saber cómo es el mundo, que basta con encontrar la Medea adecuada para ellos, una que se ocupe de hacer hervir el caldero y así cocinar sus fortunas arruinadas de forma que ellos salgan como nuevos, frescos e impasibles. Este tipo de hechiceros estaban muy solicitados en la City, y en verdad las calderas seguían hirviendo, aunque el resultado del proceso raras veces terminaba en un rejuvenecimiento absoluto. No había existido una mejor Medea que el señor Melmotte, al menos en cuanto a su potencia financiera, y el señor Longestaffe creía que si lograba que el nigromante echara un somero vistazo a sus asuntos, todo terminaría bien. Pero el susodicho nigromante le había explicado al caballero que la propiedad no se creaba agitando ninguna varita mágica ni hirviendo pagarés en un caldero. El señor Melmotte confesaba ser capaz de aliviar la presión financiera que asolaba al señor Longestaffe a la mayor brevedad, transformando una propiedad en liquidez, y también podía averiguar el valor de mercado de dicha propiedad, pero no podía crear dinero de la nada.

—Solamente tiene usted una renta personal, señor Longestaffe.

—Correcto. Es lo que suele pasar con las propiedades familiares en el campo, señor Melmotte.

—Exacto. Y por lo tanto, no dispone usted de nada más. Su hijo, por supuesto, podría sumarse a la iniciativa, y en ese caso podría usted vender una de las dos propiedades.

—No podemos vender Caversham, señor. Mi esposa y yo residimos allí.

—¿Y su hijo no acepta vender la otra propiedad?

—No se lo he preguntado directamente, pero nunca hace nada de lo que le pido. Supongo que no aceptaría usted Pickering Park a cambio de un alquiler de por vida.

—No, creo que no, señor Longestaffe. A mi esposa no le gusta la incertidumbre.

Así pues, el señor Longestaffe se despidió envuelto en un sentimiento de orgullo aristocrático herido. Su propio abogado habría conseguido tan pocos resultados como él, y no tendría que haberle invitado a Caversham, como había hecho con el señor Melmotte. Desde luego, no habría invitado a la mujer y a la hija de su abogado. Al menos había logrado que el gran hombre le prestara unos pocos miles de libras, a un tipo de interés a convenir con el secretario del gran hombre, y lo había conseguido meramente contra la garantía del alquiler de una casa que poseía en la ciudad. Eso había sido incluso fácil, sin la demora que generalmente tenía lugar entre que se expresaba del deseo de dinero y se adquiría el mismo, y le había gustado. Pero ya empezaba a ocurrírsele que esa gratificación le costaría cara. Además, en aquel momento, Melmotte se le hacía odioso por otro motivo. Se había rebajado a pedirle a Melmotte que le hiciera director de la compañía de ferrocarril que el otro impulsaba y se había negado. ¡Le había dicho que no a él, Adolphus Longestaffe de Caversham! El señor Longestaffe se había rebajado aún más:

—¡Pero si lord Alfred Grendall forma parte de esa junta directiva! —dijo quejumbrosamente.

Ante lo cual el señor Melmotte procedió a explicarle que lord Alfred poseía aptitudes peculiares que le hacían idóneo para el puesto.

—Estoy seguro de que yo puedo hacer lo mismo que él —afirmó el señor Longestaffe.

Pero el señor Melmotte, frunciendo el ceño y hablando con cierta dureza, replicó que el número de directores ya estaba completo. Desde que dos duquesas habían visitado su casa, el señor Melmotte empezaba a pensar que tenía derecho a avasallar a cualquiera, especialmente a un caballero sin título nobiliario que le pedía entrar en su junta directiva.

El señor Longestaffe era un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta años, con pelo y patillas cuidadosamente teñidos y ropa cortada de forma impecable, aunque siempre parecía que le fuera un poco estrecha; era alguien que dedicaba mucho tiempo a su aspecto personal. No es que se creyera atractivo, pero estaba especialmente orgulloso de su porte aristocrático. Albergaba la idea de que todas las personas entendidas en el asunto percibirían, con una sola mirada, que era un caballero de irreprochable estirpe y un hombre que sabía vestir a la moda. Estaba intensamente orgulloso de su posición en la vida, y se creía superior a todos los que trabajaban para ganar dinero. Por supuesto que había caballeros de muchos tipos, pero el representante de un caballero inglés, el modelo de todos ellos, era el que poseía tierras, títulos de propiedad familiares, una residencia antiquísima, muchos retratos de sus antepasados, algún que otro escándalo y una ausencia absoluta de cualquier tipo de empleo en toda la familia. Hasta empezaba a mirar con desprecio a los miembros de la nobleza, pues a muchos hombres de peor linaje los habían nombrado lords. Además, puesto que se había alzado y peleado cuatro o cinco veces por su patria, opinaba que un escaño en la Cámara era más bien señal de un origen humilde. Era, en suma, un estúpido al que ni se le había ocurrido la idea de ser útil para nadie, pero que se regía por una cierta noción de cómo debía comportarse la nobleza. Su posición le compelía a hacer muy poco y le impedía hacer muchas cosas. No podía ser tacaño con el dinero. Sí podía dejar sin pagar las facturas de su sastre, carnicero y otros proveedores hasta que los comerciantes perdieran la paciencia, pero no podía examinar la cuenta de gastos que le presentaban. Podía ser un tirano con sus criados, pero no preguntar por el vino que consumían cuando estaban en la zona del servicio. No sentía la menor piedad hacia sus inquilinos si cazaban sin su permiso, pero no se decidía a subirles el alquiler. Esa era su teoría vital, y trataba de vivir en consonancia, pero lo cierto es que ese empeño apenas le había proporcionado satisfacciones, ni a él ni a su familia.

En aquel momento, lo que más deseaba era vender la propiedad más pequeña y así aligerar las cargas de la otra. La responsabilidad de la deuda no era enteramente suya, al fin y al cabo, y estaba convencido de que la venta beneficiaría a la familia, no solo a él. Favorecería a su hijo, que disfrutaba de una tercera propiedad que ya había conseguido hipotecar por su cuenta. El padre no soportaba que alguien le dijera que no y temía que el hijo declinara la oferta. «Pero Adolphus también necesita dinero, como el que más», había dicho lady Pomona. Él había negado con la cabeza, hecho un aspaviento y suspirado con escepticismo. Las mujeres no entendían nada de dinero. Después de salir encogido del despacho del señor Melmotte, se dirigió a la oficina de su abogado en Lincoln Inn. Tuvo que decirle que el título de propiedad de su casa en Londres era la garantía del préstamo de unos miles de libras que Melmotte le había concedido. El señor Longestaffe sentía que el mundo en general era muy duro con él.

—¿Qué demonios vamos a hacer con ellos? —dijo Sophia, la hija mayor de la señora Longestaffe, a su madre.

—Creo que es una vergüenza para papá —dijo Georgiana, la segunda hija—. Desde luego, no veo por qué tenemos que invitarlos.

—No os preocupéis, yo me ocuparé de todo —dijo lady Pomona con voz cansada.

—Pero, ¿de qué sirve invitarlos? —objetó Sophia—. No digo que no vayamos a una de sus horribles fiestas en Londres, porque va todo el mundo. No hace falta hablar con ellos y después ni siquiera hay que fingir conocerles. En cuanto a la chica, creo que si la viera, ni siquiera la reconocería.

—Sería estupendo que Adolphus se casara con ella —dijo lady Pomona.

—Dolly jamás se casará con nadie —dijo Georgiana—. ¡Menuda idea, que se tome la molestia de pedirle a una chica que se lo quede! Además, no vendrá a Caversham ni a rastras. Si esa es la jugada, mamá, no funcionará.

—¿Por qué iba Dolly a casarse con esa criatura? —dijo Sophia.

—Porque a todo el mundo le gusta el dinero —dijo lady Pomona—. No tengo la menor idea de lo que va a hacer vuestro padre ni por qué nunca hay suficiente dinero para nada, porque yo desde luego no lo gasto.

—No creo que hagamos nada especialmente mal —dijo Sophia—. No sé cuánto ingresa papá, pero si tenemos que seguir viviendo, no se me ocurre qué podemos cambiar.

—Siempre ha sido así, desde que tengo recuerdo —dijo Georgiana— y no pienso preocuparme más del tema. Supongo que a los demás les pasa lo mismo, solo que nosotros no lo sabemos.

—Pero, queridas, ¡tenemos que invitar a los Melmotte!

—Bueno, si no somos nosotros, alguien tendrá que hacerlo. Tampoco voy a preocuparme por eso. Supongo que bastará con un par de días.

—Se quedan una semana entera.

—Entonces más vale que papá los lleve a pasear, y punto. Qué cosa más absurda. ¿Qué gana papá con invitarlos?

—El señor Melmotte es fabulosamente rico —dijo lady Pomona.

—Pero no va a darle su dinero así como así —continuó Georgiana—. Bueno, no voy a intentar entenderlo, pero menudo barullo para nada. Si papá no tiene dinero para mantener la casa, ¿por qué no se va al extranjero durante un año? Los Sidney Beauchamps hicieron eso, y las hermanas se lo pasaron bien en Florencia. Allí fue donde Clara Beauchamp conoció al joven lord Liffey. A mí no me importaría nada cambiar de aires, pero, desde luego, me parece horrible tener que recibir a esa gentuza en Caversham. Nadie sabe quiénes son, de dónde proceden o qué será de ellos.

Así habló Georgiana, la hermana más responsable de los Longestaffe y, en cualquier caso, la que poseía la lengua más afilada.

Esta conversación tenía lugar en el salón de la casa familiar de los Longestaffe en la calle Bruton. No era una residencia encantadora ni por asomo, pues poseía muy pocos de los lujos y detalles elegantes que en los últimos años se han añadido a las residencias londinenses de nuevo cuño. Era oscura e incómoda, con salones demasiado grandes, habitaciones mal situadas y muy poco espacio para los criados. Pero se trataba de la antigua residencia familiar, y tres o cuatro generaciones de Longestaffe habían vivido allí sin disfrutar de la radical novedad que se estaba imponiendo, y que al señor Longestaffe le resultaba especialmente desagradable. Queen’s Gate y los barrios de los alrededores eran, según el señor Longestaffe, pasto de los comerciantes opulentos. Incluso Belgravia, aunque tenía más categoría aristocrática, olía a recién llegados. Muchos de los que vivían allí jamás habían sido dueños de residencias londinenses como las familias de toda la vida. Las antiguas calles que unían Picadilly y Oxford, situadas en una o dos zonas conocidas al sur y al norte de dichos límites, eran los lugares adecuados para una residencia respetable. Cuando lady Pomona, aconsejada por una amiga de alto copete pero de gusto dudoso, había sugerido mudarse a la plaza Eaton, el señor Longestaffe había mirado a su mujer con incrédula desconfianza y había reprobado su sugerencia. Si la calle Bruton no era lo bastante buena para ella y para sus hijas, entonces podían quedarse en Caversham. La amenaza de un confinamiento permanente en Caversham siempre se repetía, pues el señor Longestaffe, con lo orgulloso que estaba de su hogar, cada año se ponía más nervioso en un vano intento de ahorrarse el gasto de la expedición anual. Los vestidos y los caballos de sus hijas, el carruaje de su mujer y el suyo propio, sus aburridas veladas en Londres y el baile que lady Pomona siempre estaba obligada a celebrar le impulsaban a mirar el final del mes de julio con más temor que cualquier otra época. Era más o menos el momento en que empezaba a estimar cuánto le costaría la temporada londinense de su familia. Sin embargo, jamás las había convencido para que se quedaran todo el año en el campo. Las chicas, que no sabían nada del Continente más allá de París, ya habían dicho que querían viajar a Alemania e Italia durante doce meses, pero también habían dejado claro, con todos los medios a su alcance, que se rebelarían contra las intenciones de su padre de que permanecieran en Caversham durante la temporada de Londres.

Georgiana acababa de terminar su enérgica protesta contra los Melmotte cuando su hermano entró en el salón. Dolly no solía aparecer por la casa de la calle Bruton. Tenía su propio apartamento y raras veces se dejaba convencer para cenar con su familia. Su madre le escribía notas sin fin, cada día, invitaciones de todo tipo: para cenar, para ir al teatro con ellas, para asistir al baile o a tal o cual velada. Dolly no las solía leer y nunca respondía. Las abría, las guardaba en algún bolsillo y procedía a olvidarlas. En consecuencia, su madre le idolatraba e incluso sus hermanas, que le superaban intelectualmente, le trataban con cierta deferencia. Podía hacer lo que le venía en gana, mientras que ellas se sentían esclavas del deber, obligadas por la pesadez del régimen de vida de los Longestaffe. La libertad de la que disfrutaba era increíble, desde el punto de vista de ellas, y muy envidiable, aunque eran conscientes de que la había usado para empobrecerse, a pesar de su fortuna inicial.

—Mi querido Adolphus —dijo la madre—. Qué amable por tu parte.

—Pues sí que lo es —convino Dolly, dejándose besar.

—Ay, Dolly, ¿quién iba a pensar que te veríamos hoy? —dijo Sophia.

—Servidle té —ordenó su madre. Lady Pomona siempre tenía el té listo para servir, desde las cuatro de la tarde hasta que se vestía para la cena.

—Preferiría soda con brandy —respondió Dolly.

—¡Mi querido muchacho!

—Bueno, no lo he pedido, y tampoco espero que me lo sirvas. No es que lo quiera, es que simplemente lo prefiero a la idea de tomar té. ¿Y el jefe?

Todas le miraron inquisitivamente. Algo debía pasar, cuando Dolly preguntaba por su padre.

—Papá ha salido en el carruaje justo después de comer —contestó Sophia con gravedad.

—Esperaré un poco para verlo —dijo Dolly mientras sacaba su reloj para mirar la hora.

—Quédate y cena con nosotros —propuso lady Pomona.

—No puedo, tengo que cenar con otro tipo.

—¡Otro tipo! Seguro que no tienes ni idea de dónde vais —dijo Georgiana.

—El otro tipo lo sabe. Bueno, y si no lo sabe, es un tonto.

—Adolphus —empezó lady Pomona muy seriamente—. Tengo un plan y necesito tu ayuda.

—Espero que no sea mucho trabajo, madre.

—Vamos a ir todos a Caversham, para la Pascua, y me gustaría especialmente tú vinieras con nosotros.

—¡Caramba! No puedo hacer eso, de ninguna manera.

—Espera, aún no lo sabes todo. La señora Melmotte y su hija también vendrán.

—¡Y un cuerno! —exclamó Dolly.

—¡Dolly, recuerda dónde estás! —le reprobó Sophia.

—Sí, sí, por supuesto. Y también me acordaré de dónde no voy a estar. No iré a Caversham a conocer a la vieja Melmotte.

—Querido —continuó la madre—, ¿sabes que la señorita Melmotte recibirá veinte mil libras anuales a partir del día en que se case? ¿Y que, con toda probabilidad, su marido será el hombre más rico de Europa?

—La mitad de Londres está cortejándola —dijo Dolly.

—¿Y por qué no eres uno de ellos?

—No habrá otra oportunidad como esta, en la que se encuentre en una casa prácticamente sola, sin la mitad de los solteros de Londres —sugirió Georgiana—. Si te decides, tendrás una ocasión de oro.

—Pero es que no me decido. ¡Santo cielo! No es mi estilo, madre.

—Sabía que no lo haría —espetó Georgiana.

—Todo se arreglaría si lo hicieras —dijo lady Pomona.

—Pues no se va arreglar si no hay otra solución. Bueno, ya llega el gobernador, oigo su voz. Voy a discutir un poco con él.

El señor Longestaffe hizo su aparición.

—Querido, mira, Adolphus ha venido a vernos —dijo lady Pomona. El padre inclinó la cabeza en dirección al hijo sin decir nada. Su esposa prosiguió—: Le hemos pedido que se quede a cenar, pero tiene otro compromiso.

—Aunque no sabe dónde —intervino Sophia.

—Mi amigo sí lo sabe, tiene una libreta de notas —dijo Dolly—. He recibido una carta, padre, muy larga. La han enviado esos tipos que tienen el bufete en Lincoln’s Inn. Me piden que hable con usted sobre no sé qué venta, y por eso estoy aquí. Es una pesadez, porque no entiendo nada de lo que me dicen. Quizá ni siquiera haya una venta de la que hablar. Si fuera así, no hay problema: me despido de todos y nos vemos otro día.

—Más vale que hablemos en el estudio —respondió el señor Longestaffe—. Prefiero no molestar a tu madre y a tus hermanas con negocios.

El caballero salió de la estancia y Dolly fue tras él, no sin antes obsequiar a sus hermanas con una mueca de desgana. Las tres damas siguieron tomando el té durante una media hora más, esperando. Sabían que nadie iba a informarlas del resultado exacto de la pequeña reunión, pero sí querían adivinar las señales de buen o mal humor que pudieran deducirse del rostro de su padre cuando este regresara. A Dolly ya sabían que no lo verían en un mes, probablemente. El padre y el hijo siempre discutían cuando se veían y, aunque el joven era un despreocupado en lo que respectaba al dinero, hasta ahora se había plantado firmemente acerca de sus derechos. Al cabo de una media hora, el señor Longestaffe regresó a la sala y, sin dilación, decretó la ruina familiar.

—Querida —dijo—, este año no iremos de Caversham a Londres.

Se esforzó por conservar una expresión tranquila mientras hablaba, pero su voz temblaba, alterada.

—¡Papá! —chilló Sophia.

—Querido, no puedes decirlo en serio —dijo lady Pomona.

—Por supuesto que no lo dice en serio —replicó Georgiana, levantándose.

—Lo digo muy en serio —respondió el señor Longestaffe—. Partiremos hacia Caversham dentro de unos diez días, y este año pasaremos la temporada allí.

—Pero si ya está anunciado el baile —se quejó lady Pomona.

—Entonces habrá que anunciar que no se celebrará.

Y con estas palabras, abandonó el salón y se dirigió a su estudio.

Las tres damas, cuando se hubieron quedado solas para deplorar su suerte, expresaron su opinión acerca de la terrible sentencia que el patriarca había pronunciado. Las hijas protestaron más furiosamente que la madre.

—No lo dice en serio —declaró Sophia.

—Sí que lo dice en serio —dijo lady Pomona, con lágrimas en los ojos.

—Pues tendrá que retractarse, eso es todo —decretó Georgiana—. Dolly debe haber sido muy duro con él y por eso lo paga con nosotras. ¿Para qué traernos a Londres si piensa privarnos de cualquier posibilidad de asistir a la temporada, incluso antes de que empiece?

—Me pregunto qué le habrá dicho Adolphus. Vuestro padre siempre es muy duro con él.

—Dolly sabe cuidarse solo, y vaya si lo hace —dijo Georgiana—. No le importamos nada.

—Ni un poquito —dijo Sophia.

—Mamá, lo que tenemos que hacer es ser firmes y negarnos a ir a Caversham, a menos que papá se comprometa a traernos de vuelta a Londres. Yo no pienso moverme, a menos que me saque a rastras de esta casa.

—Querida, no puedo decirle eso a tu padre.

—Entonces se lo diré yo. No voy a dejarme enterrar en esa casa durante un año sin nadie con quien hablar excepto ese obispo anciano y herrumbroso y el señor Carbury, que está aún más oxidado. No voy a soportarlo. Hay cosas que son inadmisibles. Y si te niegas, me alojaré en casa de los Primero; sé que la señora Primero me acogerá. No sería muy elegante, por supuesto. No me gustan los Primero; de hecho, los odio. Ay, sí, los odio. Lo sé muy bien. Son vulgares, pero ni la mitad que tu amiga, mamá, la señora Melmotte.

—Eso es un poco malvado, Georgiana. No es amiga mía.

—Si la recibes en Caversham, es que lo es. No entiendo cómo se te ocurrió ir allí, sabiendo lo difícil que se pone papá con ese tema y lo de volver a Londres.

—Todo el mundo pasa la Pascua en el campo, querida.

—No, mamá, no todo el mundo. La gente ya sabe que es un fastidio ir de aquí para allá. Los Primero seguro que no van así como así. Jamás he oído una tontería tan grande en toda mi vida. ¿Qué espera de nosotras? Si quiere ahorrar, que cierre Caversham de una vez por todas y que nos lleve al continente. Caversham es mucho más caro que Londres y es la casa más aburrida de toda Inglaterra.

Esa noche, la cena familiar en la calle Bruton no fue muy animada. No hicieron nada, se quedaron sentados a pasar la velada en taciturno silencio. A pesar de las rebeldes decisiones que las jóvenes habían proferido, no las ejecutaron en esa ocasión. Las dos muchachas guardaron silencio sin dirigir la palabra a su padre, y cuando este les hacía alguna pregunta, respondían con monosílabos. Lady Pomona no se encontraba bien y permaneció en un rincón del sofá, secándose los ojos, constantemente lacrimosos. Su esposo sí había compartido con ella, en la privacidad de sus habitaciones, cómo había ido la conversación con Dolly. El joven se había negado a dar su consentimiento a la venta de Pickering a menos que la mitad del dinero obtenido se le entregara de inmediato. Cuando su padre le había explicado que pensaba dedicar el producto de la venta a cancelar la hipoteca que pendía sobre Caversham, propiedad que con el tiempo terminaría en manos de Dolly, este replicó que también tenía una casa hipotecada a la que no le iría nada mal una inyección de dinero para aligerar la carga financiera. En resumen, que la venta de Pickering no parecía posible y, en consecuencia, el señor Longestaffe había decidido cortar los gastos de la residencia de Londres de cuajo.

Cuando las jóvenes se levantaron de la mesa para retirarse a descansar y se acercaron a su padre para besarle, como de costumbre, lo hicieron sin el más mínimo despliegue de afecto.

—Recordad que solamente tenéis esta semana para cumplir con vuestros compromisos en Londres —dijo su padre.

Sus hijas oyeron sus palabras, pero se fueron en un silencio digno, sin siquiera fingir que las habían oído.

Capítulo 14
La Finca Carbury

—No creo que sea muy elegante, mamá, eso es todo. Pero, por supuesto, si has decidido ir, yo debo ir contigo.

—¿Acaso no es normal que decidas ir a casa de tu primo?

—Mamá, ya me entiendes.

—Bueno, ya está hecho y no creo que tengas nada más que decir al respecto.

Esta conversación tuvo lugar tras el anuncio de lady Carbury de que pensaba solicitar la hospitalidad de la Finca Carbury para pasar allí la Pascua. Para Henrietta resultaba un poco embarazosa la idea de residir en casa de un hombre que estaba enamorado de ella, incluso aunque fuera su primo, pero no tenía escapatoria. No podía quedarse sola en Londres ni tampoco contarle su situación a su madre. Lady Carbury, para evitar la menor resistencia por parte de su hija, había mandado la siguiente carta a su primo, antes de hablar con Henrietta:

Calle Welbeck, 24 de abril de 18—

Mi querido Roger:

Sabiendo lo amable y sincero que eres, y que si mi propuesta te resulta en lo más mínimo inconveniente, me lo dirás con toda franqueza, te escribo para decirte que llevo trabajando muy duramente durante varios meses y creo que nada me haría tanto bien como pasar unos días en la campiña. ¿Te resultaría posible acogernos una semana al final de la Pascua? Llegaríamos el 20 de mayo y nos quedaríamos hasta el domingo, siempre que te parezca bien, por supuesto. Felix también bajaría, aunque no se quedará tanto como nosotras.

Seguro que te alegrará saber que le han nombrado director de esa gran compañía de ferrocarril americana. Es una nueva etapa para él y le permitirá demostrar que es un hombre honrado. Creo que se trata de una posición de mucha importancia para una persona tan joven, y demuestra que confían mucho en él.

Espero que me avises si mi humilde propuesta interfiere con tus planes, pero es que has sido tan bueno con nosotras que te escribo con la confianza de que me lo harás saber si es así.

Henrietta también te manda recuerdos y amor, como yo.

Tu querida prima,

Matilda Carbury

La carta contenía muchas cosas que molestaron y preocuparon a Roger Carbury. En primer lugar, pensó que Henrietta no debía pisar la casa. A pesar de lo que mucho que la quería y apreciaba su compañía, no deseaba que visitara Carbury a menos que fuera para quedarse como su dueña. En un detalle fue un poco injusto con lady Carbury. Sabía que estaba a su favor y que quería ayudarle; por eso pensó que traía a Henrietta. No se había enterado aún de que la codiciada heredera estaría por el vecindario, y por lo tanto no podía deducir que el plan de lady Carbury se refería más bien a su hijo. También le disgustó el erróneo orgullo que la madre desplegaba a causa del puesto de director de su hijo. Roger Carbury no creía en la compañía de ferrocarril. No creía en Fisker ni en Melmotte y desde luego no creía en la junta directiva a la que pertenecía sir Felix. Paul Montague había actuado contra su opinión, cediendo a la seducción del artero Fisker. Todo ese tinglado se le antojaba falso, fraudulento y ruinoso. ¿Cómo podía ser de otro modo, con directores como lord Alfred Grendall y sir Felix Carbury? Y en cuanto a su gran presidente, ¿acaso no sabía todo el mundo, a pesar de las duquesas y de sus veladas, que el señor Melmotte era un tunante? Aunque él y Paul tenían sus diferencias, y especialmente a raíz de lo de Henrietta, Roger apreciaba a su antiguo amigo y no soportaba ver su nombre mezclado con el de tipos de esa calaña. ¡Y lady Carbury sugería que la posición de sir Felix en la junta merecía una felicitación! No sabía a quién despreciaba más, a sir Felix por pertenecer a la junta directiva o a la junta por aceptar un hombre así como director. «¡Una nueva etapa!», se dijo. «La única etapa que se merece esa panda de rufianes sin escrúpulos es una entrada gratis en la prisión de Newgate».

Y también tenía otro problema. Roger había invitado a Paul Montague a pasar esa misma semana en Carbury, y Paul había aceptado. Con la constancia que era quizá su virtud más notable, seguía sintiendo afecto por su antiguo amigo. No podía soportar la idea de que el alejamiento entre ambos fuera permanente, aunque sabía que perderían el contacto si al final el joven interfería con sus esperanzas de matrimonio con Henrietta. Así pues, le había invitado esperando que el nombre de Henrietta ni siquiera fuera mencionado; y ahora la impertinente carta de lady Carbury implicaba que la joven estaría presente justo durante la visita de Paul. Roger decidió retirar su invitación a Paul como única medida para evitar el desastre.

Redactó las dos cartas a renglón seguido. La que dirigió a lady Carbury era muy breve. Estaría encantado de recibirla a ella y a Henrietta durante la semana en cuestión, y también de ver a Felix, si el joven se presentaba. No mencionó la junta directiva ni la utilidad del joven en la nueva etapa de su vida. A Montague le escribió una carta más larga. «Siempre es mejor ser abierto y honesto», le decía. «Desde que fuiste tan amable de aceptar mi invitación, lady Carbury me ha anunciado que pensaba visitarme justamente esa misma semana, trayendo consigo a su hija. Después de lo sucedido entre nosotros, no hace falta que te diga que teneros a los dos bajo el mismo techo no me complacería nada. No me gusta en absoluto tener que pedirte que pospongas tu visita y espero fervientemente que no me acuses de falta de hospitalidad». Paul le contestó diciéndole que estaba seguro de que no se trataba de falta de hospitalidad y que por supuesto permanecería en Londres.

Suffolk no es un condado especialmente pintoresco ni tampoco se puede afirmar que los alrededores de Carbury fueran magníficos ni hermosos, pero la casa y las tierras poseían una miríada de detalles agradables que le conferían un encanto propio y especial. El río Carbury, así llamado a pesar de ser tan estrecho que un niño aguerrido podía cruzarlo de un salto sin dificultades, discurre o mejor dicho repta hacia Waveney e interrumpe su curso para recorrer un foso que rodea Carbury. El foso constituía una molestia para los dueños de la residencia, y especialmente para Roger, pues en la época de la sanidad moderna se consideraba que era necesario conservarlo limpio evitando que el agua se estancara; la otra opción era llenarlo de tierra y condenarlo. Pasaron diez años valorando esa posibilidad, pero al final decidieron que cerrar el foso equivaldría a alterar el carácter de la casa, destrozaría los jardines y crearía una monstruosidad de fango que tardaría años en asentarse y hacerse meramente soportable a la vista. Y luego un granjero inteligente, que llevaba mucho tiempo como arrendatario en las tierras de Carbury, había formulado una pregunta importante: «¿Llenar eso? Uf, no es tan fácil, jefe. ¿De dónde piensa sacar el montón de barro?». Así pues, el jefe había abandonado la idea y, en lugar de condenar el foso, había optado por embellecerlo más que nunca. La carretera que iba de Bungay a Beecles pasaba muy cerca de la casa, tanto que los extremos de las tejas del edificio solamente estaban separadas de la misma por el ancho del foso. Un camino más corto, privado y de unos pocos centenares de metros llevaba al puente, que se encontraba frente a la puerta principal. El puente era antiguo, elevado y con ciertas pretensiones arquitectónicas, y estaba protegido por unas altas verjas de hierro en la parte central que, sin embargo, raras veces estaban cerradas. Entre el puente y la puerta de entrada había una extensión de terreno suficiente para que pudiera girar un carruaje, y a ambos lados la casa se acercaba al agua, de forma que la entrada retranqueaba formando un cuadrilátero irregular, uno de cuyos lados estaba formado por el puente y el foso. Detrás había grandes jardines protegidos de la carretera por tejos y cipreses de más de tres metros, de los que se decía que eran maravillosamente antiguos. Parte de los jardines estaban dentro del foso y, más allá de este, había dos puentes: uno para ir a pie y otro para los carruajes; al final de la casa, en el lugar más alejado de la carretera, había un puente más que iba desde la puerta de atrás hacia los establos y el corral.

La casa se había construido en tiempos de Carlos II, cuando la arquitectura Tudor cedía el paso a un estilo más barato y menos pintoresco, y tal vez más práctico. Pero a pesar de eso, la Finca Carbury tenía fama de ser un edificio estilo Tudor, y por eso se la conocía en todo el condado. Las ventanas eran anchas y más bien bajas, de parteluces recios con cristales pequeños y anticuados, pues el dueño aún no se había decidido a cambiarlos por unos más modernos. Una ventana de arco elevado, correspondiente a la biblioteca, daba al patio de gravilla, a la izquierda de la puerta principal, según se entraba. Las demás estancias principales miraban al jardín. La propia casa estaba construida con losas de piedra que con los años habían amarilleado, y el efecto final era muy bonito. Seguía con el techo cubierto de tejas, como todos los edificios anexos. Solamente tenía dos pisos de altura, excepto al extremo, donde se encontraban las cocinas y las oficinas, que se elevaban por encima de las demás estancias. Las habitaciones a lo largo de toda la residencia eran de techo bajo, y, en su mayoría, largas y estrechas, con amplias chimeneas y revestimientos de madera en las paredes. En conjunto, uno podría decir que era más pintoresca que cómoda. Su dueño estaba muy orgulloso de la casa tal como era, aunque nunca se lo había revelado a nadie y trataba de ocultarlo; pero todos los que le conocían bien lo sabían. Las residencias familiares de la comarca eran más cómodas y contaban con mejores instalaciones, pero ninguna poseía ese aspecto de antigua casa de campiña inglesa que desplegaba Carbury. Bundlesham, la residencia de los Primero, era la mejor casa del condado, pero parecía recién construida, como si apenas tuviera veinte años. Estaba rodeada de nuevas praderas y setos, paredes y pabellones modernos, y desprendía olor a comercio, o al menos eso pensaba Roger Carbury, aunque jamás lo decía. Caversham era una mansión muy grande, construida durante la primera parte del reinado de Jorge III, cuando a los hombres les importaba que las cosas que los rodeaban fueran sólidas y cómodas, pero no pintorescas. Así pues, lo único que Caversham tenía a su favor era el tamaño. Eardly Park, el hogar de los Hepworth, tenía pretensiones, pues poseía un parque adjunto a la casa y, por ende, la palabra bautizaba al conjunto. Carbury no tenía nada parecido a un parque; los jardines que rodeaban la casa eran meramente prados. Pero la casa de Eardly era fea y mala. El palacio del obispo, por su parte, era una residencia excelente para un caballero, pero también era hasta cierto punto moderna, sin ninguna característica propia ni original. La mansión Carbury sí era peculiar, y a ojos de su propietario, hermosísima.

A menudo le preocupaba pensar en lo que sucedería con su casa cuando él desapareciera. Tenía cuarenta años, y su salud era tan robusta como pudiera desear. Los que lo rodeaban lo habían visto crecer y madurar, convertirse en un hombre; especialmente los granjeros del vecindario, que aún lo consideraban un joven caballero, y, de hecho, durante las ferias de la comarca, así lo llamaban. Cuando estaba de buen humor se parecía en efecto a un niño, y aún poseía una cierta reverencia infantil por sus mayores. Pero últimamente su pecho albergaba un cariño que tal vez hoy en día no pesa tanto en los corazones de los hombres como solía. Había pedido la mano de su prima en matrimonio, después de asegurarse de que la quería más que a cualquier otra mujer, y ella lo había rechazado. Lo había hecho más de una vez, y Roger la creía cuando Hetta aseguraba que no podía amarle. Creía a la gente, sobre todo cuando lo que le decían se oponía a sus propios intereses, y no poseía la confianza en sí mismo que permite a un hombre pensar que si la oportunidad se presenta, es posible conquistar a una mujer a pesar de sí misma. Si estaba escrito que no podía ganarse el amor de Henrietta, entonces estaba seguro de que el matrimonio sería una imposibilidad para él. En cuyo caso, su obligación era buscar un heredero y considerarlo simplemente un eslabón en la estirpe de los Carbury. Siendo así, jamás disfrutaría del lujo de arreglar la residencia tal y como lo hubiera hecho si un hijo suyo fuera a disfrutarla.

En esos momentos, sir Felix era el heredero. Roger no estaba hipotecado y podía dejar cada acre de la propiedad a quien le viniera en gana. En cierto modo, la sucesión natural hacia sir Felix se podía considerar afortunada. A veces, un título iba a parar a una rama menor de una familia, y en este caso no sería así. Sin duda, a sir Felix esa solución le parecería lo más apropiado del mundo, al igual que a lady Carbury, si no fuera porque también miraba la Finca Carbury pensando en otro de sus vástagos. Pero el actual dueño de la casa tenía fuertes objeciones a dicho plan. No era solamente la mala opinión que tenía del barón, tanto que estaba convencido de que no podía hacer nada bueno, sino que tampoco sentía simpatía por el propio título. Patrick, a su juicio, había estado injustificadamente desacertado al aceptar un título hereditario sabiendo que no podía dejar una herencia adecuada para sostenerlo. Un barón, o eso creía Roger Carbury, debía ser un hombre rico para ser digno del rango nobiliario que poseía. Según la doctrina de Roger acerca de estos temas, un título no convertía a ningún hombre en un caballero, pero si no lo llevaba con dignidad, era posible que degradase a un hombre que de otro modo sería un caballero. Pensaba que un caballero de verdad, nacido y criado como tal, reconocido sin el menor género de duda, no sería más caballero por mucho que la Reina le concediera todos los títulos del reino. Así pues, con sus ideas tradicionales acerca del título nobiliario que le había tocado a su familia, Roger lo odiaba. Y no pensaba dejar su casa y sus propiedades para que financiaran el título que desafortunadamente poseía sir Felix. El hecho era que se trataba del heredero natural, y Roger se sentía obligado, casi por una ley divina, a que sus tierras terminaran en manos de la familia. Aunque su disposición no era muy buena, lo cierto es que Roger no tenía más interés en la propiedad que la extensión de su propia vida Era su deber que pasara de Carbury a Carbury, mientras un Carbury estuviera vivo, y especialmente que se le entregara sin hipotecas ni cargas financieras. No había razón por la cual Roger Carbury no fuera a vivir durante los próximos veinte o treinta años, pero si falleciera, no le cabía la menor duda de que sir Felix dilapidaría sus propiedades, y eso sería el fin del Señorío de Carbury. Aun así, Roger Carbury habría cumplido con su deber. Sabía que ninguna voluntad humana estaba inscrita en piedra, por mucho que uno se preocupara de fijarla. Y en su opinión, más valía que las tierras se perdieran a manos de un Carbury que a las de un extraño. Sería fiel al apellido de la familia mientras quedara alguien en pie, y a la estirpe hasta que desapareciera el último miembro. Así pues, ya había redactado su testamento, dejando todos sus bienes al hombre que más despreciaba en el mundo, en el caso de que muriera sin descendencia.

La tarde del día en que debía llegar lady Carbury, Roger deambulaba por la casa reflexionando sobre todo esto. ¡Cuánto mejor hubiera sido tener descendencia propia! ¡Qué maravilloso sería el mundo si su prima consintiera en convertirse en su mujer! Y en cambio, qué insípida y cansada vida llevaría si no lograba obtener su mano. También pensaba en el bien de la muchacha. En verdad, a Roger no le gustaba lady Carbury. La veía a través de sus aspavientos y la juzgaba con casi absoluta precisión. Era una mujer afectuosa que buscaba el bien para los demás antes que para ella, pero era esencialmente mundana; creía que del mal podía brotar el bien, que en ciertos casos las falsedades eran mejores que la verdad, que los fingimientos y las ilusiones podían sustituir el verdadero esfuerzo, que una casa de sólidos cimientos podía erigirse sobre la arena. Lamentaba que la chica que amaba tuviera que vivir en ese ambiente y con enseñanzas tan cargadas de mentiras. ¿Cómo no pensar que el roce con el abismo de la frivolidad la afectaría? En el fondo de su corazón, sabía que amaba a Paul Montague y temía que el camino del joven se hubiera torcido. ¿Qué podía esperarse de un hombre que consentía en participar en una burla como la junta directiva de esa compañía, con gente como lord Alfred Grendall y sir Felix Carbury de colegas y bajo el control absoluto de un ser como el señor Augustus Melmotte? ¿No equivalía eso a construir en arenas movedizas? ¿Qué vida esperaba a Henrietta Carbury si se casaba con un hombre que pugnaba por alcanzar la riqueza sin trabajar y sin capital, que un día sería rico y al siguiente un mendigo, un aventurero de la banca, a los que Roger consideraba los más bajos y deshonestos de entre todos los traficantes de dinero? Trataba de conservar la buena opinión que tenía de Paul Montague, pero así se imaginaba la vida que el joven se estaba labrando.

Luego entró en la casa y paseó por las habitaciones que las damas ocuparían. En tanto que anfitrión, y al no tener madre ni hermanas, su deber era supervisar las comodidades que su hogar ofrecía, pero cabe dudar si hubiera sido tan cuidadoso de haber venido solamente lady Carbury. En la habitación más pequeña todas, las cortinas eran blancas y la atmósfera estaba perfumada con flores; había traído una rosa blanca del invernadero y la había colocado en un jarrón encima del tocador. Seguro que Henrietta caía en la cuenta de quién la había puesto allí. Luego permaneció frente a la ventana abierta, contemplando la pradera distraídamente durante al menos media hora, hasta que oyó las ruedas del carruaje llegar a la puerta principal. Durante esa media hora decidió que volvería a intentar conquistar a la muchacha como si esta no hubiera rechazado su ofrecimiento.

Capítulo 15
«Debes recordar que yo soy su madre»

—Qué amable eres —exclamó lady Carbury, aceptando la mano de su primo para salir del carruaje.

—Lo mismo digo —dijo Roger.

—Lo pensé mucho antes de atreverme a escribirte. Pero tenía tanta nostalgia por volver al campo y amo tanto a Carbury. Y…, y…

—En efecto, ¿dónde escaparía un Carbury de la contaminación de Londres, si no es aquí? Pero me temo que a Henrietta le parecerá aburrido.

—No, no —dijo Hetta sonriendo—. Recuerda que nunca me aburro en el campo.

—El obispo y la señora Yeld vendrán a cenar mañana, con los Hepworth.

—Qué alegría ver al obispo de nuevo —dijo lady Carbury.

—Todo el mundo debe estar contento de verlo, porque es un hombre entrañable y muy bueno. Su esposa es igual que él. Y también vendrá un caballero al que no conocéis.

—¿Un vecino nuevo?

—Sí, exactamente. El padre John Barham, que ha venido para ejercer de párroco en Beccles. Tiene una casita a una milla de aquí, en esta parroquia, y cubre tanto Beccles como Bungay. Hace tiempo conocí un poco a su familia.

—¿Es un caballero, entonces?

—Desde luego. Estudió en Oxford y luego se convirtió en lo que suelen llamar un joven perverso, y luego converso. No posee un chelín en este mundo, más allá de su estipendio religioso, que creo que es más o menos lo que cobra un campesino. El otro día me dijo que se ve obligado a comprar ropa de segunda mano para poder vestirse.

—¡Qué escandaloso! —exclamó lady Carbury, llevándose las manos a las mejillas.

—A él no le parecía ningún escándalo cuando me lo contaba. Nos hemos hecho bastante amigos.

—¿Y crees que al obispo le gustará?

—¿Por qué no? Ya le he hablado de él, y tiene especial interés en conocerlo. No creo que le caiga mal. Pero quizá a ti y a Hetta os aburra.

—Estoy segura de que no será así —dijo Henrietta.

—De hecho, hemos venido aquí para escapar de esas eternas veladas sociales de Londres —declaró lady Carbury.

Sin embargo, a lady Carbury no le había gustado saber que vendrían más invitados a Carbury. Sir Felix había prometido llegar el sábado, con la intención de regresar el lunes, y lady Carbury esperaba que en el ínterin fuera posible organizar una visita a Caversham para que su hijo disfrutara de las oportunidades que la proximidad de Marie Melmotte le brindarían.

—También he invitado a los Longestaffe para que vengan el lunes —dijo Roger.

—¿Sabes si han llegado ya?

—Creo que se disponían a salir ayer. Siempre hay una alteración en el ambiente y una perturbación en el condado cuando la familia Longestaffe viene y va, y me pareció percibir sus efectos alrededor de las cuatro de esta tarde. Aunque creo que no aceptarán mi invitación.

—¿Por qué no?

—Nunca lo hacen. Probablemente tienen la casa llena de invitados, y saben que la mía no es muy grande. Seguro que nos invitan a visitarlos el martes o el miércoles, y si quieres podemos ir.

—Sí, ya sé que tienen invitados —dijo lady Carbury.

—¿Qué invitados?

—Los Melmotte —declaró lady Carbury, y al anunciarlo notó que le fallaban la voz y la templanza; no podía mencionar el hecho sin que se le notase lo mucho que le importaba.

—¡Los Melmotte en Caversham! —dijo Roger, mirando a Henrietta, que se ruborizó al recordar que la habían traído a rastras a casa de su pretendiente solo para que su hermano tuviera la ocasión de cortejar a Marie Melmotte fuera de Londres.

—Sí, la señora Melmotte me lo dijo. Supongo que las dos familias se tratan con frecuencia.

—¡El señor Longestaffe ha invitado a los Melmotte a Caversham!

—¿Por qué no?

—Antes de que lo hicieran los Longestaffe, sería más probable que lo hubiera hecho yo. Y sabes lo lejos que estoy de hacer algo así.

—Creo que el señor Longestaffe precisa de una pequeña ayuda monetaria.

—¡Y así es como piensa obtenerla! Supongo que pronto no importará a quién conoce uno o a quién no. Las cosas ya no son como eran, por supuesto, ni volverán a serlo. Quizá el cambio sea para bien, no diré que no. Pero que un hombre como el señor Longestaffe acepte a alguien como Melmotte en los salones de su esposa… —Henrietta se ruborizó aún más. Hasta lady Carbury lo hizo, porque se acordó de que Roger Carbury sabía que había llevado a su hija al baile de la señora Melmotte. El propio Roger cayó en la cuenta en cuanto hubo hablado y trató de excusarse—: No es que en Londres no me parezcan mala gente, pero desde luego en el campo son mucho peores.

Los preparativos para que las damas se instalaran interrumpieron la conversación. Los criados las acompañaron a sus habitaciones mientras Roger volvía a salir al jardín. Empezó a comprenderlo todo. ¡Lady Carbury había venido a su casa para estar cerca de los Melmotte! Algo que le costaba no encontrar reprochable. No habían venido porque quisieran verlo. Roger opinaba que Henrietta no debía estar en la casa, pero podría haber perdonado la situación fácilmente, porque la muchacha le encantaba. Podría haber perdonado la situación incluso aunque creyera que su madre la había traído para que la conquistara con más facilidad. Porque, de ser así, los objetivos de la madre coincidirían con los suyos, y por eso podría haber perdonado la maniobra, aunque no la aprobara. Hasta cierto punto, era un bálsamo para su amor propio herido. Ahora caía en la cuenta de que su casa y su persona eran meros instrumentos para que el vil proyecto de casar a dos personas viles llegara a buen puerto, y eso le indignaba.

Mientras reflexionaba sobre este descubrimiento, lady Carbury salió a buscarlo al jardín. Se había cambiado de vestido y se había acicalado, como tan bien sabía hacerlo. Y ahora su rostro había mudado a la más dulce de las sonrisas. Su mente también estaba ocupada con los Melmotte, y deseaba explicarle a su ceñudo y terco primo todas las bondades que lloverían sobre ella y los suyos si lograban la alianza con la heredera.

—Roger, entiendo que no te guste esa gente —empezó mientras lo cogía del brazo.

—¿Qué gente?

—Los Melmotte.

—No me desagradan. ¿Cómo van a desagradarme, si ni siquiera los he visto? Simplemente me disgusta la gente que quiere codearse con ellos porque se rumorea que son ricos.

—Es decir, te refieres a mí.

—No, prima. No me refiero a ti. Tú no me disgustas, como bien sabes, aunque no me complace que persigas a esa gente. Pensaba más bien en los Longestaffe.

—¿Acaso crees que los persigo, como dices, por placer? ¿Crees que visito su casa porque me gusta contemplar el esplendor con el que viven? ¿O que he venido hasta aquí tras ellos porque espero obtener algo a cambio?

—Yo no los habría perseguido en absoluto.

—Desde luego que regresaré a Londres si tú me lo pides, pero déjame que te explique lo que quiero decir. Sabes cuál es el problema de mi hijo, mucho mejor, me temo, que él mismo. —Roger asintió en silencio—. ¿Qué puede hacer? La única oportunidad para un joven en su posición es casarse con una heredera. Y es guapo; no puedes negarlo.

—La Naturaleza ha sido generosa con él.

—Debemos aceptarlo como es. Lo enviaron al ejército cuando era muy joven y heredó una pequeña fortuna cuando aún no había madurado. Quizá podría haberle ido mejor, ¿pero cuántos jóvenes como él, colocados frente a las mismas tentaciones, habrían salido incólumes? La cuestión es que no le queda nada.

—Me temo que no.

—Y por lo tanto, ¿no es imperativo que se case con una muchacha con dinero?

—Eso equivale a robarle el dinero a su futura esposa, lady Carbury.

—Ay, Roger, ¡qué duro eres!

—Un hombre debe ser duro o blando. ¿Qué te parece más adecuado?

—Con las mujeres creo que un poco de suavidad es mejor. Quiero que entiendas lo de los Melmotte. Está claro que la joven no se casará con Felix a menos que ella lo ame.

—Pero, ¿la quiere?

—¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Es que no puede amarla nadie, solo porque tiene dinero? Por supuesto que busca marido, ¿y por qué no habría de tener a Felix si es quien le gusta? ¿No entiendes mi preocupación por brindarle un lugar que no sea una vergüenza para su nombre y para la familia?

—Mejor no hablemos de la familia, Lady Carbury.

—Pero pienso tanto en ello.

—Nunca lograrás que admita que nuestra familia se vería beneficiada por un matrimonio con la hija del señor Melmotte. Lo considero peor que el barro que hay en la cuneta. A mi anticuado modo de ver, todo su dinero, si lo tiene, no representa ninguna diferencia. Cuando hay un matrimonio en juego, las personas deberían conocerse, saber algo el uno del otro. ¿Quién sabe algo de este hombre? ¿Quién puede estar seguro de que ella es su hija?

—Le dará su fortuna cuando se case.

—Sí, todo se reduce a eso. Hay gente que lo tacha abiertamente de aventurero y de estafador. Ni siquiera fingen que es un caballero. Todo el mundo es consciente de cómo amasa su dinero: no mediante el comercio honrado, sino con triquiñuelas ocultas, como un tahúr. Un hombre que no se merece ni entrar en nuestras cocinas, mucho menos llegar hasta nuestra mesa, por sus propios méritos. Pero ha aprendido el arte de hacer dinero, así que no solo lo aguantamos, sino que nos arrojamos sobre su cuerpo como aves de rapiña.

—¿Quieres decir que Felix no debería casarse con la chica, incluso si se quieren?

Roger sacudió la cabeza, disgustado, seguro de que cualquier idea de amor por parte del joven era una farsa y una pretensión, no solo de cara a él, sino también a su madre. Sin embargo, no podía afirmarlo en voz alta, y al mismo tiempo deseaba que lady Carbury se diera cuenta.

—No tengo nada más que decir al respecto —continuó—. Si hubiera sucedido en Londres, no habría dicho nada. No es asunto mío. Pero al saber que la muchacha en cuestión se encuentra en el vecindario, en una casa como Caversham, y que Felix viene aquí para estar cerca de su presa, cuando se me pide que sea cómplice en la conspiración, solo puedo decir lo que pienso. Tu hijo será bienvenido en mi casa porque es tu hijo y mi primo, aunque no apruebe su modo de vida. Pero desearía que hubiera optado por otro lugar donde llevar a cabo su conquista.

—Si quieres, Roger, regresaremos a Londres. Me resultará difícil explicárselo a Hetta, pero nos iremos.

—No es lo que quiero.

—¡Pero has dicho cosas tan duras! ¿Cómo vamos a quedarnos? Hablas de Felix como si fuera un malvado. —Lady Carbury lo miró con la esperanza de obtener de él una contradicción a dicha afirmación, una retractación, una palabra amable; pero era lo que él pensaba, y Roger no tenía nada que decir. Su prima podía soportar muchas cosas; no era delicada para con la censura implícita o explícita. Había tenido que aguantar palabras mucho más duras y estaba preparada para lo que viniera. Si Roger la hubiera criticado a ella o a Henrietta, lo habría aguantado en nombre de los beneficios venideros. Además, podría haberlo perdonado más fácilmente porque no habrían sido críticas justas. Pero por su hijo estaba dispuesta a luchar. ¿Quién lo defendería, sino ella?

—Me duele, Roger, que nuestra visita te haya incomodado. Pero creo que será mejor que nos vayamos. Eres muy duro y eso me destroza.

—No era mi intención.

—Dices que Felix está en busca de su… presa y que ha venido aquí para estar cerca de ella. ¿Qué palabras pueden ser más duras que esas? En cualquier caso, debes recordar que yo soy su madre.

Expresó muy bien su sentimiento de ofensa. Roger comenzó a avergonzarse y a pensar que había pronunciado palabras excesivas. Y sin embargo, no sabía cómo retirarlas.

—Si te he herido, lo lamento mucho.

—Por supuesto que me has herido. Creo que voy a entrar en casa. ¡Qué duro es el mundo! Vine aquí para gozar de la paz y del sol y de repente se ha desatado una tormenta.

—Me has preguntado acerca de los Melmotte y me he visto obligado a responder. No era mi intención ofenderte.

Caminaron en silencio hasta que llegaron a la puerta que llevaba a la casa desde el jardín y ahí Roger la detuvo.

—Si he sido excesivamente duro contigo, déjame que te pida perdón.

Lady Carbury sonrió y se inclinó, pero su sonrisa no era de perdón. Luego intentó acceder a la casa.

—Por favor, no vuelvas a hablar de regresar a Londres, prima.

—Creo que voy a ir a mi habitación. Me duele tanto la cabeza que casi no lo puedo soportar.

Era última hora de la tarde, alrededor de las seis, y según su costumbre diaria debería haber dado una vuelta por el despacho y las tierras para ver a sus hombres al final de la jornada, pero se quedó quieto unos instantes en el lugar donde lady Carbury le había dejado y se alejó lentamente por el césped hasta el puente. Allí se sentó en el parapeto. ¿Era posible que abandonara su casa en un arranque de ira y se llevara a su hija con ella? ¿Así debía separarse de la única persona que amaba en el mundo? Roger era muy consciente de los deberes de la hospitalidad y estaba convencido de que un caballero en su propia casa debía desplegar una cortesía para con sus huéspedes más dulce, más suave, más amable que en cualquier otro lugar. Y de todas sus huéspedes, las que ostentaban su propio apellido eran las que más derecho tenían a la cortesía en la Finca Carbury. Roger administraba el lugar para el disfrute de otros. Pero si había una persona entre las demás para quien la casa debía ser un refugio, no una morada de problemas, en cuyo nombre, si fuera posible, Roger haría el aire más suave y las flores más dulces que de costumbre, a quien pensaba declarar, si por fin lograba pronunciar esas palabras, que era la dueña de la casa y de él mismo, era a su prima Hetta, quisiera concederle la mano o no. ¡Ahora, su invitada acababa de informarle de que, debido a su actitud, Hetta y ella regresarían a Londres!

Y no podía negarlo. Sabía que había sido duro. Se había expresado en términos inequívocos. También era verdad que no podría haber expresado su opinión sin utilizar palabras duras ni reprimido lo que quería decir sin reprochárselo. Pero en su actual estado de ánimo no podía consolarse para justificarse a sí mismo. Lady Carbury le había hecho recordar que Felix era su hijo; y mientras así hablaba, había actuado como una madre indignada. El corazón de Roger era tan blando que, a pesar de que sabía que su prima era una falsa y su hijo, un inútil, se condenó a sí mismo. No podía consolarse. Cuando llevaba sentado media hora sobre el puente, se volvió hacia la casa para vestirse para la cena y preparar una disculpa, si es que la aceptaban. En la puerta, de pie como si lo esperara, se encontró a su prima Hetta. Llevaba en su pecho la rosa que Roger había colocado en su habitación y cuando se acercó a ella, pensó que en sus ojos había más bondad y cariño hacia él de lo que nunca había visto antes.

—Roger… —dijo ella—. Mamá está tan triste.

—Me temo que la he ofendido.

—No es eso, sino que te hayas enfadado tanto con Felix…

—Estoy enfadado conmigo mismo por haberle causado el menor disgusto a tu madre. Más de lo que puedo expresar con palabras.

—Ella sabe lo bueno que eres.

—No, no es verdad. Me he comportado muy mal. Estaba tan ofendida conmigo que ha hablado de volver a Londres. —Hizo una pausa para que ella hablara, pero Hetta no tenía nada que decir en ese momento—. Me sentiría un miserable si se fuera a Londres disgustada conmigo.

—No creo que lo haga.

—¿Y tú? ¿Estás enfadada?

—No. Nunca me atrevería a estar enfadada contigo. Desearía que Felix se comportara mejor. Dicen que los hombres jóvenes pasan por etapas malas y que luego mejoran a medida que maduran. Ahora Felix tiene un trabajo en la City, un cargo de director, y mamá piensa que eso le hará bien. —Roger no podía expresar ninguna esperanza en este sentido, ni siquiera fingir que respetaba la compañía o la junta directiva—. No veo por qué no debería intentarlo, al menos.

—Querida Hetta, ojalá fuera como tú.

—Las mujeres somos diferentes, ya lo sabes.

No fue hasta bien entrada la noche, mucho después de la cena, cuando Roger pudo presentar sus disculpas formales a lady Carbury, y ella por fin aceptó.

—Creo que fui muy severo contigo, prima, cuando hablamos de tu hijo Felix —dijo—, y te pido disculpas.

—Fuiste firme, eso fue todo.

—Un caballero nunca debe comportarse así con una dama, y menos con sus propios invitados. Espero que me perdones.

Lady Carbury le respondió poniendo la mano sobre su brazo y sonriendo, lo que puso fin a la pelea. Entendía la magnitud de su triunfo y pensaba utilizarlo a fondo. Ahora Felix podía venir a Carbury, y de ahí presentarse en Caversham y seguir con su cortejo, mientras que el dueño de Carbury tendría que contener sus objeciones. Y si Felix venía, no corría el riesgo de tener que irse con la cola entre las piernas. Roger entendería que la cortesía lo obligaba a comportarse correctamente, y la severidad de sus afirmaciones le impulsarían aún más a ser un perfecto anfitrión. Lady Carbury tenía instinto para adivinar esas cosas. Roger también, y aunque su actitud era amable y cortés y se esforzó por que su casa resultase tan cómoda como fuera posible para sus dos invitadas, en cierto modo sentía que le habían robado su derecho a censurar todo lo relativo a los Melmotte. Durante la velada llegó una nota, o mejor dicho, un puñado, desde Caversham. La que estaba dirigida a Roger era una carta. Lady Pomona lamentaba comunicarle que los Longestaffe no tendrían el placer de cenar en la residencia Carbury porque tenían la casa llena de invitados. Esperaba que Roger y sus parientes, pues lady Pomona había oído que se alojaban esa semana en Carbury, tuvieran a bien cenar con ellos bien el lunes o el martes de la semana siguiente, según les conviniera. Esa era la misión de la carta de lady Pomona a Roger. Además, había también tarjetas de invitación para lady Carbury, su hija y para sir Felix.

Mientras Roger leía la carta, le entregó las tarjetas a lady Carbury y le preguntó qué deseaba hacer. El tono de su voz al hablar era estridente, como si aún contuviera parte de su anterior dureza. Pero lady Carbury sabía cómo jugar su triunfo.

—Me encantaría ir —declaró.

—Desde luego, yo no asistiré —dijo Roger—, pero no será ningún problema organizar la velada. Debes contestar cuanto antes: el criado se ha quedado esperando una respuesta.

—El lunes sería mejor —dijo lady Carbury—. Es decir, si no tienes previsto que vengan invitados aquí.

—No, el lunes no.

—Queda claro que Hetta, Felix y yo sí aceptamos la invitación.

—Haz lo que te parezca mejor —dijo Roger, aunque pensaba en lo delicioso que sería que Henrietta se quedara con él mientras los demás partían, y en lo muy pernicioso que le parecía que Hetta se mezclara con los Melmotte de nuevo. La pobre muchacha no podía decir nada. Por su parte, desde luego que no tenía ningún deseo de alternar con los Melmotte, pero tampoco de quedarse cenando a solas con su primo Roger.

—Será lo mejor —dijo lady Carbury después de reflexionar un momento—. Es muy generoso por tu parte.

—Por supuesto, debes hacer lo que te convenga más —replicó, pero su tono aún albergaba el trasfondo de censura que lady Carbury temía.

Un cuarto de hora más tarde, el criado de los Caversham estaba de camino a su finca con dos cartas, una de Roger expresando su desazón por no poder aceptar la invitación de lady Pomona y otra de lady Carbury en la que declaraba que sería un placer para ella y sus hijos cenar en Caversham el lunes.

Capítulo 16
El obispo y el párroco

La tarde que lady Carbury llegó a la casa de su primo había sido tormentosa. Las palabras de Roger habían sido severas y lady Carbury había sufrido por ello, o al menos había fingido tan bien que en la mente de Roger se había grabado la impresión de que su actitud había sido cruel. Después de mencionar la posibilidad de volver a Londres, había aceptado quedarse en la casa para finalmente desplegar un muy femenino dolor de cabeza. Es decir, la postura de lady Carbury había quedado clara, aunque le había costado un tormentoso espectáculo. La mañana siguiente había sido muy tranquila. La cuestión de los Melmotte estaba clara, no había necesidad de volver a hablarlo. Justo después de desayunar, Roger salió hacia los campos, después de informar a las damas de que podían utilizar el modesto carruaje de la residencia si lo precisaban. «Aunque creo que os cansaréis mucho si tratáis de conducirlo por esos caminos», advirtió. Lady Carbury le aseguró que jamás se aburría cuando tenía tiempo de dedicarse a sus lecturas. Antes de irse, se acercó a los jardines y arrancó una rosa, que ofreció luego a Henrietta. Se limitó a sonreír al dársela y se fue en silencio. Había decidido no decirle nada acerca de sus intenciones hasta el lunes. Si entonces la convencía, le pediría que se quedara con él mientras su madre y su hermano iban a cenar a Caversham. Hetta lo miró al aceptar la rosa y murmuró un agradecimiento. La joven apreciaba la verdad, el honor y la honestidad del carácter de Roger, y si tan solo su primo se hubiera contentado con el cariño familiar que ella le profesaba, todo sería mucho más fácil. Hetta ya empezaba a ponerse de su parte con respecto a las actitudes de su madre y de su hermano, y sentía que Roger era un guía mucho más seguro y de confianza. Pero ¿cómo dejarse guiar por un pretendiente a quien no amaba?

—Me temo, querida, que no vamos a pasarlo bien —declaró lady Carbury.

—¿Por qué dices eso, mamá?

—Será muy aburrido. Tu primo es el mejor amigo del mundo y sería el mejor marido de todos los caballeros de Inglaterra, pero no está del mejor humor y no será un anfitrión agradable. ¡Qué tonterías dijo acerca de los Melmotte!

—Mamá, los Melmotte no parecen gente demasiado agradable.

—¿Y por qué no iban a serlo? A ver, Henrietta, no pienso soportar tonterías también de ti. Si viene de las virtudes sobrehumanas de Roger, hay que aguantarse, pero te ruego que no lo imites.

—Mamá, eso no es muy amable por tu parte.

—Y lo será aún menos si desprecias a gente que tiene la posibilidad de cambiar para bien la vida de tu hermano. Una palabra tuya equivocada y todo puede irse al traste.

—¿Qué palabra?

—¿Cómo? ¡Pues cualquiera! Si tienes la menor influencia sobre tu hermano, debes animarle a que se dé prisa. Estoy segura de que la muchacha está dispuesta. Después de todo, le dijo que hablara con su padre.

—Entonces, ¿por qué no lo hace?

—Supongo que tiene reparos, por el dinero. Si Roger le diera a entender que Felix va a heredar no solo el título, sino también las propiedades, y que algún día será sir Felix Carbury de la Finca Carbury, no creo ni siquiera que el viejo Melmotte tuviera algo que objetar al enlace.

—¿Cómo puede hacer eso Roger?

—Si tu primo muriera hoy, sin descendencia, es lo que sucedería. Tu hermano es su heredero.

—Qué cosa más horrible, mamá. No deberías ni pensarlo.

—¿Vas a decirme lo que puedo o no puedo pensar? ¿Es que no me dejas pensar en mi propio hijo? ¿Acaso no lo quiero por encima de todas las cosas? Así es y así lo digo. Si Roger muriera mañana, tu hermano sería sir Felix Carbury de la Finca Carbury.

—Pero, mamá, sí que vivirá y tendrá hijos. ¿Por qué no iba a tenerlos?

—Tú misma dices que es tan viejo que ni puedes considerarlo como un pretendiente.

—Nunca dije eso. Estábamos bromeando y dije que me parecía mayor. Pero sabes perfectamente que no dije que fuera demasiado viejo como para casarse. Hombres mucho mayores que él se casan cada día.

—Si tú no le aceptas, jamás se casará. Es ese tipo de hombre, tan estirado y tozudo y anticuado que nada ni nadie lo cambiará. Seguirá penando por ti hasta convertirse en un viejo misántropo. Si te casaras con él, me quedaría más tranquila. Eres mi hija, después de todo, igual que Felix. Pero si vas a ser obstinada y te vas a negar a casarte con él, me gustaría que los Melmotte entendieran que el título y la propiedad irán a parar a Felix. Será como digo, ¿y por qué no iba Felix a beneficiarse de ello?

—¿Quién debería decírselo a los Melmotte?

—Ese es el problema. Roger es tan severo y está tan cargado de prejuicios que no se puede hablar racionalmente con él.

—Ay, mamá… No irás a sugerir que…. No le habrás dicho que este lugar debería ir a parar a manos de Felix cuando él…

—Se morirá igual el día que el Señor lo desee; no lo matará antes de tiempo decirlo.

—Mamá, no te atreverás.

—Por mis hijos me atrevería a cualquier cosa. No pongas esa cara, Henrietta. No voy a decirle nada por el estilo. No es lo bastante inteligente como para entender lo mucho que nos ayudaría eso sin que le hiera irremediablemente.

Henrietta estuvo a punto de decir que su primo era lo bastante inteligente como para entender cualquier cosa, pero también demasiado honesto como para participar en una estratagema como la que su madre acababa de describir. Sin embargo, se contuvo y guardó silencio. Su madre y ella no compartían puntos de vista en lo que a ese asunto se refería. Empezaba a entender el tortuoso laberinto de maniobras en el que se desenvolvía la mente de su madre, y al mismo tiempo empezó a despreciarlo y a desagradarle profundamente. Pero en tanto que su hija, su deber era abstenerse de reprochárselo.

Por la tarde, lady Carbury se había dirigido sola a Beccles para telegrafiar a su hijo. «Cenarás en Caversham el lunes. Ven el sábado si puedes. Ella está aquí». Lady Carbury había dudado mucho antes de redactar su mensaje. La encargada de la oficina de telégrafos seguramente adivinaría quién era la mujer de la que hablaba, y quizá podía hacerse una idea del plan y fomentar los rumores. Pero era esencial que Felix estuviera informado de la gran oportunidad de que disponía. Había prometido venir el sábado y volver el lunes, y a menos que le advirtiera, probablemente no se quedaría. Y si le decía que bajara para la cena del lunes, desperdiciaría la ocasión de cortejarla el domingo. Lady Carbury quería, en suma, que su hijo permaneciera en Carbury el mayor tiempo posible, y sabía que nada atraería y conservaría la atención de su hijo como la información de que la heredera ya estaba instalada en Caversham. Cuando hubo mandado el telegrama, regresó y se quedó en su habitación, redactando durante un par de horas un artículo para el Breakfast Table. Nadie podía acusarla de pereza o dejadez. Después, dio un largo paseo por los jardines, pensando en el esquema de un nuevo libro. Pasara lo que pasara, lady Carbury persistiría. Si la familia caía en desgracia, no sería porque ella no se había esforzado. Henrietta, por su parte, se pasó el día entero sola. No vio a su primo desde el desayuno hasta que apareció en la salita poco antes de la cena. Sin embargo, pensó en él durante todo el día: en lo bueno y honesto que era, en el derecho que tenía de esperar que ella fuera amable con él. Su madre había hablado de Roger como si fuera un cadáver cuyo único fin era el de ser enterrado de una vez por todas, simplemente porque la amaba. ¿Podía tal cosa ser cierta? ¿Que la constancia de su afecto le impidiera formar una nueva relación, que nunca se casaría a menos que ella aceptara su ofrecimiento? Pensó en Roger con mayor ternura de la que jamás le había dedicado, y, sin embargo, no podía decirse que lo amara. Quizá su deber fuera entregarse a él sin amarlo, por lo bueno que era; sea como fuere, estaba segura de que no lo amaba.

Por la noche llegaron el obispo, su esposa la señora Yeld, los Hepworth de Eardly y el padre John Barham, el párroco de Beccles. El grupo consistía en ocho invitados, quizá la mejor cifra para mezclar damas y caballeros en una mesa, especialmente cuando no había anfitriona cuya prerrogativa y deber fueran sentarse frente al dueño de la casa. En este caso, fue el señor Hepworth quien se sentó en dicha posición, mientras que el obispo y el párroco se sentaron frente a frente y las damas ocuparon los cuatro rincones de la mesa. Roger, aunque no mencionaba esos detalles, no paraba de darles vueltas, pues creía que el deber de un anfitrión incluía administrar todo lo que tuviera que ver con la comodidad de sus invitados. En el salón le había dedicado mucha atención al joven clérigo, presentándole al obispo y a su esposa primero, y luego a sus primas. Henrietta lo observó durante toda la noche y se dijo que era un verdadero espejo de cortesía. Lo había visto antes, sin duda alguna, pero nunca había reparado en él con atención hasta que su madre lo había tachado de ser un hombre aburrido que moriría sin esposa y sin hijos porque ella se negaba a ser su mujer.

El obispo tendría unos sesenta años, gozaba de un aspecto saludable y contaba con unas facciones agradables, un cabello que empezaba a teñirse de gris, ojos claros, boca amable y una incipiente doble barbilla. Medía casi dos metros, tenía las manos grandes y el torso ancho, y piernas que parecían hechas a la medida del hábito. Además del obispado, contaba con una fortuna personal y, como no viajaba a Londres ni tenía hijos que gastasen su dinero, vivía en el campo como un caballero, con comodidad. También era muy popular: los pobres lo idolatraban y, aun en las diócesis que no apreciaban su teología, lo consideraban un obispo modelo. Los ricos y los pobres, los que estimaban el ritual una señal de Dios o del Demonio, lo consideraban un servidor fiel, porque no se decantaba por ninguna de esas posiciones. No era un hombre egoísta, amaba a su prójimo como a sí mismo y perdonaba todas las injurias, agradeciendo a Dios los dones que recibía cada día desde el fondo de su corazón mientras rogaba que le librara de la tentación. Pero dudo que pudiera impartir alguna enseñanza religiosa, o una que realmente creyera, si es que hace falta que uno crea para poder enseñar a otro a creer. ¿Quién sabe si realmente estaba libre de pecado o si albergaba algún temor profundo? Si así fuera, ni siquiera se lo había mencionado jamás a su esposa. Por el tono de su voz y su mirada, uno diría que dichas agonías jamás le habían rozado. Y sin embargo, era cierto que jamás hablaba de su fe ni debatía con los demás las razones para sostenerla. Era un buen predicador, y sus sermones morales eran cortos, breves y útiles. Jamás se cansaba de fomentar el bien entre sus parroquianos y hermanos de fe. Las puertas de su casa estaban abiertas para ellos y sus esposas, y los edificios de todas las iglesias de sus diócesis le preocupaban. Se esforzaba por mejorar las escuelas y por que los pobres tuvieran acceso a todas las comodidades posibles, pero jamás había declarado que el alma humana debe morir y vivir según su fe. Quizá no existía un obispo en Inglaterra más amado ni más útil para su diócesis que el obispo de Elmham.

El padre John Barham era la otra cara de la moneda: recientemente nombrado, era el cura católico de Beccles, y, sin embargo, ambos eran hombres buenos. El padre John medía un metro ochenta y era tan delgado, escuálido y de apariencia tan cansada que a menos que se inclinara, parecía muy alto. Poseía una espesa mata de pelo marrón que llevaba muy corto según los preceptos de su Iglesia, pero que siempre alteraba, pasándose las manos por él, de modo que, aunque corto, tenía aspecto de estar permanentemente alborotado y despeinado. Cuando era joven y le caían las guedejas por la frente, había adquirido la costumbre, cuando hablaba con energía, de tirarlas hacia atrás con el dedo, y ahora que lo llevaba corto seguía haciéndolo. Poseía una frente ancha y alta, enormes ojos azules, una nariz larga y estrecha, la boca atractiva, mejillas casi chupadas y una barbilla cuadrada y firme. No tenía un centavo, excepto lo que le daba la Iglesia, y no le bastaba para pagarse la comida y la ropa, pero no había hombre a quien le importaran menos esos detalles que al padre John Barham. Era el hijo de un caballero inglés de pocos medios, le habían mandado a estudiar a Oxford para que pudiera procurarse una parroquia de la que vivir, y la víspera de que lo ordenaran, había abrazado la fe católica. Fue una gran decepción para su familia, pero no se distanciaron hasta que una de sus hermanas siguió sus pasos. Después de que le prohibieran volver a la casa familiar, había seguido intentando convertir a sus otras hermanas por carta, y ahora él y su padre llevaban años sin dirigirse la palabra. Nunca lo mencionaba ni se quejaba. Si su destino era sufrir por su fe, lo aceptaba. Si hubiera podido cambiar de credo sin incurrir en la censura de los suyos, en la reprobación del mundo y en la pobreza, su propia conversión no le habría resultado la mitad de satisfactoria. Creía que su padre protestante, que en su opinión era equivalente a ser un pagano, tenía razón por haberle apartado de su vida. Seguía sintiendo afecto por él y rezaba por su alma para que un día abrazara la verdadera fe.

Para el padre Barham, lo más importante que un hombre podía hacer era creer y obedecer, abandonar su propia razón al cuidado de los demás y del prójimo y dejarse guiar por la autoridad. La fe era suficiente en sí misma y para todo, la conducta moral era un testimonio de fe, pues para él, cuyas creencias eran lo bastante sólidas como para generar obediencia, la moral era un añadido. Los dogmas de su Iglesia eran la verdadera religión para el padre Barham, y estaba dispuesto a enseñarlos en todo momento, siempre preparado para demostrar que eran la verdad sin temor de ningún enemigo, ni siquiera de la hostilidad que su perseverancia podía despertar. Solamente tenía un deber frente a él, que era comunicar al mundo su fe. Quizá durante toda su vida solamente convertiría a uno, o ni siquiera eso, pero aun así merecería la pena. Sembraría la semilla y labraría la tierra, aunque no se le diera la ocasión de cosechar el fruto de sus esfuerzos.

Hacía poco que se había instalado en Beccles, y Roger Carbury había descubierto que se trataba de un caballero, tanto por nacimiento como por educación. También había reparado en que era muy pobre y, en consecuencia, le había ofrecido su ayuda. El joven párroco no había dudado en aceptar la hospitalidad de su vecino, y en una ocasión había afirmado, riendo, que estaba encantado de aceptar su invitación a cenar en Carbury porque no tenía nada en su despensa. También aceptaba de buena gana verduras y frutas del huerto, así como pollos, declarando que era demasiado pobre para negarse. La aparente franqueza del joven acerca de su situación complacía mucho a Roger, y su aprecio no había disminuido cuando una noche de invierno, en uno de los salones de Carbury, el padre Barham incluso había intentado convertir a su anfitrión. «Siento el mayor respeto por su religión», había dicho Roger, «pero no es para mí». El párroco había aceptado esa lógica: no podía sembrar su semilla, pero podía intentar arar la tierra. Había repetido su intentona un par o tres de veces, y a Roger ya le había molestado un poco más. Pero el cura era tan sincero que eso despertaba su admiración y su respeto. Y Roger estaba seguro de que, aunque aburridas, sus enseñanzas no eran perniciosas. Un día se le ocurrió que llevaba doce años tratando con el obispo de Elmham y que de los labios del obispo jamás había salido una palabra sobre religión, mientras que este hombre, casi un extraño, que profesaba otra fe, siempre le hablaba de ello. Roger Carbury no era un hombre muy dado a las reflexiones profundas, pero decidió que le gustaba más la actitud del obispo.

Durante la cena, lady Carbury fue toda sonrisas y amabilidad. Nadie que la escuchara o la observara pensaría que su corazón rebosaba de preocupación. Estaba sentada entre el obispo y su primo, y era lo bastante hábil como para hablar con uno sin descuidar al otro. Conocía al obispo desde hacía tiempo, y una vez le había hablado de su alma. El primer tono en la respuesta del buen hombre la convenció de que había cometido un error, y jamás lo repitió. Con el señor Alf hablaba libremente de su intelecto; con el señor Broune, de su corazón y con el señor Booker, de su cuerpo y de las necesidades de este. También estaba dispuesta a hablar de su alma, si la ocasión lo disponía, pero era demasiado prudente como para confiar ese tema a un obispo. Ahora centraba su conversación en las maravillas de Carbury y de la campiña cercana.

—Sí, ciertamente —dijo el obispo—. Suffolk es una zona muy bonita, y como estamos solo a una milla o dos de Norfolk, creo que lo mismo puede comentarse de Norfolk. Como se suele decir: «Donde hay un nido, vuelan los pájaros».

—Me gustan los condados que aún conservan el espíritu del campo —dijo lady Carbury—. Staffordshire y Warwickshire, Cheshire y Lancashire se han convertido en grandes ciudades y han perdido toda su originalidad local.

—Y nosotros conservamos nombre y reputación —dijo el obispo—. ¡Los simples de Suffolk, nos llaman!

—Muy inmerecido.

—Como tantos otros epítetos, imagino. Es verdad que somos gente dormilona, no tenemos carbón ni hierro. No hay paisajes hermosos, como en la zona de los lagos en el norte, ni grandes ríos donde pescar, como en Escocia, ni cotos de caza.

—¡Perdices! —aportó lady Carbury, con animada energía.

—Sí, tenemos perdices, iglesias bonitas y hasta arenques. No nos va mal, siempre y cuando la gente no espere demasiado. No podemos crecer y multiplicarnos como hacen las grandes ciudades.

—Precisamente por eso me gusta esta parte de Inglaterra. ¿De qué sirve una ciudad hacinada?

—Bueno, tenemos que poblar la tierra, lady Carbury.

—Ah, por supuesto —dijo la dama, añadiendo algo de reverencia a su voz al pensar que el obispo se refería a un mandamiento—. Hay que poblar la tierra, pero a mí me gusta más el campo que la ciudad.

—A mí también, y me gusta Suffolk —dijo Roger—. La gente es honesta, y no son tan radicales como en la ciudad. Los pobres saludan al pasar y los ricos piensan en los pobres. Aquí todavía se respetan las costumbres inglesas.

—Qué bien —dijo lady Carbury.

—También conserva algo de la ignorancia tradicional inglesa —apuntó el obispo—. Sin embargo, vamos mejorando, como el resto del mundo. ¡Qué flores más hermosas tiene usted, señor Carbury! Al menos también crecen flores hermosas en Suffolk.

La señora Yeld, la esposa del obispo, estaba sentada al lado del joven párroco, y se encontraba en verdad un poco asustada de su compañero de mesa. Quizá era un poco menos flexible que su esposo y aunque estaba dispuesta a admitir que el señor Barham seguía siendo un caballero pese a ser católico, no estaba muy segura de que fuera correcto que ella y su marido tuvieran tratos con él. El señor Carbury no los había invitado sin advertirlos antes. Les había comunicado que el párroco estaría allí, y el obispo había declarado que le complacería mucho conocerlo. Pero la señora Yeld no estaba tan tranquila. Jamás se aventuraba a expresar su opinión una vez que su marido se había pronunciado, pero sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, y los católicos no se encontraban en el lado correcto, por lo que había que erradicarlos. También opinaba que si no hubiera curas, la Iglesia católica no existiría. El señor Barham era un hombre de buena familia, algo que había que tener en cuenta.

El hecho era que el párroco siempre iniciaba sus avances gradualmente. La taciturna humildad con la que empezaba sus operaciones estaba en exacta proporción a la volubilidad entusiasta de su cercanía. La señora Yeld pensó que podía dirigirse a él con educación y él le replicó con tanta modestia apurada que casi la convenció para olvidar lo mucho que le desagradaba. La señora Yelds le habló de los pobres de Beccles, con mucho cuidado de mencionar únicamente su posición material. Sin duda bebían demasiado, y a las chicas jóvenes les gustaba vestirse finamente. ¿De dónde sacaban todo el dinero necesario para los sombreritos con los que desfilaban cada domingo? El señor Barham replicó plácidamente y convino con la señora Yeld en todo lo que dijo. Sin duda ya tenía un plan entre manos para intentar convencerla de que cantara la misa católica en el mismísimo obispado, pero en esta ocasión no dijo nada. Solo cuando de refilón hizo una alusión a las cualidades de «su gente», la señora Yeld se enderezó con firmeza y cambió de tema, observando que últimamente había llovido mucho.

Cuando las damas se hubieron retirado al otro salón, el obispo de nuevo entabló conversación con el cura y le preguntó por el estado de la moral del pueblo de Beccles. Evidentemente, la opinión del señor Barham acerca de «su gente» era que su moral era mejor que la de otros, aunque fuesen mucho más pobres.

—Pero los irlandeses beben mucho —señaló el señor Hepworth.

—No tanto como los ingleses, diría yo —replicó el cura—. Y no todos somos irlandeses. De mis parroquianos, la gran mayoría son ingleses.

—Es sorprendente lo poco que sabemos de nuestros vecinos —comentó el obispo—. Por supuesto que soy consciente de que existen un cierto número de personas de su fe a nuestro alrededor y creo que hasta podría darles el número exacto de esta diócesis. Pero en mi vecindario inmediato no sé exactamente cuántas familias son católicas.

—No puede porque no hay ninguna, monseñor.

—Por supuesto. Lo que le decía, qué poco sabemos de nuestros vecinos.

—Creo que aquí, en Suffolk, deben ser en su mayoría pobres —dijo el señor Hepworth.

—Los primeros que depositaron su fe en nuestro Señor fueron los pobres —señaló el cura.

—Creo que la analogía no es exacta —dijo el obispo, con una curiosa sonrisa—. Hablábamos de los que aún creen en un credo anterior. Nuestro Señor enseñaba, a fin de cuentas, una nueva religión. Que los pobres y los desafortunados, en la simplicidad de sus corazones, sean los primeros en reconocer la verdad de una nueva religión encaja con nuestra idea de la naturaleza humana. Pero que el credo anterior permanezca con ellos después de que las clases pudientes lo hayan abandonado no es tan comprensible.

—La población romana todavía era creyente —empezó Carbury— después de que los patricios aprendieran a considerar a sus dioses como simples instrumentos útiles.

—Los patricios romanos no abandonaron ostensiblemente su religión. La gente se aferró a ella creyendo que sus amos y dirigentes también lo hacían.

—Los pobres siempre han sido la sal de la tierra —dijo el cura.

—Eso es otra cuestión —replicó el obispo, volviéndose a su anfitrión e iniciando una conversación sobre la cría de cerdos que recientemente habían sido incluidos en las porquerizas del obispado. El padre Barham se volvió hacia el señor Hepworth y siguió con su argumento, o mejor dicho, empezó a hablar con él de este tema. Era un error suponer que los católicos eran todos pobres. Estaba la familia A, la B, la C y la D, y él se sabía todos sus nombres de memoria y estaba orgulloso de su fidelidad. Para él, los verdaderamente fieles eran la sal de la tierra, los que algún día, gracias a su fe, restaurarían la verdadera fe de Inglaterra. El obispo había dicho que no sabía a qué religión pertenecían muchos de sus vecinos, pero el padre Barham, aunque apenas llevaba doce meses en el condado, se sabía el nombre de casi todos los católicos de los alrededores.

—Su párroco es un hombre de celo —señaló el obispo a Roger Carbury después— y no dudo que, además, es una persona excelente, pero quizá un poco indiscreto.

—Me gusta porque hace lo mejor que puede según su juicio, sin la más mínima preocupación por su bienestar material.

—Eso está muy bien, y estoy dispuesto a respetarle por ello. Pero no sé si se puede hablar libremente en su presencia.

—Seguro que no repetirá nada inapropiado.

—Quizá no, pero siempre pensará que va a ganarme la partida.

Más tarde, cuando volvían a casa, la señora Yeld le dijo a su marido:

—No creo que sea adecuado. Por supuesto que no son prejuicios, pero los protestantes son una cosa y los católicos, otra.

—Lo mismo se podría decir de liberales y conservadores, pero no vas a impedir que tengan tratos entre sí.

—Querido, no es lo mismo. Al fin y al cabo, la religión es la religión.

—Debería serlo —dijo el obispo.

—No quiero llevarte la contraria, querido, pero no creo que quiera volver a coincidir con el señor Barham.

—A mí me pasa lo mismo —dijo el obispo—, pero si me cruzo con él, espero que mantengamos una conversación educada.

Capítulo 17
Marie Melmotte escucha una historia de amor

A la mañana siguiente llegó un telegrama de Felix. Llegaría a Beccles en el tren de la tarde y Roger, a petición de lady Carbury, mandó el carruaje a la estación a buscarlo. Así se hizo, pero Felix no se presentó. Aún debía llegar otro tren, con el cual se presentaría a la cena justo a tiempo, si la cena se retrasaba media hora. Lady Carbury, con una mirada tierna, casi sin decir palabra, suplicó a su primo que tuviera paciencia con su hijo. Roger frunció el ceño, como siempre hacía involuntariamente cuando algo no le gustaba, pero asintió. Habría que volver a enviar a alguien a la estación. Actualmente no abundaban los carruajes ni las calesas en Carbury. Roger poseía una pequeña calesa y un par de caballos que, cuando no se empleaban en la casa, se utilizaban en la granja. Cuando él viajaba en tren, optaba por caminar hasta la casa y dejaba su equipaje a cargo de un transporte barato que lo traía desde la estación. Pero hoy ya había mandado el carruaje una vez y ahora lo haría de nuevo, después de que lady Carbury dijera que así lo esperaba. Aunque sería con gran disgusto. La madre consideraba a su hijo sir Felix, el barón, con derecho a consideraciones especiales debido a su posición y su rango, y también por su intención de casarse con la heredera. Para Roger Carbury, sir Felix era un hombre dado al vicio y especialmente antipático que no merecía el más mínimo respeto. A pesar de eso, postergaron la hora de la cena y mandaron la calesa, que de nuevo regresó vacía. Lady Carbury, Henrietta y Roger pasaron la velada en un taciturno silencio.

A eso de las cuatro de la mañana, la casa se despertó a causa de la llegada del barón. Como no había logrado alcanzar ninguno de los trenes de la tarde, se las había arreglado para subirse en el tren del correo, y lo habían depositado en un pueblecito a cierta distancia de Carbury, hasta donde había llegado alquilando un carruaje. Roger bajó en bata para recibirlo, y lady Carbury también salió de su habitación. Sir Felix pensaba, evidentemente, que se había comportado de forma heroica. Roger tenía una opinión distinta y apenas habló.

—Ay, Felix, ¡estábamos tan preocupados! —dijo su madre.

—Yo también, más bien aterrorizado, al descubrir que tenía que recorrer más de quince millas campo a través con un par de viejos caballos que apenas pueden trotar.

—¿Por qué no viniste en el tren de la tarde?

—No pude escaparme. Un asunto del trabajo —mintió rápidamente Felix.

—¿Supongo que por una reunión de la junta? —apuntó Roger, frente a lo cual Felix guardó silencio. Roger sabía que no se había celebrado ninguna junta. El señor Melmotte estaba en el campo y sin él no había junta que valiera. Sir Felix no había trabajado; era puro descaro, indiferencia y una mentira como la copa de un pino. El joven al que Roger no quería dar la bienvenida en su casa, que había venido para llevar a cabo un ardid que le repugnaba y que acababa de despertarle a él y a sus criados a las cuatro de la mañana aún no se había disculpado. «¡Maldito jovenzuelo!», murmuró para sus adentros Roger. Luego, en voz alta, dijo:

—Mejor no hagamos esperar a tu madre en medio del rellano. Te acompaño a tu habitación.

—Está bien, está bien —dijo sir Felix—. Siento haberos molestado a todos. Me tomaré un brandy con soda antes de retirarme.

Esto volvió a ofender a Roger lo indecible.

—No creo que tengamos soda en la casa, y si hay, no tengo ni idea de dónde está. Puedo servirte un brandy si vienes conmigo.

Pronunció la palabra «brandy» como si implicara que se trataba de una bebida disipada y malvada. Roger estaba muy irritado. Tuvo que ir arriba, a buscar la llave del bar, para servir a ese insolente, ese descarado. Lo hizo, y el joven se bebió un vaso de brandy con agua sin darle la menor importancia a la actitud malhumorada de su anfitrión. Cuando se fue a la cama, comentó que el día siguiente quizá no apareciera hasta la hora de comer y expresó el deseo de desayunar en la cama. «Ha nacido para que lo cuelguen», murmuró Roger mientras se dirigía a su habitación, «y se lo merece».

Como a la mañana siguiente era domingo, todos fueron a la iglesia, excepto Felix. Lady Carbury siempre iba a misa cuando estaba en el campo y nunca cuando estaba en casa, en Londres. Era uno de los hábitos morales, como las cenas tempranas y los largos paseos, que encajaban con la vida de campo. Se imaginaba que si no iba, el obispo se enteraría de alguna manera y no estaría contento, y a lady Carbury le gustaba el obispo. En general, le gustaban todos los obispos, y era consciente de que el deber de una mujer era sacrificarse por la sociedad. En cuanto al motivo por el cual la gente iba a la iglesia, probablemente nunca se le había ocurrido pensar en ello. A la vuelta, se encontraron a sir Felix fumando un cigarro en el camino de gravilla, frente a uno de los ventanales del salón.

—Felix, si no te importa, llévate el cigarro un poco más lejos. Estás llenando la casa de humo de tabaco —dijo su primo.

—¡Por Dios, cuántos prejuicios! —exclamó el barón.

—Sea como sea, por favor haz lo que te pido.

Sir Felix se quitó el cigarro de la boca y lo arrojó sobre el camino. Roger procedió a acercarse y alejarlo de un puntapié. Eran las primeras palabras que los hombres intercambiaban esa mañana.

Después de comer, lady Carbury paseó con su hijo y lo instigó una vez más para que fuera a Caversham.

—¿Cómo demonios voy a ir allí?

—Tu primo te dejará un caballo.

—Está tan enfadado como un oso con dolor de cabeza. Es mucho mayor que yo y mi primo, pero no pienso aguantar sus insolencias. Si estuviera en cualquier otro sitio, ya me habría plantado en los establos para pedir un caballo y una silla.

—Roger no cuenta con tantos lujos.

—Pero supongo que sí tendrá un caballo, una silla y un mozo de cuadra. No necesito que sean de primera calidad.

—Está un poco molesto porque ordenó que fueran a recogerte a la estación dos veces ayer y no estabas.

—Odio ese tipo de persona, que siempre está acordándose de las pequeñas mezquindades. Un hombre así espera que uno funcione como si fuera un reloj, y como no eres tan puntual como él, te insulta. Le pediré un caballo, igual que haría en cualquier otra parte, y si no le gusta, que se aguante.

Una hora después, cuando se encontró con su primo, le dijo:

—¿Puedo llevarme un caballo a Caversham esta tarde?

—Nuestros caballos jamás salen en domingo —dijo Roger, y después de una pausa, añadió—: Puedes llevártelo, daré las órdenes pertinentes.

Al final, sir Felix se iría de Carbury el martes y sería culpa suya si su odioso primo volvía a poner pie en Carbury; así reflexionaba Roger mientras miraba a Felix salir a caballo de la propiedad. Pero, de repente, recordó lo probable que era que Felix terminara siendo el dueño de Carbury. Y si por casualidad Henrietta acababa siendo su esposa y por lo tanto la señora de Carbury, difícilmente podría negarse a recibir a su hermano en casa. Permaneció durante un rato en el puente mirando a su primo mientras avanzaba por el camino y escuchando el ruido de los cascos del caballo, que no trotaba, sino que galopaba trabajosamente. El joven le resultaba ofensivo de todas las maneras posibles. ¿Quién no sabe que solo las damas tienen permiso para cabalgar así? Un caballero hace trotar a su caballo. Roger Carbury poseía un único caballo, un viejo caballo de caza que era su favorito y al que adoraba como a un viejo amigo. Y ahora su querido animal, cuyas patas no eran tan fuertes como antes, tenía que galopar por el camino solo porque al jovenzuelo de Felix se le antojaba, en lugar de trotar tranquilamente, como debía. «¡Soda y brandy!», exclamó Roger, pensando en su disgusto de la madrugada. «Algún día morirá de delirium tremens en un hospital».

Antes de que los Longestaffe abandonaran Londres para recibir a sus nuevos amigos los Melmotte en Caversham, el señor Longestaffe y Georgiana, la hija más decidida, habían firmado una tregua. Por su parte, la hija se ocuparía de que los invitados recibieran el trato más exquisito y cortés; la cláusula de la nación más favorecida, por así decirlo. Los Melmotte serían tratados como si el viejo Melmotte fuera un caballero y la señora Melmotte, una dama. A cambio, los Longestaffe podrían regresar a Londres durante la temporada. Pero de nuevo, el padre introdujo una nueva cláusula. En lugar de quedarse durante largo tiempo, la familia permanecería solo seis semanas. El 10 de julio, los Longestaffe se instalarían en el campo hasta final de año. Cuando se propuso la cuestión del gran tour por el Continente, el padre casi se puso violento en su negativa. «¡En nombre de Dios! ¿De dónde esperáis que salga el dinero para todo eso?», exclamó. Cuando Georgiana le indicó que había personas que sí tenían dinero para viajar al extranjero, su padre le dijo que llegaría un día en que tendría que dar las gracias por tener un techo sobre su cabeza. Sin embargo, Georgiana se lo tomó como una licencia poética, pues no era la primera vez que hablaba así. El tratado quedó establecido, ambas partes dispuestas a llevarlo a cabo con honestidad. A los Melmotte se les daba un trato cortés y la casa de Londres no se cerraba.

La idea que las damas de la familia habían apuntado de que Dolly se casara con Marie Melmotte, pero que en el fondo nadie se había tomado en serio, quedó abandonada por completo. Dolly, a pesar de sus tonterías, tenía voluntad propia, y en su familia eso era invencible. Ni su padre ni su madre le habían convencido jamás de que hiciera algo que no le apeteciera, así que Dolly no se casaría con Marie Melmotte. Por eso, cuando los Longestaffe se enteraron de que sir Felix estaría en la Finca Carbury, no les pareció mal invitarlo a Caversham. En Londres se lo señalaba como el pretendiente mejor situado para hacerse con la mano de Marie Melmotte. Georgiana Longestaffe albergaba animosidad hacia lord Nidderdale, y por ese motivo se sentía inclinada a favorecer la causa de sir Felix. Así que, poco después de que llegaran a Caversham, se las arregló para hablar a Marie de sir Felix.

—Un amigo suyo vendrá a cenar el lunes, señorita Melmotte.

Marie, que aún estaba apabullada por la magnificencia, tamaño y general altivez de sus nuevas amistades, apenas pudo balbucear nada, por lo que Georgiana prosiguió:

—Creo que conoce usted a sir Felix Carbury.

—Ah, sí, conocemos a sir Felix Carbury.

—Está pasando unos días en casa de su primo. Creo que es por sus bellos ojos, Marie, porque a sir Felix no le gusta precisamente el campo.

—No creo que haya venido por mí —dijo Marie, ruborizándose. Una vez le había dicho que si quería hablar con su padre, podía hacerlo, lo cual equivalía a decirle que sí en la medida en que sus pobres facultades de decisión podían aceptar a un pretendiente sin el permiso de su padre. Pero desde ese día sir Felix no le había dicho ni una palabra más, ni tampoco había hablado con su padre, que ella supiera. Marie, sin embargo, había declinado las atenciones de los demás pretendientes porque había decidido que estaba enamorada de Felix Carbury y había decidido ser constante en sus afectos. Pero llevaba unos días preocupada, temiendo que él no correspondiera su amor.

—Nos hemos enterado —dijo Georgiana— de que es buen amigo de usted.

Y se echó a reír con una vulgaridad que la señora Melmotte no habría sido capaz de imitar.

El domingo por la tarde, sir Felix se encontró con las señoras paseando por la pradera, y también con el señor Melmotte. En el último momento también habían invitado a lord Alfred Grendall, no porque fuera amigo especial de los Longestaffe, sino porque era útil para entretener al gran director de la junta. Lord Alfred estaba acostumbrado a Melmotte, sabía cómo hablar con él y probablemente también sabía qué le gustaba comer y beber. Por lo tanto, habían invitado a lord Alfred a Caversham, y él había aceptado, pues todos sus gastos los pagaba el gran director. Cuando sir Felix se presentó, lord Alfred se estaba ganando su jornal hablando con el señor Melmotte en el invernadero. Tenía bebidas frías y una caja de cigarros, y probablemente pensaba que el mundo era muy duro con él. Lady Pomona había sido lánguida, aunque no distante, al recibirlo. La dama se esforzaba por cumplir con su parte del trato en lo relativo a la señora Melmotte. Sophia caminaba un poco más lejos con un tal señor Whitstable, un joven caballero del condado al que habían invitado a Caversham porque se lo consideraba lo bastante bueno para Sophia, o al menos tan bueno como era posible cazar, ahora que ella tenía veintiocho años; aunque los que conocían el tema de cerca sostenían que eran treinta y uno. Sophia era atractiva, pero tenía una belleza fría y repulsiva, y no había triunfado en Londres. Georgiana sí había tenido más admiradores, y alardeaba frente a sus amigas de las ofertas que había rechazado. Por otra parte, estas no tenían el menor reparo en hablar de sus muchos defectos. Aun así, caminaba con la cabeza bien alta, porque todavía no se había visto obligada a conformarse con los Whitstable. En ese instante no contaba con ningún pretendiente y trataba denodadamente de cumplir con su pacto para que su padre no tuviera ninguna excusa para no llevarlas a Londres.

Sir Felix se quedó unos minutos sentado en una silla en el jardín, conversando con lady Pomona y la señora Melmotte.

—Un jardín precioso, aunque a mí no me interesan particularmente. Pero si tuviera que vivir en el campo, es el tipo de jardín que me gustaría.

—Delicioso —dijo la señora Melmotte conteniendo un bostezo y colocándose el chal alrededor del cuello con firmeza. Estaban a finales de mayo y no hacía frío en esa época, pero en el fondo de su corazón, a la señora Melmotte no le gustaba estar sentada en el jardín.

—No es que sea un lugar muy bonito, pero la casa es cómoda y le sacamos el mejor partido —dijo lady Pomona.

—Mucho cristal, por lo que veo —comentó sir Felix—. Si hay que vivir en el campo, eso me gusta. Carbury tiene un aspecto muy pobre, en comparación.

Eso resultaba de por sí ofensivo, como si la finca de Carbury y el título pudieran compararse con las de los Longestaffe. Aunque necesitaban terriblemente el dinero, los Longestaffe eran gente de alcurnia.

—Para una casita, creo que Carbury es una de las más lindas del condado. Claro que no es muy grande.

—No, diantre —dijo sir Felix—. Es la pura verdad, lady Pomona: es como una prisión. No hay más que ver ese terrible foso.

Y se levantó de un salto para unirse a Marie Melmotte y Georgiana. Esta, contenta de que la liberaran por unos momentos de su parte del tratado, no tardó demasiado en dejarlos solos. Se había dado cuenta de que los dos caballos que quedaban en la carrera eran lord Nidderdale y sir Felix, y aunque no tenía muchas ganas de ayudar a este último, sí quería destruir a lord Nidderdale.

Sir Felix sabía que tenía una tarea entre manos y estaba dispuesto a cumplir con ella, hasta donde llegaba su débil voluntad. El premio era tan grande y la seguridad de la riqueza tan sólida que hasta él estaba dispuesto a esforzarse. Por eso había ido a Suffolk, viajando toda la noche por caminos embarrados en un viejo carruaje. La muchacha le importaba un comino, por supuesto. Sir Felix no tenía la capacidad de amar a nadie. Tampoco es que le disgustara, porque no solía sentir con fuerza, ni agrado ni desagrado, excepto cuando le ofendían. La consideraba simplemente el medio por el cual una porción de la fortuna del señor Melmotte pasaría a sus manos. En cuanto a la belleza femenina, tenía sus propias ideas y preferencias, y no era indiferente a tal cosa en absoluto. Pero desde ese punto de vista, Marie Melmotte no significaba nada para él. Era linda como lo son las jóvenes, y su actitud modesta se sumaba a una incipiente aspiración para la diversión en un mundo que pronto sería suyo. También en su pecho palpitaba la idea de ser algo más en ese mundo, de que ella también podía tener opiniones propias y decidir por sí misma, si tan solo contara con algún amigo de quien no tener miedo. Aunque aún era tímida, había decidido dejar de serlo, y ya tenía ideas propias acerca de la confianza abierta que debía existir entre dos amantes. Cuando estaba sola, y pasaba mucho tiempo sola, construía castillos en el aire, deslumbrantes y llenos de arte y pasión, y no de piedras preciosas y oro. Los libros que leía, si bien no eran considerados de muy buen gusto, dejaban una huella intensa en su imaginación. Creaba brillantes conversaciones en las que ella desempeñaba un papel notable, aunque en la vida real apenas había cruzado palabra con nadie desde que era una niña. Sabía que sir Felix Carbury le había hecho una oferta. Y sabía, o creía saber, que lo amaba. ¡Y ahora estaba a solas con él! Seguramente había llegado por fin el momento de que alguno de sus castillos se materializara.

—¿Sabes por qué estoy aquí? —preguntó él.

—Para visitar a tu primo.

—No, no es por eso. No le tengo mucho afecto, es un viejo solterón estirado y maniático y hasta malvado.

—¡Qué desagradable!

—Sí, lo es. No he venido a verlo, te lo aseguro. Pero cuando supe que tú estarías aquí con los Longestaffe, me decidí al momento. Me pregunto si te alegras de verme.

—No lo sé —dijo Marie, que no era capaz de encontrar las inspiradas palabras que su imaginación le otorgaba cuando estaba sola.

—¿Recuerdas lo que me dijiste esa noche en casa de mi madre?

—¿Te dije algo? No recuerdo nada en especial.

—¿Ah, no? Entonces es que no piensas mucho en mí. —Hizo una pausa, como si supusiera que caería entre sus labios igual que una cereza—. Pensaba que me habías dicho que me amarías.

—¿Eso hice?

—¿No fue así?

—No sé lo que dije. Quizá, si esas fueron mis palabras, no las dije en serio.

—¿Debo creer eso?

—O tal vez tú no lo dijiste en serio.

—Caray, yo sí hablaba en serio. No ha habido un hombre que hablara más en serio que yo. Y he venido aquí a decirlo de nuevo.

—¿A decir qué?

—¿Me aceptarás?

—No sé si me quieres lo bastante. —Marie ansiaba que Felix le dijera que la quería. Él no tenía ninguna objeción, pero sin pensarlo mucho, le parecía un aburrimiento. Ese tipo de frases eran soberanas tonterías. Felix quería que Marie lo aceptara y deseaba que, de ser posible, lo acompañara a ver a su padre para pedirle su consentimiento. Había algo en los grandes ojos y las enormes mandíbulas del señor Melmotte que le daba miedo—. ¿De veras me amas lo suficiente? —susurró ella.

—Por supuesto que sí. Es solo que no se me da bien hablar y todo eso, pero sabes que te quiero.

—¿De verdad?

—Por todos los diablos, sí. Siempre me gustaste, desde el primer momento en que te vi. De verdad.

Era una declaración de amor bastante pobre, pero fue suficiente.

—Entonces, yo también te amaré. Con todo mi corazón —declaró ella.

—¡Amada mía!

—¿Seré tu amada? ¿De veras? Está bien, lo seré. Ahora puedo llamarte Felix, ¿no es cierto?

—Claro que sí.

—Ay, Felix. Espero que me ames de verdad. Te cuidaré tanto. Sabes que hay muchos hombres importantes que me han pedido que los ame.

—Supongo que sí.

—Pero ninguno de ellos me ha importado lo más mínimo.

—¿Y tú me quieres a mí?

—Ay, sí.

Marie contempló el bello rostro de su amado y Felix vio que la muchacha tenía los ojos inundados de lágrimas. En cuanto a aspecto físico, hubiera preferido con mucho a Sophia Longestaffe. Otro hombre habría apreciado el brillo de verdad que había en las lágrimas y sonrisas de Marie, pero para Felix no significaban nada. Seguían caminando entre los setos que rodeaban la casa, donde nadie podía verlos, así que por un sentido del deber, Felix la tomó en sus brazos y la besó.

—Ay, Felix —dijo ella, alzando el rostro hasta él—. Nadie me había besado antes. —No la creyó ni por un momento y el asunto le importaba un pimiento—. Di que serás bueno conmigo, Felix. Te prometo que yo lo seré contigo.

—Por supuesto que seré bueno.

—Los hombres no siempre se portan bien con sus mujeres. Papá a veces es muy duro con mamá.

—Así que puede ser muy duro, ¿verdad?

—Uy, sí. Aunque no me regaña a menudo. No sé qué dirá cuando le contemos lo nuestro.

—Pero supongo que sabe que vas a casarte.

—Él quería me casara con lord Nidderdale o con lord Grasslough, pero ninguno de los dos me gustaba en absoluto. Creo que ahora vuelve a pensar en lord Nidderdale. Ay, ¡no me lo ha dicho, pero mamá me cuenta cosas! Pero no lo haré, jamás, ¡jamás!

—Espero que no, Marie.

—No tienes de qué preocuparte. No lo haría aunque amenazaran con matarme. Lo odio y a ti te amo. —Luego se inclinó sobre su brazo y volvió a mirar el hermoso rostro de su amado—. Hablarás con papá, ¿verdad?

—¿Te parece que es lo mejor?

—Supongo que sí. ¿Cómo piensas decírselo, si no?

—No sé si la señora Melmotte…

—Ah, no, por Dios. Nadie podría convencerla. Le tiene más miedo que nadie, mucho más que yo. Pensaba que era el caballero quien hablaba con el padre.

—Sí, sí, claro —dijo sir Felix, distraídamente—. No le tengo miedo, ¿por qué iba a tenerle miedo? Somos muy buenos amigos, ¿sabes?

—Me alegro.

—Me ha nombrado director de una de sus compañías.

—¿De verdad? Quizá le gustes como yerno.

—No hay forma de saberlo, ¿verdad?

—Espero que sea así. Me gustaría que te convirtieras en el yerno de papá. Espero que no esté mal decir eso… Ay, Felix, ¡di que me amas!

Y volvió a acercar sus labios a los de su amado.

—Pues claro que te quiero —dijo él, pensando que no merecía la pena besarla otra vez—. Pero no sirve de nada que hable con él aquí. Más vale que espere y nos veamos en Londres.

—Ahora está de buen humor —apuntó Marie.

—Me costaría mucho estar a solas con él. Además, no sería adecuado.

—¿Adecuado?

—En el campo y en casa de otra persona. ¿Se lo dirás a la señora Melmotte?

—Sí, se lo diré a mamá, pero ella no le dirá nada. No le importo mucho a mi madre, ¿sabes? Pero eso ya te lo contaré más tarde. Sí, a partir de ahora te contaré todo lo que quieras saber. Nunca he tenido a nadie con quien compartir nada, pero no me cansaré nunca de hablar contigo.

Felix la dejó tan pronto como pudo y escapó para hacer compañía a las demás damas. El señor Melmotte seguía instalado en el invernadero y lord Alfred permanecía a su lado, fumando y bebiendo brandy con soda. Mientras sir Felix pasaba frente al director, se dijo que valía más posponer la conversación hasta que todos volvieran a estar en Londres. Lo cierto era que el señor Melmotte no tenía aspecto de estar de buen humor, sino todo lo contrario. Sir Felix cruzó algunas palabras con lady Pomona y la señora Melmotte. Sí, esperaba tener el placer de verlas con su madre y con su hermana al día siguiente. Sabía que su primo no asistiría; le daba la impresión de que su primo Roger nunca acudía adonde iba todo el mundo. No, no había visto al señor Longestaffe. Esperaba tener el placer de verlo mañana. Luego escapó, se subió al caballo y salió al galope.

—Él será el hombre afortunado —le dijo Georgiana a su madre esa noche.

—¿En qué sentido?

—Se va a llevar la mano de la heredera y su dinero. ¡Dolly ha sido un estúpido!

—No creo que a Dolly le gustara esa chica —dijo lady Pomona—. Después de todo, ¿por qué no iba a casarse con una dama como Dios manda?

Capítulo 18
Ruby Ruggles escucha una historia de amor

Ruby Ruggles, nieta del viejo Daniel Ruggles, de Sheep’s Acre, de la parroquia de Sheepstone, cerca de Bungay, recibió la siguiente nota de manos del cartero rural ese domingo por la mañana: «Un amigo estará cerca de los abedules de Sheepstone entre las cuatro y las cinco de la tarde del domingo». No había ni una palabra más en la nota, pero la señorita Ruby Ruggles sabía de quién era.

Daniel Ruggles era un granjero que poseía la reputación de tener una fortuna considerable, pero en el condado lo consideraban un miserable y un gruñón. Su mujer había muerto, se había peleado con su único hijo, cuya esposa también había fallecido, y lo había echado de casa. Sus hijas estaban casadas y vivían lejos, y el único miembro de su familia que residía con él era su nieta Ruby, que le causaba grandes dolores de cabeza. Tenía veintitrés años y se había prometido con un joven próspero de Bungay dedicado a los piensos para caballos, a quien Ruggles había prometido quinientas libras cuando se casaran. Pero Ruby había decidido, alocadamente, que no le gustaban los piensos, y acababa de recibir la mencionada nota, a todas luces peligrosa. Aunque el autor no la había firmado, Ruby sabía muy bien que procedía de sir Felix Carbury, el caballero más guapo que jamás había conocido. ¡Pobre Ruby! Viviendo en Sheep’s Acre, en Waveney, había oído poco y mucho del mundo que había más allá. Pensaba que la esperaban cosas gloriosas que no conocería si se convertía en la esposa de John Crumb, vendedor de pienso en Bungay. Por eso la invadió una alegría salvaje, mitad miedo y mitad pasión, cuando recibió la nota. Y por eso también se encontraba, puntualmente, a las cuatro de la tarde de ese domingo en los abedules de Sheepstone para reunirse con sir Felix sin peligro de ser vista. Pobre Ruby, quien justo cuando le habría ido bien la guía de un amigo gozaba de la libertad para entregarse a un amante.

El señor Ruggles era un arrendatario del obispo, y la granja de Sheep’s Acre formaba parte de la propiedad del obispado de Elmham, pero también era dueño de una pradera que pertenecía a las tierras de Carbury, y por lo tanto también le pagaba una renta a Roger. Los abedules de Sheepstone, donde Felix había concertado la cita, eran de Roger. En otra ocasión, cuando los dos primos se apreciaban más, Felix había acompañado a Roger a visitar a su inquilino y había visto a Ruby por primera vez; se había enterado de la historia de la joven por Roger. Sabía también que estaba prometida con John Crumb. Desde ese día, no había mencionado a Ruby a su primo. El señor Carbury había descubierto después, para su pesar, que la boda se había postergado o incluso que el noviazgo estaba roto, pero debido a que no soportaba a su primo, no le había dicho nada acerca de ese tema. Pero sir Felix probablemente sabía más de Ruby que el arrendatario de su abuelo.

Para el habitante de la ciudad, instruido y educado, quizá no existe una mente más difícil de entender que la de una chica como Rubby Ruggles. El campesino y su mujer viven el día a día sin complicaciones. Sus aspiraciones, sean para bien o para mal, para ganarse la vida honestamente o para darse a la bebida gracias a los frutos del trabajo o a medios deshonestos, son bastante sencillas si se analizan con atención. Y con hombres como Ruggles, casi siempre se entiende de dónde vienen y adónde van. Pero Ruby era más educada, tenía aspiraciones más altas y una imaginación desbordante, y era muchísimo más astuta que los hombres de su familia. Sabía leer, mientras que su abuelo apenas podía descifrar una carta. Era locuaz y aguda, pero su ignorancia en cuanto a la realidad de las cosas era más profunda que la de su abuelo, pues este aprendía de su contacto con los comerciantes en los mercados, en las calles que frecuentaba, incluso en el campo; incorporaba de forma inconsciente conocimientos sobre la situación relativa de sus compatriotas, y en relación a aquello que no sabía, su imaginación era más bien obtusa. Pero la joven construía castillos en el aire, imaginaba y anhelaba. En suma, tratándose de un ser superior en muchos aspectos, Ruby sin embargo caía en el error de creer que Felix era un Apolo, alguien a quien contemplar con placer y por el que desear ser contemplada. En una situación normal, el peligro hubiera pasado rápidamente si Ruby se hubiera casado.

Ruby Ruggles lo desconocía todo del mundo más allá de Suffolk y de Norfolk. Sus ambiciones eran tan grandes como vagas y tan activas como mal encaminadas. ¿Por qué ella, con lo linda e inteligente que era, debía casarse con John Crumb, el hombre más aburrido del mundo? Antes quería probar algo de las delicias que había leído en los libros. John Crumb no era feo; era robusto, decente, si bien un poco lento al hablar, pero en cuanto entendía las cosas, se explicaba con seguridad. Le gustaba la cerveza, pero no era un borracho, y estaba volcado en cuerpo y alma en su trabajo. Pero Ruby lo conocía desde niña, y desde siempre le había parecido un hombre aburrido. El olor a pienso se le había metido entre el pelo y la piel, y ni siquiera los domingos lograba expulsarlo de su cuerpo. Su complexión normal era bastante pálida, aunque de vez en cuando se enrojecía, con un tono que se mezclaba con el de su sombrero, chaleco y abrigo, y entonces parecía más bien un fantasma robusto en lugar de un hombre. Sin embargo, era capaz de romperle la crisma a cualquiera en Bungay y de cargar dos sacos de harina a los hombros. Y Ruby sabía que adoraba el suelo que ella pisaba.

Lástima que Ruby creyera que había algo mejor que eso, porque cuando sir Felix se cruzó en su camino, con su bello rostro ovalado y su piel sana y rosada, su pelo de guedejas marrones y su encantador bigote, la joven se perdió en un sentimiento que confundió con amor. Cuando el caballero la buscó por segunda y tercera vez, Ruby se encandiló más con sus inanes elogios que con las honradas promesas de John Crumb. Pero aunque era una tonta redomada, tenía principios. Era terriblemente ignorante, pero entendía que existía una sima de degradación que debía evitar. Pensó, como las polillas deben creer, que podía volar hacia la llama y no quemarse las alas. Era bien parecida, con hermosos rizos que enmarcaban su rostro de piel morena y grandes ojos oscuros. Era fuerte, sana y alta, y tenía una voluntad de hierro que le daba muchos dolores de cabeza a Daniel Ruggles, su abuelo.

Felix Carbury se desvió dos millas para pasar por el bosque de abedules que estaba a una media milla de la granja de Sheep’s Acre. En un giro estrecho se encontraba la verja que llevaba a la pradera, y sir Felix lo recordaba perfectamente. No era más que un camino de campo, casi siempre vacío, y en domingo estaría desierto. Se acercó a la verja a pie y se quedó esperando un rato, mirando hacia el bosque. No tardó mucho en aparecer una jovencita con un sombrero, que esperaba en la pradera al otro lado de la verja. Sin saber muy bien qué hacer con su caballo, Felix lo condujo trotando hacia el prado, lo desmontó y ató las riendas a un abedul. Luego se acercó a Ruby Ruggles y se sentaron los dos bajo un árbol.

—Qué descaro, llamarse amigo mío —dijo ella.

—¿Es que no lo soy?

—¡Menudo amigo! La última vez se suponía que volvería a Carbury en quince días, y eso fue… hace mucho.

—Pero te escribí, Ruby.

—Bah, ¿qué son las cartas? El cartero seguro que las ha leído y mi abuelo las ha debido de ver. No, no me gustan nada las cartas, no quiero que me escriba más.

—¿Crees que las ha visto?

—Si no es así, no será por lo bien que las disimuló. No sé por qué ha venido aquí ni tampoco por qué he venido a verlo. Es una locura.

—Porque te quiero, ¿por qué va a ser, eh, Ruby? Y tú has venido porque me quieres a mí. ¿No es eso, preciosa?

Y se echó cuan largo era a su lado y rodeó la cintura de Ruby con su brazo.

No es menester detallar todo cuanto hablaron e hicieron. Durante esa media hora, la felicidad de Ruby Ruggles fue completa. Tenía a su amante de Londres a su lado, y aunque Felix hablaba entre la broma y el desprecio, al fin y al cabo hablaba de amor y le prometía cosas y le decía que era guapa. Quizá no disfrutaba, porque la chica no le importaba nada, y simplemente la veía porque era lo que hacía un caballero que pasaba tiempo en el campo. Empezaba a pensar que el perfume que llevaba era demasiado fuerte, que las moscas eran molestas y que el suelo estaba duro. Antes de que pasara la media hora, ya tenía ganas de irse, mientras que Ruby se habría quedado allí para siempre, escuchándolo. Era la plasmación de las delicias de la vida que había leído varias veces en las novelas baratas que sacaba de la pequeña biblioteca ambulante de Bungay.

¿Qué venía después? No se había atrevido a pedirle que se casara con ella, ni siquiera lo había mencionado, y él no se había atrevido a pedirle a Ruby que fuera su amante. La chica poseía un valor animal, fuerza, fuego en la mirada, y Felix era lo bastante listo como para ser precavido. Al cabo de media hora, seguro que lamentaba haberla citado, pero al irse prometió que se verían de nuevo el martes por la mañana. Su abuelo estaría en el mercado de Harlestone y Ruby se citó con el joven en el huerto de la granja. Al prometerle que allí estaría, Felix decidió que no cumpliría su palabra. Volvería a escribir y la invitaría a ir a Londres; le mandaría dinero para el viaje.

«Supongo que me pedirá que sea su mujer», se dijo Ruby mientras avanzaba por el camino, alejándose de su propia casa para que, a la vuelta, nadie la relacionara con el joven, si es que alguien lo veía en la carretera. «No pienso ser otra cosa», añadió para sí. Luego dejó que su mente se distrajera examinando las diferencias entre John Crumb y sir Felix Carbury.

Capítulo 19
Ruby Ruggles escucha una historia de amor

—Creo que volveré mañana por la mañana —le dijo Felix a su madre ese domingo por la noche, después de cenar. En ese momento, Roger paseaba solo en el jardín y Hetta estaba en su habitación.

—¡Mañana! Felix, pero si estás invitado a cenar con los Longestaffe.

—Puedes decirles lo que te parezca mejor.

—Sería de lo más descortés. Los Longestaffe son la principal familia del condado y eres consciente de ello. Nadie sabe qué pasará. Si alguna vez vives en Carbury, sería una pena que os hubierais distanciado por una tontería.

—Te olvidas, madre, de que Dolly Longestaffe es uno de mis mejores amigos.

—Eso no justifica que les hagas un desplante a sus padres. Y tendrías que recordar para qué has venido aquí.

—¿Para qué he venido?

—Para ver a Marie Melmotte con más calma de lo que puedes verla en Londres.

—Eso ya está arreglado —dijo sir Felix, en tono indiferente.

—¡Arreglado!

—En cuanto a la chica. No puedo hablar con el padre aquí.

—¿Quieres decir, Felix, que Marie Melmotte te ha dicho que sí?

—Ya te lo dije.

—Mi querido Felix, ¡hijo mío!

En su alegría, la madre abrazó al hijo y le cubrió de besos. El primer paso ya estaba dado y coronado con éxito. Todos los demás jóvenes envidiarían a su hijo y las madres, a ella.

—No me habías dicho nada, ¡pero no importa! Soy tan feliz. ¿De verdad te quiere? No me extraña nada, cualquier chica te adoraría.

—Eso no lo sé, pero creo que no piensa dejarme tirado.

—Tiene que ser firme, eso seguro, y su padre cederá. Siempre lo hacen, si la chica se mantiene en sus trece. ¿Por qué iba a oponerse?

—No sé, no tiene por qué.

—Eres un caballero, tienes un título, vienes de una familia de categoría. Imagino que buscará un hombre así para su hija y no veo por qué no estaría satisfecho contigo. Con toda su riqueza, ¿qué son mil o dos mil libras al año? Y, además, te nombró director en una de sus juntas. Ay, Felix, es demasiado bueno para ser cierto.

—No sé si tengo muchas ganas de casarme, la verdad.

—Felix, por favor, no digas eso. ¿Por qué no te iba a gustar? La chica es muy dulce, todos la querremos mucho. No te vengas abajo ahora, te lo ruego. Podrás hacer lo que te venga en gana una vez solucionemos el tema del dinero. Irás de caza y tendrás una casa propia en Londres, en el barrio que más te guste. A estas alturas, ya sabes lo desagradable que es vivir con estrecheces.

—Sí, lo sé.

—En cuanto te cases, ya no tendrás problemas de ese tipo nunca más. Habrá dinero de sobra, para todo, durante toda tu vida. Será un éxito completo y total. No sé cómo decírtelo más claramente para que entiendas que lo has hecho todo de forma espléndida y que te quiero mucho.

Procedió a acariciarle la mejilla; casi no podía contener su alegría exultante, una mezcla de ansiedad y triunfo. Si después de todo su guapo hijo, que desde hacía varios meses llevaba una vida de crápula y le causaba graves problemas financieros, lograba emerger como un barón con más de veinte mil libras anuales de renta, ¡qué glorioso final a sus penurias! Tenía que saber —lo sabía— que su hijo era un ser egoísta y miserable, pero sentía tanta felicidad ante la perspectiva del esplendor que les esperaba que apartó de su mente la tristeza que su carácter vil le causaba. Si lograba hacerse con la mano de la chica y la fortuna del padre, ni ella ni su hermana ganarían nada directamente, excepto que al menos la carga de mantenerle ya no recaería sobre sus hombros. Pero su hijo sería magnífico frente al mundo, y la perspectiva de su fortuna y de su riqueza bastaba para empujarla al mismísimo paraíso de los sueños y la ilusión.

—Entonces, Felix, debes quedarte, es muy importante. No faltes a la velada con los Longestaffe mañana. Solo es un día más y si ahora huyes…

—¡Huir! Qué tontería.

—Si volvieras a Londres, quiero decir, sería un desaire para la chica, y pondría a Melmotte en tu contra, seguro. Debes mostrarte agradable con él, eso debes hacer.

—¡Tonterías! —exclamó sir Felix

Sin embargo, se dejó convencer para quedarse. La cuestión le importaba y consintió en soportar el terrible aburrimiento de pasar otra noche en Carbury. Lady Carbury, arrobada de felicidad, no sabía a quién contarle su buena fortuna. Si su primo no fuera tan severo, tan obcecado, tan miserablemente ignorante de la realidad del mundo, también se habría unido a su felicidad. Quizá no le gustaba Felix, porque la verdad es que hasta lady Carbury debía admitir que su hijo había sido un maleducado, pero debería alegrarse por el conjunto de la familia. Tal y como estaban las cosas, no se atrevía a decirle nada. Seguro que habría recibido sus noticias con un frío desprecio. Ni siquiera Henrietta reaccionaría efusivamente, lady Carbury estaba segura. Le habría gustado explayarse en el triunfo singular de su hijo, pero ahora tenía que guardar silencio. Se esforzaría sobremanera para acercarse al señor Melmotte y congraciarse con él durante la velada en Caversham.

Durante el resto de la noche, Roger Carbury apenas habló con su prima Hetta. No coincidieron hasta mucho después, cuando el padre Barham vino a cenar. Había pasado el día en Bungay, entre sus parroquianos, y volvió andando; Carbury estaba de camino.

—¿Qué opina de nuestro obispo? —le preguntó Roger, algo imprudentemente.

—No me parece un gran obispo. No dudo que es un hombre de bien y que se preocupa de los vecinos más que un terrateniente normal. Pero eso no le brinda la responsabilidad ni el poder suficientes como para ser un buen obispo.

—El noventa por ciento de los clérigos de esta comarca se dejarían aconsejar por él en cualquier tema religioso.

—Porque saben que no tiene ninguna opinión propia y, por lo tanto, no los obligará a cambiar las suyas. Fíjese en algún obispo con una voluntad más férrea, si es que lo hay: ya verá cómo sus clérigos no están tan dispuestos a seguirlo.

Roger se dio la vuelta y se concentró en su libro. Empezaba a cansarse del párroco que había adoptado. Siempre procuraba no expresar la menor censura acerca de la religión de su nuevo amigo en presencia del mismo, pero el cura no correspondía de la misma manera. Quizá pensaba también que si decidía debatir la cuestión con él, perdería, porque en esos diálogos de fe la razón se da más por motivos de habilidad oratoria que por la verdad. Henrietta también estaba leyendo, y Felix fumaba en algún rincón, seguramente esperando a que las horas transcurrieran lo más rápido posible en aquel castillo de aburrimiento, sin cartas ni bebida. Pero lady Carbury estaba dispuesta a dejarse adoctrinar por el cura católico.

—Supongo que nuestros obispos son sinceros en sus creencias —dijo con su sonrisa más dulce.

—Eso espero. No tengo ninguna razón para dudarlo, después de los dos o tres que he conocido, ni tampoco de los que no he conocido.

—¡En todas partes los respetan en tanto que hombres buenos!

—Seguro que sí. Y nada ayuda a respetar más que un buen ingreso. Pero pueden ser hombres excelentes sin que eso conlleve que sean obispos excelentes. No hallo ningún defecto en ellos, sino en el sistema que los controla. Probablemente sería más sólido que un hombre se convierta en guía espiritual de los demás por la fuerza de su vocación y no porque es líder de la mayoría en la Cámara de los Comunes.

—Claro, claro —dijo lady Carbury, desorientada, pues no entendía la naturaleza del dilema que le presentaban.

—Y una vez que llega a obispo, ¿no sería mejor que el hombre que debe decidir si los otros serán buenos clérigos tuviera el poder de hacerlo?

—Por supuesto, sí.

—A los ingleses, o a algunos de ellos, los más ricos y los más poderosos, les gusta jugar a tener una Iglesia, aunque todos juntos no suman suficiente fe como para controlarla.

—¿Cree que los hombres deberían ser controlados por la Iglesia, padre Barham?

—En asuntos de fe, sí que lo creo. Supongo que usted también, o al menos así lo ha dado a entender, al aceptar que debe someterse a su pastor espiritual.

—Eso es más bien para los niños, ¿no? —dijo lady Carbury—. En la catequesis se dice «hijo mío» y cosas por el estilo.

—Es lo que más cuenta, lo que uno aprende de niño antes de hacer profesión de fe al obispo, para que ya de adulto pueda llevar a cabo su tarea. Sin embargo, estoy de acuerdo en que todo el asunto visto desde la perspectiva de la Iglesia anglicana es bastante infantil y solo apto para niños. En general, los adultos no quieren religión.

—Me temo que eso suele ser verdad en muchos casos.

—Me resulta maravilloso que cuando un hombre le dedica unos minutos de reflexión a este asunto, no busque de inmediato la protección de una fe más sólida y más segura. A menos, claro está, que disfrute con la seguridad de lo pagano.

—Eso sería lo peor —dijo lady Carbury, estremeciéndose.

—No creo que sea peor que una creencia que no es creencia —dijo el párroco enérgicamente—. Un credo que el hombre ni siquiera conoce a fondo, sobre el que nunca se pregunta si es creíble o no mientras lo recita.

—Eso no es nada bueno —dijo lady Carbury.

—Creo que nos estamos poniendo muy serios —dijo Roger, dejando el libro que intentaba leer en vano.

—Es tan agradable tener una conversación seria el domingo por la noche —dijo lady Carbury.

El cura se enderezó en su sillón y sonrió. Era lo bastante listo como para saber que lady Carbury no entendía nada de la conversación que acababan de mantener, y también para adivinar la causa de la incomodidad de Roger. Pero lady Carbury era más fácil de convertir precisamente porque no entendía nada y porque le gustaba hablar en tono intelectual, mientras que Roger Carbury quizá abrazaría otra fe gracias al sentimiento que ahora mismo le impulsaba a detener el discurso del padre Barham.

—No me gusta oír críticas a mi Iglesia —declaró Roger.

—No creo que le gustase que me guardara una opinión negativa y en cambio hablara bien de ella para no molestarle —dijo el cura.

—Así pues, cuanto menos hablemos del tema, mejor —dijo Roger, levantándose. Ante lo cual, el padre Barham se despidió y siguió su camino hacia Beccles. Quizá había sembrado la semilla, quizá había arado tierra yerma. Pero hasta el menor esfuerzo era un buen trabajo.

A la mañana siguiente, Roger había decidido volver a hablar con Henrietta. Aunque se había pasado toda la tarde del domingo a punto de pronunciar las palabras que tenía pensadas, se había contenido porque quería actuar según lo planeado. Era consciente, casi dolorosamente, de que su prima se comportaba con más ternura hacia él. Todo el orgullo de la independencia, equivalente casi a una dureza de carácter, que había desplegado hacia él en Londres parecía haberse esfumado. Cuando la saludaba por la mañana y por la noche, lo miraba con suavidad. Apreciaba las flores que Roger le regalaba. Se daba cuenta de que cuando él expresaba el menor deseo, ella se ocupaba de que se cumpliera. Un día mencionó la puntualidad de las comidas y allí estaba Hetta, como un clavo. Roger no se perdía ni una mirada de la joven ni un gesto, y calculaba el efecto que tendría en su petición. Sin embargo, Roger no se engañaba: que ella fuera más amable y observadora para con sus gustos y comentarios no quería decir en absoluto que el corazón de Hetta se inclinara hacia él. Creía adivinar que el motivo radicaba en el disgusto que sentía por las maniobras de su hermano y de su madre. Su gracia, su dulzura y su buen sentido se alineaban con él, en lugar de apoyar a su familia más cercana, y por lo tanto, por piedad y dignidad, se mostraba más amable con Roger. Así entendía él la nueva actitud de Hetta, y no se equivocaba ni un ápice.

—Hetta, ¿te apetecería salir a pasear por el jardín? —le preguntó después del desayuno.

—¿No vas a ver a los trabajadores?

—Todavía no. No siempre voy a verlos tan temprano.

Hetta se puso el sombrero y lo siguió, muy consciente de que Roger acababa de convocarla para escuchar de nuevo su oferta. En cuanto vio la rosa blanca en su habitación, supo que su primo no había cejado en su empeño y que le propondría matrimonio de nuevo antes de que se fuera de Carbury. Hasta ahora, no tenía decidido qué iba a responder. Creía saber que no podía decirle que sí. Sabía que amaba a otro hombre, uno que jamás le había pedido que lo esperara, pero que Hetta adivinaba que deseaba hacerlo. A pesar de todo eso, por añadidura, sentía una cierta ternura hacia su primo que la impulsaba a darle lo que pedía tan solo con que expresara sus deseos. Era tan bueno, tan noble, generoso y decente que no le parecía que se le pudiera negar nada. Y estaba completamente de acuerdo con él en lo que se refería a los Melmotte. Su madre le había hablado un sinfín de veces acerca del dinero de los Melmotte, y Hetta estaba harta. No había nobleza en eso; en cambio, la conducta y actitud de Roger eran las de un caballero sin miedo ni motivos para avergonzarse. Que él precisamente estuviera condenado a la soledad por una chica que no le correspondía, un hombre nacido para ser amado, pues la nobleza, la ternura y la verdad merecían ser correspondidas con amor, le causaba mucha pena.

—Hetta —dijo él—, dame tu brazo. —La joven así lo hizo, y Roger prosiguió—: Ayer por la noche, el padre Barham me molestó un poco. Quiero ser correcto con él, pero no deja de llevarme la contraria.

—No creo que sea preocupante, ¿verdad?

—Bueno, sí que lo sería si nos empuja a quitarle importancia a las cosas que una vez aprendimos a respetar.

«Vaya, esta vez no hablaremos de amor», pensó Hetta, «sino de la Iglesia». Roger añadió:

—No debería hablar delante de mis invitados acerca de nuestras creencias, igual que a mí ni se me ocurriría cuestionar las suyas. No me gustó que tuvieras que escuchar su diatriba.

—No creo que me cause ningún perjuicio. No soy tan fácil de convencer, aunque imagino que tiene que intentarlo. Es su tarea, a fin de cuentas.

—¡Pobre hombre! Lo acogí porque me parecía una pena que un caballero como él no tuviera la oportunidad de frecuentar gente de su clase social ni ver el interior de una residencia cómoda.

—A mí no me disgusta, al contrario. Pero no me parece bien lo que dice del obispo.

—A mí también me gusta. —Roger hizo una pausa—. Supongo que tu hermano no habla mucho contigo de sus asuntos.

—¿Sus asuntos? Roger, si te refieres al dinero, nunca me dice una palabra.

—Quería decir los Melmotte.

—No, tampoco. Felix casi nunca me cuenta nada.

—Me pregunto si la muchacha lo habrá aceptado.

—Creo que casi lo hizo ya en Londres.

—No puedo estar de acuerdo con tu madre y su opinión acerca de este matrimonio, porque no comparto su actitud ante el dinero.

—Felix tiene tendencia a ser extravagante y malgastador.

—Eso es cierto, pero iba a decir que no puedo animarlo en el asunto de la heredera, pero sí que me doy cuenta de que tu madre solo quiere lo mejor para él.

—A mamá lo único que le importa es Felix —dijo Hetta, aunque no tenía intención de acusar a su madre de ser indiferente para con su propia hija.

—Lo sé, y aunque opino que su otra hija sabría devolver con creces su devoción, estoy convencido de que es una buena madre para Felix. Ya sabes que el otro día, cuando vino, casi nos peleamos en serio.

—Sí, vi que habíais mantenido una conversación desagradable.

—Y que Felix viniera a las tantas tampoco me gustó del todo. Me hago mayor y malhumorado, no debería haberme importado tanto.

—Creo que eres muy bueno y generoso.

Mientras decía esto, Hetta se inclinó sobre él como si fuera a decirle que lo amaba.

—Estoy enfadado conmigo mismo —prosiguió Roger—. Por eso te cuento estas cosas, como si fueras mi confesor. A veces decirle la verdad a alguien es bueno para el alma, y creo que me entiendes mucho mejor que tu madre.

—Así es, pero no creo que tengas ningún pecado que confesar.

—Entonces, ¿no tendré que cumplir ninguna penitencia? —Hetta le miró, sonriendo sin decir nada—. Bien, pues la fijaré yo. No puedo felicitar a tu hermano por su conquista en Caversham, puesto que nada sé de ello, pero le diré que le deseo lo mejor, en general y sin concretar nada.

—¿Eso será una penitencia para ti?

—Si pudieras leer mi mente, sabrías que así es. Siento ira hacia él por un millón de pequeñas naderías. Arroja el cigarro en el jardín, se queda hasta las doce de la mañana en la cama el domingo, sin hacer nada…

—Pero se había pasado viajando toda la noche del sábado…

—¿Es eso culpa mía? Pero lo que hace necesaria la penitencia es la trivialidad de la ofensa. Si me hubiera propinado un hachazo o quemado mi casa, yo tendría derecho a estar enfadado. Sin embargo, estoy furioso porque me pidió prestado un caballo en domingo. Por eso debo hacer penitencia.

No había mencionado ni una palabra de amor, y Hetta no deseaba que lo hiciera. La estaba tratando como a una amiga, íntima pero amiga al fin y al cabo. Si pudiera seguir así sin declararse, la joven sería feliz. Pero Roger estaba decidido.

—Y ahora —añadió, cambiando de tono por completo— debo hablar de mí mismo. —Al instante, Hetta trató de apartar su mano, pero él la retuvo y dijo—: No, por favor, no cambies de actitud mientras hablo contigo. Decidas lo que decidas, seremos siempre primos y amigos.

—¡Amigos! —exclamó Hetta.

—Sí, eso siempre. Y ahora escúchame, pues tengo mucho que decirte. No voy a repetirte que te quiero. Lo sabes, o de lo contrario sería el hombre más inconstante y falso del mundo. No es solamente que te ame, sino que me he acostumbrado a preocuparme únicamente de una sola cosa en mi vida. Es mi naturaleza: me concentro en un único interés y por eso no puedo escapar del amor que siento por ti. Siempre pienso en ello, y me desprecio por dedicarle tanto tiempo. Pues aunque una mujer contenga en ella todo lo bueno, y eso eres tú para mí, un hombre no debería dejarse dominar así por el amor.

—¡Oh, no, no digas eso!

—Es lo que me sucede. Calculo las posibilidades que tengo casi como si fueran las equivalentes a entrar en el cielo. Me gustaría que me conocieras tal y como soy, con mis virtudes y mis defectos. No quiero conquistar tu corazón con una mentira. Pienso más en ti de lo que debería, lo sé. Estoy seguro, prácticamente del todo, que solo tú podrías ocupar el lugar de dueña de esta casa. Si voy a llevar una vida normal, como los demás hombres, y preocuparme de una familia y una esposa, entonces será como tu marido.

—Te ruego que no hables así, Roger.

—Creo que tengo derecho a decir eso y a esperar que me creas, al menos. No quiero que te cases conmigo si no me amas. No temo por mí, sino por que te arrojes a sacrificarte porque soy amigo tuyo y tu primo. Pero creo que sí es posible que llegues a quererme algún día, a menos que tu corazón ya esté entregado.

—¿Qué puedo decirte?

—Sabes perfectamente lo que estoy pensando y yo también sé lo que tú piensas. ¿Ha impedido Paul Montague toda oportunidad de que yo pueda conquistarte?

—El señor Montague no me ha pedido en matrimonio. Jamás me ha dicho una palabra.

—Si lo hubiera hecho, no se habría comportado como un caballero. Te conoció en mi casa y creo que ya sabía lo que yo siento por ti.

—No lo hizo.

—Hemos sido como hermanos, o como padre e hijo, puesto que soy mayor que él. Creo que debería buscar otra joven en la que poner sus ojos.

—¿Qué puedo decir, Roger? Si eso es lo que siente, jamás me ha dicho nada. Creo que es una crueldad que me hables así.

—No es mi intención ser cruel. Sé que no debería preguntarte nada acerca de Paul, porque no tengo derecho a tu respuesta. Pero es que significa un mundo para mí. Y estoy convencido de que si no amas a nadie, algún día podrás llegar a quererme a mí. —El tono de su voz era varonil y tierno al mismo tiempo. Le brillaban los ojos de amor y nerviosismo. Ella no sólo creía lo que le estaba diciendo ahora, creía en él por completo. Sabía que era un báculo sobre el que una mujer podía apoyarse con seguridad, que la protegería y le daría comodidades toda la vida. En ese momento, le faltó poco para entregarse a él. Si la hubiera agarrado en los brazos y le hubiera dado un beso, creo que ella hubiera cedido. En realidad, le faltaba poco para quererlo. Le tenía en tanta estima que si hubiera sido otra mujer la receptora de su amor, ella habría utilizado todas las artes a su alcance para alejarla de él y habría jurado que cualquier mujer que no lo aceptara era una tonta. Casi se odiaba a sí misma por ser tan poco amable con alguien que merecía amabilidad a toda costa. Y así las cosas, no respondió y continuó caminando a su lado, temblorosa—. Pensé que sería mejor hablarte con franqueza, porque quiero que sepas exactamente lo que pienso y lo que siento. Si pudiera, te mostraría el contenido de mi corazón en una caja de cristal, para que vieras. Si alguna vez llegas a sentir algo por mí, no lo reprimas. Ya sabes que mi amor por ti es sólido, de modo que es tu decisión llenar mi vida de luz o arrojarla a la oscuridad. No tengas escrúpulos y dime lo que sientas cuando estés dispuesta.

—¡Roger!

—Si llega el día en que puedes decir que me amas, dímelo sin ambages y claramente. Mis deseos no cambiarán nunca. Por supuesto, si te enamoras de otro y le concedes tu mano, haré lo que pueda por apartarte de mis pensamientos. Dímelo también, si esa es tu decisión. Que Dios te bendiga, querida. Ya no puedo ser más claro. Espero ser lo bastante fuerte como para pensar más en tu felicidad que en la mía.

Y se separó de ella abruptamente, cruzando uno de los puentes. Hetta regresó sola a la casa.

Capítulo 20
Ruby Ruggles escucha una historia de amor

El plan a medio formar de Roger Carbury de quedarse cenando con Hetta en casa mientras lady Carbury y sir Felix se iban a Caversham se vino abajo. Solo pensaba ponerlo en práctica si Hetta aceptaba su propuesta, pero, en realidad, ni él le había propuesto nada ni Hetta había aceptado. Cuando llegó la noche, lady Carbury se preparó para salir con su hijo y su hija, y Roger se quedó solo. En su día a día, estaba acostumbrado a la soledad. Durante gran parte del año comía y cenaba y vivía sin compañía alguna, así que esta ausencia no tenía por qué hacerle sentir especialmente triste. Sin embargo, no pudo evitar reflexionar sobre la soledad de su vida, en esa ocasión. Sus primos, que eran invitados en su casa, no se preocupaban por él en lo más mínimo. Lady Carbury se había presentado allí para aprovecharse, sir Felix ni siquiera fingía tratarle con cortesía y la propia Hetta, aunque era amable y dulce, lo hacía más bien por piedad que por amor. No le había pedido nada esa tarde, era cierto, pero casi creía que si se lo pedía, ella le diría que sí. Y sin embargo, cuando le habló de lo mucho que la quería y de que siempre sería así, ella guardó silencio. A medida que el carruaje que los llevaba a la cena de Caversham se alejaba, Roger se quedó mirándolo desde el puente mientras escuchaba los cascos de los caballos y se decía que no tenía nada por lo que vivir.

Si alguna vez un hombre se había portado bien con otro, ese era él para con Paul Montague, y ahora este le había robado lo que más quería en el mundo. No pensaba con lógica ni con exactitud. Cuanto más lo pensaba, más condenaba a su antiguo amigo. Roger nunca mencionaba los favores que Montague le debía. Al hablar con Hetta, solamente había aludido al afecto mutuo que se tenían ambos, pero Roger pensaba que Montague debía devolverle esos favores no enamorándose de la muchacha que él había escogido. Y que si había sucedido sin querer, sin darse cuenta, tenía que retirarse de la carrera en cuanto descubriera que Roger tenía los ojos puestos en Hetta. No lograba perdonar a su amigo, aunque Hetta le asegurase que Paul jamás la había cortejado. Roger estaba decepcionado, y era culpa de Paul. Si no hubiera estado en Carbury cuando Hetta los visitó, quizá a estas alturas Hetta sería la señora de la casa. Roger se quedó sentado hasta que un criado vino a anunciarle que la cena estaba servida. Entró y comió para que nadie se diera cuenta de su abatimiento y después de la cena fingió sentarse a leer. Pero no leyó una sola palabra, pues su mente estaba fija en su prima Hetta. «Qué pobre criatura es el hombre», se dijo, «que no es lo bastante dueño de sí como para dominar un sentimiento como este».

En Caversham, por otra parte, se celebraba una fiesta por todo lo alto, tanto como puede hacerse en el campo. Estaban el conde y la condesa de Loddon y lady Jane Pewet de Loddon Park, el obispo y su esposa y los Hepworth. Estos, junto con los Carbury, la familia del prelado y los otros invitados, sumaban veinticuatro sentados a la mesa. Como había catorce damas y solo diez caballeros, no se podía decir que el banquete se hubiera organizado muy bien. Pero las cosas en el campo no se pueden ejecutar con la misma exactitud que en Londres y, además, los Longestaffe, aunque seguían la moda, no tenían fama de ser muy precisos en estos temas. Pero lo que faltaba en meticulosidad lo compensaban con esplendor. Tenían tres criados con peluca y librea, y en esta parte del campo solamente lady Pomona gozaba de esa situación. También tenían un mayordomo corpulento, cuya mera apariencia aportaba prestancia a la familia. El gran salón en el que nadie pasaba ni un momento se abrió, y se quitaron las sábanas que cubrían los sofás y las sillas que nadie utilizaba de ordinario. Solo se hacía una vez al año en Caversham, pero cuando sucedía, no se escatimaba en gastos para contribuir a la magnificencia de la gala. Lady Pomona y sus dos altas hijas se levantaron para recibir a la bajita condesa de Loddon y a lady Jane Pewet, que era la imagen de la madre a una escala menor. La señora Melmotte y Marie se quedaron atrás, apartadas como si se avergonzaran; eran una estampa digna de verse. Entonces llegaron los Carbury y, después, la señora Yeld y el obispo. La gran sala pronto se hubo llenado, pero nadie tenía mucho que decir. Por lo general, el obispo era un hombre que sabía dar conversación, capaz de hablar una hora seguida sin despeinarse. Pero en esta ocasión nadie rompía el silencio. Lord Loddon tartamudeaba, haciendo débiles intentonas que nadie secundaba. Lord Alfred era una estatua que se acariciaba el bigote gris con la mano. El gran hombre, Augustus Melmotte, se puso los pulgares en el chaleco y permaneció impasible. El obispo se dio cuenta de un vistazo de lo desesperado de la situación y no hizo ningún intento por cambiarlo. El dueño de la casa estrechó la mano de todos sus invitados y se dedicó a sobrevivir el momento. Lady Pomona y sus hijas eran dignas de ser miembros de la familia real, por su actitud y su belleza, pero estaban cansadas y no eran demasiado listas. De acuerdo con el tratado, la señora Melmotte había sido atendida con educación durante cuatro días enteros. No se podía esperar que las damas de Caversham salieran incólumes de tamaño esfuerzo.

Cuando se anunció que la cena estaba lista, sir Felix tomó la mano de Marie Melmotte para acompañarla. No cabía duda de que las damas de Caversham cumplían su parte del trato. Creían que dicho noviazgo era del gusto de los Melmotte y por eso contribuyeron a él. El propio Augustus entró en el comedor con lady Carbury a su lado, para gran satisfacción de la dama. Tampoco había estado muy lucida en el salón, pero ahora era su momento.

—Espero que le guste Suffolk —dijo.

—Ah, sí. Está bien, muy bien. Un lugar muy bonito para tomar aire fresco.

—¡Exactamente, señor Melmotte! Cuando es verano, las flores están preciosas.

—Tenemos flores más bonitas en Londres, en los balcones de mi casa, que las que veo aquí.

—Sin duda, pues usted es el dueño de las flores a nivel mundial, señor Melmotte. ¿Qué no puede hacer el dinero? Convierte una calle de Londres en un seto de rosas y construye grutas encantadas en Grosvenor.

—Londres es una ciudad hermosa, sí que lo es.

—Siempre que uno tenga dinero, señor Melmotte.

—Y si no se tiene, es el mejor lugar para encontrarlo. ¿Usted vive en Londres, señora? —Había olvidado que lady Carbury había pisado su casa, y cuando se la habían presentado, ni siquiera había cazado su nombre al vuelo.

—Sí, claro, vivo en Londres. Tuve el honor de asistir a una de sus veladas, de hecho —dijo lady Carbury con su sonrisa más dulce.

—Ah, ¿de veras? Tengo tantos invitados que a veces me olvido de quién viene.

—¿Y por qué no debería, señor Melmotte? Con tanta gente a su alrededor, no es de extrañar que se olvide usted de algunas personas. Soy lady Carbury, la madre de sir Felix Carbury, a quien usted quizá recuerde.

—Ah, sir Felix. Sí, lo conozco. Está ahí, sentado al lado de mi hija.

—¡Qué feliz casualidad!

—No sé. Los jóvenes de hoy en día encuentran su felicidad de otras maneras. Tienen otras cosas en las que pensar.

—Felix solo piensa en su trabajo.

—Ah, no lo sabía.

—Pertenece a una de sus juntas directivas, señor Melmotte.

—¡Ah, así que ese es su trabajo! —exclamó el señor Melmotte, con una sonrisa lobuna.

Lady Carbury era bastante lista y estaba al tanto de lo que sucedía a su alrededor, pero no sabía demasiado de la City e ignoraba profundamente cuáles eran las funciones de los directores cuyos nombres de vez en cuando aparecían en los diarios.

—Se esfuerza mucho, pues, como le decía, le importa su trabajo sobremanera —prosiguió— y sabe que es un gran privilegio disfrutar de las ventajas de su guía y su consejo.

—No me molesta mucho, señora, y yo a él tampoco.

Después de eso, lady Carbury no dijo nada más acerca de la posición de su hijo en la City. Trató de tocar varios temas de conversación, pero el señor Melmotte no seguía su sutil danza. Tras un rato, lo abandonó, desesperada, y se entregó a las diatribas a favor del protestantismo impelidas por el párroco de Caversham, que estaba sentado a su otro lado y que se había entusiasmado al escuchar el nombre del padre Barham.

Frente a ella, casi en diagonal, estaban sir Felix y su amada.

—Se lo he dicho a mamá —había susurrado Marie mientras entraba con él en el salón. Ahora vivía con esa idea, común en todas las chicas enamoradas, de que podía contárselo todo a su amante.

—¿Y qué ha dicho? —preguntó Felix.

Marie tuvo que sentarse y arreglar su vestido antes de contestar, ante lo cual él añadió:

—Aunque me dijiste que no importaba mucho lo que opinara.

—Dijo más de lo que esperaba. Cree que papá te rechazará porque no eres lo bastante rico. ¡Espera! Habla de otra cosa o la gente se enterará.

No pudo decir más antes de que se les acercaran los demás invitados. Puesto que Felix no estaba muy ansioso por hablar de amor con el padre de la novia a menos de dos codos, cambió de tema sin la menor objeción.

—¿Has ido a montar?

—No, aquí casi no hay caballos, al menos no para los invitados. ¿Cómo volviste a tu casa? ¿Te pasó algo? ¿Tuviste alguna aventura?

—Ninguna —replicó Felix, pensando en Ruby Ruggles—. Monté hasta llegar a Carbury, tranquilamente. Mañana vuelvo a Londres.

—Nosotros regresamos el miércoles. No se te olvide venir a vernos antes de que pase mucho tiempo —dijo ella, bajando la voz.

—Por supuesto que lo haré. Supongo que será mejor que vaya antes de que tu padre se dirija a la City para trabajar. ¿Va cada día?

—Sí, sí, cada día. Siempre regresa hacia las siete. A veces está de buen humor cuando vuelve, aunque otras no. Lo mejor es pillarlo después de la cena, pero entonces suele estar muy ocupado. Casi siempre está Lord Alfred y luego viene más gente, y juegan a las cartas. Creo que sería mejor si lo vas a ver a su despacho.

—¿No te echarás atrás, Marie? —preguntó él.

—Claro que no. Ahora que lo he decidido, nada me hará cambiar de opinión. Creo que papá lo sabe. —Felix la miró cuando dijo esto y creyó leer en su expresión mucho más de lo que jamás había visto. Quizá fuera capaz de aceptar fugarse con él y, de ser así, como era hija única, seguro que la perdonarían. Pero si se fugaba y se casaba con ella para luego descubrir que no la perdonaban y que Melmotte no abría el cofre del tesoro ni le daba un chelín de su fortuna, ¿qué sería de Felix? Pensándolo bien, y considerando todos los gastos y molestias que la empresa conllevaba, Felix decidió que no valía la pena fugarse con Marie Melmotte.

Después de cenar apenas habló con la joven; la propia estancia, la misma en la que se habían reunido antes de la cena, no parecía apta para mantener una conversación agradable. De nuevo, nadie abría la boca y los minutos pasaban como pesados cañonazos, hasta que finalmente llegaron los carruajes para llevarse a los invitados a sus casas.

—Se han preocupado de que te sentaras a su lado durante la cena —dijo lady Carbury tan pronto como subieron al carruaje.

—Bueno, eso es algo natural: una joven dama y un caballero, supongo.

—Eso nunca tiene nada de natural, siempre hay alguien que lo ha organizado. No lo habrían hecho si no creyeran que al señor Melmotte le gustaría. Ay, Felix, ¡si lo lograses!

—Lo intentaré, madre, pero no dramatices.

—No, te prometo que no lo haré. No te extrañes si me ves tan ansiosa. Te has portado espléndidamente con ella durante la cena. Me has hecho tan feliz esta noche… ¡Que Dios te bendiga! —añadió, y se dirigió a su habitación, aún diciéndose—: Si esto sale bien, seré la madre más orgullosa de toda Inglaterra.

Capítulo 21
Todos los frecuentan

Cuando los Melmotte se fueron de Caversham, la casa quedó desolada. La tarea de entretenerlos había llegado a su fin y si el regreso a Londres estuviera fijado para una fecha cercana, las mujeres de la familia podrían estar tranquilas, pero como el jueves y el viernes llegaron y se fueron sin novedades, lady Pomona y Sophia Longestaffe empezaron a experimentar un pánico atroz. Georgiana también estaba impaciente, pero afirmaba con descaro que una traición como la que apuntaban madre e hija era del todo imposible. Su padre no se atrevería a proponerlo. Cada día, en tres o cuatro ocasiones, dejaban caer sutiles comentarios e indicaciones en presencia del señor Longestaffe. Pero este se negaba a fijar la fecha hasta que no llegara una carta en concreto y no quería oír hablar del tema.

—Supongo que, en cualquier caso, nos podemos ir el martes —dijo Georgiana el viernes por la noche.

—No sé porqué ibas a suponer nada parecido —replicó su padre.

La pobre lady Pomona, empujada por sus hijas, le rogó que fijara una fecha para su regreso a Londres. Pero no lo hizo con tanta audacia como su hija, ni tampoco estaba tan ansiosa por la respuesta de su marido. El domingo antes de ir a misa se produjo una gran discusión en el piso de arriba. El obispo de Elmham iba a pronunciar el sermón en la iglesia de Caversham y las tres damas se habían puesto sus mejores tocados. Estaban en la habitación de su madre, justo después de arreglarse. Se suponía que la carta en cuestión había llegado. Lo que sabían a ciencia cierta era que el señor Longestaffe había recibido una nota de su abogado, pero aún no había mencionado cuál era su contenido. A la hora del desayuno había guardado un ominoso silencio, y según Sophia, más desagradable que nunca. La cuestión había surgido a raíz de los sombreros.

—Llevadlos sin miedo, porque no creo que os los vean en Londres —dijo lady Pomona.

—No lo dirás en serio, mamá.

—Así es, querida. Tu padre tenía un aspecto muy serio cuando se guardó esos documentos en el bolsillo. Y lo conozco bien.

—No es posible. Lo prometió —dijo Sophia— y, a cambio, nosotras aguantamos a esa gente horrenda.

—Bueno, querida, si tu padre dice que no podemos volver, supongo que tenemos que creerle. La decisión es suya. Quiero decir que si pudiera, estoy segura de que no nos lo negaría.

—¡Pero, mamá! —exclamó Georgiana, escandalizada de que la traición se extendiera no solo al adversario natural, pues se había comprometido con un pacto que ahora violaba, sino también a su propia madre.

—Querida, ¿qué podemos hacer? —dijo lady Pomona.

—¡Hacer! —exclamó Georgiana—. Pues hacerle comprender que no puede aplastarnos así como así. Sí, haré algo, vaya si lo haré. Si piensa tratarme así, me fugaré con el primer hombre que me acepte, y no me importa quién sea.

—Georgiana, por el amor de Dios, no digas eso. Me vas a matar a disgustos.

—Le romperé el corazón, eso es lo que haré. A él no le importamos nada, ni si somos felices o desgraciadas, pero el nombre y la reputación de la familia sí le importan, ¿verdad? Le diré que no pienso ser una esclava. Me casaré con un comerciante de Londres antes de quedarme aquí enterrada.

La joven señorita Longestaffe estaba ya perdida en las garras de la pasión indignada que la perspectiva de quedarse en Caversham despertaba en ella.

—Ay, Georgey, no digas cosas tan espantosas —suplicó su hermana.

—A ti todo te parece bien, Sophy. Ya tienes a Whitstable.

—No tengo nada.

—Sí que lo tienes, cazado y bien atado. Dolly hace lo que le apetece y gasta el dinero como y cuando quiere. Y a mamá no le importa dónde se encuentre, claro está.

—Eres muy injusta —se lamentó lady Pomona— y estás diciendo cosas horribles.

—No soy injusta. A ti no te importa, y Sophy ya tiene la vida arreglada. ¡Yo soy la que se sacrificará! ¿Cómo voy a conocer a alguien en este agujero inmundo? Papá me lo prometió y debe cumplir con su palabra.

Entonces se oyó una voz aguda desde el vestíbulo que gritaba:

—¿Pensáis venir a la iglesia o vais a tener el carruaje esperando todo el día?

Por supuesto que irían a la iglesia, pues era lo que hacían cuando estaban en Caversham; y con mayor motivo hoy, porque el obispo era el encargado del sermón, y por los sombreritos. Bajaron todas en tropel hasta donde esperaba el carruaje, con lady Pomona abriendo camino. Georgiana las seguía y pasó frente a su padre sin dirigirle una mirada. Tampoco cruzaron palabra de camino a la iglesia ni a la vuelta. Durante el servicio, el señor Longestaffe se quedó de pie y repitió las respuestas con voz tajante. Siempre había sido un ejemplo para la vida de la parroquia. Las tres damas se arrodillaron con elegancia y se sentaron durante todo el sermón sin manifestar la más pequeña señal de cansancio ni de atención. No entendían el significado de las frases que pronunciaba el obispo ni les importaba. Aguantaban y esa era su fuerza. Si el obispo hubiera hablado durante cuarenta y cinco minutos en lugar de media hora, tampoco se habrían quejado. Era el mismo tipo de resistencia que le permitía a Georgiana esperar año tras año la llegada de un marido adecuado. Asumía cualquier cantidad de tedio a cambio de la oportunidad justa de que llegara su momento. Pero quedarse en Caversham todo el verano sería tan malo como asistir a un sermón eterno del obispo. Después de misa volvieron a casa a comer, y también esa comida se desarrolló en silencio. Cuando hubieron terminado, el cabeza de familia se instaló en un sillón, evidentemente buscando la soledad. De ser así, habría meditado acerca de sus penurias a solas, se habría quedado dormido y habría pasado la tarde en paz. Pero no iba a ser así. Sus dos hijas se quedaron hasta que los criados retiraron la comida y aunque lady Pomona trató de irse, volvió al descubrir que sus hijas no la habían seguido. Georgiana le había dicho a su hermana que pensaba vérselas con su padre y, por supuesto, Sophia se había quedado a petición de su hermana. Cuando la última bandeja desapareció de la mesa, Georgiana abrió fuego:

—Papá, ¿no crees que deberías fijar el día en que vamos a regresar a Londres? Nos gustaría saberlo por los compromisos, como te puedes imaginar. La fiesta de lady Monogram es el miércoles y le prometimos que íbamos a ir.

—Ya puedes escribir a lady Monogram y decirle que no asistiréis a su fiesta.

—¿Por qué no, papá? Podemos irnos el miércoles por la mañana.

—No será posible.

—Pero, querido, entiéndenos: nos gustaría saber cuándo volveremos —dijo lady Pomona.

Hubo una pausa. Hasta Georgiana, en su actual estado de ánimo, habría aceptado una fecha indefinida, distante, como compromiso.

—Pues no puede ser —zanjó el señor Longestaffe.

—¿Cuánto crees que tendremos que quedarnos aquí? —preguntó Sophia en voz baja y tensa.

—No sé lo que quieres decir con tener que quedarte aquí. Esta es vuestra casa, y aquí vais a vivir.

—Pero, ¿volveremos? —preguntó Sophia. Georgiana permanecía quieta, en silencio, esperando.

—No, esta temporada no volveremos a Londres —decretó el señor Longestaffe, abriendo con violencia el periódico que sostenía en sus manos.

—¿Ya está decidido? —dijo lady Pomona.

—Así es —declaró el señor Longestaffe.

¡Qué gran traición! En la mente de Georgiana, la indignación se hacía virtud al pensar en la falsedad de su progenitor. De no ser por su promesa, no se habría ido de Londres ni se habría dejado contaminar por los Melmotte. Y ahora le decían que esa promesa se rompía total y absolutamente, que no podría regresar nunca a Londres, ni siquiera a la casa de los despreciables Primero, ¡que la única opción que le quedaba era huir de la casa de su padre!

—Entonces, papá —dijo con supuesta calma—, has roto la palabra que nos diste con premeditación y alevosía.

—¡Cómo te atreves a hablarme así, niña descarada!

—No soy una niña, papá, como bien sabes. Soy dueña de mi propio destino, por ley.

—Pues ve y sé dueña de ese destino. ¡Mira que decirme que te mentí premeditadamente, a mí que soy tu padre! Si vuelves a decir algo así, no volverás a comer en el salón, sino que te quedarás castigada en tu habitación, o no volverás a comer en esta casa.

—Prometiste que volveríamos si veníamos a Caversham y tratábamos bien a esos horribles…

—No pienso discutir con una niña insolente, malcriada y desobediente como tú. Si tengo algo que decir al respecto, se lo diré a tu madre. A ti debería bastarte que yo, que soy tu padre, te dijera que vamos a vivir aquí. Ahora vete y pon la cara que quieras, no me importa. Pero que no te vea.

Georgiana miró a su madre y a su hermana con majestuosidad y abandonó la estancia. Aún estaba meditando cuál sería su venganza, pero su ira se había apagado un poco y no se atrevió a seguir reprochándole a su padre el incumplimiento de lo pactado. Se encerró en su habitación, donde generalmente vivía, y allí se quedó, temblando de ira. Más tarde siguió la conversación entre las damas.

—¿Piensas aguantar esto, mamá?

—¿Y qué podemos hacer, querida?

—Yo pienso hacer algo. No voy a dejar que me tomen el pelo y me engañen cuando es mi vida lo que está en juego. Siempre me he portado bien con él, he hecho lo que quería sin quejarme y no he gastado más de la cuenta. —Esto iba por su hermana mayor, que sí era más manirrota—. Jamás he permitido que hubiera rumores sobre mí, siempre estoy dispuesta a ayudar si hace falta. ¡Le llevo su correspondencia, y cuando estuviste enferma jamás le pedí que nos hiciera compañía más allá de la dos y media! Y ahora me dice que me vaya a comer a mi habitación porque le recuerdo su promesa, firme, de que regresaríamos a Londres. ¿O no fue así, mamá?

—Eso creo, querida.

—Sabes que lo prometió, mamá. Y ahora si hago algo, tendrá que cargar con la culpa. No voy a portarme como la santa de la familia y luego aguantar que me traten así.

—Se suponía que lo hacías porque te parecía bien —intervino su hermana.

—Es más de lo que tú has hecho por nadie —dijo Georgiana, aludiendo a un flirteo de hacía mucho tiempo, durante el curso del cual la hija mayor había hecho el ridículo, decidida a fugarse con un oficial de dragones de modesta fortuna. Habían pasado diez años desde eso, y nadie mencionaba jamás el tema excepto en momentos de gran amargura, como el que les ocupaba.

—Me he portado tan bien como tú —dijo Sophia—. Es fácil ser buena cuando no te importa nadie y a nadie le importas.

—Queridas, ¿qué voy a hacer si vosotras también os peleáis? —preguntó su madre.

—Soy yo la que está condenada a sufrir, al parecer —dijo Georgiana—. ¿Cómo espera que encuentre a nadie aquí? El pobre Whitstable no es gran cosa, pero es mejor que nada.

—Quédatelo si tanto te gusta —dijo Sophia despectivamente.

—Gracias, querida, pero no me gusta en absoluto. No he caído tan bajo.

—Acabas de decir que te fugarías con el primero que te aceptara.

—Pero no con George Whitstable, te lo garantizo. Mira, te diré qué voy a hacer. Le escribiré una carta a papá, que espero se avenga a leer. Si no piensa llevarme a Londres, entonces que me deje quedarme con los Primero. Lo que más me enfurece es que hayamos tenido que tragar con la presencia de esos horribles Melmotte aquí. En Londres ya se sabe que hay que codearse con todo tipo de gente, ¡pero que los hayamos tenido en esta casa de invitados! Es el colmo.

Durante toda la tarde no se habló más del asunto, solamente cruzaron las palabras precisas para el inmediato sustento de la vida. Georgiana había sido muy dura con su hermana, tanto como con su padre, y a Sophia, a pesar de su estilo callado, le había dolido. Ya casi estaba reconciliada con la idea de permanecer en el campo, porque en primer lugar era un castigo para Georgiana y, en segundo, la presencia del señor George Whitstable a menos de diez millas no era motivo para estar descontenta. Lady Pomona se quejó de dolor de cabeza, que siempre era una buena excusa para no hablar, y el señor Longestaffe se retiró temprano a dormir. Durante toda la tarde, Georgiana se dedicó a redactar la misiva que el cabeza de familia se encontró en su mesita de noche al día siguiente y que decía así:

Querido papá:

No creo que debiera sorprenderte tanto que nos importe volver a Londres. Si no vamos a la ciudad durante la temporada, no tendremos tratos con nadie, y por supuesto tú ya sabes lo que eso significa para mí. A Sophia no le importa realmente quedarse en Caversham, y aunque a mamá le gusta Londres, tampoco es una cuestión de vida o muerte para ella. Pero para mí es muy duro. No es que quiera ir para pasármelo bien; no me gusta precisamente pasearme por los salones de Londres. Ahora bien, enterrarme aquí en Caversham… Más me valdría estar muerta. Si hubieras decidido cerrar las dos casas durante un año, o dos, para ir al Continente, no me hubiera quejado en absoluto. Hay gente muy interesante en el extranjero, y quizá las cosas allí serían más fáciles que en Londres. No gastaríamos en caballos, vestiríamos más frugalmente, podríamos repetir ropa. Nada está más lejos de mi intención que gastar de forma innecesaria. Pero piensa en lo que significa Caversham para mí, sin nadie que valga la pena a menos de veinte millas a la redonda: no puedes pedirme en serio que me quede aquí.

Dijiste, muy claramente, que si recibíamos a los Melmotte como anfitriones aquí en Caversham, volveríamos a la ciudad, y no puede sorprenderte que esté decepcionada al descubrir que, después de todos nuestros esfuerzos, debemos quedarnos aquí de todos modos. Me hace pensar que la vida es tan dura que no vale la pena. Veo que las demás muchachas tendrán su oportunidad, pero yo no, y a veces no sé qué será de mí. [Esto era lo más cercano a la amenaza de huir que había proferido con su madre delante que Georgiana se atrevió a consignar en la carta.] Supongo que ahora no servirá de nada pedírtelo, aunque también lo prometiste, pero si me das lo bastante para ir a pasar unos días con los Primero, me contentaré. Solamente seríamos yo y mi doncella. Julia Primero me invitó a pasar unos días con ellos cuando dijiste por primera vez que no volveríamos, y no me costaría nada recordárselo, pero tendría que ser rápido. Tienen una casa muy grande en Queen’s Gate y sé que les sobra al menos una habitación. Todos montan, y me haría falta un caballo, eso sí; pero nada más, porque tienen muchos carruajes extras, y el mozo que cuida del caballo de Julia podría cuidar del mío. Por favor, papá, respóndeme cuanto antes.

Tu hija, afectuosamente,

Georgiana Longestaffe

El señor Longestaffe se dignó a leer la carta. Aunque había reñido a su hija rebelde con severa rigidez, también estaba en cierta medida intimidado ante su fiera reacción. Un estallido súbito contra su autoridad no era un problema y sabía cómo hacerle frente y asumir su posición de dignidad paterna, pero temía terriblemente la tensión sostenida de una disputa doméstica a largo plazo. Lo cierto es que Georgiana era un poco melodramática; le gustaban las discusiones o, de lo contrario, no se producirían tantas en la casa. El señor Longestaffe, por su parte, odiaba el conflicto. No tenía ningún interés en especial: no leía demasiado ni hablaba mucho. No le gustaba beber o comer en exceso. No jugaba y la granja le importaba más bien poco. Lo que más le gustaba en el mundo era estar de pie en los vestíbulos y las salas de los clubes a los que pertenecía y escuchar a los demás hablar de política y de escándalos. Pero también estaba dispuesto a sacrificar este pequeño placer por el bien de su familia. Si tenía que soportar largos y aburridos días en Caversham y cuidar de su propiedad, lo haría; si es que su hija se lo permitía. El señor Longestaffe había llevado una vida de una cierta pompa, había vestido con elegancia a sus sirvientes y comprado pelucas caras para los criados domésticos. Había imitado las costumbres de los que pertenecían a una nobleza más pudiente, sin llegar a pertenecer a ella, y no le había resultado beneficioso ni a él ni a sus hijas, pues se había endeudado gravemente. Ambicionaba un título, y pensó que así lo obtendría. Su hijo había heredado una propiedad separada, procedente de la madre de su esposa, que generaba entre dos mil y tres mil libras anuales de renta, aunque se decía erróneamente que los ingresos eran el doble. Durante un tiempo, sabedor de este detalle, se había tranquilizado y le había parecido que sus cuitas financieras tenían solución. Estaba seguro de que su hijo, al llegar a la mayoría de edad, aceptaría vender la propiedad de Sussex para mantener la de Suffolk. Pero ahora Dolly también se había endeudado y aunque en algunos aspectos era un idiota descuidado, en lo relativo a las propuestas de su padre siempre estaba ojo avizor. Había dicho claramente que no aceptaba la venta de la casa de Sussex a menos que la mitad de la cantidad que se obtuviera se le entregara de inmediato, en mano. El padre no podía aceptar, pero durante su negativa descubrió que el mundo y sus problemas se habían agravado mucho. Melmotte le había echado una mano, pero lo había hecho de manera dura y tiránica. En Caversham, el hombre de negocios había analizado el estado de sus cuentas y le había dicho claramente que con una casa así en el campo no podía mantener otra en Londres. El señor Longestaffe había balbuceado algo sobre sus hijas, en especial sobre Georgiana, y el señor Melmotte le había hecho una sugerencia.

Cuando leyó la carta de su hija, el señor Longestaffe sintió algo de pena por ella, a pesar de que seguía furioso. Pero si había una persona a quien odiaba por encima de todas, esa era su vecino el señor Primero y, en segundo lugar, su mujer. Primero era un advenedizo, según la opinión de Longestaffe, y para nada un caballero. No le debía un centavo a nadie, pagaba puntualmente a sus proveedores y siempre que se cruzaba con él en Caversham parecía que hiciera un especial despliegue de su virtud financiera. Se había gastado varios miles de libras en su partido para las elecciones locales y ahora era miembro del distrito metropolitano. Era un radical, claro está, o según el punto de vista del señor Longestaffe, actuaba y votaba como radical porque no tenía nada que ganar en el otro lado. Y ahora se rumoreaba en Suffolk que el señor Primero podría conseguir un título nobiliario. Había quien no daba crédito a ese rumor, pero el señor Longestaffe sí lo creía, y eso era equivalente a una cruel agonía. Que Primero se convirtiera en el barón Bundlesham era más de lo que podía soportar. No, era imposible que su hija fuera una invitada de los Primero en Londres.

Pero había otra opción. Habían dejado la carta de Georgiana en la mesa de su padre el lunes por la mañana. A la mañana siguiente, a pesar de que no había habido tiempo de que llegara correspondencia de Londres, lady Pomona llamó a su hija y le entregó una nota para que la leyera.

—Papá acaba de dármela. Por supuesto, decides tú.

Mi querido señor Longestaffe:

Puesto que parece decidido a no regresar a Londres en un tiempo, quizá una de sus hijas acepte pasar unos días con nosotros. La señora Melmotte estaría encantada de recibir a Georgiana durante los meses de junio y julio. Si acepta venir, solamente tendría que avisarla con un día de antelación.

Suyo,

Augustus Melmotte

En cuanto Georgiana echó un vistazo a la nota, buscó la fecha en que se había redactado. No la vio y comprendió al momento que se trataba de una misiva que su padre guardaba en su poder desde hacía unos días, y que se la habían entregado para que la utilizara si lo precisaba. Respiró profundamente. Tanto su padre como su madre sabían la opinión que había expresado, en términos inequívocos, de los Melmotte. La mera sugerencia era insolente. Pero no dijo nada al principio. Solo preguntó:

—¿Por qué no puedo quedarme con los Primero?

—Tu padre no quiere. No le gustan nada.

—Y a mí no me gustan nada los Melmotte. Los Primero tampoco, claro está, pero no son tan malos. Los Melmotte… Eso sería horrible.

—Decides tú, Georgiana.

—¿Es eso o quedarme aquí?

—Creo que sí, querida.

—Si es papá quien lo ha decidido, no seré yo quien le lleve la contraria. ¡Pero será horrendo, desagradable, totalmente repugnante!

—La hija parecía una chica callada.

—¡Mamá! ¡Callada! Era porque nos tenía miedo. No está acostumbrada a frecuentar la buena sociedad. Si tengo que vivir de prestado con ellos, seguro que se le pasarán las manías. Además, ¡es tan vulgar! Debe haber barrido alcantarillas como mínimo. ¿No te diste cuenta, mamá? No me extraña que con esa madre haya salido una hija tan rara. Me estremezco solo de pensarlo. ¿Alguna vez has visto algo tan horrible?

—Todos los frecuentan —dijo lady Pomona—. La duquesa de Stevenage los visita continuamente, y también lady Auld Reekie. Todos van a su casa.

—Pero solamente de visita, no se quedan a vivir con ellos. Ay, mamá, ¡tener que desayunar cada día con esa gente durante diez semanas!

—Quizá te dejen desayunar en tu habitación.

—Tendré que salir con ellos, entrar en los salones después de ellos. ¡Piensa en eso!

—Pero si tenías muchas ganas de ir a Londres, cariño.

—Y sigo teniéndolas, claro está. ¿Qué oportunidades tengo de casarme si no voy a Londres? Dios mío, estoy tan cansada. ¡Un placer, sí! Papá dice que es por placer. Si supiera, si se hiciera a la idea de lo que tengo que hacer, me pregunto qué pensaría. Bueno, supongo que no me queda otra opción que aceptar. Me empiezo a encontrar mal solo de pensarlo. ¡Qué gente más horrenda! Y que papá sea quien lo propone, él que es tan orgulloso, que siempre ha dado tanta importancia a la gente que frecuentábamos.

—Las cosas cambian, Georgiana.

—Cambian mucho, desde luego, si es mi padre quien me empuja a ser la invitada de gente como los Melmotte. ¡El farmacéutico de Bungay es un caballero comparado con el señor Melmotte y su mujer, una dama de la corte al lado de la señora Melmotte! Pero bueno, iré. Si papá acepta que me vean en público con ellos, será culpa suya lo que pase con mi reputación. No creo que ningún hombre decente pida la mano de una muchacha que ha pasado por ese antro de casa que tienen. Tú y papá no debéis sorprenderos si termino casada con una criatura de esas que pueblan la Bolsa. Papá ha cambiado de opinión, y supongo que también yo debo cambiar mis ideas.

Georgiana no habló con su padre esa noche, pero lady Pomona informó al señor Longestaffe de que aceptarían la invitación del señor Melmotte. Lady Pomona se ofreció a escribirle una nota a la señora Melmotte para avisarla de que Georgiana estaría allí el viernes de la semana siguiente. «Espero que le guste», dijo el señor Longestaffe sin el menor asomo de ironía. No estaba en su naturaleza ser tan cruel. Pero a lady Pomona la reflexión sí le pareció cruel. ¡Cómo iba a gustarle a nadie vivir en casa de los Melmotte!

La mañana del viernes, las dos hermanas apenas intercambiaron cuatro palabras poco antes de que Georgiana se fuera a la estación. La joven había intentado conservar la dignidad, pero era inútil. Lo que se disponía a hacer era humillante y no podía fingir ni en presencia de su hermana.

—Sophy, qué envidia te tengo: te quedas aquí.

—Pero si eras tú la que querías ir a Londres sí o sí.

—Sí, quería y quiero ir. Tengo que lograr establecerme de un modo u otro, y eso no puedo hacerlo aquí. Pero tú no vas a perder tu reputación.

—Georgey, eres una invitada, no hay ninguna vergüenza en eso.

—Sí que la hay. Creo que Melmotte es un estafador y un ladrón, y de ella pienso lo más bajo que se te pueda ocurrir. En cuanto a sus pretensiones de grandeza, me parecen monstruosas. Nuestros criados y las doncellas tienen más categoría que ellos.

—Entonces no vayas, Georgey.

—Tengo que ir. Es la única oportunidad que me queda. Si permanezco en Caversham, la gente empezará a decir que soy una solterona. Tu vas a casarte con Whitstable y te irá bien. No es rico ni su casa grande, pero no tiene deudas y es buena persona.

—Ah, ¿ahora es buena persona?

—Claro que no es gran cosa; siempre está en su casa. Pero, bueno, es un caballero.

—Es cierto, lo es.

—En cuanto a mí, voy a dejar de pensar en caballeros a partir de ahora. Al primero que se presente, con una renta de entre cuatro y cinco mil libras anuales, le diré que sí, ya venga de Newgate o de Bedlam. Y será culpa de papá.

Con esta frase, Georgiana Longestaffe se fue a Londres para ser la invitada de los Melmotte durante la temporada.

Capítulo 22
La moralidad de lord Nidderdale

En los mentideros del mundo de los negocios de Londres se decía que la Compañía de Ferrocarril del Pacífico Sur y de México era lo mejor que existía bajo el cielo. El señor Melmotte había invertido en ella de lleno, y muchos declaraban, haciéndole una gran injusticia a ese gran hombre, Fisker, que el ferrocarril era idea del propio Melmotte, que se le había ocurrido a él y lo había lanzado e impulsado. Un tren desde Salt Lake City a México tenía, sin duda, el mismo sabor que un castillo en España. Los americanos, a pesar de ser unos descreídos, tenían imaginación. México no cuenta entre la alta sociedad londinense con una reputación de seguridad financiera ni con esa estabilidad que produce su cuatro, cinco o seis por ciento con regularidad envidiable. Pero estaba el asunto del ferrocarril de Panamá, que había rendido casi un veinticinco por ciento de beneficio, y la vía que cruzaba el continente hasta San Francisco y que había construido muchas fortunas. Se creía que a un hombre despierto que invirtiera en el ferrocarril de Melmotte le podía ir igual de bien y, sin duda, eso respondía a la actitud del señor Melmotte acerca de la compañía. El señor Fisker «había dado con una mina de oro» al convencer a su socio Montague para que hablara con el gran hombre.

El propio Paul, al que no se puede describir como un hombre despierto, en el sentido que la Bolsa le daba al término, no tenía ni idea de cómo avanzaba el asunto. En las reuniones de la junta directiva, que nunca se extendían más allá de media hora, Miles Grendall leía en voz alta dos o tres documentos. Luego Melmotte hablaba lentamente, tratando de ser alegre y de indicar triunfo, y entonces todo el mundo estaba de acuerdo, alguien firmaba algo y la junta de ese día se daba por concluida. A Paul esto le resultaba muy insatisfactorio. Más de una vez había tratado de interrumpirlos, no tanto para descalificar los procedimientos como para entenderlos o preguntar alguna duda. Pero el silencioso desprecio del presidente de la empresa le desconcertaba, y no era lo suficientemente fuerte para enfrentarse a la oposición que presentaban contra él sus colegas de la junta. Lord Alfred Grendall declaraba que «no creía que fuera necesario» y lord Nidderdale, de quien Montague ya era amigo íntimo después de las horas que pasaba en el Beargarden, le daba un codazo cariñoso en las costillas y le pedía que se callara. El señor Cohenlupe pronunciaba un pequeño discurso en inglés fluido, aunque a trompicones, y aseguraba al Comité que todo se hacía según las regulaciones aprobadas por la City. Sir Felix, después de las dos primeras reuniones, no había vuelto a aparecer. Y así, Paul Montague salía de ahí con sensación de intranquilidad mientras continuaba siendo uno de los directores de la Compañía del Ferrocarril del Pacífico Sur Central y México.

No sé si el hecho de que el resultado pecuniario fuera bueno aligeraba su carga o más bien al contrario. La empresa no llevaba constituida ni seis semanas, o al menos Melmotte no había invertido en ella hasta entonces, y ya le habían indicado dos veces a Paul que debería vender cincuenta acciones a ciento doce libras con diez centavos. No sabía ni siquiera cuantas acciones tenía, pero en ambas ocasiones consintió y, al día siguiente, recibió un cheque por valor de seiscientas veinticinco libras, una cifra que representaba un beneficio enorme en comparación con el precio original de la acción. Fue Miles Grendall quien le sugirió que vendiera, y cuando Paul le preguntó cómo se habían repartido las acciones, le dijeron que todo dependía del capital inicial invertido y de la disposición final de la ley de propiedad de California. «Pero, por lo que veo, amigo», le dijo Miles, «no creo que tengas nada de que preocuparte. Pareces el mejor de todos. Melmotte no te aconsejaría que vendieras gradualmente si no creyera que el retorno está garantizado».

Paul Montague no entendía nada de todo esto y sentía que estaba en arenas movedizas y que en cualquier momento se hundiría para siempre. La incertidumbre, y lo que temía que en realidad fuera deshonestidad, de todo el montaje le provocaba gran tristeza; eran los momentos en los que su conciencia intentaba poner orden en su confusión. Pero otras veces sentía un triunfo desbordante cuando pensaba en el dinero que estaba ganando. Aunque en la junta no le hicieran caso cuando pedía explicaciones, fuera de la compañía su reputación había crecido, y hasta los que pertenecían a la empresa le mostraban deferencia. Melmotte le había invitado a cenar dos o tres veces y el señor Cohenlupe le había suplicado que aceptara su invitación para visitar Rickmansworth. Lord Alfred siempre se portaba amablemente con él y Nidderdale y Carbury estaban ansiosos por incluirle en su grupo de amistades. Muchas puertas se abrieron para él a raíz de su entrada en la junta. Aunque Melmotte supuestamente era el genio tras la idea, se sabía que Fisker, Montague y Montague eran la empresa que había cuidado del germen del ferrocarril, y también que Paul Montague era uno de los Montague cuyo apellido figuraba en esa sociedad. La gente de la City y también de la alta sociedad estaba convencida de que Paul entendía todo lo que sucedía y le trataban como si parte del maná que caía del cielo estuviera a su disposición, lo cual no podía sino complacer al joven. Resistía la tentación parcialmente: aunque a veces se decidía a investigar hasta las últimas consecuencias, eso solo sucedía en ciertas ocasiones. El dinero, en fin, le gustaba. Pronto se agotaría el tiempo durante el que había prometido no hacerle ninguna propuesta de matrimonio a Henrietta Carbury. Cuando eso sucediese, sería espléndido contar con los medios suficientes para darle a una esposa una casa confortable. En sus aspiraciones y sus miedos tenía a Hetta Carbury como única guía, y la convirtió en el centro de sus esperanzas. Sin embargo, si Hetta lo hubiera sabido, quizá le habría pedido que la apartara de su corazón.

Había otros directores que también experimentaban un cierto desasosiego y tendencia a quejarse al gran director, debido a una preocupación de signo completamente distinto a la que afligía a Montague. No habían invitado ni a sir Felix Carbury ni a lord Nidderdale a vender sus acciones y, en consecuencia, aún no habían recibido pago alguno por el uso de sus apellidos. Sabían que Montague sí las había vendido, aconsejado por Grendall. Paul no se escondía del hecho, y se lo había contado a Felix, a quien algún día esperaba considerar su cuñado. También le había dicho cuánto había producido la venta, y los dos hombres habían tratado de comprender el origen del beneficio. Si el precio inicial de las acciones era de cien libras y Montague había obtenido doce libras de beneficio sobre cada acción, se suponía que el capital inicial se reinvertía en más acciones. Pero hasta aquí llegaban, y ambos admitían que el asunto los superaba. Montague había escrito a Hamilton K. Fisker a San Francisco, pidiéndole explicaciones, pero aún no había recibido respuesta. Sin embargo, no era el dinero del que Montague disfrutaba lo que preocupaba a Nidderdale y Carbury. Entendían que Paul había sido el primero en invertir dinero, en no poca cantidad, y por lo tanto que fuera también el primero en obtener réditos les parecía natural. Tampoco le reprochaban a Melmotte sus propias decisiones, pues era un gran hombre. De lo que se traía entre manos Cohenlupe no sabían nada, pero era un experto en bolsa y probablemente también habría aportado capital. Cohenlupe era demasiado discreto como para que preguntasen por él. Sí sabían, no obstante, que lord Alfred había vendido acciones y obtenido beneficio, y también que era completamente imposible que lord Alfred hubiera aportado un centavo propio. Si lord Alfred Grendall tenía derecho a cosechar sin sembrar, ¿por qué ellos no? Y si aún no había llegado su momento, ¿por qué motivo sí era la hora de lord Alfred? En el caso de que fuera por miedo a las acciones que lord Alfred pudiera emprender si no recibía dinero fresco rápidamente, ¿qué tenían que hacer ellos para inspirar el mismo temor? Lord Alfred pasaba muchas horas con Melmotte, casi tantas que se había convertido prácticamente en su criado personal, y la conclusión es que de ahí procedía su disfrute anticipado del dinero. Sin embargo, los dos jóvenes no estaban del todo convencidos.

—No has vendido acciones aún, ¿verdad? —preguntó sir Felix a lord Nidderdale en el club. Nidderdale asistía como un reloj a las reuniones de la junta directiva y Felix temía que él también hubiera cobrado.

—Ni una acción.

—Y no has cobrado beneficios.

—Ni un chelín. De momento, el único dinero que yo he metido en esto es la cena que le pagué a Fisker.

—Entonces, ¿qué ganas yendo a las reuniones?

—No lo sé. Supongo que algo saldrá de esto.

—Mientras, nos hemos jugado el nombre y la reputación. Y es Grendall quien está sacando tajada.

—Pobre tipo —dijo el otro—. Si le va tan bien, Miles debería repartir algo de lo que está ganando. Creo que deberíamos decirle que tenga el dinero listo, para cuando llegue la factura de Vossner.

—Pues sí, me parece buena idea. Digámosle eso. ¿Se lo dices tú?

—No creo que sirva de nada. Parece antinatural pedirle que pague nada.

—Antes los hombres pagaban sus deudas —dijo sir Felix, que aún poseía fondos y un considerable puñado de pagarés.

—Pues ya no lo hacen, a menos que les apetezca. ¿Cómo se libraba uno de pagar las deudas antes?

—Se arruinaba, desaparecía y nadie oía hablar de él nunca más —dijo sir Felix—. Como si hubieran descubierto que hacía trampas a las cartas. Si pasara esto ahora, ¡nadie diría nada!

—Yo no lo haría tampoco —declaró lord Nidderdale—. ¿De qué sirve ser una mala bestia? No soy muy creyente, pero creo en eso de perdonar a la gente. Por supuesto que hacer trampas no está bien, ni tampoco que un hombre juegue si no puede hacer frente a sus deudas de juego. Pero no me parece que sea peor que emborracharse como una cuba, como hace Dolly Longestaffe, o pelearse con todo el mundo, como hace Grasslough, o tratar de casarse con una pobre chica solo porque tiene dinero. Creo en vivir en casas de cristal, pero no en arrojar piedras. ¿Lees la Biblia, Carbury?

—¡La Biblia! Bueno…, sí y no. Supongo que… Hace tiempo, sí.

—A menudo pienso que yo nunca habría sido el primero en tomar una piedra y arrojarla contra la pobre mujer. Vive y deja vivir, ese es mi lema.

—Pero, ¿estás de acuerdo conmigo en que hay que hacer algo con respecto a esas acciones? —insistió sir Felix, pensando que tampoco había que llevar la doctrina del perdón tan lejos.

—Eso sí, por supuesto. Le diré a Grendall que le dejo vivir con todo mi corazón, pero que él también debería dejarme vivir un poco a mí. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

—¿Qué gato?

—No sirve de nada hablar con Grendall ni con el padre ni con el hijo —declaró lord Nidderdale, que sabía lo que se decía—. Uno gruñirá sin decir nada y el otro soltará cualquier mentira que le pase por la cabeza. No, el gato en este caso es nuestro grandísimo director, Augustus Melmotte.

Este intercambio tuvo lugar el día después de que Felix Carbury volviera de Suffolk y en un momento de su vida en que, como sabemos, su único objetivo era obtener el consentimiento del viejo Melmotte para que su hija se casara con él. Eso ya era bastante cascabel para ese gato, en su opinión. En lo más profundo de su corazón, Melmotte le aterrorizaba. Pero como bien sabía Felix, Nidderdale también quería la mano de Marie. Era un tipo raro, ese Nidderdale, con su mención a la Biblia, a perdonar faltas y a las herederas con las que casarse. Carbury sabía que Nidderdale pretendía a la chica, y lo mismo valía al revés. ¡Y Nidderdale había sido tan obvio en su mención del tema! Para luego preguntar con todo el descaro quién le ponía el cascabel al gato.

—Tú vas por allí más a menudo que yo —dijo sir Felix—, así que quizá sea mejor que se lo comentes tú.

—¿Que voy por dónde?

—A la junta.

—Pero tú, en cambio, te pasas el día en su casa. Conmigo sería cortés y educado porque soy un lord, pero, por la misma razón, pensará que soy un idiota.

—No veo por qué —dijo sir Felix.

—No le tengo miedo, si es que insinúas eso —continuó lord Nidderdale—. Es un viejo chanchullero y no dudo que nos arrancaría la piel a tiras a ti y a mí si creyera que con eso ganaría un chelín. Pero tengo suerte de que no pueda hacerlo, y en conjunto creo que le gusto bastante, porque siempre he sido honesto con él. Si fuera su elección, sabes que la chica sería mía mañana mismo.

—¿Y te la quedarías? —preguntó sir Felix. No dudaba de la aseveración de su amigo, pero no sabía qué replicar a eso.

—Pero es que ella no me quiere a mí, y lo cierto es que no estoy muy seguro de querer quedarme con ella… ¿Te imaginas tener que arrostrar con ella si el dinero desapareciera de repente?

Lord Nidderdale se alejó con discreción, dejando al barón profundamente sumido en la reflexión de cómo serían las cosas tal y como las había descrito su amigo. Qué espanto si él, sir Felix Carbury, se casaba con la chica y descubría que no había dinero.

El viernes siguiente, día de junta directiva, Nidderdale se dirigió a las oficinas del gran hombre en Abchurch y se las arregló para entrar en la sala al mismo tiempo que Melmotte. Este siempre era exquisito en su trato con lord Nidderdale, pero hasta entonces jamás había abordado ningún tema de negocios cuando hablaba con su supuesto yerno preferido. El lord dijo, mientras se dejaba caer sobre uno de los brazos del sillón de Melmotte:

—Quería preguntarle algo.

—Lo que usted desee, milord.

—¿No cree que Carbury y yo deberíamos tener derecho a vender algunas acciones?

—No. Si me lo pregunta, esa sería mi respuesta.

—¡Ah! Vaya, no lo sabía. ¿Y por qué no deberíamos vender acciones, igual que los demás?

—¿Acaso usted y sir Felix han invertido dinero en la empresa?

—Bueno, si vamos a eso, no, creo que no. ¿Cuánto ha invertido lord Alfred?

—Yo he comprado las acciones de lord Alfred —dijo Melmotte, haciendo hincapié en el sujeto de la frase—. Si decido adelantarle el dinero a lord Alfred Grendall, supongo que puedo hacerlo sin tener que pedir su consentimiento ni el de sir Felix Carbury.

—Por supuesto, por supuesto. No era mi intención preguntar qué hace usted con su dinero.

—Estoy seguro de que así es y, por lo tanto, no cabe hablar más de ello. Si espera un poco, lord Nidderdale, verá que todo terminará bien. Si tiene usted unos miles de libras y no sabe qué hacer con ellas, inviértalas en la empresa. Luego podrá vender las acciones, y con beneficios. De momento, se supone que si lo hace en un plazo de tiempo razonable, podrá optar a un puesto de director, y por eso se le han asignado acciones, pero no puede venderlas aún.

—Ah, claro —dijo lord Nidderdale, fingiendo entenderlo todo.

—Si las cosas van como espero entre usted y Marie, podrá optar a cualquier número de acciones que desee. Es decir, si su padre acepta un acuerdo razonable.

—Espero que sí, sin duda —dijo Nidderdale—. Gracias, quedo su seguro servidor, y yo se lo explicaré todo a Carbury.

Capítulo 23
«Sí, soy un barón»

Era comprensible la ansiedad que sentía lady Carbury porque su hijo informara lo antes posible al padre de Marie de la situación, e hiciera una petición de mano formal.

—Mi querido Felix —dijo, de pie frente a la cama del joven un poco antes del mediodía—, te ruego que no lo pospongas. No sabemos cuántos obstáculos nos esperan hasta que puedas probar el néctar que está esperando en la copa.

—Lo más importante es que el tipo esté de buen humor —dijo sir Felix en tono plañidero.

—Pero si esperas más, la muchacha se molestará.

—No te preocupes por eso, esperará lo que haga falta. Pero, ¿qué le digo a él si me pregunta por el dinero? Esa es la cuestión.

—No se me ocurriría decirte lo que debes hacer, Felix.

—Nidderdale, cuando tenía intención de pedir la mano de Marie, me dijo que habló de una cierta suma. O fue su padre, no lo sé. Pero iban a pagarle una montaña de dinero antes de la ceremonia, y todo se suspendió porque Nidderdale quería cobrar el dinero y quedárselo, pero Melmotte no estaba de acuerdo. Quería que se invirtiera en un fondo.

—¿A ti no te importaría eso?

—No, siempre y cuando me garantizasen un ingreso anual de unas siete u ocho mil libras. No lo haré por menos, madre. No valdría la pena.

—Pero si no tienes un centavo.

—Bueno, puedo cortarme el cuello y pegarme un tiro —dijo, utilizando un argumento que creía que tendría peso en el espíritu de su madre. Aunque si esta le conociera de veras, sabría que no había un hombre con menos probabilidades de quitarse la vida que su propio hijo.

—¡Felix! Es brutal que me hables así.

—Quizá, pero los negocios son así. Tú quieres que me case con esta chica por su dinero.

—Eres tú quien quiere casarse.

—Mira, mi posición es filosófica: quiero su dinero y cuando uno quiere dinero, tiene que decir cuánto, si mucho o poco, y de dónde obtenerlo.

—No creo que exista la menor duda, entonces.

—Si me casara con ella y resultara que no hay ningún dinero como compensación, entonces la posibilidad de cortarme el cuello tomaría mucho cuerpo. Si un hombre juega y pierde, quizá lo vuelva a intentar y gane; pero cuando va a por una heredera y se queda una esposa sin dinero, la cosa no es tan sencilla.

—Claro que el señor Melmotte pagará primero.

—Esa es la idea, y lo que debería hacer. Pero será muy difícil negarme a entrar en la iglesia si el dinero no está en nuestra cuenta. Y Melmotte es tan listo que es capaz de no decir cuándo o cómo pagará. Uno no lleva diez mil libras en el bolsillo así como así, ¿sabes? Así que déjame tranquilo y quizá si sales de mi habitación, me vista y vaya a ver a Melmotte.

Lady Carbury advertía peligro y le daba vueltas y más vueltas. Pero también veía la casa de Grosvenor, los gastos sin límite, las duquesas que iban de visita, cómo la sociedad en general había aceptado a los Melmotte y la fama mercantil del gran hombre. En el otro lado de la balanza, estaba su hijo, su título y sus bolsillos vacíos. La situación de sir Felix era desesperada de verdad. ¿No valía la pena arriesgarse un poco? La vergüenza que pasaba un hombre como lord Nidderdale siempre sería pasajera. Nunca estaría privado de sus propiedades, del marquesado ni del futuro dorado que lo esperaba, pero las perspectivas de sir Felix no eran tan halagüeñas. Todos los bienes de los que disfrutaba —su posición, su título y su bello rostro— eran lo único que heredaría jamás. ¡Estaba en el momento perfecto para arriesgarse! Hasta la decadencia de la riqueza que se desplegaba en Grosvenor sería mejor que la situación actual del barón. Y, además, aunque era posible que Melmotte se arruinara, no cabía duda de que por el momento nadaba en dinero; ¿no sería mejor aprovechar este instante para asegurarse un lugar cerca de la hija a la que entregaría una dote digna de una princesa? Lady Carbury volvió a hablar con su hijo al día siguiente, que era domingo, para intentar convencerlo de que avanzara en la propuesta de matrimonio.

—Creo que deberías estar dispuesto a correr un pequeño riesgo.

Sir Felix no había tenido suerte en la partida del sábado por la noche, y quizá también había bebido demasiado. En cualquier caso, no estaba de buen humor y no le apetecía tolerar las intromisiones de su madre.

—Déjame en paz —dijo—. Yo me ocuparé de mis asuntos.

—¿Acaso no son también los míos?

—No, porque tú no tendrás que casarte con ella y aguantar a esa gente. Yo decidiré qué hago y no quiero que nadie se entrometa.

—¡Qué desagradecido eres!

—Te entiendo perfectamente. Soy un desagradecido cuando no hago lo que tú quieres. No eres de mucha ayuda, ¿sabes? Solo me arrojas a los leones y esperas que sobreviva.

—¿Cómo vas a ganarte la vida, entonces? ¿O tienes pensado ser siempre una carga para mí y para tu hermana? No me extraña, no tienes el menor sentido de la vergüenza. Tu primo Roger tiene toda la razón. Me iré de Londres de una vez por todas y te abandonaré para que te hundas en tu miseria y tus vicios.

—Así que eso dice Roger, ¿eh? Siempre pensé que era uno de esos tipos.

—Es el mejor amigo que tengo.

Cabe hacer una pausa y reflexionar sobre lo que hubiera dicho Roger de la afirmación de lady Carbury.

—Es un viejo malhumorado y tacaño que se mete donde no le llaman, y si vuelve a hacerlo, le diré muy claro lo que pienso de él. Demonios, madre, estas pequeñas conversaciones que mantenemos en mi habitación no me gustan una pizca. Por supuesto que es tu casa, pero ya que me permites tener una habitación propia, podrías dejarme disfrutar de ella.

Lady Carbury no podía explicarle, en el estado en el que ambos se encontraban, que nunca tenía oportunidad de hablar con él excepto en esos momentos. Si esperaba a que bajase a desayunar, se escabullía en cinco minutos y no volvía hasta las tantas de la madrugada. No le importaba, como a la madre pelícano, que sus vástagos le arrancaran hasta la sangre del pecho, pero sentía que se merecía algo a cambio de esa sangre, una compensación por sus sacrificios. En cambio, su hijo era capaz de chupar hasta que no quedara ni una gota y además molestarse por la preocupación que su madre exhibía acerca de su vida. Una y otra vez, lady Carbury recordaba las palabras de su primo y empezaba a pensar que Roger tenía razón. Sin embargo, sabía que llegado el momento, era incapaz de ser severa. Casi se odiaba a sí misma por la debilidad que su propio cariño de madre le infligía, pero no podía negar que era así. Si Felix caía, ella caería con él. A pesar de su crueldad, de su despreciable dureza, de su insolencia y maldad, de su ruin indiferencia hacia el futuro, su madre se aferraría a él para siempre. Todo lo que hacía y todo lo que aguantaba, ¿acaso no era por y para él?

Sir Felix había ido a la plaza Grosvenor desde su regreso de Carbury y había visitado a la señora Melmotte y a Marie, pero siempre las había visto juntas y no habían mencionado el tema del compromiso. La madre de Marie no le resultaba de la menor utilidad a Felix. Era tan amable como de costumbre, lo que no era mucho. Le había contado que la señorita Longestaffe vendría a pasar dos meses con ellos y que no le apetecía mucho porque la joven era un poco «fatigante». A lo cual Marie declaró:

—Yo creo que la dama me gustará mucho.

—¡Bah! —exclamó la señora Melmotte—. Pero si a ti no te gusta nunca nadie.

Marie miró a su pretendiente sonriendo, pero no dijo nada. Su madre exclamó:

—¡Sí, ya! Eso está muy bien, pero quiero decir que no tienes ningún amigo.

De esto, Felix dedujo que la señora Melmotte estaba informada de sus intenciones y que su desaprobación no era absoluta. El sábado había recibido una nota en su club, firmada por Marie, que decía: «Ven el domingo a las dos y media. Te verás con papá después de comer». La tenía en la mano cuando su madre se presentó en su habitación. Había decidido obedecer a su futura novia, pero no pensaba contarle nada de eso a su madre, porque había bebido demasiado y estaba malhumorado.

A eso de las tres del domingo llamó a la puerta de Grosvenor y pidió ver a las damas. Hasta el momento de llamar, e incluso un poco después, cuando el portero estaba abriendo la puerta, tenía pensado preguntar por el señor Melmotte. Pero en el último momento le faltó el valor, y el criado le acompañó hasta el salón. Allí se encontraban la señora Melmotte, Marie, Georgiana Longestaffe y lord Nidderdale. Marie le miró ansiosamente, pensado que ya se habría entrevistado con su padre. Felix se deslizó en una silla cercana a la señora Melmotte y se esforzó por parecer tranquilo. Lord Nidderdale siguió flirteando, pues eso hacía, con la señorita Longestaffe, mientras esta correspondía al flirteo en voz baja y con profunda indiferencia hacia su anfitriona o la joven dama de la casa.

—Sabemos por qué está aquí —dijo Georgiana.

—Vine para verla a usted.

—Estoy segura, lord Nidderdale, de que no tenía ni idea de que yo estaría aquí.

—Por Dios, por supuesto que sí. Vine a propósito. ¿No le parece interesante la institución del matrimonio?

—Es una institución a la que se pertenece de forma permanente.

—Claro, claro. Pensé en ello cuando era joven, como una alternativa a alistarme o a hacerme abogado, pero no pude con ello. En cambio, ese sí es un hombre feliz. Si me lo permite, seguiré visitando esta casa porque usted está aquí. No creo que le guste, por cierto. La casa, quiero decir.

—No, yo tampoco lo creo, lord Nidderdale.

Al cabo de un rato, Marie se las arregló para hablar en privado con su pretendiente durante unos segundos, cerca de las ventanas.

—Papá está en la biblioteca —apuntó—. Le dijo a lord Alfred cuando vino que ya no contaba con él. —Era evidente para sir Felix que todo apuntaba a que le allanaban el camino—. Ve tú y pídele a ese criado que te acompañe a la biblioteca.

—¿Vuelvo a bajar cuando termine?

—No, pero deja una nota para mí, fingiendo que es para la señora Didon.

Sir Felix sabía lo bastante del funcionamiento de la casa como para saber que la señora Didon era la criada de la señora Melmotte, comúnmente llamada Didon por todas las damas de la familia.

—O mándala por correo, si quieres, pero dirigida a ella. Eso será mejor. Ahora vete.

Sí que le parecía a sir Felix que la muchacha había mudado de comportamiento un poco repentinamente. Pero aun así se fue, estrechándole la mano a la señora Melmotte y haciendo una reverencia frente a su hija antes de salir.

En unos instantes se encontró en la estancia mencionada con el señor Melmotte. Llamarla biblioteca era un poco exagerado; el gran hombre solía pasar allí sus tardes de domingo, generalmente en compañía de lord Alfred Grendall. Quizá meditaba sobre sus millones o fijaba los precios del dinero y de los fondos de inversión de las bolsas de Nueva York, París o Londres. Pero en esta ocasión lo despertaron de un sueño que parecía disfrutar, cigarro entre los labios.

—¿Cómo se encuentra, sir Felix? Supongo que va en busca del salón de las damas.

—Acabo de volver de la salita, sí, pero pensé en pasar a verlo antes.

Inmediatamente, Melmotte pensó que el barón había venido para pedirle en persona su parte del botín de la empresa y decidió proyectar una expresión severa y hasta maleducada. Pensó que le iría mejor si se mostraba colérico ante cualquier posible sugerencia o interferencia en su rol como hombre de finanzas. Había escalado lo bastante como para embarcarse en esa conducta, y la experiencia dictaba que los hombres que están a medio hacer se doblan como juncos frente a una exhibición salvaje de superioridad, aunque sea supuesta. También era cierto que Melmotte gozaba de la gran ventaja de comprender el juego, mientras que sus colaboradores no entendían nada. Así pues, se servía de la timidez o de la ignorancia de sus colegas y cuando se requería algo más, especialmente en el caso de gente mayor, hacía un despliegue de su temperamento. Cuando no bastaba con eso, cultivaba la codicia de sus amigos. Le gustaban los socios jóvenes porque eran más maleables y un poco menos avariciosos que los más mayores. Las sugerencias de lord Nidderdale habían quedado solventadas y el señor Melmotte no preveía mayores dificultades con sir Felix. Lord Alfred se había visto obligado a comprar.

—Estoy muy contento de verlo, ya sabe —dijo Melmotte, enarcando las cejas, gesto que los que trataban con él encontraban de lo más desagradable—, pero hoy no es un día para los negocios, sir Felix, ni tampoco es el lugar adecuado.

Sir Felix deseó estar en el Beargarden. En cierto modo sí que había ido por negocios, de un tipo muy particular. Pero Marie le había dicho que el domingo era el mejor día para hablar con su padre y también que era más probable que estuviera de buen humor ese día que cualquier otro. No obstante, sir Felix no podía describir la acogida del señor Melmotte como afable ni mucho menos.

—No era mi intención molestar, señor Melmotte.

—Me imagino que no. Solamente quería advertirle, por si se le ocurría hablar de la compañía de ferrocarril.

—No, por Dios.

—Su madre me dijo, cuando la vi en el campo, que esperaba que estuviera usted sacando provecho de su trabajo. Le dije que hasta donde yo sabía, no tenía usted tanto quehacer.

—Mi madre no entiende nada de cómo funciona esto —dijo sir Felix.

—No, ya lo supongo. Bueno, ¿qué puedo hacer por usted, ya que ha venido hasta aquí?

—Señor Melmotte, yo… Yo he venido.. He… En resumen, señor Melmotte: quiero pedirle la mano de su hija en matrimonio.

—¡Y un cuerno! Imposible.

—Así es, se lo aseguro. Y esperamos que nos dé su consentimiento.

—¿Marie sabe que está usted hablando conmigo, entonces?

—Sí, lo sabe.

—Y mi esposa, ¿también ella lo sabe?

—Yo nunca le he hablado de mis sentimientos. Quizá su hija se lo haya contado.

—¿Cuánto tiempo hace que mi hija y usted…?

—Desde el primer momento en que la vi —dijo sir Felix—. Se lo juro. He hablado con ella en varias ocasiones. Ya sabe usted cómo son estas cosas.

—Sí, claro que sí. Y también sé cómo debería seguir. Sé que cuando se trata de grandes cantidades de dinero, el joven debería hablar con el padre antes que con la muchacha. Si no lo hace, es un tonto, especialmente si le interesa conseguir el dinero del padre. Entonces, dígame, ¿mi hija le ha prometido su mano?

—No sé qué decirle.

—¿Considera usted que está prometida con usted?

—No, si ella no quiere —dijo sir Felix, esperando así congraciarse con el padre—. Por supuesto, sería una gran decepción para mí.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
23 stycznia 2025
Objętość:
1191 str. 3 ilustracji
ISBN:
9788417743826
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki