Czytaj książkę: «Aceptar la duda»

Czcionka:

Anselm Grün

Aceptar la duda

La crisis como señal de progreso

Traducción del alemán de Francisco García Lorenzana


Título original: DEN ZWEIFEL UMARMEN

© 2019 by Kösel-Verlag, München,

in der Verlagsgruppe Random House GmbH,

München and Vier-Türme Verlag, 97359 Münsterschwarzach

© 2020 by Editorial Kairós, S.A.

Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España

www.editorialkairos.com

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Katrien Van Steen

Primera edición en papel: Enero 2021

Primera edición en digital: Enero 2021

ISBN papel: 978-84-9988-840-8

ISBN epub: 978-84-9988-874-3

ISBN kindle: 978-84-9988-875-0

Todos los derechos reservados.

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Sumario

1  Introducción

2  1. Duda y conocimiento

3  2. La duda en las relaciones personales

4  3. Dudar de la capacidad de los empleados

5  4. Dudar de uno mismo

6  5. Duda y fe

7  6. La duda en momentos de enfermedad y necesidad

8  7. El anhelo de certeza

9  8. Dudar de los dogmas

10  9. Gestionar las dudas de los niños

11  10. Fe y desesperación

12  11. La desesperación como experiencia humana básica

13  12. Observación final

14  Bibliografía

Introducción

A veces, algunas personas se acusan durante la confesión: «He dudado de Dios», o «He dudado de la fe». Consideran que la duda es un pecado; sin embargo, la duda pertenece a la esencia de la fe. La duda fortalecerá la fe y la cuestionará para que siempre nos volvamos a preguntar ¿qué creo realmente? ¿Qué significa que Dios existe, que Cristo resucitó, y que fuimos salvados por Él? ¿Qué significa para mí la vida eterna? Como las personas no pueden conocer la verdadera naturaleza de Dios, la duda es una compañera imprescindible en el intento de comprender cada vez más y mejor este misterio.

Ahora bien, existe asimismo la duda que lo pone todo en duda no para profundizar en la fe, sino para mantenerla bien alejada. Se duda de todo para mantener una distancia con todo lo que pueda tener relación con la fe, con el objetivo de vivir sin obligaciones. Esta duda no se aplica solo a la fe, sino a cualquier conocimiento. La filosofía la designa como la duda absoluta. Esta duda conduce al escepticismo. Niega todo conocimiento y es el fundamento de la inacción. El escéptico siempre guarda las distancias con todo. Sus acciones no se basan en la fe ni en el conocimiento, ni siquiera en la responsabilidad. Siempre es un espectador.

La filosofía también reconoce la duda existencial, que duda del sentido del destino. Esta duda conduce a la desesperación que en la tradición espiritual equivale a un pecado. La palabra alemana «Ver-zweiflung» tiene el significado de la duda radical, que nos arrebata los cimientos de nuestro ser y las raíces de nuestra existencia.1

La duda no aparece solo en el ámbito de la fe, sino también en el de las relaciones personales. Cuando una persona se enamora, siempre tiene la duda de si la otra persona es la más adecuada para él. Y aunque se una a esa persona en matrimonio, siempre tendrá sus dudas. Y también existe la duda como motivación para la investigación. Así un proverbio iraní dice: «La duda es la llave del conocimiento». La duda nos obliga a investigar en profundidad lo que nos parece dudoso. Esta duda se conoce como duda metódica; sirve para profundizar cada vez más en el conocimiento. Pero también existe la duda moral, que niega todas las normas morales y conduce al relativismo.

La palabra alemana «Zweifel» [duda] deriva del número «zwei» [dos] y de «falten» [doblar/plegar]. Algo que está doblado dos veces. Por eso «Zweifel» significa «una doble incertidumbre». Si reflexionamos sobre la palabra «Zweifel», llegamos a una experiencia esencial de la humanidad. Aprendemos que todo está emparejado: existen la luz y las tinieblas, el cielo y la tierra, el hombre y la mujer, la fe y la incredulidad. En la vida existe la dualidad; y al mismo tiempo ansiamos la unidad, ansiamos ser uno. Esta ansia, sobre todo, fue muy fuerte en los griegos. Así, la duda nos conduce a la esencia de nuestra existencia humana. Como personas somos alma y cuerpo, espíritu y materia, hombre y mujer. En nosotros siempre tenemos dos polos. Pero a pesar de eso, ansiamos ser uno, llegar a un acuerdo con nosotros mismos. No obstante, este camino hacia la unidad pasa siempre por la dualidad, por la duplicidad. Por eso en la persona no existe solo la experiencia de la duda y de la incertidumbre, sino también el ansia de unidad y certeza. Precisamente, en nuestro mundo plural, que ofrece tantas posibilidades de pecar, que confunden a las personas, estas ansían un descanso, ansían claridad, seguridad en lo que creen y en su modo de vida.

Por este motivo, no quiero reflexionar solo sobre la duda y la desesperación, sino también sobre la experiencia de la certeza, sobre la experiencia de que hay algo que sabemos con toda seguridad, que conocemos con toda claridad. La certeza puede ser una experiencia espiritual, como la que vivió Pascal durante la noche del 23 de noviembre de 1654. En ella, Pascal experimentó la presencia de Dios como certeza y alegría. Reflejó esta experiencia en su famoso Memorial: «Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni de los sabios. Certeza, certeza, sentimientos: alegría, paz. Dios de Jesucristo». Estas experiencias de la certeza son experiencias de la Gracia. En esos instantes desaparece la duda. De repente todo está claro. Así sentimos una seguridad interior: esto es la verdad. Sobre ella podemos construir. Todos ansiamos este tipo de experiencias.

Pero no existe solo este tipo de experiencias místicas de una certeza profunda. También hay personas que están seguras de su fe. No la ponen en cuestión. No son rígidos y tercos. Irradian una certeza natural. Estas personas están dotadas de una confianza profunda en la vida y de un anclaje muy firme en Dios. Han podido crecer a partir de las exigencias de la vida porque se yerguen sobre un terreno firme. Todos ansiamos este tipo de certeza, ansiamos una fe a la que nos podamos aferrar, como nos desea Pablo: «Manteneos despiertos y firmes en la fe: tened mucho valor y firmeza» (1 Cor 16:13). Siempre que aparece la duda y la incertidumbre en nuestra vida ansiamos tener algún tipo de fe, como se describe en la Epístola a los Hebreos: «Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos» (Heb 11:1). En medio de la inseguridad y de la incertidumbre que nos rodea por todas partes, necesitamos un fundamento seguro sobre el que permanecer.

Por eso, en este libro quiero reflexionar sobre cómo se relacionan la fe y la duda, cómo la duda y el ansia de certeza se refuerzan mutuamente, qué papel desempeña la duda en nuestra vida, cómo la duda refuerza la fe y el conocimiento y cómo la duda nos impide vivir y creer, y cómo podemos superar la desesperación que a veces nos asalta.

1. Duda y conocimiento

Algunos dicen que el asombro es el principio de la filosofía. Otros consideran que empieza con la duda, porque la duda nos obliga a reflexionar más sobre la vida, sobre la humanidad y sobre Dios. Eso creía el filósofo y teólogo medieval Abelardo: «A través de la duda llegamos a la investigación; y a través de la investigación alcanzamos la verdad». Para Abelardo era necesario poner en duda todos los fundamentos filosóficos y también todas las afirmaciones de la fe, para conocer mejor cuál es la verdad esencial. En el proceso de investigación conseguimos saber qué significan realmente las afirmaciones de la fe. Sencillamente tener por ciertas las palabras, sin analizarlas, va en contra de la dignidad del espíritu humano. Así desarrolló Abelardo el método del Sic et Non, para conocer la verdad a través de las dudas.

La filosofía distingue diferentes formas de duda. Existe la duda sobre la claridad de una afirmación; también se puede dudar de una afirmación. La segunda forma es la duda sobre el valor de una acción (duda de su calidad moral), y la tercera forma es la duda sobre el sentido y el objetivo de la vida humana (duda de la trascendencia existencial) (cf. Beiner, «Zweifel» en TRE 767). La duda procede del «sentido ambiguo». Todo también puede tener un sentido doble. Por eso podemos dudar siempre de una afirmación; siempre podría existir una afirmación que se ajustase mejor a los hechos.

Uno de los filósofos que elevó la duda a principio metodológico fue René Descartes. A partir de la duda sobre todas las afirmaciones establece un punto de partida firme e inamovible, «del que ya no se puede dudar». Su famosa sentencia dice: «Cogito ergo sum. Pienso, luego existo». Melanie Beiner lo explica de la siguiente manera: «La duda como acto del pensamiento puede poner en cuestión cualquier contenido del pensamiento, pero no la acción de pensar en sí mismo» (Ibídem, 769). Descartes considera como verdadero lo que «puedo comprender de manera clara y manifiesta». Con ello, la «seguridad en sí mismo del sujeto pensante se convierte en el fundamento indudable de todo conocimiento» (Ibídem, 769). Eso ya lo había planteado de manera similar san Agustín mucho antes que Descartes. Este considera que la duda viene acompañada de condiciones de las que no se puede dudar. Por eso dice Agustín: «El hecho de vivir, de recordar, de querer, de pensar, de saber y de juzgar: ¿quién duda de eso? [...] Quien dude de todo lo demás nunca puede dudar de estas cosas. Porque si no fueran firmes, le sería imposible dudar» (Ibídem, 768: Agustín, De Trinitate X, 1914).

El filósofo social alemán Max Weber considera que «la duda más radical es la madre del conocimiento». Cuando dudamos de algo, nos implicamos y queremos saber más y mejor de lo que se trata. Así, la duda es el motor no solo de la filosofía, sino también de las ciencias naturales. Cada experimento de las ciencias naturales parte de la duda sobre los conocimientos existentes en cada momento. Dudamos de los resultados conseguidos hasta ahora y queremos analizar con más precisión lo que constituye la realidad. Los físicos Heisenberg y Pauli empezaron a dudar, a través de sus experimentos, acerca de que la física que aprendieron de Newton fuera correcta; así desarrollaron una física nueva: la física cuántica. Pero también en este ámbito se plantean dudas, que obligan al investigador de la naturaleza a analizar con mayor exactitud la naturaleza y sus leyes.

Un proverbio de la India lo expresa de una manera muy hermosa: «La duda es la sala de espera del conocimiento». La duda no se conforma con los conocimientos que existen en este momento. Quiere saber más. Así que la duda es como un motor que ha impulsado a filósofos, teólogos y científicos a seguir investigando. Sin la duda no habríamos alcanzado nunca el nivel actual de nuestros conocimientos.

El investigador científico empieza poniendo en duda los resultados que se han alcanzado en la investigación hasta el momento: ¿es esta la última verdad? ¿O solo hemos analizado la superficie? La duda obliga al científico a realizar experimentos para confirmar lo aprendido hasta ahora, o para ponerlo en duda. A partir de aquí, la duda obliga a investigar las cosas con mayor profundidad hasta que el científico se da por satisfecho. Pero esta satisfacción no es nunca una satisfacción definitiva. Por eso el investigador siempre irá poniendo en duda lo aprendido hasta el momento para explorar con mayor precisión la realidad.

Uno de los mayores escépticos entre los filósofos fue E.M. Cioran, que era originario de Rumanía, estudió filosofía en Berlín y después vivió en Francia. Según él, Friedrich Nietzsche no fue suficientemente radical. Cioran duda de todo, también del sentido de la vida. Pero una cosa de la que no duda es del poder de la música. Así escribe en un aforismo: «La duda aparece en todas partes, con una excepción remarcable: no existe una música escéptica» (Cioran, Werke, 1976). Y en otro aforismo dice: «A excepción de la música, todo es un engaño, incluso la soledad, incluso el éxtasis» (1924). Y cuando una vez escuchó El arte de la fuga tocado al órgano en la iglesia de Saint-Séverin, no dejaba de repetirse: «Esta es la refutación de todas mis maldiciones» (Ibídem, 1921).

¿Cómo te ha ayudado la duda a conseguir conocimientos nuevos? ¿Sabes dudar de las cosas que aparecen publicadas en los diarios? ¿Aceptas los resultados de las diferentes investigaciones actuales, por ejemplo, en el campo de la alimentación sana? ¿Qué ocurriría si aceptaras todo lo que te presentan como resultado de diferentes investigaciones? Existen muchas propuestas diferentes de cómo nos tendríamos que alimentar. Si lo aceptases todo sin reflexionar, tendrías que cambiar cada año de tipo de alimentación. Pero, ¿cómo te ayuda la duda a encontrar el camino correcto para ti y para tu alimentación? Verás que la duda te obligará, a pesar de todo, a decidirte por un camino para tu alimentación y tu forma de vivir. Está claro que en ello no te pueden ayudar los resultados de las diferentes investigaciones, que con frecuencia han sido encargadas por grupos de interés. Pero ayuda a que tu propio sentido encuentre entre todas las ofertas la que se ajusta más a tu forma de ser.

¿Cuál es para ti el punto del que no se puede dudar? Para Descartes es el cogito ergo sum. ¿Cómo definirías el terreno sobre el que te encuentras y del que no dudas? ¿Se trata de la música como para Cioran? ¿O sientes una certeza interior en la fe cuando asistes al culto divino?

Reflexiona sobre cómo la duda te ha llevado a conseguir conocimientos nuevos. ¿Cómo utilizaste la duda para aprender la verdad?

Conoces la duda filosófica de los niños. Los niños lo preguntan todo: ¿por qué esto es así? Los niños dudan de todo. No se conforman con las respuestas convencionales. Quieren que a través de la duda los adultos se vean obligados a explicarles con mayor precisión qué es correcto, y a partir de ahí podrán avanzar. ¿Cómo respondes ante las dudas de tus hijos? ¿Respondes a sus preguntas, o las pasas por alto como si no tuvieran sentido? Harías bien en plantearte las dudas de los niños. Eso te brinda mayor claridad sobre ti mismo y sobre tu camino, y sobre todo aquello de lo que hasta ahora no has dudado, sino que lo has aceptado sin cuestionártelo.

2. La duda en las relaciones personales

Escucho con frecuencia, en diferentes conversaciones: «No sé si estamos hechos el uno para el otro. Dudo sobre si mi amiga/amigo es la pareja ideal para mí, sobre si juntos seremos realmente felices». Toda relación implica una duda. Debo tomar en serio la duda y no pasarla por alto. Ahora bien, me debo preguntar si la duda está diciendo algo sobre mí, sobre mi inseguridad para entregarme a otra persona, sobre mis expectativas demasiado elevadas, que ansían encontrar el compañero perfecto o la compañera perfecta. En este punto, la duda es una invitación para despedirse de las expectativas demasiado elevadas puestas en la persona con la que me quiero casar. En este caso, la duda me obliga a contemplar a dicha persona de manera realista y aceptarla tal como es. Este tipo de duda no duda de la persona en sí, sino solo de si se ajusta a las ilusiones que me he hecho sobre ella.

Pero también me tengo que plantear si la duda me está dando una información importante sobre dicha persona. En este caso, la duda me obliga a contemplar con mayor profundidad a la persona. ¿Qué es lo que me hace dudar de ella? ¿Tengo la sensación de que hay algo que no encaja en ella? ¿O irradia algo que me hace dudar de que sea sincera, de que vaya a ser fiel, de si puedo entregarme a ella? ¿Su imagen exterior se corresponde con su verdadero ser? ¿Sus palabras concuerdan en todo con lo que transmite desde su interior? Esta duda me obliga a comprobar la confianza. Observo si el amigo guarda el secreto de lo que le explico. Si le dice a los demás lo que le he explicado en confianza, entonces mi duda se verá reforzada. En consecuencia, no le confiaré nada más que sea personal. También compruebo la confianza de otra manera. Analizo mis sensaciones cuando estoy con él. ¿Me siento bien, seguro, acogido? ¿O me surgen dudas de que todo eso solo sea un espejismo, de que nuestro amor pueda perdurar? También puedo ir observando de vez en cuando si nuestro amor y nuestra confianza crecen, o si la duda se vuelve más fuerte.

También existe otro tipo de duda sobre la pareja. Siento que mi pareja no encaja bien conmigo. No obstante, ahogo la duda con argumentos, como: «Nos conocemos desde hace tanto tiempo. No vale la pena ponerse a buscar otra pareja. No tengo ninguna garantía de encontrar a alguien mejor». Cuando le pregunto a los miembros de un matrimonio después de la separación si tuvieron dudas sobre su pareja al conocerse y al principio de su relación, la mayoría reconocen que las tuvieron, pero no quisieron dar espacio a la duda. Estaban contentos de haber encontrado a alguien con quien se entendían. No se puede dar por supuesto que se va a encontrar una buena pareja. Por eso se acalla la duda con argumentos racionales: «Los defectos del otro no son tan graves», o «Cambiará gracias a mi amor». Una mujer me explicó que tenía dudas de que su pareja bebiera demasiado alcohol y que se pudiera convertir en un alcohólico, pero obvió esa duda. Creía que a través de su amor podría solucionar el problema de su marido. Se había sobrevalorado. No tomó en serio sus dudas y su relación fracasó.

Otra mujer consideraba imprescindible casarse con un hombre creyente. En un grupo de oración conoció a un hombre que era muy devoto. Se hicieron amigos; sin embargo, cuanto más lo conocía, más sentía que no tenía solo un lado devoto, sino que detrás de la fachada de devoción albergaba rasgos de inmadurez, egocentrismo y narcisismo. Ahora bien, creía que la fe lo cambiaría todo, así que dejó de lado sus dudas. Pero en algún momento se tuvo que decir: «No puedo vivir con este hombre. La devoción por sí sola no es suficiente. Sí, la devoción de mi marido solo oculta una personalidad narcisista. Se esconde detrás de su devoción, de manera que realmente no puedo tomar en serio al hombre que hay detrás». Así supo que no era posible tener una relación con dicho hombre. Esto la llevó a tomar sus dudas mucho más en serio. Con frecuencia, la duda es una información importante sobre la persona de la que dudo. Debo tomar en serio las dudas, sin entregarme a ellas. Debo hablar con las dudas para encontrar claridad.

Y también durante la relación pueden aparecer las dudas en uno de los dos: ¿es realmente fiel? ¿Estamos hechos el uno para el otro? Estas dudas que surgen durante la relación se deben tomar en serio. Entonces, también tengo que analizar mis dudas y preguntarme si la duda surge solo de mis ansias de perfección, o si indica algo quebradizo en la relación. En ese caso sigo teniendo la libertad de cómo reacciono ante dicha duda, si rebajo mis elevadas expectativas, o si le explico mis dudas al otro para hablar con él sobre lo que me parece que no va bien y lo que me plantea dudas. En este caso, una conversación sincera puede conducir a una confianza renovada y a una calidad nueva en la relación.

Con frecuencia, las dudas no se basan en el comportamiento del otro. Se trata sencillamente de dudas existenciales que son solo mías y que aparecen sobre todo en mí. En ese caso, sería conveniente tomarse en serio las dudas y pedir la bendición de Dios para nuestra relación. A veces, las dudas sobre la relación son realmente dudas sobre mi vida en general. No sé si lo que estoy viviendo es lo correcto. No estoy seguro. Esta inseguridad nos pertenece. La tenemos que afrontar y decirnos: «Nunca tendremos la certeza absoluta. Confío en que Dios bendiga mi vida y mi relación». Así, las dudas son siempre una invitación a confiar en Dios y, de esta manera, también en la relación.

Las dudas en las relaciones tienen también otra función. Un proverbio español dice: «No acuses si tienes dudas». A veces acusamos a nuestra pareja de que no ha sido fiel, o de que ha hecho esto o aquello, o que no lo ha hecho. En ese caso es de ayuda el refrán español. Mientras no estemos seguros, mientras dudemos de lo que sabemos, no deberíamos acusar o responsabilizar a nuestra pareja. La duda nos tiene que contener e invitar a investigar más a fondo si nuestra duda se ajusta verdaderamente a la realidad. Debemos tener cuidado con nuestras suposiciones.

Existen matrimonios que no dudan en absoluto de su pareja, pero que, a pesar de ello, acaban decepcionados. Una mujer me explicó: «Siempre he confiado en mi marido. Estaba segura de que me era fiel. No lo dudé nunca. Y de repente tuve que reconocer que tenía una amiga con la que había iniciado una relación sexual». Está bien que en una pareja las dos partes confíen incondicionalmente el uno en el otro. No sería bueno para ninguno de los dos poner continuamente en duda la fidelidad del otro. Pero también es cierto que no nos deberíamos sentir demasiado seguros en una relación. Una pequeña duda me podría impulsar a prestarle más atención a mi pareja. Una pequeña duda puede mantener la chispa en una pareja.

Siéntate en silencio e imagínate a tu compañero, a tu compañera, a tu amigo, a tu amiga. ¿Confías totalmente en él/ella? ¿Puedes confiar en cualquier caso? ¿En qué momento aparecen las dudas? Analiza esta duda con mayor detenimiento, habla con las dudas. No las reprimas. Déjalas aparecer. Pero intenta profundizar en la duda. ¿Son solo las dudas existenciales, las que proceden de nosotros mismos y tenemos sobre todos los demás porque nunca tenemos la certeza absoluta sobre nosotros y sobre los demás? ¿O se trata de dudas muy personales sobre tu pareja? En ese caso imagínate que sí, que tienes esas dudas. Pero ¿qué experiencias de fidelidad, de fiabilidad, de claridad, de amor has tenido con él/ella? Habla con tu pareja de tus dudas y sobre la confianza que le tienes. Si habláis abiertamente sobre las dudas mutuas y sobre el ansia de confiar el uno en el otro, entonces se pueden resolver las dudas y puedes lograr una nueva certeza en la relación.

Al final de todas las conversaciones con tu pareja y al final de tus reflexiones y de todas las sensaciones que surgen en ti, te tendrás que decidir. ¿Puedo tomar partido en cuerpo y alma por mi compañero, mi compañera? Si tomas una decisión clara, será de ayuda para superar las dudas y para reforzar la confianza en el otro. La decisión te libera de las cavilaciones constantes sobre tus dudas. Te has enfrentado a las dudas y no las has dejado de lado, pero ahora te decides por tu pareja y dejas atrás las dudas. Cuando se analizan a fondo las dudas y se habla con la pareja, entonces se pueden obviar las dudas si vuelven a aparecer. Después de la decisión, no podemos evitar que las dudas vuelvan a aparecer. Entonces tenemos que decir: «Basta. He tomado una decisión. Me niego a que las dudas debiliten constantemente mi decisión a favor de mi pareja».

3. Dudar de la capacidad de los empleados

En los seminarios de dirección oigo con frecuencia: «Dudo de que mi empleado consiga completar la tarea. Ha empezado bien con el trabajo, pero ahora resulta que es demasiado lento, que olvida demasiadas cosas. Está inseguro y pregunta por cualquier minucia, aunque ha realizado con frecuencia la misma tarea. Dudo de si debo seguir apoyándolo y formándolo. ¿Puede dar más de sí? ¿O sería mejor separarme de él?». La duda muestra que siempre existen dos posibilidades: formar al otro para que pueda desarrollar las habilidades que necesita para su trabajo, o llegar a la conclusión de que el trabajo lo supera y que es necesario dejarlo de lado o darle otro trabajo en la empresa. En este caso, la duda vuelve sobre mí. Yo dudo de cuál de las alternativas es la mejor; y en algún momento me tengo que decidir. Ahora bien, mientras la duda sea demasiado fuerte, no debo tomar ninguna decisión, sino esperar hasta que lo tenga más claro.

Otra duda afecta más al empleado. Le he confiado una tarea de dirección porque hasta el momento siempre ha trabajado bien en la empresa. Pero ahora tengo dudas sobre si está realmente capacitado para realizar esta tarea de dirección. Sé que con frecuencia reacciona de manera agresiva. He recibido quejas de sus subordinados, que se me han quejado de que su jefe de departamento nunca toma decisiones, que se aparta de los conflictos. Cuando le encargué la tarea de dirección confiaba en él: «Lo hará bien». Ahora tengo dudas de si tiene realmente las habilidades necesarias para dirigir. Hablando con el jefe que tiene dudas sobre las capacidades de dirección de su empleado, le dije que no podía obviar esta duda. La primera obligación es hablar con el interesado. No le diría de entrada que dudo de su capacidad de dirección. Le preguntaría: ¿cómo se siente con su tarea de dirección? ¿Cómo le va con el trabajo? Quizá sea él mismo quien le explique sus dificultades y limitaciones. Entonces puedo analizar con él qué le podría ayudar, cuál es la ayuda que necesita. Quizá debería asistir a un seminario de dirección. Quizá tendría que comunicarse mejor con sus subordinados. Pero si opina que todo va de maravilla, entonces le tendría que señalar los defectos que he detectado, o referirle las experiencias que le han explicado sus subordinados. Este sería el primer paso para apoyar y formar al empleado. Solo si todos los intentos por apoyarle no tuvieran un efecto positivo, entonces habría que considerar si no sería mejor que dicha persona se encargase de otra tarea.

La duda sobre los empleados nos obliga a ocuparnos con mayor intensidad de ese empleado concreto y hablar con él sobre su situación. El primer paso tiene que ser siempre el de formarlo y apoyarlo para que pueda crecer. Solo si crecen las dudas y me doy cuenta de que el empleado no desarrolla ninguna capacidad, que está estancado, entonces habrá que pensar en otras medidas: o encargarle de otras tareas, o despedirlo. Pero este despido no debe herir al otro. Solo puedo despedir a un empleado si le transmito la esperanza de que puede encontrar su camino en otro sitio, donde pueda aplicar mejor las capacidades que posee.

Me encuentro una y otra vez con empresarios que prefieren obviar las dudas sobre sus empleados. Prefieren cerrar los ojos antes que afrontar el problema. Pero también existe otro tipo de jefes que, por sistema, dudan de todos los empleados. Estos jefes se tendrían que preguntar si no sienten una desconfianza profunda hacia todas las personas. Su obligación sería creer en los empleados y, a través de la fe en el núcleo positivo de sus empleados, despertar las capacidades que albergan. En cualquier caso, la duda siempre nos sitúa ante la obligación de resolver un problema: ya sea el problema de la desconfianza a actuar, o el de encontrar las vías de solución para el empleado.

Una mujer dirigía una empresa con un socio, pero siempre tenía conflictos y problemas con él. Creía que, como cristiana, debía resolver estos problemas. Simplemente debía confiar más en él. Ahora bien, no se disiparon las dudas de si realmente iba a ser posible seguir trabajando juntos. Le aconsejé que rezase por este hombre. Cuando llevaba un par de minutos rezando por él sintió un malestar en el estómago. Al comentarlo tuvo claro que debía separarse de él. La oración, que en realidad debía mejorar la relación, le dejó claro que la esperanza en una mejora era una ilusión. El rezo le mostró que su duda era correcta, y así encontró la claridad interior para separarse de ese hombre.

Si dudas de las capacidades de un empleado, siéntate con toda tranquilidad y medita profundamente sobre dicha persona. ¿Qué le mueve? ¿Qué le oprime? ¿Por qué padece? ¿Qué desea? ¿Qué le impide desarrollar lo que hay en él? ¿Y cómo encuentro la llave para alcanzar su interior más profundo, donde se encuentran sus capacidades y fortalezas? ¿Qué le podría ayudar? ¿Qué le resultaría positivo? ¿Cómo puede encontrar esta persona su camino en la vida? A continuación bendice a ese empleado. Imagínate que la bendición sale de tus manos y fluye hacia ese empleado y lo atraviesa, de manera que él pueda entrar en contacto consigo mismo. Tu bendición no debe cambiar a tu empleado, sino atravesarlo para que entre en consonancia consigo mismo, para que sea totalmente él mismo. Tras esta bendición puedes profundizar en ti mismo. ¿Tu bendición te muestra que el empleado lo puede hacer bien? ¿O la bendición te muestra que te deberías separar de él porque le iría mejor en otro sitio, donde podría desarrollarse mejor en otra empresa o en otro puesto?

4. Dudar de uno mismo

En una relación no existe solo la duda sobre el otro, sino la duda sobre uno mismo. Dudo de que sea capaz de mantener una relación. Dudo de que sea la pareja perfecta para el otro o la otra. Y sobre todo dudo de mí, no solo en cuanto a mi relación sentimental. Dudo de si seré capaz de tener la vida que quiero, de si soy lo suficientemente inteligente para imponerme en la vida. Dudo de todo en mí. Con frecuencia tenemos un juez en nuestro interior —Sigmund Freud lo llama el superego— que continuamente nos pone en duda y nos quita valor. Eso nos causa inseguridad. Entonces no podemos decir: ¿esta voz interior es mi conciencia? ¿O se corresponde con el superego, con el juicio de los padres, que hemos interiorizado en nuestro superego?

Las personas que dudan de sí mismas no confían en que puedan hacer nada, y con frecuencia son pasivas cuando se trata de asumir la responsabilidad de su propia vida. Desperdician la vida porque quedan ancladas en la duda. La duda les impide mantener una relación. La duda les impide presentarse a un puesto laboral; consideran que no son lo suficientemente buenos para la tarea, que hay otros que son mejores. Así, dudar de mí mismo me puede alejar de la vida.

A veces consigo ver en diferentes conversaciones lo fundamental que puede llegar a ser la duda en uno mismo. Una mujer me explicaba que de pequeña siempre dudó de si era realmente hija de sus padres, o si había llegado a la familia desde fuera. Una duda tan fundamental provoca inseguridad en las personas. No estar seguro de los orígenes. Dudar de si sus padres son realmente sus padres biológicos. Con frecuencia no se consigue averiguar de dónde viene esta duda. Posiblemente sea una inseguridad fundamental sobre la propia identidad. Y esta inseguridad se manifiesta en dudas concretas sobre las capacidades propias y para seguir con la propia vida.

La duda de la niña de si es realmente hija de sus padres se presenta con frecuencia en una fase concreta de la vida. En la pubertad se duda de la propia identidad: ¿Quién soy? Se siente que la vieja identidad se desmorona. Y no podemos decir quién somos realmente. Pero la duda sobre uno mismo es al mismo tiempo un desafío para preocuparse por la propia identidad. Estas dudas sobre la identidad vuelven a aparecer con frecuencia entre los 18 y los 24 años. Hasta entonces hemos estado en casa, posiblemente en el instituto. Ahora estudiamos en un lugar extraño. No conocemos el entorno, dudamos de nosotros mismos. Hasta ahora todo ha ido bien. Ahora tenemos dudas de que vayamos a superar los estudios, sobre si hemos elegido el campo de estudio correcto. Estas dudas sobre la identidad pueden conducir con frecuencia, en esta edad, a fases depresivas. Unas dudas similares aparecen hacia la mitad de la vida. Nos preguntamos: ¿esto ha sido todo lo que he podido hacer hasta ahora? ¿Cómo voy a seguir? ¿Quién soy en realidad? ¿Solo soy el hombre de éxito, la madre feliz? ¿Cuál es mi verdadera identidad?

Otras dudas se refieren al amor de los padres. Los niños dudan del amor de los padres. Precisamente, cuando se les regaña, o cuando se les trata con rudeza, cuando los padres se burlan de ellos, en ese momento dudan sobre si los padres los quieren realmente, o si solo son una carga para sus padres. Las dudas sobre el amor de los padres conducen también a dudar del valor de uno mismo. Dudo de que valga la pena que nadie me quiera, que sea lo suficientemente valioso para que me quieran mis padres. Y a continuación estas dudas se convierten en dudas sobre si quien se acerca a mí es sincero, o si solo es amistoso porque quiere algo de mí.

La duda acerca de uno mismo puede ser insoportable. Se duda de todo. La duda acerca de uno mismo impide cualquier tipo de autoconfianza. Por las noches no se puede descansar porque se duda sistemáticamente de todo lo que se ha hecho o dicho. Todo se pone en cuestión: «No ha estado bien. ¿Qué piensan los demás de mí? ¿Cómo puedo hablar de manera tan risible, cómo me puedo comportar de manera tan rara?». La duda sobre uno mismo se convierte en una acusación y en una desvalorización de uno mismo.

Hace poco me explicaba una mujer que tiene muchas dudas sobre sí misma. Duda sobre si es una buena madre, si ha educado bien a sus hijos. En cuanto los niños pasan una fase difícil, se tortura con dudas sobre sí misma: «¿Qué he hecho mal? ¿Tengo la culpa de que los niños no se estén desarrollando como me hubiese gustado? ¿He transmitido a mis hijos las dudas sobre mí misma, de manera que ahora no pueden desarrollar una confianza en sí mismos?». También tenía constantemente dudas sobre sí misma en la empresa en la que trabajaba: «¿Hago bien mi trabajo? ¿Mi jefe está contento conmigo? ¿No lo habría podido hacer mejor?». Estas dudas sobre sí misma le consumen gran cantidad de energía, de manera que no puede hacer el trabajo con tranquilidad. Le acompaña constantemente esta crítica interior que duda de todo lo que es, de todo lo que hace, pero también de todo lo que piensa. Se pregunta siempre: «¿Rijo bien? ¿Mis pensamientos son cómicos o quizás enfermizos?». Le resulta difícil encontrarse con otras personas. Duda sobre si los otros la quieren, o si se va a comportar correctamente con ellos. Estas dudas sobre sí misma le provocan una profunda inseguridad. Padece por ello, pero no puede superar las dudas sobre sí misma.

Cuando se pregunta acerca de la causa última de las dudas sobre uno mismo, con frecuencia se tropieza con las dudas de los padres sobre sus hijos. A menudo, los padres critican continuamente a los niños: «Eres lento. No lo puedes hacer. Eres un fracasado. Otros de tu misma edad hace tiempo que lo saben hacer. Siempre lo haces mal». Estas frases de los padres son una muestra de sus dudas sobre sus hijos. Aunque haga tiempo que murieron los padres, estas palabras siguen presentes en el interior; se han convertido en las palabras del superego. A pesar de que como adultos sabemos que en estas dudas sobre nosotros mismos se manifiestan, en última instancia, las dudas de nuestros padres, nos resulta muy difícil deshacernos de ellas. Este discernimiento por sí solo no disuelve este tipo de dudas. Es necesario una práctica muy larga para disolver este patrón tan antiguo y confiar cada vez más en nosotros mismos.

Toma asiento en soledad y escucha en tu interior. Deja surgir todas las dudas que aparecen de manera espontánea. Analiza cada duda y después responde a cada duda que surge en ti: «Soy yo mismo». Dedica 20 minutos a estar sentado y meditar solo sobre la frase «Soy yo mismo». Se trata de las palabras que Jesús pronunció tras su resurrección ante los apóstoles cuando dudaron de que fuera realmente el Jesús al que habían conocido y que había muerto en la cruz. La frase griega ego eimi autos tiene un significado especial en la filosofía estoica. «Autos» hace referencia al santuario interior en el que encontramos al yo original y genuino. Así, ante cualquier pensamiento y duda que surja en ti, pronuncia siempre estas palabras: soy yo mismo. Entonces, las dudas se empezarán a relativizar. No tiene ninguna importancia si has cumplido todas las expectativas de tus padres y tus propios deseos. No es importante si tus padres te quisieron de verdad. No tienes que demostrar nada. Simplemente puedes ser, sin justificarte, sin tener que demostrar nada. Si te repites continuamente estas palabras, las dudas se acallarán. Ya no son importantes. Te sientes a ti mismo, tu verdadero ser que nadie puede empequeñecer a través de sus dudas y que tú tampoco puedes disolver a través de las dudas sobre ti mismo.

5. Duda y fe

El carmelita Reinhard Körner escribió sobre la relación entre fe y duda: la duda «corresponde a la peculiaridad de Dios y a sus misterios, que son siempre mayores de los que se pueden imaginar y expresar. Una vida espiritual verdadera, que no busca una ideología ni una “convicción”, sino la realidad de Dios, tiene que entrar en “crisis”, al menos de vez en cuando» (Körner, Lex Spir, 1471). Para la teología católica, la duda forma parte esencial de la fe. En cambio, Martín Lutero ve la duda como enemiga de la fe. Identifica la duda con la incredulidad. Para Lutero, la fe es una «interiorización de la Verdad» (Beiner, TRE, 770), por eso excluye la duda. A pesar de ello, Lutero también sabe «que la vida de fe siempre está amenazada por la duda y la tentación» (Ibídem, 770).

El teólogo evangélico Paul Tillich ve la duda como un elemento esencial de la fe: «La distancia infinita entre Dios y el hombre no se puede superar, es idéntica a la finitud de la persona [...]. La fe no sería fe, sino unión mística, si se viera privada del elemento de la duda» (Tillich, Sys III, 275). Tillich señala dos caminos para convertir la duda en certeza: la ortodoxia, que en la Iglesia católica consiste en el sometimiento a la autoridad, y el pietismo, que puede obviar la posibilidad de la duda gracias a la experiencia interior. Pero las dos vías no pueden superar realmente la duda. Tampoco en la unión de la persona con Dios puede reducirse, en última instancia, la distancia entre Dios y la persona.

Pero Tillich no ve solo la base de la duda en la separación entre Dios infinito y la persona finita, sino también en la finitud de la persona. «La finitud implica la duda, porque solo el Todo es la Verdad. Pero ningún ser finito tiene la totalidad. Eso significa que confirmamos nuestra finitud cuando reconocemos que la duda pertenece a la esencia de la persona» (Sys II, 82). Esta duda esencial impulsa a la persona a analizar una y otra vez la realidad. De esta duda esencial, que forma parte de la esencia de la persona, diferencia Paul Tillich la duda existencial. La duda existencial es una expresión del distanciamiento de la persona del ser, de lo eterno, de Dios. «Cuando el estado de alienación destruye la unión con lo eterno, la inseguridad se vuelve absoluta y conduce a la desesperación. También la duda será absoluta e impulsa a la persona a una situación en la que se niega a aceptar ninguna verdad» (Sys II, 83).

Las ideas de Paul Tillich muestran que podemos considerar la duda y la fe desde diferentes puntos de vista. Podemos reflexionar sobre dicha relación desde la esencia de Dios y la esencia de la persona. Y podemos pensar sobre la duda según si la persona se ha alejado del Nuevo Ser, que apareció en Cristo, o si participa del Nuevo Ser.

Antes de reflexionar desde la perspectiva teológica sobre la duda y la fe, querría presentar algunos ejemplos bíblicos y relacionarlos con nuestra situación ante la duda y la fe.

Ejemplos bíblicos de la duda

La Biblia ya nos ofrece ejemplos suficientes de que la fe y la duda forman una pareja. La Biblia nos presenta los pilares importantes de la fe como personas que siempre dudaban. A través de la duda crecieron en su fe. Estos ejemplos nos invitan a analizar con sinceridad nuestras dudas sobre Dios y sobre la fe.

Pedro se hunde

Un ejemplo conocido sobre la duda es la historia de la tormenta en el mar. Los apóstoles se encuentran con vientos contrarios. Las olas son cada vez más grandes. Los discípulos tienen miedo a ahogarse. Entonces, a la hora de la cuarta vigilia de la noche se acercó Jesús caminando sobre las aguas. Se asustaron. Creían que Jesús era un fantasma. Pero cuando Jesús les dijo que debían confiar, Pedro recuperó el ánimo. Y le dijo a Jesús: «Señor, si eres tú, manda que vaya a ti sobre las aguas» (Mt 14,28). Jesús le anima a que vaya hacia él. Pedro baja de la barca y consigue caminar sobre las aguas. Pero entonces siente el viento y ve las grandes olas y tiene miedo, y el miedo provoca que se hunda en el agua. Grita pidiendo ayuda. Jesús lo coge de la mano y dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,31). Pedro está dividido entre una confianza profunda, que le permitió bajar de la barca, y el miedo y la duda. El miedo a las enormes olas le hace dudar de la instrucción de Jesús de que acudiera a él sobre las aguas. Jesús ve la razón de su duda en su falta de fe. En Marcos y Juan siempre se trata de la alternativa: fe o incredulidad. En Mateo, en cambio, se trata de la oposición entre una fe fuerte y firme y la poca fe. La poca fe conduce a la duda. La duda está unida al miedo. Pero no está claro si la duda conduce al miedo, o si el miedo provoca la duda. En cualquier caso, el miedo y la duda forman pareja. La persona miedosa duda acerca de que Dios lo pueda salvar de las aguas revueltas.

La duda hace que Pedro se hunda en el agua. Pero también aporta al mismo instante la salvación, porque Jesús en persona coge la mano del dubitativo Pedro, lo saca del agua y vuelve con él a la barca. Así, la duda es la condición para experimentar la salvación, que es lo que le sucede a Pedro. Jesús echa la culpa a la duda de Pedro, pero al mismo tiempo responde a su duda con una mano salvadora.

Si nos aplicamos esta historia, nos libera de tener una mala conciencia cuando dudamos de la ayuda de Dios. También nosotros vivimos situaciones en las que estamos con el agua al cuello. En estas situaciones experimentamos dudas y desesperación. Dudamos de si Dios nos librará realmente de ese peligro. La escena bíblica nos invita a no mirar las grandes olas y el viento contrario, que nos han puesto en peligro, sino a Jesús, que camina sobre las aguas. Pero como Pedro, estamos divididos entre la visión de Jesús y la visión de las aguas revueltas, que amenazan con ahogarnos. No debemos despreciar el peligro, sino apartar la mirada y contemplar a Jesús. Entonces transformará nuestra duda en la experiencia de la curación y la salvación.

Medita sobre la escena que nos presenta Mateo. Imagínate sentado en la barca lleno de miedo porque la embarcación se puede hundir. Entonces se acerca Jesús a la barca caminando sobre las aguas. ¿Cómo reaccionarías? Transfórmate en la figura de Pedro. Quizá también recuperes el valor para bajar de la barca e ir al encuentro de Jesús. A continuación imagínate de nuevo las grandes olas que rompen por encima de tu cabeza. ¿Cómo reaccionarías ante eso? ¿Dudarías igual que Pedro? Entonces, deja que Jesús coja tu mano y te conduzca por encima de las olas de tus inseguridades. Toma la historia como un ejemplo para tu vida y pregúntate: «¿En qué momento de mi vida he tenido miedo de hundirme? ¿Cuándo he dudado de que pudiera cumplir con la tarea que me habían encargado? ¿Cuándo he dudado de que Dios me iba a ayudar cuando el agua me llegase al cuello?». Entonces, imagínate siempre que ante una tarea difícil, en una situación sin salida, Jesús te ofreciera la mano y te condujera a través de los miedos y las dudas para regresar a la seguridad de la barca.

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