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ATEÍSMO IDEOLÓGICO

La pregunta es: ¿Porqué los votantes siguen depositando su confianza en políticos corrompidos, deshonestos, malvados, ineptos...?

La respuesta más probable es: porque tienen una fe religiosa en ellos. Porque esos electores, más que ciudadanos, son creyentes.

Si la ideología sustituyó a la religión en las sociedades modernas a partir de la Revolución Francesa, y si la separación Iglesia-Estado tuvo como consecuencia un impulso de adelanto y bienestar para Occidente, podemos suponer que apartar la ideología del gobierno de los Estados reactivaría el progreso de la humanidad en un momento en que la democracia está desapareciendo.

La idea de ateísmo ideológico, que se formula en estas páginas, puede ser una pieza fundamental para combatir la corrupción, el autoritarismo y la miseria económica y moral, que aumentan ahora que la democracia, tal y como un día la concebimos, ya no existe. Se presenta aquí la posibilidad realmente factible de separar de forma definitiva la ideología del gobierno de las ciudades y las naciones por ir en contra de los intereses generales.

Estamos ante una propuesta rompedora y sorprendente que podría cambiarlo todo.

Una lectura urgente para desencantados y escépticos de la política, pero también para fanáticos y radicales, es decir: para los «creyentes».


ÁNGELA VALLVEY

(San Lorenzo, Valle de Alcudia, Ciudad Real), como periodista ha escrito en los principales periódicos, suplementos y revistas de ámbito nacional. Asimismo, ha colaborado en programas de radio y televisión junto a las figuras más relevantes del periodismo actual y entrevistado a una larga lista de personalidades nacionales e internacionales. Fue la primera mujer en obtener el Premio Julio Camba de periodismo.

En su faceta de escritora, es autora de más de una treintena de obras de ficción, ensayo y poesía, y ha recibido premios como el Nadal y el Ateneo de Sevilla, siendo traducida a numerosos idiomas.

Entre sus últimas publicaciones cabe destacar Breve historia de la españolas (Arzalia Ediciones), o El alma de las bestias (Ediciones B), una novela que conjuga épica e intriga con insólitas aventuras históricas.

ATEÍSMO IDEOLÓGICO


Ateísmo ideológico

La ruina de las ideologías

© 2021, Ángela Vallvey

© 2021, Arzalia Ediciones, S. L.

Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

Fotografía de cubierta: © Chris Rivera

ISBN: 978-84-19018-01-4

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

www.arzalia.com

Índice

PRIMERA PARTE

Del ciudadano al cliente (y del cliente al usuario)

Una confesión íntima y vergonzante. A modo de introducción

La religión que nos separa

La verdad al descubierto

Banderas de nuestros padres

La historia del problema

Represión e ideología

Guerras familiares, bandas y bandos

Güelfos y gibelinos

El loco viaje de la ideología

La búsqueda del santuario

Los catecismos y el fracaso de la filosofía

El principio divino

Una historia de violencia

Los sicarios y el odio igualitario

El precio del crimen

Asuntos privados

En la guerra, como en la guerra

Las nuevas guerras

La religión contra la violencia

Dioses insaciables, creyentes satisfechos

El circo romano y el schadenfreude

Los pecados del jefe de una iglesia y un mundo de apariencias

Locura por el poder, y la locura en el poder

La ley como instrumento de violencia

Sacerdotes, viudas indias e ingleses

La importancia del relato

La historia posmoral

Una, el grupo y el desencanto

Enfrentarse y luchar: víctimas del timo ideológico

La fe, las crisis, los modelos y China

El grial de la igualdad y la economía del dolor

Sexo, mentiras y una hiperclase

El paraíso ya no

E-capitalismo

El reino de la confusión: crimen y torpeza

La política de ofrecer placer

El sexo como instrumento ideológico

Malos, impuestos y ficciones fascistas

La demanda de ficción y la enfermedad colectiva

El cliente siempre tiene razón

Las ideologías oscuras y las obras públicas victimistas

Envidia, debilidad y narcotráfico

Mas allá del bien y del mal y de la envidia

Constituciones, asambleas y sillas

Sistema de partidos y un sistema hecho a medida de los partidos

Poner la otra mejilla

El centro de qué

Clases sociales, aulas desclasadas

SEGUNDA PARTE

De la lucha de clases a cualquier clase de lucha

Luchar es obligatorio, viajar es un placer

Las nuevas clases sociales como asientos de avión

La atracción fatal del poder

Vendedores de motos

Consumo, partitocracia y cuerpo

Sexo y placer

Los significados

Cómo comprar una ideología barata

Banalización y comprensión

La religión y sus herederos

La polarización, la guerra, las deudas políticas

TERCERA PARTE

Distinguir lo verdadero y acabar con el miedo

El todo, la nada y lo público

Una democracia hecha para gustar

Etiquetas, promesas y palabras

Los filósofos y los ideólogos

Enchufados y corruptos

El terror, el error y, como siempre, la lucha

El porqué de todo esto

La política como profesión

La etiqueta ideológica

Partitocracia y opinión

El sueño del 15 M

Líderes mundiales

Una modesta proposición

Bibliografía básica

A Miguel Artola (1923-2020)

In memoriam

Sacúdete de encima todos los temores de prejuicios tras los que se agazapan servilmente las mentes débiles.

Sienta firmemente a la razón en su sitial y lleva a cada hecho ante su tribunal, a cada opinión. Cuestiónate con valor incluso la existencia de un Dios; porque, si hubiera alguno, debería dar su beneplácito a quien rinde tributo a la razón antes que al miedo ciego.

THOMAS JEFFERSON

El dominio alterno de una facción sobre otra, agudizado por el espíritu de venganza, connatural a la disensión partidaria, que ha cometido en diferentes épocas y países las más horrorosas atrocidades, constituye en sí un espantoso despotismo. Sin embargo, conduce a la larga a un despotismo más formal y permanente. Los desórdenes y las desgracias que resultan de él inclinan gradualmente la mente de los seres humanos hacia la búsqueda de seguridad y descanso en el poder absoluto de un individuo; y tarde o temprano el jefe de alguna facción predominante, más capaz o más afortunado que sus rivales, desvía esa disposición hacia los propósitos de su propio ascenso, sobre las ruinas de la libertad pública.

GEORGE WASHINGTON

PRIMERA PARTE
Del ciudadano al cliente (y del cliente al usuario)
Una confesión íntima y vergonzante A modo de introducción

En el año 2014 pensé seriamente en la posibilidad de suicidarme.

Nunca me había sentido tan hostigada, tan enferma de preocupación. No podía dormir. La ruina llegaba a mi puerta en forma de cartas certificadas con acuse de recibo que contenían apremios y amenazas.

No cesaban.

El cartero siempre llamaba dos veces. Diarias. Sentía terror cada vez que oía el timbre de la puerta. O cuando abría el buzón de correos, lleno de avisos para que recogiese certificados de color blanco y negro, repletos de papeles con referencias oscuras y acuciantes.

Urgencias. Apremios. Obligaciones. Amenazas ejecutivas. Extractos de ordenanzas y leyes, todas las cuales aparentemente yo había vulnerado.

Me convertí en un alma en pena, patética y llorosa. Molestaba a todo el mundo con mis cuitas. En mi familia me dijeron: «No importunes más con tus problemas. Tú no das pena. Nadie sentirá lástima por ti. Se siente compasión por el chaval del 3.º A, que va en silla de ruedas. O por Vicenta, la viuda del zapatero, a la que han desahuciado, pero no por ti. Ten un poco de dignidad y no sigas lloriqueando en público».

«Que no doy pena, ¡pues la voy a dar! Me quitaré la vida, como ese muchacho que se quemó a lo bonzo y dio origen a la Primavera árabe», pensaba yo, en mi delirio.

La impotencia y la falta de salidas me hacían disparatar.

Finalmente, me vi obligada a vender la casa donde vivía junto con mi hija, que dependía de mí, y a endeudarme por treinta años para pagar la disparatada cantidad de dinero que me pedía la Agencia Tributaria, que me acusó de «defraudadora» y me hizo reconocer mi supuesta culpa, a pesar de que era inocente.

Usando el mismo método que en ciertos países no democráticos, donde las autoridades obligan a los infractores a reconocer su culpa firmando de puño y letra confesiones preparadas y falaces, capaces de justificar cualquier pena.

Es la confesión de los pecados del creyente humillado ante el poder magnífico, religioso, de la política, de la policía ideológica.

La acusación me estremecía, me indignaba, me resultaba sorprendente. Yo siempre había cumplido, y lo sigo haciendo, con mis obligaciones cívicas. Incluso viví en Suiza durante años mientras continué tributando en España (debo ser la única persona no declarada legalmente irresponsable que ha hecho algo así).

Jamás tuve intención de defraudar nada. El problema era que yo tenía una «sociedad unipersonal», y el fisco había llegado a la conclusión de que tales sociedades eran ilegales para personas como yo (artistas, nos llamaba de forma un tanto despectiva el señor ministro del ramo).

Me resultó ridículo pensar que constituí esa sociedad porque me lo recomendó pocos años antes una amable funcionaria… ¡de Hacienda!

«Abra usted una sociedad, que se ahorrará un dinerito que nunca viene mal», me dijo la señora. Todavía recuerdo su sonrisa. Estoy segura de que era sincera. «Abra una sociedad», dijo, como podría haber dicho «Abra una tienda».

Pero eso había ocurrido un tiempo atrás, y las cosas en 2014 eran muy diferentes. La Gran Recesión azotaba a Europa. Grecia era la noticia del momento, cada mañana, cada día de la semana. Parecía que el mundo estaba a punto de acabarse porque Grecia tiraba de todos nosotros hasta el precipicio, como una de esas estampas de los mapamundi antiguos, en que unos gigantes airados llevan el planeta sobre los hombros. España estaba quebrada y tenía un gobierno semoviente, dispuesto a ejecutar perrunamente todas las instrucciones que les daban desde Bruselas.

Los ciudadanos les importábamos un bledo, quod erat demonstrandum. Los manguerazos de dinero del Banco Central Europeo iban para los bancos. Las personas contábamos menos que ceros a la izquierda en los grandes balances. Tan solo pagábamos, de la cuna a la tumba.

No es difícil imaginar a algún altísimo dignatario europeo dictando en voz baja, como susurrando un secreto, a los lanares emisarios españoles: «Apriétenles ustedes un poco las tuercas a sus contribuyentes, que hay que equilibrar estas cifras y sacar dinero de donde se pueda».

Seguramente tradujo antes, mediante Google Translate, sus palabras para hacerse entender con el equipo económico español, poco conocido mundialmente por su habilidad con los idiomas.

El ministro de Hacienda de la época era un señor que se convirtió en un cruel y despiadado ejecutor de lo que pudieron ser directrices europeas. O quizás era una iniciativa que surgió motu proprio.

El tipo podría haber encarnado la figura y el talante de aquellos recaudadores de impuestos egipcios de la Antigüedad, que se hacían enterrar con una mano fuera de la tumba para que los viandantes pudiesen depositar en ella algún donativo que les sirviera en su viaje eterno. Siempre está bien llevar algo suelto, se vaya a donde se vaya.

El caso es que sí. Nos apretaron las tuercas. Sin piedad, sin tino, sin medida. Nos empobrecieron a muchos. Desde el autónomo que tenía una pastelería al jugador del Real Madrid famoso en todo el orbe (aunque este último se empobreció menos, claro, ya que se limitó a pedir subidas de sueldo que compensaran sus pérdidas). Del actor que vivía a salto de mata, a la entusiasta y mentecata escritora que pensaba que podía «ahorrarse un dinerito» legalmente.

Nos apretaron hasta ahogarnos.

Del siervo al obligado tributario la historia ha volado, más que transcurrido.

La pregunta es: ¿y todo esto para qué? Y no, no me vale que me digan que es para sostener hospitales, escuelas y carreteras. Las tres cosas juntas no exigen tanto. Hay una parte, cada vez más importante, del erario público (que es la hucha privada del poder) que sirve para alimentar al propio poder, para engordarlo, para hacerlo más inconmensurable y poderoso. Y el poder no retrocede jamás ni un centímetro ganado de presencia en la existencia de quienes lo mantienen con su sudor, con su vida. Al contrario, su tendencia natural es inflarse, robustecerse, perpetuarse por encima de lo que sea. Y de quien sea.

Sé de algunos que murieron o enfermaron gravemente durante este proceso de acoso que duró años. Hubo incluso quien se suicidó. Muchos lo pensaron, como yo.

La alternativa era: «O te declaras culpable y pagas de conformidad con la Agencia Tributaria, o el aparato fiscal represor del Estado te llevará a juicio durante años, ganará cada juicio que recurras, porque tiene a la Administración con todo su poder de su lado, y en el proceso te arruinarás igualmente. Tú elijes. Susto con muerte o muerte con susto».

Yo, que odio los enfrentamientos y no tenía dinero para pagar abogados, me declaré culpable. Aunque no lo era. Sigo siendo inocente. Más inocente, si cabe, que cuando me declaré culpable bajo coacción.

El procedimiento usado fue el mismo de la Inquisición: hacer preguntas, intimidar, y utilizar cada respuesta, cada factura aportada, cada indicio, para desovillar nuevas culpabilidades con que acusar al contribuyente acorralado.

Una amiga me relató su propio escalofriante interrogatorio, que ilustra bien el común proceso kafkiano que padecieron, y continúan padeciendo, muchos obligados tributarios: «Así que va usted a la peluquería. ¿Tiene la factura? ¿Se la ha desgravado? Pero a la peluquería puede ir usted porque quiere salir con sus amigas de paseo, no porque necesite ir bien peinada por motivos profesionales. Así que, compra usted un ordenador cada cinco años. ¿Tiene la factura? Pero el ordenador lo puede usar usted para divertirse».

Muchos ciudadanos, la mayoría quizás, obedecen ciegamente a sus líderes políticos. Otros, los odian porque ellos pueden convertir las vidas de los votantes en un verdadero infierno. Si la política despierta tantas pasiones es por eso: por la influencia atroz y desmedida que tiene en la vida en la gente común.

¿Pero por qué las cosas son así?

¿Y deberían ser así para siempre?

Sí, es verdad.

Antes de cerrar un acuerdo en el que me confundieron hasta el final (haciendo que mi abogado miope firmase en mi nombre actas con fechas caducadas por las que luego me persiguieron de nuevo y me reclamaron multas y más intereses), pensé en suicidarme.

Lo pensé seriamente.

Porque una ciudadana contra el Estado solo puede dañarse a sí misma.

El emperador Tiberio decía que a las ovejas (los contribuyentes) hay que esquilarlas, no despellejarlas. Pero a mí, como a tantos otros, nos despellejaron unos personajes siniestros, políticos poderosos, cuya posición estaba muy por encima de sus capacidades, que se servían del poder en vez de usar este para servir a la comunidad.

Lo del suicidio era lo de menos, porque en muchos momentos sentí que ya estaba muerta.

Y no: no se trataba del mero hecho del dinero, de la ruina que me provocaron. Aunque, por supuesto también. Lo peor era el acoso, la cacería administrativa, el acorralamiento, la amenaza diaria, la inquietud constante, interminable como una enfermedad mortal, la sensación de que había perdido todo asidero en el mundo, de que mi país era un lugar hostil que, lejos de protegerme, me perseguía para ejecutarme.

Así que el suicidio no era tan solo una salida. Para mí se trataba de la única manera que se me ocurría para resarcirme.

La venganza es algo previo a la justicia. Pero en un mundo donde la justicia no asiste al ciudadano indefenso, sino que está al servicio del poder, solo queda la venganza como triste recurso. Y las personas como yo, incapaces de ejercer violencia contra los demás, terminamos por emplearla sobre nosotras mismas.

Lo tenía todo calculado.

Retransmitiría el atentado contra mí misma en directo, en streaming, y antes de cometer la fatalidad acusaría a los culpables que me llevaban a tomar una decisión tan siniestra y fatal: los políticos y sus esbirros.

Luego, lo pensé mejor.

Y se me ocurrió que era mucho más práctico y social, menos violento y más divertido, escribir este libro.

La religión que nos separa

Una vez conocí a un señor mayor que defendía lo importante que había sido para él convertirse desde muy joven en «un hombre de partido». Se trataba de un viejo socialista al que los nuevos tiempos (un eufemismo que significa: ‘los nuevos dirigentes’) habían expulsado de la militancia.

Me confesó que ser del PSOE había orientado y dado sentido a su vida. Se emocionó contándome las cosas que había hecho durante su juventud por el partido. Viajes, conspiraciones, encuentros y complots con camaradas de otros países, donaciones y trabajos extravagantes para sacar dinero de donde no lo había, aventuras sin número. Se le iluminaba la cara al hablarme de cómo ser socialista era para él una parte fundamental de su existencia, algo que había formateado su alma.

No me resultó difícil comprenderlo. Casi lo envidié.

Se sentía satisfecho y agradecido por lo mucho que había recibido como ser humano, a pesar de que su tiempo en el partido estaba ya acabado. Nuevas generaciones habían reemplazado el trabajo que hizo en unos tiempos bien diferentes. Fue expulsado del ámbito partidario, sin piedad, junto con muchos de sus compañeros de generación, y ahora solo era un jubilado más que se reunía con otros camaradas de juventud para jugar a las cartas y recordar. No se arrepentía de nada. Todo lo malo pasado y presente le parecía poco en comparación con lo mucho y bueno que había recibido.

Mientras lo escuchaba hablar me di cuenta de que estaba oyendo el mismo discurso con que un creyente defendería su fe. Me decía las mismas cosas que ya había oído de boca de las monjas de mi colegio, o de algún familiar adepto a escuchar misa de forma regular.

Porque la fe obra milagros, es un reconstituyente existencial, da fuerzas para seguir luchando cuando la vida deja de tener sentido, cosa que ocurre en más ocasiones de las que todos deseamos.

Los creyentes lo saben. Y por eso se aferran a su religión con la misma fuerza con que aquel señor, nostálgico y agradecido, abrazaba su ideología.

Aunque lo malo de los creyentes es que muchos sienten la tentación del proselitismo. Quieren convertir a los demás a la misma fe que ellos profesan. Al mismo partido al que votan. Y aunque los creyentes religiosos cristianos cada vez se atreven menos a ejercer el proselitismo, no ocurre lo mismo con los creyentes ideológicos, que agitados por sus líderes se enfrentan cada día con quienes no piensan igual que ellos. Más que hacer proselitismo, luchan contra un formidable enemigo: contra todos los demás. Contra las opiniones diferentes. Porque, al igual que ocurre con las religiones, las ideologías también son una mera cuestión de opinión. Algo no racional ni científico. Siempre hay un componente cuestionable y discutible en todas ellas.

La pregunta escéptica del ateo, del agnóstico, del indiferente político es: ¿y por qué debemos los demás soportar el acoso ideológico, no solo de los líderes políticos que nos gobiernan y nos desprecian si no pensamos como ellos, sino de amigos y familiares de una determinada ideología, empeñados en adoctrinarnos a todos a su alrededor? ¿Por qué la ideología, que forma parte de las creencias personales, ha de ser una imposición, constituirse en un acoso, en una excusa para sufrir discriminación, en un malestar existencial que acompañe la vida entera de la ciudadanía? ¿Por qué soportar una concepción del mundo que pertenece a la conciencia de otros, y por qué esos otros la quieren ordenar como única y verdadera, obligando al resto de sus semejantes a someterse a sus dictados, sueños, irracionalidades, auténticas locuras?

¿Por qué la mitad de la sociedad está obligada a encadenarse al modelo de la otra mitad, solo porque una pequeña cantidad de votantes la supere en las urnas?

¿Por qué, incluso quienes no queremos hacerlo, nos vemos forzados a mantener una lucha existencial de ideologías, parecida a la de las religiones, por qué tenemos que pasar toda la vida gritando amenazadoramente: «¡Mi dios, mi líder, es más poderoso que el tuyo!, hace más milagros, aunque me exija sacrificios humanos, aunque me pida arrojar a mis hijos al fuego y oírlos gemir mientras agonizan»?

¿Cuándo acabará la tiranía del mundo de los creyentes?

¿Y podremos los no creyentes rebelarnos y evadirnos de ella algún día?

Parece difícil. Pero no imposible.

¿Y por qué existen los apolíticos, pero no los aideológicos? ¿Por qué se puede comprender que alguien no se interese por la política, pero resulta inconcebible que no tenga ideología? Aun sabiendo que la ideología es, fundamentalmente, un señuelo. Porque, en el fondo, y en la superficie, la mayoría de las veces todo trata de intereses partidarios, dado que los partidos políticos, con sus poderosos y sacerdotales dirigentes, se han convertido en empresas endeudadas y muchas veces corruptas, en clubs y cotos privados para las élites. Y lo inexplicable, como bien podría decir Bertrand de Jouvenel, es que sigamos sometidos a ellos. Que les rindamos obediencia sin obtener nada a cambio, nada que mejore nuestras existencias o las haga más dignas. Los creyentes ponen sus vidas a disposición de sus sacerdotes de partido, les entregan su obediencia. ¿Por qué, para qué? ¿De verdad esperan que los sacerdotes ideológicos construyan un mundo a la medida de sus sueños? ¿Y qué coste, en millones de muertos, ha tenido cada uno de esos intentos hasta ahora?

Todo eso cuando, en realidad, la ideología también es una cadena económica (sobre todo, es eso), y si falta el lubricante del dinero se derrumba la construcción ficticia de favores, intereses, ambiciones, voluntades, deseos. La ideología se ha convertido en un trabajo, en un negocio lucrativo, más que en una forma de vida. La ideología impide que la derecha pueda defender a los homosexuales, a la cultura, a los animales, a la ecología, lo social. Simplemente porque son temas que la izquierda ha patrimonializado. Mientras la izquierda se ve obligada a ser anticapitalista, a pesar de que practique el capitalismo con fruición. Visto así, desde luego, la izquierda se ha pedido las mejores cartas, por eso sigue siendo moralmente superior, aunque sea en teoría.

¿Por qué un partido que gobierna tiene que decidir sobre la educación de los hijos de los demás, obligando a la ciudadana a doblegarse, y a los niños a aprender una concepción del mundo que quizás sus padres no aprueben, haciendo que supediten sus propias creencias a las de los dirigentes del partido político que gobierna en ese momento, pero que algún día será sustituido por otro, con ideas totalmente diferentes, pero igualmente de cumplimiento obligatorio? ¿Por qué, por qué?

¿Cómo empezó todo esto y cómo hemos llegado hasta aquí?

La verdad al descubierto

La Revolución Francesa acabó con el Ancien Régime y separó al Estado de la Iglesia cristiana.

Hoy necesitamos otra transformación —que no revolución sangrienta— que termine con la ideología y la separe del Estado, para que los ciudadanos puedan liberarse del yugo ideológico al que los ha sometido la clase política desde entonces.

Este libro ha sido escrito en tiempos de la pandemia generada por el coronavirus, COVID-19. El panorama político que ha descubierto la pandemia es aterrador, desolador, e induce a la pérdida de toda esperanza ciudadana. La verdad —en tiempos de posverdad— sí se ha revelado.

Por si no teníamos bastante con el virus y la depresión económica, hemos de soportar a políticos de ceño fruncido que a todas horas enseñan los dientes como chacales, como si nos fueran a morder y a contagiar la rabia. Por si no estábamos ya bien infectados con el coronavirus, ahí están ellos, siempre cabreados, gritando, dándonos lecciones morales mientras practican la más flagrante inmoralidad. Azuzándonos para que nos ataquemos unos a otros, como si estar en bronca continua garantizase que no se nos vaya a caer la papeleta del voto (con el nombre de su partido) de la boca.

Algunos nunca pensamos que viviríamos para contemplar este espectáculo vergonzoso. Habiendo leído a Huxley y a Orwell, jamás atisbamos que el futuro tuviera ese putrefacto color de alimaña, bajo el mando de una oligarquía irritada, cabreada, agria. Sus caras son mensajes de odio ellas mismas. Loas del rencor iracundo.

¿Por qué?, ¿a qué viene esa actitud?

No solo no solucionan nada, sino que generan problemas extras derivados del enfrentamiento constante que inducen en sus votantes, ya de por sí enfermos, resignados, furibundos, en el paro…

¿Acaso no está la casta política lo bastante cómoda engordando sobre sus moquetas, coches y palacios oficiales? ¿Qué les falta a los exquisitos elegidos de los dioses de la ideología? ¿Qué frustración anida en sus corazones, qué los pudre por dentro? ¡Luego se extrañan de que la gente se alborote y salga a la calle a protestar!

La mayoría, ciudadana contribuyente, es gente precarizada, arruinada o a punto de estarlo, enferma, doliente por sus muertos. A ninguna de esas personas se les ve el ceño fruncido como a los políticos de la ira, que gritan desde sus esponjosos y calefactados escaños.

Los ciudadanos soportan la ruina que han precipitado mandamases encolerizados. Aguantan la brutalidad de la enfermedad del COVID-19, más una descabellada subida de impuestos. Ciudadanos sufridos y sufrientes que acumulan más decencia y patriotismo en un solo estómago vacío que en todos los estómagos agradecidos de esos poderosos juntos, indignados sin causa, que dicen defender «al pueblo». Mucho más valor, honestidad y sensatez que esa oligarquía dentona, ceñuda, torcida, que solo se representa a sí misma mientras mastica furiosa la palabra democracia.

Con este pequeño ensayo pretendo demostrar que las ideologías que han sustituido a la Iglesia tras la Revolución Francesa son esencialmente perniciosas en la vida de las personas —consideradas ciudadanas en el curso de la historia reciente—, pues generan una violencia prescindible, además de ruina y dolor.

De manera que propongo erradicar la ideología del gobierno de los Estados, como en su momento se separó a la religión del Estado moderno.

Así, los partidos políticos deberían convertirse en otra cosa: lobbys, centros de estudio y pensamiento, empresas culturales. Pero lejos del gobierno de Estados y ciudades. Muy lejos.

Los políticos que hasta hoy gobiernan deberían dejar la función pública para ser sustituidos por funcionarios no infiltrados ideológicamente, seleccionados y preparados con el objetivo de controlar la Administración y poco más.

Los Estados modernos avanzados de Occidente son como los aviones: pueden funcionar perfectamente con el piloto automático, solo precisan especialistas formados en la vigilancia del sistema, pilotos que se turnen sin dejar huella ideológica de su presencia, y que lleven a buen puerto el aparato del Estado y, sobre todo, las vidas de cada uno de sus ciudadanos.

Propongo que países como los europeos, que no pertenecen precisamente al Oriente Medio, dejen de ser teocracias ideológicas de una vez por todas, ahora que la socialdemocracia ha llegado a su culmen y alcanzado todos sus objetivos.

Que se produzca un avance real, olvidando la ideología, igual que se dejó la teología atrás, que permita gestionar la cosa pública como un espacio laico desinfectado de religiones e ideologías.

Existen muchas razones objetivas para iniciar este proceso.

Entre otras, que la ideología acaba con la eficacia administrativa y, por tanto, empeora sustancialmente las vidas de los individuos que componen la sociedad.

La ideología es un obstáculo incívico, además de un elemento esencial de fomento de la corrupción.

La ideología se basa en la lucha, en la construcción de un enemigo, pero, ¿por qué deberían ser mis enemigos mi vecino, mi hermana, mi colega de ideologías contrarias a la mía?

¿Estoy proponiendo que los ciudadanos deban renunciar a sus creencias? Lógicamente, no.

Entre otras razones porque eso es imposible. Erradicar una creencia de una mente individual adulta es una tarea ímproba, de resultados vanos por lo general.

Tan solo hago notar que tales creencias deberían practicarse en las parroquias correspondientes: en las sedes u organizaciones de los partidos políticos. Como parte de la religión cívica o social que son. Pero apartándolas del gobierno de las naciones. Para siempre.

Creíamos haber logrado un alto nivel de civilización (en Occidente). La conversación pública había admitido a todos los que hasta hacía poco dejaba fuera (mujeres, niños, extranjeros, razas distintas a la blanca). Aunque bien es cierto que, en gran parte, eso ha ocurrido por puro y simple interés material, contante y sonante, y por el poder que implica ampliar el círculo ciudadano: cuantas más personas dentro, mayor poder, más dinero. Más negocio.

El espacio público era —¡por fin!— socialdemócratamente correcto y democrático. Todo parecía indicar que los índices de tolerancia, convivencia y pluralidad enriquecerían la vida, y darían vuelo y grandeza a la democracia, escribiendo gloriosos capítulos de la historia.

Sin embargo, ha resultado todo lo contrario. El sesgo domina el espacio público. La discriminación es cada día más lacerante e insoportable.

Pensábamos que las clases sociales se volverían porosas, favoreciendo la movilidad entre ellas, pero se ha producido un fenómeno de atomización, de creación de compartimentos estancos, que está dividiendo a los ciudadanos más que nunca. Y si no más que en otros momentos de la historia, sí al menos de forma más confusa, lo que convierte el brumoso panorama en un terreno lleno de peligros. El sesgo, con su connotación de cosa oblicua, inclinada y dirigida, se percibe dolorosamente por doquier.

Cada día las personas son y se muestran más cerriles, están menos dispuestas a cambiar de opinión incluso después de que les demuestren con claridad su error.

Es muy frecuente oír a algunas personas asegurar categóricamente que nunca votarán a la izquierda o la derecha. Todos nos encasquillamos en ideas y creencias que nada consigue rebatir, ni refutar, ni cambiar.

Los bloques ideológicos cada día son más sólidos e inconmovibles. Solo la educación —en manos de la ideología— puede variar su inclinación a uno u otro lado trabajando las mentes infantiles y juveniles (las únicas susceptibles al cambio).

España ha sido culturalmente religiosa, ferviente. Y continúa siéndolo: a través de la ideología, que se vive de forma apasionada.

Pero hemos llegado a un límite a partir del cual, para hacer prosperar y pacificar el tejido social, desarrollando una sociedad avanzada, deberíamos colocar la ideología en el espacio de la intimidad, de la privacidad, no en el lugar público del gobierno de la ciudad, del país.

Los años veinte del siglo XXI son el escenario de desavenencias políticas que se repiten en muchos lugares del mundo, desde Estados Unidos a Brasil, desde Israel a España. Ha terminado el tiempo de las grandes mayorías políticas partidarias. El voto se ha fraccionado, han surgido muchos partidos políticos donde antes solo había un par de ellos. Por todos lados se pueden encontrar líderes que han escalado hacia el poder mientras dividían a sus propios pueblos, incitando el odio hacia los adversarios políticos para tratar de asegurarse el apoyo de unas mínimas mayorías de electorado, mientras desprecian al resto y, más tarde, gobiernan únicamente para sus votantes.

Está demostrado que, en tiempos de crisis y escasez económica o peligro sanitario, no es posible gobernar de esa manera tan agresiva, porque genera grandes daños personales en la ciudadanía. Si bien es cierto que la agresividad ha dado resultados políticos, por ejemplo en Cataluña o el País Vasco, donde el independentismo ha arraigado mejor cuanta más obstinación ha demostrado, el coste en dolor social es impagable.

La práctica política de muchos pequeños fundamentalismos coloca inmediatamente a las personas (fieles votantes) en el departamento correspondiente y las obliga a seguir los mandamientos debidos, por desquiciados que sean.

Esta época está inoculando a los ciudadanos «la rabia del entusiasmo», como decía Voltaire que hizo Mahoma con los primeros musulmanes.

Un Occidente más agnóstico (en sentido religioso) que nunca está viendo nacer generaciones de individuos progresivamente obtusos (es lo único en que, de verdad, se percibe un progresismo galopante: en la cerrilidad), personas que oprimen sus conciencias en la defensa cerrada de causas que mayoritariamente, y bien pensado, no merecerían ni un pestañeo de atención.

El paisaje mundial es confuso, en todos los sentidos, lo que resulta un acicate para que las ciudadanas —turbadas y desorientadas— se aferren a la ideología como a una tabla de salvación. Igual que antaño lo harían a una cruz de madera.

Energía, política, tecnología, paro, enfermedad.

Demasiados elementos, todos en ebullición.

¿El petróleo se está acabando?

Quizás no, pero Kuwait ha estado (quizás siga estándolo) en números rojos por la bajada del crudo, que ya no es la única energía que moviliza al planeta. Increíblemente, los combustibles fósiles están siendo desplazados, viven un extraño ocaso. No es que haya surgido una energía más barata y ecológica (los coches eléctricos son carísimos, y sus baterías tienen difícil reciclaje), sino que la conciencia ecológica es hoy más poderosa, cotiza al alza mucho más que el precio del petróleo. Lo que no ha logrado una fuente de energía alternativa lo está consiguiendo un cambio de mentalidad. Porque ese es el gran motor del globo: la mentalidad colectiva.

Desde un punto de vista ecológico, el fin del petróleo supondrá un alivio, un respiro a la contaminación, una prórroga en la destrucción del entorno natural que el ser humano comenzó con brío desde la primera Revolución Industrial hasta hoy. Los avances industriales han hecho desarrollarse y han dado prosperidad a los cada vez más numerosos seres humanos, mientras mermaban los recursos de la Tierra.

Por el lado político, el reemplazo de los combustibles fósiles por otras fuentes de energía está cambiando el mundo de forma sorprendente. Muchos países petroleros que financiaban con petrodólares las viejas guerras convencionales, y también el terrorismo (de excusa religiosa, o política, o ambas), se quedarán con los bolsillos vacíos. ¿Quién pagará ahora esas cruzadas mundiales de terror y conflicto en aras de objetivos tan oscuros como el crudo? ¿De dónde saldrá el dinero cuando el petróleo ya no sea hegemónico?

Otros, que costeaban revueltas y cambios políticos radicales, como la Venezuela castrochavista, han adoptado el narcotráfico como fuente de subsidios, una vez que el petróleo ya no logra pagar la enorme factura de patrocinar el comunismo en el mundo. Además, su ineptitud congénita hace que no sean capaces de extraer ni siquiera el petróleo que les queda. Les resulta menos complicado usar el narcotráfico como manantial de recursos. La manera mafiosa de operar del tráfico de drogas les es propia —están acostumbrados a las prácticas delincuentes— y se ha fusionado a la perfección con los modos heredados de la Komintern (la antigua Internacional Comunista, leninista), que incluía (e incluye) el uso de la fuerza.

Además, muchos de los abanderados de esta ideología han pasado de asaltar los cielos a asaltar los bancos. Directa y literalmente.

Así, hoy el narcomunismo funciona con un motor de arranque que usa la droga para culminar su asalto al poder (no al cielo). Mientras nuevas energías se crean, destruyen y transforman.

Y es que mientras la izquierda dura entiende y justifica la violencia, la derecha solo entiende y justifica la codicia, de manera que, entre codicia y violencia, el mundo, la democracia, se deterioran a pasos agigantados.

Por parte de la izquierda, se ha producido la asimilación de movimientos extremos y terroristas, o amigos civiles de los terroristas, como las FARC o Bildu, que no se integran del todo en el sistema democrático, pero contaminan de forma impresionante con su ideología a quienes han querido asimilarlos. Lo cual es un síntoma inaudito digno de analizar, a pesar de que cada día se intenta con más ahínco ofrecernos el hecho como algo normal. Pero no lo es. Porque si las instituciones se llenan de personas que comprenden la violencia, serán cada vez más violentas y aumentarán la violencia institucional, puesto que esas instituciones están siendo colonizadas democráticamente por los violentos.

Pero en un mundo que ha desterrado —por incorrecto— el término anormalidad, porque ya no sabe dónde situar las líneas que separan normalidad y anormalidad, las abominaciones son frecuentes. Se ha asumido, en el terreno político, el concepto psiquiátrico de anormalidad. La psiquiatría comprende la anormalidad (¡faltaría más, ya que ese es el trabajo del psiquiatra!), y la política comprende y asume también la anormalidad. Pero lo que es anormal en el terreno psiquiátrico no tiene equivalente en la anormalidad política. Lo anormal psicológico no puede compararse nunca con lo anormal político. Y, sin embargo, es una identificación que se está poniendo en práctica.

El resultado solo puede ser inquietante.

Banderas de nuestros padres

Muchos de nuestros padres no creían realmente en las clases sociales, sino en la categoría individual de las personas. Sin haberlo procesado intelectualmente, quizás eran menos prejuiciosos y más justos que nosotros, con toda esa política correcta que nos traba a la hora de enjuiciar a alguien.

Hoy, la individualidad se ha perdido, subsumida por la categoría, el etiquetaje. Las redes sociales nos han acostumbrado a clasificar a nuestros contactos, amigos y conocidos.

De la clase social hemos derivado a la etiqueta.

¿Pero a qué categoría o casta pertenece una dirigencia política que dice que hará todo lo posible por destruir un país y lo dice desde dentro de las instituciones, sentada en el sillón del gobierno, a los mandos de un país, sin que el resto de los miembros de esas instituciones la incapaciten por su amenaza?

Ese tipo de situaciones las hemos vivido en España, donde altos cargos políticos —encumbrados a lo más elevado del poder— han proclamado a los cuatro vientos que su idea y objetivo político es acabar con España, desmembrarla y trocearla (lo han hecho, y siguen haciéndolo, independentistas de derecha y de izquierda dura, y asimilados).Y no ha pasado nada. Una nación es para sus ciudadanos un hogar. Pero ocurre que la confianza ideológica de los votantes logra aceptar lo peor de sus dirigentes siempre que sea en nombre de la ideología cuya fe profesan.

En lugares como Perú, al menos incapacitaron a Vizcarra, un presidente que lo fue por accidente, alegando que adolecía de una «incapacidad moral permanente» debido a su corrupción demostrada, pues supuestamente fue un comisionista que recibía coimas mientras era cargo público, a cambio de conceder obras del Estado.

Vizcarra fue incapacitado por sus pares en el Congreso, pero suscitaba un extraordinario fervor popular (a pesar de las sospechas de corrupción) y, tras su encarcelación, hubo manifestaciones de ciudadanos pidiendo que lo liberasen. ¿Eran espontáneas estas protestas? Quizás. A pesar de que la experiencia suele demostrar que las manifestaciones y movimientos civiles en la calle a menudo están dirigidos, y que para dirigirlos —como sabe bien la izquierda— hace falta dinero. Sin dinero, pocos salen de casa. Es el dinero el que activa en la mayoría de los casos a quienes conducen las protestas.

Una de las dirigentes del movimiento antirracista Black Lives Matter es, según la prensa americana, una rica propietaria inmobiliaria. Sin otra tarea profesional rentable conocida, es de suponer que el activismo antirracista le ha proporcionado extraordinarios dividendos. Mientras las calles arden desaprobando el racismo, ella compra bonitas casas como inversión. ¿De dónde sale el dinero que acumula?

¿Y de dónde proceden los recursos para montar un partido político exitoso que, en muy poco tiempo, aprovecha un movimiento cívico como el 15M en España, para luego constituirse en un fenómeno político que llegaría a tener sesenta y nueve diputados en el Congreso nacional?

¿De verdad alguien piensa que los fenómenos políticos de nuestros tiempos —de protesta violenta callejera o de generación de partidos nuevos de éxito arrollador, con sesgo ideológico— son espontáneos?

Nuestros padres, al menos, los miran con asombro y escepticismo.

La globalización ha sido como una partida de cartas planetaria, jugada con apuestas fuertes. Se han vivido tensiones que, en el siglo XX, quizás se habrían resuelto con una Tercera Guerra Mundial, pero en nuestros días la presión se ha expresado en forma de peligrosas aventuras nacionalistas, batallas comerciales, movimientos migratorios masivos, etcétera.

Parece que la globalización es buena para la circulación del dinero, tanto de las grandes multinacionales como de los maletines repletos de billetes que manejan los narcos o los grandes paladines de las más altas cunas de baja estofa. El dinero sigue sin tener color, pero las ideas y las personas no tienen la misma facilidad para moverse por el planeta.

La anterior crisis, la del 2008, dibujó cambios drásticos en el mundo. Por ejemplo, separó aún más a Portugal y España: al primero la troika lo convirtió en un paraíso fiscal. A España, por el contrario, se la transmutó en un infierno fiscal a cuya construcción, aderezada de inseguridad jurídica, se aplicó con entusiasmo el equipo gubernamental de aquel momento. Fue un mandato europeo que tal vez ha creado estilo, porque la economía ciudadana española se rige ahora a golpes de látigo.

La enfermedad, como hemos comprobado, también circula perfectamente en un mundo donde los billetes verdes y los virus viajan en primera clase, mientras a la mayoría contribuyente se la condenaba al Síndrome de la Clase Turista.

La clase turista es una clase incómoda, degradante y bajuna, que produce varices, síncopes, violentos codazos con el vecino de asiento y crisis respiratorias pero que, hasta que se desató la pandemia en 2020 y el mundo se paralizó, había permitido que el turismo consiguiente aumentara el PIB planetario como nunca.

Las mercancías circulan copiosamente en un mercado globalizado donde los capitalistas más avarientos continúan fascinados con Oriente, como en la Antigüedad, dado que allí se les permite recurrir a mano de obra esclava que Occidente tiene prohibida.

Muchos capitalistas piensan que cuantos más habitantes contenga el planeta, mayor será su volumen de negocio, mientras los ideólogos —desde neocomunistas a liberales— siguen asimismo empeñados en que, cuantos más seamos, mayor será su parroquia ideológica.

Pero la pandemia lo ha detenido todo. El mundo ha sufrido una parálisis como nunca antes en la historia. Ni las pestes del Medievo lograron algo parecido.

«¿Y ahora qué? ¿Se debería repartir juego de nuevo?», se preguntan muchos. Claro que algunos jugadores de esta partida mundial todavía llevan una buena mano y se resisten a barajar de nuevo. Y es verdad que la baja categoría de los jugadores, mandamases denominados eufemísticamente líderes, puede colocar al mundo al borde del abismo. Además, el juego está mal visto, incluso como metáfora. Es la causa de muchas adicciones juveniles que terminan en tragedia.

El caso es que 2020 ha supuesto un punto de inflexión. El corazón del mundo ha dejado de latir. Del mundo occidental, porque Asia ha seguido con su propio ritmo.

Y solo cabe congratularnos, como ciudadanos, de que (todavía) nos podemos quejar de los gobernantes mundiales, de los jugadores de esta partida. Podemos criticarlos, calificarlos de forma tremenda, insultarlos. A la mayoría los hemos elegido en las urnas. O sea, que podemos clamar en su contra, llamarlos cretinos desgraciados, aun sabiendo que con ellos estamos bien representados.

Porque lo que no está nada claro es que la libertad de expresión vaya a seguir siendo un derecho inalienable en el futuro.

La historia del problema

¿En qué se han convertido las ideologías treinta años después de la caída del Muro de Berlín? ¿Dónde están la izquierda y la derecha?

Una de las actitudes que puede servir para diferenciar a una de otra corriente de pensamiento, en un espacio político cada vez más confuso, es el impulso reformador que siempre ha guiado a la izquierda frente a la «tradicional» (nunca mejor dicho) supuesta «inmovilidad» de la derecha.

Esto es: se dice que la izquierda pasa a la acción en cuanto toma el poder, que pone en marcha iniciativas «sociales» de manera inmediata. Mientras que la derecha no tiene demasiadas ideas que enciendan su motor, y suele replegarse sobre un cierto conformismo que aspira al orden, el interés por la economía y la tranquilidad, más que a cambiar las cosas.

¿Esas son las diferencias sustanciales entre izquierda y derecha? No está muy claro en la práctica. Si bien, en España, desde 1978, esa ha sido una clásica manera de obrar, la bandera de unos y otros.

Pero ¿qué ocurre ahora, desaparecidos los viejos bloques de la Guerra Fría? Por la izquierda tenemos chavismo, bolivarianismo, anticapitalismo, antisistemas, okupación, banderas de género, raza, animalismo.

Quedan aún países comunistas a la vieja usanza en el globo, claro, y aunque han cambiado mucho en estas décadas (China ha adoptado un sistema capitalista, cuestionando aquella premisa clásica de que no hay capitalismo sin democracia), los nuevos movimientos de izquierda radical anhelan conquistar el poder de forma «democrática» (reducida la democracia al mero plebiscito, muchas veces manipulado). En algunos casos lo consiguen, por ejemplo en Latinoamérica.

Por su parte, la derecha ha encontrado en un populismo provocador e incluso gamberro una forma de movilización, que la ha sacado de su proverbial anquilosamiento: Trump, Berlusconi, Boris Johnson, Salvini.

¿Pero qué ideología ha ganado a estas alturas de la historia, la izquierda, o la derecha? Tampoco está claro. Muchas veces la impresión más común es que ambas se encuentran empatadas, en tablas.

Durante la Guerra Fría, el mundo esperaba ver quién era el vencedor de esa tensión ideológica insoportable. ¿Los comunistas o los capitalistas? Hoy, el resultado sigue sin aclararse. El capitalismo continúa despertando odio y aversión, y el neocomunismo parece bastante más disfuncional que el soviético.

Si bien tenemos un Big Data histórico que nos puede orientar sobre las preferencias de la gente: las migraciones masivas. Por ejemplo, masas ingentes de personas abandonan Honduras, Guatemala o Cuba, y pretenden entrar en Estados Unidos, la Unión Europea, los países occidentales. Por el contrario, no se conocen casos de hordas de estadounidenses braceando en el mar para alcanzar las costas de Venezuela o Cuba.

No es la ideología, sino paz, libertad, seguridad y prosperidad lo que desea la mayoría. Y eso ocurre en todo el mundo, desde los comienzos de la historia.

Pero, ¿qué es exactamente la ideología? Habría que empezar por definir el término.

Es sabido que aparece, tal como lo conocemos hoy, durante la Revolución Francesa, acuñado en 1796 por Destutt de Tracy, que en su obra Éléments d’idéologie se propuso desarrollar una teoría genética de las ideas, hacer de las ideas una ciencia, empujado por el espíritu de la Ilustración.

Tanto él como sus discípulos fueron catalogados de ideólogos, un concepto denigrado por Napoleón Bonaparte y más tarde por Carlos Max. Para ambos personajes, de alguna manera había prevalecido la función negativa de la ideología en un contexto político y social.

Napoleón se refería de manera despectiva a la ideología y a quienes intentaban desarrollarla, acusándolos de ociosos, quiméricos y especuladores. Mientras que Marx la entendía como una falsa conciencia que impide ver las cosas tal como son en realidad, que desvirtúa la realidad.

Es curioso que exista una obra clásica de Marx, La ideología alemana, en la que presenta una visión negativa de la ideología contraponiéndola a la ciencia real y positiva, al auténtico saber real. Y digo que resulta paradójico porque el marxismo ha sido un extraordinario generador de ideologías desde entonces. A pesar de que Marx nunca pretendió convertir el término ideología en un «concepto fundamental en la elaboración de su teoría de la sociedad y de la historia» (Nelson Osorio).

Para Engels, la ideología es una falsa conciencia:

Un proceso que se opera por el llamado pensamiento consciente, en efecto, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas propulsoras que lo mueven permanecen ignoradas para él; de otro modo, no sería tal proceso ideológico. (…) Con esto se halla relacionado también el necio modo de ver de los ideólogos: como negamos un desarrollo histórico independiente a las distintas esferas ideológicas, que desempeñan un papel en la historia, les negamos también todo efecto histórico.

Para Marx, nos formamos una representación alienada/imaginaria de las condiciones de nuestra existencia, porque dichas condiciones de existencia son por sí mismas alienantes.

Eagleton, por su parte, se preguntaba: «¿A qué hace referencia la ideología? La respuesta más general es que la ideología tiene que ver con la legitimación del poder de un grupo o clase social dominante».

Para Van Dijk «ninguna definición de ideología dejará de mencionar que las ideologías sirven típicamente para legitimar el poder y la desigualdad».

Por no mencionar que las ideologías ocultan y confunden la verdad, la realidad y las «condiciones objetivas, materiales, de la existencia», o los intereses de las formaciones sociales.

Esta es una interpretación del pensamiento marxista clásico, ya que, siguiendo a Van Dijk:

… históricamente, sobre todo en la tradición marxista, las ideologías fueron asociadas, por supuesto, a la noción de clase, e inscritas luego en términos más exactos como «formaciones sociales». Más específicamente, las ideologías eran atribuidas a la clase gobernante, aunque solo fuera para ocultar su poder, la desigualdad.

Louis Althusser, en su obra Ideología y aparatos ideológicos del Estado, planteó una «teoría general de la ideología» revisando a Marx, haciendo una crítica de su postura y afirmando que la ideología no es una falsa conciencia ni una generación de sujeto social, sino que es algo inherente al sujeto humano, que no puede desarrollar su existencia sin practicar una ideología concreta. Para Althusser, el ser humano es un ser ideológico:

Toda ideología representa, en su deformación necesariamente imaginaria, no las relaciones de producción existentes (…) sino, ante todo, la relación imaginaria de los individuos con las relaciones de producción y con las que de estas se derivan.

Para él, toda práctica tiene lugar por una ideología y bajo una ideología, y además toda ideología se realiza por el sujeto y para los sujetos.

Obviamente, el ser humano (el hombre en palabras de Althusser) sería un animal ideológico, mientras que el resto de los animales no lo son.

¿Es pues la ideología un síntoma de humanidad? Sin ninguna duda. De la misma manera en que lo es la religiosidad, que precedió a la ideología.

La religión y la ideología son algo específicamente humano porque tienen que ver con las creencias. Y los seres humanos ansían creer, adoran creer. Eso les hace más liviana la conciencia de su levedad, de su mortalidad.

La pregunta que cabe hacerse es: ¿Se deshumaniza al ser humano privándolo de su ideología? Quién sabe. Muchos seres humanos no son creyentes ideológicos, ni religiosos, y eso no los hace menos humanos.

Además, en este ensayo no se pretende tal cosa. Como ya se ha dicho, es muy difícil arrancar las creencias arraigadas en lo más íntimo de una persona. Lo que sí estamos obligados a hacer, a estas alturas de la historia, es apartarlas del gobierno del Estado.

Veremos por qué.

Represión e ideología

Siguiendo la idea de Althusser, que contribuye a la teoría marxista del Estado, él advierte que el aparato del Estado se compone de dos subaparatos diferentes: de una parte el represivo y de otra el ideológico.

El aparato represivo está integrado por el gobierno, los tribunales, las prisiones, la Policía, el Ejército, etcétera, que funcionan esencialmente «en forma de violencia».

Por otro lado, «designamos por aparatos ideológicos del Estado a cierto número de realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas». El aparato ideológico del Estado no utiliza la violencia, sino la ideología.

Sin embargo, yo sugiero que la ideología suele ser otra forma de violencia, más sutil, pero también más eficaz que la de los aparatos represivos.

Para Althusser el poder del Estado se ejecuta de forma duradera cuando la clase dominante que lo controla lo ejerce sobre, y en, los aparatos ideológicos estatales.

Así, en una sociedad capitalista, los aparatos ideológicos del Estado serían los siguientes:

• AIE (Aparatos Ideológicos del Estado) religiosos: el sistema de confesiones diferentes con que cuente el Estado.

• AIE escolares, escuelas públicas y privadas.

• AIE familiares.

• AIE políticos: el sistema de partidos políticos.

• AIE sindicales.

• AIE de la información (prensa, radio, televisión); hoy día tendríamos que añadir también las redes sociales.

• AIE culturales (letras, bellas artes, deportes).

La clase dominante no solo tiene que ejercer el poder coercitivo del aparato del Estado; si quiere asegurar su dominio, tiene que controlar también la hegemonía ideológica a través de los aparatos ideológicos del Estado. Esto es algo que ha entendido desde siempre la izquierda, gracias a la teoría marxista y a pensadores como Althusser o Gramsci. Mientras que la derecha se ha conformado con ejercer su dominio sobre la parte coercitiva del aparato del Estado, no sobre la parte ideológica.

Según Althusser: «Los aparatos ideológicos del Estado pueden ser, no solamente la encrucijada, sino también el lugar donde se libra una lucha de clases, a menudo de forma muy encarnizada».

De manera que la lucha, según podemos deducir de los presupuestos de Althusser, está indefectiblemente unida a la ideología. No sería arriesgado asegurar entonces que allí donde haya ideología, habrá lucha.

Y ello a pesar de que las ideologías, según el pensador francés, no nacen en los aparatos ideológicos del Estado, sino de las clases sociales empeñadas en la lucha de clases, de sus condiciones de existencia, de sus prácticas, de sus experiencias de lucha, etcétera. Para él las ideologías siempre han estado presentes en la historia humana, vista como una sociedad de clases. Mientras haya clases sociales diferentes enfrentadas, existirían por tanto ideologías distintas asimismo enfrentadas. Y observa que, en la Francia de los siglos XVI al XVIII que terminará en la revolución de 1789, el aparato ideológico del Estado se encontraba dominado por la Iglesia, que también ejercía el monopolio sobre la educación, la información y la cultura, además de sus funciones religiosas básicas.

Porque, obviamente, la Iglesia fue la predecesora de la ideología según hoy la conocemos. La Revolución Francesa transformó la fe religiosa en la fe del gobierno del pueblo. Llevó a los ciudadanos de la confianza en el Cielo a la esperanza sobre la Tierra.

No era mala idea, de no ser porque el método para propagar este cambio no resultó el más adecuado.

Tanto la interpretación positiva como la negativa de la ideología son deudoras de la teoría marxista. Por ello es erróneo acusar hoy día de fascistas a quienes tienen una visión pesimista de la ideología, ya que pueden haber recibido una clara herencia marxista. Por si fuera poco, el fascismo nunca ha sido tan crítico con la ideología como el marxismo, empezando por el propio Carlos Marx.

Muchas personas se acogen a los aspectos positivos de la ideología porque esta les otorga un sentido y un propósito a sus vidas, como ya hemos visto. En línea con pensadores como Paul Ricoeur, que entiende la ideología como un «cuerpo de ideas» que entregan identidad y coherencia a un grupo social determinado.

La moneda de dos caras que es la ideología sigue repartiendo ventajas e inconvenientes, según cómo se la mire.

Teum Van Dijk, por su parte, aseguraba que «las ideologías sirven positivamente para habilitar a los grupos dominados, crear solidaridad, organizar la lucha y sostener la oposición», por no hablar de su servicio a la misma vida social cotidiana.

En fin: un asunto de lo más útil desde el punto de vista humano.

Aunque la historia nos recuerda que las ideologías no solo pueden ser inútiles, sino especialmente dañinas.

Guerras familiares, bandas y bandos

En el siglo XVII, una crisis familiar terminaría definiendo las posturas políticas en Inglaterra. Aunque, a decir verdad, no solo se trató de un asunto familiar, sino también religioso. En la disputa a la que nos referimos, se pueden apreciar los elementos esenciales de la ideología relacionados con el poder de un grupo de personas y la religión de estas.

Se la llamó «crisis de exclusión», expresión que hacía referencia a un proyecto de ley de exclusión, Exclusion Bill.

El escenario es la Inglaterra de los años 1678 a 1681, siendo Carlos II el rey. El proyecto de ley en cuestión tenía como objetivo la exclusión de Jacobo, que sería Jacobo II de Inglaterra, del trono de Inglaterra e Irlanda. El motivo del rechazo fue que Jacobo era católico. Sus súbditos sentían un gran resquemor por sus políticas religiosas, lo acusaban de despotismo y terminaron organizando protestas —a las que se denominó la «revolución gloriosa»— que lo derrocaron, siendo sustituido por su hija y su yerno protestantes, María II y Guillermo III.

Sí: las familias se dividen por motivos de creencias, y el pueblo ama o detesta a sus gobernantes según los considera afines o enemigos de aquello en lo que creen.

El reinado de Carlos II solo duró tres años. Había sido el tercer hijo varón de Carlos I de Inglaterra y de Enriqueta María de Francia.

Como su hermano había muerto sin descendencia, él se encontró convertido en su sucesor. Pero los torys, pertenecientes al Partido Conservador Británico, se opusieron rabiosamente a él. Temían que un rey católico los condujese al absolutismo, tal y como había ocurrido en Francia. De modo que el Parlamento era hostil al rey, mientras que el Country party, antecedente de lo que más tarde sería conocido como los whigs, o Partido Liberal Británico, lo apoyaron.

Fue pues a raíz de una disputa por el trono, en la que subyacía un fondo religioso, cuando la política británica se dividió en dos facciones bien diferenciadas: liberales y conservadores. Izquierda y derecha, a pesar de que hoy se identifica a los liberales, en países como España, con la derecha, y se habla de la derecha neoliberal como una modalidad de extrema derecha.

Total, ¿qué más da? En cuestión de ideología, casi nunca nadie ha sido totalmente puro. El equivalente al puro sería el santo o la santa en la religión cristiana, y todos sabemos que hay muchos menos santos que pecadores. Además, también han sido muy pocos los que han comprendido realmente lo que pasaba.

Güelfos y gibelinos

Guelfi y ghibellini fueron dos facciones surgidas en el siglo XII en el Sacro Imperio Romano Germánico; para apoyar a la casa de Baviera los güelfos, welfen, y partidarios de la casa de los Hohenstaufen de Suabia los gibelinos.

Italia fue el escenario donde se produjo la lucha entre ambos poderes universales que se disputaban entre sí el llamado dominium mundi, el ‘dominio del mundo’, un objetivo en el cual ya podían verse luchar política y espiritualmente el poder político contra el poder eclesiástico. El emperador contra el Papa. El Sacro Imperio Romano Germánico contra la Iglesia católica. Lo humano contra lo divino.

Resumiendo: los güelfos apoyaban a la Iglesia y los gibelinos al Imperio.

Unos y otros se disputaban los poderes universales —y por tanto las propiedades individuales—, además del control sobre la vida y la muerte de cada uno de sus súbditos.

O sea: que había mucho, muchísimo, en juego.

Puede decirse que hoy continuamos en la misma liza que entonces.

El poder político sustituyó al poder religioso mediante la figura de los reyes absolutos. Luego la ideología reemplazó a estos últimos (y a la Iglesia) amparándose en la democracia y bajo la protección de la supuesta libertad, la igualdad y los derechos de los ciudadanos. Y a continuación, también la ideología fue convirtiéndose en propietaria absoluta de los poderes universales, de los bienes y de la vida y la muerte de los súbditos, de los creyentes ideológicos que han entregado a sus dirigentes la autoridad religiosa de dominarlos.

Jeff Anderson dirigió una investigación en la Facultad de Medicina de Utah que concluyó que las experiencias religiosas y espirituales activan los mismos circuitos cerebrales que el sexo, los juegos de azar, la música o las drogas.

La investigación se centró en los creyentes mormones mientras trataba de entender «cómo el cerebro participa en experiencias que los creyentes interpretan como espirituales, divinas o trascendentes».

El trabajo se publicó en la revista Social Neuroscience y se valió de imágenes cerebrales facilitadas por las nuevas tecnologías. De repente, la tecnología favorece que puedan leerse mapas cerebrales, redes que se activan cuando existen sentimientos espirituales o religiosos. Las imágenes de resonancias magnéticas parecen dejar claro que los sentimientos que tienen que ver con el culto provocan paz y sensaciones físicas de calor, además de emociones intensas.

Michael Ferguson, otro de los investigadores, aseguró:

… cuando se pidió a nuestros participantes del estudio que pensaran en El Salvador, en estar con sus familias para la eternidad, en sus recompensas celestiales, sus cerebros y cuerpos respondieron físicamente.

Los investigadores han descubierto que los sentimientos espirituales «se asocian con la corteza prefrontal media, una región cerebral compleja que se activa mediante tareas que incluyen valoración, juicio y razonamiento moral».

El estudio forma parte de la iniciativa Proyecto cerebro religioso de un grupo de investigadores de la Universidad de Utah, que se inició en 2014 y tiene como objetivo comprender el funcionamiento del cerebro de las personas con profundas creencias espirituales y religiosas.

La ciencia lo corrobora: la fe mueve el cuerpo y, por tanto, mueve montañas. Posiblemente, la fe activa los circuitos de recompensa del cerebro. Y lo mismo que sucede con la religión mormona es posible que ocurra con la fe ideológica.

Los seres humanos tenemos tendencia a buscar un grupo en el cual ser aceptados, lo que, combinado con las recompensas de la fe, nos convierte en seres particularmente proclives a hallar en la ideología una fuente de satisfacción personal y existencial comparable con la que reporta la religión. Una experiencia sin igual. La ideología tendría así un papel esencial a la hora de conformar la identidad de las personas.

Según Martin Seliger:

La ideología es un conjunto de ideas por las que los hombres (sic) proponen, explican y justifican fines y significados de una acción social organizada, y específicamente de una acción política, al margen de si con tal acción se proponen preservar, enmendar, desplazar o construir un orden social.

La ideología tendría, pues, un gran protagonismo a la hora de adquirir conciencia del lugar que ocupamos en el mundo, siguiendo la línea de Stuart Hall y James Donald (Politics and Ideology).

Como me decía aquel viejo militante del PSOE: el Partido (su Iglesia ideológica) dio sentido a su vida a través de la fe (ideológica).

Nadie puede desdeñar el poder de algo así de grande.

La propia tradición marxista ha otorgado un carácter alienante a algunas ideologías y considera las derivadas de esa misma tradición marxista como instrumentos que reflejan la toma de conciencia política que permiten luchar y desafiar al modelo dominante, pese a que —no deja de ser irónico—, en muchos lugares, el modelo dominante sea marxista o culturalmente marxista.

La ideología es un instrumento de emancipación de una realidad oprimida, incluso cuando ofrece opresión como forma de liberación.

No está mal pensado.

La ideología de la izquierda es vista por sí misma como un elemento positivo, frente a la negatividad intrínseca que atribuyen a los modelos ideológicos de derechas. A pesar de que no resulta difícil vislumbrar la negatividad tanto en los modelos ideológicos de izquierdas como en los de derechas.

Claro que la ideología, evidentemente consustancial al ser humano, mientras permanezca en el plano personal de la intimidad, sin mezclarse ni interferir en el espacio público, en el gobierno del Estado, puede ser confortadora, en la misma medida en que lo es una religión que promete la vida eterna.

El loco viaje de la ideología

El viaje hacia el origen de las ideologías pasa indudablemente por la religión.

Sobre los dioses de Roma, tan numerosos como los maestros clásicos contaban, se puede decir que poseían distintos atributos de la divinidad. Eran personajes diferentes, todos con rasgos maravillosos. Como si todas las cualidades de una divinidad superior se hubiesen encarnado en cada uno de los dioses que los romanos adoraban y que constituían una verdadera legión. Había uno para cada necesidad.

No solo eran numerosos, sino que estaban adornados de poderes tan diferentes que pertenecían, por supuesto, a la religión, pero también podían formar parte de la literatura. Se trataba de personajes fantásticos, en todas las acepciones de la palabra.

Los romanos otorgaron a sus dioses formas individuales precisas y decidieron que serían manifestaciones divinas, numina. Desde la fatalidad a la fortuna, de la casualidad a la suerte, del remordimiento a la vergüenza, de la conciencia a la justicia. Todas las grandes obsesiones del ser humano encontraban una forma divina en la figura de un dios maravilloso. Roma siempre estaba dispuesta a fabricar dioses donde a veces no había más que fantasías y anhelos meramente humanos.

En la Antigüedad, la mayoría de las veces, los humanos ni siquiera sabían cómo llamar a sus dioses, tanto es así que, cuando se referían a Zeus, los griegos eran prudentes y añadían, no muy seguros: «Si es que aceptas ser designado así».

El cristianismo, una de las grandes religiones monoteístas, supuso un cambio radical en la concepción de la divinidad porque, entre otras novedades, Cristo la fundó basándose en el amor a Dios.

Lo nunca visto.

Mientras, el paganismo estaba ciertamente preocupado en basar la creencia en la divinidad en el puro temor. Y no es lo mismo el amor de Dios que la cólera de Dios. No es igual amar que tener miedo.

El gran secreto, la fórmula de éxito del cristianismo, radica en algo tan sencillo como delicado: el amor. De hecho, el cristianismo tuvo tantos triunfos, asentándose en esa base, que llegaría a ocupar el espacio de la política y el Estado, usando el amor como máscara incluso mientras practicaba la represión y pergeñaba tormentos mediante la Santa Inquisición.

Pero volvamos a los dioses más antiguos.

Los animales también pasaron a formar parte de los símbolos que representaban la omnipotencia divina. Así, tenemos la gran liebre de los algonquinos, el jabalí de los arios, el saltamontes bienhechor de los bosquimanos, la gran araña creadora que genera las texturas del mundo para los habitantes de las antiguas Costa de los Esclavos o la Costa del Oro.

Lo divino acoge las preocupaciones humanas, que no excluyen al mundo natural. Porque las divinidades son por esencia no humanas, en expresión afortunada de los fidjios al referirse a su dios principal, Ndengei, «distinto del alma de los hombres y de las cosas». Las divinidades son más que humanos. Están por encima de lo humano, como lo está el resto de los seres vivos del planeta.

Pero, al igual que las personas, también los dioses necesitan tener su casa. Así nacerán los templos, que luego se convertirán en santuarios.

Y eso que muchas tribus carecían de altares y de templos, a pesar de no ser ajenos a la expresión religiosa. Lo curioso es que dichas tribus no tenían moradas destinadas específicamente a los dioses, a pesar de que los integrantes de la comunidad eran capaces de vivir organizados y alrededor de una cierta disciplina. Y las que carecían de templos tampoco tenían lugares donde se ejerciera el liderazgo: la alcaldía. Lo que hace sospechar que tanto el templo como la alcaldía son construcciones dedicadas a lo mismo.

Teofrasto y Porfirio pensaban que los primeros humanos no tenían sacerdotes para rendir homenaje a los dioses, y tampoco templos o altares. Y los hebreos, con su noción superior de la divinidad, evitaban representarla por medio de dibujos o estatuas por temor a que, si lo hacían, Dios se manifestara en ellos de alguna forma. Seguramente no habrían sabido ni siquiera cómo hablarle.

Las relaciones con un Dios monoteísta pueden ser más complicadas que con algún dios de la variada y peculiar multitud que ofrece el politeísmo.

A pesar de que el politeísmo ha florecido por el mundo, los judíos conservaron su idea de un Dios único, que tuvo un reflejo en sus instituciones, mucho mas civilizadas que otras.

Es digna de reseñar la religión de los fenicios, que demostró una extraordinaria crueldad. Su dios principal era el Señor, Baal, que había creado el sol. Cada ciudad tenía su propio Baal, algunos de los cuales llegaron a convertirse en dioses independientes. Uno de los más poderosos siempre estaba sediento de sangre humana. Infundía tal pánico que los padres depositaban en las manos de aquel dios de bronce a sus recién nacidos. Mediante un mecanismo, los pequeños cuerpos eran lanzados hacia un gran brasero, donde perecían.

Mientras las criaturas eran carbonizadas sonaba una música estrepitosa, procedente de címbalos y tambores, con la cual se evitaba que los progenitores, tan crédulos como ignorantes, pudiesen oír los gritos desgarradores de dolor y terror de los niños, sus hijos sacrificados ante un dios implacable que, lejos de proporcionarles algún tipo de consuelo, tan solo acrecentaba su sufrimiento.

Moisés denunció esas abominables prácticas y se las prohibió a los hebreos, amenazando con la pena de muerte a todo aquel que entregase a sus hijos de esa feroz manera. Solo con la intimidación de la pena capital pudo combatir la coacción de la muerte de inocentes por sacrificio.

También veneraron los fenicios las piedras caídas de los astros, trozos de meteoritos que para ellos contenían en su interior un fragmento de la divinidad. Llegaban desde el cielo, desde las alturas, que los griegos denominaban bétylos, la mansión de los dioses. Solo podían ser partes de dios.

Otras variantes de Baal —Baal-Ardiente y Baal-Hamón— eran veneradas en Cartago. Y también necesitaban alimentarse de sangre. Ante esos dioses, igual que en tierras fenicias, se sacrificaban niños y prisioneros de guerra. Cuando Agatocles sitió Cartago, los jefes de la ciudad acabaron con la vida de doscientos niños de una sola vez.

El infanticidio era algo habitual. La inocencia siempre ha sido del gusto de quien ofrece sacrificios (en carne ajena).

No, no puede decirse que la historia de los dioses sea admirable. Está llena de sangre y de indignidad. Las creencias se alimentan de lo más oscuro, trágico e innoble, y han producido más padecimientos que consuelo.

A menudo, los humanos otorgaron a los dioses que creaban las mismas pasiones, debilidades, crueldades y vicios que los hombres y mujeres que los adoraban. Eran divinidades que estaban hechas para ser obedecidas, sobre todo.

Dice Zeus, según Homero:

Cuando los dioses están reunidos en la más alta cumbre del Olimpo, el padre de los dioses les habla en estos términos: «Escuchadme todos, dioses y diosas, a fin de que yo os diga lo que he resuelto en mi corazón, y de que ninguno de vosotros se oponga a mi orden. Obedeced todos, y si me entero de que alguno de vosotros no lo hace, lo cogeré y lo arrojaré en el Tártaro de puertas de hierro y umbral de bronce: y así se sabrá que soy el más fuerte. Suspended una cadena de oro en la cumbre del cielo, y todos, dioses y diosas, agarrados a esa cadena a pesar de vuestros esfuerzos, no arrastrareis nunca a Zeus. Porque, si yo quisiera, os levantaría a todos, incluso a la Tierra, en el extremo de esa cadena, tan por encima estoy de los dioses y de los hombres». (Homero. La Iliada).

Está claro que todo ese parlamento divino, que escribe magistralmente Homero, trata de poder y obediencia.

Zeus es el padre de los dioses y las diosas (es moderno incluso a la hora de nombrarlos en masculino y femenino, sin optar por el genérico masculino que englobe a varones y mujeres), un padre con hijos e hijas divinos, pero a todos los cuales impone su voluntad. A los que deja patente su autoridad. El padre es el más fuerte, el más poderoso.

A su vez, los dioses mandan sobre los hombres y las mujeres, de los cuales son un perfecto reflejo en toda su debilidad humana y carnal. Se trata de una cadena de mando bien calibrada.

En Atenas nombraban a Zeus con diecinueve nombres distintos, lo que da idea de lo incierto que es el nombre de la divinidad, no solo para el politeísmo griego.

Mediante el nombre también se invoca, a través de la oración. Porque si algo pretenden hacer todo el tiempo los humanos es llamar a la divinidad, traerla desde los cielos para que se ocupe de los asuntos mortales, para que ejerza su influencia todopoderosa.

Según la Iliada, Agamenón rezaba levantando sus manos y diciendo: «Zeus, Padre Nuestro, sé nuestro testigo». Jenofonte, a su vez, aconsejaba: «Al dar comienzo la comida es deber del hombre prudente rendirle una acción de gracias a Dios, con un corazón puro. Y rogarle que nos conceda la fuerza que necesitamos para hacer el bien». Por su parte, Platón aseguraba: «Lo mejor que puede hacer un hombre virtuoso para encontrar la felicidad en su vida es ponerse en continua comunicación con los dioses por medio de oraciones o de votos, y al comenzar cualquier empresa sea grande o pequeña».

Ni siquiera los grandes genios del pasado renunciaban a la ayuda divina con el objeto de desenvolverse mejor en la Tierra. Todos suplicaban asistencia y favores divinos.

Los griegos se arrodillaban para rezar. Una vez sentados, se purificaban con agua lustral, un agua corriente donde previamente habían apagado un tizón encendido procedente de la hoguera de los sacrificios. Igual que el cristianismo tendrá su agua bendita posteriormente, aquel agua lustral era guardada en vasijas, que posteriormente se situaban en el vestíbulo de los templos o en las plazas públicas y los cruces de las calles. Así cualquiera podía usar el agua santificada para purificarse las manos, o el cuerpo entero previamente frotado con arcilla y salvado.

Por su parte, Buda no tiene un origen divino. Es un hombre común y corriente. Sin embargo, de él se dice que volvió al mundo, reencarnándose, después de haber pasado previamente por 499 existencias. Nada menos.

Fue un hombre divinizado, hijo de un pequeño elefante blanco, que había sido brahmán, médico, rey, eremita, león, mono, liebre, cotorra, pez. Alguien tan superior que hizo un viaje extraordinario hasta llegar a la idea del vacío, según la fórmula budista. O sea, capaz de alcanzar el nirvana, al aborrecimiento de la existencia y la esperanza en la nada. Todo lo contrario de lo que luego sería el cristianismo, que aspirará a la vida eterna de los creyentes.

Buda y Cristo son una especie de héroes literarios, encarnados en piel humana, dos profetas que realizan un viaje existencial extraordinario, y que con su muerte encuentran el sentido final de su existencia.

Si bien el desenlace de la vida de Buda Gautama es más prosaico, menos épico, que el de Cristo. Si el final cristiano pudo haber sido escrito por Shakespeare, el de Buda no habría desmerecido al genio de los Monty Python.

Aunque entre ambos personajes históricos hay paralelismos, tanto las infancias como sus muertes son muy diferentes. Se distinguen en el principio y el final de sus existencias.

Jesucristo morirá en la cruz, después de vivir una dramática pasión, mientras que Buda terminaría su existencia aparentemente a causa de una indigestión de arroz con cerdo, o con setas, durante el banquete con que lo obsequió el herrero Cunda, o Tchunda. Claro que los budistas se quejan de que aquel plato no era una simple comida, sino toda una prueba que ningún hombre, por sobrenatural que fuera, hubiese podido digerir. Es mejor no pensar en qué especie de cocinero sería el autor del menú más famoso de la historia de las religiones. Sea como fuere, hoy se dice que probablemente Buda no feneció a causa de una intoxicación alimentaria, sino por un achaque propio de su avanzada edad. En cualquier caso, el nirvana parece encontrarse más cerca de un buen banquete que de un retorcido método de tortura.

¿Y cómo murió Mahoma? Sus seguidores no consienten que se hable hoy de la vida personal del profeta del islam, pero hasta hace pocas décadas los historiadores, que no estaban atemorizados (con razón) como lo están ahora por las amenazas de muerte o la intimidación violenta, contaron detalladamente su biografía, que sigue siendo fascinante, inquietante y muy recomendable.

Los emperadores paganos declararon la guerra al cristianismo desde sus comienzos. Más tarde, el cristianismo se desquitaría, pero en sus inicios desafió la dominación de los césares y, por lo tanto, desde Nerón hasta Diocleciano supuso una provocación para la legalidad política romana.

Jesucristo había asegurado que era preciso dar «al César lo que es del César», esto es, pagar los tributos, y los primeros cristianos se tomaron esa recomendación al pie de la letra e incluso rezaron por el alma de los emperadores paganos que los perseguían. Tenían clara la autoridad que los soberanos de la Tierra ejercían, como delegados de Dios en el mundo. Reconocían en ellos a los representantes del orden social, cuyo origen solo podía ser superior, divino, a pesar de su crueldad y su falta de fe.

Desde el año 64, bajo el gobierno de Nerón, hasta comienzos del siglo IV, con Diocleciano, los cristianos fueron perseguidos por representar un desafío a la autoridad porque, a pesar de toda su piedad y reconocimiento a la autoridad terrena, con su creencia en un único Dios ponían en entredicho las leyes del Imperio. Eran un escollo político.

La política es la hermana pequeña de la religión. Su sucesora en el trono. Siempre lo ha sido.

La búsqueda del santuario

Al principio, cuando los humanos empezaron a ver en los reyes a unos delegados del poder divino, o sea, cuando comenzaron a creer que de verdad ellos eran una parte de Dios hecho carne, ocurrió lo que quizás los hebreos temían: que aquellos delegados de Dios en la Tierra daban órdenes que había que acatar, gustaran o no.

No siempre lo que deciden los emisarios de los dioses es del gusto de los humanos.

Las moradas o santuarios no siempre se encuentran en todas las sociedades humanas, aunque la religión y el gobierno siempre han ocupado el mismo espacio arquitectónico en la ciudad, el pueblo, la tribu. Y lo siguen ocupando, a pesar de que hace mucho tiempo que el hombre y la mujer comunes dejaron masivamente de creer, por ejemplo, que los reyes ejercen su poder gracias a un mandato divino.

De hecho, aunque la ciudadanía contemporánea apenas cree en los dioses, sigue profesando una fe ciega en los políticos. Todo ese caudal de esperanza que acaparaba la religión se ha traspasado a la clase política, reforzando de manera increíble su poder.

El Dios infinito e intangible de los primeros tiempos del mundo humano terminó convirtiéndose en un dios material, que se rebaja hasta el punto de convertirse en hombre (muy pocas veces en mujer), en rey. Que toma la forma de la carne y los huesos humanos, que se encarna en una mente mortal. Los primeros teólogos de Egipto pensaban en Dios como en un ente elevado que estaba por todas partes. Una divinidad que envolvía los espíritus. Ammón era el dios único y eterno. El culto al sol reflejaba la idea de un dios imprescindible para la vida. Omnipresente. Un ser vivo independiente, encargado de dar luz al mundo. Sin él, nada podía existir.

La fe en esa idea, u otras parecidas, ha suministrado a la muchedumbre una moral a lo largo de la historia, y a lo ancho de todo el mundo, algo que no ha sabido hacer la filosofía. En concreto, el cristianismo realizó una tarea que hoy día le disputa la ideología, que lucha contra el cristianismo (concretamente, contra el catolicismo) desde 1789, año de la Revolución Francesa.

Mil setecientos años antes de que la Revolución Francesa formulase el principio de libertad, igualdad y fraternidad, ya el cristianismo había proclamado la libertad y la fraternidad, hablando del amor sobre todas las cosas, de la emancipación de los esclavos, de la predilección por los débiles y los niños, y de todos aquellos que carecían, y siguen careciendo todavía, de derechos y libertades, y que fueron nombrados predilectos hermanos y herederos de Jesús.

La disputa entre religión e ideología se hace, por tanto, por las mismas buenas causas.

En 2007 publiqué en prensa un artículo explicando de forma escueta mi idea sobre la «superioridad moral de la izquierda». Concretamente, el artículo se titulaba «La supremacía moral de la izquierda» (La Razón). Tuvo un inesperado éxito que ha hecho calar la idea en el imaginario tanto de izquierdas como de derechas. El artículo no ha sido citado nunca, pero la idea que contenía era muy poderosa, y por eso se ha instalado en la conciencia de la mayoría, haciéndose muy popular. Lo que venía a decir era que la izquierda ha poseído tradicionalmente la bandera de las «buenas causas» que objetivamente la convierten en moralmente «superior». Luchar por la injusticia, por los desfavorecidos y débiles del mundo, perseguir un supuesto reparto de la riqueza, preocuparse por lo social, etc., son causas nobles que pueden elevar a la ideología que las detenta por encima de su contrincante político. Como así ha ocurrido. Por eso, y solo por eso, a los dirigentes políticos de la izquierda se les perdona cualquier tropelía, exceso o crimen que puedan cometer. Porque, en el fondo, sus seguidores piensan que lo han hecho por una buena causa.

Aunque, realmente, ¿qué objetivos busca la izquierda que no estén ya en la doctrina social de la Iglesia católica? Tradicionalmente, ambos —izquierda y catolicismo— pretendían lo mismo. Solo en las últimas décadas, cuando la izquierda se ha centrado en el cuerpo de los ciudadanos como objeto de liberación, parecen distinguirse un poco.

Sí, enfilando ya el fin del primer tercio del siglo XXI, la mayoría somos conscientes de que la ideología ha sustituido a la fe religiosa, pero no se nos ocurre pensar que, precisamente por eso, debemos actuar por necesidad y desacralizar la vida pública, de la misma manera en que se separó la religión del Estado en su momento. Haciéndolo, esta vez, de forma menos sangrienta y traumática.

Los santuarios deberían dejar de controlar, por fin, la vida de la polis.

Los catecismos y el fracaso de la filosofía

Desde siempre, la presencia de la divinidad se ha hecho patente en los actos más cotidianos de los seres humanos. Las fórmulas de saludo, a largo de todos los tiempos, no son más que plegarias abreviadas, votos piadosos.

Los idumeos se saludaban diciendo: «El señor está cerca de ti».

Los hebreos tenían por saludo: «Dios te salve, hermano mío».

Los tebanos: «Que dios te dé la salvación».

Los sicilianos antiguos: «Que Dios te conserve».

Los italianos antiguos: «Dios te contente».

Los eslavos antiguos: «Bogo toboi!» (‘Dios sea contigo’).

Los suecos: «Gad sei lav!» (‘Alabado sea Dios’).

Los polacos: «Que el señor sea glorificado».

Los otomanos: «Si Dios quiere, estarás bien».

Los españoles: «Adiós».

Dios se encuentra muy presente también en las fórmulas de cortesía, de despedida o de agradecimiento: «Quede usted con Dios»; «que Dios le guarde»; «vaya usted con Dios».

Dios aparece —todavía— en todos los rincones del lenguaje que usamos en la vida cotidiana. Mediatiza la vida diaria. Y el curso de la historia corre paralelo a la influencia de Dios en la existencia de algunos privilegiados, dirigentes (reyes, políticos). Además de ir unido a su capacidad o a sus enfermedades mentales, a sus vicios, delirios o psicopatías.

Verbigracia, Enrique VIII de Inglaterra fundó la religión o Iglesia anglicana por motivos estrictamente personales, domésticos e íntimos: en principio, por culpa de su divorcio con Catalina de Aragón. Como no consiguió que el Papa de Roma aceptase el fin de su unión matrimonial, decidió crear una secta cristiana, acomodándola a sus necesidades e intereses. Nunca la religión y el poder político demostraron de manera más fehaciente que ocupan el mismo espacio en el mundo terrenal de los desconcertados y débiles seres humanos.

En muchas ocasiones, la filosofía ha intentado sustituir a la religión, inútilmente. La filosofía, incluso en nuestros tiempos, se ha demostrado impotente para ocupar el lugar de la religión en los corazones humanos. Se ha intentado con ímpetu el culto a la Razón, especialmente después de la Revolución Francesa.

Ha habido incontables catecismos y oficios republicanos. Los teofilántropos, del Directorio, sansimonianos, positivistas de Augusto Comte, los francmasones, todos ellos se han propuesto realizar una tarea hasta ahora imposible: que la filosofía dé a luz una fe verdadera, con incontables seguidores.

La Convención incluso ideó un credo, un catecismo y una moral laica. Pero Robespierre pregonó su creencia en el Ser Supremo. El Dios de siempre.

La misma Convención promulgó un decreto declarando como libros de educación popular El catecismo republicano de La Chabeaussière, que ganó el primer premio en un concurso especial promovido para encontrar, precisamente, un sustituto laico al del cristianismo.

Podemos recordar alguno de sus fragmentos más ilustrativos:

—¿Quién eres?

—Hombre libre, francés y celoso de mis derechos. Nacido para amar a mi hermano y servir a mi patria, vivir de mi fortuna o de mi industria, aborrecer la esclavitud y someterme a las leyes.

—¿Qué es Dios?

—No sé qué es, pero veo su obra, todo anuncia a mis ojos sorprendidos su grandeza; mi espíritu muy limitado no puede trazar su imagen porque escapa de mis sentidos, pero sí le habla a mi corazón.

—¿Cómo hay que honrar a Dios?

—El orden del universo es testigo de su poder; todo es para los humanos maravilla y beneficio; su culto es el respeto y la gratitud: y el homenaje que Dios prefiere es la práctica del bien.

—¿Es inmortal el alma?

—Todo cambia sin morir: el alma, pues, es inmortal; el alma sobrevive incluso al cuerpo descompuesto. Siento en mí este deseo, ¿podría Dios engañarme?, ¿habría hecho Él tanto por mi alma si quisiera destruirla tan pronto?

Este es un ejemplo de las ideas contenidas en el catecismo laico de la Convención. Que, más que buscar un sustituto civil para Dios, se pliega a seguir adorando la imagen tradicional que la mayoría del pueblo francés de la época tiene de Dios, pero, eso sí: poniéndolo de parte de la Revolución.

Algún otro catecismo laico de la época se hacía preguntas sobre quién era Dios, quién había creado el mundo, de dónde venía y hacia dónde iba la humanidad, cuándo y cómo vino el hombre a la Tierra, qué sería de nosotros después de nuestra muerte.

O sea: las grandes preguntas de siempre. A todas las cuales el catecismo respondía, revolucionaria pero prudentemente: «No sé».

Claro que, a pesar de que el concepto de Dios no cambia mucho con la Revolución, también es evidente que existe un buen grado de incertidumbre en el laicismo que contrasta con la seguridad de la fe que aportan las religiones.

Si algo suministra cualquier religión es certezas.

Si algo proporciona cualquier ideología, son promesas.

Ambas cumplen el mismo papel: prometer y no cumplir. La religión, porque nadie ha vuelto del otro mundo para quejarse de que no ha visto realizadas sus expectativas de creyente en una buena vida eterna. Y la ideología porque los fervorosos practicantes ideológicos, una vez que la creencia en su partido ha echado raíces en su pensamiento, ya no cambiarán la papeleta de voto por muchas tropelías que cometan sus líderes, sus sacerdotes laicos.

Pero siguiendo con la Francia revolucionaria, hay que señalar que, mientras los catecismos laicos sumían a los seres humanos en una confusión aún mayor, porque los obligaban a hacerse preguntas que tal vez nunca se habían hecho sin ofrecer ninguna respuesta, los catecismos religiosos —por denostados que estuvieran— continuaban proporcionando seguridad y tranquilidad.

La ideología estaba ensayando para competir con la religión, aunque todavía no era lo bastante buena para suplantarla del todo.

El espíritu revolucionario francés ordenó imprimir muchos libros, premiados en concursos convocados al efecto, para enseñar a la infancia las nuevas convenciones morales. El Comité de Salvación Pública, en el año III, envío miles de ejemplares a las escuelas, con los cuales trataba de influenciar en la infancia, imbuyendo en los niños el espíritu del patriotismo y las virtudes cívicas que proclamaba la Revolución.

Pero, a pesar de que se había programado la libertad y la igualdad, a los varones se le seguía enseñando a hacer ejercicio físico mientras que a las mujeres jóvenes se las ponía a coser y a hacer calceta.

Y es curioso que esa atrasada y severa actitud heteropatriarcal sigue aflorando incluso hoy día en la ideología de la izquierda más dura, a pesar de que ahora se proclame feminista.

La Revolución Francesa tuvo incluso su propia imitación del Padre Nuestro, titulada Invocación republicana:

Casta hija de los cielos, oh, Libertad, tú has descendido para nosotros hasta la Tierra, que tu nombre sea por siempre querido. Ha llegado tu reinado junto con el de la Ley. Hágase tu voluntad. Provee las necesidades de tus hijos, asegúrales el pan de cada día. Olvida las injurias de los pueblos esclavos y piensa solo en los homenajes de un pueblo libre. ¡Divinidad de mi patria!, separa de nosotros todo lo que pueda inducirnos al error, aleja incluso la tentación de hacer el mal y líbranos de nuestros enemigos.

Y para no olvidar son también algunos de los «mandamientos republicanos»:

Únicamente servirás a la República una e indivisa.

Harás la guerra eterna a los federalistas.

Como buen soldado, acudirás a tu servicio exactamente.

Honrarás a tu padre y a tu madre.

Y a la ancianidad igualmente.

Serás tolerante con todos los cultos, como quiere la Ley.

Cultivarás las bellas artes, que son el adorno de un Estado.

Llegarás a tu sección el día fijado legalmente.

Cerrarás tu establecimiento cada décadi (el décimo día, en sustitución del domingo), estrictamente.

Guardarás la Constitución cumpliendo tu juramento.

Morirás en tu puesto si no puedes vivir libremente.

Pero aún hay más, Mademoiselle Framatte compuso un Ave María republicana:

Yo te saludo, oh, República,

Gobierno equitativo,

Guardián de la paz pública,

De mi derecho y de nuestro dinero.

Protege al que trabaja.

¿Rezar y no tener nada que valga un comino?

¡Más vale manejar una herramienta!

Amén.

El Terror asolaba Francia cuando, en el año 1793, el procurador general de la ciudad de París, Chaumette, decidió borrar todo rastro de la religión utilizando su poder sin freno, de modo que ordenó demoler los campanarios que, según su opinión, eran contrarios a los principios de igualdad al destacar por encima de los edificios colindantes.

También decretó clausurar todas las iglesias de París o, en todo caso, establecer en ellas el culto a la diosa Razón.

Cuando aquel hombre, que debía ser un auténtico entusiasta, llegó a la Convención, rodeado por los miembros de la Comuna, gritó a voces limpias, según Lamartine: «¡Mortales, no reconozcáis otra divinidad que no sea la Razón! Aquí vengo a presentaros a su más bella y pura imagen».

Dicho lo cual, destapó a una mujer que llevaba con él, de dudosa reputación según parece, y que iba cubierta con un velo azul, despertando las risas de quienes contemplaron la escena.

A pesar de lo grotesco del episodio, el presidente y los miembros de la Convención se inclinaron respetuosamente ante el nuevo ídolo: la Razón. Por mucho que supieran que, en realidad, se trataba de una prostituta disfrazada.

Chaumette, sin embargo, no se conformó con aquella farsa. No parece que fuese hombre de una sola representación. O quizás animado por el éxito cosechado, volvió a repetirla utilizando esta vez a la famosa actriz de la época, Maillard.

Como le había salido más o menos bien la primera vez, puso su empeño en perfeccionar la escena con elementos más profesionales, de manera que convirtió a la célebre comediante en la representante de la Divinidad del Pueblo. La condujo subida a un palanquín hasta Nuestra Señora de París. Una vez dentro del recinto sagrado, la mujer fue depositada sobre el centro del altar. Detrás de ella ardía una antorcha que representaba el Fuego de la Filosofía. Como liturgia era atrevida a la par que rabiosamente moderna. Su autor volvió a recoger las mieles de un triunfo coreado por tantas exclamaciones como risas ahogadas.

No es extraño, pues, que el hombre le cogiera el gusto al sacrilegio. Animado por los aplausos, reprodujo de nuevo la performance en San Sulpicio. Utilizó para ello a la mujer de Momoro, impresora del Club de los Cordeliers. Aunque esta vez la señora tuvo que ser literalmente empujada a protagonizar la farsa. Lo hizo pese a sus llantos y evidente disgusto. Se trataba de una mujer profesional, acostumbrada a la buena educación. No era una comediante que se pliega a realizar una representación como oficio. Y por supuesto, estaba muy lejos de ofrecerse para ejecutar la pantomima con la docilidad de una prostituta. La obligaron rastreramente a protagonizar aquel episodio ridículo y degradante.

A pesar de sus aparentes golpes de efecto revolucionario, el empeño de Chaumette no hizo nada por convertirlo en una figura popular. Y su anticlericalismo tampoco consiguió salvaguardar su vida en una época convulsa y sangrienta. Pocos meses después de sus escenografías irreverentes, el 13 de abril, Robespierre ordenó que lo decapitaran en la Plaza de la Revolución.

Así terminó el intento más entusiasta y visible de suplantar la religión por el culto a la Razón. Otra religión, claro, pero con pocos fieles. Fundar religiones poderosas, a pesar de que lo parezca, no es algo sencillo.

Poco tiempo después, Robespierre reconoció en un decreto, hablando en nombre del pueblo francés, la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma. Además, ordenó que el 20 pradial se celebrara una fiesta en honor de dicho Ser divino. Así, fueron borradas de las fachadas de los edificios públicos las palabras «A la razón», volviendo a restituir el lugar honorífico «Al Ser Supremo».

Y es que, aquel que ostenta el poder no solamente escribe las leyes, sino también los nombres de las plazas y las calles, y con ellas, con las nuevas denominaciones que se le puedan ocurrir, también otorga un significado que cumple el objetivo de su ideología. De manera que escribe nombres ideologizados en el mundo cotidiano de los ciudadanos, para fijarlos y asociarlos a cada paso que estos dan por sus pueblos y ciudades. Para que los votantes y contribuyentes repitan una y otra vez los términos que ellos desean. «Lléveme a la calle Fulánez de Tal», le pedirán al taxista. «Vivo en la plaza de Mengánez», dirán a sus conocidos. Y cada vez que un ciudadano repite el nombre que los ideólogos han querido colocar, los hace vivir, y con ellos una determinada ideología asociada. Tanto si es la del Ser Supremo como la de la Razón.

Bien es cierto que, cuando pasa el tiempo, muchos nombres se desvanecen, pierden sentido. Su presencia deja de tener significado para las nuevas generaciones, que ya no saben qué simbolizan. Pero para eso están los líderes ideológicos: para rebautizarlo todo, con el entusiasmo de Adán nombrando por primera vez los seres y las cosas de este mundo. Y por eso, hoy como entonces, lo primero que hacen muchos ideólogos cuando llegan al gobierno —nacional, comarcal o municipal— es rebautizar las calles, para imponer en ellas las ideas que desean fijar en la mente de las ciudadanas. Para que al contribuyente creyente no se le olvide adónde debe ir, hacia dónde está obligado a dirigirse.

A Robespierre, que había cortado cuellos y renombrado calles y plazas, realizando ambas tareas con el mismo empeño e idéntica naturalidad, también le llegó su hora fatal revolucionaria: fue declarado fuera de la ley el 9 termidor. Posteriormente, sería ejecutado.

Excepto en Cuba, los revolucionarios suelen acabar mal. Chaumette y Robespierre no lograron disponer de demasiado tiempo para consolidar sus nuevas religiones sin antes perder el cuello.

El tiempo revolucionario corre muy deprisa. Las agujas del reloj que cuenta sus horas tienen forma de cuchillos. La disputa por el espacio religioso es la lucha misma por el poder. Lo ha sido siempre.

La Revolución Francesa, con sus aires igualitarios y su ambición libertadora, tuvo sin embargo como consecuencia a Napoleón, al imperialismo. Lo que resulta tan irónico como lógico. De la religión del pueblo contra el poder religioso y la monarquía absoluta, Francia pasó al imperialismo a través de la Revolución.

Napoleón también tuvo su propio «catecismo napoleónico», que se impuso por decreto el 4 de abril de 1807, haciéndose obligatorio en las iglesias de Francia. Aquel brillante genio militar también tuvo conciencia de que le disputaba el espacio del poder al mismo Dios.

Por supuesto, su catecismo, como todo catecismo que se precie, contaba con preguntas y respuestas de obligada memorización para los niños y futuros ciudadanos:

—¿Qué se debe pensar de los que falten a sus deberes para con el Emperador?

—Según el apóstol San Pablo, desobedecerían el orden establecido por Dios mismo y se harían acreedores a la condenación eterna.

Napoleón era bien consciente de que necesitaba a la providencia divina para imponer respeto y sumisión a sus súbditos. Pues todo poder finalmente aspira a ser religioso. Y si no es religioso, no dura mucho.

En la misa de los domingos, allá por el año 1807, también se recitaba una oración por la salud del emperador incluso en tierras de Polonia, oración que elevaban los ministros protestantes de la Prusia oriental y todo el clero de lo que entonces no era más que una provincia:

Dios todopoderoso, Tú que creaste a Napoleón grande en bravura, en sabiduría y en bondad; que lo destinaste a vencer al enemigo de la nación polaca y a hacerla dichosa, recibe de tu pueblo las gracias por Tu favor. Escucha nuestras más ardientes plegarias por el Emperador y rey Napoleón el Grande. Prolonga sus días y llena cada uno de ellos de nueva gloria. Que no cambie ni su intención ni su dicha. Devuélvele, Señor, los beneficios que nos ha prodigado; santifica su obra y haz que Polonia, reconstituida, pueda florecer por la virtud, el trabajo, la civilización y la industria. Amén.

A pesar del poco tiempo transcurrido, no quedaba ni rastro de Robespierre en aquellas oraciones polacas, en los fervientes creyentes en Napoleón.

Desde luego, hay que reconocer que Francia ha sido una cuna privilegiada de revoluciones y de religiones. Con diferentes grados de éxito.

Para Saint-Simon, el mejor método para aplicar teorías revolucionarias era ponerlas en marcha de la misma manera en que otros montan un comercio. Sus ideas eran francamente modernas, si nos atenemos a la evolución posterior del mundo, a lo que somos hoy día: creía en Dios todopoderoso, pero en un panteísmo universal ausente de pecado original. Abominaba de la propiedad. Y confiaba en la mujer-sacerdote, en espera de la mujer-mesías, para que predicase las cuestiones morales más candentes.

Augusto Comte, en su positivismo, también tenía su propia religión e incluso ideó un calendario para 1788 en el que daba cuenta de un año de 13 meses, nombrados con una rutilante originalidad: en vez de enero, febrero, los meses pasaban a denominarse Moisés, Homero, Aristóteles, Arquímedes, San Pablo, Carlomagno, Dante, Gutenberg. Su catecismo contenía nueve sacramentos: la iniciación, la destinación, la madurez, el retiro (producido a los sesenta y tres años, una clásica edad de jubilación que hoy día empieza a ser vista como demasiado prematura), la incorporación, que tendría lugar siete años después de la muerte del individuo y que otorgaría un lugar eterno en el bosque que rodea el Templo de la humanidad, donde también pueden entrar los animales.

Sin duda, no falta originalidad cuando se trata de desplazar a la religión cristiana, que ha sido en Occidente —de cultura judeocristiana— la inspiración para otras religiones, incluidas las ideológicas.

Pero cuando se trata de crear religiones laicas, los creyentes se resisten.

Si bien las ideologías, a la chita callando, lo han conseguido, y hoy son las sustitutas de la religión por derecho propio. Por si fuera poco, lo han hecho sin forzar a nadie. Tan solo ofreciendo a los creyentes lo mismo que la religión brindaba y olvidándose de los catecismos para obsequiar, en cambio, a sus fervorosos y crédulos votantes con pomposos, ilusorios e irrealizables «programas de gobierno».

El principio divino

La francmasonería es una asociación que, combatiendo el cristianismo, posee sus propios modos de religión; es una religión en sí misma. Desea sustituir a una religión, y por tanto ofrece a cambio dogmas y ritos, fórmulas y oficios, iniciaciones y misterios que se oponen a los sacramentos de la Iglesia.

Existen incluso bautizos y matrimonios masónicos. Cuando alguien pretende sustituir a una religión tan poderosa como ha sido —y sigue siendo— el cristianismo, no tiene más remedio que ofrecer algo parecido para seducir a los posibles feligreses.

En la francmasonería, a Dios se le llama «El gran arquitecto del universo». Los masones son discípulos de la escuadra, uno de los instrumentos utilizados por los albañiles (maçons en francés) en sus trabajos. Poseen los emblemas de los constructores. Arquitectos y albañiles inspiran, pues, la simbología masónica, que está llena de mazos y reglas, llanas y compases, etc.

La masonería ha sido una de las organizaciones más activas a la hora de ocupar los espacios del poder político. Muchos masones se han situado tradicionalmente, y continúan haciéndolo, en los puestos de relevancia de los Estados de Occidente. Desde allí, se siguen esforzando en construir un mundo a la medida de sus proyectos e ideas.

Ellos mejor que nadie se dieron cuenta de que la política es la delegada de la religión, y que para consolidar el poder político este debe poseer un sesgo inconfundiblemente religioso.

Sin embargo, la historia ha demostrado la conveniencia de separar la religión del Estado, con el fin de hacerlo mas justo para la mayoría de los ciudadanos. No son los poderosos (las élites son una minoría, obviamente), sino las mayorías quienes componen el grueso del Estado, porque las naciones no son entes abstractos —aunque también en cierta medida, dado que una nación es una idea que los individuos intentan concretar sobre el espacio físico del territorio—. Tanto la nación como el Estado están compuestos de la suma de las vidas, trabajos, afanes y sueños de millones de seres humanos, y por tanto su finalidad debe ser la libertad y la seguridad de estos, los ciudadanos, no la de quienes rigen sus destinos en nombre de una divinidad llamada ideología en nuestros tiempos, como antaño se denominó rey absoluto o Dios.

La antropología nos enseña que la tendencia natural de los pueblos humanos es buscar un principio divino. Los arios y los indígenas de Nueva Zelanda creían que el Cielo es el esposo de la Tierra. En la época de Homero, Zeus era un dios todopoderoso, a pesar de estar rodeado de parientes divinos, cada uno de los cuales ejercía su poder en distintos aspectos de la divinidad. Los khasias del Himalaya pensaban que la Luna tiene manchas «porque su abuela le arrojó un día cenizas en el rostro».

Existe, en la mayoría de las religiones, una clara tendencia a humanizar a la divinidad. Las grandes creencias monoteístas tienen profetas e incluso la religión hebrea dota de divinidad a algunas figuras humanas.

También los astros, el sol, la luna y las estrellas, junto con el reino animal, han formado parte —extravagante a veces, y otras supersticiosa— del plantel divino de dioses, genios y protectores de la humanidad como símbolos sagrados. Todos ellos se han integrado en las leyendas, supersticiones y prejuicios que en ocasiones rodean y en otras sustituyen a la religión.

Dice la Biblia que los antiguos adivinos interpretaron incluso los movimientos de los reptiles, deduciendo augurios de ellos. Y los hígados de las ocas han servido para decidir incluso la posición de los ejércitos antes de una batalla.

El tripudium en Roma, mediante el apetito de los pollos sagrados, auguraba hechos y fenómenos que el Senado tenía en cuenta antes de tomar una decisión.

La cosa era como sigue: unos sacerdotes agrupaban en el patio del templo a unos pollos traídos desde la isla de Eubea, les echaban grano y observaban si lo comían con avidez o lo rechazaban. En el primer caso, el augurio era positivo, pero si desdeñaban el alimento, era desfavorable y negativo.

Claro que tanto la política como la religión siempre han echado mano de trucos para cambiar la percepción de los ciudadanos a favor de los intereses de quienes manejan tanto una como otra. De esta manera, políticos y sacerdotes manipulan desde tiempos inmemoriales los augurios y las señales. Los pollos o las encuestas electorales, cuando no los propios resultados de las urnas (en algunos países, incluso son unos artistas del fraude electoral).

Los políticos profesionales deberían dejar a un lado las ideas para ser valorados únicamente por sus capacidades. Por su potencial para solucionar problemas. Está demostrado que sus ideas a menudo provocan problemas, no los solucionan, de manera que nos encontramos con una clase política degenerada, de la misma manera que lo estuvo la clase sacerdotal: cuando los papas vivían entre concubinas y lujos dignos de príncipes, en un ambiente de corrupción que nada tenía que envidiar al de las cortes de los reyes absolutistas.

Hoy se tergiversan las encuestas electorales para orientar el voto, de la misma forma que Roma trucaba las predicciones: porque aquellos antiguos y avispados sacerdotes se encargaban de escoger pollos bien hartos de comer cuando deseaban que el augurio fuese negativo. Y elegían a los hambrientos para que picotearan con entusiasmo en caso contrario, tal y como cuenta Tito Livio (Pullarius auspicium mentiri ausus).

Ayer y hoy, pollos, urnas o encuestas políticas, una élite dirige y manipula, y una masa ciega y creyente le paga tributos, la obedece y por ella muere.

Es evidente la forma en que se nos dirige, guiando nuestra conducta electoral y política, sobre todo la de aquellas personas con poco juicio o ningún deseo de formarse uno.

Por supuesto, también antaño los augures, feciales y pontífices despertaban las sospechas de una minoría mejor informada y menos crédula. Por fortuna, siempre hay quien es capaz de darse cuenta del fraude. Aunque suelen ser los menos.

Como ejemplo notable cabe recordar a Claudio Pulquer, que se encontraba próximo a entablar batalla contra los cartagineses, cuando mandó arrojar a los pollos augures al mar, mientras gruñía: «¡Pues si no quieren comer, que beban!».

Previsiblemente, lo hicieron. Hasta hartarse.

Nuestros pollos augures de hoy día pueden ser las encuestas electorales, pero también los medios de comunicación, especialmente las redes sociales. Ellos dirigen la voluntad de los ciudadanos hacia la urna y los inclinan a depositar en ellas una u otras papeletas de voto.

Las cosas, pese a todo, no han cambiado tanto desde la antigua Roma.

Los animales han sido parte fundamental de la religión como víctimas propiciatorias, como elementos del sacrificio entregado a los dioses. Unos dioses sangrientos e insaciables que el cristianismo repudió en el Nuevo Testamento, a pesar de que el dios del Antiguo Testamento continuara siendo una deidad mortífera, irritable e infanticida. La doctrina de Cristo cambió el miedo por el amor, como hemos visto, en un gesto que dio un giro copernicano a la historia, especialmente en Occidente. Aunque, andando el tiempo, los jerarcas de la Iglesia continuarían usando los métodos de persuasión de siempre para afianzar su poder: intimidación, amenazas, coacción.

Zeus tenía al águila consagrada a él. Apolo, el caballo. Las musas, las abejas. Los animales eran parte crucial de los ritos sagrados de Grecia, que sentía una especial predilección por las aves de rapiña, consideradas mensajeros de los dioses.

Píndaro pensaba que el águila poseía un sofisticado vocabulario de 64 gritos diferentes. La corneja y el cuervo eran aves de mal agüero, que incluso en nuestros tiempos siguen despertando antipatía. Los griegos antiguos estaban convencidos de que las ranas eran, en realidad, guapos pastores que la madre de Apolo había convertido en batracios repugnantes. De ahí proviene seguramente la leyenda del príncipe transformado en rana que protagoniza tantos cuentos occidentales.

La transformación de animal a humano está presente en las leyendas y mitologías desde antiguo. El lobo fue uno de los protagonistas principales. En Atenas, incluso existió el liceo de Apolo Lykios, o Apolo Lobo. Y las fábulas contaban que Latona, la madre del dios, acabó siendo transformada en una loba.

Los cerdos, y especialmente su sangre, fueron usados como purificadores junto con la sangre de los perros jóvenes.

Las supersticiones antiguas eran tantas que Teofrasto cuenta que el pueblo griego debía realizar incontables rituales complejos, hasta el punto de que su día a día se veía perturbado por ello. Por ejemplo, si veían una comadreja debían detenerse inmediatamente y antes de continuar su camino coger tres piedras pequeñas y arrojarlas delante para conjurar los maleficios. Cuando una serpiente entraba en una casa, había que elevarle un altar doméstico. Se redactaban leyes y tratados de paz siguiendo las indicaciones dudosamente precisas de los balidos de un carnero o los movimientos de un cabrito.

Aníbal recomendó al rey Prusias que entrase en guerra contra los romanos, pero el soberano se negó aduciendo que las víctimas de los sacrificios le recomendaban que no lo hiciera. Más que una recomendación, era una orden. A lo que Aníbal respondió, perspicaz e irónico: «De modo que prefieres los consejos de un carnero antes que los de un viejo general».

Es evidente que, tanto antaño como ahora, no todos se dejan arrastrar por la superchería y la religión. Siempre ha habido quien ha sospechado y descubierto los engaños. Menos mal.

Catón, según cuenta Cicerón, dijo: «No comprendo cómo dos augures pueden mirarse sin reírse». Porque, evidentemente, practicando ambos el mismo oficio no se les escaparían las estupideces con las que subyugaban la voluntad del pueblo.

Sin embargo, incluso Virgilio, Horacio, Tácito, Plinio el Joven, mostraron su respeto por los augurios y supersticiones. Con lo cual queda demostrado que ni siquiera las inteligencias más preclaras y sensibles están a salvo del engaño.

La fe, además, es capaz de arrastrar las voluntades, que caminan mansamente por los senderos de la locura. De hecho, los romanos, en algunas ocasiones, incluso llegaron a ofrecer sangre humana como sacrificio.

Plinio cuenta que cierta vez un griego y una griega fueron enterrados vivos solo por que así lo recomendaba una profecía sangrienta. Y Dión acusó a César de haber ejecutado a dos hombres en el campo de Marte por idénticas razones.

Y es que la divinidad a menudo tiene un apetito sangriento e insaciable. Como Baal, exige muerte y sacrificio. Los hígados de las víctimas eran con frecuencia los órganos donde el futuro escribía sus imágenes dudosamente reveladoras.

En el viejo país de Gales, para conocer el futuro se ejecutaban prácticas como rociar de sidra la cabeza de una vaca, entre cuyos cuernos se había colocado una torta. El animal, obviamente tendía a sacudirse la molestia de encima, de manera que, si la torta caía hacia delante, indicaba que habría una buena cosecha y si caía del lado trasero, que sería mala.

El método era creído, con toda su absurda ceremonia, por quienes lo practicaban.

Asimismo, en regiones septentrionales de Europa durante mucho tiempo existió la costumbre pagana de emparedar a un animal vivo en la base del edificio cuando se construía una iglesia. Esto es, enterrar bajo los cimientos del pórtico o del altar a un cordero o un caballo. Vivos. El origen pagano de tal costumbre es evidente, porque si algo realizó el cristianismo fue precisamente cruzar el Rubicón del símbolo: sustituir la sangre de un ser vivo por una palabra, un trozo de pan o un trago de vino. Pero la fusión del cristianismo con creencias paganas puede verse en actos como estos, en los que se ofrece la sangre y el dolor reales, intentando así aplacar al Dios que infunde terror, no al Dios del amor precisamente. Al viejo airado Dios de siempre.

La superchería ha servido incluso para hacer justicia, con métodos tan extraños como el que se utilizaba en tiempos de Plinio, llamado la Axinomancia: consistía en descubrir a los ladrones y a los asesinos lanzando un hacha de mango largo contra el tronco de un árbol. Cuando esta comenzaba a desprenderse, por el peso, el que la había lanzado recitaba los nombres de los individuos sospechosos (todos los que se le ocurrían o lograba recordar en ese momento), y aquel al que se nombraba justo cuando el hacha caía el suelo era declarado culpable. Como prueba judicial no parece demasiado garantista ni racional, ni sensata, y sin embargo las consultas por medio de las hachas eran algo cotidiano entre los griegos antiguos.

Hoy los métodos han cambiado, pero tanto los augures como el pueblo siguen cumpliendo con el mismo papel que en la Antigüedad. Unos engañando y los otros aceptando las mentiras como si fueran palabra de Dios. También en nuestros días, a pesar de que no se ejecutan animales o seres humanos en aras de implacables y absurdas profecías, muchos ciudadanos terminan siendo víctimas del dictado ideológico divino con que dirigentes de países occidentales y supuestamente democráticos los gobiernan. Y pierden los nervios, la salud, su bienestar económico y familiar por seguir los mandatos de un líder

Igualmente, en la actualidad, también la justicia puede ser muy atrabiliaria y arbitraria y estar basada en el peso de la influencia, sobre todo política e ideológica. Todo lo cual, evidentemente, tiene la misma ecuanimidad que el peso de un hacha o el mismo valor que el apetito de unos pollos. A veces se hace difícil asegurar que los tiempos cambian, que mejoran el mundo humano.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
341 str. 3 ilustracji
ISBN:
9788419018014
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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