Czytaj książkę: «Aún no es tarde»

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Director de la colección:Fernando Sapiña
Coordinación:Soledat Rubio

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© Del texto: Andreu Escrivà, 2018

© De la traducción del original en catalán: Soledat Rubio Candel, 2018

© De la presente edición:

Unitat de Cultura Científica

i de la Innovació de la Universitat de València

www.valencia.edu/cdciencia

cdciencia@uv.es

Publicacions de la Universitat de València, 2018

www.uv.es/publicacions

publicacions@uv.es

Producción editorial: Maite Simón

Interior

Diseño: Inmaculada Mesa

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico-Letras y Píxeles S.L.

Cubierta

Diseño original: Enric Solbes

Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-334-9

Para María, quien me ha enseñado a derrotar los malos augurios, también a la hora de enfrentarme al cambio climático, y a buscar siempre el destello de optimismo que ha de iluminarlo todo.

El medio ambiente será, dicen, el tema dominante del siglo XXI. Y, sin embargo, no estamos preparados ni institucionalmente ni en nuestras ideas, ni quién sabe si en los propios mecanismos intelectuales de los que estamos dotados a nivel de especie, para afrontar los impresionantes retos globales que se nos presentan.

Jaume Terrades, 2010

Ecologia viscuda

El cambio climático es el principal reto al que nunca se ha encarado la sociedad humana. Pero es un reto que debemos confrontar, ya que la alternativa es un futuro desagradable y potencialmente no vivible. Mientras que está bastante claro que la inacción tendrá consecuencias desastrosas, es así mismo cierto que un esfuerzo coordinado de la humanidad para actuar en interés propio tiene un gran potencial de resultar un éxito.

Michael E. Mann y Lee R. Kump (2015)

Dire Predictions (2.a ed.)

ÍNDICE

PRÓLOGO, de Eugeni Alemany

INTRODUCCIÓN

UNA NOCHE SOLITARIA EN MEDIO DE LA ANTÁRTIDA

ESTE LIBRO SIRVE PARA DESPERTAR A STEFAN

1. EL CAMINO HACIA EL PALO DE HOCKEY

EL ECO DE TEOFRASTO

GRIETAS EN EL AIRE

EL VOLCÁN QUE LUCHABA CONTRA EL GIGANTE DE HIELO

LA SOMBRILLA DE HUMO Y CENIZA

1988, EL AÑO QUE CAMBIÓ EL MUNDO SIN QUE NADIE SE DIERA CUENTA

2. DE TAHÚRES Y TERMÓMETROS

LA ARMADURA INVISIBLE

El efecto invernadero.

El calentamiento global.

El cambio climático antropogénico.

El cambio global

LECCIONES DE CLIMAS PASADOS

CAMBIO CLIMÁTICO ANTROPOGÉNICO: ¿ESPEJISMO O REALIDAD?

Una peligrosa victoria en el juego de la cuerda.

¿Por qué es distinto ahora?

3. SERÁ UN VERANO QUE DURARÁ MIL AÑOS

CONVIVIR CON LA INCERTIDUMBRE

La serpiente que se muerde la cola.

El cambio climático desbocado y el punto de no retorno

UNA CONVERSACIÓN CON LA MUJER DEL TIEMPO DE 2066

El trasluz del futuro

¿CUÁLES SERÁN LOS IMPACTOS DEL CAMBIO CLIMÁTICO?

No es la salud del planeta, es la tuya.

«En mi país la lluvia no sabe llover».

Redibujando los mapas del mundo.

Avería en el motor.

Una peligrosa explosión de blanco en los océanos.

La sexta extinción.

La lucha para no perder el verde.

Un futuro difícil de cultivar.

La grieta climática.

Un escalofrío cósmico.

4. EL RELOJ IMPLACABLE

¿POR QUÉ HEMOS FRACASADO HASTA AHORA?

Un cerebro que se nos ha quedado antiguo.

No hemos entendido el problema.

El agujero educativo.

Sesgos que nos ocultan la realidad.

No hemos sabido hablar del problema.

La confianza nos ha dejado ciegos.

CONSENSO, ¿QUÉ CONSENSO?

CUMBRES CLIMÁTICAS: DE RÍO DE JANEIRO A PARÍS

Un camino de piedras japonés.

¿Será suficiente París?

LA BOMBA DE RELOJERÍA

5. AÚN NO ES TARDE: CÓMO PARAR EL CAMBIO CLIMÁTICO

PROHIBIDOS LOS TRUCOS DE MAGIA

UNA HOJA DE RUTA PARA EL SIGLO XXI

UN NUEVO RELATO PARA EL CAMBIO CLIMÁTICO

Del individuo al colectivo.

Construyendo nuevo liderazgo.

Enmarcando una fotografía de familia.

Una nueva narrativa.

Innovar en la comunicación.

Arte y clima.

Un tema más de conversación.

Derribar el muro.

UNA CIUDADANÍA MÁS ALLÁ DEL CONSUMIDOR RESPONSABLE

Recetas de cocina para un mundo descarbonizado.

¿Es una buena idea abandonar el papel?

Movernos hacia el futuro: el transporte que vendrá.

Más allá del consumidor, más allá del habitante.

JUSTICIA, ECONOMÍA Y EL RETORNO DEL PODER

¿Justicia climática?

Tasas, papeles y cómo dar significado al desarrollo sostenible.

PONGÁMONOS A DIETA (ENERGÉTICA)

Desacoplando el futuro.

Gracias y hasta nunca, combustibles fósiles.

Evitando el iceberg a bordo del Titanic.

EL ARMA OCULTA DEL PLANETA CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

De fuente a sumidero: el camino necesario de la restauración ambiental.

El suelo, un aliado a la sombra.

LA ILUSIÓN DE HACERNOS UN PLANETA A MEDIDA

Una sombrilla para la playa cósmica.

La aspiradora de carbono.

EDUCAR PARA UN FUTURO CAMBIANTE

Reescribir los libros de texto y educar para el futuro.

Y sí, también los adultos tenemos que ir a la escuela.

EPÍLOGO

NOTA SOBRE LAS FIGURAS, CITAS Y TRADUCCIONES

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

LECTURAS ADICIONALES

ÍNDICE ANALÍTICO

PRÓLOGO

Imaginemos por un momento una de aquellas escenas teatralmente dramáticas de una peli muda de los años veinte. Con una locomotora, a toda velocidad, dirigiéndose hacia un puente de travesaños de madera sobre dos precipicios. Con unos pasajeros distraídos: la madre que canta una canción de cuna a su hijita, los jóvenes juguetones que le gastan una broma al revisor, el huraño hombre de negocios que lee las últimas noticias de la bolsa, la chica que toma té al fondo...

De repente, a pocos quilómetros de llegar al precipicio, aparecen unos enmascarados a caballo. Pretenden asaltar el tren y obligarlo a detenerse... ¡haciendo saltar el puente por los aires con dinamita! ¡¡¡Boom!!!

En eso, uno de los maquinistas lo ve. ¡Avisa al otro del peligro y acciona bruscamente la palanca de freno! Algunos pasajeros tropiezan. El hombre de negocios protesta al revisor. ¡El frenazo lo ha distraído de la lectura!

La locomotora, sin embargo, avanza con fuerza hacia el abismo. ¡Los dos maquinistas alertan a los de atrás! «¡Eh, desenganchad los vagones!», se desgañita un rótulo. Pero no los oyen. ¡Maldito cine mudo! Así que los dos maquinistas son los únicos testigos del destino fatal al que se dirigen.

Y ahora paremos la proyección. ¡Luces!

Bien, así ‒muy teatralizado, reconozco la deformación profesional‒ tiene que ser como más o menos se sienten los expertos en ciencias ambientales y cambio climático. Tienen los datos, tienen las pruebas, saben que nos dirigimos a pegarnos el trastazo del milenio... y no pueden hacer nada más que desgañitarse, como en el cine mudo.

Eso tiene que ser realmente frustrante. Querio decir que, a mí, personalmente, me pondría de muy mal genio. No sé ya si el hecho de no poder hacer nada o de ver que no puedo hacer nada porque nadie me hace caso. Pero no los culpo, ¿eh? A los científicos no se lo han puesto nunca fácil. Esa sí que es una constante de la Humanidad. Hace siglos quemaron a Miquel Servet por decir que la sangre circulaba y Galileo se salvó por los pelos por decir que el Sol era el centro del Universo. Así que, Andreu Escrivà, ya puedes dar las gracias de que no te hayamos empalado en medio de la plaza por decir que la temperatura ha subido más de un grado desde finales del siglo xix, y que a este ritmo, en unas cuantas décadas, se tendrán que redibujar los mapas de nuestras ciudades y pueblos costeros.

El libro que tenéis en las manos es más que un libro. Es, para mí, un manual de supervivencia. Porque va más allá de la exposición de hechos: incluye cosas que aún estamos a tiempo de hacer. Podemos accionar la palanca de freno. O, incluso, cambiar de vía.

Aquí encontraréis algunas críticas hacia la sociedad, pero también autocrítica hacia el colectivo científico y ecologista. A mí, si me lo permitís, también me gustaría hacer una al gremio al que pertenezco, el de los medios de comunicación. Es indiscutible la nula implicación para recriminar a las autoridades la poca atención que dedican al medio ambiente más allá de hablar del tiempo. Y mira que, cuando se empecinan, son capaces de todo. Cuando quieren hacer subir un partido político, lo suben. Y cuando quieren desinflarlo, lo dejan en los huesos.

Los medios de comunicación son capaces de las cosas más indignas, pero también de las que más nos enriquecen y dignifican como sociedad. Según un estudio, el 88 % de la población española reconoce no tener ningún problema con los homosexuales. Estamos por encima de Canadá o Dinamarca. Mal me estaría decirlo, pero aunque en su momento se los criticara por frívolos, a principios de los 2000 hubo un estallido de programas llamados «de testimonios» donde muchos de los invitados eran homosexuales y hablaban de sus experiencias con naturalidad. Lo sé porque trabajé en uno de estos programas en la antigua televisión valenciana. Esos diez años ‒en todo el Estado‒ de contenidos tan gayfriendly normalizaron la imagen de los gais. De hecho, personajes como Boris Izaguirre contribuyeron a darle glamur. En un país aún tan católico, la homofobia está mal vista. Y eso lo han conseguido, en gran parte, los medios de comunicación.

Es innegable que en los temas ambientales se esconden intereses económicos. Como también es innegable que si los periodistas individualmente quisieran, podrían contribuir a formar una sociedad menos consumista.

Y eso nos lleva a otro de los temas que Andreu también trata muy acertadamente. En esto del medio ambiente –como veréis en este libro‒ ha habido muy mala intención en hacer responsables a los ciudadanos de cosas de las que no somos responsables. Al menos, no directamente. «Ay, no cojas el coche, que se extinguirá una tribu del Amazonas». «Ay, si no tiras el envoltorio del paquete de pipas al contenedor correspondiente desaparecerá el oso polar». «Ay, ¿sabías que cada vez que subes a pie 30 pisos ayudas a salvar un árbol?». Mirad, no. Los colectivos medioambientales y los ecologistas, a veces, han centrado sus campañas en concienciar a los ciudadanos con ganchos más Disney que pragmáticos. Sinceramente, a mí, el oso polar, bien. Pero que haya mosquitos en pleno mes de noviembre ‒a mí siempre me pican‒ y que puedan trasmitir enfermedades tropicales en la ciudad donde vivo, quizá me produce más inquietud.

Esa no es la solución. La solución de que un fabricante de coches haya mentido en las emisiones de gases tóxicos de sus vehículos o las condiciones laborales en los países donde no se respetan los derechos humanos no depende de ti como individuo. Depende de los gobiernos a la hora de hacer cumplir la ley, sancionar debidamente cuando sea necesario o hacer leyes para evitar que haya abusos.

En este libro encontraréis esta y algunas otras reflexiones. Pero, sobre todo, esperanza. Aún no es tarde. Aún estamos a tiempo. Parece que sí hay cosas imposibles, pero no es cierto. Hace unos cien años era impensable que los niños no trabajasen en las minas de la Inglaterra victoriana y fuesen a la escuela. Hace unos cincuenta años, era impensable que los negros votasen en los Estados Unidos. Hace unos veinticinco años era impensable que hubiera políticos abiertamente homosexuales. Más aún... ¡hace solo cinco años era inimaginable que Donald Trump presidiera los Estados Unidos de América!

Está claro que aún existe la explotación infantil. Está claro que las minorías raciales aún tienen problemas en todo el mundo. Que los gais son agredidos y vejados. Pero es indiscutible que esas actitudes, hoy en día, son consideradas delitos en la mayoría de los países avanzados ‒que es hacia donde tenemos que ir–. Hay que hacer lo mismo con el medio ambiente. Que entre medios, científicos y sociedad consigamos crear conciencia colectiva de lo que es correcto y lo que no. Podemos conseguir que la sociedad se acostumbre a defender y proteger el medio ambiente porque, más allá de otras cuestiones morales o hasta sentimentales, sencillamente es útil, nos beneficia.

Como útil también es que leáis este libro. Que lo compartáis, que habléis de estos temas en la calle, en el trabajo, con los amigos... Os puedo asegurar que el pequeño gesto de ser conscientes, de poner el debate sobre la mesa y no rehuirlo, contribuirá a salvar muchos más árboles y osos polares que una firma en una campaña digital o sentiros culpables por no reciclar.

¡Aún no es tarde!

Eugeni Alemany

INTRODUCCIÓN

UNA NOCHE SOLITARIA EN MEDIO DE LA ANTÁRTIDA

En enero de 1983, Shigeru Chubachi, un investigador japonés, se encontraba en la Antártida, en la base que su país tenía allí. A pesar de ser un experto en el manejo del instrumental científico para medir el ozono estratosférico –el que forma la conocida como capa de ozono en la atmósfera, entre los 15 y 40 kilómetros de altitud–, el aparato parecía funcionar mal: detectaba unos valores del gas extremadamente bajos. Después de volver a calibrarlo vio que las medidas no cambiaban, así que las anotó disciplinadamente. Los datos recogidos y procesados fueron presentados en un simposio en Grecia en 1984 (Chubachi, 1984), donde poca gente le hizo caso. No fue hasta unos meses después, con la publicación de un estudio en la revista Nature (Farman et al., 1985) por parte de otros autores, cuando el agujero en la capa de ozono sobre la Antártida no comenzó a preocupar seriamente a la comunidad científica y, de rebote, a toda la sociedad.

Afortunadamente, y como es conocido, la historia acaba razonablemente bien: en 1987, y tan solo unos meses después del descubrimiento de la magnitud del problema, se firmó un acuerdo internacional, el Protocolo de Montreal, que regulaba la producción y comercio de las sustancias químicas responsables del agujero, los cfc (clorofluorocarbonos). Después de casi tres décadas, los primeros síntomas de recuperación duradera y sólida de la capa de ozono se han hecho evidentes (Solomon et al., 2016) durante 2016, y podemos respirar un poco más aliviados.

La pregunta es: ¿por qué fue tan rápida la adopción de medidas drásticas (ya se estaban adoptando algunas más relajadas desde finales de los años setenta), y por qué tuvieron éxito? Hay tres motivos clave:

1. Había un conocimiento previo de la materia. En 1974 Mario Molina y Frank S. Rowland ya demostraron que los CFC podrían ser catalizadores de la ruptura de la molécula de ozono (Molina y Rowland, 1974). Por eso, y junto a Paul Crutzen, recibieron el Premio Nobel de Química en 1995.

2. No hubo un movimiento de escépticos, ni tampoco ninguna campaña orquestada ante la eliminación de los cfc, más allá de las reticencias esperables de aquellas empresas que fabricaban los gases, que, no obstante, pudieron cambiar la producción a otras sustancias incluso más rentables (Maxwell y Briscoe, 1997). Además, el impacto era casi inmediato: si no llega a pararse la emisión de cfc, los humanos –y prácticamente todos los seres vivos– nos enfrentábamos a un planeta potencialmente inhabitable.

3. Podíamos señalar –simplificando, y como en una película de Disney– un único culpable, y por tanto simplemente eliminarlo de la ecuación. La solución no afectaba al consumidor, ni al modelo productivo de ninguna sociedad, ni a la geopolítica de ninguna región sensible. El camino estaba libre.

Hagamos una pausa. Es posible que pienses que he empezado por el ozono porque es la causa del calentamiento global, pero quizá te estés dando cuenta de que algo no cuadra. Si estamos solucionando el problema del agujero de la capa de ozono, ¿cómo es que el cambio climático, que es su consecuencia, empeora año tras año? Y la respuesta es tan sencilla como que no, no tienen nada que ver.

Si esto te rompe un poco los esquemas, no te avergüences: compartías la percepción del supuesto vínculo entre ambas problemáticas con cerca del 80 % de la población española (Meira et al., 2013), un porcentaje que es similar al de otros países desarrollados. La preocupación por el medio ambiente durante el siglo XX pasó por una serie de fases (higienismo, invierno nuclear, polución, destrucción de la capa de ozono o deforestación del Amazonas, entre otros) que han acabado mezclándose como si estuvieran en una coctelera, proyectán-dose desordenadamente sobre el cambio climático, el principal problema ambiental del siglo XXI. Pero tenemos que separar para poder comprender.

Si he iniciado estas páginas por el agujero de la capa de ozono es porque es una historia de éxito, en la que se emprenden las acciones correctas, debidamente informadas por la evidencia científica. Es un relato diametralmente opuesto al que vivimos ahora, con un calentamiento global que, si hemos de afrontar con valentía, será modificando todo aquello que nos rodea, todo aquello que somos, y donde el escenario político y económico es adverso, si no directamente hostil.

Por decirlo de otra manera, el agujero en la capa de ozono es como una alergia alimentaria: eliminando el alimento que la causa (los CFC) solucionamos el problema. ¡Fácil! El cambio climático, sin embargo, es como un sobrepeso debido a un estilo de vida que parecía hacernos las cosas más fáciles, pero nos estaba perjudicando. Al mismo tiempo que nos provoca una cardiopatía, afecta también a los huesos y nos hace más propensos a decenas de enfermedades. La receta, en este caso, es muy distinta: ni solo con ejercicio ni solo con dieta nos pondremos en forma, ni mucho menos seremos capaces con la única ayuda de la medicación. Y en cualquier caso, no podremos hacerlo tampoco tan rápidamente como quisiéramos, porque podría haber consecuencias negativas. Y no podemos hacer trampa: ¿computaríamos como una pérdida de peso saludable la amputación de una pierna? Pesaríamos menos, pero al mismo tiempo estaríamos aún peor.

Por eso, el acto más revolucionario, y el punto de inicio de cualquier activismo, es informarse y conocer a qué nos enfrentamos, para poder así trazar estrategias efectivas y evitar acciones equivocadas, como cortarse un brazo –¡y venderlo como una victoria!–.

Tomar conciencia de lo que supone el cambio climático es, esencialmente, poner en cuestión aquello que sabemos y pensamos. Es hablar de transformaciones y de incertidumbre. Y de formularnos, ahora sí, las preguntas adecuadas.

Escribir un libro sobre cambio climático es todo un reto. Lo es por múltiples motivos, pero fundamentalmente por uno: implica, en definitiva, escribir de todo. De los hábitos cotidianos, de las convicciones políticas, de aquello que te gusta comer, de la tecnología que necesitas, de las percepciones sobre la meteorología, del paisaje que te rodea, de cómo te mueves o de las vacaciones que planificas durante once meses al año. El cambio climático es el problema del siglo XXI, y esta frontera difusa que impregna nuestro día a día (le afecta globalmente pero es difícil captar su impacto a corto plazo) es también su maldición. A diferencia de otras cuestiones científicas, no se inscribe en ninguna esfera; más bien al contrario, constituye una que engloba la totalidad de la actividad humana.

Escribir un texto sobre la materia, aunque sea con voluntad de resumen acelerado, es doblemente complicado. La vertiente científica («¿qué es el cambio climático y cuáles son las previsiones de impactos para los próximos años?») es la que se nos presenta como inevitable, pero la tecnológica («¿qué soluciones tenemos a nuestro alcance y cómo de factible es aplicarlas?»), la social («¿cómo afecta el cambio climático a las desigualdades y el funcionamiento de nuestra sociedad?») e incluso la ética, que enlaza con el concepto de justicia climática, o la psicológica («¿por qué no hemos hecho nada hasta ahora?»), son otros de los aspectos que no solo no podemos menospreciar, sino que resultan esenciales para entender la magnitud del desafío.

El presente libro está escrito tomando como base una evidencia científica reflejada en numerosos estudios y encuestas: existe una preocupación por lo que significa el calentamiento global, pero el conocimiento que la sociedad tiene sobre este es fragmentario, parcial y, a menudo, incorrecto. Eso provoca, en gran medida, que no se tomen las acciones necesarias: si no somos conscientes del hecho de que nosotros causamos el problema, ¿cómo hemos de saber que le debemos dar solución?

Por eso mismo es ineludible dedicar buena parte del texto a explicar qué es el cambio climático y por qué representa un problema radicalmente diferente del resto de retos a los cuales se ha enfrentado la humanidad, incluyendo el agujero de la capa de ozono o los desastres nucleares como Chernóbil. Pero eso no es suficiente. Escribir sobre el cambio climático es ya imposible desde una posición de seguridad, con una escritura mecánica y aséptica. Es responsabilidad de los científicos y divulgadores transmitir la ciencia con la máxima claridad y rigor posibles, y también dar las claves necesarias para que la ciudadanía se empodere y sea capaz de servirse de este conocimiento. La divulgación no es un onanismo público, sino un acto de generosidad hacia la sociedad.

La oceanógrafa Sarah Myhre escribía en el periódico inglés The Guardian (Myhre, 2016) animando a los científicos a preguntarse qué podrían escribir, qué podrían decir, a quién podrían hablar y si su voz se oía realmente. Y concluía:

Esto no es una llamada política para abogar por una agenda ambiental o verde, es sobre liderazgo cultural y la toma de decisiones con base científica ante un cambio y una crisis sin precedentes.

Y eso mismo pretende ser este libro: una herramienta para entender cómo está cambiando el mundo que nos rodea y cuál es nuestro papel en ese cambio, pero también en las posibles soluciones.

ESTE LIBRO SIRVE PARA DESPERTAR A STEFAN

A veces tengo este sueño. Mientras doy un pa[blc]seo por el campo, descubro una granja en llamas. Los niños piden ayuda desde las ventanas de arriba. Así que llamo a los bomberos. Pero no vienen, porque algún loco no hace más que decirles que es una falsa alarma. La situación es cada vez más y más desesperada, pero no puedo convencer a los bomberos para que vengan. No puedo despertarme de esta pesadilla.

Estas líneas no están sacadas de un estudio psicológico sobre sueños: es la forma en que Stefan Rahmstorf, un notable investigador del Instituto de Potsdam de Investigación de los Impactos Climáticos, define qué es para él investigar sobre cambio climático.1 Lo hace en la web Is this how you feel? (‘¿Es así como te sientes?’), un portal que recoge decenas de testimonios de científicos de todo el mundo. Allí hablan, sin tapujos, sobre qué significa para ellos investigar en un campo que con frecuencia ofrece resultados aterradores. A la agonía propia de quien descubre que algo va mal se le suma la opresión de saberse portadores de malas noticias que, además, no siempre son bien entendidas o correctamente asimiladas. En el caso del cambio climático, la torre de marfil en la que se suele visualizar a muchos científicos no es tal; se parece más a una jaula recubierta de espejos, donde los descubrimientos son insoslayables y la comunicación con el exterior refractaria.

El problema clave de la comunicación del cambio climático reside en cómo transmitir la urgencia de actuar ya sin parecer desesperado; en cómo combinar un mensaje esperanzador con advertencias realistas que impulsen acciones. George Marshall, que hace años que se dedica a repensar la comunicación del cambio climático, lo resume así (Marshall, 2007):

Imagina que alguien viniera con una nueva y brillante campaña antitabaco. Mostraría imágenes explícitas de gente muriéndose de cáncer de pulmón acompañadas del eslogan: «Es fácil estar sano: fuma un cigarro menos al mes».

Sin duda el escenario que plantea Marshall es incluso un punto cómico, pero... ¿quizá no estamos haciendo lo mismo en las campañas de lucha contra el cambio climático que consisten en separar envases y cambiar las bombillas en casa? ¿Realmente podemos cambiar algo a escala individual, o es una forma de apaciguar los remordimientos de conciencia? En definitiva: ¿existe alguna estrategia viable más allá de los buenos gestos ambientales?

Si la respuesta a la última pregunta fuese no, no hubiese escrito este libro porque, sencillamente, no sería necesario. ¿Para qué, si tendríamos suficiente con una lista genérica con medidas de ahorro energético? Pero la respuesta, afortunadamente, es afirmativa. Porque lo que nos hace falta no es que nos pongan deberes para hacer en casa, sino cambiar de escuela.

Escribo este libro porque aún tenemos tiempo de despertar a Stefan de su pesadilla, aún tenemos tiempo de salvar a los niños de la granja, del incendio y de la indiferencia. Aún tenemos tiempo de salvarnos el futuro.

Aún no es tarde.

1.La carta de Rahmstorf puede encontrarse en: <http://www.isthishowyoufeel.com/this-is-how-scientists-feel.html>.

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EL CAMINO HACIA EL PALO DE HOCKEY

Los hombres discuten. La naturaleza actúa.

Voltaire

EL ECO DE TEOFRASTO

Que el clima cambia se sabe desde hace siglos, pero la capacidad de observación necesaria no es una cuestión intrascendente: es necesario saber discernir la variabilidad de los fenómenos meteorológicos para apreciar las tendencias. Teofrasto, un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III a. C., fue un fabuloso observador del medio natural. Discípulo de Platón y Aristóteles, fue el primero que intentó una sistematización de la clasificación de las plantas. En un lugar secundario –su producción es vastísima y el abanico de temas tratados, como era común en la época, enorme– aparece una mención al cambio climático por culpa de la acción humana. Como explica el historiador y geógrafo Clarence Glacken en su monumental tratado sobre la naturaleza y la cultura en el pensamiento occidental (Glacken, 1996), Teofrasto apreció un cambio climático a pequeña escala en Larisa, Tesalia. Después que se drenara una zona a menudo encharcada, evitando la acumulación del agua, el filósofo detectó heladas más frecuentes, que hicieron sufrir a las oliveras y a las viñas circundantes. En otro ejemplo, en Aenos, el área se volvió más cálida al desviar el río para que pasara cerca.

Resulta evidente que no tenemos medidas instrumentales de aquel entonces, y que el cambio en las temperaturas es a pequeña escala, además de poder deberse a una serie de factores diversos. Pero es innegable no solo la habilidad de Teofrasto de descubrir cambios, sino de saber ligarlos con los cambios provocados por los seres humanos (que además tienen lógica, teniendo en cuenta el papel del agua como amortiguador térmico) y no, pongamos por caso, atribuirlos sencillamente a los dioses o a la variabilidad natural.

Por desgracia, el legado de Teofrasto, que ejerció una influencia muy destacada como pensador en la Grecia clásica, no tuvo continuidad respecto a sus teorías sobre los cambios climáticos provocados por los humanos. Si bien es cierto que hay destellos aquí y allá que recogen algunas de las ideas enunciadas por el griego, lo hacen sin voluntad de sumar evidencias o construir un corpus teórico; son, de momento, observaciones y nada más.

El estallido se produce a finales del siglo XVIII y principios del XIX. De una Tierra estática hemos pasado a un planeta dinámico, donde se acumulan las capas de sedimentos y donde las montañas son consideradas cada vez más antiguas. La noción misma del cambio, que es contraria al relato casi unánime de todas las religiones acerca de la creación del mundo por parte de Dios, es ya revolucionaria; no digamos, pues, la de la mutación por culpa de los humanos. Desde las evidencias de variaciones del nivel del mar (que ni que decir tiene que se trataron de atribuir al diluvio universal) hasta las marcas de los glaciares que se habían retirado después de la última edad de hielo, que se empezaba a entrever. ¿Qué había pasado? ¿Qué cataclismo debía haber sucedido para que el mundo hubiera estado cubierto de nieve hace miles de años? ¿Cómo encajaba esto con el relato bíblico?

Que el clima podía cambiar más allá de variaciones puntuales en zonas restringidas, como las que anotaba Teofrasto, comenzaba a ser visto como una realidad. Una de las primeras hipótesis consistentes y defendidas por un amplio sector de la comunidad científica fue la del enfriamiento de la Tierra. Como se comprobó que a medida que se excavaba y se profundizaba en las minas aumentaba la temperatura, se llegó a la conclusión de que el planeta emanaba calor desde el núcleo. Esto encajaba con los hallazgos de fósiles de animales propios de climas cálidos en zonas que entonces se encontraban bajo un clima frío y riguroso: antes el calor terrestre habría mantenido unas condiciones casi tropicales, y cuando esta calefacción natural fue menguando, el hielo habría ganado terreno. Uno de los defensores de esta teoría fue el conde de Buffon, un destacado naturalista, así como Adolphe Brogniart o Joseph Fourier. Brogniart, además, elucubraba sobe la posibilidad de una atmósfera distinta en épocas anteriores, una visión innovadora.

Sin embargo, las evidencias cada vez más contundentes sobre la existencia de edades de hielo pretéritas chocaban frontalmente con las tesis de Buffon o, ya en las postrimerías del siglo XIX, de William Thomson, más conocido como Lord Kelvin, quien también defendía el enfriamiento gradual del planeta. En 1837, el biólogo y geólogo Louis Agassiz, convencido por el geólogo Jean de Charpentier de la importancia del tema (Bowler, 1998), defendió públicamente que la Tierra había estado sometida a una edad de hielo pasada, y en 1840 publicó sus Estudios sobre los glaciares (Agassiz, 1840). El texto provocó un encendido debate, que derivó hacia el intento de explicar las variaciones climáticas que, de eso ya no había dudas, había sufrido el planeta.

Pero lo importante, sin embargo, es que a mitad del siglo XIX se había roto definitivamente la cosmovisión del mundo como un lugar estable, sin casi variaciones en sus características físicas. La publicación en 1859 del libro de Charles Darwin sobre la evolución, El origen de las especies, marcó definitivamente el final de la época en la que se podía dar por hecho que el pasado era un lugar plácido donde se reflejaba el presente.

No está exento de cierta gracia que fuera justo en aquel momento, cuando se agotaba la primera edición del libro de Darwin, cuando el clima comenzaba a cambiar una vez más. No lo hizo, sin embargo, a un ritmo propio de las edades geológicas. Más bien al contrario, el cambio que estaba iniciándose se podría medir, por primera vez en la historia de nuestro planeta, en generaciones humanas.

GRIETAS EN EL AIRE

La ciencia básica es aquella que, demasiadas veces, no aparece en los informativos y los periódicos. Los descubrimientos que tienen lugar en su ámbito no tienen una utilidad práctica inmediata, y en algunos casos, esta no llega nunca, o lo hace después de muchos años.

Joseph Fourier, matemático y físico francés, pasó a la posteridad por sus trabajos sobre la transferencia de calor (de ahí viene la ley de Fourier) y series trigonométricas convergentes. Pero es posible que de aquí a unos años sea preciso destacar otro hito en su currículum: haber sido uno de los primeros científicos que propuso una relación entre la composición de los gases de la atmósfera y la temperatura terrestre (Fourier, 1824). Más aún: fue capaz de reconocer que, sin la capa gaseosa, la Tierra tendría una temperatura muy distinta, ya que esta ayudaba a retener parte de la energía que llegaba del Sol. Su texto en los Annales de Chimie et de Physique de 1824 comenzaba así:

La cuestión de las temperaturas terrestres, una de las más notables y más difíciles de toda la filosofía natural, se compone de elementos suficientemente diversos que deben ser considerados desde un punto de vista general.

¿Por qué era el clima como era? ¿En qué medida influían los gases? ¿Podía la actividad humana cambiar esta composición y, consecuentemente, cambiar el clima? El trabajo de Fourier abría la puerta a preguntas que aún no nos habíamos hecho, y lo hacía apenas cincuenta años después de que James Watt construyera la primera máquina de vapor moderna.

Eunice Foote fue la primera científica en relacionar de forma directa el ácido carbónico (como entonces se llamaba al dióxido de carbono) y el aumento de temperatura de la atmósfera. Pero el trabajo de Foote fue, como el de tantas otras mujeres, obviado y silenciado en un mundo eminentemente masculino. John Tyndall, filósofo natural inglés y experimentado alpinista, fue uno de esos hombres que pasó a la posteridad sin compartirla con Foote, a pesar de que el trabajo de esta era tres años anterior.

Tyndall no dejaba de pensar en la cuestión de la antigua edad del hielo, y cómo podía explicarse esta. Se había especulado con las propiedades de algunos gases, que podrían retener calor, pero durante mucho tiempo no se dispuso de ninguna evidencia experimental. Más de treinta años después de la publicación de las ideas de Fourier, y sin conocer (aparentemente) el trabajo de Foote, Tyndall encontró un camino hacia la respuesta. De las anotaciones en su diario sobre los experimentos que demostraban las propiedades de absorción de calor (radiación infrarroja) hasta la presentación de los resultados en la Royal Institution tan solo pasaron unas pocas semanas (Hulme, 2009). Allí, delante del príncipe Alberto, explicó cómo el dióxido de carbono, el metano o el vapor de agua absorben mucha más energía que el oxígeno o el nitrógeno cuando se exponen a radiación térmica. Tyndall acababa de describir lo que hoy en día se conoce como efecto invernadero, la piedra angular de la ciencia del cambio climático. Y lo hizo en 1859, cuando Darwin ultimaba su manuscrito, y el mundo acechaba una revolución que no se imaginaba y que removería sus fundamentos más profundos: el ser humano era una más de entre los millones de especies que poblaban el planeta. Más de un siglo después, sin embargo, la investigación de Tyndall nos llevaría a reconsiderar esta concepción, porque ¿qué especie es capaz de modificar el mundo hasta tal punto? Bien pocas, sin duda.

Si la ciencia del cambio climático fuera una película policíaca, el detective que señala al culpable y averigua sus pasos la noche del crimen podría muy bien ser Svante Arrhenius, un científico sueco fascinado (sí, también) por las edades de hielo prehistóricas. Arrhenius consideraba que el dióxido de carbono era la clave, y realizó distintos cálculos (Arrhenius, 1896) que, pese a ciertas imprecisiones y la falta de conocimientos de la época, resultan inesperadamente ajustados hoy en día. Doblando la cantidad de dióxido de carbono que había en la atmósfera en aquel momento, predijo Arrhenius, la temperatura global subiría entre 5 y 6 ºC de media. Esta previsión coincide con algunos de los escenarios planteados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC en adelante), y nos dice que hace más de cien años que teníamos señales sobre nuestra capacidad de alterar el clima.

Arrhenius calculó primero el enfriamiento que sufriría Europa si redujéramos a la mitad los gases de efecto invernadero (GEI) conocidos entonces, para lo que obtuvo un descenso de las temperaturas de entre 4 y 5 ºC. Fue su colega Arvid Högbom, que tenía mucha experiencia a la hora de estimar los ciclos de CO2 en el ámbito natural, quien le planteó calcular el gas emitido por las fábricas. Y fue entonces cuando se tuvo, por primera vez, la percepción clara de que estábamos añadiendo gases a la atmósfera a un ritmo comparable al de los procesos geológicos. Era, eso sí, una nota al margen del artículo publicado en 1896; una anotación despreocupada, hasta ligeramente optimista –después de todo, Arrhenius era sueco y unos pocos grados más de temperatura no representaban un escenario hostil, sino todo lo contrario–.

El siglo XIX había sido el de los descubrimientos, el de la transformación y el empequeñecimiento del mundo, el de la colonización. El del «cambio por el cambio», según Lewis Mumford. El siglo en el cual llegamos a todas las partes del planeta y soñábamos, como Jules Verne, con traspasar y dejar atrás la frontera planetaria. En el imaginario colectivo, el ser humano era el triunfador absoluto de la evolución que Darwin había desvelado, y ejercía disciplinada y entusiasmadamente el papel que se le había otorgado en la cosmovisión judeocristiana: el de someter a todos los animales y plantas que vivían, y extraerles el máximo rendimiento. También, sin embargo, era una época en la que se certificó la capacidad de transformación de la «naturaleza inanimada», como decía el subtítulo del libro (Sherlock, 1922) de Robert Lionel Sherlock El hombre como un agente geológico, publicado en 1922.

A pesar de algunos trabajos posteriores de Arrhenius, quien continuó investigando la cuestión (y tratando de explicarlo al público en su libro de 1908, La creación de los mundos), y las aportaciones de otros coetáneos, notablemente el geólogo norteamericano T. C. Chamblin, no fue hasta los trabajos de Guy Stewart Callendar al final de la década de 1930 cuando la teoría del calentamiento antropogénico del planeta tomó verdadera fuerza. Dentro del triunfalismo imperante sobre el papel de la humanidad (no tanto sobre la historia propia de los humanos, en un momento convulso y trágico), Callendar, un ingeniero aficionado a la meteorología, publicó en 1939 un trabajo (Callendar, 1939) en The Meteorological Magazine en el que relacionaba, de forma explícita, el aumento de las temperaturas –entonces ya detectable– y el incremento en la concentración atmosférica de CO2. La revista Time se hizo eco al cabo de poco tiempo. No obstante, Callendar, igual que Arrhenius, tampoco entendía el calentamiento como un problema, sino como una forma inesperada y bienvenida de retardar el retorno de una nueva edad del hielo. El mundo, además, se enfrentaba entonces a la segunda gran guerra en veinte años, y estas cuestiones desaparecieron de la actualidad de aquel momento, engullidas por los pozos de petróleo y el humo de los tanques.

En un artículo aparecido en junio de 2016 en el portal científico Naukas, Pedro Hernández (2016) hace un exhaustivo repaso de los avisos sobre el cambio climático de los que la prensa se ha hecho eco en las últimas décadas. Inicia la cronología con Callendar, para detenerse en un reportaje de una revista de 1950 titulado «¿Se calienta el mundo?» (Abarbanel y McClusky, 1950). En un pie de fotografía, como la que se puede ver en la figura 1.1, se lee: «Combatiendo el calor bajo una boca de incendios en Dallas, estos niños de Texas quizá piensen que ahora hace calor, pero tienen muchas probabilidades de crecer en un mundo más caliente del que sus abuelos nunca conocieron».


Figura 1.1 Imagen del Saturday Evening Post, julio de 1950.

Resulta chocante que un pie de fotografía sobre un tema que consideramos actual en 2016, y que podría aplicarse a cualquier escena veraniega, se escribiera hace más de sesenta años. Aquel mismo año el asunto también se trató de forma menos distendida en otra pieza clave, «El clima cambiante» de George T. Kimble (1950), en la prestigiosa revista Scientific American. La pregunta, que se formulaba al inicio del texto y que sintetizaba el debate sobre el cambio climático que brotaría con violencia a finales de los años ochenta y durante la década de los noventa, era:

¿Qué es exactamente lo que le está pasando a nuestro clima? ¿Es una mera fluctuación a corto plazo, o está en marcha un cambio a largo plazo?

Y a pesar del artículo de Kimble, a pesar de esta pregunta y las evidencias que se habían acumulado en torno a la relación entre las actividades humanas, la composición atmosférica y la temperatura planetaria, a pesar de más certezas que se acumularían en años siguientes, a pesar de los intentos de insertar el debate en la esfera pública y condicionar la política energética en el caso de Estados Unidos, la discusión no transcendió más allá de la anécdota y una preocupación creciente en círculos restringidos.

La pregunta es: ¿por qué?

EL VOLCÁN QUE LUCHABA CONTRA EL GIGANTE DE HIELO

Es habitual que en ciencia le pongan tu nombre, si la contribución ha sido suficientemente notable y singular, a una ley física, una reacción química o un planteamiento matemático. De aquellas personas que han pasado hasta el momento por estas páginas, hay unas cuantas cuyo nombre pervive en los libros de texto como el de una parcela del conocimiento científico y del saber compartido de nuestra especie.

Charles David Keeling tiene el honor, no exento de cierta opresión, de estar de actualidad permanente, y que cada año nos fijemos en la curva que lleva su nombre. La curva de Keeling1 es la gráfica más famosa de todas aquellas que tienen que ver con el cambio climático. Constituye el mensaje más claro y potente del acierto de Callendar, y de cómo de justificada estaba la preocupación de aquellos que se planteaban, allá por la década de 1950, si no debíamos estar trastocando demasiado las cosas.


Figura 1.2 Curva de Keeling. CO2 atmosférico en el Observatorio de Mauna Loa (datos a fecha de agosto de 2016).

Keeling, que había desarrollado un instrumento para medir con exactitud el dióxido de carbono en el aire, fue persuadido de continuar con su investigación en este campo por Roger Revelle, uno de los primeros científicos que estudió el calentamiento global por causas humanas, y también uno de los que hicieron posible el Año Internacional de la Geofísica, que acercó a científicos de los dos bandos de la guerra fría. Al cabo de poco tiempo, Keeling recibió financiación para establecer una base en Hawái, en el volcán Mauna Loa. La base se encontraba a miles de kilómetros del continente y también a 3.000 m, y este aislamiento no era casual: para medir la concentración de CO2 sin interferencias (como lo serían las ciudades, las fábricas o las infraestructuras) era necesario alejarse de la civilización.

La curva empieza en 1958 con un valor de 315 ppm (partes por millón, que quiere decir que de cada millón de moléculas del aire 315 son de CO2) y, desde entonces, no ha dejado de mostrar un aumento año tras año de la concentración del gas. Las variaciones mensuales, que le dan su característica forma de sierra, son debidas a los efectos de la vegetación: la mayor parte de las tierras emergidas se encuentra al norte del ecuador, y en la época de crecimiento (primavera-verano) capturan significativamente más carbono que en el otoño y el invierno. Keeling había hecho la fotografía perfecta de cómo respiraba la Tierra. Desgraciadamente, la tendencia de ascenso permanente permanece inmutable.

El dióxido de carbono, en las concentraciones actuales, no es tóxico; para envenenarnos respirando, la concentración tendría que ser mucho, mucho mayor de la que hemos alcanzado –o que previsiblemente alcanzaremos en el medio plazo–. La preocupación de Keeling al ver los datos no respondía, pues, a una amenaza inmediata de una nueva forma de contaminación, como sí que era el caso de otros subproductos de la combustión de combustibles fósiles (el plomo cuando se añadía como aditivo a la gasolina o los compuestos de azufre y partículas pequeñas que se liberan cuando se quema el carbón). La preocupación tenía que ver con la consciencia de estar perturbando una cosa enorme y desconocida como es el sistema climático, y estar haciéndolo a tientas, con los ojos vendados, sin saber exactamente qué botones tocamos ni qué nos encontraremos cuando encendamos la luz.

Mientras Keeling anotaba los datos desde Mauna Loa y los compartía con el resto de la comunidad científica, un hecho inesperado aconteció por todo el mundo: la temperatura media del planeta estaba disminuyendo. Hasta más allá de 1980 la temperatura no volvió a alcanzar los valores a los que había llegado en 1940, y en 1970 era casi de 0,2 ºC menos (0,5 ºC en el hemisferio norte) en el momento en el que Keeling se instalaba en el observatorio hawaiano. Dos décimas de grado pueden parecer poco pero, como veremos a lo largo de este libro, son todo un mundo.

¿Y entonces? ¿Estaban equivocados Callendar, Arrhenius, Keeling y todos aquellos que creían que un aumento de dióxido de carbono conllevaría un aumento de las temperaturas? Según los datos experimentales disponibles en aquel momento, sí: mientras subía la concentración del gas de efecto invernadero, bajaba la temperatura global.

Tanto es así que algunos científicos, convenientemente amplificados por algunos semanarios y periódicos, plantearon la posibilidad de estar encaminándonos hacia una nueva edad de hielo. Después de todo, encajaba con la glaciaciones cíclicas (hacía ya 12.000 años del deshielo que dio paso al Holoceno, la época geológica marcada por la expansión humana) y los datos climáticos disponibles. La revista Time titulaba, el 24 de junio de 1974: «¿Una nueva edad de hielo?» («Another Ice Age?», 1974).

La controversia y la perplejidad se extendieron al ámbito científico. En un artículo (Wigley y Jones, 1981) en Nature, de 1981, los autores comienzan así el manuscrito:

Pese a que es una creencia general que el aumento de los niveles de CO2 causarán un calentamiento global perceptible, los efectos no son aún detectables, posiblemente por el ruido de la variabilidad climática natural».

Ciento cincuenta años después de Agassiz, la variabilidad del clima era un hecho aceptado que no generaba ninguna polémica. No se veía como algo imposible que el calentamiento provocado por causas humanas –cuyos fundamentos físicos ya se conocían con exactitud– hubiera sido contrarrestado por alteraciones naturales sobre las que los humanos no teníamos ningún control.

Pero esta tampoco era la respuesta.

Solo unas semanas después, otro artículo (Hansen et al., 1981) comenzaba a entreabrir dos puertas, la del inesperado enfriamiento y la del cambio climático tal y como lo conocemos hoy en día. En la revista Science, un equipo de la NASA liderado por James Hansen explicaba sus predicciones hechas mediante modelos informáticos, con equipos y ordenadores infinitamente menos potentes y capaces que el teléfono móvil que tienes en el bolsillo. Sus resultados no dejaban lugar a dudas: al ritmo de crecimiento y de emisión de gei de la época, cabía esperar un calentamiento de 2,5 ºC en el siglo XXI, contando con la sustitución de parte de las energías fósiles por renovables.

Por eso una de las primeras frases decía:

La mayor dificultad a la hora de aceptar esta teoría ha sido la ausencia de calentamiento coincidente con el aumento histórico de CO2.

A principios de los ochenta nos encontrábamos en un punto de incertidumbre absoluta. La concentración del principal GEI continuaba aumentando y, de las cuatro décadas previas, tres habían sido de enfriamiento. ¿Y si estábamos entendiendo mal el efecto invernadero? ¿Y si en realidad no sabíamos cómo funcionaba el sistema climático? ¿Y si nos estábamos dejando algo?

LA SOMBRILLA DE HUMO Y CENIZA

Hace doscientos años no había radio, ni tocadiscos, ni videoclips, ni tampoco, claro está, canción del verano. Y sin embargo hubiera dado exactamente lo mismo, porque hace doscientos años no hubo verano.

Mientras que en Nueva Inglaterra, en Estados Unidos, se vestían con jersey y manoplas y recogían más de diez centímetros de nieve en junio (New England Historical Society), en el lago de Ginebra, entre Suiza y Francia, Mary Wollstonecraft y unos amigos miraban con desaliento por la ventana. Llovía, otra vez. El cielo estaba cenizo y uno de los presentes propuso escribir historias sobre fantasmas y temática sobrenatural. Wollstonecraft aceptó el reto de su amigo, que no era otro que Lord Byron, y de aquella noche nació Frankenstein o el moderno Prometeo, que fue publicado dos años después. Es posible que sin un verano anómalo como el de 1816 no disfrutaríamos hoy en día de toda la iconografía que rodea a Frankenstein –ni tampoco buena parte de la relativa a los vampiros, ya que otro de los que se encontraba en el lago, John Polidori, escribió El vampiro, que inspiraría posteriormente a Bram Stoker–.

Las percepciones sobre el tiempo de la que después sería conocida como Mary Shelley, que describía como lluvioso y nada estimulante, no respondían a una magnificación de los días desapacibles, como pasa a veces con nuestros recuerdos y la meteorología. Era tan solo la constatación de un verano que, en Europa Occidental, marcó temperaturas hasta 3 ºC más bajas de lo que era habitual. El culpable del frío a destiempo, sin embargo, no se encontraba en el continente, ni tan solo en aquel año. Había que buscarlo en el otro extremo del mundo, quince meses antes.

En abril de 1815, una explosión como ha habido pocas a lo largo de la historia humana sacudió la isla de Sumbawa, en Indonesia. El monte Tambora había entrado en erupción (Bessan, 2012).2 Más de 70.000 personas murieron, y las cenizas se extendieron no solo hasta miles de kilómetros de distancia, sino que también llegaron a la estratosfera. Allí, algunos de los compuestos, como el dióxido de azufre (SO2), después de experimentar reacciones de oxidación e hidratación, acabaron formando pequeñas gotas de ácido sulfúrico y agua, los llamados aerosoles de azufre estratosférico. Estos aumentaron más aún la opacidad de la atmósfera, con lo que se limitaba la penetración de los rayos del sol y, por lo tanto, el calentamiento de la superficie terrestre. El Tambora había creado una sombrilla para el planeta.


Figura 1.3 Pintura sin autoría conocida que ilustra, posiblemente, la erupción del Tambora.

La relación causa-efecto, que ahora parece tan evidente, no se descubrió hasta más de un siglo después (Conway, 2009). Aunque otros investigadores habían abordado el tema, fue el físico William Humphrey quien postuló, casi un siglo después, que la causa de la irritación de Mary Shelley era la furia de un volcán a más de 11.000 kilómetros, apenas un año antes. Sin embargo, la explicación no fue aceptada de forma inmediata, porque los registros meteorológicos de la época eran, en el mejor de los casos, precarios y poco fiables.

El Krakatoa, también en Indonesia y que entró en erupción en 1883, proporcionó más pruebas sobre el efecto de los volcanes en el clima, pero todavía eran insuficientes. No fue hasta 1991 cuando, con un instrumental infinitamente más preciso y multitud de medidas recogidas por todo el mundo, se pudo establecer definitivamente la repercusión que tenía verter miles de toneladas de ceniza volcánica a la atmósfera (Earth Observatory, 2001). El Pinatubo hizo temblar las Filipinas, y entonces sí que se pudo atribuir directamente un descenso en la temperatura global del planeta de 0,6 ºC, causada por el manto de aerosoles que bloqueaba de diez a cien veces más luz solar de lo habitual.

Así que sí, nos estábamos dejando algo. Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se produjo lo que ahora es conocido como «la gran aceleración», una época de extraordinario crecimiento económico y más extraordinario aún consumo de recursos. Se popularizó el avión como método de transporte, y el hambre por los combustibles fósiles entró en una espiral en la que todavía estamos inmersos. Al cabo de poco tiempo, es cierto, se emprendió la contención de los efectos nocivos más inmediatos, que causaron episodios como la Gran Niebla de 1952 en Londres (en inglés, The Great Smog, donde smog es la concentración de smoke, ‘humo’, y fog, ‘niebla’), que provocó entre 4.000 y más de 10.000 muertes según distintas estimaciones. Parecía claro que el desarrollo necesitaba hacerse más limpio. Y fue a partir de aquella época cuando se impulsaron una batería de leyes ambientales, donde la Clean Air Act de Estados Unidos (firmada en 1963 y heredera de la Air Polluction Act de 1955) tiene un papel sobresaliente, por el liderazgo y por cómo actuaba sobre el país más contaminante del mundo.

Cuando toda la normativa se hizo efectiva y algunas emisiones de partículas tóxicas comenzaron a disminuir, también fue adelgazándose la sombrilla atmosférica que nosotros mismos habíamos creado, dejando pasar más luz (¡a algunas ciudades británicas ni siquiera llegaban el 50 % de los rayos solares a nivel de tierra!). Y esto al mismo tiempo que las emisiones de gei se aceleraban cada vez más.

La paradoja que dejaba perplejos a muchos científicos climáticos al principio de la década de los ochenta (esto es, cómo es posible que disminuyan las temperaturas si sabemos que la adición de CO2 a la atmósfera las incrementa) tenía, al fin, solución. Además de una posible variabilidad natural del clima, el papel que tuvieron los aerosoles fue crucial. Eso sin contar con la ayuda de los volcanes, como es el caso de la erupción del monte Agung en 1963 (sí, lo habéis adivinado: también está en Indonesia).

Y entonces, ¿qué pasó a partir de 1981? Que el mundo volvió a cambiar, pero no por última vez.

1988, EL AÑO QUE CAMBIÓ EL MUNDO SIN QUE NADIE SE DIERA CUENTA

Hay avances revolucionarios sutiles, en los cuales se edifican los fundamentos que, muchos años después, marcarán el día a día de buena parte de los habitantes del planeta. Tendemos a recordar, sin embargo, aquellas fechas que se disfrazan de espectacularidad mediática, aunque su legado quizá se desvanezca.

En 1988, el año en que se pusieron en marcha los mecanismos que desembocaron en el colapso de la Unión Soviética, se detectó el primer planeta exosolar y, con él, se volvió a alimentar la fantasía de la exploración del espacio profundo. En aquel año, que había visto cómo se conectaba por primera vez Estados Unidos con Europa vía internet, también se comenzó a discutir sobre un acrónimo que iba a revolucionar por completo el mundo: www, la World Wide Web. El mejillón cebra fue encontrado en los grandes lagos norteamericanos, comenzando su trayectoria como una de las especies invasoras que más pérdidas económicas ha causado a escala mundial. Y, el día 23 de junio, James Hansen, el prestigioso científico de la NASA que ya había advertido siete años antes de la posibilidad real del calentamiento global, testificó frente a una comisión del Senado de Estados Unidos (Shabecoff, 1988).

Lo hizo después de años de recopilar pruebas en los que las incertidumbres que planteaba en su trabajo de 1981, y que hemos visto antes, se fueron disipando. Los modelos eran cada vez más fiables y las herramientas informáticas más potentes. Los datos climáticos recogidos por todo el mundo mostraban un calentamiento imparable, coincidiendo con las emisiones cada vez más aceleradas de CO2. Con la confianza de estar haciendo aquello que era necesario, como cuando años después protestaba frente a la Casa Blanca y era arrestado por la policía, Hansen utilizó un tono duro y claro para dirigirse a los políticos norteamericanos. «El calentamiento ha comenzado ya», aseveró, y pese a que no podía asegurar cuándo percibiríamos con claridad los efectos más allá de las medidas instrumentales, urgió a actuar. Lo hizo, además, en un año en el que las olas de calor causaron entre 4.800 y 17.000 muertes no naturales en su país, que sufría asimismo una fuerte sequía.

En 1988, sin embargo, también se había puesto en marcha un nuevo reloj: el de las generaciones futuras. El mantra del ecologismo antropocéntrico –el mundo que legaremos a los que todavía no han nacido– cristalizó en el informe de 1987 de la ONU «Nuestro futuro común» (UN, 1987), también conocido como «Informe Brundtland», por la primera ministra noruega que lideraba la comisión. Después de novecientos días de estudio y de reuniones, emergió un concepto con fuerza, el de desarrollo sostenible. Arraigado en la antigua visión de una gestión durable y no depredadora de los recursos naturales, especialmente en aquello que se refería al monte, la comisión de Naciones Unidas amplió y dotó de contenido un concepto que no podía llegar en mejor momento. La definición más comúnmente aceptada de desarrollo sostenible, que es la que acordó la Cumbre de Río de 1992 (conocida como la Cumbre de la Tierra), es la siguiente (UNEP, 1992):

El derecho al desarrollo ha de ser satisfecho de forma que satisfaga de forma equitativa las necesidades de desarrollo y ambientales de las generaciones presentes y futuras.

Y sin duda el cambio climático, tal como había enunciado Hansen y mostraban cada vez más estudios, ponía en riesgo esta capacidad para satisfacer las necesidades de aquellos que habitarían la Tierra al cabo de unos pocos años. ¿Cómo las satisfarían quienes perdiesen la casa por el aumento del nivel del mar? ¿Cómo garantizar un futuro a quien dependía de unas cosechas cada vez más escasas por la sequía recurrente y los récords de calor?

Si el informe es de las postrimerías de 1987, es en 1988 cuando se activa el reloj de las generaciones futuras. Es entonces cuando comienzan a nacer aquellos a quienes teníamos que legar la Tierra, y que corrían el peligro de heredar un planeta exhausto. Es a estas generaciones a las que se dirige Hansen cuando dice, textualmente, que el calentamiento «está sucediendo ya». Lo hace sabedor del hecho de que ya nadie habla de una nueva edad del hielo, y que quizá están llegando tarde a las advertencias que se escucharon en la primera mitad del siglo, a las previsiones de Callendar, a los cálculos de Arrhenius.

Afortunadamente, ni Hansen ni tampoco la Comisión Brundtland estaban solos. El año 1988 fue también el de la creación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el ipcc. Partiendo del embrión del Grupo Asesor en Gases de Efecto Invernadero (AGGG), creado un par de años antes, la Organización Meteorológica Mundial (WMO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) pusieron en marcha un ente nuevo y cooperativo, que sería el encargado de compilar la información sobre el cambio climático a escala mundial. El organismo, que nacía con una estructura poco ágil, se convirtió al cabo de pocos años en un ejemplo de cooperación científica internacional. Por ello recibió el Premio Nobel de la Paz de 2007, junto al exvicepresidente de Estados Unidos, Al Gore.

¿Qué es el IPCC hoy en día? Un grupo enorme de científicos y técnicos que, en multitud de comisiones, elaboran los informes más completos sobre cambio climático, los que tendrán que informar a las políticas. A diferencia de otras disciplinas científicas, en la investigación sobre cambio climático hay un organismo que centraliza los datos disponibles, a partir de los cuales hace previsiones, intentando en todo momento que sean accesibles a la población y a cualquier responsable de políticas públicas que se interese por ellos. Obviamente, la investigación en el campo del cambio climático continúa por muchos otros caminos, y se publica en multitud de revistas científicas, pero el caso es que, afortunadamente, tenemos un nodo que nos proporciona información contrastada, de calidad y actualizada.

La pregunta, está claro, no puede ser otra: ¿qué nos dicen estos informes?

Y también: ¿qué diablos es «el palo de hockey»?

1.Keeling curve, Earth System Research Laboratory, NOAA. (Acceso e imagen de la curva del día 20/08/2016).

2.El autor del artículo donde aparece la pintura tampoco es capaz de dar una autoría para la imagen, y a pesar que la he buscado exhaustivamente, no he conseguido tampoco descubrir al autor o autora.

2

DE TAHÚRES Y TERMÓMETROS

Estos últimos años se ha constatado que la actividad económica de los humanos influía sobre procesos naturales de gran alcance, lo que ha desvelado un interés creciente por los problemas ecológicos globales. Aunque las condiciones naturales sobre una parte importante del planeta hayan ido cambiando desde hace mucho tiempo por efecto de influencias antropogénicas, hasta un pasado reciente estos cambios no constituían, en el fondo, más que una suma de modificaciones locales, que se extendía gradualmente por vastas superficies como consecuencia de la extensión de la esfera de actividad económica de los humanos.

Así, por ejemplo, la destrucción de los bosques en un continente no influía sobre el estado de los otros continentes, la construcción de presas en tal o cual río no afectaba al caudal de otros ríos sin relación con los primeros, etc. Pero la situación es bien diferente desde el momento en que los humanos comienzan a actuar sobre los procesos naturales globales; en este caso, la acción ejercida sobre el medio de una región puede modificar las condiciones naturales en otras regiones muy lejanas.

Mikhaïl I. Budiko, 1977

Global’naja ekologija (‘Ecología global’)

LA ARMADURA INVISIBLE

El cambio climático es una de aquellas materias que, sorprendentemente, exhibe una naturaleza dual a la hora de ser explicada: pese a que sus implicaciones y ramificaciones son extraordinariamente complicadas de entender y prever, sus fundamentos son maravillosamente sencillos.

Cuando se habla de cambio climático, no obstante, se suelen mezclar al menos cuatro conceptos interrelacionados, pero no sinónimos (más adelante veremos cómo esto también tiene un impacto sobre la comunicación y la percepción del problema por parte de la ciudadanía). Son el efecto invernadero, el calentamiento global, el cambio climático antropogénico y el cambio global, y es necesario hacer una pausa antes de continuar.

El efecto invernadero

El efecto invernadero es el proceso físico por el que el planeta Tierra está más caliente de lo que lo estaría sin la atmósfera, gracias a la presencia de determinados gases. Son los llamados gases de efecto invernadero (GEI), que aunque se encuentran en concentraciones muy pequeñas, son capaces de conservar parte del calor que irradia nuestro planeta mientras –aquí está la clave– dejan pasar radiación de onda corta, es decir: la luz del sol.

Los más importantes, por concentración y por capacidad de retener calor, son el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O) y distintos gases de la familia de los clorofluorocarbonos (CFC y HFCF), así como el vapor de agua (H2O) y el ozono (O3), cuando este se encuentra a nivel de tierra (es decir, en la troposfera). De forma similar a como actúa un invernadero de cristal, que conserva el calor aunque deja pasar la luz (y por eso el bochorno que hace siempre: podéis comprobarlo en cualquier jardín botánico), los gases de efecto invernadero calientan la Tierra. El equilibrio entre una superficie que sobre todo refleja (por ejemplo, nubes, nieve o aerosoles) y aquello que predominantemente absorbe (como los océanos o la mayor parte de la tierra) se produce de tal forma que la temperatura media del planeta es de 15 ºC. Eso son treinta y tres grados más que los –18 ºC con los que nos encontraríamos si no fuera por los GEI, y es lo que se considera la «temperatura de equilibrio» de la Tierra. Debemos nuestra existencia a los GEI, no nos olvidemos; sin ellos, la vida en la Tierra hubiera sido casi imposible.

Los GEI se definen según su potencial de calentamiento global (GWP, por las siglas en inglés). Es una medida de cuánta energía podría añadir al calentamiento atmosférico un gas durante un tiempo definido, tomando como referencia el CO2. El GWP de una molécula depende de tres factores:

1. La longitud de onda a la que absorbe la molécula (tiene que estar en la parte infrarroja del espectro electromagnético, es decir: ha de ser capaz de absorber radiación calorífica).

2. La capacidad de absorber el calor (que depende de la estructura de la molécula y de los enlaces entre los átomos, así como del número de estos).

3. La vida atmosférica media de la molécula (cuanto más persistente sea, más calentamiento producirá).

La concentración de los distintos GEI ha variado enormemente a lo largo de la vida de nuestro planeta, de la misma forma que lo ha hecho el clima. No ha existido nunca tal cosa como un clima inmutable, ni es malo que cambie. De hecho, todo aquello que comprende la historia humana ha sucedido durante un breve periodo de calentamiento. Pero este mismo éxito evolutivo y cultural es el que también está en riesgo, ahora mismo, por los efectos no deseados de la eclosión de progreso que hemos vivido en los últimos doscientos años.

El calentamiento global

Al añadir más GEI de los que el sistema Tierra puede asimilar (en forma de vegetación o incorporándolos a los océanos), parte de estos gases se quedan en la atmósfera, incrementan su concentración y, por tanto, contribuyen a potenciar el efecto invernadero. Eso es lo que intuían Fourier o Tyndall, y lo que calculó Arrenhius. Este aumento de temperatura, además, será irregular a escala regional (unas partes se calentarán más que otras) y no se limitará únicamente a la atmósfera: también se calentarán la tierra y los mares.

La parte importante, sin embargo, es la que va más allá de los termómetros.

El cambio climático antropogénico

El tiempo no es el clima. Es una confusión habitual y, hasta cierto punto, alimentada por los medios de comunicación: ¿cómo podemos estar tan seguros de las predicciones climáticas de aquí a cincuenta años si no somos capaces de predecir con certeza el tiempo que hará mañana? Es una pregunta absolutamente legítima que tenemos que saber contestar, porque en caso contrario, si no eliminamos la ambigüedad, no seremos capaces de explicar ni la gravedad ni las implicaciones del calentamiento global. Es este enredo, y no otro, el que da pie a las negaciones del cambio climático por el hecho de vivir un episodio de frío extremo en invierno o unas lluvias torrenciales en verano.

Quien mejor –y de forma más sencilla– explicó la diferencia entre tiempo y clima fue el divulgador científico Neil deGrase Tyson en el documental televisivo Cosmos. Mientras pasea por la playa, hablándonos despreocupadamente del asunto, lo hace con un perro al lado, sujeto con una correa. DeGrasse va caminando lentamente y el perro, mientras tanto, da vueltas, se detiene a oler unas piedras, se gira hacia las dunas, se moja las patas en las olas. Es imposible saber qué hará al momento siguiente pero, sin embargo, sí que podemos conocer dónde estará aproximadamente en diez, veinte o cien pasos: muy cerca de DeGrasse, como máximo a una distancia no superior a la correa que lo sujeta. El perro es el tiempo: caótico, difícil de predecir, muy variable. El divulgador, en cambio, es el clima: puede modificar ligeramente la dirección de sus zancadas, pero es fácil saber dónde estará al cabo de un minuto o un cuarto de hora, porque conocemos la trayectoria. Pese a que se nos presente como contraintiutivo, que no podamos asegurar dónde se encontrará el perro en el instante siguiente, ello no implica que no podamos predecir, con un grado de certeza razonable, dónde estará de aquí a cinco minutos, de la misma manera que sabemos que julio, de media, será más caluroso que mayo, por mucho que haya algún día de este mes igual de tórrido que uno de pleno verano.

El clima también cambia, y lo hace, como veremos, incontables veces. Sin embargo, en esta ocasión lleva apellido. Antropogénico implica que está causado, fundamentalmente, por los seres humanos. El calentamiento producido como consecuencia del fortalecimiento del efecto invernadero ha provocado, y provocará, cambios que van mucho más lejos de la mera lectura de la temperatura. El cambio climático implica modificaciones de los patrones de precipitaciones (cuándo llueve, cómo lo hace y dónde), de la evaporación, de las corrientes oceánicas, de la circulación atmosférica o de los fenómenos meteorológicos extremos. Además, hay que tener en cuenta que siempre hablamos de valores medios: que el calentamiento previsto implique una subida de 2 a 5 ºC no quiere decir que aumente igual en todos los sitios, de la misma forma que una temperatura media planetaria de 15 ºC no quiere decir que haga el mismo frío en Siberia que en el ecuador.

El cambio global

Quizá a veces leeréis también la expresión cambio global. ¿Y eso qué es? No es otra cosa que la forma que tenemos de llamar a todos los efectos de la actividad humana sobre el medio ambiente, no solo a aquellos que tienen que ver con el clima. Engloba desde la contaminación de aguas, suelos y aire, hasta la ocupación de la superficie terrestre para ganadería o agricultura, pasando por la extracción de minerales o la sobrepesca, entre muchas otras cuestiones. Pese a ser un asunto que sobrepasa con creces el objetivo del presente libro, es necesario tener en cuenta que el cambio climático no es ajeno al resto de transformaciones que los humanos hemos ejercido sobre el planeta, sino que se imbrica y las potencia en muchos casos. Y ahora, vamos al grano, que viene el verano.

LECCIONES DE CLIMAS PASADOS

Una de las leyendas más conocidas sobre el descubrimiento de los mamuts es aquella que dice que, cuando encontraron uno de estos enormes elefantes lanudos enterrados en la nieve, los exploradores alimentaron con el hallazgo a los perros de los trineos, de tan hambrientos y exhaustos que estaban y de cómo de bien preservada que estaba su carne. Sea o no cierta la historia, el caso es que los mamuts nos hablan con una vivacidad inesperada de un clima que ya no existe. Su desaparición, sin embargo, no responde tanto al calentamiento natural que ha experimentado el mundo (y particularmente el hemisferio norte) en los últimos 12.000 años, como a una cacería sistemática perpetrada por los humanos, y que se aceleró de forma notable con la domesticación de los perros (Shipman, 2014).


Figura 2.1 Imagen recreada de dos ejemplares de Mammuthus columbi, una especie de mamut que vivió en América del Norte entre 100.000 y 9.000 años atrás (imagen: R. Bruce Horsfall) (Scott, 1913: 198).

Cuando se habla de cambio climático y se tropieza con el escepticismo sobre la posibilidad del mismo cambio, solo debemos recordar que hace unos pocos miles de años –una pequeñísima fracción del tiempo geológico– media Europa estaba cubierta de nieve, y los océanos estaban más de cien metros por debajo de su nivel actual. ¡Si hasta hay una conocida franquicia de películas de animación que ha hecho de la glaciación su tema principal!

Estas glaciaciones, con las que convivió nuestra especie y también otros homínidos (como el hombre de Neandertal), han sido cíclicas a lo largo del Cuaternario, que es el periodo de tiempo geológico actual y que comenzó hace dos millones y medio de años. Este, a su vez, se subdivide en dos épocas: el Holoceno, que es la que estamos viviendo, y se inició hace 12.000 años, y el Pleistoceno, que comprende el resto. Es durante esta época cuando se han sucedido las glaciaciones cíclicas, en las que la temperatura bajaba drásticamente para después recuperarse durante un periodo entre los 30.000 y los 40.000 años. ¿Qué provocaba estos cambios? Los humanos, eso está claro, no teníamos la culpa.

A pesar de que cuenta con aportaciones diversas y ha sido modificada con posterioridad, la teoría que trata de explicar estos cambios se conoce como la de los Ciclos de Milanković, en honor al científico serbio que propuso que lo que causaba los ciclos glaciales eran las variaciones del eje terrestre. Hoy sabemos que hay más factores implicados, a parte de la inclinación del eje (que influye directamente en la cantidad de energía solar que recibimos), como son la elipticidad y la inclinación de la órbita planetaria o la precesión de los equinoccios. Imaginaos una peonza que lanzáis en el patio de la escuela y varía la forma de girar mientras se mueve: tendréis una imagen que se aproxima bastante, aunque a cámara rápida. La suma de todos estos movimientos –a pesar de algunas críticas– se acepta actualmente como la causa de las glaciaciones de buena parte del Pleistoceno.

En 1987, el año anterior al que cambió el mundo sin proponérselo, se publicó un estudio en la revista Nature que contribuyó también, de forma notable, a la ciencia del cambio climático. Hablaba de la obtención de datos sobre la concentración de dióxido de carbono en los últimos 160.000 años, gracias a unas muestras de hielo del lago Vostok, en la Antártida (Barnola et al., 1987). Desde entonces, las muestras del Vostok y de otros lagos helados no han hecho más que crecer en calidad y en cantidad, pero... ¿cómo se las arreglan para averiguar la composición de la atmósfera de hace miles de años a partir del hielo?


Figura 2.2 Reconstrucción de la variación de las temperaturas y del volumen del hielo a lo largo de los últimos 450.000 años a partir de muestras del lago Vostok y del proyecto europeo EPICA, también en la Antártida (imagen a partir de la elaborada por Robert A. Rohde).

Cuando la nieve cae, atrapa minúsculas burbujas de aire en las capas que va formando. Durante miles de años se van acumulando, y la propia estructura del hielo ya nos informa de si se amontonó de repente o fue una deposición más lenta. Tomando testigos del hielo (esto es, extrayendo cilindros) a distintas profundidades, podremos recuperar estas burbujas. Cuanto más profundo, más antiguo. Para llegar a los datos que tenemos en el gráfico, de cerca de medio millón de años, se han perforado casi cuatro kilómetros.

Y una vez que tenemos las burbujas, ¿cómo llegamos a las temperaturas? El proceso es complejo, pero se fundamenta en la presencia, en las moléculas de agua (H2O), de distintos isótopos del oxígeno. ¿Qué es un isótopo? Un átomo de un elemento con los mismos protones (que tienen carga positiva), pero que difiere en el número de neutrones (que no tienen carga) y, consecuentemente, en su masa (unos isótopos pesan más que otros). En los estudios sobre el clima tienen especial relevancia el 16O y el 18O, isótopos de oxígeno estables (no radioactivos) ya que ambos tienen 8 protones, pero sus núcleos contienen 8 y 10 neutrones respectivamente. Con un aparato llamado espectrómetro de masas, se puede saber la composición isotópica de una muestra de agua, y averiguar la proporción entre ambos (el 16O constituye habitualmente el 99,76 % del oxígeno en el agua, y el 18O tan solo el 0,20 %). En la proporción está la clave, ya que la diferente masa atómica condiciona la evaporación y precipitación de las moléculas de agua, hecho que está en relación directa con la temperatura; en las épocas frías, los océanos se enriquecen en 18O (es más fácil evaporar el isótopo más ligero).

Pero ¿y si queremos ir más allá? También podemos inferir la temperatura mediante distintas técnicas, entre las cuales está el estudio de la composición química de las conchas de los foraminíferos (unos seres vivos minúsculos que mayoritariamente viven en el mar). Con esta y otras herramientas de exploración de tiempos pretéritos sabemos, por ejemplo, que el último gran calentamiento tuvo lugar hace 56 millones de años, y se le conoce como máximo térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM), para marcar la divisoria entre las dos épocas geológicas. La temperatura aumentó, en poco más de 10.000 años, cerca de 5 ºC, lo que es un abrir y cerrar de ojos si pensamos en los 4.500 millones de años que tiene la Tierra.

También podemos, sin embargo, encontrar historias de cambios climáticos más cercanos. Sorprendentemente cercanos, podríamos decir, ya que hace solo unos siglos de los más recientes. Durante los últimos mil años la humanidad, y muy especialmente en el hemisferio norte, ha experimentado dos pequeños cambios climáticos que, no obstante, tuvieron consecuencias perceptibles sobre las sociedades de la época.

El primero es el que se conoce como Periodo Cálido Medieval, en el que se puede observar un ligerísimo calentamiento hacia el año 1.000 d. C. Aunque algunos autores relacionan un resurgimiento cultural y económico (como Brian Fagan [2008]) y hablan de las exploraciones de los vikingos (que incluso habrían llegado a Terranova) como muestra de cómo de cálido era el clima entonces, investigaciones recientes ponen en duda que fuera así (Young et al., 2015).

De lo que quedan más registros es, por el contrario, de la Pequeña Edad de Hielo, un periodo que alcanza, aproximadamente, desde el año 1300 hasta el 1850. Aunque las temperaturas registradas no se parecen en ningún caso a las de una auténtica edad de hielo de hace miles de años, el enfriamiento fue suficiente para que escenas como la siguiente se convirtieran en habituales en el centro de Europa.


Figura 2.3 Una escena de invierno con patinadores al lado de un castillo, Hendrick Avercamp, 1609.

Si bien es cierto que aún hace frío en el continente, y que algunos ríos se hielan en el invierno, también lo es que estos espectáculos ya no se producen, ni mucho menos, con la misma asiduidad. La pintura holandesa de los siglos XVII y XVIII nos proporciona numerosos ejemplos del rigor del clima, y de cómo la gente se adaptó y hacía su vida. Uno de los que mejor captó el ambiente gélido fue el pintor neerlandés Hendrick Avercamp, sobre el que la National Gallery de Washington organizó una exposición en 2010 con la temática exclusiva de la Pequeña Edad de Hielo.

Pero no nos podemos fiar solo de los cuadros para inferir el clima de hace quinientos años, y como el registro instrumental es limitado, ¿dónde miramos? Como dice aquel dicho, busca en los lugares más inesperados y encontrarás la respuesta.

Y es que ciertamente buscar datos climáticos en una iglesia puede resultar desconcertante, pero puede ser muy esclarecedor. Porque... ¿qué hacían los habitantes de los pueblos del siglo XVII cuando no llovía y peligraba la cosecha? Mirar el cielo con impaciencia, eso seguro, pero también rezar, salir de procesión y hacer plegarias y donativos. Preguntar en la sacristía es lo que hizo el investigador Mariano Barriendos por distintas poblaciones españolas (Barriendos, 1997), y encontró que el enfriamiento era menos acusado que en el norte de Europa; no obstante, otros estudios en la cuenca mediterránea han encontrado indicios de inviernos excepcionalmente duros, como el de 1683-1684 en Italia (Diodato y Bellochi, 2011).

¿Dónde más podemos indagar? En el fondo de una botella de vino, por ejemplo. O, para ser más precisos, en los registros sobre el inicio de la vendimia y lo que se recogía. Y, como no podía ser de otra manera, uno de los registros más antiguos de los que disponemos se encuentra en Francia, iniciado en 1484. Comparando los datos de inicio de la recolección de la uva con las temperaturas registradas en De Bilt (Países Bajos) para el periodo 1484-1879, se observa una correlación significativa (Burrough, 2007). Otros investigadores se han fijado en la producción de trigo y otros cereales, y especialmente –porque es de lo que más anotaciones quedan– del precio que se pagaba por ellos (Pfister y Brádzil, 2006): ¡cuanto más escaso, más caro!

Estas observaciones artísticas, religiosas y económicas nos dan una idea general del panorama, pero para pulir y afinar la reconstrucción del pasado nos hacen falta los llamados proxies climáticos. Estos son medidas físicas que nos permiten inferir, con ciertas garantías, las temperaturas pasadas. Los más importantes, pero no los únicos, son:

– Testigos del hielo y sedimentos: como hemos visto con el ejemplo del lago Vostok, la nieve es una fuente fiable para entender la atmósfera de hace miles de años. Los sedimentos marinos y de lagos constituyen también un buen registro sobre las precipitaciones (si llueve mucho y de forma más violenta se acumulan más sedimentos, con arena, grava y piedras de mayor tamaño), y a la vez permiten extraer la relación entre los isótopos de oxígeno, de la misma manera que en los testigos de hielo.

– Agujeros y pozos: es posible inferir las temperaturas pretéritas con medidas directas a partir de excavaciones a una cierta profundidad, aunque esta técnica presenta una gran variabilidad.

– Los anillos de los árboles: la dendroclimatología es la ciencia de determinar los climas a partir de los anillos y del crecimiento que muestran, y si encontramos árboles suficientemente viejos, es una medida fiable y muy útil.

– Hojas y polen: tanto las hojas fósiles como el polen que se preserva en los sedimentos son herramientas muy potentes para reconstruir climas (e incluso paisajes) pasados.

– Corales: los esqueletos de estos animales exhiben también bandas, al estilo de los anillos de los troncos de los árboles, que pueden ser leídas.

– Otros organismos: como por ejemplo los ostrácodos, unos pequeños crustáceos (de 0,5 a 2 milímetros en la mayoría de especies) que poseen una valva carbonatada, y que gracias a su ubicuidad y diversidad han permitido reconstrucciones paleoambientales tanto de ambientes marinos como continentales.


Figura 2.4 Reconstrucciones paleoclimáticas para el periodo 1000-2000 y anomalía de temperatura (modificado a partir de una figura original de 2005 de Robert A. Rohde para el Global Warming Art Project).

En el caso particular de la Pequeña Edad de Hielo, todos estos proxies apuntan a que, efectivamente, hubo un enfriamiento en el hemisferio norte durante más de cuatrocientos años, como podemos ver en el gráfico (que muestra una serie de reconstrucciones distintas, pero coincidentes en las tendencias).

Tenemos la suerte, además, de contar con medidas directas de la actividad directa del sol, gracias a las manchas que suelen aparecer en él de forma habitual. Diversas investigaciones han encontrado que, aproximadamente entre 1645 y 1715, hubo un mínimo de actividad del astro, lo que se conoce como el mínimo de Maunder. Se piensa que esto contribuyó de forma notable al enfriamiento (Lockwood et al., 2010) aunque, según algunos investigadores, lo que inició la Pequeña Edad de Hielo no fue el sol, sino los volcanes (Miller et al., 2012). Lo más probable, sin embargo, es que se tratara de una combinación de ambos procesos.

Así que sí, el clima ha cambiado. Y lo ha hecho tanto si nos fijamos en el tiempo geológico y volvemos la vista millones de años atrás, como si nos vamos a hace tan solo unas décadas. La pregunta, evidentemente, es ¿somos los humanos capaces de ejercer el papel del sol y de los volcanes, y producir un cambio abrupto en el planeta que habitamos desde hace tan solo unos milenios?

CAMBIO CLIMÁTICO ANTROPOGÉNICO: ¿ESPEJISMO O REALIDAD?

Conocer el pasado es una herramienta imprescindible para entender qué afecta, y qué no, al sistema climático. Es la base para interpretar un presente cambiante que, sin duda, se encamina hacia un rango de temperaturas en el cual no ha vivido nunca ningún humano.

La diferencia fundamental de las reconstrucciones climáticas del pasado –que presentan, de forma inherente, un grado no despreciable de incertidumbre– y las medidas actuales es la calidad y la ubicuidad de las medidas instrumentales. Tenemos observatorios, satélites espaciales, sondas y boyas de altísima precisión por todo el planeta, que monitorizan su estado constantemente. Y lo que nos dicen es inequívoco: el planeta se calienta. No hay ninguna clase de controversia en este punto (después veremos quiénes son y por qué surgieron los autodenominados escépticos del cambio climático). La pregunta sobre el cambio climático no es ya si está sucediendo, sino cómo de rápidamente y con qué alcance.

Pero que eso lo diga yo –aunque sea en un libro como este– no tiene ninguna validez. Es el registro instrumental y los miles de científicos que han analizado los datos los que lo validan. Veamos cómo lo han hecho.

Una peligrosa victoria en el juego de la cuerda

Seguro que recordáis, cuando eráis pequeños, el juego de la cuerda: cada equipo estira por un extremo y el primero que consigue que el contrario pase la línea que divide el terreno gana. Pues bien, si los humanos estuviéramos jugando una partida con el planeta y la línea central fuera el equilibrio climático, sin duda ganaríamos: somos más fuertes que el equipo contrario. ¿Es eso posible?

Decir que los humanos estamos desequilibrando el clima no quiere decir que tengamos más poder que la naturaleza. Solo el Sol, en una hora, nos envía toda la energía que consumimos durante un año. Lo que sí que podemos hacer es, con nuestra contribución, descompensar el estado actual del clima. Como hemos visto, el clima no solo ha variado muchísimo a lo largo de la historia geológica del planeta, sino que también ha experimentado oscilaciones cuando nuestra especie ya estaba aquí. Lo que pasa, sin embargo, es que estamos forzando el clima en una determinada dirección, como si moviéramos el morro de un avión tan solo un grado: tras diez kilómetros no lo notaría nadie, pero al cabo de mil estaríamos bastante lejos de la ruta. Tomad papel y lápiz y haced una prueba.

El forzamiento radiativo se define técnicamente como la diferencia de insolación absorbida por la Tierra y la energía radiada de retorno al espacio, y se suele cuantificar en la tropopausa (la frontera entre la troposfera y la estratosfera, las dos capas más bajas de la atmósfera) en unidades de Watts por metro cuadrado. Un forzamiento positivo comporta que se conserve más energía por debajo de la tropopausa (es decir, en la troposfera, que es donde suceden los fenómenos meteorológicos y la capa de la atmósfera que nos rodea), y uno negativo, que se escape más energía. Cuando hablamos de equilibrio climático lo hacemos, esencialmente, de equilibrio para un periodo entre los distintos forzamientos, que pueden ser perturbados puntualmente. Así, por ejemplo, un volcán como el Tambora añade un forzamiento negativo, ya que los aerosoles expulsados contribuyen a reflejar parte de la luz del sol que nos llega.

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