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MANUAL DE ESCRITURA

© Andrés Hoyos Restrepo

© Libros Malpensante, 2015

Séptima impresión, marzo de 2020

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

por cualquier medio sin la autorización del editor.

Diseño de cubierta

George Anderson Lozano y Ángel Unfried

Ilustración de cubierta

© Neil Webb

Diagramación

Vicky Mora

Apoyo en investigación

María José Montoya

Apoyo en edición

Adriana Gómez

Asistencia editorial

Daniela Espitia y Karim Ganem Maloof

Producción libro electrónico

eLibros Editorial

Impreso en Bogotá por Delfín S.A.S.

ISBN 978-958-58942-1-1 (impreso)

ISBN 978-958-53861-1-2 (epub)

LIBROS MALPENSANTE

Fundadores

Andrés Hoyos Restrepo y Rocio Arias Hofman

Dirección editorial

Andrés Hoyos

Editor

Karim Ganem Maloof

Dirección ejecutiva

Diana Castro Benetti

Tel. +51 (1) 320 0120

Calle 35 N. 14-27

Bogotá, Colombia

www.elmalpensante.com

CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

PREÁMBULO: EL ESPAÑOL, UN IDIOMA INTERNACIONAL

EL PURISMO O LA HIPERCORRECCIÓN

LA CORRECCIÓN POLÍTICA

LA ÉTICA DE LA ESCRITURA

I. REGLAS BÁSICAS

1. Las oraciones simples van así: sujeto, verbo, predicado, punto, en ese orden

2. El verbo es el eje de la oración

3. En una enumeración use comas después de cada elemento, salvo antes del último

4. Ponga los incisos entre comas

5. Otras comas obligatorias

6. Las oraciones compuestas tienen reglas de puntuación cuya lógica conviene dominar

7. Use el punto y coma para unir oraciones independientes

8. En materia de puntuación, tanto el defecto como el exceso son perniciosos

9. Las reglas de la concordancia son flexibles, pero hay límites

10. Use tantos pronombres como pueda y tantos nombres como necesite

11. La ortografía

Recapitulación

II. LA ORACIÓN Y EL PÁRRAFO

12. Evite la monotonía

13. Evite la confusión

14. Los conectores son necesarios, pero se prestan a confusiones y abuso

15. Refuerce la unidad interna de su escritura

16. Aprenda a separar los párrafos

17. Un párrafo debe poder vivir aislado

18. Suprima usted mismo lo superfluo

19. El párrafo promedio: longitud, variedad, orden y condimentación

20. Unidad dentro de la diversidad: los párrafos han de conformar un equipo

21. El lead y la coda: lo que bien comienza, bien termina

III. LA SEMILLA, LA FORMA Y LA TÉCNICA

LA SEMILLA

LA FORMA Y LA TÉCNICA

22. La voz activa es preferible a la voz pasiva

23. La afirmación es preferible a la negación retórica

24. La precisión es preferible a la vaguedad

25. Use oraciones subordinadas para potenciar su escrito

26. No excluya al lector

27. Aproveche los guiones, los paréntesis, las cursivas y las comillas

28. Evite las repeticiones innecesarias y las preguntas retóricas

29. Escriba, en lo posible, al derecho

30. Simplifique los verbos y no confunda los tiempos

31. Aprenda a meter y sacar material de un escrito

Expresiones comunes y sus alternativas

Inventario mínimo

IV. APROXIMACIÓN AL ESTILO

LA ESCRITURA COMO SEDUCCIÓN

32. Procure ser claro, simple y breve

33. Privilegie los sustantivos

34. Evite las nominalizaciones y demás transposiciones verbales

35. Pastoree sus adjetivos

36. Economice los adverbios terminados en mente y otros adverbios

37. No abuse de los pronombres

38. No abuse de los posesivos

39. Edite las expresiones superfluas y evite los rodeos innecesarios

40. Recurra a un vocabulario variado y preciso, pero no rebuscado o pretencioso

EL IDIOMA POMPOSO

EL IDIOMA PRETENCIOSO

41. De clichés, muletillas, metáforas, alegorías y demás tropos del lenguaje

42. Evite las palabras feas

43. Use el argot con cuidado

44. No haga ruido innecesario, afirme solo lo que pueda afirmar y sea parco en los énfasis

45. Muestre, no enuncie

46. Mantenga el tono, distinga entre niveles de formalidad y no violente los contextos

47. Aproveche los detalles, las anécdotas y los ejemplos

48. Editorializar, pros y contras

49. Huya de las jergas y los tics

50. No sobrecargue los diálogos

Recapitulación

V. EXPRESIONES, USOS Y PALABRAS CONTENCIOSAS

ERRORES COMUNES

OTROS ERRORES PUNTUALES

HIPERCORRECCIÓN

LA PELEA CONTRA LOS NEOLOGISMOS Y LOS EXTRANJERISMOS

VI. EDICIÓN, CORRECCIÓN Y VERSIÓN FINAL

EL LECTOR

LA EDICIÓN Y LA CORRECCIÓN

VII. CODA

SOBRE EL AUTOR

INTRODUCCIÓN

Escribir es un acto de fe, no un ejercicio gramatical”.

E. B. WHITE

PARA QUIEN NO TIENE LA HABILIDAD, escribir puede ser doloroso y frustrante; quien aprende a hacerlo lo hallará estimulante y divertido.

La escritura ha dado lugar a mil clichés: que es un don divino, que no hay modo de enseñarla, que el escritor nace y no se hace. Pues bien, debemos darle al lector que empieza a acompañarnos en estas páginas una noticia buena y una mala. La mala es que las probabilidades de que llegue a escribir con la potencia y la calidad que se requieren para volverse famoso, sin hablar de ganarse el Premio Nobel de Literatura, son estadísticamente muy bajas, como lo son para que un joven aficionado al fútbol llegue a integrar la selección nacional de su país. El futuro autor de mérito y el futuro crack del balón necesitarán todo el talento que recibieron en la cuna, toda la dedicación que les aporte una recia personalidad y todas las enseñanzas y consejos que vayan acumulando a lo largo de los años, y aun así corren el riesgo de quedarse cortos.

La buena noticia es que sin alcanzar la cumbre se puede vivir a plenitud, ir a muchas partes y pasarla bien. Aparte de que hay dignidad en el intento de escalar una montaña sin coronarla, aprender a escribir es en extremo útil para una gran cantidad de empeños en la vida. Está demostrado, además, que la escritura es enseñable, pese a que no todo el mundo aprende igual ni tiene las mismas necesidades. De hecho, hubo un tiempo en que el futuro Premio Nobel de Literatura no sabía redactar y otro en que el futuro goleador de la Copa Mundial no había pateado el primer balón. También es seguro que alguien los inició a ambos en los rudimentos de la actividad que después los llenaría de gloria. Los tiempos de Tarzán, el autodidacta absoluto de la ficción de Edgar Rice Burroughs, pasaron hace mucho.

Existen dos prerrequisitos a la hora de sentarse a escribir: hay que apreciar la lectura adquiriendo en ella habilidades por lo menos medianas y hay que tener ganas. El resto corre por cuenta de un modelo pedagógico adecuado y de un buen manual de acompañamiento, como ojalá lo sea este.

A veces es preciso aclarar desde el principio lo que uno no quiere hacer, para evitar engaños. La idea de este libro no es ayudarle a usted a convertirse en un escritor frío y correcto. Escribir bien y escribir “correctamente” son dos cosas distintas. Si lo que desea es esquivar los errores que los ubicuos cazadores de gazapos persiguen con fruición cruel, este libro tal vez podrá aportarle detalles y guiarlo en cuestiones mecánicas, aunque habrá fracasado en su propósito básico: abrirle las puertas a una relación afectuosa, incluso sentimental, con la escritura. Cuando alguien escribe, el lado racional de la mente participa y tiene que participar, pero si el corazón no se involucra, la comunicación obtenida será limitada.

Cabe anticipar otra buena noticia: así como no es necesario volverse un mecánico experto para manejar un automóvil, tampoco es necesario ser un gramático erudito para escribir bien. Con rudimentos sólidos, oído y buenos hábitos bastará. De hecho, enmarcar el aprendizaje de la escritura en un esquema punitivo de reglas gramaticales y sintácticas inviolables es mala idea y puede conducir al mutismo. Nadie quiere tener un sirirí revoloteándole encima todo el tiempo. Las reglas, que son necesarias hasta cierto punto, deben irse domesticando en forma desenfadada. Solo dos premisas son de rigor: tener algo que decir y decirlo con gracia y elocuencia. Aunque nosotros mencionaremos aquí lo primero, haremos énfasis en lo segundo.

La escritura tiende a variar con la personalidad y la ocupación de quien escribe. Según eso, son numerosos los tipos de escritura a los que usted podrá aficionarse con el tiempo. Ninguno está prohibido en los códigos. Aquí, sin embargo, abogaremos por la escritura general, útil como base para las demás, y por el idioma llano, lo que no significa insípido.

Este libro no aspira a cubrir la totalidad del tema. Claro que no. Para ello habría que sumarle varios volúmenes y aun así quedaría muchísimo por fuera. Sucede que la enseñanza de escritura creativa ha corrido con fortuna en los últimos tiempos, sobre todo en el mundo anglosajón, hasta el punto de que hoy es posible obtener un PhD en la materia. Allá usted si quiere acumular títulos o incurrir en excesos académicos; lo nuestro es identificar los obstáculos comunes que impiden que personas de otro modo agudas se expresen de forma ingeniosa e interesante. Eso por el lado negativo. Por el lado positivo, esbozaremos una serie de buenos hábitos, sacados de la larga experiencia acumulada. Removidos los principales obstáculos y establecido un régimen de buenos hábitos, usted estará listo para progresar por su cuenta, o sea, para decirnos adiós.

La mayor parte del contenido de este manual dista mucho de ser original. Para no ir tan lejos, su estructura y parte de su filosofía están basadas en The Elements of Style, un libro celebérrimo también conocido como Strunk & White, que durante generaciones ha enseñado a escribir a medio mundo en Estados Unidos. Así, cuando un pensamiento particular sea extraído de alguna fuente porque vimos que no lo podíamos decir mejor, lo entrecomillamos. Al mismo tiempo, es tal la profusión de reglas y contrarreglas que, si busca, usted encontrará y es tal el cúmulo de contradicciones que afectan a la escritura nada más en español, que nuestro aporte consistirá en organizar el material con un énfasis y un enfoque relativamente heterodoxos.

Tampoco tiene sentido exaltar la escritura más allá de sus propios límites. Pepe Sierra era un campesino antioqueño que llegó a Bogotá a comienzos del siglo XX y se hizo muy rico. Cuentan que algún día don Pepe estaba redactando un documento, quizá la escritura de una de sus muchísimas propiedades, y se lo pasó al secretario, un clásico señorito bogotano, tan al tanto de las leyes de la gramática como estrecho de peculio. En el documento don Pepe se refería a una acienda, error ortográfico que le fue señalado por el secretario. El latifundista alzó la mirada fastidiado y contestó: “Mire, joven, yo tengo veinte aciendas sin hache, ¿cuántas con hache tiene usted?”. Según quien cuente la anécdota, varían el interlocutor y el número de aciendas de don Pepe, pero no el mensaje de fondo.

Suponemos que si usted tiene este manual entre las manos es porque lo necesita o le resulta útil. Pues bien, lo dejará de necesitar (aparte de abrirlo de tarde en tarde para hacer tal cual consulta puntual) cuando sea capaz de violar la mayoría de las reglas que aquí proponemos, no solo sin que se note sino con provecho. Antes, sin embargo, le conviene dominarlas para aspirar a jugar con ellas luego. Un principio paradójico del conocimiento es que las excepciones suelen ser más interesantes que las reglas, aunque dependen de ellas para funcionar. El autor inexperto incurre en casi todas las excepciones sin saberlo; el experto escogerá las que le atraigan. Así, estimado lector, quizá le aportemos algo en su camino para vivir también en la excepción.

Andrés Hoyos Restrepo, Bogotá, 2015

PREÁMBULO: EL ESPAÑOL,
UN IDIOMA INTERNACIONAL

EL PUNTO DE PARTIDA de un manual de escritura es el idioma, en nuestro caso, el español. En España, la cuna de este maravilloso vehículo de expresión, existe una polémica sobre el nombre, pues algunos prefieren llamarlo castellano para no herir la susceptibilidad de las otras naciones y regiones de la península. Semejante polémica resulta absurda en América Latina. Lo que hablamos los 350 millones de personas que vivimos al sur del Río Bravo y al oeste de Brasil es español, no castellano, por la simple razón de que no fuimos colonizados mayoritariamente por castellanos –que sí abundaban entre los altos dignatarios de la Colonia–, sino por gentes de toda la península: andaluces, extremeños, canarios, asturianos, murcianos, toledanos, cántabros, navarros, incluso catalanes, vascos y gallegos hispanohablantes, y me quedo corto. Todos ellos nos dejaron sus virtudes y sus vicios, además de su idioma, que ya en el nuevo continente sufrió transformaciones importantes, aunque nunca radicales. En Argentina se habló lunfardo unas pocas décadas, y en tal cual reducto de esclavos cimarrones, digamos San Basilio de Palenque en la Costa Caribe colombiana, se llegó a usar un dialecto difícil de entender, pero ambos fenómenos tuvieron corta vida.

La Real Academia Española (RAE en adelante) es, como su nombre lo indica, una institución de raigambre monárquica y peninsular. Surgió por razones ideológicas que no podemos discutir aquí y, desde un principio, ancló su ideario en la profunda desconfianza que causaban en la Corona del siglo XVIII las formas de hablar y de escribir de la gente del común. Al referirse a ellos, los académicos los llamaban “el vulgo”, palabra de obvia connotación despectiva. Pasaron dos siglos y medio y subsistió, morigerada y matizada, esta desconfianza, la cual por décadas fue dirigida con particular énfasis a los latinoamericanos. Ya para los años cincuenta del siglo XX, y tras algunas escaramuzas como la que enfrentó a Borges con Américo Castro, se decía que la supervisión académica del idioma era necesaria porque este se hallaba en peligro de desintegración. Pasó otro medio siglo y la unidad del español no aparece amenazada por ninguna parte, excepción hecha de Filipinas, donde la derrota de la Corona española en la guerra contra Estados Unidos condujo a un debilitamiento paulatino de la cultura en español. Al final, los hispanohablantes prácticamente desaparecieron del archipiélago por la fuerza mancomunada del tagalo y del inglés, las dos lenguas oficiales. También hay quien diga que la forma de hablar de los latinos de segunda y tercera generación en Estados Unidos implica una desintegración del español. La verdad, sin embargo, es que la mayoría de ellos habla spanglish, no español. Dado que con el tiempo el inglés ha disuelto en Estados Unidos el idioma de casi todos los inmigrantes, exceptuando algunos chinos e italianos, el spanglish puede interpretarse como una muestra de fortaleza, no de debilidad del español. Si en ningún país de América Latina pegaron las monarquías, no se entiende por qué deberíamos adoptar instituciones de origen monárquico.

Entrando ya en el habla concreta, el español, aparte de alguna palabra o giro que significa A en un país, B en otro y nada en un tercero, tiene una sorprendente unidad, de suerte que los neologismos y las incorrecciones son lo que los chinos llaman “un tigre de papel”, o sea, una amenaza falsa. Dos son los fenómenos que pueden destruir un idioma: un analfabetismo rampante, como el que siguió a la caída del Imperio romano y destruyó el latín en el sur de Europa durante la larga Edad Media; el segundo es el derrumbe de un régimen político, por el estilo del que sucedió en Filipinas.

Claro, si la unidad del español no está amenazada, tampoco es necesario atrincherarse para defenderla. Decía don Pedro Salinas en su ensayo “La responsabilidad del escritor” que “la lengua, como el hombre, de la que es preciosa parte, se puede y se debe gobernar”. A despecho de sus excelsas calidades poéticas, es necesario contradecir a don Pedro, porque pocos propondrían hoy que un idioma, cualquier idioma, sea gobernable. Muy al contrario, los idiomas, por su propia naturaleza multitudinaria y desbordada, son desobedientes. Muchísimas veces las “autoridades” autoerigidas de un idioma proponen una regla que les parece útil y sensata, y la regla no se sostiene, al tiempo que prospera la excepción. En este manual citaremos varios intentos fallidos que resultan instructivos. Por lo demás, el lema de la RAE, “Limpia, fija y da esplendor”, suena bien en el papel hasta que uno entiende que es imposible limpiar y fijar una lengua y que a veces lo que le da esplendor es lo cotidiano o lo vulgar.

Tomará todavía años, pero el criterio central que otorga o niega la carta de nacionalidad a una palabra en cualquier idioma es que la aprueben los hablantes, no una junta de notables. La filología contemporánea considera justamente que el uso en sus distintas vertientes –culto, especializado o popular– es la principal norma lingüística que existe, lo que no significa que cada cual no sea libre de seguir las normas, académicas o no, que prefiera. Dicho de otro modo, estimado lector, nada impide que usted opte por un enfoque purista en materia de idioma si es el que le llena el corazón. En cuanto a nosotros, nos interesa señalar aquí que un idioma se enriquece a medida que quienes lo hablan se educan y adquieren experiencias diversas. Por definición, un profesor de posgrado hablará un idioma más rico y variado que quien no terminó el bachillerato. Ambos, sin embargo, podrán entenderse sin ningún problema en español y lo enriquecerán.

El español tiene de particular que las naciones en las que se habla como lengua nativa están dispersas. México alberga la mayor comunidad, seguido en su orden por Colombia, España y Argentina. Por cuenta de esta dispersión, el nombre del fastidio que se siente al día siguiente de beber en exceso será resaca en algunas partes, guayabo, cruda, caña, ratón, goma o chuchaqui en otras. Un fenómeno análogo se repite para multitud de palabras. ¿Conduce esto a la incomunicación? En lo más mínimo. Averiguadas las definiciones locales de aquellas palabras y expresiones que cambian de sentido apenas uno cruza la frontera o que se usan en un determinado país o región y en otros no, y acostumbrado el oído al amplísimo abanico de acentos locales, un hispanohablante se hará entender de otro sin más inconveniente que tal cual confusión divertida.

Las dispersiones de sentido que fueron surgiendo en el siglo y medio de aislamiento relativo en que vivieron España y América Latina después de las guerras de Independencia empezaron a ser derribadas por los libros, primero, y por la radio, el cine y la televisión, después. Estos cuatro medios de comunicación viajaban de país en país instruyendo a millones de lectores, radioescuchas, espectadores y televidentes. Ahora se sumaron internet y sus sucedáneos, por lo que es raro que un suramericano no entienda a qué se refieren dos mexicanos cuando platican, en vez de hablar, que no sepa que una recámara en México es lo que en otras partes se conoce como una alcoba y que una chamaca es lo mismo que una niña o una muchacha.

El diccionario más famoso del inglés americano es el Merriam- Webster, cuya versión completa agrega al título una palabra importante: se llama Third New International Dictionary. Aquí sobre todo nos concierne eso de “internacional”, pues el español, al igual que el inglés, es un idioma internacional, como no lo son, digamos, el italiano o el catalán. El español, en realidad, es uno de los idiomas más internacionales (o menos nacionales) que existen. Esta dispersión tiene implicaciones fundamentales que influirán en lo que discutiremos aquí. Aclaremos de entrada que la internacionalidad de nuestro idioma es una de sus características más envidiables –ya querrían contar con algo parecido los italianos o los catalanes– y que por cada problema menor que causa la proliferación de nacionalidades de los hispanohablantes, surgen diez beneficios en términos de riqueza y variedad.

Aprendamos, entonces, a usar el español de manera eficaz en sus múltiples vertientes, en vez de pretender gobernarlo a las malas. Por algo decía en su momento don Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), uno de los más lúcidos filólogos que ha dado España, que la pureza de una lengua debía de llamarse pobreza.

EL PURISMO O LA HIPERCORRECCIÓN

Para mí, el mejor idioma no es el más puro, sino el más vivo. Es decir, el más impuro”.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

“Qué tristeza, qué miseria, cuando la mayor virtud a que se aspira es la corrección gramatical”.

JORGE LUIS BORGES

Un idioma es tan hospitalario como la gente que lo habla. ¿Somos xenófobos los hispanoparlantes? Claro que no. ¿Entonces por qué la fobia a las palabras nuevas, importadas, robadas o traídas de contrabando? Tal vez sea la vieja actitud numantina de aquellos protoespañoles que prefirieron incendiar su ciudad antes que entregarla a los romanos. Pero venga de donde venga, la personalidad del español peninsular y su particular historia internacional han dado lugar a un subproducto ya esbozado atrás: el purismo o la hipercorrección. Puristas hay en todos los idiomas y están en su derecho de utilizar y defender un enfoque restrictivo, como también decíamos. Para nosotros, sin embargo, el idioma hipercorrecto no conduce a una escritura sápida y expresiva. Hay excepciones, quizá la más significativa de las cuales sea Fernando Vallejo, quien opina que la RAE es un organismo sin espina dorsal que ha dejado colar cualquier cantidad de expresiones espurias al idioma. En contraste con él, otros pensamos que la así llamada escritura correcta constituye un lastre. Por cuenta de lo que, según los académicos, está mal o bien dicho, gran cantidad de gente ha llegado a odiar el idioma. ¿Por qué? Porque los que se saben las reglas que modera, corrige y hasta olvida la RAE con frecuencia suelen ir por el mundo exhibiendo una superioridad moral, detrás de la cual hay un complejo de inferioridad que más o menos dice: pobres nosotros, pobre español, miren cómo nos asedian, miren cómo nos vapulean, cómo nos transforman, cómo nos enriquecen estos forasteros ignaros.

Igual no nos vamos a querellar contra quien adopta una normativa discreta. De ahí que a lo largo del libro señalemos algunas reglas que siguen los puristas, aclarando que no son las que seguimos nosotros. El lector hará bien en detectar el uso contemporáneo por la vía de la lectura. Cuando una palabra ingresa al idioma, lo normal es que halle su lugar en alguna vertiente. Podrá asentarse en el uso vulgar, en el uso culto o en el uso especializado. Muchas palabras llegan para quedarse; otras solo están de vacaciones.

La gramática y la sintaxis son convenciones recogidas con paciencia tras analizar el uso de los idiomas. Ambas tienen la aspiración plausible de establecer un acuerdo de comprensión entre hablantes, lectores y escritores. Estos acuerdos son cambiantes, flexibles, caprichosos y exigentes a la vez. Como usuario del idioma que los gramáticos sistematizan, el prosista básico sacará provecho si va adquiriendo nociones sólidas en ambas disciplinas, aunque conviene insistir en que es contraproducente obsesionarse con la corrección. No sabemos que hayan fusilado a nadie por el uso de un que galicado. El problema con el enfoque del gramático típico es que se parece al del forense, cuando no al del taxidermista. Examina el texto como un cadáver, en tanto a otros nos interesa saber por qué está vivo, no de qué murió.

Quizá sirva de consuelo que ha habido grandes escritores que incurren en el pecado de la impureza. Por ejemplo, la prosa del peruano Julio Ramón Ribeyro, quien vivió la mayor parte de su vida adulta en Francia, introduce frecuentes galicismos que tienen incluso un efecto vivificador. A ningún editor sensato se la ha ocurrido corregirlos. En síntesis, este manual es partidario de un enfoque liberal. Cuando sea necesario matizar, pondremos algún comentario sobre el uso purista versus el uso tolerante. Se utilizarán las palabras incorrecto o error solo cuando no exista mayor discusión sobre lo equivocado de un uso. De resto, acudiremos a deficiente o inconveniente versus mejor o preferible, o expresiones análogas, en aquellas materias que no dependen de la gramática sino de nuestro propósito expreso: el sabor, la diversión y la libertad de la escritura.

Más adelante discutimos algunos de estos temas de forma extensa.

LA CORRECCIÓN POLÍTICA

Este manual tampoco propicia la corrección política, un fenómeno que se encuentra en las antípodas de la hipercorrección, pues quiere acelerar el cambio lingüístico, en vez de frenarlo.

Un idioma es el precipitado de su larga historia y dista mucho de ser un producto inocente o neutro. Por el contrario, contiene tanto la sabiduría y la poesía, como los prejuicios y la estupidez que sus hablantes le han ido inyectando con el tiempo. La renovación de los idiomas es lenta, así a veces uno se sorprenda con giros que ayer nada más no oía. Un idioma, en síntesis, muestra en la epidermis una larga colección de heridas a medio cicatrizar.

Pues bien, 5.000 años de predominio masculino en el poder político y familiar de los pueblos que fueron forjando lo que después sería el español se reflejan en la forma de hablar contemporánea de una manera que para la corrección política es sexista y discriminatoria. Una frase muy popular quizá ilustre estos prejuicios. Cuando uno se ve enfrentado a una alternativa poco apetitosa, se dice que le tocó bailar con la más fea, obvia evocación de un escenario machista. El habla discrimina también a las minorías, porque al menos en los países latinos de Occidente no mandaron los hombres machistas per se, sino los hombres machistas, blancos, cristianos y a veces enemigos de la democracia y de los defectos físicos.

El Diccionario del uso del español de María Moliner define cafre y apache de la siguiente manera:

cafre

1. adj. y n. Se aplica a los habitantes de una región del sudeste de África, de color cobrizo.

2. Bárbaro y brutal en el más alto grado. 5. Salvaje.

apache

1. adj. y n. Se aplica a ciertos indios que habitaban en Nuevo México, Arizona y norte de México, y a sus cosas.

2. m. Nombre aplicado a los ladrones y gentes de mal vivir de los bajos fondos de París, que cometían particularmente agresiones nocturnas.

Poco le importaba al hablante de hace cuarenta años que al equiparar a un apache con un bandido estuviera agregando sal a las heridas del aguerrido pueblo aborigen comandado por el legendario Jerónimo hasta que la conquista del Oeste lo diezmó.

El sustantivo negro aplicado a una persona era descriptivo hasta hace poco en español y no tenía el sentido peyorativo que tiene, por ejemplo, en inglés. Designaba apenas al individuo con ese color de piel. En cambio, negro como adjetivo sí tiene los matices denigrantes derivados de la noción ancestral que asocia lo oscuro, lo turbio y lo tenebroso con lo malo, mientras que blanco, brillante, transparente y claro son matices de bondad. Al comercio ilegal se le dice mercado negro, una persona mala es la oveja negra de la familia, la magia maligna es la magia negra, una lista de proscritos es una lista negra, una merienda de negros era otra forma de decir caos, la raíz etimológica de denigrar significa “manchar de negro” y trabajar como un negro es trabajar muy duro.

Veamos la definición que da doña María Moliner de género gramatical:

Accidente gramatical por el que los nombres, adjetivos, artículos y pronombres pueden ser masculinos, femeninos o (solo los artículos y pronombres) neutros.

Ahí la palabra clave es accidente, es decir, algo que no representa la esencia o la naturaleza de las cosas.

Por eso, por accidente, no existe la correspondencia entre el género y el sexo en muchas palabras. Arriba mencionábamos el sustantivo familia, femenino, pese a que en Occidente ha predominado la familia patriarcal. Hermafrodita es un sustantivo masculino, que termina en a y se refiere a una criatura de doble sexo. En español se dice la leche (aunque su más famoso derivado se llama el queso), pero en francés, un idioma de morfología parecida al español, se dice le lait, sustantivo masculino, sin que el género de la palabra tenga relación alguna con el origen glandular del líquido. Y vaya que es divertido saber que la poesía romántica en español se montó sobre el hecho de que Luna es un sustantivo femenino, mientras que en alemán Mond es masculino. La de dolores de cabeza que deben haber padecido los traductores al alemán para lograr una versión de la frase “señora Luna”.

El sexo tampoco tiene nada que ver con el nombre que se les da a muchas especies de animales. Así, la culebra, la pantera, la lechuza, la abeja, la paloma, la golondrina, la jirafa, la ballena, la mosca, la rana, la araña, la rata, son sustantivos femeninos, pero hay también el pingüino, el buitre, el leopardo, el rinoceronte, el hipopótamo, el elefante, el murciélago, sustantivos masculinos. Si la idea es diferenciar al animal individual por el sexo, será necesario agregar macho o hembra, según sea el caso: “la pantera macho” o “el leopardo hembra”. Solo es común usar palabras distintas para los dos sexos en los animales domésticos, dada la familiaridad que tenemos con ellos: el perro/la perra, el caballo/la yegua, el toro/la vaca, el loro/la lora, el carnero/la oveja. En los animales salvajes la correspondencia entre el género y el sexo es más rara: el león/la leona, el tigre/la tigresa y quizás uno oirá decir por ahí la elefanta.

Para la corrección política los inconvenientes citados arriba se solucionan jubilando las palabras contenciosas. Según este ideario, no conviene usar el sustantivo ni el adjetivo negro para referirse a una persona. Proponen que digamos afroamericano o afro, sin importar que la persona en cuestión tenga, aparte de la piel negra o apenas morena, ancestros en los cinco continentes, no solo en África. La corrección política asimismo nos sugiere evitar palabras de sólida raigambre española, como enano, tullido, lisiado, ciego, sordo, tartamudo o gordo. Usted, de usarlas, lo hará por su cuenta y riesgo. La corrección política prefiere que se hable de corto de estatura, discapacitado, invidente, no oyente, disléxico o subido de peso, cuando no propone frases hilarantes como verticalmente retado para decir enano o disminuido en sus capacidades motrices para decir lisiado. Los eufemismos no se inventaron ayer –la frase corto de entendederas tiene más de un siglo–; lo que sí es reciente es la obligatoriedad de su uso.

En cuanto al sexismo del idioma, nuestras cruzadas de último hervor proponen tres soluciones. Una es la generalización de los sustantivos femeninos donde antes no se usaban. Ahora hay presidentas, juezas, fiscalas, concejalas, parientas y un larguísimo etcétera. Estos usos son razonables, aunque en algunos casos el hablante incurra en cacofonías, como miembra, pilota, cancillera, individua, lideresa o pacienta. Hay debate sobre la pertinencia de seguir usando algún viejo sustantivo de aire cursi que cambiaba según se tratara de un hombre o una mujer: ser poetisa sigue siendo menos atractivo que ser poeta, y ser sacerdotisa, menos serio que ser sacerdote. Sin embargo, nadie diría reya por decir reina, ni príncipa por decir princesa, ni abada por decir abadesa. La segunda idea para contrarrestar el sexismo es mencionar ambos sexos al referirse a cualquier genérico. Así, no se dirá “los estudiantes se sublevaron”, sino “las estudiantas y los estudiantes se sublevaron”. La tercera idea es recurrir a una forma de acción afirmativa o de discriminación positiva consistente en usar los pronombres femeninos a manera de genéricos, alternándolos con los masculinos que solían ocupar ese lugar.

Pongamos un ejemplo:

Versión corriente

No es este un libro de fácil comprensión. Se recomienda a los lectores prepararse a cabalidad para navegar por sus laberintos.

Versión políticamente correcta

No es este un libro de fácil comprensión. Se recomienda a las lectoras prepararse a cabalidad para navegar por sus laberintos.

Yo no veo qué se gana con hablar de las lectoras en vez de los lectores en el segundo ejemplo, pero si a usted estos usos le generan satisfacción o le dan una sensación de justicia histórica, no habrá problemas y será comprendida con facilidad.

En cualquier caso, mucha gente ya no acepta el uso del genérico hombre, de suerte que una frase tan venerable como los derechos del hombre hoy tiende a convertirse en los derechos humanos. Menos aún puede hablarse de trata de blancas; ahora se dice trata de personas, perdiéndose por el camino la noción de que las personas traficadas suelen ser mujeres pertenecientes, eso sí, a todas las razas.

Dado que los idiomas son reacios a estos tratamientos con purgantes, la cura a veces resulta peor que la enfermedad. Nadie que no tenga oído de cañonero (¿hubo muchas cañoneras?) dejará de entender que la proliferación de giros como las amigas y los amigos, las abogadas y los abogados, las jugadoras y los jugadores tiene un efecto disolvente sobre el ritmo de la escritura. Además, ¿qué impide que detrás de la corrección política venga el insulto? Uno podría escribir, por ejemplo:

Las abogadas y los abogados son todas y todos unas hamponas y unos hampones.

o

Todas las jugadoras y todos los jugadores son promiscuas y promiscuos.

La redacción será farragosa, pero el prejuicio no quedará menos en evidencia. Es todavía peor evitar la multiplicación de los géneros cambiando las vocales a y o por el signo arroba @, que en su origen nada tiene de epiceno. El resultado es espantoso. Cuando usted lea un mensaje como...

L@s polític@s están tan desprestigiad@s que solo l@s ilus@s o l@s loc@s votan por ell@s...

...salga corriendo.

No sugerimos un regreso pleno al lenguaje de antaño. La palabra señorita, pese a ser eufónica, ya no se debe usar para designar a las mujeres en general y, menos, a las que no están casadas, sobre todo ahora que las uniones conyugales se han vuelto tan variadas. Queda el doña, que suena feo pero que no parece tener sustituto, a menos que sea el muy serio señora, que en la actualidad designa a cualquier mujer mayor de edad sin distingo de estatus marital.

Aunque no recomendamos la corrección política, entendemos que hay gente que prefiere incurrir en ella. Si usted pertenece a este grupo, nadie le va a quitar la idea de la cabeza y pocos, quizá algún humorista del otro lado, se la van a sacar en cara. Sintetizando, para nosotros lo ideal es que cada persona calibre su tolerancia al fenómeno de la corrección política y proceda a hablar y escribir según le plazca, con la obvia advertencia de que si se arriesga más allá de ciertos límites, podrían lloverle rayos y centellas.

LA ÉTICA DE LA ESCRITURA

La tecnología ha vuelto cada vez más fácil copiar y pegar textos (copy & paste), ya sea de un material escrito por uno mismo y guardado en el pasado o escrito por otros. Es esencial recordar aquí que en esos casos existe la obligación de dar crédito a quien lo merece. No porque las cosas anden sueltas en internet o estén escritas en idiomas raros dejan de tener dueño. Son de rigor las comillas cuando se copia algo y es obligatorio reconocer explícitamente cuando se usa una idea o un desarrollo de otra persona. Suprimir las comillas de donde deben estar es, además de una grave indelicadeza, una tontería, pues vale tanto la persona que sabe investigar y rescatar ideas o formulaciones ajenas, como quien descubre el agua tibia sin a veces percatarse de que corre el riesgo de quemarse con ella.

Si uno está seguro de haber variado en forma sustancial la idea original, tiene derecho a reclamarse autor de esos cambios. Igual, y para no tomar riesgos, no sobra explicar el origen de lo que está modificando. Atrás hablábamos de buenos hábitos de escritura. Pues bien, el recurso a una ética estricta en materia de derechos de autor es uno de los principales.

I. REGLAS BÁSICAS

DEDICAMOS ESTE CAPÍTULO a las reglas básicas que, pese a lo elementales, son las que con mayor frecuencia violan las personas descuidadas o los aprendices. Póngase, pues, cómodo y vaya despacio, sin asustarse con la nomenclatura. Lo ideal, como decíamos atrás, es que llegue a usar de forma casi inconsciente las reglas que siguen, mediante una práctica continuada y cuidadosa. Las que faltan –y faltan muchas– conviene irlas desempacando una por una como paquetes que nos envía una tía que vive a medio mundo de distancia.

1. Las oraciones simples van así: sujeto, verbo,
predicado, punto, en ese orden

La estructura básica del idioma español es la oración. Una oración simple contiene una acción finita o una idea completa.

María estuvo de visita en casa de su hermana.

Las oraciones simples tienen un solo sujeto, una sola forma verbal y un solo predicado. En nuestro caso, María es el sujeto, estuvo es el verbo y de visita en casa de su hermana es el predicado.

Cuando estamos ante una oración sencilla sin frases subordinadas ni apéndices de otro tipo, el único signo de puntuación que se usa y que es obligatorio es el punto seguido final. Sería, pues, erróneo escribir:

María estuvo de visita, en casa de su hermana. [incorrecto]

o

María, estuvo de visita en casa de su hermana. [incorrecto]

o

María estuvo de visita en casa de su hermana, más tarde regresó a su propia casa. [incorrecto]

La forma correcta de escribir esto último es:

María estuvo de visita en casa de su hermana. Más tarde regresó a su propia casa.

o

María estuvo de visita en casa de su hermana; más tarde regresó a su propia casa.

Dos oraciones simples relacionadas se pueden unir con una conjunción sin que medie entre ellas un punto seguido, por ejemplo, cuando tienen el mismo sujeto.

María prefería no almorzar con su cuñado y por eso llamaba antes por teléfono para saber si él estaba en casa.

Si las dos oraciones tienen sujetos diferentes, es preferible separarlas con comas, aunque no es obligatorio.

María prefería no almorzar con su cuñado, y él igualmente la evitaba cuando ella iba de visita.

En este caso cada oración tiene su propio sujeto, María en la primera y él en la segunda. Cuando prima la cercanía o si se trata de oraciones compactas, se puede omitir la coma:

A María no le gustaba el pescado y a su cuñado le fastidiaba la mostaza.

Ausente la conjunción, no es correcto usar comas para separar dos oraciones.

María era alérgica al apio, su cuñado, por fastidiarla, siempre pedía que incluyeran este vegetal en las ensaladas. [incorrecto]

Es indispensable poner un punto seguido después de apio y empezar lo siguiente con una S mayúscula.

María era alérgica al apio. Su cuñado, por fastidiarla, siempre pedía que incluyeran este vegetal en las ensaladas.

Aunque esta primera regla parece obvia, es de muy lejos la más violada en el idioma.

2. El verbo es el eje de la oración

Los verbos, o sea aquellas palabras que expresan acciones, son el eje alrededor del cual gira cualquier oración. No se puede, por ejemplo, formar una idea completa enunciando apenas un sujeto, como Pedro o como gato; tampoco se transmite una idea completa con un adjetivo, como azul o pesado; mucho menos con un adverbio, como todavía.

Un único verbo, en cambio, puede indicar la acción verbal, los sujetos que la ejecutan, el tiempo en el que ocurre y si la acción recae sobre otros elementos, que serán los complementos. Si usted escribe...

Llueve.

...sus lectores podremos intuir quién es el agente activo (las nubes), cuándo sucede la acción (en el presente) y en qué recae el acto de llover (en la tierra).

El verbo, entonces, es la guía que le permitirá saber si expresa ideas completas y lógicas. En caso de duda, el verbo (presente, implícito o ausente) será el principal indicador para juzgar si los demás elementos de la oración están bien usados, si las comas separan correctamente el flujo de la información y si el sentido de las ideas está completo o necesita complementos. Tenga siempre presentes los verbos cuando revise sus textos y deténgase en ellos y en la relación que establecen con los demás elementos de la oración.

Los errores que se cometen en este terreno son abundantes y variadísimos. Más que enumerarlos, conviene entender su lógica para no cometerlos. Como con frecuencia el verbo expresa la acción de más de un sujeto y actúa sobre más de un predicado, cualquier oración de una cláusula (algo así como un sentido único) ha de ser coherente por separado. Muy común es pretender que un verbo active dos complementos incompatibles entre sí, como aquí:

María visitaba todas las semanas a su hermana y con la bicicleta iba de paseo. [incorrecto]

Buscábamos a un amigo que nos acompañara y la forma de interpretar el mapa. [incorrecto]

Al intentar leer en secuencia las expresiones resaltadas se nota la incongruencia. La redacción correcta sería:

María, cuando visitaba a su hermana todas las semanas, aprovechaba para pasear en bicicleta.

Buscábamos a un amigo que nos acompañara y que nos ayudara a interpretar el mapa.

Tiempos verbales y verbos auxiliares

Una característica muy atractiva del español es que los verbos pueden venir en muchos tiempos y ser simples o compuestos. Estos últimos permiten una forma ampliada que incluye los verbos auxiliares (“podría suceder”, “quería saber”, “debería entender”) o participios (“había vuelto”). También existe el gerundio, a cuyo espinoso uso dedicaremos un aparte más adelante. Baste con decir por ahora que la regla 1 no varía para los verbos compuestos:

María pensó que tendría que ir a hacer visita a casa de su hermana.

Aquí, de nuevo, solo se requiere el punto seguido al final.

Verbos transitivos e intransitivos

El español, al igual que muchas lenguas, tiene verbos transitivos e intransitivos. Los primeros, como su nombre lo indica, son aquellos en los que la acción del sujeto hace tránsito directo y recae sin intermediación sobre uno o varios elementos adicionales, que se denominan el complemento directo.

Manuel pinta el retrato.

El retrato, pintado por Manuel, es el complemento directo. Otra forma de verlo sería decir que el complemento directo es el elemento transformado por la acción del verbo transitivo. Por ejemplo, si decimos...

Alicia comió galletas.

...las galletas se transforman, ya que terminan comidas. Y si escribimos...

Ángel cruzó la calle.

...la calle es el complemento directo transformado por la acción, pues fue cruzada por Ángel.

Con los verbos intransitivos, la acción del sujeto requiere de la mediación de una preposición para poder recaer sobre su complemento, que en este caso se llamará “indirecto”.

Manuel viaja a Cartagena.

El verbo viajar es intransitivo, de suerte que para cobrar sentido requiere de la preposición a. ¿Adónde viaja Manuel? A Cartagena.

Es importante tener esta clasificación en mente, pues los verbos transitivos e intransitivos se comportan en forma diferente. Piense en las siguientes oraciones:

Andrés corre.

o

El hombre delinque.

Correr y delinquir son verbos intransitivos que no necesitan ninguna información adicional para expresar ideas lógicas y completas. En cambio, es erróneo usar verbos transitivos sin agregar los complementos directos correspondientes porque se generan oraciones incompletas. Así, a frases como...

Pedro regala

...no les podemos poner el punto al final porque el enunciado está incompleto. ¿Cómo así que Pedro regala? ¿Qué regala Pedro? Solo agregando el complemento directo, flores, puede el verbo cerrar su sentido.

Pedro regala flores.

De modo que los verbos transitivos determinan el sentido de la acción, pero solo gracias al complemento directo puede la acción cerrarse.

La voz pasiva

La voz pasiva ocurre cuando se convierte en sujeto lo que en una oración activa sería el complemento directo.

La calle fue cruzada por Ángel.

o

Las galletas fueron comidas por Alicia.

Parientes cercanas de la voz pasiva son las oraciones impersonales, construidas sin sujeto visible y con el pronombre se:

Se dice que ayer no hubo quórum en el Congreso.

Se estima que este año el país exportará 80 millones de toneladas de carbón.

En ambos casos, el sujeto es impreciso, pues no sabemos quién dice que no hubo quórum en el Congreso ni quién estima que el país exportará 80 millones de toneladas de carbón.

Hay otras formas de despersonalizar el sujeto, por ejemplo, con el uso del pronombre uno, al cual Enrique Santos Discépolo dedicó su famosísimo tango homónimo.

“Uno busca lleno de esperanzas...”.

Uno les abona la buena voluntad.

También sirve usar el pronombre usted en un contexto impersonal.

Si quiere ir al centro, usted puede tomar el autobús.

Otra ventaja muy comentada del español es la posibilidad de hacer elipsis de los pronombres. Así:

Si quiere ir al centro, puede tomar el autobús.

El pronombre usted se sobreentiende.

En un capítulo posterior haremos advertencias de estilo sobre el uso, o más bien el abuso, de la voz pasiva y de las oraciones impersonales. Baste, por ahora, con definirlas.

3. En una enumeración use comas después
de cada elemento, salvo antes del último

Una de las funciones del lenguaje es establecer un sistema de distancias significativas, ojalá con algún grado de precisión. Las conjunciones son esenciales en esta materia porque, como su nombre lo indica, unen, aunque a veces unen mientras separan, es decir, acercan sin unir del todo. En contraste, la mayoría de los signos de puntuación, menos los dos puntos, separan.

La coma separa los elementos de una enumeración.

verde, azul y rojo

oro, plata, bronce o cobre

Él abrió la carta, la leyó, tiró el sobre a la basura y puso los documentos adjuntos sobre la mesa.

Cuando la enumeración es completa o exhaustiva, como en los ejemplos que acabamos de citar, el último elemento se introduce con una conjunción (y, e, o, u, ni).

Es un chico muy reservado, estudioso y de buena familia.

No le gustan las manzanas, las peras ni los plátanos.

¿Quieres té, café o infusión de manzanilla?

Los elementos que la coma separa pueden ser sustantivos (personas, animales o cosas), adjetivos (características) o verbos (acciones).

Hay biografías, ensayos, novelas, volúmenes de correspondencia, documentales, miniseries y hasta leyendas urbanas sobre las hermanas Mitford.

Nuestra amistad era tan violenta, obsesiva, crítica, envidiosa y cruel como la de cualquier pareja.

Cuando vayas a salir de casa, recuerda correr las cortinas, cerrar las ventanas, apagar las luces y echar llave.

Un error muy común es poner comas delante de la conjunción, como se ponen, por ejemplo, en inglés.

Es un chico muy reservado, estudioso, y de buena familia.

[incorrecto]

No le gustan las manzanas, las peras, ni los plátanos. [incorrecto]

¿Quieres té, café, o manzanilla? [incorrecto]

Todas las comas antes de la conjunción sobran.

Respecto a la diferencia entre los listados completos e incompletos, estos últimos dejan abierto el conjunto. Todos los ejemplos antecedentes ofrecen listados completos, lo que se advierte al ver que los cierra una conjunción. Para expresar una enumeración incompleta de cuyo conjunto solo se han elegido elementos representativos, la conjunción final debe cambiarse por una coma. Esta enumeración también puede terminar con la palabra etcétera (o su abreviatura etc.), con puntos suspensivos o simplemente con un punto final.

El zoológico tenía toda clase de animales: mamíferos, reptiles, aves, etc.

Estamos decorando la casa; hemos pintado, cambiado las alfombras, renovado las lámparas...

El paisaje es muy tranquilo: no hay autos, se oye el viento entre los árboles, corre alrededor un tranquilo riachuelo.

Nota bene: abreviaciones, como etc., llevan siempre un punto al final, el cual es superfluo cuando la abreviación cierra la oración.

Mis amigos, mis primos, mis compañeros de colegio, etc., están todos invitados a mi graduación.

Van a venir mis amigos, mis primos, mis compañeros de colegio, etc.

4. Ponga los incisos entre comas

Un inciso es una frase que se intercala en la oración principal para explicar algo. Cuando los incisos interrumpen fuertemente el flujo de la información, deben separarse de esta poniéndolos entre dos comas.

La mejor forma de ver un país, a menos que uno pase por allí de afán, es recorrerlo a pie.

La oración principal en nuestro ejemplo es: La mejor forma de ver un país es recorrerlo a pie. El inciso corresponde al segmento intercalado entre las dos comas.

En ocasiones esta norma resulta difícil de aplicar, pues no es tan simple decidir si una sola expresión, como sin embargo, o una frase breve es o no un inciso que deba separarse del resto de la oración. Si la interrupción es muy ligera, las comas pueden omitirse. Pero, al margen de que la interrupción sea ligera o fuerte, es incorrecto omitir una coma y dejar la otra.

El esposo de Juliana, coronel retirado del Ejército nos visitó ayer.

[incorrecto]

o

Cuando llegó Adrián el marido de mi hermana, todo se aclaró. [incorrecto]

En ambos casos debería haber una segunda coma, así:

El esposo de Juliana, coronel retirado del Ejército, nos visitó ayer.

o

Cuando llegó Adrián, el marido de mi hermana, todo se aclaró.

Una idea práctica para definir el uso de estas comas consiste en imaginar que la información estuviera entre paréntesis.

En 1769 (cuando nació Napoleón) Francia acababa de comprar Córcega.

Una vez aislada la información complementaria, debe poderse comprender con claridad la oración principal:

En 1769 Francia acababa de comprar Córcega.

Usted sabrá que puso las comas adecuadamente revisando: que sean dos comas ubicadas en donde abriría y cerraría el paréntesis, y que la oración principal no pierda el sentido y se lea fluidamente si usted quita la información intercalada.

El buen gobernante, según sostenía un célebre político, debe estar siempre preparado para abandonar el poder.

La audiencia, cuya atención al inicio parecía dispersa, demostró un interés cada vez mayor.

Fíjese que si lee omitiendo el inciso que resaltamos, la oración principal está completa y no ha perdido su orden lógico:

El buen gobernante debe estar siempre preparado para abandonar el poder.

La audiencia demostró un interés cada vez mayor.

Es importante tratar como incisos, aunque gramaticalmente no lo sean, las explicaciones que se dan con frases o adjetivos:

Los médicos, cansados, se fueron a dormir.

El perro, un pastor alemán, aún no está vacunado.

En ambos casos la información que va entre las dos comas sirve para caracterizar un elemento de la oración. Estas comas no se usan cuando no hay intención explicativa:

Los médicos cansados se fueron a dormir.

Aquí la redacción indica que solo los médicos cansados se fueron del lugar, mientras que otros posiblemente hayan permanecido allí.

El perro pastor alemán no está vacunado.

Esta redacción indica que, entre otros perros, el pastor alemán es el que carece de vacunas. Por si acaso, aquí puede suprimirse con ventaja el sustantivo perro.

El pastor alemán no está vacunado.

También es importante tratar la información accesoria intercalándola como un inciso y separándola del resto de la oración con dos comas:

Tus poemas, ¡bellísimos!, aparecieron por fin publicados.

El mar, dime tú si no es hermoso, golpea con fuerza el acantilado.

5. Otras comas obligatorias

La puntuación es en últimas un asunto de ritmo y oído. Sin embargo, la coma se considera obligatoria en los siguientes casos:

• Antes de una conjunción adversativa (son las que reversan o desvían el curso de la acción), como pero, aunque y sino, en particular si introduce una oración larga.

María iba de vista a casa de su hermana, pero siempre averiguaba antes si su cuñado estaba presente.

• Cuando un inciso puede prestarse para confusiones:

Los bienes y los capitales, que se destinan al comercio internacional, están exentos de ese tributo.

Sin la coma, podría entenderse que solo los capitales se destinan al comercio internacional.

• Cuando se suprime algún elemento para evitar repeticiones o por razones de estilo.

Unos prefieren la carne; otros, el pescado.

• La versión completa sería:

Unos prefieren la carne; otros prefieren el pescado.

• Cuando la palabra como no implica semejanza sino que introduce un ejemplo:

Me gustan los libros largos, como Guerra y paz.

• Cuando hay que delimitar una expresión intercalada entre el verbo y otras partes de la oración:

Octubre, el mes de las lluvias, este año resultó muy seco.

• Al aclarar un nombre mediante aposición (término que para María Moliner significa “unión de dos nombres de los que uno es aclaración o especificación del otro”):

José Joaquín Casas, ilustre filólogo bogotano, vivió hasta avanzada edad.

• Al delimitar un vocativo (palabra que sirve para llamar a alguien):

Lo siento, amigos míos, pero tendré que cancelar el matrimonio.

Ensaye el lector a suprimir estas comas y verá el caos que se genera.

• Al delimitar una conjunción o una expresión conjuntiva, como pues, así pues, por consiguiente, por lo tanto, por ende y demás:

No esperábamos, por ende, ese resultado.

No queremos, por lo tanto, debatir el punto.

• Al utilizar expresiones aclarativas o confirmativas, como es decir, esto es, a saber, o sea:

El precio no es reflejo de la tendencia del mercado, es decir, de la interacción natural de la oferta y de la demanda, sino que ha sido impuesto por el monopolio.

Ese partido promovía ideas contra la democracia, esto es, contra las minorías.

El capo aspiraba a obtener por medio del diálogo lo que no pudo obtener con la violencia, a saber, la posibilidad de legalizar su fortuna.

La empresa ha entendido la necesidad imperiosa de diversificar su oferta, o sea, de no depender de un único producto volátil.

Existen excepciones. Por ejemplo, cuando la expresión aclarativa va seguida de un que:

Es decir que en términos de dólares tuvieron un crecimiento del mil por ciento.

O sea que al final tú no querías que yo viniera.

Lo importante, insistimos, es interiorizar los usos mediante la práctica y el sentido común, no aprenderse la terminología ni una larga ristra de enunciados.

6. Las oraciones compuestas tienen reglas
de puntuación cuya lógica conviene dominar
Oraciones coordinadas

Las oraciones compuestas son las que tienen más de un verbo conjugado y, por ende, más de un predicado, así este vaya implícito. Se articulan de dos maneras básicas: las hay unidas por coordinación y las hay unidas por subordinación.

Serán coordinadas si tienen una misma función sintáctica. Es común que impliquen una relación de causa y efecto. En ellas se usan conjunciones o expresiones conjuntivas como luego, de modo que, de manera que, de forma que, de suerte que. En estos casos es de rigor separar ambas oraciones con una coma.

Yo no estaba en el país, luego no pude ir a su entierro.

Las votaciones alcanzaron a sumar una amplia mayoría, de suerte que ya no cabía duda de la legitimidad de su mandato.

Oraciones subordinadas

El segundo caso, algo más complicado y versátil, es el que involucra una oración principal y una o varias subordinadas.

Cuando llegue Juan, llámame por teléfono.

Cuando llegue Juan es la subordinada en este ejemplo. Si la subordinada viene primero y no es breve, es indispensable separarla de la principal con una coma.

Cuando hayas verificado las identidades de todos los viajeros, podrás permitir que parta el bus.

Si insistes en irte de fiesta todo el tiempo, lo más probable es que pierdas el año.

Si la principal viene primero, el uso de la coma no es obligatorio.

Diana no estudia lo suficiente porque rumbea más de la cuenta.

Lo más probable es que pierdas el año, si insistes en irte de fiesta todo el tiempo.

Es preferible usar la coma cuando la subordinada y la principal tienen sujetos diferentes. Esto aclara el orden lógico de las acciones que se atribuyen a cada sujeto:

El conductor podrá empezar el viaje, cuando tú hayas verificado la identidad de todos los viajeros.

No es buena idea dejar la cartera en el piso, si vas a restaurantes en los que pululan los amigos de lo ajeno.

La misma preferencia aplica a las oraciones coordinadas.

Ignacio planteó aquel oscuro negocio dejando ver la empuñadura de un revólver en la cintura, de modo que Lucía tuvo que pensarlo dos veces antes de negarse.

El investigador había entregado su informe, luego la Policía ya tenía pruebas suficientes.

Si se omiten los conectores y las oraciones compuestas aún guardan sentido consecutivo, la coma es esencial para evitar la confusión:

El investigador había entregado su informe, la Policía tenía pruebas suficientes.

Yo regresé el domingo por la noche, el resto de la familia esperó hasta el lunes por la mañana.

Omita la coma, y el caos se impondrá de inmediato en ambos casos.

Subordinadas restrictivas y no restrictivas

Las oraciones subordinadas pueden ser restrictivas y no restrictivas. Las subordinadas no restrictivas se identifican porque es posible suprimirlas sin que la oración principal quede coja.

Pedro, quien no era amigo mío, fue expulsado del colegio.

El avión, que esa vez no hizo escala en Kuala Lumpur, llegó según estaba previsto en el itinerario.

Ambas oraciones principales mantienen el sentido al suprimirse las subordinadas.

Pedro fue expulsado del colegio.

El avión llegó según estaba previsto en el itinerario.

Subordinadas no restrictivas, como las mencionadas, van siempre entre dos comas.

En contraste, las subordinadas restrictivas son aquellas que aportan una información esencial para las principales.

El rector que expulsó a Pedro era muy estricto.

El avión que se estrelló en el océano Índico no había recibido el mantenimiento adecuado.

El hotel donde sugeriste que me quedara es espantoso.

Al suprimir las subordinadas resaltadas en los ejemplos, la principal pierde su especificidad.

El rector era muy estricto.

El avión no había recibido el mantenimiento adecuado.

El hotel es espantoso.

Aunque en los tres casos estamos ante oraciones completas, algo esencial se ha extraviado por el camino. Las subordinadas restrictivas, como se ve en los ejemplos, no deben ir separadas por comas de la oración principal.

La coma es obligatoria cuando la subordinada se refiere a un antecedente no inmediato.

Se desprendió un fragmento del bate, que vino a parar a las graderías.

Lo que va a parar a las graderías es un fragmento del bate, no todo el bate, de suerte que la coma es de rigor.

7. Use el punto y coma para unir oraciones independientes

Si dos o más oraciones gramaticalmente completas (sujeto + verbo + predicado) que no están unidas por una conjunción van a formar una sola cláusula, el signo de puntuación más apropiado para separarlas es el punto y coma.

Los aforismos de Gesualdo Bufalino son entretenidos; están llenos de paradojas interesantes.

Son cerca de las cinco; no es conveniente llegar al centro después de las seis.

De insertarse una conjunción, el signo de puntuación previo debe ser una coma (regla 6).

Los aforismos de Gesualdo Bufalino son entretenidos, pues están llenos de paradojas interesantes.

Son cerca de las cinco, y no conviene llegar al centro después de las seis.

Es igualmente correcto cambiar el punto y coma por un punto seguido y dividir la cláusula en oraciones independientes:

Los aforismos de Gesualdo Bufalino son entretenidos. Están llenos de paradojas interesantes.

Son cerca de las cinco. No es conveniente llegar al centro después de las seis.

Al comparar las tres formas de redacción, se verán las ventajas de la que recurre al punto y coma. Este uso sugiere de forma económica la cercanía entre las dos afirmaciones, mientras que la segunda opción es más larga y la tercera es menos fluida.

Note que si la segunda oración se inicia con un adverbio, como solo, aun, inclusive, además, incluso, precisamente, viceversa, siquiera y no con una conjunción, de todos modos se requiere el punto y coma.

No había estado nunca antes en el lugar; solo había soñado con él.

Existe, no obstante, una excepción a la regla del punto y coma señalada atrás. Si las oraciones son muy cortas y similares en su forma, o cuando el tono es fácil y oral, es preferible usar una coma:

Yo casi no lo conocía, estaba tan cambiado.

Hoy tenemos, mañana no sabemos.

En el sentido contrario, es erróneo usar un punto seguido con función de coma, como vimos en la regla 1.

Pienso. Luego existo. [incorrecto]

María salió ayer. De vacaciones. [incorrecto]

La forma correcta sería:

Pienso, luego existo.

María salió ayer de vacaciones.

A veces un experto sustituirá una coma por un punto para hacer énfasis.

No quiero que este comportamiento se repita. Nunca. Punto.

Sin embargo, un principiante debe abstenerse de semejantes peripecias hasta que domine las técnicas básicas de escritura.

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Ograniczenie wiekowe:
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Data wydania na Litres:
22 maja 2025
Objętość:
192 str. 4 ilustracji
ISBN:
9789585386112
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki