Czytaj książkę: «La zanja»

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ANDRÉI PLATÓNOV

La zanja

Traducción de Marta Sánchez-Nieves

www.armaeniaeditorial.com

Título original: Kotlovan

Primera edición: Abril 2019

Primera edición ebook: agosto 2021

Published with the support of the Institute for Literary Translation (Russia)


Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte



Copyright © by Anton Martynenko, 2019. Spanish publishing rights are acquired via FTM Agency, Ltd., Russia, 2017

Copyright de la traducción © Marta Sánchez-Nieves, 2019

Copyright del posfacio © Robert Chandler y Olga Meerson, 2009

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2019, 2021

Imagen de cubierta: Cartel de propaganda socialista (URSS, años 1950).

Armaenia Editorial, S.L.

www.armaeniaeditorial.com

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-17-3


Índice

11 Introducción, por Robert Chandler y Olga Meerson

197 La zanja

219 Apéndices


El día del trigésimo aniversario de su vida personal, a Vóschev le dieron el finiquito en la pequeña fábrica de maquinaria donde obtenía los recursos para vivir. En la carta de despido escribieron que se le apartaba de la producción a consecuencia del aumento de su debilidad y de su ensimismamiento en el ritmo general de trabajo.

Ya en el piso, Vóschev metió sus cosas en un saco y salió fuera para comprender mejor su futuro al aire libre. Pero el aire estaba vacío, los árboles inmóviles mantenían cuidadosos el calor de sus hojas y el polvo yacía aburrido en el camino desierto: la naturaleza tenía un estado calmo. Vóschev no sabía hacia dónde tirar y, en el límite de la ciudad, se acodó en la tapia baja de una hacienda en la que se habituaba al trabajo y a la utilidad a los niños sin familia. Más allá, la ciudad se acababa: solo quedaba una cervecería para los campesinos temporeros y otras categorías de retribución baja que se levantaba sin patio de ningún tipo, como toda institución oficial, y detrás de la cervecería se alzaba una loma arcillosa y un viejo árbol crecía en ella, solo en medio del tiempo claro. Vóschev llegó a la cervecería y entró en las voces humanas sinceras. Aquí se encontraban personas impulsivas que se entregaban al olvido de su infelicidad y, entre ellos, Vóschev se sintió más sordo y más ligero. Estuvo en la cervecería hasta la tarde, hasta que empezó a alborotar el viento del tiempo cambiante; entonces Vóschev se acercó a la ventana abierta para observar el inicio de la noche y vio el árbol en la loma de arcilla: se tambaleaba ante la adversidad y, con oculta vergüenza, se torcían sus hojas. En algún lugar, seguramente en el jardín de los empleados del comercio soviético, penaba una orquesta de viento; una música monótona, que no llegaba a existir del todo, se marchaba rápidamente, ayudada por el viento, a la naturaleza, atravesando el páramo pegado al barranco. Vóschev oía la música con el placer de la esperanza, porque pocas veces le correspondía una alegría, pero nada podía hacer que estuviera a la altura de la música, y pasó su tiempo vespertino sin moverse. Después de los sonidos de viento regresó el silencio y a este lo cubrió una oscuridad aún más callada. Vóschev se sentó junto a la ventana para observar la delicada oscuridad de la noche, para escuchar la variedad de sonidos tristes y para atormentar su corazón, sitiado por crueles huesos petrosos.

—¡Oye, alimentador! —resonó en el local ya en calma—. ¡Danos un par de jarras, que llenemos el hueco!

Vóschev había descubierto tiempo atrás que la gente siempre llegaba a la cervecería en parejas, como los novios y las novias, y a veces formando bodas enteras y bien unidas.

Esta vez, el trabajador alimentario no sirvió la cerveza y los dos techadores recién llegados se limpiaron con el mandil la boca sedienta.

—¡Burócrata, en cuanto un obrero mueve un dedo, tú cumples sus órdenes y, además, con orgullo!

Pero el alimentador protegía sus fuerzas del desgaste laboral para tenerlas en su vida personal y no entró en desavenencias.

—El establecimiento está cerrado, ciudadanos. Dedíquense a lo que sea en su casa.

Los techadores se llevaron a la boca un rosco salado de un platito y salieron fuera. Vóschev se había quedado solo en la cervecería.

—¡Ciudadano! Solo ha pedido una jarra, pero lleva aquí ni se sabe. Ha pagado por la bebida, ¡no por el local!

Vóschev agarró su saco y se dirigió a la noche. El cielo interrogante lucía sobre él con la fuerza dolorosa de las estrellas, pero en la ciudad ya se habían apagado las luces y aquel que tenía la posibilidad, dormía después de una cena saciante. Vóschev bajó por las migajas de la tierra hasta el barranco y aquí se tumbó boca abajo, para dormir y abandonarse. Pero el sueño necesita la tranquilidad de la razón, confianza en la vida y perdón de la pena vivida, mientras que Vóschev estaba tumbado con tensión fría en la conciencia y no sabía si era útil para el mundo o si todo saldría bien sin él. Desde un lugar desconocido empezó a soplar el viento para que la gente no se asfixiara, y con la débil voz de la duda un perro de los suburbios informó de su servicio.

—El perro siente añoranza; solo vive porque ha nacido, como yo.

El cuerpo de Vóschev estaba pálido por el cansancio, sintió frío en los párpados y tapó con ellos los ojos cálidos.

El cervecero ya había ventilado su local. A causa del sol se inquietaban ya alrededor vientos y hierbas, cuando Vóschev abrió con pesar los ojos repletos de fuerza húmeda. De nuevo lo aguardaba vivir y alimentarse, y por eso se fue a ver a la comisión de la fábrica, a defender su innecesario trabajo.

—La dirección dice que te que quedabas parado y pensando en medio de la producción —dijeron en la comisión—. ¿En qué pensabas, camarada Vóschev?

—En el plan de vida.

—La fábrica trabaja según el plan preparado para el monopolio. Y el plan de tu vida personal podías haberlo estudiado en el club o en el rincón rojo.1

—Pensaba en el plan de la vida en general. Mi vida no me da miedo, no es ningún misterio.

—Bien, ¿y qué podías haber hecho?

—Podía haber compuesto algo parecido a la felicidad y la productividad mejoraría por el sentido espiritual.

—La felicidad vendrá del materialismo, camarada Vóschev, y no del sentido. No podemos apoyarte, eres una persona irresponsable y no queremos encontrarnos en la cola de las masas.

Vóschev quería pedir algún trabajo más flojo, uno que bastara para mantenerse, que ya pensaría él fuera de este horario; pero para pedir hay que tener respeto por la gente, y Vóschev no había visto en ellos ese sentimiento.

—Tienen miedo de estar en la cola, porque es una extremidad, ¡y se han colgado de su cuello!

—Vóschev, el Estado te ha dado una hora de más para tus ensimismamientos: trabajabas ocho horas y ahora, solo siete, ¡harías mejor en vivir y callar! Si nos ponemos a pensar todos a la vez, ¿quién va a actuar?

—Sin pensamiento, la gente actuará sin sentido —meditó Vóschev.

Y sin ayuda alguna, se marchó de la comisión. Su camino a pie se extendía en pleno verano, a ambos lados se estaban construyendo casas y acondicionamientos técnicos: en esas casas iban a existir en silencio las masas, hasta ahora sin cobijo. El cuerpo de Vóschev era indiferente a las comodidades. Podía vivir y no cansarse nunca en el campo abierto, pero penar infeliz en época de saciedad, como en los días de paz en su último piso. Tuvo que evitar de nuevo la cervecería de las afueras, miró una vez más el lugar donde había pasado la noche: aquí había quedado algo común con su vida, y Vóschev se encontró en un espacio donde solo se alzaba ante él el horizonte y la sensación del viento en el rostro inclinado.

Pero poco después sintió la duda en su vida y la debilidad de un cuerpo sin verdad: estuvo un buen rato sin poder avanzar ni un paso por el camino, y se sentó en el borde de la cuneta sin saber la estructura exacta del mundo ni hacia dónde debía dirigirse. Agotado por sus pobres reflexiones, Vóschev se agachó y se tumbó en la hierba polvorienta, viajera; hacía calor, soplaba el viento diurno y por algún lugar gritaban los gallos de la aldea, todo se entregaba a una existencia indiferente, resignada, Vóschev era el único que se apartaba y callaba. Una hoja caída, muerta, yacía cerca de su cabeza, la había traído el viento desde algún árbol lejano y ahora la resignación aguardaba a esta hoja en la tierra. Vóschev recogió la hoja seca y la escondió en el compartimiento secreto de su saco, donde guardaba todo tipo de objetos de la desgracia y del desconocimiento. «Tu existencia no tenía sentido —supuso Vóschev con parquedad de compasión—. Quédate aquí, yo averiguaré para qué has vivido y muerto. Ya que nadie te necesita, que estás tirada en medio del mundo, yo te cuidaré y recordaré».

—En este mundo todo vive y aguanta sin tener conciencia de nada —dijo Vóschev junto al camino, y se levantó para echar a andar, rodeado de la paciente existencia universal—. Como si a uno solo o a unos cuantos nos hubieran extraído el sentimiento de convicción ¡y se lo hubieran quedado!

Anduvo por el camino hasta caer exhausto; cayó pronto, en cuanto su alma se acordó de que había dejado de conocer la verdad.

Pero ya se veía una ciudad a lo lejos, humeaban sus panaderías cooperativas y el sol vespertino iluminaba el polvo sobre las casas, producido por el movimiento de su población. La ciudad empezaba en la herrería. Cuando Vóschev pasó por delante, alí estaban reparando un automóvil de su marcha por caminos intransitables. Un tullido gordo estaba junto al atadero y hablaba con el herrero:

—Mish, rellena el tabaco, ¡o a la noche arrancaré el candado otra vez!

Desde debajo del automóvil, el herrero no respondió. Entonces, el lisiado lo golpeó con la muleta en las posaderas:

—Mish, es mejor que pares de trabajar y rellenes, ¡o haré un estropicio!

Vóschev se paró cerca del tullido, porque por la calle, desde el interior de la ciudad, marchaban en formación unos niños-pioneros2 con música cansada al frente.

—Ya te di ayer un rublo entero —dijo el herrero—. ¡Déjame tranquilo al menos una semana! Porque mira que aguanto y aguanto, pero ¡al final prenderé fuego a tus muletas!

—Hazlo —al inválido le pareció bien—. Los chicos me subirán a la carreta, ¡y le arrancaré el tejado a la fragua!

El herrero se distrajo mirando a los niños y, ablandándose, echó tabaco en la petaca del lisiado:

—Hale, ¡saquéame, langosta!

Vóschev se fijó en que el tullido no tenía piernas: una le faltaba por completo y en el lugar de la otra había un añadido de madera; el mutilado se apoyaba en unas muletas y en la carga complementaria del apéndice de madera de la pierna derecha truncada. El inválido tampoco tenía dientes, los había gastado con el alimento; a cambio, había echado una cara enorme y un resto de tronco corpulento; sus ojos marrones, escasamente abiertos, observaban un mundo para él ajeno con la avidez de la desdicha, con la congoja de la pasión acumulada, mientras que en su boca se restregaban las encías al pronunciar los pensamientos inaudibles del cojo.

Mientras se alejaba, la orquesta de los pioneros empezó a tocar la música de una joven expedición. Al pasar junto a la herrería, conscientes de la importancia de su futuro, las muchachas descalzas marcharon con precisión; sus cuerpos débiles, ya madurando, vestían trajes de marinero; en las cabezas ensimismadas y atentas se recostaban con soltura unas boinas rojas y sus piernas estaban cubiertas con la pelusilla de la mocedad. Cada una de las niñas, moviéndose con arreglo a la formación común, sonreía por un sentimiento de importancia, por la conciencia de la gravedad de la vida que se comprimía en su interior, imprescindible para la continuidad de la formación y de la fuerza para seguir marchando. Todas estas pioneras habían nacido en el tiempo en que los campos estaban cubiertos de caballos muertos en la guerra social, y no todos los pioneros tenían piel en el momento de su surgimiento porque sus madres se habían alimentado solo de las reservas de su propio cuerpo; por eso, en la cara de cada una de las pioneras había quedado la dificultad de la debilidad de su inicio vital, la escasez de su cuerpo y la belleza en su expresión. Pero la felicidad de la amistad infantil, la materialización del mundo futuro en un juego de mocedad y la dignidad de su rigurosa libertad marcaban en los rostros infantiles una alegría importante que sustituía a la belleza y a la nutrición doméstica.

Vóschev se paró tímido ante la mirada de la procesión de esos niños emocionados y para él desconocidos; se avergonzaba porque seguramente los pioneros sabían y sentían más que él, porque los niños son el tiempo madurando en un cuerpo fresco, mientras que él, Vóschev, con su juventud apresurada y activa se alejaba hacia la calma del desconocimiento, como un vano empeño de la vida de alcanzar su objetivo. Y Vóschev sintió vergüenza y energía, quiso descubrir de inmediato el sentido universal y duradero de la vida para marchar por delante de los niños, más rápido que sus piernas morenas repletas de firme ternura.

Una pionera salió corriendo de entre las filas hasta el campo de centeno contiguo a la herrería y arrancó la planta que necesitaba. Mientras así actuaba, la pequeña mujer se inclinó dejando al descubierto un lunar en el cuerpo hinchado y, con la ligereza de una fuerza imperceptible, siguió su camino y desapareció, dejando un sentimiento de pena en los dos espectadores: Vóschev y el tullido. Vóschev, buscando el alivio que da la igualdad, miró al inválido; a este la sangre sin salida le había hinchado la cara, gimoteó y movió la mano en la profundidad del bolsillo. Vóschev observó el ánimo del vigoroso lisiado y se alegró de que los niños del socialismo nunca estuvieran a mano de ese monstruo del imperialismo. Sin embargo, el tullido no apartaba la mirada del final de la procesión pionera y Vóschev empezó a temer por la integridad y la pureza de esas personas pequeñas.

—Ya podían tus ojos mirar a algún otro sitio —le dijo al inválido—. ¡Mejor ponte a fumar!

—¡A un lado, marchen, mandón! —dijo el cojo.

Vóschev no se movió.

—¿A quién le estoy hablando? —insistió el tullido—. ¿Quieres que te dé un puñetazo?

—No —respondió Vóschev—. Me asustaba que le dijeras alguna palabra a la niña o que actuaras de alguna manera.

Con un suplicio habitual, el inválido inclinó su enorme cabeza hacia la tierra.

—¿Qué le voy a decir yo nada a la cría, gusano? Miro a los niños para recordarlos. Pronto moriré.

—Imagino que te hirieron en el combate capitalista —dijo Vóschev en voz baja—. Aunque también hay tullidos viejos, yo los he visto.

El lisiado dirigió los ojos hacia Vóschev, unos ojos que ahora tenían la ferocidad de una inteligencia superior; al principio, el lisiado se quedó callado por el enfado que sentía hacia el transeúnte, pero después dijo con la lentitud que da la amargura:

—Sí, hay viejos así, pero que sean tan incompletos y defectuosos como tú, no.

—No he estado en una guerra de verdad —dijo Vóschev—. De haberlo hecho, no habría regresado entero.

—Claro que no has estado: ¡por eso eres tan tonto! Un hombre que no ha visto la guerra parece una mujer que no ha parido: vive hecho un idiota, ¡se te ve todo a través del cascarón!

—¡Oh! —exclamó quejoso el herrero—. Es mirar a los niños y sentir ganas de gritar: ¡viva el Primero de Mayo!

La música de los pioneros se tomó un descanso y empezó a tocar a lo lejos la marcha del movimiento. Vóschev continuaba penando y se fue a la ciudad a vivir.

Hasta bien entrada la tarde caminó Vóschev en silencio por la ciudad, como si esperara a que el mundo se volviera universalmente conocido. Sin embargo, seguía sin tener claro nada y en la oscuridad de su cuerpo sentía un lugar tranquilo donde no había nada, pero nada impedía que empezara nada. Como el que vive a distancia, Vóschev daba su paseo junto a la gente sintiendo la fuerza creciente de su mente lamentándose, y cada vez se encerraba más en la estrechez de su pena.

Solo entonces se fijó en el corazón de la ciudad y en sus instalaciones en construcción. La electricidad vespertina ya estaba encendida en los andamios de las obras, pero la luz del campo en calma y el olor ajado del sueño se acercaban hasta aquí desde el espacio común y se paraban intactos en el aire. Aislados de la naturaleza, a la luz clara de la electricidad, se afanaban con agrado unos hombres: levantaban tapias de ladrillo, andaban y llevaban carga en el delirio de chillas de los andamios. Vóschev estuvo largo rato observando la construcción de una torre desconocida para él; vio que los trabajadores se movían de forma regular, sin fuerza intensa, y que se había añadido algo a la construcción para así concluirla.

—El hombre construye una casa, pero él se destruye por dentro. ¿Quién vivirá entonces? —pensativo, Vóschev expresaba sus dudas a la vez que andaba.

Se alejó del corazón de la ciudad hasta su final. Mientras se desplazaba hasta allí, llegó la desierta noche; en la lejanía, solo el agua y el viento habitaban la oscuridad y su naturaleza y solo los pájaros eran capaces de cantar la pena de esta gran materia, porque volaban por arriba y ahí se estaba mejor.

Vóschev se coló en un solar y descubrió un agujero cálido en el que pasar la noche; una vez hubo bajado al hueco de tierra, se colocó debajo de la cabeza el saco en el que recogía toda clase de desconocimiento como recuerdo y venganza, se entristeció y, así, se quedó dormido. Pero un hombre entró en el solar con una guadaña en las manos y empezó a cortar la maleza que crecía allí desde que el mundo es mundo. Hacia la medianoche, el guadañero llegó hasta Vóschev y determinó que tenía que levantarse y marcharse del área.

—¡Qué dices! —respondió Vóschev a regañadientes—. Qué va a ser esto un área, no es más que un lugar que sobra.

—Pues ahora va a ser un área, se ha establecido para un asunto de piedras. Ven a ver el lugar por la mañana, pues pronto desaparecerá para siempre bajo una estructura.

—Pero, ¿dónde voy a quedarme?

—Ve a seguir durmiendo al barracón, sin miedo. Entra allí y duerme hasta la mañana, y ya darás entonces las aclaraciones necesarias.

Vóschev echó a andar siguiendo la explicación del guadañero y enseguida reparó en un cobertizo de tablas en un antiguo huerto. En el interior del cobertizo dormían boca arriba diecisiete o veinte personas y una lámpara medio apagada iluminaba las caras humanas inconscientes. Todos los durmientes estaban consumidos cual difuntos, el escaso espacio que tenían entre la piel y los huesos estaba ocupado por venas, y en el grosor de estas venas se veía la mucha sangre a la que debían dar paso durante la tensión del trabajo. El percal de las camisas transmitía con exactitud la lenta labor renovadora del corazón: latía cercano, en la oscuridad del cuerpo asolado de cada dormido. Vóschev miró fijamente la cara del durmiente más cercano, por si reflejaba la felicidad humilde del hombre satisfecho. Pero el durmiente yacía medio muerto, sus ojos se ocultaban honda y penosamente, sus piernas enfriadas estaban estiradas dentro de unos viejos pantalones de obrero. Aparte de la respiración, en el barracón no había ningún ruido, nadie tenía sueños ni hablaba con los recuerdos, cada uno de ellos existía sin ninguna superfluidad en la vida, y durante el sueño solo quedaba vivo el corazón, que cuidaba del hombre. Vóschev sintió el frío del cansancio y se tumbó para entrar en calor entre dos cuerpos de operarios durmientes. Se quedó dormido, desconocido para esa gente de ojos cerrados, y contento de pasar la noche cerca de ellos, y así siguió durmiendo, sin sentir la verdad, hasta la mañana clara.

Por la mañana, a Vóschev lo golpeó en la cabeza alguna clase de instinto, se despertó y, sin abrir los ojos, escuchó unas palabras ajenas.

—¡Es débil!

—Es inconsciente.

—No importa: el capitalismo ha hecho idiotas a los de nuestra especie, y este también es un resto de esa oscuridad.

—Con tal de que nos encaje bien por estamento… entonces sí que servirá.

—A juzgar por su cuerpo, es de la clase pobre.

Dudando, Vóschev abrió los ojos a la luz del día incipiente. Los durmientes de ayer estaban de pie sobre él, vivos, y observaban su débil posición.

—Imagino que ya sabéis todo, ¿no? —les preguntó Vóschev con la timidez de la esperanza débil.

—¿Y cómo no? ¡Nosotros damos existencia a todas las organizaciones! —respondió un hombre bajo con su boca seca, a cuyo alrededor, por puro agotamiento, crecía débilmente la barba.

En ese momento, se abrieron la entrada y la puerta y Vóschev vio al guadañero nocturno con una tetera colectivista: el agua hirviendo ya estaba lista en la cocinilla que ardía en el patio del barracón; el tiempo de despertarse había pasado y había llegado el momento de alimentarse para el trabajo del día.

Un reloj rural estaba colgado en una pared de madera y andaba paciente por la fuerza de la gravedad de una carga inerte; el semblante del mecanismo tenía pintada una florecilla rosa para calmar a todo aquel que viera el tiempo. Los operarios se sentaron en fila a lo largo de una mesa; el guadañero, que se encargaba de las tareas de mujer en el barracón, cortó el pan y dio a cada hombre una rebanada y, como añadido, también un trozo de carne de vaca del día anterior, fría. Los operarios empezaron a comer en serio, tomando el alimento como es debido, pero sin saborearlo.

—¡Ven a comer con nosotros! —invitaron a Vóschev los que se alimentaban.

Vóschev se levantó y, sin tener todavía fe plena en la necesidad común del mundo, se fue a comer, cohibido y acongojado.

Cuando hubieron terminado de alimentarse, los operarios salieron fuera con palas en las manos y Vóschev los siguió.

En el solar segado olía a hierba muerta y a la humedad de los lugares desnudos, por lo que se sentía con más claridad la pena común de la vida y la congoja de la inutilidad. Le dieron una pala a Vóschev y sus manos la apretaron con la crueldad de la desesperación de su vida, igual que si quisiera extraer la verdad del centro del polvo terrestre; desdichado, Vóschev estuvo conforme también en no tener sentido de la existencia, pero deseaba al menos observarla en la materia del cuerpo de otro, de una persona cercana y, para encontrarse cerca de esa persona, podía sacrificar para el trabajo a su débil cuerpo, agotado de ideas y sinsentidos.

En medio del solar había un ingeniero: un hombre no muy mayor pero canoso a cuenta de la naturaleza. Se figuraba al mundo como un cuerpo muerto, lo juzgaba por las partes que ya había transformado en edificación: por doquier, el mundo sucumbía a su razón atenta e imaginativa, limitada solo por la conciencia de la inercia de la naturaleza; el material siempre se rendía ante la exactitud y la paciencia, lo que quería decir que estaba muerto y deshabitado. Pero el hombre era algo vivo y apto en medio de toda la materia alicaída, por eso ahora el ingeniero sonreía educado al recibir al equipo de operarios. Vóschev vio que las mejillas del ingeniero estaban rosadas, pero no por nutrición, sino por los latidos superfluos de su corazón, y a Vóschev le gustó que a esa persona el corazón se le agitara y latiera.

El ingeniero le dijo a Chiklin que ya había marcado los trabajos de movimiento de tierra y delimitado la zanja de cimentación, y señaló los piquetes clavados: ya podían empezar. Chiklin escuchaba al ingeniero y hacía una comprobación adicional a las marcaciones con su cabeza y experiencia: durante los trabajos de terrapleno, había sido el mayor del colectivo. El trabajo con el terreno era su mejor ocupación, pero cuando llegaba el momento de los mampuestos, Chiklin se subordinaba a Safrónov.

—Hay pocas manos —dijo Chiklin al ingeniero—, esto es un suplicio, no un trabajo, el tiempo se tragará todo el provecho.

—La bolsa de colocación prometió enviar a cincuenta hombres, aunque yo pedí cien —respondió el ingeniero—. Ahora bien, por los trabajos con la tierra firme solo vamos a responder usted y yo, ustedes son la brigada dirigente.

—Nosotros no vamos a dirigir, sino a igualar a todos. Siempre que aparezca gente…

Y, habiendo hablado así, Chiklin hundió la pala en la pulpa superior de la tierra, el rostro concentrado abajo, entre indiferente y pensativo. Vóschev también empezó a cavar profundo el terreno, insuflando toda su fuerza a la pala; ahora admitía la posibilidad de que la infancia se hiciera mayor, la alegría se convirtiera en idea y el hombre futuro encontrara en esta casa una sólida paz para mirar desde las altas ventanas al mundo tendido que lo esperaba. Ya había destruido para siempre miles de tallos, raíces y diminutos refugios térreos de aplicados bichos, y trabajaba en la estrechura de la arcilla melancólica. Pero Chiklin le sacaba ventaja: hacía tiempo que había dejado la pala y cogido una barra para desmenuzar las rocas prietas inferiores. Mientras suprimía la estructura natural antigua, Chiklin no lograba comprenderla:

—A saber por qué había greda debajo del suelo, y aquí se fue la arcilla, ¡y pronto habrá caliza…! Así de fácil, como tiene que ser: y si no tocas la tierra con el hierro, pues se quedaría así, como tonta. ¡Una desgracia!

A causa de su extrañamiento por la arcilla y la conciencia de lo poco numeroso que era su colectivo, Chiklin rompía a toda prisa el terreno secular, dirigiendo toda la energía de su cuerpo a golpear los lugares muertos. Su corazón latía como solía, la espalda tenaz consumía el sudor: Chiklin no tenía ninguna grasa de reserva bajo la piel, sus venas viejas y sus entrañas se acercaban muchísimo al exterior, sentía el ambiente a su alrededor sin cálculos ni sentimientos, pero con precisión. Hubo un tiempo en que fue más joven y gustaba a las muchachas, por la avidez de su cuerpo poderoso que lo llevaba donde fuera, que no se guardaba nada y que era leal a todos. Muchos entonces necesitaban a Chiklin, así como el abrigo y la paz entre su calor seguro, pero él quería abrigar a demasiados, para tener también algo que sentir, y entonces las mujeres y los colegas lo abandonaban por celos, y Chiklin, melancólico en mitad de la noche, salía a la plaza del bazar y volcaba las casetas de los comercios o las sacaba directamente fuera, por lo que después penaba en la cárcel y cantaba desde allí canciones a las tardes de verano color cereza.

Hacia el mediodía, el esfuerzo de Vóschev daba cada vez menos tierra, empezaba a estar ya enfadado de cavar e iba a la zaga del colectivo; solo un operario delgado era más lento que él. Este postrero era hosco y todo su cuerpo era insignificante, el sudor de la debilidad goteaba en la arcilla desde su cara deslucida y monótona, cubierta de pelo ralo; al ascender desde la tierra al recorte de la zanja, tosía y arrancaba de su interior flemas y, después, cuando se reponía, cerraba los ojos como si deseara dormir.

—¡Kozlov! —le gritaba Safrónov—. ¿Otra vez te encuentras mal?

—Sí, otra vez —respondía Kozlov con su pobre voz infantil.

—Te recreas mucho en los conflictos —dijo Safrónov—, ¡y se te va la fuerza!

Kozlov miró a Safrónov con ojos húmedos y enrojecidos y guardó silencio de puro agotamiento indiferente.

Vóschev examinó a esta gente y decidió vivir entre ellos como pudiera, ya que ellos aguantaban y vivían: había surgido a su lado y moriría a su debido tiempo sin separarse de esa gente.

—Kozlov, túmbate bocabajo, ¡recupera el aliento! —dijo Chiklin—. Toses y suspiras, callas y te lamentas; así se cavan tumbas, no casas.

Pero Kozlov no veía bien la compasión ajena: sin que se notara, se llevó la mano al seno, a la altura del pecho cavernoso y decrépito, y continuó excavando el terreno continuo. Todavía creía en el inicio de la vida después de que se construyeran grandes casas y temía que no lo aceptaran en esa vida si aparecía allí siendo un elemento lastimero y nada trabajador. Un único sentimiento molestaba a Kozlov por las mañanas: su corazón tenía dificultades para latir. Aun así, abrigaba esperanzas de vivir en el futuro aunque fuera con un pequeño resto de corazón; pero debido a la debilidad de su pecho, durante el trabajo se veía obligado a pasarse de cuando en cuando la mano por encima de los huesos y, en un susurro, convencerse de aguantar.

Ya habían dejado atrás el mediodía y la bolsa no había enviado a los cavadores. El guadañero de hierba nocturno había descansado bien, había cocido patatas, las había regado con unos huevos empapados en mantequilla, añadió la kasha3 del día anterior, después espolvoreó eneldo por encima para darle un toque de lujo y llevó en un perol esta comida combinada para aumentar las fuerzas caídas del colectivo.

Comieron en silencio, sin mirarse y sin ansia, sin reconocer el valor del alimento, como si la fuerza del hombre procediera únicamente de su conciencia. Kozlov a veces tosía sin querer en el perol y en el aire se veían las migas de su boca, pero ninguno de los que comían defendía la limpieza del alimento del estómago frente a Kozlov y, al verlo, Vóschev rastrillaba con su cuchara precisamente aquellos lugares de comida donde tosía Kozlov, para así simpatizar más con él.

El ingeniero recorrió en su ronda diaria las diferentes organizaciones y apareció en la zanja de cimentación. Se quedó a un lado mientras la gente se acababa la comida del perol y entonces dijo:

—El lunes habrá cuarenta personas más. Pero hoy es sábado: ya es hora de que paréis.

—¿Cómo que es hora de parar? —preguntó Chiklin—. Todavía podemos sacar un metro cúbico, o metro y medio. No tiene sentido parar antes.

—Hay que parar —replicó el jefe de obras—. Ya habéis trabajado más de seis horas, es la ley.

—Esa ley es solo para los elementos cansados —Chiklin seguía poniendo impedimentos—, pero a mí todavía me queda algo de fuerza antes de irme a dormir. ¿Qué pensáis? —preguntó a todos.

—Hasta la noche queda mucho —informó Safrónov—, para qué perder la vida en vano, mejor hagamos algo. Además, no somos animales, ¡podemos vivir del entusiasmo!

—Quizá la naturaleza nos enseñe algo ahí abajo —dijo Vóschev.

—¡Eso es! —dijo no se sabía cuál de los operarios.

El ingeniero agachó la cabeza, temía el tiempo vacío en casa, no sabía cómo vivir solo.

—Entonces iré a trazar algún plano y a contar otra vez los pozos de los pilotes.

—Qué se le va a hacer, hale, ¡ve a dibujar y a contar! —convino Chiklin—. De todas formas, la tierra está cavada y hay bastante aburrimiento por aquí. Acabaremos el trabajo, entonces determinaremos nuestra vida y podremos descansar.

El jefe de obras se alejó lentamente. Evocó su infancia, las vísperas de las fiestas, cuando la criada fregaba los suelos, su madre recogía la estancia principal y por la calle corría un agua desagradable y él, un niño, no sabía dónde meterse y se angustiaba y se entregaba a sus pensamientos. También entonces el tiempo se estropeaba y sobre la llanura avanzaban unas nubes hurañas y lentas; y ahora, cuando por toda Rusia se friegan los suelos la víspera de la fiesta del socialismo, por alguna razón a él le parecía que aún era pronto para disfrutar, que no había motivos; era mejor sentarse, reflexionar y trazar las partes del futuro edificio.

Una vez saciado, Kozlov se sintió alegre y su mente se hizo más grande.

—Los amos de todo el mundo, pero, como suele decirse, bien que les gusta tragar —comunicó Kozlov—. Un amo se construiría la casa de un tirón; vosotros, en cambio, moriréis en una tierra vacía, hueca.

—¡Kozlov, bruto! —definió Safrónov—. ¿Qué más te da a ti una casa para el proletariado, si lo único que te alegra es su organización exterior?

—¡Dejame disfrutar! —respondió Kozlov—. ¿Quién me ha querido a mí al menos una vez? Aguanta, decían, mientras el viejo capitalismo muere. Pues ahora está acabado y yo vuelvo a estar solo debajo de la manta, ¡y es triste!

Vóschev empezó a alterarse por amistad hacia Kozlov.

—La tristeza no es nada, camarada Kozlov —dijo—, significa que nuestra clase siente a todo el mundo, mientras que la felicidad no deja de ser un asunto de burgueses… ¡La felicidad solo te hace sentir sentir vergüenza!

En el tiempo que siguió, Vóschev y otros junto con él se levantaron para trabajar. El sol todavía estaba alto y los pájaros cantaban lastimeros en el aire iluminado, sin celebraciones, sino a la búsqueda de alimento en la gran extensión; las gaviotas volaban bajo, pasaban rápidamente por encima de la gente que excavaba agachada, dejaban de hacer ruido con las alas por el cansancio y debajo de su piel y de sus plumas estaba el sudor de la necesidad: llevaban volando desde el alba, sin parar de atormentarse para saciar a sus crías y a sus amigas. Vóschev recogió una vez a un pájaro que había muerto de repente en el aire y que había caído: estaba todo cubierto de sudor, y cuando Vóschev lo desplumó para ver el cuerpo, en sus manos surgió una criatura lastimera y enjuta que había perecido exhausta de trabajar. Y entonces Vóschev no sintió pena por destruir el terreno adherido, compacto: aquí habría una casa, en ella la gente iba a resguardarse de la adversidad y a echar miguitas por la ventana para los pájaros que viven fuera.

Chiklin, sin mirar a los pájaros ni el cielo, sin sentir idea alguna, con movimientos pesados, desbarataba la tierra con una barra y, aunque su carne se consumía en la extracción arcillosa, el cansancio no lo entristecía, pues sabía que con el sueño nocturno su cuerpo volvería a llenarse.

El extenuado Kozlov se había sentado en el suelo y partía con un hacha la caliza que quedaba al descubierto; trabajaba sin acordarse de la hora o del lugar, arrojando los restos de su fuerza cálida en la piedra que estaba cortando: la piedra se calentaba, pero Kozlov se iba enfriando poco a poco. Podría morir así, igual de imperceptible, y la piedra destruida sería su pobre herencia para la gente que creciera en el futuro. A Kozlov se le caían los pantalones con el movimiento, se le ajustaban a la piel los huesos curvos y puntiagudos de las piernas, como cuchillos con muescas. Vóschev sentía la nervosidad angustiosa de esos huesos indefensos, le parecía que los huesos desgarrarían la piel frágil y saldrían al exterior; se palpó las piernas en los mismos lugares óseos y dijo a todos:

—¡Hora de parar! O acabaréis cansadísimos y moriréis y, entonces, ¿quién quedará para ser persona?

Vóschev no sintió las palabras de respuesta. Ya empezaba a atardecer; en la lejanía se levantaba la noche azul con su promesa de sueño y respiración fresca y —como la tristeza— elevaba su altura muerta sobre la tierra. Kozlov seguía destruyendo piedras en la tierra, sin alejar la mirada por nada, y probablemente su corazón debilitado latía melancólico.

El jefe de obras de la casa proletaria común salió de su oficina de dibujo durante la lobreguez nocturna. El foso de la zanja de cimentación estaba vacío, el colectivo de operarios se había quedado dormido en el barracón formando una hilera prieta de torsos, y únicamente la luz de la lámpara nocturna medio apagada penetraba entre las rendijas de las chillas, dejando así que hubiera luz en caso de accidente o por si a alguien le entraban ganas inesperadas de beber. El ingeniero Prushevski se acercó al barracón y echó un vistazo a su interior por el hueco de un antiguo nudo de una rama; Chiklin dormía cerca de la pared, tenía una mano —hinchada por el esfuerzo— sobre la tripa y todo el cuerpo hacía ruido en el trabajo sustentador que era el sueño; un descalzo Kozlov dormía con la boca abierta, su garganta bullía como si el aire de la respiración atravesara la sangre pesada y oscura, de sus ojos blancos entornados salían lágrimas espaciadas, causadas quizá por lo que estuviera soñando o por alguna angustia ignorada.

Prushevski apartó la cabeza de las tablas y empezó a pensar. En la lejanía brillaba la electricidad de la obra nocturna de la fábrica, pero Prushevski sabía que allí no había nada, excepto el material de construcción inerte y gente cansada, no pensadores. Él era quien había ideado la única casa proletaria común en el lugar de una ciudad vieja donde hasta ahora la gente había vivido como en un corral cercado; al cabo de un año toda la clase proletaria local saldrá de esa ciudad de diminutas propiedades y ocupará la casa nueva y monumental para vivir en ella. Al cabo de diez o veinte años otro ingeniero construirá en el centro del mundo una torre en la que entrarán para asentarse eterna y felizmente los trabajadores de todo el globo terráqueo. Prushevski ya podía prever qué obra de mecánica estática, desde el punto de vista del arte y de la conveniencia, se debía colocar en el centro del mundo, pero no podía presentir la estructura del alma de los colonos de la casa común en medio de esta llanura, ni mucho menos imaginar a los habitantes de la futura torre en medio de la tierra universal. ¿Cómo será entonces el cuerpo de los jóvenes y qué fuerza emocional hará latir el corazón y pensar a la mente?

Prushevski quería saberlo ya para que no se construyeran en vano los muros de su arquitectura: la casa debía habitarla gente, pero la gente está colmada de esa calidez de la vida que una vez se llamó alma. Tenía miedo de levantar edificios vacíos, esos en los que la gente vive solo por las inclemencias del tiempo.

Prushevski se quedó frío en la noche y bajó al foso empezado para la zanja de cimentación, donde había más calma. Se quedó un rato sentado en el fondo; debajo de él había piedras; a su lado se alzaba el corte del terreno y se veía que sobre el canto de la arcilla, sin proceder de ella, yacía el suelo. ¿Se puede formar una superestructura desde cualquier tipo de base? ¿Toda producción de material vital dota al hombre con el producto adicional que es el alma? Y en el caso de que la producción mejore hasta la economía exacta, ¿va a originar productos circunstanciales, no esperados?

Desde que tenía veinticinco años, el ingeniero Prushevski sentía la estrechez de su conciencia y el final del subsiguiente concepto sobre la vida, como si un muro oscuro hiciera de tope delante de su mente perceptora. Y desde entonces sufría, removiéndose junto a su muro, y se tranquilizaba pensando que, en realidad, había concebido la estructura central y verdadera de la materia en la que están combinados el mundo y la gente, que toda la ciencia indispensable también estaba colocada antes del muro de su conciencia y que al otro lado del muro solo se encontraba un lugar aburrido al que uno podía no aspirar. Pero, aun así, sentía curiosidad por saber si alguien se asomaría antes al otro lado del muro. Prushevski volvió a acercarse a la pared del barracón y, agachado, miró al durmiente más cercano que estaba al otro lado, para captar algo desconocido de la vida, pero poco se podía ver allí, porque la parafina se había agotado en la linterna y solo se oía la respiración lenta, decreciente. Prushevski dejó el barracón y fue a afeitarse a la peluquería para los turnos de noche; le gustaba que lo rozaran unas manos en los momentos de melancolía.

Prushevski llegó a su piso —un ala en el jardín de los frutales— después de la medianoche, abrió la ventana a la oscuridad y se quedó sentado. El débil viento local empezaba ahora a agitar las hojas, pero enseguida se hizo de nuevo el silencio. Por detrás del jardín pasaba alguien cantando su canción; casi seguro que era el contable que regresaba de las clases vespertinas o puede que simplemente fuera alguien a quien le entraba la melancolía al dormir.

En la lejanía, en suspenso y sin salvación, brillaba una estrella poco clara, que nunca llegaría a estar más cerca. Prushevski la miró a través del aire empañado. El tiempo pasaba y él dudaba:

—¿Debería perecer yo?

Prushevski no veía quién lo podía necesitar tanto como para aguantar hasta la todavía lejana muerte. En lugar de esperanza, solo le quedaba paciencia, y en algún punto tras la sucesión de noches, tras los jardines florecidos y de nuevo echados a perder, tras la gente que se encontraba y lo esquivaba, estaba el momento en que tendría que tumbarse en un catre, ponerse de cara a la pared y morir sin haber aprendido a llorar. En el mundo se quedará su hermana, pero dará a luz a un niño, y la compasión por este será más fuerte que la tristeza por el hermano muerto, abatido.

—Es mejor que muera —pensó Prushevski—. Me utilizan, pero nadie se alegra al verme. Mañana escribiré una última carta a mi hermana. Cuando se haga de día, tengo que comprar un sello.

Y habiendo tomado esta decisión, se tumbó en la cama y se quedó dormido con la felicidad que da la indiferencia por la vida. Sin tiempo para haber sentido toda esa felicidad, se despertó por culpa de ella a las tres de la madrugada y, tras iluminar el piso, se sentó en medio de la luz y del silencio, rodeado por los manzanos próximos, hasta el amanecer, momento en que abrió la ventana para oír a los pájaros y los pasos de los transeúntes.

Después del despertar general, al barracón de pernoctación de los cavadores llegó un hombre ajeno. De entre todos los operarios, el único que lo conocía era Kozlov, gracias a sus conflictos del pasado. Era el camarada Pashkin, el presidente del consejo de distrito del sindicato. Tenía ya cara de mayor y el tronco del cuerpo encorvado, no tanto por el número de años, cuanto por la carga social; a causa de estas dotes, hablaba en tono paternal y sabía o barruntaba casi todo.

«Bueno, qué se le va a hacer —solía decir en época de dificultad—, de todas formas la felicidad llegará históricamente». E inclinaba con resignación la cabeza abatida que ya no tenía nada que pensar.

Cerca de la zanja de cimentación empezada, Pashkin se colocó mirando hacia la tierra, como ante toda clase de producción.

—Ritmo suave —dijo a los operarios—. ¿Por qué os compadecéis del aumento de la productividad? El socialismo se las apañará sin vosotros, pero, sin él, vosotros viviréis en vano y palmaréis.

—Como suele decirse, camarada Pashkin, nos esforzamos —dijo Kozlov.

—Y ¿dónde está ese esfuerzo? ¡Solo habéis sacado un montón de tierra!

Incómodos con el reproche de Pashkin, los operarios respondieron con silencio. Estaban de pie y miraban: el hombre estaba en lo cierto, había que cavar la tierra cuanto antes y colocar la casa, o se morirían y no llegarían a tiempo. No importaba que la vida se marchara ahora como el flujo de la respiración, porque con ayuda de la estructura de la casa se la podía organizar de forma provechosa, para la futura felicidad inmovible y para la infancia.

Pashkin miró a lo lejos, a las llanuras y barrancos; allí, en algún lugar, empezaban los vientos, de allí provenían los fríos nubarrones, se propagaban diversas plagas mosquiteras y enfermedades, reflexionaban los kulaks4 y dormía el atraso campesino, mientras el proletariado vivía solo, como un hijo de perra, en este vacío aburrido y se veía obligado a tener ideas sobre todo y por todos y a hacer a mano la materia de una vida duradera. Y Pashkin sintió pena de todos sus sindicatos, y experimentó en su interior bondad por los trabajadores.

—Camaradas, voy a acondicionaros algunas ventajas por la vía sindical —dijo Pashkin.

—¿Y de dónde vas a sacar esas ventajas? —preguntó Safrónov—. Primero las tenemos que hacer nosotros y pasártelas, y luego tú a nosotros.

Pashkin miró a Safrónov con esos ojos melancólicos y previsores y marchó al interior de la ciudad, a trabajar. Tras él salió Kozlov, que en un aparte le dijo:

—Camarada Pashkin, resulta que Vóschev está apuntado con nosotros, pero no tiene el mandato de la bolsa de colocación; usted debería, dicen, darlo de baja…

—Yo no veo aquí conflicto alguno: ahora hay pérdidas en el proletariado —fueron las consideraciones de Pashkin, lo que dejó a Kozlov sin consuelo. Y al instante, empezó a caer en este la fe proletaria y quiso irse al interior de la ciudad para escribir allí denuncias difamatorias y organizar conflictos de diversa índole a fin de que la organización progresara.

Hasta bien entrado el mediodía, el tiempo transcurrió felizmente; no llegó a la zanja de cimentación nadie del personal organizativo o técnico, y la tierra seguía hundiéndose bajo las palas, aun contando solo con la fuerza y la paciencia de los cavadores. A veces, Vóschev se agachaba y levantaba una piedrecita, así como algo de polvo pegado, compacto, y se lo metía en los pantalones para guardarlo. Lo alegraba e intranquilizaba la presencia casi eterna de una piedrecita en el medio propio de la arcilla, en una acumulación de lobreguez: significaba que si a esta le salía a cuenta estar allí, con más razón era menester que el hombre viviera. Pero, aun así, la pena por el estado general empezaba a atormentar de nuevo a Vóschev. A veces sentía toda la vida exterior como interior y por momentos la garganta se le quedaba ronca cuando abría la boca para comunicarse.

Después del mediodía, Kozlov ya no podía respirar en condiciones: intentaba inspirar seria y profundamente, pero el aire no penetraba como antes hasta el estómago, sino que actuaba solo superficialmente. Kozlov se sentó en el terreno desnudo y llevó el desaliento de sus manos al rostro huesudo.

—¿Apenado? —le preguntó Safrónov—. Para ganar resistencia, deberías apuntarte a educación física, pero tienes demasiada estima a los conflictos: tus pensamientos se han quedado atrasados.

Sin bajar el ritmo y sin hacer pausas, Chiklin cargó una barra contra la placa de piedra nativa, sin pararse a pensar o a estar de algún humor; no tenía razones para vivir de otra forma: podía acabar convertido en ladrón o echando a perder la revolución.

—¡Kozlov vuelve a flaquear! —le dijo Safrónov a Chiklin—. No va a sobrevivir al socialismo, ¡le debe faltar alguna función!

Chiklin dejó de trabajar y se fijó en Kozlov, que ya se acariciaba con ambas manos. Y entonces Chiklin empezó a pensar que su vida no tenía donde irse, una vez que su salida por la tierra se había visto interrumpida; arrimó la espalda húmeda a la pendiente del pozo, observó la lejanía y se imaginó unos recuerdos: no era capaz de pensar nada más. En el barranco próximo a la zanja de cimentación había ido creciendo la hierba poco a poco y la arena insignificante yacía sin dar señales de vida; el sol constante derrochaba sin calcular su cuerpo en cada menudencia de la vida ruin del lugar, y también él, por medio de cálidos chaparrones, había excavado antaño el barranco, pero todavía no habían instalado nada con utilidad proletaria. Para poner a prueba su mente, Chiklin se fue al barranco y lo midió con el paso habitual, respirando con regularidad para contar. El barranco era completamente adecuado para una zanja de cimentación, solo había que planificar los taludes y horadar su profundidad en el acuícludo.

—Kozlov puede ponerse enfermo —dijo Chiklin, ya de regreso—. No vamos a seguir esforzándonos en cavar aquí, hundiremos la casa en el barranco y desde allí la ajustaremos para arriba. Kozlov llegará a verla.

En cuanto oyeron a Chiklin, muchos dejaron de sacar tierra y se sentaron a tomar aire. Pero Kozlov ya se había alejado de su cansancio y quería ir a ver a Prushevski, a decirle que ya no estaban cavandoy que había que reinstaurar la imprescindible disciplina. Sin embargo, Safrónov lo paró en cuanto echó a andar.

—¿Qué te pasa, Kozlov, has tomado el rumbo de la intelectualidad?5 Mírala, ahí baja ella solita hasta nuestra masa.

Prushevski venía hacia la zanja de cimentación al frente de unos desconocidos. Había enviado la carta a su hermana y ahora lo que quería era actuar a porfía, preocuparse por los objetos del presente y construir cualquier edificio para provecho ajeno con tal de no alarmar a su conciencia, donde había instalado una indiferencia especial y delicada, acorde con la muerte y con el sentimiento de orfandad por la gente que se quedaba. Trataba con especial ternura a aquellas personas que antes no le habían gustado por la razón que fuera: ahora sentía que en ellos estaba el misterio casi principal de su vida y observaba fijamente los rostros bobos, ajenos y conocidos, emocionándose y sin comprender.

Los desconocidos resultaron ser los nuevos trabajadores que enviaba Pashkin para asegurar el ritmo estatal. Pero los recién llegados no eran obreros: Chiklin, sin fijarse mucho, enseguida descubrió en ellos a empleados urbanos reeducados, ermitaños varios de la estepa y gente acostumbrada a caminar a paso lento detrás del caballo de labor; en sus cuerpos no se percibía ningún talento proletario para el trabajo, estaban más dotados para tumbarse boca arriba o para descansar de alguna otra manera.

Prushevski explicó a Chiklin que debía distribuir a los trabajadores frescos por la zanja de cimentación y ofrecerles aprendizaje, porque había que saber vivir y trabajar con la gente que había en el mundo.

—No pasa nada —opinó Safrónov—. Arrancaremos ese atraso y los rellenaremos de actividad.

—Eso es —dijo Prushevski, dejándole encargado, y se fue en pos de Chiklin hasta el barranco.

Chiklin dijo que el barranco era la mitad de una zanja de cimentación y que con ayuda del barranco se podía conservar a los débiles para el futuro. Prushevski estuvo de acuerdo porque, de todas formas, él moriría antes de que el edificio estuviera acabado.

—Pues a mí me agita una duda científica —dijo Safrónov frunciendo el rostro entre cortés y racional. Y todos prestaron oídos a su opinión. Safrónov miró a quienes lo rodeaban con una sonrisa de raciocinio enigmático.

—¿De dónde ha sacado el camarada Chiklin esa representación del mundo? —pronunció Safrónov poco a poco—. ¿Es que con pocos años recibió un beso especial y por eso antepone el barranco mejor que un científico? ¿Cómo es que puedes pensar, camarada Chiklin? Porque yo voy con el camarada Prushevski, como menudencia que soy, y no veo en mí ninguna mejora.

Chiklin estaba demasiado sombrío para astucias y no respondió con exactitud:

—Cuando la vida no tiene a donde ir, entonces es cuando te vienen pensamientos en la cabeza.

Prushevski miró a Chiklin como miraría a un mártir sin sentido, después pidió que se hiciera una horadación de exploración en el barranco y se marchó a su oficina. Aquí empezó un trabajo minucioso con las partes ya ideadas de la casa proletaria común para así sentir los objetos y olvidarse de la gente en sus recuerdos. Al cabo de unas dos horas, Vóschev le trajo muestras del agujero explorado.

Prushevski tomó en las manos una muestra del terreno del barranco y se quedó abstraído mirándola. Quería quedarse a solas con esa bola oscura de tierra. Vóschev retrocedió hasta la puerta y se ocultó detrás, cuchicheando para sí su tristeza.

El ingeniero examinó el terreno y, durante un buen rato, por la inercia de su razón que actuaba por sí sola, liberada de esperanzas y deseo por satisfacerse, contó con ese suelo para comprimirlo y deformarlo. Antes, durante su vida sensitiva y de apariencia de felicidad, Prushevski habría calculado la solidez del terreno con menor exactitud, pero ahora le apetecía preocuparse sin cesar de los objetos y de las estructuras para tenerlos en su mente y en su vacío corazón en lugar de la amistad y el cariño por las personas. El dedicarse a la tecnología de inmovilidad del futuro edificio suministraba a Prushevski la indiferencia de una idea clara y cercana al placer, y los detalles de la edificación despertaban en él un interés mejor y más resistente que la emoción camaraderil con los correligionarios. Para Prushevski, esta materia eterna que no tenía necesidad de movimiento ni de vida, y que tampoco necesitaba desaparecer, había sustituido a algo olvidado e imprescindible, como la esencia de una amiga perdida.

Cuando hubo terminado la enumeración de sus magnitudes, Prushevski aseguró la inquebrantabilidad de la vivienda proletaria común y sintió consuelo en la solidez del material destinado a proteger a una gente que hasta ahora vivía en el exterior. Y entonces se sintió ligero y se hizo el silencio en su interior, como si estuviera viviendo no una vida indiferente y previa a la muerte, sino aquella que otrora los labios de su madre habían susurrado y que él ya había perdido incluso en los recuerdos.

Sin perturbar su paz y su asombro, Prushevski abandonó la oficina de los trabajos de terrapleno. En la naturaleza, el desolado día de verano se marchaba hacia la tarde; poco a poco, todo se iba acabando aquí cerca y allá lejos: los pájaros se ocultaban, la gente se echaba a dormir, humeaban pacíficas las viviendas campestres apartadas, donde un hombre ignoto y cansado estaba sentado junto al puchero esperando la cena, una vez que había tomado la decisión de soportar su vida hasta el final. La zanja de cimentación estaba vacía, los cavadores se habían trasladado a trabajar al barranco y era aquí donde tenían lugar sus movimientos. De pronto, Prushevski quiso estar en una lejana ciudad central, donde la gente pasa mucho tiempo sin dormir, se piensa y se debate, donde las tiendas de comestibles están abiertas por las tardes y huelen a vino y a pastelería, donde puedes encontrarte con una mujer desconocida y charlar con ella toda la noche, experimentando esa misteriosa felicidad de la amistad que te lleva a querer vivir eternamente en esa inquietud; y luego, a la mañana siguiente, tras despedirse bajo un farol de gas extinguido, separarse en el vacío del amanecer sin la promesa de un nuevo encuentro.

Prushevski se sentó en un banco junto a la oficina. Tiempo atrás, solía sentarse de la misma forma junto a la casa de su padre —las tardes de verano no habían cambiado desde esa época— y entonces le gustaba observar a los que pasaban por allí, le gustaban los otros, y se lamentaba de que todas las personas no se conocieran. Hasta el día de hoy, un único pensamiento seguía vivo y tristón en su interior: una vez, en una tarde parecida, junto a la casa de su infancia pasó una muchacha, y él no era capaz de recordar ni su cara ni el año de ese hecho, pero desde entonces observaba con atención todas las caras femeninas y en ninguna de ellas reconocía aquella que, aun habiendo desaparecido, seguía siendo su única amiga, la que había pasado tan cerca sin detenerse.

Durante la revolución, por toda Rusia los perros ladraban día y noche, pero ya habían parado: había llegado el trabajo y los trabajadores dormían en calma. La milicia guardaba por fuera el silencio de las viviendas obreras para que el sueño fuera profundo y alimentador de cara al trabajo matinal. Los únicos que no dormían eran los turnos de noche de los constructores y el inválido sin piernas que se había encontrado Vóschev al llegar a la ciudad. Ahora iba en una telega pequeña y mala a ver al camarada Pashkin para recibir de este la porción de vida que iba a buscar una vez por semana.

Pashkin vivía en una casa maciza, hecha de ladrillo para que no pudiera arder, y las ventanas abiertas de su vivienda daban a un jardín cultivado, donde las flores resplandecían incluso por la noche. El deforme pasó junto a las ventanas de la cocina donde se producía la cena y que bullía cual sala de calderas, y se detuvo enfrente del despacho de Pashkin. El dueño estaba sentado a la mesa sin moverse, profundamente enfrascado en algo invisible para el inválido. Encima de la mesa había diversos líquidos y tarros para fortalecer la salud y desarrollar la actividad; Pashkin había adquirido para sí mucha conciencia de clase, estaba en la vanguardia, había acumulado ya suficientes logros y por eso cuidaba su cuerpo científicamente, no solo por la alegría personal de su existencia, también para las masas obreras cercanas. El inválido aguardó mientras Pashkin, ya levantado del ejercicio de pensar, hacía una gimnasia rápida con todos sus miembros y, habiendo alcanzado la frescura, se volvía a sentar. El monstruo iba a decir sus palabras por la ventana, pero Pashkin tomó un frasquito y, después de tres lentos suspiros, se bebió una gota.

—¿Voy a tener que esperarte mucho tiempo? —preguntó el inválido, que no tenía conciencia ni de la salud ni del valor de la vida—. ¿O es que quieres ganarte algo otra vez?

Pashkin se descuidó y empezó a inquietarse, pero se tranquilizó con el esfuerzo de su mente —nunca quería perder la nervosidad de su cuerpo.

—¿Qué te pasa, camarada Zháchev?, ¿qué no te han suministrado?, ¿a qué tanta excitación?

La respuesta de Zháchev fue directa:

—¿Qué dices, burgués, ya te has olvidado de por qué te soporto? ¿Quieres tener un peso en el ciego intestinal? Ya sabes que cualquier código será blando conmigo.

Y el inválido arrancó una fila de rosas que le caían a mano y, sin disfrutarlas, las tiró.

—Camarada Zháchev —respondió Pashkin—, no soy capaz de comprenderte, si tienes una pensión de primera categoría y ¿por qué? Pues porque yo siempre he salido a buscarte con lo que he podido.

—Mientes, sobrante de clase, era yo quien salía a pillarte, ¡no tú!

En el despacho de Pashkin entró su esposa,. Sus labios rojos devoraban carne.

—Lévochka, ¿ya estás otra vez con preocupaciones? —dijo—. Ahora le saco un paquetito, esto ya es insoportable, ¡esta gente echa a perder los nervios de cualquiera!

Se marchó con todo el cuerpo inquieto.

—¡Vaya, pues sí que has cebado bien a tu mujercita, gusano! —dijo Zháchev desde el jardín—. Incluso cuando marcha en vacío trabajan todas las válvulas, así que ¡sabes manejar a la perra!

Pashkin tenía demasiada experiencia en la dirección de atrasados como para enfadarse.

—Tú también, camarada Zháchev, podrías mantener sin problema a una amiga, en la pensión se tienen en cuenta todas las necesidades mínimas.

—Vaya, un gusano con tacto —determinó Zháchev desde la oscuridad—. Mi pensión no llega ni para mijo, solo para panizo. Quiero manteca y algo que lleve leche. Dile a esa miserable tuya que me llene la botella con nata más espesa.

La mujer de Pashkin entró en el cuarto del marido con un paquetito.

—Olia, también pide nata —le dijo Pashkin.

—¡Y qué más! Quizá también quieras comprarle crespón de la China para unos pantalones. ¡Qué no se le ocurrirá!

—Quiere que le rasgue la falda en la calle —dijo Zháchev desde el parterre—. O que me cuele por la ventana del dormitorio y que llegue bien dentro, hasta la mesita empolvada donde se sazona el hocico, ¡esta quiere ganarse algo!

La mujer de Pashkin recordaba que Zháchev había enviado a la Comisión regional de Control una denuncia sobre su marido y la investigación duró todo un mes, les pusieron peros hasta a los nombres: ¿por qué Lev y por qué Ilich6?, se trataba de encontrar algo. Por eso no perdió el tiempo y le sacó al inválido una botella de nata de la cooperativa; Zháchev recibió por la ventana el paquetito y la botella y se marchó del jardín de la hacienda.

—Ya comprobaré en casa la calidad de los víveres —informó parando su carro junto a la cancela—. Si ha caído otro trozo estropeado de vaca o hay solo restos, ya podéis contar con un ladrillo en la tripa: soy mejor ser humano que vosotros, ¡necesito comida digna!

Ya a solas con su esposa, Pashkin no logró superar la inquietud causada por el monstruo hasta la medianoche. La mujer de Pashkin sabía pensar si se aburría y compuso una idea durante el silencio familiar.

—¿Sabes qué, Lévochka? Tendrías que organizar de alguna manera a ese Zháchev y después coger y promoverlo a algún empleo, ¡y que se vaya a dirigir lisiados! Porque todo hombre debe tener un mínimo de significado dominante, y así estará tranquilo, será decente… Si es que eres muy confiado y bobo, Lévochka.

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