Czytaj książkę: «¿Extraños amigos?»
¿Extraños amigos?
Cuando ciencia y fe se aventuran al diálogo
Ana Rota
Fernando Cordero, ss.cc.

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ISBN: 9788428563925
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A la revista 21,
por ser nuestro vecindario,
donde se cruzaron nuestros caminos,
donde compartimos páginas con todos los olvidados
por los grandes medios,
donde encajan personas tan distintas como nosotros,
donde dialogamos cuando uno dice Sol
y el otro entiende Luz.
Prólogo
Asistir de cerca al nacimiento de un nuevo libro siempre es un regalo. Pero en el caso de este que el lector tiene entre las manos, a la habitual alegría se une en mi caso la íntima satisfacción de saberme lejana «hacedora» de este encuentro literario. Sí. Fue en el ámbito de la revista 21, de la que soy redactora jefe, en el que dos buenos amigos míos como Fernando Cordero y Ana Rota, religioso él, ingeniera ella, se encontraron y se descubrieron mutuamente. Hasta el punto de imaginarse escribiendo juntos un libro y de ponerse manos a la obra para hacerlo realidad.
Fernando y Ana proceden de mundos absolutamente ajenos y distantes unos de otros: la ciencia y la fe. Y quizás nunca hubieran cruzado sus caminos –no digamos compartido proyecto literario– si una serie de casualidades (Fernando citaría más bien a la Divina Providencia y Ana haría a buen seguro un cálculo de probabilidades) no lo hubieran propiciado.
Pero ambos tienen razón: las casualidades no existen. Más bien este libro es fruto de la necesidad. Porque se hace más necesario que nunca recuperar el imprescindible diálogo entre ciencia y fe. Entre creencia y razón. Entre agnosticismo y pasión por Dios.
Grandes figuras del pensamiento lo han procurado a lo largo de los siglos, con desigual éxito. Pero nunca como ahora se ha abierto una brecha tan grande entre un lenguaje y otro, una sensibilidad y otra.
Con frecuencia, la red de redes en la que Fernando y Ana han confluido como blogueros de 21 es escenario de áridos desencuentros entre quienes se dicen creyentes y quienes no lo son. Entre los que aplican como único criterio lo tangible, explicable o medible, y quienes confían en lo que es invisible a los ojos pero no por eso les parece menos creíble que lo que pueden oler o palpar. Y se cruzan simplistas acusaciones de ignorancia o ausencia de corazón.
Introducción
Ana y Fernando. Sacerdote él, de la Congregación de los Sagrados Corazones, recién llegado a Barcelona de San Fernando de Cádiz. Ella, Ingeniero Técnico en Topografía, profesora de ciencias, residente en Madrid. Dos personas de procedencia muy distinta, con vidas absolutamente diferentes y formas de pensar diametralmente opuestas. Él cree en Dios, como no podría ser de otra manera. Periodista, además, y amante del arte y de las letras. Ella es de ciencias, de números, necesita una explicación para poder entender todo lo que la rodea. Fernando escribe un blog sobre el Evangelio[1]. El de Ana es de divulgación científica[2]. El blog de Ana pertenece a la red de blogs de la revista 21. El de Fernando, también. Un vecindario bloguero en una revista, ese es su único punto en común.
Un correo ocasional, una pregunta de vez en cuando, un favor… Durante mucho tiempo ese punto en común no fue nada más que eso: un punto minúsculo, compañeros, como tantos otros, que escriben desde casa y publican de manera autónoma. En una ocasión un correo dio pie a otro, y del correo surgió una conversación, y más tarde un encuentro. Aquel punto chiquitito comenzó a engordar, pasando a ser un círculo y luego una esfera que ahora crece continuamente alimentada de simpatía, respeto y admiración mutua.
Escribir un libro no es una tarea fácil, se necesitan al menos tres cosas: la primera son las ganas de escribir; la segunda es un tema, un argumento, algo que contar, y la tercera es escribirlo. Redactarlo es la parte más laboriosa, pero también la más fácil. Y sin las ganas de empezar, las otras dos cosas no tienen sentido. Esto nos lleva a deducir que lo más complicado de un libro es saber qué vas a contar en él.
Nosotros teníamos ganas desde hacía mucho tiempo. Queríamos escribir juntos, pero, ¿de qué escriben un sacerdote y una profesora de ciencias? ¿Se pueden encontrar dos mentes más distintas? ¿Cómo se conjugan las ideas de dos personas cuando una de ellas ha dedicado toda su vida a algo en lo que la otra no cree? En tales circunstancias podríamos habernos puesto a discutir, a defender nuestros argumentos, a intentar convencernos mutuamente. Podríamos haber abierto un debate encarnizado, pero hemos preferido conversar. Conversar como lo hacemos habitualmente, pero por escrito. Conversar con la única intención de exponer. Conversar poniendo de manifiesto los puntos que hay en común entre la ciencia y la fe, no las diferencias, que son obvias. Conversar para comprender.
Con estas premisas comenzamos a escribir. Ni Fernando es biblista ni Ana investigadora. Con total seguridad existen libros religiosos más profundos que este y tratados de física más detallados. No pretendemos enseñar ni descubrir nada, solo acercarnos y dialogar. Hemos seguido un guion. Hemos comentado varios aspectos de la ciencia y de la Biblia, y cada uno lo ha hecho desde su punto de vista, en función de lo que le han sugerido las palabras del otro. Así, como ocurre en todo diálogo, y en toda conversación, nunca sabíamos muy bien cómo íbamos a acabar. El guion ha sido flexible y el objetivo ha sido dejarnos llevar. El lector sabrá reconocernos por el tipo de texto, pero por si en alguna ocasión se presenta la duda, los títulos de Ana van en letra cursiva –más coqueta y femenina– y los de Fernando en letra redonda.
Nosotros hemos disfrutado muchísimo con la escritura de este libro y esperamos que, cuando lo tengáis entre las manos, vosotros lo hagáis con su lectura. Ojalá sirva para seguir dialogando, acercando posturas y tendiendo puentes en el ámbito de las conversaciones entre amigos, en clases de religión o de ciencia, o en los lugares más insospechados. La vida siempre tiene una sorpresa a la vuelta de la esquina.
Ana y Fernando
Un lío de… ¡trompetas
Una pregunta para «armar lío»
«¡Armen lío!». Fue uno de los consejos que el papa Francisco dio a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud de Brasil. Lo expresó así de claro: «Quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos. Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir; si no salen se convierten en una ONG, ¡y la Iglesia no puede ser una ONG!».
Y vaya si se ha armado lío. Buceando en la Escritura, nos encontramos también muchas formas de hacer ruido, de dejarse notar. Lío fue, ciertamente, el que se armó siglos antes en la toma de Jericó. Un lío con sonido de trompetas. Los israelitas, liberados de Egipto por Moisés y acaudillados más tarde por Josué, conquistaron la tierra palestina, en un par de campañas muy rápidas. Se toma una ciudad amurallada sin apenas maquinaria de guerra. Así lo cuenta el libro de Josué: «Sonaron las trompetas. Al oír el toque, lanzaron todos el alarido de guerra. Las murallas de desplomaron y el ejército dio el asalto a la ciudad, cada uno desde su puesto, y la conquistaron» (Jos 6,20-21).
Sabiendo de antemano que el lenguaje de la Biblia no es un lenguaje científico, sino que quiere llevarnos a la fe, creo que también nos podemos hacer esta pregunta: ¿es posible que caigan las murallas de una ciudad con el toque de unas trompetas? ¿Qué me dices, Ana?
En la cola del cine
La intuición nos dice que no, o al menos no se conocen casos cotidianos en los que haya ocurrido nada parecido. Pero si consideramos que el sonido transmite energía, y energía es precisamente lo que se necesita para derribar unas murallas, igual tenemos que decir que, al menos, tendríamos que analizarlo.
El sonido es una perturbación producida en un punto o foco que se transmite a lo largo de un medio elástico a modo de onda longitudinal. El avance provoca una serie de compresiones y expansiones en el material de propagación.
Supongamos una cola de gente que está esperando para entrar al cine. Supongamos también que el primer espectador está pegado a la puerta de la sala y que la puerta se abre hacia afuera. Cuando el acomodador abra la puerta este primer espectador se verá obligado a moverse un poco hacia atrás, y dejar espacio suficiente para el giro de la puerta, acercándose al segundo espectador. El segundo espectador también se desplazará hacia atrás para evitar ser pisado por el primero. Mientras tanto la puerta ya se habrá abierto y el primer espectador estará volviendo a su lugar de origen. En este momento se creará un excesivo vacío entre el primero, ya en su posición inicial, y el segundo, que ahora estará más próximo al tercero. Después el segundo intentará volver a su posición inicial mientras el tercero habrá tratado de esquivarle echándose hacia atrás. El hueco se creará ahora entre el segundo y el tercero. Y así se irán transmitiendo una serie de empujones y huecos hacia el final de la cola. Supongamos ahora que el acomodador, en lugar de dejar pasar a los espectadores, decide esperar un rato y volver a cerrar la puerta. El primer espectador volverá a verse obligado a desplazarse hacia atrás haciendo que todo el proceso se repita.
Esto es lo que ocurre con el sonido. Su origen está en la vibración de un objeto. Lo más habitual es que un objeto golpee a otro y le haga vibrar. Es lo que se conoce como foco. Una vez que el segundo objeto está en movimiento transmite su vibración al medio que lo rodea, afectando primero a las partículas que están en contacto directo con él y, poco a poco, a las que van estando más lejos. La diferencia es que la cola de gente se prolonga en una sola dirección y el sonido se propaga en todas las direcciones alrededor del foco. Por ejemplo, si un dedo golpea la cuerda de una guitarra, la cuerda vibrará provocando variaciones de presión en las partículas del aire que la rodea en todas las direcciones.
Si solo se trata de un golpe, el objeto vibrará unas cuantas veces y poco a poco irá perdiendo energía haciendo sus oscilaciones cada vez más cortas hasta pararse por completo. Pero si los golpes se repiten el objeto no dejará de vibrar. Es como si el acomodador del ejemplo anterior decidiera abrir y cerrar la puerta constantemente. En ese caso las personas de la cola estarían todas moviéndose, alejándose y volviendo de nuevo a su posición inicial, y creando alternativamente unas pequeñas concentraciones de personas seguidas de unos espacios vacíos.
Las personas de la cola podrían asemejarse a las partículas del medio transmisor. Oscilan en torno a una posición de equilibrio, transmitiendo la energía del golpe de una a otra sin necesidad de desplazarse más que una pequeña distancia.
Pero fijémonos un poco en la cola. Cuando el acomodador abre o cierra la puerta los primeros espectadores se desplazan una distancia algo mayor que el ancho de la puerta. Sin embargo a medida que el movimiento va avanzando hacia el final de la fila, la gente cada vez se mueve menos, es decir, esa perturbación inicial se va perdiendo poco a poco a medida que nos alejamos de ella. Llegará un momento en que los espectadores ni siquiera detecten que la puerta se abre o se cierra.
Análogamente, el sonido que se produce en un punto del espacio se transmite en todas las direcciones, pero a medida que nos alejamos del foco sonoro, su intensidad va disminuyendo, hasta que llega un punto en que se hace indetectable.
Vamos a volver una vez más a la cola y vamos a imaginar ahora el mismo proceso en varias situaciones. Empecemos imaginando que en la cola solo hay niños. En el momento en que la puerta se abra los niños empezarán a moverse llegando seguro a empujarse unos a otros. El efecto de la apertura o cierre de la puerta llegará mucho más lejos que si la cola la componen solamente personas ancianas. En este caso la cola estará perfectamente alineada y los ancianos procurarán moverse lo mínimo para no cansarse ni molestar al que tienen detrás. El efecto de la puerta se habrá perdido en las primeras posiciones. ¿Y qué diferencia habría si llevaran abrigo o si llevaran camisetas de tirantes? El abrigo disminuiría tanto la sensación de contacto como la necesidad de desplazarse. Con la camiseta, en cambio, se notaría el más leve roce y los espectadores se desplazarían con más rapidez.
Esto tiene su analogía en el sonido. La velocidad y energía que transporta una onda sonora depende de la naturaleza de las partículas que componen el medio por el que se transmite y de la temperatura del medio. Y hago hincapié en que estoy hablando del medio por el que se transmite el sonido. Si no hay medio, no hay transmisión. Podríamos poner un altavoz a una sonda espacial para que se desgañitase a su paso por Marte, pero en el vacío el grito no saldría del altavoz, no hay partículas que vibren.
Por último, y antes de aplicar todo esto al caso que nos ocupa, vamos a juntar a los niños y a los ancianos dentro de una misma cola. Al principio colocaremos a todos los niños y a continuación a todos los ancianos, asemejando lo que ocurre cuando se juntan dos materiales diferentes. La parte infantil será una fila inquieta y desordenada, como ocurre con los gases, mientras que la parte final estará ordenada y permanecerá casi inmóvil, igual que les ocurre a los materiales sólidos. En el momento en que el acomodador empiece a abrir y cerrar la puerta los niños estarán en constante movimiento, pero, ¿qué hará el último niño, que se mueve alegremente, cuando se encuentre con un anciano de movilidad reducida? Chocará con el anciano. Si el anciano es lo suficientemente fuerte como para contener el golpe sin moverse, el niño rebotará y saldrá despedido en sentido contrario. Esto llevará el movimiento de nuevo a la zona de los niños, en lo que se llama reflexión del sonido. Si el anciano no es tan fuerte y el golpe le desplaza, el niño rebotará con menos fuerza a la zona infantil, mientras el desplazamiento del señor mayor se transmitirá a los otros abuelos de su zona. Si es así, parte del sonido habría sido reflejado de nuevo a la zona infantil y otra parte habría sido absorbida por el material más rígido.
Vamos ahora con las trompetas
Una persona sopla y el aire de sus pulmones golpea fuertemente la membrana de la trompeta, haciéndola vibrar por un espacio de tiempo. Las partículas del aire circundante, que es un medio gaseoso y por tanto muy elástico, o muy infantil, enseguida transmiten el sonido, con su movimiento y su energía, hacia las murallas. Allí las ondas sonoras se encuentran con un cambio de superficie. Las murallas están construidas a base de piedras y la piedra es un material sólido y muy duro, cuyas partículas están firmemente unidas unas a otras y dejan poco margen a la vibración. Un medio muy anciano, casi en silla de ruedas. Es de suponer que solo una ínfima parte del sonido es absorbido por ellas. En consecuencia, toda la energía de la onda sonora choca contra la superficie de la muralla. Si esa energía es lo suficientemente grande tirará la muralla, si no, rebotará como una pelota de tenis.
La energía producida por un fortissimo de trompeta es de alrededor de 0,3 vatios. Como hemos dicho que las ondas sonoras se propagan a partir del foco en todas las direcciones, esos 0,3 vatios habrá que repartirlos, no llegando a la muralla ni siquiera una triste décima de vatio. Suponiendo que los trompetistas estuvieran casi pegados a las murallas, para que no hubiera atenuación por distancia ni absorción por el medio, una trompeta podría afectar a materiales con un poder de resistencia de 0,1 pascales. La piedra, dependiendo del tipo que sea, tiene una resistencia de entre 25 y 400 millones de pascales.
¿Y si se aumentara la potencia del sonido? El sonido tiene tres características principales: la intensidad que viene dada por la amplitud de la onda o la distancia que cada espectador se desplaza; el tono, definido por la frecuencia o el número de veces por segundo que cada espectador se mueve, y el timbre, que es lo que le da personalidad al sonido, por lo que distinguimos una sirena de un piano. Para aumentar la potencia debemos aumentar la frecuencia, pero el oído animal está diseñado para captar solamente unas determinadas frecuencias. Por debajo no se escuchará nada y por encima producirá dolor y lesiones. Si fuese posible producir un sonido capaz de transportar una potencia semejante no habría bicho viviente en los alrededores con los oídos sanos.
Así que, Fernando, después de todo lo que te acabo de contar, creo que los israelitas tuvieron que contar con algo más que sus trompetas para poder entrar en Jericó[3].
Otras perspectivas
Así da gusto enterarse de cómo funciona el sonido, Ana. Sin embargo, he de confesarte algo: el texto que te he sugerido de Josué no es el que más me gusta. El tema de la conquista de la tierra de Palestina ocupa un lugar importante en las tradiciones de Israel. Precisamente, la interpretación belicista del libro citado no es por ello mi favorita –aunque para hablar de «armar lío» y de «hacer ruido» sea genial, de cine, sacando a colación tu imagen del sonido–. Hay otra visión pacifista en la que los fundadores de Israel, unos pastores trashumantes, se van quedando de un modo pacífico, poco a poco se van asentando en la tierra de Canaán (cf Gén 12-35). De esta manera se van convirtiendo en dueños de la tierra. También en la Biblia encontramos una posesión de la tierra que vino por la vía de la revolución social –o sea, que este tipo de revoluciones no son tan recientes como a veces podemos pensar–. Esta perspectiva la podemos contemplar en el libro de los Jueces y en otros textos, como cantos de victoria, del principio de la historia de Israel[4].
El capítulo 6 completo de Josué es el más conocido del libro. Resulta ciertamente inolvidable. Uno se lee lo de las trompetas con la consiguiente caída de la muralla, y ya no se le olvida jamás. Queda impreso en la memoria, como esas oscarizadas películas que despiertan ampliamente lo mejor de nuestra creatividad. Lo que sucede es que es un pasaje litúrgico no científico. Leyendo el texto podemos imaginarnos el arca llevada en procesión, las vueltas en riguroso silencio, el estruendoso toque de las trompetas… Josué comenta en realidad el sentido teológico de esta versión litúrgica del hecho. Ese sentido es que el pueblo encontró una tierra y sintieron la cercanía, compañía y el cuidado de Dios. Eso es lo realmente maravilloso, más que el hecho de que las trompetas derribaran o no la muralla. Porque resulta que, a través de los datos de la arqueología, podemos saber que en aquella época Jericó no tenía murallas ni estaba habitado. Así que llevas razón, Ana, seguramente lo de las trompetas no sucedió: hubiera dejado sordo al pueblo santo y a sus enemigos, pero lo que sí sucedió es esa relación maravillosa entre Dios y su pueblo. La Biblia es precisamente el libro de la tierra prometida, lugar de vida y de plenitud para la humanidad.
Mucho se ha escrito sobre este famoso capítulo. De hecho, ha habido autores medievales que han leído de manera simbólica este pasaje. Ahí han visto en los muros de Jericó las fuerzas del mal; en las trompetas, la fuerza y la pasión de la predicación de los apóstoles y otros detalles curiosos[5].
Dejando de un lado ya a Josué y sus trompetas, creo que este asunto del sonido da para mucho. En la Escritura encontramos los más variados cánticos e himnos. Algunos ejemplos:
En Nehemías 12, 27-47 se narra cómo en la dedicación de la muralla de Jerusalén hubo música, fiestas de alabanzas con cánticos, címbalos, salterios, cítaras, cantores y trompetas; y cómo el pueblo de Dios cantaba los coros y usaban instrumentos musicales de David.
En los salmos brota continuamente la alabanza a Dios: «Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas: tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro rey, tocad» (Sal 47,6-7).
En el Apocalipsis, con un lenguaje marcadamente simbólico, se describe una adoración celestial con arpas donde se menciona la letra de un cántico celestial: «Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro animales y los veinticuatro ancianos cayeron sobre sus rostros delante del Cordero, teniendo cada uno arpas, y cuencos de oro llenos de perfumes, que son las oraciones de los santos y cantaban un cántico nuevo, diciendo: “Tú mereces recibir el libro y abrir sus sellos; porque tú fuiste degollado, y con tu sangre adquiriste para Dios hombres de todo linaje, lengua, pueblo y nación; hiciste de ellos linaje real y sacerdotes para nuestro Dios, y serán reyes en la tierra”» (Ap 5,8-10).
Pero si hay algo que me ha maravillado es imaginarme los coros de los ángeles, porque a veces hay determinados coros en la tierra que nos despistan en la alabanza celestial. Seguro que ángeles y arcángeles no necesitan siquiera ensayar. ¡Qué arte!
«¡Señor cura, no se le oye!»
Pues fíjate que a mí los coros también me han llamado siempre la atención, aunque creo que por motivos bien diferentes a los tuyos. Una vez, hace años, estuve en Praga y asistí a un concierto de música clásica en la iglesia de San Nicolás. Bach y Haendel. El evento fue espectacular, no solo por la calidad de la orquesta, cuyo nombre no recuerdo, sino también por la grandiosidad del lugar.
Y estando allí, me dio por pensar en la acústica del templo. ¿Tú sabes la cantidad de veces que le llega un mismo sonido a un espectador? ¿O que la voz del sacerdote puede llegar perfectamente a unos sitios muy alejados y con mucha dificultad a otros más cercanos?
Si nos ponemos a hablar de acústica debemos conocer dos cosas muy importantes. La primera es que el sonido viaja a través del aire, y cuando encuentra algo en su camino puede rebotar y volver al aire o ser absorbido por el material del obstáculo. También puede ocurrir que el obstáculo absorba solo una parte y el resto rebote, repartiendo la energía de la onda original.
La segunda es que cuando el sonido rebota contra una pared u objeto lo hace manteniendo el ángulo de incidencia. Eso significa que si llega de frente a una pared volverá a salir de frente, pero en dirección contraria. Si llega inclinado por la derecha a la misma pared, saldrá con la misma inclinación, pero hacia la izquierda.
Cuando un foco, ya sea una persona hablando, un instrumento musical o un coro, emite sonido, este se propaga en todas las direcciones. Habrá ondas que lleguen directamente al espectador y otras que vayan a parar a las paredes del recinto. Las que lleguen a las paredes rebotarán y parte alcanzarán a los espectadores y parte volverán a rebotar. Como las ondas sonoras pierden potencia a medida que se desplazan, llegará un momento en que la falta de energía hará imposible que sigan rebotando. Así a cada espectador le llegará el sonido directo del foco, con una energía variable dependiendo de la distancia a la que se encuentre, más el sonido rebotado de las paredes, tantas veces como la energía de la onda sonora lo permita. A estos sonidos rebotados se les llama reverberaciones.
Cuando el recinto tiene mucha superficie de paredes lisas y pulidas las reverberaciones se multiplican. Si el foco deja de emitir sonido la gente sigue escuchándolo por un espacio de tiempo. La presencia de materiales como el corcho o las telas de las cortinas minimizan estas reverberaciones porque absorben buena parte de la energía de las ondas sonoras, haciendo que la parte reflejada no alcance de nuevo al espectador.
Las reverberaciones pueden ser buenas o malas según la naturaleza del foco emisor. En un concierto de órgano aportarán plasticidad y grandiosidad a la música, sin embargo en uno de jazz harán que se pierda el ritmo. Si se trata de una persona hablando, un exceso de reverberaciones mezclará unas palabras con otras, dificultando el entendimiento del discurso.
El rebote del sonido no solo produce reverberaciones. También es el responsable de la aparición de zonas de máxima intensidad sonora y de puntos sordos. Hemos dicho hace un momento que las ondas rebotan con el mismo ángulo que inciden, y este ángulo dependerá de la forma de las paredes. En un recinto rectangular con techos horizontales el sonido llegará por igual a todos los rincones. Pero ¿qué ocurrirá si tiene forma de estrella y techos abovedados? Seguro que hay puntos en los que el sonido, por muchas reflexiones que sufra, no pasa nunca y, sin embargo, habrá otros a los que parezca tener especial cariño. Las zonas curvas, tanto en techos como en paredes, son las más conflictivas. Por la naturaleza de su geometría tienden a concentrar las ondas en determinados puntos, dejando otros muchos sordos.
Las iglesias son espacios muy complicados acústicamente. Son recintos muy grandes que hacen perder intensidad a la voz del sacerdote. La construcción a base de piedra y vidrieras y la ausencia de materiales absorbentes como cortinas o alfombras favorecen las reverberaciones. Tampoco la forma ayuda. La planta en cruz, las cúpulas y las bóvedas provocan muchas zonas sordas. A lo largo del tiempo, los diferentes estilos arquitectónicos han ido modificando estas características. El románico se presenta especialmente predispuesto a las reverberaciones, dada la presencia de paredes lisas y desnudas. El gótico, y también el estilo renacentista, con sus grandes dimensiones, sus capillas y recovecos y las cúpulas de sus techos producen innumerables puntos sordos. En el barroco la cosa mejora. La ornamentación absorbe parte del sonido ayudando a entender lo que se dice desde el altar. Actualmente el avance de la acústica como ciencia y el desarrollo de nuevos materiales han dado como resultado iglesias bastante más acondicionadas.
Por supuesto la posición del foco emisor influye mucho en la localización de puntos sordos, ¿lo has pensado alguna vez? Seguro que en la próxima misa te acordarás de todo esto y te preguntarás si todos los feligreses te oyen correctamente[6].
Cuando el sonido se ausenta
Lo recordaré, Ana. Aunque tú conoces esta «catedral» chiquita del Buen Pastor, en San Fernando, y sabes que es todo tan pequeño y familiar que se oye estupendamente. Aquí no tenemos bóvedas ni recovecos, ni puntos sordos, aunque sí tenemos miembros con problemas auditivos. Sobre ellos me gustaría reflexionar ahora, si me lo permites. Hablar del sonido cuando podemos comunicarnos, cuando oímos y hablamos con facilidad es relativamente sencillo. Sin embargo, todos conocemos personas que o bien tienen limitada su audición, o bien otros casos en los que el problema también se anuncia en la falta de la capacidad para hablar.
En el evangelio de san Marcos advertimos una escena particularmente ilustrativa. Jesús se encuentra con un sordomudo (cf Mc 7,31-37). Un hombre que se ve limitado al no poder comunicarse: no oye lo que los otros le expresan y tampoco puede transmitir con su voz sus propias emociones, sentimientos e informaciones. Una persona así, incomunicada, está abocada al aislamiento, aunque es cierto que hay otras formas no verbales de comunicación.
Sobre este sordomudo, al igual que de tantas personas en esa misma situación, podríamos hacer también una lectura simbólica. Quizás ha sido un hombre al que se le ha obligado a callar. Quizás no habla porque se ha equivocado frecuentemente con las palabras y le han corregido. Quizás tiene los oídos cerrados porque ha escuchado demasiados rechazos y demasiadas críticas. A veces, somos tan duros criticando a los demás, que herimos no solamente los oídos sino el corazón, es decir, el ser entero por completo. Quizás este hombre, como tantos otros marginados en la cuneta de la historia, ya no quiere escuchar nada más, porque todo lo que ha oído hasta ahora le ha arrastrado al sufrimiento. Todo esto puede generar desconfianza, aislamiento y, en definitiva, exclusión.
Una sensación vale más que mil ondas
Efectivamente, estoy totalmente de acuerdo contigo en que el hecho de que no poder comunicarnos nos aísla. La mayor parte de nosotros nacemos y vivimos toda nuestra vida con capacidad para oír, lo que hace que no pensemos nunca en cómo puede sentirse una persona sorda.
Hemos estado hablando todo este tiempo del sonido como una vibración que se trasmite mediante variaciones de presión en las partículas del medio transmisor. Estas diferencias de presión llegan a nuestros oídos, que son los órganos encargados de transformarlas en sensaciones. Estoy segura de que las personas que oímos correctamente tampoco pensamos nunca en cómo se produce esta transformación. ¿Qué ocurre de la oreja hacia adentro? ¿Te lo has preguntado alguna vez?
La oreja es el órgano encargado de la recolección de los sonidos externos y el cerebro es el responsable de hacernos saber que nos está llegando un sonido y de qué tipo es. En su viaje desde la oreja al cerebro las ondas sonoras atraviesan el tímpano, la cadena de huesecillos del oído medio, la cóclea y el nervio auditivo. Las dos primeras partes solo transmiten las vibraciones que reciben, mientras que en la cóclea, que es una espiral rellena de una sustancia acuosa, las vibraciones se transforman en impulsos eléctricos. El nervio auditivo completa el trabajo informando al cerebro.
Ya hemos conseguido transformar una variación de presión puramente física en una sensación mediante un proceso en el que podemos distinguir una primera parte mecánica y una parte final de carácter nervioso. Un fallo en cualquiera de ellas podría provocar una pérdida de audición e incluso sordera. Las deficiencias mecánicas más frecuentes están relacionadas con una defectuosa vibración del tímpano o la imposibilidad de conducir el sonido hasta la cóclea por parte de los huesecillos del oído medio. En cuanto a los motivos nerviosos, que tienen peor solución, o ninguna, vienen dados por tumores, roturas del nervio auditivo o su imposibilidad de transmitir impulsos al cerebro[7].
¿Tú cómo crees que reaccionarías si te quedaras sordo? Yo creo que lo pasaría fatal. No sé si encontraría una manera «alternativa» de «oír».
«¡Ábrete!»
Claro que hay maneras y maneras de oír, aunque no lleguen los impulsos auditivos al cerebro. Por eso, volviendo a la curación del sordomudo, me llama la atención cómo Jesús se acerca al enfermo. Primero con gestos corporales: pone sus dedos en las orejas del sordo con delicadeza. Es el lugar de las heridas, de sus limitaciones. En esa relación intensa que crea Jesús surge la invitación a una nueva manera de escuchar y de estar con los otros, de no cerrarse a lo que acontece a su alrededor. A continuación, el propio Jesús toca la lengua del hombre con su saliva. Es símbolo de confianza, de que puede curarle. A la saliva le reconocían los antiguos propiedades terapéuticas. Se crea una relación no solo de confianza sino también de amor con aquel hombre tan herido por la vida.
Jesús levanta los ojos al cielo, para pedir la ayuda de Dios para que el enfermo sane. Suspira y pronuncia la palabra «Effata», esto es, «¡ábrete!» (Mc 7,34). Y esa orden tiene éxito. Ya puede relacionarse, comunicarse, oír y verbalizar todo lo que anida en su interior. Y esto es así porque la orden no va dirigida a los órganos enfermos, sino al hombre que hasta ahora es incapaz de oír[8].
Jesús no pretende publicidad, sino encontrarse con ese hombre en su situación concreta. Le lleva la curación y este, libremente, se abre a la fe. Es una relación de persona a persona, de corazón a corazón. Rehúye de los que buscan noticias novedosas y hechos que lleven más a la habladuría que realmente al camino nuevo que el Maestro viene a traer.
Me quedo con ese «¡Ábrete!», ante nuestras sorderas que amplifican nuestra indiferencia. ¡Eso sí que nos llevaría a armar lío!
¡Menudo chiringuito!
Benedicto XVI y Stephen Hawking
«No existe ninguna oposición entre la comprensión de la fe respecto a la creación y la evidencia de las ciencias empíricas»[9], subrayaba el papa Benedicto XVI hace unos años, durante la inauguración en el Vaticano de un congreso, organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias, al que asistieron reputados científicos, entre ellos, el físico Stephen Hawking. El cometido de este encuentro era analizar el nacimiento del Universo, la evolución de las especies y las teorías de Darwin.
El reconocido astrofísico, heredero de la cátedra de Newton en la Universidad de Cambridge, ya fue invitado a exponer en el Vaticano sus teorías sobre ciencia y religión hace más de tres décadas, siendo papa Juan Pablo II. Y dejó muy claro que, según sus investigaciones el Universo no tiene un inicio concreto, por lo que no se puede hablar de creación. Después, con cierto humor británico sentenciaba: «Menos mal que el Papa no se ha percatado de lo que he dicho, porque si no igual hubiera acabado como Galileo». Curiosidades de la vida, resulta que Hawking nació justo 300 años después de la muerte del famoso astrónomo que fue rehabilitado en tiempos del papa polaco.
Conflictos, ciertamente, a lo largo de la historia ha habido muchos entre ciencia y religión. Los conflictos, si se gestionan bien, pueden ayudar a crecer. Creo que eso ha ocurrido entre ambas realidades. Pero, antes de entrar en materia, me gustaría dar una pincelada sobre el Observatorio Astronómico o Telescopio Vaticano. Quizás muchas personas no sepan de su existencia y es muy interesante conocer el esfuerzo que la Iglesia ha hecho en este campo. Se trata de un instituto de investigación científica que depende directamente de la Santa Sede. Puede ser considerado como uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo. Su director es un jesuita, José Gabriel Funes.
Precisamente el padre Funes convocó en Roma a un congreso a 216 astrónomos procedentes de 26 países. Fíjate, Ana, en las declaraciones que hizo[10]: «El Big Bang no está en contradicción con la existencia de un Dios creador a partir de la nada. Es cierto que el Big Bang no es la prueba de la existencia de Dios, pero tampoco la niega». Recientemente ha ratificado esta postura el papa Francisco, que ha declarado: «El Big Bang –la teoría científica que explica el origen del universo– no se contradice con la intervención creadora divina, al contrario, la exige»[11].
Como se cumple ahora el medio siglo del Big Bang, ¿por qué no nos das unas pinceladas sobre esta teoría?
Cerveza y pollos asados en la playa
Bueno, bueno, ya veo que te ha caído bien el padre Funes. Algún día me tienes que hablar más de él y de su labor en el observatorio. ¡Con lo que me gustan a mí estas cosas! Ya me ha picado la curiosidad y me gustaría conocerle. Y ahora que has mencionado también a Stephen Hawking, ¿sabes que yo le vi en persona cuando vino a Madrid? Fue en el año 1989. Hacía poco que había publicado su libro Historia del tiempo y vino a hablar de él a la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Yo acababa de terminar la carrera y fui con una amiga a verle. La facultad estaba hasta los topes de gente. Me pareció una persona extremadamente sencilla, a pesar de su fama y de su inteligencia. Aún hoy, si lo buscas en Internet, aparecen noticias de aquella conferencia. Sus investigaciones han puesto su granito de arena en esta teoría, aunque hay que analizarla a un nivel bastante más profundo de lo que nos proponemos aquí para comprender sus aportaciones.
De momento vamos a empezar con la versión más simple, que dice que hace muchísimo tiempo el Universo entero estaba concentrado en un punto. Por razones desconocidas ese punto se agrandó y la materia contenida en él empezó a expandirse. A esto es a lo que se le llama Big Bang, o gran explosión, aunque en realidad no explotó nada. Los astrofísicos han llegado a elaborar una teoría así observando que las estrellas se separan unas de otras constantemente. Si cada vez están más separadas, significa que según retrocedemos en el tiempo, cada vez estuvieron más juntas. ¿Hasta qué punto de juntas? Y si retrocedemos en el tiempo, ¿hasta cuándo se puede retroceder? Como es imposible comprobarlo, porque ninguno de nosotros estuvo allí, ni es una situación que pueda reproducirse en un laboratorio, solo queda la opción de calcularlo matemáticamente. El problema reside en que matemáticamente se puede calcular una situación parecida a la actual, con un tiempo de existencia y una distancia entre estrellas con algún valor. Los cálculos fallan en el momento en que la distancia y el tiempo son igual a cero.
En consecuencia, podemos deducir que la teoría se acerca muchísimo al principio del Universo, a las primeras fracciones de segundo, pero no es capaz de definir cómo era en el instante inicial, ni en tiempos anteriores.
Vamos a imaginarnos una playa. Una de esas playas del Mediterráneo de 4 o 5 km de largo, en el mes de agosto. Abarrotada de gente. Un señor, con mucha visión comercial, ha decidido abrir un chiringuito en el que solo va a servir cerveza y pollos asados. Para promocionarlo, ha anunciado que el día de la inauguración servirá cerveza y regalará un pollo a todo el que se acerque a partir de las dos de la tarde.
Ese mediodía, los alrededores del chiringuito son un hervidero de gente. Al calor propio del verano y de la hora hay que sumarle el que despide el horno de los pollos. La gente no para de gritar y de saltar. Ese movimiento hace que todavía suden más. El olor a pollo asado se mezcla entre la gente, pero hay tanta que da la sensación de que ni siquiera el olor puede moverse.
El dueño del chiringuito, observando la situación decide empezar a servir cervezas lo primero, a ver si la gente se calma un poco. A medida que van bebiendo cerveza el clamor va disminuyendo. Ya son las tres de la tarde y la cerveza ni siquiera ha llegado a la mitad de las personas. Los pollos van para largo. El señor sigue repartiendo cervezas. Por fin empiezan a salir los pollos. La espera ha merecido la pena. Los que ya tienen su pollo se alejan del chiringuito en todas las direcciones. El olor a pollo empieza a sentirse no ya solo en la playa, sino por todo el pueblo. El propietario del chiringuito sigue repartiendo pollos y cervezas. Ya no hay gritos. Paulatinamente la playa se va vaciando. Poco a poco se va haciendo de noche. Los pollos al final han sido para cenar y no para comer. En el pueblo va a oler a pollo asado durante mucho tiempo.
El instante casi inicial puede ser el momento en el que el señor abre el chiringuito. Eso ocurrió hace trece mil millones de años, más o menos. En ese momento el Universo era parecido a esa playa. En lugar de personas en bañador lo que había era muchísimas partículas elementales, más elementales aún que los protones y los electrones, y todas en movimiento. La temperatura superaba los cien mil millones de grados centígrados.
Una centésima de segundo después la temperatura había descendido unos cuantos millones de grados. Las partículas, ya con su cervecita, empezaron a transformarse dando lugar a los componentes de la materia ordinaria: protones, neutrones y electrones. El calor era todavía demasiado grande como para que pudieran permanecer unidas. Otro de los elementos abundantes eran los fotones, las partículas constituyentes de la luz, y de cualquier otra radiación. Teníamos un Universo extremadamente radiante. Como si el olor de los pollos lo impregnara todo.
A los catorce segundos la temperatura había descendido lo suficiente como para que pudieran formarse agrupaciones de partículas elementales. La gente de la playa ya había reconocido a sus vecinos y se habían sentado juntos a esperar el pollo y la cerveza.
Después de tres minutos ya estaban formados los componentes del Universo, de lo que están hechas todas las estrellas: hidrógeno. Cada partícula tenía su pollo y se alejaba del chiringuito. Con el tiempo, esas partículas se concentrarían en sitios muy alejados dando lugar a las estrellas y galaxias. El hecho de que la materia se agrupara dejó espacios libres para que pudieran salir la luz y el resto de la radiación. El olor a pollo llenó el Universo y se expandió con él.
En las estrellas el hidrógeno se fue transformando en helio y a partir de las estrellas comenzaron a formarse elementos más complejos, como el litio, el carbono o el oxígeno, y todos los demás elementos que componen la materia tal y como la conocemos. La gravedad los ha mantenido unidos desde entonces en grupos más o menos grandes, como los planetas y demás cuerpos celestes. La Tierra es uno de ellos.
La gran diferencia entre las predicciones del Big Bang y nuestra playa es el tamaño. Hemos hablado de una playa de kilómetros, y podemos imaginar la misma cantidad de gente en tan solo unos metros, o unos centímetros, pero el Universo en los primeros instantes era mucho más pequeño que la milésima parte de un grano de arena. Hay que hacer un esfuerzo y pensar también que ese era todo el espacio que existía. La playa la podemos encuadrar en un pueblo, en una ciudad o en un país, pero el Universo no está encuadrado en nada más grande. No es que detrás esté todo oscuro. No hay nada detrás. No hay ventana por la que mirar, ni nada que contemplar.
¿Sudan las estrellas?
Y, ahora, estoy segura de que te estás preguntando: ¿Y por qué esta teoría? ¿Cómo se ha llegado a la conclusión de que la historia del Universo ha sido así?
En primer lugar lo confirma la continua separación de las estrellas. Cuando la gente está muy lejos se la ve como un minúsculo puntito, pero si fuésemos capaces de saber que están sudando eso nos confirmaría que van corriendo. Pues los astrofísicos han descubierto que las estrellas sudan. Ellos lo llaman «corrimiento hacia el rojo», ya que la radiación que emiten es algo diferente a la que se esperaría si estuvieran quietas, o si se acercasen. Por otra parte está el fondo cósmico de microondas, que es un remanente de la radiación inicial que todavía viaja por el espacio interestelar. Es el olor a pollo que perdura hasta nuestros días, pero con una intensidad mucho menor debido al gran aumento de volumen del Universo. Para completar la teoría habría que detectar la materia oscura, de la que estoy segura que habrás oído hablar alguna vez. Y la energía oscura, que también es oscura, pero no es lo mismo.
Imagínate que el señor del chiringuito, además de hacer pollo, tuviera en mente hacer paellas. El hombre habría comprado sacos y sacos de arroz para tanta gente. Con el jaleo los sacos se rompieron y el arroz se esparció por la playa. Algunos granos se fueron con los pollos, otros se metieron en el pelo de la gente y a otros se los llevó el viento, pero nunca llegaron a ser cocinados ¿Cómo encontrar ahora ese arroz?
Ese arroz son las partículas que componen la materia oscura. Se cree que son unas partículas muy pequeñas que se crearon en los primeros instantes y nunca llegaron a mezclarse con las demás. Cuando los científicos se han puesto a calcular la masa del Universo se han dado cuenta de que falta una gran cantidad de materia, que atribuyen a estas partículas. Esta materia se expandió con el resto pero nunca ha podido ser detectada. Por eso se le llama materia oscura. Y por asociación, ya habrás deducido que la energía oscura es una cantidad de energía que se supone que existe, pero de la que tampoco se han tenido evidencias. Esta energía sería la responsable de que la expansión no tenga una velocidad fija, sino que aumente constantemente.
Una vez que se sepa exactamente la cantidad de materia que contiene el Universo también se podrá predecir su futuro. Si la cantidad total fuese inferior a un determinado valor, la expansión continuaría indefinidamente hasta que las distancias entre una y otra partícula se hicieran infinitas y la radiación perdiera toda su energía. El olor a pollo se disiparía por completo. Si fuese mayor, llegaría un momento en que la gravedad detendría la expansión y comenzaría un acercamiento que terminaría en un colapso. También puede ocurrir que llegue a un punto de equilibrio en el que se pare la expansión, pero no haya materia suficiente para comenzar con una contracción.
Como ves, el Big Bang es una teoría muy completa que define la evolución del Universo. Hasta ahora explica y encaja con casi todos los fenómenos observados y con casi todas las leyes de la física, pero es incapaz de definir el momento justo del inicio. Hoy por hoy es la teoría más aceptada, pero su incapacidad para responder a ciertas preguntas la ha hecho muy polémica. ¿De dónde salieron las primeras partículas elementales? ¿Por qué había tanta energía? Si el tiempo y el espacio comienzan en el Big Bang, ¿qué había antes? ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta? Habrá que esperar a nuevos avances en la ciencia para arrojar algo de luz sobre estas cuestiones[12].
Cuando se desborda el amor
Con la explicación del chiringuito, he podido entender bastante bien la teoría del Big Bang. Claro que yo, en lugar de pollo, hubiera ofrecido un «pescaíto frito» bueno, de Cádiz. Con todas las distancias y los respetos, creo que ciencia y religión nos hablan de manera distinta del «Dueño del Chiringuito». Sin embargo, más que visión comercial, subrayaría su amor y gratuidad por toda esa gente que se acerca a mediodía, con tanto calor, a saciar su hambre y su sed con su enorme corazón generoso. Los relatos bíblicos explican por qué existe la tierra. Por su parte, las investigaciones científicas tratan de aproximarnos al origen de nuestro planeta y del Universo. La Biblia nos enseña algunas cosas sobre Dios y sobre su relación con sus criaturas. Y la ciencia nos ofrece información sobre el mundo y las personas en el mundo.
Los relatos de la creación en el libro del Génesis, escritos en dos épocas diferentes –en los siglos X y VI a. C. –, cuentan que fue Dios a través de su palabra quien creó todo lo que existe, la luz, las tinieblas, el cielo, la tierra, las estrellas, las aguas, los peces, los pájaros y todos los demás animales. Al final, culminó su obra con la creación del ser humano.
No pretende el Génesis detallar un estudio científico sobre la formación del Universo. Nos ofrece más bien un gran poema de alabanza a Dios, único y bueno, Creador del hombre y del mundo. Al profundizar en la teología de la creación, el Antiguo Testamento concede una gran importancia a la experiencia de la salvación que Dios ha llevado a cabo en favor de Israel. Es decir, la experiencia que han tenido de la liberación de Dios les lleva a confiar en que es causa y origen de todas las cosas. Para manifestar esta verdad, el libro del Génesis recurre a dos narraciones: la conocida creación en siete días[13] (Gén 1-2,4a) y el conocidísimo relato de Adán y Eva (Gén 2,4b-25). Nos centraremos ahora en la primera narración.
Se trata de un relato de creación por la acción, pero por la acción de la Palabra que Dios pronuncia. Del caos inicial van surgiendo los tres grandes espacios que luego serán rellenados por astros, vegetales-animales y peces-pájaros. La creación se entiende como simple ordenación del caos, sobre el que Dios «trabaja» siguiendo el esquema cosmológico de la época. Este esquema concebía el universo como la superposición de tres estratos: tinieblas, aguas y tierra. La acción de Dios se realiza de arriba abajo. Llega a su clímax con la creación del hombre, «imagen de Dios».
El encargo que Dios encomienda al hombre, como «imagen» suya es sumamente revolucionario. La creación se corona con la figura de un «concreador». El mundo creado por Dios no es una realidad ultimada. Ahora el Creador la pone en manos del hombre, para que este la lleve a su plenitud.
Es muy interesante contemplar cómo Dios crea con la Palabra: «Dijo Dios». Es expresión de su trascendencia y de su intimidad. Entre Dios y el mundo está la palabra, separando a ambos y, al mismo tiempo, relacionándolos. El mundo viene a ser «expresión» de Dios, lo que resulta de su «decir».
En el Génesis encontramos el origen de la semana. El esquema de la semana creadora le sirve al autor para poner de manifiesto la valoración positiva que le merece el tiempo. La fe bíblica en la creación se opone al mito del eterno retorno. Solo así tiene sentido hablar de historia, esto es, de un proceso con comienzo, crecimiento y fin.
Y lo que considero fundamental es que el amor bondadoso de Dios es el origen, sentido y fin de la creación. Todo tiene su origen y depende absolutamente de Dios: «Todo era bueno».
El teólogo y actual obispo de Ciudad Rodrigo, Raúl Berzosa[14], ha estudiado ampliamente este asunto. Son muchos los científicos que investigan cómo funciona el Universo. Los hay que creen que la tierra no se ha hecho por sí sola y que la vida no está aquí por azar. Creen en un Dios creador del Universo que probablemente empezó con un Big Bang.
Si te parece, Ana, podríamos ahora centrarnos en la creación del ser humano. Esto nos dará pie para aproximarnos a la teoría de la evolución.
Renovarse o morir, esa es la cuestión
Vaya, Fernando, te veo rebosante de energía. Si la teoría del Big Bang ha hecho correr ríos de tinta entre sus adeptos y detractores, el tema de la evolución no se queda atrás. Pocas ideas han generado tanta polémica y controversia, no solo a nivel teológico, sino también en el seno de la propia comunidad científica. ¡Dos de las ideas más revolucionarias de la ciencia y tú quieres abordarlas una detrás de otra! Vale, recojo el guante. Vamos a hablar de evolución y, en última instancia, de la aparición del hombre.
Mencionar la palabra «evolución» y acordarnos de Darwin es todo uno. En 1859 Charles Darwin publicó su obra El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Hasta ese momento se había considerado que cada especie era fija e inmutable. Los perros habían sido perros desde siempre, los caballos habían sido caballos, al igual que las arañas, los manzanos, las amapolas o el mismísimo hombre. En este libro Darwin se opone a esta concepción estática y expone que todas las especies son lo que son por evolución a partir de otras ya extinguidas. Al mecanismo que regula qué especies continúan existiendo y cuáles desaparecen lo llamó selección natural.
La selección natural promulga que las diferencias que existen entre unos individuos y otros provocarán que unos tengan ventajas sobre otros a la hora de alimentarse, defenderse o adaptarse al medio. Los desfavorecidos tendrán una vida más corta y, por tanto, menos posibilidades de reproducción. Con el tiempo pueden llegar a extinguirse. Los caracteres de los más fuertes se transmitirán de padres a hijos.
Vamos a volver otra vez a la playa, pero esta vez a una de esas inmensas y preciosas playas de Cádiz, de tu querido Cádiz. Vamos a imaginar a unos animalillos que se dedican a pasear constantemente por la orilla del mar. A priori no importará la forma ni el tamaño que tengan esos bichitos, las playas gaditanas son lo suficientemente grandes como para que haya sitio y comida para todos. No tendrán que competir ni por la alimentación ni por el camino a seguir en sus paseos. Durante la mayor parte del tiempo sus diferencias no los harán mejores ni peores con respecto al resto.
El proceso de selección natural se activará en los días de viento de levante, ese viento típico de Cádiz, procedente del interior, que levanta la arena de la playa hasta el punto de hacer daño y volver loco a cualquiera. En esos días los animales con caparazón sufrirán menos que aquellos que tengan una piel lisa y fina. A estos últimos la arena puede provocarles heridas que se infecten y resten sus capacidades. También sufrirán más los animales más pequeños. La fuerza del viento los arrastrará pudiendo ser arrojados al mar, donde morirán. Lógicamente los muertos no podrán reproducirse y los heridos lo harán de una manera más lenta que los que no hayan sufrido daño alguno. Si el tamaño y el tipo de piel se heredan, con el tiempo cada vez habrá menos bichillos pequeños y de piel delicada, que pueden llegar a desaparecer. La selección natural habrá hecho prevalecer a los animales grandes y con caparazón.
Los cambios por este método son graduales y muy lentos. Si este fuera el único procedimiento evolutivo la vida tendría que haber surgido mucho antes de lo que se calcula. Darwin no conocía entonces las leyes de Mendel, por las que hoy sabemos que se rige la herencia genética. Según estas leyes, cada característica del organismo (como la altura, el color de los ojos, el tipo de piel o la longitud de las alas) está definida en un par de genes homólogos. Cuando el individuo se reproduce, este par de genes se separa y solo uno de ellos se transmite al hijo. Cada hijo se encuentra así, con un gen paterno y otro materno para cada característica. De los dos siempre hay uno dominante que definirá las propiedades del retoño, las cuales son independientes una de otra. Un color de ojos claros no necesariamente tiene que darse en un individuo alto, ni unas uñas fuertes tienen que ir aparejadas con unas extremidades más peludas. De esta forma cada generación puede producir muchísimas variaciones con respecto a la anterior. Al contrario que en la selección natural, en estas variaciones no tienen preferencia las características que hacen más fuerte al individuo. Las variaciones pueden producirse en cualquier sentido. La evolución ahora no necesita tanto tiempo.
Los legados de Darwin y Mendel constituyen los pilares del concepto actual de evolución. La vida surge en la Tierra hace alrededor de tres mil ochocientos millones de años, en forma de una sola célula. A partir de ella, y por combinación de los dos mecanismos mencionados, van surgiendo las diferentes especies. La historia de la vida es un constante proceso de modificación y extinción escrito a partir de los restos fósiles.
Un fósil es un resto de un organismo vivo, ya sea animal o vegetal, que en su día quedó enterrado entre las rocas y se ha conservado petrificado hasta ahora. Además de los cuerpos, también se consideran fósiles las huellas, los excrementos y cualquier otro tipo de restos, como huevos, caparazones o semillas. Los fósiles constituyen la evidencia de que las especies extinguidas de las que estamos hablando han existido alguna vez.
De las teorías de la evolución se deduce que las especies que han sobrevivido, y que ahora comparten la Tierra, proceden todas de un mismo origen. Así el hombre y el chimpancé descienden de una especie que vivió hace cinco millones de años, pero también el hombre y las bacterias tuvieron un antecedente común, solo que algo anterior, hace tres mil millones de años. Los parientes más próximos del hombre son el chimpancé, el gorila y el orangután.
Así que ya ves que, según la ciencia, estamos aquí gracias a una serie de transformaciones casuales. Y con el adjetivo casual quiero destacar que la selección natural depende en gran manera del hábitat de cada especie. Si los bichitos de la playa de Cádiz hubieran vivido en una playa del Mediterráneo, donde no hay viento de levante, probablemente hubieran sobrevivido, aunque hubieran tenido la piel fina. La evolución no sigue un camino determinado. Más bien está marcada tanto por grandes acontecimientos, como glaciaciones o choques con meteoritos, que provocan grandes extinciones, como por motivos más nimios, como elegir desplazarse hacia el norte o hacia el sur, donde las condiciones de vida son diferentes. Si la vida volviera a empezar es posible que el panorama fuera hoy muy distinto[15].
Un soplo en la nariz
No era yo consciente de mis peticiones. Sí es verdad que la creación, ya sea del Universo, de la vida o del hombre, es un tema muy intenso, que da para mucho. Pero no sabía yo que me estaba metiendo en teorías tan…, ¿cómo las has llamado…? Controvertidas, creo. Te agradezco el esfuerzo y ¿qué te parece, Ana, si para continuar, cambiamos de escenario? ¿Nos vamos de la playa al jardín? Allí continuaremos descubriendo nuevos datos sobre el inicio del ser humano. Precisamente, en el libro del Génesis nos encontramos, además del relato de la creación del mundo, con una narración de la creación del ser humano en un jardín-paraíso[16] que es una maravilla (cfr. Gén 2,4b-25). Si observamos en las culturas más antiguas, este tipo de relatos de creación de la humanidad son anteriores a los de la creación del mundo. Es normal que antes de investigar sobre los enigmas del Universo, los hombres se pregunten por las preguntas fundamentales en torno a su existencia.
Es una narración que trata de responder a un interrogante que, con facilidad, nos podemos hacer: ¿Cómo explicar la existencia del mal en una realidad procedente y dependiente de un Dios bueno? Para responder a esta pregunta, el autor nos presenta a los protagonistas de un drama. Sitúa a esos protagonistas, Adán y Eva, en un mundo idealizado, en el que todo está en orden y las relaciones recíprocas de sus habitantes discurren en un clima de pacífica familiaridad. Además, nos muestra cómo las personas están relacionadas con Dios.
En hebreo, Adán significa «Hombre». El hombre es hombre cabal, dotado de vida propia, enraizado en la tierra que ha de cuidar y que le servirá de sustento. Está abierto obedientemente a Dios. Está situado ante el resto de los seres vivos como superior y, por último, completado por la relación de igualdad y amor con «su media naranja» que es la mujer. En este horizonte, el paraíso juega un papel esencial: va a ser la pieza sobre la que giren las diferentes relaciones interpersonales Dios-hombre, hombre-mujer.
Así que más que origen del hombre, esta narración del Génesis se interesa por el origen del mal. Un asunto que tiene que ver con la responsabilidad personal del ser humano creado por Dios. La narración presenta la experiencia humana de Israel: la del hombre perecedero, pecador, de barro, que abusa de su propia preeminencia en la creación y se acarrea así el castigo. A esa experiencia humana se contrapone la experiencia creyente: la dignidad del hombre, derivada de esa vocación que se ha manifestado en la alianza.
La narración nos muestra la cercanía de Dios, en el jardín junto a Eva y Adán. Me gusta mucho este versículo: «El Señor tomó polvo del suelo... Sopló en sus narices...» (Gén 2,7). El polvo[17] es sinónimo de dispersión, de impotencia o de frialdad. Pero al tomarlo Dios en sus manos va a cambiar el sentido. Es en ese ser humano, modelado a partir del barro, donde Dios «sopla» aliento de vida en Adán, precisamente en el orificio de sus «narices». ¿Qué simbolizan las narices? Lo que es carencia, hueco y vacío. Al «soplar», Dios comunica algo de su interioridad a la interioridad de Adán, en aquello que está hueco, vacío, que es su nariz. En los relatos bíblicos aprendemos cómo es la actuación de Dios: actúa en nuestra pobreza y en nuestra limitación. Donde parece que ya todo está perdido o acabado, empiezan las posibilidades de Dios.
Conviene de cuando en cuando que recordemos lo que somos según el Génesis: polvo disperso necesitado de ser tomado en las manos del Alfarero para que nos modele a su gusto. Eso evitaría mucho creernos el ombligo del mundo o del Universo. No somos seres acabados, plenos… Estamos «en proceso de construcción», como tantas obras que contemplamos en manos de artistas. Dios modela y al mismo tiempo nos da libertad, porque hay que ver qué pintas tienen algunas de sus creaciones.
En proceso de construcción
Pues mira, me alegro de ese «cambio de escenario», como tú has dicho porque al hilo de lo que mencionas de la existencia del ser humano, la ciencia también tiene su versión. Según hemos visto, las teorías evolutivas sostienen que el hombre, al igual que el resto de las especies, proviene de la transformación de otras especies anteriores. La aparición del hombre como tal se considera en el momento en que es capaz de caminar sobre dos piernas y tiene un cerebro desarrollado. El desarrollo del cerebro constituye el momento más transcendental de toda la evolución. Eso ocurrió hace cien mil años.
En el proceso evolutivo del hombre se distinguen dos fases bien diferenciadas: la hominización y la humanización.
En la fase de hominización, el hombre comenzó a andar sobre dos piernas, desarrolló el cerebro y adquirió el aspecto que tenemos hoy en día, más o menos. Fue un proceso puramente biológico.
Concluida la hominización comenzó una transformación que no se había producido nunca antes en un ser vivo: la humanización. El hombre, como ser inteligente, comenzó a utilizar las herramientas, la comunicación y el trabajo colaborativo. Ya no necesitaba adaptarse al entorno, podía adaptar el entorno a sus necesidades y defenderse de sus peligros. El pensamiento y el desarrollo de una cultura le permitieron transmitir esos avances de generación en generación. El mejor dominio del entorno supuso también una mayor descendencia. Las crías nacen más débiles e indefensas que las de otras especies, pero el proceso de educación posterior las vuelve fuertes y fomenta su desarrollo.
El hombre se ha convertido en la especie más avanzada de todo el planeta.
A partir de este momento la cultura se diversifica. Nace el pensamiento artístico, religioso, científico y social. El ser humano toma conciencia de su entorno y quiere saber las reglas que lo gobiernan. Llegará un momento en que sea capaz de dirigir su propia evolución.
Estoy de acuerdo con lo que dices: estamos «en proceso de construcción».
Dios no es «ovni-presente»
Después de todo lo que hemos dialogado en este capítulo, creo que son muchos los temas que quedan abiertos y que podemos seguir profundizando, Ana. A mí en todo este proceso creador lo que me queda con más fuerza es el «mimo» y el «cuidado» de Dios en este complejísimo proyecto de la vida.
Hace unas semanas, mi querido amigo Patxi, más conocido por sus populares dibujos como Fano, ofreció una charla sobre cómo evangelizar con imágenes en Málaga[18]. Me pareció muy sugerente cómo hablaba de Dios. Dios está más allá de cualquier telescopio, más allá de lo inimaginable. Pero también está más acá de cualquier microscopio. Dios está en todos los sitios es «omnipresente». Es infinito e inabarcable. No lo podemos imaginar. Es enorme.
Con mucha gracia, Patxi decía que a veces los cristianos más que de Dios omnipotente parece que sentíamos que Dios es «ovni-presente». Creemos que vendrá una luz que nos iluminará. «Dios no es un fenómeno “para-normal”, sino fenomenal para gente normal», afirmaba Patxi. Y es verdad. Dios es invisible, inabarcable, pero está en las pequeñas cosas, en los «pucheros», que diría santa Teresa, o en el chiringuito de la playa.
Un asunto con «guasa» y «san Google»
Competencia entre chiringuitos
Estaba yo el otro día trabajando en casa cuando, de repente, me quedé sin Internet. El navegador comunicaba que le era imposible cargar la página solicitada. La lucecita que indica que el ordenador tiene activada la comunicación por wifi estaba encendida, pero el panel de redes mostraba que no había ninguna red inalámbrica a la que conectarse. El problema estaba fuera de mi equipo. Efectivamente, en el router encontré una sospechosa luz parpadeante. Solo tuve que resetearlo y pude continuar mi trabajo con total normalidad.
Este incidente me hizo pensar en la forma de comunicarnos que tenemos actualmente. Si hace un siglo el teléfono parecía cosa de magia, esto de las redes inalámbricas es como de otro mundo. ¿Te das cuenta, Fernando, de lo mucho que dependemos de este tipo de redes y lo poco que sabemos sobre su funcionamiento los que no tenemos ninguna relación con las telecomunicaciones?
Un ordenador funciona a base de ceros y unos. Aunque nosotros, en nuestra pantalla, veamos imágenes, vídeos y programas con ventanas de colores y diseños muy atractivos, en el interior del equipo existe un programa que lo transforma todo en código binario, un código en el que todo se escribe a base de una sucesión de ceros y unos. Este lenguaje binario es el único que entiende el sistema operativo y el único con el que puede trabajar el procesador. Si queremos que un ordenador se comunique con otro necesitamos conectarlos con un cable y transformar estos ceros y unos en una corriente eléctrica.
Una corriente eléctrica es una circulación de electrones a lo largo de un cable. La materia está compuesta por átomos, y estos, a su vez, por partículas más elementales, de las cuales los protones tienen carga eléctrica positiva y los electrones carga eléctrica negativa. En condiciones normales cada átomo tiene el mismo número de protones que de electrones, con lo que su carga es nula. Para que exista corriente eléctrica tiene que existir una acumulación de electrones en un extremo de un cable y un defecto en el otro. De esta manera se genera lo que se llama un voltaje y los electrones tenderán a recorrer el cable para llegar a la zona de carga positiva y compensarla.
Lo que hace el ordenador es generar un voltaje para el cero y otro distinto para el uno. Así crea una corriente eléctrica variable que puede ser decodificada por el receptor. Pero esto solo ocurre en caso de comunicaciones por cable. Para las comunicaciones inalámbricas esta corriente eléctrica es necesario transformarla en una onda electromagnética variable que transmita el código.
Cuando «saltan chispas»
El electromagnetismo es una rama de la física que se basa en la relación que tienen los campos eléctricos y magnéticos. Son como un matrimonio, entre ellos «saltan chispas» continuamente pero les cuesta estar el uno sin el otro, a menos que estén dormidos. Vamos a empezar por ver qué es un campo.
Estoy segura de que recuerdas todavía al señor del chiringuito del capítulo anterior. Vamos a hacer zoom en la playa y vamos a observarle con más detalle. Sus pollos producían un olor penetrante que se extendía por todo el pueblo. Podríamos decir que los pollos generaban un campo oloroso. Un campo es una perturbación de una región del espacio en torno al elemento que lo genera. Por sí solo no produce ningún efecto, pero sí perturba a los elementos sensibles a sus fuerzas. En el caso de nuestro campo oloroso solo afectará a los seres con nariz. Toda persona que entre en el pueblo sentirá el olor a pollo, sin embargo, las plantas permanecerán inmunes a él.
Una carga eléctrica produce un campo eléctrico que solo afecta a las partículas con carga eléctrica. Un imán produce un campo magnético que solo afecta a las sustancias magnetizadas. El matrimonio duerme. Si se despiertan y entran en contacto «saltan chispas» y se producen las ondas electromagnéticas.
Imaginemos que a nuestro dueño del chiringuito le sale competencia en la misma playa. Como ya me has dicho que te gustan los pescaítos vamos a suponer que otra persona decide instalar un segundo chiringuito junto al de los pollos, pero de pescaíto frito. Este establecimiento generará en el pueblo un olor a pescado que se mezclará con el del pollo. Estaremos ante otro campo oloroso, pero esta vez de pescado.
Como los dos chiringuitos compiten por la misma gente, ninguno de los dos puede despistarse. En el momento en que el nuevo cocinero vea salir el primer pollo estará obligado a ponerse a freír pescado de inmediato si quiere mantener a los clientes. Y al de los pollos le pasa lo mismo. Cualquier indicio de que su vecino esté friendo pescado le pone automáticamente a asar pollos. Un chiringuito de pescado en medio de un campo con olor a pollo genera un campo con olor a pescado.
De la misma manera funcionan los campos eléctricos y magnéticos. Una carga eléctrica genera un campo eléctrico, pero si se mueve, genera además un campo magnético, y juntos los dos campos forman una onda electromagnética. Una onda electromagnética no es más que un campo eléctrico que viaja junto a un campo magnético. Es el olor a pollo que se expande junto al olor a pescado.
La conversión de corriente eléctrica en onda electromagnética tiene lugar en una antena que es la encargada de dirigir las ondas en la dirección correcta. El voltaje variable generado por el ordenador da lugar a una corriente eléctrica variable, que se transformará en la antena en una onda electromagnética variable.
Para que la comunicación se produzca, tiene que existir un equipo que emita y otro que reciba e invierta el proceso: convierta las ondas en corriente eléctrica y la corriente en código binario. Normalmente los ordenadores son emisores y receptores por lo que llevan incorporados los dos equipos.
En el caso concreto de una red wifi, la información se transmite por cable a modo de corriente eléctrica hasta el router. Allí se transforma en ondas electromagnéticas que llegan al ordenador. Este vuelve a convertirlas en corriente eléctrica y luego a código binario. A la inversa, el ordenador convierte el código binario en corriente eléctrica y la antena interna del equipo en ondas electromagnéticas que le llegan al router, donde se convierten en corriente eléctrica, que viajará por un cable hasta su destino.
Después de leer esto ya podemos deducir que lo que me pasó el otro día es que el router, que debía transformar la corriente eléctrica que le llegaba por el cable de Internet en ondas electromagnéticas, no lo hizo. El receptor wifi de mi ordenador se quedó sin ondas que transformar[19].
¿Se puede vivir sin wifi o sin «guasa»?
A mí, sin embargo, valorando lo que son las nuevas tecnologías, me sigue maravillando la manera que tiene Dios de comunicarse en el Antiguo Testamento: cómo le habla a Moisés a través de la zarza ardiente que no se consumía, cómo va creando con su dicción en el primer capítulo del Génesis o la que se lio con la torre de Babel. Dios no necesita de router ni de wifi, pero cuando habla, su palabra no debe caer en saco roto. Si los seres humanos pensamos que somos el centro del mundo y más grandes que el mismo Dios, Él nos da una buena enseñanza de realismo, que fue lo que pasó con la torre de Babel:
Bajó Dios a ver la ciudad y la torre que estaban haciendo los hijos de los hombres, y se dijo: «He aquí un pueblo uno, pues tienen todos una lengua sola. Se ha propuesto esto, y nada les impedirá llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se entiendan unos a otros».
No podemos plantearnos estar por encima del Creador, que es lo que simboliza la torre altísima de Babel. Y, a partir de ahí, comienzan los idiomas y los inventos para comunicarse, hasta llegar a nuestros días con el dichoso wifi o Google translator.
Hay que ver lo nerviosos que nos ponemos cuando no funciona el receptor wifi. Es como si los dueños del chiringuito se enfadaran y la clientela quedara desierta. Ciertamente, hoy día la red wifi se ha convertido en algo de primera necesidad en las sociedades occidentales. En algunos pueblos y ciudades hay plazas y parques con wifi. En los hoteles lo ofrecen como un atractivo más, junto a la piscina o a las recreaciones infantiles. ¿Y qué ha pasado con nuestras casas? Normalmente el «olor» wifi sale de la cocina e invade todo el hogar: móviles, televisión, tabletas, ordenadores…
He de confesarte, Ana, que mi sobrino Mario, con once años, me da cien vueltas en esto de las tecnologías. Cuando estamos en verano unos días juntos, suelo lanzarle, cuando lo veo absorbido en su tablet: «Yo tenía un sobrinito…». Y él, que es muy listo, me sonríe y me dice que ya está terminando. Pero no solo los niños, también nosotros los mayores caemos en la trampa de la red. Y esto sí que hemos de cuidarlo. Reuniones en las que con el portátil seguimos «conectados» a otras cosas diferentes al tema que se está tratando, por ejemplo, buscando una información en «san Google» o en la Wikipedia. O sobremesas en las que el WhatsApp (popularmente conocido ya como «guasa») no deja de gorjear su «silbidito». O radiar la vida a través de Twitter…
La red nos ofrece muchas ventajas, pero hemos de estar prevenidos de sus encantos peligrosos. La comunicación familiar, laboral o con los amigos, sin ningún tipo de mediaciones tecnológicas, es fundamental. Hablar de tú a tú. Dedicarnos tiempo en lo cotidiano, en lo normal, sin otros instrumentos. Es necesario y sano. Yo me he quedado pasmado cuando un adolescente ha hecho una pregunta importante y personal a su padre, que estaba en el piso de arriba, por WhatsApp. Y el padre, en lugar de bajar y dialogar con el hijo, le ha respondido otro breve WhatsApp. Así mejor estar desconectados. En este sentido es bueno que respondamos a las preguntas que lanzaba el papa Benedicto XVI: «¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo “diferente” al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas?»[20].
Desde luego, los curas tampoco nos libramos. Recientemente, en una reunión en un salón de actos hasta la bandera, nuestro obispo, al final de la misma, se disponía a dar la bendición. Yo le daba un codazo a un amigo sacerdote que estaba a mi lado escribiendo un WhatsApp que, sin duda, sería muy importante, pero no en el momento oportuno. Aunque siempre es discutible, creo que usar el móvil solo con la red wifi evita el peligro de estar continuamente enviando mensajes, por ejemplo, en determinados lugares y ámbitos. Al igual que con la comida, hemos de tener cuidado de no caer en el «sobrepeso» que las nuevas tecnologías de la comunicación pueden proporcionarnos. Si por cada WhatsApp ganáramos un gramo, ¿cuánto engordaríamos en una semana?
Me parece interesante la terminología que utiliza Juan Rubio sobre el tipo de vida que llevan los jóvenes –y quizás los no tan jóvenes– en relación con la red. Señala que dividen su existencia en «vida on line» y «vida off line». Estar on line proporciona novedad, aventura, rapidez, información continua. Mientras, el vivir off line proporciona una mayor estabilidad y permanencia[21].
Creo que quizás he comenzado siendo un poco pesimista. Las nuevas posibilidades de la comunicación son como las caras de una medalla, con anverso y reverso: pueden unir personas y grupos, pero también pueden distanciarlas; pueden ser instrumento de desarrollo y de búsqueda de dignidad de las personas o, por el contrario, cauce de explotación y sometimiento. Internet tiene un conjunto de características que son impresionantes. ¿Nos las describes, Ana?
Chismorreos de patio de vecinos
¿Qué te describa Internet? ¿Qué te voy a contar yo de sus características? Lo más llamativo es que somos más de dos mil cuatrocientos millones de usuarios habituales, de una población total de siete mil millones de habitantes. ¡Más del treinta y cuatro por ciento del total de las personas![22]. Yo creo que sus características son de sobra conocidas y yo no podría aportar nada nuevo. Pero lo que sí te voy a contar, que a lo mejor no sabes, son pequeñas curiosidades.
Por ejemplo: ¿Conoces el origen de la arroba, @, el símbolo por excelencia de Internet? La arroba es una unidad de masa, como el kilo, la onza o el quintal. Se usaba para la medición de mercancías en los viajes trasatlánticos, y su símbolo se colocaba junto a los precios para indicar el precio unitario. Por este motivo se ganó una tecla en los teclados de las primeras máquinas de escribir, tecla que perduraba aún en los primeros ordenadores, aunque con bastante poco uso. En 1971 Ray
Tomlinson, el creador del correo electrónico, la utilizó en las direcciones de correo para separar el nombre de usuario del nombre del ordenador central que estaban usando en ese momento, lo que ahora sería el servidor. Según cuenta él mismo, eligió la @ porque nunca formaría parte de ningún nombre de persona, ni tampoco de la empresa: es un carácter especial que separaría muy bien un nombre de otro[23].
Otra cosa que creo que poca gente sabe es la existencia de un Internet profundo o invisible. Cuando realizamos una búsqueda en Google nos creemos que el buscador se recorre la red en busca de todas las páginas que cuentan con nuestras palabras solicitadas, pero no es así. Existe una gran cantidad de información a la que las arañas de los buscadores no tienen acceso. Se estima que el número de páginas inaccesibles es alrededor de quinientas veces el número de páginas a las que sí se puede acceder. Uno de los motivos es voluntario: muchos creadores protegen su información con contraseñas para que no pueda ser encontrada. El otro motivo es el formato de los documentos o la manera de organizar la información, que no es compatible con la manera de trabajar de los buscadores[24].
Y ahora una anécdota. Google se hizo una cuenta en Twitter en febrero de 2009, en los comienzos de esta red social. Y ¿cómo no? el primer tuit enviado lo escribió en código binario: «I’m 01100110 01100101 01100101 01101100 01101001 01101110 01100111 00100000 01101100 01110101 01100011 01101011 01111001 00001010», que significa «I’m feeling lucky» o «voy a tener suerte». Muy metidos en su papel, estos de Google. La cuenta a día de hoy todavía continúa activa, @google, aunque no es posible recuperar el primer tuit después de tanto tiempo. Es una anécdota que circula por la red y nos la tenemos que creer.
Más cosas curiosas. ¿Conoces el terrorismo informático? Pues sí, existe. Es lo que se llama «ataque de negación de servicio» o DoS. Internet no es más, ni menos, que una red de ordenadores conectados entre sí, de la que el nuestro forma parte cuando nos conectamos. De todos ellos, hay algunos que siempre están encendidos y tienen una configuración especial, o configuración de servidor. En estos servidores se copian los archivos que conforman las páginas web. Cuando un usuario quiere acceder a una web en concreto solicita acceso al servidor para descargarla. La capacidad de atención al usuario del servidor es limitada y normalmente superior a la demanda, pero si muchos usuarios quieren ver la misma página a la vez y el servidor recibe más solicitudes de las que puede atender, se bloquea y no atiende a ninguna. El terrorismo informático consiste en distribuir virus entre los usuarios para que traten de descargar la página contra la que atentan. Así, y de manera automática, una gran cantidad de usuarios intentan acceder a la vez a una web, haciendo que se bloquee[25].
Y, por último, y ya que está tan de moda el tema del ecologismo, vamos a mencionar esa vertiente medioambiental de Internet, también llamada «Internet verde». El propósito es reducir el consumo de energía utilizado para navegar en la red. Hemos hablado de dos mil cuatrocientos millones de usuarios. Por poco que se reduzca el consumo por persona, el efecto global será bastante considerable. Se está promoviendo la reprogramación de páginas web para convertirlas en archivos mucho más ligeros que necesiten un menor tiempo de carga en el equipo del usuario. Otra de las propuestas es el uso de servicios en la nube, que distribuye recursos compatibles entre muchos usuarios[26].
¿Qué te parecen? Como ves, Internet da para mucho. Se dice que es el sitio ideal para formarse, informarse y recrearse, pero también tiene esos «chismorreíllos» de patio de vecinos que a todos nos encanta conocer.
Las dominicas, batiendo récords
De la de cosas interesantes que nos hemos enterado, Ana. Hay un refrán que dice que limpios no seremos, pero curiosos… Y, claro, ¿a quién no le llaman la atención los cotilleos? Continuemos por esa vía. Hay una opción para expresar libremente noticias, experiencias, opiniones, relatos, una manera de estar conectados con la red y con las más variadas personas que a través de ella buscan diferentes iniciativas: los blogs. Los weblogs, blogs o bitácoras son publicaciones individuales o grupales de la web en las que, de manera cronológica pero sin periodicidad establecida, el autor o autores publican notas y artículos. Esos textos suelen incluir enlaces y, eventualmente, imágenes y otros contenidos multimedia. Es frecuente que brinden espacios para el comentario, donde los lectores pueden expresar libremente sus opiniones y observaciones acerca de cada una de las notas. En este medio interactivo los contenidos no están sometidos a ningún orden de composición (talante, estilo...). Son de carácter subjetivo, pues responden a la visión personal de sus propios autores.
En España hay un blog que bate récords: el de las dominicas de la Presentación de Barcelona. Un grupo de religiosas, coordinadas por la hermana Gemma Morató, una catalana simpatiquísima, lleva diez años de funcionamiento con su página web mivocacion.com y ha conseguido 200.000 visitas y más de 12.000 correos electrónicos respondidos. Además, estudiantes de universidades españolas se han interesado por esta página vocacional y han centrado sus trabajos en ella. En la web hay un enlace desde 2006 al blog de religiondigital.com que computa ya 600.000 visitas.
El equipo, formado por seis religiosas dominicas, de diferentes edades, en el que cada una aporta desde sus centros de interés: Medio Oriente, imaginación, creatividad, las palabras del Papa, en busca de la verdad, etc. Cuidan de una manera especial el diseño gráfico y usan un lenguaje actual y sugerente, del que se han hecho eco diarios como El País[27]: «¿Conoces bien el mundo y la vida? Pues mejor podrás ayudar a los hombres y mujeres de este mundo. Y no serás la primera: Santa María Magdalena, sin ir más lejos, también fue una cachonda como tú». Además, este weblog tiene la particularidad de mantener un diálogo fluido con aquellos que son asiduos a sus contenidos, como es el caso de Sonia, de 28 años, que expresa que «es de gran ayuda para todas aquellas que como yo buscan un sentido a su vida».
La de cosas que podríamos contar sobre los blogs. Sin ir más lejos, Ana, la amistad entre nosotros surgió de la vecindad de nuestros respectivos blogs: tú con «Las letras de la ciencia» y yo con el blog de «Kamiano»[28] en el portal de la revista 21. Creo sinceramente que san Pablo, el infatigable apóstol, que tanto viajó para visitar las primeras comunidades cristianas, seguro que hoy día navegaría por Internet y tendría su propio blog o, quizás, más de uno. Un blog para interactuar con la comunidad de Corinto o de Tesalónica o con tantas otras. Lo curioso es que, al transmitir la palabra de Dios, esa Palabra se ha metido de lleno y se ha propagado por millones de corazones a lo largo ya de dos milenios.
¿Quién le iba a decir a san Damián de Molokai, encerrado en una isla para servir a los pobres enfermos de lepra abandonados, que sus cartas recorrerían el mundo, se publicarían en periódicos y que hoy en día las podríamos encontrar incluso en Internet? [29]
Como última curiosidad, quiero darte el nombre de uno de los hombres esenciales para las comunicaciones actuales en la Iglesia: el beato Santiago Alberione, conocido como apóstol de la comunicación. Es el fundador de la familia paulina y un gran impulsor del anuncio del Evangelio a través de las más modernas tecnologías. De hecho, los paulinos tienen una significativa presencia en Internet y saben muy bien de algo que hoy está muy de moda: las redes sociales.
«¿Nos vemos en el bar?»
Vaya, pues estaré bien atenta. Santiago Alberione me has dicho que se llama, ¿no? Seguro que cualquier día me lo encuentro por ahí tomando un pincho, o si no es a él a alguno de los paulinos, porque ¿tú sabes que yo comparo las redes sociales con los bares? Sí, yo creo que una red social es una mezcla entre un bar y una base de datos.
Un bar, todos sabemos lo que es y una base de datos es un conjunto de datos ordenados por filas y columnas. Pensemos en una agenda telefónica tradicional. Existe una columna para el nombre, otra para los apellidos, otra para el teléfono, la dirección, profesión… Una columna para cada dato. Cada contacto ocupa una fila y proporciona un valor para cada casilla. El propósito de la agenda es recordar todos los datos y mantener cada uno en su posición. Las bases de datos digitales son lo mismo. Las columnas se llaman campos y las filas registros. La diferencia es que en la agenda telefónica solo suele existir una tabla y en las bases de datos existen bastantes más.
Así que como una red social es una mezcla entre un bar y una agenda, cuando nos abrimos una cuenta en una de estas redes es como si entráramos por primera vez en un bar con una agenda en la mano a estrenar. ¿Qué hacemos? Lo primero es mirar a nuestro alrededor, ver qué hay, quién está en el bar, comprobar si conocemos a alguien. En nuestro bar digital curioseamos para comprobar cómo son los otros usuarios y cómo funciona la red social.
Enseguida observamos que todo el mundo tiene la primera página de la agenda rellena con sus datos personales y su foto. Esta primera página es como el perfil del usuario, el lugar donde nos damos a conocer. Al igual que la primera página forma parte de la agenda, los perfiles de usuario también forman parte de la base de datos.
Con nuestra primera página de la agenda rellena ya podemos darnos una buena vuelta por el bar a ver a quién encontramos. Además con todos nuestros datos a la vista es posible que alguien nos reconozca. Si encontramos a algún conocido podemos pedirle sus datos e incluirle como contacto en la agenda. En nuestra lista de papel rellenaríamos una fila con todos los datos correspondientes a cada columna, datos que curiosamente coinciden con los que nuestro amigo lleva en la primera página de su agenda. La base de datos digital no necesita repetirlo. Basta con que en el perfil de cada uno se agregue un código identificador de cada usuario. Para cada contacto nuevo solo es necesario anotar el identificador. Si queremos acceder a esos datos personales de nuestro nuevo amigo la base de datos se encargará de buscar al propietario del identificador. De esta manera se evita repetir datos y se agiliza el tiempo de acceso. Es lo que se llama bases de datos relacionales. Según vayamos paseando por el bar iremos identificando a nuestros amigos o iremos conociendo a otros nuevos. Nuestra agenda se irá llenando de contactos.
Además del listín telefónico nuestra agenda tiene un montón de hojas en blanco. En nuestro tiempo libre podemos ir colocando allí lo que nos parezca bien. Habrá quien coloque fotos, quien lo utilice para anotar sus pensamientos, contar chistes, recomendar libros o enseñar matemáticas. Toda esta actividad irá rellenando tablas que estarán relacionadas con nuestros datos personales. Cuanta más información coloquemos más despertaremos el interés del resto de la gente del bar.
Pero lo más importante es la conversación. La gente sale a tomar algo, no por lo que beba o coma, sino por conversar. En nuestro bar digital podemos comentar una imagen de un amigo, podemos unirnos a una conversación ya empezada entre varios conocidos, podemos empezar hablando nosotros, con la esperanza de que se nos unan otras personas, podemos crear una conversación pactada en un grupo… Sea como sea en nuestro bar digital las palabras no se las lleva el viento, y como ya habrás adivinado, las conversaciones rellenan otras tablas especialmente dispuestas para ello y relacionadas una vez más con nuestros datos personales.
En definitiva, la base de datos es el esqueleto de la red social, es lo que hace que sea capaz de manejar gran cantidad de información de una manera rápida. Pero no es lo único. Esta base de datos tiene que estar conectada a una página web. Tiene que existir un bar virtual al que acceder y por dónde pasear. Tiene que haber botones para ver a los amigos, escribirles mensajes, mostrar fotos y poder realizar el resto de las actividades. Tiene que ser un lugar de aspecto agradable y de manejo sencillo. Es como si los camareros del bar tuviesen que ser amables y estar siempre dispuestos para lo que se les pide. Además deben ir vestidos de manera que se les identifique sin problemas.
Y luego está el idioma. Cuando en el bar nos acercamos a un amigo y le preguntamos por sus fotos, queremos ver sus fotos y no las de otro que no conocemos, queremos hablar con él y que nos comprenda. En la base de datos digital eso se llama hacer una consulta. Pinchamos en el botón de fotos de un amigo y esperamos que la base de datos nos devuelva sus imágenes y no cualquier cosa. Para eso la página web tiene que comunicarse con la base de datos en un lenguaje que los dos entiendan, tiene que estar programada en un lenguaje de programación compatible con la bases de datos.
Redes sociales hay de muchos tipos y con muchos fines. Al igual que hay bares para comer, para tomar una copa, de gente joven, de intelectuales o sitios anticuados, también hay redes sociales orientadas al ocio, a la búsqueda de empleo, para los amantes de la fotografía o para los interesados en la cartografía. Todas ellas tienen sus peligros, pero también nos ofrecen innumerables ventajas. ¿Veríamos con buenos ojos a alguien que no tiene amigos con los que salir de vez en cuando a tomar algo? Pues en los tiempos que corren no estar en las redes sociales supone perderse muchas cosas. ¡Hasta la Iglesia va de «bares»!
¡Ojo con los «en-redos»!
Darmowy fragment się skończył.