Czytaj książkę: «El regalo de Navidad del señor Mendieta»

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EL REGALO DE NAVIDAD DEL SEÑOR MENDIETA

El robo de los huesos de Hernán Cortés –el conquistador de México–, una serie de misteriosos asesinatos consumados según el ritual azteca de arrancar el corazón, el linchamiento de un mendigo en plena Ciudad de México. Todos los hechos tienen lugar en un corto espacio de tiempo y en el mismo barrio residencial durante los días previos a la Navidad. El testigo de estos hechos es un extraño escritor que reparte su tiempo entre una simpática y culta librera que colecciona objetos antiguos y viejos libros, un profesor de la Universidad Nacional (conocido e influyente anticlerical) y una joven y hermosa asistente universitaria, madre de una hija discapacitada.

Los personajes de la novela, y los eventos aparentemente misteriosos y sin ninguna relación entre sí, se van conectando y adquieren gradualmente un significado congruente. Y completamente inesperado.

Alver Metalli debutó como periodista en Roma en 1978 y cubrió América Latina hasta 2018 para revistas, diarios, periódicos y la RAI. Dirigió durante cinco años el sitio de información Tierras de América. Actualmente lleva adelante el blog Contraluz (https://www.alvermetalli.com). Periodista precoz, escritor tardío, su primer artículo lo escribió en 1970, a los dieciocho años, y su primera novela, en el 2000. Metalli explica el paso a la literatura como “un momento de obediencia a un impulso interior, la presión de muchas imágenes que me impactaron en años de viajes, de atisbos de humanidad, de bellezas contempladas, de chispazos de verdad que me maravillaron, de dramas compartidos…”. En los siguientes veinte años recuperó el tiempo perdido con ensayos sobre América Latina (Crónicas centroamericanas, América Latina del siglo XXI, El Papa y el filósofo), libros para niños (Lobo siberiano, El viejo ferrocarril inglés, Las dos Adelias) y las novelas La herencia de Madama, Los dioses inútiles, Il giorno del giudizio, Isidora y Morte di un benzinaio di provincia. También publicó la colección de relatos L’uomo dell’acqua y el libro No tengan miedo de perdonar, con Andrea Tornielli. Sus últimos libros son Cuarentena, Contraluz y Epifanías.

ALVER METALLI

EL REGALO DE NAVIDAD DEL SEÑOR MENDIETA


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Dedicatoria

  Los huesos del conquistador

  El códice Juan Diego

  Los guadalupes

  Linchamiento

  Frontera

  Pequeñas esferas plateadas

  Créditos

A Salvatore Caffarelli, de Nicaragua al Paraíso

LOS HUESOS DEL CONQUISTADOR

Prólogo

Se abrió la puerta de la sacristía y el sacerdote se confundió con la penumbra de la iglesia. Los pasos cansados se arrastraron hasta el altar; inclinó el cuerpo hacia adelante y subió con esfuerzo los tres escalones apoyando una mano sobre la rodilla temblorosa; abrió el gran libro sobre el atril en la página de ese día, memoria de los santos Cornelio y Cipriano en el misal romano. Repasó en silencio las lecturas, como hacía siempre para preparar la homilía de la santa misa. Leyó que Job acusaba a Dios de desear su destrucción, del gemido de los moribundos y del alma de los heridos que piden auxilio, y que Dios no prestaba atención a sus súplicas. Pasó después a Juan, cuando exhorta a los creyentes de su tiempo a perseverar en la fe frente a los ataques del maligno. Con las últimas palabras del evangelista amado por el Señor, el sacerdote levantó la cabeza hacia el tabernáculo buscando inspiración. Cuando sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad, la mirada se deslizó perezosamente sobre la superficie de la pared.

Era una costumbre –lo hacía todas las mañanas– para comprobar, con la inercia de los años, que todo estaba en su lugar, donde debía estar. Pero esta vez tropezó a la derecha del ábside con algo fuera de lo normal. Una mancha… un boquete… un agujero fuera de lugar… De pronto comprendió y después vio el abismo que asomaba como una horrible garganta abierta.

El sacerdote miró atónito la oscura cavidad en la pared.

Los siglos se condensaron en un solo instante, aspirados por lejanías inmemoriales, los hombros se encorvaron bajo la carga del tiempo. Los pequeños ojos oscuros se llenaron de desaliento y la nariz, de un penetrante olor a copal. La piel del rostro, amarillenta por los años y la penumbra donde había envejecido, vibró de indignación.

Se dejó caer de rodillas, abrumado por un peso indescriptible.

Miró las mismas imágenes sagradas de siempre como si las viera por primera vez. La Virgen pisaba la cabeza de la serpiente en el centro del altar como señala la antigua devoción. Otra Virgen, la de Guadalupe, abría su manto milagroso al arrepentimiento de los pecadores.

¡Cuántas veces se había refugiado en aquel lugar! ¡Cuántas veces había puesto su pereza a los pies de aquella pieza de tela misteriosa ante la cual hasta la ciencia había levantado las manos en señal de rendición! ¡Cuántas veces las debilidades mortales de su existencia allí habían encontrado ayuda!

El sacerdote dio un paso hacia adelante.

Las manos temblorosas se aferraron a la madera de la barandilla y la sujetaron con fuerza. La cabeza se hundió entre los hombros. Un momento después se irguió altiva.

“Dios mío… son ellos. ¡Han vuelto!”, gritó.

I

–Un sábado… un sábado a la tarde… ¡Pum! ¡Pum!. –Los labios remedaron una explosión sofocada; la corpulenta señora apretó el puño, separó el índice y el pulgar y lo apuntó a la sien–. Un tiro a la cabeza de ella, dos tiros a los padres de él, otro a su propia cabeza, ¡Virgen santísima de Guadalupe! –exclamó con una vocecita quejumbrosa que parecía salir de las arrugas flácidas del cuerpo.

La mujer se frotó las manos regordetas en el delantal, una, dos veces. La tercera hizo el gesto de secárselas.

–¡Sangre, sangre por todos lados, Virgencita nuestra! –prosiguió, como si quisiera limpiar la prenda salpicada de sangre. Se inclinó sobre la maceta de retamas y la arrastró algunos metros sobre las baldosas del patio; las corolas amarillas se balancearon en señal de protesta.

–Sangre en las paredes, en el techo, y esa pobre criatura… nunca más volvió a ser la misma después de todo lo que pasó en esa casa. ¡No la ha visto, señor Vicente! Siempre con esos condenados animales dando vueltas alrededor de ella…

El terrible episodio era uno de los relatos preferidos de doña Celia, algo más que una empleada por horas, algo menos que un ama de llaves de tiempo completo.

–Un hombre como Dios manda, el doctor Reynoso. Una excelente persona como no hay muchas en estos días. Del trabajo a su casa, nada de cosas raras, esas de los hombres maduros con las jovencitas, usted ya entiende lo que quiero decir –insinuó la empleada simulando un poco de vergüenza por esa alusión atrevida que no correspondía a una mujer decente como ella–. Después pasó lo que pasó, Madre bendita. ¡Vaya uno a saber lo que pasa en la cabeza de la gente!

El señor Mendieta ya había escuchado el relato de la masacre de la calle del Progreso más de una vez y sabía de memoria cómo continuaba. La hermosa hija de los Reynoso no quiso abandonar la casa paterna a pesar de la tragedia, hasta la solícita insistencia de quienes se habían apiadado de tan terrible luto debió ceder ante la compostura con que la sobreviviente defendió su deseo de soledad. Ella seguía viviendo en su casa con la única compañía del ama de llaves, Juana Merina Chamula, una india de largas trenzas, flaca como un palo de escoba, a quien ni siquiera doña Celia había conseguido enredar en los chismes del barrio y que probablemente por esa misma razón miraba con cierto respeto. Sin embargo, la relación entre ellas no era muy amistosa debido a los perros que infestaban el barrio y con los cuales doña Chamula era inflexiblemente hostil, incluyendo el viejo caniche de doña Celia. Doña Chamula no daba confianzas a nadie. Enérgica, taciturna hija de cholos, nacida cuando las tierras todavía pertenecían a sus padres, participaba de la discreción de su desafortunada señora sumada al recelo por el mundo de los blancos propio de su raza.

–Todo sobre las espaldas de la pobre Juanita, Juanita Chamula, todo… Le hace de madre, de padre, de hermana, y ella… –siguió diciendo doña Celia mientras se acercaba a la jaula en el otro extremo del patio, donde dos loritos colgaban con la cabeza para abajo y desde esa posición la giraban hacia un lado y otro, como en el teatro de marionetas en la plaza del barrio.

La robusta empleada abrió la jaula con brusca habilidad, sacó la cazuela con semillas apoyada en el fondo con un movimiento seguro repetido mil veces.

–Y ella, ella solo piensa en los gatos, Virgen santa de Guadalupe.

El señor Mendieta había optado por dejarla hablar, cada vez que volvía sobre aquellos oscuros y dolorosos acontecimientos, cuando comprendió que la mujer interpretaba cualquier interrupción como una señal de interés y eso prolongaba su relato mucho más que si la escuchaba en silencio. Probablemente por eso el relato de la masacre había quedado grabado en su memoria con toda su carga de inexplicable violencia.

Doña Celia introdujo la mano en el frasco del alimento y la retiró sujetando un puñado de minúsculas semillas. Las dejó caer en la cazuela hasta que quedó llena hasta el borde y volvió a introducirla en la jaula de los loritos que observaban la escena colgados de los barrotes.

–Chimalistác ha cambiado, señor Vicente, ya lo creo que cambiado. –Se indignó la criada, criticando la falta de seguridad en la zona.

–Hay que matarlos, matarlos –mascullaba en ese momento masticando las palabras para moderar el exceso de ira, de manera que resultara prácticamente incomprensible la ferocidad de la amenaza a los oídos de quien pudiera escucharla.

Estaba obsesionada con los ladrones y su receta era el exterminio instantáneo de los malvivientes. Doña Celia también era de la opinión, a diferencia de doña Lupita, de que la pena de muerte debía ser precedida por una buena, pública y solemne excomunión de las autoridades de la Santa Madre Iglesia para que el delincuente no pudiera escapar ni siquiera de la condenación eterna en la otra vida.

–No, el barrio ya no es el mismo de antes, no, no; las criaturas inocentes podían jugar en la calle desde que salía el sol hasta la noche… juegos, fiestas a toda hora y amores ocultos en los rincones oscuros. Usted es un caballero, eso está muy claro, pero también es un hombre de mundo y sabe a lo que me refiero… Ahora, en cambio… siempre con el corazón en la boca… –La mano de la corpulenta criada barrió el aire, después volvió a caer inerte sobre el delantal expresando el infinito desconsuelo de su alma de madre frente a la violencia del mundo.

–¿Ha visto ese tipo mal entrazado, ese alto y flaco que anda todo el día por las calles del barrio? ¿Ese que tiene una campera azul? ¡Pero sí, ese vago, bueno para nada que da vueltas por el vecindario! Que gruñe como un cerdo en un chiquero, ¿no lo ha visto?

El silencio del señor Mendieta fue interpretado como un asentimiento y doña Celia, visiblemente satisfecha, caminó hasta la jaula de los canarios.

–¿Quién es? ¿De dónde viene? ¡Vaya uno a saber! Apareció por aquí de un día para otro. ¡Puff! Y ahí estaba, caminando por las calles, lo más campante. ¿Permitiría usted que una hija suya saliera sola con uno como ese dando vueltas, almas santas del paraíso?

La pregunta flotó en el aire unos segundos. El tiempo suficiente para condensarse y precipitar sobre la cabeza del hombre a la que estaba dirigida.

En la vida del señor Mendieta, devastada por la muerte de su esposa, ¿acaso había alguna descendencia? Y si la había, ¿dónde vivía? ¿Y por qué nunca lo había escuchado hacer referencia al respecto, desde que se había mudado a ese barrio de Ciudad de México no mucho tiempo antes? Doña Celia, resignada al misterio de la desaparición de la esposa de su patrón, descolgó la jaula y la apoyó sobre un banco.

–¡A dónde hemos llegado! –canturreó poniendo fin a la breve interrupción, mientras la ancha cabeza en forma de pera se le encajaba entre los hombros– Tanto escribir y escribir, tocar puertas y puertas, y por fin las autoridades se decidieron a abrir un destacamento de policía. Mandaron a un capitán del norte, de la frontera… Un buen hombre, seguramente. Con el vicio del juego, dicen. Pero tendría que venir el ejército y no un solo oficial, Madre de todos los santos.

Doña Celia sacó la pequeña bañera de plástico por la puertita de la jaula y cambió el agua.

–Nada, nada, ya no respetan nada, ni siquiera las limosnas de las iglesias, señor Vicente, ni siquiera eso –suspiró repitiendo su lamento preferido–. Ni a los muertos los dejan en paz, ¡ni siquiera los huesos de los difuntos, Virgencita santa! Al paso que vamos, también van a desnudar a los santos en las iglesias –protestó doña Celia mostrando las palmas regordetas de sus manos para certificar la inocencia de su propio rencor.

La escandalizada exclamación aludía a los huesos robados en la iglesia del Jesús dos días antes; un robo tan inesperado como curioso, que había contribuido a exasperar la obsesión de los vecinos, volviéndolos tan desconfiados que veían malvivientes y ladrones por todos lados.

–Nada, nada, ya no respetan nada, no tienen ninguna consideración, ni siquiera por los muertos. ¡Al infierno hay que mandarlos, para que ardan en el fuego eterno!

Con la maldición divina contra los delincuentes, el monólogo de la doméstica llegó a su fin y el señor Mendieta siguió volcando su tristeza en el trabajo que lo ocupaba y que ese día lo conduciría a una librería de la zona, recientemente descubierta.

II

Escuchó el golpe sordo del diario que caía en la entrada. Los ojos enrojecidos se desviaron de las páginas del libro. Lo apoyó sobre el brazo del sillón y se levantó. Las logias del Nuevo Mundo se mantuvo en precario equilibrio, la foto del profesor Marcelo Espinosa espió el cielorraso. El señor Mendieta escuchó la moto que arrancaba en dirección a la siguiente entrega y se apresuró a salir. Abrió la puerta de su casa con la puntualidad de siempre.

Los vecinos podían poner en hora su reloj guiándose por el momento en que aparecía aquel inquilino distinguido venido de lejos. La señora Abascal, que vivía al lado, lo hacía precisamente de ese modo. “Son las siete y media, termina con el baño, ¡apúrate!”, gritaba apenas sentía el chirrido de las bisagras de la puerta de su vecino. Por lo general, del baño no llegaba ninguna respuesta y la señora Abascal agregaba siempre alguna otra cosa, algo que se refería a la puerta de la escuela, a que estaba por cerrarse, al fastidio que significaría tener que presentarse ante las autoridades del colegio para justificar el atraso de su hijo. Las tres cosas con un tono de voz y en un orden diferente cada mañana, según el humor con que se hubiera despertado.

El señor Mendieta salió.

La temperatura había subido apenas un poco, un sol menos apagado secaba el rocío sobre las hojas de los arbustos de mahonias. La lucha, la misma lucha de siempre, volvía a empezar con cada nuevo amanecer. Nunca conseguía descansar como hubiera necesitado, nunca más desde el día que murió Verónica. Con ella, una fuente de ternura había dejado de fluir para siempre y su vida se había vuelto árida como los agaves del desierto, madurando propósitos oscuros.

La percepción de su presencia subyacía en cada una de sus acciones, hasta en el más pequeño movimiento de la consciencia, cualquier nimiedad era suficiente para evocarla.

Juntó los bordes de su sobretodo y recogió El Universal del piso, donde todas las mañanas, a esa misma hora, minutos más, minutos menos, lo lanzaba el repartidor haciéndolo volar sobre la reja del portón. Se incorporó y levantó la vista hacia la ventana de la casa vecina; las cortinas se cerraron con un movimiento furtivo. Abrió la tapa del buzón, controló el correo y volvió a colocarla en su lugar. Luchó con la cerradura del portón de entrada sujetando el portafolio de cuero negro bajo el brazo, hasta que el chasquido metálico le advirtió que se había abierto. En el vivero del frente los empleados alimentaban con aserrín una pequeña fogata, un joven con delantal blanco descargaba bidones de agua frente a un almacén, doña Celia conversaba con los barrenderos del barrio mientras se acercaba por la acera para empezar su día de trabajo. En los últimos días la había escuchado hablarles a las plantas del patio, pero miraba con indulgencia esa extravagancia, así como aceptaba con indulgencia la curiosidad del joven Abascal que lo espiaba desde la ventana de la casa de al lado.

–Juan Pedro, Juan Pedro Abascal. Mucho gusto.

Un adolescente de aspecto torpe apareció de pronto a sus espaldas. El señor Mendieta reconoció por la corpulencia al chico que lo observaba poco antes desde la ventana.

–Ha bajado la temperatura; ¿siempre pasa lo mismo en diciembre? –le preguntó el señor Mendieta estrechándole la mano rojiza con amabilidad.

–Es difícil que baje a menos de diez grados; unos pocos días en todo el año, no más de seis o siete –contestó el chico con petulancia sin sacarle los ojos de encima, como si la continua observación a la que lo sometía necesitara algún tipo de verificación de cerca.

–Entonces hoy es uno de esos días –comentó el señor Mendieta cerrando el penúltimo botón del sobretodo. Estudió el cielo y obtuvo la no necesaria ratificación de su propia afirmación–: Y no va a mejorar –aventuró.

Siguió un silencio incómodo. El señor Mendieta lo rompió con lo primero que encontró en la canasta de los pensamientos matutinos.

–¿Sabes que hace un mes que estoy aquí, pero todavía no termino de entender en qué barrio nos encontramos?

–En Coyoacán en el límite, pero estamos en el barrio de Coyoacán. Allá. –El dedo gordezuelo de Abascal se extendió para señalar un punto no muy exacto hacia la derecha–. Empieza el barrio de Cuauhtémoc. ¿No se fijó en el monumento?

–¿Esa estatua de un indio con un gran tocado de plumas? ¿Es el jefe que ocupó el lugar de Moctezuma?

–Es el general indio que desafió al español Cortés cuando el conquistador tenía prisionero al rey de los aztecas –confirmó el muchacho–, el mismo Cortés de los huesos… Se lo escuché decir a mi padre. Él suele prender el televisor a la mañana temprano, porque después va a trabajar a la estación del subterráneo. Es ingeniero y debe estar allí cuando los trenes empiezan a moverse. Antes de salir de casa dijo que habían robado los huesos de un Cortés. Pienso que debe ser el mismo Cortés.

Juan Pedro Abascal se acomodó la mochila en el hombro.

Después de haberle confirmado la identidad de los huesos desaparecidos, el señor Mendieta se despidió y se dirigió en sentido contrario hacia la meta que se había propuesto, que no era otra que una conocida librería cerca del campus de la Universidad Nacional de Ciudad de México. El famoso negocio daba la impresión de haber estado siempre allí, de haber crecido junto con la historia del país y seguir absorbiendo sus turbulentos acontecimientos, transformándolos en libros para los paladares más exigentes. Había que encontrar la vidriera por casualidad para descubrir la existencia de la librería Villalba, pero ese no era el caso del señor Mendieta, que sabía perfectamente dónde estaba ubicada.

El español entró con decisión en el local y con la misma seguridad se dirigió hacia el sector dedicado a la época precolonial como si conociera su existencia desde siempre. Tomó de la estantería varios libros sobre las antiguas civilizaciones, los estudió y los volvió a colocar en su lugar como si estuviera buscando algo muy concreto que no había encontrado todavía.

–Mis antepasados quemaban los libros de los antiguos aztecas. Yo los pongo a salvo, como puede ver –dijo una voz suave observando la expresión del hombre, concentrado en aquel momento en el famoso Código Florentino que sostenía en sus manos.

–Para suerte nuestra y mayor placer de los apasionados de la Historia… –le contestó.

El señor Mendieta dejó en suspenso el resto de la frase y recorrió con la mirada las estanterías colmadas de libros para manifestar su aprobación por la obra meritoria de la librera.

–¿Me puede indicar la sección de historia de la conquista? –preguntó con amabilidad sin despegar los ojos de las obras.

La atractiva mujer de unos cincuenta años, vestida con un tailleur gris, se detuvo sosteniendo un libro en las manos.

–¿Le interesa algo en particular?

La respuesta llegó con singular rapidez e inesperada precisión.

–Sahagún, el franciscano…

–¿El autor de la Historia general de las cosas de la Nueva España?, ¿el fraile Bernardino Sahagún? –lo interrogó la librera.

–Es imposible prescindir de él –respondió el señor Mendieta, confirmando así que se trataba del citado franciscano.

La mujer miró al hombre con atención. Notó que reflejaba una distinción melancólica, no descolorida, en el límite entre lo estudiado y lo natural. Las facciones del rostro eran acentuadas, marcadas probablemente por muchas pasiones, y confluían en la frente en un juego de líneas sutiles que desaparecían bajo el cabello ondulado por la naturaleza y oscurecido por la mano del peluquero.

–Tiene toda la razón para pensarlo. Lo que dejó escrito fray Bernardino sigue siendo fundamental para conocer el mundo hispanoamericano y de los primeros años del Virreinato, con sus ritos crueles y sus gérmenes de civilización.

–El pasado es un maestro cruel al que es mejor frecuentar que ignorar –agregó el cliente evocando una cita sin mucha exactitud.

La mujer lo observó con una intensidad nueva y decidió en ese momento que merecía algo más que una respuesta ocurrente, como solía hacer con los clientes habituales.

–Es verdad, no todos los religiosos que acompañaron a los conquistadores actuaron de la misma manera. El fray Sahagún que acaba de nombrar salvó mucho más de lo que habían destruido sus compañeros, lo que hizo este religioso español parece casi inverosímil. Estudió la lengua náhuatl, copió todos los textos que eran de uso cotidiano entre los indígenas del valle: las oraciones, las exhortaciones, las metáforas de su imaginario colectivo e, incluso, la historia de la conquista, tal como la veían ellos y la habían registrado en sus códices… Carmen Villalba, mucho gusto. ¿En qué puedo ayudarlo? –le preguntó por fin, con las mejillas encendidas, respirando agitadamente por el esfuerzo de la larga exposición y los ojos brillantes de expectativa.

El nuevo cliente se acercó y le estrechó la mano con soltura. Se presentó a su vez.

–Vicente Mendieta, el gusto es mío…

–¿Qué trae por aquí a un español de mente abierta? –preguntó la mujer aludiendo al mismo tiempo al continente americano, a México, a su capital y a la pequeña librería de barrio de la que era propietaria.

–Trabajo en un libro, una novela histórica sobre Hernán Cortés…

–¿Cortés? ¿Cortés el conquistador?

–El mismo, el hijo de Martín de Monroy que conquistó el imperio azteca.

–Llega tarde, me temo…

El señor Mendieta no demostró sorpresa.

–¡Deplorable, completamente deplorable! –comentó por toda respuesta.

–Veo que ya está enterado…–asintió la librera.

–Incomprensible desde cualquier punto de vista. –Le hizo eco el distinguido cliente.

–Profanar sus huesos y hacerlos desaparecer es un acto de cobardía. No merecían acabar en manos de traficantes.

–De traficantes dice usted. Pero yo me pregunto quién puede pensar en ganar dinero con huesos. No son un artículo muy solicitado. ¿Usted los compraría para tenerlos ocultos en una urna de vidrio en su casa? No son adornos y menos aún obras de arte. No tienen valor en sí mismos… y además con el riesgo de que se los roben.

–Es de esperar que los robados en la iglesia en realidad no fueran sus huesos –respondió el señor Mendieta después de dudar un poco–. Bueno, en realidad, hay muchos interrogantes, como usted ya sabrá y han manifestado también algunos estudiosos serios.

–Comprendo su incredulidad. Es una historia triste la de los restos de Cortés, triste y complicada…

La dueña de la librería hizo una rápida síntesis de las turbulentas vicisitudes que padecieron los restos del conquistador a través de los siglos, restos que nunca encontraron el reposo eterno al que tenían derecho.

–Lo más notable de todos estos desplazamientos –agregó la mujer– es que siempre se redactaba un acta en presencia de un notario, un documento que certificaba la autenticidad de los restos desenterrados en cada oportunidad. La copia del documento, firmada por testigos, se depositaba luego en la urna junto con los restos restituidos a la paz del sepulcro.

Carmen Villalba comenzó a caminar entre las estanterías, el señor Mendieta la siguió a corta distancia.

–Permanecieron sepultados y olvidados hasta 1946, cuando fueron exhumados por iniciativa de un grupo de historiadores mexicanos que habían entrado en posesión del documento que refería la anterior exhumación. Reynoso Salazar, uno de ellos…

La atención del señor Mendieta se agudizó y Carmen Villalba se interrumpió sorprendida.

–¿Ya ha escuchado ese nombre?

–Es el hombre de la masacre… de la masacre de la calle del Progreso que después se suicidó…

–Precisamente él, en efecto, algo impensable en una persona con esa reputación, que conmocionó a los vecinos…

–Y a todas sus criadas –agregó el señor Mendieta para quitar dramaticidad a un evento que debía haber alterado la vida de todo el barrio.

–Reynoso fue el más decidido de todo el grupo, no descansó hasta que obtuvo para él y sus colegas el permiso para excavar en el lugar que señalaba la última acta –confirmó Carmen Villalba pasando por alto las últimas palabras–. Entonces sacaron a la luz los huesos de Cortés a los que dieron la sepultura que conocemos… perdón, que conocíamos.

Carmen Villalba esperó una nueva reacción de su culto interlocutor, pero esta no se produjo.

–Siempre se ha creído que, junto con los huesos, el conquistador había dejado disposiciones sobre un objeto que consideraba tan valioso que quería evitar que pasara a manos de sus contemporáneos, para legarlo a la posteridad usando su ataúd como cofre… pero nunca se encontró ninguna prueba que permitiera suponer una iniciativa tan extraña en un hombre práctico como Cortés.

Carmen Villalba se acercó a él.

–De todos modos, debe saber que no hay motivos para pensar que los huesos que fueron robados en la iglesia de Jesús no fueran realmente los de Cortés. Además, quien los ha robado o los hizo robar no se hubiera tomado esa molestia si hubieran sido de otra persona, ¿no le parece?

El señor Mendieta asintió.

–En todo caso, a mí me interesan los años posteriores a Cortés, después de la conquista. –Se sintió en la obligación de aclarar–. Su librería tiene fama de ser la más completa sobre la época de la colonia. ¿Tiene algo para recomendarme?

Aquello fue suficiente para que la dueña de la librería lo incluyera entre los visitantes más distinguidos, colocando –como acostumbraba a hacer al final del día– un punto rojo junto a su nombre en el registro de clientes.

–Venga a verme cuando tenga un poco de tiempo –le dijo–, le mostraré una salita que no está abierta al público. Se va a sorprender, se lo aseguro.

Era un privilegio que la culta librera reservaba para unos pocos, después de comprobar la afinidad de ideas y no sin una cierta dosis de reticencia.

III

De pronto, un gato cruzó la calle. Corrió hasta un portón blanco, se agachó, pasó por debajo y apareció del otro lado. Otro gato saltó el cerco y atravesó el jardín en diagonal. Ambos se sentaron sobre las patas posteriores delante de la entrada de la casa, donde una multitud de gatos ya se había reunido y vigilaba la puerta con ansiedad. El señor Mendieta miró para todos lados, controlando que su extraña actitud frente a la casa de la calle Progreso no hubiera llamado la atención de los vecinos.

Se abrochó el cuello del sobretodo.

Un cielo amenazante y tóxico se cernía sobre la ciudad, líneas violáceas aparecían y desaparecían detrás de las nubes como juegos psicodélicos. Al señor Mendieta no le gustaba el invierno mexicano. El aire contaminado entorpecía la mente empujando los recuerdos hacia arriba como si fueran globos. Había descubierto, alarmado, que debía hacer un esfuerzo para retener los recuerdos. Las imágenes se iban disgregando día a día, los espacios entre un fotograma y otro iban creciendo; un velo sutil desdibujaba los rasgos de Verónica. Debía intervenir el soplo de una voluntad cada vez más firme para dispersar la niebla. Solo entonces, ya limpio, el rostro amado volvía a ser luminoso y transparente. ¿Pero qué ocurriría mañana? ¿Y pasado mañana? ¿Qué podía suceder en el futuro?

Giró la cabeza al escuchar un repiqueteo que se aproximaba. Un mendigo se acercaba golpeando el piso con un bastón como si fuera ciego, pero no lo era y miraba para todos lados con aire desconcertado sin manifestar ningún interés por él. No había nadie más a la vista –lo comprobó–, salvo un perro sin dueño que olisqueaba la base de un arbusto sin preocuparse por la banda de gatos que maullaba no lejos de allí.

No se resignaba a creer que las cosas amadas solo pudieran sobrevivir un tiempo limitado, custodiadas por una memoria ávida de eternidad pero impotente. Las aferraba con fuerza, las encerraba en una habitación oscura donde la luz no pudiera dispersarlas en miles de partículas luminosas. Le daba miedo aquella imposibilidad de retener las presencias amadas en la mente. Se había encontrado desafiando el olvido una y otra vez, seguro de que nada desaparecería sin su permiso. Pero ya no era así.

La espera fue breve. La puerta de la casa se abrió y la joven apareció en el umbral con un recipiente de esmalte blanco en las manos. El señor Mendieta agudizó la atención, al igual que los gatos, que ahora expresaban con cortos maullidos algún tipo de requerimiento.

La joven bajó el único escalón con elegancia, con la cabeza erguida, mirando al frente con la serenidad de una reina azteca.

Era de una belleza extraordinaria. El rostro agraciado, la línea de las mejillas sinuosa y gentil; los ojos pequeños y rasgados de tipo oriental conferían a su aspecto un no sé qué de antiguo. Los labios tenían un color apenas más acentuado que el natural, señal de que una mano había intervenido. El cabello negro, perfectamente lacio, caía con suavidad sobre la espalda y se mecía siguiendo el cuerpo esbelto en sus movimientos. El vestido, color lila, no tenía mangas. La piel también era clara, con una palidez que revelaba el hábito de una vida retirada. Pero si ese era el motivo de aquella palidez, el señor Mendieta sabía que no era la razón última.

La joven no había vuelto a salir nunca más de su casa desde el día de la masacre. “Se ha encerrado como una monja de clausura, santa Virgen bendita”, le había contado doña Celia, deseosa de hacer partícipe de sus secretos al señor Vicente. “Dicen que su cabeza nunca volvió a ser la de antes, pero aun así hay muchachos a montones en este barrio que darían cualquier cosa por hacerse cargo de ella”, había agregado con aire de complicidad, aludiendo a algún interés de tipo sexual.

La joven del vestido lila caminó por el jardín, algunos gatos la recibieron con maullidos y otros corrieron a su encuentro como si hubieran aparecido de la nada. Los animales espiaban sus movimientos con impaciencia, como si quisieran acelerar la llegada del momento que se acercaba. La joven dio unos pocos pasos sobre la alfombra de hierba; después se inclinó y empezó a distribuir entre los felinos los trozos de carne que iba sacando del recipiente. La amorosa gentileza de sus gestos acentuaba el contraste con lo que el señor Mendieta sabía que había ocurrido dentro de las paredes de esa casa.

Imaginó la explosión de violencia, la locura del padre, la fuga de la joven tratando de evitar la furia homicida, las súplicas de la madre, de los hermanos, los disparos, los gritos… el suicidio del padre delante de la hija, única sobreviviente.

¿Por qué? ¿Por qué le había perdonado la vida solo a ella entre todos los miembros de la familia?

La mente del señor Mendieta retrocedió sin encontrar nada que lo ayudara a aclarar semejante misterio. El relato de doña Celia, que había escuchado tantas veces, no le daba acceso a la intimidad de la tragedia, cuyas consecuencias fluían en el presente como una marea: la vida retirada de aquella hermosa criatura, la soledad, el cuidado de los gatos, la locura, probablemente, que resultaba tan singular en un ser de tanta belleza.

La joven, inconsciente de los pensamientos del que la observaba, introducía la mano en el recipiente y lanzaba a su alrededor los trozos de carne como si esparciera pétalos de rosa en la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Como si esa fuera su única ocupación desde tiempos inmemoriales, la única tarea que, se hubiera dicho al observarla, le hubiera sido confiada en la vida, como si de ello dependiera no solo el destino de los gatos, sino de toda la humanidad.

¿Quién se la había confiado? ¿Y por qué?

La alimentación de los felinos se prolongó un rato todavía. Un silbido agudo se acercó, una pulsación intermitente sobre el murmullo del tráfico. La sirena de la ambulancia cortó el aire impregnado de gases. Se alejó, reabsorbida por el ruido del tráfico de la avenida de los Insurgentes.

Cuando el señor Mendieta se decidió a reanudar su camino en dirección a la librería de la calle Copilco, los animales se tendieron al sol entre las flores del jardín.

IV

El deseo de volver a ver a la señora Carmen crecía y se insinuaba cada vez más con mayor fuerza entre los fríos centinelas que custodiaban los recuerdos, camuflado de inocencia. No pasó más que un día y la invitación de la librera fue aceptada por el singular cliente que había llegado a México desde la lejana España, como los conquistadores de otros tiempos.

Al día siguiente, en las primeras horas de la tarde, el señor Mendieta estaba delante del negocio y Carmen Villalba dentro, ocupada con dos personas.

El español la vio a través de la vidriera antes de entrar, mientras hablaba con el cliente más canoso; el segundo escuchaba y de tanto en tanto asentía sin intervenir. El señor Mendieta entró en la librería con discreción y se ubicó en un lugar apartado para no interrumpir la conversación. Carmen Villalba siguió discutiendo unos minutos y, finalmente, acompañó a ambos hasta la salida. Recién entonces lo buscó entre las estanterías con evidente impaciencia.

–Venían de Tlaxcala –le dijo, demostrando que lo había visto desde el principio–. Los que acaban de salir son dos ciudadanos distinguidos, el presidente y el secretario de la Legislatura. ¿Le dice algo el nombre de la ciudad?

Volvió a colocar en el expositor un voluminoso libro que probablemente había sido el objeto del diálogo con los dos clientes.

–Los habitantes originales se convirtieron en los grandes aliados de Cortés –le respondió el señor Mendieta–, los tlaxaltecas, que odiaban a los aztecas por el aislamiento al que los sometía un pueblo más aguerrido que había llegado al valle en los últimos tiempos.

La respuesta fue una especie de señal y la discusión interrumpida en la visita anterior se reanudó como por ensalmo. La epopeya española en México, las alianzas que la hicieron posible, el valor civilizador que tuvo, los documentos y las fuentes históricas, pero nada de todo eso interesaba al único cliente que había quedado en la librería, quien permanecía extrañamente inmóvil con la espalda apoyada en una estantería. Era de piel oscura, alto y bastante delgado, y no daba ninguna señal de estar interesado en los libros.

–Los pobres… –Suspiró Carmen Villalba notando la atención que había despertado en Mendieta–. Cada uno debería ocuparse de las personas que la Providencia le pone delante.

Caminó rápidamente hacia la puerta con aire de complicidad, pasó por detrás de Mendieta y dio vuelta el cartel que colgaba contra el vidrio, dejando hacia afuera el lado que decía que la librería estaba momentáneamente cerrada y su dueña regresaría en unos minutos. El extraño cliente se acurrucó en un rincón y permaneció allí, inmóvil y silencioso, gozando –se hubiera dicho– de una inmotivada satisfacción.

–Se queda aquí, mira, escucha, revisa una cajita de cartón donde guarda cosas suyas… le gusta todo lo que sea brillante, ¿sabe? Como las urracas ladronas. ¿Alguna vez ha visto cómo roban las monedas? Se acercan saltando, mirando para todos lados como si estuvieran interesadas en otra cosa; después, de pronto, agarran la moneda con el pico y se la llevan. Él es igual, cuando ve algo que brilla, cualquier reflejo, rápidamente trata de apoderarse de ese objeto.

–Los libros no brillan –observó el señor Mendieta.

–Es cierto, pero tienen muchos colores y por eso él siempre vuelve por aquí –le contestó la señora Villalba–. Todo porque un día le abrí la puerta del negocio. Lo querían echar del barrio. Tres hombres del vecindario, honestos padres de familia, le habían ofrecido dinero para que se fuera a otra parte, lejos de sus casas, de sus hijos y de sus perros. Él se metió en el bolsillo los billetes de cien pesos y durante una semana desapareció. Después, un buen día, volvió como si nada, recuperó su lugar para dormir aquí enfrente de la librería y siguió rondando por las calles de Chimalistac que conocía al dedillo. Los tres hombres volvieron a hablar con él, amenazando con echarle los perros que hacen guardia en los patios. ¡Ya habrá visto usted cuántos hay! –agregó la librera–. Pero él siguió deambulando por el barrio con un palo en la mano. A veces ni siquiera me doy cuenta de que está aquí. Ya me ha pasado que cierro la librería y lo dejo dentro. A la mañana siguiente lo encuentro aquí como si nada. Es mi guardia personal, ¿no es cierto, don Pacheco?

El vagabundo levantó en dirección a la voz de la mujer la cabeza pequeña, medio achatada debajo de los pómulos, como si una mala maniobra en el momento del parto se la hubiera estrujado haciéndole saltar los ojos de las órbitas. Asintió con un sonido corto e indescifrable, volviendo después a su posición original entre las estanterías.

La tercera visita del señor Mendieta a la librería fue dos días más tarde, en la vigilia de la fiesta que los mexicanos dedican a la tilma, el lienzo milagroso confiado a un indio llamado Juan Diego. Para la ocasión, la librera había expuesto en la vitrina los títulos más famosos dedicados a la historia de la célebre Virgen Morena y su igualmente célebre poncho, hasta la reciente bula del papa reinante para aceptar las conclusiones de la comisión que había estudiado la reliquia y se había pronunciado a favor de su naturaleza extraordinaria. Esto desató no pocas polémicas, una de ellas encabezada por la escuela de pensamiento de un destacado profesor de la Universidad Nacional de México, quien precisamente ese día había lanzado una alarma en el principal diario del país que no pasó desapercibida al señor Mendieta. “La luz de las velas ilumina las calles”, había escrito el profesor Marcelo Espinosa en El Universal, “el perfume del incienso cubre el antiguo copal, los coros sagrados ocupan cada día más los espacios públicos; clérigos insolentes y arrogantes abandonan las sacristías para volcarse a las plazas, donde predican porfiadamente una moral autoritaria y anticuada”.

En la cuarta visita a la librería, el señor Mendieta reveló a Carmen Villalba el luto que lo había afligido recientemente. La muerte trágica de su esposa, su traslado a México, la investigación que realizaba sobre Cortés el conquistador y su genio.

–El que conoce la historia comprende mejor a los seres humanos; también comprende mejor que nada se pierde, amigo mío, absolutamente nada –le susurró la librera tomando sus manos entre las suyas con tranquilizadora jovialidad–. La historia es un río incontenible que corre hacia su desembocadura arrastrando a su paso los guijarros de nuestros destinos. Allí volverás a encontrar lo que has perdido. La vida continúa y tú debes vivirla. Verónica te diría lo mismo…

A partir de ese momento, las incursiones a la librería se intensificaron, y cada vez el señor Mendieta volvía a su casa de la calle Pasaje del Río con su botín dentro de una bolsa de papel rústico que llevaba escrito “Villalba, libros nuevos y antiguos, compraventa”. El trato formal de usted se convirtió en un afectuoso tú, el punto en el registro de clientes de la librería se convirtió en azul y el nombre del culto visitante fue incluido en un segundo cuaderno, reservado a los clientes especiales, cimentando una amistad que a partir de ese momento contenía una promesa inesperada.

V

La iglesia apareció de pronto, como una pequeña perla de piedra gris acurrucada entre las valvas de dos mastodónticos edificios decorados con guirnaldas navideñas. Parecía adormecida bajo el peso de la próxima Navidad con sus solemnes ritos. El señor Mendieta levantó la cabeza hacia la campana que asomaba entre los arcos de la torre, después desplazó la mirada hacia el policía que hacía guardia en la entrada, con aspecto aburrido y la espalda apoyada contra el marco de la puerta. El sol, un sol de diciembre extrañamente deslumbrante, lo obligó a entrecerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos, siguió la sombra del campanario hasta donde rozaba una capilla que solo contenía el altar y un Cristo encorvado, doblado sobre sí mismo como una caña azotada por el viento.

Cruzó el umbral del templo con cautela, rozando el cuerpo del guardia con el fusil en bandolera que lo custodiaba. Entró en el atrio llevando consigo la sensación de inquietud que sentía desde que despertó esa mañana. Caminó a lo largo de la nave hasta el ábside central escudriñando en la penumbra donde sabía que debía buscar, y la vio. Una horrible mancha en la pared oriental. Concentró la atención en el oscuro agujero, después en el piso cubierto de fragmentos de revoque, lo que demostraba que habían arrancado la lápida con brutalidad.

Dio la vuelta por detrás del altar.

El boquete negro en la pared creció ante sus ojos inundando sus sentidos con el olor áspero del copal. Se concentró en la oscuridad de la abertura, como si los restos profanados pudieran materializarse delante de él y los huesos vetustos recomponerse para dar forma al esqueleto del conquistador. Desvió la mirada a su alrededor; todos los objetos que decoraban el altar mayor se encontraban todavía en el lugar donde uno hubiera esperado encontrarlos: los candelabros, los floreros, las lápidas, el Cristo de la humildad con el manto rojo bordado en oro sobre los hombros.

Las preguntas se agolpaban en su mente.

Un poco más lejos, bajo los arcos de la nave, la luz de una minúscula lamparilla se apagó de pronto. El señor Mendieta se encaminó en esa dirección. Un sacerdote salió del confesionario con aspecto cansado, llevaba en las manos un misal que, a su edad, debía resultarle muy pesado. Mendieta fue tras el sacerdote y logró alcanzarlo en la puerta de la sacristía.

–Padre, permítame unas palabras, por favor; solo unos minutos.

El sacerdote giró y lo miró con seriedad, traicionando cierta desconfianza por el abordaje de un desconocido.

–Me llamo Vicente Mendieta –dijo el visitante tendiéndole la mano.

Los ojos pequeños del sacerdote, humedecidos por la edad, estudiaron a su interlocutor como faros en la niebla, y llegaron a la conclusión de que si el prójimo merecía la compasión de los ancianos, a los más cercanos por lo menos había que soportarlos.

–La tumba de Cortés… Usted, que en cierta forma estaba encargado de custodiarla, tal vez ha encontrado alguna explicación. ¿Por qué? –lo apremió el señor Mendieta señalando con la cabeza en dirección al altar–. ¿Quién pudo haber robado los restos?

El sacerdote se movió apenas hacia el costado, como si hubiera querido esquivar la pregunta.

–¿Usted es español? –preguntó a su vez.

–De Valladolid.

–¿Turista?

–Escribo. Estoy escribiendo un libro sobre Cortés. Por eso vine a México.

–¿Ha venido para eso? ¿Para estudiar al conquistador Cortés?

–Sobre todo por eso. He llegado hace poco. Vivo en el barrio que está junto a la Universidad Nacional.

–¿Por qué se han llevado sus huesos? ¿Los huesos de Cortés? ¿Eso es lo que quiere saber? –preguntó el sacerdote con la evidente intención de ganar tiempo y estudiar con mayor detenimiento la pregunta.

–¿Quién pudo haber hecho algo así, después de tanto tiempo? –insistió el señor Mendieta con una nota de agradecimiento en la voz.

El sacerdote lo estudió un momento más. Miró hacia la puerta principal, después observó el fondo de la iglesia. Comprobó que no había nadie. Bajó la cabeza hacia la punta de los pequeños zapatos que asomaban por debajo de la sotana, ganando más tiempo.

–Cortés tenía muchos enemigos, los tuvo cuando estaba vivo… –dijo por fin.

El crujido de un banco interrumpió sus palabras. El sacerdote miró en esa dirección observando la penumbra. Constató una vez más que la iglesia estaba desierta.

–Algunos de sus soldados se habían sentido injustamente recompensados por los riesgos y fatigas de la conquista con un escaso botín en tierras e indios. Después, los colonos españoles que desembarcaron tras la conquista temían que el poder acumulado por Cortés fuera un obstáculo para sus intereses comerciales y se esforzaron por erosionarlo de todas las formas posibles –dijo en tono inocente, volviendo a centrar la atención en la pregunta.

–Cuando murió, los enemigos del conquistador no disminuyeron, es más, se multiplicaron: patriotas a favor de la independencia de México, los revolucionarios más intransigentes con la Corona española, los liberales emigrados de Europa y los nuestros, que no eran menos. Incluso ciertos grupos conservadores se volvieron en su contra; para no hablar de las logias masónicas que llegaron a estas tierras y consideraban a Cortés la quintaesencia del despotismo católico español en el Nuevo Mundo.

Un estremecimiento de vida animó el rostro arrugado del sacerdote.

–Una de estas, la logia de los guadalupes, era la más activa –siguió diciendo con la autoridad que había conquistado con sus noches en vela–. Se había formado pocos meses después de que empezara a correr la voz, entre los indígenas del valle de México, sobre las apariciones de la Virgen a un indio de su raza. Los nativos habían comenzado a acudir al lugar donde ocurrieron los hechos, se transmitían unos a otros el mensaje de la Virgen, lo transmitían a sus hijos, se sentían orgullosos de haber sido objeto de una atención sobrenatural… alentados, empezaban a recuperar la esperanza después de haber sido vencidos y humillados por los españoles de Cortés. –El sacerdote exploró de nuevo la nave de la iglesia–. El propósito de los guadalupes, aunque sería más correcto hablar del mandato, el mandato diabólico de esa asociación, era contrarrestar la difusión de la devoción a la Virgen de Guadalupe. –Controló que la iglesia continuara desierta y prosiguió–. Llevaron adelante su pérfida misión a lo largo de los años, sin descanso, con una tenacidad que hubiera merecido mejor causa. Se movían en las sombras como predadores nocturnos, dejando a la luz del sol, como único rastro, los pechos desgarrados de sus víctimas. Eran capaces de cualquier cosa para desacreditar la aparición. Temían la influencia del clero, temían perder el control de los indígenas, temían que estos se rebelaran, veían amenazados sus intereses colonizadores. –El mentón del sacerdote se elevó altivo, como si de ese modo pudiera contrarrestar las atrocidades que se estaban consumando ante los ojos de la memoria–. Con el paso del tiempo, la agrupación de los guadalupes se fue fragmentando, sobre todo según el grado de vehemencia en la lucha contra el catolicismo. Y aquí las huellas se hacen cada vez más difíciles de seguir hasta perderse en la oscuridad. –Los labios delgados y resecos se reanimaron con una vitalidad nueva–. Esporádicamente, se señalaban algunas apariciones en diferentes lugares; de vez en cuando los miembros de la asociación fueron señalados como responsables de misteriosas profanaciones anticatólicas. Robaron documentos, hicieron desaparecer objetos, amenazaron testigos. Asesinaron…

El sacerdote miró al señor Mendieta a los ojos, sopesando su desconcierto.

–Sí, asesinaron –confirmó, sin controlar ya su propia desaprobación.

–Los guadalupes no tenían escrúpulos, eliminaban a sus adversarios a la manera de los antiguos aztecas, simulando un rito sacrificial. Era una manera de manifestar el desprecio que sentían por la nueva fe. Durante mucho tiempo no se supo nada más de ellos. Pero no porque hubieran desaparecido. Todo lo contrario…

El sacerdote tomó aliento.

–Ellos, los guadalupes, han elegido actuar en las sombras para que nadie los moleste, confiando a determinadas personas, los elegidos, la tarea de llevar a cabo los fines de la confraternidad.

–Pero tal vez escuchó hablar de ella –agregó deteniendo su mirada interrogante sobre los labios del señor Mendieta.

–Algo… en el libro de un profesor sobre una antigua logia con ese nombre… –contestó este.

El rostro del sacerdote se concentró.

–Un profesor de la Universidad Nacional –siguió diciendo el señor Mendieta dándose cuenta del súbito interés–. Espinosa, se llama Marcelo Espinosa, pero no lo conozco personalmente. –Se sintió en la obligación de agregar para corresponder a la expectativa del sacerdote–. Es titular de la cátedra de Derecho Colonial en la Universidad de México y en otras varias instituciones académicas.

La piel amarillenta del sacerdote se tensó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Las campanadas de la torre principal advirtieron que la misa estaba por comenzar, los primeros fieles se fueron ubicando en la iglesia.

–Puede ser que no apruebe lo que le acabo de decir, pero es la verdad.

El anciano sacerdote se despidió con un débil apretón de manos y desapareció en la sacristía.

VI

El padre Quintero retiró la manga de la sotana dejando al descubierto una piel suave y amarillenta, ajada por muchas estaciones. El brazo delgado se apoyó en la mesa y los dedos huesudos sujetaron la lapicera.

“Se acercan. Son ellos”.

Fue todo lo que escribió.

El sacerdote dobló la hoja por la mitad. La volvió a doblar e introdujo el rectángulo de papel en un sobre. Lo cerró. Se levantó con esfuerzo, acompañando la silla hacia atrás. Durante algunos segundos, pareció buscar un equilibrio más firme. Después abrió la puerta de la sacristía y se asomó a la penumbra del templo. La oscuridad ocultaba el boquete en la pared junto al altar. Trató de llamar la atención de la anciana de la casilla de vigilancia.

–Sara –la llamó cuando ella lo miró–. Mándame a Jaramillo. Dile que deje cualquier cosa que esté haciendo.

Volvió a sentarse frente al escritorio. La espera se mezcló con pensamientos y oraciones. Lo interrumpieron unos alegres golpes en la puerta. El niño entró saltando y continuó en la sacristía el juego que había empezado fuera. Se detuvo frente al cura sin intimidarse.

–Jaramillo, escucha bien lo que te voy a decir –le recomendó el anciano sacerdote.

Dos ojos avispados se clavaron en él.

–¿Ves este sobre?

El niño asintió.

–Debes llevarlo a la calle Copilco. A esa librería donde ya fuiste, esa con la vidriera grande, llena de libros de colores. ¿Te acuerdas?

Jaramillo asintió de nuevo.

–Debes entregárselo a la señora. Es personal. Solamente a ella, no lo olvides.

El niño movió una vez más la cabeza, pero esta vez en señal de negación.

–Si está ocupada con un cliente, espera que termine y el cliente se vaya, y después se lo das. ¿Has comprendido bien?

Jaramillo tomó el sobre con una mano y la barrita de melaza con la otra, salió de la sacristía y se alejó saltando.

VII

El negocio de plantas y flores era una mancha colorida sobre un fondo verde, atrapado en una selva de edificios de aspecto amenazante. Mendieta se abrió paso entre las plantas colocadas por todas partes mientras miraba a su alrededor sin prisa. Un cóctel de perfumes mal amalgamados penetró en su nariz poco a poco. El agresivo de las gardenias, tan prepotente como su color; el penetrante aroma de las violetas y el áspero olor de los tulipanes. Escuchó el sonido del agua que corría detrás de la cortina de jazmines, donde una sombra se movía y orientaba hacia las plantas el chorro de una manguera. Tosió para llamar su atención.

–Ya voy, ya voy, estoy aquí, hermano –contestó la voz alegre de un muchacho.

El ruido del agua que arrojaba la manguera volvió a ocupar el silencio que siguió a sus palabras. Cuando terminó, la voz detrás de la cortina de jazmines se escuchó de nuevo.

–Ya voy, ya llego, hermano.

Entre la selva de flores aparecieron algunas estrellas de Navidad de color rojo fuego y una cabeza de cabellos tan enmarañados como las lilas silvestres que colgaban hasta la acera de la gran avenida desde los cajones alineados frente al negocio.

–Las plantas tienen sed y quieren beber, igual que nosotros. –El joven saludó y recibió al señor Mendieta con la familiaridad que reservaba a los clientes de su vivero.

Llevaba su edad estampada en el frente de la camiseta marrón, a la altura del corazón, como era común entre sus coetáneos: 19 years. El resto era un cuerpo delgado, nervioso, mal alimentado se hubiera dicho, si la energía del conjunto no estuviera demostrando un sano desarrollo de su juventud.

El muchacho apoyó los cajones de las estrellas de Navidad con la brusquedad de alguien acostumbrado a hacerlo con frecuencia.

–Nunca alcanzan. Cuando se acerca la Navidad, todos quieren llevarlas. Después terminan en la basura y no se vuelve a hablar de ellas hasta el año siguiente. –Se lamentó–. Pero con un poco de cuidado las estrellas de Navidad pueden florecer de nuevo, ¿sabe?

El señor Mendieta se dirigió hacia un estante completamente ocupado por rosas de diferentes colores con los precios escritos en la panza de pequeños Papá Noel de cartón.

–Es verdad, ¿sabe?, uno piensa que hay que tirar las Euphorbia pulcherrima cuando se le caen las hojas –tartamudeó el muchacho haciendo alarde de sus conocimientos–, pero no es así, no señor.

–Esas rosas –señaló Mendieta ignorando la lección de botánica–. Quiero una docena; deme las más frescas, por favor.

–¿Las más frescas? Está bromeando. Todas son frescas, nosotros no tenemos flores viejas.

–Bien, prepárelas con tres ramitos de lautaro.

–Veo que entiende de flores.

–Un poco. En Chimalistac hay flores en todos los jardines.

–¡Ah! Vive en Chimalistac –exclamó el florista.

–No hace mucho que llegué.

–Su acento… ¿Usted es español?

–Sí, de Valladolid.

–¡De Valladolid! Es una ciudad importante, ¿verdad? He oído hablar de Valladolid.

–Es como Roma para los italianos –respondió Mendieta–. Tiene mucha historia.

–Ah, sí, Roma… Tengo un amigo que sabe mucho de Roma y también de España. Es un fanático de la historia antigua. Tal vez lo conoce, reparte los diarios precisamente en Chimalistac, donde usted vive…

–… Lo escucho cuando llega con la moto; pero nunca lo he visto.

–Si lo ve, dele saludos. Se llama Valentín, Valentín Carrasco. Para él Madrid es la ciudad más hermosa del mundo. Las corridas, el… el… ¿Cómo se llama ese museo?, ese que es famoso, muy famoso…

–¿El Prado?

–Sí, ese, el Prado. Si pudiera, Valentín se iría a vivir a Madrid. Parece que no hay muchos mexicanos en Madrid… Prefieren ir a Estados Unidos. Hay muchos en Los Ángeles, en San Francisco, allí se sienten más en su casa, están cerca, pueden volver a México cuando quieren, un viajecito, y ya está… ¿Usted se siente bien aquí? ¿Le gusta Chimalistac? Sabe que en ese barrio viven abogados, médicos, toda gente con d… bueno, que viven bien, usted entiende lo que quiero decir. Ya habrá visto las casas… ¿le gustan? ¡Y qué perros hay en los patios! Hermosos perros, ¿no es cierto? A mí me gustan mucho los perros, tengo tres –afirmó mirando a su alrededor sin detenerse en nada en particular.

–¿Quiere poner una tarjetita a las rosas, quiere escribir algo? No se olvide de anotar la dirección. Yo mismo iré a entregarlas. A propósito: Matías Arellano. Soy el dependiente del negocio. El dueño ahora no está.

Mendieta correspondió al saludo. Tomó la tarjeta de manos del empleado y se quedó pensativo unos momentos. Después escribió unas líneas y se la devolvió.

–¿Puede entregar el ramo de rosas antes del mediodía?

–Las preparo y se las llevo.

Mendieta salió a la calle. Esquivó a los barrenderos que amontonaban las hojas contra el borde de las aceras, pasó por encima de un montículo y cruzó en dirección a la parada de taxis que estaba al frente.

Apenas lo vio entrar en el auto, Matías Arellano sacó la tarjeta del sobre y leyó: “Para los aztecas las flores representaban la sonrisa de los dioses, la señal de su benevolencia. A quien ama los libros, le encantan las flores”. Suspiró. Tomó las llaves de la camioneta que estaban sobre la mesa y salió del negocio con el ramo de rosas a la altura del pecho. Contuvo el aliento; detestaba el perfume de las flores. Lo que para otros era un aroma agradable, para él solo eran olores nauseabundos. El fastidio que sentía se veía compensado por el recibimiento que le dispensaban en las casas de los clientes de la florería. Matías Arellano tocaba el timbre con las flores en la mano; las puertas se abrían, las caras se iluminaban, las exclamaciones de admiración subían por las gargantas, las miradas más duras se dulcificaban y, a veces, algunas lágrimas humedecían las mejillas.

–Señora, son para usted. –Saludaba con una sonrisa que reclamaba la propina sin ningún disimulo.

Y la propina llegaba con infalible puntualidad.

¿Quién le hubiera negado diez pesos a un simpático joven de cabello enrulado y cara redonda? ¡Cuántos sentimientos correspondidos había en esas rosas, cuántos recónditos mensajes! Esperanzas renovadas, anheladas confirmaciones, señales de afecto que mitigaban los lutos, sorpresas inesperadas que hacían palpitar el corazón. ¿Quién no hubiera recibido con generosidad esos hermosos adornos, cuidadosamente elegidos para consolar por el dolor de una muerte o alegrar la vida y sus amores además de la casa? Después de la entrega, y antes de la propina, Matías Arellano alentaba ocasionales charlas con su burbujeante locuacidad.

“¿Cómo está usted?”. “¡El que le manda estas magníficas flores sabe cómo hacer las cosas!”. “Usted las merece, señorita”. “Señora, realmente ha sabido elegir; ¡se ve que usted tiene muy buen gusto!”. “Sabe que las Euphorbia pulcherrima pueden volver a florecer después de que se secan?”. “¿Las pongo en la sala? Deje, deje. Permítame que las lleve”. “No se olvide de regar la planta si piensa pasar el fin de semana fuera de la ciudad. Una buena jarra de agua y la encontrará tal cual. ¿Piensa hacer algún viaje?”. “¿Cómo hará cuando se vaya de vacaciones? ¿Ya lo ha pensado? ¿Alguien va a cuidarle estas hermosas plantas?”. “¿Cuándo saldrá de vacaciones? ¿Estará fuera mucho tiempo?”.

No eran preguntas desinteresadas, no para Matías Arellano, quien observaba todo con atención, disimulando su interés. Las ventanas, las puertas, el patio, las medianeras con las construcciones vecinas, las escaleras… En fin, llegaba la propina y especialmente alguna confidencia, que el empleado pensaba utilizar para futuros propósitos.

Y estos no eran precisamente tan amables como entregar las flores.

Se vistió en la oscuridad, como lo había hecho en los dos últimos años. Espió la silueta femenina del otro lado de la cortina que dividía la desnuda habitación. Abandonó el dormitorio tratando de no hacer ruido. En la cocina, se ató los cordones de los zapatos, se pasó una mano por el cabello, tomó la bolsa con el desayuno que estaba sobre la mesa y salió a la oscuridad. Se detuvo en la esquina como todas las mañanas a esa hora, y, como todas las mañanas desde hacía tres años, esperó.

Era una parte importante de su vida esperar que la furgoneta del Reparto a Domicilio apareciera en el fondo de la calle. Entonces dos jóvenes cubiertos con impermeables anaranjados lanzaban sobre la acera paquetes bien embalados.

–Todos para ti, Carrasco, ¡Que te diviertas! –gruñó un muchacho enjuto con insolencia.

Carrasco frotó las manos contra el jean y masculló un saludo; ignoró la furgoneta que se había vuelto a poner en marcha, apoyó en el suelo la bolsa con el desayuno y se acercó a los paquetes de diarios. Los levantó de a dos y los arrastró bajo un techo donde los amontonó uno sobre otro. Cuando terminó de colocar el último paquete de diarios, se apoyó en la pila de papel para recuperar el aliento.

La noche era fresca, el cielo un manto gris sin estrellas. La temperatura había bajado, todavía era invierno en Ciudad de México, la oscuridad se estaba disolviendo y el tiempo amenazaba lluvia.

Carrasco sacó un ejemplar de El Universal del paquete superior. Se abotonó la campera; el estampado en la camiseta del fraile gordo con un palo de béisbol en las manos desapareció junto con la leyenda “Los Padres-San Diego”. Recuperó la bolsa del desayuno y se sentó en el usual cantero de cemento a los pies del mismo árbol de siempre: un plátano nudoso ennegrecido por los gases del escape de los autos y que parecía abrirse camino entre los ladrillones de la acera con incontenible energía. Sacó de la bolsa un envoltorio humeante y lo mordisqueó sin ganas, hojeando el diario con la mano libre. Levantó la cabeza y observó el tamal que acababa de morder. Controló el cielo, dudando si debía embolsar los ejemplares o correr el riesgo de repartirlos sin protección. Sacó la lista de los abonados. Ciento sesenta y ocho: dos horas para meterlos en la bolsa y entregarlos, calculó. Su récord personal era una hora y cincuenta y ocho minutos, el tiempo que demoró el veinticuatro de septiembre de dos años atrás para entregar los ejemplares a los suscriptores de su zona. Nunca más consiguió mejorar aquella marca.

“Eran otros tiempos”, pensó mientras metía la lista en el bolsillo de la campera. En esa época tenía una motocicleta Vika 98 que casi nunca se apagaba, el empedrado de Chimalistac estaba en mejores condiciones y las etiquetas de los abonados no se despegaban con tanta facilidad y no había necesidad de pegarlas en la primera página.

Carrasco levantó los ojos al cielo y volvió a fijarlos en los paquetes de diarios. Masculló algo incomprensible y expresó de esa manera la decisión de no hacer nada.

VIII

La hilera de luces intermitentes colgaba a ambos lados de la vidriera anunciando la Navidad inminente. Entró en la librería y la amable propietaria se acercó en seguida a recibirlo.

–Gracias por las rosas, no tenías… –Lo saludó cordialmente Carmen.

Mendieta le tendió la mano, pero ella se anticipó besándolo en la mejilla con naturalidad.

–Y gracias por las hermosas palabras. Es verdad, los aztecas amaban las flores, para ellos tenían un significado religioso… como todo. Por otra parte, te habrás dado cuenta de que la religiosidad de los antiguos mexicanos era exuberante.

–¿Eres creyente? –le preguntó Mendieta con cautela.

–Menos de lo que quisiera, pero, por suerte, Dios es urgente sin apuro, como dice Guimarães Rosas. ¿Y tú?

–No tengo mucha confianza con la religión, ya te habrás dado cuenta.

–Pero frecuentas las iglesias. Esta mañana me dijiste por teléfono que debías ir a una iglesia.

–Pero no para rezar, quería ver con mis propios ojos el lugar donde estaban sepultados los restos de Cortés. Piensa que el párroco se dio cuenta de que habían robado los huesos cuando ya estaba en el altar, cuando empezaba a rezar la primera misa, hace dos días. Vio el nicho perforado, ¡no lo podía creer, pobre hombre! También se llevaron la placa fúnebre –le informó.

–¿La que estaba a la izquierda y tenía grabada las fechas de nacimiento y muerte? –le preguntó la librera sin sorpresa.

–Sí, la de bronce con el escudo de armas de Cortés. La lápida y los restos de la marquesa de Pignatelli, sepultada en la pared opuesta, no los tocaron. De la iglesia no desapareció ningún otro objeto. No había mucho, en realidad, pero algunos candelabros bañados en oro podían tener cierto valor. El párroco también me dijo que todavía no habían vaciado la caja donde se deposita el dinero de las limosnas de las misas del domingo y estaba intacta. Tenías razón, solo querían los restos de Cortés, no hay duda.

Carmen se le acercó con aire de complicidad.

–Tengo una sorpresa para ti, ven –le anunció, revelando la nueva decisión que había madurado después de su último encuentro.

La librera subió por una escalera de caracol, seguida por Mendieta, hasta un altillo espléndidamente acondicionado. La primera impresión, más que la empinada escalera, dejó a Mendieta sin aliento. Las reproducciones de antiguos códices aztecas estaban exhibidas contra el fondo de una pared verde, las otras dos paredes brillaban con objetos de aspecto inusitado, pero de indiscutible valor. La pared de al lado estaba presidida por un busto del conquistador español, mientras una decena de embarcaciones perfectamente reproducidas –bergantines, carabelas y galeones– se encontraban alineadas en una repisa bañada por la luz azulada de una secuencia de pequeños focos. El resto de la sala estaba inmerso en una luz suave que desde lo alto descendía por las paredes como una cascada de agua que bañaba objetos y libros iluminándolos sin sustraerlos al misterio del que –no había otra explicación– habían sido arrancados en algún momento de su inanimada existencia.

–¡Pero aquí tienes una fortuna! –exclamó Mendieta con un tono de alarma en la voz.

–Cosas raras, es cierto, y un poco curiosas –le respondió Carmen con una sonrisa tranquilizadora.

Mendieta la miró de una manera tan inquisitiva que la librera consideró necesario despejar el camino de las sospechas que probablemente habían asomado a su mente.

–Fíjate bien que no hay nada que pueda comprometerme, puedes estar seguro de que no encontrarás aquí los huesos de Cortés, si es lo que estás pensando. Quédate tranquilo que no soy traficante y lo que estás viendo es todo de origen legal –aclaró–. Los que roban restos en las iglesias sin duda no están interesados en cosas como las que te estoy mostrando, ¿no te parece, querido amigo?

Sobre un almohadón de raso rojo se encontraba apoyado un magnífico par de cuchillos de obsidiana. Mendieta los contempló con admiración: la hoja perfecta, afilada por cientos de manos reverentes, la punta curva, que era lo primero en rasgar la carne, el engrosamiento en el medio, que ensanchaba la herida y cortaba los cartílagos, la empuñadura profunda en torno a la cual se cerraban las manos del sacrificador… Desde los puñales, la mirada se desplazó hasta un pergamino sujeto entre dos láminas de cristal transparente e iluminado por una tenue luminiscencia azulada.

–Es un edicto pontificio –se anticipó Carmen–. Una reproducción, por supuesto, pero hay pocas como esta. ¿Ves las insignias pontificales y el sello? Pertenecen al papa Clemente X. Con este documento el pontífice de aquel momento concedió indulgencias especiales a la primera Confraternidad guadalupana, que nació en tierras de América para defender la aparición de las contaminaciones idolátricas de los nativos y de las maquinaciones de los incrédulos. Se inscribió la flor y nata del clero y la nobleza española y luego la abrieron a los hijos ilustres de los nativos. De ella también formó parte la esposa de Cortés, la noble Zúñiga, por si te interesa saberlo: la primera de las esposas españolas de los conquistadores que se hizo devota hija de la Virgen Morena. Siempre se consideró que Cortés estaba al tanto de las actividades de su esposa y la apoyaba… pero no quiero aburrirte con tantos detalles.

Carmen caminó hasta una pequeña puerta que apenas se distinguía en la pared más oscura, suavemente iluminada por una lámpara que colgaba del techo como el hilo de una tela de araña; abrió un mueble empotrado detrás de esta. Las bisagras chirriaron, una mariposa nocturna salió volando con un torpe batir de alas. La mujer movió algunos libros de un lugar a otro. Cuando encontró lo que buscaba, giró hacia Mendieta con el sobre dorado en las manos, del que sacó un rectángulo marrón que a su vez estaba dentro de un fino envase de plástico transparente.

–Este pedacito de cuero… mira… míralo bien… Es un apunte, un memorándum, podríamos decir. Mira esas líneas: son pocas, pero contienen una gran cantidad de información que la persona que las había escrito podía recordar y transmitir a otras.

Mendieta inclinó la cabeza sobre el rectángulo de cuero. El olor, más que los caracteres grabados, atestiguaba el carácter inusitado del objeto; un olor dulce y áspero al mismo tiempo, de tela quemada mezclada con sustancias aromáticas desconocidas. Un olor familiar, pero al que hasta ese momento no lograba dar un nombre.

–Es copal –le advirtió Carmen–. Del tipo más común. Lo usaban las poblaciones del valle en sus ritos religiosos, del mismo modo que nosotros usamos el incienso en las iglesias. El poseedor de este fragmento probablemente lo mantenía en un ambiente cerrado, una caja, un baúl o una cueva donde se llevaba a cabo algún tipo de ceremonias. Y allí se debe haber impregnado con copal. ¿No es sorprendente que conserve el perfume hasta el día de hoy?

Mendieta sostuvo el pedacito de cuero con creciente reverencia; sus pupilas seguían obedientes los movimientos del dedo de Carmen que rozaba con la punta del índice los distintos detalles del minúsculo códice.

–Hay dibujos en el costado derecho, ¿ves?… Una colina, el bosquejo de una cabaña en la cima… el óvalo del sol naciente… Lo más probable es que esa colina, aunque está apenas esbozada, sea Tepeyac, en la zona norte de Ciudad de México. El dibujo representa un lugar de culto, una capilla, y el punto donde debía ser construida… y estas líneas en caracteres náhuatl…

Mendieta siguió el entramado de líneas que se cruzaban y se separaban dentro de un marco con contornos irregulares, insinuando un paisaje estilizado de colinas.

–Veo que tú también sabes apreciarlo. Y tienes buenas razones. ¡No imaginas el revuelo que provocaría este pequeño rectángulo de cuero en un país como este!

–¿Qué te hace suponer que el códice es auténtico?

Mendieta dejó caer inesperadamente la pregunta.

Carmen la recibió con naturalidad, como si la esperara.

–Debes saber que en este país los códices se transmitían de mano en mano acompañados por un bagaje de informaciones orales muy reducido pero muy, muy preciso.

La expresión jovial de la librera se llenó de comprensión.

–Siempre fue así y aún hoy, en ciertas familias, las cosas no han cambiado. El que los recibía los custodiaba con mucho cuidado para transmitirlos, a su vez, al que venía después y era digno de conocerlos, o por razones de sangre o por disposición del depositario anterior. Así era como hacían los antepasados de los actuales mexicanos y así es como siguieron haciéndolo sus descendientes. La persona que tenía este fragmento de cuero que perteneció al cacique don Lorenzo –continuó diciendo la mujer con estudiada indiferencia– tiene sangre azteca en las venas.

La pausa sonó como una invitación y así lo interpretó Mendieta.

–¿Vive en Ciudad de México? –preguntó de inmediato.

Carmen dudó. Entrecerró los ojos y volvió a estudiar a su interlocutor.

–Más cerca de lo que imaginas –dijo tomando una decisión.

Mantuvo los ojos bajos, como si estuviera buscando consejo.

–Pasas por delante todos los días. Lo tenía la familia Reynoso.

Mendieta levantó el rectángulo exponiéndolo a la luz, como si buscara en las fibras la confirmación de su carácter excepcional.

–Ar… arhi…metino –deletreó con dificultad.

–Arhimetino celdha shice noli… –Completó la librera con más familiaridad.

–¿Comprendes lo que significa?

Carmen esperó la respuesta, como si en base a ella debiera decidir su propio comportamiento. El distinguido cliente repitió la extraña frase con dificultad, después sacudió la cabeza en señal de negación.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Mendieta, sin perder la concentración en las palabras incomprensibles.

Carmen tomó nota de la pregunta y de la ignoracia que revelaba.

–Es una fórmula. O tal vez una invocación, vaya a saber, algo muy solemne de todos modos, que se pronunciaba en situaciones extremas.

La librera lo observó atentamente.

–Es náhuatl antiguo, un náhuatl aristocrático que el pueblo no hablaba. No son muchos los que lo comprenden, Mr. Malinche y pocos más…

–¿Mr. Malinche? –repitió el señor Mendieta.

–Perdona. Es un querido amigo que vive en Veracruz; lo llamo así porque es capaz de descifrar cualquier cosa. Recurro a él cuando hay documentos de este tipo. Lo haré también en este caso, más adelante.

Carmen miró el reloj de la pared. Mendieta dio vuelta el fragmento de cuero, lo levantó y observó los detalles con gran atención.

–Míralo con tranquilidad, ponte cómodo en aquel sillón. Yo aprovecharé para buscar un libro que llevé a encuadernar; te dejaré encerrado un rato junto con Pacheco, quien de todos modos no te dará ninguna molestia, el bastón que siempre lleva es para asustar a los que quieren echarlo de aquí. Toma la llave; cuando quieras irte, solo tienes que bajar y cerrar la puerta al salir. No te preocupes, yo tengo una copia. No se encuentran muchas personas como tú, señor Mendieta. –Se despidió la librera con la voz teñida de emoción.

–Tu librería es un verdadero maná para quien se dedica a estas cosas –le contestó Mendieta sin ocultar la satisfacción que sentía con aquella afinidad, y no solo por el beneficio que podía obtener para sus propios fines. Le gustaba el optimismo ingenuo y siempre dispuesto a renacer de Carmen, su vitalidad, siempre abocada a perfeccionar las cosas bellas y útiles que acababa de realizar. El último resultado de sus iniciativas no era más que un trampolín para el siguiente, siempre acompañado por un deseo de mejorar que nunca se agotaba. Acogió aquel pensamiento con complacencia y saboreó aquel momento de bienestar con avidez, como si temiera que escapase de un momento a otro.

El consuelo que le procuraban aquellas visitas le hacían sentir una serenidad que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo. No había nada de malo en aquellos encuentros –se dijo–, ninguna falta de respeto a la presencia amada. La apariencia inocua de su sentimiento lo tranquilizó. Midió, con el deseo de Carmen, la cercanía de Verónica. Se dijo una vez más que las exigencias de la pasión la convocaban, tal como ocurría cuando la niebla de la nada avanzaba para devorarla y su ternura la rescataba de la bruma maléfica que la envolvía. No tuvo tiempo de dejarse llevar; un sentimiento distinto se abrió paso entre los pliegues de la nueva fuente de ternura. La sutil inquietud por el deber que había descuidado se fue extendiendo imperceptiblemente como una gota de tinta en el papel secante. Sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta y marcó un número. A la tercera llamada oyó que levantaban el tubo y esperó.

–¿Puedo hablar con el párroco, por favor? –dijo interrumpiendo un silencio extraño.

Repitió el pedido. Sus palabras no obtuvieron otra respuesta que el silencio.

–Soy Vicente Mendieta, estuve allí hace unos días. Busco al párroco, por favor, ¿lo puede llamar?

–¿No se ha enterado?

Reconoció la voz de la anciana de la casilla de guardia y al mismo tiempo percibió la tragedia que ocultaba.

–Ha muerto.

–¿Muerto? ¿Quién ha muerto?

–El señor párroco.

–¿El párroco? Está bromeando…

–Lo mataron.

Un sollozo sofocado del otro lado del teléfono confirmó la desconcertante verdad.

Darmowy fragment się skończył.

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
211 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789878140414
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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