Czytaj książkę: «Los cuerpos partidos»
Álex Chico

Álex Chico (Plasencia, 1980) es licenciado en Filología Hispánica y DEA en Literatura Española. Ha publicado el cuaderno de notas Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de posdatas (2016), el ensayo ficción Un hombre espera (2015) y los libros de poemas Habitación en W (2014), Un lugar para nadie (2013), Dimensión de la frontera (2011), La tristeza del eco (2008) y la antología Espacio en blanco 2008-2014 (2016).
Sus poemas han aparecido en diferentes antologías y en publicaciones tan prestigiosas como Turia, Suroeste, Ærea, Litoral, Estación Poesía o Librújula. Ha ejercido la crítica literaria en diversos medios, como Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos, Nayagua, El Cuaderno, Ulrika, Revista de Letras o Clarín. Fue cofundador de la revista de humanidades Kafka. En la actualidad forma parte del consejo de redacción de Quimera.
Candaya Narrativa, 61
LOS CUERPOS PARTIDOS
© Álex Chico
Primera edición impresa: noviembre de 2019
© Editorial Candaya S.L.
Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles
08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)
www.candaya.com
facebook.com/edcandaya
Diseño de la colección:
Francesc Fernández
Imagen de la cubierta:
Archivo personal de Álex Chico
Maquetación y composición epub
Miquel Robles
BIC: FA
ISBN: 978-84-18504-04-4
Depósito Legal: B 20845-2019
Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura y Deporte


Esta obra ha contado con el apoyo de las Becas de Escritura Montserrat Roig del programa Barcelona Ciutat de la Literatura del Ayuntamiento de Barcelona.
La presente publicación ha sido beneficiaria de una de las ayudas a la edición convocadas por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura.
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.
A la memoria de mis abuelos
«“…qué es, en definitiva, un abuelo, y más un abuelo que no hemos conocido, sino un ser en el que podemos confiar plenamente y del que esperamos siempre el mejor de los relatos”.
Vicente Valero
` Índice
Portada
Autor
Créditos
Dedicatoria
Cita
Índice
LA LARGA MARCHA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
XLI
XLII
XLIII
XLIV
XLV
XLVI
XLVII
XLVIII
XLIX
L
LI
LII
LIII
LIV
CAMINO DE VUELTA
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
DIARIO DE VIAJE
CAMINO HACIA BOUSBECQUE
VUELTA A BELICENA
NOTA FINAL
LA LARGA MARCHA
“Es inútil que los naturales de la nueva España traten de vivir en la Europa, porque siempre estarán con los ojos fijos de la memoria en su tierra”.
Sebastián de Toledo
Marqués de Mancera, Virrey de México
I
La única persona que podría acabar de explicarme lo que sucedió no tiene memoria. Se encuentra ahora en una residencia del barrio de la Bordeta, en las últimas calles del sur de Barcelona. Un poco más abajo, la ciudad cambia de nombre y todos los edificios a uno y otro lado se sitúan en puntos limítrofes, como si fueran los encargados de marcar una frontera y no supieran exactamente a qué lugar pertenecen. En cierta forma, están en tierra de nadie.
Los ancianos que se alojan en la residencia también se encuentran en un territorio intermedio, justo en la línea que separa la vida y la muerte. Prolongan su existencia a duras penas, por inercia. Aunque haya algunos que se mantengan en pie y puedan caminar por cuenta propia, la mayoría pasa el día entero sentado en las butacas de la sala o durmiendo en la habitación. Casi siempre tienen la televisión encendida, pero dudo mucho que sepan exactamente lo que sucede en la pantalla. Les alivia escuchar una voz de fondo, como un eco lejano que les hiciera pensar que aún no están solos. Dirigen sus ojos hacia el televisor, absortos, ladeando la cabeza hacia abajo, con los párpados tan pesados que siempre parecen a punto de precipitarse en un nuevo sueño.
Miran sin ver nada. A veces hablan, pero sus frases son inconexas, vagas, como si hubieran aprendido un idioma distinto al heredado. Más que un idioma, lo que les queda es el desecho de un lenguaje, los coletazos de una lengua casi extinguida. Interjecciones, monosílabos, palabras sueltas, expresiones que se apagan poco antes de articular las últimas letras, alargando las vocales para no tener que pronunciar lo que queda de frase. Quien se sienta a su lado y los escucha suele darles la razón, aunque no entienda absolutamente nada. Sí, es verdad, muy bien, claro. Lo pronuncian también en voz baja, con una mezcla de compasión y desgana. Así dialogan, o hacen que dialogan. Un breve intercambio de palabras que les sirve para recordar otro tiempo. Como si, por un instante, hubieran retrocedido hacia el pasado.
Sin embargo, ese pasado casi no existe. Algunos lo han ido borrando lentamente. Al principio con pequeños equívocos o con repeticiones innecesarias. Después, esas pequeñas lagunas se van ensanchando y los despistes inocuos se trasforman en constantes y peligrosos descuidos. Al final, les queda una inmensa cuenca sin agua, un estanque que se ha ido vaciando poco a poco.
Miro a mi abuela, sentada en una de las butacas de la sala. Le pregunto si todavía quiere volver a Granada. Me dice que sí, aunque me observa un poco perpleja. Piensa que es allí donde está, por eso no entiende que le hable del regreso a un lugar del que nunca ha salido. Le pregunto por su hijo y pronuncia su nombre, en diminutivo. O me dice el nombre de uno de sus hermanos. Incluso, si está tranquila, me recita la letra de una canción que aprendió poco después de llegar a Barcelona. Una canción alegre, festiva, como lo poco que recuerda de sus años en Cúllar Vega.
Después le hablo de quien fue su marido. Sé que me dice algo, pero lo pronuncia tan bajo que apenas lo escucho. He aprendido a no insistir demasiado, así que prefiero callarme y no seguir preguntando.
II
Nunca le pregunté nada a mi abuela y, ahora que lo intento, sé que es demasiado tarde. Pude hacerlo mientras vivía en su piso de la avenida de Madrid, o cuando pasábamos el verano en Cúllar Vega. Quizás fuera demasiado pronto para cuestionar mi pasado, o me invadiera un exceso de pudor, no lo sé. Al fin y al cabo, yo no era más que un niño. Pensaba que cualquier pregunta que pudiera formular siempre iba a estar bajo sospecha, como si me estuviera inmiscuyendo en un asunto que no era el mío. Pero sí que lo era, solo que por aquel entonces aún no lo sabía.
Desconozco qué hubiera ocurrido si me hubiese formulado las mismas cuestiones que me planteo ahora. Imagino que aquel pueblo de los veranos sería diferente. Si no del todo, sí al menos mucho más confuso de lo que recuerdo en este momento. Si hubiera preguntado qué ocurrió tiempo atrás, habría accedido a una realidad voluble, huidiza. Pero yo era un niño y no tenía pasado. Y como yo no lo tenía, todo lo que estaba a mi alrededor también carecía de memoria.
III
Un invierno sin hombres, ese es el paisaje que hubiera imaginado si me hubiese atrevido a preguntar. Un tiempo remoto en el que solo quedaban por las calles mujeres, viejos y niños. Así aparecen en casi todas las fotografías que guardo de aquella época, tomadas en una tienda que desapareció hace bastantes años. Se llamaba Foto Rápida Granada y se encontraba en Puerta Real, uno de los lugares que siempre asocio con el inicio de la ciudad, a pocos pasos de la parada del autobús que nos acercaba desde el pueblo.
Solo madre e hijos, sin ningún padre en la imagen. La instantánea era la de un pueblo partido en dos mitades: uno permanecía en el mismo sitio y el otro se ramificaba en algunos lugares del norte. De Francia, Alemania, Suiza y Bélgica, o en unas pocas ciudades españolas. Un territorio encerrado en sí mismo y, en el otro extremo del planeta, un espacio mítico que se abría a otras comarcas. La mitad que mejor podría reconstruir era la que tenía delante, la del pueblo que permanecía sin moverse y se replegaba sin parar, como si trazara círculos en la tierra. Un paisaje de niños sin padres y madres sin marido, con viejos en unos pocos bares o sentados a la puerta de sus casas. Me pregunto qué hubiera hecho yo viviendo en un lugar así, qué juegos me inventaría para suavizar una ausencia mientras tratara de recomponer pieza a pieza un espacio fraccionado. ¿Dónde quedaría exactamente mi lugar, si el único lugar que conocía era un pueblo que se había ido vaciando?
Imagino que no haría más que esto: esperar. Como todo el mundo. Trataría de convencerme de que la vida se encontraba en otra parte y que, con suerte, también a mí me tocaría disfrutarla tarde o temprano.
Esperar, sí, y especular, como hago ahora, con un juego de hipótesis que me conducen a dos conjeturas casi laberínticas: intento imaginarme lo que hubiera imaginado yo mismo, tiempo atrás. Como si, de pronto, se hubiera abierto un museo que pensaba cerrado para siempre y me dejaran visitarlo por unas pocas horas.
Por eso, cuando vuelvo a Granada y me acerco a los pueblos de la Vega, tengo la sensación de que no regresa una sola persona. Regresa también quien fui hace treinta años y regresan quienes se fueron un día y nunca volvieron. Cuando camino con esa multitud de ausentes, las casas y chalets de las afueras dejan de existir, las avenidas nuevas para institutos nuevos desaparecen, igual que las rotondas y las aceras recién construidas. El centro vuelve a un par de plazas, a una iglesia humilde y remota, a las cuatro o cinco calles con nombres de oficios artesanales. Ese es el pueblo que recuerda mi abuela. No porque me explique cómo era, sino porque me habla de algún vecino que vivió por aquella época. Reconoce el lugar porque conserva una mínima memoria de las personas que lo habitaron hace mucho tiempo.
Aunque no lo nombre, puede que entre toda esa gente que menciona, pronunciando mal sus apellidos o confundiéndolos, entre esos pocos familiares que por un extraño motivo aún recuerda, entre toda esa gente, digo, tal vez piense también en mi abuelo. Y esa evocación tan minúscula me permite retroceder hacia un pasado que desconozco, me invita a transitar por un estrecho pasillo y me asegura que después de tanto camino a oscuras alguien me estará esperando al otro lado.
IV
Nunca conocí a mi abuelo. Murió un par de años antes de que yo naciera.
Si hago memoria y rastreo en el pasado, podría identificar el momento exacto en el que alguien me dijo que mi abuelo estaba muerto. Pero debo remontarme tan atrás que cualquier intento por averiguarlo se me abre como un enorme laberinto. Un espacio inabarcable, casi infinito, con miles de callejones sin salida. Es una tarea demasiado compleja, porque estoy seguro de que, una vez dentro, me sería imposible salir ileso. Por eso prefiero reconstruir lo que sé de mi abuelo a partir de unos pocos datos: que nació en Belicena en 1927; que vivió en la calle del Horno, en Cúllar Vega, junto a su mujer y su hijo; que en la década de los sesenta emigró a un pequeño pueblo de la frontera francobelga; que pasó sus últimos once años en un piso del barrio de Sants, en Barcelona.
Esto era, aproximadamente, lo primero que supe. Unos pocos detalles que me ayudaban a comprender por qué pasábamos los veranos en Cúllar Vega o por qué Barcelona era una ciudad fundamental para mi familia. Incluso, si especulo un poco más, ese enigmático pueblo en la frontera entre Francia y Bélgica me serviría para activar cierta imaginación, a medio camino entre el mito y la memoria prestada.
Así fui reconstruyendo poco a poco a un ser ausente. Con el tiempo, he ido rellenando los huecos que quedaban en medio, sobre todo los que le empujaron a abandonar su pueblo para emigrar a Francia. En realidad, casi desde el comienzo supe que su historia era la historia de un pueblo de Granada, y la historia de un pueblo de Granada era, por extensión, la historia de un país que en un momento tuvo que emigrar hacia otra parte.
Quizás me equivoque, pero estoy casi seguro de que esa es la primera imagen que recuerdo de mi abuelo: la de un hombre cargado de maletas. La de un hombre que abandona su país y se va a trabajar a un lugar que aún quedaba a mucha distancia.
V
En el año 63, Nicolás Chico Palma dejó su pueblo de Granada para irse a vivir a una región del norte de Francia. Formaba parte de esa segunda hornada de trabajadores que habían abandonado su pueblo natal, con la esperanza de encontrar un empleo que le ayudara a mantener a su familia.
Unos años antes ya se había producido el primer trasvase de población. Desde los pueblos hasta las capitales de provincia y, desde ellas, a otras ciudades españolas. A tres, principalmente: Barcelona, Madrid y Bilbao, que triplicaron su población en un lapso bastante breve. Ese trasvase hizo que buena parte de España se urbanizara, con barrios que surgían de la nada para buscar una solución al colapso que estaban sufriendo los centros de las ciudades. Aquí comienza a nacer un país diferente, un lugar de casas baratas recién fabricadas y otro distinto que se había ido vaciando lentamente. Ese panorama no solo construía un territorio. También daba inicio a una nueva memoria, a un nuevo trauma.
Tomo de la estantería un libro de Sergio del Molino. En él encuentro unas palabras que resumen perfectamente la nueva fisonomía del país: «Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles». Ese es el país que nace durante las décadas centrales de la dictadura. Y ahí está su gran trasformación, en el éxodo rural iniciado en los años 50. Una huida que provocaba pueblos desérticos, como cementerios al aire libre en el que la soledad, siguiendo de nuevo a Sergio del Molino, era cada vez un poco más solitaria.
Este fue el primer escenario, o la antesala. El segundo se inició un poco más tarde, con las promesas que llegaban desde países del norte de Europa. Un viaje eterno, de horas y días interminables. Pienso de nuevo en mi abuelo, en su camino desde Belicena hasta Granada, y desde allí hasta Bousbecque, un minúsculo pueblo situado en Francia, a pocos pasos de la frontera con Bélgica. Entre medias, trenes a Madrid, Valladolid, Irún, Hendaya, Burdeos, París-Orsay, Lille, y después un nuevo desplazamiento en autobús, con el cansancio acumulado de tres días de viaje en vagones incómodos y masificados. Sobre todo durante la primera etapa, en los trenes que circulaban por España. Hasta Irún ese viaje los obligaba a ir de pie, sin sentarse apenas en un trayecto de horas, sorteándose quién podría ocupar los bancos de madera o dormir en los pasillos, porque se vendían los billetes por duplicado. Con la maleta al hombro en las escaleras, aunque el tren hubiera iniciado ya su marcha. Detenidos como rocas en un espacio mínimo. Por eso, cuando regresaban a su pueblo, necesitaban varios días para volver a caminar con normalidad. Al llegar a su destino, estaban obligados a ir buscando puntos de apoyo para no caerse.
A menudo me he preguntado cómo fueron esos viajes, qué escenas provocó la despedida, el trayecto plagado de conexiones y salas de espera, el trasporte de bultos pesados. He tratado de pensar en la llegada a esa nueva ciudad, el primer contacto con un territorio enigmático que los albergaría por unos años. En todas esas evocaciones, imagino un espacio denso, monótono, secuestrado por el cansancio, el abandono y la nostalgia.
Puede que no fuera así del todo y Luis Landero tenga razón cuando escribe que incidimos demasiado en el desarraigo, en las maletas de cartón piedra, en la cara de miedo de los niños o en las lágrimas que provocaba cualquier despedida, y se nos olvide algo que también sucedió: la alegría al saberte en un lugar nuevo, la esperanza de que las cosas cambiasen de rumbo. Eso significaban también aquellos viajes: una extraña y prometedora liberación de lo que eran, de lo que habían sido.
VI
No sé cuál de esos dos sentimientos guio a mi abuelo cada vez que dejaba Belicena y, días más tarde, llegaba a Bousbecque. Por mucho que lo intente sé que es imposible salir del terreno de las especulaciones, de las hipótesis, de las medias verdades. Trato de situarme en el lugar de mi abuelo, en pleno compartimento de tren, y no veo más que estancias transitorias, como ese tipo de ciudades en los que el extranjero disfruta de una cierta hospitalidad, aunque sepa que tarde o temprano tendrá que abandonarla.
La despedida. Las maletas con cuerdas bien aferradas a los hombros. Abandonar una vida y seguir otra distinta, a mucha distancia. Como una imagen que recuerda un emigrante en Nos Petites Espagnes, el documental de Ismaël Cobo y Xavier Baudoin: el paso de la frontera, el túnel que comenzaba a quedar atrás, la impresión de que ya nada volvería a ser como antes.
VII
Puedo imaginar la necesidad de la partida, pero no los motivos que nos conducen a abandonarlo todo. Sé que existen, que hay razones de peso lo suficientemente grandes como para tomar una decisión de esa importancia. Las guerras, la pobreza, la falta de trabajo, el hambre… Pienso en Extremadura, en los pueblos que vivían del campo y a los que les era imposible aguantar más de un año de sequía. Lugares sin luz ni agua, paseando candiles como exploradores que no esperan encontrar nada.
Eso sucedió poco antes de que yo naciera, no muy lejos de Plasencia. Sin embargo, a pesar de la cercanía, me resulta muy complicado pensar en ello, como si se tratara de un mundo en el que creo solo a medias, con un aire de sospecha.
En realidad, lo que no sé es qué significa perderlo todo. Y quizás por no saberlo, o por no saberlo todavía, nunca podré entender completamente qué implicaron aquellos viajes. O qué implican hoy. Cada tránsito es una reproducción de un tránsito anterior, aunque los separe el tiempo y la distancia. Al fin y al cabo, todo desplazamiento carga con una experiencia antigua, una experiencia de siglos, remota.
Cuando escuchas sus relatos, mientras tratan de ordenar en alto sus propios recuerdos, algunos te explican cómo el año de su partida quedó marcado para siempre en su memoria. Un año que coincide con otros muchos años. Sin embargo, ese tiempo se convierte en algo que los hace excepcionales, porque allí se encuentra la clausura de una vida o el inicio de una nueva historia.
Yo también puedo identificar fechas cruciales en mi propio calendario, pero nunca alcanzarán ese grado de importancia. No sé hasta qué punto la llegada a una estación significa adentrarte en un espacio irreal, fantasmagórico, con gente tumbada cerca de los andenes o sorteando perchas humanas. Hablamos de personas que jamás habían salido de su pueblo y que, de repente, se encontraban emigrando a ciudades enormes de Alemania o de Francia. Con reconocimientos médicos en Hendaya, en busca de otitis o de tuberculosis hasta en los dientes. Con la vergüenza que suponía desnudarse frente a un encargado de aduanas. O la incertidumbre al llegar a un destino extranjero que, de pronto, te recibe en tu propio idioma, amenazándote en tu propio idioma. Desde los altavoces de la estación, se informaba de que si arrojaban vasos o comida, se les descontaría del sueldo de su próximo trabajo. Más que una multa, era una advertencia, o una constatación. Igual que los carteles que les colocaban al llegar a Alemania, en la espalda y en el pecho, o las indicaciones en español que les obligaba a lavarse las manos. Todo eso los convertía en personas distintas al resto, en seres aún por urbanizar. En bárbaros recién llegados al paraíso.
Cuando pienso en los trenes, en los viajes interminables, en la llegada a estaciones remotas, en las amenazas que provenían de los altavoces, me viene a la mente algo terriblemente complejo. En el fondo sé en qué consiste la tristeza, pero me resulta muy difícil concebir toda una vida luchando contra ella.
VIII
Eran viajes tan humillantes que algunos negaban haber subido a esos trenes. No hablo solo de los trayectos desde España. Pienso también en todos esos barcos, pateras, coches, furgonetas o camiones que guardan el germen de algo inconfesable. El origen de una ofensa. Como los trenes a Estados Unidos que llegaban desde la frontera. Aunque me esfuerce, nunca llegaré a comprender del todo por qué se les llamaba La bestia o El tren de las moscas.
En ocasiones, para combatir o contrarrestar esa ofensa, recuerdo una película de Charles Chaplin, un cortometraje de 1917 titulado Charlot emigrante. Narra en pocos minutos el trayecto de un barco que llega a América. Desde el comienzo, vemos a un grupo de emigrantes hacinados en cubierta. La imagen es desgarradora. Sin embargo, unas secuencias más adelante nos encontramos con una escena bastante cómica. Varios pasajeros, entre ellos el propio Chaplin, se reúnen alrededor de una mesa. Intentan comer, pero es casi imposible, porque el vaivén del barco hace que el plato se mueva de un extremo a otro. Nadie consigue hundir la cuchara.
Cuando pienso en esa película, recupero una anécdota que llevo escuchando desde hace tiempo. Es la experiencia que más me han explicado a propósito de los viajes de mi abuelo. Ocurre en uno de los trayectos por Francia. Para evitar las aglomeraciones del tren, dos pasajeros, uno de ellos mi abuelo, deciden colarse en los vagones de primera clase. Cuando viene el revisor y le enseñan el billete, les dice en francés que su pasaje es de segunda, no de primera. Disimulan y fingen no entender nada. El revisor les señala el billete y alza dos dedos. Ellos asienten y dicen que sí, que efectivamente son dos los que viajan. Lo intenta de nuevo y los viajeros vuelven a decir «Sí, somos dos, él y yo. Uno no, dos». Cuanto más insiste el revisor, más insisten ellos, como si les estuviera ofendiendo. Al final, desiste y les deja hacer el resto del camino en el vagón de primera clase.
Así lograron continuar donde quisieron, con su aparente ignorancia. Y así te gustaría imaginarte todos esos viajes. Como los de Chaplin, porque a pesar de las infinitas trabas que iba encontrando a su paso, siempre logra seguir adelante.
Sin embargo, la realidad se impone y es imposible frenar su empuje. Cuando los pasajeros de Charlot emigrante divisan América, con la Estatua de la Libertad a lo lejos, sus caras recobran una felicidad perdida. Pero en seguida viene el funcionario de aduanas para cortarles el paso, mientras los desplaza bruscamente detrás de una cuerda a la espera de comprobar sus papeles. Como si les dijera que, por mucho que lo intenten, nunca podrán llegar a su destino.
IX
Toda clase de desplazamiento pone en marcha algún tipo de leyenda. Es difícil separar la memoria inventada, la fantasía que implica cada viaje, con lo que realmente sucedió. En ocasiones, precisamos de historias ampliadas para entender mejor algo que no comprendemos. Si no para entender, sí al menos para afrontarlo sin pudor, exentos de toda la vergüenza que arrastran ciertas experiencias que, de otra forma, resultarían inconfesables.
Nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa, escribió Magnus Enzensberger. Por eso, los nuevos lugares de destino trasforman su nombre y se convierten en espacios míticos. Forman parte de algo real e irreal al mismo tiempo. Algo que existe y no existe y que actúa como un fuerte reclamo que tira de nosotros. La Arcadia Feliz, el Paraíso, La Atlántida, El Dorado, la Tierra Prometida, el Nuevo Mundo. Apelativos que funcionan como imanes y nos invitan a la partida. Son espejismos en los que necesitamos reflejarnos. Tenía razón Elias Canetti: el miedo inventa nombres para distraerse.
Durante mucho tiempo, una palabra configuró parte de mi vida: Bousbecque. Apenas sabía nada de ese lugar y, sin embargo, escucharlo en boca de otras personas o pronunciarlo yo mismo provocaba una especie de augurio, de leyenda. Como si allí se encontrara algo que tenía que ver conmigo y aún no pudiera averiguar de qué modo me afectaba. Aunque no supiera situarlo en el mapa y no pudiera constatar que existía realmente, ese territorio indefinido formaba parte de la memoria de mi familia. Hablaban de él, incluso de emplazamientos concretos: rue Papeterie, fábrica, casa, iglesia, frontera. Esas eran las palabras que siempre acompañaban al discurso de Bousbecque. Cuando las mencionaban, también esos lugares aparejados a un nombre se integraban en un espacio borroso, desdibujado.
Ahora me doy cuenta de cómo ciertos términos configuran nuestra manera de percibir el mundo. Nuestra forma de abarcarlo. Palabras que en su simplicidad penetran en nosotros y nos proporcionan una composición de lugar. Una idea del universo, reducido a unas cuantas líneas para entender todo aquello a lo que nos es imposible dar alcance.
Eso es lo que significaba Bousbecque para mí. Una puerta de entrada a una realidad distante, y a la vez íntima y personal, porque tenía que ver con mi familia y, por esa razón, también tenía que ver conmigo. Aunque quedaran todavía muchos años para que me decidiera a visitar ese pueblo fronterizo, el lugar ya formaba parte de mí. Era un punto clave en mi geografía emocional. Pero esto lo he sabido con el tiempo, cuando uno se decide a hacer un recuento de lugares que le sirven como fe de vida.
X
Se me acumulan las preguntas cuando imagino la llegada de mi abuelo a Bousbecque. Por dónde viajó, qué pueblos fue dejando a un lado, quién lo recibió en la estación o en la parada del autobús, cuándo se dio cuenta de que su vida había cambiado para siempre.
Una de las cuestiones que suelo hacerme con más frecuencia es si se arrepintió de haber iniciado ese viaje. Si la promesa de prosperidad era real o se trataba de un simple espejismo. Me pregunto si mereció la pena, aunque el precio que tuviera que pagar fuera demasiado alto.
Ese precio se reduce, para mí, en un hecho muy concreto. Mientras trabajaba en Bousbecque, mi abuelo se perdió buena parte de la infancia de su hijo. O dicho de otra forma: mi padre vivió sin padre durante cuatro años.
No creo que haya algo que compense esa carencia. Sin embargo, puedo imaginar distintas razones que hagan más llevaderos ciertos traumas, como si la consecución de un objetivo fuera suficiente para justificar cualquier cosa.
Pienso en lo que sucedió y pudo suceder, en el precio que debemos pagar para conseguir algo. Pienso en la renuncia y en la obligación. Pienso en la soledad. Y me viene a la mente una imagen de Rocco y sus hermanos, la escena en la que Ciro le dice a Rocco que no pensara en la vida que hubiese llevado quedándose en el lugar de origen. Rocco le responde de una forma tan simple que resulta apabullante: «Pero hubiéramos estado todos juntos».
En el fondo, todo consiste en si somos capaces de renunciar a algo por un bien de mayor alcance. Si estamos dispuestos a declinar un poco de alegría por una felicidad más duradera. Si un breve seísmo puede dar paso a una estabilidad mucho más sólida.
Sin embargo, sé que esas son hipótesis vagas, difusas. El tipo de conjeturas que se plantea alguien que aún no se ha visto forzado a renunciar a nada. Vuelvo a las historias ajenas y me pregunto qué han dicho otros. Recupero por inercia una nueva escena, un momento cualquiera de otra película, porque sin esa ayuda no soy capaz de comprender lo que sucedió. Dudo que en algún momento logre entenderlo completamente, pero sigo esforzándome en ir construyendo un edificio inestable, como esos castillos de naipes que se desploman con una simple ráfaga de viento. Una carta que añado justo en la cima y me lleva a otra historia, a una escena de Y yo entonces me llevé un tapón, el documental que filmaron Alicia Alted, María Luisa Capella y Dolores Fernández. Cuando la madre y las hijas deben salir precipitadamente de su pueblo, les advierten de que apenas pueden llevarse nada, solo lo justo. Algo que quepa en una mano.
Con eso afrontarán una parte de su vida, sin saber exactamente por cuánto tiempo. Construirán un nuevo hogar con unas pocas pertenencias. Lo minúsculo se convierte, entonces, en algo único, porque supondrá un vestigio, una traza de lo que fueron en otro tiempo. Supondrá un mecanismo de supervivencia. Por eso había que saber elegir lo que uno deseaba cargar a su lado. Esa elección resulta la más compleja y triste, como nos explica una de las voces que interviene en Aguaviva, el documental de Ariadna Pujol: «Lo más duro es dejar tu casa para meter tu vida en tres maletas».
Echo mano de otra carta y la sitúo en un extremo de ese edificio efímero que voy construyendo. Tiene un nombre concreto y un consejo: Blaise Pascal dijo que solo debemos creer a aquellos testigos que se dejen matar. Repito la frase y me digo que no debemos confiar solo en ellos, sino también en otros testigos que sean capaces de dejarlo todo, absolutamente todo.
XI
La renuncia activó la imaginación no solo de quien partía, también de quien se quedaba.
Me lo ha contado mi padre varias veces. Salía con mi abuela de Cúllar Vega. En Granada se dirigían a la oficina de correos, en la calle Ángel Ganivet. Allí depositaban la carta que le habían escrito a mi abuelo. Entre las hojas que le enviaban había textos con caligrafía defectuosa y palabras de recuerdo. Añadían también una página con un dibujo de la mano de mi padre, siguiendo el perfil de sus dedos. El contorno de una mano que, carta a carta, iba aumentando. Esa era la forma de demostrarle que su hijo crecía. Así podía ser testigo ausente de su infancia.
Cuando regresaban nuevamente al pueblo, mi padre se preguntaba qué hacía mi abuelo dentro de una oficina de correos. Por qué no podía comunicarse con él y salía a saludarle. Para qué necesitaba una carta si estaban tan cerca el uno del otro. Cuál era el perverso motivo por el que estaba encerrado en los almacenes de un edificio de Granada. Qué le había llevado hasta allí, entre paquetes ocultos, entre otros padres que también observaban a través de una minúscula rendija cómo sus hijos volvían a remontar la calle sin decir nada.
Mi padre tenía cuatro años por aquel entonces. La misma edad en la que yo comenzaba a ser consciente de que nunca llegaría a conocer a mi abuelo.
XII
La cineasta chilena Cecilia Barriga comentó en una ocasión que, cuando se emigra, aparece la posibilidad de empezar a ser otra persona, como una oportunidad que te da la vida. A la tristeza del desarraigo se suman otros factores positivos. La expectación de lo nuevo o la alegría de comenzar una historia distinta. Algo que tiene que ver con la esperanza, con la ilusión que lleva aparejado todo cambio de rumbo.
Sin embargo, si me detengo en mi abuelo o en los miles de emigrantes forzados a trabajar en otro lugar, no sé hasta qué punto vieron en todo aquello una oportunidad para emprender una vida distinta. La posibilidad de ser una nueva persona. Seguramente iniciaron un camino diferente y el hecho de comenzar en otra parte también pudo generarles algún tipo de optimismo. No obstante, es muy difícil tratar de ser otro sabiendo que no dejarás a la persona que siempre fuiste. En ocasiones, resulta imposible liberarse del pasado. Por eso, cuando pienso en ellos los veo como seres dobles, como sujetos partidos. Una mitad está en el lugar donde se encuentran, la otra aún permanece en el territorio del que han salido. Vuelvo a unas palabras de Sergio del Molino: «Estaban en una ciudad, pero paseaban por un pueblo».
¿Qué significó Bousbecque para mi abuelo? ¿Un pueblo en un país libre? ¿Un espacio fronterizo en el que podía transitar fácilmente? ¿Un punto de fuga? Quizás fue todo eso a la vez, o quizás significó otra cosa distinta. Tengo la sensación de que el desplazamiento, por pequeño que sea, implica un exilio. Aunque no haya razones estrictamente políticas en esa huida. Y, si bien se movían por motivos económicos, es inevitable pensar que disfrutaban de una libertad que no tenían en su país de origen, sumido en una dictadura inacabable.
Esos cuerpos partidos se movían en dos extremos. Puedo imaginar lo que había a uno y otro lado, pero me es muy difícil adivinar lo que quedaba en medio.
XIII
¿Encontraron lo que buscaban? Esa es la pregunta que suelo hacerme. No hablo únicamente de beneficios económicos, que en muchos casos sí se lograron. Estoy pensando en otra cosa.
Lo que sí sé es que descubrieron algo que no pensaban encontrar. Una feliz o desafortunada serendipia. A veces ese azar jugó a su favor y en otras ocasiones actuó en su contra. Con el tiempo, trasformaron esas experiencias, las reinventaron. Cada uno explicaría a su manera lo que sucedió y, al hacerlo, pondría en marcha todos los mecanismos de la memoria.
Después de un viaje interminable, en trenes de madera, hacinados o escondidos en furgonetas, mientras cruzaban los Pirineos con o sin contrato de trabajo, después de esperar quince o veinte días para gestionar su visado, lo que hallaban en la ciudad de destino era un paisaje sumamente variado. Igual que sus futuros oficios: coser diez mil mangas al día o reconstruir ciudades arrasadas por la guerra, como les sucedió a los que llegaron a Núremberg. En medio, un enorme abanico de trabajos: chóferes, agricultores, vendedores ambulantes, mecánicos, criados, mulos de carga.
Los oficios que desempeñaban no solo los situaron en un plano social. También los abocaban a una nueva escala moral: la que se destina a los trabajadores culpables. Preventivamente culpables. Muchos emigrantes que se empleaban en las fábricas eran cacheados cada vez que salían del trabajo. Se los vigilaba para asegurarse de que no robaban nada. Así los convertían en seres sospechosos, en personas sobre las que caía toda la suspicacia del mundo. Las reglas se invertían: eran presuntamente culpables hasta que los cacheos demostraran lo contrario. Un racismo sutil, casi imperceptible, como el que impone la desconfianza. No un racismo violento, sino una clase de xenofobia sibilina. Algo que les recordaba continuamente lo que eran. Inmigrantes perpetuos. Perdedores radicales.
Sus habitaciones, en general, eran minúsculas, con varias literas en un mismo espacio y un armario metálico. En ocasiones, esas barracas donde se hospedaban habían sido, en otro tiempo, caballerizas, a las que habían añadido una cocina con hornillos. Las barracas solían dividirse en dos: una para hombres y otra para mujeres. La situación se complicaba aún más en algunos casos, sobre todo en aquellos matrimonios a los que se les obligaba a estar separados en dos pabellones distintos. No podían convivir juntos. Como los turnos no coincidían, sus encuentros no iban más allá de un breve espacio de tiempo, mientras entraban o salían de la fábrica. Eran citas de refilón, furtivas, apresuradas.
Varios testimonios nos hablan de las duchas al aire libre, soportando temperaturas extremas, especialmente los que viajaron más al norte. Tan extremas que muchos recuerdan haber visto cómo explotaban botellas de leche congeladas. La temperatura podría alcanzar los treinta y cinco grados bajo cero. Por eso volvían rápido a sus habitaciones y se resguardaban en la cama, mientras intentaban zafarse del frío y esperaban, allí estirados, un nuevo día que nunca llegaba.
XIV
La imposibilidad del lenguaje. La frustración que genera no poder explicarte de manera fluida. La condena de la incomunicación. El cambio de hábitos que conlleva. Asumir esa pérdida como quien abandona una parte de sí mismo e intenta moldear una versión distinta de su propia existencia. Ser un hablante escindido. Reconocer, al fin, que la carencia de un idioma común lo modifica todo. Esa es la razón por la que el escritor ruso Dovlátov no quería marcharse a Nueva York: porque en un idioma ajeno perdemos el ochenta por ciento de nuestra personalidad. Somos incapaces de bromear, de ironizar, nos dice.
Ser otro. Aprender a serlo. Obligarte. Al comienzo, con infinitivos. Así configuraban ese nuevo mundo, a través de formas no personales. Una lejanía que poco a poco trataba de aproximarse, añadiendo gerundios y frases hechas, interjecciones, participios. Sumando palabras recién adquiridas en universidades populares, en aulas de idiomas a las que acudían después del trabajo. A pesar del cansancio acumulado y de horas interminables en las fábricas y en el campo. Al fin y al cabo, muchos habían llegado a un pueblo que ni siquiera sabían pronunciar antes de la partida.
Aprender consistía en luchar contra la torpeza y la ingenuidad. Consistía en recomponer piezas sueltas, unificarlas para que dejaran de ser agentes dobles. Consistía en no volver al supermercado sin saber qué compraban, si champú o detergente, si comida o pienso para animales. Y consistía también en no ceder a un nuevo carácter, como le ocurrió a una hermana de mi abuela materna. Después de meses de silencio en Francia, sin poder comunicarse apenas, se fue convirtiendo en una persona adusta, cada vez más hermética y reservada.
Adquirir un nuevo idioma significará cambiar de nombre. Al hacerlo borrarán también su pasado. Se alejarán de él para desempeñar las funciones de alguien distinto. A veces bastaba con una simple traducción, o con un leve ajuste. Un cambio minúsculo que encerraba un mundo más amplio. El nuevo nombre les enseñaba a ser otra persona. Eran los mismos, pero se esforzaban en aparentar que habían cambiado, como si una variación de rutinas o de acentos los librara de toda la sospecha que habían ido acumulando a sus espaldas.
Un lenguaje vivo, eso es lo que provocaron. Una mezcla de idiomas que convocaba, a partes iguales, pasado y futuro. En un presente incierto, en palabras recién adquiridas, adaptadas, en una lengua híbrida que asumía lo nuevo con una fonética antigua. Una forma de ser otro con las trazas aún visibles de lo que habían sido antes. Un lenguaje hecho a retazos, con palabras de aquí y de allá, con combinaciones inconexas y ensamblajes casi imposibles, con acento del sur y gramática extranjera. Así se construyen los nuevos idiomas de quien no tiene lengua alguna.
Migración, emigración, inmigración. Migrantes, emigrantes, inmigrantes. Un glosario de términos para definir a un ser difuso. Para muchos simplemente eran bárbaros. En algunas lenguas, esa es la raíz de la palabra: un ser balbuceante, tartamudo, entrecortado.
¿Qué me viene a la memoria cuando pienso en la dimensión del lenguaje? Un hecho muy concreto. Una anécdota que, en cierta forma, lo resume todo. Me la explicó un día un amigo de mi abuelo, en Cúllar Vega. Cuando los emigrantes volvían de Francia, no solo cargaban con objetos pesados. También lo hacían con un idioma nuevo que trasmitían a sus hijos. Por eso en el pueblo los niños comenzaron a decir oh là là, oh là là, una fórmula que repetían continuamente, sin importarles demasiado que esas tres palabras no vinieran a cuento. Solo por el placer de decirlas, aunque no supieran exactamente qué significaban. Una expresión recién adquirida que les proporcionaba un cierto aire de elegancia y que, al pronunciarla, les permitía estar en otra parte.
XV
La imposibilidad del lenguaje tiene otro significado. Adopta una dimensión distinta. Sé quién es el interlocutor, el que profiere frases al aire, el que trata de dialogar con alguien que no existe.
¿Cómo sucede entonces la comunicación? ¿Con qué propósito, si al final te das cuenta de que lo único que haces es hablar para nadie? ¿Esperas que después de articular varias frases te responda, como una aparición momentánea que logres ver detrás de ti? ¿Por qué continúas con una labor abocada al fracaso? ¿Por qué no aceptas que es imposible entablar unas palabras con alguien que no está, que nunca estuvo? Lo mismo que te sucede con tu abuela en el salón de la residencia, cuando finges entender un idioma que no es el tuyo.
Y sin embargo continúas con esa charla unidireccional. Con ese diálogo que solo a ti te concierne. Es una única voz que modula su tono según quien hable. Quien imaginas que hable. Porque eres solamente tú el que selecciona las palabras. El que completa las frases que has comenzado. Tú eres el que elige los temas. El que polemiza. El que interroga. Así piensas que detrás hay alguien, porque te has concentrado tanto en esa voz familiar que confías en que te escuche desde alguna parte. Confías en que te responda tarde o temprano.
Cuando te enfrentas a ese diálogo con un ser ausente, descubres que el silencio es un discurso, la narración de un olvido. Quedarse callado impone sus propias normas y no hace falta decir nada más, porque todo se condensa en lo que ya no podrá ser dicho. Ahí estaba el verdadero lenguaje, en la imposibilidad de articularlo. En el espacio en blanco entre frase y frase. Y si decides mantener una conversación inútil, es porque piensas que los otros pueden hablar a través de ti, como si al imaginar lo que dirían lograras hacer que sus vidas no se borraran para siempre.
XVI
La interacción entre autóctonos y forasteros resulta muy compleja, escribió Magnus Enzensberger. En ella intervienen tanto la curiosidad como el servilismo, el rechazo y la humillación, la autocrítica y la ironía. Se produce un choque muy intenso, una colisión que estalla tras el roce de dos polos: lo propio y lo extraño. Una situación difícil de resolver, porque siempre es complicado nivelar los dos extremos de una balanza.
El emigrante, también el exiliado, se mueve entre el ethos y el nomos, entre un conjunto de rasgos y modos de comportamiento que configuran su propia identidad y los códigos provisionales que adopta a través de nuevos hábitos y costumbres. Debían trasladarse entre uno y otro, desde un esquema fijo a un estado transitorio. Sus puntos de referencia quedaban cada vez más en el aire.
En este sentido se produce un hecho paradójico: el que está condenado a la movilidad se ve abocado finalmente al encierro. Se le invita a replegarse sobre sí mismo, como una defensa ante las adversidades que va encontrando en el exterior. Así se construyen los guetos, las comunidades que, en un exceso de celo, resultan impenetrables. Recuerdo un fragmento de Richard Sennet que podría aplicarse a los emigrantes del siglo XX, aunque sus palabras vayan dirigidas a una época distinta, a la Venecia del Renacimiento: «Únicamente quienes eran oficialmente marginados estaban obligados a ocupar un lugar fijo».
En el origen de ese aislamiento está el éxodo, la fuga. Sorprende esa antítesis: el destino de quien se abre al mundo se va trasformando en un progresivo aislamiento, como si, de repente, se encontrara sitiado por una frontera invisible. Al final, todo el universo recién conquistado le empuja al ensimismamiento, a la soledad compartida, al abandono entre iguales. Ahí se encuentra el verdadero tránsito, en el camino que busca abrir una nueva vida y se acaba convirtiendo en una simple actitud de resistencia.
A veces los nuevos hábitos se nutren de reacciones. La identidad se va configurando a partir de respuestas, de modos de afrontar lo que nos rodea con tal de que nos duela un poco menos. En el caso de muchos emigrantes, el punto de partida fue la réplica a una injuria, a una ofensa. Fue el resultado de diversas humillaciones difíciles de combatir. No hablo solo de las palizas que sufrieron algunos de ellos o de la violencia que ocasionalmente encontraron entre los habitantes del país que los acogía. Me refiero a un tipo de maltrato más sutil, como una herida que costara cerrar completamente, aunque se apliquen en ella todos los apósitos del mundo.
De eso me hablaba una emigrante extremeña hace un tiempo. Entre las experiencias que me explicó de su paso por Alemania, recuerda una especialmente: mientras paseaba por una ciudad, vio cómo varias mujeres se tapaban la nariz cuando se cruzaron con ella. A partir de ahí iniciaba su aislamiento, porque ese gesto era la constatación de que alguien la señalaba. Una advertencia concreta, casi insignificante, y sin embargo cargada de una potencia inmensa. Una agresión que la convertía en una persona distinta, relegada del centro hacia los márgenes. Como le sucedió a mi abuelo una tarde, después de un paseo en moto por París. En la calle Rivoli, se detuvieron para hacer alguna compra. Cuando volvieron, un policía se les acercó inmediatamente. Les pidió los papeles, su permiso de circulación y de residencia. Los ojeó sin demasiado interés y comenzó a redactar una multa. Preguntaron cuál era el motivo, pero apenas obtuvieron respuesta. Les señaló la moto, con la rueda delantera subida a un bordillo de la acera. No era el único vehículo mal estacionado. Había otras motos que ocupaban también un espacio peatonal, y sin embargo la suya era la única que iba a ser multada. El resto podía aparcar como les viniera en gana. Ellos no.
Quisieron ocupar un espacio central, pero las circunstancias los desplazaron. Intentaron asimilarse, porque no se puede permanecer siempre en un lugar sin saberse de ese lugar, como escribió en una ocasión Francisco Candel. Aunque el precio que pagaran fuera una lenta despersonalización. Un no saber en qué territorio vivían realmente. Pere Calders estaba en lo cierto: o aceptas el lugar donde vas a parar con todas las consecuencias que el hecho entraña, o serás devorado inexorablemente por él.
Vuelvo a unas palabras de Sennet: «Ser extranjero es vivir a disgusto fuera del país; nos referimos al inmigrante que siente el impacto de una cultura y se aferra a sí mismo, al exiliado que hiberna con indiferencia en una ciudad que apenas lo roza, al expatriado que pronto sueña con el retorno».
XVII
Un lugar en las afueras. Ese era el espacio que debían ocupar. Aunque estuvieran en el interior de un territorio, su sitio permanecía a mucha distancia. Construyeron un país nuevo a partir de quien no tenía nación alguna. Con habitantes doblemente golpeados, porque eran percibidos como una amenaza y, precisamente por eso, estaban siendo amenazados. Desde fuera, no eran simples trabajadores, sino seres de otro mundo que practicaban una lenta e imparable invasión, como si su verdadero cometido fuera borrar del mapa las costumbres del país al que habían emigrado y no como reconstructores de un lugar que no era el suyo. O no era suyo todavía, porque tendrían que pasar muchos años para que alguien acabara reconociendo sus nombres en las capas subterráneas de una ciudad, en el alzado de sus ruinas.
Ese es el material del que se nutren los lugares. Ya deberíamos saber que una ciudad no es única, sino múltiple, y que está compuesta por tantos sedimentos que la sola idea de descifrarlos nos llevaría toda una vida. No hay una sola forma de narrar la ciudad, sino infinitas maneras de abordarla. La tierra que pisamos es un palimpsesto. Si escarbamos un poco, lograremos descifrar las huellas de los que pasaron por allí mucho antes que nosotros.
Por eso a menudo suelo preguntarme qué queda de mi abuelo en Bousbecque o qué queda de él en Barcelona. Qué señales perduran de todos los que fueron hasta allí y, pasado el tiempo, regresaron al lugar desde el que partieron. Si serán recordados al cabo de los años o se convertirán en una evocación imprecisa, cada vez más difuminada a medida que nos vayamos alejando.
Hago mía la sospecha que formulaba Luis Landero en El balcón de invierno: «los que nazcan dentro de veinte o treinta años no llegarán tampoco a saber nada de nosotros. No seremos ni siquiera fantasmas. Quizás ni siquiera un hombre flotando a la deriva de los tiempos».
Apariciones que lentamente se evaporan. Tal vez eso. Solo eso.
XVIII
Reagruparse para sobrevivir: en los bares, en las barracas con otros españoles, en habitaciones minúsculas mientras pasaban la noche con algo de baile, bebida y guitarras. Así combatían el desarraigo, la soledad o la indefensión, y así nacía también una alegría distinta, la felicidad pesarosa de quien apenas tiene nada. Surgía la necesidad de compartir y de ayudarse, como si el frío y el hambre nos obligaran a recuperar una cierta solidaridad entre iguales.
Las ciudades y los pueblos quedaban lejos. Aunque se encontraran a solo dos pasos, el centro permanecía a mucha distancia. Casi no había tiempo para disfrutar de esos nuevos emplazamientos, ni dinero que gastar mientras paseaban. Aún recuerdo una frase que me dijo una emigrante leonesa, mientras hablaba de sus años en Francia. París me vio a mí, dijo, pero yo no vi París en ningún momento. Algo muy similar a lo que escribió Aleksandr Solzhenitsin: «Moscú era una ciudad enorme, pero no había adónde ir».
Entre tanto, la espera de las cartas, leídas en alto en los cafés. Muchos eran analfabetos y necesitaban ayuda de sus compañeros. En este punto, me viene a la memoria algo que escuché sobre mi abuelo. Era el único que sabía escribir entre el grupo de españoles de Bousbecque, por eso se encargaba de redactar algunas cartas. A menudo he pensado en esa escena, en las confidencias que fue trascribiendo, en el tono con el que fueron expresadas. Todo un universo al que él entraba casi por obligación, como un mensajero o un invitado de piedra. Solo escribir lo que otros decían.
Ese hecho suele generarme varias dudas. ¿Escuchaba lo que le decían o simplemente se limitaba a seguir al pie de la letra lo que iba oyendo? ¿Intervino en esas cartas? ¿Ayudó a escribirlas? No me refiero a cumplir únicamente con su papel de emisario, sino a otra cosa distinta. Me pregunto si añadió frases o palabras, si terminó de dar forma a los mensajes que le dictaban, si su cooperación no se reducía a las funciones de un simple escriba y se acercaba a ser algo parecido a un confidente, a un consejero.
Por encima de todo eso, lo que me pregunto con frecuencia es si esas cartas ajenas, que escuchaba de primera mano, permearon en él, si le afectaron de algún modo. Si esas emociones que le iban trasmitiendo consiguieron herir su propia sensibilidad. Porque imagino que cada palabra, cada frase, añadía más tristeza a la tristeza, como si no tuviera la oportunidad de olvidarse en ningún instante de dónde estaba. El relato de otra persona era su propio relato y a él quedaba sujeto para siempre.
Quizás la redacción de esas cartas ayudara a mi abuelo. Tal vez trasformar en escritura esas emociones ajenas le beneficiara y le hiciera comprender un poco más lo que estaba sucediendo en su propia vida. Una narración de palabras prestadas que le sirviera como un bálsamo. En eso consiste la literatura: en un mecanismo que permite explicarnos lo que no entendemos del todo. Aunque en esta historia solo hablemos de cartas anónimas firmadas por otra persona.
XIX
En el relato de las cartas que escribió mi abuelo hay una historia paralela, un epílogo que tenía lugar a mucha distancia, en el pueblo natal de aquellos emigrantes de Granada. Una historia que sucedía en las casas que abandonaron tiempo atrás, en los salones y en las chimeneas donde colgaban las cartas, como una exposición privada que se abría al público algunas tardes.
Esa historia paralela vuelve a tener a un mismo personaje: mi padre. Aún recuerda cómo entraba en algunas casas y veía colgadas las cartas. Todas ellas estaban escritas en hojas con líneas. Así evitaban que las frases se torcieran, lo que sucedía a menudo. Las confidencias desplegadas en la hoja formaban parte de un hombre al que no conocía. Era la voz de otra persona, la noticia de un familiar ausente, el eco de alguien que volvía de tarde en tarde en un papel. Sin embargo, mi padre siempre supo algo que no llegó a confiar a nadie. Una especie de secreto que no desveló hasta hace pocos años: la letra de aquellas cartas no era la de un desconocido, porque identificaba en ella la caligrafía de su propio padre.
Él no era el destinatario de esas páginas y sin embargo le servían para acercarse a mi abuelo. Le ayudaban a saber algo más sobre él. Probablemente se tratara de una lectura doble, o de una lectura indirecta, como si en lugar de palabras ahí se inscribiera algún tipo de jeroglífico que solamente él podía descifrar mientras las observaba sobre la chimenea de un hogar que no era el suyo.
Esas cartas le pertenecían de alguna manera. Solo así, creyendo que también le eran propias, he logrado entender un verso de José Emilio Pacheco: «No leemos a otros: nos leemos en ellos».
XX
No conservo ninguna carta de mi abuelo. He buscado entre los papeles y no he dado con ningún documento que esté firmado con su puño y letra. Podría dedicarme a encontrar las cartas que escribió para otros, pero eso significaría abrir un baúl que no es el mío.
Reconstruyo a mi abuelo gracias a mi padre y a las fotografías que permanecen en una de las maletas que empleó durante sus viajes a Bousbecque. Esas fotos y esa maleta forman parte de las pocas cosas que pude salvar de mi abuelo. El resto se encuentra dentro de un armario cerrado, en una habitación a la que ya no puedo acceder. No consigo entrar en ella porque el piso de la avenida de Madrid en el que vivieron mis abuelos está completamente cerrado, con doble o triple llave. Ese mínimo espacio es uno de los territorios prohibidos de la ciudad. Podría rebuscar en habitaciones ajenas, en memorias que no me pertenecen, y sin embargo sé que jamás abriré el armario en donde se guardan viejos recuerdos de mi familia.
A veces pienso que debería forzar esa cerradura y entrar sin que nadie me viera. Los vecinos ya no son los mismos. Casi todos han muerto. Puede que aún sigan los hijos de los antiguos inquilinos, pero nunca llegué a conocerlos. Ninguno sabe que yo también viví en aquella casa hasta que cumplí tres años. Fue mi primer hogar, y sin embargo carezco de nombre allí. Si alguien me viera, pensaría que estoy de visita. No entenderá que si he vuelto, si me he decidido a subir hasta la segunda planta, es porque vengo a recuperar algo que también es mío.
Sé que nunca tendré el valor para entrar en ese piso. Me imagino frente él, observando la rutina de los vecinos, anotando horas y fechas. Me imagino forzando la cerradura y quitándome los zapatos a la entrada para no hacer ruido. Me imagino caminando descalzo en el pasillo, haciendo equilibrio por un alambre. Me imagino quitando el candado del armario. Sin embargo, no logro imaginarme cómo reaccionaría si el armario se abriera, si tuviera frente a mí ese montón de papeles, fotografías acartonadas y documentos. No sabría qué hacer. Es justo eso lo que me da miedo. Podría entrar en una propiedad privada sin medir las consecuencias que conlleva un allanamiento. Acepto la culpa, pero no asumiría el riesgo de encontrarme con un armario abierto que guardara una parte de mi pasado.
Por eso prefiero no hacer nada. Opto por reconstruir, desde otro cuarto, un espacio vedado, un lugar en el que lentamente se desvanecen los recuerdos. Trato de acceder a ellos de otra manera, a través de conjeturas, probabilidades, hipótesis, añadiendo oraciones condicionales que se extienden sin fin en la larga marcha de la desmemoria.
Cuando me detengo y me dejo llevar por la imaginación, me doy cuenta de que la escritura no es más que una resistencia estática. Uno de esos actos que nos retienen antes de cometer un delito. Una opción que nos salva y a la vez nos condena.
XXI
Más que una biografía o un perfil, lo que puedo trazar es una suma de anécdotas cazadas al vuelo, unidas unas a otras por posibilidades y suposiciones, como si me tocara completar una historia fragmentada. Son datos que se despliegan, que se proyectan en múltiples direcciones. Una realidad que se dispara hacia muchos lados y no se detiene en ningún momento.
Sé que, mientras estaba en Bousbecque, mi abuelo visitó varias veces Holanda. Sé también que se hospedó ocasionalmente en París y que allí se reunía con otros familiares y amigos. Lo veo ahora mismo en una de las fotos que conservo: a la derecha de un grupo de ocho personas, abrazando a un compañero, sonríe a la cámara con un gesto cansado. Como en otras imágenes, también viste traje y corbata. Al fondo, unos cuantos edificios del distrito XIV, donde se alojaban.
Compartía su piso con más gente y trató de abrir sus puertas a todos los que necesitaran emigrar por la zona. Las habitaciones tenían, al menos, cuatro inquilinos. Las camas estaban dispuestas en cada una de las esquinas. En medio, una mesa compartida. Uno de sus compañeros era árabe. Le encontraba por la noche rezando, sobre una alfombra que extendía a los pies de su cama. Entre el silencio y la oscuridad, debió tropezarse con él varias veces.
A pocos pasos de su casa de la rue Papeterie, se encontraba su trabajo. Era empleado en una fábrica, no sé si dedicada a la producción de papel o a la reparación de maquinaria pesada. Ignoro qué hacía exactamente, cuál era su función. Una vez me hablaron de una máquina de rodillos, la número 1. Allí debió de pasar todo su tiempo en Bousbecque, aunque nunca he podido confirmarlo.
Sé que se movía en bicicleta por el pueblo y que esa misma bicicleta fue pasando de mano en mano, entre la gente que se iba y la gente que llegaba. Así paseaba por los márgenes del río y hacía todas sus compras. Sobre todo en Bélgica, que por aquel entonces tenía mejor cambio de moneda que Francia.
Cruzaba la frontera a menudo, especialmente los sábados y domingos, mientras acudía a los pocos bares de algún pueblo limítrofe. Siempre iba en grupo y siempre bien vestido, elegante. Por eso en casi todas las fotos que conservo aparece con traje y corbata, como una vieja fotografía de August Sander.
Al comienzo, en la aduana le solicitaban sus documentos. No dejaba de ser una zona fronteriza, con sus propias reglas de juego y con las turbulencias que conlleva habitar una zona intermedia, entre dos aguas. Pienso en las bandas dedicadas al contrabando, a la extorsión, al tráfico ilegal de productos de toda clase. Eso es lo que generan ciertos lugares. Acarrean una sospecha detrás de ellos. Nos empujan a la desconfianza, como si todo lo que sucediera en sus calles llevara algún trazo enigmático. No he conocido ninguna frontera que no guarde un pasado turbio, un recuerdo inconfesable.
Más tarde, como ya le conocían, cruzaba la aduana sin problema alguno. Hasta que llegaron las huelgas de Mayo del 68. La vigilancia se hizo más exhaustiva y Bélgica no se fiaba de la moneda francesa. Desde entonces, fue imposible transitar con facilidad de un pueblo a otro. Tampoco hacer trasferencias. Durante los primeros años ingresaba el dinero en una cartilla. Luego, con las restricciones, se vio obligado a buscar otros mecanismos para guardarlo. Lo más frecuente era un bolsillo que añadía al pantalón. Cuando depositaba todo el dinero en efectivo, volvía a coserlo. Hasta que llegaba a España y podía cambiarlo en el Banco Popular.
XXII
Fotografías, anécdotas, charlas con familiares o amigos, testimonios de primera y segunda mano… Así delimito una figura desdibujada. En otras ocasiones esa imagen adquiere una nitidez asombrosa y me da por pensar que ya conozco todo, que apenas hay flecos que se me hayan escapado. Pero entonces esa claridad se ensombrece y vuelve a sumirme en innumerables círculos de intriga. Son cuestiones que se van agolpando una tras otra. ¿Cuántas veces fue a París? ¿A quién conoció? ¿Qué espacios hemos compartido, en épocas distintas? ¿De quién heredó la bicicleta y a quién se la dejó cuando estaba de regreso en España? ¿Qué hizo durante los fines de semana, mientras cruzaba la frontera con el resto del grupo? ¿Cómo vivió las revueltas que originaron el Mayo del 68? ¿Qué queda de todo lo que habitó? ¿Es el mismo paisaje que me encontré tiempo después, cuando fui a visitarlo?
Lo único que conservo son datos dispersos que provocan aún más cuestiones. Cuando pienso en esta historia y cuando admito por fin que se trata de una narración inconclusa, recuerdo un fragmento de Ryszard Kapuściński: «Hoy en día, ningún libro que gire en torno a la contemporaneidad puede ser otra cosa que un texto abierto. Tenemos que acostumbrarnos a la idea de que escribimos libros inacabados».
Eso es lo que debo asumir ahora. Hacerme a la idea de que hay historias que jamás tendrán un final cerrado, porque nacen sin darnos cuenta y desaparecen sin que lo advirtamos. Son narraciones que nunca podrán completarse del todo. Están ahí, han sucedido y, sin percatarnos apenas, se van de nuestro lado. Por ese motivo no escribimos más que libros incompletos, segundas partes, epílogos que vamos añadiendo justo antes de dar por concluido algo que no tendrá ninguna conclusión. Porque cuanto más analizamos un suceso más nos queda por descubrir, como si entráramos en una ciudad sin nombre en la que siempre estuviéramos de paso.
En eso consiste vivir: en dar inicio a historias y en recomenzar luego otras distintas. Consiste en atesorar experiencias con el riesgo de que se crucen entre ellas. Aunque las creamos olvidadas, pueden volverse y reclamar un protagonismo momentáneo. Al fin y al cabo, vivir no es más que acumular memoria. No es más que ir sumando recuerdos, aunque esos mismos recuerdos aún nos duelan.
Tenía razón William Faulkner: el pasado no pasa nunca. Por eso es imposible detenerlo y por eso también no termina de cerrarse. Intentamos abarcarlo mientras lo narramos, pero siempre habrá algo que se nos escapa. Por muy cerca que estemos, logrará desviarse por algún lado.
Darmowy fragment się skończył.