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OBREGÓN. ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO
Álvaro Obregón CARLOS SILVA
De garbancero a presidente JAVIER GARCIADIEGO DANTÁN
Obregón. Testamento político ÁLVARO MATUTE / CARLOS SILVA
El general y el intelectual ALEJANDRO ROSAS
El petróleo JOEL ÁLVAREZ DE LA BORDA
El fotógrafo del constitucionalismo, la sombra de Obregón CARLOS MARTÍNEZ ASSAD
Obregón... ¡a escena! MIGUEL ÁNGEL MORALES
El expediente médico-psiquiátrico de José de León Toral JEAN MEYER
Martín Luis Guzmán, bajo la sombra de Obregón SUSANA QUINTANILLA
Similia JORGE F. HERNÁNDEZ Diario El País
Asesinato o venganza de la justicia divina: La muerte de Obregón y la Iglesia Católica YVES BERNARDO ROGER SOLIS NICOT
El asesinato del Caudillo PABLO SERRANO ÁLVAREZ
Bibliografía consultada

Álvaro Obregón en Guaymas, Sonora.
Jesús H. Abitia, ca. 1926.
Colección particular.
OBREGÓN. ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO
El filósofo y lexicógrafo francés Émile Maximilien Paul Littré, discípulo de Augusto Comte, al señalar las diferencias entre lo público y lo privado se remontó a sus raíces etimológicas de domesticado y familiaridad. Al respecto, señaló que la “vida privada ha de hallarse oculta” y a manera de glosa sentenció: “No está permitido averiguar y dar a conocer lo que sucede en la casa de un particular”. Es decir, lo privado se opone a lo público. Sin embargo, al referirse al concepto de público concluyó que es “todo aquello que le pertenece a un pueblo y lo que de éste emana” y por ello, en torno a las figuras públicas, afirmó: “En la vida de los grandes no hay nada privado, todo pertenece al público”.
Estas palabras intentan justificar la sustitución —diría George Duby— “de la sociabilidad anónima por una restringida”. Cuando aquello que fue hecho en la familiaridad privada, de pronto pasa a ser público o del “pueblo”. Es en este contexto que se publica, por primera vez, esta imagen en la que el general Obregón aparece desnudo en una playa de Guaymas, Sonora, hacia 1926. Pertenece a una serie de cinco negativos que me fue obsequiada hace más de dos décadas por don Jesús Abitia.
Como historiador, en más de una ocasión me negué a utilizar dichas imágenes por no encontrar un campo propicio en que se consideraran solamente como un “documento histórico”. Es hasta ahora, que se lleva a cabo esta edición, que he decidido publicar esta fotografía. Más allá del morbo que pudiera suscitar, la expongo como un homenaje al caudillo y su lado humano, donde sin cortapisas aparece sin indumentaria militar, de frac o ranchero, como lo ha definido la historia y como todos lo hemos conocido.
También aprovecho para rendir homenaje al fotógrafo Jesús H. Abitia, cuyo trabajo singular da cuenta de la vida de este personaje tan significativo de la historia política del México contemporáneo.
Por último, mi agradecimiento a don Jesús y Violeta Abitia, hijo y nieta del artista de la lente, quienes desde hace mucho tiempo me distinguen con su amistad y generosidad.

Álvaro Obregón [1]
CARLOS SILVA

El 17 de julio de 1928 tuvo lugar el asesinato del general Álvaro Obregón, suceso de profunda significancia para México por la estatura del personaje y el contexto histórico. Aquel suceso trágico, 91 años después, motiva la conjunción de destacados escritores y estudiosos en la edición de este libro, el cual pretende ofrecer a los lectores un mosaico integrado por diferentes facetas del sonorense: no solamente notas de su perfil biográfico, desempeño militar y actuar político, sino también de su relevante papel en los ámbitos social, económico y cultural, así como su impacto en la producción literaria, fotográfica, artística, cinematográfica y teatral. Rica diversidad de reflexiones que culminan en una compilación historiográfica del magnicidio.
La intención no es presentar una “biografía definitiva”, sino más bien, poner de manifiesto la importancia de Álvaro Obregón en la historia contemporánea de nuestro país, al brindar puntos de referencia y análisis. Sugerimos a los lectores adentrarse en estos enfoques sin ideas preconcebidas sobre el personaje, con la certeza de que podrán mirarlo bajo luces y perspectivas frescas.
Mi gran amigo, el historiador y director del Sistema Nacional de Fototecas, Juan Carlos Valdez Marín, ha comentado que, gracias a la influencia de las fotografías de la época, en el imaginario de los mexicanos la Revolución Mexicana se preserva “en blanco y negro”. Ello posee un significado de nostalgia y a la vez de tragedia. Primero, porque de la gesta prevalece una imagen un tanto sesgada y maniquea proveniente de la iconografía grandilocuente que mostraban las películas de la época de oro del cine mexicano, donde las “adelitas” cobraban vida en los rostros de María Félix, Dolores del Río y Silvia Pinal, mientras que los “caudillos” —la mayor de las veces Zapata y Villa—, asumían todo el universo revolucionario, personificados en actores como Pedro Armendáriz, Antonio Aguilar y hasta Marlon Brando. En segundo lugar, porque esta consecuencia involuntaria ha provocado que en dicho “imaginario” revolucionario permanezcan fuera de la órbita popular figuras tan significativas como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza y el propio Álvaro Obregón.
Este hecho resulta incluso más sorprendente, porque la gente continúa teniendo como únicas referencias de Obregón —al parecer hoy menos que antes, afortunadamente—, una calle que lleva su nombre, un gigantesco monumento marmóreo y su mano, que por tantos años fue conservada en formol al interior de la edificación que el gobierno de México erigió en su memoria en 1935, justo en el sitio donde fue ultimado. Ni siquiera se conoce una imagen digna del general sonorense.
El parque de La Bombilla, que heredó el nombre del restaurante donde acaeció el magnicidio, era sitio obligado de paseo para muchas familias. Los niños y jóvenes quedaban impresionados por lo monumental del recinto, guarecido por estatuas creadas por el artista Ignacio Asúnsolo, lo mismo que horrorizados, al ver aquel miembro ya casi en jirones. Es probable que tal magnificencia de inmueble, guardando las debidas proporciones, se halle tan sólo en el mausoleo que resguarda los restos de Napoleón Bonaparte al interior de Los Inválidos, en París.
Lo cierto es que, por su relevancia para la nación —incluso por encima de los “conocidos” Zapata y Villa—, vale la pena conocer y razonar, a la luz de la historia y las imágenes, al general Álvaro Obregón Salido. Con él comienza la institucionalización del Estado mexicano a partir de los años posrevolucionarios. Cabe decir, además, que muchas de sus prácticas permearon a lo largo de varias décadas el sistema político nacional, y quizá algunas de ellas aún se encuentran vigentes.
Fue el historiador y maestro Álvaro Matute quien profundizó en lo significativo del sonorense, inspirando en su camino a otros académicos de nuevas generaciones. Fruto de un grupo sobresaliente de ellos son los once capítulos que integran este libro, que revisa diversas fases del caudillo: desde su evolución como ranchero hasta convertirse en la primera figura política del país; su papel como negociador con Estados Unidos para lograr la legitimidad del gobierno encabezado por Venustiano Carranza, hasta los entresijos de la mente de quien jaló el gatillo para arrebatarle la vida.
En conjunto, develan facetas poco exploradas o vistas bajo luces aisladas, que dan cuenta de un hombre que, desde su joven madurez (se integra a las fuerzas revolucionarias a favor de Francisco I. Madero a la edad de 32 años), logra desempeñarse como un hábil estratega militar después de dedicarse a labores agrícolas, para posteriormente trascender a un estratega político con alcance de miras.
Javier Garciadiego recorre la vida de Obregón a manera de síntesis biográfica, desde sus inicios como ranchero y mecánico; sus primeras incursiones a la vida pública como presidente municipal de su tierra natal; su vertiginoso ascenso de militar victorioso, lo que le ganó un sitio como héroe popular, y hasta su firme escalada, con genio político, hasta la primera magistratura del país.
Carlos Martínez Assad contribuye a perfilar al caudillo sonorense desde la visión de quien fuera uno de los más destacados fotógrafos del constitucionalismo, Jesús H. Abitia, quien a lo largo de su actividad generara un universo iconográfico de postales y películas del recorrido constitucionalista desde el norte hasta el centro del país y de sus triunfos en las batallas, mismas que tendrán un gran atractivo entre los públicos mexicano y estadounidense. Deja constancia de las acciones de Obregón, como cuando utiliza por primera vez a nivel mundial un avión para operaciones militares, con el que lanza bombas sobre un barco cañonero que se encontraba al servicio del usurpador Adolfo de la Huerta.
En una revisión minuciosa de su testamento como un legado político, me permito analizar el documento, junto a las reflexiones de mi maestro Álvaro Matute, tomando en cuenta la decaída de su salud como consecuencia de la pérdida de su brazo, la decepción de no ser ungido como el presidente sucesor del “Barón de Cuatro Ciénegas” —dado que considera ser el natural depositario del cargo por su cercanía aparente con Carranza—, su decisión primera de retirarse de la esfera política y las que, como empresario y hombre de acción, va asumiendo posteriormente como un medio para retornar con la influencia necesaria para ahondar en los cambios que la lucha revolucionaria demandaba; afirmándose así con las bases obreras y campesinas, a la vez de aprovechar su posición como secretario de Guerra para fortalecer sus vínculos con Estados Unidos, país que en cada visita lo recibe con honores de estadista.
Con estas bases como pilares, Obregón asume su primer periodo como presidente de México (1920-1924) dispuesto a fortalecer al nuevo Estado, desenvolviéndose con destreza desde varios frentes. Para hacerse de los necesarios recursos económicos, actúa como notable ajedrecista en el conflicto que dirime el gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda, con la compañía mexicana de petróleo El Águila, como lo desmenuza Joel Álvarez de la Borda. En un periodo clave para la reconstrucción nacional, se registra una cifra récord de producción de 193.4 millones de barriles de petróleo, pero los impuestos por regalías a los municipios y estados no se cumplen por acuerdos de igualas caducos o faltos de compromiso. Buscando redimir esta falla, entre el gobierno veracruzano y El Águila se suceden una serie de embargos, y si bien en un primer momento Obregón acepta fungir como intermediario, opta al final por dejar que la negociación entre las partes fluya, con la seguridad de que al final las ganancias se reflejarán también en el ámbito federal. Es una medida asertiva que desemboca en un acuerdo favorable para Tejeda y en la creación de un nuevo impuesto de dos centavos por cada barril generado de crudo.
Otro frente donde se testifican avances notables durante su periodo presidencial es el educativo-cultural, tal y como da cuenta Alejandro Rosas, debido a la activa participación de José Vasconcelos, que al ser rector de la Universidad Nacional impulsa la conformación de la Secretaría de Educación Pública —antes instancia bajo tutela de Bellas Artes—. Y ya como secretario, con apoyo de Obregón, entrega a Diego Rivera, José Clemente Orozco y otros una serie de muros para plasmar los afanes revolucionarios, promueve las cruzadas culturales, las obras de teatro y los conciertos al aire libre, así como la creación de la Orquesta Sinfónica bajo la tutela de Carlos Chávez. Como hecho histórico, el gobierno obregonista asigna a la nueva secretaría un presupuesto de 50 millones de pesos para educación. Lamentablemente, se generan diferencias entre ambos actores y, antes de que concluya el cuatrienio presidencial, Vasconcelos renuncia y se autoexilia, legando ya una visión de mexicanidad que sin duda alentó el militar.
Es Miguel Ángel Morales quien brinda una lectura del general Álvaro Obregón desde el impacto que éste causaba en los medios impresos, en los dramaturgos y coplistas, al dar cuenta de los titulares y las carteleras de la época. A modo de complemento, revisa la relación de Obregón con los espacios de encuentro que significaban entonces cantinas y pulquerías, cuando llega a clausurar varias y prohíbe los juegos de azar.
En este tenor, Susana Quintanilla revisa la figura del escritor Martín Luis Guzmán y de su célebre novela La Sombra del Caudillo, considerada una de las obras más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Julio Bracho realiza la versión cinematográfica de esta obra como parte de los 50 años de la Revolución Mexicana, pero, tras estrenarse en el cine Versalles, sufre la censura más prolongada y polémica de una cinta mexicana, ya que logra volver a proyectarse más de 30 años después. Guzmán estaba claro que ser revolucionario y buscar la reelección —como hizo Obregón tras el periodo de Calles— era una contradicción, así que desde Francia escribió sus reflexiones al respecto, a la vez que el español Blasco Ibáñez hablaba del “militarismo mejicano” en su libro El águila y la serpiente, que Quintanilla califica como el más afamado de la literatura en lengua española sobre esta temática.
Con el ensayo de Yves Bernardo Roger Solis Nicot los lectores comienzan a entrever la semilla que dará pie al asesinato de Obregón, al plantearse si este agravio no fue a la vez una “venganza de la justicia divina”. Aunque Plutarco Elías Calles es quien provoca el conflicto con la iglesia católica, también es quien, a principios de 1928, abre la posibilidad de un diálogo para dirimirlo, con la intervención del embajador de Estados Unidos en México, Dwight W. Morrow. Las negociaciones avanzan por tres etapas claras: la búsqueda de una reforma constitucional —lo que desde el inicio las partes asumen como poco probable—, la modificación de algunos artículos constitucionales —lo que de igual forma se ve como un punto delicado—, y finalmente, la no aplicación de los artículos y la amplia libertad del ejercicio del ministerio sacerdotal, en lo que se conoce como modus vivendi.
Durante este proceso que se vive en secrecía y a nivel de los altos funcionarios del Gobierno de México y la Santa Sede, Álvaro Obregón permanece como observador cercano, sabiendo que, por los tiempos, los favorables resultados le podrán redituar como presidente electo para su segundo periodo. Sin embargo, es justo por el nivel de discreción y su poca claridad al respecto que se vuelve blanco de las injurias de una monja que, desde su nivel alejado de las altas curias, sí practica una influencia más dañina e irracional, que terminará por arrastrar a un joven influenciable y artista de poca monta a cometer el magnicidio, del que de forma inmediata se distanciaran tanto el gobierno de Calles como la Iglesia, para no verse inmiscuidos en un acto que, por sus repercusiones, podría afectar de modo irreversible sus acuerdos.
Pablo Serrano Álvarez se enfrasca en el día del asesinato, ampliando la mirada hacia los diputados que organizaron la comida en La Bombilla y el minuto a minuto en que aconteció ese día. Rememora el legado del primer periodo presidencial de Álvaro Obregón, donde la pacificación nacional, el reparto de tierras, la institucionalización del ejército, la educación y el reconocimiento internacional fueron premisas, antes de un periodo de aparente retiro en su Quinta Chilla, donde, sin embargo, su popularidad y liderazgo llegarían para tentarlo de nueva cuenta. De manera detallada llega al festín en su honor, en medio de las huertas de Chimalistac, hasta que un joven casi anodino se asoma al interior para dibujar a los presentes como una forma previa de seducción, para acercarse poco a poco a su blanco hasta vaciarle la carga completa de su pistola a quien segundos antes se vislumbraba por segunda vuelta en la silla presidencial.
Como coincidencia cruenta del destino, sería el médico Enrique Osornio, aquel que le amputó el brazo un día de junio de 1915, quien certificara su muerte en la casa del caudillo, donde trasladan al cuerpo con la esperanza ciega de revivirlo. Entre los presentes figura Rafael López Hinojosa, dentista de Guanajuato y abuelo de Jorge F. Hernández, quien a partir de este lazo y a falta de fotografías del día del magnicidio crea Simila, una ficción rítmica que imagina el retrato que no fue y la crónica de lo que pudo haber sido ese convivio dicharachero y previo.
Será la pluma de Jean Meyer quien desglose punto por punto el expediente médico-psiquiátrico de José de León Toral, primero solicitado como un ardid de la defensa para tratar lo imposible: justificarlo, y luego como un detonante para analizar el clima social y político que rodeó el asesinato más importante del México de esos años.
En conjunto, este libro brinda elementos suficientes para colocar en una mejor balanza la figura y el legado de un caudillo que supo serlo a cabalidad durante el periodo de las batallas revolucionarias, pero que también supo trascenderse a sí mismo tras el debilitamiento corporal y emocional que derivó de la pérdida del brazo, para erigirse como un estadista que supo estar a la altura de su tiempo al implementar las transformaciones que la gesta demandaba. Quizá su muerte lo salvó de un segundo periodo donde su legado se hubiera pervertido. Tiempo es hoy de compenetrarse en estas facetas y mirarlo con mayor amplitud a más de nueve décadas de su asesinato.
Resulta más que imperativo agradecer a todas las personas, colegas y amigos, que de una u otra forma han permitido mi acercamiento a este personaje, para poder estudiarlo bajo diferentes ópticas a lo largo de mi carrera como historiador. De manera especial, a Rafael Pérez Gay por su sensibilidad e interés en sacar esta edición a la luz; a Luis Franco por sus esfuerzos editoriales y a mi familia por su cariño y paciencia.
Igualmente agradezco a Martha Montero su valiosa ayuda para que los textos y el concepto del libro cuadraran. Le doy las gracias de manera especial a Anabel Cázarez Pérez por su trabajo invaluable. Sin su ayuda este esfuerzo editorial prácticamente hubiera sido imposible.
Por último, quiero dejar constancia de mi agradecimiento permanente a mi maestro y amigo Álvaro Matute, con quien nació este proyecto y de quien aprendí las primeras luces sobre el general Álvaro Obregón. A Evelia Trejo, quien en muchas ocasiones fue testigo y cómplice de las enseñanzas que generosamente nos brindaba su colega, esposo y compañero de vida. Para ella todo mi cariño.
De garbancero a presidente
JAVIER GARCIADIEGO DANTÁN
El Colegio Nacional

Álvaro Obregón fue uno de los muchos miembros de la clase media rural —o sea, rancheros— que participaron en la Revolución de 1910. Tomó parte en ella por unos ideales democráticos, que entonces no tenía, que por sus deseos de ascenso social y económico. De repente lo vio muy claro: para lograr ese ascenso tenía que involucrarse en la política y en la milicia. Eso fue lo que hizo a partir de mediados de 1911, en la coyuntura de la caída del gobierno de Porfirio Díaz y el triunfo de los rebeldes antirrelecionistas.
Tenía entonces treinta años y gozaba de plena madurez. En efecto, había nacido en 1880 en el rancho familiar —pequeña hacienda según algunos— de Siquisiva, pero a los pocos meses quedó huérfano de padre; el fallecimiento de su progenitor afectó negativamente la economía de la familia, de por sí difícil, pues Álvaro era el menor de una prole de dieciocho hermanos. Sus estudios fueron pocos y sus oficios muchos; además, por el entorno étnico del sur de Sonora, desde siempre tuvo contacto con los indios mayo, y llegó a tener cierta fluidez al hablar su lengua, la cahita. [2]
Fracasado como agricultor, tuvo mejores logros como mecánico agrícola y llegó a ser el responsable de la maquinaria del ingenio Tres Hermanos, propiedad de sus familiares por el lado materno, los Salido, prósperos hacendados en la región. Sin embargo, él estaba decidido a ser ranchero y, de ser posible, hacendado exitoso. Para ello, con sus ahorros de hábil mecánico adquirió en 1906 un rancho, al que con desparpajo puso el nombre de ‘La Quinta Chilla’. [3] Aunque el éxito desmintió pronto el nombre del rancho, sobre todo gracias al invento de una máquina útil para la siembra del garbanzo, su vida distaba de ser feliz: por esos años enviudó y murieron dos de sus cuatro hijos.
Álvaro Obregón necesitaba nuevos horizontes y éstos los encontró en la política, por entonces más que efervescente: se derrumbaba un régimen que había dado al país estabilidad y progreso durante treinta años, pero los mexicanos optaron por la incertidumbre de un cambio violento y radical. Como lo hicieron muchos, los hermanos mayores de Obregón no simpatizaron con el movimiento antirreeleccionista, pero sí buscaron ocupar los puestos políticos que habían quedado vacantes tras la derrota de la oligarquía local porfiriana. [4]
Aprovechando el cabal respaldo de su hermano José, que había quedado como presidente municipal en Huatabampo a la salida de las autoridades locales porfirianas, Álvaro Obregón ganó las elecciones que por la presidencia municipal tuvieron lugar en septiembre de 1911. El proceso puede caracterizarse por dos elementos: fueron unas elecciones muy cuestionadas y fue decisivo el respaldo que le dieron los indios mayo, predominantes en aquel distrito. [5] Aunque el puesto no tenía mayor relevancia, medio año después cambió drásticamente su derrotero biográfico. En efecto, en el vecino estado de Chihuahua estalló la muy amenazante rebelión orozquista. [6] Para mejor combatirla, los gobernadores de los estados norteños procedieron a organizar fuerzas ‘irregulares’, leales a ellos y al presidente Madero. Obregón, en tanto presidente municipal de Huatabampo, no sólo organizó un contingente, sino que se puso al frente de él. Así se legitimó entre los elementos revolucionarios; no haber participado en la lucha maderista pasó a un segundo plano. Sobre todo, éste fue el origen de su fulgurante carrera militar. Rápidamente organizó una fuerza de poco más de cien hombres, la mayor parte mayos, quienes usaban todavía el arco y las flechas. Su nombre fue el 4° Batallón Irregular de Sonora y, como todos, fue adscrito al Ejército Federal, en particular a las filas del general Agustín Sanginés, [7] bajo cuyo mando estuvo varios meses. Aunque mucho se ha destacado la intuición militar de Obregón, lo cierto es que aquella experiencia militar en el Ejército Federal implicó un notable aprendizaje castrense. Por si esto fuera poco, en la campaña contra los orozquistas estableció sus primeros vínculos con otros jefes sonorenses, los que serían sus compañeros en los años por venir: uno de ellos fue el comisario de Agua Prieta, Plutarco Elías Calles. [8] El grado que alcanzó entonces fue el de coronel. Así regresó a Huatabampo, como el coronel Álvaro Obregón; pronto vendrían otros ascensos.
Menos de un año después tendría que retomar las armas para rechazar el cuartelazo perpetrado por Victoriano Huerta. Su respuesta fue como la de muchos jefes revolucionarios sonorenses, quienes se aliaron con sus autoridades civiles, encabezadas por el gobernador interino Ignacio Pesqueira, [9] quien sustituyó a José María Maytorena, [10] el que pidió licencia, pues como miembro de la élite local intuía que la lucha contra Huerta terminaría, necesariamente, por tener un claro contenido social. Con una decisión que preveía el futuro y que hacía poca justicia a los antecedentes, el exgarbancero y revolucionario tardío, el presidente municipal de Huatabampo, donde estuvo al frente del 4° Batallón de Irregulares, de poco más de cien elementos mal armados, fue designado jefe del Departamento de Guerra de todo el estado de Sonora. Con dicha decisión del flamante gobernador, Obregón quedó por encima de revolucionarios que procedían de la etapa precursora, como Manuel Diéguez, líder de la huelga de Cananea, [11] o de varios que habían destacado en la lucha maderista de 1910, como Salvador Alvarado o Juan G. Cabral. [12] Al margen de los consabidos celos, la decisión probó pronto ser acertada. A los pocos meses, las fuerzas rebeldes dominaban por completo el estado de Sonora, habiendo sido barridas las tropas huertistas. El primer triunfo de Obregón tuvo como objetivo controlar la estratégica plaza fronteriza de Nogales; luego tomó Cananea y a mediados de abril le arrebató Naco al general federal Pedro Ojeda. Al mes siguiente vendrían los triunfos de Santa Rosa y Santa María, donde venció a generales profesionales tan connotados como Miguel Gil y Luis Medina Barrón. [13] Su exitosa campaña le valió el ascenso a general brigadier. Incluso quienes le tenían envidia, como Salvador Alvarado, reconocieron sus capacidades táctica y estratégica, además de su valor como soldado. Acaso su primera gran decisión estratégica haya tenido que ver con el puerto de Guaymas: dado que había sido fortalecido por el gobierno huertista, Obregón decidió no intentar una costosa toma, en vidas y elementos municionísticos; prefirió dejarla debidamente sitiada para que sus ocupantes no pudieran salir de ella ni intentaran recuperar el estado o atacar la retaguardia obregonista.

Álvaro Obregón, presidente municipal de Huatabampo, Sonora. Jesús H. Abitia, 1912. Colección particular.
Todo lo anterior vino en abono de que Obregón fuera nombrado por Carrranza como Jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste, [14] lo que lo hacía superior a los demás cabecillas sonorenses y a quienes se le fueran sumando en su próximo camino al centro del país. En todo caso, para finales de 1913 inició su campaña sobre Sinaloa, tomando Culiacán y Topolobampo, y estableció una relación de dominio sobre los jefes locales, como Felipe Riveros y Ramón F. Iturbe. [15] Después de una relativa inactividad, debida a que tuvo que esperar a que Pablo González pudiera hacer un descenso al centro en forma simultánea, Obregón inició en marzo su avance contra la Ciudad de México. Así, en mayo ya dominaba Mazatlán y Tepic, y para principios de julio ocupó Guadalajara —luego de los cruentos combates de Orendáin y El Castillo— y después Colima.
El esforzado propietario de la Quinta Chilla y exitoso joven militar estaba próximo a convertirse en figura de alcance nacional. Luego de tomar Guadalajara se internó al centro del país, vía Irapuato, Salamanca, Celaya y Querétaro, para llegar a las goteras de la Ciudad de México al mismo tiempo que Pablo González. El Primer Jefe Carranza tomó entonces una decisión que sería extremadamente provechosa para Obregón. En efecto, acordó que éste firmaría los Tratados de Teoloyucan con los derrotados gobierno y ejército huertistas. [16] También decidió Carranza que luego hiciera Obregón la entrada triunfal a la Ciudad de México. En cambio, dispuso que los gonzalistas recibieran las armas y el parque que debía entregar el disuelto Ejército Federal. En síntesis, a éstos les dio elementos de fuerza, pero a Obregón lo acercó a la gloria histórica, [17] imprescindible para iniciar la creación de su figura de caudillo. No hay duda: la imagen de vencedor del huertismo —firmando su rendición en el fanal de un automóvil— y de libertador de la capital del país catapultó el capital político de Obregón: su fama pública.
Su nueva dimensión le permitió pasar de la milicia regional a la política nacional. Para comenzar, un par de semanas después, con la autorización del Primer Jefe, Obregón se dirigió a Chihuahua para conferenciar con Villa. Luego, juntos se dirigieron a Sonora; el objetivo era conminar a Maytorena, quien había recuperado la gubernatura, a que aceptara el predominio del Cuerpo de Ejército del Noroeste, o sea de Obregón, mediante jefes leales a éste que habían permanecido en la entidad, como Benjamín Hill y Plutarco Elías Calles. Todavía en septiembre, Obregón hizo un segundo viaje a Chihuahua, para volver a entrevistarse con Villa. El tema fue muy distinto: el jefe de la División del Norte le anunció su rompimiento con Carranza y lo invitó a acompañarlo en la defección. El rechazo de Obregón provocó su ira. Varias versiones —todas diferentes— sostienen que el sonorense estuvo cerca de morir a manos de Villa. Más parecido a un operador político que a un jefe militar, Obregón hizo una tercera negociación en aquel mes de septiembre de 1914: se dirigió a Zacatecas para convencer a varios jefes villistas de que aceptaran asistir a la Convención que ellos mismos habían acordado con Carranza. [18] El acuerdo fue que sólo asistirían si la Convención tenía lugar en Aguascalientes, ciudad neutral, y no en la capital del país, dominada por el carrancismo.
Al margen de lo acordado por Obregón y los villistas, la Convención dio comienzo el 1 de octubre en la Ciudad de México, pero sin la participación de los villistas. Días antes, un grupo de generales constitucionalistas, entre los que destacaban Lucio Blanco, Ignacio Pesqueira, Rafael Buelna, Eduardo Hay y el propio Obregón, crearon la Comisión Permanente de Pacificación, que tenía como objetivo lograr un acuerdo entre carrancistas y villistas. Se presentaban como constitucionalistas ‘independientes’, ‘no personalistas’; se les conoció como ‘pacificadores’. En tanto mayoría, se impusieron a los carrancistas y lograron que la Convención se trasladara a Aguascalientes. Conforme aumentaron las diferencias entre Carranza y Villa, se llegó a proponer que, como solución, ambos renunciaran. De ser así, el poder recaería en el tercer grupo, en el de los Pacificadores, entre los que día a día aumentaba la influencia de Obregón. El horizonte parecía muy halagüeño: pasar de Jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste a Jefe Nacional de la Revolución. Para comenzar, en la Convención se designó al ‘pacificador’ Eulalio Gutiérrez como presidente del país, [19] luego de desconocer a Carranza. El problema fue que Gutiérrez no procedió de igual manera; al contrario, designó a Villa Jefe del Cuerpo de Ejército de la Convención. Ante la evidencia del crecimiento de Villa, quien poco antes había intentado fusilarlo, Obregón prefirió reconstruir su alianza con Carranza, quien pronto designó al sonorense como comandante de las fuerzas constitucionalistas. Así, el próximo combate entre Obregón y Villa, jefes de los respectivos ejércitos constitucionalista y convencionista, quedó claramente anunciado.
Ya con su nueva responsabilidad, a principios de enero de 1915 Obregón quitó a los zapatistas la ciudad de Puebla y sus alrededores, y a finales de mes ocupó la Ciudad de México. Sólo estuvo en ésta cuarenta días, poco gratos, por cierto. Con los constantes cambios de autoridad habidos desde mediados de 1914, [20] la ciudad padecía una terrible crisis delincuencial; además, el caos monetario y la falta de producción y de abasto agropecuario dieron lugar a una terrible carestía. Fueron meses de hambre y de tifo. Las relaciones de Obregón con los comerciantes, el cuerpo diplomático y la Iglesia católica fueron peor que tirantes. En cambio, su alianza con el movimiento obrero, que se tradujo en la creación de los Batallones Rojos, [21] fue importante para su triunfo contra el villismo.
A mediados de marzo, el sonorense abandonó la Ciudad de México con rumbo al Bajío, vía San Juan del Río y Querétaro. Iba a enfrentar a Villa; iba a conseguir otro lauro para su joven historial. Contra lo que muchos ingenuos predecían, Obregón derrotó al duranguense en todos los aspectos. Se trató de una derrota casi total que dejó destrozada a la invicta División del Norte. En táctica y estrategia lo venció en los combates de Celaya, durante la primera mitad de abril. Luego, el sonorense se dedicó a perseguir a los villistas, buscando su aniquilación. En esa campaña persecutoria, el 3 de junio —casi dos meses después de su triunfo inicial—, en la hacienda de Santa Ana, cercana a León, una granada villista le arrancó el brazo derecho. Desde entonces Obregón fue mal llamado ‘el manco de Celaya’. Sin embargo, en realidad cambió su brazo por el aura de ser un mutilado de guerra, con lo que logró dos identidades: de general invicto y de héroe popular. [22]
Ya recuperado, a finales de 1915 Obregón siguió inflingiendo duras derrotas a Villa. Una vez minimizado el mayor problema militar que enfrentaba el gobierno de Carranza, Obregón pudo dedicarse a la política. Fue así como, en marzo de 1916, fue designado secretario de Guerra. Sin embargo, todavía entonces el campo de batalla le era más propició que la oficina ministerial. Sucedió que en febrero Villa había atacado la población norteamericana de Columbus, demostrando que no estaba vencido del todo. Para colmo, dicho ataque dio lugar a la ‘Expedición Punitiva’, que puede resumirse como la ocupación por diez mil soldados estadounidenses del territorio chihuahuense durante un año. [23] Por lo mismo, se dedicó a negociar con las fuerzas norteamericanas su retiro. Sin embargo, las negociaciones diplomáticas resultaron serle más complejas que las militares. Insatisfecho con su complaciente postura, Carranza le quitó dicha responsabilidad, dejándolo al frente de la Secretaría pero dedicado a asuntos menores. Para colmo, a finales de 1916 tuvo lugar en Querétaro el Congreso Constituyente, en el que quiso impedir la participación de un grupo de políticos civiles —los ‘renovadores’— encabezados por Félix Palavicini, con el que tenía pésimas relaciones desde principios de 1915. Durante muchos años se exageró la influencia de Obregón en el Congreso Constituyente. [24] Hoy sabemos que esto ha sido un mito político e historiográfico. [25]
Comprensiblemente, su relación con don Venustiano se había deteriorado, al grado de que Obregón ya no sería miembro del gabinete al inicio del periodo constitucional de Carranza, en mayo de 1917. Si bien se alejó de la política gubernamental para dedicarse a una muy exitosa producción garbancera, Obregón también se dedicó a ampliar sus ‘redes’ políticas nacionales y a coquetear con el gobierno de Washington. Sobre todo, se dedicó a disfrutar el declive político de Carranza; más aún, buscó beneficiarse personalmente del creciente desprestigio de don Venustiano. Es indudable: sus desafíos a éste en la Convención, durante la Expedición Punitiva y luego en Querétaro, habían sido prematuros. El sonorense era todavía un inexperto en política y Carranza estaba en el pináculo de sus éxitos. Sin embargo, la situación cambió dramáticamente para 1919 y 1920: el debilitamiento presidencial y el ascenso de Obregón eran dos efectos paralelos; más aún, concluyeron en el momento de la sucesión presidencial. Carranza no tenía un sucesor viable ni la fuerza suficiente para imponer a uno que no lo fuera. Obregón se había convertido en el hombre más poderoso y popular del país. Su dolorido triunfo sobre Villa hizo olvidar al mal diplomático.
A mediados de 1919, un año antes de las elecciones, Obregón lanzó su candidatura, autopostulándose como un aspirante independiente, de ideología liberal y reformista pero no radical. Había crecido, mientras Carranza envejeció y Pablo González se desprestigió. [26] Por su parte, la estrategia electoral gubernamental fue peor que desastrosa. Para comenzar, el partido político que se había creado a finales de 1916, el Liberal Constitucionalista, dio su apoyo a Obregón; lo mismo hizo la principal organización obrera del país, la CROM —Confederación Regional Obrera Mexicana—, fundada en 1918 por Luis N. Morones, quien durante el proceso electoral se alió a Plutarco Elías Calles, el hombre más cercano a Obregón. [27] Además, Carranza decidió que su sucesor fuera un civil, alegando que la lucha armada había concluido. Al margen de que aún se padecieran auténticos estados de guerra en varias regiones del país, [28] lo que daba gran poder a los militares, la decisión de Carranza era a todas luces prematura, pues la principal institución política era entonces el Ejército Nacional, la única con redes, presencia y organización a todo lo largo y ancho del país. Para colmo, Carranza eligió un candidato poco afortunado: Ignacio L. Bonillas, quien carecía de capital político propio. [29] Por último, Estados Unidos había decidido obstaculizar al máximo cualquier posibilidad de continuidad de la política nacionalista de Carranza, y Bonillas era su embajador en Washington y, por ende, su ‘mancuerna’ en la política yancófoba.
Todos estos factores explican que la campaña de Bonillas sólo encontrara dificultades y contratiempos, a diferencia de la de Obregón, que crecía en apoyos cada día, comenzando con la llamada ‘clase política’. [30] Desesperado, el gobierno trató de impedir legalmente la posibilidad de que Obregón llegara a la presidencia, vinculándolo a un cabecilla rebelde de la zona veracruzana, Roberto F. Cejudo. Es probable que, en efecto, estuviera inmiscuido con éste. Como quiera que haya sido, el intento de Carranza fue un doble detonante: para que Obregón saliera huyendo de la capital y para que sus correligionarios, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles, organizaran la rebelión de Agua Prieta, [31] la que cundió rápidamente por varias regiones del país, sobre todo a través de la defección de la mayor parte del Ejército Nacional. [32]
Solo, sin elementos militares que lo defendieran, pues hasta los gonzalistas habían desertado, Carranza salió huyendo rumbo a Veracruz, donde creía que encontraría el apoyo de Cándido Aguilar y sus fuerzas. Ni siquiera pudo llegar a Veracruz, pues fuerzas gonzalistas atacaron su convoy, por la retaguardia, y otras le impidieron seguir la marcha. Tuvo entonces que internarse en la sierra de Puebla, donde murió asesinado la madrugada del 21 de mayo en un caserío llamado Tlaxcalantongo, a manos del rebelde Rodolfo Herrero. [33]
Finalmente había llegado la hora de Obregón. Muerto Carranza, era el revolucionario más importante. Como tal, había participado en la victoria sobre Victoriano Huerta; como revolucionario moderado que era, había vencido al rebelde popular por antonomasia, Pancho Villa; como revolucionario de clase media, había derrotado a dos miembros de los revolucionarios de la élite, José María Maytorena, en el ámbito regional, y Venustiano Carranza, en el nacional. A mediados de 1920, nadie podía competir con él. Aun así, no quería llegar a la presidencia como un rebelde triunfante, y menos como responsable del asesinato de don Venustiano. Quería ascender a la presidencia con plena legalidad. Por eso maniobró para que Adolfo de la Huerta fuera presidente provisional, [34] cuya gestión estaría marcada por la organización de unas elecciones extraordinarias en las que triunfara y se legitimara Obregón. [35] También hizo que el asesinato del viejo mandatario coahuilense recayera en Herrero. Su llegada a la presidencia fue diseñada estratégicamente como una más de sus principales batallas. El ranchero que se hizo militar y que luego se hizo político llegaba al Palacio Nacional. Como tantas veces se ha dicho, lo tenía ‘en la mira’ desde Huatabampo.
Obregón. Testamento político
ÁLVARO MATUTE / CARLOS SILVA
Instituto de Investigaciones Históricas - UNAM
Para Noé Espinosa Cruz, por toda la historia

Este ensayo trata sobre la vida del general Álvaro Obregón entre 1915 y 1919. En este periodo su salud se deterioró drásticamente a raíz de la pérdida de su brazo derecho en una de las más celebres de las batallas revolucionarias, la de Celaya contra los villistas en 1915. A partir de este acontecimiento su vida se aceleró y radicalizó por completo. Pretendió alejarse de la vida pública para aliviar sus males, firmó su testamento para asegurar a sus seres queridos y aprovechó el tiempo visitando infinidad de clínicas y médicos en México y Estados Unidos. Sin embargo, muchos obstáculos, que él mismo generó, le impidieron el retiro por entero de la vida pública, por lo que decidió fortalecerse: remendó su posición política y militar, se trataba del caudillo victorioso e invicto de la Revolución; rehízo sus redes políticas, a nivel local, nacional e internacional; fortaleció su apoyo incondicional de los sectores obrero y campesino, que lo convirtieron en el único interlocutor del gobierno constitucionalista, reafirmó sus bases de poder a nivel regional, principalmente en el norte del país, y contribuyó a la creación del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), logrando a partir de ello, y al paso del tiempo, colocar a sus operadores políticos en puestos clave, que en su momento le otorgarían incondicionalmente su apoyo. En conjunto, todo ello se convertirá en un poder ilimitado que utilizará contra sus adversarios para acceder a la Presidencia de la República en 1920. Asimismo, recompone su vida personal y, “aparentemente”, se enriquece como empresario. Para 1919 se encuentra listo para enfrentar su principal obstáculo político, Venustiano Carranza. “Sintió que el triunfo era más suyo” que del presidente. Quiso entonces poner en perspectiva lo que por “ley natural”, según él, le correspondía, la primera magistratura del país. Todo ello, definitivamente repercutió en la esfera política del México revolucionario y de los años posrevolucionarios.
El 27 de septiembre de 1916, a las once de la mañana, el general Álvaro Obregón Salido compareció ante la notaría número 2 de la ciudad de México y ante la presencia de su titular, Jesús Trillo, dictó el testamento de sus bienes. [36] Aunque puede parecer que este hecho es poco relevante en la biografía del futuro del caudillo, nuevas fuentes documentales, incluyendo este documento, permiten hacer una interpretación diferente de los hechos. Un primer acercamiento a este proceso sugiere, y en esto coincide la mayoría de la historiografía del momento, que a partir del 3 de junio de 1915 la vida de Álvaro Obregón cambió radicalmente. [37] Por la pérdida de su brazo debido a la explosión de una granada en el casco de la Hacienda de Santa Ana del Conde, Guanajuato. Obregón, tal como lo hace en su primera incursión revolucionaria en 1912, refiere que su actuación está cubierta y para el caso, refiere estas palabras al general Francisco Murguía después de aquel incidente fatídico: “diga usted al Primer Jefe [Carranza], que he caído cumpliendo con mi deber, y que muero bendiciendo a la Revolución. [38]
A partir de ese momento, la vida y las expectativas, personales y políticas, de Obregón cambiarían radicalmente. Por un lado, su salud física y mental quedó mermada de manera considerable, y, por otro lado, su posición sobre sus actividades políticas se transformó, quedando limitada a su recuperación física. [39]
Sin embargo, su fortaleza y voluntad le permitieron reincorporarse a sus actividades. El 10 de julio de 1915, casi un mes después del acontecimiento que lo dejó baldado, volvió nuevamente para tomar las riendas del ejército del Noroeste y terminar con la campaña contra Villa y su División del Norte, que quedaría concluida en los últimos días de diciembre de ese año. [40]
En los albores de 1916 Obregón se sintió desmejorado física, mental y quizá, políticamente, y cada vez con más frecuencia reflexionó entre amigos y con su querida confesora, María Tapia, con quien por esos días contrajo matrimonio, sus deseos de retirarse de la política porque estaba convencido de haber cumplido con su cuota revolucionaria, pero sobre todo, porque habían comenzado a darse una serie de diferencias políticas con el primer jefe, Venustiano Carranza. [41]
La imagen de guerrero, luchador incansable, militar invicto y más adjetivos que le generaron sus victorias durante el movimiento revolucionario la trasladó al escenario político, “en donde, andando el tiempo, llegaría a desafiar a Carranza por el liderazgo del movimiento constitucionalista. La derrota que le impuso a Villa lo habría de convertir en el héroe militar más destacado de la Revolución y reforzaría inconmensurablemente su autoridad en la lucha política por venir”. [42]
Sintiéndose más aliviado y consciente de que debía fortalecer su posición político-militar frente a Carranza, con el fin de mantener su sobrevivencia, Obregón comenzó a llevar agua para su molino. El 13 de marzo de 1916 fue nombrado secretario de Guerra para hacerse cargo de la persecución y captura de Villa, que había invadido Columbus, Nuevo México. En principio aceptó el cargo, a cambio de llevar a cabo los primeros intentos de profesionalizar al ejército, [43] primero, pues era una urgencia para la institución, y después con el fin de restringir la capacidad castrense de acceder a puestos políticos de elección popular. [44] Además, comenzó a manifestarse, de manera franca y abierta, el apoyo de algunas uniones obreras y campesinas que desde 1914 habían mostrado su simpatía por el “manco de Celaya”, a partir de su iniciativa de crear la Confederación Revolucionaria. [45]
El apoyo total de las organizaciones trabajadoras se volvió más real para Obregón cuando el Ejército Constitucionalista ocupó nuevamente la Ciudad de México, en el primer tercio de 1916. La Federación de Sindicatos del Distrito Federal organizó una huelga general, apoyada por electricistas, ferrocarrileros y algunos miembros de la Casa del Obrero Mundial. [46] Carranza adoptó una posición dura y pidió al general Pablo González que se encargara del asunto, exigiendo cárcel para los líderes y pena de muerte en algunos casos. [47] Por su parte, Obregón, inteligentemente, se mantuvo al margen del conflicto, conservando el apoyo irrestricto de las organizaciones obreras. Sin embargo, el primer jefe le ordenó aclarar y fijar su postura, pues, más allá del conflicto, Carranza observaba, cada vez con más recelo, cómo el sonorense aprovechaba la situación para fortalecerse políticamente, más aún, siendo él, en ese momento, como ya se dijo, el único interlocutor real entre el gobierno constitucionalista y los sectores obreros. Obregón ofreció su renuncia como Ministro de Guerra, pero Carranza la rechazó, proponiéndole a cambio la embajada de México en España, o mantenerse en el puesto hasta la conclusión de las elecciones presidenciales de 1917, cuando, entonces sí, debería renunciar al cargo. [48]
A finales de febrero y principios de marzo de 1916 comenzaron a crecer los rumores de que Obregón “intentaría” levantarse en armas contra el gobierno, sobre todo porque eran ya, notoriamente públicas, las desavenencias y el poco entendimiento con el presidente Carranza. Sin embargo, y como una ironía de la historia, lo que parecía un asunto muerto y enterrado contribuyó a dar la percepción de que, una vez más, ambos caudillos se reunirían para zanjar la nueva crisis nacional que se asomaba. El 9 de marzo, Francisco Villa organizó un ataque a la población de Columbus, Nuevo México, “con lo que surgió la posibilidad de una intervención de los Estados Unidos a México”. [49] Carranza ordenó a Obregón trasladarse a la frontera para arreglar el asunto. La intención de Carranza tenía varias aristas. Si las negociaciones de Obregón llegaban a buen puerto, Carranza y su gobierno se fortalecerían y terminarían de legitimarse ante los ojos del país. De no ser así, el único culpable del fracaso y las posibles consecuencias de los hechos se le achacarían a Obregón.
Mientras esto sucedía, el gobierno estadounidense envío un contingente militar de cinco mil hombres al mando del general John J. Pershing a perseguir a Villa. Obregón viajó a la frontera para iniciar las negociaciones, que comenzaron a retrasarse principalmente por las objeciones del propio Carranza, que exigía el inmediato y completo retiro de tropas de suelo nacional. Los estadounidenses se rehusaban a irse hasta concretar la captura de Villa. Y a pesar de que aún continuaba en el ambiente la posibilidad de un conflicto militar entre ambas naciones, las intenciones de los dos gobiernos por solucionar la crisis nunca sobrepasaron los límites del diálogo, sobre todo por parte del presidente Woodrow Wilson, quien nunca dejó de ponderar como un hecho de la mayor importancia el que Estados Unidos se encontraba a punto de incursionar en el conflicto bélico mundial. Tal y como sucedió.
Finalmente, y después de dos meses, el 9 de mayo de 1916 se concretó un arreglo que convino tanto a Estados Unidos como a México. Ambos países acordaron, de palabra, la suspensión de hostilidades. Estados Unidos se comprometió a retirar sus tropas, lo que no ocurrió sino hasta enero del año siguiente; mientras que México se comprometió a emplazar diez mil soldados para custodiar la frontera, amén de continuar con la persecución y aniquilamiento de Villa y su ejército. [50]

Venustiano Carranza con algunos miembros de su gabinete, entre ellos el secretario de Guerra, Álvaro Obregón, y el embajador Isidro Fabela, ©37830,1917. Secretaría de Cultura-INAH, SINAFO.
Solucionada la encomienda, Obregón regresó a la capital para continuar en sus menesteres como Ministro de Guerra, decidido a no intervenir más en cuestiones de su ejercicio público, con la finalidad de reducir los conflictos con Carranza. Abocado a la burocracia y administración castrense, delegó a los generales Jacinto B. Treviño y Francisco Murguía la responsabilidad de la lucha efectiva para terminar con la persecución de “los elementos disidentes que aún quedaban”, principalmente de los villistas. “Obregón se sentía ciertamente hastiado de sus deberes como secretario de Guerra, y sus numerosas diferencias, tanto personales como ideológicas, con el Primer Jefe, que estaban siendo más obvias cada día. Sin embargo, decidió permanecer en el cargo mientras se celebraba el Congreso Constituyente, de diciembre de 1916 a enero de 1917, que se promulgara la Constitución y se instalase el nuevo gobierno”. [51]
A pesar de las diferencias con Carranza, Obregón aún se consideraba como el candidato natural para sustituir al primer jefe en la Presidencia de la República:
no muy lejos, casi al alcance de la mano, lo esperaba la silla presidencial. Ningún caudillo le hacía sombra, ni siquiera el primer jefe, a quien por lo pronto guardaría lealtad, pero a sabiendas de que podría separársele en cualquier momento sin afectar un ápice su prestigio. Era el hombre fuerte de México, el triunfador de la Revolución. En 1917 tenía sólo 37 años. Los mismos que Porfirio Díaz en 1867, al triunfo de la República. Y como Porfirio frente a Juárez, sintió que el triunfo era más suyo que de Carranza. [52]
Pero era imposible permanecer en el cargo y, al mismo tiempo, ajeno a las actividades políticas. Para finales de octubre de 1916, Obregón participó denodadamente en la creación y fundación del PLC, que postularía a Carranza como presidente constitucional. Alrededor del partido se reunieron los “más conspicuos elementos de la Revolución”. Ahí se encontraban Pablo González, Cándido Aguilar y el propio Obregón, así como sus más cercanos colaboradores. El éxito de esta reunión tuvo de inmediato dos interpretaciones. Por un lado, se había asegurado la “representatividad geopolítica” más importante e influyente del país alrededor de la figura de Carranza; y por otro quedaba automáticamente cancelada cualquier aspiración a contender o competir contra él por la Presidencia, por lo menos en las elecciones de 1917. “Sobre todo, los competidores posibles decidieron posponer sus aspiraciones para cuando sus personalidades maduraran suficientemente”. [53]
Con esto quedó en claro que González sólo tenía el tamaño político de un “subalterno de Carranza, y que sólo existía en él la posibilidad de acceder al poder heredándolo, no compitiendo”. [54] En el caso de Obregón la cuestión es más compleja. En principio se podría considerar que “tenía tanta capacidad militar como inexperiencia política”, [55] por lo que todos los rumores y amagos de derrocar a Carranza que se habían desatado eran más bien resultado de una “bravuconería” del militar victorioso pero sin contar con una oportunidad real de oponerse a las argucias políticas del primer jefe; o bien habría que considerar como impedimentos su estado de salud y su imperiosa necesidad de reposicionarse y fortalecerse políticamente para enfrentar a Carranza; o simplemente, que hiciera honor a su palabra de no postularse, como se rumora que había pactado con Carranza durante un encuentro en Querétaro en 1916, seguro de ser él a quien el primer jefe elegiría como su candidato a la Presidencia en 1920. [56]
Después de las confrontadas sesiones entre carrancistas, obregonistas y algunas otras facciones políticas durante el Constituyente de Querétaro en los primeros días de 1917, se llevaron a cabo las elecciones para presidente constitucional en las que por supuesto resultó triunfador Venustiano Carranza [57], y como estaba acordado, Obregón renunció a su cargo como secretario de Guerra el 1 de mayo, anunciando su “separación” de la vida pública. [58] Mientras Obregón reconfiguraba sus redes políticas, y se desarrollaba el Constituyente de Querétaro, amén de llevarse a cabo las elecciones presidenciales de 1917, existe una fecha que llama poderosamente la atención y que sugiere rasgos, cualidades y modos de la personalidad que el sonorense proyectaba en ese tiempo y para años futuros.
Como se hizo hincapié, el 27 de septiembre de 1916, Obregón declaró y firmó su testamento con un ánimo precautorio. Indudablemente, para el sonorense, en esos momentos no todo giraba en torno a la esfera política nacional; los síntomas de su delicado estado de salud comenzaron a reflejarse en su vida diaria, por lo que al firmar su testamento no sólo cumplía con un canon social y cultural, lo cual sigue siendo una costumbre desde tiempos ancestrales, sobre todo entre los personajes de determinada clase social y/o desempeño público. Ello significaba que realmente se sentía enfermo y por supuesto que aquello influiría en su desempeño político, como más adelante él mismo se lo confesaría a su propia esposa: “estoy cansado de ser, pero no de servir. Hoy me voy, pero si me dicen que vuelva, aquí estaré”. Ella misma confesaría al cónsul estadounidense en Nogales que su esposo no se encontraba bien, “que él no quería mezclar más su vida con la política” y que sus males se “agravaban por su condición sifilítica”. [59]
Obregón acudió ante un notario, autoridad civil competente para el caso, para asegurar y confiar sus bienes a su familia, las personas más queridas, las más cercanas, las de toda su vida. [60]
La interpretación de un documento notarial no debería generar más expectativas que las que representa por sí sola. Sobre todo, si se considera que, a lo largo del tiempo, desde los tlacuilos, pasando por los escribanos hasta llegar a los fedatarios contemporáneos, éstos han dejado testimonio jurídico de hechos básicamente cotidianos (testamentos, cesiones de bienes y derecho, ejercicios y cumplimiento de poderes, etcétera) de personajes públicos, privados y gente común y corriente, sin más pretensión que cumplir con un trámite civil que les permita, a ellos y a quienes los rodean, hacerse la vida más sencilla. Sin embargo, y en este caso en particular, se trata de un documento en que figura uno de los hombres más significativos de la historia política contemporánea del país. Por lo que un documento firmado por Álvaro Obregón, como por otros personajes de la historia, sí puede generar mayores expectativas.
Al hacer su declaración y dar su firma notarial, Obregón se hizo acompañar como testigos de Aarón Sáenz, Emilio Portes Gil y Arturo H. Orcí. Se trataba de personajes leales, atributo principal en cualquier escenario político. Pero el hecho no es gratuito. Estos hombres lo habían acompañado desde el inicio de sus actividades militares. Para 1917, durante la elección para diputados de la XXVII Legislatura y la conformación de bloques parlamentarios, éstos aparecen, en primer término, el licenciado Portes Gil como presidente y líder del Partido Liberal Constitucionalista, conformando un bloque mayoritario obregonista abocado a facilitar las líneas políticas dictadas por el sonorense; en segundo lugar, el licenciado Aarón Sáenz como presidente de la Cámara Alta, quien con esta calidad allana el camino al obregonismo de lleno y a entorpecer al carrancismo. Y por último, Arturo H. Orcí, abogado del “manco”, asesor jurídico y amigo hasta el final de su vida. [61] Obregón señala en el documento que, en caso de ausencia, los señores Ramón Ross y Adolfo de la Huerta serían los encargados de llevar a cabo sus designios jurídicos. [62]
Obregón se asumía enfermo y este tipo de actividades lo demostraban. Sin embargo, quizá también estaba previendo su futuro. Dependiendo de su estado de salud, sus pretensiones cambiarían radicalmente. Por supuesto, entre ellas estaba la de volver a la vida pública, necesariamente con una imagen y poderosa. [63] Igualmente era indispensable sacudirse los rumores acerca de su rompimiento con Carranza, ya que esto le había venido restando simpatías con sus seguidores. Su plena convicción e identificación con el movimiento constitucionalista podría tergiversarse a los ojos del pueblo, que asumiría ese posible rompimiento ideológico “como una traición, o por lo menos como una falta de ética. Además, tal ruptura política podría muy bien haber acarreado otra guerra, ya sea antes o después del Congreso Constituyente”. [64] Ante ello:
Obregón optó por representar el papel de “Cincinato”, es decir, un ciudadano convertido en dirigente por las circunstancias, que una vez cumplido su deber regresa a sus actividades privadas, pues no podía aspirar a ser el sucesor oficial de Carranza sin aceptar su tutelaje, ni tampoco podía presentarse como un opositor rebelde sin perder legitimidad. Para Obregón, la oposición legal era la mejor vía para suceder a Carranza. [65]
Para que Obregón estuviera a la altura de sus ambiciones era necesario que tuviera pleno control de sus bases de poder político y militar, tanto en la capital como al interior de la república, sobre todo en los estados norteños, especialmente en Sonora, Sinaloa y Chihuahua, y así lo asumió. Por lo pronto, abrió dos frentes en sus operaciones; por un lado, la cuestión política y por otro la económica. Políticamente, Obregón, como el mismo Carranza, después de 1916 comenzó una labor para reorganizar sus bases de poder. Para ese tiempo, muchos hombres, militares y políticos, que habían participado en las diversas etapas del movimiento armado iniciado en 1910, el maderismo, el huertismo, el zapatismo, el villismo y el constitucionalismo, “continuaban en espera de su ganancia”. Una buena parte de ellos prontamente se identificaba con cualquier grupo, sobre todo con los que encabezaban en ese momento algún tipo de liderazgo, pero otros más al ver que ni sus expectativas ni sus ambiciones personales se cumplían abanderaban otra causa a la menor provocación. Poco a poco y al paso del tiempo Obregón, y tras bambalinas fue colocando a sus alfiles en puestos clave, militares y políticos. Destacan los casos de Jesús M. Garza, en Baja California; Francisco Serrano, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, en Sonora; [66] Francisco Murguía, en Chihuahua, además, como ya se había mencionado, de todos aquellos que conformaban liderazgos sin una bandera ideológica bien definida y/o quienes directa o indirectamente se vieron beneficiados o apoyados en algún momento o de algún modo por el sonorense, entre ellos elementos partidistas, líderes sindicales, militares, políticos, empresarios, familiares, etcétera. Linda B. Hall recoge el comentario de un observador de ese momento: “Obregón esperará a que el pueblo materialmente lo llame para salvar al país de la ruina final causada por el gobierno de Carranza. Una de las ideas que tiene Obregón en mente es la de lanzar su candidatura para suceder a Carranza cuando concluya su término de éste, si es que logra permanecer todo ese tiempo a la cabeza del gobierno de México”. [67]
En cuanto al segundo frente considerado por Obregón, el económico, tan importante como el político, el caudillo debía consolidarse como una persona solvente, condición indispensable para mantener y reflejar una posición políticamente robusta. Por ello se debe considerar que, durante su retiro, el caudillo dedicó mucho de su tiempo a sus negocios, nacionales y extranjeros, y al mismo tiempo, combinando ambos frentes, a “hacerse aceptable ante los Estados Unidos como un posible presidente”. [68] Esto último parece confirmar lo señalado: en pleno retiro y con el estado de salud a medias, Obregón estaba concentrado en afianzar sus negocios y su presencia política. De entrada, aprovechó la coyuntura política que se presentaba cuando el gobierno estadounidense no reconoció de jure el gobierno de Carranza. Durante sus constantes viajes a Estados Unidos, “por motivos médicos y de negocios”, en los últimos meses de 1917 Obregón estaba convencido de poder conseguir el beneplácito del gobierno estadounidense y con ello, definitivamente consolidar su presencia política.
En su testamento resulta muy difícil saber si Obregón era un hombre poderosamente rico, tal y como se ha sugerido a lo largo del tiempo. No existe ningún indicio que lo ratifique en pesos y centavos. Sin embargo, otros documentos permiten observar que sí, se trataba de un hombre acaudalado. Baste recordar cómo, durante su retiro, entre 1917 y 1919, a pesar de su fracaso rotundo en negocios como la exportación de tomates con la casa W. R. Grace, [69] él mismo tuvo que solventar una parte de la deuda con su propio dinero, aproximadamente 5 000 dólares, lo cual no fue suficiente para cubrir el total, por lo que la deuda restante continuó aumentando, más intereses, hasta después de su muerte en 1928. [70]
Sin embargo, entre 1917 y 1919 Obregón sí logró sus objetivos, y con creces, pese a su estado de salud:
Los desórdenes fisiológicos que debió causar su mutilación lo impelían a comer en exceso. Obregón engordó, encaneció, se abotagó. Jorge Aguilar Mora explica el proceso:
Después de la amputación, comenzó a sufrir trastornos reales e imaginarios, y aprovechaba cualquier ocasión, que de preferencia coincidiera con alguna diligencia de sus negocios, para visitar hospitales norteamericanos. La preocupación por su salud se volvió obsesión y anotaba mentalmente todos los cambios que se producían día a día en su cuerpo. A medida que aumentaba la agudeza de su auscultación, iba confundiéndose más y más con la mirada escrutadora de los otros. A los cuarenta años, cinco después de su mutilación, era ya un hombre viejo…
Durante este periodo llevó a cabo la creación y consolidación de la empresa Oficina Comercial Obregón, [71] la cual representaba a una serie de cooperativas, todas ellas dedicadas a la producción del garbanzo. Primero, a nivel local, captando los mercados de Sonora, Sinaloa y Chihuahua, principales zonas de sus bases de poder político, y más tarde a nivel internacional, sobre todo en Estados Unidos, en las ciudades con alta ascendencia hispana, como California, Texas, Chicago y Nueva York. Sus constantes viajes a Estados Unidos durante este periodo fueron bien aprovechados por Obregón al abrir vetas comerciales muy importantes para la producción agrícola garbancera del norte y centro del país. Además, existe información documental de que Obregón, aparte de realizar una buena cantidad de actividades comerciales entre clientes e instituciones, públicos y privados, por lo menos hasta 1920, cuando el precio del garbanzo vino a la baja, logró penetrar comercialmente en espacios poco explorados, como el del ejército estadounidense, que lo compraba para “elaborar pan”. Asimismo, la oficina de negocios estadounidense se benefició de la Casa Comercial Obregón al adquirir el producto a un precio razonable para después venderlo más caro a los países centroamericanos. [72]
Pero, ¿debemos considerar las constantes idas de Obregón al país del norte como meros viajes de negocios y de salud? Seguramente no. En el fondo, Obregón quería mostrar a Carranza su presencia y poder desde un aparente exilio. Los informes consulares al Departamento de Estado, en donde se da cuenta minuciosa de las actividades de Obregón, podrían contribuir a afirmar nuestra teoría. [73]
Fortalecida su empresa exportadora, ayudado para su consolidación a través de su prestigio, posición y favores políticos, desde sus primeros viajes a Estados Unidos, Obregón fijó su posición. Abiertamente nunca había declarado sus intenciones políticas, aunque en la interpretación de los cónsules estadounidenses siempre quedó claro que sus actividades comerciales no se encontraban limitadas a ello. [74] De no ser así, entonces valdría la pena considerar por qué se le recibía con honores militares a su llegada a Estados Unidos, [75] por qué se ponían a su disposición, por órdenes de la Casa Blanca, guías e intérpretes para sus estadías, visitas, consultas médicas, reuniones comerciales de trabajo y, más allá, por qué era recibido por el propio presidente estadounidense para conversar sobre la situación política de México y el mundo. ¿Se trataba de una mera cortesía, del trato a un distinguido invitado? La prensa se encargó de esparcir los más disímbolos rumores acerca de su presencia, desde que había viajado con el fin de estudiar el terreno y repartir propaganda nazi, pues apoyaría a los alemanes en contra de Estados Unidos, y que se encontraba ahí para dirigir al ejército estadounidense para la guerra. [76]
Sin embargo, quizás el gobierno de Estados Unidos tan sólo estaba convencido de que el sonorense era el único indicado para sustituir a Carranza en la presidencia en 1920, reconociendo con ello su trayectoria de militar victorioso, su enorme influencia y apoyo político en las diversas esferas de poder político y militar en México, además de su fructífero ascenso y consolidación como empresario, y lo más importante: su ascendencia y simpatía por su gobierno. [77] Obregón se dio el lujo de manipular su lugar de privilegio ante el gobierno estadounidense, disuadiéndolo de que con la posición de Norteamérica ante su inminente intervención en el conflicto mundial podría estar de lado de los aliados, o, en su caso, de los alemanes. Probablemente negoció su adhesión a Estados Unidos y con ello logró su apoyo para convertirse en 1919 en el candidato a la presidencia de México. [78]
La candidatura de Obregón fue creciendo y se hizo inminente para finales de 1918 y principios de 1919. Para esas fechas comenzó a cosechar todo aquello que había sembrado desde poco antes de que se retirara de la vida pública. Había enmendado su poder político y económico, pero nunca su poder físico, pues en realidad estaba mermado por sus dolencias. En julio de 1919 hizo oficial y pública su candidatura a la presidencia, postulado por el Partido Liberal Constitucionalista y apoyado por el Congreso, [79] y aunque la realidad política no fue la misma que vivió entre 1916 y 1919, pues ya como presidente tuvo que pagar la factura de todo aquello que embargó para lograr, entre otras cosas, el reconocimiento de Estados Unidos. Personalmente se puede asegurar que cumplió con sus objetivos. Álvaro Obregón se convirtió en el presidente de México para el periodo de 1920 a 1924.
Pero junto con él engordó su bolsillo. En unos años, la Quinta Chilla pasó de 180 a 3 500 hectáreas, sembradas en su mayor parte de garbanzo. [80]
En 1925 realizó otro testamento, en el que, como en el anterior, nunca quedó clara la cantidad de sus bienes ni de su fortuna. Lo que sí se sabe es que al paso del tiempo su poder político, como sus condiciones físicas, fueron mermando; sus negocios fueron decayendo, al grado de morir totalmente endeudado, y lo que dejó, según su nuevo testamento, fue repartido en partes iguales para sus seres queridos, tal y como sucedió en 1916, pero en éste se le tuvo que restar alguna parte de la gran deuda heredada. [81] 

El presidente Álvaro Obregón, Harris & Ewing, 1921. Biblioteca del Congreso, Washington, EUA.
El general y el intelectual
ALEJANDRO ROSAS
UNAM

José Vasconcelos se encontraba en el exilio cuando se enteró del asesinato de Álvaro Obregón. Aunque habían atado su destino en 1920 para llevar a cabo una utopía educativa, poco duró la cruzada cultural. Vasconcelos fue Rector de la Universidad Nacional de México y luego secretario de Educación Pública durante el régimen obregonista (1920-1924), al que se sumó con abierto optimismo, pero las diferencias políticas, la imposición de Calles y la facilidad con la que Obregón apretaba el gatillo, los distanció de manera definitiva; Vasconcelos ni siquiera terminó el cuatrienio al frente de la Secretaría de Educación. En 1924 partió al exilio y nunca más volvió a ver a Obregón.
A pesar de todo fue una combinación exitosa; el general y el intelectual; el hombre de la pistola junto al hombre de los libros. El hombre del poder que escuchó y dejó hacer al hombre del pensamiento. Las circunstancias fueron favorables y durante un par de años, a pesar del marcado idealismo de la cruzada educativa, fue un periodo luminoso, un momento en que se abrió la posibilidad de pensar un México distinto que Vasconcelos resumió en una frase: “Lo que este país necesita es ponerse a leer La Ilíada”. Leer, había llegado el tiempo de leer.
EL CAUDILLO
El asesinato del presidente electo en 1928, no sorprendió a Vasconcelos. “La desaparición de Obregón causó alivio en el público –escribió el otrora ministro de Educación-, levantó las esperanzas del país. Cuando conocí los detalles de su ejecución recordé aquella frase de Obregón: ‘En este país, si Caín no mata a Abel, Abel mata a Caín’. En efecto, lo había matado Abel. Toral era el hombre de paz, de vida pura que elige el asesinato como medio de purificación y acompañado de la inmolación de sí propio”.
José de León Toral era una sombra. La sombra que le arrebató la vida al invicto general Obregón; al caudillo, al hombre carismático, alegre y elocuente. ¿Complot? ¿Asesino solitario? ¿Venganza? Todos eran sospechosos. Los fanáticos religiosos por su abierta oposición al jacobinismo de los sonorenses expresada con las armas en la mano desde 1926. El presidente Calles por mera ambición y manifiesta rivalidad. El líder obrero Luis N. Morones porque había perdido la carrera por la silla presidencial frente al “manco”. Incluso la vieja guardia revolucionaria tenía sus motivos: el ambicioso general modificó la Constitución para violentar el ya entonces sagrado principio de la no reelección y perpetuarse en el poder.
El asesinato en todo caso se presentaba como el desenlace natural de una vida en que si “las balas no parecían tomarlo en serio” —como escribió Martín Luis Guzmán— la muerte menos. Durante sus ocho mil kilómetros en campaña —título de sus memorias— fue herido en varias ocasiones y por momentos tocó las entrañas de doña muerte. Obregón tenía más vidas que un gato.
La revolución curtió su carácter. Por encima de su apego a la vida, estaba su desmedida ambición y si en el largo recorrido hacia la presidencia hubo obstáculos, no dudó en eliminarlos. “Obregón es extraordinario, tipo de temperamento sanguíneo y nervioso –escribió Ramón Puente-; hay en su espíritu contradicciones formidables, cualidades y defectos en confusión: valor, temeridad, audacia, junto con disimulo y sencillez; egoísmo llevado a la egolatría y afabilidad en el trato; desprendimiento y codicia; fuego y frialdad para disponer de la vida humana sin inmutarse. Cualquiera se pega chasco con su carácter efusivo y su apariencia simpática. Sabe dar y quitar lo mismo los honores que la vida”.
El éxito guió su destino. En los negocios, en la carrera de las armas y en la política la suerte siempre estuvo de su lado. No estudió formalmente para nada. Era un improvisado con “el mejor sentido práctico del mundo”. Antes de unirse a la revolución fue mecánico, tornero, profesor, maestro de ceremonias y agricultor. Con su carácter jovial y alegre se ganaba el afecto de quienes lo conocían. No quiso incorporarse al movimiento maderista de 1910, pero en 1912 defendió al régimen de Madero combatiendo discretamente contra Pascual Orozco.
Su momento, como el de muchos otros notables revolucionarios, llegó al estallar la revolución constitucionalista en marzo de 1913. A pesar de ser un improvisado, su capacidad para organizar ejércitos, ejecutar maniobras y enfrentar al enemigo era muy superior a la de los militares de carrera, situación que le provocó ciertas envidias. Los hechos, sin embargo, hablaban por sí solos, y Carranza —hombre práctico también—, depositó su confianza y futuro en el sonorense. En julio fue ascendido a general y en septiembre fue nombrado jefe del Cuerpo del Ejército del Noroeste.
Cuando sobrevino la ruptura revolucionaria a finales de 1914, Obregón siguió a Carranza. No por una lealtad incondicional ni eterna, lo creía apto para restablecer el orden en términos políticos lo cual significaba a la larga su acceso al poder. Además, se veía a sí mismo con la capacidad militar suficiente para derrotar a Villa. En su pragmática visión se veía como el triunfador indiscutible. No tenía duda. En el primer semestre de 1915, el sonorense sostuvo las batallas más importantes de toda su carrera militar. Enfrentó al ejército villista en el Bajío y lo despedazó a un costo personal relativamente bajo: su brazo derecho.
Con el restablecimiento del orden constitucional en 1917, se retiró a la vida privada para atender sus negocios particulares. Regresaba a su estado natal como el caudillo vencedor, admirado y aplaudido. Durante los siguientes dos años, su hacienda “La Quinta Chilla” prosperó como nunca antes. La producción de garbanzo se convirtió en su mina de oro. Indudablemente le gustaba la vida campirana, pero su desinterés por la vida pública era sólo una apariencia. Bromista, alegre, parlanchín, con una memoria deslumbrante, su lenguaje era el de la simulación. Decía todo sin decir nada, pensaba lo que decía pero no decía lo que pensaba. Se preparaba para ser político.
“Me pareció un hombre que se sentía seguro de su inmenso valer —continúa Martín Luis Guzmán—, pero que aparentaba no dar a eso la menor importancia. Y esta simulación dominante, como que normaba cada uno de los episodios de su conducta: Obregón no vivía sobre la tierra de las sinceridades cotidianas, sino sobre un tablado; no era un hombre en funciones, sino un actor. Sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, eran como los del mundo del teatro, para brillar frente a un público: carecían de toda raíz personal, de toda realidad interior con atributos propios. Era, en el sentido directo de la palabra, un farsante”.
“AQUÍ TODOS SOMOS UN POCO LADRONES”
Al acercarse la sucesión presidencial de 1920, el enfrentamiento con Carranza se tornó irremediable. El viejo quiso imponer un candidato civil sin considerar que el heredero natural del poder era Obregón. Con un “madruguete”, Carranza intentó procesar al sonorense por una supuesta conspiración contra el gobierno, pero siempre un paso adelante, el general huyó de la ciudad disfrazado de fogonero al tiempo que iniciaba la revolución de Agua Prieta en el estado de Sonora, encabezada por dos de sus más fieles hombres: Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles.
El asesinato de Carranza en mayo de 1920 le dejó el camino libre. Obregón cumplió con la mexicanísima tradición de hacer legal lo ilegítimo: si bien los sonorenses habían derrocado a carranza por las malas —rebelión más asesinato—, el manco de Celaya quiso taparle el ojo al macho y vestirse de demócrata, buscó llegar a la presidencia por la vía legal, hizo campaña electoral y ganó las elecciones. El 1 de diciembre protestó como presidente constitucional. “Aquí todos somos un poco ladrones, la diferencia es que mientras mis rivales tienen dos manos, yo sólo tengo una” —dijo Obregón. Se sentó en la silla presidencial y se sintió muy cómodo, estaba hecha a su medida.
El nuevo presidente comenzó la reconstrucción del país después de tantos años de violencia revolucionaria; se negociaron acuerdos internacionales en materia bancaria para solucionar el problema de la deuda mexicana; las vías férreas y los caminos dañados por la revolución fueron reconstruidos; comenzó el reparto agrario y la voz de los obreros se hizo escuchar a través de las primeras organizaciones sindicales. José Vasconcelos recordaría años después:
Las ideas revolucionarias, que en algunos otros ‘generales’ producían un caos mental, a Obregón lo dejaban sereno, pues era un convencido de los métodos moderados y su aspiración más profunda era imitar los sistemas oportunistas de Porfirio Díaz. Era militar estricto en campaña, pero amigo de las formas civiles en la vida ordinaria y en el gobierno. Poseía el talento superior que permite rodearse de consejeros capaces, y aunque su comprensión era rápida, sus resoluciones eran reflexivas. Los primeros años de su gobierno determinaron progreso notorio de todas las actividades del país. La agricultura y el comercio prosperaron bajo una paz que no era fruto del terror, sino de la tranquilidad de los espíritus y de la ausencia de atropellos gubernamentales.
Le sentaba bien la presidencia. Paladeaba el poder con gusto norteño. Era un improvisado de la política pero, con sonrisa franca y alegre carácter, se dejó guiar por su pragmatismo reuniendo bajo la sombra de la silla presidencial a hombres notables. Al igual que Porfirio Díaz, dejó hacer en todos los ramos de su administración, pero las decisiones de orden político se concentraban en última instancia en su voluntad.
A nadie resultó extraño que llegara al poder un general, ranchero, escasamente culto y fanático de los toros. “Tenía Obregón la preparación de la clase media pueblerina que lee el diario de la capital y media docena de libros principalmente de historia” —escribió Vasconcelos—. Lo verdaderamente sorprendente fue su apuesta por el nacimiento de una cultura propia, puramente mexicana. Bajo su gobierno fue creada la Secretaría de Educación Pública. José Vasconcelos —su titular y el más notable de los ministros del gabinete— emprendió una cruzada educativa que se desarrolló entre la realidad y cierta utopía romántica y personal.
EL OTRO CENTENARIO
El 21 de mayo de 1920, Álvaro Obregón recibió a José Vasconcelos en la estación del ferrocarril. Llegaba a la Ciudad de México luego de varios años de exilio debido a su manifiesta oposición a Carranza. El general y el intelectual ya se conocían, pero la escisión revolucionaria de finales de 1914 los llevó a tomar distintos bandos. El movimiento rebelde contra Carranza —que como una paradoja aquel mismo día había sido asesinado—, los unió nuevamente.
Vasconcelos ocupó la rectoría de la Universidad Nacional a instancias del presidente interino, Adolfo de la Huerta. Una vez en el poder, Obregón lo ratificó y apoyó el proyecto de crear una Secretaría de Educación; hasta entonces, la educación no contaba con su propio ministerio, siempre había estado unida a las bellas artes.
Mientras se organizaba el nuevo ministerio, Vasconcelos tuvo que involucrarse con una ocurrencia del nuevo gobierno: celebrar el Centenario de la consumación de la independencia en 1921 con una serie de fiestas y espectáculos populares, para darle un sentido distinto de las que organizó con fastuosidad el gobierno de Porfirio Díaz en 1910.
La celebración era un despropósito dadas las circunstancias del país. México atravesaba por una terrible situación económica; las arcas públicas estaban vacías; la sociedad se encontraba polarizada aún por el asesinato de Carranza; la nueva administración no contaba con el reconocimiento del gobierno de Estados Unidos, las vías de comunicación estaban destruidas mayormente luego de tantos años de guerra. Parecía evidente que no era momento para fiestas. José Vasconcelos, ministro de Obregón, escribió al respecto: “nunca me expliqué cómo un hombre de juicio tan despejado como Obregón se dejó llevar a fiestecitas”.
Y sin embargo, nadie pudo detener el proyecto del “otro” Centenario. El comité organizador se encargó de preparar desde conciertos de ópera hasta desfiles militares; música popular en las principales plazas, corridas de toros, cine, teatro, juegos deportivos. El mes de septiembre comenzó acompañado de grandes recepciones, banquetes y fiestas. Vasconcelos diría al respecto: “...El alboroto de las fiestas emborrachaba a la ciudad, deslumbraba a la república.”
Diversos y emotivos fueron los eventos del Centenario de la consumación de la independencia. La programación de la temporada de ópera estuvo a cargo de un hombre que era un fanático y además practicante del bell canto: el expresidente Adolfo de la Huerta. Se organizaron verbenas populares en el Zócalo y “noches mexicanas” en el Bosque de Chapultepec. Del 11 al 17 de septiembre, se conmemoró la ‘Semana del niño’, con la realización de conferencias, exposiciones y festivales infantiles y el día 15 más de 70 mil niños de diversas escuelas de la república, juraron lealtad a la bandera mexicana.
Durante una semana las puertas de teatros y cines se abrieron para que la gente pudiera ingresar a las funciones de manera gratuita. Además, se vendieron decenas de miles de boletos a un precio bajísimo —subsidiados por el gobierno— para que los obreros pudieran asistir al teatro con sus familias.
El Centenario de la consumación propició el estreno de obras patrioteras. La compañía del Teatro Principal estrenó La bandera trigarante de los hermanos Alberto y Alejandro Michel. Los cronistas de espectáculos criticaron severamente el uso de la bandera con fines políticos. En el Teatro Esperanza Iris se presentó una zarzuela titulada Las fiestas del Centenario, al final, en una apoteosis en la que aparecían personajes políticos mexicanos, figuraba el general Álvaro Obregón, presidente de la república, al lado de Hidalgo, Juárez, Porfirio Díaz y Madero, caracterizados fielmente por los actores. Irónicamente al aparecer el actor caracterizando a don Porfirio una estruendosa ovación no se hizo esperar; en cambio, un silencio incómodo se produjo cuando hizo su entrada el personaje de Carranza —asesinado el año anterior, presumiblemente por los sonorenses—. En funciones posteriores fueron suprimidos ambos personajes.
Las fiestas por el Centenario de la consumación no tuvieron ni la importancia, ni el lujo ni el impacto de las de 1910. Indudablemente fueron días de entretenimiento para la gente, pero no dejaron nada más. El nuevo régimen ni siquiera podía justificar históricamente la conmemoración pues Iturbide había sido arrojado al infierno cívico de la patria y desde la época de Maximiliano no se le rendía reconocimiento.
Paradójicamente, unos días después de concluidos los festejos, el congreso retiró el nombre de Iturbide en letras de oro que se encontraba en el muro de honor de la cámara. José Vasconcelos escribió: “nunca se habían conmemorado los sucesos del Plan de Iguala y la proclamación de Iturbide, ni volvieron a conmemorarse después. Aquel centenario fue una humorada costosa. Y un comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde.”
LA MEXICANIDAD, ÍMPETU DE LA CULTURA
“Al decir educación me refiero a una enseñanza directa de parte de los que saben algo, en favor de los que nada saben —expresó José Vasconcelos—; me refiero a una enseñanza que sirva para aumentar la capacidad productiva de cada mano que trabaja, de cada cerebro que piensa [...] Trabajo útil, trabajo productivo, acción noble y pensamiento alto, he allí nuestro propósito. Esto es más importante que distraerlos en la conjugación de los verbos, pues la cultura es fruto natural del desarrollo económico...”
El 29 de septiembre de 1921 fue creada la Secretaría de Educación Pública y el 12 de octubre siguiente, José Vasconcelos asumió el cargo como secretario. Comenzó así una intensa campaña en contra del analfabetismo y a favor del desarrollo de escuelas rurales, de la creación de bibliotecas, del impulso a las bellas artes, de la edición de libros. Había un proyecto nacionalista atado a la cultura universal.
“La obra de la secretaría debía ser triple en lo fundamental, quíntuple en el momento —escribió Vasconcelos—. Las tres direcciones esenciales eran: escuelas, bibliotecas y dirección de las bellas artes. Las dos actividades auxiliares: incorporación del indio a la cultura hispánica y desanalfabetización de las masas. Cuando nosotros empezamos a crear no había, ni en la capital, una sola biblioteca moderna bien servida”.
La virtud de Obregón fue permitirle a Vasconcelos hacer y deshacer. Desde la trinchera de la Secretaría de Educación Pública, el ministro alentó el surgimiento de la mexicanidad, parida por la revolución y desconocida hasta entonces por la sociedad mexicana.
Del afrancesamiento porfiriano quedaban sólo escombros. La cultura, la educación, el conocimiento del nuevo estado debía abrevar de dos fuentes: los clásicos de la cultura universal y los valores mexicanos. Vasconcelos se comprometió con su idea, proyectó obra espiritual y obra material. Por cuatro años México se convirtió en la capital cultural de América Latina, el viejo sueño bolivariano de la unidad continental parecía cumplirse al menos en el ámbito de la educación y la cultura.
Desde el ministerio se emprendieron un gran número de obras por todo el país: escuelas públicas, bibliotecas, se construyó el Estadio Nacional en la Ciudad de México, porque de acuerdo con la visión vasconcelista de la educación, no era suficiente con la formación intelectual de las nuevas generaciones, también era indispensable el ejercicio físico “Mente sana en cuerpo sano”, era la frase del momento.
A través de la Secretaría de Educación se desarrollaron programas como los desayunos escolares para los alumnos de escasos recursos, se organizaron misiones culturales, a través de las cuales, los maestros recorrieron el país llevando la letra escrita, libros y enseñanza. Para este programa Vasconcelos se inspiró en los misioneros del siglo XVI que recorrieron el territorio novohispano para evangelizar a la población.

El presidente Álvaro Obregón y el licenciado José Vasconcelos durante una ceremonia de entrega de diplomas de la Secretaría de Educación Pública, ©42024, ca. 1922. Secretaría de Cultura-INAH, SINAFO.
El secretario de Educación impulsó un amplio programa editorial que contempló la publicación masiva de los “clásicos” de la literatura y cultura universal con la intención de que llegaran al mayor número de lectores posibles aunque, por entonces, el nivel de analfabetismo todavía era escandaloso, rebasaba más del 90% de la población. También se publicaron importantes revistas culturales como El maestro.
Fueron años fundacionales para la cultura. Luego de la turbulencia revolucionaria, la sociedad encontró en las raíces de lo mexicano —su paisaje, su historia, sus tradiciones, su música, sus letras— elementos para las nuevas creaciones. A partir de 1922, Vasconcelos entregó a Diego Rivera, José Clemente Orozco y otros artistas, los muros de distintos edificios públicos para que plasmaran su propia visión de la historia y la cultura nacional, dando pie al nacimiento del muralismo mexicano. En ese mismo año, Vasconcelos viajó a Sudamérica para asistir a las fiestas del Centenario de la independencia de Brasil.
Para Vasconcelos era fundamental que la gente se acercara a otras manifestaciones del arte y la cultura a través de los espectáculos y, por lo cual, desde la Secretaría de Educación Pública se organizaron conciertos sinfónicos los domingos por la mañana, primero en los teatros, y poco después al aire libre.
“Llevé a uno de estos conciertos a Obregón —escribió Vasconcelos— que tenía bastante sentido de la cultura para soportarlos. Le gustaban, sin embargo, más los festivales al aire libre. Por el momento, a mí también, porque ellos eran creación y germen para el desarrollo de muchas artes nacionales, del traje, la danza y el canto. Sacar el espectáculo al sol era una de mis preocupaciones”.
En una ocasión, se presentó Electra en uno de los teatros de la capital a la cual asistió Vasconcelos; terminada la obra le pidió a la empresa que ofreciera la misma puesta en escena en el viejo Hemiciclo de Chapultepec, al aire libre. El artista Roberto Montenegro improvisó un escenario griego y la representación fue un éxito.
Siguiendo el ejemplo puesto por Vasconcelos durante su gestión como secretario de Educación Pública, en los siguientes años se construyeron teatros al aire libre, como el de San Juan Teotihuacan (1925), al cual fue el presidente Calles no pocas veces; el teatro al aire libre de la colonia Hipódromo-Condesa (1928), obra de los arquitectos Leonardo Noriega y Francisco Xavier Stavoli, estilo art-déco y que fue bautizado con el nombre de Charles Lindbergh, luego de que el famoso piloto que hizo el primer vuelo trasatlántico de Nueva York a París en 1927 sin escalas, viniera de visita a México. Otro teatro al aire libre fue el de Balbuena construido en 1929 al igual que la carpa itinerante “Morelos”, erigida a instancias del gobierno del Distrito Federal para llevar espectáculos a distintos puntos de la ciudad.
Algunos intelectuales, escritores y artistas, decidieron también presentar una alternativa cultural al teatro de revista. En enero de 1928 comenzó la primera temporada del Teatro Ulises, en un improvisado local de la calle de Mesones, donde se montaron obras inéditas y de autores hasta ese momento desconocidos, traducidas por intelectuales de la talla de Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Antonieta Rivas Mercado, entre otros. Fue la misma Antonieta, la que impulsó, un año después, junto con Carlos Chávez, la creación de la Orquesta Sinfónica de México, que inició su temporada de conciertos en el Teatro Esperanza Iris.
Al finalizar la década de 1920, el Atlas General del Distrito Federal señalaba como principales centros de espectáculos de la Ciudad de México, “el Teatro Principal, en la calle de Bolívar; Teatro Iris, en la calle de Donceles; Teatro Fábregas, en la calle de Donceles; Teatro Ideal en la calle de Dolores; Teatro Lírico, en la calle República de Cuba; Teatro Politeama, entre la Plaza de las Vizcaínas y San Miguel; Teatro de la Comedia (antes Hidalgo) en la calle de Regina; Teatro Regis, en la avenida Juárez”.
EL FIN DE LA UTOPÍA
La situación política hacia finales de 1923 puso fin a la cruzada educativa de José Vasconcelos. Con la sucesión presidencial en ciernes, a fines de 1923, Adolfo de la Huerta renunció a la Secretaría de Hacienda para lanzarse a competir por la silla presidencial. Obregón le cerró el paso. Tenía ya designado al sucesor: Plutarco Elías Calles. Don Adolfo se opuso a la imposición y se levantó en armas. Para hacer frente a la rebelión, y buscando tener el reconocimiento de Estados Unidos, el gobierno obregonista firmó los Tratados de Bucareli que favorecían a las compañías petroleras establecidas en México.
Con el apoyo gringo, el presidente, que no permitía desafíos militares, encabezó personalmente la campaña contra los rebeldes y para mayo de 1924 regresó victorioso a la Ciudad de México. Entre 1920 y 1924, la vieja guardia de la revolución desapareció a manos del obregonismo. Fueron víctimas de la traición, del asesinato o del paredón de fusilamiento durante la revolución delahuertista.
A principios de 1924, Vasconcelos presentó su renuncia al no esclarecerse el asesinato de Field Jurado, senador que criticó la firma de los Tratados de Bucareli, pero el presidente Obregón la rechazó. Vasconcelos permaneció unos meses más al frente de la secretaría y alcanzó a ver concluida la gran obra material del régimen: el Estadio Nacional.
Pero el fin de su gestión sólo era cuestión de tiempo: en julio renunció definitivamente y presentó su candidatura al gobierno de Oaxaca, la cual perdió ante el candidato oficial. Dada la situación política del país, Vasconcelos decidió retirarse a la vida privada. Por entonces comenzó a circular su revista La antorcha, en su primera época; posteriormente salió del país y durante varios años recorrió Europa y se estableció en Estados Unidos.
La luz de personajes como Vasconcelos, Adolfo de la Huerta, Manuel Gómez Morín, Antonio Caso —ocupando cargos en diversos niveles de su administración— se apagó por completo.
En 1924, Obregón depositó la banda presidencial en manos de Calles y regresó a su hacienda en Sonora para dedicarse otra vez a los negocios particulares. Era un hombre visiblemente viejo a los cuarenta y cuatro años. Había aumentado de peso considerablemente y su carácter se endureció aunque por momentos se le podía escuchar alguna frase graciosa. “Tengo tan buena vista —solía comentar— que desde aquí vigilo la silla presidencial”. Todos lo sabían, incluso Calles: su mirada estaba puesta en la reelección —su fuente de la eterna juventud.
Desde su tierra natal, Obregón movió los hilos de la política para impulsar la reforma constitucional que le permitiera regresar a la presidencia para el periodo 1928-1932. Aparentemente había sonorenses para rato. Sin mucho problema el congreso “le dio tormento a la Constitución” y reformó el Artículo 83. Obregón lanzó por segunda vez su candidatura a la presidencia.
El camino hacia la reelección fue construido con sangre. Con la de sus opositores —Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez— y con la suya. Aún así, antes de la primera y única derrota de su vida —frente a la muerte—, Obregón desafió a su destino en dos ocasiones más. En octubre de 1927, en Chapultepec fue víctima de un atentado dinamitero del cual salió ileso. Su fallido victimario no corrió con la misma suerte: al día siguiente, Luis Segura Vilchis y el padre José Agustín Pro —supuesto cómplice— fueron pasados por las armas. Días después, en Orizaba se verificó un nuevo atentado sin consecuencias para el general.
Cansada del pretencioso general, la muerte lo saludó en el restaurante La Bombilla de San Ángel. Un retrato de su rostro y una pistola en manos de José León Toral cegaron su futuro a los cuarenta y ocho años de edad. No podía ser de otra forma: la reelección le costó la vida. La lucha por la no reelección había costado 1 millón.
“De todos los personajes de la revolución —escribió Ramón Puente— Obregón es el más dramático, quizás el más complicado en psicología por la variedad de matices y por la rapidez con que se improvisa militar y político. Militar de prudencia combinada con osadía y político de entusiasmo renovador, amalgamado a una frialdad impresionante de hielo. Sobre él es prematuro todo juicio con pretensiones definitivas”.
Años después, cuando se habían apagado las pasiones para dar paso a los recuerdos. José Vasconcelos desempolvó su memoria y en su obra Breve Historia de México, reconoció lo que habían sido para la educación aquellos años obregonistas:
“En educación pública, bajo un programa nacionalista y libre de odios religiosos, se emplearon por primera vez hasta cincuenta millones de pesos al año, que sí constituyen excepción en nuestro pobre país, porque siempre se gasta el setenta por ciento de sus rentas en soldados que nunca han sabido defenderle el territorio. Las escuelas de la época de Obregón, el Ministerio de Educación, que entonces se creara, son el orgullo de aquella administración y también del movimiento revolucionario entero, que no tiene obra constructiva comparable”.
El petróleo
JOEL ÁLVAREZ DE LA BORDA
Dirección de Estudios Históricos - INAH

El propósito de este trabajo es analizar, en una primera aproximación, el desarrollo de las relaciones entre empresas petroleras y el gobierno mexicano durante la posrevolución. En este sentido, concentra su atención especialmente en las tensiones que se produjeron, a principios de los años veinte, entre el gobierno del presidente Álvaro Obregón, el gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda, y la compañía mexicana de petróleo El Águila por el control de los beneficios económicos derivados de la producción de petróleo.
La mayoría de los estudios sobre la historia del petróleo mexicano se concentran principalmente en cuestiones exclusivamente políticas, diplomáticas y laborales; no obstante, lo que se ha investigado respecto a la interacción entre los agentes económicos y políticos en la industria petrolera dentro de los espacios nacional y regional es muy escaso. Como un patrón general, los acercamientos que a estas cuestiones se han hecho parten en su mayoría de enfoques que privilegian las relaciones asimétricas de poder y de dependencia económica entre naciones y la actitud nacionalista asumida por los gobiernos mexicanos frente a las potencias internacionales. De esta manera, por ejemplo, para Lorenzo Meyer la relación entre las grandes empresas petroleras y el nuevo régimen en el periodo comprendido entre 1920 y 1938 se distinguió por el fortalecimiento del nacionalismo revolucionario, especialmente con respecto a Estados Unidos y Gran Bretaña. [82] Linda B. Hall, afirma, por su parte, que el desarrollo extremadamente rápido de la industria petrolera entre 1910 y 1920 “amarró aún más a México al sistema mundial”, por lo que en los siguientes años el gobierno mexicano lucharía por dominar las regiones petroleras y sus productos en un contexto de reconstrucción económica y preservación de la soberanía nacional. [83] Jonathan C. Brown, haciendo a un lado —sólo un poco— la importancia del nacionalismo revolucionario, señala que “en 1920 la prioridad en la agenda para el nuevo gobierno consistía en la reconstrucción nacional. Los políticos mexicanos que consolidaron la revolución intentaban obtener más ingresos fiscales de una de las pocas industrias que habían prosperado durante la lucha armada.” [84] Finalmente, Haber, Maurer y Razo sostienen que entre 1920 y 1924, las compañías petroleras no fueron afectadas por las nuevas políticas fiscales del gobierno porque el gobierno necesitaba sobremanera los recursos provenientes de los impuestos sobre el petróleo y las compañías defendieron eficazmente sus derechos de propiedad por medio de la presión diplomática, la suspensión del pago de los nuevos impuestos y de la producción, y la acción coordinada contra el gobierno. [85]
Cierto es que estas explicaciones nos proporcionan las bases generales para comprender una realidad compleja. En la primera mitad de los años veinte, el gobierno mexicano, vivía sumido en un proceso de renovación política, económica y social, y al mismo tiempo, tratando de definir los términos de su participación en el contexto internacional. Sin embargo, una mirada más de cerca a los acontecimientos puede aportar matices importantes. Uno de ellos es el factor regional, pues también influyó en gran medida tanto en las decisiones del gobierno central como en la toma de decisiones de las empresas petroleras. Las compañías, por otra parte, buscaban operar en las mejores condiciones posibles, tratando continuamente de reducir la incertidumbre jurídica en ambiente de inestabilidad política. [86]
La problemática planteada por la historia regional sobre la controversia entre poder central y poder local durante los años veinte afirma que junto a las políticas centralizadoras desplegadas por el gobierno de Álvaro Obregón para asegurar el control político y económico del país, existieron al mismo tiempo prácticas que fomentaban el desenvolvimiento de los poderes locales, específicamente de los gobiernos estatales, con el fin de mantener algún grado de orden. Así, la aparente contradicción entre el ejecutivo federal y los gobernadores promovió, paradójicamente, el establecimiento de vínculos de cooperación entre ambos. [87] En ese sentido, la relación entre el gobierno de Álvaro Obregón y el del gobernador radical Adalberto Tejeda, inmersa en la coyuntura de los inicios del periodo de reconstrucción nacional, representa un caso de autonomía local que reforzó, sin embargo, las políticas centralizadoras del gobierno federal. Un ejemplo de ello fue el conflicto que surgió entre el gobierno de Veracruz y la compañía mexicana de petróleo El Águila en el año de 1921, cuando Tejeda llevó a cabo una serie de reformas fiscales con el fin de obligar a la industria petrolera del estado a pagar más impuestos. La resistencia de la compañía provocó un conflicto que se prolongó a lo largo de ese año y fue necesaria la intervención de Obregón para dirimirlo. La disputa se desarrolló en dos niveles: el formal, es decir, desde la perspectiva jurídica con la que el gobierno de Veracruz justificó sus políticas fiscales y El Águila defendió sus derechos de propiedad; y el informal, donde las prácticas políticas condujeron a la solución de la disputa y la cooperación de los gobiernos central y estatal fue evidente.
LA CUESTIÓN LEGAL
Aún no había cumplido un mes en el cargo de gobernador del estado de Veracruz, cuando el coronel Adalberto Tejeda decidió gravar a las compañías petroleras para que cedieran a la entidad parte de la riqueza generada por sus productivos pozos. Entre 1910 y 1925 la región norte del estado se había convertido en el eje central del gran auge petrolero mexicano. Durante ese periodo la producción nacional se elevó notablemente, de 3.6 a 115.5 millones de barriles anuales. Dicho auge se debía principalmente a los descubrimientos de los yacimientos de Casiano, Potrero del Llano y Cerro Azul, localizados en la huasteca veracruzana. De hecho, fue en 1921, durante el primer año de la administración tejedista, cuando la producción de petróleo en México alcanzó la cifra récord de 193.4 Millones de barriles, la cual aportó directamente a las arcas federales 50.6 Millones de pesos tan sólo por el impuesto por producción, suma que representaba el 18% del total de los ingresos del gobierno central. [88]
Frente a una industria que sostenía su desarrollo en un enorme despliegue de implementos tecnológicos y de capital fijo, así como en el usufructo de extendidas áreas de terrenos, Tejeda llevó a cabo esfuerzos serios por hacer efectivo el derecho del gobierno estatal a gravar las actividades de las compañías petroleras. Veracruz, al igual que los otros estados en donde existía industria petrolera, estaba quedándose al margen de la participación fiscal federal. De los recursos que debía percibir el gobierno central por concepto de impuestos sobre terrenos petroleros desarrollados en la entidad, una quinta parte correspondía al gobierno estatal y otra igual a los municipios; sin embargo, el dinero no se recaudaba debido a que las compañías petroleras se negaron a pagar interponiendo amparos. [89] Considerando esta situación, Tejeda publicó hacia finales de 1920 un acuerdo en el que ordenaba a la tesorería general del estado cobrar a las petroleras los derechos de patente sobre las refinerías y de predial urbano y rústico. Asimismo, mandaba a las receptorías de rentas locales aplicar sus facultades económico-coactivas (multas o embargos) para obligarlas a pagar en los plazos establecidos. [90]
Pero las medidas legales adoptadas por Tejeda no tuvieron un efecto inmediato. Hasta donde es posible observar en la documentación, las compañías plantearon que estarían dispuestas a pagar los impuestos siempre y cuando lo hicieran mediante una iguala, tal y como lo venía haciendo de tiempo atrás la compañía mexicana de petróleo El Águila. [91] En efecto, a mediados de 1912, El Águila había firmado con el entonces gobernador interino, Manuel Leví, un contrato en el cual se convino que la compañía pagaría un monto fijo anual (alrededor de 35,000 pesos) durante un periodo de diez años por concepto de “toda clase de impuestos creados o por crear”, incluido el de patente, correspondientes al estado o a los municipios. [92] De acuerdo con declaraciones posteriores de Leví, el contrato de iguala tuvo como propósito “proteger las industrias nuevas no recargándolas de impuestos y a las ya establecidas proporcionarles combustible barato [...] En beneficio del público.” [93] Sin embargo, cuando el general Cándido Aguilar fungía como gobernador derogó el contrato mediante un decreto a principios de enero de 1918 y procedió al cobro de los derechos conforme a las leyes estatales. Consecuentemente, las receptorías de rentas del estado y las tesorerías municipales dejaron de percibir los montos establecidos en el acuerdo de 1912. Como respuesta a esta medida, El Águila interpuso amparos que dieron por resultado una larga serie de querellas legales presentadas ante la Suprema Corte y la suspensión del flujo de recursos provenientes de la industria petrolera hacia el gobierno veracruzano durante los años siguientes. Finalmente, Aguilar terminó su mandato sin poder arrancarles a las compañías un peso.
Si Tejeda se proponía hacer cumplir sus acuerdos, tendría que empezar por retomar la política de su antecesor e invalidar definitivamente el contrato de iguala de 1912. Con base en el decreto expedido por Aguilar, ordenó:
Dígase a tesorería general del estado, que habiendo acordado este ejecutivo proceder sin más demora a cumplir lo mandado por el decreto número 41 de 9 de enero de 1918, ha tenido a bien disponer que la compañía mexicana de petróleo “El Águila”, S. A., Comience a pagar a partir del día 1º de enero entrante [de 1921], los impuestos del estado con arreglo a las leyes respectivas. [94]
Los funcionarios de El Águila se apresuraron a entablar la defensa de su contrato originándose así una verdadera batalla legal con el gobierno tejedista. La compañía apeló a la capacidad del gobierno del estado como persona moral para celebrar contratos, facultad que le había sido otorgada por la legislatura local en 1911, y a la ley de ingresos y egresos de 1912. El contrato de iguala celebrado aquel año, argumentó además la empresa, fue aprobado por el poder legislativo del estado y que el actual gobierno no podía nulificarlo sino por medio de un juicio contradictorio. En otras palabras, El Águila enfocó el problema desde una perspectiva del derecho civil, en el que “un contrato no puede declarase inoperante por una de las partes”. [95]
Por su parte, las autoridades estatales reafirmaron sus derechos a revocar exenciones sobre impuestos, aplicar la retroactividad de la ley en ordenamientos “de interés general” y ejercer sus facultades económico-coactivas. [96] El ejercicio directo de estos derechos se tradujo concretamente en el desconocimiento del contrato de iguala de 1912, una reclamación de 7,914 pesos de parte de la tesorería del estado por los impuestos de patente dejados de pagar a partir de ese año, y la amenaza real de efectuar embargos sobre los bienes de la empresa. [97]
Las contradicciones legales entre la compañía y el gobierno veracruzano llevaron a una nueva escalada de juicios de amparo. El Águila volvió a presentar sus quejas ante la justicia federal en contra de la legislatura, el gobernador y la tesorería del estado. Por otra parte, el problema se complicó enormemente cuando las tesorerías municipales comenzaron a cobrar los impuestos locales a la compañía. Según el conteo de las autoridades, hasta septiembre de 1921 existían más de cincuenta juicios promovidos por El Águila ante los jueces de distrito, la mayoría de ellos en contra de los ayuntamientos o tesorerías de Veracruz, Minatitlán, Puerto México, Tuxpan, por mencionar los más importantes. [98]
Para hacer efectivos los pagos, las tesorerías y administraciones de rentas municipales comenzaron a embargar bienes y efectivo en caja de El Águila adscritos en sus respectivas jurisdicciones. Era una situación inédita, pues hasta donde se sabe, ningún gobierno, federal o estatal, se había atrevido a tocar las propiedades de las compañías petroleras de manera sistemática y firme con el fin de obligarlas a pagar impuestos. A principios de abril, por ejemplo, el tesorero de Minatitlán embargó 30,000 toneladas de asfalto que pertenecían a El Águila por negarse a pagar 272,420 pesos que adeudaba en contribuciones al municipio. [99]
La cuestión de los embargos llegó a su punto más crítico cuando las autoridades municipales de Veracruz incautaron todas las instalaciones, edificios y embarcaciones de El Águila en el mes de octubre. Para entonces, los magistrados de la Suprema Corte terminaban de discutir si otorgaban el amparo definitivo a la compañía contra los actos de las autoridades estatales. Finalmente, la Corte falló a favor de El Águila. Pero este triunfo en los tribunales de ninguna manera podía considerarse definitivo y contundente. Los magistrados habían resuelto (con una decisión dividida de 6 votos a favor y 4 en contra) otorgar la protección de la justicia federal porque consideraron que las autoridades estatales habían violado básicamente las disposiciones del artículo 14 constitucional. De acuerdo con esto, el decreto de 1918, emitido por aguilar, no tenía aplicación retroactiva y el contrato de iguala de 1912 continuaba vigente hasta 1922. Por otro lado, la ejecución de las facultades económico-coactivas no tenía efecto sin un juicio previo ante los tribunales establecidos. [100] En otras palabras, el amparo se concedió debido solamente a que el gobierno de Veracruz no procedió conforme a los canales legales pertinentes; pero su derecho a legislar sobre materia fiscal no estaba a discusión. El resultado del juicio despertó serias inquietudes entre los directores de El Águila, como lo dejó ver uno de ellos en su correspondencia con Thomas Lamont, artífice junto con Adolfo de la Huerta de los famosos acuerdos que llevaron a la renegociación de la deuda externa mexicana llevada a cabo por esa época:
La impresión general dada por la prensa es que El Águila ganó lo que estaba peleando. Este, desafortunadamente, no es el caso. Por el contrario, moralmente hablando, lo que ha prevalecido es la teoría de que la legislatura del estado de Veracruz podría, por decreto, cancelar absolutamente el contrato que entró a efecto el 24 de julio de 1912 y el cual había sido aprobado específicamente por un decreto previo del mismo cuerpo.
[...] La opinión de la Corte se dividió con respecto al punto de la santidad de los contratos legalmente efectuados, pero como lo que no se votó fue este principio básico, esta división de opinión no está expresada en la declaración de sentencia, la cual únicamente se refiere al caso específico en cuestión [el embargo]
[...] Finalmente el embargo de las propiedades de esta compañía subsiste [con lo cual] ha sido verdaderamente obligada a negociar con el estado de Veracruz sobre una desventajosa base de compromiso y no ha sido capaz de hacer válidos sus derechos legales porque [el mismo estado] declaró de forma arbitraria nulo el contrato de julio de 1912. [101]
Efectivamente, frente a una total incertidumbre legal, El Águila no tuvo más remedio que negociar el levantamiento del embargo directamente con el gobierno de Veracruz. En realidad, no era la primera vez que pactaba con las autoridades para proteger sus derechos de propiedad. Durante el malogrado régimen maderista, cuando se decretó el primer impuesto que afectó la producción de crudo, fue la propia compañía la que propuso en un arreglo privado con el gobierno federal el monto y la modalidad de la carga fiscal. Unos años después, Carranza intentó aumentar la cuota del impuesto inaugurado por Madero transformándolo en un porcentaje ad valorem sobre la exportación de crudo y productos refinados. La compañía trató de negociar una suma total anual al gobierno en vez de las cuotas fijadas por la ley, pero sólo consiguió una reducción de las tasas sobre refinados. Finalmente, decidió no pagar el impuesto amparándose contra las disposiciones carrancistas. [102] El caso del conflicto con el gobierno tejedista, no obstante, fue más complejo porque junto a los intereses de las autoridades locales se hallaban los del gobierno federal.

Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón en la plaza de toros de la Condesa, Ciudad de México, Jesús H. Abitia, ca. 1922. Colección particular.
LAS NEGOCIACIONES PRIVADAS
En diciembre de 1921 la prensa mexicana dio a conocer el desenlace del juicio de amparo promovido por El Águila años atrás en defensa de su contrato de iguala de 1912. Entonces se supo que una vez que pagó al gobierno de Veracruz la cantidad de 1’070,548 pesos, éste procedió a levantar el embargo que pesaba sobre sus propiedades localizadas en aquel puerto. [103] Lo cierto fue que mientras el juicio se dirimía en la corte, los funcionarios de la compañía llegaron a un acuerdo privado con el gobernador Tejeda. Dicho acuerdo contó en un principio con la mediación del presidente Álvaro Obregón. La intervención de Obregón se debía a que el problema de los impuestos locales estaba convirtiéndose en una cuestión federal, pues su administración intentó, sin éxito, aumentar los ingresos elevando los impuestos a la industria petrolera. De este modo, un camino para obtener recursos de las compañías era por medio de los ingresos estatales. El esfuerzo veracruzano le brindó una oportunidad.
La primera serie de conferencias entre los funcionarios de la compañía, Tejeda, los diputados de la legislatura veracruzana y el presidente de la república se llevó a cabo en abril de 1921 en la Ciudad de México. En las sesiones, las partes acordaron que la solución del problema fiscal era que El Águila pagara una suma total que liquidara todos los impuestos estatales que fueron dejados de pagar a partir de que se aprobó el contrato de iguala de 1912 y hasta el 31 de diciembre de 1921. Como parte del acuerdo, la compañía también aceptó abonar a la hacienda federal otra cifra equivalente a 50% de lo que pagaría al gobierno de Veracruz. [104]
Uno de los primeros puntos en los que no hubo un acuerdo inmediato fue el del monto de la cifra a pagar. Tejeda reclamó 3 millones de pesos solo para el estado de Veracruz. De aceptarla, El Águila tendría que dar al gobierno federal otros 1.5 Millones. Los representantes de la empresa propusieron una cifra equivalente al doble de lo que su contrato de iguala estipulaba para todo el periodo (diez años), es decir, 720,000 pesos, monto que ya incluía la parte del gobierno federal. El gobierno de Veracruz propuso entonces arreglar el asunto sobre una base de un 1 millón de pesos. Los funcionarios de la compañía ofrecieron sin éxito elevar su oferta a 800,000 pesos condicionados a la derogación del decreto de enero de 1918, la oferta que fue rechazada y la cuestión, finalmente, se dejó pendiente por el momento. [105]
Pero establecer los términos del acuerdo en esta primera etapa de negociaciones también resultó ser una tarea no exenta de complicaciones. Para el gobierno tejedista era necesario asegurarse de que en el futuro la compañía se sujetara a las disposiciones oficiales una vez concluido el arreglo. Manuel Chávez, abogado del gobierno veracruzano, instó a El Águila a comprometerse, por medio de una declaración formal, a pagar los impuestos locales de acuerdo con las leyes del estado a partir de 1922. Es decir, finalmente el gobierno deseaba que El Águila reconociera la nulidad de su contrato de iguala. La compañía consideró que era demasiado riesgoso aceptar dicha proposición. La evidencia muestra que sus directores temían, por un lado, perder otro contrato de iguala que se había firmado con el estado de Tamaulipas. Por otro lado, aceptar los términos del gobierno de Veracruz implicaba romper con las compañías norteamericanas, las cuales habían conformado un frente unido para combatir los intentos del gobierno federal para reformar la legislación petrolera y el sistema fiscal. Visto desde el nivel diplomático, El Águila aparecería como un elemento de fricción entre Washington e Inglaterra, pues este último país se había aliado a los esfuerzos de los Estados Unidos para condicionar el reconocimiento oficial al gobierno de Obregón. [106] Por lo tanto, el interés de El Águila era llegar a un acuerdo privado suscrito únicamente al pago de una suma compensatoria, sin comprometerse a acatar las disposiciones que el gobierno de Veracruz dictara después de 1921.
Conforme las negociaciones se efectuaban, el gobierno de Veracruz presionaba con su campaña de embargos de efectivo y algunos bienes. Por su parte, El Águila respondía interponiendo los respectivos amparos ante los jueces de distrito locales. [107] Tal situación llevó a un enfriamiento de las negociaciones durante los meses de mayo y junio. Tejeda se retiró junto con los diputados a Veracruz y El Águila se acercó a Obregón con el fin de que las negociaciones no se rompieran definitivamente. El presidente coincidía en que la solución práctica de las dificultades legales con el estado de Veracruz era únicamente el arreglo privado. Sin embargo, también sugirió que “los recientes acontecimientos internacionales habían cambiado las condiciones bajo las cuales este asunto está siendo debatido”. Aunque Obregón no aclaró el sentido de su afirmación, era evidente que aludía a los conflictos originados con los gobiernos extranjeros, específicamente con los Estados Unidos e Inglaterra, a raíz del reciente aumento de los impuestos federales a la industria petrolera. Aun así, Obregón sostuvo su voluntad de seguir mediando en el conflicto. [108]
No pasó mucho tiempo antes de que los directores de El Águila comprendieran bien lo que Obregón les había dicho. Hacia finales de junio, el presidente citó a un representante de la compañía a una reunión en su residencia de Chapultepec, en la cual el representante y algunos diputados del gobierno de Veracruz (Tejeda ya no participaría personalmente) le entregarían un memorándum con las propuestas del gobernador. Cuando Rodolfo Montes, por porte de El Águila, asistió a la reunión, se encontró con los delegados veracruzanos. Momentos después entró en la sala el general Obregón acompañado del ministro de gobernación Plutarco E. Calles. Luego de un breve intercambio de comentarios, Obregón y Calles abandonaron la junta dejando solo a Montes con los otros delegados. La señal fue clara. De ahí en adelante, El Águila tendría que arreglárselas con Tejeda sin la intervención del presidente. Montes solicitó conocer el contenido de la propuesta. Básicamente, no había nada nuevo en ella. Era el mismo planteamiento en el cual se reforzaba el derecho del estado a imponer cargas fiscales y de anular el contrato de iguala de 1912. Sin embargo, en el documento se agregaba un nuevo impuesto por producción de 2 centavos por barril. Montes insistió en solucionar el problema acordando una suma total. Los delegados veracruzanos accedieron. El estado de Veracruz reclamó ahora 4.5 millones de pesos, cifra “exorbitante y arbitraria”, según Montes. Luego de discutir el asunto de nuevo, se llegó a una base de acuerdo de 1 millón de pesos netos más el 50 por ciento correspondiente al sobre impuesto federal. Montes trató de conseguir una deducción de unos 300 mil pesos por los impuestos que la compañía había pagado cuando el contrato de iguala estaba vigente y por las sumas embargadas, pero los representantes de Tejeda dieron por terminada la sesión. [109]
Lo significativo del pasaje anterior es, sin duda alguna, el nuevo impuesto sobre producción de petróleo crudo que las autoridades de Veracruz ahora reclamaban a El Águila. ¿Podría considerarse la imposición de la nueva carga fiscal como parte de una estrategia de Tejeda para obligar a la compañía a aceptar sus términos en las negociaciones? Era más que eso, considerando que el impuesto relativo a la producción era materia exclusiva de legislación federal. Ya en 1916, Carranza había declarado nulas las leyes o disposiciones que hubiesen dictado o dictaran los gobiernos de los estados en el ramo de fomento, incluyendo el petróleo. [110] ¿En su intento por conseguir que las compañías petroleras cedieran parte de su riqueza al erario estatal, Tejeda estaba trasgrediendo las disposiciones del gobierno central, aun cuando esto podría desatar un conflicto entre jurisdicciones? Ciertamente, pero la aparición del impuesto sobre producción dentro de las nuevas demandas del gobierno veracruzano evidenciaba la intención del poder federal de obtener recursos con que solventar sus propios gastos. Obregón estaba enfrentando serios problemas presupuestales para llevar a cabo el programa de reconstrucción nacional, el cual dependía, en gran medida, del ordenamiento de las finanzas públicas y del sistema bancario. [111] Como las compañías petroleras norteamericanas se negaron a pagar más impuestos, la opción del gobierno federal fue una alianza con Tejeda en su lucha legal contra El Águila. De esta manera, la interposición de jurisdicciones desapareció de facto. [112]
Entre julio y agosto, Tejeda sostuvo varias reuniones con Obregón en la Ciudad de México. Según los informes de un empleado de la compañía, el presidente se había retirado definitivamente como árbitro y aconsejaba al gobernador aplicar más medidas coercitivas. [113] Hasta donde se sabe, Obregón también utilizó sus influencias en la Suprema Corte para que ésta pospusiera su fallo definitivo sobre el juicio de amparo y Tejeda pudiera ganar tiempo para reanudar las negociaciones con El Águila. [114] Por su parte, el gobernador, siempre por medio de las tesorerías municipales, seguía de cerca las operaciones de la compañía y continuaba su febril programa de embargos.
El arreglo definitivo entre la empresa y el gobierno del estado llegó un poco más tarde, después de que la tesorería del municipio de Veracruz intervino todas las instalaciones y el equipo de la compañía el 8 y 11 de octubre. Para el día 20, Rodolfo Montes y los representantes del gobierno veracruzano elaboraron un compromiso de acuerdo que fue aprobado unos días después por Obregón. El gobierno y los municipios de Veracruz aceptaron levantar todos los embargos practicados hasta el 1 de octubre de 1921 y dieron por pagados los impuestos “de todo género” que tuviere que enterar la compañía hasta el 31 de diciembre de ese año. A cambio de ello, El Águila depositó en las arcas federales 1’070,548 pesos, de los cuales 708,000 correspondieron al estado de Veracruz. Además, la compañía se comprometió a pagar a las autoridades locales el impuesto de patente sobre una cotización fija de alrededor de 200,000 pesos anuales a partir de 1922. El acuerdo fue ratificado por la legislatura local en noviembre y al mes siguiente la compañía recibió todos sus bienes del puerto de Veracruz. [115]
Realmente, el acuerdo representó, por un lado, una solución práctica y de carácter retroactivo al problema de los impuestos; sin embargo, por otra parte, era el comienzo de una nueva política fiscal que reclamaba para el gobierno estatal el derecho de participar de la riqueza generada en su jurisdicción. Dicha política no estuvo exenta de complicaciones posteriores que, inclusive, implicaron un conflicto abierto con los poderes federales. Durante los siguientes años, el gobierno radical de Tejeda promulgaría nuevos impuestos a la industria petrolera que romperían nuevamente con los esquemas hacendarios de centralización y de participación de los gobiernos locales. [116]
Del acuerdo al que llegaron el gobierno de Veracruz y El Águila, en el cual la participación del presidente Obregón fue importante, podemos desprender algunos aspectos generales de las relaciones entre gobierno y compañías petroleras que matizan las interpretaciones generales al respecto. Como se pudo observar no todas las compañías actuaron “coordinadamente” cuando el gobierno amenazaba sus derechos de propiedad. El Águila actúo separadamente y logró acuerdos más rápidos al negociar directamente con el gobierno de Veracruz, aunque nunca dejó de utilizar los mecanismos legales. Tampoco recurrió a la presión diplomática como arma principal. El gobierno de Veracruz consiguió participar significativamente de la renta petrolera, de hecho sería por algún tiempo el estado más beneficiado en ese sentido, conservando un grado de autonomía considerable. Por su parte, el gobierno federal pudo allegarse de fondos que necesitaba urgentemente dejando actuar libremente a Tejeda. 
El fotógrafo del constitucionalismo, la sombra de Obregón
CARLOS MARTÍNEZ ASSAD [117]
Investigador Emérito del Instituto de Investigaciones Sociales - UNAM

EL CONTEXTO
“Desde que puse mi vida al servicio de la Revolución he creído que sería una fortuna para mí perderla”, dijo Álvaro Obregón, para luego agregar “…la muerte me daría una personalidad que jamás he soñado en tener”. Falsa o verdadera, la frase premonitoria fue pronunciada al calor de la disputa con Francisco Villa en Chihuahua cuando lo visitó el 16 de septiembre de 1914 buscando mantener la unidad de los grupos revolucionarios. [118] Ya como presidente municipal de Huatabampo, Sonora, en 1912, recibió de Venustiano Carranza la invitación para reclutar voluntarios para combatir a Pascual Orozco, quien se había levantado en contra del presidente Francisco I. Madero. El ranchero sonorense con nombramiento de teniente coronel se hizo de unos 300 seguidores en poco tiempo y luego del Cuartelazo de febrero de 1913, que depuso al presidente legítimo se aprestó a combatir de inmediato al golpista Victoriano Huerta desde Sonora, en donde se organizaron todos los militares que se rebelaron en sus respectivos territorios. (F1)
Obregón respondió como otros al llamado contra la imposición, de acuerdo con el que Carranza como gobernador del estado proclamó desde la hacienda de Guadalupe, en Coahuila, en contra del general beneficiario del golpe el 26 de marzo de 1914. Ese plan desconoció los tres poderes de la Unión y a los gobernadores que no lo siguieran. Pronto, gracias a su raigambre popular, el protagonismo lo asumieron los caudillos Francisco Villa y Emiliano Zapata con quienes el maderismo mantuvo relaciones ambiguas y no los pudo sumar a su proyecto. Sin embargo, el constitucionalismo con el Primer Jefe Venustiano Carranza y con el general Álvaro Obregón, como su principal estratega ya convertido en capitán, llevaron a cabo el movimiento que logró hegemonizar el proceso y encaminar al país a la institucionalización con la bandera del constitucionalismo.
Algo muy particular sucedió porque al calor del desarrollo de la primera revolución del siglo XX, las imágenes proliferaron gracias a la fotografía y al cine por muchos interesados en dejar testimonio visual de los acontecimientos. Los hechos suscitaron enorme interés y la estratégica frontera de México con Estados Unidos facilitó el empleo de nuevas formas de difusión. Fue extraordinario el hecho de que el Ejército del Noroeste que encabezó Obregón, fuera seguido para documentar sus acciones en campaña por el fotógrafo y cineasta Jesús H. Abitia, ejemplo de un fotógrafo clave para la historia tanto por su “trabajo” como por su “valor”. [119] (F2)

F1: Álvaro Obregón de 32 años, 1912. Fondo Salvador Toscano, Filmoteca de la UNAM. En adelante JHA-FST-FUNAM.
La fotografía sobre la Revolución mexicana pronto encontró muchos adeptos y el interés de los protagonistas por la difusión de sus actuaciones. Sin su complacencia sería difícil entender la presencia constante de fotógrafos y cineastas siguiendo a los ejércitos de los diferentes bandos. Fue además un buen negocio el de las fotografía si se sabe, por ejemplo, que Heliodoro J. Gutiérrez hizo grandes tirajes para venderlas como tarjetas postales. [120] Por su parte, Doubleday & Patton en Arizona, anunciaba un día después de la batalla de Ciudad Juárez: “Insurgent Photo Postals” por 25 centavos o un paqute de 50 fotografías por 2 dólares.” [121] Sobre la importancia que adquiría la transmisión de las imágenes de los revolucionarios, puede mencionarse que solamente en la salas que se abrieron en El Paso hasta 1912 ingresaban a diario 1 mil quinientos dólares cuando por la compra de pan se reunía apenas 1 mil dólares. [122] Y ya las salas de cine de la Ciudad de México proliferaban y el público asistía ávido a las vistas que se proyectaban.
Otis A. Aultman tomó una fotografía impactante algún día en vísperas de la batalla de Ciudad Juárez en mayo de 1911. En ella destaca la presencia de Orozco y Villa en El Paso, en la Elite Confectionary, la confitería que éste visitaba a diario durante su exilio en Estados Unidos. Allí por 10 centavos degustaba su helado favorito cubierto de chocolate y podía comer hasta una libra de palanqueta de cacahuate, especialidad de la casa. Así que cuando el campo de batalla estaba asediado por mil hombres desde el mes de febrero y los revolucionarios estaban prestos a la acción, los dos estrategas fueron fotografiados y una copia de esa placa fue conservada por Abitia en sus archivos. (F3)

F2: Indios yaquis como efectivos del Ejército del Noroeste, 1912. Fondo Jesús H. Abitia, Archivo del Centro de Estudios de Historia de México, CARSO. En adelante FJHA-CEHM.

F3: Francisco Villa y Pascual Orozco con miembros de su tropa en la Elite Confectionary en El Paso, Texas. Otis A. Aultman, mayo de 1911, FJHA-CEHM.
EL ENCUENTRO
El fotógrafo, cuyo nombre fue Jesús Hermenegildo Abitia Garcés nació en Batuchic, Chihuahua, en 1881, fue hijo de Luz Garcés Ibarra y del ingeniero agrónomo Luis Abitia, cuyo padre había sido oficial a las órdenes del general Mariano Escobedo, a quien Maximiliano rindió su espada en Querétaro. Así, puede considerarse al fotógrafo heredero del liberalismo juarista. Además engendraron a sus cinco hermanos: José María, Luis José, Julián, Librado, Francisca y María. [123]
Cuando apenas tenía un año, la familia se trasladó a Álamos, Sonora, y al cumplir siete se mudó a Huatabampo, donde el destino le hizo ser compañero de banca del niño Álvaro Obregón Salido. Éste fue originario de la hacienda de Siquisiva, Navojoa en Sonora, y allí vio la luz el 19 de febrero de 1880, hijo del agricultor Francisco Obregón y de la señora Cenobia Salido, quienes procrearon una numerosa prole de dieciocho hijos. La diferencia de edades entre Abitia y Obregón era apenas de unos meses. Se conocieron en la primaria de ese lugar que dirigía José J. Obregón, donde se hicieron amigos de correrías; madrugaban para ir hasta las orillas del río Mayo donde uno sembraba tabaco y el otro, garbanzo. Además hacían funciones de circo en el que Álvaro realizaba suertes y Abitia finjía ser director de orquesta, contó él mismo en sus memorias aparecidas en diarios nacionales mucho tiempo después. Aunque a veces cambiaba ligeramente la versión cuando se les unía Francisco Serrano en un espectáculo donde éste era el payaso y Obregón el gimnasta. [124]
Al concluir sus estudios fue a ejercer el magisterio en una escuela a la región de Navojoa, mientras Obregón se trasladó a Moroneari al ejercicio de su profesión. Muy joven, en 1895 improvisó en Uruáchic un negocio de toscos instrumentos de cuerda que vendía a los indígenas. Para ello usó de modelo un violín alemán que había comprado por 18 pesos. Llegó por entonces desde París quien venía a casarse con su tía y traía consigo un aparato completo de Lumière. Años después afirmaría que “En aquel punto nació en mí una irresistible afición por la técnica cinematográfica, y consecuentemente fotográfica, que ha sido la pasión de toda mi vida”. [125]
En 1903 falleció su padre por lo que la familia se reubicó en ciudad Guerrero, Chihuahua, y desde allí ejerció como fotógrafo trashumante. Con la nueva responsabilidad a sus espaldas, viajó a la Ciudad de México para ver, observar y leer todo tipo de avances que le ayudaran a mejorar su fotografía y a conocer el cinematógrafo. Estuvo bajo la tutela del muy frecuentado estudio fotográfico de los Hermanos Valleto y pudo asistir con frecuencia a las primeras salas de cine.
Regresó con los nuevos conocimientos para radicarse en Hermosillo. “El 18 de noviembre de 1908 estableció formalmente con sus hermanos Julián y Librado […] en la esquina de la calle Comonfort 10 y Querétaro 2, el Estudio de arte y fotografía de Abitia Hermanos”, [126] convirtiéndose en el más conocido. Por entonces comenzó su involucramiento con el acontecer nacional marcado por la sucesión presidencial de 1910, en un ambiente de cuestionamiento de la continuidad de la dictadura. En esas circunstancias conoció a Francisco I. Madero quien en su campaña antirreleccionista llegó a esa ciudad en compañía de su esposa Sara, de Roque Estrada y de su taquígrafo Elías de los Ríos. Contó Abitia que entonces salvó de una detención arbitraria a Madero y a su esposa. La pareja encontró fuertes resistencias para hospedarse en los hoteles disponibles, por lo que finalmente sólo fue aceptado en un hotel de mala nota y aun así, corrió la noticia que por la noche sería aprehendida. Así que con riesgo de su vida Abitia, hizo salir a Madero con su esposa por la puerta trasera y le dio hospedaje por la noche en su casa. [127] Es posible que eso haya sucedido, lo que no tiene sentido es que ubique el episodio en enero de 1910, cuando hasta abril fue proclamado candidato a la presidencia; el episodio pudo haber sucedido en la gira que llevó a Madero hasta Monterrey en el mes de junio; allí fue aprehendido antes de las fiestas del Centenario a celebrarse durante el mes de septiembre.
Abitia protegió durante toda esa noche a la pareja. Al día siguiente Madero cambió un cheque en el banco y dio una vuelta por la ciudad. Realizó su mitin en el corral de la casa de un carnicero en donde fue amedrentado y el acto debió cancelarse y la presión policial le obligó finalmente a abandonar la ciudad. La protección que le dio a Madero provocó que él y sus hermanos fueran perseguidos por lo que Luis José y Julian salieron a Guaymas, donde abordaron un barco que los llevó a La Paz, Baja California, para hacer propaganda maderista como les instruyó el mismo lider. Sin embargo ahí fueron aprehendidos por el jefe general Agustín Sanginés. Liberados poco después, continuaron con la propaganda en los estados de Oaxaca y Chiapas. Jesús Abitia permaneció en Hermosillo donde, aunque hostigado, como era el único fotógrafo el gobernador Cubillas y el general Luis Torres le pidieron algunos trabajos, para enterarse más tarde que el plan de ambos era que, una vez que los terminara lo detendrían para enviarlo al presidio de las Islas Marías. Jesús, de 15 años, terminó los encargos, pero dejó a su hermano Librado la comisión de entregarlos hasta recibir un mensaje de él proveniente de Nogales, Arizona, a donde llegó en la madrugada. De esa forma burló la disposición pero su hermano José María no tuvo la misma suerte y días después fue enviado a la penitenciaría.
Se mantuvo en el destierro hasta que pudo reintegrarse con Madero, días antes de los Tratados de Ciudad Juárez; después le pidió que lo acompañara a México pero él decidió regresar a Hermosillo. El gobernador del estado, José María Maytorena, efectuó las elecciones de ayuntamiento y Jesús salió designado Síndico Procurador del Municipio de Hermosillo; en ese cargo pudo repartir algunos terrenos a los trabajadores para que establecieran sus casas. Fue comisionado para ir a México a ayudar a Madero para gestionar la ley correspondiente para ampliar el Fundo Legal de la ciudad de Hermosillo. Durante el camino, en Mazatlán se enteró del cuartelazo de la ciudadela y para su llegada a México, Madero acababa de ser asesinado. Ahí estuvo 10 días tomando fotografías y haciendo algunas vistas cinematográficas de los daños causados por los enfrentamientos.
Decidido a regresar a Sonora, al pasar por Colima fue identificado como maderista pero logró escapar. Para hacerse de recursos trabajó en Manzanillo y al enterarse que sería detenido, se embarcó hacia San Diego, California. Allí estuvo unos días para luego dirigirse a Los Ángeles, luego a Nogales, donde ya del lado mexicano, se reencontró con Obregón. [128] Se unió formalmente a la Revolución, conoció al Primer Jefe, quien lo vio con mucha simpatía por su actividad en la propaganda revolucionaria, fue él quien le llamó el “Fotógrafo del constitucionalismo”. [129] (F4)

F4: Supervisión de la artillería por el Primer Jefe, Venustiano Carranza y el teniente coronel, Álvaro Obregón, 1913. FJHA-CEHM.
Por el mismo tiempo, en noviembre de 1913, Francisco Urquizo conoció a Carranza cuando era gobernador de Coahuila y pasó a ser el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista formado para luchar contra el usurpador. Para él fue, sin embargo, importante definir, luego de varias batallas a finales de octubre, a “los siempre victoriosos jefes sonorenses, entre los cuales se destacaba en primerísimo término el general Álvaro Obregón”. Lo encontró como “un hombre joven y robusto, con una inteligencia bien clara y despierta y con una simpatía que se apreciaba y subyugaba desde el primer momento”. [130] De la misma forma lo captó entonces la cámara de Abitia, (F5) quien también conoció a Benjamín Hill (F6) y Fermín Carpio que, junto con otros, trabajaban en Navojoa y Álamos. También estuvo cerca de José María Maytorena, Adolfo de la Huerta, Juan G. Cabral y todos los que cercaron al grupo de los sonorenses. La destreza militar de Obregón hizo que Sonora quedara libre de enemigos federales después de batallas memorables en Nogales, Naco, Santa Rosa y Santa María (F7), haciéndoles huir hacia el puerto de Guaymas por medio de una estrategia que aún en la Segunda Guerra Mundial —opinaría Urquizo—, mostró su eficacia al dejar tomadas unas plazas para ir por la principal. (F8) A Obregón también se debió que por primera vez se utilizara un avión con fines militares en el mundo cuando en abril de 1914 el biplano Sonora actúo en las cercanías de la Bahía de Topolobampo, tripulado por el capitán Gustavo Salinas, para lanzar bombas sobre el cañonero Guerrero al servicio del usurpador Huerta, para lo cual voló 18 kilómetros mar adentro y se sostuvo a una altura de 3 mil pies. [131] (F9)
LAS IMÁGENES DE LOS REVOLUCIONARIOS
Carranza se convirtió en el Primer Jefe y enarbolando la bandera del constitucionalismo obtuvo el apoyo de la mayoría de los grupos revolucionarios por todo el país; (F10) mantuvo una relación tensa con Villa y con Zapata y, pese a todo, coincidieron y con sus acciones provocaron la renuncia de Huerta el 15 de julio 1914. Un mes después, Álvaro Obregón, como el más destacado militar carrancista fue aclamado cuando, al amparo de los Tratados de Teoloyucan, entró en la Ciudad de México con apenas 6 mil hombres el 15 de agosto como avanzada de la llegada del Primer Jefe el día 20. El caudillo militar detuvo su caballo brevemenete en la puerta de honor del Palacio Nacional; no se decidió a hacer un saludo formal a la muchedumbre concentrada allí, evitando un exceso de protagonismo que disgustara a Carranza. No obstante, su primera acción fue visitar la tumba de Francisco I. Madero en el Panteón Francés, donde destacó la entrega de su pistola a la señorita María Arias porque, le dijo: “[…] esa arma sólo puede ser confiada a las mujeres”. [132]

F5: Álvaro Obregón con el señorío del ranchero, 1915. JHA-FSTFUNAM.

F6: Álvaro Obregón y Benjamín Hill en campaña contra el ejército de Francisco Villa, 1915. JHA-FST-FUNAM.

F7: Salvador Alvarado observa en el telémetro la retirada de los federales antes el empuje de los revolucionarios. Detrás de él, con prismáticos, el general Eduardo Hay. Batalla de Santa Rosa, Sonora. 1913. JHA-FST-FUNAM.

F8: Los campos de batalla quedaban sembrados de muertos, 1913. JHA-FST-FUNAM.

F9: Llegada de las fuerzas constitucionalistas a Navojoa rumbo a Sinaloa, 1914. FJHA-CEHM.

F10: Los cañones arrebatados en Ojeda, Estación Ortiz Santa María, 1913. JHA-FST-FUNAM.
El 20 de agosto, los habitantes de la capital vitorearon al Ejército Constitucionalista; cuando después de un trayecto de 6 horas desde la calzada de la Verónica, llegó hasta el Palacio Nacional. Venustiano Carranza quien encabezaba la marcha y, de muy buen ánimo se descubría la cabeza para enarbolar su sombrero a forma de saludo y, a su lado Obregón hacía el mismo gesto con su kepis, de vez en cuando. El contingente se detuvo frente a la fotografía Daguerre, en el mismo sitio donde la mañana del 9 de febrero de 1913 lo hizo el presidente Madero; allí recibió Carranza la bandera que enarbolara en aquella ocasión el presidente mártir, ante la aclamación del público. Al entrar al Zócalo, le seguían, Coss, Villarreal, Blanco, Buelna, Acosta, Pesqueira y otros revolucionarios más. Desde el balcón central se destacaron las dos figuras más reconocibles compartiendo el saludo con la multitud. [133]
Abitia tanto con su cámara fotográfica como con la de cine, captó el momento. En el extenso material fílmico de esa ocasión coincidieron las imágenes de los Hermanos Alba y del equipo encabezado por Salvador Toscano, quien a lo largo de su vida, reunió muchos de esos archivos. Lo interesante es lo que se capta de la actitud de los revolucionarios al saberse fotografiados. A Obregón observó Jorge Aguilar Mora,
“…nada lo intranquilizaba más que la tranquilidad misma. Nunca supo qué hacer en los momentos de reposo, ni antes ni después de su triunfo. Escogía en consecuencia los umbrales, las fronteras entre el claro y el oscuro, los balcones cubiertos que se robaban la luz, las loberas que los ocultaban, lo enrejados que podían confundirse con su estatura, Era generoso con las caprichosas posturas de su cuerpo, pero suspicaz con la luz que lo rodeaba”. (F11)

F11: Obregón en un campamento de La Piedad, Michoacán, 1913. Colección particular.
Sin embargo, la relación con Abitia parece contradecir la idea de:
“[…] que le tuviera desconfianza a las cámaras fotográficas. (F12) La fijación, la inmovilidad perenne a la que los condenaba la lente aumentaba su desasosiego ante la eternidad de un momento idéntico a sí mismo, ante la desmesura de su cuerpo abandonado a su propia indeferencia. Y menos extraño aún era que evitara entregarle a la placa fotográfica su mirada. Siempre que podía desviaba la mirada del foco, sin cerrar los ojos, pues no entendía de deslumbramientos; y cuando tenía que mirar de frente no trataba de ocultar su reticencia”. [134]
Dicha actitud resultaba extraña porque sabía bien que era seguido por la cámara de un amigo a quien él mismo había conferido ese derecho y, junto a Abitia, buen número de fotógrafos mexicanos y extranjeros que querían fijar esos momentos para la historia.
Por el contrario, Venustiano Carranza, era narcisista y le gustaba que las cámaras se solazaran en su persona, aunque sus gafas de vidrios verde oscuro ocultaban sus ojos. El mismo subterfugio al que también recurrió Victoriano Huerta, ante las cámaras y ellos mismos decidían cuándo deseaban mostrar su mirada. Por el contrario, como aristócrata que era Francisco I. Madero estuvo acostumbrado desde su casa a enfrentarse desde niño a ese nuevo instrumento de preservación de la memoria.
Plutarco Elías Calles optaba por asumir una mueca burlona y Eduardo Hay con su parche en uno de los ojos asumía la ventaja del actor. Pancho Villa fue el más singular porque le gustaba el juego de las cámaras. No suscitaba mucha coherencia su disposición frente a las cámaras y, aun así, pese a la confianza que mostraba frente al fotógrafo de El Paso, Otis A. Aultman, no aceptaba que él lo fotografiara porque le decía en 1921: “Quiero un fotógrafo mexicano que haga dinero por tomar mi foto, no por un gringo”. De todas formas el fotógrafo logró la imagen que quería haciendo que un fotógrafo mexicano manipulara su cámara. [135]
El más enigmático fue Emiliano Zapata; se sabe que le gustaba lucir bien por el cuidado que ponía en su vestuario: pantalones con botonadura de plata, chaqueta de casimir y la mascada verde claro de seda que usó, según las cámaras lo mostraron a su ingreso en la Ciudad de México en diciembre de 1914. Aunque aceptó poses de estudio, le gustaba establecer un duelo con los camarógrafos quienes lo encontraban altivo como era, pero en cuanto el obturador iba a ser aplicado, movía la cabeza para que la sombra del sombrero ocultara el rostro o simplemente desviaba la mirada cuando algún reportero le interrogaba. Así lo muestran varias de sus películas. Su imagen fue la más mítica; por eso se le representa como centauro, confundiendo la figura humana con la del caballo, aun después de muerto.
La imagen que interesaba proyectar a (de) los revolucionarios es la del poder triunfador aún cuando la movilización de las masas estaba cambiando la percepción de la sociedad sobre el poder autoritario y vertical. [136] (F13) Caudillos, caciques y líderes cambiaban la correlación con las masas que el antiguo régimen mantuvo en constante alejamiento, buscando un acercamiento. Con la revolución se reforzaban los signos de la identidad y hay que fotografiar para reinventar la realidad. Primero se aparenta una desconcentración del poder al mostrar los retratos impávidos de la gama de revolucionarios: Obregón, Calles, De la Huerta, Amaro, Almazán, Cárdenas, cuyas imágenes fueron reproducidas y aparecieron aun en los lugares más apartados del país. (F14)
La fotografía de Porfirio Díaz ya había sido ampliamente difundida como la del ser impávido y siempre presente ante los mexicanos. Con Madero se asume la eficacia que puede tener la divulgación de su imagen desde el proceso electoral y en eso se adelantó notablemente a sus contrincantes por su uso propagandístico. El cine, es decir, la imagen en movimiento apuntaba más hacia los hechos consumados, pero el público ávido que asistía a las salas conocía así y reconocía a quienes encabezaban las batallas, aunque igualmente la muchedumbre se veía retratada a sí misma. Muchas de las vistas cinematográficas se detienen en quienes presencian alguna acción o desfile militar mostrando su asombro o su interés en formar parte del acontecimiento.
El poder se dejaba fotografiar y se adelantaba al siglo de los autoritarismos rompiendo la barrera con los ciudadanos. Ya el amplio acervo de las vistas sobre los festejos del Centenario en 1910 así lo demostró. Por más que el medio fuese reciente, los hombres del poder se dejaban retratar fácilmente. Aunque quizás resultaba más atractivo el seguimiento de lo sucedido en los lugares donde algún acontecimiento revolucionario acababa de acontecer y resultaba increíble la velocidad con la que esos hechos llegaban a la salas de exhibición para ver en la pantalla, las vistas tomadas en apenas el tiempo que tomaba el revelado de una película.

F12: Álvaro Obregón como civil, 1924. Colección particular.

F13: Obregón como secretario de Guerra con su Estado Mayor. Lo flanquean Francisco R. Serrano y Aarón Sáenz, Hermosillo, Sonora, 1913. JHA-FST-FUNAM.

F14: Obregón durante un descanso a lado del fotógrafo Jesús H. Abitia y de Francisco R. Serrano en las costas de Sonora,1913. FJHA-CEHM.
LA LUCHA CONTINÚA
Era inminente el rompimiento del movimiento revolucionario que apenas nacía y fue en ese contexto que Obregón profirió aquella frase de lo que vislumbraba como una muerte heroica, cuando acudió a Chihuahua para tratar de convencer a Villa de participar en la Convención revolucionaria iniciada en la Cámara de diputados en la Ciudad de México el 1 de octubre de 1914 y luego trasladada a Aguascalientes, por petición de los opositores de instalarla en un lugar neutral. Allí Abitia siguió las reuniones en el Teatro Morelos desde el día 10, según lo muestra una fotografía con Obregón al centro, entre muchos apenas identificable, como el muy joven Saturnino Cedillo apenas separado unos metros.
Las acusaciones entre Villa y Carranza van y vienen; la Convención se declara soberana y el 31 de octubre destituyó a Carranza como encargado del Ejecutivo y el 5 de noviembre los convencionistas nombran a Eulalio Gutiérrez como presidente provisional de la república. Mientras tanto el Primer Jefe, ordenaba la evacuación de la Ciudad de México a Obregón el 17 de noviembre, cuando en un manifiesto éste condenó la “trinidad maldita” de Ángeles, Villa y Maytorena y convocaba al pueblo contra quienes la formaban: “La Patria, en su agonía, como las madres que al expirar lanzan una mirada en torno suyo para cerciorarse si están todos sus hijos a su lado, lanza también una mirada agónica sobre los mexicanos, para saber cuantos hijos tiene dignos de ella”. [137]
Carranza, instalado en la capital desde el 20 de agosto, tomaba la decisión de evacuar para trasladarse a Veracruz, donde estableció su gobierno en el edificio de Faros el 26 de noviembre. Lo hizo apoyado por su yerno Cándido Aguilar, quien le había abierto camino cuando las fuerzas invasoras de Estados Unidos se retiraron tres días antes, entregándole la plaza, luego de mantener ocupado el puerto por varios meses. El abandono del lugar por la fuerzas de Estados Unidos, entre otras razones, para atender la guerra en Europa, dejó todas las armas confiscadas a los constitucionalistas, lo cual garantizaba su triunfo
El 4 de diciembre de 1914 Villa y Zapata se reunieron en Xochimilco, un pueblo que entonces se consideraba en las goteras de la Ciudad de México donde expresaron abiertamente sus intenciones en contra de Carranza. Acompañados por sus ejércitos ingresaron hasta el centro del poder político dejado vacante. Las largas columnas de los campesinos que les siguieron como soldados fueron filmadas el 6 de diciembre por Abitia, los Hermanos Alva y otros cineastas. A los fotógrafos se debe que sea ya dominio popular el banquete en el cual Villa y Zapata, junto al presidente Gutiérrez comen en Palacio Nacional, y es notable la disposición de Villa quien muestra su arrogancia al sentarse en la silla presidencial. Mientras Zapata dejaba ver su escasa destreza en el manejo de los cubiertos. Y al lado se encontraba José Vasconcelos, quien se dijo, fue quien los hizo quedarse en esa comida dispuesta solamente para el cuerpo diplomático.
Después Abitia siguió a Villa quien, debido al frío llevaba un grueso suéter de lana, para filmarlo en el Panteón Francés llorando y secándose las lágrimas con un gran pañuelo blanco frente a la tumba de Madero. De nuevo, como en la visita de Obregón, rodeado por mujeres. Luego, en la calle de Plateros sobre el edificio de la joyería La Esmeralda, quitó la placa que le daba nombre para sustituirla por la que homenajeaba a Francisco I. Madero.
Gutiérrez no logró controlar a Villa y a Zapata, a quienes tratará de insubordinados junto con otros convencionistas, y prefiere renunciar el 16 de enero de 1915 a la presidencia que recayó en Roque González Garza. Obregón regresó cuando el gobierno de la Convención abandonó la ciudad y encontró una situación muy difícil porque estaba prácticamente sitiada por la División del Norte y por el Ejército libertador del Sur. El año que se inició, continuó con graves dificultades, solamente un documento de los constitucionalistas estimó que 201 personas murieron de inanición durante el mes de agosto por el hambre que extendía por la Ciudad de México. Por el contrario, en los campos de batalla la situación se orientaba a favor de los constitucionalistas que se harían del control del país.
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