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© Alejandra de la Fuente, 2021

© Ediciones Akal, S.A., 2021

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ISBN: 978-84-16842-71-1

Alejandra de la Fuente

La España precaria


Salarios de miseria, horas extra sin remunerar, pluriempleo y jornadas parciales, falta de tiempo para conciliación familiar u ocio, ansiedad –tantas veces devenida en depresión–, accidentes laborales, consumo de anfetaminas para rendir, indefensión ante los abusos empresariales, temporalidad, ofertas de trabajo surrealistas, sobrecualificación, falsos autónomos… La vorágine de precariedad sigue y sigue, mientras la obnubilante cultura del «tú puedes con todo», la romantización de la pobreza y la ideología del emprendimiento contribuyen a taponar las posibles vías de escape. Señas de identidad de nuestro tiempo y sino de varias generaciones, ¿y si la inestabilidad e inseguridad padecidas no son fruto del fracaso personal, sino de un modelo que apuesta por los beneficios empresariales a costa de exprimir al máximo a los trabajadores?

Alejandra de la Fuente habla desde una de esas generaciones que nacieron con la batalla perdida, una voz joven que pone al descubierto el depauperado modelo laboral que sufrimos: relatos, historias y realidades –a veces de terror– que hablan de todos nosotros, de nuestra vida en la jungla laboral y su influencia fuera de ella. Un texto estremecedor, que aborda las esferas implicadas en la articulación del actual mundo del trabajo y disecciona las características de las empobrecidas condiciones de vida en la España del siglo xxi.

Alejandra de la Fuente es una joven periodista que ha colaborado en distintos medios de comunicación como CTXT o Diario16. Se ha dado a conocer con la creación de Mierda Jobs, el blog y cuenta de Twitter que expone y denuncia los por desgracia cada día más habituales trabajos surrealistas y degradantes que se ofertan. También ha trabajado en la sección laboral y en Tremending de Público hasta su incorporación en la Cadena SER para abordar asuntos laborales y de economía.

A todos los trabajadores que han compartido sus experiencias conmigo.

A Público y a Akal por darme la oportunidad de contárselo al mundo.

A mis padres y a mi hermano por ayudarme siempre. A Borja por las mañanas, tardes y noches de reflexiones y lecturas. A Víctor Llanos, mi amigo y maestro en derecho laboral.

Pocos son los españoles que no han sufrido y/o sufren la precariedad en sus propias carnes. Pocos son los que no tienen que renunciar a determinados bienestares por culpa de unos salarios que se encuentran alejados del nivel de vida español.

Hay familias que no llegan a fin de mes con todos sus miembros trabajando, mayores de cincuenta y cinco años en paro desesperados porque saben que no encontrarán nada más, jóvenes a los que se les prometió un futuro y ahora ven cómo todos sus sueños y expectativas se marchan por el sumidero, abuelos que se quitan parte de su humilde jubilación para sacar a sus hijos y nietos adelante… La precariedad en España es seña de identidad desde el comienzo de la crisis de 2008 y, cuando parecía que muy poco a poco la economía empezaba a recuperarse, el coronavirus ha vuelto a azotar los cimientos de millones de familias españolas.

Prólogo

Descubrí a Alejandra de la Fuente a través de una cuenta de Twitter en la que denunciaba abusos en el mercado de trabajo bajo la marca de Mierda Jobs. Publicaba en ella ofertas laborales que eran verdaderas ofensas laborales: trabajos gratis, jornadas interminables a cambio de miseria, explotación sexual disfrazada de explotación laboral y un amargo etcétera. Pero tras ella, había mucho más que los 140 caracteres que entonces permitía la red social. Este libro es una muestra de ello y de la defensa de una dignidad profesional que se encuentra seriamente amenazada y que obras como esta pueden ayudar a proteger.

La España precaria es, realmente, una enciclopedia de la degradación del mercado de trabajo que es imprescindible conocer para poder combatir. El libro recoge un vergonzoso catálogo de fenómenos que forman nuestro paisaje diario, pero en el que sólo reparamos cuando nosotros o alguno de nuestros familiares caemos en el paro. Fenómenos como la «pobreza laboral» (seguir en la pobreza pese a tener un empleo), la «romantización de la precariedad» (disfrazando de modernidad las más antiguas formas de explotación laboral) o la «gratisfacción» (el demandar trabajo a cambio de nada) son fórmulas que algunos empresarios y muchos medios de comunicación están popularizando como formas de «emprendimiento».

Ese emprendimiento siempre se quiere para los ajenos y nunca para los nuestros. Porque cuando esos fenómenos se viven en carne propia, las llagas sociales afloran: «sobrecualificación» de jóvenes que pasan años de formación para desempeñar –en uno de cada tres casos– trabajos por debajo de su preparación, despidos en plena pandemia por contraer la covid-19 de grandes multinacionales cuyos márgenes de beneficio permitirían otro tipo de trato a sus plantillas y tantas muestras de abusos que, tristemente, nuestra legislación laboral consiente. Alejandra describe con metódico detalle cada uno de esos fenómenos.

Creo firmemente en que la mayoría de los empresarios son profesionales honestos, cuya batalla diaria no es sólo la mejora de sus negocios, sino también de la sus plantillas. He conocido a lo largo de los años a muchos de esos emprendedores que tienen en sus empleados una extensión de sus familias. Por eso resultan especialmente pertinentes trabajos como este. La labor de Alejandra de la Fuente, señalando a quienes abusan de sus asalariados, me parece necesaria, porque no podemos tomar como «referentes» a quienes construyen sus modelos de negocio en el abuso, de la misma manera que no tomamos como modelo de la política a los corruptos. La publicación de esas prácticas es la única forma que el público y la prensa tienen de combatir los abusos y creo que el lector encontrará en La España precaria un buen puñado de nombres de los que sospechar de ahora en adelante y, quizá, en los que reconocerse como víctima.

La voz de una «generación precaria»

Pero en las páginas de La España precaria no sólo corre tinta académica y la descripción de un paisaje desolador para los trabajadores más jóvenes (y también para los más maduros). Alejandra pone voz a la indignación de una generación, de un Peter forzado a ser Pan. Con apenas veintisiete años, la ha vivido en primera persona, ha padecido cómo se eternizan esas «becas» que realmente son empleos sin paga o con salarios de escarnio. Y en su carrera, ya no tan corta, ha escuchado como periodista a cientos de personas describir sus situaciones y a decenas de autoridades declarar oficialmente su frustración –las mismas que no actúan para cambiar el marco económico, legal y social que permite estas situaciones–. En la rabia que expresan algunas de estas páginas se escucha una protesta que va más allá de lo personal y que es un grito generacional que el libro describe, en algunos casos, como de «esclavos del siglo xxi».

Esa parte es la más preocupante de los capítulos que el lector está a punto de abrir. Porque la denuncia de Alejandra no es personal, sino generacional. La generación de la autora vive su segunda gran crisis económica en poco más de una década. O se corrigen ciertas situaciones con urgencia, o condenaremos a los más jóvenes a vivir problemas hoy (con salarios de miseria y edades de emancipación que rondan ya los treinta años) y problemas mañana (incapaces de sostener con esos bajos salarios las pensiones de los mayores que les condenaron a repagar la deuda que la covid-19 les dejó). Es imprescindible escuchar la voz de la generación de Alejandra, porque es esa generación la que va a pagar todas las facturas económicas eventualmente.

Con apenas treinta años, los que fueron llamados millenials han sido ya rebautizados por The Wall Street Journal como recessionals. Son la única generación que ha sufrido dos recesiones tan profundas en tan poco tiempo. Leer las preocupaciones de la auto­ra es leer las perturbaciones que sufre una generación.

El otro extremo: los más mayores

No sólo los más jóvenes están viviendo la precariedad laboral. El libro describe esa misma situación para los trabajadores más maduros que sienten la amenaza del despido y del no poder cotizar en sus últimos años de vida laboral, siendo condenados a pensiones de supervivencia. Ese miedo da lugar a estrés laboral, a problemas de ansiedad, a trastornos del sueño e insomnio en una generación a la que se le ha descrito la «dualidad del mercado» para referirse, realmente, a la «anormalidad del mercado»: la de que un grupo de trabajadores goce de derechos más o menos plenos, como el de una mínima estabilidad laboral o el de la indemnización por despido, mientras que los que caen ahora quedan atrapados en un escalón inferior, sin poder reclamar derechos básicos.

Esa dualidad describe a trabajadores ordinarios como «privilegiados» y a empleados sometidos a la explotación como el mínimo común por el que todos, según algunos, debiéramos regirnos para ganar «competitividad».

Lo cierto es que la carrera hacia el fondo es imposible de ganar. Siempre habrá trabajadores dispuestos a fabricar o prestar servicios por menos. La única forma de ganar esa batalla de la competitividad no es rebajando costes, sino aumentando la calidad del servicio o el producto que cada país vende. Pero esa batalla requiere inversión y tiempo. En una economía caliente de ganancias rápidas, se opta por la otra vía y se disfraza la ganancia rápida de una supuesta ideología liberal que haría a la escuela austriaca entera llevarse las manos a la cabeza.

La España precaria también recorre la situación de una generación mayor que está respondiendo con esfuerzos a las demandas de ese nuevo modelo. Alejandra describe casos de «microdosificación» –consumo de drogas para poder trabajar– o el de una «generación Lexatin» que empieza a requerir fármacos para poder mantener su empleo.

Un cambio urgente

Las denuncias que Alejandra de la Fuente comenzó recopilando en Mierda Jobs y que trajo a la antena de la Cadena SER dan lugar ahora a esta enciclopedia del abuso de la que La España precaria puede ser sólo el primer tomo. Que no haya nuevos fascículos requiere de nosotros y de un cambio del marco legal.

El diagnóstico del nuevo modelo laboral se ha hecho y compartido demasiadas veces. Sin embargo, no se ha emprendido todavía. Son necesarios cambios antes, durante y después de la incorporación al mercado de trabajo. Es necesario adaptar la formación a las demandas de las empresas, antes de llegar a la búsqueda de empleo; es imprescindible aumentar las plantillas de Inspección para frenar ciertos abusos durante la vida laboral, y es urgente modificar el sistema público de formación –las llamadas políticas activas de empleo–, para evitar que quienes caen en el paro se vean atrapados en un pozo sin salida después de perder el puesto de trabajo.

Creo que las próximas páginas van a ser un espejo para muchos lectores que van a reconocerse en algunos de los fenómenos que Alejandra de la Fuente describe. Y debieran ser un motivo de reflexión para todos los demás. No hay fuerzas oscuras que dicten que la vida deba ser así. No caen meteoritos económicos sobre nosotros. Lo que nos pasa –y que Alejandra describe de forma sangrante– es fruto de decisiones políticas, ante las que sólo caben dos alternativas: sufrir o revertir. Pasen y lean.

Javier Ruiz

Capítulo I

De dónde venimos

Para analizar la situación en la que nos encontramos dentro del ámbito laboral y social, es importante introducir de dónde partíamos para intentar entender cómo hemos llegado hasta aquí.

La pérdida de derechos, el paro juvenil, el miedo al despido y la precariedad estructural que sufrimos en España no han aparecido de repente. No han dependido de un mago maligno que ha decidido ensañarse con nosotros. La situación que encontramos en España se ha producido por una serie de políticas que no han mirado, en ningún momento, por los trabajadores y que han sido las culpables de la pérdida económica y el descenso del nivel de vida de los mismos.

Tras años de políticas liberales, centradas en favorecer a las empresas a costa de los propios trabajadores, nos encontramos con una sociedad minada. Con una parte de ella que tiene auténtico pánico a perder su trabajo y con otra que ni tan siquiera ha podido tener la oportunidad de encontrar uno. Nos encontramos con nuevas formas de precariedad y explotación laboral, con el sálvese quien pueda y con la conciencia colectiva más tocada que nunca. En este capítulo quiero hacer un pequeño repaso del «antes» para poder entender el «ahora».

Situación española antes de la crisis de 2008

El periodo de expansión económica que España vivió de principios de los noventa a finales de la primera década del siglo xxi venía auspiciado por un ambiente de positivismo generado tras la entrada del país en la Comunidad Económica Europea en el año 1986 y tras haber superado las crisis del petróleo que se habían encadenado desde 1973. La importante caída de la tasa de paro en pocos años y el fácil acceso de las familias a créditos bancarios consiguieron elevar el consumo interno, de forma que los marcadores macroeconómicos –como el PIB (producto interior bruto)– contribuían a un clima de bienestar que parecía inagotable e imparable.

En los últimos años de la década de los noventa España experimentó un aumento del PIB, hasta el año 2000, en el que se obtuvo su punto más álgido con un 5,3 de crecimiento interanual[1].

Este ambiente, junto con una serie de decisiones políticas y económicas dudosas durante los primeros años de los 2000, contribuyeron a la creación de una burbuja inmobiliaria que todo el mundo negó hasta que fue demasiado tarde. El uso de las viviendas como materia de especulación, con los precios duplicándose en algunas zonas de año en año, hacía que los trabajadores vieran el comprarse una segunda o tercera vivienda como una forma de inversión que no podía fallar, creyendo que los precios sólo subirían. Las administraciones públicas, que utilizaban la gran demanda del suelo para inflar los precios y engordar las arcas, no supieron o no quisieron poner límite a la gran cantidad de vivienda que cada año se construía en España. En los primeros años del siglo xxi se iniciaban una media de 600.000 casas anualmente, llegando al récord de 762.540 en 2006, unas cifras que superaban las iniciadas por Alemania, Italia, Francia y Reino Unido juntos, según datos del Ministerio de Fomento[2].

Este ritmo de construcción, unido a la consolidación de España como potencia turística mundial, generaba empleo, mientras los precios subían un 17 por 100 anualmente con una inflación muy reducida. Podemos decir por todo ello que, antes de 2008, la economía «fluía» y el ciudadano consumía sin miedo. Renovaba su coche, compraba vivienda, segunda vivienda, invertía… El sector servicios se «llenaba los bolsillos», porque la gente salía a cenar y de compras, hacía reformas, pagaba unas vacaciones caras, etc., lo que repercutía de forma directa en la administración, que recaudaba más dinero y podía invertir. Todo esto hacía que las empresas tuviesen una alta facturación y los bancos pudiesen prestar dinero a muy bajo interés.

Clave, también para entender la situación española anterior a la crisis de 2008, es que, en este clima favorable en el que todo «iba bien» –por rememorar las palabras que el entonces presidente Aznar pronunciaba en 1997–, los bancos y las entidades de prés­tamo se permitieron el lujo de rebajar sus requisitos de control de riesgo, es decir, prestaban dinero sin mirar muy bien a quién ni cómo, cegados por la creencia de que los precios nunca iban a bajar.

En general, parecía que el modelo productivo funcionaba y, aunque los trabajadores españoles no eran ni mucho menos nuevos ricos, todo invitaba al optimismo. Las empresas invertían y generaban empleo porque tenían trabajo. Las familias tenían fácil acceso a la vivienda porque había casas de sobra para todos y podían adquirir un crédito sin complicaciones y casi sin requisitos. Los trabajadores, disfrutando de derechos que se habían ido conquistando a paso de hormiga desde la instauración del Régimen del 78, gozaban de una calidad de vida nunca antes vista en España.

Crisis y reforma laboral de 2012

Algunos analistas lo habían vaticinado, pero nadie los escuchó, demasiado atentos, quizá, al nuevo modo de vida de una economía que parecía imparable. Todos los indicadores macroeconómicos se fueron manteniendo estables o en crecimiento hasta 2008, año en el que el PIB se desplomó a un 1,1 de crecimiento interanual. A partir de ese momento, su valor se situó en negativo hasta el año 2014, es decir, la economía española decrecía. Motivo por el que se dice que la crisis en España duró de 2008 a 2014; lo cual desmontaré en el transcurso de las páginas siguientes, demostrando que el mayor ataque al nivel de vida de los españoles fue cuando los derechos de los trabajadores se vieron drásticamente saboteados tras la reforma laboral aprobada en 2012 por Partido Popular[3].

Indudablemente, para llegar a este punto hay que ponerse primero en contexto y conocer las causas y los efectos de la crisis de 2008. Durante el año 2007 se empieza a vislumbrar en todo el mundo que la expansión económica quizá tenía un límite. Concretamente, en ese año Estados Unidos comenzaba a afrontar los primeros indicios de lo que sería la mayor recesión mundial de la historia reciente (hasta la llegada del coronavirus).

En España, la burbuja inmobiliaria (ese panorama de construcción infinita de casas y de uso de la vivienda como forma de ganar dinero a base de especular) explotó a consecuencia de una mala praxis de entidades hipotecarias. De hecho, durante el verano de 2007 y los primeros meses de 2008 los indicadores relacionados con el sector de la construcción (ventas, precios, visados e hipotecas) marcaron las cifras más altas de su historia, y tras ello se inició una caída libre que se prolongó durante años[4].

En julio de 2008, Martinsa-Fadesa, la empresa inmobiliaria más grande de España, anunció el mayor concurso de acreedores de la historia. Esto comenzó una debacle que, unida a una serie de negligencias, a la falta de acción política y a la caída de Lehman Brothers[5] en septiembre de 2008, hicieron que la situación en España cambiara en poco tiempo y de una forma muy brusca, lo que abocó a muchas empresas a la ruina de la noche a la mañana. Y con las empresas, cayeron evidentemente los trabajadores.

Esta crisis económica y bancaria derivó en un aumento del desempleo en estos sectores[6], que generó a su vez un gran efecto dominó en toda la economía española. Los bancos ya no podían conceder créditos[7] para las familias y los pequeños empresarios, y tampoco para muchas políticas de gasto público, por lo que esta crisis pilló a España sin estar preparada y sin medidas para frenar los problemas a tiempo.

La crisis económica no sólo socavó los cimientos del Estado de bienestar. Los recortes sociales, los sobresaltos, la incertidumbre y el miedo también se llevaron por delante a multitud de ciuda­danos.

El número de parados pasó de 2,1 millones en 2008[8] a casi 6 millones en 2013[9], más del 26 por 100 de la población, situando a España a la cabeza de Europa en tasa de desempleo, sólo superada por Grecia.

Y la tasa de paro no dejó de aumentar desde que estalló la crisis de 2008, pasando de un 9,6 por 100 de paro total en aquel año a un 25,93 por 100 en 2014, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Pese a que en el año 2015 hubo una tasa menor que en el 2014, la realidad es que el porcentaje de paro total en España seguía siendo muy elevado, mientras que los salarios habían caído en picado[10].

En el año 2013, Comisiones Obreras (CCOO) denunciaba que 630.000 familias no recibían ningún tipo de ingreso[11], lo que generaba un enorme deterioro en sus condiciones de vida, que se extendía también a aquellos que aún mantenían su trabajo.

La llamada «pobreza laboral» –la que coloca bajo ese umbral a quienes trabajan– pasó de afectar al 10,8 por 100 de los ocupados a hacerlo con el 12,7 por 100 entre 2007 y 2010, según un informe de la Fundación Alternativas.

Una de las caras más duras de la crisis económica fueron los desahucios, que afectaron a miles de personas en nuestro país. Según la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), desde 2008 se han producido 1.002.000 desahucios[12].

La PAH nació en Barcelona, en febrero de 2009, para intentar ayudar a las personas que comenzaban a no poder pagar la hipoteca y que veían cómo, en la fecha prevista, la Policía las iba a desalojar de sus casas a la fuerza si era necesario.

Esta situación tan extrema provocó miles de suicidios. Concretamente, la PAH imputa al denominado terrorismo financiero más de 13.300 suicidios desde 2008 hasta 2015[13]. Según su informe, y tras analizar datos oficiales de la Policía, en España se producía un suicidio cada cinco horas a causa de la crisis económica.

Fue entonces, en plena hecatombe, cuando el Partido Popular aprobó de forma unilateral, sin acuerdo con los sindicatos[14], la reforma laboral de 2012, la carta que derribó el castillo de naipes que llevaba tambaleándose cuatro años.

Hay que tener en cuenta que, con la crisis, el miedo a perder el empleo era la tónica diaria de muchos trabajadores, un miedo que creció al aprobarse la mencionada reforma, que abarataba el despido al rebajar su indemnización por causa improcedente para los contratos indefinidos de 45 días por año trabajado a los actuales 33 días. Por otra parte, el tope máximo de mensualidades bajó a 24, desde las 42 que existían antes de dicha reforma, aunque se respetaron los derechos adquiridos por los trabajadores fijos con contratos anteriores. Para que nos hagamos una idea: cuando una empresa despide a un trabajador de forma improcedente, este recibe una indemnización de 33 días por año trabajado hasta un máximo de 24 años, mientras que antes de la reforma laboral de 2012 recibía una indemnización de 45 días por año trabajado hasta un máximo de 42 años.

Entre las medidas más polémicas y que más han precarizado a los trabajadores se encuentra –además del abaratamiento de los despidos– la ampliación de las causas por despido objetivo, incluyendo que se considere causa económica la disminución persistente (actual o prevista) del nivel de ingresos o de ventas, pagando al empleado el mínimo legal de 20 días por año con un tope de 12 mensualidades.

Un tercer cambio que afectó de forma directa y nociva a los trabajadores fue que la reforma laboral suprimió la necesidad de que el Ministerio de Trabajo autorizara los expedientes de regulación (ERE o despidos colectivos), haciendo que fuesen más sencillos de realizar.

Por último, pero no por ello menos importante, entre los grandes males de la reforma se encuentra la prioridad de los convenios de empresa sobre los de sector. De esta forma, si una empresa quiere pagar un menor salario a sus trabajadores, le basta con negociar su propio convenio y así elimina de facto todos los derechos que les ofrecía el convenio sectorial.

Lo que se vendió como una reforma para acabar con la temporalidad y mejorar la contratación no impulsó la creación de empleo ni la calidad del mismo. Al contrario[15], se repartió, mediante contratos de duración determinada a tiempo parcial, el empleo existente, convirtiendo a los trabajadores en ciudadanos pobres[16] e incapaces de vivir de su empleo.

En definitiva, la reforma laboral de 2012 ha sido una de las grandes responsables del aumento de la precariedad laboral en España, en todos los ámbitos. Tras su aprobación, el trabajo es de peor calidad, más inestable, menos seguro y peor pagado, ya que la reforma laboral profundizó en la devaluación salarial.

Según el informe de la Unión General de Trabajadores (UGT) Los daños de la reforma laboral de 2012. Datos de su impacto negativo sobre el empleo y los salarios[17], en el que se tratan las consecuencias de la reforma laboral de 2012 en nuestro país, lo único que se consiguió fueron más despidos, más rotación y precariedad laboral, una intensa devaluación salarial, menos flexibilidad negociadora en las empresas y más autoritarismo en la toma de decisiones.

Además, de 2011 a 2018 el número de ocupados creció en un 4,3 por 100, pero las horas trabajadas por persona descendieron un 0,9 por 100. La temporalidad también creció, y mientras que en 2011 la tasa era de un 25,1 por 100, en 2018 lo era de un 26,8 por 100. Sólo de 2013 a 2018 la tasa de temporalidad creció 3,6 puntos porcentuales. Asimismo, la tasa de empleo temporal en 2018 era la más alta desde el año 2008.

El mencionado informe también aporta datos sobre las políticas activas de empleo y concluye que la reforma laboral de 2012 apenas implicó alguna medida que mejorara la empleabilidad de las personas. Es más, la financiación de las políticas activas de empleo se recortó en el bienio 2012-2013 en 4.000 millones de euros, más de la mitad de la cuantía dedicada en 2011 a esta cuestión.

En los últimos años…

Muchos de los ajustes que se han llevado a cabo en España han pasado por devaluar los salarios a los trabajadores, así como por debilitar la negociación colectiva.

La crisis económica, la mala gestión, la reforma laboral… han ayudado a crear una cultura de la precariedad en la que España sigue inmersa y de la que parece realmente complicado salir, con salarios de miseria, pérdida de derechos y ciudadanos que no consiguen llegar al día 20 de cada mes.

Cuando me refiero a la «cultura de la precariedad», hablo realmente de la definición de «cultura»; es decir, del tejido social que abarca las distintas formas y expresiones de una sociedad determinada. Por ello, tras esta breve exposición para que el lector tenga un mapa mental de dónde venimos, pasaré a exponer la cultura de la precariedad desde todos –o casi todos– los puntos.

[1] Instituto Nacional de Estadística.

[2] S. López Letón, «La burbuja que embriagó a España», El País, 27 de octubre de 2015 [https://elpais.com/economia/2015/10/20/actualidad/1445359564_057964.html].

[3] Real Decreto-ley 3/2012, de 10 de febrero, de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral (BOE n.º 36, de 11 de febrero de 2012).

[4] E. Sanz, «La pesadilla de quienes compraron casa en 2007 aún sigue viva una década después», El Confidencial, 9 de septiembre de 2017 [https://www.elconfidencial.com/vivienda/2017-09-09/vivienda-precio-burbuja-inmobiliaria-boom-vivienda_1438745/].

[5] C. Delgado y S. Pozzi, «15 de septiembre, el día maldito que nadie quiere recordar en Wall Street», El País, edición digital, 15 de septiembre de 2016 [https://elpais.com/economia/2016/09/15/actualidad/1473927113_403186.html].

[6] «2008, año negro para el paro», El Mundo, edición digital, 8 de enero de 2009 [https://www.elmundo.es/mundodinero/2009/01/08/economia/1231401778.html].

[7] M. Máiquez, «Se acabó lo que se daba: el frenazo de los créditos bancarios ante la crisis económica», 20 minutos, edición digital, 14 de febrero de 2009 [https://www.20minutos.es/noticia/450291/0/frenazo/creditos/bancos/].

[8] «El paro sube en un millón de personas en 2008 y rebasa la barrera de los tres millones», El País, edición digital, 8 de enero de 2009 [https://elpais.com/economia/2009/01/08/actualidad/1231403573_850215.html].

[9] M. V. Gómez, «Más de seis millones de parados», El País, edición digital, 25 de abril de 2013 [https://elpais.com/economia/2013/04/25/actualidad/1366872244_350515.html].

[10] CCOO, «Los efectos de la crisis en los salarios», EnClave de Economía 2 (2015), p. 35.

[11] «CCOO reclama una renta mínima de 5.000 euros a las familias que no tengan ningún tipo de ingreso», Publico.es, edición digital, 24 de septiembre de 2013 [https://www.publico.es/actualidad/ccoo-reclama-renta-minima-000.html].

[12] «Desde 2008 se han producido 1.002.000 desahucios», Plataforma de Afectados por la Hipoteca [https://afectadosporlahipoteca.com/2020/01/28/desde-2008-se-han-producido-1-002-000-desahucios], consultado el 20 de agosto de 2020.

[13] «Un suicidio cada dos días en Madrid a causa del paro y los desahucios», El Confidencial Digital, 22 de agosto de 2017 [https://www.elconfidencialdigital.com/articulo/vivir/suicidio-dias-Madrid-causa-desahucios/20170821184707086425.html].

[14] «Reforma laboral 2012: todas las claves», RTVE, 21 de mayo de 2020 [https://www.rtve.es/noticias/20200521/claves-reforma-laboral-despido-mas-barato-nuevas-bonificaciones/502961.shtml].

[15] «La reforma laboral ha sido un fracaso con consecuencias devastadoras», en Ugt.es [https://www.ugt.es/la-reforma-laboral-ha-sido-un-fracaso-con-consecuencias-devastadoras], consultado el 10 de agosto de 2020.

[16] L. Olías, «El FMI concluye que la reforma laboral del PP creó empleo aunque aumentó la pobreza entre los trabajadores», eldiario.es, 13 de febrero de 2020 [https://www.eldiario.es/politica/minuto-politico-gobierno-mantendrian-electoral_6_1131719_1002622.html].

[17] UGT, Los daños de la reforma laboral de 2012. Datos de su impacto negativo sobre el empleo y los salarios, Servicio de Estudios de UGT, 2019.

Capítulo II

El trabajo como un privilegio

Hace unos años el hecho de tener un trabajo no era algo reseñable. Todos, más o menos, tenían sus oportunidades laborales y algunos incluso podían permitirse marcharse de su trabajo porque habían encontrado otro mejor. El trabajo se veía como el elemento motor que permitía a las familias vivir, a los jóvenes independizarse e incluso a algunos, en los mejores casos, ahorrar algo de dinero. Ahora nos encontramos con que es un privilegio y el buen trabajo algo hasta utópico, complicado y sólo al alcance de una minoría privilegiada.

Por eso cuando una persona lo encuentra es un afortunado, aunque eche más horas que un reloj, no le guste lo que esté haciendo, no se sienta desarrollado y/o se lleve mal con sus jefes. Esa persona, ese privilegiado, debe callarse para mantener el trofeo de lo que significa a día de hoy tener un trabajo, porque seguramente lo haya conseguido después de una dura competición en esa jungla precaria a la que llamamos mercado laboral. Habrá tenido que aceptar condiciones que en otros momentos no se hubiesen aceptado, y el miedo a perder el trabajo será uno de los factores que fomenten el silencio.

Parece que tener un empleo ya no es una necesidad vital para muchas personas que necesitan pagar facturas, comer todos los días, vestirse, comprarse un libro o tomarse una copa de vino de vez en cuando. Ahora parece que tener uno que te permita pagar las facturas y tomarte esa copa de vino es una concesión a la que sólo pueden acceder unos pocos.

Como desarrollaré en el resto de capítulos, en España hay un gran número de trabajadores pobres que viven en la precariedad pese a tener empleos. De hecho, cuatro de cada diez trabajadores son precarios, según UGT, y el 75 por 100 de las familias españolas no llega con solvencia a fin de mes, según una encuesta de la OCU. Otros tantos cabalgan entre la temporalidad, el desempleo y el trabajo en negro, y otros muchos renuncian a su vida social y familiar sólo para tener un trabajo que les cubra lo mínimo y necesario para vivir.

Ante esta situación, ante este mercado laboral –por llamarlo de alguna manera–, encontramos a jóvenes en casa de sus padres, frustrados por no tener una vida independiente; a ciudadanos con falta de derechos laborales por estar trabajando en B sin estar dados de alta en la Seguridad Social; a trabajadores que el día 20 de cada mes se quedan en números rojos; a personas que tienen que compartir piso con cuarenta años, y a jóvenes –y no tan jóvenes– que se marchan de España en busca de algo mejor (o simplemente algo) tras muchos intentos fallidos de quedarse en su país con un trabajo que les permita vivir.

Algunas de las consecuencias de la precariedad laboral son visibles en nuestro país, pero otras muchas no, porque cada uno de nosotros, sobre nuestras espaldas y en nuestro cerebro, llevamos a cuestas la ansiedad de no llegar a fin de mes, el miedo a ser despedidos, la incertidumbre de dónde estaremos el mes que viene y la frustración y la resignación de luchar contra algo que parece que no cambia.

En este capítulo abordaré lo que tenemos que hacer los ciudadanos para conseguir un trabajo, incluso para conseguir un mierda job: luchar, tragar y callar.

La competición de buscar trabajo en una jungla precaria en la que piden multitud de requisitos

Según terminamos los estudios, nos sueltan a la jungla del mercado laboral; nosotros, unos pollitos que no hemos oído hablar prácticamente de nada relacionado con el mismo. Algunos trabajamos para poder pagarnos los estudios , pero pese a ello la experiencia fue exactamente la misma: prácticamente todos hemos sido unos pollitos en mitad de una jungla llena de depredadores. Ni en la ESO ni en el Bachillerato se da ningún tipo de aproximación al mercado laboral. Sólo en Ciclos Formativos se imparte la asignatura de Formación y Orientación Laboral (más conocida como FOL), que desarrolla las nociones básicas del mercado de trabajo. Por eso es muy fácil que aceptemos trabajos con cláusulas más o menos abusivas y pasemos por el aro en determinadas cuestiones que, si conociéramos, no firmaríamos (o, por lo menos, nos lo pensaríamos dos veces antes de hacerlo).

Al final, nos encontramos con toda nuestra ilusión (que luego, en muchas ocasiones, se convertirá en desesperación y frustración) buscando trabajo en un mercado que sólo nos ofrece precariedad, temporalidad y prácticas.


Sección premium del portal de JobToday dedicado a la búsqueda de empleo.

Además, todas las partes se aprovechan de las personas que buscan trabajo y de su necesidad de trabajar. También las páginas de búsqueda de empleo. En muchas de ellas tienes que pagar si quieres que tu candidatura se vea o incluso sólo por poder postular a las ofertas de trabajo, como podemos apreciar en la imagen de la página anterior.

Aprovechándose de la precariedad y de la necesidad de encontrar empleo, muchas empresas piden multitud de requisitos para poder acceder a un puesto de trabajo. Básicamente, el futuro trabajador debe ser una persona que sepa de muchísimas cosas, que esté dispuesto a darlo todo por la empresa y a coger el teléfono a cualquier hora del día por muy poco dinero al mes.


Cuestionario de una oferta de trabajo en la página de búsqueda de empleo Infojobs.

La siguiente es una oferta real encontrada en Findablogger, en la que piden cinco años de experiencia, disponibilidad completa por Whats­App, correo electrónico y teléfono, y en la que pagan 1.000 euros al mes por un trabajo de coordinador. Una de las numerosas ofertas en las que no existe reciprocidad entre la experiencia y el salario que se ofrece.


Oferta de empleo encontrada en la web de Findablogger.

Como esta, se pueden encontrar muchas más en la red en las que se piden muchísimos requisitos a cambio de muy poco dinero.


Oferta de trabajo obtenida de la página de búsqueda de empleo Infojobs.

En España, un 37,3 por 100[1] de los empleados están sobrecualificados para el puesto de trabajo que desempeñan, según el último informe de la Comisión Europea sobre la evolución del mercado laboral y los salarios.

Otro tipo de ofertas muy comunes en las páginas de empleo son aquellas en las que se paga por un trabajo pese a que, en realidad, los empleados tienen que hacer las funciones de varias personas.

En Mierda Jobs he podido hablar con muchísimos empleados que realizan labores correspondientes a dos o tres puestos distintos, como fue el caso de una mujer interna en casa de un matrimonio mayor que tenía que hacer recados a los nietos de esos señores y limpiar la casa de una de las hijas.

Uno de los primeros artículos[2] que escribí en mi blog para Público trataba precisamente sobre esto y denunciaba el caso de una empresa que buscaba a una mujer menor de veinticinco años que trabajase como administrativa, limpiadora y community manager a jornada completa por 685 euros al mes.


Oferta de trabajo obtenida de la página de búsqueda de empleo JobToday.

El «mejor esto que nada»

«Mejor esto que nada» es una de las muchas frases que se utilizan cuando una persona está o va a estar en una situación de precariedad laboral; obviamente, no tener nada es peor que tener un sueldo bajo que permita al ciudadano comer y poder vestirse, pero el problema es que esa frase se utiliza como pretexto para todo.

Arturo Fernández, vicepresidente de la patronal española (CEOE), dijo en el año 2013 que «cualquier fórmula es mejor que estar en el paro»[3]. En 2019, cuando era candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso aseguró que ella prefería un empleo a no tener ninguno[4] y especificó que, «cuando empiezan a hablar de empleo basura, me parece que es ofensivo para la persona que está, a lo mejor, deseando tener ese empleo ba­sura».

En mi opinión, son dos los problemas que se ponen de manifiesto: en primer lugar, el uso de esta frase para legitimar el seguir precarizando a los trabajadores y, en segundo, el problema de dónde poner el límite, difuminando a la baja el trabajo y la explotación. Si se sigue perpetuando la idea de «mejor eso que nada», ¿qué panorama podemos esperar? Es importante romper esta inercia, porque a lo mejor el «eso es mejor que nada» puede convertirse en ilegal, en una explotación total a los trabajadores. De hecho, esta tendencia de explotación bajo esa y otras afirmaciones similares es una realidad que ocurre en nuestro país.

No es la única frase que nos podemos encontrar en el mercado laboral que legitima la precariedad y el abuso a los trabajadores. Otras, como «muchas personas desearían estar en tu puesto», atemorizan a los trabajadores al poner el foco sobre ellos mismos, y dejan atrás las condiciones laborales que llevan aparejadas este tipo de afirmaciones. ¿Dónde está el límite para justificar la precariedad? ¿Está en hacer horas extra y no pedir la remuneración por miedo al despido? ¿Está en que te contraten a media jornada y te hagan trabajar a jornada completa pagando la mitad del sueldo en B? ¿Está en que te cambien los horarios de un día para otro? O ¿acaso está en que un empleado esté trabajando como falso autó­nomo y no se atreva a decir nada a la empresa ni a la Inspección de Trabajo?

La precariedad laboral mina el bienestar de nuestro día a día, nos atrapa entre el paro y el empleo temporal mientras se sufren abusos entre trabajo y trabajo. Este tipo de frases, de trampas, de formas de actuar por parte de algunos empresarios, generan una cultura: la cultura de la precariedad.

Los sectores más precarios

Aunque la precariedad en España es algo habitual, existen sectores que son realmente precarios, ya no sólo por los salarios, sino por las jornadas laborales, la inestabilidad y las horas extra no remuneradas. Los trabajos que requieren menos cualificación y los ocupados normativamente por mujeres suelen ser los más afectados. Entre ellos, cabe destacar el de trabajadora del hogar y el de ayuda a domicilio. Muchas de estas mujeres trabajan sin estar dadas de alta en la Seguridad Social y cobrando por debajo del salario mínimo. Además, el hecho de que muchas sean migrantes hace que los empleadores se aprovechen aún más de su situación de vulnerabilidad.

Por otra parte, se pueden destacar los trabajos en la hostelería. En muchas ocasiones, camareros y cocineros tienen que trabajar muchas más horas de las que se estipulan en su contrato. Hay casos de empresas que contratan a estos trabajadores a media jornada y estos acaban haciendo más de diez o de 12 horas cada día. En el verano de 2021 las condiciones de los camareros saltaron de nuevo al debate público porque varios empresarios hosteleros de Almería denunciaron que no encontraban camareros para trabajar durante el periodo estival. Ante estas declaraciones, hubo un aluvión de respuestas en redes sociales en las que los propios profesionales de la hostelería denunciaban que no faltaban camareros, sino condiciones dignas. Vigilantes de seguridad, repartidores a domicilio, trabajadores de limpieza y mantenimiento, incluso in­formáticos son otras de las profesiones más precarias en España.

[1] «España es el país europeo con más trabajadores sobrecualificados», El Heraldo, edición digital, 8 de noviembre de 2019 [https://www.heraldo.es/noticias/economia/2019/11/08/espana-es-el-pais-europeo-con-mas-trabajadores-sobrecualificados-1342902.html].

[2] A. de la Fuente, «Tres en uno: administrativa, limpiadora y community manager a jornada completa por 685€ al mes», Público, 12 de junio de 2019 [https://blogs.publico.es/mierdajobs/2019/06/12/tres-en-uno-administrativa-limpiadora-y-community-manager-a-jornada-completa-por-685e-al-mes/].

[3] «La CEOE quiere negociar con los sindicatos nuevas fórmulas “flexibles” de contratación», 20 Minutos, edición digital, 22 de agosto de 2013 [https://www.20minutos.es/noticia/1900862/0/ceoe-negociar/formulas-flexibles-contratacion/sindicatos/].

[4] «Díaz Ayuso dice que es ofensivo hablar de empleo basura porque hay gente “que desea tener uno”», Público, 9 de mayo de 2019 [https://www.publico.es/politica/diaz-ayuso-dice-ofensivo-hablar-basura-hay-gente-desea.html].

Capítulo III

Cultura, romantización y opinión pública

Existe algo peor que explotar a los trabajadores, y es explotarlos mientras les hacen creer que su explotación es algo bueno, cool y único. Hacerles pensar que su precariedad tiene un carácter positivo. Utilizar los medios de comunicación para generar opinión pública y que esta desempeñe un papel negativo para los propios trabajadores y positivo para las empresas que abusan de ellos.

Se han creado conceptos que romantizan la precariedad laboral y se ha intentado engañar a los trabajadores para que desarrollen su labor de forma sumisa, sin ni siquiera plantearse si las empresas están cumpliendo con sus derechos.

Por culpa de esa romantización, de esa cultura que ensalza el no poder salir de casa los fines de semana o el no poder poner una lavadora cuando hay una pila de ropa sucia en el cesto, hemos visto a personas pobres o con inestabilidad económica aplaudir situaciones realmente desgraciadas. En este capítulo vengo a hablar precisamente de esto.

Romantización de la precariedad

Para comenzar el análisis correspondiente, quiero pararme en dos cuestiones básicas a la par que maquiavélicas: hablo de la romantización de la precariedad y de lo que apodo «la cultura de Mr. Wonderful» (llamo así a la exaltación de panoramas o actitudes de precariedad haciéndolas pasar por casos de superación al más puro estilo del sueño americano). Ambas cuestiones trascienden la propia precariedad, convirtiéndose en un intento de blanquear la situación de millones de trabajadores. Es decir, son una herramienta para intentar engañar al ciudadano, convenciéndolo de que su pobreza es algo positivo y que su necesidad de pluriemplearse para poder llegar a fin de mes es realmente lo que se conoce como «cultura del esfuerzo».

Podemos decir que esta romantización es una burla del sistema capitalista hacia los trabajadores, pero en realidad va un paso más allá, para que los precarios sigan siendo precarios, pero con una identidad que no los cataloga como tal. Me explico: en una sociedad en la que es tan importante el individuo, este tipo de prácticas consigue que los trabajadores precarios dejen atrás su conciencia colectiva para identificarse con una idea inexistente que los catapulta a la autenticidad, a sentirse únicos, cuando en el fondo son un trabajador precario más.

Por ese motivo se han creado neologismos con los que hacer más «auténtica» y más «moderna» la precariedad que arrastra una gran parte de la población.

Así han nacido conceptos como friganismo, coliving o nesting, que no son más que las típicas prácticas que hacen las personas pobres, porque no tienen dinero aunque se encuentren trabajando, pero pintadas de purpurina para que la sociedad no se queje de sus condiciones materiales. Paso a explicar estos conceptos tan trending, para que se observe que de «modernos» y «apasionantes» no tienen absolutamente nada.

El friganismo[1] consiste en comer de la basura, una «moda» que siguen las personas que van a bancos de alimentos porque no tienen con qué alimentar a sus hijos. Aunque nació en Estados Unidos en los años noventa, no llegó a España hasta 2016 de la mano de una publicación de El País.


Titular de El País sobre el friganismo.

El coliving[2] (palabra que recuerda al coworking) básicamente consiste en compartir piso ante la imposibilidad de pagar unos alquileres muy caros. Algo que seguro que han disfrutado mucho las personas durante el confinamiento a causa de la pandemia de coronavirus. Existen varios tipos de coliving: las personas que comparten piso directamente y los espacios que están a medio camino entre el piso compartido y una residencia de estudiantes, de los que normalmente saca provecho una empresa.


Titular de El País sobre el coliving.

El nesting[3] (cuya traducción es «anidar») consiste en no salir de casa durante el fin de semana por no tener dinero. En España este término lo usó por primera vez El País en 2017.


Titular de El País sobre el nesting.

Desde hace años hay algunas empresas que utilizan el término trabacaciones, un neologismo que se crea al juntar la palabra «trabajo» con la palabra «vacaciones», derivado directamente del mismo término en inglés: workaction. Esto, aplicado a la realidad, quiere decir que un trabajador, si se va de vacaciones o de escapada, debe llevarse consigo sus obligaciones laborales para volver de sus días de descanso con tareas adelantadas.


Aunque parezca alucinante, la realidad es que estos conceptos existen y son empleados por una parte de la población y difundidos por los medios de comunicación; algo que nos muestra cómo el liberalismo sin escrúpulos puede ser tan retorcido como para vendernos de «único» una serie de «experiencias» que, en realidad, son torturas causadas por la precariedad laboral y el nivel de vida tan elevado respecto a los salarios del país. Utilizan la precariedad como seña de identidad, al igual que podría ser tener un yate o practicar hípica los domingos en el caso de las economías más notables.

La romantización que engaña al precario es –por así decirlo– una romantización inteligente, la cual está cargada de márketing, porque, como decía anteriormente, pone al individuo en el centro y su precariedad como algo auténtico, lo que no sucede si se romantiza a los ricos y su forma de vida. Ejemplo de ello han sido la cantidad de críticas que han recibido diversos futbolistas, cantantes y actores durante la cuarentena domiciliaria obligatoria por el coronavirus.

España estaba confinada y nadie podía salir de sus casas durante los meses de marzo, abril y mayo, una situación realmente terrible, porque familias enteras veían su economía truncada y los despidos y los ERTE se iban contando por miles, mientras muchas de ellas tenían que pasar los meses encerradas en habitaciones o, incluso, en zulos[4]. En ese momento llegó la romantización de la cuarentena por parte de algunas celebridades, entre las que podíamos encontrar al futbolista del Real Madrid Sergio Ramos o al jugador neerlandés Rafael van der Vaart[5], mostrando, a través de sus redes sociales, cómo vivían rodeados de lujo y dinero. La sociedad se les echó encima; ya no eran únicos, porque no tenían esas piscinas ni esos chalets y tenían que pasar los meses encerrados en pisos pequeños y muchos de ellos sin luz. No es lo mismo que te vendan como algo auténtico tu situación precaria, centrándose en ti, que ver a multimillonarios jugando al voleibol en una piscina desde tu smartphone. Parece que es ahí donde se encuentra el punto de inflexión.

Un ejemplo similar puede ser lo que ocurrió con el youtuber Ibai Llanos, muy famoso entre la juventud, entre otras cosas, por vivir en un chalet con sus amigos, incluso con el que graba todos sus vídeos y partidas.

Ibai siempre ha contado con la simpatía del público, lo que le ha llevado a tener más de tres millones de seguidores en Twitter. Pues bien, el simpático Ibai decidió gastar una broma durante los días más calurosos del verano publicando un tuit en el que decía: «Si yo con aire acondicionado y piscina, me estoy muriendo, cómo es posible que vosotros sigáis vivos, qué clase de superpoder tenéis».

Esta broma no hizo ninguna gracia a sus seguidores, porque, de nuevo, el sentimiento de autenticidad no existía, sino que era una mera burla (sin ningún tipo de márketing) a las personas precarias que no pueden tener un aire acondicionado y tuvieron que estar en su casa a 35 grados durante los meses de verano.

Cultura de Mr. Wonderful

A la romantización de la pobreza se le suma lo que denomino la cultura de Mr. Wonderful[6], una cultura que consigue que muchas personas pierdan la perspectiva de la realidad, convirtiendo en enternecedoras situaciones atroces. Un cóctel perfecto, porque por un lado tenemos la romantización de la pobreza, que podría ser aceptada o no por las personas precarias, y por el otro la cultura de Mr. Wonderful, que consigue que los precarios acepten esa romantización hasta el punto de ser colaboradores necesarios de la misma.

Ahora procederé a ilustrar con varios ejemplos cómo una parte de la sociedad convierte en algo «cuqui» lo que realmente es un drama social.

«La imagen más hermosa que verás hoy»

En diciembre del año 2018 una popular tuitera mexicana publicaba la imagen de una anciana con varias flores para vender cargadas a la espalda. La tuitera publicó la foto acompañada de un mensaje en el que se podía leer: «Esta bella señora merece ser la imagen del interminable trabajo de las mujeres en nuestro país. Ojalá la incluyeran en alguna campaña de alguna Secretaría. La imagen más hermosa que verás hoy».


Imagen de un tuit en el que se romantizaba la precariedad de la anciana.

Aunque la imagen suscitó algunas críticas, la red se llenó de comentarios aplaudiendo a la anciana. Estos son algunos de ellos: «Gracias por compartir... es muy linda... si pudiera pintar ese momento sería un retrato hermoso con todos los contrastes!!», «Belleza mexicana, que Dios bendiga a esta mujer trabajadora».

La historia que «te levantará el ánimo»

En noviembre de 2019 se hizo viral la historia de Francisco, un anciano que, al no llegar a fin de mes, se dedicaba a repartir comida a domicilio a pie, a través de la plataforma Uber Eats. La circunstancia de Francisco fue compartida por un usuario de Twitter que pedía generosidad con las propinas, ya que «el señor lo hace con actitud». Lo hacía de la siguiente manera: «El señor Francisco es un repartidor de Uber Eats que hace sus entregas a pie, se pierde un poco entre las calles, pero de que llega, tengan paciencia y sean generosos con su propina, es mayor y tiene la necesidad de trabajar. Muy amable el señor, lo hace con toda la actitud». Aquí el tuit:


Imagen de un tuit en que se romantizaba la situación de un repartidor de edad avanzada.

Al viralizarse el mensaje, varios medios comenzaron a hacerse eco de la historia con titulares como «Conoce a Francisco, el abuelito que hace entregas de Uber Eats caminando», en los que hablan de la historia que «te levantará el ánimo».

Si andabas bajoneado, o de malas, te tenemos una muy buena noticia, que seguro te dará ternura a más no poder y te levantará el ánimo. Y es que, así como lo leíste, en Ciudad de México hay un abuelito que hace entregas de Uber.

Los artículos sobre Francisco fueron muy compartidos en redes sociales, con comentarios en los que se «admiraba» su «valentía» y su «fuerza», sin que muchos usuarios se percatasen del verdadero drama del anciano.

«José, el anciano que sobrevive con marcapáginas, enternece a las redes»

También en noviembre del año 2019, un joven residente en Barcelona publicó la imagen de un señor mayor vendiendo marcapáginas pintados por él mismo para llegar a fin de mes. La historia se hizo viral y en las redes se podía leer a jóvenes contar que la historia del anciano los había «enternecido mucho». De nuevo, sin pararse a pensar por un segundo lo que supone que una persona de ochenta y cinco años tenga que vender en la calle para llegar a fin de mes.

Tanto corrió la historia de José, que una web dedicada a Barcelona tituló su historia de la siguiente manera: «José, el anciano que sobrevive con marcapáginas, enternece a las redes».

El revuelo fue tal que, tan sólo un día después, la familia informó de que José no vendía marcapáginas por no llegar a fin de mes. Y es que, aunque José no lo necesitaba, la gente aplaudía su actitud pensando que sí tenía tal necesidad y cayendo de nuevo en la cultura de Mr. Wonderful. Aquí podemos ver la story de Instagram de uno de los jóvenes:


Story de Instagram en la que se puede ver a José vendiendo marcapáginas en Barcelona.

Al final, todos estos ejemplos muestran la deshumanización tan peligrosa que genera esta cultura. Con ella es fácil perder la perspectiva de la realidad y pensar que todo es un selfie, una foto para Instagram o un post de Facebook, lejos de atender al drama social que rodea a cada una de estas imágenes e historias.

Opinión pública y medios de comunicación

Los medios de comunicación son un pilar básico en una sociedad, ya que son generadores de una parte de la opinión pública. Sobre ellos recae una enorme responsabilidad, que se incrementa durante las épocas de crisis, debido a que son uno de los principales instrumentos, junto con la educación, de la formación del carácter colectivo y las opiniones en las personas.

Muchos de ellos han servido de altavoz para romantizar de una forma u otra la precariedad laboral y la pobreza, introduciendo términos como «salario emocional» o los ya citados con anterioridad (nesting, coliving, friganismo, etcétera).

En este capítulo ejemplificaré tanto las muestras más evidentes de romantización de la pobreza en los medios como otro tipo de normalización que pasa desapercibida y que, precisamente por ello, es más difícil de identificar y más fácil que cale en la sociedad.

Durante unos años el diario El País publicó una serie de artículos dedicados a normalizar y dulcificar la precariedad. En 2015 se pudo leer uno titulado: «9 trucos para calentar la casa sin encender la calefacción»[7]. Entre ellos se recomendaba utilizar una manta o hacer deporte, normalizando de esta manera la pobreza energética. Un año después, el mismo medio publicó otro artículo, ya mencionado, titulado: «Friganismo: la última dieta hipster es coger comida de la basura»[8]. En él explican que, si el ciudadano se compromete a no comprar comida y a no cenar fuera de casa, el dinero puede traducirse en «nuevas formas» de inversión. El nesting también fue un término al que el diario El País le dedicó un artículo: «No salir de casa en todo el fin de semana rebaja la ansiedad e ilumina la mente»[9].

Fue el diario El Mundo el que publicó un artículo en el año 2018 sobre un término llamado coliving, que básicamente consiste en no poder alquilar un piso y tener que compartirlo con más personas. El Mundo lo tituló así: «El coliving, la nueva moda de casa compartida se planta en Madrid»[10].

La revista GQ, también en el año 2018, lanzó un artículo en el que se aseguraba que la última moda entre los ricos era vestirse de po­bre, bajo el título: «PobRicos: por qué ahora los ricos se visten de po­bre»[11]. Este artículo va un paso más allá, ya que hablamos de situaciones sociales de privilegio. Sería totalmente inviable que una productora no contratase a Lady Gaga por vestir en chándal, mientras que el trabajador tiene que asistir a su entrevista de trabajo con la única camisa que tiene en el armario.

En 2019 no cesó la romantización de la precariedad en los medios y en febrero de ese año la revista Glamour publicó un reportaje de moda en el que mezclaban ropa de Prada y Gucci con mochilas de reparto de Glovo.


Imagen de una modelo en la revista Glamour posando con una mochila de Glovo.

En julio, El Periódico dedicó un artículo al boom entre los españoles de hacer la colada fuera de casa; una práctica que nada tiene que ver con la «comodidad» de buscar una lavandería, meter la monedita y esperar a que se lave la ropa, sino con el hecho de no disponer de dinero suficiente para comprar una lavadora o arreglarla si esta se estropea.

A los artículos en los que se muestra la romantización más evidente se les suman otros en los que parece que la evidencia es más sutil, como por ejemplo el que publicó Antena 3 en su página web en noviembre de 2019. El titular decía lo siguiente: «Los españoles cada vez valoran más el salario emocional por encima del sueldo»[12], y se hacía referencia al teletrabajo, a las vacaciones y a la conciliación familiar; aquí me quiero detener un momento. En él se recoge como «plus» –lo que ellos denominan «salario emocional»– cuestiones que vienen recogidas en el propio Estatuto de los Trabajadores (si bien es cierto que el teletrabajo no venía especificado en el momento de su publicación). Podemos decir que este artículo normaliza la pobreza de una forma que pasa desapercibida, ya que no todo el mundo tiene conocimiento de lo que pone en el Estatuto de los Trabajadores ni de lo que se puede negociar en un convenio colectivo, y de esta forma vende derechos de los trabajadores como logros o preferencias de los mismos.

Hemos podido observar durante la pandemia de coronavirus cómo algunos medios, también sutilmente, han normalizado la precariedad del personal sanitario (que no contaba con los suficientes medios), alabándolo como si lo formasen héroes y no personas que luchaban contra un virus y en favor de un sistema sanitario público, ahora debilitado tras innumerables recortes.

Fueron los propios médicos y enfermeros los que alzaron la voz en redes y en la calle para exponer que no eran héroes, sino trabajadores de un sector que es vital para la sociedad. Entre los mensajes que se volcaron durante esos meses, quiero destacar el de un enfermero de la sanidad pública llamado Fígaro, que decía lo siguiente: «Mirad, no. No somos héroes. Somos trabajadores de un sector que es vital para el normal funcionamiento y estabilidad de una sociedad; ahora, y el año pasado. Y con la matraca del heroísmo se está romantizando una precariedad asistencial y profesional que nunca fue normal».


Imagen de un tuit de Fígaro, un enfermero de la sanidad pública en el que reivindica la falta de medios.

El agradecimiento por bandera

La crisis económica, la precariedad laboral derivada de la misma y la escasez de trabajo han generado un caldo de cultivo perfecto para que se cumpla «el agradecimiento por bandera». Una cultura establecida entre empresario y trabajador, de la que parece que no hay que dudar y que se debe practicar como si fuera parte del trabajo.

Efectivamente, «es de bien nacido ser agradecido» y el hecho de tener un trabajo tiene que ser un motivo de alegría para los trabajadores, porque significa que van a poder llevar dinero a casa y vivir con una mínima dignidad. O por lo menos eso significaba hace años, pero «el agradecimiento por bandera» es algo muy dife­rente.

Últimamente estamos asistiendo a la pleitesía máxima del trabajador a la empresa. Esta práctica va mucho más allá del típico peloteo al jefe. Estamos hablando de que muchos trabajadores tienen que escuchar en sus empresas frases como «tienes que estar agradecido por tener trabajo», «hay muchas personas que querrían estar en tu puesto» o «en la cola del paro hay miles de personas como tú».

Frases que desmoralizan y sirven para asustar al trabajador y endiosar al empresario al concederle la potestad de decidir «quién vive y quién muere» no sólo por la calidad del trabajo, sino por permitir sus abusos fuera y dentro del horario laboral. Es decir, ya no importa que el empleado desarrolle bien sus tareas; ahora también tiene que echar horas extra sin remunerar, debe callar si se cometen injusticias y debe demostrar sumisión ante el que le paga la nómina a final de mes.

Paradójicamente, estas prácticas se dan más en trabajos peor remunerados y con peores condiciones –como la parcialidad y la temporalidad–. Es en estos trabajos en los que los abusos son más sencillos de cometer, ya que suelen ocuparlos personas precarias que, si son despedidas, tienen mayor dificultad a la hora de encontrar otro trabajo. Además, en este tipo de empleos existe una menor presencia sindical (pues los trabajadores no se afilian para el poco tiempo que van a permanecer en su puesto), por lo que es más sencillo que se cometan abusos y fraudes. En esos casos la situación se retroalimenta, ya que, al no haber presencia sindical, se abre un camino hacia el empeoramiento de las condiciones.

El hecho de que se instaure el «agradecimiento por bandera» en el discurso laboral consigue incorporar otro elemento dañino más en el acervo cultural del que venimos hablando, que perjudica al trabajador que tiene o está buscando un empleo y ampara al empresario sin escrúpulos para que cometa mayor número de abusos.

La mejor forma de no perder la perspectiva en cuanto al trabajo y el agradecimiento es conociendo la propia definición de contrato laboral: el contrato de trabajo es un acuerdo entre el trabajador y el empresario, en virtud del cual el trabajador se compromete a prestar sus servicios de forma voluntaria, por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección del empresario, que se compromete al pago de una retribución. Es decir, el contrato es un acuerdo en el que ambas partes intercambian algo para que la relación contractual funcione. El empleador paga un salario y el empleado aporta su fuerza de trabajo (intelectual y/o física) al empleador. Ya está.

Es fundamental que no perdamos de vista lo que es una relación de trabajo. Todo lo demás es un exceso, un abuso por parte del empleador que no se ajuste a lo establecido.

El fenómeno del mileurismo

Muy ligado al apartado anterior está el fenómeno del mileurismo. Nos encontramos en un punto en el que los salarios son tan bajos, la inestabilidad tan alta y el hecho de encontrar un trabajo tras ser despedidos tan complicado, que nos han acostumbrado a la fuerza a pensar que cobrar 1.000 euros tampoco está tan mal. Quien dice 1.000 dice 1.200, una cantidad de dinero con la que en la mayoría de ciudades españolas hay que hacer malabares para poder llegar a fin de mes y con la que es prácticamente imposible ahorrar. En muchas ocasiones, estos trabajadores viven al día y estiran sus sueldos hasta el 30 de cada mes, mientras cruzan los dedos para que la nómina no se retrase, porque son incapaces de hacer frente a las facturas que entran el primer día del mes.

El problema de que existan salarios tan bajos ha quedado patente durante la pandemia. En marzo de 2020, cuando multitud de empresas se sumaron a los ERTE y el SEPE se colapsó, muchos trabajadores no consiguieron cobrar la prestación al mes siguiente y se vieron ahogados en facturas porque no tenían dinero para afrontarlas. Incluso nos encontramos familias que directamente no tenían margen ni para comer. Trabajadores con nóminas muy justas que se vieron sin nada de un mes para otro.

Lo que antes de la crisis de 2008 era algo propio de jóvenes, de aquellos que entraban al mercado laboral y tenían que asentarse, ahora es la norma. El tener capacidad de ahorro es un lujo que sólo se pueden permitir unos pocos. En el año 2017, más del 86 por 100 de los españoles no podían ahorrar. El 86,6 por 100 de los españoles con rentas ingresaban menos de 30.000 euros al año, por lo que era «prácticamente imposible» destinar parte del dinero a algún producto de ahorro o inversión, según los técnicos del Ministerio de Hacienda[13]. En la actualidad, el salario moda –el más repetido– en España es de 18.469 euros y el salario medio es de 24.395 euros brutos anuales. ¿Quién puede ahorrar cobrando 1.200 euros en 12 pagas? ¿Quién puede tener un colchón para imprevistos cobrando esa cantidad de dinero? Pocos, muy pocos. Además, hay que tener en cuenta el nivel de vida. Si el alquiler de un piso pequeño en Usera o Carabanchel –dos barrios humildes del sur de Madrid– cuesta mínimo 700 euros, ¿qué margen de maniobra pueden tener los trabajadores? Ninguno.

Una de las cuestiones fundamentales es que esos millennials (nacidos entre 1981 y 1993), que en 2008 cobraban 1.000 euros como becarios –sabiendo que era una etapa por la que había que pasar, pero que no duraría para siempre–, se han hecho mayores. Ahora son adultos, son padres y han intentado formar una familia cobrando los mismos 1.000 euros que ganaban en su juventud. Esos hombres y mujeres llevan años formando parte del mercado laboral, llevan mucho tiempo aportando al sistema de pensiones, consumiendo, pagando alquileres y la gasolina del coche. Llevan años estirando sus sueldos, cruzando los dedos para que la nómina no se retrase, porque son incapaces de hacer frente a las facturas que entran el día 1.

Sin embargo, las siguientes generaciones no hemos entrado en el mercado laboral cobrando 1.000, lo hemos hecho cobrando 300 y con suerte. Nuestra aspiración al entrar ya no es cobrar un salario de 1.600, como era la de nuestros hermanos mayores, es llegar a esos 1.000 euros para poder organizarnos una vida. Precaria, inestable, justa, difícil… pero una vida. Y es así, si la cosa no cambia, como todas las generaciones acabaremos siendo mileuristas.

La deshumanización de los trabajadores

En una sociedad en la que se romantiza la precariedad laboral, se intentan instaurar y normalizar actitudes que evidencian esta problemática y se promueve una fuerte distorsión entre lo que es y lo que debería ser el trabajo, es muy sencillo que se llegue a la deshumanización de los trabajadores.

El término deshumanización define un proceso mediante el cual una persona o varias pierden o son despojadas de sus características humanas. Al desaparecer aquello que les hace humanos, pueden perder automáticamente los derechos que tienen por su condición.

Considerar a las personas únicamente como recursos (humanos), como números que sirven para configurar estadísticas y datos macroeconómicos, reducirlas a mercancías de las cuales extraer su fuerza de trabajo, ha favorecido el crecimiento de la precariedad laboral. Y es que, si una empresa antepone el beneficio económico a todas las cosas (incluida la salud y la seguridad de sus trabajadores), obvia los derechos y las necesidades de los mismos, ya que son fácilmente sustituibles por otros «más rentables» (no enfermos, más jóvenes, a los que se pueda pagar menos…).

Voy a intentar explicar, con un ejemplo muy gráfico (y real), la deshumanización de los trabajadores en una gran empresa, en este caso el Burger King[14]. La empresa de hamburguesas es conocida por dar un servicio barato, rápido y a domicilio, por lo que necesita mucho personal que trabaje a destajo durante las horas en las que presta servicio a la empresa. Para ello suele nutrirse de dos tipos de trabajadores: jóvenes y migrantes. Dos tipos de personas que necesitan trabajar con urgencia y que suelen tener miedo a perder su fuente de ingresos.

Las contrataciones que realiza suelen ser temporales, parciales y con horarios rotatorios (fines de semana incluidos). Es decir, Burger King contrata a personal precario, aprovechándose de su situación, a los que mantiene como temporales y a los que no le importa despedir cuando dejan de ser útiles o comienzan a ser molestos por reclamar sus derechos. No es que lo diga yo porque tenga especial inquina a la empresa, esto ha sido denunciado por los sindicatos desde el año 2018. Concretamente, en septiembre de ese año, el coloso de las hamburguesas despidió a tres sindicalistas de CCOO alegando «acoso laboral». Tras varios meses, los trabajadores tuvieron que ser readmitidos, al firmarse un acuerdo en acto de conciliación.

Aquí vemos cómo a la empresa no le interesa que esos «números» se organicen para reivindicar sus derechos como trabajadores (humanos). De hecho, la lucha de Burger King contra los sindicatos es conocida: un año después de este acontecimiento, UGT tuvo que denunciar que la compañía no concedía las horas sindicales a los representantes de los trabajadores[15].

Pero si estos hechos no son suficientes para mostrar la deshumanización de los trabajadores que no pueden ejercer su derecho a organizarse, la empresa va un paso más allá para convertirse en el ejemplo perfecto de lo que quiero mostrar.

En plena crisis derivada del coronavirus (2020), Burger King despidió a más de 20 trabajadores que se encontraban de baja por incapacidad temporal. Es decir, que la empresa despidió entre mayo y junio a más de 20 trabajadores que se encontraban de baja médica.

El despido se les notificó mediante dos cartas estandarizadas: en la primera acusaron a los trabajadores de simular la enfermedad (es importante destacar que las bajas las tienen que dar los médicos) y en la otra se los despedía alegando bajo rendimiento (algo bastante complicado porque no estaban trabajando).

Entre las personas despedidas se encontraba una mujer que había estado varias veces en urgencias por una infección en un pecho y una joven que se había roto el ligamento cruzado de la rodilla y estaba esperando la operación.

Además, este modus operandi, según denunció CCOO, ya había sido llevado a cabo por la empresa durante el mes de diciembre del año 2019, despidiendo a otra remesa de trabajadores.

En ambos ejemplos se puede observar cómo los trabajadores son fácilmente sustituibles por otros más sanos y dóciles. Es importante tener un rebaño tranquilo y que las ovejas den leche para que la economía de la empresa siga funcionando; de no ser así, no hay que tener ningún tipo de pudor a la hora de prescindir de las ovejas descarriadas. En estos casos de despido con «cartas tipo», realmente no importa si el trabajador ha bajado su rendimiento, ha fingido una enfermedad o ha acosado laboralmente; lo relevante es alegar lo que sea para quitar de en medio a aquellos que molestan y que cunda el ejemplo de lo que uno puede o no hacer, independientemente de que esos actos que han sido fuertemente castigados son derechos laborales adquiridos hace años.

La cultura de la gratisfacción

Tras más de dos años llevando Mierda Jobs y más de cinco en el mercado laboral, observé que en España se da mucho la gratisfacción entre las ofertas de trabajo, entre las empresas y entre los propios trabajadores. Por ese motivo, decidí hacer un artículo en Público explicando lo que para mí significa este fenómeno que tantas veces se repite en el mercado laboral y que engloba dos términos: gratis y satisfacción.

Para ello, puse varios ejemplos reales de ofertas de empleo. Y en este apartado añadiré tres para ejemplificar en lo que consiste la gratisfacción en las ofertas de trabajo.

El aprendiz entregado

Un cuestionario para poder postular a un trabajo cualquiera: «¿Estarías dispuesto a dedicar un año de prácticas sin retribución económica en una empresa con el objetivo de adquirir experiencia en el mundo empresarial y conseguir una beca de estudios para descubrir las habilidades digitales más demandadas?».


Cuestionario previo en una oferta de Infojobs.

El superhéroe cieneurista

Un anuncio de prácticas cualquiera: «Buscamos personal para nuestro departamento administrativo-comercial. Deberá hacer tareas administrativas, análisis de convenios colectivos y actualización de los mismos, actualización de documentación comercial, realización y actualización de ofertas comerciales e introducción y actualización de datos comerciales en nuestra intranet propia. Se ofrece una remuneración de 150 euros mensuales y horario de cuatro horas diarias».


Anuncio obtenido de Infojobs.

El colaborador generoso

Una conversación de WhatsApp en la que ofrecen trabajo a cambio de visibilidad: «nos gustaría mucho que pincharas online una o dos horas […] Presupuesto no hay, nene, estamos intentando recuperar todo lo perdido en estos meses».


Conversación de WhatsApp cedida por el DJ Carlos Salinas y posteriormente publicada en Público.

Como si de un favor se tratara, estas empresas ofrecen explotación gratis a cambio de visibilidad, experiencia, apelar a la vocación o lo que se les pueda ocurrir, aprovechándose de la necesidad de las personas. Sin embargo, este término va mucho más allá y engloba más situaciones.

Hay mucha gente que asume que debe trabajar gratis para poder optar a un empleo remunerado, pero además existen empresas que pintan esa explotación de purpurina para intentar enganchar a trabajadores precarios y jóvenes que trabajen gratis pero con satisfacción. Voy a poner los mismos ejemplos que puse en el artículo que apareció en Público[16].

Imaginad que una joven consigue un trabajo en prácticas en una gran empresa que tiene su oficina en Gran Vía o en Plaza de Castilla. Además, la empresa tiene cierto nombre dentro del sector y cuando entra hay unos ascensores preciosos y la gente va estupendamente vestida. Llega a la entrevista y le ofrecen hacer prácticas sin remunerar a cambio de (más) experiencia y la joven acepta.

Al final, ella tendrá la satisfacción de estar allí unos meses, ganar más experiencia (si cabe) en una empresa con un gran nombre, poder conocer gente importante que va estupenda, trabajar en un escritorio con unas vistas estupendas y hacer todo eso de forma totalmente gratuita. Eso es la gratisfacción.

Como este, hay muchos casos. Imaginad que una gran marca saca un concurso de diseño para una campaña por la que ganará una pasta. Ofrece visibilidad al que gane el concurso y crear imagen de marca, pero ni un céntimo. Como es una empresa conocidilla y habrá algún medio que se hará eco de esa campaña, se presentan 100 trabajos diferentes. Al final, gana el trabajo de Federico, que ha tardado tres días en pensar, diseñar y perfilar la idea. Se publica que su trabajo es el premiado y que su firma estará plasmada en la esquina inferior derecha (de su propio diseño) en los carteles de la campaña. Además, algún medio recoge que el ganador ha sido él, justo al final del texto.

Federico estará encantado y pensará (o por lo menos cruzará los dedos) que es posible que alguien le llame (y le pague) en un futuro por haber ganado ese concurso, y lo difundirá en sus redes sociales y entre sus contactos, difundiendo a su vez la campaña y la empresa que le ha utilizado para que trabaje gratis. De nuevo, el fenómeno de la gratisfacción.

Otro ejemplo es el de los moderadores de videojuegos, páginas web, etc. Son trabajos; hay gente que cobra por ello y hay otros muchos que lo hacen gratis. En muchas ocasiones, esa persona es fan del videojuego o de la página en cuestión y se ofrece a moderar. Hay veces que le dedican jornadas enteras para que todo esté perfecto o lo más perfecto posible, y lo hacen de forma totalmente gratuita. Los llena de satisfacción hacer ese trabajo, ser moderadores, pero lo hacen por cero euros al mes. He aquí la gratisfacción.

Dicho fenómeno se produce, entre otras cosas, porque se valora muy poco el trabajo creativo, porque nos encontramos en un contexto que permite multitud de abusos a través de las prácticas y las becas, y porque existe una cultura empresarial en la que se estila mucho el ofrecer trabajo precario como una oportunidad.

[1] P. Móvil, «Friganismo: la última dieta hipster es coger comida de la basura», El País, edición digital, 24 de marzo de 2016 [https://elpais.com/elpais/2016/03/23/tentaciones/1458743983_806662.html].

[2] R. Salvador, «Alquilar habitaciones en ‘coliving’, entre la experiencia y la precariedad», La Vanguardia, edición digital, 21 de diciembre de 2020 [https://www.lavanguardia.com/economia/20201221/6137929/coliving-alquilar-vivienda-piso-habitacion.html].

[3] R. F-Novoa, «“Nesting”: el secreto de la felicidad está en tu casa», ABC, edición digital, 13 de marzo de 2020 [https://www.abc.es/summum/living/salud-fitness/abci-nesting-secreto-felicidad-esta-casa-201801301013_noticia.html].

[4] «Confinados en “minipisos”, una experiencia agobiante con sus vías de escape», 20 Minutos, edición digital, 11 de abril de 2020 [https://www.20minutos.es/noticia/4223469/0/confinados-minipisos-experiencia-agobiante-vias-escape/].

[5] C. E., «Los insultos a Rafael van der Vaart por matar el tiempo en su piscina climatizada», El Confidencial, 18 de marzo de 2020 [https://www.elconfidencial.com/deportes/futbol/2020-03-18/rafael-van-der-vaart-coronavirus-insultos-real-madrid_2504263/].

[6] A. de la Fuente, «No son abuelitos erigidos en héroes, son víctimas: así convertimos la pobreza en lemas de Mr Wonderful», Público, 16 de noviembre de 2019 [https://blogs.publico.es/mierdajobs/2019/11/16/no-son-abuelitos-erigidos-en-heroes-son-victimas-asi-convertimos-la-pobreza-en-lemas-de-mr-wonderfull/].

[7] D. Ruiz Fájula, «9 trucos para calentar la casa sin encender la calefacción», El País, edición digital, 28 de enero de 2015 [https://elpais.com/elpais/2015/01/22/buenavida/1421926098_497439.html].

[8] «Friganismo: la última dieta hipster es coger comida de la basura», cit.

[9] B. Chávez, «No salir de casa en todo el fin de semana rebaja la ansiedad e ilumina la mente», El País, edición digital, 29 de marzo de 2017 [https://elpais.com/elpais/2017/03/22/buenavida/1490183687_382361.html].

[10] J. Barbacho, «El ‘coliving’, la nueva moda de casa compartida se planta en Madrid», El Mundo, edición digital, 10 de noviembre de 2018 [https://www.elmundo.es/madrid/2018/11/10/5be5c799468aeb337b8b4587.html].

[11] J. M. Ruiz, «PobRicos: por qué ahora los ricos se visten de pobre», GQ, 20 de diciembre de 2018 [https://www.revistagq.com/moda/tendencias/articulos/ricos-vestidos-de-pobres/32338].

[12] «Los españoles cada vez valoran más el ‘salario emocional’ por encima del sueldo», Antena3 Noticias, 4 de noviembre de 2019 [https://www.antena3.com/noticias/economia/los-espanoles-cada-vez-valoran-mas-el-salario-emocional-por-encima-del-sueldo_201911045dbfcbc80cf282fef3000601.html].

[13] «El 86,6% de los españoles no tiene capacidad de ahorro, según Gestha», Europa Press,13 de octrubre de 2017.

[14] A. de la Fuente, «Trabajadores de Burger King denuncian que los despiden estando de baja alegando “poca productividad”», Público, 16 de junio de 2020 [https://www.publico.es/economia/trabajadores-burger-king-denuncian-les-despiden-estando-baja-alegando-productividad.html].

[15] «UGT denuncia que Burger King no le concede las horas sindicales a los representantes de los trabajadores», Huelva 24, edición digital, 6 de noviembre de 2019 [https://huelva24.com/art/131289/ugt-denuncia-que-burger-king-no-le-concede-las-horas-sindicales-a-los-representantes-de-los-trabajadores].

[16] A. de la Fuente, «‘Gratisfacción’: la perversión de trabajar gratis solo por tu simple satisfacción», Público, 13 de diciembre de 2020 [https://blogs.publico.es/mierdajobs/2020/12/13/gratisfaccion-la-perversion-de-trabajar-gratis-solo-por-tu-simple-satisfaccion/].

Darmowy fragment się skończył.