Czytaj książkę: «Antología 9: Resiliencia»

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RESILIENCIA

Con Dios podemos levantar vuelo desde las cenizas... y volver a sonreír.

Aldo Stumpfs, Andrea Blawdziewicz, Beatriz Orco, Carolina Flores, Claudia Leonczyk, Cristian Gallo, Cristina Torrez, Daniel Ramos, Diego Armando Mejía, Esther Fellove, Esther Szczerba, Eugenia Sánchez, Ezequiel García, Gladys Lareu, Jorge Martínez, Laura Díaz, Laura Rodríguez, Leiry Suriel, Leo Tomeo, Lucas R. Salas, Magalí Núñez, Marcelo Laffitte, María Augusta Rivera, María Luján Barros, María Magdalena Álvarez, Nancy Rodríguez Gómez, Pablo González, Sandra Longoria, Valeria Ashllian, Videlma Vogel, Waleska de Sánchez, Yonny Tarón.

Resiliencia: con Dios podemos levantar vuelo desde las cenizas... y volver a sonreír / Aldo Stumpfs... [et al.]. -1a ed.- Pilar: M. Laffitte Ediciones, 2021. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-8901-06-0 1. Vida Cristiana. 2. Autoayuda. I. Stumpfs, Aldo. CDD 248.4

Copyright © 2021 - Autores Varios

mlaffitteediciones@gmail.com

M. Laffitte Ediciones

mlaffitteediciones@gmail.com

www.mlaffitteediciones.online

Coordinadora de Antologías

Esther Szczerba

Todos los derechos reservados conforme a la ley. Prohibida la reproducción de esta obra, salvo en segmentos pequeños, sin la debida autorización de los autores.

ISBN 978-987-8901-05-3 (Papel)

ISBN 978-987-8901-06-0 (ePub)

Diseño & Diagramación

Slater Designer / www.slaterdesigner.com

Fotografía de Flor de Bess Hamiti en Pexels / foto de Tierra de James Frid en Pexels


ÍNDICE

Prólogo

Mis manos

Por Magalí Núñez

No quiero ser fuerte, ¡quiero ser feliz!

Por Videlma Vogel

¿Por qué a mí?

Por el pastor Leo Tomeo

Nadie más resiliente que Jesucristo

Por Eugenia Sánchez Cisneros

Mi milagro me sonríe

Por Sandra Longoria

De cómo Dios utilizó el Covid para impactar mi vida

Por el pastor Jorge Martínez

Dios siempre hace su parte, yo trato de hacer la mía

Por Carolina Flores

Cuando la vida triunfa

Por Claudia Leonczyk

Una sola palabra tuya bastará

Por Yonny Tarón

Los sueños que nadie puede robar

Por la pastora Gladys Lareu

No se trata de mí

Por Waleska de Sánchez

Semblanzas

Por Daniel Ramos

¿Por qué?

Por la pastora Esther Szczerba

Mi milagro tiene color Azul

Por Cristina Torrez

¿Por qué algunos sí y otros no?

Por Marcelo Laffitte

Todo ayuda para bien

Por María Augusta Rivera

Los consejos están para que nadie los tome

Por Beatriz Orco

Renovados por Él

Por Ezequiel García

Mujer: fuiste creada para algo mayor

Por Valeria Ashllian

¿Resiliente?

Por María Luján Barros

Noé, ¿varón justo y perfecto?

Por Lucas R. Salas

No temas volver a empezar

Por Esther Fellove

La vida empuja y Dios ataja

Por Andrea Blawdziewicz

Levántate y resplandece

Por Nancy Rodríguez Gómez

Sirviendo sin límites

Por la pastora Leiry Suriel

De la persecución al avivamiento

Por el pastor Aldo Stumpfs

Ella será tu sonrisa

Por María Magdalena Álvarez

Levanta tus ojos y mira

Por Laura Rodríguez

Sueño cumplido

Por Diego Mejía

¿Libertad con sabiduría o libertad con miedo?

Por Laura Díaz

No te rindas

Por Cristian Gallo

PRÓLOGO

Las personas resilientes son aquellas que tienen adentro un sol que nunca se pone. Podrán ser alcanzadas por nubes grises que lo opacan por un tiempo, pero ese sol vuelve a brillar.

Resiliencia es volver de la tragedia.

Es apagar las lágrimas y recuperar la sonrisa.

Es la capacidad de hacer frente a los dolores de la vida y transformar ese sufrimiento en vientos favorables para salir fortalecidos.

Este libro encierra la congoja de treinta personas. De treinta personas de fe. Pero también cuenta sobre la recuperación que experimentaron después. A mí a esas situaciones me gusta llamarlas “resiliencias con Cristo”. En ellas, la noche más oscura es vencida por la mañana más esplendorosa.

Es que ser lastimados en la vida es inevitable, pero de ninguna manera significa ser abatidos.

Dijo Kahlil Gibrán: “Del sufrimiento surgen los espíritus más fuertes. Los caracteres más sólidos están plagados de cicatrices”.

Si has pasado por una tragedia no significa que ya estás roto y no sirves para nada más. Significa que Dios te puso a prueba y no te has desmoronado.

Dios nos promete algo maravilloso: que Él mismo vendrá a enjugar nuestras lágrimas… y yo agrego: y a devolvernos la paz, el gozo y una nueva fortaleza.

Marcelo Laffitte

Director de M. Laffitte Ediciones

Mis manos

Lo que fue objeto de estigmatización hoy es herramienta de creación. Dios me devolvió al diseño original por dentro y por fuera. Y el perdón me trajo la paz que solo Él da.

Por Magalí Núñez

Vivo al lado de un parque y una noche de tormenta se cayó un árbol sobre el costado izquierdo de la casa. Gracias a Dios no hubo daño material fuera ni dentro y la mañana siguiente vinieron de la municipalidad a cortarlo.

Ese día me acerqué y vi lo que quedaba de él: Era un pedazo pequeño de tronco, cortado en dos. Parecía que el hacha se había ensañado, dividiéndolo. “¡Te portaste mal al caerte, chico!”. ¿Ese era el mensaje? Había pedazos de tronco por todas partes. Ramas rotas, hojas desparramadas. ¿Acaso no era un bonito árbol, lleno de vida, que cobijaba pajaritos y cuyas ramas daban una linda sombra?

Renaciendo de lo roto

No. Ya no había árbol. Había desaparecido. Solo quedaban los pedazos en el suelo sin vida, destrozados, vulnerables, solos. ¿Acaso no lloraba? ¿Cuántas personas fueron necesarias para destruirlo? ¿Dos o tres? ¿Qué utilizaron? ¿Sierra eléctrica? ¿Hacha? ¿Por qué tenían que partir en dos lo poco que emergía del suelo? ¿El propósito era que no vuelva a crecer? ¿Qué te hicieron, querido árbol? Primero la tormenta te derribó. Y para rematar, al día siguiente los empleados te cortaron en pedazos.

Pasaron varios meses y un día, al pasar por ahí, vi que de una de las partes dañadas habían nacido hojas. Usted me dirá: “He visto muchas veces esa maravilla de la naturaleza”. Yo solo había visto fotos. Y ahí estaba, delante de mí, palpable y admirable. Era un mensaje a mi alma. Me quedé absorta un buen rato, y le saqué una foto.

Mis pensamientos giraban en torno a esas hojas verdes, brillantes; hasta diría que eran alegres, sentía que me sonreían. Esa naturaleza emergente, airosa y debutante. ¡Tan real! De lo roto, de lo quebrado, de lo desechado, de lo caído… se puede renacer, volver a empezar, y creo que a veces mejor de lo que era antes.

Manos de lana

No sé por qué, pero esta imagen me recordó a mí. ¿Cuándo comencé a romperme? Porque de niña no me autolesioné, e igual que al árbol, hubo personas que destrozaron mi alma. ¿Fue por etapas? ¿Cuándo me di cuenta de que no podía unir mis pedazos rotos? Había algo en mi interior que me decía que no nací destrozada. Pero mis recuerdos llenos de heridas en el alma, etiquetas negativas, rechazo, miedos y desilusión, se entremezclaban. Igual que el árbol, había tenido un buen inicio. E igual que el árbol, me vi rota en mi interior, sola y abandonada.

Hoy solo hablaré de un pedazo de vida: mis manos. Recuerdo que cuando era niña solía frecuentemente dejar caer algo: una taza, un platillo, etc. ¿Tenía problemas de atención? No sé. ¿Será que hacer caer la primera cosa fue tan terrible para mí que el miedo hizo que vuelva a hacer caer las siguientes? Tampoco sé. Solo sé que me gané un sobrenombre: “Manos de lana” o “de trapo”. Quien me llamó así fue mi madre. Esa etiqueta negativa siempre estaba acompañada de apreciaciones sutiles sobre mi personalidad, denotando que era muy temerosa e insegura.

¿Y qué fue creciendo en mí? Por un lado, las tazas por el suelo eran la evidencia que gritaba mis fallas; y por el otro, el sentimiento oscuro, pesado, que se encriptaba en mi alma: “No sirves. Eres inútil. No puedes llevar ni una simple taza. Dudo que puedas lograr algo en la vida”.

Esos sentimientos de inutilidad, fracaso, impotencia e ira, de no lograr las cosas más simples, fueron marcados por otras experiencias tristes que se acumularon dentro mío. Era un mar de sentimientos dolorosos, de pedazos del alma que navegaban sueltos en mí, sin rumbo. Solo el dolor, que iba en aumento.

Dentro de los recuerdos que aún conservo, era una niña muy tímida, de pocos amigos. No solía corretear, porque siempre terminaba en el piso. Y si alguna vez trepé un árbol fue con nefastas consecuencias. Lo único bueno que solía hacer era estudiar y leer. Mi primer libro, a los nueve años, fue “Corazón”, de Edmundo De Amicis. Y desde entonces hasta ahora no dejé de leer. Mis libros son mis amigos y compañeros de la vida.

Decidí estudiar psicología pese a que quería estudiar arquitectura. Puse en la balanza costos, y además en esa época no era aún una opción común para chicas. Antes de concluir mi carrera, hice terapia. Logré hablar de algunos de mis miedos. Después que me gradué, comencé a trabajar.

Trabajé bien. Tenía estabilidad económica. Viajaba de vacaciones al exterior, y lo disfrutaba mucho. Todo parecía marchar bien, pero no era así. En mi interior los sentimientos de desvalorización crecían como hierba mala en un jardín descuidado. Trataba de disimular los síntomas, pero había un vacío que aullaba de dolor.

Había una niña que escondía sus faldas tras un paraguas de miedo. Veía cómo ese sentimiento de nulidad se desplazaba por mi mente con descaro, mostrándome los huecos inmensos en el piso de mi personalidad. Por prescripción propia comencé a consumir antidepresivos. Tremendo error. Creo que consumí alrededor de un año.

Conociendo a Jesús

Una noche, unos amigos me invitaron a una reunión. No me explicaron que era de oración, y menos de evangélicos (en esa época era una buena católica). Las alabanzas me gustaron mucho (eran canciones de Marcos Witt), pero lo que me impresionó fue la seguridad de ese hombre delgado con acento brasilero que daba el mensaje de Dios y hablaba como si Él fuera su gran amigo. Era el pastor José María Gontijo.

Me impactó. ¿Este hombre realmente hablaba con Dios? Pensaba: “¿Será cierto? ¿Se podrá conversar con Él?”, y esa noche me rendí al amor de Dios, a Su presencia. Regresé a casa con esperanza. Esa esperanza se convirtió en convicción. Esa convicción se transformó en decisiones. Esas decisiones dieron curso a una nueva vida, hasta el día de hoy.

Fue una maravillosa noche estrellada de septiembre en 1992 cuando recibí al Señor en mi corazón. De ahí, a bautizarme y disponer la casa para un grupo de oración de jóvenes, fueron decisiones en secuencia. Inmediatamente dejé los antidepresivos. ¡Qué alivio! Después descubrí que estaba escrito en la Palabra de Dios: “Venid los que están cansados y yo los haré descansar”.

Estaba cansada de las pastillas, y me quitó esa carga. A cambio puso gozo en mí. Nunca más volví a probar un antidepresivo. Todo esto ocurrió casi en los tres o cuatro primeros meses después de esa reunión. Mi angustia se convirtió en paz, esa paz que sobrepasa todo entendimiento, y la inseguridad aterradora se transformó en fortaleza.

Me aferré a la Palabra de Dios. El primer versículo que recuerdo es 2 Timoteo 1:7: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. Llegó a lo más profundo de mi corazón. Fue escrito para mí y era una invitación a mi sanidad. Jesús sabía lo que me pasaba. No podía ocultarle nada. Él quería mi restauración, unir todos los pedazos rotos. Abrazaba mi alma y me valorizaba. Estaba en un pozo y me sacó, limpiándome con tanta delicadeza y ternura que vi cómo llenaba de amor mi vaso vacío.

Mi madre

Así empezó mi caminar con Jesús. Me hablaba a través de su Palabra, y todo lo que aprendía estaba bajo su dulce mirada. Caminar con Él es sencillo. No hay un ápice de confusión. Por ejemplo, cuando le pregunté por qué mi madre me mostraba rechazo, me llevó a una nueva forma de ver la relación, haciéndome preguntas que fueron ordenándose muy lentamente, con amor:

“Magalí, ¿sabes cuántos años estuvo tu madre en un internado de monjas?” Respondí: “Casi diez”. A los ocho años, mi madre y mi tía Fanny fueron enviadas a un internado de monjas italianas. Terminaban las clases y en vacaciones viajaban mis abuelos y las llevaban a casa. Pero a veces decidían vacacionar solos y las dejaban todo el verano en el internado. “Y tú, ¿cuántos años estuviste en un internado?”. Quedé en silencio, porque Él sabía la respuesta: Apenas logré soportar un año. Al siguiente me mudé a la casa de una amiga.

Con mucho amor y respeto siguieron las preguntas sobre la vida mi madre. Quería estudiar bioquímica, pero mi abuelo quebró económicamente y ella abandonó su anhelo de ir a la universidad. A cambio, sostuvo la casa de sus padres no solo en lo económico, sino haciéndose cargo de sus hermanos.

Comencé a caminar a través de recuerdos, revisando cada circunstancia que tuvo que enfrentar mi madre: la discapacidad de su hermano como consecuencia de la polio; el fallecimiento de su hermana menor a los veintiséis años, quedando su hijo bajo la tutela de mi madre y sin el apoyo expreso de mi padre, quien luego le fue infiel y abandonó el hogar. Quedamos tres hijos y ella embarazada de cuatro meses.

Y así, soportó adversidad tras adversidad. Todo en silencio, sin queja, refugiándose en Dios. Solo la vi llorar desconsoladamente cuando recibió la noticia del fallecimiento de mi tía. También cuando murieron mis abuelos. Y hace nueve años, cuando falleció su último hermano. Solo lloraba ante el dolor de la muerte.

Nunca vi a mis abuelos dar un abrazo a mi madre. ¿Se sintió ella amada por sus padres después de todo lo que hizo por ellos? No sé. ¿Recibió valoración de parte de mi padre? Tampoco sé. Cuando mi padre se enfermó de cáncer tuve que viajar a buscarlo a otra ciudad para internarlo aquí. Ella fue a visitarlo a la clínica. Volvía a verlo después de más de treinta años de divorcio, y lo hizo con una actitud de verdadera hija de Dios, con respeto. A la semana falleció, y estuvo en el velorio y en el entierro, viendo sepultar al único hombre que conoció y amó.

Cuando el Señor terminó de mostrarme su soledad y carencia de amor, me preguntó: “¿Puedes transformarla? ¿Puedes cambiar ese dolor?”. Dije: “No”. Entonces, dulcemente dijo: “Solo ámala. Es mi creación”. Nunca más pregunté el porqué de su rechazo. Simplemente aprendí a disfrutarla cuando ella me lo permitía. Y aprendí a perdonar con el perdón de Dios, y a mirar con Sus ojos. Mientras lo hagamos con los nuestros vamos a ver fallas en los otros, pero con los ojos de Dios vamos a ver que en cada falla muchas veces hay una herida abierta. Es nuestra decisión.

Tuve que elegir entre mi pasado lleno de dolor o aceptar el asombroso amor de Dios. Yo no era mi pasado. Decidí por la verdad, por el amor y dejé que restaure todas las áreas de mi vida, no solo mis manos. Mi hijo, ya en la adolescencia, solía visitar a mi madre por largas horas, quizás como un presentimiento de que se acortaba su estadía en esta tierra.

Como todo lo que hace el Señor tiene su tiempo y su manera, una linda tarde de otoño recibió a Jesús en su corazón, confesándolo como su único Salvador. Mi madre era un roble, de pocas palabras, de salud inquebrantable. Fue una excelente maestra de escolaridad básica. Y cuando se jubiló, se negó a estar frente a una pantalla de televisor y decidió pasar sus horas sirviendo al prójimo, ayudando en su parroquia.

Un día, con ochenta y dos años presentó una neumonía y fue internada. Dios permitió que no sufriera, porque a las dos semanas falleció. Fui la última hija que cerró sus ojos. Estoy segura de que volveré a verla, y nuestro caminar será pleno. Tres meses antes de su fallecimiento, segura de que Dios me guiaba, le pedí perdón. Respondió que no tenía nada que perdonar. Varios años después me enteré de que estaba orgullosa de la clase de madre que yo era. Lloré, y di gracias a Dios.

Manos transformadas

¿Y mis manos? Fueron transformadas desde esa conversación con Jesús. Quitó los rótulos y etiquetas que tenía grabados en mi mente y en mi corazón. Cambió todos los sentimientos de desvalorización por amor y aceptación. Entonces aprendieron a dibujar, a pintar, a tejer, a cocinar, a formar rosas en porcelana fría, a hacer bolsos de macramé, a bordar, y escribir cuentos y poemas.

Mis manos levantaron vuelo y volaron lejos, porque las palabras negativas fueron retiradas. Volví al diseño original, tal como me creó Dios. Mis bordados fueron pequeñas creaciones hechas con amor, porque mis manos se deleitaban en su nuevo caminar. Mis trabajos viajaron primero por mi país y luego cruzaron fronteras: Estados Unidos, Australia, Brasil; y seguirán viajando, porque no hay límites para aquello que Dios restaura.

Hay que creer la verdad, la cual está en las palabras de Jesús en Lucas 4:18: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos”. Esta verdad está vigente: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Él anhela nuestra restauración. Al sanarme, también me dio un propósito. Y desde hace veintinueve años he sido instrumento en Sus manos para sanidad interior de muchas personas. He visto cómo Su amor asombroso ha sanado y transformado, y le dije: “Sí, heme aquí”. Así será hasta que tenga que tomar “el último tren a casa”, como dijo el pastor Dante Gebel.


Magalí Núñez Camacho nació en Camiri y actualmente reside en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Es licenciada en Psicología y exdocente universitaria. Es autora de textos escolares de tutoría “Santa Cruz con valores”. Fue parte del equipo profesional que en 1990 fundó el Hogar de Niños Santa Cruz. Es directora del Proyecto Misericordia, asistiendo con víveres y medicamentos a personas sin trabajo. Magalí brinda apoyo en Sanidad Interior.

Whatsapp: +591-78539779

Email: nunezcamachomagali@gmail.com

No quiero ser fuerte, ¡quiero ser feliz!

¿Alguna vez escuchaste hablar de resiliencia? ¿Sabías que superar las dificultades y estar dispuesto a aprender de ellas te capacita con mayores recursos para afrontar el futuro?

Por Videlma Vogel

Mientras preparaba una charla para mujeres de todas las edades, me inspiré en un libro escrito por Bárbara Johnson, titulado “Ponte una flor en el pelo y sé feliz”, donde dice “El dolor es inevitable, pero sentirse miserable es opcional”. ¡Cuánta verdad hay en esta frase!

La historia de Bárbara es sumamente impactante y a la vez motivadora. Después de perder a dos de sus tres hijos y atravesar un sinfín de adversidades tanto de salud como familiares, habla de esperanza y anima a otros a no perder la fe en Dios. Asegura que Él puede tomar tu tribulación y convertirla en un tesoro, y que en medio de la oscuridad aprenderás lecciones que tal vez nunca habrías aprendido a la luz del día.

Resiliencia

Dejaré en manos de los profesionales la definición y procedencia del término, y su adaptación de la física a la psicología. Seguramente estará explicado más de una vez en esta antología. En cuanto a ejemplos de personas resilientes podríamos comenzar nombrando una larga lista de personajes de la Biblia tales como Sara y Abraham; José, el hijo de Jacob; Moisés; Job; Ester; David; Pablo; luego los discípulos, y así podríamos seguir. Cada uno de ellos con sus características y matices.

Un gran ejemplo de resiliencia fue Rahab, la prostituta de Jericó. Escondió a los espías salvándoles la vida y, en consecuencia, salvó la suya y la de su familia. Rahab demostró tener una gran capacidad de adaptación, dejando atrás su pasado para abrazar la fe en un Dios vivo y amoldarse a una cultura desconocida, con otras costumbres y tradiciones nuevas para ella. ¿Cómo es que una ramera termina siendo mencionada en la genealogía de Cristo?

A lo largo de la historia de la humanidad hubo infinidad de ejemplos de personas resilientes cuyas historias impactan e inspiran a enfrentar gigantes, pelear batallas, luchar contra viento y marea, y a no darse por vencidos. Las personas resilientes:

Asumen la dificultad como una oportunidad para aprender; como Liz Murray, psicóloga, escritora y conferencista, hija de padres adictos a las drogas, criada en las calles y con todas las fichas apostadas a que sería una indigente más. Decidió cambiar el rumbo de su vida, retomando sus estudios a la edad de 15 años. (Película: “Una indigente en Harvard”).

 Son conscientes de sus potencialidades y limitaciones, como Tony Meléndez, guitarrista y cantautor discapacitado que aprendió a tocar la guitarra con los pies, por haber nacido sin brazos. Un ejemplo de vida, superación y auto aceptación.

 Son perseverantes, como Abraham Lincoln, cuya carrera estuvo llena de fracasos antes de llegar a la presidencia de los Estados Unidos y ser recordado por abolir la esclavitud.

 Son tenaces en sus propósitos, como Nelson Mandela, quien después de haber estado 27 años preso llegó a ser presidente de Sudáfrica, cambiar la historia de ese país y recibir el premio Nobel de la paz.

 Son creativos como Bárbara Johnson, que usa el humor en situaciones adversas.

 Desarrollan un optimismo realista, como la madre de Thomas Edison, quien rehusó hacer caso a la carta del maestro que decía que su hijo era un ignorante.

 Confían en sus capacidades, como Nick Vujicic, un hombre nacido sin brazos ni piernas, que recorrió el mundo dando conferencias de superación.

Se dice que la resiliencia puede ser innata o adquirida. Hay personas que parecen tener desde su nacimiento cierta capacidad para tolerar las frustraciones y dificultades de forma positiva. Pero también existe la posibilidad de desarrollar e incorporar este tipo de recursos personales si tenemos a Dios en nuestras vidas. Él nos da las herramientas necesarias para afrontar cualquier desafío.

Son innumerables las historias de personas que supieron levantar los brazos en señal de victoria después de haber atravesado situaciones extremas como tragedias, enfermedades o experiencias traumáticas y dolorosas. Pero también hay que decir que el lapso entre el primer momento del dolor y la superación de este… es un camino árido, donde abundan las lágrimas y, en muchos casos, se vuelve insoportable.

Entre el duelo y la resiliencia

El duelo es, por definición, “tristeza por la pérdida o ausencia de un ser querido”. Los duelos “duelen”, y no se puede evitar. Es un tiempo durante el cual se transitan etapas que para los profesionales tienen nombres o fases, pero para aquel que se encuentra en ellas es una montaña rusa de emociones incontrolables.

La sensación de vacío generada por una pérdida demanda un período de adaptación a las nuevas circunstancias. Encontrar un nuevo sentido a la vida después de perder a un ser querido muy cercano dependerá de la capacidad de cada ser humano en forma individual. Pero cuando creemos y confiamos en que de alguna forma se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.

No quiero ser fuerte

Cuando mi esposo falleció, algunas personas con buenas intenciones nos decían que debíamos ser fuertes. A mis hijos les decían que tenían que serlo para ayudar a su madre, y a mí, por ellos. Mi reacción, aunque no en palabras audibles, pero sí en mis pensamientos, fue “No quiero ser fuerte”.

Se suponía que debía reponerme rápidamente para poder hacerme cargo de la familia. En ese momento, mis hijos estaban cursando sus estudios en la facultad y ese año me tocó enfrentar sola el nido vacío. A ellos les tocó seguir con sus estudios sin el apoyo y presencia de su padre. El primer tiempo del duelo llegué a pensar que jamás volvería a experimentar momentos de alegría en mi vida. El dolor era demasiado fuerte.

La familia: el antes y el después

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.” (Isaías 55:8). Perder a mi esposo a los 46 años y de manera repentina no era algo que se me hubiera cruzado por la cabeza en esa etapa de nuestras vidas. Teníamos proyectos como matrimonio y también como familia. Hasta entonces funcionábamos bastante bien, con los altibajos que tienen casi todas las familias.

Estábamos en una etapa muy linda en la cual habíamos fortalecido las relaciones entre nuestros hijos y nosotros, disfrutando de las pequeñas cosas como jugar a las cartas o simplemente charlar sobre sus estudios, sus intereses o sus preocupaciones. Nos gustaba mucho viajar los cinco, compartir un rico asado los fines de semana y tomar mate alrededor de la cocina a leña en invierno.

Beto y yo fuimos padres jóvenes e inexpertos. Nuestros tres hijos nacieron al poco tiempo de casados y nuestro mayor desafío fue el de formar una familia cristiana. Deseábamos transmitir a nuestros hijos la fe y la confianza en un Dios vivo, y que aceptaran a Cristo como su amigo y su Salvador.

Debo decir que la iglesia, como familia de Dios, fue parte de este proceso ya que de una u otra manera siempre estuvimos involucrados en algún ministerio. Esto permitió que ellos crezcan en un ambiente sano, con enseñanzas basadas en la palabra de Dios y actividades adaptadas a las etapas de crecimiento de niños y adolescentes.

Pudimos presenciar con mucha emoción el día que cada uno se bautizó y agradecíamos a Dios por habernos guiado y acompañado en la tarea de ser padres. No fue un camino fácil y no fueron sólo rosas. También hubo espinas. Juntos atravesamos montes y valles. Hubo salud y enfermedad, risas y llantos. Pero Dios siempre estuvo a nuestro lado día a día, en las buenas y en las malas, nunca nos abandonó.

¿Por qué comparto esta parte de nuestras vidas? Justamente porque aquél 29 de marzo de 2010, cuando la tragedia golpeó a nuestra familia, no pude entender qué había pasado. Hasta ese día estaba acostumbrada a una relación con Dios marcada por la bendición de ser su hija. Contaba con su protección y cuidado. No dudaba de su presencia en nuestras vidas.

Entonces, ¿dónde estaba Dios en ese momento? Algo estaba mal, muy mal. En mi cabeza había pensamientos que nunca antes había tenido: seguramente Él se había equivocado, había un error. De inmediato comencé a experimentar emociones desconocidas para mí. Negación de la realidad. Sentía un dolor punzante en el pecho. Confusión en mi relación con Él. Sentí un vacío inexplicable en mi interior, acompañado de un fuerte deseo de morir. De un momento a otro mi mundo se volvió cenizas.

Aquella hermosa familia que Dios nos había regalado, la que juntos estábamos construyendo, fue partida como por un rayo y la vida dejó de tener sentido. Sentí mucha impotencia. Ver a mis hijos llorar al lado del ataúd de su padre me rompió el corazón, y ver a mi suegra despidiendo a su hijo me dejó sin palabras.

Un tiempo diferente: el camino del duelo

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4). Tengo que reconocer que la palabra duelo sólo la empleaba para hablar de otras personas que perdían a sus seres queridos. Eso era todo. Ni siquiera sabía qué decir en momentos así. Y ahora éramos nosotros los que recibíamos abrazos con lágrimas y palabras de consuelo. Ahora nos encontrábamos del otro lado. Cada uno comenzando a transitar un camino llamado duelo, que no habíamos elegido y del cual no teníamos referencias, al menos no lo suficiente como para avanzar.

Duelo y muerte son palabras que, por lo general, tratamos de evadir. Es como si pudiésemos evitar morir al no pronunciar la palabra. A nadie le gusta hablar de dolor y muerte. Sin embargo, después de haber atravesado ese camino, descubrí lo importante y necesario que es hablar del tema hasta agotar las palabras.

Está bien que no estés bien

Iniciar ese camino fue una de las cosas más difíciles que nos había tocado hacer como familia. No teníamos la menor idea de cómo transitar un duelo o cuánto tiempo duraría. No había una ruta marcada. Al comienzo dependíamos de otras personas que nos fueron ayudando a dar los primeros pasos.

Una persona sabiamente me describió esos pasos como los de un niño que aprende a caminar: un paso a la vez, con caídas, golpes y volver a levantarse para seguir avanzando. No correr, porque no hay una salida rápida, pero siempre avanzando para no quedar estancado en alguna parte de ese camino. Y cada uno buscó su propio camino de duelo, como en un laberinto con varias salidas.

Ayudar a otros

A mis manos comenzaron a llegar libros de autoayuda. La lectura fue una de las maneras de iniciar ese camino. Pronto pude entender que si las experiencias que otros vivieron y contaron me ayudaron, también mi historia podría ser un eslabón en esa cadena. Entendí que, si Dios me había consolado de esa manera, también yo debía consolar a otros (2 Corintios 1:3,4).

Entonces, para ayudar a otros, me embarqué en la tarea de escribir historias de familias que habían transitado el camino del duelo, incluyendo la mía propia. Gracias a la editorial de Marcelo Laffitte se pudo publicar el libro titulado “Caminos de Cenizas y Esperanza” en el año 2015. El día que hicimos la presentación dije que escribir ese libro no era para mí un sueño cumplido, sino una tarea terminada. Y, si haberlo escrito servía para ayudar al menos a una persona, entonces habría valido la pena hacerlo. Hoy sigo pensando igual.

Quiero ser feliz

Esta es la segunda vez que resumo el tiempo de duelo de nuestra familia. Y aunque la historia es la misma, me doy cuenta de que hoy puedo mirar hacia atrás con otros ojos. La mirada no es la misma, porque ya no soy quien fui hace once años atrás. He recorrido un largo camino y en ese trayecto Dios ha estado trabajando en mi vida, emociones y pensamientos. Sé que he cambiado y mis hijos también.

Del duelo queda solamente una cicatriz que me recuerda las cosas que quedaron atrás en mi vida. Entre ellas, un esposo y el tiempo de la familia con los hijos adolescentes. Hace seis años me mudé a otra ciudad en la que tengo una hija, una hermana y amistades. Así que también dejé atrás mi casa vacía, mi trabajo y la congregación en la que junto a mi esposo e hijos compartimos tantos momentos de nuestras vidas. No fue fácil, pero me ayudó a dar vuelta la página y comenzar a vivir una etapa diferente.

En este tiempo aprendí que es más importante coleccionar experiencias y no cosas. Por eso disfruto de cada momento que Dios me regala para compartir con los que están. Ahora soy abuela de cinco nietos y aunque algunos están lejos, disfruto el tiempo jugando con los que están cerca y haciendo uso de la tecnología con los que están lejos. Ser abuela es un regalo que no tiene precio ni comparación.

Tengo nuevos sueños y proyectos. Con la ayuda de Dios quisiera realizar muchas cosas. Entre ellas, sueño con armar un grupo de autoayuda para personas que pierden seres queridos. Estamos en el año de la pandemia del Covid y por lo tanto muchos planes se están postergando, pero confío en que pronto saldremos de esta situación.

Como familia seguimos afrontando adversidades de distintas índoles, pero personalmente puedo decir que “el Dios de toda gracia” ha restaurado mi vida y me ha devuelto el gozo que tanto le pedí desde un comienzo, cuando creí que nunca más volvería a ser feliz.

Entre la resiliencia y la gracia divina

“Y después de que hayan sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que los llamó a Su gloria eterna en Cristo, Él mismo los perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá”. (1 Pedro 5:10,11, NBLA).

¿Lloro? Sí, pero también río.

¿Lucho? Sí, pero también me rindo.

¿Tengo dudas y temores? Sí, pero también confío.

¿Siento impotencia? Sí, ¡pero en Cristo soy más que vencedora!

Parece contradictorio, pero es así. Llorar, dar peleas y sentir temores e impotencia es parte de nuestro peregrinaje por esta tierra. Confiar y rendirse ante la gracia divina es el lugar en el que Dios nos quiere tener. Creo que estar entre la resiliencia y la gracia es ese estado que nos permite ser pulidos como la piedra que se convierte en diamante. Es ahí donde seremos creativos y tenaces en la oración, y afrontaremos los desafíos haciendo uso de las capacidades que Dios puso en nosotros. No hay méritos por nuestra parte si no es por Su gracia.


Videlma Vogel vive en Leandro N. Alem, Misiones, Argentina, y se congrega en la Iglesia de Dios de la misma ciudad. Es docente jubilada, y ha enseñado el idioma inglés principalmente en escuelas secundarias por 30 años en la ciudad de Montecarlo, Misiones. Es viuda y madre de 3 hijos adultos, con sus familias ya conformadas. Es autora del libro "Caminos de Cenizas y Esperanza"; el mismo fue traducido al inglés y está disponible en Amazon (“Paths of Ashes and Hope”). Sueña con ser parte de un grupo de autoayuda para personas que pierden a sus seres queridos.

Whatsapp: +54(3751)31-2444

Email: videlmak@hotmail.com

¿Por qué a mí?

Los buenos también sufren…

Por el pastor Leo Tomeo

No está dentro de nuestros cálculos. No entra en nuestras previsiones. Cuando algo malo sucede, cuando el dolor irrumpe, cuando la enfermedad, la muerte, la crisis financiera o el abandono dicen presente, hay una sensación, un grito que se anuda en la garganta, se clava en el pecho, se apodera de nuestra mente y echa raíces profundas y dolorosas en nuestro corazón. Injusticia. Esa es la palabra que mejor describe lo que sentimos.

Solemos asociar cada cosa que nos sucede a una suerte de justicia retributiva. Un premio o castigo por nuestra forma de vivir y actuar. Por eso nos cuesta tanto aceptar y entender las cosas que nos pasan cuando no son buenas. Si ellas no son resultado de nuestras acciones, entonces es injusto que tengamos que soportarlas. Estamos convencidos de que evidentemente alguien se equivocó.

Esto no es nuevo, la idea de asociar la enfermedad o la desgracia a las malas acciones es tan vieja como el hombre mismo. Entendemos que alguien tiene la culpa, alguien hizo algo para que esto sucediera. Muchas veces incluso se culpa al mismo afectado, que además de cargar con la pena, debe soportar el juicio de los otros.

Ya en tiempos de Jesús esta idea estaba arraigada en la gente. En el capítulo 9 del Evangelio de Juan, podemos leer un episodio en el cual Jesús y sus discípulos, mientras caminaban, se toparon con un hombre ciego. Inmediatamente surgió la pregunta: “Rabí, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por sus propios pecados o los de sus padres?”

Los discípulos entendían que debía haber un culpable para la ceguera del hombre. Si nació ciego evidentemente sus padres habían hecho algo mal y la ceguera del hijo era el justo castigo para ellos. O peor aún, Dios sabía del pecado que este hombre cometería y lo castigó de antemano.

Jesús comenzó a desenredar esa madeja de pensamientos condenatorios sobre el origen de la enfermedad de este hombre. Y sin nombrarlo, también del origen o causa de los males que nosotros atravesamos actualmente. En el versículo 3 dice: “No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres que este hombre nació ciego”.

Jesús inició así un proceso liberador en este hombre. Y seguramente también puede comenzar el mismo proceso en tu corazón, tantas veces agobiado por el dolor, por la culpa -impuesta o auto impuesta- de buscar los motivos ocultos detrás de lo que te pasa. No vamos a poder responder el porqué de nuestros problemas, pero sí vamos a ir descubriendo juntos parte del poder transformador del Salvador.

Jesús completó su respuesta con una declaración maravillosa, orientada hacia el futuro. Hacia un propósito transformador y un cambio de enfoque en las perspectivas del hombre en relación con su enfermedad. Él dijo: “No pecó ni él ni sus padres, pero a través de este mal, Dios va a ser glorificado”.

No podemos explicar por qué nos pasan ciertas cosas. Pero de esto podemos estar seguros: Dios puede hacer algo maravilloso con nosotros y en nosotros, a pesar de las dificultades, con ellas o a través de ellas.

Hace unos años fue muy popular una telenovela llamada “Los ricos también lloran”; no soy amante de ese género, pero tenía razón en algún punto: los buenos también sufren.

Lo sabía el rey David. En el Salmo 73 escribió que casi pierde su equilibrio emocional al ver el éxito de los malos. También lo sabes tú, y lo sé yo. Y precisamente es de mi experiencia que quiero contarte en las páginas que siguen. Comenzaremos haciendo un poquito de historia.

El sueño…

Corría el año 1998 cuando dejé de luchar con mis libros de Derecho. La pelea era pareja por momentos, aunque confieso que cada día eran más los golpes que recibía que los que daba. Claro, estaba dando mucha ventaja. Mis sueños iban por otro lado. No me veía dando un vigoroso alegato en un tribunal oral, sino predicando, enseñando, consolando, y llevando a los pies de Jesús a alguien que estuviera tan necesitado como yo.

Los días transcurrían con la misma rutina: tempranito a la facultad, luego al trabajo, y por la noche al seminario. Era agotador. Los fines de semana eran mi deleite. Servía al Señor liderando el grupo de jóvenes y adolescentes en la iglesia. Tardes de salidas, consejería, compartir cada sábado de su Palabra. El domingo aún más: escuela dominical y predicar en el culto central de la iglesia. Era feliz.

Al llegar cada lunes, mi corazón se debatía en la misma idea. El fuego de su amor ardía en mi corazón y deseaba servirlo cada día más y mejor. Finalmente, tomé coraje, y guiado por la firme convicción de la oración y la seguridad de mi llamado, dije adiós al Derecho e ingresé al Seminario Bautista de Buenos Aires.

No cabía en mí de la emoción, atravesé la entrada, vi el vestíbulo principal y más atrás, la capilla. Al fin estaba en el lugar que soñaba y que Dios había preparado para mí. No podía imaginar en ese entonces, que la chica que cantaba en la capilla, esa que miré deslumbrado al ingresar al seminario, un día se convertiría en mi esposa.

Mi sueño era servir al Señor. Pero ese sueño se completaba con una esposa que amara lo mismo que yo, y una familia que honre a Dios. Hoy Marcela dice que con esa frase la conquisté. Evidentemente Dios también hizo su parte.

En octubre de 2001 nos casamos, nos fuimos a España, luego volvimos. Siempre buscando servirle cada día más. Llegó nuestra primera hija: Cecilia. ¡Qué bendición! No podíamos ser más felices. Tres años después, nació Giuliana, y la dicha no podía ser mayor, vivíamos en un sueño. Un sueño del que la vida se encargó de despertarnos violentamente.

Un día despertamos…

No, no era justo. Giuli no hacía las cosas que los otros chicos hacían. Era injusto, no comenzaba a decir palabritas como los demás. Muy injusto, no llegaban sus primeros pasitos. Recontra injusto, los médicos la miraban preocupados. Era injusto porque éramos buenos, amábamos a Dios. No era justo ese diagnóstico, ese dolor. Además, no era justo porque los que son malos tienen chicos normales. Y nosotros no tenemos que sufrir. Esto no tenía que ser así. No queríamos despertar: el sueño no debía terminar.

Me acordé de Job muchas veces. No entendía el porqué de la discapacidad de Giuli, y aún no lo entiendo. La diferencia entre aquel momento y éste en el que escribo… es que hoy sé que no es importante el “por qué”, aunque tampoco creo en el clásico: “¿para qué?”; pero pude ser consolado con la maravilla de un nuevo propósito. La transformación maravillosa de lucha interior, en paz que desborda.

La restauración de Job comenzó cuando dejó de escuchar los diagnósticos, las soluciones, los juicios y las alternativas propuestas por sus amigos, y fijó su atención en la voz de Dios. Esta es una de las claves de la sanidad, y la búsqueda de un nuevo propósito en la nueva realidad que tal vez nos toque enfrentar.

Son dramáticos los capítulos centrales del libro de Job, sus amigos pasan por todas las fases del mal acompañamiento: juicio, condena, malos consejos. Lo habrás notado, lo habrás padecido alguna vez, estoy seguro. En ocasiones no necesitamos palabras, opiniones ni diagnósticos, necesitamos amor.

Eso era lo que necesitaban Job y su esposa. Cada uno atravesó ese desierto a su manera. Desde la profunda tristeza, al cuestionamiento y al enojo con Dios. Las circunstancias dañaron el corazón del matrimonio, tanto que su esposa le pidió que renegara de su fe, y muriera.

Nuestra vivencia

Voy a contarte algunas de las palabras que no necesitaba oír cuando descubrimos la problemática de Giuliana, reconociendo que cada una de ellas fue expresada por queridos amigos, hermanos e incluso familiares: “Dios hizo que esto pase para enseñarte algo”. Honestamente, no creo que Dios haga que un chico nazca con una discapacidad simplemente para que yo aprenda algo. Te diría que no podría creer en un Dios así.

Otra de las frases, reconozco irónicamente que lleva una gran carga de ternura, es esta: “Tuvieron suerte de tener una nena así, ella va a amarte toda la vida. Las otras se van a casar y se van a ir...”.

Es importante entender y asimilar que hay algunas pautas en relación con el dolor y las cosas malas que nos pasan. La primera es no intentar buscar un motivo para todo, hay cosas que nunca vamos a saber por qué nos suceden. Pero lo que sí podremos hacer, es ver la mano poderosa de Dios obrando en nosotros. A pesar del dolor, con el dolor, e incluso utilizando el problema para nuestro bien.

La segunda pauta, es no buscar poetizar o espiritualizar todo. Las cosas malas son malas, los problemas son problemas, las pérdidas son pérdidas, y que Giuli haya nacido con una discapacidad es algo malo. Decir que fue una suerte es un sinsentido. En cambio, es maravilloso saber que tenemos un Dios que, como expresa el apóstol Pablo en Romanos 8:28: “Dispone (acomoda el desorden) para bien de quienes lo aman”.

Cuando el golpeado Job dejó permear su corazón por la inmensidad de la soberanía de su Señor (memorables los capítulos 38 y 39) descubrió aún en medio de la pérdida y dolor, una nueva visión de su Dios. Y una nueva etapa mucho más fuerte, real y poderosa de su fe. Llegando a expresar que antes de ese dolor, de esa enfermedad, de las pérdidas, no tenía un conocimiento real ni de Dios, ni de su propia realidad.

“…yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven”. (Job 42:3,5)

Si había un propósito yo no lo veía. Hasta que Dios lo creó. Y hasta que yo lo vi.

Apocalipsis 21:5 dice que Dios hace nuevas todas las cosas. Cada uno de nosotros, al experimentar tristezas, pérdidas y dolor, necesitamos ser renovados. Es imprescindible trabajar y sanar esas áreas que se lastimaron.

Tal vez pienses que no vas a poder alcanzar tus metas con la realidad que te toca vivir. Quizás no puedas hacer lo mismo que pensabas. Pero cuando Dios dice que hace nuevas todas las cosas, dice que también da propósitos, metas y hasta llamados nuevos.

Reconozco que tengo un defecto. No soy bueno acomodando cosas. Pero Dios sí. “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito”. (Romanos 8:28, NVI)

No todas las cosas que nos pasan son buenas. Algunas son malas, incluso injustas. Pero Dios tiene el poder de darles una nueva disposición que increíblemente resulte para nuestro bien y más aún… para el de otros.

“Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación”. (2 Corintios 1:3, NVI). Padre Misericordioso, Él se pone en mi lugar. Y en mi lugar, tiene misericordia, cuidado y amor por mí. Él es el Dios de toda consolación.

En este punto viene lo bueno. Dios no se limita a conformarnos o darnos un sentido de modesta aceptación. Él toma lo que tenemos, nuestras virtudes y también nuestras limitaciones, y les da una nueva disposición, una nueva forma para que finalmente todo resulte para nuestro bien.

En nuestro caso, Dios ha cumplido su promesa, ha sido fiel al llamado que nos había hecho años atrás cuando dejé de pelear con mis libros de derecho, ¿recuerdas? Reacomodó las cosas, las dispuso de forma tal que lo que parecía una limitante, resultó en una herramienta ministerial de consolación y pastoreo. “Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros.” (2 Corintios 1:4, NTV)

Dos años después del nacimiento de Giuliana, nació nuestra tercera hija: Rosella. Hoy formamos una familia consolidada junto a Marcela, mi amada esposa, abogada, docente y dueña de una voz angelical que me enamoró ese día y todos los que siguieron hasta hoy, y nuestras niñas: María Cecilia, Giuliana y Rosella. Juntos buscamos servir y honrar al Señor, y ella me acompaña en el pastorado de la Iglesia Vida en Jesús, en Caballito, Buenos Aires.

Cuando las cosas se pongan mal, cuando todo se desordene y parezcan desvanecerse tus sueños, aférrate al Dios que consuela, restaura, perdona y hace nuevas y mejores todas las cosas.


Leo F. J. Tomeo es pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica "Vida en Jesús" en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Con su esposa Marcela De La Via son padres de 3 hijas: Cecilia, Giuliana y Rosella. Su ministerio está orientado a la predicación y enseñanza de la Palabra.

Email: leofjtomeo@gmail.com

Facebook: https://www.facebook.com/leotomeo

Nadie más resiliente que Jesucristo

No hay alguien en este mundo que haya sufrido más que Él, y todo lo hizo por amor.

Por Eugenia Sánchez Cisneros

El célebre neurólogo, psiquiatra y fundador de la logoterapia, Viktor Frankl, vivió en su propia carne los horrores del holocausto al ser prisionero en los campos de concentración de Auschwitz y Dachau; una experiencia que superó de forma estoica para posteriormente ayudar a millones a trabajar en sus propios sentidos de vida, a través de su visión de: 1) trabajar día a día con motivación, 2) vivir desde la esfera del amor, y 3) tener coraje en cada momento para hacer frente a la realidad. Todo ello utilizando a la resiliencia como capacidad transformadora que nos permite sobreponernos en casos de frustración.

“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas—la actitud personal ante un conjunto de circunstancias—para decidir su propio camino”. Viktor Frankl

Resiliencia igual a fortaleza

Mi Dios, ese Dios de infinito amor, lleno de bondad, misericordia, humildad y generosidad, es también un Dios de lecciones y regalos. Y uno de esos maravillosos que me ha dado, es enseñarme el valor de la resiliencia, esa misma que se encierra en la preciosa y firme enseñanza de “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. (Filipenses 4:13). Pues ese todo del que habla, significa saber aceptar Su voluntad frente a cualquier situación de nuestra vida.

Si entendemos por resiliencia, a la capacidad que tenemos de enfrentar situaciones negativas y adversas, recuperarnos de ellas de forma rápida y total, dar un giro y regresar a la normalidad, no cabe duda de que necesitaremos todo el poder y la fortaleza que solo podremos encontrar en una sola persona: Jesucristo.

Desde un lenguaje bíblico, debemos aprender a ser resilientes mientras atravesamos lo que llamamos desiertos, valles de sombra, pruebas, tribulaciones y oscuridad. Pero no debemos perder de vista, que es en las cuevas donde necesitamos estar por un tiempo, para que Dios haga su mejor trabajo al moldear nuestra vida y hacernos crecer, en tanto que nos damos cuenta de que únicamente lo tenemos a Él.

Cuanto más veo, me doy cuenta de que tristemente los cristianos nos hemos acomodado a ese evangelio edulcorado y light que nos hace pensar que todo es fácil y rápido, como meter unas palomitas al microondas. Se ha construido un nuevo sistema de creencias anti-sufrimiento como camino a la realización personal y la felicidad, lo que está trayendo como consecuencia que, ante esas tribulaciones y adversidades que todos experimentamos en algún momento de la vida, nos sintamos devastados e incapaces de seguir adelante.

Y las preguntas serían: ¿Dónde ha quedado Jesús en esta fórmula? ¿Qué papel juega en nuestro dolor? ¿Acaso se ha ido del trono o está dormido? ¿Se ha vuelto indiferente ante el clamor de sus hijos?

Ninguno de esos cuestionamientos es lo que Dios está haciendo. Él sigue sentado en Su trono de gloria queriendo que aprendamos la lección aún por encima de nuestro pesar, nuestro apoltronamiento espiritual y nuestra falta de crecimiento.

Nadie más resiliente que Jesucristo

Nuestro Padre, creador de los cielos y la tierra, en Su infinito amor, envió a Su único hijo para poder restaurar la relación con Él, quebrantada por nuestros pecados y la rebelión en Su contra. De esta manera, Jesucristo llegó a esta tierra a través del vientre de una mujer llena de gracia, que dio a luz a un hijo de carne y hueso, que sería grande y llamado Hijo del Altísimo (Juan 3:16; Lucas 1:30-32).

Y los primeros años de ese niño se resumen en Lucas 2:52, quien narra “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. Y en realidad, esto suena completamente humano. Sin embargo, hoy en día, se hace notorio que en la Iglesia de Cristo ponemos nuestro mayor enfoque en Su divinidad, y perdemos de vista que Él decidió hacerse carne, y vivió y murió como un ser humano (Juan 1:14; Filipenses 2:6-8).

De esta forma, debemos valorar el enorme dolor que representó el hecho de que, durante Su ministerio, Jesús fue ridiculizado, despreciado, humillado, vituperado y rechazado; no solo por los dirigentes religiosos de su tiempo sino por los suyos, quienes le desconocieron y le dieron la espalda, exigiendo su crucifixión; y finalizando con sus discípulos quienes lo abandonaron y lo negaron durante su sufrimiento.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos” (Isaías 53:3). “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. (Juan 1:11)

Su naturaleza humana le permitió experimentar los dolores que cualquier humano haya podido padecer, incluyendo las tentaciones de Satanás, que en sí mismas producen sufrimiento y prueba, y Jesús lo venció a través de la Palabra de Dios, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, resultando ser el único ser humano que ha resistido toda tentación sin caer en el pecado (1 Juan 3:5; Hebreos 4:15; 2 Corintios 5:21).

La agonía de la que nuestro amado Señor Jesucristo fue preso en el Getsemaní, y la angustia que representó saber que la hora de Su muerte se acercaba, provocó que de Su rostro brotaran gotas de sangre (Lucas 22:44).

Los azotes previos a Su crucifixión, ordenados según la costumbre romana, fueron realizados con un instrumento que provoca tortura y dolor. Las bolas de plomo caídas con fuerza sobre el cuerpo de Jesús le causaron toda clase de heridas, contusiones, irritaciones y llagas hasta dejar su cuerpo hecho trizas (Isaías 53:4,5; Mateo 27:26-31).

Y finalmente, Su crucifixión; el más grande y supremo acto de amor, que lo llevó a cargar con los pecados de toda la humanidad alejándose por única vez de Su Padre y haciéndose maldito hasta la muerte de cruz (Lucas 23:33; Gálatas 3:13; Filipenses 2:8).

No hay pues alguien en este mundo que haya sufrido más que Él; y todo lo hizo por amor. Y si la resiliencia se trata de recobrarse de situaciones que perturban nuestro cuerpo, mente y alma, Él se levantó una y otra vez hasta llegar a conquistar la más grande victoria para la humanidad.

¿Por qué estaría interesado Dios en tener hijos resilientes en Cristo?

 Porque quiere que en todo momento pongamos nuestros ojos en Él como única fuente de confianza, seguridad y fortaleza; dependiendo absolutamente de Su buena voluntad y protección, y encontrando en Sus brazos el refugio y abrigo de nuestra alma y corazón, sabiendo que alejados de Él nada podemos hacer (Jeremías 17:7-8; Juan 15:5).

 Porque habiendo padecido todo aquello que le causó tanto dolor, Él es capaz de compadecerse y sentirse feliz de llevar la carga junto con nosotros. Y cuando clamamos como Pablo, que nos sea quitado el aguijón de nuestra carne, quiere que no olvidemos que Su gracia es suficiente, que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad y que cuando soy débil, fuerte soy. No sea que creamos que somos autosuficientes y que merecemos la gloria que solo le pertenece a Él (Hebreos 4:15 y 5:7; 2ª Corintios 12:9,10).

 Porque ante todas las cosas, Dios quiere que entendamos que somos extranjeros y peregrinos; que nuestra ciudadanía está en el cielo y que todo lo que nos sucede en esta tierra es una leve tribulación momentánea; que no podremos ser como Jesús sin pasar por el crisol, y depende de nosotros cuan brillantes, fortalecidos y refinados queremos salir. Él escoge nuestro horno perfecto para nuestra transformación y por amor a Su nombre (1 Pedro 2:11; Filipenses 3:20: 2 Corintios 4:17,18; Isaías 48:10).

 Y sencillamente porque el vivir es Cristo, y el morir es ganancia (Filipenses 1:21).

Y comencé a vivir con la muerte frente a mis ojos…

La Biblia es una escuela llena de aulas que contienen todo tipo de personas rotas, maltrechas y adoloridas, no siempre dispuestas a aprender y ser disciplinadas. Sin embargo, quien sí está listo para formarnos como vasos de barro es nuestro alfarero, el cual nunca nos da lecciones llenas de paja sino con un contenido que tendrá un peso eterno. Y no nos graduaremos hasta que Dios considere que estamos listos para regresar a casa y que nuestra labor debe continuar en el cielo, pero allí sí aprendiendo cara a cara y a los pies de nuestro Maestro.

Y es aquí cuando llega mi propia prueba, diseñada por Jesús sobre el tránsito de mis experiencias, y de acuerdo con lo que en ese momento necesitaba aprender. Y el tema sobre el que versa, es la resiliencia ante la partida de mis seres amados: mi hermana, mi madre y mi tía.

Terribles y muy dolorosas enfermedades hicieron que clamara por esa maravillosa promesa de sanidad que nos dice que “por Su llaga fuimos todos curados” (Isaías 53:5). Y la pronuncié una y otra vez con toda convicción y fe, pero no dejaba de entender que Sus promesas no invalidan Su soberanía y que, cuando Él decide que es tiempo de bajar el telón, la gratitud debe apoderarse de nosotros; sobre todo cuando llegaba a mi mente el terrible pensamiento que me decía “aún no son salvas”.

Sin embargo, siempre hay algo que recordar dentro de la Palabra de Dios y fue así como me aferré a la esperanzadora promesa: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa”. (Hechos 16:31).

Y los milagros de amor llegaron; esos mismos que a veces vemos tan lejanos en los tiempos en que Jesús caminó en la tierra y hoy suceden y seguirán sucediendo. La sanidad no llegó, pero todas, en su tiempo se arrepintieron, son salvas y sé, con toda la confianza de que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta, que están en Su gloria, alabando Su nombre, esperando vivir con Él por los siglos de los siglos, y que un día las volveré a ver.

Perder un ser querido nunca será un evento agradable; la sensación de dolor y de ausencia llega hasta lo más profundo de nuestro ser, pues nos acostumbramos a pensar que nunca nos iremos o que, cronológicamente, morirán primero los padres y posteriormente los hijos. Y en algún momento de mi vida pensé que Dios me había hecho “experta en pérdidas”, y ¿saben qué?, se lo agradezco pues eso me ha ayudado a algo que el propio Marcelo Laffitte me comentó en Facebook: “Tener esa luz y esa madurez te ayudará a estar protegida para vivir con más sabiduría, para no tener falsas expectativas y tomar mejores decisiones”.

¿Cómo ser resilientes ante la muerte?

 Dejando de pelear frente a la soberanía de Dios; así todo se alineará y comenzará nuestro proceso de sanación, pues debemos hacer consciente el hecho de que Él sabe el porqué de todas las cosas que pasan bajo el sol, nunca pierde el control y nada sale de Su mano.

 Aprendiendo a vivir en medio de las pruebas, pues “en el mundo tendréis aflicción”. Es la única sentencia que nos desagrada profundamente, sin embargo, Él ha prometido que estará con nosotros hasta el fin del mundo.

 Siendo agradecidos en todo momento y no olvidando todos sus beneficios que son grandes; recordando de dónde nos ha sacado Dios y más aún, cuál es nuestro destino final, y el principal y último fin de nuestra existencia: vivir en la eternidad con quien dio hasta la última gota de Su sangre, y a donde Jesús ya está preparando moradas eternas.

El Espíritu Santo no hace visitaciones a nuestra vida; Él vive en nosotros y ha hecho de nuestro cuerpo Su templo, Su habitación. Y es entonces la fuerza de Su poder la que nos ayuda a ser resilientes, soportar la prueba y superarla hasta llevarnos a la victoria que ha prometido. Y satisfactoriamente podremos decir “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Gracias, querido Dante Gebel, por recomendarme leer los hermosos escritos de este tremendo ser humano que es Marcelo Laffitte, y que hoy me tienen aquí, escribiendo para esta Antología. Las redes sociales no son solo un basurero emocional; también nos permiten conocer personas e interactuar con ellas en el amor de Cristo. Son ambos, hombres temerosos de Dios, admirables y mis maravillosos amigos a la distancia y mis pastores virtuales. Dios los bendiga. ¡Toda la honra y gloria al eterno y maravilloso Rey!


Eugenia Sánchez Cisneros nació y vive en la Ciudad de México. Está casada con Rigoberto Díaz y tiene una hermosa hija de nombre Daniela. Pertenece a una linda familia, que incluye a su querido hermano Francisco, y junto con sus amigos, se siente amada y respaldada. Estudió Ciencias de la Comunicación y trabajó por varios años en una radiodifusora. Se dedica a su hogar y también vende publicidad en un par de medios de comunicación. Recibió a Jesucristo hace 11 años y se congrega en Amistad Cristiana, iglesia fundada por los Dres. Idilio y Rosa Ma. Pardillo

Email: eugenia.sanchez@hotmail.com

Mi milagro me sonríe

Atravesé los momentos más dolorosos que podría haber vivido como mujer. Pero tomada de la mano de Dios me repuse, y la bendición se multiplicó en los tiempos que Él dispuso. Tenemos un Papá que responde.

Por Sandra Longoria

Nunca me imaginé que tendría que enfrentar este dolor tan grande. Me casé y después de unos meses quedé embarazada. Me sentía tan mal físicamente que no lograba disfrutar realmente de tan hermoso acontecimiento. Transcurridos tres meses de gestación sentí un dolor que no me pareció normal.

Acudí al médico y escuché lo que no me esperaba: mi embarazo era de alto riesgo y tenía que guardar absoluto reposo para tratar de que continuara. Me fui a casa de mis padres donde recibí los cuidados necesarios, de manera que solo me levantaba de la cama para ir al baño.

Un golpe a la esperanza

Recuerdo que una tarde estuvieron en la recámara mis padres y mis hermanas, pero al cabo de un par de horas solo quedamos mis padres y yo. Le comenté a mi mamá que sentía un dolor más fuerte en mi vientre y ella me dijo que tal vez se me pasaría.

En ese momento mi padre también se fue y avisé a mi mamá que necesitaba ir al baño. El dolor se había intensificado mucho más. Estando en el baño vi que estaba sangrando, y entonces sentí un dolor muy fuerte. Para cuando me di cuenta estaba teniendo un aborto.

Tomé a mi bebé con mi mano y lo puse sobre una toalla. Salí del baño y le dije a mi mamá lo que había pasado, y agregué: “No te preocupes, estoy bien.”. Le enseñé a mi bebé, me fui a la recámara y cerré con llave. Solo observaba a esa criaturita tan bien formada y lloraba por la impotencia, llena de tristeza y un dolor inmenso. Pensaba que sería despreciada como mujer por no poder ser madre.

Una de mis hermanas, al enterarse de lo que sucedió, mandó una ambulancia y me trasladaron a un hospital. Me ingresaron por la sala de emergencia, donde los paramédicos que me llevaron me sentaron en una silla de ruedas y me dijeron: “Enseguida te van a atender”. Sin embargo, pasó mucho tiempo, no recuerdo cuánto, pero sí que sentía que me estaba muriendo. Había tanta sangre que ya caía al piso.

Otra paciente que también estaba esperando ser atendida me tocó el hombro y me preguntó si me sentía bien. Le respondí que si me podía hacer el favor de hablarle a mis familiares que estaban en la sala de espera. Obviamente no podían entrar a donde estaba, pero de alguna manera se asomaron y solo les dije: “Sáquenme de aquí por favor”.

¿Por qué?

Después de eso no recuerdo qué pasó, hasta que desperté en una cama de un cuarto del hospital. El doctor me dijo: “No te preocupes, esto pasa a veces, pero no significa que no podrás embarazarte en un futuro”. Pasó un año aproximadamente y quedé embarazada otra vez. Tenía tantas ganas de que todo fuera diferente, pero nuevamente me sentía muy mal. Recibí indicaciones del doctor de que debía tener ciertos cuidados, por lo cual regresé a casa de mis padres.

Una tarde nos fuimos a la iglesia. El predicador y su esposa estaban siendo hospedados en casa de mis padres. Cuando llegó el momento de orar por las necesidades, la esposa del predicador me dijo: “Voy a orar por este bebé, para que todo salga bien”.

En ese momento ya habían transcurrido casi seis meses de gestación, pero esa noche llegando a casa nos dispusimos a dormir y de repente sentí otra vez ese intenso dolor. En esta ocasión pedí que por favor me llevaran a un hospital inmediatamente.

Cuando estaba frente al doctor le rogué que por favor me ayudara, que hiciera todo lo posible para que no perdiera a mi bebé. Me contestó que realmente no se podía hacer mucho, pero que tendría que quedar internada para estar en observación.

Cuando ya estaba en el cuarto del hospital se acercó una enfermera y me preguntó si el dolor menguaba, y contesté que desgraciadamente estaba aumentando. Me revisó e inmediatamente llamó al doctor. En ese momento tuve lo que se conoce como un parto prematuro. Sin perder tiempo se llevaron a la bebé a cuidados intensivos pues estaba muy pequeña para poder respirar por sí sola.

Lamentablemente no pasaron ni un par de horas cuando me avisaron que murió. Sí, otra vez. Me preguntaba llorando “¿Por qué?”. Cuando me dieron de alta del hospital el doctor habló conmigo y me explicó el problema. No solo eso, sino que me sugirió que era mejor pensar en adoptar si es que no quería poner en riesgo mi vida.

Absoluta dependencia

Salimos de ese lugar completamente desgarrados. En mi mente pasaban tantas cosas, pero reaccioné y pensé en mi Dios, el de mis padres, y empecé a pedirle con todo mi corazón “Dame un hijo”. No pasaba un día sin que me tomara el tiempo para ponerme de rodillas y hablar con Él.

Entre las cosas que aprendí en ese tiempo, la principal fue a depender totalmente de Dios. No sé exactamente cuánto tiempo pasó, creo que aproximadamente dos años, cuando sentí la sanidad en mi cuerpo. No me lo dijo un doctor, ni acudí a ningún hospital. Simplemente lo supe. El Espíritu Santo me lo hizo saber.

Un domingo, en el servicio de la iglesia había un invitado. En el momento que terminó su predicación, me llamó para que pasara al frente y me dijo: “Dios ha escuchado tu ruego; Él ya contestó tu petición”. Esto me hizo saber que no estaba equivocada, que lo que había sentido semanas atrás era verdad. Dios me lo estaba confirmando en ese momento.

Me sentí tan feliz, tan llena de paz y de agradecimiento en mi corazón. Dios es tan generoso. Fui al doctor y efectivamente estaba embarazada. No solo el médico me había dicho lo malo que me podía pasar, sino también mi familia, amistades, incluso personas de la iglesia, pero nunca fueron más importantes que lo que Dios me dijo. Sabía que estaba completamente sana.

En ese tiempo estaba trabajando y me sugirieron que renunciara para evitar cualquier riesgo, pero no lo quise hacer porque entendí que cuando Dios hace las cosas, las hace perfectas. Sabía que todo estaría bien. Cuando llevaba seis meses de gestación empecé a ilusionarme pensando que mi bebé sería una niña. Oré a mi Padre y le dije: “Dame la oportunidad de tener una niña”. También le conté que me gustaría que tuviera ciertas características físicas, y me ponía a describirla como ya me la imaginaba.

El primer milagro: Dios responde

En algunas ocasiones le decía a Dios: “Si ya hiciste el milagro en mí, pues permíteme tener cuatro hijos”. No sé si en algún momento Él llegó a pensar que estaba loca, pero me imaginaba tener tantos hijos y me parecía que sería lo más grande que pudiera experimentar en la vida después de conocerle a Él.

Cada vez que me tocaba visitar al doctor me hacía saber que extrañamente todo estaba marchando bien, y salía del consultorio feliz. Finalmente llegó el día. Regresamos de cenar con unos amigos un domingo por la noche y nos acostamos a dormir. Ya estaba dormida cuando empecé a sentir los dolores de parto.

Nos preparamos para ir al hospital y recuerdo que cuando llegué eran las 3 AM. El ginecólogo que me recibió me dijo: “Eres primeriza; tardarás mucho tiempo en dar a luz”. Los dolores aumentaron rápidamente, y a las 5:25 AM ya estaba conociendo a mi hija.

Por primera vez la besé y hablé con ella, mirándola, sin poder explicar cómo es que Dios hace las cosas. Uno de los momentos más hermosos de mi vida. La veía y era tal como me la imaginaba, tal como le pedí a Dios. Le dije: “Definitivamente tú fuiste reservada por Dios para que seas mi hija”. Ella solo abría sus ojos y trataba de mirarme; lo más hermoso era ver a mi milagro sonreír.

Al momento que estaba hablando con ella, el doctor me preguntó si pensaba tener más hijos y le contesté que sí. Me dijo: “¿Qué método anticonceptivo vas a utilizar?”, a lo que contesté que no sabía. Cuando salimos del hospital me informaron que me habían puesto un dispositivo en el cuello de la matriz como método para planificar. No estaba muy familiarizada con eso, pero empecé a informarme, mientras disfrutaba de ser mamá. Pensé: “Este método no me gusta, en cuanto tenga oportunidad voy a pedir que me lo quiten”.

El segundo milagro: Dios concede

Cuando mi hija cumplió aproximadamente 10 meses me empecé a sentir mal. Me hacía la fuerte, pero en ocasiones tenía dolores de cabeza casi todo el día. No era algo que me preocupara demasiado, pero igual fui a visitar al doctor. Me hizo una prueba de embarazo y dio positivo. Nuevamente me puse feliz.

Platicando con el padre de mis hijos le pregunté qué le gustaría que fuera, y me dijo que quería un niño. Entonces le dije: “Pídele a Dios; sé que Él puede conceder las peticiones de tu corazón”. Nos disponíamos a ir al servicio del domingo por la tarde cuando me di cuenta de que había llegado el momento de dar a luz, así que en vez de ir a la iglesia nos fuimos al hospital.

Pasaron solo un par de horas cuando nuevamente estaba mirando mi milagro sonreír en mis brazos. Dios en Su Palabra nos dice que no hay nada imposible para Él. Nos habla también que pidamos y nos será concedido. Es maravilloso saber que cuando el diagnóstico dice no, Dios dice sí.

El tercer milagro: Dios sorprende

Pasaron exactamente dos años y de nuevo estaba en el hospital de ginecología dando a luz una hermosa muñeca. Fue algo que me sorprendió porque le estábamos festejando el cumpleaños número 2 a mi segundo hijo y me sentía un poco incómoda. Fui a una revisión y me dijeron que debía quedarme porque había empezado el trabajo de parto. A pesar de esto regresé a casa, estuve con mi hijo para que soplara las velas de su pastel y luego regresé al hospital.

Así que mi segundo hijo y mi tercera hija nacieron en el mismo día y mes. Cabe mencionar que, en esta ocasión, como método anticonceptivo estaba usando unas inyecciones y que, por supuesto, tampoco funcionaron para impedir que la bendición de Dios llegara a mi vida. Me queda claro que cuando Dios te bendice no hay nada que pueda estorbar.

El cuarto milagro: Dios bendice

Me comentaron que unos de los métodos anticonceptivos más seguros eran las pastillas, aunque nada 100% seguro, pero en esta ocasión me decidí por ellas. Mi tercera hija tenía un año y un mes cuando nuevamente estaba dando a luz a mi cuarto hijo varón.

¡Qué alegría! Son los momentos más felices de mi vida. Hasta el día de hoy puedo sentir esa dicha tan grande de verlos sonreír. Cada vez que los veo recuerdo que Dios contesta las peticiones del corazón. En la Biblia dice: “Bendito el fruto de tu vientre”, y realmente así es.

Creo con todo mi corazón que mis hijos están aquí con un propósito divino y sigo orando para que sea cumplido en ellos. Me siento feliz por cada uno de sus logros, pero nunca olvido que todo es gracias a nuestro Dios, que me concedió la dicha de ser madre de mis “cuatro fantásticos” como normalmente les nombro.

He conocido a varias mujeres que están pasando por la misma situación que yo pasé y hemos orado a Dios pidiendo un milagro, y Él ha respondido. No cabe duda de que escucha nuestras oraciones y concede los deseos de nuestro corazón.


Sandra Longoria reside en Longmont, Colorado, USA. Dios la llamó al ministerio en 1998 y estudió en el Instituto Bíblico Jerusalén en la ciudad de Chihuahua, México, y luego en el Instituto bíblico Berea de Colorado, USA. Desde hace más de 20 años sirve al Señor en diferentes áreas de las iglesias donde ha sido miembro; desde hace tres años está sirviendo como líder en la iglesia Impacto de fe en Commerce City, Colorado.

Email: sandralongoria12@gmail.com

De cómo Dios utilizó el Covid para impactar mi vida

Experiencias únicas vividas con el Señor en tiempos de enfermedad y pandemia.

Por el pastor Jorge Martínez

Transcurría el mes de agosto de 2020. Me encontraba cumpliendo 38 años en el ministerio cristiano. Casi cuatro décadas de aquel día en que, siendo un adolescente de 16 años, Él me llamó. Desde entonces le he servido sin descanso como evangelista, maestro de la Palabra, pastor y músico.

He integrado equipos ministeriales, he tenido congregaciones a mi cargo, liderado grupos pequeños, y en este tiempo había elegido tomarme un descanso del ministerio formal, para servirle desde otros lugares.

Mis profesiones de chofer y cuidador certificado de pacientes y adultos mayores me llevaron a estar muy cerca de la gente, a ministrar en las calles, a dar una palabra justa en el momento oportuno, a pastorear a creyentes angustiados arriba de mi taxi, a consolar y guiar hacia Cristo a inconversos cuyas vidas estaban destrozadas. Y como cuidador he tenido el gran honor de llevar a Cristo a ancianos que, a los pocos días de aceptarlo, partieron de este mundo.

Volviendo al mencionado mes de agosto, en sus últimos días me sentía algo raro. Sufro de cefaleas en racimo como una condición crónica, pero en ese momento me dolía de modo diferente y sentía mucho cansancio. Pensaba que durmiendo un poco se me pasaría. Pero no fue así.

Complicaciones severas

A los pocos días comencé a tener fiebre. Primero 38°, luego 39°. Fui al hospital y la doctora que me examinó, diagnosticó pielonefritis, una afección aguda de riñones. Me pidió que me aislara en casa, me recetó un potente antibiótico y más analgésicos. Pero no me hisopó en ese momento, algo que me pareció extraño por el contexto de pandemia que estábamos atravesando.

La fiebre continuó durante una semana, y comencé a tener dificultades para respirar. La ambulancia vino tres veces en un lapso de cinco horas, y en la tercera visita decidieron llevarme a internación. Era la madrugada del 2 de septiembre de 2020. Todo lo que recuerdo es que ingresé al área de urgencias.

No supe más nada hasta veinte días después, cuando una doctora me tomó la mano y me preguntó si sabía dónde estaba, a lo que respondí negativamente. “Usted está en el Hospital Zatti de Viedma (capital de la provincia de Rio Negro, Argentina). Llegó aquí en el avión sanitario de la provincia, porque de lo contrario no le hubiésemos podido salvar la vida. Lo intubaron en la guardia del hospital de su ciudad. Ha estado veinte días intubado, sedado en coma farmacológico y evoluciona muy bien.”

Mi ciudad dista 550 kilómetros del lugar donde estaba internado en terapia intensiva. Mi familia recibía partes telefónicos a diario. Yo estaba allí solo, aislado, tenía todo tipo de conexiones a diferentes equipamientos clínicos, incluido el respirador que aún necesitaba.

Me hicieron traqueotomía. Me faltaba cabello en la nuca por la posición supina en la cual permanecí esos veinte días. Tenía llagas y escaras en mis pies y espalda, a pesar de los intensos cuidados que me dieron. No podía comer ni beber por mis propios medios ni hacer absolutamente nada salvo esperar la evolución de mi salud. Perdí 20 kilos en ese lapso. Me quedaron los brazos adormecidos por los 210 pinchazos en mis venas y arterias.

Salí de la terapia luego de 40 días, y me enviaron al hospital de mi ciudad donde debí estar dos días más por protocolo. Hasta que finalmente regresé a mi hogar, tan débil que se necesitaron dos personas que me sostuvieran para subir y bajar del taxi y recorrer la escalera a mi departamento.

Fueron 42 días de una lucha muy dura. Días donde no supe si era lunes o sábado, si era día o noche, sin celular, sin diarios, sin televisión, sin contacto con el mundo exterior ni otras personas que no fueran del personal de salud. Desde que desperté del coma inducido no pude dormir. Los restantes 22 días hasta el regreso a mi casa, estuve despierto. Aún me cuesta superar el insomnio a más de tres meses de mi alta.

Mi esposa y mi hija tuvieron el virus en forma leve, y mi hijo lo padeció en forma moderada. Le quedaron algunas secuelas aisladas. Los profesionales de la UTI se encargaban de sostener video llamadas con mi familia, para que me hablaran y yo estuviera contenido. Allí me di cuenta de que no solo el Señor está realmente con nosotros en forma invisible, sino que me llegaban audios y videos de muchos hermanos y amigos, todos movilizados orando, conteniendo a mi familia, animando y ofrendando para que nada les faltara.

Mi esposa estaba trabajando y mi hijo también, pero los hermanos ayudaban y aún lo siguen haciendo, sin preguntar nada. Demostrando puro amor, puro vínculo perfecto, pura dedicación. De muchos lugares, de conocidos y desconocidos.

Cuando volví a mi hogar pude ver la montaña de mensajes de amor inundando los celulares de mi familia, así como las redes sociales. Lloraba de gozo y gratitud. Siempre había tenido la visión familiar del papá proveedor, aun cuando todos en casa trabajábamos. Pero esta vez, que no tenía forma de hacerlo de ningún modo, Dios me mostró que quien provee es Él, y no yo. Actualmente sigo sin poder trabajar.

El 25 de octubre mi caso fue tema de una extensa nota en el Diario Río Negro, donde mi esposa y mi hijo pudieron brindar su testimonio. El artículo repasó mi experiencia con el covid-19, la excelencia de los profesionales de salud que me atendieron, la solidaridad de hermanos y amigos, y la evidente huella divina en todo el asunto.

No era para menos. Fui uno de los pocos pacientes que fue trasladado en el avión sanitario, y el primero en salir vivo de ese nosocomio después de tener el virus. Hasta mi alta, todos los pacientes con coronavirus que habían ingresado… fallecieron.

Más dificultades de salud

Teníamos otra prueba en paralelo, en la salud de la familia. Entre junio y julio de 2020, a mi hija le habían detectado un tumor en su tiroides. Era sospechoso de malignidad nivel 5. Por la pandemia, su atención médica se retrasaba notablemente.

Vivíamos con la tensión de ambas afecciones al mismo tiempo. El coronavirus que nos afectó a los cuatro y el problema de mi hija. La intervinieron en diciembre, y el examen final histopatológico dio como resultado que el tumor era benigno. Cuando llegó el brindis de las Fiestas, nuestras lágrimas corrieron. Celebrábamos la vida del Señor en nuestras propias vidas.

Lecciones para aprender

Siempre que vivimos circunstancias límites, nos preguntamos por qué y para qué. Siempre he tenido presente mi fragilidad humana, y he vivido con la permanente conciencia de que puedo ser llamado a Su presencia en cualquier momento, lo hemos charlado en familia reiteradas veces. Pero haber estado tan grave, con pronóstico reservado durante tantos días, y volver literalmente de la muerte, me dio otra dimensión de la temporalidad de mi vida. Eso fue lo primero que me dejó como lección esta prueba en mi salud.

Mi esposa me contó su vivencia durante mi internación. Desde el momento en que le comunicaron que me trasladaban de urgencia en avión y que mi estado era muy grave, ella oró: “Señor, te lo entrego. Está en las mejores manos. Yo no puedo luchar contra ti. Él es tuyo”. Y cuando oró de esa manera, la paz y el gozo del Señor llenaron su vida.

Lo segundo que aprendimos, es sobre la soberanía divina. Me refiero a que a veces elevamos al carácter de absoluto un pasaje de las Escrituras que es una promesa o una declaración de fe, pero que no necesariamente se nos garantiza.

Un claro ejemplo de ello es el Salmo 91, en particular el pasaje que dice: “No te sobrevendrá mal ni plaga tocará tu morada”. Y antes dice: “No temerás el terror nocturno, ni pestilencia que ande de noche, ni mortandad que en medio del día destruya”. Es palabra de Dios, pero no necesariamente priva al Señor de ponernos a prueba y de permitir que una plaga como este virus toque nuestras vidas. En mi caso, Dios tomó ese tiempo de coma farmacológico en el cual permanecí veinte días, para ministrar de forma especial a mi vida.

Una experiencia única con el Señor

Lo que contaré a continuación es una experiencia profundamente personal. No tengo testigos. Lo viví a solas con el Señor. No contaré todo, solo algunas cosas que considero oportunas.

Lo primero que recuerdo es que estaba en la cama orando y pidiéndole al Señor una mayor comunión. En ese momento vi llegar una especie de carro-nube que flotaba en el aire. Sentí que una fuerza me depositaba arriba de ese vehículo celestial. Comencé a subir, pude ver el espacio, en especial las estrellas, y llegué a un lugar muy hermoso, lleno de árboles, césped muy verde, flores y un camino que iba hacia la derecha.

Comencé a recitar el Salmo 23 y entendí que el salmista conoció de alguna manera ese bello lugar que describe en ese amado texto: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma”.

A la derecha observé un río que separaba el lugar donde mi vehículo se había detenido, de otro igual de maravilloso donde se observaba una gran cantidad de personas que me saludaban a lo lejos. El espíritu del Señor me indicó que estaba a las puertas del Reino, que no podía entrar porque debía regresar, que aún no era mi hora, y que me llevaba ahí para descansar y disfrutar hasta que mi cuerpo sanara.

Me impresionó que no me acordara de nada de mi vida sobre la tierra, ni las cosas de este mundo. Solo recordé a mi familia e inmediatamente se me comunicó que ellos estaban protegidos y bendecidos.

Me senté en ese pasto tan bello y vi que del otro lado del río la mayoría estaba como de picnic, sentados bajo interminables arboledas, compartiendo una comunión perfecta. Comencé a preguntarle al espíritu sobre personas que yo conocía, hermanos en Cristo, y a medida que los nombraba, alguien levantaba la mano del otro lado y me saludaba. ¡Estaban todos allí!

En un momento pregunté por una señora que se congregaba en la iglesia donde me crie. Ella tenía una fuerte alteración mental de forma tal que casi siempre hablaba incoherencias. Tenía severos ataques de epilepsia y su capacidad cognitiva estaba fuertemente limitada por sus patologías. No sé si comenzó a ir a la Iglesia antes o después de enfermar de esa forma, pero era fácil deducir que no entendía mucho. Ella iba porque le hacía bien.

“Señor, ¿ella también está acá contigo?”, le pregunté con un poco de temor a que me dijera que no. “Ella está aquí. Tengo conmigo a dos tipos de hijos: Los que tuvieron luz y entendieron, y los que no pudieron tener luz, pero creyeron en mí”.

Tuve otras experiencias íntimas con el Señor que me trajeron mucha paz. Luego que desperté, entendí que fui llevado allí más de una vez. Me llevaban y me traían. Y cada vez, era una experiencia distinta. En la última que recuerdo, le pude preguntar al Señor por mi futuro. Su respuesta fue que debía servirle por bastante tiempo más, que me iba a bendecir y prosperar, que me iba a abrir puertas que he esperado por mucho tiempo. Supe que vendría un nuevo tiempo de ministerio.

A medida que lees esto, quizás quieras saber si estuve cara a cara con el Señor. No exactamente. Lo vi a lo lejos. Él estaba del otro lado. En un momento miró hacia donde yo estaba y le grité: “Señor Jesús, Señor querido, acá estoy. ¡¡Te amo!!” Él me miró y se sonrió. Mantuvo por unos instantes su mirada y su sonrisa hacia mí. Me sentí profundamente amado. Pero entendí algo más en ese bello momento: su sonrisa gobierna el Universo.


Jorge Ricardo Martínez vive en la ciudad de Cipolletti, Río Negro, Argentina. Está casado con Sonia Maldonado Díaz y tienen dos hijos, Gisela y Juan Andrés, ambos profesionales. Además de pastor, es chofer profesional y cuidador certificado de pacientes y adultos mayores. Desde 1982 ha comenzado su ministerio en la Unión de las Asambleas de Dios, pasando a ser pastor en la Alianza Cristiana y Misionera. Actualmente es un pastor independiente. Estudió en el Instituto Bíblico Buenos Aires, obteniendo el Diploma en Capacitación Ministerial.

Email: dactilografocipo2014@gmail.com

Whatsapp: +54(299)627-0362

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
261 str. 36 ilustracji
ISBN:
9789878901053
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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