Czytaj książkę: «Marcas en la pared»

ALASTAIR BRUCE
Marcas en la pared
Traducción de Cristina Lizarbe
www.armaeniaeditorial.com
Título original: Wall of Days
Edición original: Umuzi, an imprint of Random House Struik Ltd., Johannesburg, 2010
Primera edición: marzo 2018
Primera edición ebook: agosto 2021
Ilustración de cubierta: © Lee Jeffries, 2013
Fotografía de solapa: © Tabatha Bruce, 2010
Copyright © Alastair Bruce, 2010
Copyright de la traducción © Cristina Lizarbe Ruiz, 2017
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2018, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,
la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-09-8

Para Tabatha y Sophia, con amor
1
No ha dejado de llover desde hace diez años. Llevo una escrupulosa cuenta del tiempo y puedo afirmar esto sin miedo a contradecirme. Ha habido días en los que no ha llovido nada y la mayoría de veces suele parar durante unas pocas horas. Pero son pausas en una caída incesante que promete sumergir esta isla algún día. Ya hay zonas saturadas. Las ciénagas son el doble de grandes desde que llegué y los acantilados del norte están derrumbándose sobre la bahía, sus muros de barro no casan con la lluvia. Es un lugar, esta isla, a medio camino entre el agua y la tierra, un mundo entre mundos, un mundo en transición. Cuando camino por las praderas y las ciénagas rumbo a las turberas del sur, puedo sentir cómo el suelo cede bajo mis pies, como si flotara. Tarde o temprano, lo único que quedará será la colina rocosa donde he establecido mi hogar. La cueva de la colina es el único lugar de la isla que permanece seco, y es cálida. Mantengo vivo el fuego y he fabricado una especie de puerta usando la balsa que me trajo a esta isla.
A veces, la lluvia es tan ligera que parece bruma. Puedo ver cómo se cuela en la cueva por debajo de la puerta. Llega desde el océano y se instala sobre las ciénagas. Se arremolina, se revuelve, empiezan a formarse rostros.
Al final del día, hago una pequeña marca en la pared de la cueva con una piedra. La séptima raya que dibujo cruza las seis anteriores. Cuando llego al final de la número cincuenta y dos, más una o dos marcas adicionales cada cuatro años, empiezo una nueva hilera. Anoche llegué al final de la décima. Esta noche empezaré otra. Todos los años, cuando marco la última raya, recuerdo que me contaron por qué medíamos el tiempo de esta manera, incluyendo el asunto de los días adicionales, pero todos los años me doy cuenta de que he olvidado el motivo. Supongo que tiene algo que ver con la luna, una luna que no he visto desde hace una década. Mucho de lo que hago, de lo que solíamos hacer, se debe a razones que no puedo recordar. Me atrevo a decir que nadie las recuerda.
Marcas en una pared. Es la segunda vez en mi vida que hago marcas en una pared. Significan más que simples días. Eso es algo que no olvido.
Hay madera en la isla. En el este hay un pequeño bosque. Es un lugar oscuro. Aún más oscuro. La luz parece no penetrar hasta el suelo, a pesar de que los árboles están dispersos entre sí. Por alguna razón, el bosque no se ha extendido. No he visto árboles jóvenes, solo maduros. Me permito cortar uno cada ocho semanas. Eso y la turba que extraigo son mis fuentes de combustible.
He fijado este periodo de ocho semanas por una simple razón. Mis cálculos demuestran que en esta isla me quedan como mucho unos veinte años, y la última vez que conté los árboles había ciento treinta y tres. Eso es aproximadamente uno cada ocho semanas. Llevo con esta práctica desde la decimoséptima semana de mi llegada. Al principio era muy derrochador y corté más de los que debía, antes de darme cuenta de que no crecían árboles nuevos que los reemplazaran.
Comencé por el centro del bosquecillo, por la parte más oscura, y poco a poco voy abriéndome camino.
Las turberas están a una milla de mi cueva, en dirección al bosque. También las he medido. También me he asegurado de que duren veinte años.
La cueva, los acantilados, el bosque, las ciénagas, las turberas —islas en un mar de hierba húmeda. Islas dentro de una isla. Un día dibujé un mapa de la isla en la pared de la cueva, enfrente de la de la cuenta de los días. Marqué la cueva con una x. Este es mi mundo.
No sé si me harán falta veinte años. Ya no soy joven. Dentro de veinte años yo tendré setenta y tres. Muy pocos llegan a esa edad. Debería marcharme antes.
La isla es silenciosa. Solo se oye la lluvia, el suave viento. Cuando camino por las praderas, mis manos, colgando a cada lado de mi cuerpo, se llevan la humedad de las briznas de hierba. Oigo el sonido de mis pies en el barro y el suave canto de la hierba en la brisa. También hay gaviotas, bastantes menos que al principio. De vez en cuando, encuentro alguna tirada en un charco. Si las encuentro antes que los gusanos, suelen ser comestibles. Las lavo con agua de mar, les corto la cabeza, les saco las tripas. Si envuelvo la carcasa con barro y la cocino en el fuego, las plumas salen con el barro endurecido.
Caminar por el barro es complicado. Te absorbe, te sujeta por los tobillos. Solo si te mueves puedes sentir que escapas. Es más una ilusión que otra cosa. La ciénaga es traicionera si no te andas con cuidado. Algunos charcos son más profundos de lo que parecen y están llenos de barro espeso. Pero sé dónde están. Si no fuera así, y me pillara débil, podría acabar resbalando dentro de una ciénaga, quedaría atrapado por el agotamiento y el frío, tragando barro sin parar.
Podría haber construido caminos por toda la isla si hubiera tenido madera o piedra suficientes. Un camino desde mi cueva hasta las turberas, otro hasta el bosque. Otro hasta mis zonas de pesca, y hasta los acantilados del norte, otro rodeando la isla. Podría haber construido muchas cosas. Pero habría necesitado más de lo que la isla me ofrece, y tal vez también una mano extra.
Ya no hablo solo. Fue la única forma de no volverme loco cuando llegué aquí. Ahora, el sonido de mi voz sería extraño en medio del silencio. Si hablara, nadie podría escucharme, nada salvo el viento, la lluvia, el mar. No es un mundo para hablar. No tengo a nadie que me ayude. No creo que eso sea algo malo.
Tampoco hablo porque imaginaría respuestas. Una voz detrás de una roca, detrás de un árbol, desde lo alto de un acantilado. El interlocutor escondido, animándome a encontrarlo, esperándome.
De las dos fuentes de combustible, prefiero recoger turba que cortar árboles. Troceo la turba en pedazos casi del tamaño del torso de un hombre: un pie de largo, un pie de ancho, un pie de profundidad. Uso una pala que me traje a la isla. Llevo tres trozos a la cueva para que se sequen. Si están completamente secos cuando los uso, arden durante mucho tiempo y producen poco humo. Utilizo más turba que madera porque hay más cantidad, y usando ambas cosas en esta proporción me durarán veinte años. Es una suerte. No estaría bien irse antes de tiempo, antes de estar listo.
Excavar turba es una de las actividades de las que más disfruto en esta isla. Hay cierta uniformidad satisfactoria en la tarea, una precisión matemática que encaja conmigo. No pienso en el hecho de que cada extracción es un paso más hacia el final. Prefiero sentirme orgulloso de mi trabajo. Si alguien echara un vistazo alrededor, vería que estoy trabajando en un círculo irregular alrededor de los bordes del lecho de turba. Al final, las espirales serán visibles claramente, aunque puede que los bordes se hayan cubierto de hierba o, lo más probable, de agua. Por lo que sé sobre la turba, se trata de un lecho pequeño. Hay una capa fina de hierba y barro antes de llegar a ella, y la profundidad es de poco más de un pie. Aunque suficientemente grande para mí. Además del orden y de la simplicidad de la tarea, me gusta el sonido de la pala abriéndose paso por la turba. Un sonido visceral, más poético que el sonido del hacha contra la madera.
Cada pedazo o cada árbol que corto es un paso más hacia el final. No me da miedo. Espero estar listo para irme antes de que llegue ese momento.
Veinte años no es tanto tiempo. Ya llevo diez aquí. Si hubiera tardado tres veces más en cada tarea, en cada paso, en cada movimiento de hacha y en cada palada, puede que a estas alturas se me hubiera acabado el tiempo. Me imagino ralentizado. Haría que este mundo fuera aún más silencioso.
Mis noches aquí son tranquilas. Hay muy poco que hacer después de comer. A la luz del fuego, arreglo mis redes de cangrejos, remiendo mi ropa, hago anotaciones en el mapa. Tengo dos diarios y un poco de tinta que traje conmigo, y es en estos diarios donde registro mis medidas, mis observaciones, mi letra cada vez más pequeña, las líneas cada vez más cerca unas de otras. Allá donde puedo uso carboncillo, como en el mapa de la isla. Para operaciones sencillas, como la cuenta del tiempo, raspo las paredes con una piedra como si fuera un cavernícola. O como un convicto. Ambas son descripciones acordes con mi persona.
En cuanto acabo estas pequeñas tareas, no tengo nada que hacer excepto irme a dormir. No tengo vino que beber ni tabaco que fumar. Aquí llevo una vida de monje.
A veces me cuesta dormir. Al principio era difícil y últimamente me está costando aún más. Un signo de la edad. Tengo una técnica. Cuando es la hora, cierro los ojos y escucho. Escucho el sonido de la lluvia, el sonido del viento, las distantes olas, las gaviotas. Intento apartar cualquier otro pensamiento y recuerdo. La mayoría de las veces suele funcionar, pero de vez en cuando veo caras, personas detrás de mis párpados, y el chillido lejano de una gaviota se convierte en el grito de un niño, y me pongo alerta, helado hasta la médula.
Arreglo mis redes y hago mis cálculos, marco el tiempo en las paredes de mi cueva. Duermo, cuando puedo, desde el atardecer hasta el amanecer, y cuando estoy despierto me mantengo ocupado. No puedo hacerlo de otra manera. No tengo por qué estudiar la isla tal y como lo he hecho. No tengo por qué ser tan meticuloso con la turba y los bosques. Podría atiborrarme, encender fuegos, secarlo todo, hervir agua para asearme. Pero me aferro a ciertas normas con las que siempre he vivido. Cada mañana, nado en el mar, como, generalmente los restos de la comida de la noche anterior, y después de eso voy a buscar combustible. Paso las tardes pescando o recogiendo comida de algún tipo. Hay unas pocas hojas y tubérculos comestibles en el bosque, brotes de hierba, hongos. Esto, junto con el pescado, los cangrejos, las gaviotas, los tubérculos y los gusanos, es lo que me alimenta.
Cuando camino por la costa mantengo la cabeza gacha, buscando cangrejos y peces muertos. Si veo alguna especie nueva de pez o de crustáceo y está relativamente fresco, lo meto en mi bolsa para revisarlo más a fondo en la cueva. Una vez lo he examinado, me lo como si creo que no me sentará mal. Hasta ahora he tenido suerte, aparte de las tres variedades de hongos que me dieron náuseas. Hay una zona de la costa donde crecen algas. Suelo cortar algunos trozos y me los llevo también. Meto moluscos en su interior y lo dejo cerca de un fuego vivo. Los moluscos se cuecen por dentro y salen tiernos y con sabor a océano. Es uno de mis escasos lujos en esta isla.
Cocinar con algas es algo que aprendí hace años. Estábamos en el noroeste, navegando por la costa hacia otra isla en nuestras pequeñas barcas, volvíamos de una campaña para encontrar tierra fértil. En eso parecía consistir todo nuestro mundo: unas pocas islas separadas por grandes océanos. Algunas son desiertos, otras marismas muertas, la mayoría inhabitables. Muy pocas son capaces de desarrollar vida. No habíamos encontrado nada. La mayor parte de la unidad había perdido la vida y el enemigo estaba acosándonos. Mis hombres estaban hambrientos. Hasta entonces la línea de costa había resultado estéril, pero esa noche tocamos tierra cerca de un tramo rocoso de playa y envié a varios hombres a ver qué podían encontrar. Regresaron con un festín recogido de entre las rocas y lo cocinamos dentro de las algas. Era poco frecuente encontrar comida como aquella y resultó ser el último bocado que probamos en días. Moríamos tanto de hambre y de enfermedad como por las lanzas, las flechas y las armas del enemigo.
En cuanto he recogido comida, compruebo mi suministro de agua. Tengo tres recipientes para el agua. En la isla no hay arroyos, pero conseguir agua es fácil. En un lugar donde nunca deja de llover, sería difícil morir de sed. He formado un círculo con piedras y he puesto una tela encima. El centro de la tela está más bajo que los bordes. Coloco uno de los recipientes bajo la tela. Casi todos los días se desborda.
Cuando consigo comida y agua suficientes, me dedico a estudiar la isla. Estoy clasificando las plantas y los animales que hay aquí. Hasta ahora, he contado cinco variedades de peces, dos anémonas, algas, lapas, dos tipos de cangrejos, siete tipos de hongos, cuatro comestibles, tres que provocan náuseas, tres tipos de hierba, un tipo de árbol, ocho clases distintas de plantas, una especie de gaviota y una de gusano.
No hay mucha vida en la isla. No hay ratas, ni conejos, ni topos. Las gaviotas están desapareciendo y no hay más aves. Pero eso suele ser frecuente y se trata de una isla pequeña. Como si la hubieran cortado. Probablemente ocurrió hace miles de años, a diferencia de la mayoría de islas que conozco, que parecen haberse formado en un pasado bastante más reciente.
He recorrido cada milímetro de esta isla, desde los acantilados hasta las praderas, desde el bosque hasta los lechos de turba, luego alrededor de la isla, por la costa rocosa y embarrada, pasando por la bahía donde pesco y la costa oriental, más salvaje. Se puede recorrer mucho terreno en diez años. He tocado todas las rocas, todas las plantas, he mirado detrás de cada árbol y dentro de cada charco. He saboreado sus raíces, su agua, su vida. Cada vez tiene menos sorpresas para mí. Somos viejos compañeros.
Estoy midiendo la costa de la isla, una tarea difícil cuando parte de ella se sumerge en el mar cada día. Estoy obsesionado con la representación de la isla a escala, con mantenerla a escala, y borro líneas de carboncillo cuando tengo que hacerlo.
Hacer un circuito completo de la isla, que ahora tiene unas quince millas de circunferencia, lleva cuatro horas. Puedo dar una vuelta por la playa o las rocas si la marea lo permite. Si está alta cuando llego a los acantilados del norte, tengo que escalarlos y esquivar la costa durante un buen rato. Esto hace que el paseo se alargue media hora. Por supuesto, si estoy tomando medidas me puede llevar más tiempo.
Cuando llegué, la isla tenía una circunferencia mayor, de unas dieciocho millas. He perdido tres millas en diez años. Si esto continúa al mismo ritmo, la isla durará otros cincuenta años. Pero no lo hará. A medida que la circunferencia de la isla disminuye, el área relativa expuesta al mar y a los elementos crece, acelerando así la erosión. Los acantilados están desapareciendo más rápido que hace diez años, más rápido hoy que ayer. Cuando el mar se abra paso por las ciénagas, el proceso se acelerará aún más y la isla desaparecerá en poco tiempo. He fantaseado con la idea de construir un dique y, de hecho, pasé un mes trabajando en ello hace unos años, pero he abandonado esa idea. La isla no es mía y no puedo controlarla. Un día desaparecerá y yo también tendré que marcharme, si no lo he hecho para entonces. El final de nuestras dos historias.
La idea de que un círculo disminuye de tamaño más rápido cuanto más pequeño se hace es algo en lo que pienso a menudo. He pasado tardes calculando el ratio de aceleración y tratando de precisar el momento en el que la isla desaparecerá. Veinte años es la cifra que he obtenido. Dentro de veinte años la isla seguirá aquí, pero tendrá un tamaño que ya no me permitirá mantenerme con vida. Pasaría mis últimos minutos echado sobre la isla, los dedos de los pies en el océano del sur, los dedos de las manos en el del norte. Al menos, es así como parecería.
En realidad, no sé si esto es correcto. No soy matemático y no tengo a nadie que les dé el visto bueno a mis cálculos. Cuanto más pienso en ello, menos obvia es la idea. Se podría decir que cuanto más pequeña se hace la isla, más despacio desaparecerá. Hoy se hunde menos rápido que ayer, menos que el día anterior. Tal vez llegue un día en el que la isla deje de hundirse del todo, y seguirá ahí mucho después de que yo haya desaparecido.
Así es como lleno mi tiempo. Y es una buena forma de emplear el tiempo. Cuando me vaya dejaré un registro para futuras generaciones, si es que las hay. Puede que sea poca cosa en una isla pequeña de una parte olvidada del mundo, pero dejaré un legado, dejaré una crónica de este lugar.
He marcado algo más en mi mapa. Otro lugar que suelo frecuentar. Unos tres años después de llegar aquí, y durante dos años y medio, cada día al anochecer cogía una piedra con un tamaño del triple de mi puño y la colocaba en una zona de las praderas donde apenas crece nada comestible. Al día siguiente colocaba otra al lado. Después de una ronda de treinta, comenzaba otra. Treinta y una rondas, la última solamente con diecisiete piedras en ella. Cada día durante novecientos diecisiete días. Y ahora vuelvo allí cada día. No parecen muchas. Mi campo de piedras parece insignificante. Todos los días me planto delante y contemplo las piedras salpicadas de lluvia. Reflejan las nubes. Al anochecer, con la cabeza inclinada y los ojos entrecerrados, todas las piedras cobran vida, se convierten en espíritus. Nadan a mi alrededor, me engullen, me sumergen en las aguas grises.
Una vez, escuché una historia que hablaba de un humo negro que cubría la tierra. La gente nacía en él, lo respiraba, moría en él. Estuvo tanto tiempo ahí que la gente olvidó la causa, si es que la supieron alguna vez. Muchos se mudaron bajo tierra, empequeñecieron, se alimentaban de raíces y de un barro asqueroso. Poco a poco, empezaron a salir. Algunos murieron, atrapados entre el aire oscuro y la asfixiante tierra. Los imaginaba con las piernas incrustadas en el barro, los brazos alzados hacia el cielo. Otros despertaron y la tierra comenzó a moverse bajo aquella luz gris. Pero esto solo es una historia.
Estando aquí, con las sombras a mi alrededor, imagino que esto es lo que aquello debió de ser para ellos. La media luz, no poder respirar.
Este lugar está justo en el límite de los territorios bajo el nombre de Bran. Hacia el este se encuentra Axum, su único rival y el otro único asentamiento que el mundo conoce.
Existen rumores, leyendas de otras cosas y de otros lugares. Existen medidas del espacio y del tiempo que nosotros no hemos establecido, existen palabras para cosas que nadie ha experimentado, existen cosas que damos por ciertas pero que no podemos demostrar. Digo que llevo una vida de monje. El mundo no conoce monjes, pero yo conozco la palabra y sé, o creo saber, que describe a un hombre que vive de forma ascética. Tenemos plástico, tenemos la palabra «plástico», pero ni lo producimos ni sabemos cómo producirlo. Sabemos que el norte y el sur no son habitables, pero no podemos recordar qué los hizo así. La historia del humo. Fragmentos de conocimiento, fragmentos de recuerdos colectivos. Hay historias de una época con muchos más de nosotros, una época de abundancia. Pero aquello ocurrió mucho antes de que nuestra historia comenzara, y mucho antes de lo que puedo recordar. Mi papel en Bran implicaba que había visto más, que había visto cosas que pocas personas creerían. Un barco enorme semienterrado en un desierto. Edificios en ruinas en el fondo de un lago. Todas estas pistas hacia un pasado que no podíamos leer por miedo a lo que podrían significar, por miedo a descubrir lo que éramos antes. He visto muchas cosas que reflejan un pasado mucho mayor que nuestro presente. Pero nunca estuvimos listos para el pasado. El presente ya era problema suficiente.
De camino aquí, después de una semana de navegación desde mi partida, el mar se volvió cristalino. Me asomé al borde de la balsa y pude distinguir varios metros de profundidad. Pasé mucho tiempo observando, sin ver nada, solo agua. Y entonces aparecieron formas oscuras. Me dejé llevar entre ellas. Algunas llegaban hasta arriba y pude ver ruinas, siluetas de edificios, los espacios entre ellos. Pasé sobre una columna que llegaba casi hasta la superficie. En lo alto de la columna se encontraba la estatua de un hombre. Me estiré para tocar el agua, sumergí el brazo hasta el hombro, intenté tocarlo. Llevaba un sombrero. Tenía el porte de un militar. Su rostro era inexpresivo, su cara de piedra. Las puntas de mis dedos rozaron la parte superior de su cabeza y luego desapareció. El océano se lo tragó. De nuevo y para siempre sin tocar, oculto. Seguí navegando.
He sido abandonado aquí. Nadie se aventura en el norte ni en el sur. Bran está al oeste, Axum al este. Las fronteras de los dos asentamientos, ambos islas, aunque mucho más grandes que esta, no están vigiladas. No teníamos los recursos necesarios y probablemente ahora tampoco, y cuando me marché hacía años que no había intrusos en nuestra región. Las dos facciones se dejaron en paz la una a la otra. Dejamos que cada uno se las arreglara solo. Durante un tiempo, se enviaron embajadores de una región a otra para garantizar que el Programa se llevara a cabo según los términos del acuerdo de paz. Sin embargo, a medida que se hacía evidente lo bien que funcionaba el Programa, lo beneficioso que era para ambos grupos, no hubo necesidad de monitorizarnos los unos a los otros.
Eso fue hace mucho tiempo. Mientras estoy aquí sentado, pescando, con la lluvia cayendo suavemente sobre mi lona impermeable, tengo la sensación de que puede que todo eso no haya ocurrido. El sonido de la lluvia sobre su superficie me reconforta. Tengo calor, tengo comida, he encontrado una forma de salir adelante.
Me imagino como si estuviera a distancia: un hombre en cuclillas sobre una roca húmeda, bajo una lona amarilla, con una caña de pescar estirada dentro del mar. Tras él, la arena, los acantilados desmoronados, las praderas y una inmensa extensión de cielo gris. Estoy subido al acantilado, mirándome a mí mismo, observando el océano, y esto es lo que veo.
Algo da un tirón a la caña y regreso, vuelo sobre el borde del acantilado.
El pez es grande. Me servirá para dos días. Lo saco del agua, cojo una piedra y lo golpeo en la cabeza. Lo limpio allí mismo, coloco mi cuchillo justo debajo de su mandíbula y lo abro con un solo movimiento. He hecho esto muchas veces. Saco las tripas con los dedos y se las arrojo a una gaviota solitaria posada sobre una roca. Lavo la cavidad en el mar y meto el pez en mi bolsa.
Mientras me incorporo y me giro hacia el camino que conduce al acantilado, algo me llama la atención. Lo veo desaparecer detrás de la cumbre. Durante unos pocos segundos, me asusto y creo haber visto una cabeza. No dura mucho. Me doy cuenta de que no estoy seguro de lo que he visto, si es que de verdad he visto algo. Me ha pasado otras veces. He visto cosas. Cada vez es más frecuente. Pero tiene que haber sido la hierba ondeando al viento, una gaviota o simplemente la vista deteriorada de un hombre mayor. Retomo el camino que conduce a la cueva.
Por la noche, vuelvo a pensar en la criatura de la cumbre. Por la noche cambia. Siempre lo hace. La cabeza se convierte en una cara, una cara con los huesos visibles a través de agujeros en la piel y los dientes arrancados.
No duermo y espero hasta el amanecer. Es una de esas mañanas más luminosas de lo habitual. Cada día es un tono de gris. Varía desde el casi blanco hasta el casi negro. No he visto el sol desde hace diez años, pero de vez en cuando puedo ver un disco de color blanco intenso a través de las nubes. Hoy es uno de esos días. Nado, como, me pongo el abrigo y me dirijo a recoger combustible.
El abrigo, ropa de repuesto, un cuchillo, un trozo de cuerda, impermeables, hilo de pescar y anzuelos, una lona que sirve de vela, recipientes para el agua, galletas, cordeles, un par de botas de repuesto, una pala, un hacha, mis materiales de escritura, una brújula y una carta de navegación antigua. Esto es lo que se me permitió. Esto es lo que traje a la isla y lo que tengo ahora, algunas de esas cosas las he reparado varias veces.
Tuve que sustituir el mango de mi hacha unos pocos meses después de mi llegada. El original se rompió mientras cortaba un árbol. No se astilló. Se partió en dos trozos limpios. Mi mano, impulsada por el movimiento de mi brazo, pasó rozando el mango roto. Hizo un corte profundo en las puntas de mis dedos. Los puse a contraluz y durante un instante pude ver el hueso antes de que saliera la sangre. Sangré abundantemente y observé cómo goteaba sobre la tierra. No había nada que pudiera hacer. En mi lista de provisiones no había ni aguja ni hilo. Me sorprendió lo mucho que sangró. Asediado por el bosque oscuro, olí las agujas húmedas de los pinos, la madera fresca, oí mi propia respiración acelerada, el silencio, sentí la calidez de la sangre sobre mi piel. No podía hacer nada que evitara que me desangrara hasta morir, nada que me permitiera vivir. Pero era un corte en los dedos y nadie había muerto nunca de algo así. Rasgué un trozo de tela de mi camisa y enrollé mi mano con él.
Tras parar la hemorragia, caminé hasta la costa y lavé la herida en agua de mar. Escoció durante un instante, pero no mucho. Me senté en las rocas un buen rato, observé el mar. Pensaba en cómo había reaccionado. Aunque fuera durante un minuto, había sentido miedo. Cuando pisé este lugar por primera vez, me puse a trabajar enseguida. Sabía lo que tenía que hacer y lo hice. Sabía que podría salir adelante en la isla y la idea de una vida a solas era algo a lo que ya había tenido tiempo de acostumbrarme. Y nunca fui una persona sociable. Pero eso, en aquel momento… No supe qué pensar. Fue entonces cuando dejé de hablar solo, cuando la isla se volvió más silenciosa. Hace mucho de eso, en tiempo isleño.
El mango que fabriqué funciona de maravilla. Tal vez no sea tan fino como el primero, puede que no tenga un agarre tan cómodo, pero es mío. Ya está hecho a mi tacto y me gusta su sensación en la mano. Cada vez que lo uso recuerdo el día en el que se me rompió el primero.
El bosque no es mi sitio preferido de la isla. Todo el mundo tiene un lugar así en las zonas por las que se mueve. Da igual lo mucho que te guste el lugar donde vives, siempre hay un rincón oscuro, siempre hay algún sitio al que preferirías no ir. Voy con la cabeza gacha, respiro con pesadez, el golpe seco del hacha hace eco entre los pinos. Me siento fuera de lugar. Me siento rodeado. El sonido del golpe final en el tronco siempre me coge por sorpresa. Miro a mi alrededor siempre que cae un árbol, como si creyera que hay alguien mirando. Miro hacia arriba por si hay algún cuerpo en las ramas. Pero sé que no hay nadie que pueda verme. Si cierro los ojos en ese lugar, aparecen formas detrás de mis párpados. Cuando me marcho del bosque y regreso a la luz, siento cómo la brisa me seca el sudor. Me da escalofríos.
Al final del día, dibujo otra raya en la pared.
Cuando llegué, fantaseé con la idea de ponerle un nombre a la isla, de poner una señal que se viera desde el océano por si alguien venía a buscarme. Pero abandoné esa idea. Está mejor sin un nombre. De todas formas, ¿cómo la habría llamado? Un nombre para un lugar sin historia no habría tenido sentido.
Llueve con fuerza mientras me dirijo a la costa para nadar. No llevo nada encima y bajo por el camino del acantilado desnudo. Cuando llegué, me sentía cohibido haciéndolo. Ahora no pienso mucho en ello. Mantiene mi ropa seca y, además, aquí el frío nunca es insoportable. Mis pies se han endurecido y no siento las piedrecitas bajo las plantas.
Hay un arrecife a una media milla y suelo nadar hasta allí, hasta donde puedo sentir la espuma de las olas contra la cara. La espuma y, en medio, las gotas de lluvia. El océano es cálido, la lluvia es fría. Floto de espaldas sobre el agua, saboreando la sal, antes de emprender la vuelta despacio. Hoy, al llegar a la orilla y detenerme para recuperar el aliento, veo algo más allá, también en la costa. El mar nunca ha arrastrado nada hasta aquí, nada aparte de peces y pájaros muertos. No sabría decir qué es, pero el color es rojo oscuro y parece fuera de lugar sobre la arena gris. Me aproximo y, a medida que me acerco, me doy cuenta de que es un abrigo, un abrigo de hombre, totalmente empapado, roto y cubierto de caracoles marinos. Lo sacudo y lo pongo a contraluz.
Me planteo cómo puede haber aparecido esto. Hace mucho tiempo que la marea no trae algo, y de repente esto, tan fuera de lugar. Las rutas por las que navegábamos rumbo a la guerra estaban más al norte, y varios años después de la paz dejaron de usarse. Ya nadie se molesta en intentar pescar en barco. Los pocos peces que hay se concentran cerca de las costas. Un hombre puede pasarse días en un barco sin pescar un solo pez. Tuve la suerte de atrapar unos pocos de camino aquí. Cuando me marché de Bran, habíamos estado hablando sobre enviar barcos en viajes de exploración para buscar regiones de las que nos habíamos olvidado, regiones cuyo clima había cambiado a mejor. Tal vez hayan empezado a hacerlo. Pero ¿aquí? Navegar tan cerca de Axum es el equivalente a una declaración de guerra según los términos del Tratado de Paz. Puede que un barco se extraviara, que su tripulación pasara hambre, su capitán vacilara y perdiera el poder. Tal vez hubiera un motín, arrojaran al capitán por la borda y sus hombres se repartieran sus cosas. Excepto el abrigo, que cayó al agua durante una riña.
¿O son los restos de otro exiliado? Una pequeña parte de un naufragio de un mundo olvidado.
Siento un escalofrío. Miro a mi alrededor. No sé si espero ver a alguien.
Pienso en las sombras sobre el horizonte, en los ojos mirándome fijamente. Contemplo cómo se acerca la bruma. Una gaviota chilla.
De repente, vuelo de nuevo. Miro hacia abajo y veo a un hombre sujetando un abrigo rojo. Echo un vistazo a la isla. Cuanto más alto vuelo, más puedo ver, pero también con menos detalle. ¿Es eso una roca o un hombre en las sombras de la pared del acantilado? ¿Una pendiente en la hierba o un cuerpo apretándose contra el suelo para no ser visto? No lo sé. Oscurece y la figura con el abrigo rojo en la orilla se desvanece con la bruma y la última luz.
2
Ya en la cueva, extiendo el abrigo sobre una roca. Me siento enfrente y pico algo de mi comida. No me he secado.
El abrigo parece parte de un uniforme. Rojo. Botones metálicos. No es de Bran. No es algo que llevaría uno de los míos. El uniforme de nuestros soldados era marrón.
Me hace recordar.
Recuerdo haber matado a un hombre. Un hombre que llevaba un abrigo como este, pero más sencillo, peor hecho. Recuerdo haber matado a varios, cuando era soldado y después de ello, pero recuerdo a este en particular. Habíamos rodeado una casa de un asentamiento calcinado. Si había ardido en algún enfrentamiento reciente o hacía décadas, eso ya no lo sé. Habíamos seguido a un pelotón enemigo que se había refugiado en las ruinas. Nuestras órdenes eran atacar la casa donde se escondían los soldados y matar a los ocupantes. No podíamos hacernos cargo de ningún prisionero. Nuestra caridad podía dedicarse a los refugiados, no al enemigo. Yo crucé la puerta principal, otros entraron por las ventanas, por los huecos en las paredes. No tenían ninguna posibilidad. El enemigo disparó tres tiros. Tres entre los siete que eran. Uno estaba demasiado asustado para disparar. Se quedó en un rincón, sujetando su rifle, estremecido ante los sonidos de los disparos. Nadie excepto yo pareció reparar en él. No le quité ojo durante los escasos segundos que duró el enfrentamiento. Cuando los otros estuvieron muertos, grité que dejasen de disparar. Me acerqué a él. Era un chiquillo. No lloraba. Se había colocado a cierta distancia de mí, temiendo un golpe. Clavó los ojos en mi barbilla. Mi arma lo apuntaba. Hice un movimiento rápido con la cabeza, indicándole que tenía que darse la vuelta. Vi cómo su respiración se calmaba y asintió. Lo entendió. Aquello se me quedó grabado y lo vi muchas otras veces después de esa. Le dije que se arrodillara. Con el arma apuntándole todavía a la cabeza, estiré la mano hacia su cinturón. Le quité el cuchillo. No se nos permitía malgastar balas. Si era posible, había que matar a la gente de otra forma. Enfundé mi pistola. Sujeté su frente con mi mano izquierda. Con el cuchillo en la derecha, dibujé una línea a través de su garganta. Lo hice rápido, pero sentí cómo se cortaba cada tendón, cada músculo. No hizo ningún sonido. Lo solté y se desplomó. El resto puede ser ligeramente distinto, pero recuerdo el gesto de asentir con la cabeza. El momento en el que el miedo se convirtió en aceptación. Me quedé con el cuchillo. Toda una eternidad después, sigo teniéndolo.
Esto ocurrió al principio de la guerra, que se alargaría otros once años. Al final, me convertí en el líder de toda la fuerza: mil hombres.
En gran medida, las guerras se resolvieron a golpes. Seguimos matándonos unos a otros, seguimos muriendo, hasta que nuestras poblaciones se redujeron a un nivel en el que la tierra pudo empezar a mantenernos a todos. Negociamos una paz cuyos términos garantizaban la sostenibilidad. Digo «negociamos»; fui yo quien negoció esa paz junto con mi homólogo del otro bando. Era una paz tensa y no sin tristeza, no sin consecuencias, pero paz al fin y al cabo. Duró hasta que me fui, y probablemente más tiempo.
Recuerdo haberme despedido de Bran. Poca gente nos acompañó a los soldados y a mí hasta la costa. Había algún que otro funcionario, el juez, mis vecinos y, por supuesto, el nuevo alguacil, mi sucesor y protegido, Abel. Mi amante también estaba allí, aunque para entonces ya no lo era.
El alguacil no me miró a los ojos. En lugar de eso, me miró por encima del hombro. Sus labios eran una línea fina. Recuerdo el tacto de su mano mientras estrechaba la mía. Era suave. El apretón, la piel. Sin duda, la mía también. La vida de un alguacil en nuestro puesto avanzado no era físicamente exigente. Hacía muchos años habíamos sido guerreros. Pero la paz nos había suavizado. Nos dio más tiempo para la contemplación, más tiempo para pensar en lo que habíamos hecho.
Imagino a la gente de tierra firme, aquellos a los que he dejado atrás. Están de pie en la playa pedregosa, al sol y observando el mar, las olas lamiendo sus pies. Me pregunto qué pueden estar pensando. Me pregunto, si pudiera ver más allá, si nos saludaríamos o si simplemente nos miraríamos en silencio. Pero nadie puede ver a tanta distancia. Pasé tres semanas en la balsa antes de tomar tierra.
Ya no soy capaz de describir a mucha de mi gente. Recuerdo cosas sobre ellos, pero sus figuras son borrones, imágenes que se desvanecen, fantasmas. Hablan, gesticulan, pero no puedo ver sus ojos.
A la mujer, en cambio, sí puedo recordarla. No era especialmente guapa. Tenía treinta y cinco años cuando me fui, pero parecía mayor. Creo que todos parecíamos mayores. Toda una vida trabajando en las cocinas, lavando y estando de pie durante doce horas al día la había envejecido. Tenía unas manos callosas y la piel apagada. Sus ojos, sin embargo, cuando te miraban, te atravesaban. No había manera de esconderse de ella. Tener a alguien que te conoce de verdad te hace sentir completo, da igual lo que sepa de ti, aunque sea algo muy oscuro.
Llevábamos doce años viéndonos. Pasábamos juntos la noche de los miércoles, su noche libre. Era casi el único momento en el que podíamos vernos. Yo trabajaba durante el día, ella acababa a las tantas. Durante todos esos años, solamente nos saltamos dos miércoles. La primera vez fue culpa mía, aunque no pude hacer nada para evitarlo. Estaba en una conferencia de paz con el líder de Axum —había muchos hombres con abrigos como este— concretando los detalles del Programa. La segunda vez fue por la muerte de su madre. Me dijo que necesitaba algo de tiempo a solas. No esperaba volver a verla. Pensé que lo que había hecho descartaría esa posibilidad. Pero a la semana siguiente, a las siete, a nuestra hora, alguien llamó a la puerta, y era ella. Noté que estaba triste y distante, pero verla de nuevo hizo que mi corazón pegara un brinco. No podía compartir esto con ella. No podía. ¿Cómo hacerlo? Se quedó en la entrada, no me miró y simplemente dijo: —No hablaremos de ella—. Asentí con la cabeza. Y no lo hicimos.
El nombre de la mujer era Tora. Vivía en un piso cerca de las cocinas. Era pequeño, con lo básico, pero siempre estaba limpio y tenía todo en su sitio. En su dormitorio había una cama, un armario de madera oscura y un tocador. No sé si limpiaba el piso cuando sabía que yo iba a venir o si siempre estaba así. Supongo que nunca lo sabré.
Dos años después de empezar la relación, le pregunté si quería mudarse conmigo y hacerlo oficial. Dijo que no. Al principio no entendí por qué. Dijo que era innecesario. No volví a preguntárselo y acabé entendiendo a qué se refería. Teníamos todo lo que necesitábamos y todo lo que queríamos. Cualquier otra cosa habría roto el equilibrio. Era una mujer sensata, una cualidad que yo admiraba. Ella siempre me mantuvo a cierta distancia, pero tal vez las difíciles circunstancias de nuestra época hacían que muy poca gente fuera capaz de sentir profundamente.
Cuando estábamos en la cama, solía cerrar los ojos y morderse el labio inferior. La última vez yo también cerré los míos porque no podía soportar mirarla, no podía soportar mirar. Había un abismo entre nosotros.
No sabía con seguridad si sería la última vez, pero el juicio no había ido bien y no esperaba que me fuera favorable. Al final, no fue una pena de muerte sino algo peor. Era un exilio de por vida, una muerte en vida. Una vida en la muerte.
Y para entonces, ella ya no estaba del todo conmigo.
Supongo que no me ejecutaron debido a mi reputación y, tal vez, debido a una sensación de complicidad. Cuando me fui, alejándome de la playa con la barca, clavé los ojos en ellos deseando que me miraran. Muy pocos lo hicieron. Una pequeña victoria.
Mi relación con Tora, aunque los ciudadanos no la desaprobaban, se consideraba algo poco convencional. Pero no causaba muchos problemas. El resto de mi vida era convencional. Cumplía con mis deberes de forma rigurosa, mantenía el contacto con mis tenientes, lucía mis medallas en los aniversarios de batallas clave y durante el acuerdo de paz, y durante doce años vi a la misma mujer a la misma hora y en el mismo lugar. Tenía rutina.
Cultivaba la actitud distante que la gente percibía. Era necesario, dado el papel que tenía que desempeñar. Incluso cuando me presenté al puesto de alguacil gracias al Programa, esa gran idea, y conseguí convencer a tres cuartos de la población para que me respaldaran, sabía que no era a mí a quien estaban votando, que no era a mí a quien seguían. Era el orden que podía traer, la promesa del final de una matanza innecesaria.
Nunca fui un hombre del pueblo. Incluso con Abel, la persona con la que más tiempo pasaba, mantenía las distancias. Aunque creo que él lo prefería así. Tampoco es que él fuera muy jovial. Fui a su casa alguna que otra vez para quedar con él, pero no muchas. Le presenté a Tora. Caminábamos por las cocinas, Tora estaba fuera, sentada al sol. Fue al principio de nuestra relación. Me acerqué a ella y la besé. No sabía muy bien qué hacer con Abel mirando, lo admito. Ella me apartó un poco. Le presenté a Abel y seguimos nuestro camino.
Una vez, después de esto, me preguntó si quería llevar a alguien cuando fuera a visitarlo. Dije que no. No volvimos a mencionarla.
Aquel día en la playa, la besé de nuevo. Todo el mundo miraba. No hubo ningún ruido, ninguna falta de respeto. Simplemente miraron. Mi marcha fue un asunto silencioso. Todos querían que me fuera, pero todos sabían el papel que ellos mismos habían desempeñado en aquello. Porque la mayoría se quedó en sus casas, se quedó en la ciudad, mientras metían en un barco al antiguo alguacil con las provisiones y las herramientas más básicas.
La besé. Esta vez no me apartó. Sigo agradeciéndoselo.
A cerca de media milla de la costa, me volví para mirarlos por última vez. Dos de ellos, Abel y Tora, se habían ido. Se habían girado el uno hacia el otro. Puede que estuvieran hablando. Todavía me pregunto qué estarían diciendo.
Cuando la besé, sentí el olor del jabón fuerte que usaban en los platos. Puedo olerlo ahora.
Me pregunto si los ciudadanos me reconocerían. Llevo barba y el cabello largo. Me corto el pelo de vez en cuando, pero es imposible conseguir un afeitado apurado usando solo un cuchillo. Mi piel tiene un color más oscuro, como la isla, y estoy delgado. Aunque como con regularidad, no es el tipo de comida que pone carne en los huesos. En Bran, estaba pálido debido a mi vida sedentaria y tenía un ligero sobrepeso, un hombre fofo con una vida fácil. A pesar de no tener mucha comida, solía llenar mucho. Ahora, sin embargo, tengo unos hombros más anchos, las piernas fuertes y no me sobra peso. En general, soy un hombre en mejor forma.
Tal vez desearan que muriera de camino aquí. No hay culpables si un hombre se ahoga solo a millas de ninguna parte. Pero no lo hice. Sobreviví. Bebí rocío y agua de lluvia. Comí algas. Atrapé algún que otro pez. Una vez encontré uno muerto en la superficie de ese océano estéril. Llegué a la isla y he conseguido subsistir. Solo. Imagino a gente. Imagino a otros. Caras de otros. Voces. Pero sé que no son reales. Sé que no están vivos.
Y ahora este abrigo. Lo han llevado hace poco. La comida y el combustible tendrán que esperar hoy. Tengo que dar una vuelta por la isla. Tengo que comprobar si sigo estando solo.
Llevo mucho rato sentado en la cueva, y para cuando salgo ya es por la tarde. Tras cerca de una hora de caminata, los acantilados aparecen ante mí. Podrían verse desde más lejos, pero habría que rodear un risco. Es una vista impresionante, al menos según los estándares de esta isla. Son grandes, grises y se vienen abajo, como el monumento en ruinas de un líder olvidado. Aunque su declive representa la cuenta atrás de mi tiempo aquí, me siento intimidado, no agitado, cuando estoy cerca de ellos. El mar que rodea los acantilados está contaminado por el barro y siempre está revuelto. A veces creo que parece sangre.
La marea está baja hoy. El mar ha retrocedido dejando una larga franja de playa gris. Aquí, las mareas son extremas. En unas pocas horas, las olas estarán golpeando los acantilados desde abajo, y la lluvia lo hará con más suavidad desde arriba. Más allá, a lo largo de la orilla, veo un objeto mucho más claro, tanto que es casi blanco. Una roca quizá. Pero es distinto a cualquier cosa que haya visto en la isla hasta ahora.
Comienzo a descender a la playa.
Unos minutos después, estoy más cerca y tengo los ojos clavados en el objeto. Aminoro, me detengo. Ahora ya sé lo que es. Ahora solo puedo oír el viento. El viento y las olas. Todo se ha ralentizado. Se ha detenido. Tomo aire, algo que parece llevarme minutos. Cojo una piedra y reemprendo la marcha. Corro hacia el montículo. Paro otra vez. Corro. Me desvío hacia unas rocas y me agacho tras ellas, mis ojos siguen fijos en él. Mi respiración se ha acelerado. Suena como cuando he estado cortando leña. No se mueve.
Observo durante minutos. La lluvia cae en franjas a lo largo de la playa. La noto caer por mis ojos y por la parte de atrás de mi cuello. Es intensa y a veces él desaparece detrás de las cortinas de agua. Tengo que limpiarme la lluvia de los ojos para poder ver bien.
Es la primera persona que veo desde hace una década. Es grande, parece repleto de grasa. No es un obrero. Su cara mira hacia otro lado. Está echado sobre su estómago, los pies vueltos el uno hacia el otro, las palmas hacia arriba. No tiene pelo. Una ballena blanca, y posiblemente una ballena blanca muerta.
El abrigo tiene que ser suyo.
Durante los últimos diez años solo he visto sombras. Esto es distinto, es sólido, nada que ver con un espejismo. Pestañeo, mantengo los ojos cerrados unos segundos. Cada vez que los abro, él sigue ahí.
Salgo despacio de detrás de las rocas. Abro la boca para hablar. No me salen las palabras. Es como si hubiera olvidado cómo hacerlo. Lo intento de nuevo. Esta vez es una exhalación, poco más fuerte que el sonido del viento. Trago y lo intento una vez más. Al final, la palabra sale: —Hola—. Es un susurro, un graznido. Otra vez. La palabra no es más que un gruñido. Sigue sin sonar como la palabra que sé que es. No se mueve. Ahora estoy a tres metros de él. Camino en círculo a su alrededor, manteniendo la misma distancia, mi mano sigue agarrando la piedra. Un perro con su presa. Solo puedo ver una parte de su cara. No tiene barba, pero sí unos grandes carrillos y papada. Tiene los ojos cerrados. Sé por su cara que no está muerto.
Me pongo en cuclillas y observo su rostro de cerca. Respira. Su cuerpo sube cada pocos segundos y sus labios se abren cuando exhala. Parece estar en paz. Un hombre dormitando en una playa.
Sus gordos dedos descansan sobre la arena. Gusanos blancos en barro negro. Está cubierto de gotas de agua, de lluvia o de mar. Relucen con la última luz.
Me incorporo, me acerco a él y lo empujo con el pie en la zona de las costillas. No se mueve. Me inclino y lo sacudo bruscamente por el hombro. Está frío como una piedra. Sus párpados se abren. Tiene los ojos rojos, sus iris son oscuros, casi negros. Durante unos segundos, no se mueve. De pronto, se asusta, se revuelve, intenta apartarse de mí usando sus brazos para moverse. No puede levantarse. Su respiración se acelera. Alzo las manos para mostrarle que no supongo ninguna amenaza y doy un paso atrás. No digo nada. En vez de eso, vuelvo a ponerme en cuclillas para no estar por encima de él. Eso parece calmarlo un poco y su respiración se vuelve más regular. Nos miramos. Sigo viendo solamente la mitad de su cara.
Unos instantes después, lo digo otra vez: —Hola—. Ahora puedo reconocer la palabra, pero siento la lengua espesa en mi boca. Él no responde. Me presento. No sé qué decir, si mi título o mi nombre de nacimiento. Decido usar ambos. —Soy Bran. Alguacil. Vivo aquí—.
Me doy cuenta de que hablo en ráfagas cortas. Tengo que acostumbrarme a hablar. Sus ojos no me transmiten nada. No estoy seguro ni de si me ha oído. Lo intento de nuevo. —¿De dónde eres? ¿Axum?—. Es más una afirmación que una pregunta.
Aún nada. —Estás a salvo. Habla—.
El hombre cierra los ojos. Puede que esté conmocionado. No tengo ni idea de lo que tiene que haber padecido. Le pongo mi abrigo encima para mantenerlo caliente. Mientras me inclino y me acerco, capto su aroma. Huele a mar. Pero no el olor agradable.
No tenemos mucho tiempo. La marea está baja, pero quedan pocas horas para que vuelva a subir y si nos pilla aquí nos ahogaremos los dos. Y la luz se está apagando. Puedo dejar que duerma un poco antes de que nos pongamos en marcha y volvamos por donde he venido. Hay una zona más alta y accesible a media milla de allí. Sé, con toda probabilidad, que tendré que medio cargar con él por lo débil que parece. Me dirijo a la zona alta y me llevo la bolsa, de forma que no tenga que cargar con nada más cuando vuelva.
Cuando lo hago ya está oscuro. Lo encuentro en la misma postura. Vuelvo a despertarlo. —Te vas a ahogar aquí—. Aunque no responde, parece entenderlo y trata de levantarse. Coloco mi mano debajo de sus brazos y lo levanto. Tropieza conmigo, no tiene fuerza en las piernas. Me recuerda a una larva blanca, alguien cuyo único propósito en la vida es comer. Ignoro mi disgusto, pongo su brazo sobre mis hombros y mi brazo bajo el suyo. Así, caminamos despacio por la playa. En un momento dado, sonrío para mí mismo pensando en la pinta que tenemos. Para cualquier criatura que vuele sobre nosotros, o que nos mire desde el risco de hierba, o apretada contra el barro negro de los acantilados, tenemos que hacer una pareja muy extraña. Uno alto y fibroso, curtido y bronceado, medio cargando con el otro, un hombre abotargado y que trastabilla, en la oscuridad, pálido como la lluvia.
Ahora llueve con fuerza. Hay algo de luz de luna detrás de las nubes, pero es débil.
Me resigno a una noche de frío y humedad. Sin fuego, sin comida caliente, es simplemente cuestión de esperar a que deje de llover, a que amanezca.
Me arrastro por el último tramo del acantilado y camino cien metros tierra adentro hasta una zona de hierba con el hombre aferrado aún a mí. Lo dejo caer. Ahora parece dormido o inconsciente. Mi sujeción es mala sobre su piel mojada. Cae en un charco y su cara aterriza en el agua, el barro salpica su mejilla. Un ojo y parte de su boca están bajo el agua. Farfulla, intenta moverse, pero no consigue desplazar su cuerpo. Lo observo atragantarse. Respiro con pesadez por el esfuerzo. Deja escapar un grito, un gorgoteo. O sea que no es mudo. Lo cojo del brazo y le doy la vuelta. —Construiré un refugio —le digo. —Tengo comida. Descansaremos—. Me mira sin ninguna expresión.
Paso la noche tiritando, abrazándome a mí mismo, y duermo poco. El hombre está sentado frente a mí, recostado contra una roca. Parece no importarle el frío y me mira inexpresivo. Cuando despierto, después de un sueño de apenas unos pocos minutos, él sigue mirándome con sus ojos negros e imperturbables. Está oscuro, pero estoy lo suficientemente cerca para verle los ojos. También puedo olerlo. No es algo a lo que esté acostumbrado, al olor de otro ser humano. El olor de la hierba húmeda, del barro, de los pájaros podridos, de los pinos del bosque, el olor a veces frío y húmedo del humo de la turba: a estos sí estoy acostumbrado, estos se han vuelto míos, se han convertido en mi olor, el olor del hombre de una isla. Pero el suyo, un olor penetrante a océano en descomposición, a piel mojada, casi dulce pero desagradable, me es ajeno.
A medida que amanece y su rostro se vuelve nítido, tengo la sensación de reconocerlo. Busco en mis recuerdos. No puedo ubicarlo.
—Hola —intento de nuevo. Mi voz regresa. —Soy Bran. Vivo en esta isla. ¿Cómo te llamas?—. Sigue mirándome, pero no dice nada.
—¿Quién eres? ¿Cómo has llegado hasta aquí?—. Me siento cada vez más molesto con ese silencio.
—¿Qué eres? ¿Axumita? ¿Qué eras allí? —vuelvo a preguntar. Suspiro al ver que vuelve a no responder y mira la entrada de la tienda de campaña.
—Lo has pasado mal. Lo entiendo. No hace falta que hables ahora—. Estoy molesto, pero tengo un deber para con este hombre. Está en mi isla. Es responsabilidad mía. —Hay una cueva al otro lado de la isla. Es ahí donde vivo. Es cálida. Puedo encender un fuego y cocinar. Debemos irnos ahora. Tardaremos horas en llegar hasta allí—. Sé que será un viaje de vuelta complicado. Ahora tengo que cargar con todo mi equipo y, como veo que no está más fuerte que ayer, también tengo que llevarlo a él.
Me pongo de pie y empiezo a recoger la lona. Él no se mueve y lo arrastro como si no estuviera allí. Me echo la bolsa a los hombros, me pongo detrás de él y, sin mediar palabra, lo levanto por las axilas. Es un peso muerto y cuando se pone de pie se tambalea, vacilante. Lo sujeto por el brazo. —¿Puedes andar?—. Intenta caminar, da unos pocos pasos, pero sus piernas tiemblan y lo cojo por el brazo de nuevo.
De esta forma, emprendemos la marcha despacio hacia la cueva, parando cada pocos minutos para descansar. Yo también estoy cansado, apenas he comido en los últimos dos días. Para cuando llegamos, ya es primera hora de la tarde. Tendré que pasar sin ir a recoger combustible. Cuento con unas pocas reservas, pero no durarán mucho.
Ya en la cueva, lo miro de nuevo. Rebusco en mis recuerdos. No consigo encontrar nada. Preparo el fuego, lo llevo a mi cama, cojo mi equipo de pesca y me marcho por el camino cerrando la puerta tras de mí.
Mi mente deambula mientras pesco. Casi se me escapa uno de los peces. Me descubro a mí mismo inventando historias que puedan explicar la presencia de este hombre. Un embajador de Axum enviado para restablecer el contacto con Bran. Un refugiado. Un hombre de una parte del mundo aún sin descubrir, un lugar perdido hace siglos, al que no han llegado nuestras guerras, nuestras hambrunas, nuestros climas destructivos. Un lugar de dragones y reyes legendarios. Ha caminado desde el fondo del océano, medio hombre, medio pez. Enterrado en el barro durante siglos, liberado ahora por las olas, traído de vuelta a la vida por las tibias lluvias. Mi imaginación no conoce límites. Un asesino. Un hombre de quién sabe dónde guiado por la venganza, la codicia y la sed de sangre. Un hombre en silencio, conspirando incluso ahora para arrebatarme mi isla. O, como yo, un exiliado, un visionario, un líder caído en desgracia por culpa de sentimientos cambiantes, desterrado para probar suerte en alta mar. Más el ofendido que el ofensor. Dejo que mi cabeza deambule demasiado.
Teniendo en cuenta su tamaño, el abrigo y la blandura de su carne, lo más probable es que sea una persona de alto rango en Axum.
Y tal vez también sea un criminal. Aunque yo, legalmente, lo soy.
Pienso en él en la cueva y me pregunto qué estará haciendo. Doy la espalda al acantilado. Empiezo a sentir sus ojos mirándome desde el risco. Echo un vistazo rápido a mi alrededor. No hay nada que ver.
Y entonces lo sé.
Y entonces sé quién es. Me viene a la cabeza. Han pasado unos veinte años desde la última vez que lo vi y ha cambiado mucho, y no he podido verlo con claridad hasta esta mañana. Por eso me ha costado tanto. Pego un brinco, me giro como si fuera a echar a correr hacia él, pero vuelvo a tomar asiento. No tengo por qué dejar que se dé cuenta de que ya sé quién es. Necesito ver si puedo descubrir sus intenciones, ver si puedo hacerlo hablar.
Se llama Andalus. Era gobernante de Axum. Cierto, un personaje de alto rango. Es el hombre con el que cerré la paz entre nuestros territorios, el hombre junto al que formulé el Programa, aunque la mayor parte de él fuera idea mía. Me sorprende que esté aquí. Me sorprende mucho. Es un mal presagio en potencia. Tendré que averiguar su historia, hacer lo que sea para mantener en secreto que conozco su identidad y esperar que no me reconozca.
Pesco un segundo pez. Los dos son pequeños pero suficientes para una noche. En la cueva, los cocino con varias raíces que coloco cerca del fuego. La parte exterior de la raíz queda chamuscada pero el interior se mantiene tierno. No sé qué es, pero sabe a boniato. Cuando le doy la comida la devora con hambre, rápido. Es el movimiento más rápido que le he visto hacer desde que lo encontré. Me sorprende que no se queme la boca. Acaba antes que yo y le doy un poco de lo mío. Mientras come, lo observo y los recuerdos vuelven a mí. Debajo de esa mole, en algún lugar dentro de esa larva gorda, está mi enemigo, un enemigo que se convirtió en mi amigo, o algo parecido. Bajo esa apariencia cambiada existe una conexión con lo que soy, con lo que fui.
Nos lo comemos todo y para cuando hemos acabado ha anochecido y nos ponemos cómodos para pasar nuestra segunda noche.
Él sigue dormido cuando salgo de la cueva a la mañana siguiente. Está tendido de lado, hecho un ovillo como un bebé. Me preocupa que mi rutina se haya trastocado. Si pretendo alimentarlo, tendré que recoger más combustible y recoger o conseguir más comida. Tendré que trabajar más rápido. Me llevo mi ropa cuando salgo a nadar y voy directo a los lechos de turba.
Cuando Tora vino a mí aquella tarde de miércoles después de la muerte de su madre, supe que duraríamos. Y lo hicimos; casi hasta el final. Mientras la abrazaba –ella no me abrazó a mí– tuve que respirar hondo varias veces para intentar no emitir ningún sonido. No sé si ella se dio cuenta. Lo sabía porque si una relación puede sobrevivir a eso, puede sobrevivir a casi todo. No pensé en preguntarle si quería acompañarme en mi exilio. Sospecho que Abel lo hubiera vetado, pero no le hubiera hecho esa pregunta. Hasta donde yo sabía cuando abandoné el asentamiento, estaría muerto en cuestión de días. No, no quería a Tora a mi lado. Me pregunto qué habría dicho, pero en realidad lo más probable es que hubiera respondido que no. Se había apartado, aunque sospecho que aún sentía algo por mí. No me arrepiento. Si hubiera estado aquí, las provisiones tendrían que haberse dividido entre dos, haciendo más breve nuestro tiempo juntos. Y si hubiéramos tenido un hijo habría sido todavía más breve. Habría llegado un momento en el que, de haber sido un patriarca con una mujer satisfecha y varios hijos, el nacimiento de otro más habría reducido nuestro tiempo a horas. Puede que tal vez, aunque esto es matemáticamente imposible, un nacimiento hubiera hecho que el tiempo fuera hacia atrás y estaríamos ya muertos. No habríamos existido nunca.
Este hombre reducirá mi tiempo en la isla, pero al menos se acabará aquí. Al menos solo es una variable.
De vuelta en la cueva, descubro que no se ha movido.
Me dirijo a él. —¿Estás listo para decirme por qué estás aquí?—. Tiene los ojos abiertos, pero no pestañea. No ha dado señales de haberme reconocido. —Voy a necesitar ayuda para recoger comida y combustible—. No responde. Estoy empezando a perder la paciencia, pero le daré algo más de tiempo. Después de todo, es un invitado. Y un conocido. Durante la guerra, y después de ella, la gente de Bran mantuvimos un espíritu de generosidad, aunque durante la época del Programa tuvimos pocas oportunidades para demostrarlo.
A pesar de tener poca comida, siempre abastecimos a los refugiados que seguían llegando durante la guerra y después de ella. Allí donde pudimos, acogimos en nuestra sociedad a los que estaban sanos, los introdujimos en el sistema de racionamiento. Al pueblo no se le permitía tener comida en sus casas, la cocina comunitaria permitía reducir los despilfarros. Así que hacíamos cola junto a estos refugiados, estas personas que no nos habían dado nada, y comían lo mismo que el resto, lo mismo que aquellos que estaban sanos al menos.
Decido volver a la playa a pescar en vez de ir a recoger brotes de hierba y raíces. El pescado hará que Andalus recupere su fuerza más rápido.
Machaco las semillas y las cuezo hasta conseguir una especie de gachas. Es menos apetitoso que el pescado, pero si tengo la intención de aprovechar cada momento en la isla necesito una dieta equilibrada. Así es como cuido de mí mismo. Me temo que no tendré tiempo suficiente para recoger semillas si tengo que pescar el doble de peces. Si me quedo atrás y no consigo reunir comida suficiente, perderé fuerza y me iré debilitando aún más rápido, y puede que no sea capaz de salir de esa espiral. El equilibrio se iría al garete.
He conseguido ahumar pescado, pero con la humedad resulta difícil almacenar comida y los gusanos y los insectos parecen capaces de encontrar todo lo que dejo fuera. También he intentado comerme estos gusanos, pero son repugnantes y prefiero la comida que tanto los atrae.
Podría mantener un fuego vivo en la cueva. Con el tiempo, la humedad de las paredes desaparecería y el ambiente sería seco, pero conseguir esto agotaría muy rápido mis reservas de combustible.
Esta vez capturo cuatro peces pequeños. Son los que solía comer cuando era joven, pero tienen un sabor más amargo y un poco fuerte. Los considero de la especie «tres» porque son la tercera variedad que capturé. El tema de los nombres se lo dejo a otros. Reviso mis redes de cangrejos, colocadas cerca de allí. Una de ellas alberga un par de cangrejos y los saco con cuidado.
Andalus está sentado en el suelo cuando vuelvo a la cueva. —¿Quién eres? —pregunto. No habla. Me acerco a él. Me da la espalda. —¿Quién eres? —susurro. Me arrodillo y susurro en su oreja con aún más suavidad. —Puedo adivinarlo, si es así como quieres hacerlo. Puedo adivinar tu nombre—. No se mueve. Parece que sigue sin reconocerme. Doy un paso atrás y lo rodeo para mirarlo a la cara. Sujeto los peces. —¿Sabes qué se hace con esto?—. Aún no los he limpiado. —Puedes hacer un gesto con la cabeza. No hace falta que hables—. No se mueve. —Te daré un cuchillo. Pones la punta aquí—. Le enseño a qué lugar me refiero. —Y cortas hacia abajo así. Tienes que hacer esto para que podamos comer—. Me doy cuenta de que le hablo como si fuera un niño.
Coloco los peces sobre el suelo, cojo su mano y enrollo sus dedos en torno al mango del cuchillo. Lo sujeta con firmeza, pero no hace ningún gesto para coger los peces. Veo cómo sus nudillos se ponen cada vez más blancos. Me alejo un poco de él. No tengo miedo. Aunque es más grande que yo, es lento y está débil, y como ex soldado estoy acostumbrado al combate cuerpo a cuerpo. La verdad es que me intriga ver qué hace. Pero no hace ningún esfuerzo por levantarse y un minuto después afloja la presión. El cuchillo se escurre y cae al suelo. Se le resbala, el filo le corta uno de los dedos. Una gota de sangre cae sobre los peces. —Presiónalo. Parará pronto —le digo. Él obedece. Sentado a la entrada de la cueva mientras limpio el pescado, me doy cuenta de que no baja la mano. Parece como si se hubiera quedado congelado a media frase, haciendo hincapié en algo. Sonrío para mí mismo.
La madre de Tora tenía sesenta y ocho años cuando murió. Es una buena edad. Siguió trabajando hasta el final, cuidando de un pequeño jardín adyacente a las murallas de la ciudad. Un día no se levantó de la cama. Cuando Tora la encontró esa tarde, apenas podía moverse o hablar. Era una sentencia de muerte. Su jardín pasó a otra persona, ella se despidió y Tora siguió adelante. No hubo mucho tiempo para llorar su muerte.
Conocía bastante bien a su madre. Yo le asigné el jardín, le encantaba. Era una parcela minúscula, pero la llevaba de forma eficiente y todo el mundo tenía que hacer algo. Cultivaba patatas y calabacines y tenía un pequeño naranjo. Al final del día, solía sentarse a la sombra, bajo el árbol, y hablaba con sus vecinos, sus colegas jardineros. De vez en cuando solía pasarme por allí e intercambiábamos algún comentario. Sospecho que yo no le gustaba mucho. Siempre fue educada conmigo porque le había conseguido este trabajo, estaba viendo a su hija y era el alguacil, pero no tuvimos conversaciones más allá de sus verduras y del tiempo. Nunca hablamos de Tora.
Tengo que reconocer que la extraño más que a otras personas. Pienso en ella a menudo. Es un símbolo de lo que yo habría sido. Me habría gustado retirarme, pasar las tardes al sol, cuidando de mi huerta de verduras y pensando en el pasado solo para evocarlo con conocidos. El sol es lo que más echo de menos, quedarme dormido a última hora de la tarde con el sonido de las abejas en las flores del naranjo. Un idilio que se me negó. Aun así, podría haber escogido un lugar peor al que exiliarme. Nada ha sido fácil aquí, pero he conseguido salir adelante con trabajo duro y una planificación cuidadosa. Despedido, desacreditado como líder, y ahora, diez años después, les he vuelto a mostrar cómo sobrevivir en un mundo en el que a primera vista la supervivencia no parece posible. Pero ellos no están aquí para verlo.
Durante la cena, por la noche, clavo los ojos en él y no me devuelve la mirada. De nuevo, engulle con ganas, rápido. Me recuerda a todos nosotros, a como solíamos ser. Comíamos rápido por pura necesidad. Recuerdo haberlo visto devorar así antes. Lo observé durante una comida. No alzó los ojos ni una sola vez, solo cuando acabó el último resto del plato. Incluso se chupó los dedos, cosa que me pareció desagradable.
—Mañana vendrás conmigo al bosque. Puedes ayudarme a traer algo de leña —digo. No creo que me ayude mucho, pero estoy seguro de que ya puede andar bien y tiene que empezar a recuperar las fuerzas si pretende salir adelante.
Por la mañana, después de volver de la playa y de haber acabado juntos el desayuno, le lanzo el abrigo que encontré. Lo coge. Ahora estoy seguro de que es suyo. Toquetea el tejido, los botones de latón, sus labios se abren ligeramente, como sorprendido. Parece un niño. —Póntelo. Es tuyo, ¿no? El abrigo de un general —digo. No es una pregunta. Él no muestra ninguna reacción. Aparta mi abrigo, se incorpora y se pone el otro. Le queda como un guante. Se ajusta el cuello y estira la espalda. Lo observo con interés; es como un soldado preparándose para la batalla.
—Venga. Vamos a buscar leña —digo y bajamos por la colina. Me sigue, aunque mantiene una distancia de unos diez pasos. Ha recuperado algo de fuerza pero todavía arrastra los pies como si cada paso fuera un esfuerzo enorme. Escucho sus pasos en el barro, la suavidad de la succión, su sonido. Cada vez que paro, el sonido para también. No se acerca a menos de diez pasos.
En el bosque, sin decir palabra, le lanzo la bolsa que uso para la leña, la coge y yo desengancho el hacha de mi cinturón. Camina en círculo, a mi alrededor, mirándome todo el rato. Llega a colocarse enfrente de mí. Está sobre un pequeño montículo, la bolsa al hombro, la cabeza alta, el abrigo parece sangre sobre su piel pálida. Mientras derribo el árbol y corto las ramas, él se limita a estar ahí, contemplándome.
Paro cuando me quedo sin aliento, me apoyo sobre las rodillas con las manos. —Tu turno —digo y le tiendo el hacha. —Puedes ocuparte tú un rato. Estoy cansado—. Me pongo derecho y camino hacia él hacha en mano, la hoja en su dirección. Él deja caer la bolsa y se aleja de mí despacio, arrastrando los pasos, alzando un poco sus brazos. Sus pies forman surcos entre las agujas de los pinos. Paro. —¿Qué estás haciendo?—. Soy cortante. —¿Qué estás haciendo? —repito. —¿Crees que voy a hacerte daño? ¿No crees que ya habría hecho algo si quisiera hacerlo?—. No dice nada. —Te salvé, te he alimentado, te he vestido. ¿Por qué iba a matarte ahora?—. He alzado la voz. Suena extraña en medio del silencio. Creo que puedo oír un eco. Agito el hacha con exasperación y vuelvo a donde está el árbol. Él está encogido de miedo, agazapado, sus manos levantadas aún. Tal vez espero mucho demasiado pronto.
Ahora vuelve a llover. Corto el árbol en leños a ritmo lento pero constante. Puedo mantener mi respiración bajo control y seguir avanzando. El agua gotea de la punta de mi nariz. También puedo sentirla bajar por mi espalda. Un halo de vapor asciende de mi cuerpo. El aroma a pino húmedo inunda el aire. Andalus sigue agazapado bajo un árbol, a resguardo de la lluvia. Ahora parece más tranquilo. La verdad es que puede que se haya dormido. Del pánico al sueño en cuestión de minutos. No entiendo a esta persona. Ojalá hablase.
Andalus solía hablar todo el rato. De hecho, a veces deseaba que hablara menos. Teníamos estilos de negociación distintos. Era todo fanfarronería, todo promesas, todo camaradería. Detrás de esta fachada, sin embargo, había tenacidad y determinación para conseguir lo que quería. Daba impresión de ser un imbécil, pero estaba muy lejos de serlo. Era un duro oponente y llegué a respetarlo mucho. Hacia el final, en la época de la firma del acuerdo y del último contacto oficial entre ambos grupos, entablamos una especie de amistad. Cierto, se basaba en un respeto a regañadientes entre ambos bandos y no un vínculo emocional profundo, pero al final comencé a conocer al hombre que había detrás, el hombre que, como yo, se preocupaba por su pueblo, y se preocupaba tanto que detuvo la guerra, a cualquier precio.
Hubo un momento en el que bajó la guardia. Estaba sentado a la mesa, frente a mí, la cabeza entre sus manos. Nuestros ayudantes se habían ido. Permaneció inmóvil durante una eternidad. Pensé que se había quedado dormido y fui a levantarme de la mesa cuando dijo: —¿Qué hemos hecho, Bran?—. Tenía la voz agitada. Durante un instante no supe qué decir. —¿A qué precio? —añadió—. ¿A qué precio una cosa se convierte en un lujo que no deberíamos tener?
—Esto no es una cosa —dije—. Esto no es un lujo. Esto es paz.
—Hemos puesto fin a la guerra, Bran, no hemos traído la paz. Llegará un día en el que el mundo no podrá perdonarse a sí mismo, ni a nosotros. Será imposible que exista la paz.
No dije nada. Me incorporé, di un rodeo hasta llegar a él, me planté detrás de su hombro izquierdo. Tenía la cabeza entre las manos. Acerqué mi mano derecha y la coloqué sobre su hombro. Me sujetó la mano. Sentí cómo su hombro se estremecía. Creo que estaba llorando. No sabría decirlo. Pero no había duda de que estaba agitado. Apreté su hombro, le di una palmada en la espalda y dije:
—Hemos hecho un buen trabajo, Andalus. Hemos luchado por nuestra gente, por nuestros intereses. Y ahora hemos asegurado un futuro para ellos. No tengas miedo del futuro. Hemos sido enemigos, hemos sigo guerreros. Ahora somos amigos y hombres de Estado. Esta noche nos hemos ganado el descanso.
Dicho esto, me fui. Fue un breve momento de intimidad, pero lo agradecí. Horas después, nos encontramos en la cena de celebración y volví a ver su lado jovial, aunque evitó el contacto visual conmigo.
Me acerco a Andalus y le doy un toque con el pie. Levanta la vista, adormilado. Le doy un pequeño haz de leña para que lo lleve. Se levanta y me sigue a varios pasos de distancia. Como un perro.
Más tarde, recojo turba y hierba de un segundo lecho, guardo los brotes y las semillas para comer. Lo dejo en la cueva cuando hago esto. Cuando salgo, le pido que encienda un fuego. No da muestras de haberme oído. No vuelvo a pedírselo.
En las praderas comienzo a sentirme sin aliento. También me duelen los brazos por haber estado cortando leña. Me siento sobre una roca. Mantenernos a los dos me está pasando factura y empiezo a sentirme viejo. Aún estoy en forma, pero hay muchas cosas que ya no puedo hacer. Un hombre, de carne y sangre, en contraste con las aguas ascendentes, el deslizamiento de los océanos, las garras del barro. Si miro hacia el futuro, resulta desalentador. Aun así, esto es lo que tengo que hacer. Mantengo un registro de la desaparición de la isla. Así, sabré exactamente cuándo se acabará el tiempo y podré estar despierto, enfrentar el muro de agua cuando llegue. Podré morir con orgullo. Ahora que tengo que recoger más comida y más combustible, me queda menos tiempo para trabajar en mi mapa, en mis cálculos, en mis anotaciones. Antes sabía en qué momento exacto iba a acabarse todo, pero ahora no estoy tan seguro. Solo han pasado unos días y este hombre es mi responsabilidad, pero también una carga. El deber nunca había sido una carga para mí, hasta ahora. Nada me obliga a cuidar de Andalus, nada me impide dejarlo a su suerte. Como no hay ningún sitio al que ir, eso implicaría matarlo. Nadie lo juzgará, nadie me detendrá si me deshago de mi carga. Nada excepto el sentido del deber, nacido no de algún sentimiento trivial –acabamos con eso hace mucho tiempo– sino de la necesidad. Éramos diligentes porque teníamos que serlo, porque fue así como sobrevivimos. Los supervivientes obedecían.
El deber es algo que jamás abandonaré. Es lo que me sostiene, lo que conecta mi pasado con mi futuro.
Nunca hice planes de volver a Bran. Sobrevivir al viaje no es el problema. Me he vuelto un experto en trucos de supervivencia. Pero he sido desterrado y lo acepto. Sería una falta de respeto hacia las leyes que yo creé. Andalus, sin embargo, es un enigma. ¿Qué está haciendo el líder del asentamiento axumita en territorio de Bran? O han empezado a expandirse o han derrocado el antiguo orden. Puede que los Maverick hayan tomado el poder y hayan empezado a planear un reinicio de la guerra en un esfuerzo por hacerse con el control de Bran y sus recursos. Aunque puede que simplemente estuviera navegando entre islas y una tormenta fuerte lo desviara. Se pueden inventar mil historias. Independientemente de cuál sea, se han roto las reglas del Programa y mi deber es informar de esto. Tengo que intentar averiguar algo más sobre él, sobre por qué está aquí. Pero es imposible si no habla.
Hay un mito en mi tierra. Uno de los antiguos dioses –ya no creemos en dioses– fue desterrado por el consejo de los Cielos. Su crimen fue discrepar. Navegó durante semanas hasta los confines de la tierra. Cuando finalmente tomó tierra, se quedó allí el resto de sus días, arrojando rayos y tormentas a los barcos que pasaban. Cuando murió, sus restos petrificados se convirtieron en una montaña en cuya cima quedó grabada la cara del dios, como advertencia, una maldición, de que todo aquel que la mirara también se convertiría en piedra en tierra extranjera.
Otro, cuenta la historia de un rey legendario con el mismo nombre que yo. Violento y siempre victorioso en la batalla, a su muerte sus compatriotas le cortaron la cabeza, la clavaron en una estaca y la colocaron mirando al mar. Así quedó, a modo de hechizo protector para todo el país frente a ejércitos invasores.
Los mitos están hechos de recuerdos y los recuerdos son falibles, pero ambas cosas eran pilares de Bran. Aunque no teníamos ninguna religión y nuestro sentimentalismo era escaso, estas historias, que se siguen contando a veces, son indicativas de lo que somos como personas; de nuestro sentido del deber y del respeto, y de que nuestro orgullo y determinación son imposibles de vencer.
Aunque para mí significan mucho más que eso. Soy consciente de algunos paralelismos. Hablan de rechazo y de veneración, de la facilidad con la que las cosas pueden torcerse. Dos rostros mirando hacia el mar. Uno vengativo, el otro protector.
Tal vez la presencia de Andalus signifique que, una vez más, tengo el deber de proteger. Puede que su presencia signifique que tengo que marcharme de la isla.
Cuando vuelvo a la cueva el fuego se ha apagado. Andalus está echado en la cama, dándome la espalda. Solo se gira más tarde, cuando le doy comida. Vuelvo a llamarlo general. Le pregunto sobre Axum. Pero no me mira.
Me despierto al alba, miro a mi alrededor y veo que Andalus ha desaparecido. Pego un brinco.
Fuera de la cueva corre una brisa cálida y las nubes son escasas. No lo encuentro. Trepo a lo alto de la cueva, desde donde puedo ver más, incluidas las praderas. Pero no hay rastro de él. No puede haber ido lejos, en su estado no se habrá alejado más de una milla. Desde la cueva no se puede ver la zona de las rocas donde pesco y creo que es allí donde puede estar. Me desvío por el camino de los acantilados.
Caminando despacio por el borde, echo un vistazo. Está sentado dándome la espalda, mirando el mar. No pesca, solo está sentado. Lo contemplo durante un minuto. Su cabeza empieza a girarse hacia un lado, poco a poco. Parece un giro demasiado amplio para ser natural. Me agacho, me escondo. No hago ningún gesto brusco. No creo que pueda verme, pero su cabeza sigue vuelta. Tal vez esté mirando alguna otra cosa, algo más allá del acantilado, algo detrás de mí. Miro a mi alrededor. Estoy echado sobre la hierba y ruedo sobre mi espalda. Una gaviota vuela en círculos sobre nosotros.
Tora no quería saber nada sobre la guerra. Sabía en qué consistía, todo el mundo lo sabía, pero no quería saber nada de la vida del soldado, de las cosas que yo había visto. Ni sobre las matanzas ni sobre los vestigios enterrados de una época olvidada. Yo quería hablarlo con ella, pero siempre que lo intentaba se alejaba de mí. Si estábamos en la cama, se daba la vuelta y se echaba de lado dándome la espalda. Yo paraba, me acercaba a ella y le acariciaba el muslo. No le reprochaba que no quisiera escucharme, y con el tiempo dejé de intentarlo. Supongo que necesitaba distanciarse de eso. No he conocido a nadie tan dulce como ella y siempre pensé que le parecía desagradable compartir su cama con un hombre que había matado. No le molestaba mi vida anterior, no me culpaba por ello, pero sabía que no lo aprobaba. Puede que mis intentos por meter historias de mundos pasados hicieran que ella lo relacionara con asesinatos, o al menos con la muerte.
En tal caso, sin embargo, ¿por qué se permitiría involucrarse con alguien cuyo trabajo consistía en aquello? Era un misterio para mí. Había varias cosas de ella que me resultaban misteriosas. Tal vez, aunque no lo aprobase, fuera capaz de ver la necesidad del Programa. En realidad, nadie podía aprobarlo, solo los locos, pero todos sabíamos que era necesario. Esta era otra parte de mi vida de la que no hablábamos mucho. A pesar de ello, me daba fuerzas, era alguien con quien podía contar, alguien cuyos sentimientos y reacciones podía predecir y de los que podía fiarme. Supongo que creía que si alguien tenía que hacerlo, mejor que fuera yo, un hombre entregado a los ideales de la justicia y el deber.
Le habría costado encontrar a un hombre que no hubiera matado. Eso era lo que hacíamos, lo que teníamos que hacer. Ella formaba parte de ese mundo olvidado del que no quería oír hablar, una vuelta a una época más amable.
Unos minutos después, me pongo de pie, regreso a la cueva a por mi sedal y mis anzuelos y vuelvo al lado de mi compañero. Puede que si coloco una caña en sus manos se ponga a pescar. No es el mejor momento del día, pero sigue siendo mejor que no pescar. Puedo sentarlo aquí todos los días y dejar que pesque algún pez mientras yo hago el resto del trabajo: recoger combustible, excavar turba, encontrar semillas y continuar con mi estudio. Esa podría ser la solución. Me gusta pescar, pero si es lo único que él puede hacer eso será mejor que nada. Me dejará tiempo libre para planificar el futuro.
No mira a su alrededor a medida que me acerco. Me siento a su lado, lo saludo y, como de costumbre, no responde. Levanto sus manos. Coloco la caña sobre ellas. No la sujeta. Me levanto, se la quito. —Mira —digo, y la lanzo al agua. De nuevo, intento que la coja. —Este es tu trabajo. Si quieres comer, conseguirás la comida. Así es como debe ser—. Me observa mientras digo esto. Pero ahora gira la cabeza y vuelve a mirar el mar. Levanto la voz. —No soy tu cuidador. No puedo dártelo todo como si fueras mi invitado. Tendrás que trabajar si quieres quedarte aquí—. Lo intento otra vez y ahora sujeta la caña, aunque con poca firmeza. Decido dejarlo solo con la esperanza de que lo intentará cuando yo no esté allí. Me dirijo a los lechos de turba. Ya no me da tiempo a nadar.
Para cuando vuelvo a la cueva, arrastrando un saco de turba, él también ha regresado. No hay peces y me doy cuenta de que la caña de pescar tampoco está. Me acerco a él y lo agarro del brazo. Mis dedos se hunden en su carne como si fuera un cojín. —Te dije lo que pasaría. A partir de ahora, lo único que comerás será lo que consigas tú mismo —digo entre dientes.
La caña está tirada sobre las rocas, donde la dejé. Aunque puedo fabricar otra con bastante facilidad, soy cuidadoso con los anzuelos. Traje varios de reserva, pero con el tiempo se acabarán y no me habrá dado tiempo a aprender a pescar con un arpón. Aprenderé dentro de unos años, cuando se me acaben los últimos anzuelos. Me siento sobre las rocas esperando que pique algo.
Me llevo el primer pez que capturo. También encuentro un cangrejo en una de las trampas. Esta noche cenaré bien.
De vuelta en la cueva, enciendo un fuego. Cuando está listo, coloco el pez y el cangrejo sobre una piedra plana encima del fuego. Andalus está sentado en la cama y observa cómo se cocina la comida. No tarda mucho en estar listo. Como directamente de la piedra, cogiendo los pedazos de pescado con los dedos. Aparto el cangrejo a un lado y dejo que se enfríe. Andalus se mueve hasta el borde de la cama, mirándome con expectación. Le devuelvo la mirada mientras mastico. Finalmente, baja la mirada y me da la espalda. Se echa de lado, mirando hacia la pared. Me siento un poco culpable.
—Dime qué ha pasado —digo sin esperar una respuesta. No contesta—. Dímelo o muérete de hambre.
Con el estómago lleno, recostado contra la cueva y sintiendo calor por primera vez en días, intento explicar de nuevo la presencia de Andalus. No deseo compañía. No la de alguien así, desde luego. No me gusta acostumbrarme a tener a alguien dependiendo de mí. Pienso en cómo llegó hasta aquí. Si los axumitas han empezado a explorar otra vez, el pueblo de Bran tiene que saberlo. Nadie querría una reanudación de las hostilidades. Puede que Bran también haya comenzado a explorar. No entraba dentro de nuestros planes cuando me marché, pero eso era entonces. Quizá el mundo haya cambiado. O esté a punto de hacerlo.
Y entonces me permito pensar en lo que la presencia de Andalus exige. Pienso en volver.
3
Ese pensamiento me oprime el estómago. Soy como un hombre enamorado que no conoce los sentimientos de la mujer que ama, emocionado, pero demasiado nervioso como para estar contento. No me sorprende haber decidido volver casi sin darme cuenta.
También sé que Andalus es una excusa, una razón que puedo usar para explicar mi regreso. No me hago falsas ilusiones. Lo más probable es que volver signifique la ejecución o, por lo menos, la cárcel, seguido de un nuevo destierro. Cumplir con mi deber y devolver a este hombre no me servirá de mucho. No albergo esperanzas irracionales, pero tal vez me dé tiempo a atar algunos cabos sueltos, a ver a Tora y a Abel una vez más, a conseguir algunas provisiones más. Puedo dejarles a las autoridades una copia de mis diez años de trabajo para que puedan estudiarlo y ampliar, aunque sea un poco, el fondo de conocimientos. Deberían apreciarlo. Reanudaré el trabajo con renovado vigor en cuanto vuelva. Habré hecho las paces y habré dejado allí a Andalus, quitando de en medio todas las variables. Los hombres son más felices cuando no tienen dudas.
Diez años. Podía ser toda una vida, también podía ser muy poco tiempo. Diez años. Menos tiempo del que había pasado Bran en guerra, menos tiempo del que hacía que conocía a Tora, menos tiempo del que llevaba como alguacil, del tiempo que tardó el Programa en seguir su curso. Más tiempo del que nos llevó poner fin a la guerra, reducir las matanzas, el despilfarro. Más tiempo del que duró mi juicio, del que tardé en llegar aquí, del que tardé en despedirme.
¿Cuánta gente ha muerto en estos diez años? ¿El juez que me desterró? ¿Mis ayudantes? ¿Abel? Tal vez incluso la propia Tora, y la idea me da escalofríos. Si no ha muerto, volver podría ser cruel. Puede que un día se despierte con alguien llamando a su puerta. Soy yo, con el pelo revuelto y agotado después de días en el mar. He venido directamente, nada más bajar de la balsa. —Tora —digo, aunque es más un graznido y puede que ni siquiera sea una palabra. Sus ojos, inexpresivos al principio, adormilados, cobran vida de repente al reconocerme. ¿Y entonces qué? ¿Una sonrisa? ¿Lágrimas? ¿Se echa en mis brazos o da un paso atrás? ¿Un hombre aparece por las escaleras, una niña pequeña por el pasillo? Cualquier cosa es posible. Puede que vuelva y encuentre su piso entablado, a los vecinos con las puertas cerradas y yo escudriñando a través de unas cortinas corridas.
No se ha movido. Respira rápida y superficialmente. Está dormido, supongo, soñando. Observo cómo su cuerpo sube y baja. Cuento los días desde que llegó. Tres días y dos semanas. Parece no haber perdido nada de peso. Tal vez lleve más tiempo. Pienso en cuando yo llegué, pero hace mucho de eso.
Me pregunto cómo ha acabado así. ¿Tenían un racionamiento jerárquico en Axum? ¿Asignaban la comida según el rango social? Jamás habríamos permitido algo así en Bran. Se suponía que el Programa se aplicaba independientemente de la posición social. Si eras productivo no tenías nada que temer. Pura suposición. No puedo sacar nada de su silencio.
He conocido hombres enmudecidos por los horrores de la guerra. Algunos se vuelven silenciosos, otros no pueden parar de hablar. Con el tiempo, todos tienden a recuperar la calma. El tiempo cura todo tipo de heridas.
Necesitaré unas pocas semanas para preparar el viaje. Tengo que ahumar todo el pescado que me sea posible, recoger semillas y tubérculos. Aunque podríamos pescar de camino, hace diez años había grandes franjas de océano sin ningún tipo de vida (he tenido suerte con mi isla) y podríamos navegar durante días sin conseguir atrapar nada. Tendré que construir una balsa más grande. Después de todo, ahora somos dos. Puedo fabricar un nuevo mástil y algunos remos. Puedo dedicarme a remar, reducirá el tiempo del viaje. Pero aun así tengo que contar con tres semanas. Cuento con una brújula, pero sigue siendo posible desviarse uno o dos días. Además, aunque rememos y tenga una vela mejor, la balsa pesará más y se hundirá más en el agua. Necesitaremos cincuenta litros de agua. Llueve todo el rato, pero no quiero recoger agua de lluvia en una embarcación inestable. Quince peces de buen tamaño, un puñado de semillas y un tubérculo al día: eso será suficiente y me permitirá despreocuparme de las provisiones en el camino. Tendré cosas más importantes en las que pensar.
Pongo agua a hervir y añado semillas y granos machacados para hacer gachas, que acompaño con los restos de la pinza del cangrejo. De nuevo, no le ofrezco nada a Andalus. Lo dejo en la cueva cuando bajo a la playa para mi baño matutino.
Mientras nado, sigo pensando en el viaje. En las semillas y los tubérculos que puedo recoger de una sola vez. Se conservan bien. El pescado ahumado tarda tres semanas en volverse incomible. Hay pocas cosas verdaderamente incomibles, pero preferiría evitar el pescado podrido. Si tardo dos semanas en prepararlo todo, el primer pez durará hasta la primera semana del viaje, y para entonces ya hará tiempo que nos lo habremos comido. Un pez capturado dos días antes de marchar durará casi hasta el final del viaje.
Contarle mis planes a Andalus puede animarlo a trabajar y a hablar. Que sea motivado por el miedo o por la emoción, eso ya no lo sé. Ambos tenemos prohibido entrar en el territorio del otro, pero si tiene un pretexto razonable, después de años de paz, no tienen por qué encarcelarlo. Puede que incluso se haya derogado la prohibición durante todo este tiempo. Pero si las cosas han empeorado, si el final del Programa ha provocado que vuelvan las tensiones y que las provisiones disminuyan, la presencia de Andalus aquí podría servir como pretexto para la reanudación de las hostilidades. Y si se niega a hablar, lo encarcelarán con toda seguridad. Lo imagino de pie, en silencio, cara a cara con la cólera del asentamiento. No lo hará. Haré que sea consciente de esto. Decido seguir negándole comida durante otro poco más. Puede que eso también consiga soltarle la lengua.
Vuelvo a la cueva. Andalus me mira fijamente, me observa coger el hacha. Puedo sentir sus ojos sobre mí, pero cuando lo miro a la cara no veo hostilidad. La única emoción que he visto es miedo. Aparte de eso, es inexpresivo. Un hombre sin voz y un hombre sin cara.
Decido contarle ahora mi plan de regreso. Me siento cerca de él. Al principio ladeo la cabeza. Todavía no voy a decirle que sé quién es. Comienzo: —Nos vamos. Vamos a irnos de viaje en una balsa que voy a construir. Espero que me ayudes—. Sus ojos se encuentran con los míos. Miro sus pupilas. —Iremos a un lugar llamado Bran. Era conocido allí. Era muy conocido. Bran decidirá nuestro destino. Espero que sea uno bueno—. Me aparta la mirada. Lo tomo de la barbilla y se la levanto. —¿Me ayudarás? —pregunto. Entreabre la boca. Creo que va a hablar. No lo hace. En vez de eso, se pone de pie y se arrastra lejos de mí, a la entrada de la cueva. Descubro algo en el lugar donde estaba sentado: un trozo de pescado. ¿Ha estado cogiendo comida en secreto mientras estaba en el bosque o en las turberas? Me enfado. —No vas a saquear mi isla. No vas a robarme —le grito. Me incorporo y cruzo la entrada. Ha bajado un buen trecho de la colina y no puede oírme. Se ha movido sorprendentemente rápido.
El enfado se me pasa enseguida. Mi ira nunca dura. Estoy demasiado contento con la idea de volver como para preocuparme mucho por Andalus. Pero seguiré mi plan para hacerle hablar. Y no dejaré que se escabulla. Ahora es imprescindible para mí.
Si no voy a contar con la ayuda de Andalus, tendré que aprovechar al máximo los días. Me levantaré un poco antes y renunciaré a nadar. Alternaré días construyendo la balsa con días recogiendo comida y turba. Con menos tareas por día, puedo dedicar más tiempo a cada una y hacer más avances. Aun así, será duro y me quedará poco tiempo para mi estudio.
Hoy está oscuro. Cuando salgo hacia el bosque, las nubes son tan gruesas que bloquean casi toda la luz. Parece un atardecer. Aunque la zona de la cueva sigue seca, he visto la lluvia caer sobre las praderas en franjas, mecida por el viento. No suele llover con tanta intensidad, pero hoy lo hará. No es un buen comienzo para mis labores.
Estoy en lo cierto. El lecho del bosque está húmedo. La lluvia parece amortiguar el sonido que hace la brisa.
Lo primero que hay que hacer es construir la balsa. Necesitaré al menos dos árboles para la base. El mástil y los remos puedo fabricarlos con un tercero. Para media tarde, he talado tres árboles y les he quitado la mayoría de las ramas. En cuanto estén secas, haré una buena hoguera. O tal vez sirvan para que pueda sentarme en una cueva cálida y completamente seca durante unas pocas noches. Pero, salvo que haya hecho mal los cálculos, no estarán secas del todo para cuando me vaya. Desprenderían demasiado humo. Dejo los troncos donde están. Convertirlos en tablones puede esperar a pasado mañana.
En la cueva, pongo algo de turba en el fuego. Estoy agotado y no vuelvo a salir en todo el día. Me doy cuenta de que puede que me lleve un poco más de tiempo adaptarme a una rutina nueva, más enérgica. Paso la última hora de luz haciendo anotaciones. Apunto el número de árboles que he talado, cuántos quedan, la edad de los que he cortado. Todos los árboles que he talado parecen tener una edad similar. Según mis cálculos, hay una diferencia de una década entre unos y otros y tienen alrededor de cincuenta años. Tengo tres teorías para esto. La isla experimentó un clima más cálido durante varios años, cuando los retoños echaron raíces, y la falta de luz actual ha atrofiado su crecimiento. Son de una variedad que solo alcanza la madurez sexual a una edad avanzada, lo que explicaría por qué no hay más retoños. Los plantó un náufrago anterior, un hombre armado solamente con semillas de alguna parte abandonada del mundo, semillas que engendraron una progenie estéril.
Darmowy fragment się skończył.