Czytaj książkę: «Sencillamente así»
Alan Watts
Sencillamente así
Dinero, materialismo
y el universo inefable e inteligente
Traducción del inglés de Antonio Francisco Rodríguez

Título original: JUST SO
© 2020 Alan Watts
Traducción publicada con autorización de Sounds True, Inc.
© 2020 by Editorial Kairós, S.A.
Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España
www.editorialkairos.com
© de la traducción del inglés al castellano: Antonio Francisco Rodríguez
Revisión de Alicia Conde
Composición: Pablo Barrio
Diseño cubierta: Katrien Van Steen
Imagen del globo: Alexandr Bognat
Imagen del hombre: Aleksandr Elesin
Primera edición en papel: Febrero 2021
Primera edición en digital: Febrero 2021
ISBN papel: 978-84-9988-842-2
ISBN epub: 978-84-9988-882-8
ISBN kindle: 978-84-9988-883-5
Todos los derechos reservados.
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Sumario
1 Acerca de este libro
2 1. Formar parteTeología y leyes de la naturalezaEl pensamiento lo hace asíTodo es contextoFormar parteQué significa la inteligenciaConciencia ecológicaDe dioses y marionetas
3 2. Civilizar la tecnologíaEl problema de las abstraccionesNecesitamos una nueva analogíaTrabajar con el campo de fuerzasConfianzaSinergia y la única ciudad mundialPrivacidad, artificialidad e identidadGrupos y multitudes
4 3. Dinero y materialismoLo material es lo espiritualDinero y buena vidaEl verdadero materialismoOndulaciones, seriedad y el temor al placerEl fracaso del dinero y la tecnologíaEl problema de la culpa
5 4. Elogio del vaivénRigidez e identidadAhora empieza el mundo¿Lo conseguiremos?Polarización y contrasteNo hay salida
6 5. Lo que es en sí mismoLa espontaneidad y la mente no nacidaRelajación, religión y ritualesSalvar el mundo
7 Notas
8 Acerca del autor
Acerca de este libro
En su origen, las conversaciones editadas de Sencillamente así se grabaron en el ferry SS Vallejo, hogar y estudio de Alan Watts, atracado en el extremo norte de Sausalito, California. Durante años, su hijo Mark grabó las conferencias públicas de Watts en Estados Unidos, y en 1972 empezó a recopilar cursos universitarios en audio a partir de estas grabaciones. El primero de estos cursos de audio apareció en casete, que en aquel tiempo permitía una amplia escucha móvil en coches y en reproductores portátiles.
Después de la muerte de Watts en 1973, Mark continuó elaborando cursos a partir del trabajo de su padre y fundó la Alan Watts Electronic University en una cabaña en las laderas del Monte Tamalpis, en el condado de Marin. Mark también creó el programa de radio Love of Wisdom a partir de las conferencias de su padre, adaptó buena parte del material de Watts a los medios digitales, produjo Why Not Now? (un collage audiovisual retro sobre la vida de su padre) y sigue trabajando en diversos proyectos creativos y de archivo. Como Out of Your Mind (Sounds True, 2017), Sencillamente así es una colaboración editorial con Robert Lee.
1. Formar parte
Como occidentales, estamos acostumbrados a utilizar cierto tipo de lenguaje, así como una determinada lógica que acompaña a ese lenguaje. Para empezar, estamos habituados a pensar en el mundo y a describirlo en términos de partículas: un conjunto de partículas que fluctúan de forma ordenada, como en el juego del billar. Pensamos en nuestra psicología, en nuestros cuerpos y en nuestras relaciones con el mundo exterior en los términos de la mecánica newtoniana, semejantes a los del billar, que en realidad se remonta a las teorías atómicas de personajes como Demócrito, un filósofo presocrático que vivió hace casi 2.500 años.
Por lo tanto, hemos de empezar repasando la historia de estas teorías atómicas. La propia noción de los átomos ha fascinado a la humanidad durante largo tiempo. ¿De qué están compuestas todas las cosas? ¿De qué está hecho el mundo, el cuerpo humano?
En efecto, hay una forma directa de descubrir lo que hay en el interior de una estructura u organismo particular, y consiste en tomar un cuchillo y partir el objeto en dos. Evidentemente, al actuar así nos encontramos con dos fragmentos del objeto, pero en el proceso también descubrimos que el interior de ese objeto específico tiene su propia estructura. Y en el ejemplo del cuerpo humano, esa estructura específica consta de huesos, tejidos, órganos, etcétera.
Este descubrimiento nos invita a proseguir la investigación. ¿De qué están compuestos los órganos? Trocearlos revela otras estructuras y componentes más pequeños, lo que nos anima a seguir cortando, y avanzamos así hasta obtener pedazos tan finos como la anchura de nuestro cuchillo. Por lo tanto, no podremos seguir cortando o troceando esos pedazos hasta que alguien invente un cuchillo mejor, con una hoja más afilada.
Gracias a este proceso, acabaremos por descubrir –o creeremos haber descubierto– pedazos tan diminutos que ya no podrán reducirse a componentes más pequeños. Durante mucho tiempo a esos componentes fundamentales se les dio el nombre de átomos. En griego, la palabra para «indivisible» es atomas, que podemos dividir en los componentes a («no») y temnein («cortar»). Así pues, se propuso que el átomo era la más ínfima partícula de la materia, indescomponible en partículas más pequeñas. Esta era la idea fundacional del atomismo de Demócrito, que concibe el mundo como una entidad construida como una casa elaborada con ladrillos o piedras, en la que los fragmentos más diminutos contribuyen a sostener el conjunto. En otras palabras, el propio mundo es una combinación de partículas fundamentales.
Por alguna razón, estas partículas fundamentales se concibieron como bolas diminutas, probablemente porque las bolas son difíciles de dividir. Si intentamos dividir una bola de billar con una espada, lo más probable es que la hoja se deslice a un lado sin cortarla. De hecho, debo decir que las primeras ideas sobre los átomos aseguraban que los átomos de sustancias líquidas se asemejaban a bolas. Por su parte, los átomos de las sustancias sólidas se imaginaban en forma de cubos, ya que los cubos se apilan firmemente unos sobre otros. Los líquidos se esparcen por las superficies, por lo que sus átomos debían de ser esféricos. Además, si mi recuerdo no me falla, los átomos que supuestamente constituían el fuego tenían forma de pirámide. No recuerdo la forma que debían tener los átomos de los que está compuesto el aire; tal vez se asemejaban a tubos o algo similar.
Estas son, fundamentalmente, las ideas subyacentes al pensamiento occidental. Incluso hoy pensamos en los átomos y en las partículas subatómicas tal como concebimos los sistemas planetarios. Estos componentes increíblemente pequeños giran unos en torno a los otros y en ocasiones chocan entre sí según patrones predecibles, tal como ocurre en el juego del billar.
No hace falta decir que el modelo newtoniano del juego de billar ya no es aplicable. No podemos explicar el movimiento de los átomos como una serie de colisiones secuenciales. Las cosas no se desarrollan así, para empezar porque no están separadas unas de otras: podemos identificar olas individuales, pero es todo el océano el que se agita. Y al aislar una única ola, jamás encontraremos una cresta sin un valle. Las olas a medias no existen en la naturaleza. Análogamente, no encontramos materia sin espacio ni espacio sin materia: son aspectos diferentes de una misma realidad. Los polos positivo y negativo también aparecen juntos, y una corriente eléctrica necesita de ambos para fluir. Así pues, los individuos y su entorno existen en relaciones polares, como aspectos diversos de una única energía.
Tampoco es correcto afirmar que todos somos un único ser inconmensurable. La existencia se compone de ser y no ser, materia y espacio, crestas y valles. En esencia, la energía del mundo es vibratoria –aparece y desaparece– y jamás encontraremos un aspecto sin el otro. «Ser o no ser» ciertamente no es la cuestión, porque ser implica no ser, así como no ser implica ser.
Teología y leyes de la naturaleza
El lenguaje y la lógica que utilizamos para hablar del mundo –especialmente en lo que se refiere a las leyes de la naturaleza– también proceden de nuestra teología. La teología que hemos heredado y con la que la mayoría de nosotros hemos crecido es decididamente judeocristiana, lo que significa que la imagen del universo que hemos adquirido es básicamente monárquica. Nuestra forma de pensar procede de una cultura que concibe el mundo como un constructo evocado a partir de la nada por el mandamiento de un rey celestial.
No estoy suponiendo que los lectores cristianos y judíos aún se adhieren a una idea ingenua de Dios. Dicho esto, lo que aquí quiero transmitir es que la mayor parte de nuestras ideas sobre Dios –nuestras imágenes y símbolos, y las formas mitológicas que utilizamos para describir lo divino– ejercen una influencia extremadamente poderosa en nuestras emociones y en nuestra conducta.
Por ejemplo, de niño yo era miembro de la Iglesia de Inglaterra. En ella es bastante obvio –desde un punto de vista emocional distinto al punto de vista intelectual– que Dios apoya al rey de Inglaterra. Y era muy evidente, especialmente para un pequeño muchacho, que el rey y el arzobispo de Canterbury, y toda la jerarquía de señores, damas y funcionarios que descendían de ellos estaban íntimamente implicados en la jerarquía del cielo.
En la oración de la mañana a la que asistimos cada domingo, el sacerdote dice: «Oh, Señor nuestro, Padre Celestial, Alto y Poderoso, Rey de Reyes, Señor de Señores, solo Gobernador de príncipes, que desde tu trono miras a todos los habitantes de la tierra; de corazón te suplicamos que mires favorablemente a nuestro noble soberano, el Rey Jorge...», etcétera. Y todo el clero, con sus túnicas, se acerca con ademanes cortesanos al altar –una especie de símbolo terrenal del trono del cielo–, donde ofrece sus ruegos con la humildad debida.
Cuando crecemos en estos ambientes, todo esto nos resulta perfectamente normal. Es nuestra actitud natural hacia Dios. Pero imaginemos lo extraño que sería para cualquiera que viva en una cultura en la que Dios no se conciba a imagen de la realeza. ¿Qué ocurre con la servil genuflexión ante el altar?
Pues bien, en nuestra historia, los tronos suelen ser lugares en esencia consagrados al terror, porque quien gobierna por la fuerza está fundamentalmente aterrado. Por ello, los monarcas se rodean de todo tipo de protecciones y hay que dirigirse a ellos con el lenguaje correcto.
Si entramos en un tribunal de justicia ordinario en el Estados Unidos de hoy, se espera que nos comportemos en el marco de una estricta etiqueta. No podremos reírnos, so pena de que el juez dé un golpe de mazo y nos amenace con desdén y todo tipo de atroces castigos. Todos deben guardar un semblante serio. Como en los desfiles, en los que los soldados se alinean con una expresión lúgubre y saludan a la bandera, lo que parece un asunto serio.
Así pues, los reyes temen tanto la risa como el ataque. Por esta razón todos tienen que arrodillarse ante ellos, porque la genuflexión y la postración nos sitúan en desventaja. El rey se alza o se sienta en su trono, escoltado por su guardia pretoriana. En la Iglesia actual observamos la misma disposición: el obispo en su solio, flanqueado por sus canónigos asistentes y el clero. La antigua catedral católica recibía el nombre de basilica, que en latín significa «palacio real» y deriva del griego basileus, «rey».
{ Jehová tan solo es una forma amable de decir lo que no puede decirse. }
Algunas de las fórmulas que se emplean en la Biblia para dirigirse a Dios –por ejemplo, Rey de Reyes o Señor de Señores– en realidad son préstamos de las expresiones utilizadas para los emperadores persas. Por otra parte, ciertos ritos asociados con el cristianismo son, de hecho, reflejos de los grandes monarcas autócratas de los tiempos antiguos: los Ciros de Persia, los faraones de Egipto y reyes babilonios como Hammurabi. Así fue como los pueblos empezaron a concebir un universo gobernado según el mismo patrón político. Hammurabi, en concreto, y Moisés después de él eran los supuestos patriarcas sabios que dictaron las reglas por decreto divino. Fueron ellos los que dijeron: «A partir de ahora las cosas serán así. Como no sois capaces de poneros de acuerdo entre vosotros, estoy aquí para deciros cómo debéis comportaros todos. Y como soy el tipo más duro, y tengo a mi servicio a estos hermanos igualmente aguerridos, vamos a establecer esta nueva ley, ¿de acuerdo? Y todos tendrán que obedecerla». Y eso hicieron.
Así es como llegamos históricamente a la idea de que hay leyes de la naturaleza, como si un ser poderoso le hubiera ordenado a la naturaleza qué hacer. «Y Dios dijo: “Hágase la luz”, y la luz fue hecha. Y Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de la oscuridad.» Fue una orden: un mandamiento a la naturaleza, dictado por el propio Dios. La búsqueda de las leyes de la naturaleza se asemeja a la búsqueda de la verdadera comprensión de la palabra de Dios, que creó el universo a partir del aliento de su boca. «En el principio fue el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» Pero ¿qué es el Verbo?
Si conociéramos la palabra de Dios, obraríamos una magia insólita. Por esa razón el nombre de Dios en la Biblia solo puede pronunciarse una vez al año, y solo puede hacerlo el sumo sacerdote del Sanctasanctórum. En realidad, desconocemos la pronunciación del nombre –que se confundió en la traducción–, por lo que solo disponemos de una combinación de consonantes y vocales que conocemos como Jehová. Sin embargo, Jehová tan solo es una forma amable de decir lo que no puede ser decirse. Aquel que conoce el verdadero nombre de Dios se inviste de un poder inconmensurable: el poder divino.
Esta es la razón por la que todas las formas antiguas de magia se basan en el conocimiento de los nombres de Dios. En el islam se dice que Dios tiene cien nombres, pero que la gente solo conoce noventa y nueve. Se supone que los camellos tienen noticias del último nombre, razón por la cual se pasean con un aspecto tan altanero. También he oído que los integrantes de las supuestas tribus primitivas son reacios a revelar sus nombres, porque cuando alguien conoce tu verdadero nombre, puede pronunciarlo y adquirir poder sobre ti.
Tal vez parezca una idea ridícula, pero en la ciencia ha ocurrido exactamente así. La ciencia occidental es, esencialmente, el conocimiento de los nombres, y en sí mismo eso es una forma de magia. Comprender las leyes de la naturaleza significa comprender las palabras que subyacen a los fenómenos, y eso implica la capacidad de alterarlos: uno de los rasgos distintivos de la magia. La excepción aquí consiste en que últimamente los científicos se han vuelto más sofisticados y han descubierto que la palabra sobreviene después del propio acontecimiento. Es decir, «en el principio» no fue el verbo. A menos que consideres la idea hindú según la cual el habla es la base de la creación, pero con ello se refieren a la vibración, al sonido, ¿entendéis? Se nos dice que si realmente somos capaces de sumergirnos en el sonido, comprenderemos el misterio de todas las cosas, porque ese misterio es, esencialmente, energía vibratoria: algo tan sencillo como aparecer y desaparecer. La vida y la muerte: la primera es aparecer, la segunda es desaparecer. Y necesitas una para conocer la otra. Así, afirman que las raíces que encontramos en el sánscrito no son únicamente los elementos básicos del lenguaje: constituyen los propios fundamentos de la vida.
El pensamiento lo hace así
Por lo tanto, creamos el mundo a partir del verbo. Tal vez no seamos muy conscientes de actuar de este modo, pero nuestra forma de pensar determina nuestras reacciones básicas a todo lo que encontramos y percibimos. Como Hamlet dice a Rosencrantz y Guildenstern: «Nada hay bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace así».
El pensamiento lo hace así, y pensar es una conversación en el interior de nuestra cabeza. Así es como construimos todo tipo de ideas extrañas; por ejemplo, cuando decimos cosas como «Bueno, un día tendré que morir». ¿Por qué tener que morir? ¿Qué queremos decir con eso? ¿Cuál es el contenido emocional de esa expresión? En este caso, significa que la muerte será una realidad impuesta contra mi voluntad. Esta sentencia concreta –«Un día tendré que morir»– se enuncia pasivamente, como si en el futuro me obligaran a hacerlo. Pero solo seré obligado a morir si estoy luchando contra ello. Pero ¿y si quiero morir? Supongamos que me suicido.
Podemos considerar la muerte bajo un ángulo completamente distinto. Por ejemplo, podríamos decir «Bueno, un día contraeré una enfermedad y, como consecuencia de ella, moriré». Aquí adoptamos una actitud activa. Soy partícipe. En este caso contraer una enfermedad es algo que realizo yo mismo, como cuando doy un paseo. Sin embargo, hacemos nuestra la extraña idea de que la muerte no va a suceder; hemos dispuesto nuestros pensamientos para creer que no vamos a contraer una enfermedad. Incluso la vejez es algo en lo que no debemos quedarnos. Simplemente, hemos de seguir adelante.
Afrontamos el problema de una vida que se divide en dos partes: las cosas que hacemos y las cosas que nos suceden. Por esta razón, los occidentales acostumbran a malinterpretar el karma y a hablar de él como si todo lo malo que le ocurre a una persona fuera un castigo por su mala conducta en vidas anteriores. Esto es absurdo. El karma significa, simplemente, tu obra o tu acción; no es una especie de castigo que recibimos pasivamente de una fuente externa. Si comprendes el karma y reconoces que todo cuanto te acontece en realidad es obra tuya, entonces no se trata de mal karma. Solo es un verdadero mal karma si nos negamos a admitir que somos responsables; por ejemplo, si culpamos a alguien o algo o hablamos del karma como de una realidad misteriosa y sobrevenida.
¿Y qué tiene esto que ver con nuestra idea occidental en relación con las leyes de la naturaleza? Tengamos presente que se nos ha dicho que el mandamiento de Dios es el fundamento de todo cuanto acontece en el mundo actual. Al mismo tiempo, la ciencia contemporánea fomenta una idea completamente nueva respecto a las leyes de la naturaleza, según la cual esas presuntas leyes no existen en un sentido real. Es evidente que el universo se encarga de llevar a término todos estos procesos, pero las llamadas leyes dependen enteramente de los cerebros humanos orientados a atribuirles un sentido.
Una forma de atribuir sentido se explicita en el principio de regularidad, algo que nos resulta muy relevante. Pensemos en un reloj, por ejemplo. Un reloj marca regularmente; el mundo no. De forma inoportuna, la Tierra no gira alrededor del Sol exactamente en 360 días, un hecho que ha irritado a quienes han elaborado calendarios a lo largo de las eras. ¿Cómo establecer un calendario racional? Es imposible. No hay una solución evidente porque la rotación de la Tierra en torno a su eje no se sincroniza exactamente con su traslación alrededor del Sol, por lo que persiste un elemento un tanto extraño e inestable.
Sin embargo, esto no nos impide superponer la figura ideal de un círculo de 360 grados sobre una trayectoria elíptica irregular. Actuar así es como colocar una regla sobre un pedazo de madera y decir: «Este pedazo de madera se puede reducir a 30 centímetros». Sin embargo, los centímetros no existen en la propia madera. Son un método –una técnica– que los seres humanos han inventado para medir cosas. Así es como podemos cortar una tela o el tronco de un árbol. Originalmente comparábamos el tronco del árbol con nuestro propio cuerpo: el tronco equivale a tantos pies o a tantas palmas de la mano extendida. En los países anglosajones, una pulgada equivale aproximadamente a la longitud de la articulación de un dedo. Nuestro cuerpo suele tener una forma regular –cinco dedos en la mano, diez dedos sumando ambos pies– y, estirándonos y aplicando esa regularidad a la naturaleza, creímos poder medirla.
Este es precisamente el tipo de medida que encontramos en relación con nuestras leyes de la naturaleza. Una ley de la naturaleza es exactamente lo mismo que una regla: una forma de pensar que nos permite controlar nuestro entorno observando lo que percibimos como regularidades, aplicando un cálculo, y conjeturando que el entorno será igualmente regular la próxima vez. Y lo más probable es que así sea. Si el entorno se comporta de una forma específica en una determinada ocasión, lo más probable es que la situación se repita, y así es como se pudieron predecir los eclipses y las fases de la luna. Estos fenómenos fueron sometidos a medición contando la frecuencia de determinados sucesos.
¿Qué ocurre si somos capaces de establecer este tipo de predicciones? Para quienes no han sido capaces de averiguarlo, es cosa de magia. Puede parecer incluso que la naturaleza obedece nuestras órdenes. Todo lo que tenemos que hacer es anunciar que la luna va a cambiar en un momento determinado, por ejemplo, a partir de cierto número de días entrará en fase creciente. Y la gente creerá que eres el responsable de tal acontecimiento. Así, ciertas predicciones garantizaron una posición privilegiada a determinados individuos, simplemente porque eran capaces de prever el cambio.
Esto es a lo que quiero llegar al afirmar que las leyes de la naturaleza han sido establecidas por la red de seres humanos. Proyectamos las líneas de latitud y longitud de las coordenadas celestes, pero estas líneas no existen; apenas son una forma de medir la posición de las estrellas, que tras un examen más detenido aparecen diseminadas de una manera que puede resultar confusa. ¡Intentemos recordar y memorizar ese caos! Por consiguiente, alguien inteligente decidió superponer una red esférica en el cielo de acuerdo al principio del círculo: 360 grados. Así obtenemos una maravillosa y regular red de cuadrantes que podemos numerar.
Sin embargo, la propia red nunca ha estado ahí, ¿verdad? Y tampoco las formas de las constelaciones: aquel grupo de grandes estrellas se asemeja a un carro, aquel conjunto parece un cinturón, aquel otro parece adoptar la forma de una cruz y, a la izquierda, hay un grupo de estrellas que, si forzamos mucho la analogía, puede parecernos una virgen (cúmulo de Virgo). Todas estas líneas imaginarias que parecen unir las constelaciones son nuestra forma de proyectar un patrón en esta vasta y gloriosa confusión para poder recordarla y cartografiarla. Pero es evidente que, si observamos estos grupos de estrellas desde una posición distinta en la galaxia, todas estas constelaciones y grupos se desvanecerán. Tendríamos que inventar otros nuevos, porque el lugar que ocupan las estrellas no es estático. Depende de nuestro punto de vista.
Así es como explicamos la naturaleza con nuestros cerebros extraordinariamente simétricos. Somos nosotros los que introducimos la ley en el mundo. La inventamos. En latín, la palabra invent significa «descubrir», pero no descubrimos nada ahí afuera. Al inventar las leyes de la naturaleza, descubrimos algo acerca de nosotros mismos, es decir, acerca de nuestra pasión por la regularidad, por la predicción, por mantener las cosas bajo control.
Todo es contexto
Volvamos a la analogía del billar. Si observamos una partida, descubrimos que el taco golpea la primera bola, y esa bola se desplaza y golpea a otra, que a su vez impacta con una tercera, y así sucesivamente. Podemos observar la secuencia y explicar el comportamiento de la bola final que cae en la tronera en términos causales: la acción es una cadena de acontecimientos racionales que empezó con el primer golpe de taco.
Así es precisamente como la mayor parte de la gente concibe el mundo en el presente, como una realidad que acontece a través de los procesos mecánicos de causa y efecto. Tal vez admitan que la imagen de conjunto es más compleja, pero seguirán aduciendo que, si pudiéramos conocer y rastrear todos los factores implicados, descubriríamos que cualquier conducta o acto singular es el resultado ineludible de una serie de bolas que chocan unas con otras, y que los átomos o las partículas atómicas fundamentales predispusieron que un acontecimiento específico se desarrollara tal como ocurrió. Técnicamente, esto se conoce como relación catenaria. Creemos que los átomos funcionan así: como en una hilera de ladrillos o fichas de dominó; si tiramos la primera, el resto irá cayendo sucesivamente. Esto es una secuencia catenaria.
Sin embargo, a físicos y biólogos cada vez les resulta más evidente que esta no es una descripción suficiente de la influencia recíproca de los diversos acontecimientos. Hay otra forma, muy diferente, de describir las relaciones. La palabra reticular procede de la palabra en latín que significa «red» o «semejante a una red». Aplicada a las relaciones, la reticulación significa que no podemos atribuir un determinado evento a uno o varios sucesos previos en una cadena causal, sino que la relación entre el pasado y el presente –así como la relación entre el presente y el futuro– tiene que tomarse en consideración antes de comprender realmente un determinado acontecimiento.
Digamos que dejo caer una pelota y esta rebota. En realidad, podríamos considerar que en este acto tienen lugar múltiples acontecimientos, pero consideremos, en aras del argumento, que se trata de uno solo. Podría decir que dejo caer la pelota, que esta obedece a una ley particular de la naturaleza conocida como gravedad y que, en consecuencia, llega hasta el suelo. Y como está hecha de goma y tiene aire en su interior, rebota y desobedece levemente a la gravedad durante unos instantes.
Sin embargo, no basta con describir la secuencia histórica de acontecimientos que produce el rebote de la pelota, como si se tratara de una serie de causas y efectos dispuestos en una cadena a lo largo del tiempo. En realidad, todo depende del contexto actual: para empezar, de la densidad del aire. Para que yo deje caer la pelota han de coexistir una multitud de elementos, entre ellos los materiales y las personas implicados en su fabricación. Así, todo lo que acontece no puede considerarse como un mero fenómeno histórico; también debe considerarse en un contexto.
{ La idea de una cosa o de un acontecimiento aislado en la naturaleza... es una idea puramente abstracta que no encaja en absoluto con los hechos naturales. }
La mayoría de las personas saben que el contexto es de una importancia trascendental. No solo es importante cuándo sucede algo, sino también dónde sucede; es decir, en qué escenario. En mis venas la sangre circula en un determinado escenario, pero en un tubo de ensayo ese escenario difiere por completo. Mi sangre no se comporta igual en mi organismo y en el tubo de ensayo. Es completamente diferente.
De un modo análogo, en un determinado ambiente social nos comportamos de una forma y de una manera completamente diferente en otro escenario. Yo era un tipo de niño en casa, con mis padres, y un niño completamente distinto cuando estaba con mis tíos, y asumía otra identidad en las relaciones con otros niños de mi edad. Cambiaba en función del escenario en el que me encontraba, como hacen la mayor parte de los niños y los adultos.
A pesar de esta realidad, se nos dice que hemos de ser una persona coherente, aunque no lo somos. A medida que crecemos, se nos machaca con la idea de que debemos encarnar una personalidad uniforme, como un personaje de novela que ha de conservar su coherencia a lo largo de la narración para resultar creíble. ¿Quién se comporta igual indefinidamente? Actuar así en diversas circunstancias y en compañía de personas distintas no equivale a coherencia: significa que nos hemos vuelto rígidos e inflexibles.
Todo depende del contexto en el que se ubica cada cosa. Todo lo que diferenciamos depende de su relación en red con todo lo que acontece. En efecto, la propia noción de una cosa o un elemento aislado en la naturaleza –como la idea de relaciones causales entre diferentes cosas o acontecimientos– es una idea puramente abstracta que en modo alguno se ajusta a los hechos naturales. En la naturaleza no existen acontecimientos independientes. Nada ocurre de forma aislada: tocarnos la cabeza, sostener la mano del otro, mirar las estrellas, respirar; nada.
Evidentemente, a nuestro alrededor vemos todo tipo de movimientos –colores de toda especie e innumerables formas y figuras–, pero ninguna de ellas constituye una realidad independiente. Hablamos del interior y del exterior como si fueran aspectos autónomos, pero nada los separa en realidad. Intente hacerlo con su piel: el interior y el exterior se alían para crear la realidad única de la piel. No hay afuera, no hay adentro.
Otro tanto ocurre con la respiración. La situación física de mi cuerpo que inhala y exhala es imposible sin la circunstancia externa del aire para respirar. No podemos verlo, pero el aire nos rodea, de modo que apenas le prestamos atención, a no ser que su naturaleza se altere repentinamente, como en el caso de un vendaval. Y podremos señalar ese cambio a otra persona –la súbita agitación exterior– y decir: «Ey, mira eso». Y esa persona sabrá lo que quieres decir con eso, porque eso es algo a lo que apunta tu dedo. Es diferente y peculiar en relación con otras cosas.
La idea de un elemento o acontecimiento aislado deriva de este proceso. Hablamos de un eso. Sin embargo, cada eso que se manifiesta a nuestro alrededor no es una realidad desconectada: acontece en relación con otras cosas. Mi interior forma parte del exterior, mi respiración forma parte del aire, y la situación en la que el lector lee o escucha estas palabras es un complejo devenir.
Formar parte
Esta es la idea fundamental que expreso en estas páginas: la idea de formar parte. A partir de esta idea podemos empezar a construir y comprender la noción completa de redes, cuyos principios son difíciles de entender, sobre todo para quienes hemos crecido hablando lenguas occidentales y pensando en términos occidentales. Dicho esto, nos resulta posible pensar en redes por medio de las lentes de la relatividad y la relación.
Digamos que estás ahí sentado siendo exactamente el tipo de persona que eres, tal vez un poco neurótico, quizá algo feliz, acaso un tanto enfermo físicamente, o un poco avergonzado de ti mismo por una u otra razón... Simplemente, estás ahí siendo aquello que eres, tal como eres. Independientemente de lo que signifique para ti –independientemente de tu situación personal–, esa experiencia forma parte del resto del universo. La parte trasera forma parte de la delantera, el interior forma parte del exterior, y aquello que tú eres forma parte de la manera en que se manifiesta el resto del ser infinito.
Sin embargo, tal vez pienses que la forma en que se manifiesta el ser infinito es lo que determina lo que eres o, al contrario, quizá creas que tú eres lo que determina la estructura o patrón de un universo más amplio: condicionas o eres condicionado. Lo examinaré con más detalle más adelante. Por ahora, solo diré que el argumento de esta dicotomía es absurdo: no se trata de dilucidar qué controla qué. Todo se da al unísono. El universo y tú sois un único acontecimiento. Como Pierre Teilhard de Chardin escribe con palabras célebres en El fenómeno humano, el universo en su conjunto es el único átomo verdadero.1 En otras palabras, el universo es un único todo verdaderamente indivisible.
A los occidentales les resulta especialmente difícil comprender esta idea. Una de las razones por las que es complicado para nosotros asimilar que todo lo que somos resuena con el resto del universo se debe a que recibimos mensajes contradictorios en relación con nuestra naturaleza. Por un lado, se supone que hemos de ser una persona coherente; por otro, también hemos de mejorar y cambiar. Por una u otra razón, hemos de ser diferentes o mejores de lo que en realidad somos.
Nos repetimos este mensaje unos a otros, la televisión nos transmite esta misma idea y nos bombardean con todo tipo de anuncios que apuntan en el mismo sentido. En la actualidad, el mundo está lleno de gente que se gana la vida con sus métodos: métodos que nos enseñan a crecer, a evolucionar, a cambiar en una determinada dirección. Previo pago, por supuesto. Todos comparten cierta versión de «¡Mira! Tengo este importante programa o escuela. Deberías venir y estudiar conmigo». El método tal vez no sea originalmente suyo –tal vez pertenezca a algún célebre sabio, a un erudito o a alguna autoridad espiritual–, pero, en última instancia, carece de importancia. Lo importante es hacerte consciente de que tienes que cambiar, y eso significa que debes matricularte en un curso específico y, por lo tanto, pagar.
He recibido todo tipo de opiniones respecto a qué debo hacer con mi vida; por ejemplo, lo que tengo que hacer para ponerme en forma. Media de hora de práctica de yoga, una hora de zen, ejercicios para mejorar mi memoria, una dieta especial para asegurarme una nutrición correcta, etcétera. Si siguiera todos los consejos recibidos, me pasaría todo el día ocupado en prepararme para la vida. Y si reflexiono sobre ellos, pienso: «Dios mío..., todo ese proyecto no merece la pena».
Evidentemente, recibimos versiones sutiles de estos mensajes. Algunos expertos nos dirán que hemos de escoger una sola cosa. «Estás confuso», nos dirán. «Entonces concéntrate en una sola cosa.» Y si no estás seguro de qué elegir, ellos te informarán de qué creen que es mejor y más adecuado para ti. Así es precisamente como la gente se siente atraída y atrapada por los fanáticos religiosos; se les muestra el camino correcto, independientemente de lo que esto signifique.
Quiero dejar claro que yo no ofrezco nada semejante. No tengo intención de venderte un sistema o un programa. No dispongo de una receta mágica que implique, por ejemplo, la realización de un ejercicio especial cada mañana, durante cinco minutos, ni nada por el estilo. Mi único propósito es liberarte de todo ello. Idealmente, acudirás a un seminario o leerás un único libro y nunca volverás a tratar conmigo. No es el mejor modelo de negocio, pero en lo que respecta a mi sustento, ahí fuera siempre hay personas lo suficientemente insensatas como para prestarme atención.
En todo caso, no debería tener que ver conmigo; tiene que ver contigo. Y tú eres como una gota de rocío suspendida en una tela de araña multidimensional a la luz del amanecer. Sin embargo, si observamos de cerca esa gota de rocío, descubriremos que refleja todas las demás. Y el aspecto de esa gota se asemeja a la manifestación de todas las otras, ¿comprendes? Cada una ostenta su propio brillo particular, en función de su peculiar ubicación en el cosmos, y el reflejo de toda la red en cada gota de rocío es ligeramente diferente. Sin embargo, la red en su conjunto –es decir, todas las gotas juntas– depende de cada gota individual, así como cada gota individual depende de todas las demás.
Por lo tanto, esta es la situación que estamos viviendo. En un primer momento, esta reciprocidad puede desafiar nuestra lógica, porque aunque nos resulta fácil comprender que dependemos del universo –después de todo, necesitamos luz del sol, aire, agua, unos padres y ese tipo de cosas–, es más difícil comprender en qué sentido el universo nos necesita a nosotros. No hemos aprendido que la relación de la red es completamente mutua: se aplica en ambas direcciones. La red depende de ti y tú de ella.
Tu cerebro transforma las vibraciones del aire en sonido. Tú conviertes la actividad del sol en luz. Eres tú quien transmuta los procesos del aire en el cielo en el color que llamamos azul. El azul no existe por sí mismo: solo se da en tu cerebro. Si golpeas un tambor y este carece de parche, no emitirá sonido alguno. Es el parche el que evoca el sonido a partir de la mano o las baquetas. Sin parche, no hay sonido.
Así como la gota de rocío refleja todo lo demás en la red, tú reflejas todo lo que acontece en el universo. Gracias a la constitución del tipo de reflector que encarnas, evocarás lo que llamamos sol, luna y estrellas. Incluso las nebulosas. El propio espacio solo es vasto en relación contigo. La vastedad no significa nada en sí misma; requiere de tu participación y de tu percepción. Desde otras perspectivas, el espacio entre ellas puede ser minúsculo, o la distancia entre dos vellos en tu brazo podría resultar sumamente inmensa.
Una vez más, el principio esencial que quiero transmitir aquí es la idea de formar parte. El universo que te rodea es tu exterior, del mismo modo que los órganos que hay por debajo de tu piel constituyen tu interior. Formas parte del universo tal como el tallo forma parte de la raíz, o el pistilo forma parte del estambre, o el Polo Norte está vinculado al Polo Sur. El principio de relación lo gobierna todo. En realidad, no debería decir gobierna. A veces tenemos que usar palabras lastradas para aproximarnos a lo que queremos decir. Tal vez subyace es una mejor opción. La relación subyace a todo.
Quiero repetir que el gran universo no controla o determina al pequeño individuo, así como el individuo no impulsa al universo. No es una cuestión de control; es una cuestión de danza. Tiene que ver con qué sucede y no tanto con qué hace que suceda. Las cosas no están hechas para suceder. Solo pensamos así si insistimos en que un determinado acontecimiento es independiente, y entonces argumentamos que la secuencia de eventos previos hizo que sucediera de determinada manera. Sin embargo, así ignoramos la importancia del contexto.
Si somos conscientes de que todo forma parte de un acontecimiento –que todo es una fase o un aspecto diferente del mismo acontecimiento–, entenderemos que simplemente sucede. No descubrimos un agente impulsor del acontecer. Como dicen los taoístas, todo está interrelacionado y, por lo tanto, podemos observar patrones en la actividad del todo. Existe un orden en ello: el orden de la red.
Cada cuadrícula o nudo de la red contribuye a mantener el orden superior. Cada puntada lo mantiene todo unido: si una se afloja, todo el conjunto se deshace. El budismo enseña que todo está mutuamente condicionado por todo, e incluso el cristianismo tiene el símbolo de la Sagrada Trinidad, con los tres anillos entrelazados. Si eliminamos uno de los anillos, el símbolo pierde su sentido. Una estrella o un planeta determinado parece moverse y operar por sí mismo, pero su comportamiento solo tiene sentido si examinamos la situación global de interdependencia.
Si en todo el universo solo existiera una estrella, no se le atribuiría ningún movimiento. Ni siquiera podríamos afirmar que permanece inmóvil. Nadie podría describir su actividad porque no existiría nada con la que relacionarla. Pero si hubiera dos estrellas, podríamos observar cómo se acercan o se alejan entre sí, aunque no podríamos establecer cuál de las dos se mueve. Necesitamos tres estrellas para establecer ese juicio: dos de ellas podrían estar más cerca entre sí en relación con la tercera, que daría la impresión de alejarse de la pareja. Pero las dos estrellas podrían alejarse al unísono. O bien sería: «¡Eh! No nos gustas, nos vamos de aquí» o «¡Eh! ¿Por qué no me queréis? ¿Por qué os marcháis?». ¿Cómo decir quién tiene razón? Necesitamos una cuarta estrella como árbitro. Dos estrellas solo pueden moverse en línea recta una respecto a la otra; tres estrellas pueden desplazarse en un plano en relación con las demás; hace falta otra estrella para establecer una dimensión objetiva. Pero entonces se presenta otra duda: ¿cuál es la cuarta estrella?
{ Todo lo que forma parte del funcionamiento del todo es legítimo. }
Por lo tanto, este es el principio básico sobre el que se erige todo el universo. El movimiento depende de la comparación con algo que permanece relativamente inmóvil. No puede haber ningún movimiento sin comparación.
Así, cada individuo contiene todo lo que acontece en el universo. Con ayuda del láser, podemos fotografiar un pequeño fragmento de un negativo fotográfico y a partir de ese diminuto fragmento reconstruir la imagen de mayores dimensiones a la que pertenece, porque las tensiones cristalinas en ese determinado fragmento contienen el contexto global de las tensiones cristalinas que pertenecen a ese negativo en concreto. Exactamente del mismo modo, cada uno de nosotros, en tanto individuos, contenemos el mundo y, recíprocamente, el mundo nos contiene. Somos formaciones naturales. No estamos determinados por el universo: nos movemos en él y con él tan armoniosamente como las olas en el océano, como las hojas en el árbol, como las nubes en el cielo.
No acusamos a las nubes de cometer errores estéticos. Desde esta misma perspectiva, todos los seres humanos son formas perfectas de la naturaleza. Podemos establecer refinadas distinciones respecto a quién es hermoso y quién es feo, diferenciaciones metafísicas en relación con quién está enfermo y quién sano, o albergar un discernimiento moral sobre quién es bueno y quién malvado, pero se trata de puntos de vista: todos ellos relativos. Todo lo que forma parte del funcionamiento del todo es legítimo. Por consiguiente, incluso tus puntos de vista relativos son legítimos, pues ellos también forman parte de la naturaleza.
La clave es vivir en múltiples niveles a la vez. Si somos capaces de hacerlo, descubriremos que no hay errores. Todo se mueve de acuerdo al Tao, el curso de la naturaleza. Y si observas ese sentimiento básico, la sensatez habitará en ti. Al mismo tiempo, podemos elegir participar de un punto de vista más restringido, en el que las cosas son buenas o malas, tal como en una habitación determinada podemos establecer un arriba y un abajo. Sin embargo, también hemos de saber que en cualquier zona específica en realidad no hay arriba ni abajo; simplemente se trata de términos relativos.
Estos dos puntos de vista no se contradicen entre sí. Sin embargo, si únicamente asumimos el punto de vista discriminador –es decir, que existe una diferencia fundamental entre el bien y el mal–, haremos nuestro el complejo cristiano. Esta diferencia básica deriva en la construcción de un cielo y de un infierno eternos, y la distinción entre ambos no podría ser más radical. Y el resultado de esa creencia es una enfermedad conocida como culpa crónica, una de las emociones más destructivas que cualquiera pueda padecer. Acabarás sintiéndote como un marginado del universo, enfrentado a la realidad y al propio Dios. Esta actitud enloquece a la gente y es responsable de buena parte de la necedad de la civilización occidental.
Esto no equivale a decir que no exista una distinción importante entre el bien y el mal; tan solo implica que esa diferencia no es fundamentalmente decisiva en un marco más amplio. Hemos de aprender a admitir diversos grados de importancia; no podemos decir que una distinción carece de importancia por no ser absoluta. Después de todo, tu propia constitución física no es absoluta, pero es inequívocamente relevante.
Dispones de un organismo psicofísico. Al mismo tiempo, estás integrado en la actividad del universo. En su mayor parte, considero que la astrología moderna es una seudociencia, pero en la práctica de esbozar un mapa del alma de una persona en correlación con un mapa del universo hay una verdad significativa. Tal vez sea una imagen rudimentaria, pero es el dibujo de la individualidad de esa persona.
Tu alma es aquello que contiene tu cuerpo. Tu cuerpo no alberga el alma en su interior, como a una especie de fantasma. Todo el cosmos es tu alma. El cosmos te moldea en el punto que conoces como el aquí y el ahora. Recíprocamente, tú das forma al universo; uno depende del otro. En tanto occidentales, experimentamos dificultades a la hora de asumir simultáneamente estas ideas diversas porque durante muchos siglos nos han lavado el cerebro con dos abyectas y contrapuestas teorías sobre nuestra naturaleza. Por un lado, se nos ha dicho que somos pequeños súbditos, miserables y desobedientes, de un rey eterno. Por otro, se nos ha inculcado que somos un mero aglomerado fortuito de átomos en un mecanismo irracional de una vastedad atroz. Tras alimentar estas dos teorías durante largo tiempo, somos incapaces de entender que tanto nosotros como el universo mantenemos una relación causal mutua o –utilizando una expresión china– nos sometemos a una generación recíproca.
Qué significa la inteligencia
El occidental medio, cuyo sentido común y cuya perspectiva del universo deriva de las filosofías y el pensamiento científico en boga en el siglo XIX, se enfrenta a un obstáculo significativo. Por un lado, la organización del universo era supuestamente inteligente y reflejaba el teísmo dominante, que representaba antropomórficamente a Dios como a un anciano caballero barbudo que habitaba el cielo. Por otro lado, se nos dijo que ese Dios estaba irremediablemente muerto.
¿Qué significa esto en términos de un universo inteligente? Empecemos con la palabra inteligencia, que resulta difícil de describir. Es como la palabra amor; parece que todos sabemos lo que significa, pero intentemos definirla. Otro tanto ocurre con los términos tiempo y espacio.
Ahora bien, hay ciertos elementos de la inteligencia en los que la mayoría estaremos de acuerdo. Probablemente incluiremos la complejidad como uno de esos elementos, entendiendo que la complejidad es un sistema ordenado de diferentes categorías de sutileza. Pero esto nos plantea otro reto: ¿qué queremos decir con ordenado? Con esta palabra específica, ¿estamos insinuando que todo está en orden, como si hubiera sido inteligentemente dispuesto?
Utilizamos muchas palabras imprecisas. Las reconocemos cuando aparecen, pero no estamos seguros de su significado y no lo pensamos más. ¿Y si empezamos con la hipótesis de que nosotros somos inteligentes? También podríamos haber abrazado ese supuesto porque si no somos inteligentes, entonces nada lo es. Por lo tanto, siguiendo adelante, pongamos por caso que afirmamos que los seres humanos somos, de hecho, inteligentes. Ahora bien, si esto es cierto, de ahí se deduce que el entorno en el que vivimos también debe ser inteligente, porque somos síntomas de ese entorno. Una cosa va con la otra. Te costará convencerme de que los síntomas inteligentes son posibles en una organización carente de inteligencia.
Pertenecemos a este mundo. No hemos llegado aquí procedentes de otro lugar. En este universo, no somos turistas: somos expresiones del universo, así como las ramas y los frutos son expresiones de los árboles. En ningún lugar encontraremos organismos inteligentes viviendo en entornos no inteligentes. El entorno en el que vivimos es un sistema de cooperación mutua entre varios organismos –una vasta complejidad de diferentes tipos de organismos– y el equilibrio total de todo ello hace posible nuestra vida. Empezando desde abajo, la vida humana forma parte de un mundo bacteriológico de extremada complejidad que en ocasiones nos enferma, pero que en gran medida nos ayuda con sus colonias, sociedades y métodos de reproducción. Nuestra sangre y nuestras venas, huesos e intestinos dependen de ese mundo, y eso si solo atendemos al nivel bacteriológico.
Los insectos también son tremendamente importantes para nosotros. Si hablamos con un entomólogo instruido, nos hará entrar en pánico al revelar cierto número de razones concluyentes por las que los insectos heredarán la Tierra. Entretanto, no estamos del todo dominados por las moscas, porque existe un número suficiente de arañas para mantenerlas a raya. Y hemos de considerar los pájaros y las flores. Los pájaros e insectos se necesitan entre sí, así como las flores y los insectos, especialmente las abejas. Su aspecto es diferente, pero desde cierto punto de vista podríamos decir que las flores y las abejas son aspectos diferentes del mismo organismo porque unas no podrían existir sin las otras. En esta mezcla interdependiente, si introducimos las complejidades de las cualidades atmosféricas y otras, pronto nos daremos cuenta de que lo que llamamos cuerpo y cerebro están profundamente implicados en esta red de otro tipo de organismos.
No encontramos huevos sin gallinas, ni gallinas sin huevos; en cierto sentido, una gallina es la forma que tiene el huevo de transformarse en más gallinas y huevos. Todo va de la mano, pero a los occidentales nos cuesta entenderlo porque estamos fundamentalmente comprometidos con el uso de un método analítico de percepción que subraya aspectos particulares del mundo. Por otra parte, solo atribuimos nombres y símbolos a aspectos del mundo que consideramos significativos, y existen muchos otros elementos del universo que ignoramos por completo. Los niños pequeños señalan y preguntan «¿Qué es esto?». Pero no les respondemos a menos que reconozcamos lo que perciben y lo consideremos importante. ¿Con qué palabra podemos designar un espacio seco? ¿Cómo llamamos a la superficie interior de un tubo? ¿Por qué los inuits tienen muchos nombres para la nieve y los aztecas empleaban un mismo término para la nieve, el granizo y el hielo?
Nombrar aquellas cosas que consideramos importantes implica aislarlas como entidades separadas. Pero solo están separadas de forma puramente teórica y solo porque lo establecemos así: en realidad no son independientes material o físicamente. Es muy importante ser conscientes de este hecho porque cuando no lo somos incurrimos en las mayores necedades. Intentamos resolver los problemas atacando los síntomas de esos problemas, como en el intento de eliminar los mosquitos. Olvidamos que los mosquitos forman parte de determinado tipo de entorno, y que al matarlos estamos alterando ese ecosistema; por ejemplo, acabamos por matar a las criaturas que dependen de los mosquitos para su existencia.
Por la misma razón, antes de inyectar medicamentos en el organismo humano o alterarlo con ciertas operaciones, debemos estudiar el cuerpo en gran detalle o nos arriesgamos a infligir consecuencias perniciosas o impredecibles. También hemos de examinar minuciosamente la ecología de una zona antes de implementar la agricultura, y resulta fácil entender que no actuar así provoca resultados devastadores. Y a fin de superar nuestro característico sentimiento de hostilidad hacia el mundo exterior y dejar de conquistar la naturaleza con excavadoras y el espacio con cohetes, tenemos que comprender que el universo somos nosotros mismos, tanto como lo son nuestros cuerpos. Tenemos un cuerpo interior y un cuerpo exterior, y los dos son inseparables. Esta indisociabilidad debería frenar a todos los tecnólogos, ya que probablemente no deberíamos afrontar una situación específica con penicilina y DDT sin conocimiento de causa, porque ¿cómo sabremos cuándo parar? Sin saberlo, podríamos estar discriminando el excedente de un determinado aspecto –por ejemplo, los grillos o la flora estomacal– y en consecuencia tener que fomentar un nuevo crecimiento poblacional o arriesgarnos a las consecuencias.
Esta es la razón por la que los taoístas enseñan el wu wei. Viene a significar algo así como «no interferencia», en especial en lo que atañe a la naturaleza y a la política. Se acerca a nuestro concepto de laissez-faire, pero no del todo, porque los taoístas entienden que actuar en la naturaleza es inevitable; no podemos aislarnos totalmente del mundo. A cada aliento que damos, interferimos en algo. El arte del wu wei consiste en que, al interferir, hemos de procurar no oponer resistencia. Al cortar madera, conviene seguir la dirección de la veta. Si alguien te ataca, utiliza el judo; la violencia de la otra persona provocará su caída. Análogamente, navegar respeta el wu wei, remar no.
A diferencia de lo que ocurrió en Occidente, los taoístas consideraban el cosmos como un vasto organismo universal que no obedece a una deidad. En la filosofía china no hay una figura que produzca el mundo u ordene su aparición. No existe un principio central y no hay nada que emita órdenes a las partes subordinadas. Por el contrario, todo se organiza, con inteligencia, por sí mismo.
{ ¿Qué cambiarías si fueras Dios? }
Este es el principio de ziran, que significa «por sí mismo» o «lo que es en sí mismo». Para los taoístas, todo el universo es un sí mismo, un sistema autorregulado, y el individuo no es simplemente una parte de ese organismo de mayores dimensiones, sino la expresión del todo. Y, como he expresado en otra parte, el todo depende de su expresión particular, así como la expresión depende del todo. El término japonés jijimuge también recoge este principio de interdependencia mutua.
Sin embargo, al observar la imagen de conjunto, resulta un tanto enigmática, y se nos despiertan todo tipo de objeciones a la hora de considerarla inteligente. Podemos pensar en ciertas mejoras, como si gracias a cierta ciencia consciente pudiéramos reconstruir el universo y eliminar la necesidad de mosquitos o reorganizar el cuerpo humano de forma óptima. No hace falta decir que añadir nuestras mejoras tendría otras consecuencias, y probablemente no disfrutaríamos de todas ellas. De ahí el dicho «Ten cuidado con lo que deseas».
¿Qué cambiarías si fueras Dios? ¿Qué tipo de universo diseñarías? Conviene pensarlo de vez en cuando. Soy de la firme opinión de que, si se nos exigiera dar forma a nuestro propio universo y observar los resultados, acabaríamos por establecer el modelo exacto que todos conocemos. Todos estos principios fundamentales –vibración, energía y el equilibrio del yin y el yang de los elementos positivos y negativos– configuran este modelo, algo que resulta increíble.
Aun así, experimentamos dificultades para concebir el universo como un organismo inteligente. Los físicos han elaborado mapas para describir el comportamiento de los núcleos que incluyen partículas rotacionales u ondas-partículas, que parecen más matemáticas que los organismos vivos porque esperamos que un organismo tenga un aspecto viscoso, con carne, sangre y todo lo demás. Si observamos con el microscopio, no veremos el organismo, pero al observar en la otra dirección, al resto del universo, nos descubrimos aquí, sentados y desplazándonos en uno de esos electrones. Una de las razones por las que nos resulta difícil formular la idea de que existe una inteligencia operando aquí se debe a que todo lo que somos capaces de percibir son fuegos artificiales: el gran espectáculo del gas radiactivo. Gran parte escapa a nuestra inspección consciente, y no podemos ver el diseño total.
Por lo tanto, cometemos el error de concebir el universo como una especie de artilugio y pensamos en nosotros mismos como en una realidad que ha llegado a existir por accidente. Es gracioso que nos despreciemos diciendo que somos fortuitos, una suerte de accidente químico acontecido en una roca insignificante que orbita en torno a una estrella menor en el borde una galaxia sin importancia. Y se supone que eso es lo que somos, y que flotamos en un universo que reacciona con indiferencia ante nosotros. Al mismo tiempo, este miserable y diminuto accidente químico es capaz de reflejar una imagen del vasto cosmos en el interior de su diminuta cabeza, y es consciente de actuar así. Por lo tanto, somos pequeños en tamaño, pero vastos en comprensión. ¿Cuál de estos dos aspectos es más importante?
Si somos capaces de comprender –es decir, desde un punto de vista estrictamente científico– que un organismo individual forma parte de su entorno (las abejas con las flores, las flores con los gusanos, los gusanos con los pájaros, y así sucesivamente), entonces, ¿cómo podemos definirnos a nosotros mismos como lo que ocurre simplemente dentro de nuestra piel? Todo lo que acontece en nuestro cuerpo resuena con todo lo que sucede en el exterior y constituye, por lo tanto, un único campo complejo de conductas y comportamientos diversificados. Incluso cuando la consideramos solo desde un punto de vista físico, la red resulta evidente.
Sin embargo, leer libros de ecología, botánica, zoología, astronomía y física solo derivará en el tipo de comprensión teórica de la que estoy hablando. Por sí misma, este tipo de comprensión no nos llevará muy lejos. Específicamente, no tendrá un gran efecto en nuestra forma de vivir el día a día. Ese nivel de cambio exige un conocimiento de una naturaleza emocionalmente más convincente. Si pretendemos cambiar nuestra forma de actuar en relación con nuestro entorno –por ejemplo, evitar seguir destruyéndolo como hacemos hasta ahora–, necesitaremos algo más que un conocimiento puramente teórico.
Conciencia ecológica
El Congreso de Estados Unidos ha aprobado una ley para considerar la quema de la bandera nacional como una ofensa grave. Este gesto viene acompañado por múltiples discursos patrióticos, mucha retórica y lectura de poemas. Se trata del ejemplo más delirante de la confusión americana entre símbolo y realidad que cabe imaginar, porque el mismo Congreso es directa o indirectamente responsable de quemar lo que la bandera representa, es decir, al Estados Unidos geográfico y a su gente. Se aprueba este tipo de legislación al tiempo que no se hace nada sustancial mientras los bosques son devastados, el agua y la atmósfera se contaminan y se agotan los recursos naturales, y se difunde un sistema económico que en circunstancias de cordura sería considerado un delirio absoluto. No podemos distinguir entre los símbolos y la realidad porque todos hemos sido hipnotizados por las palabras y los símbolos, una de las razones primordiales por las que el conocimiento teórico no nos llevará muy lejos.
Cuando una bandera es más valiosa que su país, solo podemos afirmar que la locura se ha apoderado de todo. Cuando la gente confunde el saludo a la bandera con amar a su país, cometen un triste error. Amar a nuestro país implica participar en su vida con respeto y consideración, no exterminar a sus criaturas con insecticidas venenosos y otras prácticas nocivas. No entendemos que el mundo exterior no es una cantera de recursos minerales que podemos explotar a voluntad. Para consumir ternera, alguien debe criar el ganado: alguien debe cultivar y ocuparse de las vacas. Lo mismo puede decirse de la pesca. Y como no hemos gestionado correctamente la población de ballenas, ahora están en riesgo de extinción. Este es el precio que pagamos. Si vivimos a costa de los animales, deberíamos cuidar de ellos.
Añadiré un prejuicio específicamente personal. Una de las formas de apreciar a los animales que nos comemos es cocinarlos adecuadamente. Si nuestro objetivo principal es masticar e ingerir lo que supuestamente nos confiere energía y alimento, nuestra actitud revela una relación irreverente con los animales y plantas ahora muertos. Sus vidas merecen nuestra reverencia; sencillamente, esa es la respuesta correcta. Por lo tanto, el acto de cocinar debería parecerse a los rituales de un sacerdote en un altar, y las cocinas no deberían concebirse como laboratorios en los que arrojamos cosas para su mero consumo.
Sin embargo, todo ello requiere una situación en la que los seres humanos sean vivamente conscientes de que el mundo exterior forma parte de sí mismos al mismo nivel que sus cuerpos. Lo que vemos ahí fuera no es algo meramente exterior: está en nuestra mente, y nuestra mente está en el mundo exterior. Se condicionan mutuamente. Y el respeto por el mundo exterior exige contemplarlo tal como concebimos lo que hay por debajo de nuestra piel. La mayor parte de la gente considera que un pedazo de madera no es más que un fragmento de materia, pero eso no es lo que piensa un carpintero; al menos, un carpintero muy bueno.
Si tratamos las cosas que vemos ahí fuera como realidades insensibles, como bloques de materia inerte, nuestros problemas se multiplican. Volamos las montañas con dinamita porque no las consideramos seres vivos. He visitado a un grupo de indios americanos y me han dicho que un día el continente de Estados Unidos se los sacudirá a todos, como un perro se sacude las pulgas. Las tormentas serán más duras. Los terremotos, incendios e inundaciones serán más devastadores. Las plagas se multiplicarán adoptando todo tipo de rostros, hasta que el continente se libere de nosotros y devuelva la tierra a los pueblos que originalmente la habitaron y que aún saben cómo tratarla con respeto y reverencia.
Cuando explico estas cosas en círculos académicos y científicos, especialmente si tienen que ver con la experiencia mística, soy muy cuidadoso en la terminología que empleo. En efecto, no hablo de experiencia mística; más bien la llamo conciencia ecológica. Es un término mucho más aceptable en entornos académicos, y equivale más o menos a lo mismo. A la academia no le gusta hablar de misticismo, es evidente; para los académicos es una palabra sucia y asociada a una vaga niebla intangible.
Hasta la fecha, la ecología aún no ha madurado como ciencia. Bueno, tal vez sería más acertado decir que la importancia de la ecología, en tanto ciencia multidisciplinar que estudia las relaciones entre los organismos y su entorno, goza de amplio reconocimiento, pero su existencia en las universidades entra en conflicto con las políticas de los departamentos. La mayoría de las universidades se basan en la antigua idea de que existen distintos departamentos de conocimiento, aunque la clasificación y la relativa importancia de los mismos ha cambiado con el tiempo. Por ejemplo, durante la Edad Media, el departamento de mayor rango era la teología, considerada la reina de las ciencias, tal como la física o la química hoy. Sin embargo, en la actualidad la teología ha perdido su elevado estatus: tal vez exista un departamento de estudios religiosos, pero ocupa una oscura serie de habitaciones en la facultad de filosofía, en sí misma ubicada en la periferia del campus.
Los departamentos académicos nunca han sido entidades fijas durante mucho tiempo. Los departamentos de física y biología alumbraron la biofísica; la biología y la química engendraron la ciencia de la bioquímica; y de la física y la astronomía llegamos a la astrofísica. Y a medida que cambian las formaciones, surgen difíciles consecuencias políticas por la sencilla razón de que los miembros de la facultad y los jefes de los departamentos se muestran celosos por proteger sus puestos. Esto explica por qué cuando se inauguran departamentos híbridos, el establishment siempre considera que sus miembros son aficionados. Ocurre exactamente así en el floreciente campo de la ecología, a cuyos especialistas se le dice, hasta la saciedad, que deben tener una formación más sólida en biología, zoología, botánica, bacteriología, etcétera.
Esta acusación es absurda por muchas razones. En el mundo académico, a los estudiantes se les suele pedir que cumplan diversos requisitos previos; es decir, tienen que realizar determinado curso antes de poder acceder al siguiente, según el itinerario pedagógico. Resulta evidente que este planteamiento es, en gran medida, innecesario. A medida que pasa el tiempo, los estudiantes desarrollan la capacidad de absorber conocimientos sin pasar por los requisitos previos, así como la teoría de la relatividad de Einstein es más fácil de comprender hoy que en el pasado distante. No hace falta una prolija demostración en una pizarra, con todo tipo de extraños diagramas: los jóvenes la asimilan más rápidamente. No tienen más dificultades para comprender los principios básicos de la relatividad que las que tuvimos nosotros a la hora de asimilar que la tierra es esférica y no plana. El sentido común cambia con el tiempo, y la necesidad de conocimientos se ajusta por sí sola.
Es obvio que tiene que haber una forma de vincular los departamentos de conocimiento ya consolidados –física, química, historia, antropología, etcétera– que durante largo tiempo han actuado como enormes adoquines. Las pequeñas hierbas crecen siempre entre los adoquines, y el mayor crecimiento del presente se da en los intersticios entre estos departamentos finitos. La ecología es uno de los intersticios más importantes que se me ocurren, porque ahora disponemos de un grado de tecnología jamás visto en la historia, y estamos aplicando el poder de esa tecnología para alterar nuestro entorno. Debemos asegurarnos de que esta actividad no profundice en su destrucción.
En la perspectiva china y japonesa de la naturaleza, no encontramos esta hostilidad entre el organismo humano y su entorno, sino más bien la sensación de ser uno con él, junto al énfasis en la colaboración con la naturaleza. En Occidente carecemos de esta perspectiva matizada. Por el contrario, una escuela de pensamiento parece querer llevar el progreso tecnológico tan lejos y tan rápidamente como sea posible, y en todas partes apreciamos los resultados de este planteamiento; por ejemplo, así es como llegamos a lo que llamo losangelización: la proliferación de comunidades urbanas que al ser observadas se asemejan a grupos de células cancerosas más que a una estructura biológicamente sana. Por otro lado, otro planteamiento occidental –popular entre jóvenes que ahondan el abandono escolar– pretende liberarse del hormigón, fingir ser indios americanos y volver a las praderas. Son dos puntos de vista completamente extremos.
Me gustaría explorar la posibilidad de un camino intermedio, un camino que conciba la tecnología no como una manifestación puramente antinatural, sino como una evolución perfectamente idónea de las capacidades humanas. Al mismo tiempo, la tecnología debe utilizarse con una actitud correcta, con la atención adecuada, para no perturbar irremediablemente los equilibrios de la naturaleza. En los equilibrios de la naturaleza, ninguna especie debería desviarse para dominar a todas las demás, como pretende hacer el ser humano.
El I Ching, también conocido como Libro de los cambios, es un antiguo texto fundamental que nos acerca a formas chinas de pensamiento. Se basa en un análisis de los procesos de la naturaleza en términos del relativo equilibrio de las dos fuerzas del yang y el yin. Tal vez fuerzas no sea una palabra del todo correcta, porque los taoístas –y, de hecho, los budistas y los hindúes– conciben el universo como un único sistema de energía. Ni siquiera energía es la mejor opción, porque la palabra indica algo en movimiento, y no podemos ser conscientes del movimiento si no es en relación con la quietud, y viceversa. Lo que en esencia es esta energía-quietud no puede ser pensado, definido o analizado en modo alguno, y sin embargo es básico para todo lo que experimentamos y no experimentamos.
Esta energía-quietud básica es como la membrana de un altavoz, que produce todos los sonidos que escuchamos en la radio –la voz humana, todo tipo de instrumentos musicales, aviones, automóviles, etcétera–, y que no distingue entre los sonidos que transmite. Todo lo que oímos es, en realidad, una serie de vibraciones en esa membrana, pero el locutor no lo anuncia cada mañana. Cuando una circunstancia es constante, con el paso del tiempo tendemos a ignorarla, y eso es lo que ocurre con la membrana. No pensamos en ella, pero es absolutamente esencial. Sin ella, no podríamos oír nada en la radio.
{ Es posible descubrir que somos idénticos a la energía fundamental del universo. }
Análogamente, no solemos hablar del sustrato que fundamenta al ser. Desde el punto de vista lógico, es absolutamente insignificante hablar de una realidad común a todas las cosas. Sin embargo, el punto de vista lógico no abarca todas las formas de conocimiento, y es posible que los seres humanos seamos conscientes de este sustrato, no como objeto, no como algo que podemos aislar y observar, sino como una realidad de la que podemos ser intensa y sensualmente conscientes. Así recuperaremos una sensación renovada de nuestra propia identidad, de nuestro propio ser, no como una mera cosa más o como un acontecimiento insignificante entre otros, sino como la sensación de la verdadera identidad en tanto ser, el único campo de energía que no puede ser definido ni identificado.
Si comprendemos esta realidad, tal vez podamos suprimir la desesperada angustia de intentar protegernos indefinidamente como organismos independientes, enfrentándonos al resto de las criaturas e interpretando estos juegos elaborados en nuestro intento por aprovecharnos de los demás. Si somos capaces de hacerlo, podremos superar la ansiedad que nos induce a considerar la naturaleza como nuestro enemigo, un enemigo que debe ser conquistado y subyugado.
Este descubrimiento no equivale a una creencia o una idea. La energía fundamental del universo no se puede abarcar en una idea, en un concepto, en una serie de palabras o en una explicación. Elude toda clasificación. No podemos poseerla o dominarla. Formamos parte de ella, y si intentamos poseerla, eso quiere decir que no somos uno con ella. En el zen, esto se conoce como «ponerle patas a una serpiente». Aun así, las personas tratan de dominarla o apoderarse de ella por medio de la inacción, pero ambos planteamientos suponen el intento de capturarla, cuando no hay ninguna necesidad de actuar así.
Es posible descubrir que somos idénticos a la energía fundamental del universo. Es nuestro verdadero yo y, aunque no cambia las cosas, todas las diferencias se establecen, en cierto modo, a partir de ella y, por lo tanto, es la diferencia de las diferencias. Sin embargo, su naturaleza es completamente básica.
Es como si fuéramos un jugador extremadamente rico y ahora nos apostáramos unos cacahuetes. Nos sumergimos en el juego y nos sentimos irritados o frustrados cuando no ganamos. ¿Vamos a perder todos nuestros cacahuetes? En realidad, no hay nada que temer, porque los cacahuetes solo son cacahuetes. Pero estamos tan absortos en el juego que olvidamos el contexto más amplio en el que el juego tiene lugar.
Exactamente del mismo modo, cada individuo está tan ciegamente atrapado en los detalles de su nacimiento y de su muerte que ha olvidado por completo el contexto en el que acontecen el nacimiento y la muerte. Hemos sido sistemática y progresivamente hipnotizados por nuestra educación para creer que solo somos este ego particular en este cuerpo concreto, y estamos tan convencidos de esta creencia que el contexto en el que todo esto sucede es completamente reprimido.
Darmowy fragment się skończył.