Czytaj książkę: «El Estado y el arte»

HISTÒRIA / 196
DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)
CONSEJO EDITORIAL
Pedro Barceló (Universität Postdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Mercedes García Arenal (CSIC)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Ainhoa Gilarranz Ibáñez, 2021
© De esta edición: Universitat de València, 2021
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Ilustración de la cubierta:
Quan los fonaments del edifici son falsos, tots los puntals son inútils. Caricatura publicada en La Campana de Gracia, 20 de agosto de 1871, Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, cc bY 4.0.
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-798-9 (ePub)
ISBN: 978-84-9134-799-6 (PDF)
Edición digital
Para Almudena Ibáñez, Javier Gilarranz y Sergio López, los pilares de mi Estado
ÍNDICE
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE LAS COLECCIONES DEL ESTADO
Patrimonialización, patrimonio y museos
1. LÍNEAS ROJAS: EL PATRIMONIO NACIONAL EN LOS INICIOS DEL ESTADO LIBERAL
El patrimonio de la Corona como bien nacional: el caso del Real Museo del Prado
Patrimonio nacional y desamortización: la influencia francesa en el caso español
Los valores del patrimonio nacional español
2. DEL CONCEPTO A LA PRÁCTICA: LA CREACIÓN DEL MUSEO NACIONAL DE LA TRINIDAD
La búsqueda de una sede
El Museo de la Trinidad: la colección
El Real Museo y la colección nacional: símbolos y poder político
El Museo Nacional en el entramado administrativo del Estado liberal
3. EDUCAR Y LEGITIMAR: EL MUSEO HISTÓRICO DE ARTISTAS CONTEMPORÁNEOS
Los artistas vivientes y la historia nacional
«El gran libro de nuestra historia»
SEGUNDA PARTE LA SALA DE LOS PAISAJES
Los universos simbólicos del Estado liberal
4. PROTECCIONISMO ESTATAL Y VISTAS MONUMENTALES
España Artística y Monumental y la Escuela Especial de Arquitectura
Monumentos Arquitectónicos de España: la representación del Estado administrativo
5. VISTAS URBANAS Y PAISAJE POLÍTICO LIBERAL
El corazón del Estado: pinceladas de modernidad sobre Madrid
Radiografías urbanas: un catálogo visual del liberalismo
Escenas de costumbres: ceremonias, festividades y revoluciones
6. EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS: ENCARNACIÓN DEL ESTADO, HOGAR DE LA NACIÓN
La representación nacional en «páginas de piedra»
Las derramas simbólicas: monumentalidad, costumbrismo y sátira
TERCERA PARTE LA GALERÍA DE RETRATOS
Agentes culturales y grupos de influencia
7. UN COLLAGE DE ROSTROS: LA FORMACIÓN DEL NEGOCIADO DE BELLAS ARTES
La inquietud cultural de los primeros administradores
La omnipresencia de los literatos
La consolidación del negociado
8. DEL RETRATO A LA PANORÁMICA: EL ADMINISTRADOR DE BELLAS ARTES EN LA ESFERA CULTURAL ISABELINA
Hombres de letras en un mundo de artistas
El poder de las redes y las redes de poder
El gran angular: identidad grupal y espacios de sociabilidad
LA SIMBIOSIS ARTÍSTICO-INSTITUCIONAL
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
El tema de este libro es la relación entre la construcción del Estado español en la época liberal y el mundo de las artes plásticas. Ambas esferas han sido frecuentemente tratadas por separado, debido a la especialización extrema de las disciplinas académicas –historia política, historia del derecho, historia del arte…– y al aislamiento que esta impone casi siempre a los investigadores. Moverse en un campo que se sitúa «a caballo» entre varias disciplinas, como ha tenido que hacer la autora, implica dificultades notorias, pues obliga a dar cuenta de bibliografías muy diversas y amplias, con lenguajes propios y, a veces, con lógicas explicativas divergentes. De ahí que una investigación híbrida como esta, poco frecuente, tenga especial relevancia para el conocimiento histórico.
De entrada, es relevante porque, al situarse en el terreno de la construcción del Estado nacional en el siglo XIX, aporta claves para entender la situación actual del país y el proceso entero por el que hemos llegado a ser como somos. Las características del Estado que entonces se formó han sido muchas veces preteridas por la atención exclusiva a confrontaciones ideológicas del siglo XX que se prestan mejor a la politización del discurso. Sin embargo, esas características de origen son fundamentales para entender la realidad de la España contemporánea: tanto sus problemas estructurales como las bases sobre las cuales se ha venido desarrollando, a lo largo de los dos últimos siglos, la vida política, económica y cultural de esta nación de la Europa occidental. Sin comprender el marco estatal en el que se han movido estos procesos de todos los ámbitos, no se pueden comprender los propios procesos, los factores que los motivaron, los límites que encontraron, los rasgos que los caracterizaron. Y, dado que ese marco estatal se definió en gran medida en las décadas centrales del siglo XIX, es allí a donde hay que ir a buscar explicaciones que no resulten anacrónicas, que no atribuyan al siglo XIX lógicas propias del XX o del XXI.
Durante mucho tiempo, el estudio de la construcción del Estado miró de forma exclusiva al ámbito de la política, complementado con el análisis institucional que proporcionaba la historia del derecho. Aquellos análisis se enriquecieron enormemente durante la época de predominio del paradigma de la historia social, con la incorporación de estudios sobre las bases materiales del Estado (que venían de la historia económica y, particularmente, de una rica tradición española de historia de la Hacienda Pública) y también de sugerentes aportaciones sobre las bases sociales del Estado en construcción (un tipo de historiografía atenta a la interrelación entre poder y sociedad, instituciones y grupos sociales, centro y periferia… frecuentemente desde la perspectiva local y regional que proporcionaba la necesaria visión «desde abajo»).
Pero faltaba, hasta tiempos recientes, la dimensión cultural, a la que empezó a reconocerse valor preeminente con el «giro cultural» que experimentaron la historiografía y las ciencias sociales desde el cambio de siglo. Primero a través del concepto de nación, por la vía de las identidades colectivas y el interés por explicar su formación histórica; y solo después, superando a duras penas el peso abrumador de las identidades nacionales en la historiografía y en la política españolas, interesándose por la dimensión cultural de la construcción del propio Estado. Ahí es donde se inserta, por derecho propio, este libro. Desbroza, por tanto, terrenos nuevos que podrán seguir cultivándose en el futuro; pero que ya quedan abiertos e incorporados al esfuerzo colectivo de explicar la historia contemporánea de España con toda su riqueza de matices y de facetas.
El libro de Ainhoa Gilarranz explora una relación entre el Estado y el arte que tiene dos direcciones –de ahí el título, con su referencia a «una relación simbiótica»–. Ambas resultan de enorme interés para entender el Estado decimonónico y la ambición con la que fue concebido (algo que tiende a quedar oscurecido en la mayoría de los textos de historia del siglo XIX por la equívoca etiqueta de «liberal», que desde la perspectiva actual parece hacer referencia a una neutralidad o renuncia al intervencionismo sobre la sociedad y la economía, que tiene poco que ver con la realidad de aquella época).
Por un lado, el libro muestra la voluntad desplegada desde los poderes del Estado para institucionalizar las bellas artes, convertirlas en una rama más de la Administración pública e incorporarlas en el empeño de unificar el territorio, centralizar el poder y cohesionar a la sociedad alrededor de un sentimiento de patria. Las bellas artes no eran un simple adorno en el edificio del Estado nacional, sino un componente estructural, que se consideraba crucial para legitimarlo y darle eficacia. La historia de los primeros museos oficiales creados en el marco de la desamortización, así como de las colecciones de imágenes patrocinadas por el Estado, dan cuenta de esa pedagogía de la patria y de las instituciones que la representaban. La historia del Negociado de Bellas Artes (que luego sería Dirección General) saca a la luz el trasfondo material de esta voluntad de poder, con la creación de una burocracia especializada en la gestión del mundo del arte, gradualmente sometido a una lógica administrativa que lo igualaba con tantos otros sectores de actividad, con tantos otros «negociados». Los creadores del Estado nacional aspiraban a llevar la lógica administrativa de «lo público» (de «lo nacional», habrían dicho ellos, en el XIX) hasta un terreno tan propio de la intimidad individual como es la creación artística; lo cual revela el designio de un Estado administrativo denso y grande latente desde la época de Isabel II, solo limitado por las posibilidades financieras de implementar el sueño de una Administración pública que lo abarcara todo y todo lo orientara en un sentido convenientemente patriótico.
Por otro lado, el libro desvela también la búsqueda del patronato estatal por parte de los artistas del siglo XIX, a medida que los viejos mecenas –la Iglesia, la Casa Real y sus émulos aristocráticos– iban perdiendo fuerza y apenas surgía un mercado libre capaz de reemplazarlos. La figura del artista tuvo que ser redefinida, como todas las figuras que componían la vida social y cultural española en este marco: como subproducto de un proceso de construcción estatal que iba delimitando los espacios asignados a cada grupo, profesión o individuo. Muchos fueron los artistas que entendieron que su futuro pasaba por colaborar en la construcción nacional desde su actividad creativa. Y este libro da cuenta de cómo contribuyeron a crear un paisaje nacional impregnado de estatalidad; cómo llenaron el campo visual de los españoles de símbolos e imágenes que ayudaran a transformarlos en ciudadanos. No estamos, pues, ante un sencillo acto de dominación, sino ante una verdadera simbiosis, que sentó algunos de los pilares de la modernidad en España: el decorado en el que se desarrollaría el «teatro» de la vida política contemporánea.
La estructura del libro añade en sus últimos apartados un elemento que enriquece esa doble vía de aproximación al tema con el imprescindible componente humano: galería de retratos, agentes culturales, grupos de influencia, collage de rostros, identidad grupal, espacios de sociabilidad… Las personas con nombre propio emergen aquí como protagonistas de una aventura que no se entiende si se relata solo como peripecia individual: es también una aventura colectiva, en la que hay compañeros de viaje, trayectos compartidos, empresas comunes, tanto como conflictos, alternativas y opciones que no se realizaron. La construcción del Estado fue también una revolución cultural; no está hecha solo de decisiones gubernamentales y luchas de partido, sino de las aventuras en las que se vio involucrada la gente de la cultura, codo a codo con funcionarios y políticos. Para explicarla se requería, pues, un relato encarnado con nombres y apellidos, como el que ofrece el libro de Ainhoa Gilarranz.
Estamos ante un libro de historia; inscrito, como toda buena investigación histórica, en la comprensión de la extrema complejidad de los procesos que analiza. No hay en él simplificación interesada, como la que frecuentemente encontramos en las obras de historiografía militante o ideologizada, que pretende hacer que todo encaje en un esquema o en unas conclusiones fijadas a priori. Aquí no hay nada de eso: investigación documental sistemática, marcos teóricos e interpretativos plurales y flexibles, fidelidad al carácter múltiple y paradójico de los factores que determinan la historia.
Procede de la tesis doctoral de su autora, que tuve el honor de dirigir, que presentó en la Universidad Autónoma de Madrid en 2018 y que obtuvo la máxima calificación. El reto estaba en hacer de aquella tesis un libro accesible para la lectura del público sin traicionar el rigor científico de la investigación; algo que Ainhoa Gilarranz ha conseguido sobradamente. Los múltiples hilos que tejen el relato han sido aquí cuidadosamente desenmarañados hasta hacerlos comprensibles.
El lector se dispone a adentrarse en un libro cuya lectura atrapa, porque tiene mucho de aventura y de descubrimiento de mundos especiales. Es el resultado de una investigación documental exhaustiva y modélica. Pero la autora ha conseguido que apenas se note ese origen académico, al prescindir de una erudición innecesaria y dejar solo las claves necesarias para entender un poco mejor qué fue esa España del XIX, mucho más rica y atractiva que lo que suelen contarnos los relatos convencionales.
Juan Pro
«Es una necesidad para los pueblos cultos
el goce de los adelantos que va trayendo consigo
el irresistible influjo de la civilización. Cuéntese
entre ellos la facilidad cada vez mayor
de adquirir objetos puramente artísticos: de aquí
la afición, también cada vez mayor
y más general, á disfrutar del deleite moral que
proporcionan: necesitamos estatuas, necesitamos
cuadros, necesitamos bellos edificios
por la razón suprema de que somos una nación
civilizada (…) Sentado, pues, que las bellas
artes influyen de algún modo y entran por algo
en el mecanismo social, dicho se está que
el Gobierno, ó mas bien la administración,
no debe, ni puede prescindir de influir
á su vez mas ó menos directamente
en su dirección y fomento»
«El Gobierno y las Bellas Artes»,
Boletín oficial del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, n.º 11, 16 de marzo de 1848.
INTRODUCCIÓN
El Estado liberal desde las bellas artes
En 1848, el Boletín del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas insertaba entre sus páginas un breve ensayo en donde se reflexionaba sobre las obligaciones del Gobierno respecto a la promoción y protección de las bellas artes. Para el articulista, anónimo en este caso, el desarrollo artístico marcaba el grado de la civilización de la nación, una necesidad que «debe ser atendida por una administración inteligente», al igual que tutelaba otras áreas e intereses sociales. La Administración debía «satisfacer todas las necesidades legítimas del país»; en materia artística esto significaba: sostener academias y establecimientos –museos, conservatorios, escuelas especiales– para el cultivo de las artes, pensionar a los alumnos con talento e impulsar entre el público el fomento de las bellas artes. Más allá de estas actuaciones, el Gobierno no debía dar ocupación constante a los artistas ni sostenerlos con sus encargos.1 El texto exponía la transformación del sistema artístico dentro del proyecto estatal del liberalismo. Por un lado, el artículo describía los cambios producidos en el comercio de las artes, caracterizados por la incorporación de clientes provenientes de las nuevas élites sociales y la disminución de la Corona y la Iglesia como mecenas. Por otro lado, reflexionaba sobre la institucionalización del campo de la cultura entre la estructura del Estado. La administración era la palabra clave de su discurso, entendida como la herramienta con la que el Gobierno debía desarrollar sus políticas.
La preocupación del sistema gubernamental sobre las bellas artes se percibía desde años anteriores; en 1838 se inauguró el Museo Nacional de la Trinidad, en 1844 se crearon las comisiones de monumentos históricos y artísticos –distribuidas por provincias y coordinadas desde una central en Madrid–, se aprobó un nuevo reglamento para las academias y los estudios de bellas artes en 1849,2 y cuatro años después, se puso en marcha la organización de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes –con una edición bianual desde 1856–, cuyas obras premiadas eran compradas por el Gobierno e incorporadas a los fondos de las colecciones artísticas del Estado. ¿De dónde vino ese interés por la promoción de las artes? ¿Qué valor se le confería a la escultura, a la pintura o a la arquitectura desde las estructuras estatales? ¿Por qué los proyectos o instituciones artísticas eran sostenidos, coordinados y dirigidos desde la administración del Estado como el modelo natural para su desarrollo? Para contestar a estas preguntas y dar sentido a las respuestas hay que adentrarse en lo que podríamos llamar la construcción cultural del Estado-nación en el siglo XIX.
En 1998, María Cruz Romeo retomaba la reflexiones emitidas por José María Jover y Francisco Tomás y Valiente sobre los estudios históricos dedicados al reinado de Isabel II y desarrollados entre los años setenta y noventa. Para el primero, la monarquía isabelina se había convertido en el periodo más descuidado por la historiografía contemporánea; para el segundo, la situación había mejorado, aunque quedaban cosas por hacer, como aproximarse al sentido de nación, a los procesos de nacionalización y de creación de identidades nacionales desde la estructura del Estado.3 A estas líneas de actuación, María Cruz Romeo añadía la necesidad de atender a los elementos culturales como moldeadores de identidades colectivas y de actuaciones realizadas por los sujetos históricos.4
Desde finales de la década de los noventa y a lo largo de los primeros años del siglo XXI, la perspectiva cultural influyó en los trabajos históricos sobre la España liberal hasta percibirse en los trabajos dedicados a la construcción del Estado-nación. Influenciados por el cultural turn que había experimentado la historiografía europea desde la década de los ochenta, las investigaciones se alejaron de los grandes paradigmas dominantes y dieron protagonismo a los agentes históricos. De este modo, se puso en cuestión la visión del Estado como un objeto proveniente de la Edad Moderna y perfeccionado a lo largo de la época contemporánea; al igual que su consideración como resultado de una evolución puramente burocrática.
El giro cultural en la historiografía española ha permitido observar la construcción del Estado desde nuevas perspectivas. El Estado-nación ha empezado a entenderse como un espacio representativo de identidades con capacidades para formar valores cívicos y culturales.5 Las instituciones estatales poseen un poder cedido por la soberanía nacional y necesitan proyectar su legitimidad. Esto se realiza por medio de universos simbólicos –lenguajes y códigos– destinados a los ciudadanos con el fin de que interioricen y naturalicen el constructo estatal. Los lenguajes y discursos utilizados desde la oficialidad estatal pueden ser rechazados –y hay aquí importantes fenómenos de resistencia–, o interiorizados –consciente o inconscientemente–, por parte de la población.6 Las herramientas simbólicas estatales fueron estudiadas por Pierre Bourdieu. En Sobre el Estado. Cursos en el Collége de France (1898-1992), el sociólogo describió el Estado como un metacampo destinado a monopolizar el control del resto de campos originarios de la fragmentación social. Para conseguir ese control, las autoridades estatales necesitan dominar la violencia física y la simbólica por medio de un capital simbólico desde el que ejercer el poder.7
A raíz de las investigaciones en torno a las culturas políticas, ha surgido recientemente la noción de cultura de Estado, entendida como el universo simbólico –ritos, lenguajes y discursos– mediante el que se construye una idea de Estado compartida por un grupo social.8 En torno a este concepto han trabajado los investigadores del proyecto «Imaginarios de Estado: modelos, utopías y distopías en la construcción del Estado-nación español en perspectiva comparada (siglos XVIII-XIX)».9 En su conjunto, los estudios realizados en el marco de este grupo de investigación han indagado en el factor cultural de la construcción estatal y han permitido observar el papel de las ideologías políticas, los grupos sociales, los cuerpos administrativos y del funcionariado en la construcción de culturas de Estado. Esta tipología de análisis se incorpora a la exploración sobre el Estado liberal «desde abajo»; una perspectiva de estudio consolidada en la monografía El Estado desde la sociedad. Espacios de poder en la España del siglo XIX, un compendio de estudios que profundiza en temáticas anteriormente tratadas en la obra Estados y periferias en la España del siglo XIX. Nuevos enfoques.10 Todos estos trabajos permiten observar las injerencias sociales en la construcción estatal y abren el camino para comprender este proceso histórico como una construcción compleja, interdependiente entre el discurso y la práctica. Es decir, la construcción de los Estados contemporáneos se formuló mediante la combinación de imaginarios sociales, ideologías políticas, corporaciones, etc., que fueron moldeando la estructura estatal. Un proceso en el que se mezclaron lenguajes, representaciones y símbolos con los que se configuraron diversas culturas de Estado. Recientemente, la monografía que más ha profundizado en los elementos culturales de la construcción del Estado-nación ha sido el estudio de Juan Pro dedicado a la construcción del Estado liberal. Su investigación profundiza en la concepción de los Estados como proyectos en construcción planificados. Durante el liberalismo, cada partido político fue constituyendo un imaginario de Estado. En la práctica, especialmente fueron los Gobiernos moderados quienes asentaron las líneas del Estado español, una edificación que fue nutriéndose de otros diseños provenientes de los grupos progresistas, unionistas, republicanos y demócratas. La colocación de los andamios, la consolidación de los pilares y la continuidad de la obra fue un camino complejo que debe ser analizado en función de las dinámicas –políticas, económicas, culturales– y los ritmos temporales para entenderlo en su total complejidad.11 La ineficacia del proyecto –en algunos aspectos– no significa que fuera improvisado o espontáneo, una línea de pensamiento con la que se abre una fisura en la denominada, por José Álvarez Junco, crisis de penetración del Estado liberal. Esta teoría ha protagonizado gran parte de los debates historiográficos de las últimas décadas.12 Para algunos autores, esta crisis fue síntoma de la debilidad de las estructuras estatales, para otros, fue causa de una ineficaz legislación que ocasionó más problemas que beneficios a la población.13 Lo cierto es que la división de paradigmas sobre la naturaleza fuerte o débil del Estado liberal no satisface a todos los investigadores. Es necesario abordar la construcción del Estado desde nuevas perspectivas y prestar atención al amplio abanico de espacios desde los que actuaban los agentes estatales.14
Partiendo de estas reflexiones, en las siguientes páginas sobrevuela el análisis sobre el papel de los factores culturales, particularmente los vinculados a las bellas artes, en la construcción del Estado liberal. Concretamente, este estudio se acota al reinado de Isabel II. El periodo isabelino ofrece un espacio de estudio apasionante al identificarse como la etapa histórica en la que se asentaron los pilares de la cultura política contemporánea. Unos años, desde 1833 hasta 1868, en los que se debatieron conceptos, significados, representaciones e identidades políticas, que al mismo tiempo se pusieron en marcha a través de instituciones, prácticas y organizaciones políticas.15
Día a día nos encontramos con mensajes promovidos por las instancias estatales. Muchos de ellos son códigos simbólicos que penetran en nuestra experiencia y percepción de la realidad sin apenas percatarnos de ellos: estatuas en parques, rotondas y avenidas, retratos colgados en los despachos gubernamentales, frescos que decoran las paredes de edificios estatales. En ocasiones, la naturalidad con la que han sido admitidos estos mensajes choca con la experiencia vital del ciudadano y crean contradicciones y enfrentamientos. Recordemos, por ejemplo, las duras críticas que suscitaron los cuadros encargados por el Congreso de los Diputados para inmortalizar al expresidente de la Cámara Baja, José Bono, y al exministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, en 2012 y 2013. Ambas obras sumaban un coste de 272.000 euros; sin embargo, a pesar de la oposición, el encargo de estas composiciones se relacionó con una tradición pictórica en la que los poderes públicos ostentaban el papel de mecenas artístico desde siglos atrás y daban así apoyo al desarrollo artístico nacional.16 La normalidad con la que, en aquella ocasión, se asumió la función de las instituciones del Estado como patrocinadoras de las artes está presente en el eje narrativo de este estudio. ¿Por qué se asume la protección de las artes por parte de los poderes estatales? ¿Cuándo se naturalizó y se institucionalizó esta salvaguarda?
La relación simbiótica entre arte y poder cuenta con una larga tradición. Sus vestigios se rastrean desde los restos arqueológicos de las civilizaciones antiguas, y se prolongan durante la Edad Media y Moderna por medio del patrocinio de la Corona y la Iglesia, hasta la aparición de los Estados nacionales decimonónicos. Al igual que hicieron monarcas y líderes religiosos, los políticos liberales entendieron la necesidad de apropiarse institucionalmente de las bellas artes para consolidarse y legitimarse ante la población, tanto en España como en otros países europeos.
El uso del arte para legitimar el modelo gubernamental del Estado liberal se promovió a lo largo del siglo XIX; un periodo histórico comprendido como el escenario de construcción de los Estados nacionales. La pintura de historia fue uno de los grandes hitos artísticos de la época, un género pictórico que alcanzó altas cotas de popularidad, en parte por la compra de estas composiciones que realizaron los Gobiernos liberales. La promoción de los certámenes nacionales de bellas artes, la compra de piezas artísticas por parte de los poderes gubernamentales, junto con otras medidas de conservación y promoción del campo de las artes, invitan a reflexionar sobre el origen del apoyo hacia el desarrollo de la pintura, la arquitectura y la escultura por parte de los poderes gubernamentales.
Este estudio se aproxima al espacio de mediación existente entre las instituciones estatales y el campo artístico del reinado de Isabel II, un escenario desde el que se bifurcan dos ideas principales: las bellas artes se utilizaron como una herramienta con la que legitimar el sistema gubernamental y el modelo de Estado, surgido a partir de 1833, al mismo tiempo que los agentes, instituciones y prácticas del espacio artístico eran adheridos a la maquinaria estatal como un engranaje más. Las bellas artes eran institucionalizadas e interiorizadas como un componente más de la nación y de ahí su control y regularización desde la Administración del Estado. Ambos procesos estuvieron llenos de contradicciones, debates y confrontaciones que han sido abordados en esta investigación desde tres grandes áreas: instituciones, símbolos e individuos. El objetivo era afrontar, sin una mirada reduccionista, el estudio de la configuración cultural del Estado desde un área concreta como la artística y profundizar en el objeto de estudio a partir de distintos puntos de vista.
En sentido metafórico, esta investigación se plantea como una exposición dedicada al papel del campo artístico en la construcción cultural del Estado liberal. En su conjunto, el trabajo ofrecido en las siguientes páginas constituye un recorrido cultural desde los inicios del reinado de Isabel II hasta los albores de la Primera República a través de tres grandes galerías que dotan de sentido al objeto central de la muestra:
El primer bloque, La colección del Estado: patrimonialización, patrimonio y museos, analiza las relaciones establecidas entre el mundo artístico –especialmente el académico– y las instituciones estatales a partir de la configuración de dos proyectos museísticos: el Museo Nacional de la Trinidad y el Museo Histórico de Artistas Contemporáneos. Ambos se originaron estrechamente vinculados al concepto de «patrimonio nacional», debatido social y políticamente durante la primera mitad del siglo XIX en España. El carácter poliédrico de este concepto marcó el desarrollo de las prácticas culturales de principios de siglo. El objeto de este apartado es observar las bases en las que se asentó la separación entre el Real Patrimonio y los bienes nacionalizados con el objetivo de observar su influencia en la práctica cultural, concretamente en la constitución de pinacotecas o colecciones de arte. Además, se indaga en la transición que supuso para el arte español el cambio de mecenazgo, que tradicionalmente ejercían la Corona y la Iglesia, al nuevo papel que se les atribuyó a los poderes estatales en este terreno. Se presta especial atención a los efectos sobre el sistema y la práctica artística producidos por el modelo de Estado impulsado durante los primeros años del reinado isabelino.
El segundo bloque, La sala de los paisajes: los universos pictóricos del Estado liberal, se centra en el estudio de los códigos simbólicos en torno a la constitución estatal a partir de fuentes iconográficas. Se analizan los lenguajes simbólicos impulsados por la Administración del Estado, desde su difusión por canales oficiales y oficiosos hasta su recepción por parte de los ciudadanos. Las palabras clave de este apartado son la representación, la sociabilidad y el espacio urbano. Con estos conceptos se profundiza en la creación, modificación e interiorización de narrativas simbólicas en los espacios de mediación entre los ciudadanos y las instituciones estatales. De este modo, se ha examinado parte de la cultura visual decimonónica desde tres escenarios: su uso para crear una identidad nacional, un paisaje político y un escenario de representación estatal acorde a los preceptos del Estado liberal.
El tercer y último apartado lo protagoniza La galería de los retratos: agentes culturales y grupos de influencia. Un bloque dedicado a explicar que tras cualquier proyecto artístico, normativa estatal o corporación museística hubo un grupo de individuos cuyas decisiones y opiniones contribuyeron a la construcción del Estado naciónal durante el siglo XIX. En este punto, el estudio se aleja del armazón normativo con el que se formularon las instituciones estatales para prestar atención a la actividad de las personas que trabajaron en su interior. El objetivo es conocer la red social en la que se entrecruzan nodos de diversos campos: culturales, políticos, económicos, etc., y observar las influencias, desavenencias o intereses generados entre ellos. En concreto, se indaga en el estudio de las redes de poder e influencia generadas en torno a la creación del Negociado de Bellas Artes en los diversos ministerios en los que se incorporó –Gobernación, Comercio, Instrucción y Obras Públicas y Fomento– y en sus relaciones con otros agentes culturales vinculados a espacios artísticos como museos, academias, comisiones de bellas artes, etc. El apartado se plantea como un estudio gradual que da un salto de lo concreto a lo general. De este modo, una vez estudiados los oficiales del Estado que trabajaron en el Negociado de Bellas Artes, se analiza su posición en el escenario cultural isabelino, su participación en espacios de sociabilidad –el Ateneo y el Liceo de Madrid– y su asistencia a eventos, ceremonias y conmemoraciones.
Las distintas perspectivas abordadas en el estudio se establecieron a raíz de la amplia diversidad documental. Por un lado, los archivos estatales –el Archivo General de la Administración (AGA) y el Archivo Histórico Nacional (AHN)– ofrecieron un amplio corpus de reglamentos, normativas y correspondencia interdepartamental con la que reconstruir la política administrativa del Estado en el área de las bellas artes. En ese corpus documental surgieron otras vinculaciones con instituciones culturales de la época como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (RABASF) o el Museo del Prado, cuyos fondos han sido determinantes para rellenar los huecos existentes en la documentación guardada por la Administración. No obstante, estas fuentes históricas se acompañan de otro tipo de documentos menos habituales en los estudios de historia contemporánea –aunque más frecuentes en las últimas décadas– como son la literatura, las estampas, las caricaturas, las litografías de prensa y las obras de arte, desde el género del paisaje y la pintura de historia hasta el retrato.
La conexión entre los documentos escritos oficiales e iconográficos hubiese perdido riqueza sin la búsqueda hemerográfica en las cabeceras periodísticas del periodo. Las colecciones periódicas, tanto de la Hemeroteca Nacional como del Arxiu de Revistes Catalanes Antigues, han permitido rastrear las narraciones, significados e imaginarios percibidos tras el análisis de las fuentes escritas e iconográficas.
Del mismo modo que ocurre en el análisis de las fuentes documentales, los múltiples enfoques tratados en la investigación obligan a explorar diferentes corrientes metodológicas provenientes de disciplinas como la historia del arte o la sociología. Cada uno de los bloques está especialmente influenciado por líneas empíricas concretas, aunque todas ellas están presentes en el conjunto de la investigación. En el primero se asume la influencia de los estudios sobre la patrimonialización de Françoise Choay, combinados con los trabajos sobre la simbolización política de los museos desarrollados por Dominique Poulot. Los estudios de ambos autores sobre el patrimonio nacional y su construcción a lo largo del siglo XIX han sido esenciales para la primera parte de este estudio. A estos trabajos se añaden los realizados por las investigadoras Carmen y Encarna García Monerris sobre la conceptualización del patrimonio real y nacional en los primeros años del reinado isabelino. En el segundo bloque predominan los estudios versados en la sociabilidad –tanto formal como informal– unidos a las investigaciones sobre la construcción simbólica de la nación provenientes de los estudios de Pierre Nora. Los análisis de estos expertos nutren la segunda parte de este trabajo protagonizada por la formación de lenguajes simbólicos y su interiorización por los ciudadanos. En el tercer y último bloque predomina el estudio de redes y el análisis relacional, un término adoptado de los trabajos prosopográficos y sobre las élites realizados por la historiografía española desde la década de los noventa. Ambas metodologías permiten ampliar los conocimientos sobre la composición de un grupo concreto de oficiales públicos y analizar tanto sus dinámicas sociales como el significado de su representación colectiva en la esfera cultural isabelina. En cada uno de los apartados he profundizado en las teorías y metodologías utilizadas; no obstante, en términos globales todas ellas son una derivación del giro cultural en la historiografía.
En definitiva, esta investigación no se trata de un estudio de la historia de la cultura española, ni de la historia política isabelina, es un poco de ambas cosas; una aproximación político-cultural a la construcción del Estado nacional. Este monográfico constituye el análisis de una relación bidireccional entre el campo artístico y las instituciones estatales desde donde se configuraron representaciones, imaginarios y símbolos con los que se fue nutriendo el modelo de Estado español. Acompáñenme en este viaje por la esfera cultural del reinado de Isabel II hasta los inicios de la Primera República; observen sus colecciones artísticas, sus paisajes, sus retratos y, al final del camino, entenderán cómo las instituciones, normativas y disposiciones con las que se dio forma del modelo de Estado también estuvieron cargadas de símbolos y significaciones que permitieron su naturalización entre la realidad ciudadana.
1. «El Gobierno y las Bellas Artes», Boletín oficial del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas 11, 1848, pp. 513-521 (esp. pp. 515-517).
2. R. D. del 31 de octubre de 1849, Boletín oficial del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas 97, 1849, pp. 261-263.
3. María Cruz Romeo Mateo: «La política de Isabel II: comentario bibliográfico», Ayer 29, 1998, pp. 217-228 (esp. pp. 217-219).
4. Ibíd., p. 220.
5. Michael Keating: «Naciones, nacionalismos y Estados», Revista internacional de filosofía política 3, 1994, pp. 39-59.
6. Juan Pro: «La construcción del Estado en España: haciendo historia cultural de lo político», Almanak 13, 2016, pp. 1-30.
7. Pierre Bourdieu: Sobre el Estado: cursos en el Collège de France (1989-1992), Barcelona, Anagrama, 2014.
8. Juan Luis Pan-Montojo y Juan Pro: «Presentación: Culturas de Estado en la Península Ibérica», Historia y política 36, 2016, pp. 13-18 (esp. p. 14).
9. Proyecto HAR2012-32713 de la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (MINECO), dirigido por Juan Pro entre 2013 y 2015.
10. Salvador Calatayud, Jesús Millán y María Cruz Romeo Mateo (coords.): El estado desde la sociedad: espacios de poder en la España del siglo XIX, Alicante, Publicacions de la Universitat d’Alacant, 2016; ibíd. (eds.): Estado y periferias en la España del siglo XIX. Nuevos enfoques, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2009.
11. Juan Pro: La construcción del Estado en España. Una historia del siglo XIX, Madrid, Alianza, 2019, pp. 615-619.
12. José Álvarez Junco: Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001, p. 533.
13. Ibíd., pp. 540-544; Rafael Cruz Martínez: «El más frío de los monstruos fríos: la formación del Estado en la España contemporánea», Política y sociedad 18, 1995, pp. 81-92 (esp. pp. 85-86).
14. Ibíd., esp. p. 84.
15. Pedro Carasa: «Una mirada cultural a las élites políticas en los primeros pasos del Estado Constitucional», Trocadero 19, 2007 (pp. 31-54, esp. p. 34).
16. Agencia Europa Press: «José Bono tendrá un retrato en el Congreso de 82.000 euros», La Vanguardia, 28 de marzo de 2012; Agencia Efe: «El Congreso se niega a recortar en retratos oficiales o a sustituirlos por fotos», El Mundo, 13 de junio de 2013.
PARTE I
LAS COLECCIONES DEL ESTADO
PATRIMONIALIZACIÓN, PATRIMONIO Y MUSEOS
La historia de las instituciones estatales protagonizó los primeros enfoques historiográficos dedicados al estudio del Estado liberal. Las diversas ramas administrativas, su evolución y desarrollo desde la Edad Moderna hasta el siglo XX han sido el objeto de estudio de numerosas investigaciones.1 La proliferación de estudios dedicados a esta materia tiene su lógica si se piensa sobre el papel desempeñado por las instituciones estatales en la conceptualización del Estado desde el primer liberalismo gaditano. La Constitución de 1812 versaba sobre la división de poderes, los derechos ciudadanos y las competencias de la Administración del Estado –ejército, hacienda pública, educación– describiendo aquellas instituciones dotadas de poder por cesión de la nación.2 La teoría historiográfica sobre la fragilidad del Estado liberal se argumenta en el estudio de los organismos estatales y su incapacidad de promover un ideario nacional por todo el territorio español.3 No obstante, en las últimas décadas, la historia institucional se ha renovado para aportar más luz sobre el papel de las instituciones en la conformación y desarrollo de grupos sociales.4 El campo educativo ha sido uno de los más estudiados; el fracaso del sistema educativo decimonónico fue entendido por una parte de la historiografía española como un ejemplo de la debilidad estructural del Estado y su incapacidad de consolidar una identidad nacional.5 Sin embargo, desde finales de la década de los noventa, los investigadores sociales y culturales han rebatido dicha hipótesis mediante el análisis de formas de aprendizaje no regladas que fomentaban una identidad común.6
En esta nueva mirada sobre las prácticas de nacionalización tuvo un espacio destacado el estudio de los organismos educativos –escuelas e institutos de enseñanza media y superior–, dejándose al margen otros escenarios donde los organismos estatales también desarrollaban una labor pedagógica: las instituciones culturales.
A partir de la división territorial de Francisco Javier de Burgos, los establecimientos artísticos y culturales –bibliotecas, museos, academias de bellas artes– se incorporaron paulatinamente al entramado estatal con un subdelegado de Fomento encargado del control de tales instituciones.7 La incorporación del campo artístico en la estructura del Estado dio lugar a enfrentamientos, conflictos y amplios debates entre la Administración y la esfera artístico-cultural. Desde la perspectiva de la historia del arte y del patrimonio español se ha prestado atención a estos conflictos, especialmente en los trabajos dedicados a la Comisión Central y a las Comisiones Provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos creadas en 1844.8 Estas aproximaciones, centradas en aspectos artísticos, apenas analizan las relaciones entre los agentes políticos y sociales, ni su interacción con la administración del Estado; unas materias presentes en los estudios desarrollados por la escuela francesa. Por un lado, desde los estudios museológicos a cargo de Pierre Gèal, cuyas investigaciones parten de la conceptualización del museo como escenario de diálogo entre el poder político y el campo de las artes.9 Por otro lado, desde los estudios sobre el patrimonio nacional promovidos por Dominique Poulot; cuyas investigaciones permiten atisbar cómo la patrimonialización a partir de la Revolución francesa ha sido una práctica sociocultural en las que el debate conceptual y las instituciones estatales fueron esenciales. El concepto de patrimonio sufrió una importante renovación conceptual desde 1879, una modificación en el fondo y en la forma que influyó tanto en el discurso político como en la práctica cultural.10
Ciertamente, el concepto de patrimonio es difícil de condensar en unas breves líneas. Jurídicamente posee una amplia trayectoria vinculada a un valor económico y de propiedad. De ahí que entre sus primeras definiciones se encuentre la de aquellos bienes heredados por un hijo tras la muerte de su padre.11 Su significado evolucionó y se diversificó hasta la aparición de tipologías patrimoniales como el patrimonio real, entendido como los bienes de la Corona,12 o el patrimonio nacional, «la suma de los valores asignados, para un momento de tiempo, a los recursos disponibles de un país, que se utilizan para la vida económica».13
Para algunos autores, las temporalidades marcan la esencia del concepto. El patrimonio posee una dimensión histórica establecida desde el presente, de ahí que su valor artístico, histórico o económico se dé a partir de la relación entre la sociedad y su pasado.14 En el campo cultural, el patrimonio constituye un debate constante entre las instituciones y la sociedad; el valor simbólico adherido a ese conjunto de bienes se reformula, adapta, reinventa, construye y transforma el patrimonio en un objeto de identidad histórico-cultural para un colectivo. Por lo tanto, se configura como una construcción sociocultural con variaciones en materia temporal y práctica.15 Esta es la razón por la que muchos investigadores valoran y analizan su significación en estudios relacionados con la memoria, el territorio y la identidad.16
Entre los debates que suscita este concepto, uno de los más habituales ha sido el momento de identificar el paso del patrimonio como una herencia privada a su consideración como un bien colectivo con valores más allá del económico. Para ello, se ha optado por remontarse a los orígenes históricos del término y analizarlo en su contexto. Este recorrido histórico permitió a Jean Pierre Babelon y André Chastel etiquetar el patrimonio en seis categorías en 1980: religioso, monárquico, familiar, nacional, administrativo y científico.17
Las reflexiones de ambos investigadores sobre la Ilustración y el papel de las revoluciones liberales en la apreciación del patrimonio como herencia colectiva fueron retomadas años después por Françoise Choay. En su ensayo, Alegoría del patrimonio, volvía al estudio histórico del concepto añadiendo en la ecuación la importancia de la memoria para su construcción; de ahí la diferenciación entre monumento y monumento histórico para comprender a posteriori el patrimonio como herencia histórico-cultural. Mientras que el monumento derivado de monere –recordar– era un objeto que interpelaba directamente a la memoria, a la intención de recuperar colectivamente un recuerdo, el monumento histórico constituye una invención occidental construida a posteriori por aquellos que con la etiqueta de expertos deciden qué bienes son portadores de un valor histórico universal. Sin embargo, y a diferencia de Babelon y Chastel, el origen del patrimonio histórico lo data en periodos anteriores a la Revolución francesa. Aunque la aparición de monumento histórico como concepto surge a partir de finales del siglo XVIII y se consolida a principios del siglo XIX –en 1830 surge el cargo de inspector de Monumentos Históricos por François Guizot–, Choay entrevé en su desarrollo una herencia intelectual originada en el Quatroccento.18
No obstante, y en esto los tres investigadores están conformes, desde la segunda mitad del XVIII, surge la apreciación del patrimonio como vestigio identitario de la nación.19 En el contexto del despertar de los nacionalismos, el patrimonio se utilizó por los Estados nacionales para legitimarse mediante un imaginario nacional representado tanto en los monumentos como en las colecciones artísticas. Es desde entonces cuando el patrimonio se percibe desde una doble dimensión: social-identitaria y política.20
Los vínculos entre el patrimonio, la nación y sus prácticas culturales han sido el principal objeto de estudio de Dominique Poulot, un investigador que desde la década de los noventa se ha aproximado a la construcción conceptual del patrimonio nacional y a su proyección museológica y museográfica.21 Los museos europeos del siglo XIX se incorporaron a un proyecto político educativo en el que las instituciones culturales y el desarrollo de las galerías nacionales sirvieron como espacio didáctico para la ciudadanía. Estos escenarios culturales se adscribieron a las políticas culturales, controladas desde los Estados y al servicio de un discurso oficializado por los poderes gubernamentales.22 Con la llegada de los siglos XX y XXI, los museos nacionales tal y como se percibieron en el periodo decimonónico han dado paso a un nuevo tipo de instituciones adscritas a renovaciones político-sociales. De este modo, se inauguraron museos y exposiciones temáticas –como aquellas dedicadas a la memoria– cuyas narrativas presentan una alternativa al discurso histórico y cronológico de los museos nacionales inaugurados en el siglo XIX.
Esta renovada visión sobre el patrimonio nacional, y su utilización, viene dada por las percepciones atribuidas a los bienes culturales estatales entre la década de los sesenta a los ochenta del siglo XX. El patrimonio dejó de ser contemplado en el sentido de lo que Aloïs Rielg indicaba como culto al monumento para ser incorporado al desarrollo socioeconómico de las naciones. Como construcción sociocultural, el patrimonio se transformó en un cruce de discursos y narraciones en donde las dimensiones política, social y económica provocaron conflictos constantes sobre la significación de dichos bienes culturales y en concreto, su papel en la representación de identidades y grupos sociales. En este contexto, los museos nacionales se adaptaron y moldearon a las construcciones identitarias que se reclamaban desde la sociedad. Así, desde los primeros años del siglo XXI se ha presenciado la incorporación del multiculturalismo en la transformación de las antiguas colecciones nacionales.23
Las percepciones sobre las colecciones nacionales también se han visto reflejadas en el ámbito académico. Así, desde mediados de la década de los ochenta, la historia de los museos ha ido más allá del estudio de sus fondos artísticos y culturales. Estas instituciones son replanteadas como agentes activos de procesos históricos de gran complejidad, como la construcción de los Estados contemporáneos y su evolución.24 Una propuesta ampliamente desarrollada durante el congreso Building National Museums in Europe 1750-2010 en abril de 2011. Las investigaciones presentadas en este evento proyectaron a nivel europeo la definición de museo nacional como escenario institucionalizado de negociación entre las comunidades de identidad y las dinámicas estatales.25 Una corriente de investigación –concentrada en el proyecto EuNaMus–26 y continuada en varias monografías.27
Los museos nacionales españoles tuvieron su espacio en el evento del 2011. La comunicación «National Museums in Spain: A History of Crown, Church and People» recorría el origen de las colecciones nacionales españolas desde mediados del siglo XVIII hasta principios del siglo XXI.28 El estudio se iniciaba con el origen de las principales instituciones museísticas a cargo de la Corona, administradas posteriormente desde el Estado, para finalizar con un análisis sobre la evolución de los discursos del pasado entre las colecciones nacionales. En conjunto, la comunicación constituía un resumen de la evolución sufrida en los estudios sobre la historia de los museos españoles de las últimas décadas. Como indicaba Pierre Géal, la investigación museológica en España se había centrado en un relato tradicional protagonizado por ilustres hombres encargados de la conservación patrimonial.29 En esta narrativa se incorporaban los reconocidos trabajos de Antonio Gaya Nuño y María Bolaños,30 a los que se unieron estudios de caso sobre museos provinciales desde finales de los noventa y a lo largo de la década siguiente.31 No obstante, la museología se alimentó de las resignificaciones incorporadas al patrimonio nacional. El multiculturalismo, la memoria, el territorio y las identidades se insertaron en la historia de los museos españoles aportando nuevas reflexiones en las que la dinámica política estuvo muy presente.32
En el estudio de los museos españoles del siglo XIX, las publicaciones Inventing the Art Collection: Patrons, Markets and the State in Nineteenth-Century Spain y La naissance des musées d’art en Espagne (XVIII-XIX) renovaron las preguntas sobre el origen y el desarrollo de las colecciones artísticas nacionales. Ambos trabajos reflexionaban sobre la institucionalización del arte en el momento de la creación del Estado liberal y ampliaron la mirada, tanto al espectro político como al papel del mercado y de la crítica artística, sobre la configuración de los organismos museísticos.
En la línea de ambas monografías, las siguientes páginas profundizan en los procesos de patrimonialización y su uso en la difusión de una identidad nacional promovida desde las instituciones del Estado. Los siguientes capítulos se concentran en las primeras décadas del reinado de Isabel II, desde la desamortización de Mendizábal de 1835 hasta la proyección de dos colecciones museísticas vinculadas a la estructura del Estado: el Museo Nacional de la Trinidad y el Museo Histórico de Artistas Contemporáneos.
1. Entre los estudios más recientes se encuentran los dedicados a la formación de las diputaciones provinciales o las relaciones entre instituciones estatales de diversa naturaleza. Véase Francisco Javier Cuerva: El gobierno provisional en los inicios del estado liberal (1833-1843): subdelegados de fomento, gobernadores civiles y jefes políticos. Estudio de caso en la provincia de Sevilla, Valencia, Tirant Lo Blanch, 2014; Pedro Tedde de Lorca: El Banco de España y el Estado liberal (1847-1874), Madrid, Gadir, 2015.
2. José María Portillo Valdés: «Estado», en Javier Fernández Sebastián y Joaquín Francisco Fuentes (dirs.): Diccionario político y social del siglo XIX español, Madrid, Alianza Editorial, 2002, pp. 295-302.
3. José Álvarez Junco: «La nación en duda», en J. Pan-Montojo (coord.): Más se perdió en Cuba: España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Madrid, Alianza Editorial, 1998, pp. 405-476 (esp. p. 445); ibíd.: Mater Dolorosa…, pp. 187-281.
4. Junto con el sistema educativo, la sanidad y la beneficencia han sido de las áreas más trabajadas en este aspecto. Véanse, por ejemplo, Álvaro Cardona: La salud pública en España durante el Trienio Liberal (1820-1823), Madrid, CSIC, 2005; Rafael Huertas: Los laboratorios de la norma: medicina y regulación social en el Estado liberal, Barcelona, Octaedro-CSIC, 2008; Elena Maza Zorrilla: Pobreza y beneficencia en la España contemporánea (1808-1936), Barcelona, Ariel, 1999.
5. Manuel de Puelles Benítez: Estado y educación en la España liberal (1809-1857): un sistema educativo frustrado, Barcelona, Pomares-Corredor, 2004.
6. Manuel Martí y Ferran Archilés: «La construcción de la Nación española durante el siglo XIX: logros y límites de la asimilación en el caso Valenciano», Ayer, 35, 1999, pp. 171-190 (esp. pp. 176-177); Ferrán Archilés: «Vivir la comunidad imaginada. Nacionalismo español e identidades en la España de la Restauración», Historia de la educación. Revista interuniversitaria 27, 2008, pp. 57-85.
7. Javier García Fernández: «Inicios de la organización administrativa de las bellas artes (1803-1868)», en M. I. Izquierdo y A. Amorós (coord.): Cien años de administración de las Bellas Artes, Madrid, Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, 2016, pp. 55-78.
8. Ester Alba Pagán: «La génesis del Museo de Bellas Artes de Valencia y la polémica en torno a los bienes desamortizados a través de la prensa valenciana», en F. J. Campos (coord.): La desamortización: el expolio del patrimonio artístico y cultural de la Iglesia en España, Madrid, Escurialenses, 2007, pp. 723-739; Itziar Arana Cobos: «Las comisiones artísticas tras la desamortización de Mendizábal y la formación de los museos provinciales: la labor de Valentín Carderera», Argensola: revista de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Altoaragoneses 120, 2010, pp. 15-33; María Teresa Chávarri Caro: La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la protección del patrimonio desamortizado, tesis doctoral dirigida por Enrique San Miguel Pérez, Madrid, Universidad Rey Juan Carlos, 2013.
9. Pear Géal: «Recherches sur la naissance des musées d’art en Espagne de Charles III à Isabelle II», Bulletin d’histoire contemporaine de l’Espagne 27, 1998, pp. 199-204; ibíd., «La creación de los museos en España», Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte 37, 2001, pp. 289-298; ibíd., La naissance des musées d’art en Espagne (XVIIIe-XIXe siècles), Madrid, Casa de Velázquez, 2005.
10. Dominique Poulot: De l’héritage monumental á l’entreprise de patrimoine: pour une histoire de la transmission culturelle en France, XVIIIe-XXe, Florencia, European University Institute, 1991.
11. Girolamo Vittori: Tesoro de las tres lenguas española, francesa, y italiana, Bolonia, 1609.
12. RAE: Diccionario de la lengua castellana por la Real Academia Española, Madrid, Imp. Real, 1817, 5.ª ed.
13. RAE: Diccionario de la lengua castellana por la Real Academia Española, Madrid, Espasa-Calpe, 1992, 21.ª ed.
14. François Hartog: Regímenes de historicidad, México, Universidad Iberoamericana, 2007, pp. 181-183.
15. Beatriz Santamaría Campos: «Una aproximación al patrimonio cultural», en G. M. Hernández et al. (coords.): La memoria construida. Patrimonio cultural y modernidad, Valencia, Tirant lo Blanch, 2005, pp. 21-52 (esp. pp. 21-26).
16. Fabien Van Geert y Xavier Roigé: «De los usos políticos del patrimonio», en Fabien Van Geert, Xavier Roigé y Lucrecia Conget (coords.): Usos políticos del patrimonio cultural, Barcelona, Universitat de Barcelona, 2016, pp. 9-26.
17. Jean-Pierre Babelon y André Chastel: «La notion de patrimoine», Revue de l’art 49, 1980, pp. 5-31.
18. Françoise Choay: Alegoría del Patrimonio, Barcelona, Gustavo Gili, 2007, pp. 7-21.
19. Jean-Pierre Babelon y André Chastel: La notion de patrimoine, París, Liana Levi, 2000; F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 55-57.
20. B. Santamaría Campos: «Una aproximación al patrimonio cultural…», pp. 43-45.
21. Dominique Poulot: Une histoire des musées de France: XVIIIe-XIXe siècle, París, La Découverte, 2011; ibíd.: Musée, nation, patrimoine, 1789-1815, París, Gallimard, 1997.
22. Dominique Poulot: «Introduction», Culture & Musées 28, 2016, pp. 13-29.
23. F. Van Geert y X. Roigé: «De los usos políticos del patrimonio», en F. Van Geert et al.: Usos políticos…, pp. 9-26.
24. Tony Bennet: The Birth of the Museum: history, theory, politics, Londres, Routledge, 2004; Benedict Anderson: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 228-259; Dominique Poulot: «Alexandre Lenoir et les musées des monuments français», en Pierre Nora (dir.): Les lieux de mémoire…, pp. 498-531 (esp. pp. 515-519).
25. Peter Aronsson y Gabriella Elgenius: «Making National Museums in Europe – A Comparative Approach», en Peter Aronsson y Gabriella Elgenius (eds.): Building National Museums in Europe 1750-2010. Conference preoceeding from EuNaMus, European National Museums: Identity Politics, the Uses of the Past and the European Citizen, Linköping, Linköping University Electronic Press, 2011, pp. 5-20 (esp. p. 5).
26. European National Museums: identity politics, the uses of the past and the European citizen, EU FP Grant Agreement No 244305, en línea: <http://www.ep.liu.se/eunamus/> (consultado: 05/03/2021).
27. Johan Hegardt: The museum beyond the nation, Stockholm, The National Historical Museum, 2012; S. Knell, P. Aronsson y A. Bugge Amundsen (coords.): National Museums: New Studies from around the World, London, Routledge, 2011.
28. José María Lanzarote: «National Museums in Spain: A History of Crown, Church and People», en P. Aronsson et al.: Building National Museums in Europe…, pp. 847-880.
29. P. Géal: «La creación de los museos en España…, pp. 289-290.
30. María Bolaños: Historia de los museos en España: memoria, cultura, sociedad, Gijón, Trea, 2008; María Dolores Antigüedad del Castillo-Olivares: «El Museo de la Trinidad y los orígenes del museo público en España», Espacio, tiempo y forma. Serie VII, Historia del arte 11, 1998, pp. 367-396; Juan Antonio Gaya Nuño: Historia del Museo del Prado (1819-1976), Madrid, Everest, 1977.
31. Enrique Martínez Lombó: «Arte ¿para todos?: la creación de los museos provinciales en el siglo XIX: ideología intereses y logros», en VV. AA: Congreso Internacional Imagen y Apariencia, Murcia, Universidad de Murcia, 2009, s. p.; I. Arana Cobos: «Las comisiones artísticas tras la desamortización de Mendizábal…», pp. 15-33.
32. Ignacio Díaz Belardi: La memoria fragmentada: el museo y sus paradojas, Gijón, Trea, 2008; Xavier Roigé, Joan Frigolé y Camila del Mármol: Construyendo el patrimonio cultural y natural: parques, museos y patrimonio rural, Valencia, Germania, 2014.
1. LÍNEAS ROJAS
El patrimonio nacional en los inicios del Estado liberal
Desde 1837 hasta 1842, Federico de Madrazo, reconocido pintor romántico, viajó a París y a Roma para ampliar sus conocimientos artísticos. Durante este periodo se carteó habitualmente con su padre, José de Madrazo, pintor de cámara y director del Real Museo del Prado desde 1838 hasta 1857. En sus epistolarios ambos artistas reflexionaban sobre el devenir de las artes –tanto en España como en el resto de los países europeos–, comentaban el trabajo de sus compañeros de profesión e intercambiaban sus opiniones sobre el estado de la política española. Especialmente interesante son las impresiones compartidas entre padre e hijo en referencia a la constitucionalización del Real Patrimonio y los debates que suscitaron los bienes vinculados a él.
Un episodio respecto a los conflictos que suscitaba el patrimonio de la Corona aconteció en 1839; se puso en cuestión la potestad monárquica del Tesoro del Delfín.1 La publicación progresista, El Eco del Comercio, acusaba a la Corona de apropiarse de unas piezas artísticas pertenecientes a la nación.2 Estas declaraciones fueron tomadas por el director del Real Museo como un ataque directo a la reina Isabel II y un intento para reducir el Real Patrimonio por parte de personalidades del Gobierno. «¿Qué hace la Nación por las Artes, por las ciencias y por las demás cosas de la instrucción pública?», le preguntaba a su hijo Federico. Para Madrazo padre, los monarcas eran los auténticos protectores de las bellas artes, mientras que «las naciones, lo que hacen es destruir y vender lo más precioso que las honra».3
El pintor de cámara separaba la institución monárquica de los poderes del Gobierno liberal. A su entender, la nación reencarnaba unos poderes parlamentarios totalmente independientes de las actuaciones de la Corona. Sus palabras ejemplifican un arduo debate iniciado durante la Revolución francesa. En 1789, la nación se transformaba en un sujeto colectivo y sus bienes pasaban a ser custodiados por los representantes de la soberanía nacional. La separación entre los bienes reales y los nacionales protagonizó arduos debates parlamentarios desde los inicios del liberalismo español, especialmente desde el plano jurídico. Los intentos por esclarecer la separación de ambos bienes ha sido un objeto de estudio constante en la historia jurídica española. Fernando Cos-Gayón, liberal conservador y defensor de Isabel II, intentó clarificar esta problemática con su obra Historia jurídica del Patrimonio Real publicada a finales del siglo XIX.4 En esta monografía, el autor se remontaba a la monarquía visigoda como momento originario del patrimonio real. Con este relato pretendía aportar una base jurídica a los debates parlamentarios producidos entre 1869 y 1870 en torno al devenir de los bienes de la Corona. Unos enfrentamientos utilizados durante toda la monarquía isabelina para atacar la legitimidad de la reina. No se trataba de un asunto puramente jurídico; también afectaba a la imagen institucional y a la soberanía del Estado nacional, como así se ha demostrado en los últimos estudios sobre la conceptualización del concepto de patrimonio en el siglo XIX.5
EL PATRIMONIO DE LA CORONA COMO BIEN NACIONAL: EL CASO DEL REAL MUSEO DEL PRADO
El proceso revolucionario francés de finales del siglo XVIII removió los cimientos de las sociedades europeas. Planteamientos incuestionados durante el Antiguo Régimen comenzaron a ser debatidos. En este contexto, la monarquía española tuvo que hacer frente al cuestionamiento de su legitimidad histórica y de su estatus social. Los monarcas traspasaron su poder religioso y natural a una institución bajo el control de la soberanía nacional y sustentada por la lista civil. En marzo de 1814, las Cortes de Cádiz decidían abolir el Real Patrimonio para adaptarse a los preceptos del liberalismo. La titularidad de los bienes de la realeza se traspasaba a la nación manteniéndose alguno de ellos bajo la custodia de la familia real para realizar su función y mantener su decoro.6
A pesar de la voluntad de las Cortes gaditanas, el debate patrimonial no había hecho más que empezar. Las distintas coyunturas políticas, los debates entre los políticos moderados y progresistas y el propio papel de la Corona dificultó la consolidación de una línea divisoria entre patrimonio nacional y real.
Con el regreso de Fernando VII al sistema absolutista, el rey afirmó el carácter privado del Real Patrimonio en un intento de recuperar los derechos perdidos durante el periodo del liberalismo gaditano.7 Algo que no duró mucho; en abril de 1820, durante el Trienio Constitucional, el monarca cedía parte de sus bienes a la nación.8 Se trataba de una maniobra propagandística con la que mejorar su imagen ante los liberales, al mismo tiempo que difundía un mensaje sobre el poder regio: Fernando VII cedía parte de sus bienes en un acto voluntario y no por imposición de la soberanía nacional.9 Semanas después, el Gobierno liberal solicitaba al mayordomo mayor un listado con aquellas fincas, propiedad de la Corona, necesarias para el recreo de esta. El resto de los bienes pasarían al control de la Junta Nacional de Crédito Público.10
Durante los primeros años del reinado de Isabel II, la posición de la regente María Cristina fue similar a la de su marido. El objetivo era mantener, casi intacto, el patrimonio que heredaría su hija Isabel al alcanzar la mayoría de edad.11 Ello produjo contrariedades, manifestadas entre los liberales, durante los debates sobre la potestad de las piezas patrimoniales –como sucedió con el Tesoro del Delfín– y en el control de la colección pictórica del Real Museo del Prado.
En febrero de 1839, el diputado Fermín Caballero acusaba a la Corona de apropiarse de las alhajas que formaban el Tesoro del Delfín. A su entender, el legítimo propietario de estas riquezas era la nación. Por ello, exigía conocer si habían pasado a formar parte de los bienes reales. Salustiano Olózaga apoyaba a su compañero político e insistía en separar ambos patrimonios con la redacción de un inventario general de estos bienes, exactamente razonado, con el que se aseguraría no privar a la nación de sus glorias artísticas y de los antiguos recuerdos objeto de su grandeza.12
¿Quién era el titular legítimo de esas riquezas? Una pregunta de difícil respuesta si se tiene en cuenta la dicotomía de la figura monárquica; por un lado, representaba su persona privada y, por otro, reencarnaba a la nación.13 El conflicto se centraba en la línea de separación entre los bienes de dominio privado de la figura real y los pertenecientes a la Corona. Estos últimos, al estar incorporados a una institución del Estado, adoptaban un valor nacional que impedía su uso arbitrario por parte de los soberanos. Esta diferenciación había quedado establecida en 1838. Ese año se creó una comisión mixta para clarificar la propiedad del Real Patrimonio y dar respuesta a varias reclamaciones, emitidas por personalidades del campo artístico, por la puesta en venta de algunos bienes nacionalizados. Uno de estos casos ocurrió en el monasterio de El Escorial, parte de sus piezas artísticas fueron adquiridas al no delimitarse cuáles de ellas formaban parte de los bienes monacales desamortizados y cuáles pertenecían al patrimonio de la realeza.14 Dicha comisión estableció la titularidad del Real Patrimonio bajo el control de la Corona y del Estado e imposibilitaba la puesta en venta por parte de la familia reinante de todo, o de una parte, de estos bienes.15
La llegada al trono de Isabel II agravó la complicada cuestión patrimonial. Las sombras de manipulación sobre la testamentaria de Fernando VII, por parte de María Cristina, empañaron la imagen de la Corona y dificultó la relación de la reina con los representantes políticos. El Real Patrimonio era nuevamente cuestionado. Desde los escenarios parlamentarios y periodísticos, se manifestaron reticencias sobre los bienes jurídicamente vinculados a la Casa Real. Entre ellos se encontraba el Real Museo del Prado. La institución museística formaba parte de los enseres privados del monarca pero su naturaleza y su carácter público dificultaba la categorización del museo como bien real o nacional.16
Las puertas del Real Museo del Prado se abrieron en 1819 con una colección de difícil clasificación. ¿Real, nacional o ambos? Se preguntaba el historiador Pierre Géal en su monografía sobre el origen de los museos españoles.17 Los fondos pertenecían al Real Patrimonio, no obstante, su exposición en el Palacio de Villanueva otorgó al museo de un valor público del que no se pudo desvincular. El nuevo espacio artístico «hermoseaba la capital del reino, y contribuía al lustre esplendor de la nación» en palabras de la publicación oficial del reino, la Gaceta de Madrid. El edificio del Prado se convertía en un establecimiento público, ya que, según la legislación del momento, esta calificación se determinaba por la actividad que se realizaba en su interior y no por quien estuviese a cargo de su control.18
Cuando en 1820 Fernando VII cedió parte de sus bienes a la nación, entre el listado de las fincas que pasaban a la Junta Nacional de Crédito Público no figuraba el Palacio de Villanueva. El edificio y su contenido eran parte del patrimonio privado del rey.19 Esta naturaleza era recalcada por Luis de Eusebi, pintor de cámara y conserje del museo en 1824, en el primer catálogo de la pinacoteca.20 La sede museística y su colección pertenecían jurídicamente al Real Patrimonio. Sin embargo, popularmente fue conocido como el Museo Nacional al albergar en su interior el arte de la escuela española.21 Aunque no puede asegurarse que el discurso narrativo del museo estuviese orientado por un interés patriótico y de representación de la identidad nacional;22 el discurso social dotó a los fondos del Prado de un carácter público y de titularidad nacional. «Parece que el Museo Nacional [en referencia al Prado] es de exclusiva y absoluta propiedad de la reina», criticaban desde El Eco del Comercio,23 una apreciación errónea para los redactores, quienes argumentaban que el Museo era «una propiedad del país». No eran los únicos, El Clamor público solicitaba el control y la protección de la pinacoteca mediante una potestad compartida entre la Casa Real y el Gobierno.24
Por parte de los sectores conservadores, liberales e isabelinos, se argumentaba el intento de arrebatar de sus riquezas a la reina, como manifestaba José de Madrazo en la carta a su hijo Federico en 1839:
El mal genio de esta gente y en particular el de algunos exaltados de la Dirección [General de Estudios], no quedándose atrás en este particular Quintana [Manuel José Quintana], se han empeñado en esparcir ideas para que la reina sea despojada de la mayor parte de las cosas que siempre se han considerado del Real Patrimonio queriéndoselo apropiar todo a la Nación.25
Sus comentarios ante la idea de nación reflejan una posición crítica ante el modelo de Estado liberal en proceso de construcción. El director del Prado representaba un sector de la sociedad opuesto a los cambios en el sistema político y al principio de soberanía nacional. Como director del Real Museo emitía públicamente su opinión sobre la naturaleza privada de la institución. A su entender, la apertura de la pinacoteca obedecía a la grandiosidad de la monarquía y a su deseo de exhibir sus colecciones ante el público.26 Los defensores de la Corona apelaban a la solidaridad de la reina; esta imagen de la soberana era difundida constantemente entre los grupos políticos monárquicos para enfrentarse a sus oponentes e incentivar una mirada positiva sobre la institución real.
Los intentos de delimitar los bienes nacionales de los reales finalizaron en 1865. Fue entonces cuando se separó a la figura real del Real Patrimonio, que pasó a formar parte de los bienes de la Corona. Los bienes de la realeza habían sido un arma utilizada constantemente contra la monarquía. La ambigüedad sobre su origen y uso exponía directamente a la reina frente a la opinión política y pública. Así, la cesión de gran parte de este patrimonio al Estado se contemplaba entre los grupos favorables a la Corona como una estrategia con la que se solucionaría un problema histórico, al mismo tiempo que mejoraba la imagen de la reina como salvadora de su nación en momentos de dura crisis económica.27
El proyecto de la Casa Real enviado a las Cortes en 1865 proponía la solución final a los problemas patrimoniales de la nación. La reina aceptaba traspasar parte de sus enseres de la titularidad privada a la potestad de la Corona. El resto de los bienes serían enajenados y el 25 % de lo recaudado con su venta se incorporaba al patrimonio privado de la reina. Los bienes de la Corona se vinculaban a la institución y no a la figura real; se evitaba de este modo la división de las riquezas de la realeza. En el caso práctico se impedía, por ejemplo, la fragmentación de la colección del Prado como se temió durante la testamentaria de Fernando VII.28 El proyecto fue aprobado por las Cortes en mayo de 1865 y, finalmente, las piezas del Real Museo del Prado quedaron legislativamente vinculadas a la institución monárquica y entraron a formar parte de la herencia de la nación.29
El cambio de propietario no afectó a su desarrollo interno, los fondos del Palacio de Villanueva continuaron bajo el control de la Casa Real, como habían estado desde su origen hasta 1868. A raíz de la revolución de La Gloriosa, su naturaleza de bien nacional provocó transformaciones en su organización. La primera medida fue el traspaso de la dirección del museo a manos del pintor Antonio Gisbert; un artista de clara tendencia liberal progresista. Antes de La Septembrina, la dirección y los trabajadores del museo eran seleccionados por la institución monárquica y ello representó una enorme diferencia con la otra colección nacional, inaugurada en 1837 en el exconvento de la Trinidad.
La pinacoteca del Prado y el Museo de la Trinidad simbolizan culturalmente el proceso de construcción del Estado moderno decimonónico. Una separación entre el Gobierno y la Real Casa que se observa en la construcción y evolución de ambas instituciones culturales.30 Ambos espacios buscaban su papel en el engranaje cultural conformado desde el Estado liberal y que, en este caso, tenía el discurso patrimonial como eje central de todo su desarrollo. Los cimientos de ambos museos se asentaron en la conceptualización del patrimonio. En el caso del Prado, la separación entre los bienes reales y nacionales; en el caso de la Trinidad fue la propia constitución del concepto de patrimonio nacional.
PATRIMONIO NACIONAL Y DESAMORTIZACIÓN: LA INFLUENCIA FRANCESA EN EL CASO ESPAÑOL
En 1747, Étienne La Font de Saint-Yenne, intelectual y crítico de arte, publicaba anónimamente Reflexions sur quelques causes de l’etat present de la peinture en France. En su ensayo vinculaba la decadencia de las artes francesas, en concreto la pintura, a la ignorancia artística de la sociedad. Como forma de solventar la situación, reclamaba la apertura de una galería pública por el bien de la nación y la educación de su ciudadanía.31 Al valor estético y artístico de las piezas se le unió un valor social y educativo enmarcado en el proyecto político de la democratización del saber promovido desde el pensamiento ilustrado.32
La Revolución francesa retomó ese plan educativo y lo plasmó en su entendimiento del patrimonio como un conjunto de bienes colectivos pertenecientes a la nación. El sentido de herencia se anexó a un sentimiento de vínculo común que dotaba a la nación de una riqueza moral puesta a disposición de la ciudadanía.33 La autoridad colectiva sobre los bienes incautados a la Corona y a la Iglesia derivó en actuaciones vinculadas a la dimensión política del patrimonio: como arma psicológica en momentos de conflicto y como generadora de narraciones sobre el pasado.34 El primer caso se vio reflejado en episodios de vandalismo contra las tumbas reales de Saint Denis en 1790 y en la destrucción de las estatuas de Luis XIV en las plazas de Vendôme y de las Victorias en 1792. Un vandalismo ideológico autorizado por la Asamblea Legislativa francesa al aprobar por decreto la destrucción de todos los rastros de feudalismo y de monarquía existentes en la nación ese mismo año.35 Ante estos acontecimientos, surgió la reacción opuesta: la conservación de todo bien histórico independientemente de su origen patrimonial. En 1790, el arqueólogo Aubin-Louis Millin exponía ante la Asamblea Nacional un alegato a favor de la preservación de los bienes desamortizados durante la revolución por el bien de la historia de Francia. En su obra, Antiquités nationales, insisitía en la salvaguarda de los monuments nationaux, una calificación para todos aquellos castillos, abadías y monasterios que retrataran los «grands événemens de notre histoire».36
Derivado del concepto monumento nacional surgió el monumento histórico, una categoría para describir aquellas arquitecturas con las que se documentaba la historia nacional.37 Para evitar la desaparición de estos vestigios del pasado, Millin proponía la redacción de una colección descriptiva de todos los monumentos históricos nacionales; un proyecto influenciado por el enfoque historiográfico adoptado desde la historia del arte durante la Ilustración –a cargo de figuras como Johann Joachim Winckelman– que dio lugar a la redacción de amplios catálogos de monumentos antiguos.38 En 1791, un año después del alegato del arqueólogo, la Asamblea Legislativa enumeraba los requisitos necesarios para que un bien artístico se considerara histórico. En atención a estas instrucciones todo monumento anterior al siglo XIII debía conservarse, también aquellos sobresalientes por la belleza de sus formas y aquellos aptos para la enseñanza del arte o la historia.39 Este listado se convirtió en una de las primeras actuaciones para la conservación del patrimonio histórico, oficializado a partir de 1793 con la creación del Comité d’Instruction Publique y las Commisions des Arts. Esta comisión, formada en el seno institucional de la Revolución, homogeneizó las actuaciones de protección del patrimonio a nivel nacional y aprobó el procedimiento que todas las comisiones artísticas debían seguir para inventariar los monumentos históricos de Francia.40
El alegato de Millín y la actuación posterior de la Asamblea Legislativa reflejan el cambio en la percepción del concepto de patrimonio durante la Revolución francesa. Al mismo tiempo que se revalorizaba históricamente el patrimonio, los bienes enajenados al clero y a la realeza pasaron a concebirse como una riqueza económica transferida a la nación. Ello conllevó un proceso de patrimonialización monumental en el que se equipararon toda clase de antigüedades: desde las estructuras grecorromanas hasta las arquitecturas modernas. El valor nacional fue lo que las igualó. Una herencia catalogada e inventariada sobre la que se construyó un sistema de valores jerarquizado con el que se decidía el destino de la heterogénea herencia recibida. Según las investigaciones de Françoise Choay, el valor nacional se encuentra en la cumbre de esta jerarquía, al que le sigue el valor cognitivo, el económico y el artístico. Con el primero, el patrimonio construye diversas narrativas –políticas, sociales, artísticas– con las que educar a la ciudadanía, incide en la memoria colectiva al ser considerado como un testimonio del pasado. El valor económico se relaciona con la historia del turismo, convertido en un sistema de financiación de los Estados desde el siglo XX. Por último, su riqueza artística aparece al final de la jerarquía por la volubilidad de la noción estética.41
La inconstancia del valor artístico es compartida por Aloïs Riegl, cuyo sistema de valores es algo diferente al de Choay. Para Riegl, todo monumento era histórico-artístico porque aglutinaba unas cualidades existentes en el pasado que no existen en el presente, al mismo tiempo que representa un momento de la evolución de las artes. Pero a esa naturaleza le añadía una riqueza puramente artística vinculada al concepto estético de la modernidad.42 Dividía los monumentos en no intencionados e intencionados. En el primer caso, su creación pretendía satisfacer necesidades de las sociedades coetáneas, sin la intención de ser un testimonio de vida para generaciones venideras. Su atribución como monumento vino dado por las sociedades modernas, no por aquellas que lo crearon. En el segundo caso, son construcciones cuya finalidad desde su creación era evocar a la memoria un acontecimiento, evento o figura.43 Aloïs Riegl divide las valoraciones sobre los monumentos –pues no llega a utilizar el término de patrimonio– en dos grandes áreas: rememorativa y de contemporaneidad que marcan las diversas vías hacia la conservación y protección de los monumentos.
Ambos sistemas de jerarquización inciden en las diversas construcciones conceptuales del monumento histórico. Estas jerarquías valorativas son utilizadas en este estudio para analizar la conceptualización del patrimonio nacional español y así comprender el trasfondo del debate conceptual entre diversos sectores sociales: funcionarios, académicos, miembros del Gobierno, etc.
A diferencia del caso británico, en el que sociedades privadas y anticuarios se hicieron cargo de los primeros actos de preservación y conservación patrimonial y se encargaron de la apertura de las primeras galerías públicas, en el caso francés la responsabilidad recayó en los agentes e instituciones estatales. La estructura de protección patrimonial adoptó un sistema centralizado –con su núcleo en París– a cargo principalmente del Ministerio del Interior.44 El caso español contó con una mezcla de ambos sistemas. Por un lado, algunas instituciones semiprivadas participaron en las labores de protección y conservación de los bienes nacionalizados, principalmente a raíz de la desamortización de José Álvarez de Mendizábal de 1835. Por otro, desde el Gobierno se establecieron las normas para la catalogación, recopilación y gestión del patrimonio de la nación.
El proyecto desamortizador del trienio constitucional vino dado por la necesidad de cambio en el modelo de producción del Estado liberal. Los privilegios de la nobleza y la Iglesia impedían el acceso de la sociedad de un alto porcentaje de las fuentes de riqueza y poder, un sistema incompatible con los ideales del liberalismo. Como solución, las élites políticas liberales decidieron liberalizar esas fuentes de riqueza para ponerlas a disposición de la nación.45 En la práctica, significó la enajenación de las propiedades de la extinguida Inquisición española y de otras comunidades eclesiásticas.46
Entre los bienes desamortizados había fincas, conventos, monasterios y diversos bienes inmuebles decorados con numerosos objetos artísticos que pasaron a ser de propiedad nacional. ¿Qué hacer con todos esos enseres, ahora bajo la responsabilidad de los representantes de la nación? Durante las Cortes de 1822, una de las soluciones presentadas fue la adjudicación de un presupuesto que permitiera el traslado de las piezas artísticas a Madrid. José María Moscoso de Altamira, ministro de la Gobernación, planteaba la concentración de estos objetos en la capital del Estado con objeto de proyectar una colección museística. Una opción injusta para algunos diputados, como Manuel Gómez, al entender que con ese proyecto el pueblo madrileño sería el único beneficiario de la inauguración de dicho establecimiento.47
El plan del denominado Museo de Madrid trataba de otras cuestiones además de la puramente artística. El secretario de la Gobernación lo etiquetaba de «objeto de atención de los hombres ilustrados de Europa» y delimitaba las piezas que formarían parte de su colección. La institución museística albergaría los «objetos que son de primer orden», mientras que las copias de pintura y las esculturas consideradas «de segundo orden» quedarían depositadas en las capitales de provincia bajo el control de las diputaciones provinciales.48 En el trasfondo se retrataba un modelo de Estado: una organización institucional con un poder centralizado en la capital. Traducido al campo de las bellas artes, el núcleo central sería un Museo nacional, como lo denominaba el diputado Joaquín Ferrer.49 El proyecto del ministro Moscoso de Altamira mantenía la línea de actuación de las políticas francesas, nada extraño si se tiene en cuenta la colaboración de intelectuales afrancesados en el seno del Gobierno desde los últimos años del Trienio Liberal y a lo largo de la Década Ominosa. Figuras, como Javier de Burgos, que proyectaron un modelo de Estado influenciado por el modelo francés. La Administración se convirtió en la pieza central del modelo estatal; el poder se centralizaba y de ese punto neurálgico se ramificaba por todo el territorio nacional.50 En esta estructura, el campo de las bellas artes se incorporaba al engranaje del Estado con un museo adherido a la Instrucción Pública, desde donde saldría el presupuesto destinado al mantenimiento del establecimiento.51 Por otro lado, la formación de una colección nacional encarnaba la separación entre el Real Patrimonio y los bienes de la nación. En 1822, Madrid contaba con el Real Museo del Prado. El conjunto de piezas, exhibido en el Palacio de Villanueva, ocupaba poco espacio y perfectamente podría albergar los bienes artísticos desamortizados. No obstante, en ningún momento los diputados plantearon esta propuesta; su plan era construir una muestra artística totalmente independiente de las piezas reales.
A pesar de los intentos, el Museo de Madrid –o Nacional– no germinó. Las discrepancias entre los diputados incapacitaron la puesta en marcha del proyecto. Sin embargo, la construcción de este establecimiento no quedó en el olvido. Durante la regencia de María Cristina se reabrió el diálogo en torno a los bienes desamortizados y su uso público. Fue en este periodo cuando el debate sobre el patrimonio nacional se asimiló al efectuado en Francia durante los años de la Revolución francesa. ¿En qué consistía el bien nacional? ¿Cuál era la responsabilidad del Estado sobre su conservación? Unas cuestiones en las que el valor artístico, público e histórico de estos bienes se entrecruzaron en su conceptualización.
LOS VALORES DEL PATRIMONIO NACIONAL ESPAÑOL
Con el inicio del reinado de Isabel II, la clase política liberal asentada en el Gobierno desamortizó un nuevo porcentaje de los bienes eclesiásticos con el objeto de explotar su riqueza y mejorar la economía del Estado. Por un lado, la secularización del patrimonio de la Iglesia solucionaba parte de la crisis económica nacional y, por otro, daba respuesta a las posiciones antieclesiásticas de los grupos progresistas.52 En 1834, se configuró la Real Junta Eclesiástica con la finalidad de reformar el clero. De sus informes se concluía la reducción de número de conventos y de monacales a porcentajes adecuados a las necesidades de la sociedad.53 La combinación de esta situación con el agravio de la guerra carlista y la parálisis de la economía nacional propiciaron un nuevo plan desamortizador ideado por Juan Álvarez de Mendizábal, a cargo de la cartera de Hacienda. Ordenó la supresión de los conventos y nacionalizó su patrimonio, desde entonces dependiente del presupuesto del Estado.54 Parte de los bienes liberados se pusieron en venta, con la excepción de las piezas artísticas o de finalidad educativa. Los archivos, las bibliotecas, las pinturas y cualquier objeto útil para los institutos de las ciencias y de las artes pasaban a la responsabilidad de los gobernadores civiles de cada provincia, quienes deberían formar una comisión encargada de examinar, inventariar y recoger todos estos objetos con la intención de conservarlos.55
La incautación de los bienes estuvo caracterizada por el desorden y la descoordinación entre los tres ministerios implicados en las labores desamortizadoras: Gracia y Justicia, Hacienda y Gobernación. El primero se había encargado de la parte legislativa de la supresión de los conventos. Hacienda controlaba los bienes destinados a la amortización de la deuda nacional y Gobernación se responsabilizaba de los objetos culturales y artísticos.56
El devenir de los bienes nacionalizados españoles caminaba por el mismo recorrido del patrimonio enajenado en Francia durante la Revolución de 1789. La nacionalización de las riquezas eclesiásticas y de la monarquía se formuló en el país galo mediante la metáfora de la herencia quedando la nación bajo la responsabilidad del conjunto patrimonial. Lo mismo sucedió en España, el inventariado de los edificios desamortizados y la recopilación de los objetos artísticos se realizó porque los representantes de la nación eran los encargados del destino de esos bienes. Pero qué hacer con este patrimonio nacional era una cuestión más complicada de responder. En el caso francés se solucionó a partir de dos escenarios: un conjunto de bienes se vendió con la finalidad de mejorar la economía del Estado y los otros, se consagraron para la formación de colecciones nacionales con las que instruir al pueblo. La diferencia con España fueron las discrepancias sobre qué patrimonio debía mantenerse para el servicio público, es decir, las diversas concepciones existentes sobre la idea de patrimonio nacional. Entre los bienes desamortizados había lienzos, esculturas, retablos; pero también había iglesias, conventos y monasterios. ¿Cómo tratar la diversidad de estos bienes? ¿Cómo evaluar su riqueza? ¿En función de su valor económico, artístico o histórico?
En España, el valor cognitivo –con el que los monumentos franceses eran considerados vestigios del pasado con el que construir la historia nacional57 – se impregnó de un carácter ideológico que marcó la concepción de patrimonio nacional y la utilidad de dichos bienes. La narrativa histórica que construían los inmuebles –conventos, iglesias, monasterios– fue rechazada por una parte del segmento político. Su valor cognitivo configuró un discurso político que enfatizó su riqueza económica sobre cualquier otra. Es decir, la desaparición de las estructuras eclesiásticas aportaba mayores beneficios al Estado que su conservación. Sin embargo, en el caso de los bienes muebles la situación cambió. Los dirigentes políticos tuvieron una mayor consideración sobre la riqueza pedagógica de los objetos culturales incautados a la Iglesia, entendiendo su puesta a disposición del pueblo como un ejercicio de educación cívica.
Diversos destinos para un patrimonio colectivo
Los primeros efectos del plan desamortizador se hicieron notar en las ciudades, especialmente en Madrid. El proyecto de Mendizábal cambió el paisaje madrileño: si a inicios del siglo XIX el 47 % de las fincas urbanas estaba en poder del clero y la nobleza, la cifra descendió al 18 % en 1837 y al 14 % en 1846.58 Ramón de Mesonero Romanos enumeraba los cambios en su Manual de Madrid: la construcción de nuevos paseos, la restauración de la Plaza Mayor, la creación del Conservatorio de Artes y de la Bolsa de Comercio formaban parte de las mejoras urbanas con las que se había modernizado la capital dotándola de un «aspecto encantador».59
En enero de 1836, Juan Álvarez de Mendizábal anunciaba el destino de los edificios desamortizados. Unos serían destruidos y otros reformados en función de los intereses del Estado.60 Si para algunos sectores sociales las reformas simbolizaban el camino hacia el progreso, para otros eran actos vandálicos. La capital se convirtió en un escenario de lucha simbólica por el poder espacial: las cúpulas y capiteles que decoraban el horizonte madrileño durante el siglo XVIII –como se percibe en los lienzos Madrid Villa Capital del Reyno D’Espana y Real Corte de los Reyes Católicos, vista del puente de Segovia, o las panorámicas de Antonio Joli Vista de la Calle de Alcalá de Madrid y Vista de la Calle Atocha de Madrid– se redujeron consideradamente con la actividad desamortizadora, cuyos resultados generaron el enfrentamiento entre bandos con ideas políticas y artísticas muy distintas.
Como anunció Mendizábal, parte de los edificios enajenados fueron destruidos. Por un lado, su valor residía en la venta del solar donde se ubicaban; y por otro, en el uso de las piezas restantes para realizar las remodelaciones urbanas.61 Los políticos progresistas, y sus seguidores, premiaban la desaparición de la arquitectura eclesiástica. Bajo su punto de vista, los edificios religiosos eran un resquicio de tiempos pasados y con su derribo se crearían puestos de trabajo beneficiosos para la ciudadanía.62 En oposición, dirigentes conservadores y académicos de la RABASF –como Pedro de Madrazo, hijo de José de Madrazo– interpretaban tales demoliciones como un sacrificio «a las ideas mercantiles y la bastarda deidad de lo positivo».63
El debate social llegó a las Cortes a finales de 1836. Los académicos de Bellas Artes de San Fernando enviaron una exposición a los diputados en la que criticaban la destrucción del convento madrileño de las Baronesas. Para ellos, el mejor servicio que estos edificios podían dar al Estado era con su conservación, manteniendo con ello la gloria de la nación y del Gobierno.64 Salustiano Olózaga criticaba la postura de la Academia e insinuaba un interés oculto de sus miembros por mantener en pie las arquitecturas de la Iglesia.65 El diputado Ferrer confirmaba las acusaciones del político progresista; en la sesión a Cortes aseguraba que los académicos se valieron de toda clase de medios para evitar el derribo de los conventos, clasificando como monumentos «las obras más ridículas».66
El enfrentamiento mantenido entre los diputados continuó en las páginas periodísticas. Desde el Eco del Comercio, las medidas del Gobierno se analizaban con una mirada puesta en Europa: «No hay en Londres ni en París tantas cúpulas y capiteles como en nuestra corte». Desde la publicación progresista se proponía la construcción de nuevos edificios que reflejasen los avances de la modernidad y se dejase de exaltar las cualidades de los antiguos monumentos.67 Estas palabras fueron respondidas desde El Español, de tendencia moderada. La cabecera periodística solicitaba al Gobierno un cambio de actitud. Aunque aprobaba la eliminación de «los abusos y rancias costumbres, estorbos para una nación y estorbos para nuestros artistas», esta actuación debía realizarse «sin atacar las bases de nuestras actuales constituciones». Con ello, el articulista atacaba el argumento difundido por las instituciones gubernamentales, las cuales atribuían la destrucción de los edificios desamortizados a un acto fruto del progreso, la libertad y la juventud, características propias la sociedad del momento.68
Los cruces de opinión entre ambos grupos configuraron distintos conceptos de patrimonio nacional y del papel del Gobierno en su conservación. Al igual que durante la Revolución francesa, la secularización en España dio lugar a acciones de destrucción patrimonial permitidas e incentivadas gubernamentalmente. Unos actos enmarcados en el vandalismo legal legitimado desde la normativa estatal y diferenciado del vandalismo ideológico.69 La demolición de monumentos para vender el terreno que ocupaban ejemplificaba esta tipología de vandalismo normalizado. Los derribos de los inmuebles religiosos durante la desamortización entrarían en esta definición, al llevarse a cabo por causas económicas. Sin embargo, en su contexto, las demoliciones se rodearon de un discurso ideológico. Con estos derribos se atacaba duramente a la Iglesia, se la desposeía de su poder económico y de su presencia territorial, concretamente en la capital del Estado. No se trataba de un acto impulsivo como la destrucción de las estatuas reales en Francia, pero tampoco carecía de un factor ideológico.
¿Qué ocurría con la riqueza histórica que había marcado la patrimonialización de monumentos en Francia? El valor cognitivo era polisémico en el caso de España. Para los académicos de San Fernando y los seguidores de políticas moderadas representaba la riqueza nacional. Sin embargo, en el ámbito progresista simbolizaban la barbarie y se alzaban como «baluartes de la intolerancia, del fanatismo y de la tiranía»;70 por ello, debían desaparecer o ser transformados en monumentos dignos de la nación. El uso de los escombros para la construcción de edificios, plazas y avenidas se convertía en una transformación simbólica en la que los viejos símbolos se adaptaban a las necesidades del Estado liberal.71 Un argumentario similar al emitido por parte de la Administración estatal francesa cuando se destruyeron algunos bienes monárquicos y eclesiásticos «elevados por el despotismo en los tiempos de la esclavitud y que ciertamente no deben existir bajo el imperio de la libertad y la igualdad», según se anotaba en un informe policial del periodo revolucionario de 1789.72
El destino de los bienes inmuebles quedó a cargo de la Junta de Enajenación de Edificios Desamortizados. Los orígenes de esta institución se encuentran en una comisión creada en enero de 1836 formada por: el gobernador civil de Madrid, el corregidor de la Corte y tres individuos nombrados por la reina gobernadora en representación de los acreedores del Estado.73 Su finalidad era dar aplicación y destino útil a los edificios desamortizados por los R. D. del 25 de julio y 11 de octubre del año anterior. Considerando su capacidad y situación, la Junta debía decidir si lo mejor para el Estado era la demolición de los edificios –para usar sus materiales en el ensanche de calles o en la construcción urbana–, o bien mantenerlos en pie y adecuarlos para albergar cuarteles, hospitales o cárceles.
La composición de la Junta quedó establecida en febrero de 1836 bajo la dirección de Salustiano de Olózaga, gobernador civil de Madrid, Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos y corregidor de la Corte, y Joaquín María Ferrer, Ramón Llano y Chavarri y Juan Luciano Bales como representantes de los acreedores del Estado.74 No existían unos criterios establecidos sobre los que apreciar si un bien inmueble debía ser derribado o no. La Junta de Madrid debatía individualmente sobre cada edificio nacionalizado. La única aproximación a los posibles criterios que se pudieron manejar se desliga de los debates entre los propios miembros:
Se procedió á una discusión muy detenida sobre el uso que podría hacerse de cada uno de los edificios teniendo presente sus localidades, espacios, fábricas y demás circunstancias, así como también las necesidades y conveniencias de la población que en muchos puntos se encuentra sin plazas ni calles de travesía, tan necesarias en todo pueblo grande para el desahogo, esparcimiento y comodidad de sus habitantes, como para la debida ventilación que exige la salud pública.75
La localización espacial y la repercusión en los servicios urbanos marcaban los debates sobre el futuro de los edificios enajenados. Sobre la base de estos argumentos se decidió el derribo de ocho conventos durante su segundo día de reunión: San Felipe el Real, la Victoria, la Trinidad, la Merced, los Basilios, los Capuchinos de la Paciencia, los Capuchinos del Prado y Jesús, casi todos ubicados cerca de la Plaza Mayor y de la Puerta del Sol.76 Antes de finalizar la sesión, la Junta analizó el estado de San Felipe el Real. El convento iba a ser derribado. Sin embargo, varias corporaciones públicas solicitaban la autorización de alojarse en su interior. Finalmente, se decidió ceder el edificio a la Junta de Comercio. Una vez ubicada la institución, el espacio libre se utilizaría para tiendas o habitaciones «que concilien el ornato y comodidad pública con los buenos rendimientos que deben producir en un sitio tan preferente [ya que se encontraba en la Calle Mayor, muy cercano a la Puerta del Sol]».77
El valor histórico-artístico de los edificios religiosos no era objeto de consideración en los debates de la Junta. Carecían de apreciación histórica porque no mantenían ni la narrativa ni el canon estético que deseaba implantarse por parte del Gobierno para una capital moderna. Si en algún momento se tenía presente, se vinculaba a un poder pasado opuesto a las ideas de los liberales progresistas. De ahí que para aquellas edificaciones eclesiásticas destinadas a un fin público se pidiera la modificación de las fachadas y la eliminación de todo ornato religioso.78
Las posiciones frente a los derribos de los edificios eclesiásticos extrapolaban el debate sobre la modernidad impulsado en Europa desde la segunda mitad del siglo XVIII. El conflicto se nutrió de una multiplicidad de representaciones sobre sujetos individuales y colectivos con los que se intentaba configurar la sociedad posrevolucionaria.79
Por un lado, la posición de los grupos progresistas era la de una modernidad en la que se impone una nueva cultura opuesta a periodos históricos anteriores y en la idea de progreso contraria a lo reaccionario.80 La modernidad constituía el rechazo al pasado y su pérdida se asumía con esperanza ante la vista puesta en un nuevo futuro.81 En contraposición, la postura de los miembros de la RABASF se vincula a la reacción contra esa modernidad implantada por las revoluciones burguesas con la que se proyectaba una nueva realidad sociocultural. Se trataba de una resistencia ante una modernidad llevada al límite transformando el siglo «del progreso» en el «materialista».82 Los argumentos de los académicos se asimilaban a una experiencia de desasosiego e inquietud ante los valores del presente. Siguen la estela de autores alemanes y británicos, quienes desencantados por su realidad se refugiaron en un periodo premoderno desde el que ensalzaban la historia, las costumbres y las tradiciones del pasado.83 Eran los representantes del romanticismo moderado vinculado a un nacionalismo conservador en el que la tradición católica y la monárquica configuraban la esencia de la identidad nacional.84 Básicamente, se trataba del choque entre posturas de una élite social dividida ante la construcción de una identidad y una cultura nacional. Un desacuerdo que brotaba en diversos debates: el papel de la Corona y la Iglesia, la relevancia o no de los reinos de España, la naturaleza centralizadora o no del país, entre otras cuestiones.85
En cuanto a los bienes muebles, estos se dividieron en dos grupos: los destinados a su venta y los conservables. En el segundo bloque se encontraban los objetos de carácter cultural y artístico recopilados por las comisiones enviadas por el Ministerio de la Gobernación desde julio de 1835. A diferencia de los bienes inmuebles, su valor histórico y artístico fue menos cuestionado, convirtiéndose en un bien necesario de conservación por parte de la Administración del Estado.
Desde las primeras actuaciones desamortizadoras se intentó que la recopilación de estos enseres estuviese a cargo de expertos. Las comisiones creadas para tal fin debían formarse por «tres ó cinco individuos inteligentes y activos». Para el nombramiento de los comisionados debía consultarse a los miembros de las academias de bellas artes, a los encargados de los archivos públicos o a los participantes de sociedades económicas.86 Sin embargo, en la práctica, la especialización de los primeros miembros de estas comisiones fue prácticamente nula hasta que algunos gobernadores solicitaron la ayuda de miembros de la rabasf.87
Al desconocimiento en materia artística y científica se unió la diferenciación salarial entre los trabajadores de Hacienda y de Gobernación. Los primeros estaban incluidos en la nómina del Estado, mientras que los segundos no eran considerados funcionarios y no estaban asalariados.88 Según la legislación aprobada era difícil fijar una cantidad que indemnizase a los comisariados de Gobernación, por lo que se les pedía la remisión de un presupuesto aproximado que sería estudiado por el Ministerio.89 Esto produjo la venta ilegal de muchas piezas artísticas; ante tal situación, los miembros de la RABASF decidieron actuar proponiendo a la reina gobernadora dejar bajo el control de los académicos la recopilación de los bienes de arte desamortizados.90
Desde enero de 1836, la Academia había pedido al Gobierno una autorización para enviar comisionados de su seno a recoger los objetos de arte. La petición fue aceptada dando paso a la configuración de varias comisiones que recorrieron Toledo, Ávila y Sevilla a partir de febrero.91 No obstante, los académicos eran incapaces de llegar a toda la nación en pocos días. En consecuencia, a través de un nuevo escrito dirigido a la reina María Cristina, los miembros de San Fernando solicitaron la paralización de todo inventario e incautación de piezas de arte si no estaba presente ningún individuo de la Academia. Además, todo inventario, redactado por los gobernadores civiles, debía contener: el autor, el asunto y la época de los objetos recopilados. Para terminar, los académicos demandaban a la regente la aprobación de normativas para controlar el comercio de obras artísticas y eliminar la venta ilegal de estas. Esta última petición fue contestada desde la cartera de Gobernación en septiembre de 1836. El Ministerio publicó una circular a nivel nacional desde la que se exigía a las autoridades estatales la máxima cautela para evitar el comercio ilegítimo de piezas de arte,92 como habían denunciado los académicos de San Fernando en varias ocasiones. Entre los principales escándalos se enumeraban la venta de 300 cuadros, que el barón Taylor recogería en Valencia, y la entrega de varias piezas al embajador de Francia, un acto del que se acusaba directamente al Gobierno.93 Desde la RABASF, los artistas –como los pintores Valentín Carderera o José de Madrazo– lanzaron duras acusaciones contra la actuación gubernamental en la publicación artística más popular del momento: El Artista. Carderera denunciaba la poca vigilancia y la falta de honradez de los empleados encargados de la recopilación de los objetos artísticos.94 Al mismo tiempo, las carencias en materia artística de los gobernadores civiles y sus comisariados produjeron con frecuencia una mala catalogación de las obras recopiladas, como denunció El Español:
En las listas que han emitido los gobernadores civiles de los cuadros recogidos de los conventos, caracterizan las pinturas de este modo:
Tal cuadro: fino
Tal otro: ordinario
Tal otro: bastante ordinario, &c. &c.
Nos duele que se manifieste por objetos de arte, siempre interesantes, una indiferencia en cierto modo culpable y nueva como lo indican esas clasificaciones, desconocidas hasta ahora, cuando se califica una pintura.95
El problema se agravó al no tener un reglamento donde se enumerasen las características de los bienes histórico-artísticos, como en el caso francés. Esta ausencia en la normativa provocó enfrentamientos entre los académicos con el personal funcionario de las comisiones de recopilación. La falta de acuerdo entre los comisionados se manifestaba en la recolección de las piezas con dorados y mármoles. Para los expertos en materia artística eran piezas que debían preservarse para el estudio de las bellas artes, mientras que para los funcionarios de la amortización se trataba de objetos con un importante valor económico que debían venderse para favorecer a las arcas del Estado.96
A pesar de las dificultades, los miembros de la RABASF consiguieron inventariar un gran número de obras por todo el territorio español. En febrero de 1836, una junta interna de la Academia de San Fernando acordaba reunir los bienes artísticos con el objeto de formar un Museo Nacional y otros provinciales.97 Una actuación aprobada por el Ministerio de la Gobernación que desde entonces mandó a la Junta de Enajenación de Edificios Desamortizados la búsqueda de una sede para exhibir públicamente las piezas artísticas albergadas en los edificios desamortizados.
Tanto en Francia como en España, la conceptualización del patrimonio nacional se asienta en la idea moderna de la nación como sujeto colectivo. Las riquezas artísticas y monumentales recopiladas durante periodos anteriores pasaron a la potestad de una colectividad regida en términos políticos. No se trataba solamente de un concepto vinculado a una identidad cultural o territorial, la nación pasaba a ser un agente activo de la vida política.
Concretamente en el caso español, el término patrimonio nacional extrapoló los debates sobre el modelo de Estado en construcción. Por un lado, las cuestiones suscitadas en torno al Real Patrimonio, su separación en los bienes de la Corona y los privados de la figura real, representaban los conflictos políticos sobre la posición de la monarquía en el sistema liberal. El paso de parte de los bienes reales a una naturaleza nacional adquiría una simbolización política con la que se medía el grado de poder tanto de la Corona como de la soberanía nacional. La división entre ambos patrimonios representó la puesta en práctica de ideologías políticas que marcaron el debate político de la primera mitad de siglo. La etiqueta «nacional» atribuida a los bienes vinculados a la familia real, como el Real Museo del Prado, abordaba problemáticas más allá de la esfera cultural: el poder de la Casa Real en un Estado constitucional y la diferenciación entre lo público y lo privado.
Por otro lado, la organización de la recopilación de los bienes artísticos nacionalizados representó la aceptación del modelo de Estado administrativo con una clara influencia francesa. Se naturalizó la jerarquización política de los territorios, un planteamiento empleado en la estructuración del Estado y utilizado para desarrollar políticas culturales como la formación de una colección artística nacional, dividida entre central y provincial, a partir de la separación entre objetos de primer y segundo nivel. De la misma forma, la característica centralizadora del modelo administrativo, con un poderoso núcleo del que parten ramificaciones al resto del territorio, se observa en la organización del proceso desamortizador durante la regencia de María Cristina. Se redactaron normativas desde el Gobierno central para aplicarlas en todas las provincias y controlar así el destino de los bienes incautados. También, el caos en la coordinación entre los ministerios y los problemas con la venta ilegal de piezas artísticas reflejaron la debilidad de esta estructura estatal durante las primeras décadas del siglo XIX.
Finalmente, de las posiciones ante los derribos de los edificios eclesiásticos se desliga el debate sobre la modernidad tan instaurado en ese momento entre la sociedad decimonónica. Una característica del periodo romántico en constante enfrentamiento. Para unos venía unida a un progreso social, político, cultural, etc., en oposición a periodos anteriores a los que se les atribuían valores antiguos. Esta era la posición de figuras progresistas, políticos como Salustiano de Olózaga, que otorgaban a los edificios eclesiásticos un código simbólico alejado de concepto de modernidad. Por otro lado, estaba la posición de los miembros de la RABASF y de políticos moderados, cuyo concepto de modernidad atendía al mantenimiento de una tradición católica, una oposición moderna a la modernidad, como indicaría el investigador José Escobar y en la que entraba en juego la identidad nacional.98
1. Este tesoro se compone de una parte de la herencia de Luis de Francia, el gran delfín, heredadas por Felipe V. Concretamente se formaba de varios vasos, ornamentados y de gran valor, depositados en 1776 en el Real Gabinete de Ciencias Naturales por orden de Carlos III. Las piezas fueron expuestas en la denominada sala especial De las Alhajas y, con el paso de los años, el propio director de la institución, Pedro Franco Dávila, amplió la colección con la adquisición de otros ejemplares puestos a la venta en el mercado artístico. Así lo explica Letizia Arbeteta: El tesoro del Delfín: alhajas de Felipe V recibidas por herencia de su padre Luis, gran Delfín de Francia, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2001.
2. El Eco del Comercio, 3 de febrero de 1839.
3. José de Madrazo: Epistolario, Santander, Fundación Marcelino Botín, 1998, p. 319.
4. Fernando Cos-Gayón: Historia jurídica del Patrimonio Real, Madrid, Imp. Enrique de la Riva, 1881.
5. Carmen García Monerris y Encarna García Monerris: Las cosas del Rey: historia política de una desavenencia (1808-1874), Madrid, Akal, 2015: Ángel Menéndez Rexach: «La separación entre la Casa del Rey y la Administración del Estado (1814-1820)», Revista de estudios políticos 55, 1987, pp. 55-122.
6. Colección de los decretos y órdenes que han expedido las Cortes Ordinarias desde 25 de septiembre de 1813, día de su instalación, hasta 11 de mayo de 1814 en que fueron disueltas. Tomo V, Madrid, Imp. Nacional, 1822, p. 148.
7. Encarna García Monerris y Carmen García Monerris: «Monarquía y patrimonio en tiempos de revolución en España», Diacronie. Studi di Storia Contemporanea 16, 2013, pp. 1-20 (esp. pp. 2-3).
8. R. D. de 3 de abril de 1820, publicado en la Gaceta de Madrid, 4 de abril de 1820.
9. C. García Monerris et al.: Las cosas del Rey…, p. 52.
10. R. D. de 28 de abril de 1820, publicado en la Gaceta de Madrid, 9 de mayo de 1820.
11. E. García Monerris et al.: «Monarquía y patrimonio…», p. 4.
12. Diario de las sesiones de Cortes. Congreso de los Diputados. Presidencia del señor Isturiz. Sesión del sábado 2 de febrero de 1839, 72, 1839, pp. 1487-1506 (esp. p. 1505).
13. Álvaro Molina: Mujeres y hombres en la España ilustrada: identidad, género y visualidad, Madrid, Cátedra, 2013, pp. 19-20.
14. C. García Monerris et al.: Las cosas del Rey…, p. 126.
15. Ibíd., p. 127.
16. Alfredo Gallego Anabitarte: «Los cuadros del Museo del Prado. Reflexiones histórico y dogmático-jurídicas con ocasión del artículo 132 (y 133.1) de la Constitución española de 1978», en VV. AA: Administración y Constitución: estudios en homenaje al profesor Mesa Moles, Madrid, Servicio Central de Publicaciones de la Presidencia del Gobierno, 1982, pp. 227-310.
17. P. Géal: La naissance des musées d’art en Espagne…, p.143.
18. Gaspar Ariño Ortiz: «Sobre el concepto y significado de la expresión “establecimiento público”», Documentación Administrativa 155, 1973, pp. 9-29.
19. P. Géal: La naissance des musées d’art en Espagne…, p. 147.
20. Luis de Eusebi: Catálogo de los cuadros que existen colocados en el Real Museo de Pinturas del Prado, Madrid, Oficina de Don Francisco Martínez Dávila, 1824.
21. Tomás Pérez Vejo: La España imaginada: historia de la invención de una nación, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015, p. 221.
22. Eugenia Afinogénova: El Prado: la cultura y el ocio (1819-1939), Madrid, Cátedra, 2019, pp. 85-92.
23. El Eco del Comercio, 9 de mayo de 1847.
24. El Clamor Público, 27 de agosto de 1847.
25. J. de Madrazo: Epistolario…, p. 319
26. El Clamor Público, 27 de agosto de 1847.
27. C. García Monerris et al.: Las cosas del Rey…, p. 186.
28. Gonzalo Anes: Las colecciones reales y la fundación del Museo del Prado, Madrid, Amigos del Museo del Prado, 1996, pp. 97-115.
29. R. D. de 12 de mayo de 1865, publicado en la Gaceta de Madrid, 18 de mayo de 1865.
30. Antonio García-Monsalve: Historia jurídica del Museo del Prado, tesis doctoral dirigida por Gustavo A. Villapalos Salas, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2002, p. 113.
31. Étienne La Font de Saint-Yenne: Reflexions sur quelques causes de l’état présent de la peinture en France. Avec un examen des principaux Ouvrages exposés au Louvre le mois d’Août 1746, La Haya, Imp. Jean Neaulme, 1747.
32. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 65-70.
33. J. P. Babelon et al.: «La notion de patrimoine…, p. 18; André Chastel: «La notion de patrimoine», en P. Nora: Les lieux de mémoire…, pp. 406-450 (esp. pp. 443); F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 98-102.
34. F. Van Geert et al.: «De los usos políticos del patrimonio…», p. 15.
35. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 93.
36. Aubin-Louis Millin: Antiquités nationales, ou Recueil de monumens pour servir à l’histoire générale et particulière de l’Empire françois, tels que tombeaux, inscription, statues, vitraux, fresques, etc., tirés des abbayes, monastères, châteaux et autres lieux devenus domaines nationaux, París, Imp. M. Drouhin, 1790-1798, p.2.
37. A. Chastel: «La notion de patrimoine…», pp. 424-425.
38. Anthony Vidler: El espacio de la ilustración: la teoría arquitectónica en Francia a finales del siglo XVIII, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pp. 189-205.
39. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 106-107.
40. Félix Vicq-D’azyr y Thomas Lindet: Instruction sur la manière d’inventorier et de conserver, dans toute l’étendue de la République, tous les objets qui peuvent servir aux arts, aux sciences et à l’enseignement, proposée par la Commission temporaire des arts, et adoptée par le Comité d’instruction publique de la Convention nationale, París, Imp. Nationale, 1793.
41. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 87-102.
42. Aloïs Riegl: El culto moderno a los monumentos, Madrid, La Balsa de Medusa, 1987, pp. 23-43.
43. Ibíd., pp. 28-29.
44. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, pp. 100-101.
45. Josefina Bello: Frailes, intendentes y políticos: los bienes nacionales, 1835-1850, Madrid, Taurus, 1997, pp. 17-19.
46. «Lista de las fincas que poseía la extinguida Inquisición, según los testimonios de inventarios que de cada tribunal ha recibido, y los que la pasó el ministerio de Hacienda en 5 del presente mes», Gaceta de Madrid, 17 de agosto de 1820; «Continúa la lista de las fincas de la extinguida Inquisición», Gaceta de Madrid, 18 de agosto de 1820; «Concluye la lista de las fincas de la extinguida Inquisición», Gaceta de Madrid, 20 de agosto de 1820.
47. «Diario de las sesiones de Cortes. Presidencia del señor Alava. Sesión extraordinaria de la noche del 3 mayo de 1822», 78 (1822), p. 1155.
48. Ibíd., p. 1156.
49. Ibíd., p. 1156.
50. Juan Pro: «El modelo francés en la constricción del Estado español: el momento moderado», Revista de estudios políticos 175, 2017, pp. 299-329 (esp. pp. 305-308).
51. «Diario de las sesiones de cortes. Presidencia del señor Alava. Sesión extraordinaria de la noche del 1º de mayo de 1822», 74, 1822, pp. 1101-1102.
52. J. Bello: Frailes, intendentes y políticos…, p. 18.
53. Ibíd., pp. 40-41.
54. José María Ortíz de Orruño: «Desamortización», en J. Fernández Sebastían et al. (dirs.): Diccionario político y social del siglo XIX español…, pp. 235-240; Germán Rueda: «El proceso de la desamortización de bienes de origen eclesiástico (1769-1964) en España. Cuantificación y consecuencias socioeconómicas», en B. Bodinier (coord.): De la Iglesia al Estado: las desamortizaciones de bienes eclesiásticos en Francia, España y América Latina, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009, pp. 177-204 (esp. pp. 186-193).
55. R. O. de 25 de julio de 1835, publicada en la Gaceta de Madrid, 29 de julio de 1835; R. O. comunicada por el Ministerio del Interior a los Jefes Políticos de provincia (29 de julio de 1835), ARABASF, Fondo Comisión Central de Monumentos Históricos Artísticos: Secretaría, leg. 2-55-2-8.
56. J. Bello: Frailes, intendentes y políticos…, pp. 80-81.
57. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, p. 99.
58. Rafael Mas Hernández: «La propiedad urbana en Madrid en la primera mitad del siglo XIX», en Luis Enrique Otero Carvajal y A. Bahamonde (coords.): Madrid en la sociedad del siglo XIX, Madrid, Comunidad de Madrid, 2 vols., 1986, pp. 23-88 (esp. p. 41).
59. Ramón de Mesonero Romanos: Manual de Madrid: descripción de la Corte y de la Villa, Madrid, Imp. M. de Burgos, 1831, p. 25.
60. R. O. de 19 de febrero de 1836, publicada en la Gaceta de Madrid, 21 de febrero de 1836.
61. J. Bello: Frailes, intendentes y políticos…, pp. 248-249.
62. El Eco del Comercio, 1 de enero de 1838.
63. Pedro de Madrazo: «Demolición de Conventos», El Artista 2, 1836, pp. 97-100 (esp. p. 97).
64. Exposición a las Cortes enviada por la Academia de Bellas Artes de San Fernando (6 de noviembre de 1836), ARABASF, Fondo General: Comisiones (Accidentales), leg. 7-128-1-314.
65. «Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes. Presidencia del Sr. Gómez Becerra. Sesión del miércoles 9 de noviembre de 1836», 22 (1836), pp. 177-192 (esp. p. 178).
66. Ibíd., p. 178.
67. Eco del Comercio, 2 de marzo de 1836.
68. «Sin Bellas Artes nada seremos», El Español, 12 de junio de 1836. El debate apareció en más números del El Eco del Comercio: 7 de marzo de 1836, 23 octubre de 1837, 17 de noviembre de 1837; en El Español, el 14 de abril de 1836, 13 de marzo de 1837.
69. F. Choay: Alegoría del Patrimonio…, p. 92.
70. El Eco del comercio, 17 de noviembre de 1836.
71. Entre algunos ejemplos de estas nuevas edificaciones puede citarse: el ensanche de la calle Mayor y el primer edificio de apartamentos en Madrid realizado en 1838 tras la demolición del convento de San Felipe el Real; el espacio que quedó tras el derribo del convento de Nuestra Señora de la Merced fue utilizado para crear la plaza del Progreso. La conocida actualmente como Real Basílica de San Francisco el Grande era parte de un convento de mayores dimensiones. En 1837 se propuso la construcción del Panteón Nacional dentro de sus muros, una idea que no fraguó, y un año después dio uso como cuartel de infantería. Otro de los conventos que albergaron dependencias estatales fue el de las Carmelitas Descalzas, que pasó a convertirse en 1836 en la Dirección de la Administración Militar hasta ser demolido en 1870.
72. «Administration du département de pólice de Paris», citado en A. Vidler: El Espacio de la Ilustración…, p. 248.
73. R. D. de 25 de enero de 1836, publicado en la Gaceta de Madrid, 26 de enero de 1836.
74. Actas de la Junta de Edificios de Madrid (8 de enero de 1836), AHN, Hacienda, Caja 4315, exp. 3.
75. Ibíd.
76. Ibíd.
77. Ibíd.
78. Traslado del Ministerio de Hacienda al secretario de la Academia de Nobles Artes de San Fernando (30 de octubre de 1837), ARABASF, Fondo General: Comisiones (Accidentales), leg. 7-129-1-68.
79. Andrew Ginger: «¿Un yo moderno para España? C. 1830-C. 1860», en Alda Blanco y Guy Thomson (eds.): Visiones del liberalismo. Política, identidad y cultura en la España del siglo XIX, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2008, pp. 121-136.
80. Javier Fernández Sebastián: «Progreso», en J. Fernández Sebastián et al. (dirs.): Diccionario político y social del siglo XIX español…, pp. 562-575 (esp. pp. 564-570).
81. José Escobar: «Ilustración, Romanticismo, Modernidad», en Ermanno Caldera (ed.): EntreSiglos, Roma, Bulzoni, 1993, pp. 123-133.
82. Javier Fernández Sebastián: «Modernidad», en J. Fernández Sebastián et al. (dirs.): Diccionario político y social del siglo XIX español…, pp. 453-462 (esp. pp. 455-456).
83. J. Escobar: «Ilustración, Romanticismo…», pp. 123-133.
84. J. Álvarez Junco: Mater Dolorosa…, pp. 383-387.
85. Andrew Ginger: «Spanish modernity revisited: revisions of the nineteenth century», Journal of Iberian and Latin American Studies, 13, 2007, pp. 121-132 (esp. pp. 130-131).
86. R. O. de 29 de julio de 1835, publicada en la Gaceta de Madrid, 4 de agosto de 1835.
87. Oficio del Gobierno de la Provincia de Madrid dirigido al presidente de la RABASF, Madrid, 20 de agosto de 1838, ARABASF, Fondo General, Comisiones (Accidentales), leg. 7-128-1-2.
88. J. Bello: Frailes, intendentes y políticos…, pp. 107-108.
89. R. O. de 29 de julio de 1835, publicada en la Gaceta de Madrid, 4 de agosto de 1835, art. 7.º.
90. Memorial que dirige la RABASF a la Reina Gobernadora (27 de febrero de 1836), ARABASF, Fondo General: Comisiones (Accidentales), leg. 7-128-1-35.
91. M. T. Chávarri: La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando…, p. 207.
92. R. O. Circular comunicada por el Ministerio de la Gobernación del Reino (4 de septiembre de 1836), ARABASF, Fondo Comisión Central de Monumentos Históricos y Artísticos: Secretaría, leg. 2-55-2-46
93. «Junta Ordinaria de 7 de agosto de 1836», Actas de Sesiones de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Año 1836, en línea: <http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc183z8> (consultado: 05/03/2021).
94. Valentín Carderera: «Sobre la conservación de los monumentos de artes», El Artista 1, 1835, p. 128.
95. El Español, 19 de mayo de 1836.
96. J. Bello: Frailes, intendentes y políticos…, p. 149.
97. Ibíd., p. 313.
98. J. Escobar: «Ilustración, Romanticismo…, pp. 123-133.
2. DEL CONCEPTO A LA PRÁCTICA
La creación del Museo Nacional de la Trinidad
A los pocos meses de comenzar la desamortización de Mendizábal, varios gobernantes civiles plantearon la creación de museos provinciales. La aparición de estas propuestas era fruto de la desorganización entre los comisionados y la ausencia de una normativa común que regularizara el destino de las piezas artísticas desamortizadas. Entre las primeras colecciones provinciales proyectadas se encontraba la de Sevilla, promovida por José Musso y Valiente, gobernador civil de la ciudad. En 1835, ordenaba la reunión de las riquezas artísticas de conventos y cartujas para formar un museo en la ciudad;1 casos similares se anunciaron en Granada y Córdoba.2 En enero de 1836, la RABASF solicitaba al Ministerio de Gobernación un espacio en el que recopilar los enseres inventariados por las comisiones artísticas con el objeto de formar una colección museística en la capital del Estado.
Estos fueron los primeros pasos hacia la construcción del Museo Nacional de la Trinidad, una colección artística, bajo la responsabilidad de la administración del Estado, inaugurada en 1837. La vida de esta institución estuvo completamente vinculada a los devenires políticos. Su gestión y coordinación se formuló por medio de una política cultural totalmente diferenciada de la otra institución museística asentada en Madrid: el Real Museo del Prado.
LA BÚSQUEDA DE UNA SEDE
A diferencia del caso francés, la concepción de un museo nacional nació del interior de la RABASF y no desde el seno de una comisión estatal. La raíz del proyecto partió de los comisionados destinados a recopilar los objetos artísticos de Toledo y Alcalá –liderada por Juan Gálvez, director de la Academia por entonces–, quienes solicitaron al Ministerio de la Gobernación un local en el que depositar los bienes incautados.3
El 20 de enero de 1836, el Ministerio de la Gobernación remitía una R. O. al secretario de la RABASF. Esta normativa ordenaba al Ministerio de Hacienda la búsqueda de locales en los que albergar las piezas recopiladas por las comisiones académicas con el objeto de formar un museo «al que S.M impondrá á su tiempo el nombre que fuere de su Real agrado».4 Ocho días después, la propia Academia redactaba una exposición en la que seleccionaba los edificios más convenientes para lo que denominaban el Museo Nacional.5 Curiosamente, el nombre dado al museo en el documento adjunto era «Central», omitiendo la etiqueta «nacional» en todo el informe redactado por los académicos. La R. O. con la que se institucionalizaba la construcción de la colección museística llegó en diciembre de 1836. El Ministerio de la Gobernación solicitaba el envío de los objetos artísticos del antiguo patrimonio eclesiástico a la sede de la RABASF, ubicada en la calle Alcalá en Madrid. Se centralizaban la mayoría de las piezas, aunque se mantenía la posibilidad de formar similares colecciones a nivel provincial.6
¿Cuál era la esencia del futuro museo madrileño? ¿Era una colección central, nacional o ambas cosas? Cada denominación dotaba al proyecto de unas connotaciones que definían la colección que albergaba. Ambos nombres se enmarcaban en las pautas desarrolladas por el modelo de Estado impulsado desde el liberalismo. No obstante, el uso de uno u otro término modificaba no solo el objetivo del proyecto en sí, sino su relación con otra tipología patrimonial ya existente en la capital: la colección real del Prado. Desde 1830, el Real Museo pasó a denominarse popularmente como el Museo Nacional, entendiéndose como un espacio en el que se albergaba el arte de la nación. El cambio de denominación era un síntoma de los debates artísticos sobre la existencia o no de una escuela española y del uso del museo como un escaparate desde el que ofrecer lo mejor de los artistas nacionales.7
Volviendo a la Trinidad, la denominación Museo Central acentuaba la separación entre las colecciones de la capital y de las provincias. El proyecto museístico recordaba al plan defendido por Moscoso de Altamira durante el Trienio Liberal: la organización de colecciones artísticas de primera y segunda categoría, aquellas con mayor valor artístico formarían la colección central de Madrid y el resto se dispersarían por los museos provinciales. Además, al titularizar el museo bajo términos nacionales se establecía claramente la separación entre las pinturas albergadas en el edificio de Villanueva y las procedentes de la desamortización. Se recorría un camino similar al desarrollado en los museos nacionales franceses o ingleses, denominados Musée français o British Museum. Entonces, ¿por qué no denominarlo Museo español o Museo de España? Considero que bajo el término de Museo Nacional se hacía toda una declaración de intenciones. Con esta denominación se informaba sobre la propiedad de la colección y se acentuaba la separación patrimonial de la monarquía y del Estado. Unas distinciones enfatizadas desde comienzos del siglo XIX en pequeños detalles como la introducción por vez primera de «patrimonio real» en el lema «patrimonio» del diccionario de la Real Academia de la Lengua de 1817, o la advertencia redactada por Luis de Eusebi en el catálogo del Real Museo del Prado publicado en 1824: «Todos los cuadros del Real Museo son propiedad del Rey nuestro señor»,8 una referencia omitida en los catálogos anteriores de 1819 y 1821.
Definitivamente el Museo Nacional fue la denominación dada a la colección promovida por los académicos de San Fernando. El 21 de febrero de 1836, Juan de Guardamino, teniente de alcalde de Madrid, informaba al secretario de la Academia sobre la cesión provisional del convento de la Trinidad –también conocido como de los Trinitarios Calzados o de la Trinidad Calzada– para poner en marcha el proyecto museístico.9 No obstante, el traspaso no sería definitivo hasta su aprobación por la Junta Superior de Enajenación de Edificios Desamortizados –JSEED–. En marzo de 1836, la Junta, dirigida por Salustiano de Olózaga, remitió el expediente del convento al Gobierno; si este lo aceptaba, la Junta decidiría finalmente si el edificio de la Trinidad era el óptimo para albergar la colección artística. Mientras tanto, la RABASF se hacía eco de las noticias sobre la posible adquisición del convento por la Real Academia de la Historia –RAH– para ubicar allí su biblioteca.10
En julio, la JSEED negó la cesión definitiva del convento de la Trinidad a la Academia. La necesidad del erario de disponer del mayor número de bienes vendibles para solventar la crisis económica era su principal justificación. La magnitud y la ubicación del edificio desamortizado acrecentaba su valor económico; puesto en venta otorgaba mayores beneficios para el Estado que si se dejaba como sede museística, a pesar de ser conscientes de la «utilidad y la importancia» de este proyecto.11 La Trinidad no era un convento cualquiera: ocupaba una manzana completa entre la calle de Atocha y el convento de la Merced Calzada.12 Durante la Guerra de la Independencia, el edificio había servido de depósito para los bienes desamortizados por José de Bonaparte y se convirtió en la sede de la Biblioteca Real durante el reinado de Fernando VII.13 En definitiva, su venta proporcionaría un ingreso económico considerable a las arcas del Estado.
Ante la negativa, los miembros de la RABASF propusieron otro edificio: el convento de las Baronesas. En su exposición dirigida a la JSEED, los académicos ironizaron sobre la posición de la junta, y en concreto de su director Salustiano de Olózaga, para la puesta en marcha del museo. En su escrito daban a entender que una persona con sus conocimientos, a pesar de conocer las dificultades por las que pasaba el erario estatal, estaría dispuesta a facilitar el desarrollo de «una empresa verdaderamente grande y toda nacional» como era la planificación de la colección en la Trinidad. Según expusieron los miembros de la Academia, las características del edificio seleccionado permitían su pronta habilitación para, en pocos meses, establecer «una obra que tanto honor puede hacer a las artes como al gobierno y a la junta misma [refiriéndose a la JSEED]».14 Sin embargo, los académicos recibieron una nueva negativa.15
La cesión de otro edificio desamortizado para ubicar la sede del Museo Nacional parecía imposible. Los administradores del Estado primaban el valor económico de los antiguos inmuebles eclesiásticos sobre cualquier otro; su uso para otras funciones quedaba descartado si no se igualaba el beneficio monetario que percibiría el Estado con su venta. No obstante, es interesante observar cómo otras instituciones fueron ubicadas rápidamente en conventos enajenados: los conventos de los Dominicos y de los Mercenarios Descalzos –conocido como el de Santa Bárbara– se transformaron en hospitales militares, la Caja de Amortización y Liquidación de la Deuda ubicó su sede en el exconvento de las Carmelitas Calzadas y el de Santa Clara se convirtió en una escuela.16
Ante las negativas constantes de la JSEED, los académicos de San Fernando expresaron, por medio de una nueva exposición dirigida al Ministerio de la Gobernación, la necesidad primordial de contar con un local donde albergar la colección museística.17 La petición fue respondida por el Ministerio de Hacienda en octubre de 1837. La cartera ministerial confirmaba la cesión definitiva del convento de la Trinidad para el Museo Nacional. La comunicación demandaba a los miembros de la Academia no perder momento en la apertura de la institución y pedía la modificación de la fachada «en términos que su aspecto corresponda al objeto a que es aplicado y quitándose desde luego de ella y de la torre todo emblema ó significación de su anterior destino».18 El edificio enajenado pasaba a ser un establecimiento público a cargo de la Administración del Estado y como su valor cognitivo no era acorde al canon establecido por los líderes gubernamentales se decidía eliminarlo, aunque con ello también desapareciera parte de su valor histórico.
Habían pasado casi dos años desde que en 1835 se comenzara a plantear la creación de un museo formado con los bienes desamortizados. Finalmente, el exconvento de la Trinidad pasó a ser la sede de la primera colección nacional marcada por la centralización de gran parte de los bienes artísticos que pasaron a la responsabilidad del Gobierno. El nuevo entramado urbano de Madrid, con menos capiteles y campanarios pero con más avenidas y viviendas, contó con un Museo Nacional ubicado en un emplazamiento privilegiado. La colección nacional representaba un nuevo foco cultural para la capital del Estado liberal localizado junto a la Plaza Mayor y próximo a grandes avenidas como la calle de Atocha.
EL MUSEO DE LA TRINIDAD: LA COLECCIÓN
La notificación emitida en octubre de 1837 por el Ministerio de Hacienda a los académicos de San Fernando también informaba sobre la decisión de poner la Academia bajo la dirección del museo. Parece que las demandas de los miembros de San Fernando al Gobierno durante los primeros años de la desamortización, cuando reclamaban supervisar la recopilación de los objetos artísticos, habían sido escuchadas.
El museo careció de estatuto o reglamento para regularizar su funcionamiento y organización. Su estructura se fue configurando por medio de reales órdenes y decretos desde 1836 hasta su apertura en 1838. La centralización de las colecciones provocó una desestructuración de los museos provinciales surgidos en algunas ciudades. Del mismo modo que en 1820 el proyecto del museo de Madrid dividía las piezas artísticas entre aquellas de primer y segundo orden, la R. O. del 14 de diciembre de 1836 estableció una separación similar durante el procedimiento de recopilación de los bienes eclesiásticos: los comisionados debían enviar notas informativas con la relación de sus creadores a los académicos de San Fernando. La Academia examinaría los listados de autores, si entre ellos había artistas desconocidos en Madrid o de los que no hubiese ninguna obra entre la colección del Museo Nacional, se escogerían varios ejemplares para ubicarlos en la sede de la Trinidad.19 El planteamiento era organizar una colección artística de naturaleza centralizadora y educativa, de ahí el interés por recuperar piezas de todos los artistas españoles existentes.
La colección nacional se ubicaba en uno de los conventos más grandes de la capital, construido por Gaspar de Ordoñez y fundado por Felipe II. El plano de Madrid de Pedro Teixeira y la maqueta de la capital de León Gil de Palacio ofrecen una visión del exterior del convento de la Trinidad; sin embargo, para conocerlo en detalle hay que dirigirse a las obras de Ramón de Mesonero Romanos. En su Manual de Madrid: descripción de la Corte y de la Villa describía el edificio de los Trinitarios como uno de los mejores conventos de la capital.20
La RABASF controló la organización y dirección del museo hasta enero de 1838. Ese año, el Ministerio de la Gobernación ordenó una nueva directiva formada por una comisión nombrada desde la Academia y una dirección dependiente directamente de la cartera ministerial «responsable del acierto en la ornamentación y buen gobierno del Museo Nacional».21 De este modo, la gerencia de la colección nacional quedaba supeditada al control gubernamental que supervisaría las acciones de la comisión académica formada por: Mauricio Álvarez Bohorquéz, duque de Gor, Marcial Antonio López, como secretario y Valentín Carderera, el marqués de Falces y Juan Gálvez, como vocales.22
La comisión decidió clasificar y ordenar todos los cuadros dignos de exhibirse en el Museo Nacional como primera medida de actuación. La muestra se estructuraría en función de la procedencia del autor con el objeto de componer la historia de los maestros expuestos.23 A priori, la colección se organizaba bajo preceptos artísticos, aunque la exaltación nacional al estilo romántico se entreveía al colocar el lugar de origen de artista como eje organizativo. La colección podría haber adoptado otra estructura, y más teniendo en cuenta la diversidad de las piezas: lienzos, esculturas, retablos, sillerías, etc. Finalmente, se optó por la nacionalidad del autor como se había procedido al organizar otros museos. La referencia más cercana era el Real Museo del Prado cuyas primeras galerías, inauguradas en 1819, se destinaron únicamente a la escuela española. Años después, José de Madrazo ampliaría la exposición con espacios dedicados a las escuelas italiana, francesa y alemana.
La directiva decidió inaugurar el Museo Nacional el 24 de julio de 1838, onomástica de la reina gobernadora. La Gaceta de Madrid anunció el acontecimiento dos días antes con la publicación de una comunicación de los académicos. Los organizadores del museo preveían a los visitantes sobre la imagen inacabada que reflejaría el museo; para ofrecer una colección completa, la institución necesitaba tiempo, trabajo y un presupuesto del que no disponía.24 Después de haber pasado dos años y medio desde la proyección de la colección, resultaba llamativa la inauguración del museo inacabado. Puede que la apertura de una galería española en las dependencias del Louvre en enero de 1838, con obras compradas por el barón Taylor y Adrien Dauzats durante los primeros años de la desamortización de Mendizábal, influyera en la apertura del museo en Madrid. Tal vez el deseo era ofrecer el imaginario nacional, en términos de progreso y educación, para contrarrestar el ofrecido por la muestra francesa, vinculado a la Inquisición y a la barbarie según los críticos del momento.25
La colección de la Trinidad se dividió entre el piso superior e inferior. Las piezas expuestas en el piso bajo se distribuían entre los claustros y un par de salas donde se ubicó la sillería del coro de San Martín de Valdeiglesias en compañía de esculturas de temática religiosa. Los cuadros incautados al infante Don Sebastián Borbón, como sanción por apoyar la causa carlista, se colocaron en el piso superior con otros lienzos de diversas escuelas.26 La muestra se recibió positivamente por los amantes de las bellas artes y se publicaron varias críticas sobre la colección en la prensa especializada.27
El Museo Nacional simbolizó un espacio patriótico con un doble sentido. Por un lado, la población disponía de obras artísticas anteriormente inaccesibles; por otro, el establecimiento museístico se convertía en un espacio de referencia cultural en el que los visitantes conocían parte de la historia del arte de España. La colección adoptaba el rol de enciclopedia artística; un proyecto cívico y educativo que daba a conocer obras casi desconocidas de autores españoles.28 Sin embargo, y a diferencia de otras muestras artísticas creadas por entonces como el Museo Histórico de Versalles, la organización de la colección no tenía el objeto de difundir una cultura colectiva por medio de una narrativa histórica-nacional. Su valor residía en otro aspecto, simbolizaba el poder de la soberanía nacional a través del acto de poner a disposición ciudadana miles de piezas de arte anteriormente inaccesibles.
A los nueve días de su apertura, tal y como ya se había anunciado en la Gaceta de Madrid, el Museo Nacional cerró sus puertas con la intención de mejorar el orden de la colección e iniciar labores de conservación en las piezas. Los dos años que transcurrieron hasta el inicio de la regencia de Baldomero Espartero pasaron sin grandes cambios entre los muros de la Trinidad. El museo pasó al olvido tanto de los ciudadanos, que no podían visitarlo, como de la Administración y de la RABASF que apenas realizó obras de mejora en su interior por falta de fondos para ello.29
EL REAL MUSEO Y LA COLECCIÓN NACIONAL: SÍMBOLOS Y PODER POLÍTICO
Si las colecciones del Real Museo del Prado y del Museo Nacional representaron la división patrimonial, la directiva de ambas pinacotecas simbolizó las prácticas de poder de la Casa Real y del Gobierno liberal. El organigrama de ambos establecimientos se midió en clave simbólica y política.
Entre los primeros directores de la colección real se encontraron los miembros de la nobleza española. Personalidades con altos cargos –como gentiles hombres, sumiller de corps, mayordomos reales, etc.30 – encargados de la parte administrativa del museo. La organización se completaba con un responsable artístico nombrado entre los pintores de cámara. La dirección compartida llegó a su fin en 1838. Ese año fue nombrado director único de la galería monárquica el reconocido pintor de Corte José de Madrazo. El artista se mantuvo en este puesto hasta su dimisión en 1857. La continuidad de esta figura marcó una enorme diferencia con la dirección del Museo de la Trinidad, caracterizada por los cambios directivos fruto de la inestabilidad política.
La figura del director y su dependencia de la Casa Real o de una cartera ministerial marcaron la evolución de ambas instituciones. El Real Museo del Prado se mantuvo bajo el cobijo de la Corona y a cargo de la familia Madrazo. Bajo su mando, la colección se convirtió en un gran proyecto museológico a la vanguardia de Europa.31 La continuidad de un mismo director durante décadas –José de Madrazo se mantuvo en el cargo durante 19 años hasta sustituirle Juan Antonio Ribera– permitió la consolidación de la pinacoteca real y su consideración como una de las más importantes del territorio europeo. Un destino muy distinto al del Museo de la Trinidad. El establecimiento controlado ministerialmente sufrió los cambios políticos producidos en el Gobierno. Su gerencia pasó del Ministerio de la Gobernación al de Comercio, Instrucción y Obras Públicas en 1847 y a Fomento a partir de 1851. Lo que provocó la modificación de su directiva en cuatro ocasiones hasta la llegada de La Gloriosa en 1868.
Cada sustitución de director coincidió con cambios políticos en la gobernación del Estado. Con el inicio de la regencia de Espartero, la cartera ministerial de la Gobernación pasó a manos de Manuel Cortina. El ministro decidió desvincular a la RABASF de sus funciones dentro del Museo de la Trinidad y nombró a Joaquín de Iñigo oficial de Gobernación, sin vínculos con el campo artístico, único director de la institución. La salida del poder del duque de la Victoria asentó a Fermín Caballero en la dirección del Ministerio de Fomento y propició un nuevo cambio en la directiva de la Trinidad bajo la figura de Javier de Quinto. Con la revolución de 1854, Francisco Lujón, encargado de Fomento por entonces, decidió colocar a Ramón Gil de la Cuadra como director del Museo Nacional. Por último, llegó José Caveda, se desconoce la fecha exacta pero aproximadamente fue entre 1856-1857, quien sustituyó a de la Cuadra al frente de la colección hasta el inicio del Sexenio Revolucionario. El último director de la Trinidad fue Cosme Algarra, único pintor en la directiva del Museo –salvo los miembros de la primera comisión de la RABASF–, a cargo de la institución museística hasta su fusión definitiva con la colección del Prado.32
Volviendo al Real Museo, José de Madrazo organizó la colección y editó varios catálogos sobre esta. Los trabajos dentro del museo no se regían por medio de ningún reglamento; no obstante, la figura del director se normativizó por medio de la Ordenanza general de la Real Casa y Patrimonio, aprobada en 1840. Todo director de la pinacoteca debía ser profesor de escultura o pintura y sus funciones serían la conservación y colocación de todos los objetos artísticos que formaban parte de los fondos del museo. En 1857 se aprobó el primer reglamento para el Prado. Desde entonces, el director del Real Museo constituía un cargo más allá del honorífico con un sueldo de 40.000 reales.33 No se mencionaban las cualidades necesarias para optar al puesto, solo sus funciones. La directiva de la colección real estuvo bajo el control de los pintores de Cámara. Se trataba de una norma no escrita pero mantenida como tradición desde casi los inicios del museo y durante todo el reinado isabelino. Después de José de Madrazo, la dirección del Prado estuvo a cargo de los pintores Juan Antonio Ribera y Federico de Madrazo hasta la llegada de Antonio Gisbert en el inicio de la Revolución de 1868.
En cuanto al Museo de la Trinidad, José Caveda, uno de sus últimos directores, redactó un reglamento para sistematizar los trabajos de la institución. Envió su proyecto al Ministerio de Fomento, responsable de la colección nacional desde 1851, para ser aprobado; sin embargo, la aceptación ministerial nunca llegó.
El documento, fechado en diciembre de 1865, enumera las cualidades y tareas de cada cuerpo laboral del museo. Según su artículo primero, la titularidad del museo pertenecía al Ministerio de Fomento y su gerencia se asignaba a la Dirección general de Instrucción Pública, cuyas funciones se describían en el segundo artículo:
1º La buena conservación de las pinturas y esculturas pertenecientes al Estado. 2º Ofrecer al estudio de los artistas y el examen y recreo del público convenientemente clasificadas y en el mejor orden posible. 3º Adquirir sucesivamente según sus fondos lo permitan, las que se recomienden por su reconocido mérito ya sean nacionales o ya extranjeras. 4º Comprender en esa clase las anteriores á los últimos años del siglo XV, siempre que tengan un verdadero valor histórico y puedan contribuir a ilustrar los anales de nuestra pintura. 5º Procurar las más notables de los pintores españoles contemporáneos, así para apreciar el desarrollo progresivo del arte como para estímulo de sus cultivadores. 6º La formación de un catálogo razonado de todos sus objetos artísticos, describiéndolos detenidamente con el juicio crítico de cada uno, y determinan siempre que sea posible su autor y procedencia.34
El reglamento de Caveda marcaba una enorme diferencia con la normativa del Real Museo del Prado. La colección real, mantenida por la Intendencia de la Casa Real, se ampliaba en función del gusto monárquico. La reina Isabel II compraba obras artísticas, algunas expuestas en el museo, durante las Exposiciones Nacionales en función de su gusto y de su agrado; aunque es cierto que solía ser previamente aconsejada por la RABASF. Sin embargo, en el caso de las adquisiciones del Museo Nacional, su compra iba más allá de un interés particular. Su colección debía contribuir al estudio del arte tanto con sus piezas actuales como con las futuras. El carácter divulgador del conjunto museístico se observaba tanto en la necesidad de crear un catálogo razonado –casi de obligatoriedad para todos los museos en esa época– como en la compra de piezas que llenasen los espacios en blanco de la historia artística de España. Se consideraba responsabilidad de la Administración estatal mantener una colección que dejase constancia de la evolución histórica del arte español y por ello, era tan importante adquirir piezas de periodos antiguos como de artistas contemporáneos. Esta disposición marcaba una enorme diferencia respecto al Real Museo, cuyo objetivo en el aumento de su colección no se vinculaba explícitamente a mantener o a divulgar el arte español.
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