Czytaj książkę: «El diablo»


Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción / Jorge Manzano Vargas, S.J. (†)
I. El diablo en la Sagrada Escritura / Mario López Barrio, S.J.
II. Posesiones diabólicas ordinarias. Conato de explicación / Jorge Manzano Vargas, S.J. (†)
III. El verdadero poseso: el mal y la Biblia. Instancias: el ritual del bautismo y satanismo / Jorge Manzano Vargas, S.J. (†)
IV. El diablo en la enseñanza de la Iglesia: poder que engaña y mata / Luis García Orso, S.J.
V. El diablo en las culturas prehispánicas / Jesús Gómez Fregoso, S.J.
VI. Dios, el diablo y el inconsciente / Agustín Ramírez Torres, OFM (†)
VII. Kierkegaard y las mociones de los espíritus / Jorge Manzano Vargas, S.J. (†)
VIII. El problema del mal. Perspectiva filosófica / Héctor Garza Saldívar, S.J.
IX. Las estrategias del buen y del mal espíritu en nuestras vidas / Víctor Manuel Verdín Jiménez, S.J.
Reflexiones finales / Jorge Manzano Vargas, S.J. (†)
Acerca de los autores
INSTITUTO TECNOLÓGICO Y DE ESTUDIOS SUPERIORES DE OCCIDENTE
Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, S.J.
| Manzano Vargas, Jorge (coordinación) El diablo : reflexiones interdisciplinarias sobre el problema del mal / Coord. e introd. de J. Manzano Vargas. -- Guadalajara, México : iteso, 2021.ISBN 978-607-8768-40-0 ITESO ISBN 978-607-8112-91-3 Universidad Iberoamericana León1. Iglesia Católica – Documentos Doctrinales – Historia y Crítica. 2. Dios. 3. Diablo – México – Historia – Época Prehispánica. 4. Diablo – Tema Principal. 5. Bien y Mal – Tema Principal. 6. Posesión Demoníaca. 7. Inconsciente. 8. Demonología. 9. Biblia – Historia y Crítica. 10. Teología Doctrinal. 11. Existencialismo Cristiano – Historia y Crítica. 12. Filosofía Danesa – Historia y Crítica. 13. Filosofía y Religión. 14. Psicología y Religión. 15. Cristianismo. 16. Religión. 17. Kierkegaard, Sören. I. t.[LC] 235. 4 [Dewey] |
Diseño original: Danilo Design
Diseño de portada: Ricardo Romo
Diagramación: Rocío Calderón Prado
Gracias a Rafael Martínez y Federico Portas Lagar, por el impulso inicial que ofrecieron a esta obra.
1a. edición, Guadalajara, 2021.
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ISBN 978-607-8768-40-0 ITESO
ISBN 978-607-8112-91-3 Universidad Iberoamericana León
Hecho en México
Introducción
JORGE MANZANO VARGAS, S.J. (†)
Con el auspicio del Instituto Libre de Filosofía y Ciencias, (1) en las instalaciones de Casa Loyola, en el verano de 1989 se discutieron por primera vez estos trabajos sobre el diablo, cuya experiencia y supuesta realidad nos remiten al problema del mal: su origen, poder y presencia en la vida humana. Los organizadores, coordinados por el Dr. Jorge Manzano Vargas, S.J. (†), definieron los aspectos más relevantes en torno al tema y analizaron cada uno por separado, como hilos de intrincada madeja: experiencias varias, filosofía, teología, historia de culturas prehispánicas, psicoanálisis, discernimiento de espíritus. Además, dado el tema, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia tuvieron un lugar privilegiado en el ejercicio.
El estudio estuvo atravesado por una de las preocupaciones más presentes entre el público asistente: la realidad del diablo. Frente a la misma, los trabajos recopilados exponen claras y varias dificultades para que pueda ser considerada como una realidad personal; ofrecen elementos científicos, filosóficos y teológicos centrando la comprensión en lo que es fundamental para los creyentes: el misterio de Cristo y la salvación de Dios como la realidad fundante de nuestra vida; misterio que redimensiona nuestras preocupaciones por el ser y actuar del malo.
Los autores se propusieron analizar, profundizar, reflexionar y proceder con cautela: matizaron las diversas afirmaciones; algunas las expusieron con certeza, otras —en especial en el terreno de la historia y de la interpretación de experiencias— están sujetas a otro calificativo, por ejemplo, el de probable. Cada uno de ellos llama nuestra atención sobre los aspectos decisivos de la existencia humana, ahí donde entra en juego nuestra libertad; este don que, a veces, parece que olvidamos o no justipreciamos en toda su importancia. Con su trabajo se proponen contribuir a liberarnos de terrores supersticiosos, injustificados, que son muy dañinos para la vida espiritual y tratan de prevenirnos de los excesos en los que han caído personas, grupos o sectas denominadas satánicas, o actores proclives a la credulidad tanto en Europa (donde ha habido cultos a varios cientos de ángeles y de demonios), como en otros países y, evidentemente, en México. Se trata de no olvidar que, en el fondo, afrontamos un problema humano: el problema del mal que nos infligimos unos a otros.
El mal es opresión que consiste en determinar condiciones inhumanas de vida para los demás, al margen o en contra de su voluntad; tal definición es material, concreta, patente. Hay otra manera, espiritual y religiosa de expresar lo mismo: el mal consiste en la acción contraria a la acción de Jesús, que es descrita por Lucas, (2) según la palabra profética de Isaías (3) y que se puede sintetizar así: “Evangelizar a los pobres, liberar a los oprimidos”. Ha sido el interés de los opresores que el pueblo crea en que el mal por excelencia es el de estar poseso. Los escritos que constituyen esta publicación ofrecen una explicación natural a las llamadas posesiones diabólicas; en cambio, el verdadero poseso sería el que a ciencia y conciencia oprime a los demás, el que realiza la acción contraria a la de Jesús. De acuerdo con esta comprensión y, aunque la expresión parezca de mal gusto, los verdaderos endemoniados son los opresores.
Los supuestos posesos presentan fenómenos extraños como contorsiones incontroladas, blasfemias, rechazo de ritos sagrados, glosolalia (hablar espontáneamente varias lenguas), clarividencia, levitación, entre otras, pero quienes presentan estas manifestaciones espectaculares y dolorosas suelen ser personas inocentes. Es obvio que se trata de una táctica de los opresores para encubrirse. Los fenómenos portentosos, supuesta señal de posesión diabólica, tienen una explicación natural, incluso aquellos que la misma Iglesia católica considera todavía como indicios de posesión.
En los primeros números de Xipe totek, revista de Filosofía del antiguo Instituto Libre de Filosofía y Ciencias, ahora Departamento de Filosofía y Humanidades del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), se publicaron los trabajos y los debates que tuvieron lugar al final de cada sesión entre el público y los expositores. Dada la relevancia y la persistente preocupación sobre el problema del mal, que está presente de forma acuciante en la historia y en la vida de todo ser humano, consideramos oportuna la publicación actual, que recoge la temática de esos ejercicios e incorpora precisiones y actualizaciones que los mismos autores han aportado recientemente.
La obra que ahora ofrecemos está tejida por todos los hilos que a los autores les siguen pareciendo pertinentes y relevantes a la luz de nuestra situación y condición humanas. Está también en sintonía con sus reflexiones actuales sobre el tema. Es, sin lugar a dudas, un tratamiento interdisciplinario sobre el mal que se ha nutrido del trabajo de cada uno de los autores (trabajo cuya elaboración incluye varias disciplinas entretejidas); del diálogo en el que tanto el público como los autores participaron durante esos encuentros y del intercambio vivo que continuó aun después de la publicación hasta el día de hoy.
En síntesis, estas reflexiones y diálogos, que ahora presentamos como obra unitaria, nos muestran que tanto el diablo como el supuesto poseso son, en buena medida, constructos, de los cuales hemos usado y abusado para no asumir plenamente nuestra libertad. De ahí la invitación a liberarnos y a acoger la libertad como don maravilloso, cuyo ejercicio define la realidad y hondura de nuestra propia humanidad.
1- El Instituto Libre de Filosofía y Ciencias (ILFC) formó filosóficamente a los religiosos jesuitas, no jesuitas y laicos hasta julio de 2003. En junio de ese año la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús firmó un convenio por el que el ILFC se incorporó al ITESO y constituyó el actual Departamento de Filosofía y Humanidades.
2- Lc 4, 17–21.
3- Is 61, 1 y ss, y 58, 6 y ss.
I. El diablo en la Sagrada Escritura
MARIO LÓPEZ BARRIO, S.J.
Muchas preguntas y un crecido interés se han suscitado en estas últimas dos décadas en torno al tema del diablo, debido, en buena parte, a una serie de novelas y películas como El exorcista. El llamado Cine di Terror ha contribuido a avivar el interés por lo “diabólico” de tal forma que se ha convertido en un tema de moda.
Como sucede en ocasiones semejantes, se formulan opiniones y nacen corrientes muy diferentes, desde quienes aceptan un influjo demoníaco en cada esquina del camino hasta quienes consideran al demonio como un personaje del pasado. Así, proliferan, en algunos países, grupos satánicos que rinden culto al diablo, mientras que en otros se prescinde por completo de él, como lo afirma Herbert Haag en su libro Abschied vom Teufel (Despedida al Diablo). (1) El pensamiento de esta corriente se puede sintetizar en la declaración de Rudolf Bultmann, expresada ya en 1951: “No se puede hacer uso de la luz eléctrica y del aparato de radio, recurrir a medios de la medicina clínica en muchos casos patológicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus y de los milagros”. (2)
En realidad, muchos creyentes esperaban haberse despedido ya del diablo, como de tantas cosas consideradas caducas después del Concilio Vaticano II. Pero hemos visto que no es tan fácil, por algo el Magisterio de la Iglesia —especialmente Pablo VI, en junio y noviembre de 1972— nos da a entender que las afirmaciones tradicionales sobre el diablo se deben mantener.
Tenemos que confesar que a nosotros y a nuestros contemporáneos el planteamiento del origen del mal como un problema especulativo nos resulta poco atractivo. En vez de preguntarnos por el origen del mal en abstracto, preferimos enfrentarnos con el mal concreto del ser humano que sufre actualmente. Más que elucubrar sobre el origen del mal, al hombre contemporáneo le interesa enfrentarse con la tarea de eliminar el sufrimiento en el mundo. No vive el mal tanto como una llamada al misterio sino como un reto a la propia responsabilidad individual y colectiva, y tiende a identificarlo con algo concreto, por ejemplo, la injusticia social. Aquello que puede ser explicado racional, técnica o científicamente como un mal, fruto de nuestra actuación y de nuestra historia, lo hace sentirse seguro, como quien está ante un adversario de alcance conocido. En cambio, colocarse frente al mal como algo misterioso lo hace sentirse incómodo. De ahí lo incómodo que puede resultar preguntar hoy por el diablo, pues resulta que, aunque esté presente en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, no encontramos en los textos bíblicos ninguna explicación sistemática de lo que pueda ser.
La cuestión ha venido a plantearse así: ¿es el diablo un ser personal realmente existente, o simplemente un símbolo que ha servido, a lo largo de los siglos, para representar el pecado y el mal, pero, al fin y al cabo, un símbolo que ya ha caducado? (No quiere decir que el símbolo no represente algo real). Quizá para un creyente la pregunta debería formularse así: ¿qué significa para mi fe en Jesucristo y para lo que constituye mi esperanza lo que los textos normativos de la fe han dicho sobre este punto?
No estamos, pues, ante un problema filosófico o empírico, sino teológico; un problema de fe. No podemos demostrar ni su existencia ni su no–existencia (como no podemos demostrar ni la existencia ni la no–existencia de Dios); sólo se pueden hacer afirmaciones basadas en la Revelación. Trataremos de encontrar luz para comprender este problema en el Antiguo Testamento, en el judaísmo y, después, en el Nuevo Testamento.
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Para comenzar, tenemos que advertir que lo que el Antiguo Testamento pueda afirmar sobre el tema ha sido tomado muy probablemente de otras culturas, con las que los antiguos israelitas tuvieron contacto. Por ejemplo, las antiguas culturas mesopotámicas habían desarrollado ya una extensa demonología (por no mencionar a Egipto y Fenicia).
En realidad, el intento de explicar la presencia del mal en el mundo es tan viejo como la humanidad misma. Los hombres de épocas pasadas, al carecer de una visión de las causas y de las interconexiones de las cosas, descargaban sobre los demonios o los malos espíritus la responsabilidad del mal en el mundo. La creencia en demonios es un fenómeno común a todos los pueblos antiguos.
En los textos del Antiguo Testamento se pueden encontrar algunos de estos rasgos, por ejemplo: los vados estaban dominados por seres demónicos. (3) Los hombres se hallaban particularmente expuestos a los ataques del demonio en cuatro tiempos: la noche, el amanecer, el anochecer y el mediodía, pero el salmista (4) desmitifica estas antiguas creencias orientales. Para estas creencias no hay lugar en la religión yahvista:
No temerás el terror de la noche,
ni la saeta que vuela de día,
ni la peste que avanza en las tinieblas,
ni el azote que devasta a mediodía. (5)
Los ataques de los demonios alcanzaban, en las creencias populares israelitas, sólo el ámbito material, nunca el ámbito moral de la vida. Respecto del término diablo, proviene de la palabra griega diábolos (el calumniador), con que la Biblia griega traduce el término hebreo satán (el adversario). Para el antiguo israelita, Yahveh se encuentra acompañado de una corte celestial formada por seres de categoría cuasi–divina, a los que se les llama hijos de Dios. Por ejemplo: “En aquel tiempo —es decir, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas del hombre y engendraron hijos— habitaban la tierra los gigantes” (6) (se trata de los famosos héroes de antaño). Y en el salmo 29 “Hijos de Dios, aclamen al Señor; aclamen la gloria y el poder del Señor”. (7)
Esta concepción del antiguo israelita no se diferencia mucho de la de los otros pueblos del Próximo Oriente antiguo. En el Antiguo Testamento, estos hijos de Dios aparecen como meros elementos literarios o poéticos, más adelante serán identificados con los ángeles: “Dios es temible en el consejo de los ángeles, es grande y terrible para toda su corte”. (8)
La palabra satán empleada en sentido teológico no aparece en el Antiguo Testamento sino hasta la época postexílica. La visión de Zacarías (año 520–518) es el primer lugar del Antiguo Testamento en el que nos encontramos con esta figura; (9) satán no es aquí nombre propio, sino simplemente un título. Los otros textos son los libros de Job (10) y el primer libro de las crónicas; en el texto de Job, que corresponde al prólogo del libro, satán parece encontrar placer en inducir a los hombres al mal, para poder acusarlos después ante Dios. Alrededor del año 300 a. c., se escribe la obra histórica del Cronista, en ella, en el primer libro (11) aparece la tercera y última mención de satán en los escritos canónicos como el enemigo de Israel.
En estos textos Satán es todavía uno de esos hijos de Dios que viven con Él en la corte celestial. Tiene confiada una misión especial: recorrer la tierra y enterarse de las malas acciones de los hombres para informar sobre ellas a Yahveh. Aparece como un fiscal de la creación, de ahí su nombre, el adversario, porque actúa en contra de los intereses del hombre. No se contentará sólo con vigilar a los hombres, los va a incitar al pecado, para ver si caen y hasta dónde son fieles a Dios. Por eso, conforme avanza la época veterotestamentaria, Satán se va convirtiendo en tentador, así se explica su nombre griego diábolos (el que pone división).
El término griego daimón significa originariamente una potencia sobrehumana que en principio puede ser positiva o negativa. Los demonios están prácticamente ausentes del Antiguo Testamento griego, se encuentran sólo para designar a los ídolos o como elementos poéticos, literarios. El término espíritu puede aparecer en el Antiguo Testamento determinado por conceptos positivos: espíritu de sabiduría, (12) espíritu de gracia y oración, (13) o por conceptos negativos, como espíritu de fornicación, (14) o de impureza. (15) En todos estos casos, lo que se quiere expresar es una moción, buena o mala, respectivamente, producida por Dios en el hombre.
En resumen: De los escritos canónicos del Antiguo Testamento, el satán aparece sólo en estos tres lugares citados, es decir, exclusivamente en escritos de la época postexílica (entre el 500 y el 300 a. c.). No queda muy clara su función que parece terminar en una figura mitológica y marginal.
A propósito de la serpiente del paraíso, en las diferentes corrientes exegéticas encontramos las siguientes interpretaciones (hasta el año 1900):
a) La literal histórica: el auténtico tentador fue el diablo.
b La alegórica: la serpiente es la imagen de los malos deseos y los placeres sensibles.
c) La histórico–alegórica: ve en la serpiente sólo una imagen del diablo.
d) La mítica: este relato del Génesis (16) no es una historia, sino una leyenda, fábula o mito, que intenta explicar el origen del mal.
La exégesis reciente: durante toda la primera mitad del siglo XX la exégesis católica se mantuvo unánimemente fiel a la opinión de que la serpiente se refería al diablo.
El exégeta belga Joseph Coppens parece haber sido el primer católico que rechazó la identificación de la serpiente con el diablo. Este autor insiste en la atmósfera sexual que flota en toda la narración del primer pecado y el simbolismo fálico de la serpiente, familiar en el Antiguo Oriente. El pecado de Adán y Eva habría consistido en haber puesto su vida sexual bajo la protección de los cultos paganos de la fertilidad (representados por la serpiente). Según esta interpretación, en el relato del Génesis, capítulo 3, nos encontramos frente a una polémica contra los cultos cananeos de la fertilidad. Esta posición es apoyada por la explicación de Westermann, que ofrece una síntesis de la más reciente investigación.
Desde hace tiempo es sabido que la figura de Satán fue totalmente desconocida en toda la literatura pre–exílica del Antiguo Testamento (como queda dicho) y, por consiguiente, difícilmente podría aludirse a ella en un documento literario del siglo x a. c. (como era el documento yahvista, donde se contiene el relato de la serpiente).
LA DEMONOLOGÍA DE LOS APÓCRIFOS
La teología judía de los primeros siglos después del exilio admitió sin más la existencia de demonios, como cosa dada, sin plantearse el problema de su origen. Y se insertó sencillamente esta creencia en los demonios dentro de la religión yahvista.
Pero a partir del año 300 a. c. las creencias en demonios experimentan un florecimiento y se comienza a analizar el problema del origen de los demonios. Se buscaron diversas explicaciones que giraban en torno al tema del pecado y la caída de los ángeles; las especulaciones sobre la escisión del mundo angélico en espíritus buenos y malos, por ejemplo, se encuentra en escritos extrabíblicos (apócrifos).
El primer escrito que atribuye la presencia del mal en el mundo a un pecado de los ángeles es el llamado Enoc Etíope, el más extenso de los apócrifos judíos y el que ha ejercido más influencia sobre el pensamiento judío y cristiano. Ahí aparecen ya los tres grupos de poderes demoníacos que encontramos en el Nuevo Testamento: Satán, sus ángeles y los malos espíritus.
Qumran
Con esta secta surgió una forma de dualismo de rasgos muy definidos que se diferencia de todos los apócrifos precedentes por su renuncia total a explicaciones legendarias sobre el origen de los poderes malos. En la visión qumránica hay dos espíritus salidos de Dios, convertidos, por la virtud o el pecado, en parte del hombre. Aunque se acentúa el papel de Belial, parece que no pasa de ser un recurso para explicar la situación espiritual y moral en que se encuentra inserto el hombre piadoso en el tiempo y en el mundo. En realidad, la atención de estos escritos no gira en torno a Belial, sino que está centrada en Dios y su salvación.
SATÁN EN EL NUEVO TESTAMENTO
Las creencias cristianas en la realidad de Satán y los demonios no se apoyan en las especulaciones del judaísmo primitivo, sino en los escritos del Nuevo Testamento. Las afirmaciones del Nuevo Testamento sobre el origen de los sufrimientos y de todos los males de este mundo son muy claras.
Como causa última se aduce al Malo por antonomasia, al diablo —“el enemigo que la sembró [la cizaña] es el diablo” (parábola de la cizaña) (17) “cómo él [Jesús] pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo”—, (18) a Satán, (19) al enemigo, (20) llamado también el dragón, (21) la antigua serpiente, (22) Beelzebul (23) o Belial. (24) Como señor de este mundo, (25) siembra el mal en el campo de Dios, (26) provoca las posesiones diabólicas, la enfermedad y la muerte. (27) Sus obras son la ira, la soberbia, la maledicencia, toda forma de concupiscencia, y son su modo de arrastrar a los hombres a la perdición. (28) Pero el Nuevo Testamento no nos ofrece un desarrollo sistemático de la figura del diablo. Cuando se le menciona, es siempre en función del misterio de Cristo que es anunciado, la única manera de comprender su significado es en función de ese mismo misterio.
Podríamos resumir en las siguientes afirmaciones lo que el Nuevo Testamento dice sobre el diablo.
El diablo es el adversario del Reino de Dios
La predicación de Jesús se centra en la llegada del Reino de Dios, que es inminente, y vincula tal llegada a su persona; según el Nuevo Testamento, el Reino de Dios irrumpe en un mundo dominado por el diablo. En el evangelio de Juan se llama al diablo el dirigente de este mundo, (29) y Pablo habla de él como el dios de este mundo. (30) El diablo parece dominar todos los reinos y todos los poderes del mundo: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. (31) La descripción del Apocalipsis (32) con los diez cuernos y las siete diademas indica el poder que ejerce sobre los hombres incitándoles al pecado: entra en Judas; (33) llena el corazón de Ananías para mentir al Espíritu Santo. (34) El dominio del diablo sobre la humanidad se manifiesta en la enfermedad, el dolor y la injusticia. La primera aparición del diablo en los Evangelios ocurre con motivo de las tentaciones de Jesús. (35)
Jesús ha vencido al diablo
El relato de las tentaciones es, en cierto modo, un relato programático de la actuación de Jesús; su vida entera es, en realidad, una lucha contra el diablo, en la cual éste último es derrotado. En los escritos del Nuevo Testamento los ángeles pierden prácticamente su importancia, el combate se desarrolla entre Cristo y el Espíritu, por un lado, y Satán y sus demonios, por el otro. Es así como podemos entender el sentido de la actividad exorcista de Jesús: “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. (36) Podemos sostener como afirmación central del Nuevo Testamento sobre el diablo que ha sido vencido por Jesucristo, según se desprende de los diferentes textos, por ejemplo: “Yo veía caer a Satanás del cielo como un rayo” (37) (éste es uno de los pocos textos de los Sinópticos referentes al diablo que reconocen los exégetas, precisando que el texto corresponde al Jesús histórico).
En el capítulo 12 de Juan se prepara el relato de la pasión de Jesús con estas palabras: “Ahora es la condena de este mundo, ahora el dirigente de este mundo va a ser expulsado fuera”. (38) Con la muerte y resurrección de Jesús tiene lugar su victoria definitiva contra el diablo, el poder del mal. En la carta a los Hebreos leemos: “así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo”. (39)
El diablo, ya vencido, continúa su actuación en nuestra historia
Desde el Apocalipsis contemplamos la historia de la humanidad como una historia de combate entre el dragón y el cordero, (40) y la vida de la Iglesia, como la resistencia a los ataques del dragón. El resultado del combate está ya decidido: el dragón ha sido vencido, (41) aunque pueda todavía hacer guerra y combatir a los santos. (42) Asimismo, en las cartas de Pablo y en otros escritos del Nuevo Testamento encontramos que el triunfo de Cristo es definitivo; (43) sin embargo, el diablo sigue siendo el tentador; (44) ronda a los cristianos “como león rugiente buscando a quién devorar” (45) y continúa tratando de impedir la propagación del Reino. (46) Pero el cristiano sabe que el poder del mal va a desaparecer definitivamente: “El Dios de la paz hará pedazos a Satanás bajo nuestros pies rápidamente”. (47)
CONCLUSIÓN
No podemos negar que el poder del mal está ahí. Y, tradicionalmente, la fe ha utilizado la figura del diablo para expresarlo ¿Qué significa, entonces, el demonio como representación de este poder?
1. No se trata de un dios malo frente a un dios bueno, como sucedía en el dualismo iranio. Solamente hay un Dios fuente de toda la realidad y señor de toda la historia.
2. Dios no es la causa del mal. En los diversos relatos populares sobre el origen del demonio en cuanto ser malo, siempre se dice que el demonio se opuso a Dios libremente. El mal es fruto de la oposición a Dios.
3. El mal es un misterio. Tal vez mejor que ningún otro símbolo, la figura del diablo subraya el carácter de misterio que tiene el poder del mal. El mal y su fuerza es anterior a mi propia decisión personal. Cuando llegamos al mundo, nos encontramos ya aquí el pecado y la muerte, el mal y el sufrimiento. La existencia humana está afectada por la separación de Dios anteriormente a la propia responsabilidad (esto se expresa en la fe cristiana por medio del pecado original). El poder del mal es anterior a la actuación y responsabilidad de la humanidad. No es creado por Dios. Nos encontramos, pues, ante un misterio. En palabras de Pablo VI: “El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa”. (48)
4. Todos los males que afectan al hombre tienen una única raíz: el egoísmo. En el caso del demonio, las categorías de su actuación son la muerte, la tentación y la mentira.
5. A la pregunta de si el demonio es un ser personal, responden algunos afirmativamente, ya que tanto los diferentes títulos con que se describen sus manifestaciones —principados, potestades, espíritus malignos, etcétera—, como toda su actuación descubren proyecciones de una inteligencia que actúa con fines concretos y de una voluntad dotada de libre albedrío. Otros opinan que sería un exceso atribuirle el ser persona, pues un ser personal es capaz de relación, de apertura, de amor. En el caso del demonio, su personalidad radica en enfrentarse a Dios y al hombre (de ahí su nombre hebreo: el adversario). Es un poder que combate, que está en una relación de enfrentamiento con Dios, con la historia y conmigo. El diablo no es apertura, sino cerrazón; no es amor, sino egoísmo. Es negación de la relación, la anti–relación, la cristalización del egoísmo.
6. El mal ha sido vencido por Jesucristo. El diablo, el poder del mal en su centro y en sus manifestaciones, en su misterio y en su fuerza, ha sido vencido definitivamente por Jesucristo, cuya vida y enseñanzas se despliegan totalmente en la dirección contraria: la del amor y el servicio. El amor de Jesús desenmascara y supera todo egoísmo, y encuentra su culminación en la cruz; en la pasión y muerte de Jesús queda para siempre resquebrajado el poder de Satanás. En Jesucristo, muerto y resucitado, triunfa definitivamente el poder de Dios:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? En todo esto logramos plenamente la victoria gracias al que nos ama; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni el presente, ni el futuro, ni las potencias, ni el alto cielo, ni el abismo profundo, ni ninguna otra creatura podrá separarnos del amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, Señor nuestro. (49)
DEBATE
1. Si el diablo no es creación divina, ¿cómo apareció?
Mario: Me voy a limitar a mi campo. La Sagrada Escritura no responde a esta pregunta. Comprendo que ciertas personas —lo noté ya en las entrevistas radiofónicas— se sientan inconformes al no disponer de todas las respuestas deseadas, pero nuestra tarea es buscarlas.
Sin embargo, la literatura apócrifa judía sí responde. El libro de Enoc etíope es el que trae la historia, que todos aprendimos desde chicos, que los ángeles fueron creados y cómo, por su propia libertad, se dividieron en ángeles buenos y en ángeles malos; y cómo los segundos, por su rebeldía contra Dios, se convirtieron en demonios.
Como el dato proviene de un apócrifo, no se considera revelado; esto es, no se considera un dato de lo que hemos de aceptar como fe.
No disponemos de otra explicación sobre el origen del demonio. Digamos que en la Sagrada Escritura se le encuentra ya existente; eso sí, lo describe de diversas maneras, nos advierte contra él y lo considera derrotado, pero todavía actuante.
2. ¿Por qué se ha tomado como símbolo del demonio la serpiente?
Mario: Es un símbolo discutido. Mucho tiempo se consideró, efectivamente, que la serpiente era una representación del demonio. Recientemente algunos biblistas piensan que no es preciso atribuir al Génesis la identificación de la serpiente con el demonio. Lo que pasa es que los judíos, al llegar a Canaán, se encontraron con varios pueblos idólatras; la religión de éstos no dejaba de ejercer cierto atractivo sobre los judíos en diversos aspectos, que se centraban todos en el símbolo de la serpiente, pues ésta era un símbolo fálico, un símbolo de la fecundidad. Simbólicamente la serpiente era un ídolo rival del Dios verdadero. En este sentido pudo haber sido un ídolo muy tentador.
3. ¿Qué diferencia hay entre diablo y demonio?
Mario: Actualmente son sinónimos, aunque el origen de cada palabra es distinto, como expliqué en mi intervención.
4. ¿Por qué sigue actuando el demonio, si el misterio pascual ya se realizó?
Mario: El Nuevo Testamento no nos presenta un tratado sistemático sobre el diablo; sí nos dice que está vencido en cuanto no tiene la última palabra, esto es, en cuanto no puede dañar al hombre si el hombre no se lo permite. El Dios único ha sometido a ese ser y lo tiene bajo su dominio; y, sin embargo, lo ha dejado en libertad de poner tentaciones, como ha dejado al hombre en libertad de aceptar o no esas tentaciones. El misterio pascual de Jesús es definitivo en cuanto nos ha alcanzado la plenitud de su gracia, depende de nuestro libre albedrío el aceptar o no el misterio pascual o la tentación.
5. Partiendo de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, me pregunto si el diablo conoce todos los pensamientos del hombre.
Mario: No tengo datos. Se dice que es un ser muy inteligente, y que sabe más por viejo que por diablo, pero no sé hasta dónde llegue su sapiencia.
6. Comprendí que el Antiguo Testamento no define qué es el demonio; y que el Nuevo Testamento no es claro sobre el tema. Entonces, ¿qué hemos de pensar los cristianos?
Mario: No es que no digan nada esos libros. Como expliqué, algo dice el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento —la principal fuente de nuestra fe—, aunque no presente un tratado sistemático sobre el diablo en partes, capítulos y párrafos ordenados, sí ofrece una serie de afirmaciones fundamentales sobre el punto, y a las que debemos atenernos. Vimos que lo presenta como adversario de Dios y de su proyecto y, por tanto, también del hombre, a quien intenta destruir.
El propósito de estos trabajos es reflexionar, junto con ustedes, en torno a nuestra fe. Ni nuestra fe ni la teología que hagamos las fundamos en el tema del diablo, sino en Jesús. Esto sí, reflexionando sobre el diablo comprendemos mejor lo que significan la predicación de Jesús y su Reino.
7. Estoy confusa. Me enseñan que Dios es el Ser supremo y el Creador de todo. Luego aparece un ser que no sabemos ni qué ni quién es, ni de dónde sale y que se enfrenta nada menos que a Dios. Conocemos la historia que nos contaron; pero ahora resulta que proviene de un libro apócrifo, Enoc Etíope. Da la impresión de que esa historia es un cuento, un mito, sin valor. Entonces en realidad no sabemos nada. En definitiva, esa creatura o —no sé cómo llamarla, si Dios no la creó— ¿existe o no?
Mario: El que no tengamos claridad absoluta sobre el origen de un ser no es argumento decisivo para negar su existencia. En primer lugar, podemos constatar sus efectos. En segundo lugar, el libro de Enoc etíope, aunque no es canónico, tampoco es un escrito cualquiera; entre los judíos goza de enorme autoridad, y en la tradición cristiana no deja de tenerla. Un texto así no tendrá la misma autoridad que, por ejemplo, el Sermón del Monte; pero tampoco carece de toda autoridad.
Entonces es probable que no tengamos certeza sobre su origen, pero sí tenemos varias certezas: que hay un solo Dios, y no un Dios bueno y un Dios malo; que el diablo actúa; que el diablo ni es Dios ni es un ser humano, pero que eso sí, es muy inteligente, poderoso y adversario nuestro. Esto indica que hemos de estar alertas.
Siendo el diablo adversario de Cristo y del Reino de Cristo, no tiene, sin embargo, la última palabra ni el máximo poder. Estamos en una lucha (que descuidamos) cuando nos negamos a admitir la existencia del diablo sólo porque no podamos con toda claridad explicar su origen.
Abro un breve paréntesis, sé que aquí hay personas más preparadas que yo; con toda modestia los animaría a que con su aportación me ayudaran a mí y a las personas que preguntan.
8. ¿Por qué la Iglesia ha recurrido a ese texto apócrifo, y no a la Sagrada Escritura, para dar la explicación que recibimos en el catecismo?
Mario: Desconozco la razón y el momento histórico en que entró esa explicación. Los textos canónicos no hablan de ello, ustedes saben muy bien que la Sagrada Escritura responde a las principales inquietudes de los seres humanos, pero no es un libro científico, ni una enciclopedia que responda el cien por ciento de las preguntas. Podríamos concluir que el tema no era tan importante para los autores bíblicos.
9. Quizá el diablo no existe realmente, sino sólo en la mente. Me explico: cuando un individuo decide llevar una vida ética, para él dejó de existir el mal. Si todo mundo hiciera lo mismo, en ese momento dejaría de existir el mal, y dejaría de existir el diablo. Esto es, en ese momento desaparecería algo que nunca existió, que nada más era un pensamiento.
10. Yo estoy de acuerdo. El diablo podría ser una fuerza que ha creado la humanidad: la fuerza del mal. Pensamos negativamente, pecamos y eso lo transmitimos y contagiamos. Si no pensáramos negativamente ni pecaríamos, ni habría diablo.
Mario: En favor de ustedes está todo un grupo de cristianos actuales; toda una corriente que niega la existencia del diablo, y dice que lo que llamamos diablo no es sino el egoísmo humano proyectado fuera del mundo en forma de divisiones, pleitos y guerras; que es algo que está dentro de nosotros, y que somos nosotros los que hemos echado a perder la Creación divina tan bella y llena de bondad. Es una corriente que expuse y que ya tuvo su despedida del diablo.
A mí, personalmente —como a otros muchos—, me parece que no podemos olvidar los textos del Nuevo Testamento en que se menciona al diablo como adversario, poderoso, tentador, enemigo, padre de la mentira, príncipe de este mundo. Difícilmente podríamos concluir que estos textos se refieran sólo al egoísmo humano, o sean un símbolo del mismo. Y sigue siendo doctrina de la Iglesia que se trata de un ser con las características indicadas.
11. ¿Qué opina usted de la corriente que dice que el diablo es un Anti–Dios? De la misma manera que hay blanco y negro, materia y antimateria.
Mario: Es una tesis inadmisible. No podemos tratar este problema ahora, se comprenderá mejor en el capítulo “El problema del mal. Perspectiva filosófica”.
12. Si el mal no tuvo principio, ¿cómo fue vencido?
Mario: No estoy de acuerdo en que no haya tenido principio. Si no tuvo principio, entonces sería el Dios malo o el Dios del mal, que ha convivido en toda la eternidad con el Dios del bien; llegaríamos a concluir que hay dos Dioses, cosa inadmisible.
13. Parece claro que hay dos dioses o principios, el del bien y el del mal. La tradición de la Iglesia nos dice que el diablo no fue creado como diablo, sino como ángel, que se rebeló por su propia voluntad. Quisiera se me aclarara lo que dice el programa que anuncia los trabajos: “Por la fe aceptamos las verdades reveladas; con la razón reflexionamos sobre ellas”.
Lo que recibimos de la Sagrada Escritura y de la Tradición es el amor de Dios y la historia de la salvación por medio de Jesucristo. No recibimos la prueba ni la refutación directa de la existencia del diablo. San Juan en su Evangelio nos dice que si todo lo que hizo y dijo Jesús se escribiera, no cabrían los libros en el mundo. Entonces ¿hemos de reflexionar para encontrar lo que no viene expresamente en la Biblia?
Mario: Claro. Y siguen otros trabajos en los que se harán reflexiones sobre aspectos diversos.
14. Varias observaciones: a) Primero sobre una frase suya. Me pareció que decía que no se demostraba la existencia de Dios. Prescindiendo de las demostraciones que se han hecho, por ejemplo, desde san Agustín, santo Tomás y otros, y aun ya antes, desde Aristóteles, la Iglesia sí enseña que se demuestra la existencia de Dios: en el Vaticano i, y después otra vez en el Vaticano II.
b) En algunas intervenciones se ha hablado del demonio como si fuera o un Dios del mal o un semidiós. En el Magisterio de la Iglesia —al que usted dijo que se iba a atener— en concreto en el Concilio Lateranense IV, el cuadro está claro: Dios creó a los ángeles, creó lo invisible y lo visible; explícitamente se dice que creó a los ángeles.
En la Escritura misma —en la que usted se ha basado— se sabe que hubo lucha; se sabe lo que es el demonio. No lo queramos levantar a la categoría de un Dios, ni atribuirle todo lo malo, no hace falta cargarle tanto el gatillo.
c) En cuanto a si es persona o no: sin recurrir al libro de Enoc Etíope, lo que dice el Evangelio nos basta para ver que sí es una persona: Cristo no estaba haciendo estupideces cuando hablaba con él y él le respondía.
Jorge: Como coordinador insisto ante todo en la observación general que hice al principio: el tema es como una intrincada madeja, que conviene estudiar hilo por hilo —por cierto, al estilo de santo Tomás—, y no todos al mismo tiempo, para no enredarla más. El tema de hoy es Exégesis. Es natural que algunas personas hayan dejado el tema y hecho preguntas más bien de tipo filosófico, por ejemplo, si el diablo sería una especie de segundo principio. Tal problemática es el tema del capítulo titulado “El problema del mal. Perspectiva filosófica”. Naturalmente también se han hecho preguntas respecto del Magisterio de la Iglesia, que es el tema del cuarto capítulo. Digo naturalmente porque todos los temas están interrelacionados. Pero por método debemos atenernos ahora al tema de la Exégesis. Lo cual, dicho de pasada, no significa ningún desdén al Magisterio de la Iglesia, pues éste se sirve con agrado de la investigación de los exégetas.
Ya no como coordinador, sino como participante en esta sesión, quisiera aludir a esta intervención del Padre Rahaim. Me parece que se pasó de agudo, al dar una explicación llana de por qué el diablo es persona. No basta citar un texto bíblico, hay que saber interpretarlo. En la Biblia se dice también que los montes brincaron como carneros ante la gloria de Dios; ¿brincaron físicamente los montes?, ¿exactamente como carneros? Quizá la Palabra divina usa una metáfora para llevarnos a realidades más profundas que un fenómeno físico, por espectacular que pudiera ser. En la Liturgia de las Horas se lee con frecuencia el cántico de los tres jóvenes en el libro de Daniel: “Ballenas, ¡alaben al Señor! [...] sol y luna, estrellas, lluvia, rocío y escarcha, nubes y relámpago, ¡alaben al Señor!” (50) Todo ello es Palabra divina. Entonces, ¿o todos esos seres son personas, pues la alabanza a Dios supone un ser personal, o la Palabra divina dice cosas tontas?
Viniendo al diablo: leemos en la Sagrada Escritura que se le llama la serpiente antigua, se dice que anda como león rugiente buscando a quién devorar, que se le vio caer desde el cielo como un rayo. ¿Es rayo, león, serpiente?
Indudablemente la Biblia tiene un sentido literal que hay que respetar, pero aun ahí hay que dar atención a lo que puede ser metáfora. Es cuando interviene la exégesis para encontrar los sentidos más profundos. Considero que el trabajo de Mario ha sido la síntesis de muchos años de investigación, no sólo personal, sino de cabezas muy inteligentes de la Iglesia. Claro que el Magisterio —y no una simple broma— puede sobrevolar por encima de todas estas cabezas y declarar algo con propia fuerza. Pero esta noche estamos considerando precisamente el aspecto exegético. El capítulo IV tocará el tema del Magisterio.
Sobre la frase de Mario que sonó mal, que no se demuestra ni la existencia del diablo ni la no existencia, como tampoco se demuestra ni la existencia ni la no existencia de Dios. Es una frase lateral, y quizá no fue la más feliz. Pero me tomo la licencia de precisar: el Vaticano i define, en efecto, como dogma que la razón humana puede llegar a conocer a Dios a través de las creaturas, pero no por eso define como dogmas las aducidas pruebas de san Agustín, ni las de santo Tomás, ni mucho menos las de Aristóteles.
15. Al parecer se dan aquí dos corrientes. Una considera al diablo como un ente aparte. Otra, como parte de la esencia humana, según la cual tendríamos al mal en nosotros mismos; un mal al que debemos vencer. La Biblia es hermosa, algo maravilloso; sí, se vale muchas veces de la metáfora para darnos a conocer sus enseñanzas: se dice que las montañas brincan, y que las ballenas alaben a Dios. Entonces no creo que sea tan difícil ni incómodo negar la existencia del diablo como ente individual. ¿Será tal vez problema de interpretación? Para no nombrar todos los pecados se habría servido la Biblia de la palabra diablo, para englobar todos los males morales en un concepto dado.
Mario: Durante muchos años se utilizó en la Iglesia sólo el sentido literal. Luego se vio que no era el único sentido. Hay que ver según el texto, en qué libro, y en qué época se compuso el libro, para ver lo que el texto quiere decir. No es lo mismo un texto poético, como el de los salmos, o un texto histórico, como el de los Reyes, o un texto sapiencial, como el Proverbios o Sabiduría, que un texto reciente, como sería el Nuevo Testamento. Aun en éste hay que investigar, por ejemplo, hoy día no atribuiríamos nosotros todas las enfermedades a los demonios, como parece se hacía en tiempos de Jesús. De algunas enfermedades hoy diríamos que se debían a un virus que ellos desconocían y por eso pensaban que eran causadas por un demonio, como el demonio mudo. Con esto no quiero concluir que todos los textos sean simplemente metafóricos.
La exégesis ayuda al Magisterio de la Iglesia. Pero es este Magisterio el que dice la última palabra sobre la interpretación de la Biblia. Hace sólo dos años, Juan Pablo II, en la catequesis de los miércoles, volvió a repetir la explicación tradicional sobre la existencia de este ser.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Biblia Sacra Iuxta Vulgatam Clementinam, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1986.
Bultmann, Rudolf, “Neues Testament und Mythologie. Das Problem der Entmythologisierung der neutestamentlichen Verkündigung” en Hans–Werner Bartsch (Hg.), Kerygma und Mythos, Band 1, 4 Aufl, Reich, Hamburgo, 1960.
Busto, José Ramón, “El diablo” en Pliego, Vida Nueva.
Foerster, Werner, “Satanas” en Kittel, Gerhard (Dir.), Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, Tomo 7, Kohlhammer, Stuttgart, 1942.
Haag, Herbert, El diablo: su existencia como problema, Herder, Barcelona, 1978.
Mollat, Donatien, “Anges et Demons” en II Cursus Internationalis Exercitiorum Spiritualium in hodierna luce Ecclesiae, 1 de octubre a 8 de diciembre, 1968, sección Exercitiorum Spiritualium, Romae, Curia Societatis Iesu, 1968.
Navone, John, “El diablo” en Fiores, Stefano de y Tullo, Goffi, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid, 1983, pp. 348–361.
Pablo VI, “Audiencia general”, miércoles 15 de noviembre de 1972, http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/audiences/1972/documents/hf_p-vi_aud_19721115.html
Schlier, Heinrich, Problemas exegéticos del Nuevo Testamento, FAX, Madrid, 1970.
1- Herbert Haag, El diablo: su existencia como problema, Herder, Barcelona, 1978.
2- Rudolf Bultmann, “Neues Testament und Mythologie. Das Problem der Entmythologisierung der neutestamentlichen Verkündigung” en Hans–Werner Bartsch (Hg.), Kerygma und Mythos, Band 1, 4 Aufl, Reich, Hamburg, 1960, p. 16.
3- Gn 32, 23–33. Jacob cruza el vado de Yabboq, con todo su clan, y tiene que luchar con alguien.
4- Sal 91.
5- Sal 91, 5–6.
6- Gn 6, 4.
7- Sal 29, 1.
8- Sal 89, 7.
9- Za 3, 1–7.
10- Jb capítulos 1–2.
11- 1Cro 21, 1.
12- Ex 31, 3.
13- Zc 12, 10.
14- Os 4, 12.
15- Zc 13.
16- Gn 3.
17- Mt 13, 39.
18- Lc 8, 12; Hch 10, 38.
19- Mc 3, 23–26; 4, 15; Lc 9, 16.
20- Mt 13, 39; Lc 10, 19.
21- Ap 12, 13; 20, 2.
22- Ibidem, 9; 20, 2.
23- Mt 12, 24 y 27; Mc 3, 22; Lc 11, 15, 18 y 19.
24- Co 6, 15.
25- Jn 12, 31.
26- Mt 13, 37 y ss.
27- Mc 3, 23–30; Lc 13, 16; Hch 10, 38; Hb 2, 14.
28- 1Co 7, 5; 2Co 2, 11; Ef 4, 26 y ss; 1Tm 3, 6 y ss.
29- Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11.
30- 2Cor 4, 4.
31- Mt 9, 4.
32- Ap 12, 3.
33- Lc 22, 3.
34- Hch 5, 3.
35- Mt 4, 1–11; Lc 4, 1–13.
36- Hch 10, 38.
37- Lc 10, 18.
38- Jn 12, 31.
39- Hb 2, 14.
40- Ap 12, 9 y 12.
41- Ibidem, 20, 2.
42- Ibidem, 12, 17.
43- Ef 1, 20–2, 10.
44- 1Cor 7, 5; Ibidem, 2, 11; 1Tim 5, 15.
45- 1Pe 5, 8.
46- 1Ts 2, 18.
47- Rm 16, 20.
48- Pablo VI. “Audiencia general”, miércoles 15 de noviembre de 1972, quinto párrafo del discurso, http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/audiences/1972/documents/hf_p-vi_aud_19721115.html
49- Rm 8, 35–39.
50- Dn, 3.
II. Posesiones diabólicas ordinarias.
Conato de explicación
JORGE MANZANO VARGAS, S.J. (†)
LÍMITES
Son numerosas las personas —más de las que imaginamos en nuestra sociedad culta— que se acercan a los sacerdotes para pedir exorcismos sobre alguien supuestamente poseso. La Iglesia es prudente: a la inmensa mayoría los envía al médico, al psicólogo, al psiquiatra; o les dice que coman y duerman bien, que disminuyan su stress, que descansen, que tomen vacaciones. Sólo en un mínimo de casos la Iglesia juzga prudente hacer los exorcismos. Se requiere que el Obispo dé su aprobación. Y, aunque en principio cualquier sacerdote tendría poder para hacer los exorcismos, en la práctica sólo puede hacerlos el exorcista nombrado por el Obispo, quien lo escoge por su virtud y conocimientos en la materia.
A falta de estadísticas usaré números simbólicos. Digamos que de un millón de casos que se presentan, la Iglesia juzga prudente hacer exorcismos en diez de los casos; y a los demás los envía, como dijimos, al descanso o al psicólogo. A estos casos los dejamos de lado pues están, en principio, resueltos. Atenderemos a los diez casos de exorcismo.
En este trabajo trato de dar una posible explicación natural, digamos, por lo menos, a nueve de esos diez casos. Notemos el matiz posible, pues en el campo de lo humano no siempre se puede contar con certezas absolutas.
ADVERTENCIAS
Seguimos el modo de la Iglesia: la inmensa mayoría de los casos hay que remitirlos al descanso, buena alimentación, o consulta médica, psicológica o psiquiátrica. La Iglesia ciertamente no fomenta la credulidad supersticiosa que ve posesión diabólica en cada hoja que cae, perro que aúlla, caballo que relincha, o convulsiones y espumas en la boca.
Según la mentalidad de la Iglesia, trato de encontrar una explicación del orden natural para los casos todavía no explicados. Presento esta explicación en el campo de lo posible, no de la certeza absoluta.
También con la Iglesia, dejo aquí abierta la posibilidad de que hubiera casos —que serían relativamente pocos— en que el diablo provocara los fenómenos espectaculares de posesión.
FENÓMENOS USUALES QUE HACEN PENSAR EN POSESIÓN DIABÓLICA
Nota: Se suelen considerar tres tipos de asalto diabólico. La circuminsesión: vejaciones externas como ruidos, golpes, cosas que se rompen. La obsesión: el diablo ocupa el cuerpo mismo del poseso, pero no impide su libertad de acción. La posesión: lo mismo, pero además impide la libertad de acción. En lo que sigue atendemos sobre todo a este último tipo.
1. Movimientos corporales incontrolados: movimientos súbitos y violentos, como girar el cuerpo a gran velocidad, o rodar sobre el suelo con el cuerpo rígido; levitación —al menos aparentemente contra la ley de la gravedad—, fuertes temblores o calambres, convulsiones, contorsiones, estrellarse contra suelo o paredes, arrojarse por la ventana u otros espacios, acrobacias admirables. Y todo esto, a veces, sin alteración del pulso.
2. Mirada maligna, llamada diabólica. Cambio súbito del color de los ojos, sin ninguna otra alteración corporal.
3. Abrirse y cerrarse partes del cuerpo, a manera de grandes heridas. Secreciones asquerosas por diversas partes del cuerpo.
4. Sensación y muestras de doble personalidad. Se siente que dentro de uno está otro. Aparecen palabras escritas o marcadas sobre el cuerpo. Alaridos o carcajadas como sin causa y de manera exagerada.
5. Blasfemias y movimientos de repudio contra Dios, violentas reacciones contra lo sagrado como reliquias y agua bendita.
6. Sensación de contactos, íncubos o súcubos, con el diablo.
7. Los fenómenos a que se suele dar más importancia son la glosolalia, la clarividencia, por ejemplo, respecto de los pensamientos del exorcista, y las manifestaciones de fuerza extraordinaria; por ejemplo, una levitación prolongada.
EXPERIENCIAS
Comunico tres experiencias que he tenido. La primera, a finales de la década de los setenta, en Ciudad de México; la segunda, a principios de la década de los ochenta, en Copenhague; la tercera, en 1991, aquí en Guadalajara. Tomaré en conjunto las del Distrito Federal y Guadalajara, que son muy semejantes, y después hablaré de la danesa, algo diversa.
I
Por razones del todo ajenas al tema que nos ocupa, hice con diversos grupos de amigos, en Ciudad de México y Guadalajara, experimentos que llamamos de concentración, o de trance, en que se manejan fuerzas naturales, tan naturales que son la base de una técnica usada por algunos directores de teatro, en especial en Polonia y en México. Los actores en estado de trance ya no actúan en el sentido de una vulgar imitación, sino que viven otra personalidad, o se transforman en otra cosa, mediante el uso de dos energías: una propia y otra exterior. Es muy potente la resultante del encuentro de estas dos energías. La energía propia es no sólo mental o psíquica, sino totalizante, por decir una palabra. Y lo mismo digamos de la energía exterior. Es incómodo querer darles un nombre, pues hoy día los nombres pueden causar confusión. Eso sí, por más que la naturaleza exacta de estas energías nos sea todavía inexplicable, es seguro que se trata de energías naturales, pues con práctica queda todo bajo el control y la voluntad del ser humano.
Arbitrariamente señalo dos fases de la experiencia. En la primera se aprende a conocer tales energías. Por medio de una técnica especial uno concentra toda la realidad personal, digamos mía, en algún punto privilegiado del cuerpo: todo lo que soy, pienso, quiero, cuanto pueda pertenecer a mi mente o a mi cuerpo. Si eso se logra, se entra, como automáticamente, en contacto con la energía exterior y se produce un choque violento. La vez primera estaba yo acostado boca arriba, relajado del todo, cuando de súbito salió mi cuerpo volando por los aires —físicamente, no sólo mentalmente—, sin que yo hubiera hecho ningún intento, ningún esfuerzo para ello, sin siquiera haberlo pensado. No fue contra la ley de la gravedad, sino de consuno con ella: mi cuerpo volvió a caer; de pie, pero en estupenda secuencia se puso mi cuerpo a girar a velocidad vertiginosa y a trasladarse sobre la punta de los pies, como consumado danzante de ballet —yo, que jamás he danzado—. Simultáneamente salían de mí, y sin control alguno, profundas y sonoras carcajadas, que podían oírse hasta muy lejos. Daba la sensación de vivir en otro mundo, de haber pasado a otra dimensión.
En otra ocasión mi cuerpo salió rodando —relajado y sin embargo rígido— como si fuera un cilindro metálico impulsado con gran fuerza. Uno de mis compañeros entró en súbitas convulsiones, como en danza incontrolada y salvaje. El cuerpo de otro se puso a danzar muy suavemente como pluma llevada por suave brisa, o como ave que planea en alturas felices y sin resistencia. El cuerpo de otro se arrastraba y retorcía por el suelo como serpiente insidiosa.
Otra vez hicimos la experiencia en el campo, todos en torno a un árbol frondoso lleno de vida. La consigna era no abrir los ojos sino hasta el momento de estar ya concentrado. Pasó un buen rato y yo no podía concentrarme. Abrí los ojos para ver qué pasaba, y todos estaban con los ojos cerrados: nadie se había concentrado todavía excepto uno, arrobado, inmóvil, que lloraba con dulzura. Más tarde, en otro ejercicio, mi cuerpo se lanzó brusco a morder furioso la tierra y el pasto, mientras salían de mi boca grandes espumarajos. Otro de mis compañeros gritaba y giraba sobre sí a gran velocidad, y parecía que la cabeza le giraba a una velocidad notablemente diversa que el tronco.
En un ejercicio por parejas estábamos dos de pie, y frente a frente, con los ojos cerrados, que abriríamos hasta el momento de haberse uno concentrado y sentido al otro. Abrí los ojos y, casi simultáneamente, él también. De inmediato cayó mi cuerpo tieso, como pesada viga que se derrumba estrepitosamente, mientras me salían muy sonoros gemidos y lloros de infinita tristeza, sin ningún pudor. Caí en la cuenta de que haría cosa de 25 años que yo no lloraba y mucho menos en forma sonora.
Nunca se pierde la conciencia; y salido uno del trance, recuerda todo. Debo hacer notar que en los ejercicios de grupo nos percibimos mutuamente, sabemos dónde está cada quien, aunque uno tenga los ojos cerrados y el otro cambie silenciosamente de lugar. Se trata de una percepción diversa de los cinco sentidos. La percepción es clarísima e indudable —no se puede describir a quien no la ha sentido, como no se puede explicar el sabor del mamey a quien no lo ha probado— y se realiza a través del punto de concentración, que en nuestro caso fue el plexo solar. La intercomunicación puede ser tan intensa que se siente como si un cordón energético y activo uniera a todos y circulara entre los plexos solares. Algunas y otras de estas experiencias son semejantes a las que se dan entre los llamados posesos. La naturaleza y variedad de los efectos puede comprenderse con un símil. Supongamos a uno que por primera vez va al mar, y desde la orilla ve cómo un grupo de bañistas juega con las olas altas: unos las atraviesan por abajo, otros las montan, otros las embisten para ser llevados por ellas. Nuestro héroe entra al mar, falto de práctica, y las olas lo revuelcan. Así conoció ya la fuerza del mar, pero con práctica sabrá usar esa fuerza, y jugar con las olas con toda fantasía. Notemos que se trata de la misma fuerza del mar, con la que juegan los bañistas, la que da furiosa revolcada a otro y aun le rompe una pierna, y la que usa una gaviota para mantenerse totalmente inmóvil sobre la cresta —y ni una pluma se le mueve—. Yo explicaría así los fenómenos descritos, como si de pronto se nos hubiera echado encima un mar invisible en movimiento.
La segunda fase de la experiencia consiste precisamente en aprender a manejar y a usar, para fines específicos, estas energías. Caso típico, el ya mencionado, de los actores de teatro. Supongamos dos rivales. Los actores no necesitan estudiar frente al espejo cómo imitarían a los dos rivales, sino que en estado de trance se convierten en esos dos rivales históricos o poetizados. La misma energía que furiosa e implacable hace rodar o girar el cuerpo del inexperto, es dócil al manejo del experto. La energía que lanza cuerpos al aire, que hace proferir carcajadas, gemidos o alaridos, obedece aquí al actor, y toda ella se reduce a producir una arruga en el rostro, que expresa, por ejemplo, absoluto desdén por el otro. La acción teatral resulta perfecta. Con nuestro símil: el potente mar juega con el inexperto, el experto juega con el mar.
Digamos que la primera fase, para usar otro símil, la realizamos sin programación alguna: se trataba simplemente de ir conociendo esa fuerza. ¿Qué hacíamos? Concentrarnos, o entrar en trance, simplemente. En la segunda fase ya había programación. Nos concentrábamos en algo, o en alguien. Por ejemplo, en camarones que están siendo asados a la parrilla. Tal vez suene increíble, pero sí, pasamos por la experiencia de ser camarones que están siendo asados a la parrilla. Cómo se contorsionaban o distorsionaban nuestros cuerpos, lo ignoro y, sin embargo, lo hicimos, en la medida en que un cuerpo humano puede convertirse en camarón. En otro ejercicio el director daba la orden de realizar un cuadro del Greco sobre la crucifixión: “Tú serás Jesús, tú Juan, tú Magdalena, tú el soldado de la lanza, tú un fariseo”, etcétera. Puestos en estado de trance —esa vez yo era espectador—, vi con asombro un cuadro del Greco, las figuras alargadas y los ojos vidriosos; fue notable el caso de uno, más bien obeso, más ancho que alto y de manos pequeñas. El trance estiró su cuerpo y alargó sus dedos: el Greco pudiera haberlo tomado como modelo.
El ejercicio que nos resultó difícil fue concentrarnos en ideas abstractas: por ejemplo, la mitad del grupo se concentraba en ser la pereza, la otra mitad en la diligencia; unos en el amor y otros en el odio. Notemos: no se trataba de convertirse, ni mucho menos de actuar como un hombre perezoso, diligente, que ama o que odia, sino ser la pereza misma o el amor mismo. La tensión entre los dos grupos era muy intensa; los movimientos corporales, de un simbolismo profundo y peculiar a cada uno. En otra ocasión éramos agua contra fuego: el agua quiere apagar el fuego, el fuego intenta hacer evaporar al agua. No está por demás decir que a veces salíamos sangrantes. Menciono aquí una experiencia llamativa: girando a buena velocidad perdí de pronto el equilibrio y me estrellé de cabeza contra la dura pared. Sentí —y todos oyeron— un fuerte crac, como si la cabeza se rajara en muchos pedazos. Me pasó el pensamiento de que ahí acababa mi vida, pero no quise salir del trance. Al final del ejercicio lo primero que hice fue llevarme las manos a la cabeza para examinar los efectos: nada, ni una gota de sangre, ni la más leve protuberancia o rasguño, ni el más pequeño dolor; ni durante el golpe, ni al salir del trance, ni esa tarde, ni esa noche, ni nunca. Al momento del golpe sentí de hecho como si mi cuerpo estuviera rodeado desde dentro por una buena capa de corcho, inmune y flexible a los golpes.
II
Mi experiencia en Copenhague. Un jesuita danés me invitó a participar en una sesión de carismáticos en la que se oraría por la curación de un joven enfermo. Seríamos unas 25 personas, entre católicos y protestantes. Todos nos colocamos en torno al joven, con los brazos extendidos hacia él, pues estaba en el centro, como si le impusiéramos las manos. Dirigía la sesión un laico, doctor en teología. Apenas colocados en rueda, comenzó este doctor a pronunciar frases ininteligibles, como si hablara un idioma desconocido, sin puntos ni comas, todo seguido y con rapidez. Me sentí molesto, era un abracadabra. Sabía que los carismáticos esperan el don de lenguas, pero el doctor había funcionado como autómata. Además, hasta donde yo sabía, el don de lenguas consistía no en hablar un idioma extraño e ininteligible, sino que el día de Pentecostés los apóstoles hablaron su propio idioma, pero fueron entendidos por los árabes como si hablaran árabe, por los cretenses como si hablaran cretense, etc. También pensé que entre los carismáticos podría darse una tentativa reductora —tan humana—, de intentar mantener al Espíritu Santo en una rutina: si dio tales dones en tal fecha, tendría que darlos en cualquier fecha, como si el Espíritu Santo no tuviera fantasía, como si el Espíritu Santo gustara de la rutina, siendo así que Él transforma y renueva sin cesar el universo. Pensé igualmente que san Pablo recomienda anhelar más el amor que el don de lenguas. Detuve mis murmuraciones interiores, ¿por qué estar pensando mal de los asistentes? Lo mejor será —decidí— hacer esto a lo que he venido (“a lo que te truje, Chencha”), y me puse a orar. El ininterrumpido abracadabra del director me distraía y, entonces, decidí usar la técnica de que he hablado y hacer mi oración en trance. Me concentré rápido, tuve la sensación clarísima en el plexo solar. En ese momento preciso oí que el director —estaba cerca de mí— decía en secreto a su otro vecino: “Ahora se siente muy fuerte”. Fue suficiente para mí. Salí de mi trance, y decidí poner mi mente y mi corazón en blanco. Ya después haría mi oración por ese joven.
Terminada la sesión dije al director que tal vez muchos de los fenómenos que se dan entre los carismáticos podrían atribuirse a fuerzas naturales; que en México había yo hecho ejercicios de concentración, y que... No pude continuar. Él se molestó y me dijo que yo no debía hacer esos ejercicios, pues eran cosa diabólica. Le respondí que no eran cosa diabólica, y que de mi parte repetiría los ejercicios cuando yo quisiera. Con voz tronante replicó: “¡Te prohíbo que lo hagas!” Por supuesto que yo no veía con qué autoridad pudiera él prohibirme nada, pero lo llamaron por teléfono. Mi amigo me aconsejó no discutir más, pues el doctor era muy obstinado.
Reflexiones
1. Quizá muchos de los fenómenos que se dan entre posesos, espiritistas y carismáticos pudieran explicarse muy bien de una manera natural. Parto del principio de que todo nuestro mundo es algo portentoso, pero hemos de distinguir muy bien lo que es del orden natural de lo que constituyen eventos del orden sobrenatural. El tipo de lo sobrenatural estricto lo constituye la resurrección de Jesús, evento que supera todas las fuerzas de la naturaleza. En cambio, el proceso de nuestra visión corporal es algo prodigioso y, en último término, proviene también de Dios; pero en el orden meramente físico es explicable por causas naturales. Entonces yo diría que no caigamos en la perezosa credulidad que considera todo evento extraño como producido directamente por el Espíritu Santo en el caso de sesiones carismáticas; por el aparecido, en el caso de los espiritistas; o por el diablo, en los considerados posesos. Es posible que la inmensa mayoría de esos eventos sean naturales, efecto, por ejemplo, del estado de trance que he relatado. Nosotros realizamos muchos efectos de manera querida y consciente. Pero se da el caso de las personas llamadas predispuestas, quienes sin saber de qué se trata, entran en trance; y al vivir fenómenos espectaculares, los atribuyen, en el caso de los posesos, al diablo.
2. Debo completar lo dicho con una teoría no tan reciente —se remonta por lo menos a Bergson— y que completo. Nuestro cuerpo sería un receptor maravilloso que capta cuanto sucede en el universo; pero nuestro cuerpo está bien organizado de modo que sólo pasan a la conciencia los eventos circundantes, que son los que más interesan a las necesidades vitales. Sería muy incómodo, impráctico, aun dañino, el ver todo lo que pasa, u oír las voces y los ruidos de todo el mundo. Sin embargo, dadas ciertas condiciones, podrían pasar a la conciencia eventos lejanos. Pensemos en un receptor de TV, que capta las ondas luminosas y auditivas que ahí están. Hasta un niño puede lograrlo: basta que oprima un botón. Digamos que nosotros no sabemos dónde está, o cómo hacer funcionar el equivalente, en nuestro cuerpo, de ese botón. Pero hay personas predispuestas, en las que de súbito actúa solo el mecanismo y perciben escenas distantes tal como si estuvieran ahí —a manera de una TV desajustada que se encendiera y apagara sola—. Esta teoría puede explicar ciertos sueños premonitorios. Por ejemplo, una persona con disposiciones percibe, soñando, esta escena real: es sábado en la noche, el empleado de una maderería sale y la cierra, pero descuidado deja caer el residuo de su cigarro. El dormido ya no ve más, pero su fantasía onírica le muestra cómo se produce un gran incendio en tal ciudad lejana. Nadie le cree, pero los periódicos del lunes cuentan con lujo de pormenores el incendio que tuvo lugar el domingo por la tarde.
III
Tal vez así podrían explicarse muchos casos de espiritismo verdadero, dejamos totalmente de lado los casos de fraude comercial. Supongamos un niño a quien su abuelo moribundo confió un secreto exclusivo. Después de varios años, ese niño, ya adulto, va a una sesión espiritista y la médium se pone a hablarle de aquel secreto; es más, con la voz del abuelo. Nuestro protagonista creerá que el abuelo vino del más allá. Opino que el fenómeno tiene una explicación muy natural: la voz y el secreto del abuelo quedaron grabados de alguna manera en el cuerpo del niño; la médium entra en trance y su cuerpo puede leer los datos en el cuerpo de su cliente y traducirlos al exterior —como una computadora lee los datos de otra computadora—. El abuelo no vino personalmente, sino que dejó huellas. Supongo una médium dotada, crea o no en los aparecidos.
IV
De modo semejante pueden explicarse la glosolalia y la clarividencia en el caso de posesos y de carismáticos. Yo intentaría aplicar esto al caso del libro y película El exorcista, basados en hechos reales. Admito los hechos, pero no la interpretación de posesión diabólica. Ésta sería la explicación probable: el exorcista anciano estaría muy dotado para entrar fácil y espontáneamente en trance, pero sin darse cuenta de que es un trance, de que entran en juego fuerzas naturales; y aceptando la existencia de un demonio real totalmente diverso del hombre, se considera destinado a lucha heroica y mortal contra él. El trance es comunicativo, y se comunica a otra persona muy dotada: la niña protagonista, que ya tenía sus experiencias en trance receptor y transmisor: usaba la ouija.
También así se explicaría el caso del convento de ursulinas en Loudun, Francia, primer tercio del siglo XVII: la superiora y varias monjas y legas quedan posesas. Es probable que todo haya comenzado por broma, seguido por celos y venganzas, y rematado por intereses políticos, pero da la impresión de que se dieron fenómenos fuera de control: convulsiones y contorsiones violentas, blasfemias, carcajadas y alaridos y varias acrobacias espectaculares ante los atónitos e impotentes exorcistas. Es muy probable que hayan entrado en trance —lo que llamé nuestra primera fase—, y que lo espectacular de la vivencia haya suscitado la convicción de que estaban posesas. Por cierto, en el proceso que se le hizo al párroco de Loudun —supuesto responsable de que las monjas hubieran quedado poseídas— hay el dato picante de que los exorcistas —que supuestamente aceptan la presencia del diablo ahí— hayan aceptado lo que el diablo, por boca de las posesas, dijo durante los exorcismos. Lo picante está en que el diablo es el padre de la mentira, y no hay que creerle al diablo, aunque diga la verdad.
COMPROBACIONES
1. El exorcismo surte más efecto cuanto mayor sea la personalidad del exorcista: virtud, saber, fuerza interna. Yo lo comprendería como sus energías en trance.
2. Casi siempre se requiere multiplicar los exorcismos, como en los casos citados de El exorcista y del monasterio de Loudun. Si el exorcismo actúa por la fuerza de Cristo, es curioso no sólo que se deban repetir los exorcismos, sino que se echen voces potentes y aun gritos, como en competencia física con el demonio. Dígase lo mismo del abuso de las cosas sagradas y del nombre de Jesús.
3. En ciertas religiones tenemos a los chamanes, que curiosamente no son poseídos por un espíritu, sino al revés: los chamanes se posesionan del espíritu. En el lenguaje que he usado, la energía no juega con ellos, sino que ellos son los que juegan con la energía —lo que llamé segunda fase de nuestras experiencias—.
4. En experiencias diversas encontramos semejanzas notables. Primera, hay un tiempo de preparación. Segunda, basta un suceso puntual, orden, grito, agua bendita, para que todo se desate:

5. Retomo aquí una de mis experiencias personales, cuando en el ejercicio en parejas, llamado espejos, me caí como tabla rígida y me lancé a llorar desaforadamente. Es curioso el nombre del ejercicio, de espejo. Siendo yo feliz, ¿entró mi cuerpo en contacto con la gran tristeza interior de mi compañero, y padecí junto con él? ¿O mi felicidad era aparente, y mi compañero fue el espejo donde vi mi tristeza profunda? ¿O ambas cosas a la vez? Sería muy aventurado elegir una sola de las opciones. El caso es que sí puede darse la vivencia de uno en otro.
6. Se dice —cosa que no he verificado— que no hay posesos que sean ateos. Sufren los mismos fenómenos, pero no están programados para hacer la lectura diablo.
7. Pero los fenómenos como tales son conocidos desde muy antiguo, incluso siglos antes del cristianismo y en ambientes ajenos al judaísmo. Veamos un pasaje de Nietzsche en su obra El origen de la tragedia, sobre los ditirambos dionisíacos:
En el ditirambo dionisíaco, el hombre es llevado por el paroxismo de sus facultades simbólicas: la emoción inaudita que exige expresarse, desnuda a Maia de su velo e identifica el genio a la especie, a la naturaleza. Se requiere un nuevo mundo de símbolos: la simbólica corporal toda entera; no sólo el simbolismo de labios, rostro y palabra, sino la danza total que con su ritmo agita todos los miembros. Las otras fuerzas simbólicas de la música, ritmo, dinámica, armonía, crecen así con súbita impetuosidad. Para desencadenar totalmente todas esas fuerzas es menester en el hombre el don total de sí. El hombre ditirámbico de Dionisos no puede ser comprendido sino por su semejante. ¡Con qué estupor debió contemplarlo el griego apolíneo! Con un estupor tanto más grande cuanto que ahí se mezclaba el terrorífico sentimiento de que nada de eso le era, en el fondo, tan extraño y que la clara conciencia apolínea no le ocultaba este mundo dionisíaco sino con un velo muy tenue.
Notas: a) Apolo es el dios de la luz y de la clara inteligencia, de la razón lógica y de las claras distinciones, como a pleno sol. Dionisos es el dios de la oscuridad y de los instintos, del delirio y de la exaltación, incluso religiosos; dios de los viñedos, del vino, de toda clase de embriaguez, como en plena noche. Vendrían a representar diversas tendencias en el hombre, tendencias que suelen entrar en conflicto, y que abrevio así: la clara inteligencia desdeña a los oscuros instintos; y estos saben, en oscura certeza, que la medianoche es omniabarcadora y que representa un mediodía todavía más esplendoroso. Esta oposición la encontramos en nuestras culturas mesoamericanas como tonal y nahual respectivamente, me parece. b) En la cultura hindú, encontramos a Maia en el texto upanishad. Maia es la madre del universo; y está cubierta por un velo maravilloso en que aparecen todas las cosas. Sólo que Maia quiere decir ilusión. O sea, cuanto vemos y oímos en el mundo es una ilusión. La realidad profunda está bajo dicho velo, y nos es inaccesible. Maia viene a ser una anticipación del filósofo Kant.
FINAL
No creo fuera de tono citar este trozo del salmo 139 “¡Gracias te doy, Señor, porque me has hecho una creatura tan maravillosa!” (1)
DEBATE
1. Si comprendí bien, son reales los hechos de la película El exorcista. Ahí se ve que tanto la mamá como la niña eran ateas; y en la casa no se hablaba de Dios. Pero usted decía que los ateos no suelen contarse entre las víctimas de la posesión diabólica. ¿Cómo se explica esto? Además, no veo cómo alguien pueda, sin más, actuar como Napoleón. Tendría que conocer a Napoleón.
Jorge: Antes de responder, hago una nota previa, que tal vez les deje la impresión de que los profesores de filosofía somos mañosos. Yo no dije: “Los datos de la película El exorcista son reales”; sino: “admitiendo que esos datos son reales”, etcétera. Esto es, otros dicen que son reales; pues bien, vamos a suponerlo. Respondo ahora. Dije que nuestro cuerpo es un receptor maravilloso que puede captar cuanto sucede en el universo y, por tanto, cuanto ha sucedido, por ejemplo, los diversos eventos en torno a Napoleón. Mi cuerpo es algo así como una supercomputadora; o mejor, las mejores computadoras son un miserable remedo del cuerpo humano. Captamos quizá cuanto sucede ahora en Japón y en remotas galaxias, aunque esos datos no sean conscientes. Y en un momento especial pueden aparecer a la conciencia. Creo que esta explicación es posible.
En cuanto al otro punto, efectivamente dije que da la impresión de que los ateos no suelen contarse entre las víctimas de posesión diabólica. Aclaro en primer lugar que tal tipo de afirmaciones suelen ser de carácter general, pero no absolutas. Y, en segundo lugar, no me consta si la mamá protagonista fue siempre atea a tal grado de que jamás hubiera oído hablar del diablo; quizás sí; quizás primero fue creyente y se quedó traumada por alguna mala educación religiosa y luego se hizo atea. Es difícil aclarar este punto. Pero, además, aun suponiendo que ella siempre hubiera sido atea, y que jamás para nada hubiera oído hablar del diablo (cosa muy improbable), el caso es que la niña —tal como aparece en la película— no era terreno del todo inexperto: usaba la ouija, y recibía mensajes extraños; esto es, había ya en ella ciertos elementos que la predisponían.
2. El caso se presentó hará unos veinte años. Parece que los hechos sustanciales son reales, pero al público se presentaron en forma novelada. El protagonista no fue una niña, sino un niño de Nueva York. Y el exorcista no murió.
3. ¿Qué piensa usted del endemoniado de Garona (región de los gerasenos), que pide ser enviado a los puercos? ¿Fue una ilusión, una apariencia o realmente estaba endemoniado?
Jorge: Quisiera hacer recordar los límites que impuse a mi exposición de hoy. Tracé una línea muy grande dividida en tres porciones. La primera, decía, abarca casi todo. Para dar una idea, decía yo que de un millón de casos entraban todos, menos diez. De esa gran línea no me ocupé esta noche, pues se trata de casos en principio ya resueltos: son casos para el médico o para el psiquiatra. La segunda porción, por tanto, es un segmento de línea o un porcentaje muy pequeño en proporción al número total de casos. Simbólicamente dije diez, de un millón. Se trata de los casos en que la Iglesia juzga prudente realizar un exorcismo.
Cuanto dije fue un intento de encontrar una explicación natural a la mayoría de esos casos. La tercera porción de la línea es un punto minúsculo, que representa la posibilidad de verdadera posesión diabólica. ¿Dónde situar el caso del endemoniado geraseno? Expresamente excluí de mis reflexiones de hoy a los endemoniados que aparecen en la Biblia, pues se trata de una delicada cuestión exegética. Si situamos a ese endemoniado en la tercera porción de la línea, esto es como a verdadero endemoniado, hago notar que en esta parte no toqué tal tema, pero sí lo haré en el próximo capítulo.
4. La forma en que la Iglesia maneja los casos ¿corresponde de alguna manera a un inconsciente, a la teoría o técnica que usted expuso?
Jorge: Yo distinguiría entre la Iglesia con su enseñanza y normas, y los estudiosos y los exorcistas concretos. La Iglesia se sirve de las experiencias de éstos, y de los estudios de aquéllos. Hoy hablé como uno de esos estudiosos, aunque con la modestia del aficionado; no fui al pormenor de la enseñanza y normas de la Iglesia, aunque sé que a la Iglesia le gustan este tipo de observaciones. Sí cité el ritual oficial de Exorcismos. Ahora, por el lado de los exorcistas, me parece que algunos de éstos han cometido excesos, como se ve a lo largo de la historia. Debido a estos excesos tomó la Iglesia jerárquica, hace ya mucho tiempo, la decisión de que no cualquier sacerdote y en cualquier caso que se presente —por espectacular y doloroso que sea— se atreva a realizar un exorcismo. Se necesita autorización expresa del Obispo, que le da a un sacerdote determinado y para el caso concreto, a no ser que designe un exorcista de la diócesis.
5. ¿Qué explicación hay sobre el quizá mal llamado don de lenguas? Hay grupos en los que algunos hablan de pronto en un barullo que nadie entiende, quizá ni ellos mismos.
Jorge: En primer lugar, honor a los carismáticos por sus puntos positivos. Pero en ese movimiento, como en cualquier otro, puede haber exageraciones o malentendidos. Hablé ya de este punto, de manera que resumo la conclusión: ¿Es posible que, por intervención directa de Dios, un individuo hable de pronto un idioma extraño? Sí, pues para Dios todo es posible. Pero eso no quiere decir que en todos los casos en que se presente ese fenómeno haya intervención directa de Dios, pues hay diversas explicaciones naturales. Ni mucho menos quiere decir que si yo comienzo con un tra–la–lá ya esté yo hablando un idioma extraño, como si yo, o el grupo, tuviéramos a Dios a nuestra disposición para que realice prodigios sorprendentes.
6. ¿Qué nombre tiene la técnica a que usted se refiere?
Jorge: Sé que los nombres pueden causar confusión. En la práctica usamos nosotros el nombre de ejercicios de trance, o ejercicios de concentración. Pero el nombre resulta ambiguo, pues hay muchos tipos de concentración y de trance. Más que el nombre, ilustra la descripción que di. En el aula están varios de mis compañeros del grupo. Quizá ellos podrían completar la descripción.
7. En el libro El rostro oculto de la mente se describen ciertas experiencias científicas sobre los fenómenos que algunos llaman posesión diabólica. Pregunto si la técnica usada por ustedes se basa en los estudios de ese libro y, en todo caso, ¿qué fue lo que los hizo a ustedes hacer tales ejercicios?
Jorge: El libro mencionado, del P. González de Quevedo, es muy bueno, pero nuestros ejercicios no están basados en él. Tampoco se trata de una técnica que ya se maneje con dominio total en las universidades, ni es de uso común. Se trata de intentos de grupos aventureros por aquí y por allá. ¿Cómo supe de eso? Hace años algunos directores de teatro, como Héctor Mendoza, Josefina Hernández y Luis de Tavira estaban usando una técnica teatral que Grotowski usaba con éxito en Polonia. La técnica consistía precisamente en poner a los actores en estado de trance. Quise hacer esos ejercicios, no por interés de hacer teatro, ni mucho menos pensando en el problema de la posesión diabólica, sino con otro interés, del que no hablo pues nos distraería del tema; digamos simplemente por tener la experiencia. Reflexionando después sobre la experiencia ya tenida, vine a relacionarla, a manera de explicación natural, con los fenómenos de posesión.
8. Dijo usted que los fenómenos usuales de posesión que se presentan son movimientos corporales incontrolados, súbitos y violentos, aun sin alteración del pulso; un abrirse o cerrarse partes del cuerpo; la sensación de que dentro de uno está otro. Hablando después de las experiencias realizadas por ustedes, dijo usted que su cuerpo se contorsionaba y distorsionaba, y que le era difícil concentrarse en ideas abstractas como la idea de amor o de odio, el ser amor u odio. Yo me pregunto, si ustedes aceptaban esos fenómenos de acrobacia, esos movimientos súbitos y violentos descritos como fenómenos de posesión, ¿cómo está usted seguro de que no es un poseso? Usted dijo que había hecho esas experiencias sin pensar en las posesiones, esto es, ignorándolas. Pero aun con ignorancia puede haber posesión.
Jorge: Ante todo, preciso una frase mía. Dije “fenómenos que usualmente se suelen considerar (como señales) de posesión diabólica”. No dije: “fenómenos que ciertamente indican que hay posesión diabólica”. Incluso metí ahí los fenómenos a los que la Iglesia durante mucho tiempo ha dado especial importancia, como la glosolalia, la clarividencia y la manifestación de una fuerza física extraordinaria. Ésta es ya entonces una primera parte de mi respuesta: esos fenómenos no indican ya de por sí que se trate de posesión diabólica.
Otro aspecto de la respuesta tiene que ver con aquello de que nos costaba trabajo identificarnos con ideas abstractas. Sí, fue difícil, pero no imposible; lo logramos, aunque éramos principiantes. Para los expertos —y pienso en los actores de teatro que mencioné— es cosa fácil, que hacen todos los días, y en un instante pasan de la identificación con una idea abstracta a la identificación con otra.
Un tercer aspecto de la respuesta. Efectivamente hablé de movimientos incontrolados. Y así es, ciertamente, en la primera fase; y puse el ejemplo del inexperto que entra por primera vez a jugar con las olas, no las puede controlar, aun quizá se lastima el brazo o la pierna. Con práctica logra controlar el embate de las olas, y juega con ellas. Lo mismo sucedió en nuestras experiencias: llegamos a controlar la energía de la que hablé. Ahora bien, ese control ciertamente no se da en los casos de una supuesta posesión verdadera.
9. ¿No eran sus ejercicios una cierta práctica de ocultismo?
Jorge: De ninguna manera. Dije que nos sacaría del tema el hablar de mi motivación primera para realizar esos ejercicios, pero parece que será necesario hacerlo, para obviar curiosidades escabrosas. Yo soy un miserable profesor de filosofía. Hay muchos hombres miserables en el mundo, pero los más miserables, parece, somos los profesores de filosofía. Somos muy abstrusos. Uno de los autores más difíciles que manejo es Hegel, quien escribió uno de los libros más maravillosos que se hayan escrito jamás —esté uno de acuerdo o no con él— titulado La fenomenología del espíritu. Mis estudiantes, aunque ya grandes, pues los jesuitas suelen tomar estos cursos a los 24, 25 años de edad, me parecía que, sin embargo, no tenían aún la suficiente experiencia vital como para vivir profundamente lo que se dice en La fenomenología del espíritu de Hegel, o en la Monadología de Leibniz, o en la Desesperación de Kierkegaard, o en las Confesiones de san Agustín. Yo me daba cuenta de que mis estudiantes, siempre muy estudiosos y aplicados, estudiaban sólo con la cabeza, y era natural. Pero me preguntaba yo si sería posible estudiar de otro modo. O más que estudiar, vivir; ver si era posible involucrarnos no sólo con la cabeza, sino con todo nuestro ser. Yo buscaba algo, y lo comenté con ellos; incluso una vez, para suscitar su fantasía, les dije que quizá un día iríamos a pensar en alguno de esos problemas revolcándonos en el lodo. No que hubiéramos ido; era una manera de preguntar.
Sucedió entonces casualmente que uno de mis amigos, director de teatro, me invitó a uno de sus ensayos —él no solía invitar a nadie— pues usaba una técnica especial, de poner a sus actores en estado de trance. Fui por ser él un gran amigo, y porque me interesaba todo lo suyo. Cuando vi aquello, tuve también ese “estupor de la conciencia apolínea, que después de todo no se ve separada del mundo dionisíaco sino por un velo muy tenue”. Y pensé que quizá estaba ahí lo que yo andaba buscando. Quise hacer los ejercicios para ver si era posible afrontar la problemática filosófica en estado de trance. Naturalmente no lo hemos hecho. Pero sí indico mi motivación e interés. Nada que tenga que ver con el ocultismo.
Rieron ustedes al oír que no había llevado yo a cabo mi idea original. El caso es que para empezar a manejar la energía del trance es menester —digamos, no sé— al menos, hacer ejercicios cuatro, cinco horas diarias durante mes y medio; y mis estudiantes tienen muchas tareas y una agenda súper–llena. Mi amigo, el que nos dirigió los primeros ejercicios, sabía de mi idea, sabía que estaba yo dando un curso sobre Kierkegaard, e hicimos algunos intentos al respecto; pero fue poco, y además todavía no estábamos en las mejores condiciones. Alguna vez será.
10. ¿Cuál es la diferencia entre los carismáticos, que hablan en lenguas, y los espiritualistas, que se contorsionan? ¿Están bajo una entidad superior, Dios o endemoniados?
Jorge: La enumeración de posibilidades es incompleta. Hay una tercera posibilidad: que estén bajo la acción de fuerzas naturales. Puede darse el caso de personas de buena voluntad que se vean sujetas a extraños fenómenos, y que no se les ocurra que puede tratarse de fenómenos, aunque extraños, naturales. El carismático creerá que está actuando el Espíritu Santo, el espiritista creerá que ya se presentó el aparecido, el otro creerá ser víctima de posesión diabólica. ¿Son posibles esas respuestas, esto es, que se trate respectivamente del Espíritu Santo, del aparecido o del diablo? Estrictamente sí. En el caso concreto del diablo dejé abierta esa posibilidad —entre otras cosas para que no me vayan a quemar en leña verde—, pero esa posibilidad, como anuncié, la trataré en la próxima velada (y habrá una sorpresa). En resumen, pienso que en la mayoría de los casos como los mencionados hay más bien una explicación natural.
11. Una vez realizados los exorcismos, ¿qué le pasa, física y mentalmente, al exorcista?
Jorge: Me referiré primero a nuestras experiencias, tanto cuando había como cuando no había control de la energía. En la exposición olvidé decir que terminábamos agotadísimos, como si hubiéramos jugado un intenso partido de futbol o de básquetbol, y sudado mucho. Nos bañábamos, cenábamos como leones, y ya no se podía hacer otra cosa que echarse a dormir. Eso sí, al día siguiente la sensación física al despertar era maravillosa, como el regresar de las mejores vacaciones que se hayan tenido. Esto es, hay fuerte cansancio físico, y creo que psíquico también, pero es un cansancio muy agradable. Viniendo ahora al exorcista después de los exorcismos: nunca he hablado de esto con un exorcista profesional, pero me imagino que los efectos serían similares a los nuestros, si es que en realidad él ha manejado simplemente las energías de lo que he llamado trance. Si, por el contrario, él realmente se enfrentó con el diablo, no sabría yo responder; y me limito a repetir lo que otros dicen, que hay serios desgastes físicos y psíquicos, aunque por desgracia los testimonios suponen que el exorcista siempre se enfrentó al mismo diablo, y no ven la primera posibilidad. En fin, dicen que los exorcistas casi siempre acaban mal. Recuerdo el caso famoso del P. Surin, que se ofreció a Dios para que fuera él el poseído y liberara así a un grupo de posesas. Muy pronto comenzó él a presentar algunos fenómenos de posesión, a ratos parecía poseído, a ratos caía en melancolía profunda y en ellos le asaltaban pensamientos obsesivos de suicidio. Mi opinión personal sobre todo este histórico caso es que ahí ciertamente no hubo nada de intervención diabólica, sino sólo energías de trance.
12. ¿Qué opinaría un psiquiatra sobre las posesiones?
Jorge: Lamentablemente no entró en el plan de este ciclo el punto de vista psiquiátrico, pues tratamos de ceñirnos a los casos en que la Iglesia juzga prudente hacer exorcismos, esto es, en que ya no basta acudir al psiquiatra. Recuerden que hice notar al principio que no tocaríamos aquí esa inmensa mayoría de casos que la Iglesia remite simplemente al médico y al psiquiatra y estos casos, están, en principio, resueltos. Se me ocurre, con todo, una solución: que, en lugar de la película programada para la novena sesión invitáramos a un psiquiatra.
13. ¿Podríamos concluir que son ilimitadas las capacidades de los seres humanos, pues fuimos hechos a imagen y semejanza del Creador, o al menos que esas capacidades son mucho mayores de lo que conocemos actualmente? Pienso que esos fenómenos sólo aparecen, y de pronto, en personas predispuestas, pero que inicialmente el Creador nos dio a todos esos dones, que hemos ido perdiendo.
Jorge: Estrictamente, el único ilimitado es Dios. Todos los demás seres tenemos nuestros límites. Pero sí considero que nuestras potencialidades son mayores de lo que imaginamos, y que algunas ni siquiera las hemos llegado a sospechar. Aparte de otras que conocemos, pero que no hemos desarrollado o no les hemos dado toda la importancia que tienen, como el tener manos, el poder amar, el ser libres. Y sí, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Me parece que eso que nos constituye como imagen y semejanza divina es, en el orden natural, la libertad; y en el orden sobrenatural, la gracia.
14. ¿Tiene la Iglesia exorcistas profesionales en la banca, o es el párroco, o el sacerdote más cercano quien realiza el exorcismo?
Jorge: En algunas diócesis hay un exorcista nombrado por el Obispo. A ése lo llamé, por comodidad, exorcista profesional. El nombre sería el de Exorcista de la Diócesis. Se suele elegir a un sacerdote prudente, no de fácil credulidad, de vida ejemplar y con conocimientos del tema; lo que llamaríamos un experto. Cuando se presenta un caso en el que el Obispo considera prudente el realizar un exorcismo, es el exorcista de la diócesis quien lo ejecuta. Pero no todas las diócesis tienen un exorcista designado; entonces, cuando se presenta un caso similar, el Obispo designa al sacerdote concreto que realizará el exorcismo; no es que le toque hacerlo al párroco, ni al sacerdote más cercano, ni al que ande por ahí, sino que ha de ser designado para el caso concreto por el Obispo, quien incluso puede llamar a un sacerdote de otra diócesis.
15. Hablando de posesiones verdaderas: ¿es menester que la persona preste su voluntad, o puede ser poseída aun contra su voluntad?
Jorge: El tema de las verdaderas posesiones lo trataré la próxima vez. Por hoy me limito a responder en forma escueta: es doctrina segura, en concreto de santo Tomás, que el diablo, aunque pueda inducir fenómenos espectaculares de cuerpo y de mente, no puede, sin embargo, tocar lo más profundo de nuestra libertad.
16. La técnica del trance de la que usted habló, ¿se ha usado sólo en el teatro, o también en otros terrenos?
Jorge: Que yo sepa, así, expresa y abiertamente, sólo en el teatro. Pero no lo garantizo; quizá se use en otros terrenos. Que de hecho se maneje en otros terrenos, sin conciencia de que se trata de fuerzas naturales, me parece claro, y de eso he estado hablando toda la noche. Incluso externé mi sospecha de que en un grupo de carismáticos que yo conocí, lo usaban sabiendo, o sospechando al menos, que se trataba de fuerzas naturales, pero no lo decían y en todo caso contribuían a que la gente creyera que se trataba de directa intervención del Espíritu Santo.
17. Yo participé personalmente en el grupo de Jorge. Después podía yo entrar solo y naturalmente en estado de trance. Por la calle o en el camión era entonces yo muy perceptivo a los sentimientos de los demás. Yo sentía, por ejemplo, que el vecino estaba muy triste. Una sonrisa de otro me decía muchas cosas. Alguna vez me puse en trance solo en mi casa, voluntaria o involuntariamente; una vez estando yo dormitando, me empecé a mover, y también la cama; era un rechinadero tal, que yo no sabía ni qué onda. Los sentimientos acompañantes pueden ser de sufrimiento o de angustia, pero también viene a ser algo parecido a un orgasmo espiritual. Me gusta mucho correr, y un día fui a la Unidad Deportiva del Parque Ávila Camacho. Se me ocurrió correr a muy alta velocidad, dudando si lo lograría. La pista estaba sola, y yo estaba predispuesto. Empecé a dar vueltas al campo, me concentré, y de pronto me di la consigna de correr. Corrí a enorme velocidad, como si me fueran jalando. La gente se quedó impresionada, y yo también. Me volví a verlos. Y me dio miedo. No supe qué había pasado conmigo. Con la cabeza inclinada salí del campo. Y ya no lo he vuelto a intentar. Sé que tengo mis límites, pero que soy capaz de trascender muchos límites. Algunos llaman madurez a la aceptación de los propios límites. Y piensan que el querer trascender los propios límites denota inmadurez. Yo prefiero no hablar de madurez, sino de diversos niveles de conciencia, pues cuando una fruta está madura, se cae, y ya no sirve. Cristo (como hombre) entró a niveles de conciencia muy fregones (sic), tanto que algunos lo ven como un inadaptado (al mundo convencional). Digamos que trascendió sus límites (que como hombre tenía). Eso lo señaló, y lo compartió con nosotros.
18. Por lo que sé de los ejercicios de trance y de concentración, se utilizan para llegar a Dios, como un acto de religión. ¿Es así?
19. Yo también soy del grupo de Jorge. Cuando me habló de ello, me interesé; y no sé por qué, pues soy escéptico respecto de horóscopos, adivinaciones y cosas por el estilo. Al comenzar, viendo lo que sucedía con otros compañeros, me puse a temblar, como lleno de terror. Me parecía ver escenas de El exorcista. En sesiones posteriores, ya relativamente más calmado, hicimos la vivencia del Padre Nuestro; fue una gran vivencia de hermandad; como muy espontáneamente, y sin ponernos de acuerdo, produjimos entre todos un murmullo, que era algo así como una canción de cuna. Nunca olvidaré esa experiencia. Tengo deseos de repetir los ejercicios y de llegar a saber de qué se trata; debe de haber alguna explicación; eso sí, no creo para nada que se trate de algo diabólico, sino más bien de algo que eleva a Dios, eso que al principio me había llenado de terror.
20. El trance del usted habló, ¿se relaciona con los diferentes niveles de hipnosis?
Jorge: Por lo que he oído de la hipnosis, hay, al menos, semejanzas notables con el trance que he tratado de describir. Tanto que algunos de mis compañeros han opinado (pues cada vez discutimos nuestras experiencias) que se trata de auto–hipnosis. Les paso al costo tal opinión, que yo no comparto totalmente.
21. Aquí en Guadalajara existen diversos grupos organizados. ¿Ustedes forman parte de esos grupos organizados? Pregunto también si cualquier persona puede hacer esos ejercicios.
Jorge: No formamos parte de grupos organizados. Nos juntamos un grupo de amigos interesados, así de simple. El que todas las personas estén capacitadas, yo respondería, en principio, sí. Sin embargo, no lo recomendaría indiscriminadamente; y, también en principio, lo desaconsejaría, como dije ya, a personas que tuvieran problemas psicológicos serios. Dicen los médicos que no hay persona cien por ciento sana en su cuerpo; y los psicólogos dicen lo mismo respecto de la mente o psique. Así que uso ahora una frase ambigua: cualquier persona, que esté física y psicológicamente sana puede hacer estos ejercicios. Aquí sirve de nuevo el ejemplo que puse del mar. ¿Cualquiera puede entrar al mar y ponerse a jugar con las olas, aunque hoy sea la primera vez que conoce el mar? Creo que la respuesta es clara: si se trata de un muchacho fuerte, robusto, deportista, o de alguno que no lo sea tanto, pero que está sano, le diremos que sí. Pero supongamos un muchacho medio inválido, o que necesite muletas, es claro que no lo induciremos a que se meta a jugar con las olas altas.
22. Quisiera narrar mi experiencia, hará un año, en una sesión a la que fui invitado, con un yogui (2) aquí en Guadalajara. Tras una charla muy amena, nos dijo que íbamos a entrar en trance. Comenzaron a apagar las luces, se encendió incienso y se tocó música de laúd. Él nos dijo que moviéramos la cabeza. Yo estaba escéptico, pero, en fin, comencé también a mover la cabeza. En breves minutos estábamos en trance casi todos, y comencé a mover mi cabeza en forma muy fuerte. Quise detener ese movimiento, pero ya no pude. Me costó mucho trabajo salir de ese estado. Al final, todos narramos nuestras vivencias, como un joven lo hizo aquí. Algunos hablaron de emociones hermosas; otros dijeron que habían sufrido mucho. Yo le dije al yogui “Me hipnoticé”. El yogui se molestó, aun se puso algo agresivo en mi contra y me respondió que no era hipnotismo, sino trance. Todavía otra experiencia: de joven comencé a practicar la auto–hipnosis; y en una ocasión fui a Lagos de Moreno. En la carretera, muy recta, me dio por auto–hipnotizarme; y me fui manejando dormido desde Villa de Guadalupe hasta Lagos. Ya no lo he vuelto a hacer, por temor a que algo falle, y me estrelle. Sigo insistiendo en que se trata de diferentes estados de hipnotismo, aunque la gente les dé nombres diversos. Desde luego no se trata de cosas que en sí sean moralmente buenas o malas; ni angélicas ni demoníacas, sino cosas de la mente.
23. He oído que la Biblioteca Vaticana contiene un acervo inmenso de conocimientos, pero que sólo los va comunicando según lo necesiten los pueblos; y que, si ahora se nos comunican muchos conocimientos, en realidad éstos ya existían antes. Y que el Vaticano podría dar más información, pero no lo hace porque no considera que sea necesaria para el pueblo. ¿Qué hay de cierto en esto? Lo insinúa el que los mismos sacerdotes no están al mismo nivel. En una ocasión pedí a un sacerdote su opinión sobre los conocimientos astrales; quería que me informara sobre nuestras facultades y sobre las energías diversas, que en sí mismas no son ni buenas ni malas. Le pregunté también sobre los seres extraterrestres. Lo único que el sacerdote me respondió fue que no me metiera en esas cosas. Pero hay sacerdotes que sí saben mucho al respecto; qué se yo, un tiempo la gente creía que el diablo tenía cuernos, pero ahora se nos da otro tipo de información. En fin, a veces no se sabe a quién recurrir para ser orientado en la fe.
Jorge: La Biblioteca Vaticana es ciertamente maravillosa. Pero no me es posible responder con profundidad a la primera pregunta, pues necesitaría yo ser el responsable de esa Biblioteca, y no lo soy. Eso sí, la Biblioteca suele estar abierta; y hasta donde alcanzo a ver, hay mucho de mítico en esas ciencias ocultas vaticanas. A la segunda pregunta, respondo que sí es diverso el nivel de conocimiento entre los sacerdotes, lo cual es muy natural, pues el Espíritu da sus dones diversos a quien quiere y como quiere. Unos reciben el don de enseñar, otros el de predicar, otros el de comprender a los demás. Hay que tener en cuenta el número relativamente escaso de sacerdotes, y el fin de la Iglesia que es el avance espiritual en sí. Trataremos de tocar otros aspectos de la pregunta en las sesiones próximas.
1- Sal 139 (138), 14.
2- Practicante de yoga.
III. El verdadero poseso: el mal y la Biblia.
Instancias: el ritual del bautismo y satanismo
JORGE MANZANO VARGAS, S.J. (†)
PROBLEMÁTICA
La Iglesia remite la inmensa mayoría de casos de posesión a causas y terapias naturales, y muy pocas veces juzga prudente hacer exorcismos. En el apartado anterior, siguiendo la mente de la Iglesia, traté de esbozar una explicación natural (a manera de hipótesis sugestiva) para la mayor parte de estos últimos casos. Siguiendo también el modo de pensar de la Iglesia, dejé unos casos (en mi opinión rarísimos) en los que, supuesta la existencia del diablo como un ser en sí, espiritual y personal totalmente diverso del hombre, él produjera los efectos dolorosos y espectaculares que describimos. Entonces sí, al menos por las dudas, convendría hacer los exorcismos; pero la idea es reducir éstos al mínimo. Y con esto podría yo terminar el tema, pues no habría mucho más que decir.
Sólo que, por paradójico que pueda sonar, este verdadero endemoniado no es el verdadero endemoniado. En efecto, el demonio puede tocar y forzar todo en el hombre, menos la voluntad libre. Tal es la doctrina de santo Tomás, el Doctor angélico, llamado así porque escribió muchas y profundas cosas sobre ángeles y demonios. Podrá el diablo hacer que un cuerpo humano se retuerza, convulsione, escupa frases blasfemas, eche espumarajos o secreciones asquerosas, hacer que el ojo cambie súbitamente de color, o entre y salga como yo–yo; pero no puede tocar la voluntad libre. Es más, caso que pudiera, no lo haría; pues precisamente lo que le interesa (estamos en el supuesto de que existe) es el acto libre del hombre. Si el llamado poseso presenta sólo los fenómenos espectaculares a que hemos aludido, no está, en sentido estricto, endemoniado.
En sentido estricto el verdadero endemoniado es el que a ciencia y conciencia ha consagrado su voluntad al mal. Se suscita la pregunta de qué pueda ser el mal. La pregunta se puede atacar desde el ángulo metafísico, tarea de la que se ocupará Héctor Garza en otra sesión; desde el ángulo físico (tarea que no entra en el ámbito de este curso sino en forma limitada, y que emprenderé hoy); y desde el ángulo moral y religioso, tarea que es el núcleo de esta mi segunda exposición. Trataré de definir el mal religioso–moral, ardua tarea, pues se trata de definir el mal absoluto. Para ilustrar el problema pensemos en el mandamiento “no matarás”. Algunos hacen ver que en caso de legítima defensa, de guerra justa, y aun de justa (si hay) sentencia de muerte, es lícito matar; y que entonces el mandamiento es relativo. Podría intentarse formularlo así: no matarás injustamente, pero entonces el problema se recorre a qué es lo injusto. Los mismos críticos objetan de manera semejante lo absoluto de los otros mandamientos. No es imposible resolver estas objeciones, pero ahora voy a intentar una solución radical bajo un aspecto unificante. Se trata de definir el mal absoluto de modo concreto, material y patente, esto es, aquella acción que nunca, de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia, es lícita al hombre. Se trata de una teoría de mi parte, que me ha llevado tiempo elaborar. Estamos reflexionando juntos, les comunico mis reflexiones, y espero con gusto sus matices, observaciones y réplicas. No está por demás decir que todo ello nos dará mucha luz sobre el caso de los posesos.
EL MAL
Voy a definir el mal. El mal es la opresión. Y la opresión consiste en determinar las condiciones inhumanas de vida de los demás, al margen o en contra de la voluntad de éstos. Tal definición es material, concreta, patente. Hay otra manera, espiritual y religiosa, de expresar lo mismo: el mal consiste en la acción contraria a la acción de Jesús, que es descrita por Lucas, (1) según la palabra profética de Isaías y que sintetizo así: “Evangelizar a los pobres, liberar a los oprimidos”; (2) y que estudiaremos hoy, más adelante. Nuestra definición es objetiva. En cambio, la palabra endemoniado o poseso indica algo subjetivo. El verdadero endemoniado no es el que tiene caídas eventuales por azares de la vida, o por debilidad, sino el que a ciencia y conciencia oprime a los demás, el que realiza la acción contraria a la de Jesús. Desde esta perspectiva, y aunque la expresión parezca de mal gusto, los verdaderos endemoniados son los opresores. Éstos no presentan fenómenos extraños como contorsiones incontroladas, blasfemias, rechazo de ritos sagrados, glosolalia, clarividencia, levitación. En cambio, quienes presentan estos fenómenos espectaculares y dolorosos suelen ser personas inocentes. Ante la pregunta de por qué esta diferencia, aventuro una hipótesis sobre la estrategia diabólica y sobre la estrategia divina, bien entendido que si no soy secretario particular ni del diablo ni de Dios nuestro Señor, me apoyo en autores espirituales sólidos.
Estrategia diabólica: Intenta a todo trance que nadie sospeche del verdadero endemoniado, de manera que éste, por ningún motivo, presentará fenómenos extraños, al contrario: será admirado y bien visto, con éxito humano, en puestos de importancia al menos relativa, de influjo, entre brindis y aplausos. Y es que a él, el diablo ya lo tiene; y tiene el codiciado fruto: su voluntad libre. En cambio, el diablo tratará de desviar nuestra atención, para que creamos que lo diabólico está en lo espectacular: espumas, alaridos, perro o gato negro, risas nocturnas. Y sí, el diablo se ríe de nosotros; pero de nuestra ingenuidad, ingenuidad entre comillas, bajo la cual se esconde nuestra conveniencia; de esa ingenuidad que cualquier psicólogo podría desenmascarar.
Estrategia divina: Permite los fenómenos llamativos y dolorosos como un último intento para salvar al verdadero endemoniado. Es como si le presentara un espejo: estás sonriente, con peinado y atuendo elegante, perfumado; pues mírate al espejo (en el poseso asqueroso y repugnante): así estás por dentro, eso eres tú, un sepulcro blanqueado. Entonces el opresor podrá tal vez reflexionar y convertirse. Lucas relata, “No fue castigo de Dios el que algunos hayan muerto por orden de Pilatos ni el que otros hayan sido aplastados por una torre”. (3) Se añade una parábola: el dueño de una huerta dice al hortelano que arranque esa higuera que no ha dado fruto en tres años, que nada más estorba. El hortelano pide tiempo en favor de la higuera: él se encargará de cuidarla y de abonarla, un tiempo más, “Si después no da fruto, entonces la cortarás”. El dueño de la huerta es Dios; la higuera infructuosa, los opresores que somos todos; la decisión de cortar la higuera, la justicia divina; el hortelano, el amor de Dios encarnado en Jesús: “Al que se le perdona poco, ama poco”. (4) La justicia habría dicho: “Amó poco, basta”. El amor divino dice: “Ama poco, ahora, en este instante, pero al instante siguiente, o mañana, o el año próximo amará mucho; hay que darle tiempo, cuidarlo, abonarlo”.
Nota: Un momento importante de la conversión es la toma de conciencia del propio mal, de que se es un pecador. Insinué que el endemoniado externo puede servir para que el verdadero endemoniado tome conciencia, como ante un espejo de su propia podredumbre espiritual. La humanidad sabe, a través de autores y vivencias muy diversos, lo saludable que es la toma de conciencia a través del horror de la propia realidad. Citaré algunos:
• Platón, en el Gorgias retoma el mito del Hades: Las almas serán juzgadas desnudas. (5) Así como en el cadáver desvestido pueden verse las marcas de la vida tales como estatura, talla, callos, golpes, cicatrices, así el alma se ve ulcerada y lacerada por la injusticia, perjurios, mentiras, vanidad y desenfreno; si el alma está demasiado fea Radamanto la echa al Tártaro.
• San Ignacio en los Ejercicios: el alma se ve entre brutos y animales, como una llaga y postema de donde sale una ponzoña repugnante. (6)
• Pascal, en Pensamientos (varios): el hombre se ve como una cloaca.
• Søren Kierkegaard, en Equilibrio entre la Estética y la Ética y la formación de la personalidad, y sobre todo en la Desesperación, propone una experiencia semejante.
• Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray, narra el caso del remordimiento infructuoso que no se traduce en arrepentimiento verdadero.
• Algunas experiencias de algunos hippies con hongos alucinantes, a los cuales aquellos llaman maestros de humildad. En un momento del viaje, el sujeto se desdobla, hay un yo que sale, y que se queda viendo al otro yo que ahí está enfrente, y la visión es implacable: uno se ve como uno es en su más profunda realidad, un monstruo tan espantoso que no es raro lanzar un alarido de terror y salir disparado presa de la desesperación; incluso hay peligro de suicidio, que se evita con la presencia de un guía espiritual.
La estrategia divina en cuanto al inocente: permite que pase por las experiencias terribles de posesión, para que a través de ellas dé gloria a Dios, como el caso del inocente ciego de nacimiento: “Ni pecó él, ni pecaron sus padres, nació ciego para dar gloria a Dios”. (7) En ese instante Jesús le da la vista.
Como los seres humanos somos malos nos quejamos aquí, y aun hablamos de injusticia divina: si Dios sabe de toda eternidad lo que alguien va a sufrir, o a pecar, ¿por qué lo trajo a la vida? Yo daría dos respuestas. Primera, más bien hay que razonar así: si Dios permite males tan graves es que los bienes futuros han de ser tan maravillosos que vale la pena correr todos los riesgos. Pablo, en la carta a los corintios, cita a Isaías (8) y dice: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni se imagina el hombre lo que Dios tiene preparado a quienes lo aman”. (9) Segunda, prescindiendo de que no somos nadie para juzgar si Dios es justo o injusto, es evidente que se dan diferencias naturales entre los hombres, que no hay dos exactamente iguales y, sin embargo, todos los hombres son absolutamente iguales, pues Dios ama a todos. El amor con que Dios nos ama a cada uno establece entre nosotros la igualdad absoluta. Y no hablamos aquí de las diferencias sociales, que no han sido hechas por Dios, sino por nosotros mismos.
EL MAL Y EL DIABLO
Llegamos a un punto crítico de esta exposición. En el párrafo siguiente haremos una meditación, a la luz de la Sagrada Escritura, sobre la definición del mal. Trataremos de escudriñar las Escrituras para ver qué cosa es el bien y qué cosa es el mal. Cuál es nuestro ideal, no tanto como meta, sino como camino cotidiano que se va recorriendo y realizando. Por Juan sabemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida. (10) Veremos qué significa esto en concreto. Veremos también cuál es el camino contrario, el camino anti–Jesús o anti–Cristo, y qué significa esto en concreto. Y al mismo tiempo iremos reflexionando sobre la pregunta inquietante: ¿Quién o qué es el diablo? Damos en primera instancia una definición que, aunque imprecisa aún, es certera: el diablo es una realidad espiritual que intenta apartarnos del camino que es Jesús. Espiritual, no material; así que ya ni atendemos a las representaciones materiales figuradas por el arte como cuernos, cola, pezuñas, chivos y cosas semejantes. Pero queda abierta la pregunta: ¿El diablo es sólo una actitud humana? ¿O es un ser en sí, espiritual, personal, totalmente diverso del hombre? En mi opinión:
• Hay una respuesta cien por ciento segura: Lo diabólico es una actitud humana.
• Hay una respuesta altamente probable, pero no cien por ciento segura: el diablo es un ser en sí, espiritual, personal, totalmente diverso del hombre.
Notas: Primera: En lógica pura, que una respuesta sea verdadera no elimina que también la otra sea verdadera.
Segunda: Con respeto, y a reserva de lo que el P. Luis García Orso exponga con más detenimiento sobre el Magisterio de la Iglesia, hago, bajo una responsabilidad que es sólo mía, estas aclaraciones: El Magisterio infalible de la Iglesia nunca ha definido como dogma de fe que el diablo es una realidad en sí, espiritual, personal totalmente diversa del hombre. El Magisterio ordinario sí habla del diablo como un ser personal, pero no dice nada sobre el que sea o no totalmente diverso del hombre o, como dirían los escolásticos, adecuadamente diverso del hombre.
Tercera: Por persona entiendo aquí: con entendimiento y voluntad. En un sentido muy diverso, nos decía el P. Mario López Barrio que el diablo no es un ser personal, en cuanto arelación, cerrazón y egoísmo.
Cuarta: No he negado, la existencia del diablo como un ser en sí, espiritual y personal totalmente diverso del hombre, sino que le estoy dando el valor de afirmación altamente probable; si quieren, por método de estudio o por simpatía para quienes niegan; y estoy dispuesto naturalmente a sujetarme al Magisterio de la Iglesia en caso de ulterior aclaración. En los temas teológicos, tan importante es lo que se dice como la fuerza con que se dice. Como ejemplo ilustrativo comparemos estas tres afirmaciones diversas: ciertamente Dios existe, ciertamente Dios no existe, y probablemente Dios existe. Son tres afirmaciones muy diversas: la primera es de un creyente; la segunda, de un ateo; la tercera puede ser de un escéptico, o de un ignorante, o de un investigador, según los casos. Hemos de advertir con humildad que no podemos contar siempre con la calificación de lo absolutamente seguro. En ocasiones hemos de contentarnos con lo posible: puede ser, puede no ser. En el caso del diablo como un ser en sí, espiritual y personal totalmente diverso del hombre, tenemos lo probable. Probable dice más que posible: hay buenas razones para afirmar. Y en lo probable hay grados. Yo he dado la nota de altamente probable. Esto, en cuanto al grado de certeza en general.
Quinta: Comprendo que aun con estos matices necesarios, algunos de los oyentes caigan en estupor. Diré, por ser agresivo, que eso se debe no tanto a su interés por la ortodoxia, sino al miedo que tenemos ante la propia libertad y responsabilidad (elementos que Juan Pablo II subraya en las mismas catequesis en las que habla del diablo como ser personal). Resulta de no poco interés el que prefiramos refugiarnos en el terror y en lo espectacular de un diablo que, como ser misterioso, nos asusta con pesadillas nocturnas, o con los posesos, que aceptar de plano nuestras propias responsabilidades y, según el Génesis, dar la respuesta evasiva de Adán, evasión que es ya una auto–condena: yo no fui, la mujer que me diste me ofreció la fruta. O la de Eva: yo no fui, sino que la serpiente me engañó. (11) Otro grupo de oyentes preguntará, tal vez, que si el diablo no existe, por qué la Iglesia nos aterroriza con tal noción. Respondo que aun suponiendo que el diablo no existiera en sí, el lenguaje de la Biblia y de la Iglesia, con el que se personifica al diablo como diverso del hombre, es muy amable y misericordioso; y te excusa echando la primera culpa a un tentador diverso, en lugar de acusarte diciendo: el diablo eres tú.
Sexta: La existencia del mal en el mundo es un hecho harto evidente. Para quien por un lado sabe que Dios es bondadosísimo y, por otro, tiene confianza en el hombre, el mal es una realidad injustificada que se ha de eliminar. A Dios no se le puede atribuir la creación del mal, cosa que ya sabían aun autores paganos como Platón, quien nos cuenta el Mito de Er en La República. (12) Siendo el origen del mal un misterio, parece que la mejor respuesta es que se trata de un riesgo consecuente al don maravilloso de la libertad. Es verdad que los hombres tenemos cierta excusa al decir que el diablo nos induce en tentación, pero el problema teórico sobre el origen del mal queda intacto: al principio de todo ¿quién tentó a Lucifer, el más bello de los querubines?
Séptima: Pasamos ahora a ver los textos de la Escritura en los que el diablo se describe como la actitud anti–Jesús o anti–Cristo. Vuelvo a insistir: que eso sea el diablo no elimina del todo la probabilidad de que el diablo sea un ser en sí, espiritual y personal totalmente diverso del hombre.
Darmowy fragment się skończył.