Czytaj książkę: «Sasha Masha»

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Índice

Gracias

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19.

20.

21.

22.

Apéndice

Agradecimientos de la autora

Notas

Créditos

Gracias

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Para Chris

Quienquiera que seas tú, que me tomas de la mano,
todo será inútil sin una cosa, así que te prevengo
antes de que intentes desentrañarme más:
no soy lo que imaginas, sino muy diferente.
Walt Whitman

Soy un adulto y voy a ponerme mis vestidos.

1.

Crecí en la casa equivocada, un lugar de techos bajos con un montón de cosas por todas partes. Los libros se agolpaban en estanterías a punto de ceder; sobre el respaldo del sofá yacían sábanas dobladas. A veces, cuando me enfadaba, me daban ganas de huir. Hay muchas historias sobre adolescentes que se escapan de casa, pero siempre lo vi como algo agotador. Al final, los adolescentes que se escapan siempre vuelven. Y el mensaje de la historia es: ¿Por qué escaparte cuando puedes aprender a estar en paz allí donde estés? Ese tipo de historias no me ayudaban. A mí no me gustaba estar donde estaba, me reconcomía. Estar en esa casa sin más compañía que mis padres me reconcomía, pero huir parecía agotador y, además, no sabía adónde ir.

Alguien que no me conociera mucho no sabría que soy el tipo de adolescente que sueña con escaparse. Sacaba buenas notas y solía caer bien a los adultos. No hablaba mucho, pero sonreía un montón. Cuando te cuentan cosas y tú sonríes como si las entendieras, caes bien. Llevaba la misma chaqueta con la cremallera rota desde que tenía doce años. La ropa me daba igual. Esa es la clase de persona simpática y sonriente que era yo.

Mi mejor amiga se llamaba Mabel. Era una tía chunga y, al principio, te sorprendías de que fuera amiga mía. Era alta —más alta que yo— y tenía el pelo supergrueso, negro, liso y bastante corto. A veces, cuando estaba de pie, parecía que llevaba un pájaro en la cabeza. Solía meterse las manos en los bolsillos o llevarlas a la espalda, porque cuando no las escondía, no hacía más que gesticular. Nos conocimos el primer año de instituto y creo que supo desde el principio que yo no era quien parecía ser.

Cuando estaba con Mabel, sentía que una criatura se despertaba dentro de mí y corría en círculos por mi interior. Nos reíamos un montón e íbamos a una cafetería que se llamaba Carma’s, donde Mabel me hablaba de las chicas que le gustaban. Yo me reía y le daba consejos, y luego especulábamos sobre el futuro del mundo. Para finales del segundo año, los cafés con Mabel eran lo más importante del mundo.

Pero entonces al padre de Mabel le salió un trabajo en Pittsburgh y se mudaron allí.

La última noche, Mabel y yo subimos a la azotea de nuestro aparcamiento favorito y nos hicimos fotos desde los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste.

—Maybelline, ¿qué voy a hacer sin ti? —le pregunté.

—Es fácil, Alexidore —respondió ella, que me llamaba así, aunque mi nombre de verdad es Alex, forma familiar de Alexander—. Seguirás con tu vida y conquistarás el instituto.

Y nos reímos. Observamos desde arriba a las cabezas que hablaban gesticulando mientras hacían cola para comprar entradas en el cine o salían del restaurante mexicano. Después nos compramos un paquete de cigarrillos, pero nos mareamos en cuanto nos pusimos a fumarlos, así que le dimos el resto a un hombre sentado en un banco.

A partir de ahí, me puse triste. A veces la tristeza me envuelve como una sombra azul, y ese fue uno de esos momentos. Supe que, cuando empezáramos el curso, los profesores me saludarían y yo agitaría la mano y les sonreiría y caería bien a la gente porque era la misma persona de siempre: la persona que ellos creían que era.

Una vez que Mabel se marchó, me quedaron dos meses de verano para enfurruñarme. Sí, conocía a otras personas, pero no eran mis amigos de verdad. No despertaban a esa criatura dentro de mí, como Mabel, así que… ¿para qué verlas?

Hice un solo intento de socializar después de Mabel. Fue a finales de julio: hacía mucho calor en la ciudad y los Orioles acababan de ganar un partido importante, así que todos los coches iban con banderas de fútbol americano colgadas de las ventanillas. Me encontré con Jen y Jo, a quienes conocía de clase, en la sección de fruta y verdura de la tienda de comestibles, un lugar tan refrigerado que hacía un frío que pelaba. Me dijeron que teníamos que quedar alguna vez. Jen llevaba una botella de refresco en equilibrio en la cabeza; Jo, un montón de naranjas en las manos. Ambas tenían la piel de gallina por el aire acondicionado. Yo sudaba y olía al protector solar que me obligaba a ponerme mi madre. Ellas me dijeron que iban a una fiesta en la piscina de alguien esa noche y que por qué no iba; me revelaron que a Tracy le haría mucha ilusión. Tracy era la más lista de la clase y tenía una sonrisa muy bonita, aunque a mí siempre me había intimidado.

—Vale —les dije, y me encogí de hombros.

No sabía qué pensar acerca de lo de Tracy, pero Jo me pellizcó el brazo hasta que les prometí que me pasaría.

—No conozco a nadie con piscina, así que molará ver algo así —añadí, aunque inmediatamente decidí que eso sonaba ridículo.

Jen se quitó la botella de refresco de la cabeza, y me apuntó en el móvil su número y el de Jo. Nos despedimos delante de los tomates.

En la fiesta de esa noche, junto a la piscina, tuve la sensación de que no dejaba de hacer cosas estúpidas. No quise quitarme la camiseta porque no me gustaba el michelín que se me formaba encima del bañador. Además, tenía el pecho pálido y los pezones muy pequeños, como puntas de alfileres. En vez de eso, comí más patatas fritas de las que debía y manché de salsa el suelo del porche de madera. En un momento dado, me tropecé con la manguera y solté un ruido extraño al caer sobre el césped. Pero Jen, Jo y Tracy fueron amables conmigo, y se rieron de mí lo justo. Incluso a su amigo James, que tenía el pelo rapado y un pendiente y solía ponerme nervioso, no parecía importarle mi presencia.

Al final, acabé contándoles historias sobre la infancia de mi madre en Carolina del Norte, en lo que ella misma describía como una «comuna neohippie». Eran historias que sabía que impresionaban a la gente. No iban de mí, pero era yo quien las contaba, así que al menos lograba impresionar un poquito. También les hablé de un documental de activistas medioambientales que había visto. Jen y Jo se reían, e iban y venían con platos desechables llenos de patatas fritas y palitos de zanahoria. Tracy estaba sentada quieta, escuchando.

A la mañana siguiente, me desperté con el convencimiento de que había sido imbécil la noche pasada y pensé que ninguno de ellos querría volver a quedar conmigo.

Tengo la teoría de que algunas personas son Reales y otras no. Las personas Reales están cómodas en su pellejo y no tienen que pensarse lo que quieren. Se ríen a carcajadas, comen cuando tienen hambre y dicen lo que piensan al margen de quién las escuche. Y la paradoja es que, cuanto más intentas ser Real, más sabes que no lo eres. Ir a una fiesta junto a una piscina te hace pensar que podrías ser Real un rato, pero cuando te despiertas al día siguiente, apenas quieres salir de la cama, porque sientes que tu cuerpo es un disfraz, que tu voz es una grabación y que la única semilla de Realidad que podrías poseer está enterrada, ahogada o muerta. Esa semilla nunca, ni en un millón de años, verá la luz del día.

Pero a lo mejor es solo es mi impresión.

Aún no sabía qué pensar de lo que había dicho Jen con la botella de refresco en la cabeza, de que a Tracy le haría ilusión verme. Tracy apenas me había dirigido la palabra en la fiesta y yo tampoco le había dicho nada en particular, solo lo mismo que a todo el mundo. Pero cuando conté las historias ridículas, vi que me escuchaba. Hubo un momento en que le pregunté qué quería ser de mayor. Era la típica broma que le hacía mi padre a la gente de la edad de mis padres y, cuando lo decía él, resultaba gracioso (en plan padre). Pero claro, imagino que la broma tiene menos gracia cuando se la sueltas a alguien que todavía va al instituto.

Jo contestó por Tracy antes de que ella abriese la boca:

—Tracy va a cambiar el mundo —dijo muy seria.

2.

La mañana del primer día de clase, estábamos en el salón de actos y el señor Royce alzaba la voz por encima del murmullo. Los profesores saludaban a los antiguos alumnos desde el otro lado del salón, algunos con la boca abierta y sonrisas enormes, otros con sutiles asentimientos y estirándose la ropa; el señor Wolper-Díaz hacía reverencias corteses y saludos militares. Un alumno de primer año se sentó en el asiento roto de la fila M, pegó un grito y todos se rieron, porque cualquiera que llevara al menos cinco minutos en el instituto sabía que el asiento de la fila M te tiraba al suelo si te atrevías a ponerle el trasero encima.

El señor Royce había sido predicador, así que cuando el ruido se calmó, todos nos preparamos para escuchar su sermón. El mensaje era:

• Bienvenidos.

• Este instituto es como un microcosmos del mundo.

• Así que se impone tratar a los otros con respeto.

• Y todos tenéis que estar a la altura de tamaña tarea.

Pensé en esa expresión durante un tiempo, pero no sabía bien qué quería decir. Estar a la altura. ¿Qué significaba de verdad? ¿Trabajar duro? ¿Tomar la iniciativa? El señor Royce llevaba un traje verde de sastre, y sus manos, que gesticulaban por encima del atril, parecían grandes y fuertes. Cuando estaba en segundo año, hubo una serie de peleas y alguien acabó en el hospital, así que probablemente se refiriera a acontecimientos como ese.

Los alumnos de mi clase y yo nos habíamos sentado hacia el fondo del salón de actos. ¿Dónde estarían Jen, Tracy y Jo? No las veía por ninguna parte. A mi derecha había una chica que se llamaba Caitlin y que el año anterior había sido mi compañera de laboratorio en Biología. Me contó que quería ser criadora de perros. Empezamos a sentarnos juntos a la hora de comer, pero oírla hablar sobre razas de perros me daba una pereza infinita; fue entonces cuando me di cuenta de que podía comer en el aula de Español si me portaba bien con la señora Green. A mi izquierda estaba Sabina, que había sido delegada de clase el primer año y que se describía como «dinamita». A su lado estaba el chico que le pasaba hierba, Matt. Matt el Porrero rodeaba con el brazo a Sabina Dinamita, así que a lo mejor estaban saliendo. La exnovia de Matt, Sierra, me había preguntado una vez de qué planeta era yo. Recordar aquello me cabreó, me hizo sentir tristeza y enfado, pero en general, cuando me enfado, suelo tragármelo. Delante de mí estaba Jake Florieau, que es difícil de describir salvo como «muy gay». Habíamos sido amigos unos dos meses el primer año, pero fui a un concierto con él y resultó que allí se repartieron un montón de drogas y mis padres se enteraron y me la montaron, así que ese había sido más o menos el final de nuestra amistad.

Jake se dio la vuelta en el asiento.

—¿Qué tal, Shapelsky? —me preguntó.

—Hola —respondí—. Aquí estamos.

—¿Listo para un fascinante curso nuevo?

—Supongo.

—No pareces muy emocionado.

—Bueno…

El señor Royce nos informó de los datos demográficos del instituto, como cada año; medía con números lo que ya sabíamos todos, como que veníamos de distintos barrios de la ciudad de Baltimore, que éramos nosotros quienes solicitábamos admisión en el centro y que nos parecíamos bastante a la población de la ciudad: muchos chicos negros y latinos, unos pocos asiáticos y unos cuantos blancos. Yo era uno de los blancos.

Yo había ido a una escuela judía de enseñanza media muy pequeña con otros chicos blancos. Cuando acabé, tenía muchas ganas de estar entre personas que no se parecieran a mí; pensé que aprendería cosas de otras culturas, pero más que nada, aprendí acerca de la mía. Aprendí que la gente blanca es peculiar. La gente blanca se estresa con muchas cosas y reacciona de forma pasivo-agresiva con muchas otras. La gente blanca quiere arreglar los problemas de los demás, pero al mismo tiempo, no le gusta deberle nada a nadie. Entre los blancos, los judíos somos distintos de los católicos, por supuesto, y estos son distintos de los luteranos, pero más o menos estos son los rasgos comunes. A la gente blanca le incomoda la música rap muy alta y que otras personas los llamen blancos. Todos los años, en la inauguración del curso, recordaba por qué me gustaba venir a este instituto: me hacía más difícil escaparme de quién era. Me gustaba esa escuela, me decía, aunque aún sentía que nadie me conocía del todo.

Ahora que lo pienso, me pregunto si Jake y yo quedábamos solo porque ambos éramos blancos. Solíamos ir a un local llamado One World Café que hacía sesiones de micro abierto, nos sentábamos juntos al fondo, aplaudíamos y nos reíamos de los chistes malos, pero luego no sabíamos bien qué decirnos. Es triste, pero creo que no teníamos mucho más en común aparte de ser blancos. No sabía si él había vuelto al One World Café sin mí. Sabía que había empezado a diseñar coreografías. El año pasado, el día contra el acoso escolar,[1] hizo una coreografía de una canción muy pegadiza con botas moradas de purpurina encima de tres mesas en la cafetería. Yo nunca hacía cosas así. Tampoco me sabía ninguna canción pegadiza. Solo sonreía, hacía mi trabajo y le caía bien a la gente.

Después de la inauguración, tuvimos clases de Inglés, Historia y Español, y al final salimos a comer. Estuve a punto de sentarme con Jo, Jen, Tracy y James —estaban al otro lado de la cafetería, cerca del equipo de sóftbol—, pero en vez de eso, me senté en una mesa vacía, donde solía ponerme con Mabel. El primer día de Mabel en su nuevo centro también era hoy. Me pregunté qué tal le iría. Hice una foto de su silla y fui a mandársela, pero pensé que era un poco triste, así que en vez de eso, le escribí:

Ey, q tal tu primer día?

Añadí el emoji de los dientes apretados y se lo envié. Cuando me terminé el sándwich, recogí todos los trozos de pan y atún que habían caído fuera del papel de aluminio. Mabel me respondió cuando sonaba el timbre. Me mandaba una foto de Katharine Hepburn en traje de safari.

El resto del día pasó en una neblina de anuncios y hojas grapadas. Estaba recogiendo mis cosas de la taquilla cuando Jen me tocó el hombro.

—Van a venir varias personas a mi casa a ver una película —dijo—. Sobre las siete. También viene Tracy. ¡Tienes que apuntarte!

—Vale —logré decir. Alcé las cejas con seriedad y asentí.

—¿Me mandas un mensaje?

Volví a asentir.

—Ah, y dile a Tracy que te gusta su peinado —dijo ella, y se marchó por el pasillo.

Mi padre me preguntó quién era Jen y, cuando le dije que una amiga, me guiñó el ojo. Siempre actuaba como si compartiéramos algún secreto. Cuando se comportaba así, yo ponía cara de póker. Mi padre era redactor de un periódico y escribía acerca del mercado inmobiliario en Maryland, pero no creo que fuera el trabajo de su vida. Mi madre lo describía como un poeta soñador de los ochenta que «poco a poco, se convirtió en un señor de mediana edad de lo más común y corriente».

—Pero que también resulta encantador —matizaba él.

Mi madre sí que le resultaba encantadora a la gente. Hablaba con cualquiera y siempre estaba ayudando a alguien. Era trabajadora social en una escuela de primaria, así que lo de ayudar era básicamente su trabajo. Sabía que podía contarle casi cualquier cosa, pero también se preocupaba un montón por mí, así que trataba de ocultárselo cuando no me sentía bien.

Fuéramos donde fuéramos, a mis padres les encantaba contarles mi vida a otras personas, aunque yo estuviera a su lado. Normalmente, dejaba que lo hicieran.

—A Alex le encanta el instituto, ¿verdad, cariño? —le decía mi madre a su amiga Theresa si nos la encontrábamos en el colmado.

Y yo asentía, sonreía y desviaba la vista a las estanterías donde se agolpaban los filetes envueltos en plástico.

O bien sucedía que:

—Alex está haciendo cosas muy interesantes en su clase de Historia —le decía mi padre a su editor si pasábamos por la redacción un domingo por la mañana—. ¿Qué libro te habían mandado leer?

Y yo abría la boca y le decía el título al editor.

A veces me preguntaba si los padres de otras personas se obsesionaban tanto por los detalles de la vida de sus hijos; desde luego, no parecía el caso del padre de Mabel. Ella me había contado que su padre creyó durante todo su primer año de instituto que a Mabel le encantaba el francés.

—A lo mejor, cuando te gradúes, podemos hacer un viaje a París —le dijo—. Me podrás hacer de guía y explicarme cosas.

—Papá, estudio español —le aclaró Mabel.

—¡Ah! ¿Y por qué creía yo que hacías francés?

En casa de Jen, llamé al timbre y alguien gritó:

—¡Entra, la puerta está abierta!

Dentro había un chico despatarrado al que reconocí como el hermano mayor de Jen, alto y con pantalones cortos de deporte. La televisión estaba encendida, con el volumen alto, y en la pantalla se veía a un chico con gorra de béisbol que respondía preguntas mientras se disparaban los flashes de las cámaras.

—… Muy orgullosos de nuestro equipo este año, de los entrenadores, de los jugadores, porque entre todos hemos logrado que…

—Están arriba —dijo el hermano sin mirarme.

—… Nos ha costado, pero hemos luchado y vamos por buen camino…

—Vale, gracias. —Dudé hasta que un dedo señaló al pasillo oscuro.

—… Era nuestro objetivo, el objetivo principal, llegar hasta aquí y poder decir…

Arriba se oían risas. Llamé con los nudillos a la puerta de lo que parecía el dormitorio de los padres y abrí. Jo tenía la cara muy roja.

—No es que quiera salir con él, ¡solo he dicho que alguien debería hacerlo! —insistía—. ¡Hola, Alex! Fin de la conversación.

Jo se levantó para darme un abrazo; Jen y Tracy simplemente se revolvieron un poco en el sofá. Había una cama enorme en la esquina de la habitación, hecha con pulcritud y cubierta de almohadas. Jen se quitó una goma del pelo que llevaba en la muñeca y se rehízo la cola de caballo mientras me explicaba que hablaban del señor Simon, el profesor de teatro que había empezado ese año. Por lo visto, a todas les gustaba.

La gente solía decir que Jo, Jen y Tracy parecían el anuncio de un centro que quisiera resaltar la diversidad de su alumnado. Eran inseparables desde primer año. Jo era medio coreana; Jen, blanca, y Tracy, negra.

Esta última me habló por primera vez desde la fiesta de la piscina:

—Hola, Alex.

—Hola, Tracy —respondí—. Me gusta tu corte de pelo.

Me dio las gracias y se atusó el borde del afro alto. Tenía las uñas pintadas de azul celeste, y la piel lisa y lustrosa. En su rostro estaba instalada su expresión habitual, como a punto de sonreír; una sonrisa cómplice y un tanto intimidadora.

Esperaban que me sentara a su lado, así que lo hice. Olía como la tienda tibetana que hay en el centro del pueblo, un aroma agradable y acogedor. Cuando Jen apagó la luz y comenzamos a ver la película en el enorme televisor de pantalla plana, Tracy se inclinó ligeramente hacia mí y su brazo rozó el mío. La película iba de una mujer que se enamora de un banquero sentimental que resulta ser un vampiro. Me gustaba tener otro cuerpo cerca de mí y me gustaba que fuera el de Tracy. Sentía comodidad e inquietud a la vez, como si me estuviera metiendo en la cama y echando a volar al mismo tiempo.

Era raro sentarse al lado de una persona que siempre me había intimidado. A mí me iba bien en clase, pero sobre todo porque estudiaba mucho. Tracy estudiaba mucho, pero además, era excepcional. Era la única chica en el equipo de debate y, el último año, se había clasificado en el segundo puesto de todo el estado.

Entonces empezó a sangrarme la nariz.

—¿Qué pasa, Alex?

—Ehhh… Lo siento, perdonad.

Jen saltó del sofá y me llevó al cuarto de baño del pasillo. Me dejó allí mientras yo me lavaba la sangre de las manos y me apretaba un trozo de papel higiénico contra la nariz. Me quedé allí, mirando la pared azul, esperando a que la hemorragia se cortara. A través del muro, las escuchaba, esperándome.

Un minuto o dos después, alguien llamó suavemente a la puerta:

—¿Alex?

—¿Sí?

—¿Puedo entrar?

—Sí.

Abrí la puerta. Tracy dio un paso y se quedó poco más que en el umbral.

—Solo quería ver si estabas bien.

—Sí, solo es una hemorragia nasal.

—Las odio.

—Ya ves.

—Yo encima debo de estar reseca. —Ella se rio—. Siempre se me agrieta la piel.

—No sé si lo estoy haciendo bien —dije con voz ahogada, apretándome las fosas nasales con el papel higiénico.

—No eches la cabeza hacia atrás, solo aprieta. Así. Uf, ¡qué frío hace aquí! —dijo con un escalofrío.

—Pasa si quieres.

Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Yo me separé el papel higiénico de la nariz, pero la sangre seguía fluyendo y un par de gotas cayeron sobre los azulejos del suelo. Me apreté el papel higiénico contra la nariz y tapé las manchas rojas del suelo con los pies. Luego me apoyé contra el lavabo con tanta tranquilidad como pude.

Y entonces, como de la nada, Tracy dijo:

—Oye, deberíamos quedar alguna vez.

—Vale —contesté con la misma voz ahogada.

—Tampoco tenemos por qué, si no quieres.

—No, estaría bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—Pero de verdad que no tienes por qué si no te apetece.

—No, creo que estaría bien.

—¿Crees?

—Sí, creo que…

—Deberías aclararte, Alex. Saber bien lo que quieres.

Abrí la boca, pero no dije nada. Ella se rio y dijo que solo me estaba incordiando.

Sentí que iba demasiado despacio para la velocidad a la que ella iba, como si siempre estuviera un paso por detrás de ella. Ojalá no tuviera un puñado de papel higiénico contra la nariz. Me pregunté si esa conversación contaba como flirtear.

—Es solo que… —dije, y tragué saliva—. Es solo que me sangra la nariz.

Eso la hizo reír un poco. Yo me ruboricé, me di la vuelta y me incliné sobre el lavabo.

—Perdona, perdona —dijo ella, que me apoyó la mano en la espalda—. No quería reírme. Es solo que eres muy adorable.

—No pasa nada.

Comprobé si la hemorragia había parado y esa vez sí, así que me quité el papel higiénico de la nariz y abrí el grifo. La mano de Tracy seguía en mi espalda. Intenté limpiarme las manchas ensangrentadas y mocosas de las fosas nasales tan bien como pude, me lavé las manos y me enjuagué la cara. Me sequé con una toalla y me di la vuelta para decir algo, y en ese momento, ella me preguntó si podía besarme.

—Oh —dije—. Vale.

3.

Me desperté antes del amanecer porque Murphy, nuestro gato, estaba rascando la puerta. Abrí poco a poco los ojos en la oscuridad y me llevó un momento entender qué pasaba. Últimamente, Murphy había tomado esa costumbre y me despertaba a horas intempestivas. Cuando yo tenía un día generoso, admiraba su persistencia.

En cuanto me eché la pasta de dientes en el cepillo y me miré con ojos entrecerrados en el espejo del baño, recordé que me habían besado. Entonces el día comenzó a cobrar forma a mi alrededor. Sentía un cosquilleo —como un toque de menta— en la comisura de la boca, allí donde la humedad de los labios de Tracy había dejado cierta humedad en los míos. Me quedé de pie, recordando, hasta que fui capaz de abrir los ojos por completo.

Yo era Real.

No lo sabía la noche anterior, pero cuando Tracy me besó, eso marcó la diferencia. Había besado a Tracy. En un cuarto de baño gélido. El beso me había cambiado. Sentí de nuevo su nariz rozándose contra la mía; esa mañana distinguía incluso su olor, apenas, sobre mi piel. El roce había sido muy suave.

Mi padre estaba cociendo huevos en la cocina. Llevaba una camiseta roja, y el pelo tieso y revuelto.

—Buenos días, buenos días —saludó.

Me eché un bol de cereales y me enganché a mi silla de la cocina como se engancha una hebilla. Me sentía conectado a él. Podíamos ser dos hombres en una cocina. Ninguno de los dos era remilgado y los dos besábamos a chicas.

—¿Qué estáis dando en clase de Historia? —me preguntó.

—La Guerra Fría. —Me lo inventé, porque todavía no habíamos dado nada.

—Ah, sí. Esa es muy divertida.

Y me reí porque sabía que él quería que lo hiciera.

En el autobús, disfruté de las imágenes y sonidos que pasaban al otro lado de la ventanilla.

En los pasillos del instituto, me sentía gigante.

Me sentía gigante delante de la taquilla. Me sentía gigante cuando saludaba a la gente que conocía. Me crucé con Jo por el pasillo, que caminaba a toda prisa mientras se hacía un moño alto. Se detuvo lo suficiente para sonreírme de oreja a oreja y darme tres palmaditas en el hombro; por supuesto, tuvo que volver a recogerse el pelo y empezar de nuevo.

No me apresuré en toda la mañana, no hui de nadie, solo caminé. Ya no tenía que correr para alcanzar a nadie, porque era Real. El mundo no podía dejarme atrás, porque yo era parte de él y era Real.

Cuando saludé a Tracy en clase de Inglés, temblaba un poco y sentía algo de timidez, pero ella se sentó a mi lado y me apretó el muslo en cuanto sonó el timbre de inicio. No presté mucha atención en esa clase y, cuando el timbre volvió a sonar y tuvimos que separarnos, no sabía qué decirle, así que solo balbucí un «¡hasta luego!» demasiado alto.

—Hasta luego —dijo ella, y se sonrojó.

No comí en una mesa vacía a la hora del almuerzo. Jen se aseguró de que me sentara con ellos: Jo, Tracy y James, en su mesa habitual. La noticia del día era que Jo había tenido un rollete con un chico de nuestra clase durante el verano y él había dejado de hablarle.

—Se lo curró mucho para quedar conmigo —me contó ella—. Fuimos al cine varias veces. Nos veíamos un montón. Incluso conoció a mis padres una vez, lo que es mucho.

—Para Jo, es mucho —añadió Jen.

—Pero entonces desapareció. Como un fantasma…

—¿Has hablado con él? ¿Le has preguntado? —quiso saber Tracy.

—No, la verdad —dijo Jo—. Y ahora estamos juntos en clase de Español, y es incómodo. Es en plan: «¿Qué hiciste este verano?». Y yo: «Travis. Me lo hice con Travis».[2]

Todos nos reímos.

—No sé —concluyó ella—. Supongo que nos comportaremos como si no hubiera ocurrido nunca. —Y se encogió de hombros.

—Eso no mola. —Jen sacudió la cabeza y rasgó el papel de su pajita—. A ver, si es una semana, vale, pero hacer eso un año entero es mucho. —Alzó la vista para mirar a Jo—. ¿Por qué no pides cambiarte de clase?

—No. —Jo negó con la cabeza—. No, no, no. No es para tanto.

—¡Sí que lo es! —insistió Jen.

Tracy estuvo de acuerdo:

—Sí lo es. Pero esa no es la actitud. Tienes que hablar con él. Le esperas un día después de clase y le dices: «Oye, tenemos que hablar de lo que pasó en verano».

—No querrá hablar de ello —aseguró Jen.

—A lo mejor no, pero es lo justo —insistió Tracy.

—Las cosas no siempre son justas.

—Ya lo sé, pero por eso es importante intentarlo.

Jo se volvió hacia James.

—Y tú, ¿qué piensas, como persona de inteligencia limitada?

En el rostro de James apareció lentamente una sonrisa. Aquello era, obviamente, una broma recurrente entre ellos. Decían que James estaba enamorado de Jen y por eso andaba siempre con ella, Jo y Tracy. También decían que una vez había echado a patadas de su casa a su padre por pegar a su madre. Durante la hora de comer, no había dejado de observarme con una sonrisa astuta y misteriosa, pero nunca se dirigía directamente a mí. Todos en el instituto conocían a James. La gente probablemente conociera también a Tracy, que era la mejor de la clase; y a lo mejor conocían a Jen y a Jo. Pero James era simpático con todos. Era el tipo de chico que me ponía nervioso, el tipo de persona que me hacía sentir no Real.

—Pues, como persona de inteligencia limitada, creo que el tío es un capullo.

La carcajada que solté no era falsa, pero brotó de una manera que no suelen brotar mis carcajadas. Me sobresaltó. Pensé con pánico en Mabel y me pregunté dónde habrían ido las partes de mí que se reían con Mabel. ¿Me dejarían? Miré el móvil, como si algún mensaje suyo contuviera la respuesta, pero no tenía ninguno nuevo.

El pie derecho de Tracy se arrimó al mío y nos acercamos un poquito.

Una vez le había confesado a Mabel que creía que me gustaban un poco los chicos. Cuando ella se entusiasmó, le dije que se relajara.

—No estoy pensando hacer nada en el futuro cercano —prometí.

—¿Pero no quieres enamorarte? —preguntó ella.

—A lo mejor, cuando tenga veinticinco años.

Pero lo que decía sonaba tan serio que nos echamos a reír. No podíamos parar. Creo que ese fue el día en que nos hicimos inseparables.

El contacto de la pierna de Tracy contra la mía me hacía estremecer, me latía muy fuerte el corazón. Mabel parecía muy lejana. Supongo que también me gustan las chicas, me dije para mis adentros. Y a lo mejor no tengo que esperar a tener veinticinco años.

Aquello me alivió un poco.

La semana pasó en un suspiro. El martes puse divisores en las carpetas e hice etiquetas para cada sección. El miércoles ya tenía las bases de un trabajo oral llamado «Perspectivas de la Historia» para la señora Graybill y había escrito unas líneas sobre la novela que habíamos tenido que leer en verano para la señora Lewiston. Memoricé dieciséis verbos nuevos de español y me hice un esquema de veintialgo reacciones para Química. Jake Florieau había empezado a chocarme la mano cuando nos cruzábamos en los pasillos; aunque me ruborizaba, siempre le correspondía con el mismo gesto.

El timbre de la mañana sonó igual que siempre; el hueco de la escalera olía a podredumbre, como siempre, y los mismos profesores me saludaron al pasar. Sin embargo, todo era diferente, porque ahora Tracy y yo salíamos juntos. Sentía que por fin podía romper los vínculos con el pasado, alejarme de todos los años en los que no fui Real.

Excepto por una cosa: echaba de menos a Mabel. Y algo me impedía decírselo a Tracy.

¿Por qué? Algo de esa nueva vida parecía una traición extraña. Mabel y yo habíamos construido nuestra amistad sobre las bases de que no nos parecíamos a ningún tipo de persona, de que teníamos el corazón roto y a la vez lleno de anhelos, frustraciones y deseos… Básicamente, todo lo que yo consideraba no Real. Pero si era cierto, ¿por qué de pronto era un chico Real que salía con una chica Real? Mabel había pasado de ser mi alma gemela a convertirse en un nombre en el móvil y, siempre que levantaba la vista de la pantallita rectangular y miraba a las personas que me rodeaban, me sentía como si estuviera viviendo una doble vida.

El miércoles por la noche, Mabel me envió una foto de su nuevo dormitorio en Pittsburgh. Vi que había colgado sobre el escritorio una postal que yo le había dado.

¿Qué tal?

Yo respondí con un corazón, un encogimiento de hombros y un:

Te echo de menos.

Eso fue todo. Cuando dejé el teléfono, se me cayó el alma a los pies y juro que estuve a punto de echarme a llorar.

El jueves, a la hora de comer, me senté con los que ahora eran mis amigos habituales, escuché su conversación y más o menos la seguí. No dije mucho. Después de Química, la última clase del día, Tracy y yo recogimos nuestras cosas de nuestras respectivas taquillas y caminamos hacia el aparcamiento juntos, donde yo tenía que coger el autobús. Sentí el deseo repentino de pasar todo mi tiempo libre con ella.

—¿Quieres ir a ver una película o hacer algo este finde? —le dije.

—Claro —respondió ella con un amago de sonrisa—. ¿Mañana?

Le dije que sonaba genial y ella respondió que pasaría a buscarme.

4.

El viernes por la noche, abrí la puerta del coche y entré. Estábamos emocionados de vernos y así nos lo dijimos. Ella metió una dirección en el móvil y una voz le dijo que se dirigiera al norte por Old York Road. Puso algo de música y un hombre cantaba y le pedía a una mujer: «Stay, stay, please don’t go».[3]

Durante un rato, no supimos qué decirnos o quizás yo no sabía qué decirle.

—¿Qué tal la vuelta a clase? —Se me ocurrió.

—Bien —respondió ella—. Es lo que toca, ¿no? Volver a clase. Está bien tener vacaciones, pero yo ya estaba preparada para regresar.

—Sí. —La comprendía—. Aun así, me alegraré cuando terminemos.

—¿En serio? ¿No te gusta ir a clase?

—No especialmente.

—Ah —dijo Tracy—. Pero se te da bien. Tiene que haber alguna parte de ti a la que sí le guste.

—No lo odio, solo… sigo adelante sin pensarlo mucho, supongo.

—¿Para llegar a dónde?

—¿Perdón?

—Sigues adelante, pero… ¿para llegar a dónde? ¿Qué es lo que te emociona de acabar los estudios?

Nunca había pensado en eso.

—Pues… no sé. Supongo que… ¿empezar la vida real? Ser una persona en el mundo.

—Esta ya es la vida real. Eres una persona y estás en el mundo; al menos, que yo sepa.

—Ya, pero…

—¿Pero qué?

—Quizás aún no me sienta del todo real —dije—. Es como si este mundo fuera algo que tengo que cruzar hasta que llegue a donde pueda ser una persona real. Sé que no tiene mucho sentido.

—Pero entonces, ¿qué haces? ¿Te sientes así todo el rato? O sea, ¿qué haces en tu tiempo libre? No es una pregunta tan rara, ¿verdad?

—No sé. Me gusta jugar con el gato, leer. Los documentales.

En un semáforo en rojo, se inclinó hacia mí y me dio un pellizco en el estómago.

—¡Ay!

La luz se puso en verde.

—¿Por qué has hecho eso?

—Decías que no te sentías real. —Se mordió la punta de la lengua de forma encantadora—. Quería comprobarlo por mí misma.

En el cine, compré las entradas con la tarjeta de crédito de mi madre («la próxima vez me toca a mí», dijo Tracy), y pasamos de comprar palomitas porque Tracy ya llevaba una bolsa y dos latas de refresco en el bolso. Saludó a Derek, que por lo visto era el chico que rompía las entradas, y le sacó la lengua. Él respondió algo que no entendí y Tracy soltó una carcajada.

Cuando nos sentamos en las butacas rojas, intenté decirle que la conversación de antes no importaba y que tenía razón con lo de ser real, pero ya habían empezado los anuncios y ella dijo:

—¡Chsss! —Y me palmeó la rodilla—. Quiero ver lo que echan. —Luego se giró y me dio un beso al lado de la oreja.

Después, nos enrollamos en su coche. Eso fue como si yo estuviera en una película. Al principio, sentí mucha presión por hacerlo bien, pero resultó que no iba mal sin tener que esforzarme demasiado. Imaginé que podía decir algo si se me hacía demasiado raro; podía fingir que tenía que estornudar o algo parecido. Nuestras bocas comenzaron a abrirse y sentí que la punta de su lengua buscaba la mía. Me hizo pensar en la goma de borrar de un lápiz. Tenía la nariz y la lengua frías por el refresco, pero el resto de su boca estaba caliente. Saboreé el dulzor de la cocacola y la sal de las palomitas.

Alguien tocó con los nudillos en la ventanilla: era una vigilante de seguridad. Nos separamos, pedimos perdón y nos miramos los pies. El cuerpo me ardía allí donde me había tocado Tracy. Miré por la ventanilla. Todo el mundo se había ido a casa; el aparcamiento estaba vacío, y el centro comercial, oscuro. El cielo era enorme. La vigilante de seguridad parecía cansada; parecía que le pesara hasta la linterna. Nos observó mientras nos abrochábamos los cinturones y luego se marchó.

Encendimos el motor y el reloj del coche se encendió. Ya eran más de las once. Era como si fuéramos las dos únicas criaturas vivas en un mundo muerto y silencioso. Hice como que no me importaba la hora de llegada a casa, pero me di cuenta de que a Tracy también le importaba, así que dije:

—Sí, deberíamos ir volviendo.

Tracy pisó el acelerador y nos alejamos del centro para llegar ambos a casa a tiempo. Durante todo el camino temblábamos, nos reíamos y apenas podíamos hablar. Yo no dejaba de soltar risitas; mis dedos se agitaban como pequeñas criaturas en mi regazo.

—No suelo meterme en líos —le confesé—. ¿Es raro decir eso?

—No, yo tampoco suelo hacerlo.

—¿Nos hemos metido en un lío? —pregunté, disfrazando la ansiedad de algo parecido al flirteo.

—No, no creo —respondió ella con una risa nerviosa—. Pero sé lo que quieres decir.

Tengo muy pocos recuerdos de mis padres enfadados conmigo. Recuerdo que mi padre me gritó una vez cuando tenía nueve años; había una obra que quería ver, una versión de Cenicienta que hacían en un teatro para niños, y él me dijo que no podíamos ir porque mis primos venían ese fin de semana y estaríamos demasiado ocupados y bla, bla, bla. No obstante, tras esa conversación seguí pensando en la obra y noté que algo me dolía, no dejaba de dolerme, así que decidí preguntarle a mi padre una vez más.

—¿Podemos…?

—¿Quieres dejar ya esa chorrada de obra, Alex? —me gritó él—. No vamos a ir, ¡y punto!

Me sonrojé, sentí vergüenza y le grité yo también:

—¡No es una chorrada!

Corrí a mi habitación y me senté a llorar mientras sostenía el folleto con la imagen de Cenicienta y sus hermanastras con trajes de fiesta.

Tracy aparcó enfrente de mi casa y se volvió hacia mí.

—Oye, ¿quieres que lo repitamos? Como… ¿en plan salir juntos?

La miré. Vi que su piel oscura estaba ruborizada; vi que su pelo descendía por detrás de su oreja y terminaba en un punto de su nuca. No me había dado cuenta de que no estábamos saliendo juntos. A mí ya me había cambiado la vida.

—¿Lo repetimos entonces? —preguntó ella de nuevo, y me di cuenta de que me había quedado mirándola con fascinación.

Parecía como si todas las penas que hubiera sentido hasta ese momento quedaran atrás, como si fuera imposible estar triste a partir de ese momento. Y esa voz nueva mía fue la que habló, un brote de alegría en la madrugada:

—Sí. —Sonreí—. Sí, creo que sí.

5.

Cuando regresamos al instituto, las noticias corrieron como la pólvora. El martes por la mañana, en clase de Inglés, oí que Lorie Guzmán pronunciaba nuestros nombres en un solo susurro: TracyyAlex. El miércoles, Jayson Williams se me acercó después de la clase de Historia para preguntarme si «vosotros dos», o sea, Tracy y yo, nos habíamos apuntado al viaje de Español de ese año. El jueves, el señor Wolper-Díaz, que —como todo el mundo sabe— lleva la cuenta de quién sale con quién, lo hizo oficial: sonrió levemente cuando nos escogimos el uno al otro como compañeros de laboratorio y dejó una marquita en su libro. Tracy y yo nos sentábamos juntos en todas las clases que compartíamos e íbamos charlando por los pasillos.

Decidí que, si de verdad iba a salir con Tracy, debía llevarla a algunos de los sitios a los que solía ir con Mabel. No es que necesitara que las cosas fueran igual con ella que con Mabel, pero quería «aportar algo a la relación», por extraño que parezca.

Llevarla a Carma’s no parecía buena idea, porque no era más que una cafetería, pero había un local —The Lavender Ladder[4]— al que había ido un par de veces con Mabel a ver actuaciones musicales. En los años setenta era una tienda de muebles, y mi padre recordaba haber estado allí una vez con mi abuela para comprar una cómoda. Estuvo cerrada mucho tiempo, pero después un grupo de gente lo convirtió en una galería de arte y expresión personal, o algo parecido. Mabel iba a menudo a ver a un grupo de adolescentes queer que solían tocar allí los martes por la noche. Y estaban organizando un festival de cine LGBT, así que pensé que podía llevar allí a Tracy.

—¿Cómo dices que se llama el sitio? —me preguntó cuando le conté la idea que tenía para nuestra próxima cita.

—The Lavender Ladder.

—¿Y está en Baltimore?

—Cerca de Patterson Park.

—¿Y por qué nunca he oído hablar de ese lugar?

Me encogí de hombros y dije que no lo sabía.

—¿Y qué hacen?

—Un festival de cine LGBT —dije, examinando el rostro de Tracy por si había la más mínima reacción.

—Ajá. ¿Y qué echan el viernes?

—El viernes, una película llamada Querelle. No sé mucho de ella, pero he oído que es un clásico.

Tracy me observó unos momentos.

—Tú me tomas por una intelectual, ¿no? —preguntó.

Fruncí un poco el ceño.

—En realidad, probablemente tú seas algo más intelectual que yo —dijo, y me besó—. No te preocupes. Me encanta el plan.

La llevé en el coche de mi padre. Dejamos atrás el cementerio, envuelto en la cálida luz del atardecer, y el hospital nuevo con los pasos de cebra recién pintados en la carretera. Después de muchos metros de bloques desnudos, llenos de barberías y sitios de comida para llevar, volvimos a ver árboles a nuestro alrededor; el sol, ya bajo en el cielo, se reflejaba en las ventanillas delanteras.

Tracy me estaba contando los planes que tenía para su vida. Me dijo que se iría de Baltimore para ir a la universidad y que de allí pasaría a alguna escuela de Derecho, a ser posible Yale o Columbia. Después de un año o dos de trabajar para algún juez, quizás en Nueva York o Washington, volvería a Baltimore y buscaría empleo público en el ayuntamiento. Quería vivir en Mount Vernon o Bolton Hill. Mientras hablaba, me di cuenta de lo poco que pensaba yo en mi futuro.

Dejamos atrás el parque. Los rayos del sol que acariciaban los edificios se habían teñido de dorado. Yo llevaba la ventanilla bajada; oíamos risas y grititos infantiles por la calle, y unos altavoces que ponían hip-hop a toda tralla. Me daba el aire en la cara. Había aprendido a moverme por Baltimore gracias a Mabel, pero allí y en ese momento, llevando a alguien nuevo a un lugar que ni siquiera Tracy conocía, me sentí más integrado que nunca en la ciudad.

Tracy me preguntó si yo creía que viviría siempre en Baltimore. La palabra siempre me sacó de mis pensamientos y le dije que no lo sabía. Me preguntó qué me decía mi instinto. Yo respondí que, bueno, en teoría siempre me había atraído California. Tracy asintió y dijo que para ella era importante aportar algo al lugar que la había hecho como era.

—Pero si tú quieres huir, que te vaya bien.

Y soltó una carcajada.

Me dio un vuelco el corazón. Traté de pensar en alguna forma divertida de contestarle, pero entonces vi un sitio para aparcar y tuve que aprovecharlo.

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Gatunki i tagi

Ograniczenie wiekowe:
0+
Objętość:
132 str. 5 ilustracji
ISBN:
9788412318913
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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