Czytaj książkę: «Las metáforas del periodismo»

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Las metáforas del periodismo Mutaciones y desafíos

Comunicación & Lenguajes

Colección dirigida por Silvia Ramírez Gelbes

Las metáforas del periodismo Mutaciones y desafíos

Adriana Amado

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Agradecimientos

Prólogo

Prefacio. La otra voz

1. Introducción

El periodismo estudiado

Periodismo mutante

Las ilusiones del periodismo

2. Metáfora del Lazarillo

Del periodismo multimedia al transmedia

Visibilidad o credibilidad

La demagogia del clic y la aristocracia de la primera plana

Metáfora de la primicia

3. Metáfora del productor

Periodismo líquido, pero no liquidado

Uberización del periodismo

Metáfora del gatekeeper (ahora llamado DJ)

4. Metáfora del cuarto poder

El periodismo objetivo existe, objetivamente

Periodismos a-fines

Metáfora del periodismo de investigación

Relaciones y delaciones

Periodismo ¿de datos o de ideas?

5. Metáfora del servicio público

Periodismo importante o interesante

Quién paga el periodismo

Periodismo moderno no es contemporáneo

Metáfora de servicio al público

La red es el mensaje

Periodismo participativo o participante

A quién sirve el periodismo

El auténtico periodismo digital

Periodismo interesante

6. Metáfora de la verdad

La desinformación en la información

Fake wars, fake news

De audiencias a gamers

La metáfora de la verificación

Confiabilidad por objetividad

Lo opuesto a la mentira no es la verdad

7. Metáfora de contar una historia

Vivir para contarlo, contar para existir

Periodismo de sensaciones

Metáfora de la no ficción

Producir no es fabricar

La objetividad y la parábola

Periodismo, militancia y propaganda

8. Metáfora de la libertad de prensa

Libertad de red

Información en defensa propia

Metáfora de la ética

Ética de la conversación

Éticas urgentes

Ética de cloudsroom

Ética líquida

9. Metáfora del mejor oficio del mundo

Otros periodismos

Aquellos viejos buenos tiempos

Metáfora de Clark Kent

Periodismo de película

Periodistas con a de género femenino

Periodismo hereje (o de entretenimiento)

De la celebrity al gamer

De los virus a las semillas

10. Metáforas del periodismo mutante

El periodismo digital son los padres

Periodismo de soluciones participantes

Del mito al hito

Sociedades mutantes

Actualizar las aplicaciones

Bibliografía y fuentes


Amado, AdrianaLas metáforas del periodismo / Adriana Amado; prefacio de Chani Guyot; prólogo de Silvio Waisbord. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ampersand, 2021.Libro digital, EPUB - (Comunicación & Lenguajes ; 4)Archivo Digital: descargaISBN 978-987-4161-67-31. Periodismo. 2. Escritura. 3. Medios de Comunicación Social. I. Guyot, Chani, pref. II. Waisbord, Silvio, prolog. III. Título.CDD 302.23


Ediciones Ampersand

Cavia 2985 (C1425CFF)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.edicionesampersand.com

Colección Comunicación & Lenguajes

Primera edición, Ampersand, 2021.

Derechos exclusivos de la edición en español reservados para todo el mundo.

© 2021 Adriana Amado

© 2021 de la presente edición en español, Esperluette SRL,

para su sello editorial Ampersand

Edición al cuidado de Diego Erlan

Corrección: Carolina Magalnik

Diseño de colección y maquetación: Colombo+Heinberg

Retoque de imagen de cubierta: Pablo Engel

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante el alquiler o el préstamo públicos.

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

A ustedes, periodistas mutantes, que resisten los anticuerpos del status quo periodístico, dedico estos argumentos. Mi admiración por la persistencia.

AGRADECIMIENTOS

Este libro empezó a madurarse hace unos diez años. Justo cuando empezaron a popularizarse las redes y las mensajerías, me sumé al equipo internacional de Worlds of Journalism. Esa investigación me acercó a periodistas de toda la región, que me permitieron conversar a diario de la profesión, de los medios, de las redes y comprender muy de cerca las mutaciones de las que reflexiono en este texto. A esa gran red de investigadores y periodistas va el primer agradecimiento.

Periodistas amigos merecen una mención especial. A Osvaldo Bazán, por enseñarme a diario la libertad del periodismo de redes sociales. A Carolina Amoroso, por compartir el amor de nuestros apellidos, que es el que le tenemos a la información global. A Chani Guyot, que me permitió discutir muchas de estas ideas y verlas en movimiento en Red/Acción. A Silvio Waisbord, porque cada charla, cada escritura, es un curso intensivo de periodismo contemporáneo y de amistad auténtica. A Chani y a Silvio, gracias extras por leer los originales y aportar textos generosos para enriquecerlos. A José Crettaz por el puente hacia la Universidad Argentina de la Empresa, que aloja el capítulo argentino de Worlds of Journalism. Al equipo de Todo Noticias que me permite aprender lo que significa cubrir la realidad en directo y a la gente del diario La Nación y la Revista Sophia por reflexionar sobre eso mismo, con otra cadencia.

Como siempre, el agradecimiento al equipo de Infociudadana, especialmente a Eugenia Etkin, Nicolás Rotelli, Maxi Bongiovanni y Guadalupe Barrera (en su nombre, a la Fundación Konrad Adenauer), que apoyan esta aventura de investigar y enseñar otros periodismos en Latinoamérica.

A mi padre Manuel y a mi abuela Estrella in memoriam que, sin haber ido a la escuela, me enseñaron desde muy chica a leer las noticias.

PRÓLOGO
SILVIO WAISBORD DIRECTOR Y PROFESOR, SCHOOL OF MEDIA AND PUBLIC AFFAIRS, GEORGE WASHINGTON UNIVERSITY

Este es el libro necesario que alguien debía escribir, un libro que desentrañe las metáforas sobre el periodismo, y nos haga reflexionar sobre el uso y abuso de las alegorías sobre qué es y qué debería ser el periodismo. Me alegro enormemente que este texto lo haya escrito Adriana Amado, con su característica habilidad para analizar de manera punzante los medios y remarcar las realidades y las ilusiones colectivas sobre su papel en la sociedad. Amado descorre el cortinado de la retórica común sobre una institución fundamental de la vida moderna y la democracia. Ofrece un recorrido analítico maravilloso, con una prosa admirable, plena de datos contundentes, estrías de humor, referencias teóricas relevantes, ritmo ágil y observaciones profundas.

El libro revisa una formidable colección de frases célebres, ideales prometidos, sueños y compromisos, etiquetas vaciadas de sentido, y lugares comunes que construyen formas de dar sentido al periodismo. Estas no son meras utopías, mitos o ideología que ocultan la realidad o disfrazan las motivaciones reales de la prensa. Son recursos para entender la práctica periodística –aspiraciones, limitaciones, contradicciones, ilusiones, brújula ética. Este vocabulario nos permite entender y malentender. Parafraseando a Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites para la comprensión del mundo periodístico.

Amado desbroza el matorral de ideas para ayudarnos a comprender su utilidad y sus limitaciones. Descubre y examina el vasto yacimiento de titulares, nombres de periódicos, frases hechas y deshechas, pronunciamientos editoriales, y cultura popular para entender nuestro bagaje conceptual y normativo sobre el periodismo. Nos recuerda que es una institución sobrecargada de responsabilidades y expectativas, que dominó la sociedad moderna respaldada en economías saludables y expansivas, mientras que hoy intenta sobrevivir en el brutal mercado capitalista en transformación y ecologías comunicacionales superpobladas de opciones.

El texto disecciona con cuidadoso bisturí las narrativas sobre el periodismo, aquí y allá, con un conocimiento enciclopédico que enhebra temas y experiencias en una formidable vuelta al mundo. El análisis pone de manifiesto que las aspiraciones son más que simples deseos o petulancias: son prismas analíticos para imaginar las noticias y la ética periodística, y espejos de parques de diversiones que distorsionan las formas habituales de hacer periodismo.

Es difícil pensar en instituciones similares: híbridos comerciales con ambiciones de servicio público. No hay similares supermercados de la realidad noticiosa que informan y entretienen, nos den conciencia pasajera sobre “lo que ocurre” y conocimiento sobre sistemas complejos, ayuden a caminar la vida cotidiana y ampliar el sentido de mundo, documentan vicios de la política y vicisitudes del diario trajín, infundan esperanza y miedo, alimentan ciudadanía y consumo.

Ni el periodismo ni el público fueron modestos a la hora de arrogarse atributos y expectativas sobre su papel: primer borrador de la historia, agente cívico, detective del poder, megáfono vecinal, luz informativa en el camino oscuro, cruzado partidario, combatiente de la resistencia, proveedor de contenidos serios y diversiones varias, plataforma publicitaria, testimonial de la vida social, usina de ideas dominantes. Con tales expectativas, no hay reputación que aguante. Nadie puede cumplir tantos requisitos aun en las mejores condiciones de solvencia económica. ¿Qué institución pública o privada puede ser todo esto y más? ¿Cómo justificar ser una cosa y no la otra? ¿Quién paga por todos estos beneficios públicos y servicios privados?

Esta malla ideológica de altas virtudes no solo tamiza cualquier entendimiento del periodismo. Justifica ambiciones profesionales de una ocupación demasiado dinámica, cruzada por intereses y motivaciones, para encajar perfectamente en el molde de las profesiones clásicas. Cualquier profesión esgrime un ideario como su mejor cara, ya sea brindar salud o impartir justicia, por más que la realidad sea mucho más compleja y con áreas más grises y menos gloriosas. El periodismo no es la excepción. La diferencia es que carece de unión y consenso mínimo para hacer realidad cualquiera de sus más preciados ideales. Esto se debe en parte al caos mismo de la ocupación, con sus múltiples escenarios, tareas, y contextos de trabajo que hacen imposible cualquier uniformidad de prácticas.

Tampoco ayuda el hecho de que las palabras consagradas del léxico periodístico sean ambiguas, controversiales, disonantes y poderosas. Libertad, verdad, hechos, equilibrio, pasión, noticia, independencia, realidad no son precisamente términos claros y concisos. Por eso siempre queda abierto qué es el periodismo –profesión, arte, ciencia, ocupación, comunicación, propaganda. No hay canon, ni reglas idénticas, ni protocolos seguidos al dedillo, ni ética ocupacional común. Son preguntas que nunca se resuelven y que cada generación se ocupa de revisar según realidades cambiantes, prioridades y desafíos.

Esto conduce a otro tema diseccionado magistralmente por Amado: ¿Cómo se reposiciona el periodismo, con sus bártulos ideológicos y eternas esperanzas de ser hijo pródigo de la democracia, en el escenario actual de abundancia informativa? Hasta hace poco tiempo, el periodismo podía atribuirse el papel de dar certificado de realidad, la presunción implícita que una edición de papel o un noticiero de una hora constituían un documento veraz y medianamente completo de lo acontecido, lo importante, lo necesario, lo curioso. O en el peor de los casos, un documento imperfecto, una aproximación sensible, un resumen comprensivo.

Sabíamos que tales presunciones eran exageradas –no hay realidad que quepa cómodamente en 12 o 64 páginas, actualizaciones informativas, boletines noticiosos, 30 o 60 minutos de televisión o radio, o sitio en Internet. Hoy en día, cuando la información desborda por plataformas digitales y por fuera de las redacciones, es claro que nadie puede siquiera aspirar a contar todo lo que ocurre y es relevante. En el mejor de los casos, hay selección, recorte parcial, ráfaga de realidad que forma parte del vendaval de información con que nos enfrentamos cada vez que entramos en conexión digital. El periodismo flota junto al incalculable resto en los enormes y constantes cauces de comunicación pública.

El periodismo contribuye, con noticias, opinión, titulares, datos, historias, crónicas, testimonios, y el resto de su rico arsenal. Trata de ordenar el desorden y dar sentido al vértigo. En sus mejores días, sobresale en la maraña con sus verdades enteras y a medias, a pesar de mentiras abiertas y disimuladas propias y ajenas. Usualmente, sus esfuerzos, valiosos y humildes, quedan sepultados en la avalancha de expresiones públicas –videos, memes, posteos en medios sociales, mensajes, invitaciones a clics. La ironía es obvia: las mayores posibilidades de expresión que tantas veces el periodismo justificadamente defendió en nombre de derechos democráticos, diluyen su presencia. ¿Cómo legitimar la histórica especialidad del periodismo cuando pareciera que todos informamos y comunicamos?

La saturación de información hace replantear el papel y el impacto del periodismo. Por más que uno esté convencido que el periodismo es importante y único, en tanto no hay otra institución encargada de hacer lo que mejor hace (o debiera hacer), no es obvio cómo sobresale en el ambiente saturado de (des)información, rumores, versiones, opiniones y el resto. De ahí que el problema no sea principalmente debatir los nobles ideales en el pedestal del buen periodismo, sino su posibilidad y viabilidad en una realidad comunicacional diferente a la sociedad moderna donde surgiera.

Reflexionar sobre qué esperamos del periodismo, como hace este libro, es necesario para entender no solo qué esperamos, sino también cómo afecta la vida cotidiana y la salud democrática. Adriana Amado nos invita a esta reflexión sin dogmas y levantando con cuidado y suspicacia las piedras sagradas del periodismo y de esta manera cumple lo que el trabajo académico riguroso y crítico debe hacer.

PREFACIO LA OTRA VOZ
CHANI GUYOT DIRECTOR DE RED/ACCIÓN

Entre las cientos de transformaciones que el ecosistema digital trajo al periodismo y a los medios, ¿qué significó para la voz de los lectores? Si la tecnología transformó el modo en el que los periodistas hacen su trabajo, y el modo en el que las audiencias se informan y entretienen, ¿qué transformación introdujo al modo en que se expresan?

Por supuesto, allí están las redes sociales con su expresión coral y su espacio de experimentación caótica y fecunda. Con su capacidad para parir y matar formatos nuevos y diversos que expresan el potencial creativo de una audiencia activa. Hilos de Twitter como potentes microrelatos, stories de Instagram como crónicas de transparente cercanía, grupos de Facebook como, ahora sí, una nueva versión del ágora de Atenas.

Las redes sociales como el espacio de la expresión y el intercambio, la ocurrencia y la tontería. Un espacio tutelado por las plataformas, y las reglas, y a veces, la responsabilidad colectiva. Pero también un espacio que puede convertirse en injusto y peligroso. El espacio en donde, a veces, la gente dialoga.

El lugar reservado para esas cartas nació con los periódicos modernos, a mediados del siglo XVIII, cuando se confundían con las columnas de opinión, y habitualmente eran anónimas o firmadas con seudónimo. Siempre me gustó pensar la sección “Cartas de Lectores” como el espacio en donde la audiencia puede hackear a su medio. Es uno de los espacios privilegiados en donde un medio puede demostrar su tolerancia a la crítica, su honestidad intelectual, o su coraje. Tal fue el caso de John Peter Zenger, impresor y periodista alemán, fundador de The New York Weekly Journal. El 25 de febrero de 1733 publicó una carta de lectores contra los abusos de poder del gobernador real de la ciudad, William Cosby. La carta fue publicada bajo el seudónimo de Cato, y por esa y otras publicaciones el editor fue acusado de difamación. Luego de un largo juicio el jurado finalmente absolvió a Zenger, por el hecho de que lo que había publicado era cierto, y así el editor se convirtió en un símbolo de la libertad de prensa. Cato (seudónimo utilizado por los escritores británicos John Trenchard y Thomas Gordon) continuó publicando cartas que luego fueron reunidas en el libro Cartas de Cato, considerado “la principal luminaria de la teoría de la prensa libertaria del siglo XVIII”.

Recién hacia 1920 las cartas de lectores se agrupan e identifican en los principales periódicos, y a comienzos de los 70 encuentran su actual ubicación: justo entre las editoriales y las columnas de opinión. El modelo, creado en The New York Times por el editor James Reston y el director de arte Louis Silverstein, luego fue adaptado por los principales diarios del mundo. “La idea fue destacarlas, darles más visibilidad y publicar un mayor número”, me contó el propio Silverstein cuando compartimos un proyecto en La Nación, a fines de los 90.

Si históricamente un medio fue al mismo tiempo el insumo y el escenario de la conversación social, ¿qué le queda ahora? ¿Le quedan acaso los comentarios a las notas? Si bien cada tanto se encuentran excepciones, la regla hoy marca que la mayor parte de los comentarios son un monólogo de gente más o menos enojada, bastante convencida de lo que piensa, con mucha energía y tiempo para expresar su opinión, y poca paciencia y disposición para involucrarse en una conversación.

Mi tesis es que los medios, en cualquiera de los formatos, seguimos básicamente atados al modelo broadcast, unilateral, de una sola vía, que en el peor de los casos emula la vieja fórmula: “emisor-mensaje-receptor”. Los medios nos seguimos pensando como una fábrica de contenidos, una usina que genera y distribuye, una organización que produce y entrega. El problema es que desde este paradigma, los medios ignoramos de hecho la principal revolución del siglo XXI, la revolución de la participación. Parece que ahora el receptor tiene algo para decir. Y para hacer.

Su opinión, su experiencia, su conocimiento, su tiempo. Tras estos cuatro ejes de valor, algunos medios en el mundo comienzan a experimentar y a ensayar preguntas a las respuestas del millón: ¿qué significa para el periodismo el fenómeno de la participación? ¿Qué puede aportarle al periodismo la voz de las audiencias?

Si un medio históricamente se definió por su carácter editorial, sus temas, sus firmas y su tono, en el futuro también lo hará por su capacidad y estilo de escucha. Y por el modo en que sepa integrar esa participación de su audiencia para mejorar el impacto de su periodismo en la conversación social.

En 1990, año en que recibió el Premio Nobel de literatura, el mexicano Octavio Paz publicó La Otra voz, un ensayo en el que recupera a la poesía como el vehículo y experiencia de la otredad, como el lugar de encuentro entre el autor y el lector mediante el lenguaje.

Tal vez sea la voz de la audiencia esa otra voz que hoy necesita el periodismo para repensarse y encontrar su lugar en la conversación del siglo XXI. Tal vez sea la voz de la audiencia la que, una vez más, pueda hackear a los medios, para que entonces desplieguen su tolerancia a la crítica, su honestidad intelectual o su coraje.

1. INTRODUCCIÓN

No hace tanto, en un curso de posgrado de periodismo narrativo, se me ocurrió leer las crónicas literarias del programa en clave estilística, para lo que invité a los estudiantes a identificar las figuras retóricas que agraciaban los textos clásicos. La primera sorpresa fue que la mayoría, todos periodistas graduados interesados en enriquecer su escritura, no sabían de qué se trataba. Aun bajando la expectativa a los tropos básicos, esos que incluyen los primeros niveles escolares, no lograban reconocerlos. Hasta que una muchacha, licenciada en Comunicación y periodista multifunción, expresó abiertamente su fastidio con el ejercicio. Ella había venido a estudiar periodismo y consideraba que demorarse en los vericuetos gramaticales era una pérdida de tiempo. Para darle fuerza a su argumento y disuadirme de mi método pedagógico dijo, buscando el apoyo de la clase: “Si nadie habla en metáforas, ¿no cierto?”. Me quería matar. Metafóricamente, claro.

La anécdota me dejó pensando. Primero, porque había dado por sentado que estudiantes de un curso de periodismo narrativo tendrían ciertas inquietudes lingüísticas y que identificarían un tropo tan incorporado al habla cotidiana como la metáfora. Que además el periodismo actual usa hasta el hartazgo. Quizás ahí estaba la respuesta y le pasaba a la estudiante lo que a aquel personaje de Molière que no sabía que hablaba en prosa. Quizás el periodismo no supiera que siempre se había servido de las metáforas.

Todo nuestro sistema conceptual ordinario es de naturaleza metafórica, y ese sistema de conceptos es el que organiza las realidades cotidianas, como explicaron George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana (1980). Los investigadores proponen estudiar las expresiones lingüísticas para comprender la naturaleza metafórica de nuestras actividades. Por caso, cada vez que alguien dice que las noticias deben reflejar la realidad está usando la metáfora del espejo, por la cual una noticia debería devolver con precisión aquello que muestra. El símil alude a la precisión que se espera del periodismo, pero conlleva conceptualmente la idea de una imagen plana e invertida con relación a aquello que refleja.

El sistema conceptual humano organiza las realidades cotidianas a través de conceptos de naturaleza metafórica, y su análisis permite comprender la lectura social de las actividades: en este caso, el periodismo. La metáfora del espejo, que remite a la identidad entre la noticia y aquello que relata, plantea a su vez cuestiones epistemológicas en cuanto a cómo una persona puede reflejar con fidelidad un real que no será el mismo para diferentes observadores, como explicó hasta su obra final Eliseo Verón. Sin embargo, los semiólogos que se ufanan de la polisemia de los textos son los que más insisten en la metáfora del espejo cuando transmiten a sus aprendices de análisis crítico del discurso la frustración que les genera cualquier noticia que no refleje su perspectiva. Ahora bien, decir que el periodismo es un reflejo de lo que pasa, primero, no obliga al periodismo a reflejar, y sin embargo lo pone en falta cuando alguien entiende que no lo hace. En segundo lugar, usar la palabra no va a hacer que el periodismo empiece a orientarse al reflejo. En este sentido, el nominalismo mágico está muy instalado en cierto sector que cree que morfemas y palabras terminan cambiando la realidad y que por ende deberíamos hablar de “periodisto” y “periodista”. Con esta palabra no hubo mayores reivindicaciones reformistas como con “presidente” o “sujeto” por parte de quienes entienden que el primer paso para lograr el reconocimiento femenino es hablar de “presidenta” y “sujeta”. La de periodista es una profesión que siempre tuvo el morfema femenino. A falta de investigaciones que expliquen por qué una palabra con declinación femenina de origen no garantizó una mayor participación de mujeres en el sector, sirve apenas de ejemplo de cómo las modificaciones en el significante solo cambian el signo, aunque no necesariamente el significado. Con el perdón de Saussure, que por estas minucias no logra descansar en paz. Ni el objetivismo empirista ni la imposibilidad comunicativa del subjetivismo extremo explican la complejidad de la comunicación que necesita. Lakoff y Johnson proponen una síntesis “experiencialista” entre el estado de las cosas y el sistema conceptual que se aleja tanto de la pretensión de verdad absoluta de una metáfora como de la imaginación ilimitada para decodificarla.

La naturaleza metafórica del periodismo se pone en evidencia en el lenguaje cotidiano. Cuando mandatarios acusan “Clarín miente”, “El Universo miente”, “A Folha mente” o “NBC NEWS is wrong”, consideran al medio, por metonimia, intercambiable con el periodista que escribió la mentira señalada. Por una operación similar, pero en sentido inverso, el periodista es sinécdoque del sistema cuando las amenazas que recibe se consideran amenazas a la prensa, es decir, a todos los medios, si no es a la libertad de expresión de la sociedad. Muchos medios usan esa operación metonímica de designar el todo por la parte, como cuando se llaman El Territorio, La Provincia, El País, o dejan cualquier vestigio de modestia para llamarse El Mundo (O Globo, Le Monde, Die Welt). Algunos van más lejos todavía y llegan a postularse como The Sun, La Estrella, El Universo. A las metonimias espaciales se agregan las que intentan condensar el tiempo en las noticias diarias: El Tiempo, o Los Tiempos (The Times, Die Zeit), Época. O más acotados: El Día, Jornada, Hoy (USA Today), La Mañana, Presente. Más allá del tiempo y el espacio, se erigen como la institución y se llaman Democracia, La República, La Nación. O su transformación, y se proponen como Reforma o Libération. Con más modestia, pero no por eso menos metáfora, hay medios que se definen por una pequeña parte, como el soporte: Página/12, Gazzetta, La Hoja (The Blade, Handelsblatt). O la tecnología: El Telégrafo, El Correo (Corriere), La Prensa, Post-Dispatch, The Courier, Journal, Daily Express, Mic. Los menos se llaman como sus lectores: Gente (People), El Ciudadano. En fin, para no andar con chiquitas, también son L’Humanité.

Estas operaciones cristalizadas desde el inicio de la prensa moderna en las marcas comerciales confirman la multiplicidad de funciones de la actividad periodística. Cada aspecto ha sido investigado desde una especialidad distinta. Muchas veces el estudio del periodismo se reduce a las noticias que elabora (como plantea el análisis de discurso); a los instrumentos (entiendiendo que la capacitación digital es la solución a la crisis profesional); a los medios (que, aunque sean entidades jurídicas de mayor envergadura que la de un simple periodista, se mentan como equivalentes en los discursos de analistas y políticos).

Tradicionalmente, prensa y periodismo fueron considerados equivalentes. Hoy ya nadie cuestiona la equivalencia fáctica con la imprenta porque se acepta desde la equivalencia metafórica y simbólica de la expresión. “Prensa”, como metonimia de la actividad periodística, viene del dispositivo técnico con que se imprimían los panfletos y periódicos, antecedentes de las publicaciones periódicas que en el siglo XIX consolidaron la democratización de la esfera pública. La prensa era la actividad de imprenteros encargados de difundir información, notificaciones oficiales, rumores y otros tipos de contenidos. En el siglo XIX aparecieron los primeros impresos que se ocupaban más de las novedades ultramarinas de que de las eventualidades locales, y más de panfletos políticos que de noticias de actualidad. Esos primeros periódicos debían sus medios de vida y lealtades a los patronazgos políticos que publicaban su opinión partidista en las páginas que financiaban. Hacia 1830 comenzaron a contratar escritores para recopilar noticias, en lugar de esperar a que llegaran al medio. Recién a fines del siglo XIX, cuando los periódicos citadinos se hicieron más prósperos y poderosos, algunos de estos medios comenzaron su emancipación política, que derivó en la profesionalización del periodismo en los tiempos de entreguerra.

Las normas profesionales de objetividad y balance periodístico surgieron como contrapeso de la propaganda y las relaciones públicas en tiempos de la Primera Guerra Mundial. El consenso de investigadores como Michael Schudson, Herbert Gans y Silvio Waisbord ubica el momento en que el oficio deviene profesión en esa época, de la mano de ideólogos como Walter Lippmann y Joseph Pulitzer, aunque por diversos caminos, como se repasará en diferentes capítulos. Las tecnologías de impresión y distribución de información del siglo XX sostuvieron estas normas profesionales para consolidar la confianza pública y credibilidad frente al peso que fueron ganando las relaciones públicas y la propaganda política en la producción de información durante la posguerra. Las tecnologías fueron desmaterializando los medios gráficos sucesivamente, primero en audio, luego en imagen y después en bits. En el siglo XXI, el periodismo dejó de tener el monopolio de la producción y circulación de la información y la prensa, y ya no es el único actor social con el privilegio de los comentarios y la opinión. En una época en que la crisis más profunda la padecen los medios de papel, el significante “prensa” se aleja más de aquella idea original.

El periodismo como actividad encargada de la producción de información social desde diversidad de prácticas y modelos está cambiando en la medida en que deja de ser un producto exclusivo de los medios para desarrollarse en plataformas, redes sociales y demás soportes digitales. Sin la cohesión que le daban los medios y las redacciones, el periodismo empieza a confrontar con otros actores y nuevas prácticas que también aportan información.

La dicotomía verdad-mentira es una metáfora propia de la religiosidad, campo conceptual de donde viene la idea de absolución por la primera y castigo por la segunda. Los periodistas serían, al igual que los sacerdotes, exégetas de los textos del poder que traducen para que las revelaciones sean accesibles al lego. Serían también vicarios de otras revelaciones no menos trascendentales por ser terrenales y no venir de los dioses del cielo sino de sus fuentes, que son, incluso, más confidenciales que las que se reciben en la iglesia, porque las confesiones al periodista tienen la protección constitucional del secreto de las fuentes. La idea de verdad también es deudora de la fe en la ciencia del positivismo de fines del siglo XIX, de donde se toman las metáforas de la verificación, el procedimiento empírico, la demostración, las evidencias y todo el marco conceptual objetivista que se consolida después de la Gran Guerra. A lo largo del siglo XX, el abordaje del periodismo será diferente, según la perspectiva ideológica, que en cierta manera opera como la religiosidad en la medida en que determina qué aceptar y qué descartar. Por ejemplo, si la ideología es la cientificista, el periodismo puede emplear un procedimiento para la verificación que garantice que en cualquier lugar en el que se aplique el método, se llegará a los mismos resultados (verdad científica). Si la perspectiva es la economicista, el periodismo es un obrero de la Revolución Industrial que terminará alienado en la línea de producción capitalista, sin posibilidad de producir nada ajeno a los poderes hegemónicos (verdad ideológica).

Como un demiurgo, el periodista puede inventar la realidad con una cuota de drama, de ficción, de engaño. En funciones más laicas, el periodista es el médico que analiza, disecciona y diagnostica a la sociedad a partir de unos pocos síntomas e inocula vacunas contra las ideas equivocadas. O investiga, interroga, busca evidencias y denuncia como abogado o fiscal, aunque no del Poder Judicial sino de ese cuarto poder que es metáfora del control que ejerce sobre los otros tres. Actúa como soldado cuando ataca o se defiende del adversario, o cuando combate las mentiras y sale en defensa de la libertad de expresión de la sociedad toda (que también, por metonimia, se ve en peligro cuando es amenazada la libertad de expresión de un periodista).

La diversidad de funciones y tareas que adopta el periodismo se evidencia en el hecho de que la palabra que lo designa no parece completa sin un complemento, como si “periodista” no fuera en sí mismo un significante elocuente. Periodismo deportivo, cultural, político, científico, ciudadano, social, indígena, ambiental, en función de qué se ocupa. Periodismo literario, objetivo, empírico, satírico, infográfico, de acuerdo a las formas que elige para contar. Periodismo gráfico, escrito, radial, audiovisual, y ahora digital, móvil, transmedia, a partir de los medios en que se ejerce. O bien se apoya en el “de”, como hacían las mujeres casadas anexando el apellido del esposo antes de la revolución feminista: periodismo de investigación, de guerra, de calidad, de datos, de espectáculos, de precisión, de marca, del corazón, de soluciones. Periodismo eternamente mutante, porque siempre es el periodismo y sus circunstancias.

El periodismo estudiado

Los académicos abordan el periodismo en tanto profesión, vocación, institución, práctica o texto. Como actividad dedicada a la producción y distribución de noticias que sirvió para organizar a partir del siglo XIX un perfil de profesión liberal en oposición a la idea de vocación apoyada en motivaciones democráticas o personales (la vocación es aquel impulso por el que se sacrifican ingresos, pero no ideales). El periodismo aparece como institución social en la idea del cuarto poder, metáfora que sigue teniendo vigencia incluso en sociedades donde los otros tres poderes no están muy organizados. Los investigadores que eligen esta perspectiva comprenden que el periodismo no puede entenderse aislado de los contextos en que las noticias interactúan con las audiencias. La institución está conformada por las culturas, prácticas, tecnologías, economías, leyes y normas no escritas que les dan a las noticias su significado y su poder. En todas las sociedades puede pensarse el periodismo como cuarto poder, pero en algunas es más de cuarto que en otras.

La investigación académica también indaga más allá del modelo institucionalizado y estudia la práctica, el quehacer propio de un periodista, recortándolo de los roles cristalizados para entenderlo como persona, con decisiones y necesidades individuales. En los modelos periodísticos implícitos en las discusiones públicas siguen vigentes las funciones clásicas de los medios que estableció Harold Lasswell hace siete décadas: la supervisión o vigilancia del entorno, la corre- lación de las distintas partes de la sociedad en su respuesta al contexto, la transmisión de los valores sociales y el entretenimiento. Sin embargo, la definición de los roles periodísticos tiene múltiples matices, según se trate de las normas (lo que los periodistas deben hacer); los modelos (lo que les gustaría hacer); las prácticas (lo que hacen); el discurso (lo que dicen que hacen). Las expresiones del lenguaje corriente asociadas al periodismo conllevan metáforas de la profesión que usan los distintos actores sociales. Operan como mandatos, como descripciones o como marcos conceptuales.

La pregunta acerca de qué es ser periodista es crítica en sociedades donde la profesión no tiene requisitos profesionales delimitados como la colegiación o la matrícula profesional, sino que es considerada como parte del ejercicio amplio de la libertad de expresión. La investigación latinoamericana se concentró en la alternativa de estudiar al periodismo como producción textual, es decir, deducir lo que es el periodista desde sus discursos. De esta escolástica viene la decisión de analizarlo a través del producto de su trabajo, las noticias, que se leen desde la semiótica como si fueran cartas de un tarot que devela los sinos y destinos de la profesión.

Cuando se pone el foco del estudio en la noticia, las metáforas que se utilizan hablan de construcción discursiva, producción textual, armado de agenda, como si el periodista fuera un obrero y la noticia un constructo que puede estar bien montado o carecer de bases sólidas. La metáfora edilicia entiende que una noticia sin fundamentos es endeble y se desmorona. En cambio, si es sólida no podrá ser derribada, como sabe cualquiera que haya leído la fábula del lobo y los tres cerditos. Para la industria, las noticias no son tan deliberadas, sino que irrumpen cual fuerzas de la naturaleza que impactan, sacuden, conmocionan como terremotos. O se desparraman como avalanchas que no pueden contenerse. A veces cobran vida por exceso de sensaciones y son noticias sensacionalistas o que llegan al grado extremo de morbosas. Entonces se ponen amarillistas por exceso de bilis, sangrientas, escandalosas. En las metáforas fisiológicas se esparcen como virus, especialmente si son fake news, según se denuncia catastróficamente por estos días, porque circulan de manera descontrolada y se contagian entre los individuos débiles que no tienen anticuerpos para los engaños.

Pero una cosa es cuando los especialistas hablan del periodismo y otra cuando los periodistas hablan de sí mismos. A las cinco metáforas que usan los académicos, la investigadora Barbie Zelizer suma otras siete a las que recurren habitualmente los periodistas para hablar de su trabajo, que piensan como espejo, instinto, contenido, historia, criatura, servicio y compromiso.

• El espejo es una metáfora común que alude a la idea de captar las imágenes del mundo, de observar, de ser testigo (el Daily Mirror es de 1903). Y también de registrar, como se ve en The Daily Universal Register (nombre con el que nació The Times en 1785), así como The Patriot Ledger o Des Moines Register. Denominaciones como Der Spiegel, Der Tagesspiegel, Abilene Daily Reflector, The Evening Reflector, Everest Reflector o El Espejo de Málaga aluden a la idea de representación precisa, sin deformación. La famosa frase con que Walter Cronkite cerraba su programa en la CBS, “And that’s the way it is”, recuerda expresiones como “así son las cosas”, “esto es lo que pasó”: los periodistas solo enfocan la cámara para mostrarlo. La expresión que se usa cuando alguien amenaza a un periodista porque no le gustó la noticia es “No maten al mensajero”, como si el reportero fuera un mero portador de una literalidad que apenas transcribe.

• El instinto periodístico que muchos periodistas mencionan con las metáforas de un sentido innato para la noticia es una especie de sexto sentido para la información. Dentro de esta metáfora estaría la del sabueso periodístico, ese que cuenta con un “olfato noticioso” para detectar cuando un asunto huele mal, o al que la nariz le avisa que ahí hay una noticia.

• Es común hablar de lo que hay en los medios como contenido. Se dice que algo está “en el noticiero” o “en el diario” como si fueran recipientes que contienen la información. La idea de “cubrir” un tema o la “cobertura” que tiene un medio se incluyen dentro de esta metáfora espacial, reforzada con conceptos como “noticia superficial” o “investigación profunda”, aquella que llega hasta el fondo de un asunto. Por eso también “esconde”, “oculta” las cosas que no puede publicar, y también “protege” sus fuentes.

• Contar una historia está en la base del periodismo narrativo, que es una de las variantes de más prestigio, pero también de las noticias sensacionalistas que apelan a las emociones para relatar los sucesos. La narración sería el aditivo periodístico a la transcripción aséptica de hechos que prescribe el modelo del espejo. Este componente sensacional puede ir desde el sentimentalismo y la exageración o el morbo hasta el invento de citas y sucesos. En defensa de los excesos literarios, Hunter Thompson, el ideólogo del periodismo gonzo, parafraseaba a William Faulkner cuando decía que “la mejor ficción es mucho más auténtica que cualquier periodismo”. Este enfoque permitiría reivindicar una frase apócrifa, atribuida eventualmente a mucha gente, que dice: “No permitas que la realidad estropee una buena historia”. Los nombres de periódicos como El Cronista o Crónica surgen de esta metáfora, así como la designación de “crónica latinoamericana” para el periodismo literario.

• Hay metáforas que usan los periodistas al equiparar su tarea con el cuidado de una criatura: “tener hambre de noticias”, “cuidar la fuente”, “hacer madurar la historia”, “dejar dormir al texto”. O “alimentar a la bestia”, en alusión a atender el impulso irrefrenable de buscar información, que en el entorno digital también puede ser “dar de comer a la máquina devoradora” de los ciclos imparables de 24 horas por 7 días. Asimismo se usa esta metáfora cuando se le pide al resto de la sociedad que “cuide al periodismo” o que se hable de su “fragilidad” ante las agresiones del poder. Muchos diarios adoptan el nombre de Monitor, aquel que cuida de los párvulos, que no sabemos si son metáfora de las noticias o de los ciudadanos.

• El periodismo como servicio público es repetido muchas veces como argumento para enaltecer la profesión. Se usa con naturalidad para hablar de “servicio de noticias”, o “servicio de interés público”. Esta metáfora se opondría a la idea de periodismo militante en la medida en que cuestiona la posibilidad de la defensa de un interés político o ideológico por sobre el interés público general. Aunque sea una metáfora muy bonita, es una de las que están atravesando transformaciones más radicales: ese interés se definía institucionalmente, el medio seleccionaba y publicaba aquello que la sociedad tenía que saber y ahí acababa la discusión. Pero hoy la participación de los lectores empieza a delatar, insolente, la brecha entre ese “interés público” definido desde el poder y los medios con el “interés del público”.

• El compromiso del periodismo en nuestras latitudes suele asociarse a lo partidario, pero en el entorno digital se consagró la idea de engagement para designar el involucramiento de las audiencias con la propuesta informativa, una medida más comprometida que la suma de clics. Entiende, por ejemplo, que una cosa es ver la nota y otra muy diferente es comentarla o llevarla a las redes para compartirla entre amigos y seguidores. El potencial de expansión depende más de esto que de las acciones promocionales que en los últimos años se especializaron en objetos coleccionables o descuentos en el mercado. El lugar central que adquieren los lectores en la circulación de la información en las redes sociales hace que la participación empiece a ser un factor importante en los medios, tanto como la personalización y las narrativas colaborativas que agregan al periodismo los adjetivos “cívico”, “ciudadano”, “público”, “comunitario”, presentes también en los nombres de diarios que incluyen las palabras “ciudadano”, “liberal” o “popular”.

Estas metáforas periodísticas clásicas se configuraron alrededor de una idea de esfera pública liberal según la cual los medios de comunicación tenían un papel central en la discusión ciudadana, que buscaba información producida por un periodismo atento productor de noticias de interés social para audiencias masivas. Este proceso era la clave para entender la potencial influencia de la prensa de masas y su capacidad de dirigir el interés de la gran mayoría de la ciudadanía hacia temas relevantes para la formación de opinión política. Pero requería también de una ciudadanía educada e interesada en la política que fuera, por añadidura, consumidora de prensa de calidad. Toda esta ingeniería de formación de opinión fue descripta por Jürgen Habermas en su clásica teoría de la opinión pública publicada en 1962. Pero en 2018 el mismo filósofo entiende que la infraestructura social que sostenía esa opinión pública decimonónica prácticamente no existe en el mundo en que los milenials adquieren la mayoría de edad. En una entrevista de ese año, (1) el pensador dice que ya es difícil encontrar sociedades con periodismo despierto, prensa de masas con propósito, opinión pública atenta. Sin embargo, cualquiera de esas ideas sigue presente con vigor dentro del periodismo y en las escuelas en las que se enseña.

Periodismo mutante

Ante la perplejidad de fenómenos que confirman la pérdida de ascendente de la prensa en las decisiones ciudadanas, como ocurrió en elecciones en que ganó mayoritariamente la opción que el periodismo de prestigio había desacreditado con énfasis, muchos se plantean la viabilidad de seguir entendiendo el proceso de producción, circulación y consumo de noticias con la perspectiva racional. Y si el siglo XX empezó con la guerra de 1914, como propuso Eric Hobsbawm, quizás para el periodismo haya terminado en 2016, año con muchas evidencias de que las instituciones democráticas, dentro de las que se encontraba la prensa, ya no eran las mismas. Por caso, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos puso en evidencia, en la democracia que se enorgullecía de su cuarto poder, que sus recomendaciones no afectaron el resultado de las elecciones. La sociedad tomó una decisión desoyendo las recomendaciones que la prensa hacía en la dirección opuesta. Cosa que ya se había visto el mismo año en los plebiscitos de Brexit en el Reino Unido y de la paz en Colombia, así como en otros procesos electorales que desconcertaron a los analistas y a los periodistas. Estos casos plantean que quizás sea tiempo de dar por finalizada la idea de que los medios hacen una ciudadanía informada y mejores ciudadanos hacen una mejor democracia, que se sigue repitiendo a pesar de las evidencias que demuestran lo contrario. Ese lugar común al que se aferran periodistas y medios para postular su valía en la democracia ha sido repetidamente desacreditado en los últimos años. Y no solamente por los resultados paradójicos de procesos en que fueron electas las opciones que la prensa se había encargado de señalar como inconvenientes. Latinoamérica tiene pendiente una autocrítica de los procesos que dio en llamar de democratización de la comunicación y que supuestamente venían a ampliar la información pública a partir del financiamiento estatal de nuevos medios nacidos para iluminar a las masas populares. Las dos primeras décadas del siglo XXI se cierran con develaciones de un sistema político y económico atravesado por corrupción e inequidades que no fueron informadas adecuadamente por el supuesto pluralismo mediático que traía la supuesta revolución. ¿Será que el periodismo que fortalece la democracia, como una vitamina, también es una metáfora para revisar?

La metáfora biológica del siglo XIX era la evolución, a tono con las teorías de Darwin y el positivismo que entusiasmaba con el sueño del progreso técnico a las nacientes instituciones, dentro de las que estaba la prensa moderna. La biotecnología del siglo XXI habla de la mutación, con todas las fantasías de manipulación genética y creación de especies de laboratorio. Con el mismo recelo se mira al periodismo mutante, como si fuera un engendro y no una versión adaptada a las circunstancias cambiantes que le toca vivir. Así es que a los periodismos fuera de las redacciones se los recela como si fueran virus que amenazan las conquistas sindicales del siglo pasado.

Las variantes del periodismo mutante se desarrollan principalmente a la luz de las pantallas, y son resistidas por quienes creían que el mejor periodismo crecía a la sombra de los pasillos del poder, aquel que aportó la mayoría de las historias que al cine le gusta canonizar. Como si el periodismo fuera, en esencia, pedestre, y recorrer despachos y cafeterías diera mejores investigaciones que analizar documentos y datos desde la computadora. Pero ocurre en toda mutación que los especímenes mutantes resultan monstruosos para la especie dominante. Son los seres anfibios de los que habló Alessandro Baricco, esos que están desarrollando resistencias para sobrevivir en el nuevo medio. O en los nuevos medios. El periodismo mutante no es la desviación: es la variante que mejor resiste las metáforas del pasado para pensar nuevos modelos en los que inspirarse.

Las ilusiones del periodismo

Haciendo ejercicio de excepcionalidad, almas en pena aúllan que ha llegado el fin del periodismo cargando culpas a una sociedad ingrata que no quiere pagar por las noticias; a las plataformas que devoran la torta publicitaria sin compartirles siquiera unas migajas; a los operadores que contaminan el ambiente con fake news. Pero mucho antes, casi dos siglos atrás, un cronista de la vida cotidiana ya andaba desilusionado con la prensa como pilar de la democracia naciente. Honoré de Balzac planteó con crudeza los términos de la dicotomía prensa-periodismo en Las ilusiones perdidas, que se publicó en tres partes, entre 1837 y 1843. El devenir del ramplón Lucien Chardon en el pretencioso Lucien de Rubempré prefigura las reglas de la celebridad como requisito de éxito en esas redes sociales primigenias que en el siglo XIX eran las tertulias. “Hoy día, para triunfar, hay que relacionarse” se presenta como el lema de la época, y en ese afán, Lucien impostará su condición desde la apariencia que se condena a sostener entre aquellos en los que procura el reconocimiento. Porque ir a la moda y verse atractivo era indicador social dos siglos antes de que se inventara Instagram, y provocaba frustraciones similares a las que hoy se atribuyen a las redes sociales: “A la magia de la escena, al espectáculo de los palcos repletos de bonitas mujeres, a las deslumbrantes luces, al espléndido espectáculo de los decorados y de los trajes nuevos, seguían el frío, el horror, la oscuridad, el vacío”. Justamente de ese juego de apariencias rutilantes y falsedad intelectual se sirve el novelista para descubrir “el revés de las conciencias, el juego de los engranajes de la vida parisiense, el mecanismo de todo”. De la misma manera, repensar la persistencia de metáforas de entonces que se pensaban cristalizadas puede ayudar a revisar el envés del periodismo contemporáneo.

Lucien, escudado en la apariencia social que lo llevaría a adoptar el apellido De Rubempré, intentará legitimarse por su talento literario, para caer en la tentación del éxito fácil que le ofrece el convertirse en un operador político con columna en un periódico parisino. Porque parece que en esa época había gente que inventaba diarios para perseguir a opositores políticos con chismes publicados con pretensión de noticias. Alguien malicioso podría equiparar aquello con las usinas digitales que se encargan de inyectar información imprecisa o directamente falsa de estos días, pero en el siglo XIX no eran fake news porque no existía la expresión: apenas se llamaban bulos, libelos, calumnias. Y no se llamaban “portales digitales” sino “pequeños periódicos”, que ya cargaban con la fama de “considerar verdad todo lo que es probable”, y por eso serían excluidos del relato que la historia hizo del periodismo de los grandes periódicos. Cualquier similitud con estos tiempos no es ninguna coincidencia. Parecería que las desviaciones de los modelos prolijamente diseñados vienen desde cuando la profesión era un oficio.

En contraste con la carrera del periodista, la suerte de su amigo David Séchard está atada a la imprenta heredada que intentaba salvar con una fórmula de papel que permitiera abaratar los costos. La prensa nace como una plataforma de pensamiento y debate público para la incipiente democracia, y su financiamiento siempre fue la clave de su subsistencia e independencia. El periodismo nace en paralelo como una de las profesiones de la prensa. La oposición entre prensa y periodismo se plantea en la novela en estos términos: “El comercio es rico, la nobleza en general pobre. La una se venga del otro mediante un desprecio igual por ambas partes”. Desde entonces, el periodismo despreciará la venalidad empresarial y los empresarios criticarán ese desprecio del periodismo por aquello que tenga que ver con su sustento económico.

Durante el siglo XIX, el periodismo se afirmó como oficio destinado a preparar contenidos para difusión masiva dentro de una prensa dominada por identidades ideológicas y, crecientemente, por objetivos mercantiles. Se suponía que el periodista no se encargaba de las cuestiones técnicas, propias de artesanos, ni de las financieras, que nacieron atadas a la propaganda y luego intentaron superarse con la publicidad, dividiendo el financiamiento en pequeños anuncios que pagaban diversas personas en lugar de un patrocinador único que usaba el medio como plataforma política. Entonces ya era más barato comprar al periodista que un espacio en el periódico, como cuenta Balzac:

En 1821, los periódicos tenían, por tanto, derecho de vida o de muerte sobre las creaciones del espíritu y las empresas de la edición. Un anuncio de unas pocas líneas insertado en la crónica de sucesos de París costaba un ojo de la cara. Las intrigas eran tan frecuentes, tanto en el seno de las oficinas de las redacciones como por la noche en el campo de batalla de las imprentas, cuando de la compaginación dependía la admisión o el rechazo de uno u otro artículo, que las más grandes casas editoriales tenían a sueldo un literato para redactar estos pequeños artículos en los que había que incluir muchas ideas en pocas palabras. Estos oscuros periodistas, a quienes no se pagaba hasta después de realizada la inserción, se pasaban frecuentemente toda la noche en la imprenta para comprobar la entrada en máquina de los grandes artículos obtenidos Dios sabe cómo, o esas pocas líneas que más adelante recibieron el nombre de réclames. Hoy las costumbres de la literatura y de la edición han cambiado tanto que mucha gente tildaría de fábulas los inmensos esfuerzos, los incentivos pagados, las ruindades, las intrigas que la necesidad de conseguir esas réclames inspiraban a los editores, a los autores, a los mártires de la gloria, a todos los forzados condenados al éxito a perpetuidad. Comidas, lisonjas, regalos, todos los medios eran buenos para ganarse a los periodistas. (Las ilusiones perdidas)

Dos siglos después, lo que escandalizaba al cronista se volvió práctica institucionalizada en formato de viajes, cócteles y agasajos varios con la excusa de poner en contacto directo al periodismo con la información institucional, sin que hayan podido deslindarse, tal y como se intenta hacer en la enseñanza, los campos del periodismo, de la publicidad que sustenta los medios y de las relaciones públicas como recurso para incidir en los contenidos noticiosos. El periodismo se ha concebido, en teoría y en la currícula académica, como ámbito separado de otros actores y de otros campos, sobre la base de procesos de diferenciación anclados en un objeto propio (noticias), formas de producir conocimiento (rutinas de trabajo) a partir de terceros (fuentes), lidiando con los intereses editoriales (empresa) y los límites regulatorios (institución). Desde sus orígenes el periodismo se plantea como distinto de la prensa, aunque, obviamente, mantengan una relación estrecha y habitualmente no disociada. “Prensa” se refiere a la institución socialmente discernible para la producción de información y sujeta a dinámicas industriales, políticas y económicas. “Periodismo”, en cambio, define un conjunto de prácticas e ideales que regulan las actividades de recolectar información y convertirla en noticia. Ese es el argumento de Silvio Waisbord (2013) cuando dice que, si bien cualquier análisis del periodismo debe considerar el contexto de la prensa, es errado utilizar ambas categorías como si fueran idénticas. Tan errado como estudiar al periodismo desde los medios, máxime en tiempos en que dejaron de ser su único espacio de expresión.

Los periodistas hablan del periodismo como si fuera uno y puro. Pero con la profesión de periodista se identifican unos cuantos que nadie querría tener en el club. No hay día en que no nos crucemos con “propagandists, trolls, misogynists, bigots, thieves, and jerks”, según enumera Jeff Jarvis. (2) Propagandistas, provocadores, misóginos, intolerantes, ladrones, idiotas, por usar las mismas palabras, son insultos que a diario se les dirigen a los periodistas en las redes sociales, para escándalo del colectivo periodístico, que reacciona como si el insulto a uno fuera una descalificación de la profesión, sin evaluar si el que lo recibe lo merece y si es un periodista o uno que se hace pasar por tal. La alarma que se enciende por estos días en la sociedad ante actitudes supuestamente incompatibles con la profesión se parece bastante, en sus argumentos, a la que se prendía hace dos siglos, y en los adjetivos que se le atribuían:

El periodismo, en vez de ser una especie de sacerdocio, se ha convertido en un medio en manos de los partidos; de medio ha pasado a ser un negocio; y, como todos los negocios, no tiene ni credo ni ley. Todo periódico es, como dice Blondet, una tienda en la que se venden al público palabras del color que este quiere. Si existiera un periódico para jorobados, probarían mañana y tarde la belleza, la bondad y la necesidad de los jorobados. Un periódico no está hecho ya para ilustrar, sino para halagar las opiniones. Por ello, dentro de un tiempo, todos los periódicos serán viles, hipócritas, infames, mentirosos, asesinos; matarán las ideas, las filosofías y a los hombres, y florecerán por eso mismo. Disfrutarán del privilegio de todo organismo colectivo: se hará el mal sin que nadie sea responsable de ello. Tanto vosotros como yo, tú, Lousteau, tú, Blondet, tú, Finot, seremos unos Arístides, unos Platones o unos Catones, hombres de Plutarco; todos seremos inocentes y podremos lavarnos las manos de toda infamia. Napoleón definió este fenómeno moral, o inmoral, como se prefiera, con una frase sublime que le dictaron sus análisis acerca de la Convención: “Los crímenes colectivos no comprometen a nadie”. El periódico puede permitirse la más abyecta conducta y nadie se cree personalmente manchado por ella.

Al periodista de Balzac los amigos de la tertulia le advierten, igual que hoy le criticarían por Twitter, que no se entusiasme con la profesión.

No resistirías la constante oposición de placer y de trabajo que se da en la vida de los periodistas; y resistir es el fondo de la virtud. Estarías tan encantado de ejercer el poder, de tener derecho a la vida y a la muerte sobre las obras del pensamiento, que te convertirías en periodista en dos meses. Ser periodista es llegar a procónsul en la República de las Letras. ¡Quien puede decirlo todo llega a poder hacerlo todo! Esta máxima es de Napoleón, y se comprende.

Aquí reside la idea de que el discurso es poder (el que lo dice, lo puede), base de la perspectiva teórica marxista que, como el periodismo moderno, nació el siglo XIX, se consolidó en el XX y se está replanteando en el siglo XXI, junto con el lugar que tienen en las democracias los Napoleones contemporáneos, que siguen obsesionados con el periodismo y su supuesto poder discursivo. Aquí la metáfora es la del periodismo como palabra mágica que, como en los cuentos, transforma con su simple enunciación.

Las metáforas ayudan a entender una cosa en términos de otra. Organizan la realidad, facilitan la percepción de los hechos y asignan funciones en un orden compartido. Habitan en los lugares comunes, que son confortables por el simple hecho de ser conocidos, pero también por eso resultan poco estimulantes. El sentido común, de hecho, es una de las metáforas favoritas de los periodistas. Es el principal argumento de las críticas que reciben, especialmente cuando le reclaman al poder, criterio; a la ciudadanía, sensatez; y a sus pares, ética profesional. Al sentido común se le supone una obviedad que no admite cuestionamientos. Pero justamente por consolidado remite al imaginario social más conservador.

Las metáforas pueden volverse sentido común cristalizado cuando no es posible cuestionarlas, o cuando ya nadie pregunta cuánto se ajustan a aquello que describen. Como en la anécdota que inicia este texto, la repetición automática de un significante lo vacía de su contenido literal para extender el significado a una forma de decir. Este ensayo propone desmenuzar las metáforas asociadas al periodismo desde sus orígenes para tratar de entender si siguen siendo funcionales para describir la profesión o si son restos fósiles de dinosaurios que nadie vio, lo que no impide que sean reconstruidos en enciclopedias y museos.

La ciencia cognitiva postula que la gente piensa en términos de marcos conceptuales y metáforas, presentes en la sinapsis cerebral. Según las investigaciones de George Lakoff, no bastan los hechos para cambiar las estructuras conceptuales con las que abordamos la realidad. El recorrido por las metáforas muestra que son muchas las formas y funciones con que se simboliza el periodismo. Algunas metáforas sirven de modelos para orientar la tarea. Otras pueden funcionar como mitos que hacen a la cultura periodística incluso cuando persisten solo a nivel relato. También dan cuenta de las representaciones que distintos grupos sociales tienen de la tarea de los periodistas. Cada instancia es objeto de distintos estudios y distintos especialistas que algunas veces no se leen entre sí. Entonces quienes estudian las condiciones económicas de los medios no se vinculan con quienes analizan la cultura profesional, y ninguno de los dos es tenido en cuenta por los que diseccionan las noticias para buscar intenciones implícitas entre líneas.

Este libro intenta hacer un catálogo no sistemático de los sistemas conceptuales del periodismo argentino como parte del periodismo occidental. Los estudios comparados muestran que las culturas periodísticas a lo largo del mundo comparten ciertas concepciones generales que en cada lugar resultan en diversidad de prácticas. El periodismo gusta de analizar la crisis del presente con nostalgia de las metáforas perdidas, como si fuera una época dorada a la que se sueña con volver. Este inventario espera encontrar metáforas incipientes para los presentes del periodismo, que de tanto mirar hacia el pasado a veces duda de sus futuros.

1- Hermoso, Borja (2018) “Jürgen Habermas: “¡Por Dios, nada de gobernantes filósofos!”, El País, 10 de mayo, disponible en: <https://elpais.com/elpais/2018/04/25/eps/1524679056_056165.html>[consulta: 25/3/2021].

2- Jarvis, Jeff (2018) “Platforms Are Not Publishers”, The Atlantic, 10 de agosto, disponible en: <https://www.theatlantic.com/technology/archive/2018/08/the-messy-democratizing-beauty-of-the-internet/567194/> [consulta: 8/12/2021].

2. METÁFORA DEL LAZARILLO

La relación del periodismo con la democracia se sostiene en la idea de la información como factor clave para el debate público. Cuando un siglo atrás el periodista Walter Lippmann asignaba a la prensa la tarea de “hacer visible el mundo invisible para los ciudadanos del estado moderno”, expresaba la metáfora de la información como luz. Entonces, la idea de que los ciudadanos por sí solos no podían acceder a la comprensión cabal de los asuntos públicos se basaba no solo en las limitaciones educativas de una buena parte de la población. Para Lippmann, se explicaba por la misma naturaleza cambiante de la actualidad y por la opacidad de los asuntos de gobierno. “Una saludable opinión pública no puede existir si no existe acceso a la información” (McChesney, 2013: 41), acceso del que el periodista era guía y experto. Estos conceptos son herederos de la Ilustración, sintetizados por Immanuel Kant en 1784 como el “¡Atrévete a saber!”, que es la base de la libertad de pensamiento y de expresión. Ilustrar es “dar luz al entendimiento” según la Real Academia Española, y ha sido el motor que acompañó al de vapor para mover el progreso de las sociedades modernas. La Ilustración se inscribe, según Steven Pinker (2018), en los dos últimos tercios del siglo XVIII, y se desarrolla hasta llegar al apogeo del liberalismo clásico de la primera mitad del siglo XIX, justamente cuando aparece el periodismo como una profesión liberal y los primeros periódicos en el formato que podemos equiparar a los medios actuales.

La metáfora de orientación aparece en nombres como Il Faro, Norte, Mirador, La Brújula, El Vigía, La Estrella. El ABC (ABC News) también habla de la guía básica que debe consultar a diario el lector. La Razón remite al instrumento iluminista para llegar al conocimiento. La Vanguardia alude al que va adelante. La luz se evidencia en El Sol (The Sun). La metáfora del que mira para contar la instituyó en 1791 The Observer, uno de los primeros periódicos, y fue tomada por Le Nouvel Observateur, luego llamado L’Obs. La idea de alerta social está presente en Sentinel, Clarín, The Herald News, The Advertiser, El Radar, Herald Sun. Todos estos medios cuentan con esos nombres, aunque no necesariamente cumplen las funciones a las que remiten. A veces, la tarea es tan elevada que se le atribuye al dios de los pies alados, y el medio se presenta como El Mercurio (The Mercury News). El lema de The Washington Post, “Others cover stories. We uncover them”, juega con la idea de cubrir (presente en la jerga, metafóricamente, como “hacer una cobertura”, “darle cobertura a un evento”) y descubrir lo que está oculto para otros (el “Atrévete a saber” kantiano).

La metáfora del guía lleva implícita la asimetría entre aquel que conoce el camino, o que ve más allá de lo que ven los otros, y estos últimos, ignorantes o indiferentes respecto de aquello que el periodista revela. Cuando apareció el periodismo, la mayoría de los ciudadanos no sabía leer. En los primeros tiempos de las democracias, que eran también los de la prensa, la mayoría de la población era analfabeta o estaba excluida de la ciudadanía, como ocurría con las mujeres y los inmigrantes. Fue casi obvio que el periodismo se consolidara como grupo que podía traducir las ideas de los sectores ilustrados para guiar al pueblo desde las tinieblas hacia los procesos democráticos. El siglo XIX está atravesado por la idea de la iluminación de las masas en oscuridad, tarea a la que también se abocaron los educadores. Para Balzac, el periodista puede ser brillante, pero el periodismo es, en general, oscuro:

A ti te sobran cualidades para ser periodista: la brillantez y la rapidez mental. No renunciarás nunca a una frase ingeniosa, aunque haga llorar a un amigo. Yo, cuando veo a los periodistas en los foyers de los teatros, siento horror. El periodismo es un infierno, un abismo de iniquidades, de mentiras, de traiciones, que es imposible atravesar y del que es imposible salir indemne si no es protegido, como Dante, por el divino laurel de Virgilio. (2015)

La cultura en red redefine estas asimetrías y las invierte según cuestiones tecnológicas, en las que la generación de los tutoriales guía a los mayores. La crisis del modelo tradicional del periodismo tiene que ver con la crisis de esta metáfora, porque la mitad de la población tiene menos de treinta años y no entiende mucho eso de que un adulto venga a contarle algo que no preguntó. Es que para las generaciones nacidas a partir de la última década del siglo XX informarse es buscar en Google, no encender el noticiario de las ocho o esperar qué dirá el diario de mañana.

Una profesión que se asumía a sí misma como el faro tenía el privilegio, pero también la carga, de guiar al resto de la sociedad englobada en el concepto de opinión pública. Pero ni la opinión pública es esa homogeneidad que se describía teóricamente, ni el periodismo mantuvo la exclusividad en la tarea de guiar a una masa que ya no es tal porque se disgrega en comunidades que buscan su propia guía en referentes más especializados.

El periodismo recurría tradicionalmente a estos especialistas para producir sus contenidos, solo que ahora los contacta también el resto de la sociedad. Las elites y los expertos comparten sus novedades en sus propias redes, de donde cada vez más toman los periodistas sus contenidos. Antes, esa intermediación era necesaria para detectar la información y traducirla a un lenguaje accesible para el gran público, y a eso se dedicaba el periodismo. Ahora, la gente encuentra sus referentes en distintos temas, y estos han aprendido la forma de divulgar sus contenidos de manera atractiva. La misma técnica que usan para atraer lectores es la que aplican para captar al periodista: tuits llamativos, redes actualizadas, información original. Se ha vuelto género periodístico la conversión en noticias los tuits de celebridades, los comunicados de las oficinas de prensa o los informes que publican algunos sitios. Muchas veces sin ningún valor agregado por parte del periodismo.

En 2008 no existía WhatsApp, ni se habían popularizado Facebook ni Twitter. Ya por entonces el director editorial de la Folha de São Paulo (1) acusaba al periodismo de haberse vuelto críptico, porque siempre trataba sobre los mismos temas y se dirigía a los conocidos de los periodistas, convencido de que les hablaba a todos. La distancia entre lo que los medios ofrecen y lo que los lectores buscan sigue sin zanjarse. A pesar de que nunca fue tan fácil conocer las preferencias de las audiencias, el periodismo tradicional se enfrenta a la brecha entre lo que ofrece y lo que los lectores eligen. Con la amenaza adicional de que ya no se trata de una elección entre el menú informativo del medio, como ocurría cuando con el periódico de la mañana algunos elegían ciertas secciones, o suplementos, o empezar por la última página. Hoy la competencia por la atención no es entre las noticias de un mismo medio. Ni siquiera por las noticias del día entre distintos medios. Cuando las personas consultan sus pantallas miran a la vez mensajes, correos, enlaces, videos, publicidades, seriados: no es el periodista el que pone luz sobre lo importante, porque es la gente la que decide lo que es interesante, sin consultarle.

En la segunda década de este siglo los periódicos más importantes publicaban más de cien notas diarias, llegando en algunos casos a doscientas. Un empresario argentino suele jactarse en foros periodísticos de que su portal publica más de cuatrocientas noticias cada día. Como si alguien necesitara tanto. Claro que se mantienen en el mayor de los secretos los exiguos segundos que los lectores se quedan en las pocas piezas de la oferta pantagruélica que tientan al ratón a morder ese cebo masticado y enganchado en clickbaits. Los editores saben que la atención se concentra en no mucho más que el 20 %, por recurrir a la cifra de la ley de Pareto, que tiene una lectura mucho más intensa y participativa que la gran mayoría. Lo que se pone en evidencia es que no siempre lo que es interesante para las audiencias es importante para el periodista, quien considera que debe resistir a la tiranía del clic y seguir imponiendo su relevancia. Esta metáfora del faro persiste justamente en esa idea de que el periodismo debe ser la luz que guía a los barcos hacia la costa para que no naufraguen atraídos por los cantos de sirenas de los clickbaits, esas carnadas atractivas pero poco sustanciosas. Y expresa ese desprecio de las redacciones por la deslealtad de audiencias que se van atrás de cualquier anzuelo. Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que el título catástrofe era una facultad privativa de los editores de tapa. Hoy, muchos tuiteros manejan con la misma pericia las técnicas de la brevedad, pero con una desfachatez y humor que no pueden permitirse los medios “serios”. Para ellos la competencia es desleal incluso cuando es leal, cuando los medios compiten con comunidades en la red que comparten con frescura y desenfado las noticias de los medios y de otras fuentes.

El periodismo no parece estar recibiendo con alegría la posibilidad de conocer en tiempo real las preferencias de sus destinatarios. Tampoco parece gustarle mucho eso de que se compartan las noticias con comentarios y ediciones que no aprobaría el editor en jefe. Más allá del cambio tecnológico, no habría revolución sin una casta amenazada con perder sus privilegios por los bárbaros mutantes de ocasión, al decir de Alessandro Baricco (2008). En el siglo XV, la revolución no fue la tecnología de la imprenta sino la pérdida de exclusividad de las explicaciones por parte de la Iglesia a raíz de la circulación de impresos. En el siglo XXI, la revolución no es la tecnología digital sino la pérdida de exclusividad de las explicaciones de la prensa facilitada por los dispositivos móviles.

Si hacia 2013 un tercio de la población accedía a las noticias desde sus móviles, en 2021 eran tres cuartos y en expansión. Las noticias de fuentes digitales empiezan a consolidarse como las primeras fuentes de información, incluso más que la televisión, que tuvo el cetro durante más de medio siglo. Con algunas variantes por país, una de cada diez personas comenta las noticias y la mitad las comparte, pero dentro de las plataformas las tasas son mucho más bajas. Según CrowdTangle, que mide el ratio de interacción para medios en Instagram y Facebook, apenas entre una y tres personas entre diez mil ponen “me gusta”, comentan o comparten una noticia en los medios locales. En Latinoamérica un tercio de la población nunca leyó diarios, aunque hay países que llegan a la mitad de la población que prescinde de las noticias. Y ese porcentaje está en crecimiento. El motivo principal del abandono de las noticias diarias, para todas las edades y niveles socioeconómicos, es la falta de interés. Solo una de cada diez personas en la región lee el diario todos los días. Y no se debe a que el diario digital reemplace al de papel, porque la proporción se mantiene en cualquier soporte.

Las noticias siempre han sido un producto perecedero, que se entregaba en paquete cerrado. Hoy no solo circulan sueltas en distintas redes sociales, sino que casi siempre llegan procesadas, comentadas, desmenuzadas. Así como reaparecen comercios que venden productos a granel para abaratar costos y minimizar los daños ecológicos del exceso de empaquetado, también los lectores fraccionan por su cuenta las noticias. Y un tercio de los lectores, un poco más o menos dependiendo del país, las envía por sus redes o por correo, y más de la mitad de los que comparten, las comentan. Los lectores son ahora los lazarillos de otros lectores de manera cambiante y recíproca, en modo más lúdico y desinteresado que lo que solían ser los periodistas. Por lo tanto, se han vuelto lazarillos más amigables.

Del periodismo multimedia al transmedia

Los medios han hecho esfuerzos para incorporar plataformas multimediales y han impulsado a los periodistas a producir contenidos en diversos formatos para diversas pantallas. Pero el formato que reina en el mundo digital no es el multimedia sino el transmedia. Aunque muchos lo confunden con el contenido diseñado para ser compartido en varias plataformas, las narrativas transmedia se basan en los contenidos producidos por los usuarios, que es algo muy distinto a que el medio abra una página en Facebook, habilite espacios participativos para los lectores o diseñe contenidos con potencial de viralizarse. Con la pandemia del coronavirus, que alteró todas las prácticas habituales durante 2020, posiblemente hayamos comprendido que “viral” no es un concepto positivo. Nadie quiere contagiarse un virus. Y se espera que una persona llegue a los contenidos de los medios por interés, disfrute, curiosidad, no porque se los mandan las tías y los cuñados insidiosamente al WhatsApp. Las noticias merecerían una difusión más digna. Hace años, Henry Jenkins (2018), el impulsor del concepto “transmedia”, ya había sugerido la idea de “spreadable media” para marcar el potencial de ser compartido, difundido, diseminado, mejor que contagiado (Jenkins et al., 2013). Transmedia es incluso mucho más que administrar los comentarios que los lectores dejan en las redes sociales. Es incorporar a los destinatarios a una conversación que los haga sentir parte de las noticias. Y que el periodista se sume a la tertulia que se da de hecho a partir de las noticias, sea en las redes sociales de los lectores o en las propias del periodista.

Los medios incorporaron a los community managers priorizando gente de tecnología con la esperanza de que sus habilidades digitales atrajeran hacia la comunidad del medio a los que andaban entretenidos en sus propias comunidades. Confundieron al principio las redes sociales con otras pantallas que multiplicaban el soporte tradicional de papel, audio o imagen. Supusieron que el posicionamiento en búsquedas en la web y la optimización de la indexación del medio eran exigencias del marketing, y las dejaron en manos de responsables de SEM (search engine marketing) y SEO (search engine optimization). Incluso los cargos de community manager, gestor de comunidades y desarrollador de audiencia fueron concebidos con la perspectiva publicitaria. No es extraño que los periodistas vean esas funciones como ajenas a sus habilidades, y las perciban, aun en 2021, como una amenaza y no como una herramienta. Ni siquiera el reportero que se anotó en todos los talleres de periodismo digital recibió nociones de la única tarea fundamental en esta era: los comentarios a las noticias. El periodismo digital es entendido por los periodistas y por los profesores de las escuelas de periodismo como la evolución de la máquina de escribir y de la Rolleiflex en un teléfono móvil. Pero la digitalización del periodismo no es producir contenidos digitales: eso ya se hacía y se seguirá haciendo. La transformación es la incorporación en tiempo real de la interacción de los usuarios con esos contenidos.

El grado cero de la interacción es la lectura, porque no se puede predecir qué es lo que entiende el lector de eso a lo que le dedicó unos segundos de lectura (si es que el clic en la nota significó que le dedicó el tiempo que estuvo en la pantalla). La aprobación del contenido con un “me gusta” dice algo más, y un poco más la acción de compartirlo en sus redes. Sin embargo, sabemos que muchas veces eso se hace con ánimo de crítica o parodia, es decir que no toda difusión por parte de los lectores es positiva. Los comentarios son la clave para entender qué piensan los destinatarios de la información. Por eso no pueden dejarse en manos de un community manager que maneja la red de manera general, porque convocan a una amplitud de temas y enfoques que solo puede manejar el periodista que hizo el artículo. Y porque refuerzan, como nada, el valor y la confiabilidad de la noticia. Los medios que mejor entendieron los contextos digitales jerarquizaron la función a la de director o editor de redes sociales, en algunos casos con especialidad en la moderación de comentarios, o directamente conversation editor, como tiene el medio digital De Correspondent. Esta función no se puede delegar, porque la conversación que generan las noticias suele tener una especificidad que solo el que escribió la pieza puede seguir, aprovechando los comentarios de los lectores, pero también de los afectados, fuentes alternativas o personas que enriquezcan la información original.

Las excusas de los periodistas para evitar los comentarios pueden resumirse en dos: una, que no tienen tiempo, y dos, que muchas veces los foros están llenos de odio y agresividad que es preferible ignorar. Mientras las plataformas, que saben que el valor está en la interacción y no en la lectura, dedican mucho esfuerzo a depurar las conversaciones y combatir el discurso del odio, los medios prefieren victimizarse o directamente ignorar todo, ya que al silenciar el aspecto incómodo clausuran el diálogo genuino.

La insurrección digital que planteó Alessandro Baricco en The Game (2019) consiste en que lo que suponía que venía a consolidar el sistema se convirtió en la insolencia que lo cuestiona. Antes el medio era un espacio exclusivo de periodistas y anunciantes que convocaban al público a mirarlos y comentarlos solo en los espacios bien delimitados de las cartas de lectores, donde las críticas generalmente iban hacia los mismos que criticaba el medio. Si había alguna observación que hacerle al periodismo, se dirigía a la defensoría del lector, si es que existía. También podía expresarse en los anuncios clasificados o sociales, siempre que se abonara el importe para ser publicado. Por estos tiempos, las audiencias son participantes de redes abiertas y no entienden el derecho de admisión al que estaba acostumbrado el periodismo, que solo sabía estar disponible para sus editores y para las fuentes de poder, con quienes mantenía una asimetría de sentido contrario a la que imponía a los lectores. Hoy esos espacios se redefinen desde la reciprocidad de las redes sociales. De hecho, aquellos medios que no tenían habilitados los comentarios para evitar los disgustos que les daban los foristas airados se enfrentan al hecho de que las críticas circulan igual, y la mayoría de las veces ni se enteran. Las masas eran anónimas para el periodismo, mientras que las redes sociales son, por definición, la digitalización de la identidad, y aunque todavía no se entiende bien cómo, son también el fin del anonimato.

La simetría es regla fuera del medio. El periodista participa en sus redes sociales personales con las mismas condiciones y recursos que cualquier usuario. Pero se resiste a la situación inversa, cuando cualquier usuario se mete en sus territorios digitales. Esto descoloca a los periodistas, acostumbrados a los ambientes cerrados de los medios. Muchos no entienden por qué deberían contestar. Algunos abren una cuenta en redes solo para ver lo que dicen los demás, como fisgones. Otros usan las cuentas para promocionar sus artículos o novedades, confundiendo el mundo transmedia de la participación con la multiplicación del contenido en pantallas multimedia. Usan las redes como si fueran una interfaz más y suman las impresiones como parámetro de audiencia. Las medidas de exposición al mensaje provienen del mundo publicitario, en el que la industria de los medios basó su financiamiento. A partir de 2018, medios de la relevancia (y envergadura) de The New York Times o el grupo PRISA empiezan a ver que los ingresos por publicidad digital superan los de las publicidades gráficas tradicionales. Pero el replanteo no viene de repensar el sustento desde la publicidad que se vende a terceros anunciantes o auspiciantes. El modelo con más potencial es la suscripción, que sería equivalente a la compra de ejemplares o de productos asociados, incluido el crucigrama. En el viejo mundo bastaba la exposición del mensaje. En el nuevo, es necesario que la valoración del contenido justifique la erogación.

Los modelos de suscripción no necesitan tanto a las grandes masas en las que se apoyaba la publicidad, sino el compromiso sostenido de una comunidad, que se mide mejor con las medidas de engagement (involucramiento) que de reach (llegada). El hábito en el que se apoyan no es la lectura sino la conversación que genera esa lectura. La unidad de medida no es la masa sino la comunidad. O la persona. La conversación no solo enriquece la perspectiva del periodista en cuanto a los temas y enfoques. También baja los niveles de agresividad que tenían los espacios anónimos, porque es difícil mantener la hostilidad a cara descubierta, especialmente cuando el que la recibe responde respetuosamente.

Visibilidad o credibilidad

La posibilidad de medir las reacciones de las audiencias, incluso solo de recibirlas, cuestiona algunos principios periodísticos que se dan por firmes, aunque ya no estén funcionando. Por ejemplo, esa idea de que cuanto peor la noticia, mejor para el medio, porque las audiencias solo se interesan por las catástrofes y los conflictos, se reformula en tiempos en que es posible seguir en tiempo real la atención que despiertan los eventos y las noticias asociadas. Este monitoreo en tiempo real permite medir el interés que despierta un suceso inesperado y comprender su relación con la necesidad de orientación, así como entender la dificultad que reviste mantener la atención solo con malas noticias. En un sistema que compite por la atención, las mediciones confirman que esta alcanza su pico en el momento crítico y decae cuando los sucesos se resuelven, sin importar cuánto pretendan los medios exprimir el tema. Incluso una situación tan excepcional como la pandemia de COVID-19, que elevó el consumo de noticias a niveles inesperados, muestra que luego de los picos en marzo de 2020, el interés por la información se estabilizó y volvió lentamente a sus niveles habituales. En cualquier caso, la atención está determinada más por los nodos que coordinan la conversación que por la oferta de noticias. La búsqueda de noticias sobre el coronavirus no necesariamente empieza en los medios ni termina en ellos.

A diferencia del pasado, en que el medio o el programa eran la fuente informativa obligada para consultar las actualizaciones, los nodos de conversación son cambiantes, dependen del momento, las circunstancias, los temas, los referentes del caso. En los nuevos contextos de comunicación es poco probable que un medio pueda convertirse en nodo de referencia proveyendo únicamente malas noticias, sin brindar alguna orientación sobre qué hacer al respecto. Entre las razones de la caída global de las audiencias, muchas personas evitan las noticias (news avoidance) por desconfianza, por exceso de negatividad, por sentir que nada pueden hacer con los temas que abordan, según investiga el Reuters Institute for the Study of Journalism. Aquella máxima que subsiste en las redacciones de que “cuanto peor, mejor” está en revisión ahora que pueden medirse en tiempo real las reacciones ante las noticias.

El aumento súbito que genera una noticia catástrofe no lo explica el gusto masivo por las desgracias. Una cosa es el aumento obvio de consultas ante una novedad, especialmente cuando se trata de una amenaza al curso de lo cotidiano, y otra es la preferencia por las noticias negativas. Cincuenta años después de haber publicado uno de los artículos más citados sobre la producción de noticias, el profesor Johan Galtung protestaba porque la industria se había tomado como un mandato lo que era una advertencia sobre la situación de las noticias internacionales en la década del sesenta. (2) Con su colega Mari Holmboe Ruge, en 1965 habían advertido sobre los riesgos de priorizar la confrontación, la tensión y el sensacionalismo por sobre la colaboración, la solución y la compasión. Hoy sostiene que la negatividad ganó los medios.

La cobertura catastrófica como receta ganadora es, de alguna manera, una fake news que se creyó la propia industria informativa. El título catástrofe ya no se encuentra solo en medios sensacionalistas, sino que se ha convertido en el cebo que se despliega en las redes y los portales para que piquen los lectores. Sin embargo, a contramano del pesimismo dominante en las noticias, las estadísticas mundiales indican que han mejorado sustancialmente las condiciones de vida: se vive más años, con menos epidemias, con mejores tasas de alfabetismo y de escolarización, menos conflictos bélicos, menos población en condiciones de pobreza y de hambre. (3) Mientras las audiencias de los medios se mudan a los ambientes más amigables de las redes sociales, la opinión pública se ha vuelto más pesimista a pesar de que las circunstancias sociales sean más auspiciosas hoy que hace cincuenta años. Aunque los diarios citadinos no dejan pasar un día sin incluir noticias de asesinatos, el promedio mundial es de 8,8 cada cien mil habitantes, bastante menos que los dos dígitos de la Europa medieval y que los tres dígitos de las matanzas en sociedades preestatales, datos que recabó Pinker (2011) para sostener su tesis de que el presente es el mejor de los tiempos. Sin embargo, aun con evidencias incontrastables, su conclusión genera resistencia en el sentido común, que asume que todo pasado fue mejor, y que percibe un aumento de la tasa de crímenes a pesar de las estadísticas en contrario. Poco importa que las víctimas de la pandemia en 2020 sean menos que las de las pestes de siglos anteriores, ahora que las condiciones sociales y sanitarias son mucho mejores: aun así la catástrofe se vive y se cuenta como algo sin precedentes. El foco del periodismo en la actualidad no deja mucho espacio para la comparación histórica.

Este encuadre cargado de negativismo trae algunos efectos colaterales. El principal es que no puede separarse del surgimiento de sentimientos nacionalistas, antiinmigración o de las restricciones a la libertad que los gobiernos sancionan con más facilidad en tiempos de miedos tan generalizados como difusos. Pero paradójicamente, el clima es más funcional a la política que a los medios, que pierden referencialidad al no ofrecer anclaje para las turbulencias.

El punto aquí tiene que ver con el negocio mismo de los medios, que cabe preguntarse si seguirán siendo las breaking news en tiempos en que estallan antes en las redes que en las portadas. O si habría que ofrecer refugios más que amenazas en estos tiempos de suspicacia generalizada, de miedo a un virus invisible, a un temblor impredecible, a una catástrofe inesperada. No se trata de esas tesis que postulan que las noticias son las responsables de hacer creer que el mundo es amenazador, difíciles de defender en momentos en que hay poca gente prestando poca atención a las noticias. Lo que interesa es la función que se les asigna a las noticias en la vida cotidiana. En mundos inestables, la búsqueda de seguridad se convierte en una prioridad y ahí es cuando los atajos del odio y la violencia se vuelven atractivos. La información podría ser una red de contención que reemplazara a las comunidades de odio y de indignación que azuza el alarmismo (Castells, 2012).

En un mundo donde la confianza está en extinción, los nodos informativos se convierten en las referencias para validar los mensajes y encontrar un punto de apoyo. La suspicacia generalizada impacta en la credibilidad de las instituciones, los medios a la cabeza, con lo cual no quedan muchas opciones más que depositar la confianza en el más cercano. En los últimos veinte años, el Latinobarómetro viene midiendo la caída de los medios como referencia para informarse sobre las cuestiones políticas, a la par que ganan fuerza las fuentes conocidas, los familiares, los compañeros de trabajo, los colegas de estudio. En 1996, la proporción entre las fuentes mediáticas y las personales era de 75 % a 25 %, y en 2017, de 63 % a 37 %. Este crecimiento de las fuentes interpersonales es previo a la aparición de las redes sociales y paralelo a la tendencia de cuestionamiento a las instituciones políticas, académicas y sociales en general. La pregunta del Barómetro Edelman (4) por los voceros más confiables confirma que los portavoces clásicos pierden confianza y son los que más caen: funcionarios de gobierno directivos de empresas y periodistas. Incluso los representantes de oenegés y los analistas financieros caen en credibilidad junto con los expertos académicos y técnicos, que comparten más de la mitad de la confianza con la categoría “a person like you” en los últimos informes.

Es en este punto en que el periodismo tiene una ventaja por sobre los medios, porque es más fácil que pueda ser una persona cercana a la audiencia, una referencia con nombre y apellido para consultar. Los informes globales de confianza muestran que la caída de los medios no es la misma que la del periodismo. Entre los 28 países que monitorea el Edelman Trust Barometer, 22 tenían una confianza menor al 50 % en 2019 y 14 en 2021. Sin embargo, en la mayoría de los países el periodismo es más confiable que las plataformas, con más de quince puntos de diferencia en Alemania, Irlanda, Suecia, Holanda, Canadá, Australia, Francia y el Reino Unido. En contraste, son consideradas más confiables en Brasil, Malasia, México y Turquía, países donde la prensa tuvo restricciones y alineamientos con el poder que explican la preferencia por otras fuentes de información. Sistemáticamente se observa en los procesos de opinión pública que la pérdida de confianza en los medios se traduce en una pérdida de confianza en las instituciones de las que se ocupan los medios, especialmente porque no logran entender la comunicación simétrica que exige el entorno de las plataformas (Castells, 2009). Políticos y empresarios tienen menos de la mitad de la confianza social, lo que es crítico para la confianza en las noticias porque se trata de las principales fuentes de la prensa. No obstante, lo que más pierde confianza es el concepto de verdad como un absoluto. Distintos reportes coinciden en que la mayoría de la gente dice tener dificultad para distinguir la verdad de las falsedades. Pero cuidado con suponer que solo se trata de una limitación de los lectores sin considerar la sofisticación que ha adquirido la maquinaria de la impostura. Especialmente la impulsada por las fuentes de poder, que abusan de su autoridad para confundir no solo a la población, sino también a los que se suponían profesionales de la información, que caen muchas veces en sus celadas. Ahí el periodismo ofrece falacias o declaraciones incomprobables bajo el débil escudo de unas comillas para la cita oficial, con lo que se convierte en un eslabón de la desinformación. Es este el aspecto en el que las plataformas se diferencian de los medios, y el que dificulta cualquier comparación, porque la atención no se va a las plataformas sino a las personas como nosotros que están en las plataformas. En el siglo pasado, los medios proclamaban que la confianza era el atributo en el que apoyaban su prestigio, que a la vez se trasladaba a los miembros del colectivo. En la cultura milenial de la selfi y los tutoriales, la referencia no la brinda la marca sino el que comparte. Son tiempos en que es más importante la paridad que la autoridad. La pérdida de referencialidad de los medios no debería afectar al periodista, siempre y cuando este sea percibido como una persona cualquiera. Cercanía es más importante que celebridad, como pueden demostrar los influencers y youtubers que cuentan sus comunidades por millones, cifra que ni siquiera arañaban los medios más exitosos en el pasado. No hay muchos periodistas considerados influencers, pero sí muchos influencers que se han vuelto cronistas exquisitos de los más diversos tópicos (moda, viaje, culinaria, libros, cine, running, make up, mindfulness). Durante la crisis por el coronavirus en 2020, las principales búsquedas globales tenían que ver con los temas de la vida cotidiana de los que estos referentes de las redes se vienen ocupando.

La prensa, como todos los medios masivos, fue acusada de manipulación. Curiosamente, los diarios de entreguerras fueron los principales impulsores de la fake news sobre una manipulación que nunca existió alrededor de la transmisión del episodio radial “La guerra de los mundos” en 1938. A inicios del siglo XX advertían sobre el riesgo de la transmisión en directo a través de la radio, que daba al periodismo una inmediatez a la que no estaban acostumbrados los diarios. En realidad los diarios proyectaban sus propios temores en las audiencias al suponer que no iban a poder procesar la información en directo. Un siglo después, vuelven a agitarse los fantasmas de la manipulación por las noticias, pero ahora los incautos son los usuarios de las redes sociales y la amenaza son los contenidos que andan sueltos por ahí, sin la bendición de… los diarios. A la advertencia de mentiras se agrega la del riesgo de desinformación. Los lectores, dicen, no son capaces de procesar la ingente cantidad de información que circula a diario. Los mismos medios que pedían más regulaciones para la radio hoy las piden para las plataformas.

Aunque nunca existió la histeria colectiva en torno del episodio de Orson Welles, muchos periódicos la publicaron en sus portadas. Ahora también son los diarios los que dedican reportajes y debates a las amenazas de las plataformas. Y así como entonces pedían regulaciones que acotaran la amenaza de la radio para el negocio de los diarios, ahora reclaman restricciones a la circulación indiscriminada de información. Del mismo modo ocurre con los taxistas que se resisten al surgimiento de aplicaciones que sumen particulares a la oferta de transporte. Taxistas y medios (partes afectadas) postulan mantener el statu quo como solución al problema que surgió precisamente por ese estado de situación. Ambos grupos piensan que fueron las aplicaciones las que generaron los cambios, en lugar de tratar de entender cuáles fueron los cambios que impulsaron esos desarrollos tecnológicos.

La demagogia del clic y la aristocracia de la primera plana

En las épocas doradas a las que los lamentos de los periodistas suelen aludir, la comunicación era un privilegio de un emisor que tenía responsabilidades en consecuencia. Ese esquema emisor-receptor fue muy popular en los manuales del pasado que diagramaban una flecha de ida de manera unidireccional, portadora del mensaje hacia una audiencia masiva. Si devolvía alguna respuesta, era designada con términos ingenieriles tales como “retroalimentación”. Pero retroalimentación no es conversación. Receptor no es interlocutor. Las metáforas de los circuitos eléctricos delatan la perspectiva mecanicista con la que se enfocó la comunicación humana. Entre ellas, la metáfora del “receptor”, que remite al recipiente que porta un contenido, es una imagen implacable de la deshumanización de la comunicación.

Hacia finales del siglo pasado, la aparición de los blogueros como incipientes competidores en la producción de contenidos y la expansión de la web y de las plataformas cambiaron el contexto sin que los medios abandonaran su posición centralizada. Antes bien, se defendieron haciendo más de lo mismo, sobrestimando el valor del periodismo industrial y subestimando el potencial de actores alternativos, con menos experiencia pero con más capacidad de escucha de las audiencias y de generación de alianzas genuinas con los usuarios. Esos medios que llevaban más de un siglo sin competencia y con ventajas que les permitieron consolidar una posición dominante, reaccionaron con arrogancia. Incluso hay académicos que, sin datos actualizados que los avalen, siguen enseñando en las aulas constructos teóricos que atribuyen a los medios de comunicación un lugar hegemónico en la vida social y una inflada capacidad de incidir en las decisiones políticas. El periodismo asumió con certeza que marcaba la agenda social, y perdió la perspectiva de que eso puede ser parcialmente cierto en algunas circunstancias y para determinados grupos, pero no es la regla general. Antes bien, la propia crisis de los medios es elocuente respecto de su pérdida de centralidad.

Basta recorrer el listado de las búsquedas que año a año compila Google en su sitio de Tendencias para constatar que, salvo contadas excepciones, el interés de los usuarios del buscador no coincide casi en nada con la agenda de los medios, ni estos responden las preguntas más repetidas en el buscador. Ni siquiera ocurre con sus recomendaciones, porque las películas, series o artistas más buscados suelen ser los vilipendiados por la prensa, como ocurrió en 2017 con la canción “Despacito”, o en 2018 con la serie La casa de papel. Lo mismo pasa con los asuntos ignorados por la prensa, como el mundial de críquet en 2019, y con los políticos: en 2016, Donald Trump estuvo en el tope de las búsquedas, muy por encima de Hillary Clinton, al igual que ocurrió con Jair Bolsonaro frente a Fernando Haddad en Brasil durante 2018. Trump y Bolsonaro fueron ridiculizados por la prensa y subestimados en las encuestas a lo largo de la campaña, pero el interés en las búsquedas de la web era inversamente proporcional a las expectativas de periodistas y consultores. Es que podemos disimular la preferencia ante un periodista o un encuestador que llama indiscretamente en horas que corresponden a la intimidad, pero no le mentimos al buscador cuando tipeamos apuradamente la duda que queremos consultar, aunque sea políticamente incorrecta. No es extraño que el resultado final se acercara más al mapa de intereses que anunciaba Internet que a los pronósticos de los especialistas. La web se ha vuelto un refugio para los pensamientos por fuera de la corrección política: siempre encontraremos un grupo, una burbuja de afinidad para confirmar las certezas.

En las elecciones de Estados Unidos en 2016 y de Brasil en 2018, la prensa de referencia apoyó a los candidatos que no lograron imponerse, a la vez que denostó a los que salieron electos. La mayoría de la ciudadanía no se sintió representada por ese enfoque y buscó su camino de información en las redes sociales. La pregunta más buscada en 2018 en Brasil fue: “¿Qué es fascismo?”. (5) El concepto era la acusación que se le hizo a Bolsonaro en la campaña. Los resultados electorales parecen indicar que, lejos de quedarse con esa calificación, y sin importar que la dijeran el líder opositor, artistas populares o académicos de referencia, la ciudadanía tomaba la idea para contrastar la validez del adjetivo y poner en cuestión la versión periodística. A falta de análisis profundos por parte de los medios, recurría a Wikipedia al desconfiar de la versión elegida por el partido en el poder y por la prensa. Y revisaba algunos de los innumerables videos, tuits, comentarios, fotos de personas que estaban dispuestas a dar su versión del asunto.

Con el mismo énfasis con que descalificaron la decisión popular en muchas elecciones y plebiscitos, los periodistas desprecian el clic en los otros tanto como lo desean para sí mismos. A pesar de defender la democracia y el valor de la opinión ciudadana, en la noticia más leída hablan de tiranía y consideran un delirio dedicarse a tratar lo que los públicos demandan. Para una profesión que entiende que su deber es ir por delante, responder a las necesidades de información es visto como una claudicación ante el humor cambiante de la opinión pública, así como caer en el marketing de clics, que venden páginas vistas a los anunciantes. Pero entre la demagogia de dar a la audiencia lo que pide, cosa que existió siempre en los medios, y la aristocracia que define la primera plana en función de lo que las elites consideran importante, está la sociedad tratando de dilucidar, con la información disponible, lo que le conviene.

A pesar de que nunca fue tan fácil encontrar pistas para entender los intereses de la sociedad, en el discurso de algunos periodistas está presente la idea de que las masas son irracionales y manipulables. “Antes de Trump, el Brexit: cómo Cambridge Analytica logró sacar a Reino Unido de la UE”; “Datos de Facebook podrían haber sido utilizados para influir en la victoria del ‘brexit’”; “Una investigación apunta a una gran trama de propaganda ilegal a favor de Bolsonaro por WhatsApp” son algunos de los titulares de diarios de primer nivel de diversos países. La modalización presente en ellos relativiza la afirmación y delata la debilidad de evidencias de esas notas, a la vez que ratifica una concepción de votantes manipulables y sin decisión propia en la mayoría de los medios globales. Por empezar, se da por sentado que sin esos mensajes en redes los resultados eleccionarios podrían haber sido otros. Pero lo curioso es que ese poder manipulatorio que se atribuye a las campañas políticas no tiene evidencias de uso en rubros más prosaicos. No he encontrado denuncias periodísticas similares hechas al poder de los avisos digitales para vender tratamientos capilares o alimentos con propiedades milagrosas para bajar el colesterol, que suelen ser los avisos habituales que se encuentran todo el año en las páginas de esos mismos periódicos de los titulares. Más raro aun es que ningún medio haya usado esa potestad de la publicidad y de las redes de influir sobre los ciudadanos para vender suscripciones. Por lo menos no se conocen resultados semejantes de esos avisos publicitarios de autoelogio que irrumpen en la mitad de un artículo o como una ventana que impide leerlo, esos que limosnean un clic del lector como contribución para que el medio pueda seguir funcionando. Todavía no aparecieron artículos científicos que expliquen por qué no funciona la publicidad digital para vender una suscripción y en cambio sí funcionaría para imponer un candidato. Sin embargo, hay muchas publicaciones que demuestran de manera empírica que la publicidad política no funciona como pregonan esas noticias, y que la desinformación no tiene el lugar principal en los consumos informativos que le asignan los periodistas. En suma, los medios parecen creer que el público lee cualquier porquería en lugar de leerlos a ellos.

Lo que en los setenta era el fantasma manipulador de la televisión hoy es la amenaza de la desinformación, siempre implícito el sojuzgamiento de la sociedad por la ilusión. En muchas escuelas de comunicación siguen presentes las teorías que hablan de las masas alienadas por las industrias culturales, guiadas solo por la codicia del lucro y el control. En ninguna se enseña el arte de la escucha y la conversación como herramienta de la que ningún periodista pueda prescindir. De hecho, los periodistas conocen poco y nada de sus audiencias, aunque es común que las mencionen como gente que no entiende nada, o insolentes que solo saben criticar por las redes.

Posiblemente, la impronta teórica de la enseñanza de comunicación en Iberoamérica, con foco en la teoría crítica y muy alejada de los estudios con base empírica, haya cristalizado en esta idea de las masas obnubiladas, incapaces de cliquear lo que les conviene. Persiste la idea de hegemonía que se desarrolló cuando la oferta de contenidos era limitada y dependía de las alternativas que ofrecían los diales de la radio y los canales de televisión. No es menor el hecho de que entre los autores más citados en los estudios de periodismo en Latinoamérica entre 1960 y 2007 estén Max Weber (que pensó el periodismo de inicios del siglo XX) y Pierre Bourdieu (que nunca investigó el periodismo pero es profusamente citado para explicar la profesión a partir de un ensayo donde relata su incomodidad en un plató de televisión) (Mellado, 2012).

El periodismo fue subsidiario de la comunicación de masas, y empieza su crisis de identidad cuando entra en crisis el modelo masivo. Las amenazas de estos tiempos están muy lejos de aquellas que advirtieron los filósofos de tiempos anteriores al surgimiento de Internet. Si en el siglo XX el temor de los teóricos era el potencial homogeneizador de unos pocos medios sobre masas indiscriminadas, en el siglo XXI el cuco es la fragmentación de versiones de la realidad que se traduce en la aparición de grupos o personalidades por fuera de los estándares establecidos.

Se pasó del riesgo de la alienación de las masas al de militancia radicalizada de grupos intensos. Años antes del cambio de siglo, Nicholas Negroponte, el que había sido el gurú de la primera ola digital, ya advertía sobre la tendencia del “daily me”, es decir, el diario a medida. Ya prefiguraba un escenario donde no habría riesgo de una manipulación única, sino que el peligro sería la relativización extrema que por estos tiempos dio en llamarse “posverdad”. La mayor parte de la academia insiste en que entre los medios y la sociedad solo puede haber relaciones peligrosas.

Metáfora de la primicia

El periodismo no solo se impuso la carga de guiar a la sociedad, sino de guiarla antes que nadie. Durante muchos años la medalla más buscada por cualquier periodista fue la de tener una primicia, es decir, publicar antes que los competidores. En un sistema en que el ritmo lo pautaban los diarios, esa ventaja duraba lo que tardaba en salir la siguiente edición, que podía ser hasta veinticuatro horas, y luego volvían las portadas a competir por los centavos de los paseantes. En estos días, la supuesta ventaja dura los segundos que tardan las cuentas de Twitter en replicar la novedad. Con el agregado de que lo que antes se definía por el arduo trabajo del periodista para conseguir antes lo que otros no sabían que iba a ser noticia hoy se convierte en una decisión, por parte de la fuente, del medio al que le va a dar su entrevista o su trascendido. De la búsqueda de la primicia a la lucha por la exclusiva.

Esta premisa está relacionada con otro lugar común, el que dice que la información es poder. De ahí viene la idea de que poseer información es disputar una cuota de poder. Pero esos parámetros pertenecían a una sociedad en la que la información era un bien escaso, y como tal, cotizado, lo que fue exacerbado en tiempos de la Guerra Fría cuando los políticos exageraron el argumento para legitimar ataques y espionajes, tal como Hollywood exageró en las secuelas de invasiones y espías. Pero en estos tiempos, la información se duplica cada dos años y medio, y la mayoría la considera un bien gratuito de libre acceso. En este contexto, el bien escaso no está del lado de la oferta (no es la información, ni los contenidos, ni las noticias), sino de la demanda, porque la competencia es por la atención. Que el poder ya no resida en poseer algo sino en establecer las pautas del intercambio social es parte del proceso de “uberización de la economía”. La compañía Uber no necesita tener una flota de autos ni conductores profesionales para ser una empresa de transporte de extensión global.

Desde que la sociedad se organizó en red, el poder ya no está en las personas o en los bienes. El poder está en los protocolos que siguen los distintos procesos de comunicación, que no son otra cosa que las prácticas y plataformas organizativas que configuran la “cultura de compartir” propia de la sociedad en red (Castells, 2009). Los cuatro protocolos principales son la digitalización, que construye el lenguaje común de los medios integrando múltiples géneros; el hipertexto digital en red, que permite la coproducción del contenido que se consume; la publicidad, a través de la cual la cultura de la mercantilización influye en todas las expresiones culturales; y la construcción de marca, comercial, institucional o personal, que estructura la relación entre individuos y colectivos alrededor de una identidad reconocible socialmente. Este enfoque permite entender que la separación entre información, entretenimiento y publicidad solo persiste en la abstracción de la academia, porque hasta los medios más señeros están incorporando a sus servicios contenidos patrocinados o asociados a productos diversos. De la misma manera, la digitalización no puede limitarse a manejar un dispositivo tecnológico o a diseñar la misma información para distintas pantallas, aunque los cursos reduzcan el periodismo digital a las herramientas de edición. Lo digital atraviesa la práctica social de la información, al punto de que ya no puede entenderse el desarrollo de un medio sin los protocolos de la digitalización, esto es, la construcción de una marca, un plan de publicidad que apoye la sustentabilidad del negocio y su interrelación con otros contenidos.

La metáfora de la primicia reduce al periodista a un productor de contenido original, y la originalidad es un asunto del modelo de autoría. O sea, de autoridad. Metáforas reñidas con los protocolos de compartir. El concepto de autoridad aparece con la imprenta, que ofrece una publicación cerrada, sin posibilidad de ser intervenida como ocurría con los copistas, que agregaban sus aportes en cada versión. No es casual que cuando el modelo impreso está en crisis aparezca también el cuestionamiento del periodista como autor. El periodista contemporáneo ya no se define por sus artículos firmados o por la cantidad de primicias: en la construcción de su marca intervienen tanto sus participaciones periodísticas como sus intervenciones públicas, y también los comentarios y referencias que otros hagan de él. El éxito de un medio tampoco depende de su anticipación a la competencia. La fragmentación de la demanda de los consumidores obligó a una fragmentación de la oferta hacia los dos grandes clientes de los medios: la audiencia y los anunciantes. La producción de contenidos no solo se adapta a los distintos soportes de la televisión temática, las radios digitales, las plataformas, las narrativas participativas. Los medios también flexibilizaron los formatos asignados a publicidad, permitiendo su ingreso en espacios que tradicionalmente no ocupaban los avisos, como publicidad en tapas, auspicios de noticias, avisos mimetizados en espacios editoriales, publicidad no tradicional, etc. O desarrollando nuevos soportes, como los suplementos insertos en los diarios, dirigidos a industrias (moda, automotores), actividades (comercio exterior) o instituciones (Iglesias, universidades, administración pública, etc.), que permiten llegar con más eficacia a los destinatarios.

Esto también alcanza a la comunicación institucional, que adopta narrativas y formatos periodísticos porque entiende que así presentada es más creíble. Las revistas y demás medios institucionales pueden parecer comerciales cuando son desarrollados por marcas de consumo, pero no tanto si pertenecen a museos, universidades, oenegés, especialmente cuando se dedican a aportar información de interés público. La agenda del calentamiento global, por caso, no se habría impulsado sin la insistencia de organizaciones que aportaban datos y estudios que el periodismo o no podía producir por estar fuera de su alcance, o no podía publicar por los compromisos adquiridos con anunciantes a los que esos informes comprometían. Muchas universidades son agencias de noticias científicas, así como consultoras financieras son fuentes estables de datos económicos regulares. Si hasta no hace tanto la información se volvía masiva cuando la publicaba el periodismo, ahora puede pasar que se haga conocida antes de haber pasado por la prensa. Si antes las fuentes llamaban al periodista para anticiparle la novedad, ahora las publican primero en sus redes sociales, que reemplazan el viejo envío de gacetillas como aviso a la prensa de la disponibilidad de esa información.

Las fuentes, antes proveedoras de la cadena de producción que monopolizaban los medios, hoy tienen sus propios soportes y canales institucionales con información especializada. Las primicias ya no las dan los medios sino las personalidades en sus cuentas de Twitter. Los que antes eran lectores de la prensa ahora son usuarios que editan, comentan o discuten contenidos sin que los frenen las barreras de pago o las restricciones que ponen los medios para copiar y pegar alguna frase de su autoría. Como si capturar, transcribir, transformar en meme una información pudiera impedirse por las restricciones de alguien. La foto que más circuló de la reunión de G7 de 2018 mostraba a la canciller alemana Angela Merkel de pie con las manos apoyadas sobre un escritorio, rodeada de los líderes mundiales, mirando expresivamente a Donald Trump, único líder sentado de brazos cruzados. La foto no fue tomada por un reportero gráfico sino por un fotógrafo del gobierno alemán que la proporcionó a la prensa mundial, y el registro de una reunión cerrada al periodismo estuvo disponible para que las relaciones públicas compartieran imágenes estratégicas. Pero más allá de su circulación en todos los diarios del mundo, la mayoría de la gente supo de ella porque se topó con los memes que pintaban a la canciller como la reina de Game of Thrones, o una madre que reprendía al niño Donald encaprichado.

Mientras los medios se limitan a entender lo digital en lo relativo a los contenidos, que crecientemente pueden ser delegados a robots, la clave está en la comunicación y la conversación, que sigue siendo privilegio de los humanos. La Inteligencia Artificial se perfecciona y se confirma eficiente en la producción de contenidos rutinarios, como resultados de partidos o elecciones, o para las alertas y reportes que dependen de centros como los meteorológicos y sísmicos. Y es un aspecto que saben aprovechar las plataformas, que tienen a su disposición los contenidos de otras usinas de información comercial, ambiental, académica y económica, y que conocen antes que nadie los comportamientos de las sociedades de todo el mundo. Por eso pueden vincular primero tendencias con información. Lo que no pueden hacer las plataformas es atender las demandas asociadas. A lo sumo pueden enlazar con proveedores de orientación y servicios. Así, la búsqueda de determinadas palabras clave puede alertar acerca de epidemias en ciertos lugares y facilitar la búsqueda de contenidos relacionados. Pero no puede aportar análisis integradores, estudios complementarios, orientación adecuada, como podría desarrollar con cierta rapidez el periodismo. La cuestión por estos tiempos es que medios y periodistas no están siendo parte personalizada y humana de la conversación, con lo que refuerzan el éxodo de la gente de sus páginas hacia foros y comunidades específicas para cada caso. Pero ninguna comunidad se consolida como referencia para la conversación en cualquier circunstancia y en todos los temas, como solía ser la prensa.

En lugar de ser el explorador solitario de antaño, el heraldo que anunciaba las noticias, la prensa podría aprovechar los tesoros que aportan al sistema los ciudadanos comunes y actuar como verdaderos curadores mediante una selección acertada de las publicaciones de los particulares, que suelen estar atentos a detalles que a la rutina periodística se le escapan. El domingo de Semana Santa de 2018 encontró, como cada año, a la familia real española en la misa de Pascuas. Como siempre, la Televisión Pública cubrió rutinariamente el acto de la catedral de Palma de Mallorca. Hasta ahí, nada que reportar. Hasta que, a las 9:29 de la mañana de aquel 3 de abril, el tuitero @elrabillodelojo (que encantadoramente había adoptado la identidad de quien ve lo que pasa por el costado) sube a su modesta cuenta de mil seguidores quince segundos filmados desde otra pantalla, sin sonido original, mostrando a la reina nuera a los empujones con la reina suegra, que pretendía que los reporteros que cubren regularmente el evento le tomaran una foto con las dos princesas nietas. (6) Hacia fines de ese año, el microvideo llegaba a las tres millones de reproducciones y el tuitero a diez mil seguidores, y la noticia se había consagrado como una de la más relevantes de 2018 en los balances que suele hacer la prensa al cierre del año.

La “primicia” no fue presentada como tal por el equipo de la televisión española que registraba el episodio ni por los comentaristas que lo transmitían. Pero enseguida los medios buscaron el video original para agregar a la escena algunos minutos y el sonido ambiente, cuando comprobaron la curiosidad global de dos reinas comportándose como suegra y nuera universales. Se entiende que la prensa tradicional no pueda indagar en aquellas cuestiones que el poder prefiere mantener fuera del debate público. Pero no se explica por qué ninguno pudo aprovechar la conversación de las redes que ponía en palabras la crisis de la familia real en particular y el desgaste de la institución monárquica en general. Ni siquiera pudieron reflexionar acerca de por qué se le había pasado esa circunstancia a todo el sistema periodístico y, de ahí, con qué atención se cubren los actos protocolares y con qué intención. Apenas si la revista ¡Hola! hizo un brevísimo artículo sobre cómo llegó el tuitero al descubrimiento, aunque sin revelar su identidad, como si se tratara del Garganta Profunda de un Watergate de las revistas del corazón.

Ese cronista eventual de Twitter pone en cuestión el valor periodístico de la primicia en estos días. Y plantea la pregunta de si el valor que puede aportar el periodismo es tener la noticia antes que nadie (en este caso, las imágenes ya se habían emitido), analizar el durante (mientras duró la curiosidad, el video original circuló sin preguntar por derechos de autor: a nadie importó si era del que filmó la escena o del que descubrió la noticia) o hacer el seguimiento del después.

En un sistema donde ganan espacio la economía colaborativa y la comunicación colectiva, no parecen muy apropiados los valores de competencia, como la primicia y la exclusiva. Si la concepción de poder no se basa en el peso de los actores sino en quién impone los protocolos de comunicación que rigen las prácticas y los intercambios, las metáforas del guía, del adelantado, del descubridor son anacrónicas para los entornos digitales. La migración del periodismo hacia lo digital es algo más que cambiar la máquina de escribir por una computadora, o reemplazar las cámaras por un teléfono inteligente. De nada sirve subir un video a YouTube si se mantiene el flujo up-down de los medios masivos del siglo pasado. Las redes sociales son una conversación donde no importa demasiado quién la empezó ni con qué excusa. La conversación es encadenada, no radial, entonces no vuelve al asunto que le dio origen a menos que su autor participe del intercambio. Quién empezó es una cuestión irrelevante en una conversación ininterrumpida.

Las plataformas compiten con los medios, pero no son medios. Los medios llaman competencia desleal al agregado de las plataformas, pero están lejos de reemplazar los usos que la sociedad está haciendo de ellas. Es demasiado pronto para entender el real impacto que las plataformas han tenido en las sociedades, así que es lógico que todavía no se comprenda muy bien qué va a ser del periodismo con todo eso. Luego de que apareciera la imprenta en el siglo XV, pasarían 130 años hasta que se la usara para el primer periódico, y cinco siglos hasta que estos se convirtieran en medios de masas. La web comercial es de 1994, Google se consolida a partir de 2000, Facebook se lanza en 2006, WhatsApp en 2009 y Google Drive en 2012. Recién en la segunda década del siglo XXI hay medios nacidos y criados digitales experimentando lo viejo y lo nuevo sin saber muy bien qué quedará de todo eso. Es esperable que muchos sigan viendo los tiempos contemporáneos con los anteojos del siglo pasado.


METÁFORAS DE LOS MEDIOS DE MASASMETÁFORAS DE LA SOCIEDAD DIGITAL
centralizaciónperiodicidadcompetenciacostoexclusividadmasividadcontenidosecretismodifusiónvisibilidaddistribuciónininterrumpidacolaboracióngratuidadaccesibilidadcolectividadatencióntransparenciaconversaciónconfiabilidad

Los medios siguen marcando la agenda de noticias, mientras que las compañías de plataformas controlan el acceso a las audiencias y tienen su atención. Por eso, hacia ellas se drena la publicidad que estuvo durante dos siglos en los medios. Y es lo que más lamentan los empresarios que hicieron del ingreso publicitario su modelo de negocio. Pero si la atención de las audiencias está concentrada en las plataformas, sus conversaciones están fragmentadas en mensajerías, muros, comentarios, y no tienen la escala que necesita el negocio publicitario. Los medios todavía piensan en la gente como audiencias que antes medían en rating y ahora miden en clics, y para eso usan las analíticas, en lugar de apoyarse en ellas para detectar intereses y pensar un periodismo orientado a las comunidades de atención. Claro que eso sería aceptar ceder su metáfora de faro, dejar la costa y salir a navegar junto con la ciudadanía. En estos contextos, las categorías de exclusividad o primicia son menos importantes que la de conversación en las plataformas, donde copiar y pegar no cuesta nada y basta un enlace para transmitir la información globalmente en un instante.

La digitalización no es un asunto instrumental. Es una propuesta filosófica más que tecnológica, porque las cuestiones técnicas modifican nuestros modos de relacionarnos y la forma en que percibimos el mundo. El periodismo suele hablar del mundo digital como un sino que debe aceptar, aprovechando su potencial tecnológico. Pero que la tecnología esté disponible para todos no implica que estemos disponibles para la tecnología. La gente no está esperando que los medios propongan nuevos trucos, sino que acepten jugar el juego que jugamos todos. Habiendo información accesible en YouTube, ¿qué le hace pensar a un medio que consultaremos los videos del noticiero en el canal exclusivo y lleno de avisos publicitarios? Ningún periodismo puede llamarse digital si no sabe cómo integrar los contenidos de las audiencias, las conversaciones, sus sugerencias. Puede que a los medios les cueste pensarse en la sociedad de la información gratuita. Pero el periodista tiene muchas posibilidades (y potencialidades) para adaptarse al ecosistema digital.

1- Frias Filho, Otavio (2008) en el sitio “Jornalistas & Cia”, San Pablo, 28 de noviembre.

2- Haagerup, Ulrik (2019) “Academic Who Defined News Principles Says Journalists Are Too Negative”, The Guardian, 18 de enero, disponible en:<https://www.theguardian.com/world/2019/jan/18/johan-galtung-news-principles-journalists-too-negative> [consulta: 29/3/2021].

3- Roser, Max y Nagdy, Mohamed (2014) “Optimism and Pessimism”, Our World in Data, disponible en: <https://ourworldindata.org/optimism-pessimism> [consulta: 29/3/2021].

4- Edelman Trust Barometro (2021), en https://www.edelman.com/trust/2021-trust-barometer

5- Google Trends (2018) “Tendencias de 2018 en Brasil”, disponible en: <https://trends.google.com/trends/yis/2018/BR/> [consulta: 29/3/2021].

6- Esta cuenta de Twitter fue posteriormente suspendida [N. del E.]

3. METÁFORA DEL PRODUCTOR

El periodismo se profesionalizó al tiempo que lo hizo la producción industrial, y de la metáfora fabril deriva la idea del periodista como productor de contenidos cuyo trabajo consiste en llenar unos envases de papel, audio o video que se entregan en despachos de noticias a través de agencias distribuidoras. La metáfora del hacendoso está en nombres como El Comercial, El Constructor, o en símiles de animalitos laboriosos como la abeja: The Sacramento Bee, The Fresno Bee, The Modesto Bee, Lancaster Bee. La idea misma de Jornada (Jornal, Journal, Xornal) remite a la unidad diaria del trabajo, o su salario.

El periodista también es un obrero cuando escribe una noticia que, en honor a la metáfora edilicia, se “construye”, puede estar “armada” o no tener “bases sólidas”. Una noticia, como una casa, sin “fundamentos” es “endeble”. En cambio, si es “sólida”, no se “desmoronará” aunque alguien intente “rebatirla”. El industrioso de la información se cristaliza en el concepto de “trabajador de prensa” con que los sindicatos intentan retener al periodista en la clase social que tenía planeado hacer la revolución. De la misma teoría económica del siglo XIX viene otra metáfora que adquirió poder y prestigio en el siglo XX, cuando la academia encuadró a la prensa como “industria cultural” que produce en masa para las masas.

Derivada de la producción masiva, la metáfora del contenido entiende el periodismo como fraccionador de la información en unidades discretas. La información como producto manufacturado aparece en las políticas públicas que establecen porcentajes de información local y nacional, cuotas de fuentes o temas. En la década de 1930, una normativa para las radios determinaba que la mitad de las noticias del noticiero debían ser argentinas. Como si la programación de una señal fuera el empaque que contiene cantidades medidas de algo que se somete a un examen bromatológico para evitar una intoxicación con alta proporción de sustancias inconvenientes. Es curioso que, en tiempos en que la información no se distribuye en paquetes sino que se desparrama a granel de manera descontrolada, haya quienes insisten en establecer por ley que una parte del paquete debe ir llena de algo que, según ellos, contrarresta los efectos colaterales del atracón informativo.

La información empezó siendo un bien material que se enviaba en trenes que viajaban a 50 kilómetros por hora. Hacia 1840, Charles-Louis Havas instaló la primera agencia de noticias en París, enfrente de la oficina de correos, donde palomas mensajeras llegaban con los reportes de lugares distantes y regresaban en tren para volver a ser despachadas cada día. Hasta que los cables telegráficos que acompañaban a los convoyes empezaron a usarse para algo más que organizar el tráfico ferroviario. Ahí también la transcripción obligada del código morse al papel les daba un soporte material, además de pautar la lógica de la brevedad y, lo más importante, asegurar la adaptación de los reportes periodísticos a las limitaciones del medio de transmisión. Pasó un siglo hasta que la información abandonó los cables y el papel, y con la radio adquirió una velocidad que sacudió el sistema. Antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial en 1939, la radio ya había demostrado su plasticidad para reportar antes que los telegramas transcriptos en la edición del día siguiente. En 1920, el periodismo estrenó instantaneidad al difundir los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos al tiempo que salían los cables. Pero pasarían diez años más hasta que la radio llegara a un número suficiente de personas como para representar una amenaza real para los periódicos, que llevaban un siglo siendo el único espacio para el periodismo. En ese momento protestaron tan intensamente como ahora, y se inventaron una histeria colectiva que nunca existió (Schwartz, 2015) con “La guerra de los mundos” (1938) de Orson Welles, al igual que ahora agitan, temerosos, los fantasmas de la manipulación de masas por WhatsApp. Ya sabemos que los titulares alarmistas no requieren pruebas científicas. La información tardó un siglo más en desmaterializarse por completo en las plataformas, donde las noticias ya no tienen un origen único porque el que las consume también las produce y las distribuye. Pero antes de que existiera Facebook, Zygmunt Bauman nos hizo notar que la información, como la vida, se estaba volviendo líquida, como las nubes. La prensa, que creyó que vivía de producir y vender noticias empaquetadas en papel, estaba aterrada.

Durante muchos años, la industria y sus analistas usaron intensivamente metáforas fabriles como la “producción” de noticias (newsmaking) a partir de materia prima que “proveen” o “filtran” las fuentes (sources). En tanto proveedoras, cuanto más confiables, de mejor calidad es la información que aportan al sistema y, por tanto, mejor el producto final. El periodismo de calidad suele ser un objetivo de grandes organizaciones, más propensas a aplicar la estandarización de los procesos que velan por que cada etapa se ajuste a criterios de excelencia.

Aunque la información es un continuo, la productividad se sigue midiendo por cantidades: páginas, artículos, tuits. Como una commodity, esa materia prima que está a disposición de manera ilimitada para que la industria le aporte un diferencial como valor agregado. Pero también, y casi de manera dominante durante más de un siglo, la información se consideraba un bien escaso y el periodista, un descubridor de gemas ocultas. En esta metáfora, el periodista también se presenta como obrero preindustrial, un artesano que explora vetas inaccesibles a la mayoría. En este esquema industrial, la fama y el aplauso premian la fortuna de encontrar el diamante en bruto en la veta informativa que el periodista valiente y laborioso pulirá hasta convertirla en una noticia digna de ser expuesta en la pantalla. El medio se encargará también de exhibir el reconocimiento que obtenga esa cobertura en premios o películas alegóricas para alentar a otros exploradores a encontrar la gema noticiosa que lo consagrará. Claro que este halo simbólico no necesariamente tiene correlato en la cotidianeidad del periodismo.

Es que el trabajo de los muckrakers, como llamaban a los periodistas que investigaban la corrupción hace un siglo, siempre fue más glamoroso en el cine que en las redacciones. Por eso se recuerda más a los actores de Todos los hombres del presidente (1976) que hicieron la investigación conocida como Watergate, Dustin Hoffman y Robert Redford, que a los periodistas que representaban (Bernstein y Woodward). En esas historias cinematográficas hay poco guion para el papel de reparto, pero en la cadena de producción de una “revelación” (como se suele llamar una nota sobre temas ocultos) son imprescindibles las fuentes que facilitan información que de otra manera hubiera sido inaccesible. Dos investigadores de relevancia como Herbert J. Gans y John B. Thompson coinciden en que el caso Watergate no hubiera sido posible sin informantes dispuestos a hablar y un juego de poder que lo facilitara, como cuando el gobernante pierde la red que lo protege, que es justamente lo que sucedió con Richard Nixon. Eso no significa desmerecer el papel del periodismo, sino pensarlo de manera distinta, no tanto como el descubridor, sino como un procesador o un reciclador, es decir, profesiones más afines a estos tiempos.

Las filtraciones de este siglo tienen dimensiones siderales en comparación con las cajas que Ben Bagdikian (nombre injustamente menos recordado, seguramente porque la película Los archivos del Pentágono se hizo cuarenta años después de la otra, en 2003) trajo en un asiento de avión. A diferencia de aquellas filtraciones exclusivas de los setenta, WikiLeaks, Panama Papers y Paradise Papers, en la década de 2010, fueron colectivas. De tal escala, con tanta cantidad de documentos, de tal complejidad, que hubieran sido imposibles sin el concurso de varios medios y múltiples periodistas de distintos países. De hecho, ni alcanzan los doscientos periodistas de más de setenta países del International Consortium of Investigative Journalists para procesar los cientos de miles de documentos de esas filtraciones que siguen en su mayor parte aún inexploradas. Las filtraciones demandan un nuevo trabajador que combine los recursos del explorador (las bases digitales exigen especialistas en minería de datos) con las características del procesador: aquel que consigue encontrar un tesoro oculto y luego debe revelarlo ante los ojos de la sociedad de una manera que pueda captar una atención dividida en tantas cosas más interesantes que contratos firmados en paraísos fiscales.

Estas megafiltraciones muestran cómo la información puede estar publicada en la web pero no es noticia hasta que no es procesada por la cadena de producción informativa. Es más, ni siquiera es noticia hasta que no se la reconoce como tal. Porque hoy, publicar, publica cualquiera. La información abunda. Hay demasiada gente aportando mensajes de manera frenética. Y si aplicamos a rajatabla la metáfora de la industria de la información, todo bien económico que abunda de manera gratuita se deprecia, carece de valor y, por lo tanto, pierde interés. La liquidez, esa condición que Bauman atribuía a las sociedades contemporáneas, se aprecia más que nada en la información.

Periodismo líquido, pero no liquidado

A pesar de que la información es un bien abstracto, que se ha desmaterializado al punto de la evanescencia en el mundo digital, se la sigue tratando como un objeto de propiedad intelectual. Pero para ser bien de consumo, se necesitan consumidores que la noticia, tal como era, ya no tiene. En la mayoría de los países, la mitad de la población directamente ni siquiera es consumidora de noticias. Con leves variantes, puede decirse que a fines de la segunda década del siglo XXI, aproximadamente la mitad de la población no estaba interesada en noticias tal y como eran entendidas en el sistema de medios masivos. De la otra mitad, un cuarto lo estaba moderadamente, y el otro cuarto, el más informado, estaba muy interesado. El problema es que la industria trata a los tres cuartos de desentendidos como si fueran el cuarto informado. Que además es el más activo difusor y productor, y cuanto más se informa más coproduce la información que consume.

Este “prosumidor” hiperinformado suele ser también el más especializado en ciertos temas en los que compite como proveedor de información a los medios y verificador tan eficiente como impertinente. Frente al especialista, influencer en las redes de temas que conoce bien y que comparte de manera abierta y activa, el periodista generalista pierde. Cualquier persona tiene la flexibilidad de tomar información de múltiples fuentes y distribuirla en circuitos diferentes a los de los medios, mientras los periodistas se encierran detrás de los muros de pago y de pautas de publicación como incluir ciertas fuentes o restringir su participación en redes sociales por reglas contractuales con su medio. Ya sea, simplemente, por falta de tiempo o práctica para seguir una conversación reticular. Frente a ese modelo tradicional, aparece la idea de un periodismo fluido (Mark Deuze (2008) usa la idea de periodismo líquido) que se integre a la conversación ciudadana y monitoree con la comunidad.

La metáfora del productor de un bien con marca se cuestiona en un ecosistema en el que todos aportan contenidos, alertas, testimonios, filtraciones, fotos de instantes que no pueden captar los medios. Y donde todos son distribuidores, porque las noticias ya no llegan directo de los medios al consumidor. Ni siquiera desde las plataformas hasta los usuarios, como confunden los que reemplazan a los medios por estas. Las plataformas apenas son los soportes que permiten multiplicar la escala de los enlaces personales, y con ello la posibilidad de que cada quien tome las noticias, las consuma, las comparta, las reescriba, las encuadre a su gusto. Solo un tercio de las noticias son recibidas directo de los medios (Nielsen & Selva, 2018). Otro tercio, a través de las redes y mensajes, es decir, desde personas, no plataformas. Y el último tercio son agregadores que, en definitiva, también dependen de las preferencias particulares que detectan los algoritmos.

Cuando el periodismo se piensa desde la metáfora de la producción, se reduce el pensamiento digital a las tecnologías instrumentales. Pero el periodismo no es digital porque aprenda a publicar noticias desde el móvil o a pergeñar reportajes para Instagram. No es que ahora se dicten textos a máquinas que procesen en caracteres exactos lo que antes martillaban teclas de acero en cuartillas. Tampoco cualquiera que tenga la suerte (o la desgracia) de filmar una catástrofe se convierte en fotoperiodista.

Las tecnologías reinventan contenidos, comunicación y conversación en un mismo acto. Los contenidos no están separados de la comunicación y la conversación como la metáfora del productor hacía pensar. Por lo tanto, el periodista ya no puede limitarse a producir uno solo de los tres.

Uberización del periodismo

La comunicación no es un tema que el medio delegue a publicistas, así como no puede ceder la conversación derivada de las noticias a un community manager. Lo digital es esa transformación que hace, como dice Jeff Jarvis (2015), que las copias no cuesten nada, que los contenidos abunden, que la información se transmita con un clic y que, por tanto, su valor tenga una vida media de milisegundos. Si el contenido no es diferencial, ni es gran negocio, dice Jarvis que toca pasar de la lógica del contenido a la lógica del servicio. En las plataformas, Amazon no edita libros, Airbnb no tiene casas, Uber no tiene autos, pero todas esas compañías los ofrecen. Sin embargo, aunque los servicios sean virtuales, las necesidades son reales. Paradójicamente, el mercado digital potenció las transacciones materiales al conectar particulares que necesitan algo con aquellos que pueden aportarlo. El modelo de Uber creó la idea de “uberización de la economía” (Davis, 2016), que alude a la facilitación del intercambio de bienes, servicios, ideas a escala global. Y, por qué no, información. Si estos intercambios por fuera de los circuitos comerciales están desafiando los sistemas de transporte y de turismo, la uberización de la información modifica profundamente el sistema conocido de comunicación. Los emisores institucionales y los medios perdieron la exclusividad de la producción de información, y aun no tomaron el liderazgo en la intermediación. Los medios disputan la atención a usuarios que ofrecen contenidos a sus pares las veinticuatro horas, todos los días, de manera gratuita, con niveles de especialidad en ciertos temas y con una agilidad que no tienen los medios tradicionales, quienes aceptan su derrota cada vez que en horario central incluyen un video estelar de YouTube o hacen una noticia con la declaración por Instagram de una celebridad. Hasta la verificación misma de la información quedó fuera de la competencia de los medios, sea a cargo de los lectores atentos, sea por organizaciones cuyo principal propósito es el chequeo de noticias. En algún momento los medios dejaron de ser los únicos que decidían si una declaración o un evento era digno de ser creído. Los profesionales se perciben como más condicionados por intereses personales y comerciales que las personas que forman parte de mi comunidad de redes sociales. Que, en algunos casos, son amigos y parientes, es decir parte de un círculo de confianza que facilita la recepción de una noticia en el móvil.

Este fenómeno se entiende más claramente si se reemplaza información por transporte: los taxistas arrastran un descrédito como corporación, alimentado por cada experiencia de sobreprecio, agresión o desplante que sufre un pasajero. En contraste, nos parece más confiable un estudiante manejando el auto familiar o una madre que en los ratos libres, cuando deja a los niños en el colegio, hace unas horas para Uber, que casi siempre es más accesible y más cercano en la forma de prestar el servicio. Con las noticias empieza a pasar algo parecido: entendemos que los periodistas están tensos y presionados, como los taxistas, y como ellos, aparecen generalmente en la escena pública de mal humor, protestando por sus limitaciones y peleándose con todo el mundo. En cambio, el profesor de la secundaria que reencontramos en Facebook o el especialista que nos sorprende con sus participaciones en la televisión y comparte tan interesante material en Twitter se vuelven proveedores más confiables para recomendar lo que leer cada vez que tenemos un rato para revisar lo que pasa en el mundo. La recomendación es la base de la uberización de la información, que funciona con la lógica de la inteligencia de las multitudes (Gutiérrez-Rubi & Freire, 2013) gracias a la cual las estrellitas que se componen de la suma de recomendaciones anónimas resultan más confiables que la calificación de una sola persona, por más experta que sea sobre el asunto.

Durante dos siglos los medios tuvieron la exclusividad de la distribución de los mensajes sociales, y el periodismo era la profesión reconocida socialmente para elaborar la parte testimonial de los contenidos mediáticos. Internet desafió el statu quo al habilitar la participación de otros actores en la producción y circulación, introduciendo la dimensión material en los intercambios simbólicos. La participación de los ciudadanos en la comunicación pública socializa la construcción de lo simbólico (lo saca del ámbito del crítico o del especialista) y parametriza lo que antes era intangible, como la calidad o la reputación, en escalas universales que todos podemos entender. Usuarios que se me parecen evalúan todo servicio con estrellas, al estilo TripAdvisor, o simplemente aportan una foto, un video, un comentario que hace real –verificable– algo que antes quedaba en el plano simbólico del mensaje institucional o de la evaluación experta. Las representaciones simbólicas, terreno en el que los medios se sentían tan a gusto, fueron reemplazadas por objetos culturales como las tecnologías, así como las experiencias directas reemplazaron a las mediaciones (Lash, 2005). Por eso el sujeto que antes se englobaba en colectivos como públicos o audiencias hoy se identifica mejor como usuario, participante, actor. La comunicación pública ya no se explica solo por los medios que la vehiculizan sino, y especialmente, por las conversaciones que los usuarios tienen en los múltiples canales y plataformas. Y esa es la parte digital menos comprendida por una industria diseñada para proveer, no para interactuar.

Las plataformas no son la competencia de los medios. El fin de la comunicación masiva que representan es una catástrofe para quienes solo saben manejarse con esas lógicas. La industria publicitaria, a diferencia de los medios, se quejó menos y se adaptó más. Pragmática como siempre ha sido, y curiosa de las actitudes y comportamientos de los consumidores, lleva no menos de dos décadas saliendo del broadcasting masivo y experimentando con el narrowcasting personalizado. ¿En qué momento el periodismo se instaló tanto en la producción en masa que ahora no sabe cómo volver a lo artesanal? ¿Por qué los medios no pueden cambiar su rol de proveedores de contenidos a receptores que provean servicios a interlocutores?

Si las plataformas son imbatibles en big data y en agregar inmensas cantidades de información para dedicar mensajes que parecen personalizados, los medios serían más competentes manejando small data de sus propios lectores para aportarles una experiencia genuinamente propia. El enfoque conversacional que plantea Jarvis revierte esa idea de agregación de datos para pensar en técnicas relacionales a través de las cuales se brinden servicios que motiven a la gente a compartir datos que se agradezcan, en una experiencia que sea un claro beneficio para los usuarios y un camino de sustentabilidad del medio. El enfoque de las comunidades conversacionales habla de alianzas entre la sociedad civil y los periodistas, y de sumar a los propios lectores como fuentes, verificadores y colaboradores. El enfoque clásico del periodismo de datos sigue pensando en armar equipos y desarrollar caros programas de IA (inteligencia artificial) para explotar big data, y como toda inversión, exige un retorno. Eso generalmente se traduce en información exclusiva de un medio, para consolidar la marca y atraer más tráfico que luego se pueda volcar en analíticas de publicidad.

Sin embargo, ninguna de las reiteradas frustraciones disuade a la industria de abandonar el viejo modelo de negocios. Como los alquimistas medievales que intentaban convertir el plomo en oro, a quienes cada nuevo experimento fallido, lejos de mostrarles que eso no era posible, los estimulaba a repetir el procedimiento, convencidos de que habría sido algún error en las proporciones, en las etapas, en las temperaturas, en el perol utilizado. Los alquimistas nunca se iban a cuestionar la pretensión misma de convertir en oro un metal ordinario.

Los agoreros que ven en la trazabilidad de los datos personales en Internet una amenaza a la privacidad y un riesgo de manipulación (Pariser, 2017) siguen pensando los medios con el modelo del pasado, como usinas de distribución de mensajes producidos con el criterio de las marcas de lujo: exclusividad, costo, algo que se consume con el uso. Pero si la información se entiende con la lógica de la economía digital en red, adquiere un valor de intercambio, es algo que se enriquece en la medida en que circula, y que beneficia a todos sin ser de nadie en particular. Si la información es un flujo, las metáforas de la producción equiparan la industria de la información a las embotelladoras de agua. Agua e información son sustancias líquidas que están disponibles en grandes cantidades pero necesitan tratamiento para ser consumibles. Hay sociedades con sistemas de agua potable confiable, accesible a todos los individuos con solo abrir el grifo. Eso no impide que algunas marcas fraccionen el agua con un valor que supera los cientos de dólares por botella. Lo criminal es que haya que pagar por agua de poca calidad, como pasa en muchos lugares que dependen de cisternas que dosifican el elemento vital a lo mínimo.

En estos tiempos, el poder no está tanto en la información como en el conocimiento, parafraseando la idea que se le atribuye a Francis Bacon. El periodismo podría liderar esta transformación aprovechando la experiencia acumulada en la producción. Pero no condenándose a ella. El periodismo que solo ofrece lo que la gente quiere (que existió siempre, mucho antes de que los algoritmos lo detectaran en tiempo real) no es el mismo que el que aporta lo que la sociedad necesita. La misma tecnología que se usa para procesar con codicia volúmenes de información y ponerlos al servicio de ciertos fines particulares puede usarse con creatividad para entender mejor las necesidades ciudadanas de información.

Los medios se acostumbraron a que la importancia de las noticias estuviera dada por la autoridad: era importante la política, los funcionarios, las personalidades, que ocupan más de un tercio de las secciones principales de los diarios y representan casi la mitad de las fuentes. Paradójicamente, esas fuentes importantes se convirtieron en estas décadas en las menos confiables, y por lo tanto perdieron relevancia para una sociedad que puede informarse donde y como quiere de lo que sí le importa, por necesidad, no por autoridad. Todo confirma que los grandes datos, los grandes nombres, los grandes titulares no tienen importancia si no son relevantes para los datos sociales, los pequeños nombres, las noticias personales.

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Ograniczenie wiekowe:
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Objętość:
371 str. 3 ilustracji
ISBN:
9789874161673
Wydawca:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:
Czwarta książka w serii "Comunicación & Lenguajes"
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