Czytaj książkę: «La luz»
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Letrame Editorial.
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Colección: Novela
© Abel Rincón Escudero
Edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.
Diseño de portada: Antonio F. López.
Fotografía de cubierta: © Fotolia.es
ISBN: 978-84-1114-263-2
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A mi abuela Isabel, siempre estarás conmigo.
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A Paula, por ser mi lectora número uno. Sin tu apoyo, paciencia y ordenador, no lo hubiera conseguido. Gracias. A mi familia, en especial a mis tías Mercedes y Loreto por todo lo que han hecho por mí. A mi madre. A mis amigos de toda la vida. A mis lectores en primicia y a los que, desinteresadamente, quedasteis conmigo para informarme y ayudar con el tema de la novela. Y por último, y no menos importante, a todos y cada uno de los que habéis apoyado y confiado en este proyecto, sin vosotros no hubiera sido posible. Espero que, al menos, las dedicatorias estén a la altura. Os quiero.
Capítulo I
Abrí los ojos. Desperté. Lo hice con una sensación extraña, una especie de desubicación a pesar de encontrarme en mi propia casa. Estuve unos minutos observando el techo, distraído, sin pensar especialmente en nada. Miré el reloj. Marcaba las once y trece, hora más que aceptable para levantarme un sábado en el que no recordaba tener nada importante que hacer.
Somnoliento, me senté al borde de la cama unos segundos y, sin pensarlo más, me levanté. Me moría por un café. Lo necesitaba para comenzar a activarme, aunque solo fuera para ver la televisión o las noticias en internet. Vivía de alquiler en un pequeño estudio, tenía lo justo y necesario, y lo que el dinero me permitía, para sobrevivir en él. Era pintor y, aunque me duela reconocerlo, raro era el mes que no pasaba apuros y algo más que serias dificultades para poder pagar las facturas. En ocasiones las ventas iban mejor y otros meses no conseguía vender nada hasta última hora y tenía que pedir un poco de margen al arrendador. Mi situación era de todo menos estable.
Podía buscarme algo más barato, no mucho más, pero el coqueto estudio donde vivía me gustaba, me sentía muy cómodo en él a pesar de no ser precisamente moderno. Con diferencia, lo que más me gustaba y también lo que mejor me venía para mi trabajo, era el gran ventanal que ocupaba prácticamente toda la parte frontal respecto a la entrada. Cierto es que no disponía de unas grandes vistas, pero tenía la fortuna de que a través de él, el ochenta y cinco por ciento de los días entraba una claridad impresionante que me recordaba, aunque ese día me invadiera la pereza y no tuviera demasiado entusiasmo, que debía ponerme a trabajar.
Mientras me preparaba el café, ojeaba distraído revistas antiguas que tenía desperdigadas por el salón. Había de decoración —huella indeleble de mi exnovia—, videojuegos, curiosidades científicas, enigmas del más allá y temas sobrenaturales. Justo cuando veía la portada de esta última, una mala sensación recorrió mi cuerpo. Fue algo instantáneo y, para mi desgracia, nada tuvo que ver con la revista. Un sexto sentido me alertó. Nunca había tenido una sensación tan vívida, real y clara de que algo iba mal.
Esa sensación me paralizó durante unos instantes. Un sudor frío recorrió mi espalda y cuando mi cuerpo reaccionó di un manotazo al vaso en el que estaba preparando el café y provoqué que la leche que contenía se derramara por el desgastado parqué. Antes de que sonido alguno llegara a mis oídos, supe que alguien merodeaba por las escaleras. Vivía en un segundo piso sin ascensor, las escaleras eran de madera antigua y de sobra conocía su crepitar cuando alguien subía por ellas. Eran dos personas, pero esta vez no las escuchaba, solo las sentía. Un miedo irracional y opresivo se apoderó de mí y rápidamente eché mano a la sudadera que tenía en el sofá. Me la puse e hice lo propio con mis zapatillas de deporte. Los pasos ya se oían, iban claramente por el primer piso. Solo les quedaba uno para llegar al mío. Y ese era sin lugar a dudas su destino.
Huir. Simplemente por instinto, sin conocer el motivo, pero convencido de que era lo que debía hacer. Por cómo sonaba, sabía que solo quedaban unos pocos peldaños hasta que se personaran en la puerta de casa. Fueran quienes fueran. Tenía que salir de allí, pero no antes de comprobar si llamarían y, si así era, hacer lo posible por mirar a través de la mirilla. Sabía que era peligroso, podían percatarse de que había alguien al otro lado, pero era un riesgo que debía correr.
Finalmente el timbre sonó. Sigiloso como un ninja y habiéndome colocado muy cerca de la puerta, conseguí mirar por la mirilla. Mientras entrecerraba mis ojos, sucedió. Puede que solo durara unos segundos, pero a mi parecer fueron minutos enteros. De repente podía parar el tiempo. Todo a mi alrededor iba a otra velocidad, mucho más lento. Mi cerebro era capaz de asimilar todo lo que veía y pensar mil cosas más a la vez. Eso me hizo ser consciente de dos cosas: había dos policías detrás de mi puerta y por mucho que lo intentara, no conseguía recordar nada que hubiera hecho recientemente. Absolutamente nada.
Capítulo II
En ese momento, con diferencia, lo que más me preocupó fue mi pérdida de memoria, fuera transitoria o no. En un primer momento lo achaqué a la tensión vivida y le di una importancia relativa, ya tendría tiempo de hacer memoria y poner todo en orden dentro de mi cabeza. Ahora tenía un problema mucho más real. Dos, para ser exactos. Vestían de uniforme y se encontraban al otro lado de la puerta. Debía actuar con rapidez. Me sentí como un animal acorralado, y en cierta manera lo era: desprovisto de memoria, solo podía contar con mi instinto.
Sin hacer el menor ruido, me alejé de la puerta, cogí las llaves de casa y di los cinco pasos que me separaban del ventanal. Mientras daba sigilosas zancadas, volvió a sonar el timbre. Comencé a abrir lenta y cuidadosamente una de las ventanas. Por suerte era bastante amplia y, aunque nunca había salido de casa por ella, no tendría problemas. Daba justo a la parte trasera del edificio y contaba con una escalera de emergencia tan típica de las películas americanas. Cuando ya tenía medio cuerpo en el exterior, escuché una voz. Las palabras que llegaron a mis oídos terminaron de desconcertarme.
—¿Señor Rincón? ¿Está usted ahí? —preguntó una voz que articulaba las palabras pausadamente y de una forma singularmente robótica.
Era uno de los policías. Su dicción era firme y —tal vez fuese sensación mía— con la seguridad de que la persona que buscaban estaba al otro lado. Ahora sí que no entendía nada. Yo no era el tal señor Rincón por el que preguntaban, ni siquiera conocía a nadie apellidado así. Pero sentía y tenía el pleno convencimiento de ser la persona a la que querían dar caza. No sé si por la influencia de decenas de películas de Hollywood, pero pensé que podía tratarse de una simple y vieja estrategia. Podían estar utilizando otro apellido para que abriese la puerta confiado y así atraparme sin problemas. No me dejaría engañar. Dudé una milésima de segundo de que todo esto fuese una locura. Algo que de manera incomprensible mi mente había dado forma sin tener la más mínima lógica y que podría abrir la puerta tranquilamente. No pasaría nada, todo sería un error.
Pero en ese momento mi cerebro se activó. Noté como se ponían en funcionamiento todas sus conexiones, una a una, como si de un aparato eléctrico se tratase. Volví a pensar a una velocidad fuera de lo normal y me sobrevino con gran nitidez un flashback, un recuerdo de hacía aproximadamente un año, cuando todo empezó a ir mal. Cuando todo empezó a ser extraño. La evocación del pasado solo duró un segundo. Tiempo más que suficiente para que el pánico me embargara por completo. La duda sobre abrir la puerta desapareció instantáneamente y terminé descolgando el resto de mi cuerpo por la escalera de emergencia.
Capítulo III
Estuve cerca de caer al vacío al salir por la ventana. El cuerpo se me fue hacía un lado, y no sin esfuerzo y casi in extremis, conseguí alargar la mano para agarrarme con firmeza a uno de los tramos de la barandilla. Por un momento quedé colgando en el vacío. Noté como se me tensaban todos los músculos del antebrazo. Miré hacia abajo y la sensación de vértigo fue tremenda, aunque finalmente conseguí equilibrarme. Tras recuperarme del susto bajé los escalones lo más rápido que pude, y ya con distancia de por medio y en pleno descenso, me pareció oír de nuevo a los policías preguntando si había alguien en casa.
Si entraban no tardarían en encontrar claras evidencias de que había huido. La ventana abierta, la cama deshecha con las sábanas revueltas y, la más incuestionable de todas, la leche en el suelo, aún caliente, derramada mientras preparaba el café. No creía que tuvieran una orden judicial para entrar en mi casa, pero en esos momentos, mientras bajaba a toda prisa, poco o nada podía dar por seguro, ni siquiera sabía por qué se había presentado la policía en mi casa preguntando por alguien que no era yo. Todo era demasiado confuso.
Salté los dos últimos peldaños y corrí hasta la esquina del callejón al que daba la parte de atrás de mi edificio. Me quedé allí parapetado, intentando aparentar normalidad de cara a la gente que paseaba por la calle principal y mirando rápidamente alrededor por si veía algún coche patrulla aparcado por la zona. Nada a la vista. Desde la esquina no quitaba ojo a la ventana de mi casa por si detectaba algún movimiento en su interior, y con la idea de marcharme de allí a la mayor brevedad. Sonó mi móvil. Sin despegar la vista del ventanal, eché mano al bolsillo y lo saqué. Era un mensaje de texto y lo primero que me sorprendió fue ver quién era el remitente. Mar, mi exnovia. Hacía tres meses que no sabía prácticamente nada de ella. Por un momento pensé que se trataba de una equivocación, algo que desde luego, hubiera sido lo más normal. Nada más lejos, el mensaje era para mí y la advertencia que contenía, clara: «Abel, veas lo que veas, no soy yo. Vete de ahí, YA».
Sorprendido, me quedé unos segundos mirando el móvil con cara de incrédulo, sin comprender absolutamente nada de lo que había leído. Resguardado y a cubierto en la esquina, al levantar de nuevo la vista hacía la ventana, vi como una mano terminaba de abrirla completamente y una cabellera surgía a través de ella. Habían entrado en mi casa. Me escondí aún más, a la vez que oía el incesante y violento palpitar de mi corazón. Identifiqué, sin atisbo de duda, el pelo y la cara que asomaba. Sus ojos. Su boca. Todos y cada uno de sus rasgos. No tenía la menor duda.
Era el rostro de Mar, mi exnovia.
Capítulo IV
Aproximadamente un año antes.
—Tenemos que hablar —dijo Mar al poco de llegar a casa—. Tranquilo, no es nada malo, más bien lo contrario.
—Gracias por avisar —dije con una media sonrisa—. Voy a por una cerveza a la nevera, ¿quieres una y así me cuentas?
—Venga, sí, me vendrá bien.
Abrí la nevera y vi que teníamos provisiones, al menos de cerveza. Cogí un par, tiré de las anillas y le puse a Mar una por delante.
—Bueno, chica, cuéntame. Soy todo oídos —dije despreocupado.
—A ver, por dónde empiezo… ¿Te acuerdas de Right-Design? Es la empresa de diseño que te comenté, a la que había mandado varios trabajos míos porque creía que encajaba bastante bien en el perfil que buscaban y había visto que tenían varios puestos vacantes. ¿Lo recuerdas?
—Ummm… sí —dije haciendo memoria—, pero de eso hace varios meses, ¿no?
—Sí. La verdad es que ya ni me acordaba, no tenía ya muchas esperanzas de que…
—¿Te han llamado? —la interrumpí sobresaltado—, ¿en serio?
—¡Sí! —exclamó emocionada— Esta misma mañana. No te he dicho nada porque quería esperar a contártelo en persona y que habláramos del tema mientras comíamos. Me han ofrecido un contrato de un año, las condiciones son bastante buenas y cobraría bastante más que en la empresa en la que estoy ahora. Aparte, el hecho de perder de vista al gilipollas de mi jefe es algo que no está pagado. Un subidón de adrenalina.
—Pues sí —afirmé—. ¿Dónde sería? ¿Aquí? ¿Te han dicho cuándo tendrías que incorporar…
—¡Para, para! Déjame que te cuente todo. Ahora vienen las partes… digamos, menos buenas. Me han comentado que tendría que incorporarme en una semana, y como muy tarde contestar el lunes. El estudio del que me han llamado está en la capital. Tendría que irme, o irnos, allí… Ese es el tema que quería hablar principalmente contigo…Sé que llevamos un tiempo regular, que las cosas no van demasiado bien entre nosotros, pero creo que esto podría suponer un nuevo impulso. El estar en una gran ciudad, con más posibilidades, y no en esta mierda… pero claro, entiendo que es una decisión que debemos tomar entre los dos.
—Bueno, espera a que asimile todo un poco —dije, intentando digerir toda la información—. Mira, seamos prácticos. Es viernes y no tienes que contestar hasta el lunes, tenemos tiempo de pensarlo todo, o mejor dicho, tengo tiempo de pensar, sé que tú ya has tomado la decisión.
En el instante en que esas últimas palabras salieron de mi boca, supe que mi comentario no podía haber sido más desacertado. Realmente ni siquiera pensaba que fuera así.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Mar con una mueca de enfado—, ¡por eso te lo estoy contando! Sabes de sobra que es una muy buena oportunidad para mí, pero no voy a tomar una decisión tan importante sin contar contigo, ¿no?
—Perdona, tienes razón. Mar, son muchas cosas las que hay que pensar y, sinceramente, más que sobre el traslado, la mudanza o el cambio de ciudad, debemos reflexionar sobre nosotros. Sabes que te quiero, pero llevamos una mala racha. No es culpa de ninguno y a la vez de los dos… Pero quiero ser optimista y pensar que estás en lo cierto y que puede ser un punto de inflexión para empezar de nuevo en otra ciudad. Aquí tampoco es que me sobre el trabajo, e intentar abrirme paso en la capital tampoco es mala idea…
—¡Claro! —dijo entusiasmada—. Me gusta que veas las cosas de esa manera. Por otra parte, entiendo perfectamente que digas que debemos pensar y hablar sobre la relación. Lo único que puedo decirte, y creo que lo sabes bien, es que yo también te quiero y que me encantaría que pudiéramos seguir juntos.
—Pues mira, eso al menos parece que lo tenemos claro los dos, ¿no? —dije mirándola tiernamente.
—Sabes que es una de las pocas cosas en las que siempre hemos estado de acuerdo —contestó sonriendo de la manera más dulce que alguien pueda imaginar.
Esa conversación marcó mucho más que la decisión de trasladarnos a una gran ciudad, más que un nuevo punto de partida en nuestras vidas y mucho más que buscar abrirnos a nuevas opciones laborales. Marcó un antes y un después. Marcó un cambio en Mar, en nosotros, tan extremo que cuando fui capaz de darme cuenta y aceptarlo, era demasiado tarde para conseguir detener los inexplicables sucesos que estaban por llegar.
Capítulo V
En shock, tardé unas milésimas de segundo en reaccionar y apostarme tras la esquina, en un ángulo muerto fuera de su visión. Permanecí inmóvil y contuve el aliento, no me atrevía a respirar. Varias preguntas me sobrevinieron a la vez. ¿Realmente era Mar la que me había escrito el sms? Si era ella la que lo había enviado, ¿quién era la persona que estaba en la ventana? ¿Qué querían de mí y por qué había tenido esa sensación tan vívida de tener que huir? No entendía qué pasaba, pero un intenso dolor de cabeza empezaba a atacarme y supe que tenía que reaccionar pronto, muy pronto.
Introduje mi mano en el bolsillo del pantalón y recé para que en mi cartera hubiera algo de dinero para coger un taxi y salir de allí lo antes posible. Tuve suerte. Y aún más cuando al cruzar la calle, siempre evitando ser visto desde la ventana de casa, había un par de taxis en la parada allí ubicada. Corrí hacia uno de ellos.
—¿Está libre? —pregunté al conductor que leía distraído el periódico a la espera de clientela.
—Sí, sí, adelante —contestó.
Cuando entré en el vehículo no tenía nada claro mi destino, todo había pasado tan rápido que no me había dado tiempo a pensar, mucho menos a plantearme un refugio. Algo aturullado, solo atiné a decirle al conductor, con la única intención de ganar tiempo:
—Perdone, vaya arrancando, tengo que mirar la dirección exacta en el móvil.
—Sin problema —contestó a la vez que dejaba el periódico en el asiento del copiloto y metía la llave en el contacto.
El taxi arrancó y simulé que buscaba una ubicación en el teléfono mientras pensaba en la única opción real que tenía para empezar a aclarar qué estaba pasando: ir a la última dirección que conocía, y por suerte recordaba, de Mar. La llamaría desde algún lugar cercano y le preguntaría si podíamos vernos. No se me ocurría otra cosa. No sabía si seguiría viviendo allí o solo había sido algo temporal hasta que encontrara algo mejor para instalarse. No tenía noticias de ella desde que habíamos roto hacía tres meses, y únicamente tenía conocimiento de esa dirección porque yo mismo le eché una mano con la mudanza.
—A la calle Loureiro Real, por favor —dije decidido al taxista.
—Vamos para allá.
Mientras viajaba en el taxi intenté ordenar mis pensamientos, hacer memoria de mi propia vida, pero, con asombro y estupefacción, me di cuenta de que tenía una especie de bloqueo, una barrera, algo que no me permitía recordar prácticamente nada. No obstante, y para mi extrañeza, había recordado con claridad la dirección de Mar. Un profundo desasosiego me embargó, no sabía qué estaba sucediendo, qué pasaba con mis recuerdos y por qué parecía tener una especie de memoria selectiva. Nunca había considerado que tuviera una gran memoria, pero era consciente de que algo ocurría, algo no iba bien. Normalmente, y si me ponía a ello, lograba sin problemas recordar lo hecho en las últimas semanas o meses, pero en esta ocasión, por mucho que buceaba en mis pensamientos, no lo conseguía.
Capítulo VI
El taxi rodaba por las calles de la ciudad mientras yo seguía inmerso en mí mismo, perdido por completo y sin ningún recuerdo al que agarrarme.
—Hemos llegado —informó el taxista sacándome de golpe de mi introspección.
Aún dentro del coche, miré rápidamente por la ventanilla y reconocí la calle. Después de que me informara de cuánto le debía por la carrera, pagué y bajé del coche. Comenzaba a chispear y allí me encontraba, en medio de esa calle, en el mismo lugar donde había visto a Mar por última vez pocos meses atrás. Una sensación de tristeza y nostalgia se apoderó de mí y de repente algo atravesó mi mente con la fuerza de un rayo.
Con la misma sensación de cuando recuerdas algo de golpe, sin esperarlo, dentro de mi cabeza divisé mi estudio. Era una especie de visión. Por lo que lograba observar supe que era lo que había sucedido unos instantes después de que yo lo abandonara, no hacía ni media hora. Todavía más, aún me veía a mí mismo huir por las escaleras de emergencia, mientras mi mente comenzaba lentamente a enfocar lo que ocurría en el interior del piso. Lo que vi, no lo olvidaré jamás.
Contemplé como la puerta de mi casa reventaba con violencia, astillándose, después de un fuerte puntapié propinado por uno de los dos policías. Observé atónito cómo, con pasos cortos pero firmes, entraban en mi piso. Algo llamó mi atención por lo extraño. Los divisaba enfocados desde abajo, con temblorosos movimientos, como si un operario de cámara con poca experiencia y pericia estuviera al mando. La nula estabilidad que poseía hacía que no alcanzara a ver sus rostros. Por el contrario, conseguía oír todo con una nitidez asombrosa. Cada paso, cada movimiento que hacían.
—No está aquí, pero mira la ventana —dijo uno de ellos con una voz impersonal, como si de un autómata se tratase.
—Sí, la he visto. Acaba de huir, mira esto también —informó el otro mientras se agachaba a tocar y probar de sus dedos la leche vertida en el suelo—. Está caliente, ha tenido que escapar ahora mismo por la ventana.
Sus voces sonaban dentro de mi cabeza de una manera increíblemente parecida, de no estar divisando la escena, podría afirmar sin temor a equivocarme que se trataba de la misma persona. Después de revolver un poco la habitación, y sin saber si andarían buscando algo en concreto, caminaron hacia a la ventana. Mi mente enfocaba la secuencia justo desde allí, a cada paso se acercaban más. Por fin alcancé a verles el rostro. O mejor dicho, donde se supone debían tenerlo. Lo que vi me heló la sangre.
No tenían, así de simple. En su lugar había una mancha imperfecta marrón, marcada por salientes, entradas y protuberancias, como si alguien hubiese jugado con barro, moldeándolo y extendiéndolo de un lado a otro sin intención ni destreza alguna. En ellos no había ojos ni boca ni nariz. Estaban desprovistos de cualquier rasgo humano, la visión era espeluznante. Uno de ellos se aproximaba cada vez más a la ventana. Justo un segundo antes de sacar su cabeza por el ventanal, la grotesca mancha marrón se transformó. En un abrir y cerrar de ojos, tenía pelo largo, un rostro, y esos rasgos femeninos tan familiares para mí. Confirmé lo que anteriormente había visto desde la esquina. Era Mar. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Quiénes o qué eran esas personas que estaban en mi casa? ¿Cómo podían utilizar de esa manera el rostro de Mar y, sobre todo, con qué intención?
Mientras me hacía estas preguntas, en un fogonazo, volví a mí mismo, al presente. Permanecía de pie en la calle de Mar mientras la hasta ahora fina y leve lluvia comenzaba a arreciar. No sabía cuánto había durado mi visión. Había perdido la noción del tiempo. No podría decir si habían pasado minutos o tan solo unos pocos segundos. Debía llamar a Mar, ella parecía saber mucho más sobre lo que pasaba y parecía evidente que estábamos juntos en esto y los dos corríamos peligro. Un peligro que hasta ahora no tenía explicación.
Capítulo VII
Con movimientos nerviosos debido al estado de agitación en el que me encontraba, busqué y saqué el móvil. El agua que caía era ya todo un aguacero. Me refugié bajo un pequeño toldo que sobresalía de un comercio de comestibles. Desde allí pulsé el botón de llamada, ya que tenía registrada a Mar como último movimiento tras recibir su sms. Comenzó a sonar, a dar tono, era buena señal. Con ansiedad, esperaba la respuesta. Sonaron incesante y repetidamente los tonos hasta que, finalmente y como la peor de las noticias, saltó el contestador.
No me dio buena espina que Mar no contestara a la llamada. En mitad de la calle, mientras la gente caminaba a toda prisa debajo de sus paraguas, cientos de especulaciones, muchas de ellas sin sentido, me asaltaron: ¿estaría ella a salvo?, ¿no habría respondido a la llamada intencionadamente o no habría reparado en ella?, y la mayor de mis dudas, ¿cómo pudo saber el momento exacto para mandar el mensaje que me alertó y que contenía tan precisa información? Ella debía estar al tanto de que esas personas o lo que fueran me buscaban. El cómo o por qué lo sabía era algo que escapaba a mi entendimiento, como todo lo ocurrido hasta ahora.
Probé suerte y la llamé de nuevo, pero obtuve idéntico resultado. Decidí salir de donde me cobijaba y empecé a andar con la esperanza de reconocer el edificio que daba por su última morada. A pesar de que tenía una imagen muy difusa, no sería demasiado difícil; recordaba vagamente que era un edificio alto que no concordaba para nada con el resto de casas y comercios colindantes. Si conseguía dar con él y tenía un poco de suerte, algo que dudaba tal y como transcurría el día, podría preguntar por Mar al encargado o portero de la finca. Apresuré el paso para no empaparme más de lo que ya lo estaba. En la lejanía oteé el que esperaba todavía fuera el inmueble de Mar.
Al llegar comprobé que la puerta estaba abierta y la entrada del edificio, anegada de agua. Cuando me dirigía a los buzones para revisar los nombres y los pisos de los inquilinos —ya que me era imposible recordar con exactitud el piso de Mar— de una puerta lateral vi que asomaba un cubo de limpieza con una fregona. Agarrada a esta el que supuse era el portero del edificio. Parecía que las cosas podían empezar a ir mejor. Qué equivocado estaba.
El trabajador era un hombre de unos sesenta años con bigote y pelo canoso, rostro fatigado y, por sus ademanes mientras salía del cuarto con los enseres de limpieza, no parecía de muy buen humor. El agobio que mostraba al mundo, y que parecía ser su carta de presentación, era casi contagioso.
—Hola, joven —me dijo mientras empapaba la fregona—. Si es tan amable, espere un momento a que se seque todo esto, ha venido la lluvia de repente y mire cómo ha puesto el portal. ¡Maldita sea!
Dado el agrio carácter que parecía poseer, en un primer momento el trato con él no se me antojaba fácil.
—No se preocupe, siga con lo suyo —repliqué cordialmente—, no le robaré mucho tiempo. Solo vengo a preguntarle por la dirección de una amiga que hace tiempo que no veo y no recuerdo el piso exacto.
—Bueno, si es solo eso dígame su nombre, hace años que trabajo aquí y por suerte o por desgracia, conozco a los inquilinos y sus direcciones de memoria —dijo mientras hacía el amago de esbozar una tímida sonrisa.
—Mar Collard Ortiz —dije—, ¿la conoce? ¿Sigue viviendo aquí? ¿Sabe qué piso…
—Lo siento mucho caballero —me interrumpió con brusquedad—, pero debo darle una mala noticia.
—¿El qué? ¿Qué ocurre? —pregunté extrañado y preocupado—. Dígame, por favor.
Las palabras que salieron de su boca, para mi desgracia, eran de esas para las que uno nunca está preparado. Con tristeza en su rostro, con una voz apagada y tan baja que tuve que esforzarme por escucharlo, dijo finalmente:
—Mucho me temo que su amiga Mar falleció hace una semana en un accidente de tráfico.
Capítulo VIII
Ante el impacto de tan brutal noticia me sentí desfallecer. Fue como si me arrancaran el corazón de cuajo. Nunca hasta ese instante había pensado hasta dónde podía llegar el dolor. Comprobé que muy profundo. Noté como me temblaban y flaqueaban las piernas. No podía ser. O no quería que fuera. No podía aceptarlo. Fueron poquísimos segundos los que transcurrieron hasta que pensé que Mar me había escrito, si es que había sido ella realmente, el mensaje. Eso hizo que mis dudas crecieran aún más.
Estupefacto, y con una extraña sensación mezcla de abatimiento, dolor y desconfianza ante todo lo que me rodeaba, pensé fríamente que lo mejor sería marcharme e intentar corroborar la noticia por otras vías.
—Perdone, me ha destrozado la noticia. Muchas gracias por todo, pero tengo que irme —le dije al portero, y mientras lo hacía tuve la seguridad de que había algo que no cuadraba.
—Lo entiendo, joven. Siento mucho haber tenido que ser yo, y de esta manera, el que le dé la noticia. Por cierto, y no quiero parecer insensible, pero he recordado que la chica tenía algunos objetos en el trastero del sótano. Nadie ha venido a recogerlos, así que si no le importa, ¿podría llevárselos? No son demasiadas cosas, pero ocupan un espacio que me vendría fenomenal para para organizarme mejor…
—Emmmm…—dudé—. De acuerdo. Si no tarda mucho lo espero aquí fuera, ¿vale? —dije aparentando serenidad.
—Muchas gracias, pero tal como está el día, mejor espere aquí en la entrada y no tendrá que mojarse, joven. ¡No hay necesidad!
—Vale, aquí lo espero. Pero por favor, no tarde demasiado.
—Así haré.
No tenía intención de esperarlo. Ni la más mínima. No sabía si Mar estaba viva o si realmente había muerto, pero en esos momentos no podía fiarme de nadie. La rápida asociación que había tenido el portero de la muerte de Mar con los objetos que tenía en el trastero me resultó sospechosa. Incluso juraría que después de darme la funesta noticia, su rostro y expresión habían cambiado. Quizás solo me estaba volviendo loco o paranoico o, con suerte, las dos cosas a la vez.
Esperé hasta que vi como el hombre abría una puerta y empezaba a bajar unas escaleras. En ese momento vibró mi móvil en el bolsillo del pantalón. Me hizo dar un respingo, tenía los nervios a flor de piel, estaba hecho un flan. Mirando de reojo a la puerta y mientras oía los pasos descendientes del portero, saqué el móvil. Otro mensaje de texto. Una vez más era Mar o alguien que se decía ella. El contenido del mismo dejaba poco espacio a la duda. Decía: «No te creas NADA de lo que te ha dicho. TODO es mentira. CORRE, estás en verdadero peligro».
Sin tiempo para asimilar el mensaje, mi cerebro volvió a conectarse. Una nueva visión. Mi cuerpo se paralizó mientras en mi mente veía como el portero, ya en el trastero del sótano, rebuscaba con rapidez entre un revoltijo de enseres. Esta vez mi visión era más controlada, conseguía enfocar lo que deseaba, tanto en distancia como en nitidez. Como si de un zoom se tratase, en unos segundos conseguí dominarla. Era como ser director de una película que ocurría en tiempo real. El portero, tras mirar a varios lados y en diferentes estanterías, pareció encontrar lo que buscaba. Sin titubear, metió la mano en una polvorienta caja de madera que parecía roída. Enfoqué con rapidez su mano. Acerqué mi visión hasta verla en primer plano. La fue sacando lentamente de la oquedad de la caja, pero aún no alcanzaba a ver qué había cogido. Poco a poco vi lo que portaba. Era una pistola. La apretaba entre sus dedos con fuerza. Desde el primer momento no tuve la más mínima duda de que estaba cargada. Y que todas sus balas llevaban escrito mi nombre.
Capítulo IX
—¿Esto es lo único que queda por bajar, no, Abel? —preguntó Mar señalando las últimas cajas que permanecían apiladas en una esquina de la casa.
—Me parece que sí, que es lo último ya —confirmé mientras me agachaba para recogerlas.
—Bueno, pues entonces… habrá que irse —dijo mientras manoseaba con cierto nerviosismo el juego de llaves—. Da pena, ¿verdad?
—Para qué engañarte, claro que la da, pero, ¡alegra esa cara, mujer! Esto va a ser el principio de algo genial, ya verás.
—Ojalá a veces fuera tan optimista como tú. Estoy muerta de miedo.
—Es normal, es un gran cambio y siempre asusta un poco, pero ¿sabes qué ganaremos si no arriesgamos? Nada.
—¡Qué te gusta esa película! —exclamó alegremente mientras sonreía.
—Sabes que Wallace es una de mis perdiciones.
—Déjate de perdiciones y sal ya. Yo me encargo de cerrar la puerta y llamar al ascensor —dijo mientras me señalaba la salida de casa.
Esos fueron nuestros últimos momentos en el primer piso que compartimos como pareja y que dejamos para trasladarnos finalmente a la capital. Nos habíamos ido a vivir juntos después de dos años y medio de relación, a pesar de tener la idea desde mucho antes, pero la situación económica no nos había dado ni para intentarlo. Fue triste dejar aquel piso, para los dos tenía un gran valor sentimental. Muchas vivencias, muchos recuerdos quedaban atrás.
En su momento no fue fácil independizarnos y comenzar a vivir nuestras vidas. Principalmente por el tema económico, pero también, y casi en la misma medida, por los padres de Mar. Eran muy estrictos y no veían con buenos ojos que su hija pequeña, que ya contaba con veintiocho primaveras, se fuera a vivir con un pintor con el que pensaban que la palabra opulencia siempre sería eso, una simple palabra.
Poseían un estatus social alto, vivían de manera acomodada, se codeaban con las familias importantes de la ciudad, y eso les encantaba. Eran una familia pequeña, su padre, su madre y su hermana mayor, Clara. Mar estaba muy unida a ellos, en particular a su padre.
Mi relación con ellos, conociendo por Mar la opinión que tenían de mí, no pasaba de cordial. Me resultaba difícil acceder a ellos. Ella siempre me decía que era muy exagerado, que a pesar de que era consciente de que no lo demostraban muy a menudo, me tenían mucho aprecio. Las primeras veces coincidir con ellos se me hacía un mundo. Constantemente tenía la sensación de tener que agradarles en cada momento y con cada comentario, algo que tampoco difiere, supongo, del resto de novios del mundo que se ven en esa situación. Con el tiempo, simplemente dejó de importarme. Mar me demostraba constantemente que estaba conmigo por quien era y no por lo que tenía, así que fue algo que siempre estuvo en un segundo plano.
Mar, para mi fortuna, no era exactamente como sus padres. Era una chica con los pies en la tierra, humilde, trabajadora, risueña la mayor parte del tiempo, dulce, muy tozuda y luchadora. Fue un auténtico golpe de suerte conocerla. Ese día por la mañana tenía un viaje programado para ver a un viejo amigo, pero mi coche no estuvo por la labor de arrancar. Fue algo llamativo porque no me había dado problemas en dos años. Sin una pronta solución ni apaño al que recurrir, acabó en el taller. Así que no me quedó otro remedio que cambiar de planes a contrarreloj. Tras cotejar varias posibilidades para hacer el trayecto la única opción real, si no quería desperdiciar mucho tiempo, era el viaje en autobús. Y así fue como el azar o el destino, con una variación minúscula en un momento que consideras insignificante, cambió el resto de mi existencia. Mar iba a ser mi compañera de asiento en el autobús.
Éramos de la misma ciudad pero no nos habíamos visto nunca. Tras el típico saludo incómodo, pasaron unos minutos hasta que empezamos a hablar por una tontería que le dije sobre los cascos que regalaban en el autobús. Reconozco que fue la peor excusa para comenzar una conversación, pero ayudó a que ya no paráramos durante las dos horas que duró el viaje. Hablamos de arte, cine, música, trabajo, de los motivos de nuestros viajes, que casualmente compartíamos ya que ella también visitaba a una amiga. En resumen, de todo un poco. Hubo una conexión especial, al menos yo lo creí así. Teníamos muchas cosas en común y realmente habíamos congeniado. Mentiría si dijera que no me ilusioné desde el primer momento. Cuando el autobús llegó a nuestro destino, y antes de despedirnos, intercambiamos nuestros teléfonos y quedamos en llamarnos en cuanto volviéramos a la ciudad. Yo desde luego pensaba hacerlo.
Pero nuestro sino parecía empeñado en no hacernos esperar tanto. Esa misma noche, cuando tomaba algo con mi amigo, la vi entrar acompañada de otra chica por la puerta del pub donde nos encontrábamos. No podía creerlo. La sorpresa para ambos fue mayúscula. Nos saludamos con entusiasmo, pero nerviosos ante la coincidencia. Tras nuestra invitación, tomaron asiento junto a nosotros. Aún no lo sabía, pero para mí vergüenza y desgracia, el pub disponía de karaoke. Después de varias cervezas, muchas risas y una persistente insistencia por parte de Mar, acabamos cantando a dúo. La canción que elegimos fue Tender, del grupo británico Blur. Sin saberlo, sus primeras estrofas terminarían siendo toda una declaración de intenciones.
Tender is the night
Lying by your side
Tender is the touch
Of someone that you love too much.
Horas más tarde, refugiados en la noche, nos besamos por primera vez. Y así, empezó nuestra historia.
Capítulo X
Bajamos en el ascensor hasta la planta baja. Habíamos alquilado una furgoneta para hacer la mudanza, la teníamos aparcada en la misma puerta. En el coche que teníamos, aparte de llevar muchos kilómetros a sus espaldas, era imposible que cupiesen todos nuestros bártulos; incluso la furgoneta, siendo amplia y espaciosa, estaba atestada. Se abrieron las puertas y al salir a la entrada del edificio, para nuestra sorpresa, vimos a un tipo desconocido metiendo cartas en los buzones. Habíamos vivido un año allí y de sobra conocíamos al chico de mantenimiento que hacía también las labores de portero. No era él. Al escuchar el sonido del ascensor, se giró hacia nosotros mientras introducía la última carta en su correspondiente cajetín.
—Hola, buenos días, soy el nuevo portero —dijo a modo de presentación—. Es mi primer día aquí, ¿me permiten echarles una mano con esas cajas? —preguntó mientras las señalaba.
—No, no te preocupes, puedo con todo —respondí un poco seco, pero intenté remediarlo rápidamente agradeciéndole el gesto—. Gracias.
—Perdonen, creo que no han avisado de mi llegada a todos los propietarios. Al chico que hasta ahora estaba de mantenimiento lo han operado y yo estaré cubriendo su puesto el tiempo que él esté de baja. Aunque por lo que veo se marchan, ¿no es así? —preguntó sin intención, al menos así me pareció.
—Pues sí —respondió Mar—. Hoy mismo nos mudamos. Así que vamos a coincidir poco por el edificio —dijo mientras me miraba y sonreía con su mirada de incomodidad. La conocía muy bien, era un libro abierto.
—Eso parece, pero quién sabe, estoy seguro de que coincidiremos antes de lo que creen, aquí… o en cualquier otro lugar —dijo enigmáticamente mientras nos miraba fijamente y sin parpadear.
—Eh… —la contestación me dejó sin palabras—, seguro que sí, pero ahora tenemos muchísima prisa —dije en un intento por cortar la conversación lo antes posible.
—Les abro la puerta. —Y mientras lo hacía dijo—: Que tengan muy buen viaje allá donde vayan.
—Muchas gracias —contestamos al unísono mientras salíamos.
El nuevo portero, que ni siquiera llegó a mencionar su nombre, era una de esas personas que aunque solo hayas visto una vez son difíciles de olvidar. No sé si carismático era la palabra adecuada, pero su actitud y rareza en la forma de expresarse y mirar había quedado más que contrastada. Era muy delgado, escuálido. Su pelo, castaño claro, le llegaba en una media melena a la altura de los hombros, lo llevaba grasiento y pegado a su frente, lo que no le otorgaba precisamente un aspecto aseado. Tenía una barba poblada y ojos grandes, con marcadas ojeras negras debajo de ellos. Si su apariencia era peculiar, su manera de actuar lo era más. Había algo en él que inspiraba inmediatamente desconfianza, una mala vibración, algo intangible que estaba ahí y que no podía ser negado.
Ya en la calle, Mar y yo nos lanzamos una mirada cómplice y ella me susurro con incredulidad:
—Vaya tipo peculiar, ¿eh?
Por el modo en que la miré no hizo falta que se lo confirmara, aun así no me resistí a preguntarle.
—¿Te ha parecido rara la contestación que nos ha dado o ha sido cosa mía?
—¿La de que seguro coincidiríamos antes de lo que pensamos o algo así? —preguntó mientras esbozaba una media sonrisa.
—¡Esa misma! No he entendido nada de lo que quería decir, pero menos mal que nos vamos de aquí y de la ciudad, aunque no sé si deberíamos avisar a los vecinos de que ahora tienen un loco a domicilio, como en la película —dije, y ambos explotamos en una sonora carcajada.
No podíamos imaginar que tardaríamos mucho tiempo en volver a reír de esa manera.
Mar abrió la puerta trasera e hizo sitio en la repleta furgoneta. Al verla así, rebosante, pensé que toda nuestra vida estaba ahí, en unas pocas cajas. Exceptuando algunas cosillas que habíamos utilizado hasta última hora, todo lo demás estaba cargado desde la noche anterior, con la intención de empezar el viaje a primera hora de la mañana. Nos quedaban cientos de kilómetros por delante que afrontábamos con inmejorable ánimo y con la ilusión del nuevo y desconocido futuro que nos aguardaba en la capital. Nos montamos en la furgoneta, encendí el motor, y mientras la besaba le dije:
—¿Preparada, verdad? Allá vamos.
En ese momento, sonó su teléfono. Lo sacó del bolso, miró la pantalla y me dijo:
—Espera un segundo, es mi madre.
Me fue imposible no pensar lo oportuna que podía llegar ser a veces Mercedes. Descolgó.
—Dime, mamá. No, estábamos a punto de salir ahora.
Se hizo un silencio y la expresión de Mar cambió radicalmente. Se ensombreció. Algo pasaba.
—¿Cómo? —preguntó consternada—. No, no puede ser. —su tono fue perdiendo intensidad a cada palabra que pronunciaba hasta quedar en un hilo suave y fino de voz—. Vamos para allá ahora mismo.
Colgó. Se giró hacia a mí desde su asiento, me miró con lágrimas en los ojos y una expresión de tristeza indescriptible. Se lanzó hacia mis brazos y rompió a llorar.
—¿Qué ha pasado? —pregunté desconcertado y desbordado por la repentina situación.
—Mi padre… —dijo apoyada en mi hombro y con la cara húmeda por el correr de sus lágrimas—. No saben qué ha pasado, pero se ha desvanecido esta mañana en casa y ha entrado en coma. Está muy grave en el hospital. Arranca, por favor.
Se me encogió el corazón al ver como se derrumbaba. La consolé y abracé con todas mis fuerzas. Mientras acariciaba su pelo y su espalda, levanté mi cabeza lentamente y, con una mezcla de incredulidad y terror, vi como el nuevo portero nos observaba inmóvil y sonriente a través del cristal de la puerta del edificio.
Capítulo XI
En el momento en que vi la pistola mi cerebro se desconectó de la visión y volví en mí mismo. Ya había visto suficiente para saber que tenía que largarme de allí a toda prisa. Quizás hasta ese momento no tomé verdadera conciencia de la gravedad de la situación. Aunque no entendía el porqué, tenía más que suficiente con saber que ese desequilibrado quería matarme. Rápidamente fui hacia la puerta del edificio, la abrí y sin mirar atrás comencé a correr sin rumbo calle arriba, esquivando a los peatones. Solo quería correr y alejarme de allí.
Mientras lo hacía, recapitulé mentalmente todo lo acontecido hasta ese momento y cuanto más lo pensaba más irreal me parecía. Corría, huía y lo único que quería era despertar de esta pesadilla. Intenté, sin éxito, recordar algo a lo que pudiera aferrarme para comenzar a construir el puzle en que se estaba convirtiendo mi realidad, pero no tenía las suficientes piezas y las pocas que tenía no encajaban. La gente me miraba extrañada, con esa mirada acusadora con la que mirarían a un ladrón huyendo de su perseguidor. No podría decir cuánto corrí o cuánto me alejé, las calles pasaban una tras otra, giraba una calle a la derecha, otra a la izquierda, sin orden ni concierto, lo único que pretendía era apartarme lo máximo de aquel lugar. Mi sudor comenzaba a mezclarse con la lluvia que aún caía cuando decidí detenerme. Había tenido una idea. Quizás no sirviera de mucho, pero era algo por lo que empezar.
Caminé con rapidez mientras, continuamente y como si de un incontrolable tic se tratase, miraba hacia atrás con el temor del que se sabe amenazado. Busqué un bar por los alrededores y por suerte no me fue difícil dar con uno. Justo en la esquina de la calle donde me había detenido se alzaba el típico bar de barrio que se puede encontrar en cualquier ciudad. Entré y comprobé que no había demasiada gente, así que, sin esperar un segundo, hablé directamente con el primer camarero que reparó en mi presencia.
—Buenos días, póngame un refresco de naranja, el que tenga, da igual —dije sin rodeos mientras recuperaba el aliento—. Y, por favor, si pudiera ser, ¿podría dejarme los periódicos locales que tenga por aquí? Todos los que tenga, si tiene atrasados, desde hace una semana más o menos en adelante, sería perfecto.
—Con el refresco puede contar seguro —contestó amablemente—. Lo de los periódicos ahora mismo le digo, normalmente se tiran, pero puede que por aquí dentro haya alguno. Ahora vuelvo —dijo mientras se adentraba por la puerta que suponía daba a cocina.
—De acuerdo, muchas gracias.
Esperé impaciente en la barra mientras miraba a través de los cristales del bar hacia la calle, sondeando a la gente que caminaba completamente ajena a mí y proseguían con su rutinaria vida. Lo hacía por seguridad, por cerciorarme de que el portero del edificio de Mar no me había seguido. Estaba en un estado de alerta total. Mis dedos repiqueteaban incesantemente el mostrador metálico y mi corazón palpitaba muchas pulsaciones por encima de lo que lo haría en estado normal. No sabía cuánto tiempo podría aguantar la presión que notaba en el pecho. Hombres y mujeres pasaban por delante del bar. No había rastro del portero. Parecía que no había peligro, al menos de momento.
—Tome, aquí tiene su refresco —anunció el camarero, y me hizo volver de mis preocupaciones—. Ha tenido suerte, he buscado y hay bastantes diarios atrasados, aquí los tiene —dijo mientras dejaba apilados en la barra un buen número de ellos.
—Muchísimas gracias.
Di un largo trago al refresco y empecé a mirar las fechas de los diarios. Los clasifiqué por orden de antigüedad. Tenía de los últimos ocho días, incluido el de hoy. Debería encontrar lo que buscaba, aunque fuera lo que menos deseaba. Fui directamente a las últimas páginas y comencé a mirar las necrológicas, desde el periódico más antiguo hasta el de ese mismo día. Buscaba en ellos la esquela con el nombre de Mar, para que, de ser cierto, me confirmara la peor de las noticias. Pasaba las páginas nervioso, con rapidez, como quién busca el posible número premiado en una lotería. Nombres y más nombres de personas desconocidas para mí y que ya no estaban en este mundo pasaban ante mis ojos al correr de las hojas. Un periódico le sucedía al anterior. Pedro, Cristina, Raquel, Guillermo… no había rastro de la muerte de Mar. Acabé con el último y nada de nada, ni una reseña, ni siquiera la noticia del supuesto accidente. Desesperado, los retiré de mi lado empujándolos con la palma de mi mano.
Estaba perdido. Solo manejaba teorías, a cual más descabellada. Quizás el hombre de mantenimiento había mentido sobre la muerte de Mar solo para tener la excusa perfecta para bajar al sótano a por la pistola. Pero… ¿quién era y por qué quería matarme? ¿Cuántas personas o seres estaban metidos en todo esto? ¿Qué querían de mí? ¿Por qué recordaba solo cosas puntuales? ¿Por qué Mar me avisaba constantemente del peligro? ¿Estaba realmente viva o había muerto?
Demasiadas preguntas se agolpaban en mi mente, aunque esta última no tardaría en tener respuesta.
Capítulo XII
En un estado de absoluto abatimiento, pagué mi refresco y pregunté al camarero por el servicio. Quería refrescarme la cara y ver si con suerte también lo hacían mis ideas, si bien sabía que siquiera pensarlo era ser demasiado optimista. Entré por la puerta que me señaló el trabajador y cerré el pestillo. Enfrente de mí, había un lavabo con un espejo sobre él y un pequeño urinario en uno de los laterales. Abrí el grifo y después de echarme agua en la cara me miré con detenimiento en el espejo. Me noté envejecido y cansado. Tenía treinta y cuatro años, pero la tensión, angustia e incertidumbre que estaba padeciendo se reflejaban en todas y cada una de mis facciones. Las pequeñas arrugas que tenía en la frente estaban más marcadas, la piel más seca. Las gotas de agua resbalaban lentamente por un rostro que por momentos me costó reconocer y que sequé con mi propia camiseta.
Salí del servicio. Mientras caminaba con fingida decisión hacía el exterior, escuché que el camarero hablaba por teléfono. Cuando me encontraba a poco menos de un metro de la puerta, este dijo en tono alto:
—Perdone, caballero —me giré hacia él—, el teléfono… es para usted.
Me ofrecía el auricular con su mano derecha. Lo miré perplejo. Indeciso me acerqué, mientras pensaba si sería buena idea contestar a la llamada. ¿Quién podría ser? ¿Qué querría? Tal vez solo intentaban localizarme, si bien es cierto que lo que más me acongojaba era que fuera quién fuera, ¿cómo sabía que yo estaba allí? Mi decisión de entrar en ese bar había sido totalmente aleatoria y casual. De hecho, que yo recordara, jamás había estado allí. Algo atemorizado, agarré el auricular y esperé unos segundos mientras el camarero se alejaba a otros menesteres. Con el teléfono en mi poder, titubeé un instante, pero era consciente de que no tenía alternativa. Pasara lo que pasara, para bien o para mal, quizás todo empezara a aclararse. Finalmente contesté:
—¿Sí?, ¿quién es?
—Abel —respondió una voz femenina al otro lado de la línea—, por favor, no tenemos tiempo, no preguntes nada y haz lo que te digo si quieres que por ahora estemos a salvo.
—¿Mar? —pregunté estupefacto—. ¿Eres tú?
—No hay tiempo para explicaciones, apaga tu móvil en cuanto acabe esta conversación, entiendo cómo te puedes sentir ahora mismo, pero te ayudaré en todo lo que pueda, solo quiero que tengamos alguna oportunidad de salvarnos.
—¿Salvarnos? ¿Qué está pasando, Mar? ¿Por qué corremos peli..?
—¡Calla y escúchame, por favor! —vociferó levantando la voz—. Ve al Novo Hotel. He reservado la habitación ciento cuarenta y siete, está a mi nombre y he dicho que vas a ir. No tendrás problema para entrar, aunque yo no estaré allí. Confía en mí, en la mesita al lado de la cama tienes una carta y una maleta con toda la ropa y cosas necesarias que me ha dado tiempo a recoger de tu casa.
—¿Has estado allí? ¿En mi casa? ¿Quiénes eran los tipos que entraron? ¿Cómo sabías que estaba aquí y cómo conoces todo lo que estoy viendo?
—Lo siento, Abel, no puedo contarte más —se apresuró a decir—. Tengo que irme, tendrás noticias mías… Haz todo como te he dicho, por favor.
Colgó. Escuché con desesperación como la línea empezaba a comunicar. Con cara de imbécil, como se suele decir en estos casos, colgué lentamente el auricular y saqué mi móvil del bolsillo. Tenía poca batería, pero no dudé en apagarlo tal y como me había indicado Mar. Antes de marchar con el firme propósito de seguir sus instrucciones aún me quedaba una cosa por hacer allí dentro. Me acerqué por última vez al camarero que me avisó de la llamada y le dije en voz baja:
—Perdone, una pregunta, ¿cómo sabía usted que la llamada de teléfono era para mí? No nos conocemos…
—Solo seguí las indicaciones de la chica —contestó—, fue muy concisa.
—¿Concisa? ¿Qué dijo? —inquirí apresurado.
Su respuesta, aunque pensaba que ya difícilmente algo podría sorprenderme, lo consiguió.
—Dijo que quería hablar con el chico que acababa de entrar en el servicio y que había estado mirando los periódicos.
No le contesté. Instintivamente me giré y corrí fuera del local. Miré con desesperación a ambos lados de la calle, izquierda y derecha, esquivando con la mirada a los transeúntes, buscándola. Mar debía estar por allí forzosamente, tenía que haberme visto entrar allí de algún modo y por eso llamó. Esa hubiera sido la explicación más lógica y la única posibilidad real si todo hubiera sido normal. Pero mi vida, desde esa mañana, no lo era. Por supuesto, Mar no estaba en la calle.
Capítulo XIII
Encendí y aceleré el motor con rapidez mientras le preguntaba a Mar en qué hospital estaba su padre. Por suerte, lo habían ingresado en el más moderno de la ciudad. Según había leído en varios medios, el antiguo estaba en reformas, sin camas disponibles y con serios problemas de déficit de espacio y personal. Cuando el tráfico lo permitía, agarraba la mano de Mar y la miraba de soslayo, estaba destrozada. Intentaba tranquilizarla y trasladarle mi apoyo, pero todo era en vano, era un mar de lágrimas. Se mostraba inconsolable. Tardaríamos alrededor de unos quince minutos en llegar si no había demasiada confluencia de vehículos por las vías principales, que era lo normal en nuestra ciudad.
No sabía muy bien cómo actuar. No me atrevía a decirle que todo iría bien, que quizás todo quedara en un susto y que no sería nada grave, porque tenía la corazonada de que no sería así. Ella y yo sabíamos que se trataba de algo importante, desconocía las palabras exactas con que su madre le había comunicado la noticia, pero Mar era una chica fuerte y poco alarmista, y verla hundida de esa manera me hacía intuir la gravedad del asunto.
—Tranquila, Mar, por favor, ya queda poco para llegar y saber qué ha pasado —le dije suavemente.
—Estoy muy preocupada, Abel, he escuchado a mi madre muy mal, como si todo estuviese perdido —dijo entre sollozos.
Agarré una vez más su mano mientras encaraba la última curva antes de tomar la entrada al hospital. Llegamos, y mientras aparcaba Mar llamó a su madre para preguntarle en qué planta y habitación estaba ingresado su padre. De ese modo no perderíamos un tiempo que se antojaba precioso. Anduvimos con rapidez hacia la entrada y cogimos el ascensor hasta la quinta planta. Mientras miraba absorto cómo pasaban los números en la pantalla electrónica del ascensor, pasé la mano por encima del hombro de Mar. Temblaba. Al abrirse las puertas, salió disparada como un resorte y rápidamente giró a la derecha y siguió los letreros que mostraban qué dirección tomar según el número de habitación que buscases. Comenzó a correr y yo seguí sus pasos. Al final del pasillo, de espaldas, estaba Mercedes.
—¡Mamá! —gritó mientras su madre se giraba hacia ella y se fundían en un fuerte abrazo.
Comenzaron a llorar. Observaba la escena a poca distancia, pero siempre en un prudencial segundo plano. Empezaron a hablar mientras se secaban las lágrimas con un pañuelo.
—¿Qué ha pasado, mamá? ¿Cómo está papá? —preguntó Mar directamente, presa de nervios y ansiedad.
—No sé muy bien qué ha pasado, cariño —empezó a relatar la madre—. Estábamos en casa, como un día cualquiera y al poco de levantarse empezó a encontrarse mal. En realidad, anoche, antes de acostarse me comentó que se encontraba raro, con un leve malestar, pero le dije que tal vez le había sentado mal la cena, no sé… es lo primero que pensé. Pero esta mañana, cuando me lo volvió a decir, sí me preocupé, y a los diez minutos, mientras hablaba por teléfono, escuché un golpe seco en el dormitorio. Acudí con rapidez y lo encontré tirado en el suelo, boca abajo. No reaccionaba. Imagina la impresión, ha sido espantoso.
—¿Han dicho algo los médicos? —intervine por primera vez en la conversación.
—Todavía nada en claro. Llegamos en la ambulancia hace una hora, me han dicho que espere aquí, que en cuanto sepan algo saldrán para informar, no os puedo contar mucho más. Eso es lo que ha pasado, pero estoy muy preocupada. En el traslado en la ambulancia no paraban de ponerle cables, monitorizarlo, no sé hasta qué punto es normal, no entiendo demasiado, pero por la reacción de los sanitarios, creo que es bastante grave.
—Mamá, no adelantemos acontecimientos, ¿has llamado a Clara?
—Sí, llamé a tu hermana un minuto antes que a ti, debe estar de camino. ¿Qué vais a hacer con la mudanza, el traslado, el trabajo?
—Ahora eso no importa, mamá —contestó tajante Mar—. Tranquilízate, ahora lo único importante es papá. Ya nos encargaremos de lo demás cuando toque.
Mientras conversaban, vimos como un médico se acercaba hacia nosotros. Los tres lo miramos con expectación. Se aproximaba y nos miraba. Me tensé, no tengo duda de que nos ocurrió a los tres. Sabíamos que venía con noticias y todo apuntaba a que no serían buenas. Se detuvo junto a nosotros y preguntó por Mercedes.
—Soy yo —contestó—, dígame, ¿cómo se encuentra?
—Bueno, le hemos hecho varias pruebas y ahora mismo no podemos decir con seguridad qué le ha ocurrido. Hemos descartado varios diagnósticos con esos estudios, pero aun así sabemos que está mal, muy mal. Siento comunicarles que no hay demasiadas esperanzas, probablemente sea cuestión de horas. Estamos algo desconcertados, pero haremos lo posible por revertir la situación. Ahora mismo se encuentran con él tres de los mejores médicos de este hospital, pero somos conscientes de lo crítico de su estado. Lo siento mucho.
Después de dar tan funesta información, se marchó. En un primer instante no reaccionamos, no dábamos crédito. De repente el padre de Mar iba a morir. Fueron unos momentos durísimos. Al poco tiempo llegó Clara, la hermana de Mar, y la pusieron al corriente de las poco halagüeñas novedades. Lágrimas y abrazos llenos de dolor se sucedieron. Yo me mantenía en un discreto segundo término, atendiendo a Mar y a su familia en todo lo que requerían. Caía el día. Se sucedieron las horas sin saber nada más en una larga, triste y desesperanzada estancia en el hospital a la espera de las peores noticias.
Ya con la luz de la luna reflejada en los cristales de las ventanas, los cuatro nos encontrábamos sentados en las incómodas sillas que había en el pasillo donde estaba la habitación del padre de Mar. En mitad de la noche, Mercedes y Clara se levantaron para ir a comprar agua a las máquinas expendedoras. Tras preguntarnos si queríamos algo, se encaminaron pasillo abajo. Mar y yo nos quedamos solos por primera vez desde nuestra llegada al hospital. Desde que el médico informó de la situación habíamos hablado poco, alguna pequeña conversación sin importancia, en momentos así quizá sobran las palabras. Mar me agarró la mano con firmeza y, aunque pueda parecer paradójico, noté que ella intentaba tranquilizarme a mí. Me miró tiernamente. Estaba ojerosa después de llorar durante horas, pero se mostraba completamente serena. Continuó mirándome y casi en un susurro dijo:
—Abel, tengo que contarte algo.
—Dime, cariño —contesté un poco extrañado.
—No te asustes, pero sabía que esto iba a ocurrir. Mi padre acaba de morir. En este mismo instante. Y yo sabía que sería hoy.
Capítulo XIV
Tras salir del bar y buscar infructuosamente a Mar entre la multitud, mi único objetivo era cumplir a rajatabla las instrucciones que me había dado por teléfono. No manejaba otras alternativas y, aunque sabía que podía ser arriesgado, la falta de opciones me empujaba a hacerlo. No tenía otra salida. Si realmente era ella la que había llamado y todo era tal y como me había comentado, iría al hotel, recuperaría alguna de mis cosas, leería esa misteriosa carta y, sobre todo, tendría una oportunidad de salvarme. Y salvarla a ella. Aun sin saber exactamente de qué. Esa era la posibilidad optimista. La pesimista era que todo fuera una burda mentira. Que Mar no hubiera sido la artífice de la llamada y todo formara parte de una artimaña de ellos para conocer mis movimientos, saber con exactitud a dónde me dirigía y acabar conmigo con una facilidad pasmosa. Las dos opciones estaban abiertas.
Mientras caminaba hacia el Novo Hotel, no paraba de darle vueltas a la llamada. Irremediablemente pensaba que si había visto con mis propios ojos cómo esos seres habían cambiado su aspecto hasta ser exactamente igual que Mar, cuán poco les costaría adoptar su timbre de voz y engañarme por teléfono. A cada paso que me acercaba a mi destino, el miedo y la incertidumbre crecían poderosamente en mi interior. Me obligué a no pensar más, algo realmente difícil.
Continuaba andando, y al ritmo que lo hacía no tardaría más de unos quince minutos en llegar. Intentaba aparentar normalidad y tranquilidad, pero no me deshacía de la sensación irracional de que todo el mundo me observaba. Todo parecía un enorme montaje orquestado alrededor de mí, al igual que en la película de Jim Carrey, El show de Truman. En dicha película, una ciudad entera estaba habitada por actores que actuaban a las órdenes de un director de televisión que retransmitía en directo la vida de Carrey, protagonista absoluto del reality y el único que era ajeno por completo a semejante pantomima. Por un momento deseé que todo lo que estaba viviendo fuera eso, una película, un engañabobos, pero de sobra sabía que era la vida real.
Aceleré el paso. Ya veía el exterior del hotel al final de la calle. Repasaba mentalmente los datos que Mar me había proporcionado y traté de imaginar la conversación con el recepcionista, con la intención de facilitarme las cosas. «Bastante complicadas estaban ya», pensé. Llegué a la conclusión de que no debería haber ningún problema. Aminoré la marcha. La fachada del Novo Hotel se erigía ante mí. Había llegado.
Entré, y por suerte no había demasiado trasiego, todo estaba bastante calmado. Ni demasiados trabajadores ni demasiados clientes. Perfecto. Esto me tranquilizó en cierta manera mientras me dirigía a recepción. Al llegar, un chico joven, de unos veinticinco años y de pelo que rozaba el rubio platino, me recibió con una amplia sonrisa tras el alargado mostrador.
—Buenas tardes, bienvenido, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó el joven recepcionista.
—Buenas tardes, hay una reserva hecha a nombre de Mar Collard —dije para empezar—. Dijo que yo vendría un poco más tarde, creo recordar que me ha comentado que era la habitación ciento cuarenta y siete, si fuera tan amable de comprobarlo…
—Un segundo. Lo verifico ahora mismo —dijo el recepcionista respondiendo a mi petición.
Las manos me sudaban, era un manojo de nervios e inquietud mientras esperaba la confirmación. El muchacho tecleó rápidamente en el ordenador mientras movía los ojos a toda velocidad.
—Sí, parece que es así. La ciento cuarenta y siete —dijo—. ¿Sería tan amable de dejarme su DNI?
—Por supuesto —respondí mientras sacaba mi cartera y buscaba en ella—. Aquí lo tiene.
Le entregué mi DNI y confirmó los datos mientras me echaba una inocente mirada. Finalmente dijo:
—Está todo correcto, ahora mismo le entrego la tarjeta de su habitación.
Respiré aliviado. Se dio la vuelta hacia las cajetillas de madera donde reposaban las tarjetas, cogió la mía y me la entregó. Tras explicarme la ubicación de mi habitación y desearme una buena y agradable estancia en el hotel, le di las gracias y me dirigí al ascensor. Mi habitación quedaba en la primera planta. Llegué a ella después de subir y girar la esquina del pasillo donde estaban dispuestas el resto de habitaciones. Metí la tarjeta. La luz verde del dispositivo se encendió para darme paso. Entré. Me encontré con una pequeña entrada e inspeccioné la estancia. El cuarto de baño se encontraba a la izquierda y de frente, en lo que era la habitación en sí, una gran cama de matrimonio. Sobre ella, reconocí mi maleta de viaje, pero antes de tener siquiera la tentación de abrirla, había algo que requería con prioridad mi atención: la carta de Mar. Tal y como había dicho la encontré en la mesilla de noche. La tenía entre mis manos. Confiaba en que su contenido comenzara a ayudarme a entender qué estaba pasando.
Con mis manos temblorosas ante lo crucial del momento, me senté en la cama y abrí el sobre, perfectamente cerrado hasta ese instante. No tenía la más remota idea de qué leería, pero daba por hecho que todo cambiaría radicalmente después de hacerlo.
No me equivoqué en absoluto.
Capítulo XV
Al sacar el folio que contenía, lo primero que llamó mi atención fue la caligrafía. Sin duda, era la letra de Mar. En los tiempos que corrían, con móviles y ordenadores como principal vía de comunicación, era rara la pareja que podía reconocer sin problemas la letra del otro. Yo podía hacerlo. Mar, en mi lugar, también lo haría. Podría apostar el poco dinero que tenía a que así sería. La razón era simple. Cuando vivíamos juntos, había días que no coincidíamos a la hora del almuerzo y nos dejábamos constantemente notas en la nevera, no siempre relacionadas con la comida. Podían ser notas de ánimo, de algo divertido que nos hubiera ocurrido durante el día o simplemente algunas palabras bonitas. A pesar de pecar de cursis, poníamos especial empeño en cuidar esos pequeños detalles. Así que no tenía dudas, ella era la autora de la carta. Sin más dilación, me dispuse a leerla. Decía lo siguiente:
Hola Abel, espero que consigas leer esta carta, eso significará que has seguido mis instrucciones y has conseguido llegar a la habitación sin problemas. Aunque no dispongo de demasiado tiempo, escribirte estas líneas es lo mínimo que puedo hacer y, por supuesto, lo mínimo que te mereces. No creo que pueda imaginar por lo que estarás estás pasando, lo perdido que debes estar y, tal vez, el miedo que puedes sentir. Entendería que pensaras que nada de esto tiene que ver contigo y que he sido yo la que te he metido en esto. Nada más lejos. Ojalá nada de esto hubiera ocurrido y pudiéramos haber seguido nuestras vidas con normalidad. Siento no poder explicarte con mayor claridad, pero yo misma he empezado a ser consciente de la situación hace muy poco. Voy a intentar ayudarte como sea, es lo único que puedo decirte. Te he traído ropa y todo lo que pude y me dio tiempo a recoger de tu casa. Aún tenía las llaves, espero que no te moleste y no eches en falta nada demasiado necesario. Me he tomado la libertad de dejarte también algo de dinero, no sé cómo andas de fondos, no lo tomes a mal. Por favor, no comentes nada de todo esto a nadie, podría complicar bastante más las cosas y es lo que menos nos interesa. Otra cosa, no te sientas solo. Vernos ahora no sería una buena idea, a ellos les resultaría infinitamente más fácil acabar con nosotros si estamos juntos. Pero créeme, estamos conectados, como habrás comprobado. No sé en qué modo o de qué manera, pero he descubierto que puedo hacerlo. Déjame que te guíe. Es el único modo que tengo de ayudarte. Confía en mí, aunque no pueda prometerte que todo vaya a salir bien. Pero tenemos alguna oportunidad o eso creo. Tendrás noticias mías, Abel. Mucho ánimo y un beso muy fuerte.
Ese era el contenido de la carta de Mar. Acelerado, la leí nuevamente. De repente, se me acumulaban tantas preguntas en mi cabeza, que rápidamente comenzó un ataque de migraña. No entendía absolutamente nada. La misiva, lejos de aclararme las ideas o de ser más concisa, era un conglomerado de ideas difusas que me dejaban más preguntas que respuestas. Por suerte, se podían sacar conclusiones. No muy esperanzadoras realmente. No me estaba volviendo loco, Mar se comunicaba conmigo. Los mensajes, la llamada del bar. No tenía la más remota idea de cómo lo hacía, quizás prefería no saberlo, pero ella veía lo que yo veía y en todo momento era conocedora del lugar donde me encontraba y del peligro que podía correr, era de locos.
El ser consciente de que Mar estaba conmigo no sabría decir si me tranquilizaba o me tensaba más. Era una situación tan extraordinaria que tenía que asimilarla y digerirla con calma. Intenté olvidarme de todo por un momento. Guardé la carta de nuevo en el cajón de la mesita donde la había encontrado. Deseé que despareciera allí dentro y que nada de todo lo que estaba ocurriendo fuera real. Abrí mi maleta y vi que Mar había metido prácticamente toda la ropa de la que disponía, en un primer vistazo, no creo que echara en falta nada. Decidí preparar ropa para darme una ducha. Fui al cuarto de baño, me desnudé y entré en su interior. Mientras el agua resbalaba por mi cuerpo, coloqué las palmas de mis manos sobre mi rostro, y al taparme la cara rompí a llorar. Desconsolado, temeroso por el incierto futuro. Había acumulado demasiada tensión en muy poco tiempo; pero mientras el llanto se volvía incontrolable, volví a sentirme una persona normal.
Capítulo XVI
—¿Qué dices? ¿Cómo es que sabías que esto pasaría hoy? —pregunté en un estado de completo shock.
—A ver… —balbució Mar—. No hay mucho tiempo antes de que vuelvan mi madre y mi hermana, y por supuesto no voy a decirles nada, pero llevo varias noches soñando cosas extrañas. No te he contado nada porque no quería que te preocuparas ni me tomaras por loca. Y esta pasada noche, justamente la última que pasábamos en nuestro piso, he soñado que sucedía esto, que mi padre moría. Y sé a ciencia cierta que acaba de ocurrir, no me preguntes cómo o por qué lo sé, pero es así.
—Mar…me estás asustando…—dije sin mentir.
—No pasa nada, Abel… Solo quería contártelo porque cuando me ha llamado mi madre esta mañana, he recordado la pesadilla y sabía que algo iba mal. Quiero pensar que ha sido una maldita coincidencia, nada más que eso.
—Seguro que sí —dije poco convencido—, no ha podido ser otra cosa… yo también tengo épocas en que recuerdo sueños con más claridad y también son extraños e incoherentes, de hecho, así son la mayoría, ¿no?
—No, Abel, te agradezco que trates de quitarle hierro al asunto, pero sé lo que he visto en sueños y cómo lo he vivido. Y ahora esto… —rompió a llorar—, por favor, no intentes convencerme de que ha sido casualidad, porque aunque quiero creerlo sé que no es así —dijo entre sollozos—. Cuando todo esto pase te contaré con más tranquilidad, ¿vale? Prometido.
—Claro, Mar —le dije mientras la abrazaba—, no te preocupes. Todo a su debido tiempo.
Mi desconcierto no se podía explicar con palabras. Mientras la tenía entre mis brazos, vi como giraban la esquina Mercedes y Clara, que ya se acercaban en nuestra dirección. En esos instantes pensé en el desconocimiento por parte de ellas de la dura noticia que les aguardaba. Iba a ser un cataclismo familiar, nadie podría esperar algo así. Fernando era, o había sido, un hombre elegante, sano y fornido. Pese a tener el pelo cano, en sus facciones no se dibujaban apenas arrugas, lo que le daba un aspecto rejuvenecido. No fumaba y tan solo en ocasiones especiales tomaba una copa. Por lo que me contaba Mar, no era un deportista nato, pero siempre que tenía tiempo lo practicaba con asiduidad. Nada de eso lo había salvado. Aunque sabía que nadie escapa de las garras de la muerte, me parecía totalmente injusto. De un día para otro, sin aviso, sin miramientos, sin más.
Estaba realmente intrigado por conocer el diagnóstico de los médicos. Lo poco que nos habían contado era que aún no disponían de suficientes elementos para trasladarnos con certeza de lo ocurrido. Pensaba, quizás de manera equivocada y desde mi desconocimiento médico, que si hubiera sucedido algo relativamente común, nos habrían informado con más rapidez y, sobre todo, claridad. Pero habían pasado horas y no habíamos tenido más noticias, y mucho menos diagnósticos más esclarecedores. Todo esto, sumado a la confesión del sueño premonitorio de Mar, me hacía albergar una gran inquietud. Mercedes y Clara llegaron y preguntaron si había novedades. Ninguna, contestó Mar.
No habían pasado tres minutos cuando vimos acercarse al médico que horas antes había hablado con nosotros. Mar y yo ya sabíamos el motivo de su llegada. Le agarré la mano con fuerza y los cuatro nos levantamos, expectantes. Formando un corillo en torno a él, nos habló apesadumbrado y confirmó la peor de las noticias, la muerte del padre de Mar. Fue devastador. Tras el impacto inicial, la mirada de Mercedes se nubló y sus rodillas le fallaron. Tuvo un desmayo de unos segundos, sin llegar a perder el conocimiento. Entre el doctor y yo conseguimos agarrarla a tiempo antes de que diera con sus huesos en el suelo y logramos darle acomodo en una de las sillas.
Nunca nadie está preparado para algo así. Dimos las gracias al doctor, y antes de que se fuera le pregunté si podría hablar con él unos días más tarde, con más tranquilidad, ya que quería formularle algunas preguntas sobre el padre de Mar. Sin vacilación contestó afirmativamente, y de manera amable y atenta me dijo sus apellidos para mayor facilidad a la hora de localizarlo.
Mientras atendíamos a Mercedes fui tomando conciencia de la difícil situación familiar que se le presentaba a Mar y, por ende, a mí. Con su madre recién enviudada, su hermana casada desde hacía años —y no tan apegada a su familia como Mar— y nosotros con una mudanza a la capital pendiente, la tesitura que se avecinaba era de todo menos clara. Sabía que Mar, bajo ningún concepto, querría irse y dejar a su madre pasar este durísimo lance de la vida sola. Impensable. Sería incapaz de hacerlo. En la otra parte de la balanza estaba su nuevo empleo y la ilusión y oportunidad de comenzar una nueva vida. Una cosa tenía clara: aceptaría y apoyaría sin reparos cualquier decisión que tomase, fuese cual fuese.
Pero antes de todo había que pasar por el duro trance de preparar el funeral y enterrar a su padre.
Capítulo XVII
Aún permanecimos un tiempo más en el hospital. El sábado comenzaba a despuntar y el alba asomaba mientras Mar y su familia ponían en orden la documentación referente a la defunción de Fernando. En honor a la verdad, el papeleo no tardó demasiado, pero para mí fue una eternidad. Nunca me habían gustado los hospitales, me agobiaban muchísimo. Era algo superior a mí. En general, sé que no es un lugar en el que guste estar, mucho menos en las circunstancias en las que nos encontrábamos, pero lo mío era algo por encima de la media. Era prácticamente una fobia, algo irracional. No tenía ningún trauma, que yo supiese: de hecho, solo había tenido que acudir en contadas ocasiones, nunca me habían operado ni ningún familiar había padecido enfermedad importante alguna. Me superaba, simplemente.
Al salir, nos dividimos para ir al tanatorio. Mercedes ya había hecho los trámites con la funeraria para la recogida y traslado del cuerpo. Hacía quince minutos que habían salido con él. Clara marchó en su coche junto a su madre y yo con Mar en la furgoneta. Al contemplarla de nuevo, recordé nuestros planes, con todo lo sucedido prácticamente había olvidado la mudanza. Había pasado a un segundo plano, aunque sabía que en algún momento, y con el mayor tacto posible, tendría que hablar con Mar sobre qué iba a pasar con su trabajo. Dentro de lo que cabe, y tratando de ser optimista, todavía había cierto margen de maniobra. Era sábado y debía incorporarse el lunes, pero indudablemente no podría hacerlo. En el momento que viera oportuno le sugeriría que llamase al departamento de recursos humanos y comentara lo ocurrido, y quién sabe si, con suerte, podría posponer su incorporación. No se podía hacer mucho más.
Ya de camino, Mar y yo apenas hablamos, hasta que ella decidió romper el silencio de manera directa.
—Abel —comenzó mientras yo dirigía mi mirada hacia ella—, sé que has comentado con el doctor que querías hablar en estos días con él, ciertamente cuando vayas a hacerlo me gustaría ir contigo. No lo he tomado como si lo hubieras querido hacer a mis espaldas, ¿eh? Ni mucho menos.
—¡Por supuesto que no! —exclamé sinceramente—. ¿Crees que iba a hacer algo así sin contar contigo? Ni se me ha pasado por la cabeza. Es más, dudo que puedan darle información a alguien que no sea familiar directo del paciente. Hablé con él en ese momento porque no quería perderlo de vista…
—Lo sé, Abel, y te lo agradezco. Mi madre ahora mismo está en tal estado que no se ha parado a pensar qué es lo que le ha ocurrido y mucho menos el por qué. Se queda con el hecho. Ha muerto, ya está. Cosa que puedo entender. Pero tanto tú como yo estamos interesados en saber qué ha pasado, los motivos y más aún después de contarte lo del sueño. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas, en absoluto. Sinceramente lo que me contaste me descolocó totalmente y encima todo ha ocurrido de una manera tan vertiginosa que es imposible de asimilar. Tampoco sé demasiado, lo poco que me has contado…
—Perdona, te debo una conversación y por supuesto la tendrás —dijo Mar con convencimiento—. Pero cuando todo acabe y enterremos a mi padre, por favor. Ahora solo pienso en eso. Únicamente quería que contaras conmigo para hablar con el doctor.
—Cuenta con ello, por supuesto.
—Gracias.
La miré y agarré su mano. Quedaba poco para llegar al tanatorio. La familia de Mar no era demasiado numerosa. Conocía a sus parientes más cercanos de varias reuniones y sabía que muchos otros vivían fuera de la ciudad. La noticia, como siempre ocurre con las de tal funesto calado, corrió como la pólvora en el núcleo familiar. A nuestra llegada reconocí a algunos tíos y primas. Mercedes y sus hijas los saludaban abatidas, hundidas por la crueldad del destino. Abrazos, palabras en busca de un ánimo que era imposible alcanzar, aflicción y lágrimas. Fue un día muy duro, pero Mar se mantuvo calmada y con una entereza de la que me enorgullecía y sorprendía a partes iguales.
En el tanatorio todo transcurrió con normalidad. La inclasificable y triste normalidad de la muerte de un familiar tan cercano. El adiós a un marido, a un padre. Largas horas de silencios únicamente rotos por el llanto a la llegada de algún nuevo familiar. Esa normalidad, si es que se le puede llamar así, no iba a durar demasiado. Al día siguiente, en el entierro del padre de Mar, iba a comenzar algo más que mi pesadilla particular.
Capítulo XVIII
En la ducha, y mientras el agua se mezclaba con mis lágrimas, poco a poco conseguí controlarme. Yo había sido el primer sorprendido ante mi desproporcionada reacción. Sabía que había sido un estallido puntual, un bálsamo que necesitaba para desprenderme de toda la tensión acumulada, relajarme y permanecer más tranquilo. Estuve un buen rato en la ducha, alrededor de una media hora, dejando caer el agua desde mi cabeza hasta el resto del cuerpo. Trataba de no pensar en nada, vaciar mi mente, pero era imposible, no podía evitar meditar sobre cuál sería mi siguiente paso, a dónde ir o qué hacer. Tan pronto como pensaba que lo mejor, y posiblemente lo más prudente, sería quedarme en la habitación tranquilamente y esperar acontecimientos, me convencía de que debía hacer un esfuerzo por continuar con mi vida, siempre alerta a todo lo que pudiera ocurrir a mi alrededor.
Salí del cuarto de baño y decidí vestirme. Para mi alegría, vi que en mi maleta, debajo de la gran cantidad de ropa que Mar había metido en ella, estaba mi portátil. Fue una buena noticia, ampliaba mis posibilidades. No sabía cuántos días debería estar en el hotel, pero poder navegar por la red lo haría más llevadero. Por el momento, y lejos de tener un gran plan, pensé un par de cosas que podía hacer y que me serían de utilidad. Simples pero efectivas.
Eran las siguientes. Bajaría y hablaría con el recepcionista. Le preguntaría cuántos días estaba reservada la habitación, y de paso le pediría la contraseña del wifi para conectarme a internet. Información y conexión, lo poco con lo que me conformaba por ahora. Más tarde, y a falta de ideas, tocaría improvisar. Terminé de vestirme, cogí mi cartera y salí de la habitación.
Bajé en el ascensor y hablé de nuevo con el recepcionista. Tras mi petición, me entregó una tarjeta del hotel en la que en el dorso se encontraba la contraseña de acceso a internet. Por otra parte, y tras consultarlo en el ordenador, me informó de que la reserva de la habitación era de cinco noches. Mi pregunta le extrañó un poco, lo noté en su cara. Supuse que no era del todo común que un cliente le preguntara cuantos días había reservado su compañera —la cual daría por mi novia— y que el tipo en cuestión no estuviera informado de ello. Entregué la tarjeta de la habitación y paseé tranquilamente por el hall. Hacía tiempo, aunque no tuviera la más mínima idea de para qué. En una de las paredes laterales del hall, había tres enormes pantallas de televisión que llamaron mi atención. Colgaban a unos dos metros de altura y debían estar entre las cuarenta y las cincuenta pulgadas. Aparte de su tamaño, no tenían nada más reseñable. Anduve hasta colocarme frente a ellas, a un metro y medio de distancia aproximadamente. Emitían anuncios. Quedé paralizado viéndolos, absorto, como si nunca hubiera visto algo parecido. De pronto, mis ojos se abrieron de par en par, mis pupilas se dilataron y mi cerebro se conectó de nuevo.
Era una especie de señal, de alerta. Lo único que debía hacer era saber leerla, observar y concentrar mi atención. Nuevamente era capaz de pensar a una velocidad inusitada, fuera de lo normal y a tener la sensación de que todo lo que ocurría a mi alrededor iba a cámara lenta. Era una percepción peculiar, de vértigo y placer a la vez cuando llegabas a controlarlo. A mi mente acudieron las palabras de la carta de Mar: «Déjame que te guíe». Recordar sus palabras me tranquilizó en un primer momento. Quise pensar, por disparatado que fuera, que ella estaba detrás de mi capacidad de conexión. Ni mucho menos sabía si estaba en lo cierto. Los anuncios se sucedían uno detrás de otro en las pantallas, sin que ninguno me dijera nada especialmente. Permanecía vigilante. Comerciales variopintos y dirigidos a amplios sectores pasaban continuadamente. Mi atención era máxima, pero hasta ese momento los resultados, nefastos.
Y entonces, ocurrió. En el instante en que comenzó un nuevo anuncio supe nítidamente que era la señal que buscaba, la que había estado esperando. Me dio escalofrío sentirlo con tanta claridad.
Ya sabía qué tenía que hacer… y a dónde ir.
Capítulo XIX
El anunció en cuestión era de una librería. No la conocía y nunca había estado en ella, o al menos no lo recordaba, pero su nombre lo entendí como el indicio que necesitaba. Se llamaba Librería Paradiso. Rápidamente lo asocié a Cinema Paradiso la película italiana de Tornatore, una de las favoritas de Mar. Blanco y en botella. Ni por un instante me planteé que pudiera ser casual. Además, por si fuera poco, Mar era una gran aficionada a la lectura. Había conseguido contagiarme su pasión y no eran pocas las librerías que visitábamos regularmente. Todo encajaba. En el comercial se mostraban varias tomas y ángulos de la librería. Era amplia, con una escalerilla que llegaba a una especie de entreplanta atestada de grandes estanterías repletas de libros. Me pareció preciosa. Inevitablemente, un par de preguntas asomaron por mi cabeza. ¿Y si todo era parte de un plan para llevarme hasta ella? ¿Y si fuéramos a encontrarnos allí? Como de costumbre, mis pensamientos resultaron ser demasiado optimistas.
Regresé a recepción para preguntar la dirección de la librería Paradiso e informarme un poco sobre ella. Si era nueva, si siempre había estado ubicada en el mismo lugar, si quedaba lejos del hotel o si estaba especializada en alguna materia en concreto fueron las diversas cuestiones con las que abordé al recepcionista. El chico buscó la dirección en internet y me informó de que podía ir a pie, pero no tardaría menos de veinticinco minutos. El resto de mis consultas no pudo responderlas con seguridad. Con la dirección apuntada en un pequeño papel, decidí no perder más tiempo y dirigir mis pasos hacia allí. Aunque Mar me había dicho que aún no podríamos vernos, la remota posibilidad de encontrarme con ella no se me iba de la cabeza.
Salí del hotel con la intención de buscar un taxi, quería llegar cuanto antes y, por supuesto, minimizar riegos. Sabía que coger el metro o caminar como si tal cosa por la ciudad podría acarrear situaciones peligrosas que, dentro de lo posible, debía evitar. Al pensar en la dirección de la librería, volví a darme cuenta de mi bloqueo de memoria. No era capaz de recordar nombres de calles, rutas o itinerarios. Llevaba prácticamente un año en la capital y hasta el día de hoy no había tenido problemas para moverme por ella con relativa facilidad. Me había desenvuelto bien, pero ahora era incapaz de recordar. Todo estaba muy confuso y difuminado en mi cabeza.
Busqué una parada de taxis y la encontré a los cinco minutos de echar a andar. Tras informar de la dirección al taxista, empecé a cavilar sobre las opciones o situaciones que podrían darse en la librería de marras. Veía las calles pasar a través de la ventana mientras pensaba las mil posibilidades que podían producirse y fui consciente de lo inútil de mi cometido. Por mucho que pensara, seguramente sucedería algo que ni remotamente me había llegado a plantear. Siempre sucedía así. Decidí dejarme llevar y que pasara lo que tuviera que pasar. Quería pensar que si se daba alguna situación peliaguda, Mar me alertaría, lo que me daba una cierta y quizás engañosa seguridad. No pude evitar sentirme como el funambulista que camina en las alturas sobre el alambre. Y contaba con que Mar fuera mi red.
El taxista frenó su coche y me indicó exactamente dónde estaba la librería, ya que esta se encontraba en una calle peatonal. Desde el lugar donde se detuvo, según sus indicaciones únicamente tenía que andar unos pocos metros, girar hacia la izquierda y allí la encontraría. Así fue. Quedé asombrado al toparme con ella. Su fachada era aún más bonita y espectacular de lo que me había parecido por televisión. El letrero que portaba el nombre estaba formado por luces de neón que le concedían un aspecto y una estética semejante al Moulin Rouge, en mi opinión una elección acertada. Tomé aire y, sin más dilación, crucé el umbral de la puerta.
Capítulo XX
El día del entierro del padre de Mar amaneció nublado, gris, plomizo. Habíamos pasado la noche en casa de su madre, después de que nos convenciera de que era lo más inteligente y lo mejor para descansar, algo que sin duda necesitábamos. Mercedes se había quedado en el tanatorio, arropada por el calor de los familiares que iban llegando. Ella misma se encargó de hablar con Mar para hacerle ver que no tenía de qué preocuparse, que no estaba sola y que podíamos irnos sin ningún tipo de remordimiento. Finalmente, y no tras poca insistencia, Mar aceptó a regañadientes.
El entierro era a las once y media. Desperté a las ocho y cuarto, después de una noche en la que me había desvelado en numerosas ocasiones, sin conciliar el sueño plenamente. Mar dormía plácidamente. No tenía intención de despertarla, quería que descansara todo lo posible después de los dos intensos últimos días. Lo necesitaba. Me levanté y me quedé absorto mirando por la ventana de la habitación. El cielo cubierto y encapotado de nubes grises, personas refugiadas debajo de sus paraguas, protegidos de la leve llovizna que comenzaba a caer. Me invadió una ola de melancolía. Un día triste, como el momento que vivíamos, pensé.
Al menos, dentro de la situación en la que nos encontrábamos, el día anterior había tenido algo positivo. En el tanatorio había podido hablar unos minutos con Mar sobre su futuro empleo. Con mucho tacto, le dije que aunque no había que decidir nada en ese momento, debería avisar para contar lo sucedido y hablar sobre la imposibilidad de incorporarse el lunes, tal como estaba acordado. Me sentí imbécil al hablarle sobre el asunto porque sabía que ella ya había pensado en eso y mucho más, siempre iba un paso por delante. Me dijo que sí, que llamaría durante la jornada, cuando todo se tranquilizara un poco; hasta ese momento había sido un incesante ir y venir de familiares. También me comentó, no sin preocupación, que estaba bastante intranquila ante la posible reacción de su futuro jefe al notificar con tan poco tiempo de antelación su baja a comienzos de semana. Traté de sosegarla diciéndole que lo ocurrido era algo del todo impredecible, circunstancias que por desgracia acontecen y que nadie las puede prever. Solo había que ser un poco comprensible, pero de todos modos, ¿qué era lo peor que podía suceder? ¿Qué desestimaran su incorporación? Un problema menor, en todo caso.
Al cabo de un rato, la perdí de vista. Cuando la localicé estaba llamando por teléfono. En su cara se reflejaba la tensión, la importancia del momento. Si finalmente perdía el trabajo con el que tan ilusionada estaba, sería un duro palo para Mar. Otro más. A simple vista haría como que lo encajaba bien, pero la conocía y sabía lo mucho que le afectaría. Me obligué a no estar pendiente de su conversación y comencé una charla trivial con Clara, su hermana, a la vez que cruzaba los dedos para que todo fuera bien. Lo deseaba profundamente. Al cabo de unos minutos, por el rabillo del ojo divisé que Mar se acercaba a nosotros.
—Hola —dijo al llegar—. Clara, ¿podría hablar con Abel un momentito a solas?
—Por supuesto, faltaría más —contestó—. Estaré con la prima Katy.
—Gracias.
Clara marchó hacia un nutrido grupo de familiares en el que efectivamente estaba una de sus primas. Al observar a Mar no conseguía descifrar si las noticias que traía eran buenas o malas. Su rostro, lívido y ojeroso, no mostraba emoción alguna. Me temí lo peor, pero por una vez me equivocaba.
—¡Abel! —dijo mientras esbozaba una triste sonrisa—. ¡No hay problema! He hablado con el que será mi jefe y le he contado lo que ha pasado. Ha sido muy amable y comprensivo. Me ha dado el pésame y me ha comentado que como el contrato todavía no está firmado no hay problema. Por lo visto aún tienen mucho lío en la nueva oficina, están pendientes de licencias y temas burocráticos, y si llegara el lunes ni siquiera podría empezar a trabajar. Así que dentro de lo que cabe no les ha venido mal. También me ha dicho que con calma pensara si iba a poder trasladarme y que, sin presiones ni agobios, el miércoles les diera una respuesta definitiva. Si es afirmativa empezaría una semana más tarde, el lunes siguiente.
—¡Joder, perfecto! —exclamé—. ¡Es una magnífica noticia! Me alegro muchísimo, Mar. Tienes tiempo para sopesar todo, así que ahora mismo es un problema menos. Ya decidirás qué prefieres hacer, ¿vale?
—Claro, ya veremos, pero no imaginas el peso que me he quitado de encima.
—Lo sé. Ven aquí —le dije, y acto seguido la estreché entre mis brazos.
Volví al presente y me giré desde la ventana para observar a Mar. Dormía profundamente, agotada por todo el dolor del día anterior. A pesar de que aún era temprano, decidí ducharme y ya vestido, la despertaría suavemente para que ella se pusiera en acción.
Una hora y media más tarde estábamos preparados para irnos. Fuimos directamente al tanatorio, donde se oficiaba el sepelio de su padre. Al llegar a la sala donde se celebraba la misa, me impresionó la cantidad de gente que había, estaba abarrotada. El padre de Mar había sido un importante hombre de negocios, muy conocido, sobre todo en nuestra ciudad, y saltaba a la vista. La misa transcurrió de la manera prevista. Los familiares más allegados, es decir, nosotros, en primera fila cerca del cura, que daba el típico y, por qué no decirlo, cansino sermón sobre la vida, la muerte y lo efímeros que somos. Este tipo de monsergas, a mi modo de ver, no ayudaban demasiado. Siempre había pensado que únicamente contribuía a hacer el momento más duro, más dramático, como si por sí solo no lo fuera ya.
Por suerte, no se prolongó demasiado y veinte minutos después salíamos de la capilla allí instalada. Fuimos directos al cementerio, lugar que por desgracia ya conocía por la muerte de algún familiar. Era el peor sitio del mundo, un lugar espantoso. Había visto e incluso visitado camposantos de otras ciudades y países y nada tenían que ver con el de mi ciudad. Aunque la finalidad era la misma, muchos de ellos eran espectaculares. Lápidas de mármol custodiadas por ángeles, todo tipo de frondosa vegetación, plantas enredaderas bellísimas, que a pesar de la ironía, llenaban de vida el lugar. Cualquier parecido con el de nuestra ciudad era pura casualidad. Lo recordaba nítidamente debido a la opresiva impresión que me produjo la primera vez que lo pisé. Gris, apagado, triste. Una sucesión de nichos iguales, completamente impersonales, sucios y mal cuidados, edificados sobre y para cadáveres. Ahí pasaríamos la eternidad. Y ahí, acabábamos de llegar.
Capítulo XXI
Bajamos del coche y observé que ya habían llegado algunos familiares y amigos de la familia. Formaban diversos y pequeños corrillos. El cielo continuaba gris, cubierto de nubes y con una fina pero incómoda niebla. Sería una sorpresa, y casi un milagro, si la jornada acababa sin que cayera una sola gota. El entierro estaba programado para las once y media, quedaban quince minutos para la hora y por lo visto en la capilla todavía faltaban bastantes asistentes. Uno de los encargados del cementerio se acercó a la madre de Mar para comentarle que como mucho podrían retrasarlo diez minutos, ese día había bastante trabajo y no podían permitirse empezar con retrasos desde primera hora.
Poco a poco fueron compareciendo el resto de familiares y allegados. Con la aparición del coche fúnebre se hizo el más absoluto silencio. Estaba cogido de la mano de Mar, fría como un témpano de hielo. El coche se detuvo cerca de la entrada, justo donde nos encontrábamos. Una creciente multitud atestaba la zona. El encargado, después de poner en conocimiento de la familia que se iba a proceder con el traslado del cuerpo, hizo una señal al conductor para que este pusiera el vehículo en marcha. Comenzaba así el camino hasta la tumba.
Echamos a andar detrás del coche. Lo flanqueábamos por la parte trasera, y desde ahí, y a través del cristal, podíamos ver el féretro. No quería mirarlo, pero su influjo y poder de atracción era casi ineludible. Pensaba en el padre de Mar. Todo había acabado para él en un abrir y cerrar de ojos, sin ser consciente en ningún momento de la proximidad de su propia muerte. Miré a Mar e intuí lágrimas en sus ojos a través de sus gafas de sol negras. Comenzó a chispear y entre la comitiva se abrieron algunos paraguas. Recorrimos varias decenas metros y pasamos por diferentes zonas del cementerio, que no era pequeño precisamente. Cuánto dolor, cuántos sueños rotos había en ese lugar.
El coche se detuvo. Cerca de él, una zanja con ladrillos y cemento. La visión de lo que se aproximaba era devastadora. Mientras se acercaban los operarios para abrir la puerta trasera y sacar el féretro, los asistentes comenzaron a tomar posiciones y se abrieron para rodear la fosa. Me dio la impresión de que a cada momento había más gente. Empezó a apretar la lluvia y los trabajadores sacaron los restos del padre de Mar. Colocaron unas gruesas y consistentes cuerdas en cada extremo para bajarlo a la fosa. Apreté la mano de Mar, tratando de confortarla en esos momentos extremadamente duros. No había vuelta atrás, todo acababa ahí.
Cuando tenían las cuerdas colocadas empezaron a bajarlo. El crujir de la madera con el roce de las cuerdas era lo único que se oía en medio del silencio imperante. Las gotas de lluvia salpicaban en la caja y los operarios se esforzaban por no perder el control y que no resbalara. Levanté la mirada y al ver los rostros, pensé que era imposible que hubiera otro lugar en el mundo que en tan poco espacio albergara tanto dolor y sufrimiento. La caja tocó fondo, pudo oírse. Retiraron las cuerdas y los operarios comenzaron a tapar la zanja con cemento y ladrillos. Era imposible dejar de mirar, sabes que esos momentos los recordarás para siempre. Se oía algún llanto entrecortado de fondo y la lluvia continuaba con su cometido de hacer todo más dramático.
El cemento ya cubría casi por completo la sepultura. En un instante que alcé la vista, sucedió. Miré hacia el frente, y entre la multitud, entre los innumerables paraguas y la densa niebla, agazapado detrás de uno de los innumerables cipreses que poblaban el cementerio, lo vi. Parecía un espejismo. Me resultó extrañísimo ver a alguien allí parado. Solo, vigilante, como un centinela. Me costó reconocerlo y encajarlo en mi mente. ¿Dónde lo había visto? ¿De qué conocía a ese hombre? Finalmente y sin lugar a dudas, lo ubiqué. Era él. Su mirada, su sonrisa macabra. Igual a la que había visto hacía tan solo dos días. Su pelo, sus marcadas ojeras negras, su barba. No había dudas. Era el portero. El sustituto del piso del que nos habíamos marchado. Y en el instante en que lo vi, resonó en mi cabeza la frase que nos dijo a Mar y a mí: «Estoy seguro de que coincidiremos antes de lo que creen, aquí… o en cualquier otro lugar».
Capítulo XXII
Hacía tiempo que no visitaba una librería. Al entrar recordé la última vez y me asombró acordarme de un dato tan nimio. Fue varios meses atrás, cuando buscaba un libro sobre las SS del Tercer Reich, en el que llevaba tiempo interesado. Trataba sobre el gran interés de Hitler y sus secuaces por el ocultismo, la mitología y el paganismo en general. Era un tema que siempre me había llamado la atención y al ver por televisión una entrevista con su autor, decidí comprarlo.
Al entrar en Librería Paradiso, lo primero que llamó mi atención fue su gran amplitud e iluminación. Era enorme, probablemente la más grande en la que había estado nunca. Me quedé embobado mientras la recorría con la vista, fascinado. Casi tuve que hacer un esfuerzo por no quedarme allí en medio como un pasmarote, boquiabierto. La iluminación era asombrosa. Había una gran variedad de luces, todas y cada una de ellas, emitía diferentes tonalidades que combinaban a la perfección. El resultado hacía que te embargara la cuasi necesidad de comprar todos los libros allí expuestos. Todo estaba más que pensado y parecía ser una magnífica estrategia de marketing. Y allí me encontraba yo, divagando sobre estrategias de ventas, sin saber realmente qué buscaba, qué quería encontrar o qué esperaba de mi visita a la librería.
Caminé con aire despreocupado, saludé al par de dependientes que había en el mostrador y empecé a ojear algún que otro libro sin ninguna pretensión. No sabía qué debía hacer y a qué debía permanecer atento. Simplemente hacía tiempo a la espera de que algo ocurriera, mientras observaba los movimientos de la clientela. Nadie de los allí presentes me sonaba ni lo más mínimo, no veía nada que de algún modo, por remoto que fuera, me conectara con Mar.
Comencé a mirar las diferentes categorías en las que estaban clasificados los libros. Historia, ciencia-ficción, erótico, música, novela contemporánea, poesía… Nada me ofrecía una mínima pista, nada me llamaba especialmente. Estaba completamente desubicado, como un pez fuera del agua. No quería pensarlo, pero empezaba a tener la sensación de que quizás mi visión había fallado, aun habiéndola sentido tan claramente. Todo iba a ser estéril.
Por la izquierda se acercó uno de los dependientes que se ofrecía a ayudarme. Le agradecí el gesto, pero le respondí que no buscaba nada en concreto, solo echaba un vistazo. Tuve una idea que rápidamente deseché. Estuve tentado de preguntarle por Mar. Desde que empezamos a salir llevaba una foto suya en la cartera y pensé en enseñársela por si la conocía, quizás fuera cliente habitual o tal vez hubiera dejado un libro apartado para mí, qué sé yo. Rápidamente supe de lo disparatado de mi pensamiento. No hubiera sido inteligente por mi parte, demasiado extraño, tanto que podría llegar a ser sospechoso. Pensé en hacerlo a consecuencia del estado de desesperación en el que empezaba a encontrarme.
Continué con mi cometido de dar vueltas entre las estanterías y mesas allí dispuestas. Miraba libros, cogía alguno, leía la sinopsis y poco más. Siempre sin dejar de estar ojo avizor a cuanto ocurría a mi alrededor. Cansado de esperar algo que no sabía qué podía ser, pero que no llegaba, me centré en buscar algún libro que me interesara y comprarlo. De ese modo, al menos, dejaría mi obsesión por observar con ahínco lo que sucedía en mis inmediaciones. A pesar de que no hacía otra cosa diferente al resto de clientes, me daba la impresión que mi actitud de cara a los demás comenzaba a resultar un tanto extravagante. No quise pensarlo demasiado. Unos minutos después me paré en la sección de intriga/suspense. Miré con detenimiento. Conocía muchos de los autores y algunos títulos, pero hubo uno que captó mi atención en especial. Simplemente lo hizo por su título: Sé lo que estás pensando.
Cuando tuve el libro entre mis manos me fue imposible no pensar en Mar. ¿Sabría qué estaba pensando en ese momento? Aunque parecía una eternidad, esa misma mañana había amanecido en mi cama, tranquilamente y como un día cualquiera, sin llegar a imaginar todo lo que iba a ocurrir. Leí el argumento del libro, me resultó atrayente y decidí comprarlo. Pagué y, algo cabizbajo y meditabundo, abandoné la librería. No sabía ni entendía qué había pretendido Mar haciéndome ir allí. Sabía que ella estaba detrás de todo, a pesar de no alcanzar a entender. Tal vez ese era su plan, llevarme de algún modo, aunque no hubiera ningún motivo.
Salí del establecimiento con Sé lo que estás pensando bajo el brazo. Estaba convencido de que su compra había sido totalmente azarosa e impulsado por lo llamativo de su título, pero muchísimo tiempo después descubriría y entendería que su elección no había sido para nada casual.
Capítulo XXIII
En el momento en que lo vi, un reflejo me hizo apretar fuerte la mano de Mar. Me giré hacia ella con una expresión de asombro y sorpresa reflejada en mi rostro. Tenía la esperanza de que ella también lo hubiera visto; que, al igual que yo, hubiera mirado justo a ese punto en concreto en ese preciso instante. Pero no, ella mantenía la cabeza gacha, contemplaba cómo los operarios echaban los últimos restos de cemento sobre la fosa de su padre. Volví a mirar al frente, entre los árboles, al punto exacto donde había visto al portero con su estremecedor gesto. Como si de una película de terror se tratase, había desaparecido. Miré con rapidez en todas direcciones entre los huecos que dejaban los paraguas, esquivando con mi vista a los asistentes. Con desesperación constaté que mis esfuerzos eran en vano. Se había esfumado, no había rastro de él. Me inquieté. Al darse cuenta de mi agitación, Mar me miró extrañada y me preguntó:
—¿Estás bien?, ¿te pasa algo?
—Sí, estoy bien —mentí a modo de contestación—. ¿Lo has visto? ¿Has visto lo mismo que yo? —pregunté acelerado, sin poder contenerme.
—Abel, ¿qué dices? ¿De qué hablas? —preguntó desconcertada, con la cara de quién cree que su novio ha elegido el peor momento para perder la cabeza.
—Nada, no me hagas caso, luego te cuento —le dije con la mayor tranquilidad que fui capaz de fingir.
En el momento que taparon la tumba por completo, Mar abrazó a su madre, viva imagen del desconsuelo. Clara se unió a ellas, en una piña llena de padecimiento. El marido de Clara, que había llegado para el entierro, y yo nos mantuvimos en un segundo plano. Todo había acabado. Muchos de los allí reunidos, principalmente amigos y conocidos, comenzaron a dispersarse y a marchar. Solo los familiares más cercanos nos quedamos un rato a solas frente a la tumba. Disimuladamente, miraba a aquel punto entre los cipreses. Nada. Dirigía miradas de soslayo a los alrededores con idéntico resultado. Al recordar sus palabras, una ansiedad, creciente e imparable, se hacía con el control de mis nervios. La frase mencionada, cualquiera que hubiera sido su propósito, no podría haber sido más certera. «Aquí o en cualquier otro lugar…». Dudaba de la casualidad, no parecían palabras lanzadas al azar. Hice de tripas corazón y aguanté el tirón como pude. Junto a la tumba de Fernando la familia rezó unas oraciones. Mercedes, ayudada por sus hijas, colocó una corona de flores en la base de la sepultura y, tras su último adiós, poco a poco fuimos caminando hacia la salida.
Anduvimos lenta y silenciosamente. A veces, y sin que ella fuera consciente, miraba a Mar. Su semblante lleno de tristeza me destrozaba. Caminábamos agarrados de la mano, y aunque notaba el roce de su piel, la sentía lejos, muy lejos de allí. Su cabeza estaba en otra parte, no sabía dónde. Me aterrorizaba la idea de que Mar, tras el duro golpe sufrido, no volviera a ser la misma. La conocía bien y sabía lo increíblemente fuerte que era, pero no sabía si tanto como para soportar la pérdida de un pilar fundamental en su vida que haría tambalear todos los demás. Nuestras vidas, y la suya en particular, sufrían cambios, muchos de ellos drásticos y repentinos, que no eran fácilmente digeribles. Y por supuesto estaban sus sueños. Me sentía ansioso e impaciente ante lo que tenía que contarme acerca de ellos.
Llegamos a la salida. Mercedes habló con Mar y le informó de que iba directamente a casa, necesitaba descansar. Habían sido dos interminables días en los que había permanecido al pie del cañón, incansable. Me preguntaba de dónde había sacado fuerzas para no desfallecer. Clara y Miguel, su marido, decidieron acompañarla. Miré a Mar para darle a entender que haríamos lo que ella estimara conveniente.
—Nos vamos con vosotros a casa también —dijo con firmeza.
Era lo mejor. Nos montamos los cinco en el coche de Miguel y este arrancó el motor. Mar y yo íbamos en los asientos de detrás, junto a Clara. El constante y monótono traqueteo del vehículo era lo único que rompía el silencio reinante. Andaba perdido en mis pensamientos, meditaba sobre cómo y en qué momento abordar a Mar para contarle la inexplicable aparición del cementerio. Le daba vueltas al asunto y por momentos trataba de convencerme de que podría haber sido una especie de espejismo, un oasis en el desierto y que realmente no había estado allí. Pero era absolutamente consciente de que era engañarme a mí mismo. Había sido real, muy real. Mar aprovechó el ruido del motor y que Clara miraba distraída por la ventanilla para agarrar mi mano y reclamar mi atención. Cuando la obtuvo, me dijo en un susurro:
—Esta noche iremos a cenar. Tenemos muchísimas cosas que contarnos y, por supuesto, quiero saber qué viste.
—Me parece buen plan —contesté, mientras la lluvia, en el exterior, empezaba a arreciar nuevamente.
Capítulo XXIV
Llegamos a casa de los padres de Mar tras unos veinte minutos de trayecto. Su madre estaba extenuada, una mezcla de cansancio, dolor y tristeza se reflejaba en su faz. Su semblante era otro, parecía haber envejecido años. Las facciones marcadas, las arrugas más acentuadas, completaban una cara pálida de marcadas ojeras. No tardó en decir que se iba a acostar, era más que evidente que necesitaba descanso. Miguel, el marido de Clara, también se retiró y tomó camino hacia las habitaciones que habían ocupado las hermanas en su juventud. Nos quedamos en el salón los tres, Mar, Clara y yo, repartidos entre el sofá y los butacones de la estancia. Me eché hacia atrás para recostarme entre los cojines y un largo suspiro se escapó de lo más profundo de mí.
—Clara, ¿no prefieres descansar en la cama mejor que quedarte ahí? —preguntó Mar a su hermana—. Estarás más cómoda.
—No —respondió—, aquí estoy bien. Quiero aprovechar que estamos solos, me gustaría comentaros algo.
Al escuchar sus palabras, una sensación negativa recorrió mi cuerpo. Duró unos pocos segundos, hasta que la conversación continuó. Los últimos acontecimientos me habían hecho no albergar esperanzas sobre buenas nuevas. Quizás el pesimismo se apoderaba de mí. Motivos tenía para ello, desde luego.
—Tú dirás —dijo Mar—. Yo permanecía expectante.
—A ver —comenzó Clara—, no sé muy bien por dónde empezar. Trataré de no dar muchos rodeos. Sobre la nueva situación de mamá, que se quede sola no va a suponer un problema. Yo me quedaré con ella durante una temporada. Con Miguel hace tiempo que no van las cosas nada bien y estamos empezando con los trámites de divorcio.
La noticia, soltada de sopetón, me sorprendió mucho. Sé que a Mar también. Era totalmente inesperada. Clara y Miguel llevaban años casados y siempre me habían parecido una pareja bien avenida. Jamás había sido testigo de la más mínima desavenencia entre ellos, pero como se sabe y se suele decir, los trapos sucios se lavan en casa.
—¿Cómo dices? ¿Os separáis? —exclamó atónita Mar.
—Sí. Llevamos una temporada mal, una mala racha que dura ya demasiado. Desde que lo ascendieron viaja muchísimo, pasa mucho tiempo fuera y apenas coincidimos. Nos tenemos tiempo para nosotros. Así es imposible. No todo es culpa de él ni es solo ese el motivo. A mí se me ha apagado la llama del amor. Es tan simple y duro como eso. Creemos que somos lo suficientemente jóvenes como para no encadenarnos a alguien que ahora mismo no nos llena como antes, y somos conscientes de que con la situación como está, con sus viajes y compromisos, revertirla va a ser muy difícil. No es una decisión tomada a la ligera, ni mucho menos. Llevamos meses hablando, tratando salvar el matrimonio, pero no somos capaces. Todavía no hay nada firmado, solo hemos comenzado con los trámites, pero a día de hoy los dos lo tenemos bastante claro. Ahora ha ocurrido lo de papá. Tú te incorporas a tu nuevo trabajo en una semana y no puedes dejar escapar esta oportunidad. Este es el paso que nos faltaba para separarnos y, que hasta ahora, por cobardía o por lo que sea, no nos hemos atrevido a dar. Yo me quedaré aquí. Ayer mismo hablé con mi jefa y pedí el traslado. Me dijo que haría todo lo posible por acelerar los trámites para que pudiera empezar cuanto antes. Así que creo que, dentro de lo malo, es lo mejor que nos puede pasar a todos, ¿no? ¿Qué opináis?
—Pues no sé muy bien que decir —tomó la palabra Mar—, no me esperaba nada de esto. No tenía la menor idea de tu situación con Miguel. Sé que no hablamos tanto como deberíamos y la relación no es tan estrecha como la que teníamos hace años, pero sabes perfectamente que puedes contar conmigo, joder, somos hermanas. Podrías haberme llamado y contarme…
—Tienes razón, pero aunque pueda sorprenderte, lo he llevado bien. Lo hemos ido dando por hecho con tanta naturalidad que no ha sido traumático para ninguno de los dos. No te voy a decir que haya sido o esté siendo un camino de rosas, pero probablemente no tan duro como se pueda suponer desde fuera. Ahora está el tema de cómo decírselo a mamá. Ya la conoces. De mi separación puede hacer un mundo y no es precisamente el mejor momento. Le contaré que he pedido el traslado porque Miguel pasa mucho tiempo fuera y así no estamos ninguna de las dos solas. No sé si se lo creerá, pero mejor dejar pasar algo de tiempo hasta contarle la verdad, ¿cómo lo veis?
—Es verdad, no sé si mamá se lo creerá —se aventuró a pronosticar Mar—, quiero decir, le sonará raro, pero tampoco pensará que os vais a divorciar. Por lo demás, me parece buena idea. ¿Miguel se queda esta noche? ¿Se va?
—Se va. Más tarde, pero esta misma noche. Tiene una reunión mañana a primera hora. Con mamá hablaré más tarde para decirle que me quedo.
Escuché la conversación atentamente, no solo eran temas familiares importantes los que se trataban, sino, ante el repentino vuelco en la situación de Clara, la solución al dilema sobre nuestra marcha a la capital. Dentro de lo que cabía, y egoístamente, eran buenas noticias. Cuando Clara terminó de hablar, se echó en su butaca y cerró los ojos. La charla había concluido. Mar me miró sin decir nada y apoyó su cabeza en mi hombro. Cerré los ojos y casi sin esfuerzo, me dormí. Sabía que todo lo que teníamos que hablar ella y yo sería durante la cena.
Capítulo XXV
Al salir de la librería, comprobé que comenzaba a oscurecer. La tarde caía, lenta pero inexorablemente. En esta ocasión, decidí volver al hotel dando un paseo aún a sabiendas de que podía exponerme a algún peligro puntual. Correría el riesgo. No estaba dispuesto a que el miedo se apoderase por completo de mi vida, me agarrotase y me limitase hasta tal punto. Necesitaba y me apetecía estirar las piernas, respirar aire fresco, como una especie de terapia para sentir que mi vida era normal.
Desde donde me encontraba, no tenía la más mínima idea de cuál era la dirección que debía tomar para volver al hotel. Observé mi alrededor unos instantes para decidir a quién preguntar sobre su ubicación. Descarté a gente joven, debo reconocer que simplemente por temor a que pudiera darse alguna situación peliaguda. Con la pistola del portero por hoy había tenido suficiente. Como decía mi abuela: «quién evita la ocasión, evita el peligro». Al recordarla decidí preguntar a una persona de avanzada edad, sería la mejor opción, y aunque no me eximía de riesgos, conocería bien la ciudad y, al menos eso creía, minimizaría el peligro.
Abordé a un señor de unos setenta años y tuve buen ojo con él. Muy amablemente, me dio instrucciones muy precisas, con varios puntos de referencias con los cuales difícilmente podría perderme. Tras sus indicaciones, caminé por la ciudad con cierta calma, venciendo y controlando la angustiante ansiedad que por momentos asomaba. Me esforzaba por disfrutar del camino, por supuesto, pero siempre sin perder de vista cualquier cosa o persona que pudiera ser susceptible de sospecha. Andaba sin prisas, observaba los alrededores, intentaba, sin éxito, recordar algo de la ciudad en la que había vivido el último año. Calles, plazas, edificios, todo me resultaba nuevo. No me despegaba de la desconcertante sensación de no saber si ya conocía la zona o jamás había pasado por allí.
Una tras otra, fui viendo todas las referencias que el buen hombre me había dado. Teatros, cines, centros comerciales, todo estaba justo en el lugar que él me había indicado. Debía quedarme muy poco para llegar al hotel. Estaba cansado, mucho. Lo único que tenía en mente era cenar, descansar y que acabara este día que parecía interminable. Mientras llegaba, y con el hambre voraz que tenía, consideraba la posibilidad de pedir comida a domicilio y que me la llevaran al hotel. Llegué a la conclusión de que, definitivamente, y por muchos motivos, era buena idea. Preguntaría en recepción el número de alguna pizzería o de alguna otra cadena de comida rápida que sirviera a domicilio. No me apetecía cenar solo en el primer restaurante que encontrara y, mucho menos, seguir exponiéndome más. Cenaría tranquilamente en la habitación, leería un poco y mañana sería otro día. Desconocía que antes de que acabara el día iba a tener una última sorpresa.
En la lejanía, vi la fachada del hotel. Tuve sensación de alivio, en gran medida por la poco real y consistente seguridad de que allí dentro nada malo podría ocurrirme. Entré y me dirigí directamente a recepción. Hablé de nuevo con el chico que anteriormente me había informado sobre la librería y le comenté lo de la pizzería. Rápidamente rebuscó entre algunos papeles que tenía bajo el mostrador y en cuestión de segundos, me pasó un par de tarjetas de publicidad. Le dejé treinta euros y le dije que haría el pedido desde la habitación, y que cuando llegara, me avisara por teléfono para bajar a recogerla. Quizás era un desmedido exceso de celo y precaución por mi parte, pero prefería cubrirme las espaldas ante la eventual aparición de un repartidor que no fuera tal. El recepcionista me dijo que no había problema, que en cuanto llegara mi pedido telefonearía a mi habitación. Recogí la tarjeta de acceso y, tras despedirme, subí en el ascensor hasta mi estancia.
Abrí lentamente la puerta, encendí la luz y comprobé que todo estaba exactamente como lo había dejado. Mi maleta abierta en el suelo, ropa desperdigada y esparcida encima de la cama. No observé nada raro, nadie más que yo había estado allí. Encendí la televisión, solté el libro recién comprado en la cama y me tiré en ella mientras ojeaba las tarjetas de fast food para decidir qué cenar. Una de ellas era de un restaurante que tenía una amplia oferta y ofrecía todo tipo de comidas. Pasta, hamburguesas, pizzas, kebabs, ensaladas. La otra, una importante cadena de pizzas a domicilio. Ayudado y tentado por las fotos de la publicidad, siempre engañosa, me decanté por esta última opción. Realicé el pedido y me tumbé. Pensé en Mar. Dónde estaría, qué haría en estos momentos, y si, como yo, pensaría en mí. Poco a poco los parpados empezaron a pesarme, a cerrarse constantemente, hasta que sin darme cuenta, agotado, caí dormido.
El sobresalto cuando sonó el teléfono fue tremendo. Abrí rápidamente los ojos y por unos segundos no supe dónde me encontraba. Casi a tientas, acerté a coger el auricular del teléfono. Respondí. Ha llegado su pedido, escuché al otro lado de la línea. Adormilado, bajé para recoger la pizza y el recepcionista me recibió con una media sonrisa, debía ser notorio mi aspecto somnoliento. Me entregó la caja, el cambio, y tras desearme buen provecho, regresé a mi habitación. Estaba realmente hambriento. Me senté en la cama, coloqué la almohada a modo de cojín, subí el volumen de la televisión y abrí la caja. La pizza tenía una pinta deliciosa. Devoré con avidez las primeras porciones, las engullí. Una detrás de otra, iban cayendo. Cuando solo quedaban dos trozos, y mientras levantaba con mi mano uno de ellos, vi algo en el fondo del cartón. Había algo pegado allí, una especie de papel. Lo primero que pensé es que posiblemente sería publicidad, que en un descuido había caído dentro de la caja. Nada más lejos. Cuando lo agarré, pringoso y manchado en los bordes, comprobé que era pequeño, tan pequeño como una foto de carnet. De hecho, es lo que era. No podía creer lo que estaba viendo. Era una foto de carnet de Mar. La misma que yo llevaba en mi cartera desde hacía años y que ella me había regalado al poco de comenzar a salir. Sus ojos alegres y vivarachos, su rostro sonriente, algo más joven. Indudablemente era la misma fotografía. Estupefacto, eché mano a mi cartera para comprobar si seguía ahí, donde siempre había estado. Busqué con angustia entre los papeles y tarjetas que tenía, pero no había rastro, había desaparecido. Desesperado, vertí y vacié todo su contenido encima de la cama, con el mismo resultado. La incredulidad nunca se representó mejor en mi rostro. La lógica me decía que no podía ser la misma foto, era del todo imposible, pero a la vez todo parecía indicar que sí…
Supongo que en una reacción natural, di la vuelta a la foto. Si el hecho de encontrarla en el fondo de la caja me sorprendió, lo que leí en su dorso, directamente hizo que mi corazón diera un vuelco. Escrito en tinta azul y con la inconfundible letra de Mar, rezaba: «Abel, descansa tranquilo, sabes que estoy contigo y sé lo que estás pensando».
Capítulo XXVI
A mil por hora. Así latía mi corazón al ver el mensaje detrás de la foto. ¿Cómo era posible? En un movimiento instintivo, miré alrededor de la habitación, examinando cada rincón. Mi mirada, con rapidez, se dirigió a techo, esquinas, paredes… quién sabe si con la esperanza de encontrar alguna cámara y descubrir que todo formaba parte de una macabra broma que había llegado demasiado lejos. Evidentemente, no hallé nada. Traté de tranquilizarme, pero antes de conseguirlo, lancé la caja de pizza a una de las esquinas de la cama, mi apetito se había esfumado. Me embargaba una sensación de rabia e impotencia al desconocer qué ocurría. Todas las posibilidades que venían a mi cabeza sobre cómo había ido a parar la fotografía allí dentro me parecían disparatadas. Todas escapaban al sentido común.
Cuando fui capaz de reaccionar, y a pesar de que sabía que ya era tarde, me levanté y me asomé por la ventana. Desde mi posición en el primer piso, a pocos metros veía como la gente caminaba, reía, hablaba por el móvil, totalmente ajena a mi mirada escrutadora. Era consciente de que el repartidor hacía tiempo que se habría marchado, pero no me resistí a comprobar si desde la calle había alguien atento a mi habitación. Tras cerciorarme de que no veía nada raro, cerré la ventana y medité unos instantes. No sabía qué pensar ni qué hacer. Descarté la opción de que hubiera sido la propia Mar la que entregó la pizza en recepción, era completamente descabellado. No tenía ni pies ni cabeza, aunque parándome a pensar, nada de lo que estaba ocurriendo lo tenía. ¿Cómo había llegado la foto desde mi cartera a la caja de pizza? La pregunta se repetía incesante en mi cabeza. Y el mensaje, ese mensaje que hacía clara referencia al libro que acababa de comprar en la librería, la misma a la que ella me había guiado, ¿significaba que ella conocía mis pensamientos? ¿Era solo una referencia al libro? ¿Y cómo lo sabía? ¿Me había visto comprarlo? ¿Era posible que hubiera estado en la librería y yo no la hubiese visto?
Negué con la cabeza, era imposible que eso hubiese ocurrido. Entendí e interpreté el mensaje de la foto como una manera de tranquilizarme y hacerme ver que ella, de alguna manera, continuaba a mi lado. Barajé la posibilidad de bajar e interrogar al recepcionista sobre el repartidor. Si era chica o chico, su aspecto e incluso, y llegado el caso, pedirle si podría mostrarme las grabaciones del hotel por si reconocía al repartidor en cuestión. Incluso en el estado de desesperación en el que me encontraba era una auténtica locura siquiera pensarlo. De todos modos, no me conduciría a ninguna parte, solo a un callejón sin salida. Sin pararme a pensar, agarré el teléfono y, decidido a probar suerte, llamé nuevamente a la pizzería. Sin esperanza de obtener resultados, pregunté por Mar, la chica que trabajaba como repartidora. Tal y como me esperaba, me confirmaron que allí no trabajaba nadie con ese nombre. Lo insólito comenzaba a parecerme normal, y eso no era buena señal.
Darmowy fragment się skończył.