Czytaj książkę: «Turismo de interior en España»

Colección: Desarrollo Territorial, 19
Director de la colección: Joan Romero
Cátedra de Geografía Humana. Universitat de València
Consejo editorial:
| Nacima Baron | École d’Urbanisme de Paris |
| Dolores Brandis | Universidad Complutense de Madrid |
| Gemma Cànoves | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Inmaculada Caravaca | Universidad de Sevilla |
| Josefina Cruz Villalón | Universidad de Sevilla |
| Carmen Delgado | Universidad de Cantabria |
| Josefina Gómez Mendoza | Universidad Autónoma de Madrid |
| Francesco Indovina | Istituto Universitario di Architettura di Venezia |
| Oriol Nel·lo | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Andrés Pedreño | Universidad de Alicante |
| Rafael Mata | Universidad Autónoma de Madrid |
| Carme Miralles | Universidad Autónoma de Barcelona |
| Ricardo Méndez | CSIC |
| Joaquim Oliveira | Director de Política Regional y Urbana de la OCDE |
| José Alberto Rio Fernandes | Universidade do Porto |
| Andrés Rodríguez-Posse | London School of Economics |
| Julia Salom | Universitat de València Estudi General |
| Joao Seixas | Universidade Nova de Lisboa |
La presente publicación forma parte del Proyecto: «Reconversión, Revalorización y Rein-vención de espacios turísticos Interiores de España. Un análisis de casos y formulación de estrategias ante la crisis», del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad. Plan Nacional de I+D+i, 2013-2016 (CSO2013-4137-R).
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o trans-mitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
© Del texto: los autores, 2017
Publicacions de la Universitat de València
puv.uv.es
publicacions@uv.es
Maquetación: Arantxa Pérez
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-385-1
Contenidos
RELACIÓN DE AUTORES
LISTA DE CUADROS
LISTA DE FIGURAS
AGRADECIMIENTOS
PRESENTACIÓN
1 INTRODUCCIÓN: ESTABLECIENDO CONEXIONES ENTRE CULTURA Y TURISMO
Gemma Cànoves
2 MARCO CONCEPTUAL
Gemma Cànoves Elena De Uña Montserrat Villarino
2.1. Conceptos, nexos y conexiones: territorio y destino turístico; innovación y competitividad; sostenibilidad y desarrollo sostenible del turismo; clúster turístico
2.1.1. Territorio y destino turístico
2.1.2. Innovación y Competitividad
2.1.3. Sostenibilidad y desarrollo sostenible
2.1.4. Clúster turístico
2.2. Resiliencia territorial. Conceptos y características
3 METODOLOGÍA Y JUSTIFICACIÓN DE LOS CASOS DE ESTUDIO
Asunción Blanco-Romero Magda Cayón José Ma Prat
3.1. Consideraciones previas
3.2. Sistemas de indicadores seleccionados
3.2.1. Indicadores de resiliencia del clúster formado alrededor de un determinado producto turístico
3.2.2. Indicadores de resiliencia de la comarca como destino turístico
3.2.3. Indicadores de resiliencia territorial de la comarca
3.3. Justificación de los casos de estudio
4 CARACTERÍSTICAS DE LOS TERRITORIOS OBJETO DE ESTUDIO
Asunción Blanco-Romero – Gemma Cànoves José Antonio Corral – Luis A. Hortelano Antonio Martínez Puche – Carmen Mínguez Mónica Molina – José Ma Prat Montserrat Villarino – Elena de Uña
4.1. El caso del Alt Penedès
Mónica Molina
4.1.1. El territorio
4.1.2. El enoturismo en la comarca
4.2. El caso del Alto Vinalopó
Antonio Martínez Puche
4.2.1. El territorio
4.2.2. El turismo alrededor de las fiestas de Moros y Cristianos
4.3. El caso de la Anoia
Gemma Cànoves
4.3.1. El territorio
4.3.2. El «geocaching» en la comarca
4.4. El caso del Bages
Gemma Cànoves
4.4.1. El territorio
4.4.2. El turismo religioso en la comarca
4.5. El caso del Berguedà
José Ma Prat
4.5.1. El territorio
4.5.2. El turismo industrial en la comarca
4.6. El caso de la Cerdanya
José Ma Prat
4.6.1. El territorio
4.6.2. El esquí nocturno y el «après-esquí» en la comarca
4.7. El caso de la Comarca del Jiloca
Asunción Blanco-Romero
4.7.1. El territorio
4.7.2. El turismo del patrimonio bélico en la comarca
4.8. El caso de Osona
José Antonio Corral
4.8.1. El territorio
4.8.2. El Ecomuseo del Trigo
4.9. El caso de Ribeira Sacra
Elena De Uña Montserrat Villarino
4.9.1. El territorio
4.9.2. El turismo de naturaleza
4.10. El caso del Ripollès
Asunción Blanco-Romero
4.10.1. El territorio
4.10.2. El turismo de deportes de aventura en la comarca
4.11. El caso de la Comarca de la Sierra Sur de Jaén
José Ma Prat
4.11.1. El territorio
4.11.2. El turismo astronómico en la comarca
4.12. El caso de la Tierra de Vitigudino
Luis Alfonso Hortelano Carmen Mínguez
4.12.1. El territorio
5 ANÁLISIS DE LA SOSTENIBILIDAD DEL CLÚSTER Y DE LA RESILIENCIA TERRITORIAL DE LA COMARCA Y DEL DESTINO TURÍSTICO
Asunción Blanco-Romero – Gemma Cànoves José Antonio Corral – Luis A. Hortelano Antonio Martínez Puche – Carmen Mínguez Mónica Molina – José Ma Prat Montserrat Villarino – Elena de Uña
5.1. Alt Penedès
Mónica Molina
5.1.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.1.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.1.3. Resiliencia del enoturismo en la comarca
5.2. Alto Vinalopó
Antonio Martínez Puche
5.2.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.2.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.2.3. Resiliencia del turismo de fiestas de Moros y Cristianos en la comarca
5.3. Anoia
Gemma Cànoves
5.3.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.3.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.3.3. Sostenibilidad del clúster del «geocaching»
5.4. El Bages
Gemma Cànoves
5.4.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.4.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.4.3. Sostenibilidad del clúster del turismo religioso
5.5. El Berguedà
José Ma Prat
5.5.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.5.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.5.3. Sostenibilidad del clúster del turismo industrial
5.6. La Cerdanya
José Ma Prat
5.6.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.6.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.6.3. Sostenibilidad del clúster del «après-esquí» y del esquí nocturno
5.7. Jiloca
Asunción Blanco-Romero
5.7.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.7.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.7.3. Resiliencia del turismo de las trincheras de la Guerra Civil en la comarca
5.8. Osona
José Antonio Corral
5.8.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.8.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.8.3. Sostenibilidad del clúster del Ecomuseo del Trigo en la comarca
5.9. Ribeira Sacra
Elena De Uña Montserrat Villarino
5.9.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.9.1. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.9.3. Resiliencia del turismo de naturaleza en la comarca
5.10. Ripollès
Asunción Blanco-Romero
5.10.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.10.2. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.10.3. Sostenibilidad del clúster del turismo de aventura de riesgo
5.11. Sierra Sur de Jaén
José Ma Prat
5.11.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.11.1. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.11.3. Resiliencia del astroturismo en la comarca
5.12. Vitigudino
Luis Alfonso Hortelano Carmen Mínguez
5.12.1. Resiliencia territorial de la comarca
5.12.1. Resiliencia de la comarca como destino turístico
5.12.3. Resiliencia del arqueoturismo en la comarca
6 COMPARACIÓN DE LOS CASOS
Gemma Cànoves José Ma Prat Asunción Blanco-Romero
7 CONCLUSIONES
Gemma Cànoves
8 BIBLIOGRAFÍA
Relación de autores
Asunción Blanco-Romero. Doctora en Geografía. Licenciada en Geografía. Profesora Titular de Análisis Geográfico Regional en el Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona. Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR). Investigadora principal del proyecto «Reconversión, revalorización y reinvención de espacios turísticos interiores de España. Análisis de casos y formulación de estrategias ante la crisis» (Ref. CSO2013-41374-R) (2014-2016), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Gemma Cànoves Valiente. Doctora en Geografía. Licenciada en Filosofía y Letras (División de Geografía e Historia). Catedrática de Análisis Geográfico Regional en el Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona. Directora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR). Investigadora principal del proyecto «Reconversión, revalorización y reinvención de espacios turísticos interiores de España. Análisis de casos y formulación de estrategias ante la crisis» (Ref. CSO2013-41374-R) (2014-2016), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Magda Cayón Costa. Doctora en Creación, Estrategia y Gestión de Empresas. Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales. Profesora de Gestión Financiera en la Escuela de Turismo y Dirección Hotelera en la Universitat Autònoma de Barcelona y en la EUNCET Business School (Universitat Politècnica de Catalunya). Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
José Antonio Corral Marfil. Doctor en Geografía. Licenciado en Economía de la Empresa. Profesor Agregado en el Departamento de Economía y Empresa de la Universitat de Vic - Universitat Central de Catalunya. Investigador del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Elena De Uña Álvarez. Doctora en Geografía. Licenciada en Geografía e Historia (sección Geografía). Profesora Titular de Geografía Física en el Departamento de Historia, Arte y Geografía de la Universidad de Vigo, Campus de Ourense. Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Luis Alfonso Hortelano Mínguez. Doctor en Geografía. Licenciado en Geografía. Profesor Colaborador en el Departamento de Geografía de la Universidad de Salamanca. Investigador del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Antonio Martínez Puche. Doctor en Geografía. Licenciado en Geografía. Profesor Titular de Geografía en el Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Alicante. Director Académico de la Sede Universitaria de Villena. Investigador del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Carmen Mínguez García. Doctora en Geografía. Licenciada en Geografía y Licenciada en Antropología Social y Cultural. Profesora Contratada en el Departamento de Geografía Humana de la Universidad Complutense de Madrid. Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Mónica Molina Hoyo. Licenciada en Humanidades. Diplomada en Turismo. Becaria pre-doctoral FI en el Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona. Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
José Ma Prat Forga. Doctor en Geografía. Licenciado en Geografía e Ingeniero Industrial. Técnico de Soporte a la Investigación en el Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona. Investigador del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Montserrat Villarino Pérez. Doctora en Geografía. Licenciada en Geografía e Historia (sección Geografía). Profesora Titular de Geografía Humana en el Departamento de Geografía de la Universidad de Santiago de Compostela. Investigadora del grupo Turismo y Desarrollo Territorial en Áreas Rurales (TUDISTAR).
Lista de cuadros
Tabla 1. Principios del desarrollo sostenible
Tabla 2. Indicadores seleccionados para conocer la resiliencia turística de un destino
Tabla 3. Lista de los indicadores seleccionados para conocer la resiliencia territorial de una comarca
Tabla 4. Cuadro general demográfico y económico de las CCAA seleccionadas
Tabla 5. Índices generales económicos de las CCAA seleccionadas y de España (2012)
Tabla 6. Índices de actividad económica, turística y de cuota de mercado de las CCAA seleccionadas (2011)
Tabla 7. Contexto territorial (2014)
Tabla 8. Estructura por edades (2014)
Tabla 9. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 10. Afiliados a la Seguridad Social y parados por sectores (2014)
Tabla 11. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 12. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 13. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 14. Contexto territorial (2014)
Tabla 15. Estructura por edades (2014)
Tabla 16. Evolución demográfica (1996-2014)
Tabla 17. Paro registrado a nivel municipal por sectores de actividad (en %) (2014)
Tabla 18. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 19. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 20. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 21. Contexto territorial (2014)
Tabla 22. Estructura por edades (2014)
Tabla 23. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 24. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 25. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 26. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 27. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 28. Contexto territorial (2014)
Tabla 29. Estructura por edades (2014)
Tabla 30. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 31. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 32. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 33. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 34. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 35. Contexto territorial (2014)
Tabla 36. Estructura por edades (2014)
Tabla 37. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 38. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 39. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 40. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 41. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 42. Contexto territorial (2014)
Tabla 43. Estructura por edades (2014)
Tabla 44. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 45. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 46. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 47. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 48. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 49. Contexto territorial (2014)
Tabla 50. Estructura por edades (2014)
Tabla 51. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 52. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 53. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 54. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 55. Agentes directamente relacionados con este recurso turístico
Tabla 56. Contexto territorial (2014)
Tabla 57. Estructura por edades (2014)
Tabla 58. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 59. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 60. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 61. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 62. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 63. Contexto territorial (2014)
Tabla 64. Estructura por edades (2014)
Tabla 65. Estructura por edades (en %) (2014)
Tabla 66. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 67. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 68. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 69. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 70. Agentes directamente relacionados con este recurso turístico
Tabla 71. Contexto territorial (2014)
Tabla 72. Estructura por edades (2014)
Tabla 73. Evolución demográfica (1985-2014)
Tabla 74. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 75. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 76. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 77. Agentes directamente relacionados con este clúster
Tabla 78. Contexto territorial (2014)
Tabla 79. Estructura por edades (2014)
Tabla 80. Evolución demográfica (1996-2014)
Tabla 81. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (2014)
Tabla 82. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 83. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 84. Agentes directamente relacionados con este recurso turístico
Tabla 85. Contexto territorial (2014)
Tabla 86. Estructura por edades (en %) (2014)
Tabla 87. Evolución demográfica (1986-2014)
Tabla 88. Afiliados a la Seguridad Social y parados, por sectores (diciembre 2014)
Tabla 89. Parque de viviendas (2001-2011)
Tabla 90. Oferta de alojamientos turísticos
Tabla 91. Actuaciones en la provincia de Salamanca
Tabla 92. Agentes directamente relacionados con este recurso turístico
Tabla 93. Cuadro resumen de los resultados del Alt Penedès
Tabla 94. Cuadro resumen de los resultados del Alto Vinalopó
Tabla 95. Cuadro resumen de los resultados de la Anoia
Tabla 96. Cuadro resumen de los resultados del Bages
Tabla 97. Cuadro resumen de los resultados del Berguedà
Tabla 98. Cuadro resumen de los resultados de la Cerdanya
Tabla 99. Cuadro resumen de los resultados de la comarca del Jiloca
Tabla 100. Cuadro resumen de los resultados de Osona
Tabla 101. Cuadro resumen de los resultados de la Ribeira Sacra
Tabla 102. Cuadro resumen de los resultados del Ripollès
Tabla 103. Cuadro resumen de los resultados de la Sierra Sur de Jaén
Tabla 104. Cuadro resumen de los resultados de la comarca agraria de Vitigudino
Tabla 105. Debilidades económicas
Tabla 106. Debilidades socioculturales
Tabla 107. Debilidades medioambientales
Tabla 108. Debilidades de gobernanza
Lista de figuras
Figura 1. El patrimonio y sus relaciones
Figura 2. Desarrollo del turismo y formación de vínculos económicos
Figura 3. Esquema de las interrelaciones entre patrimonio y turismo
Figura 4. Esquema de las relaciones patrimonio-producto-destino turístico
Figura 5. Esquema global de conceptos turísticos
Figura 6. Esquema de clúster turístico
Figura 7. Posibles alternativas de recuperación ante un impacto en un destino consolidado y estable
Figura 8. Posibles respuestas ante un impacto en un desarrollo territorial creciente
Figura 9. Propiedades del ciclo adaptativo
Figura 10. La resiliencia y el ciclo adaptativo del sistema turístico
Figura 11. Secuencia de ciclos adaptativos de recuperación
Figura 12. Esquema capas de indicadores
Figura 13. Mapa de España con las Comunidades de estudio seleccionadas
Figura 14. Mapa de situación de las zonas de estudio y clústeres seleccionados
Figura 15. Mapa de situación de las comarcas de Catalunya seleccionadas
Figura 16. Esquema del enfoque metodológico del estudio
Figura 17. Mapa de situación del Alt Penedès
Figura 18. Evolución de visitantes de enoturismo Penedès (2008-2013)
Figura 19. Viñedos en invierno en el Alt Penedès
Figura 20. Cavas y viñedos de la heredad de Segura Viudas
Figura 21. Exterior de la entrada principal de las Cavas Freixenet
Figura 22. Situación geográfica de los recursos del enoturismo en la comarca
Figura 23. Mapa de situación del Alto Vinalopó
Figura 24. Términos municipales del Alto Vinalopó
Figura 25. Carteles oficiales de las fiestas de Moros y Cristianos de Villena y Biar (2016)
Figura 26. Desfile nocturno de moros en Villena
Figura 27. Situación geográfica de las fiestas de Moros y Cristianos en la comarca
Figura 28. Mapa de situación de la Anoia
Figura 29. Subida al Collet de les Forques
Figura 30. La Torre de la Manresana
Figura 31. Situación geográfica de los recursos de «geocaching» en la comarca
Figura 32. Mapa de situación del Bages
Figura 33. Monasterio de Montserrat
Figura 34. Catedral de Manresa
Figura 35. Iglesia y Cueva de San Ignacio de Loyola (Manresa)
Figura 36. Situación geográfica de los recursos de turismo religioso en el Bages
Figura 37. Mapa de situación del Berguedà
Figura 38. Viviendas de obreros en la Colonia Vidal
Figura 39. Torre del Amo de la Colonia Viladomiu Nou (Gironella)
Figura 40. Tren del Ciment
Figura 41. Situación geográfica de los recursos de turismo industrial en el Berguedà
Figura 42. Mapa de situación de la Cerdanya
Figura 43. Carrera de trineos tirados por perros (La Molina)
Figura 44. Esquí nocturno en Masella
Figura 45. Situación geográfica de los elementos turísticos del clúster
Figura 46. Mapa de situación de la Comarca del Jiloca
Figura 47. Trincheras de «La Fuentecilla» (Bueña)
Figura 48. Fortín-nido de ametralladoras de las trincheras de Cabezo Santo (Monforte de Moyuela)
Figura 49. Situación geográfica de los elementos de este recurso turístico en la comarca
Figura 50. Mapa de situación de Osona
Figura 51. Sala del Museo del Trigo
Figura 52. Pajar y molino de la Calvaria
Figura 53. Situación geográfica de los elementos turísticos del clúster
Figura 54. Mapa de situación de la Ribeira Sacra
Figura 55. El territorio de estudio en la cuenca hidrográfica Miño-Sil
Figura 56. El Cañón del Sil y Poblamiento Ribeira Sacra
Figura 57. Cabecera de la iglesia del Monasterio de las Bernardas, en Pantón
Figura 58. Situación geográfica de este recurso turístico en la comarca
Figura 59. Mapa de situación del Ripollès
Figura 60. Alpinismo en la pared norte del Gra de Fajol Petit
Figura 61. Descenso de barrancos en el Torrent de la Corba
Figura 62. Situación geográfica de los recursos de turismo de deportes de aventura en la comarca
Figura 63. Mapa de situación de la Comarca del Sur de Jaén
Figura 64. Cúpula del Observatorio Andaluz de Astronomía
Figura 65. Cielo estrellado, desde Alcaudete
Figura 66. Situación geográfica de este recurso turístico en la comarca
Figura 67. Mapa de situación de la comarca agraria de Vitigudino
Figura 68. Mapa de situación de las comarcas agrarias de Salamanca
Figura 69. Puerta de los Vetones del Castro de Las Merchanas (vista exterior)
Figura 70. Puerta suroeste del Castro de Yecla la Vieja (vista interior)
Figura 71. Situación geográfica de este recurso turístico en la comarca
Figura 72. Índices de sensibilidad territorial del Alt Penedès
Figura 73. Comparación de la evolución de las variables económicas del Alt Penedès y Catalunya (2010-2014)
Figura 74. Comparación de la evolución de las variables socioculturales del Alt Penedès y Catalunya (2010-2014)
Figura 75. Comparación de la evolución de las variables medioambientales del Alt Penedès y Catalunya (2010-2014)
Figura 76. Índices de sensibilidad territorial del Alto Vinalopó
Figura 77. Comparación de la evolución de las variables económicas del Alto Vinalopó y de la Comunidad Valenciana (2010-2014)
Figura 78. Comparación de la evolución de las variables socioculturales del Alto Vinalopó y la Comunidad Valenciana (2010-2014)
Figura 79. Comparación de la evolución de las variables medioambientales del Alto Vinalopó y la Comunidad Valenciana (2010-2014)
Figura 80. Índices de sensibilidad territorial de la Anoia
Figura 81. Comparación de la evolución de las variables económicas de Anoia y de Catalunya (2010-2014)
Figura 82. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de Anoia y de Catalunya (2010-2014)
Figura 83. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de Anoia y de Catalunya (2010-2014)
Figura 84. Índices de sensibilidad territorial del Bages
Figura 85. Comparación de la evolución de las variables económicas del Bages y de Catalunya (2010-2014)
Figura 86. Comparación de la evolución de las variables socioculturales del Bages y de Catalunya (2010-2014)
Figura 87. Comparación de la evolución de las variables medioambientales del Bages y de Catalunya (2010-2014)
Figura 88. Índices de sensibilidad territorial del Berguedà
Figura 89. Comparación de la evolución de las variables económicas del Berguedà y de Catalunya (2010-2014)
Figura 90. Comparación de la evolución de las variables socioculturales del Berguedà y de Catalunya (2010-2014)
Figura 91. Comparación de la evolución de las variables medioambientales del Berguedà y de Catalunya (2010-2014)
Figura 92. Índices de sensibilidad territorial de la Cerdanya
Figura 93. Comparación de la evolución de las variables económicas de la Cerdanya y de Catalunya (2010-2014)
Figura 94. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de la Cerdanya y de Cataluña (2010-2014)
Figura 95. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de la Cerdanya y de Catalunya (2010-2014)
Figura 96. Índices de sensibilidad territorial de la comarca de Jiloca
Figura 97. Comparación de la evolución de las variables económicas de la comarca del Jiloca y de Aragón (2010-2014)
Figura 98. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de la comarca del Jiloca y de Aragón (2010-2014)
Figura 99. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de la comarca del Jiloca y de Aragón (2010-2014)
Figura 100. Índices de sensibilidad territorial de Osona
Figura 101. Comparación de la evolución de las variables económicas en Osona y Catalunya (2010-2014)
Figura 102. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de Osona y de Catalunya (2010-2014)
Figura 103. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de Osona y de Catalunya (2010-2014)
Figura 104. Índices de sensibilidad territorial de la Ribeira Sacra
Figura 105. Comparación de la evolución de las variables económicas de la Ribeira Sacra y de Galicia (2010-2014)
Figura 106. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de la Ribeira Sacra y de Galicia (2010-2014)
Figura 107. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de la Ribeira Sacra y de Galicia (2010-2014)
Figura 108. Índices de sensibilidad territorial del Ripollès
Figura 109. Comparación de la evolución de las variables económicas del Ripollès y de Catalunya (2010-2014)
Figura 110. Comparación de la evolución de las variables socioculturales del Ripollès y de Catalunya (2010-2014)
Figura 111. Comparación de la evolución de las variables medioambientales del Ripollès y de Catalunya (2010-2014)
Figura 112. Índices de sensibilidad territorial de la Sierra Sur de Jaén
Figura 113. Comparación de la evolución de las variables económicas de la Sierra Sur de Jaén y de Andalucía (2010-2014)
Figura 114. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de la Sierra Sur de Jaén y de Andalucía (2010-2014)
Figura 115. Comparación de las variables medioambientales de la Sierra Sur de Jaén y de Andalucía (2010-2014)
Figura 116. Índices de sensibilidad territorial de la comarca agraria de Vitigudino
Figura 117. Comparación de la evolución de las variables económicas de la comarca agraria de Vitigudino y de Castilla y León (2010-2014)
Figura 118. Comparación de la evolución de las variables socioculturales de la comarca agraria de Vitigudino y de Castilla y León (2010-2014)
Figura 119. Comparación de la evolución de las variables medioambientales de la comarca agraria de Vitigudino y de Castilla y León (2010-2014)
Figura 120. Posicionamiento dentro de su ciclo adaptativo de la resiliencia territorial de las comarcas analizadas
Figura 121. Posicionamiento dentro de su ciclo adaptativo de la resiliencia como destino turístico de las comarcas analizadas
Figura 122. Sostenibilidad de los clústeres seleccionados
Agradecimientos
Los editores y el equipo de investigación de TUDISTAR, quieren expresar su agradecimiento a las instituciones y entidades que han hecho posible realizar esta investigación y publicarla en este libro. En primer lugar, al Ministerio de Economía y Competitividad, que ha financiado el proyecto, en el marco del Plan Nacional de I+D+i (2013-2016), con referencia CSO2013-4137-R, bajo el título; Reconversión, Revalorización y Reinvención de Espacios turísticos Interiores de España. Un análisis de casos y formulación de Estrategias ante la crisis. En segundo lugar, al Dr. Joan Romero, catedrático de Geografía Humana de la Universitat de València y director de la colección Desarrollo Territorial de la editorial Publicacions de la Universitat de València. Y en tercer lugar, a los investigadores, colaboradores, amigos y personas que desinteresadamente nos prestan su conocimiento y la información de sus vidas cotidianas. Solo a partir de su colaboración en nuestras investigaciones podemos extraer la realidad y no podemos olvidarnos de su valiosa contribución. Por último, a nuestros Departamentos de las Universidades en las que trabajamos; sin su apoyo, ayuda y buen hacer, seguro que sería muy complicado, en estos tiempos tan difíciles, continuar con las investigaciones y convertirlas en publicaciones para difundirlas a los especialistas y retornarlas a los territorios y los agentes locales.
Presentación
El libro que el lector tiene en sus manos es la continuación del libro publicado en 2014 bajo el título «Turismo de Interior: renovarse o morir. Estrategias y productos en Catalunya, Galicia y Murcia». Ahora los autores y el grupo TUDISTAR, avanzan en la investigación del turismo de interior incorporando una visión más amplia territorialmente y actualizada de las dinámicas que se están produciendo en los territorios de interior y de cómo el turismo sigue siendo un contribuidor a la dinamización de los espacios interiores. La dificultad para medir las repercusiones del turismo en los territorios en los que se desarrolla nos ha llevado a incorporar una serie de indicadores, sociales, económicos y medioambientales que nos permiten situar a los territorios y los productos turísticos en diferentes etapas de su desarrollo. En este estudio analizamos 12 casos del territorio español (Figura 14) para, a partir de productos turísticos innovadores, chequear la capacidad de potenciar y poner en valor los recursos culturales, patrimoniales y naturales del territorio. Los casos se seleccionaron en base a los criterios de territorios de interior y productos turísticos innovadores. Así en Cataluña escogimos la comarca del Alt Penedès y el producto enoturismo, la comarca de Anoia con el producto «geocaching», la comarca del Bages con el turismo religioso, la comarca del Berguedà con el turismo industrial, la comarca de la Cerdanya con el esquí nocturno y el «après-ski», la comarca de Osona con el ecomuseo del trigo y la comarca del Ripollès con el turismo de deportes de aventura. En Galicia analizamos la comarca de la Ribeira Sacra con el turismo de naturaleza. En Andalucía la comarca de la Sierra Sur de Jaén, con el turismo astronómico. En Alicante, la comarca del Alto Vinalopó con el turismo entorno a las fiestas de Moros y Cristianos. En Salamanca, la Tierra de Vitigudino con el turismo arqueológico o «arqueoturismo» y finalmente, en la comarca del Jiloca en Teruel, el turismo del patrimonio bélico.
En el capítulo 1 presentamos las dinámicas recientes de los territorios de interior y los cambios que están experimentando. Así mismo, recogemos las principales acepciones de turismo cultural y la potencialidad de los recursos culturales, patrimoniales y naturales que ofrecen los territorios interiores. Incidimos, de forma breve, en los diferentes intereses que pueden presentar los turistas culturales y apuntamos los principios básicos de desarrollo sostenible que deben asumir los espacios interiores. Inicialmente, el turismo en las áreas interiores no altera el territorio y la vida de la comunidad. Sin embargo, con el paso del tiempo el turismo y los turistas provocan un efecto multiplicador y dinamizador en dichos espacios generando actividades complementarias, diversificando su economía y ofertando nuevos puestos de trabajo, tanto directos como indirectos. Por ello, las Administraciones Públicas promueven el turismo como una actividad para la promoción económica y social del territorio. A veces, incluso, deben rectificar en una excesiva promoción que repercute negativamente. Los resultados de investigaciones anteriores (Cànoves, et al. 2014) nos han mostrado que la combinación idónea para los espacios interiores es la de poner en valor turístico sus recursos culturales, patrimoniales, y naturales, pero considerando siempre los resultados bajo una visión local. Es decir, la capacidad que tiene la actividad turística de dinamizar de manera local, endógena y a pequeña escala los espacios interiores. Este pequeño dinamismo, nada comparable al de los grandes complejos costeros litorales, tiene sin embargo unas repercusiones muy positivas para la población local que lo acoge y puede ayudar a frenar la despoblación e incluso dinamizar la economía local. La puesta en valor del patrimonio en los espacios interiores ha mostrado una potente capacidad de resiliencia ante las situaciones de crisis.
En el capítulo 2, se acota el marco conceptual, partiendo de la premisa de que en los territorios de interior están emergiendo nuevos clústeres alrededor de productos turísticos innovadores que ayudan al desarrollo local. Así, se delimitan los conceptos de territorio y destino turístico, de sostenibilidad y desarrollo sostenible del turismo, el concepto de clúster turístico y de resiliencia territorial. Entendiendo el concepto de resiliencia territorial como la capacidad de los destinos turísticos para recuperar los equilibrios o para absorber los impactos y las crisis, teniendo en cuenta su situación anterior, sus recursos, las propias habilidades organizativas, la adaptabilidad de su estructura y de su funcionamiento. En este capítulo sentamos las bases teóricas de nuestro estudio basándonos en el ciclo adaptativo de la resiliencia de Holling y Gunderson (2002), que aplicamos a los 12 territorios y productos turísticos del estudio.
El capítulo 3 muestra la metodología utilizada y justifica los doce casos de estudio seleccionados. La cuantificación de la sostenibilidad turística implica dificultades prácticas y conceptuales importantes, no sólo por la disponibilidad de los datos (White et al., 2006) sino porque es necesario, al mismo tiempo, establecer unos umbrales claros a partir de los cuales una actividad se puede considerar sostenible o no. La segunda dificultad se encuentra en la diversidad de territorios, actores e intereses que confluyen en una actividad tan transversal como es el turismo; siendo los indicadores una herramienta fundamental. Por otra parte, la ventaja de los indicadores es su facilidad de uso como información cuantitativa, su monitorización para evaluar variables, la posibilidad de efectuar comparaciones temporales y territoriales, la facilidad de comunicación y comprensión para la toma de decisiones y la posibilidad de evaluar fenómenos transversales. Dado que el principal objetivo del presente trabajo es conocer y analizar el grado de sostenibilidad del clúster formado alrededor de un producto turístico en una determinada comarca de interior; en primer lugar se ha seleccionado un conjunto de 38 indicadores a partir de los propuestos por el ETIS (European Tourism Indicator System) (ETIS 2013a; 2013 b). Los 38 indicadores seleccionados se han distribuido en cuatro categorías que son: Gestión del destino, Flujo turístico, Impacto sociocultural e Impacto medioambiental. En segundo lugar, para conocer el grado de resiliencia que presenta el destino turístico ante cualquier perturbación, se han seleccionado inicialmente 100 indicadores a partir de los propuestos por Amat (2013), la OMT (2004) y el Resilience Capacity Index (RCI), bajo un enfoque mixto socio-ecológico y medioambiental adaptado al turismo, siguiendo a Luthe y Wyss (2014), asimismo agrupados en las cuatro categorías siguientes: Flujos metabólicos, Dinámicas sociales, Redes de gobernanza y Medio-ambiente construido. Finalmente, para conocer el grado de resiliencia territorial de cada una de las comarcas seleccionadas se ha utilizado el índice de sensibilidad territorial (βr) propuesto por Martin (2012) y se han escogido cuatro índices de sensibilidad, representativos de los ámbitos económico, sociocultural y medioambiental.
Las Comunidades Autónomas seleccionadas han sido Andalucía, Aragón, Castilla y León, Catalunya, Comunidad Valenciana y Galicia (Figura 13). La explicación radica en que todas ellas presentan en sus comarcas de interior unas potencialidades relevantes (recursos naturales y patrimoniales) que permiten un mayor desarrollo de su oferta turística, adaptándola a las nuevas y crecientes demandas sociales. Analizados los datos, consideramos que las Comunidades elegidas son representativas de territorios con diferente grado de desarrollo y de resiliencia ante situaciones de crisis social y económica. Para poder identificar detalladamente las dinámicas de las Comunidades en cada una de ellas se ha seleccionado una provincia y, dentro de ésta, una comarca de interior. Y en cada una de ellas es reconocible la presencia, a partir de un determinado producto turístico, de un clúster ya existente o que está en proceso de formarse (Figuras 14 y 15). Entendemos que este clúster turístico puede contribuir al desarrollo local de las comarcas seleccionadas y hace posible el estudio consiguiente, analizando la sostenibilidad de estos clústeres y teniendo en cuenta la resiliencia de la comarca donde se encuentran, tanto desde el punto de vista territorial como del destino turístico.
El capítulo 4, es por ello el más extenso ya que detalla los 12 territorios de estudio, explicando en primer lugar, de forma breve, las características físicas del territorio en base a un análisis de su potencialidad turística. En segundo lugar, se realiza una radiografía de los indicadores socioeconómicos que enmarcan la dinámica del territorio y en tercer lugar, se analizan las características del clúster turístico. Este es el aspecto más relevante, ya que permite ver la evolución de cada caso e indica la etapa de crecimiento turístico en la que se encuentra el clúster.
El capítulo 5 analiza la sostenibilidad de los 12 clústeres y la resiliencia territorial de cada comarca y cada destino turístico. Todos los territorios cuentan con un cuadro resumen del resultado de los indicadores de resiliencia territorial, resiliencia del destino turístico y sostenibilidad del clúster del producto turístico. Esta radiografía permite finalmente situar el nivel de sostenibilidad de los clústeres seleccionados y posicionarlos dentro del ciclo adaptativo de la resiliencia territorial del conjunto de las comarcas analizadas.
Llegados al capítulo 6, éste efectúa una comparación de los casos centrada en sus debilidades económicas, socioculturales, medioambientales y de gobernanza como aspectos fundamentales para mejorar la resiliencia de cada clúster; teniendo en cuenta que hay una serie de aspectos coincidentes, como su riqueza patrimonial o natural y su paisaje, pero también existen notables diferencias entre ellos. Las tablas resumen (105, 106, 107,108) sitúan la comarca, el destino turístico y el clúster en relación a su posición respecto el resto de casos, en base a debilidades económicas, debilidades socioculturales, debilidades medioambientales y debilidades de gobernanza. A partir de los análisis realizados es posible concluir que cada una de las comarcas se encuentra en una etapa diferente del ciclo adaptativo tal como se refleja en la figura 120 y en la figura 122, que muestran el nivel de sostenibilidad de los clústeres seleccionados.
Para finalizar, el capítulo 7 recoge las conclusiones, limitaciones del estudio y nuevas vías de investigación en la temática del Turismo de interior, así como los indicadores económicos, sociales y medioambientales y la potencialidad de los clústeres turísticos en relación a un producto turístico tractor que ayude a dinamizar y potenciar el Turismo de los espacios interiores. España tiene aún un amplio potencial turístico en las zonas interiores, dado su rico patrimonio, identidades y cultura; falta sin embargo la dinamización local, la sinergia territorial y la confianza en la valorización de los lugares y sus potencialidades, desde un enfoque endógeno y sostenible.
1 Introducción: Estableciendo conexiones entre cultura y turismo
Gemma Cànoves
En este primer apartado presentamos las dinámicas recientes de los territorios de interior y los cambios que están experimentando. Así mismo, recogemos las principales acepciones de turismo cultural y la potencialidad de recursos culturales, patrimoniales y naturales que ofrecen los territorios interiores. Incidimos, de forma breve, en los diferentes intereses que pueden presentar los turistas culturales y apuntamos los principios básicos de desarrollo sostenible que deben asumir los espacios interiores.
La globalización de los capitales, la información y los transportes afectan localmente a los territorios de interior que están experimentando profundos cambios. Las recientes crisis económicas les han forzado a desarrollar nuevas estrategias adaptativas a nivel productivo, social y espacial, dando lugar a nuevos paradigmas (Niño-Becerra, 2015). Ante esta nueva situación, los territorios de interior, cuyo tradicional sustento era la producción agraria y ganadera, han reconvertido sus actividades y se han ido perfilando como espacios de ocio ante las demandas turísticas de las poblaciones urbanas (Cànoves et al., 2014). Dicha transformación ha supuesto la mercantilización del espacio rural (Fløysand y Jakobsen, 2007), que apuesta por desarrollar múltiples actividades sustitutivas y/o complementarias a las tradicionales (Fernández y Ramos, 2000; López Palomeque y Cànoves, 2014).
Una de estas nuevas actividades es el turismo, que intenta diversificar las economías de las zonas rurales, aumentando la dimensión del mercado local como consecuencia del consumo que realizan los visitantes1. Esta dinamización local ha ayudado a crear puestos de trabajo, especialmente entre los colectivos más desfavorecidos, como han sido las mujeres, los jóvenes, los parados de larga duración, etc. (Prat y Cànoves, 2014). El turismo en los espacios interiores se ha revelado como un activo para poner en valor los recursos naturales y socioculturales del territorio. La actividad turística ha favorecido la creación de microempresas implicando a la comunidad local en el diseño de los planes estratégicos de desarrollo turístico (Flores y Barroso, 2012). Sin embargo, los territorios de interior presentan una dinámica evolutiva compleja, donde actúan fuerzas endógenas y exógenas, a largo y corto plazo, que suelen ser unidireccionales y no anticipadas (Butler, 2011). De este modo, se contraponen las innovaciones y las resistencias al cambio, las aspiraciones de la población local, con las demandas y necesidades de los nuevos habitantes y turistas, la inercia de los planes de inversión pública y privada y el control de la rentabilidad de dichas inversiones (Prat, 2013; García Hernández, 2014).
Inicialmente, el turismo en las áreas rurales no supone la adaptación del territorio a las exigencias de los turistas. Sin embargo, con el paso del tiempo esta actividad provoca un efecto multiplicador en estos espacios generando actividades complementarias, diversificando su economía y ofertando nuevos puestos de trabajo, tanto directos como indirectos. Por ello, las Administraciones Públicas promueven el turismo como una actividad para la promoción económica y social del territorio2. Ahora bien, las crisis también afectan a la actividad turística, disminuyendo la capacidad de consumo de la población, especialmente en el caso de las clases medias, y reduciendo las promociones inmobiliarias de segundas residencias, de hoteles y de apartamentos turísticos. De este modo, al igual que ocurre en otros sectores, también se favorece la reestructuración del sector y la concentración de capital y empresarial. Este fenómeno es más acentuado en los territorios de interior, produciéndose resultados muy desiguales, ya que son necesarias importantes inversiones en equipamientos e infraestructuras y en el mantenimiento de las instalaciones turísticas, lo que muchas veces redunda en la escasa rentabilidad económica de dichas actividades, siendo necesario el apoyo privado, muchas veces inexistente.
Los resultados de investigaciones anteriores (Cànoves, et al. 2014) nos han mostrado que la combinación idónea para los espacios interiores es la de poner en valor turístico sus recursos culturales, patrimoniales, y naturales. Ahora bien, considerando siempre los resultados bajo una visión local, es decir desde la capacidad que tiene la actividad turística de dinamizar localmente y a pequeña escala los espacios interiores. Este pequeño dinamismo, nada comparable a los grandes complejos costeros, tiene sin embargo unas repercusiones muy positivas para la población local que lo acoge y puede frenar la despoblación e incluso dinamizar la economía local. El patrimonio cultural es amplio y diverso en los espacios interiores y su puesta en valor a través de iniciativas público-privadas, ha mostrado una potente capacidad de resiliencia ante las situaciones de crisis.
Las definiciones de turismo cultural se han sucedido a lo largo de las últimas décadas (Smith, 2015). En 1985, la OMT lo definió como «el movimiento de personas por motivos culturales como viajes de estudios, viajes a festivales u otros eventos artísticos, visitas a sitios y monumentos, viajes para estudiar la naturaleza, el arte, el folklore, y las peregrinaciones; con el objetivo de elevar el nivel cultural del individuo, facilitando nuevos conocimientos, experiencias y encuentros». En esta definición de turismo cultural se incluye tanto el patrimonio material como el inmaterial. Además, el turista cultural no se limita a adoptar una actitud contemplativa, sino que a través del viaje busca realizarse y obtener una experiencia. En 1991, el grupo ATLAS (European Association for Tourism and Leisure Education) (en Martos y Pulido, 2010) se define el turismo cultural como «todo movimiento de personas hacia atracciones específicamente culturales como sitios patrimoniales, manifestaciones artísticas y culturales, arte y representaciones, fuera de sus lugares habituales de residencia». Posteriormente, Silberberg (1995) consideró el turismo cultural como aquellos desplazamientos realizados fuera del lugar habitual de residencia cuya motivación es el interés en los aspectos históricos, científicos o estilos de vida de una comunidad. Por su parte, Richards (1996) define el turismo cultural como el desplazamiento de personas desde sus lugares habituales de residencia hasta lugares de interés cultural con la intención de recoger información y consumir experiencias nuevas que satisfagan sus necesidades culturales.
Una de las definiciones más recientes es la de Du Cros y McKercher (2015), quienes afirman que el turismo cultural ayuda a poner en valor el patrimonio de los destinos, transformándolo en productos que pueden ser consumidos por los turistas. Sin embargo, esta definición no tiene en cuenta la situación actual de la comunidad visitada, por lo que Smith (2015) concluye que el turismo cultural es una actividad íntimamente relacionada con el patrimonio, el arte y la cultura de una determinada comunidad, de modo que el visitante se beneficia simultáneamente del consumo de nuevas experiencias de naturaleza educacional, creativa y recreativa. El mismo autor señala que el turismo cultural comprende, aunque no exclusivamente, una diversidad de tipologías, tales como: turismo del patrimonio (visitas a lugares que poseen un patrimonio monumental –castillos, palacios, edificios emblemáticos, monumentos–, arqueológico, arquitectónico, museológico, urbanístico y religioso); turismo del arte (visitas a teatros, museos, salas de conciertos, galerías, festivales de música u otros, carnavales, eventos culturales, sitios literarios); turismo creativo (pintura, escultura, cerámica, canto, danza, fotografía, diseño, moda, actividades audiovisuales); turismo cultural urbano (ciudades históricas o industriales, acondicionamientos de la franja litoral urbana, arte escénico, zonas comerciales, restaurantes, bares y cafeterías, vida nocturna); turismo cultural rural (pueblos, granjas, masías, ecomuseos agrarios y/o ganaderos, paisajes culturales rurales, naturaleza, parques nacionales, gastronomía-productos alimenticios y cocina autóctona, cata de vinos y otras bebidas); turismo cultural indígena (paisajes culturales, pueblos tribales, etnias minoritarias, centros culturales, artesanía, ferias, fiestas, folklore y cultura local); turismo cultural urbano étnico (guetos, favelas, chabolas, barrios judíos, barrios árabes, barrios chinos, barrios bajos, barrios homosexuales, etc.) y turismo cultural experimental (parques temáticos, restaurantes tematizados, conciertos de música moderna, eventos deportivos, localizaciones de películas y series de TV, centros comerciales, peregrinaje religioso, aprendizaje y práctica de idiomas, etc.). Vista la amplitud de la definición, en nuestro estudio consideramos que el turismo cultural abarca las actividades y visitas relacionadas con la expresión cultural de un territorio.
La globalización del turismo implica, por un lado la estandarización de las actividades y experiencias culturales junto con la demanda diferenciada de los turistas (Williams y Lew, 2015). En esta línea, Silberberg (1995) clasifica a los turistas culturales en cuatro tipologías diferentes, según sus motivaciones individuales. A saber: a) los que están fuertemente motivados por los aspectos culturales del viaje y lo realizan para satisfacer esta motivación; b) los que tienen una motivación cultural parcial para realizar el viaje y su motivación principal no es el consumo cultural, aunque lo hacen aprovechando la estancia; c) los que no tienen una motivación cultural para realizar el viaje, pero que aprovechan su estancia para realizar diversas visitas culturales; y d) los que viajan por otros motivos pero que a lo largo de su estancia pueden visitar algún espacio cultural o algún evento significativo.
Por su parte, Jansen-Verbeke (1997) realiza una segmentación de los turistas culturales según la intensidad de su relación con la cultura, distinguiendo: 1) Turistas con motivación principalmente cultural para realizar el viaje; 2) Turistas con aspiración cultural, que aunque visitan destinos con notoriedad cultural rara vez repiten; 3) Turistas de atracción cultural que visitan el destino por motivaciones no culturales pero aprovechan el viaje para realizar alguna actividad cultural. Asimismo, Hughes (2002) realiza una clasificación similar a la de Silberberg, pero señala que los turistas culturales pueden focalizar su visita en diferentes aspectos de la cultura, tales como su dimensión histórica o las experiencias locales. McKercher (2002) categoriza los turistas culturales teniendo en cuenta el nivel de compromiso y profundización deseado con el consumo de la experiencia, clasificándolos en: 1) Turista de propósito cultural, cuya principal razón para realizar el viaje es conocer otras culturas; 2) Turista que visita lugares de interés turístico, cuya motivación es el conocimiento de otras culturas pero su experiencia, a diferencia del tipo de turista anterior, es menos profunda y se encuentra más orientada al entretenimiento; 3) Turista cultural casual, cuya motivación cultural es débil en la elección del destino; 4) Turista cultural ocasional, que no tiene el turismo cultural como motivo del viaje; 5) Turista cultural atípico, que sin pensar en el turismo cultural en la elección del destino, termina disfrutando de una experiencia cultural profunda.
A su vez, Dolnicar (2002) indica que los turistas de los distintos países tienen diferentes intereses culturales e identifica nueve tipos de turistas culturales según su grado de participación en las actividades propuestas: 1) Participantes de viajes culturales estándar, que invierten su tiempo en el destino de forma colectiva realizando compras y visitando museos y monumentos turísticos sin prestar atención a otras atracciones culturales. 2) Fanáticos de la cultura. Superactivos, que quieren verlo y hacerlo todo. 3) Turistas culturales inactivos. Lo contrario al caso anterior. 4) Amantes de la excursión organizada. 5) Interesados en los eventos culturales locales y regionales. 6) Exploradores de la cultura, a los que les interesa lo «organizado», y realizan las mismas actividades culturales que los turistas del tipo 1. 7) Amantes de los espectáculos (teatro, musical y ópera), aunque también realizan otras actividades culturales en el destino. 8) Participantes «superpreparados» del viaje cultural. Realizan viajes organizados colectivos y les interesan las exposiciones y los grandes eventos. No buscan entretenimientos como las compras. 9) Turistas culturales organizados. Participan en viajes organizados, que comprenden visitas a museos e hitos de interés turístico. Realizan compras pero no suelen asistir a espectáculos.
En base a esta amplia diversidad, Du Cros y McKercher (2015) sugieren que el mercado está dominado por los turistas culturales casuales e incidentales, no siendo la cultura la motivación principal del viaje y utilizando parte de sus vacaciones para la relajación, recreo o hedonismo, de manera que los grandes operadores turísticos ofrecen paquetes donde combinan las actividades recreativas con las culturales. Así pues, siguiendo a Smith (2015), los turistas culturales pueden categorizarse de diversas formas, teniendo en cuenta su motivación, el tipo de actividades a realizar, su género, su edad, su estilo de vida, su nivel cultural, su poder adquisitivo, el tipo de experiencia a realizar y el tipo de turismo. No se puede olvidar que nos encontramos ante unos turistas ampliamente informados, que desean realizar las visitas de modo independiente y conocer la vida «real» de las comunidades locales e interactuar con ellas (Williams y Lew, 2015).
En conclusión, podemos constatar la diversidad de motivaciones que impulsan a los turistas a consumir la cultura de un territorio y reflejar que no todos los turistas culturales manifiestan el mismo grado de interés por la cultura. Por ello, los territorios pueden ofrecer un amplio espectro de actividades culturales para cumplir con las diversas motivaciones de los turistas.
Seguidamente es necesario abordar las complejas relaciones entre el turismo cultural y el patrimonio, teniendo en cuenta que según Smith (2015) éste incluye las atracciones de: patrimonio edificado (ciudades, lugares y edificios históricos, arquitectura, arqueología, monumentos); patrimonio natural (parques nacionales, litorales marítimos, cuevas, fenómenos geológicos); patrimonio cultural (artes, festivales, eventos tradicionales, museos, conciertos, artesanía, etc.); patrimonio religioso (catedrales, santuarios, monasterios, iglesias, ermitas, mezquitas, rutas de peregrinación, memoriales religiosos, sinagogas, templos budistas, cementerios, etc.); patrimonio industrial (colonias, fábricas, minas); patrimonio militar (castillos, campos de batalla, murallas, campos de concentración, museos militares, memoriales de caídos en guerra o en la represión) y patrimonio artístico o literario (casas, jardines, paisajes asociados con artistas y escritores y/o sus obras). Ahora bien, el patrimonio no solamente está compuesto por recursos tangibles sino también intangibles, como las tradiciones orales, la artesanía local, la lengua, la música y los bailes tradicionales, las prácticas sociales, los rituales y los eventos festivos y el conocimiento y las prácticas relacionadas con la naturaleza y el Universo (Figura 1).
De esta manera, la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Intangible define este patrimonio como las prácticas, representaciones y expresiones, así como los conocimientos y habilidades, que las comunidades, grupos y, en algunos casos, los individuos reconocen como parte de su patrimonio cultural, transmitido de generación en generación, interactuando con el territorio, su naturaleza y su historia. Ello da a la comunidad un sentido de identidad y continuidad y promueve el respeto por la diversidad cultural y la creatividad humana, compatibilizándolo con las prácticas de los derechos humanos reconocidos internacionalmente y cumpliendo con los requerimientos de mutuo respeto entre comunidades y con el desarrollo sostenible. (UNESCO, 2015).
FIGURA 1 El patrimonio y sus relaciones

Fuente: Williams y Lew, 2015
A continuación, en la Tabla 1, se relacionan algunos de los principios del desarrollo sostenible que podrían ser aplicados específicamente al turismo cultural. Sin embargo, dada la continua diversificación de las motivaciones que experimenta la demanda turística, constantemente surgen nuevas tipologías turísticas.
En este punto es necesario indicar que el turismo «tranquilo» («slow tourism»), que está creciendo en popularidad, es un turismo que se caracteriza por visitar sosegadamente los destinos, respetar la cultura y la historia locales, proteger el medio ambiente y considerarse socialmente responsable. Así, los turistas que lo practican disfrutan de una experiencia más auténtica de la forma de vida en un determinado lugar, apreciando los productos y los servicios locales e interactuando con su población (Fullagar, Markwell y Wilson, 2012).
También es importante indicar que el turismo de naturaleza, a veces denominado «turismo verde», es el que se practica en los espacios naturales y ha experimentado un importante crecimiento en los últimos años. Se trata de un turismo caracterizado por su gran heterogeneidad, con turistas motivados por el ecologismo y la naturaleza, observándola, comprendiéndola e implicándose en su conservación (Flores, 2007). En ocasiones se confunde este turismo con el ecoturismo que, siguiendo a Ceballos-Lacuráin (1996), puede definirse como el viaje medioambientalmente responsable, a áreas relativamente poco alteradas, para disfrutar y apreciar la naturaleza, contribuyendo a la conservación del patrimonio natural y cultural, e implicando a las comunidades locales en su planificación, desarrollo y gestión. Es por ello un turismo que contribuye a la educación ambiental de los visitantes (Flores, 2007).
TABLA 1 Principios del desarrollo sostenible
| S | (STRATEGIC)Aproximación estratégica a largo plazo al desarrollo para las generaciones futuras | • Pensar a largo plazo• Planificar para las generaciones futuras• Estabilidad económica |
| U | (UNDERSTANDING)Comprensión del significado de la ética y la responsabilidad | • Tener en cuenta las necesidades de todos los agentes involucrados• Desarrollar estrategias de turismo responsable |
| S | (STAKEHOLDER)Colaboración y cooperación entre agentes | • Redes sociales• Clústeres• Fórums• Desarrollo de Grupos de acción |
| T | (TRAINING)Formación a empresarios y trabajadores | • Igualdad de oportunidades• Favorecer el emprendimiento |
| A | (APPRECIATION)Apreciación de lo diferente, culturas y entornos | • Paisajes• Flora y fauna• Comunidad local• Costumbres• Estilos de vida• Tradiciones |
| I | (IMPACT)Gestión del impacto maximizando los beneficios y minimizando los daños | • Conservar y mejorar el entorno• Contribuir positivamente al cambio económico y social• Mejorar la calidad de vida de los territorios |
| N | (NEW)Nuevos planteamientos de planificación, desarrollo y gestión | • Turismo centrado en la comunidad receptora• Turismo de naturaleza• Turismo accesible• Turismo «tranquilo» («slow tourism») |
| A | (ALTERNATIVES)Fuentes alternativas de energía | • Transporte verde• Reducir las emisiones de gases• Favorecer la energía solar, eólica e hidráulica• Reducir el consumo de agua, gas, electricidad |
| B | (BEST)Mejores prácticas | • Favorecer el turismo responsable• Favorecer el ecoturismo |
| L | Implicación de la comunidad local (LOCAL) | • Consulta• Participación• Compromiso• Emprendimiento• Soporte político |
| E | (ENVIRONMENTAL)Comprensión del medio ambiente | • Formación• Códigos de conducta• Capacidad de transmisión• Negocios «verdes»• Planificación territorial |
Fuente: Smith, 2015
Por otra parte, está muy extendida la idea de que el turismo cultural aporta beneficios sociales y económicos en los lugares visitados. Gracias a este turismo cultural, los territorios de interior reciben «inputs» económicos positivos, tanto directos (como los pagos que realizan los turistas), como indirectos (por ejemplo, las compras por parte de los proveedores de los bienes y servicios pedidos por los turistas) e inducidos (como las compras por parte de los proveedores de bienes y servicios para el propio consumo) (Wall y Mathieson, 2006). Además, puede contribuir a generar puestos de trabajo, sirve de plataforma para los nuevos emprendedores e incrementa las oportunidades de inversión.
En el aspecto socio-cultural el turismo es una oportunidad de intercambio cultural y formación mutua, que afianza la identidad local y ayuda a preservar la autenticidad de las tradiciones y la diversidad (Hall, Gössing y Scott, 2015).
Sin embargo, su rápido crecimiento, aprovechando las nuevas tecnologías y los vuelos aéreos de bajo coste («low cost»), también puede causar una serie de impactos negativos, tales como una inflación de los precios de los alimentos, productos comerciales y del suelo3, una sobre-exposición de la comunidad local y su cultura, un exceso de teatralización que puede provocar una cierta pérdida de identidad y autenticidad de la cultura local, una mercantilización excesiva del producto cultural y conflictos más o menos graves entre residentes y visitantes (Smith, 2015).
A nivel laboral, los puestos de trabajo creados a partir del turismo pueden ser de bajo nivel, con alta estacionalidad, de jornada reducida, discriminatorios por edad, género y/o raza y con salarios bajos (Williams y Lew, 2015).
Aunque el turismo tiene pros y contras, muchos territorios de interior han apostado por él como una herramienta de desarrollo económico que les permita reducir su tasa de paro y aumentar su Producto Interior Bruto (PIB) y su Renta Familiar Bruta Disponible (RFBD). Los territorios seleccionan los tipos de turismo que más se adaptan a sus recursos naturales y patrimoniales. Así, a medida que se van desarrollando los productos turísticos se establecen vinculaciones más densas entre los agentes locales reduciendo proporcionalmente la colaboración con los agentes externos. Este desarrollo se puede visualizar siguiendo las tres fases del esquema siguiente (Figura 2).
Así, en una fase inicial se pone en marcha una instalación turística con el apoyo mayoritario de agentes externos al territorio. Posteriormente, si alcanza un cierto éxito, se incrementan las instalaciones en el destino, aumentando la cooperación entre los agentes locales y disminuyendo el soporte externo. Finalmente, se crea un clúster alrededor del producto turístico, en el que participan los diferentes agentes involucrados.
FIGURA 2 Desarrollo del turismo y formación de vínculos económicos

Fuente: elaboración propia a partir de Williams y Lew (2015)
Por todo ello, actualmente ha aparecido una nueva forma de entender el desarrollo turístico, que además del aspecto económico también incorpora las variables medioambientales y sociales, cristalizando en el concepto de desarrollo sostenible (Vogeler y Hernández, 2000). Sin embargo, la preocupación por la sostenibilidad en el desarrollo turístico no sólo ha venido dada desde instancias internacionales, como la Organización Mundial del Turismo (OMT), sino también desde ámbitos locales, comarcales, regionales y nacionales (Yunis, 2003; Bravo, 2004). No se puede olvidar que la experiencia turística, y por consiguiente la satisfacción obtenida con el viaje, no se limita meramente al viaje sino que, siguiendo a Williams y Lew (2015), está compuesta por una serie de fases sucesivas:
a) Planificación del viaje. En esta fase se recoge información sobre posibles destinos a través de los diferentes medios (internet, revistas especializadas y generalistas, periódicos, etc.), así como de las opiniones y comentarios de otros viajeros y de las redes sociales.
b) Selección del destino. Una vez recogida la información, se coteja con los motivos para viajar y costes que esto conlleva, y tras comparar las alternativas se procede a elegir un destino determinado.
c) Preparación del viaje. En esta fase se hacen las pertinentes reservas de transportes, hoteles y actividades.
d) Viaje al destino. Se realiza el viaje y se realizan las actividades previstas y otras no planificadas de antemano.
e) Recuerdos del viaje. Una vez realizado el viaje, puede rememorarse el mismo individualmente o junto a otras personas a través de las fotos, películas y videos, de la lectura de los libros y guías y de los artículos comprados.
Para finalizar este apartado consideramos relevante destacar. En primer lugar, los territorios de interior han ido potenciando actividades de ocio como estrategia de diversificación y el turismo en sus amplias modalidades es un buen dinamizador económico y social de estos espacios. En segundo lugar, los espacios interiores ofrecen una amplia potencialidad para poner en valor sus recursos culturales, patrimoniales y naturales. En tercer lugar, los turistas interesados por la cultura y el patrimonio son amplios y diversos, lo que permite diseñar productos turísticos a medida; en base a la disponibilidad y especificidad de los recursos del territorio. En cuarto lugar, el desarrollo turístico de los espacios interiores debe ser sostenible, es decir planificado a largo plazo, en colaboración con todos los agentes implicados y sobretodo la comunidad local y contribuyendo a la sostenibilidad económica, social y medioambiental del lugar.
1. Se generan efectos de arrastre hacia otras actividades productivas locales, tales como restaurantes y bares, pequeños comercios, construcción, producciones agrarias y artesanales (Martín, 2000).
2. Un ejemplo es el aumento del número de concejalías dedicadas al turismo en los ayuntamientos. Así, por ejemplo, en algunas comarcas catalanas como el Bages se ha pasado de 7 en 2003 a 11 en 2011. O en la Cerdanya, de 3 a 10 en estos mismos años.
3. Algunos autores arguyen que esta inflación queda compensada por el aumento de los ingresos generados gracias a los turistas y a los beneficios obtenidos por los propietarios con el aumento de las plusvalías y los márgenes comerciales (Wall y Mathieson, 2006).
2 Marco conceptual
Gemma Cànoves
Elena De Uña
Montserrat Villarino
2.1. Conceptos, nexos y conexiones: territorio y destino turístico; innovación y competitividad; sostenibilidad y desarrollo sostenible del turismo; clúster turístico
2.1.1. Territorio y destino turístico
El presente trabajo analiza como en los territorios de interior están emergiendo unos clústeres alrededor de los nuevos productos turísticos, que ayudan con mayor o menor intensidad al desarrollo local. Ante dichas circunstancias, para que este turismo sea sostenible, teniendo en cuenta la propia resiliencia del destino, es necesario disponer de un sistema de indicadores que sean actuales, prácticos, operativos, evolutivos, fáciles de usar e interrelacionados, y que ayuden a obtener una visión global de su evolución y de su sostenibilidad (Gallego et al., 2013).
En palabras de Valls (1998:34) se entiende por destino turístico un «espacio geográfico determinado, con rasgos propios de clima, raíces, infraestructuras y servicios, y con cierta capacidad administrativa para desarrollar instrumentos comunes de planificación, que adquiere centralidad atrayendo a turistas mediante productos perfectamente estructurados y adaptados a las satisfacciones buscadas, gracias a la puesta en valor y ordenación de los atractivos disponibles; dotado de una marca y que se comercializa teniendo en cuenta su carácter integral». Por ello es necesario que los agentes relacionados con el turismo, tanto privados como públicos, puedan abordar la gestión de los flujos turísticos y la organización de los destinos desde una perspectiva coherente, integrada y sostenible (Vázquez, 2005; Gutiérrez, 2013).
Así pues, un destino turístico es un sistema formado por un conjunto de elementos de carácter físico y estático –recursos, atractivos turísticos e infraestructura de apoyo– y de carácter dinámico y relacional –los actores y sus conexiones– (Muñoz, 2012), donde los avances en la comprensión de los factores que determinan su sostenibilidad son fundamentales.
En el ámbito académico se han sucedido distintos modelos teóricos para representar este complejo sistema, con toda su implicada red de interacciones. Entre las aportaciones más significativas realizadas sobre la conceptualización y modelización de los destinos turísticos1, destacan los trabajos de Dredge (2006), que ha recopilado los sistemas turísticos desde el punto de vista de la planificación y el diseño de los destinos, clasificándolos en tres categorías: modelos de viajes turísticos, modelos estructurales y modelos evolutivos. A su vez, Pearce (2012) los ha analizado como clústeres, como redes, como sistemas y como constructos sociales. Otros autores también han incorporado el análisis de redes sociales a sus estudios sobre los sistemas turísticos (por ejemplo, Paulovich, 2002; Prats, 2005; Dredge, 2006; Pforr, 2006; Merinero y Pulido, 2009; Merinero, 2011; Muñoz, 2012; Prat, 2013). En esta línea, Prats (2005) propone un modelo denominado «Sistemas Locales de Innovaciones Turísticas» (SLIT), en el que el territorio es una construcción colectiva, no necesariamente ligada a la proximidad geográfica ni a la aglomeración, en donde se generan interacciones entre los distintos agentes turísticos. Sin embargo, aunque existen múltiples modelos teóricos de sistemas turísticos2, el más generalizado en estos últimos años es el propuesto por Leiper (1979), que ha sido citado y adoptado por diversos autores (entre otros, Hall, 2000; Petrocchi, 2001; Pérez et al., 2003; Cooper et al., 2008).
Se trata de un modelo de enfoque espacial que presenta el sistema del turismo de una forma simple, con elementos e interrelaciones. En dicho modelo3 el sistema está formado por los turistas, los agentes turísticos y los espacios utilizados; todos ellos condicionados por el macro-entorno humano, político, socio-cultural, económico y medio-ambiental. Sea cual sea el modelo de sistema turístico elegido; en los destinos más consolidados se pueden observar unos referentes básicos que se han sucedido de forma común a lo largo de las últimas décadas. Estos son, desarrollo, adaptación, competitividad, calidad y sostenibilidad (Velasco, 2008). Así, los agentes turísticos están cambiando su estrategia teniendo en cuenta las nuevas necesidades de la demanda, los impactos medioambientales, socioculturales y económicos que generan los visitantes y la propia resiliencia del territorio; con el objetivo de singularizar su oferta, revalorizar el papel del espacio y desarrollar redes de cooperación (García Hernández, 2014; Horrach, 2014).
En este nuevo contexto, los sistemas turísticos, entendidos como un conjunto de elementos interrelacionados, según lo planteado por la Teoría General de Sistemas4, y donde convergen elementos naturales y antrópicos, se encuentran influidos por diferentes variables. Entre ellas cabe destacar: las inversiones necesarias; el empuje de los nuevos emprendedores; la mayor o menor facilidad crediticia para las empresas y autónomos; la competencia; el mercado laboral; el nivel de formación de la población; el paisaje; el patrimonio existente en el territorio; la seguridad del destino; el nivel de las infraestructuras de acceso y de los servicios; las políticas y estrategias gubernamentales; el interés de los diferentes agentes (comunidad local, asociaciones, organizaciones empresariales, instituciones públicas, empleados del sector, etc.) y los cambios en la demanda turística (Gunn, 1994; Gallego et al., 2013; Prat, 2013).
En la actualidad los territorios de interior han multiplicado las estrategias orientadas a la explotación turística de sus recursos naturales y culturales. Dicha estrategia favorece la valorización y la protección del paisaje5 (Vázquez, 2005; Díez, 2013) y ayuda a garantizar que el desarrollo de la actividad turística no suponga una amenaza para el paisaje y la biodiversidad (Díez, 2013) permitiendo integrar el uso turístico de estos espacios y la conservación de los recursos (Ivars, 2001).
En cuanto a la valorización de los recursos culturales, hay que tener muy presentes dos aspectos fundamentales: la rehabilitación y puesta en valor del patrimonio cultural y su interpretación. La rehabilitación y puesta en valor de este patrimonio permite mantener en condiciones óptimas unas instalaciones y monumentos que se han ido degradando con el paso del tiempo. Sin embargo, con la actual crisis económica, las partidas presupuestarias destinadas a realizar inversiones en materia de rehabilitación del patrimonio se han reducido drásticamente y la elección debe ser analizada con detalle, debiéndose tener muy en cuenta aspectos como la singularidad y atractivo del recurso, la accesibilidad, la potencial afluencia de público, la seguridad del entorno y el nivel de conservación previo (Díez, 2013).
Por su parte, la interpretación «in situ» del patrimonio se basa en seis principios básicos: presentar unos mensajes interesantes, atractivos y cercanos; imaginar o revivir los acontecimientos ocurridos en una determinada época; dar una información veraz e inteligible; proponer una idea central que envuelva toda la escena y el discurso interpretativo; disponer de personal-guía con la adecuada preparación; preparar demostraciones, talleres, seminarios y exposiciones; señalizar rutas; editar folletos y guías de viaje; y utilizar las herramientas TIC para itinerarios autoguiados (audio guías y guías para telefonía móvil), audiovisuales con medios sensoriales (sonidos, luces y olores), imágenes tridimensionales, paneles interpretativos, etc. (Solsona, 2009; Díez, 2013). La Figura 3, resume de forma sintética el planteamiento que se ha presentado.
FIGURA 3 Esquema de las interrelaciones entre patrimonio y turismo

Fuente: elaboración propia
Llegados es este punto, es importante señalar las diferencias entre atractivo turístico, recurso turístico, producto turístico y destino turístico (Figuras 4 y 5). Así, siguiendo a Navarro (2015), el atractivo turístico puede definirse como el conjunto de bienes materiales e inmateriales que están a disposición del ser humano (patrimonio) y que por su atracción son susceptibles de convertirse en una atracción turística. A su vez, un recurso turístico es el conjunto de bienes y servicios con características relevantes y que por medio de la actividad humana hacen posible la actividad turística con el objetivo de satisfacer las necesidades de la demanda. Así mismo, un producto turístico es el conjunto de bienes y servicios que conforman la experiencia turística del visitante y que satisfacen sus necesidades. Por ello, el producto turístico engloba los recursos turísticos convertidos en atracción turística, los alojamientos turísticos y los restaurantes, dentro de la experiencia vivida, incluyendo la obtención de información previa al viaje, la comparación de destinos y de ofertas, la planificación del viaje, la reserva de transportes y alojamientos, la información obtenida sobre el destino escogido, las guías turísticas, el propio viaje, la interacción con la población local y, finalmente, compartir la experiencia (fotos, vídeos, comentarios en las redes sociales, etc.). Finalmente, el destino turístico es el espacio físico donde se encuentran los productos turísticos, los recursos turísticos y las actividades de soporte. Por ello en esta investigación, consideramos que el valor de los territorios de interior para su desarrollo turístico se basa en la creación y valorización de los mismos como destino turístico.
FIGURA 4 Esquema de las relaciones patrimonio-producto-destino turístico

Fuente: elaboración propia
FIGURA 5 Esquema global de conceptos turísticos

Fuente: elaboración propia
2.1.2. Innovación y Competitividad
En este apartado nos centramos en los conceptos de innovación y competitividad de un destino turístico. Según la OCDE (2010), innovación es la búsqueda, diseño, desarrollo y comercialización de nuevos productos y procesos; incluyendo los procedimientos y las estructuras organizativas. Abernathy y Clark desarrollaron en 2002 un modelo basado en la evolución de la innovación turística6, donde se consideraban cuatro tipos de innovación: la regular, el nicho, la revolucionaria y la estructural. En el primer caso, el objetivo es mejorar los procedimientos y procesos, la calidad y la productividad. En el segundo, el nicho, se orienta a establecer nuevas alianzas comerciales, facilitando la entrada de nuevos emprendedores y creando nuevos productos a partir de la combinación de otros ya existentes. En el tercero, la revolucionaria, se orienta a aplicar nuevas tecnologías y nuevos métodos. En el cuarto, el objetivo es realizar una renovación profunda, redefiniendo las infraestructuras físicas y legales, estableciendo centros de excelencia y poniendo en marcha un nuevo marketing.
Por otra parte, la elección de un destino turístico supone para el turista la renuncia a ir a otros destinos potenciales, de ahí que la competitividad sea uno de los objetivos prioritarios de los destinos. No basta con que el destino posea ventajas comparativas sino que es necesaria, una gestión eficiente de sus recursos para que se conviertan en ventajas competitivas (Sánchez Rivero, 2006).
Para Murphy (2000), la competitividad de un destino turístico puede definirse como un conjunto de productos y oportunidades que se combinan para formar una experiencia global del territorio visitado. Por su parte, Hassan (2000) la define como «la capacidad del destino para crear e integrar productos con valor añadido que sostienen sus recursos, al tiempo que mantienen su posición en el mercado en relación a sus competidores» (Hassan, 2000: 239). A su vez, D’Harteserre, (2000) señala que la competitividad es «la capacidad de un destino para mantener su posición en el mercado (…) y mejorarla a lo largo del tiempo» (D’Harteserre, 2000:23). Por su parte, Crouch y Ritchie (1997) sostienen que el análisis de la competitividad debe centrarse en la prosperidad económica del destino y Dywer et al. (2000) consideran fundamental la competitividad en precios. Otros autores, como Schmalleger y Carson (2008) o Pedreño y Ramón (2009), resumen la competitividad como la capacidad de adaptación ante condicionantes cambiantes del entorno, por lo que las nuevas tecnologías de la información desempeñan un papel crucial no sólo como medio de conocimiento y pago de viajes y estancias sino también como modo de interactuar los turistas con los recursos y con la comunidad local.
La competitividad de un destino turístico depende de cuatro variables:
a) las condiciones de los factores productivos (los recursos naturales, culturales, humanos, de capitales, de conocimiento, las infraestructuras y la superestructura del turismo) (Porter, 1990; Crouch y Ritchie, 1997).
b) la existencia de unos turistas cada vez más experimentados y exigentes, lo que estimulará el perfeccionamiento y la innovación en los productos y servicios turísticos y la eficiencia empresarial, teniendo en cuenta la necesidad de disponer de una mínima masa crítica de visitantes que haga económicamente viable la oferta.
c) unas actividades y servicios complementarios que permitan una interacción rápida y constante entre todos los actores involucrados con el turismo.
d) la dinámica relacional generada de manera normativa o no entre los actores. Otros dos factores que, según Rodríguez (2001), también pueden influir en la competitividad son la casualidad y el papel de las Administraciones Públicas.
Sea cual sea el enfoque desde el que se considere la competitividad de los destinos turísticos, es importante diferenciar entre ventajas comparativas y competitivas. Las primeras se refieren a los factores y recursos presentes en el territorio, sean naturales o antrópicos (Crouch y Ritchie, 1997). Para Porter (1990), estos factores pueden clasificarse en cinco categorías: recursos humanos, recursos físicos, recursos de conocimiento, recursos de capital e infraestructuras. Sin embargo, las ventajas competitivas también incluyen los recursos culturales y la superestructura turística (Sánchez Rivero, 2006). Además, hay que tener en cuenta que estos recursos y factores pueden evolucionar en el tiempo, alterando sus ventajas o desventajas. Así pues, como que otros destinos también pueden realizar una propuesta turística similar, la competitividad de un determinado destino debe basarse en su sostenibilidad medio-ambiental, económica y sociocultural, con especial énfasis en los recursos que posee y que explican su especialización en determinadas actividades turísticas en las que dicho destino se muestra innovador y comparativamente más eficiente (Rodríguez, 2001).
Recientemente diversos autores (Nordin, 2003; Barozet, 2004; Prats, 2005; Novelli et al., 2006; Shih, 2006; Elorie, 2009; Merinero y Pulido, 2009; Hernández, 2011; Merinero, 2011; Prat, 2013) han demostrado la existencia de una correlación entre el grado de desarrollo del turismo en un determinado destino y la dinámica relacional generada por los actores implicados con el mismo. Así, una dinámica relacional intensa, con relaciones estables y articuladas formalmente, es esencial en la gestión activa de cualquier destino turístico. Esta dinámica relacional se basa en la creación y consolidación de una red social entre los agentes involucrados con el desarrollo de una actividad turística en el destino, creando un conjunto de nodos (personas y organizaciones) vinculados mediante una determinada relación y generando un flujo entre ellos, directamente o a través de otros terceros nodos. Por ello, cuanto mayor sea el número de vínculos existentes en la red, mayor será su conectividad e integración (Scott et al., 2008; Elorie, 2009; Hernández, 2011). Dichas relaciones pueden ser formales o informales, estables o inestables, materiales o inmateriales, conscientes y aceptadas (Fernández Quijada, 2008).
2.1.3. Sostenibilidad y desarrollo sostenible
A continuación profundizamos en los conceptos de sostenibilidad y desarrollo sostenible del turismo. Considerando que el capitalismo se ha basado en un crecimiento económico ilimitado y en el beneficio inmediato, sin respetar el equilibrio ecológico y las necesidades futuras. En los últimos años han aparecido opiniones que cuestionan esta noción de desarrollo. Este post-desarrollo trata de reducir la dependencia economicista y recuperar la sostenibilidad ecológica y la equidad social en una nueva cultura del bienestar, no basada en la acumulación de capital (Latouche, 2008). No se debe olvidar que la compleja estructura del turismo y su conexión con otras actividades, así como una afluencia masiva de visitantes, pueden provocar importantes impactos en el destino, tanto económicos como socioculturales y medioambientales (Amat, 2013). Estos impactos dependen de una serie de factores interconectados, como son el estado de conservación y las características particulares del entorno local, el tipo de turismo que se impulsa y la capacidad de la comunidad local de gestionar los recursos. (Fullana y Ayuso, 2002).
Durante décadas el turismo ha sido alabado por los beneficios económicos que aporta mediante un efecto multiplicador a otras actividades económicas locales. Por ello, las primeras investigaciones sobre los efectos del turismo se limitaban a describir las repercusiones positivas que tenía el desarrollo turístico en los territorios. Más recientemente, también se ha reconocido que el turismo lleva asociado igualmente una serie de costes para el destino (OMT, 1998; Murphy, 2000; Fullana y Ayuso, 2002). Así, entre los principales impactos económicos positivos que genera el turismo cabe destacar: los ingresos obtenidos directamente de los visitantes, los proveedores y los servicios de apoyo; la creación de empleo directo, indirecto e inducido; la renta obtenida por los residentes en forma de salarios, dividendos e intereses; el aumento de la demanda de bienes locales; la mejora de las infraestructuras; el aumento de la renta local y una mejora en su distribución. A su vez, entre los impactos negativos cabe destacar: los costes de oportunidad; los costes derivados de las fluctuaciones de la demanda; y una posible inflación derivada de la actividad turística.
La actividad turística también constituye un marco en el que entran en contacto personas con bagajes culturales y socioeconómicos muy diferentes, produciéndose impactos socioculturales. Entre los positivos destacamos: la valorización, preservación y rehabilitación de monumentos, edificios y lugares históricos; la creación de museos de interés cultural; la revitalización de formas de arte (música, literatura, teatro, danza, etc.), tradiciones locales (artesanía, festivales, folklore, gastronomía, etc.) y el intercambio cultural entre visitantes y residentes. Entre los negativos: un posible aumento de los problemas sociales (prostitución, drogas, robos, etc.); una mercantilización extrema de las tradiciones locales, sus creencias, valores sociales y normas; y una tematización-artificialización de los lugares más emblemáticos del territorio.
Además, el turismo también suele incidir sobre el medio ambiente en destinos que en muchos casos presentan unos ecosistemas frágiles, que corren el riesgo de una rápida e irreversible degradación. Así, entre los impactos positivos se puede destacar: la creación de reservas naturales; la restauración de hábitats; y la preservación de senderos. Entre los negativos: los problemas relacionados con el tratamiento de los residuos; el masivo consumo de energía y agua; la contaminación de las aguas y del aire; la contaminación acústica, visual y luminotécnica; la erosión de los suelos (causando compactación y aumento de escorrentía superficial, aumento de riesgo de desprendimientos y daños a estructuras geológicas); los daños a edificios de valor patrimonial; la destrucción de hábitats naturales; cambios en la diversidad de especies y en las migraciones; eliminación de animales por la caza o para el comercio de objetos de recuerdo; los daños en la vegetación por pisadas o por el tránsito de los vehículos; el agotamiento de las aguas subterráneas; la proliferación de incendios; un aumento de la desertización; y una urbanización masiva no integrada con el entorno, el paisaje y la arquitectura tradicional del país, pudiendo todo ello provocar importantes cambios en el en el paisaje y en territorio.
Por ello, en estas últimas décadas se ha extendido el concepto de desarrollo sostenible, que se basa en asegurar las necesidades actuales de la población sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades, tal como se especificó en 1987 en el Informe Brundtland (OMT, 1998). De este modo, a partir de los conceptos de sostenibilidad y desarrollo sostenible, aparece el concepto de «desarrollo sostenible del turismo», con el objetivo de que esta actividad pueda mantenerse en el tiempo, para lo cual es necesario obtener la máxima rentabilidad posible pero, a la vez, protegiendo los recursos naturales y patrimoniales que lo sostienen e involucrando a la comunidad local (Pérez de las Heras, 2008; Vera et al., 2011). La OMT (2008) define el desarrollo sostenible del turismo como «la satisfacción de las necesidades de los turistas y de los territorios, protegiendo y mejorando las oportunidades del futuro», es decir, conseguir la permanencia a largo plazo dentro de un mercado de referencia.
El desarrollo sostenible del turismo no solamente ayuda a conservar los recursos sino también los antecedentes económicos, sociales y culturales del territorio (Vera et al., 2011). Para ello es necesaria la participación de todos los sectores de la sociedad en la toma de decisiones y en la diferenciación de responsabilidades (Butler, 2011). Se trata de un nuevo paradigma que intenta descolonizar el imaginario colectivo, abandonar el crecimiento por el crecimiento, recuperar la autonomía y la participación local en las tomas de decisiones, reducir la huella ecológica, impulsar la economía local, administrar las limitaciones de los ecosistemas consumiendo solamente lo necesario y mejorar la equidad social (Cooper et al., 2008; Amat, 2013). Este enfoque se alinea con la postura de Hunter (2002), que sustituye la concepción idealizada de un sistema en equilibrio por un paradigma flexible y adaptable a las circunstancias específicas de cada lugar.
Ante esta nueva situación, el desarrollo turístico de un destino debe ser equilibrado y sostenible. Equilibrado para erradicar la desigualdad causada por la deslocalización industrial y el despoblamiento de los territorios en declive económico. Sostenible para utilizar de manera racional los recursos existentes en el territorio (naturales, patrimoniales, económicos y sociales), dejando la suficiente capacidad de carga para uso y disfrute de las futuras generaciones (Sabaté, 2004), generando nuevos ingresos para las economías locales, recuperando y valorizando espacios abandonados o degradados, creando otros nuevos para el ocio y la recreación y ayudando a mejorar el entorno medioambiental y el paisaje (Fullana y Ayuso, 2002; Priestley y Llurdés, 2007; Vargas, 2009; Pardo, 2010; Vera et al., 2011).
2.1.4. Clúster turístico
A continuación analizamos el concepto de clúster; que puede definirse como una concentración espacial de empresas e instituciones que están interconectadas y relacionadas a través de un determinado sector o producto, generando complementariedades y beneficios comunes (Porter, 1990). Dichas empresas pueden competir entre sí pero también cooperan. En el caso de un clúster turístico, puede considerarse un espacio geográfico en el que interactúa de forma estable e interrelacionados un grupo de agentes alrededor del producto turístico. De este modo, un clúster no es una unidad estática sino que a lo largo del tiempo surge, se transforma y puede desaparecer.
Tal como indican Cruz y Teixeira (2010), el estudio de la evolución dinámica de los clústeres y de las fases de su ciclo de vida ha sido tratado recientemente por la literatura y generalmente desde una perspectiva industrial (Brenner, 2004; Suire y Vicente, 2009; Crespo, 2011; Martin y Sunley, 2011; Wang et al., 2013). Los estudios desde la economía geográfica (Crespo, 2011; Boschma y Fornahl, 2011) ponen el énfasis en la conceptualización del clúster como un todo, profundizando en los aspectos económicos y/o territoriales. Por su parte, Menzel y Fornahl (2010) analizan la evolución del clúster teniendo en cuenta la interacción de la heterogeneidad de las organizaciones, sus diferentes bases de conocimientos y sus capacidades de aprendizaje. A su vez, autores como Boschma y Wenting (2007), Belussi y Sedita (2009) o Hervás-Oliver (2014) señalan que la evolución del clúster depende de las estrategias desarrolladas, la dinámica relacional de los agentes y la capacidad de formación y transformación de las empresas allí localizadas, además de los aspectos contextuales de los territorios en los que se alojan. Por su parte, Weidenfeld, Butler y Williams (2011) analizan el clúster desde el punto de vista de la cooperación entre los actores y las complementariedades así obtenidas y, mientras que Parra y Santana (2011) lo hacen focalizándose básicamente en la innovación turística, Gormsen (1981, 1997) trabajaba ya el proceso evolutivo a partir de los resorts turísticos litorales.
Las características de las etapas del ciclo de vida de un clúster varían según los autores que analizan el fenómeno (Van Klink y De Langen, 2001; Lorenzen, 2005; Menzel y Fornahl, 2010), aunque todos coinciden en que las fases fundamentales son: inicio, crecimiento, madurez y declive. Así, al principio de su desarrollo el clúster suele estar formado por pequeños establecimientos poco relacionados entre sí. Después, la mayor cooperación entre los establecimientos, el aumento de las relaciones con los otros agentes presentes en el territorio y la propia competitividad ayudan a su consolidación. En consecuencia, en la fase de inicio aún no se ha definido un punto focal, por lo que cada establecimiento entrante incrementa la heterogeneidad del clúster, la cual sólo se reduce cuando éste alcanza una determinada masa crítica. El reducido número de establecimientos presentes hace que no existan todavía fuerzas de aglomeración y que las redes relacionales sean inestables (Ter Wal y Boschma, 2011). Al no estar consolidado, su futuro es incierto. Si sobrevive, poco a poco aumenta el número de establecimientos turísticos, por lo que el clúster se va consolidando, disminuyendo la incertidumbre y la heterogeneidad de la fase anterior, estabilizándose las relaciones en las redes, aumentando la especialización y la innovación y generándose sinergias positivas entre sus miembros (economías de aglomeración). Con el tiempo crece la imitación y la competencia, y el potencial de innovación se reduce debido a la fuerte especialización y la concentración en unas pocas empresas. El clúster, ya estabilizado, se encuentra en una fase de madurez, donde la competencia es principalmente por precio, lo que puede conducirle a su declive, provocando que las empresas menos eficientes se marchen y entren otras nuevas. En este caso el clúster tiene pocas entradas pero muchas salidas, presentando una alta especialización y unas redes cerradas y con relaciones muy estables. Finalmente, el clúster puede entrar en una nueva fase de renovación, con nuevas innovaciones, nuevos crecimientos y nuevas relaciones (Menzel y Fornahl, 2010; Crespo et al., 2014). En este sentido habrá mostrado su resiliencia frente a las dificultades.
Así pues, en los párrafos anteriores hemos apuntado que se ha producido un cambio en la sociedad, donde han influido una serie de factores exógenos al sistema turístico más que las propias acciones endógenas (Álvarez, 2004; Navarro, 2015). Así, primero ha habido un aumento del consumo turístico y del consiguiente gasto en actividades de ocio, favorecido por la mayor disponibilidad de tiempo libre y el mayor poder adquisitivo de la población, las nuevas tecnologías, los medios de transporte y los viajes «low-cost», los cambios en las estructuras demográficas (población envejecida pero con disponibilidad para viajar, familias postnucleares, etc.), el mayor nivel cultural, la publicidad y la promoción de la imagen de los destinos, el cada vez más importante papel de los hijos en la elección de los viajes, la globalización, las nuevas corrientes ideológicas (como la sostenibilidad medioambiental, la equidad social y la búsqueda de la autenticidad cultural), la mayor experiencia de los turistas, el aumento del individualismo y de la necesidad de personalizar los viajes, los cambios en los roles sociales (ser diferentes de la vida cotidiana, desencorsetarse temporalmente de las clases sociales históricas), los valores post-materialistas, la necesidad de interconectarse con otras culturas, la polarización de los gustos (comodidad y seguridad en los viajes frente a aventura y riesgo), la búsqueda de nuevas emociones y la emergencia de una nueva «sociedad del ensueño», dónde lo importante es fabricar productos basados en aspectos diferenciales que añadan distinción a la calidad del proceso.
Después, con la crisis económica de estos últimos años, en nuestra sociedad, donde priman las experiencias vividas, las sensaciones inolvidables y las emociones profundas (Navarro, 2015), la pérdida de renta disponible ha provocado la necesidad de elegir detalladamente los destinos turísticos teniendo muy en cuenta el coste de los viajes pero sin abandonar la actividad turística. Los riesgos actuales son distintos a los del pasado y el turismo está afectado por ellos, como por ejemplo la posibilidad de desastres ecológicos, los actos terroristas y las guerras. Sin embargo, con el tiempo el turismo es una actividad que se recupera y suele seguir el camino que se esperaba antes de las crisis (Vélez, 2010).
Además, también están cambiando los gustos de la demanda extranjera, que inicialmente venía a España atraída por el sol y la playa, pero que ahora desea consumir también otros productos turísticos basados en aspectos diferenciales de los lugares, principalmente el aspecto natural y cultural, y reclamando una mayor actividad en lugar de la tradicional pasividad de la visita (Tynsley y Lynch, 2001).
Ante este nuevo contexto también es muy importante tener en cuenta la satisfacción que experimenta el turista con el diseño del viaje en todas sus fases («pre», «durante» y «post») ya que puede repetir la visita y, lo que es más importante, puede ser un buen prescriptor del destino para futuros visitantes. Al respecto, no hay que olvidar que el concepto de satisfacción tiende a definirse como un juicio de naturaleza cognitiva-afectiva que se deriva de la experiencia del individuo con el servicio turístico y con sus experiencias previas, ya que es la respuesta que éste da a un proceso cognitivo donde compara el viaje realizado con sus expectativas (Castaño et al., 2006). Por ello es fundamental que los agentes locales involucrados con el desarrollo del turismo conozcan cuales son estas experiencias, pues adquieren gran importancia en la formación de la satisfacción del consumidor.
Así, los territorios de interior dinámicos, con el objetivo de diversificar su economía, apuestan por favorecer el turismo sostenible a partir de sus recursos naturales y culturales. Incorporan los nuevos gustos de los consumidores y los cambios sociales, de manera que, en estos destinos se pueda formar un clúster alrededor de un determinado producto turístico. El clúster deberá contar con un conjunto de productores (equipamientos turísticos, alojamientos, restauración, transportes, animación, museos, monumentos y edificios singulares, comercio local), distribuidores y/o facilitadores del viaje (agencias de viaje, portales especializados de internet, guías turísticas, oficinas de turismo) y consumidores (visitantes y turistas) (Figura 6). En dicho clúster se acabaran estructurando redes sociales entre los agentes, generándose relaciones de colaboración entre todos los agentes involucrados con este turismo (Gunn, 1994; Tynsley y Lynch, 2001).
FIGURA 6 Esquema de clúster turístico

Fuente: elaboración propia
En algunos territorios puede ser de utilidad un enfoque basado en los micro-clústeres turísticos. Se trata de una concentración geográfica de un pequeño número de establecimientos relacionados con un producto turístico en un determinado espacio. De este modo las interacciones de complementariedad generadas ayudan a desarrollar dicho producto gracias a la combinación de servicios que proporcionan una experiencia singular al turista. Este tipo de clústeres se benefician de las economías de escala, amplían la base del mercado y diversifican la gama de posibilidades de las actividades económicas del territorio. Su éxito dependerá de la capacidad que tenga la comunidad local para desarrollar actividades complementarias entre los agentes incorporados al micro-clúster. (Michael, 2007; Sáez, 2009).
El modelo micro-clúster turístico, se orienta a obtener beneficios socioeconómicos relativamente rápidos en las comunidades de las zonas interiores que se han visto afectadas por un declive socioeconómico y presentan escasas posibilidades de crecimiento a largo plazo. El clúster, ayuda a posicionar competitivamente un destino a través de la especialización en nichos de mercado. Pero como señala Michael (2007), para iniciar la formación de un micro-clúster es necesario encontrar el mecanismo que aglutine un conjunto de actividades complementarias. Por ello, en el contexto actual los micro-clústeres pueden constituir un marco que proporcione a las pequeñas empresas turísticas oportunidades innovadoras para operar localmente con ciertas garantías de éxito a medio plazo, aunque para que esto suceda es necesario que la comunidad local se implique con intensidad en las actividades turísticas (Sáez, 2009). Es necesario ser realistas y no olvidar que las actuales dinámicas acaparadoras, concentradoras y desposeedoras del mercado capitalista neoliberal plantean las mismas contradicciones y amenazas de turistización, también en los espacios de interior, y obligan a desarrollar estrategia de readaptación con alto nivel de innovación y resiliencia; nunca fáciles de conseguir.
2.2. Resiliencia territorial. Conceptos y características
Un destino turístico se caracteriza por su pertenencia a un sistema complejo, con una estructura reticular supra-local donde se interconectan los distintos actores que forman parte del sistema (Comas y Guía, 2005; Heidsieck y Pelletret, 2012; Amat, 2013) y donde los espacios en que se mueven dichas relaciones son variados (Yeung, 2000). Cualquier impacto es un suceso más o menos inesperado, o una sucesión de eventos naturales o antrópicos, de carácter interno o externo, positivos o negativos. Esta situación de impacto puede generar una crisis con mayor o menor consecuencias en función de la resiliencia del destino (Amat, 2013). Las crisis o incidencias pueden provocar un cambio más o menos sustancial en el destino, afectando al medio ambiente, al paisaje, a los visitantes, a los agentes y a la comunidad local. En cuanto al turismo, el conjunto de factores externos que generan crisis y que afectan a este sector es muy variado, por ser un sector transversal con influencia en otros muchos sectores (Goeldner et al., 2000)7.
Ante esta circunstancia, el concepto de resiliencia8 ha adquirido gran interés para los investigadores en turismo, por la necesidad de comprender la capacidad de la sociedad para hacer frente a las crisis, alteraciones y cambios. (Farrell y Twining-Ward, 2004; Ritchie, 2004, 2009; De Sausmarez, 2007; Paraskevas y Arendell, 2007; Plumer y Armitage, 2007; Smith y Henderson, 2008; Stadel, 2008; Tyrrell y Johnston, 2008; Chang, 2009; Sancho y Vélez, 2009; Strickland-Munro, Allison y Moore, 2010; Biggs, Hall y Stoeckl, 2011; Hague, 2011).
Las sucesivas crisis económicas y medioambientales, el uso de las nuevas tecnologías, la mejora en las comunicaciones, el cambio en procesos y procedimientos industriales, la aplicación de nuevos materiales y los cambios demográficos han tenido gran repercusión en los territorios, especialmente en los de interior. Así, por ejemplo, áreas cuya actividad estaba centrada en la industria han experimentado una fuerte crisis, cambio y declive lo que ha comportado un declive económico, social y territorial, con el cierre de fábricas y minas, paro y emigración. Sin embargo, con el tiempo estos territorios han emergido con su propia resiliencia, produciéndose una reconversión de las actividades económicas, de modo que en algunos casos se han revertido o minimizado dichos impactos, estabilizando la población, mejorando su calidad de vida y aumentando la cohesión social interna. Este enfoque socio-ecológico de la resiliencia territorial, que ha sido abordado académicamente por autores como Hopkins (2008, 2010), Cork (2009), Edwards (2009), Hudson (2010), Polèse (2010) y Wilding (2011), establece nuevos escenarios de estabilidad social, económica y ambiental (Walker, Holling y Carpenter, 2004).
En el ámbito territorial la resiliencia puede definirse como la capacidad de un territorio para crecerse ante los retos (Amat, 2013). Un destino turístico es resiliente si se constituye en un espacio geográfico homogéneo, que sea atractivo para visitar, tenga una oferta estructurada de atractivos turísticos, presente una imagen de marca integradora y cuente con una planificación estratégica que favorezca el desarrollo y la promoción del destino desde el sector público y privado incorporando a la mayoría de los actores (Cànoves, et. al, 2014) (comunidad local, organizaciones empresariales, instituciones públicas, gobierno local y regional, asociaciones locales, centros de investigación y turistas) (Valls, 2004). Para Hopkins (2008) la resiliencia de un territorio está en función de la diversidad de los actores involucrados, los usos y estrategias, la modularidad (la gestión participativa) y su capacidad de retroalimentación. Sin embargo, para Hudson (2010) la resiliencia depende de la huella ecológica, la autosuficiencia y el grado de vulnerabilidad ante los impactos internos y externos9.
Para la Resilience Aliance (2007) la resiliencia depende de: los flujos metabólicos de la huella ecológica (bienestar para el consumidor-residuos); las dinámicas sociales, demográficas (densidad-migraciones-envejecimiento-dependencia) y socio-laborales (empleo-especialización-productividad-igualdad-formación); las características del medioambiente construido (usos del suelo-usos económicos-paisaje); y las redes de gobernanza (colaboración y participación de los agentes-participación comunitaria en la gestión local-distribución de los servicios-identificación autóctona). Como puede apreciarse, bajo este enfoque socioecológico la resiliencia da gran importancia a la conservación y equilibrio de los ecosistemas y a la calidad de vida, aumentando la participación de la comunidad local en la gobernanza del territorio y promoviendo un acceso equitativo a los recursos y servicios (Amat, 2013).
Otro enfoque es el economicista neo-liberal (Hudson, 2010; Méndez, 2012), que considera que el desarrollo económico de un territorio está sujeto a todo tipo de interrupciones y disfunciones, por lo que se producen recesiones económicas cíclicas, entradas de nuevos competidores, cierre de fábricas y cambios tecnológicos importantes (Simmie y Martin, 2010). Bajo este enfoque la resiliencia es la capacidad de volver a un equilibrio estable anterior o asentarse en un nuevo estado después de un disturbio (Christopherson et al., 2010; Méndez, 2012). Este enfoque se focaliza en las mejoras en el empleo, las tasas de crecimiento, el Producto Interior Bruto (PIB), la renta disponible, el consumo, las inversiones, la formación, la tasa de paro, la calidad de vida, el flujo demográfico, la productividad, la flexibilización y la diversificación industrial (Ficenec, 2010). Autores como Polèse (2010) añaden el buen clima empresarial y una buena posición del área de mercado.
De este modo la resiliencia de un territorio depende de las estructuras heredadas (infraestructuras, equipamientos, empresas, nivel de formación), los agentes (empresarios, trabajadores, sector público, sociedad civil), los recursos (humanos, financieros, naturales, patrimoniales), la dinámica relacional interna y externa (generando capital social), la capacidad de absorber conocimiento y mejorar el grado de influencia, la competencia interterritorial, las inversiones externas, la innovación material y social y la gobernanza y las estrategias locales.
Otros autores, como Sancho y Vélez (2009) y Biggs, Hall y Stoeckl (2011), definen la resiliencia como la capacidad de los sistemas turísticos para recuperar los equilibrios ante cualquier perturbación o para absorber esfuerzos o fluctuaciones externas teniendo en cuenta sus habilidades autoorganizativas. Por su parte, Ficenec (2010) plantea una serie de factores orientados a una mayor resiliencia basados en la estructura económica de los territorios, como es la presencia de un capital humano altamente cualificado, el capital organizativo y el potencial de sus industrias; así como su diversidad y flexibilidad. Asimismo, para Méndez (2012, 2013), la capacidad de resiliencia de un territorio se compondrá, en primer lugar, de sus recursos materiales (sus infraestructuras y equipamientos, sus recursos naturales y culturales, su capital productivo en forma de empresas, o su capital humano en forma de niveles formativos). En segundo lugar se sitúan los actores (sector público, empresarial y sociedad civil), cuya densidad y presencia desigual condicionará las posibilidades de enfrentar las situaciones de crisis. En tercer lugar, las redes socioeconómicas (capital social y gobernanza) refuerzan la competitividad del entorno y facilitan la cooperación, ayudando a generar el sentido de comunidad e identidad e interconectándose con otras redes exteriores y multiescalares. En cuarto lugar, las estrategias locales y el esfuerzo innovador material y social, incluyendo una participación más activa de la población en las tareas de gestión.
Abundando en este tema, Amat (2013) indica que el crecimiento ilimitado es imposible («un crecimiento infinito es incompatible con un Planeta finito», Latouche, 2008) y la sobrepoblación urbana y una amplia urbanización territorial multiplican los flujos migratorios, produciéndose una gran modificación antrópica del suelo y creciendo el consumo de agua y energía, multiplicándose los residuos, expandiéndose el uso de las nuevas tecnologías, especialmente la informática y las telecomunicaciones, mejorando las infraestructuras y los transportes, aumentando el comercio internacional y la producción industrial a gran escala y produciéndose importantes cambios en el sistema ecológico, con un alto riesgo de sobrepasar su umbral de seguridad (cambio climático, acidificación de los océanos, perdida de ozono en la atmósfera, reducción de la cantidad disponible de agua dulce, pérdida de biodiversidad, cambios en la cobertura del suelo, contaminación química y atmosférica y cambios en los ciclos del nitrógeno y del fósforo) (Rockström et al., 2009). Por ello, en la actualidad se ha modificado el concepto de resiliencia territorial, la cual ha pasado a ser considerada como la suma de los dos enfoques económico y socioecológico, ya que un desarrollo sostenible no está ligado inevitablemente a un crecimiento sostenido y un cambio de rumbo puede también convivir con un decrecimiento (Taibo, 2009).
Ante esta situación se han desarrollado dos tendencias en la aplicación del concepto de resiliencia en los estudios territoriales. La primera corresponde a las respuestas que ofrecen los territorios frente a los desastres coyunturales de origen natural o humano, mientras que la segunda se refiere a la capacidad de las entidades territoriales para enfrentar procesos de declive y transformarse, iniciando una nueva etapa en la que se entremezclan rasgos heredados del pasado, transformados total o parcialmente, junto con otros nuevos (Polèse, 2010; Méndez, 2012). Por todo ello es fundamental que el desarrollo turístico de un destino sea sostenible medioambiental, económica y socioculturalmente, con nuevos productos que sean competitivos, satisfagan las nuevas demandas de los turistas y tengan la suficiente capacidad de atracción de los flujos globales de capital (Hudson 2010).
A nivel comunitario enfocarse en la resiliencia significa poner mayor énfasis en qué es lo que las comunidades (en nuestro caso los destinos y/o clústeres turísticos) pueden hacer por sí mismas y cómo se pueden fortalecer sus capacidades, antes que concentrarse en su vulnerabilidad ante el desastre o sus necesidades en una emergencia. Además, el nivel de resiliencia de una comunidad también está influido por capacidades existentes externas, tales como las infraestructuras públicas y las actividades socioeconómicas y políticas con el mundo que las rodea (Gutiérrez, 2013).
No hay que olvidar que ante cualquier perturbación10 un destino puede responder de forma diferente, teniendo en cuenta que cuanto mayor es la resiliencia menores son los cambios (Simmie y Martin, 2010). Así, en la Figura 7 se puede observar como el nivel de funcionamiento de un destino turístico consolidado y estable (nf), después de recibir el impacto, y al cabo de un cierto tiempo para su mayor o menor recuperación (Tr), puede seguir diferentes alternativas: mejorar el nivel de funcionamiento que tenía antes de recibir el impacto (a); recuperar el nivel anterior («reequilibrio») (b); sobrevivir con un nivel algo inferior (c) o declinar (d) (Lew, 2012).
FIGURA 7 Posibles alternativas de recuperación ante un impacto en un destino consolidado y estable

Fuente: Lew, 2012
En el caso de un destino con un desarrollo creciente y consolidado, después del impacto (i) pueden presentarse diversas alternativas (Figura 8) en la evolución del nivel de desarrollo (nd) del destino. Así, en el caso (a) se observa como después del disturbio, y del consiguiente tiempo de recuperación, el nivel de desarrollo retorna a la situación anterior de crecimiento estabilizado. En el caso (b) se presenta un decrecimiento posterior estabilizado y en el caso (c) hay un decrecimiento posterior no estabilizado. Finalmente, en el caso (d) hay un fuerte crecimiento posterior no estabilizado, pero superior al ritmo de crecimiento que había antes de producirse la perturbación. Además, los casos (b), (c) y (d) muestran como los impactos causan un cambio del sistema hacia otro régimen de conducta, mientras que en el (a) se regresa al mismo régimen anterior. Sin embargo, en el caso (b) el nuevo régimen se encuentra estabilizado, aunque con un crecimiento inferior anterior al impacto; lo que es típico de un enfoque ecológico donde predomina la adaptabilidad, ya que este tipo de sistemas tienden por naturaleza a un nuevo equilibrio después de un disturbio, mientras que los sistemas con un enfoque económico crean ciclos adaptativos ecológicos evolutivos, con cambios permanentes que dependen de las acciones de cada agente individual (Holling y Gunderson, 2002; Pendall et al., 2010; Simmie y Martin, 2010).
FIGURA 8 Posibles respuestas ante un impacto en un desarrollo territorial creciente

Fuente: Simmie y Martin, 2012
A su vez, Simmie y Martin (2010) y Martin (2012) afirman que es posible integrar el concepto de resiliencia en la nueva Geografía Económica Evolucionista si se opta por su acepción adaptativa, que la define como la capacidad de un sistema para adaptar su estructura y funcionamiento al impacto, como puede ser el caso de una crisis económica. De esta manera, un territorio resiliente sería aquel que adapta sus recursos al cambio y logra mantener o aumentar su prosperidad y su tendencia al crecimiento en el largo plazo, como ocurre en los casos (a) y (d), mientras que un territorio no resiliente no absorbe el impacto en su integridad y, como consecuencia, ve mermada su trayectoria de crecimiento a largo plazo y corre el riesgo de quedarse atrapado en una senda evolutiva sub-óptima, como pasa en los casos (b) y (c) (Sánchez Hernández, 2012). Asimismo, la magnitud de los impactos producidos en un destino turístico está estrechamente relacionada con la vulnerabilidad de estos territorios, lo que ha llevado a la necesidad de identificar mecanismos que permitan disminuir los efectos de dichas perturbaciones y sirvan de oportunidad para el futuro desarrollo del destino. Por ello Ecoespaña y WRI (2009) definen la resiliencia de un destino turístico como su capacidad para absorber alteraciones y recuperarse ante ellas, saliendo fortalecidos con posterioridad. Asimismo, el Stockholm Resilience Centre (SRC) señala que se trata de la capacidad a largo plazo de un territorio para afrontar cambios y continuar evolucionando (Amat, 2013).
En ocasiones el disturbio no se produce una sola vez sino que se repite sucesivamente, pudiendo reducir o aumentar su severidad. Por ello, Lew (2012; 2013) señala que se puede enfocar la resiliencia de un destino turístico como la vuelta al estado anterior al impacto (el denominado «enfoque desde la ingeniería»), con autores como Fünfgeld y McEvoy (2012); o la oportunidad de aprender del disturbio para preparase ante los futuros impactos volviendo al anterior equilibrio o alcanzando otro nuevo («enfoque desde la ecología»), con Ranjan (2012) y Russel y Griggs (2012); o bien la ocasión para resistir, transformarse y adaptarse en mejor situación que antes a las nuevas circunstancias mediante ciclos adaptativos ecológicos («enfoque transformacional»), con Davidson (2010), Davouidi (2012) y Martin (2012).
En estos últimos años han empezado a aparecer trabajos académicos que abordan con profundidad el estudio de la resiliencia territorial (Holling y Gunderson, 2002; Rose y Liao, 2005; Briguglio et al., 2006; Mc Glade et al., 2006; Foster, 2007; Pendall et al., 2010; Hill et al., 2008; Ormerod, 2008, Tyrrell y Johnston, 2008; Simmie y Martin, 2010, Vélez, 2010; Davidson, 2012; Davoudi, 2012; Fünfgeld y McEvoy, 2012; Lew, 2012, 2013; Martin, 2012; Ranjan, 2012; Russel y Griggs, 2012; Sánchez Hernández, 2012; Horrach, 2014; Luthe y Wyss, 2014; entre otros). Sin embargo sus enfoques varían. Así, para Mc Glade et al. (2006) la resiliencia puede equipararse a su elasticidad, es decir, su capacidad para absorber las perturbaciones sin experimentar grandes transformaciones. Sin embargo, para Foster (2007) la resiliencia de un territorio es su capacidad para anticiparse, prepararse, responder y recuperarse ante un disturbio, mientras que Hill et al. (2008) se focalizan solamente en analizar la disponibilidad del territorio para recuperarse satisfactoriamente de los impactos a su economía. Para otros autores como Tyrrell y Johnston (2008) y Luthe y Wyss (2014) la resiliencia de un territorio está formada por una interrelación de sus sistemas socio-económicos y ecológicos. Por su parte, Holling y Gunderson (2002), Pendall et al., (2010), Simmie y Martin (2010), Vélez (2010), Davoudi (2012), Davidson (2012) y Horrach (2014) orientan sus trabajos hacia el análisis de los ciclos adaptativos ecológicos como modelo de resiliencia regional. Así, Holling y Gunderson (2002) afirman que en el desarrollo regional y la administración de ecosistemas se dan tres propiedades (dimensiones) y cuatro fases que modelan las respuestas de los ecosistemas, las instituciones y las sociedades.
Dichas propiedades son (Figura 9):
a) Dimensión Potencial. Representa el potencial disponible para el cambio, ya que eso condiciona el rango de opciones posibles.
b) Dimensión Conectividad. El grado de conectividad entre los agentes mide el grado de rigidez o flexibilidad del sistema y su sensibilidad a las variaciones internas o externas.
c) Dimensión Resiliencia. La resiliencia del sistema da una medida de su vulnerabilidad a situaciones inesperadas o impredecibles.
FIGURA 9 Propiedades del ciclo adaptativo

Fuente: Vélez, 2010
Así pues, a medida que se suceden las fases del ciclo adaptativo la resiliencia se expande y se contrae, ya que es dinámica a lo largo del tiempo. Estos ciclos adaptativos del sistema turístico presentan cuatro fases evolutivas distintas a lo largo de su desarrollo (Figura 10). La resiliencia se contrae progresivamente a medida que el ciclo se mueve hacia la fase k (consolidación y estancamiento) donde el sistema se convierte en más frágil. Luego se expande progresivamente mientras el sistema se mueve hacia la fase k (reorganización y renovación) para preparar los recursos a fin de iniciar un nuevo ciclo de crecimiento en la fase r (explotación y crecimiento). En la fase de «reorganización» (α) se encuentran las innovaciones y la reestructuración del sector, por lo que la resiliencia y el potencial son altos pero la conectividad todavía es baja. En esta fase se modernizan las infraestructuras, se da formación empresarial y profesional a los trabajadores del sector, se coordina la cooperación entre los agentes públicos y privados y se intenta mejorar la calidad de vida de la población.
En la fase (r) (la de «explotación») se generan nuevas oportunidades y se produce un crecimiento, por lo que presenta unas bajas conectividad, resiliencia y potencial. En esta fase se intensifica la promoción del destino, aumenta el número de turistas especialmente internacionales y se incrementa el número de residentes. A continuación, en la fase de «consolidación» (k) predomina la estabilidad y se muestra una alta conectividad y potencial, aunque su resiliencia es baja. En esta fase se produce una alta concentración inmobiliaria y de turistas, se empiezan a producir problemas medioambientales, se crean barreras de entrada a las empresas competidoras y el destino empieza a estar maduro. La fase siguiente, la de «declive» (Ω), puede conducir a un «colapso» que puede desembocar en la destrucción (fase r) o a una «liberación» que llevará al resurgimiento y renovación del destino (fase α). Presenta una baja resiliencia y un bajo potencial, pero su conectividad es alta. En ella se constata el deterioro medioambiental y paisajístico producido por la excesiva aglomeración de turistas y la fuerte expansión de las segundas residencias, la falta de inversiones en mejoras para potenciar la calidad del destino, sus productos e instalaciones, la reducción de las expectativas profesionales y laborales, el aumento del pesimismo empresarial, la llegada de un turismo de menor calidad, unos servicios peores y, en conjunto, el deterioro de la imagen del destino.
FIGURA 10 La resiliencia y el ciclo adaptativo del sistema turístico

Fuente: Vélez, 2010
Por tanto se puede definir la resiliencia como las condiciones de un sistema adaptativo complejo donde las estabilidades pueden transformar el mismo para que presente otro régimen de comportamiento (Holling, 1986). Así, mediante el ciclo adaptativo, un ecosistema muestra que es sostenible, los ciclos se repiten y mantiene su capacidad de crear, probar y mantener el potencial adaptativo (Gunderson y Holling, 2002) entendiendo la resiliencia como capacidad de renovación, reorganización y de desarrollo, por lo cual, aunque estos aspectos sean poco analizados, son esenciales para el discurso de la sostenibilidad (Walker et al., 2006).
A su vez, Sánchez Hernández (2012) indica que cada crisis tiene su propio patrón regional, por lo que ante los disturbios los territorios, en función de su grado de sensibilidad y de su nivel de crecimiento, pueden ser: resistentes (A), adaptados (B), flexibles (C) e inadaptados (D). Los primeros presentan un crecimiento lento y una sensibilidad baja. Los segundos mantienen la sensibilidad baja pero su grado de crecimiento es mayor. Los terceros tienen un crecimiento rápido y una sensibilidad alta. Los cuartos presentan un crecimiento bajo y una sensibilidad alta. De esta manera, los territorios de los tipos A («resistentes») y D («inadaptados») son los que más dependen de la economía productiva (sectores primario y secundario), mientras que los del tipo B («adaptados») basan su economía en los servicios y el turismo, y los del C («flexibles») se encuentra en una etapa de transición hacia otro modelo económico algo diferente (Martin, 2012).
Así pues, en turismo, el concepto de resiliencia territorial se entiende como la capacidad de los destinos turísticos para recuperar los equilibrios o para absorber los impactos y crisis, teniendo en cuenta su situación anterior, sus recursos, las propias habilidades organizativas, la adaptabilidad de su estructura y de su funcionamiento. De esta manera un destino turístico resiliente es aquel que es capaz de prever y anticiparse a las crisis, creando nuevas habilidades y condiciones que le permitan salir reforzado de las mismas (Sancho y Gutiérrez, 2010; Vélez, 2010). Todo ello sin olvidar que los factores que facilitan la resiliencia del destino son sus capacidades (desarrollo económico, socioculturales y ambientales), sus conexiones (relaciones y cooperación, comunicaciones y transportes, competencia y competitividad, grado de innovación en los productos y servicios turísticos y adaptación a las nuevas tecnologías) y sus propiedades (recursos disponibles, existencia de un clúster empresarial alrededor del turismo, imagen del destino) (Sancho y Gutiérrez, 2010; Vélez, 2010).
La gestión de la resiliencia requiere un trabajo conjunto entre los diversos actores que intervienen en los territorios en materia turística, en que la gobernanza orientada hacia la resiliencia adquiere gran importancia. La implicación en materia de resiliencia de los actores relevantes en los destinos, como el gobierno local, los residentes y los turistas, permitirá contar con destinos cohesionados y coordinados hacia el logro final que es contar con herramientas y mecanismos necesarios para identificar y fortalecer las debilidades del sector con el objetivo de estar preparados ante eventuales situaciones adversas. Por tanto, contar con una débil capacidad de resiliencia aporta vulnerabilidad al destino, y ello puede exponer a los territorios a impactos mayores ante cualquier tipo de alteraciones.
Además, a lo largo del tiempo se van sucediendo los impactos sobre un determinado territorio o destino, provocando sucesivos ciclos adaptativos, con nuevas recuperaciones y reorientaciones si se desea sobrevivir a las adversidades (Figura 11). El turismo no es ajeno a este fenómeno, ya que, en general, se ha visto afectado por diversas crisis generadas por impactos más o menos previsibles y otros que han sido más inesperados.
FIGURA 11 Secuencia de ciclos adaptativos de recuperación

Fuente: elaboración propia a partir de Vélez (2010)
En este capítulo hemos sentado las bases del marco teórico, en el siguiente se presentan la metodología utilizada y los casos de estudio.
1. Muchas investigaciones se han centrado en la oferta (Pearce, 1989; Hu y Ritchie, 1993; Martin, 2000; Brunetti, 2002; Buhalis, 2003; Dredge, 2006; Pearce, 2012; Gallego et al., 2013, entre otros), mientras que hay autores que se han focalizado en la demanda (por ejemplo, Leiper, 1990).
2. Puede verse una relación más exhaustiva de modelos en De Oliveira (2007) y Panosso y Lohmann (2012).
3. Este modelo se ha mejorado posteriormente con múltiples adaptaciones, destacando las del propio Leiper (1990), Palhares (2002), Buhalis (2003) y Pérez et al. (2003), que consideran el sistema turístico como un ecosistema donde también se tienen en cuenta los cambios que está experimentando el modelo de negocio turístico desde la perspectiva empresarial y las influencias e impactos producidos por las nuevas tecnologías y la globalización.
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