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TRIGO Y OVEJAS
EL IMPACTO DE LAS CONQUISTAS
EN LOS PAISAJES ANDALUSÍES
(SIGLOS XI-XVI)
TRIGO Y OVEJAS
EL IMPACTO DE LAS CONQUISTAS
EN LOS PAISAJES ANDALUSÍES
(SIGLOS XI-XVI)
Josep Torró, Enric Guinot, eds.

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© de los textos: los autores 2018
© de esta edición: Universitat de València, 2018
Coordinación editorial: Maite Simon
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Diseño de cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Pau Viciano
ISBN: 978-84-9134-355-4
ÍNDICE
PRESENTACIÓN, Josep Torró, Enric Guinot
1. Espacios agrarios en el Bajo Ebro en época andalusí y después de la conquista catalana (siglos XI-XIII), Helena Kirchner, Antoni Virgili
2. Feudalización y cambio ecológico en el sector oriental de la Extremadura castellana: poblamiento y paisaje en los territorios de Atienza, Sigüenza y Molina (siglos XI-XIII), Guillermo García-Contreras Ruiz
3. Modelos agrarios en Extremadura. Entre el islam y occidente, Julián Clemente Ramos
4. La transformación de los paisajes rurales en el valle del Guadalquivir tras la conquista cristiana (siglo XIII), María Antonia Carmona Ruiz
5. La construcción de nuevos espacios agrarios en el siglo XIII. Repartimientos y parcelarios de fundación en el Reino de Valencia: Puçol y Vilafamés, Enric Guinot Rodríguez
6. «Por donde jamás habían sido conducidas aguas». La transformación agraria del marjal norte de la Albufera de Valencia (siglos XIII-XV), Josep Torró, Ferran Esquilache
7. Los paisajes rurales en las comarcas gaditanas: transformaciones y permanencias. Interacción entre sociedad y medio ambiente, siglos XIII al XV, Emilio Martín Gutiérrez
8. Los campos de los moriscos y de los castellanos de Igualeja, Serranía de Ronda (Málaga), siglo XVI, Ignacio Díaz, Esteban López, Félix Retamero
PERFIL DE LOS AUTORES
PRESENTACIÓN
Entre finales del siglo XI y finales del XV, los reinos cristianos de la península Ibérica protagonizaron un largo proceso de ampliación territorial a costa de al-Andalus. Aunque los conflictos armados entre monarquías y bandos nobiliarios de dichos reinos marcaron la progresiva construcción política de los mismos, lo cierto es que por diversas razones, en buena medida también ideológicas, es el ámbito de la conquista exterior el que ha despertado más la atención, el interés y, sin duda, también la diversidad de lecturas historiográficas sobre su significado a lo largo del tiempo. Esa búsqueda de la peculiaridad, con todo, no debe hacernos olvidar que la expansión de la sociedad cristiana ibérica no fue un hecho excepcional, sino una de las manifestaciones de la dinámica de ensanchamiento de las fronteras de la Cristiandad latina en esa misma época.
Lo cierto es que la expansión militar sobre al-Andalus conllevó la reproducción de las relaciones sociales feudales sobre dichos territorios, así como la configuración de nuevas formas de distribución poblacional y ocupación del espacio, en el marco de una amplia migración de todo tipo de personas y familias al calor de las guerras de conquista. Con todo, lo que historiografías más tradicionales dieron en llamar la «repoblación», resultó ser un proceso histórico de varios siglos, bastante más complejo en todos sus aspectos. Se repartieron tierras y casas, pero también se fundaron pueblas y villas; se crearon señoríos y se generalizó la condición de vasallos fuera de las villas reales; se erigieron parroquias y se estableció la red de obispados, no sólo con funciones religiosas sino también fiscales. Más bien a partir del siglo XIII se instauraron las estructuras del poder real y los gobiernos urbanos, en algunos reinos incluso anteriormente. También mercados y ferias se fueron generalizando, así como las tiendas y los talleres artesanales.
Las investigaciones han mostrado cierta preferencia por el problema de los repartimientos y el asentamiento de los «repobladores», los migrantes cristianos de diversas clases sociales. No cabe duda de que la transferencia de tierras y espacios residenciales andalusíes a los colonos y la aparente pervivencia de los ámbitos de habitación, tanto en las implantaciones cristianas como en los lugares donde permanece la población musulmana, han propiciado que se generalizase durante bastante tiempo una imagen de continuidad entre las formas de asentamiento y ocupación del espacio anteriores y posteriores a las conquistas. Pero no ha sido éste el único motivo. No se puede ignorar el peso de las interpretaciones ideológicas relacionadas con la persistencia milenaria de una sociedad «española», «andaluza» o «valenciana», así como su variante cristiano-católica, que han jugado con fuerza en la historiografía tradicional para resaltar la idea de fuerte continuidad y escasa ruptura entre la sociedad de los vencedores y la de los vencidos. Tampoco ciertas visiones producidas, fundamentalmente, desde el ámbito anglosajón, en las que las transformaciones cristianas quedarían mitigadas por el pragmatismo latente en los tratados de rendición, la pervivencia de instituciones, las prácticas de irrigación...
No vamos a considerar ahora estas cuestiones, pero sí queremos recordar el cambio de perspectivas que, tanto sobre la sociedad andalusí como sobre los efectos de la conquista cristiana de Valencia, representaron los estudios de Pierre Guichard durante los últimos treinta años del siglo XX. El trabajo del historiador francés no sólo estableció las profundas diferencias en las formas de organización social del mundo andalusí en general, sino que también dejó fuera de lugar las ilusiones continuistas en materia de asentamientos y organización del espacio, propiciando una sustitución de las bases conceptuales con que debía plantearse el problema de la colonización cristiana. En esa misma dirección debemos también resaltar la importancia, desde ámbitos diferentes, de la trayectoria de los profesores Miquel Barceló y Thomas F. Glick. El primero, más preocupado por la caracterización del campesinado andalusí a partir del análisis de la organización de les espacios irrigados, de los asentamientos rurales y de los procesos de trabajo, con una atención muy especial al fuerte papel estructurante del parentesco. El segundo, partiendo del estudio de la organización social del regadío valenciano de la baja Edad Media para llegar a una obra de referencia como lo es Paisajes de conquista, dedicada a la comparación de los dos sistemas de organización social del espacio en la sociedad andalusí y la sociedad cristiano-feudal de la península Ibérica medieval.1
Los trabajos presentados en esta compilación parten del planteamiento historiográfico de que la colonización cristiana de los territorios ibéricos conquistados de al-Andalus entre los siglos XI y XV no se limitó a prolongar la utilización de los espacios agrarios ocupados a los musulmanes, sino que la apropiación fue seguida por cambios profundos en las formas de gestión que, eventualmente, condujeron al abandono y, en otros casos, por el contrario, a una rápida ampliación, dependiendo del éxito de las migraciones que siguen a las conquistas. Por otra parte, todo proceso de colonización se funda en saberes prácticos adquiridos a través del manejo adecuado de muchos factores técnicos y, por tanto, ampliamente experimentados en los medios ecológicos de procedencia. Las cuestiones que permitirían explicar las opciones de los nuevos pobladores y evaluar el alcance de la transformación deben, necesariamente, partir de esta consideración, raramente tenida en cuenta.
Es en este contexto donde deben situarse las aportaciones reunidas en el presente libro, concebido originalmente como uno de los resultados del proyecto de investigación «Modificaciones del ecosistema cultivado bajomedieval en el reino de Valencia» (HAR2011-27662), desarrollado entre los años 2012 y 2015, pero que finalmente ve la luz en el marco del proyecto «Crecimiento económico y desigualdad social en la Europa mediterránea (siglos XIII-XV)» (HAR2014-58730-P).2 El fondo común de los trabajos se identifica con el estudio del reordenamiento de los espacios de cultivo y las operaciones de agrarización que siguieron a las conquistas de al-Andalus, desde mediados del siglo XI hasta los inicios de la época moderna y aún en el paso a la primera época de la colonización hispánica en tierras americanas. Hay, por tanto, una voluntad de tratar el problema desde una perspectiva de la larga duración y sobre una diversidad de territorios de la península Ibérica, aunque no haya sido posible reunir un elenco más completo de investigaciones. Pese a todo ello, el conjunto de trabajos ofrece bastante representatividad, en cuanto presenta una variedad notable de casos, tanto en el arco cronológico como en el espacial.
El título del libro, Trigo y ovejas, pretende evocar, ante todo, las principales producciones de los ecosistemas configurados tras las conquistas y, de este modo, poner de relieve que la agricultura y la ganadería empiezan a organizarse a una escala de magnitud superior, orientándose hacia especializaciones capaces de satisfacer las exigencias de la renta señorial e, indirectamente, el aprovisionamiento de las ciudades y de los mercados interregionales. La lana y el cereal también pueden simbolizar las diferencias en los ritmos de colonización entre los reinos occidentales y orientales de la península. En el primer caso, la escasez inicial de pobladores, unida a la amplitud geográfica y las condiciones ambientales de los espacios capturados, favorecerá el desarrollo de opciones pastoralistas que contrastan con los procesos de transformación agrarias que en las regiones mediterráneas siguen más de cerca a las operaciones militares.
Las contribuciones reunidas, en efecto, comprenden visiones tanto de los reinos castellano y leonés en sus ámbitos de expansión a partir del siglo XI–esto es, las regiones del norte de la actual Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía–, como del sur de Cataluña y Valencia en el marco de la Corona de Aragón. Conviene indicar que hemos decidido, finalmente, un orden de presentación cronológico frente al «político» de los diversos reinos medievales ibéricos. Nos parece relevante, en cierta manera, superar la visión «institucional», atendiendo a que, pese a tratarse de una variable a considerar, en realidad el objeto de estudio se inscribe en las dinámicas de expansión de la sociedad cristiano-feudal en su conjunto (con todas las peculiaridades que se quiera sobre la especificidad de cada uno de los países ibéricos) y la confrontación de dos sistemas sociales en tanto que ecosistemas.
Por todo ello, el libro se inicia con tres aportaciones sobre los procesos de ocupación, reparto y reorganización de los espacios rurales en el periodo de la plena Edad Media, siglos XI-XIII, el marco de la gran expansión agraria y colonizadora de Europa occidental, con aspectos tan llamativos y característicos como lo son las roturaciones y la fundación de nuevas poblaciones, que también se materializan en la península Ibérica. Es ahí donde se inscribe el texto de Helena Kirchner y Antoni Virgili sobre el Bajo Ebro y la región de Tortosa a partir de la conquista catalana de 1148 y los cambios producidos a raíz de la ocupación y reorganización del espacio. Combinando los datos arqueológicos con los de la documentación escrita, los autores identifican los principales rasgos de la intervención colonizadora sobre un paisaje de espacios irrigados discontinuos, alimentados fundamentalmente por agua de norias, a los que en pocas décadas se agregan las áreas pantanosas circundantes, imponiéndose una marcada orientación cerealista y vitivinícola con la consiguiente proliferación de complejos molinares asociados a largas canalizaciones. Roturaciones y desecación de espacios encharcados al servicio de la expansión del cereal son, también, los fenómenos identificados en el trabajo realizado por Guillermo García-Contreras sobre el caso del sector oriental de la Extremadura castellana (entornos de las localidades de Atienza, Sigüenza y Molina de Aragón en la actual provincia de Guadalajara), aunque asociados a una creciente importancia de la ganadería en lo que el autor considera un «cambio de escala» en la gestión del espacio. En el mismo sentido, refiriéndose a la actual región de Extremadura, Julián Clemente Ramos muestra la «sucesión de dos modelos agrarios contrapuestos»: el andalusí, de carácter circunscrito e intensivo, frente a los criterios extensivos y roturadores implantados tras la conquista.
Los tres siguientes capítulos se centran en el periodo histórico inaugurado con las grandes conquistas sobre al-Andalus en el siglo XIII. En él se encuadra la síntesis de María Antonia Carmona Ruiz sobre la transformación de los paisajes rurales en el valle del Guadalquivir, cuyo aspecto más destacable es la despoblación y el abandono de tierras cultivadas que sigue a la conquista castellana. Este hecho tiene como consecuencia una considerable recuperación de los ecosistemas naturales que favorece la expansión ganadera, por lo que la colonización sistemática debe esperar al Cuatrocientos y al fin de la frontera con Granada. El retraso del proceso colonizador de la Andalucía bética contrasta con la celeridad del que tiene lugar en el reino de Valencia. Lo comprobamos en la aportación de Enric Guinot Rodríguez sobre las consecuencias de los repartimientos en la construcción de nuevos espacios agrarios, elaborada a partir de dos ejemplos concretos: el de la localidad de Puçol en la Huerta de Valencia, y el de la villa de Vilafamés en una región de secano como es el Maestrat de Castelló. Por su parte, el texto de Josep Torró y Ferran Esquilache, complementa, en el contexto valenciano, la diversidad de transformaciones de espacios rurales con el caso de la desecación y puesta en cultivo de las franjas pantanosas alrededor del lago de la Albufera de Valencia. El estudio se prolonga en el tiempo planteando una cuestión que también es tratada en el trabajo de García-Contreras, como lo es la de la precariedad de algunas de las tierras ganadas, que se pone de manifiesto con los efectos de la crisis demográfica del siglo XIV, y la subsiguiente recomposición de los ecosistemas cultivados sobre unas bases menos frágiles.
Más centrados en los siglos finales de la Edad Media se hallan los dos últimos capítulos. El de Emilio Martín Gutiérrez examina la evolución de los paisajes rurales de la región de Cádiz, donde se reproduce el escenario –descrito por Carmona– de escasez de pobladores tras la conquista del valle del Guadalquivir. La explotación extensiva del territorio se pone en práctica, pues, entre los siglos XV y XVI, sobre todo mediante la expansión del viñedo y el olivar, acompañada incluso de la fundación de villas. Finalmente, el trabajo de Félix Retamero, Ignacio Díaz y Esteban López aborda una cuestión de particular interés como lo es la gestión diferencial de espacios agrarios compartidos entre moriscos y colonos cristianos en el siglo XVI, a partir del análisis de un caso local en la Serranía de Ronda, Málaga.
Como decíamos más arriba, dentro de la diversidad de casos, cronologías y geografías ibéricas, existen hilos conductores que conectan los diferentes estudios y permiten entender procesos del mundo rural que fueron de larga duración. Facilitan, también, una mejora de nuestras posibilidades de comprensión de las consecuencias de la larga expansión cristiano-feudal europea en esta región meridional ibérica, con todas las singularidades derivadas del hecho de producirse sobre un medio humano y agrario configurado por lógicas sociales extrañas a las de los vencedores.
Josep Torró Universitat de València
Enric Guinot Universitat de València
1. Editado por Publicacions de la Universitat de València en 2007. Se trata de la versión en castellano, ampliamente corregida y modificada, de From Muslims fortress to Christian castle. Social and cultural Change in medieval Spain, Manchester, Manchester University Press, 1995.
2. Financiados por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España.
1. ESPACIOS AGRARIOS EN EL BAJO EBRO EN ÉPOCA ANDALUSÍ Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA CATALANA (SIGLOS XI-XIII)*
Helena Kirchner Universitat Autònoma de Barcelona
Antoni Virgili Universitat Autònoma de Barcelona
La ciudad andalusí de Madîna Ṭurṭûša capituló ante las huestes del conde de Barcelona, el Común de Génova y otras fuerzas aliadas en diciembre de 1148, tras seis meses de asedio. La conquista supuso la puesta en marcha de un proceso de colonización de la región que generó la redacción de centenares de documentos.1 La mayor parte de estas escrituras reflejan alienaciones de inmuebles y contienen información relevante sobre la ciudad, los asentamientos rurales y el espacio agrario que encontraron los conquistadores (ubicación de parcelas, cultivos, lugares de residencia, caminos, acequias, molinos, pozos, norias, etc.), y también sobre las modificaciones introducidas por ellos a lo largo de las décadas siguientes.2 La abundante información de los textos, conjuntamente con la prospección arqueológica, la toponimia y la arqueología hidráulica ha permitido establecer con precisión el mapa de los asentamientos, distribuidos a ambos márgenes del Ebro. Concretamente, la investigación realizada para identificar los espacios de cultivo, mediante los métodos de la arqueología hidráulica (Barceló, Kirchner y Navarro, 1995; Glick y Kirchner, 2000), la confección de mapas detallados de los parcelarios y la interpretación de estos mediante la contrastación con la información documental, los análisis derivados de los métodos de la geoarqueología, la carpología y las dataciones radiocarbónicas ha permitido una reconstrucción bastante ajustada del paisaje agrícola de la región (Kirchner, Virgili y Antolín, 2014; Alonso, Antolín y Kirchner, 2014; Puy et al., 2014; Kirchner, Virgili y Puy, en prensa; Kirchner et al., 2016). Así mismo, se ha realizado un estudio detallado de la trama urbana de la ciudad andalusí y las modificaciones realizadas a raíz de la conquista a partir de los restos arqueológicos, arquitectónicos, de la morfología de la trama urbana actual y la documentación escrita (Kirchner y Virgili, 2015).
1. LOS ASENTAMIENTOS RURALES
1.1 Las referencias documentales y la toponimia
La mayor parte de los asentamientos y topónimos documentados se alineaban a ambas orillas del Ebro. En algunos casos, es difícil de determinar su entidad puesto que la documentación apenas los describe. La terminología utilizada para definirlos es «lugar» (Som, Tivenys, Bítem, Arram, Aldover, Labar, Bercat, Vila-roja, Palomera, Raval, Castellnou, Algezira Mascor, Alcántera, Beniguerau, Fazalfori, Vinallop, Mianes), «villa» (Benifallet, Aldovesta, Som, Tivenys, Bítem, Xerta, Aldover) o «almunia» (la Aldea y el Antic). Sin embargo, la mayoría de documentos no califican el topónimo; sencillamente se localiza el inmueble objeto de transacción con la fórmula in o apud seguida del topónimo. A menudo se califica indistintamente de «lugar» y de «villa» el mismo topónimo. El uso del vocablo «villa» suele ser tardío en relación a los prime-ros documentos, ya de finales del siglo XII o principios del XIII. Ambos, lugar y villa, podrían designar formas de poblamiento concentrado, a pesar de ser, en algunos casos, muy pequeños. Así puede interpretarse a partir de referencias a casas, mezquitas o necrópolis y sepulturas.3 Se mencionan también «términos» en relación a lugares que en algún momento son calificados de castrum o castellum (Quart, la Aldea, Xalamera, Som, Castellnou, Amposta). Algunos asentamientos han permanecido como núcleos habitados y han mantenido el topónimo (Benifallet, Tivenys, Bítem, Quint, Aldover, Xerta, Vinallop, Amposta). Otros pueblos de formación más moderna podrían haber ocupado espacios de habitación abandonados, de los cuales no ha perdurado el topónimo (Jesús, Roquetes, Raval de Cristo que sustituyen probablemente Palomera, Vila-roja y Raval), puesto que están situados en puntos elevados de la terraza fluvial y muy cercanos a los espacios de cultivo identificados. Otros topónimos han perdurado en masías que son mencionadas como mansi en la documentación de los siglos XII y XIII (Arram, Xalamera, Mianes), o se ha perdido el topónimo pero han podido ser situados con precisión (Labar, o Llaver, en la torre de Corder y el yacimiento de Casa Blanca, Bercat en la torre del Prior, Aquilen o Aguilen en Campredó), o de manera más aproximada (Algezira Mascor, Alcántera, Beniguerau, Fazalfori, Quart). Estos últimos están situados alrededor de la desembocadura del barranco de Sant Antoni y en la confluencia del antiguo camino de Valencia.
Buena parte de esta toponimia se ha identificado con topónimos árabes descriptivos o bien, alguno de ellos, como topónimos de origen clánico. Algunos hacen referencia a las estructuras hidráulicas. Labar sería la forma plural, al-âbâr (pl. de bi’r, «pozo»); Bercat proviene de birka («balsa» o «safareig»,4 en la documentación latina); Burjasénia és claramente burj as-sâniya; burj se traduce habitualmente como torre, pero también puede tener el significado de «casa de campo», por lo que el significado podría ser «torre o casa de la noria».5 Otros hacen referencia a las riberas fluviales: las algeziras (al-jazîra, «isla») son islas fluviales, no necesariamente rodeadas de agua completamente; Xerta podría derivar de šarṭa («meandro»); Aldover podría provenir de al-duwwar («lugarejo»), pero también se puede relacionar con al-dawwâra («meandro») que da Aldovara (Cáceres), y también podría estar vinculado a la ganadería, como Zocodover (Toledo) (sûq al-dawâb, «mercado de animales») (Corriente, 1977: 26, 33, 67); Tivenys podría ser tibbin («serpiente, cono de agua») o tib («río o riachuelo»). Algunos topónimos se pueden relacionar con reduplicaciones de nombres: el río Baytâm (Tobna, Algeria), daría Bítem, y Mayâniš (al-Mahdiyya, Túnez), sería el origen de Mianes. La Aldea se relaciona habitualmente con ḍay‘a («lugarejo, pueblo», «granja, finca»). No obstante, no se puede descartar dayah, que en Marruecos designa «lago, estanque», «agua estancada entre canales o acequias», significado que, en el contexto donde se encuentra la Aldea, rodeada de aguazales, sería coherente. Fazalfori vendría de faḥṣ al-hurî («campo del granero»). Como topónimos clánicos tenemos Vinallop (Banû Lubb), probablement bereber, Beniguerau y Benifallet, no identificados (Barceló, 1987; Barceló coord., 1999). Quart (o Quarto) y Quint (o Quinto y Chint) podrían tener relación con la vía romana, indicando miliarios (Pallí, 1981: 358; Arrayás, 2005: 387-397).
La red de caminos se menciona a menudo en la documentación. Todos los asentamientos de ribera estaban comunicados por sendas vías públicas de recorrido paralelo al río. Se documentan pasos de barca para atravesar el Ebro en Tortosa, Benifallet, y probablemente, Amposta. La vía pública del margen izquierdo del río era conocida, a partir de Tortosa dirección norte, como vía de Benifallet, y dirección sur, como camino de Camarles o de la Aldea. En el margen derecho, la vía hacia el sur era llamada camino de Valencia, que a la altura de Vinallop se bifurcaba: un ramal seguía el curso del río hasta Amposta, mientras el otro ascendía hacia el altiplano para seguir en dirección a Ulldecona. La antigua vía Augusta procedente de Tarragona se dividía en el Perelló. Un ramal se dirigía hacia Tortosa por el Coll de l’Alba, mientras el otro iba paralelo a la línea de costa enlazando los núcleos litorales hasta llegar al Ebro (Morote, 1979: 150-151). Los asentamientos y la toponimia documentada, así como los escasos yacimientos arqueológicos localizados se alinean a lo largo de estas vías o a poca distancia de ellas.
1.2 Los yacimientos arqueológicos
El registro de yacimientos arqueológicos es relativamente escaso, en comparación con la toponimia documentada. Muchos de los asentamientos han quedado probablemente cubiertos por las tramas urbanas de las actuales poblaciones. Sin embargo, a lo largo de las vías de comunicación y en estrecha relación con los espacios de cultivo se conservan todavía algunos yacimientos islámicos identificados, casi siempre, por hallazgos cerámicos de superficie, algunos muros y algunos silos.
En el margen izquierdo del Ebro solo hay restos significativos en el Coll de Som, donde se ha encontrado abundante cerámica en superficie, y se observan muros que se pueden atribuir al período andalusí. No obstante, la localización en este punto elevado y de difícil acceso parece identificarse más con un punto de vigilancia que con un asentamiento. Un documento lo menciona como castellum Summum, donde habría habido un pequeño huerto con olivos (año 1163, DCT: 134), y por tanto, el lugar se distingue claramente de lo que habría podido ser un asentamiento habitado en la llanura de Tivenys, en su extremo norte, donde se concentraban las parcelas atribuibles a este asentamiento. En esta zona no se han hallado restos debido a la intensa transformación reciente de la vertiente con medios mecánicos, convertida en terrazas para albergar el cultivo de cítricos6.
En el Mas del Bisbe se conserva aún una capilla gótica construida durante el episcopado de Arnau de Jardí (siglo XIV) y dos torres con base de sillares tallados y alzado de tapia que requieren un estudio pormenorizado antes de proponer una cronología. En un campo adyacente al complejo arquitectónico actual, los aparceros que explotan las tierras han detectado la existencia de estructuras que, por la descripción que hacen, podría tratarse de silos. El topónimo actual y su emplazamiento pueden relacionarse con la donación que hizo, en 1154, el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV al obispo Gaufred y a la Catedral de Tortosa de un campum de Bitem quod in tempore sarracenorum fuit regis (DCT: 47), confirmada por el papa Adrián IV en 1156 (hospicium et campum de Bitem, DCT: 52; 64). También, en estas fechas, un tal Gandulfo Carbonera, genovés, donó al obispo y a la sede lo que tenía in campum de Bitem qui fuit regis. A su vez, lo había recibido del conde de Barcelona y estaba situado al sur de la posesión episcopal, lindando con la vía pública de Benifallet al este, con el Ebro, al sur y oeste, y con las tierras del obispo y la catedral, al norte (DCT: 56). Las afrontaciones son coherentes con la actual propiedad del obispado, el Mas del Bisbe, justo al sur del pueblo de Bítem. Con la donación de Gandulfo se completaba un espacio homogéneo en poder de la sede de Tortosa, el mansum del obispo, mencionado de esta manera en diversos documentos de donación a censo de las parcelas que lo formaban.
Al sur de Tortosa, en el cerro donde se levanta una torre del orden del Temple conocida con los nombres de Torre de la Llotja y Casa del Prat, probablemente del siglo XIV, hay abundantes fragmentos de cerámica andalusí en superficie, un muro que delimita la colina en parte, así como alineaciones de piedras en la vertiente de levante.
En la torre de la Aldea, excavaciones relativamente recientes permiten dar sentido a hallazgos antiguos, como un miliario romano, señalando un probable hito de la Vía Augusta, que coincide con el eje viario documentado en la Edad Media (Rams y Pérez, 2010). La excavación ha documentado una ocupación romana del siglo I dC que se prolonga hasta los siglos IV y V dC. Superpuesta, se ha identificado la fase islámica sin precisar, por ahora, las cronologías. Esta fase está constituida por una fortificación que aprovecha en parte las estructuras romanas y que consiste en un edificio cuadrangular de grandes dimensiones (15 x 24,5 m) con muros de 1,5 m de grosor, en torno al cual parece que habría silos y estructuras más propiamente de habitación que no han podido ser excavadas. Posteriormente a la conquista cristiana se mantuvo la ocupación y se levantó encima de estas estructuras una torre de planta circular (Rams, Pérez 2010). Finalmente, en el manso del Antic se encontró un solo fragmento de cuello de olla andalusí; existe, en cambio, un yacimiento romano de una cierta entidad.
En el margen derecho del Ebro hay más densidad de hallazgos. El promontorio llamado Puig de la Caldera de l’Arram debió ser el asentamiento andalusí del lugar de l’Arram, si tenemos en cuenta la cantidad de fragmentos de cerámica en superficie y las alineaciones de piedras que delatan la existencia de muros. El cerro fue cortado por el lado del río, a levante, y por el paso de la actual carretera, a poniente, circunstancia que impide tener una visión global del yacimiento. Solo la prominencia del lugar justifica que fuera calificado de castellum en un documento del año 1196, en el que se reconocían los derechos del monasterio de Poblet en Xerta y en el castello Alaran (CP: 186).
En Xerta, la existencia de restos arqueológicos (cerámica, silos) en dos puntos elevados situados justo en el límite de la llanura aluvial (Arenalets y finca catastral 43053A01800203, parcela 203) indica que el actual emplazamiento del pueblo es posterior. Al norte de la torre de Corder (Labar, Llaver), coincidiendo con los restos romanos de la masía de la Casa Blanca (Revilla, 1998), hay cerámica andalusí en abundancia.
Al sur del Raval de Cristo y sobre la terraza fluvial hay un yacimiento arqueológico andalusí de una cierta entidad (Racó d’Omedo). Está situado en una plataforma que sobresale de la terraza fluvial cerrada por un muro de tapia de dimensiones considerables. Se encuentran abundantes restos de cerámica en superficie, mayoritariamente, de los siglos XI y primera mitad del XII. En la desembocadura del barranco de Sant Antoni se encuentra el yacimiento del Pla de les Sitges (mas de Xies), sobre la terraza fluvial,7 En el Mas de Giner, ligeramente al sur, también se han encontrado silos con materiales andalusíes.8 Estos asentamientos se pueden relacionar con diversos topónimos de la zona: Beniguerau, Algezira Mascor, Alcàntera, Fazalfori o Quart. Las lindes de las parcelas documentadas permiten situarlas en la desembocadura del mencionado barranco o algo más al sur.
Junto a Amposta, en el Molinàs, se han hallado enterramientos andalusíes (Bosch, Faura, Villalbí, 2004). Por su parte, el castillo andalusí de Amposta ha sido bien documentado en excavaciones que han permitido fechar algunos muros andalusíes en la segunda mitad del siglo XI (Villalbí, Forcadell y Artigues, 1994).9
Estos emplazamientos siguen pautas similares. La mayoría de lugares de asentamiento y de espacios de cultivo se sitúan por encima de la zona inundable determinada en los mapas de riesgo de inundación de la Agència Catalana de l’Aigua, en especial la que corresponde a períodos de retorno de 50 años. Los lugares escogidos para las zonas de residencia se encuentran o bien en el margen de la llanura fluvial (Benifallet, Tivenys, Bítem, el mismo perímetro medieval de la ciudad de Tortosa, Aldover, yacimiento de Casa Blanca, Vinallop); o bien en áreas ligeramente elevadas con respecto a la llanura, aprovechando pequeños cerros (yacimientos de la Caldera de l’Arram, Arenalets, finca catastral 43053A01800203, Amposta), o bien sobre la terraza fluvial, en puntos donde esta forma espolones avanzados sobre la llanura fluvial (yacimientos del Racó d’Omedo y del Pla de les Sitges). Todos quedan espacialmente vinculados a las áreas de cultivo, las cuales han podido ser delimitadas. Por este motivo, se puede proponer que los emplazamientos actuales de Jesús, Roquetes y Raval de Crist hubieran podido ser asentamientos andalusíes: se sitúan sobre los espolones que forma la terraza fluvial, excavada por barrancos que proceden de las montañas de Els Ports y en los flancos de los espacios de cultivo documentados y reconstruidos mediante el trabajo de campo y la prospección. Finalmente, los emplazamientos del extremo meridional de la ribera fluvial, alineados justo donde empieza el delta (Camarles, el Antic, la Granadella, la Aldea, Burjassénia y Candela), estaban situados en pequeñas elevaciones del terreno o afloramientos rocosos en una zona de marjal y aguazales denominada el Prat (Prado) de Tortosa en los documentos, y que cubría desde el sur de la ciudad hasta la línea de costa a lo largo de ambas orillas del Ebro (fig. 1).

Fig.1. El Bajo Ebro: asentamientos y espacios de cultivo.
2. LOS ESPACIOS DE CULTIVO
El cauce del río era mucho más amplio y disperso que en la actualidad. La progresiva conquista de terreno cultivable ganado a la orilla y la regulación del caudal del Ebro han posibilitado estabilizar sus márgenes y añadir extensas franjas cultivables en ambas orillas que se pueden reconocer por sus parcelarios ordenados en campos alargados perpendiculares al río, a menudo con canales de drenaje activos, como en la llanura de Castellnou, o la de las Arenas. En las fotografías aéreas se perciben límites parcelarios redondeados, paralelos al río, que fosilizan antiguos márgenes fluviales. La documentación escrita, el análisis de la morfología de los parcelarios y la pros-pección sobre el terreno son tareas fundamentales para poder identificar cuáles eran los espacios cultivados y su distribución a lo largo de las dos orillas y en relación a los asentamientos.
2.1 Los espacios de cultivo vinculados a los asentamientos rurales
Los espacios de cultivo constituyen conjuntos de parcelas compactos, adyacentes a los núcleos de residencia, dispuestos a lo largo de las vías de comunicación que se disponen de norte a sur, paralelas al Ebro. La mención del río y la vía de comunicación principal (via publica) en los lindes este y oeste, según el margen donde se encuentre la parcela, indican que el cauce era mucho más ancho y disperso que en la actualidad y, en consecuencia, el espacio cultivable de la llanura fluvial era mucho más estrecho. Los conjuntos de parcelas se situaban en puntos donde el terreno quedaba ligeramente más elevado respecto a la orilla fluvial. La vía de comunicación, que también pasaba por esos terrenos más elevados y unía los diferentes asentamientos, atravesaba los parcelarios, puesto que se documentan parcelas situadas a ambos lados. En los lindes de las parcelas, además, se puede apreciar que unas eran contiguas a las otras formando agrupaciones homogéneas.
En cambio, la falta de contacto entre parcelas asociadas a asentamientos vecinos indica que se trataba de parcelarios discontinuos, sin tocarse entre sí, y entre ellos existían espacios yermos o aguazales fluviales. Los parcelarios estaban situados, al igual que las áreas de residencia, en las zonas de ribera de cota ligeramente más elevada y que podían quedar al margen de las crecidas del río. Actualmente, coinciden en general con los límites de riesgo de inundación calculados por frecuencias de retorno de 50 años, según la Agència Catalana de l’Aigua. Ello no descarta que estos espacios no pudieran ser excepcionalmente afectados por inundaciones.
Otro factor común a estos parcelarios es su localización junto a la desembocadura de los barrancos. Es, justamente, en estos puntos donde la acumulación de sedimentos aportados por los torrentes ha creado pequeñas islas de terreno ligeramente elevadas por encima de la cota fluvial. El método hidráulico mayoritario de captación de agua eran pozos equipados con norias, esporádicamente mencionados en la documentación.10
Las algeziras de la documentación, se refieren a espacios que estaban claramente rodeados de estanques y, en parte, por el cauce del río. La documentación parece indicar que tenían un aprovechamiento silvo-pastoral pero también de cultivo puesto que se mencionan árboles y parcelas desde fechas muy tempranas. Sus lindes, además, no parecen indicar una contigüidad respecto a los parcelarios adyacentes a los núcleos habitados y en las áreas de deyección de los torrentes.11
Las almunias y rafales son a menudo mencionados sin hacer referencia a un topónimo concreto, excepto en los casos de la Aldea o el Antic. Sus límites y algunos detalles sobre los elementos que los componen permiten identificarlos como espacios de cultivo que constituyen, probablemente, parcelarios homogéneos, aunque rodeados de prado, lagunas y eriales que serán objeto de operaciones de artiga después de la conquista.12
2.2 Madîna Turtûsa y sus espacios de cultivo
Madîna Turtûsa se vinculaba a dos espacios de cultivo. En el norte de la madîna, la huerta de Pimpí (orta de Pimpino, o Pampino en los documentos) constituía el primero de los espacios adyacentes a la vía de comunicación que sigue paralela al río. Se trata de una zona bien documentada, con 24 escrituras formalizadas entre 1148 y 1212 que legalizan diversas transacciones y proporcionan detalles de los cultivos de las parcelas y su localización. A menudo, la vía pública que de Tortosa se dirigía hacia el norte, y el cauce del río, se mencionan en los lindes de las parcelas. Estas se distribuían, por tanto, a lo largo de la vía y la ribera fluvial formando un parcelario compacto y alar-gado. El 50 % de las parcelas eran huertos y no hay menciones a canales o acequias. En cambio, constan algunas referencias a pozos y norias. En un caso se describe la infraestructura hidráulica que debió caracterizar este parcelario: se transfirió un huerto con la noria y la alberca que recogía el agua elevada por el mecanismo accionado por un animal (orto cum puteo, cenia et çafareg).13 También había un pozo junto a la puerta de Remolins (AASAB: 268), probablemente, el mismo que poco después, en 1157, Ramon Berenguer IV dio a la orden del Hospital: orto cum ipso puteo et cenia (Delaville I, 195). La irrigación de estos huertos, por tanto, no se realizaba mediante canales derivados del río.
La prospección sobre el terreno, el análisis de la morfología del parcelario y la elaboración de planos permite detectar diferencias en las formas y distribución de las parcelas del área actual de la huerta de Pimpí. Se distinguen dos franjas paralelas al río. La más cercana al actual cauce del río es la más reciente, conquistada a costa de los espacios inundables. La otra franja, de 18 ha de superficie, tiene las parcelas distribuidas a ambos lados de la actual carretera, la cual sigue el trazado de la antigua vía pública, probablemente, con bastante exactitud. Las parcelas de esta segunda franja son las que han de identificarse con las mencionadas en la documentación del siglo XII. La algedira d’Abnabicorta, llamada también illa Xiquina, concedida a los judíos por Ramón Berenguer IV en 1149 (CPFC: 76), estaba formada íntegramente por huertos de los que se mencionan los nombres de los antiguos poseedores andalusíes, se situaba justo al norte de las murallas de la madîna, actualmente, una zona completamente urbanizada (fig. 2).

Fig. 2. Tortosa, la huerta de Pimpí, las Arenas y el prado de Tortosa.
Al sur de la ciudad se abre una gran llanura fluvial que constituía el segundo espacio de cultivo vinculado a la madîna, de unas 500 ha en la actualidad, y que ocupa el espacio delimitado por un gran meandro, entre el río al oeste y los primeros contrafuertes montañosos al este. Los documentos lo identifican con el nombre de las Arenas (se conservan unos 70 documentos) (Virgili, 2010a). El parcelario se sitúa a ambos lados de la vía que lo atravesaba, llamada de Camarles o de la Aldea. Existen hasta nueve menciones a acequias, siempre situadas en los límites de las parcelas. Estas acequias configuraban una red jerarquizada de morfología ortogonal: había una acequia mayor (cequia maior) (DCT: 293, 316) y una acequia media (esequia media) que lindaba con una algezira (DCT: 97), localizadas siempre a este u oeste de las parcelas y, por tanto, de trazado norte-sur, que constituían los ejes principales. Había otras acequias siempre citadas en los límites norte y sur de las parcelas y, en consecuencia, dispuestas perpendicularmente a las primeras. Estas no reciben calificativos, excepto en un caso, cuya posesión se atribuye a Ambròs de Sant Ponç (DCT: 305), por lo que todo parece indicar que se trata de canalizaciones menores mencionadas de manera genérica: cechia, illa cequia (DCT: 97, 297, 395, 541, 637; DSC: 79). En este sector, las parcelas son calificadas de piezas de tierra o campos que, presumiblemente, se destinaban al cultivo de cereales, y no parece que estuvieran sujetas a irrigación.
La prospección sobre el terreno ha demostrado que las acequias documentadas no tenían por finalidad distribuir el agua de regadío, sino que constituían una red de canalizaciones para drenar los aguazales de ribera y regular y evacuar el agua de lluvia de los torrentes. La construcción y el mantenimiento de las acequias de drenaje eran tareas imprescindibles para acondicionar las tierras para el cultivo y mantener aquellas zonas incultas en condiciones accesibles, o también como pastizales. La notable cantidad de menciones a acequias en la documentación latina inmediata a la conquista muestra que la red de drenaje estaba, cuando menos, parcialmente construida. La prospección y el análisis del parcelario indican que los canales de drenaje se excavaron en diversas fases sucesivas. La progresión de la conquista de tierras habría seguido las direcciones norte-sur (de más cerca a más lejos de la madîna) y de este a oeste (de las zonas más alejadas del cauce del río hacia las más cercanas y más expuestas a la inundaciones y a la acumulación de las aguas pluviales). En el momento de la conquista, según indica la documentación, solo el área más cercana a la madîna y una parte de la franja más alejada de la ribera fluvial estaban acondicionadas para el cultivo, preferentemente de cereal. El cauce del río, como ya hemos dicho, tenía que ser mucho más ancho que ahora, con lechos e islotes cambiantes. Algunas riberas se han fosilizado también en el parcelario y marcan los límites de algunas de las fases de bonificación (fig. 2).
2.3 El prado de Tortosa
A continuación, en la misma orilla hacia el sur empezaba lo que los documentos denominaban el prado (prato Tortuose), un extenso espacio de aguazales de ribera fluvial caracterizado por la presencia de lagunas y estanques, con islotes repartidos por un ancho lecho fluvial, y la vegetación característica de estos medios lacustres. Se trataba, en suma, de una zona inundable por las crecidas del río y las aportaciones de los barrancos procedentes de las sierras adyacentes y, por ello, un terreno inestable y sujeto a cambios, en especial la franja de terreno más cercana al cauce. A lo largo de la vía de comunicación que enlazaba Tortosa y la Aldea se pueden situar una serie de topónimos, como Aquilén o Aguilén (que acaba derivando en Naguillem y En Guillem, que corresponde al actual pueblo de Campredó), Quinto (prato de Quinto) y Pedrera, asociados, en la documentación, a algunas parcelas cultivadas y canales de drenaje. En Quinto había una cequia de Prato (DCT: 305) con trazado de norte a sur y que debía funcionar como eje principal del sistema de drenaje. En cualquier caso, las referencias a zonas incultas indican que esta zona de prado no estaba exhaustivamente drenada. La prospección y el análisis del parcelario han permitido detectar dos espacios con una morfología parcelaria diferenciada del resto. Eran lugares a una cota ligeramente más elevada con respecto al resto de la ribera fluvial y que coinciden con los puntos de descarga de dos barrancos procedentes de las sierras de levante paralelas al Ebro. Las parcelas tienen formas que tienden a ser irregulares, mientras que en el resto de la orilla son alargadas, de medidas similares entre ellas y perpendiculares al río para facilitar el drenaje.14
El prado se extendía río abajo hasta llegar a la línea de costa donde se alineaban una serie de núcleos en puntos estables del terreno: Camarles, la Granadella, el Antic, la Aldea, Burjasénia y la Candela, en cuyo entorno existían parcelas cultivadas rodeadas de prado, yermos y garrigas, según se ha expuesto más arriba.
3. LAS TRANSFORMACIONES AGRARIAS POSTERIORES A LA CONQUISTA FEUDAL
La conquista cristiana de Tortosa en 1148 representó el inicio del proceso de implantación del orden feudal, que empezó con el repartimiento, y cuyo resultado puso las bases de la formación y la consolidación de los grandes señoríos feudales (Virgili, 2001, 2007). Paralelamente, la conquista supone también la substitución de la población andalusí autóctona por una población de conquistadores y colonos cristianos procedentes de las regiones feudales. La población andalusí, muy reducida en sus efectivos, se concentró en la morería de la ciudad de Tortosa y en los asentamientos más septentrionales, a partir de Benifallet y río arriba; en Aldover, Tivenys y Xerta permanecieron unas pocas familias (Virgili, 2010b). Más allá de un mero cambio de poderes, el orden feudal supuso la subs-titución de las pautas agrarias que regían la sociedad andalusí, de modo que las décadas inmediatamente posteriores a la conquista permiten estudiar el alcance de las transformaciones de que fue objeto el espacio rural. Los procesos de colonización impulsados por los señores y protagonizados por los campesinos cristianos tuvieron lugar bajo unas nuevas directrices en la organización de los procesos de trabajo y en la orientación de la producción que modificaron substancialmente los ciclos agrarios existentes, así como la morfología y, sobre todo, las formas de gestión del espacio rural andalusí, de acuerdo con la lógica de la producción y captura de la renta feudal (Kirchner, 1995, 2003, 2012; Torró, 1995, 1999, 2003, 2012a, 2012b; Ortega, 2010; Virgili, 2010a).
3.1 Transformaciones en los núcleos de residencia
Una de las modificaciones más visibles afectó los núcleos de residencia, tanto rurales como urbanos. Como se ha mencionado, los topónimos en cuyos alrededores se localizan los parcelarios son calificados a menudo de «lugar» o de «villa», identificando diferencias en su entidad urbana. La presencia de mezquitas o necrópolis parece avalar concentraciones, posiblemente pequeñas, de casas. Serían los casos de Aldover y Xerta en la orilla derecha, y Benifallet, Aldovesta, Som y Tivenys en la izquierda, así como, evidentemente, la ciudad de Tortosa. Algunos de estos lugares quedan abandonados desde el principio como Aldovesta o Som y todos los que han dejado yacimientos arqueológicos, mientras que otros se consolidan y perduran. En algún caso parece que se produjo un cambio de emplazamiento sin alejarse demasiado de los originales, como parece revelar la mención a la villa vetula de Aldover (DCT: 253) o la existencia de yacimientos arqueológicos cercanos a las villas como els Arenalets, respecto a Xerta. Es posible que la trama urbana de Xerta tenga origen en un parcelario urbano nuevo. Bítem también parece ser el resultado de la organización de una villa nueva, y desde inicios del siglo XIII consta ya la erección de la iglesia de Santa María (DCT: 778, 1070, 1193).
Los cambios más significativos, sin embargo, se observan en la ciudad de Tortosa al ser, sin lugar a dudas, el centro de recepción de la mayor parte de colonos cristianos. Estos adaptaron las estructuras urbanas existentes, no solo modificando los usos y servicios de muchos edificios (cambios en la alcazaba, en las áreas comerciales, la conversión de la mezquita en catedral, o del edificio de las atarazanas en zona residencial al ser adjudicado a la comunidad judía, entre otros); de más envergadura, todavía, fueron las transformaciones urbanísticas, al ser abandonados total o parcialmente algunos barrios (villa Ollaria, o Badaluc) a la vez que se urbanizaban otros espacios, como el nuevo barrio del Alfàndec y la Grassa, a partir de las directrices para edificar solares (platee) que contenían los establecimientos urbanos (ad edificandum domos).15
3.2 Ad plantandum, ad seminandum, ad inferendum
Los conquistadores integraron y adaptaron las infraestructuras hidráulicas y los espacios agrarios andalusíes a sus necesidades, y esos cambios se concretaron sobre todo en la roturación y puesta en cultivo de espacios previamente destinados a otros usos agrarios con el fin de promocionar el cultivo de cereales, viñedos, olivares y árboles frutales, cuyas cosechas eran objeto de una demanda y consumo crecientes en la sociedad feudal y, en especial, en los núcleos urbanos. Unos contratos agrarios, las donationes ad censum (los precedentes de los establecimientos enfitéuticos) fueron los instrumentos jurídicos utilizados para fomentar e imponer unos cultivos específicos, bien exigiendo una parte de la cosecha en forma de los frutos apetecidos por los señores, bien mediante la imposición de unas condiciones y cláusulas que obligaban a los campesinos a sembrar cereales (ad seminandum) y a plantar (ad plantandum) o injertar (ad inferendum) viña, olivos u otros árboles.
En el área de las Arenas, justo al sur de Tortosa, los conquistadores encontraron una red de acequias de drenaje que permitía dedicar principalmente al cultivo del cereal y a pastizal una parte del gran meandro que traza el Ebro (Puy et al., 2014; Kirchner, Virgili y Puy, en prensa). Ello explica que la documentación califique de terra y campum tres cuartas partes del centenar de parcelas que se repartieron y alienaron. Los colonizadores tenían ante sí grandes extensiones de terreno que podía convertirse en tierra de labor. Los textos sugieren asociar las parcelas calificadas de campo con la siembra de cereales, puesto que a menudo se acompañan con la voz seminatura/s, se fija la superficie en medidas según la capacidad de semilla para sembrar (cuarteradas, cahizadas), o se especifican los cereales (ordeum, bladum, triticum, frumentum).16 Las parcelas designadas como terra resultan más difíciles de asociar a un cultivo concreto. A menudo, los contratos de censo formalizados sobre piezas de tierra imponen la condición ad seminandum o ad plantandum, por lo que se trata de parcelas que se ponen en explotación, o bien son objeto de un cambio de cultivo inminente. No es infrecuente encontrar tierras plantadas de vides.17 La voz terra, pues, puede ser empleada de forma genérica para designar una parcela o bien para referirse a unidades de tierra campa destinadas a ser explotadas desde aquel instante mediante cultivos específicos. Es así como los conquistadores potenciaron la siembra de cereales y, sobre todo, a partir de las dos últimas décadas del XII, la plan-tación de vides, según constatan los contratos ad plantandum vinee que se formalizaron (Virgili, 2010a). La conversión de espacios de esta índole en tierras de labor a través de las cláusulas ad seminandum y ad plantandum vinee destacan por su número en estas áreas en vías de transformación, como las Arenas en la orilla izquierda.18 También la orilla opuesta, a la misma latitud, en Palomera o Vila-roja, que constituían el sector más septentrional y periférico del prado de Tortosa, se formalizaron contratos de estas características (DCT: 219, 713). Sin embargo, no es posible apreciar, en el parcelario actual, áreas claras de expansión o de creación de nuevos parcelarios adyacentes a los andalusíes. Las cláusulas que establecen los cultivos pueden estar afectando a parcelas ya existentes en el momento de la conquista.
La ampliación de espacios de cultivo impulsada por los colonizadores cristianos se produjo, sobre todo, en las zonas de prado al sur de Tortosa, a partir de las Arenas hasta la misma línea de costa, en Aquilen-Quinto (actualmente, Campredó), Granadella, el Antic, la Aldea, Campos o Burjasénia. Pero también se ponen en cultivo terrenos adyacentes a las orillas fluviales, hasta entonces incultos, en zonas situadas más al norte, como Xerta o Tivenys. En ambos casos, se trataba de «ganar» tierras, en expresión de J. Torró (Torró, 2010, 2012; Torró, Esquilache y Guinot, 2014) en las zonas de marjal y prado, y en las ínsulas fluviales (algeziras), tal como se han descrito más arriba. El proceso afectó poderosamente el medio y la biodiversidad, y supuso el paso de unos aprovechamientos ancestrales de caza, recolección y pastos para la ganadería, para impulsar cultivos especulativos de viña, cereal y frutales. Veremos los ejemplos de Xerta y del Antic con más detalle.
3.3 El cultivo de las orillas fluviales: el ejemplo de Xerta
La mayoría de los inmuebles rústicos documentados en Xerta que fueron objeto de transacción durante las primeras décadas después de la conquista de 1148 constituyen un parcelario compacto, sin apenas contacto con la orilla fluvial, si nos atenemos a la ausencia de lindes con el Ebro. Es probable, pues, que este parcelario se correspondiera, a grandes rasgos, con el antiguo espacio de cultivo andalusí. Los documentos indican la existencia de un parcelario en tierra firme, con parcelas de tierra, huertos, viñas, olivos o árboles. En relación a ellas hay cuatro menciones tardías a acequias, en 1182 y 1200, situadas siempre al norte o al sur de las parcelas por lo que debían tener una orientación oeste-este, perpendicular al río y probablemente tenían una función de drenaje (DCT: 348; CTT: 119; CP: 215). También hay un par de menciones a pozos: en 1160, un honor cum arboribus, cum puteis, cum vineis (DCT: 112), y en 1174, un honor, situado probablemente en Xerta, tenía casas, tierras yermas y cultivadas, huertos, viñas, árboles y olivos, cum puteis, ceniis et molendinis (DSC: 178). Este parcelario, excepto los molinos, debió ser el de origen andalusí, regado con pozos y norias. Sin embargo, la escasa documentación y el crecimiento del núcleo urbano de Xerta hacen difícil delimitar el espacio andalusí. Debió corresponder, problemente, a las zonas D y C o parte de ellas (fig. 3), regadas con norias y situadas a los pies de los dos núcleos de residencia detectados por prospección. La zona D es la que mejor resguardada se encuentra de las crecidas fluviales, fuera del perímetro de riesgo.19 El drenaje de algunas parcelas cercanas a la orilla pudo ser posterior a la conquista según las fechas tardías de los documentos. La algezira (isla fluvial) con su canal o alalegio, no era objeto, antes de la conquista, de cultivo generalizado, aunque ya existe una referencia temprana que posiblemente alude al canal, en la donación que hace Ramón Berenguer al monasterio de Valldaura (después Santes Creus), en el 1158, de la almoniam de Xerta (...) ab lo rech et ab lo caprech (DSC: 77)20.
La acequia de Xerta, captada en el barranco de les Fonts, en el término de Paüls, no aparece mencionada en los documentos más tempranos y tampoco los molinos. No formaron parte del espacio agrario andalusí, aunque la red de acequias secundarias de riego cubre actualmente todo el meandro y se superpone a las áreas de cultivo andalusíes y feudales. Retomaremos esta cuestión en un epígrafe más adelante.
A inicios del siglo XIII se observan los primeros impulsos de colonización de la algezira de Xerta, por iniciativa del obispado de Tortosa. El 2 de abril de 1205, Gombau de Santa Oliva, obispo, y Ponç, prior del cabildo, daban a Iucef Avinali, sarracenus, una viña situada en la algezira de Xerta, cum terra inculta que adheret predicte vinee, con los árboles, a censo de dos mazmudinas durante cinco años, con la condición de explotar la parcela y plantar el yermo (expletes et labores ... et quod plantes terra inculta) (DCT: 649). La pieza lindaba al este con el Ebro, al sur y al oeste con el honor de Joan de Puig, y al norte con el alalix de Xerta. La voz alalix y otros derivados de la misma, como alalegium, alfalig, alhalegio, es de origen árabe (al-halij), que significa «golfo», y que designaría un remanso de la corriente, un lugar de aguas tranquilas (Bramon, 2012: 17). La mayor parte de los documentos relativos a la algezira y al alfalig corresponden a fechas alejadas de la conquista, como ya se ha advertido, y son establecimientos con la condición de plantar, circunstancia que debe relacionarse con los nuevos procesos de colonización agraria en estos espacios adyacentes a la orilla, y que no estaban en cultivo en época andalusí.
El 14 de mayo de 1205, las mismas dignidades de la catedral establecían a Aly Moafac, sarracenus, una pieza de tierra in capite algezire de Xerta, a censo de la cuarta parte de los frutos, a condición de plantar viña, olivos y árboles (DCT: 652). Los límites indicaban la proximidad de la orilla fluvial, ya que el Ebro figuraba a levante y al norte, al sur con el honor de Guillem de Bonastre y a poniente con el alhaligio. En junio de 1205, días después, se formalizó un nuevo establecimiento, esta vez a favor de Pere Bord de Tivenys sobre un honor ad plantandum et laborandum, a censo de la cuarta parte de los frutos, el diezmo y la primicia (DCT: 653). El honor estaba in capite inferiori algezire de Xerta,21 y lindaba al este, sur y oeste con el Ebro y al norte con el honor de Joan de Puig, el mismo teniente que figuraba en el primer documento mencionado. La algezira fluvial de Xerta estaba rodeada por el Ebro en tres de sus lados (norte, este y sur). El el alalegio quedaba situado al norte y al oeste. Estaba dividida, por lo menos, entre cinco tenientes: los tres sarracenos ocupaban el sector norte, Pere Bord el sur, y Guillem de Bonastre (mencionado en uno de los lindes) y Joan de Puig la parte central (DCT: 649 y 653).
El 3 de diciembre de 1207, de nuevo Gombau y Ponç daban a Arnau de Xerta el alalegium de Xerta y un campo adyacente, llamado de Santa Maria, a condición de plantarlos de árboles, a censo de la cuarta parte de frutos, el diezmo y la primicia (DCT: 698). El alalegium lindaba con otros honores por todos los lados excepto con el Ebro por el oeste. El campo de Santa María lindaba al norte con el alalegio, y al sur con el Ebro. Disponemos de un último documento por el que el obispo y el prior establecían a dos familias sarracenas una pieza de tierra situada in capite algezire de Xerta, ad laborandum, con las tierras cultivadas y yermas, con la tierra, los olivos, las higueras y toda suerte de árboles, a censo de la cuarta parte de las cosechas, el diezmo y la primicia (DCT: 777).22 Lindaba al norte y al este con el Ebro, al sur con el honor de Guillem de Bonastre, ya citado, y al oeste con el alalegio. Las orientaciones de esta parcela coinciden exactamente con el primero de los establecimientos citados, del año 1205, en cuyo instrumento se fijaba, recordemos, un plazo de permanencia de cinco años. Así, unos diez años después de formalizaba un nuevo contrato, tal vez después de una prórroga del primero; en cualquier caso, los dos se conceden a sarracenos.
Se trataba, pues, de un espacio de colonización tardía, más de cincuenta años después de la conquista, con la presencia de varios poseedores: además de los receptores de las donaciones mencionadas a favor de sarracenos y cristianos, había otros, como Joan de Puig, Guillem Garidell y Guillem de Bonastre, entre otros. Los documentos revelan las condiciones a que se someten los censatarios: roturar las tierras incultas.
No resulta fácil reconstruir el espacio que ocupaban el alalegio y la algezira de Xerta a partir de la documentación exhumada, ya que desconocemos como era entonces el cauce del Ebro en aquel punto. No obstante, se pueden observar algunas agrupaciones parcelarias y diferencias microtopográficas en la fotografia aérea, los mapas topográficos y la reconstrucción planimétrica. En primer lugar, el alalegio y la algezira eran contiguos puesto que en dos ocasiones el primero figura al norte y a poniente de la segunda. El alfalig de Xerta siempre linda con la algezira y también con otras parcelas u honores por lo que no queda claro si es un espacio de tierra firme o una zona del río (DCT: 649, 652). Las distintas piezas de la algezira lindaban con el Ebro: el sector septentrional, al norte y al este; el central, al este; el meridional, al este y al sur. Estas informaciones parecen situar esos espacios, el alalegio y la algezira, en el gran meandro que el Ebro traza delante de Xerta, y que actualmente constituye la parte más extensa de la huerta. El hecho de que el río figure al oeste en dos ocasiones, tanto del alalegio como de la parte sur de la algezira, sugiere que podía ser mucho más cerrado por los extremos que en la actualidad, hasta el punto de que pueda quedar al oeste de una parcela. Río arriba, la población de Flix, cuyo topónimo remite a las formas alalix o alfalix, se encuentra en un meandro muy pronunciado, donde una partida lleva el nombre de Les Illes, es un ejemplo de isla fluvial que en algunos puntos puede llegar a tener la orilla del río al oeste. Sin embargo, el significado del término árabe, si esta es la etimología correcta de alalegio, podría aludir a un brazal del río que separaría la algezira de tierra firme. Estos brazales, incluso canalizados, como en Miravet, reciben hoy en día el nombre de «galatxo».23 Así pues, el término alalegio podría aludir al brazal más o menos canalizado que debió separar la isla de la orilla y, por ello, lo encontramos en las lindes norte y oeste de las parcelas de la isla, situadas en el extremo norte (in capite algezira). Las situadas en el extremo sur (in capite inferiori algezire), mencionan el propio Ebro en el lado oeste, y el alalegio él mismo tiene el Ebro al oeste, en una ocasión. Los remansos de agua podían formarse tanto al inicio del meandro como al final, donde el brazo fluvial debía comenzar y acabar. La canalización mencionada en la donación de Ramón Berenguer al monasterio de Valldaura (después Santes Creus), en el 1158, de la almoniam de Xerta (...) ab lo rech et ab lo caprech (DSC: 77)24 podría ser el brazal canalizado ya seguramente antes de la conquista.
En el meandro de Xerta, en su extremo norte, existe un Mas del Galatxo, en una partida rural llamada «Les Illes». En la misma zona llega un camino procedente de Xerta llamado «camí de les Illes» que en su tramo final se divide en tres. Uno de los caminos adopta el nombre de camino de la Barca y es el que se dirige hacia el Mas del Galatxo. El topónimo alude seguramente a un paso de barca. Este camino y sus brazales transcurren por encima de la cota de 12 m.s.n.m. y delimitan la actual partida de las Illes (fig. 3, área B). este sería el espacio donde se produjo esta operación de colonización agrícola liderada por la sede de Tortosa. El resto del meandro se encuentra en cotas comprendidas entre los 12 y los 8 m.s.n.m. y sería colonizado posteriormente (fig. 3, área E). En la imagen aparece representado el canal de la derecha del Ebro que hoy en día atraviesa el meandro (fig. 3).

Fig. 3. Espacios de cultivo en Xerta.
3.4 La colonización del prado de Tortosa. El ejemplo del Antic: de la almunia andalusí a los mansos feudales
La almunia del Antic, situada en el extremo meridional del prado de Tortosa, cerca de la antigua desembocadura del Ebro, reúne todos los componentes que ponen de relieve el proceso impulsado desde la sede tortosina para convertir el espacio andalusí en tierras de cultivo, así como las fórmulas jurídicas para su gestión.
En la actualidad, el Antic es una partida localizada en el sector más occidental del término municipal de Camarles (Bajo Ebro). Es calificado de almunia en la documentación latina más antigua. Ramón Berenguer IV adjudicó a diferentes beneficiarios el distrito del Antic al proceder al repartimiento del término de Tortosa a raíz de la conquista cristiana de 1148. El Archivo Capitular de Tortosa conserva la documentación más antigua, una docena de escrituras fechadas entre 1153 y 1300. Estos documentos muestran una secuencia que refleja la evolución histórica de las primeras décadas a partir de la conquista: el repartimiento del espacio, la consolidación de los grandes señoríos feudales, los mecanismos de gestión y explotación de la tierra y las transformaciones en el paisaje agrario. Los documentos permiten situar el espacio con exactitud y precisión al mencionar los límites: la Granadella, la Aldea, Vinaixarop y el Ebro, y muestra también algunas de las características y componentes del paisaje: el prado con estanques y aguazales, garrigas, barrancos y montañas.
3.4.1 Del repartimiento a la consolidación de los señoríos en el Antic
El Antic es una de las unidades territoriales que fueron repartidas tras la conquista entre las instituciones participantes (iglesia y órdenes militares) o miembros relevantes de la jerarquía feudal (Virgili, 2007). El 27 de enero de 1153, el conde de Barcelona donó a Bertran de Castellet, como recompensa a su intervención en el asedio de Tortosa, la almunia conocida como el Antic (Antig), con sus pertenencias (prado, pastos, aguas), en franco alodio (DCT: 36). Desconocemos si el receptor realizó gestiones en relación a la explotación de esta almunia, pero en mayo de 1157, la vendió a Guillem de Copons, baile de Tortosa por designación condal, con todos los edificios, casas y paredes, con las aguas, los prados y los pastos, por 200 morabetinos de oro (DCT: 80). El documento pone de relieve la situación de la almunia en el prado, es decir, un paraje con estanques y aguazales, con la vegetación asociada a este medio, y pastos. A tenor de la cronología, 1153 y 1157, esta es la imagen del espacio que encontraron los conquistadores.
En su afán de extender y consolidar sus dominios los señoríos pusieron en práctica una activa política de adquisición de derechos e inmuebles. Así, el 20 de diciembre de 1170, Guillem de Copons y su esposa Tropiana la vendieron a Guerau, prior de Santa María de Tortosa y al cabildo por 400 morabetinos (DCT: 210). En trece años, el valor de la tenencia se había duplicado. Desconocemos si esa revalorización es producto de unas hipotéticas mejoras llevadas a cabo por iniciativa del baile condal. Sea como fuere, el comprador valoraba altamente la tenencia que adquiría. Queda demostrada también la gran capacidad financiera de la sede tortosina si podía invertir una cantidad tan elevada en una sola operación. Ya a manos de la máxima dignidad capitular, esta procedió a la gestión y explotación del Antic.
3.4.2 La gestión y explotación del Antic
Las dignidades capitulares optaron por una explotación indirecta a base de donaciones a censo (futuros establecimientos enfitéuticos). Ahora bien, su extensión aconsejó la división en unidades menores, los mansos, amojonados por la propia señoría. Los documentos siguientes muestran con claridad este procedimiento. Desconocemos asimismo, si se efectuó alguna intervención en el largo intervalo de 18 años que transcurre entre la fecha de compra y la concesión del primer establecimiento, el 18 de enero de 1188 (DCT: 419). Mediante este instrumento, Ponç, prior de Santa María de Tortosa, dio a perpetuidad a Pere Guasc, su esposa Maria y descendencia un manso situado en el término del Antic, llamado Mas Roig (mansum Rubeum), que lindaba a levante con el torrente que discurría entre este manso y el Antic, al sur con el prado, al oeste con el término de la Aldea y al norte con la garriga (in gariga). La donación incluía todas las pertenencias, cum campis cultis et heremis, y el receptor se comprometía a residir en el manso, trabajar, romper y mejorar las tierras y entregar anualmente, en concepto de censo, la quinta parte de las cosechas, el diezmo, la primicia y dos pares de capones por Navidad. Con estos compromisos el cabildo hizo entrega de seis cuarteradas de tierra destinada a huerto, en concepto de barquera,25 a censo de la décima parte. En el caso de no haber hijos legítimos de ese matrimonio el manso retornaría al cabildo con las mejoras y el edificio.
El primero de julio de 1203, Ponç, prior del cabildo de Tortosa, cedió a perpetuidad a Ermengarda de Avinyó y su familia un manso que tenían en el término del Antic, en la zona de prado y garriga (cum honore culto et heremo in prato vel garrica) para que roturen y trabajen lo que quieran y puedan en el interior de los lindes, delimitados con unos mojones ya colocados (quantum ibi excolere et rumpere volueritis et poteritis infra affrontaciones et fixuras que iam sunt ibi posite et signate), a censo de la cuarta parte de los frutos, el diezmo y la primicia (DCT: 633). Los límites eran: a levante con el honor del cabildo, al sur con el prado y todo lo que puedan roturar (quantum rumpere et excolere possitis), al oeste con el honor de Pere Guasc y la vía que conduce al prado (via que ducit ad pratum), al norte, hasta la montaña (usque ad montaneam). Añaden a la donación cuatro cuarteras de tierra para sembrar en concepto de barquera, a censo de un par de gallinas por Navidad.
El 13 de septiembre de 1210, Ponç, prior de Tortosa, y el cabildo daban a perpetuidad y a censo a Guillem Martí y su familia el Mas Roig (mansum Rubeum), situado en el término del Antic. Lindaba a levante con el camino que separaba este manso y el manso que Salvador tenía a censo por los donadores, a mediodía con el prado, a poniente con el término de la Aldea y al norte con la garriga (DCT: 738). Se impone la condición de residir (assidue habitetis) y de artigar el yermo (novale extrahatis). El censo se fijó en la cuarta parte, el diezmo y la primicia de las cosechas de cereal (annona ... grano intus aeram) y de la vendimia en las viñas. La donación incluía una pieza de tierra de siete cuarteras de cebada de sembradura para destinar a huerto y barquera, a cambio del diezmo y la primicia. El documento incluye una cláusula de control señorial que indica claramente las cosechas dominantes, el cereal y la viña: «no trillar la mies ni vendimiar sin la presencia (del prior) o la de su enviado, si no es con su permiso».26 Por el manso (entiéndase el edificio de residencia) librarán dos capones por Navidad. Parece que este establecimiento del Mas Roig corresponde al mismo espacio que había sido objeto de concesión a Pere Guasc y su esposa veintidós años antes, por lo que se podría especular con la ausencia de hijos de la pareja y la consiguiente ejecución de la cláusula de la fatiga por parte del prior. Sin embargo, sus nombres se reiteran en documentos posteriores, por lo que el de Guillem Martí debía constituir un nuevo manso cercano. Además, se menciona el manso de un tal Salvador, quien figura como censatario del cabildo, pero no consta un establecimiento previo, ni ninguna traza documental al respecto. Los límites de los distintos mansos no permiten delimitar las parcelaciones efectuadas. Por otro lado, tampoco se pueden descartar operaciones de subestablecimiento por parte de los receptores iniciales, dando lugar a nuevas unidades de explotación de menor superficie.
El 13 de mayo de 1217, Domènec, prior, en nombre de Ponç, obispo, y del cabildo daba a perpetuidad a dos matrimonios, Ramon Oller y su esposa Arsenda, y a Arnau de Peladella y su mujer Arnaldeta un manso en el término del Antic, cum honore laborato et heremo in prato et in garriga, quantum ibi laborare et rumpere poteritis infra affrontaciones et fexurias que iam ibi sunt posite et signate (DCT: 811). Lindaba al este con un honor de los cedentes, al sur con el prado, al oeste con el honor de Pere Guasc y la via que conduce al prado y al norte con la montaña. El censo anual se fijaba en la cuarta parte de los frutos, el diezmo y la primicia. Añadían a la concesión una barquera de cuatro cuarteras de semilla; debían de entregar dos pares de gallinas anuales por Navidad por la barquera y el manso, en el cual se comprometían a residir (et sitis stantes assidue ... in dicto manso perpetuo). Por primera vez en este lugar, los receptores estaban sujetos al pago de una entrada: la nada nimia cantidad de 200 sueldos jaqueses y dos vacas.
Habrán de transcurrir más de cuarenta años para hallar un nuevo documento de esta zona. El 30 de mayo de 1260, Guillem Martí y sus hijas, Maria y Martina, vendían a Vives de Alcover y su esposa Sibília el Mansum Rubeum, en termino del Antic, que tenían a censo de la cuarta parte de frutos por el prior, por 176 sueldos jaqueses (DCT: 1214). Los límites eran: con el camino que conducía al manso del difunto Salvador, ya mencionado, el prado, el término de la Aldea y la garriga.27 Así pues, Guillem Martí, ya anciano y, por lo visto, sin hijos varones, y sus dos hijas, vendían los derechos de este manso que habían recibido, como hemos visto, cincuenta años antes.
Meses después, el 26 de octubre de 1260, Pere de Puig, prior, establecía a Vives de Alcover y su esposa (los compradores del documento anterior) una heredad del término de la Granadella, en el lugar de Sentic (por Antic), con la tierra cultivada y yerma, y el lugar llamado Palma, que limitaba a levante con la Granadella (DCT: 1218). El compromiso se extendía durante 12 años, a censo de la mitad de las cosechas, el diezmo y la primicia, esta evaluada en la treintena parte.
El 8 de mayo de 1272, el mismo prior establecía a Pere de Torre y su mujer Elisenda sobre un honor en el lugar de Mas Roig (Mansum Rubeum), con tierra culta e inculta, plantas y árboles diversos, a censo de la quinta parte de frutos, el diezmo y la primicia (DCT: 1324). La donación incluía un campo en el mismo lugar, a censo de la cuarta parte de la cosecha (a excepción del primer año), el diezmo y la primicia. El prior ofrecía incentivos con la finalidad de fomentar la roturación de espacios incultos: eximía el pago del censo los dos primeros años (tota terra quam ibi arrabacetis de novo habeatis duos annos franchos). También se hacía entrega de una tierra en concepto de barquera, a cambio de dos pares de gallinas a satisfacer por Navidad.
El 12 de enero de 1294, los hermanos Bernat y Joan Comes, habitantes de Campors, término de Tortosa, daban a Guillem Guiot, prior de Tortosa, el manso que tenían a censo por él mismo en el término de Tortosa, citra flumen Iberis, loco vocato Antich, con las casas, corrales, edificios y tierras cultas e incultas con las plantas y árboles.28 Los límites eran: la Granadella, Vinaxarop, el Mas Roig y el mar. No existe constancia documental de este establecimiento previo a los hermanos Comes.
El 18 de agosto de 1299, Elisenda, viuda de Pere Roires y su hijo Joan daban a Serena, nieta y sobrina, respectivamente, y a su marido Ponç Perelló una pieza de tierra y un huerto del término del Mas Roig que tenían a censo de la quinta parte de frutos por el prior.29 Entre los límites de estas parcelas figuran el lugar de Palmerola (tal vez el mismo lugar que antes era llamado Palma), el torrente de las Carraques, la vía pública de Tarragona, los huertos de los donadores y la bassa de na Martina, en referencia a una de las lagunas del prado. Martina figura en un documento de 1260 (DCT:1214). En la actualidad no se conservan estos topónimos acabados de mencionar, excepto la vía de Tarragona, y como en el caso anterior, no disponemos del documento del establecimiento previo.
En conclusión, el prior del cabildo de la catedral de Tortosa, en el ejercicio de la señoría del Antic, dividió la antigua almunia en diversos mansos para establecer a los correspondientes tenientes. Los documentos muestran una gran homogeneidad jurídica. Los receptores recibían los terrenos en unas condiciones determinadas: se comprometían a residir en los mansos, explotar las tierras y artigar más terreno en dirección al prado, es decir, acondicionar los espacios de inundación y vegetación natural; se mencionan los cultivos preferentes: cereales y viñedos. También tenían que satisfacer los censos, habitualmente evaluados en la cuarta o quinta parte de las cosechas, el diezmo y la primicia (fijada en la treintena parte de los frutos), así como la entrega anual de gallinas o capones en concepto de residencia, o el pago de censos menos gravosos para las barqueras (piezas de extensión reducida destinadas a huertos para el consumo familiar). Se observa también la tendencia a formalizar los establecimientos del Antic a plazos temporales, o con condiciones (tener o no descendencia) a diferencia de la costumbre de efectuar cesiones a perpetuidad, y que autoriza alienaciones de los mansos o parte de ellos. Parece que la señoría quería tener un control estricto de la gestión de las explotaciones, sobre todo en lo que se refiere a la roturación de las tierras incultas del prado (novales). De este modo, las dignidades del cabildo podían recuperar las tenencias en caso de incumplimiento de las condiciones y negociar nuevas cesiones con otros tenientes.
En cuanto al paisaje, el Antic estaba situado, según ponen de manifiesto los límites mencionados, entre los cerros y las garrigas de sus lindes septentrionales y las llanuras del prado al sur. Se mencionan barrancos cuyo origen estaba en las colinas situadas al norte y en los contrafuertes de la sierra de Cardó en dirección al mar. El prado figura siempre hacia el sur y debía corresponder, entonces, al sector más periférico adyacente al Ebro y cercano a la antigua línea de costa. El término de la Aldea figura siempre a poniente y el de la Granadella a levante. En este entorno, la documentación revela la voluntad de introducir modificaciones en el paisaje agrario, en especial, la conversión de las áreas de recursos naturales del prado, previamente explotado como pastos o para la recolección, en tierra de cultivo, preferentemente cereal y viñedos, de acuerdo con las pautas que regían la agricultura feudal como generadora de rentas. La distribución de los terrenos de lo que había sido la almunia del Antic, situada en plena zona del prado, un espacio comunal y, aparentemente sin restricciones de acceso, dio origen a los mansos como unidades de explotación gestionadas por el prior del cabildo de la catedral de Tortosa. Para ello, previamente, se había procedido a un amojonamiento con el fin de delimitar las posesiones que se entregarían a los receptores de estos mansos. La presión sobre el medio por la presencia de los nuevos colonos y el hecho de tratarse de un espacio sujeto a cambios en la morfología del terreno, propios de una zona deltaica, derivaba a menudo en conflictos por estos límites, como ponen de manifiesto los documentos. En 1301, una causa judicial por la destrucción de un mojón entre los términos de la Granadella y Mas Roig (destruxerunt vel destrui fecerunt) dio lugar a una sentencia de reparación que tendría que ejecutar Pere Martí, señor de la Aldea; el mismo año, se tuvieron que redefinir los límites de los términos de la Granadella, Mas Roig, Vinaxarop y la Aldea, y dos años después, tuvo lugar un amojonamiento para delimitar los términos de la Aldea y Rocacorba.30
4. CONSTRUCCIÓN DE SISTEMAS HIDRÁULICOS PARA MOLINOS HARINEROS
El proceso de extensión de los sembrados es paralelo a la construcción de complejos de molinería y las infraestructuras para su abastecimiento de agua: captaciones en torrentes, mediante presas o azudes, y canalizaciones, a menudo largas conducciones, hasta el punto de destino. Es el resultado de la aplicación de una nueva hidráulica feudal que se pone en práctica en relación al abastecimiento de los molinos, las huertas urbanas y las propias villas en las regiones feudalizadas y también en las regiones de al-Andalus objeto de la conquista feudal.31 Los conjuntos de molinería documentados en el siglo XII eran los Molins del Comte, en Palomera (actual lugar de Jesús) que terminaron a manos de la sede tortosina, los de Xerta, del monasterio cisterciense de Santes Creus, en la orilla derecha del Ebro; el molino de Sedó, en el torrente de Sant Antoni, cuya construcción no está documentada, y el molino de la Pedrera, luego conocido como de Soldevila, que es el único existente en la orilla izquierda.
Solo en Xerta, en Palomera y en el conjunto de asentamientos situados en la desembocadura del torrente de Sant Antoni, en la orilla derecha, hay constancia documental y por prospección de acequias que captan el agua en los torrentes procedentes de las montañas. En todos los casos, el destino principal de las acequias actuales son conjuntos de molinos harineros y, subsidiariamente, la irrigación de parcelarios.
4.1 Los Molins del Comte y del Alcàsser
La construcción de los molinos conocidos como «Molins del Comte», en Palo-mera, y el molino del Alcàsser, de edificación posterior, está claramente documentada con posterioridad a la conquista (DCT docs: 141, 301, 517, 953). En 1164, el rey Alfonso el Casto confirmó la donación de su padre a Santa Maria de Tortosa de un lugar para construir un molino en las aguas que descienden de las montañas hasta el Ebro; y en 1178, el mismo monarca, con motivo de la consagración de la catedral románica, reafirmó esta donación y añadió la mitad de los molinos que habían sido construidos en aquel lugar.32 La conservación de restos de tres molinos encadenados y del topónimo (Molins del Comte) permite situar también el lugar de Palomera. Hay dos referencias tardías al molino del Alcàsser, todavía conocido con este nombre. La primera corresponde a un documento fechado el 23 de marzo de 1236, cuando el obispo y el prior de Santa Maria de Tortosa, en nombre del cabildo, entregan el molino a Bernat Moliner, por un censo anual de cuatro mazmudinas (DCT: 953). En el dorso del pergamino, que se encuentra en muy mal estado, se especifica la operación realizada (Stabilimentum molendini del Alcasser). A pesar de los problemas de lectura que presenta, el hecho de que se utilice la expresión verbal construxisti parece indicar que el receptor del contrato fue quien lo construyó. El 1 de septiembre de 1273, el obispo y el prior dan permiso a Maria de «Zalcacer» y a sus hijos Pere y Ferrer para construir un molino de cubo con madera y piedras aunque sin alberca ni nada que pudiera impedir el curso del agua hasta los molinos del Comte que, a pesar de pertenecer por donación al obispo, reciben este nombre hasta la actualidad.33 La concesión deja claro que el emplazamiento del molino estaría situado en un punto de la acequia que lleva el agua a los «molinos del conde» y, por tanto, anterior a estos. El hecho de que se identifique a María con el lugar del Alcàsser permite pensar que se trata otra vez del mismo emplazamiento. La acequia nace en el torrente de la Cervera y, tras un largo recorrido, abastece los molinos: en primer lugar el del Alcàsser, y luego los del Comte, todos situados sobre la terraza fluvial. El último de los tres molinos del Comte, construido sobre la vertiente de la terraza del barranco de la Cervera, echa el agua al torrente. El parcelario de fondo de valle que hay a continuación, de origen andalusí, entre los molinos y la desembocadura del barranco, protegido de las avenidas por medio de muros, no recibe ninguna acequia procedente del torrente en la actualidad, y se riega mediante pozos y norias (fig. 2)

Fig. 4. El sistema hidráulico de los Molins del Comte.
4.2 Los molinos de Xerta y la acequia del barranco de las Fonts
En Xerta, el análisis del parcelario, de la red de acequias y de la documentación permite proponer que el sistema hidráulico es una creación feudal. Las menciones a la acequia y a los molinos son de cronología tardía, de finales del siglo XII o principios del XIII (DCT: 410, 430, 756; DSC: 329). En una relación de los bienes del monasterio de Poblet en Xerta, una suerte de cabreve sin fecha pero que por las características formales podría ser de alrededor de 1200 (CP: 215), se cita una acequia pública que podría tratarse de la primera mención a la acequia de los molinos. Como se ha visto más arriba, la mayoría de parcelas documentadas a lo largo de la segunda mitad del siglo XII no lindaban con el cauce del río y no existen indicaciones que fueran regadas mediante una red de acequias como la actual y solo algunas menciones a pozos permiten proponer un riego mediante norias. La algezira, aparece en la documentación cuando se pone en cultivo ya en el siglo XIII y no recibía el agua de la acequia del torrente de las Fonts.
El trazado actual de la acequia, empieza en el azud construido en el barranco de las Fonts, en el término de Paüls, y en un punto donde existen abundantes fuentes de agua que emergen del mismo lecho del torrente. El recorrido de la acequia cambia de cuenca más adelante, mediante la construcción de un túnel que atraviesa una gran roca (la Foradada), con la finalidad de llegar al punto donde se instalaron una serie de tres molinos. Los molinos recibían el agua en primer lugar y después era canalizada para regar un espacio de huerta, en medio de la cual se encuentra la población de Xerta. El objetivo de la acequia era aportar el caudal necesario con el desnivel adecuado para instalar los molinos y, subsidiariamente, se irriga un parcelario preexistente, donde se conservan todavía varias norias de sangre y que, en parte, debió ser el de origen andalusí que aparece en los primeros documentos del siglo XII.
El sistema hidráulico queda bien descrito en el documento conocido como Privilegi de les aigües de Xerta, otorgado por Pere el Cerimoniós, rey de Aragón y conde de Barcelona, el 5 de febrero de 1383 (Añón, 1910).34 Este privilegio ponía fin a una controversia: los prohombres y la Universidad de la villa o lugar de Xerta habían sido denunciados porqué a causa de la sequía, contra los fueros y de forma ilícita se habían apoderado de las aguas corrientes del término del castillo de Paüls, contra la voluntad de su señor, Ramon Despuig, para regar sus tierras y propiedades. Se alude a que los antepasados de los habitantes de Xerta ya usaban esas aguas antes que Tortosa y las universidades, lugares y términos fueran «liberadas por nuestros predecesores (se refiere al conde Ramón Berenguer IV) del poder de los sarracenos o moros». El rey absolvía a los prohombres de la universidad de Xerta de esta acusación y concedía el uso de las aguas sin impedimento del rey ni de sus agentes. De la argumentación del documento se puede deducir, en definitiva, que a finales del siglo XIV, este sistema hidráulico se consideraba de origen andalusí. No obstante, la estructura del sistema y las menciones tardías a los molinos y a la propia acequia así como la similitud con el sistema de los Molinos del Comte, estos construidos indiscutiblemente después de la conquista, aconseja considerar la acequia de Xerta como una construcción feudal (fig. 3).
4.3 La acequia del barranco de Sant Antoni
Para la acequia del torrente de Sant Antoni contamos con la descripción de la llamada «acequia mayor» en un documento por el que el prior de la sede de Tortosa entregaba al hospitalario de la misma el diezmo de los honores de la parte inferior de la acequia mayor que venía de Marenxa y llegaba al Ebro por Algezira Mascor; y los honores estaban en Fazalfori, Vinallop y Mianes (DCT: 398).35 Por tanto, la acequia tenía su fin en el Ebro, a la altura de Algezira Mascor. Esta acequia es la que se menciona también en el Llibre del Pastoret (siglo XVI),36 al explicar el recorrido de un lligallo (cañada) procedente del «canyaret de Maranxa» hasta el «camino de Sedó» y enlazar con el camino de Valencia. Marenxa, pues, estaría entre la cabecera del barranco de Sant Antoni y el molino de Sedó, todavía existente en la casa homónima. El recorrido de la acequia ha sido reconstruido y, como el torrente, sigue la dirección oeste-este. Captaba el agua gracias a un azud en el inicio del barranco de Sant Antoni, en un punto donde hay fuentes de agua, y, tras un tramo de transporte bastante largo, alimentaba el molino de Sedó y permitía regar, por debajo de la salida del cárcavo, un parcelario de 2,4 ha, con alguna noria de sangre, situado en el margen derecho del torrente, donde la aportación de sedimentos ha contribuido a elevar la cota de la llanura fluvial en este punto.
Los tres diseños siguen pautas equivalentes: captación de la acequia en un torrente de montaña y un largo recorrido de transporte hasta llegar a los molinos, situados siempre donde hay posibilidades de instalar los cubos con los desniveles adecuados. Subsidiariamente, en dos casos, Xerta y Sant Antoni, la canalización, después de pasar por los molinos, permite regar parcelarios.
Es difícil saber, pues, hasta qué punto se aprovechaban en época andalusí las aguas de los torrentes. Si existieron derivaciones en los torrentes y acequias para regar no quedan trazas; y en cualquier caso, la construcción de los molinos obligó probablemente a modificar el recorrido de las acequias y el lugar de captación para rediseñar el sistema hidráulico y las estrategias de gestión. En Palomera, como hemos dicho ya, el espacio potencialmente irrigable fue cercado por un muro para protegerlo de las barrancadas y no recibe agua de la acequia de los molinos. En el interior del espacio protegido hay norias. También en el perímetro irrigado actual de Xerta se conservan algunas norias y alguna aparece mencionada en la documentación. Así mismo, en el huerto del molino de Sedó hubo una noria. Los tres espacios están situados a continuación de los molinos y solo el de Xerta y el del huerto del molino de Sedó reciben agua cuando los molinos han sido abastecidos.
4.4 El molino de la Pedrera
En el prado de Tortosa se documenta, también, un molino. En 1172, la familia Montcada adquirió un campo y el molino de la Pedrera, cercano a Quinto, con el canal que lo abastecía (caput rego). El conjunto era adyacente al Ebro, situado a poniente, y a una acequia y un aguazal (palud) al norte.37 La gente mayor de Campredó recuerda el molino de Soldevila, abastecido por dos fuentes. Probablemente, se trata del mismo molino documentado en el siglo XII. Su mención tardía y el contexto descrito de construcción de molinos y sus sistemas hidráulicos posterior a la conquista catalana permiten proponer que este molino reproduce la misma estrategia feudal.
5. CONCLUSIONES
La distribución de asentamientos andalusíes al norte y al sur de madîna Ṭurṭûša en las dos orillas del Ebro sigue pautas similares. La elección de los lugares donde construir parcelarios para el cultivo es el criterio determinante de los núcleos de asentamiento rurales. Eran conjuntos parcelarios ligeramente elevados con respecto a las cotas de las riberas fluviales, generalmente por encima de los límites con riesgo de inundación. Estas áreas se han formado especialmente en la desembocadura de los barrancos procedentes de las montañas vecinas, y donde han acumulado los sedimentos. Así, los parcelarios se localizan en el fondo de valle del torrente o bien al final de su antiguo recorrido, donde la deposición de sedimentos adopta forma de abanico. La documentación escrita demuestra que estos parcelarios eran discontinuos y formaban espacios compactos cultivados a lo largo de los márgenes del Ebro, desde Benifallet a Camarles en la orilla izquierda, y desde Xalamera a Amposta en la derecha. Además, se mencionan algeziras en los documentos, en referencia a su situación parcialmente rodeada de brazos fluviales y terrenos de aguazal, aunque no parecen haber sido objeto de cultivo ordenado. Efectivamente, el cauce fluvial era mucho más ancho y disperso, menos canalizado y más cambiante que en la actualidad. En el sur de Tortosa, en las Arenas y en el Prat de Tortosa hay numerosas referencias a acequias de drenaje. También en la orilla opuesta, desde Tortosa hasta Mianes, hay menciones documentales en este sentido. En estas áreas, probablemente por la existencia de aguazales y estanques más importantes, fue necesario excavar acequias para drenar el exceso de agua y canalizar las escorrentías de los torrentes. Los espacios de cultivo más directamente vinculados a la madîna siguen los mismos criterios generales que los espacios vinculados a los asentamientos rurales. Al norte, una huerta de 18 ha (Pimpí) era regada mediante norias y en el sur (Arenas) una red de canales de drenaje permitía el cultivo de cereales en un espacio de dimensiones indeterminadas comprendido en el interior del meandro del Ebro en este punto. Excepto en los espacios de ribera fluvial drenados, el medio utilizado para regar eran los pozos y las norias. No hay indicios de una dirección del estado en la creación de estos espacios que son el resultado de la observación de la hidrología, los relieves y los suelos, y se construyeron a partir de pautas homogéneas. Cuando se produce la conquista, en 1148, estaban en funcionamiento. Las dataciones obtenidas en el sondeo realizado en las Arenas indican que en el siglo VIII ya había empezado la desecación de los suelos húmedos de esta zona, inmediatamente después de la conquista árabo-bereber.
Este era el paisaje agrario que encontraron ante si los conquistadores a partir de 1148, después de conquistar Tortosa. Lo adaptaron, aprovecharon y modificaron de acuerdo con las pautas relacionadas con la producción, gestión y captura de la renta feudal. Así, de forma preferente, promocionaron el cultivo de cereales y la plantación de viñedos, se levantaron complejos de molinería que requerían la construcción de grandes infraestructuras, como largas canalizaciones, con el fin de abastecerlos de agua. Hacia finales del siglo XII y principios del XIII, a medida que llegaban nuevos colonos, los señores decidieron poner en marcha programas de explotación de tierras en zonas hasta entonces incultas o destinadas a pastizales o a la explotación y disfrute de recursos naturales, como las islas fluviales adyacentes al cauce del río (en Xerta, por ejemplo), o las áreas pantanosas y lacustres del prado, próximas a la desembocadura del Ebro.
No existen tampoco menciones a captaciones directas del Ebro, mediante presas, ni de las canalizaciones que pudieran resultar. El río no fue captado por los andalusíes ni tampoco por las primeras generaciones de colonizadores feudales. El primer intento de derivación del que tenemos constancia y que fracasó es de 1347, con un proyecto de azud en el margen izquierdo del Ebro a la altura de Som. Un siglo después se habían realizado las primeras obras; y los siguientes intentos de construir un azud en Xerta corresponden ya al siglo XVII (Vidal, 2006; Fabregat y Vidal; 2007).
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* Los autores forman parte del Grup de Recerca Consolidat Arqueologia Agrària de l’Edat Mitjana (AGAUR: 2017 SGR 1073) (ARAEM: http://grupsderecerca.uab.cat/araem/), Departament de Ciències de l’Antiguitat i de l’Edat Mitjana de la Universitat Autònoma de Barcelona. Esta investigación ha recibido financiación de: «Órdenes agrarios y conquistas ibéricas (siglos XII-XVI). Estudios desde la arqueología histórica» (HAR2017-82157-P) (Ministerio de Economía y Competitividad); «Ciutats andalusines i el seu entorn agrari i l’impacte de la conquesta feudal. Els casos de Tortosa i Balaguer» (2014/100874) (2014-2017) (Departament de Cultura i Mitjans de Comunicació, Generalitat de Catalunya).
1. El estudio del proceso de conquista y colonización ha sido estudiado por A. Virgili (Virgili 2001a, 2001b, 2003, 2007, 2009, 2010a, 2010b, 2011).
2. Se trata mayoritariamente de la documentación generada por el conde de Barcelona, la catedral de Tortosa, la orden del Temple y los monasterios de Poblet y Santes Creus. Véase la relación de los fondos documentales en el apartado «Fuentes editadas y acrónimos».
3. En Aldovesta: illum cannarium in Aldovesta ubi fuit olim mezchida sarracenorum et sex carroveras et ficulneas in illum villar de Aldovesta) (DCT: 237); ad villam de Aldovesta et ad fossarium sarracenorum (DCT: 238; 605, 670). Som: un honor afronta in via que vadit ad villam de Som (DCT: 624). En Tivenys: dos piezas de tierra, un huerto y unas casas se sitúan en la villa de Tivenys (DCT: 177, 343, 741); una viña estaba retro mezchitam sarracenorum (DCT: 165). En Xerta, conservamos la relación de bienes (hubus) de la mezquita en un documento no fechado, probablemente de finales del XII o inicios del XIII (DCT: 495). En Aldover: se menciona una villa vetula y un cimiterium sarracenorum, años 1174-75 (DCT: 263). En Fazalfori: una pieza de tierra estaba situada super meschitam que dicitur campus longus (DCT: 60). En la Aldea: cimiteria vetera in kastro Aldee, una iglesia y una casa en el interior del castillo (intus castro) (DCT: 109); un solar (platea cum orto) para construir una casa (domus construatis et edificetis), que limitaba al sud con el vicho, y por el resto de lindes con otras casas (CTT: 129). En el Antic: la almunia se vende cum omnibus edificiis, casalibus et parietibus (DCT: 80). En Camarles: se menciona la torre y unas casas (ipsa turre et domibus) (DCT: 188).
4. Birka produce en castellano «alberca». La voz catalana «safareig» (del árabe ṣahrîj) designa también la alberca donde se recoge el agua del pozo, previamente elevada mediante una noria accionada por una bestia. Desde la alberca se inicia el riego del huerto.
5. En catalán, la noria de sangre es «sénia», término derivado de sâniya.
6. J. Negre afirma haber encontrado cerámica andalusí en esta zona (Negre, 2015a: 24). Nuestra prospección resultó completamente negativa.
7. Este yacimiento es conocido desde 1902, cuando se dan a conocer algunos hallazgos en la prensa local y en la Geografía General de Catalunya de Francesc Carreras Candi, donde Joan Abril publica un croquis y una descripción; en 1992 se realizó una intervención (Carreras Candi, 1908-1918: 704; Artigues, 1992).
8. Los silos del Pla de les Sitges, del Mas de Giner y del castillo de Amposta, a pesar de los materiales islámicos que los amortizan, están vinculados a materiales cerámicos romanos e ibéricos, y han sido considerados ibéricos (Bosch, Faura y Villalbí, 2004: 26; Marqués y Ribas, 2001). Serán necesarias más excavaciones sistemáticas para determinar su atribución cronológica. De todos modos, la amortización con materiales andalusíes indica la proximidad de estructuras domésticas andalusíes. J. Negre ha convertido los hallazgos de un número reducido de silos en «extensos campos de silos» y en un «almacenaje masivo» de grano para la madîna, una propuesta sin ningún tipo de fundamento (Negre, 2015a: 31).
9. R. Martí y J. Negre atribuyen a la época emiral los restos de una torre rectangular por el solo hecho de tener sillares almohadillados (Martí y Negre, 2014), prescindiendo del estudio arqueológico y documental realizado por M. M. Villalbí, T. Forcadell y P. Ll. Artigues, quienes excavaron y fecharon esta torre en el siglo XV, en relación con el dominio de la orden del Hospital. Los sillares tienen incluso cruces hospitalarias grabadas (Villalbí, Forcadell y Artigues, 1994).
10. En Benifallet: un honor formado por tierras, campos, viñas, huertos, pozos y norias (ACA: Gran Priorat, Tortosa, Códice 115, doc. 23 a y b, f. 7v). En Aldovesta: el 1243, la orden del Temple daba licencia a Ramon de Aldovesta para utilizar el agua de un pozo que estaba en el honor de Machomet Abinsait y Machomet Aznar y su hermana Nexina, para poder regar el huerto cercano al cementerio de los sarracenos (TTE: 43). En Bítem: una pieza de tierra con una viña, árboles y un pozo (DCT: 69). En Xerta: un honor cum arboribus, cum puteis, cum vineis (DCT: 112). En Aldover: pozos (DSC: 55; DCT: 112) y una noria (cenia) (DCT: 253). En Palomera: ortalem que fuit de sarraceno nomine Abnilupon, cum puteo et cum omnia arborea (CTT: 6). En Vila-roja: una hondonada donde había un algarrobo y una alberca (çafaregium) (DCT: 743). A la derecha del Ebro: un campo con dos pozos y dos albercas, situado ante la torre de la Milicia (DCT: 368). En Algezira Mascor: un campo iuxta viam quam itur ad Valenciam prope pontem siccum et prope algziram que fuit de Zahada, tenía, además, un pozo y una alberca, y lindaba por el este con la vía a la altura del puente (DCT: 63). En la Huerta de Pimpí: orto cum ... cenia et çafareig (ACA: Gran Priorat, Tortosa, códice 115, doc. 202; CTT: 62). En Burjasénia: una suerte de tierra tenía un huerto, un pozo y una viña (ACA: Gran Priorat, Códice 115, doc. 44).
11. Los ejemplos más representativos los constituyen la insula Iberis asignada a la República de Génova a raíz de la conquista (Imperiale de Sant’Angelo, 1936: vol. I, docs. 190 y 203); la de Abnabicorta, concedida a los judíos por Ramon Berenguer IV, situada al norte de Tortosa, en la huerta de Pimpí (CPFC: 76). Cerca de la desembocadura del torrente de Sant Antoni, se encontraba la Algezira Mascor, con diversos documentos que atestiguan la existencia de parcelas, y otras algeziras asociadas en Alcántera y Beniguerau (DCT: 63, 69, 743, CTT: 126). Se han documentado algeziras en Arenes, al sur de Tortosa (DCT: 97), en Benifallet (DCT: 47, 52, 64, 170, 248, 586), entre Xerta y Tivenys (DCT: 174, 177), en Som y Tivenys (DCT: 91, 295), en Bítem (DCT: 244), en Caborrec (DCT: 479), en Xalamera (DCT: 1334, año 1157), en l’Arram (CP: 186), en Xerta (DCT: 649, 652, 653; CTT: 100), y en Palomera (CTT: 97).
12. Xerta: el conde Ramon Berenguer IV adjudicó la almunia de Xerta al monasterio de Santes Creus (DSC: 64, 77, 78, 330; CTT: 100; CP: 32), la mención de una pieza de tierra, en Xerta, iuxta almoniam ad parietes antiquos (DSC 64) indica el contexto de tierras de cultivo, así como la referencia a la almoniam de Xerta ...ab lo rech et ab lo caprech (DSC 77). En Palomera, existía una almunia de rex (DCT: 136) que, como el campo de Bítem, había sido del rey (se refiere a una posesión del último gobernador andalusí de Tortosa). En la orilla opuesta (ultra flumen Iberis, según los documentos), ante Tortosa, la encomienda del Temple adquirió una almunia, entre 1166 y 1177, después de sendas compras a Bonvassall de Morón, genovés, por 1190 morabetinos, y a Bernat Fabra, por 500 morabetinos (CTT: 27, 29), que lindaba con acequias de drenaje, y en torno a ese núcleo adquirieron hasta catorce inmuebles más constituyendo un espacio compacto. La almunia es calificada, así mismo, de «parellada» (CTT: 38) y mansum (CTT: 29). El contexto y la terminología dejan muy claro que se trataba de un espacio de cultivo. En las almunias de la Aldea y el Antic (DCT: 11, 36) había edificaciones y parcelas cultivables rodeadas de prado, eriales y tierra yerma. En las listas de elementos que componen los mansos y las almunias se mencionan pastos, prados, aguas, piedras, madera, caza (DCT 109), y en el castillo de la Aldea, también campos, viñas y huertos (cum campis et vineis et ortibus et ortalibus et pratis et pascuis et terris heremis et laboratis) (DCT: 11, 36, 80, 210, 405). En cuanto a las menciones a rafales: arafal in villa de Bítem que limitaba con otros honores (DCT: 520); raalem que est in Villaroia, cum ortibus et vineis et campis quod est iusta istius raal (DCT: 68); arrahal Athzalem, en el límite norte de un honor que había poseído Aliafar Aberramia y que Pere Guillem Aragonés había recibido del conde, cerca de la almunia del rey (almunia de rex) (DCT: 136); en Burjasénia, una suerte de tierra tenía un huerto, un pozo y una viña, y lindaba con un valle vinee al norte, con un arrahal antiquo a levante, una madriguera de conejos a poniente y la vía de la Aldea a Amposta al sur (ACA: Gran Priorat, Tortosa, códice 115, doc. 44).
13. ACA: Gran Priorat, Tortosa, códice 115, doc. 202; CTT: 62
14. J. Negre (2015b) ha convertido las menciones a acequias del margen izquierdo del Ebro en una acequia de largo recorrido vinculada a la madîna y al estado. Nada de eso es reconocible si se realiza un trabajo de campo pormenorizado y exhaustivo.
15. Al respecto de los cambios urbanísticos en Tortosa véase: Kirchner y Virgili (2015); Bea et alii (2011). Para la Tortosa bajomedieval: Vidal (2008). Sobre los cambios que la conquista cristiana del reino de Valencia implicó en los asentamientos rurales y urbanos: Guinot, Torró (2001-2002), y Torró (2012a).
16. DCT: 38, 58, 81, 100; CTT: 88; ACA: Gran Priorato, Tortosa, Códice 115, doc. 230, f. 71r.
17. DCT: 94, 109, 176, 203, 270, 600.
18. En las Arenas se formalizan casi la mitad de los establecimientos ad plantandum vinee (DCT: 426, 459, 464, 610, 637, 644; CTT: 106). Según los lindes, estos viñedos de las Arenas constituyeron un parcelario homogéneo alrededor de la torre llamada de Lavanderas, un topónimo hoy no conservado. Esta torre debía ocupar un lugar elevado en la plataforma rocosa por encima de la llanura, según apuntan los documentos. El único vestigio arquitectónico de estas características en las Arenas es la llamada ermita de Nostra Senyora dels Àngels de la Petja, donde se conservan todavía restos de muros que parecen corresponder a una torre.
19. Está prevista la realización de sondeos en diferentes zonas del parcelario para estudiar el proceso de formación de los suelos cultivados y su cronología.
20. En el 1156, el abad del mismo monasterio la donaba a censo, con todos sus árboles, pertinencias y aguas (DSC 64). Y en el 1158, la volvía a dar a censo ab lo rech i lo caprech (DSC 78)
21. Las expresiones in capite algezire e in capite inferiori algezire hacen referencia a los extremos de la isla y respecto a la corriente del río.
22. El documento no está fechado, pero debió ser redactado entre 1213 y 1216, a tenor de las firmas de las dignidades capitulares.
23. Diccionari Català Valencià Balear: <http://dcvb.iecat.net/>. También existe profusamente como topónimo desde la Ribera d’Ebre hasta el delta.
24. En 1156, el abad del mismo cenobio la donó a censo con los árboles, pertenencias y aguas (DSC: 64). Poco después, en 1158, la estableció de nuevo ab lo rech i lo caprech (DSC: 78).
25. La barquera era una suerte de tierra que los tenientes de los mansos, por lo general, destinaban a huerto para producir para el consumo familiar. Podía estar exento de censo o estar grabado con tasas inferiores a lo habitual.
26. In aliquo autem anno segetes non triturentur nec vendimie ipsius loci colligantur absque presencia nostra vel nostri nuncii, nisi esset ibi nostra absolucio et nostrorum successorum.
27. El documento no especifica la orientación de estos límites, pero coinciden completamente con los de los documentos anteriores: por ese orden, este, sur, oeste y norte.
28. ACT: calaix 50. Granadella, Antic, Campos, perg. 48.
29. ACT: calaix 50. Granadella, Antic, Campos, perg. 32.
30. ACT: calaix 50. Granadella, Antic, Campos, pergs. 57 y 1, y Calaix 4. Rectoria de la Aldea, perg. 31.
31. Sobre el abastecimiento de molinos, huertas urbanas y villas, ver, por ejemplo, los casos del Canal Reial de Puigcerdà (Kirchner, Oliver y Vela, 2002), o de la acequia de Manresa (Piñero, 2014). En cuanto a la desecación de zonas lacustres y de prado (Abbé, 2012, Torró, 2010, 2012a y González Villaescusa y Kirchner, 1997). Sobre la gestión del agua en regiones conquistadas de al-Andalus véanse los casos de Vila-real (Guinot y Selma, 2012) o de las villas del sur de Aragón (Laliena y Ortega, 2012).
32. ... prenominatus pater meus prenominate ecclesie in aque que versus Dertusam de montanis descendit locum ad molendinum construendum donaverit (DCT: 141); Dederunt etiam dominus rex et regina predicte ecclesie molendinum quod dicta ecclesia habet in loco qui dicitur Palummeira. Dederunt etiam atque tradiderunt medietatem omnium suorum molendinorum et mulnariorum que modo habent vel deinceps edificabuntur in loco predicto (DCT: 301)
33. ACT: Calaix 59, Pescatería, plaça de les Cols, etc., núm. 76 (copia en papel).
34. No se ha podido localizar el original.
35. El documento no ha sido bien entendido por J. Negre (2015a: 30; 2015b: 638-639), quien interpreta que se trata de una acequia de gran recorrido captada en el río y paralela a éste. Se sirve de este documento y un testamento en el que, supuestamente, se enumeran de norte a sur Marenxa, Carpexo, Algezira Mazcor y Fazalfori (DCT: 298) para identificar estos asentamientos con los actuales núcleos de Raval de Crist, Racó d’Omedo, Pla de les Sitges y el Mas Giner, respectivamente, e interpreta que el recorrido de la acequia pasaba por todos ellos. Además, atribuye la construcción de esta acequia al estado, sin fundamento alguno. En rigor, el documento que menciona la acequia sitúa diversos honores en un orden distinto. Dice exactamente: tocius illius honoris quem habemus ... a cequia illa maiori inferius que descendit de Marenxa et venit per Algevira Mascor ad Yberum, in Fazalfori, videlicet, et in Avinalop et in Mianes. Los honores estaban, por tanto, en Fazalfori, Vinallop y Mianes «desde la parte inferior de la acequia mayor que viene de Marenxa y desemboca en el Ebro por Algezira Mascor.
36. Museu de les Terres de l’Ebre (Amposta, Montsià): Llibre del Pastoret, (copia mecanografiada, del original del Archivo de Cantavella, actualmente perdido, pp. 100-102).
37. ACA: Gran Priorat, Tortosa, códice 115, doc. 156; CTT: docs. 63 i 64; DCT: docs. 361, 383; Delaville, 1894-1906, vol. I, pp. 554-555; AHN, Madrid, Sección Órdenes Militares, Códice 662-B, ff. 31-33.
2. FEUDALIZACIÓN Y CAMBIO ECOLÓGICO EN EL SECTOR ORIENTAL DE LA EXTREMADURA CASTELLANA.
Poblamiento y paisaje en los territorios de Atienza, Sigüenza y Molina (siglos XI-XIII)
Guillermo García-Contreras Ruiz Universidad de Reading / Universidad de Granada
LA ORGANIZACIÓN DEL POBLAMIENTO FEUDAL EN EL SECTOR ORIENTAL DE LA EXTREMADURA CASTELLANA
El llamado «largo siglo XII», que podríamos fechar entre la toma de Toledo en 1085 y la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, dio lugar a un sustancial cambio territorial en el centro de la península Ibérica, trasladando la frontera política y cultural entre andalusíes y castellanos desde el río Duero al río Segura. Es un proceso histórico que sólo se entiende en el contexto de la expansión feudal en toda Europa, tanto en sus rasgos exteriores (ampliación territorial) como interiores (crecimiento económico) (Pastor, 1975: 11-14; Bartlett, 2003). Todo ello trajo consigo importantes cambios medioambientales, causando un impacto ecológico que apenas ha comenzado a esbozarse a escala internacional (Pluskowski, Boas y Gerrard, 2011) ya que requiere de estudios a nivel local y regional que en muchos casos están aún por hacerse.
Es lo que ocurre en el caso de la provincia de Guadalajara, especialmente en el sector oriental del que nos ocupamos en este trabajo. Es una tierra caracterizada por un relieve montañoso en su extremo nororiental conformado primero durante los empujes alpinos que actuaron sobre el macizo paleozoico y en segundo lugar por la sedimentación característica de la era terciaria. Lo primero dio lugar a la formación del Sistema Central y el Sistema Ibérico, que delimitan por el norte y el este respectivamente estas tierras, formando en ambos casos una serie de alineaciones sierras y montañas conectadas entre sí, de no gran pendiente (excepto en el extremo sureste) y con cimas relativamente de fácil acceso, lo que será determinante para la práctica de la ganadería. El resto del territorio se caracteriza por su configuración prácticamente horizontal solo interrumpida de vez en cuando por colinas, pequeñas elevaciones y páramos calcáreos más resistentes a la erosión. Lo segundo, la sedimentación terciaria, dio lugar a tres zonas sucesivas de suelos de oeste a este: silíceos, arcillosos y arcillosos-calcáreos. Especialmente interesante son los dos últimos tipos de suelos por los altos rendimientos cerealícolas que permiten (González, Rodríguez y Serrano, 1987). Junto a ello, el paisaje está dominado por las terrazas aluviales de los cursos superiores de los dos grandes ríos, el Henares algo más al norte y el Tajo algo más al sur, en ambos casos basculando hacia el Atlántico y en ambos casos actuando como colectores de diversos ríos tributarios. Finalmente, junto al relieve y la hidrografía, el clima, que podríamos resumir como típico de las zonas montañosas continentales en régimen de semiaridez, se caracteriza por periodos de tres a cinco meses de escasez de lluvias y con un régimen térmico muy variable dependiendo de la altitud, ya que las zonas montañosas del norte y el este llegan a superar los 1200 m.s.n.m., mientras que la altitud media en las zonas amesetadas y los valles se sitúa entre los 600 y los 800 m.s.n.m.
Con anterioridad a la conquista cristiana estas tierras formaban parte de la Marca Media de al-Andalus (Manzano, 1991), en la que existían unos pocos núcleos mayores considerados madīna (Atienza en algunos periodos, Medinaceli –actualmente en el sur de Soria– y Molina de Aragón), un alto número de asentamientos en altura que podemos considerar hūsūn, torres que sirvieron de atalayas y asentamientos rurales tipo alquerías, algunos de los cuales contaban con características torres rectangulares formando parte del propio caserío o en las inmediaciones,1 a lo que habría que añadir la ocupación de algunas cuevas.2 Tras la conquista cristiana, que comenzó en el año 1085 pero no se consolidaría al menos hasta 1177 con la conquista de Cuenca, todo este territorio que comprende actualmente la parte oriental de la provincia de Guadalajara quedó englobado bajo la denominada Extremadura castellana.3 Se trataba de una zona inicialmente fronteriza que estuvo organizada territorialmente en pequeños dominios conocidos como Comunidades de Villa y Tierra,4 regidos por sistemas forales y o bien bajo el dominio real o de realengo (Monsalvo, 2003), gestionados a través de un concejo como fue el caso de Atienza (Layna, 2004), o bien de señores particulares, caso de una rama del linaje de los Lara que se convirtieron en señores de Molina (Pérez, 1990; Cortés, 2000; Estepa, 2006; Ortega y Arenas, 2018), o en otros casos en manos de órdenes religiosas o cargos eclesiásticos, como fue Sigüenza convertida en señorío eclesiástico (Blázquez, 1988; Olea, 2009). Esta organización a partir de las llamadas comunidades de Villa y Tierra se extendió en gran parte de Castilla al sur del Duero durante el siglo XII,5 y fue la unidad territorial más grande por debajo de la cual estaban las villas o ciudades que detentaban la capitalidad de unos alfoces o territorios en los que se localizaban las distintas aldeas (García de Cortázar, 1989).6 Estas comunidades de Villa y Tierra han sido profusamente estudiadas en el sector centro-occidental de la Península, siendo considerados por distintos autores como la expresión territorial del feudalismo castellano-leonés (Barrios, 1984; Portela, 1985; Villar, 1986; Monsalvo, 1988, 2003); y sugiriéndose que son un modelo de organización social del espacio con precedentes más al norte (García de Cortázar, 1985; Monsalvo, 2003), lo que ahonda en esa idea de la expansión y colonización del feudalismo.

Fig. 1. Mapa de las Comunidades de Villa y Tierra en el siglo XII en relación con la actual provincia de Guadalajara (a partir de Martínez Díez, 1983; Herrera, 1984 y Monsalvo, 2003).
Este modelo consta de un núcleo que actúa como capital, considerado como villa en la documentación escrita, en tanto que ejerce funciones administrativas y es sede de cargos e instituciones. En este sector del centro peninsular la mayoría de las villas fueron antiguos núcleos andalusíes, caso de Guadalajara, Zorita, Hita o Cogolludo, así como de Atienza y Molina (Arenas, 2008a). No obstante, también hubo otras villas que pudieron ser fundaciones ex novo (Asenjo y Monsalvo, 2007),7 caso de Sigüenza (García-Contreras, 2014). Todas estas villas suelen contar con murallas, una fortaleza y distintos edificios religiosos, y en algunos casos, cuando es centro episcopal, con una catedral. Estos núcleos ejercieron funciones administrativas y fueron sede de cargos e instituciones, así como también jugaron un importante papel económico (Martínez Taboada, 1990). En ellos predominó la instalación de los nuevos pobladores, bien sea por lo atractivo del asentamiento urbano, por la extracción militar o nobiliaria de muchos de ellos, o por la concesión de fueros que les otorgaban ciertos privilegios (Ubierna, 1917; Fernández, 1975). En el caso de Sigüenza, por ejemplo, en 1138, Alfonso VII concede al obispo don Bernardo que pueda traer a Sigüenza a centum casados con sus familias, para atender la defensa de la ciudad. De ellos, veinte debían ser del término de Medinaceli y los demás de cualquier otra parte (Minguella, 1910: 364).
Estos núcleos, ciudades y villas, regían un territorio de ellos dependientes, considerados su alfoz, de tamaño variable y sometido a algunos vaivenes y litigios que dificultan establecer sus límites fijos, aunque es posible realizar una delimitación a partir de las escuetas referencias que existen en los textos forales o por la dependencia económica y fiscal de las aldeas y sus habitantes.
Dentro de estos territorios se ubicaron distintas fortificaciones, castillos y torres. Salvo cuando a estas fortificaciones se añadieron barrios amurallados situados en sus inmediaciones y pasaron a ser villas rectoras del territorio, lo cierto es que los castillos a partir del siglo XII no tuvieron en la Extremadura castellana la importancia en la organización del poblamiento que tuvieron ni en el periodo andalusí anterior (García-Contreras, 2012) ni en otras regiones, peninsulares o europeas bajo dominio feudal cristiano en el mismo periodo (Gautier-Dalché, 1982).8 Así, anteriores fortificaciones andalusíes en el territorio de Sigüenza como las de Riba de Santiuste o Torresaviñán, aunque siguieron existiendo como tales, tuvieron un papel secundario a partir del siglo XII llegando incluso a reducir el espacio que ocupaban con anterioridad y produciéndose un desplazamiento del hábitat hacia el llano. En el territorio de Atienza núcleos fortificados en altura de época andalusí como los de Santamera, Huérmeces, Aragosa, Mandayona o Castejón desaparecieron a lo largo del siglo XII y el hábitat también se trasladó a la zona llana más próxima, mientras que otros como el de Jadraque continuaron existiendo ya que acabaría siendo capital de un señorío independizado de Atienza un siglo más tarde, aunque también aquí surgió una puebla en la parte llana. Y en otros casos como el de Embid en Molina se desarrolló un castillo algo más complejo y de carácter fronterizo durante los siglos XII y XIII a partir de una originaria torre andalusí datada en el siglo X (Martínez, López y Suárez, s. f.). También se produjo la fundación de nuevos complejos fortificados en los espacios llanos, como el los de Palazuelos o Guijosa (ambos en territorio seguntino) o Santiuste (en Corduente, Molina de Aragón), que sólo encuentran su explicación como residencia de familias que desgajaron pequeños señoríos en la Baja Edad Media (Ávila, 2005), y no como puntos centrales del poblamiento. En definitiva, una variedad de destinos y heterogeneidad de nuevas fundaciones, pero que salvo contadas excepciones nunca estructuraron por sí mismos el paisaje. Aún así, la importancia militar es especialmente notoria a lo largo de toda la Edad Media, sirviendo en muchos casos como demarcadores territoriales de los límites de cada uno de estos señoríos o comunidades. Cabe recordar que aunque los dominios andalusíes quedaran alejados, el sentido de frontera siguió fuertemente vigente, como atestigua por ejemplo el señorío de Molina, sobre todo en su vertiente oriental, en donde distintas fortificaciones (Zafra, Fuentelsaz, Embid, o la torre de La Yunta) defendieron aquí los límites frente al señorío de Albarracín perteneciente a la corona de Aragón.
Pero más allá de las villas y las fortificaciones, lo que caracteriza a estos alfoces es que aparecen poblados por unidades rurales con nombre propio: las aldeas. En ellas vivieron quienes moldearon el paisaje según sus necesidades y las demandas a las que estaban expuestos, es decir, los campesinos. Algunas pocas aldeas surgieron a partir de anteriores alquerías andalusíes que mantuvieron su ocupación. La gran mayoría surgen como consecuencia de los procesos de colonización y de la llamada «repoblación», ya que la norma básica que se dio en la repoblación fue la de ocupar únicamente las zonas que estuvieran previamente vacías9 de manera que la roturación de campos se convirtió en la forma de explotación agraria básica entre los repobladores (López, 1989: 65). Todo ello quedó sancionado en los fueros,10 los estatutos jurídicos que regularon numerosos detalles de la vida cotidiana, la economía y la administración de los distintos territorios y las comunidades en ellos instalados (Muñoz, 1847; Ubierna, 1917; López, 1989; Morán, 2010; Cabañas, 2013).

Fig. 2. Las tres Comunidades de las que nos ocupamos en este trabajo con indicación de las aldeas y numeración de los lugares mencionados en el texto.
Estas aldeas se plasmaron en el espacio como núcleos agrupados en los que coinciden un espacio de residencia (viviendas), un espacio productivo (agrario), un espacio de aprovechamiento (forestal y ganadero), un espacio comunitario de culto (la iglesia parroquial al menos desde el siglo XIII) y un espacio comunitario para los antepasados (los enterramientos). Todo ello configuraba los ámbitos de sociabilidad y sentimiento de colectividad de los habitantes de la aldea (García de Cortázar, 1989: 28). En aquellas comunidades más grandes de la Extremadura castellana, como fueron las de Atienza y Molina, por encima de las aldeas y entre éstas y las villas, se estableció una articulación territorial en los denominados sexmos o sexmas: la agrupación de varias aldeas cuya finalidad fue el reparto de la carga fiscal, la convocatoria de reuniones de las que tenemos escasas noticias, y el nombramiento de cargos que mediaban con las élites villanas y actuaban como testigos en distintos actos (Cortés, 2000: 1236-1239), a la vez redundaban en los vínculos comunitarios existentes entre la villa cabecera y los lugares de ella dependientes y, consecuentemente, en el interés por preservar la integridad de la demarcación territorial (Sánchez Benito, 2012: 209).
Es sobre las aldeas sobre el que menor conocimiento histórico tenemos, ya que la investigación sobre el poblamiento rural es la más infrecuente debido tanto a su escasa aparición en la documentación escrita como a la práctica ausencia de estudios de carácter arqueológico, pero sobre todo debido a la carencia de preguntas específicas sobre ellos en los proyectos de investigación (García-Contreras, en prensa). Podemos decir sin ambages que «la historiografía no ha visto en las aldeas bajomedievales otra cosa que pasividad y dependencia» (Sánchez Benito, 2012: 113). Es sólo partiendo del estudio de casos concretos como podemos entender su origen, caracterizarlas y ponerlas en relación con el resto del poblamiento como paso previo indispensable para conocer tanto las relaciones sociales y de producción que se operaron en su interior como especialmente la relación con el medio físico y los espacios de trabajo, sobre todo los agrícolas.
ACTIVIDADES ECONÓMICAS Y CAMBIO ECOLÓGICO A GRAN ESCALA EN LOS SIGLOS XII Y XIII
A partir de mediados del siglo XII, cuando se consolidó la frontera más allá del Tajo, se produjo un desarrollo económico constatado por la documentación pero poco tenido en cuenta desde la arqueología. La lógica económica «urbana» cobra fuerza ahora, sostenida en el desarrollo agrícola y ganadero que genera unos excedentes considerables (Pastor, 1980), a lo que habría que añadir la riqueza salinera en estas tierras (García-Contreras, 2013b; Ortego, 2013). La creación de una riqueza rural, que debió fomentar una jerarquización social, disparó procesos de acumulación diferencial y posibilitó la extracción de renta por mecanismos económicos y extraeconómicos. Fue esta renta la que posibilitó el auge arquitectónico en esta área oriental de la Extremadura castellana, y que es bien visible tanto en templos románicos en las zonas rurales, como el de Carabias por poner sólo un ejemplo, así como en las murallas de las que se fueron dotando las tres principales villas, Atienza, Molina y Sigüenza, o en la construcción de la imponente catedral en esta última. Este ciclo expansivo coincide a partir del siglo XIII, con un estancamiento del fenómeno fronterizo por las cada vez más prolongadas treguas con los almohades, lo que provocará la crisis de las fuentes de ingresos más tradicionales en estos momentos –ganado y dinero provenientes ambos del botín– pero permitirá reorientar la economía hacia el cultivo de los campos y la venta de la producción, así como hacia la trashumancia y la ganadería estante (Monsalvo, 1990: 137). La dedicación ganadera, y de modo especial la ganadería lanar, aunque no resulte necesariamente una novedad en este momento, experimentó un fuerte y rápido avance en todos los nuevos dominios castellano como consecuencia de la incorporación del Sistema Central, su piedemonte meridional y progresivamente los territorios al sur del Tajo. La trashumancia, ya antes de la formación de la Mesta en el siglo XIII, se adaptó a la nueva realidad espacial organizando un doble circuito: por un lado, el de corto alcance o trasterminancia, que se limitaba a ascender a los pastos de verano en las sierras y a aprovechar los pastos halófitos en los fondos de valle; y por otro la trashumancia propiamente, la de amplio recorrido, que se movía desde la meseta norte en verano a la meseta del Guadiana en invierno (Pastor, 1970: 137-138).
En este contexto, el concejo de cada villa ejercerá una especie de «dominio señorial» sobre sus aldeas (Monsalvo, 1990: 138), un poder basado en la jurisdicción en virtud del cual administra justicia, detrae y redistribuye excedentes por medio del fisco municipal, recauda tributos de todo tipo y tendrá un control sobre los espacios que acabaran constituyendo «bienes de propios». Como señaló Monsalvo «Es un señorío atípico, bien es verdad, porque es de titularidad “colectiva”, está regulado por el derecho municipal y es permeable a la lucha política local» (Monsalvo, 1990: 138). Pero de lo que no cabe duda, es que este señorío concejil se materializará en beneficio de las villas y los mayores propietarios en ellas residentes y en detrimento de las aldeas. Los grandes propietarios explotarán a su favor los recursos del alfoz: reserva de pastizales en los terrenos comunales, adehesamientos particulares más ventajosos, intervención por el concejo de las villas en los bienes de su alfoz y en las condiciones de poblamiento; explotación fiscal de los campesinos y, ya desde principios del siglo XIII, con la organización de los sexmos rurales antes descritos.
En Castilla, y particularmente en las tierras nororientales de la actual provincia de Guadalajara, no contamos con estudios suficientes sobre el cambio agrícola tras la conquista castellana desde un punto de vista de los cambios medioambientales y ecológicos, como para ofrecer un cuadro comprehensivo del proceso. En lugar de ello, lo que podemos ofrecer es una suma de ejemplos y casos de estudio que permiten ir haciéndose una idea del complejo puzle ante el que nos encontramos.
Este tema del cambio ecológico que trajo consigo la conquista castellana en el centro de la península no es del todo nuevo. Estudios geográficos elaborados con amplia perspectiva histórica llamaron la atención ya a mediados del siglo pasado sobre algunos cambios en la vegetación, fundamentalmente el amplio retroceso del bosque de robles, encinas y enebros durante los siglos centrales de la Edad Media como consecuencia de la expansión de la ganadería trashumante (Hopfner, 1954; Huetz de Lemps, 1962; García, 1965). Otros autores han matizado estas aseveraciones a escala regional en función de la toponimia menor y los textos, inclinándose más por la persistencia hasta al menos finales del siglo XV de significativas manchas forestales en las zonas llanas y de densos bosques en ambas vertientes del Sistema Central (Barrios, 1983: t. I, 143-144). Aún con todo, persiste la idea de una reducción más o menos notable del bosque, sobre todo en las zonas llanas, como consecuencia del aumento del número de cabezas de ganado y la creación del terrazgo resultante del proceso de colonización.
Estas ideas pueden ser refinadas gracias a una fuente de información, en general poco utilizada por la historiografía medieval, que permite aproximarse con cierto detalle a las condiciones ecológicas en perspectiva histórica: la palinología. Tanto estudios generales para todo el área del sistema central con dataciones comprendidas en la Edad Media (López Sáez et alii, 2013; Blanco et alii, 2015), como otros más concretos realizados en zonas de interés para los territorios observados en este trabajo,11 ponen de manifiesto como durante el periodo andalusí debieron existir grupos de población algo dispersos y relativamente autosuficientes cuya economía se basaba en el pastoreo de ganado, la silvicultura y pequeños espacios de cultivo localizados por lo general a una altitud media, detectándose una cierta recuperación del bosque antes de mediados del siglo X en la parte occidental del Sistema Central, mientras que en la parte oriental del macizo central, en los límites de la zona que nos interesa, la actividad humana más intensa se rastrea sobre todo en los valles de los ríos. Estos registros polínicos muestran un notable impacto humano y una disminución de la cubierta vegetal, quizás debida a la presión de pequeños grupos de pastores durante el periodo comprendido entre los siglos IX al XI, aventurándose incluso la posible existencia de prados irrigados en Pelagallinas (López Sáez et alii, 2013: 114). En el caso de Cañamares, las prácticas antrópicas durante el periodo andalusí se evidencian por los valores de gramíneas y de cereal que indican un paisaje de carácter abierto, así como evidencias puntuales de presencia de castaño y de olivo, mientras que la práctica ganadera se deduce de la existencia de esporas croprófilas (Currás, 2013: 189-190). No obstante, los valores de actividad humana son de escasa entidad, aunque estables y mantenidos en el tiempo durante los siglos X y XI, lo que sugiere una presencia continua pero limitada en el entorno. Esto concuerda con el hecho de que la red de asentamientos andalusíes parece ser aquí menos densa, quizá como consecuencia de la proximidad del núcleo de Atienza que pudo concentrar el poblamiento en sus inmediaciones (García-Contreras, 2016).12
Según reflejan los distintos diagramas polínicos, a partir de la conquista castellana, en el periodo comprendido entre inicios del siglo XII a mediados del XIV aproximadamente, se va a producir la «irreversible configuration of the mountainous landscapes in central Iberia via their full occupation and integral exploitation» (Blanco et alii, 2015: 10). El crecimiento demográfico debido a los procesos de colonización y la pacificación por el alejamiento de la frontera se consideran las causas de los cambios registrados en los índices palinológicos. Estos incluyen un inicial crecimiento en los indicadores del cultivo de cereal durante los siglos XII al XIII (seguido de un descenso a partir del siglo XIV), el crecimiento moderado del polen de castaño y un aumento más evidente del olivo,13 así como en algunos casos una diversificación agrícola con la introducción del centeno y probablemente legumbres (Currás, 2013: 193-195). En el caso de Cañamares, este incremento y variación de la actividad agrícola coincide con el momento en el que surge la aldea homónima próxima en el contexto de la colonización tras la conquista14. Pero por encima de todo lo anterior, lo más destacado en todos los diagramas polínicos para este periodo posterior al siglo XII es la intensificación de las actividades ganaderas, detectada tanto por la relativa frecuencia de carbones consecuencia de las rozas practicadas en los bosques como por la aparición de brezales y plantas propias de prados como poaceae y otras leguminosas arbustivas (López Sáez et alii, 2013: 114; Blanco et alii, 2015: 12; Valero et alii, 2008; Ruiz Zapata et alii, 2014).15 Que esta gestión de la ganadería se llevó en combinación con la conservación activa de algunos bosques, debido a su alto valor económico para las comunidades aldeanas, lo muestran la combinación de indicadores de actividad ganadera y aparición de pastos y el descenso de determinadas especies, como el abedules o encinas, a la vez que se produce un mantenimiento e incluso incremento del pino como se ha detectado en la laguna de Taravilla (territorio de Molina de Aragón) (Valero et alii, 2008) y en el noroeste del territorio de Atienza, tanto en Cañamares (Currás, 2013: 193-194)16 o en Pelagallinas donde además desaparecen de la secuencia los carbones procedentes de las rozas por incendio (Franco et alii, 2001).17
AGENTES DE LOS CAMBIOS EN EL PAISAJE AGRÍCOLA: ALDEAS Y CAMPESINOS
Los análisis palinológicos tienen, según vemos, un gran potencial informativo. No obstante, los registros hasta ahora existentes para los territorios objetos de estudio adolecen de un severo problema: carecen de relación con contextos arqueológicos, lo que les resta gran parte de su utilidad para los análisis históricos detallados, limitándolos a ofrecernos una imagen a gran escala de los cambios ocurridos.
En los tres territorios objeto de estudio, sólo encontramos una excepción, el de la Dehesa de la Olmeda de Cobeta, donde se ha desarrollado una intensa investigación arqueológica y paleoecológica partiendo del interés por el castro de la Edad del Hierro de Peña Moñuz (Arenas, 2008b; Arenas et alii, 2008; Ruiz Zapata et alii, 2008; Ortega y Arenas, 2018). Se localiza en la parte norte del Alto Tajo, es decir en el territorio de Molina, en un medio montañoso muy accidentado, surcado por lo general por profundos valles delimitados por grandes farallones calizos, y en otros casos por desniveles algo más suaves que permiten acceder a las cimas de los montes, que en ocasiones presentan superficies amesetadas como la del propio espacio que nos interesa. Los fondos del valle están constituidos por margas y arcillas muy pedregosas y, por lo general, tienen un nivel freático relativamente alto que da lugar a una red de manantiales dispuestos en las medias laderas. Para los siglos centrales de la Edad Media, las prospecciones arqueológicas en el entorno y la excavación en el propio yacimiento han revelado una más que interesante secuencia de ocupación, que incluyen algunos pequeños asentamientos rurales entre los siglos X-XII, configurando una red de alquerías, probablemente de carácter familiar, con una explotación intensiva del entorno que incluye la gestión de varios sistemas de regadío, algo posibilitado por el contexto edafológico e hidrológico que acabamos de describir.18 A partir del siglo XII, con la conquista cristiana y la consiguiente colonización, se abandonarán los antiguos núcleos de población, que se concentrarían en uno sólo (en el lugar del propio castro) y además surgirá al este la Olmeda de Cobeta a partir de la ocupación y colonización del espacio.19 Los antiguos sistemas irrigados se mantendrán. A la vez, se produce una cierta especialización productiva hacia la ganadería –algo propicio en un medio montañoso como este–, evidenciándose palinológicamente por ser el momento de la máxima deforestación (Ruiz Zapata et alii, 2008), que acabaría convirtiendo este lugar en una dehesa perteneciente a la aldea de La Olmeda de Cobeta a partir del siglo XIII (Villar, 1980; Villar y Villar, 1994).

Fig. 3 Diagrama polínico de la Dehesa de la Olmeda de Cobeta (tomado de Ruiz Zapata et alii, 2014: 85) y esquema de la evolución del poblamiento y los sistemas agrícolas asociados (redibujado a partir de Arenas et alii, 2008: 215).
El caso de la Olmeda de Cobeta –en Molina de Aragón–, o el estudio palinológico de Cañamares –en Atienza– anteriormente descrito, son excepcionales para el panorama historiográfico, arqueológico y paleoecológico del sector oriental de la Extremadura castellana. El resto del poblamiento rural no cuenta con estudios de esta envergadura, si bien la combinación de prospecciones arqueológicas superficiales y el estudio de la documentación escrita permite plantear algunas cuestiones que no hacen sino reforzar la idea de complejidad de todo este proceso acontecido en los siglos XII al XIII. Sirve para nuestro propósito la parte norte del señorío episcopal de Sigüenza. Aquí encontramos un amplio valle surcado en su vertiente oriental por el tramo superior del río Salado hacia el que discurren distintos arroyos y ríos menores tributarios, y caracterizado edafológicamente por una sucesión de margas y arcillas con una alta concentración salina. Esto da lugar a una vegetación halófita, y a que con gran facilitad los campos queden a menudo encharcados debido a la alta capa freática. El valle está rodeado por montes de cima plana y escasa altura o parameras, caracterizados por la presencia de calizas y areniscas. En el contacto entre ambos contextos geológicos abundan las surgencias de agua dulce, en cuyo entorno, y aprovechando las mejores condiciones que ofrecen las medias laderas, se localizaron la mayor parte de los yacimientos rurales medievales. Uno de estos hábitats de media ladera fue el despoblado de Torrequebrada, que aparece citado por primera vez en la documentación en 1255 (Minguella, 1910: 581-582) aunque debió ser una de las aldeas dependientes de la Riba de Santiuste desde el mismo momento de la conquista (García-Contreras, 2012). Su origen, a juzgar por los materiales cerámicos superficiales, es anterior al siglo XII,20 y se trata de una de las alquerías andalusíes que podía constar de torre, como sugiere su topónimo. Este lugar está asociado a un espacio de irrigado que queda en la parte llana al este del yacimiento, un espacio hoy abandonado y colonizado por la vegetación,21 pero claramente visible en las antiguas fotografías aéreas del año 1956 (García-Contreras, 2013a: 1031-1039). Este espacio irrigado es abastecido por el arroyo del Berral, uno de los tributarios del río Salado. Aguas arriba de este curso se encuentra otro pueblo, de nombre Valdelcubo, que también cuenta con tierras irrigadas, pero del que no tenemos ninguna constancia de que sea de origen andalusí, ni por datos arqueológicos ni documentales, ya que no aparece citado hasta el año 1353.22 Se han documentado un total de ocho molinos harineros que aprovechan el mismo curso de agua,23 bien porque aún funcionan como tal o bien porque quedan sus restos arquitectónicos, su evidencia toponímica o están plasmados en la cartografía histórica.24 Cuatro de estos molinos se localizan antes del primero de los sistemas irrigados asociado a Valdelcubo, tres dentro del segundo sistema irrigado y el último justo en el punto en el que se abre la acequia de los campos irrigados que están más próximos a Torrequebrada. El resto del espacio alrededor de estas dos aldeas está ocupado por tierras de secano, mayoritariamente cereal, y por una explotación ganadera hoy en día en decadencia, pero que ha dejado un claro registro toponímico. Es interesante señalar, además, que las aguas sobrantes del espacio irrigado asociado con el despoblado de Torrequebrada van a parar a un espacio de tradicional uso ganadero, denominado «Prado de los ríos», que se beneficia además de la vegetación halófita existente.
Más al sur se encuentra en la actualidad el pueblo de Sienes, también históricamente relacionado con la Riba de Santiuste. Este aparece también citado en el mismo momento de la conquista cristiana del territorio. De hecho, las referencias escritas hablan siempre de las «Tres Sienes»,25 lo que coincide con la información arqueológica proveniente de las prospecciones superficiales. En el caso de Sienes, actualmente un pueblo habitado asentado en un promontorio amesetado que bordea al valle por el este, no ha sido posible ningún estudio arqueológico, pero sí en sus alrededores. Algo más al sur, sobre otra pequeña colina amesetada, hay una concentración de materiales de construcción y algunos restos cerámicos de difícil adscripción cronológica, salvo algún vidriado que parece ser andalusí, coincidiendo además con el lugar que la toponimia de la cartografía más antigua denomina «La Torrecilla». Algo más al norte de Sienes, en la ladera norte del mismo promontorio en el que se asienta el pueblo, existe un despoblado del que se conserva la memoria de una iglesia, denominada de San Miguel, así como abundantes restos constructivos y cerámicos que ofrecen una cronología que abarca del siglo X al XIV; es decir, con un origen andalusí y una perduración en época feudal (García-Contreras, 2013a: 1043-1046). Este espacio, tanto a nivel toponímico actual como en la documentación medieval posterior al siglo XII, se denomina «Aldehuelas», siendo otra de las aldeas pertenecientes al Señorío seguntino y dependientes de la Riba de Santiuste.26 Estos tres conjuntos parecen corresponder a esas tres sienes que menciona la documentación escrita más temprana, en donde se distingue entre una «Senis de Turre» una «Senis de Medio» y una «Senis Maiore» (Minguella, 1910: 582). Además, estos tres conjuntos aparecen a su vez asociados a tres espacios irrigados, abastecidos por el arroyo del Buitrón (otro tributario del río Salado), coincidiendo su localización con la de los tres yacimientos. También en este caso se han podido documentar la antigua existencia de al menos tres molinos en el último de los sistemas irrigados, el correspondiente al despoblado de Aldehuelas.27 Al igual que ocurría en el caso anterior, el resto del territorio alrededor de estos lugares de hábitat está dedicado a cultivos de secano y a la actividad ganadera, la cual ha dejado un interesante rastro toponímico así como siguen en pie, y en algún caso en uso, infraestructuras erigidas con este propósito. Es el caso de los abrevaderos, tales como el llamado «Fuente de El Ejido».28

Fig. 4 Alquerías, aldeas y espacios productivos en la parte norte del valle del Salado (señorío episcopal de Sigüenza).
En el estado actual de la investigación, resulta extremadamente complicado dotar de cronología a todos los elementos descritos. Aunque con cautela, nos atreveríamos a afirmar un origen andalusí de los sistemas irrigados ya que estos coinciden con espacios habitados cuyo origen sí ha podido ser fechados en estos momentos, como son dos de las tres Sienes y el yacimiento de Torrequebrada. Aunque estos espacios irrigados se mantendrían con posterioridad a la conquista, cabe pensar que sufrirían transformaciones adecuándose a la nueva realidad social. El hecho de que los molinos documentados interrumpan los canales destinados a abastecer los campos, y que lo hagan precisamente afectando a aquellos que aparecen en relación con despoblados de origen andalusí (Torrequebrada y Aldehuelas), parece incidir en esta idea.
Esta hipótesis encuentra cierto acomodo con el hecho de que otras aldeas cuyo origen parece ser posterior al siglo XI, y que podemos englobar en la nómina de las aldeas de colonización feudal, no presentan en sus inmediaciones espacios irrigados, a pesar de presentar similares condiciones y arroyos potencialmente explotables para tal fin. Es el caso de las aldeas de Carabias y de Séñigo, ambas también en el territorio de Sigüenza, algo más al sur de Torrequebrada y Sienes.
Carabias es en la actualidad un pequeño pueblo que se encuentra en la parte central del valle del Salado. Las primeras referencias escritas datan de principios 1254 (Minguella, 1910: 569). lo más destacado de esta pequeña aldea es la iglesia románica de San Salvador construida a finales del siglo XII o principios del XIII (Salgado, 2011-2012). La aldea está, una vez más, en la media ladera asociada a dos fuentes de agua dulce, desarrollándose bajo ella los cultivos. Aunque tiene una pequeña zona de huerta regada, lo más destacado son los campos de cereal que se extienden por sus inmediaciones, para los cuales fue necesario realizar importantes tareas de drenaje que parece que afectaron incluso a una pequeña laguna, tal y como se deduce de la morfología de los campos y canales. Por encima del pueblo, en la cima del páramo, hay distintos espacios destinados al ganado, tanto corrales como pastos.
Séñigo un despoblado, que tiene al menos dos partes diferenciadas: al sur, en la media ladera de la sierra que separa el valle del río Henares de su tributario el Salado, quedan los restos de una torre hoy en día destruida pero conocida desde antiguo. Es un espacio muy alterado lo que impide la correcta prospección y reconocimiento del entorno, apreciándose sólo los restos de la fortificación y alguna otra estructura. La torre, según se reconoce por fotografías antiguas,29 tenía un espacio rectangular amurallado anexo. Al noreste, enfrente de la torre, hay una especie de terreno amesetado, parcialmente puesto en cultivo en la actualidad, en el que las prospecciones arqueológicas nos han permitido identificar algunas piedras trabajadas y sobre todo bastantes restos cerámicos medievales, lo que nos indica la existencia de un asentamiento. No hay ninguna fuente de agua dulce en sus inmediaciones, quedando la más cercana en la propia torre de Séñigo, 300 metros al sur, pero por debajo del yacimiento discurre el arroyo de Valoncillo. Del estudio de la arquitectura de la torre (planta y técnicas constructivas), de las cerámicas del despoblado asociado, de que las primeras referencias documentales daten de 1180 (Minguella, 1910: 442-449), y del propio topónimo como contracción de San Íñigo,30 cabe pensar que nos encontramos ante un ejemplo de aldea de colonización, quizás de las más tempranas (García-Contreras, 2013ª; ibid, en prensa), de ahí que estuviese dotada de un espacio fortificado que podemos considerar una torre de pressura.31 Pero lo que queremos destacar de esta aldea es su localización en un contexto en el que abundan los canales de drenaje que permiten extender por el fondo del valle los cultivos de cereal. Por el momento, como ocurre en otros casos, no tenemos certezas absolutas sobre el origen plenomedieval de estos sistemas, aunque la inexistencia en las inmediaciones de ningún otro núcleo de población andalusí anterior, el fenómeno de la extensión de los campos de cereal por roturación que se documenta en estos momentos como práctica agrícola habitual en los textos legales,32 y la similitud de este proceso con lo documentado en otras partes de la Península Ibérica en fechas similares como es el caso de Valencia (Torró, 2010), constituyen sugerentes datos para continuar en esta línea de trabajo.

Fig. 5 Canales de drenaje para el cultivo visibles en las fotografías aéreas de 1956. A la izquierda Carabias, a la derecha Séñigo, indicando la torre y la dispersión cerámica que indica la localización de la aldea. Las flechas indican la dirección en la que fluye el agua en los canales drenantes principales.
CONCLUSIONES
Al iniciarse el siglo XIII, los tres territorios examinados se encontraban configurados en lo que a la organización social del espacio se refiere como resultado de las transformaciones que trajo consigo el proceso de expansión y colonización feudal. La ocupación y transformación de núcleos urbanos o protourbanos, cuando no la directa creación de otros nuevos, supuso la fijación en el espacio de los centros neurálgicos del nuevo poblamiento, como cabecera de amplios territorios salpicados de aldeas, iglesias, torres, castillos y monasterios. Este nuevo poblamiento es indicativo de los mecanismos de ordenación y control del espacio que se establecen desde el momento mismo de la ocupación. Ello se produjo al calor de la colonización dirigida bien por el obispo en Sigüenza, bien por los señores de Lara en Molina o bien por el Consejo en el caso de Atienza, en los tres casos elementos más que evidentes de la jerarquización social existente en el periodo, a lo que cabría añadir la dotación de fueros y la propia organización concejil de estas comunidades de Villa y Tierra.
Se ha discutido acerca del tipo de organización social presente entre el Duero y el Tajo, viendo unas mejores condiciones jurídicas para los habitantes aquí instalados de las que tenían quienes habitaban en las dependencias señoriales de zonas más septentrionales. Lo cierto es que, aun reconociendo las diferencias que la reactivación de la vida urbana o los fueros pudieran tener ante la necesidad de atraer pobladores mediante el ofrecimiento de condiciones de instalación ventajosas, no cabe duda que la relación jerárquica que hay detrás de la organización del poblamiento, sobre todo entre las villas y sus más o menos extenso alfoces o territorios, revela unas relaciones señoriales. Esto es especialmente notorio en el caso de Molina y Sigüenza en tanto que estaban encabezados por agentes nobiliarios y eclesiásticos respectivamente, y cabría hacer una distinción con respecto al concejo de realengo que constituyó Atienza. Pero en los tres casos que examinamos, ya desde las mismas cartas forales, se establecen diferencias en vecindad, propiedad, profesión o religión que permiten distinguir desde el mismo siglo XII unos grupos sociales muy distintos y jerarquizados entre sí.
Pero la distribución y jerarquía de los lugares habitados son solamente un primer rasgo de los cambios que trajo consigo la feudalización del territorio. La nueva organización social generó unas necesidades y exigencias económicas que se plasmaron en las formas de gestionar los recursos naturales por parte de los campesinos.
Los casos de La Olmeda de Cobeta, en tierras de Molina o el de las «tres Sienes», en la parte norte del señorío de Sigüenza, constituyen ejemplos representativos del cambio en los esquemas productivos, y por lo tanto en los de poblamiento y en definitiva en el paisaje, que se operan tras la conquista cristiana del territorio. Si en el periodo andalusí en ambos casos encontramos varios pequeños asentamientos en relación con espacios irrigados, al llegar el siglo XIII algunos de estos núcleos de población se convierten en despoblados, y sólo uno de ellos sobrevivirá, debiendo hacerse cargo sus habitantes de la gestión de los espacios agrícolas anteriores, transformándolos o condenándolos a su desaparición. Y esto ocurre a la vez que surgen en las proximidades otras aldeas que no están asociadas a espacios irrigados, sino a procesos de roturación y drenaje. Más allá del volumen demográfico, que por el momento no nos es posible medir, y admitiendo por tanto un origen andalusí de los espacios irrigados y su mantenimiento con posterioridad a la conquista, lo realmente notorio es el cambio de escala en la gestión del espacio físico. Volviendo de nuevo la vista al territorio seguntino, algo más al norte de Sienes describíamos el caso del río Bretes que abastecía sendos espacios irrigados para las aldeas de Torrequebrada y Valdelcubo, teniendo constancia arqueológica de que al menos la primera tiene su origen en época andalusí. Tras la conquista, aunque sobrevivió algunos años, Torrequebrada se abandonó y a lo largo del canal surgieron hasta ocho molinos, alterando con ello el diseño original del espacio irrigado. A la luz de todo lo expuesto en este trabajo, no cabe duda que la extensión de los campos de cereal gracias a las concesiones de roturación, incluso a costa de espacios fácilmente encharcados, y una práctica ganadera de gran importancia que ha dejado un rastro evidente en los registros palinológicos, se convirtieron en las actividades económicas fundamentales. A ello debemos sumar otras como la silvicultura y, sobre todo, la explotación salina, tan abundante y frecuente en estas tierras. Aunque sobre este tema apenas hemos mencionado nada, baste por ahora decir que se produce un cambio de escala en la gestión de las salinas: si durante el periodo andalusí estas debieron ser de pequeña entidad y aparecen siempre en estrecha relación física a los espacios de hábitat, tras la conquista castellana pasaron a ser propiedad de los obispos seguntinos, o bien gestionadas por el concejo de Atienza o por el cabildo de Medinaceli o a estar en manos de otros propietarios particulares, monasterios o familias nobiliarias, pero en cualquier caso, convirtiéndose en una importante fuente de recursos fiscales para la monarquía castellana. Esto derivó se visualiza espacialmente en que las aldeas ya no necesitaron estar en sus inmediaciones puesto que los nuevos campesinos ya no las gestionaban directamente, alejándose los núcleos habitados en busca de condiciones más ventajosas para las nuevas estrategias productivas.33
Hemos de reconocer que el conocimiento que tenemos se mueve todavía en un plano un tanto abstracto, a modo de teselas de un mosaico sin concluir. Son muchas las preguntas que aún caben hacerse, desde el grado de implicación de determinados agentes en estas transformaciones medioambientales o, por ejemplo, si es posible detectar fases semejantes a las reconocidas en la organización social de estas comunidades de Villa y Tierra.34 Tampoco hemos tenido ocasión aquí de plantear que ocurre después, durante los siglos XIII-XIV. El impacto ecológico no sólo debe medirse en términos de transformación positiva a favor de las necesidades de los nuevos pobladores, sino también en lo que supone cuando el límite de carga de un ecosistema dado se supera (Eiroa, 2014). El afianzamiento y transformación de la organización social, junto con otras causas que es prolijo detallar aquí, provocarían el fenómeno de los despoblados. La desaparición de aldeas durante el periodo bajomedieval es un fenómeno de alcance europeo, que tuvo un notable impacto en el sector oriental de la Extremadura castellana.35 Sólo en Molina de Aragón, en el siglo XIV aparecen 14 despoblados según la documentación escrita,36 y más arriba veíamos los ejemplos de las «Tres Sienes» en tierras seguntinas. Algunos indicadores paleoecológicos apuntan en la misma dirección, como por ejemplo los índices palinológicos sobre el cultivo de cereal que muestran un descenso en su cultivo a partir del 1300.37 Las causas no tuvieron porqué ser las mismas en todos los casos, e incluso contradictorias entre sí para unas aldeas y otras (Diago, 1991: 469), pero todas ellas muestran de alguna manera la fragilidad de muchos de los hábitats surgidos durante los procesos colonizadores plenomedievales. Los lugares peores adaptados se extinguirían, mientras que los más consolidados aumentaron su población, un proceso de selección del hábitat cuya tendencia se encaminó hacia una creciente concentración de gentes (Sánchez Benito, 2012: 145).
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