Czytaj książkę: «La Huerta de Valencia, 2a ed.»
La Huerta de Valencia
Un paisaje cultural con
futuro incierto
Joan Romero
Miquel Francés
(Eds.)
Universitat de València
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
1.a edición en cartoné: octubre de 2012
2.a edición en rústica: mayo de 2013
© Del texto: los autores, 2012
Publicacions de la Universitat de València
puv.uv.es publicacions@uv.es
Composición, maquetación y pruebas: JPM Ediciones
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Imagen de cubierta: Miquel Francés
ISBN: 978-84-370-9346-8
Edición digital
Contenidos
Presentación Joan Romero y Miquel Francés
CAPÍTULO 1. Condición histórica y significado cultural de los paisajes hidráulicos históricos Thomas F. Glick
CAPÍTULO 2. La Huerta de Valencia ¿Qué porvenir? Roland Courtot
CAPÍTULO 3. La ciudad y la Huerta: una relación de interdependencia Antoni Furió
CAPÍTULO 4. La Huerta medieval de Valencia: origen y transformación de un paisaje histórico Enric Guinot
CAPÍTULO 5. Huerta y ciudad: contigüidad geográfica y distancia cultural Carles Sanchis e Ignacio Díez
CAPÍTULO 6. La Huerta de Valencia. Un modelo de espacio agrícola, social, económico y cultural en crisis Jorge Hermosilla
CAPÍTULO 7. Las redes de regadío de l’Horta y el sistema de recursos hídricos del Turia frente al problema de la subsistencia de l’Horta de Valencia Juan B. Marco
CAPÍTULO 8. Expansión metropolitana y agricultura periurbana. Tensiones y oportunidades en L’Horta de Valencia Antonio Montiel
CAPÍTULO 9. El desafío global de la producción de alimentos y l’Horta de Valencia José Pío Beltrán
CAPÍTULO 10. Procesos emergentes: de la Huerta Andalusí a la Huerta agroecológica del siglo XXI Beatriz L. Giobellina
CAPÍTULO 11. ¿Por qué proteger hoy la Huerta de Valencia? Rafael Mata
Presentación
Joan Romero y Miquel Francés
Universitat de València
La Huerta de Valencia es uno de los paisajes culturales más importantes del Mediterráneo. Constituye un elemento de identidad que reúne siglos de historia de la cultura y que testimonia el paso de diferentes pueblos que han dejado su huella. Es a la vez historia de la cultura, de la tecnología, de la organización social, de las estructuras de poder, de la agricultura, del paisaje. Ofrece condiciones productivas, ambientales y paisajísticas de excelencia en el contexto europeo. Es un espacio de acreditados valores paisajísticos, medioambientales, históricos y culturales merecedor de un régimen de protección acorde que garantice su pervivencia como legado para las generaciones futuras.
Pocas ciudades europeas disponen de un entorno tan singular y, sin embargo, tan desprotegido. Los procesos ocurridos en este espacio tan excepcional, una de las escasas grandes huertas metropolitanas europeas, sintetizan muy bien muchos de los problemas y retos que hoy afrontan muchos espacios periurbanos y paisajes culturales de gran valor. Hace tiempo que muchos expertos alertan de que la Huerta corre el riesgo de desaparecer, de degradarse hasta el punto de hacerla irreconocible, de sucumbir al impulso urbanizador, como en gran parte ya ha sucedido en otros perímetros periurbanos de menor entidad y significado cultural existentes en otras ciudades mediterráneas.
Estos entornos singulares, que cada día entablan su particular y desigual combate con la ciudad real, tienen escasas posibilidades de supervivencia más allá de las grandes declaraciones sobre desarrollo sostenible, de seminarios de expertos, de inventarios y estudios, de diagnósticos, de planes y programas sin contenido real y de declaraciones de organismos internacionales y de gobiernos regionales y locales. No hay más que analizar lo ocurrido durante las últimas décadas para comprobar que el panorama es ciertamente desolador. La superficie tradicional se ha reducido en más de la mitad. La mayor parte de las acequias han reducido su perímetro regado de tal manera que en algunos casos es ya testimonial. En algunos tramos la zona regable o ha desaparecido por completo o únicamente subsisten áreas inconexas de huerta residual condenadas a desaparecer definitivamente en un futuro próximo. Quedan únicamente, en especial en el área periurbana del norte de la ciudad Valencia, algunos espacios de Huerta que mantienen en conjunto su alto valor paisajístico.
Los valores, el significado, las relaciones Huerta-ciudad y las formidables capacidades productivas son magistralmente analizadas en este volumen por algunos de los mayores especialistas que sobre la Huerta han escrito. También se abordan aquellos elementos que constituyen una seria amenaza: expansión caótica y masiva del urbanismo residencial, localización desordenada de actividades industriales y de servicios, especulación del suelo, degradación medioambiental y contaminación de suelos agrícolas de gran valor, consecuencia visible de la ausencia de planificación a escala metropolitana y de la acción descoordinada de decenas de gobiernos locales.
En los últimos veinte años se ha producido el retorno al territorio y al paisaje en las sociedades más cultas de Europa. Como afirma acertadamente John Berger (2006) muchos territorios rurales europeos serán, básicamente, paisaje. Gran parte de ellos ya no serán necesarios para producir alimentos, pero les seguimos atribuyendo un conjunto de valores que trascienden a las tradicionales funciones productivas. Además de su dimensión territorial y ambiental, los paisajes rurales europeos son también –y en ocasiones sobre todo– cultura, historia, memoria colectiva, referente identitario y legado. Por eso las políticas públicas van incorporando también esas dimensiones. Los europeos queremos mantener vivos esos territorios y estamos dispuestos a dedicar recursos públicos para hacerlo. Por eso han cobrado tanta importancia las políticas públicas que refuerzan la función territorial y paisajística.
También ha cobrado creciente importancia la atención sobre los espacios periurbanos y los paisajes del agua. La afortunada diferencia con relación a momentos precedentes es que ahora estas miradas académicamente se han generalizado y socialmente se han democratizado. La sociedad y la comunidad científica lo ha hecho suyo y ya no se trata de proteger y conservar determinados hitos simbólicos, sino de entender el valor y las funciones del territorio y del paisaje de otra forma. Y el paisaje cultural con mayúsculas es el conformado en los espacios ocupados por los regadíos tradicionales.
Lentamente, cultura, identidad, patrimonio colectivo y paisaje emergen y acaban impregnando directrices y normativas, desde la escala comunitaria a la local. Como consecuencia de ese cambio de valores y del mejor conocimiento de territorios y paisajes también se abre camino una interesante experiencia de buenas prácticas en el campo de las políticas de ordenación y gestión de los paisajes en Europa. Por desgracia, no es el caso de la Huerta de Valencia. La relación de seminarios, Planes (todos seguidos del calificativo verde o sostenible), y planes municipales de especial protección...que han visto la luz durante los pasados años y que abogan por la defensa y protección de estos espacios es interminable. Se dispone incluso de referencias que, sin obligar de forma imperativa, sí pretenden incorporar una nueva cultura del territorio y otras formas de proteger y gestionar estos espacios tan vulnerables. Es el caso, por ejemplo, del Dictamen del Comité Económico y Social Europeo sobre agricultura periurbana (CESE, 2005), la propia legislación básica estatal sobre desarrollo rural sostenible y otras Directivas comunitarias e iniciativas recientes que van en esa misma dirección. Pero ningún gobierno democrático ha tomado una sola iniciativa eficaz que de forma global, es decir a escala metropolitana, naciera con vocación de alterar esta deriva de desgobierno territorial y de progresiva desaparición de uno de los paisajes culturales más formidables de la cuenca del Mediterráneo. Iniciativas eficaces, se entiende, que además estén fundamentadas en la realidad y no en la creencia nostálgica de que cualquier tiempo pasado fue mejor o en la pura utopía urbanita.
Si realmente existe voluntad de ocuparse de la Huerta hace tiempo que ya es el tiempo de las propuestas. En primer lugar, el retroceso será irreversible si no se impulsan Planes Territoriales a escala metropolitana que establezcan regulaciones pormenorizadas de protección especial para suelos agrarios de alto valor agrícola patrimonial y paisajístico. El propio bloque de constitucionalidad y las reiteradas sentencias del Tribunal Constitucional, facultan a las Comunidades Autónomas a poder impulsar este tipo de instrumentos normativos sobre la base del principio de coordinación. Sin menoscabo del respeto a la autonomía municipal, pero con capacidad de establecer normas vinculantes que establezcan la obligatoriedad de que el planeamiento municipal se adapte y recoja en su categorización del suelo no urbanizable de especial protección zonas definidas con la coherencia requerida para el conjunto de las áreas periurbanas. Solamente en esa escala y con ese tipo de instrumentos se podrían abordar planes integrales de protección de las Huertas en aquellas áreas susceptibles de ser protegidas con garantía de estabilidad futura. Sin una política territorial supramunicipal cada municipio adoptará, como hasta ahora, sus propias directrices y planeamiento del suelo y cada unidad de las diversas administraciones competentes las suyas. El resultado será sencillamente caótico.
Contando con Planes territoriales metropolitanos que vincularan al planeamiento municipal y contuviera el avance urbanizador como condición necesaria, ello implicaría además desplegar políticas metropolitanas de depuración integral de aguas, control de vertidos, planes de modernización del regadío tradicional, iniciativas de coordinación de polígonos industriales y de establecimiento de servicios, planes incentivadotes de agricultura y ganadería biológica y saludable, planes de reducción de abonos nitrogenados y de tratamientos de productos fitosanitarios, creación de marcas de denominación, nuevos canales comerciales, impulso a nuevas formas y figuras contractuales con los agricultores, mecanismos incentivadores (fiscales o de compensación de rentas) para el mantenimiento de explotaciones que puedan tener tanto vocación productiva como función territorial, planes de rehabilitación de patrimonio rural, de la red de caminos y de elementos del sistema hidráulico...
En segundo lugar, acciones coordinadas para garantizar la actividad de los agricultores. Muchos partidarios de la conservación de estos espacios comparten valores que se asientan en una nueva cultura del territorio y del paisaje. Y desearían que, para mantenerlos vivos y dar contenido a su carácter multifuncional, los agricultores continuaran siendo los auténticos conservadores de estos entornos privilegiados y los responsables de mantenerlos vivos. A veces, en especial desde la cultura urbana porque estos espacios también se han convertido en «territorios de las clases medias urbanas», incluso se les censura que aspiren a vender como suelo urbano unas explotaciones económicamente inviables y sin perspectivas de futuro. En relación con esta cuestión central no deberían olvidarse dos cosas esenciales para una protección futura de estos espacios: que cualquier política pública se ha de acometer contando con el consenso y la cooperación de los agricultores y que cualquier iniciativa orientada a favorecer la estabilidad de las explotaciones ha de garantizar la rentabilidad de explotaciones agropecuarias, introducir mecanismos económicos de compensación para aquellas explotaciones que hayan de mantenerse por su valor territorial, cultural o paisajístico y favorecer otras actividades complementarias en estos espacios rurales.
El problema fundamental de viabilidad de la Huerta de Valencia y del conjunto de los regadíos históricos radica en la preservación de la actividad agrícola. Pero la preservación a largo plazo de la actividad agrícola en un área periurbana como la de la Huerta de Valencia solo es posible si se asegura una rentabilidad de los productos agrícolas que permitan unas rentas semejantes a las de los sectores terciarios e industriales que sustraen el relevo generacional de la actividad agrícola en la comarca.
Hay posibilidades de futuro, y mucho más en un contexto incierto donde la producción saludable en mercados locales y la seguridad alimentaria serán cada vez más estratégicas: desde la agricultura y la ganadería biológica o las producciones saludables y de calidad orientadas a la demanda urbana, hasta el turismo rural. Pero en otros muchos casos la función social requerida a los agricultores será distinta a la tradicional. Ahora se tratará de mantener vivos unos territorios porque la sociedad considera que el territorio, además de un recurso y de soporte físico para actividades, es referente identitario, es patrimonio colectivo, es cultura, es historia y es legado. En ese contexto, los poderes públicos han de imaginar un nuevo contrato social con los agricultores en estas áreas singulares.
El principal valor externo de la Huerta es su aportación a la ciudad de Valencia y a su área metropolitana como espacio periurbano de calidad, por ser un elemento natural de valor histórico y cultural casi irrepetible (sólo cinco ciudades europeas pueden presumir de un espacio periurbano semejante), a la vez que un elemento paisajístico y ambiental contribuidor a la sostenibilidad de toda el área metropolitana, cuya externalidad positiva debería ser aprovechada por el propio medio urbano. Por ello, la contribución económica debe venir de la mejora de la eficiencia económica de la producción agrícola, pero también, de forma destacada, de la contribución de las zonas urbanas a las que sirve y proporciona bienes públicos.
El tiempo de los diagnósticos y los textos ya ha pasado. Tampoco es suficiente con la protesta. Ahora es tiempo de propuestas decíamos antes. Es el tiempo de los compromisos políticos. Y la iniciativa para proteger un espacio de alto valor únicamente podrá prosperar si existe el compromiso político de desarrollar nuevos instrumentos de protección y un amplio abanico de políticas públicas para revitalizar económicamente ese espacio con criterios de sostenibilidad. Haciendo de la búsqueda de amplios consensos sociales y políticos para aprobar una ley de protección de la Huerta su primer objetivo. Partiendo de un buen conocimiento de la gran diversidad de situaciones y de los serios obstáculos existentes. Con un enfoque metropolitano flexible y adaptado a un contexto cultural específico. Y conscientes de que tal vez sea la última oportunidad para garantizar su supervivencia de un paisaje cultural milenario de alto valor simbólico y de gran proyección internacional. Huyendo de toda tentación de reducir su pervivencia a intentos de museización o tematización en forma de parque urbano.
No se trata de un problema normativo. El mayor obstáculo se reduce exclusivamente a la falta de voluntad política de los gobiernos regionales de haber querido impulsar y, en su caso, consensuar, Planes territoriales metropolitanos o Planes sectoriales a escala metropolitana y de haber imaginado nuevos instrumentos de gestión, nuevas funciones territoriales y paisajísticas y nuevos mecanismos de compensación para esas nuevas funciones que el conjunto de la sociedad requiere ahora del colectivo de agricultores. Por ahora, los textos poco tienen que ver con la realidad.
Este volumen auspiciado por la Universitat de València está inspirado en esa forma de entender el paisaje rural en el actual contexto económico, social y cultural. Los textos ofrecen una mirada culta y comprometida de lo mejor que tenemos y de lo mejor que hemos sido capaces de preservar como colectividad. Exploran las oportunidades. También alertan de las amenzas. Muchos paisajes culturales de gran valor han sucumbido a presiones incontenibles. Los paisajes rurales devastados, abandonados o perdidos son ya irrecuperables. Pero otros muchos se mantienen vivos y en muchos casos son referente irrenunciable para una comunidad local, para una comarca o para una colectividad más amplia. Esos pueden preservarse. Y de entre todos ellos aquí se proporciona una muestra excelente y variada para que cualquier persona con sensibilidad pueda apreciar la profunda relación existente entre historia, geografía, cultura e identidad. La relación existente entre pasado, presente y futuro.
En un bello libro reciente, Eduardo Martínez de Pisón describe de forma magistral cómo entendemos hoy los paisajes rurales en Europa y por qué queremos preservarlos, mantenerlos y gestionarlos de otra manera. Al menos, qué significado otorgan hoy a sus paisajes los pueblos más cultos de Europa. «El paisaje rural no es el territorio, afirma el autor. El territorio es el solar, el paisaje rural es el resultado de un proceso histórico. El paisaje rural es el legado de nuestro pasado colectivo. Legados, como lo son las artes, la arquitectura, el pensamiento o la literatura de un país. Los paisajes rurales poseen contenidos culturales propios que llegan a definir la personalidad de un municipio o de una región. Los paisajes rurales son testigos culturales de todo un pueblo. Como consecuencia de ese legado de conjunto, reflejan o contienen, significativas señas de identidad de los pueblos que los habitan y por otro expresan el rostro y la cultura de la generación que tiene la responsabilidad de conservarlos y de entregarlos a la próxima generación.
El paisaje posee significados naturales e históricos. Pero también posee otros que remiten a referencias culturales y sociales, en sus identificaciones, en su personalidad, en sus valores. Es un espacio común de la vida colectiva de un pueblo. Vivido, pensado, habitado, cultivado, construido, cuidado, ¿destruido? (...) Ignorar eso es mutilar el paisaje y la vivencia colectiva tan gravemente como pudiera serlo la tala de un bosque o el derribo de un pueblo (...). Los paisajes rurales son bienes culturales que sintetizan la experiencia vital de una colectividad. Pero son frágiles. Por eso precisan de mucha atención y protección. Atención y gestión culta e inteligente. Mantener vivos muchos territorios rurales precisa de políticas no solo territoriales sino culturales y de patrimonio. La política de protección del paisaje es también una política cultural...» (Martínez de Pisón, 2009).
Una mirada culta e inteligente significa tener capacidad de reconocer lo valores visibles y ocultos, tangibles e intangibles, que tienen unos campos de cultivo mantenidos vivos aunque sus propietarios ya no vivan de ello o un regadío histórico con todo su rico patrimonio hidráulico que tantas generaciones anteriores han contribuido a construir y que hoy tienen valor patrimonial y cultural incalculable. Paisajes de agua, paisajes arbolados, paisajes cultivados... paisajes con alma en definitiva.
Sabemos además que los paisajes culturales son incluso mucho más que el espejo del paso de culturas. Sabemos que el paisaje contribuye de manera determinante a la calidad de vida y al bienestar individual y colectivo de las sociedades. Que paisaje y salud van unidos. Como lo están también ciertas patologías y la pérdida traumática del sentido del lugar y la degradación del paisaje. Lo viene reiterando Joan Nogué desde hace muchos años y lo han corroborado muchos expertos que se han ocupado de esta relevante cuestión desde diferentes visiones (Nogué, 2008a; 2008b).
También sabemos que cuando se habla de paisajes (de todos los paisajes y no solamente de los excepcionales) y de la necesidad de protegerlos y de gestionarlos de otra manera, han de tenerse muy en cuenta indicadores que nada tienen que ver con cuestiones que se pueden reducir a valores numéricos. Han de tenerse muy en cuenta otras consideraciones de tipo cualitativo relacionadas con el entorno vital de las personas, con valores afectivos, estéticos y simbólicos. La tranquilidad es otro indicador fundamental cada vez más tenido en cuenta. Hasta el punto de que ya existen mapas de la tranquilidad en los que se subraya cómo el valor de la tranquilidad ayuda a la economía de un lugar, es bueno para la salud y reduce el estrés de las personas. El trabajo realizado por ejemplo en algunas áreas de Inglaterra, su envidiable esfuerzo por confeccionar sus Tranquility Maps y una extensa red de caminos tranquilos (Quiet Lanes) indica que algunas sociedades aprecian valores intangibles que son esenciales para garantizar su bienestar. Cualquier lector o lectora interesado puede acceder a las guías de caminos tranquilos o a la relación de condados más apreciados de Inglaterra precisamente porque cuentan con niveles de tranquilidad muy altos (Campaign to Protect Rural England, 2006).
Obras como la que ahora publica la Universitat de València están impregnadas de esa forma de entender el paisaje y la función de muchos espacios rurales hoy. Se inscribe en lo mejor de tradición académica de estudios sobre historia del paisaje que ahora se impulsan en muchas universidades y centros de investigación europeos. Es mucho más que un libro sobre la Huerta. Sugiera una mirada culta, ofrece un diagnóstico sólido, hace una denuncia severa y propone alternativas.
Muchos ciudadanos europeos participamos de la idea de que el futuro del territorio y de los paisajes culturales depende en gran parte de la existencia de una vigorosa sociedad civil que sea capaz de mirar con respeto, con sensibilidad y con cultura, con civilidad en definitiva, hacia atrás y hacia delante. Sabiendo que el territorio y el paisaje no son patrimonio exclusivo de nadie, que no somos los únicos, tampoco los primeros ni los últimos. Que no somos el centro de la Naturaleza. Los pueblos más cultos de Europa han sido capaces de mirar hacia su historia colectiva con respeto. También han sido capaces de conservar sus paisajes porque son parte de esa historia colectiva. Han preferido conservarlos y mantenerlos vivos antes que abandonarlos. Nosotros debemos ser capaces de hacer lo propio. Sabiendo que las funciones de muchos de esos territorios, además de producir alimentos, será la de ofrecer otras funciones ecológicas, culturales y reparadoras de gran utilidad para la colectividad.
Bibliografía
BERGER, J. (2006): Puerca tierra, Madrid, Alfaguara.
CAMPAIGN TO PROTECT RURAL ENGLAND: CPRE’s guide to Quiet Lanes, septiembre de 2006.
—: Campaigning for the beauty, tranquility and diversity of the countryside, Octubre, 2006.
COMITÉ ECONÓMICO Y SOCIAL EUROPEO (2005): Dictamen del Comité Económico y Social Europeo sobre la agricultura periurbana.
MARTÍNEZ DE PISÓN, E. (2009): Miradas sobre el paisaje, Madrid, Biblioteca Nueva, Colección Paisaje y Teoría.
NOGUÉ, J. (Ed.) (2008a): Paisatge i salut, Observatori del Paisatge de Catalunya, Sèrie reflexions.
— (2008b): Entre paisajes, Barcelona, Àmbit.
1 Condición histórica y
significado cultural de
los paisajes hidráulicos
históricos
Thomas F. Glick
Boston University
I
La conservación de los paisajes históricos, en particular aquellos que implican sistemas de gestión o distribución complejos, me ha interesado desde hace casi dos décadas. A modo de conclusión anticipada: es inherentemente difícil conseguir que las élites gubernamentales de las ciudades conciban los paisajes históricamente importantes como artefactos humanos. Aunque la huerta rodea la ciudad, la mayoría de los habitantes de las urbes posee escasos conocimientos acerca de su contribución a la vida urbana. En consecuencia, la huerta ha sido progresivamente destruida debido a la invasión de la urbanización incontrolada.
A pesar de que la huerta entendida como forma específica de paisaje agrícola es común para los valencianos, existen únicamente siete huertas históricas en Europa. Las siete se encuentran amenazadas por una combinación de desarrollo urbano y contaminación del agua. Una de ellas, la huerta de Palermo, prácticamente ha desaparecido. Aunque la reciente expansión de la irrigación en el Este de España, facilitada por los trasvases, puede haber incrementado el área total de cultivos de huerta, las nuevas huertas comportan un uso de la tierra radicalmente diferente. Las huertas periurbanas históricas abastecían a las ciudades de productos frescos y harina molida de cultivo local e importada, y constituían cinturones verdes naturales que incidían de manera positiva en la sensibilidad estética de la ciudad (la barraca es un buen ejemplo), al tiempo que refrescaban la atmósfera urbana llenándola de oxígeno. Además, el carácter artesano de la sociedad urbana se veía acrecentado por la integración de los hortelanos en el tejido social. Las nuevas huertas, en cambio, se construyen lejos de las ciudades, son creadas por las agroindustrias y se orientan al monocultivo comercial y a la exportación. En ellas no vive ningún hortelano, en sucesión ininterrumpida a través de generaciones, como en el caso de las alquerías que se conservan en Valencia.
La conservación de los restos de la huerta histórica ha sido una postura minoritaria. Las perspectivas son difíciles, pues la clase política ha mostrado escaso interés en el proyecto, hasta el punto de no haber implementado planes aprobados a distintos niveles de gobierno. Como resultado, el activismo popular ha ido adquiriendo protagonismo en la conservación de la huerta. Ni siquiera el peligro que la desaparición de la huerta supone para el Tribunal de las Aguas ha conseguido movilizar a los políticos, siempre dispuestos a declarar el Tribunal tesoro nacional. Las amenazas abundan: urbanización, contaminación, y un programa de entubación de acequias mal planteado, que ya ha alterado el ciclo hidrológico en mayor detrimento de la huerta.
En relación con la promoción del Tribunal como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, parte de esta idea se ha centrado en favorecer o exigir la conservación de la huerta como una de las condiciones de la solicitud.
El dilema de la huerta es, tristemente, un dilema común. Existen paralelismos interesantes con otros paisajes hidráulicos históricos, los cuales procederé a repasar.
II
1. Polders
Polders
Un polder es un campo agrícola rescatado del mar por un proceso de construcción de diques y drenaje por molinos de viento, un conjunto ha creado un paisaje singular.1 Hay tres tipos históricos diferentes de polders: primero, los más tempranos, fueron reclamados del mar por una combinación de entarquinamiento natural hábilmente ayudado por la construcción de diques tan pronto como el siglo X, ubicados sobre todo en los estuarios de ríos. Esto hizo posible el aprovechamiento de tierras de turba ahora más hacía el interior. Pero, al sacar la turba, se formaron lagos los cuales, en el siglo XV, se drenaban con molinos de viento, creando el segundo tipo de polder. El tercer tipo histórico son los formados durante la llamada «Edad de Oro» de reclamación del siglo XVII, cuando comerciantes acomodados invertían dinero en la instalación de molinos para drenar unos lagos enormes. Estos polders están caracterizados por el carácter racional de la formación de los campos, los canales de drenaje formando un círculo (ringvaart) alrededor de los polders, entre los diques, más un molino de viento para drenar el agua del polder en el ringvaart. Algunos de los polders requieren más de un molino y éstos se instalaban en una serie a lo largo de un canal compartimentado, cada molino llenando un compartamento más alto.2 Es interesante notar que la organización de las comunidades medievales de drenaje en Waaterschappen (Juntas de Agua) fue muy semejante a la de las comunidades de regantes valencianas.
La pérdida de polders
En Holanda, la urbanización presiona el uso tradicional del suelo, sobre todo en el área de los llamados polders viejos en las cercanías de Ámsterdam, ciudad que crecía desde 80.000 ha en 1900 a 450.000 ha en 1980. [better figure?] La pérdida anual de polders en esta zona se ha calculado en 13.000 ha anualmente.3 Los polders drenados por sistemas de ringvaart se consideran más valiosos y son beneficiarios de alguna protección en la planificación rural. El proceso de planificación regional en Holanda, dispone de mapas de infraestructura ecológica y cultural que incluyen paisajes humanos y monumentos protegidos.4 En muchos casos, mientras que los polders no están protegidos, los molinos de viento que los drenan sí lo están.
2. Las chinampas de México
Las chinampas son huertos artificialmente construidos en lagos o canales por los Aztecas en el valle de México. Algunas de ellas flotan sobre el agua, mientras que la mayoría se quedan estacionarias cerca del litoral. Se construyeron en capas alternativas de barra y vegetación y daban –y siguen dando– cosechas extraordinariamente ricas en parcelas de entre .025 y 1.5 ha. La formación original de las chinampas probablemente fue facilitada por la construcción de zanjas de drenaje para reducir el contenido acuoso del suelo hasta que fuera cultivable. La regularidad de las unidades de superficie sugiere también algún tipo de esfuerzo centralizado. Las chinampas se han descrito como fósiles vivientes, al parecer operando en la misma manera que en tiempos pre-colombianos. Pero no se sabe exactamente si las funciones de las chinampas de hoy son iguales a la del tiempo de los Aztecas, y los cultivadores de hoy no saben cómo fueron construidas en el primer lugar.5
Pérdida y protección de las Chinampas
El drenaje del valle de México redujo el área chinampera a Xochimilco, prácticamente el único lago que quedó. Las chinampas remanentes se utilizan para hortalizas destinadas a mercados de la ciudad, con cosechas riquísimas, aunque son amenazadas no sólo por la expansión de la ciudad como por la contaminación del aire y agua. Ya en 1988, la zona chinampera de Xochimilco fue declarada patrimonio mundial por la UNESCO, lo que prevee una gran zona de protección ecológica, la creación de un parque ecológico, y un esfuerzo de mejorar la calidad del agua, reduciendo el ingreso de aguas negras en el lago. Los labradores son conscientes de la importancia del turismo para asegurar la continuidad de su forma acostumbrada de vivir. Para atraer a turistas se había de limpiar los canales para que corriesen llenos todo el año, y eso resultó un beneficio para los agricultores. Entonces las chinampas van convirtiéndose en una especie de «museo vivo» informal. Las que fueron destinadas para aquel papel como «chinampas de demostración» son, no obstante, poco visitadas debido a su distancia de la concentración mayor de ellas.6
El fin turístico de las mejoras de Xochimilco se entendía desde el principio (tanto por proponentes como pro oponentes al Plan de rescate) como elementos central del proyecto:
Desde que se hicieron las primeras crónicas de chinampearía en lengua europea, ya se la celebraba como un área que ofrecía una alta claridad recreativa por la mismo riqueza de su trabajo agrícola. Pasear en canoa cuando desde ellas se podía ir contemplando las superficies cultivadas de las chinampas, entre largas hileras de ahuejotes, era algo que fue contado por poetas y escritores diversos. Esta calidad única de asociar la reacción estética con la vitalidad del intenso trabajo chinampero es algo que vale la pena cultivar, más que perder en aras de un concepto creativo tipo Reino Aventura.
Los ejidatarios no se oponen a que se mejore el servicio turístico regional, pero sí piden que se respete el trabajo agrícola. Y al respecto, sugieren también un nuevo concepto de servicio: El ecoturismo que permite ofrecer un acercamiento del paseante no sólo al canal con mariachis y comida, sino a los sitios arqueológicos y las áreas de trabajo agrícola con diferentes formas de cultivo chinampero. Esto podría abrir un diálogo que ayudará a revalorar la propia cultura chinampera y al mismo tiempo, permitirá al turista ganar en conciencia ambiental. Los nuevos canales que proponen abrir los ejidatarios pueden servir muy bien a ese propósito.7
Quiero sugerir que la situación actual de la huerta Valenciana es comparable, aunque con prospectiva quizás peor que los dos paisajes históricamente importantes que acabo de discutir. Quizás la lección de la chinampas es que la amenaza de destrucción ha de ser total antes de que el pueblo o bien las entidades estatales se muevan seriamente. No cabe duda de que las chinampas se han beneficiado de una consciencia relativamente alta en México debido a su representación de la civilización azteca.
También se entiende perfectamente que la restauración de las chinampas está ligada afirmativamente con el turismo y, a la vez, el rescate ecológico de la zona:
La intensa vida turística, fuente de divisas importantes, fue considerada y, poco a poco, hizo al gobierno repensar el futuro de la región, tomando más en cuenta a sus habitantes campesinos. Los planes oficiales no obstante, ya preveían una expropiación para decretar Distrito de Riego toda el área lacustre y ponerlo bajo control gubernamental...tal como fue formulado por una comisión de la cámara de Diputados en 1982. Por ese mismo tiempo un famoso bufete de arquitectos, el del arquitecto Mario Pani, preparó todo un proyecto turístico «de lujo» para el área ejidal y chinampera al norte de Xochimilco. Fueron antecedentes del actual proyecto gubernamental.8
3. Los Bostans irrigados de Estambul
Los problemas de la huerta están relacionados no sólo con otros paisajes hidráulicos de importancia histórica y cultural, sino también con un fenómeno más general propio de los espacios agrícolas urbanos, que están (o estuvieron) presentes en todas las principales ciudades del mundo hasta hace relativamente poco, y que desempeñaron un papel fundamental en el abastecimiento de verduras frescas y en la promoción de los barrios y otras formas de solidaridad local. Tomaré como ejemplo los bostans o huertos de Estambul. Son parcelas más bien pequeñas (1-1.2 h) –mucho más grandes, por tanto, que los allotments o huertos municipales de Inglaterra. Permiten alimentar a la familia del propietario y obtener excedentes para el mercado. Estos huertos proporcionaron verduras a los ciudadanos de la Constantinopla bizantina hasta el siglo XII y se mantuvieron durante el periodo otomano cuando los campesinos fueron asentados en las aldeas periurbanas para proporcionar alimentos a la ciudad. Con la expansión de la ciudad se convirtieron en espacios agrícolas urbanos. El historiador otomano del siglo XVIII Evliya Chelebi informó a cerca de 4.392 huertos en la jurisdicción de la ciudad, un total de, quizás, 16.5 kilómetros cuadrados. Los Bostans estaban situados en nacimientos de agua –arroyos, manantiales y pozos artesianos. Aquí encontramos una diferencia ecológica crucial si comparamos los bostans con la huerta valenciana: los primeros carecen de la conectividad proporcionada por los canales de irrigación y forman trozos de hábitat agrícola desagregados. Un bostan típico produce de quince a veinte tipos de hortalizas y permite satisfacer las necesidades de verduras frescas de cientos de personas. La masiva invasión de población inmigrante en los últimos veinte años ha provocado la destrucción de algunos bostans, pero ha creado otros en los márgenes de la ciudad, construidos por personas que han ocupado el espacio público o propiedad urbana abandonada. Es posible que existan unos mil bostans tradicionales en el área metropolitana de Estambul.
El bostan representa otro ejemplo de agricultura tradicional que durante siglos ha proporcionado beneficios nutricionales, estéticos (frecuentemente colindan con parques) y sociales de manera satisfactoria, y que, no obstante, no sobrevivirá al avance del desarrollo urbanístico.
La percepción de que los bostans son marginales, ineficaces o antihigiénicos refleja un mito común que pone trabas a la agricultura urbana en todo el mundo. A menudo, prácticas tradicionales que siguen siendo respetadas son desplazadas hacia los márgenes económicos, sociales e incluso legales9. Sin embargo, como observó Kaldjian: «A pesar del ritmo y la magnitud del crecimiento de Estambul, la agricultura urbana persiste, enraizada en sus antecedentes culturales e históricos. El agroecosistema del bostan es un contenedor de conocimiento local que podría servir de catalizador para futuros o renovados programas de agricultura urbana.»10
III
Los espacios irrigados se degradan por diversos motivos: el suministro de agua puede desviarse hacia otras partes, el desarrollo urbanístico puede hacer desaparecer parte del terreno agrícola y tecnologías poco acertadas pueden alterar el ciclo hidrológico, entre otras causas. Cada espacio irrigado es una micro-región y cualquier perturbación puede tener consecuencias que alcancen a la totalidad del sistema. Del mismo modo, si se rompiese la cohesión de los irrigadores, las consecuencias serían tan funestas como en el caso de la contaminación del agua.
Aquí en Valencia, la tendencia actual es deshacerse de los canales superficiales y distribuir el agua a través de tuberías de plástico. Sin embargo, la obsesión por el uso eficiente del agua no ha tenido en cuenta los costes sociales (sin mencionar las inesperadas e imprevisibles consecuencias de interrumpir la recarga natural o alterar las pautas climáticas estacionales interfiriendo en el ciclo hidrológico).
¿Cómo podemos convencer a la gente común y a las autoridades de que estos paisajes son artefactos humanos, con frecuencia de gran belleza y siempre de gran ingenio? La pérdida de dichos paisajes representa la pérdida (a veces aparentemente intencionada) de la identidad cultural. Estos grandes sistemas agrícolas tradicionales en los que se basaba la riqueza de los Aztecas, la edad dorada del mercantilismo holandés, o la riqueza comercial valenciana de los siglos XV y XVI, fueron proveedores estables y duraderos de alimento. No obstante, su importancia prácticamente se ha esfumado de la conciencia de los habitantes de la ciudad.
Una de las estrategias de conservación de la huerta ha sido la búsqueda de reconocimiento como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad del Tribunal de las Aguas. El Tribunal goza de un estatus mítico en Valencia y sus méritos son pregonados por los mismos que están vendiendo la huerta, campo a campo. Dos o tres canales están tan amenazados por el desarrollo urbanístico que se encuentran al borde del colapso. Sin embargo, se ha puesto freno al deterioro, pues sin el sistema de ocho canales funcionando más menos ordenadamente, desaparecería el Tribunal de las Aguas. Esto es significativo, pues muestra cómo la estrategia para la conservación de paisajes históricos es a menudo indirecta. Otro ejemplo, bastante distinto, es el de los polders holandeses, que no están protegidos, mientras que los molinos que los drenan sí lo están, por lo que en realidad los polders también están protegidos.
El programa de Patrimonio Mundial puede ser una respuesta a la necesidad de dar protección a estos valiosos elementos integrantes de la identidad cultural. El esfuerzo es francamente admirable aunque ha demostrado no ser suficiente. Los mejicanos lo hicieron todo bien: las chinampas son patrimonio de la humanidad y están protegidas frente a la invasión del desarrollo urbanístico. Pero sigue sin ser suficiente porque el medio ambiente está demasiado degradado (por la contaminación del aire y del agua) como para permitir su supervivencia.
La cohesión social que los paisajes hidráulicos demuestran (o demostraron) se basa en procedimientos operativos de sistemas de irrigación, que codifican valores sociales. En general, estos procedimientos operativos (siendo la irrigación el más significativo) no valoran la eficiencia económica tanto como el resto de variables, es decir, la equidad, la justicia y el control local. De este modo actúan en contra de las predicciones de la teoría de la elección racional, la cual presupone que la mayoría de personas actúa, ante todo, para maximizar su propio beneficio económico. Cuando los franceses se propusieron «modernizar» la irrigación en el Norte de África a finales de la década de los 40 y principios de los 50, deliberadamente decidieron racionalizar y centralizar los acuerdos de distribución del agua, frecuentemente en contra de la voluntad de los regantes. Tales acuerdos, como los turnos de riego computerizados (una idea que más tarde los ingenieros franceses venderían al gobierno marroquí), donde la entrada de agua en los campos se abre y cierra automáticamente, sin participación alguna por parte de los regantes, debilitan, una vez implementados, la cohesión social, puesto que dicha cohesión es el resultado de un largo y duradero proceso de negociación entre los regantes (normalmente miembros del mismo clan) en el que se mantiene el control local en vez de cedérselo a las burocracias.
Finalmente, quiero referirme a la viabilidad de los sistemas agrícolas tradicionales, en particular aquellos que, debido a motivos históricos y culturales, merece la pena conservar, a través de un concepto que puede denominarse conocimiento intensivo («knowledge intensively»). Los sistemas agrícolas tradicionales se basan en un conocimiento intensivo (del mismo modo en que pueden estar basados en el trabajo intensivo). Al cultivar una micro región particular durante siglos, sus habitantes aprenden colectivamente todo lo que hay que saber sobre ella, sobre sus microclimas, su suelo, características del agua y demás. Todos los agrosistemas tradicionales están bien adaptados a su entorno por definición, puesto que, de no ser así, habrían desaparecido. El sistema completo se transmite de forma colectiva a través de las mentes de los vecinos, los agricultores y regantes, hombres y mujeres por igual. Ese conocimiento ha sido sintonizado con precisión. Cada aspecto del medio ambiente local es conocido, y uno u otro cultivo crece en cada parcela adecuada para la agricultura. Esto es particularmente cierto en el caso de la huerta, con su complejo sistema de plantación. Puesto que el sistema de irrigación se ha modernizado, la comunidad ha perdido una institución común, y esa pérdida menoscaba la solidaridad colectiva y deriva hacia una forma de agricultura que se basa, por definición, en una forma menos intensiva de conocimiento, con normas técnicas sobreimpuestas que reemplazan la intensidad del conocimiento.
Si ese conocimiento se pierde, jamás se recuperará. Un buen ejemplo local es la casi completa desaparición de los recolectores locales de dátiles de Elche. Esa forma de conocimiento prácticamente se había perdido a nivel local, pero fue recuperado por los productores de dátiles que aprendieron ciertas técnicas de los marroquíes. En varias partes de Asia, cuando la Revolución Verde fracasó, fue ya demasiado tarde para reintroducir la próspera agricultura tradicional que la precedió porque nadie recordaba cómo se realizaba.
Todos sabemos que existe una cultura del agua que codifica la cultura popular de las sociedades de regantes. Pero existe la tendencia de que la «cultura» (tal como se usa el término aquí) subsuma la cohesión social. No hemos de olvidar que la estrecha relación entre la irrigación y sus prácticas culturales características genera formas típicas de sociabilidad que desparecen une vez desparecida la irrigación. El precio del «progreso» en el desarrollo urbano inevitablemente conlleva pérdidas sociales.
Notes
1. Véase Walter Reh, Sea of Land: The Polder as an Experimental Atlas of Dutch Landscape Architecure (Wormer: Stichting Utigeverj Noord-Holland, 2007)
2. Audrey M. Lambert, The Making of the Dutch Landscape: An Historical Geography of the Netherlands (Londres: Seminar Press, 1971), pp. 49-126; G. J. Borger, «Draining-Digging-Dredging: The Creation of a New Landscape in the Peat Areas of the Low Countries,» en Fens and Bogs in the Netherlands: Vegetation, History, Nutrient Dynamics and Conservation, ed. dirigida por J. A. T. Verhoeven (Dordrecht: Kluwer, 1992), pp. 131-171; Chris de Bont, «Reclamation Patterns of Peat Areas of the Netherlands as a Mirror of the Mediaeval Mind,» en L’Avenir des paysages ruraux européens entre gestion des heritages et dynamique de changement (Lyon: Université Lumière Lyon 2, 1994), pp. 57-64.
3. David Stanners y Philippe Bourdeau, Europe’s Environment. The Dobris Assessment (Copenhagen, European Environment Agency, 1995), p. 181.
4. Myrian Daru, comunicación personal, 18 de febrero de 1997. Véase también Johannes Renes, «Landscape History for Planning: Development and Background of Applied Historical Geography in the Netherlands,» en L’Avenir des paysages ruraux (nota XX, supra), pp. 69-76.
5. Gene C. Wilken, «A Note on the Buoyancy and Other Dubious Characteristics of the ‘Floating’ Chinampas of Mexico,» en I. S. Farrington, ed. Prehistoric Intensive Agriculture in the Tropics (Oxford: B.A.R., 1985), I, 31-48, en la pág. 43.
6. Phil Crossley, comunicación personal, 3 de marzo de 1997; Arturo Gómez-Pampa, comunicación personal, 5 de marzo de 1997.
7. Alfonso González Martínez, «Los más recientes planes gubernamentales y el plan ejidal alternativo para el rescate ecológico de Xochimilco,» en Rescate de Xochimilco, pp. 37-49, en la pág. 48.
8. Ibíd., p. 37.
9. Paul J. Kaldjian, «Istanbul’s Bostans: A Millennium of Market Gardens,» The Geographical Review, 94 (2004), 284-304, on p. 287. Yao Dong and Di Xia, «Bostons: Agricultural Generators for Istabul’s Urbanization,» conciben los bostans como núcleos productivos alrededor de los cuales pueden formarse los nuevos barrios de inmigrantes.
10. Kaldjian, «Istanbul’s Bostans,» p. 298.
2 La huerta de Valencia
¿Qué porvenir?
Roland Courtot
Aix-Marseille Université
Maison méditerranéenne des Sciences de l’Homme
Aix-en-Provence
La huerta de Valencia es una antigua conocida para mí, ya que la atravesé por primera vez en el verano de 1966 camino hacia Benidorm donde iba a asistir a un curso de verano de la Universidad de Valencia. Como asistente de geografía de la Facultad de Letras de la Universidad de Aix-Marseille, tenía la intención de buscar un tema de tesis de geografía en España y para ello debía aprender rápidamente una lengua que ignoraba completamente hasta entonces. Volví la primavera siguiente con un tema de investigación definido entre épocas: «ciudades y campos en las regiones de regadío de las provincias de Valencia y Castellón», para conocer a los geógrafos valencianos, en este caso, los del departamento de geografía de la Universidad (situada entonces en el edificio histórico de la calle de la Nave) cuyo rector era don Antonio López Gómez, asistido por dos colegas. Así pues, la huerta del Turia no era más que una parte de mi campo de tesis, ya que el sistema de relaciones ciudad-campo que yo quería estudiar estaba, en aquel momento, desarrollado en el inmenso vergel de cítricos que cubría, desde el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, la llanura litoral desde el Ebro hasta el cabo de la Nao. Allí pude constatar la instalación de un sistema socioespacial entre ciudad y campo que tenía muchos puntos en común con el que el geógrafo Raymond Dugrant (del cual había recibido enseñanza en Montpellier) había descrito para el viñedo de producción en masa y las ciudades del Bajo Languedoc. Sí investigué mucho en los catastros y las comunidades de regantes de las regiones citrícolas de las dos provincias, pero no tanto de la huerta, excepto en las comunidades de regantes de la parte norte, es decir, de la orilla izquierda del Turia, pues, al mismo tiempo que yo, un joven valenciano empezaba una tesis sobre la huerta sur, que defendería con brillantez (Burriel, 1971). Sin embargo, la huerta estaba incluida en mi campo de investigación, así como el arrozal de la Albufera y del Bajo Júcar, y seguí su historia durante todo el tiempo de mi investigación (Courtot, 1989) hasta hoy. Conocí el tren de Rafelbuñol y el tranvía de la Malvarrosa (cuyos vagones se invadían, a veces, de efímeras mariposas, cuando atravesábamos los campos de la acequia en las tardes de otoño), las tartanas de los huertanos y en las aceras de la ciudad los puestos de helados en forma de cubas protegidas con corcho y hierro, vendedores de horchata, durante los días calurosos del verano. Esta visión exterior, extranjera, de un espacio que llegaría a serme muy familiar a lo largo de los años está quizás menos aguzada que la de los geógrafos valencianos que, desde la maestría de Antonio López Gómez, no han dejado de recorrer y estudiar «su» huerta, y de enriquecer su conocimiento en numerosos escritos: han sido acompañados en esta tarea por los representantes de otras disciplinas, historiadores, economistas, agrónomos, sociólogos, urbanistas..., y nunca hemos estado tan informados sobre este territorio como desde que vemos que se reduce inexorablemente ante nuestros ojos. La cuestión de la supervivencia de la huerta en Valencia no es nueva, pero es cada vez más urgente encontrar respuestas. Se está elaborando un nuevo plan de actuación territorial de protección de la huerta de Valencia por la Generalitat Valenciana, éste sucede a las propuestas del PGOU de 1986 y a las del «Plan verde de la ciudad de Valencia» en 1992, que han obtenido pocos resultados en los treinta últimos años.
1. La huerta de Valencia, un «sistema» socio-espacial emblemático
La cuestión de la desaparición de la huerta periurbana en Valencia es un caso particular del hecho de geografía urbana de las «periferias hortícolas». En el Mediterráneo noroccidental, éstas han tenido un desarrollo más considerable y una historia mucho más larga que las de las ciudades de regiones más septentrionales: sobre redes de riego antiguas y complejas, en un ambiente climático que favorecía a los cultivos de verduras tempranas, se ha desarrollado un sistema social y económico original basado, fundamentalmente, en los lazos entre la ciudad y su campo y ha creado un paisaje que es, a la vez, un espacio de producción y un conservatorio de imágenes memoriales. De manera que las periferias hortícolas se han sustituido en muchos sitios por formas de agricultura «industrial» de invernadero, mientras que subsistían en las puertas de las ciudades de la España mediterránea: Barcelona, Valencia, Murcia... Resulta aún más interesante que la huerta valenciana sea, a la vez, la que se ha constituido un lugar aparte en el sistema espacial del área metropolitana y que haya conservado un papel considerable en el inconsciente colectivo de la población: este lugar y este papel son causas y consecuencias de que la huerta ocupa, todavía hoy, extensos espacios agrícolas, si no «en las puertas de las ciudades» como en otra época, al menos a cortas distancias desconocidas en otras partes.
No se puede dejar que este espacio geográfico se cubra por la urbanización que no deja de extenderse alrededor de la tercera ciudad de España, pues no se trata simplemente de un problema de suelo que se urbanice o no, sino del futuro de un «territorio», es decir, de un conjunto de lugares donde la sociedad y su espacio se han combinado en un «sistema societal» localizado, basado en una agricultura de regadío en las puertas de una gran ciudad. Este conjunto ha sido y es todavía generador de suficientes valores añadidos para que hoy su futuro sea considerado con atención. Valor añadido económico, en el que se piensa siempre en primer lugar: el de los empleos agrícolas y producción de legumbres y frutos que engendran otros empleos y otros valores añadidos en los servicios, el comercio y la industria agroalimentaria. Y también valor medioambiental de este paisaje en el que la lógica de la naturaleza y de la biodiversidad propone a los ciudadanos un espacio abierto de descanso y un marco de ocio. Por último, un valor añadido para el inconsciente individual y colectivo por la formación de una memoria visual y sensorial a través de las representaciones que constituyen un territorio identitario para los valencianos. Los geógrafos franceses, Jean Brunhes, Paul Vidal de la Blache, que han visitado la costa mediterránea de España mucho después que viajeros eruditos como Laborde y Jaubert de Passá, han introducido la huerta en la gama de los paisajes agrarios mediterráneos en referencia a las huertas de este país: Jean Brunhes ha incluido en su tesis la huerta de Valencia como un modelo de organización hidráulica y económica y como base de comparación para su tipología de los espacios regados de la Península Ibérica y de África del norte (Brunhes, 1902, p.67). Se puede decir que la huerta de Valencia se encuentra en el punto de partida de la «invención» científica de este tipo de paisaje agrario y que a este respecto merece una atención particular. Pero ésta presenta caracteres geográficos también muy particulares que complican la cuestión de su supervivencia.
2. La huerta agrícola en el espacio de su comarca
Desde hace un siglo los lazos entre la ciudad y el campo han cambiado de significado a causa de la presión urbana que se ha ejercido sobre sus parcelas, cada vez con más fuerza, debido a la aceleración del crecimiento de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX. Los antiguos colonos, arrendatarios de propietarios, a menudo, ciudadanos unidos por arrendamientos históricos, fueron en parte expulsados de las tierras que explotaban debido al alza de sus precios en el mercado financiero y a las necesidades de suelos urbanizables, es decir, destinados a construir viviendas, zonas de actividades, equipamientos urbanos, redes de transporte. Este proceso ha sido descrito por numerosos autores valencianos y yo no volveré a ello aquí. Sin embargo, es necesario recordar que la posición geográfica de las tierras de la Huerta ha hecho de ellas un espacio particularmente expuesto y amenazado por la transformación, en un siglo, de una aglomeración de medio millón de habitantes en un área metropolitana de casi 1,8 millones. Además, la transformación de la ciudad de Valencia en una capital de comunidad autónoma, gran ciudad industrial y de servicios, y de su región urbana en un área metropolitana, ha provocado una serie de cambios territoriales en que las necesidades de la economía y de la planificación del desarrollo han conllevado la ocupación de los suelos por el hábitat, las infraestructuras de transportes, industriales y de comercio.
Sin embargo, esta urbanización se ha realizado en un marco geográfico particular, el de la huerta histórica de «las siete acequias»: ésta dibuja a grandes trazos un triángulo abierto en abanico hacia el mar a partir de un vértice que se sitúa sobre el Turia aguas arriba de la ciudad, en el lugar de las tomas de agua de los canales de riego. Y es en este triángulo regado donde se han desarrollado la ciudad, la aglomeración, el área metropolitana, según la organización radio-concéntrica clásica de la geografía urbana: ejes radiales y circunvalaciones son por tanto los rasgos principales y su impacto en la huerta está lleno de consecuencias.
a. Una huerta «rodeada»
Una gran parte de la huerta, en particular en el sur y en el oeste, esta atenazada/encerrada entre el crecimiento de la ciudad y el de las aglomeraciones periféricas. Los antiguos municipios agrícolas y rurales asentados al contacto entre las colinas de secano y el regadío de las 7 (+1) acequias, formaban, hasta mitad del siglo XX, un collar de polos rurales, a unos kilómetros de los antiguos límites de la ciudad, desde Alfafar al sur hasta Meliana al norte, pasando por Torrente, Manises, Paterna y Moncada. Ya descritas por López Gómez como «conruraciones» (López Gómez, 1962), estos satélites de la ciudad por su población y sus actividades han experimentado, en la segunda mitad del siglo XX, como todas las periferias de las grandes ciudades, un crecimiento mucho más rápido que el del centro de la ciudad, y sus espacios urbanizados coalescentes forman hoy una corona casi continua desde Lloc Nou de la Corona al sur hasta Meliana al norte.
b. Una huerta «dividida»
Por otra parte, este espacio ha sido dividido en trozos, como un pastel, por los principales ejes de comunicación que parten radialmente los alrededores del centro de la ciudad: las carreteras nacionales (hacia Barcelona, Madrid y Alicante) son los primeros ejes radiales de esta urbanización periférica, pero han sido reemplazados por las carreteras secundarias (hacia Liria y Torrente) y más tarde por las vías rápidas y las autopistas. Éstas se han trazado, a menudo, en paralelo a las carreteras principales ya existentes, por tanto, en los terrenos agrícolas de las huertas o incluso en las ciénagas y los arrozales (la pista de Silla hacia el sur, la pista de Barcelona hacia el norte). Éstas nuevas vías de comunicación han provocado la implantación de nuevas zonas de actividad (comercio, industria), no planificadas (pista de Silla), o planificadas más tarde (pista de Barcelona), las cuales han consumido gran cantidad de terrenos agrícolas.
Finalmente, para que el modelo radio-concéntrico urbano apreciado por los geógrafos sea completo, hay que considerar el comportamiento de los sucesivos cinturones de la aglomeración urbana. El primer cinturón de los años 1950-60 es hoy intra-urbano completamente integrado en la ciudad y el segundo, trazado durante el crecimiento urbano de los años ha quedado anticuado por las nuevas autovías que, tanto en el sur como en el norte de la ciudad acompañan con un cierto retraso la coalescencia urbana de los antiguos municipios rurales.
El gran cinturón de la autopista del Mediterráneo, que no está nunca a menos de 10 km de la ciudad, rodea toda la huerta y la aglomeración por el oeste, sin tocar las tierras agrícolas que nos interesan aquí; por el contrario, el plan de reestructuración de los trazados ferroviarios ha sido un gran «consumidor» de tierras agrícolas, así como el establecimiento actual de las líneas de alta velocidad hacia Alicante y Madrid, respecto a la huerta sur, en los términos de Picaña, Torrente, Alacuás y Valencia.
c. Una huerta «sacrificada»
Dos actuaciones públicas valencianas han intensificado los efectos del crecimiento urbano radio-concéntrico descritos aquí:
el plan Sur, que ha desplazado el Turia de su cauce intra-urbano para evitar las inundaciones catastróficas: proyectado en 1958 e inaugurado en 1973 ha creado un nuevo cauce a través de la huerta Sur. Esto ha supuesto una reestructuración completa de las relaciones por carretera y por ferrocarril de toda la parte meridional del área metropolitana, pero ha introducido también una nueva «barrera» en torno a la mitad sur de la ciudad, a menos de 4 kilómetros del centro histórico: iba a entregar rápidamente a la urbanización terrenos agrícolas muy «cercados», lo que el consejo municipal no tardó en hacer.
el desarrollo del puerto de Valencia, convertido en el tercer puerto español en tonelaje de mercancías (y el segundo en tráfico de contenedores). A través de un deslizamiento hacia el sur las autoridades portuarias han solucionado su problema de necesidad creciente en terrenos logísticos para acompañar el crecimiento del tráfico. Las autorizaciones concedidas para ello por la municipalidad valenciana han conducido a la desaparición de una gran parte de la huerta de la Punta, atrapada entre la ciudad, el puerto, el antiguo y el nuevo cauce del Turia.
Por lo tanto, se puede decir, sin proferir un juicio de valor, que desde hace medio siglo, las tierras de la huerta han sido sistemáticamente sacrificadas en beneficio del crecimiento urbano, y que el balance es gravoso. Basta con consultar las fotografías aéreas en los grandes sitios de Internet (Google, Microsoft, Signa) para darse cuenta que, al sur de la ciudad, la huerta ha desaparecido prácticamente hasta el nuevo cauce del Turia y que sólo la zona norte ofrece todavía conjuntos cultivados bastante amplios, con una «masa crítica» suficiente, para esperar su mantenimiento en las puertas de la ciudad, para formar un espacio que pueda continuar llamándose «huerta de Valencia».
3. Los retos de la conservación de la Huerta
Hace más de medio siglo, un geógrafo español, Antonio López Gómez se extrañaba de que la ciudad de Valencia se extendiera entre las tierras más fértiles y más productivas de España, y que redujera así progresivamente un sistema agrícola que le proporcionaba directamente bienes de consumo alimentario y cuyo funcionamiento estaba económica y socialmente unido a ella. La teoría general de los sistemas (de los que los geógrafos han sacado provecho durante la revolución cuantitativa de su disciplina) nos muestra que esta paradoja no es más que la traducción de la competición por el territorio entre un sistema dominante, la ciudad, y un sistema dominado, su huerta periurbana. La expansión de la ciudad en la economía industrial, después post-industrial, ha actuado, por tanto, contra la huerta que rodeaba directamente las antiguas murallas de Valencia.
Además, la agricultura de la huerta se apoyaba, en gran parte, en las relaciones socio-económicas quasi-verticales, entre la población y su espacio natural y humanizado: los intercambios que conllevaba se hacían a corta distancia, del campo a la ciudad, aunque la primera revolución de los transportes, la del ferrocarril, había permitido el desarrollo de las exportaciones, en el mercado nacional e internacional, de los productos de la huerta. Sin embargo, el fenómeno de expansión continua de las relaciones económicas a lo largo de la evolución de la sociedad industrial condujo a la devaluación de los productos agrícolas locales en un mercado cada vez más internacionalizado, al mismo tiempo que el crecimiento de la sociedad urbana y de la economía industrializada y después terciarizada (e incluso hoy financiarizada) provocaba una competencia en aumento continuo sobre los suelos urbanizables en la periferia de las grandes ciudades.
Antes de buscar repuestas al problema del mantenimiento de una huerta periurbana, hay que plantearse una primera cuestión frente a esta doble presión en el suelo, la de las autoridades municipales que quieren favorecer el desarrollo del espacio de su ciudad, y la de los actores económicos que quieren crear nuevas formas urbanas de ocupación del suelo: ¿qué se quiere conservar, por tanto, proteger o incluso volver a desarrollar?
¿Se trataría de un simple conjunto de parcelas agrícolas y de hábitats? De un paisaje que podría considerarse como un «museo» de la huerta, una imagen patrimonial que no tendría ya verdadero sentido ni gran relación con la sociedad que ocuparía: algo como la transformación ampliamente comprometida del palmeral de Elche en un gran «jardín público». Esta situación podría afectar a la parte sur de la huerta, en el término municipal de Valencia, en particular en lo que queda de los antiguos perímetros de las acequias de Rovella y del canal del Turia, entre la ciudad y el nuevo cauce del río: haciendo frente a la urbanización, los agricultores continúan practicando una agricultura hortícola medianamente intensiva, en un paisaje tradicional, pero a pocos metros de las calles, de las aceras y de las farolas de la ciudad. Es una agricultura débil, en retroceso, cuyo futuro es sumamente hipotético. Su «museificación» podría realizarse en algunos puntos por una municipalidad que planificara una protección absoluta de los suelos (llegando hasta su propiedad pública) y la permanencia de agricultores «jardineros del paisaje», frecuentado por los turistas y los niños de las escuelas. Pero las recientes y actuales instalaciones de la red ferroviaria, los terrenos portuarios, los nuevos servicios urbanos (hospital) y los barrios de viviendas transforman este espacio en espacios de huerta y convierten cada vez más en aleatoria esta perspectiva a más o menos corto plazo. Sin embargo, ¿se pude separar el «paisaje» del sistema societal que lo ha construido y que le da sentido? En este caso, se trata de un espacio rural que es, a la vez, un paisaje y el sustento de un sistema socio-económico especializado capaz de conservar su propia organización, sus propias dinámicas y continuar integrándose en el metasistema del área metropolitana, contenido en el interior del mismo, es decir, condenado a vivir dentro. El reto es entonces diferente.
Este segundo caso es más difícil de evaluar y de aplicar pues hay que considerar un cierto número de presupuestos:
La huerta no puede subsistir en el marco de las reglas de la economía capitalista liberal por varias razones:
a. el valor venal del suelo cultivable no puede competir con el valor del suelo urbano (cualquiera que sea el destino de este último).
b. la agricultura valenciana entra en competencia en sus producciones con las «huertas» más meridionales, que se benefician de rentas de situación climática y de costes técnicos de producción (mano de obra) más bajos, y que son privilegiadas por la evolución de los sistemas de transporte y por la gran distribución agroalimentaria.
c. el medioambiente urbano es desfavorable para los cultivos a causa de la contaminación de la atmósfera, del agua y de los suelos, aunque uno de los medios, en manos de los agricultores, de luchar contra las competencias exteriores sería la de orientarse hacia producciones locales garantizadas por sellos de calidad (agricultura biológica, denominaciones de origen, IGP, etc.): se trata de restablecer o de mantener relaciones económicas de proximidad entre el campo y la ciudad, a la inversa de la tendencia dominante desde hace medio siglo.
Es necesario, por tanto, pensar en un contrapeso político, jurídico y económico fuerte para mantener una actividad económica rentable, base obligada para el sustento de un sistema de la huerta:
a. en primer lugar una voluntad política y social, que se manifestaría con un consenso del electorado municipal. En el caso de la huerta de Valencia, este consenso debería ser, incluso, pluri-comunal, ya que ésta se extiende muy por encima de los límites del municipio central (de por sí grande) y afecta a 43 municipios según la delimitación comarcal actual. Esto nos devuelve a la existencia y por tanto a la creación de un organismo político democrático encargado de la gobernanza en el área metropolitana de la ciudad. Ésta última se manifestaría, también, mediante una planificación territorial rigurosa: en los PGOU: una protección jurídica del suelo debería prohibir cualquier urbanización y mantendría las tierras agrícolas lejos de la especulación inmobiliaria. Esta política podría llegar hasta la apropiación pública del suelo y a la instalación de nuevos colonos en caso de que no haya traspaso familiar o venta de las explotaciones.
b. un apoyo económico a los agricultores, susceptibles de continuar formando un grupo social de emprendedores capaces de organizarse de manera más colectiva. Las diversas experiencias puestas en marcha en otras ciudades del Mediterráneo septentrional en el campo de la agricultura periurbana, presentan puntos comunes: desarrollo de productos de calidad, que se benefician de las denominaciones de «territorios», canales de comercialización en los espacios urbanos próximos, por agrupaciones de productores que utilizan medios técnicos e infraestructuras de tipo cooperativo. Ayuda eventual a la financiación y subvención a estas nuevas dinámicas, si es necesario. La política agrícola común europea ha mantenido, durante mucho tiempo, el crecimiento de la producción agrícola más que la permanencia de las sociedades agrícolas. Esta situación ha cambiado con las nuevas orientaciones de esta política hacia la permanencia de los agricultores en la tierra y el apoyo a los que la explotan, que garantizan un cierto mantenimiento de los paisajes agrarios, cuyo papel en el medioambiente natural (terrazgos) y social (amenidades y memoria) está actualmente reconocido.
c. una visión espacial de esta política adaptada al caso de la huerta valenciana: la fragmentación de la huerta en un mosaico de «trozos» de diferente tamaño, en particular en el sur de la ciudad, conduce a concentrar los esfuerzos políticos y financieros en las zonas más amplias y que puedan servir de base para el mantenimiento de un sistema agrícola verdaderamente especializado, es decir un sistema anclado en un espacio cuya función agrícola esté asegurada por mucho tiempo. Además el análisis del los sistemas espaciales nos enseña que todo territorio está organizado en polos, centros y periferias: en el espacio de la huerta, esto se traduce hoy por «núcleos» donde el paisaje histórico esta mejor conservado, el hábitat todavía ocupado, las parcelas mejor «trabajadas», las explotaciones agrícolas las mejor gestionadas, y por «márgenes» (que son todavía los de la ciudad) donde los huertos están cerrados por barreras por miedo al robo de las cosechas y los hábitat arruinados. Será necesario, por tanto, pensar en «tratamientos» de planificación territorial adaptados a la realidad del contacto ciudad-campo: los «corazones» de huerta estarán siempre separados de los espacios urbanizados por zonas «periféricas» donde la transición a la ciudad pudiera hacerse de manera progresiva, ya que en los contactos «violentos» con el «frente» de la urbanización el «campo» sale, demasiado a menudo, perdiendo.
Conclusión
Si consideramos de manera más general el tema de la agricultura periurbana, debemos tener en cuenta que la manera de ver las relaciones entre la ciudad y su campo inmediato ha cambiado en el medio siglo que nos precede: la puesta en cuestión de la urbanización generalizada, la aparición del concepto de «ciudad duradera», la toma de conciencia de las complementariedades de la ciudad y de su campo en un mundo considerado, cada vez, más artificial, han conducido a la introducción de nuevas fórmulas y al desarrollo de nuevas políticas que tienen como finalidad conservar a las agriculturas periurbanas (que algunos califican incluso «urbanas» para subrayar su grado de integración en espacios identificados como «urbanos»). Los ejemplos comienzan a ser numerosos en las áreas metropolitanas de los países europeos, donde una asociación («Tierras en ciudad») se beneficia de la ayuda de la Unión europea para desarrollar y confrontar las iniciativas que van en este sentido: por ejemplo, en el área metropolitana de Marsella la carta agrícola y los «huertos de Aubagne», en el de Barcelona el «parque agrario del Bajo Llobregat». Aunque estas iniciativas no dan siempre los resultados esperados, es necesario pensar que el mantenimiento de la agricultura en las puertas de la ciudad es una obra larga y dura, pero que quizás ya ha llegado el momento, en la situación de crisis financiera generalizada que sufre la economía europea, de modificar nuestro modelo de desarrollo y de urbanización.
Es midiendo estos presupuestos y estas posibilidades como se puede evaluar la situación actual de la huerta de Valencia: y esto es competencia de los propios valencianos. Los argumentos económicos, sociales, paisajistas, ecologistas, son suficientemente conocidos para que todas las partes implicadas en este asunto de ordenación rural y urbano puedan pronunciarse. En el momento en que la sociedad post-industrial en la que vivimos muestra los límites económicos y ecológicos de su mal controlado desarrollo, que algunas ciudades de los Estados Unidos ven sus espacios deshacerse y su superficie construida decrecer, donde se puede incluso hablar de «ruralización, ellos pueden preguntarse si, por fin, ya es tiempo de reconsiderar los datos del problema. ¿Existe una mayoría de valencianos que quieran conservar una huerta para constituir un grupo social numeroso y decidido a continuar viendo su existencia y su actividad a las puertas de la ciudad? Estas son las preguntas a las que los valencianos deben responder ahora. Además es urgente hacerlo, ya que los escenarios que se contemplan para el futuro de la huerta no son muchos. Hay que evitar la consecución de las tendencias actuales, prioridad a la urbanización y disminución de la rentabilidad de las explotaciones agrícolas, ya que ello conlleva la quasi desaparición de la Huerta y de su paisaje histórico. Los agricultores, para mantener su actividad, vuelven a la extensificación (extensión de los cítricos) o hacia la intensificación (extensión del cultivo en invernaderos) y la actividad agrícola es progresivamente devuelta a las periferias de la huerta. El desarrollo contemporáneo de los cultivos de invernaderos en el arenal del Perelló y del Perellonet es una ilustración de este último fenómeno: el «cinturón agrícola» de Valencia es apartado fuera de la Huerta y cambia de finalidad económica ya que alimenta el mercado internacional más que el consumo local.
¿Un día no quedará ya más que la Estación del Norte de Valencia para admirar, bajo la forma de mosaicos, un paisaje, entonces, desaparecido?
3 La ciudad y la Huerta:
una relación de
interdependencia
Antoni Furió
Universitat de València
Entre los mitos fundadores de la moderna identidad valenciana uno de los más arraigados y eficaces es el de la feracidad de su huerta. En un país que, desde Morella a Guardamar y desde las montañas del interior a los llanos del litoral, se caracteriza por la aridez de sus suelos y la escasez de agua, debido a un régimen pluviométrico irregular, propio del clima mediterráneo, la sucesión de humedales, lagunas y, sobre todo, grandes huertas a lo largo de la costa o en las llanuras fluviales intermedias puede parecer una bendición divina o un regalo de la naturaleza. El valenciano, en efecto, es un país de grandes excesos, con pocas precipitaciones durante todo el año y lluvias torrenciales durante el otoño, cuando se abren los cielos por efecto de la gota fría y se producen inundaciones catastróficas que históricamente se han cobrado un alto tributo en vidas, cosechas e infraestructuras. Por eso, desde muy pronto, los valencianos han tenido que aprender a domesticar el agua, a luchar contra su escasez o su exceso, canalizándola en acequias, desecando marjales y construyendo huertas. Las huertas valencianas, y en particular la de su capital, la Huerta por antonomasia, no son, por tanto, ni un don de la Providencia ni un paisaje natural, como muchos todavía creen, sino un paisaje humano, construido y mantenido por el trabajo de sucesivas generaciones de labradores valencianos, que son los que verdaderamente lo han creado.
Que sea una creación humana, un paisaje histórico, construido, y no un espacio natural, como pretenden algunos ecologistas generosamente empeñados en su defensa, no le quita ningún valor ni merma su necesidad de protección. Al contrario, le añade una estimación mayor, al ser a la vez fruto y testimonio de la actividad agrícola de los valencianos en los últimos mil años, que es aproximadamente el tiempo histórico que ha vivido la huerta, desde su creación en el siglo XI hasta su degradación en el siglo XX, debido tanto al crecimiento urbanístico descontrolado de la capital y a la especulación inmobiliaria como a la falta de relevo generacional en el campo. Antes de su creación, el espacio que hoy ocupa no debía ser muy diferente al de otros paisajes anfibios, mezcla de marismas, cañizares y tierra seca, que siguen existiendo en la geografía valenciana, como los marjales que se suceden junto a la costa o que rodean el lago de la Albufera, todavía intactos o parcialmente transformados. Si los romanos colonizaron el territorio inmediato, el ager, en torno a la ciudad que fundaron en el año 138 a.C., no lo dedicaron ciertamente a una agricultura intensiva de regadío. Las centuriaciones romanas, de cuyo trazado cuadricular se han querido ver rastros en la red viaria y parcelaria de la huerta actual, estarían consagradas seguramente a cultivos de secano, como los cereales, la viña y el olivo. El agua, que se transportaba hasta Valencia mediante un acueducto que entraba en la ciudad por las actuales calles de Quart y de Cavallers, se destinaba fundamentalmente al consumo humano, al mantenimiento de las termas, la red de alcantarillado y otros servicios urbanos y al riego de jardines y pequeños huertos.
El territorio de la Valentia romana, que a grandes rasgos y excepto por su vertiente meridional coincidía con la actual comarca de l’Horta, no era todavía una huerta. Era, eso sí, un espacio productivo intensamente colonizado, en el que se han llegado a identificar, como veremos más adelante, hasta tres grandes estructuras centuriadas, al sur, al norte y al noroeste de la ciudad. Un espacio articulado en su mayor parte por la Vía Augusta, intermedio entre las montañas interiores y los marjales de la costa, que pudieron haber sido utilizados como zonas de aprovechamiento silvo-pastoril, el saltus. El espacio cultivado, el ager, resultaba en todo caso demasiado vasto para una población tan reducida como la que debía tener Valencia en los primeros años de su historia. Las tres centuriaciones citadas sumaban un total de más de 38.000 hectáreas –cerca, pues, de las poco más de 49.000 de la actual área metropolitana–, para los entre 3.000 y 4.000 colonos con que debía contar la ciudad. Lo cual hace difícil pensar en una agricultura intensiva, de regadío, y más en una explotación de tipo extensivo. En todo caso, si se desarrolló algún tipo de irrigación en época romana, sus infraestructuras y sus huellas morfológicas se desvanecieron con las profundas transformaciones que supuso la creación de la huerta tras la conquista musulmana.
Un país de huertas
L’Horta es la comarca de Valencia, el país estricto de la capital valenciana, que no es un territorio o una división administrativa natural, porque no existen las divisiones territoriales o administrativas naturales, ni siquiera las comarcas, aunque vengan definidas por un río, una montaña o cualquier otra frontera natural. De hecho, en el País Valenciano los ríos no separan comarcas, sino que las crean o ayudan a crearlas, sobre todo en las tierras bajas del litoral, con su aportación de agua y material aluvial. El temible Xúquer, al que los poetas árabes llamaban el Devastador por la fuerza destructiva de sus avenidas, es el que ha dado lugar, y también nombre, a la Ribera –o, si se prefiere, a las dos Riberas, Alta y Baja–, la comarca con mayor superficie irrigada de todo el país. El Millars creó la Plana, también divisible por dos; el Palància, las dos subcomarcas homónimas y, sobre todo, el Camp o la huerta de Morvedre; el Serpis o río de Alcoi, la Safor o huerta de Gandia; el Vinalopó, los valles del mismo nombre y, en particular, la huerta de Elx; y el Segura, la huerta de Oriola. Y, naturalmente, el Túria, antiguamente Guadalaviar, la huerta de Valencia, l’Horta. Todas las citadas son huertas, grandes espacios irrigados con el agua aportada por los ríos, desviada mediante azudes y presas y distribuida y canalizada hasta los campos de labor a través de complejas redes de acequias, que se extienden capilarmente por la mayor parte del territorio, a fin de hacer retroceder el yermo y el secano y convertir todo el terreno no sólo en productivo sino también –al menos hasta hace unos años, antes de que se desatase la fiebre del ladrillo– en altamente lucrativo. Y algunas de ellas, como la de la Ribera, son más extensas que la de Valencia, pero es esta última la que se escribe con mayúscula, la que confunde la denominación de la comarca con la que ha sido históricamente, y hasta hace pocos años, su principal dedicación productiva.
Mucho más que el nombre de una comarca o que el ámbito jurisdiccional de la ciudad de Valencia, l’Horta es sobre todo la huerta, un espacio productivo y social, una creación cultural. Valencia no habría llegado a ser lo que es, no se hubiera desarrollado como uno de los grandes centros urbanos del Mediterráneo occidental y de la península Ibérica, ya desde la baja Edad Media, sin ella; sin los formidables excedentes producidos por una huerta sabiamente gestionada y cultivada, que permitían liberar del trabajo del campo a un número cada vez mayor de personas y alimentar a una población creciente –autóctona e inmigrada– dedicada a actividades no agrarias. Hasta que incluso ella resultó insuficiente y hubo que recurrir a la importación de granos de otras zonas productoras. Del sur del reino (Oriola), de Aragón, Cataluña y Castilla, pero también del Lenguadoc, el norte de África, Cerdeña y Sicilia. En parte, por insuficiencia estructural de la propia huerta para abastecer a una urbe tan populosa como la Valencia bajomedieval, pero en parte también porque la ciudad prefería dedicar su espacio productivo a otros cultivos más lucrativos –hortalizas, arroz, lino, cáñamo, morera...–, destinados a la exportación o a la manufactura urbana, e importar los cereales con los que se elaboraba el pan, el alimento básico durante la Edad Media.
El desarrollo de las grandes ciudades valencianas, de Castellón a Alicante, Elx y Oriola, y en particular de la ciudad de Valencia, está vinculado históricamente a sus respectivas huertas. Primero, en la medida en que estos fértiles espacios cultivados permitieron que se concentrase en los núcleos urbanos adyacentes una población numerosa, más allá incluso de su propia capacidad de abastecimiento –lo que obligó a recurrir a la importación de granos; y segundo, porque ello permitió el desarrollo de actividades no agrarias, en particular la manufactura y el comercio, que acabaron repercutiendo a su vez sobre las preferencias productivas de la huerta, tanto al demandar cultivos «industriales», como el lino, el cáñamo y la morera, como al orientar la producción agrícola hacia el mercado y la exportación. Fue la creación de estas huertas, principalmente durante el período andalusí, y su mantenimiento y aprovechamiento durante toda la época preindustrial, lo que acabaría dotando al País Valenciano de su particular consistencia urbana.
Antes de la Huerta: la Valentia romana y su territorio
Valencia y su huerta han mantenido históricamente una relación de interdependencia. La huerta permitió el desarrollo –urbanístico, demográfico, económico– de la ciudad, pero fue la ciudad la que creó la huerta, porque la primera es mucho más antigua que la segunda, al menos mil años, aunque con sucesivas fases de crisis y resurgimiento.
Valencia nació como una ciudad romana creada ex novo sobre la red de poblamiento ibérico previa y con la voluntad de asegurar tanto el control del territorio como su romanización. De hecho, la fundación de la ciudad en el 138 a.C. por el cónsul Décimo Junio Bruto tendrá repercusiones inmediatas y profundas, de largo alcance, en la organización del territorio. En efecto, la nueva colonia de Valentia, emplazada junto al río Túria y sobre la misma Vía Augusta, entre los dos grandes centros de Arse (Sagunt) y Saitabi (Xàtiva), irrumpía en la encrucijada de los territorios de cuatro oppida ibéricos: Arse, Edeta (Llíria), Kili/Gili (La Carència, en Torís) y Sucro (probablemente cerca de Albalat de la Ribera). Y es muy posible que su fundación, como sugiere Ricardo González Villaescusa, abortase el desarrollo de estas dos últimas, que no llegarían a convertirse en ciudades romanas y cuyos territorios serían absorbidos por los de Valencia, en su parte septentrional, y Alzira, ya en la Edad Media, en la meridional. Saguntum y Edeta, convertidas en municipios romanos, no sólo sobrevivirán a las crisis de la Antigüedad tardía, la conquista musulmana del siglo VIII y la posterior conquista cristiana del siglo XIII, sino que llegarán hasta nuestros días como capitales de las dos comarcas que lindan con l’Horta por el norte y el este, el Camp de Morvedre y el Camp del Túria. En cambio, Kili/Gili y Sucro, cuyos territorios se extendían entre los de Saguntum-Edeta y Saitabi, sucumbieron en parte al impacto que supuso la fundación de Valentia en el siglo II a.C., que incorporó sus respectivos espacios a su propio territorio, aunque más tarde, ya en época andalusí, la zona meridional se organizaría en torno a Alzira y Cullera, los dos grandes núcleos mayores de la comarca de la Ribera.
La conquista y la integración del área valenciana en el mundo romano facilitó tanto la colonización del territorio como el descenso desde las antiguas fortificaciones de altura, mejor protegidas y en donde se había concentrado hasta entonces el poblamiento, a las llanuras fluviales y costeras, mucho más expuestas. Probablemente por ello la franja litoral estuvo deshabitada hasta el siglo III a.C., y de hecho los yacimientos identificados se localizan por encima de los 100 m sobre el nivel del mar. En los siglos II y I a.C., sin embargo, el llano empezó a poblarse, coincidiendo con el inicio de la romanización. Un elemento clave en la colonización de la llanura litoral fue la construcción de la Vía Augusta –sobre la que se levantará, como ya se ha dicho, la Valentia romana–, que favoreció la bonificación de los espacios semipantanosos, la creación de una estructura parcelaria que tomaba como referencia la propia calzada, la floración de villae y otros establecimientos agrícolas y, en conjunto, la intensificación del poblamiento. La fundación misma de Valencia, que se enmarca en este proceso de colonización y romanización y es a la vez uno de los fac tores que lo estimularon, no limitó su impacto sólo a la zona litoral sino que supuso también la remodelación de la organización territorial y poblacional anterior, ibérica, con la consiguiente apropiación y reordenación, como hemos visto, de los territorios de los oppida contiguos. En este contexto, la creación de estructuras centuriadas tan vastas como las identificadas para el territorio de la Valentia romana y de la vecina Edeta respondería, en opinión de González Villaescusa, a la finalidad de romanizar la sociedad indígena, ibera, y servir de instrumento de integración del espacio rural de una sociedad en vías de urbanización y de municipalización.
El hecho de que las tres centuriaciones que han sido identificadas (Valencia A, en el tramo final del Turia; Valencia B, sobre las tierras pantanosas al norte y al sur de la ciudad; y Valencia C, que se adentraba en el territorio de Edeta, en el actual término de Xest) cubriesen casi la misma extensión que la actual área metropolitana (38.000 ha de 49.000 ha) supone, en efecto, una vasta superficie colonizada en relación con el número de colonos, entre 3.000 y 4.000, establecidos en la ciudad y el territorio valencianos. A ellas habría que añadir aún, según el citado autor, la pertica Sucro-Saitabi, también con la Vía Augusta como eje, ya que el territorio de Sucro debió ser absorbido por el de Valentia.
En definitiva, la romanización supuso la bonificación y puesta en valor de un espacio hasta entonces prácticamente deshabitado, inculto y semipantanoso. El resultado sería un amplio espacio cultivado, a un lado y otro de la Vía Augusta, el principal eje de comunicación y también de articulación del territorio, tanto en la franja litoral como al adentrarse hacia el interior, entre Valentia y Saitabi. Un espacio agrícola dominado todavía, muy probablemente, por el secano y la agricultura extensiva. En todo caso, de haber habido regadío, sus huellas desaparecieron con las profundas transformaciones que introdujo la agricultura andalusí, ésta sí intensiva y de irrigación, con la que nacerá y se desarrollará la Huerta.
La Huerta, una creación andalusí
Hoy prácticamente todo el mundo está de acuerdo en ello: la Huerta es una creación andalusí. Algo que a geógrafos, historiadores y filólogos les ha costado bastante aceptar. Los labradores de la huerta siempre han expresado su admiración ante la antigüedad y la complejidad técnica de las infraestructuras hidráulicas heredadas, incluyendo los azudes y el mismo trazado de las acequias, diciendo que «és cosa de moros» o que «és del temps dels moros». Frente a la sabiduría popular, juzgada poco seria, los eruditos valencianos de finales del Ochocientos y principios del Novecientos se aplicaron a buscar unos orígenes más remotos y pretendidamente más ilustres. Destaca entre ellos el arabista Julián Ribera, natural de Carcaixent, que en 1908 publicó un artículo cuyo rotundo título pretendía zanjar la cuestión: «El sistema de riegos en la huerta valenciana no es obra de los árabes», abogando en cambio por su creación por los romanos, una civilización más brillante e «ingeniosa» que la árabe. Aunque pueda parecer sorprendente, las especulaciones de don Julián, basadas más en los prejuicios antimusulmanes que han caracterizado –y caracterizan– a la historiografía española, que en una investigación solvente, han tenido defensores hasta no hace mucho. Todavía a mediados de los ochenta el arqueólogo Karl W. Butzer afirmaba que los musulmanes intensificaron, pero no crearon, los sistemas de irrigación valencianos, de indudable origen romano. La aportación andalusí, en todo caso, podría haber sido más significativa en los pequeños regadíos de montaña, pero las grandes huertas del litoral eran sin duda una creación romana.
El cambio de paradigma vino con los trabajos de Thomas Glick y Pierre Guichard sobre las huertas valencianas y los diferentes sistemas de irrigación y, más en general, con las consideraciones de Miquel Barceló sobre el diseño de espacios irrigados en al-Andalus. En particular, se puso de relieve la estrecha relación entre poblamiento e irrigación, entre las pequeñas comunidades campesinas asentadas en alquerías y las pequeñas huertas asociadas a ellas. El paisaje agrario andalusí sería una sucesión de alquerías de entre diez y cincuenta casas, emplazadas en los puntos más elevados para dejar el máximo espacio posible al riego, cada una con su huerta anexa, de creación y gestión comunal. Este esquema explicativo, sin embargo, dejaba sin resolver el problema de la génesis de las grandes huertas que caracterizan el paisaje valenciano, situadas junto a grandes centros urbanos, como es el caso tanto de Valencia, como de otras ciudades, de Castellón, Sagunt, Alzira, Xàtiva o Gandia a Elx y Oriola. ¿Podrían haber surgido estas grandes y complejas huertas de las planas aluviales como resultado de «la sucesión de perímetros irrigados propios de cada una de las alquerías representativas de una unidad de poblamiento, normalmente alineadas y encadenadas de una manera u otra a lo largo del canal principal o acequia mayor»? Es lo que sostiene Enric Guinot para la Huerta de Valencia, «uno de los territorios en que dicho proceso de construcción de grandes sistemas hidráulicos y la génesis consiguiente de un paisaje de huertas habría tenido un despliegue de mayor entidad y dimensiones espaciales, lo que también implica lógicamente mayor complejidad».
Pero entonces, ¿cómo conjugar el hecho de que estas grandes huertas hayan surgido y se hayan desarrollado al lado de grandes núcleos urbanos sin integrar en la explicación de su creación a las propias ciudades? ¿Cómo explicar la construcción de la Huerta de Valencia sin tener en cuenta a la propia Valencia? Especialmente, si tenemos en cuenta que los testimonios –arqueológicos– más antiguos de la infraestructura hidráulica andalusí, que datan de los siglos IX y X y que muestran tanto la reutilización de antiguas conducciones romanas como nuevos trazados de época califal, se localizan en una huerta periurbana, posteriormente, y a medida que se extendía la expansión urbanística, integrada dentro de la trama ciudadana, como es el caso del barrio del Carmen; y, sobre todo, el hecho de que los primeros responsables de la taifa de Valencia tras la caída del califato de Córdoba fueran, en 1011, dos acequieros o encargados de la gestión del sistema de riegos, Mubarak y Mudaffar, subrayando así la importancia que tenía la huerta para la ciudad. No parece, por tanto, que se pueda hacer abstracción de esta última en la construcción y la gestión de aquélla, y más bien cabe pensar en un desarrollo simultáneo, estrechamente interrelacionado y mutuamente beneficioso. La ciudad hizo a la huerta y la huerta hizo a la ciudad, al favorecer su crecimiento demográfico y económico. Sólo con los rendimientos más elevados que proporcionaba el regadío –del orden de 10 por 1, es decir, de diez granos por cada uno sembrado, según las estimaciones de Chris Wickham para las tierras irrigadas del Próximo Oriente, y aún de 20 por 1 para la Baja Mesopotamia, frente a los 4 por 1 de media en la Europa medieval– y que lógicamente no debían destinarse únicamente a la autosubistencia y reproducción de las pequeñas comunidades campesinas, podían desarrollarse grandes centros urbanos, como la misma ciudad de Valencia, con una amplia capa de su población dedicada a actividades no agrarias (artesanos, mercaderes, funcionarios, intelectuales).
En ausencia de datos más concluyentes debemos ser prudentes y ser conscientes de que nos movemos todavía en el terreno de las hipótesis. En el estado de conocimientos actual tanto una como la otra son posibles. Es posible que la ciudad de Valencia, que experimentaría un fuerte desarrollo desde la época califal o incluso antes, confirmado e incrementado con la mayor autonomía que supuso el advenimiento de las taifas, crease la huerta a partir de la reutilización de antiguas conducciones romanas y, sobre todo, de un diseño nuevo y original de la huerta inmediata. Y también pudiera ser que la huerta fuese el resultado de la sucesión de pequeños perímetros irrigados diseñados y mantenidos por comunidades campesinas independientes, cuyo desarrollo hiciese posible la revitalización de la antigua ciudad romana de Valentia, muy decaída tras la crisis que supuso la desorganización del mundo antiguo y la conquista y la colonización musulmanas; en este sentido, habría sido la huerta la que habría «creado», o al menos «recreado», a la ciudad.
En todo caso, lo que parece indudable, tanto en una hipótesis como en la otra, es que la Huerta fue una creación andalusí y que la eventual reutilización de antiguas construcciones romanas se hizo con propósitos diferentes a los originales, relacionados no ya con el consumo urbano de agua sino con la irrigación, tanto de huertos y jardines como de tierras de cultivo. Así, la acequia del siglo ix que se superponía al antiguo acueducto romano que bajaba desde la calle de Cavallers ya no tendría como objetivo la distribución de agua a la ciudad sino el abastecimiento del primitivo núcleo palatino del alcázar. En opinión de uno de los mejores expertos sobre la cuestión, el arqueólogo Javier Martí, la reutilización parcial del cauce del acueducto romano quizá formase parte de un programa más ambicioso de planificación de los recursos hídricos de la ciudad, emprendido en época califal. Lo cierto es que, como apunta este mismo autor, el cauce de la acequia recorre el mismo camino que el antiguo acueducto romano hasta separarse de forma brusca a la altura del actual Jardín Botánico, donde describe una acusada curva hacia el norte y se abre en brazos que cubren prácticamente todo el barrio del Carmen. La posterior expansión urbanística, ya en la baja Edad Media cristiana, transformaría todo este trazado en red viaria y los brazos en conducciones de alcantarillado, por lo que nos hemos de limitar a los elementos excavados y estudiados por los arqueólogos. Tales hallazgos, no obstante, permiten conjeturar no sólo la importancia que tuvo el agua como motor de la reactivación urbana, sino también la extensión de la huerta más allá del espacio periurbano, integrando los pequeños regadíos alimentados por fuentes y manantiales en redes de acequias derivadas del Turia. Es muy posible, tal como sugiere Martí, que la madina estuviese rodeada por un conjunto de almunias –a la vez residencias de recreo y explotaciones agrícolas de los habitantes adinerados de la ciudad–, diseminadas por la huerta y que se abastecían del agua de estas acequias. A partir de la época taifa, el crecimiento de la ciudad iría ocupando las huertas más inmediatas, convirtiendo las acequias en canalizaciones urbanas e invadiendo, por primera vez, los espacios irrigados.
En apoyo de la influencia de la ciudad en la creación y desarrollo de la huerta parecen apuntar también los trabajos de Josefa Pascual y del propio Javier Martí, que han puesto de relieve la coincidencia a finales del periodo emiral de, por una parte, la radical remodelación del área urbana de Valencia, con la aparición de un primer núcleo palatino, y, por otra, el diseño de espacios de huerta regados por la acequia de Rovella en el barrio del Carmen y en el entorno de la calle Peu de la Creu. Los nexos existentes entre ambas intervenciones, concluye Martí, parecen sugerir que fueron promovidas desde el poder. Más tarde, el formidable crecimiento demográfico experimentado durante la época taifa llevó a la construcción de nuevos arrabales más allá de las murallas, y el hecho de que estos nuevos barrios urbanos sean de trazado regular y respondan a un diseño planificado apunta igualmente hacia una iniciativa del poder. La Huerta –su creación y desarrollo, del siglo IX o X al XIII – no se explica, pues, sin la ciudad, pero tampoco ésta y su transformación en un importante núcleo urbano se podrían explicar sin la huerta.
Bajo el mismo nombre de huerta entendemos tres o cuatro realidades diferentes. De más genérica a más precisa, la Huerta es una comarca, la comarca de la ciudad de Valencia; un distrito agrario, el «campo» de Valencia; un espacio irrigado, la «huerta», que obviamente no cubría todo el espacio agrícola del «campo» de Valencia; y un «sistema» de riegos nacido de la integración en un mismo complejo de los siete sistemas hidráulicos que forman parte del Tribunal de las Aguas (acequias de Rovella, Favara, Mislata-Xirivella, Quart-Benàger-Faitanar, Tormos, Rascanya y Mestalla), más la acequia de Montcada, que tampoco incorpora todos los sistemas de riego de la huerta (quedan fuera, por ejemplo, la zona conocida como Francs i Marjals, el comú de Monperot o el comú de Rafalterràs).
Si de manera más concreta nos referimos a esta última, a la «huerta» constituida por los perímetros irrigados por las siete grandes acequias citadas, los estudios arqueológicos permiten entrever tanto las secuencias cronológicas de su construcción como el impulso urbano que fomentó –si no su creación, todavía no elucidada del todo, sí al menos– su ampliación e integración. Me he referido antes a la acequia de Rovella, la más antigua del sistema. Tomemos ahora el espacio al norte del Túria, irrigado por tres acequias: la de Tormos, la de Mestalla y la de Rascanya. La primera regaba un espacio intensamente habitado al noroeste de la ciudad (Campanar, Burjassot, Marxalenes, Borbotó, Tavernes Blanques y Carpesa) y la segunda, la mayor de las siete acequias, una amplia franja comprendida entre Campanar y la costa. La tercera, la de Rascanya, conocida como de Isba en época musulmana, probablemente se construyó más tarde para irrigar los intersticios entre las dos acequias anteriores (Orriols, Alboraia y Almàssera). Es decir, la huerta se fue construyendo progresivamente, ganando en densidad –con la construcción de nuevos canales para regar los espacios no cubiertos por los ya existentes– y en complejidad –con la integración y coordinación de los diferentes sistemas.
La red de canalizaciones iba abriendo y consolidando la impronta urbana sobre la huerta –iba «creando» huerta–, seguida de cerca por la red viaria. «Si las acequias», recapitula Martí en un luminoso párrafo que vale la pena reproducir entero, «eran el motor de un distrito agrícola esencial para la ciudad por abastecerla de alimentos y ser fuente de ingresos fiscales, los caminos eran las arterias que canalizaban esos flujos entre la ciudad y su hinterland. Tres eran los caminos principales al norte de la ciudad: el de Alboraia, el de Sagunt –del que partía el de Montcada– y el de Llíria; no obstante, la elevada densidad de alquerías y lugares habitados del entorno daba lugar a una tupida red de caminos menores que recorrían la huerta en toda su extensión. Acequias y caminos definían la trama de una densa malla que articulaba el territorio». Una densa malla en la que se integraban también numerosos núcleos de poblamiento, las alquerías, y grandes unidades de explotación como las fincas rurales –almunias, rahales– en manos de la aristocracia urbana.
La Huerta tras la conquista cristiana
Es esta densa malla de acequias y caminos, de huertas, caseríos y fincas agrícolas, la opulencia y riqueza concentrada que exhibían, la que deslumbró a los conquistadores cristianos del siglo XIII, que se aprestaron a apropiársela y repartírsela, aun antes de la toma de Valencia en 1238, como muestran algunas donaciones registradas en el Llibre del Repartiment. Del efecto que debieron causar las grandes huertas andalusíes a los guerreros que acompañaban a Jaime I son una buena muestra las propias palabras del rey conquistador ante la vista de la de Xàtiva: «E anam llà a aquell coll agut qui és part del castell, e veem la pus bella horta que anc havíem vista en vila ni en castell, e que hi havia més de CC algorfes per la horta, les pus belles que hom pogués trobar, e les alqueries entorn de la horta moltes e espesses, e veem encara lo Castell, tan noble e tan bell, e tan bella horta, e haguem-ne gran goig, e gran alegre en nostre cor». El monarca, confiesa, tenía el corazón henchido de gozo ante la perspectiva de tanta belleza –es decir, de tanta riqueza– como la que se le ofrecía a sus ojos. El paisaje era bello porque era rico, y la belleza –y la riqueza– la daban las huertas cultivadas y los centenares de algorfas y alquerías diseminadas en torno suyo.
Los conquistadores cristianos conocían muy bien el territorio que se disponían a ocupar. Tenían listas con los nombres de los propietarios de cada casa en el interior de la ciudad de Valencia, de las almunias y los rahales, de los huertos, de las torres, de los molinos. No de otro modo se explica que el reparto de las heredades musul manas, de casas, tierras y otros inmuebles, empezase antes incluso de la toma de la ciudad, cuando sus propietarios todavía no habían sido desposeídos de ellas. La conquista valenciana, asumida ya como una empresa real y liderada por Jaime I, empezó formalmente en 1233 con la toma de Borriana, y culminaría su primera fase con la caída de Valencia en el otoño de 1238. En estos cinco años los guerreros cristianos acumularon información detallada sobre lo que les esperaba dentro y fuera de las murallas de Valencia gracias al testimonio de prisioneros, espías y emisarios. Con esta información, el monarca podía hacer donaciones no ya vagas y genéricas, sino concretas y precisas. Así, el 9 de julio de 1237, quince meses antes de la conquista de Valencia, Oxova de Peralta recibía tres jovadas (9 ha) de tierra en Massamagrell, «de la heredad que era de Abdohabela Abenoha Alchariç», con las casas que éste tenía allí. A finales de este mismo mes de julio, el monarca empieza a distribuir tierras y huertos en la alquería de Campanar y casas en el interior de Valencia, a diversos colonos procedentes de Barcelona. Las donaciones siguen en los meses siguientes: en agosto, en septiembre (cuando concede cuarenta y tres casas en Valencia y otras tantas jovadas –129 ha– en su término a pobladores de Jaca) y en todo el año anterior a la toma de la ciudad.
Darmowy fragment się skończył.