Czytaj książkę: «En torno a la economía mediterránea medieval»
EN TORNO A LA ECONOMÍA
MEDITERRÁNEA MEDIEVAL
ESTUDIOS DEDICADOS A PAULINO IRADIEL
EN TORNO A LA ECONOMÍA MEDITERRÁNEA MEDIEVAL
ESTUDIOS DEDICADOS A PAULINO IRADIEL
Antoni Furió, ed.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto, los autores y las autoras, 2020
© De esta edición: Universitat de València, 2020
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Ilustración de la cubierta: Tavola Strozzi. Detalle
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Iván García Esteve
Maquetación: María Aránzazu Pérez
ISBN: 978-84-9134-664-7
Edición digital
ÍNDICE
PRESENTACIÓN
Antoni Furió
L’USO DELLE FONTI NELLA STORIA ECONOMICA DEL MEDIOEVO
Alberto Grohmann
ALLE ORIGINI DEL FATTORE ITALIA: LAVORO E PRODUZIONE NELLE BOTTEGHE FIORENTINE DEL RINASCIMENTO
Giampiero Nigro
L’ARTE DELLA LANA IN ITALIA (SECOLI XIII-XV): PESO ECONOMICO E FUNZIONE SOCIALE
Giuliano Pinto
LES METIERS AU TRAVAIL: VENISE A LA FIN DU MOYEN AGE
Élisabeth Crouzet-Pavan
SALARIATO URBANO E MARGINALITÀ. ITALIA CENTRO-SETTENTRIONALE, SECOLI XIV-XV
Franco Franceschi
ANTICHI E NUOVI PRESTATORI IN SIENA NEGLI ANNI TRENTA DEL TRECENTO. UNA BATTAGLIA PER IL POTERE TRA ECONOMIA E POLITICA
Gabriella Piccinni
DEUDA PRIVADA, TRIBUTACIÓN Y JUSTICIA REGIAS EN NAVARRA (1387-1403). APROXIMACIÓN AL CRÉDITO CRISTIANO
Juan Carrasco
DALLA VAL D’ORCIA ALLE CAMPAGNE VITERBESI. COLTURE E PAESAGGI LUNGO LA VIA FRANCIGENA ALLA FINE DEL MEDIOEVO
Alfio Cortonesi
DE VALLE DEL YANGTSÉ A LOS MARJALES VALENCIANOS: LA INTRODUCCIÓN DEL CULTIVO Y DEL CONSUMO DEL ARROZ ASIÁTICO (ORYZA SATIVA) EN EL LITORAL MEDITERRÁNEO IBÉRICO DURANTE LA BAJA EDAD MEDIA
Antoni Riera i Melis
MERCATO E IMPRENDITORI A NAPOLI NEL TRECENTO
Amedeo Feniello
LOS DESASTRES DE LA GUERRA. EL COLAPSO DEL COMERCIO DE CASTILLA Y ARAGÓN A MEDIADOS DEL Siglo XV
J. Ángel Sesma Muñoz
I PORTI TIRRENICI DELLO STATO DEI PAPI TRA MEDIOEVO E PRIMA ETÀ MODERNA
Luciano Palermo
ALONSO SÁNCHEZ Y EL MONOPOLIO DE LA CONTRATACIÓN DE ORÁN, 1510-1512
José Enrique López de Coca Castañer
LA HACIENDA DE MARÍA DE SAAVEDRA, HIJA DEL MARISCAL GONZALO DE SAAVEDRA
Alfonso Franco Silva
EL IMAGINARIO DE LOS LINAJES AMPLIOS DE LA CABALLERÍA URBANA DEL SUR DEL DUERO: EL CONTEXTO DE LOS RELATOS SOBRE BANDOS Y ORGANIZACIONES ESTAMENTALES (SIGLOS XIV-XV)
José María Monsalvo Antón
LAS IGLESIAS VIZCAÍNAS EN EL Siglo XV: ENTRE EL PATRONATO HIDALGO Y EL PATRONATO VILLANO
José Ángel García de Cortázar
PRESENTACIÓN
Antoni Furió
En un libro publicado hace tres años, El Mediterráneo medieval y Valencia. Economía, sociedad, historia, Paulino Iradiel reunía una amplia y representativa selección de sus trabajos, aparecidos originalmente en forma de artículos o de capítulos de libro a lo largo de más de treinta años. Difícilmente se podría haber encontrado un título que definiese mejor no solo el contenido del libro sino también la entera trayectoria investigadora del autor, un medievalista español cuya obra, todo un referente de la fecunda renovación de la disciplina en nuestro país en las últimas décadas, se nos presenta tan ligada al Gran Mar. Con todo, el Mediterráneo de Paulino Iradiel, es decir, su sección occidental en los siglos XIV y XV, es menos un escenario geográfico en el que transcurren los hechos históricos que una realidad en la que se evidencia la articulación de redes marítimas con diversa proyección geográfica, a diferentes escalas, con flujos comerciales de naturaleza e intensidad variable, con varias categorías y tipos de mercado, y en la que se desarrolla una cultura económica común, vehiculada por la circulación de personas, bienes e ideas y favorecida por la cada vez mayor integración de los mercados y los tráficos comerciales. Pero, más que espacio unitario de expansión económica y de confrontación política, Iradiel entiende el Mediterráneo como instrumento de análisis de historia global, como observatorio en el que examinar estos procesos y, a la vez, proponer un enfoque comparativo, contrastando las diferentes realidades locales y nacionales, convencido de que la historia no puede ni debe agotarse en el marco o el sesgo local o nacional, sino que debe aspirar a ser global, transnacional, conectada, cruzada... No se trata solo de comparar por comparar, o de verificar la expresión local de dinámicas generales, sino de construir una escala más amplia de conexiones múltiples –confluencias, pasajes, transferencias, continuidades–, a menudo ignoradas o minusvaloradas a causa de las divisiones impuestas por las fronteras estatales. Por el contrario, la apelación a amplias escalas de análisis, en una perspectiva incluso de globalización o de mundialización, no solo pretende superar las compartimentaciones nacionales de la investigación, y el eurocentrismo que las impregna, sino también restaurar una «historia ambiciosa» y «reencontrar el sentido global de los fenómenos sociales que constituye la verdadera carta de naturaleza de las ciencias sociales y de los métodos de investigación».
De estos y otros temas tratan precisamente dos de sus más recientes contribuciones, ambas con el Mediterráneo en el título: la conferencia que impartió en la Real Academia de la Historia, en junio de 2019, «Mediterráneo y Corona de Aragón (siglos XIV-XV). Una historia conectada y transnacional», y el texto, todavía en curso de publicación, «La historia del Mediterráneo en la era de la globalización. ¿Tiene sentido hablar del Mediterráneo como unidad a lo largo de la historia?», presentado al segundo seminario internacional Ciutats mediterrànies: l’espai i el territori, organizado por el Institut d’Estudis Catalans y el Institut Europeu de la Mediterrània, en noviembre de 2016. Por otra parte, pocos mejor situados que él para, precisamente a partir de este conocimiento sustantivo de la realidad mediterránea bajomedieval, refutar las tesis de aquellos historiadores económicos que en los últimos años han venido insistiendo en la creciente divergencia económica entre el norte y el sur de Europa, la llamada «Pequeña Divergencia», ya desde 1300 y en favor de la región del Mar del Norte, es decir, justo en un momento en que las economías inglesa y holandesa estaban todavía bastante atrasadas con respecto a las mediterráneas. La historia económica y social, que vivió sus tiempos de esplendor con Fernand Braudel y su gran obra sobre el Mediterráneo y en la que se inscribe también la producción historiográfica de tantos otros grandes historiadores, de Federigo Melis al propio Paulino Iradiel, no pasa hoy por sus mejores momentos, desplazada tanto por la historia cultural como, en su propio terreno, por la econometría –una historia económica más propia de economistas que de historiadores– y por los apriorismos y prejuicios no ya eurocéntricos, sino noroccideurocéntricos. Ni Braudel, ni Melis, ni Cipolla ni tantos otros grandes historiadores económicos de las últimas décadas, incluido el mismo Iradiel, parecen tener ya cabida en una historia económica que se escribe con ecuaciones y que traslada a la Baja Edad Media, sin el menor rigor histórico, los viejos clichés sobre el atraso del mundo mediterráneo en los tiempos modernos.
Podría pensarse que esta vinculación de Paulino Iradiel con el Mediterráneo comienza y está motivada por su incorporación al Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Valencia, en 1981, y que se podrían distinguir dos partes en su producción historiográfica, separadas o impuestas por su adscripción académica, una primera centrada fundamentalmente en Castilla y una segunda en la que el observatorio de análisis se traslada decididamente al reino de Valencia, la Corona de Aragón y el Mediterráneo occidental. El hecho de que sus trabajos sobre la economía y la sociedad castellanas –de las estructuras agrarias a la organización industrial, o del feudalismo agrario al artesanado corporativo, pasando por sus incisivas reflexiones sobre cuestiones de método y de historiografía– daten en su mayor parte de la segunda mitad de los años setenta y la primera de los ochenta, mientras que desde entonces, es decir, en las últimas tres décadas y media, se haya ocupado preferentemente del escenario valenciano y mediterráneo, parecería abonar esta idea. En realidad, y dejando aparte que Castilla nunca ha dejado de estar presente en sus intereses historiográficos, como confirman otros estudios más tardíos y sus consideraciones a menudo aceradas sobre el medievalismo hispánico, lo cierto es que la vinculación mediterránea de Paulino Iradiel es bastante anterior a su llegada a Valencia y se remonta incluso a los años de la adolescencia, cuando cursaba el bachillerato en un instituto de Tortosa, el gran puerto de exportación, en la Baja Edad Media, del trigo que llegaba por el Ebro desde el interior catalán y, sobre todo, aragonés. Allí, en la capital del Bajo Ebro, en un colegio de la congregación a la que pertenecía un hermano suyo sacerdote, este navarro nacido en Miranda de Arga en 1945 conocería por primera vez el Gran Mar y entablaría con él una larga e intensa relación que dura ya más de sesenta años.
Más tarde, a mediados de los sesenta, se trasladó a Salamanca, en donde estaba instalado su hermano y en cuya universidad se licenciaría en 1969. Por entonces, la única universidad con que contaba Navarra era la privada del Opus Dei, y los inconvenientes no dejaban de ser los mismos en cualquier otra universidad para un estudiante que tuviese que desplazarse lejos de su residencia familiar. En Salamanca estaba ya su hermano, lo que facilitaba las cosas y además volvía a ser determinante en su formación. Y sobre todo estaba la universidad, una de las más antiguas y prestigiosas del país y en aquellos momentos, ya en los años finales del franquismo, de nuevo entre las más avanzadas intelectualmente y las más críticas con la dictadura. No es solo que el propio Iradiel recuerde con afecto –en una entrevista que concedió hace unos años– la vivacidad cultural, académica e incluso política de la universidad en que estudió, los aires de renovación historiográfica, de apertura a las grandes corrientes europeas, del marxismo a la escuela francesa de los Annales. Lo recuerda también en otra entrevista y con no menos fervor José Ángel García de Cortázar, profesor de historia medieval en la Universidad de Salamanca desde 1964, el mismo año en que llegó a ella como estudiante Paulino Iradiel. Cortázar había sido invitado por Miguel Artola, quien ocupaba la cátedra de Historia General de España, y en la misma facultad coincidieron también en aquellos años los filólogos Lázaro Carreter y Manuel Díaz y Díaz, el catedrático de historia antigua José María Blázquez y el geógrafo Ángel Cabo. Artola fue clave en la renovación historiográfica de la época y su influencia se haría notar tanto en García de Cortázar como, directamente o a través de éste, en la nueva generación de historiadores medievalistas y de otras épocas que se estaba formando en la universidad salmantina y en la española en general, instando entre otras cosas a superar los límites estrechos del puro empirismo a la vez que se recalcaba la necesidad de una buena teoría que guiase la investigación. «Nada hay más práctico que una buena teoría», le repetía a menudo Artola a García de Cortázar, a quien también aconsejaba leer a Max Weber. Todo ello fructificaría poco después en dos obras capitales del medievalismo español de principios de los setenta que encarnan muy bien la inflexión que se había producido en la disciplina: la Historia general de la Edad Media, publicada en dos volúmenes por José Ángel García de Cortázar y Julio Valdeón en 1971 y La época medieval, de García de Cortázar, que apareció en 1973 como volumen II de la Historia de España Alfaguara, dirigida por Miguel Artola.
En Salamanca Iradiel tuvo como compañeros de estudios a Pablo Fernández Albaladejo, discípulo directo de Artola, Luis María Bilbao, Miguel Ángel Quintanilla, Ángel García Sanz, Vicente Pérez Moreda y José Ignacio Fortea Pérez, y en 1969 leyó su tesis de licenciatura sobre la industria textil castellana bajo la dirección de José Luis Martín. Este último, salmantino pero formado en Barcelona junto a Emilio Sáez, había llegado a Salamanca tres años antes, en 1966, con un amplio bagaje de lecturas que incluían a Ramon d’Abadal, Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar y un buen conocimiento de la historia de Cataluña y de la Corona de Aragón, a la que contribuyó con diversos estudios, en particular sobre la fiscalidad y las finanzas regias y sobre las cortes catalanas. José Luis Martín era, además, un hombre de fuertes convicciones cívicas que, en aquellos años finales del franquismo, no podían sino granjearle el aprecio de los estudiantes en una universidad muy movilizada en la lucha contra la dictadura. Martín fue también quien animó a Iradiel a solicitar una plaza en el Colegio Español de Bolonia, justo en el mismo momento en el que lo abandonaba otro medievalista, Salvador Claramunt.
La etapa boloñesa resultó crucial en la formación académica de Iradiel y en la ulterior orientación de su trayectoria investigadora. También en su propia experiencia vital. Fueron dos años intensos en una ciudad universitaria que vivía en aquellos momentos una gran efervescencia cultural y política. Como Salamanca, Bolonia unía al prestigio de su antigüedad y de su cuadro de profesores la vitalidad de una universidad en plena renovación. Fue en ella en donde leyó su tesis doctoral en noviembre de 1971, al final ya de sus dos años de estancia en Bolonia. La tesis, sobre la propiedad agraria del Colegio de España en los siglos XIV y XV, elaborada a partir de los fondos documentales de la propia institución, estuvo dirigida por Ovidio Capitani, uno de los medievalistas italianos más sobresalientes de la época, con un amplio registro de intereses que abarcaba desde la historia de la espiritualidad y las ideas al pensamiento económico medieval y el debate historiográfico. Su magisterio dejaría huella en la formación de Iradiel, así como el de Antonio Ivan Pini, «contraponente» en la lectura de la tesis, profesor también en Bolonia y un especialista tanto del mundo rural como del urbano, convencido como estaba de que «la storia agraria e la storia della città non son altro che le due facce della stessa medaglia». Para alguien que había dedicado su tesis de licenciatura a la manufactura textil en las ciudades castellanas y la tesis doctoral a la propiedad y el crecimiento agrario, tal enfoque no solo le confirmaba en su decantación por la historia económica, sino que le animaba a romper con los compartimientos estancos dentro de ésta.
En su primer año en Bolonia, Iradiel acudió en abril de 1970 a la Settimana di Studi organizada por el Istituto Internazionale di Storia Economica ‘F. Datini’ en la ciudad de Prato, cercana a Florencia y no muy lejos de Bolonia, y en el otoño del mismo año al Corso di alta specializzazione en historia económica dirigido y desarrollado casi exclusivamente por Federigo Melis durante tres meses. Era la segunda Settimana que se celebraba, y si la primera había estado dedicada a la lana, su producción y circulación, ésta lo estaba a los paños de lana, su producción, comercio y consumo, siempre en una larga perspectiva temporal, que cubría los tiempos medievales y modernos. El Instituto había sido fundado en 1967 por Federigo Melis, quien contó desde el principio con el respaldo de Fernand Braudel, todavía al frente de la escuela de los Annales y sin duda el mayor referente internacional de la historia económica. La primera Settimana, en abril de 1969, fue inaugurada por Braudel y la segunda, en abril de 1970, por Jacques Le Goff, y contaron con la participación, para la península ibérica, de Claude Carrère, Henri Lapeyre, Reyna Pastor de Togneri, Felipe Ruiz Martín y el propio Melis, en la primera, y de Ramón Carande, Miguel Gual Camarena, Jean-Paul Le Flem, Francisco Sevillano Colom, Valentín Vázquez de Prada y Pedro Molas Ribalta, además de la ya citada Claude Carrère, en la segunda. Si por un lado la historia económica española empezaba a asomar en los foros internacionales, por otro la lista de participantes en las primeras ediciones es impresionante, con todos los grandes nombres de la disciplina, tanto de Europa occidental como de la oriental, a los que no tardarían en unirse historiadores de otros continentes. Prato ha sido desde su fundación hace ya más de cincuenta años un lugar privilegiado de encuentro entre los mejores especialistas en historia económica, en donde se abordaban y discutían nuevas temáticas y nuevos enfoques desde una perspectiva claramente comparatista, hasta el punto de que el mismo Roberto Sabatino Lopez, uno de los asiduos asistentes de aquellos años, llegó a considerar las Settimane de Prato, junto a las de Spoleto, «i miei unici salvagente in un oceano costellato di inattese e nuove scogliere». Resulta difícil de exagerar la fascinación que representaba todo aquello para el joven Iradiel, en particular los estímulos y las afinidades con otros colegas que encontraba en aquella cita anual, a la que asistiría posteriormente con bastante regularidad, sobre todo tras su incorporación tanto al Comité Científico como a la Junta Ejecutiva. Prato –en todos estos años, y no solo en las dos ocasiones privilegiadas de 1970– le fue ratificando en algunas de sus convicciones como historiador: la historia económica, el Mediterráneo, el juego de escalas, las grandes unidades, el comparatismo, la interconexión, la necesidad de superar las fronteras nacionales en la investigación histórica, la curiosidad intelectual, la apertura e incluso la porosidad a los nuevos temas y las nuevas orientaciones historiográficas.
Bolonia y Prato marcarán profundamente su trayectoria como investigador. No fueron solo dos etapas más en su formación, sino una puerta de acceso permanentemente abierta al debate internacional –la «gran conversación», en palabras de Ranke– entre historiadores. Tras su paso por Italia, la investigación histórica ya no podía seguir siendo una empresa solo individual ni autárquica, encerrada en sus propios límites locales o nacionales. La misma tesis doctoral, aunque tomaba como observatorio el Colegio de España en Bolonia, distaba mucho de ser una tesis española, en sus planteamientos, sus fuentes de inspiración –fundamentalmente italianas, en la línea de las indicaciones generales ofrecidas en su día por Emilio Sereni y continuadas por Renato Zangheri, Carlo Poni y Giorgio Giorgetti– y su desarrollo. Quizá por ello su publicación, siete años más tarde, apenas tuvo eco en España. No se trataba solo de una cuestión de distribución editorial –el libro, aunque impreso en Zaragoza, fue publicado en Bolonia por el propio Colegio de España–, sino de desafección e incluso apatía intelectual, en un momento en el que las tesis doctorales en historia medieval en España, a pesar de haberse iniciado ya la transición política y de las ventanas que ésta abrió, seguían encerradas en sí mismas, absortas en el estudio de los dominios señoriales laicos y eclesiásticos, y refractarias a cualquier estímulo exterior, sin más notas al pie que las correspondientes a las fuentes archivísticas utilizadas o a unas cuantas referencias bibliográficas, en su mayoría circunscritas a la propia área de estudio o a grandes síntesis generales, y pocas, muy pocas, obras de autores no españoles o sobre otros países, siempre en su traducción castellana.
De regreso a Salamanca, ahora como profesor de historia medieval, Iradiel dedicó los primeros años setenta a la reelaboración y publicación de su tesis de licenciatura, que sigue siendo el libro por el que es más conocido. En parte porque su producción posterior ha visto la luz mayoritariamente en forma de artículos y actas de congresos y jornadas científicas, y en parte también porque no se trata propiamente de la tesis de licenciatura sino de un libro construido a partir de ella, en el que resultan claramente perceptibles tanto la influencia de su paso por Italia como la temprana madurez del autor. Bajo el título Evolución de la industria textil castellana en los siglos XIII-XVI y el subtítulo Factores de desarrollo, organización y costes de la producción manufacturera en Cuenca, la obra apareció finalmente en 1974, publicada por la propia Universidad de Salamanca, con una presentación de José Luis Martín, que había sido su director. En ella, a partir sobre todo de la documentación municipal de Cuenca, pero también de la de otros archivos y fuentes normativas impresas, especialmente fueros y ordenanzas, el autor se plantea el desarrollo de la producción textil castellana en los siglos bajomedievales y el inicio de los tiempos modernos, abordando, junto a las cuestiones técnicas (la lana como materia prima, la organización de la producción, la localización de los centros textiles), socioprofesionales (la reglamentación gremial) y de política económica (el dirigismo de la monarquía y de las ciudades) relacionadas con la producción que constituyen lo esencial del estudio, la comercialización (los mercados locales, regionales e interregionales, las ferias de Medina del Campo) e incluso el consumo y la moda. Todo ello en un marco analítico que no descuida el contexto internacional –la coyuntura europea– y que incorpora muchas de las ideas y sugerencias aportadas a las primeras Settimane de Prato, sobre todo la segunda, aunque no todavía las de la por entonces aún incipiente teoría de la protoindustrialización, formulada inicialmente por Franklin Mendels en 1972.
Muy crítico con el desolado panorama historiográfico de la época –«En resumen, la historia de la industria medieval castellana está por hacer, como lo está, en menor grado, la historia económica en general de la Baja Edad Media española. Y hasta el momento, por lo que respecta a Castilla, no parece que se hayan hecho serios esfuerzos por superar esta situación»–, Iradiel pretendía rebatir la presunta debilidad de la producción textil castellana, deducida de la masiva importación, especialmente a partir del siglo XIII, de paños de Flandes y Brabante y, más tarde, franceses, holandeses e ingleses, en contraste con su notable y mejor conocida expansión en el siglo XVI, lo que podría dar la impresión de un despegue espectacular y repentino, sobre todo a partir del reinado de los Reyes Católicos y de su dirigismo económico. Para Iradiel, por el contrario, no solo la expansión habría comenzado antes, sino que la clave habría que encontrarla en la salida a la crisis del siglo XIV, que en Castilla se habría adelantado a otras zonas peninsulares y europeas, dando lugar a un rápido desarrollo económico, basado en gran parte en el crecimiento demográfico y en los progresos de la reconstrucción agraria. Todo ello, en efecto, no dejaría de influir en el acceso de grandes masas de población al mercado textil, gracias al alza de los salarios en el campo y en la ciudad y a la subida de los precios agrícolas –al menos en las décadas que siguieron a las grandes calamidades de mediados del Trescientos–, a la vez que la necesidad de atender a la nueva demanda impulsaría la fabricación de paños de calidad media y bajo precio y a la imitación de los tejidos de lujo importados. Impulsaría, en definitiva, el desarrollo de la industria textil autóctona, en un contexto de expansión general de la economía castellana. La afluencia ininterrumpida de campesinos a las ciudades y la movilidad del sector artesanal contribuirían a la formación de un mercado urbano de mano de obra barata, mientras que el descenso de ésta en el campo obligaría a los propietarios a pagar salarios relativamente altos, modificando así tanto la distribución de mano de obra rural y urbana como la relación campo-ciudad. Con todo, la repartición regional de la pañería no fue homogénea por toda Castilla, como se desprende del predominio de la pañería rural de baja calidad en la submeseta norte (Burgos, Segovia y Palencia) y de la urbana de mayor calidad en la submeseta sur (Cuenca, Ciudad Real, Baeza y Córdoba), enmarcadas ambas en las variaciones de la demanda europea. Y si bien el alza brusca del precio de la lana a finales del Cuatrocientos llevó a un aumento del precio de los paños y, con él, a una cierta aristocratización de la producción, al concentrarse en los tejidos de mayor calidad, que eran los que resultaban más rentables para las manufacturas urbanas, la caída del número de consumidores y de la demanda real como consecuencia de la ruina de los campesinos y de una parte considerable de los habitantes de las pequeñas ciudades se acabaría traduciendo, en la segunda mitad del siglo XVI, en una disminución de la calidad de la producción. El libro concluye con las repercusiones sociales que tuvo todo este proceso, en particular la concentración manufacturera en manos del patriciado urbano, cuyos intereses coincidían con los de la nobleza, y el antagonismo entre estos grupos privilegiados y los pequeños productores, cada vez más empobrecidos. En todo caso, y en contraste con lo que sucedió en el resto de Europa, todos estos fenómenos apenas llegaron a tener relieve fuera de las ciudades, de lo que se seguiría la debilidad de la extensión del sistema de producción a domicilio y de la explotación de la pañería rural, bloqueando el desarrollo de un sistema de producción realmente capitalista.
Por muchos motivos, entre ellos la actualidad de sus planteamientos, es decir, su sintonía con lo que proponían las corrientes más avanzadas de la historia económica europea de la época, el libro ha sido y sigue siendo, casi cincuenta años después, una referencia inexcusable en los estudios sobre la industria textil bajomedieval, en Castilla y fuera de ella. Menor proyección tuvo, en cambio, y por las razones antes señaladas, la publicación cuatro años después, en 1978, y después también de un largo período de reelaboración, de la tesis doctoral, Progreso agrario, desequilibrio social y agricultura de transición. La propiedad del Colegio de España en Bolonia (siglos XIV y XV). En ella, el autor estudia la reconstrucción agraria en el centro-norte de Italia tras la salida de la crisis bajomedieval, a partir de la documentación del Colegio de España, en particular la relativa a su patrimonio agrario y las estructuras de explotación, valiéndose para ello tanto del análisis cuantitativo –la medición de los diversos indicadores económicos, de la población, la producción y la productividad a los precios, los salarios y la renta–, como de la teoría económica y de los planteamientos conceptuales y metodológicos desarrollados por la historiografía agraria italiana. La propia obra, la más «italiana» de Iradiel y no solo por el observatorio, se sitúa dentro de esta misma tradición historiográfica, en la línea, como ya he señalado anteriormente, de Sereni, Zangheri, Poni y Giorgetti, a quienes se alude explícitamente en la introducción. También conviene destacar que las sólidas y elaboradas conclusiones de la tesis no lo habrían sido tanto de no haberse apoyado en un riguroso trabajo empírico previo, basado en el análisis de múltiples indicadores. Indicadores que muestran sin duda la importancia de la coyuntura, de las fluctuaciones a corto plazo, de las crisis intercíclicas, pero que también confirman, por encima de éstas, el movimiento de fondo, el predominio de la estructura sobre la coyuntura. Y el predominio de la estructura reenvía en último término al predominio de lo social.
Tras dejar atrás la crisis bajomedieval, el campo boloñés parece experimentar entre 1465 y 1495 un verdadero crecimiento, que lo sitúa, al igual que a la vecina Lombardía, en la vía del progreso agrario, en lo que el autor llama una «agricultura de transición». En estos treinta años, en efecto, y a pesar de las enormes oscilaciones, de las fuertes subidas seguidas por caídas no menos drásticas, más acusadas en los precios que en la producción y en otros indicadores, todos ellos coinciden en un movimiento sostenido al alza. Aumento de la producción agrícola en primer lugar, sobre todo del trigo, en coincidencia con el incremento de los rendimientos por simiente y por hectárea, acompañado del retroceso de los cereales inferiores (centeno, sorgo, mijo) y de la aparición de nuevos cultivos (plantas industriales como el lino y el cáñamo, leguminosas como las habas y las vezas). El aumento de la producción y de los rendimientos es mayor e incluso anterior al de la población y los precios. Por tanto, las transformaciones agrarias no son producto del incremento demográfico y de la progresiva reducción de las reservas naturales, del desequilibrio entre producción y consumo. Malthus quedaba atrás. A partir de 1490, sin embargo, el aumento de la producción parece haber tocado techo. Demasiados obstáculos técnicos y sociales, demasiados cuellos de botella: rendimientos decrecientes, escaso progreso de la ganadería campesina... El progreso agrario había dado muestras de haber ido más allá de la mera recuperación del estancamiento secular o plurisecular, pero la vía al capitalismo todavía estaba lejos de quedar expedita o consolidada, como pondrían de manifiesto las recesiones económicas posteriores, el retorno al feudalismo, en particular con la crisis del siglo XVII. El movimiento de fondo también desvela una dramática paradoja para los campesinos: en las fases A, el aumento de la producción se amortigua con la baja de los precios, mientras que en las fases B, el retroceso de la producción no se compensa con el alza de los precios debido a la escasez de la oferta campesina. En años de crisis, la caída de los ingresos campesinos les obliga a contraer préstamos monetarios y cerealistas, sumiendo a la población rural en un endeudamiento generalizado y permanente. Es aquí, en la pauperización e incluso proletarización de los colonos –la mezzadria o aparcería era la forma contractual hegemónica en el campo boloñés–, en las prestaciones gratuitas e incluso el trabajo asalariado forzoso, en los condicionamientos sociales, en la «supervivencia del feudalismo», más que en el retraso tecnológico, en la coyuntura o en otro tipo de obstáculos, en donde Iradiel detecta los principales frenos a la expansión capitalista. Entre ellos, el peso del autoconsumo, la organización productiva y laboral de base familiar y patriarcal, un desarrollo fundado más sobre la intensidad del trabajo que sobre la intensidad del capital y las mismas condiciones de las masas campesinas, que, a pesar de ser mejores en general, no permitían una ampliación suficiente de la demanda interna de bienes no agrícolas. La tesis había permitido confirmar e incluso medir el progreso agrario y el desarrollo económico, el inicio de la transición hacia el capitalismo, pero también los obstáculos y las interrupciones, los retrocesos, cuya superación exigiría mayores y más profundas transformaciones sociales y políticas.
En los años siguientes, finales de los setenta y principios de los ochenta, que coinciden con su traslado de Salamanca a Valencia, Iradiel actualizará y refinará sus planteamientos tanto sobre las estructuras agrarias como sobre la organización industrial, e incluso combinándolos, en diversos artículos publicados en el Anuario de Estudios Medievales y, sobre todo, en Studia historica. Historia medieval («Estructuras de producción y de consumo de productos agrarios en los siglos XIV y XV. El modelo del Colegio Español de Bolonia»; «Bases económicas del Hospital de Santiago en Cuenca: tendencias del desarrollo económico y estructura de la propiedad agraria»; «Estructuras agrarias y modelos de organización industrial precapitalista en Castilla»; «Feudalismo agrario y artesanado corporativo»), centrándose de nuevo en Castilla e incorporando también los presupuestos de la teoría de la protoindustrialización, desarrollada por aquellos mismos años por, además de Mendels, Peter Kriedte, Hans Medick y Jürgen Schlumbohm. Son, por decirlo así, desarrollos ulteriores de sus dos libros, en diálogo o debate con las aportaciones historiográficas del momento, como lo serán también, ya en Valencia, su introducción al debate Brenner, publicado inicialmente en Past and Present y traducido parcialmente en la revista Debats; su presentación del congreso de Roma sobre el feudalismo mediterráneo y también traducido parcialmente en la misma revista; y su contribución al congreso de Zaragoza sobre Señorío y feudalismo en la Península Ibérica: «Economía y sociedad feudo-señorial: cuestiones de método y de la historiografía medieval», en la que, además de reclamar una aproximación conceptual más elaborada al feudalismo, arremetía contra la aversión del medievalismo español a la reflexión teórica y metodológica.
En Valencia, donde sigue residiendo, Iradiel ha pasado cuarenta años. Aquí ha desarrollado la mayor parte de su obra, ha hecho escuela y ha dotado a ambas de una gran proyección internacional, especialmente en el campo de la historia económica, que es también, en estos tiempos de declive de la disciplina, el principal signo distintivo del Departamento de Historia Medieval de la universidad valenciana. En el momento de su llegada, en 1981, la Universidad de Valencia no era ningún páramo. Todavía era patente la huella de los discípulos de Vicens Vives –Joan Reglà, en historia moderna; Emili Giralt, en historia contemporánea; Josep Fontana y Ernest Lluch, en historia económica–, quienes, junto con otros destacados catedráticos –Miquel Tarradell, en prehistoria y arqueología, y José María Jover, también en historia contemporánea– y del ensayista Joan Fuster, desde fuera de las aulas, pero con gran influencia intelectual entre profesores y alumnos, impulsaron la renovación historiográfica de los años sesenta, la apertura a las grandes corrientes historiográficas, en particular a la escuela de los Annales y al marxismo, y que alcanzaría uno de sus puntos culminantes con la celebración, en 1971, del Primer Congreso de Historia del País Valenciano. Aunque general en todas las especialidades, la renovación se dejaba sentir sobre todo en historia moderna y contemporánea. Medieval era otra cosa, refractaria a los nuevos estímulos que llegaban del exterior e incluso de las disciplinas vecinas en la propia universidad. En parte por las obsesiones anticatalanistas de Antonio Ubieto, director del Departamento durante veinte años, jaleadas por los sectores más reaccionarios de la sociedad valenciana durante los tensos años de la transición a la democracia, y en parte también por sus peregrinas teorías sobre los ciclos económicos. Iradiel llegó a Valencia cuatro años después de la partida de Ubieto a Zaragoza, en 1977. No hubo, pues, coincidencia entre ambos. Ni el Departamento que se encontró era exactamente el mismo que había creado el medievalista aragonés, puesto que muchos de sus miembros habían acabado enfrentados con él. Iradiel venía precedido por su reputación como investigador, su cada vez mayor proyección internacional, encarnaba la esperanza de cambio y renovación y pudo contar desde el principio con la colaboración de todos los miembros del Departamento, tanto de los que habían sido discípulos directos de Ubieto como de quienes se habían ido incorporando tras la partida de éste. Muy pronto, en 1984, se leyeron las primeras tesis doctorales dirigidas por él, la de Rosa Muñoz sobre la Generalitat Valenciana y la de Enric Guinot sobre la orden de Montesa.
Las primeras publicaciones de Iradiel en Valencia, también muy tempranas, son las dos introducciones ya citadas al debate Brenner y al congreso de Roma sobre el feudalismo mediterráneo, ambas en el número 5, de 1983, de la revista Debats, de cuyo consejo de redacción formaba parte Antoni Furió. Y poco después, en 1986, llegaba un artículo importante, «En el Mediterráneo occidental peninsular: dominantes y periferias dominadas en la Baja Edad Media», publicado en la revista Áreas. Es muy probable que en la elección de Valencia como destino profesional influyesen tanto la riqueza de los fondos archivísticos locales como el atractivo que suponían el Mediterráneo, la historia económica mediterránea y el debate historiográfico internacional en torno a ambos, sobre todo con los medievalistas italianos. En cualquier caso, este artículo suponía la plena inmersión del autor en el debate sobre la economía mediterránea bajomedieval, al cuestionar, desde una perspectiva muy crítica, la pretendida relación de dependencia del área mediterránea ibérica y meridional italiana («las periferias coloniales») respecto de las economías dominantes del norte de Italia. La misma Valencia había acabado convertida en «una auténtica colonia de los italianos» (Del Treppo), después de haber sido colonia de la pañería del Languedoc (Romestan) y, antes, frontera colonial de la expansión territorial europea (Burns). El reino de Murcia, por su parte, era una periferia para Génova (Menjot). En ambos reinos, como también en otras áreas –subperiferias– más extensas de la España litoral (Alicante, Málaga, Cádiz, Sevilla) o del interior (Córdoba, Cuenca, Alcalá, Valladolid), las colonias mercantiles toscanas, genovesas, lombardas, venecianas y hasta alemanas habrían creado situaciones de dependencia, afianzadas por el control del capital y la masiva importación de paños de lujo extranjeros. Lo que supondría la existencia de áreas de diferente desarrollo económico, diferentes fases o grados de evolución en la formación del capitalismo, basadas en las relaciones de intercambio de la circulación mercantil y en el desigual desarrollo de la manufactura preindustrial y de sus condiciones de distribución, que habrían dificultado, si no impedido, la industrialización de la periferia. Es decir, que los paños de lana de calidad superior importados de los polos pioneros del capitalismo europeo (la Toscana, Génova, el norte de Francia, Flandes y, más tarde, Inglaterra) habrían actuado como un drenaje sistemático de los recursos agrícolas y de las materias primas de las regiones periféricas, hasta el punto de poder concluir que «la industrialización del centro europeo supondría la desindustrialización de las áreas periféricas». Para Iradiel, tal esquema no dejaba de presentar incorrecciones, tanto desde el punto de vista teórico –frente a la noción de dependencia, aboga por la perspectiva del desarrollo desigual y aun de un sistema económico integrado, en el sentido que lo formulaba Melis–, como de la investigación empírica, al no tener en cuenta los trabajos más recientes sobre el considerable progreso de las actividades manufactureras en las presuntas áreas periféricas. En apoyo de sus afirmaciones, Iradiel recurría en primer lugar al caso de Valencia, en donde se habría desarrollado desde las primeras décadas del Trescientos una pañería de buena calidad («a la francesa», es decir, nordeuropea transmitida a través del eje Lenguadoc-Narbona-Perpiñán-Lleida), aunque no de lujo, sin que ello supusiese el cese de las importaciones de paños flamencos, y, al igual que en Murcia, la capital del reino habría jugado un papel de centro comercial e industrial regional, respecto a una periferia rural interna, que, justamente por ello, habría tardado más en desarrollarse. El artículo también reivindicaba la importancia de los mercaderes locales como intermediarios de los extranjeros, tanto en la compra de materias primas para los mercados internacionales como en la distribución de productos industriales elaborados en los países de la periferia. Por otra parte, el hecho de que el capital extranjero encontrase tantos obstáculos de orden institucional con el poder real o señorial, con la política económica urbana, con las medidas proteccionistas o con la realidad económica del territorio, tampoco abona la tesis de la periferización y la dependencia colonial, que en su opinión sería preferible substituir por la de una interdependencia económica en el interior de un mismo sistema con distintos niveles de integración. Frente a las explicaciones unilaterales, que oponían las sociedades avanzadas del norte a las más atrasadas del sur, sin tener en cuenta el distinto desarrollo histórico de unas y otras, Iradiel insistía –y ésta era la tesis de fondo tanto del artículo como de sus trabajos anteriores y posteriores– en la reducción de la distancia que separaba a los países de Europa occidental y en particular en los importantes progresos internos experimentados por las regiones peninsulares situadas en la orilla del Mediterráneo.
Se podría decir que toda la obra de Paulino Iradiel, en todos estos cuarenta años, si no ya desde antes, ha girado en torno a esta idea central, que ha desarrollado y particularizado en numerosos trabajos, tanto propios como de sus discípulos. No es difícil, por otra parte, identificar entre ellos cuatro o cinco grandes líneas de investigación, claras y definidas, aunque también interconectadas, con muchos cruces entre ellas y también con varias sublíneas con entidad propia. Sin duda, las más importantes son las referidas a la industria textil y el artesanado, incluyendo las corporaciones de oficio y la política económica; el comercio, los mercaderes y los hombres de negocios en general, con particular atención a las redes económicas y las estructuras institucionales, la organización empresarial y financiera, la promoción social y la cultura de las élites mercantiles; y las ciudades y el patriciado urbano, ampliando la mirada al mercado inmobiliario, las formas de poder y las identidades urbanas. A ellas se añaden las relacionadas con el feudalismo, las estructuras agrarias y la crisis bajomedieval, y, no menos importantes, las relativas a cuestiones metodológicas e historiográficas, fundamentalmente sobre la historia económica, el medievalismo –histórico e historiográfico– y el mundo urbano. Y aún se podría hacer mención de algunos trabajos más dispersos, es decir, no incluidos en la relación anterior, pero que, aunque no tuvieron continuidad ni llegasen a constituir una línea de investigación en sí misma, fueron en su día incursiones importantes y sugerentes en temas como la función económica de la mujer (en actividades no agrarias), los paradigmas de la belleza femenina, el estudio como inversión (sobre los estudiantes valencianos en Italia), el crecimiento económico y la clientela política de los Borja. En todos ellos, siempre omnipresente, el Mediterráneo y el mundo mediterráneo, y también, en gran medida, Valencia y su reino. Y una gran apertura intelectual, siempre receptiva a nuevas propuestas metodológicas, como por ejemplo la prosopografía, aplicada en este caso a artesanos y mercaderes, y teóricas, aun proviniendo de historiadores más jóvenes, como Stephan R. Epstein, por quien sentía verdadera estimación.
Algunos de estos trabajos, pocos, han visto la luz en forma de libros, principalmente los de carácter más general (entre ellos, Las claves del feudalismo), los manuales y los que han sido resultado de los proyectos de investigación que ha dirigido. La mayoría, sin embargo, han sido publicados en revistas especializadas y, sobre todo, en actas de congresos y reuniones científicas. Aquí cabría hacer mención de los cuatro o cinco foros en los que Iradiel ha participado regularmente en todos estos años, hasta el punto de constituir una cita obligada de su calendario académico y un punto de encuentro, además de intercambio y discusión científica, con amigos y colegas. A la Settimana de Prato, cuya alma ha sido y continúa siendo Giampiero Nigro, se añaden el coloquio internacional de Pistoia, organizado cada dos años por el Centro Italiano di Studi di Storia e d’Arte e impulsado por Giovanni Cherubini y, tras la jubilación de éste, por Gabriella Piccinni; la Semana de Estudios Medievales de Estella, de cuyo comité científico han formado parte Juan Carrasco, José Ángel Sesma y Juan Ignacio Ruiz de la Peña, todos ellos amigos muy cercanos de Paulino Iradiel y miembros de la misma generación historiográfica; y los Congresos de Historia de la Corona de Aragón, en cuya comisión permanente ha participado durante años en representación de Valencia, además de ocuparse, junto con Rafael Narbona, de la organización de la XVIII edición que, bajo el título de El Mediterráneo de la Corona de Aragón, siglos XIII-XVI, se celebró en Valencia en 2004. Y aún habría que señalar los Cursos de Especialización de Historia Medieval, que, durante diez años, hasta 2014, se celebraron en el monasterio de Valldigna, dirigidos también por Iradiel y Narbona. Por último, habría que destacar igualmente la importante contribución que supuso en su día la publicación de la Revista d’Història Medieval, editada por el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Valencia, bajo la dirección de Iradiel, y de la que llegaron a salir doce números, entre 1990 y 2002. La revista dedicó varios de sus números monográficos al Mediterráneo, las ciudades y las élites urbanas, actuando a la vez como vehículo de difusión de la investigación propia –de Iradiel y de su escuela– y como lugar de encuentro y discusión entre historiadores de diferentes países.
La trayectoria investigadora de Iradiel no se agota en su propia obra, sino que se extiende, a través de los temas sugeridos, los planteamientos teóricos y metodológicos y, sobre todo, los estímulos y las incitaciones intelectuales, a las numerosas tesis doctorales que ha dirigido. Veintiuna en veinticinco años, de 1984 a 2008, entre las que, además de las ya citadas de Enric Guinot y M. Rosa Muñoz Pomer, que fueron las primeras, se cuentan las de Antoni Furió (el campesinado valenciano bajomedieval), Ferran Garcia-Oliver (el monasterio de Valldigna), Mateu Rodrigo (la revuelta de la Unión), Manuel Ruzafa (la morería de Valencia), Rafael Narbona (el patriciado de la ciudad de Valencia), José María Cruselles (los notarios valencianos), Pau Viciano (la oligarquía urbana de Castellón), Germán Navarro (la industria de la seda), David Igual (las relaciones comerciales entre Valencia e Italia), Enrique Cruselles (los mercaderes valencianos), Carles Rabassa (el desarrollo comercial de Morella), Josep Torró (la colonización feudal), Joaquín Aparici (la manufactura rural y el comercio interior), Francisco Cardells (la organización del territorio y la cultura material), José Bordes (la primera fase del desarrollo industrial en Valencia), Nieves Munsuri (el clero secular desde una perspectiva socioeconómica), Francisco Javier Marzal (la esclavitud bajomedieval) y Antoni Llibrer (la industria textil rural, en el valle de Albaida y el condado de Cocentaina). A pesar de su aparente heterogeneidad, del amplio y variado registro temático que abordan, todas estas tesis, así como los demás trabajos de los diferentes autores, tienen en común el haber profundizado, desde los más diversos ángulos, en la estructura económica de la sociedad valenciana bajomedieval y, a partir de ella, de la Corona de Aragón en general e incluso, en algunos casos, del conjunto del Mediterráneo occidental. El observatorio local y regional es solo eso, un observatorio, en el que analizar problemas más generales y comunes a otros territorios. De aquí la importancia tanto del enfoque comparativo como de las escalas de análisis amplias y las explicaciones globales, con múltiples conexiones. Esto es, al fin y al cabo, junto con su empeño por la reflexión teórica y metodológica que guíe y de sentido al trabajo empírico y su voluntad de renovación y actualización, de mantenerse siempre atento y abierto a lo mejor y más útil de las nuevas tendencias historiográficas, lo que ha caracterizado a la producción investigadora de Paulino Iradiel a lo largo ya de más de cincuenta años, lo que le ha permitido entablar un diálogo permanente y fructífero con historiadores de otros países, lo que ha cimentado su proyección internacional y el respeto que merecen su figura y su obra, y lo mejor también que ha podido legar a sus discípulos y al medievalismo español y mediterráneo.
Este es un libro de reconocimiento y homenaje a la trayectoria científica y académica de Paulino Iradiel, a su importante contribución a la historia económica y social de la Edad Media. Hace dos años, en 2018, David Igual y Germán Navarro recogían en otro libro, El País Valenciano en la Baja Edad Media. Estudios dedicados al profesor Paulino Iradiel, el homenaje de sus discípulos directos, de aquellos a quienes había dirigido la tesis doctoral. El que ahora se publica, justo cuando llega a los 75 años de edad y cuando se cumplen también 40 de su llegada a Valencia, reúne las aportaciones de quince colegas y amigos de diferentes países que han querido, con ellas, presentar también su testimonio de afecto y consideración. Quince historiadores españoles, franceses e italianos, entre los que se encuentran desde quien fue uno de sus maestros (José Ángel García de Cortázar) a su primer doctorando (José María Monsalvo Antón), todavía en Salamanca, aunque finalmente no terminaría su tesis con él al trasladarse Iradiel a Valencia; sus compañeros de generación en España (Juan Carrasco, Alfonso Franco, quien desgraciadamente ya no podrá ver publicado este libro, José Enrique López de Coca, Antoni Riera Melis y J. Ángel Sesma Muñoz); una nutrida representación de medievalistas italianos (Alberto Grohmann, Luciano Palermo, Giuliano Pinto, Giampiero Nigro, Amedeo Feniello, Gabriella Piccinni y Franco Franceschi, que representan ambos el recuerdo especial de su gran amigo Giovanni Cherubini), en su mayoría del centro-norte de la península, con quienes Iradiel ha mantenido una larga y estrecha relación; y la francesa Elisabeth Crouzet-Pavan, cuya área de estudio ha sido siempre Venecia y el norte de Italia. A todos ellos les queremos agradecer su participación en este libro y también su paciencia durante la dilatada gestación del mismo. Hoy finalmente ve la luz y, con él, el Departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Valencia quiere expresar también su agradecimiento a quien ha sido su director durante tantos años y, siempre, un estímulo intelectual potente y un referente cercano del trabajo científico y académico bien hecho.
Valencia, abril de 2020
L’USO DELLE FONTI NELLA STORIA ECONOMICA DEL MEDIOEVO
Alberto Grohmann Università di Perugia
Alla domanda del bambino: «Papà, spiegami allora a che serve la storia», com’è noto il grande Marc Bloch rispondeva che la storia non è semplicemente la scienza che studia il passato, la storia è «la scienza degli uomini nel tempo», e la sua conoscenza è fondamentale per gli individui per «comprendere il presente mediante il passato» e allo stesso tempo per «comprendere il passato mediante il presente». Lo storico è come l’orco delle favole, sempre alla ricerca di nuove prede, per lui le prede sono i documenti, di cui non è mai sazio. Documenti che, intrecciati sempre tra loro, consentono al ricercatore di individuare elementi, dati, fatti da sottoporre a un’incessante analisi critica, onde poter giungere alla ricostruzione degli elementi fondamentali della civiltà di una fase temporale che ci ha preceduti, al fine di comprendere quella in cui viviamo e operiamo, nella piena consapevolezza che ciò che il suo lungo lavoro di analisi può fargli apparire connotato di verità potrà in futuro essere modificato e ribaltato da lui stesso o da altri, indagando su altre fonti e altri documenti.1 Il che implica che la storia, come ebbe ad affermare Lucien Febvre,2 debba essere considerata «come studio condotto scientificamente e non come scienza» in quanto si tratta di una ricerca effettuata sulla base di documenti raccolti con grande pazienza, criticamente valutati e costantemente messi a confronto gli uni con gli altri. In tal senso la storia in tutte le sue varianti e declinazioni è scienza degli uomini, che nel mutare del tempo e dello spazio hanno attribuito al «vero» un valore che si è andato modificando.
Va anche chiarito che il lavoro dello storico, per quanto accurato esso sia, è un continuo divenire e non termina mai. Lo storico è alla costante ricerca di nuovi documenti e d’inedite interpretazioni di quelli già noti, fonti che devono essere sottoposte a un’incessante analisi critica. Un serio studioso deve, però, avere la piena consapevolezza che, per quanto le sue ricerche saranno accurate, le fonti utilizzate –sia archivistiche, sia letterarie, sia iconografiche, sia cartografiche, sia bibliografiche, sia quelle più attuali delle grandi «banche dati»– saranno molteplici e continuamente tra loro poste a confronto, esisterà sempre la possibilità che altri documenti o altri modi e metodi d’approccio all’analisi potranno in futuro modificare anche sostanzialmente le conclusioni alle quali è giunto con il suo lavoro. Le nuove ricerche non toglieranno valore a quelle che le hanno precedute, ma saranno in grado di fare luce su diversi aspetti, su differenti comportamenti d’individui, gruppi, ceti, istituzioni, arricchendo il livello della conoscenza della collettività civile, dando nuovo peso a strutture ed elementi economici, sociali, politici e culturali dei quali a volte, anche nella memoria collettiva, si è perso il significato e il valore.
Va anche aggiunto che la storia non è semplicemente una scienza che studia il passato, è soprattutto un ambito culturale tramite il quale si possono comprendere le differenti opzioni che gli uomini che ci hanno preceduto hanno effettuato nel variare del tempo, dello spazio e delle loro esigenze, al fine di far sì che nel presente gli individui e le istituzioni siano in grado di effettuare le proprie scelte con maggiore consapevolezza. Se ciò è vero per la storia generale lo è ancor più per la storia economica e lo è stato in tempi passati anche per l’economia, basti ricordare la nota affermazione di John Maynard Keynes: «l’economista deve studiare il presente alla luce del passato per fini che hanno a che fare con il futuro».3 Sono convinto che un’indagine per essere effettivamente di natura storico-economica debba fare essenzialmente uso di strumenti concettuali, di categorie analitiche, di tipo di logica propri della teoria economica. Come ebbe a sottolineare Luigi Einaudi, «Per scrivere storia economica o per elaborare […] gli scarsi materiali del passato, non occorre davvero una raffinata preparazione matematica. L’essenziale è di essersi fabbricata una testa atta a comprendere in che cosa consista il problema economico, a snidarlo di mezzo alla farragine di fatti o dati secondari, di dottrine inconsistenti, artefatte o ridicole».4 In ciò lo storico economico come soggetto e la storia economica come disciplina, a mio avviso, hanno stretti rapporti con l’economista teorico, anche se quest’ultimo, purtroppo, è sempre più attratto dalle previsioni utili al futuro e tende a limitare il numero delle variabili da prendere in considerazione.
Occorrerebbe ricordare che nel significato originario del termine storia economica il sostantivo è ‘storia’ e l’aggettivo è ‘economica’. Il che comporta che in questo ambito di ricerca bisogna leggere il passato, con tutta la sua complessità e i suoi problemi, muovendo da fatti, eventi, andamenti, congiunture di carattere economico, interpretati alla luce delle teorie che avevano fatto sì che quegli eventi si realizzassero, si potessero controllare o anche indirizzare verso nuovi orizzonti, senza però tralasciare l’esigenza di comprendere perché e in qual modo gli andamenti dell’economia in ogni tempo e in ogni spazio siano stati condizionati da una pluralità di fattori, anche di natura non economica, e in primo luogo dal potere politico e da quel sistema di valori che connota ogni civiltà in una data fase temporale e in un determinato contesto spaziale. È anche indispensabile che i dati raccolti possano essere inseriti in delle serie quantitative, utili a porre in evidenza le fasi di crescita, di declino e/o di stasi dei fenomeni che vengono sottoposti all’analisi.
Va anche sottolineato che spesso nell’utilizzazione dei dati quantitativi vi è una distinzione tra gli storici generali e gli storici economici. Per lo storico generale, che tende ad adoperare come categorie principali della sua analisi la politica, le istituzioni e la cultura, i dati strutturali sono essenzialmente uno strumento per contribuire alla ricostruzione degli eventi di una data epoca e per comprendere meglio l’operato delle istituzioni e il determinarsi dei rapporti sociali. Per lo storico economico gli stessi dati strutturali sono la base di partenza imprescindibile per indagare su un determinato sistema economico, sull’andamento e sul determinarsi dei cicli, delle fasi di espansione, regressione, ristagno, sviluppo, sono le variabili storiche da applicare a un modello teorico, onde comprendere la funzionalità dello strumento concettuale della teoria. In tal senso, anche in relazione alle indagini sul Medioevo, non è l’inserimento di dati quantitativi nell’analisi che distingue il lavoro di un medievista puro da quello di uno storico economico del Medioevo, ma il metodo e la finalità dell’indagine.
Se accettiamo questa sorta di postulato –ma so bene che molti storici generali e forse anche studiosi ufficialmente addetti alla storia economica non condividono la mia ipotesi– la storia economica come disciplina e gli storici economici come ricercatori hanno più stretti rapporti con i teorici dell’economia che con gli storici in senso lato. Anche se va sottolineato che tra economisti e storici economici esistono delle differenze, che si sono andate approfondendo con il tempo e specialmente si sono acuite negli ultimi decenni. Questi divari d’impostazione metodologica hanno portato le metodologie degli storici e degli economisti a divergere: mi riferisco al periodo breve o lungo che viene posto a base dell’analisi; a un certo carattere di ripetibilità, direi di supposta razionalità, che l’economista tende ad attribuire alle sue variabili; all’esigenza propria dello storico economico di dover tenere continuamente presente la variabile istituzionale-sociale.
Detto tutto ciò, a mio avviso, va ulteriormente sottolineato che per comprendere la reale struttura del passato, le sue coordinate, i suoi cicli, la sua evoluzione, occorre necessariamente aver chiare quali siano le categorie dominanti della nostra ricerca, altrimenti si rischia di frammentare la civiltà che intendiamo studiare e la sua organizzazione di produzione, di scambio e di consumo in una miriade di piccoli settori che, per quanto singolarmente interessanti, non consentono di cogliere i tratti salienti di quella data spazialità e diacronia in cui determinati uomini sono vissuti, né di effettuare comparazioni spaziali e temporali, senza le quali la nostra ricerca non ha ragione di essere. Non bisogna nemmeno dimenticare, come ha sottolineato C.M. Cipolla, che lo storico economico, a differenza dell’economista teorico, per comprendere una data epoca e i suoi uomini, «deve prendere in considerazione tutte le variabili, tutti gli elementi, tutti i fattori in gioco. E non solo le variabili ed i fattori economici». Aggiungendo che «in altre parole, lo storico economico deve tener conto di tutte le n variabili di una data situazione storica»,5 perfino del comportamento a volte irrazionale degli uomini vissuti in una data epoca, influenzati da credenze e paure.
Come scriveva J.A. Schumpeter, per chiarire il valore fondamentale della storia anche per l’economista,6
Non si può sperare di comprendere i fenomeni economici di una qualsiasi età, compresa quella presente, senza un’adeguata misura di senso storico o di quella che può essere chiamata ‘esperienza storica’. [E aggiungeva] Il secondo modo è che l’esposizione storica non può essere puramente economica ma riflette, inevitabilmente, anche fatti ‘istituzionali’ che non sono puramente economici: perciò lo studio della storia costituisce il metodo migliore per comprendere come i fatti economici e non-economici sono in relazione gli uni con gli altri e come le varie scienze sociali debbono essere messe in rapporto fra loro
Michel Foucault ci ha mostrato che i frammenti di memoria che recuperiamo lungo il viaggio che dal presente ci conduce al passato ci forniscono la base interpretativa del significato del nostro percorso verso la conoscenza del presente e anche del nostro stesso essere. Scriveva Foucault: «L’obiettivo […] è quello di tracciare la storia dei diversi modi in cui, nei vari ambiti della nostra cultura […], gli uomini hanno sviluppato una conoscenza di sé».7 Riferendosi alla lezione metodologica di Foucault annotava P. H. Hutton: «Scandagliare il passato deve insegnarci che esistono opzioni tra le quali siamo liberi di scegliere, e non solo continuità alle quali conformarci».8 In tal senso la storia, indipendentemente dall’arco cronologico e dallo spazio sottoposti ad analisi, consente di comprendere il presente mediante il passato e allo stesso tempo di comprendere il passato mediante il presente. Scriveva saggiamente Antonio Gramsci nei Quaderni del carcere:9
Come (e perché) il presente sia una critica del passato, oltre che un suo «superamento». Ma il passato è perciò da gettar via? È da gettar via ciò che il presente ha criticato «intrinsecamente» e quella parte di noi stessi che a ciò corrisponde. Cosa significa ciò? Che noi dobbiamo aver coscienza esatta di questa critica reale e darle un’espressione non solo teorica, ma politica. Cioè dobbiamo essere più aderenti al presente che noi stessi abbiamo contribuito a creare, avendo coscienza del passato e del suo continuarsi (e rivivere).
Come chiariva Marc Bloch, nella prima nota a pie’ di pagina dell’Introduzione alla sua splendida opera già citata,10
Sono stato discepolo di due autori [Charles-Victor Langlois e Charles Seignobos] e, in particolare, di Seignobos. Mi hanno dato entrambi preziosi segni della loro benevolenza. La mia formazione di base deve molto al loro insegnamento e alla loro opera. Ma essi non ci hanno soltanto insegnato, tutti e due, che lo storico ha come primo dovere la sincerità; non ci nascondevano neppure che il progresso medesimo dei nostri studi è dato dalla necessaria contraddizione fra le successive generazioni di studiosi. Rimarrò dunque fedele alla loro lezione se li criticherò liberamente là dove lo crederò utile, come mi auguro che un giorno i miei discepoli, a loro volta, mi critichino.
Gli stessi Langlois e Seignobos, ci aveva ricordato C.M. Cipolla, avevano scritto nel 1898, che «senza documenti non vi è storia»; e anche che G.R. Elton nel volume The Practice of History, del 1967, aveva ribadito: «conoscenza di tutte le fonti e competente valutazione critica delle stesse: questi sono i requisiti di base di una attendibile storiografia».11 Ma, come sottolineava Fernand Braudel:12
L’importanza assunta dalle fonti documentarie ha fatto credere allo storico che tutta la verità stesse nell’autenticità documentaria. [Aggiungendo] «È sufficiente» scriveva solo ieri Louis Halphen [il testo citato di Halphen era del 1946] «lasciarsi in qualche modo portare dai documenti, letti uno dopo l’altro, così come ci si offrono, per vedere ricostituirsi quasi automaticamente la catena dei fatti».
A mio avviso, in questo contesto il primo punto sul quale occorre far chiarezza è il seguente: cosa intendiamo quando parliamo di storia economica relativamente al Medioevo? Ed ancora, esiste una specifica o almeno largamente condivisa metodologia storico-economica in relazione al Medioevo?
La società medievale, per la poliedricità di caratteri che presenta, derivanti dai diversi assetti politico-istituzionali, dal variare dei rapporti di dipendenza tra i vari soggetti, da inuguale distribuzione dell’uomo nello spazio e da disparate fortune degli aggregati umani, dal mutare delle culture e delle mentalità nei vari ambiti, richiede necessariamente, a mio parere, che il lavoro dello studioso non proceda in base a delle categorie globalizzanti e preconcette, non segua pedissequamente dei modelli utilizzabili nel variare del tempo e dello spazio, ma si adegui continuamente alle trasformazioni degli aggregati sociali, al variare degli stadi della tecnica e ai presupposti teorici che gli uomini tesero a realizzare. A mio avviso solo una serie di studi condotti con metodologie similari ed effettuati in spazi e tempi differenti consentirebbe di giungere a delle categorie tipologizzabili e a ottenere le dovute comparazioni spazio-temporali.
Vi è poi un altro elemento da porre in luce. Vari decenni fa si è ritenuto che la storia economica fosse essenzialmente la storia dei fatti e degli accadimenti economici: storia della produzione, dello scambio, del consumo, del lavoro, dei prezzi, dei salari, della moneta, ecc. In relazione al Medioevo, data la carenza e la frammentarietà delle fonti, specialmente di quelle di natura quantitativa, e data la disparità dei mercati e delle strutture politiche e sociali, si giunse a studiare dei micro spazi e si fece largo uso del tempo breve. Così si scrissero lavori, pur assai raffinati, sul trasporto di alcune balle di stoffe, sul costo del lavoro in una data azienda in relazione a pochi anni, sull’entità della popolazione in un piccolo aggregato umano, per fare solo qualche esempio.
Questi studi pionieristici, pur di grande interesse, hanno avuto a mio avviso il difetto di non mettere in meritata luce la valenza globalizzante dell’economico.
Se noi consideriamo la definizione di economia politica, prendendo le mosse da una delle sue prime accezioni esplicite, quella data da Antoine de Montchréstien nel suo famoso Traicté de l’oeconomie politique del 1615, vediamo definire l’economia quale «scienza dell’acquisizione della ricchezza», e sottolineare che l’aggettivo «politica» sta a indicare che questa scienza è necessaria allo stato e non solo alla casa, alla famiglia o al soggetto singolo, come l’etimologia greca della parola potrebbe far intendere.
È una concezione analoga a quella che troviamo in Adam Smith, che risulta implicita sin dal titolo della sua famosa opera Ricerca sopra la natura e le cause della ricchezza delle nazioni e che viene esplicitata nella definizione data dallo stesso autore nell’Introduzione al libro IV:13
L’economia politica, considerata come ramo della scienza dello statista o del legislatore, si propone due fini distinti: primo, provvedere un abbondante reddito o sussistenza alla popolazione, o più esattamente metterla in grado di provvedere a se stessa tale reddito o sussistenza; e secondo, fornire allo stato o alla repubblica un reddito sufficiente per i pubblici servizi. Essa si propone di arricchire sia il popolo che il sovrano.
Nell’accezione di Smith oggetto dell’economia politica è la ricchezza, intesa quale insieme dei prodotti del lavoro capace di soddisfare i bisogni umani, e l’analisi economica consente di chiarire il grado di economicità o di valore economico presente in ogni determinata e concreta situazione storica. Proprio in quanto nella concezione di Smith la scienza economica non presenta connotazioni riconducibili a quelle della scienza della natura, risulta evidente l’impossibilità per lo scienziato di far ricorso all’esperimento e il suo bisogno di verificare le ipotesi in una sistematica analisi storica.
Indubbiamente il limite maggiore dell’analisi di Smith, come della maggior parte dei classici, fu quello di considerare il sistema economico a lui contemporaneo –quello del capitalismo– e quindi il sistema dei rapporti che determinano la vita economica in questo sistema, come formazioni eterne e immutabili.
La pretesa immutabilità e universalità del sistema capitalistico e il condizionamento da esso esercitato sull’economia politica sono i punti nodali da cui muove Karl Marx per criticare l’economia politica classica. In tal senso il Capitale si presenta come tentativo di mettere in evidenza la «legge del movimento» del sistema capitalistico sulla base della storicità e quindi della transitorietà, facendo essenzialmente ricorso all’analisi storica.
I rapidi cenni di cui sopra vogliono solo sottolineare l’esigenza che ogni analisi economica quando dallo short run passa al long run necessita di una puntuale e documentata analisi storica, sotto pena di cadere nell’astrattezza propria degli economisti teorici (oggi purtroppo spesso diffusa anche nella più recente storiografia di natura economica) di attribuire un supposto carattere di ripetibilità, di razionalità alle variabili prese in esame nel modello teorico.
I richiami effettuati vogliono anche porre in evidenza il fatto che le teorie economiche non possono essere considerate in astratto rispetto alle realtà oggetto di analisi, altrimenti si determinano delle forzature e non si riesce a comprendere con chiarezza la valenza che un dato sistema economico ebbe per un aggregato sociale, che quel sistema economico pose in atto, con maggiore o minore consapevolezza e teorizzazione, ma sempre per ottenere il massimo risultato in base ai mezzi, alle risorse e alle capacità disponibili. Massimizzazione che, a sua volta, andò a favore di cerchie ristrette o ampie di soggetti, a secondo dei rapporti di dipendenza e dei gradi di libertà, che un determinato sistema politico-istituzionale volle assicurare ai suoi componenti.
Va inoltre sottolineato con fermezza che, se per effettuare delle valide analisi storico-economiche in relazione all’età medievale è indispensabile che il ricercatore si doti di una salda preparazione economica, è però altrettanto necessario che lo stesso abbia una buona formazione culturale in campo politico-istituzionale, sappia correttamente analizzare fonti in latino o nei vari idiomi volgari che andarono gradatamente affermandosi, si doti di una buona conoscenza paleografica e diplomatica. Solo grazie a questa duplice formazione culturale (economica e umanistica) il ricercatore sarà in grado di dominare le fonti, di porre alle stesse le domande utili a poter soddisfare gli elementi di fondo del tema che vuole indagare.
L’importanza fondamentale dello studio sistematico delle fonti di archivio nell’analisi storica e particolarmente nella storia economica ha spinto schiere di studiosi fino a tutti gli anni ‘70 e agli inizi degli ‘80 del sec. XX, come si è detto, a effettuare lavori estremamente minuziosi, che spesso avevano però il difetto di concentrarsi solo su tempi brevi, spazi limitati e avvertivano poco l’esigenza dell’analisi comparativa spazio/temporale. Anche agli studenti che chiedevano una tesi di laurea in storia economica i docenti indicavano fonti di archivio ancora inesplorate sulle quali impegnarsi nello studio di un qualcosa che doveva avere il carattere di originalità, proprio in quanto non già analizzato da altri studiosi. Il che comportava necessariamente, che, malgrado il lungo lavoro sulle fonti archivistiche, gli studi si concentrassero su tempi e spazi di breve durata.
Ma, come notava già nel 1969 Fernand Braudel:14
La recente rottura con le forme tradizionali della storiografia del XIX secolo […] è andata a beneficio della storia economica e sociale, e a detrimento della storia politica. […] Ma soprattutto c’è stata un’alterazione del tempo storico tradizionale. Un giorno, un anno potevano sembrare ieri delle buone misure ad uno storico politico. Il tempo era come una somma di giornate. Ma una curva dei prezzi, una progressione demografica, il movimento dei salari, le variazioni del tasso di interesse, lo studio (più immaginato che attuato) della produzione, una serrata analisi della circolazione richiedono più ampie misure, un’altra scala.
Lavori pur di grande interesse come quelli di Sapori, di Luzzatto, di Melis e dei loro allievi, tanto per fare solo degli esempi di autori italiani noti a tutti (o almeno a quelli della mia generazione), si riempivano di trascrizioni di documenti d’archivio, di dati, di tabelle, a volte erano perfino quasi solo composti di tabelle –come alcuni volumi pubblicati da Giuffré sotto la direzione di Luigi Dal Pane–;15 gli stessi autori disquisivano spesso sull’esigenza di effettuare analisi per totalità dei dati disponibili o di far ricorso a campionature, più o meno matematicamente determinate.16 Gli storici economici, a differenza degli storici generali, posero in luce sempre più l’esigenza di disporre di serie quantitative utili a far luce su costi, ricavi, prezzi, salari, andamenti di produzioni e di cicli commerciali. Come sottolineava Witold Kula, ciò che distingueva il lavoro dello storico economico da quello dello storico generale era che per il primo «La rilevazione di un singolo prezzo di una data merce non solo non è interessante, ma è addirittura incomprensibile, se non può essere inserito in una serie di altri rilevamenti di prezzi, della stessa e di altre merci, aventi una certa continuità temporale». Questo, sempre secondo il grande storico polacco, «ha notevoli conseguenze per il lavoro dello storico economico, che si presenta assai più impegnativo e che consente minori possibilità in ordine alla pubblicazione di raccolte di fonti. Tanto più che queste raccolte non possono tendere all’esaurimento del materiale, ma solamente tentar di raggiungere un elevato grado di rappresentatività e tipizzazione. (Aggiungendo) Non si eliminerebbe, pertanto, la necessità, per il futuro ricercatore, di risalire di nuovo ai documenti originali».17
Ma il problema di fondo fino a tutti gli anni ‘80, come ebbe a sottolineare acutamente C.M. Cipolla,18 fu che
La scuola economico giuridica fu nel complesso molto storica, molto giuridica ed inadeguatamente economica nel senso che si distinse per lo studio preciso delle istituzioni giuridiche, ma mancò di esplicitare adeguatamente i paradigmi economici che poneva alla base della interpretazione dei fatti economici, i quali paradigmi quando il lettore si fa sforzo di enuclearli dal contesto della narrazione li trova il più sovente rozzi e spesso inconsistenti. Alphons Dopsch, Henry Pirenne, Gioacchino Volpe, Marc Bloch, Armando Sapori, per non citare che i nomi più famosi, appartennero tutti a questa corrente cui appartenne sostanzialmente anche Gino Luzzatto con una caratteristica però tutta sua: che lui si era interessato vivamente alla polemica metodologica tedesca della fine dell’0ttocento, che lui, nella sua indefessa operosità, aveva letto e continuava a leggere i maggiori contributi degli economisti teorici.
A partire proprio, però, dagli anni ‘70 e dagli ‘80, dopo i movimenti di studenti e lavoratori e i conseguenti sostanziali mutamenti in campo economico e sociale, da più parti s’iniziò a teorizzare che la storia in tutte le sue declinazioni non fosse più rilevante. Si ritenne che solo la storia strettamente contemporanea o almeno quella successiva alla rivoluzione industriale potesse ancora essere utilmente indagata.
La società contemporanea, con le sue rapidissime modificazioni che fanno sì che ogni elemento diventi rapidamente obsoleto, sembrò in gran parte aver dimenticato l’importante funzione della storia. Solo il presente e il suo continuo mutare apparve dotato di interesse. Il passato, particolarmente per le giovani generazioni, iniziò a divenire privo di attrattiva e di presunta utilità. Un famoso piccolo testo di Jean Chesneaux, del 1976, ebbe il rivoluzionario titolo: Du passé faisons table rase? A propos de l’histoire et des historiens. Scriveva Chesneaux:19
Dans la lutte contre l’ordre établi, refuser le passé et ses images d’oppression est une tendance naturelle. […] Mais le refus du passé n’exclut pas le recours au passé. […] La volonté de libérer le passé, de s’appuyer sur lui pour affirmer l’identité nationale, est aussi forte dans les mouvements de libération du tiers monde au XXe siècle. […] Il faut, et cela bouleverse plus encore nos habitudes, prendre conscience du fait que la réflexion historique est régressive, qu’elle fonctionne normalement à partir du présent, à contre-courant du flux du temps, et que c’est sa raison d’être fondamentale.
Spinti dai bisogni e dalle esigenze della società industriale, che iniziava a porre in luce i suoi elementi interni di crisi, l’attenzione degli storici si rivolse a studiare in campo sociale la condizione delle masse lavoratrici, in campo più strettamente storico-economico si tese ad abbandonare gli studi sul medioevo e l’età moderna e ci si andò sempre più a interessare di indagini sull’industria, sul mercato, sulle variazioni e modificazioni della tecnologia, della finanza, del sistema creditizio, sulle fonti energetiche, sulle modificazioni climatiche, sulle variazioni del Pil. Tutto ciò comportò l’esigenza di far ricorso nell’analisi a una serie di fonti diverse, in primo luogo alle fonti statistiche prodotte da enti pubblici e privati sia in ambito nazionale sia internazionale, fonti ricche di dati quantitativi che consentissero raffinate elaborazioni matematiche.
Se fino a tutti gli anni ‘70, gli studiosi facenti capo a qualsiasi branca disciplinare in ambito storico, che all’epoca venivano considerati come appartenenti alle «giovani generazioni», erano stati fortemente influenzati dalla storiografia francese collegata alla Scuola delle «Annales», proprio fra fine anni ‘70 e inizi ‘80 l’interesse dei «nuovi» storici economici si indirizzò verso le tematiche e le metodologie affermatesi già negli anni ‘60 negli U.S.A e in area anglosassone in genere.20 Come ebbe a sottolineare C.M. Cipolla, «In questi paesi [quelli di cultura anglosassone] una cultura economica più diffusa, una abitudine al più corretto uso di termini economici (in buona parte coniati nella lingua inglese) nel linguaggio quotidiano, fecero sì che anche gli storici economici che non avevano una particolare preparazione economicista fossero sovente in grado di impiantare discorsi che non solo storicamente, ma anche dal punto di vista della logica economica, non prestavano il fianco a critiche severe. E fu appunto […] negli Stati Uniti che si verificò la reazione più drastica al tradizionale modo di fare la storia economica».21 Notava criticamente lo stesso Cipolla che questi nuovi storici economici:22
avvertono molto meno dei loro colleghi di formazione più prettamente storica la necessità di mediazione con le fonti e, preoccupati soprattutto del «modello» teorico presentato, non esitano a forzare le cose insistendo nel porre domande che trovano riscontro nei dibattiti di moda della teoria […] Non trovando nelle fonti delle epoche di cui si occupano i dati storici necessari, fanno acrobazie e in più di un caso ricorrono a dati sostitutivi […] Si producono così spesso lavori che, perfettamente ammirevoli per la eleganza logica del «modello» teorico interpretativo e per l’ingegnosità dell’apparato statistico, rimangono creature dai piedi di argilla […].
La cliometria e l’econometria iniziarono a conquistare pagine di saggi su riviste e di volumi. L’utilizzazione di «modelli» andò diffondendosi a ritmo crescente. Una consistente quota parte degli studiosi gradatamente divenne meno «storica» e più «economica». Da una Storia economica si passò spesso a un’Economia storica, per poi gradatamente abbandonare anche l’analisi storica in senso stretto. I dati del passato, con maggiore interesse per quelli quantitativi che per quelli qualitativi, divennero sempre più utili per sostenere o per confermare delle tesi astratte di economisti teorici. Per questi nuovi settori d’indagine storica le fonti archivistiche tradizionali vennero a perdere d’importanza. La forte connotazione economica delle ricerche richiedeva il ricorso a grandi banche dati, il che fu favorito dalla larga diffusione dei computers e successivamente dalla possibilità per gli studiosi di reperire dati tramite internet. Tempi e spazi si andarono così dilatando, in modo impensabile fino a quel momento. Gli archivi italiani ed europei in genere, specialmente quelli di stato, videro le loro sale di studio divenire sempre più ambiti desertificati, in quanto i docenti non solo li utilizzavano poco per le loro ricerche (o spesso non li consultavano affatto), ma non obbligavano più nemmeno i loro studenti a frequentarli per tesi di laurea o di dottorato. Carotaggi del ghiaccio in Groenlandia divennero fonte utile per studiare le variazioni climatiche di secoli passati e le conseguenti produzioni agricole in spazi differenziati; analisi su scheletri di millenni fa consentirono di comprendere il tipo di cibo e di calorie che quei soggetti avevano ingerito, in modo di metterli a confronto con quelle di operai del sec. XIX o con il variare delle risorse energetiche utili a produrre i beni;23 le formulazioni utili ad analizzare il calcolo attuale del Pil vennero utilizzate per studiare, pur con pochi dati disponibili, il prodotto interno lordo di società di centinaia di anni fa; tanto per fare solo qualche esempio. La storia economica non fu più «la scienza degli uomini nel tempo», ma tese ad assumere una nuova fisionomia e una nuova funzione, quella di verificare con dati di un lungo passato, spesso anche assai remoto, la valenza di recenti teorizzazioni di economisti puri. Ciò che spesso scomparve da questi nuovi studi, pur così stimolanti e intelligenti, furono due elementi base che fino ad allora a partire da Tucidite avevano connotato la Storia, ossia: gli «uomini», ridotti a numeri e a entità astratte; e le categorie «spazio/tempo» che erano sempre sembrate essere la base di ogni ricerca storica. Tanto da far affermare a C.M. Cipolla: «L’eliminazione dell’individuo rappresenta una delle più gravi lacune nella storiografia economica corrente ed uno degli elementi che contribuiscono al suo peccato originale di semplicismo».24
Queste variazioni d’interesse storiografico e queste trasformazioni pur parziali degli «storici economici» in «economisti storici» non furono certo totali. Accanto a questi nuovi studi continuarono e continuano ad apparire ottimi lavori di storia economica fondati in primo luogo sulle fonti archivistiche, basti pensare a titolo di esempio a un fondamentale lavoro di storia economica di un collega statunitense R.A. Goldthwaite, The Economy of Renaissance Florence, apparso recentemente anche in edizione italiana per i tipi di Il Mulino.25 Come vorrei ricordare un libro di storia economica che io ho molto amato quello di Steven Marcus, Engels, Manchester e la classe lavoratrice, tradotto in italiano da Luca Fontana e apparso per i tipi di Einaudi nel 1980; lavoro ove le fonti principali sono quelle letterarie, come i testi di Charles Dikens, Thomas Carlyle, Cyrus Redding e tanti altri letterati che trattano delle coke towns e delle condizioni di vita dei lavoratori.26 Anche io, a volte, nei miei studi, ho preferito privilegiare il ricorso a fonti apparentemente non di natura economica, ossia quelle di natura cronachistica, letteraria e iconografica, volendo studiare delle tematiche di storia economica, in quanto mi è parso che le stesse, pur nell’ovvia mediazione culturale dei vari autori, permettessero di indagare in maniera più complessiva sul determinarsi e concretizzarsi di modi comportamentali, direttamente connessi a tematiche economiche, sociali e politiche, che nel corso del tempo si sono venuti affermando. Ma ripeto sono pienamente convinto che lo storico non possa né debba mai utilizzare una sola fonte nei propri lavori, ma sempre una pluralità delle stesse da mettere a confronto e da sottoporre a una serrata analisi critica.
Se gli storici economici nella maggior parte dei casi hanno da decenni ormai abbandonato il Medioevo come arco cronologico delle proprie analisi, va sottolineato che al contrario molti medievisti puri hanno dedicato larga parte dei propri studi a tematiche economiche, come ad esempio il commercio, la banca, la struttura e la vita nelle campagne e negli aggregati umani, ecc. Ma va ancora una volta posto in luce che anche se questi lavori, pur di grande interesse, hanno determinato una svolta nella medievistica italiana e internazionale, grazie proprio all’arricchimento che agli stessi è stato dato dall’apporto dell’indagine su fonti economiche e quantitative, a tutt’oggi può notarsi nei singoli autori una carenza di formazione teorico-economica.
Vorrei concludere affermando che io, pur essendo stato a volte critico con le nuove tematiche e impostazioni della storia economica –basti far riferimento alla mia relazione nel citato convegno datiniano dedicato a Dove va la storia economica?, e al mio contributo al dibattito nel convegno Le iterazioni fra economia e ambiente biologico nell’Europa preindustriale secc. XIII-XVIII–27 e pur avendo ormai raggiunto la veneranda età di 75 anni, mosso dalla mia consueta curiosità sono molto attratto da questi studi condotti con una metodologia così distante da quella che avevo appreso e che ho cercato di utilizzare nei miei lavori. Trovo che nel variare del tempo e dei bisogni della società, anche in ambito culturale, questi nuovi metodi e approcci possano essere di grande utilità, anche se io certo ormai non riuscirò mai a effettuarne.
1 M. Bloch, Apologia della storia o Mestiere di storico, con Prefazione di J. Le Goff, Torino, Einaudi, 2006, p. 7. Sulle fonti della storia si vedano le sempre magistrali pagine di J. G. Droysen, Istorica. Lezioni sulla Enciclopedia e Metodologia della Storia, trad. di L. Emery, Milano-Napoli, Riccardo Ricciardi Editore, 1966, pp. 63-87.
2 L. Febvre, Problemi di metodo storico, Torino, Einaudi, 1976. Per Febvre, la storia è «lo studio scientificamente condotto delle diverse attività e delle diverse creazioni di uomini di altri tempi, colti nel loro tempo, entro l’ambito delle società estremamente varie e tuttavia comparabili fra loro». In proposito cfr. anche C. M. Cipolla, Tra due culture. Introduzione alla storia economica, Bologna, Il Mulino, 1988, p. 37.
3 La citazione è tratta da C.M. Cipolla, Tra due culture, cit., p. 20.
4 L. Einaudi, Lo strumento economico nell’interpretazione della storia, in «Rivista di storia economica», 1936, p. 156.
5 C.M. Cipolla, Tra due culture, cit., pp. 20-22.
6 J.A. Schumpeter, History of Economic Analysis, New York 1954, tr. it. Storia dell’analisi economica, Torino, Bollati Boringhieri, 1959, p. 16.
7 M. Foucault, Tecnologie del sé, in Un seminario con Michel Foucault. Tecnologie del sé, a cura di L.M. Martin, H. Gutman e P. H. Hutton, Torino, Bollati Boringhieri, 1992, p. 13.
8 P. H. Hutton, Foucault, Freud e le tecnologie del sé, in Un seminario con Michel Foucault, cit., p. 134.
9 A. Gramsci, Quaderni del carcere, Roma, Editori Riuniti, 1971, pp. 20-21 di Passato e presente; annotava lo stesso Gramsci nel VII dei «Quaderni»: «Il processo di sviluppo storico è una unità nel tempo, per cui il presente contiene tutto il passato e del passato si realizza nel presente ciò che è “essenziale” […]. Ciò che si è “perduto”, cioè non è stato trasmesso dialetticamente nel processo storico, era di per se stesso irrilevante, era “scoria” casuale e contingente, cronaca e non storia, episodio superficiale, trascurabile, in ultima analisi».
10 M. Bloch, Apologia della storia, cit., p. 7, nota 1.
11 C. M. Cipolla, Tra due culture, cit., p. 37.
12 F. Braudel, Scritti sulla storia, con Introduzione di A. Tenenti, Milano, Mondadori, 1973, p. 62.
13 A. Smith, Ricerca sopra la natura e le cause della ricchezza delle nazioni, ed. it. con Introduzione di A. Graziani, Torino, UTET, 1965, p. 283.
14 F. Braudel, Scritti sulla storia, cit., pp. 62-63. Il testo era apparso in edizione francese a Parigi per i tipi di Flammarion nel 1969. Annotava sempre Braudel: «A prima vista, il passato consiste in questa massa di piccoli fatti, alcuni clamorosi, altri oscuri e indefinitamente ripetuti, quegli stessi da cui la microsociologia, o la sociometria, sul piano dell’attualità, traggono il loro quotidiano alimento (e vi è anche una microstoriografia). Ma questa massa non costituisce tutta la realtà, tutto lo spessore della storia su cui la riflessione scientifica possa lavorare in modo soddisfacente. La scienza sociale ha quasi orrore dell’avvenimento, e non senza ragione: il tempo breve è la più capricciosa, la più ingannevole delle durate». Ibidem, p. 61. Lo stesso Braudel, parlando di studi incentrati su singoli elementi e su spazi e tempi limitati, nel suo studio dedicato a «Il secondo Rinascimento» aveva scritto: «Questa massa di studi e di conoscenze può risultare alla fine fastidiosa. Troppi particolari si accumulano, che è necessario superare, ponderare, ricondurre al loro significato, quando ne abbiano. Troppi particolari, ossia fatti di cronaca, avvenimenti anche notevoli, biografie anche esemplari. Perché solitamente un’erudizione attiva ma frammentaria ci offre proprio questo tipo di fatti alla rinfusa. Ogni particolare restituisce a suo modo, ma solo per un istante, uno spazio, un tempo che bisognerebbe padroneggiare con precisione». F. Braudel, Il secondo Rinascimento. Due secoli e tre Italie, con Presentazione di M. Aymard e trad. di C. Vivanti, Torino, Einaudi, 1974, p. 8.
15 Si vedano a titolo di esempio G. Porisini, La proprietà terriera nel comune di Ravenna dalla metà del XVI secolo ai giorni nostri, Milano, Giuffrè, 1963; id., Il contenuto economico dei rogiti notarili di Ravenna, Milano, Giuffrè, 1963; C. Rotelli, La distribuzione della proprietà terriera e delle colture ad Imola nel XVII e XVIII secolo, Milano, Giuffrè, 1966.
16 In proposito rinvio a un mio breve intervento in una tavola rotonda organizzata dalla Società degli storici italiani dell’economia a Bologna nel marzo del 1991, apparso in «Proposte e ricerche», 27 (2/1991), pp. 147-154, con il titolo Il ruolo dell’economico negli studi sul Medioevo oggi. Riflessioni brevi e appunti per una discussione; al mio contributo La storiografia economica relativa all’età medievale in Italia (1966-1989), apparso nel volume da me stesso curato Due storiografie economiche a confronto: Italia e Spagna, dagli anni ‘60 agli anni ‘80, Milano EGEA, 1991, pp. 75-125; e anche alla mia relazione Vecchie e nuove sensibilità nella storiografia economica italiana: le tematiche, in Dove va la Storia economica? Metodi e prospettive secc. XIII-XVIII, a cura di F. Ammannati, Firenze, Firenze University Press, 2011, pp. 25-37 (Fondazione Istituto internazionale di Storia economica «F. Datini» Prato, Atti della «Quarantaduesima Settimana di Studi», 18-22 aprile 2010).
17 W. Kula, Problemi e metodi di Storia economica, Milano, Cisalpino Goliardica, 1963, p. 89. Dello stesso W. Kula si veda Storia ed economia: la lunga durata, in La storia e le altre scienze sociali, a cura di F. Braudel, Roma-Bari, Laterza, 1974, pp. 206-233, il testo era già apparso in «Annales E.S.C.», XV (1960), n. 2, pp. 294-313.
18 C.M. Cipolla, Gino Luzzatto o dei rapporti tra teoria e storia economica, in «Ricerche economiche», 1979, poi in M. Finoia, Il pensiero economico italiano, 1850-1950, Bologna, Cappelli, 1980, p. 629.
19 J. Chesneaux, Du passé faisons table rase? A propos de l’histoire et des historiens, Paris, Librairie François Maspero. 1976, pp. 33, 53.
20 In proposito cfr. The New Economic History. Recent Papers on Methodology, New York, John Wiley & Sons, 1970, a cura di R.L. Andreano, ed. it. La nuova storia economica, con traduzione di A. Salsano, Torino, Einaudi, 1975; gli interessanti saggi raccolti nel citato volume intitolato Dove va la storia economica? Metodi e prospettive, secc. XIII-XVIII, con particolare riguardo per l’Italia al saggio di P. Malanima, Storia economica e teoria economica, ivi, pp. 419-427 e per la Gran Bretagna al saggio di W.M. Ormrod, Governement Records: Fiscality, Archives and the Economic Historian, ivi, pp. 197-224.
21 C. M. Cipolla, Tra due culture, cit., pp. 91-92.
22 Ibidem, p. 33.
23 Si veda in proposito il bel volume degli Atti della XXXIV Settimana Datini, dedicato a Economia e energia secc. XIII-XVIII, a cura di S. Cavaciocchi, Firenze, Le Monnier, 2003, e il volume degli Atti della XL Settimana Datini, Le iterazioni fra economia e ambiente biologico nell’Europa preindusriale, secc. XIII-XVIII, Economic and Biological Interactions in Pre-industrial Europe, fron the 13th to the 18th Centuries, a cura di S. Cavaciocchi, Firenze, Firenze University Press, 2010.
24 C.M. Cipolla, Tra due culture, cit., p. 96.
25 R.A. Goldthwaite, The Economy of Renaissance Florence Baltimore, Md., The John Hopkins University Press, 2009; ed it. L’economia della Firenze rinascimentale, Bologna, Il Mulino, 2013.
26 Interessanti esempi di utilizzazioni di fonti letterarie e iconografiche in studi di storia economica sono contenuti anche negli Atti della XXVI e della XXXIII Settimana Datini, dedicati rispettivamente a Il tempo libero, economia e società (Loisir, Leisure, Tiempo libre, Frezeit), a cura di S. Cavaciocchi, Firenze, Le Monnier, 1995, e a Economia e arte, secc. XIII-XVIII, Firenze, Le Monnier, 2002.
27 Fondazione Istituto internazionale di storia economica «F. Datini» Prato, Atti della «Quarantunesima Settimana di Studi» 26-30 aprile 2009, a cura di S. Cavaciocchi, Firenze, Firenze University Press, 2010, pp. 608-609.
ALLE ORIGINI DEL FATTORE ITALIA: LAVORO E PRODUZIONE NELLE BOTTEGHE FIORENTINE DEL RINASCIMENTO
Giampiero Nigro Università degli Studi di Firenze
Il tema della capacità del design rinascimentale è tornato più e più volte nella riflessione sulle attuali potenzialità economiche dell’Italia e delle sue vocazioni manifatturiere. Imprenditori, economisti e sociologi, cogliendo l’utilità della storia, affermano che per irrobustire la qualità e la visibilità del made in Italy è necessario fare riferimento al gusto e alla capacità tecnica e artigianale che ebbe inizio durante il Rinascimento. Dunque l’italian factor trova i suoi precedenti storici nel design-thinking del Rinascimento fiorentino. A parte gli sgradevoli neologismi, ho sempre avuto l’impressione che il concetto di capacità nel disegno rinascimentale sia stato usato solo in quel limitato significato, come se i connotati dei tempi si fossero semplicemente estrinsecati sul piano dell’abilità artistica e della sensibilità estetica.
In effetti nella Firenze degli umanisti e degli artisti del Rinascimento, nella Firenze dei secoli XIV-XVI esisteva un insieme complesso di fattori economici, sociali e culturali che possiamo sintetizzare nella locuzione «fattore Firenze».
Per mostrare questo, dovrò richiamare l’attenzione su una parte della società fiorentina di allora. Non parlerò delle masse dei diseredati, ma di una porzione minoritaria della società, non piccola e fortemente diversificata, che a partire dalla peste del 1348 concorse alla ripresa economica e alla riduzione della polarizzazione della ricchezza. Un ceto intermedio che fu artefice e partecipe di forte dinamismo sociale.
Le condizioni economiche e il dinamismo che caratterizzavano la Città del Giglio nei secoli indicati possono essere colti esaminando i dati del Catasto del 1427 dai quali emerge che a Firenze 1/3 dei capi famiglia deteneva circa il 50 % della ricchezza accertata e che cento famiglie ne avevano il 16-17 %.1 Dunque nel Basso Medioevo la distribuzione era migliore di quanto potessimo aspettarci. Pensando al tempo attuale si rifletta sul fatto che, secondo Banca d’Italia, nel 2012 il 64 % della ricchezza in Italia era in mano al 10 % delle famiglie. Inutile soffermarsi sulla difficoltà di confrontare simili dati in modo corretto; mi limito a dire che essi hanno un valore almeno evocativo e ci aiutano ad affermare che Firenze era una realtà dotata di inusitata vitalità, di una dinamicità creata da quel largo strato sociale che ruotava attorno alle botteghe.
Ecco il nucleo dal quale intendo partire: la bottega;2 la bottega fiorentina, vista soprattutto nel suo funzionamento e che proverò a descrivere sinteticamente cercando di porre in evidenza gli elementi utili alla mia riflessione. Si trattava, nella maggioranza dei casi, di aziende gestite da quello che definiamo l’artigiano classico; un maestro in grado di agire nella condizione di operatore economico libero sul mercato, con un libero accesso alle materie prime e al consumatore finale. A differenza di quanto accadeva a molti produttori di fase nella manifattura tessile, quella autonomia consentiva l’adozione di strategie prive di condizionamenti se non quelli dei propri bisogni e stimoli culturali. Egli governava la sua bottega sulla base di un rapporto di tipo paternalistico che lo legava ai propri dipendenti: il garzone stabile, il lavorante a cottimo, l’apprendista. Persone che, sottolineo questo aspetto, erano fortemente partecipi dei processi produttivi in cui erano inserite. Non esisteva alcuna forma di alienazione dal lavoro che il mondo occidentale ha scoperto con la Rivoluzione Industriale. Possiamo quindi immaginare che, normalmente, dentro la bottega fiorentina di quei tempi ciascun addetto concorresse in modo consapevole e partecipato alla creazione dei prodotti finali, di quei beni che tanto spazio hanno avuto nell’immaginario dei nostri storici dell’arte, ma anche e soprattutto dei consumatori di allora. Si pensi a botteghe come quella di Donatello o del Cellini che gli storici dell’arte hanno chiamato scuole; erano scuole come tutte le altre, uguali alla piccola azienda di Girolamo di Lorenzo Talducci «facitore di scarpe in Por Santa Trinita»,3 uguali a una qualsiasi bottega di farsettaio. Al loro interno ogni pezzo veniva fabbricato in parte dal maestro in parte da chi collaborava con lui. Era un modello di organizzazione della produzione compartecipata che garantiva forti e inusitati elementi di creatività.
Altri aspetti fondamentali erano il tempo e il ritmo del lavoro. Si lavorava, di norma, quindici ore al giorno, dall’alba alla compieta, le ore ventuno secondo l’attuale modo di misurare il tempo.
Faccio un piccolo inciso su questo aspetto: da tempo era entrato in uso l’orologio, strumento razionale, indispensabile all’ormai evoluto mondo del lavoro, che consentiva di superare gradualmente le abitudini indotte dalle antiche quanto incerte misure del tempo tramandate nei conventi e nelle chiese. Molti orologi in Italia erano simili a quello sulla controfacciata del Duomo di Firenze, splendidamente dipinto da Paolo Uccello negli anni Quaranta del Quattrocento. Il quadrante contiene tutte le ore del giorno; le ore ventiquattro non corrispondevano all’attuale mezzanotte astronomica ma, secondo lo stile italico, scadevano al tramonto di ogni equinozio ed erano dipinte sulla parte inferiore dell’orologio (in corrispondenza delle nostre ore sei).4
Torniamo al tempo di lavoro; ho detto che la giornata era di quindici ore con tre intervalli: uno per asciolvere cioè per fare una piccola colazione, uno per il pranzo attorno a mezzogiorno (alla sesta delle ore canoniche) e uno per la merenda all’ora nona, cioè intorno alle quindici.
Le giornate lavorative nell’anno erano mediamente duecentocinquanta con un ritmo settimanale che si aggirava intorno a cinque giorni di quindici ore e il sabato di ben dieci ore.
Questi pochi elementi farebbero immaginare una dimensione pesantissima del lavoro, ma non era così; non lo era grazie al ritmo naturale delle attività che dava spazi alle relazioni umane e consentiva interruzioni legate a necessità personali. Il tempo del lavoro si identificava con quello della vita, l’uno era parte dell’altro. Allora non esisteva il nostro concetto di tempo libero: il tempo dello svago non si contrapponeva a quello del lavoro ma alla continua fatica di vivere; la possibilità di prendersi consolazione poteva investire qualsiasi momento del quotidiano, non solo nelle ore e nei giorni di festa ma anche in quelli della bottega.5
Gli studi che ho condotto su registri contabili di molte aziende mi hanno convinto del fatto che il ritmo del lavoro fosse estremamente diseguale. Diseguale l’intensità con cui ci si applicava alla produzione, diseguale il numero delle giornate lavorative nel mese. Ciò dipendeva non solo dalla diversa distribuzione dei giorni festivi, ma anche da altri fattori come i comportamenti della committenza che poteva provocare brusche accelerazioni e nuovi freni al lavorio della bottega; anche l’avvicendarsi delle stagioni e le cadenze della campagna potevano provocare mutamenti dei ritmi con il temporaneo trasferimento di manodopera cittadina. Gli stessi artigiani, spesso piccoli proprietari, erano talvolta costretti a lasciare la bottega per recarsi nella loro presa di terra.
Infine erano assai frequenti le assenze dal lavoro per motivi personali. Alcune aziende ne tenevano memoria in appositi libri «degli scioperii». Se ne conserva uno nel Fondo Datini.6 Scorrendo l’elenco dei conti accesi ai vari dipendenti, troviamo che le assenze erano relativamente frequenti e potevano durare da più giorni a poche ore. I motivi erano assai diversi: si era lasciato il lavoro per un pellegrinaggio o per andare alle terme di Montecatini; per andare a veder montare la campana del Duomo o per assistere un familiare, per andare in campagna o per governare il vino o partecipare a un lutto.7 Tali assenze determinavano una riduzione proporzionale o forfettaria del compenso stabilito all’inizio del rapporto di lavoro.
Insomma questi uomini, legati da un contratto a tempo determinato, entravano o uscivano dai laboratori d’accordo con il proprietario e nel rispetto delle esigenze del laboratorio.
Possiamo immaginare questa bottega, immersa nel tessuto urbano, come un punto di riferimento per i passanti, momento di sosta e di relazione sociale. La possiamo immaginare persino nella dimensione rappresentata da La bottega del falegname di Jean Bouchirdon, luogo in cui poteva raccogliersi la famiglia, spazio in cui i momenti di vita sociale non venivano mortificati dall’obbligo del lavoro.
I connotati di fondo della bottega bassomedievale rimasero sostanzialmente stabili mentre, proprio tra il Trecento e il Cinquecento, gli oggetti che uscivano da quei fondaci subirono significative trasformazioni nelle tipologie e nella qualità; ciò fu il frutto della evoluzione del potere di acquisto e quindi dei modelli di consumo.
All’inizio del periodo considerato, la domanda interna era essenziale, tipica di una realtà in cui la ricchezza era fortemente polarizzata; le attività produttive, seppure differenziate, erano lo specchio di quella situazione. L’immagine internazionale della manifattura fiorentina era essenzialmente rappresentata dai tessuti di lana, dagli eccellenti panni fatti di lane costose, tinti e rifiniti in modo magistrale. Mentre l’Arte di Calimala cedeva il passo all’Arte della Lana, quei panni pregiati che circolavano nel continente europeo e nel Mediterraneo concorsero in modo fondamentale alla crescita della ricchezza anche sostenendo l’ampliamento dei traffici commerciali delle grandi compagnie mercantili bancarie.
Il mutamento si venne realizzando con una certa gradualità che subì una forte accelerazione nei primi anni del Quattrocento. Crebbero le tipologie dei prodotti realizzati in città e, con la molteplicità produttiva, crebbe un complesso sistema di relazioni tra le botteghe, tra loro e le grandi aziende commerciali.
Dai tessuti e dalle fogge degli abiti agli strumenti più semplici della quotidianità; dal pettine alla valva di uno specchio, dai cassoni dipinti ai deschi da parto: erano oggetti di alto contenuto tecnico, uno più bello dell’altro, espressione di una sensibilità tutta rinascimentale. I manufatti più ricchi divennero testimoni di una forza economica e culturale, quella di Firenze appunto, che riusciva a imporre modelli di consumo ben oltre i propri confini, nelle corti e nei ricchi ambienti laici ed ecclesiastici europei.8
Il fenomeno coinvolse tutte le forme della produzione cittadina, dalle piccole botteghe alle più grandi imprese manifatturiere. Si pensi alle vicende del settore serico e auro-serico. Nel Trecento, i drappi di seta fiorentini e soprattutto quelli lucchesi e veneziani circolavano in Europa, ma perdevano la guerra commerciale con i tessuti di rara bellezza che venivano dall’Oriente, da Costantinopoli. Agli inizi del Quattrocento tale situazione cominciò a mutare.9 Per segnalare alcuni fatti emblematici, nel 1422, un’ambasceria fiorentina si recò in visita al «Soldano» d’Egitto; tra i suoi doni, oltre che venticinque pregiati pannilani, vi erano tessuti serici. Se quegli uomini decisero di offrire un simile dono a chi viveva nel cuore di un’alta e antica tradizione, dovevano essere consapevoli della conquistata abilità dei loro battiloro e setaioli.10 Nel 1492, l’anno della scoperta dell’America, Bonsignore Bonsignori, un fiorentino che si trovava a Bursa, il più importante centro produttivo di tessuti serici e auro-serici della Turchia ottomana, scrisse che in quella città «Si lavorano più sete e drappi d’oro che in tutta Italia, non sono però sì belli».11 Dunque in quel periodo Firenze aveva conquistato un primato che, inizialmente basato sulla imitazione, aveva assunto una autonoma identità. Nel 1542 la compagnia di Iacopo e Giovambattista Botti di Siviglia ordinò a Firenze una fornitura per la cattedrale: un piviale «d’oro filato e tirato, talché tutto parrà una massa di oro intero», una pianeta e una serie di camici che ebbero il valore di ben 1.500 ducati. Mentre i maestri fiorentini vi provvedevano, Matteo Botti scriveva ai suoi fratelli che, vedendo il lavoro finale, i canonici si sarebbero convinti «ch’e fornimentj che gl’ànno non sono niente […] e non parrà havere maj hauto cosa richa».12 Non ci stupisce troppo l’entità della somma spesa: Siviglia era la porta del Nuovo Mondo in cui giungeva gran parte dell’argento americano che stava inondando l’Europa. Stupiscono le modalità di azione dei Botti; essi sapevano, attraverso le mille relazioni commerciali ed epistolari, cogliere opportunità di affari di ogni genere e, nel caso specifico, seppero agganciare una prestigiosa committenza e condizionarne fortemente la scelta mostrando la superiorità dei propri stilemi. In questo modo il made in Florence avrebbe esibito se stesso.
Ma vi erano anche debe ser altre forme di imporre le proprie mode. Angela Orlandi ha trovato un documento molto interessante che è una specie di estratto-conto, del 1558, relativo alla realizzazione di una bambola. Siamo ancora nell’ambito della famiglia Botti di via dei Serragli. La bambola venne chiesta a Matteo dal fratello Iacopo che abitava a Siviglia per la figlia. Per costruire il giocattolo si fece ricorso a un falegname, Antonio Particini, che il Vasari definì «raro maestro di legname» che «merita somma lode»; la pittura del viso, «di colore incarnato», fu affidata a Gian Iacopo Mattoncini, discepolo di Lorenzo di Credi. Al vestito poi fu dedicata una particolare attenzione: il sarto utilizzò raso giallo e damasco verde avendo cura che la fattura fosse alla moda, uno stile probabilmente ispirato agli abiti indossati da Eleonora di Toledo, la moglie di Cosimo I. A tutto ciò si aggiungano i decori in seta che concorsero a farne un oggetto assai prezioso il cui costo equivaleva a circa tre mesi di stipendio di un ufficiale della zecca.13
La bambola non fu soltanto un giocattolo, fu custodita a Siviglia nell’abitazione del mercante insieme ad altre suppellettili e oggetti di arredo di cui si aveva il piacere di circondarsi. Tra questi vi era anche una «nostra Donna con figliolo in braccio e Giuseppo» che anni prima, nel 1535, Francesco, il fratello di Iacopo, aveva ordinato al Vasari per portarla in Spagna.14 Tutto veniva orgogliosamente esibito ai tanti ospiti di rango che arricchivano gli indispensabili rapporti sociali nella opulenta Siviglia.
Le riflessioni fatte lasciano immaginare la presenza a Firenze di artefici e mercanti diversamente specializzati ma similmente dotati di cultura che non era solo estetica. Essi producevano e usavano una moltitudine di manufatti di alta qualità che riuscivano a imporre nel mondo.
Come è accaduto tutto questo?
Non basta evocare il ruolo della produzione dei beni di lusso.15 È vero che essa fu fondamentale nel compensare la crisi del commercio di pannilani e nell’accrescere il ruolo di Firenze nei traffici internazionali. L’attenzione quasi esclusiva sul ruolo dei beni particolarmente ricchi ha finito per appannare una visione più complessa e articolata della società e della economia del tempo. La realtà cittadina era assai diversificata e al suo interno accanto ai beni di lusso vi erano beni poveri ma, esattamente come gli altri, espressione di una colta sensibilità. Ricchi di qualità intrinseche erano destinati alla domanda che stava emergendo proprio all’interno di quel ceto medio che tendeva a dare maggiore spazio al consumo di beni superflui.
Si potrebbero fare molti esempi: alla fine del Trecento poteva capitare di incontrare, nelle piazze e nei mercati, l’ambulante che vendeva immagini sacre, dipinte su carta, oggetti quasi certamente dotati di valori estetici non inferiori a quelli di un orpello preparato per un prestigioso soffitto. Proprio nell’ambito dei consumi devoti a Firenze operava una famiglia di lunghissima tradizione, i Benintendi Falimmagini che tra il XIV e il XVI secolo facevano figure di cera a misura d’uomo che rappresentavano persone graziate per uno scampato pericolo. Secondo il Vasari la ceroplastica si era raffinata nel tempo grazie alla osmosi fra le varie arti. Insomma possiamo prendere i «boti», gli ex-voto, come ulteriore testimonianza della crescita dei consumi medi e medio-bassi.16 Ancora, per proseguire con qualche ulteriore esempio, si pensi allo sviluppo della domanda dei tessuti di cotone alla perugina o alla diffusione di eleganti oggetti dal basso valore intrinseco ma di implicita citazione colta.
Così come è insufficiente spiegare il successo del made in Florence riferendosi alla sola produzione di lusso, è anche insufficiente evocare soltanto il ruolo della cultura delle élites. Sembra quasi ovvio richiamare l’attenzione sul fatto che Umanesimo e Rinascimento ebbero una influenza forte e positiva, ma è altrettanto vero che anch’essi furono il frutto di una realtà economica e sociale dinamica e innovativa. Almeno quel terzo della popolazione sopra citato era partecipe di questa vita culturale e lo era a modo suo, apportando elementi di innovazione basati su un pragmatismo e un gusto che si stava evolvendo. Si deve pensare la città di quegli anni come un crogiuolo di individui che appartenevano a classi diverse e al cui interno la contaminazione tra diversi modelli di vita era forte.17 La contaminazione, quell’inesausto conflitto della imitazione, era un elemento che rompeva gli schemi della tradizione medievale; per fare un elementare esempio, anche le abitudini al parziale riuso di abiti concorrevano a mettere in discussione certi conformismi. «Poca vertù, ma fogge ed atti assai!» lamentava Franco Sacchetti18 nel rimpiangere la vita tranquilla e sostanzialmente immobile dei tempi passati. Come ho accennato, ciò era chiaramente visibile nei piccoli manufatti del quotidiano, come in certe suppellettili d’osso o di legno anziché di avorio, realizzate dal medesimo artigiano. Questo fenomeno di contaminazione era ancora più visibile nei modelli alimentari; essi cambiavano nella tipologia dei prodotti, nelle tecniche di preparazione e perfino in alcuni servizi, come quelli del cuoco di osteria che preparava cibo da asporto per persone appartenenti ai ceti più diversi.19 Nel Seicento Giulio Cesare Croce avrebbe rielaborato una versione medievale delle vicende di Bertoldo confermandone la funzione didattica. L’astuto contadino sarebbe morto per non poter mangiar rape e fagioli, perché non gli era stato possibile mantenere comportamenti consoni al suo stato; Firenze due secoli prima stava mettendo in discussione queste regole.
Altro elemento che deve essere maggiormente valutato riguarda ciò che oggi definiremmo valorizzazione del capitale umano. Molti ragazzi giovanissimi ambivano a entrare in bottega: era il modo per muoversi nella scala sociale; prima però si andava a scuola fino a 10-12 anni. Dal Catasto del 1480 emerge che nella Firenze di 50-55.000 abitanti, ben 1.031 ragazzi nell’età tra 10 e 13 anni andavano a scuola.20 Tra di loro vi era chi, dopo la scuola di grammatica, seguitava nella bottega d’abaco, molto diffusa in Toscana sin dai tempi di Leonardo Fibonacci. In essa si insegnava la matematica applicata all’economia. I maestri erano quasi sempre noti studiosi i quali sottolineavano che la formazione offerta sarebbe stata «sufficiens ad standum in apotecis artificis».21 Gli scolari imparavano cose anche complesse: non solo le operazioni di base, le frazioni, l’uso dei numeri arabi, i pesi e le misure; studiavano il calcolo del tasso d’interesse e le rateizzazioni, la tenuta di un libro di entrate e uscite e tutti i principali problemi monetari, perfino il tema dell’alligazione.
Insomma, la comunità cittadina tentava di offrire un livello di formazione che non avremmo immaginato e che non si interrompeva con la scuola ma continuava in bottega, con la molta cura e severità che ho riscontrato in tanti scambi epistolari tra direttori di imprese del tempo.
Tutte queste condizioni aiutano anche a spiegare l’esistenza di un altro fattore, quello delle diffuse capacità imprenditoriali. È un tema introdotto da Federigo Melis che non si stancava mai di insistere sulla necessità di fare storia economica ponendosi idealmente alla scrivania del dirigente di allora.22 In questi ultimi decenni si sono potuti approfondire molti aspetti di quel management.
Anzitutto gli imprenditori fiorentini mostravano una forte vocazione all’innovazione: fino dagli ultimi decenni del Trecento, il pragmatico adattamento di molti strumenti del commercio provocò effetti fortissimi. Si potrebbero fare molti esempi ma mi limito a due, studiati da Melis. Il primo riguarda le innovazioni nel settore bancario e la graduale creazione di una banca moderna che offriva alle imprese lo scoperto di conto e che usava l’assegno di conto corrente.23 Il secondo attiene al settore dei trasporti dove la differenziazione dei noli marittimi consentì un forte ampliamento della circolazione di beni meno ricchi.24 Sembra quasi inutile sottolineare che quegli atteggiamenti mentali erano il frutto di una tensione rivolta alla espansione della propria impresa e alla riduzione dei costi di transazione; era la stessa tensione che diventava creatività nella produzione degli oggetti.
Accanto alla propensione all’innovazione troviamo una cultura orientata agli investimenti produttivi e al rischio. Francesco di Marco Datini, morendo nel 1410, lasciò oltre centomila fiorini ai poveri di Prato. Di quella cifra il 65 % era rappresentato da investimenti a rischio: quote di partecipazione in società di vario tipo e di varia forma; un altro 25 % era costituito dagli investimenti pubblici, spesso obbligatori, in termini di sottoscrizione delle cartelle del debito pubblico; solo il 10 % rappresentava gli immobili di questo imprenditore.25 Forse il Datini si mostra come un caso piuttosto raro; resta il fatto che, anche osservando le denunce catastali dei fiorentini, il reinvestimento dei guadagni nelle attività produttive sembra essere significativo. Sono convinto che questa particolare propensione al reinvestimento degli utili conseguiti potesse anche derivare dalla influenza degli ordini mendicanti che condannavano con forza il peccato di avarizia. Vicende e dibattiti che mi fanno venire in mente le osservazioni di Thomas Piketty sugli effetti negativi della accumulazione eccessiva della ricchezza e sulla sua errata distribuzione. Molti predicatori francescani e domenicani spiegavano nei loro sermoni che il denaro nella società dei credenti era come il sangue nel corpo mistico di Cristo: fermare il sangue, peccare di avarizia, significava uccidere la comunità dei cristiani.26 Forse per Datini, e per altri come lui, il continuo reinvestimento della propria ricchezza non era solo dettato dall’ansia del guadagno, poteva essere un modo di interpretare quelle prediche e, assieme alle continue elemosine, una risposta alle mille questioni irrisolte con la propria coscienza.
Per concludere questo mio tentativo di individuare i precedenti del fattore Italia nella Firenze rinascimentale vorrei riprendere brevemente il tema del dinamismo per accennare ad altro aspetto fino a ora poco considerato: quello del sistema di relazione tra le imprese, sia produttive che commerciali. Ovviamente non mi riferisco ai naturali meccanismi di confronto, di imitazione e di concorrenza tra aziende presenti sul medesimo mercato. Esisteva un nesso collaborativo, un vero e proprio network tra le aziende artigianali di base, piccole o grandi che fossero, e i grandi mercanti. Da questi ultimi la bottega otteneva un input fatto dagli stimoli ricevuti in contesti lontani, raccolti attraverso la conoscenza e lo studio dei mercati, stimoli e informazioni sui gusti presenti nelle grandi città europee e del Mediterraneo e su prodotti e tecniche poco conosciute. I manufatti, che rappresentavano delle novità, venivano accolti dai produttori i quali avevano cura di adattare tutto al gusto raffinato della realtà locale. Potremmo fare tantissimi esempi ma mi limito a ricordare il caso delle maioliche ispano-moresche. Le ceramiche che circolavano nel Mediterraneo durante il XIV secolo erano fabbricate da artigiani arabi di Manises e Paterna.27 I mercanti fiorentini cominciarono ad acquistarne per vedere se potevano trovare smercio; da Firenze giunsero molteplici input per cui i fabbricanti arabi cominciarono ad adeguarsi al gusto dei committenti fin tanto che, appresa la tecnica, i fiorentini iniziarono a produrne per proprio conto.
Anche da questo punto di vista l’elemento della imitazione si collegava strettamente con il Genius loci e con una creatività sostenuta e arricchita dal contesto ambientale ben curato. Ancora oggi, sia all’interno delle mura che fuori, nella campagna toscana, sono riconoscibili quei particolari elementi di armonia che ci appaiono come il frutto di una intelligenza collettiva, quasi un istinto di chi ha vissuto quell’ambiente, spontaneamente creato sulla base di una grande sensibilità estetica.
La forza economica di Firenze nel Rinascimento non era fatta soltanto dal design-thinking, beneficiava di una complessa serie di fattori economici e culturali.
Se questa è la lezione della storia, troviamo in essa molti utili riferimenti per affrontare oggi i complessi problemi economici dell’Italia. E non solo di essa.
1 D. HERLEY, CH. KLAPISCH-ZUBER, I toscani e le loro famiglie. Uno studio sul catasto fiorentino del 1427, il Mulino, Bologna 1988, pp. 329-362.
2 Il tema che viene affrontato di seguito, oltre che su mie dirette indagini tiene conto di molti altri studi relativi all’artigianato basso medievale, bibliografia articolata e complessa dalla quale emergono i lavori di Donata Degrassi dedicati all’economia artigiana nell’Italia medievale.
3 F. AMMANNATI, Un calzolaio del Quattrocento: Girolamo Talducci e la sua bottega in Porta Santa Trinita, «Prato Storia e Arte», 113, 2013, pp. 143-155.
4 G. NIGRO, Il tempo liberato. Festa e svago nella città di Francesco Datini, Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, Prato, 1994, pp. 15-28.
5 G. NIGRO, Il tempo liberato, cit., pp. 7-10.
6 ARCHIVIO DI STATO DI PRATO, Fondo Datini, 1154, XXI, Quadernuccio degli scioperii, Compagnia di Arte della Lana di Prato.
7 G. NIGRO, Gestione del personale e controllo contabile. Un significativo esempio nella Toscana Basso medievale, in Fra spazio e tempo: studi in onore di Luigi De Rosa, a cura I. Zilli, I/III, Napoli [1995], I, Dal Medioevo al Seicento, pp. 809-821.
8 G. NIGRO, Per una analisi dei modelli di spesa e di investimento nella Toscana del XIV e XV secolo. Livelli di ricchezza o ceto di appartenenza? in Ricos y pobres: opulencia y dessarraigo en el Occidente medieval, XXXVI Semana de estudios medievales, Estella 20-24 julio, 2009, Gobierno de Navarra, Pamplona 2010, pp. 247-274.
9 Una sintesi di questo processo, complesso e articolato, si può trovare in G. NIGRO, M. SPALLANZANI, Intrecci mediterranei: tra economia e arte, in Intrecci Mediterranei. Il tessuto come dizionario di rapporti economici, culturali e sociali, Prato 2006, pp. 16-21.
10 D. CATELLACCI, Diario di Felice Brancacci, ambasciatore con Carlo Federighi al Cairo per il Comune di Firenze (1422), «Archivio storico italiano», S. IV, VIII, 1881, pp. 157-188. G. CORTI, Relazione di un viaggio al Soldano d’Egitto e in Terra Santa, «Archivio Storico Italiano», CXVI, 1958, pp. 247-266, p. 255.
11 A. ORLANDI, Oro e monete da Costantinopoli a Firenze in alcuni documenti toscani (secoli XV-XVI), in Relazioni economiche tra Europa e Mondo Islamico. Secc. XIII-XVIII, Europe’s Economic relations With The Islamic World 13th-18th Centuries, a cura di S. Cavaciocchi, Atti della «Trentottesima Settimana di Studi», 1-5 maggio 2006, Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, Le Monnier, Firenze 2007, pp. 981-1004.
12 A. ORLANDI, Affaires et dévotions dans les documents des marchands florentins (1450-1550), in L’Économie des dévotions. Commerce, croyances et objets de piété à l’époque moderne, a cura di A. Burkardt, Presses Universitaires de Rennes, Rennes 2016, pp. 323-346.
13 A. ORLANDI, Playing with Luxury: Dolls ad Ambassadors for the Florentine Business Community in Sixteenth-Century Spain?, «Journal of Early Modern History», 22, 4, 2018, pp. 259-278.
14 G. VASARI, Le vite de’ più eccellenti, scultori e architetti di Giorgio Vasari, Firenze, Le Monnier, Firenze 1846; reperibile all’indirizzo internet: <https://books.google.it/books?id=edJfAAAAcAAJ&pg=PA37&dq=>, consultato il 22 novembre 2017.
15 Sul tema dei consumi di lusso rinvio a una breve ma efficace sintesi di Angela Orlandi che iniziando dalle posizioni di Roberto Sabatino Lopez e Armando Sapori offre una panoramica degli studi sull’argomento fino a Mary Douglas, Baron Isherwood, Richard Goldthwaite e Arijun Appadurai. A. ORLANDI, Tra austerità e lusso. Modelli di consumo dei mercanti fiorentini tra XIV e XV secolo, in Faire son marché au Moyen Âge. Méditerranée occidentale, XIIIe-XVIe siècle, a cura di J. Petrowiste e M. Lafuente Gómez, Casa de Velázquez, Madrid, 2018, pp. 31-45.
16 G. NIGRO, L’economia, in Eccellenza, Innovazione, Creatività nella Storia della Toscana, a cura di V. Baldacci, Edizioni dell’Assemblea, Firenze 2008, pp. 25-38.
17 G. NIGRO, L’economia, cit.
18 Scelta di poesie liriche del primo secolo della lingua fino al 1700, Le Monnier, Firenze 1839, p. 119. Reperibile all’indirizzo internet: <https://books.google.it/books?id=-DpyKbNUXUxMC>, consultato l’11 marzo 2018.
19 G. NIGRO, Et coquatur ponendo…, in Et coquatur ponendo…cultura della cucina e della tavola in europa tra medioevo ed età moderna, Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, Prato 1996, pp. 19-26.
20 E. ULIVI, Scuole e maestri d’abaco in Italia tra Medioevo e Rinascimento, in Un ponte sul Mediterraneo. Leonardo Pisano, la scienza araba e la rinascenza della matematica in Occidente, a cura di E. Giusti, Firenze 2002, pp. 121-159.
21 C.M. CIPOLLA, Istruzione e sviluppo. il declino dell’analfabetismo nel mondo occidentale, il Mulino, Bologna 2002, p. 52. Si veda anche A. ORLANDI, Mercanzie e denaro: la corrispondenza datiniana tra Valenza e Maiorca (1395-1398), fonts històriques valencianes, Universitat de València, Valenza 2008.
22 F. MELIS, Sulle fonti tipiche della storia economica: per una particolare tecnica di lavoro dello storico (relativamente ai secoli XII-XVII), «Rassegna Economica», XXXIX, 2, 1972, pp. 307-332, pp. 332.
23 F. MELIS, La banca pisana e le origini della banca moderna, a cura di M. Spallanzani, Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, Le Monnier, Firenze 1987.
24 F. MELIS, Werner Sombart e i problemi della navigazione nel Medioevo, in F. MELIS, I trasporti e le comunicazioni nel Medioevo, a cura di L. Frangioni, Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, Firenze 1985, pp. 3-68.
25 G. NIGRO, Il mercante e la sua ricchezza, in Francesco di Marco Datini. L’uomo il mercante, a cura di G. Nigro, Fondazione Istituto Internazionale di Storia Economica «F. Datini»-Prato, FUP, Firenze 2010, pp. 81-104.
26 G. Todeschini, I mercanti e il tempio. La società cristiana e il circolo virtuoso, il Mulino, Bologna 2002.
27 M. SPALLANZANI, Maioliche ispano-moresche a Firenze nel Rinascimento, SPES, Firenze 2006.
L’ARTE DELLA LANA IN ITALIA (SECOLI XIII-XV): PESO ECONOMICO E FUNZIONE SOCIALE
Giuliano Pinto Università degli studi di Firenze
«Ars lane omnes italicas civitates exaltat et extollet»: così a metà Quattrocento i Capitoli dell’Arte della lana di Perugia sottolineano il ruolo che la manifatturiera laniera aveva assunto da tempo nelle città –ma aggiungiamo anche in moltissimi centri minori– dell’Italia dei secoli finali del Medioevo.1 Espressioni simili, che fanno riferimento all’importanza dell’arte della lana e alla fama e alla ricchezza che ne derivavano per le singole città, si incontrano di frequente nella documentazione pubblica, specchio questa di un sentire comune. Così a Pisa nel 1335 una commissione di savi, approvando una serie di provvedimenti a favore dell’arte, sottolineava nella premessa come fosse noto a tutti quanto la presenza di una manifattura laniera contribuisse a rendere le città ricche e ben popolate.2 Lo stesso concetto era espresso nel 1358 nel Consiglio maggiore di Venezia, ovvero che le arti della lana e del fustagno «sunt hee que pocius faciunt ad populationem civitatum mundi quam alie».3 Nel 1366 nel Consiglio generale di Siena si affermava che i panni prodotti in città «undique denarios adducunt et alia honorabilia ad civitatem Senarum».4 Nel 1454 la commissione del Comune di Prato, incaricata di riformare lo statuto dell’Arte della lana, sottolineava all’inizio della delibera che tale manifattura «è il principale membro di decta terra et quella che insino al presente dì à mantenuto decta terra di Prato, et manchando quella la terra di Prato sarebbe totalmente disfacta».5 A Firenze nel 1458, il divieto di importazione di panni forestieri venne motivato con il fatto che «la città nostra s’è facta potente et grande mediante le industrie et exercitii et per mezzo di quelle s’è difesa da ogni oppressione, et maxime per lo exercitio dell’arte della lana».6 Mezzo secolo prima, nel 1409, sempre a Firenze, i vertici dell’Arte della lana sottolineavano come la città avesse sempre primeggiato nella manifattura laniera tanto da essere in questo «domina et magistra» di tutte le altre città e di avere acquistato così fama nel mondo intero.7 Più o meno negli stessi anni i documenti pubblici vicentini definiscono il lanificio «beneficium civitatis».8 All’inizio del ‘500 una delibera consiliare veronese definiva la manifattura laniera «l’anima della città».9
Anche le fonti narrative si soffermano sull’importanza dell’arte della lana. Per Firenze sono note e oggetto di discussione le cifre sulla produzione di panni lana riportate da Giovanni Villani –su cui torneremo più avanti– e le indicazioni presenti nella Cronica di Benedetto Dei, dove in riferimento al 1472 si scrive di 270 botteghe della lana dislocate soprattutto nell’Oltrarno.10 Bonvesin della Riva nel passo che elenca gli addetti alle principali attività economiche dei milanesi a fine XIII secolo pone al primo posto i tessitori di lana.11 Nel 1514 il canonico fiorentino Bonsignore Bonsignori in visita ad Ascoli per conto del papa metteva in rilievo come in città vi fossero molti artigiani che «fanno grandissima quantità di panni ogni anno, et assai boni».12
La manifattura laniera si era sviluppata a partire dal XIII secolo in concomitanza con il forte incremento della popolazione cittadina e con il conseguente aumento della domanda di capi di abbigliamento da parte di una popolazione sempre più differenziata al proprio interno.13 Gualchiere, tiratoi, botteghe di tinta, fondaci, lavatoi caratterizzarono presto il paesaggio urbano e sub-urbano di molte città.14 Eppure, le condizioni naturali per il suo sviluppo erano meno favorevoli in Italia rispetto ad altre parti dell’Occidente europeo e del mondo mediterraneo: le lane migliori erano prodotte, come sappiamo, in Inghilterra e poi nella penisola iberica e nei paesi del Nord-Africa;15 alcune sostanze usate nel processo produttivo (allume, coloranti, ecc.) arrivavano in buona parte dall’esterno. Fu probabilmente la richiesta sui mercati urbani di tessuti, qualitativamente sempre più differenziati e di valore crescente, a determinare il decollo della manifattura tessile, già presente per altro in molte realtà su base artigianale e con una produzione modesta per quantità e qualità.16
Una ricca messe di studi quasi ininterrotta, che parte dall’erudizione storica tardo ottocentesca e dalla scuola economico-giuridica a cavallo tra i due secolo,17 sino a giungere a lavori recenti, ha messo bene in luce la diffusione e il ruolo della manifattura laniera nelle città italiane. Una prima sintesi c’è stata offerta, nel 1990, dalla rassegna di Bruno Dini che presenta un quadro complessivo, ricco e articolato, della geografia delle manifatture tessili basso medievali.18 Gli studi non si sono affatto interrotti negli ultimi due-tre decenni, con lavori di carattere generale19 o su singole città.20 L’attenzione si è rivolta anche a centri piccoli e medi, talvolta veri e propri distretti, dove non di rado parte della manodopera –quella meno specializzata– alternava il lavoro nella manifattura con quello dei campi.21 Il sistema della fabbrica disseminata (Verlagsystem) risulta essere in funzione anche in numerosi piccoli centri.22
L’arte della lana, fiore all’occhiello –si potrebbe dire parafrasando il testo perugino– di tante città italiane, aveva assunto un’importanza del tutto particolare per una serie di ragioni, che si possono così riassumere: produceva ricchezza, ovvero, usando un termine dell’economia contemporanea, contribuiva in misura determinante al prodotto interno lordo; alimentava gli scambi commerciali ai diversi livelli (locale, regionale, internazionale) sia per i panni finiti che per le materie di base, incrementando in tal modo le entrate dell’erario grazie alle gabelle che gravavano sulle merci in movimento; dava da vivere a una parte considerevole della popolazione cittadina e a persone che vivevano nelle campagne circostanti (per la filatura e in certe zone anche per la tessitura); contribuiva a rendere le città ben popolate, in un periodo in cui il numero degli abitanti era considerato elemento di forza e di prestigio: «nichil est quod urbes opulentiores et celebriores efficiat quam civium et habitantium moltitudo».23 Si aggiunga infine che si trattava di una produzione destinata a soddisfare i bisogni primari della popolazione nella sua interezza: come recita uno statuto padovano del ‘300, i tessuti erano considerati «res utiles ad sustentaciones vite», al pari quasi dei generi alimentari (victualia).24
Tutte queste ragioni facevano sì che l’interesse per le sorti della manifattura laniera non rimanesse circoscritto all’interno della corporazione ma chiamasse in causa il governo stesso della città, come testimoniano gli statuti cittadini e le delibere consiliari, di cui abbiamo falto menzione.
Nella celebre descrizione di Firenze al 1338 Giovanni Villani parla di 200 botteghe della lana e di una produzione di 70-80 mila panni, il cui valore superava i 1.200.000 fiorini d’oro.25 Può darsi che il cronista sopravvaluti il numero dei panni confezionati,26 resta il fatto che a Firenze –uno dei maggiori centri dell’Occidente europeo– nessuna altra attività produceva manufatti il cui valore si avvicinasse minimamente a quello dei panni che uscivano dalle botteghe dei lanaioli. Per Siena abbiamo ricordato sopra la considerazione espressa nella massima assemblea cittadina secondo cui la vendita dei panni di lana faceva affluire da ogni parte denaro in città.27 A Pisa una serie di provvedimenti pubblici a favore dell’Arte della lana, adottati prima e dopo la metà del Trecento, avevano come obiettivo dichiarato quello di accrescere la ricchezza della città.28 Vanno nella stessa direzione le testimonianze ricordate sopra in relazione a Verona e Vicenza.29 Ancora, alcune delle maggiori famiglie ascolane della primissima età moderna avevano costruito le loro fortune con la produzione e il commercio dei panni lana.30
Importante quanto l’attività manifatturiera in sé era il commercio delle materie prime e dei panni confezionati. Le une e gli altri erano probabilmente tra le merci che più circolavano sulle medie e lunghe distanze.31 È noto che la più importante arte fiorentina, quella di Calimala, raggruppava i grandi mercanti internazionali impegnati nella rifinitura e nel commercio dei panni pregiati importati dalle Fiandre.32 Quanto alla materia prima, nei centri manifatturieri italiani arrivava –come si è detto– lana dall’Inghilterra, dalla penisola iberica (detta di San Matteo), dai paesi del Maghreb (lana d’Algarve); ma intensa era pure la circolazione delle lane nostrali, di minor valore, prodotte soprattutto nelle aree montane, alpine e appenniniche.33 A tale commercio si aggiungeva quello delle sostanze tintorie, a cominciare dal guado, dei vari mordenti (allume, erica, ecc.), dell’olio per ungere le fibre da filare, del sapone per purgare il tessuto.34 Per molti dei maggiori centri lanieri italiani si potrebbe costruire una carta tematica con le provenienze delle diverse materie prime e altrettanto per le principali destinazioni dei panni prodotti.
Non erano tanto i lanaioli a guadagnare dalla circolazione di merci e di denaro che ruotava intorno all’arte della lana, quanto i mercanti che in genere controllavano tutta l’attività manifatturiera, dal rifornimento della materia prima alla vendita dei panni. La mobilità sociale in ascesa, nelle città come nei centri minore, ebbe come protagonisti soprattutto quanti svolgevano attività di scambio e di intermediazione, assai più raramente chi era impegnato solo nel processo produttivo.35
Dall’importanza economica della manifattura laniera derivava direttamente il peso politico raggiunto in molte città dall’Arte della lana,36 a cui si aggiungeva il prestigio sociale assicurato da iniziative che davano lustro all’intera cittadinanza.37
Se le nostre conoscenze sulla produzione e sul commercio dei panni lana si sono arricchite nel tempo, non approfondite a sufficienza risultano essere la funzione sociale svolta dall’arte della lana e la consapevolezza che ne avevano i governi cittadini, e, da qui, le misure che venivano adottate di volta in volta.
Partiamo ancora una volta dalle fonti, in particolare dalle fonti narrative e da quelle pubbliche che fanno riferimento all’importanza della manifattura laniera, in quanto attività economica che più di ogni altra creava occupazione. Giovanni Villani nella già ricordata descrizione di Firenze al 1338 parla di 30 mila persone che vivevano direttamente o indirettamente dell’arte della lana; ovvero un terzo circa della popolazione cittadina.38 La stima, sicuramente di massima, proposta dal cronista, non è in contrasto con l’indicazione del valore dei panni prodotti e della quota (400 mila fiorini d’oro) che serviva per pagare la manodopera.39 Ricerche puntuali, basate su fonti quantitative, relative alla seconda metà del ‘300 e al primo ‘400 hanno dimostrato come la percentuale dei fiorentini che vivevano allora dell’arte della lana non si discostava di molto da quella indicata dal Villani per il 1338.40
Anche per altre città sono state proposte cifre relative agli addetti al settore laniero. A Padova alla fine del XIV secolo vi sarebbero state impiegate 18 mila persone, tra la città e la campagna circostante.41 A Siena già il Constituto del 1262 fa riferimento a «quam plures familie civitatis Senarum» che vivevano della manifattura laniera;42 quasi due secoli dopo, nel 1448, i consoli dell’Arte lamentavano che le importazioni di panni forestieri, oltre a compromettere «l’honore et la reputatione» della città, incapace di provvedere a se stessa, mettevano in crisi la manifattura locale grazie alla quale «si governa et nutre il terzo delle persone d’essa vostra città».43 A Vicenza nel Quattrocento, una città di circa 20 mila abitanti, sarebbero stati intorno a 7.000 quanti lavoravano a vario titolo nell’arte della lana.44
È evidente che tali stime non hanno un fondamento certo: gli uomini del tempo non disponevano di strumenti atti a elaborare statistiche di questo tipo. Tuttavia, nelle città dove la manifattura laniera era più sviluppata, appare diffusa l’opinione che essa desse da vivere a circa un terzo della popolazione: una sorta di valutazione ad occhio, di percezione, che in qualche caso trova riscontri puntuali in fonti di tipo quantitativo.45 Di conseguenza, i momenti di crisi della manifattura –tutt’altro che rari, anche per cause non strettamente economiche, ma che attenevano al quadro politico e alle vicende belliche– avevano ripercussioni immediate su quanti vivevano di essa.46 Anzi, tanto più questa rappresentava il cuore dell’economia di una città, tanto maggiori erano le consegueur negative dei momenti di crisi. Da qui, la consapevolezza da parte dei governi di quanto la manifattura della lana giovasse all’economia e al benessere delle città.47
Coloro che traevano i mezzi per vivere lavorando la lana, appartenevano in larga parte agli strati sociali più bassi: erano indicati come ‘poveri’. Nelle fonti pubbliche e private il collegamento tra lavoratori subordinati della lana e condizione di povertà è pressoché costante. Il Costituto in volgare di Siena del 1309 sottolinea l’importanza dell’arte della lana perché «molte povare persone per lo ministerio de la detta arte continuamente si sostentino».48 Sempre a Siena nel 1366 si sottolinea come da tale manifattura traevano sostentamento «innumerabiles mares et femine pauperes».49 Giordano da Rivalto nelle sue prediche di inizio ‘300 definisce «feminelle povere» le addette alla filatura della lana.50 Nella Vicenza del primo ‘400 si dice che «bona pars pauperum personarum civitatis Vincentie et districtus vivit ex lanificio et eorum familias sustentant».51 In una lettera del 1410 scritta da ser Lapo Mazzei a Cristofano da Barberino si dice in riferimento a Firenze che «l’Arte della Lana non lavora; e la grande turba de’ poveri, che solea qui bere, fa con l’acqua»;52 ossia i lavoratori della lana, rimasti senza lavoro, non acquistavano più vino e bevevano acqua. Nella manifattura tessile –scrive Leon Battista Alberti una ventina di anni dopo– «s’adoperano molte mani [e] ivi in più persone il danaio si sparge, e così a molti poveri utilità ne viene».53
Non mancano testimonianze dirette da parte degli stessi lavoranti. Così un pettinatore di Prato dice di sé «lavora quando truova a l’esercizio di pettinare la lana»; uno scardassiere senese vive «dì per dì poveramente».54 A Milano nel 1485, in una supplica indirizzata a Galeazzo Maria Sforza, i pettinatori e gli scardassieri si definiscono «poverissimi et veneno meno et non hano el modo del vivere».55
Certo non tutti coloro che vivevano dell’arte della lana, svolgendo lavori manuali, erano ‘poveri’. Alcuni avevano posizioni economiche più solide (i tintori ad esempio, qualche tessitore proprietario di più telai, qualche addetto alle gualchiere);56 ma la maggior parte, di gran lunga, costituiva quella fascia sociale a rischio di scivolare nell’indigenza ogni qual volta si presentassero momenti di congiuntura negativa, quali il rincaro dei prezzi di prima necessità o la discontinuità dell’occupazione.57
Gli interventi dei governi cittadini nei confronti della manifattura laniera ebbero come obiettivo principale l’impianto e l’incremento della produzione locale e, successivamente, la difesa dalla concorrenza esterna.
Vanno nella prima direzione l’attenzione e il favore con cui si guardava all’immigrazione di maestranze specializzate in grado di dare impulso alla locale arte della lana. È un fenomeno che incontriamo in molte realtà urbane e per un arco cronologico ampio. Le difficoltà di varia natura attraversate da alcune città manifatturiere, in Italia e fuori d’Italia, provocavano esodi di artigiani specializzati attirati altrove da incentivi quali esenzioni dal carico fiscale e dal pagamento della tassa di iscrizione all’Arte, agevolazioni sulla casa di abitazione o sull’apertura di botteghe, concessioni di prestiti, ecc.58
In qualche caso le città adottarono interventi di natura dirigistica –non si sa quanto coronati da successo– come fu il caso del Comune di Siena che cercò più volte, a cavallo fra Tre e Quattrocento, di imporre all’Arte di confezionare un numero minimo di panni l’anno e di qualità superiore.59 In altri casi si mirava a diversificare e a migliorare la produzione prendendo a modello i tessuti di altre città.60 Del resto fabbricare panni a imitazione di quelli prodotti altrove era allora prassi comune.61
Interventi sicuramente più efficaci riguardarono la costruzione a spese dell’erario degli impianti necessari al processo produttivo (fonti, lavatoi, gualchiere, tiratoi, fondaci, ecc.) e di conseguenza, in molti casi, la proprietà pubblica di essi, ulteriore prova dell’importanza attribuita alla manifattura laniera. Le testimonianze in tal senso sono numerose e riguardano centri manifatturieri di diverso rilievo, distribuiti nelle varie parti dell’Italia centro-settentrionale.62
La difesa delle manifatture locali passò spesso attraverso provvedimenti protezionistici che vietavano l’importazione di panni forestieri,63 o che penalizzavano le manifatture dei centri soggetti a vantaggio di quella della città dominante.64 Provvedimenti che non sempre brillavano per coerenza ed efficacia.
Il più delle volte nei provvedimenti adottati venivano a coincidere gli interessi dell’Arte della lana (intesa come corporazione dei lanaioli) e quelli della cittadinanza nel suo complesso. Ma non sempre era così. Ad esempio, l’esenzione per gli artigiani immigrati dal pagamento della tassa di immatricolazione all’Arte non era vista di buon occhio da chi di tale corporazione faceva parte. Il divieto di importazione di tessuti forestieri poteva danneggiare altri settori economici della città per il mancato arrivo di mercanti che in genere, venduti i panni, acquistavano altre merci.65
In genere le magistrature cittadine non intervenivano in merito ai rapporti tra lanaioli e manodopera sottoposta per quanto riguardava l’organizzazione del processo produttivo con i vari obblighi e divieti: le competenze e il potere di intervento spettavano ai vertici dell’Arte ed erano regolati dallo statuto della corporazione. Così assai raramente gli statuti comunali fissano i salari massimi del settore laniero, a differenza di quanto accadeva per i lavoratori a giornata impiegati nell’edilizia e in agricoltura; questo anche nel periodo della ‘crisi’ del Trecento, quando il forte calo demografico e la conseguente scarsità di manodopera provocarono un rialzo generalizzato delle retribuzioni e l’intervento delle autorità pubbliche che miravano a contenerne l’aumento.66 Si aggiunga che i rapporti di lavoro a cottimo, del tutto prevalenti nella manifattura tessile, erano più difficilmente regolamentabili rispetto ai salari pagati a giornata.
Non mancano tuttavia –anche se abbastanza rari– provvedimenti a favore dei lavoratori sottoposti, in contrasto con gli interessi dei lanaioli. Vanno in questa direzione gli interventi che proibivano ai lanaioli di retribuire i lavoranti in natura, come accadde nel 1462 a Vicenza quando il Consiglio cittadino accolse la richiesta avanzata da tante povere persone «dietim viventium ex dicto misterio», ovvero filatori, scardassieri, pettinatori, tessitori, che chiedevano di essere pagati esclusivamente in denaro, e non con capi di abbigliamento, tele, vino, frumento e altre merci, per altro sopravvalutate.67
Altri provvedimenti che in qualche modo venivano incontro alle difficoltà che affliggevano i lavoratori della lana –e il popolo minuto in genere– riguardavano la moratoria sui piccoli debiti. La manodopera sottoposta versava di continuo in una condizione di indebitamento, come attestano con ricchezza di particolari le fonti pubbliche (fiscali e giudiziarie)68 e la contabilità privata. Ricordiamo ad esempio che il banco ebraico fiorentino dei Quattro Pavoni negli anni Settanta del ‘400 elargì, nell’arco di appena 17 mesi, quasi 40 mila prestiti su pegno, in gran parte per cifre modeste: da qualche decina di soldi fino a 5-10 lire. La clientela del banco era costituita in netta prevalenza da modesti artigiani e da lavoratori delle manifatture tessili cittadine, soprattutto della lana: questi ultimi rappresentavano quasi il 20 % del totale degli indebitati; ovvero 7-8 mila nell’arco del periodo considerato. Il pegno consisteva nel 75 % dei casi in capi di abbigliamento, in genere di modesto valore.69
Ebbene in periodi di congiuntura negativa, effetto del forte rincaro del prezzo del grano o delle difficoltà attraversate dalla manifattura tessile, non era raro che le città approvassero una moratoria sui piccoli debiti, per impedire che i debitori insolventi fossero incarcerati o ulteriormente vessati.70 Tale provvedimento si aggiungeva ad altri, assai più gravosi per l’erario, quali l’acquisto di grosse partite di grano forestiero, che era poi venduto in città a prezzo politico, o l’istituzione di forni pubblici, che distribuivano il pane ai meno abbienti. I governi erano ben consapevoli di quanto le carestie fossero pericolose per le città: una massa di gente affamata, che non aveva i mezzi per comprare il necessario per vivere rappresentava un pericolo per il regime e poteva essere strumentalizzata dagli oppositori interni.71 Le stesse Arti, in particolare quella della lana, erano chiamate a corrispondere finanziamenti al Comune per acquistare grano in periodi di difficoltà.72
La prosperità dell’arte della lana costituiva dunque una preoccupazione costante dei governi per gli effetti benefici che assicurava alla città e ai suoi abitanti: dai ricchi mercanti-imprenditori, ai lanaioli titolari di bottega sino al livello sociale più basso, quello dei lavoratori sottoposti.73 Non che le classi superiori avessero molta simpatia per questi ultimi: disprezzo e timore erano i sentimenti prevalenti soprattutto in occasione di disordini e di conflitti sociali;74 solo tra i religiosi, in particolare all’interno degli Ordini mendicanti, si incontra un atteggiamento di umana comprensione dei loro bisogni.75 Ma era interesse dei governi cittadini che il numero degli indigenti non si allargasse, restasse limitato a quanti non erano in grado di lavorare (vecchi, malati, mutilati, vedove, orfani, ecc.), oggetto dell’attività assistenziale di ospedali e confraternite. Nella sua Summa theologica Antonino Pierozzi (sant’Antonino), vescovo di Firenze, invitava a metà ‘400 le autorità secolari a preoccuparsi «ut cives non deducantur in pauperiem».76 Una manifattura laniera in salute impediva che la fascia dei senza lavoro, e quindi dell’indigenza, si allargasse, che il numero dei poveri crescesse ulteriormente con le conseguenze che ne potevano derivare per il «pacifico e tranquillo stato» della città. Assicurare il lavoro, e quindi il necessario per vivere, a una componente ampia della popolazione rappresentava una sorta di intervento preventivo. In una visione del bene comune, o publica utilitas, che aveva come punti di riferimento la pace, la giustizia, la prosperità, era indispensabile riuscire a sopire e a controllare le tensioni sociali.77 I provvedimenti a favore dell’arte della lana, che andavano direttamente o indirettamente a vantaggio della gran massa di lavoratori sottoposti, rappresentavano una forma di protezione della parte più fragile della popolazione urbana prima che si facesse ricorso alla vera e propria beneficienza. È significativo che nel già ricordato provvedimento vicentino del 1462 il pagamento del salario in natura da parte dei lanaioli, che accentuava il disagio dei lavoratori sottoposti, venisse definito «contra opus charitatis».78 Era in sostanza lo stesso giudizio che veniva espresso, più o meno nel medesimo torno di tempo, da Bernardino da Siena e da Antonino Pierozzi quando denunciavano le frodi dei lanaioli a danno dei sottoposti, pagati appunto in natura e non in moneta.79
La concezione del lavoro come prima forma di lotta contro la povertà è dunque già presente nelle società urbane dell’Italia bassomedievale: proseguirà poi –anche se non sempre in modo lineare– in età moderna e, in forme più articolate e consapevoli, nei secoli a noi più vicini.80
Proprio in questo i centri della Penisola sembrano distinguersi dalle altre città dell’Occidente medievale, dove sicuramente era forte la consapevolezza di quanto fosse importante la presenza di una grande manifattura laniera,81 ma non risulta altrettanto presente nella visione degli organi di governo –o quanto meno non viene espressa in termini così espliciti– la funzione sociale che essa era in grado di svolgere.
1 Passo citato in Ph. Jones, «La storia economica. Dalla caduta dell’Impero romano al secolo XIV», in Storia d’Italia, 2, Dalla caduta dell’Impero romano al secolo XVIII, Torino, 1974, pp. 1468-1819, a p. 1728. Concetti simili si incontrano nella documentazione dell’arte della lana di Piacenza e di Gubbio (ibidem, p. 1765).
2 «ab experto cognoscitur civitates et terre gentibus replentur et abundant divitiis si in eis ministerium et ars lane frequentetur et augmentatur»: cit. in F. Franceschi, «Istituzioni e attività economica a Firenze: considerazioni sul governo del settore industriale (13501450)», in Istituzioni e società in Toscana nell’età moderna, Roma, 1994, pp. 76-117, a p. 76, nota 2 (riprendendo da Pietro Silva), e poi in A. Poloni, «Nec compelli possit effici civis pisanus»: sviluppo dell’industria laniera e immigrazione di maestranze forestiere a Pisa nel XIII e XIV secolo», in Cittadinanza e mestieri. Radicamento urbano e integrazione nelle città bassomedievali (secc. XIII-XVI), a cura di B. Del Bo, Roma, 2014, pp. 235-261, a p. 255.
3 Documento edito in R. Cessi, Le corporazioni dei mercanti di panni e della lana in Padova fino a tutto il secolo XIV, Venezia, 1908, pp. 82-83.
4 Archivio di Stato di Siena, Consiglio generale, 175, c. 43r, 3 ottobre 1366.
5 Statuti dell’Arte della lana di Prato (secoli XIV-XVIII), a cura di R. Piattoli e R. Nuti, Firenze, 1947, p. 127.
6 Passo citato in Franceschi, «Istituzioni e attività economica a Firenze »cit., p. 77.
7 Ibidem, p. 79.
8 G. B. Zanazzo, L’arte della lana in Vicenza (secoli XIII-XV), Venezia, 1914, p. 69.
9 E. Demo, L’ «anima della città». L’industria tessile a Verona e a Vicenza (1400-1550), Milano, 2001.
10 B. Dei, La Cronica dall’anno 1400 all’anno 1500, a cura di R. Barducci, Firenze, 1984, p. 82: a quell’altezza cronologica, stando al Dei, i panni fiorentini erano esportati soprattutto in Turchia.
11 Bonvesin da la Riva, Le meraviglie di Milano (De magnalibus Mediolani), a cura di P. Chiesa, Milano, 2009, pp. 56-57.
12 Il passo è riportato in B. Figliuolo, La vita, i viaggi e l’opera del canonico fiorentino Bonsignore Bonsignori (1468-1529), in Da Flavio Biondo a Leandro Alberti. Corografia e antiquaria tra Quattro e Cinquecento, Bari, 2009, pp. 25-97, a p. 40.
13 Sulla crescita demografica delle città dell’Italia comunale cfr. G. Pinto, «I nuovi equilibri tra città e campagna in Italia fra XI e XII secolo», in Città e campagna nei secoli altomedievali, Atti della LVI Settimana di studio del CISAM, Spoleto, 2009, pp. 1055-1081; id., «Tra demografia, economia e politica: la rete urbana italiana (XIII-inizio XVI secolo)», Edad Media. Revista de Historia, XV, 2014, pp. 37-57.
14 Per alcuni esempi vedi S. Bortolami, «Acque, mulini e folloni nella formazione del paesaggio urbano medievale (secoli XI-XIV)», G. M. Varanini, «Energia idraulica e attività economiche nella Verona comunale: l’Adige, il Fiumicello, il Fibbio (secoli XII-XIII)», entrambi in Paesaggi urbani dell’Italia padana nei secoli VIII-XIV, Bologna, 1988, pp. 227-330 e 331-372; L. Chiappa Mauri, I mulini ad acqua nel Milanese (secoli X-XV), Milano, 1984, pp. 66 e sgg.; P. Castagneto, L’Arte della Lana a Pisa nel Duecento e nei primi decenni del Trecento, Commercio, industria e istituzioni, Pisa, 1996, pp. 130-134.
15 Sulle lane prodotte o importate in Italia si vedano i saggi di G. Barbieri, G. De Gennaro, C. Manca, P. Racine, E. Rossini - M. Fennel Mazzaoui nel volume La lana come materia prima. I fenomeni della sua produzione e circolazione nei secoli XIII-XVII, Atti delle «Settimane di studio» dell’Istituto internazionale di storia economica «F. Datini», Prato, a cura di M. Spallanzani, Firenze, 1974, pp. 133-201.
16 Non sono poche le testimonianze che fanno riferimento alla sobrietà del vestire del tempo che fu, in contrapposizione al lusso del presente. Basti ricordare i notissimi versi di Dante sulla Firenze di Cacciaguida (Paradiso, XV, 100-102, 111-117): cfr. anche C. T. Davis, Il buon tempo antico, in Florentine Studies. Politics and Society in Renaissance Florence, ed. N. Rubinstein, London, 1968, pp. 45-69. Le leggi suntuarie, che proibivano l’ostentazione del lusso, in particolare nei vestiti delle donne, approvate in molte città tra la fine del XIII secolo e i primi decenni del XIV, sono un’altra testimonianza dei cambiamenti della moda: si veda a questo proposito M. G. Muzzarelli, Gli inganni delle apparenze. Disciplina di vesti e ornamenti alla fine del Medioevo, Torino, 1996 e Ead., Guardaroba medievale. Vesti e società dal XIII al XVI secolo, Bologna, 1999; e in particolare per Firenze i saggi di introduzione al testo Draghi rossi e querce azzurre. Elenchi descrittivi di abiti di lusso (Firenze 1343-1345), trascrizione a cura di L. Gérard-Marchant, Firenze, 2013.
17 Mi permetto di rimandare a G. Pinto, «Gli studi sull’economia medievale (dall’Unità d’Italia al primo dopoguerra). Prime considerazione», in Agli inizi della storiografia medievistica in Italia, Atti del Convegno internazionale (Napoli, 16-18 dicembre 2015) Napoli, 2020, pp. 521-544, con riferimenti anche ai contributi della storiografia internazionale.
18 B. Dini, «L’industria tessile italiana nel tardo Medioevo», in Le Italie del tardo Medioevo, a cura di S. Gensini, Pisa, 1990, pp. 321-359. Dini suddivide le attività tessili in varie tipologie: una produzione domestica che interessava il Mezzogiorno incentrata sull’orbace, un rozzo panno di lana, destinato al consumo familiare o poco più; la manifattura artigianale, tipica dei piccoli centri dell’Italia centrale; infine la fabbrica disseminata che faceva capo al mercante imprenditore, con differenze non piccole da un centro all’altro in rapporto alla qualità dei tessuti e alla loro destinazione.
19 S. R. Epstein, «I caratteri originari. L’economia», in L’Italia alla fine del Medioevo: i caratteri originali nel quadro europeo, a cura di F. Salvestrini, Firenze, 2006, pp. 381-431, in particolare alle pp. 416-429 e con la carta di p. 418 che ne rappresenta la distribuzione nelle varie regioni della Penisola. Ma si veda anche J. H. Munro, «I panni di lana», in Il Rinascimento italiano e l’Europa, volume quarto, Commercio e cultura mercantile, a cura di F. Franceschi, R. A. Goldthwaite, R. C. Mueller, Treviso, 2007, pp. 105-141, che inquadra la produzione laniera italiana nel contesto europeo e mediterraneo e F. Francheschi, «Wollen luxury cloth in late Medieval Italy», in Europe’s Rich Fabric. The Consumption, Commericalisation, and Production of Luxory Textiles in Italy, the Low Countries mand Neighbouring Territories (Fourtheenth-Sixteenth Centuries), ed. by B. Lambert, K. A. Wilson, Farnham, 2016, pp. 181-204.
20 Cfr. ad esempio per Firenze: H. Hoshino, L’arte della lana in Firenze nel Basso Medioevo. Il commercio della lana e il mercato dei panni fiorentini nei secoli XIII-XV, Firenze, 1980, con riferimenti anche alla manifattura laniera e al commercio dei panni di altre città italiane; F. Franceschi, Oltre il «Tumulto». I lavoratori fiorentini dell’Arte della Lana fra Tre e Quattrocento, Firenze, 1993; id., «Istituzioni e attività economica a Firenze» cit. Per Padova: S. Collodo, «Signore e mercanti: storia di un’alleanza», in Ead., Una società in trasformazione. Padova tra XI e XV secolo, Padova, 1990, pp. 329-403; e in riferimento all’intera regione Ead., Società e istituzioni in area veneta. Itinerari di ricerca (secoli XII-XV), Firenze, 1999, pp. 69-92. Per Milano, Bergamo e altre città lombarde: P. Mainoni, Economia e politica nella Lombardia medievale. Da Bergamo a Milano fra XIII e XV secolo, Cavallermaggiore, 1994, pp. 13-91. Per Verona e Vicenza: Demo, «L’anima della città» cit. Per Pisa: Poloni, «Nec compelli possit effici civis pisanus» cit.
21 G. Pinto, «Manifatture rurali, attività mercantili e mobilità sociale nei piccoli centri dell’Italia comunale (secoli XIV-XV)», in La mobilità sociale nel Medioevo italiano. Competenze, conoscenze e saperi tra professioni e ruoli sociali (secc. XII-XV), a cura di L. Tanzini e S. Tognetti, Roma, 2016, pp. 103-127, alle pp. 115-120.
22 Come Torno, nel Comasco, Gandino nelle Prealpi bergamasche, Legnago nel Veronese, Radicondoli nel Volterrano, Montefortino alle falde dei monti Sibillini, Leonessa nel Reatino, ecc., che producevano panni che andavano oltre i mercati locali (Cfr. Pinto, «Manifatture rurali» cit., con i relativi rimandi bibliografici).
23 Cfr. su ciò G. Pinto, Città e spazi economici nell’Italia comunale, Bologna, 1996, pp. 39-63, a p. 63 la citazione (tratta da una fonte genovese).
24 Passo citato in Collodo, «Signore e mercanti: storia di un’alleanza» cit., pp. 332-333.
25 Giovanni Villani, Nuova cronica, a cura di G. Porta, volume terzo, Parma, 1991, libro XII, cap. 94, p. 199.
26 Cfr. le considerazioni in proposito di Hoshino, L’arte della lana in Firenze cit., pp. 194-206 e successivamente quelle, equilibrate, di Franco Franceschi, Oltre il «Tumulto» cit., p. 6, dove scrive che le cifre del cronista «allo stato attuale degli studi non sono state pienamente verificate né definitivamente smentite».
27 Sulla manifattura laniera senese cfr. S. Tortoli, «Per la storia della produzione laniera a Siena nel Trecento e nei primi anni del Quattrocento», Bullettino senese di storia patria, LXXXII-LXXXIII, 1975-1976, pp. 220-238.
28 Poloni, «Nec compelli possit effici civis pisanus» cit., pp. 255-256.
29 Vedi sopra alle note 7 e 8; e inoltre Collodo, Società e istituzioni in area veneta cit., pp. 77-81.
30 G. Fabiani, Ascoli nel Quattrocento, vol. I, Ascoli Piceno, 1958, p. 306; id., Ascoli nel Cinquecento, vol. I, Ascoli Piceno, 1957, pp. 42-47.
31 A. Sapori, «I beni del commercio internazionale», in id., Studi di storia economica (secoli XIII-XIV-XV), Terza ed. accresciuta, Firenze, 1955, vol. I, pp. 535-575; Munro, «I panni di lana» cit.
32 Cfr. d esempio A. Sapori, Una compagnia di Calimala ai primi del Trecento, Firenze, 1932.
33 Si vedano i saggi dedicati all’Italia in La lana come materia prima cit. e, in particolare sulle importazioni dalle varie parti del Mediterraneo e dall’Inghilterra F. Melis, «La lana della Spagna mediterranea e della Barberia occidentale nei secoli XIV-XV» (pp. 241-251) con una carta degli itinerari delle lane destinate alle manifatture italiane.
34 Sulla preparazione e la circolazione dei prodotti utilizzati nel processo manifatturiero la bibliografia è vastissima. Ci limitiamo a ricordare F. Borlandi, «Note per la storia della produzione e del commercio di una materia prima. Il guado nel Medio Evo», in Studi in onore di Gino Luzzatto, Milano, 1950, I, pp. 297-324; F. Melis, Aspetti della vita economica medievale. (Studi nell’Archivio Datini di Prato), 1962, pp. 545-548; G. Pinto, Firenze medievale e dintorni, Roma, 2016, pp. 84-85 (guado); M. Moroni, «Produzione e commercio del sapone nel Mediterraneo tra basso medioevo ed età moderna», in Produzioni e commerci nelle province dello Stato pontificio. Imprenditori, mercanti reti (secoli XIV-XVI), a cura di E. Di Stefano, Narni, 2013 (Quaderni di «Proposte e ricerche», 38), pp. 140-156; Ch. M. de La Roncière, Prix et salaires à Florence au XIVe siècle, 1280-1380, Roma, 1982, p. 544 (nel 1347 l’Arte della lana importa a Firenze oltre 200 tonnellate d’olio); infine i saggi di D. Boisseuil, I. Ait, F. Franceschi, E. Basso, D. Igual nel fascicolo tematico «Le monopole de l’alun pontifical à la fin du Moyen Âge», «Mélanges de l’École française de Rome–Moyen Âge», 126, 1, 2014.
35 Cfr. F. Franceschi, «Mobilità sociale e manifatture urbane nell’Italia centro-settentrionale dei secoli XIII-XV», in La mobilità sociale nel Medioevo italiano cit., pp. 77-101, in particolare a p. 100; Pinto, «Manifatture rurali, attività mercantili e mobilità sociale» cit.; S. Tognetti, «La mobilità sociale in Italia (secoli XIV-XVI)», Archivio storico italiano, CLXXV, 2017, pp. 119-150.
36 A Siena erano concessi all’Arte della lana vari privilegi, tra i quali quello di poter inviare propri ambasciatori in altre città (Tortoli, «Per la storia della produzione laniera» cit., p. 235). A Firenze l’Arte aveva piena facoltà legislativa nell’ambito delle proprie ampie competenze, disponeva di propri tribunali e si serviva di un «ufficiale forestiero» per fare rispettare le norme e applicare le pene (Franceschi, «Istituzioni e attività economica a Firenze» cit., pp. 82-86; N. Rodolico, Il popolo minuto. Note di storia fiorentina, 1343-1378, nuova ed., Firenze, 1968, p. 17 e sgg.; V. Rutenburg, Popolo e movimenti popolari nell’Italia del ‘300 e ‘400, trad. it., Bologna, 1971, pp. 60-64, con riferimenti pure ad altre realtà urbane). Anche a Padova, a partire almeno dal 1361, l’Arte della lana disponeva di un proprio foro (Collodo, «Signore e mercanti: storia di un’alleanza» cit., p. 342).
37 Ad esempio a Firenze l’Arte della lana sovrintendeva all’Opera della cattedrale di Santa Maria del Fiore (C. Guasti, Santa Maria del Fiore. La costruzione della chiesa e del campanile, Firenze, 1887 (ed. anast., Bologna, 1974), pp. XLII-XLV.
38 Villani, Nuova cronica cit., XII, 94, p. 199: «del detto ovraggio viveano più di XXX m. persone».
39 La somma di 400 mila fiorini d’oro corrisponde, grosso modo, al salario medio annuo (30 fiorini) di circa 13 mila lavoratori sottoposti, in genere con famiglia a carico, tenendo conto naturalmente che le retribuzioni variavano in rapporto alle diverse qualifiche: cfr. de La Roncière, Prix et salaires à Florence cit., passim.
40 Franceschi, Oltre il «Tumulto» cit., pp. 94-104.
41 Cessi, Le corporazioni dei mercanti di panni, cit., pp. 75-76.
42 L. Zdekauer, Il Constituto del Comune di Siena dell’anno 1262, Milano, 1897 (ed. anast. Siena, 1974), p. 330.
43 Passo citato in G. Piccinni, «“Nuovamente è inpreso el seminare del guado nel contado di Siena”. Documenti sulla produzione e lavorazione delle materie tintorie nel Quattrocento», in Oeconomica. Studi in onore di Luciano Palermo, a cura di A. Fara, D. Strangio, M. Vaquero Piñeiro, Viterbo, 2016, pp. 187-197, alle pp. 191-192.In questo accenno all’onore e alla reputazione ritorna la concezione, radicata in molte realtà del tempo, secondo cui una città doveva vivere di ciò che produceva, senza dipendere dalle importazioni.
44 Zanazzo, L’arte della lana in Vicenza cit., p. 95.
45 Vedi sopra per Firenze la nota 40, e per Verona Demo, «L’anima della città» cit., pp. 143-144.
46 Per qualche esempio, legato in genere a vicende belliche, si veda G. Pinto, Il lavoro, la povertà, l’assistenza. Ricerche sulla società medievale, Roma, Viella, 2008, pp. 63-64.
47 Così anche in età moderna. Cfr. ad esempio M. Abrate, «Imprenditori e tecnici stranieri nell’industria laniera piemontese agli inizi del XVIII secolo», in Produzione, commercio e consumo dei panni di lana (nei secoli XII-XVIII), a cura di M. Spallanzani, Istituto internazionale di storia economica «F. Datini», Prato, Firenze, 1976, pp. 115-125.
48 Il Costituto del Comune di Siena volgarizzato nel MCCCIX-MCCCX, ed. critica a cura di M. S. Elsheikh, Siena, 2002, tomo primo, p. 393.
49 Vedi sopra la nota 4, e Tortoli, «Per la storia della produzione laniera a Siena» cit., p. 236.
50 Rodolico, Il popolo minuto cit., p. 16; Ch. M. de La Roncière, «Pauvres et pauvretè à Florence au XIVe siècle», in Études sur l’histoire de la pauvreté (Moyen Âge–XVIe siècle), dir. par M. Mollat, Paris, 1974, pp. 661-745, a p. 687, nota 38.
51 Zanazzo, L’arte della lana in Vicenza cit., pp. 69, 299-300.
52 Ser Lapo Mazzei, Lettere di un notaro a un mercante del secolo XIV, a cura di C. Guasti, Firenze, 1880, vol. II, p. 259.
53 L. B. Alberti, I libri della famiglia, a cura di R. Romano e A. Tenenti, Torino, 1969, p. 249.
54 D. Balestracci, «Lavoro e povertà in Toscana alla fine del Medioevo», Studi storici, fasc. 3, 1982, pp. 565-582, a p. 580.
55 A. Fanfani, Storia del lavoro in Italia dalla fine del secolo XV agli inizi del XVIII, Milano, 1959, p. 363.
56 Cfr. Franceschi, «Mobilità sociale e manifatture urbane» cit., pp. 92-94.
57 Cfr. de La Roncière, Prix et salaires à Florence cit., pp. 423-453.
58 La bibliografia sull’emigrazione/immigrazione di maestranze della manifattura laniera è vastissima e risalente nel tempo: cfr. Pinto, Il lavoro, la povertà l’assistenza cit., pp. 61-69, con i relativi riferimenti alla letteratura.
59 Tortoli, «Per la storia della produzione laniera» cit., pp. 230-231.
60 Così ad esempio lo Statuto di Bergamo della prima metà del XIII secolo prescriveva che il podestà dovesse provvedere allo sviluppo dell’arte della lana facendo sì che accanto ai panni bergamaschi se ne producessero altri sul modello di quelli di Verona e di Lombardia (Mainoni, Economia e politica nella Lombardia medievale cit., p. 30).
61 Pinto, Il lavoro, la povertà, l’assistenza cit., p. 67; Francheschi, «Woollen luxury clorth», cit., pp. 194-195.
62 Si veda per Siena, Tortoli, «Per la storia della produzione lanierta», cit., p. 222; per alcuni centri lombardi, Mainoni, Economia e politica nella Lombardia medievale cit., pp. 37-38; per Padova, Collodo, «Signore e mercanti: storia di un’alleanza» cit., pp. 362, 386-393; per vari centri marchigiani (Ascoli, Camerino, Fabriano, San Severino), G. Pinto, «Le città umbro-marchigiane», in Le città del Mediterraneo all’apogeo dello sviluppo medievale. Aspetti economici e sociali, Pistoia, Centro italiano di studi di storia e d’arte, 2003, pp. 245-272, a p. 258.
63 Si trattava di una prassi diffusa, ricordata in molti degli studi menzionati sopra. Significative le parole con cui nel 1387 il Comune di Siena approvò il divieto di importare panni: molti Comuni italiani «si sforzano d’acrescere e bonificare la detta Arte della lana ne le loro città, però che tutte, cioè Bologna, Vinegia, Verona, Padova, Mantova e tutte l’altre terre di Lombardia ànno proveduto che niuno panno forestieri di veruno pregio possa entrare o mettarsi ne le dette cittadi» (passo citato in Tortoli, «Per la storia della produzione laniera» cit., p. 236). A Vicenza, al divieto di vendere panni forestieri sul mercato cittadino, si aggiunse l’obbligo per i cittadini di indossare solo vestiti confezionati con tessuti vicentini (Demo, L’«anima della città» cit., p. 79). Naturalmente sull’efficacia di tale normativa i dubbi sono tanti.
64 Si veda ad esempio per Firenze Franceschi, «Istituzioni e attività economica a Firenze» cit., pp. 82-83; per Verona e Vicenza Demo, L’«anima della città» cit., pp. 79-83.
65 Di ciò ci si lamenta a Siena: Tortoli, «Per la storia della produzione laniera» cit., p. 236.
66 Tra le eccezioni, troviamo lo Statuto quattrocentesco di Faenza (Statuta Faventiae, a cura di G. Rossini, RIS, 2a ediz., Bologna, 1929-1930, p. 289), che fissa i compensi massimi dei cimatori un tanto a braccio, ma con differenze tra i diversi tipi di panno. Tutt’altro discorso per gli statuti corporativi: cfr. ad esempio Statuti dell’Arte della lana di Prato cit., pp. 65-66, dove si fissano (1321) i compensi massimi dei tessitori; P. Rasi - E. Rossi, Statuta scholarum artis et laborantium lanae civitatis Feltri, Milano, 1943, pp. 74, 78, dove si stabiliscono le retribuzioni massime di tessitori, follatori e garzatori (1420 circa). Sulla regolamentazione dei salari a partire dalla metà del XIV secolo cfr. G. Pinto, «Congiuntura economica, conflitti sociali, rivolte», in Rivolte urbane e rivolte contadine nell’Europa del Trecento. Un confronto, a cura di M. Bourin, G. Cherubini, G. Pinto, Firenze, 2008, pp. 337-349, alle pp. 347-349.
67 Zanazzo, L’arte della lana in Vicenza cit., pp. 104, 299-300. Il provvedimento tuttavia non passò facilmente dal momento che si dice che su di esso «plurimum fuit disputatum».
68 Cfr. ad esempio Franceschi, Oltre il «Tumulto» cit., pp. 280-285.
69 F. Careri, «Il “Presto ai Quattro Pavoni”: dal libro-giornale di Isacco da San Miniato (1473-75)», Archivio storico italiano, CLIX, 2001, pp. 395-421: p. 408 e sgg.
70 Così a Firenze in occasione delle carestie del 1329, 1340 e 1347, con la motivazione che a causa degli alti prezzi del grano «extenuate sunt divitie singulorum et precipue pauperum et miserabilium personarum, ita quod non possunt ad presens suis respondere creditoribus»: G. Pinto, Il Libro del Biadaiolo. Carestie e annona a Firenze dalla metà del ‘200 al 1348, Firenze, 1978, pp. 147-148. Provvedimenti simili sono attestati anche nella Firenze del ‘500: Fanfani, Storia del lavoro in Italia cit., p. 375, delibera del 1562 a favore dei tessitori.
71 Pinto, Il lavoro, la povertà, l’assistenza cit., pp. 156-158.
72 Pinto, Il Libro del Biadaiolo cit., p. 124.
73 Naturalmente si tratta di un fenomeno non solo italiano. L’intervento delle autorità pubbliche per disciplinare e incrementare la produzione laniera (e più in generale tessile) è comune a molte realtà politiche europee del tempo, come mostrano molti dei saggi raccolti in Produzione, commercio e consumo dei panni di lana cit., ai quali, in relazione a Valencia, merita aggiungere J. Bordes García, Desarrollo industrial textil y artesanado en Valencia de la conquista a la crisis (1238-1350), Universitat de València, Facultat de Geografia i Història, Tesis doctoral dirigida por Paulino Iradiel e Enrique Cruselles, Valencia, 2003, pp. 162, 646-658 (Ordinanza del 1311), e per l’intera area catalana-aragonese, G. Navarro Espinach, «La política del desarrollo de las manufacturas textiles en la Corona de Aragón», in Il governo dell’economia. Italia e Peniscola iberica nel basso Medioevo, a cura di L. Tanzini e S. Tognetti, Roma, 2014, pp. 285-308. Per altro il tema della manifattura tessile ritorna spesso nella produzione scientifica di Paulino Iradiel –sia in riferimento alla penisola iberica, sia con considerazioni di carattere generale e di metodo– a partire dalla monografia Evolución de la industria textil castellana en los siglos XIII-XVI. Factores de desarollo, organización y costes de la producción manufacturera en Cuenca, Salamanca, 1974.
74 A. Stella, «Ciompi… gens de la plus baisse condition… crasseux et dépenaillés»: désigner, inférioriser, exclure», in Le petit peuple dans l’Occident médiéval. Terminologies, perceptions, réalités, a cura di P. Boglioni, R. Delort e C. Gauvard, Paris, 2002, pp. 145-152.
75 De La Roncière, «Pauvres et pauvretè à Florence» cit., pp. 685-691; R. De Roover, «Labour conditions in Florence around 1400: theory, policy and reality», in Florentine Studies cit., pp. 277-313, alle pp. 282-286.
76 Passo citato in B. Geremek, «Il pauperismo nell’età preindustriale (secoli XIV-X-VIII)», in Storia d’Italia, volume quinto, I documenti, I, Torino, 1973, pp. 667-698, a p. 683. È interessante ricordare che Antonino fu tra i promotori della compagnia dei «Buonuomini di San Martino», che aveva il compito di assistere i cosiddetti ‘poveri vergognosi’, soprattutto artigiani caduti in miseria, tra i quali numerosi erano i tessitori: si veda M. Fubini Leuzzi, «L’arcivescovo e la città. I Buonomini di San Martino», in Antonino Pierozzi. La figura e l’opera di un santo arcivescovo nell’Europa del Quattrocento, a cura di L. Cinelli e M. P. Paoli, Firenze, 2012 (Memorie Domenicane, 129, 2012, pp. 141-166, alle pp. 149-152).
77 Sul tema del ‘bene comune’ nelle città medievali gli studi si sono moltiplicati negli ultimi anni: ci limitiamo a ricordare i saggi raccolti nei volumi De Bono Comuni. The Discourse and Practise of the Common Good in the European city (XIIIth-XVIth c.). Discours et pratique du Bien Commun dans les villes d’Europe (XIIIe-XVIe siècle), É. Lecuppre-Desjar-din et A. L. Van Bruaene éd, Turnhout, Brepols, 2010; Il bene comune: forme di governo e gerarchie sociali nel basso Medioevo, Atti del Convegno di Todi, 9-12 ottobre 2011, Spoleto, 2012.
78 Vedi sopra la nota 67.
79 Cfr. A. Spicciani, Capitale e interesse tra mercatura e povertà nei teologi e canonisti dei secoli XIII-XV, Roma, 1990, pp. 121, 147 (nota 15).
80 Sul tema della concezione del lavoro come strumento contro il pauperismo esiste un’ampia letteratura. Si veda in generale L. Dal Pane, Storia del lavoro in Italia dagli inizi del secolo XVIII al 1815, Milano, 1958, pp. 316-317; G. Procacci, Governare la povertà. La società liberale e la nascita della questione sociale, Bologna, 1998, pp. 95-103 e passim; Forme di povertà e innovazioni istituzionali in Italia dal Medioevo a oggi, a cura di V. Zamagni, Bologna, 2000 (in particolare il saggio di Claudio Bargelli, pp. 403-418, che fa riferimento alle considerazioni di Ludovico Antonio Muratori); e per alcuni casi particolari M. Carmona, «La Toscane face à la crise de l’industrie lanière: techniques et mentalités economiques aux XVIe et XVIIe siècles», in Produzione, commercio e consumo dei panni di lana cit., pp. 151-168, alle pp. 157-159; Fanfani, Storia del lavoro in Italia cit., pp. 114-115, 120; e i saggi di D. Lombardi e L. Cajani in Timore e carità. I poveri nell’Italia moderna, a cura di G. Politi, M. Rosa, F. Della Peruta, Cremona, 1982.
81 Oltre ai lavori citati alla nota 73 si veda il contributo, ancora assai utile, di E. Carus-Wilson, «L’industria laniera», in Storia economica Cambridge, volume secondo, Commercio e industria nel Medioevo, a cura di M. M. Postan e P. Mathias, ed. italiana a cura di V. Castronovo, Tornio, 1982, pp. 397-481.
LES METIERS AU TRAVAIL:
VENISE A LA FIN DU MOYEN AGE
Élisabeth Crouzet-Pavan Sorbonne Université faculté des lettres
Que produit-on dans la Venise médiévale ou renaissante? Que dire du monde du travail dans cette métropole? Les traits distinctifs qui contribuèrent à fonder le postulat d’une spécificité de Venise sont multiples. Selon les époques et selon les auteurs, le site de la ville, sa richesse marchande ou la singularité de son organisation politique furent loués. Mais tôt furent aussi remarquées ces caractéristiques qui rendaient si singulier le paysage socio-économique et politique local. Dans la lagune, les artisans étaient exclus de la vie publique. Ici, pas de régime des arts; ici, pas non plus de ces séditions, communes dans d’autres milieux urbains, animées par les métiers et leurs oppositions. Le calme social tant vanté de la vie civile vénitienne, réel même pour qui ne se laisse pas prendre aux séductions du mythe politique vénitien, aurait donc, selon certaines hypothèses, en partie au moins résulté de de cette mise en tutelle de la population laborieuse. Mais ici aussi, et il y aurait là une autre originalité, l’artisanat n’aurait contribué que secondairement à la prospérité et il n’est même pas besoin pour l’affirmer de formuler, comme G. Cracco, l’hypothèse de son «sabotage» délibéré par les élites marchandes. L’industrie, est-il généralement répété, n’intervint qu’avec un certain retard, comme «une compensation, une façon de forcer les circonstances hostiles».1 Certes, l’Arsenal, et le quartier organisé autour de lui, représentaient, nul ne le nie, une des plus grosses concentrations industrielles du temps, mais une concentration singulière puisque, sous la stricte surveillance de l’Etat, tous ces hommes travaillaient pour les entreprises maritimes et le commerce au loin. La faiblesse de l’industrie lainière, en des siècles où la richesse de tant de villes reposait sur cette activité, aurait donc constitué le signe le plus évident de cette primauté longtemps indiscutée à Venise du capitalisme marchand.
Que penser de telles interprétations? Pour le moins qu’elles doivent être nuancées. Venise se présente comme une scène et une mise en scène. La rive portuaire est le lieu, disent les délibérations publiques, où la cité se découvre à l’étranger. La place San Marco, répètent ces mêmes textes, est le plus beau spectacle du monde. Quant à l’île du marché du Rialto, elle est le lieu où l’opulence de la marchandise s’exibe. Captivée ou aveuglée par cette image de la ville marchande et par la présence hégémonique des trafics dans l’histoire et la vie vénitiennes, l’attention historique a donc longtemps et exclusivement considéré les dimensions internationales de la richesse, les formes et les objets de l’échange. Des inflexions ont, de manière récente, corrigé cette tendance et d’autres secteurs de la vie économique ont été sortis de l’ombre. Il nous faut alors pénétrer plus profondément dans Venise pour découvrir ces activités moins connues et ces lieux moins centraux où toute une population laborieuse produit.
Etudier l’artisanat conduit en effet à s’éloigner des centres de Venise la belle pour découvrir des quartiers industrieux, des cours et des ruelles parfois misérables, des marges utiles où, à côté des ateliers et des chantiers, hospices et lotissements sociaux vont progressivement se multiplier. L’image de la cité reine des trafics, souveraine de la mer, se voit alors nuancée, infléchie. Des métiers, qui ne produisaient pas que des biens de consommation courante, travaillaient dans les différents quartiers. Et puis, au début du XVIe siècle, l’agglomération était ceinturée par toute une périphérie industrielle.
L’enquête dans le monde du travail vénitien vaut donc la peine d’être ouverte et mes premières remarques concernent les hommes. Mais peutêtre vaudrait-il mieux parler des mondes du travail? Les conditions et les statuts sont en effet multiples. Sans doute le sont-ils d’ailleurs dans la plupart des villes de l’Europe ancienne. Comment comparer les membres des métiers institués, protégés, ayant représentants, bannières, confréries, lieux de réunion et solidarités dans la vie et dans la mort, avec la masse de ces travailleurs non répertoriés, mobiles, mal payés qui fournissait les bras pour les activités dévoreuses de main d’œuvre? La question se pose dans tous les grands centres manufacturiers du temps. Elle conserve sa pertinence à Venise où l’artisanat a fait l’objet d’un encadrement précoce.
Partons de 1173 et du processus d’organisation administrative qui débuta alors. À cette date, sous le dogat de Sebastiano Ziani, une magistrature fut instituée à Venise sur les poids et mesures. Ces officiers, responsables aussi des approvisionnements, reçurent la charge des arts. L’ampleur de leurs attributions fut bientôt telle qu’elle nécessitât la création, en 1261, de deux offices distincts: la Giustizia vecchia conservait la compétence sur les arts; à la Giustizia nuova revinrent le contrôle des approvisionnements, la surveillance des tavernes et du commerce du vin. L’art de la laine passa parallèlement sous l’autorité d’une magistrature spécique, les Provveditori di Comun. Même ainsi résumé à l’extrême, ce cheminement administratif marque bien les réalités de la tutelle administrative. Puis, la Giustizia vecchia lança en 1278 un travail de compilation des textes, destiné à faciliter son exercice. Tous les documents originaux conservés dans les archives de l’office, tous les statuts des arts qui lui étaient soumis furent minutieusement recopiés. Ce registre officiel, continué après 1278, mit donc en forme un ensemble de documents.2
Que nous disent ces archives? Elles nous font découvrir une première singularité, qui ne laisse pas d’accentuer l’originalité de Venise: cette grande cité commerçante ne comptait pas d’art des marchands. Elles nous permettent aussi d’observer qu’entre 1218 et 1330 la Giustizia vecchia enregistra les statuts de cinquante-deux métiers. Elles font donc valoir l’extrême fragmentation de l’activité artisanale, au regard de la situation commune aux grandes cités italiennes du temps.3 Et cette fragmentation perdura. Au début du XVe siècle, le chantier du fameux palais de la Cà d’Oro ne nécessita pas moins de soixante-quatre métiers différents.4 De cette extrême division, il résulta la constitution d’arts, à la taille et à l’importance sensiblement équivalente, et dont aucun ne prit le pas sur les autres. Il s’ensuivit encore une flexibilité du travail qui garantissait la qualité de la production et qui constitua, au temps de leur essor, un atout majeur pour les industries du luxe.
En fait, ces multiples arts vénitiens ne regroupaient ni des «gras», qui ici s’intéressaient à la marchandise, ni des «menus», mais toute une population d’état souvent intermédiaire. En l’absence de données chiffrées sur les prix et salaires, l’analyse socio-économique tourne évidemment vite court. Mais la tutelle de l’Etat avait aussi, peut-on supposer, des contreparties positives qui expliquent la docilité de ce groupe et sa collaboration, avec le temps, plus efficace à la richesse vénitienne. Toutes les études soulignent, en effet, l’absence de tensions fortes entre marchands et producteurs et l’importance des arts dans le tissu social. L’examen de la vie dans les contrade confirme ces réalités et montre les solidarités cristallisées par le métier et la confrérie, même si les relations sociales dépassaient ce seul cadre pour se nouer en des réseaux plus complexes.5 Sous l’autorité des officiers publics, et de leurs chefs qu’ils élisaient, les arts fonctionnaient donc soumis, comme partout, à des obligations et à une réglementation professionnelle prolixe, mais très protégés aussi. Les statuts, en limitant par exemple le nombre des apprentis, veillaient, pour préserver les équilibres internes à la branche, à ce que les unités productives demeurassent de taille modeste. Ou bien, il était concédé aux corporations, pour échapper à la loi des marchands, d’acheter en gros les matières premières indispensables.6 Ou encore, et l’exemple de l’industrie du verre nous servira à illustrer ces efforts réglementaires, une politique attentive s’attachait à protéger, de l’imitation de la concurrence étrangère, les procédés locaux.7
Les conditions des milliers d’hommes, et de femmes, qui formaient les métiers vénitiens, n’étaient pas uniformes, à l’image des corps multiples qui les regroupaient.8 Et les plus pauvres d’entre eux partageaient, à lire les listes de locataires, le quotidien des ouvriers non qualifiés, de ces travailleurs nombreux que requérait l’économie du temps. Outre le prolétariat des rameurs et des débardeurs qui œuvraient sur le port et au marché, cette autre catégorie comprenait les sottoposti des industries, ceux qui accomplissaient les tâches préparatoires dans la soie et la laine. Mais il faut y ranger aussi les milliers de domestiques de cet univers urbain.9
Parmi ces travailleurs, les étrangers et les forains étaient nombreux. Les voies de l’intégration n’étaient pas fermées à Venise et les brèches que les épidémies de peste creusaient dans la population favorisaient l’assimilation des nouveaux venus. Les patronymes continuaient alors simplement à marquer l’origine lombarde, albanaise ou dalmate de celui qui tenait boutique dans une paroisse ou qui occupait un emploi auprès d’un des offices publics. Les derniers arrivés fournissaient toutefois plutôt leurs bras aux besognes non qualifiées. On peut évoquer la forte empreinte balkanique du sestier de Castello,10 ou les foyers d’ouvriers allemands dans le quartier de la laine. Il faut encore signaler aux marges de Venise ces immigrés récents, venus de la campagne ou de la montagne, installés avec d’autres pauvres dans ces zones où la ville se perdait dans l’eau et où les habitations modestes s’élevaient au milieu des terrains vagues et des cultures maraîchères, entre des baraques, des ateliers, des entrepôts. Dix ou vingt ans plus tard, ces Brescians, ces Frioulans avaient souvent abandonné ces quartiers incertains pour une paroisse plus centrale et une installation moins sommaire et, à la périphérie, d’autres arrivants, attirés par le mirage de la métropole, les remplaçaient.11
D’autres enfin, qui n’avaient pas accompli volontairement le voyage vers Venise, venaient grossir le monde des petites gens et les rangs du service domestique: c’étaient ces esclaves que les sources éclairent, employés auprès des nobles, des citoyens, des artisans. Dans leur écrasante majorité, il s’agissait de femmes. Les esclaves comptèrent tôt parmi les marchandises du commerce lagunaire. Revendus à travers le monde méditerranéen, ils étaient aussi acheminés jusqu’à Rialto où Vénitiens et Italiens les achetaient. Le monde slave constitua, pour ce trafic, un premier et proche réservoir et, en dépit de sa christianisation, il continua longtemps à proposer des captifs. On sait que plus tard se tenait à Candie un florissant marché d’esclaves où se fournissaient les marchands vénitiens. A destination de la métropole, ou d’autres marchés méditerranéens, la traite était donc florissante. Mais cet asservissement de chrétiens, même schismatiques, suscita progressivement des réticences de plus en plus nombreuses.
Dès lors, il revint aux comptoirs de la mer Noire d’alimenter ce commerce. Dans ces ports, reliés aux actifs et anciens marchés de l’intérieur, les Italiens s’approvisionnaient sans difficultés. Et les Vénitiens, depuis La Tana, Trébizonde, mais Constantinople aussi, conduisaient les hommes en Egypte, à Alexandrie, où ils étaient revendus, tandis que les femmes, Russes, Circassiennes, Tartares, poursuivaient jusqu’à Rialto. On les y achètait pour quarante ou cinquante ducats.12 Les bouleversements des dernières décennies du XVe siècle ruinèrent cette traite et des esclaves noirs, captifs plutôt que captives, commencèrent à arriver à Venise.13 Ce phénomène, dont rend compte la peinture vénitienne, je pense au Miracle du Bois de la Vraie Croix de Carpaccio ou au Miracle de la Croix de Gentile Bellini, demeura cependant limité au regard du commerce qu’organisaient les Portugais puis les Espagnols.
A Venise, les esclaves masculins étaient donc rares. Interdits dans l’enceinte de l’Arsenal, présents auprès de quelques artisans, on les retrouvait plutôt dans la suite des nobles, employés à les servir, à les escorter ou à les mener en gondole. La main d’œuvre servile, principalement féminine, était surtout utilisée à la maison. Peu d’informations filtrent toutefois des sources. Des contrats négocient ventes ou reventes. Les testaments, quand ils signalent un petit legs, éclairent brièvement ces femmes nombreuses, que les hommes de la maison ont parfois engrossées. Quelques procès citent, de même, ces étrangères dont on craignait les philtres ou les manigances et renvoient aux drames, aux jalousies que l’«ennemie domestique» pouvait provoquer dans ces larges maisonnées.14 Étudiant l’esclavage, on ne rassemble en somme que de menus faits, les ombres légères de quelques vies. Il reste que les affranchissements existaient, surtout à la mort du propriétaire, et que le statut servile n’était pas transmissible. Le «stock» d’esclaves devait donc être constamment renouvelé. Quant aux esclaves libérés et aux enfants d’esclaves, ils se fondaient dans la masse des populaires et seuls parfois leurs noms, empruntés à ceux de leurs anciens maîtres, permettaient de les identifier.
C’est cette image qui peut être proposée du monde du labeur vénitien, bien qu’elle soit assurément incomplète. Les sources manquent en effet, est-il besoin de le préciser, pour mieux déterminer les hiérarchies et les clivages, pour donner vie à ces acteurs d’une chronique économique qui a longtemps semblé comme sans grand relief au regard de l’aventure maritime.
Examinons maintenant les activités et les productions
Dans cette agglomération qui compta plus de 100.000 habitants et où le niveau de vie des dominants était fort élevé, toute une série de métiers travaillait en premier lieu pour nourrir, vêtir, chausser, abriter, divertir cette population, la fournir en objets simples ou plus raffinés. A côté des marchands et des charpentiers de navires, il nous faut faire ressurgir des bouchers et des pâtissiers, des maîtres de danse et d’escrime, des cabaretiers et des merciers, des barbiers et des apothicaires, des fabricants de chandelles et des jardiniers, des fripiers et des tailleurs, des orfèvres et des fourreurs, des cordonniers et des tisserands… Les inventaires après décès des plus misérables des populaires citent au moins, à côté du lit et des escabeaux, quelques draps et hardes, un seau, une marmite et la chaîne pour l’accrocher.15
Il fonctionna donc à Venise, et particulièrement dans la paroisse de San Barnaba, une petite métallurgie, bien que la concurrence de la Terre Ferme, dès le XIVe siècle, lui ait porté des coups sévères.16 Il exista de même une industrie du coton ou de la futaine, qui traitait une part du coton importé par les bâtiments vénitiens, même si les futaines lombardes ou les tissus de coton allemands, à partir du XVe siècle, l’ébranlèrent sérieusement.17 Il y eut aussi aux siècles modernes une production, sans doute massive, d’une céramique peinte d’usage courant mais joliment décorée, aux motifs verts et jaunes surtout. La lagune, les zones de remblaiement qui livrent en abondance fragments plus ou moins cassés, poteries un peu décolorées, en portent témoignage. Et puis, là comme ailleurs, certains secteurs employaient une main d’œuvre nombreuse. Dès la fin du XIIIe siècle, les tanneurs polluent suffisamment pour que la commune décide de les éloigner de l’autre côté du canal de la Giudecca, dans l’île homonyme. Leur industrie y est attestée dès 1285: un conflit oppose, à cette date, les artisans du cuir à des officiers publics qui leur contestent la libre disposition de l’eau. Au XVe siècle, cette activité économique est toujours bien présente, au voisinage du ponte lungo. De même, comment imaginer que Venise, ses palais, ses églises, ses maisons, ses quais et ses ponts soient surgis de l’eau sans évoquer les ouvriers et les maîtres du bâtiment, les sculpteurs mais aussi les manœuvres et les tâcherons, sans rappeler les fours à briques nécessaires aux constructions que revêtaient simplement des parements de pierre?18 Enfin, le tableau ne serait pas complet si l’on ne décrivait pas, à la périphérie de la ville, toutes ces parcelles où étaient séchés et entreposés les bois de flottage qui ravitaillaient l’agglomération. Au nord de la paroisse des Santi Giovanni e Paolo, en allant vers Santa Giustina, dans la Barbaria de le Tole, les marchands de bois étaient depuis longtemps installés. Mais on retrouvait les aires de stockage ailleurs, sur des terrains de conquête récente, à proximité de fabriques de chandelles, de fonderies ou de raffineries de sucre quoique la concurrence croissante du sucre atlantique et les arrivages, en provenance de Chypre, de sucre déjà raffiné, aient affecté au début du XVIe siècle cette spécialité vénitienne.
Il reste que, longtemps, aucune activité ne parut véritablement se détacher. Et de cette médiocrité du centre industriel vénitien, le métier de la laine fut considéré, je l’ai dit, comme le symbole le plus fort. On connaît l’essor, au XIIIe siècle, de l’industrie textile florentine. Dans les mêmes décennies à Venise, les lanaiuoli semblent bien modestes, lorsqu’ils sont mentionnés par la chronique de Martino da Canal parmi les divers métiers qui participent aux cérémonies fêtant l’élection du doge Lorenzo Tiepolo. La rédaction des statuts de l’art a suivi, semble-t-il, l’institution en 1244 des Consuls des Marchands et ce premier texte concernait les tisserands, d’abord organisés.19 La réglementation et les prescriptions techniques s’étendent ensuite au filage, à la teinture, aux diverses branches du métier, qui fut entièrement placé sous la responsabilité des Consuls. La Commune s’efforce donc, alors, de mettre sur pied une industrie capable de répondre à certains des besoins du marché local même si elle ne peut affronter, pour les trafics, la concurrence des draps étrangers. De fait, signe de cette dépendance, tout au long du XIVe siècle, les maîtres de l’art continuent à siéger au marché du Rialto, à proximité de la Draperia où sont entreposés les étoffes étrangères. Pour ce qui est du travail, il nous demeure, jusqu’à tard, à peu près inconnu. Certains textes paraissent, à la fin du XIIIe siècle, vouloir le cantonner au nord de la lagune, autour des îlots de Torcello.20 Mais leur application semble douteuse et, au début du XIVe siècle au moins, la liberté du travail de la laine paraît établie à Venise. Avant cette date, le filage, source d’emploi pour les femmes, ne quitta sans doute pas Rialto. Une dernière touche vient compléter cette description déjà bien terne: le site multipliait les diffficultés. L’appui technique de la Terre Ferme s’avéra d’abord indispensable. Faute d’eau douce, les draps étaient envoyés au foulage à Trévise, à Padoue et à Portogruaro.
Vaille que vaille pourtant, cette histoire se poursuit. Et au XVe siècle, la fabrication commence à marquer d’une empreinte plus ferme la topographie urbaine. Au sud-ouest de Venise, dans la paroisse de San Simone Propheta, auprès du rio Marin, le travail est regroupé. A son tour, l’administration du métier s’installe sur ces rives où elle peut, avec une facilité accrue, effectuer les contrôles techniques nécessaires. Au début du XVIe siècle, c’est une véritable concentration industrielle qu’il nous est donné d’observer: présence des équipements indispensables, vastes terrains d’étendage (chiovere) où les draps sèchent, après la teinture, sur des cadres de bois, maisons populaires construites en série, «lainiers» et tisserands nombreux dans les listes des locataires… A partir de ce centre, l’art pousse même quelques antennes vers les paroisses voisines. Mais surtout, preuve d’un dynamisme réel, au début du XVIe siècle, le travail de la laine peut, hors de cette zone, rassembler encore ponctuellement des groupes d’ouvriers. Au nord, en plein périmètre soyeux, quelques petits unités de fabrication lainière fonctionnent. Plus souvent, les métiers de la laine sont localement associés à d’autres activités industrielles qui définissent le rôle des confins. Des teintureries et leurs zones d’étendage des draps attenantes jalonnent ainsi le revers lagunaire. La commune, avec constance, s’était attachée à rejetter, loin des canaux du centre urbain, la teinture et ses rejets polluants. Et, en 1413, décision avait été prise d’éloigner «aux extrémités urbaines», sur les lisières que bordait la palud, les teintures au sang et à l’indigo. Au début de l’époque moderne, ces efforts sont entrés dans les faits. Les ateliers et les champs de séchage, au caò di Cannaregio, à San Girolamo ou à Sant’ Alvise, participent de l’exploitation, encore très extensive, de la périphérie.21
L’industrie de la laine, quasi invisible des décennies durant, inscrit dorénavant avec vigueur sa présence dans la trame et dans l’économie urbaines. Comment expliquer ces évolutions? L’essor, spectaculaire au cours du XVIe siècle, de la production lainière est aujourd’hui compté parmi les causes du rebond contemporain de l’économie vénitienne. Dans le dernier tiers du XVIe siècle, Venise aurait fabriqué entre 20.000 et 26.000 pièces de laine; et, en 1602, un maximum de 28.700 pièces aurait même été atteint. C’est dire l’ampleur de la croissance puisque, selon les estimations les plus optimistes, cette même production, vers 1500, se serait située à une hauteur de 2.000 pièces par an.22 Il reste que les indices convergent pour attester des progrès plus précoces, clairement accélérés durant la seconde moitié du XVe siècle. Des draps vénitiens d’excellente qualité sont alors couramment exportés sur les marchés d’Orient. On les repère sans difficulté à Constantinople, en Syrie et en Egypte et il s’agit le plus souvent de pièces d’écarlate, les fameux bastardi de grana.23 J’en déduis que le «know how» des teinturiers de Venise, connus par exemple pour leur gamme de rouges, entre pour beaucoup dans l’élan de la laine.24
Résumons cette brève histoire des draps vénitiens. Au XIVe siècle, souvent protégé par des mesures protectionnistes qui tentaient de réserver à la production locale une part au moins du marché urbain, l’art de la laine, modeste, fragile, soumis à des crises récurrentes, conforte l’image d’une économie tout entière dominée par les entreprises de l’import-export. Un siècle plus tard, avant que de devenir une activité manufacturière de première importance, la fabrication, en progrès constants grâce à la rigueur des normes techniques et au savoir-faire des artisans, a réussi à conquérir des marchés à l’exportation.25
A l’exemple de la laine, d’autres secteurs, traditionnellement jugés comme subsidiaires dans l’économie de la métropole marchande, ont à leur tour suscité des réexamens attentifs.
Et, d’abord, l’industrie du verre. Longtemps, elle parut aux historiens une curiosité locale qu’ils examinaient, à l’égal de ces visiteurs étrangers qui, suivant les étapes d’un tour obligé, se faisaient conduire à Murano pour y admirer les fragiles productions sorties des fours. Il y avait là une autre étrangeté vénitienne, dûment signalée dans les récits de voyages ou les histoires de la ville au titre des merveilles de Venise. Dès le XVe siècle, la mention de «Murano où l’on fait le verre» est devenue dans les descriptions un véritable lieu commun.26
Depuis la fin du XIIIe siècle, la fabrication du verre a été en effet installée en dehors de l’agglomération, sur les très proches îlots de Murano. En 1291, le Grand Conseil ordonne la destruction de tous les fours de l’art du verre situés dans la cité; mais la construction en demeure autorisée, voire encouragée, dans le district. Cette mesure faisait d’ailleurs probablement suite à des décrets antérieurs, aujourd’hui perdus. Car la présence de verriers à Murano est attestée plus tôt. Dans le cadre des mesures générales, que la Commune prend alors pour lutter contre l’incendie, les fours sont déplacés. Et la prescription publique est suivie d’effets: patrons des fours et ouvriers migrent vers Murano et transforment ces îlots en un faubourg industriel.
Je ne retracerai pas ici sa croissance.27 On retiendra seulement que le verre, dans ses créations nobles ou plus courantes, se diffuse à un rythme soutenu. On sait que la fenêtre vitrée est assez largement attestée dans Venise dès le XIVe siècle. Puis, au XVe siècle, les inventaires des boutiques, tel celui qu’on établit en 1496 à la mort du prestigieux maître Barovier, conservent le souvenir d’objets raffinés et coûteux, vendus sur le marché local et international: chandeliers, chapelets, coupes émaillées, vases précieux et dorés. C’est cependant la production de masse de brocs, de carafes, de récipients divers qui alimente plus largement le commerce. Les actes qui, par pages entières, énumèrent les autorisations d’exporter, rendent compte de ces flux de marchandises qui, depuis les fours, partent vers la Terre Ferme, l’Allemagne, l’Istrie, la Dalmatie… Tout est mis en œuvre pour assurer la conservation et l’augmentation d’un «métier de grande commodité et utile à notre cité».
Au début du XVIe siècle, Murano abrite, avec son industrie concentrée et novatrice, une des branches les plus actives et les plus prestigieuses du centre industriel vénitien. La liste est longue en effet, une fois encore, des spécialités qui sortent des ateliers lagunaires, des perles de verre pour les chapelets, aux miroirs et aux lunettes même si l’invention n’en revient pas aux Vénitiens. Et puis, dans la seconde moitié du XVe siècle, les progrès dans la fabrication du cristal ont été décisifs et ils révolutionnent, par exemple, l’industrie du miroir. De la sorte, pour un long siècle, et malgré une concurrence italienne et européenne acharnée à copier les verres de Venise et à débaucher des ouvriers, les verreries de Murano dominent le marché international.
Il exista donc bien des savoir-faire vénitiens et le cadre coercitif mis en place montre comment le pouvoir tenta, très tôt, de les protéger. Les statuts des verriers, rédigés en 1271, interdisaient l’exercice du métier à tous ceux qui n’auraient pas été régulièrement immatriculés à l’art. Les décisions postérieures aggravent ce contrôle de la main d’œuvre. Il est désormais interdit à tout verrier de quitter le territoire du duché et les amendes prévues gonflent vite, à mesure que ce problème de l’émigration et de la divulgation des procédés de fabrication devient déterminant pour l’autorité publique. L’autorité publique use donc tour à tour de la menace et de la clémence, punit puis pardonne afin d’inviter les contrevenants à regagner la lagune. Cette suite d’interdictions, que viennent tempérer des assouplissements temporaires, informe, au moins partiellement, sur la situation du marché du travail.28 Mais il s’agit surtout de sauvegarder les secrets. Dès 1295, le Grand Conseil déplorait la diffusion, au détriment de Venise, de certains procédés techniques, notant que «les fours s’étaient multipliés à Trévise, à Vicence, à Padoue, à Mantoue, à Ferrare, à Ancône et Bologne».
Le même espoir d’un impossible monopole explique que l’exportation de tous les produits nécessaires à la fabrication demeure prohibée. Toutefois les habituelles affaires de contrebande montrent que cette interdiction était tournée. Enfin, vient une ultime mesure destinée à boucler le dispositif: interdiction est faite à tous ceux qui ne seraient pas Muranesi ou Venitiani de devenir verrier.29 Mais des difficultés d’application viennent à l’occasion moduler les excès de ce malthusianisme. Le Sénat avait, à la fin du XVe siècle, tenté de restreindre l’embauche aux seuls insulaires, les Vénitiens n’étant employés qu’en cas d’extrême nécessité. En 1501, les besoins de l’industrie imposent le retour à la flexibilité: lorsque les ouvriers manquent, les maîtres peuvent engager des hommes dans tout le duché.30 Il n’empêche que tout est fait pour combattre la concurrence. La production locale est stimulée, les secrets sont préservés; quant à la maîtrise des techniques, elle se voit limitée à une élite de Murano, de Venise, ou au moins du duché.
Grâce à cette expertise, et jusqu’à ce que d’autres que les Vénitiens s’en rendent maîtres à leur tour, toute une gamme de produits est appréciée et exportée. Et il en va pour les soies comme pour le verre et le cristal.
Dès les années 1450, les soieries vénitiennes, simples ou façonnées, sont vendues dans toute l’Europe mais au Levant aussi. Les étoffes unies forment le gros de la production, au coût relativement limité. Mais des tissus beaucoup plus riches et plus coûteux sont également tissés: damas, lampas, satins brochés, velours d’or, dont les fameux riccio sopra riccio, boucle sur boucle… Ce sont ces damas et ces velours cramoisis, paonazo, polychromes ou d’or, qui partent pour Constantinople, montrant comment les flux des échanges se sont, depuis Marco Polo, inversés. Sans doute faut-il compter au nombre des atouts vénitiens les facilités d’approvisionnement en soie grège et en matières tinctoriales dont le port disposait; sans doute faut-il rappeler aussi les liens traditionnels de la cité avec l’Orient. Les motifs orientaux inspirèrent d’ailleurs longtemps les décors occidentaux avant que les dessinateurs locaux, avec lesquels pouvaient collaborer des peintres de première importance, ne créent un style propre aux principales cités soyeuses italiennes.31
Il reste que l’arrivée des soyeux lucquois eut, au début du XIVe siècle, une influence déterminante pour la production vénitienne, déjà organisée mais modeste. Lucques s’était affirmée, au XIIIe siècle, comme le centre principal de la soierie italienne mais la ville connut des troubles politiques récurrents, responsables de flux migratoires. Venise accueille donc, entre 1307 et 1320, ouvriers et marchands en provenance de cette cité et facilite même leur installation.32 Dès lors, à lire les statuts de l’art ou le discours du doge Mocenigo, le métier croît: «Les artisans de Lucques et ses hommes riches vinrent à Venise, et Lucques s’appauvrit».33 Il est vrai que, dès 1366, de premières mesures protectionnistes sont attestées qui montrent que la fabrication, en croissance rapide, est protégée.34 L’émigration des artisans est, d’autre part, interdite. Toute une main d’œuvre, principalement féminine, est alors employée dans les premières phases de la préparation du fil (incannaresse, ordiresse…) et les textes normatifs décrivent les étapes multiples du processus de fabrication. Il faut dévider les cocons, procéder au moulinage de fil de soie, le faire bouillir ensuite… Pour obtenir un tissu a perfectione, la soie passe entre seize mains au moins.35
A la fin du XVe siècle, cinq cents métiers à tisser travaillent à Venise sans qu’il soit possible pour autant de déterminer le nombre d’ouvriers employés dans cette branche, peut-être trois mille; beaucoup, dans tous les cas, sont des immigrés, tels les Bergamasques fort nombreux dans le secteur du tissage. Dans tous les cas, l’industrie de la soie a contribué à structurer, sur les trois paroisses de San Canciano, de Santa Maria Nuova et de Santa Marina, un secteur socio-économique relativement cohérent. A côté de l’activité de bourgeois enrichis, à l’image de la famille des Amadi, dont les activités commerciales se déploient à l’échelle internationale, des investissements aristocratiques se manifestent aussi. Les déclarations immobilières de quelques lignages propriétaires, mais qui vivent bien loin de ce quartier, décrivent, à côté du corps de bâtiment principal et de l’unité de production, les maisonnettes qui servent à la main d’œuvre soyeuse, plus ou moins nombreuse selon l’importance de l’atelier. La concentration industrielle fait subir son influence jusqu’au nord de la paroisse San Canciano, in biri, borne septentrionale de cet ample circuit de la production. Le réseau des teintureries complète, dans ces paroisses, la chaîne des activités. Et plus encore peut-être que pour les draps de laine, la qualité des teintures que réalisent les tintori da seda s’avère déterminante.36 Cet espace homogène37 est prolongé par quelques ramifications dans les deux contrade voisines des Santi Apostoli et de San Giovanni Grisostomo. De plus rares ateliers et quelques teintureries y sont connus.
Encadrée par une réglementation drastique, surveillée par les maîtres de l’art et par l’office de la Corte de Parangon précisément institué au XVe siècle pour veiller à la qualité, la production vénitienne travaille, en dépit des limitations somptuaires, pour un marché local riche et exigeant. Mais elle est proposée aussi aux acheteurs étrangers dans les boutiques du Rialto et des Mercerie et les contrefaçons multiples dont elle est l’objet, comme les rares échantillons conservés, prouvent son haut niveau de qualité. Les spécialistes se divisent aujourd’hui pour savoir quelle était, à la fin du XVe siècle, la capitale de la soie. Venise ou Florence? En outre, la concurrence n’opposait pas que ces deux centres. Il fallait compter avec Gênes ou Milan; et puis, les cités de Terre Ferme réclament bientôt la permission de produire certains tissus. Enfin, en France, l’industrie moderne de la soie commence son essor, bien vite redoutable. Mais, avant que la soie vénitienne ne subisse les effets funestes de tant de rivalités, elle emploie, dans la seconde moitié du XVIe siècle encore, des milliers d’ouvriers.38
On pourrait ainsi continuer à décliner la liste des métiers du luxe, la gamme des produits qui, tous, requéraient une main d’œuvre hautement qualifiée.39 Il suffit de pénétrer dans l’intérieur des riches patriciens pour se convaincre de l’infinie variété de la création vénitienne. Les inventaires après décès dévoilent au regard une richesse, un raffinement de luxe que, par touches, l’iconographie confirme. Bien sûr, venus de tous les horizons, des arrivages venaient également satisfaire la demande de la clientèle. Impossible d’ignorer les flux de l’importation quand les actes, par dizaines, comptent aux murs des palais des «toiles à la flamande» ou «a la moderna», qui supplantent les anciens tableaux à «la grecque» peints sur fond doré, plutôt de bois. Impossible de ne pas voir que la quête des objets précieux conduit loin de Venise lorsque les premières collections se constituent. Mais, ce sont les métiers locaux qui fabriquent courtines, rideaux, couvertures et couvre-lits, brodés d’or, cramoisis ou à la frise d’or, «avec des faucons», «avec des oiseaux et des fruits», «avec les armes du lignage». Mais, ce sont les ateliers vénitiens qui produisent cette débauche de vaisselle et de couverts de métal précieux, les émaux ou les bronzes et, serrés dans les coffres des chambres, les bijoux et les fourrures. Par dizaines, des cuillères et des fourchettes d’argent, blanc ou doré, des couteaux d’argent niellé ou de plus rares fourchettes de cristal blasonnées. Et des tasses d’argent et d’or, des salières, des bassins pour se laver les mains, des bonbonnières d’argent, parfois émaillées, souvent armoriées. Et encore des peignes précieux et des ciseaux d’argent, des aumônières doro, des bourses de soie, de cuir, de velours, des éperons dorés et des boutons de manchette blasonnés, des anneaux, des chaînes, des ceintures d’argent, des fils de perle, des médailles, des bagues, des croix, des boucles de ceinture… Montés ou non, rubis, perles, diamants, émeraudes sont énumérés.
Les ateliers de Venise transforment donc, grâce à leur qualification, tout ce que le centre marchand importe. Les métaux que portent les Allemands ne repartent pas qu’en lingots ou en monnaies pour solder en Orient les comptes du commerce: ils sont transformés, travaillés, martelés, ciselés… Les fourrures, dont le commerce enrichit certains marchands, sont vendues dans les boutiques de Rialto.40 L’ivoire sert aux manches de ces petits couteaux que les notaires décrivent avec d’autres petits objets. Les cuirs permettent, à côté des objets courants, la confection de chaussures ou de gants plus recherchés. Les épices, les drogues, les substances médicamenteuses, les résines et les gommes alimentent les boutiques de pharmacie et de parfumerie. Et, grâce à ces secteurs originaux et dynamiques de l’artisanat, la métropole vénitienne, dès le XVe siècle, manifeste une remarquable aptitude au renouveau de son tissu économique et urbain et à la diversification de ses fonctions.
Enfin, il est une autre preuve de l’aptitude de la cité à accueillir ou à développer l’innovation: Venise devient très vite une des métropoles de l’édition. Si l’on a beaucoup étudié les effets culturels de l’évolution technique et commerciale du livre, on a moins insisté sur les conséquences économiques et sociales du formidable développement de ce nouveau produit.41 L’activité démarre pourtant modestement. C’est en 1469, quinze ans presque après les commencements germaniques, que l’imprimerie arrive dans la lagune, sans doute venue de Rome, grâce à l’entremise de Jean de Spire et de son frère. Venise n’a rien alors d’une capitale culturelle. Ville sans cour ni université, elle «était à la traîne au XVe siècle par rapport à d’autres villes italiennes dans le domaine de la production de manuscrits».42 Dès septembre 1469 toutefois, Jean de Spire avait obtenu le monopole de l’imprimerie pour cinq ans, mais sa mort rapide ouvrit grand la place à de nouveaux concurrents: une dizaine d’ateliers s’installèrent en deux ou trois ans. Le temps d’une expansion rapide et soutenue de l’imprimerie commença même si des crises brèves mais violentes, qui entraînaient un véritable effondrement du marché, secouèrent à intervalles réguliers cette branche industrielle encore fragile. L’histoire de cette croissance a été écrite43 et l’on a souligné l’importance des investisseurs qui favorisèrent le développement des presses et soutinrent les grandes entreprises éditoriales. Dans les années 1480, grâce en particulier à de véritables équipes éditoriales et à la collaboration des écoles, les livres vénitiens ont conquis, dans toute l’Europe, une part fort importante du marché. Les innovations se succédèrent qui augmentèrent la circulation et l’importance économique de ce produit. Des illustrations plus nombreuses et plus soignées, que permettaient les gravures sur bois, agrémentèrent la géométrie d’Euclide ou les livres de médecine. Des éditions bon marché suivirent désormais de quelques mois la parution d’un texte célèbre; cassant les prix, elles atteignaient des tirages considérables. On commença de surcroît à imprimer des partitions de musique ou à utiliser des caractères autres que latins; déjà quelques textes grecs apparaissaient sur le marché. Enfin, vint Alde Manuce qui publia Aristote et inventa le caractère italique.
Assurément, l’Europe lettrée regarde alors vers Venise. Mais, dans la cité, les effets d’une telle croissance industrielle sont notables. Au début du XVIe siècle, la ville compte de cent à deux cents ateliers d’imprimerie. Et c’est le chiffre de 1.125.000 volumes que l’on avance pour estimer la production dans les deux dernières décennies du XVe siècle. Des centaines d’ouvriers travaillaient donc dans ce secteur et les déclarations fiscales font, en 1514, apparaître en pleine lumière, au voisinage de Rialto, le nombre des librairies, et dispersés dans les paroisses, une cohorte de stampadori aux conditions socio-économiques très diverses.
La ville des trafics et «du dernier sein de la mer Adriatique», est donc devenue, au début du XVIe siècle, un centre industriel vivant.44 Et l’innovation, comme la capacité d’adaptation, semblent, en bien des secteurs, fortes. En Méditerranée, la puissance maritime de la République est sans doute ébranlée. Mais, le formidable programme d’extension de l’Arsenale nuovissimo entend la restaurer et tout un processsus, en œuvre des décennies, vise à réorganiser les modes de production et de gestion sur le chantier naval, et à introduire dans les méthodes de construction des innovations techniques. Le métier du verre, traditionnellement, faisait vivre à Murano une large population ouvrière.45 Or, les progrès dans la fabrication et l’inventivité des maîtres de l’art permettent d’assurer, jusqu’à la fin du XVIe siècle, la domination sur le marché européen des ateliers lagunaires. Ou bien, l’imprimerie, en quelques courtes années, s’implante et une activité nouvelle se développe qui vivifie la vie économique et culturelle vénitienne.
Impulsée par l’Etat et ses «décideurs», ou mise en mouvement quotidiennement par les particuliers, la rénovation est donc dans ces décennies à l’ordre du jour. A l’heure où les voies du commerce, malgré le sursaut de la Méditerranée, se réorganisent et où l’hégémonie économique glisse vers d’autres villes et d’autres marchés septentrionaux, si, à Venise, quelques esprits chagrins se lamentent, la puissance, la richesse, recomposées, sont toujours là. Le temps de la maturité est venu mais la ville, parce qu’elle change, innove et crée, conjure encore le déclin. Au XVIe siècle, la primauté s’en est allée mais, dans les campagnes de Terre Ferme, les moissons sont prospères et, dans la cité, les métiers tournent. Le centre économique vénitien a su accomplir ce que l’époque attendait de lui et l’opulence demeure.
1 F. Braudel, Civilisation matérielle, économie et capitalisme, XVe-XVIIIe siècle, Paris, 1979, vol. 2, p. 112.
2 G. B. Monticolo, I capitolari delle arti veneziane, Rome, 3 vol., 1896-1914.
3 R. Mackenney, Tradesmen and Traders. The World of the Guilds in Venice and Europe. c. 1250. c. 1650, Londres-Sydney, 1987. Pour une comparaison avec le cadre italien: R. Greci, Corporazioni e mondo del lavoro nell’Italia padana medievale, Bologne, 1988; D. Degrassi, L’economia artigiana nell’Italia medievale, Rome, 1996.
4 Cité par S. Ciriacono, «Industria e artigianato», in Storia di Venezia, vol. 5, Il Rinascimento. Società ed economia, A. Tenenti-U. Tucci éd., Rome, 1996, pp. 523-592, p. 534.
5 D. Romano, Patricians and Popolani. The Social foundations of the Venetian Renaissance State, Baltimore-Londres, 1987, chap. 4; S. Gramigna-A. Perissa, Scuole di arti, mestieri e devozione a Venezia, Venise, 1981.
6 R. Mackenney, «Corporazioni e politica nel Medioevo veneziano (1250-1400 circa)», in Venezia tardomedioevale, Istituzioni e società nella storiografia angloamericana, Ricerche Venete 1, pp. 87-130, pp. 105-109; id., «The Guilds of Venice: State and Society in the longue durée», Studi veneziani, n. s., 34, 1997, pp. 15-44.
7 E. Crouzet-Pavan, « Problématique des arts à Venise à la fin du Moyen Age », in Tra economica e politica: le corporazioni nell’Europa medievale, Centro di storia e d’arte, Pistoia, 2007, pp. 39-61.
8 Les femmes sont présentes dans un certain nombre de métiers, en particulier de l’industrie textile, mais elles ne forment pas ici d’arts exclusivement féminins; voir ici La donna nell’economia secc. XIII-XVIII, S. Cavaciocchi éd., Atti della 21 settimana di studio di Prato, Florence, 1990; Donne e Lavoro nell’Italia medievale, M. G. Muzzarelli-P. Ga-letti-B. Andreoli éd., Turin, 1991; Il lavoro delle donne, A. Groppi éd., Rome-Bari, 1996; Dare credito alle donne: Presenze femminili nell’economia tra medioevo ed età moderna, a cura di G. Petti Balbi et P. Guglielmotti, Asti, 2012.
9 D. Romano, Housecraft and Statecraft. Domestic Service in Renaissance Venice. 1400-1600, Baltimore-Londres, 1996.
10 E. Crouzet-Pavan, «Venise cosmopolite, cœur battant de la Méditerranée chrétienne», dans Adriatic Connections: the Adriatic as a Threshold to Byzantium, British school at Rome, 2015, à paraître.
11 E. Crouzet-Pavan, Sopra le acque salse. Espaces, pouvoir et société à Venise à la fin du Moyen Age, Rome, 1992, 2 vol., t. 2, pp. 751-759; id., Le Moyen Age de Venise. Des eaux salées au miracle de pierres, Paris, 2015.
12 Ch. Verlinden, «Venezia e il commercio degli schiavi provenienti delle coste orientali del Mediterraneo», dans Venezia e il Levante, A. Pertusi éd., Florence, 1973, pp. 911-930.
13 R. C. Mueller, «Venezia e i primi schiavi neri», Archivio veneto, serie V, vol. CXIII, 1979, pp. 139-142.
14 I. Origo, «The Domestic Ennemy. The Eastern Slaves in Tuscany in the Fourteenth and Fifteenth Centuries», Speculum, 30,1955, pp. 321-366.
15 Pour l’époque moderne: I. Palumbo-Fossati, «L’interno della casa dell’artigiano e dell’artista nella Venezia del cinquecento», Studi veneziani, n. s., 8, 1984, pp. 1-45.
16 Ph. Braunstein, «Le commerce du fer», Studi veneziani, 1966, 8, pp. 267-302, pp. 267-302.
17 La fourniture des voiles pour la flotte vénitienne soutint toutefois le secteur cotonnier: S. Ciriacono, «Industria e artigianato», art. cit., pp. 550-551; M. Fennel Mazzaoui, The Italian Cotton Industry in the Later Middle Ages, 1100-1600, Cambridge, 1981.
18 A. Wyrobisz, «L’attività edilizia a Venezia nel XIV e XV secolo», Studi veneziani, 7, 1965, pp. 307-343.
19 N. Fano, «Ricerche su l’arte della lana a Venezia nel XIII e XIV secolo», Archivio Veneto, serie V, 14, 1936, pp. 73-213.
20 G. Monticolo, «La sede dell’arte della lana a Venezia nei secoli XIII e XIV, Spigolature d’Archivio», N. A. V., 3, partie II, 1892, pp. 351-360; E. Crouzet-Pavan, La mort lente de Torcello. Histoire d’une cité disparue, Paris, 1995, pp. 178-179 (rééd., Paris, 2017).
21 E. Crouzet-Pavan, Sopra le acque salse, op. cit., t. 1, pp. 307-308 t. 2, pp. 745-751.
22 R. Tilden Rapp, Industry and Economic Decline in Seventeeth Century Venice, Londres, 1976, pp. 6-7; D. Sella, «Les mouvements longs de l’industrie lainière à Venise», A. E. S. C., 1957, pp. 29-45; id., «L’industria della lana a Venezia nei secoli XVI e XVII», in Storia dell’ economia italiana, C. M. Cipolla éd., vol. 1, Turin, 1959; id, «The Rise and The Fall of the Venetian Woolen Industry», in Crisis and Change in the Venetian Economy in the Sixteenth and Seventeeth Centuries, B. Pullan éd., Londres, 1966, pp. 106-126.
23 S. Ciriacono, «Industria e artigianato», art. cit., p. 546.
24 F. Brunello, Arti e mestieri a Venezia nel Medioevo e nel Rinascimento, Vicence, 1981; S. Ciriacono, «Industria e artigianato», art. cit., pp. 548-549.
25 Pour l’histoire du déclin de cette branche industrielle à Venise et en Terre Ferme: W. Panciera, L’arte matrice. I lanifici delle Reppublica di Venzia nei secoli XVII e XVIII, Trévise, 1996.
26 Dans la liste, que dresse Sanudo, des cosse notabile si mostrano a’ signori in Veniexia figure Muran, dove si fa veri: M. Sanudo, De origine situ et magistratibus urbis Venetae ovvero. La città di Venetia (1493-1530), A. Caracciolo Arico éd., Milan, 1980, p. 62.
27 E. Crouzet-Pavan, Venise. Une invention de la ville. Seyssel, 1997, pp. 43-64; id., «Murano à la fin du Moyen Âge: spécificité ou intégration dans l’espace réaltin », in Revue Historique, CCLXVIII, 1984, 1, pp. 45-92; id., « Le verre vénitien: les savoirs au travail», Centro di studi sulla civiltà communale, Pistoia, 2003, in La trasmissione dei saperi ne l Medioevo, Pistoia, 2005, pp. 289-320; L. Zecchin, Vetro e vetrai di Murano, Studi sulla storia del vetro, Venise, 1986. C. Judde de Larivière, La révolte des boules de neige. Murano face à Venise. 1511, Paris, 2014.
28 Pour une comparaison avec la politique menée en cette matière par d’autres cités italiennes: G. Pinto, «La politica demografica delle città», in Strutture familiari, epidemie, migrazioni nell’Italia medievale, R. Comba-G. Piccinni-G. Pinto éd., Naples, 1984, pp. 19-43 et id., «Popolazione e comportamenti demografici in Italia (1250-1348)», in Europa en los umbrales de la crisis (1250-1350), XXI semana de estudios medievales, Pampelune, 1995, pp. 37-62; L. Mola-R. C. Mueller, «Essere straniero a Venezia nel tardo Medioevo: accoglienza e rifiuto nei privilegi di cittadinanza e nelle sentenze criminali», in Le migrazioni in Europa, secc. XIII-XVIII, S. Cavaciocchi éd., Atti della 25a settimana di studi dell’Istituto internazionale di storia economica «F. Datini», Florence, 1994, pp. 839-851; voir également diverses contributions dans Demografia e società nell’Italia medievale (secoli IX-XIV), R. Comba-I. Naso éd., Cuneo, Società per gli studi storici della provincia di Cuneo-Società italiana di demografia storica, 1994.
29 L. Zecchin, «Il segreto dei vetrai muranesi del Quattrocento», Rivista della stazione sperimentale del vetro, XI, 1981, n° 4, pp. 167-172. Au nom de ce malthusianisme, des poursuites sont engagées en 1481 contre certains maîtres forains. Sur les forestieri: L. Zecchin, «Forestieri nell’arte vetraria muranese (1348-1425)», Rivista della stazione sperimentale del vetro, XI, 1981, n° 1, pp. 17-22.
30 A. Santi, Origine dell’arte vitraria in Venezia e Murano, suo risorgimento e progresso. Cenni storici, Venise, 1914, p. 31.
31 L. Monnas, «Le luxe industriel», in Venise. 1500, Autrement, Ph. Braustein éd., Paris, 1993, pp. 157-167.
32 Sur les Toscans de manière générale, Il a été calculé que, sur 4000 privilèges de citoyenneté octroyés aux XIVe et XVe siècle, 672 allèrent à des immigrés toscans dont 281 Florentins et 259 Lucquois: R. C. Mueller, «Essere straniero a Venezia», art. cit.; voir aussi R. C. Mueller, «Veneti facti privilegio»: stranieri naturalizzati a Venezia tra XIV e XV secolo», La città italiana e i luoghi degli stranieri. XIV-XVIII secolo, D. Calabi-P. Lanaro ed., Bari, 1998, pp. 41-51.
33 L. Molà, La comunità dei Luchesi a Venezia. Immigrazione e industria della seta nel tardo medioevo, Venise, 1994; id., « L’industria della seta a Lucca nel tardo Medioevo: emigrazione della manodopera e creazione di una rete produttiva a Bologna e a Venezia », in La Seta in Europa. Secc. XII-XX, S. Cavaciocchi éd., Atti delle Settimane di studi, Florence, 1993, pp. 435-444; id., The silk industry of Renaissance Venice, Baltimore-Lon-dres, 2000; La seta in Italia dal medioevo al Seicento. Dal baco al drappo, L. Molà-R. C. Mueller- C. Zanier éd., Venise, 2000.
34 S. Ciriacono, «Industria e artigianato», art. cit., pp. 552-553.
35 D. Davanzo Poli, «L’arte e il mestiere della tessitura a Venezia nei secoli XIII-XVIII», dans I mestieri della moda a Venezia dal XIII al XVIII secolo, catalogue de l’exposition, Venise, 1988.
36 R. Berveglieri, «L’arte dei tintori e il nero di Venezia», dans I mestieri della moda, op. cit., pp. 55-62.
37 R. Broglio d’Ajano, «L’industria della seta a Venezia», dans Storia dell’economia, op. cit., vol. 1, pp. 209-262; pour les modifications techniques dans ce secteur de la production: C. Poni, «Archéologie de la fabrique: la diffusion des moulins à soie ‘alla bolognese’ dans les Etats vénitiens du XVe au XVIIIe siècle», A. E. S. C., 1972, 6, pp. 1475-1496; A. Grienzi-C. Poni, «Sinergia di due innovazioni. Chiaviche e mulini a seta a Bologna», Quaderni storici, 64, 1, 1987, pp. 111-128; D. Davanzo Poli, art. cit., pp. 39-53; La seta in Europa (secc. XIII-XX), Florence, 1993, Atti della XXIV Settimana di studi dell’Istituto internazionale di storia economica «F. Datini» di Prato.
38 Un texte émanant de l’art de la soie avance même le chiffre de 30.000 hommes et femmes employés en 1560 à tous les stades de la fabrication, cité par S. Ciriacono, «Industria e artigianato», art. cit., p. 553.
39 Le monde des varotarii a été étudié par D. Romano, Patricians and Popolani, op. cit., chap. 4. Voir, en particulier, les pages consacrées à quelques riches maîtres comme Bartolomeo Brocha ou Bartolomeo Trevisan.
40 R. Delort, «Un aspect du commerce vénitien au XVe siècle: Andrea Barbarigo et le commerce des fourrures (1430-1440)», Le Moyen Age, 71, 1965, pp. 29-70, pp. 247-273.
41 M. Lowry, The World of Aldus Manutius. Business and Scholarship in Renaissance Venice, Oxford, 1979; tr. fr., Le monde d’Alde Manuce, Paris, 1989; M. Lowry, Nicholas Jenson and the Rise of Venetian Publishing in Renaissance Europe, Oxford, 1991; C. Kikuchi, La Venise des livres. 1469-1530, Champ Vallon, 2018.
42 Id., «L’imprimerie, un nouveau produit culturel», dans Venise 1500., op. cit., pp. 53-71.
43 M. Lowry, Nicholas Jenson and the Rise of Venetian Publishing in Renaissance Europe, Oxford, 1991.
44 E. Concina, Venezia nell’età moderna. Struttura e funzioni, Venise, 1989; E. Crouzet-Pavan, Le Moyen Age de Venise, op. cit.; id., «Venise et ses apogées: problèmes de définition», Centro di storia e d’arte, Pistoia, La città medievale nel apogeo medievale, Pistoia, 2003, pp. 45-72; U. Tucci, «Venezia nel Cinquecento: una città industriale?», dans Crisi e rinnovamenti nell’autunno del Rinascimento a Venezia, V. Branca-C. Ossola éd., Florence, 1991, pp. 61-83; S. Ciriacono, «Mass Consumption Goods and Luxury Goods: the De-Industrialization of the Republic of Venice from the Sixteenth to the Eighteenth Century», dans The Rise and Decline of Urban Industries in Italy and in the Low Countries (Late Middle Ages-Early Modern Times), H. Van Der Wee éd., Louvain, 1988, pp. 41-61.
45 On comptait sans doute 3.000 ouvriers dans cette branche au XVIe siècle.
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