Czytaj książkę: «Conocimiento y lenguaje»

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José María Bernardo Paniagua, Ángel López García Beatriz Gallardo Paúls, Ricard Morant Marco Manuel Pruñonosa Tomás, Enric Serra Alegre Julio Calvo Pérez, Carlos Hernández Sacristán Ángel Herrero Blanco, Isabel García Izquierdo Susana Pastor Cesteros, Juan Carlos Ruiz Antón Luis Fernando Lara, Daniel Jorques Jiménez

CONOCIMIENTO Y LENGUAJE

Ángel López García Beatriz

Gallardo Paúls, eds.

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

2005

Educació. Materials 80

Colección: Educació. Materials

Director de la colección: Guillermo Quintás Alonso


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto­químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per­miso previo de la editorial.

© Los autores, 2005

© De esta edición: Universitat de València, 2005

Producción: Juli Capilla

Cubierta:

Diseño: Pere Fuster (Borràs i Talens Assessors SL)

Tratamiento gráfico: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Josep M. Martínez Polo

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN: 84-370-6113-X

Índice

Portada

Portada interior

Créditos

Prólogo

1. Comunicación y lenguaje

1.1 Introducción

1.2 Variables y constantes en las situaciones comunicativas

1.3 La construcción de la Teoría de la comunicación

1.4 Teoría de la comunicación y teoría del lenguaje

1.5 Ejercicios

Lecturas recomendadas

2. Biología y lenguaje

2.1 Fundamentos biológicos del lenguaje

2.2 El origen de la mente comunicativa

2.3 El origen del lenguaje

2.4 El lenguaje y la conciencia

2.5 Fases del desarrollo del lenguaje

2.6 Fundamentos genéticos del lenguaje

Lecturas recomendadas

3. El lenguaje y la mente

3.1 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco estructuralista

3.2 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco generativista

3.3 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco cognitivista

3.4 Las enfermedades del lenguaje

3.5 Psicolingüística del discurso

3.6 Ejercicios

Lecturas recomendadas

4. Lenguaje y cultura

4.1 Introducción

4.2 Lenguaje y entorno

4.3 Reflejos culturales en el lenguaje

4.4 Subculturas

4.5 Ejercicios

Lecturas recomendadas

5. Las formas del lenguaje

5.1 El lenguaje por dentro

5.2 El nivel fónico

5.3 El nivel morfológico

5.4 El nivel sintáctico

5.5 Ejercicios

Lecturas recomendadas

6. Los sentidos del lenguaje

6.1 Introducción: sentido, situación y significado

6.2 La semántica tradicional: las relaciones de significado

6.3 Un recorrido por la semántica estructural

6.4 Semántica postestructural

6.5 Semántica de unidades inferiores a la palabra

6.6 Semántica de unidades superiores a la palabra

6.7 Ejercicios

Lecturas recomendadas

7. Los usos del lenguaje

7.1 Introducción

7.2 Teoría de los actos de habla

7.3 Sobre lo implícito

7.4 El espacio interlocutivo

7.5 Estructura básica de la conversación

7.6 Ejercicios y comentarios

Lecturas recomendadas

8. Lenguaje y texto

8.1 Introducción: la noción de texto

8.2 El desarrollo de la Lingüística del Texto

8.3 Las propiedades de la textualidad

8.4 Tipologías de textos

8.5 Texto y cultura

8.6 Ejercicios

Lecturas recomendadas

9. Traducción

9.1 Introducción

9.2 Traducción y Traductología

9.3 Perspectivas actuales en Traductología

9.4 El enfoque textual

9.5 Ejercicios

Lecturas recomendadas

10. La enseñanza de segundas lenguas

10.1 La lingüística aplicada a la enseñanza y aprendizaje de lenguas

10.2 La adquisición de segundas lenguas

10.3 Métodos de enseñanza de segundas lenguas

10.4 Contenidos y destrezas. Recursos y materiales para su desarrollo

10.5 Conclusiones

10.6 Ejercicios

Lecturas recomendadas

11. Lenguaje e informática / Lenguaje y ordenadores

11.1 Introducción

11.2 Métodos de la lingüística computacional

11.3 Historia de la lingüística computacional

11.4 Aplicaciones

11.5 Análisis: niveles

11.6 Generación de texto

11.7 Generación fónica (síntesis de voz)

11.8 Conclusión

Lecturas recomendadas

12. El diccionario y sus disciplinas

12.1 El diccionario como producto y como objeto semiótico

12.2 Lexicografía

12.3 Los tipos de diccionarios

12.4 El lenguaje lexicográfico

12.5 El cuño normativo del diccionario

12.6 Ejercicios

Lecturas recomendadas

13. Desarrollos contemporáneos de la lingüística

13.1 Consideraciones preliminares: guión historiográfico

13.2 Modelos de filtro

13.3 Modelos de realce

13.4 Modelos de niveles

13.5 Los modelos de recuperación de la información

13.6 Las teorías proposicionales de la comunicación lingüística. Las teorías especializadas

13.7 Las teorías proposicionales alternativas de la comunicación lingüística. Las teorías globalizadoras

13.8 El naturalismo lingüístico

13.9 Los modelos de comprensión oracionales

13.10 Los modelos de comprensión suboracionales

13.11 Modelos enunciativos de recepción. La gramática liminar del español

13.12 Ejercicios

Lecturas recomendadas

Bibliografía general

Índice analítico

Col·lecció educació

PRÓLOGO

Hace quince años el Servei de Publicacions de la Universitat de València nos encargó un manual universitario de Lingüística general y aplicada que se publicó con este título en 1990. Tres ediciones y numerosas reimpresiones avalan el éxito del mismo entre los estudiantes de nuestra Facultat de Filologia y entre los de muchos otros centros españoles e hispanoamericanos. También ha merecido varias reseñas favorables a cuyos autores agradecemos de verdad las observaciones críticas que nos hicieron. Pero en la vida científica todo tiene fecha de caducidad y malo sería que alguna disciplina fuese ajena a dicha ley inexorable que obliga a reinventarse continuamente los métodos, los conceptos y las soluciones. La lingüística, por cierto, se enfrenta a esta exigencia más que ninguna otra ciencia porque habla metalingüísticamente del objeto lenguaje con el propio lenguaje, lo que se traduce en un doble perspectivismo, empírico y categorizador. Aunque los responsables de la editorial universitaria nos requirieron muchas veces una edición ampliada y renovada, siempre fuimos reacios a hacerla, y ello por una razón muy simple: si bien en este tránsito entre dos siglos todas las ciencias han acelerado su transformación, la nuestra lo ha hecho de manera vertiginosa. Esto no es un tópico: el contenido y, sobre todo, el tono de los manuales que se están publicando últimamente son tan distintos de los de hace tres lustros que casi parece que se trate de dos materias diferentes.

Con todo, más profunda ha sido todavía la transformación del lector prototípico. Cuando escribimos el manual de 1990, la lingüística era una ciencia dura y formalizada, venía a ser las matemáticas de las letras, por expresarlo de manera gráfica, y así lo refleja con fidelidad el índice de aquella obra. Pero lo que los lectores piden a un texto de lingüística en el siglo XXI es muy diferente. Comenzando por el título mismo, ya no interesa tanto el método lingüístico cuanto el lenguaje como fenómeno: fenómeno social, fenómeno cultural, fenómeno mental y hasta fenómeno biológico. Digamos que, en el momento presente, la ciencia del lenguaje, sin dejar de ser ciencia, ha retomado una dimensión humanística que nunca debió perder. Ello implica un replanteamiento absoluto de los contenidos y del tono, lo cual nos obligaba a escribir una obra completamente nueva. En cuanto a los contenidos, este trabajo atiende sobre todo a lo que, parafraseando el título de un conocido libro de Charles Bally, pudiéramos llamar el lenguaje y la vida. En cuanto al tono, se ha concebido como una obra de divulgación científica y no como una obra de referencia. En otras palabras que es más un libro para leer que para estudiar y, sobre todo, aspira a ser un libro para motivar.

¿Motivar? ¿Motivar a qué? ¿Acaso esto de la lingüística no es simplemente una de las partes que integran el currículo de los profesores de lengua, tanto materna como segunda? También, desde luego, pero no sólo y cada día menos. Ya no se trata únicamente de que en el momento actual el panorama de las salidas laborales docentes se presente ensombrecido: esto es algo contingente que pasará. Lo más importante es que la actitud de los seres humanos ante el lenguaje ha cambiado: ahora se sabe que el lenguaje es un instrumento poderoso que permite cambiar la sociedad mediante los medios de comunicación –el cuarto poder– y la economía mediante el dominio de las relaciones comunicativas, que permite entender el mundo mediante los símbolos culturales, que permite terapias insospechadas en pacientes de etiología muy variable. Todo lo cual no es nuevo, claro, sino antiquísimo: el lenguaje como poder, como retórica o como taumaturgia es tan antiguo como la civilización occidental. Sólo que nadie le había prestado atención en el mundo académico, entretenidos como estábamos en estériles análisis gramaticales y en inacabables comentarios de texto.

Los profesores que hemos elaborado este libro pertenecemos a las universidades valencianas, a la de València, a la de Alacant y a la Jaume I, pero también al Colegio de México. Ello representa ya una ampliación respecto a la procedencia de los autores del manual de 1990, si bien menos amplia de lo que hubiéramos deseado. Son razones de proximidad geográfica y el aprovechamiento de una estancia investigadora en España las que han determinado una colaboración viable, quiere decirse, real. Un problema de las obras colectivas es que cada uno sólo se preocupa de su parte y, al final, el lector no sabe a qué carta quedarse. Confiamos en que este no sea nuestro defecto. Porque el carácter humanístico que ha llegado a tener la lingüística puede dar la impresión de que se trata de una serie de opiniones dispersas sobre el lenguaje. No hay tal: ni están dispersas ni se trata de meras opiniones sin contrastar. Pero el mejor juez de la coherencia de la obra que presentamos al lector será el lector mismo: a su buen juicio nos encomedamos rogándole, eso sí, que no deje de hacernos partícipe de sus comentarios, sugerencias o reservas.

ÁNGEL LÓPEZ GARCÍA

BEATRIZ GALLARDO PAÚLS

1. Comunicación y lenguaje

José María Bernardo Paniagua

Universitat de València

1.1 Introducción

Los manuales de Lingüística suelen comenzar con un capítulo titulado comunicación y lenguaje en el que se presentan, a modo de introducción y supuesto general, algunas cuestiones que hacen referencia a la comunicación (delimitación, elementos, dinámica, funciones y tipología) y, a partir de ese marco disciplinar, otras relacionadas con la definición del lenguaje (capacidad humana, instrumento o sistema de comunicación). Además suelen especificarse aquellos rasgos que se consideran más relevantes para abordar el tratamiento científico del lenguaje por parte de la Lingüística, fundamentalmente las unidades sígnicas que lo componen, su inserción en los diferentes niveles lingüísticos y la interrelación de las mismas en las construcciones que conforman los hablantes para interactuar en las diferentes y peculiares acciones y situaciones comunicativas.

Ahora bien, y como quiera que las cuestiones aludidas anteriormente tienen un tratamiento adecuado y prolijo en varios de los capítulos de esta obra, hemos optado por elaborar este apartado siguiendo pautas y coordenadas que marcan los estudios actuales de Teoría de la Comunicación y, por otra parte, dar entrada a ciertos aspectos que los lingüistas no suelen tratar normalmente por razones diversas. Entre otras, el planteamiento restrictivo que limita el objeto de la Lingüística al estudio del lenguaje humano oral o escrito y deja de lado aquellas manifestaciones de la comunicación y del lenguaje que tienen que ver de manera especial con ciertos espacios comunicativos que se caracterizan por la complejidad proveniente de la producción y recepción de determinados textos o discursos propios de un tipo de acción comunicativa muy relevante que se vehiculiza a través de los medios de comunicación social actualmente dominantes: la prensa, la radio, la televisión, el cine e internet. En segundo lugar, el riesgo de que se considere una osada intromisión o arriesgada aventura el intento de afrontar esas manifestaciones desde la perspectiva lingüística. Finalmente, también debe contemplarse la posibilidad de que los propios lingüistas estén guiados por prejuicios que conduzcan a mirar con cierto desdén algunos lenguajes y, por lo mismo, consideren impropio o poco serio el tratamiento científico de los mismos.

A este planteamiento puede concedérsele, sin duda alguna, un carácter marcadamente prospectivo puesto que significa una exigencia con vistas al futuro del desarrollo de los estudios lingüísticos. No obstante, y tal como demuestra de forma exhaustiva S. Serrano (2000), tiene sus raíces en la propia evolución de la comunicación, del lenguaje y de los estudios sobre ambos fenómenos en el mismo campo de la Lingüística y en otros de ciencias cercanas y no tan cercanas a ese campo del saber. Por esa y otras razones, quizás sea conveniente comenzar a asumir esta propuesta como necesidad basada en supuestos antropológicos (Grau, 2002; Duranti, 2000), semiótico-comunicativos (Martín-Barbero y Rey, 1999; Pérez, 1995) y específicamente lingüísticos como subraya, desde una doble perspectiva pragmática y epistemológica, López (1999: 75) al afirmar:

Hoy, como siempre, las secuencias lingüísticas son verbalizaciones del mundo, que lo presuponen y reflejan en mayor o menor medida, lo que ha cambiado es que, ahora, grandes parcelas de la lengua son indisociables de una imagen que las acompaña. Más aún, la percepción de la lengua que tienen los hablantes, la cual es el fundamento de su estudio científico, es una percepción ligada indisociablemente al mundo visual. En un panorama como el que estoy bosquejando, me parece que la relación entre la Lingüística y la Comunicación Audiovisual son obvias. Hoy la cultura es una cultura más audiovisual que escrita. Y si la Lingüística aspira a ser una de las ciencias culturales del momento presente, forzoso es que, como disciplina ocupada en desentrañar los fundamentos del acto comunicativo, tienda puentes hacia la modalidad más popular de la comunicación de fines del siglo XX, la audiovisual.

Para responder a las cuestiones mencionadas en esta introducción, realizaremos un breve recorrido que tiene como hitos fundamentales:

a) la constatación de la pluralidad y diversidad de las situaciones comunicativas, y no sólo el constructo paradigmático del modelo o modelos de representación del sistema comunicativo, como punto de partida para la reflexión científica sobre la comunicación y el lenguaje;

b) la revisión del proceso histórico de la construcción de la Ciencia (o ciencias) de la Comunicación; c) la presentación de los factores conformantes de una aproximación compleja a la comunicación actual; d) las derivaciones de esa visión de la comunicación en el tratamiento de los lenguajes dominantes y, como conclusión,

e) las implicaciones de todo lo anterior en la aproximación lingüística a los fenómenos provenientes de la realidad comunicativa actual y de los lenguajes en ella empleados.

1.2 Variables y constantes en las situaciones comunicativas

1.2.1 Las esferas de la comunicación

Antes de enfrentarnos a la aproximación científica, diacrónica y sincrónica de la comunicación, consideramos importante presentar lo que podemos denominar realidad comunicativa y atribuir cierta relevancia a una serie de cuestiones que, sin duda, constituyen el punto de partida o referente del tratamiento científico de la comunicación. Es decir, desde una perspectiva científica, esa constatación de la realidad comunicativa constituye, sin duda, el referente concreto, la realidad, para llevar a cabo el proceso de reflexión que supone la aproximación científica a la comunicación como objeto de investigación, reflexión y explicación. En otras palabras, la delimitación de la comunicación como objeto científico, como operación inicial del proceso de investigación y de construcción de una disciplina o campo del saber, ha de realizarse extrayendo de la realidad comunicativa concreta lo que se considera más relevante para ser estudiado, de acuerdo con los supuestos y exigencias de una determinada perspectiva científica o paradigma.

El tratamiento de la pluralidad de las manifestaciones comunicativas ha sido realizado de forma diferente por diversos autores en función de su perspectiva de estudio. A modo de ejemplo, introduciremos a continuación algunas muestras presentando básicamente las clasificaciones propuestas por estudiosos representativos.

Bougnoux (1999: 15), por ejemplo, propone esta enumeración: «esferas o círculos de la comunicación: doméstica, educativa (comunicación pedagógica), espacial (urbana), pública (relaciones públicas y marketing) y global (esfera mundial de los intercambios)». Por su parte, McQuail (1999: 35-38) resume su planteamiento en los términos siguientes:

Para calificarse como red de comunicación, en el pleno sentido de la palabra, tiene que haber tanto un medio de entrega e intercambio como un flujo activo de mensajes en el que todos o la mayoría participen activamente. Existen tecnologías capaces de soportar una red alternativa (no de masas) a escala de toda una sociedad (en particular, la red de transportes, la infraestructura de telecomunicaciones y el sistema postal), pero éstas suelen carecer de los elementos sociales y papeles públicos a escala de toda la sociedad que tienen los medios de comunicación de masas. En un nivel inferior a la sociedad, hay varios tipos de redes de comunicación. Uno de ellos reproduce el conjunto de la sociedad a escala de la región, ciudad o población e incluso puede tener su propia estructura mediática paralela. Otro queda representado por la empresa u organización laboral, que quizás no tenga una única ubicación pero que suele estar bien integrada dentro de sus límites organizacionales, entre los cuales se suele producir la mayor parte del flujo de comunicación. Un tercer tipo lo ilustra la «institución», como las del gobierno, de la enseñanza, de la justicia, de la religión o de la seguridad social. Las actividades de una institución social siempre son muy diversas y requieren, asimismo, correlación y mucha comunicación, siguiendo rutas y formas establecidas. Las organizaciones e instituciones sociales se distinguen de las redes a escala de toda una sociedad mediante la especificidad de sus tareas. También están limitadas y relativamente cerradas, si bien la comunicación sí atraviesa sus límites (por ejemplo, cuando una burocracia o una empresa comunica con sus clientes, y viceversa). Por debajo de este nivel se dan aún más tipos, y más variados, de redes de comunicación basados en alguna particularidad compartida de la vida cotidiana: un entorno (un barrio, por ejemplo), un interés (como la música), una necesidad (por ejemplo, el cuidado de niños pequeños) o una actividad (como el deporte). En este nivel, las cuestiones clave conciernen a la adhesión y la identidad, y a la cooperación y la creación de normas. En los niveles intragrupal (por ejemplo, la familia) e interpersonal, se ha prestado normalmente más atención a las formas de conversación y a las pautas de interacción, influencia, afiliación (grados de adhesión) y control normativo. En el nivel intrapersonal, la investigación de la comunicación se concentra en el procesamiento de la información (por ejemplo, la atención, la percepción, la comprensión, la memoria y el aprendizaje) y sus eventuales efectos (sobre el saber y las opiniones y actitudes). Esta pauta aparentemente sencilla se ha complicado con la creciente «globalización» de la vida social, en la que han intervenido los medios de comunicación de masas. Hay, sin embargo, un «nivel» más elevado de comunicación e intercambio que debe ser considerado: el que atraviesa, e incluso ignora, las fronteras nacionales en una gama cada vez mayor de actividades (económicas, deportivas, políticas, lúdicas, etc.). Las organizaciones e instituciones se encuentran menos confinadas dentro de sus fronteras nacionales y los individuos también pueden satisfacer necesidades de comunicación fuera de su propia sociedad o entorno social inmediato. La correspondencia, antes muy destacada entre, por una parte, unas pautas de interacción social personal en un espacio y tiempo compartidos y, por otra, unos sistemas de comunicación se ha debilitado mucho a medida que se ensancharon considerablemente nuestras opciones culturales e informativas.

Es cierto que no es posible hablar de la pluralidad de las manifestaciones comunicativas sin recurrir a los estudios de carácter científico que han realizado los autores que iremos citando a continuación. No obstante, la información que seleccionaremos será empleada desde una perspectiva previa a la aproximación científica propiamente dicha con la finalidad de poner en evidencia la variedad que ofrecen los hechos comunicativos como exigencia de la multiplicidad de situaciones de interacción comunicativa y social (Livolsi, 2000: 25-28, 455-483). Dicha pluralidad de las formas de la comunicación ha sido resaltada por todos los teóricos de la comunicación por razones diversas y desde perspectivas diferentes. A partir de esos testimonios podría ensayarse un elenco ecléctico en el que se incluyeran, al menos como una mera enumeración, todas las modalidades de comunicación desde la intra e interpersonal a la mediada, social, de masas o virtual. Sin embargo, consideramos más riguroso hacer constar algunos testimonios que hemos seleccionado como muestra representativa de ese ámbito de estudio.

Saperas (1998: 111-117), por ejemplo, afirma que:

Un diagnóstico general de esta compleja estructura comunicativa nos permite reconocer cinco niveles básicos de estructuración de los sistemas y procesos de comunicación, y consecuentemente definen cinco niveles de análisis que organizan internamente la teoría de la comunicación: nivel intrapersonal, nivel interpersonal, nivel de las organizaciones, nivel institucional (instituciones comunicativas) y nivel macrosocial (sociedad y opinión pública.

Esa enumeración responde a la necesidad de subrayar que las teorías actuales de la comunicación amplíen el objeto de estudio y, por lo tanto, el campo de investigación como única y adecuada manera de responder a la complejidad de la propia realidad comunicativa. En ese contexto, aboga por la necesidad de que los teóricos de la comunicación contemplen el conjunto de niveles de la comunicación que, aun siendo realidades y situaciones autónomas, guardan entre sí una radical interrelación. Cualquier forma de comunicación se encuentra interrelacionada con otras formas del proceso comunicativo de mayor o menor complejidad y pensar en cada elemento comunicativo de forma segmentada del resto de las comunicaciones es ignorar la compleja realidad actual.

La pretensión, en segundo lugar, de fundamentar su tesis de la interdisciplinaridad a la hora de formular y desarrollar un tratamiento científico de la comunicación conduce a Wolton (1999) a presentar una versión diferente a la de los autores citados hasta el momento con respecto a las manifestaciones que pueden observarse en la comunicación humana y a establecer, basado en los campos científicos que se ocupan de la comunicación, tres polos que indican diferentes delimitaciones y aproximaciones.

El primer polo, conectado con las neurociencias (neurobiología, neurofisiología, neurofarmacología, neuropsicología, informática) y con las ciencias cognitivas (psicolingüística, lógica, informática, psicología cognitiva, lingüística), estudia la comunicación en sus relaciones con el cerebro tanto al nivel de la percepción como en el de la memoria, del tratamiento de las informaciones y del lenguaje.

El segundo polo, en conexión con las ciencias cognitivas y las ciencias para el ingeniero (informática, electrónica, modelos matemáticos, automática) se centra en los problemas de comunicación entre el individuo y las máquinas a partir de una modelización y de una simulación de las características de la comunicación humana.

El tercer polo, centrado en las ciencias humanas y sociales, estudia el impacto de las técnicas de comunicación (informática, telecomunicación, audiovisual) en el funcionamiento de la sociedad. Analiza la reacción de los diferentes medios sociales a la llegada de esas técnicas y las condiciones de aceptación y de rechazo que se abren paso.

Rosengren (2001: 52-53; 61-64), como último ejemplo, propone una clasificación de las formas o tipos de comunicación partiendo de las particularidades estructurales de las mismas o de su desarrollo histórico en relación con los medios o técnicas que intervienen en ellas. Entre otras, enumera la comunicación no verbal, la verbal oral, escrita, audiovisual, multimediática, etc. Además, afirma que la comunicación humana puede tener lugar o bien dentro de una única unidad o de unidades diversas por su dimensión y complejidad. Este podría ser el elenco de algunas unidades formales e informales cuya existencia depende de la comunicación: individuos y pequeños grupos; comunidad y redes locales, regionales, nacionales e internacionales, organizaciones formales; entes locales como países, ciudades, pueblos, provincias y regiones; sociedades, naciones, estados, coaliciones, federaciones y otras organizaciones internacionales de estados soberanos.

1.2.2 La comunicación como proceso

Responder a la pregunta ¿qué es la comunicación? o, lo que es lo mismo, ¿cuáles son aquellos elementos que se consideran normalmente componentes de las acciones y de los procesos de la comunicación? exige, al decir de Pasquali (1973: 42), un cierto esfuerzo de abstracción definitoria para tratar de comprender lo que la comunicación es, y los elementos esenciales que intervienen en su proceso, sea cual fuere la época, el grado de desarrollo o la condición social en que se ejerce. Esto no significa olvidar los aspectos históricos, sociopolíticos, técnicos o económicos del problema, mas para intentar una verdadera definición de comunicación deben omitirse temporalmente sus aspectos cambiantes en el tiempo, para centrarnos en lo que hay en ella de universal y necesario. En una palabra, han de apresarse los rasgos comunes, esenciales y distintivos presentes en todo proceso de comunicación.

La enumeración de las innumerables definiciones que se han dado sobre la comunicación constituye un empeño imposible de cumplir y quizás de no mucha utilidad. No obstante, hay autores que han llevado a cabo esa tarea de forma exhaustiva y recopilado un gran número de definiciones. Parece pues, más razonable recurrir a los ensayos que han realizado algunos autores para configurar un marco sintético en el que se hagan constar los rasgos comunes de un conjunto de definiciones a partir de ciertos criterios o núcleos de clasificación. Ésta es la operación que han llevado a cabo, entre otros, Morcellini y Fatelli (2000: 119123) y Sorice (2000: 75-82).

Precisamente ese autor (Sorice, 2000: 75) cree que deben esclarecerse al menos ocho conceptos de base que subyacen a las definiciones normalmente más empleadas en el ámbito sociológico y mediológico, si bien estas referencias tendrán un carácter general que no eximen del análisis en torno a los fundamentos de la comunicación.

– Comunicación como contacto que, además, asume el concepto de comunicación como participación, es un concepto antiguo que relaciona la comunicación con la comunicación ferroviaria, carretera, canales, etc.

– Comunicación como transferencia de recursos e influencia que se refiere a la trasmisión de una propiedad, de un recurso o de un estado de un sujeto a

otro; en ella, hay necesariamente una actividad humana ni existe una dimensión interpretativa. Relacionada con esta acepción está la acepción de comunicación como influencia que posee varias direcciones interpretativas: a) comportamiento de un ser viviente que influye en otro o bien, b) cualquier tipo de emisión de una señal por parte de un organismo que influye en otro organismo. Esta acepción tiene su fundamentación en un modelo explicativo de carácter conductista o behaviorista y, en el estudio de la comunicación de masas, con la denominada teoría de aguja hipodérmica: la inoculación de mensajes, ideas, orientaciones sobre un público de masa considerado sustancialmente pasivo e incapaz de producir elaboraciones propias.

– Comunicación como paso (trasmisión) de información que se desarrolla de forma analítica en la posguerra cuando surge la necesidad de medir la información y comprender cómo se puede conseguir una mayor eficacia en la trasmisión de información, que concede la mayor relevancia posible a la fuente e implica la existencia de soportes tecnológicos para vehiculizar los flujos de información que presenta características específicas en la nueva sociedad de la información. En este ámbito explicativo se puede incluir el desarrollo de la teoría de la comunicación realizado por U. Eco.

– Comunicación como participación. En este caso, el proceso comunicativo debe entenderse como el envío de mensajes y, sobre todo, como el acto social de participación. Se trata de un sistema en el que los interlocutores producen su propia percepción de la realidad.

– Comunicación como inferencia. Es una acepción alternativa al concepto y modelo informacional que defiende que el proceso comunicativo no se sustancia en la trasmisión de información, sino más bien una actividad compleja de construcción de indicios y producciones de conjeturas (inferencias, implicaturas) sobre los indicios producidos por los interlocutores. La actividad deductiva consiste, pues, en la producción de instancias de pertenencia.

– Comunicación como intercambio que también se relaciona con el concepto de cooperación y, quizás, de competición. En esta acepción se incluyen formas particulares de comunicación tales como las estrategias de marketing o los ritos de carácter antropológico. Este concepto de intercambio implica que ambos polos poseen determinadas características.

– Comunicación como relación social. Constituye un caso particular de intercambio y tiene una evidente relevancia sociológica: la formación de una unidad social se realiza a partir de cada uno de los individuos mediante el uso del lenguaje o de los signos. Esta acepción es la base de muchas hipótesis de carácter psicológico.

– Comunicación como interpretación. Está basada en los presupuestos de la Hermenéutica y su idea central es que el disfrute de un texto no puede reducirse al acto de escuchar ni para aquél que lo descodifica; es necesario, en cambio, una actividad muy compleja que defina un proyecto, precomprensión, sobre la base de la hipótesis sobre el significado de profundo. En resumen, el concepto de interpretación recoge un proceso de reelaboración de todas las posibles direcciones de la comprensión. En este ámbito se incluyen teorías que están incluidas en el círculo hermenéutico y en las tesis, como la de Eco, relacionadas con la interpretación y el uso, así como teorías semióticas ligadas a la elaboración de descodificación aberrante.

Aún valorando la riqueza teórica que supone la gran variedad de definiciones de comunicación, preferimos optar, en consonancia con otros autores, y referirnos únicamente a aquellas definiciones que inciden en la concepción de la comunicación como proceso e interacción entre los agentes que participan en el mismo, como emisor/emisores y receptor/es, como productores y receptores e intérpretes de los textos o productos que albergan determinados mensajes codificados de formas plurales y variados. Esta opción se debe básicamente a la relevancia de esa forma de concebir, explicar e interpretar la comunicación a la hora de construir su definición como síntesis de elementos constantes que, debido a su propia e ineludible dinámica, aparece configurado de formas diferentes en función de las variadas situaciones comunicativas que, por otra parte, constituye el supuesto fundamental para realizar una aproximación coherente y adecuada a las formas y niveles de la comunicación que actualmente todos los autores reivindican como parte del objeto de las teorías y de la Ciencia de la Comunicación.

Ya hemos aludido a la definición de la comunicación humana dada por Rosengren (2001: 52-53) y que se deriva de los requisitos siguientes:

Interacción (influencia recíproca) que sea intersubjetiva (conocida mutuamente) e intencional, voluntaria y se realiza a través de un sistema de signos basado fundamentalmente en un sistema de símbolos verbales caracterizados por la doble articulación que, a su vez, se basa en sistema completo que incluye la fonética, la sintaxis, la semántica y la pragmática; en otros términos, «la comunicación es una interacción intersubjetiva y voluntaria mediante un lenguaje humano basado en la doble articulación y en un sistema simbólico».

En términos similares se expresa Livolsi (2000) cuando afirma que la comunicación, como hemos dicho, es el proceso por el cual Q1 dice alguna cosa a Q2 sobre la base de motivaciones particulares y para conseguir objetivos determinados en una específica situación-contexto. La parte ‘dice alguna cosa’ significa que Q1 usa uno o más códigos lingüísticos (por ejemplo, la palabra) para expresar los contenidos. Los códigos son los instrumentos utilizados para comunicar. Casi siempre la atención (especialmente de los no especialistas) se refiere más a qué cosa se dice que a cómo se dice. Esto sucede en todo tipo de comunicación, desde el saludo a la relación íntima, a la ficción televisiva, etc. En resumen, también el modo de decir las cosas está determinado por el contexto en el que se desarrolla la situación. El efecto contexto determina la elección de los códigos particulares y tiene en cuenta, entre otras cosas, la eventual asimetría de poder entre los dos partner cuando uno de ellos tiene más prestigio o poder que otro.

Para este autor (Livolsi, 2000: 16), no obstante, sólo

hay comunicación cuando Q1 dice algo a Q2, pero sólo si se trata de la fase inicial del proceso de comunicación pero, en realidad, la comunicación se realiza verdaderamente cuando Q2, que ha recibido la información, la descodifica, la comprende, la valora y, consecuentemente, responde a Q1, cualquier tipo de respuesta, aunque sólo sea una inclinación de cabeza para expresar acuerdo o desacuerdo. Sólo después de la respuesta de Q2 se puede hablar, efectivamente, de proceso de comunicación; de lo contrario, se debe, como máximo, afirmar que Q1 ha emitido señales que no han sido recibidas. La comunicación presupone tanto el envío como la recepción de una señal, es decir que Q2 haya sido implicado y haya recibido una señal que ha interpretado, no importa si de forma absolutamente exacta.

Serrano (1984: 37-51) en el primer capítulo de la Semiótica presenta una delimitación de la comunicación, de sus elementos y del proceso de comunicación desde una perspectiva semiótica que expresa de esta manera:

Si en la historia del pensamiento, afirma, de los últimos treinta años hemos de buscar una palabra clave, sin duda esta palabra es «comunicación». Ya señalábamos en el primer capítulo la importancia excepcional que ha tenido el tema de la comunicación, verbal y no verbal, en el desarrollo de la semiótica. En realidad, y como es natural, el estudio de los signos siempre ha sido relacionado con el concepto de comunicación, así como con el de pensamiento. Decíamos: no hay pensamiento sin signos: y decimos: no hay signos sin comunicación. En estricta lógica podemos decir: no hay pensamiento sin comunicación. Todos estaremos de acuerdo en que buena parte de nuestra actividad resulta ser una actividad comunicativa. Es tan natural en nosotros que incluso prácticamente no le damos importancia. Nos es tan natural y familiar como el respirar. Pues bien, este proceso tan común y tan familiar se había simplemente aceptado hasta hace poco pero no se había intentado analizar de una forma rigurosa a fin de explicitarlo. Esto es lo que se empezó a hacer a partir de los años cincuenta. Ahora, paradójicamente, estamos en condiciones de afirmar que este proceso tan común y familiar es extraordinariamente complejo y heterogéneo. Que en él intervienen una gran cantidad de factores y que las estrategias que rigen el comportamiento de los elementos son de lo más variadas.

Desde esa perspectiva, y como operación previa al análisis de los elementos que componen la estructura de la comunicación e interactúan en su dinámica, este autor define la comunicación como

Proceso por el cual unos seres, unas personas, emisor y receptor (es), asignan significados a unos hechos producidos y, entre ellos, muy especialmente al comportamiento de los otros seres o personas. Un caso particular, naturalmente, es el de la lingüística, y aún de ésta la que se establece, en este momento, entre el autor de este libro y el lector. El concepto de comunicación presupone, pues, otros dos conceptos: el concepto de relación y el de transmisión. La relación es entre seres, entre personas, y la transmisión es de información, de significado.

El concepto de comunicación presupone, para este autor, otros dos conceptos: el concepto de relación y el de transmisión. La relación es entre seres, entre personas, y la transmisión es de información, de significado. El proceso de comunicación se fundamenta, pues, en los conceptos de relación entre seres y de transmisión de un mensaje. Existen unos elementos que forman parte del proceso de comunicación y justamente ponen en contacto la relación y la transmisión, son el contexto y el feed-back (retroalimentación). El término contexto se refiere, en sentido amplio, a la situación en que el mensaje es producido por el emisor e interpretado por el receptor. El contexto incluye un conjunto de factores de tipo psicológico, sociológico y físico que configuran el entorno en que tiene lugar el acto (relación + transmisión) comunicativo, incluye el contacto, es decir, condiciones que hacen posibles la comunicación, el referente, realidad objetiva a la que se refiere el mensaje y el entorno, ecológico, biológico, sociológico y psicológico de la relación.

A modo de resumen, las claves del planteamiento de S. Serrano (1984: 43) serían que: a) los conceptos base del acto de comunicación son proceso y participación; b) un proceso es un concepto abstracto que designa una relación dinámica entre objetos concretos, una secuencia organizada de hechos o acontecimientos; c) el proceso es de transmisión de información mediante el mensaje. [...]; en la comunicación, todos sus componentes sufren cambios constantemente, y de manera especial los elementos más importantes del proceso, los participantes en el acto, los actores. Es decir:

La comunicación, el acto comunicativo, lo podemos considerar, pues, como un proceso de participación. La realización de este proceso puede resultar exitosa o un fracaso. Como en el proceso intervienen un conjunto de elementos, de cada uno de ellos depende, en cierto modo, el éxito o el fracaso del acto.

Finalmente, Rodrigo (2001), comentando la definición de Gifreu según el cual «la comunicación humana es un proceso histórico, simbólico e interactivo por el cual la realidad social es producida, compartida, conservada, controlada y transformada», explica que la comunicación:

– Es un proceso: «cualquier hecho comunicativo es un episodio contingente, que empieza y acaba y sigue un determinado desarrollo; esta característica procesual vale tanto para el individuo como para los grupos o las colectividades o sociedades». Efectivamente la comunicación es un proceso que se inicia, tiene un desarrollo y acaba. Sin embargo, las características del proceso serán distintas si se trata de individuos o de sociedades. En la comunicación interpersonal o en el teatro, por ejemplo, en el propio proceso comunicativo se establecen las señales de inicio y de final. En el caso de las colectividades o sociedades, excepto en casos de hitos emblemáticos (y aún en este caso podría cuestionarse), es más difícil establecer el inicio y el final.

– Es un proceso histórico. «No hay comunicación en abstracto, sino en concreto, todos los fenómenos de comunicación se producen en la historia y en una historia particular de los pueblos y las culturas». Toda realidad social está enmarcada en un momento histórico determinado y con los referentes propios de aquel momento histórico para una cultura determinada. Muchos fenómenos comunicativos han evolucionado dentro de una misma sociedad y son bastante distintos de los que se producen en otras sociedades. Aunque también puede haber puntos de contacto e hibridaciones.

– Es un proceso interactivo: «comunicar es un hecho social por definición que pone en contacto sujetos sociales capaces de hablar y capaces de actuar; comunicar es una relación, no una cosa». Incluso en el caso de los medios de comunicación de masas cada vez se tiene más claro que se produce una relación entre el receptor y el medio de comunicación. Llevado al extremo podríamos decir que hablar de comunicación interactiva es un pleonasmo. Si la comunicación es la relación, la producción del mensaje, el mensaje en sí mismo y el efecto serían la materialización de la relación: el producto / el resultado de la comunicación.

– Es un proceso simbólico: «la interacción se produce por medio de símbolos cargados de significación y ordenados en forma de texto o discurso; el fundamento básico de esta significación es el lenguaje natural». Con la primera parte de la afirmación no puedo estar más de acuerdo; pero desearía hacer alguna puntualización sobre la importancia del lenguaje natural. En primer lugar, la distinción entre los lenguajes naturales como inmanentes al ser humano y los lenguajes artificiales como una construcción humana puede hacernos olvidar que el lenguaje natural es también convencional. En segundo lugar, Gifreu se centra sobre todo en el lenguaje verbal. El título del primer capítulo de su libro es suficientemente esclarecedor de su postura: «Comunicar, es decir, hablar» (Gifreu, 1991: 15). Para la cultura occidental, el verbo es seguramente el principio. Pero otras culturas pueden valorar más otro tipo de formas de comunicación, como por ejemplo el gesto.

– Por el cual la realidad social es producida: «hablamos de realidad social como equivalente a “sociedad” en el sentido de sistema de relaciones entre sujetos socializados; y hablamos de producir entendiendo tanto las estructuras profundas de la socialidad como las estructuras históricas de las sociedades que resultan de procesos y relaciones de comunicación». En mi opinión, éste es el corazón de la propuesta de Gifreu, y me atrevería a decir que estamos ante una propuesta básicamente constructivista.

– Es compartida: «en la medida que la realidad social es una realidad celebrada y ritualizada por los miembros y grupos que la integran». Aquí también desearía hacer una matización. Efectivamente la realidad social es compartida por los miembros de un grupo o grupos que la integran, pero también puede ser negociada por grupos que inicialmente no la integran. Se puede intentar compartir la realidad social mediante la comunicación con personas de otras culturas. En la comunicación intercultural, el hecho que no se comparta totalmente la realidad social hace que sea una comunicación más dificultosa, pero no deja de ser comunicación. Quizás yo hubiera preferido señalar que es compartida y/o negociada.

– Es conservada: «la realidad social necesita ser reproducida permanentemente, misión que se encarga a las instituciones de la comunicación (y no a las económicas, por ejemplo)». Aquí podríamos referirnos a los aparatos ideológicos del estado según Althusser (1974: 105-170). Recordemos que para la reproducción de las relaciones de producción los estados se valen de una serie de aparatos ideológicos: escolar, familiar, religioso, jurídico, político, sindical, de la información y cultural.

– Es controlada: «todo proceso de comunicación tiene una dimensión de control o responde a unas estrategias de control y de interés para influir en el grupo o la colectividad». Esta característica es prácticamente un corolario de la anterior. Para la conservación es imprescindible un control, o al menos un intento de control. De hecho hasta en el acto de comunicación más simple se pretende causar determinado efecto en el interlocutor. Si hago un aseveración espero ser creído, si hago una pregunta espero una respuesta, si cuento un chiste espero al menos una sonrisa aunque esté llena de condescendencia.

– Es transformada: lo mismo que sirven para conservar la realidad social, los procesos de comunicación la ponen constantemente en cuestión forzándola a la renovación y a la transformación de acuerdo con las alternativas emergentes». Evidentemente, si aceptamos que es producida hay que pensar que puede ser transformada; sin embargo, no está de más señalarlo explícitamente, sobre todo en la época actual.

1.3 La construcción de la Teoría de la comunicación

Una vez presentada, en el apartado anterior, la dimensión plural de la comunicación y las propuestas de su delimitación o definición, es preciso realizar una revisión de los diferentes modelos de aproximación a la realidad comunicativa como objeto científico. Es decir, ofrecer un panorama, diacrónico y sincrónico, de la construcción de la Ciencia de la Comunicación que, en realidad, se presenta como un complejo mosaico formado por múltiples teorías, opuestas o simplemente complementarias, que afrontan los fenómenos o hechos comunicativos desde perspectivas y supuestos fundamentados y enraizados normalmente en los contextos sociales y científicos en los que surgen y se desarrollan.

1.3.1 Propuesta de reconstrucción epistemológica

Las reconstrucciones de la evolución de la ciencia y de las teorías de la comunicación suelen ser realizadas por la mayoría de los historiadores de acuerdo con una perspectiva cronológica, historicista y fundamentalmente descriptiva. Por nuestra parte, creemos necesario ensayar dicha reconstrucción de acuerdo con los criterios epistemológicos asumiendo los principios o supuestos que los filósofos, historiadores y sociólogos de la ciencia formulan para explicar el, por ellos denominado, cambio científico o, de forma más genérica, historia de la ciencia. Esto constituye un paso indispensable para la investigación en el campo de la historia de la comunicación ya que en él pueden verse reflejadas coincidencias y discrepancias en torno a 1) las unidades consideradas fundamentales para estudiar el cambio o progreso científico; 2) la evaluación de las teorías o modelos explicativos dentro de un momento determinado del desarrollo de una ciencia; 3) la racionalidad del cambio.

Existen, aunque no abundan, intentos de reconstruir la historia de los estudios, investigación y explicación de la comunicación con criterios similares a los que han planteado o establecido los epistemólogos o filósofos de la ciencia. No obstante, es difícil encontrar un desarrollo completo de acuerdo con los supuestos y, como es lógico, no es posible que esa operación pueda realizarse en el espacio y contexto de este trabajo. A pesar de todo, aunque sea de forma sucinta, consideramos importante señalar algunas líneas o pautas que podría seguir la reconstrucción del cambio científico en el campo del saber de la comunicación con criterios eminentemente epistemológicos en el que concurren factores y elementos externalistas e internalistas.

La reconstrucción de la historia de las teorías y de la ciencia de la comunicación, a nuestro entender, debe centrarse en el proceso de complementación y superación de los paradigmas que la comunidad científica acepta como más coherentes y eficaces para responder a las exigencias explicativas de la realidad comunicativa en función de los contextos en que se desarrollan los sistemas comunicativos y los propios paradigmas que pretenden representarlos, analizarlos e interpretarlos. Con este supuesto, debería concederse relevancia histórica básicamente a aquellos paradigmas realmente significativos tales como el Funcionalismo, la Teoría de la información, la Teoría crítica, el Estructuralismo, la Semiótica, el Interaccionismo simbólico, los Estudios culturales, la Teoría sistémica, etc. y, por el contrario, perderían relevancia aquellas propuestas que, por razones diversas, han de ser consideradas fragmentarias o parciales, normalmente dependientes o en conexión con los paradigmas dominantes.

La revisión epistemológica del proceso de formación y consolidación del estudio científico de la comunicación que, de forma sucinta, presentaremos a continuación incluye una triple operación: el planteamiento y desarrollo de una secuenciación de las etapas de la evolución de esa ciencia, la presentación de los paradigmas comunicativos que los especialistas consideran más importantes y, en último lugar, el establecimiento de algunas conclusiones en torno a las exigencias que debe cumplir la demarcación de la Teoría o Ciencia de la Comunicación.

Acorde con lo dicho anteriormente, la periodización del proceso de construcción de la Ciencia de la Comunicación debe superar la perspectiva cronológica, descriptiva y positivista, dominante en la elaboración de la historia de las teorías de la comunicación y asumir los supuestos históricos e histórico-científicos que la Filosofía de la Ciencia exige para construir la evolución y el cambio científico (Estany, 1990).

A nuestro entender, la historia de las teorías de la comunicación deberá contemplar, en primer lugar, una etapa precientífica en la que la comunicación es afrontada desde diferentes ámbitos que, sin aportar resultados sistemáticos desde el concepto moderno de ciencia, ofrecen el soporte y las pautas para el tratamiento científico posterior de la comunicación. En segundo lugar, la etapa propiamente científica dentro de la cual es preciso distinguir tres momentos o períodos fundamentales: el inicio, la consolidación y la normalización. El primero corresponde a los primeros intentos de conceder estatuto científico a los estudios de la comunicación; el segundo se caracteriza por el establecimiento del estatuto y por la creación de tendencias de investigación que tendrán continuación hasta nuestros días; el tercero, en fin, supone la total aceptación de estos estudios en la comunidad científica y académica además de la pluralidad paradigmática como perspectivas de aproximación a los fenómenos de la comunicación.

La etapa precientífica se refiere al tratamiento que, desde diferentes ámbitos del saber y disciplinas vigentes o dominantes en épocas anteriores al siglo XX, se ha dado a la comunicación como elemento o factor determinante de la propia naturaleza humana y, sobre todo, conformación de la convivencia y sociabilidad de las personas. Al reivindicar la relevancia de ese momento precientífico nos colocamos, sin duda, del lado de planteamientos que aparecen en algunos teóricos de la comunicación, provengan del campo de conocimiento que provengan, en consonancia con el planteamiento gnoseológico (Bueno, 1992-1994, 1995) de la ciencia como cierre categorial donde esas aportaciones no tienen un significado meramente anecdótico al que hay que aludir como expresión de lo que no es propiamente científico desde un criterio de demarcación de la ciencia excesivamente restringido, si no prejuiciado.

Las aportaciones más relevantes de esta etapa precientífica con respecto a la comunicación y a sus manifestaciones plurales (Serrano, 2001) tienen que ver especialmente con las reflexiones que algunos filósofos, de forma individual o como miembros de determinados movimientos filosóficos, han llevado a cabo fundamentalmente en torno al lenguaje como elemento de interacción humana y en torno a la comunicación como basamento de la sociabilidad; lo mismo ocurre con aquellos autores que, centrados en la delimitación de la acción política, recurren a la comunicación como fundamento de la construcción de los sistemas sociales y políticos y, de forma especial, de la conformación de lo que posteriormente se denominará opinión pública.

Mención especial, sin duda, merecen las aportaciones de fundadores y creadores de la gramática, la poética, la oratoria y la retórica por cuanto que, en cierto modo, son los precursores de la pragmática, factor y componente comunicativo de la ciencia comunicación y la teoría del texto y del discurso y, según otros, de la propia publicidad, al menos de lo que en ella hay de organización del discurso y, especialmente, de estructura argumentativa encaminada a la persuasión de los receptores. No es menos cierto, en fin, la trascendencia que diversos historiadores de las teorías de la comunicación han querido conceder tanto a los avances tecnológicos anteriores al XX como a la interpretación que de los mismos se hizo en su momento a la hora de construir posteriormente una ciencia de la comunicación e información.

Para la etapa científica algunos autores establecen una fragmentación muy puntual y de carácter eminentemente cronológica que difícilmente puede sostenerse desde los supuestos que los filósofos y sociólogos e historiadores de la ciencia establecen para explicar el cambio o progreso científico; entre otras razones, porque suponen cortes o rupturas drásticas que quizás no respondan a la lenta y compleja dinámica de la evolución de los paradigmas y teorías científicas y, en este caso, de las teorías de la comunicación.

Por esa razón, y sin minusvalorar los recorridos cronológicos detallados que suelen hacerse en las historias de las teorías de la comunicación, nos parece más coherente y adecuado proponer una periodización de tiempo largo que concuerde más con la propia evolución de esas teorías que, por otra parte, mantienen entre sí una especie de circularidad debido a las relaciones de complementariedad que poseen a lo largo de la historia. Esa periodización incluye un período inicial que se extiende desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del siglo XX; un período de consolidación que transcurre entre la segunda década y 1960 y, por último, la etapa de normalización que se inicia en torno a 1960 y se mantiene en la actualidad.

Al primer período, el de los inicios de la Ciencia de la Comunicación, se le atribuye una gran trascendencia epistemológica debido a que supone la aparición de los primeros intentos de sistematización de los estudios de la comunicación de forma global o parcial desde las diferentes perspectivas. Según Mattelart (1997: 13), los inicios de la etapa científica deben atribuirse a las aportaciones realizadas por autores o tendencias pertenecientes básicamente al continente europeo a finales del siglo XIX que es considerado:

El siglo de la invención de sistemas técnicos de base de la comunicación y del principio del libre cambio, ha visto nacer nociones fundadoras de una visión de la comunicación como factor de integración de las sociedades humanas. La noción de comunicación, centrada primero en la cuestión de las redes físicas y proyectada en el corazón mismo de la ideología del progreso, ha abarcado al final del siglo la gestión de multitudes humanas. El pensamiento de la sociedad como organismo, como conjunto de órganos que cumplen funciones determinadas, inspira las primeras concepciones de una «ciencia de la comunicación».

Álvarez (1991: 105-106) defiende, aludiendo a los cambios acaecidos en la práctica comunicativa, que en el transcurso del siglo XIX se conforma la transición del viejo al nuevo orden informativo, ya que:

En esos momentos se sitúan cronológicamente la segunda y tercera fase de la gran revolución liberal contra el Antiguo Régimen, es decir, el asalto al poder político del absolutismo y su sustitución por regímenes liberales constitucionales, y la llegada de la industrialización como forma de producción alternativa de la manual y gremial. Pero, además, los cambios afectan a los más distintos aspectos de la vida. [...]

Del Antiguo Régimen venían establecidas las variables fundamentales sobre las que la información se mueve, a saber, el papel del estado (legislación y censura), la estructura de la información (tipos de medios, organización, etc.), la infraestructura tanto económica como tecnológica o de comunicaciones y la forma (presentación o imagen, lenguaje, etc.). Sobre esas variables, las revoluciones atlánticas provocaron una ruptura con el pasado haciendo desaparecer el monopolio y prepotencia estatal que definía los sistemas informativos absolutistas, dando pie a un inestimable equilibrio entre ellos generando dos grandes bloques de medios, que dominarán desde el principio los nuevos sistemas. Un bloque caracterizado por la utilización de los medios como arma política, lo que tradicionalmente se ha conocido como periodismo liberal, cumpliendo decisivas funciones en la consolidación de los sistemas políticos liberales y en el desarrollo de las sociedades democráticas contemporáneas. Otro bloque paralelo y no antitético caracterizado porque sus objetivos más inmediatos eran los beneficios económicos y el negocio. Aquí la definimos como prensa «de negocio» para diferenciarla de la anterior o «prensa política». La diferencia entre ambos bloques es mucho más que teórica. Mientras la primera será dominante en la primera mitad de siglo, manteniéndose estabilizada después en los regímenes democráticos, la «de negocio» evolucionará hacia la gran prensa de masas propia del siglo XX. No son, naturalmente, medios antitéticos. Un medio «de negocio» consolidado influye políticamente y viceversa.

Los estudiosos de la historia de las teorías de la comunicación afirman, casi unánimemente, que entre los años 1917 y 1960 se constituye un área académica específica pero sin estatuto científico propio y, por lo mismo, asistimos a la consolidación de la Ciencia de la Comunicación. Una primera generación de investigadores: los creadores de la investigación comunicativa, ya que la teoría de la comunicación se define por ser una modalidad de investigación social muy reciente orientada hacia un objeto de estudio muy antiguo. Según Saperas (1998: 95):

En este apasionante período se estudian los nuevos medios de comunicación desde las aportaciones específicas de cada ciencia social sin voluntad de crear un corpus teórico unificado y cada ciencia social se aproxima a la comunicación de masas para resolver problemas concretos o para llevar a cabo una crítica global del sistema comunicativo y de la industria de la cultura. Esos estudios, por otra parte, pueden considerarse, en cierto modo, las primeras construcciones teóricas y metodológicas que darán lugar posteriormente a las principales líneas de desarrollo de la investigación comunicativa.

De todas esas teorías, no obstante, sólo dos paradigmas asumen el papel de dominantes; en primer lugar, el Funcionalismo, que defiende un proceso lineal de transmisión eficaz de información dominada por la fuente emisora ante la cual los receptores son meros sujetos pasivos y exige el método experimental como soporte fundamental de las investigaciones; junto a él, la Teoría Crítica de la sociedad y de la comunicación que, con raíces freudianas y marxistas, aporta como legado fundamental la crítica de la irracionalidad de la sociedad industrial, responsable de la conformación de la cultura como pseudocultura tal como explica Muñoz (1995) a través de la que ellos peyorativamente denominan industria cultural y su componente básico, la comunicación de masas.

Junto a estos paradigmas ha de concederse relevancia específica a la Teoría matemática de la Comunicación de C. Shannon y W. Waever (1949) que adquiere su mayor importancia a partir de la segunda mitad del siglo XX debido, sobre todo, a su adaptación a campos científicos diferentes, entre otros al de la Lingüística estructural-funcional de R. Jakobson (1981: 79-94).

Según Mattelart (2002: 64-65), el ingeniero y matemático Claude Elwood Shannon formula una teoría matemática de la comunicación que implica una definición de la información estrictamente física, cuantitativa, estadística; se refiere, sobre todo, a «cantidades de información» y hace caso omiso de la información en cuanto proceso que da forma al conocimiento gracias a la estructuración de fragmentos de conocimiento. El problema planteado guarda relación con el cálculo de probabilidades ya que pretende encontrar la codificación más eficaz (velocidad y costo) de un mensaje telegráfico de un emisor para llegar a un destinatario. Por otra parte, este modelo mecánico remite a un concepto behaviorista (estímulo-respuesta) de la sociedad, perfectamente coherente con el de progreso indefinido que se difunde desde el polo central hacia las periferias. El receptor, de alguna manera, está condenado al estatus de clon del emisor. La construcción del sentido no figura en el programa del ingeniero. La noción de información que defiende este paradigma no tardará en transformarse en caja negra, palabra clave, llave maestra y comodín más allá del ámbito de la comunicación y, para ello, contará, además, con todas las facilidades que le ofrecía un contexto científico en el que numerosas disciplinas de las ciencias humanas, deseosas de participar de la legitimidad de las ciencias de la naturaleza, convertirán la teoría de Shannon en paradigma.

El objetivo de Shannon es diseñar el marco matemático dentro del cual es posible cuantificar el coste de un mensaje, de una comunicación entre los dos polos de este sistema, en presencia de perturbaciones aleatorias, llamadas «ruido», indeseables porque impiden el «isomorfismo», la plena correspondencia entre los dos polos. Si se pretende que el gasto total sea el menor posible, se transmitirá por medio de signos convenidos, los menos onerosos

Esta fase de la etapa científica de la construcción de la Ciencia de la Comunicación está, pues, definida por el surgimiento de todos los paradigmas a los que hemos aludido anteriormente, pero, según casi todos los estudiosos, lo más relevante de este período es el comienzo de la construcción científica sistemática de los estudios de la comunicación provenientes de las dos tendencias explicativas e interpretativas, Funcionalismo y Teoría Crítica, que significan básicamente dos modelos de entender no sólo la realidad comunicativa, sino también de establecer la demarcación de las ciencias sociales y humanas, dentro de las cuales ha de incluirse la teoría y la ciencia de la comunicación.

En resumidas cuentas, en su trayectoria posterior, han constituido el punto de referencia para conformar dos formas de estudiar e interpretar la sociedad y la comunicación (Saperas, 1993: 164). La corriente norteamericana que, surgida desde finales de los años veinte, intentará establecer un planteamiento empírico con aspiraciones de cuantificación estadística estricta y desde una óptica global de convertir a las Ciencias de la Comunicación en una rama más de las ciencias experimentales. La Teoría crítica, de procedencia europea, que se interesará esencialmente por determinar los aspectos subyacentes y no explícitos de los procesos de comunicación; es decir, los aspectos ideológicos en donde el sistema de comunicación debe de enmarcarse.

El tercer momento de la etapa científica de los estudios de la comunicación, el que hemos denominado de normalización, se soporta básicamente en la demarcación científica de esos estudios de acuerdo con los postulados que, desde la epistemología y filosofía de la ciencia, se exige a todo conocimiento científico y en el reconocimiento de esos estudios como campo específico y autónomo del saber tanto por la comunidad científica como por la académica.

Desde nuestro planteamiento, a partir de 1960, la investigación de los fenómenos comunicativos está consolidada y normalizada pero, al mismo tiempo, factores diversos (los cambios sociales, la evolución de la teoría científica, la implantación y predominio de nuevos medios de comunicación y las perspectivas de acercamiento y valoración de los mismos, en especial la televisión, la incidencia de las infraestructuras tecnológicas, la nuevas formas de acceder a la información, han hecho que surjan, en el campo científico de la comunicación, paradigmas diversos que intentan responder a las exigencias provenientes de las conformaciones complejas que va presentando el objeto de investigación y, desde luego, a los postulados implantados desde la Teoría de la ciencia.

La normalización a la que estamos aludiendo no significa, en modo alguno, unanimidad o univocidad paradigmática; antes bien, durante este largo período, y como ocurre en el resto de las ciencias sociales y naturales, uno de los rasgos más significativos es la convivencia de modelos explicativos y teorías alternativas, complementarios y, raramente, contrarios. Al fin al cabo, los paradigmas son propuestas de comprensión, análisis e interpretación de una realidad, en este caso la comunicativa, seleccionada como objeto de explicación e investigación que, por lo tanto, deben estar atentos a la evolución de la complejidad de los fenómenos comunicativos y, desde luego, a las novedades ofrecidas por la teoría científica en general que ofrece nuevos marcos y postulados metateóricos que pueden ser trasladados a los campos de conocimientos específicos

A modo de resumen, a partir de los años setenta surgen, en el ámbito de la comunicación y del resto de las ciencias sociales, paradigmas que adquieren especial relevancia representativa y explicativa debido a la adecuación que presentan con respecto a la situación real del sistema comunicativo (producción, productos, circulación y consumo) y a la adaptación de los modelos científicos en general a la realidad comunicativa en particular.

Por otra parte, en casi todos los casos parten de la concesión de un estatuto científico autónomo a la comunicación e información, superando, pues, la dependencia y subsidiariedad respecto a disciplinas como la Sociología o Psicología, lo cual no significa en modo alguno dejar de lado las ineludibles interrelaciones con otros factores o subsistemas que conforma el entramado sistémico de la sociedad.

Estructuralismo, Semiología y Semiótica, Estudios Culturales, etc., son paradigmas que responden a esos rasgos detallados anteriormente y que ofrecen, en contraste con lo que ocurría con el Funcionalismo y la Teoría crítica, la particularidad, por un lado, de tener vigencia mundial y no exclusivamente en uno u otro continente, por más que su aplicación pueda presentar algunas particularidades en las comunidades científicas de cada país; por otra, la de afrontar el fenómeno comunicativo en su totalidad y no sólo de modo más bien fragmentario como ocurría tanto en el Funcionalismo como en la teoría Crítica. Como es lógico, por otra parte, el predominio de estos paradigmas no significa la desaparición de los anteriores que, con revisiones y adaptaciones a los cambios del propio objeto de investigación, la realidad comunicativa, seguirán siendo cultivados por los investigadores de la comunicación.

En las últimas décadas del siglo XX, la peculiaridad de la normalización de los estudios de la comunicación proviene fundamentalmente de que los investigadores desarrollan su actividad en el contexto histórico de la Sociedad de la Información. En ella se produce el pleno reconocimiento académico y social de la investigación comunicativa y de sus investigadores, al mismo tiempo que se asiste a una notable diversificación teórica y metodológica.

En conclusión, afirma Saperas (1998: 106-107), las últimas décadas del siglo XX han significado la aparición de:

Una generación caracterizada por la diversidad teórica. Sin embargo, también será una generación del diálogo y del intercambio de experiencias académicas. Esta situación vendrá dada por el hecho de situarnos en un momento de transición histórica, de cambio del sistema comunicativo y de pérdida del valor de los grandes paradigmas teóricos. Es una generación que integra a la investigación la dimensión macrosocial aplicada al estudio de la comunicación de masas, rompe con el modelo lineal del proceso de comunicación e incorpora componentes estructurales. Es una generación que incorpora abiertamente los métodos cualitativos a la investigación comunicativa: la observación participativa, las encuestas en profundidad, las técnicas etnográficas, las técnicas de observación directa intensivas, el estudio cualitativo de los mensajes, la tematización, el estudio de la situación de recepción, entre otras. Sin embargo estas formas cualitativas conviven con los métodos cuantitativos, experimentales y aplicados. Es una generación que crea una teoría de la comunicación que se define como disciplina académica autónoma, pero sin renunciar a mantener un estrecho contacto con científicos sociales. Por ello, actualmente, no podemos entender la actual evolución de la sociología o la ciencia política o de las disciplinas lingüísticas sin su creciente interés por incorporar las implicaciones del sistema comunicativo sobre sus propios objetos de estudio.

1.3.2 Supuestos para la aproximación científica a la comunicación actual

1.3.2.1 Las dimensiones de la realidad comunicativa

La Epistemología y la Filosofía de la ciencia actuales consideran que el proceso de investigación ha de girar en torno al objeto que, teniendo como referencia la realidad que se pretende estudiar, se delimita de acuerdo con unos parámetros, factores o supuestos específicos.

La realidad comunicativa, el sistema comunicativo, en definitiva la comunicación, forma parte, como subsistema, de la sociedad contemporánea (sistema) y, por lo mismo, ha de entenderse como un fenómeno complejo debido a los factores que convergen en él, bien como marco para el desarrollo del proceso comunicativo o bien como elementos estructurantes del mismo. La adecuación y eficacia de los paradigmas que pretendan afrontarlo, de forma genérica o en alguno de los aspectos, deberán, pues, asumir esa complejidad como supuesto y principio determinante para ensayar su explicación e interpretación.

Al mismo tiempo, la comunicación e información actuales son el resultado de la incidencia determinante de las llamadas nuevas tecnologías, sobre todo las relacionadas con la informatización, la digitalización y la realidad virtual, que constituyen la base de nuevas formas de percibir, representar, comunicar y conocer (Bettetini y Colombo, 1995: 29-39). Al decir de Ramonet (2000: 12):

La comunicación se ha visto afectada en los últimos veinticinco años por transformaciones tecnológicas de gran envergadura. Transformaciones tecnológicas que han modificado no sólo el campo de la comunicación sino que han modificado, en realidad, el contexto general de nuestras sociedades. Pero de hecho, evidentemente, son tecnologías, se llaman nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, que han afectado, muy directamente, al campo de la comunicación».

La delimitación de la realidad comunicativa actual como objeto de investigación definido por la complejidad supone, como hemos dicho, partir de la complejidad de la propia sociedad contemporánea dentro de la cual se enmarca la dinámica comunicativa a la que pretendemos enfrentarnos y, por consiguiente, el punto de partida para definir los fenómenos comunicativos actuales ha de ser el diagnóstico de la sociedad actual que, en la mayoría de los casos, se denomina con términos o expresiones que aluden al factor informativo: sociedad o era de la información, sociedad informacional, sociedad digital.

Un aspecto fundamental del diagnóstico sobre la sociedad actual hace referencia a la trascendencia de la revolución tecnológica y, de forma especial, de la revolución que conllevan las tecnologías de la información (Castells, 1997: 44-45). Es decir, los especialistas conceden un lugar preferente a la comunicación e información, a sus industrias y a sus productos, en la estructura y desarrollo de la propia sociedad. Esto es, las industrias de la información y de la comunicación y las actividades relacionadas con ese complejo industrial ocupan cada vez un mayor número de personas y significan un mayor porcentaje de la actividad productiva nacional de un país. Todo ello exige, sin duda alguna, la necesidad de atribuir a la comunicación rasgos específicos que superan la mera función transmisora de mensajes o de contenidos informativos y la convierten en un factor que participa necesariamente de la misma naturaleza compleja de la sociedad en que cumple una función preponderante como agente social (Livolsi, 2000: 333351, 455-483). Precisamente por eso, Ramonet (2000: 11-12) sostiene que:

Cuando reflexionamos así, como acabamos de hacer muy rápidamente, sobre la larga historia de la relación entre tecnología y comunicación, nos damos cuenta de que la tecnología es un aspecto, pero no el único, y que para que haya cambios sustanciales, se producen también otros cambios. Por ello yo digo siempre, y a mis estudiantes en particular, que cuando reflexionen sobre la comunicación tengan en cuenta, sistemáticamente, tres parámetros. Primero, el parámetro tecnológico que, efectivamente, tiene su importancia y sobre lo que vamos a hablar ahora. Segundo, el parámetro económico, o económico-industrial: ¿Qué tipo de industria, qué tipo de empresa se preocupa de desarrollar la comunicación de masas en un momento dado? Y tercero, el parámetro retórico: ¿Qué tipo de retórica, qué tipo de discurso organiza esta nueva tecnología, esta nueva empresa cuando se producen esos cambios?».

Tal como afirma Castells (1997: 360-361):

Una transformación tecnológica de dimensiones históricas similares está ocurriendo 2.700 años después, a saber, la integración de varios modos de comunicación en una red interactiva. O, en otras palabras, la formación de un supertexto y un metalenguaje que, por vez primera en la historia, integran en el mismo sistema las modalidades escrita, oral y audiovisual de la comunicación humana. El espíritu humano reúne sus dimensiones en una nueva interacción entre las dos partes del cerebro, las máquinas y los contextos sociales. Pese a toda la ideología de ciencia ficción y el despliegue comercial que rodea el surgimiento de la denominada autopista de la información, no se debe subestimar su significado. La integración potencial de texto, imágenes y sonido en el mismo sistema, interactuando desde puntos múltiples. En un tiempo elegido (real o demorado) a lo largo de una red global, con un acceso abierto y asequible, cambia de forma fundamental el carácter de la comunicación.

La complejidad que hemos presentado de forma sucinta constituye, como hemos reiterado, el supuesto básico para afrontar las siguientes fases del proceso de investigación: conformación del modelo de representación y explicación, el corpus conceptual y terminológico, el planteamiento de hipótesis y el método adecuado. Por supuesto, en esta delimitación no hemos incidido en algo a lo que hemos aludido a la hora de hablar, en otro apartado, de la necesidad de superar las restricciones que muchas veces ha impuesto la selección exclusiva de la comunicación de masas como objeto de investigación, pero es evidente que, bien estudiadas de forma autónoma o bien en relación con la comunicación social y mediada o mediática (condicionantes de la recepción y consumo), las peculiaridades de cada forma y nivel de comunicación (Rosengren, 2000: 89ss.), como es lógico, constituyen, como manifestaciones fundamentales de la realidad comunicativa, el objeto de la investigación y, por lo mismo, han de incluirse en las preocupaciones de las disciplinas relacionadas con el estudio de la comunicación.

1.3.2.2 Los límites de los paradigmas

A partir de lo afirmado anteriormente, aunque no nos atrevemos a afirmar con la rotundidad que lo hacen algunos autores, la realidad comunicativa tal como se presenta actualmente exige un cambio radical de paradigma o paradigmas explicativos y, por tanto, nos colocaría ante una revolución científica en los términos que acuñó Khun en su obra La estructura de las revoluciones científicas y en desarrollos posteriores y que vendría provocada por la crisis e ineficacia de la mayor parte de los elementos y factores que conforman los paradigmas comunicativos vigentes actualmente. No obstante, y valiéndonos de las acotaciones de algunos autores, haremos alusión a algunas carencias que, cuando menos, sirvan como señales de alerta ante la pérdida de vigencia y, sobre todo, eficacia científica y epistemológica de aquellos modelos o teorías de la comunicación que no contemplen las peculiaridades que definen actualmente los fenómenos comunicativos, sus infraestructuras y sus derivaciones con respecto a la generación de nuevos productos y a la percepción e interpretación de los mismos.

Rojas-Vera y Arape (1998: 64-80) han elegido el término Poscomunicación para construir una teoría que afronte los nuevos retos y exigencias que conlleva la comunicación contemporánea realizando este diagnóstico:

Con toda seguridad, hoy tenemos, además de la desilusión en la comunicación, un gran déficit conceptual y teórico para entender la nueva posibilidad. La comunicación puede ser el eje transformacional para contribuir a nivelar el déficit. A pesar de los cambios vertiginosos, el progreso tiene una deuda con la comunicación. La parcialidad disciplinaria podría ser ahora un peligro.

No existen tantos conceptos claros para interpretar y entender lo que puede estar sucediendo. En realidad, la situación no es tan fácil como para reducirla a modelos operativos. La sociedad preinformacional tiende a simplificar el tema de sociedad de la información a sociedad informatizada, precisamente por existir un déficit conceptual. El mismo peligro corre al entender la idea de poscomunicación como una comunicación supertecnificada o simplemente hiperinformatizada. Tal vez tengamos una curvatura en la evolución y acerquemos las tecnologías a la comunicación no tangible. A pesar de que la distancia temporal entre la sociedad de la información y la industrial fue menor que entre esta última y la agraria, la brecha cultural y epistemológica que nos anuncia la poscomunicación será mayor [...] La brecha para comprender lo que debemos afrontar parece mayor que las anteriores. ¿Cómo aproximarnos a la sociedad poscomunicacional? Y ¿acaso podremos imaginarla o comprenderla con la racionalidad aún incomprendida de la misma sociedad de la información? Si explicar la sociedad de la información desde conceptos industriales ha sido un error por el riesgo de reduccionismo técnico, tanto más lo será acercarse a la sociedad poscomunicacional desde los conceptos de la misma sociedad de la información.

Otros autores, en cambio, constatan las peculiaridades de la nueva comunicación, sobre todo las que provienen de la incidencia trascendental de las nuevas tecnologías y de las nuevas dimensiones y funciones en la estructura y dinámica de la sociedad global y, sin afirmarlo clara y rotundamente, también plantean, e incluso han ensayado, la necesidad de incorporar un nuevo bagaje analítico e interpretativo para aproximarse a la nueva comunicación ante el riesgo de inadecuación e ineficacia de los modelos vigentes. En esta dirección han de ser leídas las obras de autores ya citados (Bettetini y Colombo, 1995; Echeverría, 1999; Gubern, 1986 y 1999; Ramonet, 1998; Terceiro y Matías, 2001).

1.3.2.3 Exigencias de la complejidad

Los autores citados anteriormente, Rojas-Vera y Arape (1994: 64-80), también han diseñado el paradigma de la poscomunicación como respuesta a la complejidad que presentan la comunicación y la sociedad en la que se enmarca y cuyos ejes fundamentales son:

1) la valoración del cambio acelerado de todo y, en especial, del mundo de la comunicación; 2) el papel preponderante de la información y la comunicación, y su conocimiento científico, para la construcción de la sociedad del siglo XXI; 3) la crisis de las fronteras comunicacionales; 4) la nueva esperanza del mundo comunicacional y 5) el creciente déficit conceptual para entender las nuevas realidades.

Partiendo de esos supuestos, pueden extraerse algunas pautas importantes para analizar e interpretar de forma adecuada la realidad comunicativa tal como enumeraremos a continuación.

La aceptación de la complejidad de los fenómenos comunicacionales y, por tanto, de los respectivos paradigmas explicativos, asumiendo, como correlato, la necesidad de la interdisciplinariedad o transdisciplinariedad en estos términos. En efecto, el gran tema de las comunicaciones, desde el sentido humano al social, desde lo técnico a lo estratégico, exige abordajes más allá de lo interdisciplinario, conduciéndonos hacia la transdisciplinariedad. Lo cual representa un reto para científicos y estudiosos de la comunicación centrados en modelos comunicacionales industriales o informacionales.

La creación de nuevos conceptos, nuevos términos para nombrar los nuevos fenómenos comunicativos y, de esa manera, superar el déficit conceptual, puesto que:

No existen tantos conceptos claros para interpretar y entender lo que puede estar sucediendo. En realidad, la situación no es tan fácil como para reducirla a modelos operativos. La sociedad preinformacional tiende a simplificar el tema de sociedad de la información a sociedad informatizada, precisamente por existir un déficit conceptual.

1.3.2.4 Ciencia, tecnologías y comunicación

Como hemos señalado reiteradamente en este trabajo, un factor especialmente relevante e importante para definir la complejidad de los fenómenos comunicativos es el componente tecnológico de la producción comunicativa e informativa. Es cierto que caben diferentes interpretaciones sobre el papel que se les asigna en la conformación de los productos, en el conjunto del proceso de producción, circulación y recepción e incluso en la explicación de la evolución de la sociedad, pero hoy en día no podemos limitar la valoración de las tecnologías al ámbito infraestructural o de soporte de la dinámica comunicativa, puesto que la mayoría de los especialistas están de acuerdo en que el factor tecnológico (la informatización, la digitalización y los artefactos de la realidad virtual) es un elemento constitutivo de los productos comunicativos en cuanto a su producción y percepción (Gubern, 1996) y, por lo mismo, ha de ser considerado elemento indispensable de su definición.

Las nuevas teorías de la comunicación, por consiguiente, están obligadas a conceder a las tecnologías un papel imprescindible en la delimitación del objeto y en los procesos de investigación y, para ello, a nuestro parecer, es preciso incidir en este trabajo en las aportaciones que la filosofía de la tecnología puede aportar a la planificación y formulación de una teoría compleja de la comunicación, puesto que, por otra parte, es uno de los ámbitos que, hasta el momento, los teóricos de la comunicación han relegado normalmente. Como afirma J. Echeverría (2000: 249):

Tanto los sociólogos de la ciencia como los filósofos de la ciencia han comenzado a hablar de tecnociencia en los últimos años, rompiendo la separación tradicional entre ciencia y tecnología. En la medida en que los filósofos, los sociólogos y los historiadores estudian la ciencia contemporánea, y no sólo la ciencia moderna, la componente tecnológica de la actividad científica resulta inexorable.

Las acotaciones que presentamos a continuación, no obstante, han de entenderse como una propuesta de trabajo y no como una formulación de un paradigma científico. Por ese motivo, centraremos la atención en aquellas cuestiones que los filósofos de la ciencia y de la tecnología consideran fundamentales para delimitar ese ámbito del saber, para marcar los pasos de la dinámica investigadora y asumir algunas de las posibles implicaciones que la integración de la tecnociencia tendrán en la formulación de los nuevos paradigmas que pretendan afrontar la comunicación desde la complejidad. En palabras de Castells (1998: 360):

Sin examinar la transformación de las culturas en el nuevo sistema de comunicación electrónico, el análisis general de la sociedad de la información fallaría por su base. Por fortuna, aunque haya discontinuidad tecnológica, existe en la historia una gran continuidad social que permite el análisis de las tendencias mediante la observación de las que han preparado la formación del nuevo sistema durante las dos últimas décadas.

La bibliografía sobre esta nueva perspectiva científica comienza a ser, también en nuestro país, muy abundante (López Cerezo y Sánchez Ron, 2001; Broncano, 2000; Quintanilla, 1989, 2000; González, López Cerezo y Luján, 1997; Medina, 1989; Muguerza y Cerezo, 2000) y está adquiriendo un elevado grado de especialización en torno a los diversos aspectos y cuestiones objeto de su preocupación. Nuestro interés, dentro de los límites de este trabajo, se reduce únicamente a plantear la exigencia y necesidad de recurrir a esta disciplina como requisito de la adecuación y eficacia de los paradigmas comunicativos y, por eso mismo, nos limitaremos a subrayar algunas cuestiones básicas.

Teniendo en cuenta ese diagnóstico, es evidente que el cambio acaecido en el contexto externalista puede servir para justificar la aparición de un nuevo paradigma en el ámbito de la comunicación, más aún cuando la relación entre comunicación y sociedad quizás sea la clave para entender esta nueva sociedad y que, por lo tanto, obligue a replantear tanto la definición de la comunicación e información como la delimitación de la propia sociedad contemporánea dado que la nueva comunicación se ha convertido en el soporte indispensable de la globalización que, con todas sus ventajas e inconvenientes, parece ser su característica más relevante.

Junto a esos cambios coyunturales de la sociedad, es preciso resaltar también la evolución que ha tenido lugar en el contexto científico que hace referencia al conjunto de las ciencias y de la investigación científica y, como ya hemos anotado, a ciertos aspectos relacionados con la filosofía de la ciencia y de la epistemología como pueden ser: el concepto de ciencia, el estatuto y clasificación de las ciencias, el proceso de investigación, el papel del investigador, que tiene que ver, entre otras cosas, con la integración de la tecnología dentro del ámbito de la teoría científica.

Llámese cambio o revolución científica, es evidente que las teorías o paradigmas que pretendan estudiar la comunicación de una forma adecuada y coherente no pueden prescindir ni de los condicionantes o determinaciones que impone la naturaleza del objeto, la realidad comunicativa actual, ni el bagaje epistemológico vigente en el ámbito de la comunidad científica internacional. Por esta razón, y a modo de sugerencia, concluiremos el trabajo sugiriendo algunas pautas para desarrollar investigaciones parciales o globales en el campo de la comunicación.

El postulado de la complejidad del objeto ha de ser, sin duda, un requisito ineludible y así lo han entendido los investigadores que han formulado y desarrollado paradigmas como la Sociosemiótica, la Economía Política de la Comunicación o los Estudios Culturales. No obstante, por razones fácilmente comprensibles si se estudian los objetivos de dichas teorías y las delimitaciones del objeto de investigación que proponen, no han cumplido con todas las exigencias que impone la complejidad de los hechos comunicativos y que supone considerar el conjunto de dimensiones que conforman su naturaleza.

Para avanzar coherentemente en esa dirección es preciso, sin duda, superar la parcialidad que, con respecto a la delimitación del objeto y a la conformación de un modelo explicativo, supone la fragmentación del conocimiento y de la investigación en ámbitos disciplinares y avanzar hacia la transdisciplinaridad, que no es la suma de los resultados de cada disciplina, sino la conformación de un modelo complejo en el que se interrelacionen las diferentes perspectivas disciplinares de manera que puedan abarcar las plurales dimensiones del objeto.

En el caso de los hechos comunicativos, el modelo deberá interrelacionar su naturaleza retórica, semiótica y tecnológica con su dimensión política, socioeconómica e ideológica y, por lo mismo, construir un modelo que, partiendo de la sociedad como sistema global, establezca las interrelaciones e interdependencias existentes entre los subsistemas político, social, económico y cultural e ideológico dentro del cual se enmarcan específicamente los productos comunicativos e informativos, si bien, precisamente por las interrelaciones mencionadas, los hechos comunicativos superan esa dimensión y adquieren peculiaridades que provienen del resto de subsistemas.

El desarrollo y aplicación de ese modelo nos conduce a diseñar la investigación, al menos la de carácter global, desde una perspectiva transdisciplinar que sólo puede llevarse a cabo por medio de equipos de trabajo que, aún aportando la peculiaridad de las perspectivas de los investigadores de cada disciplina específica, tengan como objetivo fundamental diseñar y desarrollar aproximaciones globales.

El corpus conceptual y terminológico, en fin, quizás sea el que mayor dificultad conlleva porque, como han puesto de relieve diversos estudiosos, el transcendental cambio que ha sufrido la realidad comunicativa en su conjunto debido, sobre todo, a la incidencia o determinación de las nuevas tecnologías. Por esa razón, quizás se deba hablar de un nuevo espacio conceptual que lleva consigo nuevas formas de nombrar sus elementos, nueva terminología (espacio conceptual original y nuevo vocabulario) que ha de extenderse al proceso de producción, a los elementos que conforman los productos y a las formas de percepción (abril 1997: 112-140).

1.4 Teoría de la comunicación y teoría del lenguaje

Se hace necesario un encuentro inaplazable entre la teoría lingüística y la teoría de la comunicación, preocupada ésta especialmente por los discursos mediáticos, por la comunicación social en general. Lo cual constituye, desde nuestra perspectiva, no una cuestión de importancia menor sino fundamental; es evidente el desencuentro entre investigadores lingüistas y teóricos de la comunicación con respecto a los objetos de investigación y, quizás por eso mismo, no exista conciencia de un distanciamiento en el ámbito de la dinámica investigadora entre los cultivadores de tales campos del saber, sin duda interconectados por el objeto de estudio, el lenguaje, y por los retos que su conformación y tratamiento actuales conlleva.

Precisamente por eso se hace indispensable profundizar en las razones de largo alcance que subyacen a ese desencuentro y, al mismo tiempo, se necesita establecer algunas pautas para despejar ciertos obstáculos con el fin de iniciar, al menos, el largo camino que se deberá recorrer para que lingüistas y teóricos de la comunicación trabajen en proyectos comunes que contribuyan a realizar una aproximación integral a los lenguajes y a los discursos mediáticos.

1.4.1 Del lenguaje natural a los lenguajes mediáticos

En los párrafos dedicados a establecer la demarcación de la comunicación actual se ha aludido explícitamente al problema del lenguaje como factor determinante de la complejidad de la comunicación. Partiendo, precisamente, de ese supuesto, se establecen a continuación una serie de acotaciones en torno a la necesidad de un replanteamiento de las implicaciones que conlleva el tratamiento científico-teórico de la realidad comunicativa actual en la delimitación del lenguaje y en las exigencias de ese objeto en los enfoques de la teoría lingüística.

La perspectiva cognitiva contempla el proceso definido por el conocer y la manifestación (manifestaciones) o expresión (expresiones) de ese conocer. Tanto una aproximación sincrónica como diacrónica puede desvelarnos una clara interrelación, complementación, entre el pensamiento, la conceptualización, el conocer y su manifestación en formas primitivas y elementales a través de la imagen, y en forma arbitraria (contractual) y compleja a través de la palabra oral o escrita; en ambos casos se trata de un proceso cultural y culturizador (Debray, 1994; Gubern, 1996). Al mismo tiempo, la interpretación de esa interrelación ha conducido a posturas quizá intransigentes y con prejuicios: desde supuestos antropológicos, señalan, la imagen como símbolo de lo primitivo y hasta cierto punto de incultura frente a la palabra, y sobre todo la escritura, considerada como símbolo superior de cultura (Sartori, 1998).

Esta visión intransigente y de prejuicios es relativamente fácil cuando en su origen está la ignorancia, pero resulta francamente difícil de entender cuando viene acompañada de una batería de pruebas arropadas de cientificismo y argumentadas desde ámbitos de conocimiento diferentes.

En la postura primera subyacen los conceptos de complementación y superposición de imagen y lenguaje (natural), en la segunda los de perversión o decadencia. Tales tesis exigen una atención específica encaminada a clarificar algunos de los pormenores de sus argumentaciones. Las dimensiones de la comunicación no permiten desentrañarlas en todos sus entresijos, pero tampoco justifica llegar hasta el extremo de no hacer explícitas las pautas de análisis.

Desde una perspectiva evolutiva, pero no lineal, unidireccional (la historia de la Humanidad en modo alguno puede entenderse como un progreso continuado e ineludible), dentro de la visión que definimos como defensora de la complementación, consideramos imprescindible subrayar que el desarrollo humano se construye efectivamente como un complejo proceso de complementación que supone, no obstante, el rechazo o exclusión de ciertos elementos y la aceptación o inclusión de otros. El lenguaje es considerado como factor o instrumento de mediación en la interacción comunicativa entre el yo y el otro, o entre el yo y su desdoblamiento (esto es, en el pensar o reflexionar). En nuestro trabajo de estudio habitualmente consideramos el lenguaje natural de un modo u otro en función de supuestos parciales. Pero ello puede significar, sin duda, el olvido de la necesaria complementación evolutiva a la que hemos aludido.

Por eso es preciso afirmar y trabajar desde la premisa de que el instrumento del lenguaje ha de conectarse con el conjunto de factores que determinan el modelo específico de comunicación dominante en los diferentes estadios de la historia de los agentes de esa comunicación. Dicho de otro modo: la dominancia del lenguaje iconográfico-simbólico-representacional propio de los pueblos primitivos (antiguos y contemporáneos) es el resultado de un modelo de vida, una situación socioeconómica y cultural que posee un grado de racionalidad y complejidad proporcional y adecuado a la racionalidad y complejidad de esa formación social, según apuntan ciertas tesis antropológicas.

La ampliación de ese medio comunicativo, esto es, del lenguaje iconográfico-simbólico-representacional, y su perfeccionamiento da lugar a que aparezca en otro momento de la historia un nuevo instrumento de interacción comunicativa: la escritura. Además de un instrumento absolutamente más perfecto, este hecho supone el surgimiento de un lenguaje diferente que complementa el anterior y que posee, con respecto al anterior, algunos aspectos de carácter más restrictivo y otros de carácter evidentemente superador.

Por otra parte, la dominancia de la escritura sobre el lenguaje oral y el icónico, no puede ser considerada fruto de su valor objetivamente superior con respecto a los anteriores, sino más bien efecto de un conjunto de factores no exclusivamente lingüísticos que, en cierto modo, tienen que ver con la conformación clasicista de la propia sociedad. Esto es, leer y escribir puede suponer diferenciar socialmente las élites cultas del pueblo analfabeto y ágrafo en un momento determinado de la historia de la Humanidad (y quizás aún en la actualidad).

Otra cuestión diferente, sin duda, es la constatación de la particularidad y especificidad de los lenguajes oral e iconográfico primitivos con respecto al escrito, y el reconocimiento de la trascendencia de unos y otros para el desarrollo de la sociedad, la conservación del legado histórico y, en suma, la conformación de la memoria histórico-cultural de los pueblos y las posibilidades de expresión más plural y compleja que ofrezca un tipo de lenguaje con respecto a otro.

Desde esta perspectiva, no es razonable realizar el análisis y la valoración social del lenguaje de los actuales discursos mediáticos (audiovisuales, informáticos, virtuales y multimediáticos) siguiendo parámetros de perfección e imperfección, superioridad e inferioridad, o bondad y maldad, con respecto al resto de lenguajes anteriormente citados. Su análisis e interpretación debe enmarcarse dentro de unas coordenadas sociohistóricas y comunicativas adecuadas que puedan conducir a una aproximación distanciada que permita comprobar su particularidad proveniente de su conexión con el momento o formación social en la que ha surgido (Wolton, 2000), su conexión con la naturaleza compleja de su conformación y con la función, funciones y efectos que se le atribuye en la sociedad de la información, del espectáculo y del simulacro (Castells, 1997-1998).

En otras palabras, es preciso iniciar un proceso de reflexión de carácter plural, interdisciplinar y complejo mediante la comparación de los lenguajes por su naturaleza y por su función primordial de servir de instrumento de expresión e intercomunicación. Ello ha de servir para, por una parte, superar los prejuicios de superioridad de unos lenguajes sobre otros, y, por otra, para profundizar en el tema de la interacción de los lenguajes que conforman los productos audiovisuales, dado que éstos constituyen, por encima de todo, una construcción compleja. En ella, no obstante, se mantiene la peculiaridad de cada uno de los lenguajes al tiempo que todos ellos se complementan en un nuevo lenguaje (sistema de comunicación y sistema de codificación) de naturaleza y función específica, y diferente de los lenguajes de origen.

A modo de conclusión de este primer epígrafe, introducimos un postulado previo como supuesto básico que soportará el resto de reflexiones: el lenguaje audiovisual y el virtual tienen la particularidad de ser un lenguaje complejo que no sólo interrelaciona diversos lenguajes, sino que ofrece además nuevas posibilidades para establecer las relaciones existentes entre el pensamiento y la expresión del mismo, sea cual sea la función que se les atribuya desde los emisores o productores.

Reconocer la complejidad del lenguaje, de los discursos mediáticos audiovisuales o no, supone, como mínimo, exigir la aceptación de la misma en tres ámbitos del proceso de comunicación: en el de la producción, en el del producto o discurso y en el del análisis e interpretación. Asimismo, esta característica de la complejidad conduce a las implicaciones de la misma en el ámbito específico de la competencia comunicativa y, en este caso, en el de la propia investigación.

La complejidad del proceso de producción nos traslada ineludiblemente al papel determinante de las nuevas tecnologías como soporte a la vez que factor determinante en la conformación de los discursos mediáticos. Y, sin comulgar necesariamente con las tesis del determinismo tecnológico, nos lleva a afirmar el papel que esas tecnologías juegan como ampliación de la capacidad humana para la representación, la comunicación y el conocimiento (Bettetini y Colombo, 1995: 11-41).

Sí, en cambio, hemos de interesarnos por la complejidad de los productos, cuando menos en los términos que señala, por ejemplo, Cebrián (1995: 54) cuando afirma que:

Lo audiovisual engloba, en definitiva, dos sentidos claramente definidos desde la perspectiva lingüística: a) Un sentido amplio, como mera yuxtaposición de los dos términos: audio y vídeo, pero sin establecimiento de relación alguna entre ambos; en este sentido se considera lo auditivo por un lado y lo visual por otro con plena autonomía de funcionamiento de cada uno de ellos y presencia de diversos medios. Lo audiovisual aparece en medios basados exclusivamente en sonidos como el disco, el magnetófono, el teléfono y la radio. Lo visual se presenta en medios basados en representaciones de imágenes: cine mudo, cartel y fotografía fundamentalmente. b) En sentido restringido, se refiere a la interrelación plena de los dos términos mediante la cual se establece una integración de ambos para originar un nuevo producto: lo audiovisual pleno, dentro del cual ya no es posible examinar por separado cada uno de los componentes si no se quiere destruir el sentido que transmiten. La percepción se realiza por la vista y el oído simultáneamente. Las vinculaciones de imágenes y sonidos son tales que cada uno contrae relaciones con el otro por armonía, complementariedad, refuerzo, contraste. De todo ello surgen nuevos sentidos. Lo audiovisual, según esta acepción, no es una suma, sino una unidad expresiva total y autónoma. Los medios más representativos son el cine sonoro, la televisión, el vídeo y todos los derivados de cada uno de ellos, y cuya influencia se aprecia en los sistemas de multimedia y su horizonte próximo en las redes interactivas multimedia. [...] Lo audiovisual se enmarca en el proceso comunicativo. Las perspectivas anteriores analizan el concepto desde puntos de vista parciales. Eliminan el entorno y el contexto en el que se presenta lo audiovisual. Son válidas pero incompletas. Lo audiovisual no es algo aislado y fijo, sino que tiene una dinamicidad y una interconexión con el proceso y sistema comunicativo global. Cada uno de los componentes del acto comunicativo tiene repercusión en lo audiovisual. Hay que examinarlo, pues, en esta trabazón de contextos particulares y en el contexto global.

Así pues, el estudio lingüístico de los productos mediáticos es pertinente y necesario por constituir una manifestación de su objeto específico de indagación, al tiempo que debe formar parte del análisis, comprensión e interpretación del discurso mediático como entidad compleja, si se quiere dar cuenta de la misma de modo adecuado y coherente. En otras palabras, la aproximación lingüística a los discursos mediáticos se convierte en necesaria desde el momento en que históricamente los lingüistas han asumido los lenguajes naturales como objeto primordial de su investigación y, a nuestro modo de ver, los nuevos lenguajes significan, sin duda, una nueva manifestación de esos lenguajes naturales, por más que se presenten interrelacionados con otros de carácter visual, auditivo, etc. Además, la automarginación de los lingüistas en el análisis e interpretación de los discursos mediático-audiovisuales puede convertir el estudio de los mismos en una operación a todas luces insuficiente y parcial.

Considérese como dato de apoyo el hecho de que cualquier productor (emisor) de tales discursos realiza continuamente una doble traslación (traducción, si acaso) del lenguaje natural al audiovisual-mediático y de éste al natural explícito e implícito, lo que constituye el auténtico proceso de conformación / interpretación de estos discursos.

La tesis que aquí se propone tiene, pues, como primer supuesto la naturaleza compleja de los productos, que proviene de la interrelación de diferentes lenguajes en tales discursos en cuanto sistemas sígnicos y comunicativos entre los cuales está, sin duda, el lenguaje natural (oral o escrito). El segundo es correlato del anterior en tanto en cuanto la presencia del lenguaje en los textos discursivos conlleva lógicamente la intervención epistemológica y metodológica, por tanto investigadora, de la Lingüística como disciplina y de los lingüistas como investigadores, analistas e intérpretes.

1.4.2 Paradigmas comunicativos y paradigmas lingüísticos

Planteada la necesidad de la perspectiva lingüística en el estudio de los discursos mediáticos, conviene especificar las posibles pautas de los lingüistas como investigadores y de la Lingüística como paradigma científico adecuado para el análisis e interpretación del objeto de investigación seleccionado.

Para llevar a cabo los dos objetivos enunciados, consideramos imprescindible realizar, o al menos tener presentes, estas operaciones:

a) delimitar el objeto de investigación como complejo, especificando los aspectos de esa complejidad;

b) definir el ámbito de intervención de la Lingüística como disciplina o campo de investigación, y finalmente

c) incidir en el compromiso de que participen lingüistas en la actuación investigadora necesariamente interdisciplinar.

La naturaleza compleja del objeto es fácil de comprobar y ha sido reiterada por los especialistas basándose, por una parte, en los factores que intervienen en el proceso de producción, tal como han puesto en evidencia, entre otros, los teóricos de la Economía Política de la Comunicación, la Semiótica, la Socio-semiótica, etc.; por otra, en los elementos que intervienen en la conformación de los discursos como lenguajes dotados de una peculiaridad especial, pero que, al mismo tiempo, adquieren una única particularidad como hecho, objeto, discurso mediático definido por la complementariedad (sincretismo), y no por la siempre superposición.

Cualquier discurso mediático es el resultado de la complementariedad de un conjunto de signos, sistemas sígnicos o sistemas plurales que se interrelacionan e interactúan dentro de un sistema más complejo propio de un medio y, dentro de él, en un programa o programación determinados, en el cual adquieren una especificidad particular, mediática: sea audiovisual, hipertextual o multimediática.

No obstante, la complejidad o complementariedad a la que hemos aludido no supone la eliminación de la peculiaridad de cada uno de los lenguajes que la componen o conforman, sino que éstos adquieren mayor o menor relevancia en función de la fase del proceso de producción o recepción (análisis de la interpretación) al que hagamos alusión o centremos nuestro interés investigador.

Si trasladamos lo dicho anteriormente al terreno específico del lenguaje natural (oral o escrito) hemos de situarnos en el ámbito conceptual e investigador (epistemológico y metodológico) enmarcado en la unidad comunicativa «texto», que viene definido por unas propiedades específicas y se traduce en las situaciones concretas en diferentes tipos, géneros o ámbitos de uso (Casetti y Di Chio, 1999; González Requena, 1992; Van Dijk, 1998; Zunzunegui, 1992).

Desde esta perspectiva, los textos audiovisuales, multimediáticos e informáticos se conforman respetando en los diferentes tipos textuales las propiedades que los definen genéricamente, aunque se realicen de formas específicas. En este tipo de textos mediáticos, la presencia, y en su caso la relevancia, creemos que puede estudiarse e interpretarse recurriendo a la perspectiva, modelo, que ha sido denominada cognitiva y gestáltica (López García, 1989, 1992), que toma los conceptos de «fondo» y «figura» y su relación como ejes fundamentales de la dinámica explicativa. Es decir, el lenguaje natural, oral o escrito, funciona como fondo de la figura en los textos mediáticos en algunas de las fases del proceso de producción y de recepción.

En la producción de textos informativos televisivos, por ejemplo, puede contemplarse el lenguaje escrito como figura en la construcción del guión o escaleta, mientras que se convierte en fondo en la representación puesta en escena, si bien, incluso en la puesta en escena el lenguaje oral de los presentadores o conductores de un programa específico, el de los intervinientes en los cortes de voz, pasan a ser figura. En el proceso de recepción ocurre algo similar, puesto que en la participación de los actores o espectadores, telespectadores del espectáculo televisivo informativo (González Requena, 1992) supone, quizá, un proceso inverso en el que ese agente comunicativo, que es el receptor, convierte el lenguaje oral o escrito en figura de la comprensión, análisis e interpretación, de la puesta en escena del discurso informativo.

La presencia del lenguaje natural en los discursos mediáticos, interpretado desde esta o desde otra perspectiva, aparece sin duda como formante indispensable y su estudio no ha de realizarse únicamente en función o a partir de su relevancia, como figura o como fondo, sino también como elemento autónomo caracterizado de acuerdo con las notas o rasgos que lo definen, al igual que el resto de los lenguajes que intervienen.

Es evidente, por tanto, que el objeto de investigación que hemos denominado texto o discurso mediático, tiene entre sus elementos formantes el lenguaje natural, que aporta a la complejidad o complementariedad del mismo sus particularidades constitutivas y, al mismo tiempo, adquiere nuevas dimensiones constitutivas y mediáticas al interactuar de acuerdo con las normas codificadoras de los sistemas comunicativos de los diferentes discursos mediáticos.

Los discursos mediáticos de la llamada «sociedad o era de la información» son, en conclusión, instrumentos vehiculizadores específicos de la interacción comunicativa dominante protagonizada por los miembros de la sociedad contemporánea; constituyen la conformación de un lenguaje específico, en el que intervienen de forma complementaria e interconectada una pluralidad de lenguajes que han surgido o dominado en diferentes momentos de la sociedad, pero que forman parte en la actualidad de un nuevo lenguaje con rasgos específicos y peculiares al tiempo que distinto de los anteriores, por más que todos y cada uno de ellos, y concretamente el lenguaje natural (oral o escrito), forme parte de él con su propia naturaleza y adquiriendo, sin duda, nuevas dimensiones. Como afirma Van Dijk (1998: 244-245):

Con los mensajes visuales, esto resulta por cierto más fácil y, en algunos casos, más efectivo que por medio del discurso. Pero, en general, no hay un código semiótico tan explícito y articulado como el lenguaje natural (y, por supuesto, diversos lenguajes por señas) para la expresión directa de significados, conocimientos, opiniones y diversas creencias sociales. Si una imagen vale más que mil palabras, esto se debe fundamentalmente a los detalles visuales que resultan difíciles de describir verbalmente. Esto significa que las imágenes pueden ser particularmente apropiadas para expresar la dimensión visual de los modelos mentales. Si las imágenes expresan opiniones o creencias generales e ideologías, lo hacen más bien indirectamente y, en consecuencia, necesitan interpretaciones (indeterminadas). Esto no significa que, en la comunicación, esas expresiones indirectas de opiniones e ideologías sean necesariamente menos persuasivas. Por el contrario, una fotografía dramática de una escena, acontecimiento o persona específicos, puede ser un medio mucho más «poderoso» que las palabras para la expresión de opiniones. Sin embargo, esta persuasión está basada, precisamente, en lo concreto del «ejemplo», y necesita inferencias por parte del lector sobre lo que la imagen realmente «significa», como también sucede con la narración de historias basada en modelos, u otros ejemplos utilizados para transmitir opiniones e ideologías.»

Desde estas pautas que tratan de delimitar el objeto de investigación, derivan el papel de la teoría lingüística, cualquiera que sea el paradigma que se elija como más adecuado, y la función que debe cumplir esta disciplina a la hora de tratar los discursos mediáticos.

La lógica empleada en la selección del objeto y en especificar sus peculiaridades conduce a incidir en dos aspectos: el estudio del lenguaje natural como realidad autónoma y como parte de la complejidad mediática, y aludir a la función que debe desempeñar el lenguaje. En primer lugar, la autonomía del lenguaje natural, oral o escrito, como elemento formante de los diferentes lenguajes mediáticos, diferentes según los medios de comunicación a los que pertenecen, implica la aplicación de la teoría lingüística a su objeto específico de investigación y, por tanto, supone la intervención de un modelo de aproximación que despliega todo el bagaje teórico y práctico, epistemológico y metodológico, para analizar el lenguaje oral o escrito como objeto específicamente lingüístico, de acuerdo con el paradigma explicativo que se elija como adecuado y eficaz.

Desde esa perspectiva, la teoría lingüística no debe sufrir alteración o revisión significativa, puesto que simplemente constituye la actuación más pertinente y quizá rutinaria de dicha disciplina, y, por lo mismo, permite valerse, hacer uso del modelo explicativo, de la delimitación científica del objeto, del corpus terminológico y de los mecanismos metodológicos que se consideren oportunos. Por resumir de algún modo lo anotado hasta el momento con respecto a la aproximación lingüística a los discursos mediáticos, podríamos afirmar que el lenguaje natural puede ser analizado desde la perspectiva analítica e interpretadora (sea generativa, cognitiva, pragmática, funcionalista, etc.) que se considere adecuada y eficaz (Echeverría, 1999; Gavaldà, 1999; López García, 1996; Van Dijk, 1998).

La particularidad, no obstante, surge cuando el lenguaje no se considera como objeto autónomo sino como un formante que interactúa con otros lenguajes como formante del discurso mediático estructurado como objeto complejo. En este sentido, la Lingüística, como disciplina científica, carece igualmente de autonomía y ha de funcionar como campo del saber incluso dentro de otro macrocampo, que se enmarca en el ámbito de la teoría de la comunicación, sea cual sea el paradigma explicativo e investigador seleccionado.

Con esta perspectiva compleja e interdisciplinar, es necesario realizar dos acotaciones sobre el papel y la forma de intervenir de la Lingüística. La primera se refiere a la necesidad de que el paradigma lingüístico asuma la particularidad que adquiere el lenguaje natural como elemento complementario de otros lenguajes empleados en las producciones, representaciones y puestas en escenas mediáticas (periodismo escrito, programación radiofónica, televisiva, hipertexto o multimedia) y que, por tanto, adquiere dimensiones no contempladas en el análisis del lenguaje oral o escrito como objeto autónomo.

La segunda supone el reto más importante e ineludible de la Lingüística y, sin duda, la aportación más necesaria, puesto que no se ha llevado a cabo hasta el momento, por razones diversas enunciadas al principio de este trabajo. La Lingüística ha de desarrollar, junto a otras disciplinas, un modelo adecuado para analizar e interpretar el discurso mediático conformado de forma compleja.

La Lingüística, en este caso, pierde, por supuesto, la autonomía explicativa e investigadora, pero adquiere una nueva dimensión y abre un nuevo campo de aplicación de esta disciplina, que se deduce de su participación en un modelo y programa interdisciplinar.

La reivindicación fundamental (si es correcta esta expresión) que corresponde a la Lingüística es exigir al resto de disciplinas implicadas en este modelo y programa que asuman la aportación de la teoría lingüística a la comprensión e interpretación de los discursos, textos mediáticos, en los que, como anotamos en la delimitación del objeto, el lenguaje natural, asume el papel de figura por encima del valor de lenguajes que aparecen como fondo discursivo, en términos de la perspectiva lingüística cognitivo-perceptiva.

Por otra parte, y desde el razonamiento expresado en el párrafo anterior, la Lingüística está obligada a asumir la particularidad que introduce en la definición del lenguaje su papel de fondo cuando otros lenguajes actúan como figura en la producción y representación de los productos o discursos mediáticos.

En uno y otro sentido y desde ambas perspectivas, es evidente que la Lingüística se interna en un campo científico explicativo e investigador en el que, por otra parte, está obligada a intervenir y colaborar, puesto que constituye el campo científico específico de la nueva comunidad científica que ha de ser entendida como colectividad intelectual según Levy (1998).

Esta obligación deriva de un doble supuesto que convierte en irrenunciable la intervención de la Lingüística. En primer lugar, la consideración de que los discursos y lenguajes mediáticos de los medios audiovisuales e informáticos representan un avance o al menos una nueva modalidad discursiva de lenguaje, diferente, quizá más compleja que la del lenguaje natural. En segundo lugar, la constatación de que el lenguaje natural es parte relevante de esos nuevos lenguajes y discursos y, por lo mismo, la ausencia de la aproximación lingüística comportaría no sólo una gran ausencia explicativa sino también la radical imposibilidad de realizar un estudio adecuado y coherente de los mismos.

1.4.3 Los retos de los lingüistas en la era de la información

El panorama epistemológico, metodológico, investigador, diseñado en los epígrafes anteriores conduce a plantear y, en cierto modo, recalcar algunas sugerencias irrenunciables a los estudiosos del lenguaje que, por otra parte, hasta el momento no han dado muestras quizá significativas de haber asumido los retos evidentes que plantean las manifestaciones de los nuevos lenguajes a todas luces dominantes en la actual sociedad de la información.

El programa de actuación que sigue ha de considerarse como respuesta adecuada al conjunto de necesidades y exigencias que se derivan de las acotaciones apuntadas hasta el momento en torno a los lenguajes mediáticos, al lenguaje natural como elemento conformante de los mismos y a la Lingüística como disciplina responsable del estudio del lenguaje natural autónomo e interrelacionado con otros en el ámbito comunicativo mediático.

Los retos para los lingüistas y la presentación de perspectivas se refieren, como mínimo, a los ámbitos relacionados a continuación y a las operaciones que derivan de su consideración. Son éstas:

a) delimitación del lenguaje natural como objeto autónomo y como objeto relacionado e interdependiente respecto al resto de los que intervienen en la construcción de los discursos mediáticos;

b) establecimiento de un modelo explicativo, terminología y método de investigación adecuados para el estudio del lenguaje en su doble característica de objeto autónomo y restrictivamente lingüístico, y como formante complementario del complejo lenguaje mediático;

c) participación como investigador perteneciente a la comunidad científica lingüística que entra a formar parte de una comunidad científica e investigadora interdisciplinar, que se ocupa del análisis e interpretación de los diferentes discursos mediáticos.

Tanto la delimitación del lenguaje natural como objeto autónomo así como su estudio desde una teoría lingüística restrictiva acorde con cualquier paradigma que se considere adecuado y eficaz, no supone una actuación científica e investigadora diferente de la que normalmente realizan los especialistas en Lingüística. Únicamente habrán de estar atentos para seleccionar el modelo, terminología y método adecuados para aproximarse a su objeto de investigación, manteniendo los rasgos genéricos comunes al lenguaje natural y atendiendo a peculiaridades provenientes de la situación comunicativa especial en que se produce la interacción comunicativa, la comunicación de masas.

En cambio, la participación de lingüistas en un macrocampo de investigación comporta nuevos retos, exige adoptar actitudes peculiares y llevar a cabo operaciones diferentes a las realizadas hasta el momento cuando se enfrenten a los discursos mediáticos, sean cuales sean, tanto por la necesidad de identificar la naturaleza del lenguaje natural que adquiere nuevas dimensiones, al ser un elemento complementario en el conjunto complejo de los lenguajes que definen tales discursos, como por la responsabilidad de aportar la perspectiva lingüística dentro del equipo investigador interdisciplinar, que necesariamente ha de realizar el estudio integral de los discursos mediáticos.

La particularidad de este reto y la responsabilidad de esta operación proviene, entre otras razones, de la información necesariamente multidisciplinar (Echeverría, 1999: 294), que exige la investigación de los lenguajes mediáticos debido a la gran complejidad de su producción, y por el conjunto de factores que interviene en ella, lo que determina definir el objeto o producto desde una perspectiva plural que contemple los aspectos socioeconómicos, tecnológicos, comunicativos e incluso estéticos.

En este contexto, el lingüista está/estamos obligados a salir de su/nuestra estricta parcela y a introducirse/nos en la complejidad del nuevo lenguaje vehiculizador de unos mensajes, de unos matices ideológicos, emitidos con intereses específicos y apropiados a la situación sociocultural contemporánea. Al mismo tiempo, los lingüistas deben/debemos aprender a convivir dentro de una comunidad científica más amplia y compleja con miembros que poseen pautas de investigación e interpretación diferentes. En tercer y último lugar, tampoco pueden/ podemos eludir una valoración equilibrada y, por supuesto, crítica de los factores que intervienen en la construcción de los discursos mediáticos que son, sin duda, responsables directos de su particularidad, entre otros, el factor tecnológico, como soporte (fondo) y también como protagonista (figura). Bajo la denominación de nuevas tecnologías de la comunicación e información (NTIT) (Echeverría, 1999: 292) el embrionario paradigma de la postcomunicación ha empezado a definir y aplicar a este campo de investigación, análisis e interpretación de significación y transcendencia absolutas en la sociedad del futuro (Rojas Vera y Arape, 1998).

A modo de conclusión, convendría asumir como punto de referencia las palabras que Echeverría (1999: 305-306) dedica al lenguaje de la sociedad futura, que denomina «Telépolis» o «el Tercer Entorno» (E3):

Para terminar este apartado volveré sobre la cuestión del lenguaje en E3. La expresión «lenguaje de las máquinas» que hemos utilizado más de una vez no es la más correcta, porque los sistemas de signos que se utilizan en el primer entorno no sólo son lingüísticos. Pero prescindiendo de estos matices cabe hablar de un lenguaje de las máquinas, teniendo en cuenta que dicho lenguaje es, por una parte, un metalenguaje, y por otra un interlenguaje (o translenguaje), en la medida en que sirve como espacio semiótico intermedio para la intercomunicación entre las diversas lenguas y sistemas de signos. Desde un punto de vista filosófico, estos nuevos procesos semióticos pueden ser pensados desde el proyecto leibniciano de la Característica Universal. Ello quiere decir que el progreso de la Característica, que ha sido muy considerable con el desarrollo de la ciencia y sus diversos formalismos, es mucho más acusado cuando emerge este lenguaje electrónico, digital e hipertextual que está a la base del funcionamiento del tercer entorno. En cuanto abrimos una televentana (la televisión) o una telepuerta (el ordenador conectado a una red) y nos adentramos en el tercer entorno, el lenguaje de las máquinas adquiere una relevancia cada vez mayor. Para nosotros, el nuevo espacio puede parecer artificial, y ciertamente lo es, porque su componente tecnológico es indudable. Para los niños y niñas que se eduquen en las futuras tele-escuelas el tercer entorno será connatural a ellos y ellas, y por eso pedirán más puertas, más ventanas, y más fáciles de abrir y cerrar. Esos niños y niñas serán los ciudadanos de Telépolis, y a ellos les corresponde desarrollar, perfeccionar y utilizar el lenguaje de las máquinas.

1.5 Ejercicios

1. Explica la relevancia teórica de la necesidad de establecer la pluralidad de las situaciones comunicativas.

2. Estudia los criterios enumerados en el apartado §1.2.2. para enmarcar las propuestas de definición de la comunicación y selecciona ejemplos de definiciones que respondan a cada uno de esos criterios.

3. Selecciona tres ejemplos de situaciones comunicativas y comenta las particularidades del proceso comunicativo de las mismas.

4. Resume en qué consiste la complejidad de la realidad comunicativa actual.

5. Estudia lo que en el texto se explica sobre la revisión del papel de los lingüistas en relación con los lenguajes mediáticos y construye una argumentación propia a partir de esa información.

6. Lee los capítulos que D. Crystal (una de las lecturas recomendas) dedica al estudio del correo electrónico y el chat, selecciona algunos ejemplos de ese tipo de cibertextos y aplícales el análisis propuesto por el autor.

Lecturas recomendadas

CRYSTAL, D. (2002): El lenguaje de internet.

Madrid, Cambridge University Press. (Traducción del inglés de Pedro Tena)

Una obra pionera que asume el riesgo de enfrentarse al lenguaje de Internet (Ciberhabla) estableciendo, en primer lugar, los rasgos que definen este tipo de lenguaje y desarrollando, a continuación, el tratamiento específico de algunos lenguajes específicos del cibermundo: correo electrónico, chat y realidad virtual. El contenido de esta obra puede cubrir con creces las expectativas que en los últimos epígrafes de este trabajo aluden a la necesidad de ampliar el campo de acción teórico-práctica de los lingüistas como consecuencia de los retos que les plantea el habla y la escritura empleadas para la interacción comunicativa de los miembros de la sociedad actual.

DÍAZ NOCI, J.; SALAVERRÍA ALIAGA, R. (2003): Manual de redacción ciberperiodística.

Barcelona, Ariel.

Los coordinadores de esta obra y los colaboradores, especialistas en el estudio de la llamada escritura digital, han conformado una obra clave para que iniciados y legos puedan extraer una información, tan extensa como necesaria, en torno a las cuestiones generales de la peculiaridad comunicativa de la escritura digital y, de interés muy especial, una revisión y reformulación de los géneros tradicionales del periodismo a partir de las implicaciones en la producción, circulación y recepción e interpretación de los textos periodísticos propios del Ciberespacio.

MATTELART, A. Y M. (1997): HISTORIA DE LAS TEORÍAS DE LA COMUNICACIÓN.

BARCELONA, PAIDÓS.

Los autores de esta obra proponen una reconstrucción muy coherente de la evolución de las teorías de la comunicación a partir de los supuestos historiográficos de la denominada Historia total. Eso conlleva, el desarrollo de la historia de las teorías de la comunicación, establecer las ineludibles relaciones entre la evolución de la sociedad, el desarrollo tecnológico, el cambio de paradigmas científicos y el planteamiento y desarrollo de los paradigmas comunicativos.

ROSENBERG, K. E. (2001): Introduzione allo studio de la comunicazione.

Bolonia, Il Mulino. (Traducción del inglés de Daniela Cardini)

Una obra introductoria que afronta, desde una perspectiva sincrónica, las exigencias del tratamiento científico de la realidad comunicativa actual. En ella pueden encontrarse desarrolladas un conjunto de cuestiones que en nuestro texto hemos definido como constantes epistemológicas necesarias para el estudio de la comunicación que, a su vez, han de constituir el bagaje necesario para afrontar la aproximación a la pluralidad de las situaciones comunicativas en las que participan los agentes de la comunicación, también actores sociales en la era de la información.

SERRANO, S. (2000): Comprender la comunicación. El libro del sexo, la poesía y la empresa.

Barcelona, Paidós. (Traducción del catalán de Javier Palacios Tauste)

Obra de carácter ensayístico en la que se pone de manifiesto, a través de una perspectiva diacrónica, la pluralidad de las manifestaciones comunicativas y las interrelaciones de las mismas con el proceso evolutivo de la sociedad. Al mismo tiempo, constituye una clara incitación a los estudiosos de la comunicación, y por tanto a los lingüistas, para que asuman un compromiso firme con los retos que supone la realidad comunicativa actual en su conexión con el avance tecnológico y sus implicaciones en la conformación de nuevos lenguajes específicamente mediáticos.

2. Biología y lenguaje

Ángel López García

Universitat de València

La preocupación por los fundamentos biológicos del lenguaje es relativamente moderna. Los filólogos de la antigüedad nunca se plantearon esta cuestión, pues en Occidente, como en otras culturas, el lenguaje aparecía relacionado estrechamente con la divinidad y, por ello, se consideraba como una manifestación del espíritu antes que de la materia. «En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios» dice el primer versículo del Génesis. El espíritu fue insuflado por Dios –se continúa diciendo– al primer ser humano, afirmación que, con pocas diferencias, aparece en todas las narraciones sobre los orígenes de la Humanidad, desde la Biblia hasta el Popol Vuh de los mayas. En el mismo sentido, las lenguas, que son la manifestación del lenguaje, también se invisten de connotaciones religiosas: por eso, el mito de Babel vuelve a encontrarse en casi todos los pueblos.

En este contexto, no es sorprendente que la propuesta de Charles Darwin (El origen del hombre, 1871), quien comparó la evolución de las lenguas con la de las especies animales:

Es un hecho muy notable, y muy curioso a la vez, que las causas que explican la formación de las diferentes lenguas explican también la de las distintas especies y constituyen las pruebas de que ambas proceden de un proceso gradual tan curioso como exacto.

y, todavía más, su pretensión de derivar el lenguaje de los gritos de los animales:

Con respecto al origen del lenguaje articulado... no abrigamos la menor duda de que el lenguaje debe su origen a la imitación y modificación de varios sonidos naturales, de la voz de otros animales y de los mismos gritos instintivos del hombre, ayudados de señas y gestos particulares.

lo cual condujo al lingüista August Schleicher (La teoría de Darwin y la lingüística, 1873) a escribir:

Las lenguas son organismos naturales que nacen, crecen, maduran, envejecen y mueren con independencia de los deseos humanos y de acuerdo con leyes específicas; manifiestan, por tanto, la clase de fenómenos que se suelen atribuir a la vida. De ahí se sigue que la ciencia del lenguaje es una ciencia natural y que su método es el de las ciencias naturales.

fuesen consideradas como hipótesis absolutamente escandalosas.

La conmoción ocasionada por las ideas de Darwin no se redujo a su hipótesis sobre el origen del lenguaje, desde luego. Ya en El origen de las especies (1859) había demostrado de manera concluyente que las distintas especies proceden unas de otras por un mecanismo que se conoce como «selección natural» y, por consiguiente, que el ser humano es una especie entre otras, cuyos antecesores más próximos en el reino animal son los grandes primates. Estas ideas daban al traste con la creencia de que los distintos seres fueron creados por Dios de una vez por todas y originaron un revuelo indescriptible. Como hizo notar el teólogo protestante americano Charles Hodge en su panfleto ¿Qué es el darwinismo? (1874), la teoría de Darwin sería atea, pues excluía a Dios del proceso creativo: «la negación del diseño divino en la naturaleza es equivalente a la negación de la existencia de Dios». Hodge se refiere a un argumento que venían utilizando hacía siglos los filósofos y que se suele llamar el del relojero divino: de la misma manera que la perfección y complejidad del diseño de cualquier reloj demuestran que tuvo que haber detrás de su fabricación un relojero, la increíble sofisticación de los órganos vitales, por ejemplo, la del ojo, sólo resulta concebible admitiendo que en el origen de los mismos se halla una fuerza sobrenatural.

Sin embargo, Darwin dinamitó esta creencia con una explicación ciertamente plausible. Basándose en la experiencia de la selección artificial de los granjeros y agricultores, la extendió a la naturaleza. Los campesinos saben que si sólo dejan procrearse a las gallinas de una granja que ponen los huevos más gordos, en pocas generaciones todos los huevos de esa granja serán gordos. La naturaleza obraría igual –piensa Darwin–, pero a ciegas, y a esto se le llama selección natural: aquellas particularidades biológicas que diferencian mínimamente a unos hermanos de otros –y que confieren una ligera ventaja adaptativa– les hacen vivir más y aumentan sus posibilidades de reproducirse, con lo que a la larga son dichos rasgos los que se imponen. Por ejemplo, las gacelas más veloces tienen más posibilidades de escapar de los depredadores y de reproducirse, y así, a la larga, las gacelas cada vez fueron siendo más veloces. El darwinismo originó sonadas y apasionadas polémicas y fue vetado en muchos sitios: cuatro estados norteamericanos (Arkansas, Oklahoma, Tennessee y Misisipí) prohibieron explicarlo en las escuelas y sólo desde 1981 (!) se permite hacerlo, si bien a condición de que el alumno reciba al mismo tiempo enseñanza creacionista, esto es, la versión del Génesis. Todavía hoy la Universidad de Stanford acaba de abrir una página web para defender los argumentos evolucionistas. No obstante, hay que decir que la evidencia de la evolución biológica ha terminado por imponerse y que la propia Iglesia católica acabó aceptándola, salvo en lo relativo al origen del alma: el papa Pío XII, en su encíclica Humani generis (1950), señala que la fe cristiana es compatible con la evolución, postura que ya adelantó San Agustín en el siglo IV dC cuando hace notar que los animales que salieron del arca de Noé no eran iguales que los del Paraíso terrenal, pero con la salvedad de que la creación del espíritu requiere de la intervención divina.

De lo dicho se infiere que el problema y la polémica se reducen ahora al espíritu. Pero por ello mismo, el lenguaje ha pasado a estar en el ojo del huracán. Porque, bien mirado, ¿qué otra cosa es el espíritu humano sino lenguaje? Los seres humanos nadamos peor que un pez, corremos menos que un antílope, somos más débiles que un gorila, no sabemos volar como una urraca, tenemos una vida más corta que la de una tortuga..., en definitiva, ¿por qué somos los reyes de la naturaleza? Advirtamos que creerlo así no constituye una mera pasión antropocéntrica, realmente lo somos: el ser humano es el único animal que, en vez de adaptarse a su nicho ecológico –como el oso polar se adapta al frío y el camello, al desierto–, ha sido capaz de vivir en todos los entornos, desde el polo hasta el trópico y, lo que es más importante, ha transformado los entornos a su gusto con tal intensidad que a la postre tal vez acabe llevándose por delante el planeta entero. Repito la pregunta: ¿por qué somos los reyes de la naturaleza? Se podría contestar que porque tenemos inteligencia o porque vivimos en sociedad. Pero esto, siendo obvio, no es decisivo: también los animales superiores tienen inteligencia (cualquiera que tenga perro lo sabe bien) y muchas especies, incluso de animales inferiores como las abejas o las hormigas, son especies sociales. No nos engañemos: las sociedades humanas son verdaderamente poderosas porque en vez de repetir, generación tras generación, lo que les pide el instinto, son capaces de ponerse de acuerdo para hacer cosas nuevas y ambos procesos, tanto el de comunicarse unos con otros como el de planear nuevas respuestas a los retos del entorno, sólo son posibles mediante el lenguaje. Comprender de qué forma surgió el lenguaje vale tanto como comprender de qué forma surgió ese animal extraño que llamamos ser humano

Bien lo sabían en el siglo XIX: la cuestión del origen del lenguaje es cualquier cosa menos una cuestión inocente. Por eso, si el darwinismo fue perseguido en su tiempo, mayor aún fue la persecución sufrida por su propuesta lingüística. Tanto que en los estatutos de la Société de Linguistique de Paris (1866) se prohíbe explícitamente a sus socios debatir sobre el origen del lenguaje. Tanto que un acuerdo de caballeros excluyó igualmente dicho tema de las deliberaciones de la Linguistic Society of America, fundada poco después. Y así ha permanecido este tema, como un tema tabú, hasta que hace muy poco tiempo, más o menos en el último lustro del siglo XX, ha vuelto a ponerse de actualidad y ha irrumpido con gran cantidad de libros y de artículos en los repertorios bibliográficos. La diferencia con su primera irrupción científica decimonónica es que ahora la cuestión no tiene connotaciones tan nítidamente ideológicas. Hoy en día sabemos mucho más que entonces, pero, por eso mismo, somos más cautos, porque también sabemos lo mucho que todavía no sabemos. Sucede en este asunto del origen del lenguaje como en la cuestión del origen de la vida. Los filósofos materialistas del siglo XIX decían retadoramente que los seres vivos son simple materia, pero eran incapaces de demostrarlo. A mediados del siglo XX Stanley Miller consiguió obtener en el laboratorio cuatro aminoácidos esenciales para la vida a base de hacer saltar la chispa eléctrica en un matraz que contenía una mezcla de agua, hidrógeno, metano y amoníaco, con lo cual reprodujo unas condiciones parecidas a las de hace tres mil quinientos millones de años. Sin embargo, ese mismo año de 1953, James Watson y Francis Crick descubrieron la estructura del ADN, con lo cual explicaban la base de la herencia, al tiempo que introducían un interrogante que sigue sin ser resuelto, a saber, la razón de que ciertas tripletas de ADN sean leídas como un determinado aminoácido. En otras palabras, que el problema se ha desplazado: ahora sabemos que la química de la vida es remisible a la química de la materia inerte, pero no comprendemos cómo pudo surgir el código de la vida. En el caso del lenguaje nos hallamos en una situación parecida: se ha avanzado mucho, pero las sombras predominan manifiestamente sobre las luces.

2.1 Fundamentos biológicos del lenguaje

2.1.1 El lenguaje: ¿producto biológico o cultural?

Es curioso que la cuestión del origen del lenguaje divida a los lingüistas en dos grupos irreductibles, exactamente igual que su postura ante el lenguaje o ante la manera de estudiarlo. Como es sabido, un lingüista o es formalista o es funcionalista. Los formalistas piensan que lo más interesante de las lenguas es que son formas sui generis de representar la realidad, es decir, que son formas de conocer el mundo. Los funcionalistas, por el contrario, creen que las lenguas sirven para comunicarse con otros seres humanos y que sus propiedades más características están al servicio de esta función. Desde luego, ningún lingüista es sólo formalista o sólo funcionalista, pero el predominio que cada grupo concede a uno de estos factores determina la distinción de lo esencial y de lo accidental, la cual suministra una explicación para el origen del lenguaje:

a) Si lo esencial de las lenguas es que se trata de una forma de representación del conocimiento, habrá que pensar que el lenguaje surgió al servicio de dicha necesidad y que sólo más tarde desarrolló accidentalmente una función comunicativa de índole social;

b) Si lo esencial de las lenguas es que se trata de un instrumento para comunicarse con otros seres humanos, habrá que pensar que el lenguaje surgió al servicio de esta función y que sólo más tarde desarrolló por accidente una forma susceptible de representar el conocimiento.

De ahí se sigue que en el primer caso el origen del lenguaje es algo que ocurrió en el cerebro de los homínidos, es decir, algo biológico, y en el segundo caso, algo que tuvo lugar en el seno de una sociedad, esto es, algo cultural. En resumen:


La postura formalista y cognitivista se remonta nada menos que a Condillac (1746) quien propuso derivar el lenguaje de la expresión de las emociones, en particular de las interjecciones. Modernamente ha sido retomada por autores que han estudiado la aparición de las peculiaridades anatómicas, fisiológicas y neurológicas que hacen posible el lenguaje.

2.1.2 Fundamentos anatómicos y fisiológicos

Evidentemente los grandes monos, de los que procedemos, no son capaces de articular sonidos. No sólo no lo hacen espontáneamente, tampoco cuando se les induce a ello: un equipo de psicólogos estuvo dos años intentando enseñar inglés a una chimpancé llamada Sara y al cabo de los mismos no logró que pronunciase más que dos o tres palabras monosilábicas. Esto no fue debido a falta de inteligencia, pues cuando el matrimonio Gardner enseñó la lengua de signos de los sordos americanos, el Ameslan, a otra chimpancé, Washoe, consiguieron que hiciera grandes progresos y que al cabo de otros dos años fuese capaz de usar más de un centenar de signos y de unirlos en expresiones breves con una sintaxis rudimentaria.

El problema está más bien en la anatomía de la boca de los primates, tanto por lo que se refiere a los músculos como en lo relativo a los dientes. Los músculos se van complicando progresivamente en los monos, desde los dos paquetes musculares fundamentales, el horizontal (platysma) y el vertical (sphincter colli) del lemur, hasta la diversificación de este último en una serie de músculos que permiten complejos visajes en los póngidos (chimpancé, gorila y orangután). El ser humano representa tan sólo una etapa más: su boca posee dos músculos exclusivos de la especie, el risorius santorini y la parte marginal del orbicularis oris, los cuales le permiten retener el aire y abrir bruscamente la cavidad bucal dando lugar a las oclusivas /p, b, m/ o bien modular adecuadamente el conducto de resonancia para producir las vocales. También es típicamente humana la forma de la mejilla, asegurada por el músculo buccinator, la cual cubre completamente los molares y permite realizar las fricativas /f, θ, w.../. La lengua, en fin, puede afinar delicadamente su borde, al objeto de realizar las consonantes líquidas /r, l/ o abombarse en el tronco y acercarse al paladar, lo que está en el origen de las velares /k, g/.

También existen importantes diferencias en la forma de la mandíbula y de los dientes. En los primates hay grandes caninos que sobresalen de la hilera dental, al tiempo que los incisivos superiores e inferiores forman un ángulo agudo: el resultado es que ni los labios ni los dientes logran obstaculizar la salida del aire. En la especie humana, en cambio, los caninos están poco desarrollados y los incisivos inferiores quedan encajados tras los superiores, de manera que la dentadura es como una empalizada en la que roza o se detiene el aire de todas las realizaciones dentales y alveolares /t, d, s, sh…/.

La peculiaridad anatómica más notable del ser humano es, con todo, la posición de la laringe. Cuando nace, este órgano está situado muy arriba, prácticamente en el mismo sitio que en los primates, con la epiglotis en contacto con el paladar blando. El resultado es que no se pueden articular sonidos orales, pues el aire tiende a escapar por la nariz. Sin embargo, durante los dos primeros años, la laringe de los niños, pero no la de las crías de chimpancé o de gorila, desciende notablemente y así las vibraciones producidas por la epiglotis pueden transmitirse al canal bucal. En efecto, en los primeros meses de vida los niños no pronuncian sonidos, tan sólo ensayan la garganta con aspergios guturales (es el célebre ajo que dicen oír las madres). Esta ventaja anatómica conlleva también sus riesgos: al emplearse un mismo canal para deglutir alimentos y para respirar, los humanos podemos morir atragantados, cosa que resulta imposible en nuestros parientes los primates.

A estas peculiaridades anatómicas hay que añadir una notable resistencia fisiológica durante la espiración, relacionada con la fortaleza y elasticidad del diafragma. Mientras que con la boca cerrada, el tiempo y el esfuerzo inspiratorio son parecidos a sus correlatos espiratorios, cuando hablamos, la espiración supera ampliamente a la inspiración. Cualquier animal que tuviese que hacer un esfuerzo parecido al espirar, sin duda llegaría a expirar. El ser humano no. Y es que lo nuestro es hablar. Nos admira cómo puede un pez nadar millas y millas sin cansarse: no es un mérito, es que está hecho para eso. Pero, de la misma manera, el ser humano para lo que está hecho es para caminar erguido y, sobre todo, para hablar.

Hay que advertir, empero, que estos condicionamientos anatómicos constituyen un complemento del habla, pero no son su causa. Como todo el mundo sabe, existen muchas aves (loros, cotorras, papagayos...) capaces de imitar sorprendentemente bien la voz humana porque tienen unos órganos fonadores que les permiten hacerlo. A esto se solía contestar que las aves no comparten con nosotros la posición de la laringe y que esta propiedad es lo verdaderamente humano, pues permite que los niños no aprendan a hablar hasta que su cerebro, que nace inmaduro, haya madurado lo suficiente, más o menos cuando pasan el año y medio de vida (es lo que se suele llamar neotenia). Sin embargo, últimamente se han descubierto otras especies animales, como el ciervo, que también tienen una laringe muy baja, en este caso para que los machos puedan amenazar a sus congéneres y pretender a las hembras con graves lamentos (berrea). La conclusión a la que ello nos lleva es que la evolución es ventajista, pero no determinista: cada especie necesita adaptarse al entorno y el lenguaje constituye para los humanos un poderoso medio de lograrlo, si bien no el único. La especie social e inteligente que formamos pudo haber desarrollado otras peculiaridades anatómicas o fisiológicas al servicio de este objetivo.

2.1.3 Fundamentos neurológicos

Más importantes que las especializaciones anatómicas parecen las neurológicas. Hablar es una prueba de inteligencia y para hacerlo el ser humano tuvo que desarrollar notablemente su cerebro. Esto no es una hipótesis, la anatomía comparada permite comprobarlo a la perfección. Así, los cerebros de los póngidos tienen por término medio una capacidad de unos 400 c.c., mientras que el ser humano actual ronda los 1.500, más del triple. Realmente este tamaño tan considerable nos diferencia claramente de nuestros primos evolutivos.

Sin embargo, el tamaño no es lo más importante. Hay animales, como los elefantes, que tienen un cerebro todavía más grande en relación con el volumen de su masa corporal y, sin embargo, ni hablan ni su inteligencia puede compararse a la humana. Y es que lo relevante no es el peso-volumen del cerebro, sino la superficie cerebral. El cerebro humano tiene muchos más surcos (circunvoluciones cerebrales) que el de cualquier otro animal, de forma que puede establecer muchas más conexiones neuronales y servir de hardware al software del lenguaje y del razonamiento. Cualquier aficionado a la informática sabe que la capacidad del disco duro de un ordenador no depende de su tamaño y que los modelos antiguos eran muy voluminosos, pero muy poco potentes. En el caso del cerebro ocurre lo mismo: si el ser humano hubiese tenido un cerebro casi liso, su volumen habría sido enorme para poder sustentar todos sus procesos cognitivos, con lo que el cuello y la columna vertebral nunca habrían podido sostener una cabeza tan grande y pesada. En el cuadro que sigue se pueden comparar los cerebros de varios animales dibujados a la misma escala:


Figura 1

Hay que decir, con todo, que lo más notable en relación con el lenguaje no es ni el tamaño ni el número de circunvoluciones. El cerebro humano es el resultado de un triple proceso evolutivo, de la superposición de tres capas sucesivas: en el interior está el cerebro protorreptiliano, que compartimos con los reptiles, el cual rige el comportamiento instintivo; lo recubre el cerebro paleo-mamífero, asiento del sistema límbico, que es el responsable de las emociones y de la memoria; por fin, en la capa más exterior, está el cerebro neomamífero que regula la conducta voluntaria y tiene capacidad inhibitoria. Es esta última capa del cerebro la que creció desmesuradamente en la especie humana y es en ella adonde debemos buscar el sustento neuronal de la facultad del lenguaje.

Claro que un cerebro como este no es exclusivo del ser humano, ya se da en todos los mamíferos superiores. Lo que la evolución añade hasta llegar a nuestra especie es un desarrollo espectacular de la parte anterior de la zona frontal, el llamado neocortex, y sobre todo de dos zonas que tan apenas se dan en los primates. Gracias a las técnicas de coloración diferenciada de la mielina, una sustancia que recubre las fibras nerviosas, sabemos que estas zonas son de maduración bastante tardía: fueron rotuladas por Brodmann con los números 39, 40, 44 y 45. Corresponden a lo que se conoce como área de Wernicke (39 y 40), la que en el ser humano se encarga de la comprensión y que es incipiente en los simios, y a la llamada área de Broca (44 y 45), que en los humanos es responsable de la producción y que falta por completo en las demás especies. Esto se aprecia claramente comparando el mapa citoarquitectónico del hemisferio izquierdo de un cerebro humano con el del cerebro de un orangután.

Esta diferencia evolutiva entre el área de Broca y la de Wernicke era de esperar: todos comprendemos más de lo que somos capaces de expresar y muchos animales domésticos, como los perros y los gatos, llegan a comprender lo que se les dice, aunque sean totalmente incapaces de hablar. Por cierto que la asimetría entre ambos hemisferios, el izquierdo (donde se asientan el área de Broca y la de Wernicke) y el derecho, constituye otra notable característica neurológica de la especie humana, que se suele llamar lateralización. Desde luego, no es una casualidad que la lateralización del cerebro parezca estar precisamente al servicio de la facultad lingüística.

2.2 El origen de la mente comunicativa

2.2.1 De los primates a los homínidos

Según lo anterior, el cerebro fue evolucionando, en el sentido de incrementar su tamaño y sobre todo su complejidad estructural, conforme aumentaban las necesidades cognitivas de la especie humana. Sin embargo, es evidente que en este panorama todavía no necesitamos el lenguaje. Un ser inteligente no desarrollará el lenguaje a menos que tenga necesidad de hacer partícipes a otros congéneres de sus descubrimientos. En el planteamiento formalista esto se da por supuesto, pero siempre de manera que la fase comunicativa se considera posterior a la cognitiva. El naturalista alemán Haeckel formuló una célebre ley que afirma que la morfogénesis de cualquier especie recapitula el proceso evolutivo de las especies que la precedieron: por ejemplo, los embriones de cualquier mamífero, incluido el ser humano, muestran unas branquias incipientes, las cuales son un recuerdo de los peces de los que procede. Y así parece ocurrir en los niños, pues en los primeros años son autistas, es decir, hablan para sí mismos, para representarse el mundo en la conciencia, y sólo más tarde, hacia los seis años, llegan a comunicarse con los adultos.

Hay que decir, no obstante, que esta primacía de lo biológico-cognitivo sobre lo comunicativo-cultural, está lejos de haber sido demostrada. S. Mithen (1996) ha estudiado lo que llama la mente primigenia y ha llegado a la conclusión de que en los primates existen tres tipos de conocimiento, los cuales se han desarrollado de forma muy irregular. Mientras que el conocimiento social (S) es muy complejo, el conocimiento tecnológico (T) y el del medio natural (N) son sólo incipientes:


Figura 2

Hay abundantes evidencias de esto entre los primates. Las observaciones que la primatóloga Jane Goodall (1990) realizó sobre la vida de gorilas en libertad muestran que es habitual que desarrollen complejas relaciones sociales (S): suele haber un jefe al que se subordinan los demás miembros de la manada, pero cuando un macho joven intenta reemplazarlo, en vez de hacerlo brutalmente, aprovecha las ausencias de aquel para contraer alianzas con las hembras y con otros machos jóvenes haciendo uso del halago y del engaño hasta que entre todos logran derrocarlo. En los otros dos ámbitos cognitivos no hay nada parecido: los chimpancés y los gorilas no fabrican herramientas (T), aunque suelen cascar nueces con piedras y cortar ramas delgadas para alcanzar la miel del fondo de los panales; tampoco conocen su medio natural (N) más allá del instinto de supervivencia, si bien suelen recordar las zonas en las que había alimento o peligro, es decir, memorizan mapas mentales.

La situación de los seres humanos es completamente diferente. Hace unos cincuenta mil años apareció la agricultura en Sumeria y para desarrollar esta actividad era necesario que los tres tipos de conocimiento, S, T y N, estuviesen equilibrados y bien desarrollados. Piénsese que cultivar un campo de trigo es algo que se hace en equipo (se siega, siembra, labra, etc., entre varios), con herramientas (hoces, azadas, trillos) y con un conocimiento pormenorizado de las semillas y de sus ciclos naturales. Para coordinar toda esta labor y para transmitir los conocimientos necesarios de una generación a la siguiente resulta imprescindible un instrumento del que carecen los animales: el lenguaje. La hipótesis de Mithen es que el lenguaje L surgió como un puente capaz de relacionar los tres compartimentos estancos S, T y N, haciéndolos mutuamente permeables:

Esto no quiere decir que la especie humana apareciese entonces. Antes de las sociedades agrícolas sedentarias hubo sociedades de cazadores, mucho menos numerosas, en las que ya se fabricaban instrumentos y se conocía el medio, pero no sabemos hasta qué punto fue necesario el lenguaje, tal y como hoy lo conocemos, para el desarrollo de sus actividades. Al fin y al cabo los grupos de primates también cazan conjuntamente, se ayudan a veces de palos y conocen qué presas les convienen y cuáles no. Esto no quiere decir que la especie humana apareciese entonces. Antes de las sociedades agrícolas sedentarias hubo sociedades de cazadores, mucho menos numerosas, en las que ya se fabricaban instrumentos y se conocía el medio, pero no sabemos hasta qué punto fue necesario el lenguaje, tal y como hoy lo conocemos, para el desarrollo de sus actividades. Al fin y al cabo los grupos de primates también cazan conjuntamente, se ayudan a veces de palos y conocen qué presas les convienen y cuáles no.


Figura 3

2.2.2 Del Australopithecus ghari al Homo erectus

Nuestros antepasados más próximos son los chimpancés (Pan troglodytes y Pan paniscus, respectivamente ubicados al norte y al sur del río Congo), de los que nos separamos hace unos seis millones de años: como nosotros, son omnívoros, viven en tierra y no sólo en los árboles y tienen una vida social y sexual bastante animada. Menos parecidos son los gorilas (Gorilla gorilla) y los orangutanes (Pongo pygmaeus), siempre herbívoros: el primero vive en Kenia, en pequeñas comunidades asentadas a ras de suelo y se separó hace diez millones de años; el segundo vive en Borneo, es sólo arborícola y solitario y se separó hace quince millones de años.

De ahí hasta los seres humanos actuales hay un largo trecho evolutivo jalonado por un complejo registro paleontológico. Parece que el primer paso hacia la evolución lo dio la postura bípeda, consecuencia de un cambio de clima provocado por una catástrofe geológica. Al hundirse el valle del Rift, que es una falla gigantesca que va de Afganistán hasta Etiopía, los primates de selva tropical quedaron aislados de sus congéneres orientales, condenados a vivir en un clima mucho más seco. Ello les obligó a bajar de los árboles, donde habitualmente vivían y encontraban su dieta vegetariana, y a buscarse el alimento en las grandes praderas de la sabana. Allí la vida era peligrosa y el alimento escaseaba. En consecuencia, tuvieron que acostumbrarse a recorrer enormes distancias siguiendo las manadas de los grandes herbívoros al objeto de aprovechar sus descuidos y sobre todo sus cadáveres. Así surgieron varias especies de homínidos carroñeros que andaban sobre los cuartos traseros y de los que son restos paleontológicos el Ardipithecus ramidus (Etiopía, de hace cuatro millones y medio de años), el Australopithecus anamensis (Kenia, cuatro millones de años), el Australopithecus afarensis (Tanzania, Chad y Etiopía, tres millones y medio de años) y el Australopithecus africanus (Sudáfrica, tres millones de años). Se trata de seres pequeños (medían un metro y pesaban unos 30 Kg.), con un cerebro similar al de un chimpancé, pero que podían correr con notable agilidad.

El bipedismo se tradujo en una serie de cambios espectaculares en el aparato óseo, sobre todo en lo relativo a la longitud de los huesos de la pierna y a la forma de la pelvis:


Figura 4

También cambió el aspecto exterior, pues, al correr tras las presas, hubo necesidad de eliminar el exceso de calor, lo cual provocó la caída del pelo que cubría el cuerpo para permitir una sudoración abundante. No obstante, lo más importante fue que, al quedar libres las extremidades anteriores, pudieron aprovecharse para otra cosa. El paso siguiente fue, pues, el desarrollo de la mano, la cual sirvió para agarrar objetos (trozos de carne, las crías durante los largos desplazamientos y, seguramente, palos usados como armas). Pero la incipiente sofisticación de la mano prehumana encerraba el germen de un progreso espectacular. Un aparato de precisión como éste podía usarse para fabricar instrumentos, lo que abrió el portillo a un desarrollo tecnológico que no ha parado hasta hoy. Dichos instrumentos deben proyectarse hacia el futuro; el que fabrica un cuchillo tiene en mente lo que hará con la pieza que desea cortar. Así, los restos paleontológicos que atestiguan los primeros instrumentos son correlativos de un aumento de la caja craneana, señal inequívoca de que el cerebro crecía a la vez.

Hasta hace poco se creía que la fabricación de instrumentos era exclusiva del género homo, pero en 1997 se descubrió en Etiopía una nueva especie de homínido, el Australopithecus ghari de hace dos millones y medio de años, el cual usaba piedras talladas y las transportaba consigo. Sea como sea y trátese o no del célebre eslabón perdido, lo cierto es que desde entonces hasta ahora mismo los restos de especímenes del género homo trazan una trayectoria nítida que nos lleva con seguridad hasta nuestra especie. El Homo habilis de hace dos millones de años usaba piedras toscamente talladas por una sola cara (es la cultura de Olduwai) y tenía un cerebro de unos 600 c.c. Se extinguió hace 1,2 millones de años y fue sustituido, hace un millón y medio de años, por tres especies emparentadas que ya no se reducen al solar africano: el Homo antecessor en Europa (Atapuerca), el Homo erectus en Asia (antes llamado de Java y de Pekín) y el Homo ergaster en la propia África; son bastante parecidos, de metro y medio de estatura, cerebro de unos 750 c.c. y una cultura lítica evolucionada (acheuliense) con hachas de dos caras.

2.2.3 El Homo sapiens

Entre estas especies y la nuestra se sitúa el Homo neanderthalensis, aparecido hace 150.000 años y que parece proceder, como el Homo sapiens, de una rama distinta del Homo antecessor. Los neandertales tenían un cerebro más grande que los sapiens, eran bajos (metro y medio), pero mucho más fuertes, y desarrollaron una cultura llamada musteriense. Parece que comían carne cruda de animales que cazaban en la helada tundra europea de la última glaciación, lo que les obligó a desarrollar una mandíbula robusta con grandes molares: esta circunstancia, así como algún otro dato relativo al hioides, han hecho pensar que probablemente no hablaban o que sólo poseyeron un protolenguaje incipiente antes de extinguirse hace 30.000 años. En la última fase convivieron con los sapiens, los cuales llegaron de África en varias oleadas migratorias y que, más inteligentes y seguramente ya en posesión del lenguaje, acabaron con ellos sin que llegaran a cruzarse.

Al salir de África los Homines sapiens se instalaron primero en Oriente Medio, luego en el sureste de Asia, de donde pasaron a Australia, y finalmente en Europa. Eran nómadas recolectores que vivían de la miel silvestre, de ordeñar bóvidos y de recoger semillas de gramíneas con las que fabricaban pan. Estos grupos humanos de entre dos docenas y un par de centenares de individuos, desarrollaron una cultura notable, con uso del fuego e instrumentos de piedra pulimentada (auriñacense), de madera y de hueso, así como una industria textil rudimentaria. Sin embargo, un cambio climático dio al traste con esta forma de vida: el fin de la última glaciación condujo a una mayor sequedad y a que en Oriente Próximo el mar inundase grandes zonas terrestres. Los humanos para sobrevivir tuvieron que volverse sedentarios; así surgió la agricultura y con ella un aumento de las proporciones del grupo social (la ciudad), una cultura material desarrollada en la que aparecen la cerámica y el arte (magdaleniense), así como la religión y los ritos funerarios. Es la cultura de la cueva de Altamira y, ya con la invención de la escritura, la de los primeros imperios mesopotámicos.

2.2.4 Lenguaje, arte, religión, escritura

Estos fenómenos tienen un enorme interés histórico y arqueológico, pero aquí sólo los valoraremos en relación con el lenguaje. Los planteamientos biológicos que hemos examinado arriba se apoyan en datos anatómicos o neurológicos que sólo pueden hablarnos de la forma del lenguaje, pero no de su contenido. Quiere decirse que el canal vocal se usa para hablar, pero también se puede usar para recitar la tabla de multiplicar y algo parecido cabe afirmar de los circuitos neuronales. Al fin y al cabo, el lenguaje no es lo único que nos diferencia de los animales, tampoco estos saben sumar las cuentas de la compra, aunque nuestro perro sea muy hábil al traernos el periódico en la boca y llevarle la cantidad exacta al quiosquero. El planteamiento culturalista que estamos examinando ahora fija su atención en el hecho de que el lenguaje, por su contenido, se caracteriza por ser simbólico. Naturalmente los símbolos del lenguaje hablado no dejan huella, de manera que tenemos que esperar hasta el surgimiento de la escritura, hace cinco mil años, para toparnos con las primeras muestras lingüísticas. Sin embargo, el arte, la religión o los adornos indumentarios también manejan símbolos.

Hay toda una corriente de pensamiento que, desde Cassirer (1923-1929), se ocupa del surgimiento de los símbolos como manifestación de las capacidades humanas y considera que el lenguaje forma parte de las mismas, sin que sea necesario atribuirlo a ningún módulo mental específico. En este sentido son de destacar investigaciones recientes sobre las pinturas de Altamira y de Lascaux que muestran cómo hay una serie de esquemas de acción (Agente-Paciente, Instrumento-Objeto, etc.), los cuales subyacen a la fabricación de instrumentos y a las representaciones plásticas de índole mágica o funeraria. El lenguaje, en sus primeras fases, tuvo que acomodarse -se afirma- a estas formas primigenias de simbolización. Ello explicaría, por ejemplo, que las estructuras predicativas básicas (los esquemas actanciales) sean comunes a todas las lenguas, mientras que otras propiedades (flexión, orden de palabras) diverjan notablemente de unos idiomas a otros.

2.3 El origen del lenguaje

Tanto si se adopta la perspectiva biologista como si se prefiere la cultura-lista, lo cierto es que el lenguaje o, mejor dicho, la facultad que nos permite hablar, es una característica exclusiva de la especie humana que necesariamente debe estar codificada en nuestro genoma. Esta postura se suele considerar consustancial a los planteamientos formalistas, como el de Chomsky (1975, 1988) para quien la facultad del lenguaje es innata. Con todo, no hay contradicción entre el planteamiento culturalista y el innatismo: se puede ser partidario de la hipótesis de que el lenguaje es una creación cultural, sin dejar de reconocer por ello que la especie humana se terminó adaptando a la misma y que hoy cualquier pareja transmite esta capacidad a sus descendientes. Realmente parece difícil atribuir la adquisición del lenguaje por los niños a la mera acción de su inteligencia general inespecífica –la misma que les sirve para aprender solfeo o para hacer ecuaciones de segundo grado–, y ello por varias y buenas razones:

a)Todos los seres humanos normales poseen lenguaje y sólo los seres humanos lo poseen. El lenguaje es una condición necesaria y suficiente para que se pueda hablar de ser humano. El hombre no es ni un animal racional (los delfines tienen inteligencia), ni un animal social (las hormigas viven en sociedad), sino un animal lingüístico, es el homo loquens.

b)Argumento de uniformidad: todas las lenguas revisten idéntico grado de complejidad, la cultura de las sociedades que se sirven de ellas no es determinante.

c) La lengua materna se adquiere en un periodo crítico (entre los 2 y los 10 años) con unos auxilios exteriores claramente insuficientes en relación a su complejidad: es el llamado argumento de la pobreza del estímulo. Además, aunque las distintas culturas varíen en relación con la ayuda prestada por los adultos (el llamado maternés), el resultado es siempre el mismo.

d) El argumento de la disociabilidad. El lenguaje y la cognición son disociables: puede estar afectado el primero y no la segunda (como en las afasias) o al revés (como en muchas enfermedades mentales).

e) Los niños adquieren el lenguaje siguiendo fases o etapas muy parecidas en todos ellos y en todas las lenguas. Este desarrollo prefijado es típico de las capacidades genéticas, como el volar en las aves.

f) Los enunciados lingüísticos tienen una estructura jerárquica formal que no resulta inmediatamente de la cadena lineal, la cual la enmascara. Es el argumento de la estructura latente. A pesar de ello, los niños infieren dicha estructura con notable habilidad, habilidad que no demuestran para captar otras secuencias estructurales más simples, como la estructura tonal de las canciones, por ejemplo.

g)Y lo más importante de todo, la gratuidad: dichas estructuras formales carecen de justificación funcional.

El problema es que la indubitable capacitación de los seres humanos para el lenguaje se compagina mal con la teoría de la evolución, pues esta supone cambios suaves y graduales que exigen millones de años, mientras que el lenguaje, como hemos visto, se nos presenta en todo su esplendor en un periodo brevísimo.

2.3.1 La hipótesis adaptacionista: los darwinistas

Lo más sencillo sería suponer que cada generación va incorporando al genoma los logros de la generación anterior: en una generación se incorporarían las estructuras predicativas, en otra, los tiempos verbales, en la siguiente, el género nominal, etc. Así es, en efecto, como aprendemos las segundas lenguas y también la lengua materna, a base de ir complicando progresivamente un esquema más simple. Por desgracia, este planteamiento constituye una grave herejía para la teoría de Darwin: el lamarckismo. Lamarck, un contemporáneo de Darwin, supuso que los caracteres adquiridos pueden heredarse, esto es, que si aprendo a tocar el piano, mi hijo nacerá sabiendo tocarlo ya. Como es obvio, dicho supuesto es falso y hay que buscar una explicación diferente.

La ortodoxia darwinista ha encontrado una salida en lo que se conoce por efecto Baldwin. Consiste en que, al cambiar de entorno, se potencian ciertas variaciones que sólo posteriormente son destinadas a otra finalidad (exaptación). Así, las ballenas son mamíferos que al desplazarse a un clima frío privilegiaron, en un proceso adaptativo, a algunos ejemplares más recubiertos de grasa para proteger el cuerpo; con el tiempo esta característica, potenciada por la selección natural y presente en el genoma, fue aprovechada para flotar en el agua y para nadar. En relación con el lenguaje se ha supuesto por Calvin y Bickerton (2000), que el cálculo social tan corriente entre los grupos de primates, venía acompañado de ciertas vocalizaciones y sostenido por circuitos neuronales específicos, hasta que llegó un momento en el que dichas vocalizaciones se convirtieron en el lenguaje, con lo que las instrucciones genéticas originariamente destinadas a soportar el cálculo social sirvieron de base a la facultad lingüística.

El problema de estas explicaciones, sin duda ingeniosas, es el carácter absolutamente excepcional que el efecto Baldwin presenta en el conjunto de la teoría darwinista. La exaptación en Biología es poco frecuente y afecta a cualidades más bien accesorias. ¿Cómo explicar que algo tan complicado como el lenguaje se haya podido producir de dicha manera? Para entenderlo se ha propuesto toda una serie de exaptaciones sucesivas, cada una garante de una categoría o regla gramatical, lo que va claramente contra el darwinismo y lo que es peor, contra el simple sentido común.

2.3.2 La hipótesis saltacionista: los antidarwinistas

Los biólogos clásicos, contrarios a la teoría de la evolución, consideraban que el paso de unas especies a otras es absoluto, tal y como reflejan las clasificaciones zoológicas y botánicas de Linneo. Pero una vez aceptada –y resulta difícil no hacerlo– la evolución, no había otra alternativa que el saltacionismo, esto es, la hipótesis de que unas especies proceden de otras mediante un salto brusco, sin etapas intermedias. Hasta que la Genética no vino a completar el paradigma darwinista dicha propuesta pudo mantenerse sin problemas. Sin embargo, Mendel demostró que la herencia consta de caracteres discretos, los genes, y que éstos no se mezclan (lo cual haría desaparecer las variaciones favorables en pocas generaciones), sino que se combinan diversamente, a veces permaneciendo latentes, pero siempre sin perder su identidad. En estas condiciones, ¿cómo puede pasarse bruscamente de unas especies a otras? Mediante un mecanismo –aducen los saltacionistas– que completa el gradualismo adaptativo de Darwin y que ciertamente se ha comprobado en la naturaleza: la mutación. De repente la identidad de una secuencia de ADN cambia en el proceso de replicación por un error que suprime una base nucleotídica, la cambia de posición o la añade al genoma.

No es sorprendente que algunos autores como Pinker hayan pretendido explicar el origen del lenguaje de esta manera: una mutación gigantesca habría alterado el genoma de un homínido (de uno de esos australopitecinos examinados arriba) dando lugar al primer homo loquens. Es lo que los biólogos llaman con ironía una «esperanzadora historia de monstruos». Porque mutaciones, haberlas, haylas, pero para que aprovechen al organismo deben ser levísimas, de manera que afecten a una o pocas bases tan sólo. La supresión o el cambio de todo un gen –consistente en miles de bases– siempre acarrea la muerte del organismo. Realmente los autores que han propuesto la mutación como explicación del origen del lenguaje sin duda sabían mucho de Lingüística, pero casi nada de Genética. Y hay otro factor: dicha mutación tuvo que afectar simultáneamente a varios homínidos a la vez para que pudieran comunicarse, y hacerlo además en el mismo sentido, esto es, dentro de lo que sería la misma lengua. En estas circunstancias, el mito de Babel sigue suministrando una explicación más verosímil de la variación fenotípica del genotipo lingüístico humano.

2.3.3 El equilibrio interrumpido: una solución de compromiso

No debe pensarse, empero, que el saltacionismo es del todo erróneo. Excluida la explicación basada en una mutación gigantesca, la idea de que la evolución no es tan suave y gradual como quería Darwin tiene bastante fundamento. Lo demuestra el registro fósil. Es verdad que muchos procesos evolutivos son plenamente graduales, tal y como predecía la teoría de Darwin (de hecho Darwin llegó a ella comparando los fósiles de ciertos animales de Sudamérica con sus descendientes actuales: por ejemplo, se llega suavemente al caballo moderno (Equus) a partir del Pliohippus de hace cinco millones de años, a éste desde el Meryohippus de hace veinte, a éste desde el Mesohippus de hace treinta y cinco y a éste, en fin, desde el Hyracotherium de hace cincuenta, sin más que constatar un aumento gradual del tamaño y una reducción del número de dedos:


Figura 5

Pero esto no es siempre así y otras veces el registro fósil no nos permite trazar la sucesión. Siempre se había dicho que las lagunas eran imputables a deficiencias en la conservación de dicho registro. No obstante, Eldredge y Gould (1972) constataron varios casos en los que el registro fósil, muy bien conservado, prueba lo contrario del gradualismo, esto es, que en un tiempo breve (en términos geológicos) se pasó de una especie a otra, mientras que durante los larguísimos periodos de existencia de cada especie prácticamente no hubo cambios. Un ejemplo esclarecedor lo suministra la llamada explosión cámbrica de hace 530 millones de años, en la que desaparecieron miles de organismos de simetría radial (como las actuales estrellas de mar) y aparecieron los antecesores de casi todos los animales actuales, ya con simetría bilateral. El esquema temporal de esta teoría que se conoce con el nombre de «equilibrio interrumpido» (punctuated equilibrium) es el siguiente:


Figura 6

Hay que decir que esta hipótesis ha sido aplicada con éxito a la evolución de las lenguas por Dixon (1997) y por otros autores: así, el paso del latín a las lenguas románicas fue gradual en lo relativo al componente fonético, pero más bien brusco en su sintaxis textual, la cual dio un salto desde el modelo ciceroniano del latín clásico hasta una sintaxis protorromance, calcada del griego, en la versión latina de la Vulgata (siglo IV dC). Pero una cosa son las lenguas (la sintaxis textual de los evangelios latinos no deja de ser el resultado de una decisión consciente de San Jerónimo) y otra, el origen del lenguaje. Los cambios bruscos de que hablan Eldredge y Gould suponen una reorganización profunda del plan orgánico, como hemos dicho. Sin embargo si, como se suele aceptar comúnmente, el lenguaje aparece con el Homo sapiens, no se entiende cómo es posible que una innovación tan notable apenas afectase a las demás características del organismo, pues los sapiens no difieren demasiado de los erectus ni éstos de los habilis ni éstos de los australopithecus ghari, etc. El misterio sigue abierto.

2.3.4 Lenguaje y visión

En todo caso parece difícil imaginar que el lenguaje, cualquiera que fuera su primera ocurrencia, no entronque con capacidades funcionales de los animales que nos han precedido. Por supuesto que las aves vuelan porque los reptiles de las que proceden ya poseían unas extremidades membranosas con las que podían batir el aire, y a su vez los primitivos reptiles proceden de los peces porque había especies de peces que se acostumbraron a vivir en aguas poco profundas y de vez en cuando salían fuera de ellas. Cuando se plantea la cuestión de los antecedentes del lenguaje –que es diferente de la de su origen– nos encontramos una vez más con dos explicaciones alternativas: los cognitivistas, convencidos de que las lenguas sirven ante todo para re-presentar el mundo, señalan el mecanismo de la visión como el precedente más obvio; los funcionalistas, al insistir en que una lengua es sobre todo un medio de socialización, se han fijado más bien en las pantomimas gestuales que suelen practicarse en los grupos de primates. Ni qué decir tiene que ambas características son típicas de los grandes monos: se trata, junto con el ser humano, de los animales que mejor ven (en relieve y en color) y también de los animales que más tiempo invierten en imitar los gestos de sus congéneres.

Que la visión constituye un antecedente neurológico del lenguaje es un hecho probado. Los cinco sentidos tradicionales se alinean en una escala de complejidad creciente, de manera que los animales inferiores sólo poseen olfato y tacto, los intermedios añaden el gusto, y los superiores desarrollan un oído y, finalmente, una vista muy sofisticados. Por ejemplo, las orugas o los caracoles que atraviesan un camino no nos ven ni nos oyen y por eso no salen huyendo, pues no advierten nuestra presencia: es necesario que los toquemos para que se enrollen sobre sí mismos o para que se escondan en el caparazón. Estos animales se relacionan entre sí y con el entorno mediante el olfato y el gusto: el apareamiento se facilita con señales químicas (feromonas) y la nutrición probando los alimentos circundantes. Los seres humanos manifestamos la huella de estos estratos antiguos de la evolución en nuestras relaciones íntimas, en las que el olfato, el gusto y, sobre todo, el tacto, es más importante que lo que se dice o que lo que se ve.

Los animales superiores, en cambio, se basan en el oído y en la vista: ¿qué sería de una gacela si no saliese huyendo disparada ante el menor ruido sospechoso, cómo se alimentaría un águila que no fuese capaz de descubrir un conejo entre la hierba a kilómetros de distancia? Pero los sentidos no son otra cosa que procedimientos para percibir el mundo: el predador descubre que se acerca a una presa, digamos un cebú, porque huele a cebú, porque oye el típico mugido del cebú o porque ve la imagen de un cebú. El lenguaje cumple una función parecida: si otro predador le pudiese explicar que detrás de aquellos árboles hay un cebú, el primero obraría en consecuencia. No es sorprendente, por tanto, que ya en el siglo XIV el filósofo mallorquín Ramón Llull escribiese un tratado (De affatu sive de sexto sensu) en el que se propone tratar el lenguaje como el sexto sentido. Hoy en día ello resulta evidente. Comparando el lenguaje con el más desarrollado de los sentidos, que es la visión, podríamos decir que, mientras que el ojo reproduce en la retina y luego en el cerebro una imagen de una escena del mundo, el lenguaje reproduce una representación alternativa mediante una oración:


Figura 7

¿Pudo influir el sustrato neurológico de la visión en la aparición del sustrato neurológico del lenguaje? Hasta cierto punto sí, aunque no hay que olvidar que en el ser humano moderno ambos procesos cognitivos son relativamente independientes, como ya notó Aristóteles cuando advirtió que los ciegos de nacimiento no tienen ningún problema para aprender a hablar. Sin embargo, hay datos que apoyan una correlación estrecha entre ambas facultades. Por ejemplo, las áreas cerebrales del lenguaje y de la visión son diferentes, las del lenguaje se asientan en el lóbulo frontal (área de Broca) y en el temporal (área de Wernicke), mientras que el córtex visual se sitúa en el lóbulo occipital. No obstante, últimamente se ha descubierto que el nervio óptico procedente de la retina no termina en el córtex visual, sino que continúa hacia adelante y se divide en dos ramas, una dorsal que pasa junto al área de Broca y otra ventral que es contigua al área de Wernicke:


Figura 8

Esto no sería especialmente interesante si no fuese porque las funciones desempeñadas en la visión por la rama dorsal son las mismas que las del área de Broca en el lenguaje y porque las funciones desempeñadas por la rama ventral en la visión se parecen a las del área de Wernicke en el lenguaje: la rama dorsal del nervio óptico y el área de Broca se ocupan de la codificación (de las relaciones espaciales y de movimiento en el primer caso, de la sintaxis en el segundo); la rama ventral y el área de Wernicke son el asiento de los procesos de descodificación (del reconocimiento de objetos en el primer caso y de la semántica en el segundo).

2.3.5 Lenguaje y actividad motora

La relación lenguaje-visión atiende al aspecto receptivo de la facultad lingüística, a su capacidad para representar el mundo. Cuando la atención se centra en la capacidad productiva, es inevitable que volvamos nuestra atención a las actividades motoras de los primates. ¿Acaso existe algún procedimiento no lingüístico de representar activamente escenas del mundo para comunicárselas a otros individuos de la misma especie? Evidentemente existe: es la pantomima. Cualquiera que se asome a la jaula de los monos en el zoo se dará cuenta de que están continuamente haciendo gestos y visajes con los que imitan acciones que son una forma de comunicación: el mono que simula comer nos está pidiendo comida. No es aventurado suponer que esta habilidad tuvo algo que ver en el origen del lenguaje: al fin y al cabo los seres humanos, cuando se encuentran en un país de lengua desconocida, intentan darse a entender por señas y la misma conversación ordinaria se acompaña constantemente de gestos. Por lo demás, visión y gestualidad son dos caras de la misma moneda, pues los gestos comunican en tanto se ven.

Tomasello (1995) y sus colegas han estudiado los gestos de los que se sirven los gorilas del zoo de San Francisco y han descrito hasta treinta gestos diferentes, cada uno con un significado. Es verdad que estos animales también emiten algunos gritos. Pero hay una diferencia fundamental: mientras que los gritos se producen con independencia de que haya otro gorila presente o no (lo cual indica que son una expresión de emociones, no un intento de establecer comunicación), los gestos se emiten siempre cuando el otro está mirando y normalmente provocan reciprocidad, esto es, son contestados por otro gesto.

Lo anterior hace plausible la hipótesis de que los gestos manuales y faciales desempeñaron algún papel en el surgimiento del lenguaje. Así lo demuestran los experimentos, aludidos arriba, en los que se enseñó lengua de signos a los chimpancés y también la propia existencia de la lengua de signos. Durante siglos ser sordo era una tragedia porque los niños que nacían privados del sentido del oído quedaban aislados de la sociedad y del lenguaje e, inevitablemente, terminaban siendo deficientes mentales. Desde que son criados y escolarizados en lengua de signos, el cambio ha sido espectacular: mientras su cerebro madura, esto es, hasta que cumplen siete años, reciben mensajes y los producen en una lengua como cualquier otra, la lengua de signos, con la única salvedad de que su canal no es vocal, sino visual. Estas lenguas de signos no difieren estructuralmente de las orales: aunque las gesticulaciones con las que se acompaña el discurso oral no suelen poder analizarse en unidades discretas, en cambio las lenguas de signos sí lo son, surgen de la asociación arbitraria entre un conjunto de queremas o posturas tipificadas (el equivalente de los fonemas) y de sentidos correlativos.

La pregunta es cómo se logró pasar del gesto a la palabra, que es un gesto vocal. McGurk y MacDonald (1976) comprobaron que cuando se graba un sonido como ga en la banda sonora de una cinta de vídeo en la que una garganta está diciendo ba, se oye la sílaba da, es decir, la articulación dental intermedia entre la velar oral y la labial visual. El así llamado efecto McGurk demuestra que el surgimiento del lenguaje oral no fue ajeno a sus orígenes gestuales. Y es que, en realidad, las articulaciones fonéticas no dejan de ser gestos realizados con el aparato fonador: hay autores que piensan que lo que sucedió es que cada gesto manual se acompañaba de un gesto vocal silencioso (como cuando estamos recitando de memoria y en silencio un discurso) y que con el tiempo el gesto vocal acabó predominando.

2.4 El lenguaje y la conciencia

2.4.1 La imitación. Las neuronas especulares

La relación entre ambos componentes de la percepción pre-lingüística, el visual pasivo y el gestual activo, no se comprendía bien hasta que hace poco Rizzolatti (1998) y el equipo de neurólogos que dirige hicieron un descubrimiento espectacular: las neuronas especulares (mirror neurons). Se trata de unas neuronas ubicadas en la zona F5 del lóbulo frontal del cerebro de los monos, las cuales se activan cuando dichos monos hacen algo (saltar, tomar un plátano, agarrar a un compañero...), pero también cuando están viendo a otro mono que lo hace.

Que una re-presentación visual pasiva tenga el mismo sustrato neuronal que una cenestesia activa sugiere que la evolución pudo conducir perfectamente a una habilidad que conjuga ambas capacidades. Dicha habilidad podría haber sido, en el ser humano, el lenguaje, el cual consta de un momento codificador activo (como hablante) y de un momento descodificador pasivo (como oyente): al fin y al cabo, aunque ambos procesos no sean del todo paralelos, saber una lengua es ser capaz de producir y de entender mensajes en dicha lengua al mismo tiempo. Esta hipótesis se refuerza considerablemente cuando se añade que la zona cerebral F5 de los monos corresponde precisamente al área de Broca (el área lingüística por excelencia) en la especie humana.

2.4.2 La memoria. El aumento de encefalización

Lo anterior constituye un prerrequisito necesario para el surgimiento del lenguaje, pero no suficiente. Esto es debido a que hablar una lengua no sólo supone ser capaz de representar verbalmente el mundo: también implica poseer una enorme memoria léxica de la que se extraen elementos con los que construimos informaciones pasadas o simplemente imaginarias. Los intentos de enseñar lengua de signos a los primates siempre han fracasado en este punto: los chimpancés son animales inteligentes que lograban aprender a decir los equivalentes signados de quiero plátano, tengo frío o dame la mano, pero que nunca lograron expresar mensajes tan sencillos y habituales para cualquier ser humano como ayer me dolía la cabeza, este verano iremos a la playa o yo haré de vaquero y tú, de indio (dicho por unos niños que se disponen a jugar). Hay varias razones que explican el fracaso de los chimpancés, pero la más obvia es que su vocabulario es muy limitado. Por esto, también, la cultura que llega a desarrollarse en los grupos de primates no deja de ser bastante rudimentaria: cualquier lengua es el depósito de la cultura que los seres humanos que la hablan han ido construyendo a lo largo del tiempo y consta de varias decenas de miles de términos léxicos que contraen relaciones complejas.

Los psicólogos suelen distinguir dos tipos de memoria, la memoria corta, que es una memoria reproductiva (como la de una grabadora), y la memoria larga, que es una memoria creativa (como una serie de archivos de ordenador vinculados a un programa): la memoria corta nos permite recordar el enunciado que acabamos de oír (hasta unas siete palabras más o menos) y reproducirlo literalmente; la memoria larga nos permite construir relatos, por ejemplo contarle a alguien lo que ocurrió ayer. Los primates que han aprendido lengua de signos, incapaces de recordar el pasado o de construir el futuro, sólo parecen tener memoria corta: es fácil comprender que las neuronas especulares son el instrumento neuronal que les permite repetir secuencias aprendidas previamente.

La aparición de la memoria larga no fue posible sin un aumento espectacular de los circuitos neuronales. En términos informáticos diríamos que el problema que debió resolver la evolución no estribaba en el programa, sino en el disco duro, el cual tuvo que incrementar su capacidad. Ya hemos visto que este salto tuvo lugar al pasar de los australopitecinos al género humano y culmina con el Homo sapiens cuyo cerebro tiene el triple de volumen –y presumiblemente de capacidad de almacenamiento de información– que el de los primates. Lo que activó el crecimiento del cerebro no fue, sin embargo, la necesidad de almacenar informaciones sobre el mundo exterior, pues la gran cantidad de conocimientos que atesora un ciudadano moderno es relativamente reciente: los seres humanos de cualquier aldea medieval o de un poblado neolítico sabían muchas menos cosas que nosotros, pero su cerebro era prácticamente como el nuestro. Lo que catalizó el desarrollo de la capacidad mnemotécnica, y con ella el desarrollo del volumen del cerebro, fue el incremento de las informaciones relativas a los demás miembros del grupo.

Aiello y Dunbar (1993) han establecido una correlación entre el tamaño del grupo social de primates y el del cerebro. Aplicando esta misma fórmula a los seres humanos, resulta que el tamaño de nuestro cerebro corresponde a un grupo de unos ciento cincuenta individuos. Es evidente que un humano adulto se relaciona con más personas (en torno a trescientas o cuatrocientas) y en ciertas profesiones (profesores, políticos, periodistas) con muchísimas más. ¿Qué ocurrió? Según estos autores, la cohesión del grupo de primates viene asegurada por el acicalamiento mutuo (grooming), en particular por el espulgado, el cual les suele llevar un 30 % del tiempo que están despiertos. Pero esto tiene un límite: en cuanto el grupo empieza a crecer, tendrían que estar siempre acicalándose sin hacer nada más. Aquí intervendría el lenguaje: al desarrollarse una capacidad de memoria (memoria larga) y una forma de relación, la charla o cotilleo (gossip), que requieren menos tiempo porque se dirigen a muchos a la vez, el grupo puede crecer sin tasa, como en efecto ocurrió en los humanos. Sólo cuando el incremento de los conocimientos alcanzó nuevamente un límite insoportable tuvieron que venir en ayuda de la humanidad sucesivas revoluciones tecnológicas: la de la escritura, la de la imprenta y, ahora, la digital.

2.4.3 La intencionalidad

Con todo, para que haya lenguaje no basta ni con la capacidad de codificar o descodificar indistintamente ni con la de almacenar una gran cantidad de información. Los ordenadores hacen ambas cosas con notable perfección y no por ello llegan a reemplazar a los hablantes, a pesar de que en muchos otros trabajos (calcular, jugar al ajedrez, componer música, etc.) sustituyen con ventaja al ser humano medio. Durante décadas el desarrollo espectacular de la inteligencia artificial (IA) hizo concebir esperanzas en este sentido. Hoy, pese a las profecías de ciertos informáticos, empezamos a ser conscientes de que dicho empeño es imposible; por ejemplo, Steels (1999) ha intentado programar robots (los AIBO) como si fuesen niños que están aprendiendo una lengua y ha alcanzado resultados notables en el procesamiento de textos descriptivos y argumentativos, pero no en la conversación de cada día.

La razón de estos fracasos es que a la conversión de las neuronas especulares en neuronas lingüísticas y al desarrollo de una gran capacidad mnemotécnica hay que añadir un tercer factor: la intencionalidad. Los seres humanos tienen un comportamiento intencional, los animales no: el lenguaje, que distingue a unos de otros, es la manifestación más palpable de la intencionalidad. Lo que ya no está tan claro es cuál puede ser el sustento neuronal de la intencionalidad.

Sperry (1982) realizó numerosos experimentos de desconexión de ambos hemisferios e hizo una propuesta interesante al observar que lo que caracteriza al cerebro humano, frente al de todos los demás animales, es su asimetría neocortical. Mientras que las funciones motoras y sensoriales (que compartimos con los animales) se presentan duplicadas, las funciones superiores de la especie humana o se ubican en el hemisferio izquierdo o lo hacen en el hemisferio derecho, pero no


El resultado de esta diferencia entre hemisferios es la especialización: cada hemisferio se ocupa de funciones cognitivas que al otro se le dan mal y que encuentra desagradable realizar, a no ser que una lesión obligue a reordenar las funciones, lo que, dada la plasticidad del cerebro, muchas veces es posible. Como se puede ver, las dominantes perceptivas propias del simio (la visual y la gestual) están en el hemisferio derecho. Cuando el cerebro de los homínidos desarrolló unos correlatos asimétricos de las mismas en el otro hemisferio (lenguaje, música, cálculo), surgió un animal dotado de intencionalidad, tal vez porque pudo captar la realidad de más de una manera, lo cual constituye el primer paso para programar un mundo que todavía no existe, que en esto consiste el pensamiento intencional.

2.5 Fases del desarrollo del lenguaje

Lo que sabemos del desarrollo del lenguaje es forzosamente hipotético, pues las lenguas, antes de la invención de la escritura, no dejan huellas fósiles. Aun así, podemos aventurar que existieron al menos tres fases: la del protolenguaje, la fase simbólica y la fase combinatoria.

2.5.1 La fase prelingüística

Bickerton (1990) hizo hace algunos años un descubrimiento muy interesante cuando observó que el habla de los niños menores de dos años, las prácticas comunicativas de los chimpancés a los que se ha enseñado lengua de signos, los pidgins (modalidades rudimentarias que surgen cuando dos comunidades de lengua distinta entran en contacto) y la lengua aprendida tardíamente por los llamados niños lobo tienen la misma estructura. Todas estas protolenguas constan de expresiones de dos o tres palabras, sin morfología (es decir, sin flexiones) ni sintaxis (sin palabras funcionales, como artículos o preposiciones, y sin un orden estable):


(Genie fue una niña californiana que estuvo encerrada desde que nació en una habitación sin hablar hasta que los servicios sociales la rescataron cuando tenía doce años: entonces empezaron a enseñarle el inglés, pero nunca lo dominó más allá de las muestras de arriba; el rusonorsk es un pidgin desarrollado entre marineros rusos y escandinavos en el mar del Norte).

Bickerton supone que esta fase, que llama protolenguaje, la poseemos esclerotizada en nuestro cerebro y es el recuerdo morfogenético de etapas anteriores de la evolución. Por eso se manifiesta en los chimpancés que aprenden lengua de signos (como huella filogenética) y en los primeros años de la vida del niño o en los niños lobos adultos que interrumpieron su proceso de maduración cerebral (como huella ontogenética). Menos razonable resulta su pretensión de que el protolenguaje reaparece cuando estamos emocionalmente excitados, en el habla entrecortada de los borrachos o de los coléricos, porque realmente estas personas no hablan así (usan la gramática completa, aunque les suelen faltar las palabras).

2.5.2 La fase simbólica

La fase siguiente ya es exclusiva del ser humano y consiste en el empleo de símbolos. Se suele pensar que un símbolo es simplemente una forma (fonética o gestual) que evoca un contenido, algo así como el signo saussureano. Sin embargo, Deacon (1997) puso de manifiesto que esto no es así, pues en este caso los primates de los experimentos con lengua de signos usarían símbolos y tendrían lenguaje. La simbolización no sólo implica que el significante evoca un significado arbitrario, sino también que los significados se relacionan entre sí creando una red de asociaciones en las que el sentido se está recreando constantemente: es lo que F. de Saussure llamó el valor.

En otras palabras, que primero se dio el icono (en muchos animales inferiores la visión de un predador evoca el predador), luego el índice (una señal sugiere un sentido diferente de ella: las huellas de un animal nos llevan a seguirle la pista y así lo entienden los animales superiores como los perros cazadores) y finalmente el símbolo (exclusivo de la especie humana):


Figura 9

2.5.3 La fase combinatoria

La última fase es la de surgimiento de la sintaxis. No está claro cómo se produjo. Los gramáticos han llamado repetidamente la atención sobre el hecho de que la sintaxis de las lenguas naturales es disfuncional, es decir, que presenta una serie de características formales que no se justifican adaptativamente por su adecuación al entorno: orden de palabras caprichoso, estructura jerárquica, reglas de movimiento, proformas y huecos estructurales vacios, etc.

Últimamente se ha intentado explicar dicha fase combinatoria a partir del concepto de emergencia, que es una noción operativa de la teoría de la complejidad. Esta teoría matemática da cuenta de la aparición (emergencia) de nuevos niveles estructurales cuando el nivel anterior llega a un grado de complejidad excesivo en las relaciones de los elementos. Por ejemplo, las termitas que construyen un termitero lo hacen sin plan ni arquitecto y, sin embargo, llegan a construir nidos verdaderamente asombrosos desde el punto de vista arquitectónico. Lo que sucede es que cada insecto deposita su carga siguiendo la huella química (feromona) del insecto que le precedió, con lo que a la postre se privilegian ciertos espacios (en los que se acumulan los materiales de construcción) en detrimento de otros.

Los neurólogos han descubierto que el objeto más complejo que existe es precisamente el cerebro humano y que la acumulación de miles de millones de neuronas y de sinapsis neuronales en un espacio reducido forzosamente ha de dar lugar a estructuras combinatorias emergentes. La sintaxis de las lenguas parece haber sido una de ellas, según propuso Chomsky (1995) y ha desarrollado Berwick (1998) en términos de teoría de la complejidad.

2.5.4 Los fósiles del lenguaje

Estas tres etapas, la prelingüística, la simbólica y la combinatoria, se habrían sucedido, supuestamente, en el origen del lenguaje. Por desgracia, la única que podemos registrar en el niño es la primera, el protolenguaje: las otras dos aparecen conjuntamente a partir de los dos años, y aun puede decirse que, mientras las estructuras sintácticas básicas se dominan ya a los diez o doce años, no dejamos de incorporar (y de perder) términos léxicos a lo largo de toda nuestra vida.

No hay, pues, fósiles lingüísticos que den cuenta, durante el desarrollo verbal del niño, de estas etapas. Lo que sí se ha hecho es proponer restos lingüísticos que, presumiblemente, quedarían fosilizados en el código como recuerdo de etapas anteriores. Jackendoff (2002) ha propuesto tres que se darían sucesivamente: las interjecciones, los adverbios y las estructuras predicativas. La primera sugerencia es razonable, ya que las interjecciones responden a leyes fonológicas distintas de las habituales (secuencias como /pst/ o /brrm/ son imposibles en español) y probablemente remiten al segundo cerebro del que hablábamos arriba (el protomamífero), que es el asiento de las emociones, de donde nace la interjección. En cambio, resulta muy improbable que la fase fósil siguiente la representen los adverbios, como quiere Jackendoff, pues su significado es muy abstracto (probablemente, tal vez, en mi opinión) y refleja un estadio cultural avanzado. Más verosímil es que las estructuras predicativas correspondan a un estadio fósil, dado que se trata de esquemas de acción o proceso que reflejan la estructura del mundo, aunque hay que decir que las distintas lenguas tienen esquemas actanciales no siempre coincidentes para representar la misma situación exterior (piénsese en las oraciones nominativas frente a las ergativas, por ejemplo).

2.6 Fundamentos genéticos del lenguaje

2.6.1 ¿Existen los genes del lenguaje?

Cualquiera que sea la razón, endógena o exógena, que dio lugar al lenguaje en la especie humana, lo que resulta evidente es que somos el único animal que lo posee y, por tanto, que nuestros genes están implicados en ello. Por supuesto, este es el punto de vista de los que sostienen que la facultad del lenguaje es innata y que existe un módulo lingüístico específico determinado genéticamente. Pero también desde el punto de vista contrario se llega a esta conclusión. Porque, aun suponiendo que el niño adquiere la lengua enteramente con el concurso de su inteligencia general, habrá que admitir que dicha inteligencia, propiciada igualmente por instrucciones del genoma, lo diferencia de los animales –como es obvio–, pero también diferencia esta capacidad de otras consideradas fruto de la inteligencia. Todos los seres humanos aprendemos nuestra lengua materna con la misma facilidad y más o menos con parecida perfección, pero no aprendemos igual a hacer ecuaciones, a mantener relaciones sociales o a bailar. Quiere decirse que, aun suponiendo que el lenguaje remonta a la inteligencia general, es necesario entroncarlo con una parte especialísima de la misma: la que se ocupa del lenguaje y sólo de él.

2.6.2 Alteraciones genéticas del lenguaje

Una prueba de que el lenguaje guarda relación con los genes es que últimamente se han descubierto alteraciones de la capacidad lingüística debidas a mutaciones genéticas. El caso más famoso es el de una familia inglesa, la familia KE, en la que una alteración del gen FOXP2, que está en la rama corta del cromosoma 7, acarrea una serie de desórdenes lingüísticos conocidos como trastorno específico de lenguaje. Así, Gopnik (1991) observó que más o menos la mitad de los miembros de la familia tenían problemas con las reglas gramaticales: por ejemplo, aprendían y retenían el plural de palabras familiares de uso frecuente, pero no disponían de una regla general para formar el plural de las palabras nuevas. La razón, según esta investigadora, es que había mutado el alelo de un gen autosómico (no sexual) y dominante: todo lo que había sucedido es que una Guanina había sido reemplazada por una Adenina (!). Luego se detectó este trastorno en otras familias de otras lenguas, así como otras enfermedades implicadas igualmente en el lenguaje (el síndrome de Tourette, por ejemplo).

2.6.3 Código genético y código lingüístico

Con todo, no se debe exagerar la importancia de este y de parecidos descubrimientos. Utilizando un símil, diremos que los estados de ánimo dependen en alto grado del nivel de dopamina en sangre y que éste está condicionado genéticamente. Pero, aunque todos sabemos que hay personas que son alegres por naturaleza y otras que son más tristonas, esto no quiere decir que los seres humanos no podamos controlar nuestra alegría o nuestra tristeza. Al contrario: precisamente porque seguimos las leyes de la libertad y no sólo las de la necesidad, la grandeza de la condición humana estriba en que siempre se ha rebelado contra el imperio de la naturaleza, aunque con suerte variable.

Por eso en los últimos años se ha ensayado un camino diferente. Lo abrió hace más de un cuarto de siglo Jakobson (1971) cuando nota que existen coincidencias verdaderamente sorprendentes entre el código genético y el código lingüístico:

Los descubrimientos espectaculares realizados estos últimos años en el terreno de la genética molecular son presentados por los investigadores mismos en términos tomados de la lingüística y de la teoría de la información... Cada palabra comprende tres subunidades de codificación llamadas «bases nucleotídicas» o «letras» del «alfabeto» que constituyen el código. Este alfabeto comprende cuatro letras diferentes «utilizadas para enunciar el mensaje genético». El «diccionario» del código genético comprende 64 palabras distintas que, teniendo en cuenta sus elementos constitutivos, se denominan «tripletes», pues cada uno de ellos forma una secuencia de tres letras; sesenta y uno de estos tripletes tienen una significación propia y los otros tres no se utilizan aparentemente más que para señalar el final de un mensaje genético... Por consiguiente, podemos afirmar que, de todos los sistemas transmisores de información, el código genético y el código verbal son los únicos que están fundados en el empleo de elementos discretos que, en sí mismos, están desprovistos de sentido, pero que sirven para constituir las unidades significativas mínimas, es decir, entidades dotadas de una significación que les es propia en el código en cuestión... El paso de las unidades léxicas a las unidades sintácticas de grados diferentes corresponde al paso de los codones a los «cistrones» y «operones», y los biólogos han establecido el paralelo entre estos dos últimos grados de secuencia genética y las construcciones sintácticas ascendentes, y las constricciones impuestas a la distribución de los codones en el interior de estas construcciones han sido llamadas «sintaxis de la cadena de ADN». La lingüística y las ciencias emparentadas con ella tratan principalmente del circuito del discurso y de las formas análogas de intercomunicación, es decir, de los papeles alternantes del destinatario y del receptor que da una respuesta, ya sea manifiesta, ya sea por lo menos muda, a su interlocutor. En cuanto al tratamiento de la información genética se dice que es irreversible: «el mecanismo de la célula no puede traducir más que en un solo sentido». Sin embargo, los circuitos reguladores descubiertos por los genetistas –la represión y la retroinhibición– parecen presentar una ligera analogía en el plan molecular con lo que es el diálogo para el lenguaje.

Las palabras de Jakobson despertaron un cúmulo de expectativas que el tiempo no ha confirmado. Tal vez ello sea debido a que el punto de partida de la homología «código lingüístico-código genético» estaba equivocado. Los primeros biólogos moleculares hablaban, en efecto, de un «alfabeto» de cuatro «letras» que daba lugar a sesenta y cuatro «palabras» de tres letras cada una. Este código presentaba doble articulación, según nota Jakobson: cada palabra consta de un sonido (sus tres letras integrantes) y un sentido (el aminoácido al que remite), pero, a su vez, el sonido es descomponible en cada una de las letras, que son ácidos nucleicos.

La magia de los vocablos es peligrosa y puede llevar demasiado lejos. A menudo se olvida que no sólo proponemos analogías injustificadas los lingüistas cuando tomamos metafóricamente las leyes de la naturaleza y construimos toda una metodología supuestamente científica a base de transplantarlas al dominio del lenguaje. El error de los neogramáticos también se ha dado en sentido contrario, también ha habido científicos naturales que han adoptado metáforas lingüísticas mal planteadas y peor resueltas: tal vez el caso de la Biología molecular sea paradigmático. ¿En qué sentido podemos considerar los cuatro ácidos nucleicos (Adenina, Timina-Uracilo, Citosina, Guanina) como «letras» y sus cadenas de tres ácidos nucleicos como «palabras»?

Por lo pronto, adviértase que la justificación que dan los biólogos es bastante pobre: como con cuatro ácidos nucleicos sólo son posibles 16 palabras de dos letras (42), es necesario utilizar tripletes, lo que permite 64 combinaciones (43) para un código degenerado de sólo 20 aminoácidos; ello da lugar al conocido inventario de aminoácidos, altamente redundante: UUU, UUC (Fenilalanina), UCU, UCC, UCA, AGU, AGC, UCG (Serina), CAU, CAC (Histidina). Este código presenta alguna analogía con las palabras de las lenguas naturales. Así, el orden de las letras es pertinente, de forma que CAU es Histidina y UAC es Tirosina, como sal no significa lo mismo que las, por ejemplo. Pero las diferencias son mucho más importantes que las semejanzas. Lo primero que llama la atención es la tremenda redundancia de estas supuestas palabras. Parece evidente que para denominar a veinte aminoácidos, eran suficientes las dieciséis palabras posibles de dos letras más las cuatro posibles de una sola letra. El hecho de que tengamos sesenta y cuatro resulta un desperdicio incomprensible. Los biólogos tratan las seis denominaciones de la serina, por ejemplo, como homónimos contextuales. Sin embargo, nada demuestra que así sea: las intervenciones practicadas por la ingeniería genética no piden que un aminoácido sea evocado por una determinada secuencia de letras, sino por alguna de las que le corresponden sin más. De otra parte, tampoco se entiende la limitación a tres letras: podríamos haber tenido aminoácidos asociados a cadenas de cuatro o cinco letras también. Las lenguas naturales desaprovechan muchas más secuencias de las que llegan a realizar efectivamente: en español existen rosa, raso, roas, aros y oras, pero hasta ahora no hay palabras como *saro, *sora, *orsa, *arso, aparte de otras secuencias ajenas a las leyes fonológicas de esta lengua como *aors, *rsoa, etc.

Más cuestionable todavía resulta el concepto de «doble articulación» tal y como se ha interpretado en relación con el código genético. Evidentemente los codones participan a su vez en unidades más amplias (operones, cistrones, etc.), es decir que no es que tengamos sólo dos dominios, sino un dominio de unidades con sonido y sentido y un dominio de unidades con sólo sonido, con independencia de que cada uno presente varios niveles de articulación interna por su parte. Pero la analogía que se establece con el lenguaje está mal planteada:

1) En el lenguaje, tiene una rosa en la solapa es una secuencia de sonido y sentido cuyo significado no se reduce a la suma de los sentidos de tiene, una, rosa, en, la y solapa, sino que, aparte de estos contenidos, hay también un esquema oracional y unos esquemas frásticos que se superponen a los mismos y que realmente los determinan (en estaba más fresco que una rosa el sentido de rosa es muy diferente). Lo que importa es que, al fragmentar la secuencia tiene una rosa en la solapa, los distintos fragmentos que se van obteniendo, primero tiene una rosa, luego una rosa y, por fin, rosa, siguen siendo unidades de la primera articulación, es decir, de sonido-sentido. En cambio, al fragmentar rosa, primero como /ro/ (frente a /sa/) y luego como /o/, se llega a unidades a las que de ninguna forma podríamos atribuir un sentido, es decir, a unidades de la segunda articulación. Esto se aprecia claramente cuando se procede a un análisis de los rasgos simultáneos propios de rosa (último fragmento de la primera articulación) y de /o/ (último fragmento de la segunda articulación): rosa es [inanimado], [vegetal], [flor], etc.; en cambio, /o/ es [vocal], [velar], [posterior]. Nada tienen en común el rasgo [flor] y el rasgo [velar], pertenecen a dos mundos incompatibles.

2) En el lenguaje de la vida las cosas no funcionan así. Se dice que una secuencia como UCA asocia el sentido «serina» y se descompone en los sinsentidos sucesivos «uracilo + citosina + adenina». Pero, ¿por qué debemos considerar la serina como un sentido y estos tres compuestos como elementos del sonido? El primero es un aminoácido, los segundos son ácidos nucleicos. La fórmula química del radical seril de la serina es:


la fórmula de la citosina (las de la adenina y el uracilo son parecidas) es:


¿Qué diferencias relevantes existen entre uno y otro? Desde el punto de vista químico muy pocas, en realidad se componen de los mismos elementos, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y carbono, aunque dispuestos en proporciones y estructuras diferentes. Lo que nos hace ver un salto de articulación entre la serie UCA y la serina es que la serina no es la suma de estos tres ácidos nucleicos, sino que, simplemente, la sucesión «uracilo + citosina + adenina» en la cadena de ARN tiene el efecto de asociar una serina en la cadena polipeptídica, efecto que también se lograría con otras secuencias como AGU, UCC, UCU, etc. Más que un salto de articulación, lo que tenemos es una asociación arbitraria.

2.6.4 Equivalencias formales

Ante estas dificultades se han ensayado nuevos caminos (López García, 2002). Es prematuro extraer conclusiones sólidas, pero lo cierto es que adoptando un punto de vista diferente se llega a resultados sorprendentes. Dicho punto de vista ha consistido en sugerir que el equivalente del codón podría ser la frase, que consta de «Especificador + Núcleo + Complemento» y que el equivalente del aminoácido asociado al codón es el sentido funcional ligado a la frase. A partir de aquí es posible desarrollar una gran cantidad de correlaciones formales entre ambos códigos, el genético y el lingüístico, cuyo verdadero significado y cuya importancia para comprender el problema del origen del lenguaje están todavía por evaluar.

Lecturas recomendadas

AA.VV (2003): Del crit a la paraula. Fonaments biológics del llenguatge, número 39 de Mètode. Revista de difusió de la investigació.

Universitat de València.

Número monográfico de esta conocida revista de divulgación científica dedicado al origen del lenguaje. Los artículos son muy claros y la síntesis que desarrollan resulta muy útil. Contiene trabajos sobre génetica y lenguaje, sobre patologías lingüísticas, sobre comunicación animal, sobre el desarrollo del proceso de hominización, sobre cognición lingüística y sobre inteligencia artificial, así como sendas entrevistas a Noam Chomsky y a Per Aage Brandt.

DIAMOND, A. S. (1974): Historia y orígenes del lenguaje.

Madrid, Alianza.

En esta obra se pasa revista a las principales propuestas que se han venido dando, antes de la época moderna, sobre el tema controvertido del origen del lenguaje.

LENNEBERG, Eric (1975): Fundamentos biológicos del lenguaje.

Madrid, Alianza.

Es el libro clásico sobre la materia. Con gran claridad y sencillez se va pasando revista a todos los aspectos biológicos relacionados con el lenguaje. Se recomienda como ampliación general al capítulo.

LORENZO, Guillermo y Víctor LONGA (2003): Homo loquens. Biología y evolución del lenguaje.

Lugo, Tris Tram.

Trabajo en el que se examinan todos los condicionamientos evolutivos que pudieron incidir en el surgimiento del lenguaje. Especialmente indicado para comprender la polémica planteada con las propuestas darwinistas. Su posición es empirista.

MENDÍVIL GIRÓ, José Luis (2003): Gramática Natural. La Gramática Generativa y la Tercera Cultura.

Madrid, Antonio Machado.

Un libro de nivel avanzado en el que se intenta responder, desde la perspectiva de la gramática generativa, al doble entronque, natural y cultural, del lenguaje. Su posición es humanística.

3. El lenguaje y la mente*

Beatriz Gallardo Paúls

Universitat de València

Para MARTÍ.

Se llega mejor a la profundidad

mirando desde dos puntos a la vez.

Jerome S. Bruner

En este apartado obviaremos las habituales discusiones sobre cuál es el objetivo de la psicolingüística, y las posturas reivindicativas (cuando no claramente beligerantes) sobre la legitimidad del estudio por parte de lingüistas o de psicólogos. Asumimos, sin más, que ambas tradiciones epistemológicas tienen mucho que decir a propósito de las relaciones entre el lenguaje y la mente, y rechazamos cualquier pretensión de exclusividad que por lo general, o bien trata de justificar ausencias bibliográficas, o bien responde a una tradición «burocratizante» de las disciplinas científicas que la última década del siglo XX ya ha demostrado poco operativa.

Efectivamente, las postrimerías del siglo XX han supuesto la difuminación de las fronteras disciplinares, igual que el siglo XXI parece encaminarse a desdibujar esas mismas fronteras en el ámbito laboral. El lector para el que redactamos estas páginas no es, pues, en exclusiva, lingüista ni psicólogo, y nuestras referencias bibliográficas se nutren indistintamente de ambas tradiciones.

3.1 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco estructuralista

Desde las primeras épocas de reflexión filosófica, el ser humano se ha preocupado de las relaciones entre pensamiento y lenguaje, y entre lenguaje y realidad. Ya Platón en el Crátilo identificaba el pensamiento como el diálogo del alma consigo misma, y planteaba las dos posturas básicas sobre la relación entre las palabras y sus significados: o bien existe un correlato directo, natural, entre la palabra y la cosa, como defiende Crátilo, o bien, como argumenta Hermógenes, la vinculación de una palabra con su significado es fruto de algún tipo de convención. En la Edad Media, las gramáticas especulativas de la filosofía escolástica (ca. 1200-1350), que buscaban integrar la tradición aristotélica con el catolicismo, distinguían tres niveles de realidad: la de las cosas (modus essendi), la de los conceptos (modus intelligendi) y la de las palabras (modus significandi), los dos últimos con una dimensión activa y pasiva que los relacionaba entre sí. Estos gramáticos, llamados modistas, tratan de explicar el modo en que las palabras reflejan la realidad de las cosas una vez éstas son concebidas por el intelecto; sus estudios gramaticales tratan de buscar regularidades de pensamiento subyacentes al uso lingüístico.

En los años iniciales del siglo XX, preocupaciones similares llevan a la escuela etnolingüística norteamericana a establecer un determinismo de la lengua sobre el pensamiento que, en su versión radical, dará paso a la (mal) conocida Hipótesis Sapir-Whorf (decimos «mal conocida» porque no fue propuesta por los autores que la nombran, sino por autores posteriores). Esta aproximación a las relaciones entre pensamiento y lenguaje, con todo, se plantea desde un ámbito distinto al que aquí nos ocupa, pues atiende más a las consecuencias sociales y culturales de hablar cierta lengua que a la individualidad psicolingüística.

3.1.1 Lingüística estructural y psicología en los inicios del s. XX

Un lugar común en la historiografía lingüística señala que el estructuralismo que inauguran De Saussure (1916) en Europa y Bloomfield (1926) en Estados Unidos, remite a un modelo psicológico conductista. Sin embargo, el panorama de investigaciones y publicaciones de ambas disciplinas es más complejo de lo que esta afirmación puede dar a entender.

En efecto, en la etapa de aparición y consolidación de la lingüística estructuralista, la historiografía psicológica (Tortosa, 1998) da cuenta de varias propuestas que resultan de interés en la problemática pensamiento-lenguaje:

- la Psicología de la Gestalt, representada por investigadores de la escuela de Graz (o «escuela austríaca») y la escuela de Berlín-Frankfurt: Max Wertheimer (1880-1943), Wolfgang Köhler (1887-1967), Kurt Lewin (1890-1947)

- el constructivismo de Jean Piaget (1896-1980)

- la reflexología de Ivan Petrovich Pavlov (1849-1936)

- la escuela socio-histórica de Lev Semionovitch Vygotski (1896-1934)

- el conductismo de John Broadus Watson (1878-1958)

Estas teorías psicológicas sirven de marco de referencia a diversos planteamientos de la relación entre pensamiento y lenguaje.

3.1.2 Posturas clásicas sobre pensamiento y lenguaje: J. Piaget y L. S. Vygotski

Mientras las investigaciones lingüísticas de los años 30 desarrollaban las premisas estructuralistas dando origen a la fonología y la morfología estructural (pensemos, por ejemplo, en las investigaciones del Círculo de Praga o en las publicaciones de estos años en la revista norteamericana Language), en el ámbito psicológico las primeras décadas del siglo XX vienen marcadas por la obra de dos psicólogos procedentes de tradiciones enfrentadas: el ginebrino Piaget y el ruso Vygotski, cuyas posturas sobre pensamiento y lenguaje resumimos muy concisamente a continuación.

Para Piaget, la base de la conducta es la adaptación, que se manifiesta en dos procesos: la asimilación y la acomodación (Pulaski, 1971: 7). Juan Antonio Vera (1998a: 181) resume en una pregunta los intereses del autor ginebrino:

¿Cómo un organismo, esto es, un ser que ha alcanzado determinado grado de organización vital, se adecua a su medio ambiente, y cuáles son los mecanismos que hacen posible el ajuste entre organismo y medio?

La respuesta a esta pregunta recoge inicialmente la formación biologista de Piaget (doctorado en Ciencias Naturales): la adecuación del ser vivo a su medio ambiente se realiza mediante esquemas adaptativos, por medio de los cuales el organismo compensa o autorregula las perturbaciones exteriores (Bronckart, 1977: 45); en el ser humano, los mecanismos autorreguladores más eficaces son los mecanismos cognitivos, que dan origen a las estructuras de la inteligencia (estructuras, por tanto, que no serían innatas, sino construidas). Por eso el tema del desarrollo verbal aparece en Piaget íntimamente unido al estudio del desarrollo cognitivo y el planteamiento inicialmente biologista se trastoca en un planteamiento psicológico.

La búsqueda de equilibrio entre el organismo y el medio es, pues, lo que motiva el encadenamiento indefinido de unas reacciones circulares en las que el sujeto se ve doblemente implicado:

- por un lado, al asimilar la realidad exterior, integrando elementos nuevos en esquemas adaptativos ya disponibles, se ve afectada la totalidad del organismo.

- por otro lado, al acomodar internamente las estructuras del organismo a esa nueva realidad, se producen cambios que de nuevo lo hacen vulnerable a otras perturbaciones externas.

Tal y como apunta Vera (1998a), lo que subyace a esta perspectiva piagetiana es una visión funcionalista de los procesos adaptativos del individuo (lo que en términos cibernéticos describiríamos como homeostasis), que a su vez nos remite a dobletes conceptuales del tipo sujeto-objeto, medio interno-medio externo, conocedor-conocido. Efectivamente, estos procesos de aclimatación son los que permiten conciliar la realidad externa e interna mediante un diálogo constante entre sujeto y objeto («entre vida y materia», señala Vera, subrayando la influencia bergsoniana en Piaget), diálogo que sustenta otros dos conceptos piagetianos fundamentales, interaccionismo y constructivismo:

- la interacción tiene lugar entre el organismo y el medio, entendidos ambos como dos realidades interdependientes que se alejan tanto de las visiones empiristas y conductistas (que otorgan excesiva importancia al influjo del entorno sobre el sujeto) como de las posiciones mentalistas (para las cuales lo esencial es la representación interna que el sujeto tiene de la realidad). Las reacciones circulares entre el sujeto y el medio describen una suerte de retroalimentación mutua entre la realidad y el individuo a partir de la cual se cimentan ambas entidades.

- la construcción es la consecuencia inmediata de la interacción; en tanto en cuanto el sujeto y el medio se definen exclusivamente a partir de sus interrelaciones, podemos decir que se construyen simultáneamente a la acción (que es, como hemos dicho, una reacción adaptativa permanente). Esta doble construcción (del sí mismo y de la realidad exterior) es realizada por el niño en las primeras fases de su desarrollo cognitivo, mediante la elaboración de un número creciente de esquemas adaptativos que se mueven entre los dos polos que definen la subjetividad, y que volveremos a tratar en términos lingüísticos a propósito de Benveniste (§3.5): el sujeto asimilador y el objeto.

Según apunta el título de una de sus monografías (La construcción de lo real en el niño, de 1937), Piaget da una especial importancia a estos procesos construccionistas que son resultado de la interacción con el medio, y que describen un cierto desplazamiento amplificador desde el yo hacia los objetos y sus relaciones (en las que podrá participar, objetivizándose, el propio sujeto):

Al principio de la actividad asimiladora, cualquier objeto ofrecido por el medio exterior a la acción del sujeto no es más que algo para chupar, mirar o asir: tal asimilación está pues, en esta fase, centrada únicamente en el sujeto asimilador. Por el contrario, el mismo objeto se transforma después en algo que puede desplazarse, moverse y utilizarse con fines cada vez más complejos. Lo esencial llega a ser, pues, el conjunto de relaciones elaboradas por la actividad propia entre este objeto y los demás: a partir de aquí, asimilar significa comprender o deducir y la asimilación se confunde con la inserción del objeto en una red de relaciones. Por este mismo hecho, el sujeto asimilador adquiere una relación de reciprocidad con las cosas asimiladas: la mano que coge, la boca que chupa o el ojo que mira no se limitan ya a una actividad inconsciente de sí misma, aunque centrada sobre sí, sino que son concebidas por el sujeto como unas cosas entre otras que mantienen relaciones de interdependencia con el universo (Piaget, 1937: 7).

Mediante esta asimilación constante en los primeros años de vida, el niño construye las estructuras cognitivas que constituyen su inteligencia («el dispositivo de adaptación por excelencia» según Vera, 1998a: 183), de ahí que una de las obras más emblemáticas de Piaget, publicada en 1936, lleve por título El nacimiento de la inteligencia en el niño. En esta obra describe las fases de desarrollo cognitivo del sujeto, que aparecen esquematizadas en el siguiente cuadro.

Desarrollo cognitivo según Jean Piaget


Como vemos, la etapa inicial del desarrollo cognitivo proporciona una inteligencia sensoriomotriz que carece de constructos estrictamente conceptuales; la adaptación al medio se realiza en primer lugar a través de la percepción sensorial (etapa sensoriomotriz) y poco a poco se van construyendo las estructuras cognitivas que sustentan el desarrollo intelectual y verbal; en este período inicial que se extiende aproximadamente durante los dos primeros años de vida, el niño experimenta la definitiva constitución del objeto a través de seis fases diferentes. Los experimentos de ocultación de objetos le llevan a concluir que al final del segundo año

el objeto ya no es, como en las cuatro primeras fases, sólo la prolongación de las diversas acomodaciones, tampoco es, como en la quinta fase, un móvil permanente cuyos movimientos llegaron a ser independientes del yo aunque únicamente en la medida en que fueron percibidos. El objeto se libera definitivamente tanto de la percepción como de la propia acción para obedecer las leyes de desplazamientos enteramente autónomos. En efecto, por el mismo hecho de entrar en el sistema de las representaciones y las relaciones abstractas o indirectas, el objeto adquiere, en la conciencia del sujeto, un nuevo y definitivo grado de libertad: es concebido permanentemente idéntico a sí mismo sean cuales sean sus desplazamientos invisibles o la complejidad de las pantallas que lo oculten. (Piaget, 1937: 82).

Este proceso de desarrollo cognitivo describe la construcción de unas estructuras del conocimiento progresivamente más eficaces y complejas, que mantienen una relación privilegiada con el sistema lingüístico del sujeto. A estas relaciones dedica Piaget sus obras El lenguaje y el pensamiento en el niño (1923) y La formación del símbolo en el niño (1946). Entre los pilares conceptuales de sus teorías citamos los siguientes:

- Importancia de la función simbólica y de la representación: el lenguaje se considera como una manifestación, entre otras, de la función simbólica del sujeto, que a su vez es fruto de su capacidad cognitiva. Esta función simbólica está en la base de las representaciones, que aparecen en la sexta etapa del período sensoriomotor (Piaget, 1937: 12, 82), y que pueden entenderse de una manera amplia, como cualquier tipo de conocimiento separado ya de la percepción o el movimiento, o restringida, como una unión de un elemento significante (figurativo) y un elemento significado (operativo). Estas representaciones figurativas pueden ser, a su vez, de tres clases, cuya aparición en la conducta del niño es sucesiva: los índices perceptivos (imágenes mentales obtenidas en el proceso perceptivo, internas al sujeto), los símbolos (elementos externos al sujeto pero de significado individual, que el niño utiliza en el juego simbólico, por ejemplo la representación de un coche mediante una caja o una piedra) y los signos (significantes externos al sujeto y de uso colectivo, como las lenguas naturales).

- Autocentración (egocentrismo): los primeros estadios de conciencia del sujeto no diferencian entre el yo y otras realidades; esta indiferenciación explica que la aparición inicial del lenguaje vaya ligada a la actividad adaptativa de asimilación. Por eso Piaget identifica en primer lugar las producciones de lenguaje egocéntrico, cuyas tres categorías (las respuestas ecoicas, los monólogos y los monólogos colectivos) describen a un niño que no distingue entre su punto de vista y el del interlocutor, que no está preocupado por la relación con el otro a través del habla. Estas emisiones egocéntricas tienen la función básica de reforzar la acción o sustituirla, y están desprovistas de una función comunicativa o informativa intencionada; se oponen a lo que Piaget llama inicialmente lenguaje socializado, y constituyen más de la mitad de las producciones en hablantes menores de 3 años.

- Descentración: este proceso significa el progresivo acceso a sistemas de comunicación e interlocución, de manera simultánea a la propia constitución del sujeto. A los siete años, sólo una cuarta parte de las producciones verbales sería egocéntrica, y a los 10 años tiende a desaparecer.

- La inteligencia precede al lenguaje: el lenguaje es un sistema de signos como lo es la imitación diferida, la mímica, el juego simbólico, u otros, cuya aparición debe subordinarse necesariamente a la formación previa de la inteligencia sensoriomotriz (Piaget, 1968: 80); con todo, Piaget es consciente de que la relación pensamiento-lenguaje no se resuelve simplemente por esta distancia cronológica: «es evidente que si el lenguaje procede de una inteligencia particularmente estructurada, la estructura a su vez, y aquí comienzan los verdaderos problemas.» (1968: 82).

- El lenguaje es inicialmente individual, egocéntrico, y posteriormente comunicativo, social.

La psicolingüística posterior ha criticado especialmente dos de estos planteamientos: el énfasis en la naturaleza representacional del lenguaje emergente (minimizando la función comunicativa) y la dependencia del lenguaje respecto al desarrollo cognitivo previo. Así, Galeote (2002: 79) recoge varios argumentos según los cuales el desarrollo cognitivo sería insuficiente para explicar el desarrollo verbal, por ejemplo:

– la gramática temprana del niño implica un tipo de conocimientos que desbordan los aportados por la inteligencia sensoriomotriz,

– los niños con trastorno específico del lenguaje (TEL) poseen un desarrollo cognitivo normal y sin embargo tienen serios problemas para adquirir la gramática de su lengua,

–inversamente, el estudio de niños con deficiencias cognitivas y síndromes diversos (hidrocefalia, síndrome de Williams-Beuren, espina bífida, síndrome de Turner) muestra que una buena adquisición de la gramática es compatible con deficiencias cognitivas importantes,

– el contraste interlingüístico presenta diferencias en la adquisición según la complejidad formal de las lenguas.

Efectivamente, estos argumentos podrían sustentar la pretensión generativista de especificidad de la facultad del lenguaje, pues aparentemente permiten hablar de una adquisición del lenguaje independiente del desarrollo intelectual (para una relativización de estos resultados referida al síndrome de Williams véase, sin embargo, Garayzábal, 2004). No obstante, podemos plantear una objeción que los argumentos generativistas comparten con las posturas piagetianas, y que se refiere a la identificación de lenguaje y función representativa o, planteado en otros términos, la ausencia de consideraciones sobre el uso social y pragmático, comunicativo, del lenguaje (Vygotski, 1934; Bronckart, 1977: 52-53; Bruner, 1983: 21). A este respecto, la obra de Piaget encuentra su contrapunto más notable, y más difundido, en las posturas de Vygotski, que resumimos a continuación.

L. S. Vygotski se graduó en leyes en 1917 y en 1925 se doctoró en psicología con una tesis sobre Psicología del arte; su trabajo específicamente psicológico se desarrolla entre 1924 (fecha en que se incorpora al Instituto de Psicología de Moscú) y 1934 (año de su fallecimiento), es decir, en los primeros años de la Unión Soviética. Sin embargo, la represión estalinista de los años 30 prohibió sus obras casi desde el mismo momento de su muerte, y hasta 1956 no se publicaban de nuevo. Según señala Vera (1998b: 219) «durante esos diez años luchó incansablemente, tratando de elaborar una teoría marxista que explicara los procesos psicológicos superiores del ser humano.»

La postura de Vygotski sobre las relaciones entre pensamiento y lenguaje aparecen en dos trabajos de 1929 («Raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje») y 1932 («El problema del habla y el pensamiento en la teoría de Piaget»), que se recogen como capítulos 4º y 2º de la compilación Pensamiento y lenguaje (1934). Su punto de partida es analizar la relación entre ambas funciones tanto en el desarrollo filogenético como en el ontogenético, un doble análisis que le lleva a las siguientes conclusiones:

1. En la filogénesis:

1. Pensamiento y lenguaje tienen raíces genéticas diferentes.

2. El desarrollo de pensamiento y lenguaje se realiza por canales distintos, independientes entre sí.

3. La relación entre pensamiento y lenguaje durante el desarrollo filogenético no es constante.

4. Los antropoides muestran una inteligencia similar a la humana en su rudimentario uso de herramientas. Su lenguaje es también similar al de los humanos, pero aquí la similitud se vincula con diferentes aspectos del función psicológica. Se vincula con la fonética del lenguaje, la función emocional del lenguaje, y la existencia de los rudimentos del lenguaje social.

5. Los antropoides no manifiestan el estrecho vínculo entre pensamiento y lenguaje que caracteriza al hombre. En el chimpancé, ambos están completamente desconectados.

6. En la filogénesis del pensamiento y el lenguaje, podemos identificar con certeza al menos una fase prelingüística en el desarrollo de la inteligencia y una fase preintelectual en el desarrollo del lenguaje (Vygotski, 1934: 109 [trad. propia]).

2. En la ontogénesis:

1. Como ya vimos en el análisis del desarrollo filogenético del pensamiento y el lenguaje, ambos procesos tienen raíces diferentes en la ontogénesis.

2. Igual que identificamos un estadio «prelingüístico» en el desarrollo del pensamiento infantil, podemos identificar un «estadio preintelectual» en el desarrollo de ese lenguaje.

3. Hasta cierto punto el lenguaje y el pensamiento se desarrollan en líneas diferentes e independientemente uno de otro.

4. A partir de cierto punto, ambas líneas confluyen: el pensamiento deviene verbal y el lenguaje intelectual (Vygotski, 1934: 109 [trad. propia]).

Esta confluencia, que tiene lugar al final del segundo año de vida, constituye lo esencial de la conciencia humana («El pensamiento y el lenguaje son la clave para entender la naturaleza de la conciencia humana», 1934: 285), y su explicación no puede basarse en el estudio separado de los elementos que la integran; dice que esta consideración (una evolución paralela pero independiente de pensamiento y lenguaje) es lo mismo que tratar de explicar por qué el agua apaga el fuego recurriendo a la descomposición del agua en hidrógeno y oxígeno. Por el contrario, Vygotski propone un cambio de perspectiva que sustituya los «elementos» por «unidades» (1934: 244), es decir, que adopte una consideración global del pensamiento y el lenguaje.

Inicialmente, Vygotski resuelve esta confluencia mediante el concepto de «lenguaje interior», caracterizado por Watson en oposición al «lenguaje exterior» propio de la adaptación social, pero se resiste a interpretarlo como una simple disminución del volumen del habla:

No hay evidencia de que la transición desde un lenguaje exterior público hacia un lenguaje interior disimulado se realice a través del susurro. Simplemente no ocurre que el niño empiece gradualmente a hablar más y más bajo hasta llegar por fin a un lenguaje silencioso. (1934: 112 [trad. propia]).

Posteriormente, para hallar el vínculo transicional que facilita este paso del lenguaje externo al interno, Vygotski recurre al concepto piagetiano de lenguaje egocéntrico y propone un desarrollo en cuatro fases:

- estadio natural o primitivo: lenguaje preintelectual y pensamiento prelingüístico;

- estadio ingenuo: el niño maneja estructuras y formas gramaticales antes de manejar sus correspondientes funciones y operaciones lógicas;

- estadio del signo y la operación externos: el niño resuelve la tarea mental interna apoyándose en el signo externo (cuenta con los dedos, por ejemplo); corresponde al lenguaje egocéntrico;

- estadio del «arraigo»: se produce el movimiento desde la operación externa a la interna; es el estadio de la memoria lógica, que utiliza relaciones interiores en la forma de signos interiores; aparece la aritmética «muda» y, en el ámbito verbal, el lenguaje interior o lenguaje silencioso.

En esta descripción inicial la socialización del niño a través del lenguaje ocupa un papel fundamental para su desarrollo cognoscitivo; curiosamente, Vygotski utiliza a Piaget como argumento de autoridad para llegar a esta conclusión:

Como la investigación de Piaget ha demostrado, el desarrollo de la lógica del niño es una función directa de su lenguaje socializado. Esta posición puede formularse en los siguientes términos: el desarrollo del pensamiento del niño depende de su dominio de los medios sociales de pensamiento, es decir, de su dominio del lenguaje (Vygotski, 1934: 120 [trad. propia]).

En su artículo de 1932, Vygotski analiza las teorías de Piaget sobre pensamiento y lenguaje infantil, y desarrolla su diferente interpretación del lenguaje egocéntrico. Comienza señalando las novedosas aportaciones que suponen, por un lado, el método clínico desarrollado por Piaget y, por otro, su caracterización de la mente infantil sin recurrir al contraste (en negativo) con la mente adulta, algo en lo que también Bruner hará hincapié. Sin embargo, realza la importancia funcional del lenguaje egocéntrico, otorgándole un papel esencial en el cambio desde un lenguaje mediador de la conducta social hasta un lenguaje mediador de la conducta individual, y plantea una crítica esencial a la obra piagetiana:

Sugeriríamos que en la concepción de Piaget es fundamental la ausencia de dos elementos [...] Lo que falta, pues, en la perspectiva de Piaget es la realidad y la relación del niño con esa realidad. Lo que falta es la actividad práctica del niño. Esto es fundamental. Incluso la socialización del pensamiento del niño es analizada por Piaget separada de su contexto práctico. Está aislada de la realidad y es tratada como la pura interacción o comunicación de mentes. Este es el tipo de socialización que conduce en el enfoque de Piaget al desarrollo del pensamiento (1934: 87 [trad. propia]).

Esta crítica se acentúa en otros artículos, como «El pensamiento y la palabra», que aparece como capítulo 7 de Pensamiento y lenguaje:

El lenguaje egocéntrico es un fenómeno común en el niño [...] Piaget no entendió su significado. Intentó estudiarlo e interpretarlo teóricamente. Sin embargo, permaneció completamente ciego a la característica más importante del lenguaje egocéntrico, es decir, a sus orígenes genéticos y sus conexiones con el lenguaje interno. Como consecuencia, su interpretación de su naturaleza fue falsa en términos funcionales, estructurales y genéticos (1934: 257 [trad. propia]).

En sus estudios empíricos (similares a los de Piaget y realizados en colaboración con A. R. Luria, A. N. Leontiev, R. E. Levina y otros), Vygotski concluye que el lenguaje egocéntrico no es un simple acompañamiento de la acción, sino que realiza desde los estadios iniciales un importante papel en la actividad infantil; comprueba que la cantidad de emisiones egocéntricas casi se duplica cuando al niño le surge un problema («¿Dónde está el lápiz? Necesito el azul... No queda... Pues entonces lo pintaré rojo y pondré agua... así se hace más oscuro y más parecido al azul...»), lo que apoya la idea de que efectivamente estas emisiones realizan una función: entender la situación, encontrar solución a un problema o planificar lo que va a hacer (por ejemplo describiendo el dibujo a medida que lo realiza). Su caracterización del habla egocéntrica le da un papel transicional que describe por medio de la función y la forma:


Estas emisiones no son, pues, una simple manifestación de la naturaleza autocentrada del pensamiento infantil, sino una herramienta en el proceso de interiorización del lenguaje. Vygotski (1934: 75) compara tres modelos descriptivos que podemos representar en la siguiente tabla:


Esta consideración de la praxis lingüística efectiva ha llevado a Bruner (1987: 6) a señalar la proximidad de Vygotski con los planteamientos de la pragmática enunciativa de Austin, Searle o Grice, especialmente en lo que se refiere a su inclusión de una «actividad volitiva» en cada expresión (Vygotski, 1934: 282).

Por lo que se refiere a la distinta consideración de Piaget y Vygotski de la etapa egocéntrica, López (1988: 32) ha indicado que no se trata de enfoques tan contradictorios como parece, sino que pueden verse como complementarios en la medida en que cada uno atiende a una característica distinta de las lenguas naturales. Ese lenguaje egocéntrico que aumenta cuando el niño tiene algún tipo de problema (Vygotski) apunta, sin duda, a una función reflexiva, metalingüística, mientras que al privilegiar la autocentración que desconecta los significantes de sus significados «reales», Piaget está apelando más bien a la capacidad prevaricadora (asumimos, en la línea de Hockett y Altman, que lo exclusivo de las lenguas naturales como sistemas semióticos, es la simultaneidad de dualidad, reflexividad y prevaricación, cf. López, 1988: 23).

3.1.3 Aportaciones de base conductista: B. F. Skinner

La psicología conductista considera la adquisición del lenguaje en el marco teórico de los hábitos (es decir, secuencias fijas de estímulos y respuestas), prescindiendo de estados y procesos mentales separados del comportamiento. Destaca especialmente la obra de Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) y su teoría del comportamiento operante, que presenta a fines de los años 40 en las Conferencias William James y publica definitivamente en su libro de 1957 La conducta verbal.

Skinner distingue junto al condicionamiento clásico pavloviano, un condicionamiento instrumental u operativo en el que la reacción al estímulo es producida casualmente y reforzada a posteriori. En el contexto del entrenamiento animal tenemos, por ejemplo, al hámster que salta casualmente por el aro y que recibe una golosina para reforzar esa acción. En el contexto del aprendizaje verbal, la reacción (el operante) es la emisión verbal del niño, cuya fijación depende del refuerzo positivo que proporcione el adulto a continuación; así, por ejemplo, ante las primeras palabras u holofrases, el niño recibe casi siempre un refuerzo positivo por parte de la madre (sonrisa, celebración, repetición aprobatoria...).

Skinner propone una clasificación de los operantes verbales en tres categorías:

- Los mands: son reacciones a estímulos internos, generalmente situaciones de privación o necesidad, que tienen consecuencias prácticas en el entorno (por ejemplo, el niño obtiene agua, consigue que lo cojan...).

- Los tacts: son reacciones a estímulos externos no verbales; incluyen la mayor parte de los comportamientos verbales.

- Las respuestas eco: reaccionan a estímulos externos verbales; se incluyen aquí las imitaciones verbales, la lectura (comportamiento textual), y ciertas asociaciones intraverbales del tipo 1492: Descubrimiento de América.

La pretensión básica de Skinner era dotar al estudio del lenguaje de un estatus científico comparable al de otras facetas del comportamiento humano; su posicionamiento teórico (llamado a veces neoconductismo radical) le lleva a desatender factores no sistematizables como el contexto, la intención o incluso el significado, pero a la vez, adopta un enfoque funcional de las emisiones que puede considerarse precursor de la pragmática enunciativa.

Sin embargo, su obra fue duramente criticada por una reseña que realizó Chomsky en Language en 1959. Recordemos que el mismo año de publicación de La conducta verbal Chomsky inauguraba el generativismo con su obra Las estructuras sintácticas; su ataque fundamental a la obra de Skinner consiste en que las cadenas fijas del tipo:


no dejan lugar para la creatividad de un hablante que (recordemos) puede generar infinitas oraciones a partir de un conjunto finito de reglas. Richelle (1998: 339) resume así la incidencia de la reseña crítica que escribió Chomsky sobre el libro de Skinner:

Una de las críticas más banalmente dirigidas a Skinner ha sido el extrapolar a la especie humana las conclusiones de algunos experimentos sobre animales de laboratorio. Esto es desconocer su preocupación, anteriormente señalada, por los comportamientos más específicamente humanos, y especialmente el lenguaje. Corresponderá a los historiadores de las ciencias humanas el valorar las consecuencias que tuvo para la influencia de Skinner por una parte, y para la orientación tomada por la psicología cognitiva por otra, la crítica que hizo Chomsky [...] Queda que la contribución de Skinner, que proponía un análisis funcional del comportamiento verbal, teniendo en cuenta el carácter interactivo de la actividad lingüística [...] se vio desmantelada por el efecto de una crítica cuyos argumentos apuntaban a temas ajenos a las posiciones skinnerianas o las deformaban de una manera que apuntaba a la deshonestidad intelectual.

La insistencia chomskiana en la creatividad, no obstante, debe relativizarse a la luz de las investigaciones pragmáticas desarrolladas en la segunda mitad del siglo XX. La noción de predictibilidad, identificada por los autores de la escuela de Birmingham (John Sinclair, Malcolm Coulthard, Michael Stubbs), y que aparece en otras escuelas como pertinencia condicionada (análisis conversacional etnometodológico) o restricciones de encadenamiento (pragmática dialógica francófona), nos permite resituar la visión de Skinner sobre la sucesión de las emisiones verbales. Si bien es cierto, como pretende Chomsky, que la reacción ante un estímulo dado ofrece infinitas posibilidades de construcción sintáctico-léxica, también es cierto que cada emisión impone restricciones de ilocutividad y de orientación interactiva a la emisión siguiente (Gallardo, 2003b). Dado un estímulo como una invitación, el sujeto podrá construir la respuesta de mil maneras diferentes, sí, pero tal respuesta se moverá siempre en un espectro de posibilidades que oscila entre la aceptación y el rechazo.

Con todo, la ruptura radical que impuso la gramática generativa tuvo un efecto de renovación que determinó la evolución del cognitivismo:

Era [el de Chomsky] un enfoque extremo. Pero de un golpe liberó a una generación de psicolingüistas del dogma de asociación-imitación-refuerzo. Giró la atención al problema del aprendizaje de las reglas, aunque se concentraba sólo en las reglas sintácticas. Al declarar muerta la teoría del aprendizaje como explicación de la adquisición del lenguaje (una de las necrologías más prematuras de nuestro tiempo), abrió el camino para un nuevo concepto (Bruner, 1983: 35).

3.2 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco generativista

3.2.1 Las posiciones de Chomsky

En 1957 Noam Chomsky (1928-) publica la primera versión del modelo gramatical generativista, Las estructuras sintácticas, donde plantea su concepción básica sobre el lenguaje y el pensamiento, la gramática y la propia lingüística (concebida como una subdisciplina teórica que se incluye en la psicología cognitiva). Como sabemos, este primer modelo será modificado en sucesivas versiones que permiten distinguir la teoría estándar, la teoría estándar ampliada, el modelo de la rección y ligamento, el modelo X-barra, el minimalista, etc., ya que la historia del generativismo es un verdadero ejercicio de «polifonía textual» (aunque no siempre dialógica).

La ingente bibliografía chomskiana, que complementa sus numerosos escritos con la publicación de entrevistas en medios de comunicación, la transcripción de debates o coloquios en los que participa, etc. obliga a que cualquier comentario sobre sus propuestas deba inevitablemente contextualizarse cronológicamente. Para describir sus posiciones sobre lenguaje y pensamiento, que han marcado considerablemente la orientación de la lingüística y la psicología cognitiva en la segunda mitad del siglo XX, debemos recurrir, más que a las publicaciones sobre gramática, a las que se ocupan específicamente de las relaciones entre pensamiento y lenguaje, como Lingüística cartesiana (1966), El lenguaje y la mente (1968), El lenguaje y los problemas del conocimiento (1988) o la entrevista que le realiza Brigitte Stemmer en el monográfico de Brain and Language (1999).

Como ya hemos señalado a propósito de Skinner, la gramática generativa nace con una voluntad claramente revolucionaria, contraria a la lingüística y a la psicología del momento. Bronckart exponía así en 1977 la relación entre este generativismo de las primeras décadas y el resto de escuelas investigadoras coetáneas:

el movimiento generativista se alzó literalmente «en armas», desde 1957, contra la lingüística estructuralista y contra la corriente estructuralista en psicología del lenguaje. [...] Deseoso de dar cuenta de la «creatividad» del sujeto hablante al formalizar el modelo interno o «facultad» del lenguaje que posee todo locutor, Chomsky no puede dejar de oponerse tanto a Skinner como a Bloomfield. Formula, contra estas dos escuelas (sobre todo contra la primera, cf. la reseña B. F. Skinner: Verbal behavior) unas críticas de tono extremadamente violento y apasionado. Este tono violento, que justificaba la violencia de las oposiciones ideológicas y filosóficas subyacentes, continuó sin embargo caracterizando los intercambios científicos entre los chomskianos y «los otros» [...] Si la polémica virulenta respecto de los antimentalistas norteamericanos pudo parecer justificada, su generalización al conjunto de las corrientes estructuralistas y, de modo general, al conjunto de la lingüística no generativa procede o bien de una ignorancia –parcial o total- de dichas corrientes, o bien de un imperialismo teórico que nadie puede justificar. [...] Obnubilado sin duda por el estructuralismo rígido de la posguerra, Chomsky consideró al conjunto de lingüistas de dicha escuela como antimentalistas, cosa que no deja de sorprender cuando se conocen las tomas de postura fenomenológicas de los miembros del CLP [Círculo Lingüístico de Praga] (1977: 141-142).

En consonancia con este posicionamiento intencionadamente rompedor, cabe entender la visión chomskiana sobre el lenguaje y la lingüística; frente a las posturas empiristas que buscaban la fuente del conocimiento y la conducta en la experiencia del sujeto y su relación con el entorno, el generativismo asume una posición racionalista («cartesiana») según la cual el conocimiento procede de la mente humana. La argumentación que conduce a esta conclusión es bien conocida (Veyrat, 1994): el proceso de adquisición del lenguaje supone el aprendizaje de un sistema de reglas (la gramática) cuya complejidad desborda la capacidad que el mismo niño muestra en otros ámbitos cognitivos; habida cuenta de la rapidez de este aprendizaje, que permite disponer de una gramática básica a edad muy temprana, no cabe sino concluir la existencia de un bagaje innato que facilite tal adquisición:

Una peculiaridad notable de la adquisición del lenguaje por parte del niño es el grado de precisión con el que imita el habla de sus modelos (miembros de la familia, otros niños, etc.). La precisión del detalle fonético va mucho más allá de lo que los adultos pueden percibir sin entrenamiento especial y por tanto no puede ser que ésta sea el resultado de alguna forma de entrenamiento [...]. Problemas similares surgen en el área de la adquisición del vocabulario, y la solución debe encontrarse en las mismas líneas: en la herencia biológica que constituye la facultad de lenguaje humano [...]. La velocidad y la precisión de la adquisición del vocabulario no deja alternativa verdadera alguna a la conclusión de que el niño, de alguna forma, dispone de conceptos previos a su experiencia de la lengua y está, básicamente, aprendiendo etiquetas para conceptos que ya son parte de su aparato conceptual (Chomsky, 1988: 31).

Para argumentar con más detalle esta dotación innata, Eric Lenneberg realizó un estudio que se ha convertido ya en un clásico del generativismo: Los fundamentos biológicos del lenguaje, de 1967, donde aportaba argumentos anatómicos, fisiológicos y neurológicos para defender el innatismo. Lenneberg es quien identifica un período crítico de adquisición; según él, la adquisición del lenguaje que sigue a la exposición a los datos de lenguaje adulto, se activa sólo durante el período de desarrollo cerebral del sujeto (aproximadamente hasta la pubertad). Estas tesis fueron rápidamente incorporadas por lingüistas y psicólogos, y alentaron la organización por la UNESCO en 1968 de un Simposio sobre Investigación Cerebral y Conducta Humana, cuyas actas aparecieron editadas por Eric Lenneberg y Elizabeth Lenneberg en 1975.

Una vez aceptado el innatismo, la cuestión inmediata que surge es definir la naturaleza de esa dotación genética, que se designa como mecanismo de adquisición del lenguaje, MAL (language acquisition device, LAD). La activación de este mecanismo sólo se hace posible tras la exposición previa a los datos verbales del habla adulta, lo que configura un sistema de tres módulos que son:


Al identificar un bagaje innato que va más allá de la simple capacitación para aprender, y que predispone al niño para la adquisición del lenguaje a través del MAL, Chomsky está abriendo la puerta a investigar desde el generativismo uno de los temas más tratados en las últimas décadas del siglo XX, como es la tipología lingüística y la búsqueda de universales gramaticales:

La doctrina central de la lingüística cartesiana es que las características generales de la estructura gramatical son comunes a todas las lenguas y reflejan ciertas propiedades fundamentales de la mente (Chomsky, 1966: 124).

Esta búsqueda de universales, sin embargo, no es una tarea fácil, pues afecta directamente a la naturaleza del MAL, y ha de garantizar su validez translingüística. Hemos de plantearnos, entonces, una descripción más concreta de la dotación innata, para lo que hablaremos de posibles grados de aceptación del innatismo. Los análisis detallados sobre este aspecto de la «historia interminable» de la gramática generativa describen una evolución (desde la teoría estándar ampliada de los años 70, hasta el programa minimalista de los 90) en la que progresivamente se suaviza el grado de concreción de las categorías innatas.

3.2.2 El innatismo

La innegable superioridad de formalización que ofrecía (y ofrece) la gramática generativa con respecto a las escuelas estructuralistas anteriores y coetáneas, hizo extensivo un presupuesto de tal superioridad en todos los ámbitos, incluyendo la aceptación del correlato psicologista que llevaba aparejado. Sin embargo, la constante necesidad de revisión de los sucesivos modelos formales se relaciona directamente con la inadecuación de este correlato psicológico, basado en la dotación innata de las categorías gramaticales.

Un factor clave de este modelo psicológico se manifiesta en la concepción de las estructuras del lenguaje, básicamente la estructura superficial (ES) y la estructura profunda (EP), y su relación con los distintos componentes de la gramática. La distinción de estas dos estructuras, que se mantiene constante desde 1957 hasta su disolución en el modelo minimalista de los 90, permitía conciliar cierta dotación innata compartida por toda la especie (EP) con la riqueza tipológica (ES) mostrada por las lenguas del mundo. Precisamente este doblete teórico justifica también la peculiar manera de acercarse al tema de la gramática universal sin recurrir a una muestra representativa de lenguas. Una de las ideas básicas surgidas del Simposium sobre Universales en Teoría Lingüística que se celebra en la Universidad de Texas en Austin ya en 1967, es, precisamente, que la búsqueda de universales debe situarse en la EP que comparten todas las lenguas (todos los hablantes competentes), sin necesidad de comparar las EESS; el lingüista no necesita recurrir a ningún corpus, ya que su propia competencia lingüística le permite indagar en la búsqueda de universales (un recurso a la competencia que no deja de ser curioso tras las críticas a la lingüística previa por apelar a la intuición). La objeción constante realizada desde las filas de la tipología funciona-lista (encabezada por Joseph Greenberg y la Escuela de Standford) estriba en que con demasiada frecuencia los generativistas han identificado universales que sólo se explican porque han sido propuestos para el inglés (Bernard Comrie, por ejemplo, señalaba que todo el planteamiento se basa en supuestos sobre estructuras abstractas y sobre innatismo que son imposibles de verificar empíricamente, «con lo que la aceptación de este modelo se convierte en cuestión de fe», 1981: 17).

¿Cuál es, en definitiva, la naturaleza y el nivel de abstracción de esos elementos innatos? Aquí es donde la posición del generativismo se ve obligada a modificarse sucesivamente a tenor de las modificaciones que, paralelamente, va experimentado la concepción gramatical. Así, el modelo sintáctico de las primeras versiones (teoría estándar, teoría estándar ampliada) pretende que el niño nace con cierta predisposición para identificar unidades funcionales (como por ejemplo, los esquemas oracionales algebraicos, del tipo O → SN + SV). En la época de la semántica generativa se pensará que lo que el niño discrimina ya no son funciones, sino papeles temáticos (por ejemplo, el agente de cada oración), y más tarde (modelo de la rección y ligamento) se pensará que el niño posee reglas y relaciones. A fines de los 80 Ángel López describía así el itinerario de estas concepciones innatistas, desde el anticonductismo explícito de Las estructuras sintácticas hasta las posiciones más abstractas del modelo de parámetros descritas por White:

Aunque oficialmente la G. G. se siga considerando innatista, de hecho hoy en día es una hipótesis psicológicamente filoconstructivista. El punto de vista actual en lo relativo a la teoría del aprendizaje –White, 1982– es el siguiente: lo que el niño posee de forma innata ya no son principios estables, sino una serie de coordenadas o parámetros, organizados modularmente (es decir, en subcomponentes autónomos, aunque interrelacionados), y tales que la experiencia (los estímulos del contexto) fija para cada uno una serie de valores que constituyen la gramática particular de una lengua. A su vez, dicha gramática particular ni siquiera tiene que remitir en su totalidad a la gramática universal que constituye el genotipo: parte de la información visible –fenotipo– está determinada culturalmente –periferia– y suele obscurecer las propiedades del núcleo, que es quien deriva de la gramática universal (López, 1988: 117).

Los intentos posteriores, correspondientes al modelo minimalista, siguen pretendiendo el equilibrio entre la formalización y su correlato psicologista subyacente, lo que conduce a la eliminación de las estructuras profunda y superficial, sustituyéndolas por un componente sintáctico que es resultado de una proyección del lexicón. Bickerton elogia así la validez cognitiva del modelo minimalista:

este modelo sigue mucho más de cerca que el antiguo el modo en que el cerebro maneja realmente el lenguaje. Para la neurología no tenía ningún tipo de sentido decir que el cerebro daba primero forma a unas cuantas estructuras oracionales muy abstractas para después barajarlas hasta lograr que algo completamente diferente saliera de nuestra boca, que es lo que el viejo modelo de la estructura profunda y la estructura superficial afirmaba implícitamente. Los cerebros no son tan sutiles. Si pueden hacer algo directamente, lo hacen directamente [...]. El viejo modelo implicaba que uno tenía que tener en la cabeza un conocimiento real de la gramática que debía usarse para poner en marcha las estructuras profundas (para «generarlas», razón por la cual recibía el nombre de «gramática generativa»). Sin embargo, se suponía que este conocimiento era innato [...]. En el momento presente, todo lo que queda de las montañas de conocimiento innato que presuponía el antiguo sistema son unos cuantos principios elementales (Calvin y Bickerton, 2000: 197).

En su recopilación de artículos y conversaciones titulada Lingua ex Machina, el neurofisiólogo William Calvin y el antropólogo lingüista Dereck Bickerton defienden que el niño nace predispuesto hacia distinciones lingüísticas particulares, pero sin equipararlas a ninguna categoría morfosintáctica concreta; se trata, más bien, de una predisposición para unir las palabras en oraciones y comprenderlas según la ejecución de ciertos algoritmos. Su objetivo final es demostrar un punto de confluencia entre las tesis evolucionistas (Darwin) y las innatistas (Chosmky), lo que supone un esfuerzo de aproximación que pueda ser asumible para ambos planteamientos.

La tesis defendida por Calvin y Bickerton explica la complejidad del lenguaje natural (básicamente, su estructuración sintáctica) por la convergencia del protolenguaje con la inteligencia social, en concreto lo que el biólogo Robert Trivers designa «altruismo recíproco»: cuando los primates establecen relaciones altruistas (transaccionales, en la perspectiva de Bruner), es necesaria una capacidad de cálculo que les permita realizar varias funciones (Calvin y Bickerton, 2000: 162):

- distinguir a los individuos de su entorno social,

- diferenciar entre los tipos de acción (propia y ajena) que les proporcionan beneficios o perjuicios,

- algún tipo de representación abstracta (recuérdese la función simbólica piagetiana) de los papeles que desempeña cada uno de los implicados en cierta acción, lo que supone su organización en términos actanciales, argumentales.

3.3 Las relaciones pensamiento-lenguaje desde el marco cognitivista

Chomsky, como hemos visto, reivindicaba una caracterización de la lingüística como subdisciplina perteneciente a la psicología cognitiva, cuya emergencia en los años 60 describe Romero (1998: 417) en los siguientes términos, vinculándola a ciertas necesidades surgidas en la segunda guerra mundial:

La aproximación cognitiva, tal y como hoy en día se conoce, surge gracias a influencias sociales y tecnológicas externas y ajenas al propio mundo académico o aplicado de la psicología [...]. En concreto, los avances teóricos y tecnológicos, principalmente en los países anglosajones (EUA y Gran Bretaña) en torno a temas tales como la información, la computación, los ordenadores, etc. –lo que Rivière (1991) ha denominado las tecnologías del conocimiento o Simon (1973) las ciencias de lo artificial– fueron las influencias clave que motivaron a los psicólogos para superar los modelos conductualistas vigentes hasta entonces [...]. Para construir máquinas eran necesarios ingenieros, físicos o matemáticos, y para ahondar en las tareas mentales que esas máquinas pudieran hacer, los más cualificados eran los psicólogos, aunque también podían estar neurólogos, lingüistas, e incluso filósofos y antropólogos.

En su presentación de su modelo neurocognitivista, centrado en el tratamiento y rehabilitación de las patologías del habla, Fernando Cuetos (1998: 11) señala cuáles son los principios básicos que dan base a la psicología cognitiva:

- modularidad: como ya hemos señalado antes, se acepta que el sistema cognitivo está organizado en módulos que se encargan de tareas específicas (lo que los investigadores no logran consensuar es la cantidad, naturaleza e interrelación que presentan tales módulos);

- isomorfismo: las entidades cognitivas modulares tienen necesariamente un correlato biológico que consiste en grupos de neuronas y circuitos neuronales;

- fraccionabilidad: las lesiones cerebrales pueden destruir ciertos módulos sin que esto suponga la quiebra del sistema global;

- sustractividad: la conducta verbal de un paciente lesionado es el resultado del sistema de procesamiento del lenguaje menos (en el sentido de resta) los módulos lesionados.

En este apartado trataremos tres aspectos de la perspectiva cognitiva que merecen especial atención en la relación pensamiento-lenguaje:

- la metáfora computacional del cognitivismo radical;

- el énfasis comunicativo del funcionalismo de J. Bruner;

- la importancia del metalenguaje de la lingüística perceptiva.

3.3.1 El cognitivismo radical y la metáfora computacional

La comparación entre organismos vivos y artificiales no surge de la nada. Ya a fines del siglo XIX Claude Bernard había establecido paralelismos entre ciertos procesos «autorreguladores» de la máquina de vapor y de los seres vivos. En los años 30, Walter Cannon, Norbert Wiener y Arturo Rosenblueth trataban conjuntamente problemas como la homeostasis biológica (concepto acuñado por Cannon para los procesos autorreguladores), los circuitos de computación o el sistema nervioso. La historia de la informática y la inteligencia artificial se desarrollan a lo largo del siglo XX, describiendo un itinerario marcadamente interdisciplinar en el que podemos destacar ciertas fechas concretas:

- 1936: Alan Turing describe la «máquina de Turing», capaz de realizar cualquier cómputo «a la manera de un cerebro».

- 1938: Claude Shannon aplica la lógica binaria a la creación de conmutadores eléctricos.

- 1938-1941: Konrad Zuse construye en Alemania el ordenador Z3, con código binario.

- 1942: la Fundación Josiah Macy Jr. convoca la primera de las que se conocerán como «Conferencias Macy», dedicada al tema de la inhibición cerebral. Acuden: John von Neumann, Norbert Wiener y Walter Pitts (matemáticos), Warren McCulloch (neurofisiólogo y matemático), Julian Bigelow (ingeniero), Arturo Rosenblueth y Walter Cannon (neurofisiólogos), Lawrence Franck (psicólogo), Laurence Kubie (psicoanalista), Margaret Mead y Gregory Bateson (antropólogos), y Milton H. Erickson (hipnoterapeuta). El concepto de feed-back o retroalimentación se asume como la clave explicativa de cualquier conducta intencional.

- 1943: McCulloch y Pitts publican «A Logical Calculus of Ideas Immanent in Nervous Activity», donde describen un funcionamiento de las neuronas que será desarrollado en modelos artificiales («neuronas McCulloch-Pitts») por Kleene o Minsky.

- 1945: John von Neumann publica un artículo donde describía la arquitectura de los ordenadores tal y como se desarrollaron luego.

- 1946: Segunda Conferencia Macy sobre «Mecanismos teleológicos y sistemas causales circulares», en la que Claude Shannon introduce su teoría de la información dando importancia esencial a la «incertidumbre» (que luego Von Neumann llamará «entropía»).

- 1946: Eckert y Mauchly construyen el ENIAC (Electronical Numerical Integrator and Computer) en la Universidad de Pennsylvania.

- 1946-1949: Eckert y Mauchly construyen el BINAC (Binary Automatic Computer).

- 1947: un artículo de Turing inaugura la inteligencia artificial.

- 1947: Tercera Conferencia Macy sobre «Mecanismos teleológicos».

- 1948: Norbert Wiener publica La cibernética.

- 1948: Cuarta y Quinta Conferencia Macy, la quinta específicamente dedicada a temas lingüísticos.

- 1949: Sexta Conferencia Macy sobre «Cibernética». El biofísico Heinz von Foerster introduce sus teorías sobre una base molecular de los procesos de memoria.

- 1950: el «test de Turing»: plantea un juego de imitación de rol para comprobar si una máquina tiene un comportamiento inteligente.

- 1952: IBM comercializa su ordenador de primera generación.

- 1960: George Miller y Jerome Bruner fundan el Centro de Estudios Cognitivos en la Universidad de Harvard.

En los inicios de la informática, pues, el cerebro proporciona a los ingenieros un modelo de referencia que se intentaba imitar, duplicar. Progresivamente, sin embargo, esta metáfora computacional experimenta lo que podríamos llamar un «giro especular»: si en el planteamiento inicial los ingenieros de la comunicación tratan de construir máquinas que reproduzcan el funcionamiento neuronal, a partir de los años 50 esta posición se va invirtiendo y es el funcionamiento cerebral el que poco a poco se pretende explicar desde la metáfora computacional: pasamos de inventar máquinas como cerebros, a describir el funcionamiento del cerebro en términos informáticos. Los trabajos de Turing, por ejemplo, se cimentan en la equiparación «ordenador como cerebro»:

Turing propone que pueden diseñarse máquinas que tengan un comportamiento inteligente. Para ello, utiliza el cerebro humano como analogía para describir las características de esa máquina. Si la inteligencia humana se potencia con aprendizaje, igual se puede hacer con la máquina, es decir, organizar su «inteligencia». Se trataría de máquinas que imiten al hombre o alguna de sus funciones o comportamientos [...]. Turing sugiere que los circuitos eléctricos de las máquinas de computación podrían imitar al sistema nervioso, pues son capaces de transmitir información de un lugar a otro y almacenarla (Romero, 1998: 419).

La misma postura encontramos en otras propuestas de formalización de los años 40 y 50, que tomaban el modelo cerebral como referente para construir modelos físicos. Los teóricos de la cibernética, sin embargo, plantean ya la equiparación en términos diferentes; para Wiener, por ejemplo, el pensamiento podía estudiarse a partir de la simulación del funcionamiento de las redes neuronales. Conceptos básicos como «retroalimentación», «sistema homeostático» o «entropía» son paulatinamente incorporados por la psicología del momento hasta que los sucesivos avances teóricos y tecnológicos culminan, según hemos adelantado, en una inversión de la metáfora:

Esta posibilidad de analizar la mente como un sistema de cómputo fue precisamente la idea clave que posibilitó poco después el trasvase de todas estas nuevas teorías a la psicología [...]. Estas nuevas teorías matemáticas de la computabilidad y la aparición inmediata de los ordenadores harían posible rescatar el estudio «respetable» de la mente: los productos mentales son ahora «objetos computables» o resultados de «algoritmos de cómputo» [...]. Ahora la mente es para el cerebro como el programa para el ordenador, y con ello se puede simular el funcionamiento de la mente mediante algoritmos o secuencias de operaciones entre procesos (Romero, 1998: 429).

La metáfora computacional, especialmente en sus versiones más radicales, ha sido criticada desde planteamientos funcionalistas y pragmáticos. Por ejemplo, John Searle, en las Conferencias Reith de 1984 (conferencias científico-divulgativas que emite por radio la BBC desde 1948 [en línea], <http://www.bbc.co.uk/ radio4/reith>), publicadas como Mentes, cerebros y ciencia, plantea que la asimilación mente/ordenador en su versión fuerte, más propia de la inteligencia artificial que de la psicología cognitiva, ignora la raíz esencialmente biológica de la mente humana; señala, además, cómo en épocas anteriores se han utilizado también los avances tecnológicos para plantear metáforas parecidas igualmente equivocadas (Leibniz decía que la mente funciona como un molino y Freud la comparaba con sistemas hidráulicos o electromagnéticos). En el artículo «¿Pueden los ordenadores pensar?», Searle plantea una alternativa al Test de Turing que se conoce como Test de la cámara china, y que le lleva a concluir que los programas formales de los ordenadores son ejemplos perfectos de sintaxis, pero carecen de semántica:

La pregunta que queríamos plantear es esta: «¿Puede un computador digital, tal como se ha definido, pensar?» Es decir, «¿es suficiente para, o constitutivo de, pensar el instanciar o llevar a cabo el programa correcto con los inputs y outputs correctos?» Y a esta pregunta, a diferencia de sus predecesoras, la respuesta es claramente «no». Y es «no» por la razón que hemos puesto de manifiesto reiteradamente, a saber: el programa del computador está definido de manera puramente sintáctica. Pero pensar es algo más que manipular signos carentes de significado, incluye contenidos semánticos significativos [...]. Si se trata realmente de un computador, sus operaciones tienen que definirse sintácticamente, mientras que la conciencia, los sentimientos, los pensamientos, las sensaciones, las emociones y todo lo demás incluyen algo más que una sintaxis. Por definición, el computador es incapaz de duplicar esos rasgos por muy poderosa que pueda ser su capacidad para simular. La distinción clave aquí es la que se da entre duplicación y simulación. Y ninguna simulación constituye, por sí misma, duplicación (Searle, 1984: 42-43).

El procesamiento de la información que realiza un ordenador no es asimilable al que realiza una persona, pues ésta pasa por una serie de estados mentales que el ordenador puede simular, pero no duplicar; es lo que llama «procesamiento de la información como si» (1984: 57). Para Searle, los defensores de la versión radical del cognitivismo confunden continuamente estos dos procesamientos de la información, por lo que se ven obligados a proponer un nivel computacional intermedio que sirva de puente entre los circuitos neuronales y los circuitos mentales; pero según Searle este tercer nivel no es necesario, pues existe una determinación biológica que permite el correlato directo entre lo neurofisiológico y lo cognitivo. Ese correlato directo es el que incorpora Pulvermüller (2002: 9) en su aceptación de la metáfora computacional, que nos remite al ya mencionado isomorfismo de la relación mente/cerebro:

La idea aquí es que esas estructuras anatómicas están relacionadas con las computaciones en que se ven implicadas. La maquinaria cerebral no es simplemente un modo arbitrario de llevar a cabo los procesos que realiza, a la manera en que, por ejemplo, cierta configuración de hardware de ordenador puede realizar casi cualquier programa de ordenador o pieza de software. Lo esencial aquí, por el contrario, es que el hardware revela aspectos del programa. «La estructura neuronal es información» [...]. En otras palabras, podría ser que las propias estructuras neuronales por sí mismas nos enseñen aspectos de los procesos computacionales que subyacen a tales estructuras.

Esta versión matizada de la metáfora computacional es compatible con los modelos holistas o interaccionales de funcionamiento del cerebro, en los que función y estructura se determinan mutuamente. Tal y como señala Hernández (2003: 9), en lingüística esta orientación cognitiva entronca con planteamientos epistemológicos emergentistas, según los cuales la emergencia de cierta función en un sistema dado determina la constitución de niveles de ese sistema. Hernández utiliza el concepto de redefinición para describir la interacción dialéctica que acontece genéticamente entre estructuras neurológicas, piscológicas y lingüísticas, de tal manera que mientras cierto estrato depende genéticamente de otro, a su vez lo condiciona, estableciendo procesos bidireccionales.

3.3.2 El funcionalismo de Jerome S. Bruner

Jerome S. Bruner es un representante de lo que a veces (Searle, 1984: 33) se llama «cognitivismo suave», por oposición a la versión «fuerte» que representan algunos teóricos procedentes de la inteligencia artificial (Herbert Simon, Alan Newell). A diferencia de los generativistas, Bruner no se plantea cuál debe ser la dotación genética inicial del niño; para él son igualmente poco plausibles los «imposibles» enfoques conductistas (la adquisición del lenguaje es un aprendizaje similar a otros) como los «milagrosos» enfoques innatistas (el ser humano está especialmente determinado para esa adquisición). Sus planteamientos identifican tres aspectos fundamentales en el proceso que permite al niño llegar a usar el lenguaje:

- la estructura formal;

- la relación semántica;

- el uso pragmático adecuado.

Para Bruner (1983: 21) la adquisición de estas tres facetas del lenguaje se realiza necesariamente en interdependencia. No basta con explicar la adquisición de la gramática recurriendo a la «facultad original», sino que es necesario distinguir entre capacidad (algo dotado de raíces biológicas y desarrollo evolutivo) y ejercicio (cuya fundamentación es sociocultural). Así, considera que paralelamente a lo que Chomsky describía como Mecanismo de Adquisición del Lenguaje es necesaria la activación de un Sistema de Apoyo a la Adquisición del Lenguaje (SAAL), que no es exclusivamente lingüístico y

que elabora la interacción entre los seres humanos, de forma tal que ayuda a dominar los usos del lenguaje a los aspirantes a hablarlo. Es este sistema el que proporciona un apresto funcional que no sólo hace posible la adquisición del lenguaje, sino que hace que ésta se desarrolle en el orden y con el ritmo en que habitualmente se produce (1983: 118).

Para que este sistema pueda ponerse en marcha, el niño cuenta con unas capacidades mentales originarias que son:

- Disponibilidad para relacionar medios y fines. El niño parece capaz de establecer la estructura de cierta acción y saber cómo lograr un objetivo concreto; esta capacidad se ve activada, o potenciada, por los adultos que interactúan con el bebé.

- Sensibilidad para los contextos transaccionales. Desde bien pronto, la relación del bebé con la madre o la persona cuidadora establece unas pautas de reciprocidad:

La existencia de una reciprocidad de este tipo, apoyada por la cada vez mayor capacidad de la madre de diferenciar las «razones» para llorar del niño, así como la capacidad del niño de anticipar estos acuerdos, crea muy pronto una forma de atención mutua (1983: 28).

Se trataría de respuestas sociales iniciales congénitas (lo que incorpora el componente pragmático a la adquisición).

– Sistematicidad en la organización de experiencias. Las primeras acciones del niño (los esquemas piagetianos) tienen lugar en contextos familiares restringidos, y muestran un elevado nivel de repetición, orden y sistematicidad que le permiten acceder luego al mundo del lenguaje preparado para hallar o inventar formas sistemáticas de relación.

- Abstracción en la formación de reglas. Estas relaciones sistemáticas tienen un alto nivel de abstracción:

El mundo perceptivo del niño, lejos de ser una brillante y zumbadora confusión, está muy ordenado y organizado por lo que parecen ser reglas muy abstractas [...] tanto desde el punto de vista cognitivo como del de la comunicación hay, desde el comienzo, una capacidad para «seguir» reglas abstractas (1983: 31).

Como se puede ver, este «equipamiento inicial» es muy similar al que planteaban Calvin y Bickerton para el desarrollo filogenético. Desde este enfoque, el lenguaje se convierte en un elemento fundamental para la integración del niño en su cultura. De ahí que López (2003: 242) caracterice al código lingüístico como lenguaje terciario, es decir, provisto de sintaxis, semántica y pragmática (la clásica tríada morrisiana), frente a otros lenguajes secundarios como la comunicación de los animales superiores (con semántica y pragmática) o el código genético (con semántica y sintaxis, pero sin pragmática).

3.3.3 La lingüística perceptiva y la importancia de la reflexividad metalingüística

La lingüística perceptiva es una escuela de la lingüística cognitiva iniciada en los años 70 por Ángel López García, que incorpora al estudio del lenguaje algunas posiciones epistemológicas de la Psicología de la Gestalt. Estos psicólogos se planteaban una psicología de la percepción en la que encontramos también una codeterminación entre niveles similar a la que acabamos de describir. En palabras de Pastor y Tortosa (1998: 130):

La percepción no está determinada por el estímulo, sino que es más bien la percepción la que configura los estímulos confiriéndoles una estructura y significación.

El análisis de la percepción humana lleva a los teóricos de la Gestalt a identificar una serie de principios y leyes perceptivas en torno a las cuales establecen una serie de premisas centrales que Sprung y Sprung (1998: 145) resumen así:

1. Principio de la totalidad, es decir, el todo es más que la suma de sus partes (sobresumatividad y trasponibilidad).

2. Análisis fenomenológico de la situación de origen, es decir, el punto de partida de cualquier análisis empírico lo constituyen los fenómenos, lo que se presenta de forma inmediata, y no los elementos o condiciones sensoriales.

3. Método experimental y matemáticas como metodología, es decir, el tipo de sucesos objeto de la investigación deben ajustarse al paradigma experimental, y la metodología de análisis tiene que basarse en un experimento realista.

4. Isomorfismo psicofísico, es decir, los procesos psíquicos están coordinados con procesos físicos subyacentes.

Las versiones iniciales de la lingüística perceptiva (López, 1980, 1989) vinculaban la especificidad de las lenguas naturales con la especificidad perceptiva de la especie humana, tal y como había sido descrita por Max Wertheimer, Edgar Rubin y otros psicólogos. De este modo, las estructuras y niveles del lenguaje encontraban correlatos epistemológicos en las tres leyes de la percepción de estímulos (cierre, igualdad y proximidad) y en el principio general de la pregnancia o buena forma (que se encarga de jerarquizar la aplicación de las leyes):

Niveles en la lingüística perceptiva


En estas versiones, pues, el innatismo quedaba circunscrito a unos principios generales de aprendizaje que son acordes a las leyes de la percepción; un elemento básico de la teoría es la capacidad reflexiva del sujeto y su correlato verbal, es decir, el metalenguaje (que se sustenta a su vez en la doble articulación martinetiana). Posteriormente, en los Fundamentos genéticos del lenguaje (López, 2003), encontramos un desarrollo de la teoría que incorpora un análisis del funcionamiento del genoma y que fundamenta el innatismo en la propia estructura del código genético, salvando así una laguna explicativa que planteaba el generativismo. López analiza el funcionamiento del genoma estableciendo paralelismos con el funcionamiento de las lenguas naturales, y llega a la conclusión de que existe una correspondencia entre ambos. El punto de partida es la configuración del YO y su correlato verbal, el metalenguaje:

Una vez que el niño comienza a tener conciencia de sí mismo y del lenguaje que utiliza, su problema es adecuar los hábitos de percepción a los patrones estructurales que su dotación genética le va permitiendo descubrir en las secuencias lingüísticas de los adultos. Este proceso, muy complicado y sin embargo rapidísimo, se sirve de los esquemas gestálticos del protolenguaje.En realidad, ningún niño podría llegar a hablar si antes no hubiese aprendido a percibir. El fundamento de la percepción es el establecimiento de campos perceptivos en los que una parte destaca sobre el resto (López, 2003: 250).

Este ajuste mutuo que se produce entre las formas metalingüísticas que acompañan la reflexividad del sujeto, y los datos que recibe filtrados por las leyes perceptivas, podría explicarse con el concepto de redefinición ya mencionado (Hernández, 2003: 9). Resultado de este ajuste es la emergencia de la gramática adulta, una gramática, señala el autor, «que no es adquirida, sino construida». La lingüística perceptiva establece así, de la mano de la reflexividad metalingüística, puentes con el constructivismo piagetiano y el funcionalismo de Bruner, y proporciona explicación tanto al «correlato directo entre lo neurofisiológico y lo cognitivo» de que hablaba Searle (1984: 57), como al «paso del protolenguaje a la sintaxis» que describían Calvin y Bickerton (2000: 162).

En esta exposición hemos presentado muy resumidamente algunas de las cuestiones teóricas que plantea la relación entre pensamiento y lenguaje y, por extensión, entre otros niveles relacionados. Estas teorías de procedencia tan dispar, coinciden sin embargo en la utilización explicativa de un fenómeno que es esencial en la lingüística perceptiva: la interacción bidireccional que se produce entre dos niveles de un mismo sistema y que determina simultáneamente a esos dos niveles, algo que ya Hernández Sacristán identificó en los años 80 como subsunción a propósito de las relaciones entre emisión y recepción. Lo que en el cognitivismo fuerte se desarrollaba como metáfora encuentra en estas teorías una explicación directa, no metafórica, gracias a la rentabilidad explicativa de conceptos como «subsunción», «redefinición», «isomorfismo» o «reacción circular». No estamos pretendiendo, obviamente, que todos estos conceptos sean equivalentes, sino que todos manejan una misma realidad fenomenológica que podemos llamar de especularidad recíproca.

3.4 Las enfermedades del lenguaje

3.4.1 Lenguaje y cerebro

En las últimas décadas del siglo XX se desarrolla de forma notable la neurolingüística, cuya pregunta principal es «¿cómo el lenguaje se organiza en el cerebro?», o «¿cómo el cerebro hace posible el lenguaje?» Nuestros conocimientos sobre neurología y sobre lenguaje nos llevan a la necesidad de explicar un cambio tal (Hernández, 2003: 10) que convierta la información que transmiten las neuronas (es decir, un sistema de señales) en lenguaje (es decir, un sistema de símbolos): ¿cómo se produce esta transformación?

Éstas no son, por supuesto, preguntas que se planteen por primera vez; la bibliografía repite tradicionalmente dos momentos esenciales en los inicios de la neurolingüística que comparten la participación del lenguaje patológico, y que son:

- 1861: Paul Broca, anatomista francés, describe el cerebro de un paciente que había atendido en La Salpêtrière y que tenía gravemente afectada la capacidad expresiva, motora. El análisis del cerebro le mostró que una zona concreta del córtex del hemisferio izquierdo (tercio posterior del giro o circunvolución frontal inferior: «área de Broca») estaba prácticamente destruida.

- 1873: Carl Wernicke, psiquiatra alemán, describe lesiones cerebrales en otro punto del hemisferio izquierdo que provocan alteraciones de la conducta opuestas a las descritas por Broca: mientras la capacidad motora, expresiva, estaba básicamente preservada, la capacidad comprensiva, sensorial, se veía afectada. Se localiza así, en la segunda circunvolución del lóbulo temporal izquierdo, la llamada «área de Wernicke».

Como ocurre con el desarrollo del generativismo, de la inteligencia artificial, o de los estudios sobre comunicación no verbal, también son las grandes contiendas bélicas del siglo XX las que impulsan definitivamente el desarrollo de la neurolingüística y, consecuentemente, la aparición de la logopedia. La cantidad de soldados heridos con traumatismos craneoencefálicos obligó, ya tras la Primera Guerra Mundial, a plantear la necesidad de abordar estos problemas de manera específica y urgente. Tras la Segunda Guerra Mundial adquieren especial importancia los trabajos de Aleksandr R. Luria, Norman Geschwind o Wilder G. Penfield.

Con anterioridad a Broca y Wernicke, los intentos de localizacionismo más destacados fueron los de la frenología de Gall, que intentaba distribuir en el cerebro las diferentes facultades humanas pero carecía de bases empíricas. Como señala Luria (1973) lo esencial de los descubrimientos de Broca y Wernicke es, junto a la base empírica, clínica, la distinción funcional de los dos hemisferios, identificando el hemisferio izquierdo de los diestros como el dominante para el lenguaje (el hemisferio derecho es dominante en un 3 % de la población, en su mayoría personas zurdas, si bien la población zurda supone un 10 % del total). A partir de aquí se desarrolla una tradición localizacionista que intenta diseñar el mapa global del córtex cerebral, pretendiendo correspondencias unívocas entre cierta zona cerebral (entre 50 y 100 para cada hemisferio, Pulvermüller, 2002: 13) y cierta función o actividad psicológica; los conocidos humunculus, esto es, dibujos del cerebro que muestran superpuesto un dibujo de un cuerpo humano, son resultado de estos intentos localizacionistas o somatotópicos. Estos investigadores asumen un planteamiento que identifica los síntomas patológicos (agramaticalidad, falta de fluidez, comprensión alterada, expresión deficiente...) y, agrupándolos en síndromes, busca un correlato espacial en alguna zona del cerebro (el neurólogo Henry Head los ridiculizaba como «productores de diagramas»).

Pero aceptar que ciertas zonas cerebrales son responsables de ciertas facultades o conductas no supone ignorar la dimensión funcional y la interrelación entre varias zonas; por el contrario, es necesaria una consideración global (holista, sistémica) del cerebro:

Todos los procesos mentales tales como percepción y memorización, gnosis y praxis, lenguaje y pensamiento, escritura, lectura y aritmética, no pueden ser considerados como «facultades» aisladas ni tampoco indivisibles, que se pueden suponer «función» directa de limitados grupos de células o estar «localizadas» en áreas particulares del cerebro [...] deben ser consideradas como sistemas funcionales complejos (Luria, 1973: 29).

Para Luria, de hecho, la función del neurólogo no es localizar los procesos psicológicos en ciertas áreas acotadas del córtex, sino averiguar los «grupos de zonas de trabajo concertado del cerebro» que intervienen en ciertas actividades mentales. Así, progresivamente, frente a los planteamientos estrictamente localizacionistas surgen otras posiciones, llamadas conexionistas o interaccionistas, que postulan una visión diferente de la dimensión cerebral del lenguaje (Love y Webb señalan que ya Wernicke había defendido un modelo conexionista, 1996: 23). Para estos investigadores, es excesivamente reduccionista asignar ciertas zonas cerebrales concretas a ciertas capacidades o incluso categorías concretas, pues la clínica demuestra, por ejemplo, que puede haber reorganización cortical en personas con habilidades especiales o con patologías (músicos de cuerda, lectores de braille).

Al evolucionar el estudio neurofisiológico y desarrollarse las modernas técnicas de neuroimagen, cobran importancia esencial las redes neuronales que integran el córtex cerebral, con lo que el localizacionismo inicial adquiere un considerable nivel de complejidad. Las conexiones entre neuronas, realizadas a través de las sinapsis, son el eje de esta comunicación interna del sistema cognitivo, que rentabiliza especialmente los potenciales postsinápticos, es decir, la reacción positiva o inhibitoria que cierta célula tiene tras una sinapsis aferente (una sinapsis de entrada desde otra neurona). Otro aspecto esencial de esta postura interaccionista, que ya aparecía en Luria, es la consideración conjunta del lenguaje y otras categorías cognitivas, como la atención, la memoria o la percepción. En la actualidad, por otro lado, no hace falta un modelo rígido de correspondencias entre síntoma y localización, porque gracias a las técnicas de neuroimagen podemos ubicar las lesiones sin tener que inferir esa ubicación a partir de los síntomas (Cuetos, 1998). Estas técnicas son:

- PET: Tomografía de Emisión de Positrones

- RM: Resonancia Magnética

- TAC: Tomografía Axial Computerizada

- SPECT: Tomografía por Emisión de un Solo Fotón.

Dado que, como venimos señalando, el estudio de las personas con algún tipo de alteración en el lenguaje resulta de especial interés para el desarrollo de la neurolingüística, en los apartados siguientes haremos una brevísima presentación de las principales situaciones que pueden darse:

- alteraciones y enfermedades que se presentan en el desarrollo infantil,

- alteraciones del lenguaje debidas a lesiones cerebrales en la edad adulta.

3.4.2 Alteraciones en el desarrollo

En ocasiones, el desarrollo verbal del niño puede presentar problemas que afectan a la expresión verbal, o a las destrezas de lectura y escritura. Estos problemas que se detectan en la etapa infantil pueden ser de origen y naturaleza diversa. Entre los síndromes infantiles de base genética, Miguel Puyuelo y cols. (2001: 3) señalan la importancia de las características fenotípicas (signos y síntomas) para diagnosticar estas enfermedades. Tales rasgos fenotípicos pueden ser:

- rasgos físicos visibles (alteraciones de estatura, dismorfias faciales...)

- rasgos físicos detectables en el examen detallado (visceromegalia, hiperlaxitud muscular...)

- malformaciones internas (cardiopatías, malformaciones cerebrales...)

- mayor incidencia de ciertas complicaciones con el paso del tiempo

- perfil conductual característico, que puede evidenciarse en rasgos verbales, de comunicación no verbal, actitudes y conducta, aspectos de la competencia pragmática...

Entre las anomalías genéticas (del ADN, ácido desoxirribonucleico) puede darse: la repetición de algún cromosoma (las trisomías, como por ej. el síndrome de Down), la falta de algún cromosoma (monosomías), deleciones (falta de algún fragmento de cromosoma, como en el síndrome del maullido de gato), traslocaciones o inversiones en el orden de los genes, y varios tipos de microdeleciones (síndromes de Angelman o de Prader-Willi, síndrome de fragilidad del cromosoma X). En los siguientes párrafos hablaremos muy brevemente del lenguaje que presentan algunos de estos síndromes (para una caracterización más completa de estas enfermedades, cf., por ejemplo, Puyuelo y cols., 2001; Garayzábal, 2004, página web de FEDER: Federación Española de Enfermedades Raras: <http://www.enfermedades-raras.org>).

El síndrome de Down es la mayor causa de retraso mental, que se da en 1 de cada 600 nacimientos, con un CI entre 20 y 80. El lenguaje presenta problemas en la articulación (a veces por hipotonía), la morfosintaxis y, en menor medida, en el léxico.

El síndrome de Rett afecta a una de cada 1.000 niñas (está ligado al cromosoma X) y se desarrolla en varias fases bien identificadas (Puyuelo, 2001: 19) que incluyen el retraso mental entre moderado y severo. Muy pocas de las niñas llegan a desarrollar comunicación lingüística.

El síndrome de Klinefelter afecta también a 1 de cada 1.000 nacimientos, esta vez sólo en niños. El nivel cognitivo es heterogéneo, aunque en general bajo. El lenguaje está levemente retrasado, y el aprendizaje de la lectura y la escritura parece plantear muchos problemas.

El síndrome del cromosoma X frágil es, junto al síndrome de Down, una de las causas básicas de retraso mental (1 de cada 4.000 niños). Su incidencia entre niñas es menor que entre niños, tanto en cuanto a número de afectadas como a severidad de los síntomas. El lenguaje aparece tardíamente, aunque hay facilidad para aumentar el léxico y son frecuentes las perseverancias y estereotipias; la bibliografía describe problemas en los rasgos suprasegmentales como el ritmo y volumen de la voz, a veces asociados a dispraxias y bajo tono muscular en la zona oral. El componente pragmático parece afectado en la gestión del turno y la máxima griceana de pertinencia (o bien se resisten a cambiar de tema porque tienen «temas preferidos», o bien tienen dificultades para ceñirse a un tema).

El síndrome de Williams-Beuren supone una alteración en el cromosoma 7 que puede a afectar a 1 de cada 20.000 niños nacidos vivos. Los primeros análisis de este síndrome describían una sorprendente habilidad lingüística que contrastaba notablemente con el retraso mental que suele llevar asociado (entre leve y moderado); también es característica la habilidad musical. Sin embargo, estudios posteriores realizados desde la óptica pragmática (Garayzábal, 2004) demuestran que tal habilidad verbal se limita al dominio gramatical y, sobre todo, léxico, mientras que el nivel pragmático las deficiencias en el dominio de la inferencia, el turno, o las implicaturas griceanas es considerable.

El síndrome de Angelman se identificó en 1965 y se calcula que afecta a 1 de cada 30.000 nacimientos, y suele ir asociado a graves problemas motores y a epilepsia. Su lenguaje es mínimo, con frecuencia no llega a aparecer.

El síndrome de maullido de gato fue identificado por Lejeunne en 1963, y su incidencia es de 1/50.000 niños nacidos vivos, con predominio de niñas. El retraso mental es entre moderado y severo; el lenguaje puede aparecer tarde o no hacerlo, en cuyo caso se adopta una comunicación signada. Cuando el niño sí desarrolla el habla, es característico un tono de voz muy agudo y una prosodia monocorde, así como un llanto especial al que alude la denominación de «maullido de gato». La escasa sintaxis permite hablar a veces de habla telegráfica.

El síndrome de Cornelia de Lange está documentado desde 1933 y su incidencia se calcula de 1/40.000-100.000, sin distinción de sexos. En algunos casos presenta síntomas autistas y el lenguaje puede llegar a desaparecer o reducirse a unas pocas palabras. La sintaxis es el componente más deficitario, pero el fonológico se ve afectado también por problemas de articulación o por sordera neurosensorial (un 50 % de los casos).

El síndrome de Prader-Willi puede afectar a 1 de cada 10.000 nacimientos; presenta un cierto retraso mental (un 30 % de los afectados tiene CI > 70), y a veces se asocia con otras patologías mentales. Como en otros síndromes, el lenguaje comienza tarde, y presenta una sintaxis simple que contrasta con el fuerte desarrollo argumentativo. La hipotonía muscular del aparato fonador explica la voz aguda y nasalizada, así como, en algunos casos, la poca inteligibilidad de las emisiones.

Existe una serie de alteraciones que se engloban en el llamado espectro autista, y que incluyen junto al autismo otras manifestaciones como el trastorno específico del lenguaje (TEL), el déficit semántico-pragmático o el síndrome de Asperger. El autismo fue caracterizado en los años 40 por Leo Kanner, a partir de la presencia de los siguientes rasgos:

- soledad extrema e incapacidad para establecer relaciones con las personas,

- deseo insistente de permanencia del ambiente, resistencia a los cambios del entorno,

- habilidad memorística,

- buenas capacidades cognitivas,

- aspecto físico normal y fisonomía inteligente,

- hipersensibilidad a los estímulos,

- retraso en la adquisición y uso del lenguaje; a veces mutismo, poca intención comunicativa real,

- aparición temprana, desde el nacimiento (innato).

En la actualidad, los criterios de diagnóstico manejados por el DSM Psychiatric Association) manejan elementos similares, si bien no existe aceptación generalizada de una base genética en el autismo. Rodríguez-Santos (2002: 45) señala que los síntomas del autismo no son nunca síntomas exclusivos de esta enfermedad, como tampoco existe una zona cerebral cuya lesión sea constante en todos los autistas; por el contrario, parece que se ven afectadas distintas áreas del cerebro funcionalmente conectadas; estas lesiones siguen cierto patrón evolutivo, y su grado determina la gravedad de la enfermedad dentro del llamado espectro autista.

El síndrome de Asperger representaría un grado leve en tal espectro; fue identificado en 1944 por Hans Asperger y presenta dificultades básicas para la integración social, aunque las aptitudes comunicativas y verbales no se ven tan seriamente alteradas como en el autismo prototípico (<www.asperger.es>).

También el llamado déficit semántico-pragmático, descrito en 1983 por Isabelle Rapin y Doris Allen, es asociado por Dorothy Bishop al espectro autista. Estos niños, aparte del retraso en el proceso de adquisición, destacan por sus serias dificultades pragmáticas en el desarrollo conversacional, la interpretación inferencial, o la conducta desencadenante (emisiones predictivas). Garayzábal (2004: 136) señala su escasa flexibilidad léxica, y un uso de las palabras y la prosodia que parece remitir siempre a la categoría de discurso repetido. Elvira Mendoza (2003) caracteriza el síndrome semántico-pragmático como un tipo de trastorno específico del lenguaje (TEL) con especial incidencia en los aspectos discursivos (cf. la página web de AVATEL: <www.dcam.upv.es/avatel/>).

El TEL o trastorno específico del lenguaje (Mendoza, 2001; Muñoz, 2002; Fresneda, 2002) es incluido por algunos investigadores en el grupo de trastornos del espectro autista; Mendoza, por ejemplo, acepta la propuesta de Bishop según la cual los matices de diferenciación entre el autismo, el trastorno semántico-pragmático o el trastorno de Asperger dependerían de alteraciones más o menos marcadas en el componente social o en el componente verbal de la comunicación.

Los niños con TEL (esta patología se llama a veces alalia, audiomudez, afasia evolutiva o disfasia) presentan problemas con la conducta verbal que pueden focalizar (Muñoz, 2002) aspectos expresivos (problemas de articulación, habla costosa y sin fluidez, baja inteligibilidad), aspectos expresivos-receptivos (comprenden mejor los símbolos no verbales que el lenguaje, dificultades en todos los componentes de la gramática), o aspectos léxicos y pragmáticos (dificultades semánticas y, como caso especial sólo en algunos niños, dificultades severas con la comunicación inferencial, las rutinas conversacionales, gestión del tema conversacional: trastorno semántico-pragmático).

Todos los síndromes agrupados en el espectro autista (junto a otros, como por ejemplo el síndrome de Williams) parecen coincidir en un déficit cognitivo que ha sido identificado mediante la Teoría de la Mente, propuesta por Premack y Woodruff en la década de los 70 a propósito de la capacidad de los chimpancés para inferir estados mentales ajenos. La teoría de la mente podría considerarse como una versión desarrollada de las teorías clásicas que caracterizan al ser humano por su propiocepción, cuyo correlato lingüístico es, como sabemos, la capacidad metalingüística. En el ámbito cognitivo, la teoría de la mente nos permite establecer suposiciones y premisas acerca de lo que puede sentir / pensar / creer una tercera persona. Investigadores como Mendoza (2002) o Garayzábal (2004) han utilizado el déficit de teoría de la mente para caracterizar algunas patologías, estableciendo por ejemplo similitudes de comportamiento y de déficits pragmáticos entre los hablantes con síndrome de Williams, los hablantes del espectro autista, y los hablantes que tienen alguna lesión en el hemisferio derecho.

Otros problemas infantiles se revelan en la etapa de escolarización, pues implican el aprendizaje del código escrito. En la dislexia, el niño tiene problemas para la lectura; en la disgrafía, para la escritura. Inicialmente los problemas disléxicos se relacionaron con los problemas de lectura que aparecían en adultos afásicos, por lo que se caracterizó la dislexia como «ceguera congénita para las palabras» (J. Hinshelwood). Entre 1925 y 1940, Samuel T. Orton (neuropsiquiatra y neuropatólogo) estudió un amplio grupo de personas con problemas de lectura, escritura y lenguaje en general, y relacionó el síndrome con un problema de lateralización lingüística. En los años 60 es M. Critchley quien acuña el término de dislexia del desarrollo, y propone una base neurológica (congénita) similar a la de Orton. En la actualidad, no existe una postura consensuada sobre las causas y etiología de la dislexia; a partir de la exposición de Monfort (2001: 348), podemos agrupar las teorías explicativas en tres grupos:

- causas internas (de base neurológica o bioquímica): la dislexia tendría un origen en causas hereditarias o en una disfunción cerebral mínima, o sería vista como un síntoma más en un cuadro general de trastornos del lenguaje,

- causas internas psicológicas: origen en dificultades instrumentales funcionales, origen psicológico en procesos vinculados a la ansiedad por el aprendizaje,

- causas exógenas: la dislexia sería consecuencia de los fallos del sistema de escolarización, o de los sistemas concretos de enseñanza de la lectoescritura.

Padilla (2004) incide en la dimensión cognitiva de la competencia lectora, en la que diferencia tres niveles: alfabético, ortográfico y textual, que deben ser considerados desde una perspectiva integradora para facilitar al niño una correcta adquisición de la lectoescritura.

3.4.3 Alteraciones por lesión cerebral (afasias)

Las afasias son patologías del lenguaje causadas por la existencia de alguna lesión en el hemisferio izquierdo del cerebro; las causas más habituales pueden ser un accidente cerebro-vascular (ACV), un traumatismo cráneo-encefálico o un tumor. La tradición afasiológica suele distinguir diversos tipos de afasia de acuerdo con la agrupación de ciertos síntomas (semiología de las afasias), si bien las tipologías están lejos de ser aceptadas por todos:

El núcleo de la cuestión radica en si la afasia es un trastorno unitario o si existen varias clases de afasia. En realidad, la respuesta no está clara y las diversas opiniones formuladas al respecto desde la época del propio Wernicke avalan la opinión de que ambos pronunciamientos parecen ser correctos. El trastorno afásico es básicamente uno, si bien se observan una serie de grupos semiológicos predominantes como consecuencia fundamentalmente de la localización anatómica de la lesión causal y en segundo lugar como consecuencia de las peculiaridades biológicas de la organización cerebral de cada sujeto, aunque éste sigue un patrón mayoritariamente uniforme en la especie humana (Vendrell, 1999).

A continuación detallamos los tipos clínicos que identifica la tradición afasiológica más conocida:

– La afasia global presenta alteraciones en las cuatro destrezas comunicativas: comprensión y producción orales y escritas; en casi todos los casos, además, el hablante presenta también hemiplejia derecha. La recuperación, por lo general, empieza a partir de estereotipias (una sílaba, palabra, o frase repetida que el hablante repite en sus intentos de hablar y que no se adecuan a la ilocutividad que pretende) y rutinas.

– La afasia de Broca (motora, expresiva, anterior) se caracteriza por dificultades en la expresión que impiden la fluidez; la articulación es costosa (a veces el paciente presenta déficit de movilidad en la parte derecha del cuerpo), y hay serios problemas de denominación (anomia); la comprensión oral y escrita están relativamente preservadas; lectura y escritura alteradas; dificultades para la repetición.

– La afasia motora transcortical (afasia dinámica) también es una afasia no fluente, con tendencia al mutismo y la ecolalia. La repetición, sin embargo, es buena.

– La afasia de conducción (afasia central, afasia motora aferente) presenta un lenguaje fluido, y una comprensión relativamente conservada; hay dificultades de denominación y articulación, y la repetición está seriamente alterada.

– La afasia de Wernicke (sensitiva, acústica, semántica) es también un síndrome fluido; presenta serias alteraciones de comprensión, pero el lenguaje es fluente; la repetición está relativamente conservada; la denominación presenta serios problemas, y la escritura y la lectura están alteradas.

– La afasia sensorial transcortical conserva bien la repetición, pero el discurso puede estar próximo a la jergafasia (discurso sin sentido), con frecuencia de ecolalias y neologismos (no-palabras).

La investigación afasiológica desarrollada en los años 90 ha comenzado a integrar en el estudio de estas patologías los avances de la pragmática; como consecuencia, los planteamientos gramaticalistas de la afasiología tradicional se han visto enriquecidos con perspectivas centradas en la eficacia comunicativa de los hablantes. A este respecto queremos destacar los siguientes puntos:

– los investigadores asumen planteamientos globales de la comunicación, y tratan de superar la perspectiva «estratificacional» que consideraba por separado los distintos componentes del lenguaje,

– en consonancia con una de las premisas básicas de la pragmática, los binomios correcto/incorrecto, gramatical/agramatical se sustituyen por eficaz/ ineficaz, adecuado/inadecuado,

– la afasia se contextualiza: al adoptar los planteamientos de la pragmática interaccional, la afasia ya no es considerada como rasgo de uno de los hablantes, sino que afecta a toda la interacción en virtud del principio griceano de cooperación (Gallardo, 2003). De ahí que hayan surgido iniciativas diversas que se plantean, paralelamente a la rehabilitación del hablante afásico, el entrenamiento de lo que Anne Whitworth, Lisa Perkins y Ruth Lesser (1997) llaman «interlocutor clave», es decir, las personas que habitualmente se relacionan con él. La iniciativa más conocida en este sentido es la Terapia de Conversación Asistida, creada por la canadiense Aura Kagan (1998), que se sigue en varios hospitales norteamericanos y europeos. En nuestro ámbito se están diseñando actualmente programas de este tipo centrados en el interlocutor-clave (Gallardo, 2005).

– la atención concreta a las categorías pragmáticas enunciativas (implicaturas conversacionales, presuposiciones, actos ilocucionales, superestructuras textuales) y receptivas (sobreentendidos, superestructuras dialógicas, toma de turno) conduce a los investigadores a prestar atención a los síndromes donde estas categorías sí se ven alteradas. Surge así la evidencia (Joanette y Ansaldo, 1999) de que puede identificarse una afasia pragmática en hablantes que presentan lesiones en el hemisferio derecho. El paso (el reto) siguiente es plantearse que los hablantes con lesión en el hemisferio izquierdo, que tienen preservadas las categorías pragmáticas, puedan rentabilizar estas categorías en sus terapias de rehabilitación (Gallardo, 2002).

3.5 Psicolingüística del discurso

Al dedicar un apartado a la psicolingüística del discurso queremos dar cabida a una línea de investigación que entrelaza las preocupaciones sobre el uso verbal cotidiano y la cognición de los hablantes que motiva y justifica tales actuaciones. La pragmática es, sin duda, el marco epistemológico óptimo para establecer estas conexiones, pues nos proporciona dos conceptos básicos para su descripción:

– por un lado, el concepto de enunciación tal y como es identificado por Benveniste: «La enunciación es este poner a funcionar la lengua por un acto individual de utilización [...] es el acto mismo de producir un enunciado» (1970: 83). Lo interesante de la postura de Benveniste es su consideración de la enunciación como «aparato formal» subyacente al discurso. Según esta perspectiva, el hablante se apropia de la lengua en cada actividad verbal y marca su posición subjetiva de emisor mediante recursos lingüísticos como las marcas de primera y segunda persona (la relación yo-tú), la ostensión demostrativa, la temporalidad verbal, y las funciones sintácticas básicas de interrogación, imperativo o aserción. Lo más importante en este enfoque de la enunciación es siempre la emergencia del sujeto emisor por referencia a un interlocutor, es decir, su naturaleza necesariamente dialógica. Kristeva (1966, 1973) desarrollará la dimensión semiótica general de estas marcas de la subjetividad enunciativa, tomando como punto de partida las nociones de Benveniste y la intertextualidad de Bakhtin.

por otro lado, el concepto de fuerza ilocucional centrada en la intencionalidad del hablante según fue descrita por John Austin (con la identificación de acciones simultáneas al acto de hablar) y Searle (con la tipología de esas acciones simultáneas.

3.5.1 La relación entre categorías pragmáticas y psicológicas

Bruner (1993: 135) reivindica una investigación cognitiva que atienda a

cómo la percepción, guiada por la atención, nos permite acumular información que puede ser contrastada con la memoria, de tal manera que podamos pensar en cómo transformar las cosas a un nivel mucho más alto de lo que hubiéramos imaginado.

Este amplio objetivo supone la interacción de los procesos mentales de orden superior en los que, como es fácil ver, la mente trabaja con significados contextualizados. M. Casas, que subraya la ascendencia «semantista» de la pragmática (2002: 142), ha dedicado Los niveles del significar a la delimitación de los aspectos estrictamente lingüísticos del significado, diferenciando entre cuatro posibles usos: designación, significado, referencia y sentido, los dos primeros en el ámbito de la lengua y los dos últimos en el ámbito del habla. Al plantearnos en este apartado las relaciones entre categorías pragmáticas y categorías psicológicas, centramos nuestro interés en los procesos mentales subyacentes a las categorías pragmáticas mediante las cuales el hablante dota de sentido a sus enunciados.

Una muestra de cómo la lingüística perceptiva aborda este tipo de relaciones lo constituye la propuesta de Jorques (1998), que establece un correlato epistemológico entre las categorías pragmáticas de focalización y presuposición, y las categorías cognitivas de atención y memoria, para las que propone una dependencia metalingüística de naturaleza inclusiva. También Bruner (1993: 134) vincula conceptos como la efectividad de una historia («noticiabilidad» es un término que aparece en traducciones de autores etnometodólogos) con la máxima griceana de pertinencia y con los procesos de atención.

Categorías pragmáticas como la presuposición y la máxima de pertinencia explican, por ejemplo, el anclaje psicológico de expresiones que a veces puede pronunciar un sujeto sin que aparentemente el contexto las justifique. No en vano la retórica clásica aconsejaba que el primer discurso en un pleito sea siempre el de la acusación, pues la defensa incorpora siempre, como presuposición, la verosimilitud del ataque, es decir, la simple posibilidad de darle crédito (y de ahí expresiones como «calumnia, que algo queda» o «la mejor defensa es un buen ataque»). Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre cuando una persona se empeña en repetir cierto enunciado en sus conversaciones de grupo. Imaginemos una situación en que alguien es acusado de haber mentido a un grupo de amigos; por ejemplo, a Luis se le ha encargado que busque entradas para un concierto y cuando dice a los demás que ya están agotadas, otro miembro del grupo le acusa de mentir y no haber hecho la gestión. Obviamente, está en juego la imagen social de los dos implicados ante el resto del grupo. En el momento de la acusación, y con independencia de que ésta sea verdad o mentira, Luis puede:

– defenderse y dar explicaciones de las gestiones que haya hecho;

– pedir al atacante datos que justifiquen la acusación («demuéstralo»);

– devolver el ataque en otro nivel (por ejemplo con una falacia de tu quoque: «pues tú no buscaste entradas para el partido del año pasado»).

Pero si en los siguientes encuentros del grupo, ignorando la máxima de la pertinencia, Luis vuelve reiteradamente sobre el tema insistiendo en que él no mintió, cada vez que lo haga estará colocando la acusación en el ámbito presuposicional de los interlocutores, con lo que hace flaco favor a su causa. La presuposición siempre tiende puentes con aquello que se silencia, por lo que al defendernos de algo de lo que no hemos sido acusados logramos el efecto discursivo de dar verosimilitud a la acusación. En términos pragmáticos diremos que la negación presupone la afirmación correspondiente (con lo que, ya puestos a defenderse, Luis lo haría mejor con un «he dicho la verdad» que con un «yo NO os he mentido»).

En la misma línea de cruce teórico entre la pragmática y la psicología cognitiva encontramos también otras propuestas de análisis discursivo, cuyo rasgo más destacado es la necesidad de incorporar el dinamismo conversacional y la recepción al hecho comunicativo; en este sentido, es clarificador, por ejemplo, el análisis de Vázquez Veiga (2003) sobre las huellas que el receptor imprime a la toma de turno, con su identificación de «marcadores de recepción» como categorías fundamentales. López Alonso (2004), por su parte, explica el hecho de que la conversación electrónica sea tan propicia para el uso de la categoría pragmática sobreentendido, mediante la interacción entre el principio de economía y el de contracción; según la autora, en estos textos electrónicos se reduce al máximo el contenido proposicional, de tal manera que se radicaliza el principio de pertinencia informativa y se explota excesivamente la utilización de significados inferenciales; este abuso provoca que, con frecuencia, el emisor proponga como implicatura o presuposición (inferencias que se basan en las máximas conversacionales o en los activadores presuposicionales) lo que en realidad el oyente sólo puede inferir como sobreentendido, una inferencia que sólo se explica por la relación y la historia conversacional que mantienen los interlocutores (Gallardo, 1996a).

3.5.2 La comprensión del discurso: los esquemas cognitivos

La teoría de los esquemas fue desarrollada en los años 70 por investigadores de la Inteligencia Artificial (M. Minsky; R. C. Schank y R. P. Abelson), preocupados por proporcionar a los programas informáticos herramientas de comprensión textual. Efectivamente, los primeros programas de traducción automática se encontraban con pasajes textuales cuya traducción exigía más información que la estrictamente proporcionada por el lexicón; estos paquetes de información que son necesarios para la comprensión global del discurso fueron designados con el término «esquemas» (frames).

La utilización del concepto de esquema cognitivo en la lingüística resulta especialmente operativa en la pragmática textual. Por ejemplo, Van Dijk (1978) introduce en su descripción de la conversación el concepto de «marco lingüístico» como un tipo de «marco social»:

Un marco social, que también es un marco cognoscitivo porque es conocido por los miembros de la sociedad, es una estructura esquemática ordenada de acciones sociales que operan como un todo unificado. La característica más importante de cada marco es el tipo de contexto en que puede ocurrir (Van Dijk, 1989: 108).

En el ámbito textual, los esquemas se asocian al concepto de superestructura, desarrollado también por Van Dijk:

Una superestructura puede caracterizarse intuitivamente como la «forma global» de un discurso, que define la ordenación global del discurso y las relaciones (jerárquicas) de sus respectivos fragmentos. Tal superestructura, en muchos aspectos parecida a la «forma» sintáctica de una oración, se describe en términos de «categorías» y de «reglas de formación». Entre las categorías del cuento figuran, por ejemplo: la introducción, la evaluación y la moraleja (Van Dijk, 1989: 53).

La validación cognitiva de las superestructuras textuales básicas (argumentación y narración) nos lleva de nuevo al correlato entre pensamiento y lenguaje, con el que empezábamos estas páginas. Y es nuevamente Bruner (1986) quien vuelve a proporcionarnos un ejemplo interesantísimo de la interacción entre ambos marcos epistemológicos al identificar dos modos básicos de organización cognitiva que coinciden con los dos tipos fundamentales de organización textual; para este autor

hay dos modalidades de funcionamiento cognitivo, dos modalidades de pensamiento, y cada una de ellas brinda modos característicos de ordenar la experiencia, de construir la realidad. Las dos (si bien son complementarias) son irreductibles entre sí. Los intentos de reducir una modalidad a la otra o de ignorar una a expensas de la otra hacen perder inevitablemente la rica diversidad que encierra el pensamiento (Bruner, 1986: 23).

Bruner indica, además, que las superestructuras narrativas dependen de la cultura que las enmarca, motivo por el que han fracasado los intentos de diseñar gramáticas narrativas generativas (1993: 135). Según señala, adquirimos en una edad muy temprana la superestructura narrativa fundamental de nuestra cultura, sin que pueda hablarse de «una arquitectura universal».

Vemos, en definitiva, que la actividad cognitiva (procesos de percepción, atención, memoria) no puede desvincularse de su expresión lingüística ni de su contexto sociocultural de uso (su pragmática). La fórmula lacaniana que dice que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje» constituye, sin duda, la afirmación más radical de estos vínculos.

3.6 Ejercicios

1. Analiza las siguientes actividades de rehabilitación logopédica, y señala cuál es el (los) fonema(s) o el (los) sonido(s) que pueden rehabilitar:

– movimientos rápidos de unión y separación de los labios;

– tocar el paladar con la parte posterior (dorso) de la lengua y expulsar el aire;

– soplar una vela.

2. Compara los titulares sobre una misma noticia de actualidad en diferentes periódicos, y comenta las posibles consecuencias psicolingüísticas de su utilización de las categorías pragmáticas. Analiza las marcas de enunciación como punto de partida.

3. Elige una noticia de actualidad y escúchala en el noticiario de diferentes cadenas televisivas. Analiza las diferencias (si las hay) a la luz del siguiente extracto de un texto de Umberto Eco (de «Los ojos del Duce», publicado en El País, el sábado 24 de enero de 2004, pág. 12):

La televisión actúa de esta forma. Si se discute la ley tal de cual, se enuncia ésta en primer lugar, después se da la palabra de inmediato a la oposición, con todas sus argumentaciones. A continuación aparecen los partidarios del Gobierno que objetan las objeciones. El resultado persuasivo se da por descontado: tiene razón quien habla el último. Si se siguen con atención todos los telediarios, podrá verse que la estrategia es esa: en ningún caso tras la enunciación del proyecto aparecen primero los partidarios del Gobierno y después las objeciones de la oposición. Siempre ocurre al contrario. A un régimen mediático no le hace falta meter en la cárcel a sus opositores. Los reduce al silencio, más que con la censura, dejando oír sus razones en primer lugar.

4. Durante tres semanas presta atención a los errores fonéticos que cometes tú mismo u otras personas con las que hablas; anótalos (al menos deberías recoger veinte ejemplos). Luego, trata de agruparlos de una manera sistematizada y explica tus criterios de agrupación.

5. Elabora un corpus de chistes, y realiza después un análisis de su posible humor (o ausencia de humor) según la violación de las máximas conversacionales; ¿puedes describir cuál es el «destinatario ideal» de cada chiste?, ¿por qué unos chistes hacen gracia sólo a ciertos oyentes? Razónalo en términos pragmáticos.

Lecturas recomendadas

BICKERTON, Derek (2000): «Darwin y Chomsky, al fin juntos», en W. H. Calvin y D. Bickerton (2000): Lingua ex Machina. La conciliación de las teorías de Darwin y Chomsky sobre el cerebro humano.

Barcelona, Gedisa, 2001, pp. 241-258. Trad. de Tomás Fernández.

Este capítulo repasa las concepciones del lenguaje que mantienen tradicionalmente las posturas innatistas (chomskianos) y evolucionistas (darwinistas), y trata de establecer un punto de encuentro que sea compatible con la naturaleza esencial del lenguaje.

GALEOTE MORENO, Miguel Ángel (2002): Adquisición del lenguaje. Problemas, investigación y perspectivas.

Madrid, Pirámide.

Este volumen de Miguel Galeote repasa también temas básicos de la psicolingüística, desde un planteamiento básicamente generativista. Destaca la claridad expositiva con que se tratan los problemas fundamentales de la adquisición.

LÓPEZ-HIGES SÁNCHEZ, Ramón (2003): Psicología del lenguaje.

Madrid. Pirámide.

Este libro completa nuestra exposición con algunos temas prototípicos de la psicología del lenguaje, como la comprensión y producción, así como un interesante capítulo dedicado a las pruebas de evaluación lingüística.

PUYUELO, Miguel y cols. (1997-2001): Casos clínicos en logopedia, vols. 1, 2 y 3.

Barcelona, Masson.

La lectura de cualquiera de estos volúmenes pondrá en contacto al estudiante con uno de los campos más interesantes de aplicación de la lingüística. En la excelente exposición de casos, realizada por profesionales experimentados, el lector va tomando conciencia de la complejidad y riqueza que puede ofrecer la logopedia como actividad profesional.

* NOTA: Este trabajo se ha desarrollado en el marco de los proyectos de investigación financiados por el Ministerio de Educación y Ciencia, «Estudio de variables morfológicas y sintáctico-semánticas en la evaluación de afasias» (Ref.: BFF2001-3234-C02-02) y «Elaboración y análisis pragmático de un corpus de lenguaje afásico» (Ref.: BFF2002=00349), ambos con dotación adicional de los Fondos FEDER y el segundo de ellos también con una ayuda complementaria de la Generalitat Valenciana (GRUPS2004/14).

4. Lenguaje y cultura

Ricard Morant Marco

Universitat de València

4.1 Introducción

En el siguiente capítulo nos proponemos reflexionar sobre la interacción existente entre el modo de expresión y el entorno cultural de un grupo humano. Para demostrar cómo el lenguaje se adapta a las necesidades comunicativas de sus hablantes abordaremos en el primer apartado la definición de los conceptos clave. A continuación, presentaremos los principales aspectos culturales que tienen una incidencia lingüística; en el tercer subapartado examinaremos los ámbitos del lenguaje marcados culturalmente. Acabaremos el tema con el análisis lingüístico de dos subculturas: la de los reclutas y la de los estudiantes.

Antes de entrar en materia creemos necesario advertir que no vamos a realizar un estado de la cuestión sobre la etnolingüística, la antropología lingüística o la lingüística antropológica. Para ello basta con revisar los trabajos de M. Casado (1988), J. A. Argente (1996), A. Duranti (1997) y J. A. Díaz Rojo (2004). Tampoco vamos a razonar sobre lenguas y culturas exóticas. No recurriremos, por tanto, a comunidades lejanas cuyo idioma desconocemos, a pesar de que nos pueden proporcionar ejemplos tan llamativos como éste de M. Gardner (1988: 13-14):

Los zulúes, por ejemplo, viven inmersos en un mundo de formas redondeadas. Las cabañas son redondas, y también lo son las puertas. Al arar, sus surcos trazan líneas curvas. Raramente tienen ocasión de ver líneas o ángulos rectos, y su idioma no contiene ningún vocablo que signifique «cuadrado».

Finalmente, al plantear las explicaciones de los casos presentados intentaremos ser cautelosos y prudentes. Así, para justificar la distinta manera de decir la hora en castellano («Son las tres y media») y en catalán («Són dos quarts de quatre») aceptaremos la interpretación de J. Tuson: se trata de convenciones puras y simples, y no de una diferente manera de concebir el paso del tiempo (unos mirando hacia el pasado y los otros con proyección hacia el futuro). En este último sentido huiremos de opiniones como la de L. Graves, para quien la fórmula temporal catalana constituye una prueba evidente de que sus usuarios «sempre estan pensant per endavant i es recorden del pas inexorable del temps i de la brevetat de la vida».

Estudiar la relación lenguaje-cultura implica enfrentarse de inmediato a una difícil cuestión, la polivalencia del término cultura. A pesar de los múltiples significados que se le atribuyen a este término, nosotros partiremos de una definición sencilla, la de E. Sapir. Para este lingüista, la cultura es lo que una sociedad hace y piensa. En otras palabras, la cultura hace referencia al patrimonio distintivo que identifica a una comunidad, y que está constituido por los modelos de conducta propios, por la formas de actuación aprendidas y compartidas por el grupo desde que se nace hasta que se muere. Tomemos un ejemplo práctico, el rezar y el ayunar. Estas dos acciones no se cumplen de idéntica manera en la cultura musulmana y en la cristiana. Para dirigirse a Alá sus seguidores se descalzan, se lavan y se postran en dirección a la Meca, cosa que no hacen los cristianos. Sin embargo, éstos, a diferencia de aquéllos, cuando ayunan por motivos religiosos (miércoles de ceniza, viernes santo) lo hacen durante todo el día, incluso después de que haya caído el sol, mientras que los musulmanes durante el Ramadán (mes del ayuno) no pueden comer, beber ni fumar desde el alba hasta «que el negro se confunda con el blanco», o sea, hasta el ocaso.

El otro aspecto definitorio de una comunidad cultural es su forma de pensar, en la que se incluyen desde las creencias hasta las supersticiones. En nuestra sociedad, por ejemplo, todavía existen muchas manías relacionadas con el embarazo. Así, se cree que si una embarazada «tiene un antojo» (un deseo vivo y pasajero de una cosa) y no lo cumple, se produce en el feto una mancha con la forma del objeto apetecido que no se satisfizo. Por otro lado, abundan las creencias populares referidas al matrimonio como la de llevar huevos al convento de Santa Clara para evitar así un chaparrón que desluzca la boda prevista.

Aparte de lo que se hace y de lo que se piensa, también forma parte de la cultura lo que se dice. Los cuentos, los refranes, las formas de hablar, los chistes, etc., reflejan el mundo que nos rodea y fotografían nuestros deseos y nuestros miedos. Últimamente, han adquirido un gran protagonismo las leyendas urbanas, unas historias verosímiles e inverificables que transcurren en un tiempo cercano y en lugares concretos y que al narrador le ha contado «el amigo de un amigo». Entre ellas tenemos desde la del joven al que le roban un riñón, hasta la de la chica que hace el amor con un joven recién conocido en la discoteca, y al día siguiente desaparece dejándole escrito en el espejo: «Bienvenido al club del sida».

Definida la cultura y sus tres componentes fundamentales pasamos a comentar nuestro principal instrumento de trabajo, el lenguaje. Éste nos servirá porque constituye una fuente de conocimiento de la realidad cultural de un pueblo. Primero, porque es un baúl donde se guarda toda la experiencia histórica de un grupo humano. Basta acudir a la etimología de las palabras y de las frases hechas para demostrar esta idea. El libro de C. Aranda (2002:72) lo deja muy claro al explicar el origen de la expresión Me lo ha contado un pajarito:

Decimos esto cuando conocemos una cosa, pero no queremos decir quién nos ha informado. Los pájaros son, desde tiempos inmemoriales, portadores de noticias. Una paloma avisó a Noé de que el diluvio universal había terminado. Los antiguos también creían adivinar el futuro por el vuelo de los pájaros. Las palomas se han utilizado muchas veces para enviar mensajes y se dice que a los niños los traen las cigüeñas. En fin, tradicionalmente son los pájaros los que traen las noticias, buenas y malas, a los hombres.

Aparte de un baúl, el lenguaje es una ventana abierta a la cultura actual, una herramienta trascendental para su estudio. A través de él se puede ojear la personalidad de un pueblo. Por ejemplo, si paseamos por la ciudad y observamos detalladamente los rótulos de los negocios se infiere la pluralidad étnica en la que vivimos hoy. Las palabras de E. García Escalona (2002: 184) son muy reveladoras:

Se ha incorporado al espacio madrileño la palabra ‘tetería’ (es otra cosa que el salón de té), el colmado, los locutorios (hasta de video-conferencias), las agencias de traspaso de divisas, billetes específicos, peluquerías especiales para cabellos rizados y carnicerías musulmanas.

En el mismo recorrido, si nos fijamos en el lenguaje urbano además de la multiculturalidad reinante, advertiremos que nos encontramos inmersos en una cultura de la integración, que lucha por el respeto hacia las personas que sufren alguna discapacidad. Con esta finalidad se han colocado semáforos sonoros (con indicador acústico del tiempo de paso para viandantes) y suelos guía (constituidos por baldosas punteadas que comunican de forma táctil el camino adecuado para atravesar el paso de peatones a las personas ciegas).

Aclarado el concepto de cultura del que partiremos y justificado el uso que vamos a hacer del lenguaje a lo largo del tema, conviene puntualizar varias cosas antes de abordar la relación entre la forma de ser de un colectivo y su modo de expresión. En primer lugar, que el lenguaje y la cultura no son entidades idénticas, pues aquél es una parte integrante de ésta; tal vez, la llave que nos permite el acceso al resto de la cultura. Entre ambas realidades además no existe una relación biunívoca. O sea, pueblos con lenguas diferentes pueden tener una misma cultura (el islam es la cultura de árabes, turcos, indoiranios) y la misma lengua puede ser hablada por culturas diferentes (el inglés es la lengua oficial de británicos y estadounidenses). Al emplear en este caso los vocablos cultura y lengua asumimos la siguiente consideración de J. A. Díaz (2004) :

Estos términos son vagos e imprecisos, porque, cuando hablamos de la cultura de un pueblo, ¿dónde fijamos los límites geográficos o sociales de dicho pueblo? Cuando nos referimos a la cultura española en concreto, ¿a qué nos estamos refiriendo? ¿Existe, como una unidad delimitable, la cultura española, la cultura hispanoamericana o la cultura hispana? En el caso de la comunidad lingüística del español1, no existe una homogeneidad cultural entre todos sus hablantes como para que puedan ser tomados como una unidad cultural. Por tanto, debe prescindirse de considerar que existen unos valores y creencias propios de una supuesta cultura compartida por todos los hablantes del español. Con esto no negamos que quizás exista algún rasgo común a toda nuestra comunidad lingüística que pueda estar presente en algunas categorías lingüísticas; más bien rechazamos la idea de que, globalmente considerada, la lengua española de hoy sea el reflejo o la cristalización de una cultura específica (¿hispana, española?), tomada también en su totalidad.

Por consiguiente, no siempre –y este es el caso del español–, existe una superposición perfecta entre comunidad cultural y comunidad lingüística.

Tampoco ambas se mantienen estables con el paso del tiempo. Por eso, A. Giovannini y sus colaboradores (1996:35-36) no dudan en afirmar:

La cultura es como un ser humano, algo que evoluciona día a día. Actualmente vivimos en un mundo de cambios constantes: valores, ideas, tecnología, forma de vivir, de pensar, de sentir, etc. Esto implica que la cultura y la lengua también evolucionan. Hemos de tener en cuenta el momento histórico presente, pero siempre relacionado con el pasado. Así, por ejemplo, no se podría entender que todos los españoles que ahora tienen entre veinte y cincuenta años tengan santo, si no conocemos la historia reciente de España.

El paso de una sociedad tradicional y conservadora a otra laica y global está alterando la onomástica y otros aspectos lingüísticos. Sin embargo, hemos de insistir en que no todo cambio cultural comporta necesariamente una transformación lingüística. Aún decimos que el sol sale o que el sol se pone, como si este astro fuera el que da vueltas alrededor de la tierra y no al contrario. En opinión de A. de Miguel (1994: 138) parece que «nada ha cambiado en este lenguaje después de Copérnico o Einstein».

En síntesis, la cultura y el lenguaje no mantienen una correlación, pero sí un vínculo estrecho como se demostrará en los próximos apartados.

4.2 Lenguaje y entorno

El lenguaje de cualquier grupo humano se adapta normalmente a los cuatro pilares de cualquier cultura, a saber, al entorno natural, al social, al material y al ideológico.

4.2.1 Lenguaje y entorno natural

El espacio físico que rodea a una determinada comunidad influye en su modo de expresión. Al indagar en este aspecto descubriremos los elementos del paisaje que juegan o han jugado un papel fundamental en ese pueblo. Si analizamos el benasqués, la modalidad lingüística autóctona de los habitantes del Valle de Benasque, advertimos cómo estos dominan con precisión su paisaje, diferencian cada rincón de la montaña, poseen un vocabulario detalladísimo para describir hasta el último recoveco del espacio que les rodea. Este rasgo es señalado por A. Ballarín (1974: 77):

Así, el benasqués tiene palabras para designar todos los ríos, riachuelos, barrancos, torrentes, arroyos, regatos, pozos, aguazales, ibones, balsas, cascadas, chorreras, fuentes, manatiales, hontanares, acequias, cauces, puentes, etc. Igualmente las tiene para nombrar las vertientes, montañas, crestas, peñas y gargantas, picos, puertos, collados, oteros, espolones, etc., sin olvidar las partidas de terreno, los caminos y senderos, los pueblos, aldeas, ermitas y humilladeros.

Esta cantidad de nombres para designar su medio natural demuestra la gran importancia que el espacio posee para los hablantes. En opinión de J. A. Saura (1998: 32), esta extensa matización de los lugares, las piedras, los bosques, las praderas, en suma de los accidentes geográficos confirma que eran puntos de referencia esenciales «para unas gentes que vivían de ese espacio natural, que nacían y morían en él, entrelazadas, fundidas con el medio físico».

Otros ejemplos ilustrativos de la incidencia del paisaje en el lenguaje los obtenemos al establecer una comparación entre los montañeses y la gente de mar. Si cotejamos la forma de expresarse de los habitantes de ambas zonas observaremos importantes diferencias. Así, el concepto de montaña no es el mismo para ambas poblaciones. Para la gente del llano, la montaña es el territorio comprendido desde el pie hasta la cima de una elevación; para la gente que vive en el corazón de una serranía, en cambio, la montaña solamente comienza por encima de los prados, ellos van a la montaña cuando salen del terreno cultivado de la elevación. El significado del término pronto varía también de un territorio a otro. En las zonas de alta montaña las 10 de la mañana constituye una hora temprana, por eso los niños comienzan en ese momento el horario escolar. Podemos pensar en el frío que hace antes de esa hora en aquellos pueblos en los que la nieve efectúa regularmente su aparición a principios de diciembre. En otras zonas no montañosas, sin embargo, la primera clase de los escolares comienza a las 8 o a las 9 de la mañana, porque la temperatura ambiente es superior.

Las diferencias determinadas por el entorno físico no se reflejan solamente en el significado, sino que también se advierten en la forma. Pensemos, por ejemplo, en la manera de cuantificar socialmente la riqueza de una persona. Al recorrer distintas comarcas comprobamos que en los pueblos vitivinícolas, como Re-quena o Utiel (Valencia), se pregunta(ba): «¿Cuántas cepas tienes?». En las zonas de grano como Izagre (León), la pregunta era distinta: «¿Cuántas cargas tiene?».

En Bulnes (Asturias), por otra parte, donde hasta hace unos años (antes de la construcción del funicular) se veían obligados a transportar casi todo lo necesario para vivir sobre sus espaldas o a lomos de borricos, la riqueza se medía, principalmente, por el número de jumentos que cada cual poseía. En muchos otros pueblos españoles el poderío de una familia se conocía por el número de cerdos que se sacrificaban durante la tradicional matanza. Recordemos que hasta hace bien poco, el puerco era en el mundo rural sinónimo de abundancia y prosperidad: poseer uno o varios era como tener hoy un fondo de inversión o una cuenta de ahorro. No es de extrañar, pues, que las primeras huchas cobrasen la forma de un cerdito, como símbolo de ahorro. Si en nuestro país el cochino, el borrico y la vaca eran animales de gran valor, en la economía del nómada del desierto del Sáhara mauritano, la riqueza gira en torno a la camella, por su leche. F. Pinto (1997) sostiene que antaño con unos 25 camellos se tenía una posición media, con 50 se era rico, y con unos 100, muy rico.

La incidencia del medio ambiente en el lenguaje se advierte también en las amenazas de los padres a los estudiantes vagos, cuando éstos estudian poco. En tal caso, los progenitores de zonas de predominio agrario les recuerdan a sus hijos: «¡Te sacaré de la escuela y te irás al campo!». A aquellos de las comarcas de secano les dicen: «¡Si no sacas el curso, ya sabes, a plantar ribazos al monte!». Y a los de zonas turísticas, con gran desarrollo en el ámbito de la construcción, la temida frase es: «¡Si no apruebas, te irás a la obra!».

Otra área del lenguaje en la que incide el paisaje es la de los genitales. En las zonas de mar al órgano de la mujer se le llama almeja; en el territorio donde se hace horchata, se le denomina chufa, y en las comarcas de hongos, recibe el nombre de seta. Y es que las personas acuden a los elementos de su entorno para designar las cosas y para dar cuenta de sus experiencias. El escritor V. Blasco Ibáñez (1981: 70-71) en su novela Cañas y barro lo expone con sencillez al describir a uno de sus personajes:

Todas sus comparaciones se las facilitaban los pájaros de la Albufera. ¡Las hembras...! ¡Mala peste! Eran los seres más ingratos y olvidadizos de la creación. No había más que ver a los pobres ‘collsverts’ (patos) del lago. Vuelan siempre en compañía de la hembra, y no saben ir sin ella a buscar la comida. Dispara el cazador. Si cae muerta la hembra, el pobre macho, en vez de escapar, vuela y vuela en torno del sitio donde pereció su compañera, hasta que el tirador acaba también con él. Pero si cae el pobre macho, la hembra sigue volando tan fresca, sin volver la cabeza, como si nada hubiese pasado, y al notar la falta de acompañante se busca otro.

La importancia de distintos animales en las diferentes culturas no sólo influye en el lenguaje coloquial, sino también en las traducciones de libros como la Biblia. Zuluaga (2001: 68) lo deja muy claro al afirmar:

Así, por ejemplo, ‘pingüino’ puede ser equivalente de agnus (= «cordero»): en la traducción de la Biblia para un pueblo en cuyo entorno no existen los corderos (el ejemplo es de Nida, 1964), ‘agnus Dei qui tollis peccata mundi’ se tradujo por ‘pingüino de Dios que quitas los pecados del mundo’; se optó, pues, por el nombre de ‘pingüino’ para ‘agnus’. Estos dos lexemas no se corresponden ni desde el punto de vista de sus significados básicos ni de sus denotaciones, pero son buenos equivalentes desde el punto de vista clasemático (animal) y desde el de la valoración social (mansedumbre) en las respectivas lenguas y culturas; en otras palabras, la pertenencia a la clase animal y la connotación de mansedumbre constituyen, en este caso, las invariantes.

De las distintas asociaciones de los animales en las diferentes culturas también saben mucho las multinacionales. Así, McDonald’s, que según datos de V. Verdú (2003: 17) sirve diariamente a 45 millones de clientes en 30.000 establecimientos de 120 países,

[...] sirve siempre el Big Mac, pero a su lado emplaza la ensalada miçoise en Francia, el feta en Grecia, el pollo frito en Singapur, el pollo al curry en Gran Bretaña y la comida kosher en Israel. O transcorporeiza su unidad de culto en el McLaks de Noruega a base de salmón en vez de carne o en el Maharaja Mac de la India con cordero y no buey para respetar a los hindúes.

4.2.2 Lenguaje y entorno material

Nuestra manera de expresarnos se ve afectada por el paisaje pero también por los objetos que utilizamos. Las cosas que nos rodean tienen un papel importante en el desarrollo de nuestro lenguaje. Para demostrar esta idea nos referiremos a tres aparatos básicos actualmente: el coche, el ordenador y el móvil. El primero llegó gracias a la sustitución de los animales por los vehículos a motor. Con este proceso de mecanización se ha alterado el lenguaje. De hecho, la aparición del automóvil ha supuesto la jubilación del lenguaje dirigido a las caballerías. Hasta hace poco todos conocían el significado de los gritos ¡So! (orden para detener el animal) o ¡Arre! (interjección para iniciar el paso o acelerar). En la actualidad estas señales auditivas ya no se oyen, ahora predomina el rumor y el escándalo provocado por los tubos de escape, claxons y sirenas.

Con la motorización llegó asimismo el cambio de significado de la palabra coche. Este medio de transporte tirado por caballos se convirtió poco a poco en un vehículo impulsado a motor. Ya quedan pocos cocheros y pocos carros. Estos han ido desapareciendo de las carreteras y del lenguaje. Antes se empleaban a menudo las expresiones tirar del carro, aguantar carros y carretas o la frase ¡Eh, tú, para el carro! Hoy se van jubilando lentamente estos modismos y se están incorporando otros como frenar o aparcar un proyecto, dar luz verde a una iniciativa, dejar en punto muerto una ley o acelerar un recurso.

Con la llegada de la automoción creció la familia de las palabras compuestas por auto-: autobús, automóvil, autocar, automotor, autovía, autoescuela, autolavado, autocine, autopista, autostop, etc. También se han incorporado nuevas siglas : ITV (Inspección Técnica de Vehículos), ORA (Ordenanza de Regulación de Aparcamiento), GTI (Gran Turismo Inyección) y vocablos como gorrilla (guardacoches ilegal), servofreno (freno cuya acción está amplificada por un dispositivo eléctrico o mecánico), airbag (peto de seguridad o neumático), jeep, etcétera.

Otros dos objetos actuales con una honda repercusión en nuestro lenguaje han sido el ordenador y el móvil. Estos nuevos avances han ampliado nuestras posibilidades de comunicación y han comportado hasta la transformación de los hábitos comunicativos tradicionales. A estos cambios, sobre todo al hablar a través de la pantalla, se refiere Tony Cortés Díaz en El Magazine (17-2-2002: 8):

Tengo 27 años, trabajo frente a un ordenador y en casa tengo otro PC, una consola última generación, televisión por cable. Las nueve horas diarias de trabajo me las paga la compañía por lo que trabajo, pero las restantes antes de descansar se pasan entre internet, la consola y la televisión. Mi vida circula por un cable de fibra óptica que me conecta al mundo. Mi círculo de amistades es cada vez más grande gracias a la red, pero a mis amigos de toda la vida los veo en contadas ocasiones. Sólo me sé comunicar por e-mail, incluso llamar por teléfono se me hace pesado.

Estos nuevos medios están generando además lenguajes específicos en los que prevalece la rapidez de la escritura frente a la corrección ortográfica. Pensemos en cómo los portátiles han originado un nuevo sistema de interacción, el denominado mensajeo. Las normas de uso de estos mensajes cortos, los nuevos telegramas basados en la omisión de los elementos redundantes por razones económicas, se recogen en el libro Qrs hablar:

La ch pasa a x: Noche = NXE

La ll se transforma en y: Llama = YM

Las cifras y los signos valen por lo que significan o suenan: Más = +

No se usan los acentos y los signos de interrogación sólo se colocan al final: ¿Dónde? = DND?

Hay un grupo de abreviaturas fijas: Mañana = MÑN; besos = BSOS; un minuto = 1MNT.

A estas reglas hay que añadir una serie de símbolos, los emoticonos, que están hechos de signos de puntuación y que pretenden expresar de forma taquigráfica el estado de ánimo del emisor. Con estos símbolos de puntuación-emoción se ha generado una gestualidad y una paralingüística digital, que es captada a partir de la vista. Pocos ignoran el significado de alucinas (@-@), el de o el de

Por otra parte, con la expansión de otro objeto, el ordenador, vino la revolución informática que dio origen al ciberlenguaje. Esta modalidad lingüística se distingue por el uso de la @, (en las direcciones de correo electrónico une el nombre del usuario y el de su servidor), por la formación de términos encabezados por ciber- (cibersexo, cibercafé, cibernauta, ciberrelaciones, etc.) o por la utilización de palabras de la vida real que cambian de nombre o de significado al entrar en la vida virtual. En este sentido, A. Grijelmo (1999: 167) apunta que lo que en la vida real llamamos orden, en el terreno virtual se convierte en comando, o lo que en cualquier otra actividad humana se llama simplemente copiar se transforma en bajar. También las voces navegar, pirata, ratón, menú, etc., alteran su significado al pasar de la lengua general a la red de redes. Tan enorme ha sido el influjo de Internet que ha dejado su marca hasta en el lenguaje coloquial, que se vale de las expresiones ser una IBM (inmensa bola mantecosa), cambiar de chip, se te ha fundido el disco duro, eres más inútil que un teclado sin enter, me he quedado bloqueado, estás en off, vas a 42 bytes por segundo (muy lento) o eres un tonto.com.

4.2.3 Lenguaje y entorno social

El modelo de articulación social y parentesco, que va cambiando con el paso del tiempo, también deja su huella en el lenguaje. Para demostrarlo analizaremos la evolución de dos instituciones milenarias: el matrimonio y la descendencia. En la sociedad tradicional, la que imperaba en nuestro país hasta hace poco, la unión matrimonial, tenía una enorme importancia sobre todo para el colectivo femenino. De hecho se decía que «la carrera de la mujer era casarse y tener hijos». Por eso, antaño cuando las niñas tomaban la primera comunión, las mujeres se dirigían a las madres de las criaturas con la expresión «ahora ya lo que le hace falta es que la vea usted casada». El gran deseo de las progenitoras lo expone J. A. Pérez Rioja (1990: 21) en el siguiente texto: «La gran ilusión de las madres era dejar “recogidos” a los hijos, es decir, casados; y si se trataba de las hijas, ese anhelo se trocaba en verdadera obsesión».

Para cumplir esa pretensión, las madres o las hijas, si hacía falta, hasta acudían a los santos y santas casamenteros (se recurría a menudo a S. Antón o a la Virgen de Guayente). Todo menos oír que a su hija la llamaran solterona o que le recordaran: «Te has quedado para vestir santos».

Tan mal le solía sentar esta palabra o expresión a la aludida o a su madre que ante esa acusación solían contestarle a la casada con un: «Vale más vestir santos que desvestir borrachos».

Han transcurrido los años y estamos asistiendo a una mayor aceptación social de la vida en solitario, por eso ha aumentado el número de personas solteras, de las llamadas impares. Junto a este hecho somos testigos de la pérdida de importancia del matrimonio como institución. La gente se casa menos y más tarde, no en vano en las invitaciones a la boda y en los carteles humorísticos que pegan los amigos para anunciar el inminente enlace predominan fórmulas del estilo de «¡Al fin se casan/ nos casamos!». A los jóvenes cada vez les cuesta más dar el paso para formar un nuevo hogar porque su periodo de formación se prolonga más, porque cuesta encontrar un puesto de trabajo digno y porque acceder a una vivienda les resulta muy difícil. Ante tantas dificultades muchos optan por el apalanque, por la prolongación durante el mayor tiempo posible en el nido familiar.

Han aflorado además nuevas maneras de vivir y de establecer relaciones con el prójimo. Y en estos momentos, tal vez las palabras clave sean unión de hecho y cohabitación. Esta última, en opinión J. González Anleo (1999: 161-162):

[...] tiene un sentido múltiple, es concepto polisémico: ensayo juvenil o matrimonio de prueba, tolerado ya en muchos países, decisión final de divorciados o separados que no quieren repetir un matrimonio tras el fracaso del primero, una relación de transición previa a ulteriores nupcias de quienes quieren evitar nuevos fracasos matrimoniales tras una separación siempre traumática [...].

Por tanto, hoy además de los matrimonios religiosos, tenemos los civiles, y junto a éstos existen otras fórmulas convivenciales como los sin papeles (se juntan), las parejas de hecho o las parejas mecano (parejas reconstituidas con otro nuevo cónyuge y puesta en común de los respectivos hijos). Además de la aparición de esta nueva terminología, ante la nueva realidad social, como reconoce I. Morant (2000: 3-10), se han tenido que inventar nuevos modos para nombrar situaciones antes inconfesables. Y así:

Las instituciones políticas, por ejemplo, envían ahora sus invitaciones dirigidas al Sr. o la Sra. X y acompañante, y no y esposa, como ocurrió en otro tiempo.

Últimamente se está luchando por conseguir el matrimonio entre personas del mismo sexo. El día en que se logre, el diccionario habrá de modificar la definición de matrimonio como ‘unión de un hombre y una mujer’. ¿O se creará un nuevo término específico para designar la unión homosexual? Es probable que surja una polémica terminológica, como de hecho ya se vio en un debate sobre la cuestión en un foro del Centro Virtual Cervantes, del Instituto Cervantes, en que algunos contertulios se negaban a aceptar que la unión entre homosexuales se denominara con el mismo término que el matrimonio tradicional, cuyo nombre, para ellos, sólo es digno de la unión heterosexual. Quienes así piensan, creen que la unión entre personas del mismo sexo será lo que sea, cualquier cosa menos matrimonio.

En resumen, junto a la familia nuclear (esposa, esposo, hijos) tenemos la familia extensa (con tres generaciones viviendo juntas), la familia monoparental (sólo con padre o madre más descendencia), la homoparental (dos madres o dos padres más hijo o hijos), etc.

Por lo que respecta a la descendencia se ha pasado de una época en la que se afirmaba «Hijos, los que Dios nos dé» o «los que Dios quiera», a un período en el que predomina el lema «Hijos, cuando se pueda». Antes tenían mala fama los casados sin descendencia porque una de las funciones básicas de la familia era la de la reproducción. J. Eslava (1993: 73) lo ratifica:

Algunos matrimonios recitaban una piadosa jaculatoria para desagraviar al Señor antes de cumplir con el débito conyugal: Señor, no es por vicio ni fornicio, que es por dar hijos a tu servicio.

En algunos municipios valencianos se pregona que «el casar no fóra res, si al cap de l’any no foren tres», equivalente al «no hi ha dos sense tres». Y a la recién casada se le anuncia que va para monja de san Agustín, basándose en el dicho «Monja de Sant Agustí, tres caps en un coixí» (la mujer, el hombre y el bebé que llegará). Y es que un matrimonio sin hijos era como un arroz sin aceite, y a la esposa, fuera o no estéril, si no paría se la acusaba de machorra. Actualmente, sin embargo, la presión social para ser padres y madres ha disminuido en nuestra sociedad, la fecundidad ha caído en picado, el niño es un «bien escaso», más voluntariamente deseado que en otros tiempos. Hoy, ante la llegada masiva de mujeres al mundo laboral, las parejas se lo piensan más, porque, sobre todo para las mujeres, resulta difícil compaginar su vida familiar y laboral. Algunas de ellas, como Consuelo León, sostienen que para conciliar el doble papel de madres y trabajadoras, «sería ideal crear un pacto social entre empresas y Gobierno para cambiar los horarios, y que la Administración distinga con el certificado de empresa familiarmente responsable al que aplique estas políticas».

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