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CHILE 73
MEMORIA, IMPACTOS Y PERSPECTIVAS
CHILE 73
MEMORIA, IMPACTOS Y PERSPECTIVAS
Joan del Alcàzar y Esteban Valenzuela, eds.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto, los autores, 2013
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Fotografía de la cubierta: © Camilo Jara, 2013
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
ISBN: 978-84-370-9331-4
Edición digital
ÍNDICE
Prólogo
Introducción: El impacto y la re-lectura permanente del 73 Chileno .
El esquivo Bloque por los Cambios del siglo XX: Frente Popular, Frente de Acción Popular (FRAP), Unidad Popular (UP) y Concertación
Tomás Moulian, Sergio Valdés y Esteban Valenzuela
El impacto del 73 chileno en el debate político de la izquierda internacional
Joan del Alcàzar
¿Es la actual democracia de mejor calidad que la que existió antes de 1973? La democracia semisoberana, cuarenta años después del golpe de estado
Carlos Huneeus y Rodrigo Cuevas
Aciertos e «innovaciones» de la UP, aquello que perdura
Esteban Valenzuela y Guillermo Marín
El dilema epistemológico tras el golpe: miedo a la utopía o vigencia del sueño socialistab
Pablo Salvat y Natacha Romero
Las divergentes «lecturas» socialistas del 73. De Altamirano a Bachelet. La Unidad Popular: un pasado siempre presente entre los socialistas chilenos
Édison Ortiz
Superando el sesgo de la «primacía de los factores internos»: La Unidad Popular a la luz de las constricciones del sistema-mundo capitalista
Luis Garrido
Geomemorias del 73: mapas de las violaciones de los derechos humanos
Manuel Fuenzalida, Esteban Valenzuela, Paulo Contreras y Felipe Zúñiga
Pinochet vs. Allende, imágenes para la juventud del siglo XXI
Joan del Alcàzar y Berta Rodrigo
Autores
PRÓLOGO
La victoria de la Unidad Popular (UP) generó una gran ilusión en Chile, en toda Latinoamérica y también en España. Todo lo contrario sucedió con el golpe de Estado de septiembre de 1973, que liquidaría la democracia chilena, remitiría al terreno de la utopía el sueño de una nueva vía al socialismo y constituiría un auténtico trauma. De nuevo, por supuesto, y con las más terribles consecuencias para los chilenos, pero también para el conjunto de la humanidad democrática y progresista. Y de nuevo, también, para la España que luchaba por la reconquista de la libertad.
Mucho han cambiado las cosas en el mundo y particularmente en España y Chile en los últimos cuarenta años. Ambos países recuperarían la libertad y lo harían desde el protagonismo indiscutible –por más que muchos se empeñen en discutirlo– de sus pueblos. Hubo después, y entre tanto, nuevos países que recuperaron la democracia, hasta el punto de que esta, la democracia, aparece como una forma de gobierno consolidada y generalizada como no lo había estado nunca en la historia de la humanidad. No en todas partes, desde luego, pero sí en las suficientes para que se tienda a considerar todo esto como un dato de hecho, algo así como un proceso poco menos que predeterminado y al que todos, cada uno a su modo, habrían contribuido.
Todos demócratas, pues, ahora, y todos, digámoslo así, demócratas retrospectivos. No es de extrañar en consecuencia que a lo largo de las últimas décadas hayan surgido narrativas legitimadoras y justificativas respecto de actitudes que en el pasado no siempre fueron democráticas ni caminaban hacia la democracia. Y ello tanto en el plano internacional como en el de las distintas sociedades que hubieron de superar experiencias especialmente traumáticas.
En el plano internacional, desde luego, y conviene detenerse un tanto en ello. No hace falta que nos remitamos a construcciones tan idílicas como ya periclitadas a lo Fukuyama sobre el «fin de la historia». Pero sí conviene retener que hay otras más vigentes y operativas, como la famosa teoría de la «tercera ola» de Samuel Huntington. Toda una construcción ideológica, en apariencia neutra, objetiva y científica, a mayor gloria de la contribución de los EE. UU. de América a esa oleada democrática. Porque ni hubo ola ni ese fue el papel de la gran potencia hegemónica. Recordemos: la democracia cae en Chile en 1973 con la «colaboración» norteamericana; se recupera en Portugal en 1974 con una revolución, la de los «claveles», que encuentra la más hostil de las recepciones en esa misma potencia; cae en Argentina un año más tarde, y se recupera en España en 1977 sin que el pueblo español tenga absolutamente nada que agradecer al «amigo americano». Curiosa «ola», desde luego.
Podría pensarse que todo esto tiene poco que ver con otro tipo de narrativas como las que se producen en el plano interno en las sociedades postdictatoriales. Pero no es así. Primero, porque las visiones retrospectivas y legitimadoras se dan en todos los planos. Segundo, porque obedecen en todos ellos a un propósito de tergiversar, negar y hacer olvidar el pasado. Tercero, porque tienden a enlazar con sesudas construcciones, según las cuales las conquistas de la democracia obedecieron a casi todo –contexto internacional, «modernización», élites especialmente clarividentes...– antes que al protagonismo popular. cuarto, porque todo esto confluye en una gran narrativa según la cual este es el mejor de los mundos posibles, siempre y cuando, naturalmente, nadie lo altere adoptando posiciones, actitudes o políticas que desafíen el patrón de la «verdadera democracia», imaginando otros futuros o empeñándose en reabrir «viejas heridas».
No es otro el problema de la memoria histórica. En Chile, como en España, la batalla por la «memoria histórica» se libra desde presupuestos muy similares. Por una parte, están quienes, en nombre de la verdad y la justicia, apelan a la necesidad de realizar el necesario trabajo de memoria para reivindicar a las víctimas, recordar que la democracia no es un dato de hecho, «natural», y constatar que toda legitimación de la democracia debe pasar por la más completa, abierta, explícita y frontal ruptura con todo pasado dictatorial; hay quienes consideran, en suma, que desde la negación o tergiversación del pasado no se puede conformar una ciudadanía democrática, no se puede construir el futuro. Por otra parte, al otro lado, están aquellos que consideran que todo esto es un empeño inútil, más obsesionado por el pasado que abierto al futuro, a veces incluso «revanchista», peligroso siempre en tanto que reabre viejas heridas y perjudica a la convivencia. Y no faltan, por supuesto, quienes no encuentran mejor modo de combatir los movimientos por la «memoria histórica» que el de sacar a colación todos los errores y, presuntas o no, irresponsabilidades, que tuvieron lugar en aquellas experiencias democráticas –como el Chile de la UP o la España republicana– que fueron segadas por las sucesivas dictaduras.
¿Cuál es el papel del historiador y del científico social en todo esto? No falta quien contrapone en términos absolutos «memoria» e «historia». Y, efectivamente, no nos extenderemos en esto, no son lo mismo, pero tampoco compartimentos estancos. Porque la historia, o mejor, la historiografía, juega un papel esencial en la construcción de la/s memoria/s, sean estas del signo que sean; porque la historia tiene en la «memoria» una de sus fuentes y, por qué no decirlo, condicionantes; y porque, en fin, los procesos de construcción de la/s memoria/s son también objeto de estudio del historiador.
¿Cómo enfrentarse entonces al problema? Mi respuesta a esta pregunta no puede ser más clara: justamente como lo hace el libro que el lector tiene en sus manos. En efecto, los sucesivos textos que conforman el volumen responden en lo fundamental a algunos de los retos insoslayables a los que se enfrentan la historiografía y las ciencias sociales. Lo hacen desde una perspectiva interdisciplinar y la más rigurosa práctica del oficio –de historiador, de sociólogo, de politòlogo, de filósofo– que les es propio: fieles a su propia agenda, analizando los problemas en toda su complejidad, con todos los elementos de la crítica científica, sin relatos apologéticos pero sin descalificaciones acríticas. Lo hacen, también, ajenos a todo ensimismamiento, profundizando en las dimensiones internacionales de la experiencia de la Unidad Popular. Lo hacen estudiando las lecturas del pasado desde el presente y sus proyecciones de futuro. lo hacen, en fin, desde el firme convencimiento de que el respeto escrupuloso a las normas y prácticas de su propia ciencia no remite a los estudiosos a su peculiar «torre de marfil», sino que también hay una insoslayable dimensión cívica en su tarea, la que los identifica con los valores de la democracia en su sentido más amplio.
Este libro se refiere a Chile, a la historia y la memoria del Chile de 1973. Me caben pocas dudas, si alguna, de que será de extraordinaria utilidad para los estudiosos y ciudadanos chilenos; no me cabe ninguna de que, como la buena actividad académica, será de utilidad también para los historiadores y científicos sociales de otras latitudes y, en particular, para los españoles, enfrentados, como los chilenos, a un «pasado que no acaba de pasar»; identificados con los chilenos en tantos momentos de nuestra historia reciente.
ISMAEL SAZ CAMPOS
Director del Departamento de Historia Contemporánea
Universitat de València
INTRODUCCIÓN: EL IMPACTO Y LA RE-LECTURA PERMANENTE DEL 73 CHILENO
El 73 chileno no solo marcó a fuego la historia del país de Allende y Neruda. Se sumó a las fechas clave de las izquierdas y de los movimientos sociales del planeta: 1848, con las rebeliones europeas y el manifiesto de Marx y Engels; 1871, la comuna de París; 1891, la Rerum Novarum, que funda el social cristianismo; 1910, con la Revolución mexicana que hace la reforma agraria; el 1917 bolchevique, que comienza la construcción de los socialismos reales; la Guerra Civil española del 36, que muestra la polarización con el fascismo; los cubanos establecen la viabilidad de la vía armada en 1959; mayo del 68, las protestas contra la guerra de Vietnam, la abortada primavera de Praga y el despertar generacional de los que serán los nuevos movimientos de la izquierda ecologista, feminista y pacifista... Entre todos ellos, el Chile de 1970-1973 muestra la esperanza y la tragedia de una vía democrática que pretendía la construcción del socialismo.
La memoria, los impactos y las perspectivas históricas del 73 se abordan aquí de manera diversa y situada ya con distancia. Se cumplen cuarenta años del mayor trauma de la historia de Chile: el golpe militar encabezado por el general Augusto Pinochet, que acabó con el Gobierno y con la vida del doctor Salvador Allende. Aquel 11 de septiembre de 1973 marcó a fuego a toda una generación, lógicamente con mayor crudeza en Chile, pero también tuvo importantes efectos en la España que vivía la fase final de la dictadura franquista. En el país andino se había puesto en marcha lo que se llamó la vía chilena al socialismo, una experiencia de construcción de una sociedad que trascendiera el sistema capitalista mediante un proceso que había de producirse dentro del respeto a la legalidad republicana. Las importantes contradicciones que atenazaron a la coalición de partidos gobernante –la Unidad Popular (UP)– que la impulsaban, la férrea oposición que al Gobierno hicieron los partidos y organizaciones que se situaban en el espacio político del centro y la derecha y la confesada animadversión de los Estados Unidos de América, la gran potencia hemisférica, son variables que hay que tener en cuenta tanto para comprender lo acaecido en el Chile de Allende como para hacer lo propio con el golpe y la dictadura militar que acabó con la novedosa experiencia.
Todas no fueron, no obstante, las grandes variables geopolíticas internas y externas. Creemos que es necesario atender a una realidad social compleja a la vez que rígida, que desde mucho antes de que Salvador Allende y la Unidad Popular llegasen al Palacio de la Moneda configuraba lo que denominaremos una sociedad de peras y manzanas.
Tomamos la etiqueta de uno de los diálogos de la, quizá, más universal película chilena. Nos referimos a Machuca, un film de 2004 dirigido por Andrés Wood. La trama argumental es bien conocida por el público chileno, pero no necesariamente lo es para el español, así que los primeros nos perdonarán una breve digresión que ponga en antecedentes a los segundos.
Ambientada en 1973, en Santiago, durante la fase final del Gobierno de la Unidad Popular y las primeras semanas de la dictadura, la película cuenta la historia de dos amigos, uno de ellos muy pobre, Pedro Machuca, quien es escolarizado en un colegio para niños de clase alta, el Saint Patrick, del cual es alumno Gonzalo Infante, un tímido muchacho de clase media alta. El proyecto de integración social es encabezado por el director del centro educativo, el padre McEnroe. La trama de integración social está basada en los acontecimientos que ocurrieron en el Saint George’s College, un colegio católico de clase alta ubicado en el sector oriente de Santiago. Este proyecto fue liderado por el rector, Padre Gerardo Whelan, quien al implementar estas medidas dividió a los padres y tutores del centro, especialmente porque hubo de enfrentarse a los más conservadores. Tras el golpe de Estado, el Saint George’s volvió a la situación anterior a la llegada de los muchachos de origen popular y el Padre Whelan fue despedido.
Gonzalo Infante es un preadolescente tímido e introvertido. Pedro Machuca es un muchacho de la misma edad, más experto que Gonzalo en las cosas de la vida, incluso las más duras, que vive con sus padres en una chabola de una población callampa santiaguina, próxima en distancia física al barrio donde vive Gonzalo. Ambos se conocen y se hacen amigos cuando Machuca llega al colegio Saint Patrick. La realidad social y familiar de ambos niños no puede ser más distante, pero entre los dos, contra todo pronóstico, nace la amistad. Pedro y Gonzalo, además, descubrirán el amor juvenil y tendrán las primeras experiencias eróticas de la mano de una muchacha avispada y endurecida por la vida, Silvana, que vive con su padre en la misma población que Pedro Machuca y se dedica a ayudarle en la venta ambulante.
Patricio y María Luisa son los padres de Gonzalo. Él es un funcionario de la FAO que se dispone a ocupar una plaza como tal en Roma, lo que le permitirá abandonar Santiago. Ella, que se niega a trasladarse con Patricio a Italia, es una tópica mujer de clase alta, que escapa de una vida gris gracias a su amante, un maduro y acaudalado argentino. Ismael y Juana son los padres de Machuca. Él es un pobre alcohólico que advierte a su hijo de que esa amistad con el niño rico no tiene futuro. Ella es una mujer fuerte y valiente, prematuramente envejecida, que sostiene a la familia, incluso económicamente. Gonzalo descubre con Pedro y con Silvana una libertad de movimientos para él desconocida. Los acompaña en la venta ambulante, que se desarrolla, en buena medida, en las concurridas manifestaciones políticas de aquel momento. Silvana y su padre venden tabaco y banderitas socialistas y comunistas en las manifestaciones de la Unidad Popular; y tabaco y banderitas chilenas y de Patria y Libertad en las de la ultraderecha. Venden igual, como profesionales que son, pero su corazón está con la izquierda.
Gonzalo y Pedro vivirán la extrema polarización política del periodo, el desabastecimiento, el mercado negro y el clima de violencia que poco a poco va imponiéndose en el país. La película acabará trágicamente cuando la población callampa en la que vive Machuca sea tomada por los militares y reducida prácticamente a escombros. Los militares reparten culatazos y golpes a diestro y siniestro y detienen a mucha gente a la que hacen subir en camiones. Cuando descubren las banderitas izquierdistas en la chabola de Silvana, los militares se ceban con su padre. Al intentar defenderlo, la muchacha muere a causa de un disparo fortuito de un soldado. Todo sucede ante los ojos atónitos y horrorizados de los dos jóvenes amigos. La amistad entre ambos saltará hecha añicos cuando, ante el cadáver de Silvana, Gonzalo huya, horrorizado pero consciente, alegando que él no es de allí.
El film presenta muchas secuencias de gran interés, pero queremos centrarnos en una. Sucede en el colegio y recrea una tensa y politizada asamblea de padres y madres de alumnos, presidida por el director, el padre McEnroe, a la que han acudido los vecinos de la población callampa cuyos hijos han sido acogidos en el centro. En ella podemos rastrear las hondas y poderosas raíces de la dura realidad social chilena de principios de los años setenta, antes del golpe militar.
En el transcurso de la asamblea, un padre toma la palabra y afirma: «Aquí hay un solo culpable, y ese es usted, padre. Está concientizando a nuestros hijos y los está mezclando con gente que no tienen por qué conocer. Usted, padre, está manipulándolos, y no se lo vamos a consentir». Ante este ataque, el sacerdote director sentencia con voz tronante: «¡Al que no le gusta el colegio, se va del colegio!». Una madre colérica le responde de inmediato: «¡Váyase usted mejor, cura comunista!». Otro padre, del sector progresista de las familias tradicionales del colegio, sale en defensa del sacerdote: «El padre representa lo que sentimos un grupo importante de apoderados [padres o tutores] del colegio (...) que queremos una educación igualitaria y profundamente democrática para nuestros hijos». El sector popular de la asamblea, fundamentalmente las madres que han venido de la población, aplaude con fuerza esta intervención.
Es en ese momento cuando toma la palabra María Luisa, la madre de Gonzalo Infante. Haciendo caso omiso de los ruegos de su marido, que sintoniza desde la tibieza con el anterior padre progresista, insiste en una idea central de toda la secuencia y, en última instancia, de la película: que hay dos tipos de personas en Chile y que no hay por qué mezclarlas. Si el padre antes citado había afirmado que sus hijos no tenían por qué mezclarse con otros muchachos a los que no tenían ni siquiera que conocer, la madre de Gonzalo sencillamente no entiende qué es lo que está pasando: «Quiero hacer una pregunta. ¿Cuál es la idea de mezclar las peras con las manzanas? Yo quisiera saber por qué se empeñan tanto... No digo que seamos peores o mejores, ¡pero,pucha que somos distintos, pues, padre!». Dos clases de chilenos, peras y manzanas, que no tienen por qué conocerse siquiera. Esa es la tesis conservadora. ¿Cómo, pues, van a poder compartir pupitre?
El mundo ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años, y Chile también. La dictadura acabó gracias a una actuación memorable de la ciudadanía que –mediante el plebiscito de 1988– dijo «no» al intento del régimen de alargarse en el tiempo con el aval popular. Chile recuperó la democracia, no sin dificultades desde los inicios de la década de los noventa del siglo pasado, y se han sucedido desde entonces gobiernos de distinto signo que han ido mejorando tanto la calidad democrática del sistema político chileno como, en general, las condiciones de vida y de trabajo de la ciudadanía, si bien todavía son perceptibles importantes desigualdades así como el estado de ánimo de desencanto que camina en paralelo a los avances macroeconómicos.
La derrota de la Concertación en el año 2009, las masivas protestas de los jóvenes en pro de la educación pública desde el año 2010 y la explosión de rebeliones regionales e indígenas (mapuches) hablan de Chile como un país de claroscuros. En él se critica a los antiguos partidarios de Allende, acusándolos de haberse convertido en una generación administradora del neoliberalismo, una suerte de socialistas del orden y de lo posible. Chile ha avanzado en ingreso per cápita y en políticas contra la extrema pobreza (bajó del 44% al término de la dictadura a un 16%), pero la desigualdad sigue intacta y la carga fiscal en el mismo rango de 18-20% de 1989. Esta falta de avances sociales y la ausencia de democratización relevante (sistema electoral proporcional, descentralización, participación de minorías) son el combustible de un malestar que lleva, una y otra vez, al 73: allí se acabó la utopía y la voluntad de transformación, comenzó la dictadura con un proyecto fundacional neoliberal, y provocó una renovación socialista que se reencontró con la democracia en la lucha antiautoritaria y en las dos décadas de gobiernos concertacionistas moderados.
Los jóvenes ya no enarbolan las banderas de los partidos; en sus manifestaciones se aprecia la bandera mapuche, la patagónica de los regionalistas y la figura de Allende que crece, como un superstar, rescatado como estadista y como luchador social consecuente. En los años ochenta se le respetaba, pero se le criticaba su falta de conducción de la Unidad Popular y el mal manejo de la economía. En 2013 se reconocen sus aciertos, como la nacionalización del cobre y las políticas contra la desigualdad, así como se debate la imposibilidad de gobernar de manera efectiva en medio de la feroz Guerra Fría y el desborde de un modelo social excluyente.
Subsisten, por tanto, las peras y las manzanas en cuanto hace a las memorias de lo ocurrido entre 1970 y 1998. Los problemas de las contradicciones entre las memorias del pasado –las de matriz más estrictamente política y partidaria– pueden verse agravados por la distancia social que separa a esos grupos que están en la parte de arriba y en la de abajo de la pirámide social. Hay, pues, una tensa relación entre la historia reciente y el presente político y social. En el caso chileno [como en el argentino] la aparición de las memorias militantes fue, quizá, el único espacio de actuación posible. En buena medida, pensamos, se produjo una contaminación, si se puede hablar así, de la memoria de la dictadura por la desilusión de la democracia. La baja calidad de la democracia recuperada frustró demasiadas expectativas, especialmente las de aquellos que se reconocían como víctimas directas de la dictadura militar, pero también de otros que habían imaginado (no sin razón, dada la simplificación extrema de los discursos partidarios que alentó grandes expectativas) que la democracia iba a mejorar su calidad de vida de forma casi automática. En ciertos sectores surgiría con fuerza una memoria militante, que propiciaría la politización partidista del pasado reciente como herramienta o arma antisistema [democrático]. Se trata, con frecuencia, de aquellos que siguen pensando, décadas después, que la democracia –peyorativamente adjetivada como burguesa- no es sino un disfraz de la clase dominante, que ahora dice repudiar la dictadura de la que se sirvió poco tiempo atrás.
En el libro no se escabullen las interpretaciones sobre la caída o derrota, desde las que enfatizan la intervención norteamericana (Allende quizá más peligroso que Cuba, porque era un socialismo por la vía electoral), los factores de radicalización excesiva de las élites, las fallas del sistema político para construir una mayoría sólida por los cambios (presidencialismo sin segunda vuelta electoral ni mayoría en el parlamento), el desborde del estado de compromiso que excluía a campesinos y pobladores sin casa ni empleo, hasta los análisis que enfatizan los propios yerros de la izquierda chilena. Una buena síntesis de dicho debate es el artículo de Luis Garrido, «La caída de la up en el sistema– mundo capitalista», el cual invita no solo a interrogarse por el poco apoyo soviético a la Unidad Popular, sino también a valorar los intentos de Allende en el Movimiento de los No Alineados y tercermundistas para crear su propia moneda y sus espacios de intercambio y cooperación.
En la dimensión perspectiva se inscribe el trabajo «El fracaso de la up y la esquiva construcción de un Bloque por los Cambios en Chile. Desde el Frente Popular a la Concertación», del connotado sociólogo Tomás Moulian, con la colaboración de Esteban Valenzuela y Sergio Valdés. El Frente Popular de los años treinta dejó intacto el latifundio y las relaciones semifeudales en el campo chileno, la UP no pactó con la Democracia Cristiana y la Concertación, como producto de las autocríticas del propio fracaso del 73, habría quedado atrapada en la administración, la Constitución de Pinochet y la falta de voluntad de transformación.
«El 73 chileno y su impacto en Europa y América Latina» es analizado por Joan del Alcàzar en esta sintonía histórica, mientras el eurocomunismo italiano buscaba el compromiso histórico con la DC, y los socialistas españoles y los franceses pretendían llegar al poder con moderación y realismo ante el trauma planetario por el fracaso chileno.
Huneeus y Cuevas se preguntan si la democracia postdictadura fue mejor que la previa al 73, como se preguntaban los alemanes por el balance entre la República de Weimar, destruida por los nazis, o la nueva, federal y moderna, tras la Segunda Guerra Mundial. En el caso chileno la respuesta parece ser negativa; más desigualdad, mayor concentración del poder, debilitamiento de las instituciones estatales y pérdida de la política, lo que lleva a la «democracia semisoberana». Este artículo constata, además, el deterioro de la imagen de Pinochet, que cayó a niveles mínimos, mientras en la sociedad chilena creció en la postransición la demanda por mayor igualdad.
En la misma lógica de analizar impactos más profundos, se inscribe el trabajo del filósofo Pablo Salvat con la colaboración de la politóloga Natacha Romero: «El dilema epistemológico tras el Golpe: miedo a la utopía o vigencia del sueño socialista». La violencia de la dictadura y su proyecto fundacional neoliberal, la «culpa» en segmentos de la izquierda y la destrucción de los movimientos sociales claves (la sindicalización bajó del 40 al 7%) habrían creado una suerte de socialistas liberales del orden, escépticos de utopía, dominados por el pragmatismo gestionario.
La Memoria del 73 es un espacio en disputa. Por eso el historiador Edison Ortiz grafica en el partido de Allende, el socialista, los estira y afloja, el uso y abuso, la valoración y la distancia con la figura del presidente y la Unidad Popular: «Las divergentes lecturas socialistas del 73», desde Carlos Altamirano, el secretario general para el golpe, hasta Michelle Bachelet, siguen en curso, conflictivas y polarizadas hasta hoy. Los partidarios de lo posible hablan de la responsabilidad de Allende, los críticos reivindican su mesianismo y el programa de las 40 medidas anticapitalistas. En esta perspectiva de relectura valora– tiva, rescatando reformas que han seguido remeciendo a la sociedad chilena, Esteban Valenzuela y Guillermo Marín sintetizan «Aciertos e “innovaciones” de la up, aquello que perdura»; cambios económicos, sociales y culturales signados por la pasión por la igualdad que han perdurado en sus efectos hasta hoy.
Hay que ser conscientes, sin embargo, de que en la otra orilla política también surge una memoria reivindicada por los partidarios del olvido, si se nos permite el juego de palabras. En el caso chileno los hay que consideran que no hay nada que reprochar al régimen militar, ni por supuesto al general Pinochet. Estos nostálgicos incluso consideran que al general habría que agradecerle a perpetuidad el haber evitado una guerra civil y haber modernizado Chile. Desde esa posición ofrecen, metafóricamente, una especie de propuesta de tablas en una imaginaria partida de ajedrez: los partidarios del olvido (los correligionarios o amigos de los verdugos) vendrían a decir a los partidarios de la memoria (los correligionarios o amigos de las víctimas) poco más o menos: vale más que dejéis de hablar del pasado y que miréis hacia el futuro, porque si hablamos del pasado todos podremos y deberemos hablar. Se trata de la llamada por Steve Stern memoria de la caja cerrada; esto es: no hablemos del pasado, que es peligroso. El artículo «Geomemorias del 73: mapas para no olvidar», del equipo encabezado por el geógrafo Manuel Fuenzalida, es un intento sistemático de poner en imágenes la memoria dolorosa, aquella que impacta. Y el trabajo de cierre del libro, «Pinochet vs. Allende, imágenes para una juventud», de los valencianos Joan del Alcàzar y Berta Rodrigo, nos muestra con intención pedagógica y sin falsas equidistancias el triunfo del presidente socialista sobre las sombras del dictador.
La propuesta del libro va justamente en el sentido de hablar del pasado, pero pensando en el futuro. Y es por ello por lo que se convocó a esta docena de participantes en esta obra, para que escribieran sobre memoria, impactos y perspectivas del Chile de 1973. El espíritu ha sido el deseo de contribuir a la formación de los ciudadanos en los valores de la democracia y la solidaridad, valores que siguen buscando su hegemonía en la vida social, política y cultural de Chile.
Este es un libro que nace de la colaboración entre personas e instituciones de Chile y de España. El nexo de unión originario es la Universitat de Valéncia (UV), institución con la que los editores del volumen tienen una vinculación explícita. Uno de ellos, Joan del Alcàzar, es catedrático en el Departamento de Historia Contemporánea, mientras que el otro, Esteban Valenzuela, obtuvo el título de doctor en sus aulas. La segunda de las instituciones que ha hecho posible la edición es la Universidad Alberto Hurtado (UAH), particularmente desde su Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, del que son profesores una buena parte del resto de los participantes que aparecen en el índice. El libro, una coedición de la UAH y la UV, por medio de su editorial (Publicacions de la Universitat de Valencia, PUV) es editado en ambos países y, por ello mismo, aspira a llegar a dos públicos diferentes: el chileno y el español. Entendemos, pues, estas páginas iniciales como un recurso obligado para acercarnos a ambos grupos de lectores potenciales.
Valencia/Santiago, junio de 2013
LOS EDITORES
EL ESQUIVO BLOQUE POR LOS CAMBIOS DEL SIGLO XX: FRENTE POPULAR, FRENTE DE ACCIÓN POPULAR (FRAP), UNIDAD POPULAR (UP) Y CONCERTACIÓN
Tomás Moulian, Sergio Valdés y Esteban Valenzuela
INTRODUCCIÓN
El ideal de superación del capitalismo con un modelo socialista y democrático rodeó sin éxito a muchas fuerzas sociales y políticas en Chile, desde la fundación del Partido Obrero Socialista en 1912 hasta la derrota de la Concertación en el año 2009. Esta periodicidad ha provocado que presentemos una breve historia de las coaliciones que en su momento pensaron crear un «Bloque por los Cambios».
La idea de «Bloque por los Cambios» se usó en la renovación socialista tras la caída de la UP, traslapando el concepto de mayoría social y cultural por la solidaridad y la democracia que propuso Gramsci desde la cárcel, adonde lo arrojó el fascismo en los años treinta. Esa idea la tomaron los líderes del eurocomunismo italiano, de Togliatti a Berlinguer, promoviendo el pacto de la izquierda con el Partido Demócrata Cristiano (PDC), que en cierta forma era el pacto de las diversas izquierdas con el socialcristianismo para hacer un compromiso histórico transformador en función de más igualdad por medios democráticos, capaz de sustituir el capitalismo salvaje.
En este artículo presentaremos una historia narrativa que consistirá en un relato de acontecimientos periodizados, los cuales irán acompañados de un implícito análisis explicativo en torno al fracaso de las cuatro experiencias cercanas a dicho ideal. En primer lugar analizaremos el Frente Popular que triunfa en 1938, que apuesta por la educación y la industrialización, pero que fracasa tanto por la «traición» del radical González Videla a los comunistas en 1948, como por el no asumir la reforma agraria y otros cambios indispensables, pareciéndose a un proceso de contención no lograr cumplir su agenda de reformas.
En segundo lugar, analizaremos el Frente de Acción Popular (FRAP), coalición de partidos políticos de izquierda de Chile, la cual estuvo vigente entre 1956 y 1969. Esta coalición tuvo tensiones entre el Partido Socialista y el Partido Comunista en lo que se refiere a la definición de una estrategia política, situación que le impidió llegar al gobierno, aunque pudo pavimentar electoralmente el camino a Salvador Allende como líder de la UP.
En tercer lugar, realizaremos una retrospectiva en torno a la Unidad Popular que no logra integrar al centro político sin las fracciones en el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y la Izquierda Cristiana (IC), coalición que además sufrió la agresión externa en el contexto de la Guerra Fría y la falta de unidad en el seno de su coalición. En esta parte, analizaremos cómo los actores sociales desbordan el programa por las demandas insatisfechas de la tierra, vivienda y trabajo, que explican las tomas y la agudización del conflicto social, aclamando un nuevo estadio del Estado de Compromiso para el Chile de los setenta.
Finalmente, analizaremos la Concertación, coalición que se constituye una alianza entre el PDC con el mundo socialista y se desenvuelve en el centro político en el marco de una estrategia de democratización parcial. Esta coalición reniega de hacer cambios políticos (regionalismo, reforma constitucional, entre otros) y socioeconómicos (reforma tributaria, reforma previsional) relevantes, enfocándose fundamentalmente regulaciones y políticas contra la extrema pobreza. Lo anterior juicio de Manuel Antonio Garretón estaría enmarcada en un «progresismo limitado»1 que no se atreve a dar un rol al Estado, mejorar los empleos y regular los abusos de mercado.
El relato de las coaliciones será desarrollado desde un carácter global, que inserta los acontecimientos políticos en el contexto internacional que afectó al espectro nacional. Por esta razón se presentará un enfoque que indaga sobre la influencia de los partidos que se inspiraban en ideas de Europa en cada una de las coaliciones. Por un lado, la izquierda, que en esta historia se basa en el marxismo soviético o francés para el periodo del FRAP y la UP. Por otra parte, el PDC, que lo hace en la doctrina social de la Iglesia elaborada por los papas y en dos filósofos franceses, Jacques Maritain y Emmanuel Mounier. Y, finalmente, la influencia de Estados Unidos en la constitución de la Concertación, en lo que se refiere a las relaciones de dependencia y los conocimientos sobre la política norteamericana que ha influido fuertemente en la política chilena.
FRENTE POPULAR
Formación del Frente Popular: una coalición de centro-izquierda
Podemos establecer que la primera coalición del Frente Popular o las coaliciones de centro izquierda ocurrieron entre 1935 y 1948. En el contexto internacional vemos las consecuencias de la Gran Depresión de 1929, que generó una crisis que se propagó a todos los países, sobre todo a los productores de materias primas. Chile fue el país más afectado al perder importantes divisas obtenidas del salitre y el cobre. Es importante recordar que en dicha época existía un presidencialismo estabilizado que había superado a un parlamentarismo sui generis. Este parlamentarismo concluyó con la denominada «dictablanda», de 1927 a 1931, bajo el Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.
Por otra parte, vemos el surgimiento del fascismo y el nazismo en Europa. Al respecto, Hobsbawm menciona que sin la Gran Depresión el nazismo no hubiera tenido la importancia que tuvo.2 Con esto, Hobsbawm hace referencia a que Hitler paliaba, con las políticas de Estado interventor, las consecuencias de la Gran Depresión.
En 1935, en Francia se organiza un pacto de centro-izquierda: el Frente Popular, con el socialista León Blum a la cabeza. El Frente logra gobernar entre 1936 y 1937, pero es incapaz de detener la invasión de los alemanes. A su vez, en España vemos el levantamiento de Francisco Franco contra la República en nombre de la Iglesia. En el régimen de Franco se dan elementos corporativos, así como una suerte de ensayo a escala de lo que sería la Segunda Guerra Mundial.
En América Latina, vemos que en 1937, en Brasil, se instala una versión latinoamericana del Estado Novo de Portugal, a cuya cabeza está Getulio Vargas. Por su parte, Chile se ve afectado por dos crisis: la Gran Depresión y la Crisis del Salitre. Parte de esta segunda crisis tiene relación con la primera, pero además se relaciona con la sustitución de salitre natural por uno sintético por parte de los alemanes.
Durante el segundo Gobierno de Alessandri Palma, entre 1932 y 1938, se gestan apoyos del Partido Liberal y Radical, surgiendo importantes divisiones entre la izquierda. Es con Alessandri con quien comienza este presidencialismo estabilizado con democracia representativa. Se consigue que los militares vuelvan a sus cuarteles hasta, al menos, la elección de Pedro Aguirre Cerda. Además, afronta la doble crisis acompañado de un empresario financiero triunfante en la bolsa de París, Gustavo Ross, quien hace recaer los costes del ajuste sobre los trabajadores, los cuales responden ante estas políticas ultra liberales con movilizaciones y manifestaciones. Por su parte, el Partido Radical, ante el ajuste, inicia una izquierdización, dejando de apoyar a Alessandri. Con esto, se sientan las bases para los frentes populares, que además fueron apoyados por la Tercera Internacional comunista. Esto hace que gire de una política izquierdista a ex portas a una alianza con los partidos de centro.
Otro elemento que explica el surgimiento del Frente Popular es la doble derrota de Marmaduke Grove en la efímera república socialista y en la elección presidencial del 30 de octubre de 1932. La primera derrota se entiende como la falta de consolidación del golpe de Estado del 4 de junio de 1932, en la cual las ideas de cambio fueron insuficientes para consumarse en un sistema de gobierno, gobierno que duró tan solo 14 días. La segunda derrota surge por la falta de una fuerza orgánica, en la cual Grove obtiene el segundo lugar, con un 17,91%, cayendo ante Alessandri Palma, quien obtuvo un 55,31% en las elecciones que estabilizarían el país tras el golpe de Estado. Ambas experiencias fueron la antesala de la formación del partido socialista en 1933, que se organizó inicialmente como una alianza de pequeños grupos de diferente naturaleza, existiendo un alineamiento por parte de los partidos de izquierda.
En 1935 los comunistas llaman a conformar el Frente Popular y en 1936 los radicales manifiestan su interés, con la condición de que el candidato a la presidencia fuese un radical. En 1937 el Frente Popular participa en las elecciones. Pese a que gana la derecha, el Frente Popular consigue una votación significativa, con un 33,96%, frente al 46,8% de los votos para la derecha, que en términos de escaños significó la representación de 54 escaños parlamentarios del Frente Popular frente a los 76 escaños de la derecha.3
En estas circunstancias, el campo de fuerzas políticas de 1938 se organiza con tres candidatos: el Frente Popular con Pedro Aguirre Cerda, movimientos independientes con Ibáñez y la derecha con Gustavo Ross. La postura de Ibáñez se basa en un programa de izquierda donde habla de que el Frente Popular es la burocracia de la izquierda, nada más. De esta forma, surge una política antipartido, apoyada por los nazis y los independientes, que miraron con simpatía la política de economía liberal del Estado intervencionista en la dictablanda de Ibáñez. Esta organización dificultó que el Frente Popular alcanzara la victoria, ya que Ibáñez poseía un tremendo apoyo de las masas.
No obstante, durante la experiencia de la matanza del seguro obrero,4 un grupo de jóvenes asociados al Partido Nazi toman la Universidad de Chile, tras orden directa del presidente, y los Carabineros intervienen y los llevan hasta el edificio del Seguro Obrero. Una vez allí, se dice que por orden de Alessandri, los Carabineros abren fuego dejando solo a cuatro supervivientes. Tras esto, Carlos Ibáñez es acusado de participar en el hecho. Entonces, Ibáñez renuncia a su carrera y llama a votar por el Frente Popular, el cual además recibe el apoyo de independientes y nazis.
Finalmente, en 1938, vemos que el Frente Popular logra instalarse en el gobierno con Pedro Aguirre Cerda. Posteriormente, la expresión de «Frente Popular» deja de ser utilizada, pero se mantienen las alianzas de centro-izquierda, las cuales además logran llevar al gobierno a Juan Antonio Ríos en 1942 y a Gabriel González Videla en 1946, pero, en esta ocasión, sin el apoyo de los socialistas.
Durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, se fomentan la educación y la industria, a través de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), ello con el objeto de impulsar el mercado interno y avanzar en un modelo de fomento productivo. No obstante, la creación de la CORFO fue el efecto de una negociación con la derecha, lo que finalmente se convertiría en uno de los motivos de impopularidad con las bases del originario Frente Popular. La creación de la CORFO solo sería posible si el Gobierno de Aguirre Cerda se comprometía a no alterar la distribución de la tierra, cerrando toda posibilidad de presentar una propuesta institucional que tendiera a realizar una «reforma agraria». Esta decisión, finalmente, le puso un candado a las aspiraciones de una ciudadanía localizada en la ruralidad de Chile, siendo el origen de recurrentes estallidos desde la ruralidad hasta la «reforma agraria».
En los años posteriores, durante el Gobierno de González Videla, esta coalición de centro-izquierda comienza a disolverse. González Videla acusa a ciertos comunistas de iniciar las huelgas en las minas de carbón en Lota y los expulsa del gabinete ministerial. Tras esto, se aprueba la Ley de Defensa de la Democracia, con la que se prohíbe el Partido Comunista y se elimina del registro electoral a los militantes comunistas. Videla termina gobernando con un gabinete comandado por Jorge Alessandri, gabinete que dura hasta 1950, cuando Videla crea el gabinete de sensibilidad social, a cuya cabeza se coloca a Carlos Vial Espantoso, quien es apoyado por los falangistas y además busca combatir el ultraliberalismo de Jorge Alessandri, pero manteniendo una sostenida tendencia a la derecha.
EL FRENTE DE ACCIÓN POPULAR (FRAP):
LA SEGUNDA GRAN COALICIÓN
El FRAP se presenta como una coalición más programática y heterogénea que el Frente Popular. Se funda el 28 de enero de 1956, durante el segundo Gobierno de Ibáñez. Unos días antes se había iniciado en la Unión Soviética el 20.° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en el cual Nikita Khrushchev lee un informe secreto que se hace prontamente público, el cual significa además un giro de la política de la Unión Soviética. En este informe se encuentra una crítica despiadada a Stalin como un dictador corrupto y un asesino; se le da la razón a los yugoslavos. Además, se plantea la tesis de la vía pacífica al socialismo y de la coexistencia pacífica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. A esto se suma un conflicto entre soviéticos y chinos radicado en la nueva política de dicho país.
En los Estados Unidos de América, Eisenhower, jefe militar de la invasión a Normandía, alcanzaba la presidencia de la República (1953-1957) y formula una doctrina donde afirma el carácter disuasivo que tienen las armas nucleares. Del mismo modo, se instala la teoría de que los Estados Unidos de América debía estar en todos los conflictos en los que estaba la Unión Soviética, situación que se observa de manera patente en las guerras de Corea y Vietnam respectivamente.
Sin embargo, siete meses después del 20.° Congreso del PCUS, se produce la intervención soviética en Hungría debido al peligro de estallido social y derrumbe del régimen socialista. Por otra parte, en Cuba se da la primera etapa de la ola revolucionaria en 1956, la cual se inicia en Sierra Maestra y termina conquistando Cuba el primero de enero de 1959. Mientras tanto, en América del Sur, se fundan y caen tres dictaduras: Manuel Odría en Perú, Gustavo Rojas Pinilla en Colombia y Marcos Pérez Jiménez en Venezuela. En Argentina, Perón es depuesto por la Revolución libertadora y en Brasil, Getulio Vargas se suicida.
En toda Latinoamérica existía un enfoque en Jean Paul Sastre, creador del existencialismo, como modelo del intelectual progresista. Además, se da un boom literario en 1962 con La ciudad de los perros de Vargas Llosa, en 1963 con Rayuela de Cortázar y en 1967 con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, autores latinoamericanos publicados por europeos, sobre todo en Barcelona, en pleno periodo franquista.
En el contexto nacional, tenemos la segunda presidencia de Ibáñez. En 1955 aparece un grupo de militares («Militares de la Línea Recta») que presiona a Ibáñez para que disuelva el Congreso. En 1956 se detiene a diversos sindicalistas, principalmente por las huelgas y movilizaciones impulsadas por la CUT a causa de la inflación durante el Gobierno de Ibáñez. Además, el Gobierno contrata una misión norteamericana (Klein-Saks) para contener la inflación, lo que hace caer el peso del reajuste sobre el sector asalariado.
A su vez, el Partido Socialista (PS) está dividido en dos. En esta época, Allende se niega a apoyar a Ibáñez y se acerca al Partido Socialista de Chile, del cual se había desvinculado. Allende transforma este partido y logra generar nuevas alianzas de centro-izquierda, esta vez, como el FRAP. En 1957 los partidos socialistas se unifican nuevamente y comienzan a reanudar un plan de camino al socialismo.
En las elecciones presidenciales de 1958, gana Jorge Alessandri, que es apoyado por la derecha. La segunda mayoría es alcanzada por Allende con una diferencia de treinta mil votos. Como coalición, el FRAP afronta dos elecciones presidenciales. En 1958, Allende se convierte en un «peligro» para la derecha, que responde creando una coalición con el Partido Radical (nuevamente de derecha) llamada Frente Democrático y que presenta a Julio Durán para las elecciones de 1964. Para estas elecciones, muere un diputado de izquierda en Curicó, con lo que se realiza una elección complementaria donde gana el hijo del diputado fallecido; así pues, la derecha desarma al Frente Democrático y decide apoyar a Eduardo Frei Montalva para la presidencia; esto lo hace únicamente para contrarrestar la amenaza de Allende.
Eduardo Frei Montalva gobierna sin alianzas específicas, pero de todas formas inicia la reforma agraria, el sindicalismo campesino y el apoyo a los latifundistas. Se realiza la «Revolución en Libertad», donde favorece la integración económica latinoamericana, se genera la reforma educacional ampliando la educación obligatoria y se da lugar a un reformismo orgánico con cambios en el campo, planteando serios problemas al FRAP.
Las políticas realizadas por el gobierno del PDC producen una «doble centrifugación» del espectro político, donde las fuerzas de izquierda y derecha se distancian cada vez más y se aferran más a los polos. Además, en el interior del FRAP se producen ciertas rupturas, tales como la creación de Frentes de Liberación Nacional que definen una revolución antioligarca y antiimperialista pero no socialista, mientras que los socialistas poseían los Frentes de Trabajadores, lo que implicaba impulsar una revolución socialista cuanto antes y que se debían evitar alianzas con el centro político. Ambos procesos resultan disonantes y contradictorios para mantener viva una coalición y/o «Bloque por los Cambios».
LA UNIDAD POPULAR
El nacimiento de la Unidad Popular (UP)
La UP nace en diciembre de 1969, en plena Guerra Fría, durante la Guerra de Vietnam, mientras en Estados Unidos se producían movimientos en contra de la participación en dicha guerra. Además, Estados Unidos invade la República Dominicana para evitar el ascenso de Juan Bosch.5 Por otra parte, la Unión Soviética invade, en 1968, Checoslovaquia, lo que produce ciertas agitaciones en la izquierda chilena. En América Latina, tenemos la dictadura brasileña de 1964 y, posteriormente, en 1968, a los militares progresistas del Perú.
Cuando se genera la UP, esta se constituye bajo la tesis socialista antiimperialista, antioligarca y que daría inicio a la «Revolución socialista». Con el posterior ascenso de Allende se habla de la intervención económica por parte del Estado en tres áreas: la empresa privada, la empresa mixta y la empresa estatal. Esta última manifestó una gran expansión respecto al Gobierno anterior. Allende compite por cuarta vez en la política y, si bien no tenía apoyo de su propio partido, el PS, tenía todo el apoyo del Partido Comunista (PC), quienes habían presentado a Pablo Neruda para luego retirarlo y dar todo el apoyo a Allende. Con esto, se da lugar al primer y único Gobierno de la UP.
El Gobierno de la Unidad Popular
Dado que se trata de un análisis histórico, se ofrece una explicación global basada en el enfoque, en la correlación de fuerzas de acuerdo con distintos subperiodos.
El primer subperiodo comprende desde el 4 de septiembre de 1970 hasta el 4 de noviembre de 1970 con el ascenso de Allende al poder. Durante de este periodo, vemos cómo Allende toma el poder cuando, al no haber mayoría absoluta en las elecciones, según la Constitución de 1925, es el Congreso quien debe ratificar al nuevo presidente. Cabe preguntarse por qué no se dio el golpe entonces, por qué se espera 1.001 días para dar el golpe. Inmediatamente después del triunfo de Allende, Radomiro Tomic presenta un comunicado en el que anuncia que «se va a respetar la voluntad del pueblo».
Paralelamente, la derecha elabora una propuesta para vincularse con los intereses del PDC. Para esto, el Congreso elige a Alessandri como presidente de la República; sin embargo, Alessandri renuncia por enfermedad y se da una nueva elección donde la derecha apoyaría a Frei. Esta propuesta fue rechazada por el PDC, que intuyó que si se aceptaba, este partido se convertiría en una suerte de brazo electoral de la derecha, causando una división de sus fuerzas.
Ante esto, se lleva a cabo una negociación entre el PDC y la UP, impulsada por Allende, donde se establece un acuerdo para vencer en el Parlamento y que este lo nombre presidente; a cambio, el PDC solicita a los partidos de izquierda que den garantías constitucionales de que respetarán el sistema democrático. Se crea un proyecto institucional político presentando un «Estatuto de Garantías», donde se promete respetar las instituciones, la división de poderes y la libertad sindical, de reunión y de prensa. Acto seguido, Frei llama a votar por Allende, calificándolo como un verdadero demócrata.
El segundo subperiodo se prolonga desde el ascenso de Allende hasta las elecciones municipales de abril de 1971. Durante este subperiodo, vemos que se dan diversos acontecimientos políticos, comenzando por la intensa agitación de los campesinos frente a la toma de fundos por parte del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y del MAPU, a los cuales se resistían los comunistas. Ante esto, los empresarios agrícolas llaman al Gobierno para exigirle una Reforma Agraria Técnica, sometiéndose al plan de gobierno. Tras esto, el Gobierno desarrolla un plan de expropiaciones y se niega a movilizar a la fuerza pública contra los campesinos, con lo que es acusado de no ser capaz de resguardar el orden público.
Como un segundo acontecimiento, vemos que el Gobierno establece una doble estrategia de economía, la cual alcanza el sector bancario, como la compra por parte del Estado de las acciones del Banco Central en la bolsa, pidiendo a los propietarios que pongan a la venta sus acciones. Hace jugar al mercado para estatizar la banca. Por otra parte, el Gobierno de la UP decide poner en práctica una reforma extraparlamentaria del sector industrial y comercial, usando disposiciones legales existentes desde la República socialista de 1932. Existía un decreto que permitía el cierre de fábricas por abandono o por bajo rendimiento. Ante esto, la UP interviene en una empresa textil, lo cual fue bien recibido debido a que dicha empresa había sido abandonada por sus trabajadores.
Pese a lo anterior, una vez que el Gobierno continuó con las prácticas de intervención a empresas, estas medidas fueron mal vistas, especialmente cuando el Gobierno intervino en una empresa textil de dueños árabes que, además, tenían acciones en el mercado bancario. La UP necesitaba demostrar que era capaz de cumplir su programa y gobernar con este.
Como tercer acontecimiento, vemos el intento de la UP de crear tribunales vecinales para litigar asuntos de la vida cotidiana. Pese a que esto pudo haber sido bien visto fue brutalmente resistido, lo que generó fuertes controversias entre el poder ejecutivo y el poder judicial, el cual se pronuncia en contra del Gobierno, causando mayores tensiones en la relación entre ambos.
El tercer subperiodo comienza con las elecciones municipales de abril de 1971, hasta el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic. En estas elecciones, la UP obtuvo un triunfo significativo, consiguiendo el 49,8% de los votos contra un 26,21% de la DC y un 18,53% del Partido Nacional. Tras estos resultados, Allende se da cuenta de que la DC, por sí sola, sigue siendo la principal fuerza electoral (ya que la UP estaba compuesta por otros partidos) y que el Gobierno necesita ampliar la alianza, debido a que el nivel de políticas realizadas por su Gobierno requería un amplio apoyo. Este deseo de ampliar la alianza se ve en el discurso del 1.° de Mayo a los obreros y en el mensaje del 21 de mayo en la intervención en el Congreso Pleno, donde se declara una revolución democrática y pluralista. Estos dos mensajes, sin embargo, son débilmente acogidos por ciertos sectores de la izquierda, quienes veían con desconfianza esta ampliación.
Sumado a esta situación, comienzan a surgir los efectos políticos de las expropiaciones en una disyuntiva de la legalidad e ilegalidad de la que acusa la oposición. Ante esto, la derecha decide destruir el «sistema de tres fuerzas» ya que, mientras este se mantenga, el Gobierno seguirá con los métodos de expropiaciones masivas.
Entre toda esta tensión, se produce una acción decisiva por parte de un actor marginal: Edmundo Pérez Zujkovic es asesinado. Los autores, descubiertos de forma casi instantánea, resultaban ser miembros de un grupo de ultraizquierda, la Vanguardia Organizada del Pueblo, un grupo casi desconocido y desvinculado del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Con esto, se crea un abismo entre el PDC y la izquierda, perdiéndose las oportunidades de acción conjunta.
El cuarto subperiodo va desde junio de 1971 a septiembre del mismo año. Aquí vemos dos grandes acontecimientos. El primero es la gran cantidad de movilizaciones de oposición, en especial, la marcha de mujeres convocada por el PN. En esta marcha de mujeres se produjeron enfrentamientos entre quienes apoyaban a la UP, las fuerzas de seguridad y las fuerzas de oposición. Estas marchas producen una división en el interior de la DC, de donde proviene la izquierda cristiana, lo que a su vez produce el retiro del MAPU de los sectores cristianos. Asimismo, se da una nueva división del Partido Radical, donde un sector masivo se presentaba como partido marxista.
Como segundo acontecimiento, vemos que se intensifica la lucha por la constitución del área de propiedad social. La Contraloría General de la República rechaza las órdenes presidenciales de expropiación de empresas. Si bien la UP no se opone, se produjeron diversas consecuencias tras este acto. La DC propone un proyecto para quitar los conflictos de la calle y llevarlos al Parlamento, donde la izquierda no tenía mayoría. Además, la DC ofrece otro proyecto para controlar la economía, según el cual, para intervenir o nacionalizar una industria, debería ser necesaria una ley, lo cual evitaría que se continuase con las expropiaciones masivas. Por otra parte, la DC define la economía con cuatro áreas: Privada, Estatal, Mixta y una nueva, el área de Empresas de trabajadores, es decir, cooperativas donde los propietarios eran los propios trabajadores. De forma sorpresiva, la izquierda rechaza la creación de empresas de trabajadores. De todos modos, la ley es aprobada en el Parlamento. Sin embargo, se genera un conflicto constitucional que durará hasta el día del golpe.
El quinto subperiodo va desde febrero de 1972 hasta el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En este periodo continúa el conflicto constitucional por el veto del presidente a ciertos artículos del proyecto de la DC. Mientras la DC decía poder rechazar el veto con mayoría simple, la izquierda declaraba que el veto solo podía ser contrarrestado por los dos tercios del Parlamento. Pese a las diversas peticiones de Allende para que la UP permitiese esta cuarta área de la economía, sus peticiones fueron rechazadas rígidamente.
Ante toda esta tensión, se produce el paro de octubre de 1972, donde actores de capas medias, tales como comerciantes, transportistas y profesionales del sector público (en especial del Banco Central), se movilizan en contra de las diversas políticas establecidas por el Gobierno de Allende y de la UP. Estos manifestantes solicitan mayor ingreso de divisas, de dólares, que el Estado minimice su intervención en el mercado y que se dé lugar a más exportaciones. Estas huelgas, se dan en seis momentos específicos:
–9-12 de octubre: paros a nivel regional (aún fragmentados) comenzando en Punta Arenas. Los principales actores fueron transportistas, aunque existían quienes se resistían.
–13-16 de octubre: generalización del conflicto. Inicio de movimientos de solidaridad e integración de organizaciones estudiantiles a las huelgas. UP se moviliza y logra que la sociedad siga funcionando organizando a los transportistas que estaban en contra del paro.
–17-24 de octubre: la oposición se endurece y se adhieren al paro los médicos de hospitales. Ante esto, el Gobierno cancela las personalidades jurídicas de los gremios participantes, los cuales generan petitorios tanto profesionales como políticos.
–25-31 octubre: el Gobierno logra controlar la situación. Inicia negociaciones con los gremios (aún informales), accede a ciertas peticiones de carácter político y cambia su estrategia de gobierno.
–31 de octubre-5 de noviembre: el 2 de noviembre asume un nuevo gabinete con militares presentes como ministros y con el general Prats a la cabeza, quien ofrece su apoyo a la UP. Hasta ese momento, aún no había una unificación de los militares en torno a la idea de golpe militar.
–El sexto y último subperiodo se refiere a las elecciones parlamentarias de 1973. En estas elecciones, la oposición consigue la mayoría, aunque la UP obtiene el 43,4% de los votos, lo que impide el derrocamiento constitucional del Gobierno de Allende, dado que ni el PDC y ni el Partido Nacional logran los dos tercios que se requerían para solicitar la renuncia del presidente en el Congreso. Con lo cual se elimina la posibilidad de realizar un «Golpe legal» de forma definitiva.
Como consecuencia, se dan diversas agitaciones, comenzando con el «tanquetazo» en junio de 1973, donde miembros de un regimiento de tanques de Santiago rodean La Moneda, intentan penetrar en el Ministerio de Defensa y bombardean La Moneda, pero no logran incentivar la movilización por parte del resto de las Fuerzas Armadas. Ante esto, el general Augusto Pinochet, acompañado de otros soldados, obliga a los insubordinados a retirarse de forma inmediata. Posteriormente, comienzan movilizaciones y protestas de mujeres esposas de oficiales frente a la casa del general Prats, quien, perdiendo el control de sí mismo, dispara su pistola al aire. Debido a este episodio, Prats renuncia y solicita a Allende que deje el poder para que un comandante en jefe tome el gobierno. El comandante recomendado por el general Prats resultaba ser el general Augusto Pinochet.
Allende decide ejecutar un plebiscito el día 12 de septiembre, pero este no se lleva a cabo debido a la realización del Golpe de Estado el 11 de septiembre. La historia termina con La Moneda bombardeada, el país bajo ataque y Allende, tras ser el último hombre luchando, se suicida. Así, la UP con los aires de cambios no se consuma, quedando en la historia políticas públicas tales como la «reforma agraria» y la «nacionalización del cobre», que desde cualquier retrospectiva cambiaron la historia de Chile.
LA CONCERTACIÓN
La Concertación fue una confederación de diecisiete partidos para el plebiscito de 1988, en la que los líderes partidarios se fusionaron en pluralidad con líderes sociales que habían impulsado las protestas democratizadoras (universitarios, pobladores y Comando Nacional de Trabajadores) y los intelectuales, que en su diversidad tuvieron peso en los primeros años de la Concertación de 1990.6 Luego dominó entre ellos el grupo de economistas partidario de regulaciones graduales del modelo neoliberal, la llamada technopol7 con el partido transversal (oficialismo DC y exmapucistas del PS y el Partido por la Democracia).
Está ampliamente estudiada la pérdida de consenso social en favor de la Concertación por sus vacíos en reformas socioeconómicas, siendo pionero el texto «Anatomía de un mito»8 hasta las autocríticas después de la derrota del 2009: se ha planteado la existencia de una administración del sistema, con pasos en coberturas, políticas contra la extrema pobreza y regulaciones básicas, además de mayor infraestructura. No obstante, la carga tributaria y la desigualdad se han mantenido incólumes, porque la Concertación fue una coalición de democratización parcial hegemonizada por la generación del miedo y también por «culpa» por el fracaso democrático de la UP. Por ello, podemos establecer que se hizo del orden el valor supremo en una gobernabilidad desnuda de voluntad de cambio.
La Concertación no pudo evolucionar de una coalición de democratización parcial a un Bloque por los Cambios, fundamentalmente porque no logró romper el flagelo de la desigualdad, experimentó la corrupción de funcionarios públicos en distintos niveles jerárquicos, fortaleció la presicracia9 y el centralismo y, finalmente, se instituyeron los brokers partidarios.
La desigualdad
El país bajó de un 42 a un 15% la pobreza, pero en una lista de países por igualdad de ingresos, sobre la base de informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el cálculo del coeficiente GINI, se puso a Chile con un 0,52, en el rezagado lugar 127 entre 150 países. A su vez, la opinión pública se resintió ante la privatización del agua, lo caro de la educación superior, la segregación y calidad en vivienda, el deterioro de la educación pública, el aumento del valor de los servicios básicos y de la energía, en contraste con la concentración de la riqueza y la baja carga tributaria de mineras y grandes capitales.
La coalición habría asumido el discurso neoliberal de las desigualdades inevitables, usando la asistencia social y la inversión en educación como las herramientas para moderarla.10 Por un lado, la Concertación careció de una política industria, de políticas que fortalecieran el asociacionismo sindical y de reforma tributaria sustantiva11 que corrigiera elementos estructurales de la mala distribución de los ingresos. Por otro lado, la crítica ambientalista fue muy marcada por la falta de giro a la sustentabilidad y al ahorro energético.
La experiencia de la corrupción
De acuerdo con María de los Ángeles Fernández, una de las razones de la derrota de 2009 fue «la corrupción y las irregularidades gubernamentales».12 Ello no solo nubló el discurso de la democratización del país, sino que lo envolvió en una suerte de justificación tras la asimetría de recursos que existía en las donaciones de empresas realizadas a los partidos de derecha en las campañas políticas.
Durante los años noventa se sucedieron escándalos, el mal uso de recursos del Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario (INDAP) para campesinos, pagos coimas en la basura a nivel municipal, mala calidad de las casas de empresas afines a autoridades del conglomerado. Posteriormente, esas prácticas se agravaron en el Gobierno de Ricardo Lagos Escobar con el sistema generalizado de sobresueldos en el Ministerio de Obras Públicas (MOP), financiado fundamentalmente por las propias empresas que se le entregaban las Concesiones y se debían ser reguladas.
Hubo escándalos e investigaciones en la Cámara de Diputados en el periodo 1998-2009 por el uso discrecional de fondos controlados por partidarios de la Concertación como combustible de cooptación, recursos adicionales de la Subsecretaría de Desarrollo Regional (SUBDERE) vía programas municipales, los Fondos sociales de la Presidencia que se asignaban a pequeños proyectos de organizaciones sociales, préstamos a pequeños agricultores, Programa de Generación de Empleos (PGE), los programas del Ministerio de Vivienda como Chile Barrio que se convertían en poderes alternativos a los municipios. Particularmente el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS), por su control, ya que entregaba subsidios directos y el área social contaba con una red de profesionales en todas las municipalidades.
Finalmente, aunque en el Gobierno de Bachelet hubo menos escándalos vinculados al poder ejecutivo, los líos de malas prácticas de senadores y otros líderes de la Concertación dañaron la imagen de la coalición que la había llevado al poder. De acuerdo con Alfredo Rehren, ello tuvo que ver con:
la naturaleza oscura y precaria del financiamiento privado de la política también aparece como un claro componente que intermedia la relación entre clientelismo político y corrupción. Aparte de una publicidad política gratuita en televisión y de una asignación parlamentaria, como formas de financiamiento público, no se sabe cuánto y de dónde provienen los recursos, cuál es la influencia de los grupos de interés.13
Lo cierto es que la experiencia de la corrupción impulsó no solo una agenda a favor de la modernización del Estado, con la creación del servicio civil y la alta dirección pública en el Gobierno de Ricardo Lagos, sino la creación de instancias institucionales que cambiaron los límites de público y privado del servidor público a través de medidas a favor de la transparencia, instituidas en el Consejo de Transparencia.
Presicracia y centralismo
La Concertación perdió el poder por el desgaste de veinte años de gobierno debido al estilo presicrático que le impidió renovarse (como los socialdemócratas suecos o noruegos que han logrado ser hegemónicos durante décadas). La consolidación final del núcleo presicrático se produjo antes de la derrota electoral de 2009: se crea una Junta de Gobierno (2007) que se reúne todos los lunes en La Moneda, conformada por los cuatro presidentes de los partidos de la Concertación (DC, PPD, PS y PR) y los cuatro ministros influyentes (Interior, Gobierno, Presidencia y Hacienda). La preocupación de los presidentes anteriores por «cuidar» la diversidad de la Concertación (incluyendo a las minorías relevantes de los partidos) fue desplazada en el periodo final.
En el ámbito del regionalismo, la Concertación fue la única coalición del llamado mundo progresista del mundo (socialdemócrata, socialista y laboristaverde) y de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que combina sistema electoral hipermayoritario con centralismo (designación de autoridades regionales) y un marcado presidencialismo en desmedro de potestades colegiadas y parlamentarias.
En los momentos electorales críticos para la Concertación, como en diciembre del año 1999, cuando Lavín empató con Lagos en las encuestas, la Concertación sacó de las catacumbas la propuesta reformista de regionalización, pero luego no quiso legislar nada14 más allá del statu quo de las reformas de las elecciones de los alcaldes y concejales del año 2004. Todos los presidentes (1990) de la Concertación prometieron, al menos, la elección democrática de consejeros regionales, pero nunca le dieron urgencia a dicho proyecto, que quedó inconcluso. El núcleo del rechazo fue el mundo parlamentario, que veía como una amenaza la competencia en los distritos para no perder la posibilidad de negociar proyectos y prebendas por sus votos, reproduciéndose el sistema de brokers15 de poder clientelar con el Gobierno central.
La Concertación no quiso elegir gobiernos regionales, ni alcaldes metropolitanos, ni buscó con fuerza un arreglo constitucional con la derecha para oxigenar el sistema binominal. La Concertación fue una coalición conservadora e implacable en el uso del poder, mimetizándose con el estilo presicrático (presidencialismo/centralismo) de las corrientes autoritarias del continente.16
Los partidos, convertidos en «máquinas clientelares», y los parlamentarios, transformados en intermediarios en tres direcciones. Primero, hacia abajo deben dar proyectos a los dirigentes vecinales. Segundo, hacia el lado están obligados a distribuir trabajo entre los dirigentes partidarios que les aseguran el soporte interno. Tercero, hacia arriba deben lealtad a los barones partidarios que les aseguran las parcelas de influencia. Esta triangulación, en ningún caso, incentivaba la desconcentración del poder a nivel local.
A su vez, el Fondo Nacional de Desarrollo Regional (FNDR) es una porción ínfima del gasto público. Respecto al gasto público descentralizado, Mario Rosales calculó un 12% municipalizado y un 3% el regionalizado con autonomía (Rosales, 2012). Chile se mueve en el 15% de gasto subnacional, siendo el promedio de América Latina el 20%, con países líderes en el 30% (Colombia, Argentina, Brasil), aún lejos del 40% de la OECD.
Ana María Ezcurra17 (1996) explicó la expansión de los fondos sociales discrecionales de los gobiernos centrales de América Latina y el Caribe, impulsados por el Banco Mundial, con tres objetivos: generar un colchón de asistencialidad ante las reformas neoliberales para evitar estallidos sociales, lograr una acción eficiente en las comunidades por esta vía desconcentrada subordinada (ya que no fortalece espacios descentralizados virtuosos) y como elemento de gobernabilidad, ya que ayudan al disciplinamiento político (la búsqueda de estos recursos por el congresista-intermediario-asistente social).
La dispersión del poder que implicaba la descentralización en ningún caso aseguraba el término de la corrupción, pero sin duda modera las cadenas retroalimentadoras que convierten a los parlamentarios en asistentes sociales de los distritos, ogros filantrópicos del territorio, alejado de todo marco de políticas públicas sustentables a los mecanismos de movilidad social e igualdad de oportunidades.
La instauración de los brokers
En Chile el sistema político concentrador moldeó un estilo (cultura política) que se hizo hegemónico de la Concertación, que no pudo y/o no quiso modificarlo: presidencialismo, centralismo y sistema electoral hipermayoritario, en el cual, como ha reiterado Nohlen, son las cúpulas de los partidos pactantes las que deciden por el elector si tiene alternativas.18 De este modo, se desplazó el poder desde los intelectuales críticos, dirigentes partidarios tradicionales (tribunos con ideas) y líderes sociales, hacia barones, los hombres que controlan los partidos y aseguran el orden de la Coalición, en una combinación de ministros en La Moneda y poder territorial-parlamentario en el sistema de designaciones centrales de cargos clave y negociación de los cupos parlamentarios. En apariencia, esos tres elementos fueron amortiguados, pero permanecieron las claves del poder que reforzaron a los barones.
El sistema de selección de altos directivos se implementó desde el año 2004 de manera gradual sin afectar al intenso sistema de designaciones territoriales (el político como broker), los partidos fueron refractarios a procesos de primarias amplias hasta antes de la derrota del año 2009, y el poder de la tecnocracia es sobrerrepresentado, ya que coincidimos que esto fue relevante especialmente en el Ministerio de Hacienda, pero no en el resto del Gabinete, en el que siempre las nominaciones fueron mediatizadas por la militancia19 y la cercanía a los grupos que controlaban el poder de los partidos.
La Concertación no dispersó el poder ni amplió su coalición; al contrario, la fue achicando y no le importaron las deserciones; no quiso debatir la posibilidad de innovar con un sistema semiparlamentario en medio de la epidemia caudillista-presidencialista de América Latina, lo que había sido planteado en los inicios de la Transición.20 Aquí estuvo el núcleo de su declive. La diversidad colorida21 del No triunfante del año 1988 culminó con la derrota en la junta opaca del año 2009, entendiendo la junta como la expresión del juntismo, es decir, un estilo jerárquico, comité pequeño que detenta las decisiones políticas claves, el núcleo de poder real de la fase final de la Concertación.22
Al combinar la historia y la ciencia política, encontramos que hay causas estructurales que refuerzan el comportamiento de constituir un sistema democrático basado en una presicracia. Es más, hay razones obvias de reforzamiento entre las conductas de los líderes políticos, la cultura partidista, el régimen político y el sistema electoral23 que acentuaron las formas y el fondo del régimen de Pinochet, en las prácticas y procedimentales de la institucionalidad democrática de los gobiernos de la Concertación.24
El hecho clave de la política se desplazó desde las agendas prorreformas a la atención nacional de las largas negociaciones intercoaliciones con los partidos de derecha e intracoalición, entre los partidos de la Concertación, hasta minutos antes del cierre de las inscripciones para candidatos al parlamento o las alcaldías, donde siempre había sorpresas: candidatos «bajados» y designaciones sin competencia para favorecer a personajes claves.
En el extremo del modelo electoral cerrado, centrado en la negociación de cupos con alianzas de apoyo mutuo entre partidos, lo constituyó la creciente entrega de cupos sin competencia a personajes claves, «los barones» vinculados al grupo que controlaba cada partido. Por ejemplo, en las parlamentarias del año 2005 se entregaron la circunscripción de Valdivia al expresidente de la República, Eduardo Frei, en la Concertación, y a Andrés Allamand, expresidente de Renovación Nacional (RN), en la Alianza. Casi no hubo campaña en dicha región del sur de Chile; ambas coaliciones «pusieron» a candidatos sin ninguna opción de compañero de lista, y por tanto la elección se produjo antes de que los electores concurrieran a las urnas.
Lo anterior sintoniza con la tradición oligárquica de la política chilena, que llamaba a estos congresos termales, en referencia a las viejas prácticas de los partidos Liberal y Conservador de dividirse los territorios en cónclaves. El extremo fue el pacto al que también se sumó el Partido Radical y los partidarios del general Ibáñez, que pactaron en las Termas de Chillán la legislatura de 1930 a 1932.25
La Concertación buscó cambiar el sistema electoral binominal, pero la Alianza se opuso. La forma de moderarlo sustancialmente era aceptar el uso de las primarias abiertas para seleccionar los cupos y eliminar el concepto del uti possidetis (el que EE. UU. sigue teniendo), extraído de la tradición de respetar las fronteras si ya se ocupa un territorio. Por la degeneración de este precepto, a un diputado o senador que tenía un cupo no era posible osar con ser un challenger (desafiador) en ambas coaliciones, exceptuando una pésima evaluación electoral o caer en desgracia entre los «barones» controladores del respectivo aparato partidario.
La Concertación perdió el poder con anterioridad a su derrota presidencial. En las municipales del año 2008, en el norte y en el sur, candidatos «por fuera», independientes hastiados de no poder competir en el interior de la envejecida coalición, ganaron en Calama, en Antofagasta, en Copiapó y en Punta Arenas. La derecha lo hizo en otras capitales (Iquique, Valparaíso, Rancagua, Talca, Concepción, Valdivia) y la Concertación quedó reducida a La Serena y Puerto Montt. Pero tampoco le importó a la Junta de Gobierno del PPD-PS-PR-PDC; siguió cerrando espacios, expulsando a díscolos o dejándolos ir, hasta perder con la Alianza y salir del Estado en enero de 2010.
El ocaso de la Concertación no fue solo por la administración sin reformas sustanciales del modelo socioeconómico, sino también por la presicracia, la soberbia presidencialista-centralista liderada por los barones mandarines en los partidos que hicieron dominantes a los tecnócratas políticos en los años noventa y luego a los hombres de partido.26
CONCLUSIONES
En Chile siempre se fracasó en los intentos replicativos de crear un «Bloque por los Cambios»: el Frente Popular no se atrevió a realizar una reforma agraria y luego González Videla excluyó a los comunistas, el FRAP no logró consolidar las fuerzas de izquierda, los sectores del PDC reformista y la UP revolucionaria no se entendieron. Finalmente, la Concertación no logró evolucionar de una alianza de redemocratización parcial, tanto por los enclaves autoritarios en el Congreso como por la propia falta de voluntad en una centroizquierda administradora.
De esta forma, nos salta una pregunta: ¿por qué ha sido esquiva la consolidación de un «Bloque por los Cambios» en las coaliciones analizadas? La falta de entendimientos intra e inter partidos, la interpretación de que los conflictos intimidan la gobernabilidad en vez de ser oportunidades refundacionales, la baja institucionalidad que regula la política, la ausencia de mayorías electorales, el centralismo presicrático, la recurrente presencia de enclaves autoritarios, la falta mecanismos democráticos de interacción y retroalimentación participativa son algunos de los hilos explicativos del tejido de esta historia contada y reinterpretada.
Sin embargo, podemos decir que en el continuo histórico analizado, tanto la elaboración de una «política industrial» a través de la CORFO, como la «nacionalización del cobre» y la «reforma agraria», patrimonios inalterables de la institucionalidad de Chile, surgieron en coaliciones de izquierda, que se propusieron crear un «Bloque por los Cambios».
El siglo XX fue esquivo para el «Bloque por los Cambios», cada coalición dejó un rastro en la búsqueda por humanizar el capitalismo y en el interés de mejorar las condiciones de justicia social. En cada conglomerado hubo desprendimientos y derrotas electorales, protestas sociales y críticas de intelectuales. Cada bloque fue víctima de la culpa de la experiencia de un fracaso pasado.
* Este documento se basa, entre otras fuentes, en las conferencias del profesor Tomás Moulian realizadas en la Universidad Alberto Hurtado en octubre de 2012, transcritas y editadas por Mariano F. Inostroza y Constanza Aliaga Rosales.
1 Manuel Antonio Garretón: Neoliberalismo corregido y progresismo limitado: Los gobiernos de la concertación en Chile, 1990-2010, Santiago, ARCIS, 2012.
2 Erick Hobsbawm: Historia del Siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 1998.
3 Tomás Moulian e Isabel Torres: Discusiones entre Honorables: Triunfos, fracasos y alianzas electorales de la derecha en Chile, 1938-2010, 2011, p. 25.
4 En el libro Los asesinos del Seguro Obrero, Carlos Droguett plantea que los jóvenes que tomaron dicha institución no fueron militantes nazis, sino jóvenes enviados por los cabecillas de ese partido. Estos jóvenes fueron convocados mayormente por una acción de reivindicación más que de acción proselitista del incipiente nazismo.
5 Expresidente de la República Dominicana, quien fue fundador del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en 1939 y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en 1973.
6 Marcelo Mella: «Los intelectuales de los centros académicos independientes y el surgimiento de la Concertación», Revista de Historia Social y de las Mentalidades: sociedad, política y cultura, año XII, vol. 1, 2008, pp. 83-121.
7 Alfredo Joignant: «La razón de Estado: usos políticos del saber y gobierno científico de los technopols en Chile (1990-1994)», en Tomás Ariztía (ed.): Produciendo lo social, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, pp. 311-348.
8 Tomás Moulian: Chile actual: Anatomía de un mito, Santiago, LOM Ediciones, 1997.
9 Entenderemos por presicracia un tipo de presidencialismo que se basa en un centralismo tanto en las orientaciones ejecutivas como en la toma de decisiones. Ello resalta el poder del presidente no solo como líder del Estado y el Gobierno, sino en todos los espectros institucionales de lo local.
10 Ricardo Camargo: «Dealing with income inequality during the Bachelet administration, a critical analysis of the discourse of chilean political elites», Latin American Perspectives, vol. 39, n.° 4, 2012, pp. 19-34.
11 Carlos Ominami: «Chile, una transición paradojal. Notas para un examen crítico», en Yerko Quiroga y Jaime Ensignia: Chile en la Concertación 1990-2010, tomo II, Santiago, Friedrich Ebert Stiftung, 2010, pp. 21-61.
12 María de los Ángeles Fernández: «La derrota electoral de la Concertación y del progresismo en Chile: ideas para un debate», en Quiroga y Ensignia, Chile, 2010, p. 288.
13 Alfredo Rehren: Clientelismo político y reforma del Estado en Chile, Santiago, Centro de Estudios Públicos (CEP), 2000, p. 160.
14 Esteban Valenzuela y Giorgio Martelli: El fantasma federal en Chile, Santiago: FES-U de Rancagua, 2002.
15 Arturo Valenzuela: Political brokers in Chile: local government in a centralized polity, Durham, Duke University Press.
16 Esteban Valenzuela: «Presidencialismo-Centralista en Chile», en Fernando Carrión (ed.): Descentralización en Ecuador: opciones comparadas, Quito, FLACSO, 2007.
17 Ana María Ezcurra: El Banco Mundial y los fondos sociales en América Latina y el Caribe, Escotet Fundation (doc), 1996.
18 Dieter Nohlen: Tratado de derecho electoral comparado de América Latina, FCE, México, 1998, p. 319.
19 Mireya Dávila: «Tecnocracia y política en Chile postautoritaria (1990-2010)», en Notables, tecnócratas y mandarines, Güell y Joignant, Santiago, UDP, 2011, pp. 24-25.
20 Arturo Valenzuela: El quiebre de la democracia en Chile, Santiago, FLACSO, 1989.
21 En el plebiscito de 1988, los siguientes partidos convergieron en llamar a votar que NO: Democracia Cristiana, Radical, Social Demócrata, Liberal, Radical Social Demócrata (Sule), Humanista, Los Verdes, Democrático Nacional (Padena), Unión Socialista Popular (Usopo), PS-Almeyda, PS-Núñez, PS-Mandujano, PS-Histórico (Gutiérrez), Por la Democracia (PPD), MAPU, MAPU-Obrero-Campesino (Avila), Izquierda Cristiana, Nacional por el No, Comunista, MIR.
22 Identidad esencial de la campaña presidencial de Michelle Bachelet el año 2005.
23 Arendt Lijphart: Electoral Systems and Party Systems. A Study of Twenty-Seven Democracies, 1945-1990, Londres, Oxford University Press, 1994.
24 Carlos Huneeus: El Régimen de Pinochet, Santiago, Sudamericana, 2000.
25 Germán Urzúa: Historia política de Chile y su evolución electoral desde 1810 a 1992, Santiago, Editorial Jurídica de Chile, 1992.
26 A. Joignant y P. Guell: Notables, Tecnócratas y Mandarines... 2011, pp. 72-73.
EL IMPACTO DEL 73 CHILENO EN EL DEBATE POLÍTICO DE LA IZQUIERDA INTERNACIONAL
Joan del Alcàzar Universitat de Valencia
Han pasado ya cuatro décadas de aquella mañana de septiembre en la que las fuerzas militares cercaron el Palacio de La Moneda y exigieron la rendición incondicional del presidente de la República, que se encontraba en su interior, apenas acompañado por unas decenas de hombres armados. Era el punto y final de una experiencia política singular, la que decía proponerse superar el sistema capitalista y alcanzar el socialismo sin violentar la estructura institucional republicana del país. Ahora sabemos cuántas contradicciones encerraba el proyecto de la Unidad Popular, como sabemos que existían importantes diferencias tácticas y estratégicas entre sus impulsores. Sabemos, además, cómo de complejo y asimétrico fue el escenario interno y cómo de hostil el internacional. Es cierto que la historia no estaba escrita y el fatídico final de la llamada vía chilena pudo no haberlo sido; pero no lo es menos que, según pasaban los meses, el mapa político y partidario interno fue polarizándose más y más, y desde cada uno de los dos polos se tildó al contrario, con afán descalificador e insultante, de fascista o de comunista, sin que pareciera existir otra posibilidad deseable que la victoria completa de los unos sobre los otros. Finalmente, aquella máxima engelsiana de que la revolución se puede hacer con o sin el Ejército, pero nunca contra el Ejército se hizo carne, y los carros de combate sitiaron el palacio presidencial que, como expresión de una brutalidad sin límites, fue bombardeado por cazas de combate de la Fuerza Aérea.
Dentro de Chile finalizó un sueño de libertad e igualdad para muchos, mientras que para otros –que no eran pocos– acabó una pesadilla de desabastecimiento, desórdenes, cubanización y amenazas a la propiedad privada. Una confrontación ideológica con una fuerte carga empírica, dado el nivel de conflicto que alcanzó a vivirse en el país. En la fase final del enfrentamiento, a pocos les resultó una sorpresa la intervención de los militares con papel de protagonistas estelares. Se les esperaba desde amplios sectores como agentes capaces de poner orden, de acabar con el caos, de reconducir una situación que se les había ido de las manos a tirios y troyanos. Pero no fue así. La irrupción de los militares fue cirugía mayor, y sin anestesia. Los tiempos de las dictaduras tradicionales se habían acabado ya en América Latina. En esta fase de la Guerra Fría, lo que se propugnaba desde el Departamento de Estado norteamericano eran lo que llamamos dictaduras de nuevo tipo; esto es, regímenes militares que habían de extirpar los órganos infectados por las células cancerígenas que constituían el enemigo interior. Si como había dicho tiempo atrás John Edgar Hoover, el comunismo no era una ideología, sino una enfermedad, los militares eran los galenos que habían de sanar al enfermo.
Desde fuera de Chile, la experiencia de Allende y la Unidad Popular fue vivida con interés, muy particularmente su dramático y cruento final. Allende era un dirigente que resultaba muy atractivo visto desde el exterior. Cosmopolita, afable y buen orador, su imagen se alejaba de la del revolucionario militarizado, violento y rudo de la literatura reaccionaria. Su propuesta, la de alcanzar el socialismo sin violencia, ni siquiera institucional, no podía dejar de generar simpatías a lo largo y ancho de la geografía progresista mundial. Guerras de liberación nacional y procesos de descolonización, insurgencias de diversa matriz ideológica, avances de partidos y sindicatos obreros en Europa, movimientos pacifistas contra la barbarie de Vietnam tanto en Estados Unidos como en todo Occidente, jóvenes contestatarios en París, Berlín, Ciudad de México o Berkley, obreros huelguistas en la Córdoba argentina o en Milán, la misma revolución en el gigante chino, habían llevado a muchos a la convicción de que el capitalismo estaba herido de muerte. Que incluso culturalmente había perdido la partida ante el socialismo que representaba –fundamentalmente– la otra gran superpotencia, que liberada de la losa estalinista tras el XX Congreso del PCUS, rivalizaba con aparente éxito con EE. UU . por extender su poder y su hegemonía incluso al espacio exterior.
La información que más allá de los Andes se tenía sobre el proceso chileno era escasa a excepción de sus generalidades. Poco o nada se sabía de las contradicciones internas o de la extrema polarización política que azotaba al país. Desde la izquierda europea en general y la española en particular, el proceso chileno formaba parte de la confrontación este-oeste, capitalismo-socialismo, rojos-azules, blancos y negros; todo visto desde la óptica primaria y binaria propia de la Guerra Fría que había dividido el mundo desde el final de la Guerra Mundial. La aparición brutal de unos militares crueles y abusadores de su fuerza –impulsados o, como poco, reconocidos por Washington–, comandados por un general que era la antítesis de aquello que transmitía el presidente Allende, no hizo sino favorecer una opinión internacional claramente decantada en beneficio de los derrotados y perseguidos chilenos, y en contra de aquellos militares a las órdenes de un hombre que entró con fuerza en la galería de los horrores de las gentes de bien. Su nombre pronto se hizo tristemente famoso: Augusto Pinochet.
En este breve texto nos proponemos –desde una perspectiva europea y española– evaluar a grandes trazos el impacto de lo que la interrupción abrupta y dramática de la experiencia chilena significó a corto y medio plazo, y para ello nos proponemos apuntar algunos de esos efectos en dos planos diferenciados. El primero, lo que el Golpe chileno significó en la España del momento, todavía bajo la dictadura franquista, aunque ya en su fase final. El segundo, las repercusiones sobre la izquierda internacional, singularmente la respuesta soviética, la italiana y la latinoamericana.
RESPUESTAS Y REACCIONES EN ESPAÑA
A partir de las elecciones presidenciales de septiembre de 1970, Chile y su novedosa experiencia llamaron la atención de la España que vivía la fase final de la dictadura franquista. Muy especialmente entre aquellos sectores de la sociedad que se adscribían con mayor o menor compromiso a la oposición al régimen militar surgido de la Guerra Civil, y se identificaban con las fuerzas políticas de izquierda que luchaban todavía desde la clandestinidad. Se puede decir que la victoria de la Unidad Popular fue recibida con una alegría tan intensa como dolorosa resultaría más tarde la noticia del baño de sangre y dolor que comenzó el 11 de septiembre de 1973.1
En enero de 1971, la prestigiosa revista española Triunfo, de imprescindible lectura para toda la oposición antifranquista, reiteradamente perseguida y castigada por el régimen de Franco, publicaba una entrevista con el recién elegido presidente Allende, quien declaraba: «Tenemos que estar conscientes de que nuestros enemigos van a utilizar todos los resortes y todos los recursos para arrebatar al pueblo su legítimo derecho a ser gobernado».2
Las simpatías de los antifranquistas se agrandaban cuando la prensa del momento, franquista en su inmensa mayoría, atacaba al nuevo Gobierno surgido de las urnas. Así, por ejemplo, cuando el diario ABC descalificaba a Allende acusándolo de contradictorio por su «alabanza a la revolución marxista y totalitaria de Cuba, y de defensa de un socialismo democrático y parlamentario», y alertaba a sus lectores sobre que el nuevo Gobierno podía conducir a Chile a una situación totalitaria.3 Paralelamente, para el diario barcelonés La Vanguardia, el triunfo de la Unidad Popular era «La victoria de una amalgama de partidos de izquierda, desde los extremistas y comunistas hasta los tránsfugas izquierdistas de otros partidos, como la misma Democracia Cristiana».4 El diario Arriba, órgano oficial de Falange Española, informó de la victoria de la UP enfatizando el origen burgués de Allende y el que viviera en una lujosa mansión rodeado de fotos del Che Guevara, de Juan XXIII, de Mao y de Fidel Castro. Además, el diario falangista prevenía a sus lectores sobre la polémica personalidad del vencedor en las elecciones y su creciente radicalismo, insistiendo en «su espíritu de lucha y tenacidad».5
Con un seguimiento menor a lo largo de los meses del gobierno de la Unidad Popular, Chile y su Gobierno volvieron a las primeras páginas de la prensa española con motivo del golpe del 11 de septiembre. Aquellos antifranquistas españoles que habían vibrado con la victoria de la coalición liderada por Salvador Allende sufrieron con las noticias del derrocamiento y la muerte del reconocido líder y con la instauración de una férrea dictadura militar.
Uno de los más importantes y emotivos artículos aparecidos en Triunfo fue el firmado en marzo de 1973 por el prestigioso académico antifranquista Enrique Tierno Galván, quien años más tarde se convertiría en alcalde socialista de Madrid. Para Tierno Galván, Chile había entrado «en la historia universal como ejemplo primero de una situación hasta ahora inédita [...] la posibilidad de una transición política al socialismo». A ojos de Tierno Galván, el pueblo chileno había puesto en marcha «la revolución más renovadora entre cuantas revoluciones ha habido: la revolución que impone la ley sobre la violencia».6
Pese al optimismo que transpiraba el artículo del futuro alcalde madrileño, otras plumas de la redacción de Triunfo habían ofrecido y ofrecerían una visión menos complaciente. Ya en 1972, había aparecido un artículo de Eduardo Haro Tecglen con un premonitorio anuncio del golpe militar que se produciría el año siguiente. Tras el Golpe, el ejemplar de Triunfo que salió a la calle el 22 de septiembre presentaba una estremecedora portada negra con un único título de cinco grandes letras blancas: «Chile».
El número recogía artículos de Haro Tecglen («Fascismo en Chile») y Jorge Timossi (quien más adelante sería el autor del libro en el que se recogería la versión cubana de la muerte guerrillera de Allende, bajo el título de Grandes alamedas. El combate del presidente Allende); así como documentos relativos a las vísperas del golpe, intervenciones de Allende en el Congreso y un repaso de la historia de Chile. En el artículo de Haro Tecglen, amargo y triste, se deslizaba una sutil crítica a Salvador Allende, aduciendo que el error del presidente chileno había sido el mantener contra toda razón un inexplicable apego a la legalidad burguesa. Según Haro Tecglen, la legalidad no era sino el conjunto de normas que se daba la clase dominante para impedir los cambios estructurales y perpetuarse en el poder, por lo que cuando se producía un cambio de la clase dominante había de producirse un cambio de la legalidad. Allende debería haber utilizado, según el periodista, «la legalidad del cambio de legalidad», sintonizando así con su propio partido y, especialmente, con las tesis de su correligionario Altamirano. El artículo finalizaba insinuando que, quizá, el fracaso del doctor Allende estaba implícito en su propia doctrina.
Un mes después, en el mismo número en el que se daba cuenta de la muerte de Neruda y se publicaba el texto que Allende le había dedicado cuando obtuvo el premio Nobel, aparecía un amplio reportaje de Jean Francis Held bajo el título de «Chile, el terror», en el que se daba cuenta de la sistemática represión que estaban practicando los militares.
Ya hemos dicho más arriba que para los antifranquistas, en general, la esperanza inicial de 1970 se transmutó en dolor y rabia en 1973. Para quienes dejamos atrás la adolescencia en sincronía con las llamas de La Moneda y nos incorporamos al antifranquismo militante y clandestino, el golpe de Estado en Chile fue un golpe duro que, pensamos ahora, muchos no supimos ni entender ni asimilar. Más tarde hemos sido conscientes de cuánta enseñanza podía encontrarse tras los sucesos de Chile, a poco que uno dejara las anteojeras y se hiciera preguntas incómodas. En aquel momento, seguramente porque la juventud es propicia a las verdades rotundas, entendimos más bien poco de lo ocurrido. Hay que decir en nuestro descargo que sesudos analistas, entre ellos, los soviéticos, tardaron bastante en emitir un discurso valorativo de lo ocurrido. Quizá, solo los italianos del PCI, Enrico Berlinguer en particular, fueron conscientes del calado de lo ocurrido en Chile.
Más allá de la comprensión del proceso y, en particular, de su terrible final, si el raciocinio político fue el que pudo ser, en la esfera de los afectos Chile se incorporó con fuerza y para siempre a la oposición democrática antifranquista. Hay que reconocer que la oposición chilena en el exterior fue activísima y brillante. Desde Patricio Guzmán y La Batalla de Chile, a la memoria viva y militante de Víctor Jara con su Amanda, que cantó con éxito y en lengua catalana el valenciano Raimon, el gran cantautor antifranquista. De la poética de la ya entonces desaparecida Violeta Parra –Santa Violeta, que dijera Neruda–, a la épica del Inti-Illimani y Quilapayún. Ayudaron, claro, los himnos que acompañaron toda fiesta antifranquista de los años setenta: Venceremos, La Muralla, o esa delicia de canción cantada por Pablo Milanés que tantos jóvenes aprendieron de memoria: «Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes».7
Claro que al fortalecimiento de los afectos con tantos que padecían el horror de la dictadura chilena ayudó la insoportable imagen del odioso dictador, parapetado tras su bigote franquista y sus oscuras gafas de pasta. El magistral cartelista valenciano Josep Renau inmortalizó una composición en la que el dictador, enfurruñado y con los brazos cruzados, con su edecán tras él, y con una bandera de Chile hecha harapos, tiene ante sí una calavera de la que chorrea sangre. Era y es imposible no conmoverse a la vista de aquel cuadro famoso.
El dictador español murió en 1975, y la lucha por impedir un franquismo sin Franco nos llevó a la reforma política y de allí a la Transición con la que España recuperó la democracia que había perdido en la década de los treinta, guerra civil mediante. Cuarenta años de dictadura, de silencio, de miedo, de represión, de beatería, de incultura, quedaban atrás, pero los ecos del 73 chileno se mantuvieron presentes en el discurso y en la acción de la izquierda española, singularmente en el PCE.
LA UNIDAD POPULAR EN EL IMAGINARIO DE LAS IZQUIERDAS
El alcance y la violencia del golpe militar chileno fue para la Unión Soviética una sorpresa de grandes dimensiones que no solo obligó al Kremlin a una reflexión doctrinal sobre las luchas de liberación en América Latina, sino que le provocó grandes quebraderos de cabeza tanto con los que pronto serían llamados eurocomunistas, como con los maoístas, con los cubanos y, en general, con sus amigos y simpatizantes de todo el llamado Tercer Mundo. En la que puede considerarse la primera reacción soviética, Pravda publicó el 14 de septiembre que el golpe había sido obra de los círculos reaccionarios de Chile y de fuerzas extranjeras imperialistas (sin identificarlas). La URSS rompió relaciones diplomáticas con el gobierno militar, se esforzó en mantener relaciones formales con el PCCh, el PSCh y el MAPU y, además, junto con sus aliados europeos y con Cuba, recibió a miles de exiliados chilenos.
El problema más peliagudo para los soviéticos, sin embargo, fue el doctrinal, y es que el debate que se abrió en la izquierda de orientación comunista fue de grandes dimensiones. El PCUS debía, para no defraudar a sus partidarios repartidos por el mundo, encontrar un espacio propio, valedor como era del avance pacífico emprendido por frentes populares en el Tercer Mundo, ante la posición pro lucha armada de los cubanos y la crítica de los comunistas chinos al burocratismo soviético en general y, en este caso, al parlamentarismo de Allende. Por otra parte, los comunistas europeos del sur (los llamados eurocomunistas, cada vez más distantes de Moscú) concluyeron que la libertad y la democracia pluralista eran el camino para generar consensos que permitieran el avance de las clases populares.
Será ya en 1974 cuando los analistas soviéticos adopten una posición nítidamente perfilada. La conclusión a la que llegaron afirmaba que el fracaso de Allende no negaba la validez de la vía pacífica al socialismo. Para Boris Ponomarev, responsable del posicionamiento soviético, los hechos de Chile – primer ejemplo de «desarrollo revolucionario pacífico»– eran muy interesantes «para el marxismo-leninismo desde la perspectiva del perfeccionamiento de la estrategia y las tácticas revolucionarias».8 La experiencia chilena había demostrado –según el analista soviético– que un bloque de izquierdas liderado por la clase obrera y con una orientación marxista-leninista podía llegar al poder en un país capitalista sin violentar el ordenamiento constitucional. Ahora bien, lo que desde el PCUS se cuestionaba era el concepto de vía pacífica aplicado por Allende. Los analistas soviéticos «empezaron a poner más énfasis en la necesidad de adoptar tácticas ofensivas dentro del camino pacífico y subrayaron el imperativo de prever la aplicación de la violencia para defender las ganancias revolucionarias».9
Con independencia de la respuesta soviética, tras el golpe militar, la conclusión de la Europa avanzada es clara: pese a su carácter excepcional, Chile no había podido zafarse del trágico sino autoritario latinoamericano. Mientras la Junta Militar, encabezada por Augusto Pinochet, latinoamericaniza a Chile –como diría Jacobo Timmerman–, haciendo añicos su pax republicana, la muerte de Allende, ascendido a la categoría de líder internacional, representa el fin de una esperanza que, al decir del muy reconocido historiador Edward P. Thompson, «lastima nuestros corazones».10
En el ámbito internacional, y especialmente en aquellos países donde la izquierda tenía una fuerza política no mayoritaria, la Unidad Popular fue entendida como el fracaso del reformismo.11 Se asumió una especie de fatal ingenuidad del presidente Allende, ejemplificada en su cándido respeto hacia una ins– titucionalidad forjada y funcional por y para la clase dominante, paralelo a su oposición radical a armar a las fuerzas populares adictas. En última instancia, la conclusión era casi una obviedad: no se podía avanzar hacia el socialismo desde el respeto a una legalidad democrático-burguesa.
Aunque la conclusión más radical fue la adoptada por las guerrillas centroamericanas y por algunas otras fuerzas en Sudamérica –todas ellas subsidiarias de la visión cubana-: el descrédito de la democracia liberal y sus derechos y deberes no hizo sino ampliarse entre la intelectualidad progresista.12 A este respecto resulta de interés la opinión que Ernesto Sábato manifestara a pocos días del 11-S sobre este punto:
Tal vez el doctor Allende ha pagado por el excesivo respeto que mantuvo por todas las libertades, sin excepciones. Tal vez esa durísima experiencia revela que no puede llevarse a cabo la gigantesca tarea de liberar a un pueblo oprimido, respetando la libertad de los que oprimen, dejando que tergiversen, comploten, chantajeen y asfixien con sus infinitos poderes. Dar igual libertad a los lobos y los corderos es una irrisoria candidez que solo puede concluir con el exterminio de los corderos... Esta tristísima página en la historia de un pueblo estoico tiene que servirnos de lección para todos los que, marxistas o no, vivimos en esta parte del mundo y en esta hora crucial para nuestra definitiva liberación.13
A la inversa, en aquellos países en los que la izquierda –socialista o comunista– disponía de buenas probabilidades para acceder a una gobernabilidad directa, las enseñanzas originadas en el fracaso de la Unidad Popular reforzaban la necesidad de revalorizar la construcción de consensos políticos más allá inclusive de estrechas mayorías parlamentarias. Ciertamente, nos estamos refiriendo tanto a la estrategia de compromiso histórico entre democratacristianos y comunistas propuesta por Berlinguer en Italia, como a la alianza entre el Partido Comunista y el Socialista en Francia, o como a las ideas defendidas por el entonces secretario general del PC de España en su libro Eurocomunismo y Estado.14
El eurocomunismo se oficializó en marzo de 1977, cuando los secretarios generales Enrico Berlinguer del PCI, Santiago Carrillo del PCE y Georges Marchais del PCF se reunieron en Madrid, donde presentaron las líneas maestras de su posición política común. El PCI en particular ya había desarrollado una línea independiente de Moscú desde hacía años. Además, junto a los comunistas españoles y los rumanos, habían sido los tres únicos partidos comunistas del mundo que ya en 1968 habían condenado la invasión soviética de Checoslovaquia. En 1975 el PCI y el PCE hicieron, además, una declaración sobre la construcción del socialismo que –aseguraban– debía realizarse en paz y libertad. Se puede afirmar, pues, que en la Italia de los setenta el Chile allendista ocupó un lugar destacado en el imaginario político de la izquierda autóctona y, en particular, del Partido Comunista.15 Entre sus homólogos de la Europa occidental –como ya se ha dicho– el español y el francés sintonizaban con esta postura, mientras que el portugués se identificó mejor con la posición soviética en cuanto a la necesidad de una política más agresiva que la desarrollada en Chile por Allende.
La lectura eurocomunista o del socialismo en libertad se realizaba en medio de un contexto intelectual mayoritariamente descreído de las virtudes propias de la democracia (siempre adjetivada con intención peyorativa como parlamentaria, burguesa, liberal), y enfatizaba la importancia de no aislar a la derecha así como la bondad de construir eventuales alianzas con el centro. El líder del PC italiano escribió varios artículos en la revista teórica del partido, Rinascita, que aparecerían posteriormente editados bajo el epígrafe «Reflexiones sobre Italia tras los hechos de Chile». El objetivo de aquellas páginas era el de:
... llevar a cabo una atenta reflexión para extraer de la tragedia política de Chile útiles enseñanzas relativas a un más amplio y profundo juicio sobre el marco internacional y sobre la estrategia y la táctica del movimiento obrero y democrático en varios países, entre los cuales se encuentra el nuestro.16
En Europa, durante los primeros años tras la finalización de la Guerra Mundial, todo parecía bajo control. La marginación del poder real de los comunistas en algunos países de la zona occidental, en los cuales habían colaborado con un papel estelar en la derrota del fascismo, fue una señal –en algún caso, como el griego, muy sangrienta– de las consecuencias de la división del mundo en dos bloques. La propaganda anticomunista, grosera y descalificadora, creó, como reacción, un sentimiento de identificación en buena parte de los sectores progresistas de esta parte del continente. La supervivencia de la Unión Soviética, el único enemigo de los enemigos de los progresistas y los revolucionarios europeos, hizo cerrar los ojos, olvidar la necesaria crítica, ante la evolución del proceso en el territorio bajo hegemonía comunista. La invasión de Hungría en 1956 fue el primer golpe fuerte para una parte de aquellos que habían depositado sus esperanzas en la vía soviética. El XX Congreso del PCUS –un segundo mazazo– permitió conocer, aunque solo parcialmente, el horror de la época estalinista. Las purgas a los internacionalistas de la guerra de España, la persecución de toda disidencia, real o ficticia, la uniformización, el burocratismo, el desprecio por las libertades individuales fueron escalones del proceso de degradación al que había sido sometido un sistema que ya poco tenía que ver con las grandes líneas maestras propuestas por el marxismo. La invasión de Checoslovaquia, en 1968, ahogando la llamada Primavera de Praga, fue el tercer golpe ya demoledor. El mito soviético permaneció aún en Europa, si bien cada vez más débil. En América Latina, la influencia cubana quizá alargó algo más su pervivencia en la medida en que el PCC bendijo la entrada de los carros de combate soviéticos en Praga.17
En Europa, sin embargo, hay que tener en cuenta que en los llamados Treinta gloriosos, es decir, los años que van desde el final de la Guerra Mundial hasta mediada la década de los setenta, habían coincidido dos procesos paralelos. En primer lugar, que el crecimiento económico de aquellas décadas había significado una evidente mejoría de las condiciones de vida de la mayoría de la población, con un régimen prácticamente de pleno empleo, lo que había permitido la difusión a escala europea occidental del modelo del Estado de Bienestar. A este proceso lo acompañaba otro, más importante todavía en el ámbito de la izquierda política, que era la crisis de credibilidad del llamado socialismo real de matriz soviética, que empujaba a los principales partidos comunistas de la Europa occidental, fundamentalmente la meridional, a desarrollar un enorme esfuerzo de reelaboración que alumbraría el llamado eurocomunismo. Es en este marco en el que lo acontecido en Chile puede verse.
A posteriori, como espejo y –al mismo tiempo– objeto de la que fue una auténtica «crisis de los socialismos», permitiendo formular algunas hipótesis sobre su papel simbólico en un momento tan crítico y sobre los efectos que el interés de los europeos tuvo en la comunidad política del exilio chileno en estos países.18
Berlinguer, por su parte, huía de cualquier esquematismo simplista y calificaba de «abstracto y esquemático» el dilema entre vía pacífica y vía no pacífica de la lucha por el socialismo. En su reflexión, entendía que su elección de una vía democrática no le llevaba a «hacerse ilusiones sobre una evolución lineal y sin escollos de la sociedad capitalista a la socialista».19 En este contexto cabe ubicar su aclaración de que vía democrática y vía parlamentaria no eran sinónimos. En este sentido afirmaba:
Nosotros no estamos enfermos de cretinismo parlamentario, mientras que otros lo están de cretinismo antiparlamentario. Consideramos el Parlamento como una institución esencial de la vida política italiana, y no solo hoy, sino también en la fase del tránsito al socialismo y durante su construcción. (...) Pero el Parlamento puede cumplir su papel si, como dice Togliatti, se convierte cada vez más en el «espejo del país», y si la iniciativa parlamentaria de los partidos del movimiento obrero está ligada a las luchas de las masas, al crecimiento y a la consolidación de los principios democráticos y constitucionales en todos los sectores y organismos de la vida del Estado.20
Desde esta posición, fuertemente influida por al trágico final de la experiencia chilena, Berlinguer propuso lo que denominó «el nuevo gran “compromiso histórico” entre las fuerzas que integran y representan la gran mayoría del pueblo italiano»,21 entre las que, lógicamente, se encontraba la Democracia Cristiana. Para el líder italiano, la experiencia chilena era «un hecho de alcance mundial (...) que propone interrogaciones que apasionan a los combatientes de la democracia de todos los países e invitan a reflexionar».22
A la luz de la dramática experiencia chilena, el secretario general del más potente Partido Comunista de Occidente marcaba un rumbo nuevo que pasaba por «extender el tejido unitario» que apoyara la lucha «por el saneamiento y la renovación democrática de toda la sociedad y del Estado a la gran mayoría del pueblo», y que esa propuesta se sustentara en «un bloque de fuerzas políticas capaces de realizarlo». A su parecer:
Solo esta línea, y ninguna otra, puede aislar y derrotar a los grupos conservadores y reaccionarios, puede dar solidez y fuerza invencible a la democracia, puede hacer avanzar [en] la transformación de la sociedad [hasta] construir una sociedad y un Estado socialistas que garanticen el pleno ejercicio y desarrollo de todas las libertades.23
Los análisis en América Latina se debatieron entre la posición ortodoxa soviética y la propiciada desde La Habana, que avalaba un enfrentamiento total con la reacción, con el fascismo, como paso insoslayable para el futuro de las estrategias revolucionarias. Ambas líneas presentaron también coincidencias, destacando entre las más notables la completa exculpación de la figura de Salvador Allende. Desde la posición cubana, Allende fue redimido porque al final de su vida, en los últimos momentos, metralleta en mano, con casco de combate, y disparando un bazoka con el que destrozó un carro de combate [Fidel Castro dixit],24 el mártir chileno tuvo una muerte guerrillera. Castro lo narró con dramatización cinematográfica en el acto solemne de homenaje al presidente caído celebrado en la Plaza de la Revolución de La Habana el 27 de septiembre de 1973.
Tal y como había enfatizado desde los años sesenta, desde la Segunda Declaración de La Habana, en América Latina no había otro camino que la lucha armada. Él, Fidel Castro, siempre había tenido razón, y Salvador Allende lo había reconocido implícitamente en sus últimas horas, muriendo –otro más– como un guerrillero heroico. Según la narración de Castro:
El propio presidente cargó sobre sus hombros numerosas armas para reforzar los puestos de combate, exclamando: «Así se escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el resto» (aplausos), lo que produjo profunda emoción en todos los que lo acompañaban.25
Este enfoque simplificador era, más allá de una negación de la verdad histórica –en su sentido más convencional–, lo que convenía a corto plazo a las necesidades políticas y militares de quienes seguían luchando contra la dictadura. Mientras esta detenía, torturaba, asesinaba y hacía desaparecer a los partidarios de la Unidad Popular, era impensable realizar la menor autocrítica sobre lo sucedido entre 1970 y 1973 y, tampoco, un juicio político al dirigente alojado detrás del mártir. En este sentido, por ejemplo, reconocer su suicidio y los reiterados intentos de negociación con el mando militar golpista durante la fase final del asedio hubiera sido dar armas al enemigo, aunque solo fuera por debilitar la imagen de Allende y perjudicar el mito que se estaba construyendo. Por otra parte, reconocer su suicidio, y no su asesinato por los militares, ofrecería la posibilidad de abrir un debate respecto a sus errores políticos, que seguramente asignaría alguna clase de culpabilidad a los partidos de la coalición gubernamental sobre su propio derrumbe.
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