Czytaj książkę: «Los atributos de Dios»

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Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org ISBN: 978-1-629462-68-4

© Traducción al español por Publicaciones Faro de Gracia, Copyright 2016 y 2020. Todos los Derechos Reservados.

El diseño de la portada y las páginas fue realizado por Francisco Adlofo Hernández Aceves.

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Las citas marcadas por un asterisco son la traducción del autor. Las itálicas en las citas de la Escritura indican un énfasis añadido.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Todos los derechos reservados.



Contenido

Prefacio

Capítulo 1 LA SOLEDAD DE DIOS

Capítulo 2 LOS DECRETOS DE DIOS

Capítulo 3 EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Capítulo 4 LA PRESCIENCIA DE DIOS

Capítulo 5 LA SUPREMACÍA DE DIOS

Capítulo 6 LA SOBERANÍA DE DIOS

Capítulo 7 LA INMUTABILIDAD DE DIOS

Capítulo 8 LA SANTIDAD DE DIOS

Capítulo 9 EL PODER DE DIOS

Capítulo 10 LA FIDELIDAD DE DIOS

Capítulo 11 LA BONDAD DE DIOS

Capítulo 12 LA PACIENCIA DE DIOS

Capítulo 13 LA GRACIA DE DIOS

Capítulo 14 LA MISERICORDIA DE DIOS

Capítulo 15 LA BENEVOLENCIA DE DIOS

Capítulo 16 EL AMOR DE DIOS

Capítulo 17 EL AMOR DE DIOS POR NOSOTROS

Capítulo 18 LA IRA DE DIOS

Capítulo 19 MEDITANDO SOBRE DIOS

Acerca del autor

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Prefacio

“Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz; Y por ello te vendrá bien” (Job 22:21). “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová (Jeremías 9:23–24) –Un conocimiento espiritual y salvífico de Dios es la mayor necesidad de cada criatura humana.

El fundamento de todo el conocimiento verdadero de Dios debe contener una clara aprehensión mental de Sus perfecciones, como son reveladas en la Santa Escritura. No se puede confiar, servir o adorar a un Dios desconocido. En este libro, se ha hecho un esfuerzo para presentar algunas de las perfecciones principales del carácter divino. Si el lector ha de beneficiarse de la lectura de las páginas siguientes, necesitará definitiva y seriamente rogarle a Dios que lo bendiga, a fin de que Su Palabra sea aplicada a la conciencia y corazón, y de esta manera la vida del lector sea transformada.

Se necesita algo más que un conocimiento teórico de Dios. El Señor es solamente conocido en el alma, cuando nos rendimos a Él, nos sometemos a Su autoridad, y regulamos todos los detalles de nuestras vidas bajo Sus santos preceptos y mandamientos. “Y conoceremos, y proseguiremos en conocer [en el camino de la obediencia] a Jehová” (Oseas 6:3). “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá” (Juan 7:17). “el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte” (Daniel 11:32 LBLA).

A.W. Pink, 1930

Capítulo 1
LA SOLEDAD DE DIOS

El título de este artículo quizá no sea suficientemente explícito para indicar su tema. Ello es debido, en parte, al hecho de que muy pocas personas, hoy en día, están acostumbradas a meditar sobre las perfecciones personales de Dios. Relativamente pocos de aquellos que leen la Biblia ocasionalmente, saben de la grandeza del carácter Divino, que inspira temor e incita a la adoración. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder, y, sin embargo, lleno de misericordia, es tenido por muchos como algo casi del dominio público; pero sostener una concepción correcta, al menos aproximada, de Su ser, naturaleza, atributos, tal como se revelan en la Santa Escritura, es cosa que muy pocas personas han alcanzado en estos tiempos degenerados. Dios es único en Su excelencia. “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éxodo 15:11).

Antes de todo

“En el principio… Dios” (Génesis 1:1). Hubo un “tiempo”, por así decirlo, cuando Dios, en la unidad de Su naturaleza (aunque existiendo igualmente en tres Personas divinas), habitaba solo. “En el principio… Dios.” No había cielo, que es donde se manifiesta de manera particular Su gloria en el tiempo presente. No había tierra que ocupara Su atención. No había ángeles que cantaran Sus alabanzas, ni universo que se sostuviese por la palabra de Su poder. No había nada ni nadie sino Dios; y esto, no durante un día, un año, o una época, sino “desde el siglo”. Durante una eternidad pasada, Dios estuvo solo: completo, suficiente, satisfecho en Sí mismo, no necesitando nada. Si un universo, o ánge1es, o seres humanos le hubiesen sido necesarios en alguna manera, hubiesen sido llamados a la existencia desde toda la eternidad. Nada añadieron esencialmente a Dios al ser creados. Él no cambia (Malaquías 3:6), por lo que Su gloria substancial no puede ser aumentada ni disminuida.

Su voluntad soberana

Dios no estaba bajo coacción, obligación, ni necesidad alguna de crear. El hecho de que quisiera hacerlo fue puramente un acto soberano de Su parte, no producido por nada fuera de Sí mismo; no determinado por nada sino por Su propia buena voluntad, ya que Él “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11). La razón para que Él creara fue sencillamente para manifestar Su gloria. ¿Cree alguno de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que la Escritura nos autoriza? Entonces, nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (Nehemías 9:5). Dios no sale ganando nada ni siquiera con nuestra adoración. El no necesitaba esa gloria externa de Su gracia que procede de Sus redimidos, porque es suficientemente glorioso en Sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que le movió a predestinar a Sus elegidos para la alabanza de la gloria de Su gracia? Fue, como nos dice Efesios 1:5, “el puro afecto de su voluntad.”

Sabemos que el terreno elevado que estamos pisando es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón, haremos bien en movernos despacio. Recurramos de nuevo a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el apóstol concluye su larga argumentación sobre la salvación por la pura y soberana gracia, pregunta: “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?” (versículos 34–35). La importancia de esto es que es imposible someter al Todopoderoso a obligación alguna hacia la criatura; Dios no sale ganando nada con nosotros. “Si fueres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, Y al hijo de hombre aprovechará tu justicia” (Job 35:7–8), pero nada de esto puede, en verdad, afectar a Dios, Quien es bendito en Sí mismo. “cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos” (Lucas 17:10), nuestra obediencia no ha aprovechado en absoluto a Dios.

Es más, nuestro Señor Jesucristo no añadió nada al ser y a la gloria esencial de Dios, ni por lo que hizo, ni por lo que sufrió. Es verdad, bendita y gloriosa verdad, que nos manifestó la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. Él mismo lo declara explícitamente y sin apelación posible al decir: “Mi bien á ti no aprovecha” (Salmo 16:2 RVA). Todo este salmo es de Cristo. La bondad y la justicia de Cristo aprovechó a Sus santos en la tierra (Salmo 16:3), pero Dios estaba por encima y más allá de todo ello, pues es “el Bendito” (Marcos 14:61).

Es absolutamente cierto que Dios es honrado y deshonrado por los hombres; no en Su ser substancial, sino en Su carácter oficial. Es igualmente cierto que Dios ha sido “glorificado” por la Creación, la providencia y la redención. Esto no lo negamos, ni por un momento. Pero todo ello tiene que ver con Su gloria manifestativa, y nuestro reconocimiento de ella. Con todo, si Dios así lo hubiera deseado, habría podido continuar solo por toda la eternidad, sin dar a conocer Su gloria a criatura alguna. El que lo hiciera así o no, fue determinado solamente por Su propia voluntad. Él era perfectamente bendito en Sí mismo antes de que la primera criatura fuese llamada a la vida. Y, ¿qué son para Dios todas las obras de Sus manos, incluso ahora? Dejemos otra vez que la Escritura conteste:

“He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40:15–18).

Este es el Dios de la Escritura; sí, todavía es “el Dios no conocido” (Hechos 17:23) para las multitudes descuidadas.

“Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana” (Isaías 40:22–23).

¡Cuán infinitamente distinto es el Dios de la Escritura del “dios” del púlpito promedio!

El testimonio del Nuevo Testamento no difiere en nada del que hallamos en el Antiguo: no podría ser de otro modo, teniendo ambos el mismo Autor. También ahí leemos: “La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.” (1 Timoteo 6:15–16). Él debe ser reverenciado, glorificado y adorado. É1 está solo en Su majestad, es único en Su excelencia, incomparable en Sus perfecciones. Él lo sostiene todo, pero, en Sí mismo, es independiente de todo. Él da a todos, pero no es enriquecido por nadie.

Mediante la revelación

Un Dios así no puede ser conocido mediante la investigación; Él sólo puede ser conocido tal como el Espíritu Santo Lo revela al corazón, por medio de la Palabra. Es verdad que la Creación revela un Creador, y que los hombres son totalmente “inexcusables”; sin embargo, todavía tenemos que decir con Job: “He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” (Job 26:14). Creemos que el argumento llamado “diseño inteligente”, usado por algunos “apologistas” sinceros para probar la existencia de Dios, ha producido mucho más daño que beneficio, ya que ha intentado bajar al gran Dios al nivel de la comprensión finita, y de este modo ha perdido de vista Su excelencia única.

Se ha trazado una analogía con el salvaje que encuentra un reloj en la selva, quien, después de un examen detenido, deduce que existe un relojero. Hasta aquí está muy bien. Pero intentemos ir más lejos: supongamos que el salvaje trata de formarse una concepción de ese relojero, sus afectos personales y sus características; su disposición, conocimientos y carácter moral; todo lo que, en conjunto, forma una personalidad. ¿Podría tal salvaje alguna vez pensar o imaginar a un hombre real —el hombre que hizo el reloj— y decir: “Yo le conozco”? Tal pregunta parece inútil pero, ¿está acaso el Dios eterno e infinito más al alcance de la razón humana? Ciertamente no. El Dios de la Escritura puede ser conocido solamente por aquellos a quienes Él mismo Se da a conocer.

Tampoco el intelecto puede conocer a Dios. “Dios es Espíritu” (Juan 4:24), y, por lo tanto, solo puede ser conocido espiritualmente. El hombre caído no es espiritual, sino carnal. Está muerto a todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, que sea llevado sobrenaturalmente de la muerte a la vida, milagrosamente trasladado de las tinieblas a la luz, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Juan 3:3), y mucho menos entenderlas (1 Corintios 2:14). El Espíritu Santo ha de resplandecer en nuestros corazones (no en el intelecto) para darnos el “conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). E incluso el conocimiento espiritual es solamente fragmentario. El alma regenerada ha de crecer en la gracia y conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18).

La oración y propósito principales de los cristianos han de ser el andar “como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).

Capítulo 2
LOS DECRETOS DE DIOS

El decreto de Dios es Su propósito o Su determinación respecto a las cosas futuras. Aquí hemos usado el singular, como hace la Escritura (Romanos 8:28; Efesios 3:11), porque solamente hubo un acto de Su mente infinita acerca del futuro. Nosotros hablamos como si hubiera habido muchos, porque nuestras mentes sólo pueden pensar en ciclos sucesivos, a medida que surgen los pensamientos y ocasiones; o en referencia a los distintos objetos de Su decreto, los cuales, siendo muchos, nos parece que requieren un propósito diferente para cada uno. Pero el conocimiento infinito no procede gradualmente, o por etapas: “Conocidas son á Dios desde el siglo todas sus obras” (Hechos 15:18 RVA).

Los decretos de Dios

Las Escrituras mencionan los decretos de Dios en muchos pasajes, utilizando diversos términos. La palabra “decreto” se encuentra en el Salmo 2:7. En Efesios 3:11, leemos sobre Su “propósito eterno”. En Hechos 2:23, de su “determinado consejo y anticipado conocimiento”. Efesios 1:9 menciona el “misterio de su voluntad”. Romanos 8:29 establece que Él también “predestinó”. En Efesios 1:9 nos habla de Su “beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo”. Los decretos de Dios son llamados sus “consejos” para determinar que son perfectamente sabios. Son llamados Su “voluntad” para mostrar que Dios no está sujeto a nada, sino que actúa según Su propio deseo. En el proceder Divino, la sabiduría está siempre asociada con la voluntad y, por lo tanto, se dice que los decretos de Dios son “el designio de su voluntad” (Efesios 1:11).

Los decretos de Dios están relacionados con todas las cosas futuras, sin excepción: todo lo que es hecho en el tiempo, fue predeterminado antes del principio del tiempo. El propósito de Dios abarcó todo, grande o pequeño, bueno o malo, aunque debemos afirmar que, si bien Dios es el Controlador del pecado, no es su Autor de la misma manera que es el Autor del bien. El pecado no puede proceder de un Dios Santo por creación directa o positiva, sino solamente por Su permiso, por decreto y Su acción negativa. El decreto de Dios es tan amplio como Su gobierno, y se extiende a todas las criaturas y eventos. Se relaciona con nuestra vida y nuestra muerte; con nuestro estado en el tiempo y en la eternidad. De la misma manera que juzgamos los planos de un arquitecto inspeccionando el edificio levantado bajo su dirección, así también, por Sus obras, aprendemos cual es (era) el propósito de Aquel que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad.

Dios no decretó simplemente crear al hombre, ponerle sobre la tierra, y entonces dejarle bajo su propia guía descontrolada; sino que fijó todas las circunstancias de la muerte de los individuos, y todos los pormenores que la historia de la raza humana comprende, desde su principio hasta su fin. No decretó solamente que debían ser establecidas leyes para el gobierno del mundo, sino que dispuso la aplicación de las mismas en cada caso particular. Nuestros días están contados, así como también los cabellos de nuestra cabeza. (Mateo 10:30). Podemos entender el alcance de los decretos divinos si pensamos en las dispensaciones de la Providencia en las cuales aquellos son cumplidos. Los cuidados de la Providencia alcanzan a la más insignificante de las criaturas y al más minucioso de los acontecimientos, tales como la muerte de un gorrión o la caída de un cabello. (Mateo 10:30).

Las propiedades de los decretos divinos

Consideremos ahora algunas de las características de los decretos divinos. Son, en primer lugar, eternos. Suponer que alguno de ellos fue dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se ha dado un caso imprevisto o alguna combinación de circunstancias que ha inducido al Altísimo a tomar una nueva resolución. Esto significaría un conocimiento limitado y un aumento en sabiduría por parte de la Deidad, lo cual sería una blasfemia horrible. Nadie que crea que el entendimiento Divino es infinito, abarcando el pasado, presente y futuro, afirmará la doctrina de los decretos temporales. Dios no ignora los acontecimientos futuros que serán ejecutados por voluntad humana; los ha predicho en innumerables ocasiones, y la profecía no es otra cosa que la manifestación de Su previo conocimiento eterno. La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), más aun, que la gracia les fue “dada” desde entonces (2 Timoteo 1:9).

En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría se muestra en la selección de los mejores fines posibles y de los medios más apropiados para cumplirlos. Que esta característica pertenece a los decretos de Dios, es evidente por lo que sabemos de éstos. Los decretos nos son descubiertos por su ejecución, y cada comprobación de la sabiduría en las obras de Dios es a su vez una prueba de la sabiduría del plan por el cual se llevan a cabo. Como declara el salmista: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.” (Salmo 104:24). Sólo podemos observar una pequeñísima parte de ellas, pero, como en otros casos, conviene que procedamos a juzgar el todo por la muestra; lo desconocido por lo conocido. Aquel que, al examinar parte del funcionamiento de una máquina, percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá, naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables. De la misma manera, deberíamos estar satisfechos en nuestras mentes respecto a las obras de Dios, cuanto las dudas nos asalten; y deberíamos repeler cualquier objeción que se sugerida por cualquier cosa que no podamos reconciliar según nuestras nociones de lo que es verdadero y sabio. Cuando lleguemos a los límites de lo finito, y solo podamos mirar de lejos el misterio infinito, exclamemos: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33).

En tercer lugar, son libres. “¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?” (Isaías 40:13–14). Cuando Dios dictó Sus decretos, estaba solo, y Sus determinaciones no se vieron influidas por causa externa alguna. Él era libre para decretar o dejar de hacerlo, para decretar una cosa y no otra. Es preciso atribuir esta libertad a Aquel que es supremo, independiente y soberano en todas Sus acciones.

En cuarto lugar, los decretos de Dios son absolutos e incondicionales. Su ejecución no está sujeta a condición alguna que se pueda o no cumplir. En todos los casos en que Dios ha decretado un fin, ha decretado también todos los medios para dicho fin. El que decretó la salvación de Sus elegidos, decretó también darles la fe, (2 Tesalonicenses 2:13). “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10); pero esto no podría ser así si Su consejo dependiese de una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11).

La responsabilidad del hombre

Junto a la inmutabilidad e inviolabilidad de los decretos de Dios, la Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura responsable de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas. Y si nuestras ideas son moldeadas por la Palabra de Dios, el afirmar lo primero, no nos llevará a negar lo último. Reconocemos que existe verdadera dificultad en definir dónde termina lo primero y donde comienza lo último. Esto ocurre cada vez que lo divino y lo humano se mezclan. La verdadera oración incitada por el Espíritu, no obstante, es también el clamor de un corazón humano. Las Escrituras son la Palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas por hombres que eran algo más que máquinas en las manos del Espíritu. Cristo es Dios, y también hombre. Es omnisciente, más crecía en sabiduría (Lucas 2:52). Es Todopoderoso y sin embargo, fue “crucificado en debilidad” (2 Corintios 13:4). Es el Autor de la vida, sin embargo murió. Estos son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.

En el pasado se ha hecho observar con frecuencia que toda objeción hecha contra los decretos eternos de Dios se aplica con la misma fuerza contra Su eterna presciencia.

“Respecto a que si Dios ha decretado todas las cosas que acontecen, todos los que reconocen la existencia de un Dios, aceptan que Él sabe todas las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si Él conoce todas las cosas de antemano, las aprueba o no; es decir, o quiere que acontezcan o no quiere que acontezcan. Pero sucede que el querer que acontezcan es decretarlas” (Jonathan Edwards).

Finalmente intente conmigo hacer una suposición y contemplar lo contrario. Negar los decretos de Dios sería aceptar un mundo, y todo lo que con él se relaciona, regulado por un accidente sin designio o por el destino ciego. Entonces, ¿qué paz, qué seguridad, qué consuelo habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio habría al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba? Ni el más mínimo. No nos queda nada más que las negras tinieblas y el repugnante horror del ateísmo. ¡Cuán agradecidos deberíamos estar porque todo está determinado por la bondad y sabiduría infinitas! ¡Cuánta alabanza y gratitud debemos a Dios por Sus decretos! Es por ellos que “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Bien podemos exclamar como Pablo: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”. (Romanos 11:36).

Capítulo 3
EL CONOCIMIENTO DE DIOS

La omnisciencia de Dios

Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo lo real, todos los acontecimientos y todas las criaturas del pasado, presente y futuro. Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos los seres que están en el cielo, en la tierra y en el infierno. “Conoce lo que está en tinieblas” (Daniel 2:22). Nada escapa a Su atención, nada puede serle escondido, no hay nada que pueda olvidar. Bien podemos decir con el salmista: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender” (Salmo 139:6). Su conocimiento es perfecto; nunca se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto alguna cosa. “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). ¡Sí, tal es el Dios al que tenemos que dar cuenta!

“Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Salmo 139:2–4). ¡Qué maravilloso Ser es el Dios de la Escritura! Cada uno de Sus gloriosos atributos debería darle honor y provocar que debería provocar que Lo consideremos más honorable. La comprensión de Su omnisciencia debería de postrarnos ante Él en adoración. A pesar de ello, ¡cuán poco meditamos en Su perfección divina! ¿Acaso será debido a que, aun el sólo pensar en ella, nos llena de inquietud?

Cuán solemne es este hecho: ¡nada se Le puede esconder a Dios! “Y las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido” (Ezequiel 11:5). Aunque Él sea invisible para nosotros, nosotros no lo somos para Él. Ni la oscuridad de la noche, ni las cortinas más cerradas, ni la más profunda prisión pueden esconder al pecador de los ojos de la Omnisciencia. Los árboles del huerto fueron incapaces de esconder a nuestros primeros padres. Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a su hermano, pero Su Creador fue testigo del crimen. Sara podía reír por su incredulidad, oculta en su tienda, mas Jehová la oyó. Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente bajo la tierra pero Dios lo sacó a la luz (Josué 7). David se esforzó en esconder su iniquidad, pero el Dios que todo lo ve no tardó en mandar uno de sus siervos a decirle: “Tú eres aquel hombre” (2 Samuel 12:7). Y a las tribus que quedaban al oriente del Jordán se les dice: “Mas si así no lo hacéis, he aquí habréis pecado ante Jehová; y sabed que vuestro pecado os alcanzará” (Números 32:23).

De ser posible, los hombres despojarían a la Deidad de Su omnisciencia —¡prueba de que “los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7)! Los hombres impíos odian esta perfección divina que, al mismo tiempo, se ven obligados a admitir. Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el Escudriñador de sus corazones y el Juez de sus acciones. Intentan quitar de sus pensamientos a un Dios como el que describe Oseas 7:2: “Y no consideran en su corazón que tengo en memoria toda su maldad”. ¡Cuán solemne es el Salmo 90:8! Todo aquel que rechaza a Cristo tiene buenas razones para temblar ante Él: “Has puesto nuestras maldades delante de ti; nuestros secretos están ante la luz de tu rostro”.

Pero, para el creyente, la omnisciencia de Dios es una verdad llena de consolación. Lleno de asombro, Job dice: “Más él conoce mi camino” (Job 23:10). Esto puede ser profundamente misterioso para mí, completamente incomprensible para mis amigos pero, ¡Él conoce! En momentos de agotamiento y debilidad, los creyentes recuerdan con certeza que “Él conoce nuestra condición; “se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:14)! Cuando nos asalten la duda y la desconfianza ellos apelan a este atributo, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23–24). En el tiempo de triste fracaso, cuando nuestros actos han desmentido a nuestro corazón, nuestras obras repudiado a nuestra devoción, y hemos oído la pregunta escrutadora que escuchó Pedro: “¿Me amas?”, hemos dicho como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Juan 21:17).

Aquí encontramos un estímulo para orar. No hay razón para temer que las peticiones de los justos no sean oídas, ni que sus lágrimas y suspiros escapen a la atención de Dios, ya que Él conoce los pensamientos e intenciones del corazón. No hay peligro de que un santo sea pasado por alto en la multitud de aquellos que cada día y cada hora presentan sus peticiones, porque la mente infinita de Dios es capaz de prestar la misma atención a millones, que a uno solo de los que buscan Su atención. Asimismo, la falta de un lenguaje apropiado y la incapacidad de dar expresión al más profundo de los anhelos del alma no comprometerá nuestras oraciones, porque “Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (Isaías 65:24).

Pasado y futuro

“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito” (Salmo 147:5). Dios no solamente conoce todo lo que sucedió en el pasado en cualquier parte de Sus vastos dominios y todo lo que ahora acontece en el universo entero, sino que, además, Él sabe todos los hechos, desde el más insignificante hasta el más grande, que tendrán lugar en el porvenir. El conocimiento del futuro por parte de Dios es tan completo, como lo es Su conocimiento del pasado y del presente; y esto es así porque el futuro depende enteramente de Él. Si algo pudiera en alguna manera ocurrir sin la directa mediación o el permiso de Dios, ello sería independiente de Él, y Dios dejaría, por tanto, de ser Supremo.

El conocimiento divino del futuro no es una simple idealización, sino algo inseparablemente relacionado con Su propósito y acompañado del mismo. Dios mismo ha designado todo lo que ha de ser, y lo que Él ha designado debe necesariamente efectuarse. Como Su Palabra infalible afirma: “Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35) y “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá” (Proverbios 19:21). El cumplimiento de todo lo que Dios ha propuesto está absolutamente garantizado, ya que Su sabiduría y Su poder son infinitos. Que los consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad tan grande como lo es que el Dios tres veces Santo mienta.

En lo relativo al futuro, nada hay incierto en cuanto a la realización de los consejos de Dios. Ninguno de Sus decretos, tanto los referentes a criaturas como a causas secundarias, es dejado a la casualidad. No hay ningún suceso futuro que sea solo una simple posibilidad, es decir, algo que pueda acontecer o no: “Conocidas son á Dios desde el siglo todas sus obras” (Hechos 15:18 RVA). Todo lo que Dios ha decretado es inexorablemente certero, porque en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre tanto del futuro, se nos habla de “cosas que deben suceder pronto” (Apocalipsis 1:1).

El perfecto conocimiento de Dios es ejemplificado e ilustrado en todas las profecías registradas en Su Palabra. En el Antiguo Testamento, se encuentran docenas de predicciones relativas a la historia de Israel que fueron cumplidas hasta en los más pequeños detalles siglos después de que fueran hechas. Ahí también se hayan docenas de profecías sobre la vida de Cristo en la tierra, y estas también fueron cumplidas literal y perfectamente. Tales profecías sólo podían ser dadas por Aquel que conocía lo por venir desde el principio, y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta de la realización de todo lo profetizado. De la misma manera, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, contienen muchas profecías todavía futuras, las cuales deben cumplirse porque fueron dados por Aquel que las decretó.

Pero debe señalarse que ni la omnisciencia de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados en sí mismos, son la causa. Jamás, sucedió o sucederá, algo simplemente porque Dios lo sabía. La causa de todas las cosas es la voluntad de Dios. El hombre que realmente cree las Escrituras sabe de antemano que las estaciones continuarán sucediéndose con segura regularidad hasta el final de la tierra: “Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche” (Génesis 8:22), pero Su conocimiento no es la causa de esta sucesión. Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que las cosas son o serán, sino de que Él las ha ordenado de ese modo. Dios conocía y predijo la crucifixión de Su Hijo muchos siglos antes de que se encarnara, y esto fue así porque, en el propósito Divino, Él era el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, de ahí que leamos que fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2:23).

Finalmente consideremos una aplicación. El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de asombro. ¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio de los hombres es el Eterno! Ninguno de nosotros conoce lo que el día de mañana nos traerá; pero el futuro entero está abierto ante Su mirada omnisciente. El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de santo temor. Nada de lo que hacemos, decimos, o incluso pensamos, escapa a los ojos de Aquel a Quien tenemos que dar cuenta: “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Proverbios 15:3) ¡Qué freno significaría esto para nosotros si meditáramos más a menudo sobre ello! En lugar de actuar indiferentemente, diríamos con Agar: “Tú eres el Dios que me ve” (Génesis 16:13 RV95). La comprensión del infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración; mi vida entera ha permanecido abierta a Su mirada desde el principio, Él vio con antelación todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias; sin embargo, a pesar de ello, fijó Su corazón en mí. ¡La comprensión de este hecho debe postrarme en admiración y adoración delante de Él!

Capítulo 4
LA PRESCIENCIA DE DIOS

Muchas controversias ha engendrado este tema en el pasado. Pero, ¿qué verdad hay en la Santa Escritura que no haya sido tomada como ocasión de batallas teológicas y eclesiásticas? La Deidad de Cristo, Su nacimiento virginal, Su muerte expiatoria, Su segunda venida; la justificación del creyente por la fe, su santificación, su seguridad; la iglesia, su organización, oficiales y disciplina; el bautismo, la cena del Señor, y muchísimas otras verdades preciosas que podríamos mencionar. Con todo, las controversias sostenidas en torno a estas no cerraron la boca de los siervos fieles a Dios; ¿por qué, entonces, deberíamos nosotros evitar el tema de la presciencia de Dios solamente porque hay quienes arremeterán con el fin de fomentar contiendas y disensiones? Dejemos que ellos contiendan si así lo desean, nuestro deber es dar testimonio de acuerdo a la luz que se nos ha concedido.

Disipando el error

Hay dos cosas sobre la presciencia de Dios que muchos ignoran: el significado del término, y su alcance bíblico. Debido a que esta ignorancia está tan extendida, le resultará fácil a un predicador o maestro el defraudar, incluso al pueblo de Dios, con perversiones de este tema. Solo existe un escudo contra el error, y es el estar firmes en la fe; y para ello, debemos dedicarnos al estudio diligente, la oración, y a recibir con mansedumbre la Palabra implantada de Dios. Solo entonces estaremos preparados para los ataques de quienes nos son hostiles. Hay algunos hoy en día, que distorsionan esta verdad para desacreditar y negar la absoluta soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. Así como algunos críticos están manipulando la inspiración divina de las Escrituras; y los evolucionistas, la obra de Dios en la Creación; de esa manera algunos falsos maestros de la Biblia están pervirtiendo Su presciencia para rechazar la elección incondicional para vida eterna.

Cuando se expone el tema bendito y solemne de la predestinación, y se exhibe la eterna elección de Dios para que algunos sean conformados a la imagen de Su Hijo, el enemigo envía algunos hombres para argumentar que la elección se basa en la presciencia de Dios y esta “presciencia” interpretada en el sentido de que Dios previó que algunos serían más dóciles que otros, que responderían más prontamente a los esfuerzos del Espíritu, y que, debido a que Dios sabía que creerían, Él, en consecuencia, los predestinó para salvación. Pero tal declaración es radicalmente errónea. Repudia la verdad de la depravación total, ya que argumenta que hay algo bueno en algunos hombres. Quita a Dios Su independencia, ya que hace que Sus decretos descansen en lo que Él descubre en la criatura. Trastorna las cosas completamente, ya que decir que Dios previó que ciertos pecadores creerían en Cristo, y que, en consecuencia, Él los predestinó para salvación, es lo contrario a la verdad. La Escritura afirma que Dios, en Su absoluta soberanía, separó a algunos para que fueran destinatarios de Sus favores distintivos: “Oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48); y, por tanto, determinó otorgarles el don de la fe. La falsa teología hace del conocimiento previo que Dios tiene de nuestra fe la causa de Su elección para salvación; mientras que la elección de Dios es la causa, y nuestra fe en Cristo es el efecto.

Proclamando la verdad

Antes de seguir debatiendo este tema, hagamos una pausa y definamos los términos. ¿Qué quiere decir la palabra “presciencia”? “Conocer de antemano”, es la pronta respuesta de muchos. Pero no debemos juzgar precipitadamente, ni tampoco aceptar como definitiva la definición del diccionario, ya que esto no es un asunto de etimología del término empleado. El uso que el Espíritu Santo hace de una expresión define siempre su significado y alcance. Lo que causa tanta confusión y error es el dejar de aplicar esta regla tan sencilla. Hay muchas personas que piensan conocer el significado de una palabra determinada usada en la Escritura, pero que son reacias a poner a prueba sus suposiciones por medio de una concordancia. Ampliemos este punto.

Tomemos la palabra “carne”. Su significado parece ser tan obvio que muchos considerarán que el examinar sus varias conexiones en la Escritura es una pérdida de tiempo. Se supone precipitadamente que la palabra es un sinónimo del cuerpo físico, y no se procura indagar más. Pero, en realidad, la “carne” en la Escritura frecuentemente incluye mucho más de lo que es el cuerpo físico. Solo por medio de la comparación atenta de cada caso, y el estudio de cada contexto por separado, puede descubrirse todo lo que el término abarca. Tomemos la palabra “mundo”. El lector de la Biblia imagina frecuentemente que esta palabra equivale a la raza humana, y, en consecuencias interpreta equivocadamente los pasajes en los que la misma aparece. Tomen la palabra “inmortalidad”. ¡Sin duda alguna, ésta no requiere estudio! Es obvio que hace referencia a la indestructibilidad del alma. Ah, querido lector, cuando se trata de la Palabra de Dios, el dar por sentado algo sin comprobarlo es locura y error. Si ustedes se toman la molestia de examinar cuidadosamente cada pasaje en el que se encuentran las palabras “mortal” e “inmortal”, se dará cuenta que estas nunca se aplican al alma, sino al cuerpo.

Todo lo dicho acerca de “carne”, “mundo”, o “inmortalidad”, es aplicable con igual fuerza a los términos “conocer” y “preconocer”. Lejos de bastar con la simple suposición de que estas palabras no significan otra cosa que simple conocimiento, veremos que los diferentes pasajes en los que se encuentran requieren ser considerados cuidadosamente. La palabra “presciencia” (conocimiento previo) no se encuentra en el Antiguo Testamento, pero si se utiliza frecuentemente el término “conocer”. Cuando éste es usado en relación con Dios significa a menudo mirar con favor, comunicando, no un simple conocimiento, sino un afecto por el objeto mirado. “Te he conocido por tu nombre” (Éxodo. 33:17). “Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco” (Deuteronomio 9:24). “Antes que te formase en el vientre te conocí” (Jeremías 1:5). “Escogen autoridades que no conozco” (Oseas 8:4 NVI) “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra” (Amós 3:2). En estos pasajes “conocer” significa amar o designar.

Asimismo en el Nuevo Testamento, se usa frecuentemente la palabra “conocer” en el mismo sentido que en el Antiguo. “Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23). “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14). “Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él” (1 Corintios 8:3). “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19).

Definiendo el concepto de presciencia

El término “presciencia” (conocimiento previo), tal como se usa en el Nuevo Testamento, es menos ambiguo que en su simple forma “conocer”. Si todos los pasajes en los que aparece son estudiados cuidadosamente, se descubrirá que es muy discutible que el término haga referencia a una simple percepción de eventos que han de tener lugar. En realidad, este término nunca es usado en la Escritura en relación con sucesos o acciones, sino que, por el contrario, siempre se refiere a personas. Dios “conoció” a las personas, no a sus acciones. Para demostrarlo, citaremos los pasajes en los que se encuentra esta expresión.

El primero es Hechos 2:23, donde leemos de Jesús: “A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole”. Si nos fijamos con atención en las palabras de este versículo, veremos que el apóstol no estaba hablando del conocimiento anticipado de Dios del acto de la crucifixión, sino de la Persona crucificada: “este [Cristo], entregado por…”.

El segundo es en Romanos 8:29–30. “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó”. Notemos bien el pronombre que se utiliza aquí. No es “lo que”, sino “los que” antes conoció. Lo que se nos muestra no es la sumisión de la voluntad, ni la fe del corazón, sino las personas mismas.

“No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció” (Romanos 11:2). Una vez más, la referencia es claramente a personas solamente.

La última cita es 1 Pedro 1:2: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre” ¿Quiénes son ellos? El versículo anterior nos lo dice: “a los expatriados de la dispersión”; es decir, la Diáspora, los judíos creyentes de la dispersión. Aquí, también, la referencia es a personas, no a sus hechos previstos.

Ahora, en vista de estos pasajes, ¿qué base bíblica hay para decir que Dios “previó” los hechos de algunos, es decir, su “arrepentimiento y fe”, y que, a causa de los mismos, los eligió para salvación? Absolutamente ninguna. La Escritura jamás habla del arrepentimiento y la fe como algo previsto o preconocido por Dios. Es verdad que Dios conocía desde toda la eternidad que algunos se arrepentirían y creerían, pero la Escritura no se refiere a esto como objeto de la “presciencia” de Dios. El término se refiere invariablemente a Dios preconociendo a personas; así pues, retengamos la “forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13).

Otra cosa sobre la que deseamos llamar particularmente la atención es que los dos primeros pasajes citados, muestran de manera clara y enseñan implícitamente que la presciencia de Dios no es causativa, sino que, detrás de ella hay algo más: Su propio decreto soberano. Cristo fue “entregado por el [1] determinado consejo y [2] anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2:23). Su “consejo” o decreto fue la base de su anticipado conocimiento. Asimismo en Romanos 8:29. Este versículo empieza con la palabra “porque”, lo cual nos habla de lo que precede inmediatamente. ¿Qué es, entonces, lo que dice el versículo anterior? “Todas las cosas les ayudan a bien… a los que conforme a su propósito son llamados”. Así pues, “el anticipado conocimiento” de Dios se basa en su “propósito” o decreto (ver Salmo 2:7).

Dios conoce por anticipado lo que será, porque Él ha decretado que sea. Afirmar, por lo tanto que Dios elige porque preconoce es invertir el orden de la Escritura; es como poner la carreta delante del caballo. La verdad es que Dios preconoce porque Él ha elegido. Esto elimina la base o causa de la elección como algo de la criatura, y la coloca en la soberana voluntad de Dios. Dios Se propuso elegir a ciertas personas, no porque hubiera algo bueno en ellas, ni porque previera algo bueno en las mismas, sino solamente, a causa de Su pura buena voluntad. El por qué Dios escogió a éstos no lo sabemos; lo único que podemos decir es: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mateo 11:26). La verdad clara de Romanos 8:29, es que Dios, antes de la fundación del mundo, separó a ciertos pecadores y los escogió para salvación (2 Tesalonicenses 2:13). Esto se ve claro en las últimas palabras del versículo: “los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. Dios no predestinó a aquellos que Él preveía que serían “hechos conformes…”, sino que, por el contrario, predestinó a aquellos a los que “antes conoció” (es decir, amó y eligió) “para que fuesen hechos conformes…”. Su conformidad a Cristo no es la causa, sino el efecto de la presciencia y predestinación de Dios.

Dios no eligió a ningún pecador porque previó que creería, por la sencilla y suficiente razón de que ningún pecador cree jamás hasta que Dios le da fe; de la misma manera que ningún hombre puede ver antes de que Dios le otorgue la vista. La vista es un don de Dios, y ver es la acción consecuente de usar ese don. Asimismo, la fe es el don de Dios (Efesios 2:8–9); y creer es la consecuencia de utilizar ese don. Si fuera cierto que Dios eligió a algunos para ser salvos porque a su debido tiempo éstos creerían, eso convertiría el creer en un acto meritorio y, en este caso, el pecador tendría razón de jactarse, lo cual la Escritura niega enfáticamente (Efesios 2:9).

En verdad la Palabra de Dios es suficientemente clara al enseñar que creer no es un acto meritorio. Afirma que los cristianos son aquellos que “por la gracia [han] creído” (Hechos 18:27). Por lo tanto, si han creído “por la gracia”, no hay absolutamente nada meritorio, el mérito no puede ser la base o causa que movió a Dios a escogerlos. No, la elección de Dios no procede de nada que exista en nosotros o de nada que proceda de nosotros, sino únicamente de Su propia y soberana buena voluntad. Una vez más, en Romanos 11:5, leemos de “un remanente escogido por gracia”. Ahí está suficientemente claro; la misma elección es por gracia, y gracia es favor inmerecido, algo a lo que no tenemos derecho alguno.

Vemos por tanto la importancia de que tengamos ideas claras y bíblicas sobre la presciencia de Dios. El mantener concepciones erróneas sobre este tema llevará inevitablemente a tener ideas deshonrosas sobre Él. La idea popular sobre la presciencia de Dios es totalmente inadecuada. Dios no solamente conoció lo por venir desde el principio, sino que planeó, fijó y predestinó todo desde el principio. Por tanto, si el lector es un cristiano verdadero, lo es porque Dios lo escogió en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4) y lo hizo no porque previó que creería, sino porque, simplemente, así le agradó hacerlo; te escogió a pesar de tu incredulidad natural. Siendo así, toda la gloria y la alabanza le pertenece solo a Él. No tienes base alguna para atribuirte ningún mérito. Has creído “por la gracia”, y eso porque tu misma elección fue “por gracia” (Romanos 11:5).

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9781629462684
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