Czytaj książkę: «Tríptico del desamparo»
Tríptico
del desamparo
Pablo Di Marco
Tríptico del desamparo
Pablo Di Marco
COLECCIÓN
AVALANCHA
Odelia
Editora
Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Irene
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
Nicolò Marcovich
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
Rafael
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Adina
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Agradecimientos
Di Marco, Pablo Hernan
Tríptico del desamparo / Pablo Hernan Di Marco. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.
Libro digital, EPUB - (Avalancha)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-7037-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
ODELIA EDITORA
facebook.com/odeliaeditora
e-mail: odeliaeditora@gmail.com
Tipografías: © Gilda Display © Roboto
Foto solapa de autor: PH Jazmín Teijeiro
Diseño gráfico de tapa e interiores:
che.ca diseño
che.ca1diseno
Copyright © 2018 Odelia editora
Copyright © 2018 Pablo Di Marco
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por la Ley 11.723 y 25.446.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
IRENE
I
Buenos Aires, enero de 1976
Querida Tina:
En pocos días deberé entregar las llaves de mi departamento. Cerré la operación en un monto bastante menor al esperado, pero la necesidad de partir es tan grande que muy poco me preocupa.
Como ya te escribí anteriormente, de la venta de los muebles se está encargando una casa de antigüedades. No te agradaría contemplar el paisaje. Los ambientes se vacían de a poco, y el piso se reduce a sábanas cubriendo canastos, vajilla y arañas descolgadas. Desde hace semanas me persigue una pesadilla tan grotesca como terrorífica: esas mismas interminables sábanas me acechan por los pasillos. Y huyo espantada, incapaz de librarme de ellas. Aprendí a resignarme a que mis últimos días en Buenos Aires transcurran entre fantasmas, querida hermana. Aun así, la pesadilla no cesa.
Decidí donar la mitad de la biblioteca, pero, como te imaginarás, tendrás que hacerme espacio para el resto. Puedo oírte: “¡Cuánto va a costarte esa locura, Irene! ¿Para qué traer miles de libros a la otra punta del mundo?”. No puedo evitarlo. Sabés que jamás podría desprenderme de ellos, los necesito a mi lado. Y, cuando ya no pueda leerlos, me bastará con acariciarlos, respirar profundo y saber que al menos sus lomos gastados permanecen cerca de mí.
Me restan tantas cosas por hacer antes de partir a Venecia… Esta semana debo desprenderme de la bóveda del cementerio y de la casa del Delta. Seguramente la habías olvidado. Yo misma creía haberla olvidado. Es extraño y triste: lo único que quedó del anhelo de Gianluca —envejecer juntos a la vera del río, ¿te acordás?— es un polvoriento título de propiedad que me hace estornudar cuando lo tengo entre las manos.
Esta tarde me encontraré con Álvaro para entregarle mi última traducción. No será sencillo, le estaremos poniendo fin a una relación de trabajo de más de treinta años. A partir de allí, solo nos quedará la complicidad y el cariño de décadas de amistad.
Álvaro —vos lo conocés— utilizó todos sus recursos para hacerme desistir de mi partida a Italia. Solo se resignó, de mala gana, tras leer el diagnóstico de Kestenbaum y pedirles una segunda y también tercera opinión a oftalmólogos conocidos suyos.
Prometió visitarme apenas tenga un respiro en la editorial. Ya lo verás: buen mozo y galante como siempre, aunque los años han comenzado a hacerle mella. ¿Pero acaso a nosotras no nos sucede lo mismo?
Desde que concluí la última traducción, me persigue un vacío de melancolía. Qué palabra poco frecuente en una mujer de mi inverosímil edad. Pero melancolía, sí. Una desazón similar me cercó al morir Gianluca. Cuando la tristeza partió con él, y junto a mí quedaron únicamente los días por venir.
En tu carta más reciente me escribís sobre volver a cuidarme como cuando éramos pequeñas y jugábamos solas en casa. Yo también recuerdo esos días de ocultarnos detrás de las máscaras de la biblioteca, de disfrazarnos con las capelinas, tules y encajes de mamá. De cuando volvías a vestirme y peinarme minutos antes de la cena. ¿Cuántos años han pasado, hermana? ¿Cuántos siglos?
Te quiere, eternamente.
Irene
II
Como siempre, durante la bajada en el ascensor me cubro el cuello con el pañuelo de seda. Don Gómez, inevitablemente en la puerta del edificio, alza la boina y aparta la manguera para dejarme pasar. Ya en la esquina de La Biela, el diariero me da El mundo y el espantoso caramelo de coco para que no le caigan mal las noticias, señora.
No aprecio esta confitería por sus ventanales con vista a un verde que ya casi no distingo, sino por su sempiterno mozo, al que no debo decirle una palabra para que me sirva el mismo pedido de cada tarde.
—Ahí andamos. ¿Vio, señora? Esperando que se largue un buen chaparrón que afloje un poco esta humedad. Porque lo que son los huesos con este tiempo…
Y esta amable sexagenaria tan distante como cortés, que cada tarde se sienta a la mesa acostumbrada, asentirá levantando las cejas por encima de los lentes oscuros, y después tomará su té con una nube de leche.
En nada me hará falta este país, inabarcable hasta la grosería para sentirlo como propio. Tampoco esta ciudad, cada día más semejante a una jovencita inmadura haciendo equilibrio sobre los tacos de su madre. La pérdida de mis rituales y la ausencia de estos ínfimos afectos a los que me aferro a falta de algo mejor, serán lo único que echaré de menos de este sitio.
—¿Soñando, ragazza? —Álvaro me besa en la frente y se sienta tras dejar su bastón a un costado de la mesa. Ha aparecido de repente, una sorpresa de las que es afecto.
Se lo ve aún más elegante que de costumbre. Un sobrio pañuelo de seda le asoma desde el bolsillo del saco, en consonancia con la corbata de rombos azules. Advierte cómo le estudio las mejillas extrañamente enrojecidas.
—Ocurre que después de la afeitada —explica—, un jovencito nuevo me mantuvo más de la cuenta bajo la toalla caliente. —Pide un café y una copa de anís, y agrega con tono burlón—: De haber sabido que me someterían a una sesión de vapor, hubiese llevado el traje de baño.
Conozco al dedillo sus ocurrencias e ironías. Ya no logran sorprenderme, pero igual las disfruto. Él lo sabe, y se deleita con mi sonrisa. Uno de nuestros tantos modos de sostenernos.
Saco de la cartera la traducción.
—Terminada —digo.
Álvaro hojea el centenar de hojas mecanografiadas, revisa un párrafo cualquiera.
—Lo leeré al llegar a la editorial. Pero no comprendo cómo lo hacés.
—¿Cómo hago qué?
—Estar cada día más bella.
Me siento una estúpida. ¿Cómo es posible que sus halagos aún logren sonrojarme?
—No te rías de mí.
—Nada más lejos de este humilde servidor. Hablo en serio. Muy en serio. Más de una jovencita anhelaría tener tu piel—. Ni que hablar de tu porte. La Valli no te llega a los talones.
—¿Semejante actriz? —digo sonriendo—. Jamás pensé que escucharía algo así… Mejor volvamos a la traducción.
—Te estás acariciando un aro.
—¿Y cuál es el problema?
—Que solo lo hacés cuando estás nerviosa.
—Mejor volvamos a la traducción —repito más decidida—. Le hice infinidad de marcas al original. No sabía que mi último trabajo también consistiría en corregir errores ortográficos.
—Ragazza, ragazza… —dice con aire sufrido, un padre reprendiendo a su bambina—. No podés trabajar por siempre con Boccaccio y Petrarca. No se encuentra un clásico bajo cada baldosa, a no ser que pretendas traducir por vigésima vez a Manzoni.
—Sería un gusto. Manzoni me haría reconsiderar mi retiro.
—Siempre exigente, mi Irene. Siempre exigente. Así serás hasta el último aliento. La autora —le da a las páginas unos golpecitos con las yemas de los dedos— es una muchachita que vende de a cientos de miles. Hay todo un mundo allá afuera buscando convencerme de su supuesto talento. No faltan quienes dicen que lo que escribe se ajusta a lo que hoy piden los lectores.
—¿Y desde cuándo te importa lo que piden los lectores?
Álvaro busca refugio en una servilleta, endereza sus pliegues y vuelve a dejarla en su sitio. Se acerca el mozo para servirle el pedido, y me informa que están cayendo las primeras gotas.
—Debió haber traído un paraguas, señora —se lamenta—. El chaparrón va a bajar la temperatura, y se puede pescar un lindo resfrío.
Álvaro espera a que se aleje.
—Ser el dueño de la editorial —dice apartando el pocillo de café sin espuma—, no me exime de sentirme, por momentos, el último empleado. Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines. Viejos bailarines que intentan adaptarse a un compás veloz y luchan por seguir el paso sin caer en el ridículo.
Entrecierro los ojos, esfuerzo mi mirada. El mozo estaba en lo cierto: las primeras gotas rasgan los ventanales de la confitería.
—Espero que el tiempo libre te acerque nuevamente a la escritura —dice Álvaro.
—¿Volver a escribir? ¿Para qué? ¿No son elocuentes los resultados? No insistas. Acabo de jubilarme. Estás hablando con una vieja jubilada.
Se lleva la copa de anís a los labios. Reanimado, saca una cajita del bolsillo del saco y la acomoda sobre la mesa. Con un gesto enigmático me invita a que desate el moño de seda. Al abrir ese pequeño cofre, un estupendo reloj de oro blanco refulge en mis manos.
—Es mi homenaje. Tantos años de trabajo juntos.
Sujeto el Longines, me percato del modo en que las agujas giran veloces en el cuadrante.
Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines intentando no hacer el ridículo.
Trastos caducos. Antiguallas, muebles en desuso a punto de ser cubiertos con sábanas.
Y de pronto advierto una cavidad en alguna parte de mí, un hueco ardiente en donde debería haber algo. Lo mismo les sucede a los mancos, a los mutilados. Un dolor agudo y tangible en donde ya no queda nada.
—Está… Está fuera de hora.
Álvaro sonríe con tristeza.
—Marca cuatro horas más, ragazza. La hora de Italia.
III
Por las noches busco refugio en la cocina, el único sitio intacto de todo el piso; lejos del desolado comedor, de las alfombras a medio enrollar en la recepción, de los canastos apilados en la biblioteca, de las bombitas de luz que penden de un cable en los inútiles cuartos de huéspedes.
Sentada junto a la mesita cercana al horno, con una mano llevo el tenedor a la boca, mientras con la otra hago girar el dial de la radio. Viro del inevitable desamor de un tango cualquiera, a un relator de fútbol ahogado en un insulto grotesco. Una sociedad regodeándose entre la melancolía y la violencia.
Apago la radio. El silencio zumba alrededor de mis oídos.
Trago la comida con esfuerzo: una niña obediente bajo la mirada atenta de sus padres. Deslizo los pies en el suelo hasta calzarme las pantuflas y me acerco al teléfono.
—Disculpame la hora, Álvaro. ¿Dormías?
—No, no te preocupes.
—Esta tarde olvidé comentarte algo. Decidí venderla.
—¿Qué cosa?
—La casa del Delta. ¿La habías olvidado? Debería ir hasta allá para saber en qué estado se encuentra, y pensé que podrías acompañarme. Tendríamos una hora en auto y después otro tanto en lancha.
Álvaro no responde. Escucho su respiración cansada.
—Qué te cuesta, decime. Son solo un par de horas.
—¿Al Delta? ¿Te parece, con mi bastón?
—Vamos, animate. Tomátelo como un lindo paseo.
—No, Irene. No. Con mi bastón sería más un estorbo que una ayuda. Mejor dejá que se ocupe la gente de la inmobiliaria. No es que no quiera acompañarte. Es que…
Intuyo lo que va a decir, cierro los ojos.
—Es que debiste habérmelo pedido treinta años atrás, ragazza.
Dejo caer la frente contra la pared. Me percato de la suciedad acumulada en las junturas de los azulejos. Mañana le diré a Teresa que las limpie de una vez por todas. Acerco el dedo, raspo con la uña hasta que se desprende una ínfima hebra de grasa.
—Entiendo, sí. Es que había pensado… Te entiendo, sí. No tendría sentido… De cualquier modo, te lo agradezco. Que duermas bien.
Camino hasta el baño. Dejo los lentes bajo el botiquín y me limpio las uñas. Las cerdas del cepillo me hacen sangrar. Lo suelto y me aferro a la cerámica del lavatorio.
—Debiste habérmelo pedido treinta años atrás, ragazza —murmuro sin alzar la cabeza.
El timbre. Su sonido rellena cada hueco del piso desnudo. Regreso a la cocina y levanto el auricular del portero eléctrico con cautela, como quien se palpa la cara tras recibir un golpe.
—¿Quién es?
—Quién va a ser, imbécil.
Ignacio, Dios mío.
Corro a mi dormitorio. Revuelvo un cajón, estrujo unos billetes. Me cubro con una bata y vuelvo a la cocina. El reloj señala la medianoche. La hora del lobo.
Subo al ascensor de servicio, marco la planta baja, y el motor gruñe en la quietud del edificio. El espejo me indica que olvidé los lentes en el baño. Avanzo temerosa hasta que el reflejo de mis ojos toma forma. Cada noche más opacos, más enfermos. El ascensor se detiene con un movimiento brusco.
Al abrir la puerta metálica, me enceguece el contraste de la luz del ascensor con la oscuridad del hall de entrada. Entre círculos amarillos que relampaguean dentro de mis párpados, tanteo la pared en busca del interruptor. Cuando consigo encender la araña, los billetes se me caen al piso. De rodillas palpo el mármol de los mosaicos, y levanto los billetes uno por uno. Me reincorporo, giro las trabas y entreabro el portón de madera. La difusa luz de la araña no logra alumbrar la silueta de la calle.
Silencio y oscuridad, pienso. Un milenario y sutil modo de tortura.
Apretujo la bata contra el cuerpo, como si tiritase de frío y no de pavor, y le muestro los billetes arrugados. Él los agarra, los muerde veloces con una mano áspera: una garra, una pezuña, el picotazo de un ave herida y furiosa.
—Voy a necesitar más que esto para la próxima.
Es su voz. Precisa, afilada. La adoptó hacia los catorce o quince, y desde entonces me aterroriza. Después, con los años fueron tomando cuerpo sus facciones duras, su mirada punzante.
—¿Me entendés cuando te hablo, o te hacés la idiota? ¿O aparte de no ver una mierda, ahora también sos sorda? Voy a necesitar mucho más que esto.
—¿Más? —balbuceo—. ¿Qué es más?
—Más, pelotuda. Mucho más que esta mierda.
Un auto enciende sus luces. Dos fogonazos de hielo me astillan los ojos exhaustos.
—Hay que estar de un lado —dice marchándose—. Y, siendo tu hijo, aprendí muy bien de qué lado estar.
—Ignacio, por favor.
—Conmigo no juegues a la burguesa sentimental. Juntá todo lo que puedas, ¿entendiste, pedazo de mierda? La semana que viene vuelvo por más.
IV
Me despierta un alboroto, un rumor de pasos, y la voz de Teresa que me pide permiso para entrar en el dormitorio.
—Pase… —digo desenredándome de entre las sábanas, tanteando la mesa de luz en busca de mis lentes—. ¿Qué significa todo este lío?
—Buenos días, señora Irene. Le pido mil disculpas. Son los chicos, los chicos haciéndome renegar. Usted sabe, son así.
—¿Chicos?— pregunto mientras me cubro con el déshabillé.
—Mis hijos, señora. La Yoli y el Rulo. ¿No se acuerda? Usted me pidió que se los traiga, que tenía cosas para darles. ¿Se siente bien, señora?
—No pasé una buena noche. Dígales que me aguarden en la cocina. Usted, comience con lo suyo.
Me llegan carcajadas, insultos entrecortados. Cuando abro la puerta de la cocina hacen silencio. Una amargada directora de escuela a punto de reprenderlos.
La Yoli y el Rulo. Ni siquiera logré que Teresa los nombre como es debido. Dos años sin verlos. Están tan crecidos que debo hurgar en la memoria para reconocerlos. La chica —me resisto a llamarla Yoli— me saluda con un ademán inexpresivo sin dejar de jugar con su collar de plástico naranja. A sus dieciocho años luce avejentada. “Desgastada”, sería la palabra correcta. Vicios de vieja traductora, supongo.Me sobresalto al descubrir una redondez bajo su remera: debe estar de tres meses. Ruego que los lentes oscuros disimulen mi estupor.
Junto a ella está sentado su hermano. A los catorce tiene las facciones delicadas de un angioletto de Bellini. ¿Por qué la madre insistirá en llamarlo Rulo, si tiene el pelo lacio? Desearía poder recordar su verdadero nombre.
Les ofrezco algo para desayunar. El chico emite un bufido, en tanto su hermana ni siquiera se digna a responder: displicente, se examina con desdén las uñas pintadas de un fucsia chillón.
Les acerco dos vasos de leche con vainillas y les pregunto por sus vidas. Ella, adoptando una voz maliciosa, me cuenta que su hermano dejó la escuela.
—¡No dejé tres carajos, pedazo de mogólica! —grita el angelito, la cara enrojecida—. Me pasé a la nocturna, que es otra cosa.
—¡Sí, sí, seguro! —grita ella. Lanza una risotada, y encima de la mesa sacude los pechos como en una bacanal—. ¡Y yo soy la Coca Sarli!
Aparece Teresa. Le propina al hijo un coscorrón y grita todavía más fuerte:
—¡No me hagan quedar mal frente a la señora! ¡No sean animales, que no están en casa! ¡Otra vez comiendo! ¿Quién les dio permiso para agarrar todo esto?
—¡Por favor, Teresa! No los trate así. Solo conversábamos. Hágame un favor: vaya a enrollar las alfombras, que en una hora las pasarán a retirar.
—No son malos, señora —dice yéndose, mientras esgrime una mueca entre colérica y resignada—. Son así. A mí no me hacen caso, qué sé yo a quién salieron.
Me preparo un café, preguntándome cómo establecer algún vínculo con estos chicos. Descubro que él parece haber heredado las cejas tupidas de su abuela. Se lo menciono, pero mi comentario lo incomoda.
—Tu abuela fue una mujer muy importante en mi vida —le digo acercándole más vainillas—. Comenzó a trabajar en esta casa apenas llegué de Italia, en el año treinta y ocho, hace casi cuarenta años. Yo era una jovencita.
—¿Usted, jovencita? —dice la hermana con una sonrisa de suficiencia.
—Yo era una jovencita —sigo contando, ignorando su sorna—, y ella nos ayudó sobremanera tanto a mí como a Gianluca, mi marido —el recuerdo de Lila me conmueve—. Tu abuela, aún hoy, me hace falta. Mucha falta.
—No me acuerdo nada de ella —dice el chico con la boca repleta de comida, los labios sembrados de azúcar.
—¿Y cómo mierda te vas a acordar, si se murió cuando tenías un año? —dice la hermana revolviéndose en la silla—. Yo sí me acuerdo. Muy bien me acuerdo. Por casa no se la veía nunca, se la pasaba todo el día acá encerrada.
Desearía pasar la mañana con los dos para contarles quién fue Lila. Hablarles de aquella gruesa matrona capaz de abrir sin esfuerzo los frascos que vencían a mi marido para, un suspiro después, sacudirme el cabello y susurrarme: “No me llore, m’hijita. Levánteme ese mentón, que muy prontito se me va a poder volverse a su Venecia querida”.
¿Cómo contarle a Yoli que su abuela pasaba mucho tiempo fuera de su casa porque aquí encontró un hogar? ¿Cómo explicarle que en la misma mesa donde ella ahora está desparramada, al terminar su horario de trabajo, su abuela aprendió a leer y a escribir? “Hagamos una cosa, m’hija”—me dijo una mañana mientras le sacaba el polvo a los libros del estudio—.“Yo le cuento el secreto para hacer mermelada casera, y usted agarra y me enseña a leer y a escribir”. Desde ese mismo día, se quedaba a mi lado hasta tarde en la noche balbuceando sílabas, copiando con letra infantil los títulos del diario.
Desearía que estos chicos supiesen cuán sabia fue su abuela. En toda su vida no usó más que vestidos acampanados de algodón, pero sabía indicarme cuándo mis aros no concordaban con el chal o la cartera, o si mi perfume era el adecuado para determinado encuentro. Jamás bebió otra cosa más que agua de la canilla o mate, pero le bastaba descorchar una botella para advertirle a mi marido: “Este vino está agrio para su gusto, don Gianluca. Ya le voy diciendo que no le va a gustar nada, nada”.
Al morir Gianluca, ella se quedó a vivir aquí, conmigo.
“No la voy a dejar, m’hija. Usted no se me preocupe, que yo nunca la voy a abandonar. Acá siempre va a tener un palenque donde rascarse”.
Amaba a mi hijo, sentía adoración por “el Ignacito”. Solamente le faltó amamantarlo. Con los años me recluí cada vez más en mí misma, en las traducciones y en la escritura, y fue Lila quien lo crió y lo cobijó. Eran muy compañeros. “Compinches”, decía ella. Eran capaces de pasar tardes enteras conversando y riendo.
Una noche, estando yo desvelada después de una de las tantas discusiones que tenía con mi hijo, me dijo acercándome un té a la cama: “Usted no se haga mala sangre, que el Ignacito es un buen chico. ¿Pero sabe una cosa? Él es como esos árboles cachorros que para salir derechitos necesitan de un tronco que los sostenga. Él perdió al padre. Pero usted no se me ponga mal, que entre las dos lo vamos a sostener fuerte, bien fuerte, hasta que al gurí le haga falta… ¡Ya va a ver que le va a salir fuerte el potrillo!”.
Como a toda mujer de campo, los médicos no le despertaban más que temor y desconfianza. De manera que me ocultó durante años diversos dolores, y cuando al fin accedió a dejarse revisar, le diagnosticaron cáncer de útero. Debieron internarla, y fue su hija Teresa quien se hizo cargo de las tareas de la casa. Los últimos días, Lila me rogó que la sacara del sanatorio. Deseaba volver aquí, a mi casa. A nuestro hogar. Falleció a los pocos meses, vuelta un capullo en mi propia cama.
El día de su muerte también perdí a mi hijo: sin Lila, nos volvimos dos extraños. Nuestras diferencias se volvieron más profundas, como sucede, tras morir los padres, con los hermanos que no se aman. No lo sabíamos, pero ella era el puente que unía dos regiones hostiles. ¡Ay, Lila! Si pudiese tenerla aquí conmigo, todo sería distinto. Si pudiese un solo día siquiera.
La taza de café me quema las manos. La apoyo en la pileta y saco del déshabillé un pañuelo, que deslizo bajo el marco de los lentes. Yoli me pide más vainillas. Me irrita su desinterés, la insolencia de sus modales crueles. Le señalo la dulcera, y le pido a su hermano que me acompañe.
El chico me sigue con andar abúlico por los pasillos, el cuerpo entero parece pesarle. Entro insegura y prudente en el dormitorio de Ignacio, como si aún debiese pedirle permiso. Abro las puertas de un armario repleto de calzados y abrigos, y le digo al chico que puede llevarse lo que desee. Me mira desconfiado, a la defensiva.
—Toda esta ropa era de mi hijo —insisto mientras descuelgo un pantalón de corderoy—. Hace años que no vive conmigo, ¿sabés? Y me apena que nadie la use. Podés probarte lo que quieras y llevarte lo que más te guste.
Cuando estoy por retirarme:
—Oiga…
Me pregunto por qué a su edad se muestra así de cansado, por qué razón es incapaz de expresarse en voz alta y comprensible. Se le curvan las cejas y habla casi sin mover los labios:
—Lo que contó de mi abuela.
Lo miro, interrogante. Y lo animo con un ademán.
—Fue… —dice sonrojado, como si hubiera cometido una travesura —. Fue lindo.
Me le acerco, sorprendida.
—Te agradezco enormemente —digo, inclinándome hacia él. Desearía acariciarle el pelo, pero no lo hago—. Pensé que no me habían prestado atención. Me hace feliz poder compartir los recuerdos que tengo de tu abuela. Ella está aún hoy muy presente, tanto en…
Me evita ocultando medio cuerpo dentro del armario. Oigo el chirrido de perchas deslizándose en el tubo de metal.
Lo dejo solo y regreso en busca de su hermana, cuya voz se recorta nítida en el pasillo:
—¿Viste lo que es este palacio, mamá? ¿Viste vos cómo vive esta vieja hija de puta? ¡Cagada en guita está! A ver, decime: ¿por qué no podemos vivir nosotros en un lugar así?
El movimiento de trastos envuelve de ruidos la respuesta de la madre. Vuelvo a escuchar a Yoli, más decidida:
—¿Qué miseria te garpa por hacer todo el día esta mierda? La vieja hija de puta se va a vivir a Europa, y a vos lo único que te falta es armarle la valija y cambiarle la bombacha.¿Por qué no te mirás al espejo para ver lo pelotuda que quedás con ese vestidito de sirvienta? ¡Quedate sentada esperando, si pensás que yo me voy a morir siendo una sierva como vos y la abuela!
Me detengo, apoyo el hombro contra la pared. Me cerca la imagen de una extraña invadiendo mi casa. ¿Quién es la extraña? ¿Esta pobre chica o yo misma? Quizá las dos, como cabos unidos por un mismo lazo. La joven anhelante de una riqueza que la anciana ya no tiene modo de disfrutar, que tal vez jamás haya disfrutado. Debería abrirte tantos senderos, Yoli. En otro tiempo, lo hubiese intentado, a fin de cuentas ese era mi deber. Esa mi misión. Pero ya no. No sé si he olvidado cómo hacerlo, o si ustedes me han apartado tanto que… Aunque sea desearía poder contarte, Yoli, que este palacio vacío, con sus paredes manchadas por rectángulos de polvo en lugar de mis viejos cuadros, jamás será tuyo. Pero no te enlodes en el rencor, porque ya tampoco le pertenece a esta vieja hija de puta, como gentilmente te dignás llamarme. Aunque, quién sabe, quizá deba prestarte atención. Es posible que te hayan enviado a confirmar mis presunciones: este ya no es mi lugar, de aquí también soy expulsada.
Tomando aire salgo de mi escondite y avanzo hacia el salón comedor. Teresa está agotada tras enrollar las alfombras, o acaso por tener que soportar esa andanada de rencor por parte de la hija, que ahora percibe mi llegada y gira hasta darme la espalda. Cuando le pido que me acompañe a la biblioteca, se da vuelta con lentitud y alza las cejas simulando no comprenderme.
—Vení conmigo, Yoli —repito—. Quiero hablarte.
La madre palidece y ella asiente con los brazos entrecruzados alrededor de la panza. Me sigue varios metros detrás, debo aguardarla largos segundos en la entrada de la biblioteca.
—Te podés sentar si estás cansada —digo señalando una banqueta entre los canastos llenos de libros—. No puedo ofrecerte otra cosa: hace unos días retiraron las sillas y el escritorio.
—Así estoy bien.
Me acerco a una hilera de libros.
—Al notar tu embarazo….
Me mira a los ojos, furibunda, y con las dos manos se protege el vientre.
—¿Qué está dic…?
—Al notar tu embarazo, supuse que podrían interesarte algunos de estos libros. Vení, acercate. Acá hay cuentos con ilustraciones, fábulas, novelas para adolescentes. En general, están en muy buen estado. Algunos los compré a los pocos días de quedar encinta. Embarazada, digo. Por las noches, me iba a la que sería la habitación de Ignacio y se los leía en voz baja acariciándome la panza. Ya han pasado casi treinta años.
Me escruta en guardia, contraída. Cuando su abuela llegó a esta casa, tanto su vocabulario como sus modales traslucían una vida dura, cargada de privaciones. Sin embargo, no había en Lila nada del resentimiento que ahora asfixia a esta chica. Que alguien me responda en que fallé, qué es lo que no supe transmitir, qué perdí en el camino para poder llegar a Lila pero no a su hija. Ni mucho menos a su propia nieta.
—No se preocupe, señora —dice altanera, marchándose—. A mí, de usted, no me hace falta nada.
Avanzo enseguida y la detengo de un brazo. Busca zafarse, pero la aprisiono y la traigo hacia mí. Nuestras caras casi pegadas, su aliento arde en mis mejillas. Me estremece el vientre duro presionando contra mi cuerpo. ¿Por qué deseo retener a esta chica? ¿Por qué no la dejo en paz? Aprovecha mi distracción ante la aparición de su hermano y logra librarse.
—¡Me agarré una montaña de zapatillas, Yoli! —el chico levanta un par de bolsas llenas—. ¡Hay de Adidas!
—Mirá qué bien —dice ella—. Igual hay que irnos ya.
—Gracias, señora —murmura el chico al quedarnos solos. Amaga a besarme, pero retrocede.
—No te vayas, por favor —intento recomponerme, me aliso el déshabillé.
—¿Qué quiere?
—No logro… no puedo recordar cómo te llamás.
—Rulo.
—Sí, lo sé. Me refiero a tu verdadero nombre.
—Ah… Federico —dice como quien cita a un autor desconocido.
—Es un nombre precioso. ¿Sabés una cosa? Ciertas palabras, ciertos nombres, tienen armonía. Deberías pedirle a los demás que te llamen así, Federico.
Federico asiente sin prestarme más atención y se marcha con rapidez. Ya sola, me dejo caer sobre un canasto. Restriego mis párpados tras quitarme los lentes.
—Muchas gracias, señora —le oigo decir a Teresa, mientras cubro nuevamente mis ojos—. No sabe lo contentos que se fueron los chicos. ¡Rulo estaba chocho con todas esas zapatillas!
Esgrimo una escueta y estúpida sonrisa.
Aún me estremece el forcejeo con la chica, su vientre firme contra mi cuerpo. Empujándome, expulsándome. Un temor cargado de angustia me asfixia al pensar en esa criatura. Pronto nacerá, se amamantará de los pechos resentidos de la madre y crecerá día a día más fuerte hasta convertirse en lo que llamarán un hombre.
Refugiarme en mi cama. Ocultarme bajo las sábanas y dormir hasta el día de mi partida.
Me arde en la piel la necesidad de escapar con urgencia de este departamento, de esta ciudad, de este país.
V
Ahí está. Lo descubro mientras camino con lentitud hacia el cementerio. Ansioso, me aguarda al final de la escalera, detrás de los barrotes de la entrada. Por ahora no distingo más que una mancha negra, pero sé que es él: uno de los mejores siervos de la Muerte. En estos casos la vista no es imprescindible. Para reconocerlo me bastan el olfato y la aprensión.
¿Cuánto hace que no nos encontrábamos, que cada uno evitaba la presencia del otro? De seguro largas décadas, tal vez más. Lo mismo da. Mientras subo los escalones gana forma su figura. La misma de siempre, como si los siglos no hubiesen pasado. El cráneo anguloso, su cuerpo fruncido bajo la eterna capa negra.
Y aquí estamos, a punto de vernos por última vez las caras. Ya hemos dejado de disputarnos almas perdidas en rincones oscuros como pugnalatori de Sciascia o cuchilleros de Borges. Somos apenas dos viejos contrincantes resolviendo un trámite, poniéndole punto final a un negocio menor y protocolar.
—Bienvenida, estimada señora —dice cediéndome el paso con extrema gentileza—. Permítame guiarla a mi despacho.
Lo sigo a través del pasillo de mármol que bordea los primeros sepulcros. Me cierro la gabardina contra el cuerpo: el viento sopla helado.
Una vez en su despacho —un agujero cavado un metro bajo tierra—, me invita a que ocupe una silla forrada en piel de cordero. Me niego a hacerlo y permanezco de pie junto a la puerta.
—Como usted guste —dice, y se ubica al otro lado del escritorio mostrando una sonrisa de labios violáceos—. ¿Cuánto tiempo sin encontrarnos? ¿Diez segundos? ¿O tal vez cien años?
Nada respondo.
—Mientras la aguardaba, estimada señora, no pude evitar cavilar acerca de los viejos tiempos. Evocaba aquella noche bajo la cripta de la Basílica de Superga. ¿Recuerda sus palabras?
—No. Mis recuerdos en Torino no lo incluyen a usted.
Lleva a la boca su pipa de brezo con la cabeza de un lobo tallada. Sus uñas escarban en una pequeña caja de oro, eligen el fósforo adecuado.
—Aquella noche de tormenta, sus palabras fueron: “No hay un solo centímetro cuadrado en toda la Tierra en el que el Mal y el Bien no estén librando una batalla a muerte”.
—El Bien y el Mal habré dicho. En ese orden.
Sonríe con dientes negros. Enciende el fósforo y lo lleva al tabaco de la pipa.
—Ha lugar. Si es así como usted lo prefiere, será el Bien y el Mal. Debo conceder que aquella noche sus palabras estaban en lo cierto. Y mírenos ahora.
—¿Qué sucede ahora?
—¿Qué sucede? Se lo explicaré: sucede que hemos resignado nuestro destino de gloria y de grandeza… Henos aquí. Uno junto al otro.
—Uno frente al otro.
—Ha lugar. A fin de cuentas la experta en semántica es usted. Uno frente al otro, conversando y negociando en la oscuridad, cual políticos o viejos camaradas. En caso de poder descubrirnos, ¿qué pensarían de esta situación los fieles?
—No tema. En caso de poder descubrirnos, no pensarían nada. Aquí ya nadie piensa en nada.
Le descubro un matiz de triste aprobación. Los hombros parecen encogérsele bajo la capa negra. Le da una chupada a la pipa y lee con melancólico regocijo el contrato: “…que certifica la venta del sepulcro perteneciente a la titular, Irene F. Vidi”.
—Una vez que estampe su firma, el dinero le será depositado a la brevedad en el número de cuenta que se especifica en el contrato. —Hace una pausa, entrelaza las manos. El humo de la pipa lo oculta—. Antes de dar por concluida la operación, estimada señora… ¿me permitiría preguntarle por qué se desprende de tan preciada propiedad?
—No me haga perder el tiempo. Sabe a la perfección que estoy dejando la Argentina.
Frota sus puños sobre el escritorio. Un viejo y también agotado adversario deleitándose con la derrota del más admirado enemigo.
—Penoso —dice por lo bajo—. Rendirse es siempre penoso.
—¿Perdón? ¿Evadirse, dijo?
Continúa hablando, ahora es él quien simula no haberme oído:
—La echaré de menos. A mi manera, por supuesto. Aunque debo reconocer que su partida me allana el camino, estimada señora. Supongo que habrá percibido que por estas tierras se avecinan tiempos interesantes.
—“Ojalá nunca debas vivir tiempos interesantes”.
—Dejemos los proverbios de lado. De cualquier modo, doy por sentado que sabrá bien lo que hace. Es de sabios agitar las alas en el momento correcto. Y este servidor puede negarle infinidad de virtudes, pero jamás su sabiduría.
Solo debo firmar el contrato e irme, pienso mientras me inclino para tomar una estilográfica que está a centímetros de su mano. Él me detiene encorvándose sobre el escritorio, levantando en el aire sus dedos venosos.
—Anoche —dice— me acerqué al sepulcro de su familia. Se encuentra vacío.
—No necesito recordarle que los restos de mi esposo descansan en Fiume.
—Sobriamente maravilloso. Construido en mármol de Carrara por un afamado arquitecto triestino. Cinco metros de frente, techo en doble altura y subsuelo. Rematado con dos sobresalientes gárgolas esculpidas en piedra. Sin dudas, una pequeña obra de arte. Aunque, por desgracia, algo descuidada para mi gusto. —Aviva la pipa con otro fósforo, y desliza sardónico—: Tantos siglos con la nariz pegada al barro le han hecho adoptar la desidia de los vástagos, estimada señora.
—¿Dónde debo firmar? —digo conteniendo el impulso de huir.
—Debió haber recurrido a mí. Para eso están los viejos amigos. Hubiese sido un honor poder ayudarla a que no se deprecie el valor de su propiedad.
Extiendo el brazo hasta tomar la estilográfica. La tinta de las letras del contrato aún reluce acuosa. Firmo con la mano alzada para evitar mancharme.
—Me acercaré al sepulcro una última vez —digo—. Debo retirar algunas pertenencias.
Alza el cuello en dirección a una estrecha ventana cercana al techo, que no trasluce más que polvo y tierra.
—Ha caído el sol —dice—. Intuyo que no será bienvenida en los pasadizos del cementerio. Sería un placer poder acompañarla. Imaginémoslo un último paseo de despedida.
—No hace falta —digo tirando la estilográfica sobre el escritorio—. Por desgracia, conozco el camino tan bien como usted.
Noto que de la pluma se derrama un serpenteante hilo de sangre. Antes de abandonar aquel pozo, la bestia vuelve a chupar su pipa. Y murmura a mi espalda:
—Vuelva cuando lo desee, estimada señora. Aquí la seguiré esperando. Siempre.
VI
En las callejas del cementerio, levanto las solapas de la gabardina para resguardarme del frío. Intento orientarme en el laberinto de pasillos sin más compañía que el sordo andar de algunos gatos.
Las gotas de la garúa, ingrávidas, coronan las farolas encendidas. Notas, sones de una melodía de inocencia solo aparente.
Desvío la mirada ante la escultura de una niña con sus mejillas de mármol cubiertas de moho. Sigo andando, busco abrigo en el recuerdo de mi propia voz, quién sabe cuántos años atrás en el cementerio de los Capuchinos, frente a la tumba de Lampedusa: No temas, hermana. El Señor busca la belleza en lo eterno. Y en el viento que silba entre las tumbas también se encuentra la inmortalidad.
Estoy girando en círculos. A mi alrededor, solo sombras de cúpulas que coronan bóvedas. Doblo en una callejuela de baldosas flojas, y al oír un gemido aprieto la cartera contra el pecho. Me quito un instante los lentes, restriego mis párpados y hago un último esfuerzo por ubicarme. De pronto me guía en la penumbra una diagonal de lápidas inclinadas, amontonadas unas sobre otras. Desemboco en una calleja y apuro el paso. Al fin, apoyo las manos sobre la placa de bronce que enmarcan las dos antorchas de piedra. Como si mis ojos ya hubiesen terminado de morir, prefiero palpar el relieve de las letras verdosas:
SEPULCRO FAMILIA VIDI
Saco la llave de mi cartera y la hago girar en el interior de un candado oxidado. Empujo las verjas, aprieto los dientes entre el chirriar de metales.
Lasciate ogni speranza voi ch’entrate, pienso. Un ligero temblor me recorre la cara.
En el interior del sepulcro, el frío del aire me hiela la frente. A tientas, enciendo una lámpara que enseguida vuelve a apagarse. Le doy unos ligeros golpes a la bombita. Su luz de vela azotada por el viento alumbra el viejo vitraux que cubre una de las paredes. Me acerco a ese inesperado espejo: el mosaico de cristales rajados le da forma a un ángel de alas tullidas. Lo miro fijo a los ojos, le acaricio la frente astillada. Olvidados en este pozo, los dos simulamos resistir entre tanta muerte.
Desearía saber a qué vine, si ninguna pertenencia me queda por retirar. Aquí ya no resta nada. Ni siquiera un féretro vacío.
A un costado de las escaleras que conducen al subsuelo, me sorprende una mortaja que cubre la mesa de mármol. De tan seca, la imagino quebrándose ante la menor brisa. Pero los años sin verla me han engañado: no se trata de una mortaja. Es mi merletto di Burano. Sus encajes ajados me transportan a una goleta de tres mástiles que cruza el Atlántico con sus velas de cara al cielo. En la cubierta de madera, una jovencita se protege del frío con ese tesoro de algodón e hilos de oro bordado por la abuela de su abuela.
Siglos más tarde, llevo esa misma manta a estos mismos labios. Busco en ella el aroma y la inocencia de aquella niña. De pronto retrocedo. Esta tela carcomida no soy yo, pienso, tirándola al suelo con desprecio. Al caer, la manta levanta una nube de polvo. Polvo que se confunde con mis recuerdos.
Limpio mis manos, doy media vuelta y abro las verjas para marcharme. Nada tengo por hacer en esta fosa que, a fin de cuentas, ni siquiera me pertenece. A mí ya nada me pertenece, ni siquiera las cenizas de los muertos.
Un ruido, una especie de aleteo me llega desde lo profundo de la bóveda. Permanezco inmóvil, los oídos atentos a lo hondo de la escalera que conduce al subsuelo. Otra vez el mismo sonido. Vuelvo sobre mis pasos y, sujetada a la baranda, me atrevo a bajar los primeros escalones. Alcanzo a vislumbrar la sala estrecha, apenas alumbrada. Echada en un rincón, una moribunda madeja de plumas se sacude entre espasmos.
Bajo los escalones restantes y me inclino con cautela: un gorrión diminuto con sus alas cubiertas por telarañas; encima del pico entreabierto, un ojo turbio y suplicante. Subo las escaleras y levanto del suelo mi viejo merletto. Le sacudo el polvo y vuelvo a bajar. De rodillas, envuelvo al pájaro y lo guardo dentro de la cartera. La poca luz comienza a titilar, se entrecorta hasta apagarse. Una vez más la oscuridad y el silencio. Persiguiéndome como las sábanas de mis pesadillas.
Avanzo a ciegas y tropiezo con el primer escalón, logro sostenerme de la baranda para no caer. Desde la superficie, el chirrido de la verja que se abre me corta el aliento.
Pasos. Pasos, entre un murmullo de palabras. Parecen ser dos hombres. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen un par de extraños dentro de mi sepulcro? Deben ser mendigos. O ladrones. Eso es. Ladrones. Ocultos en los sepulcros les deben robar a los últimos visitantes del cementerio.
Mis pupilas laten, los ojos secos raspan el interior de mis párpados. El pájaro se sacude en la cartera y el rumor de la superficie se detiene. ¿Me habrán oído? Bajarán y me descubrirán. Me aferro a la cartera y a la manta, hago presión sobre el pájaro moribundo. Y ahora me llegan de arriba suspiros entre un rozar de telas. Respiraciones agitadas, un gemido. No son ladrones. Son… El silencio una vez más. Y el pájaro, que vuelve a sacudirse. El eco de su aleteo me hace estallar el pecho. Esta vez sí debieron oírlo.
En lo alto de la escalera distingo una sombra. Aterrada, me pregunto qué harán conmigo. Mientras la sombra baja los escalones, presiono las rodillas sin poder evitar que el orín empape mis piernas, se derrame hasta mis pies.
No fui enviada para esto, pienso. Para llorar en la oscuridad igual que una niña espantada ante la presencia de un extraño. Mi deber era otro. Me he reducido a jirones de lo que debí ser, de lo que fui.
Acurrucada como protegiendo al gorrión, me echo a llorar en silencio sobre mi propio charco. El extraño se detiene a mi lado. En la oscuridad, palpo el suelo húmedo hasta rozar los cordones de sus zapatos. Se inclina, sus manos acarician mi frente y una voz joven murmura:
—¿Estás bien? No tengas miedo. Dejame ayudarte.
Lo busco, pero no puedo verlo. Delante de mí, no distingo más que una goleta de madera cruzando el océano. En la cubierta, bajo una vela extendida, una jovencita solitaria. La ampara una manta de algodón y oro, a siglos de esta mortaja infectada de gusanos que no huele más que a muerte.
VII
Me humedezco los labios con un sorbo de té. Camino hasta el lavadero, abro la canilla de la pileta. Avergonzada, dejo que el agua fluya sobre la ropa.
Remojo las prendas sin poder librarme del aliento de esa voz, de mi piel en contacto con la suya. Una piel fresca, libre del hedor fétido que me rodea desde hace tanto. Mientras enjabono la pollera, recuerdo sus manos acariciando mis mejillas en lo hondo del sepulcro. Me alza la cabeza, puedo percibirlo inclinado hacia mí. De pronto lo aparto lanzando un cachetazo que no lo alcanza. Me reincorporo tambaleante, trepo las escaleras y huyo a través de una telaraña de lápidas y cruces. Raspo con aversión la blusa contra la tabla de lavar, quiero dejar atrás un ejército de fantasmas de piedra y mármol. Sigo hasta que me duelen las piernas y los brazos, hasta cruzar el pórtico del cementerio con fingida calma. Simulando ser parte del mundo de los vivos. Lejos del polvo y el espanto.
El sonido del timbre me trae de vuelta. Mi mirada tensa busca las agujas del reloj: es medianoche.
¿Ignacio, otra vez?
El timbre vuelve a multiplicarse en los ambientes huecos. Corro al dormitorio. De un fajo de dinero separo varios billetes y bajo los tres pisos por el ascensor.
En el hall de entrada, la calma es absoluta. Los ruidos de la calle no traspasan el portón. Pero igual puedo imaginarlo al otro lado: un lobo oliendo sangre, lamiéndose los colmillos antes de descuartizar a su presa. Entreabro el portón con los ojos hundidos y la cabeza gacha. Tumbado junto a la entrada del edificio, yace un borracho harapiento.
Respiro aliviada, mis manos se abren temblorosas. Y los billetes caen, ruedan en la vereda impulsados por una ráfaga.
El pordiosero se aferra con dedos mugrosos a su botella. Murmura entre palabras ininteligibles:
—…está desnudo…
Se revuelve. Y repite, desplegando una hilera de dientes cariados:
—El rey está desnudo.
Busca levantarse, pero las piernas dobladas apenas le responden. De pronto una fuerza extraña le endereza el cuerpo y lo yergue. Es alto. Mucho más alto de lo que parecía enrollado en el suelo.
—¡Vengan! —escupe extasiado y agitando los brazos. Aunque la calle está desierta, llama al mundo entero a disfrutar del espectáculo—. ¡Vengan todos a ver!
Avanza hacia mí, que no atino a moverme. Sus ojos inyectados de alcohol no me respetan, me sostienen insolentes la mirada. Hurgan en mi cuello desnudo, en el escote de mi bata, en mis pies descalzos. Su risa crece, se expande, se multiplica hasta explotar en una carcajada estruendosa.
—¡Está desnudo! —grita con diabólico frenesí—. ¡Miren todos! ¡El día llegó! ¡El rey está desnudo! ¡La reina está desnuda! Sus harapos traslucen una piel infestada en llagas. Retrocedo cubriéndome el pecho, descompuesta llevo mis manos a la boca. Trastabillo y caigo. Desde adentro, cierro el portón de una patada.
Ahora sus puños golpean el portón. De nada vale cubrirme los oídos. Sus gritos y carcajadas traspasan la gruesa madera: —¡La reina ha muerto! ¡Vengan todos a ver! ¡La reina ha muerto!
VIII
—La esperan en la recepción —me dice Teresa después de apagar la aspiradora.
Debe referirse a Álvaro, imagino algún inconveniente con la última traducción.
—¿Se encuentra bien, señora? Hace varios días que anda medio desmejorada.
—Los nervios de la partida. ¿Quién me espera?
—Un muchacho joven. Muy pintón y simpatiquísimo. ¡Ay, señora! Lo que daría para que algún día la Yoli se me juntase con un churro así.
En la recepción no hay más que cajas llenas con porcelanas envueltas en papel de seda. Pero percibo movimientos en el salón de huéspedes. Intrigada, apuro el paso. El salón de huéspedes también está vacío, los ruidos provienen de la biblioteca. Al asomarme me encuentro con un muchacho de espaldas a mí. Revisa las máscaras venecianas que todavía no retiraron de los anaqueles. Todo un conocedor, en su actitud. Al notar mi presencia se da vuelta.
—¡Ah, hola! —dice—. Qué buenas máscaras tenés, ¿eh? ¡Están geniales!
Se adelanta, y cuando busca besarme la mejilla, me reclino hacia atrás.
—¿No te acordás de mí? Nos conocimos en el cementerio.
Es su voz. Es él.
Teresa simula revisarle el filtro a la aspiradora, pero en realidad nos está espiando. Le ordeno que termine de empacar las porcelanas. Ya me explicará por qué razón le permitió a un extraño entrar en mi departamento.
—No —digo volviéndome hacia él—. No me acuerdo de usted.
—Imposible. No te creo.
—Ante todo, deje esa máscara en su sitio. Y no me tutee.
—Son geniales —dice llevándosela entre risas a la cara. Sus ojos brillantes relucen tras las hendiduras—. ¿De dónde las sacaste? Bah, geniales no tanto. La verdad es que dan un poco de miedo.
Señalo los anaqueles y le ordeno con severidad:
—Deje esa máscara ya mismo en su sitio.
Mi expresión lo intimida, aunque sea por segundos. Obediente como un niño, acomoda al Brighella junto a las otras máscaras de la Commedia dell’arte.
—Bueno, tampoco te pongas así. La cosa es que no puedo creer que no te acuerdes de mí.
Un verdadero descarado. Dijo “de mí” como si fuese Vittorio Gassman. Pero le seguiré el juego:
—No tengo ni la más remota idea de quién es usted.
—Anoche te encontré desmayada en un sepulcro del cementerio. Yo te reanimé, y cuando despertaste te escapaste corriendo como una loca. ¿Qué estabas haciendo ahí adentro a la noche?
Busco sus manos con la mirada. Suaves, hermosas. Son las mismas manos —¿Estás bien? No tengas miedo. Dejame ayudarte— que me sostuvieron.
Desvío la cara al notar el modo intenso en que me observa.
Es un veinteañero seductor de rasgos tan masculinos como delicados, aunque eso no disimula el cansancio que delatan sus ojeras incipientes. Ni tampoco el deterioro de sus vaqueros y zapatillas.
Me esfuerzo por recobrar la compostura.
—¿Usted desea saber qué hacía yo en ese lugar? Voy a tener la gentileza de explicárselo. Estaba allí porque ese sepulcro me pertenece. Soy nada menos que su propietaria. Ahora desearía que tuviese a bien informarme qué es lo que usted hacía a esas horas de la noche en mi propiedad.
Gassman olvida su libreto. Una sílaba se le atora entre los labios.
—Vine a… a devolverte tu cartera. Cuando te fuiste corriendo, la dejaste tirada junto a un trapo en…
—¡No es un trapo! Es una manta de encajes. Un merletto di Burano. Fue bordado y tejido a mano cientos de años atrás y cuesta una fortuna.
—Sí, sí, bueno —dice haciendo una mueca—. Está bien. Un amuleto, si así te gusta más.
—Un merletto dije.
Me entrega la cartera y la manta de encajes después de sacarlas con displicencia de su mochila.
—¿Cómo llegó a mí? —le pregunto mientras pliego la manta.
—¿Yo? Saqué tu dirección del documento que tenías en la billetera. Decime la verdad: vos estás un poco chiflada, ¿no?
Me quedo enmudecida, atónita frente a tanta desfachatez. Él aprovecha mi falta de respuesta para seguir divirtiéndose:
—Porque solamente una chiflada anda por un cementerio a la noche con un pájaro medio muerto adentro de la cartera.
—Lo encontré en mi sepulcro. Estaba lastimado.
—Sí. Ya me di cuenta de que estaba lastimado. Tiene un ala quebrada, pobre gorrión. Me lo llevé a casa para curarlo.
—¿Usted está curando al gorrión?
No me responde. Me da la espalda y se distrae con los libros que asoman de los canastos.
—¡Epa! Tenés unos libritos geniales. Es una vergüenza tenerlos así tirados, juntando polvo en estos canastos. ¡Ah! ¡Ya sé! —ahora me señala como un padre a una hija traviesa—. Te estás mudando.
—En primera instancia, acá ningún libro está “tirado”. En segunda instancia, lo que hago o dejo de hacer, a usted no le incumbe. Y, por último, preferiría que no me tutee. No soy una jovencita. Escúcheme —digo separando algo de dinero de la billetera—. Toda esta escena me incomoda. Tenga. Acepte esto como una retribución. Y ahora retírese. Es mucho lo que tengo por hacer.
—¡Uy! ¡No lo puedo creer! —dice tomando un ejemplar de La romana—. Esta novela mi abuela la tenía escondida en el estante más alto de su biblioteca. Yo andaría por los once, doce años y, cuando ella se iba a dormir, la agarraba subido a una escalera. Un capo, Moravia. Pero no la pude terminar. Una noche, la nonna me pescó leyéndola y a partir de ahí la escondió en el cajón de las bombachas. ¡Ja! Preferí quedarme con la intriga de saber cómo terminaba a meter mano ahí dentro. ¿Gracioso, no?
Hojea el libro y ahoga una risa, entre pícara y atrevida, que me descoloca. ¿Qué es lo que tanto me fastidia de este chico? ¿Por qué lo maltrato? A su pobre modo, no hace más que pedirme ayuda.
—Es una buena novela —dice—. Deberías meterte en la piel de Adriana. Te vendría bien —y recalca en su prepotente desparpajo y juventud—. Te vendría muy bien.
—Présteme atención, muchachito: no solo leí La romana, sino que también escribí el prólogo y la contratapa de la edición que tiene en sus manos. Aparte de traducir al español la totalidad de la obra de Moravia cuando usted ni siquiera había nacido. Ya que no acepta el dinero, puede llevarse el libro con usted. Imagino que ya está en edad de leerlo entero, incluso hasta de comprenderlo. ¡Teresa! Acompañe al jovencito hasta la puerta, por favor.
IX
Buenos Aires, febrero de 1976
Querida Tina:
Me escribís en tu última carta que, desde el altillo, se alcanza a ver la nieve en el campanario de la torre de la Piazza. Ah, San Marco cubierta de nieve. Qué bello. ¿Cuántas veces subimos siendo niñas los mil escalones de la torre? De la vieja torre. ¿Recordás cuando le tiramos higos podridos a unos mercaderes, desde lo alto del campanile? ¡Nunca imaginaron que aquellos dos angelitos eran los culpables de semejante tropelía! Me contás que, entre otras refacciones, le están renovando los escalones de madera. En dos semanas, cuando estemos nuevamente juntas, ¿nos animaremos a subir la torre una vez más? ¿Aún podremos llegar a la cima de San Marco o ya seremos demasiado grandes? Aunque eso del tiempo es tan relativo, tratándose de nosotras… Tomándonos pequeños descansos, pienso que todavía podríamos lograrlo. Escribo estas líneas con la mente atontada por insoportables ruidos de topadoras y taladros. Ayer comenzaron a derrumbar la mansión lindera de los Ugarte Peñaloza. Una casona tan entrañable como cargada de recuerdos que visitábamos con Gianluca para asistir a las cenas que oficiaba doña Esther. Noches en las que reíamos y bailábamos hasta el cansancio mientras los violinistas tocaban en la pérgola enmarcada de flores. El año pasado, tras la muerte de doña Esther, su nieta y única heredera vendió la propiedad en cuestión de minutos. Y, como los nuevos propietarios consideran que el terreno vale más que la mansión, han decidido demolerla para construir un edificio de oficinas. Así de breve. Así de triste.
Aquí los muertos se entierran vivos, hermana. Este es un territorio incapaz de honrar su pasado porque no es posible venerar lo que no existe. Como en todo país joven, aquí no hay lugar para la culpa. Por lo tanto, los derrumbes y las trapisondas se exhiben a plena luz del día, a los gritos y con orgullo, sin pudor.
Un pueblo entero marchando en fila hacia el infierno. No hay uno solo de entre todos ellos que no conozca su destino. A una mitad poco le importa, la otra se enorgullece.
Suelo preguntarme qué será de este hermoso y viejo edificio que estoy abandonando. En el primer piso vive la señora Fisher sin más compañía que su enfermera; en el segundo habita el Ingeniero Salinas, que ronda los noventa; y aquí se mudará en cuestión de días un juez retirado, bastante mayor y viudo.
¿Cuánto aguardarán sus descendientes antes de lanzarse a armar sobre las ruinas de estas columnas un centro de compras o un colorido parque de diversiones?
Por momentos, me acongoja una presunción: cuando ya no estemos, el mundo se quedará sin los últimos guardianes de cierto modo de transitar la vida, de preservar y transmitir determinados ritos, símbolos y tradiciones.
Pero más me duele la certeza de que muy pocos nos extrañarán, de que a casi nadie le haremos falta. Nos hemos vuelto prescindibles, hermana. Meros fantasmas de ángeles. Y evito preguntarme cuánta responsabilidad nos corresponde a nosotras, a nosotras mismas, en toda esta debacle. Y qué castigo nos aguarda por haber aceptado tan pronto nuestro fracaso.
Solo me sostiene la seguridad de que en pocos días volveré a tu lado. Cada noche, antes de acostarme, abro mi escritorio y me sujeto al pasaje de Alitalia como a una tabla de salvación.
Prometo llamarte. No olvides que tu hermana te quiere y te adora. Siempre.
Irene
P. D.: Olvidaba ponerte al tanto de la buena nueva: esta semana logré vender el sepulcro de Recoleta. Por fortuna, fue un trámite veloz.
Dentro del cementerio, ocurrió algo inesperado. Perdí la billetera con el documento y algo de dinero; pero, llamativamente, un gentil y agradable jovencito la halló tirada y la acercó a mi departamento. Le ofrecí una gratificación, pero no quiso aceptarla. De veras asombroso. La sorpresa fue tan grande que ni siquiera le pregunté su nombre.
Una centella entre tanta oscuridad. Tal vez no todo esté perdido.
X
El mozo asoma medio cuerpo a la calle, estudia el cielo con suma atención. Noto que a Álvaro lo divierte ese reconcentrado meteorólogo de bandeja bajo el brazo.
—Vaya tranquila, señora —nos dice el mozo—. Esas nubes no son peligrosas. Va a ser una tarde un poco húmeda para mis huesos, pero agradable. Eso sí, para mañana no le puedo prometer nada.
Sonrío amable y me despido hasta el día siguiente. Bastará alejarnos unos metros para que Álvaro deslice alguna ironía con un atisbo de sonrisa.
Bajo el ceibo de la plaza, la voz de un hombre cantándole la caricatura de un tango a unos turistas se funde con el griterío de los chicos que juegan a la pelota. Llegamos a nuestro banco, uno de los pocos de madera que resistieron a los años. Álvaro se sienta con esfuerzo, soltando un suspiro quejumbroso.
—No podés negarme cuánto extrañarás todas estas pintorescas notas de color —dice, espiándome bajo el ala del Borsalino que me cubre la frente—. Hablando de otra cosa: revisé tu última traducción, Irene. Como de costumbre, hiciste un trabajo muy bello.
—Me reconforta. No dudes en llamarme a Venecia para cualquier consulta.
—Esta mañana estuvimos charlando en la editorial acerca de tu partida. Hablamos un rato largo. Los integrantes de la vieja guardia están bastante apesadumbrados.
—No me mientas. Nadie extraña a una vieja huraña.
—Haré de cuenta que mi sordera se ha agravado —dice Álvaro entre los gritos de los chicos—. ¿Sabés qué les dije? Que había llegado el tiempo de darle una oportunidad a los jóvenes. ¡Y que te reemplazaría por algún promisorio estudiante que todavía esté practicando sujeto y predicado!
Lo observo cargada de melancolía. A sus casi ochenta años, ¿cuánto más podrá seguir al mando de la editorial? ¿Cuánto tiempo más resistirá en esta jungla en la que sus libros se valoran menos que un par de pantuflas, donde su profesión lo vuelve un sospechoso antes que un caballero?
La pelota golpea con violencia en un farol y rueda caprichosa sobre el césped hasta morir mansa a nuestros pies. Los chicos nos la piden a los gritos. Me adelanto hasta el borde del asiento, entrecierro con fuerza los ojos: entre manchas turbias creo verlos agitar los brazos como posesos.
—¡La pelota, doña! ¡La pelota!
¿Qué seremos para ellos? ¿Qué verán en nosotros? Una pareja de viejos echados a la sombra, me respondo sin misericordia. Apenas un par de cascajos al resguardo del sol que a ellos les dora la piel.
Me levanto y doy un paso hasta llegar a la pelota. Contengo la respiración con los labios apretados y la pateo con fuerza. Con furia. Para mi sorpresa, traza un arco perfecto en el aire hasta aterrizar en los brazos de uno de los chicos.
—¡Flor de chutazo, doña! ¡Siga así, que Labruna la va a llamar pa’ jugar en River!
Vuelvo a sentarme, con el pie dolorido. Sin embargo, la puntada me carga de vigor, me sacude de tanta pesadumbre. Me imagino nuevamente una niña lanzada a correr entre todos ellos, saltando y gritando y rodando en el césped hasta ahogarme de cansancio. Pero pronto me cubro del sol con el ala del sombrero, limpio con un pañuelo la aureola que el cuero pringoso de la pelota dejó en mi zapato.
—Los tiempos se acortan, ragazza —dice Álvaro librándose de una hormiga que le recorre el pantalón—. Vendiste el piso, despachaste el mobiliario, te desprendiste del sepulcro, me entregaste tu última traducción… No es mucho lo que te resta por hacer. ¿Seguís pensando en ir al Delta?
—No pierdo nada intentándolo. Si la casita sigue en pie, tal vez pueda venderla.
—No le encuentro ningún sentido, Irene. Si la humedad y las crecidas del río no la dejaron inhabitable del todo, no sacarás de ella más que unos pocos pesos, sin mencionar los meses o años que te llevaría encontrarle un comprador. Me intranquiliza que vayas sola hasta allá. Podría estar ocupada por cirujas.
—¿Recordás qué me dijiste la otra noche cuando te llamé por teléfono para pedirte que me acompañaras al Delta?
Álvaro endereza el pañuelo de seda que le asoma por el bolsillo del saco.
—Sí. Me acuerdo.
—¿Qué me dijiste? A ver…
Los dos nos observamos con ternura.
—Que debiste habérmelo pedido treinta años atrás.
Lo dice por lo bajo, con suavidad, como disculpándose.
—Es cierto, Álvaro —me inclino hacia él, termino de acomodarle el pañuelo—. Pero en ese tiempo no debía hacerlo. Y ahora me he vuelto…
Prudente, acerca la mano a mis labios. Su mirada me entristece. Los últimos rayos de la tarde delatan la humedad de sus ojos, le arrebujan la cara, lo avejentan más.
Desearía ceñir mi cuerpo al suyo, acariciarlo para poder dejarme acariciar, besarlo para poder dejarme besar. Decirle al mejor amigo de mi marido cuánto valoré su compañía, su larga espera. Confesarle cuánto lo voy a echar de menos. Disculparme por mis dudas, por mi incapacidad para librarme del cerco de silencios en que me refugié por media eternidad.
Enlazo con fuerza mi mano a la suya y me pierdo en los chicos, que no dejan de correr y jugar.
Una pareja de viejos echados en el banco de una plaza, viendo la vida escurrirse. Sabedores de que no hay consuelo frente a lo irremediable.
XI
| Teresa:A las cuatro de la tarde, vendrán de la parroquia a llevarse los canastos llenos de libros. Le ruego no olvide limpiar las junturas de los azulejos de la cocina. Pasaré el día resolviendo un trámite en el Delta. Prepáreme la cena y guárdela en la heladera.I.P. D.: Dejé su dinero sobre el hogar. |
Cinco minutos para escribir cinco líneas. Las lámparas encendidas, tan inútiles como el sol que entra por la ventana.
Una bruma encima de la hoja difumina el contorno de las letras. Mis pupilas ardientes, erráticas. La mancha opaca latiendo, flotando sobre las palabras. El trazo de la lapicera, difuso. Las letras vueltas fantasmas, en un blanco acuoso teñido de amarillo.
Resumo las ideas para acabar pronto el tormento. “I” en lugar de Irene. Una línea breve, veloz. Una sutura.
Pestañeo con fuerza, alzo las cejas con los ojos abiertos en una mueca que imagino patética.
Concluyo la nota, dejo caer la lapicera. Me froto las yemas de los dedos y reviso la hoja de soslayo. Las letras se acomodan, se enfilan, recuperan su trazo preciso y ondulado. Escribo rápido la posdata y tiro la lapicera al otro lado de la mesa.
Una escritora que pierde la vista. Un pintor sin brazos. Un barítono sin voz. ¿Se me permite decir un ángel sin alas?
Ciega. Impedida: sinónimo de inválida.
Lo digo en voz alta:
—Quedarme ciega.
Una niña aterrada que aprende a utilizar un término desconocido bajo el azote del maestro.
—Repitan todos conmigo: ciega.
Mis ojos pronto dejarán de ver. Cuando así sea, que también dejen de llorar.
XII
Apenas salgo del hall y me asomo a la calle, don Gómez deja de baldear la vereda y me saluda alzando la boina. Controlo la hora y me reprocho el no haberle advertido al chofer del remise que debo llegar en horario al Delta, pues contraté la lancha para las once en punto de la mañana.
Vuelvo a mirar el reloj pensando en la impuntualidad. La inevitable impuntualidad. El primer peldaño de una escalera que desciende a la descortesía.
Un hombre llama mi atención en la acera de enfrente. Con movimientos nerviosos carga valijas en el baúl de un taxi. Mira inquieto a todos lados. Creo distinguirle la piel morada bajo los lentes oscuros. Otro náufrago huyendo. Otro más. Entre él y yo, la calle separándonos y enlazándonos como un espejo descomunal.
Alejo el pensamiento reacomodándome inquieta un aro. Me vienen a la mente la infinidad de viajes hechos junto a Gianluca. Tres, cuatro veces al año, lo acompañaba a las conferencias y congresos a los que él era invitado como Presidente del Banco de Italia en Buenos Aires. Una vez concluidas sus obligaciones en Roma, Milán o Torino, disfrutábamos una semana de descanso en alguna ciudad que amáramos: Bologna o Parma, en otoño; Cortina D’Ampezzo, en invierno; algún pueblo de la Riviera, en verano. Y, a poco de regresar, comenzábamos a planificar al detalle el siguiente viaje, en un círculo que creíamos eterno.
Vivir en Argentina con la mirada detenida al otro lado del Atlántico, dormir en Buenos Aires soñando con Europa. Viajar para olvidar esta tierra siempre impropia y ajena. Un torpe pero elegante modo de huir, de embaucar al hastío y la rutina. ¿Qué hubiese sido de nosotros sin la certeza de saber que la siguiente travesía estaba siempre marcada a la vuelta del calendario? ¿Sin nuestros permanentes agasajos, invitaciones a conferencias, bailes y conciertos, sin nuestros domingos en el campo?
Me pregunto en qué momento olvidé mi mandato para resignarme a tan poco. ¿Qué excusa esgrimiré el día del Juicio? Gianluca y el resto de los mortales alegarán su debilidad, su cobardía… ¿Pero qué podremos alegar nosotros, los guardianes?
Por momentos envidio a los simples hombres y mujeres. La necedad de sus vidas breves los vuelve livianos e impunes, libres de…
De pronto una presión en mi hombro. Doy un súbito paso atrás, mi cabeza golpea contra el marco de la puerta.
—¡Uy! ¡Disculpame! ¿Te asustaste?
Algo mareada me palpo la nuca, el encargado corre en mi ayuda y empuja al chico a un lado.
—No se alarme, don Gómez. El joven es conocido mío. Puede seguir con lo suyo.
—¿Estás bien? —pregunta el chico, y me acaricia la nuca para asegurarse de que no me haya hecho daño. Es agradable el contacto de sus manos sobre mi cabeza, pero me aparto—. ¡Pedazo de golpe te diste! Qué suerte que te encuentro. Vine a devolverte el libro que me prestaste —alza frente a mí el ejemplar y lo sacude sonriente.
—No se lo presté. El libro es un regalo, una gentileza por haberme devuelto la cartera y la manta de encajes.
—El merletto di Burano —dice haciéndose el gracioso, imitando mi acento. No puedo evitar sonreír—. ¿Entonces La romana es mía? ¡Genial! —y lo tira dentro de su mochila. Me pregunto si jamás se desprende de ese colgajo de tela sucia que le cuelga del hombro—. ¿Tenés un minuto? Quería que charlemos unas cositas. Leí la novela entera y también el prólogo que escribiste, y quisiera hacerte algunos comentarios.
Llamativamente, hace una pausa. Pero, de inmediato, retoma su monólogo sin aguardar mi respuesta.
—Está bien tu análisis. Bastante bien. Y no te lo dice cualquiera. Yo trabajé en El mundo.
—¿Usted trabajó en El mundo?
—Por supuesto. En el área Cultura. Pero ahora estoy ocupado con asuntos más importantes. Volviendo a lo tuyo: es interesante tu visión del neorrealismo. Igual quería verte otra vez para comentarte un par de cosas—no entiendo por qué insiste en su desagradable costumbre de tutearme y de señalarme con el dedo—. No coincido para nada con eso que escribís sobre la degradación a la que inevitablemente conduce la pobreza, entre…
—… ante todo —lo interrumpo percatándome de cuán atento se halla don Gómez a nuestra conversación—. ¿Tendría la gentileza y la educación de decirme cuál es su nombre?
—¿Querés saber cómo me llamo? Rafael. Me llamo Rafael Leone.
Lo ha dicho orgulloso, marcando las consonantes como si su nombre fuese una virtud digna de ser admirada. Lo miro con atención: el chico es inteligente y atractivo. Podría llegar tan lejos como deseara. Sin embargo, no hace más que desperdiciar su vida. Es demasiado consciente de sus virtudes y eso lo vuelve soberbio e intolerante. No acepta ni resiste el fracaso, ni siquiera una demora. Frente al primer traspié, condena e insulta. Es incapaz de renunciar y prefiere ahogarse a retroceder. Y aquí está: apartado de su familia, sin trabajo y con el alma quebrada. Asfixiado por el orgullo idiota de quienes solo saben pedir ayuda con gritos mudos.
—Escúcheme —digo por lo bajo intentando ser comprensiva—. Entenderá que no es tiempo ni lugar. Estoy sumamente retrasada. Debo viajar al Delta y no puedo perder el tiempo.
—¿Al Delta dijiste? ¿Querés que te acompañe? Conozco el Delta a la perfección.
Su desfachatez me abruma hasta enmudecerme. Enderezo mis lentes con un movimiento mecánico, cuando me rescata la bocina del remise.
—Todo el Delta conozco —continúa, jugando con entusiasmo su última carta—. Entero. De punta a punta. Los ríos, los canales, las islas…
—¿Usted no tiene obligaciones que cumplir en otra parte? —le pregunto con un dejo de perplejidad que a él, incomprensiblemente, le genera una risa luminosa—. Le agradezco el ofrecimiento, pero su compañía no me es necesaria.
Subo al auto e indico el destino sin hacer reclamo alguno por la demora. Mientras el chofer se detiene ante el semáforo, busco al chico con la mirada. Allí está, cruzando la calle con el andar lento de los que no tienen dónde ir. Cien años atrás, Rafael, hubiese intentado ayudarte. Guiarte, aunque más no sea. Tenderte un sendero. Pero ya no… Ya no.
Sin embargo, cuando el auto se pone en marcha, le pido al chofer que se detenga. Bajo la ventanilla, asomo la cabeza y con retraimiento llamo al chico. Un sinfín de bocinazos impide que me oiga. Ruborizada, lo llamo elevando mi voz hasta no reconocerla.
—¡Rafael!
El chico se vuelve con un movimiento ágil, se acerca corriendo y me mira expectante con las cejas levantadas.
—Estaríamos de regreso antes del anochecer —murmuro nerviosa, entre el fastidio del chofer y los insultos del resto de los automovilistas—. ¿De verdad podría hacerme el favor de acompañarme?
Sin siquiera responderme abre la puerta, salta dentro del remise y se acomoda a mi lado con una sonrisa interminable.
—¿De verdad conoce bien el Delta? —pregunto mientras el auto reemprende la marcha.
—A la perfección. Leí todos los cuentos de Quiroga.
XIII
La noche alumbra la oscuridad de mis párpados cerrados.
Envuelta en una frazada y acunada en la mecedora, me pierdo en las ramas que se agitan desde lo alto de los sauces, en el croar a la vera del pantano, en el aleteo de un pájaro —¿una calandria, tal vez?— escurriéndose entre los juncos al otro lado del río. Una sinfonía agreste que aprendí a descubrir y disfrutar con el pasar de los días. Mis días junto a Rafael.
Paulatinamente, adivino desde lo hondo de la selva el eco de una voz cantarina: enderezo los oídos, levanto la mirada.
Encendida como un cuarzo bajo el sol, la luna tiñe el Delta de una capa de ceniza blanca, vuelve al muelle un decimonónico dibujo a lápiz. Un sonido de remos anticipa el movimiento de camalotes junto a la orilla.
Apoyando los pies descalzos sobre la madera húmeda, detengo el balanceo de la silla. Como llegada de un sueño que se hilvana en cada respiro, se define el contorno de un bote navegado por una mujer. Su cantar, proveniente de un tiempo remoto, dilata cada segundo, vuelve a los minutos horas y a las horas, vidas. Desearía un lugar junto a ella, para así poder acompañar su canto; transportarme a una niñez de gondoleros, barcazas y canales.
Es el primer bote en tres días, pienso con tristeza. El río al fin sube, mañana podremos regresar.
La mujer agita los remos, el bote se aleja y la melodía se diluye en la espesura de los sauces. En segundos, apenas un surco de plata sobre el agua recordará su figura.
Regresará. Lo hará porque así lo pido. Lo hará porque así lo ordeno.
—Que cuando yo no pueda hacerlo —murmuro—, sea ella quien guíe y proteja a este chico. Que cuando él esté perdido o ya no pueda caminar, sea ella quien lo cargue en su bote para acercarlo a mi orilla. Que así sea, llegado el día.
Sí: esa mujer regresará. La navegante atravesando el laberinto.
Entro en la casa ciñéndome la frazada al cuerpo.
Una sombra se desliza sobre las tres hojas de un viejo espejo enmarcado en mimbre. Me acerco, enderezo sus cristales polvorientos; alineo las tres siluetas de mujer. La cortina que cubre la ventana vela el destello de la luna y le otorga a mis tres reflejos un cariz embelesado. El aroma a rosas se vuelve profundo.
Tres Irenes me observan comprensivas, así como yo lo hago con ellas. Ya dejamos de culparnos por el paraíso perdido, ni siquiera nos reprochamos por conformarnos con este purgatorio. Toda recriminación ha quedado atrás.
Alzo un brazo intentando alcanzarlas. Temo haber perdido el encanto, temo que mis dedos resbalen en el azogue. Pero no. Mis yemas se sumergen en el brillo acuoso y permeable de mi reflejo. Ahora, de a poco, hundo las manos hasta las muñecas. Después los brazos, y al fin avanzo lenta hasta atravesar el cristal, hasta sumergirme entera. Y ya la tibieza de su piel palpa mi cuello y mis mejillas. Ellas —nosotras— empañan mis labios con su aliento. Me hacen de ellas, y yo las hago mías. Me abrazan enlazándome con todo mi cuerpo hasta volvernos una, hasta volvernos yo misma.
Sus labios se acercan a mis oídos. Las tres voces se enciman hasta fundirse en una. Desean advertirme algo. Las escucho.
Y me niego, respondo que no es posible, que están equivocadas. ¡Equivocadas! Busco librarme de nuestros brazos, pero me sujetan, me retienen.
—¡No es cierto! —grito, sin ceder a su insistencia— ¡Mienten!
Las alejo con furia. Retrocedo y me escurro hasta apartarme de ellas. Abandono nuestro reflejo y traspaso nuevamente el cristal. Es como salir de la frescura de un amanecer de primavera para entrar a un ambiente caldeado.
He vuelto.
Confundida, recuerdo en dónde estoy: la salita de la casa abandonada del Delta, mis pies descalzos sobre la madera húmeda.
Las voces no dejan de susurrar en mis oídos. Las acallo estirando los brazos, cerrando las hojas del espejo. Dejando el tríptico atrás.
Casi a ciegas —vaya ironía—, camino sobre el suelo crujiente hasta entrar en la pieza. Me detengo frente a la cama. La espalda desnuda de Rafael le escapa a las sábanas.
Las palabras del espejo siguen desprendiéndose de mis labios:
Alejate de él, dejalo ir. Te utilizará para crecer y, al llegar el momento, te abandonará, te traicionará. Traicionará a todos. A todos, y también a sí mismo.
Pues bien, será su decisión. Será su destino, no el mío. Esta noche solo deseo tenderme junto a él. Abandonarme en su cuerpo. Su cuerpo bello más allá de todo razonamiento. Bello sin más.
Dejo caer la frazada, me acuesto en la cama y lo abrazo. Me permito creer, optar por el hombre otra vez. Una última vez, acaso.
La espalda de Rafael entibia mis pechos helados. Desde la bruma de un sueño acaricia mis mejillas. Tomo su mano y llevo sus dedos a mi boca abierta. Huelo, saboreo, busco refugio en su juventud.
Creo escucharle un soñoliento “no tomes frío, acercate más”. Y me deslizo plena y sin remordimientos en la cálida pendiente de un sueño de luna.
XIV
De regreso a Buenos Aires, basta con cruzar el umbral de mi piso para que el encantamiento se desvanezca. Y el silencio del domingo que no hace más que subrayar la pesada quietud de este hueco depósito de fantasmas.
—El otro día solo pude conocer la biblioteca —dice Rafael, en tono de reproche burlón—. Me encajaste el libro para deshacerte de mí bien rápido, ¿eh? Pero me encanta tu pisito. Lástima que lo vendiste. Habrá sido un lindo hogar.
¿Hogar? Piso, departamento, lugar, sitio —incluso “palacio”, al decir de la hija de Teresa—, pero nunca casa. Menos aún, hogar. Y muchísimo menos ahora, ya desmantelado.
Miro la calle, el pasaje Schiaffino como un recorte de Europa. Hasta puedo imaginar la vereda cubierta de nieve.
Al volverme, descubro que Rafael se ha desnudado. Veintiséis años… Más un chico que un amante.
—Espero que entre tanta mudanza —dice sonriente camino al baño— hayas dejado algún pedazo de jabón.
Mientras oigo la ducha abrirse, enciendo la bombita que cuelga del techo de la biblioteca: fueron retirados los canastos y los libros. A mi alrededor, solo inútiles anaqueles de roble que sostienen la nada. Teresa ha olvidado embalar mis máscaras. Las ha dejado arrumbadas en el suelo. De los ojos huecos, alguna vez líquidos y brillantes, no se entrevén más que zócalos polvorientos.
Arrastrando los pies, voy al dormitorio.
Busco en el secretaire el sobre donde guardo mi pasaje de avión. Fecha de partida: 24 de febrero. Faltan nueve días, pienso. Apenas nueve días.
Me abruma la insoportable falta del Ignacio que fue mi hijo, la ausencia de Gianluca, Lila y tantos, tantos más. Y también me abruma el peso de los siglos, apilados uno encima del otro, abriéndome la piel, ahogando las décadas, las edades, las eras. Paladas de tierra rellenando una fosa profunda.
—Este vacío no me pertenece.
Pasmada de frío, camino hacia el baño y busco consuelo en el rumor de la ducha. No me atrevo a entrar y descorrer la cortina.
—¿Estás ahí, Irene?
Cierro los ojos, invento su cuerpo bajo el agua. Me abrazo imaginando que mis brazos son los suyos. Puedo sentir su piel bajo la mía. La imagen me devuelve algo de calor, algo de paz.
Ya en la cocina, pongo al horno la comida que Teresa dejó en la heladera. Después voy al teléfono.
—Sí, Álvaro, soy yo. Estoy de regreso. Lo sé, entiendo tu temor. Es que la marea bajó de un momento a otro y las lanchas no podían navegar los ríos. No, ni siquiera los botes. Recién al tercer día volvió a subir el agua. Los pobladores decían que algo así no pasó nunca. Imposible llamarte, el teléfono más cercano estaba a kilómetros. ¿La casita? Resistió a duras penas el paso del tiempo. Tenías razón: está en mal estado, imposible venderla. Lo lamento, Álvaro, imagino tu intranquilidad. Están golpeando a la puerta, debe ser el encargado. Sí, mañana en la confitería, a la hora de siempre. Que descanses.
A través de la mirilla distingo con dificultad a don Gómez alisándose los pelos de la sien. Cuando abro la puerta, me saluda levantando la boina.
—Buenas noches, señora. No la quiero molestar, es que andaba medio preocupado. Tuvo las persianas cerradas por tres días, y nadie respondía al timbre. ¿Está bien, usted? ¿Está…? ¿Está sola? Porque la vi entrar acompañada, vio.
—Le agradezco la inquietud, don Gómez. Me retrasaron ciertas obligaciones en las afueras de la ciudad.
Permanece inalterable con las cejas arqueadas y el labio caído, como si mi explicación fuese un acertijo a resolver.
—¿Alguna novedad estos días?
—No, no. Nada nuevo, señora. Usted sabe lo que son las cosas acá. Qué le voy a explicar, si ya se me está yendo… —amaga a irse, pero se queda—. Y lo bien que hace. Porque acá lo único que se puede hacer es picárselas, rajarse carpiendo. Si está todo cada vez peor. ¿O no?
Balbuceo una sílaba incomprensible que a él le basta para seguir su perorata.
—Mire, qué sé yo: mientras no me metan la mano en el bolsillo, por mí que se maten todos. Del primero al último. Igual, la que se viene. ¡Mamita, la que se viene! Porque esto recién empieza. Y los que nos quedamos, ¿sabe qué? A los que nos quedamos, nos queda una sola: hacer igual que el monito.
—¿El monito? —pregunto.
Mi desconcierto parece divertirlo.
—No me va a decir que no conoce el dibujo del monito. ¿De verdá no lo conoce? ¡El monito! ¡Ese que ni habla, ni escucha, ni ve! —y comienza a hacer entre risas la representación de los tres simios sabios, llevando sus manos a la boca, oídos y ojos—. ¡Es la única forma de no tener problemas en este país! ¿O no le parece, señora?
Ante esa interpretación tan libre y personal de la clásica figura, desprendo una mueca que aparentemente lo deja satisfecho. Se despide elevando una vez más la boina sobre la cabeza. Mientras cierro la puerta le oigo repetir con plana jocosidad:
—Es así, señora. Hágame caso. ¡Acá para pasarla bien hay que hacer como el monito! ¡Je, je! ¡Como el monito!
La medianía: una de las tantas formas de la barbarie. Invisible y silenciosa, degrada a los hombres a indolentes monigotes de paja. Espectadores alegres con su ubicación de anteúltima fila, abucheando o aplaudiendo cuando el titiritero de turno así lo ordena. Hace demasiados años que no me despiertan compasión ni sus lamentos ni sus lloriqueos. No son víctimas. Son dictadorzuelos de sus propias vidas estrechas, y no hacen más que propagarse como una peste hasta reducir a los pueblos a comarcas de opereta.
Asomada al pasillo, vuelvo a buscar consuelo en el rumor de la ducha. Me esfuerzo por distinguir el vapor que escapa del baño. Imagino los contornos de mi hombre perfilándose a través de la cortina. Mi hombre-niño. Mi Tadzio.
De vuelta en la cocina, controlo el horno y busco dos platos de lo alto de la alacena. No puedo quitarme de la mente a don Gómez. Hubo un tiempo en que buscaba comprenderlos. Los justificaba, los apañaba, me esforzaba por reencauzarlos. A fin de cuentas, ese era mi deber. Pero ya no. Me he alejado de ellos, así como ellos se han alejado de mí. Hemos dejado de hacernos falta. Y muy pronto lo pagaremos. Todos lo pagaremos.
Golpean otra vez. Abro la puerta con los platos en la mano, preguntándome qué estupidez habrá olvidado exponerme don Gómez, cuando una descarga helada me hiende el pecho.
—Quedate tranquila. No vengo a lastimarte.
Entra perturbado, como dudando. Cierra la puerta y se queda un instante con la cabeza inclinada, atento a los sonidos del palier.
Un chirrido le acompaña los pasos al caminar hasta la mesa. Mientras se desploma en una silla, descubro el piso regado de trozos de porcelana. Miro mis manos abiertas sin poder recordar cuándo se me cayeron los platos ni el estruendo que debieron provocar.
Hace años que Ignacio se redujo a un timbre que me espanta por las medianoches, a una sombra que me aterroriza con amenazas, insultos y exigencias de dinero. Y ahora lo tengo sentado frente a mí, vuelto un harapo, la cara oculta detrás de las manos y el pelo desgreñado que le cae sobre la ropa mugrienta.
Busco bajo este hombre devastado algún vestigio del chico que fue mi hijo. Su actitud vencida no apacigua mi pavor: es una fiera herida, bastaría tocarle un nervio para que me devore de una dentellada.
Deja caer las manos. A los veintiocho años tiene la mirada partida: sus ojos son los de un viejo sepultado bajo paladas de rabia y frustración.
No debo preguntarme qué porción de su fracaso me corresponde. Este no es mi país, esta no es mi ciudad. Y poco me identifico con la cultura que me rodea. Pero este chico naufragando en mi cocina es mi hijo. Lo cobijé en mi vientre y se alimentó de mis propios pechos. Nada de su derrota me es ajena. Su derrumbe no es más que un espejo que me delata, libre de máscaras y de disfraces.
—Estabas por cenar —dice señalando el horno prendido.
—Teresa… —balbuceo—. Teresa me dejó algo para calentar.
Un silencio largo. Ruego que no oiga la ducha abierta.
—¿Te acordás cuando Lila preparaba la cena cada noche? —dice, y toma un cuchillo de la mesa. Recorta una figura en el aire, le da forma a su recuerdo—. Yo me sentaba acá, donde estoy ahora. Papá siempre allá y vos ahí enfrente —apunta el cuchillo en dirección a la cabecera—. La Reina siempre enfrente.
Vengan… vengan todos a ver… La Reina está desnuda.
Doy media vuelta para abrir el horno. El calor me abrasa las mejillas. Saco la bandeja ardiente y la suelto con torpeza sobre la mesada.
—¿Tenés hambre? —le pregunto poniendo la mano bajo la canilla de agua fría.
—Tengo sed.
Esquivo los platos rotos para alcanzarle un vaso de agua.
—Mamá…
Una criatura balbuceando por vez primera un manojo de sílabas desconocidas. Desde los catorce, quince años que no me llama así: “mamá”.
—Decime, Ignacio.
—Tenés mal los ojos.
—Estoy quedándome ciega. Los médicos no creen que se pueda hacer demasiado. Solo retrasar el proceso, en el mejor de los casos.
Toma el agua de un largo sorbo. Temo que el vaso le estalle en la mano. Lo deja de un golpe sobre la mesa. Quiere decirme algo y no sabe cómo hacerlo.
—Tengo miedo, mamá. Estoy… estoy jugado, ¿sabés?
—¿Jugado? —pregunto confundida.
—Me tienen agarrado de las pelotas —vuelve a esconder la cara detrás de las manos. Hace tanta presión al secarse las lágrimas que podría arrancarse los ojos—. Van tres meses que duermo cada noche en un lugar distinto. Me están mordiendo los talones.
—¿Quiénes?
—¿Quiénes? —lanza una risotada despectiva. Su voz se endurece—. ¿Quiénes, me preguntás? Allá afuera nos estamos matando. Allá afuera hay una guerra, y vos todavía no te enteraste.
Estrujo el repasador hasta que me duelen los dedos. Tomo coraje y digo:
—Desde que el hombre es hombre que allá afuera hay una guerra. Vos no inventaste nada. Ninguno de ustedes está inventando nada.
Me arrepiento de lo dicho. Desearía volver atrás.
—¿Cómo podés vivir así? —pregunta.
—¿Así cómo?
—Así. Encerrada en tu caja de cristal, de espaldas a todo.
Me quedo callada.
—Me voy —dice—. Antes dejame pasar al baño.
—Ignacio…
—¿Qué querés?
—¿Precisás plata?
Ni me responde. Busco sostén en la mesada cuando, al levantarse, creo reconocer la culata de un revólver asomándose por debajo de su cinturón.
Ruego que utilice el toilette de la habitación de servicio, así no descubre a Rafael, que ya habrá terminado de ducharse. Pero camina en dirección al living. Lo sigo con cautela, mientras sus pasos desaparecen en lo profundo del departamento. Se detiene, da vueltas en la penumbra del inmenso comedor vacío.
—Vení para acá —ordena masticando las palabras. Permanezco estática varios metros detrás—. Te dije que vengas para acá. Decime: ¿dónde están los muebles?
Su brazo chasquea como un látigo sobre el interruptor. En lugar de las arañas, solo se enciende una pálida bombita. La luz se derrama penosa por las paredes, le otorga a sus facciones angulosas un aspecto animal.
—¿No me oís? Te pregunté dónde carajo están todos los muebles.
—Es que me estoy yendo —balbuceo.
—¿Eh? ¿Qué dijiste? ¿A dónde mierda te estás yendo?
—A Italia. A Venecia. Vuelvo a Venecia, junto a tía Tina.
Se ha quedado paralizado, estudiándome. Y dice, en una voz tan baja que apenas logro entenderlo:
—Te escapás, pedazo de mierda. Me dejás, me abandonás. Te hartaste de tu papelito de vieja millonaria, de jugar a la escritora fantasma. Y ahora te escapás como lo que siempre fuiste: una rata. —Se lanza hacia mí, su aliento arde en mi cuello—. ¡Vos no te vas a ningún lado! ¡No te vas a ningún lado, porque vos no sos nadie! ¡No existís! ¿Me escuchás, hija de puta? ¡No existís!
Me zamarrea, sus dedos atenazan mi cuello. Impedida de respirar y estrujada contra la pared, agito los brazos como aspas. Acerca sus labios a mis oídos y murmura entre dientes:
—¿Me podés escuchar? Mové la cabecita de arriba abajo, si me podés escuchar.
Hago sumisa lo que me ordena. Mis lágrimas le humedecen la mano.
—Vas a decirme que no te vas a ninguna parte. Ahora me lo vas a decir. Me vas a pedir perdón y me vas a decir que todo es mentira. ¿A ver, ratita? Hablá. Hablá de una puta vez, que no se te escucha una mierda.
—Me voy, Ignacio —balbuceo con la voz destruida—. Vuelvo a Venecia… Vuelvo a casa.
De una cachetada me desparrama en el suelo. Mis lentes vuelan por el aire hasta estrellarse contra la pared. De pronto, impulsada por una fortaleza que desconozco, me levanto y me lanzo sobre él como una poseída.
—¿Qué es lo que querés que te diga? —grito desgarrándome la garganta, devolviéndole una catarata de cachetazos—. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¡Te tengo miedo, Ignacio! ¡Te tengo terror! ¿Qué te hice para que me odies tanto? ¡Respondeme de una vez! ¡Respóndanme todos de una vez, hijos de puta! ¿En tanto me equivoqué para que me odien así?
Me detiene sujetándome del brazo. Veo cómo cierra con lentitud cada uno de los dedos de la mano derecha. Hurgo en su mirada y no encuentro más que dos cuencos turbios, tan vacíos e inútiles como los míos. Y me rindo ante su mano vuelta un puño.
—Sí —dice—. Te equivocaste mucho. Demasiado.
Y me demuele de una trompada en el estómago.
Mis brazos alrededor de las rodillas. Un feto ahogado en un charco de horror.
Me arrastro intentando alcanzar los lentes tirados en una esquina. Mis ojos distinguen los cristales partidos entre motas amarillas que flotan a ras del suelo.
Me detiene pisándome la mano, estrujándome los dedos con la suela de sus botas. Suelto un grito. Le ruego entre sollozos que me deje en paz.
De repente algo lo arroja violentamente a un lado. Dos brazos me rescatan, me apoyan junto al hogar. No distingo más que una figura empañada, pero reconozco su aroma, su piel fresca. Debió de oír el escándalo desde el baño.
Le busco los labios. No comprendo sus palabras, pero su voz vibra en mis oídos y me devuelve algo de serenidad. Levanta mis lentes y me los coloca con delicadeza. Las sombras se acomodan, su figura toma forma. Me acaricia una mejilla y va en busca de Ignacio.
Ignacio retrocede, lo escupe y le lanza una patada mientras me grita “¡Puta de mierda!”. Rafael se arroja sobre él. Forcejean, pierden el equilibrio y caen. Rafael se levanta primero, se pone en guardia y espera a que Ignacio también se pare. Cuando lo hace, lo golpea una vez, y otra, le descarga una andanada de golpes. Mi hijo ya no ofrece resistencia. Una última trompada le abre un tajo en el pómulo, del que enseguida baja una hebra de sangre. Tambalea al borde de perder la conciencia. Tirada, olvidada al alcance de mis manos, reconozco el arma que le sobresalía de la cintura. Me arrastro a ella.
—¡Rafael! —grito con voz monstruosa. El frío metal del arma tiembla en dirección a su pecho.
Se queda inmóvil, reteniendo a Ignacio del cuello despedazado de su camisa.
—Con mi hijo, no —digo sin dejar de apuntarlo—. Con mi hijo, no… Soltalo y andate. Andate ya mismo, si no querés que te mate.
Libera a Ignacio, que se aleja de él trastabillando hasta refugiarse en mis brazos. No suelto el arma. Rafael se seca la transpiración estirando hasta la frente la remera que le lavé esta misma mañana en el Delta.
Desliza los pies camino a la recepción. Se da vuelta y me interroga con una mirada de dolorosa mansedumbre: un niño obediente padeciendo el castigo de una madre enferma. Abre la puerta de salida, duda un instante. Entrecruza sus ojos con los de Ignacio. Lo observa sin odio. Él también se reconoce en su mirada, descubren que no son tan diferentes. Otra vez se dirige a mí, que sigo apuntándole con el revólver. Intenta decirme lo que no pueden sus labios tartamudeantes. Pero pronto da media vuelta y abandona el departamento.
Asqueada, suelto el arma. Al caer, un eco metálico se expande por todo el comedor.
Me parto en un llanto vacío de lágrimas. El lamento inútil de quien deja caer su máscara sin encontrar debajo más que un par de ojos turbios de muerte.
Me arrastro hasta Ignacio, que ahora ha quedado inconsciente. Su cara destrozada es una caricatura cruel de quien, minutos antes, entró en este departamento.
Sosteniéndome de las paredes y respirando con dificultad, llego al baño más cercano. Busco un par de toallas y una botella de alcohol. Al limpiarle la herida del pómulo, vuelve en sí, libera un gemido.
—Sé cuánto duele, hijo. Sé bien cuánto duele.
Aplico un trozo de algodón sobre sus encías ardientes. Le quito la camisa y le restaño la sangre con la toalla. Con su brazo enlazado a mi cuello, lo cargo como puedo hasta el dormitorio y lo acuesto en mi cama. Le saco las botas y las acomodo una junto a la otra, así como le enseñé a hacerlo cuando era un niño. Después le quito los pantalones y los doblo prolijamente sobre la silla del secretaire.
Me tiendo con timidez a su lado. Me acerco de a poco, hasta que mi cuerpo se arrima al suyo, hasta que mis labios pueden rozar su cuello. ¿Cuánto hacía que no acariciaba, que no besaba a mi hijo?
—Perdoname, Ignacio. Te suplico que me perdones.
De mi memoria fluye una remota canción infantil: una canzonetta del Veneto que mis antepasados supieron transmitirse por siglos, de tierra en tierra. Una melodía nostálgica que ayudó a las mujeres de mi familia a vencer al tiempo cantándola por lo bajo, mientras calmaban con su leche tibia a sus recién nacidos.
Acerco mis pechos secos a los labios destrozados de mi hijo. Y tarareo, en vano, jirones sueltos de aquella canción de cuna. Acariciándole el cabello, me abandono dócil en mi océano de soberbia y culpa, incapaz de tender un puente que aúne nuestras ruinas.
XV
Despierto entre un estrépito de gritos y maquinarias.
Un sinfín de motas de polvo flota en el aire. Las sábanas, mi cara y mis lentes aparecen cubiertos de ceniza.
Cuando me asomo a la ventana, entiendo el desastre: han terminado de demoler la vieja casona de los Ugarte Peñaloza. Del otro lado del vidrio no hay más que una polvareda espesa entre un ejército de gusanos armados con taladros y picos.
Pero no les basta. Pretenden más. Lo pretenden todo. No tardarán en ir por la manzana de al lado, por la de enfrente. Y muy pronto vendrán por mí. Y cuando acaben conmigo irán por sus hermanos y por sus padres, y al final se regodearán con la carne de sus propios hijos. Y ni así estarán satisfechos. Sigan adelante, no se detengan. A fin de cuentas, no hacen más que cumplir con su destino, con su mandato de cerdos.
Me aseguro de que la ventana esté cerrada del todo y bajo la persiana. Pero igual los ruidos la penetran. Doy media vuelta y recorro el dormitorio vacío. ¿Dónde está? ¿Dónde estás? Las sábanas revueltas, la almohada empapada en sangre. También faltan sus botas y su pantalón. ¿Cómo es posible? Si yo misma los acomodé anoche.
—¡Ignacio! —grito asomada al pasillo.
Vuelvo al dormitorio. Noto el secretaire torcido, sus cajones semiabiertos. Martirizada por el zumbido de una sierra, los abro uno por uno. Sí, fueron revisados. El sobre con mi pasaje está intacto, pero todo lo demás ha sido revuelto. No preciso ver el fondo del último cajón para saber con qué me encontraré.
Igualmente, lo saco y lo apoyo con estúpida esperanza sobre las sábanas manchadas. El doble fondo, violentado. Faltan mis joyas y el reloj que me obsequió Álvaro. Y más atrás, nada: ni las banditas elásticas de los fajos de dinero. Solo Lila e Ignacio supieron alguna vez de este compartimiento escondido.
Mis rodillas se doblan de a poco, me envuelvo y me encierro en mí misma. Permanezco así, oculta en lo más hondo de mi cuerpo marchito. Acurrucada en el suelo, un ovillo contra una esquina del dormitorio.
Otro estruendo. El cielorraso cruje, el suelo vibra a punto de quebrarse. Más explosiones, más gritos.
Allá afuera nos estamos matando. Allá afuera hay una guerra y vos todavía no te enteraste.
Me cubro los oídos, pero es inútil. Son como disparos de un pelotón de fusilamiento. Y, con cada débil respiro, una puntada en las costillas. Y el vacío. El vacío que me despelleja por dentro.
El polvo se me adhiere a los lentes. Me raspa la boca y la garganta.
De rodillas espío a través de las junturas de la persiana: el ejército de gusanos sigue allí, a punto de desplomar el último muro. Provocan otro derrumbe. Le insuflan más polvo a la humareda que todo lo devasta, en la que todo desaparece.
¿Por qué han destruido la mansión? ¿Qué los obligó a hacerlo? Era el caserón de doña Esther, donde nos besamos por primera vez con Gianluca. ¿Dónde quedaron mis noches de baile? ¿Qué fue de los violinistas, la glorieta del jardín?
Vuelvo a buscar sus botas bajo la cama. ¡Los gusanos! Se las habrán comido los gusanos. Como también al pantalón que yo misma colgué en la silla.
—¡Ignacio!
¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde?
—Ignacito estará en la biblioteca —me respondo.
Pasa horas enteras encerrado allí. Porque mi hijo es un gran lector. No podría ser de otra manera. O, tal vez salió con esa chica. Esa chica… ¿Por qué será que jamás logro recordar su nombre?
La cortina se me enreda en el cuello. Me libero de ella, camino tambaleante hasta el armario y busco mi manta de encajes, mi merletto bordado en oro. El mismo que dejé pudrirse en la profundidad de un sepulcro hasta confundirlo, decenas de décadas más tarde, con una sucia mortaja.
Aquí está. Aliso sus pliegues y lo extiendo hasta cubrirme los hombros y la cabeza. En otra época, así lo hacían las viudas. Porque, a fin de cuentas, eso es lo que todos creen que soy. Eso me he vuelto: una lloriqueante viuda que asiste a su propia ceremonia fúnebre.
Saco una cartera del armario y me pierdo en el pasillo. Acaricio los rectángulos grises que manchan las paredes. Es todo lo que ha quedado de mis cuadros. También han arrancado mis alfombras, mis cortinas. Han robado mi dinero.
Giro al oír un murmullo a mis espaldas. ¡Una sábana suspendida en el fondo del pasillo! ¡Se agita, se sacude! ¡Y ahora se acerca y me persigue! Huyo a la biblioteca, cierro la puerta tras de mí. No son visiones, me digo aterrada. Era una sábana interminable. Interminable y blanca como un espectro.
Aprieto los interruptores, pero ninguna luz se enciende. Casi a ciegas palpo los anaqueles vacíos. En la penumbra parecen huesos filosos que abren la piel de un moribundo. Han quemado mis libros, los han vuelto cenizas. Y mis máscaras tiradas. Todas. Cada una de ellas.
—Salvajes. Bárbaros. Eso son: bárbaros. No les fue suficiente negarme. No les fue suficiente deshonrarme. Les hizo falta más. El despojo debía ser absoluto.
Las explosiones, los disparos y los gritos no cesan. Se resquebrajan los vidrios de las ventanas. El velo que me cubre no aplaca el estruendo. Se potencia, se acrecienta hasta lo insoportable.
—¡Teresa! ¡Venga aquí! ¡La estoy llamando! ¡Venga de una vez! Dígame: ¿qué significan estas sábanas cubriendo los muebles? Dígamelo de una vez. ¿Y dónde están mis porcelanas, mis floreros, mis cuadros? ¿Y esto? ¡Las paredes del comedor manchadas de lamparones rojos! ¡La camisa de Ignacio destrozada junto a una toalla llena de sangre! ¡Todo esto es obra de su hija! ¡La impertinente de su hija! Ella debió entrar a robar mientras yo dormía.
Atravieso la recepción, intento abrir la puerta principal. No abre: también destrozaron la cerradura.
¿Cómo puede ser? El piso de la cocina regado de platos rotos. Camino desconcertada sobre las astillas y maldigo por lo bajo: Teresa no limpió las junturas de los azulejos. Mañana se las verá conmigo. ¿Cuántas veces debo repetirle las cosas? ¡La puerta de servicio tampoco se abre! Insisto, pero las manos empapadas en sudor no me permiten ni siquiera girar la llave.
Debo encontrar un espejo. Me acaricio el mentón y las mejillas. Tengo la cara dolorida, apenas puedo girar el cuello. Es como si hubiese despertado después de una paliza. Extenuada, me derrumbo en una silla junto a la mesa de la cocina. La misma silla en la que se sienta Ignacito todas las noches a la hora de la cena.
—Este es su lugar —digo palpando la mesa—. Allá se sienta Gianluca. Y en la cabecera me ubico yo, por supuesto.
Esfuerzo la mirada, pero mis lentes partidos me impiden ver las agujas del reloj. Ya deben ser las ocho. Ignacito estará por llegar. Él nunca llega tarde, él es puntual. Sabe muy bien que acá cenamos a las ocho. Y en esta familia la cena es sagrada.
—¡Lila! ¿Dónde se había metido? ¡Ignacito y Gianluca están por llegar y usted ni siquiera encendió el horno! ¡Pero… qué es esto! —grito quitándome el trapo que me han puesto en la cabeza. ¿Una mortaja? ¡Una sucia mortaja!
La tiro al piso y busco mi reflejo en algún lado para emprolijarme antes de que Gianluca vuelva del banco. Debo estar presentable. A él le agrada verme arreglada, elegante.
Aunque… tal vez nada de todo esto sea necesario. Presumo que ya no me hace falta espejo alguno. Puedo verme reflejada en cualquier pared de este piso abandonado. Sus muros brillan como el interior lustroso de los féretros. Esos que los ojos descompuestos de los cadáveres tienen delante de sí por toda la eternidad.
Oigo golpes al otro lado de la puerta. Son ellos. Los gusanos. Con sus picos y taladros.
—Entren de una vez. Tiren la puerta abajo.
Sí, me digo. Háganlo de una vez por todas. Y siéntense a la mesa conmigo. Les cedo la cabecera, si así lo desean. Veámonos de una vez las caras y después hagan lo que vinieron a hacer. Avancen y derrumben el edificio entero. Pero por favor, háganlo de una vez por todas. Acaben con este tormento de siglos. Aquí me tienen. Yo ya no tengo miedo. Yo ya no tengo nada.
Aquel lacayo, el ciruja del umbral, estaba en lo cierto. Y ustedes saben bien de quién hablo. Hablo de la víbora que arrojaron en la entrada de mi departamento. Enroscada en el suelo, la piel cubierta de llagas. ¡Vengan! ¡Vengan todos a ver! ¡La Reina ha muerto!
Los hachazos abren grietas en la puerta hasta tirarla abajo. Me cubro la cara, el polvo se diluye. Al fin, nos vemos a los ojos.
¿Esperaban encontrarse con otra cosa? ¿Algo mejor, acaso? Lamento decepcionarlos: hace demasiado tiempo que todas mis máscaras cayeron. Hasta la última de ellas. Y no resta más que esto. Les aseguro que supe ser mejor, mucho mejor. Supe ser bella, respetada y adorada. Protegí y guié a cientos, a miles. Enderecé sus caminos y corregí sus bordes. Preparé el sendero, alcé los valles y allané lo áspero.
Pero por fortuna todo eso quedó atrás. Porque ustedes no merecen encontrarse con nada más que este despojo. Los gusanos no merecen más que podredumbre.
No hay remordimiento en mi extravío. Solo el desasosiego frente a un telón fastuoso que se abre y no muestra más que un escenario de huesos crujientes sobre tablas partidas.
NICOLÒ MARCOVICH
I
Debía haber ocurrido algo grave para que García osara entrar en la oficina del jefe sin anunciarse. Aun así, Humberto Zalagna siguió imperturbable frente a su escritorio, tachando la tapa del diario del día con un marcador rojo. En cuestión de segundos, su empleadito se disculparía por la impertinencia.
—Discúlpeme por entrar sin anunciarme, señor. Tengo algo urgente para informarle.
—Podría haber golpeado a la puerta, García. ¿Quiere que le explique cómo hacerlo?
—Nicolò Marcovich rompió el silencio. Nos concede un reportaje.
—Ah, qué bien —dijo Zalagna sin levantar la cabeza del diario—. Y anoche Salinger cenó en mi casa. ¿Algo más, García? Por si no se dio cuenta, yo estoy trabajando. ¿Por qué no prueba hacer lo mismo?
—No es chiste, señor. Nos concede un reportaje para esta misma semana.
García disfrutó en silencio cada una de las reacciones que le sucedieron a su jefe: la cabeza irguiéndose, el marcador rodando sobre el diario y el perdón ante el pecado de no haber golpeado a las puertas del reino.
—Nicolò Marcovich —insistió, más decidido— quiere revelar su identidad por medio de nuestro diario. Nos ofrece una entrevista para mañana mismo, si usted así lo quiere. ¡Es la nota de la década, señor! ¡Por fin le vamos a conocer la cara!
Bastó con que Zalagna le ordenara silencio con el dedo índice en los labios, para que la insólita petulancia de García se disipara en un parpadear.
—¿Me está jodiendo? —preguntó Zalagna levantándose y rodeando el escritorio, mientras su empleado se hundía en el asiento—. Le acabo de preguntar si me está jodiendo. Porque yo no estoy para jodas.
García carraspeó.
—¡Responda! ¿Me está jodiendo?
—No, no, señor. Yo no me atrevería a…
—No le entiendo un carajo, García. ¡No le entiendo tres porongas! ¡Hable con la boca abierta! ¿Sabe hablar con la boca abierta?
—Sí, por supuesto que sí.
—¡Entonces explíquese de una vez!
—Sí, sí, señor. Permítame… permítame explicarle todo: hablé con un hombre mayor, creo que se llama Ezcurra. Dice ser…
—¿Azcurra quiso decir? Conozco muy bien al señor Álvaro Azcurra. Y si usted tuviese medio dedo de frente, también lo conocería. Es el fundador de Ediciones Leopardi. Su editorial publicó la novela de Marcovich y la viene publicando desde hace veinte años.
—Sí, eso mismo. Dice ser su editor, y me dijo que Nicolò Marcovich nos ofrece una entrevista en exclusiva.
—¿Cuándo habló usted con el señor Azcurra?
—Recién —murmuró García, la respiración de su jefe le ardía sobre la cabeza—. Llegó hace unos minutos acá, a la redacción. Habló conmigo. Ahora está afuera, sentado en mi escritorio.
Zalagna dio dos zancadas y levantó una de las tiras plásticas de la cortina que cubría la puerta vidriada de su despacho. Clavó la mirada en un ángulo de la redacción.
—Voy a hacerle una pregunta, García. Y le pido que me responda con un monosílabo. Limítese a decir: “sí” o “no”.
—Sí, señor.
—¡Cállese, que todavía no le pregunté nada! Escuche mi pregunta y después responda “sí” o “no”. ¿Usted comprende el significado de la palabra “inmediatamente”?
—Por supuesto, señor. Digo, sí. ¡Sí, señor!
—Entonces rájese inmediatamente de mi despacho, discúlpese con el señor Azcurra por la demora, hágalo pasar y dígale a Lucía que nos traiga dos cafés. Y después, García —dijo sacudiendo los dedos en el aire, como quien espanta un insecto—, hágame el bendito favor de extinguirse.
—¡Por supuesto, señor!
De vuelta a solas, Zalagna se alisó las cejas. Su mente lo regresó quince años atrás, a 1961, cuando le dedicó la tapa del suplemento Cultura a Marcovich con el título: “El enigma detrás del Tríptico”, montándose así a una discusión que trascendía el mundillo literario argentino. Él mismo había escrito aquella nota, y aún podía reconstruir en su memoria el tono altisonante:
Ahora, que ya se ha largamente disipado la densa humareda de controversias y debates que suscitó el impensado éxito de su única novela, queda un pilar en pie: Tríptico del desamparo es uno de los hitos de la literatura latinoamericana de la década del cincuenta. En cambio, no se aquietan las aguas que rodean al nombre y apellido de un autor que, desde el anonimato, alcanzó con creces la estatura de leyenda. Pues, mientras la novela editada en 1955, se eleva tras cada relectura al firmamento de los clásicos, el escurridizo Nicolò Marcovich continúa siendo un acertijo por develar, un enigma sumergido en lo más profundo de un turbio océano de misterio y desconcierto.
Cinco años más tarde, volvió a poner a Marcovich en la tapa de su suplemento. “¿Quién se oculta detrás del mito?”, decía el título bajo la foto de una sombra escribiendo a máquina. De ese número, en el que Álvaro Azcurra se negaba por enésima vez a revelar la identidad de su representado, y en el que editores e intelectuales analizaban la novela y aventuraban quién se encubría bajo el seudónimo de Marcovich, se habló casi tanto como de la caída de Illia. Orestes Peña, a pocas semanas de recibir el Nacional, cerró la nota principal con la siguiente frase: “Lo único cierto es que no existen certezas cuando se habla de Nicolò Marcovich. Todo puede ser verdadero, todo puede ser leyenda”.
Unos golpes a la puerta de la oficina alejaron a Zalagna de sus pensamientos. Abrió más impaciente que intrigado, con la molesta sensación que inquieta a los hombres de poder cuando los hechos escapan de su control.
—Adelante, señor Azcurra. Su visita es un placer.
Álvaro Azcurra simuló no escucharlo y se dirigió, con ayuda de su bastón, hasta el ventanal que ocupaba todo un lado de la oficina. Más allá, el río color de león relumbraba entre el puerto abandonado.
—Lo felicito, muchacho —dijo entornando los ojos bajo los párpados de pliegues caídos—. Tiene a su disposición un magnífico panorama.
Zalagna dejó escapar una sonrisa altanera.
—Es una vista única en toda la ciudad —dijo señalando el horizonte, como si fuese un óleo pintado por él mismo—. Los colores del agua viran del azul al plateado según la posición del sol y en los días despejados se distingue la costa uruguaya.
—¿Sabía que a mediados de los años veinte, medio siglo atrás, quien lo diría, este era el despacho de don Atilio Edwards?
—Don Atilio Edwards —repitió Zalagna con el tono rimbombante con que se nombra a ciertos próceres—. Tercer director de este periódico.
—Por aquellos años, yo solía visitarlo a menudo pues don Atilio me había honrado con su amistad y erudición. Aquí mismo, en esta oficina, cuando usted era un mozalbete, manteníamos interminables pláticas acerca de las dos pasiones que le sostenían la vida: el periodismo y la literatura. En ese orden, por desgracia.
—Por desgracia —asintió Zalagna, poco convencido.
—Cierto día le pregunté por qué cubría esta misma ventana con una cortina opaca que le impedía disfrutar de una vista, como usted bien dijo, única en la ciudad. ¿Sabe qué me respondió? —el anciano apuntó a Zalagna con el mango de su bastón—. “Para no confundirme, Alvarito, para no confundirme”. Y enseguida agregó que el día en que él se creyera dueño de este panorama, las columnas que sostienen el periódico comenzarían a pudrirse igual que el agua del río.
Zalagna tosió por lo bajo, se alisó un pliegue inexistente de la camisa.
—No me haga caso —añadió Azcurra acomodándose en un sillón—. Son solo viejos sucesos personales. Una mera anécdota que creía haber olvidado.
Tras golpear a la puerta, una chica entró en la oficina y apoyó en la mesa ratona una bandeja con dos cafés.
—¿Precisa algo más, señor?
—Nada más, Lucía. Retírese.
—No tengo más que agradecimientos, señorita —intervino Azcurra—. Le ruego que me acompañe en mi deseo de que este café no sea el último.
—Usted me dirá cuál es la razón de su visita —dijo Zalagna señalándole la puerta a la chica.
El anciano llevó el pocillo a los labios, paladeó un sorbo y murmuró para sí mismo:
—Magnífico. Esta niña prepara un espresso verdaderamente magnífico —después acomodó con suma parsimonia el pocillo sobre la bandeja y dio con su bastón un ligero golpe en la alfombra—. Imagino que su gracioso empleado le habrá explicado la razón de mi presencia. Nicolò Marcovich desea conceder una primera y única entrevista. Y me solicitó, en mi carácter de amigo personal y editor de su obra, comunicarle el ofrecimiento. Preciso saber si usted, como responsable del área Cultura de este periódico, tiene interés en publicar esa entrevista.
Zalagna exclamó con voz estentórea, como si estuviese dando un discurso:
—En nombre de la totalidad de la junta directiva de El mundo, le comunico que nos sentimos honrados del ofrecimiento que nos hace llegar de tamaño autor. Pero —dijo inclinándose hacia Azcurra, adoptando un tono más cercano—, teniendo en cuenta las particularidades que distinguen a su representado, permítame hacerle algunas preguntas.
—Adelante. Despeje sus dudas.
—¿Nicolò Marcovich se hará presente?
—Por supuesto. Es más: Nicolò Marcovich se acercará personalmente a esta misma oficina, si usted así lo dispone.
Azcurra vio codicia en los ojos del director.
—¿También acepta que le realicemos una producción fotográfica?
—Por supuesto.
Zalagna se esforzó por ocultar su entusiasmo. Apenas Azcurra se marchase, se comunicaría con el director del diario: al fin le darían un recuadro significativo en la primera plana de la edición dominical. Pensando en la repercusión de la nota y en la competencia desplazada a un remoto furgón de cola, dijo con resolución:
—Le daremos a la entrevista o, mejor dicho, a este acontecimiento cultural, a este histórico acontecimiento cultural, el espacio y la publicidad que merece. Como usted bien sabe, en nuestro diario abundan distinguidos periodistas. Sin embargo, me ocuparé en persona de llevar a cabo el reportaje. Le encargo que se lo comunique al señor Nicolò Marcovich. Usted coincidirá conmigo en que la ocasión lo amerita.
Azcurra terminó el café y revisó de soslayo el gemelo que le resplandecía en el puño de su camisa.
—Acaba de tocar un punto sensible, Zalagna —dijo sin alzar la vista del reflejo dorado—. Aprecio sobremanera su ofrecimiento, que, me siento obligado a decirlo, lo ensalza como profesional. Pero existen dos peticiones —agregó alzando la mirada— que mi representado exige para dar lugar a la entrevista: la primera es que se lleve a cabo antes de que concluya esta semana. Hoy es martes, por lo tanto deberíamos realizarla, a más tardar, el viernes en horas de la tarde. La segunda petición…
Entonces, tras un tímido golpeteo, apareció la cabeza de García asomada por detrás de la puerta.
—Discúlpeme por no anunciarme, señor. Tengo para hacerle una consulta de suma import...
Azcurra no disimuló su estupor al ver cómo el director de Cultura de El mundo se eyectaba para despachar a su empleado a los gritos.
—No es sencillo lidiar diez horas por día con estos estúpidos —dijo Zalagna pegando un portazo y volviendo a sentarse en la punta del sillón—. Me decía que deberíamos realizar la nota antes del viernes. Sugiero llevarla a cabo mañana mismo. Eso nos permitiría diseñar con tiempo suficiente una edición especial para el suplemento del domingo. ¿Cuál sería la segunda petición?
—La segunda exigencia de mi representado es que la entrevista esté a cargo del señor Rafael Leone.
—¿Orlone cuánto? Sabrá disculpar mi ignorancia, pero ¿de quién estamos hablando?
—Rafael Leone. Es un ex reportero de este periódico. Marcovich lo considera un intelectual lo suficientemente lúcido como para entrevistarlo. El único problema es que, tanto para el autor como para mí, el paradero de este caballero es un misterio.
—¿Y dónd…?
—Usted sabrá, Zalagna. Encontrar a Rafael Leone será su trabajo.
Zalagna se restregó los ojos. Después, sin siquiera disculparse, se levantó y abrió la puerta de la oficina. Una vez fuera, tomó del brazo a su secretaria.
—Comuníqueme ya mismo con Recursos Humanos. Si está Campanile, mejor.
Minutos después, volvía a sentarse frente a Azcurra sosteniendo entre las manos una carpeta de cartulina.
—Aquí tenemos el legajo del tal Rafael Leone —dijo Zalagna, abriendo la carpeta—. Este chico trabajó en El mundo hasta hace dos años y medio: desde enero a septiembre de 1973. Los primeros meses se desempeñó en el sector Repartición. Es decir, de madrugada repartía diarios en una camioneta. Un canillita de lujo, usted comprende. Más adelante, consiguió un ascenso.
—¿Un ascenso? ¡Muy bien!
Zalagna volvió a alisarse las cejas.
—Sí, un ascenso a cadete de una receptoría de… acá está: Burzaco. Las nuevas responsabilidades de ese lúcido intelectual se limitaban a sacar fotocopias, comprarle el almuerzo al resto de los empleados y servir café. En septiembre de 1973, teniendo veintitrés años, esta persona suficientemente proba fue echada después de intentar golpear a un cliente.
—Fantástico —dijo Azcurra, exhibiendo una sonrisa que desmentía su edad—. Ahora solo queda contactarse con el muchacho. En el legajo, seguramente, constarán sus datos.
Zalagna se quedó pensativo. Respiró profundo y estrujó uno de los bordes del legajo.
—Su figura, Azcurra, me genera un inmenso respeto. Esto no se debe tan solo al lugar que Ediciones Leopardi se ganó dentro del mercado editorial hispanoamericano, sino a que usted es un verdadero caballero, de los que ya no quedan. Pero debo recordarle que no está hablando ni con un mozalbete ni con el retrasado de García. Está hablando con el Director de Cultura del diario más prestigioso del país. Por lo tanto, no puedo permitir ni que juegue conmigo ni que me haga perder el tiempo. Entonces, dígame usted, desde la sabiduría que le otorgan los años, qué debería hacer yo con su propuesta.
Azcurra descruzó las piernas dejando escapar un gesto de aprobación: un pescador ante el tironeo de la caña.
—No me estoy mofando de usted. Y tampoco es mi intención hacerle perder el tiempo. Su secretaria no solo es una niña encantadora que prepara un magnífico espresso. También es dueña de un nombre bellísimo: Lucia —Azcurra la nombró en italiano—: la que nació a la luz del sol. Seguramente, Zalagna, en su adolescencia habrá leído I promessi sposi. —El anciano hizo una pausa como un profesor que espera la respuesta de un alumno poco aventajado. Ante el desconcierto de su interlocutor, agregó—: I promessi sposi, Zalagna. Los novios. La novela de Alessandro Manzoni.
—¡Ah! ¡Sí! Esposi. ¡Por supuesto que sí!
—Muy bien, Zalagna. Muy bien. I promessi sposi me despierta singular y profundo apego. Por ser un portento de la literatura italiana y, también, si me permite un dejo de vanidad, por la maravillosa edición que mi editorial ofreció años atrás a los lectores de habla hispana.
—Maravillosa, sin dudas. Una edición maravillosa.
—Me sorprenden sus palabras, teniendo en cuenta que su suplemento cultural la ignoró de cabo a rabo.
—Eso es imposible. Debió tratarse de una lamen…
—…lamentable omisión —se adelantó Azcurra—. No se mortifique: suele suceder. Ahora regresemos a lo importante. Mi adorada amiga, la señora Irene Vidi, se encargó no solo de la ciclópea tarea de traducir I promessi spossi al español, sino también de escribir un relevante estudio sobre la obra de Manzoni. En cierto pasaje, reflexiona justamente sobre Lucía, la novia de la novela, deslizándole una leve crítica a Manzoni. Señala que tal vez sea el personaje menos acabado, el menos atrayente del libro. De todos modos, pocas páginas más adelante, la señora Vidi repara en una sutil ironía: Lucía, aun con todas sus tibiezas a cuestas y opacada por una galería de personajes tan encantadores como sólidamente delineados, es quien sostiene el peso de la historia. Por ella se desvelan el temerario Renzo, la cálida Agnese, el respetado padre Cristoforo y el poderoso y temido Rodrigo. No creo necesario explicar qué quiero decir con todo esto, estimado Zalagna. Hacerlo sería insultar su cargo e inteligencia.
Álvaro Azcurra se levantó sosteniéndose de su bastón. Antes de cerrar la puerta, dijo con un histriónico ademán:
—Tres días, Zalagna. Cuando lo encuentre a Leone, no deje de hacérmelo saber.
Al irse, se dio vuelta y alcanzó a ver a Zalagna aún sentado, con la mirada de tiburón clavada en el legajo.
II
El jefe de la receptoría Burzaco ahogó un bostezo. Ya hacía una hora que estaba encerrado en la oficina de Zalagna. —Es que pasaron tres años, señor director —dijo restregándose los dedos—. No es demasiado lo que podría acordarme. Era un cadetito, ni de la cara me acuerdo. No estuvo ni un mes a mi cargo.
—Estuvo a su cargo diez semanas, entre julio y septiembre de 1973. Piense de nuevo. Algo debe recordar.
—No sé. Era un chico desganado, agresivo. No. ¿Sabe qué era? Un frustrado. Eso era: un frustrado, un resentido. Algo siempre le molestaba. Tenía ínfulas de jefe y no sabía ni escribir derecho. Era uno de esos que piden a gritos ser echados de una buena patada en el culo, si usted me permite la expresión.
—¿Qué más se acuerda? Haga el esfuerzo de pensar. No quiero creer que lo traje en balde desde Burzaco.
—No. Nada más. Bueno, no sé. Ahora que me acuerdo, no sé si le va a interesar. Es una pavada.
—Nada es una pavada. Hable.
—En la receptoría lo revoloteaban unas empleadas.
—¿Revoloteaban? ¿Qué me quiere decir?
—Eso. Estaban, eh, cómo decirlo…
—Hable rápido y claro, que no tengo todo el día.
—Estaban medio calientes con el pendejo. Un par de cadetas, una telefonista. Las cadetas no llegarían a los veinte años y la otra había pasado los cincuenta. Qué sé yo, el pibe tenía su arrastre. La jugaría de simpático. No sé, usted sabe cómo son las mujeres. Se vuelven locas con el más boludo, si usted me permite la expresión.
—¿Estos son los nombres de las dos cadetas y la telefonista? —preguntó Zalagna extendiendo un papel, que el otro miró con actitud sospechosa.
—Tal cual.
—Ya hablé con ellas, Arnolfi. No saben nada. Vuelva a pensar. Debe recordar algo más.
—Es todo lo que me acuerdo —el jefe de la receptoría Burzaco amagó a levantarse—. Por favor —dijo, incómodo—, permítame irme. Son pasadas las diez de la noche y tengo tres horas de viaje a mi casa. Mi mujer me va a matar.
Zalagna lo liberó, dejando escapar un insulto entre dientes. Hundido en la silla vislumbró, a través de la puerta de su oficina, la redacción a oscuras, las máquinas de escribir silenciosas y los percheros vacíos. Tan solo Lucía seguía ordenando fichas, acomodando papeles. Zalagna se perdió en la curvatura de sus hombros, en el broche del corpiño que se le traslucía por debajo de la camisa. Recordó las palabras de Azcurra, aquello de nacer a la luz del sol.
Soltó otro insulto y regresó al trabajo. Trazando garabatos en una hoja le dio forma, una vez más, a la información que había acumulado las últimas veinticuatro horas.
Rafael Leone, nacido en Buenos Aires hacía veintiséis años y dos meses, en enero de 1950. El padre, eterno empleado bancario. La madre, ausente: abandonó el hogar a poco de dar a luz. Único hijo. Mal alumno, con serios problemas de conducta, expulsado de tres colegios. Termina el secundario, sí, pero más por conmiseración de sus profesoras que por méritos propios. Un punto a tener en cuenta: lo detestan los profesores, como años después lo harán sus jefes en el diario. Pero, por alguna razón, casi todas las profesoras, casi todas las mujeres que lo conocieron, lo defienden y amparan con entusiasmo.
No puede ser un seductor, se dijo Zalagna golpeando con la lapicera el legajo de Leone. Tiene que ser un sinvergüenza, un chanta de esos que saben interpretar el rol de víctima incomprendida desde la cuna.
Una vez terminado el colegio, lo único que se le conocen son borracheras y peleas. Entre los veintiuno y veintidós años, registra dos entradas en la comisaría por “desacato” y “desorden público”; o sea: golpear a un policía y destrozarle el vehículo a un tercero. Cae preso. El padre lo saca de la cárcel por medio de un comisario amigo. Le consigue al hijo un puesto de empleado administrativo en el banco en el que él trabaja desde siempre. Rafael Leone acepta el ofrecimiento, pero renuncia a los pocos días para entrar a trabajar en El mundo como repartidor de diarios por menos de la mitad de lo que ganaba en el banco. El padre lo echa de la casa, y el pendejo se va a vivir a una pensión de mala muerte. La encargada lo recuerda como a un chico parco con el que no intercambió más que unas pocas palabras; dice que se esfumó sin aviso.
Pese a que varios consultados hablan de su obsesión con trabajar en El mundo, su paso por el diario es tan intrascendente como fugaz. Solo se lo recuerda por su desapego a toda obligación. Y ni que hablar de su indiferencia ante jefes y compañeros.
Zalagna vuelve a examinar el legajo. Treinta llegadas tarde y casi veinte ausencias en menos de un año, ninguna justificada por enfermedad. Sueldo, el mínimo. Examen de salud en regla. Legajo número: 1446/E.
Ahí terminaba el rastro. Hasta que fue despedido, dos años y medio atrás. Después, el tal Leone se evaporó en el aire. Se volvió un fantasma. ¿Otro empleo? No, no había registro de empleo alguno. Tampoco había registro de su apellido en hoteles, pensiones, hospitales, comisarías. Ni siquiera en cementerios. Un fantasma.
Una única pista: una ex compañera de la receptoría de Burzaco aseguró haberlo visto, algunos meses atrás, en una librería de Avenida de Mayo. La chica lo reconoció y estuvo a punto de saludarlo cuando lo descubrió metiéndose un libro bajo la campera. No cruzaron palabra, el aspecto de Leone era el mismo de cuando se desempeñaba en el diario.
—Ladrón —murmuró Zalagna mientras volvía a recorrer el desorden de fotocopias, casetes y fotografías desplegadas encima de su escritorio—. Lo único que le faltaba. Caradura, vago y también ladrón.
Aquí está todo, pensó. Todo. Es solo cuestión de armarlo, de darle la forma correcta. Hicieron un buen trabajo los de Policiales, pero este pelotudito de mierda sigue sin aparecer.
Zalagna se hundió todavía más en el sillón y revisó el calendario por vigésima vez: miércoles 17 de marzo. En dos días vencía el plazo que le dio Azcurra para llevar adelante la entrevista. El tamborileo de la lapicera contra el legajo alcanzaba cada recodo de la redacción desierta.
Volvió a escarbar la fotografía: morocho, pelo corto, piel blanca, rasgos armoniosos, aniñados. Pero había algo, había algo más bajo esa apariencia.
Arrimó la lámpara, se agazapó sobre la foto con los hombros doblados, como si pudiese olerla. El pendejo tenía la mirada pesada, oscura: los ojos cargados de un viejo.
Y de pronto Humberto Zalagna se sintió un roedor. Una rata desmenuzando un desperdicio con las uñas. Revoleó el legajo contra una pared, las páginas se desparramaron por el piso.
¿Qué puede unir a este fracasado con un pope de la literatura?, se preguntó llevándose otro cigarrillo a la boca. ¿Por qué Marcovich desearía darle una oportunidad a semejante perdedor? Pero, a fin de cuentas, ¿quién es Nicolò Marcovich? Un idiota quebrado por el peso de sus inseguridades, un solitario que se hizo humo al saberse incapaz de soportar su propio éxito.
Manoteó el encendedor y prendió el cigarrillo. Le dio una pitada profunda.
O sería, como dicen tantos, un escritor del montón tocado por la varita de la suerte, obsesionado por salvaguardar su anonimato para así sostener el misterio que todavía mantiene viva a su novela. O, mejor dicho, novelita. Cada vez eran más los que aseguraban que Tríptico, a fin de cuentas, no era gran cosa; que estaba sobrevaluada; que sufría el paso de los años más que un auto viejo. Ese Marcovich debía ser un impostor, un farsante. ¿Si no, por qué en su momento renunció a los honores, a la adulación? ¿Por qué le escapó a la prensa, si a fin de cuentas los críticos no hicieron más que reverenciar su obra durante años? Rechazó invitaciones de universidades, rehusó ser condecorado como ciudadano ilustre, declinó aceptar el Premio De la Vega y sus millones, el Nacional... Nadie, nadie en su sano juicio le da la espalda a tanto dinero, a tanta gloria.
Me importan tres mierdas la calentura de Marcovich con este pendejo, pensó Zalagna perdido entre el humo que viciaba el aire de la oficina.
—No puedo. No puedo dejar escapar esta nota.
Él solamente tenía que hacerlo aparecer como fuera. Le quedaban dos días para sacar a ese idiota de abajo de la baldosa que le tapaba la cabeza mugrienta.
No, no podía perderse semejante entrevista.
III
—Si no precisa nada más, me voy —dijo Lucía descolgando su cartera de un perchero.
Con una colilla de cigarrillo colgándole de la boca y sumergido en una hoja repleta de nombres, fechas y direcciones, Zalagna liberó a su secretaria con un ademán.
—¿Antes podría hacerle un comentario, señor? Cuando le traje las fichas no pude evitar oír que mencionaba a Rafael Leone.
Zalagna gruñó una sílaba incomprensible, soltó una bocanada de humo.
—Conocí a Rafael —siguió Lucía—. Si hablamos de la misma persona, en una de esas puedo ayudarlo.
Zalagna se enderezó de un respingo. La ceniza del cigarrillo cayó sobre la fotografía de Leone.
—¿Me está tomando el pelo? ¿Por qué no me lo comentó antes?
—Yo le anuncio las visitas, señor —dijo la secretaria con un dejo inhabitual de insolencia—, ordeno fichas y le sirvo café. Más allá de eso, no tengo acceso a lo que usted hace de este lado del cristal.
Zalagna la amenazó con una mirada gélida, pero enseguida atemperó su expresión.
—Hágame el bendito favor de dejarse de joder, Lucía. Pase y siéntese. —Extendió la foto del legajo por encima del escritorio—. A ver, dígame: ¿estamos hablando del mismo Leone?
—Sí. Es él.
A Zalagna le llamó la atención la mirada encendida de la chica al ver la foto. ¿Era el tal Leone el que le despertaba ese rubor en las mejillas? Volvió a perderse en su cuello, en los bucles negros que le caían sobre los hombros.
—¿Y dónde conoció a este sujeto?
—¿Podría abrir la ventana, por favor? Acá no puedo respirar.
Zalagna aplastó el cigarrillo en el cenicero y se estremeció al abrir el ventanal: el horizonte entero había desaparecido; esa noche, el Río de la Plata no era más que un desierto vacío de luna.
—Antes de que usted me trasladara a este sector, yo era secretaria en la receptoría de Berazategui. Fue ahí donde lo conocí. Él era cadete de la receptoría vecina de Burzaco y solía traer la mensajería.
—¿Sabe algo de él?
—¿Qué quiere saber?
—Si lo sigue viendo, por ejemplo.
—No. No lo veo desde que lo echaron hará unos dos años y medio. ¿Puedo saber por qué lo busca?
—Aunque resulte difícil de creer, Nicolò Marcovich nos ofrece un reportaje en exclusiva, con la condición de que sea este ex cadete quien lo entreviste. Pero hágame el favor de no divulgarlo.
—¿Nicolò Marcovich buscando a Rafael?
Zalagna reparó en la alegría infantil de su empleada.
—Eso parece.
—¡Yo lo sabía! —gritó la chica dando un pequeño salto en el asiento—. ¡Yo lo sabía!
—¿De qué habla?
—No sé cómo lo habrá conseguido —dijo Lucía mostrando una sonrisa que Zalagna jamás le había visto—. Pero Rafael se lo merece, se lo merece de verdad. Yo lo sabía. ¡Lo sabía!
—¿Tendría la gentileza de decirme qué es lo que sabía?
—Que le iba a llegar su oportunidad. Acá siempre lo menospreciaron, pero Rafael es un hombre… un chico muy, muy capaz. Usted lo conoció. Usted habló con él.
—¿Yo, hablar con él? ¿Cuándo?
—Rafael es especial, es distinto al resto. Es observador, inteligente…
—¡Déjese de vueltas! Acaba de decir que yo lo conocí.
—Y usted déjeme terminar, por favor. Rafael es un chico encantador y muy inteligente. Demasiado inteligente. Le aseguro que si tuviese la oportunidad de trabajar en esta redacción, en pocos años usted le estaría sirviendo el café a él.
Por qué no te vas a la puta que te parió, pensó Zalagna, y comenzó a martillar con su lapicera el cristal del cenicero. Era la primera vez que su secretaria le faltaba el respeto. Había algo inédito en su postura, algo extrañamente altivo en su manera de expresarse. Sí, era por Leone. ¿Qué despertaba ese imbécil en ella?
—Sea prudente, Lucía. Y mida las palabras. Su adorado ex cadete ya tuvo la oportunidad de trabajar en este diario. La mitad de quienes lo conocieron no lo recuerdan, y la otra mitad lo considera un perfecto fracasado.
—¿A usted le gustan los caballos?
Zalagna detuvo el tamborileo de la lapicera.
—¿Si me gustan los caballos? Eso no viene al caso. ¿A qué apunta?
—En El mundo siempre trataron a Rafael como a un caballo de carga. Y él es un pura sangre. Acá lo destrozaron, como hacen con tantos. No es fácil para un chico con sus características pasarse diez horas por día trabajando para mediocres.
—Se está extralimitando, Lucía —dijo Zalagna en tono muy bajo, consciente de que debía retenerla a pesar de las impertinencias—. Se está extralimitando, y se va a arrepentir.
—La obsesión de Rafael era poder trabajar como periodista en esta redacción: entrevistar a escritores, reseñar libros. Una tarde me contó que faltaría al día siguiente, que se vendría para intentar hablar con usted.
—¿Conmigo?
—Sí. Con usted. Quería dejarle sus datos y una carpeta con algunas de las notas que escribía en su tiempo libre: análisis de ensayos y novelas, reflexiones acerca de sus autores favoritos, reseñas. Me dio a leer algunos de esos trabajos. Eran brillantes, se lo aseguro. Después, faltó a la receptoría los días siguientes. Cuando volví a verlo, me dijo que unos guardias le impidieron llegar a este piso, y que lo esperó a usted hasta tarde escondido en el estacionamiento del diario junto a su auto.
Al oír esto, Zalagna rescató de su memoria una presión en el hombro —hágame caso… lea esto… le va a interesar—,un muchacho de voz demandante que le entregaba una carpeta. Pero ninguna cara acompañaba el recuerdo difuso.
—Usted se negó a recibir la carpeta. Le dijo de mal modo que remitiera su currículum al sector del diario que correspondiese. Y cuando Rafael insistió, usted llamó a los gritos a los empleados de seguridad. A patadas lo sacaron.
—No sé de qué me habla, jovencita. Y no se deje confundir: yo no soy un viejo amigo del colegio a quien su admirado ex cadete puede visitar cuando se le ocurre. Un empleado tiene formas que respetar, pasos formales que cumplir si desea dirigirse a un superior de mi jerarquía.
—¿Superior de su jerarquía?
El sonido de una campanilla anunció la apertura de las puertas del ascensor. Una empleada de limpieza encendió una aspiradora y obligó a Zalagna a alzar la voz más de la cuenta:
—¡Superior de mi jerarquía, carajo! Yo no estoy al frente de ninguna receptoría del conurbano. ¡Yo soy el Director de Cultura de El mundo! Acá no trabaja cualquier cadete con vagas aspiraciones de redactor. ¡Exijo excelencia en cada uno de mis empleados!
Asustada, la empleada de limpieza detuvo la aspiradora, el silencio se volvió absoluto.
—¡Excelencia, mierda! —repitió Zalagna golpeando el escritorio.
—Ayer vino el señor Álvaro Azcurra. ¿Sabía qué estuvo parado diez minutos junto a la puerta del ascensor, sin que nadie se dignara a atenderlo? En esta redacción bañada de… —Lucía se interrumpió, trazó con la mano abierta una larga línea por encima de su cabeza—. En esta redacción pletórica de excelencia, no hubo un solo empleado que reconociese al editor más respetado del país. ¿Sabe qué le preguntó García cuando por fin se dignó a dirigirle la palabra? “¿Busca a alguien, abuelo?”. Eso le preguntó —la chica hizo una pausa, levantó la cartera del piso—. Todo esto me hace gracia. Me hace mucha gracia pensar que… no, mejor me callo.
—Adelante, despáchese. ¿Qué es lo que le hace tanta gracia?
—Que usted ahora dependa de Rafael. Que la entrevista más importante que hoy este diario puede ofrecerle a sus lectores esté en manos de un perfecto desconocido, de un paria. Y lo bien que hizo Rafael en hacerse echar. ¿Sabe por qué? Porque nunca nadie iba a darle la oportunidad de trabajar en esta redacción. Porque, de no haberse hecho despedir, Rafael se iba a jubilar siendo cadete. Porque, para los que toman decisiones en El mundo, un chico con sus características es un perfecto fracas...
Zalagna la hizo callar dándole un violento golpe a su máquina de escribir. Lucía palideció.
—Recuerde bien este momento cuando le llegue la hora de las lágrimas, Bertini. Tengo en mi haber una larga lista de gente a la que dejé sin trabajo por faltas de respeto mucho menores. Me alcanza con chasquear los dedos para que mañana amanezca abrazada a un telegrama de despido.
De inmediato se arrepintió de sus palabras. No era la irrespetuosidad de Lucía la razón de su amenaza. Lo alteraba el fervor, la pasión con que había defendido a ese idiota. También ella había caído en el redil de aquel farsante. Et tu, Bruta.
Al verla amedrentada, haciendo equilibrio en el borde de la silla, deseó ampararla, ceñir su cuerpo contra el suyo, brindarle toda la seguridad que tan solo él podía ofrecerle. Librarla de la rutina del trabajo, de su mísero sueldo, de los encantadores de serpientes como Leone, que no dejarían de rondarla toda la vida. Aplacó el tono al decir:
—¿Leyó Los novios?
Lucía arqueó las cejas.
—Si leyó Los novios —insistió Zalagna—. Manzoni, usted sabe.
—¿I promessi sposi? Por supuesto. ¿Por qué me lo pregunta?
—Porque usted me recuerda a la protagonista.
Ansió hablarle con la cadencia y los modos de Azcurra. Encenderla como había lograrlo hacerlo el dueño de Ediciones Leopardi con un par de frases sensibleras y afectadas. Pero las palabras se le apoltronaron en la boca.
Lucía se acomodó los bucles detrás de los hombros y se levantó con la cartera en la mano.
—Se me hizo tarde.
—Puedo alcanzarla en mi auto.
Ella se negó.
—Viajando en tren no llegará a su casa hasta pasada la medianoche. Déjeme llevarla, no será ninguna molestia.
Sin siquiera responderle, Lucía fue hacia la puerta. Estaba por cruzar el umbral, cuando Zalagna la alcanzó y la sujetó de un brazo.
—No me deje. Por favor. —Se avergonzó de sus palabras y no supo cómo seguir. Hizo una pausa, juntó coraje y balbuceó—: Permítame hacerle una pregunta. Sin ánimo de inmiscuirme en su vida.
Lucía se quedó quieta, evitándole la mirada.
—Suélteme.
—¿Usted y Leone tuvieron…? Porque habló de él con algo más que admiración.
Bajo el marco de la puerta, la luz del despacho se unía a la oscuridad de la redacción en un tajo que caía abrupto sobre los dos. Lucía se quedó paralizada. Zalagna lo comprendió: lo que despertaba en su empleada no era miedo, sino rechazo. Incluso asco.
Ella alzó la mirada y dijo:
—No hablo de Rafael solamente con admiración. También hablo de él con tristeza. De la manera con que se habla de las oportunidades perdidas, de las vidas desperdiciadas. —Antes de irse, dijo—: Y le ruego que tenga la delicadeza de no volver a mirarme así.
Zalagna caminó vacilante hasta su escritorio y tomó, una vez más, el legajo de Leone. Lo asaltó una seguridad humillante: desde la pequeña fotografía, aquel imbécil se burlaba de él a carcajadas.
IV
Rafael Leone abrió la pequeña puerta de la jaula. Le agradó levantar al pájaro, presionar levemente su plumaje espumoso. Lo sacó y lo tendió sobre el catre. El pájaro buscó zafarse: debían inquietarlo los gritos de los borrachos del fondo de la pensión. Él intentó calmarlo silbándole una melodía cualquiera. Vuelto de costado, con su pico entreabierto, el pájaro pareció serenarse. El muchacho le abrió con cuidado una de las alas y le espolvoreó un medicamento sobre el plumaje raleado. Después, con ayuda de un alicate, cortó los minúsculos nudos y sacó el palillo que le entablillaba la pata.
El pájaro dio unos saltos inseguros sobre la sábana. Desde el borde del colchón, estudió el abismo que se le abría delante. Agitando torpemente las alas logró elevarse algunos pocos centímetros, le dio forma a un vuelo irregular que terminó junto a una palangana tirada entre pilas de libros.
La libertad, pensó Rafael acostado en el catre, la espalda apoyada contra la pared. La libertad.
Con los cabellos más desprolijos que de costumbre, Norma entró en la pieza. Se oyeron los gritos de los borrachos: entre risas y eructos le cantaban al vino.
—Acá no quedan ni los gorriones —dijo la mujer con un gesto lastimero en dirección a la jaula vacía, antes de cerrar la puerta y amortiguar el griterío. Lo miró a Rafael y agregó—: Recién se las tomaron dos tipos. Anduvieron preguntando por vos. Tenían una foto tuya.
—¿Y qué? —dijo Rafael.
—¿“Y qué”, me decís? Y que me dio mala espina, que no me gustó un carajo. Tenían facha de polis, o algo así. Me preguntaron qué sabía de vos. Les dije, haciéndome medio la marmota, que habías parado acá hacía un año más o menos. Que eras un pibe callado y no te dabas con nadie. Después me pidieron, medio como el culo, el registro de huéspedes o no sé qué mierda. Me les cagué de risa en la cara. ¡Registro de huéspedes! ¡Se habrán creído que esto era el Sheraton, los muy pelotudos!
Con expresión ausente, Rafael hacía girar entre los dedos el palillo que le había quitado al pájaro.
—Mirá —la mujer sacó un papel de un bolsillo zurcido: una carta documento—. El regalito que me mandaron estos de la Municipalidad. Terminaron el no sé qué de la autopista y en una semana tiran toda la manzana abajo. Hay que desalojar la pensión de acá al viernes. Nos echan a todos a la mierda.
—¿Hoy que día es?
—Miércoles 17.
Mientras el pájaro picoteaba la esponja que asomaba del remiendo de una almohada, la mujer se acarició los hombros. Pese al calor, tenía frío. Se sentó al borde del catre, guardó el aviso de desalojo y comenzó a frotarse los brazos cada vez más rápido, tanto que las manos se le desdibujaron casi hasta desaparecer.
—Nos fuimos haciendo borrosos. Nos fuimos haciendo todos invisibles. Hasta no vernos, hasta no estar más.
—Sería mejor.
—¿Sería mejor, qué?
—No estar más.
La mujer simuló no oírlo. Estiró el cuello de su remera y se resopló los pechos empapados de transpiración fría.
—¿Sabés? —dijo—. Hay veces que me falta el aire y no puedo respirar. Es como si todo el día me estuviesen apretando acá, en el cogote. Hay veces, a la noche tarde, en que me subo a la banqueta y abro la ventana para que entre algo de fresco, pero da lo mismo. Tengo la cabeza hecha pelota, cascoteada. No puedo pensar. Pero eso no me importa, Rafita. Te juro que me importa tres carajos. Lo que sí quisiera es poder volver a respirar tranquila —hinchó el pecho—. Respirar tranquila de una vez. De una puta vez por todas.
Sin permitirse llorar, Norma se mantuvo en silencio, buscando en el chico dos brazos que la rescataran, que le den algo de consuelo. Así como Rafita solía hacerlo antes. Pero él seguía indiferente. Desde que llegó a la pensión, jamás lo vio tan mal. Venía torcido de antes, pero después de esos tres días que se rajó al Delta se hundió del todo. ¿Cuánto más seguiría así? Con dos ojeras arruinándole la facha de pendejo perdido y la mirada metida para adentro, tirado en la catrera durante semanas. Un perseguido. Eso era. Un perseguido hambriento y roto que, incapaz de seguir escapando, solo pide ser agarrado de una vez. Por ahí, lo mejor sería que esos tipos que lo andaban buscando lo encontraran de una vez. El pibe no tenía nada que hacer en esa mugre. Todos aquellos libros, sus pestañas de mujer y su pecho de hombre no tenían nada que hacer en ese juntadero de mierda que ella regenteaba.
—¿Así que en dos días nos echan, Norma? —preguntó Rafael—. No te preocupes. Antes de irme, te voy a pagar todos los meses que te debo.
—Vos a mí no me debés nada. Y tené mucho cuidado con lo que vas a hacer que la calle no está para jodas.
—Esta misma noche te consigo la plata.
La puerta se desprendió lenta del marco. Ni ella ni él le prestaron atención al aullar de los borrachos. Los dos se quedaron pendientes del gorrión que, tras agitarse entre las paredes de la pieza, se lanzó de vuelta a la jaula. Aferrando sus uñas a los barrotes, agitando las alas con desesperación entre picotazos violentos, intentaba abrir la puerta oxidada.
V
Mientras se acercaba a La Biela, Zalagna sentía cómo las suelas se le adherían al asfalto. Hubiese jurado que una hoguera ardía bajo sus pies. Comenzaba a desajustarse la corbata, cuando reconoció a Azcurra sentado junto a una ventana: conversaba despreocupado, sosteniendo una copa con sus maneras elegantes. Zalagna pensó que frente a él jamás sería otra cosa más que un obediente auxiliar bañado en transpiración, un mediocre en nada diferente a la tropa de imbéciles que tenía a su cargo en el diario. En suma, un vulgar cadete. Un Rafael Leone más.
Entró en la confitería, reajustó su corbata y se acercó a la mesa de Azcurra.
—Lamento molestarlo —le dijo, ignorando a la señora que lo acompañaba—. Su secretaria me avisó que podría encontrarlo acá.
—No se disculpe —Azcurra hizo su bastón a un lado y liberó una silla vacía—. Ante todo, desearía presentarle a la signora Irene Vidi.
Zalagna le dio la mano a la mujer, que lo miraba silenciosa detrás de unos lentes oscuros.
—Voy a hacerlo partícipe de un secreto —dijo Azcurra una vez que el otro se sentó—. Cuando mis labores en la editorial están más vinculadas a contadores y balances que a lectura de manuscritos, huyo despavorido y me vengo a esta confitería para charlar de bueyes perdidos junto a mi querida amiga. Hago lo correcto, ¿no cree?
—Sí, supongo que sí.
—¿Se encuentra bien? No tiene buen semblante. Tal vez —Azcurra alzó su copa— no le vendría mal una Stregha.
Zalagna se pasó por el cuello un pañuelo empapado.
—Es que afuera hace mucho calor.
—Treinta y seis grados y ochenta por ciento de humedad. Nuestro mozo, que es algo así como asesor del Servicio Meteorológico Nacional, acaba de acercarnos la información. Nos aseguró que este marzo de 1976 será para recordar. ¿Le pido agua fresca?
—No, gracias. Lamento interrumpirlo.
—No interrumpe, hombre. Es más: me agradaría hacerlo partícipe de nuestra conversación. En este momento, la señora Vidi me estaba dando su parecer, para mi desgracia agudamente crítico, en relación con una conferencia que ofreceré el mes entrante. Es acerca de la vida cultural porteña en los albores del gobierno de Uriburu. Muy a tono con la época, ¿no le parece?
—Supongo que sí —tras despegarse la camisa del cuerpo, Zalagna se inclinó hacia Azcurra—. De ser posible, desearía que pudiésemos conversar a solas. No le voy a robar más que unos pocos minutos.
—Hable tranquilo, sin reservas. Con la señora Vidi me une una vida entera de amistad. ¿Está seguro que no quiere agua fresca?
—No. Gracias.
—¿Un té?
—Tampoco.
—Es una pena. Aquí preparan un té más que decente. Lo escucho. ¿Qué tiene para decirme?
Zalagna tomó un terrón de la azucarera y comenzó a rasparlo con la uña.
—Rafael Leone no existe —dijo—. Puedo trazarle una biografía detallada de este chico desde el día en que nació hasta que se fue de El mundo. Pero a partir de allí, no tengo nada. Nadie puede encontrarlo.
—De El mundo no se fue. Lo echaron, que es distinto. Pero no nos detengamos en menudencias. ¿No logró ubicarlo? ¿Cómo es posible?
—No, no todavía. Su bendito intelectual se esfumó, se desvaneció en el aire. Es extraño: quienes lo conocieron dicen que su mayor ambición era trabajar en el área Cultura del diario. Por lo tanto, nada debería seducirlo más que semejante oportunidad. Incluso hice correr la voz de que, una vez publicada la entrevista, tendría a su disposición un puesto en mi área, acompañado de un buen sueldo.
—Muy bien. Lo congratulo. ¿Entonces?
En una mesa del otro lado del salón, unos hombres rieron a carcajadas. Zalagna giró el cuello y los miró de mal modo. Volvió a dirigirse a Azcurra.
—Barajo dos posibilidades —dijo, incómodo—, y discúlpeme la franqueza: la primera es que todo esto sea algún tipo de extraño juego en el que usted y Marcovich, por alguna razón que yo no alcanzo a entender, me estén haciendo perder el tiempo.
—Mis entretenimientos no lo incluyen, Zalagna —dijo Azcurra antes de terminar su copa—. ¿Qué otra graciosa posibilidad baraja?
—Nadie se esfuma de un día para el otro. No me sorprendería que Leone se haya marchado del país, o…
—Lo escucho.
—La otra posibilidad es que esté muerto.
Azcurra acarició el mango de su bastón y buscó la mirada de Irene. Ajena a la conversación, ella jugaba con un arete de oro.
—Trabajar en un diario tiene sus ventajas —dijo Zalagna—. Tengo a tres empleados de Policiales en su búsqueda, y contactos en la policía no me faltan. Mis hombres están rastrillando la ciudad entera. Tal vez consigan la información que me lleve a resolver este misterio —dudó, abrió las manos en un gesto impotente—. Como podrá darse cuenta, debemos retrasar la entrevista.
—Imposible —Azcurra comenzó a levantar sus cosas, buscaba al mozo con la mirada—. Deberé ofrecerle la entrevista a otro periódico.
—¡Por favor! Tan solo unos días.
—No puedo acceder a lo que me pide. Hoy es jueves 18. Tal como lo acordamos, el plazo vence mañana.
Zalagna manoteó otro terrón.
—¿Le informó a Marcovich que me ofrecí a entrevistarlo personalmente?
—Por supuesto. Se siente honrado y se lo agradece. Pero de la entrevista debe encargarse Rafael Leone.
—Oiga, Azcurra —dijo el otro limpiándose los dedos con una servilleta—. A ver si nos entendemos de una vez. No existe escritor en este país que no se haya arrastrado a mis pies mendigando un recuadro perdido en alguna página de mi suplemento. Las mayores plumas vivieron, como un logro, el ser entrevistadas por este imbécil que ahora tiene delante.
—¿Y con eso qué hacemos?
—¿Cómo “Y con eso qué hacemos”, la puta madre? Usted sabe que me está usando. Usted y Marcovich me están manipulando. Denigrándome están.
Irene Vidi alzó apenas las cejas, acomodó su pañuelo de seda al cuello.
—Haga el esfuerzo de ampliar el cuadro —soltó Azcurra—. No lo estoy denigrando. Le estoy ofreciendo la oportunidad más grande de su carrera. Confío en su capacidad de discernimiento para darse cuenta.
—Usted conoce a Marcovich. Pídale unos días más. A fin de cuentas, ¿qué son dos días para quien vive desde hace más de dos décadas en el anonimato? Interróguelo. Marcovich debió conocer a Leone, seguramente guarda alguna referencia, algún dato que podría conducirnos a él. Hágalo… ¡Hágalo, mierda!
Disparó la orden golpeando la mesa con los nudillos. Una de las tazas salpicó la blusa de la señora Vidi. En las mesas vecinas hicieron silencio, y todas las miradas de la confitería se dirigieron hacia ellos.
—Un té para el caballero —le pidió Azcurra al mozo—, y de tilo. Lo encuentro superado por la situación, Zalagna.
—¿Hasta cuándo va a reírse de mí? Usted conoce la importancia de esta nota. El país entero hablará de ella durante semanas. No me haga perder esta oportunidad. Dígame quién es Nicolò Marcovich. Permítame llegar a él. Yo lo convenceré.
—Acepte el consejo de un hombre de ochenta años: aguarde su té, bébalo tranquilo, y después aproveche las horas que tiene por delante, que no son pocas. Son muchas las cosas que pueden suceder de aquí a mañana. Con treinta minutos más a su favor, Napoleón hubiese vencido en Waterloo.
—Deje a un lado las evasivas. Le pregunté quién es Nicolò Marcovich. Él debe tener algún dato de Leone. Si no, ¿por qué tanto interés en que este pendejo sea el entrevistador, si ni siquiera sabe dónde está?
—No intente volar más alto de lo que pueden sus alas. Es un pecado que no solo Ícaro pagó con una penosa caída. Y evíteme pensar que cometí un grueso error al acercarme a su oficina dos días atrás. Mantenga las formas que le corresponden a un hombre de su cargo. Apártese aunque sea por una vez de su reputación y demuestre estar a la altura de las circunstancias.
Zalagna se levantó y se fue, dejando la silla empapada y un pastiche de azúcar encima de la mesa.
Los dos lo vieron salir bajo el sol hasta perderse entre la muchedumbre.
—No esperes nada de él, Álvaro.
—Sin embargo, dijo algo que es cierto: Marcovich debe conservar algún dato clave. Debe haber una seña, una alusión, algo que conduzca a Rafael —Álvaro sonrió, cómplice. Y agregó—: Es cuestión de que uses la memoria, ragazza.
VI
Las gárgolas del cementerio volcaban sus picos negros hacia la ciudad dormida. Muros adentro, aquellas sombras se derrumbaban sobre las cúpulas de los sepulcros; hacían vibrar sus cimientos y espantaban a las ratas, que lamían los zócalos húmedos para calmar la sed.
Una gata hambrienta se deslizó entre las piernas de un muchacho sentado al borde de una tumba: inmóvil, la mirada fija en la nada, cualquiera lo hubiese confundido con otra de las tantas estatuas del cementerio.
Una silueta oscura se le acercó, y le dijo con perverso desdén:
—Volviste. De acá no se sale tan fácil. Esperá, no te muevas. Quedate ahí bien quietito, que te está buscando un viejo.
Su eterna historia: volvía a quedarse solo, las manos apoyadas en el frío del mármol.
Oyó, a lo lejos, el repiqueteo de un bastón contra las baldosas. Segundos más tarde, el viejo se detuvo a su lado. No parecía como los demás. Él balbuceó, sin alzar la cabeza:
—Quiero cien.
—Vas a tener mucho más que eso.
En silencio, guió al cliente a través de un entramado de callejas. Conocía el lugar; caminaba sin temor entre aquel laberinto de muerte. Se detuvo frente a un sepulcro. Un candado cedió ante un golpe, y los dos entraron.
El muchacho tanteó una mesada, y con un encendedor prendió un candelabro cubierto de telarañas. Cuando la llama tomó forma, él retrocedió hasta ocultar su cara en la oscuridad. Comenzaba a desprenderse el cinto, cuando el otro lo detuvo apuntándolo con el bastón.
—No es necesario. Solo preciso que me escuches.
—Mejor haga lo que vino a hacer. Después págueme, y salga rápido por donde entró.
—Te pedí que me escucharas, Rafael.
—¿Cómo… cómo sabe mi nombre?
—Aquí abajo apenas puedo verte. Pero te conozco muy bien. Me contaron que sos inteligente y ambicioso. Lo suficiente como para llegar todo lo lejos que te propongas. Y también dicen que sos lo suficientemente encantador como para hacerle perder la cabeza a la más racional de las mujeres.
—¿Pero usted quién carajo es?
—Sin embargo, la mayor parte de quienes te conocieron te sepultaron en el olvido. El mundo entero te ignora. Desperdiciaste cada una de tus virtudes, destrozaste tu vida hasta reducirte a esto: un fantasma oculto que se regala entre catacumbas —el anciano le apoyó el mango de su bastón contra el pecho—. Veintiséis años… Todavía estás a tiempo de hacer de tu vida algo digno.
De un golpe, Rafael tiró el bastón y avanzó un paso. La vela trazaba un arco de luz dentro de la bóveda, y él pudo ver la expresión aplomada del viejo.
—¿Usted quién carajo es? —dijo con voz temblorosa—. ¿A qué vino?
—Mi nombre es Álvaro Azcurra. Y vine hasta acá abajo a ofrecerte una vida.
VII
Zalagna, encerrado en su despacho, intentaba concentrarse en los errores del diario. No le era nada fácil controlar el movimiento de la redacción en un día como ese.
La inminente llegada de Nicolò Marcovich era un secreto que hormigueaba en cada recodo de El mundo. Periodistas de todos los pisos se acercaban con cualquier excusa al área de Cultura, y las miradas de los redactores se levantaban por encima de sus máquinas de escribir cada vez que se abrían las puertas del ascensor.
Mientras tanto, veinte pisos abajo, una pareja atravesaba la entrada del edificio.
—¿Estás preparada? Nada será igual una vez que salgas de aquí.
A las doce del mediodía, la redacción entera se detuvo ante un hombre mayor y una señora que, días después, alguien describiría como “una roca de hielo, con una bella y frágil mujer perdida en su interior”.
García se les abalanzó, pero Azcurra lo mantuvo a distancia levantando su bastón como un cetro. Después se acercó al escritorio de Lucía y dejó una cajita rectangular sobre unos biblioratos.
Algo sonrojada, Lucía acomodó el cuello de su blusa, se levantó y le tendió la mano a Azcurra.
—Muchas gracias. Son mis bombones preferidos.
—Me complace volver a encontrarla, señorita.
—Lo mismo digo. Lo anuncio de inmediato —a punto de entrar en la oficina de Zalagna, Lucía volvió sobre sus pasos—. ¿El autor vendrá más tarde? —de pronto se le iluminó la mirada. Y se dirigió a Irene—: ¿O es… usted?
Irene miró a Álvaro como buscando su consentimiento. Y él asintió por ella.
Entonces la chica le extendió a “Nicolò Marcovich” una rosa que ocultaba debajo de su escritorio.
—Gracias, querida. Sos muy gentil.
—No hay de qué. El agradecimiento, y también la admiración, son solo míos.
Los periodistas y los redactores, que espiaban la escena amontonados detrás de una columna, volvieron corriendo a sus puestos al ver al jefe salir de su oficina más exaltado que de costumbre.
—Buenos días —dijo Zalagna tendiéndole la mano a Azcurra e ignorando a la mujer que lo acompañaba—. ¿Y Marcovich? Supuse que vendría con usted.
—Señor… —dijo Lucía.
—Usted mejor siga con las fichas. Y vaya preparando unos cafés.
—Es que…
Zalagna la partió con la mirada. Y ella dijo en voz muy baja:
—La señora es Nicolò Marcovich.
—¿Eh, qué dice? ¡Hable con la boca abierta, Lucía!
Álvaro se adelantó un paso.
—Lo que la señorita le quiere decir es que Nicolò Marcovich se encuentra delante de sus propias narices —y señaló a Irene con un ademán elegante.
Desorientado, Zalagna reconoció a la misma mujer —serena, una rosa entre las manos delicadas— que acompañaba a Azcurra el día anterior en la confitería. Quedó largos segundos estático, con las cejas alzadas y la boca entreabierta. Después, se acercó a la autora, le besó la mano en una torpe reverencia y los invitó a entrar en su oficina.
—La señora Irene Vidi —dijo Azcurra cuando los tres quedaron a solas— es, desde hace cuarenta años, un pilar de mi editorial. Ella es la responsable de las traducciones al español de gran parte de nuestra más preciada colección.
—Sus venerables Clásicos de la literatura italiana, nada menos —Zalagna no podía salir de su asombro—. Siempre sospeché que debía tratarse de una mujer. Solo una mujer puede tener la sensibilidad sufi…
—La señora —continuó Azcurra como si nada hubiese oído— es también autora de los ensayos Poesía italiana del siglo XIX, Huellas de Lampedusa y Alessandro Manzoni tras el espejo.
—¡Ah, sí, sí! Un ensayo sin dudas estupend…
—¿Puedo concluir?
Zalagna bajó la cabeza.
—Y también es autora de esa novela —Azcurra miró a Irene, divertido, y le lanzó la pregunta—: ¿Cuál era el título?
—¿Tríptico del desamparo, tal vez? —dijo ella, cómplice.
—Il Trittico, como la llamamos familiarmente.
Zalagna se aseguró de que Azcurra hubiese terminado. Después dijo:
—No me es sencillo recuperarme, estimada señora. Difícil encontrar las palabras adecuadas. Traté a grandes escritores, intelectuales y estadistas, pero jamás a una artista de su tenor. Le ruego que me permita comunicarle, en nombre del presidente del diario, de la totalidad de la Junta Directiva y del mío propio como Director de Cultura, cuán honrados nos sentimos de que haya escogido a nuestra centenaria tribuna a la hora de ofrecer su primera entrevista.
Irene Vidi sonrió con distante cortesía y se acercó al ventanal. Desde allí contempló, por encima del río, un cielo opaco que anunciaba los últimos días del verano.
—¿Un paisaje maravilloso, no cree? —dijo Zalagna con suficiencia.
—Es una visión acongojante. Me remite a la familiar sensación de hallarme frente a un despeñadero.
Zalagna asintió con los labios curvados hacia abajo.
—¿Me permitiría hacerle una pregunta de índole personal, señora Vidi?
—Sin ánimo de ofenderlo, preferiría responderle las preguntas de índole personal a quien llevará a cabo la entrevista.
Y sucedió en ese instante, como si un director detrás de bambalinas lo hubiese ordenado: Lucía abrió la puerta y anunció la llegada del entrevistador.
—Que pase —dijo Zalagna, adusto.
Álvaro disfrutaba silencioso aquella escena. Un relojero que, tras ensamblar durante semanas resortes, engranajes y espirales, finalmente acciona la corona y ve las agujas danzar en armonía.
Entonces entró Rafael Leone. Atento a Irene, que permanecía frente al ventanal, saludó con cortesía a Azcurra, dejó su mochila junto a los sillones y avanzó hacia el director.
—… decíamos ayer… —dijo en voz alta sacudiéndole con energía la mano—. Estuve un ratito afuera charlando con Lucía. No me queda más remedio que felicitarte. Es una piba de primera. Hacía un toco que no la veía, pero nos conocemos muy bien. Fuimos compañeros, ¿sabías? Ella era secretaria en una receptoría de Burzaco, cuando yo trabajaba de cadete en Berazategui. Son lindos lugares, Zalagna. Algún día podrías hacerte una escapadita para conocerlos.
Zalagna enrojecía hasta las orejas, imposibilitado de echar a patadas a aquel pendejo insolente.
Y lo peor de todo, pensaba Azcurra, era que el talante de Rafael no manifestaba mala intención. Un muchacho encantador, qué duda cabe, y con mucha calle. Demasiada calle. En suma, una cordial bomba de tiempo.
—Antes de dar comienzo a la entrevista —dijo Irene, aún de frente al ventanal—, desearía conversar con el señor Leone. A solas.
—Acompáñeme, Zalagna —propuso Azcurra—. Pidámosle a Lucía uno de sus exquisitos espressos. Y, de paso, aproveche para ponerme al tanto sobre los gratos temas con que nos cultivará su suplemento del domingo. Más allá de la entrevista a Nicolò Marcovich, por supuesto.
Una vez fuera del despacho, el director espantó a gritos a una veintena de empleados de otros sectores y condujo a Azcurra a una oficina apartada.
—Escúcheme —dijo Zalagna—. ¿En dónde lo encontró?
—¿Dónde encontré a quién?
—A Leone. Dónde encontró a Leone.
—¿Usted desea saber dónde encontré a Leone?
—Eso mismo.
—No considero oportuno revelárselo.
—Y aunque sea ¿podría explicarme por qué me hace tamaño favor?
—¿Favor? ¿De qué favor me habla?
—Es obvio que la señora Vidi quería llegar a este chico. Por lo tanto, presumo que usted vino a mí pensando que yo lograría ubicarlo, ya que en un tiempo el diario tuvo a este lúcido intelectual pegando estampillas con la lengua. A pesar de mis esfuerzos, esto no solo no sucedió, sino que quien lo halló fue usted, vaya a saber cómo carajos. Igualmente, me trae a los dos a mi despacho y me premia con la que será la noticia cultural del año. ¿Cuál es la razón? Porque, si mi intuición de gato viejo no me falla, la señora no es una mujer desesperada por escaparle al anonimato.
Entró Lucía con una bandeja. Azcurra le sonrió cortés, esperó a que dejara los cafés y se retirara.
—Presume bien, Zalagna —dijo—. Debo reconocer que, por esta única vez, ha presumido bien. Pero el afecto que me une a la señora Vidi me impide despejar sus dudas. En cambio, deseo recordarle que una de las razones por las cuales la señora se encuentra en estos momentos en su oficina es porque desea o, mejor dicho, exige…
—¿Qué cosa necesita la señora? —preguntó Zalagna, melifluo.
—Exige que cumpla con su palabra de ofrecerle a Leone un puesto en el departamento de Cultura de este diario —Azcurra le dio a su interlocutor un ligero golpe en el pecho con el mango del bastón—. Un puesto acorde a la relevancia de la entrevista que está llevando a cabo.
VIII
Una decena de empleados seguían amontonados detrás de una de las columnas de la redacción, sin quitarle la vista a las persianas bajas de la oficina de Zalagna.
—Che, ¿entonces Marcovich es el viejo de bastón que entró a la oficina del guacho?
—Me dijeron que se llama Azcurra. Y que es el dueño de Leopardi.
—¿Y si el tal Marcovich es la mina que entró con él? A la vieja todavía se le puede hacer el favor, ¿no? ¿Cuántos tendrá?
—Ponele sesenta. Es probable que sea ella. La boluda de mi suegra leyó Tríptico del desamparo mil veces y siempre me dijo que debía estar escrito por una mujer.
—¡Dejate de hinchar las pelotas! Qué lo va a escribir una mina.
—Andá y preguntale a García. Algo debe saber.
—¿A García? ¿Ese pelotudo?
—Entonces averiguá con Lucía.
—A mal puerto vas por leña… Esa nunca cuenta nada. Qué raro, no está en su escritorio.
—Estará en el depósito, buscando fichas.
Y entonces uno lanzó una grosería que involucraba a Lucía y a Zalagna, y todos rieron.
—Ahí vuelve.
Cargando una pesada caja repleta de fichas y carpetas, ella les pidió que por favor se hicieran a un lado.
—Necesito pasar, gente.
Como ninguno se movió, debió hacerse camino a los empujones. Mientras acomodaba la caja sobre su escritorio, los oyó seguir murmurando.
—¿Qué decías? ¿Qué Lucía le lustra la ficha a Zalagna? —dijo uno, y todos volvieron a reírse.
—Déjense de pelotudeces, viejo —gritó otro agitando una papeleta desde el fondo del tumulto—. ¿Qué pasa con el prode? Acá tengo la tarjetita. ¿El Millonario le gana al Cuervo o no le gana?
—El hambre y las ganas de comer. Empate clavado.
—Empate, las bolas. Poné local. Si la banda no gana 3 a 0, el lunes vengo vestido de Nélida Lobato y le lustro yo también la ficha al guacho.
—Yo pongo empate. ¿No oíste a nuestra hinchada el otro domingo? “¡River y Balbín, segundos hasta el fin!”. Dieciocho años sin salir campeones.
—Mirá lo horribles que serán ustedes, que nosotros estuvimos dieciocho años sin salir campeones, y así y todo seguimos teniendo más campeonatos ganados. ¡Qué manga de muertos de hambre que son! Y no fueron dieciocho años, fueron diecisiete.
—Dieciocho.
—¡Diecisiete, la puta madre!
—¡Paren, viejo! —gritó otro desde el fondo—. Hagamos bien las cuentas. Para mí son diecisiete años y tres cuartos. ¿Alguien tiene un calendario?
Lucía levantó la cabeza entre las fichas que cubrían su escritorio.
—¿No la pueden cortar, muchachos? —preguntó señalando la oficina de Zalagna—. Por si no se enteraron, Marcovich está adentro.
Uno de los empleados se separó del grupo, avanzó unos pasos y se reclinó sobre el escritorio.
—Oíme, pendeja: a mí Marcovich me chupa las pelotas. Y vos quedate en el molde, que no sos jefa de nadie. Sos una empleadita de mierda. A vos te pagan para decir “sí, señor” y no romper los huevos. Igual que a todos nosotros.
Lucía se quedó en silencio mientras los demás la miraban con sorna. Bajó la cabeza y murmuró, muy por lo bajo:
—No. Yo no soy como ustedes —y lo repitió, casi sin despegar los labios, apretando con fuerza los bordes de las fichas—. Yo no soy como ustedes.
IX
Dentro del despacho de Zalagna, Rafael se mantenía detrás de Irene, que seguía frente al ventanal. Las voces de los empleados y las campanillas de los teléfonos se superponían al trajinar de las máquinas de escribir en un murmullo lejano.
—Mis ojos me engañan —dijo ella—. Me muestran el río teñido de amarillo. ¿Sigue siendo tan color de león como me lo recuerda la memoria? —Esperó en vano una respuesta. Y agregó—: De cualquier modo, es más dulce verlo con vos a mi lado.
Rafael avanzó y ella lo retó como a un chico:
—Estás flaco… y ojeroso.
—Es que estoy sin dormir. Me quedé un par de horas conversando con Álvaro y después me fui corriendo a la pensión para releer tu novela. Tenía que venir preparado. No cualquiera entrevista a un mito.
—No digas tonterías.
—Sos una leyenda —Rafael soltó una sonrisa—, una auténtica leyenda. Asumilo. Para muchos lectores, sos algo fuera de este mundo.
Irene se llevó una mano al cuello, rozó inquieta un aro.
—No resultó nada sencillo encontrarte —dijo cambiando de tema—. No conocía ni tu dirección ni tu teléfono, y nos restaba muy poco tiempo antes de mi partida. De veras pensé que no lo lograríamos. Esta mañana, Álvaro me dio una gran felicidad al contarme que había logrado ubicarte.
—Me sorprendí cuando me contó que seguías en Buenos Aires. Daba por sentado que ya te habías ido. ¿Por qué retrasaste tu partida?
—Después de aquella última noche, pasé algunos días muy difíciles. Por un momento pensé que perdería la razón. Álvaro me aconsejó postergar el viaje algunas semanas, instalarme en su casa hasta reponerme. Finalmente viajo en tres días, vuelo el lunes 22 a la tarde. Pero no podía irme sin verte por última vez, sin disculparme por mi comportamiento. Espero que me hayas perdonado, Rafael. Nunca quise dañarte.
—Vos conmigo no tenés que disculparte por nada.
—Estos días te tuve muy presente, ¿sabés? Muy junto a mí. Y después de mucho pensarlo, decidí ofrecerte esta oportunidad.
—Irene, la verdad es que yo… —balbuceó el chico, sus ojos hundidos en las mejillas pálidas.
—Sí, decime.
—No creo poder hacerlo.
—¿Cómo que no podés hacerlo?
—No quiero decepcionarte. Es que no es solamente hacerte la nota. Álvaro me dijo que también tengo que escribir la introducción, voy a tener que…
Irene le cubrió los labios con la yema de los dedos.
—Te sobra capacidad para llevar adelante una entrevista magnífica, Rafael. Tu verdadero desafío llegará… —se detuvo: había algo de veneración en la atenta manera con que el chico la escuchaba—. Te llegará después, más adelante. En minutos, llevarás a cabo la entrevista. El domingo se publicará. Y, a partir del lunes, se te abrirán un sinfín de puertas que hasta hoy tuviste cerradas. Tus responsabilidades y obligaciones cambiarán de un día para el otro. Empezarás una vida nueva, una muy diferente a la que transitaste hasta ahora. Y será, a partir de ese momento, cuando deberás demostrarme que no me equivoqué —le acomodó el pelo, que le caía desordenado hasta cubrirle las cejas—. Andá a buscar a Zalagna, por favor. Acordamos con Álvaro que esté presente.
—¿Zalagna va a estar presente?
—Y también Álvaro.
Rafael se sujetó al respaldo de una silla.
—Hace unas horas era un muerto. Un cadáver pudriéndose en un cementerio. Y ahora tengo a mi alcance un sueño mayor al que jamás imaginé. Pero, no sé qué me pasa… no sé qué carajo me pasa. Lo único que siento es miedo. Te juro que ni puedo moverme.
Se quedó en silencio con la expresión vacía. Como si la descarada autosuficiencia que lo había sostenido por años, se hubiera al fin agotado.
—Puedo llevarte de la mano hasta la orilla —dijo Irene—, pero no cargarte a través del río. Aunque, tal vez, logre darte valor. Igual a como vos lo hiciste por mí, allá en el Delta.
Se quitó los lentes y dejó al descubierto unos velados ojos turquesa que parecían haberlo visto todo mil veces. Después avanzó hacia el chico y lo besó en la boca.
—Esta es nuestra despedida —dijo cubriéndose otra vez los ojos—. Ahora, caballero, llegó el tiempo de la entrevista. Como ya le dije, acordamos con mi editor que el señor Zalagna esté presente. Consideramos pertinente que así sea. Tenga a bien hacerlos pasar.
Rafael se acercó a la puerta y dijo antes de abrirla:
—Irene…
—Dígame, caballero.
—Vos no sos de este planeta.
Ella sonrió con mesura. Él dijo:
—Decime: ¿hay alguna razón, más allá de querer ayudarme, por la cual hacés esto? Me cuesta creer que te interese aparecer en la tapa de un diario.
Hubo un imperceptible gesto de aceptación. Rafael tuvo la seguridad de que ella había estado esperando la pregunta.
—Si usted es un periodista sagaz, encontrará la respuesta en el transcurso de la entrevista. Si es un hombre paciente, la hallará a lo largo de su vida. Aunque preferiría que no me tutee, jovencito —dijo con altivez, regresando al ventanal—. Bien sabe que podría ser su madre.
Rafael salió y se acercó al escritorio de Lucía.
—¿Qué te pasa? —dijo la chica—. ¿Te sentís bien?
—Sí. No sé. Más o menos.
—¿No querés un vaso de agua?
—No, no. Estoy bien. Te pido un favor: ¿no podrías llamar a Azcurra y a Zalagna? Ya estamos listos.
—Sí, ya voy. Pero antes dejame contarte algo. ¿Sabés de qué me acordé recién? De cuando soñabas con entrevistar a escritores, de cuando venías a la receptoría y me mostrabas tus reseñas.
—¿Cómo podés acordarte? Eran una porquería.
—No, Rafael. Eran maravillosas —la chica hizo una pausa—. No sé cómo lo conseguiste. ¿Pero sabés algo? Te lo merecés, y estoy muy contenta de que te haya surgido esta oportunidad.
—Lo sé, Lucía. Gracias.
—Y también estoy muy, muy feliz de poder volver a verte —dijo ruborizada, antes de irse.
Rafael la vio alejarse pensando cuánto había cambiado aquella chica recién salida de la adolescencia con quien solía charlar en sus días de cadete.
No tardó en volver a tierra, a las conversaciones de los periodistas, al tecleo de sus Olivetti. Las miró con devoción preguntándose si Zalagna le cedería alguna para redactar la nota. En caso de poder llevarla a cabo, por supuesto.
Un escalofrío le recorrió la espalda: Azcurra y Zalagna llegarían en cuestión de segundos. ¿A quién se le había ocurrido que estuviesen presentes durante la nota?
Durante la mañana, mientras releía la novela, Rafael había escrito en un anotador una serie de preguntas para hacerle a Irene. ¿Dónde lo había puesto? Revisó la mochila. Sí, ahí estaba.
No tenía que ponerse nervioso. Debía remitirse a esas preguntas, dejar que la conversación se desenvolviera. Y más tarde, tranquilo y a solas, escribiría una introducción. Sí, claro. En el fondo era muy sencillo.
Y si todo salía bien, ¿qué pasaría el domingo? ¿Su entrevista en la tapa de medio millón de ejemplares de El mundo y él durmiendo en una pensión de borrachos a punto de ser demolida?
Se llevó una mano a la boca del estómago: el miedo lo paralizaba, le congelaba la sangre. Como si el mármol helado de las tumbas del cementerio lo persiguiese, lo arrinconara.
Un listón de la cortina que cubría la puerta vidriada de la oficina estaba un tanto torcido. Rafael avanzó un paso y espió el interior a través de la rendija. No le llamó la atención ver a Irene aún inmóvil frente al ventanal. Él sabía de su atracción por los ríos. El inabarcable Río de la Plata, los tortuosos canales venecianos o los riachos del Delta. Esos mismos en donde ellos dos se habían amado.
Rafael se abrió el cuello de la camisa. Le faltaba el aire. Y las dudas no dejaban de rondarlo. ¿Cómo haría para no decepcionarla? ¿Cómo llevaría la nota bajo la mirada del fundador de Ediciones Leopardi y del director de Cultura de El mundo?
Igual estoy a tiempo de dar marcha atrás, pensó apoyando la frente contra la puerta de vidrio.
Sí, aún podía huir. En eso, era un experto. No había hecho otra cosa durante toda su miserable vida: escapar del destino, de las expectativas de los demás; sobre todo, de las de él mismo.
Antes de que llegaran Azcurra y Zalagna, debía entrar y decirle a Irene que no era capaz de hacer esa nota. Y después, desaparecer. O ni siquiera eso. Debía desaparecer ya mismo. Sin más vueltas. Irene lo comprendería, lo perdonaría. ¿Lo perdonaría?
Rafael miró en dirección al ascensor. Sus puertas estaban cerradas. No importa. Podía bajar corriendo por las escaleras. Pero debía hacerlo ya. Ya mismo.
Volvió a espiar a Irene: un último golpe de vista, una despedida cobarde.
Pero había en ella algo misterioso que lo hizo detenerse. Algo misterioso y encantado. Irene alzó un brazo y apoyó la mano contra el ventanal. La cadencia de sus movimientos era extraña, irreal. Los segundos se suspendieron y el murmullo de las máquinas de escribir se silenció. Ni Álvaro ni Zalagna estaban en camino. El mundo entero había quedado atrás. Solo quedaba ella. Quedaban ella y él. Y en un parpadeo Rafael supo que cambiaría su historia. Porque lo imposible se volvía real y palpable: la mano que Irene había apoyado contra el vidrio… No. No podía ser cierto. Rafael aguzó aún más la mirada. ¡Los dedos de Irene se hundían en su propio reflejo, se fundían hasta atravesar el ventanal! Ahora lo hacía su mano, y también su brazo. Sus dos brazos pasaron al otro lado. Hasta acariciar el cielo.
Rafael, con la respiración contenida, retrocedió un paso.
¿Quién? ¿Qué era aquella mujer? No, nada de eso que acababa de ver había sucedido. Es que estaba cansado, sin dormir. La noche en vela y la inminencia de la entrevista lo hacían alucinar.
Volvió a pegar la frente contra la puerta. Su aliento empañó el vidrio, su visión se volvió difusa. Lo limpió veloz con el puño de la camisa. Buscó a Irene desesperado, pero… ¿dónde? ¿Dónde había ido? Ya no seguía frente al ventanal: estaba tranquilamente sentada en los sillones. Él sintió una presión en el hombro.
—¡Rafael!
Era Azcurra, junto a Zalagna y a Lucía. Los tres lo miraban desconcertados.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —el anciano le sujetó las mejillas—. Es la tercera vez que te llamamos. Estás helado—. Lucía, por favor, alcáncenos un vaso de agua.
Rafael buscó con la mirada la puerta del ascensor, la salida a las escaleras. Se maldijo por no escapar a tiempo.
—Estoy bien. Solo me mareé un poco. Es que no dormí nada y no desayuné. Los nervios.
—Usted no se encuentra en condiciones —se adelantó Zalagna—. No voy a permitir que un trasnochado se encargue de un reportaje de esta envergadura. ¡Lucía, comuníquese con enfermería! ¡Que vengan a buscarlo de inmediato! Yo me encargaré del reportaje. La señora Vidi comprenderá lo delicado de la situación.
—Aguarde un instante, Zalagna —dijo Álvaro con firmeza—. Rafael: se nos acabó el tiempo. ¿Qué vas a hacer?
Apoyado contra la puerta vidriada para no derrumbarse, Rafael buscó sostén en Lucía. Tanto la serena mirada de la chica como sus rasgos se habían endurecido. Notó que ella quería decirle algo. La miró detenidamente y leyó que sus labios le daban forma a un silencioso entrá. No se trataba de una sugerencia. Era una orden. La chica, en puntas de pie, se asomaba por encima de los hombros de su jefe y volvía a gritarle con voz muda: ¡ENTRÁ! ¡ENTRÁ YA MISMO!
X
Rafael escapó de la pensión el domingo a la una de la mañana. Cargaba dos bolsos llenos de libros, algo de ropa y una planta seca. Se perdió rápidamente en la primera esquina, evitando mirar a las topadoras estacionadas bajo la autopista a medio construir.
Llegó a la avenida Corrientes una hora más tarde, cuando ya no brillaban las marquesinas de los teatros.
La Buenos Aires de maquillaje descorrido y piel impregnada de tabaco y alcohol barato tambaleaba hasta caer en una cama cualquiera. Pronto volvería a soñar su recurrente pesadilla de ejércitos de lobos descuartizando lobos al amparo de la oscuridad.
Rafael dejó atrás los teatros, bajó hasta la avenida de las recovas y descargó sus bolsos en la esquina del Luna Park, frente a un kiosco. Se distrajo un instante con las tapas de las revistas: el nuevo amor de Rodolfo Bebán, Vilas prometiendo ganar la Copa Davis, el pacto de Isabel Perón e Ítalo Luder. El diariero cabeceaba, luchaba por no dormirse mientras su Spika silbaba un tango de Piazzolla. Rafael reconoció la melodía.
—“Otoño porteño” —le dijo al diariero. El hombre levantó la cabeza por encima de las revistas. Rafael insistió, señalando la radio—. “Otoño porteño”. Qué grande Astor, ¿eh?
—¿Qué decís, pibe? Este cajetilla es un traidor. Grande es Pichuco. Grande es Salgán.
Rafael dio media vuelta y controló sus bolsos: a pocos metros, un vagabundo envuelto en cartones chupaba del pico de una botella.
—Los diarios ya están por llegar, ¿no?
El diariero resopló con fastidio.
—No me rompas más los huevos, pibe. Que para cagarme a preguntas tengo a mi suegra.
Rafael volvió junto a sus bolsos y abrió el cierre de uno de ellos para que la pobre planta respirase. Entrecruzó por un instante la mirada con el vagabundo, cuyos ojos aterrados se adivinaban bajo los mechones grasosos.
—Media hora —dijo el vagabundo.
Rafael se inclinó hacia él.
—¿Eh?
—En media hora —su voz era grave, aguardentosa—. Los diarios llegan en media hora.
—Gracias, amigo. Muchas gracias.
A Rafael le llamó la atención el portón abierto del Luna, y se asomó. Las sogas del ring se perfilaban en la penumbra entre docenas de hileras de asientos vacíos. Ya se habían ido todos los espectadores. El piso estaba regado de colillas de cigarrillos y vasos de plástico, y en el aire aún flotaba un vaho de transpiración y sangre.
De pronto se oyó un fuerte chasquido proveniente del techo, y las pocas luces terminaron de apagarse. Flotaron por segundos hasta que al fin se deshicieron, se evaporaron lentas entre el humo de cigarrillo acumulado. Solo un foco siguió encendido. Las formas se hicieron difusas y los colores se disolvieron tiñendo al cuadrilátero de gris y blanco.
De entre las filas de asientos apareció un viejo cargando un balde y unos trapos. La espalda doblada y un brazo encogido o atrofiado lo obligaban a moverse con dificultad. El viejo subió un par de escalones, atravesó las cuerdas y trepó al cuadrilátero. Rafael lo imaginó un fantasma: el espectro de un boxeador noqueado regresando de un tiempo remoto.
El viejo se arrodilló, la cara pegada al piso. Enjuagó un trapo en el balde y fregó con el brazo sano. La pelea habría sido violenta: el trapo no tardó en enrojecerse. Y el viejo lo remojaba, fregaba el piso y volvía a remojarlo. Su tarea era inútil: nada limpiaba, con cada movimiento no hacía otra cosa más que esparcir el charco rojo.
Y entonces Rafael se imaginó a sí mismo media vida después. Y se sospechó así, como aquel viejo. Doblado, incapaz de volver atrás. Desparramando hasta el día de su muerte un calvario de dolor y fracasos.
—¡El acceso está prohibido!
Un guardia de seguridad. Se golpeaba la palma con un garrote.
—Disculpe —dijo Rafael—. Es que el portón estaba abierto y…
—¿Tiene documentos?
—No. Es que…
—¡Cierre el culo y responda! ¡Le pregunté si tiene documentos!
Rafael metió la mano en el bolsillo del vaquero. De los nervios, los dedos se le atoraron en el cinturón. Como si su mano se hubiese atrofiado igual que la del viejo. Le extendió su documento al guardia, que lo revisó con suficiencia.
—Rajá de acá, pendejo. Y empezá a cuidarte el culo.
Apenas Rafael salió del estadio, el portón se cerró a su espalda con un estruendo metálico.
El corazón le latía con rapidez. Pero lo peor era el miedo. Miedo del guardián, miedo de que aquella inmensa mancha de sangre siguiera extendiéndose. Miedo de un futuro decrépito, de una vejez de cara al piso y brazos atrofiados.
Lo libró de aquella sensación el ruido de un motor. ¡Los diarios del día! Rafael se precipitó hacia el cordón de la vereda. El camión disminuyó la velocidad y un chico tiró junto al kiosco un grueso paquete.
Rafael no le despegó la mirada al canillita: años atrás, él había hecho ese mismo trabajo. Madrugadas enteras recorriendo la ciudad colgado de un camión, congelado en invierno y ahogado en verano. ¿Cómo había podido soportarlo?
Una vez que el diariero desató el paquete, Rafael le entregó unas monedas a cambio de El mundo. Al abrir las páginas, quedó paralizado. Abrazado al diario, se dejó caer sobre sus bolsos con la cabeza oculta entre las rodillas. Y lloró.
Se acordó de todos los imbéciles que jamás confiaron en él. De su propio padre, que nunca le perdonó que renunciara a aquel trabajo de mierda en el banco. De su jefe de la receptoría, que siempre lo maltrató y lo humilló. Del mediocre de Zalagna. De las noches interminables del cementerio, de los fondos de las bóvedas y del mármol helado de las tumbas.
Era su primer logro. ¡Su primer logro! Y muy pronto llegarían más. Muchos más. Porque esto no era nada, esto era solo el comienzo.
De pronto se desconoció, se avergonzó de sus pensamientos. ¿Por qué el rencor? ¿Tanto resentimiento había acumulado? Él no era así.
Secó sus lágrimas y levantó la cara de entre las rodillas. Al ver al diariero hojeando revistas pornográficas y al vagabundo roncando entre su mugre, el arrepentimiento se le desvaneció. Los miró a los dos con desprecio, como se mira a los inferiores.
¿Cómo era posible que no quedase siquiera un espectador interesado en contemplar su gloria?
Aquella noche, Rafael no buscó un lugar para dormir. Se quedó sentado en la vereda grasienta, disfrutando una y mil veces la entrevista del suplemento Cultura de El mundo. Qué lejos se sentía del diariero y del croto.
—Mi primer logro —dijo por lo bajo—. Mi primer logro.
Pero esto no es nada, pensó. Sepan todos que esto es solo el principio.
XI
Vagó todo el domingo, durmió por la noche en un banco de la Plaza San Martín, y el lunes por la mañana entró en la terminal de trenes de Retiro. Después de lavarse la cara y cambiarse la ropa en un baño de la estación, compró un pasaje con las últimas monedas que le quedaban.
Media hora más tarde, bajaba en la estación de Belgrano y comenzaba a caminar por la calle Echeverría. La caminata era agradable: el cielo se había vuelto cristalino, como de aire puro, las bocinas y motores del centro habían cedido ante el sosiego de un barrio de veredas arboladas y casas bajas.
El único problema era que le dolían la espalda y los brazos. ¿Quién lo había mandado a llevarse consigo aquellos dos bolsos cargados de libros? Suerte que el pájaro terminó por morirse, pensó. Si no, me hubiese ido de la pensión con jaula y todo…
Unas cuadras más adelante, antes de cruzar Melián, se detuvo a descansar un poco. Mientras recuperaba el aire, contempló las calles adoquinadas, las casonas antiguas y a unos chicos uniformados jugando tras las rejas de un colegio inglés. Antes de levantar los bolsos y seguir andando, leyó la dirección escrita en la tarjeta que guardaba en un bolsillo.
Recordó aquel momento después de la entrevista, cuando Zalagna, presionado por la mirada de Álvaro, le ofreció a regañadientes un puesto en la redacción.
—No me interesa, Zalagna. Me parece que vos y yo no congeniamos demasiado. No te pongas así, que te estoy haciendo un favor. Si tuviésemos que vernos la cara todos los días, vos terminarías con una úlcera del tamaño de esta oficina, y yo… je, yo terminaría preso por asesinato.
Después dio media vuelta, juntó coraje, y apostó el pleno más importante de su vida.
—Pero sepa, señor Azcurra, que para mí sería un honor que usted me tuviera en cuenta el día que precise colaboración en su editorial.
Álvaro, inmutable, le recomendó concentrarse en redactar la nota como era debido. Pero antes de marcharse le deslizó una tarjeta.
—Te espero el lunes a las diez, muchacho. Ya veremos qué podemos hacer.
Dos cuadras después, Rafael se detuvo frente a una centenaria casona inglesa. Junto a la entrada, relucía un bronce:
EDICIONES LEOPARDI
Cruzó un jardín y tocó el timbre. Una mujer le abrió la puerta.
—Hola, buenos días —dijo él desplegando su mejor sonrisa—. Soy Rafael Leone. Tengo una entrevista a las diez con Álvaro Azcurra.
—¿Usted es Rafael Leone?
—Él mismo.
La mujer parecía extrañada. ¿A quién no le sorprendería descubrir que el periodista que había develado el rostro de Marcovich era un chico atractivo de jean y zapatillas?
—Bienvenido a Ediciones Leopardi —dijo haciéndolo pasar, y lo besó sin apuro en la mejilla—. Soy la recepcionista de la editorial. Acompáñeme al primer piso, por favor.
A Rafael le asombró el buen trato. En las receptorías del diario, ni siquiera los jefes eran así de elegantes y gentiles.
—Ha llegado el señor Leone —le dijo la recepcionista a otra mujer, que Rafael supuso la secretaria de Álvaro, y se marchó dejándolos a solas.
—Es un placer conocerlo. Mi nombre es Viviana Ríos. Soy la secretaria personal del señor Azcurra.
—Un gusto, Viviana. Pero no me trates de usted, que me hacés sentir un viejo.
—Muy bien. Voy a tutearte entonces. Te felicito.
—¿Por esto, decís? —dijo Rafael señalando el suplemento cultural que había sobre el escritorio—. ¿Lo leíste?
—Por supuesto.
—¿Y qué te pareció? Te pregunto porque sos la primera persona con la que hablo del tema.
Viviana Ríos lo miró con extrañeza.
—¿De ayer a la mañana a hoy no hablaste con nadie?
Rafael negó con la cabeza.
—Es que preferí quedarme en casa descansando todo el día. Y encima estoy sin teléfono. Qué desastre Entel. —Y se recordó tirado junto a un mendigo, vagando por la calle todo el domingo, con la panza vacía—. ¿En serio que te gustó? —preguntó sonriente.
—Por supuesto. Es muy interesante y arriesgado el enfoque que le diste a la entrevista. Tomá asiento, por favor, que el director te recibirá apenas se desocupe. ¿Querés un café?
—Un café con leche, si no es mucho lío —dijo evitando la tentación de pedir unas medialunas.
—En un instante te lo sirvo. ¿Y esos bolsos?
—¿Esto? Es que me estoy mudando y tengo pensado donarlos.
—Que bien. Dejalos donde te parezca y tomá asiento.
Rafael acomodó sus bolsos tras una cortina y se hundió en un sillón.
Le sirvieron el café con leche casi de inmediato, por fortuna acompañado por varias masitas que Rafael devoró apenas la secretaria se dio vuelta. Un verdadero manjar, y más para quien hace un día y medio no prueba bocado.
Como una prolongación de los modos de Azcurra, la casona entera descansaba en la robusta nobleza de lo antiguo: las vigas gruesas, el piso de roble, los óleos blancos en concordancia con las paredes también blancas, y el silencio pautado por las campanadas de un reloj de péndulo.
Lo sacó de aquella armonía un taconeo de botas: un militar de rango salía del despacho de Azcurra con pasos veloces.
—Adelante —dijo Viviana volviéndose hacia Rafael mientras acompañaba al militar escaleras abajo—, el director te espera.
Rafael entró en un salón de paredes cubiertas por anaqueles cargados de libros. Pero no tuvo tiempo de acercárseles: a un costado, agarrándose de la moldura de un hogar de leña, Álvaro Azcurra hacía equilibrio para no caer. Tenía la cara partida por el miedo, y su puño tembloroso apenas era capaz de sujetar el bastón.
Rafael lo ayudó a sentarse y le desajustó la corbata.
—No se esfuerce —dijo—. Voy a llamar a su secretaria.
—No —el anciano lo retenía del brazo, tomaba aire por la boca seca bien abierta—. No es nada… Solo preciso respirar.
—¡Necesita un médico!
—Voy a estar bien. Es que…
—¿Qué pasó?
—Algo atroz.
—Cuénteme, don Álvaro —Rafael se arrodilló a sus pies.
—Lo mataron.
—¿Mataron?
—Como a un perro.
—¿Qué dice, don Álvaro? ¿A quién mataron?
—A Ignacio.
—¿Ignacio? ¿El hijo de Irene?
—Sí. Me lo acaba de informar un brigadier. Un viejo compañero de estudios que hace años no veía.
—¿Y ella lo sabe?
—No. La madre todavía no lo sabe.
—Y ahora… —Rafael calculó que Irene debía estar embarcando en el aeropuerto—. ¿Ahora qué vamos a hacer?
—Le mataron el hijo a Irene —Azcurra le apretaba con fuerza la muñeca, pero hablaba como si no tuviera nadie adelante—. El Brigadier me acercó el dato de que lo acribillaron anteanoche. “Por boludito y por perejil”, me dijo.
—Qué hijo de puta.
Rafael insistió con llamar a la secretaria, pero Álvaro lo retuvo.
—Cuando vi a Ignacio por primera vez cabía acá, en la palma de mi mano. En la palma de mi mano. Yo mismo llevé a su padre al sanatorio la noche del parto. Mi amigo Gianluca; mi hermano, diría. Después los años nos apartaron. Mis debilidades convirtieron a su mujer en mi confidente, en mi adorada amiga. Siempre quise a su hijo como si fuese mío. Siempre deseé que hubiese sido mío.
—No se agite, don Álvaro.
Pero Rafael se dio cuenta de que el anciano no lo oía. Ahora indicaba con aire extraviado una pared del salón.
—Tantas veces vino aquí de niño acompañando a la madre, escondiéndose detrás de las cortinas, robándole morisquetas a las editoras y secretarias. Y años más tarde, ya adolescente, tomando los libros de los estantes más altos de esta misma biblioteca. Siempre los mismos: los equivocados, los prohibidos. Los leía sentado acá, en este escritorio.
Rafael se sintió de más, como quien escucha una confesión que no está dirigida a él. Le sorprendía la imagen del Ignacio niño, el contraste con el Ignacio adulto que él conoció en persona y de labios de Irene. Y fue como si el anciano se hubiese anticipado a sus pensamientos:
—Después algo en él cambió, algo empezó a descomponerse. En Ignacio, y también en nosotros. En cada uno de nosotros. Él se alejó, lentamente se dejó perder. Y no supimos traerlo de regreso. O no quisimos. O dejamos de intentarlo, quién sabe. Al final lo perdimos, nos perdimos entre todos. Irene, como de costumbre, tenía razón.
Álvaro lagrimeó, y Rafael le acercó un pañuelo.
—¿En qué tenía razón Irene?
—Pues… sostenía algo así como que su hijo era un espejo potenciado por inverso. Ella decía que Ignacio reflejaba nuestras miserias, nuestra soberbia. Una respuesta tal vez desmedida e injusta, pero no irracional —balbuceó una palabra incomprensible, interrumpió un sollozo cubriéndose los labios—. Un espejo roto: apareció en una zanja con el estómago acribillado de balas. Hice los arreglos para que la policía le informe a Irene que falleció en un accidente de tránsito.
—¿Accidente de tránsito? ¿Por qué? ¿Por qué ocultarle a Irene la verdad?
—La verdad… —murmuró el anciano con una mordacidad que a Rafael le llamó la atención—. Aquí ya no queda nada de eso, hijo. La verdad es un lujo que dejamos de merecer hace demasiado tiempo.
Abrió con dificultad la solapa del saco, tomó la billetera y desparramó unos billetes sobre sus piernas.
—Debés ir por Irene —dijo echando un vistazo al reloj de plata que le colgaba del cinturón—. Estás a tiempo. Su avión parte a Milán a la una. Nos quedan tres horas. Tomá rápido un taxi y traela de regreso sin decirle nada de lo que sucedió. De eso me encargaré yo mismo. Vos solo encontrá el modo de traerla de vuelta.
—¿Y qué le digo?
—No sé, hijo. Ingeniátelas. Por algo vas a empezar a trabajar conmigo.
Antes de salir, Rafael oyó al viejo hablando solo, encogido, con los ojos de un niño desolado.
—¿Qué más pretenden de vos? ¿Por qué no te dejan en paz? ¿Por qué de una maldita vez por todas no te dejamos todos en paz, ragazza?
XII
Arriba de un taxi, camino al aeropuerto, a Rafael le faltaba el aire. Las ideas se le amontonaban una encima de la otra, pero no encontraba alguna excusa verosímil para retener a Irene. Al intentar bajar la ventanilla, sintió una puntada en la mano y palpó sus nudillos. Los mismos que se habían empapado con la sangre de Ignacio.
Lo recordaba bien. Al regresar del Delta, mientras Irene preparaba la cena, él se había ido a dar una ducha. Pleno y feliz como nunca, no podía pensar más que en Irene llamándolo para subir al remise, en la llegada en lancha a la casita del Delta, en la súbita bajamar y la imposibilidad de volver. En las tardes conversando a la vera del río seco, en las noches en vela descubriéndose desnudos en el catre del dormitorio.
Al cerrar la ducha había escuchado gritos e insultos. Aún dentro de la bañadera, envuelto en una nube de vapor, supo de inmediato de quién se trataba: durante aquellos tres días, Irene le había hablado sobre ese monstruo que era su hijo, sobre el terror de esas visitas de medianoche entre amenazas y exigencias de dinero. Ya antes de verla arrastrándose con un brazo pegado a las costillas, sabía que, apenas tuviera la oportunidad, destrozaría a Ignacio a trompadas.
Llegando a Ezeiza, bajó del todo la ventanilla del taxi. Con el aire golpeándole la cara volvió a acariciarse los nudillos.
Ignacio representaba todo lo que él hubiera deseado: un apellido que le abriera las puertas que él siempre tuvo cerradas; una educación sólida en un hogar bien construido, al abrigo de un padre exitoso y una madre sabia y distinguida. Con cada golpe le hizo pagar a ese desagradecido tanta ingratitud, tanta vida desperdiciada.
Pero cuando Irene le apuntó con el arma, su odio viró hacia una extraña comprensión. Bajo el amparo de la madre, Ignacio podría haberle deslizado algún gesto sobrador y burlón; sin embargo, no hubo nada de eso. No había revancha en aquel harapo bañado en sangre. Rafael se identificó con esa mirada desbordada de vergüenza. La de Ignacio, como la suya, era la mirada de quienes se deslizan veloces en una pendiente de tragedia.
En ese instante, mientras Irene le apuntaba con el arma, Rafael comprendió que Ignacio y él, cada uno a su modo, eran dos corderos agonizantes. Y, a pesar de que Irene había decidido proteger al más débil, más adelante rescataría también al otro. Irene no abandonaría a su otro hijo, regresaría por él.
—Y así fue —dijo Rafael en voz baja mientras el taxi ya entraba en el aeropuerto.
Despegaba un avión. Asomado a la ventanilla, él lo siguió con la mirada. Lo avergonzaba jamás haber salido del país, no conocer Europa, no haber volado nunca. Ni siquiera una vez en toda su vida.
Bajó del auto y entró al hall central del aeropuerto. Buscó en la pizarra el vuelo de Alitalia con destino a Milán y corrió hasta llegar a la puerta de embarque indicada.
Se detuvo agitado. Entre la multitud que formaba una fila frente a un acceso, reconoció a Irene. Bellísima, llevaba un elegante conjunto color crema y un chal le cubría los hombros.
Un hombre canoso le tocó el hombro a Irene. Ella entrecruzó unas palabras, sonrió con sobriedad y volvió a darle la espalda. Por la expresión al darse vuelta, Rafael comprendió que aquel hombre le era desconocido.
Debía apurarse: en pocos minutos Irene entraría en la sala de espera y ya no podría detenerla. Pero… ¿cómo le diría que debía cancelar el vuelo? Había desperdiciado el viaje en taxi pensando en cualquier otra cosa menos en una buena excusa para traerla de vuelta.
Rafael avanzó entre la muchedumbre y, sin tener la menor idea de qué le diría, se le apareció por delante. Los ojos de Irene se hicieron enormes bajo los lentes negros, y llevó el pasaporte a la boca para ocultar una sonrisa que Rafael hubiera deseado poder disfrutar.
—¿La acosan los admiradores, señora Vidi? —preguntó, y se abrazaron ante el desconcierto del hombre canoso.
—Me decía —apartándose de la fila, Irene hablaba como quien cuenta una aventura— que lamentaba no tener consigo un ejemplar de la novela. Quería que se la dedicase. Y también… —Irene se interrumpió. Con un ademán, le quitó importancia a sus palabras.
—Contame.
—No, no importa. Es una tontería.
—Dale, contame.
—Me decía que en persona soy más linda que en las fotos del diario.
—Estás colorada.
—No te burles —Irene simulaba acomodarse el chal—. Aunque ahora que recuerdo no dijo “linda”. Dijo: “agraciada”.
Los dos sonrieron.
—Podrías contratarme de guardaespaldas —dijo Rafael.
—¿Por qué no? Otro ángel guardián. El más fiel de todos —de pronto llevó las manos a la cintura y adoptó la postura de una enojada maestra de grado—. Ahora que lo pienso, caballero: ¿no tenían tanto usted como el señor Azcurra órdenes expresas de no venir a despedirme?
—Si no fui obediente en estos últimos veintiséis años, no tiene sentido empezar a serlo ahora —dijo Rafael, atento al avance de la fila—. Vas a quedar última.
—No importa. Hiciste bien en venir. Ninguna partida es feliz, ni siquiera las deseadas.
Ella lo tomó de las muñecas. Rafael se perdió un instante en sus manos y sus dedos. Deseó preguntarle acerca de lo que creyó haber visto a través de la puerta del despacho de Zalagna. De aquellos mismos dedos, aquella misma mano atravesando mágicamente el vidrio.
—¿En qué pensás, Rafael?
—En nada. ¿Leíste el reportaje?
—Solo los títulos y algunas pocas líneas. La letra de los diarios es cada día más pequeña para mí. Llevo un ejemplar en la valija. En Venecia, le pediré a mi hermana que me lo lea entero. Álvaro me anticipó algunos pasajes por teléfono. Estaba muy satisfecho. Me dijo que la introducción que escribiste fue verdaderamente original. Tal vez demasiado.
—¿Demasiado?
—Sí, pero no te preocupes. Estaba muy conforme. Anoche, cuando nos despedimos, me comentó que mucha gente le preguntó por vos. También me contó lo sucedido cuando yo quedé a solas con el fotógrafo. Que cuando Zalagna… —Rafael quiso interrumpirla con un gesto travieso. Ella simuló retarlo—. Que cuando Zalagna te ofreció un puesto en la redacción, le dijiste que no tenías el menor interés en trabajar ahí. Y en cambio, le pediste trabajo a Álvaro en Ediciones Leopardi.
—Deberías haberle visto la cara a ese agrandado. Tenía las orejas como frutillas. Casi explota, pensé que le iba a dar un ataque.
—Jamás te burles de un pobre hombre. Lo importante es que Álvaro haya decidido apostar por vos. No tengo dudas de que te espera una gran carrera en Ediciones Leopardi. Hiciste lo correcto, aunque fue muy arriesgado. Y a esta altura de mi vida la intrepidez no es justamente una virtud.
—No sos justamente lo que se llama una cobarde.
—Sí que lo soy. Si no fuese una cobarde, habría tenido el valor de proponerte viajar conmigo. Ofrecerte venir a Venecia a que vivamos juntos.
La impersonal voz de los altoparlantes dio el último aviso de partida del vuelo con destino a Milán.
—Podría postergar el vuelo —dijo Irene atrayéndolo hacia sí, mientras él no sacaba la vista de los pocos pasajeros que quedaban por atravesar el control—. Postergarlo por unos días y sacar dos nuevos pasajes para esta misma semana.
Esperaba una respuesta, pero sabía que era en vano: entreveía algo detrás de la indecisión del chico.
—Viajar juntos —insistió—. Nosotros dos.
—No, Irene. No. Si ahora das marcha atrás, vas a quedarte acá, estancada para siempre. Tenés que irte.
—¿Estás seguro? En Venecia podríamos…
—No. Tenés que irte ahora mismo.
Irene lo abrazó, se abandonó en sus brazos.
—Confiá en mí —dijo él, y le besó la frente—. Es lo mejor. Te lo juro.
—No jures —ella advirtió que el chico le esquivaba la mirada—. Es extraño. Recién cuando me besaste recordé a Ignacio. Su piel, su…
Apareció en una zanja, el estómago acribillado de balas.
Rafael la interrumpió:
—Vamos a volver a vernos pronto, Irene. Muy pronto.
—Cuando volvamos a encontrarnos, mis ojos ya no podrán reconocerte.
—¿Qué decís, Irene?
—Lo que oíste. Y, en alguna medida, me alegro. Así podré recordarte tal como te ves ahora —ella esbozó un gesto de resignada tristeza—. Con toda la vida por delante. Así. Así de joven y resplandeciente.
Él sabía que Irene no se daría vuelta para saludarlo, pero igual la acompañó con la mirada. Ella pasó el control y, última en la fila, se subió a una escalera mecánica hasta desaparecer.
Rafael se preguntó qué explicación le daría a Álvaro. Tenía todo el viaje de vuelta para pensar alguna excusa, pero sabía que no podría decirle la verdad.
¿Verdad? La verdad es un lujo que dejamos de merecer hace demasiado tiempo.
Rafael se echó en un asiento cualquiera de la sala de embarque vacía sin poder quitarse de la mente la propuesta de Irene. ¿Irse a vivir juntos a Venecia? No, era un sinsentido. Él debía iniciar su camino en Ediciones Leopardi. Pero pronto la iría a ver. Muy pronto se subiría al fin a un avión para visitarla en Europa. A diferencia de Ignacio, él la adoraría por siempre, él jamás la traicionaría. A fin de cuentas, ella lo había elegido para salvarlo y ofrecerle una vida mejor. Una vida nueva.
Le llegó un estrépito de turbinas. Y recordó que, al caer la noche, no tendría dónde dormir. Ya estarían demoliendo la pensión, y sus únicas pertenencias eran la ropa que llevaba puesta y sus dos bolsos cargados de libros.
No le importó. Se dejaría llevar, como lo había hecho toda la vida. Solo que ahora tenía un futuro, una tierra fértil donde sembrar: al día siguiente, comenzaría a trabajar bajo la tutela de Álvaro Azcurra.
Y por primera vez sintió que la incertidumbre no era una carencia sino una oportunidad, un cauce sobre el cual volcarse y crecer.
Inició el regreso sabiéndose liviano, como esos mismos aviones que despegaban, que ganaban altura y atravesaban la nube más alta hasta convertirse en parte del cielo.
RAFAEL
I
¿Quién soy?
La música me perfora la cabeza, las luces se sacuden…
El estómago revuelto y la cabeza que me estalla y me impide pensar. Dejo la copa de champagne sobre una bandeja, sin dejar de buscarme en el espejo que cubre toda la pared.
¿Quién mierda soy?
Ese. Ese debo ser yo: el sesentón que simula prestarle atención a la mujer del vestido escotado entre un tumulto que baila, come y toma como en el último día.
Estoy por desvanecerme… o tal vez ya esté desvanecido. Me agarro del borde de una mesa de canapés para no caer. Respiro profundo. Así. Una y otra vez. Ya estoy mejor. Debo ir al médico urgente. No es la primera vez que me abstraigo de la realidad, al extremo de perder la conciencia.
Vuelvo a preguntarme qué hago acá. A qué vine. A qué carajo vine.
Puede tratarse de la presentación de un libro de recetas de pescado crudo. O de la fusión de alguna editorial colega con un banco senegalés. O, por qué no, de un cóctel en homenaje a algún exitoso novelista que ni sabe cómo se colocan los guiones de diálogo.
¿Y esta mina del escote? ¿De dónde salió? Está fascinada de poder monologar conmigo. Y esos pechos. En otro momento, hubiese dado la vida por ellos…
El suelo tiembla, cruje. ¿Cómo pueden vivir en este ruido?
Conseguí abrirme paso entre la manada. Un botones me indicó a los gritos cómo llegar al toilette.
Afortunadamente estaba vacío y la “música” casi no se oía. Y mi Blackberry, que no dejaba de vibrar. Lo apagué sin siquiera fijarme quién molestaba. Colgué el saco y me lavé las mejillas y los párpados ardientes. Tras refrescarme la nuca, alcé la cabeza. Un espejo delante, otro más. Cazadores implacables, me perseguían donde fuera. Tomé coraje y me incliné hacia mi propia imagen. Y, una vez más, la imposibilidad de reconocerme. La mirada hundida bajo las ojeras serpenteadas de arrugas; las canas que apenas me cubrían la frente gastada. Y la necesidad de correr, de escapar, de ser otro. De ser cualquier otro.
Me sobresaltó Martínez entrando a los tumbos, riéndose desaforado. Al notar mi presencia, se desató la corbata anudada a la frente e intentó meterse la camisa dentro del pantalón. Sin poder disimular su borrachera, me felicitó por la idea de festejar el aniversario de la editorial en el Park Hyatt, y también por mi discurso que tan hondo caló en todos los empleados, señor Leone. Frente a la canilla abierta lo miré de pies a cabeza.
—Deje de adularme, Martínez. Mejor cierre el pico y raje de acá, que no estoy para sus pelotudeces.
Pobre Martínez: salió volando con el culo entre las patas. Habrá ido a mear al baño de mujeres.
Salí del baño y en el vestíbulo le ordené a un empleado que me trajera el Mercedes del estacionamiento. Algo en mi estado le habrá llamado la atención, porque sugirió que me fuera en taxi. Mi cara debió haber sido bien elocuente: un minuto después, el pibe bajaba del auto y me entregaba las llaves.
Estaba por arrancar, cuando noté que había olvidado el saco en el toilette. Ni siquiera pensé en ir a buscarlo. La sola idea de volver a ese circo me hizo apretar el acelerador a fondo.
Habré pasado un par de semáforos en rojo. Daba lo mismo: a esa hora de la madrugada, las calles vacías quedaban rápidamente atrás, aparecían y desaparecían de las ventanillas del auto como diapositivas. Olvidé doblar donde debía hacerlo, y alargué estúpidamente el trayecto hasta desembocar en la avenida de las recovas.
El Luna Park me disparó sonidos y aromas de una lejana noche de verano, el hedor de un ciruja borracho, un guardia apuntándome con su garrote, el traqueteo de un camión de diarios. Centelleos que alumbran pliegues del olvido: un viejo subiendo a un cuadrilátero; el mismo viejo golpeado y ensangrentado, tirado contra las cuerdas. Y otro fogonazo más: sus brazos atrofiados, incapaces de bracear en un lago de sangre.
Aceleré para escapar de aquellas imágenes. Pero no pude evitar que aparecieran más, apiladas unas sobre otras, como lápidas en un cementerio.
Sin saber cómo, llegué en mi huida a una calle perdida, de casas chatas. El hígado me ardía y la música no dejaba de retumbarme en los oídos. Al borde del vómito, frené y bajé del auto.
Un sombrío descampado. De sus matas de pasto sobresalían docenas de pilotes de cemento. Algo en esos revoltijos de hierro y cal me remitió a aquella vieja autopista. Esa que debió haberse construido hacía treinta y tantos años. Y esos muros de atrás debían ser los fondos de las casas que habían sobrevivido a la demolición.
Y terminé de comprender en dónde estaba. En ese baldío regado de sal, se levantaba la pensión de… ¿Nora? ¿Norma? Como fuese, yo había escapado de ahí como una rata, sin cumplir mi promesa de pagarle los meses que le debía.
¿Qué habría sido de esa mujer? Intenté traer de vuelta sus rasgos, su voz, pero no conseguí recuperar más que el roce en mi espalda de unas manos toscas y agrietadas.
Traer mi pasado de regreso. Que imbécil. Lo había sepultado tan profundo que se volvió inalcanzable, incluso para mi propia memoria.
Una saliva ácida me subió por la garganta. Perdí el equilibrio, caí de rodillas y vomité. Lagrimeando, con la camisa pegada al cuerpo, debí sostenerme de uno de los pilotes para poder levantarme.
Oí un movimiento de cacharros, ruedas de madera que giraban sobre adoquines. Levanté la cabeza. Dos pibes que empujaban una carreta cargada de basura se detuvieron junto a mi auto. El mayor —de unos diecisiete años— pegó la frente a los vidrios polarizados del Mercedes y chifló como si estuviese ante la reina de la cumbia. Caminó hasta la parte delantera, y de un manotazo le arrancó la estrella al capó. Después miró en dirección al descampado. No tardó en descubrir una sombra que se tambaleaba en la oscuridad.
—Salí de ahí, pelotudo —gritó sacudiendo la estrella en el aire—. ¿Es tuya la máquina?
Sostenido del alambre oxidado que sobresalía del pilote, me sequé el vómito de los labios.
—¿No me oís, forrito? —preguntó sacando pecho, el mentón erguido apuntándome como si fuese un arma—. ¿O sos sordo aparte de puto?
Me limpié la tierra de los pantalones. Todo giraba a mi alrededor.
—Sí, es mío. ¿Tenés algún problema?
Una sonrisa le tajeó la cara. Juntó saliva y escupió el frente del auto.
—¡Pedazo de avión tenés, la concha de tu madre! —levantó un brazo y, con los dedos en forma de revólver, me apuntó—. ¡Pum! —hizo una pausa, bajó el brazo—. Te maté, putito. Sos fiambre, te taparon con diarios. ¿Escuchaste, sorete? Estás muerto.
Dio media vuelta y le ordenó a su compañero que siguiera empujando la carreta. Y la noche se los tragó.
En sus facciones duras reconocí la paciente seguridad de quienes no atacan porque aún no llegó el momento de hacerlo. Y tuve una certidumbre: para desenterrar el pasado, me bastaba con alcanzarlos; guardaba más huellas de mi vida esa carreta cargada de mierda que mi auto alemán de vidrios polarizados.
II
Le exigí al Jefe de Redacción de Mercados & Cultura que fuera Tito Mariani quien me entrevistara. Era un tipo sensato y maleable, y fui yo mismo quien lo acomodó en la revista cuando se quedó sin trabajo. Ya me había entrevistado alguna que otra vez, y los dos teníamos bien en claro hasta dónde podían tensarse las reglas del jueguito de las preguntas y las respuestas.
Pero la caída de un avión en Montevideo convulsionó a todos los medios, y Mariani fue enviado de urgencia al lugar de la tragedia. Propuse postergar la nota, pero los directivos de la revista insistieron en llevarla adelante. Pese a que en un principio me negué, el jefe de redacción logró convencerme: quien reemplazaría a Mariani era un muchacho de su entera confianza.
Al año de haber empezado a trabajar en Ediciones Leopardi, don Álvaro me propuso —más allá de mis tareas en torno a la selección de manuscritos— ser el representante de la editorial frente a los medios de comunicación. Y aunque fui ganando espacio en el ambiente y mis responsabilidades no dejaron de crecer, jamás delegué aquella labor de relaciones públicas en la que tan bien me desenvolvía y que tantos contactos me proporcionaba.
El escenario varió con los años: la inestabilidad económica del país y algunos desaciertos internos volvieron frágil la situación de la editorial, y ciertas determinaciones se hicieron complejas de justificar ante la prensa. Por eso una vez que asumí la dirección de Leopardi dejé esas trenzas en manos de una banda de publicistas expertos en explicar lo inexplicable. Mientras tanto, yo bajé el perfil y limité mi exposición pública a presentar alguna que otra novela de relevancia, disertar en conferencias en el exterior y, tan solo en contadas ocasiones, conceder entrevistas en exclusiva a medios de peso. Tal era el caso de la revista Mercados & Cultura.
Cuando recibí en mi oficina al reemplazante de Mariani —un muchachito de aspecto impoluto, piel de cordero y mirada huidiza—, supe que sus manos de seda poco tardarían en desenvainar una cuchilla.
A poco de entrar a mi despacho, lamentó no haber sido citado en la vieja casona del barrio de Belgrano. A mi explicación de que los años la habían vuelto poco operativa, respondió acomodando el grabador sobre el escritorio:
—No es sencillo estar a la altura de la historia.
Hijo de puta. Le dije que una cosa era estar a la altura de la historia, y otra cargarla sobre los hombros. Se limitó a preguntar, con aire displicente, si podíamos comenzar “la interviú”.
Recalcando que su entrevistado era un referente insoslayable a la hora de analizar la actualidad literaria latinoamericana, me pidió opinión sobre pelotudeces tales como el rol de los intelectuales en el siglo xxi y el futuro de la novela. En determinado momento quiso saber qué recuerdo guardaba del señor Álvaro Azcurra. Apenas terminé de señalar mi gratitud hacia quien me había formado, el muchachito engarzó por primera vez sus ojos a los míos.
—¿Qué cree que pensaría el señor Azcurra de saber que su otrora prestigiosa editorial, reconocida por décadas en toda Hispanoamérica gracias a su magnífica colección de clásicos italianos, hoy sobrevive publicando bestsellers de dudosa calidad, cuentos para niños supuestamente escritos por modelos publicitarias, y libros de autoayuda como por ejemplo: Cambié a mi marido por un perro y soy feliz?
Los murmullos que por años sonaron a mi espalda, al fin llegaban a mi propia oficina en boca de un pendejo impertinente. Me esforcé por disimular mi furia, aunque casi parto en dos el cortapapeles que tenía en la mano.
Aprovechando mi vacilación, siguió adelante:
—¿Cree que el señor Azcurra hubiese aprobado que su protegido Rafael Leone, a poco de tomar la dirección de Ediciones Leopardi, la hubiera vendido a un grupo inversor extranjero? ¿Cree que estaría conforme con que este grupo redujera drásticamente su plantilla de empleados, al mismo tiempo que hacía un negocio inmobiliario millonario rematando la primera sede de la editorial, el mítico caserón del barrio de Belgrano, para levantar en su terreno un edificio de treinta pisos?
El silencio posterior fue absoluto, tanto que oí con nitidez el segundero del reloj que le colgaba de la muñeca.
Pude haberlo echado con el grabador incrustado en la garganta después de cagarlo bien a trompadas. También pude haberle elogiado sus agallas y ofrecerle un puesto en la editorial triplicándole el sueldo de muerto de hambre que ganaría en la revista para, tres meses después, volarlo de una patada a la calle igual que a un perro. Sabía hacer a la perfección ambas cosas. Pero los tiempos habían cambiado. Y me vi obligado a tragar saliva y respirar profundo.
—¿Un café? —dije—. Ediciones Leopardi tiene una larga tradición de secretarias que sirven un magnífico café espresso.
—No tomo café. Gracias.
—El agradecido soy yo. De verdad le agradezco la posibilidad de aclarar sus cuestionamientos. Intentaré ser conciso en mi respuesta. A fines de los ochenta, debido a las contingencias que sufrió el país, la editorial cayó en bancarrota. Nos hallábamos intimados por legiones de bancos y financieras, con la mayor parte del personal suspendido y la vieja sede de Belgrano hipotecada y todos sus servicios cortados por falta de pago. Dicho en palabras simples, para que también usted pueda comprenderlo: en la prestigiosa Ediciones Leopardi ni siquiera salía agua de las canillas.
—Olvida mencionar que…
—No terminé de hablar —dije apuntándolo con el cortapapeles—. Yo a usted lo escuché con suma atención. Intentaré retomar el hilo de mi respuesta. En esas delicadas circunstancias, por expresa decisión de don Álvaro Azcurra, que moriría a los pocos meses, asumí como director de la editorial. Y pese a que los números no son mi pasión, debí abocarme de lleno a ellos. Refinancié el pasivo, gestioné créditos de bajo interés que nos permitieron pagar sueldos y servicios, y levanté decenas de pedidos de quiebra. En el camino, debí hacer concesiones. En absoluta conformidad con los herederos de don Álvaro, se vendió un porcentaje de la editorial al solvente Grupo Xiara, y le ofrecimos a algunos empleados un razonable plan de retiro voluntario. Asimismo, nos encontramos obligados a vender la vieja sede para abaratar costos y continuar saldando deudas. Dentro del marco estrictamente literario, lanzamos ediciones económicas de nuestro catálogo de clásicos, pues consideramos que no era justo que fuesen un producto limitado a las clases pudientes. Eso nos abrió a nuevas propuestas, acordes con lo que el mercado demanda. Y usted tiene el resultado a la vista: una firma moderna, versátil, con su pasivo prácticamente saneado. Una editorial que hace pocos días festejó como una gran familia sus primeros noventa años de vida. No sabe cuánto lamento el no haberle hecho llegar una invitación.
El mocoso de mierda le echó un vistazo a la plaqueta de oro que brillaba sobre mi escritorio y leyó con voz remilgada:
—Ediciones Leopardi; 1920-2010; 90 años brindando cultura —deslizó una mueca—. Lo felicito, Leone. Todo un logro. Habrán comido canapés hasta reventar. Pero mejor sigamos con lo importante. En su singular repaso olvidó señalar ciertos detalles: sin perder el cargo de director, usted se convirtió en socio del Grupo Xiara, logrando que su situación económica se potenciase de modo inversamente proporcional al empobrecimiento de la editorial y sus empleados. Sus ex compañeros, Leone, dicho sea de paso. También yo desearía ahondar un poco en el origen de los capitales que respaldan al Grupo Xiara, grupo buitre con una larga historia de vaciamiento y desguace de…
—…soy el director de Ediciones Leopardi por absoluta decisión de su fundador. Y le puedo asegurar que, dejando a un lado a mi adorada hija, ese es el mayor orgullo de toda mi vida. No tengo nada más que decir con respecto a ello. En relación a mi situación patrimonial, imagino que no estoy obligado a presentarle una declaración jurada, pues no soy funcionario público. Pero sí le puedo decir que trabajo aquí desde que era poco más que un adolescente. Y hoy, a mis sesenta años, continúo entre estas paredes, habiéndole entregado a esta editorial los mejores años de mi vida. Y le aseguro que no tengo nada de qué arrepentirme. Es más, me enorgullezco. ¿Sabe por qué? Porque para mí, Ediciones Leopardi es muchísimo más que un simple lugar de trabajo o que una empresa. Ediciones Leopardi es mi hogar.
Di por concluida la entrevista, despedí al pendejo de mierda con suma cortesía, y le ordené a mi secretaria que me comunicara con el director del grupo editorial que publica Mercados & Cultura. Nos conocíamos desde hacía demasiados años con Azcanzábal: teníamos casa en el mismo barrio cerrado y nuestras hijas habían ido al mismo colegio.
Las cuatro páginas de la entrevista fueron publicadas a tiempo con los retoques pertinentes. Tan solo una de las fotos no fue de mi completo agrado.
El pendejo de mierda fue trasladado por seis meses a cubrir un presunto brote de aftosa en la Patagonia para la revista Mundo Ganadero.
III
Aquel viernes desperté animado: debía cumplir mi promesa de invitar a mi hija a cenar afuera como premio por haber terminado su primera semana de estudiante universitaria.
Lo primero que hice al llegar a la editorial fue pedirle a mi secretaria que reservara una mesa para dos en el restaurante que Giselle había elegido —“Mr. Thomas”, si mal no recuerdo—, uno de esos modernos comederos con música electrónica a tope, donde a un plato de fideos pasados lo cobran más caro que un buen par de zapatos.
Al terminar el día, compré un ramo de azahares y me disponía a pasarla a buscar por la facultad cuando vibró mi Blackberry. Era ella. Entre onomatopeyas y modismos incomprensibles, me decía que debíamos suspender la cena porque se iba a esquiar a Aspen esa misma noche. No alcancé a preguntarle con quién viajaría ni cuándo estaría de regreso, que ya me había cortado soltando una de sus típicas risitas nerviosas.
Miré la nada con la mente en blanco. Hacía mucho tiempo que mi hija había dejado de ser una decepción: los años la habían vuelto una derrota estampada a fuego.
Giselle —solo su madre pudo llamarla sí— había sido especial. De chica demostró un profundo interés por el interior de las cosas y el pasado de las personas. Me pedía que le describiera cómo nos conocimos con su madre, nuestras afinidades y diferencias. Y, también, las razones de nuestro divorcio. Escuchaba mis palabras con inaudita atención para una niña de cuatro, cinco años, y después me decía con los labios manchados de chocolatada, agitando las manos en el aire, como quien espanta un mal recuerdo:
—Todo eso se fue, papi. No está más. Ahora te voy a contar todas las cosas locas que van a pasar mañana.
Y empezaba a relatarme historias sin fin en las que yo me reconciliaba con su madre, y ella crecía rodeada de infinidad de hermanos, cada uno con una vida más fantástica que el otro. No había en su futuro viajes imprevistos o risas nerviosas.
Le intrigaba la arquitectura de los viejos edificios. En particular, la fascinaban las cúpulas. No podía evitar preguntarme cuándo habían sido construidas, quiénes vivían en ellas y cómo estarían decoradas por dentro. Una tarde de domingo, me aseguró que de grande sería fotógrafa, y que haría un libro de fotos con las cúpulas más lindas de Buenos Aires. Puedo recordar su voz, los dos sentados en el banco de una plaza, su pequeña mano enlazada a la mía.
—Va a ser un libro gordo, papi. ¡Así de gordo! Y en la tapa le voy a poner esta súper cúpula. No, mejor a esa otra que me mostraste antes. ¿Cuánto vas a tardar en mostrármelas todas, eh? ¡Vamos, papi! Levantá la mano y abrila bien. Si no, no sirve para jurar. Prometeme que en tu trabajo me vas a hacer un montón de mis libros. ¡Así no! ¡Abrí bien la mano!
Recuerdo bien ese domingo. Entre desavenencias con la madre y unos simposios en Europa que me retuvieron más de la cuenta, hacía seis meses que no nos veíamos. Parados en la esquina de Talcahuano y Bartolomé Mitre, Giselle me obligó a prometerle, con la mano bien abierta, que algún día nos iríamos a vivir juntos a una de las dos cúpulas de tejas verdes que custodiaban el pasaje Rivarola.
—O mejor a las dos, papi. ¡A las dos!
—¿A las dos, hija? ¿Y cómo haríamos para ir de una a la otra?
—Recontra fácil: ¡saltamos y volamos! ¿Te animás? Es como pasar de un espejo a otro.
Bastante razón tenía: recuerdo su boca abierta de sorpresa cuando le conté que el Rivarola es un pasaje-espejo.
—¿Ves, mi amor? Los edificios de una vereda se reflejan exactamente en la contraria.
—Increíble, pa…
A los cinco años descubrió los cuentos, y poco después las novelas y la poesía. Podía pasarse tardes enteras encerrada en su dormitorio, imbuida en historias que adoraba comentar conmigo. Solía preguntarme a qué edad yo había leído el libro que ella acababa de terminar y qué opinión tenía de él. Incluso me retó después de confesarle que no recordaba algunos tramos de las vidas de sus adoradas Cossette y Natacha. Para mi orgullo, hacia los quince años ya era dueña de una biblioteca inimaginable en una adolescente.
Pero fue a partir de esa edad que algo comenzó a cambiar, a torcerse en su interior. Como si a través de una grieta hubiera descubierto un camino menos sinuoso que el recorrido hasta allí. Como si hubiese decidido claudicar en su resistencia frente al mundo de placeres vulgares que la madre jamás dejó de ofrecerle en bandeja de plata. Con tristeza, pero también con un grado de desidia, fui notando la conversión. Cambiaban su lenguaje, vestimenta y modismos; se transformaba en una chica ordinaria, en la imagen deformada de quien pudo haber sido, de quien debió ser. Los “novios” y las amigas pasaron a ser el eje de su existencia. Los tipos formaban una fila interminable de inútiles sin trabajo, todos por lo menos diez años mayores; en cuanto a las chicas, escucharle pronunciar dos sílabas de corrido a una de ellas me alcanzó para imaginar al resto. El otro eje de su vida pasó a ser el dinero, el bendito dinero. Venerado talismán que atrae zapatos y carteras, celulares, peluquería, e incluso viajes a Miami… Pero para Giselle nada de eso era —nada de eso es— suficiente, todo es siempre nada.
Sus últimos años de estudios no fueron más que un lastre de inasistencias y aplazos, y no creo que la avergüence saber que recibió su título de secundaria gracias a una generosa donación de mi parte a las autoridades del colegio.
Me había resignado a la idea de que jamás se interesaría por ninguna carrera universitaria. Hasta que, después de meses sin vernos, me citó en la confitería de un shopping.
Era la misma: aliento a cigarrillo, la piel ridículamente maquillada y un par de bolsas de primeras marcas a sus pies. Pero no tardé en descubrir que algo había cambiado. Le noté un matiz de desgano en la voz estridente, un cierto hastío en su actitud siempre provocadora. Un tanto más afectuosa que de costumbre, me contó que había decidido suspender un viaje al Caribe para empezar a estudiar Psicología. Como un crédulo y enamorado jovencito, prometí pagarle por adelantado la matrícula y el primer año de la facultad. Y también le di mi palabra —con una mano bien abierta en lo alto, como en los viejos tiempos— de invitarla a cenar a su restaurante preferido al terminar su primera semana de estudios.
Ahora, con el ramo de azahares en una mano y mi celular en la otra, el recuerdo de aquella promesa se diluía entre un remolino de gritos y música y su voz avisándome del viaje a la montaña.
—No te calentés, daddy, que arranco la facu el próximo año. No chilles, que tampoco es para tanto.
Nada quedaba de la pequeña —¿te animás, pa? Es como pasar de un espejo a otro— que me alentaba a volar juntos de cúpula en cúpula. No. Nada quedaba de mi Giselle. Nada podía esperarse de una chica criada por una madre vulgar y un padre ausente. Un padre que, a sus sesenta años, cuando indaga en su pasado, gira la cabeza en dirección a las carretas que cargan los mendigos.
No. Ya nada quedaba. Todos nuestros espejos se habían roto.
IV
Al borde del ahogo llevé aire a los pulmones, como si hubiese estado inmerso en un tanque de agua.
Sentado en el banco de la plaza Roma a unas veinte cuadras de la editorial, con un ramo de azahares sobre los muslos, me pregunté cómo había llegado hasta allí.
—Terminé el día —dije, al aire—, fui a una florería a comprar esto. Y, cuando salí, Giselle me llamó al celular.
¿Y después? Después un abismo de veinte cuadras. Otra fuga, otra pérdida de toda noción de realidad.
Me juré visitar al médico. Debía consultarlo acerca de estas abstracciones cada vez más frecuentes, la nula concentración, los años de insomnio, la falta de deseo… Todos indicios de mi decadencia, residuos de deterioro con los que mansamente me acostumbré a convivir.
Y entonces, una vez más, como tantas, Irene volvió a mi cabeza. Irene. Con su guía y protección, toda mi vida hubiera sido diferente. Y volví a preguntarme qué hubiese sido de mí en caso de haberle contado la verdad. De haberle dicho aquella vez en Ezeiza que no debía embarcar, que su hijo había muerto. Traerla de regreso tal como Álvaro me lo había pedido.
—No pude encontrarla, don Álvaro. Recorrí el aeropuerto de punta a punta, pero no la vi por ningún lado. Debió haber embarcado minutos antes de mi llegada.
Álvaro permaneció largo rato meditabundo.
—Quién sabe, hijo —murmuró entre inseguro y aliviado—. Posiblemente haya sido lo mejor.
De allí en más, ese fue nuestro secreto. De cuando en cuando, él la llamaba a Italia. Conversaban por horas, se ponían al tanto de sus cosas, recordaban los viejos tiempos. Pero entre los dos no hubo siquiera una palabra acerca de la muerte de Ignacio.
Sí, con Irene a mi lado todo hubiera sido diferente. Todo hubiera sido mejor. O… ¿O también a ella la hubiese apartado de un manotazo, así como hice con tantos?
Nunca me preocupé por levantar el teléfono y llamarla, o mandarle aunque sea un mensaje. Viajé un millón de veces a Europa, pero jamás me hice un tiempo para visitarla. Recorrí Italia de punta a punta, pero jamás puse un pie en Venecia. Siempre me inventaba alguna excusa: la falta de tiempo, Leopardi, las deudas, los negociados, las mujeres… Y tras la muerte de Álvaro, ya no supe nada más de ella. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Qué fue de mi vida? Ahora ya tendría… ¿cien años? De seguro había muerto.
Ya era de noche. Entre la incipiente bruma, los faroles encendidos le daban a los árboles, a los canteros y a la estatua un halo de irrealidad. En contraste, al otro lado de la plaza, la soberbia mole de El mundo desafiaba la niebla.
¿Y qué dirección hubiese tomado mi vida de haber aceptado el ofrecimiento de Zalagna? No hubiese sido una decisión errada. A fin de cuentas, durante mi juventud jamás tuve otro anhelo más que entrevistar escritores, reseñar libros, ser parte de la bohemia que flotaba sobre las redacciones de los viejos diarios. No, Leone. No te hubieses resignado a ser un simple empleadito, nunca te hubieses conformado con tan poco. De haber entrado en el suplemento Cultura de El mundo hubieses hecho lo imposible por ocupar el lugar de Zalagna, por desbancarlo sea como fuese.
Nunca viví mis logros con la satisfacción de quien alcanza una meta. Cada triunfo no fue más que un mero peldaño que solamente adquiría sentido en caso de conducirme a una inmediata grada superior.
Recordé mi primer viaje. Álvaro, obligado a someterse de urgencia a una serie de chequeos médicos, premió mi desempeño en la editorial mandándome, en representación suya, al Salon du Livre de París. Aquella feria en Porte de Versailles marcó mi vida. A menos de dos años de trabajar bajo su ala, me subía a un avión, y nada menos que con destino a Francia.
Pero, tal como me sucedió otras veces, el deslumbramiento se desvaneció en un parpadeo. A poco de aterrizar, descubrí que era tan solo un farsante incapaz de balbucear dos palabras en francés. Un advenedizo que dormía en un hotel apartado después de llenarse la panza con baguettes compradas en puestos callejeros.
Me prometí que ese primer viaje sería apenas la concreción de un primer y modesto objetivo. Juré que volvería a París una y mil veces, hasta hartarme de ella. Dominaría el francés, me hospedaría en el Ritz de la Place Vendôme, y los mismos editores que tanto lamentaban la ausencia de Álvaro suplicarían por mi presencia en congresos y simposios.
Tuve un escalofrío. ¿Qué hacía todavía en esa plaza, en ese helado banco de piedra? Ciñéndome el saco, miré hacia la cima del edificio de El mundo. En la noche, las luces del último piso brillaban como un faro. Me abrigué en el deseo de que aquella luz proviniera de la oficina de Lucía. Lucía…, tanto tiempo y siempre en el diario. Y volví a maldecirme —una vez más, ¿cuántas?— por haberla dejado ir: aquellos dos años que estuvimos juntos habían sido los mejores de mi vida.
La bruma del parque avanzaba, fundía mis piernas. De pronto un crepitar de ramas, un murmullo de pasos a mi alrededor. Y una silueta que brotó de las sombras.
Un chico. Cargaba un ramo de azahares.
Lo conocía. ¡Lo conocía muy bien! Levanté un brazo, le pedí que se detuviera. Pero no pudo escucharme, tampoco lo deseaba. A diferencia de mis azahares, que se marchitaban con cada respiro, los suyos resplandecían. Recordé que era un día especial para él. Estaba exultante tras su primera semana de trabajo en Leopardi. Cruzó la plaza, atravesó la entrada de El mundo y subió a uno de los ascensores. Iba montado en un aire de triunfo que podría derribar cualquier muro que se le interpusiera. Entró en la redacción desierta y en penumbras. Se habían ido todos los empleados. Solo quedaban el director y su secretaria.
Pude recordar lo que sucedería, ¿cómo olvidarlo? Siempre amparado por su encanto y fingida seguridad, el chico tenderá las flores sobre el escritorio de la secretaria, y después la invitará a cenar al restaurante que ella quiera.
La chica lo escuchará rendida a sus pies. ¿Qué otra cosa puede hacer? Ella siempre lo amó. A diferencia del resto del mundo, ella siempre había apostado por él. Desde el primer día, cuando él era apenas cadete de una receptoría de provincia. Y ahí lo tenía, vuelto la mano derecha del dueño de la editorial más prestigiosa del país.
El chico esperaba una respuesta conteniendo la respiración. La vio iluminarse hasta decir que sí. Y en pocos minutos salieron de la oficina, ella abrazada al sinfín de azahares.
En el palier, antes de subir al ascensor, él se dio vuelta y echó un vistazo al desdibujado contorno de Zalagna detrás de la puerta vidriada de su despacho. Sabía que acababa de abrirle las costillas con una segunda puñalada. La primera se la había clavado la semana anterior, cuando rechazó la oferta de trabajar bajo sus órdenes.
El chico entró al ascensor después de ella, su trofeo, y se regodeó con la mirada implorante de la víctima, aunque solo muchos años después podría comprenderla del todo: los ojos de Zalagna eran los de un viejo elefante de patas quebradas que observaba a la joven manada avivar el paso hasta dejarlo abandonado.
Álvaro adoró a Lucía desde el primer momento. Con sus giros galantes, solía decirle que había nacido a la luz del sol. Me sugería protegerla, no dejarla escapar.
—Esta niña es pura miel —me dijo una mañana acariciando el marfil de su bastón—. Cuando la mirás fijo se ruboriza, pero cuenta con el carácter necesario para pulirte las rebabas.
—¿De qué hablás, Álvaro?
—Hablo de esas aristas de tu personalidad que pueden opacar todo lo bueno que llevás adentro.
A menudo nos invitaba a cenar a su casa. Pasábamos largas noches entre los vinos de la bodega, que él nos enseñó a apreciar, cenando manjares y escuchando historias increíbles, como surgidas de novelas de aventuras de siglos pasados.
—No me presten atención —decía—. No son más que recuerdos de un abuelo insensato. ¿Descorchamos otra botella? ¿O mejor una copita de anís? Vamos, niños, ¿quién de los dos me acompaña? ¡Los jóvenes de hoy no saben beber! ¿Qué futuro le aguarda al mundo?
A poco de empezar en Leopardi, alquilé un departamento de un ambiente en el centro: una caja de zapatos sin balcón ni cocina, en la que a duras penas cabían un colchón tirado en el piso y una maceta haciendo equilibrio sobre desordenadas pilas de libros.
Convencí a Lucía de traerse algo de ropa para venirse a dormir un par de noches. No tardó en quedarse una semana entera. Y antes de que nos diéramos cuenta, había abandonado la casa que compartía con la madre, en Sarandí, para vivir conmigo.
Con ella durmiendo desnuda en mis brazos, me sabía capaz de construirme un futuro: Álvaro no había tenido hijos, y la editorial entera nacía y moría en él. Sus empleados eran de confianza, pero no tenían hambre de gloria. Esa hambre que a mí me brotaba de cada poro. No tardé en darme cuenta de que debía trabajar duro, escucharlo con atención, estudiar sus movimientos y demostrarle que podía apoyarse en mí. Así subiría hasta convertirme en su mano derecha y, con el correr de los años, inevitablemente lograría reemplazarlo como titular de Ediciones Leopardi.
—Uno a uno, sin excepción, todos mis planes se cumplieron —dije, treinta y cuatro años más tarde, sentado en la soledad de aquel banco de plaza—. Todos mis planes se cumplieron —repetí cubriéndome el cuello con las solapas del saco, adormecido bajo la fría neblina.
Trabajaba infinidad de horas, era una esponja que no dejaba de asimilar experiencia y conocimientos. Por la mañana, revisaba manuscritos. Al mediodía, Álvaro me invitaba a almorzar junto a algún editor de renombre. Después me tocaba controlar las cajas que nos enviaba la imprenta y, al llegar la noche, me quedaba solo en la editorial leyendo los originales —invariablemente plagados de errores— de algún pope de la literatura.
Vivía rodeado de publicistas, secretarias, escritoras y periodistas, todas ávidas de ganarse una sonrisa de ese jovencito brillante y siempre dispuesto, en quien el señor Azcurra tanto confiaba. Y no tardé en descubrir que también, de todas ellas, podía obtener lo que me placía con solo tensar o soltar la cuerda de mi encanto.
Hacia mi tercer año en la editorial, le sugerí a Álvaro comprar los derechos de una novela de una escritora desconocida con quien había compartido unas noches en París. No se mostró demasiado entusiasmado al leerla, pero ante mi insistencia aprobó publicar una tirada mínima. Meses más tarde, la novela recibió uno de los más importantes premios literarios de España, y sus ventas se catapultaron hasta convertirse en uno de los mayores éxitos de Ediciones Leopardi.
Mis tareas se multiplicaban, mi opinión cobraba cada vez mayor relevancia, y Álvaro me consultaba cada decisión que debía tomar. Me había vuelto mucho más que su mano derecha o su empleado favorito. Me había vuelto su hijo.
Por esos días compré mi primera propiedad y conocí a quien sería la madre de Giselle: una treintañera cuya belleza y apellido aristocrático me obnubilaron al punto de impedirme reparar en su idiota vulgaridad.
En cuanto a Lucía… jamás discutimos nuestra ruptura. En silencio y resignada, supo apartarse sola, consciente de que ya no ocupaba ningún lugar en mi nueva vida. Nada quedaba del cadete que había conocido en la receptoría de Burzaco.
Al morir Zalagna, fue ascendida a secretaria del Presidente de El mundo. Solemos vernos cada dos o tres años, en alguna de las premiaciones que organiza la fundación del diario. Tras saludarnos con un beso en la mejilla, nos preguntamos con cortesía por nuestras vidas como dos viejos compañeros que alguna vez compartieron un secreto. Conserva la misma voz cálida y serena, y aún se sonroja cuando la miro fijo. Sigue viviendo en Sarandí, a pocas cuadras de la casa que compartía con la madre, junto a un empleado bancario y dos hijas. Tengo entendido que una de ellas está por convertirla en abuela. Lucía —mi Lucía, la que había nacido a la luz del sol— ya es abuela…
Y alcé la mirada en busca de su luz, pero ya no la encontraba. El edificio entero se rindió bajo el peso de la bruma, y también los árboles, la estatua, la plaza entera.
Acerqué las palmas de las manos a los ojos sin distinguir más que oscuridad. Con los brazos y las piernas rígidos por el frío, intenté levantarme del banco. Pero no podía moverme.
Oí a lo lejos unos pasos. ¡Debía ser el chico! Atento al crepitar de las hojas secas, tanteé la penumbra con los brazos extendidos. Le pediría ayuda. Solo él podía sacarme de ahí. Le ofrecería dinero para que me llevara de vuelta a casa. No me rechazaría: era pobre, y hasta hacía muy poco robaba libros de librerías y vivía en una pensión de mala muerte. Escapó de ella una medianoche sin siquiera pagar los meses que debía. Yo le compraría zapatos nuevos, ropa, cualquier cosa. Para que me guíe, para que me recuerde quién fui, quién pude ser.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté, y los árboles y la bruma afelparon el sonido de mi voz—. ¿Alguien me escucha?
Grité una vez más, y otra. Pero mis palabras no llegaban a sus oídos.
Yo temblaba en el banco, el frío me acechaba. Un frío de tumbas me tensaba la cara, las piernas, el pecho: decenas de anzuelos desgarrándome la piel.
Grité de nuevo. De mi boca no se desprendió más que un sollozo de sílabas incomprensibles. Un niño perdido. Eso me había vuelto: un niño abandonado, olvidado incluso por su propio recuerdo.
Al fin, logré levantarme. Pero mis piernas endurecidas no podían sostenerme. Estaba por caer, cuando una ráfaga abrió un tajo en la niebla. Era él. ¡Él! Lo abracé como a una última tabla de salvación, me aferré a esos brazos que olían a azahares. Llorando le ofrecí el paraíso, dinero, viajes. Pero su fortaleza no me salvaba, solo ahondaba mi ocaso. Estrecharme a él no me liberaba, en esa juventud no había más que condena. Él se echó hacia atrás y me estudió con rechazo. A sus ojos, yo no era más que una deformidad.
Sequé mis ojeras húmedas y bajo la luz de un farol me espanté al notar mis dedos manchados de verde. Ya no lloraba lágrimas de agua y sal. Mis mejillas, endurecidas como piedras, estaban infestadas de moho.
El chico rio. Busqué su cara sin ver más que negrura. Una capucha negra le cubría la cabeza. Su risa crecía, se expandía aterradora. Caí espantado, y abrazado a sus tobillos le pedí perdón por tanta omnipotencia, por tanta arrogancia. Fue inútil: mi ruego no le despertaba más que una mueca déspota. La entreví y pude reconocerme en ella. ¿Quién sino Rafael Leone había sido el hacedor de cada uno de sus gestos? Yo, yo mismo los afilé, les di forma. Un forjador artero que trabajó durante años su mejor cuchilla. Esa capucha negra no era más que el reflejo de mi propia cara.
Ambos supimos que debía acabar conmigo. No atiné a huir ni a detenerlo. Más temprano que tarde, los verdugos somos condenados a cumplir nuestro destino de muerte.
Dudó. El acero que empuñaba era inútil en esta estatua sin sangre. Entonces recogió una maza de entre la niebla…
…y decenas de grietas me surcan con cada golpe el cuerpo de roca y mármol, serpentean veloces hasta volverse rajaduras que me fragmentan centímetro a centímetro al borde del desmoronamiento. El verdugo respira profundo, y de un solo mazazo me parte la garganta. Mi cabeza pende del cuello, apenas sostenida por tendones de yeso. Un muñeco, una trágica marioneta a merced de sí misma.
Un brazo cae pesadamente al suelo. Después, el otro. Los resquebrajamientos resuenan con estruendos lejanos en mi estructura hueca.
El verdugo recupera aire, descansa sobre su larga maza a modo de báculo. En segundos, me rematará. Un último golpe seco quebrará mis rodillas.
En la agonía de la noche, cuando la niebla se disipa, alcanzo a enhebrar un atisbo de misericordia, semejante a la piedad. Imploro que este tardío arrepentimiento conduzca a su salvación. A su salvación, ya no a la mía. Yo soy apenas polvo de estatuas en la brisa que acompaña el resplandor del alba. Pronto me esparciré hasta volverme parte de esta tierra helada en la que nada crece.
V
A mi regreso a casa después de ocho semanas de internación, Jacinta me increpó por primera vez en su vida: “Comía cualquier cosa, no dormía nada, trabajaba todo el tiempo. Yo le dije que se me iba a quedar patas pa’ arriba”.
No me sirvió partirla con la mirada, como cuando me destiñe una camisa. Disfrutándolo, me acomodó en un sillón igual que a un viejo inútil.
Después de tanto tiempo de encierro en una habitación de sanatorio, mi departamento lucía inmenso y luminoso. El verde de la plaza de enfrente se volcaba brillante sobre las ventanas, y el atardecer inundaba de dorado el balcón repleto de plantas.
Y de pronto una puntada. Un estiletazo bajo el hombro izquierdo. ¿Otro infarto?
Con una mano pegada al corazón, hice un esfuerzo por no alarmarme. Los médicos me habían advertido que algunas dolencias no desaparecerían de un día para el otro, que la rehabilitación completa llevaría largos meses, años. Incluso existía la posibilidad de que la recuperación absoluta nunca llegase. Tal vez este decaimiento, esta daga que me desgarraba los pulmones al respirar profundo, me acompañarían hasta el fin.
—El fin de mis días —dije con pesadez ante ese horizonte cercano, palpable en cualquier espejo.
Oculto entre las macetas, alcancé a ver el banquito en que se sentaba Jacinta cuando se encargaba de las plantas. Conseguí incorporarme. Sosteniéndome de los muebles, recorrí el living hasta salir al balcón. Trastabillé cegado por el último sol de la tarde, y me sostuve de la baranda para no caer. Una vez recuperado el equilibrio, separé con cuidado el banquito de entre las macetas y me senté en él flexionando las piernas poco a poco. Los sonidos de la avenida se reducían a un rumor lejano: debería ser domingo.
Junto a los malvones asomaba una regadera. Se me ocurrió que podría beber un poco y remojarme la cara. Levanté la regadera y me eché agua en la mano. El líquido se escurrió entre los dedos desobedientes, cayó formando un surco en las junturas de las baldosas. Al volver a intentarlo, advertí que no podía ahuecar la mano. Respiré profundo, intenté calmarme. Con la mano derecha, palpé la izquierda como si fuese una prótesis; la moldeé uniendo los dedos de a poco y hundiendo la palma hasta darle forma de cuenco. Volví a echar agua en ella.
El ventanal del balcón me devolvió mi reflejo: un inválido encorvado en un pequeño banco lamiéndose la mano igual que un niño.
Agradecí estar solo, sin testigos, resguardado de miradas que me lo señalasen: jamás tendría una vejez sosegada y libre de reproches, al amparo del sol de un domingo cualquiera.
VI
Pese a que los médicos me habían prohibido volver al trabajo, lo tenía bien en claro: no me recuperaría del todo estando inactivo. Entonces, una mañana me comuniqué con mi secretaria y le ordené que, al terminar el día en la editorial, viniera a ponerme al tanto de la marcha de los últimos balances.
No bien Jacinta la hizo pasar a mi estudio, su aspecto me hizo pensar que era ella la que parecía haber sufrido una cadena de infartos.
—Todas las ediciones suspendidas, señor Leone. Balances mal fraguados, dos meses de atraso en el pago de los sueldos, y más de quinientos cheques rechazados. En suma, llegamos a una virtual cesación de pagos. Usted lo sabe: hace más de diez años que Leopardi paga mientras el Grupo cobra. Hasta ahora sobrevivimos endeudándonos a tasa de usura, el problema es que ya nadie nos presta un peso.
Pero nada le preocupaba más que las versiones de una inminente reducción masiva de personal. Me pidió —me instó— a que regresara de inmediato al trabajo.
—Su prolongada ausencia tan solo potencia los rumores, señor. La gente está desesperada. Hay un clima… bastante feo.
De nada valió que le aclarase, como si fuese ella mi superiora, lo delicado de mi salud. Se fue todavía más indignada que cómo había llegado, sin poder entender mi falta de compromiso.
Esforzándome por no caer al suelo, encendí el celular y revisé mi correo electrónico. Era la primera vez que lo hacía desde la internación. Entre condolencias fingidas —no eran pocos los que apostaban a mi muerte—, leí y oí varios mensajes con la misma advertencia: el Grupo Xiara se desprendería en breve de buena parte de sus activos en el país, y Ediciones Leopardi estaba primera en la línea de fuego.
La noticia en sí me enardecía menos que mi absoluta ignorancia respecto del tema: el último empleado de limpieza estaría al tanto de la situación, mientras el gerente pasaba las semanas postrado con medio brazo paralítico.
Llamé de un grito a Jacinta y le pregunté si había estado ocultándome llamadas telefónicas.
—Lo hice para que no se preocupara, señor —balbuceó sonándose los mocos con un trapo—. Su doctor me decía que cualquier disgusto lo podía matar. Lo hacía por su bien. No me eche, señor. Se lo suplico.
Perdí la tarde intentando comunicarme con los responsables del Grupo. Los rastreé en Buenos Aires, México y Madrid, pero era inútil. Ni siquiera tenía en claro con quién debía hablar. En el mejor de los casos, sabía que, aun siendo el gerente de la editorial —o justamente por eso—, no me atendería más que algún oscuro contador.
Un nuevo hormigueo de lava se volcó en mi brazo cuando Jacinta me informó que Giselle acababa de llamar:
—Dice que ojalá se recupere muy prontito, señor. Y también avisó que esta noche sale con unas amigas para Miami.
VII
A la mañana siguiente, Jacinta me pasó un llamado de mi secretaria. Una decena de uniformados habían tomado la editorial y los empleados exigían la inmediata presencia de algún responsable.
—¿Uniformados? ¿De qué habla? No le entiendo.
—Mejor véngase ya mismo —me dijo, y cortó la comunicación.
Revolví el armario en busca de un traje. Logré ponerme el pantalón, pero no pude seguir con el resto. Debí llamar a Jacinta para que me cerrara los botones de la camisa y me anudara la corbata. Desoyendo sus advertencias, me lancé hacia la calle.
Faltando media cuadra para llegar a la editorial, le indiqué al taxista que se detuviera. Al doblar en la esquina, entendí mejor lo que me había dicho mi secretaria: un comando de guardias armados habían vallado la entrada. Los reconocí de inmediato. Pertenecían a la misma agencia de seguridad que trabajaba para el Grupo. Pese a que la mayor parte del personal se agolpaba en relativa calma frente a las vallas, varios cadetes, choferes y empleados a cargo de tareas menores insultaban a los guardias, y algunos hasta les tiraban con carpetas y biromes. Me acerqué despacio.
Todo aquello se había vuelto un circo: los porteros de los edificios dejaban de regar las veredas para no perderse detalle, los autos que pasaban bajaban la velocidad, y los colectiveros y taxistas se asomaban por las ventanillas.
Un empleado de Recursos Humanos fue el primero en advertir mi presencia. Tras quedarse un instante inmóvil, se le desparramó una sonrisa jactanciosa. Aquel imbécil no habría dudado un segundo en entregar su empleo si a cambio le daban la oportunidad de asistir a mi derrumbe desde una posición de privilegio.
Un subterráneo coro de voces acalló los gritos, la multitud se abrió en silencio.
—Me llamo Rafael Leone —le dije al que aparentaba ser el jefe de los guardias—. Soy el Director y Gerente General de Ediciones Leopardi. Hágase a un lado y facilíteme el ingreso.
—¿Eh? ¿Quién? —dijo acariciando la tonfa que le colgaba de la cintura—. ¡Documentos, viejo! ¡Documentos!
Un simio me impedía entrar a la editorial en la que trabajé por media vida. No logré sacar el documento de la billetera. Los dedos, contraídos como ganchos, golpeaban torpes contra el cuero. Cercado por las miradas de los guardias y el personal, no pude evitar que la billetera cayera al piso. Aquí me tienen, pensé de rodillas. Gocen del espectáculo. ¿O no es esto lo que siempre buscaron?
Le extendí la billetera a Viviana Ríos, la antigua secretaria de Álvaro, la misma mujer que me recibió la primera vez que entré a la casona de Belgrano a mis veintitantos años.
—Tiene muy mal aspecto, Leone —me dijo fríamente Viviana mientras sacaba el documento y se lo daba al guardia.
Me sorprendió que me tratara de usted. Sus años de trabajo en la editorial le otorgaban el privilegio de poder tutearme. Busqué cobijo en sus ojos, pero era inútil: ellos también habían dejado de creer en mí.
Alguien disparó un insulto, y una avalancha de empleados avanzó hasta desparramarnos contra el piso a los que estábamos delante de las vallas. Levantándome con dificultad, aspiré aire como un boxeador que acaba de besar la lona. Acá está. Acá está el héroe trágico que Álvaro vislumbró. Me llevé una mano a la nariz. Tenía los dedos manchados de sangre. Mientras los guardias revoleaban sus palos, el que había revisado mi documento me lo devolvió entre empujones junto a una fotocopia arrugada.
—¿Y esto? —grité.
Alcancé a escucharle decir que era una orden judicial, una autorización para que el Grupo Xiara tomase control de la totalidad de las instalaciones.
Algunos de los empleados que me rodeaban les pedían a los del fondo que retrocedieran. Y desde algún lado se oyó:
—¡Leone traidor! ¡Vendiste la editorial con todos nosotros adentro!
—¡Te vamos a matar, hijo de puta!
Aquellos insultos prendieron la mecha. Buena parte de los empleados que, hasta ese momento, no habían hecho más que presenciar pasivos la situación, empezaron también a insultarme. En tanto, los de atrás avanzaron más decididos.
—¡Hasta cuándo nos van a forrear! —gritaba Barolo, uno de los choferes, mientras los cadetes lo alentaban a golpearme—. ¡Hasta cuándo, eh!
Busqué con la mirada al resto de los empleados: mi secretaria, Viviana Ríos, los administrativos, las editoras… Todos presenciaban la situación inmóviles, como si fuesen ajenos a la vergüenza que tenían delante.
Barolo, envalentonado, me sacudió contra un árbol. Aferrado del tronco soporté primero amenazas y escupidas. Después alguien me dio un cachetazo por atrás, y al fin Barolo me encajó una decena de trompadas en el estómago. No tardé en desplomarme junto al cordón de la vereda.
Encogido, y temeroso de que me sigan golpeando, vino a mí el recuerdo de aquel chico que había arrancado la estrella de mi auto en el descampado. Lo imaginé cargándome sobre sus hombros para después revolearme en su carreta como a una bolsa de mierda.
Alguien me levantó agarrándome de las axilas. Con mi brazo enlazado a su cuello busqué la cara de quien me llevaba: era Martínez, el eterno aspirante a editor. ¿Cuántas veces había estado a punto de echarlo?
—¡Son cinco contra uno, cagones! —les gritó a los que me rodeaban, y me tiró en el asiento de un taxi entre más insultos y patadas.
—¡Vagos del orto! —les gritó el taxista arrancando a toda velocidad—. ¡Me llenaron el auto de gargajos! ¡A estos negros hay que matarlos a todos! ¿Lo llevo a un hospital, maestro?
Le dije que solo me sacara rápido de ahí. El dolor en el brazo se había vuelto un espasmo creciente que me partía la cabeza. Y noté que la camisa se manchaba de rojo más y más: la nariz no dejaba de sangrarme.
Vibró mi celular. Habían entrado dos mensajes de uno de los máximos testaferros del Grupo Xiara. Me esperaba en la confitería del mismo hotel cinco estrellas donde, tres meses atrás, habíamos celebrado la fiesta aniversario de la editorial.
VIII
Me lavé la cara con la cabeza gacha, evitando verme en el espejo del baño. Limpié las escupidas del traje y tiré en un cesto el jirón al que había quedado reducida mi corbata de seda. Después, atravesé el vestíbulo y entré en el bar.
Entre suaves notas que se desprendían de un piano de cola, me esperaba Ernesto Salcedo. Era la primera vez que nos cruzábamos las caras desde la venta de la editorial, a principios de los noventa. A él, los casi veinte años transcurridos no le habían hecho mella: conservaba intactos los modales amanerados, la piel translúcida y la expresión entre inmutable y sádica de cirujano que practica una incisión profunda.
—Póngase cómodo, Leone —dijo revolviendo su taza, sin mirarme—. Estoy al tanto del lamentable incidente que retrasó su venida. Sepa que cuenta con la absoluta solidaridad de todo el Grupo Xiara.
—Guardate las condolencias y decime qué mierda están tramando.
—Seré conciso —dijo, y bebió imperturbable un sorbo de té—. Los minutos escasean, y en la puerta me aguarda un chofer para llevarme al aeropuerto. La situación es la siguiente: tras fracasar en sus denodados intentos por incrementar productividad y rentabilidad, el Grupo ha tomado la decisión de desprenderse de la firma. A partir del día de mañana, comenzaremos a despojarnos de la totalidad de sus activos. Técnicamente hablando, podríamos afirmar que Ediciones Leopardi ha dejado de existir.
—Escuchame bien, pelotudo. Por si te olvidaste, te recuerdo que estás hablando con el director de la editorial y dueño del 9% de su paquete accionario. Ustedes no pueden hacer lo que se les canta las pelotas. Tus jefes tienen la obligación de consultar sus decisiones conmigo.
Salcedo se secó la comisura de los labios con la punta de los dedos.
—No se confunda, Leone. Ni su cargo ni sus acciones le otorgan voto en las determinaciones que toma el Grupo. Su cacareado 9% ni siquiera le otorga entidad de socio menor. Es por demás penoso que siga sin comprender lo decorativo de su puesto. Y, en última instancia, señor director —dijo con voz aterciopelada señalando de un golpe de vista mi brazo rígido—, ¿tiene usted real conciencia de cuál es su estado? ¿Usted verdaderamente cree estar en condiciones de tomar algún tipo de decisión de peso?
Percibí un hilo de sangre ardiente que me caía de la nariz a los labios. Me llevé una servilleta a la cara.
—Sos un hijo de puta —dije, y tiré junto a su taza la servilleta ensangrentada—. Sos un hijo de mil putas.
Se acarició las mejillas y sonrió por lo bajo. Lo estaba disfrutando… El muy mierda lo estaba disfrutando.
—Su vieja editorial —dijo, paladeando cada palabra— no satisfizo las expectativas. Y sería patético enumerarle las razones, las múltiples y evidentes razones, por las cuales usted ha quedado incapacitado para ejercer su cargo. ¿Por qué mejor no repara en el costado positivo de esta crisis pasajera? Una vez liquidados los activos de la firma, su cargo y acciones le proveerán una considerable fortuna que abultará su ya cuantioso patrimonio. No se derrumbe, Leone —dijo cruzando con afectación una pierna sobre la otra—. Usted es un viejo lobo. Entiende el juego a la perfección y durante muchos años supo jugarlo mejor que nadie. Pero las reglas cambiaron. Y, demás está decirlo, el Grupo que represento no es precisamente una sociedad de beneficencia. Eso usted lo tenía bien en claro cuando decidió vendernos el 91% del paquete accionario de la editorial mientras el señor Álvaro Azcurra agonizaba.
La camarera acercó un carrito cargado de dulces. Salcedo apartó la servilleta ensangrentada y señaló una porción de tarta de pera con el mismo deleite con que se escoge una joya.
—Usted está enfermo, Leone —dijo hundiendo un cuchillo en la tarta—. Muy enfermo. Hágame caso: no sea imbécil y déjese de joder. —Y agregó, señalando los postres del carrito—: Agarre también usted lo que le toca y disfrute de los pocos años que le quedan. Por lo pronto, lamento no poder seguir acompañándolo. Mi vuelo parte en tres horas.
—Esperá —le dije reteniéndolo de la solapa no bien la camarera se retiró—. No te vayas. Respondeme una sola cosa: ¿van a pagarle las indemnizaciones a los empleados?
—Usted la cobrará —dijo desprendiéndose con delicadeza de mi mano—. Tiene mi palabra. Ni usted ni su adorada hija tendrán que trabajar por el resto de sus vidas. Con la tropa haremos lo humanamente posible—. Tras alejarse unos metros, retrocedió con aire decidido—. Hagamos memoria, señor director. Días antes de celebrar en este mismo hotel el aniversario de la editorial fueron cesanteados dos choferes, ¿se acuerda? Apuesto que sí, pues fue una decisión tomada con su absoluta anuencia. Permítame hacerle otra pregunta: ¿alguno de los restantes setenta empleados elevó alguna queja o faltó a la fiesta por solidaridad a ellos? —Salcedo hizo una pausa y meneó la cabeza con extrema lentitud desprendiendo una sonrisa repulsiva—. Nadie. Absolutamente nadie dijo nada. Ni siquiera uno. Todos los empleados asistieron sin excepción. Se emborracharon como marineros, comieron hasta atragantarse y bailaron envueltos en serpentinas hasta la madrugada. Y lo hicieron orgullosos de poder pisar por una noche un hotel cinco estrellas, exultantes de poder ser parte de la fiesta.
Me dejé caer en el confortable sillón. Limpiándome la sangre de la nariz con el puño del saco, esperé manso el último estiletazo.
—En la guerra puede haber víctimas, Leone. Pero no se confunda: lo que no hay son inocentes.
IX
Un golpe. Un estruendo en el balcón. Después otro más. Ni siquiera intenté levantarme: todo mi cuerpo era un saco de arena desplomado en la cama. Otro estallido contra las persianas bajas. ¿Un piedrazo?
Revisé el reloj de la mesa de luz: era medianoche. Hice un esfuerzo y me senté en el borde de la cama. Dolorido, palpé mi estómago plagado de moretones.
Un griterío trepaba desde la calle. Me anudé la sábana a la cintura, levanté la persiana y salí al balcón.
Pisé algo extraño, blanduzco como una gelatina. La noche cerrada me impedía ver con nitidez, pero supuse que serían yemas de huevos, cáscaras rotas. El olor las delataba.
Al asomarme al vacío debí aferrarme de la baranda del balcón para no caer. Las luces de la calle me permitieron reconocer a una decena de mis empleados. Formados en círculo, deliberaban frente a la entrada del edificio. ¿A qué habían venido, qué más querían? Ya me habían insultado, escupido, golpeado.
Quise echarme hacia atrás, pero las piernas no me respondieron, como si la tumefacción del brazo se hubiese propagado. Uno de ellos miró hacia arriba.
—¡Ahí está Leone! —gritó alertando al resto—. ¡Es él! ¡La puta que te parió, traidor!
Retrocedí hasta ampararme en la sombra como una presa que se oculta de los focos de sus perseguidores.
Entre insultos y alaridos volvieron a tirar huevos. Uno de ellos explotó en mi pecho.
Entré en el dormitorio y bajé la persiana. Aun así los oía burlarse a carcajadas, celebrar su inútil victoria.
Acerqué la oreja a la persiana. De a poco fueron aplacando los gritos. Se habían desahogado, se sacaron el gusto. Pronto volverían a sus casas.
El timbre. No, no se habían ido. Al verme asomado al balcón habrán descubierto en qué piso vivía. De vuelta el timbre. Incesante. Estremecedor en el silencio de la medianoche.
Salí del dormitorio y fui a la cocina. Pude verlos mientras me quitaba la sábana enchastrada: los delataba el portero visor. Observé sus rasgos descoloridos, evanescentes. Fantasmas danzando alrededor de la hoguera. Uno de ellos tocó el timbre con siniestra alegría, los otros no dejaban de alentarlo. ¿Y dónde mierda estaban el encargado y el personal de seguridad?
Vi mejor la cara del que tocaba el timbre: Barolo, el chofer. El mismo que me molió a patadas. El nuevo líder. Lo secundaba Marchesini, el del reparto de la correspondencia. Un año atrás, al nacer su primer hijo, la editorial le regaló el ajuar. Vino a mi despacho a agradecérmelo personalmente. Era un pollo mojado. Eso era. “…G… gracias, señor Leone. E… es un honor…”. Ni se le entendía cuando hablaba. Y ahora me puteaba entre risas, presumía de su coraje. Y de repente, como si supiera que lo estaba observando, estampó su nariz contra la cámara, miró fijo y cruzó su dedo índice estirado a lo largo de toda su garganta.
La sirena de la policía. Los empleados de seguridad o algún vecino debieron llamarlos. Dos agentes alinearon a Marchesini, Barolo y al resto contra la entrada del edificio. Los palparon, les pidieron sus documentos y se los llevaron.
No molestarían más.
Amanecí desnudo, sentado en una silla de la cocina. Me sentía asqueado, pero no por las lágrimas secas que me embadurnaban las mejillas y el cuello. Tampoco por mis pies hediondos, calados de yemas podridas. Era otra cosa lo que me repugnaba: el olor del miedo, el hedor de la vergüenza.
Otra vez el timbre. Pero no el de la planta baja sino el de la puerta de servicio.
Por la mirilla vi que era el portero. Levanté del piso la sábana sucia y me cubrí con ella antes de entreabrir. El portero me estudió de pies a cabeza como si tuviese delante a un fenómeno de circo.
—Va a tener que hacer algo para arreglar todo esto, Leone.
—¿Qué es “todo esto”?
—La patota de abajo. Es una cosa de locos. Hicieron barullo toda la noche, hicieron pelota la entrada del edificio, enchastraron todo de huevos. Y ahora se les dio por acampar en la plaza de enfrente.
—Y en lugar de molestarme a mí, ¿por qué mejor no llamó a la policía?
—La policía lo único que hizo fue pedirles que se salgan de la calle para que la gente circule sin problemas. Y usted tendrá algo que ver con todo esto: es su nombre el que pintaron con aerosol en la entrada. Y con todo respeto, señor —esbozó una media sonrisa—: al que putean sin parar es a usted.
Cerré de un portazo. Sonó el teléfono.
—Hola.
—¡TE VAMOS A MATAR, LEONE, LA CONCHA DE TU PUTA MADR…!
Corté: mal día para contestar llamadas. Fui al frente del departamento y levanté la persiana apenas, muy despacio. Miré a través de los intersticios sin distinguir mucho. Haciendo el menor ruido posible, la subí un poco más para tener espacio: quería salir agazapado sin que me viesen. La luz del día me mostró el balcón regado de basura, las plantas destrozadas. Me eché al suelo y atravesé el balcón arrastrándome como un insecto. Corrí una maceta y miré hacia abajo. Allí estaban, pero… ¿cuántos eran? ¡Cien! ¡Doscientos! ¿De dónde habían sacado toda esta gente? ¿Qué era aquello? Una carpa. ¡Habían armado una carpa en la plaza! Una pancarta colgaba de dos árboles:
RAFAEL LEONE TRAIDOR Y MERSENARIO
Ignorantes. Ni siquiera sabían escribir. No habían aprendido nada en tantos años. Álvaro jamás hubiese contratado a esta jauría de mediocres.
Cuatro o cinco repartían volantes entre la gente. Otros fumaban sentados en el cordón de la vereda. Espié entre los barrotes del balcón: allí estaba mi secretaria. Y más allá, en la esquina, Viviana Ríos aplaudía acompañada por sus hijos y nietos. Habían traído a sus familias. Algunos cantaban consignas contra el “mersenario”. Y atrás… sí: atrás de los canteros, Barolo, Marchesini y los otros jugaban al fútbol.
Me regocijó vigilarlos sin que lo supieran. Imbéciles. Perdedores. No podían ganarme. No tenían con qué.
Me arrastré de vuelta al dormitorio, el pecho y la barriga sucios de basura y mierda.
Y de nuevo el teléfono. Arranqué el cable, pero había otro que seguía sonando. Todos los teléfonos del departamento seguían sonando, me taladraban los tímpanos. Recorrí cada ambiente y estrellé los aparatos uno por uno. Era la única satisfacción que podía darme. Destruí los de los dormitorios, el del estudio, el del salón de juegos y el de la biblioteca. Todos. Cada uno de ellos.
También cerré las persianas. Todas. Hasta la última.
Silencio. Necesitaba silencio para poder pensar.
El timbre. La mirilla me volvió a mostrar al estúpido del portero. ¿Quién era el idiota que lo acompañaba?
—Buenos días, Leone. Soy el administrador del consorcio y quiero hacerle una preguntita: ¿sabe por cuánto tiempo tendremos que convivir todos los vecinos con los empleados de su empresa?
Lo miré sin pronunciar palabra.
—No paro de recibir quejas del resto de los propietarios —siguió diciendo, con el portero de edecán—. Esta noche llevaremos a cabo una asamblea de consorcio y créame que tomaremos medidas. Esta manifestación, movilización permanente o qué sé yo cómo la llaman, hizo que el cierre de su empresa tomara estado público. El edificio está rodeado de patrulleros, Leone. Y encima llegaron periodistas, un móvil de televisión.
—¿Y qué pretende qué haga?
De repente el estúpido empezó a hablarme como si fuésemos amigos de la infancia.
—Oiga, Rafael, acá no vive gente cualquiera. Usted me entiende a la perfección. Los propietarios desean mantener el anonimato, vivir en paz, llevar tranquilos a sus chicos al colegio. Permítame acercarle una idea: ¿por qué mejor no se marcha? Aunque sea, por algunos días. Vaya a su casa del country. ¿Todavía la tiene, no? Hasta ahí no lo seguirán. Y, cuando se den cuenta de que se fue, se terminó el problema.
—¿Cómo pretende que me vaya, si tienen el edificio rodeado? ¿Qué quiere? ¿Qué me maten?
El portero no pudo reprimir la risa.
—Déjeme pensar —dijo el administrador, después de dirigirle al otro una mirada pétrea—. Lo podría… yo lo podría sacar escondido en el baúl de mi auto. ¿Le parece?
Les cerré la puerta en la cara y de inmediato volvieron a golpear. También sonó un teléfono en algún lado. ¿Cómo era posible? Fui al lavadero, busqué el disyuntor y corté la luz. Cerré todas las puertas con llave y volví a asegurarme de que las persianas estuvieran bajas.
A oscuras caminé hasta mi dormitorio. Me tumbé en la cama y me cubrí bajo las frazadas. Aun así no podía librarme de las voces y los gritos y los cánticos de la plaza.
Idiotas. Sabía lo que todos pensaban de mí. Lo sabía porque yo alguna vez fui uno de ellos. Yo no nací director de Ediciones Leopardi, yo nací cadete de una receptoría de Burzaco. Sabía muy bien lo que era calentar una silla diez horas al día, a cambio de un sueldo miserable. Pero yo no me conformé con tan poco. No me conformé con un escritorio en una oficina, las cuentas al día y dos semanas de vacaciones al año. Yo elegí ser otra cosa. Elegí ser mejor. Yo me jugué las pelotas para ser mejor. El mejor. En cambio, ninguno de ellos podía juzgarme porque ni siquiera me conocían. Ninguno. No sabían de dónde venía. Ni siquiera se imaginaban quién era. Estoy hecho de barro, imbéciles. Estoy hecho de mierda. No pueden amedrentarme. No tienen con qué. Viví por años en piezas del tamaño de una bañadera. Aprendí a dormir en la calle, a sobrevivir en las cloacas de los cementerios. Me degradaron, me humillaron y me remataron mil veces, pero no pudieron conmigo. No pudieron antes y no podrán ahora. ¿Ustedes se creen perdedores? Perder es otra cosa, y ustedes nunca supieron lo que es perder. Los cobardes nunca saben lo que es perder. Yo lo sé. Sé lo que es arrastrarse en la mugre. Pero me levanté una vez, y puedo volver a hacerlo mil veces más. Yo sé lo que es estar muerto.
No pensaba salir de la cama: ahí me sentía bien. Ni siquiera me importaba saber qué hora era. No lo necesitaba. No necesitaba nada de toda la mierda que me estaba rodeando. Ni las plantas del balcón, ni la bodega, ni la mesa de pool ni los libros de la biblioteca. Podía arreglármelas solo. Nada me hacía falta, nada. Nadie me hacía falta.
Gritos, pedradas, más golpes en la puerta. Pero yo no me movía. Ellos se cansarían antes. Sería una batalla que ganaría el más paciente. Y mi paciencia no tenía fin.
Mis ojos se amoldaron a la oscuridad. Podía desplazarme entre la cama y el baño como un animal en la noche del bosque. Ni siquiera necesitaba del resplandor de la luna.
Y el frío. El frío de siempre, una vez más. Clavado a mi carne y a mis huesos.
La cama se endurecía. Se volvía, noche a noche, una tumba de piedra helada. La tumba aquella. La misma de siempre, la que cargaba conmigo donde sea que durmiese. No había noche en que no me acostara sobre ella. En mi departamento de Buenos Aires, en mi casa del country o en el Ritz de París. Su mármol helado me perseguía, me acechaba donde fuera.
Un fuego en la boca del estómago. Mis remedios. ¿Cuántos días hacía que no los tomaba? Ahora el hormigueo del brazo trepaba por mi cuello, me recorría la mandíbula. Un ardor en la garganta, la cara, el cuerpo entero. Las uñas me lastimaban al rascarme la piel como infestada de insectos. Busqué los remedios en el baño. Acerqué los pastilleros a milímetros de los ojos. Podría encender una vela, pero no debía hacerlo. Ellos vigilaban. Urdían la emboscada. Eran salvajes. Bárbaros que sitiaban mi fortaleza. Conocía el plan. Sabía lo que pensaban:
Lo mataremos de hambre, deberá comerse a sí mismo si pretende sobrevivir. Enfermará, morirá de hambre y sed.
Un estallido en el frente. Otro más. Me acerqué a los muros. Asomado a una empalizada alcancé a distinguirlos: hordas alumbradas con antorchas, catapultas que arrojaban cadáveres infectados de bubones purulentos. Los cuerpos podridos atravesaban los fosos, los diques. Golpeaban las murallas, apestaban el agua, derramaban su pus.
Hambre. Tenía hambre. Debía conseguir comida.
Avancé en la oscuridad y caí al trastabillar con un mueble. Me latían las piernas hinchadas, la sangre estancada en cada vena.
Entré en la cocina, cauteloso. Tanteé las paredes hasta dar con la puerta de la heladera. Al abrirla, la podredumbre me revolvió el estómago. Lo estaban logrando. Eran sus muertos. Sus cuerpos apestados, hediondos. Debía apartarme de ellos.
Abrí la alacena y agarré la primera lata que encontró mi mano. Revolví un cajón. Un estruendo al caer los cubiertos.
—¿Dónde mierda dejará esta mujer el abrelatas?
El hambre y el frío me impedían pensar. En la mesada encontré el frasco de las galletas. Lo sujeté entre el codo y el pecho, y con la mano sana giré la tapa. Se resbaló y se estrelló en mil astillas.
A ciegas y arrodillado, palpé el piso. Separé las galletas de los vidrios. Las llevé a la boca seca.
Golpearon a la puerta. Otra vez. Cada vez más fuerte.
—¡Fuera! ¡Fuera de acá, animales!
Mi propia voz me espantó. Turbia. Aguardentosa. De seguro los alejaría.
—Soy Jacinta, señor. ¡Déjeme entrar!
¿Jacinta? No. Es una trampa. Me arrastré hasta la puerta.Sí. Era ella. Pero oí movimientos a su espalda. No estaba sola. Era una emboscada: bastaría abrir la puerta para que me sepultaran en su barbarie. Se lanzarían, entre gritos, con sus antorchas, sus flechas encendidas y cadáveres pestilentes.
—Ábrame, señor, por favor. Quiero saber si está bien. Estoy acá con su médico.
—¡Fuera, hijos de puta! ¿Quién los dejó llegar hasta acá? ¡Déjenme en paz! ¡Fuera!
Pateé la puerta hasta desplomarme. Hasta volverme un residuo. Un residuo minúsculo, invisible.
Una ínfima brisa.
Abrí los ojos. Y tardé en descubrirme, en ser ridículamente consciente de mi cuerpo derrumbado, de mi nariz incrustada entre el resquicio de la puerta y el grasiento piso de la cocina.
Un sobre se deslizó hasta rozarme los labios. Lo acerqué inútilmente a los ojos. Era de noche. Siempre era de noche. Apenas podía levantar los párpados.
Tambaleando sobre vidrios rotos, llegué a una ventana y subí un tanto la cortina. Brillaba un suave resplandor. ¿Afuera sería el alba? ¿O el ocaso?
Abrí una canilla y tomé algo de agua. Apoyado en la mesada de la cocina, volví a agarrar el sobre y lo acerqué a la claridad de la ventana. Agucé la vista. En el anverso habían escrito mi nombre y mi domicilio en prolija letra azul. El remitente era indescifrable.
Y en la estampilla aparecía… ¿una góndola?
Abrí el sobre:
| Octubre, 2010Sr. Rafael Leone,Irene Vidi agoniza. Habitación 984, Hospital Civil de Venecia. |
X
A tientas —me temblaban las manos— llegué al estudio.
Saqué mi agenda de un cajón y busqué el número de la agencia. ¿Y el teléfono, que debía estar sobre el escritorio? Lo encontré en un rincón, tirado junto al cesto. Tras intentarlo varias veces, logré conectarlo al enchufe del zócalo.
—¿Hola? —una voz extrañada, somnolienta—. ¿Quién habla?
—Habla Rafael. Rafael Leone.
—Son las siete de la mañana, Leone.
—Necesito un pasaje a Venecia.
Una pausa.
—¿Estás loco? ¿No me entendiste? ¡Son las siete de la mañana!
—Es urgente.
—No, Leone. No es así. Vos estás muy mal. Te llamo en unas horas, cuando llegue a la agencia.
La plomiza claridad del día se filtraba por la ventana, le daba vida a cada rincón del estudio. Mis ojos se habituaban al blanco de las paredes, a las tonalidades de las tapas de los libros, a la opacidad de mi piel enferma.
Echado en el piso, con la espalda contra la pared y el teléfono sobre las piernas, releí la carta infinidad de veces. Estudié la curvatura de la letra, acaricié el relieve de la estampilla, y después volví a releer esos tres renglones cien veces más.
Sonó el teléfono.
—Estoy en la agencia, Leone. ¿Cómo vas a llamarme a mi casa a las siete de la mañana? No la erraron los que dicen que quedaste mal de la cabeza. ¿Un pasaje a Venecia querías? Raro en vos. Para esta época del año solés viajar a la Feria de Frankfurt. ¿Cuándo querés salir?
—Ya. Ya mismo.
—¿Eh? No, imposible. Igual dejame ver… ¿Estás bien? No te escucho buena voz. No. No tengo nada. Nada hasta dentro de una semana.
—¿En clase turista tampoco?
—¿Ahora pedís viajar en turista? Cómo cambia la vida, ¿eh? Peor que un subibaja. No, en turista menos. Todo tomado.
—Escuchame bien, a ver si nos entendemos —dije estrujando el cable del teléfono—, tengo que estar en Venecia hoy mismo. Ayer tendría que estar. ¡Hace treinta años tendría que haber estado en Venecia! Cargale a mi tarjeta de crédito el número que te resulte más acogedor, y después agregale todos los ceros que se te ocurran. Pero ubicame sin falta, de acá a dos horas, en un puto avión que aterrice hoy mismo en Venecia.
Colgué y me quedé en el piso releyendo la carta.
Volvió a sonar el teléfono.
—¿Estás ahí, Leone? Moví algunas fichas. Podría conseguirte una última plaza en un vuelo con destino a Lima. Ahí deberías esperar cuatro horas y tomar otro avión hacia Roma, previa escala en San Pablo. Todo en turista, obvio. Después podrías seguir en tren. Vas a quedar arruinado, pero pasado mañana estarías en Venecia. Eso sí, hay un problema.
—¿Cuál?
—El vuelo a Lima parte en tres horas. Ahora mismo deberías estar llegando al aeropuerto.
En segundos me duché, me vestí, y tiré en un bolso algo de ropa junto a mi pasaporte y remedios.
En el ascensor, le di la espalda al espejo. Me bastaba con el ardor del pecho y la pesadez de mis piernas apenas capaces de sostenerme.
Al verme en el hall del edificio, el portero retrocedió como si se hubiese topado con un muerto.
—¡Leone! ¿Quiere que llame al médico?
—Ábrame la puerta, por favor.
Y que me revienten a trompadas, pensé. Antes de salir a la calle, estudié el frente con cautela. La carpa seguía levantada en la plaza desierta. Pero era diferente de lo que parecía desde lo alto: pequeña, descolorida por la intemperie, con desgajados retazos de tela aleteando al viento. Junto a ella, un par de adolescentes que no alcancé a reconocer como empleados míos, tiritaban bajo la garúa. Evidentemente ya todos se habían ido. De todos modos debía cuidarme.
Escondí la cara entre las solapas del piloto y bajé a la vereda. Solo debía llegar a la esquina y subirme al primer taxi. Solo eso. Así. Así, me dije. Caminar sin llamar la atención, olvidar el cansancio y el mareo, centrarme en los metros restantes. Al secarme la frente helada, el bolso se me deslizó del brazo y cayó al piso. Lo levanté de inmediato, seguí andando con la respiración detenida.
Lo estaba logrando. Doblé en la esquina y me apoyé en la vidriera de un negocio. Agitado, llevé aire a los pulmones. Lo había conseguido. Me había librado de ellos.
¡Un taxi! Alcé un brazo. No había terminado de detenerse junto al cordón, que ya me había lanzado a él.
—¡Eh, don! —era a mí a quien hablaban—. ¿Tiene hora?
Manuel, el cadete de mi secretaria. En la mano tenía un paquete de galletitas, las estaría llevando a la carpa. Manolito… Sus dieciocho ingenuos años lo habían convertido en el blanco de las bromas de buena parte de la editorial. Mi figura le despertaba pánico, era incapaz de dirigirme dos palabras sin tartamudear. Simulé no oírlo, abrí la puerta del taxi y tiré el bolso sobre el asiento. Estaba por subirme cuando el chico pegó un salto.
—¡Es usted! —me retenía de una manga del piloto, miraba hacia todos lados, buscaba a alguno de sus compañeros—. ¡Es usted! ¡Leone!
Me esforcé por sostenerle la mirada hostil.
—Sí —dije y procuré no temblar—. Por supuesto que soy Leone. ¿Qué le pasa, Manolito? ¿Tiene algo para decirme?
Algo amilanado, me soltó el piloto. Los dos teníamos la cara empapada por la lluvia y la transpiración.
—Le pregunté si tiene algo para decirme —repetí.
—Eh… No. No, señor.
Subí al taxi y le di un billete al chofer para que volara al aeropuerto.
Dejé caer la nuca contra el respaldo. El vencido general había gastado su último vestigio de autoridad sobre un cabo muerto de frío. Ya no tenían galones que arrancarme.
Con la mirada perdida en la ventanilla rasgada por la garúa, lloré despacio, en silencio, ocultando la cara. Y me abracé a mi bolso. Igual que media vida atrás, no tenía más hogar que ese último pedazo de tela.
ADINA
I
Roma. Aeropuerto Fiumicino. Sin siquiera alzar la vista del monitor de su computadora, el empleado de Alitalia balbuceó algo que no alcancé a comprender.
—Io no parlo italiano —dije mezclando idiomas y acentos—. ¿Do you speak english or french?
Con un inglés de primaria y mirándome incrédulo, el empleado me indicó que todos los vuelos a Venecia habían sido cancelados. Cuando le pregunté la razón, se limitó a señalarme un televisor encendido a pocos metros, junto al freeshop. La toma desde el aire de un vaporetto atascado bajo un puente con su techo destruido, lo decía todo. Pero fue la siguiente imagen la que me estremeció: una cámara de la RAI mostraba filas interminables de personas abandonando la ciudad. Cargaban mesas, sillas y colchones.
Pensé en un viejo cuento de Buzzati. “Algo había sucedido”, creo que se llamaba. Y recordé esas viejas filmaciones de la Segunda Guerra, en las que miles de desgraciados huyen en caravana de sus pueblos destruidos por las bombas. Por si quedaba alguien que no hubiera comprendido la situación, unas letras rojas en la parte inferior de la pantalla preguntaban: ¿La morte di Venezia?
Parado frente al televisor, con el bolso a mis pies, maldije mi mala suerte: salía de un caos para entrar en otro, de proporciones surrealistas. Volvía al mundo de Irene. Al mundo irreal de Irene. Pero ya no podía echarme atrás, debía llegar a ella de cualquier manera. En mi estado, alquilar un auto era un suicidio. No me quedaba más opción que viajar en tren.
Una hora más tarde llegaba a Termini, la estación central de Roma. En la boletería tuve la fortuna de encontrar una empleada amable, que incluso hablaba español. Me dijo que el servicio directo a Venecia estaba interrumpido, pero que aún funcionaba el regionale, con paradas en todas las estaciones intermedias. De inmediato compré un pasaje.
Una vez arriba del tren, los pasajeros no hablaban de otra cosa que no fuese la inundación. Repetían hasta el cansancio historias de familiares que lo habían perdido todo, turistas huyendo en masa y comerciantes con sus negocios sepultados bajo el agua. Solo hicieron silencio ante la llegada del guarda, que recorría los vagones para informar que el nuestro era el último tren con destino a La Serenissima: debido a la gravedad de la crecida, Trenitalia había decidido interrumpir todos los servicios por tiempo indefinido.
Intenté abstraerme del griterío y dormir. Apoyaba la cabeza contra el respaldo del asiento, cuando sentí unos golpecitos en la muñeca: una mujer sentada al otro lado del pasillo me preguntaba con actitud compungida si yo también viajaba a rescatar a algún familiar. Al menos, eso es lo que alcancé a entenderle. Desplegando una sonrisa insulsa simulé no comprender lo que me decía y cerré los ojos.
Me despertaron unos gritos de ultratumba. Alcé el cuello por encima de los respaldos. Un anciano esquelético de capa negra insultaba desde un extremo del pasillo. Con voz cavernosa, maldecía a Venecia y les presagiaba toda clase de calamidades a sus habitantes y a quienes intentaran llegar a ella.
Hundido en mi asiento, lo miré inquieto. Su aspecto era repelente. Hubiese asegurado que su capa no cubría a un hombre sino a un cadáver en descomposición. Ante el estupor del resto de los pasajeros, terminó su perorata advirtiendo algo así como que el día del final estaba próximo, que toda Venecia ardería en el infierno y que, en ella, tan solo habría lugar para las ratas y los locos.
—¡I ratti e i pazzi! —el viejo abandonó el vagón pegando alaridos—. ¡I ratti e i pazzi!
Otro demente, pensé. También el Viejo Mundo está repleto de desquiciados.
Dejé que el eco de su voz se perdiera entre el sonido de las ruedas sobre las vías, y me concentré en el paisaje que me devolvía la ventanilla. Bajo un cielo claro, pequeños pueblos recostados entre colinas se sucedían con sus entramados de calles adoquinadas y torres medievales. Revisé el horario: el tren había salido hacía dos horas; estaríamos bordeando la Toscana.
Un nuevo temblor en el brazo me recordó que debía tomar uno de mis remedios. Mientras dejaba que la gragea se disolviera bajo mi lengua, saqué de un bolsillo del piloto la carta que me había llegado a Buenos Aires. Acaricié la estampilla de la góndola. Después abrí el sobre y volví a releer las tres líneas. Y así, aturdido por el largo viaje y el sueño, no tardé en quedarme dormido con la carta entre las manos.
Desperté en medio de un ataque de tos. Una capa de humo invadía el vagón, y todos los pasajeros se habían ido. Solo papeles tirados y alguna revista olvidada sobre los asientos recordaban su paso. Guardé la carta en un bolsillo y miré el reloj: pronto llegaríamos.
Me levanté cubriéndome la nariz con la mano. El humo provenía de un extremo del vagón. Pensé en un desperfecto técnico, un cortocircuito tal vez. Pero ¿dónde estaban todos los pasajeros? Iba a alertar al guarda, cuando vi una sombra desparramada al otro lado del pasillo. Era de allí de dónde provenía la humareda. Al avanzar unos pasos descubrí que se trataba del viejo. El viejo demente. Sentado algunas filas más adelante, chupaba con regocijo una pipa, a pesar de que estaba prohibido fumar. ¿Cómo podía una simple pipa generar semejante humareda?
Hubiese querido inspeccionar los demás vagones para confirmar mi sospecha de que él y yo éramos los últimos dos pasajeros de entre los cientos que habíamos subido en Roma. Pero me limité a regresar a mi lugar sin hacer ruido: la idea de compartir el viaje a solas con ese monstruo me intimidaba.
De a poco el tren aminoró su marcha. Entonces el viejo se levantó, ajustó la capa a sus hombros y recorrió el pasillo en dirección a la puerta. Yo, suponiendo que él no había notado mi presencia, me puse a espiarlo oculto entre las cabeceras de los asientos. Pero, antes de abandonar el vagón, dio media vuelta y me dedicó una sonrisa de espanto.
Me hundí en mi asiento aún más, froté mis párpados cerrados: el humo —que misteriosamente no se disipaba— comenzaba a irritarme los ojos. Cuando el tren se detuvo en Mestre, la última parada antes de Venecia, el viejo bajó del vagón, recorrió todo el ancho del andén y se quedó de pie y expectante, con la mirada clavada en mi ventanilla. Era un hombre consumido por los años. Los puños le temblaban y el cuello venoso apenas era capaz de sostenerle la cabeza. El cráneo, mejor dicho. Sin embargo, había algo en él, algo difícil de precisar, que lo hacía parecer resistente e invulnerable.
—Incluso… inmortal —dije en voz baja.
Y volví a preguntarme por qué nadie más que yo seguía viaje rumbo a Venecia. ¿Dónde estaban los pasajeros que iban a rescatar a sus familiares?
Volví a toser. El humo me ardía en la garganta. De nada sirvió intentar abrir las ventanas, todas estaban trabadas. Pensé en bajar del tren; pero allí, en el andén, seguía el viejo, disfrutando del espectáculo, inmóvil como un cadáver.
De pronto, una ráfaga barrió la estación. Aun desde el interior del vagón sentí con claridad el silbido. Las ramas de los árboles se arquearon sobre el andén y las hojas caídas formaron un remolino en torno al viejo.
Me asomé al pasillo. El guarda, ¿dónde estaba?
—¿Y dónde estoy yo? —me oí decir.
Sin desprenderme la mirada, el viejo tomó una pequeña caja dorada de un bolsillo. Sacó de ella un largo fósforo, lo encendió y avivó su pipa. Y, pese a que la capa le flameaba con violencia, la llama del fósforo no se apagaba. Guardó la caja y vino hacia el tren, en dirección a mi ventanilla. Retrocedí un paso y volví a asomarme al pasillo en busca del guarda.
Nadie.
Insulté, descargué un golpe contra uno de los respaldos.
Si tanto los vagones como el andén estaban desiertos, ¿por qué el tren no arrancaba de una vez?
El viejo era más alto de lo que me había parecido, casi pegó su inmunda nariz a la ventanilla. No pude sostenerle la mirada más que un par de segundos. Sus pupilas no eran humanas: la suya era la mirada de un muerto.
Quise cerrar la cortina, pero me aterraba la sola idea de tener que acercar mi mano al vidrio. El viejo llevó con suma lentitud la pipa a la boca. Y, cuando la boquilla tocó sus labios —podría haberlo jurado por mi hija—, la cazoleta de madera tomó la forma de un lobo. La cabeza de un lobo de pelaje erizado, aullando mudo. Me paré de un salto, me lancé sobre la ventanilla y cerré la cortina.
—¡Guarda! —grité—. ¡Guarda!
Nada.
Volví a gritar una vez más, y otra. Hasta que el tren, al fin, reinició su marcha. Abandonaba la estación prácticamente al paso. Volví a mi asiento y descorrí la cortina unos centímetros.
Y allí quedaba el monstruo. Su capa agitada por el viento, los ojos de cadáver fijos en mí como si pudiese controlarme, mediara o no una simple cortina. Alcancé a ver que murmuraba algo entre dientes. El traqueteo me impedía oírlo, pero me bastó el movimiento de sus labios violáceos para comprender:
—¡I ratti e i pazzi! —me advertía con una sonrisa de dientes negros—. ¡I ratti e i pazzi!
El tren tomó velocidad, y el humo se despejó de a poco. Apenas aliviado, llevé aire a los pulmones y emprendí en absoluta soledad el último tramo del viaje.
Entonces se me cruzó una idea estúpida: tal vez todos los pasajeros, como así también los guardas y el conductor, habían huido. Tal vez el tren, librado a su suerte, marchaba a toda velocidad hacia el abismo, hacia el mismo infierno que aquel demonio había presagiado.
A lo lejos, el horizonte no tardó en descubrir un hormiguero de cúpulas abrumadas por un cielo tenebroso.
II
Finalmente, el tren detuvo su marcha en la Terminal de Venecia.
Bajé del vagón con mi bolso al hombro y recorrí el andén vacío. Antes de salir al exterior, di media vuelta y miré hacia atrás: las arqueadas columnas incrustadas en los andenes hacían parecer a la terminal un monstruo a punto de desplomarse en un planeta abandonado.
Afuera, el paisaje era desolador. La eterna batalla de la ciudad contra las crecidas parecía haber acabado. Todos los canales y callejas habían sucumbido bajo un torrente de lodo.
Poco quedaba de la interminable escalinata que debía unir la terminal de trenes a la orilla del Gran Canal. La crecida la había cubierto por completo, a excepción de los últimos cuatro o cinco escalones de lo alto. Abrumado, me senté en aquella punta de iceberg de cemento y piedra. Y allí, ante la magnífica ruina que tenía delante, me atrapó la presunción de haber alcanzado el final del camino. De haber llegado a una remota estación de frontera, después de la cual ya no quedaba nada. Y, en ese instante, me imaginé un peregrino. Un último peregrino golpeando los portones del mayor imperio jamás creado, a horas de su derrumbe.
La correntada mojó mis zapatos y pantalones, obligándome a subir al escalón más alto. Buscaba un pañuelo para secarme, cuando divisé una góndola a lo lejos. Me levanté y comencé a hacer señas y a gritar en una mezcla de español e italiano. Para mi sorpresa, su navegante viró hacia mí. Descubrí que no se trataba de una góndola sino de un bote cargado de cajones de frutas, y que quien lo navegaba era una mujer. Una cincuentona corpulenta que no mostró sorpresa cuando le pedí si podía acercarme al Hospital Civil. Sin decir palabra, me ayudó a subir al bote. Y apenas terminé de acomodarme en el único resquicio libre entre las decenas de hileras de cajones, agitó los remos. Mientras nos alejábamos de la terminal y remontábamos el Gran Canal, me aferré a mi bolso. Entre mi peso y el estado del bote —no había centímetro de ese cascajo que no rechinara como una tabla a punto de quebrarse—, temí que nos hundiésemos en cualquier momento.
La navegante empezó a cantar una dulce melodía con algo de canzonetta del sur, una especie de canción de cuna que logró apaciguarme. No comprendí qué decía, su idioma me era desconocido; aunque deduje una mezcla de griego antiguo y latín.
Mecido por el vaivén, detuve mi atención en el frente de uno de los tantos palacios góticos. La marea alta no dejaba de castigar los muros, pese a que ya había penetrado sus ventanas hasta inundar los salones del primer piso.
Advertí un movimiento en los balcones superiores. Por detrás de sus barrotes de piedra, una cortina se había descorrido. Al aguzar la vista, descubrí que, desde lo profundo de aquellas celdas de oro y barro, siluetas fantasmales nos contemplaban cargadas de agobio.
La navegante se inclinó hasta acariciarme el hombro. Y, como si llevara a una pareja de enamorados en una góndola de ensueño, y no a un enfermo en un bote decrépito, con señas me pidió que estuviera atento a las iglesias y museos recostados en la otra orilla.
—¿Se sabe cuándo bajará el agua? —pregunté.
Siguió remando sin dejar de cantar.
—El agua, Il acqua —insistí haciendo un ademán descendente con la mano.
Sin comprender una palabra de lo que le decía, la navegante señaló el horizonte. Quería que mirase las catedrales asomándose de la boca del Gran Canal. A pesar de todo, no se dejaban vencer por la crecida: sus pináculos aún escalaban el aire, provocaban insolentes al cielo de plomo.
Tras la primera curva, apareció el puente de Rialto. De estar el vaporetto atascado, hubiese sido la misma imagen que yo había visto en el televisor del aeropuerto. La crecida se había tragado los extremos, y su aspecto era tan frágil que temí que el oleaje de nuestro bote lo terminara de desmoronar.
La navegante agitó los remos con energía y, unos metros antes de cruzar, me tocó el hombro, hundió la cabeza entre sus piernas y acariciándome la espalda, dijo:
—¡Giuinbasso! ¡Giuinbasso!
Abrazado a mi bolso, también me agaché. Pero, como un niño en el interior de una cueva encantada, no pude evitar erguir el cuello en la oscuridad y levantar apenas la mano hasta rozar el arco del puente con la punta de los dedos. Cuando lo dejamos atrás, la navegante retomó su melodía. De los labios curtidos se desprendía un gesto de aprobación.
Me dije que todo aquello no podía ser real. Seguramente había perdido la conciencia. Sí, debía estar hundido en otra de mis fugas. En cualquier momento despertaría en el sanatorio con un respirador cubriéndome la cara y una veintena de cables conectados a mi cuerpo. O peor: recuperaría el conocimiento tirado frente a la editorial, con Barolo y el resto pateándome y escupiéndome. Entonces saqué un brazo fuera del bote y rocé el agua. Mis dedos estaban mojados. Como así también mis zapatos y pantalones. No. Nada de lo que me rodeaba era una fantasía.
Y allí tomaba forma la torre de San Marco. Idéntica y a la vez diferente a la de las tarjetas postales. Ajena a la tragedia, aún custodiaba la plaza desierta y la basílica. Desde la cima de su campanario, la escultura del ángel dorado se volcaba al vacío entre el vuelo de palomas negras. Lo sospeché vencido, abandonado. Secretamente resignado a su destino.
El viejo demente me lo había advertido en el tren: tan solo las ratas y los locos quedarían en Venecia. ¡I ratti e i pazzi!
Aquel cadáver estaba en lo cierto. Las ratas y los locos. ¿A cuál de esos dos grupos pertenecía yo?
La navegante detuvo el bote frente a un edificio de ladrillos desnudos. Ospedale Civile, indicaba una corroída placa junto a la entrada. Le dije a la mujer que podía marcharse, pero no pareció comprenderme. Amarró el bote a un saliente de madera podrida, me ayudó a bajar y se echó a descansar entre los cajones de fruta. Segundos después, empezó a roncar.
Entré al hospital con el agua empapándome los zapatos. En la recepción no había más que cuatro o cinco escritorios juntando polvo detrás de un mostrador hinchado de humedad. Era evidente que los pacientes y el personal habían sido trasladados a otro sitio.
Estaba por irme, cuando oí un murmullo proveniente del final de un corredor.
Tras recorrerlo de punta a punta sin encontrar a nadie, desemboqué en un salón circular. El ambiente, de tan lúgubre, me remitió a un panteón de la antigua Roma. Seguí examinando el sitio bajo la exigua luz que se filtraba por las ventanas de vidrios rotos.
Aquel no era un hospital evacuado días atrás a causa de la inundación. El abandono era total y prolongado. Es más: toda la edificación se hallaba al borde del derrumbe.
—¿Hay alguien aquí?
El eco de mis palabras se multiplicó, y todo a mi alrededor vibró como si me encontrase en el interior de una campana. Miré hacia arriba. Al salón lo coronaba una cúpula imposible, descomunal. Infinidad de grietas, algunas profundas, otras escurridizas como serpientes, partían sus frescos de un extremo al otro.
Pensé que, si aquella cúpula se desmoronaba, yo no podría escapar con vida. Y nadie, absolutamente nadie en todo el mundo lamentaría mi muerte.
Me abrigué en el recuerdo de mi pequeña Giselle. De la niña que soñaba con fotografiar las cúpulas más bellas. Abrí la mano deseando poder tomar la suya. Sabiéndome vacío y miserable, me pregunté dónde estaría mi hija en aquel momento. Y quise saber por qué me resigné, por qué me entregué tan pronto.
—¿Hay alguien aquí? —grité una vez más, para dejar de atormentarme con pensamientos inútiles.
Mi voz quebrada volvía a elevarse en el vientre de la cúpula, cuando percibí movimientos detrás de mí. Al darme vuelta me encontré con una anciana vestida de blanco. ¿De dónde había salido? Por su vestimenta la supuse una monja o una enfermera. Su velo no me permitió distinguir más que sombras. Debía ser la última sobreviviente de esa mole olvidada.
Mientras le explicaba la razón de mi presencia, le mostré la carta que había recibido en Buenos Aires. Escuchó en silencio mis palabras. Cuando callé, me entregó una cartulina del tamaño de un pañuelo plegado. Aunque la acerqué a mis ojos, la poca luz me impidió leer. Y al levantar la vista, no había nadie delante de mí. Nadie. Sin embargo, la cartulina en mi mano y una estela de agua sobre el piso daban fe de que la aparición de aquella anciana había sido real.
Una vez más intenté leer la cartulina. No, imposible: las sombras volvieron a impedírmelo. Debía leer cuanto antes el mensaje o lo que fuese. Y para eso necesitaba salir a la luz del día.
Regresé por el mismo pasillo penumbroso por el que había entrado. A punto de derrumbarse, los muros exudaban humedad; de las junturas de sus ladrillos se desprendía una arenilla pastosa. Todo allí gemía, la edificación entera crujía de dolor.
Pese a que el agua me llegaba a las rodillas, seguí avanzando: ya vislumbraba la salida. Temeroso de perder el equilibrio, caminé los últimos metros sosteniéndome de las paredes.
Una vez fuera del hospital, junto a la orilla, descubrí que la anciana no me había entregado una vulgar cartulina. Era una especie de papiro escrito con jeroglíficos.
La navegante había despertado. Pasaba un trapo por el costado del bote. Tenía la cara hinchada, como si hubiese dormido días enteros. Al notar mi presencia soltó un chiflido y abrió los brazos. Su semblante alegre cambió al ver el papiro, y me pidió que se lo entregase. Lo leyó reconcentrada, con el ceño fruncido. Balbuceando por lo bajo, asentía y negaba en un monólogo indescifrable. De pronto le dio al papiro un golpe con el revés de la mano, soltó una sonrisa torcida y me alentó a subir al bote. Desató la amarra, y no tardamos en perdernos en un laberinto de callejas desbordadas de agua.
—¿Pudo leer el papiro?
Nada dijo, solo siguió remando.
Y de nuevo el hormigueo del brazo. Se me adormecían el hombro, el pecho y la pierna izquierda. De tan débil, me sentía incapaz de poder siquiera buscar mis remedios en el bolso.
La navegante volvió a entonar su nostálgica melodía. Quedándome dormido, me pregunté cómo alguien así de rústico podía cantar con tanta dulzura. La suavidad de su mano en mi espalda, al atravesar el puente de Rialto, me regresó treinta y cuatro años atrás a aquella mujer de la pensión. Seguía sin poder recordar su nombre. Pero intuí el mismo tipo de mujer, las mismas manos: toscas, agrietadas por el trabajo, extrañamente capaces de brindar las caricias más tiernas.
Bostecé largamente y me dejé llevar.
Desperté cuando la navegante arrimaba el bote a unos escalones cubiertos de algas. Silenció su canción de cuna y me hizo entender que habíamos llegado.
Al lado de un canal, y apretada entre casas bajas, vi una angosta edificación de dos pisos. El descolorido portón oculto detrás de las arcadas, los estucos de verdín y los hierros mancillados por siglos de óxido, me remitieron a una pequeña fortaleza, a un diminuto monasterio suspendido en la cima de un precipicio.
Tuve la presunción de que, a diferencia del resto, a esta construcción la crecida no la acosaba. Todo lo contrario: la protegía, como un foso de agua a una fortaleza feudal.
—¿Es esta la casa de Irene Vidi? —le pregunté a la navegante.
Ella solo me tendió el brazo para ayudarme a bajar del bote.
Una vez que apoyé el bolso sobre los escalones mohosos, saqué la billetera del bolsillo de mi campera. Pese a intentarlo, no logré separar unos billetes.
—Tenga —dije extendiéndole la billetera—. Tome todo el dinero que le haga falta.
La navegante desvió los ojos. No insistí. Era evidente que mi ofrecimiento la incomodaba. Una vez que guardé el dinero, le dio forma a una reverencia. Después dijo algo que no comprendí, alzó los remos y se dejó llevar por el río entonando su canción.
La observé alejarse. Cuando se perdió de vista, aún seguía oyéndola. No tenía en claro si la melodía provenía de sus labios o de lo profundo de mi propia mente.
III
En la entrada no había ningún timbre, pero junto al portal de madera colgaba una cuerda. Tiré de ella dos veces, y vibraron dos campanadas graves. Y siguió el silencio. El silencio solo interrumpido por la marea que rasgaba los muros. Volví a tirar de la cuerda una vez más.
Poco después, se abrió el ventanuco del portal. Una voz de niña preguntaba en italiano en qué podía ayudarme.
—Me llamo Rafael Leone —dije despacio, temiendo que no me comprendiera—. Busco a Irene. A Irene Vidi.
El ventanuco se cerró de un golpe. Movimientos de hierros, ruidos de trabas. Finalmente, las dos hojas del portal desprendieron un largo crujido al raspar contra el suelo. El foso de agua quedaba atrás, la diminuta fortaleza feudal me abría el paso.
Al cruzar el umbral, me encontré ante la inmensidad de un salón de paredes señoriales. Dos hileras de bustos y estatuas parecían aguardar la llegada de un emperador. Y al otro extremo, se levantaba una escalinata circular digna de un teatro de ópera.
Sin embargo, algo no estaba en su sitio. Tanta magnificencia contrastaba con la edificación relativamente pequeña y austera que había visto desde el canal.
A mi espalda, el portal se cerró con estruendo. Me di vuelta. Una jovencita de la edad de mi hija me miraba con recelo. Vestía como novicia, con velo y camisa oscura, pollera gris hasta bien debajo de la rodilla y anticuados zapatos abotinados. De sus mejillas se desprendía un cierto rubor, quizá provocado por mi presencia.
Acomodé el bolso a mis pies y dije:
—Desde afuera, la casa no parece tan grande.
Se quedó callada. Sus dedos se enredaban nerviosos en el rosario que le colgaba del cuello.
—Yo —dije señalándome el pecho— no sé hablar más que unas pocas palabras en italiano.
—Entiendo español —respondió la novicia con sequedad.
—Ah, qué bien. Soy Rafael Leone y…
—Sé muy bien quién es usted.
Por su acritud sospeché que Irene le habría hablado pestes de mí. Más de tres décadas de ausencia no habían sido en vano. Me pregunté si quedaba una sola persona en todo el mundo que no me guardase rencor.
—Vengo del hospital —dije—, ahí…
La novicia dio media vuelta y se alejó en dirección a la escalinata. Le importaba muy poco lo que yo pudiera decirle.
Sin estar seguro de qué hacer, levanté mi bolso del piso y la seguí. No me fue fácil mantenerle el paso. Ella caminaba con la agilidad de una veinteañera, y a mí el viaje me había dejado exhausto. En un momento desvié la atención hacia las dos largas hileras de estatuas, pero bajé de inmediato la cabeza: hubiese jurado que, desde lo alto de los pedestales, sus ojos de piedra me escrutaban con desprecio.
La escalinata, vista de cerca, era todavía más maravillosa de lo que me había parecido desde la entrada. Por delante, la escoltaban dos gruesas cariátides. Por detrás, resplandecía un vitral que, pese al cielo gris, teñía a los escalones de matices turquesa y jade.
La novicia ya subía la escalinata. Con una mano sobre la baranda de mármol, le pedí que por favor me esperase. Siguió andando como si no me hubiese oído.
Me esforcé por no perderle pisada. Pero me detuve al llegar al cuarto o quinto escalón: para mis piernas, cada paso era remontar la ladera de una montaña. Jamás me había sentido tan agotado en toda mi vida.
—No puedo seguir. ¿No podrías ayudarme a cargar el bolso? Por favor.
—Si no puede caricarlo, déjelo donde está —oí que decía la novicia, su voz me llegaba desde lo alto—. En este palazzo no hay ladrones.
Subí un escalón. Y otro más. Un viejo y espoleado caballo de carga, pensé frotándome el brazo enfermo. A eso se había reducido Rafael Leone. Solté el bolso y me recliné contra la baranda. El brillo del vitral me encegueció hasta el mareo, y la cabeza se me volcó pesada hacia el vacío.
Hice equilibro sobre el borde de un escalón. Intenté aferrarme a la baranda y...
…no sentí dolor al caer. Solo un estruendo sofocado, un derrumbe en lo hondo de un sueño. Los escalones clavados en mi espalda y, muy a lo lejos, un murmullo de agua socavando muros.
Mi juventud marchitándose en una pensión ruinosa. Semanas y meses dilapidados entre jirones de sábanas. A un lado del catre, una planta sedienta junto a un ejemplar de La romana; del otro, el picoteo de un pájaro que se muere tras barrotes oxidados. Y de fondo, un coro de borrachos acentúa el desconsuelo de media vida malgastada. Escombros de memoria que rasgaban desde el pasado la tela del presente.
¿Dónde estaba? Me asaltó otra vez el temor a despertar en medio de una golpiza entre insultos y patadas en el estómago. No. Estaba acostado sobre un colchón mullido, en un dormitorio de techos interminables. La novicia me reanimaba acariciándome la frente con un paño humedecido en algún aceite aromático.
—¿Está mejor?
Su voz era otra. Más acorde con la ternura de sus rasgos.
Asentí y noté un ardor en la frente.
—No se preocupe —dijo—. Se lastimó al caer de la escalera. Debí cubrirle la herida con una compressa.
Cuando me toqué, advertí que tenía la ceja derecha cubierta con una especie de gasa. Pero... ¿cómo había hecho esa veinteañera menuda para levantar y cargar los noventa kilos de un hombre desmayado? Se lo pregunté, y me respondió en un italiano cerrado, incomprensible.
Sentí frío en los pies. Al alzar la sábana, vi mis piernas desnudas. Solo tenía puesta la camisa y el calzoncillo. Ella notó mi incomodidad.
—Sus pantalones y zapatos estaban muy mojados —dijo—. Permítame presentarme: me llamo Adina y soy novice —alzó los brazos mostrando su atuendo—. En español le dicen… eh…
—Novicia.
—Ecco. Novicia. Soy parte de una congregación dedicada a los ancianos. Vivo aquí, acompañando a la signora Irene desde hace cinque… —sus dedos infantiles se abrieron en el aire. El mismo gesto de Giselle cuando era niña al hacer una promesa—. Cinco años. Fui enviada aquí cuando la signora quedó sola tras la muerte de su hermana Tina.
—¿Dónde está? —dije, intentando levantarme—. ¿Dónde está Irene?
La novicia me retuvo, su palma en mi pecho. Después me acercó un vaso de agua.
—Per favore. Estese acostado y quieto. Tenga, beba. Sus labios siguen blancos, y sus zapatos muy mojados. Cuénteme: ¿qué le pasa a su brazo? Está enfermo, ¿no es así?
Tomé un largo sorbo. Era el agua más fresca que jamás había probado.
—Solo necesito descansar.
—Perdóneme por haberlo recibido así —dijo, haciendo una leve reverencia—. Sucede que lo esperamos desde hace mucho, demasiado tiempo. Yo me había resignado a que jamás vendría. Irene no. Ella nunca perdió la fe. Los últimos tiempos me dictó unas diez cartas que escribí y mandé a Buenos Aires.
—¿Diez cartas?
—Sí. Cuanto menos —me miró cejijunta—. Su falta de respuesta le provocó a Irene tanto dolor… Pero ella siempre lo empañaba. ¿Empañaba, se dice?
—¿“Apañaba” querés decir?
—Ecco. La signora me decía que usted era un hombre muy importante, muy lleno de trabajo.
—Recibí una sola carta, la que me hizo venir. ¿Dónde las mandabas?
—Donde me indicaba Irene. Ella la llama: “la vecchia casona de Belgrano”. Allí donde se encuentra la editorial en que usted trabaja.
Tragué saliva, busqué refugio en la ventana. Del marco de piedra se derramaba la última luz de la tarde entre nubes negras.
—¿Cómo me dijiste que te llamabas?
—Adina.
Su voz me serenaba. Me recordaba a Giselle hacia los doce, trece años. Si cerraba los ojos, podía imaginar a mi chiquita junto a mí.
—Tus cartas nunca iban a llegar, Adina. Esa casona hace años que no existe. ¿Por qué no intentaste comunicarte conmigo por teléfono?
Me miró sin entender. Insistí:
—Podrías haber buscado a Ediciones Leopardi en Internet. En nuestra página figuran los números de teléfono. De haber llamado de parte de Irene, mi secretaria te hubiese comunicado conmigo.
Adina dudaba, se mostraba confundida. Como si no comprendiese mis palabras.
—Es que aquí no tenemos eltéfono.
—Teléfono.
—Sí. Eso.
Jamás había pronunciado la palabra “teléfono” en toda su vida. Tomé otro sorbo de agua. Y por un instante, se me cruzó la idea de que de veras me hallaba en un monasterio medieval.
—Adina, la carta que al fin me llegó, llegó a mi departamento. ¿Cómo conseguiste mi dirección particular?
—Es que a esa carta la envié por mi cuenta. Fue un último intento. Ante su falta de respuesta, le pedí a la signora Irene que recordara gente que lo haya conocido a usted por esos tiempos. Ella me habló de Humberto Saldaña.
—Zalagna.
—Ecco. El jefe de Cultura del periódico El mundo. Ella tenía en su valija un viejo ejemplar, y de ahí saqué la dirección y mandé una carta preguntando por usted. Zalagna ya había muerto. Pero, a Dios gracias, alguien le dio mi carta a una antigua secretaria suya, que sigue trabajando allí. No recuerdo su apellido, pero su nombre es Lucía. Ella la leyó y me respondió. Es una mujer tanto dolce… Dulce, ¿no es así?
—Sí… dulce.
—Lucía me escribió y me dio su dirección. Guarda un buen recuerdo suyo. Ella también lo quiere tanto. Me contó que, de jóvenes, se quisieron mucho. Es raro —dijo estudiándome con extrañeza—: a usted todas las mujeres lo quieren tanto.
—Decime, Adina: ¿dónde está Irene?
—Descansa arriba, en el tercer piso.
—¿Cómo está?
—Mal. Muy mal. Estuvo tantos meses internada en el hospital. Poco antes de la inundación, los médicos le autorizaron a regresar a morire, a morir aquí, como ella deseaba —sus mejillas temblaron—. No está enferma. Solo está vecchia. Molto vecchia la poverina. Tiene tantos, tantos años…
Adina se interrumpió y con las dos manos se adelantó el velo hasta bien entrada la frente. Parecía querer ocultarse bajo aquel borde de tela oscura.
—La última vez que nos vimos —dije— fue en 1976. Ella tenía sesenta y tres años. Por lo tanto, ahora tiene noventa y siete.
Adina permaneció con la cabeza gacha.
—Será así, entonces.
Hubo algo de misterioso en el modo en que Adina pronunció esa frase. Será así, entonces, me repetí a mí mismo. Como si mis certezas poco valiesen en su mundo.
—Su edad no es el problema —siguió diciendo—. El problema es que está triste. Y sola. Yo la acompaño, pero no es suficiente. Hace un tiempo empezó a desmejorar, a envejecer de pronto. ¡Y desea tanto volver a escucharlo, tenerlo cerca! Me contó la historia que los une. Ella lo adora, lo adora tanto. Más que a un hijo.
—Por favor, Adina —dije liberándome de las sábanas—. Llevame hasta ella. Después, me vas a ayudar a buscar un hotel cercano donde pasar la noche.
—¿Hotel? No es necesario que vaya a ningún hotel —hizo una pausa, buscaba decirme algo—. Hace unos días, a poco de salir del hospital, Irene me pidió que haga venir a un notaio… Un… ¿escribano se dice?
Asentí, la animé a continuar.
—La signora Irene me pidió que hiciera venir a un escribano.
—Ya lo dijiste. ¿Para qué lo hizo venir?
—Me pidió que hiciera venir a un escribano para nombrarlo a usted… único erededi questo palazzo.
—¿Único qué? —pregunté confundido—. No te entiendo.
—Erede. Heredero.
—¿Heredero? ¿A mí, heredero de este palacio? ¿Qué decís, Adina?
Volvió a acomodarse el velo. Después levantó la cabeza.
—Lo que escucha, Rafael. La cama en la que está acostado es suya. Las estatuas del salón de la planta baja son suyas. Todo lo que lo rodea le pertenece. Usted es el único dueño de este palazzo.
No pude decir nada, y no solo por la sorpresa ante aquella revelación. Un súbito hormigueo me invadió los dedos de la mano izquierda. Sabía qué vendría después: el temblor se expandiría a toda la mano, subiría por el brazo y el hombro, y al fin me tomaría el cuello y la mandíbula. Una escarcha de hielo ardiente recubriría mi piel hasta casi anularme el tacto.
Adina notó mi terror: cuando le pedí que me alcanzara los remedios del bolso, lo hizo de inmediato. Puse una gragea bajo la lengua y respiré pausado. Quedarme quieto, en calma, sin pensar. Dejar que el temblor se disolviera lento, como la droga en mi boca.
La voz de la novicia me seguía rondando. Nada, absolutamente nada de todo eso tenía el menor sentido. Debía ser una equivocación. Me acaricié el brazo. De a poco el hormigueo cesaba, la escarcha se derretía hasta volverse un sudor helado. Así, algo más calmo, me quedé largo rato tendido en la cama.
Me sacó de esa somnolencia un aroma extraño. Acetato, tal vez.
Pestañeé, advertí que ya era de noche. ¿Cuántas horas había descansado? Si es que, en realidad, no había caído en otro de mis desvanecimientos.
No estaba solo. Bajo la tenue claridad de una vela y frente a un caballete, Adina sostenía, delicada, un pequeño pincel. No comprendí cómo lograba ver bajo una luz tan pobre. Aunque la vela no le hacía falta: pintaba con expresión ausente, como en trance, los ojos cerrados y murmurando unas palabras —¿una plegaria?— en un idioma desconocido. De repente levantó los párpados, volvió hacia mí la cara fresca y despejada.
—¿Se siente mejor? —preguntó con naturalidad mientras dejaba el pincel sobre el caballete.
Creo haberle dicho que sí. Abrí y cerré la mano enferma. Los dedos se flexionaban con pesadez, y mi espalda había humedecido la sábana.
—Déjeme revisarle la herida de la frente.
La falta de luz ocultó los rasgos de Adina, pero percibí su respiración cálida. Me quitó la venda y acarició mi frente. Fue llamativo: durante los segundos en que su piel tomó contacto con la mía, me inundé de un desconocido sentimiento de paz.
—Ya está sanado —dijo.
Palpé mi ceja derecha. Extrañamente, no encontraba ningún rastro del corte.
—¿No me dijiste que me había lastimado al desmayarme en la escalinata?
Con un ademán le quitó importancia a mis palabras.
Todavía algo adormecido, me enderecé en la cama. Como si pertenecieran a un sueño, recordé sus palabras acerca de la herencia. Un disparate. Ya hablaría de aquello con Irene.
—¿Me equivoco, o cuando desperté estabas pintando con los ojos cerrados?
La novicia volvió a restarle importancia a mi comentario. Insistí:
—¿Qué pintabas?
—Poca cosa. Rincones de Venecia.
—Amo la pintura —mentí—. Me encantaría que me muestres lo que hacés.
—Mejor más adelante. Mis dibujos no son nada bonitos. Bajó el lienzo del caballete y lo apoyó cuidadosamente en el suelo, contra una pared. Después caminó hasta un extremo del dormitorio. Entre la penumbra alcancé a ver que descolgaba prendas de un viejo armario. La llama de la vela trazaba sombras translúcidas en lo alto de la pared.
—Todo se ha secado —dijo acomodando junto a la silla mi pantalón, medias y zapatos—. ¿Desea encontrarse con la signora?
Ansioso, respondí que sí.
—Bien. Ahora estamos en un cuarto de huéspedes cercano al salón de la planta baja. Debemos subir al tercer piso. Permítame ayudarlo a vestirse.
Por momentos, sus maneras gentiles se parecían mucho a esa amabilidad que usan las enfermeras con los inválidos. Recordé a Zalagna, me identifiqué con el viejo elefante de patas quebradas.
—Todavía soy capaz de vestirme solo —dije sentándome en el borde de la cama con un movimiento enérgico—. Esperame afuera.
No debí haberle hablado de ese modo. De cualquier manera, Adina no me dio tiempo a disculparme. Adelantó su velo hasta cubrirse las cejas y me dejó solo.
Entre los nervios por el reencuentro, y luchando con mi mano inútil, me costó una enormidad calzarme las medias. Y a pesar de intentarlo varias veces, no logré acordonarme los zapatos.
Estaba por salir en busca de Adina, cuando divisé el lienzo apoyado en el suelo. Aun sabiendo que ella no quería mostrármelo, lo alcé a la altura de mi mirada. Volví a sentarme en el borde de la cama para estudiarlo tranquilo.
La primera visión del lienzo mostraba un estallido de relámpagos quebrando un cielo de nubes negras. Una mirada más atenta revelaba debajo, casi escondida, la sombra de un hombre. No sabía qué, pero algo en la pintura me resultaba angustiosamente familiar. Las pinceladas de la novicia ganaban espesor con cada nuevo vistazo. Acerqué el lienzo a la llama de la vela. Aquello no eran relámpagos en un cielo cargado. Eran grietas. Grietas y fisuras resquebrajando un cielorraso oscuro y abovedado.
¿Hay alguien?
¡El hospital! Era la cúpula del Ospedale Civile.
¿Hay alguien? ¿Hay alguien aquí?
Eso había preguntado con el agua por las rodillas antes de que apareciera de la nada esa enfermera que me entregó el papiro.
Centré mi atención en el hombrecito de la pintura. Un trazo difuso, sobrante. Un fantasma. Sí, eso había dibujado Adina: un fantasma en contraste con las pinceladas firmes del vientre de la cúpula.
Si esta cúpula se quiebra y cae… nadie, nadie en el mundo llorará mi muerte. Vacío y miserable me pregunté por qué.
¿Acaso ese espectro era…?
¿Por qué me resigné? ¿Por qué me entregué tan pronto?
No. Esa mancha no podía ser yo.
Quise librarme de ese reflejo de mí mismo, quitármelo de encima. Lo dejé en el suelo y salí del dormitorio. Afuera, la oscuridad era casi absoluta. Al final del corredor, sosteniendo un candelabro, Adina me esperaba pensativa. Su atuendo gris la hacía prácticamente indistinguible de las sombras del palazzo.
—Tenga —dijo entregándome una cajita de cartón—. Cerini. Le harán falta. Ahora acompáñeme.
Guardé los fósforos en un bolsillo del pantalón y la seguí por un pasillo sinuoso. La pintura volvía una y otra vez a mi cabeza. No. Ese hombre decrépito bajo la cúpula no era yo. No podía serlo.
—Adina…
La novicia se detuvo y dio media vuelta. Las llamas de las velas acentuaban su actitud reconcentrada. Aquella no era la expresión de una chica de veinte años. Alzó apenas las cejas.
—Nada —dije haciendo un ademán—. No importa.
Me observó unos segundos, y seguimos andando.
Y de cualquier modo, pensé: ¿Qué importancia tiene? A la monjita le gusta pintar rincones de Venecia, se trata tan solo de una casualidad..
Entramos a un cuarto con las paredes cubiertas de espejos.
Me restregué los párpados: había algo insólito en esos espejos. Pese a que caminábamos muy cerca de las paredes espejadas, nuestro reflejo en ellas era imperceptible. Solo las velas del candelabro de Adina languidecían muy en el fondo, igual que una antorcha en el horizonte. Deseé ponerme frente a uno de esos espejos para descubrir su enigma, pero preferí mantenerme junto a la novicia. La noche era tan profunda que temía precipitarme en un abismo si me alejaba de la burbuja de luz de su candelabro. Junto a ella me sentía seguro. Sería esa falta de luz, o la imposibilidad de orientarme, pero en el palazzo algo me intimidaba. Hasta el último picaporte, candelabro y estuco cargaban consigo las marcas y chirridos de un tiempo que supuse eterno. Y algo en toda aquella lúgubre magnificencia me amilanaba, me volvía pequeño y miserable.
Al salir del cuarto de espejos, bajamos unas escaleras. Adina caminaba a paso firme entre esa lujosa y solitaria ruina. Supuse que, así como los ojos no le hacían falta para pintar, el candelabro tampoco le hacía falta a la hora de recorrer el palazzo.
—¿Cómo podés orientarte en este laberinto?
Balbuceó unas palabras en italiano y siguió avanzando. Y de pronto atravesamos veloces un dormitorio recubierto de madera cincelada. De tan estrecho, me imaginé aprisionado entre las cuatro paredes de un féretro.
—¿Dónde estamos? —pregunté mientras lo dejábamos atrás y nos perdíamos en otro largo corredor.
Adina deslizó una cortina.
—Il salone de la planta baja.
Era cierto: regresábamos a aquel salón majestuoso. La penumbra casi ocultaba las estatuas y efigies, pero al otro extremo resplandecía la escalinata circular. La noche le impedía al vitral alumbrarla de matices, pero incontables velas ubicadas sobre los escalones la iluminaban con la tonalidad del alba. Adina caminó en dirección a ella, y yo la seguí.
El eco de nuestros pasos volvían al salón aún más amplio y atemorizante. Y fue entonces cuando noté algo singularísimo: al paso de Adina, las dos hileras de esculturas que cubrían cada pared se inclinaban casi imperceptiblemente de sus pedestales, como sirvientes ante una deidad. Borré esa idea ridícula de mi cabeza. La falta de sueño me hacía imaginar idioteces.
Nos detuvimos al pie de la escalera.
—¿Desea volver a intentarlo, Rafael?
Asentí en silencio.
—Antes déjeme ayudarlo —apoyó el candelabro en el suelo, se arrodilló a mis pies y anudó los cordones de mis zapatos—. Ahora sí. Estamos listos.
Con una mano apoyada en la baranda y la otra sobre un hombro de Adina, la escalinata ya no era la ladera de una montaña. Y mientras subíamos, me abandoné a una presunción absurda: con cada giro que dábamos, la escalinata —ahora deseosa de tenderse a nuestros pies— se esculpía a sí misma escalón por escalón.
En el primer descanso me asomé hacia abajo. ¿Cómo era posible? Solo habíamos subido un piso y las estatuas del salón se veían lejanas, ridículamente pequeñas, como si estuviésemos encaramados en lo alto de una colina. O como si jamás hubiésemos abandonado el cuarto de espejos, y todo aquello no fuese más que visiones distorsionadas.
Adina me animó a seguir. Comenzaba a agitarme, pero en el segundo piso recobré fuerzas. El aire era más puro, y de algún rincón me llegaba un aroma a rosas.
Una vez que alcanzamos el tercer piso, quise mirar otra vez hacia abajo. Pero ella me lo impidió tomándome de la mano.
—No, Rafael —dijo indicándome una poltrona—. Mejor venga aquí.
Mientras recuperaba el aliento, agucé la mirada entre las sombras. Los muros de la amplia antesala estaban decorados por frescos que nacían en los zócalos, abarcaban paredes enteras y se prolongaban hasta el cielorraso. Ni la humedad ni los siglos lograban restarles un ápice de belleza. Únicamente en Roma o en Florencia había disfrutado alguna vez de algo semejante.
—Giotto —murmuró Adina como al pasar.
¿Giotto? La monjita exageraba.
—Venga, acérquese —dijo, y levantando el candelabro alumbró unos ángeles que se cubrían los ojos con desconsuelo—. ¿Alcanza a ver? Gli angeli della crocifissione.
—¿Los ángeles de la crucifixión? —pregunté con la respiración entrecortada por la subida.
—Eso mismo. En toda Italia hay solo dos frescos como este. Uno en la Capella dei Scrovegni, en Padova. El otro es el que usted tiene frente a sí. Junto a la signora Irene hemos pasado noches enteras conversando o rezando delante de estos frescos. Otras veces, nada decíamos. Nos quedábamos en silencio y…
Calló. El recuerdo la entristecía. Al borde del llanto, ocultó la cara entre las manos. Volví mi atención hacia el fresco. Y tuve un escalofrío: como si estuviésemos delante de un espejo, Adina reproducía la postura de uno de esos ángeles; los ojos de los dos guardaban la misma mirada desconsolada. Supe que jamás olvidaría ese momento. Aquella novicia en lo más alto de un palazzo veneciano, envuelta por la lumbre de una vela, reflejándose en un fresco de Giotto.
—Prendi —dijo acongojada y me entregó el candelabro—. Aguárdeme aquí. Le avisaré a la signora de su venida.
Se perdió tras una puerta custodiada por dos bustos. Al regresar, me encontró contemplando otro extremo del fresco, mi cara a centímetros de la pintura en ocre de Judas inclinado ante Jesús.
—¡Irene no lo può credere! —el italiano y el español se le entremezclaban en una sonrisa alborozada—. ¡Lei etanto felice! ¡Venga! ¡Pase!
IV
Al entrar al dormitorio me encandiló un fuerte destello.
—Yo los aguardaré afuera—oí que dijo Adina al cerrar la puerta.
Aquel fogonazo inexplicable seguía ardiendo en mis pupilas. Me volví, y retrocedí con los brazos extendidos, sin saber de qué sostenerme. Entreabrí los ojos, pero nada vi.
—¿Irene? —dije, desorientado y temeroso de tropezarme y caer—. ¿Dónde estás?
Caminé unos pasos con cautela. Al fin mis manos tocaron algo. Anaqueles, tal vez. Cuando levanté apenas los párpados, solté un grito ahogado: un demonio de facciones rojas y doradas me escrutaba con ojos abismales. Retrocedí de un salto hasta golpearme contra otros anaqueles. Sosteniéndome de uno, intenté mantener la calma. Aquello no podía ser más que otra trampa del palazzo.
Con el correr de los segundos, mi mirada se habituó al destello, y de a poco pude ver con claridad lo que me rodeaba. Respiré más tranquilo. Era tan solo una máscara. Terrorífica y amenazante, pero una máscara al fin. Habría una veintena de ellas, apoyadas por delante de los miles de libros que cubrían las paredes.
Las conocía. Esas máscaras no me eran extrañas. Si la memoria no me engañaba, ya las había visto en el piso de Irene en Buenos Aires, apiladas en canastos, listas para la mudanza. Pude recordarme mil años atrás, jugando con una de ellas, cubriéndome la cara entre risas. En aquel tiempo no me despertaron temor, tan solo curiosidad. Pero ahora sus bocas monstruosas no dejaban de reírse de mí, y las cavidades de sus ojos huecos no tenían más relleno que mi culpa.
¿Y ella? ¿Dónde estaba?
Caminé en dirección al destello. Protegiéndome la mirada con el revés de la mano, alcancé a ver un baldaquino con cortinados espesos. La cama tenía un gran respaldo de madera tallada. Allí debía estar acostada Irene.
Me acerqué con lentitud. Las piernas me pesaban como si aún caminase en el ospedale con el agua por las rodillas. El destello provenía de una multitud de velas que ardían sobre un escritorio ubicado detrás de la cama. Sus llamas conformaban una pequeña hoguera que alumbraba incluso a los libros más altos. Detrás del escritorio había una ventana. Imaginé que el resplandor de esas velas debía verse más allá de Venecia.
Me detuve frente a la cama, mis dedos rozaron nerviosos el borde del colchón. No. No podía ser Irene. Los finísimos cabellos dispersos sobre la frente rosada, y el cuerpo que apenas abultaba las sábanas, la asemejaban más a una criatura por nacer que a una anciana agonizante. Buscaba en ella algún rastro de la mujer que había amado en mi juventud, cuando su mano se deslizó hasta acariciar la mía.
—Llegaste.
Era su voz. A años luz del timbre señorial de antaño, pero su voz al fin.
No supe qué decirle. Oculté mi mano enferma detrás de la cintura, y me sentí un imbécil: ¿qué quería esconder?
—Nunca lo dudé —dijo Irene, ajena a mis pensamientos—. Antes del final, lograrías llegar a mí.
Las pupilas, ahora totalmente sin vida, se le traslucían a través de los párpados, y las venas le marcaban el cuello como tajos.
Nada quedaba ya. Nos habíamos reducido a dos esbozos. A dos patéticos bocetos de nosotros mismos.
Quise disculparme por todo. Aunque… ¿por dónde empezar? Balbuceé, casi susurrando:
—Perdoname.
Volvió la cabeza hacia mí. No me comprendía.
—Jamás te llamé —dije mientras le cubría el cuello con la sábana—. En todos estos años, nunca te escribí siquiera una carta. Nunca te agradecí todo lo que hiciste por mí.
—No es conmigo con quien debés disculparte.
—Los primeros tiempos, Álvaro me insistía con que debía llamarte.
Levantó una mano. Intentaba hacerla llegar a mis labios para hacerme callar, pero su brazo no tardó en caer tembloroso sobre el colchón.
Me pregunté qué hacía yo ahí, con qué fin había recorrido medio mundo. Sin saber qué hacer ni qué decir, pensé en la novicia al otro lado de la puerta. Hubiese querido llamarla, acaso con ella la situación sería menos incómoda. Llamativamente, Irene murmuró su nombre con aire extraviado:
—Adina… Contame, Rafael. ¿Qué impresión te causó Adina?
—Es una buena chica. Te quiere, se preocupa por tu salud.
Hizo un esfuerzo por incorporarse, pero su cuerpo no le obedecía. Le acomodé la almohada y dije:
—Me mostró una de sus pinturas. Podría ser una gran artista.
—Será todo lo que se proponga ser. Mi niña es especial, luminosa… A tu modo, vos también lo eras. Cuando decías “me llamo Rafael”, pronunciabas tu nombre como si fuese una virtud —hizo una pausa, sus ojos blancos buscaban mi mirada—. ¿Recordás qué me dijiste cuando te pregunté si de veras conocías el Delta?
Me alcé de hombros.
—¿No te acordás, Rafael?
—No.
Entonces dijo, intentando imitar mi voz:
—“Conozco el Delta a la perfección. Leí todos los cuentos de Quiroga”.
Yo no podía recordar tal cosa. No debían ser más que desvaríos. Como fuere, el supuesto recuerdo la alegraba.
—Eras un adorable mentiroso. Le hablé a Adina tanto de vos… Una noche le conté que a tus veintitantos años ya habías leído todos los libros. Ella quiso saber cómo era posible. Y no tuve más remedio que decirle la verdad.
—¿Y cuál es la verdad?
—Que los robabas —dijo, y temí que su ínfima sonrisa le quebrara los labios.
Era cierto: siendo un muchacho había robado infinidad de libros en las librerías de Avenida de Mayo. Unos pocos me los quedaba, mientras el resto lo vendía para comprar comida o pagar una semana atrasada de la pensión. Intenté hacer memoria. Escapé de la pensión cargando dos bolsos llenos con parte de esos libros; a algunos los conservaba todavía en mi biblioteca. ¿Pero cómo podía Irene saberlo, si yo jamás se lo había contado?
—Debí decirle a Adina —siguió diciendo— que en Buenos Aires hay una avenida atestada de librerías. Y que vos robaste libros en cada una de ellas. Siempre clásicos, por supuesto. Tus manos eran más ágiles con Pirandello y Bocaccio que con aprendices como Nicolò Marcovich.
Sonreímos. Y ahí estábamos de regreso. Otra vez, aunque sea por un suspiro. Nosotros dos. Los mismos de las tres noches del Delta.
—¿Y qué dijo Adina?
Irene hizo un gesto con la mano, como apenada.
—Muy poco le agradó mi respuesta. De todos modos, nada dijo. Las novicias bien educadas no contradicen a ancianas al borde de la tumba.
Al oír esas palabras, sentí que mi sonrisa se desvanecía.
Tomó aire y siguió:
—Pero podría asegurar que, de haberte conocido por esos días, ella tampoco te hubiese juzgado. Y acaso también ella se hubiese enamorado de vos. Eras un jovencito engreído, pero hermoso y encantador. Dormías entre borrachos en una pensión de mala muerte, y aun así conservabas una fe inquebrantable en tu destino.
Un jovencito hermoso y encantador, con fe en su destino. De ser cierto, me pregunté en qué tramo del camino había perdido yo a ese chico que Irene no olvidaba.
—¿O no era así, Rafael?
Me mantuve callado, de pie junto a ella. No podía confesarle que recordaba muy poco. O mejor dicho, que nada quería recordar. Rafael Leone había nacido el día de la publicación de la entrevista en El mundo. El jovencito encantador estaba muerto. Lo había enterrado con mis propias manos.
—Sí, Irene. Supongo que sí.
—Mi enfermedad ha abierto grietas en la fe de Adina. Y temo que mi ausencia la derrumbe. Lo mismo le sucederá algún día a esta ciudad. Pero Venecia tiene quince siglos de vida, y no hay gloria que no haya conocido; en cambio, mi pequeña no ha terminado de nacer.
Tomó aire con dificultad, los pulmones le silbaban. Era evidente que yo había llegado tarde: muy pronto moriría.
¿De qué había valido el esfuerzo de dos días de viaje? Nuestro reencuentro no era más que una despedida. Una despedida tardía, inútil.
—Dejame escucharte, Rafael… Deberás tener tanto para contar.
Para ganar segundos, tomé la silla del escritorio y la arrimé a la cama. Noté que las velas estaban ubicadas sobre una bandeja de plata. Esa era la razón del fuerte destello.
—No creas —hice a un lado un borde del baldaquino y me senté muy cerca de ella—. ¿Qué podría contarte?
—Tantas cosas… Estarás canoso, imagino.
Sonreí sin ganas. Enredé mis dedos entre el cortinado de seda y me distraje un instante con su bordado de siglos.
—Canoso y con poco pelo —dije—. Y varios kilos de más.
Irene entrelazó su mano a la mía. Me aterró la idea de que fuera capaz de leer el significado de cada línea, de comprender el recorrido de cada surco.
—Tuviste hijos.
Lo dijo con firmeza, con llamativa seguridad.
—Una hija. De la misma edad que Adina. —No quise mentirle, pero las palabras salieron solas de mi boca—: Es fotógrafa. Una gran fotógrafa. Pronto publicará su primer libro. Un libro de fotografías de cúpulas de Buenos Aires. Giselle, se llama.
—¿Giselle? —repitió—. Supongo que será su padre quien le publique su libro de fotografías, ¿no es así?
—No lo había pensado. Es posible.
Hizo una pausa, se esforzaba por llevar aire a los pulmones.
—Hablame de la editorial, Rafael. ¿Qué es de mi querida Ediciones Leopardi?
Desprendí mi mano de la suya, me levanté y di un paso hasta llegar al escritorio. Sentí el calor de las velas en mis mejillas.
—¿La editorial? Bien, bastante bien.
—¿Aún trabaja alguien de mi época?
Simulé acomodar la bandeja sobre la cual ardían las velas. Retrocedí cuando el calor me abrasó la cara.
—No, no. Pasó demasiado tiempo. Están todos jubilados.
O muertos como yo, pensé. Irene dijo:
—Álvaro los llamaba “La Vieja Guardia”. Mi adorado Álvaro. Jamás dejé de extrañarlo. Pero sé que murió en paz. Él sabía que vos protegerías y continuarías su legado.
Álvaro. Lo imaginé junto a nosotros, los gemelos resplandeciéndole en los puños de la camisa, la mano arrugada acariciando el marfil de su bastón.
Mi nombre es Álvaro Azcurra. Vine hasta acá abajo a ofrecerte una vida.
Yo tampoco dejé de extrañarte, Álvaro. Ni un solo día dejé de extrañarte. Si a fin de cuentas te quise más que a mi propio viejo. ¿Pero quién me lo creería?
El Grupo que represento no es una sociedad de beneficencia. Eso usted lo tenía bien en claro cuando decidió vendernos el 91% del paquete accionario de Ediciones Leopardi mientras el señor Álvaro Azcurra agonizaba.
¿Quién? ¿Quién carajo en todo el mundo lo creería?
Comenzaba a adormecérseme el brazo. Sería la hora de mis remedios. Friccioné los dedos de la mano izquierda.
—Estás llorando, Rafael.
Me sequé con un pañuelo las ojeras húmedas.
—Estoy cansado, Irene. Viajé dos días para poder llegar.
—No —dijo con un atisbo de firmeza. Sus ojos ciegos se movían erráticos bajo los párpados—. No es eso.
Rodeé el escritorio y huí en dirección a la ventana. Y ahí, del otro lado, un cielo oscuro al borde del derrumbe hacía las veces de una gran cúpula. Y reflejado debajo, apenas perceptibles, dos trazos difusos le daban forma al fantasma del lienzo de Adina. Un fantasma con mi propia cara.
Levanté un puño y debí reprimir el impulso de romper el vidrio, de desfigurar al miserable que tenía delante. Tan solo rasguñé mi reflejo al dejar caer el brazo. Algo en ese movimiento me regresó a aquella lejana mañana en El mundo.
—Alcancé a verte, Irene —dije, la frente caída contra la ventana.
—¿A verme?
—El día de la entrevista. Cuando yo era ese chico que antes recordabas.
Ella nada dijo. A mi espalda podía sentir su respiración entrecortada.
—Estábamos los dos en la oficina de Zalagna, listos para empezar la entrevista, cuando me dijiste que tanto él como Álvaro debían estar presentes. Entonces, salí para pedirle a Lucía que los llamase.
La mención de Lucía animó a Irene.
—Lucía, una niña preciosa… Álvaro solía decir que “había nacido a la luz del sol”.
¿Cómo podía tenerla presente, si no habían intercambiado más que unas pocas palabras? Simulé no oírla.
—Cuando Lucía se fue a buscarlos, yo di media vuelta para volver a entrar en la oficina. Pero me detuve y apoyé la frente contra la puerta, así como lo estoy haciendo ahora contra esta ventana. Y en ese mismo momento decidí escapar.
—¿Escapar? ¿Por qué?
—Porque tal como era mi costumbre, me esforzaba por mostrarme seguro, pero tenía miedo. Estaba aterrado. No me sentía capaz de entrevistarte. Y tampoco de redactar a solas la nota de tapa de El mundo. Y mucho menos de hacerlo bajo la mirada de Álvaro y de Zalagna. Y no solo no me sentía capaz de hacerlo: tampoco lo merecía. Yo era un infeliz, Irene. Si solo unas horas atrás estaba vendiéndome en un cementerio.
Hizo la cara a un lado, su mejilla contra la almohada para no seguir oyéndome. Descubrí que una parte de mí disfrutaba lastimándola, como si quisiese hacerle pagar alguna vieja deuda.
—Sabés que no miento, Irene. Sabés muy bien que no miento.
—¿Y por qué no escapaste?
Meneé la cabeza, sonreí mordiéndome los labios. Se estaba riendo de mí. En su interior se reía a carcajadas de mí. Igual que las máscaras, que desde lo alto no dejaban de apuntarme con sus rasgos filosos.
—La puerta de la oficina de Zalagna era de vidrio, Irene; y te espié por uno de los listones de la persiana. Supongo que habré querido mirarte una última vez antes de huir. Vos estabas parada frente al ventanal, pendiente del río.
Aquella escena volvía a tomar forma: detrás de mí, la redacción del diario y el tecleo de las máquinas de escribir; por delante, el gran ventanal con vista al río. Y el cuello de esa mujer refinada, alumbrado por el sol.
—Me acuerdo poco y nada de esos tiempos —seguí diciendo—. Pero nunca voy a olvidar aquel día. Todavía suelo soñar que te observo, que te espío. Te supuse en paz: eran tus últimas horas antes de dejar Buenos Aires. Levantaste un brazo y acercaste una mano a la ventana hasta acariciar tu reflejo. Lo hacías con suavidad, con una ternura extraña. Como si estuvieses frente a alguien que amabas —mi aliento empañó el vidrio hasta volver invisible al horizonte de Venecia—. Y entonces, pasó lo imposible…
—¿Por qué imposible? ¿Qué pasó?
—¿Qué pasó, querés saber? Pasó que hundiste tus dedos en el vidrio. Los hundiste, Irene. Así como lo estoy diciendo. Después tu mano traspasó el ventanal, como si fuese una cortina de agua. Y al fin tus dos brazos pasaron enteros al otro lado. Y así te quedaste no sé durante cuánto tiempo. Como suspendida. Acariciando el cielo. Sin comprender qué estaba pasando, miré para todos lados de la redacción. Lucía no había vuelto, y los periodistas seguían en sus cosas, fumando y riendo. Y vos ahí, a pocos metros de todos…
Despegué la frente de la ventana y di media vuelta. Irene seguía inmóvil en la cama.
—Para poder entrevistarte con alguna tranquilidad, me convencí a mí mismo de que acababa de alucinar todo aquello. Más que posible, si mi vida era un desastre. Estaba sin dormir, en cualquier momento me echaban de la pensión, y llevaba días casi sin comer. Explicame, Irene. Explicame qué pasó en realidad.
Volví junto a ella que, ajena a mi relato, no parecía tener nada que decir. Esperé unos segundos e insistí:
—Quiero que me digas la verdad. Quiero saber si eso sucedió de verdad. Todo eso fue absurdo.
—¿Absurdo?
—Sí, absurdo. A veces se me cruza la idea de que nada de todo eso pudo ser verdad. Que fue todo fruto de mi imaginación.
—Absurdo… —algo en esa palabra la había quitado del letargo—. ¿Aceptás como posible que una sombra renazca de entre los muertos un jueves, para escribir el viernes la nota de tapa de El mundo, pero en cambio dudás de una mano que acaricia el cielo?
Me mantuve callado para no interrumpirla. Su comparación era ridícula. Ella siguió diciendo:
—Aceptás como natural que el mismo chico que robaba libros para poder comer, se vuelva en pocos años director de la editorial más valorada de habla hispana. Pero en cambio considerás ridículo que esa…
—Yo no dije ridículo.
Yo no dije ridículo, me repetí para mis adentros. No, no lo había dicho: lo había pensado.
—¿Así de incrédulo te tornaste?
—No se trata de incredulidad, Irene. Creer o no creer de nada importa. Y, en última instancia, ¿creer en qué? ¿En una visión? Lo que yo quiero… lo que yo necesito es entender.
—Entender —repitió, la voz cada vez más débil de resignada tristeza—. Ayudame a hacer memoria, pues a mi edad los recuerdos se diluyen. Al día siguiente de la publicación de la entrevista, yo partí a Venecia. ¿Qué repercusiones tuvo ese reportaje?
No podía preguntármelo en serio. O desvariaba o se reía de mí. Debía saberlo a la perfección. Ella siguió en contacto con Álvaro, él debió haberla puesto al tanto de todo.
—Te hice una pregunta, Rafael.
—Fue el único tema de conversación durante un par de días —dije—, y no solo en el mundo editorial. Nadie podía creer que finalmente Marcovich había dado la cara, y mucho menos que fuese una mujer. Los medios te buscaron con desesperación. Álvaro debió dar una conferencia de prensa para comunicar que no volverías a brindar otra entrevista, que te habías ido a vivir al exterior, y que tenía órdenes expresas tuyas de no informar tu paradero.
—¿Y después?
—Después, lo de siempre. Monzón habrá ganado alguna pelea o no sé, Irene, cualquier cosa. Y ya sabés cómo es: una noticia tapa a la otra, y todo va quedando en el olvido.
No me extrañó que su expresión no revelara el menor gesto. Nada de lo que yo decía lograba sorprenderla. Le estaba contando un cuento que ella misma había escrito. De pronto lo recordé:
—El golpe. A los pocos días que te fuiste, fue el golpe militar del 76. Y ya no se habló de nada.
—Decime, Rafael: ¿alguna vez volviste a leer la entrevista?
—Claro que sí. El día de la publicación la habré leído como veinte veces.
Irene hizo un gesto de desánimo.
—Ese día te obnubilaba ver tu nombre impreso en un diario. Lo que quiero saber es otra cosa: si después de semanas, meses, o incluso años, volviste a releer ese diálogo que mantuvimos.
Nada dije. ¿Acaso me sometía a un examen?
—Hacé memoria —insistió Irene y llevó aire a sus pulmones—: ¿qué recordás de esa entrevista?
Sí, definitivamente era un examen. A mis sesenta años estaba siendo sometido a un estúpido examen.
Tragué saliva, me senté en la silla junto a su cama, y respondí como lo que era, como lo que nunca dejé de ser: un alumno soberbio de ignorancia.
—¿Qué me acuerdo? Lo suficiente.
Volvió a insistir. Quería que le relatara con detalles qué recordaba.
—Que fue mi oportunidad —dije—. Mi oportunidad de empezar a hacerme un nombre, de entrar a trabajar a Leopardi, de reírmele en la cara a Zalagna cuando me ofreció un puesto en El mundo.
Su cuerpo frágil pareció hundirse, encogerse entre los pliegues de la sábana.
—Entonces —dijo— jamás te percataste de nada.
—¿De qué tendría que haberme percatado? No entiendo qué querés saber.
—Quiero saber… —hizo una pausa y volvió a tomar aire, esta vez con la boca bien abierta—. Quiero saber si es posible que no te hayas dado cuenta de los milagros que te permitieron dejar atrás una vida para comenzar otra.
Confundido, negué con la cabeza. Ella insistió:
—¿Acaso suponés que bastaba solo con tu encanto para pasar, de la pensión en que sobrevivías, a tu anhelado Ritz de la Place Vendôme?
Estrujé los apoyabrazos de la silla.
—Mirá, Irene: no reniego de tu ayuda, pero yo construí mi camino como pude. Yo me hice solito a mí mismo. No le debo nada a nadie, ¿entendiste?
No debí haberlo dicho, pensé insultándome por dentro.
—¿Qué aprendiste en todos estos años, Rafael?
No supe qué responder. Detuve la atención en sus manos: se movían nerviosas debajo de la sábana, a pesar de que el resto del cuerpo seguía inmóvil.
—Solo quiero saber qué aprendiste. Qué hiciste con todo lo que te fue entregado.
Nada, pensé frotándome el hombro y el brazo. No hice nada. Nunca en toda mi vida hice nada.
—¿Qué hice? No sé. Supongo que hice lo que pude. Como todos. No sé qué querés que te diga.
—La verdad. Yo también quiero la verdad. Te conocí siendo un chico de veintitantos años. Y aquí te tengo de regreso, vuelto un hombre mayor. Respondeme: ¿qué hiciste durante estos años con todo lo que te fue entregado?
Y de pronto lo descubrí. Todo aquello no era un examen. Era un juicio. La carta que me llegó a Buenos Aires no había sido otra cosa más que una citación. Y para eso había recorrido medio mundo: para ser sometido a un juicio último, final.
—No te escucho, Rafael —dijo el juez, y desde los anaqueles el jurado de máscaras aprobó sus palabras—. Y el tiempo que me queda es poco. Respondeme: ¿qué hiciste con todo lo que te fue entregado?
Intenté hablar. Decir una mentira, cualquier cosa que me permitiera ganar tiempo. Sabía hacerlo muy bien. ¿O acaso había hecho otra cosa durante toda mi vida? Engañar a Álvaro, a Lucía, a mis empleados de la editorial y a cada persona que se cruzó conmigo. Pero mi mente estaba seca, al fin vacía de engaños y excusas.
—No te escucho —repitió Irene levantando la voz.
Terminen con esta payasada, pensé, que todos saben que la sentencia ya está escrita en piedra. Sáquenme de aquí y enciérrenme en el calabozo que me tienen reservado. O mejor aún: mándenme de una vez a la horca. Son tantos los que quieren verme colgado que muy poco les costará llenar la Plaza San Marco. Pero evítenme esta humillación, esta tortura.
Irene me apartó de mis pensamientos:
—¡Respondeme de una vez! —y fue en ese instante cuando alzó los párpados. Y allí estaban nuevamente sus ojos. Los de antes. Al borde del llanto pero luminosos y turquesas, como si las décadas se hubiesen evaporado.
Me eché hacia atrás sin desprenderle la mirada, sin pestañear siquiera. No se trataba de una visión. Tampoco otra de mis fugas. Aquellos eran sus ojos. ¿Cómo podía ser posible? Sin embargo, ahí estaban. Su brillo, acentuado por las velas sobre la bandeja de plata, me hizo recordar a la Irene de mi juventud.
Una roca de hielo con una hermosa mujer perdida en su interior.
Sí. Así era la Irene que conocí. Pero… ¿de dónde me había llegado aquella frase?
—Respondeme de una vez —dijo—. ¡Respondeme de una vez, Ignacio!
Me pregunté con la respiración contenida si había oído bien. ¿O era otra jugada de mi mente?
—No soy Ignacio. Soy Rafael.
Lo dije de modo pausado, inseguro, casi con vergüenza. Ya ni sabía quién era.
El brillo de sus pupilas se diluía lento, y una nube blanquecina avanzaba en sus ojos. Hubiese querido retroceder el tiempo, detener el mundo para atrapar el atisbo de fulgor que quedaba de su mirada.
—Lo mismo da —dijo sollozando—. Díganme de una vez de qué les valió, de qué les sirvió todo lo que les fue otorgado.
Y al fin sus párpados cayeron lentos hasta borrarlo todo.
Desvié la mirada hacia la puerta del dormitorio. Podría correr hasta ella, abrirla y atravesar los salones y los dormitorios, bajar las mil escaleras y abandonar el palazzo. No tenía más opción que irme de allí; escapar de Irene, de Venecia y del mundo entero. Quise hacerlo, pero ni las piernas ni la mente me respondían. Al fin me había convertido en la estatua de mis propias pesadillas. Pronto vendría el verdugo a quebrarme. Pronto me llegaría el sonido de sus pasos firmes, de la hoja del hacha arrastrándose por el suelo.
Irene. Su cara vuelta hacia mí, la boca entreabierta y dos ojos ciegos que seguían preguntándome qué hice de sus dones. Entonces, antes de ser declarado culpable, el acusado pidió la palabra. Y dijo:
—No sirvió de nada. De nada. Aproveché la enfermedad de Álvaro y mi condición de apoderado para vender la editorial por una millonada de plata. Los nuevos dueños la vaciaron. Y no solo no hice nada por evitarlo, sino que me asocié a ellos. Me asocié a ellos —repetí con un tono de voz que me estremeció—, y así y todo me echaron como a un perro. Quebré la editorial de Álvaro, Irene. Vendí y quebré Ediciones Leopardi. Ya no existe la casona de Belgrano. Se vendió, la derrumbaron para levantar un edificio. Lo destrocé todo —se me doblaron las rodillas y me derrumbé al pie de la cama—. Lo arruiné. Traicioné a cada persona que alguna vez creyó en mí —al decirlo, comprendí que aquella confesión no atenuaba mi culpa. Es más: de alguna manera, le abría las puertas a un dique de rabia—. Pero… ¿sabés una cosa? Yo no soy el único culpable. La culpa también es tuya.
Irene permaneció inmóvil. Solo su pecho se hinchaba al tomar aire de a sorbos.
—Sí —dije—: la culpa también es tuya. Porque vos lo supiste todo desde un principio. Siempre supiste que te iba a fallar. Ahora respondeme vos a mí: ¿por qué confiaste? ¡Por qué mierda confiaste en mí!
—Debía…
Había duda en el temblor de sus labios.
—No te oigo, Irene —dije sabiéndome un miserable. Ella se esforzó:
—Debía darte la oportunidad.
—¡Oportunidad! —grité con sarcasmo—. ¿De qué hablás?
Intentó murmurar algo, pero mi vozarrón echó tierra sobre sus palabras.
—¿Qué oportunidad podía merecer, si yo era un perdedor? No. Un perdedor, no. Yo era un pobre tipo, un infeliz. A mí siempre me habían echado de todas partes. Mi padre lo sabía, Zalagna lo sabía, todos los que me conocieron lo sabían. La única incapaz de darse cuenta de que yo era un desesperado fuiste vos. La culpa de la quiebra de Leopardi es tuya. Solo tuya. Porque fuiste vos quien convenció a Álvaro de que me dejara entrar a trabajar en la editorial. Yo nunca fui ese chico maravilloso que recordás. Yo era una mierda, y vos metiste a esa mierda adentro de Leopardi. ¡Yo nunca fui encantador, nunca tuve confianza, nunca tuve fe! —lancé una carcajada hiriente—. ¡Fe! ¡Ni en mí, ni en vos ni en nadie! ¿Querés la verdad? ¡La verdad es que nos usamos, Irene! ¡Yo te necesitaba porque me estaba muriendo! ¡Y vos me necesitabas porque te hacía falta un idiota que reemplazase al hijo de puta de tu hijo!
Se llevó las manos temblorosas a la cara. Ocultó tras ellas los párpados húmedos. El mismo gesto desolado de Adina, el mismo gesto de los ángeles del fresco.
—Sí —insistí—. Ignacio era un hijo de puta. Y, cuando lo perdiste, buscaste a un imbécil que ocupara su lugar. ¿Y sabés qué? Volviste a equivocarte, porque yo resulté tan hijo de puta como tu propio hijo —de rodillas, golpeé mi frente contra el borde de la cama y lloré mordiendo las sábanas—. Yo no merecía ninguna oportunidad. Ninguna. Y vos lo sabías. Siempre lo supiste. Debiste haberme dejado en paz. Debiste haberme dejado morir en el cementerio.
Deseé que Irene recuperase sus fuerzas. Deseé que fuera capaz de levantarse de la cama, para así poder partirme la cara a cachetazos. Como una madre a un hijo inútil.
O mejor todavía: yo podría dejar de llorar, para levantarme y revolear la bandeja de velas. Que sus llamas incendiasen los cortinados, los techos de madera, cada pintura, cada fresco y hasta el último libro. Que todo el palazzo, que toda Venecia ardiera en llamas.
Irene habló con calma:
—Decís que yo siempre supe lo que eras. Eso poco importa. Porque incluso en caso de haber intuido el infierno que acabás de desear, hubiera confiado. Hubiera optado por creer, por abrirte y tenderte los caminos que en ese tiempo te hacían falta. Ese es mi deber. Para eso fui enviada siglos atrás.
Alcé la mirada. ¿Qué estaba diciendo esta mujer?
—No desvarío, Rafael. Para eso fui enviada.
Me levanté temblando y sequé mis lágrimas con el puño de la camisa. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué era esa mujer? Retrocedí hasta golpear con los talones las patas del escritorio. Algunas velas cayeron.
—Ya lo hacía siglos atrás —decía en un susurro—, en esta misma casa, entre los peregrinos que reponían fuerzas en su camino a la Tierra Santa, cuando esta ciudad gobernaba Occidente entre mercaderes y navegantes. Así lo hago hoy, aquí, agonizando en este parque de diversiones para turistas.
No es nadie, pensé. Es solo una anciana que balbucea incoherencias. Los años le hicieron perder el juicio. Igual que el viejo demente del tren. Aunque él no estaba loco. Él me advirtió a mí y al resto de los pasajeros que no pusiéramos un pie en Venecia. Nos lo advirtió a los gritos, y yo fui el único que no supo escucharlo.
—Pero ahora poco importa —las palabras de Irene se entremezclaban en mi mente con los gritos del viejo, con sus amenazas de locos y ratas—. Todo se ha vuelto gris, difuso. Lo mismo da una mano que alcanza el cielo, que un demonio disfrazado de viejo demente vaticinando el infierno.
Me sujeté con fuerza del escritorio.
—¿Por qué dijiste eso, Irene?
Un aroma a mechas quemadas impregnaba el aire. Di media vuelta: las velas se doblaban las unas sobre las otras, se consumían lentas en su propio ardor.
—¿Por qué dijiste eso? —insistí—. Lo del viejo demente.
Esperé una respuesta en vano. Consciente de que no me respondería, me derrumbé sobre la silla.
Nada decíamos, pasaban los minutos.
—Rafael —murmuró—: ¿cómo lograste llegar en medio de la inundación?
No supe qué contestar. Era incapaz de comprender, de razonar, de articular siquiera una palabra. Y el hormigueo una vez más. Helándome la piel, penetrándome las venas de la mano, el brazo, el cuello. Deseé que no se detuviera en la sien. Que siguiera adelante, que avanzara, que me atenazase la cabeza y el cuerpo entero. Me sentí desvanecer como aquella vez en la escalinata. Pero no terminaba de caer, seguía echado inmóvil en la silla.
Al levantar la cabeza vi un espejo ocupando toda una pared. Me busqué entre la multitud. Entre la multitud de la fiesta. Y ahí estoy. Soy ese: el mayor de esos dos chicos que empujan una carreta cargada, mis dedos vueltos un arma en dirección a mi propio pecho: te maté, putito, te maté, estás muerto. Tambaleo, caigo y vomito con las manos en la tierra, tierra que huele a azahares, a un ramo de azahares para mi hija que le desea una pronta recuperación, señor, y dice que parte esta noche para Miami. Y el frío en los huesos. El frío del banco de la plaza, el hielo de las tumbas, y delante una niebla que sube y crece, que carcome mis piernas y mis pies. Me rescata la luz de Lucía que brilla en lo alto del faro. Te busco, Lucía, y tampoco te encuentro. Todo es bruma, todo es negro, como la capucha que cubre a mi verdugo, que al fin se la quita y es un fantasma que soy yo, y dice: ¿Cree que Álvaro Azcurra hubiese aprobado que su protegido Rafael Leone vendiese la editorial a un grupo buitre? Mi cuello colgado de un último tendón, las agujas del sanatorio, el agua deslizándose entre mis dedos rígidos. Patadas en el estómago y escupidas en la cara, ¡Leone, traidor hijo de puta, vendiste la editorial con las ratas, los locos y con todos nosotros adentro!
Perdí el equilibrio, debí sostenerme del respaldo de la cama, al borde del desmayo. ¿O ya estaba desmayado?
—Rafael…
No, no estaba desmayado: estaba muerto. La sentencia se había cumplido, y una cuerda debía anudarme el cuello.
—Rafael Leone —oí que me llamaban desde lejos.
Abrí los ojos. Me sostenía la mano encogida de una anciana.
—Rafael Leone —dijo Irene, trayéndome de regreso—. ¿Cómo lograste llegar a Venecia?
Venecia, pensé. ¿Cómo había llegado a ese laberinto? Me recordé semidesnudo y hambriento, tirado en un rincón de mi piso en Buenos Aires. Un calvario de antorchas encendidas y hordas de bárbaros cercando muros. Y una carta que me rescata. Y la huida. Corro aunque las piernas no me respondan. Escapo hacia un taxi, hacia un avión, un tren.
—Un tren —dije—. Llegué en tren.
—¿Y después?
Me enderecé en la silla y llevé una mano al hombro. El temblor cedía de a poco. Miré a mi lado. En el escritorio, las velas terminaban de derretirse, replegándose sobre ellas mismas. Sus mechas se hundían entre la cera hirviente. Y entre la penumbra, mis ojos se volvían tan inútiles como los de Irene.
—¿Después del tren qué pasó, Rafael?
—Salí de la terminal y todo era agua. No podía dar siquiera un paso. Entonces, a lo lejos, apareció un bote. Lo navegaba una mujer.
Irene despegó la nuca de la almohada. Adelantó la cabeza como queriendo atrapar un deseo olvidado.
—La mujer del bote —dijo—. Aquella mujer del bote cantaba una melodía triste en un idioma desconocido, ¿no es así?
Alcé la mirada entre las sombras, incapaz de comprender cómo podía saberlo. Froté mis párpados. El humo que desprendían las mechas al apagarse en la cera me irritaba los ojos. Irene preguntó:
—¿Y cómo supiste volver a mí? Nada decía del palazzo la carta que Adina envió a Buenos Aires. Mencionaba solo el hospital.
—La mujer me llevó con su bote, desde la terminal de trenes hasta las puertas del hospital —debí hacer memoria para recordar qué sucedió después—. Lo encontré vacío, al borde del derrumbe. Y, de algún lado, surgió una anciana vestida de blanco. Supuse que era una enfermera o una monja. Cuando le mostré la carta y dije tu nombre, me entregó algo así como una cartulina.
—Un papiro.
Un papiro, recordé. Pequeño, con dos líneas escritas en una especie de latín.
—Arameo —me corrigió Irene.
Era capaz de leer mi mente. De algún modo, era capaz de hacerlo. Y entonces me supe un muñeco. Una marioneta de trapo en manos de un viejo titiritero. Estaba desnudo. Ni avergonzado ni humillado. Desnudo, por primera vez en mi vida. Y muy despacio me puse a llorar.
A mi lado, sobre la bandeja de plata, solo un charco de cera hervía entre un par de llamas moribundas. Ella continuó:
—Y ahora seguramente me dirás que fue la mujer del bote quien leyó el papiro y comprendió qué decía. La navegante, mejor dicho. ¿O no es así como te agrada llamarla?
No desvariaba. Ella siempre había manejado los hilos desde las sombras. Sabía quién era la navegante, y también quién era la anciana del hospital. Siempre había sabido de la quiebra de Leopardi, de la muerte de su hijo, y hasta el título de cada libro que yo había robado cuarenta años atrás.
—¿Quién sos, Irene?
Intentó decir algo, pero ahora su voz era inaudible. Me incliné hacia ella, hasta casi rozar su boca con mi mejilla.
—Adina… —murmuró.
—¿Adina…?
—Ella te habrá contado que el palazzo es tuyo.
—No puedo aceptarlo, Irene. Tengo que volver urgente a Buenos Aires. Tengo que arreglar el desastre de la editorial.
—De eso me encargaré yo.
La miré sin decir nada.
—Yo me encargaré de salvar a tus viejos compañeros —alcanzó a balbucear con la última voz.
—No, Irene. Tengo que ser yo quien se encargue de eso.
Me rogó que no lo hiciera.
—Sé cómo levantar la quiebra de Leopardi —dije—. Creo que puedo hacerlo.
—No lo dudo, y por eso mismo te ruego que no regreses. Si lo hacés, recuperarás Leopardi.
—¿Cuál es el problema entonces? —pregunté secándole la frente con el borde de la sábana.
—De volver sobornarás a uno de los testaferros del Grupo que compró la editorial, tus abogados extorsionarán a contadores y editores…
Y siguió diciéndome que una vez que retomase el mando, me tomaría la revancha. Perseguiría a quienes apostaron por mi muerte durante la internación, a los dueños del Grupo, a los empleados que me golpearon. Desperdiciaría mis últimos años en destrozarlos y humillarlos.
Todo. Lo sabía absolutamente todo. Me incliné aún más sobre ella. Entre la oscuridad y el humo de las velas, ya casi no podía verla.
—Tu destino en Buenos Aires es una cama de hospital, Rafael. O un jergón en la cárcel. De salvar a Ediciones Leopardi me encargaré yo misma. Ese será mi último trabajo.
Ya no pudo seguir.
Quedé largo rato en silencio, arrodillado frente a la cama, mi brazo sobre su pecho. Los labios le temblaban, se esforzaban por decir algo más. Desde algún rincón perdido me llegó un murmullo.
A partir de hoy tu lugar es este, tu casa.
Alcé el cuello. Entonces una ínfima llama renació del charco de cera, alumbró la humedad de sus mejillas.
Tu deber es proteger a Adina, no permitir que mi ausencia la quiebre. Ya habrás advertido que es especial. Ella lavará nuestra derrota, será la mejor de nosotros. La más luminosa de todos los míos.
¿De dónde provenían esas palabras? Acaricié sus labios inmóviles, incapaces de soltar siquiera un quejido. Sin embargo, podía oírla. Ya no era un murmullo: era su voz, intacta. El mismo timbre de voz de cuarenta años atrás.
Es quien esperamos tanto, tanto tiempo. Vivirá diez siglos, guiará y protegerá a millones… Es quien completará lo que yo y tantos más dejamos inconcluso.
No provenía de mi cabeza. Provenía de mi interior, de lo profundo de mi mente.
Mi pequeña posee el don de abrir las puertas que por centurias han estado cerradas. No tardarás en descubrirlo. Solo debes sostenerla, resguardarla.
Con los ojos abiertos en la oscuridad me esforcé por comprender. Intenté elevarme por encima de todo aquel sinsentido.
Ella intuye sus dones, pero aún no posee la fortaleza necesaria para aceptar su destino. Debés alentarla a no abandonar el palazzo, a seguir adelante con sus pinturas. Sus pinturas son puertas a lo que fue y vendrá. Por medio de ellas se descubrirá, le será revelada su condición.
—¿Y por qué me elegís a mí para cuidarla? Hay infinidad de hombres mejores.
Antes dijiste que debí haberte dejado morir en el cementerio.
La voz comenzaba a desvanecerse. Se alejaba lenta de mí. Volví a tomarle la mano. De tan pequeña parecía disolverse en el interior de la mía.
¿También olvidaste que fuiste vos quien vino a mí? Era yo quien lloraba y moría en lo hondo de un cementerio. Y fuiste vos quien bajó a ayudarme. Es cierto, Rafael: hay infinidad de hombres buenos. Pero el sótano de aquel sepulcro era esa noche el escalón más oscuro de la Tierra, y ninguno de ellos se detuvo a rescatarme.
Me acosté junto a ella y la abracé. Todo su cuerpo cabía bajo mi brazo. Sentí calma, serenidad. La misma que había vivido durante esos días en la casa derruida del Delta. La misma de Adina al acariciarme la herida de la frente.
Te lo suplico. El mundo entero me dio la espalda. De todos los hombres, no te tengo más que a vos… Prometeme que no te irás. Que te quedarás aquí a sostener a Adina.
—Sí, Irene —mentí una vez más, acaso la última—. Te lo prometo. Prometo quedarme.
Pero ya nada podía responderme.
Quedé junto a ella, velando por horas.
Al salir del dormitorio, tuve una sensación palpable: junto con Irene había muerto el palazzo entero. Como si de pronto un par de siglos se hubieran abalanzado sobre cada columna, cada mosaico, cada pilote enterrado bajo el suelo fangoso.
V
A la mañana siguiente, recostado en un dormitorio de la planta baja, no podía librarme de nuestro último diálogo. Ni siquiera en el entresueño lograba desprenderme de su voz:
Tu anhelada suite de la Place Vendôme.
¿Cómo podía haber sabido lo del Ritz, si mis viajes comenzaron una vez que dejamos de vernos? Tal vez Álvaro la había puesto al tanto de cómo marchaban mis cosas. Y lo referido a los testaferros del Grupo se lo pudo haber contado alguien de Buenos Aires. ¿Pero cómo pudo saber lo del papiro que me habían entregado en el ospedale? ¿Y la navegante? Cuando la mencioné, Irene sabía exactamente quién era esa mujer.
Y todo aquello de que ella había sido enviada… ¿Por qué no? ¿Por qué no podía ser cierto? Eso explicaría su mano atravesando el vidrio, y todo lo demás. A fin de cuentas, ¿cuántas veces me dije a mí mismo que Irene no era de este planeta?
Pero entonces, ¿quién fue? ¿Qué había sido?
Basta. Lo que yo debía hacer era dejar de dar vueltas en la cama y dormir. Había dormitado algunas horas antes de subir a ver a Irene, y también en el tren de Roma a Venecia. Pero desde la internación en el sanatorio —sedado y estupidizado por una tonelada de calmantes y remedios— que no dormía durante una noche entera.
Golpearon a la puerta. Me pregunté si de verdad estarían haciéndolo, o si tal vez yo solamente lo soñaba.
¿Y lo que Irene dijo acerca de Adina? Que no la abandonase, que ella sería la más luminosa de los suyos. No, eso sí que fue un desvarío absoluto. Pobre monjita. No puede cargar con su propia vida, y encima la nombran protectora del universo.
De nuevo golpeaban. Reconocí la voz de Adina, aunque no alcancé a comprender qué decía. Le pedí que me esperara un instante. Dejé la cama, acomodé el cuello de mi camisa y me emprolijé el pelo. Al salir del dormitorio, encontré a la novicia junto a la puerta, las mejillas hinchadas de tanto llorar.
—Acompáñeme, Rafael.
La seguí a través de los corredores del palazzo. Por fortuna era de día, había un atisbo de luz entre las celosías cerradas.
—¿Nunca abrís? —pregunté.
Ella nada respondió, y seguimos andando.
Bajamos —¿o subimos?— infinidad de escaleras, hasta que al fin nos detuvimos frente a una puerta trabada con un candado. Adina sacó de un bolsillo zurcido una cuerda de la que colgaban varias llaves. Mientras escogía una, me asaltó el recuerdo de aquellos candados carcomidos de óxido que protegían los sepulcros. Los conocía a todos: sabía a la perfección cuáles estaban falseados, y cuáles se abrían de un golpe.
Con los puños cerrados y mordiéndome los labios, me obligué una vez más a alejar esa imagen, a enterrar todos aquellos fantasmas que no se resignaban a morir.
Vamos, pibe; que no tengo toda la noche.
Así, precioso. Así, como vos sabés.
—¿Se encuentra bien, Rafael?
Parada frente a mí, Adina me miraba con ojos piadosos. Sentí la repentina necesidad de contarle mi historia, de abrazarla y llorar sobre sus hombros; recuperar aquella paz que me había transmitido al acariciarme el corte de la frente.
Ya habrás advertido que es especial. Ella lavará nuestra derrota, será la mejor de nosotros. La más luminosa de todos los míos.
La cabeza me estallaba. Se me partía en pedazos. La imposibilidad de dormir, los días de encierro en el palazzo y las palabras del último diálogo con Irene me estaban destrozando.
—Estoy bien —dije.
Ella dio media vuelta y volvió a concentrarse en el cordel de llaves. Las acariciaba con las yemas de los dedos, como solía hacerlo con las cuentas de su rosario. Al fin escogió una llave verdosa. Cuando destrabó el candado se me taponaron los oídos, como si en un respiro hubiésemos subido a la cima de una montaña. Adina abrió la puerta, y entramos a una biblioteca circular y atestada de libros antiquísimos. La luz que atravesaba una ventana cubierta con terciopelo alumbraba sus lomos de un pálido bordó.
Advertí que algo estaba mal: los anaqueles que sostenían los miles de libros eran rectos; pero, debido a algún inexplicable efecto visual, acompañaban la curvatura de la pared de la biblioteca. Como si un cuadrado pudiese ser insertado en un círculo sin que borde alguno quedara afuera.
Estudié las docenas de columnas horizontales de libros y no pude comprender cómo podía ser posible. Caminé algunos metros rozando un anaquel. Pese a que avanzaba en línea recta, giraba en círculos. Mareado, me froté las sienes. ¿Acaso todo, absolutamente todo en aquel palazzo escaparía a mi comprensión? Tal vez esa fuese la verdadera herencia de Irene: la confusión, la locura, mi imposibilidad de entender.
Un fuerte viento sacudió la ventana. Y un repentino vacío en el estómago, sumado a mis oídos aún tapados, me hizo pensar que la biblioteca se encontraba en lo más alto de un faro o de una torre medieval. ¿Por qué no? Era perfectamente posible. Todo era posible mientras permaneciera en el palazzo.
La ventana, pensé. Me bastaría con asomarme para saber dónde estábamos. Caminaba hacia ella, cuando la novicia me llamó desde el otro lado de la biblioteca. Seguí andando sin prestarle atención, y alcé el brazo para descorrer la cortina. Adina gritó:
—¡Deje eso, Rafael! ¡Deje eso ya mismo!
Me quedé un instante inmóvil, mis dedos palpando el terciopelo. Era evidente que no se trataba de una advertencia sino una orden.
—¡Deje eso y venga conmigo! —insistió con firmeza.
La miré por un instante. Por alguna incomprensible razón, la sola idea de que yo pudiera asomarme al exterior la horrorizaba.
—¿Por qué, Adina? ¿No puedo ver hacia afuera?
—No. No puede.
—¿Por qué?
Sus gestos se suavizaron, me miró con una sombra de tristeza. Y dijo, como disculpándose:
—Porque usted aún no está preparado, Rafael.
Estaba por preguntarle qué quería decirme, cuando ella insistió con un tono apacible:
—Se lo ruego. Vuelva conmigo.
No sé qué me llevó a obedecerla. Maldije mi repentina falta de decisión, Rafael Leone acatando órdenes de una aspirante a monja.
¿Qué me había querido decir con eso de que no estaba preparado? De nada valdría preguntárselo: no me respondería. Súbitamente ensimismada, Adina revisaba los anaqueles como si estuviese a mil años de mí. De pronto acarició el lomo de un libro. Me acerqué y vi que se trataba de una antigua edición en italiano de un clásico de Boccaccio. No hacía falta ser director de Leopardi para saber que aquel ejemplar era un tesoro.
—La signora Irene me contó que usted es un buen lector —dijo con voz lejana, apenas saliendo de su introspección—. Por lo tanto, imagino que habrá leído Amorosa visione, ¿no es así?
—Cuando lo leí tendría más o menos tu edad. Ediciones Leopardi publicó una versión maravillosa, traducida y anotada por Irene.
Adina asintió complacida.
—Entonces sabrá que la puerta angosta representa la Virtud.
Apenas lo dijo, presionó con firmeza el libro hacia adentro, como sucede en las novelas góticas cuando alguien pulsa un resorte secreto. No terminé de imaginarlo, que el suelo vibró, y un estrecho panel de la biblioteca se deslizó a un costado entre un subterráneo chirrido de piedras y maderos.
Un pasadizo oculto, pensé retrocediendo un paso.
—Así es —dijo Adina.
La seguí por un oscuro túnel de mosaicos que daba a una pequeña puerta. Ella la abrió con otra de sus llaves. Cuando una brisa me acarició la cara, Adina se hizo solemnemente a un lado y volvió a adelantarse el velo hasta bien entrada la frente.
—Pase usted primero, Rafael.
Salí a un diminuto jardín. Apretado entre altos muros cubiertos de enredaderas, me remitió a una descolorida acuarela de un viejo libro de fábulas. En el centro, frente a un banco de madera, murmuraba una fuente de mármol grisáceo. El agua caía desde lo alto hasta llenar un estanque salpicado de hojas secas.
Adina acarició el respaldo del banco.
—Aquí sentada —dijo conteniendo las lágrimas—, la signora Irene pasaba las tardes, antes de enfermar. Ella lo llamaba su refugio. Y deseaba que fuera su última morada.
VI
Y allí, bajo el césped que brotaba entre el banco y la fuente, al despuntar el alba enterramos a Irene.
VII
Pasé largas horas sentado en el banco de madera, sin más compañía que el murmullo del agua derramándose al estanque. A diferencia de lo que sucedía con el resto del palazzo, el jardín renacía. Incluso diminutas flores blancas habían brotado de la enredadera, y se volcaban sobre el césped y la fuente entre un aroma a rosas.
Al bajar el sol, me ceñí el pulóver. Extrañamente, aquel frío no me regresó a mis pesadillas sino a una lejana noche de invierno: la primera vez que fui a cenar a casa de Álvaro. Su voz pausada volvió a sonar en mis oídos:
—Te espero a las ocho, hijo. De más está decir que también invito a tu enamorada.
—Gracias, don Álvaro. Lucía se va a poner contentísima.
—El placer será mío. No todos los días se cena con una belleza surgida de la pluma de Manzoni.
—¿Se refiere a mí? —le pregunté entre risas, sabiendo que él solía comparar a Lucía con la protagonista de Los novios.
—No, hijo. Vos provenís de Esquilo más que de Manzoni. Terminarás por darle forma a un héroe trágico.
Sí, eso mismo me dijo: un héroe trágico.
En aquel tiempo me limité a seguir riendo como un imberbe. ¿Acaso también Álvaro vislumbraba mi futuro?
Como fuese, habían sido días maravillosos. La publicación de la entrevista a Marcovich me había permitido iniciar una vida nueva, mi noviazgo se afianzaba, y la relación con Álvaro crecía tanto en lo laboral como en lo personal. Ya no solo compartíamos almuerzos de trabajo —algunos en compañía de autores que jamás soñé tener a mi lado—, sino que ahora también me abría las puertas de su casa.
Álvaro vivía en una casa preciosa a pocas cuadras de la editorial, por lo tanto Lucía pasó a buscarme al terminar su día en el diario. Puedo verla, esperándome en la puerta de Leopardi con un chocolate en la mano. Me llenó de ternura: la nariz y las mejillas coloradas por el frío le asomaban debajo de una bufanda escocesa.
—Hoy estuve entre contenta y nerviosa todo el día —me dijo mientras caminábamos hacia la casa de Álvaro.
—¿Nerviosa? ¿Por qué?
—Nunca me imaginé estar invitada a cenar en casa del señor Azcurra.
Me reí, la apreté contra mí y le di un beso.
—Relajate, no pasa nada. Y no lo llames “señor Azcurra”. Con que le digas “don Álvaro” alcanza. Y más vale que te vayas acostumbrando.
Ella me miró sin entender.
—Eso, Lucía. Andá acostumbrándote. Porque esto no es nada. Esto es solo el principio.
Por esos tiempos yo repetía aquella frase decenas de veces: “Esto no es nada… esto es solo el principio”. A Lucía no le gustaba, y me lo hacía notar, pero no le prestaba atención; seguía repitiéndola cada vez que podía.
Una vez que llegamos a la calle Melián, con sus caserones de ladrillos y anchas veredas arboladas, recuerdo haberle dicho a Lucía que muy pronto viviríamos juntos en un lugar así.
—¿Así, cómo?
—Así —dije señalando el frente de la casona de Álvaro—. No quiero pasarme la vida en un departamento alquilado. Me da vergüenza vivir en esa cueva de mierda.
Ella prefirió no responderme. Se limitó a golpear a la puerta y hundir la cara en la bufanda.
Un ama de llaves no tardó en hacernos pasar, y al minuto apareció Álvaro. Me recibió con un abrazo afectuoso y saludó a Lucia —así la llamaba, en italiano— con una reverencia y un beso en la mano derecha. Al verla tiritar, le ofreció una copa.
—No se moleste, señor Azcurra.
—Es que no le gusta el alcohol —dije guiñándole un ojo a Álvaro.
Mientras acomodaba nuestros abrigos junto al hogar, el ama de llaves dijo que podía pedirle a la cocinera una sopa bien caliente. Se me hacía agua la boca de solo imaginar la exquisitez que Álvaro seguramente descorcharía en minutos. Pero preferí seguir el juego:
—No. Sopa, no. ¡Mejor una chocolatada!
Álvaro resopló, simuló golpearse la frente con el mango de su bastón.
—Sopa, chocolatada. Esto en mis tiempos no sucedía. —Y le indicó al ama de llaves—: No se preocupe, Carmen. Yo me encargaré en persona de la educación de estos niños. Tenga lista la cena en una hora, que nosotros estaremos en la sala de lecturas. Acompáñenme, pequeños.
Seguimos a Álvaro escaleras abajo. Para mi sorpresa, la “sala de lecturas” resultó ser un laberinto de cavas repleto de botellas y toneles, un lugar varias veces más amplio que mi cueva alquilada.
Mientras él decidía qué botella sacar de su bodega, con el mismo regocijo de cuando elegía algún tomo de la biblioteca, nosotros nos sentamos junto a una mesa de roble.
—Prueben esta exquisitez, niños —dijo Álvaro sirviendo en tres copitas el contenido de una polvorienta botella de cerámica—. Y no acepto nones, cara Lucia. Si un licor de más de medio siglo de añejamiento no la libera del frío, nada lo hará. Con esos mofletes helados me hace acordar a los pobladores de Vadso.
—¿Vadso? —preguntó Lucía, que no se animaba a llevarse a la boca la copita de cristal—. ¿Qué es eso?
—Un poblado del norte de Noruega, piccina —respondió Álvaro como quien nombra un barrio cercano.
Probé esa ardiente delicia. Casi medio siglo más tarde, sentado en el jardín del palazzo, me ajusté aún más el pulóver y cerré los ojos: si me esforzaba, todavía podía sentirla en la boca.
—¡Esto está riquísimo, Álvaro! —dije, y él sonrió—. ¿También en Noruega estuviste? ¿Cuándo?
—Cuando fui joven, ¿cuándo más? El proyecto de Ediciones Leopardi ya estaba articulado en mi cabeza. Pero antes debía terminar de recorrer el mundo. No se tienen veinte años dos veces en la vida. Y solo se viaja de joven, niños. Después se hace turismo, que es el deporte de los viejos con dinero. Y para tours guiados y camas acolchadas en buenos hoteles, sabía que tendría el resto de mi vida. Pero les estaba hablando de Vadso…
Y así fue cómo, entre las gruesas paredes de la “sala de lecturas”, Álvaro nos habló de cuando llegó a aquel pueblo perdido, más allá del confín de Europa. Nos contó que sus lugareños vivían recluidos en cabañas junto al fuego, y que solo abandonaban su aislamiento unas pocas semanas al año cuando…
—… cedían los vendavales y un haz de luz asomaba del horizonte —Álvaro, que rejuvenecía a cada palabra, acomodó su bastón sobre una vieja cava de hierro fundido—. Se los puedo asegurar, el fenómeno que presencié fue maravilloso: ante la falta de viento, el frío del ártico creaba una malla de infinitas partículas de nieve y de hielo que se aferraban a la atmósfera. Y el único modo de caminar era penetrar esa suspendida capa de aire congelado.
—Un túnel de hielo —dijo Lucía, inmersa en el mundo de Álvaro.
—Exacto, hija. Me bastaba andar unos pocos pasos y darme vuelta, para descubrir detrás un estrecho túnel trazado en el aire con mi propia silueta marcada en una telaraña de hielo.
Me esforcé por no desprenderme del sabor de aquel licor, de la bufanda que abrigaba a Lucía, de los leños ardiendo entre el fuego del hogar. Pero los recuerdos me abandonaban, se desvanecían en el aire a cada segundo.
Álvaro. El dueño de la editorial más valiosa de Latinoamérica. Cualquier escritor hubiera ofrecido lo que sea por compartir diez minutos a su lado, y él era feliz hablando de sus cosas con una secretaria de Sarandí y un chico que a duras penas había terminado la secundaria.
Abrí los ojos. Las sombras de los muros del palazzo ya habían cubierto el jardín. Otra fuga, pensé. Otra más.
¿Por cuánto tiempo me había abstraído del mundo? Y tuve un presentimiento. Una sospecha, mejor dicho: todo, absolutamente todo lo que me había ocurrido desde la llegada de la carta de Irene a mi departamento no era más que una extensa fuga, una interminable pérdida de conciencia de la que no lograba despertar; de la que ya jamás despertaría.
Sentí sed. Y frío. Ya no el frío de aquella noche, sino el frío de siempre. El de las tumbas heladas carcomiéndome los huesos. Me levanté del banco con lentitud; me dolía el cuerpo después de haber estado tanto tiempo inmóvil. Caminé hasta la fuente pensando en lo lejos que había quedado el Rafael de mis recuerdos.
La luna alumbraba el agua que caía al estanque, de manera que podía verme como ante un espejo borroso. Esos ojos cargados de vergüenza eran el túnel helado que me perseguía hacia donde huyese.
Reprimí el deseo de irme y me adelanté un paso. Quería castigarme, condenarme a contemplar mi reflejo bien de cerca. Tanto que, por momentos, el agua me salpicaba la frente y las mejillas. Preguntándome qué camino seguir, busqué en la corriente la huella de quien fui. No del verdugo que me atormentaba en sueños, ni del espectro que Adina había pintado, sino del chico a quien Álvaro le abrió las puertas de su casa. El huérfano al que Irene había esperado hasta el último día.
Rocé con los dedos mi imagen de agua. Recorrí los surcos de la frente, la curvatura de los labios, las bolsas de los ojos. Hubiese querido tener el valor de ir más allá y adentrarme en mí mismo y traspasar el espejo, así como Irene traspasó el ventanal. Pero no lo hice. No soporté el azote de mi reflejo. Mi propia mirada me aterraba todavía más que los ojos huecos de las máscaras.
Di media vuelta, me alejé de la fuente y abandoné el jardín. Escapé, como siempre. Como en pocas horas lo haría de Venecia.
VIII
Abandoné el jardín por el pasillo que daba a la biblioteca circular. Aceleré el paso: la ausencia de Adina me permitiría descorrer el terciopelo que cubría aquella ventana.
Sin embargo, al salir del pasillo no me encontraba en la biblioteca sino en el salón de estatuas. Era imposible; no había manera de aparecer en un abrir y cerrar de ojos en el salón de la planta baja: el jardín y el salón estaban separados por infinidad de escaleras y pasillos, y yo no había recorrido más que unos pocos metros.
¡Otra trampa!, me dije con las manos en la cabeza, entre furioso y desconcertado. El palazzo no dejaba de jugar conmigo, de llevarme y traerme de un lado a otro.
Debía irme de esa prisión cuanto antes. Me lancé hacia el portal, hice a un lado cada una de sus pesadas trabas de hierro. Pero, cuando intenté abrirlo, sus dos hojas de madera permanecieron inmóviles. De nada valió sacudir con todas mis fuerzas el picaporte oxidado. Y de nada me sirvió intentar destrabar las celosías de la única ventana del salón. Lo único que lograba era exasperarme, mancharme las manos de herrumbre y grasa. No había forma de salir de allí.
Volví junto al portal. Podría abrir su ventanuco para pedir ayuda, alguien seguramente oiría mis gritos. Desligué su cerrojo, pero tampoco se abría. Le descargué un fuerte puñetazo. Y después otro. Aquel arrebato de furia me violentó aún más, y sacudí y pateé el portal. Me paralizó una punzada de dolor. Retrocedí un paso. Tenía clavada entre los nudillos una gruesa astilla. Grité mi odio, convencido de que alguien lo manejaba todo entre las sombras.
Un surco de sangre se me derramaba lento por la muñeca y el antebrazo. Sabía que la poca sensibilidad de los dedos de la otra mano me impedirían sacarme aquella pequeña estaca. Entonces, acerqué los labios a la mano herida, respiré profundo… y casi sin pensarlo me la arranqué con los dientes. La escupí y caí al borde del desvanecimiento, el estómago revuelto de dolor.
Tirado en el suelo, con la espalda contra el portal, miré en dirección a las dos hileras de estatuas. Encaramadas en sus pedestales festejaban mi impotencia, igual que las máscaras de Irene. Al oír sus carcajadas multiplicándose a través del salón, me cubrí los oídos. Y al hacerlo supe que estaba enloqueciendo. Sin embargo, era verdad: ellas se reían. Puedo jurarlo. Las estatuas se reían de mí a carcajadas.
Vendé la herida con mi pañuelo y me levanté sosteniéndome del picaporte. Debía encontrar a Adina, ella abriría el portal con su cordel de llaves. Después agarraría mi bolso y me escaparía a Roma o a Milán para abordar algún vuelo a Buenos Aires.
Pero no sabía dónde buscarla. Tras ayudarme a enterrar a Irene me había dejado a solas en el jardín, y ya no volví a verla. ¿Estaría en el palazzo o se habría ido? Y, en ese caso, ¿cómo haría yo para salir?
Debía apurarme: por las celosías entraba una luz cada vez más débil. Muy pronto, Venecia entera caería bajo los poderes de la noche. Y yo no podría avanzar un solo paso, no tendría más opción que acurrucarme en el suelo como un animal y esperar por más de diez horas la llegada del amanecer.
Recorrí el salón con la cabeza gacha, cubriéndome los oídos para evitar ver y oír a las estatuas. Me detuve frente a la escalinata. El vitral ya no refulgía de matices, apenas eran visibles sus primeros siete u ocho escalones. Más allá, todo era tiniebla.
Dudé. No sabía si la novicia estaría en los pisos superiores, y tampoco me creía capaz de subir sin su ayuda.
—¡Adina, dónde estás!
El eco de mi voz se bloqueó como ante un muro. Así como días atrás había tenido la certeza de que la escalinata se tendía a mis pies, ahora supe que no debía subir. Sentí una puntada en la herida de los nudillos. Me ajusté el pañuelo, y di media vuelta.
Vi un candelabro de oro tirado junto a la base del vitral. Lo libré de las telarañas y encendí dos de sus cuatro velas con los fósforos que Adina me había dado. Aquella luz me protegería, al menos de la oscuridad.
Advertí un movimiento, a mi derecha. ¿Adina? No. Una puerta, fundida en las sombras que las estatuas volcaban sobre las paredes, se abría muy despacio. Pero nadie apareció.
Me acerqué con cautela. El candelabro alumbró los primeros metros de un corredor de paredes y techos recubiertos en bronce.
Más tarde —¿cuánto más tarde? ¿un par de minutos, una hora?—, las piernas me dolían de tanto andar. Pero más que agotado estaba confundido. El corredor de bronce me había llevado a dormitorios interminables, que permanecían relucientes como si nadie jamás los hubiese ocupado, mientras tesoros que cualquier museo envidiaría juntaban polvo en altillos y rincones oscuros. Por momentos, las escaleras que bajaban conducían a torres de ventanas tapiadas, y otras veces las escaleras que subían desembocaban en subsuelos pestilentes. Cuando me sentía perdido, volvía a aparecer en el salón de estatuas de la planta baja; y cuando creía empezar a orientarme, el palazzo me confundía tendiéndome un nuevo pasadizo hacia la nada.
En una oscura galería descorrí el tapiz que colgaba del cielorraso y di otra vez con el cuarto de los espejos. Entré y llamé a Adina en voz baja, pero allí tampoco estaba. Ese lugar de reflejos distorsionados me aterraba. Estaba por irme, cuando algo en los muros espejados llamó mi atención. Con pasos lentos me acerqué a ellos. ¡Los espejos no me devolvían más que una mancha opaca! Alcé el candelabro, y nada. La negrura era casi absoluta. Entonces Rafael Leone ya no existía. Rafael Leone… ¿había muerto?
Percibí un brillo proveniente de entre las suelas de mis zapatos. Les acerqué el candelabro y descubrí que estaba parado sobre un gran espejo. Me arrodillé, y con la cara a centímetros del piso agucé la mirada para poder ver la imagen que provenía de allí abajo. Era un hombre caminando —arrastrándose, mejor dicho— a través un angosto y oscuro túnel apenas alumbrado por la llama de lo que supuse un candil. El hombrecito, viejo y derrotado, ya no podía seguir andando. Trastabillaba, caía, y solo se levantaba para volver a caer. No me hizo falta ver su cara para saber quién era ese pobre infeliz. Incluso alcancé a verle un pañuelo ensangrentado vendándole la mano.
Deseé llegar a él, rescatarlo, decirle que no estaba solo. Golpeé el piso espejado, pero el anciano no podía oírme. Me pregunté de qué manera salvarlo; salvarme de aquel infierno. Y las paredes de barro del túnel se deshacían, se desmoronaban a su paso. El hombrecito no dejaba de arrastrarse, pero era inútil: no tardaría en morir sepultado.
Ya no quise ver más. Me levanté y me alejé del cuarto de espejos lo más rápido que pude.
—¡Adina! —grité, y el eco de mi voz no hizo más que convencerme de que el palazzo no tenía fin. Cada puerta siempre conducía a otra más, cada pasillo inevitablemente se prolongaba en otro, y así hasta el infinito. No solo me inquietaba la posibilidad de no encontrar a la novicia; me aterraba la sospecha de que jamás saldría vivo de aquel calabozo.
¿Esa era la morada que Irene había preparado para mí?
De cualquier modo seguí andando con el candelabro en alto. Llegué a un depósito repleto de tablas y herramientas de carpintería. A un costado yacía una barcaza destrozada. Y, más allá, unos maderos sostenían una góndola con su casco partido.
Me senté a descansar sobre un banco que juntaba polvo entre redes de pesca y remos quebrados. Las manos me dolían tanto que ya ni podía sostener el candelabro. Lo apoyé en el suelo y permanecí largo rato junto a su lumbre. El hombrecito del túnel volvía a mí una y otra vez. Ya debía estar muerto, sepultado en el barro. Debí haber hecho algo, me dije. Algo más que simplemente escapar. Debí gritar, golpear el espejo, patearlo hasta quebrarlo si era necesario.
Un sonido gutural proveniente de los muros y el techo me trajo de regreso: los cimientos del palazzo vibraban en lo profundo, luchaban por resistir la presión de la marea.
Desenvolví el pañuelo de mi mano. La herida ya casi no sangraba, pero el corte era profundo; necesitaba algún analgésico y también alcohol. Una mano lastimada y otra casi paralítica, pensé mientras volvía a cubrirme los nudillos con el pañuelo ensangrentado. Me había convertido en menos que un inútil.
A un par de metros las redes ocultaban una angosta abertura en el suelo, tal vez la entrada a un sótano. Me incliné arrimando el candelabro. Sus velas echaron luz sobre una escalerita que se perdía en las profundidades. Asomado a la oscuridad de los primeros escalones llamé a Adina, pero nadie respondió.
No. No debía bajar por ese pozo. Era una locura. ¿Qué buscaba? ¿Repetir la historia del infeliz del túnel?
Estaba por irme, cuando recordé mi diálogo con Adina frente al libro de Boccaccio:
¿Leyó Amorosa visione, Rafael?
Sí. Ediciones Leopardi publicó una hermosa edición traducida por Irene.
Entonces sabrá que la puerta angosta representa la Virtud.
Tomé coraje y bajé con cuidado: los escalones de madera podrida crujían. Y cuando volvía a mí la imagen del hombrecito arrastrándose en el túnel, me repetía esas últimas palabras de Adina.
Me animó darme cuenta de que apenas pasaba a través de aquella pequeña abertura. La puerta angosta quedaba atrás.
Entre un vaho denso y pegajoso, las velas de mi candelabro alumbraron una cocina que nada tenía del aura señorial de los pisos superiores. Era inútil tantear las paredes junto a los marcos de las puertas: no había interruptores eléctricos. Solo cuchillos de caza, leños y percudidas cazuelas de barro apiladas alrededor de un horno sombreado de hollín. El siglo xx no había bajado hasta ese subsuelo. Y el xix, probablemente tampoco.
Creí distinguir una arcada de piedra, al otro lado del horno. Me acerqué. Llevaba a un pasadizo que daba a un lavadero, y después a una sala de calderas. De ahí en más el pasadizo se angostaba hasta volverse un túnel de paredes de barro.
El cuarto de espejos me lo había anticipado. Entraría en ese túnel digno de una pesadilla de Piranesi, seguiría andando, y cada vez más cansado trastabillaría, caería y volvería a levantarme solo para seguir cayendo. Hasta que, derrotado y viejo, ya no podría ni siquiera arrastrarme. Y las paredes, lentamente, comenzarían a deshacerse a mi paso.
Parado en el umbral del túnel, no lograba ver: las dos velas ya casi no alumbraban, su última cera se derramaba ardiente sobre la venda de mi mano. Las piernas me temblaban de tanto andar, y la herida en los nudillos no dejaba de dolerme. Todas señales de que no debía entrar a esa ruina. Tenía que dar media vuelta, retroceder. Y entonces, sin pensarlo saqué del bolsillo la caja de fósforos, le encendí dos nuevas velas al candelabro y me adentré en el túnel.
Tal vez no todo se limitaba a encontrar a Adina, salir del palazzo y escapar de Venecia. Tal vez lo que buscaba era castigarme, así como lo había hecho frente a la fuente del jardín obligándome a contemplar mi cara bien de cerca. Aunque sospeché que no quería tan solo “castigarme”. Penetraba aquella catacumba para librarme del túnel de hielo de culpas y miserias que ya no podía cargar. Necesitaba, merecía que los muros se deshicieran a mi paso, que me sepultaran para siempre.
Advertí una nube negra por encima de mí. Apunté el candelabro hacia el techo y de inmediato retrocedí asqueado. Gusanos. Chorreaban de a borbotones de un caño, entre un líquido oscuro como su propia herrumbre. La masa viscosa se expandía y se derramaba desde los muros.
Trastabillé y el candelabro cayó de mi mano. Lo levanté de inmediato, pero fue inútil: la humedad del suelo había apagado sus velas, y la noche se hizo absoluta.
Tropecé al querer volverme; y al tratar de mantenerme en pie, las manos se me hundieron en aquella baba de carne, los gusanos hirviéndome entre los dedos. No tardarían en deslizarse por mi brazo, en infectarme. Entre arcadas, me froté con desesperación la cara, el cuello y el pecho.
—¡Adina! ¡Adina!
Pero era inútil: de mi garganta no salía más que un soplido ronco.
Intenté espantar el terror diciéndome que alguien, desde algún lado, debía estar viéndome. Alguien debía querer salvarme. Así como yo, en el cuarto de espejos, quise rescatar a aquel infeliz a punto de morir en el barro.
Noté un leve esplendor al final del túnel. Y por primera vez no dudé, por una sola vez confié en que aquello no era otro engaño del palazzo. No, no lo era: al otro lado del túnel despuntaba una lumbre.
Caminé los últimos metros rogando que aquello me llevara a alguna parte. Al asomarme vi una pequeña celda sin ventanas, apenas amueblada con un catre y un armario. A un costado, una puerta desvencijada se abrió.
Adina.
No sé por qué razón me mantuve cauto, sin entrar. Por qué no la llamé o no hice al menos algún ruido para que ella notara mi presencia. Tal vez temí asustarla, tal vez no la llamé porque me aterró la idea de que Adina no me oyera. De que no me viese. De que, si trataba de acariciarla, mi piel traspasase la suya. No la llamé porque temí estar muerto. Muerto de un infarto en Buenos Aires, o sepultado en Venecia bajo el barro y los gusanos.
Me limité a mantenerme oculto y en silencio, resguardado por la oscuridad del pasillo, espiándola como un fantasma.
Adina descolgaba unas pocas prendas del armario y las guardaba en un viejo bolso. Un candil colgado de un clavo en la pared echaba algo de brillo sobre sus ojos enrojecidos. Había estado llorando. Tras guardar la última prenda, se derrumbó en el camastro. Y se quedó largo rato con la mirada detenida en la nada.
Acá está tu niña eterna, pensé, como si Irene estuviese a mi lado. La que completaría lo inconcluso, la que guiaría y protegería a millones. Acá la tenés: sola, abandonada en un sótano apestado, incapaz de cargar con su propia vida.
La novicia se quitó dos hebillas que le unían el velo a la sien. Y entonces, despacio, como en una última ceremonia, llevó las manos a la frente, se libró del velo y dejó la cabeza al descubierto. Me impactó su pelo enrulado: brillaba rojo furioso, a pesar de la tenue llama del candil.
Dudó un instante, como si no entendiera lo que acababa de hacer. Supuse que volvería a cubrirse. Pero no lo hizo. Es más: hundió y agitó sus dedos en los rulos apelmazados. Aquel movimiento pareció envalentonarla. Se descalzó, se levantó del camastro y comenzó a desabotonarse la camisa gris.
Supe que debía irme.
Solo tenía que caminar derecho por el túnel, atravesar la sala de calderas y el lavadero hasta llegar a la cocina, desde donde podría subir de regreso a la superficie. Pero me quedé inmóvil, aferrado a mi candelabro de oro de velas apagadas, sin separar la vista de Adina. Aquella chica desnudándose me atraía y perturbaba. Había en esa escena de despojo algo de cruda verdad, en nada parecido a la maqueta de cartón pintado a la que se había reducido mi vida.
Tras quitarse la camisa y acomodarla en el interior del bolso, Adina llevó las manos a la cintura, se abrió la pollera y la deslizó hasta dejarla caer a sus pies. Las costillas se le traslucían bajo la piel que, de tan pálida, era indistinguible de la ropa interior blanca.
Deseé que no terminara de desvestirse, deseé con todas mis fuerzas que no lo hiciera. Yo no debía, no merecía contemplar su cuerpo. Yo no era digno.
Ajena a mis pensamientos, se desprendió la ropa interior. Y así, con tan solo el rosario pendiéndole entre los pechos, quedó desnuda en su soledad.
Llevó las manos a la cara y se cubrió los ojos llorosos. Las lágrimas caían por el cordel del rosario hasta humedecerle la pequeña cruz de madera. Allí, frente a mí, en lo más profundo del palazzo, volvió a cobrar vida el fresco que Giotto había pintado setecientos años atrás. Él hubiese adorado pintar a esta virgen doblada de pena. Él la hubiera inmortalizado en la más bella y triste de sus obras.
También mis ojos se llenaron de lágrimas. Desde hacía años, me atormentaba la pesadilla de mi cuerpo joven regresando del pasado para humillar a este hombre enfermo. Nada similar me sucedía ante Adina. Su juventud no me abatía. Al contrario: lograba sosegarme, brindarme por un respiro algo de paz. Y también me despertaba el deseo de resguardarla, de sostenerla. De cumplir aquel pedido que Irene me había hecho de proteger a su pequeña.
En cambio, las facciones armoniosas de Adina se desdibujaban en una mueca de insospechado rencor. Secó sus mejillas y dejó caer la mano por el cuello hasta sujetar el rosario. Estrujó la cruz y las cuentas, tironeó del cordel una, dos, varias veces; cada vez con más fuerza.
Las palabras de Irene volvieron a mí, aquello de que su enfermedad había abierto grietas en la fe de la novicia. Y que su muerte terminaría por derrumbarla:
Lo mismo le sucederá algún día a esta ciudad. Pero Venecia tiene quince siglos de vida, y no hay gloria que no haya conocido; mi pequeña, en cambio, no ha terminado de nacer.
Miré a un costado. La voz de Irene sonaba diáfana, como si me murmurara al oído.
Adina volvió a tironear del rosario con su mano vuelta un puño. Hasta que contuvo la respiración y de un movimiento seco se lo arrancó y lo lanzó contra una pared. Las cuentas no habían terminado de desparramarse, que Adina ya se había encerrado en el baño.
Al oír el sonido similar al de una ducha abriéndose, me atreví a entrar en la pieza. La moribunda llama del candil delataba unas pocas prendas asomándose del bolso, y una planta seca hacía equilibrio sobre varias pilas de libros.
Jamás había estado allí, pero esas cuatro paredes no me eran extrañas. Reconocí de inmediato esa miseria. En otra ciudad y en un tiempo distinto, yo había cargado ese bolso, esa planta y esos mismos libros de un lado a otro. No me hacía falta revisarlos para saber que un viejo ejemplar de La romana debía ocultarse entre ellos.
Me asaltó una idea estúpida: si tuviera el valor de entrar en el baño no encontraría a Adina entre el vapor del agua caliente, sino a un espejo. Un inmenso y reluciente espejo revelando entero al chico que fui.
Detrás de la planta asomaba un lienzo junto a una paleta manchada de colores oscuros. Dejé el candelabro en el suelo y acerqué el lienzo al candil. Era la pintura de un anciano encorvado frente a un escritorio. Escribía con una pluma, en lo alto de una torre que daba a un horizonte de cúpulas y canales venecianos. Como todo en aquella celda, la pintura no me resultaba ajena: de algún inquietante modo me era familiar.
Intentaba descubrir quién era ese hombre, cuando oí la ducha cerrarse. Sin perder un segundo, dejé el lienzo en su sitio y hurgué de rodillas en cada esquina. Palpé bajo el camastro, el armario y junto a los zócalos. Finalmente, logré reunir cada parte del rosario. La cruz, el cordel deshilachado y las pequeñas perlas de madera; aún conservaban la humedad del llanto de Adina. Sin embargo, cuando acerqué mi mano abierta a la última luz del candil, descubrí que eran las propias perlas las que lloraban. No estaba enloqueciendo, tampoco veía visiones. Las perlas de madera lloraban. Un llanto silencioso en la palma de mi mano.
Las guardé en un bolsillo junto a la cruz y el cordel, levanté el candelabro y salí de la pieza justo antes de que Adina volviese.
A oscuras, recorrí el túnel hasta llegar a la cocina. Allí, después de intentarlo varias veces, logré encenderle una vela al candelabro, y subí la escalerilla, que me condujo al depósito de góndolas. Poco después, aparecí en el salón de la planta baja.
Extrañamente, como si el tiempo no hubiese transcurrido desde que salí en busca de Adina, aún se filtraba algo de luz a través de las ventanas cerradas.
Esta vez me tranquilizó estar allí, hasta podría decir que me reanimó ver las estatuas y los bustos. Con los brazos embarrados y las piernas acalambradas, a poco estuve de echarme a descansar con la espalda apoyada contra alguno de los pedestales.
Aproveché la escasa luz para revisarme. Tenía medio cuerpo cubierto de ese barro, pero ninguna huella de los gusanos. ¿Me los había quitado de encima, o también esa inmundicia que se derramaba de los muros no había sido más que una ilusión?
Una corriente de aire apagó la vela del candelabro. ¿De dónde había provenido esa ráfaga? Miré en dirección al portal. ¿Veía bien? Me acerqué con cautela, como temiendo que aquello fuese una fantasía de mi mente. ¡Una de sus hojas estaba entreabierta! Apoyé la mano en el picaporte, y la abrí del todo. Allí estaban los escalones cubiertos de algas, humedecidos por el agua del canal. Los mismos escalones en que me había dejado la navegante. Respiré profundo y salí a Venecia.
Caía la noche entre canales desbordados y desiertos. Luces apagadas y casas abandonadas entre un grave murmullo de agua que lo cubría todo.
Di media vuelta y miré la fachada del palazzo: una pequeña fortaleza, un diminuto monasterio de dos pisos y unos diez metros de frente. Entonces, ¿dónde cabían todos aquellos salones, docenas de dormitorios y pasadizos, puertas secretas y subsuelos?
Volví la vista hacia el portal abierto. Bastaba asomarse al interior del palazzo para que la perspectiva se multiplicase. Allí estaba el inmenso salón repleto de esculturas y, al fondo, entre las dos cariátides, la escalinata circular con el vitral de fondo.
Dejé el candelabro junto a la base del portal para evitar que una ráfaga cerrara sus hojas, y me senté sobre los escalones que morían en el canal. Miré a un costado, hacia donde se había marchado la navegante con su bote, entonando aquella melodía triste. Intenté calcular cuánto tiempo había transcurrido desde esa tarde. No debían ser más que un par de días, pero no podía asegurarlo: ahora parecían ser Venecia o el palazzo mismo quienes decidían el nacimiento y el fin de cada hora.
El portal crujió a mi espalda. Era Adina. El pelo enrulado —incluso más rojo de lo que me había parecido en lo hondo de su celda— le caía desafiante sobre la frente y los hombros. Vestía de blanco y tenía una caja entre las manos.
—No se asuste, Rafael —me dijo con timidez, como avergonzada de mostrarse sin su atuendo de novicia—. Sigo siendo yo.
Palpé los escalones, invitándola a que me hiciera compañía. Ella se sentó a mi lado y acomodó la caja sobre su falda. Era rectangular, de cartón color crema, envuelta en un lazo de satén. Una enagua le asomaba a Adina por debajo del vestido. Supuse que así vestirían las chicas de su edad un par de siglos atrás.
—Está todo sucio.
Lo dijo con naturalidad, como si mis brazos embarrados y mi mano vendada y manchada de sangre no le llamasen la atención.
La miré fijo a los ojos. Los llamativos bucles no lograban opacar su desamparo, su cara hinchada de tanto llorar. No debía haber pasado más de un día desde que enterramos a Irene, pero ni la novicia ni yo éramos los mismos. Nos habíamos vuelto dos náufragos que, tras sobrevivir al hundimiento del barco y nadar durante horas en la tormenta, al fin se reencontraban en un islote perdido.
—Te busqué por horas, Adina. Te busqué hasta en el último rincón del palazzo.
—Lo sé.
¿Qué quiso decirme con “lo sé”? No me animé a preguntárselo. Es más, avergonzado por haberla espiado, no tardé en desviar la vista. Me tranquilizó saber que aún conservaba la culpa. La creía olvidada, enterrada junto a mi memoria.
—¿Cuál es el significado de todo esto, Adina?
Aferrada a la caja, no parecía tener nada que decir. Tan solo se inclinó hacia el canal y hundió los dedos en la corriente.
—Quiero… —insistí señalando el palazzo detrás de nosotros—. Necesito que me expliques de qué se trata este lugar. El cuarto de espejos, la biblioteca circular, las puertas secretas, las escaleras que bajan a torres y suben a sótanos. Y cómo es posible que todo eso esté contenido acá adentro.
La novicia —¿podía seguir llamándola así?— agachó la cabeza y llevó las manos a las sienes para adelantarse el velo. Esta vez fue inútil: los dedos se le hundieron en los rulos colorados. Entregándome la caja que sostenía en su regazo, dijo:
—Yo no sé qué contiene. La signora me pidió que se la entregara a usted. Decía que era una bendición que en algo así de pequeño pudiera caber la salvación de una vida.
Estaba por quitarle el lazo a la caja, cuando Adina me detuvo.
—Aguarde. Va a mancharla. ¿Qué le pasó en esa mano vendada?
—Me lastimé intentando abrir el portal.
Se quedó un instante pensativa, y después murmuró con decepción:
—Quiso irse.
Era evidente que mi deseo de partir la entristecía. Hubiese querido justificarme, pero no supe cómo. Ella se volvió hacia mí con sus manos entreabiertas. No comprendí qué quería.
—Vieni —dijo apartando la caja y animándome a que introdujera mi mano vendada entre las suyas.
Apenas lo hice me recorrió un escalofrío y los párpados se me cerraron. De un modo similar a cuando se abandona la vigilia para caer en el sueño, percibí a una parte de mí —acaso la mente, o el alma— escindírseme del cuerpo. Y lo que aquello fuese se elevaba libre de culpas y reproches, al fin liviano, en calma. A partir de esa nueva percepción, no tardé en ver desde lo alto a Venecia entera. Una Venecia de palacios y catedrales sumergiéndose en un océano de barro.
Llamó mi atención algo que titilaba en la orilla de un canal angosto. Esforcé la vista, y alcancé a distinguir un candil de hierro que alumbraba a un viejo y una chica: Adina y yo, los dos sentados frente al río. Y la caja.
En aquella Venecia de la que habían huido hasta las ratas y los locos, solo resistíamos nosotros dos. Adina se esforzaba por avivar la llama, pero ya nada podía hacerse. Y allí agonizábamos, cada vez más cercanos el uno del otro, abrazados, refugiados bajo la claridad a cada instante más débil. Hasta que al fin la llama se disolvió lenta en la oscuridad. Y en esa ausencia de luz desaparecíamos también nosotros. Y con nosotros se extinguía Venecia entera.
Abrí los ojos, como quien despierta de un sueño prolongado.
Sin derrumbes ni estallidos, pensé. Not with a bang but a whimper.
Bastó con que se apagara esa última luz, para que todo se esfumase.
La noche se hacía de Venecia, y la luna ya se reflejaba en el agua.
—Sanará pronto, Rafael —dijo Adina sentada junto a mí en los escalones de entrada al palazzo, frente al canal.
Noté que a pesar de haberme acariciado por largo rato, sus manos estaban limpias, sin el menor rastro de la suciedad que impregnaba las mías. De pronto, en un gesto de niña estiró las mangas de su vestido para secarse las lágrimas.
—¿Por qué llorás? —pregunté conteniendo el deseo de abrazarla.
Se mantuvo ajena, atenta al murmullo del agua que fluía lenta. Después dijo:
—Porque tengo miedo.
Entonces se me cruzó la idea de no partir, de no huir. Quedarme en esa ciudad abandonada, junto a ella. Pero no me atrevía a proponérselo.
—¿Qué es lo que te da miedo, Adina?
—Saber quién soy.
Después se levantó y encendió un candil que colgaba junto al portal. La llama titilaba, no terminaba de ganar forma. Era el mismo candil de hierro que yo había visto desde lo alto.
—Ahora —dijo intentando quitarle importancia a lo que acababa de decir— lávese en el río y abra su caja. Yo debo terminar de preparar mi bolso.
Terminó de decirlo y se perdió en el interior del palazzo, dejándome otra vez a solas.
Me libré del pañuelo y, arrodillado en el último escalón, hundí las manos en el canal. El agua fresca no solo me libraba del barro, la cera de las velas y la sangre. Hubiese asegurado que me penetraba la piel y me limpiaba también por dentro. Cuando saqué las manos del agua noté que entre los nudillos no tenía más que una cicatriz, como si se tratase de una herida ocurrida años atrás.
Tenías razón, Irene, pensé. No desvariabas cuando decías que tu niña era distinta.
Me incliné aún más sobre el canal. Lavé mi cara, me humedecí la cabeza y la nuca, y volví a sentarme sobre los escalones, con la caja en mis rodillas.
Le desaté la cinta. Una brisa me la arrebató de entre los dedos y la llevó al canal. Y al instante una ráfaga arrastró el pañuelo ensangrentado, que también se perdió en la corriente. Al abrir la caja, descubrí una descolorida manta bordada de encajes. La acaricié. La acaricié largamente.
Yo había conocido esa manta, pero… ¿cuándo? ¿Dónde?
Me senté un escalón más arriba, bajo la lumbre del candil que Adina había encendido. La manta envolvía unos papeles escritos en italiano. El testamento de Irene, junto al título de propiedad del palazzo. A mi nombre.
Debajo asomaban unos diarios viejos. No tardé en deducir qué podían ser, y no me equivoqué: el suplemento Cultura de El mundo de marzo de 1976. El mismo ejemplar que Irene se había llevado consigo al abandonar Buenos Aires. Nuestras voces en el aeropuerto atravesaron las décadas:
¿Leíste el reportaje, Irene?
Los títulos y algunas pocas líneas. La letra de los diarios es cada vez más pequeña para mí. Guardo un ejemplar en la valija. Mi hermana me lo leerá al llegar a Venecia.
Con la mirada perdida en el canal, me dejé llevar por un remolino de voces y recuerdos. Dejé que volviera a mí el día de la entrevista. Álvaro rescatándome del cementerio. El ofrecimiento de entrevistar a Marcovich. La noche sin dormir, releyendo Tríptico del desamparo. La llegada a El mundo. El tecleo de las viejas máquinas de escribir y, de pronto, el miedo. El miedo que me paraliza, que me convence de que no soy capaz de hacerlo. El miedo a ser quien soy. La frente caída contra la puerta de vidrio, e Irene acariciando el cielo, fundiéndose, volviéndose parte de él. Y la voz de Álvaro. ¿Qué te pasa, muchacho? Estás helado. Y Zalagna que me invita a desistir. Usted no está en condiciones, yo me encargaré del reportaje. Y Lucía que me anima, que se eleva por sobre todos y grita con voz muda. ¡Entrá! ¡Entrá ya! Al fin abro la puerta. Y allí está ella, frente al ventanal con vista al Río de la Plata, al Gran Canal y también al riacho que bordea la casa del Delta. Porque lo mismo da 1976 o 2010. La Buenos Aires de Ediciones Leopardi o la Venecia medieval de mercaderes y navegantes. Aquel chico capaz de enamorar a un ángel, o este fantasma escapándole a la muerte.
Contame, Rafael: ¿alguna vez volviste a leer la entrevista?
—El día de la publicación —murmuré sentado en los escalones frente al canal— la habré leído como veinte veces.
Ese día tan solo estabas obnubilado por ver tu nombre impreso en un diario.
Desplegué las páginas amarillentas. Treinta y cuatro años después, era al fin capaz de leerlas por vez primera.
IX
Domingo 21 de marzo de 1976
NICOLÒ MARCOVICH DETRÁS DE LA MÁSCARA
Por Rafael Leone, para El mundo.
El reconocimiento de los lectores y la crítica, tras la publicación de Tríptico del desamparo en 1955, fue unánime. Sin embargo, nadie es ajeno a que, en los últimos años, la novela ha sido blanco de señalamientos que han hecho tambalear su condición de clásico. La reprobación, en un principio sotto voce, de destacados intelectuales, no ha tardado en crecer hasta volverse una estruendosa crítica lindante incluso con la injuria. Estas opiniones no han hecho otra cosa más que ganar adeptos, pues buena parte de quienes ensalzaban la novela han dado un giro en el aire para, súbitamente, achacarle “imperfecciones” y “evidentes remiendos”.
Como era de prever, su hermético autor Nicolò Marcovich no ha logrado mantenerse al margen de los señalamientos; y no son pocos quienes argumentan que solo el anonimato en el cual se ampara lo exime de objeciones todavía más virulentas.
Pero también han comenzado a alzarse numerosas voces en defensa del autor y su novela. Mientras algunas de ellas rechazan con argumentos sólidos las críticas y se prestan a un debate que, por momentos, insinúa cierta riqueza de ideas, otras, más radicales, reaccionan con una intolerancia que los reduce a inquisidores del siglo xx.
Más allá de opiniones a favor o en contra, es innegable que estos pronunciamientos en torno a Tríptico del desamparo obligan a replantear el sitial que Marcovich y su novela ocupan en la literatura latinoamericana.
Y es aquí cuando (para desconcierto de todos) Nicolò Marcovich quiebra su silencio de décadas y decide subirse a este escenario de aguas divididas para ofrecer su largamente esperada primera entrevista.
Atravieso la entrada de El mundo preguntándome qué mueve a un mito a bajarse del pedestal. ¿Acaso defender su obra? ¿Proteger su leyenda? Aunque no es esa mi mayor incertidumbre. Me incomoda la posibilidad de que Nicolò Marcovich, o quien sea que se oculte tras su máscara, no esté a la altura de la inmensa expectativa que ha provocado su larga ausencia. De ser así, optaría por rechazar mi papel en esta obra: los refutadores de leyendas jamás fueron de mi agrado.
De todos modos, es tarde para dudas o arrepentimientos. Encerrado en el ascensor que me lleva al piso más alto de El mundo, no encuentro más escapatoria que un espejo que delata mi incertidumbre.
Al bajar me recibe Álvaro Azcurra, fundador de Ediciones Leopardi y editor de Tríptico del desamparo. Lo imagino un último guardián que protege la entrada del reino. Me invita a pasar a una oficina y cierra a mis espaldas la puerta vidriada.
De frente a un luminoso ventanal, el contorno del escritor más buscado se vuelca hacia el Río de la Plata. Los rayos del sol lo barnizan de un brillo cegador. Pienso en aquello que decía Balzac acerca de no tocar a los ídolos, pues el dorado se nos quedaría pegado a las manos. Avanzo lentamente; quiero que el velo se deslice suave, sin estridencias.
Con los ojos entrecerrados busco ávido su —hasta ahora— desconocido rostro. Al fin, la máscara cae y deja al descubierto una roca de hielo con una bella y frágil mujer perdida en su interior. Marcovich me tiende una mano delicada y firme.
—Encantada de conocerlo —dice—. Irene Vidi es mi nombre. Estoy a su entera disposición.
Sabiéndome dueño de un secreto que el mundo entero desconoce, extiendo una mano intentando ocultar mi asombro. La señora Vidi viste un sencillo tailleur crema, y una angostísima gargantilla le rodea el cuello. Hay algo de añeja estirpe en su porte; un linaje discordante con estos días emana de sus gestos refinados.
Pese a que la señora Vidi no se muestra interesada en trazar un racconto de su vida, al fin cede ante mi insistencia: nacida en Venecia, abandona su país a poco de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Ya en Buenos Aires, se desempeña, por casi cuatro décadas, en la ineludible Ediciones Leopardi como traductora al español de la colección Clásicos de la Literatura Italiana. Asimismo, es autora de los ensayos Manzoni tras el espejo, Huellas de Lampedusa y Poesía italiana del siglo xix.
Ya sentados, escapo a la tentación de preguntarle la edad. Tomo mi anotador, y comenzamos la entrevista.
—Más que mirar el río, usted parecía contemplarlo. Dejarse llevar por su corriente.
—Está en lo cierto. No puedo evitar rendirme frente a un río. Me atrae su sonoridad, el movimiento caprichoso de la correntada, el fluir del agua en el cauce. A la vera de cualquiera de ellos me sé en paz.
—La contemplación es una cualidad indispensable en un escritor.
—El haber publicado Tríptico del desamparo no me vuelve escritora. Tan solo tuve la necesidad de expresar determinada inquietud en cierto momento de mi vida, y así lo hice. Sí me considero una traductora aplicada; en fin, una mujer interesada en la literatura.
—¿Al igual que a su amado Giacomo Leopardi, a usted también la lectura y la traducción la condujeron a la creación personal?
—No soy merecedora de tal analogía. A diferencia de los idilios, cantos y elegías de Leopardi, la mía es una novela mediocre.
—¿Mediocre?
—Lamentablemente es un libro menor. Los hechos están a la vista.
—Es innegable que en los últimos tiempos ha sido blanco de críticas, aunque también se ha hecho merecedora de incontables elogios y distinciones.
—Se lo agradezco. Pero nada de todo eso la enaltece. Hojearla de tanto en tanto me despierta decepción, me hace sentir una anciana solitaria frustrada por un amor de juventud. Aun así, conservo cierto cariño por la novela pues; de un modo u otro, es reflejo de su autora. A fin de cuentas, sus defectos y virtudes no pueden ser otros más que los míos. De cualquier modo, intuyo que su vigencia es fruto del alboroto generado alrededor de mi personalidad elusiva.
—En el transcurso de la novela, las máscaras aparecen en repetidas oportunidades. ¿Podemos advertir allí un anticipo de su “personalidad elusiva”?
—Por desgracia, toda vida es secreta y bulle silenciosa, oculta del mundo. El afuera, con sus mezquindades y miserias, suele obligarnos al anonimato, al ostracismo, a la eterna búsqueda de una máscara apropiada. La mía fue Nicolò Marcovich.
—¿Nos cubrimos de máscaras para no afrontarnos a nosotros mismos?
—Le ruego me evite decir cursilerías.
—¿Es consciente de las repercusiones que generará esta entrevista?
—¿Repercusiones, dijo? El revuelo durará poco, se lo aseguro. Hablarán de mí hasta el próximo hecho deportivo de mínima trascendencia.
—Le propongo recorrer juntos ciertos pasajes de la novela. Comencemos por la primera parte. El asfixiante contexto social actúa como un telón omnipresente.
—Excúseme por no explayarme sobre ese tema. Lo que intenté transmitir está escrito en el libro.
—¿Podemos interpretar a Tríptico del desamparo como un señalamiento de la degradación social y cultural de estos tiempos? Le doy, como ejemplos, el diálogo de la señora con los hijos de su empleada doméstica, o el enfrentamiento del protagonista con los chicos que cargan la carreta.
—Mi objetivo jamás fue señalar a nadie. Mi labor se limitó a montar un escenario sobre el cual los personajes pudieran desarrollarse.
—Diversos críticos han buscado paralelismos entre el desarrollo de la novela y la situación política argentina basándose en las fechas…
—Ni me lo mencione. Es una obviedad de la novela, un trazo grueso. Sigo reprochándome el no haber jugado con cierta atemporalidad.
—¿Imaginó que la pasión que el muchacho despierta en la señora generaría tanta polémica?
—Solo anhelaba moldear a una dama racional y virtuosa, para después invitarla a empaparse entre el sudor de los mortales.
—Sin embargo, hay mucho más que eso. El acercamiento de la señora al muchacho no se limita a una simple atracción física.
—Está en lo cierto. La del muchacho es una última apuesta por parte de la señora; una última y desesperada apuesta al hombre, al alma del hombre.
—La cotidianidad suele ser el mayor disparador de la ficción. ¿Existió en su vida un disparador tangible para tal deseo, tal pasión?
—Esta entrevista, posiblemente. La idea de un joven con sus características desnudándome frente al mundo es movilizadora. Aquí lo tiene: esta es la atemporalidad con la que debí haber jugado.
—La cuarta parte de la novela ha sido fruto de múltiples interpretaciones y, en particular en los últimos años, de críticas e incluso agravios. ¿Qué opinión le merecen?
—Tras su aparición, la novela ha sido largamente ponderada, aunque eso no significa que haya sido comprendida. Y, tal como usted lo mencionó, es innegable que, en los últimos tiempos, ha decaído en la aceptación de buena parte de los lectores. Intuyo que su destino será desaparecer de la consideración masiva.
—Lo cual es grave.
—Lo cual no es grave. De allí en más, la novela deberá emprender otro camino. Uno subterráneo y tortuoso. En fin, un destino de catacumbas. Vislumbro el mismo camino para esta entrevista.
—Sus lectores jamás han dejado de mostrar interés por conocer su rostro, el verdadero rostro de Nicolò Marcovich. Pero, a partir de los ataques recibidos en los últimos años, este interés se volvió para muchos una exigencia; casi una necesidad. Los lectores de la novela parecen haber conformado dos bandos irreconciliables: sus partidarios, por así llamarlos, ya no piden por un autor sino por alguien a quien admirar, e incluso adorar; en tanto, sus críticos parecen clamar por un culpable. ¿Qué opinión le merece esta situación?
—Descreo de los fanatismos. Excúseme por no tener nada más que agregar al respecto.
—No son pocos los que aseguran que, al brindar esta entrevista, usted pone en juego su condición de mito de la literatura argentina.
—¿Mito? Le ruego que me libere ya mismo de ese supuesto honor. Esta entrevista me produce la misma inquietud, por no decir terror, que le produce a usted. Me sorprende que sigan sin descubrir que Tríptico del desamparo es una creación colectiva. La gloria y miseria de su autor no son ajenas a las de sus personajes y lectores. Las páginas del libro no son otra cosa más que espejos.
—Volvamos a los protagonistas de la novela. La señora avizora la llegada de la vejez como una derrota. ¿Vive usted del mismo modo el transcurrir del tiempo?
—No creo que la señora considere a la vejez una derrota per se. Hacerlo implicaría tener una cosmovisión injusta y aterradora. Presumo que lo que ella padece con profunda congoja es la medianía del otro, el culto banal del descreimiento, la demolición de las tradiciones… En suma: la involución imperante de la modernidad, que muy poco ha cambiado desde la publicación de la novela a hoy.
—¿Los dos personajes centrales muestran formas disímiles de transitar la vejez?
—¿Usted así lo cree?
—Sí.
—Deme las razones, por favor.
—Imagino que son sus ideas las que interesan a los lectores de esta entrevista.
—En cambio, a mí me interesan las suyas. Lo escucho.
Irene Vidi se lleva la mano a uno de sus aros. Luce una sonrisa prudente, tan cercana que la advierto escapada de su pluma. Garabateo unas líneas en mi anotador y digo:
—La señora y el protagonista alcanzan sus destinos transitando senderos opuestos (entendiendo por destino a la ciudad natal de la señora, acaso como representación de la vejez). Pero, mientras ella llega con entereza, él lo hace huyendo como un cobarde de su propia historia de traiciones.
—¿No se reconoce en el protagonista?
—No. Por supuesto que no.
—Su seguridad es avasalladora. ¿No se permite dudar?
—No con respecto a este punto. El protagonista es un traidor.
—Me apena tanta contundencia, joven. Soy incapaz de juzgarlo según sus términos. Mi condición de autora me impulsa a amar a todos mis personajes, sin excepción. De no ser así, ¿cómo podría moldearlos y protegerlos? No juzgue con altanería al protagonista. Con el tiempo, comprenderá sus culpas y debilidades. Permítase la piedad. Dele la oportunidad de redimirse.
—Él no merece ninguna oportunidad de redención. Él volverá a traicionar a todos.
—Si eso ocurre, ese será su pecado.
—Y también el suyo. El suyo propio como autora por darle a un traidor una nueva oportunidad.
—En la casa del Delta, en su diálogo con el tríptico de espejos, la señora fue advertida sobre cuál sería el comportamiento del muchacho. Y aun así, se tendió a su lado. Yo, al igual que ella, decido tomar partido por el hombre, a pesar de las advertencias.
—La secretaria se refiere al protagonista como a una “oportunidad perdida, una vida desperdiciada”.
—¿En qué momento dice eso?
—Se lo dice al director del periódico, en la segunda parte del libro.
—Es posible. Pero lo ama, y no lo juzga ni siquiera en la derrota. Es más: es ella quien lo vincula a la novicia, y por intermedio de ella a la señora, ya anciana.
—A pesar de la piedad que usted reclama, la redención del protagonista jamás llega. El desenlace lo muestra traicionando, una vez más, a la señora. Cuando ella, en el lecho de muerte, le ruega quedarse en Venecia para proteger a la novicia, él le promete que así lo hará. Y finalmente se marcha.
—¿Está seguro de ello? Quizá deba releer la novela.
—Mi relectura no cambiará lo que está escrito. El protagonista no cumple su promesa. Duda, pero al fin huye y abandona a la novicia.
—Aspiro a que el lector rehaga la obra con una mirada nueva. Y ese trabajo le corresponde a usted; como lector, y también como hombre.
—Es injusto y también imposible.
—Desearía poder rescatarlo de tanta incredulidad. ¿Qué es así de imposible?
—No es posible reescribir con la mirada lo escrito décadas atrás.
—¿No es posible? Sin embargo, aquí me tiene: haciéndolo en este mismo instante, frente a sus propios ojos. Me pregunto qué más hace falta. Ya le llegará el tiempo de comprender que es posible reescribir y componer las acciones con cada vuelta de hoja.
—¿No dijo anteriormente que su labor se limita a montar un escenario sobre el cual los personajes puedan desarrollarse?
—Así es.
—Entonces, su labor ha terminado. Deje a sus personajes en paz. Permítales la libertad.
—Libertad… pocas palabras han sido tan bastardeadas. Pregúntele al muchacho si era libre el pájaro que aleteaba encerrado en su pieza de la pensión. La libertad que usted propone no es más que ilusión vana.
—Así como usted lo plantea, sus personajes son menos que marionetas. Y sus vidas, meras historietas alejadas de la verdad.
Ambos caemos en un silencio prolongado. Irene Vidi se acomoda las gafas oscuras y gira el cuello hacia el ventanal. Le advierto un matiz de decepción.
—No tema. No tardaré en hacerme nuevamente a un lado. Y, sin mi acecho, obtendrán la libertad que tanto ansían. Una libertad hueca que no los llevará más que a la esclavitud. Llegado el día, comprenderán que la verdadera libertad no se contradice con la omnisciencia del autor. En tanto, yo los aguardaré a la vuelta de cualquiera de estas mismas páginas.
—Permítame una última pregunta. Liberados de su tutela… ¿qué nos espera de aquí en más?
—La bendición del libre albedrío. La tragedia del libre albedrío.
X
Una brisa arrancó las páginas de mis manos. Sentado sobre los escalones del frente del palazzo, las miré empaparse en el canal hasta hundirse y desaparecer.
El portal crujió a mi espalda.
Adina salió del palazzo y se precipitó a la orilla. Intentó rescatar una última hoja que el agua no lograba arrastrar.
Yo observaba ausente. Como si no estuviese en esta Venecia sino en aquella Buenos Aires; como si no fuese este hombre de sesenta años, sino aquel chico que ocultaba sus miedos detrás de un anotador.
Una ráfaga desprendió de la orilla a esa última hoja y la entregó a la corriente.
Adina acarició mi hombro, su voz era un murmullo lejano:
—¿Qué eran, Rafael?
La bendición del libre albedrío, la tragedia del libre albedrío.
No lograba separarme de la entrevista. Allí estaba todo. Allí siempre había estado todo. Desde un principio, al alcance de mi mano. Y yo jamás supe entenderlo.
Adina se sentó junto a mí. Ya habría terminado de preparar su bolso y estaría lista para partir. No terminaba de acostumbrarme a verla sin su atuendo de novicia, ni tampoco a esos ojos de llanto. De pronto su expresión varió.
—Esto es un tesoro, ¿sabe? —dijo señalando la manta que asomaba de la caja—. Un verdadero tesoro. Debe tener trescientos años, o más. Es un merletto di Burano.
Me pidió permiso para tomarlo. Levanté la caja y la deslicé de mis muslos a los suyos. Ahora la sosteníamos entre los dos.
—Fíjese —dijo acercando su hombro al mío, y tomó la manta con la veneración con que se trata a una joya amada—. ¿Ve estos hilos oscuros entre la seda? Son oro.
—¿Oro?
—Hilos de oro auténtico. Del más puro. Durante siglos, las madres de Burano les enseñaron a sus hijas a tejer estos merletti. Es un trabajo muy, muy dificultoso de realizar, de tantísimo valor. Se logra esta terminación siguiendo una antigua técnica veneciana. Punto in aria es su nombre.
—Punto in aria —repetí imitando su pronunciación.
Iba a decir algo y se contuvo. Como si no estuviese convencida de compartir lo que pensaba.
—¿Qué querés decirme, Adina?
—Que si en vez de partir decidiese quedarse, aprendería muy pronto el italiano.
Se quedó en silencio. Era evidente que esperaba una respuesta. A falta del velo, intentaba ocultar la cara detrás de sus bucles rojos.
¿Está seguro de que el protagonista abandona Venecia? Quizá deba releer la novela.
—Me decías —dije— que es un trabajo difícil de hacer.
Adina siguió hablando, con voz apagada:
—Así es. Para lograr estas maravillas no alcanza con ser una buena tejedora, no alcanza el conocimiento. Se necesita más. A diferencia de otras técnicas, aquí no se sigue ninguna guía. Se debe tejer en el aire, a ciegas.
—¿Tejer en el aire?
—Sí, en el aire. La única guía es la experiencia, la sapienza.
—La sabiduría.
—Ecco. Sabiduría. Qué hermosa palabra. Irene adoraba el sonido de algunas palabras. L’ armonia delle parole, decía.
Era cierto. Mientras Adina plegaba la manta y la guardaba con delicadeza dentro de la caja, recordé que Irene me habló alguna vez sobre la armonía de las palabras. Vicios de traductora, solía decir.
—A Burano se llega navegando unos pocos minutos, ¿no?
—Una media hora.
—Algún día podrías llevarme a esa isla.
—Cuando lo desee. Pero no será sencillo encontrar a alguna de esas tejedoras.
—¿Por qué?
—Ya casi no quedan —dijo cerrando la caja—. Y las pocas que quedan han decidido recluirse. Se esconden del mundo, de nosotros. Antes, yo no las comprendía. Pero ahora sí. Desde la muerte de Irene, yo también quiero escond…
Se interrumpió a sí misma. Preferí no alentarla a seguir hablando: solo hubiese conseguido que llorase.
Una estela de agua recorrió el canal y, un instante después, la marea se agitó hasta salpicarnos los pies.
—Mire —dijo Adina levantándose y señalando una esquina del palazzo—. ¡Una góndola!
Miré hacia ese lado sin distinguir más que penumbras.
Agachada, revisó el borde interno de la orilla. Me explicó que, desde la llegada de la crecida, cada mañana le hacía una marca a los escalones.
—El agua ha bajado tres centímetros —dijo—. Es la primera vez que pasa en… en mucho tiempo. Pronto volverá la luz, y de a poco volveremos a la vida.
La vida, pensé con pesadez. ¿Qué significaba para mí “volver a la vida”?
—Debo pedirle un favor —murmuró Adina.
—Decime.
—¿Me permitiría quedarme a dormir una última vez? Sería tan solo por esta noche. Ya tengo armada la mia borsa, la…
—El bolso.
—Ecco. El bolso. Lo tengo armado. Partiré mañana al alba.
Recordé un pasaje de Tríptico del desamparo. Aquel en que la señora, estando en el sepulcro, oye un ruido proveniente del sótano. Toma coraje, baja las escaleras y, al descubrir al pájaro moribundo, saca la manta de su cartera para envolverlo y llevarlo de regreso a la superficie.
Miré en dirección a la caja. Bastó con que volviera a abrirla para que, en un parpadear, la manta se revelara ante mis ojos. No, esta no podía ser la misma manta que Irene describió en su novela tantos años atrás. La misma que dejó olvidada en el sepulcro y yo levanté y llevé a su casa. No podía ser posible.
¿No es posible? Sin embargo aquí me tiene: haciéndolo en este momento delante de sus propios ojos. Me pregunto qué más hace falta.
De manera que así fue: con esta manta, ella había rescatado al pájaro. Así como, poco después, enviaría a Álvaro al cementerio a rescatarme a mí. Media vida más tarde, mi mirada era capaz de descubrirlo.
Saqué la manta de la caja del mismo modo que Irene lo había escrito. La extendí, por detrás de la espalda de Adina, hasta cubrirle los hombros. Y entonces, sucedió: los bordados y encajes ganaron vida, los percudidos hilos de oro volvieron a relucir.
—¿Y adónde vas a ir, Adina?
—Al monasterio. Debo encontrarme con la madre superiore.
—Vas a renunciar al noviciado.
Asintió mordiéndose los labios.
—¿Por qué vas a hacer eso?
Encorvó los hombros, se ciñó la manta. Y dijo, la vista fija en el canal:
—Porque sin Irene yo no sé tejer en el aire.
La corriente acercó una pequeña rama a los escalones musgosos de la orilla. Me incliné hasta alcanzarla con la punta de los dedos. La corteza podrida se desgajaba con facilidad; en cambio, la madera interior se conservaba intacta.
—¿Dónde vas a ir a vivir?
—No lo sé. ¿Y usted? ¿Qué va a hacer? ¿Alguien lo espera en Buenos Aires?
—No —dije arrojando la rama al agua—. A mí nadie me espera.
La noche volcaba su oscuridad sobre Venecia. Apenas una ínfima claridad flotaba en la superficie del agua.
—¿Tenés hambre, Adina?
Ella se volvió hacia mí, no comprendía mis palabras.
—Si tenés hambre —repetí—. Hace dos días que no comés nada. Estás muy flaca. Y ojerosa.
—No, no tengo hambre. Pero, si usted quiere comer, le puedo cocinar algo.
—¿Habrá algún lugar en donde nos preparen algo de cenar?
—No, no creo. Han huido casi todos. Aunque tal vez don Tomassino se haya quedado.
—Don Tomassino —repetí con voz lejana, y me vino a la mente aquel lugar, Mr. Thomas. ¿No se llamaba así el restorán donde debía invitar a cenar a mi hija cuando terminó su primera semana de facultad?
—Es un hermoso vechietto que atiende en unas pocas mesas que pone en la cocina de su casa. Solíamos ir a cenar con Irene. Ella adoraba el risotto con castraure que don Tomassino y su mujer le cocinaban especialmente. Estarán tanto felices de conocerlo… Porque también a ellos la signora les hablaba de usted. Se come muy, muy rico. ¿Y sabe una cosa, Rafael? En las noches sin nubes, don Tomassino lleva las mesas a la altana, y desde allá arriba se logra ver la Isla de Burano.
—¿Qué es una altana?
—Una altana sería… —Adina señaló lo más alto del palazzo—. Una tenaza.
No entendí qué quería decirme.
—¿No se dice así? —preguntó con ojos de niña—. Es el patio de arriba de las casas, el…
—Una tenaza es otra cosa —dije sonriendo—. Lo que vos querés decir es terraza. O azotea.
—Digámosle azotea. Tiene armonía, ¿no cree?
—L’armonia delle parole —dije, y ella también sonrió—. Es una palabra que proviene del árabe.
—¿Del árabe? ¿Cómo lo sabe?
—Trabajé treinta y cinco años en una editorial. Algo tuve que aprender en tanto tiempo. Me lo enseñó un viejo amigo. Álvaro se llamaba.
—Don Álvaro Azcurra —dijo Adina—. La signora Irene me habló tanto de él. Compartieron muchas cosas juntos. Pero le aseguro que de nadie hablaba más que de su amor. Ella lo adoraba, Rafael. Le aseguro que hubiese entregado su vida con tal de poder ayudarlo.
Desvié la mirada a un costado del canal. Simulé frotarme la sien para ocultar mis lágrimas. Quise preguntarle cómo podríamos llegar a casa de don Tomassino, pero no pude decir palabra.
Otra estela de agua volvió a agitar el canal. Adina se levantó y sacudió las manos. Segundos después, una góndola tomó forma entre la oscuridad y se arrimó lenta a nuestros escalones. Tras intercambiar unas palabras con el gondoliere, Adina me ayudó a subir, y juntos iniciamos el viaje hasta Sestiere de Cannaregio, el barrio al norte de Venecia donde vive don Tomassino.
Era cierto lo que había dicho Adina: la laguna, muy lentamente, volvía a su cauce, y unas pocas barcazas y góndolas se animaban a navegarla. Algunas mujeres levantaban los postigos para librar de algas las entradas de sus casas, y los hombres abrían las ventanas y hablaban —al comienzo entre murmullos, después a los gritos— de una orilla a la otra. Sus caras delataban cansancio, pero también felicidad de estar allí para volver a contar la historia. Una vez más, tras una nueva vuelta de hoja.
Nuestra góndola desembocó en el Gran Canal. De a poco, el puente de Rialto recuperaba su eterna estampa. Esta vez no debí agacharme al atravesarlo, aunque al pasar debajo hubiese querido poder acariciarlo de nuevo. Conservaba intacto el recuerdo de la yema de mis dedos en contacto con su arco, como esas fábulas que se escuchan en la niñez y no se olvidan jamás.
Pero ni siquiera el renacer de Venecia conseguía alejar mi atención de Adina. Sentada frente a mí, navegaba el canal con la melancolía de quien se despide, de quien mira por última vez todo lo que la rodea.
Cuando se distrajo para darle una indicación al gondoliere, me incliné un segundo hacia su asiento.
Al volver a sentarse, Adina percibió una dureza en la espalda. Se hizo a un lado, palpó el respaldo del asiento. Había estupor en su expresión. La pequeña cruz, las perlas de madera alineadas en el cordel remendado. Era el suyo; su viejo rosario. Atónita, buscó mi mirada. Fue en vano: simulé dormitar acunado por la góndola.
No tendrás que irte, pensé. No tendrás que irte a ningún lado. Ni mañana al alba ni ningún otro día. No sé qué harás, en qué ocuparás tus días ahora que ya no debés cuidar a Irene, pero podrás quedarte a dormir esta noche, y también todas las que quieras.
Alentala a seguir adelante con sus pinturas. Son puertas a lo que fue y vendrá. Por medio de ellas se descubrirá, le será revelada su condición.
Pintarás. Pintarás, entonces. Y si viniste a guiar a millones o a uno solo, eso es precisamente lo que harás. Dejarás tu pieza sin ventanas del sótano y ocuparás el dormitorio que más te agrade. Serás libre de hacer lo que te haga feliz, lo que te permita tejer otra vez en el aire.
El que partirá mañana por la mañana seré yo. Me reuniré con el escribano de Irene para nombrarte única heredera. No me equivoqué cuando creí que las estatuas del salón se inclinaban a tu paso. Ellas siempre supieron que el palazzo es tuyo. Solo tuyo. Al regresar te comunicaré la noticia. Y será este extranjero viejo y enfermo quien te pedirá una pieza para poder descansar.
—Hay algo que no entiendo, Adina —al oírme, ella levantó la mirada del rosario—. Me acuerdo que, cuando me ayudaste a encontrarme con Irene, subimos por la escalinata hasta llegar al tercer piso, donde está su dormitorio y los frescos de Giotto. Sin embargo, desde afuera, desde la orilla del canal, se ve que el palazzo tiene solamente dos pisos. ¿En dónde está el tercero?
Adina sonrió y nada dijo. La brisa de la laguna le despejó los bucles. Sus mejillas seguían hinchadas, pero se había librado de esa sombra de tristeza.
Yo también sonreí. A fin de cuentas, aquel último piso poco importaba aquella noche. Esa sería parte de otra historia. Una novela que alguien, algún día, deseará escribir.
Ya no sería Irene quien lo hiciera. Quizás esa persona fuera Adina… O yo mismo, ¿por qué no? Un anciano, como aquel del lienzo, sosteniendo una pluma junto a un escritorio que mira a un horizonte de cúpulas eternas.
¿O por qué no creer que esa persona puedas ser vos, fiel lector?
Si así fuera, te ruego que seas piadoso y compasivo con las voces que intentamos acompañarte durante tantas páginas.
Así lo hubiera deseado Irene. Así nos lo pidió, tantos años atrás, en el libro que ahora sostenés entre tus manos. En aquel tiempo, ni supe ni deseé comprenderla. Pero de seguro habrá alguien, alguien entre todos ustedes, que sabrá el camino a seguir.
Ahora solo quiero llegar a casa de don Tomassino. Cenar finalmente en paz y tomar un vaso de vino en su altana con vista a la isla de Burano.
Si Adina me ayuda, es posible que aún esté a tiempo de buscar el rastro de alguna de esas ancianas que viven ocultas del mundo, tejiendo a ciegas en el aire.
Quizá merezca llegar a ellas algún día.
Quizá tengan algo para decirme.
Para decirnos a todos.
AGRADECIMIENTOS
Toneladas de gracias a Romina Olivetti y a Marcelo di Marco por las horas que pasaron conmigo colaborando para que mi novela sea una novela mejor.
A mi padre, a mi madre y a Lali.
A Lizeth Adriana González Vega y a Nicolás Correa por sus lecturas repletas de aportes.
A todo el equipo de Odelia Editora por tanta confianza y amor a su trabajo.
Y por supuesto, a mi hijo Manuel.