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El infinito naufragio

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RITOS Y CEREMONIAS

Hay un hombre que ha dejado de ser indefenso y falible.

Ahora es el rey. No se parece a los mortales. La adulación

edificó en su interior una estatua

y él se siente como ella.

De mármol es su carne

y las palabras salen de su boca

ya fijadas en bronce.

En lugar de vivir,

escribe con sus actos su biografía.

El cortesano

le dice en voz muy alta o en susurros: “Señor,

eres el sabio, el justo, el infalible, el más fuerte.

Y cuanto haces lo bendice tu pueblo.

Tú jamás te equivocas, y si no aciertas

aplaudiremos tus errores.

No escucharás

la ira de la turba ni el rezongo amarillo

de la impotencia y de la envidia. Permítenos

gozar el resplandor de tu corona.

Que nos envuelva tu manto

en el poder que es como el fuego sagrado.

No pienses

que muchos sufren por tus decisiones.

¿Acaso has meditado

en los animales que dan

su carne a tu banquete

o en los árboles

que fueron destruidos para hacer el papel

en que se estampan tus decretos?

¶ ”Mañana serás polvo y error. Sobre ti

descenderá el granizo de las condenas,

la flecha incendiaria

de las ballestas enemigas.

Pero no importa: eres el rey,

tuviste, tienes

lo que cien mil disputan y uno solo conquista.

En ti adquiere hueso y carne el poder.

Disfrútalo

porque sin él no serías nada.

No serás nada

cuando el poder, que también es prestado

y no se comparte,

salga de ti,

encarne en otro y de nuevo

seas como yo,

el indefenso, el falible,

el cordero entre zarzas que mira el trono

y ve cernirse contra él y su pueblo

la eterna sombra indestructible del buitre.”

Ciudad de la memoria

CARACOL

Homenaje a Ramón López Velarde

1

Tú, como todos, eres lo que ocultas. Adentro

del palacio tornasolado, flor calcárea del mar

o ciudadela que en vano

tratamos de fingir con nuestro arte,

te escondes indefenso y abandonado,

artífice o gusano: caracol

para nosotros tus verdugos.

2

Ante el océano de las horas alzas

tu castillo de naipes,

vaso de la tormenta,

recinto de un murmullo nuevo y eterno,

huracán que el océano deslíe en arena.

3

Sin la coraza de lo que hiciste, el palacio real

nacido de tu genio de constructor,

eres tan pobre como yo,

como cualquiera de nosotros.

No tienes fuerza y puedes levantar

una estructura misteriosa insondable.

Nunca terminará de resonar al oído

lo que esconde y preserva tu laberinto.

4

En principio te pareces a los demás: la babosa,

el caracol de cementerio.

Eres frágil como ellos y como todos.

Tu fuerza reside

en el prodigio de tu concha,

evidente y recóndita manera

de estar aquí en este mundo.

5

Por ella te apreciamos y te acosamos. Tu cuerpo

no importa mucho y ya fue devorado.

Ahora queremos autopsiarte en ausencia,

hacerte mil preguntas sin respuesta.

6

Defendido del mundo en tu externo interior

que te revela y encubre,

eres el prisionero de tu mortaja,

expuesto como nadie a la rapiña.

Durará más que tú, provisional habitante,

tu obra mejor que el mármol,

tu moral de la simetría.

7

A vivir y a morir hemos venido.

Para eso estamos.

Nos iremos sin dejar huella.

El caracol es la excepción.

Qué milenaria paciencia

irguió su laberinto erizado,

la torre horizontal en que la sangre del tiempo

se adensa en su interior y petrifica el oleaje,

mares de azogue opaco en su perpetua fijeza.

Esplendor de tinieblas, lumbre inmóvil,

la superficie es su esqueleto y su entraña.

8

Ya nunca encontrarás la liberación:

habitas el palacio que secretaste.

Eres él. Sigues aquí por él.

Estás para siempre

envuelto en un perpetuo sudario:

tiene impresa la huella de tu cadáver.

9

Pobre de ti, abandonado, escarnecido, tan frágil

si te desgajan de tu interior que también es tu cuerpo,

la justificación de tu invisible tormento.

Cómo tiemblas de miedo a la intemperie

de los dominios en que eras rey

y las olas te veneraban.

10

Del habitante nada quedó en la playa sombría.

Su obra

vivirá un poco más

y al fin también se hará polvo.

11

Cuando se apague su eco

perdurará sólo el mar

que nace y muere desde el principio del tiempo.

12

Agua que vuelve al agua, arena en la arena,

la materia que te hizo único

pero también afín a nosotros,

jamás volverá a unirse.

Nunca habrá nadie

igual que tú,

semejante a ti,

hondo desconocido en tu soledad

pues, como todos,

eres lo que ocultas.

EL JARDÍN EN LA ISLA

El jardín en la isla:

aquí las rosas,

no florecen: llamean.

Sostienen como nubes entre el verdor

la materia del aire.

¿Qué hemos hecho

para ser dignos de esta gloria?

Mañana

ya no habrá rosas

pero en la memoria

continuará su incendio.

El silencio de la luna

PREHISTORIA

1

En las paredes de esta cueva

pinto el venado

para adueñarme de su carne,

para ser él,

para que su fuerza y su ligereza sean mías

y me vuelva el primero

entre los cazadores de la tribu.

En este santuario

divinizo las fuerzas que no comprendo.

Invento a Dios,

a semejanza del Gran Padre que anhelo ser

con poder absoluto sobre la tribu.

En este ladrillo

trazo las letras iniciales,

el alfabeto con que me apropio del mundo al simbolizarlo.

La T es la torre y desde allí gobierno y vigilo.

La M es el mar desconocido y temible.

Gracias a ti, alfabeto hecho por mi mano,

habrá un solo Dios: el mío.

Y no tolerará otras deidades.

Una sola verdad: la mía.

Y quien se oponga a ella recibirá su castigo.

Habrá jerarquías, memoria, ley:

mi ley: la ley del más fuerte

para que dure siempre mi poder sobre el mundo.

2

Al contemplar por vez primera la noche

me pregunté: ¿será eterna?

Quise indagar la razón del sol, la inconstante

movilidad de la luna,

la misteriosa armada de estrellas

que navegan sin desplomarse.

Enseguida pensé que Dios es dos:

la luna y el sol, la tierra y el mar, el aire y el fuego.

O es dos en uno:

la lluvia / la planta, el relámpago / el trueno.

¿De dónde viene la lumbre del cielo?

¿La produce el estruendo? ¿O es la llama

la que resuena al desgarrar el espacio?

(como la grieta al muro antes de caer

por los espasmos del planeta siempre en trance de hacerse).

¿Dios es el bien porque regala la lluvia?

¿Dios es el mal por ser la piedra que mata?

¿Dios es el agua que cuando falta aniquila

y cuando crece nos arrastra y ahoga?

¶ A la parte de mí que me da miedo

la llamaré Demonio.

¿O es el doble de Dios, su inmensa sombra?

Porque sin el dolor y sin el mal

no existirían el bien ni el placer,

del mismo modo que para la luz

son necesarias las tinieblas.

Nunca jamás encontraré la respuesta.

No tengo tiempo. Me perdí en el tiempo.

Se acabó el que me dieron.

3

Ustedes, los que escudriñen nuestra basura

y desentierren puntas

de pedernal, collares de barro

o lajas afiladas para crear muerte;

figuras de mujeres en que intentamos

celebrar el misterio del placer

y la fertilidad que nos permite seguir aquí contra todo

—enigma absoluto

para nuestro cerebro si apenas está urdiendo el lenguaje—,

lo llamarán mamut.

Pero nosotros en cambio

jamás decimos su nombre:

tan venerado es por la horda que somos.

El lobo nos enseñó a cazar en manada.

Nos dividimos el trabajo, aprendimos:

la carne se come, la sangre fresca se bebe,

como fermento de uva.

Con su piel nos cubrimos.

Sus filosos colmillos se hacen lanzas

para triunfar en la guerra.

Con los huesos forjamos

insignias que señalan nuestro alto rango.

Así pues, hemos vencido al coloso.

Escuchen cómo suena nuestro grito de triunfo.

 

Qué lastima.

Ya se acabaron los gigantes.

Nunca habrá otro mamut sobre la tierra.

4

Mujer, no eres como yo

pero me haces falta.

Sin ti sería una cabeza sin tronco

o un tronco sin cabeza. No un árbol

sino una piedra rodante.

Y como representas la mitad que no tengo

y te envidio el poder de construir la vida en tu cuerpo,

diré: nació de mí, fue un desprendimiento:

debe quedar atada por un cordón umbilical invisible.

Tu fuerza me da miedo.

Debo someterte

como a las fieras tan temidas de ayer.

Hoy, gracias a mi crueldad y a mi astucia,

labran los campos, me transportan, me cuidan,

me dan su leche y hasta su piel y su carne.

¶ Si no aceptas el yugo,

si queda aún como rescoldo una chispa

de aquellos tiempos en que eras reina de todo,

voy a situarte entre los demonios que he creado

para definir como El Mal cuanto se interponga

en mi camino hacia el poder absoluto.

Eva o Lilit:

escoge pues entre la tarde y la noche.

Eva es la tarde y el cuidado del fuego.

Reposo en ella, multiplica mi especie

y la defiende contra la gran tormenta del mundo.

Lilit, en cambio, es el nocturno placer,

el imán, el abismo, la hoguera en que ardo.

Y por tanto la culpo de mi deseo.

Le doy la piedra, la ignominia, el cadalso.

Eva o Lilit: no lamentes mi triunfo.

Al vencerte me he derrotado.

ARMISTICIO

Durante mucho tiempo combatimos sin vernos las caras. Ellos eran los otros, los enemigos. Los veíamos caer o volar en pedazos. Sus proyectiles nos daban muerte o nos mutilaban. Nuestras relaciones sólo tenían tres nombres: miedo, odio, desprecio.

Hoy se ha firmado la paz. Arrojamos las armas, avanzamos por lo que fue la tierra de nadie. Vemos las líneas de trincheras, los escombros, las fortificaciones, los despojos. Los otros salen a nuestro encuentro con la mano extendida para mostrar que no ocultan armas.

Alegría, asombro, reconocimiento. El enemigo no es un monstruo. Posee como nosotros una cara, un nombre, una historia que no existió antes ni se repetirá. Tiene padres, mujer, hijos, amigos, un pasado, un porvenir, un dolor, una vergüenza y cuando menos un recuerdo de dicha.

Trágico error la guerra. Somos hermanos. Con ser tan distintos nos parecemos tanto. Brindamos con aguardientes miserables. Intercambiamos raciones agusanadas. La fraternidad les da sabor de ambrosía. Nunca más, nunca más volveremos a entrematarnos.

De vuelta a casa, quienes nos esperaron y nos enviaban al frente regalos y cartas alentadoras, se nos muestran hostiles. Sentimos que nos reprochan haber sobrevivido y nos preferirían muertos y heroicos.

Todo nos separa. Ya no tenemos de qué hablar. Donde hubo afecto hay resentimiento, rabia donde existió la gratitud. Los mismos a quienes creímos conocer de toda la vida se han vuelto extraños. Qué desprecio en sus ojos y cuánto odio en sus caras. Los nuestros son los otros ahora. Cambia de nombre el enemigo. El campo de batalla se traslada.

ALBA

Aún no rompe el día y el canto de los pájaros ya ha comenzado. Nunca sabremos lo que dicen pero es evidente el intercambio: preguntas y respuestas indescifrables para nuestros oídos, jeroglíficos de aire, enigma del que jamás encontraremos la clave.

Sus picos desgarran las tinieblas. La luz llega en sus alas. Vuelo de claridad, señal de vida, anuncio de que tampoco será eterna esta noche.

Al despertar el sol nace la tierra. Y de su lumbre se alza otro día nuestro.

ANVERSIDAD

Toda moneda tiene anverso y reverso: anversidad

es la situación en que están respecto una de otra

las figuras de sus dos caras,

unidas para siempre en el mismo sitio, ligadas

por la materia que les da existencia; dos planos

del mismo objeto, en lazo indisoluble,

en cercanía tan íntima, tan próximas

que si alguna de las dos no existiera

la moneda perdería razón de ser:

las necesita a ambas, no puede

partirse en dos sin aniquilarse:

la moneda es moneda porque tiene anverso y reverso;

y a pesar de esto, o por todo esto, las dos figuras,

sentenciadas a coexistir mientras su espacio de metal no muera,

no se verán jamás ni se unirán nunca.

EL ERIZO

A Vicente Quirarte

El erizo tiene miedo de todo y quiere dar miedo

en el fondo del agua o entre las piedras.

Es una flor armada de indefensión,

una estrella color de sangre,

derruida en su fuego muerto.

Zarza ardiente en el mar, perpetua llaga

resiste la tormenta en su lecho de espinas.

El erizo no huye: se presenta

en guerra pero inerme ante nuestros ojos.

Al fondo de su cuerpo la boca, herida abierta, discrepa

de su alambre de púas, su carcaj

de flechas dirigidas a ningún blanco.

Testigo vano de su hiriente agonía,

el erizo no cree en sí mismo ni en nada.

Es una esfera

cuya circunferencia está en el vacío.

Es una isla

asediada de lanzas por todas partes.

Soledad del erizo, martirio eterno

de este San Sebastián que nació acribillado.

El erizo nunca se ha visto.

No se conoce a sí mismo.

Tan sólo puede imaginarse a partir

de los otros erizos,

su áspero prójimo,

su semejante rechazante.

¶ Bajo el mar que no vuelve avanza el erizo

con temerosos pies invisibles.

Se dirige sin pausa hacia la arena

en donde está la fuente del silencio.

EL SILENCIO DE LA LUNA:

TEMA Y VARIACIONES

et iam Argiva phalanx instructis navibus ibata Tenedo, tacitae per amica silentia lunae

Eneida II, 254-255

… ya la falange de las griegas naves

de Ténedos venía, bajo el velo

del silencio amistoso de la luna…

AURELLO ESPINOSA PÓLIT,

Virgilio en verso castellano

1

El aire está en tiempo presente.

La luna por definición en pasado.

Tenues conjugaciones de la noche.

El porvenir ya se urde

en los fuegos que hacen el alba.

Invisible para nosotros, porvenir nuestro,

como otro sol en la maleza del día.

2

Noviembre, y no me fijo en los troncos desnudos,

sólo en las siemprevivas y en las plantas perennes.

Ignoro la respuesta: su verdor,

enmedio del desierto de la grisura,

¿es permanencia, obcecación, desafío?

O quizá por indiferentes

desconocen la noche de los muertos.

Al prescindir del viaje renunciaron al goce

de la resurrección

que habrán de disfrutar sus semejantes:

siemprevivas porque antes ya se han muerto,

perennes porque saben renacer como nadie.

3

Cuánto ocaso en el día que ya se va

y parece el primero en estar muriendo.

Son las últimas horas del gran ayer.

De mañana ignoramos todo.

4

Después de tanto hablar

guardemos un minuto de silencio

para oír esta lluvia que disuelve la noche.

La arena errante

LAS FLORES DEL MAR

Danza sobre las olas, vuelo flotante,

ductilidad, perfección, acorde absoluto

con el ritmo de la marea,

la insondable música

que nace allá en el fondo

y es retenida

en el santuario de las caracolas.

La medusa no oculta nada,

más bien despliega

su dicha de estar viva por un instante.

Parece la disponible, la acogedora

que sólo busca la fecundación

no el placer ni el famoso amor

para sentir: “Ya cumplí.

Ya ha pasado todo.

Puedo morir tranquila en la arena

donde me arrojarán las olas que no perdonan.”

Medusa, flor del mar. La comparan

con la que petrifica a quien se atreve a mirarla.

Medusa blanca como la Xtabay de los mayas

y la Desconocida que sale al paso y acecha,

desde el Eclesiastés, al pobre deseo.

¶ Flores del mar y el mal las medusas.

Cuando eres niño te advierten:

“Limítate a contemplarlas.

No las toques. Las espectrales

te dejarán su quemadura,

la marca a fuego que estigmatiza

a quien codicia lo prohibido.”

Y uno responde en silencio:

“Pretendo asir la marea,

acariciar lo imposible.”

Pero no: las medusas

no son de nadie celestial o terrestre.

Son de la mar que nunca será ni mujer ni prójimo.

Son peces de la nada, plantas del viento,

gasas de espuma ponzoñosa

(sífilis, sida).

En Veracruz las llaman aguas malas.

LA ARENA ERRANTE

[Otro poema de Veracruz]

Los misteriosos médanos cambiaban

de forma con el viento.

Me parecían las nubes que al derrumbarse por tierra

se transformaban en arena errante.

De mañana jugaba en esas dunas sin forma.

Al regresar por la tarde

ya eran diferentes y no me hablaban.

Cuando soplaba el Norte hacían estragos en casa.

Lluvia de arena como el mar del tiempo.

Lluvia de tiempo como el mar de arena.

Cristal de sal la tierra entera inasible.

Viento que se filtraba entre los dedos.

Horas en fuga, vida sin retorno.

Médanos nómadas.

Al fin plantaron

las casuarinas para anclar la arena.

Ahora dicen: “Es un mal árbol.

Destruye todo.”

Talan las casuarinas.

Borran los médanos.

Y a la orilla del mar que es mi memoria

sigue creciendo el insaciable desierto.

EL JUICIO

Ante el juez todos estamos indefensos. Él, en su silla alta, su escritorio de roble, su peluca, su mazo, su vestuario de sumo sacerdote. Nosotros, con la bata ridícula del enfermo al que hacen toda clase de exámenes para diagnosticar que ya no tiene remedio.

Animales de laboratorio ante el supremo experimentador, nos sabemos condenados de antemano. El fiscal termina su diatriba. Nos arroja una última mirada de cólera y desprecio. Nuestro defensor calla, anonadado por las fulminaciones de la parte enemiga. Sorprenden la acumulación de cargos y la ferocidad con que nos acusan de crímenes no cometidos.

Qué superioridad la del señor juez, con qué ojos de asesino desdén nos mira, cómo disfruta de nuestra humillación irremediable. Al fin nos sentencia primero a la picota y después al cadalso. Intentamos decir unas palabras. Los guardias nos cierran la boca con tizones. No tenemos derecho a nada. Entonces comprendemos que nuestro delito fue haber nacido.

TRES NOCTURNOS DE LA SELVA EN LA CIUDAD

1

Hace un momento estaba y ya se fue el sol,

doliente por la historia que hoy acabó.

Se van los pobladores de la luz. Los reemplazan

quienes prefieren no ser vistos por nadie.

Ahora la noche abre las alas. Parece un lago

la inundación, la incontenible mancha de tinta.

Mundo al revés cuando todo está de cabeza,

la sombra vuela como pez en el agua.

2

El día de hoy se me ha vuelto ayer.

Se fue entre los muchos

días de la eternidad —si existiera.

El día irrepetible ha muerto

como arena errante en la noche

que no se atreve a mirarnos.

Fuimos despojo

de su naufragio en la hora violenta,

cuando el sol no se quiere ir

 

y la luna se niega a entrar

para no vernos como somos.

3

Volvió de entre los muertos el halcón.

En los desfiladeros de la ciudad,

entre los montes del terror y las cuevas

de donde brotan las tinieblas,

se escuchan

un aleteo feroz, otro aleteo voraz

y algo como un grito pero muy breve.

Mañana en la cornisa no habrá palomas.

El trabajoso nido abandonado,

el amor conyugal deshecho,

la obra inconclusa para siempre.

En la acera unas cuantas plumas,

ahora llenas de sangre.

COSAS

A la memoria de José Donoso

Ternura

de los objetos mudos que se irán.

Me acompañaron

cuatro meses o cincuenta años

y no volveré a verlos.

Se encaminan

al basurero en que se anularán como sombras.

Nadie nunca podrá rehacer

los momentos que han zozobrado.

El tacto de los días sobre las cosas,

la corriente feroz en la superficie

en donde el polvo dice:

“Nada más yo

estoy aquí para siempre.”