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Un paso en falso

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Z serii: Myron Bolitar #5
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4

Myron aparcó el coche delante de la residencia universitaria de Brenda. Excepto por algunas indicaciones monosilábicas, la chica no había abierto la boca en todo el trayecto. Myron no insistió. Aparcó el coche y se volvió hacia ella. Brenda continuó mirando a través del parabrisas.

La Universidad de Reston era un lugar apacible, con abundante césped, grandes robles, edificios de ladrillo, pañuelos y Frisbees. Los profesores aún llevaban el pelo largo, barba descuidada y americanas de pana. Aún se respiraba un aire de inocencia, de ilusión, de juventud, de sorprendente pasión. Pero era lo hermoso de esta universidad: los estudiantes debatiendo sobre la vida y la muerte en un entorno tan aislado como Disneylandia. La realidad no entraba en la ecuación. Eso estaba bien. De hecho, era como debía ser.

—Ella se marchó sin más —dijo Brenda—. Yo tenía cinco años, y me dejó sola con él.

Myron la dejó hablar.

—Lo recuerdo todo sobre mi madre. El aspecto que tenía. Su perfume. Su manera de volver a casa del trabajo, tan cansada que apenas si podía poner los pies en alto. Creo que se pueden contar con los dedos de una mano las veces que he hablado de ella en los últimos veinte años. Pero pienso en ella todos los días. Pienso en por qué me abandonó. Pienso en por qué todavía la echo de menos.

Se llevó una mano a la barbilla y volvió la cabeza. El silencio se prolongó unos instantes.

—¿Eres bueno en esto, Myron? —preguntó Brenda—. ¿Investigando?

—Eso creo —respondió él.

Brenda sujetó la manecilla de la puerta y tiró.

—¿Puedes encontrar a mi madre?

No esperó una respuesta. Salió del coche a toda prisa y subió las escaleras. Myron la observó desaparecer en el edificio colonial. Luego puso en marcha el coche y se fue a su casa.

Encontró un hueco en la calle Spring, delante mismo del ático de Jessica. Aún se refería a su nueva casa como el ático de Jessica, pese a que ahora vivía allí y pagaba la mitad del alquiler. Era extraño, pero funcionaba.

Subió las escaleras hasta el tercer piso. Abrió la puerta y de inmediato oyó a Jessica gritar:

—Estoy trabajando.

No la oyó teclear en el ordenador, pero eso no significaba nada. Fue hasta el dormitorio, cerró la puerta, y puso en marcha el contestador. Cuando Jessica escribía, nunca atendía el teléfono.

Myron apretó la tecla de play. «¿Hola, Myron? Soy tu madre.» Como si él no reconociese su voz. «Dios, detesto esta máquina. ¿Por qué no se pone ella? Sé que está ahí. ¿Es tan difícil para un ser humano atender el teléfono, decir hola y tomar el mensaje? Estoy en mi oficina, suena el teléfono, atiendo. Incluso si estoy trabajando. Si no, le digo a mi secretaria que tome el mensaje. No a una máquina. No me gustan las máquinas, Myron, ya lo sabes.» Continuó con la misma cantinela durante un rato. Myron añoró los viejos días cuando había un límite de tiempo en los contestadores automáticos. El progreso no siempre era algo bueno.

Por fin mamá acabó el discurso. «Sólo llamaba para saludarte, guapo. Ya hablaremos más tarde.»

Durante los primeros treinta y tantos años de su vida, Myron había vivido con sus padres en Livingston, un suburbio de Nueva Jersey. De bebé había ocupado una pequeña habitación en la parte izquierda de la planta alta. A partir de los tres años y hasta los dieciséis había vivido en el dormitorio de la parte derecha de la misma planta; y de los dieciséis hasta hacía unos pocos meses, había vivido en el sótano. No todo el tiempo, por supuesto. Había vivido en Duke, Carolina del Norte, durante cuatro años; había pasado dos veranos impartiendo clases de baloncesto en colonias, y en ocasiones había estado con Jessica o con Win en Manhattan. Pero su verdadero hogar siempre había sido la casa de sus padres por voluntad propia, por curioso que parezca, aunque algunos quizá sugerirían que una terapia seria podría sacar a la luz motivos más profundos.

Esto había cambiado desde hacía unos meses, cuando Jessica le pidió que se fuese a vivir con ella. Era algo totalmente inesperado en su relación: Jessica había hecho el primer movimiento, y Myron se había sentido feliz hasta el delirio, ebrio de alegría y asustado hasta la médula. Su inquietud no tenía nada que ver con el miedo al compromiso —esa fobia en particular afectaba a Jessica, no a él—, pero, por decirlo de una manera sencilla, en el pasado había experimentado momentos muy duros, y no quería volver a pasar por lo mismo nunca más.

Aún seguía viendo a sus padres una vez a la semana, iba a casa a cenar o les traía a la Gran Manzana. También hablaba con su madre o su padre casi todos los días. Lo curioso era que, aunque sin duda eran unos pesados, a Myron le gustaban. Por loco que pareciese, a él le gustaba estar con sus padres. ¿Anticuado? Por supuesto. ¿Fuera de onda como un acordeonista de polca? Totalmente. Pero es lo que había.

Sacó un Yoo-Hoo de la nevera, lo sacudió, quitó la tapa y bebió un buen trago. Dulce néctar. Jessica gritó:

—¿Qué te apetece?

—No me importa.

—¿Quieres que salgamos?

—¿Te importa si pedimos que nos traigan la comida? —preguntó él a su vez.

—No.

Ella apareció en el umbral. Vestía una sudadera de Duke que le iba enorme y pantalones negros de punto. Llevaba el cabello recogido en una coleta. Varios cabellos sueltos le caían sobre el rostro. Cuando le sonrió, él sintió que se le aceleraba el pulso.

—Hola.

Myron se enorgullecía de sus inteligentes gambitos de apertura.

—¿Te apetece un chino? —preguntó ella.

—Lo que sea. Hunanés, sichuanés, cantonés.

—¿Sichuanés?

—Vale. ¿Sichuan Garden, Sichuan Dragón o Sichuan Imperio?

Jessica lo pensó un momento.

—La última vez la del Dragón era grasienta. Probemos con el Imperio.

Jessica cruzó la cocina y le dio un beso en la mejilla. Su pelo olía a flores silvestres después de una tormenta de verano. Myron le dio un rápido abrazo y cogió el menú del restaurante pegado en un armario de cocina. Escogieron con calma —sopa agria caliente, un entrante de gambas y otro vegetal— y luego llamó. Entraron en funciones las habituales barreras idiomáticas —¿por qué nunca contrataban a una persona que hablase inglés al menos para tomar los pedidos telefónicos?— y después de repetir seis veces su número de teléfono, colgó.

—¿Has avanzado mucho? —preguntó.

Jessica asintió.

—El primer borrador estará acabado para Navidad.

—Creía que la fecha de entrega era agosto.

—¿Qué pretendes decir?

Se sentaron a la mesa de la cocina. La cocina, la sala de estar, el comedor, el salón, todo estaba situado en un mismo y amplio espacio. El techo estaba a cinco metros de altura. Aireado. Las paredes de ladrillo, con vigas de metal vistas, le daban al lugar un aspecto que era al mismo tiempo artístico y como una estación de ferrocarril. En una palabra, un ático espectacular.

Llegó la comida. Hablaron de sus actividades. Myron le habló de Brenda Slaughter. Jessica lo escuchó de aquella manera tan particular. Tenía la capacidad de hacerte sentir como si fueses la única persona viva cuando hablabas. Cuando acabó, le formuló unas pocas preguntas. Después se levantó y se sirvió un vaso de agua de una jarra.

Se sentó de nuevo.

—El martes tengo que volar a Los Ángeles —dijo.

Myron alzó la vista.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No sé. Una semana o dos.

—¿No acabas de estar allí?

—Sí, ¿y qué?

—Para aquello de la peli, ¿no?

—Sí.

—¿Entonces cómo es que vas de nuevo? —preguntó él.

—Tengo que buscar documentación para escribir.

—¿No pudiste hacer ambas cosas cuando estuviste allí la semana pasada?

—No. —Jessica le miró—. ¿Pasa algo?

Myron jugó con uno de los palillos. La miró, desvió la mirada, tragó saliva, y dijo:

—¿Funciona lo nuestro?

—¿Qué?

—Vivir juntos.

—Myron, sólo serán un par de semanas. Para buscar documentación.

—Y después será una gira por el libro. O un seminario de escritores. O la firma para una peli. O más documentación.

—¿Quieres que me quede en casa y haga pasteles?

—No.

—¿Entonces qué está pasando?

—Nada —dijo Myron. Después añadió—: Llevamos juntos mucho tiempo.

—Entre unas cosas y otras unos diez años. ¿Y?

Myron no sabía muy bien cómo continuar.

—Te gusta viajar.

—Demonios, sí.

—Te echo de menos cuando no estás.

—Yo también te echo de menos. Y te echo de menos cuando te vas por trabajo. Pero nuestra libertad es parte de la diversión, ¿no? Además —se inclinó un poco hacia delante— soy espectacular en los reencuentros.

Él asintió.

—En eso te doy la razón.

Ella apoyó una mano en su brazo.

—No quiero hacer ningún pseudoanálisis, pero este traslado ha sido un gran ajuste para ti. Lo comprendo. Pero hasta ahora creo que está funcionando muy bien.

Por supuesto, tenía razón. Eran una pareja moderna, con carreras en ascenso y mundos que conquistar. La separación formaba parte de ello. Las dudas que tenía eran un subproducto de su pesimismo innato. Las cosas iban muy bien —Jessica había vuelto y ella le había pedido que se mudase—, sólo él las complicaba esperando que algo saliese mal. Tenía que dejar de obsesionarse. La obsesión no busca los problemas y los corrige: los fabrica de la nada, los alimenta, los hace más fuertes. Myron le sonrió.

 

—Quizá todo esto no sea más que una llamada de atención.

—Vaya.

—O quizá sea una estratagema para conseguir más sexo.

Ella le dirigió una mirada que le curvó los palillos.

—Tal vez esté dando resultado.

—Posiblemente debería ponerme algo más cómodo.

—Por favor, la máscara de Batman no.

—Oh, venga, puedes ponerte tu cinturón de mecánico.

Ella se lo pensó.

—Vale, pero nada de interrumpirse en la mitad y gritar: ¡A la misma bathora, en el mismo batcanal!

—Hecho.

Jessica se levantó, se le acercó para sentarse en su regazo. Ella lo abrazó y bajó los labios hacia su oreja.

—Vamos muy bien, Myron. No la jodamos.

Tenía razón.

Se levantó.

—Venga, quitemos la mesa.

—¿Y después?

Jessica asintió.

—A la batescalera.

5

Tan pronto como Myron bajó a la calle a la mañana siguiente, una limusina negra aparcó delante de él. Un par de titanes —músculos en lugar de cerebro, prodigios sin cuello— se apearon del vehículo. Llevaban trajes que les quedaban mal, pero Myron no culpó a su sastre. Los tipos con ese físico siempre parecían mal vestidos. Ambos lucían el típico bronceado de gimnasio, y aunque no podía confirmarlo a simple vista, sus pechos estaban tan depilados como las piernas de Cher.

—Sube al coche —dijo uno de los bulldozers.

—Mi mamá me dijo que nunca suba a un coche con desconocidos —contestó Myron.

—Vaya —dijo el otro bulldozer—, si hemos topado con un gracioso.

—Sí. —Bulldozer número uno inclinó la cabeza hacia Myron—. ¿Es así? ¿Eres un comediante?

—También soy un extraordinario cantante —dijo Myron—. ¿Quieres escuchar mi muy apreciada versión de Volare?

—Cantarás por el otro extremo de tu culo si no subes al coche.

—El otro extremo de mi culo —repitió Myron. Miró hacia lo alto como si estuviese pensando a fondo—. No lo pillo. Por el extremo de mi culo, vale, eso tiene sentido. Pero ¿el otro extremo? ¿Cuál es el significado exacto? Me refiero a que, técnicamente, si seguimos el tracto intestinal, ¿el otro extremo de tu culo no es la boca?

Los bulldozers se miraron mutuamente, y después a Myron, que no parecía muy asustado. Esos matones eran chicos de reparto; y se suponía que no se podía entregar la mercancía en mal estado. Soportarían unas cuantas puyas. Además, nunca hay que demostrar miedo a tipos como ésos. Huelen el miedo, se alimentan de él y te devoran. Por supuesto, Myron podía estar equivocado. También podían ser unos psicóticos desequilibrados que se desquiciaban a la menor provocación. Uno de los pequeños misterios de la vida.

—El señor Ache quiere verte —dijo bulldozer uno.

—¿Cuál de ellos?

—Frank.

Silencio. Eso no pintaba bien. Los hermanos Ache eran mafiosos importantes en Nueva York. Herman Ache, el hermano mayor, era el líder, un hombre capaz de infligir sufrimientos envidiables incluso para cualquier dictador del tercer mundo. Pero al lado de su loco hermano Frank, Herman era tan inocente como el osito Winnie.

Los matones hicieron crujir sus cuellos y sonrieron ante el silencio de Myron.

—¿Ahora no te parece tan gracioso, eh tío?

—Testículos —dijo Myron, que avanzó hacia el coche—. Se encogen cuando tomas esteroides.

Era una vieja réplica Bolitar, pero Myron nunca se cansaba de los clásicos. En realidad no tenía elección. Tenía que ir. Se sentó en el asiento trasero de la limusina. Había un bar y una televisión sintonizada en el programa de Regis y Kathie Lee. Kathie obsequiaba a la audiencia con las más recientes aventuras de Cody.

—Basta, os lo suplico —dijo Myron—. Os lo diré todo.

Los bulldozers no lo pillaron. Myron se inclinó hacia delante y apagó el televisor. Nadie protestó.

—¿Vamos a Clancy’s? —preguntó Myron.

La taberna de Clancy’s era el lugar favorito de los Aches. Myron había estado allí con Win un par de años atrás. Había esperado no tener que volver nunca más.

—Siéntate y cierra la boca, gilipollas.

Myron permaneció quieto. Tomaron la autopista del West Side hacia el norte; la dirección opuesta a la taberna de Clancy’s. Giraron a la derecha en la 57. Cuando entraron en un parking de la Quinta Avenida, Myron comprendió adónde iban.

—Vamos a las oficinas de TruPro —dijo en voz alta.

Los bulldozers no dijeron nada. Carecía de toda importancia.

TruPro era una de las grandes agencias deportivas del país. Durante años había sido dirigida por Roy O’Connor, una serpiente con traje, que no había sido nada más que un experto en saltarse cualquier norma. Era un verdadero maestro en la contratación ilegal de atletas cuando apenas habían dejado atrás los pañales, en el uso de sobornos y sutiles extorsiones. Pero como muchos otros que pululaban por el mundo de la corrupción, inevitablemente acabó atrapado. Myron ya lo había visto antes. Un tipo calcula que puede estar un pelín pillado, un poco enredado con los bajos fondos. Pero los mafiosos no actúan de esa manera. Les das un dedo y te agarran todo el brazo. Era lo que le había ocurrido a TruPro. Roy debía dinero, y cuando no pudo pagar, los hermanos Ache asumieron el control.

—Muévete, gilipollas.

Myron siguió a Bubba y Rocco —si no eran sus nombres, tendrían que haberlo sido— al ascensor. Bajaron en el octavo piso y pasaron por delante de la recepcionista. Ella mantuvo la cabeza gacha, pero espió. Myron le dedicó un gesto de saludo y continuó caminando. Se detuvieron delante de la puerta de un despacho.

—Cachéalo.

Bulldozer uno comenzó a inspeccionarlo.

Myron cerró los ojos.

—Dios —dijo—. Sí que es agradable. Un poquito más a la izquierda.

Bulldozer se detuvo, le dirigió una mirada furiosa.

—Entra.

Myron abrió la puerta y entró en la oficina.

Frank Ache abrió los brazos y avanzó hacia él.

—¡Myron!

No importaba la fortuna que hubiera amasado Frank Ache, estaba claro que el hombre no se la gastaba en ropa. Le gustaba usar chándales de terciopelo brillante, parecidos a los que vestían los tipos en Perdidos en el espacio como prendas informales. Frank llevaba uno de color naranja oscuro con un ribete amarillo. La cremallera de la chaqueta bajaba más que la de los modelos de Cosmopolitan, y el vello gris del pecho era tan espeso que parecía un suéter. Tenía la cabeza enorme, los hombros minúsculos, y un neumático en la cintura que era la envidia del hombre Michelin; una figura de reloj de arena con toda la arena abajo. Era grande, fofo y exhibía una calva lisa.

Frank le dio a Myron un feroz abrazo de oso. Myron se quedó sorprendido. Por lo general, solía ser tan cariñoso como un chacal con herpes.

Apartó a Myron a la distancia del brazo.

—Caray, Myron, sí que tienes buen aspecto.

Myron intentó no pestañear.

—Gracias, Frank.

Frank le ofreció una gran sonrisa: dos hileras de dientes en forma de granos de maíz muy apretujados. Myron intentó no encogerse.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Poco más de un año.

—Estábamos en Clancy’s, ¿no?

—No, Frank, no estábamos allí.

Frank parecía extrañado.

—¿Dónde estábamos entonces?

—En la carretera a Pensilvania. Disparaste a los neumáticos del coche, amenazaste con matar a los miembros de mi familia, y luego me dijiste que bajase de tu coche antes de que utilizases mis pelotas como alimento de las ardillas.

Frank se rió alegremente y le dio a Myron una palmada en la espalda.

—Aquéllos sí que eran buenos tiempos.

Myron se mantuvo muy quieto.

—¿Qué puedo hacer por ti, Frank?

—¿Tienes prisa?

—Sólo quiero llegar al meollo del asunto.

—Eh, Myron. —Frank abrió los brazos de par en par—. Intento ser amistoso. He cambiado, soy un hombre totalmente nuevo.

—¿Has abrazado la religión, Frank?

—Algo así.

—Vaya, vaya.

La sonrisa de Frank se esfumó poco a poco.

—¿Te gustaban más mis viejas maneras?

—Eran más sinceras.

La sonrisa había desaparecido del todo.

—Lo estás haciendo de nuevo, Myron.

—¿Qué?

—Tocarme las pelotas. ¿Es cómodo tu nuevo nidito?

—Sí, es cómodo —dijo Myron con un gesto—. Es la palabra que utilizaría.

Se abrió la puerta detrás de ellos. Entraron dos hombres. Uno era Roy O’Connor, el presidente de TruPro sobre el papel. Entró en silencio, como si pidiese permiso para vivir. Probablemente era así. Cuando Frank estaba presente, lo más probable era que Roy levantase la mano antes de ir al baño. El segundo tipo tenía unos treinta y tantos. Iba vestido de veintiún botones y tenía el aspecto de un financiero que acaba de hacer un máster en económicas.

Myron saludó con un gesto ampuloso.

—Hola, Roy. Se te ve bien.

Roy asintió envarado, se sentó.

—Éste es mi chico, Frankie junior. Le puedes llamar FJ —dijo Frank.

—Hola —saludó Myron. ¿FJ?

El chico le dirigió una mirada dura y se sentó.

—Roy acaba de contratar a FJ —explicó Frank.

Myron le sonrió a Roy O’Connor.

—El proceso de selección tuvo que ser un infierno, ¿no, Roy? Buscar entre tantos currículums y antecedentes.

Roy no abrió la boca.

Frank caminó alrededor de la mesa.

—Tú y FJ tenéis algo en común, Myron.

—¿Ah, sí?

—Fuiste a Harvard, ¿no?

—A estudiar derecho —respondió Myron.

—FJ se licenció en administración de empresas allí.

Myron asintió.

—Como Win.

Su nombre silenció la habitación. Roy O’Connor cruzó las piernas. Su rostro perdió el color. Él había conocido a Win de cerca, pero todos sabían quién era. Win se sentiría complacido por la reacción.

La habitación se puso en marcha de nuevo poco a poco. Todos tomaron asiento. Frank apoyó las dos manos del tamaño de jamones sobre la mesa.

—Nos hemos enterado de que representas a Brenda Slaughter —dijo.

—¿Dónde lo has oído?

Frank se encogió de hombros como si dijese: una pregunta idiota.

—¿Es verdad, Myron?

—No.

—¿No la representas?

—Así es, Frank.

Frank miró a Roy. Roy permaneció quieto como una estatua de cemento. Luego miró a FJ, que meneaba la cabeza.

—¿Su viejo todavía continúa siendo su representante? —preguntó Frank.

—No lo sé, Frank. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

—Ayer estuviste con ella, ¿no? —dijo Frank.

—¿Y?

—¿Qué estabais haciendo?

Myron estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

—Dime una cosa, Frank. ¿Qué es lo que te interesa?

Frank abrió mucho los ojos. Miró a Roy, luego a FJ, y después señaló a Myron con un dedo del grosor de una salchicha.

—Perdona, ¿pero tengo aspecto de estar aquí para responder a tus putas preguntas?

—Tu nuevo yo —comentó Myron—. Amistoso, cambiado.

FJ se inclinó hacia delante y miró a Myron a los ojos. Myron le devolvió la mirada. Allí no había nada. Si de verdad los ojos eran el espejo del alma, ahí había un cartel que decía vacante.

—¿Señor Bolitar?

La voz de FJ era suave.

—¿Sí?

—Que le follen.

Susurró las palabras con una curiosa sonrisa en su rostro.

No se echó hacia atrás después de decirlo. Myron sintió que algo frío le recorría la espalda, pero no desvió la mirada.

Sonó el teléfono de la mesa. Frank apretó un botón.

—¿Sí?

—El socio del señor Bolitar en la línea —dijo una voz femenina—. Quiere hablar con usted.

—¿Conmigo? —preguntó Frank.

—Sí, señor Ache.

Frank parecía confuso. Se encogió de hombros y apretó un botón.

—Sí —respondió.

—Hola, Francis.

El cuarto se quedó tan inmóvil como una fotografía.

Frank se aclaró la garganta.

—Hola, Win.

—Espero no interrumpir —dijo Win.

Silencio.

—¿Cómo está tu hermano, Francis?

—Está bien, Win.

—Tengo que llamar a Herman. Hace tiempo que no vamos a jugar al golf.

—Sí —dijo Frank—. Le diré que preguntaste por él.

—Bien, Francis, bien. Bueno, debo irme. Por favor, dale mis saludos a Roy y a tu encantador hijo. Qué descortés de mi parte no haber saludado antes.

 

Silencio.

—Eh, Win.

—Sí, Francis.

—No me gusta toda esta mierda críptica, ¿me oyes?

—Lo oigo todo, Francis.

Clic.

Frank Ache le dirigió una dura mirada a Myron.

—Lárgate.

—¿Por qué estás tan interesado en Brenda Slaughter?

Frank se levantó de la silla.

—Win asusta —dijo—. Pero no es a prueba de balas. Di una palabra más, y te ataré a la silla y te quemaré la polla.

Myron no se molestó en despedirse.

Myron bajó en el ascensor. Win —abreviatura de Windsor Horne Lockwood III— esperaba en el vestíbulo. Esa mañana vestía al estilo universitario tardío. Chaqueta azul, pantalón caqui claro, camisa Oxford blanca y una chillona corbata Lilly Pulitzer, con más colores que el público en un campo de golf. Los rizos dorados separados por una raya trazada con un tiralíneas, la mandíbula sobresaliente en ese estilo tan suyo, los pómulos altos, bonitos, la tez de porcelana, los ojos azul hielo. Myron sabía que mirar el rostro de Win era odiarlo, porque te hacía pensar en el elitismo, el esnobismo, el antisemitismo, el racismo, la conciencia de clase, el dinero del Viejo Mundo ganado a costa del sudor de las frentes de otros hombres, y todo eso. Las personas que juzgaban a Windsor Horne Lockwood III sólo por su apariencia siempre cometían un error. A menudo peligrosamente.

Win no miró en la dirección de Myron. Miraba a lo lejos como si estuviese posando para una estatua urbana.

—Estaba reflexionando —dijo Win.

—¿Qué?

—Si te clonas, y después tienes sexo contigo mismo, ¿es incesto o masturbación?

Win.

—Es bueno saber que no estás desperdiciando el tiempo —opinó Myron.

Win lo miró.

—Si aún estuviésemos en Duke —dijo—, probablemente discutiríamos este dilema durante horas.

—Ya, porque estaríamos borrachos.

Win asintió.

—Exactamente.

Ambos apagaron sus teléfonos móviles y caminaron por la Quinta Avenida. Era un truco reciente que Myron y Win utilizaban con gran efecto. Tan pronto como los machotes hormonados aparcaron el coche, Myron había encendido el móvil y apretado el botón de llamada rápida para comunicarse con el móvil de Win. Por lo tanto, Win había escuchado todas las conversaciones. Por ese motivo había dicho en voz alta adónde se dirigían. Por eso Win sabía dónde estaba y cuándo llamar. Win no tenía nada que decirle a Frank Ache, sólo quería que Frank supiese que sabía dónde estaba Myron.

—Atarte a una silla y quemarte la polla —repitió Win—. Eso debe hacer mucho daño.

Myron asintió.

—Para que después digas que notas una sensación ardiente cuando orinas.

—Así es. Venga cuéntame.

Myron comenzó a hablar. Como siempre, Win parecía no escuchar. Ni siquiera miró en su dirección; sus ojos recorrían las calles en busca de mujeres hermosas. Y el centro de Manhattan durante las horas de trabajo estaba lleno de ellas. Vestían trajes chaqueta, blusas de seda y zapatillas Reebok blancas. De vez en cuando Win obsequiaba a una con una sonrisa; y a diferencia de casi cualquier otro neoyorquino, a menudo recibía otra como respuesta.

Cuando Myron le dijo que haría de guardaespaldas de Brenda Slaughter, Win se detuvo de pronto y comenzó a cantar: «and i-i-i-i-i-i will always love you-ou-ou-ou-ou-ou-ou».

Myron lo observó. Win se interrumpió, recompuso la expresión y continuó caminando.

—Cuando lo canto —dijo Win—, es casi como si Whitney Houston estuviese en la habitación.

—Sí —dijo Myron—, es lo que me había parecido.

—¿Cuál es el interés de los Ache en este asunto?

—No lo sé.

—Quizá TruPro sólo quiere representarla.

—Bastante improbable. Puede proporcionar algunas ganancias, pero no es un bocado tan suculento.

Win asintió. Caminaron en dirección este por la calle 50.

—El joven FJ podría representar un problema.

—¿Lo conoces?

—Un poco. Tiene una historia un tanto intrigante. Su papaíto lo preparó para que se comportase de forma legal. Lo envió a Lawrenceville, después a Princeton, y por último a Harvard. Ahora se está introduciendo en el negocio de representar deportistas.

—Pero...

—Pero le molesta. Todavía es el hijo de Frank Ache y por lo tanto quiere su aprobación. Necesita demostrar que, a pesar de su buena crianza, todavía es un tío duro. Peor aún, genéticamente es el hijo de Frank Ache. ¿Mi opinión? Si indagas un poco en la infancia de FJ, te encontrarás con muchas arañas sin patas y moscas sin alas.

Myron sacudió la cabeza.

—Está claro que eso no es muy bueno.

Win no dijo nada. Llegaron al Lock-Horne Building en la calle 47. Myron salió del ascensor en el piso doce. Win permaneció en él, su despacho estaba dos pisos más arriba. Cuando Myron miró hacia la mesa de la recepción —el lugar donde Esperanza se sentaba habitualmente— casi dio un paso atrás. Big Cyndi lo miraba en silencio. Era demasiado grande para la mesa —en realidad, demasiado grande para el edificio—; la mesa se balanceaba sobre sus rodillas. Su maquillaje podía ser calificado de «demasiado exótico» por los integrantes de Kiss. Llevaba el pelo corto y teñido de color verde alga. La camiseta tenía las mangas rasgadas, para dejar a la vista unos bíceps del tamaño de pelotas de baloncesto.

Myron le dirigió un saludo tímido.

—Hola, Cyndi.

—Hola, señor Bolitar.

Big Cyndi medía un metro noventa y seis, pesaba ciento cincuenta kilos y había sido la compañera de equipo de Esperanza en la lucha libre, conocida en el cuadrilátero como Mamá Gran Jefe. Durante años Myron sólo la había oído gruñir, nunca hablar. Pero al parecer era capaz de modular su voz. Cuando trabajaba como gorila en el Leather-N-Lust en la calle 10, utilizaba un acento que hacía que Arnold Schwarzenegger sonase como una de las hermanas Gabor. Ahora mismo estaba haciendo su interpretación de la alegre Mary Richards no descafeinada.

—¿Está aquí Esperanza? —preguntó él.

—La señorita Díaz está en el despacho del señor Bolitar.

Ella le sonrió. Myron intentó no encogerse. Olviden lo que dijo de Frank Ache; esta sonrisa hizo que le doliesen los empastes.

Se disculpó y fue a su despacho. Esperanza estaba en su mesa, hablaba por teléfono. Vestía una blusa amarillo brillante que resaltaba su piel morena y que siempre le hacía pensar en estrellas reflejándose en el agua tibia de la bahía de Amalfi. Ella lo miró, le hizo un gesto levantando un dedo para que le diese un minuto. Era una perspectiva interesante ver lo que los clientes y los patrocinadores veían cuando estaban en su despacho. Los pósters de los musicales de Broadway detrás de su silla eran demasiado desesperantes. Como si él intentase ser irreverente sólo por la irreverencia.

Cuando acabó la llamada, Esperanza dijo:

—Llegas tarde.

—Frank Ache quería verme.

Ella se cruzó de brazos.

—¿Necesitaba un cuarto jugador para su partida de canasta?

—Quería información sobre Brenda Slaughter.

Esperanza asintió.

—Así que tenemos problemas.

—Quizá.

—Déjala.

—No.

Ella lo miró con ojos inexpresivos.

—Tatúame la palabra «sorprendida».

—¿Has encontrado algo sobre Horace Slaughter?

Esperanza cogió una hoja de papel.

—Horace Slaughter. Ninguna de sus tarjetas de crédito se ha utilizado en la última semana. Tenía una cuenta en el Newark Fidelity. Saldo: cero dólares.

—¿Cero?

—La vació.

—¿Cuánto?

—Once mil. En efectivo.

Myron soltó un silbido y se echó hacia atrás.

—Por lo tanto, está claro que pensaba largarse. Encaja con lo que vimos en el apartamento.

—Ajá.

—Tengo un asunto aún más difícil para ti —dijo Myron—. Su esposa, Anita Slaughter.

—¿Todavía están casados?

—No lo sé. Quizá legalmente. Ella se fugó hace veinte años. No creo que alguna vez se hayan tomado la molestia de divorciarse.

Esperanza frunció el entrecejo.

—¿Dijiste veinte años atrás?

—Sí. Al parecer nadie la ha vuelto a ver desde entonces.

—¿Qué es exactamente lo que estamos buscando?

—En dos palabras: a ella.

—¿No sabes dónde está?

—Ni una sola pista. Como dije, lleva desaparecida desde hace veinte años.

Esperanza aguardó un segundo.

—Podría estar muerta.

—Lo sé.

—Si ha conseguido permanecer oculta todo este tiempo, es probable que haya cambiado de nombre. O abandonado el país.

—Correcto.

—No debe haber muchos registros, si es que hay alguno, de hace veinte años. Desde luego nada en el ordenador.

Myron sonrió.

—¿No te pone frenética cuando te lo pongo tan fácil?

—Ya sé que sólo soy una miserable ayudante...

—No eres mi miserable ayudante.

Ella lo miró.

—Tampoco soy tu socia.

Eso lo hizo callar.

—Soy consciente de que sólo soy tu miserable ayudante —repitió ella—, ¿pero de verdad tenemos tiempo para ocuparnos de esta mierda?