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Un paso en falso

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Z serii: Myron Bolitar #5
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2

Brenda reapareció con un pantalón corto de lycra Zoom y lo que se llama comúnmente un sostén deportivo. Era puras piernas, brazos, hombros, músculos y sustancia, y si bien las modelos profesionales miraron furiosas su tamaño (no su altura porque la mayoría de ellas también medían un metro ochenta), Myron pensó que destacaba como una brillante supernova junto a, bueno, unos entes gaseosos.

Las poses eran atrevidas, y era obvio que a Brenda le incomodaban. No así a Ted. Se movía y la miraba con lo que suponía era la mirada de la más ardiente sexualidad. En dos ocasiones Brenda fue incapaz de aguantarse y se le rió en la cara. Myron todavía odiaba a Ted, pero Brenda comenzaba a gustarle cada vez más.

Sacó el móvil y marcó el número privado de Win. Éste era un importante consultor financiero en Lock-Horne Securities, una antigua firma financiera que ya vendía valores de renta variable a bordo del Mayflower. Su despacho estaba en el Lock-Horne Building, en Park Avenue y la 47, en el centro de Manhattan. Myron alquilaba un despacho allí. Un agente deportivo en Park Avenue; eso sí que era clase.

Después de tres timbrazos, el contestador automático se puso en marcha. El insoportable acento de superioridad de Win dijo: «Cuelgue sin dejar un mensaje y muérase». Bip. Myron meneó la cabeza, sonrió, y, como siempre, dejó un mensaje.

Cortó y marcó el número de su despacho. Respondió Esperanza.

—MB SportsReps.

La M correspondía a Myron, la B a Bolitar, SportsReps porque era representante de deportistas. El nombre se le había ocurrido a él solito, sin la ayuda de ningún profesional de marketing. Pero a pesar del ello, Myron continuaba mostrándose humilde.

—¿Algún mensaje? —preguntó.

—Más o menos un millón.

—¿Alguno crucial?

—Greenspan quería tu opinión sobre el aumento de los tipos de interés. Aparte de eso, nada más. —Esperanza, siempre tan lista—. ¿Qué quería Norm?

Esperanza Díaz —la «española lista» en palabras de Norm— llevaba en MB SportsReps desde su creación. Antes había sido luchadora profesional con el apodo de la «Pequeña Pocahontas»; para decirlo de forma sencilla, llevaba un bikini que recordaba al de Raquel Welch en la película Hace un millón de años y luchaba con otras mujeres delante de una horda que babeaba. Esperanza consideraba el cambio de su carrera como representante de deportistas como un paso atrás.

—Tiene que ver con Brenda Slaughter —comenzó Myron.

—¿La jugadora de baloncesto?

—Sí.

—La he visto jugar un par de veces —comentó Esperanza—. En televisión se la ve estupenda.

—También en persona.

Hubo una pausa. Después Esperanza preguntó:

—¿Crees que participa del amor de nombre impronunciable?

—¿Eh?

—¿Se mueve hacia las mujeres?

—Vaya —dijo Myron—. Me olvidé de mirar si tenía el tatuaje.

Las preferencias sexuales de Esperanza cambiaban como las de un político en un año sin elecciones. En estos momentos parecía haberse decantado por el sexo masculino, pero Myron suponía que era una de las ventajas de la bisexualidad: amar a todos. Él no tenía ningún problema al respecto. En el instituto había salido casi exclusivamente con chicas bisexuales.

—No importa —afirmó Esperanza—. En realidad me gusta David. —Su actual novio. No duraría—. Pero tienes que admitirlo, Brenda Slaughter está como un tren.

—Admitido.

—Puede ser divertida para una noche o dos.

Myron asintió al teléfono. Un hombre de menor categoría podría haber imaginado unas cuantas imágenes exclusivas de la ágil belleza española en las garras de la pasión con la extraordinaria amazona negra del sostén deportivo. Pero no Myron. Demasiado mundano.

—Norm quiere que la vigilemos —explicó Myron.

La puso al corriente. Cuando acabó, la oyó soltar un suspiro.

—¿Qué? —preguntó.

—Por Dios, Myron, ¿somos representantes o de la agencia Pinkerton?

—Es para conseguir clientes.

—No te lo crees ni tú.

—¿Qué demonios significa eso?

—Nada. ¿Qué quieres que haga?

—Su padre ha desaparecido. Su nombre es Horace Slaughter. A ver qué puedes averiguar sobre él.

—Voy a necesitar ayuda.

Myron se frotó los ojos.

—Creía que íbamos a contratar a alguien permanente.

—¿Y quién tiene tiempo?

Silencio.

—Bien —dijo Myron. Suspiró—. Llama a Big Cyndi. Pero hazle saber que sólo está a prueba.

—Vale.

—Y si entra algún cliente, quiero que Cyndi se esconda en mi despacho.

—Sí, vale, lo que tú quieras.

Colgó el teléfono.

Cuando acabó la sesión fotográfica, Brenda Slaughter se le acercó.

—¿Dónde vive ahora tu padre? —preguntó Myron.

—En el mismo lugar.

—¿Has estado allí desde que desapareció?

—No.

—Entonces comenzaremos por allí.

3

Newark. Nueva Jersey. La parte mala. Casi una redundancia.

Decadencia era la primera palabra que venía a la mente. Los edificios estaban más que ruinosos; en realidad se estaban cayendo, derretidos por una especie de ácido. Aquí la renovación urbana era un concepto tan conocido como el del viaje en el tiempo. El entorno se parecía más a un noticiario de guerra —Frankfurt después del bombardeo aliado— que a un lugar habitable.

El vecindario se veía incluso peor de lo que recordaba. Cuando Myron era un adolescente, él y su padre habían circulado por esas mismas calles; incluso las puertas del coche parecían cerrarse de pronto como si notasen el inminente peligro. El rostro de su padre se tensaba. «Un retrete», solía murmurar. Su padre había crecido no muy lejos de allí, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Él era el hombre que Myron amaba e idolatraba por encima de cualquier otro, el alma más amable que había conocido, y ahora apenas si podía contener la furia. «Mira lo que han hecho con el viejo barrio», decía.

Mira lo que han hecho.

Ellos.

El Ford Taurus de Myron pasó a poca velocidad junto a la vieja cancha. Los rostros negros lo miraron con furia. Estaban jugando cinco contra cinco con muchísimos chicos tumbados a los costados a la espera de enfrentarse a los vencedores. Las zapatillas baratas de los tiempos de Myron —Thom McAn, Keds o Kmart— habían sido reemplazadas por otras de más de cien dólares que los chicos de ahora a duras penas podían pagar. Sintió una punzada. Le hubiese gustado adoptar una postura noble sobre el tema —la corrupción de los valores, el materialismo y cosas por el estilo— pero era un agente deportivo que ganaba dinero con la publicidad de artículos deportivos, y eso pagaba parte de su comida. No se sentía bien al respecto, pero tampoco quería ser un hipócrita.

Ya nadie llevaba pantalón corto. Todos los chicos vestían tejanos azules o negros que apenas si enganchaban por encima del trasero, algo así como un payaso de circo que busca ganarse otra carcajada. La cintura bajaba por las nalgas para dejar a la vista los calzoncillos de diseño. Myron no quería parecer un vejete, quejándose por los gustos de las jóvenes generaciones, pero estos hacían que los pantalones acampanados y los zuecos pareciesen prácticos. ¿Cómo podías jugar bien si tenías que detenerte continuamente para subirte los pantalones?

Pero el mayor cambio estaba en las miradas. Myron se había asustado la primera vez que vino a estas canchas con quince años, cuando estudiaba en el instituto, pero sabía que si quería pasar al siguiente nivel, tenía que enfrentarse a los mejores competidores. Eso significaba jugar aquí. Al principio no había sido bienvenido. Ni mucho menos. Pero las miradas de curiosa animosidad que había recibido entonces no eran nada comparado con las miradas asesinas de estos chicos. Su odio era desnudo, en primera fila, cargado con una fría resignación. Resulta cursi decirlo, pero entonces —menos de veinte años atrás— se trataba de algo diferente. Quizás había más esperanzas. Difícil decirlo.

Como si le hubiese leído el pensamiento, Brenda dijo:

—Yo ya no vengo a jugar por aquí.

Myron asintió.

—¿No fue fácil para ti, verdad? Venir a jugar a estos lugares.

—Tu padre hizo que fuese fácil —respondió él.

Ella sonrió.

—Nunca comprendí por qué le caías bien. Por lo general, odiaba a los blancos.

Myron fingió una exclamación.

—¿Pero soy blanco?

—Como Pat Buchanan.

Ambos forzaron una risa. Myron lo intentó de nuevo.

—Háblame de las amenazas.

Brenda miró a través de la ventanilla. Pasaron por un lugar donde vendían tapacubos. Centenares, si no eran miles, de tapacubos resplandecían al sol. Un extraño negocio si te parabas a pensarlo. La única vez que alguien necesita un tapacubos nuevo es cuando te lo roban. Y los tapacubos robados acababan en lugares como éste. Un miniciclo fiscal.

—Recibo llamadas —comenzó ella—. Sobre todo por la noche. Una vez dijeron que me harían daño si no encontraban a mi padre. Otra, que más me convenía mantener a mi padre como agente o si no...

Se detuvo.

—¿Alguna idea de quiénes son?

—No.

—¿Alguna idea de por qué alguien busca a tu padre?

—No.

—¿O por qué tu padre desapareció?

Ella negó con la cabeza.

—Norm dijo algo de un coche que te seguía.

—No sé nada al respecto —afirmó ella.

—La voz en el teléfono —prosiguió Myron—. ¿Es la misma cada vez?

—No lo creo.

 

—¿Hombre o mujer?

—Hombre. Blanco. Al menos, suena a blanco.

Myron asintió.

—¿Horace juega?

—Nunca. Mi abuelo jugaba. Perdió todo lo que tenía, que no era mucho. Papá nunca jugó.

—¿Pidió dinero prestado?

—No.

—¿Estás segura? Incluso con ayuda financiera, tu enseñanza ha tenido que costar lo suyo.

—Tengo una beca desde que cumplí los doce años.

Myron asintió. Delante un hombre iba dando tumbos por la acera. Vestía ropa interior de Calvin Klein, botas de esquí diferentes, y uno de aquellos grandes sombreros rusos como el doctor Zhivago. Nada más. Ni camisa ni pantalones. Su mano sujetaba la boca de una bolsa de papel como si la estuviese ayudando a cruzar la calle.

—¿Cuándo comenzaron las llamadas? —preguntó Myron.

—Hace una semana.

—¿Cuando desapareció tu padre?

Brenda asintió. Tenía algo más que decir. Myron se dio cuenta por la forma de mirarlo. Guardó silencio y esperó.

—La primera vez —añadió ella en voz baja—, la voz dijo que llamase a mi madre.

Aguardó a que continuase. Cuando fue obvio que no lo haría, preguntó:

—¿Lo hiciste?

—No —respondió ella con una sonrisa triste.

—¿Dónde vive tu madre?

—No lo sé. No la he visto desde que tenía cinco años.

—¿Cuando dices que no la has visto...?

—Sólo me refiero a eso. Nos abandonó hace veinte años. —Brenda por fin se volvió hacia él—. Pareces sorprendido.

—Supongo que sí.

—¿Por qué? ¿Sabes cuántos de esos chicos que acabamos de dejar atrás han sido abandonados por sus padres? ¿Crees que una madre no puede hacer lo mismo?

Estaba en lo cierto, pero sonaba más a una hueca racionalización que a un verdadero convencimiento.

—¿Así que no la has visto desde que tenías cinco años?

—Así es.

—¿Sabes dónde vive? ¿La ciudad, el estado o lo que sea?

—Ni idea.

Ella intentó con todas sus fuerzas mostrarse indiferente.

—¿No tienes ningún contacto con ella?

—Sólo un par de cartas.

—¿Alguna dirección del remitente?

Brenda negó con la cabeza.

—El matasellos era de Nueva York. Es todo lo que sé.

—¿Puede saber Horace dónde vive?

—No. Ni siquiera ha pronunciado su nombre en estos veinte años.

—Al menos no a ti.

Ella asintió.

—Quizá la voz en el teléfono no se refería a tu madre —opinó Myron—. ¿Tienes una madrastra? ¿Tu padre se volvió a casar o vive con alguien?

—No. Desde mi madre no ha habido nadie más.

Silencio.

—¿Entonces por qué alguien preguntaría por tu madre después de veinte años? —preguntó Myron.

—No lo sé.

—¿Alguna idea?

—Ninguna. Durante veinte años para mí ha sido como un fantasma. —Señaló adelante—. Gira a la izquierda.

—¿Te importaría si pongo un rastreador en tu teléfono? ¿Por si llaman de nuevo?

Ella meneó la cabeza.

Condujo siguiendo sus indicaciones.

—Háblame de la relación con tu padre.

—No.

—No pretendo ser un entrometido...

—Es irrelevante, Myron. Da lo mismo que le quiera o le deteste, todavía tienes que encontrarlo.

—Conseguiste una orden de alejamiento para mantenerlo apartado, ¿no?

No dijo nada por un instante. Luego respondió:

—¿Recuerdas cómo era en la cancha?

Myron asintió.

—Un loco. Y quizás el mejor maestro que he tenido.

—¿Y el más apasionado?

—Si —admitió Myron—. Me enseñó a superar lo de no jugar con tanta delicadeza. No es siempre una lección fácil.

—Correcto, y tú eras sólo otro chico al que se aficionó. Pero imagínate ser su propio hijo. Ahora imagínate esa pasión en la cancha mezclada con el miedo a perderme. Que huiría y lo abandonaría para siempre.

—Como tu madre.

—Correcto.

—Sería paralizante —dijo Myron.

—Más bien diría asfixiante —le corrigió ella—. Hace tres semanas estábamos jugando un partido promocional en el instituto de East Orange. ¿Lo conoces?

—Claro.

—Un par de tipos entre los espectadores comenzaron a montar un escándalo. Dos chicos del instituto. Pertenecían al equipo de baloncesto. Estaban borrachos o drogados, o quizá no eran más que unos gamberros. No lo sé. Pero comenzaron a gritarme cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas feas y muy gráficas. Sobre lo que les gustaría hacer conmigo. Mi padre se levantó y fue a por ellos.

—No puedo decir que lo culpe —dijo Myron.

Ella negó con la cabeza.

—Entonces eres otro neanderthal.

—¿Qué?

—¿Por qué ibas a ir a por ellos? ¿Para defender mi honor? Soy una mujer de veinticinco años. No necesito nada de toda esa mierda caballeresca.

—Pero...

—Pero nada. Todo este asunto, que tú estés aquí... yo no soy una feminista radical ni nada por el estilo, pero todo es un montón de mierda machista.

—¿Qué quieres decir?

—Si yo tuviese un pene entre las piernas, tú no estarías aquí. Si mi nombre fuese Leroy y recibiese un par de llamadas extrañas, no te interesaría tanto ir a proteger al pobrecito, ¿no?

Myron titubeó demasiado.

—¿Cuántas veces me has visto jugar? —prosiguió ella.

El cambio de tema lo pilló por sorpresa.

—¿Qué?

—Fui la jugadora número uno durante tres años seguidos. Mi equipo ganó dos campeonatos nacionales. Estábamos siempre en el canal de deportes y durante las finales aparecíamos en la CBS. Fui a la Universidad de Reston, que sólo está a media hora de tu casa. ¿Cuántos de mis partidos has visto?

Myron abrió la boca, la cerró.

—Ninguno —admitió.

—Así es. El baloncesto femenino no vale la pena.

—No es eso. Ya no miro mucho los deportes.

Comprendió lo pobre que sonaba la excusa.

Ella negó con la cabeza y permaneció en silencio.

—Brenda.

—Olvida todo lo que he dicho. Fue una tontería sacar el tema.

Su tono dejaba poco espacio para una continuación. Myron quería defenderse, pero no tenía idea de cómo. Optó por el silencio, una opción que probablemente debería escoger más a menudo.

—Gira a la derecha en la siguiente —le señaló ella.

—¿Entonces qué pasó después? —preguntó él.

Brenda lo miró.

—A los gamberros que te decían cosas. ¿Qué pasó después de que tu padre fuese a por ellos?

—Intervinieron los guardias de seguridad antes de que pasase nada. Expulsaron a los chicos del gimnasio. Y a papá también.

—No entiendo muy bien el sentido de la historia.

—Todavía no he acabado. —Brenda se detuvo, bajó la cabeza, reunió valor, y volvió a levantar la mirada—. Tres días más tarde los dos chicos, Clay Jackson y Arthur Harris, fueron encontrados en el terrado de un edificio de alquileres. Alguien los había atado y les había cortado el tendón de Aquiles con unas tijeras de podar.

Myron se puso pálido. Sintió náuseas.

—¿Tu padre?

Brenda asintió.

—Ha estado haciendo cosas así durante toda mi vida. Nunca nada tan grave. Pero siempre se lo hacía pagar a la gente que me molestaba. Cuando era una niña sin madre, casi agradecía la protección. Pero ya no soy una niña.

Myron, en un gesto distraído, bajó la mano y se tocó la parte de atrás del tobillo. Cortar el tendón de Aquiles con unas tijeras de podar. Intentó no parecer demasiado atónito.

—La policía debió sospechar de Horace.

—Sí, claro.

—¿Entonces cómo es que no lo arrestaron?

—No había pruebas suficientes.

—¿Las víctimas no pudieron identificarlo?

Ella se volvió hacia la ventanilla.

—Estaban demasiado asustados. —Señaló a la derecha—. Aparca ahí.

Myron aparcó. Los transeúntes lo miraban como si nunca hubiesen visto antes a un hombre blanco; en este barrio era del todo posible. Myron intentó mostrarse natural. Saludaba con cortesía. Algunas personas respondían, otras no.

Un coche amarillo —perdón, un altavoz con ruedas— pasó emitiendo una atronadora canción de rap. El bajo estaba puesto a tanto volumen que Myron sintió las vibraciones en el pecho. No entendía las palabras, pero parecían furiosas. Brenda lo llevó hasta una escalinata. Dos hombres estaban tumbados en los escalones como heridos de guerra. Brenda les pasó por encima sin pensarlo. Myron la siguió. De pronto comprendió que nunca había estado antes en ese lugar. Su relación con Horace Slaughter se había reducido siempre al baloncesto. Se quedaban en la cancha o en el gimnasio, o quizás iban a comer una pizza después del partido. Nunca había estado en la casa de Horace, y él nunca había estado en la suya.

No había portero, por supuesto, ni cerraduras, ni portero electrónico, ni nada por el estilo. La iluminación era mala en la entrada del edificio, pero no tanto como para ocultar que la pintura se caía como si las paredes tuviesen psoriasis. La mayoría de los buzones no tenían puerta. El aire parecía una cortina de cuentas.

Ella subió las escaleras de cemento. La barandilla era de metal. Myron oyó toser a un hombre como si intentase escupir un pulmón. Un bebé lloraba. Se sumó otro. Brenda se detuvo en el segundo piso y giró a la derecha. Ya tenía las llaves en la mano preparadas. La puerta también estaba hecha de acero reforzado. Había una mirilla y tres cerraduras.

Brenda abrió primero las tres cerraduras. Sonaron como en una escena de cárcel en una de aquellas películas cuando el celador grita: «Cerrar». La puerta se abrió. Myron fue asaltado por dos pensamientos a la vez. Uno era lo bonito que era el apartamento de Horace. El padre de Brenda había conseguido que todo lo que estaba fuera de su casa, todo lo sucio y podrido que había en las calles o incluso en la entrada del edificio, no pasara más allá de la puerta de acero. Las paredes eran blancas como el anuncio de una crema de manos. Los suelos se veían recién encerados. Los muebles eran una mezcla de lo que parecían antiguos muebles de familia y nuevas compras en Ikea. Desde luego era una casa cómoda.

La otra cosa que Myron advirtió tan pronto como se abrió la puerta era que alguien había puesto patas arriba la habitación.

Brenda entró a la carrera.

—¿Papá?

Myron siguió tras ella lamentando no haber llevado su arma. La escena lo requería. Él le hubiese dicho que guardase silencio, hubiese desenfundado, le hubiese pedido que se pusiese detrás de él, avanzado por el apartamento con ella muerta de miedo sujeta a su mano libre. Luego hubiese hecho aquello de mover la pistola a un lado y otro en cada habitación, con el cuerpo agachado y preparado para lo peor. Pero Myron no llevaba armas. No es que no le gustasen —cuando había problemas prefería tener una a mano—, pero un arma abulta bastante y molesta como un condón de fieltro. Y eso sin tener en cuenta que para la mayoría de sus posibles clientes, un agente deportivo inspira poca confianza si va armado, y a los que les parece adecuado, bueno, Myron prefería no tenerlos como clientes.

Win, en cambio, siempre llevaba armas, como mínimo dos, además de un prodigioso popurrí de armas ocultas. Era como un Israel con patas.

El apartamento consistía en tres habitaciones y una cocina. Las recorrieron deprisa. Nadie. Y ningún cuerpo.

—¿Falta algo? —preguntó Myron.

Ella lo miró, enfadada.

—¿Cómo demonios quieres que lo sepa?

—Me refiero a algo que destaque. El televisor está, también el vídeo. Quiero saber si crees que es un robo.

Ella echó una ojeada a la sala de estar.

—No. No tiene pinta de ser un robo.

—¿Alguna idea de quién lo hizo o por qué?

Brenda meneó la cabeza, asombrada todavía por aquel desorden.

—¿Escondía dinero en alguna parte? ¿En una caja de galletas, debajo de una tabla del suelo o algo así?

—No.

Comenzaron por la habitación de Horace. Brenda abrió el armario. Miró el interior durante un rato sin articular palabra.

—¿Brenda?

—Falta mucha de su ropa —dijo ella en voz baja—. También la maleta.

—Eso es bueno —opinó Myron—. Significa que con toda probabilidad ha escapado; hace menos probable que se haya encontrado con problemas.

Ella asintió.

—Pero es siniestro.

—¿Por qué?

—Es lo mismo que con mi madre. Todavía recuerdo a papá aquí, mirando las perchas vacías.

Volvieron al salón y luego se dirigieron a un pequeño dormitorio.

 

—¿Tu habitación? —preguntó Myron.

—No vengo mucho por aquí, pero sí, es mi habitación.

La mirada de Brenda de inmediato se fijó en un punto cerca de la mesita de noche. Soltó una suave exclamación y se lanzó al suelo. Sus manos comenzaron a buscar entre sus cosas.

—¿Brenda?

Sus manoteos se hicieron más fuertes, los ojos encendidos. Después de unos pocos minutos se levantó y salió corriendo hacia la habitación de su padre. Después se dirigió a la sala de estar. Myron la siguió.

—No están —dijo ella.

—¿Qué?

Brenda lo miró.

—Las cartas que me escribió mi madre. Alguien se las ha llevado.