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Un largo silencio

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Z serii: Myron Bolitar #11
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Dos tipos levantaron la mano sin apartar la mirada de sus monitores.

—Derek y Jimmy están controlando las cámaras de vigilancia. Si alguien intenta entrar, lo veremos. Las dos puertas que acaba de atravesar son de acero reforzado, pero eso probablemente ya lo sepa. Vamos, que no tendrían modo de entrar en esta sala a tiempo para salvarlo ni aunque fueran rápidos y estuvieran armados hasta los dientes.

Nada de miedo. No muestres miedo.

—Ya, vale. ¿Podemos ir al grano? ¿Dijo algo de una moneda virtual.

—No.

—No, no dijo...

—No tiene sentido, señor Bolitar. Primero tendría que conseguir los Bitcoin o diversas monedas virtuales. Luego, yo tendría que darle una larga dirección pública, que básicamente es el equivalente a una cuenta corriente personal. Después, usted tendría que hacerme la transferencia por Internet y, puf, el dinero llegaría. Así es como había pensado hacer el intercambio en un primer momento.

—Pero ¿ahora ya no?

—No, ahora ya no. Eso funciona con pequeñas cantidades, pero algo así de grande... Bueno, podrían seguir la pista. Hoy en día, la moneda virtual se ha convertido en algo de uso generalizado. ¿Quiere saber la verdad? —Fat Ghandi se inclinó hacia delante, como si quisiera compartir un secreto susurrándoselo al oído—. Creo que las monedas virtuales se han convertido en una enorme trampa, en un mecanismo con el que las fuerzas del orden esperan seguir el mercado negro. Así que me puse a pensar. ¿Por qué piden siempre dinero en efectivo los piratas somalíes?

Miró a Myron como si esperara una respuesta. Myron pensó que si no respondía quizás acabara antes su perorata.

—Porque el efectivo es lo más fácil, lo más sencillo, lo mejor —explicó Fat Gandhi, y alargó la mano para coger la bolsa.

—Quieto ahí —dijo Myron—. Teníamos un trato.

—¿No confía en mi palabra?

—Vamos a hacerlo así —dijo Myron, intentando parecer más tranquilo de lo que estaba—. Los dos chicos salen de aquí. Y una vez estén fuera, yo le doy el dinero.

—¿Fuera? ¿Adónde?

—Ha dicho que sabía que alguien nos estaba escuchando.

—¿Y bien?

—Esa persona sabe dónde estoy. Así que se acercará en coche. Los chicos suben al coche, yo le doy el dinero y luego me voy.

Fat Gandhi hizo un ruidito de desaprobación con la boca.

—Eso no funcionará.

—¿Por qué no?

—Porque le he dicho algo no del todo cierto.

Myron no dijo nada.

—Su amigo no le está escuchando. Ahora mismo está bloqueada la señal de todos los aparatos, incluidos nuestros propios teléfonos móviles. Esta sala está diseñada para ello para mayor seguridad. Nuestra wifi funciona, claro, pero está protegida por contraseña. Usted no está conectado, me temo. Así que cualquier aparato que lleve escondido en cualquier pliegue de su cuerpo resulta completamente inútil.

Daba la impresión de que los dedos que repiqueteaban en los teclados bajaban un poco el ritmo.

—No importa —dijo Myron.

—¿Cómo dice?

—Le he destrozado el ordenador a su amigo.

—¡Y me había costado una fortuna! —replicó el flacucho—. Ese cabr...

—Calla, Lester —ordenó Fat Gandhi volviéndose de nuevo hacia Myron—. ¿O sea?

—O sea que no tenía el teléfono bloqueado al llegar. Mi gente sabe que estoy aquí. Estarán esperando fuera. Envíe a los dos chicos al exterior; ellos los recogerán. Fácil, ¿no?

Myron les brindó a todos su Sonrisa n.º 19: «Aquí todos somos amigos» deluxe.

Fat Gandhi extendió la mano.

—Deme la bolsa, por favor.

—Deme a los chicos.

El gordo agitó la rechoncha mano, lo que dejó a la vista la pulsera que le oprimía la muñeca, y la gran pantalla de la pared se encendió.

—¿Contento?

Era otra vez aquella celda. Los dos chicos estaban sentados en el suelo, con la cabeza gacha entre las rodillas.

—¿Dónde están?

Fat Gandhi le dedicó una sonrisa siniestra.

—Se lo enseñaré. Espere aquí, por favor.

Fat Gandhi apretó un código en el teclado de la puerta, asegurándose de que Myron no pudiera verlo. Salió de la sala y en ese mismo momento entraron otros dos tipos con pantalones de camuflaje.

Humm... ¿Por qué?

Se hizo el silencio en la sala. Los teclados de los ordenadores dejaron de repiquetear. Myron intentó leerles el rostro.

Algo iba mal.

Dos minutos más tarde, Myron oyó la voz de Fat Gandhi:

—¿Señor Bolitar?

Estaba en la pantalla grande.

En la celda, con los dos chicos.

Win tenía toda la razón: los tenían retenidos en el salón recreativo.

—Tráigamelos —pidió Myron.

Fat Gandhi se limitó a sonreír a la cámara.

—¿Derek?

—Estoy aquí —dijo uno de sus hombres.

—¿Algún movimiento en las cámaras de vigilancia? —preguntó Fat Gandhi.

—Ninguno.

Fat Gandhi hizo un gesto de desdén con la mano.

—Parece que la caballería no viene a rescatarlo, señor Bolitar.

Oh-oh.

—¿Por qué deberían rescatarme?

—Usted ha matado a tres de mis hombres.

La temperatura de la sala cambió, y no para mejor. Todos empezaron a moverse lentamente.

—Yo no tuve nada que ver con eso.

—Por favor, señor Bolitar. Mentir es indigno de usted.

Pantalones Uno sacó un gran cuchillo. Lo mismo hizo Pantalones Dos.

—¿Entiende mi dilema, señor Bolitar? Una cosa habría sido que usted y sus socios se hubieran dirigido a mí de un modo respetuoso.

De detrás de un ordenador se levantó un tercer hombre. También llevaba un cuchillo.

Myron intentó programar sus movimientos. «Le quito el cuchillo a Pantalones Uno, luego voy a por el tipo de la derecha...».

—Podían haberse presentado como hombres de negocios. Podían haber pedido un intercambio justo. Un acuerdo. Podríamos haber cooperado...

«No, eso no funcionará. Hay demasiada distancia entre los dos. Y la puerta está cerrada...».

—Pero no han hecho eso, señor Bolitar. Han preferido matar a tres de mis hombres.

Derek sacó un cuchillo. Jimmy también.

Luego, el flaco sacó un machete.

Seis tipos armados en una sala pequeña.

—¿Cómo voy a dejarlo marchar después de eso? ¿Qué imagen daría? ¿Cómo iban a confiar mis hombres nunca más en mi protección?

«Quizá si me agazapo, lanzo una patada hacia atrás... pero no. Primero hay que conseguir el machete. Pero es el que está más lejos. Son demasiados, y no hay espacios».

—Yo habría querido quedarme en la sala y ver el resultado, pero... ¿con este traje? Es nuevo, y la verdad es que es precioso.

No había nada que hacer. Empezaban a acercarse cada vez más.

—¡Articula! —gritó Myron.

Todos se quedaron inmóviles un segundo. Myron se tiró al suelo y encogió el cuerpo.

Y entonces explotó la pared.

El ruido fue ensordecedor. El muro cedió como si el increíble Hulk se hubiese lanzado contra él desde la calle y lo hubiera atravesado. A los otros los pilló desprevenidos, pero a Myron no tanto. Sabía que a Win se le habría ocurrido algo. Se imaginaba que habría encontrado un modo de superar las cámaras. No lo había hecho. Le había dicho que había hecho un reconocimiento del lugar la noche anterior. Había encontrado la pared exterior que daba a aquella habitación. Probablemente habría aplicado un potente micrófono para saber cuándo actuar.

¿Habría usado algún tipo de dinamita o una granada propulsada con un cohete?

Myron no lo sabía.

Sorpresa. La especialidad de Win.

Los otros tipos no sabían qué era lo que se les había venido encima. Pero enseguida se darían cuenta.

Myron actuó rápido. Desde su posición en el suelo lanzó una patada y derribó a uno de los hombres. Era Pantalones Dos. Le agarró el cuchillo que tenía en la mano. Pantalones Dos, en un reflejo de pura supervivencia, lo aferró desesperadamente. Muy bien. Myron contaba con ello. No tenía ninguna intención de forcejear para quitarle el cuchillo. En lugar de eso agarró al tipo por la muñeca y le tiró de la mano hacia arriba.

La hoja, aún pegada a la mano del matón, se alojó en la garganta de Pantalones Dos.

Empezó a manar sangre, y la mano se abrió.

El cuchillo hizo un ruido, como el de una ventosa, cuando Myron consiguió separarlo de la mano del hombre. El resto era puro caos. El polvo que caía de la pared dificulta­ ba mucho la visión. Myron oía toser y gritar. El estruendo había llamado la atención del tipo que montaba guardia en el pasillo.

Cuando abrió la puerta, Myron lo estaba esperando. Le lanzó un puñetazo directamente a la nariz, y lo hizo regresar al pasillo. Myron lo siguió. No quería matar a nadie más si no era necesario. Le lanzó otro directo. El tipo se tambaleó y dio con la espada contra la pared. Myron lo agarró por la garganta y le colocó la punta del cuchillo junto al ojo.

—¡Por favor!

—¿Cómo llego al sótano?

—La puerta de la izquierda. Código 8787.

Myron le dio un puñetazo en el vientre, dejó que cayera al suelo y salió corriendo. Encontró la puerta, marcó el código y la abrió.

Lo primero que notó fue el hedor, que casi le echa atrás.

Pocas cosas causan un déjà vu tan potente como los olores intensos. Aquello era algo parecido. Myron se vio transportado de pronto a sus días de jugador de baloncesto, a la peste de un vestuario tras un partido, a los carros de la lavandería cargados de calcetines, camisetas y calzoncillos sudados de un puñado de adolescentes. Era un olor terrible, pero tras un partido o un entrenamiento, algo tan puro como un grupo de chicos jugando al baloncesto, uno se sentía tan a gusto que el olor, si no ya agradable, se volvía soportable.

 

Pero en ese momento no era ese el caso. Era olor a basura, rancio y hediondo.

Cuando Myron miró hacia abajo, desde lo alto de las escaleras, no pudo creer lo que estaba viendo.

Veinte o quizá treinta adolescentes salieron corriendo como ratas al enfocarlas con una linterna.

«¿Qué de...?».

El sótano era como un mugriento campo de refugiados. Había catres, mantas y sacos de dormir. No había tiempo para pensar en eso. En el momento en que empezó a bajar las escaleras, vio la celda.

Vacía.

Llegó al fondo y giró a la derecha. Los chicos se apretujaban en dirección a la esquina, como un montón de zombis en una película, amontonándose en busca de algo encajado en el ángulo. Myron se acercó. Los chavales se le interpusieron. Los fue apartando a empujones. Sobre todo eran chicos, pero también había alguna chica. Todos lo miraban con los ojos hundidos, las miradas perdidas, sin dejar de empujar.

—¿Dónde está Fat Gandhi? ¿Dónde están los chicos que tenía encerrados en esa celda?

Nadie respondió. No dejaban de apretujarse y empujar hacia aquella esquina. ¿Qué había allí? ¿Una puerta o...?

¿Un agujero?

Los chicos iban desapareciendo por una especie de agujero en el cemento.

Myron aceleró, aunque aquello significara tratar a aquellos chicos con más dureza de la que habría querido. Uno de ellos se puso a gritar y le clavó las uñas en la cara. Myron se lo quitó de encima de un manotazo. Avanzó como un jugador de fútbol americano: bajando el hombro, golpeando con el cuerpo, hasta que llegó al agujero.

Uno tras otro, los chicos se colaban por el agujero.

Era un túnel.

Myron agarró al que estaba trepando en aquel momento. Otros lo empujaban por detrás; trataban de llegar a la abertura. Myron mantuvo la posición. Tiró del chico y lo obligó a mirarlo cara a cara.

—¿Fat Gandhi se ha ido por ahí? ¿Se ha llevado a los dos chicos?

—Todos tenemos que ir —dijo el chico, asintiendo—. Si no, nos encontrará la poli.

Seguían empujando. Myron tenía dos opciones. Echarse a un lado o...

Se lanzó por el agujero y aterrizó en el suelo, frío y húmedo. Cuando se puso en pie se dio en la cabeza contra el cemento. Por un momento vio las estrellas. El techo del túnel era bajo. Los más bajitos tal vez podrían correr. Myron no tenía esa suerte.

Tras él siguieron llegando chavales.

«Hay que moverse», pensó Myron.

—¡Patrick! —gritó—. ¡Rhys!

Por un momento, solo oyó el ruido de las pisadas de los chicos que escapaban por el oscuro túnel. Pero de pronto oyó que alguien gritaba:

—¡Socorro!

Sintió que se le aceleraba el pulso. Solo había sido una palabra y no había durado mucho, pero una cosa estaba clara: el acento era estadounidense.

Intentó acelerar el paso. En el túnel había muchos chicos que le bloqueaban el paso. También chicas. Los dejó atrás.

—¡Patrick! ¡Rhys!

Muchos ecos. Pero nadie respondió a sus llamadas.

La altura y la anchura del túnel variaban constantemente. Trazaba curvas inesperadas. Las paredes eran negras, viejas y estaban cubiertas de humedad. Las pocas luces tenues que lo iluminaban le daban un aspecto aún más espectral.

Tenía adolescentes a ambos lados, detrás y delante. Algunos lo adelantaban; otros iban quedándose atrás.

Myron agarró a uno con más dureza de la prevista y lo obligó a mirarlo a la cara.

—¿Adónde lleva este túnel?

—A muchos sitios.

Myron lo soltó. «A muchos sitios. Genial».

Llegó a una bifurcación y se detuvo. Algunos de los chicos fueron a la izquierda, y otros, a la derecha.

—¡Patrick! ¡Rhys!

Silencio. Y de pronto una voz con acento estadounidense:

—¡Socorro!

A la derecha.

Myron salió corriendo tras la voz, intentando correr más rápido y al mismo tiempo no golpearse la cabeza contra el techo. El hedor le provocaba arcadas. Siguió avanzando. Se preguntó cuánto tiempo llevarían allí esos túneles; siglos, quizá. Todo aquello parecía salido de una novela de Dickens. De pronto vio a dos chicos algo más allá.

Y un hombre gordo con un holgado traje amarillo.

Fat Gandhi se volvió y lo vio. Sacó un cuchillo.

—¡No! —gritó Myron.

Seguía teniendo adolescentes por delante. Aceleró todo lo que pudo en dirección a los chicos, bajando la cabeza y tensando las piernas.

Fat Gandhi levantó el cuchillo.

Myron siguió adelante. Pero era evidente que estaba demasiado lejos.

El cuchillo cayó. Myron oyó un grito.

Uno de los chicos cayó al suelo.

—¡No!

Myron se lanzó hacia el cuerpo caído. Fat Gandhi echó a correr. Myron no hizo caso. Empezaban a llegar más adolescentes. Él se echó sobre el chico apuñalado.

¿Dónde estaba el otro?

Allí. Myron alargó la mano y lo agarró del tobillo. Aguantó con fuerza. Otros chavales les pasaron por encima. Myron no soltaba el tobillo. Se quedó cubriendo al chico apuñalado usando su cuerpo como escudo. Encontró la herida e intentó bloquear la hemorragia con el antebrazo.

Un pie le pisó la muñeca. No podría mantener agarrado el tobillo del chaval mucho tiempo.

—¡No te vayas! —gritó.

Pero lo estaba perdiendo.

Apretó los dientes. ¿Cuánto tiempo podría aguantar así?

Aguantó los tirones del chico para zafarse. Aguantó una patada que le cayó en la cara, e incluso una segunda patada. Pero luego, a la siguiente patada, lo perdió.

El chico se perdió entre la corriente de adolescentes a la fuga.

Desaparecido.

—¡No!

Myron se quedó agazapado, el cuerpo convertido en un escudo para proteger al chico herido. Presionó con el antebrazo con fuerza para cerrarle la herida.

«No te estás muriendo. ¿Me oyes? No hemos llegado hasta aquí para que ahora...».

Cuando la corriente de chavales acabó de pasar, Myron se arrancó un trozo de la camisa y aplicó presión sobre la herida. Por fin pudo mirar al chico.

Y reconoció su rostro.

—Aguanta, Patrick —le dijo—. Voy a llevarte a casa.

9

Pasaron tres días.

La policía le hizo muchas preguntas. Myron dio un montón de medias respuestas y, como abogado colegiado, se acogió al privilegio del secreto profesional para no nombrar a Win. Sí, había venido en un avión Lock-Horne a petición de un cliente. No, no podía decir una palabra ni sobre su cliente ni sobre lo que habían hablado. Sí, había entregado dinero con la esperanza de rescatar a Patrick Moore y a Rhys Baldwin. No, no tenía ni idea de qué le había pasado a la pared. No, dijo Myron, no tenía ni idea de quién había apuñalado en la garganta, con resultado de muerte, a un hombre de veintiséis años con un largo expediente policial llamado Scott Taylor. No, no sabía nada sobre la muerte de tres hombres cerca de King’s Cross unos días antes. Al fin y al cabo, en ese momento estaba en Nueva York.

Ni rastro de Fat Gandhi. Ni rastro de Rhys.

La policía no podía retenerlo mucho tiempo. No tenían pruebas de que hubiera hecho nada grave. Alguien (Win) había enviado a un joven abogado llamado Mark Wells para que representara a Myron. Wells le había sido de gran ayuda.

Así que, a regañadientes, soltaron a Myron. Era mediodía y volvía a estar en el pub The Crown sentado en el mismo taburete. Win llegó y se sentó en el taburete de al lado. El camarero les sirvió dos cervezas.

—Señor Lockwood —dijo—. Han pasado meses. Me alegro de volver a verlo.

—Y yo de verte a ti, Nigel.

Myron se quedó mirando al camarero, luego a Win, y luego arqueó una ceja en señal de interrogación.

—Acabo de llegar de Estados Unidos. Cogí el avión en cuanto oí la noticia —explicó Win.

El camarero se quedó mirando a Myron. Este miró al camarero, luego a Win, y dijo:

—Ah.

El camarero se alejó.

—Si consultan a inmigración, ¿no habrá nadie que diga que llegaste en una fecha anterior?

Win sonrió.

—Por supuesto que no —dijo Myron—. Por cierto, gracias por enviar a ese abogado. Wells.

—Procurador.

—¿Qué?

—En Gran Bretaña, se le llama procurador. En Estados Unidos, se le llama simplemente abogado.

—En Gran Bretaña, se le llama molestar. En Estados Unidos se le llama dar por c....

—Ya, vale, ya lo pillo. Y hablando de abogados, el mío está ahora mismo con la policía. Les explicará que fui yo quien solicitó tus servicios y que tú, como abogado, estabas protegiendo mis intereses.

—Yo me acogí al secreto profesional —dijo Myron.

—Pues yo lo confirmaré. También entregaremos el correo electrónico anónimo de donde arrancó todo esto. Quizá los de Scotland Yard tengan más suerte que yo rastreando el origen.

—¿Tú crees?

—Qué va. Era falsa modestia.

—No te queda nada bien —dijo Myron—. Bueno, ¿y cómo lo hiciste?

—Te dije que habíamos estudiado el lugar.

—Pero no solo el interior —precisó Myron, asintiendo—. Así que descubristeis dónde estaba esa cámara blindada.

—Sí. Luego colocamos un micrófono Fox MJ. Si lo apoyas en cualquier pared, lo oyes todo. Esperamos a que dijeras la palabra clave.

—¿Y luego?

—Era un RPG-29.

—Muy sutil.

—Yo siempre.

—Gracias —dijo Myron. Wyn fingió no haberlo oído—. ¿Y cómo está Patrick? La policía no me quiso decir nada. He leído en los periódicos que sus padres han venido de Estados Unidos, pero nadie confirmará nunca que sea él.

—Tú espera.

—¿Qué?

—Muy pronto tendremos nueva información al respecto procedente de una fuente mejor.

—¿Quién?

Win no respondió.

—Puede que te preguntes por qué la policía no te ha hecho más preguntas sobre el tipo que murió apuñalado en la garganta.

—La verdad es que no —dijo Myron.

—¿No?

—Con el jaleo que había nadie lo vio. Me imaginé que te habrías llevado el cuchillo, así que no tienen nada con lo que relacionarme.

—Eso no es del todo cierto. En primer lugar, la policía confiscó tu ropa.

—Me gustaban esos pantalones.

—Sí, te hacían más delgado. Pero analizarán los restos de sangre. Y coincidirán con la de la víctima, por supuesto.

Myron por fin se rindió y dio un sorbo a su cerveza.

—¿Y eso será un problema?

—No lo creo. ¿Recuerdas a tu amigo negro del machete?

—¿Amigo negro?

—Sí, claro, seamos políticamente correctos justo en este momento. ¿Se dice angloafricano? Déjame que consulte el manual.

—Vale, mea culpa. ¿Qué le pasa?

—Se llama Lester Connor.

—Vale.

—Cuando la policía llegó al escenario, Lester estaba inconsciente y (sorpresa, sorpresa) tenía el cuchillo manchado de sangre en la mano. Naturalmente, ha declarado que se lo habían colocado.

—Naturalmente.

—Pero tú podrías decir que viste a Lester apuñalando a Scott Taylor en la garganta.

—Desde luego que podría.

—¿Pero...?

—Pero no lo haré —respondió Myron.

—¿Por qué?

—Porque no sería cierto.

—El señor Connor intentó matarte.

—Sí, pero para ser justos le destrocé su ordenador.

—Falsa equivalencia —dijo Win.

—Más vale eso que falso testimonio.

Touché.

—Si preguntan, diré que alguien lo apuñaló y que me cayó encima. Con tanto jaleo, no vi quién fue, ni me di cuenta.

—Debería bastar —reconoció Win.

—¿Hay alguna pista sobre Rhys?

—¿Recuerdas lo que te he dicho de una fuente mejor?

—¿Tenemos un invitado sorpresa?

—Invitada —asintió Win meneando la cabeza—. Caray, Myron, qué sexista eres. Aquí la tienes.

Win miró hacia la puerta. Myron también, y reconoció de inmediato la mujer que entraba. Era Brooke Baldwin, la prima de Win y, sobre todo, la madre del aún desaparecido Rhys.

Myron no veía a Brooke desde hacía... calculó que unos cinco años.

Entre Myron y Win apareció un taburete, y ambos se echaron atrás para hacer sitio. Brooke se acercó sin vacilar, agarró la cerveza que Nigel ya le había puesto y le dio un buen trago. Cuando volvió a apoyarla en la barra, la mitad había desaparecido. Nigel hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

 

—La necesitaba —dijo Brooke.

Myron había conocido a demasiados padres, cónyuges y parejas de personas desaparecidas. La mayoría tenían un aspecto frágil y agotado, cosa que parecía tener sentido. En el caso de Brooke, era más bien lo contrario. Tenía un aspecto sano, la piel bronceada y el gesto desafiante, y parecía cargada de energía, como si acabara de hacer sus largos matutinos en una piscina olímpica o de practicar unos cuantos golpes con su entrenador de boxeo. Era de complexión fina, pero estaba musculada. La primera palabra que venía a la mente al ver a esa madre burguesa de barrio residencial que había sufrido uno de los golpes más crueles que puede dar la vida era «fiera».

Brooke Lockwood Baldwin se había criado en mansiones de piedra e internados exclusivos, pero encajaba a la perfección en un pub como aquel. Probablemente podría desafiar a cualquiera a una partida de dardos o apartar los vasos de la barra y vencer a su compañero de mesa en un pulso.

Brooke se volvió hacia Myron y, sin saludar siquiera, espetó:

—Cuéntame lo que pasó exactamente.

Lo hizo. Se lo contó todo: desde su llegada a Londres hasta el interrogatorio de la policía. Ella no dejó de mirarlo con sus ojos de color verde brillante.

Cuando Myron acabó, ella dijo:

—Así que tuviste a Rhys cogido por el tobillo.

—Eso creo, sí.

—Lo tocaste —añadió ella, ya en un tono más suave. Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire un buen rato.

—Lo siento —dijo Myron—. Intenté aguantar.

—No te culpo. ¿Le viste la cara?

—No.

—Así que no podemos estar seguros de que fuera Rhys.

—No puedo estar seguro, no.

Brooke miró a Win, que no dijo nada. Se volvió de nuevo hacia Myron.

—Por otra parte, no tenemos motivos para creer que no fuera mi hijo, ¿verdad?

Win habló por primera vez:

—Eso depende.

—¿Eh?

—¿Estamos seguros de que el otro chico es Patrick?

—Sí —dijo Brooke—. Al menos, Nancy dice que es Patrick.

—¿Estás segura? —preguntó Myron.

—Eso es lo que dicen Hunter y ella. Pero ahora están divorciados. Hunter y Nancy. Rompieron poco después. —No dijo después de qué. No hacía falta—. Hemos venido en el mismo avión. Los cuatro. Otra vez juntos. No recuerdo siquiera la última vez que hablamos. Seguimos siendo vecinos. Tendríamos que habernos mudado, supongo, pero... Ella siempre me culpó. Nancy, quiero decir.

—No me parece justo —dijo Myron.

—¿Myron?

—¿Sí?

—No te muestres condescendiente conmigo, ¿vale?

—No era mi intención.

—Los chicos estaban en mi casa. Era mi au pair. Yo debería haber estado en casa vigilándolos. Si hubiera sido al revés... Es igual; fue hace mucho tiempo.

—¿Existe alguna otra confirmación de que el chico sea Patrick? —preguntó Win.

—¿De qué tipo?

—De ADN, por ejemplo.

—Ya lo mencioné. Supongo que lo harán antes o después, pero ahora mismo hay un lío legal. Necesitan el permiso de sus padres, dado que Patrick (o sea, suponiendo que sea Patrick) es menor.

Win asintió.

—Y de momento no hay pruebas fehacientes de que Nancy y Hunter sean los padres del chico.

—Paradójico, ¿no?

—¿Y qué ha dicho Patrick? —preguntó Myron—. ¿Dónde han estado todo este tiempo? ¿Quién se los llevó?

Brooke cogió el vaso, miró su contenido un momento y luego lo vació. Myron y Win se quedaron mirando, a la espera.

—Patrick no ha dicho nada aún.

Hubo un momento de silencio.

—¿Tan mal está?

—Eso parece. Tampoco me dejan pasar a verlo. Solo permiten el acceso a la habitación del hospital a la familia.

—¿Son muy graves las heridas?

—Nancy dice que sobrevivirá, pero que ha estado a punto de no contarlo. Fíjate qué paradoja. Nos pasamos diez años sin saber nada sobre Rhys. Ni una pista. Ahora, de pronto, aparece alguien que me puede dar respuestas y ni siquiera puedo hablar con él.

Brooke cerró los ojos y se los frotó con los dedos pulgar e índice. Myron alargó la mano para apoyársela en el hombro. Win lo detuvo con una sacudida rápida de la cabeza.

—En cualquier caso —dijo ella al abrir los ojos—, vamos a dar una rueda de prensa esta tarde. Como sabéis, los medios se han enterado de parte de la historia. Es hora de contar el resto.

—Han pasado tres días —observó Myron—. ¿Por qué habéis esperado?

Brooke se puso en pie, se volvió y apoyó la espalda contra la barra.

—Pues porque el primer día dos agentes, o comoquiera que los llamen en Scotland Yard, nos sentaron a Chick y a mí y nos soltaron: «Tenemos un dilema. Si vamos a la prensa y dejamos que hagan pública la imagen obtenida con el simulador del aspecto que podría tener Rhys, pueden pasar dos cosas. Una —Brooke levantó el dedo índice—, que eso aumente la presión y encontremos a Rhys. O dos —el dedo medio se unió al índice—, que aumente la presión y quienquiera que lo tenga retenido lo mate y se deshaga del cuerpo».

—¿Eso te dijeron? —preguntó Myron.

—Así mismo. Nos aconsejaron que esperáramos un poco, por si podían seguir alguna pista tranquilamente.

—Y supongo que no lo han hecho.

—Correcto. Parece ser que Rhys se ha desvanecido sin dejar rastro. Una vez más.

Una vez más.

Y una vez más cerró los ojos. Una vez más Myron extendió la mano. Y una vez más Win le hizo un gesto con la cabeza para que se la guardara. No era que Win quisiera mostrarse frío. Era que no quería que su prima se viniera abajo. Myron lo entendió.

—¿Así que los investigadores han cambiado de táctica? —preguntó Win.

—No —dijo Brooke—. He sido yo. He tomado una decisión. Vamos a contarlo. ¿Ayudará eso a mi hijo o hará que lo maten? No lo sé. Estupendo, ¿verdad?

—Es lo que tienes que hacer —respondió Win—. No puedes hacer otra cosa.

—¿Eso crees?

—Sí.

Myron vio que Brooke apretaba ambos puños. Empezó a ponerse roja y, al hacerlo, de pronto Brooke le recordó mucho a su primo Win, o al menos le notó el evidente aire familiar. Cuando Brooke volvió a hablar, lo hizo con una tensión mal contenida en la voz.

—¿Así que ahora sí crees que debería poder decidir sobre lo que le pase a mi hijo?

Win no respondió.

—Recibiste un correo electrónico anónimo —dijo Brooke.

—Sí.

—Te presentaste y acabaste matando a tres hombres.

—Más alto —dijo Win—. Creo que los caballeros de la esquina no te han oído.

Pero Brooke no le hizo caso.

—¿Por qué no me hablaste del correo?

—Era anónimo. Supuse que no me llevaría a ninguna parte.

—Y una mierda —replicó Brooke—. Te pareció lo suficientemente creíble como para venir a comprobarlo.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste, Win?

No hubo respuesta.

—¿Porque pensabas que me vendría abajo? ¿Porque no querías que me hiciera ilusiones?

Silencio.

—¿Win?

Él se volvió y la miró de frente.

—Sí —respondió—. Por eso.

—No eras tú quien tenía que tomar esa decisión.

—Sin embargo, la tomé —respondió él abriendo los brazos.

—¿Qué te creías? ¿Que esto me vendría grande? ¿Creías que me estabas ahorrando un dolor mayor?

—Algo así.

—No sabes nada de mi dolor —dijo Brooke acercándose a él aún más—. ¿Cómo te atreves a decidir algo así por mí?

Le lanzó una mirada asesina. Win no dijo nada.

—¿Win?

—Tienes razón —aceptó él—. Tenía que habértelo dicho.

—No me basta.

—Pues tendrá que bastarte, Brooke.

—No, lo siento, pero no te vas a librar tan fácilmente. Quizá, si me hubieras hablado del mensaje, habría venido antes. Quizás habría podido ayudar de algún modo. Quizá... No, sin duda, las cosas habrían ido de otro modo.

Win no dijo nada.

—Y en cambio —continuó Brooke, señalando hacia la ventana del pub—, mi niño sigue ahí fuera. Solo. La has cagado, Win. La has cagado a base de bien.

—Un momento, para el carro —dijo Myron—. No tenemos la certeza de que hubiera cambiado...

Brooke se volvió y lo miró fijamente para que se callara de una vez.

—¿Tú ves a Rhys aquí, Myron?

En ese momento era Myron el que no decía nada.

—Conclusión: ¿está aquí? —Se volvió de nuevo hacia su primo—. Por primera vez en diez años tenemos una pista de verdad. En diez años horribles y angustiosos. Y ahora...

—¿Brooke?

Era Win.

—Lo entiendo —dijo—. Estás enfadada.

—Caray, chico, qué capacidad de deducción.

—Pero, más que eso, estás intentando motivarme —dijo Win—. No hace falta. Eso tú ya lo sabes.

Los dos se miraron. Si alguien hubiera pasado una mano por en medio, probablemente los rayos láser de ambos pares de ojos la habrían desintegrado. Sonó el teléfono de Brooke.

—Encuéntralo, Win.

—Lo haré.

Ambos parpadearon. Brooke sacó el teléfono y se lo llevó al oído.

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