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Un largo silencio

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Z serii: Myron Bolitar #11
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—¿Que han hecho qué?

—No había nada especialmente interesante, pero no hemos curioseado. También hemos comprobado sus registros telefónicos. Su teléfono móvil recibió una llamada de un número oculto mientras estaba en Nueva York, hace menos de veinticuatro horas. La llamada procedía de Londres. —Levantó las manos con las palmas hacia arriba—. Y ahora está aquí. Con nosotros.

—Un trabajo meticuloso —observó Myron.

—Intentamos que así sea.

—Así que ya saben por qué estoy aquí.

—En efecto.

—¿Y?

—¿Supongo que trabaja para la familia del chico?

—¿Acaso importa?

—En realidad, no. No descartamos los rescates, por supuesto. Si le soy sincero, todo es cuestión de rentabilidad. Eso lo aprendí del gran Eshan, que tenía una religión (ustedes lo llamarían una secta) en las afueras de Benarés, en India. Era un hombre magnífico. Hablaba de paz, de armonía y de caridad. Tenía un gran carisma. Los adolescentes acudían a él a montones, y donaban a su templo todas sus posesiones terrenales. Vivían en tiendas en un terreno yermo bien custodiado. A veces los padres querían recuperar a sus hijos. El gran Eshan siempre se mostraba comprensivo. No pedía demasiado (la codicia no es buena consejera, diría): si los padres podían darle más de lo que le daban los hijos trabajando, pidiendo limosna o reclutando a nuevos adeptos, aceptaba el dinero. Yo no voy a ser diferente. Si uno de mis trabajadores consigue mayores contribuciones con el sexo, eso es lo que hace. Si se le da mejor robar, tal como ha intentado hacer nuestro amigo Garth contigo, ahí es donde lo colocamos.

Caray, cómo le gustaba hablar a ese tipo.

—¿Cuánto?

—Cien mil libras en efectivo por cada chico.

Myron no respondió.

—La cantidad no es negociable.

—No estoy negociando.

—Magnífico. ¿Cuánto tardará en conseguir esa suma?

—Puedo hacérsela llegar de inmediato —dijo Myron—. ¿Dónde están los chicos?

—Venga, venga. No lleva usted esa cantidad consigo.

—Puedo conseguirla en una hora.

Fat Gandhi sonrió.

—Debería haber pedido más.

—La codicia no es buena consejera. Tal como dijo el gran Eshan.

—¿Conoce Bitcoin?

—La verdad es que no.

—No importa. Nuestra transacción se hará en moneda virtual.

—Tampoco sé lo que es eso.

—Consiga el dinero. Ya le diremos cómo hacerlo.

—¿Cuándo?

—Mañana. Lo llamaré y lo arreglaremos.

—Mejor si es antes.

—Sí, lo entiendo —dijo Fat Gandhi—. Pero hay una cosa que debe entender, Myron. Si intenta alterar nuestro acuerdo de algún modo, mataré a los chicos y no los encontrarán nunca más. Los mataré de una manera lenta y dolorosa, y de ellos no quedará ni la ceniza. ¿Me he expresado con claridad?

¿La ceniza?

—Perfectamente —dijo Myron.

—Pues ya puede irse.

—Una cosa más.

Fat Gandhi se quedó esperando.

—¿Cómo sé que no es un timo?

—¿Pone en duda mi palabra?

Myron se encogió de hombros.

—Solo es una pregunta.

—Quizá sea un timo —respondió Fat Gandhi—. Quizá no deba molestarse en volver mañana.

—No es que me esté arrugando. Usted —Myron lo señaló— es lo suficientemente listo para saberlo.

Fat Gandhi se frotó la barbilla y asintió.

Myron sabía perfectamente que los psicópatas no pueden resistirse a la adulación.

—Yo solo pensaba... —prosiguió Myron— que tratándose de esa cantidad de dinero no estaría mal tener alguna prueba. ¿Cómo sé que tiene de verdad a los chicos?

Fat Gandhi levantó una mano y chasqueó los dedos de nuevo.

El documental desapareció de la pantalla, que por un momento se quedó en negro.

Myron pensó que quizás hubieran apagado el televisor. Pero no, no era eso. Fat Gandhi se acercó a un teclado y se puso a graduar el brillo de la pantalla, que empezó a iluminarse. Myron vio una sala con paredes de hormigón.

Y allí, en el centro de la sala, estaba Patrick.

Tenía los ojos negros, y el labio hinchado y manchado de sangre.

—Lo tenemos apartado —dijo Fat Gandhi.

—¿Qué le han hecho? —replicó Myron, esforzándose para que no se le quebrara la voz. Fat Gandhi volvió a chasquear los dedos y la imagen volvió a oscurecerse. Myron se quedó mirando el negro de la pantalla—. ¿Qué hay del otro chico?

—Creo que con eso basta. Es hora de que se vaya.

Myron lo miró fijamente a los ojos.

—Tenemos un trato.

—Lo tenemos.

—Pues no quiero que nadie les toque un pelo a ninguno de los dos. Quiero que me dé su palabra.

—Pero no se la voy a dar —respondió Fat Gandhi—. Me pondré en contacto con usted mañana. Ahora, por favor, salga de mi oficina.

7

En su último viaje a Londres, Win había alquilado para Myron su suite favorita, la Davies, en el Claridge’s Hotel de Brook Street. Aquel viaje había acabado mal para todos. Esta vez, quizá por cambiar, Win había escogido algo más íntimo, el Covent Garden Hotel de Monmouth Street, cerca de Seven Dials. Cuando Myron llegó a su habitación, usó un teléfono de prepago que Win le había dado para llamar a Terese.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Estoy bien.

—Esto no me gusta.

—Lo sé.

—Siempre estamos en las mismas.

—Estoy de acuerdo.

—Queríamos dejar todo esto atrás.

—Es cierto. Así es.

—No se me da bien el papel de la esposa que espera y desespera.

—Bonita aliteración. Todas esas eses.

—Son muchos años como locutora de éxito —dijo Terese—. No es por presumir.

—La aliteración no es más que una de tus muchas habilidades.

—No puedes evitarlo, ¿verdad?

—Quiéreme con mis defectos.

—¿Qué está pasando allí? Venga, ponme al día. Y no hagas la típica broma con eso de «ponerme al día».

—Cómo me gustaría ponerte al día...

—Te quiero, ya lo sabes.

—Yo también te quiero —dijo Myron.

Y entonces se lo contó todo.

—¿Al gordo le gusta que lo llamen Fat Gandhi? —preguntó ella cuando hubo terminado.

—Le encanta.

—Es como si Win y tú estuvierais metidos en una vieja película de Humphrey Bogart.

—Soy demasiado joven para entender esa comparación.

—Qué más quisieras. ¿Así que vas a llevar tú el dinero del rescate?

—Sí.

Silencio.

—He estado pensando... —dijo Myron—. En las familias, quiero decir. En los padres, sobre todo.

—Quieres decir en los de Patrick y Rhys.

—Sí.

Silencio.

—Y quieres mi opinión de experta al respecto —añadió ella.

Terese había perdido un hijo hacía muchos años. Aquello la había dejado destrozada.

—No debería haber sacado el tema.

—No vas bien por ahí —respondió ella—. Si le vas dando vueltas sin entrar de lleno en materia es mucho peor.

—Quiero formar una familia contigo.

—Yo también lo quiero.

—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Myron—. Cuando quieres tanto a alguien, ¿cómo vives con el miedo de que pueda sufrir un daño o pueda morir en cualquier momento?

—Te podría decir que así es la vida —dijo Terese.

—Podrías.

—O podría decirte que no hay otra opción.

—Oigo un «pero» que se acerca.

—Exacto. Pero creo que hay otra respuesta, una respuesta que tardé mucho en entender.

—¿Y cuál es?

—Lo bloqueamos —respondió Terese.

Myron se quedó esperando. Nada.

—¿Ya está?

—¿Esperabas algo más profundo?

—Quizá sí.

—Lo bloqueamos —repitió—. Si no, no seríamos capaces de levantarnos de la cama todos los días.

—Te quiero —dijo él otra vez.

—Yo también te quiero. Así que, si te pierdo, sentiré un dolor devastador. Eso lo entiendes, ¿verdad? Si quieres sentir el amor, tienes que estar dispuesto a sufrir dolor. Son dos cosas que vienen juntas. Si no te quisiera, no tendría que preocuparme por la posibilidad de perderte. Si quieres risas, tienes que estar preparado para las lágrimas.

—Tiene sentido —dijo Myron—. ¿Sabes qué?

—Dime.

—Por ti vale la pena.

—De eso se trata.

Myron oyó la llave en la cerradura. Win entró en la habitación. Myron se despidió y colgó el teléfono.

—¿Cómo está? —preguntó Win.

—Preocupada.

—Vámonos a un pub, ¿quieres? Estoy muerto de hambre.

Emprendieron la marcha hacia Seven Dials. En el Cambridge Theatre ponían el musical de Matilda.

—Siempre quise verlo.

—¿Perdona?

Matilda.

—No parece que sea el momento.

—Estaba de broma.

—Sí, ya lo sé. Para ti el humor es un mecanismo de defensa. Es una peculiaridad tuya que resulta irresistible —dijo Win cruzando la calle—. Y la obra no vale nada.

—Un momento. ¿Lo has visto?

Win no se detuvo.

—¿Has visto un musical sin mí?

—Ya estamos.

—Odias los musicales. Tuve que arrastrarte para ver Rent.

Win no respondió. Seven Dials era un cruce de siete calles que creaban una pequeña rotonda en cuyo centro se levantaba una columna de tres pisos de altura con relojes de sol en lo alto. En una esquina estaba el Cambridge Theatre. En otra había un pequeño pub llamado The Crown. En aquel momento, Win estaba entrando en él.

The Crown era un clásico, con su barra de madera pulida y sus paneles oscuros en la pared y, a pesar del poco espacio disponible, había una diana con dardos. Era un lugar acogedor, atestado y bullicioso. Win llamó al camarero, que asintió. Varios clientes se desplazaron, se abrió un espacio y de pronto quedaron dos taburetes libres y aparecieron dos pintas de Fuller’s London Pride esperándolos sobre sus posavasos.

 

Win se sentó en un taburete y Myron, en el otro. Win levantó su vaso:

—Salud, colega.

Brindaron. Dos minutos más tarde el camarero les puso delante dos raciones de pescado frito con patatas. El olor hizo que el estómago de Myron rugiera de alegría.

—Pensaba que aquí no servían comida —observó Myron.

—No lo hacen.

—Eres un tío genial, Win.

—Sí, sí que lo soy.

Disfrutaron de la cena y de las copas. Lo que tuvieran que hablar podía esperar. En un momento dado se acabaron el pescado y las patatas y pidieron otra ronda. En la tele daban un partido de rugby. Myron no sabía mucho de rugby; aun así, miraba la pantalla.

—Así que nuestro amigo Fat Gandhi ha visto tu documental de la ESPN... —arrancó Win.

—Sí. —Myron se volvió hacia él—. ¿Lo has visto?

—Por supuesto.

Pregunta tonta.

—Es que tengo curiosidad —precisó Win—. ¿Qué te pareció?

Myron se encogió de hombros con la cerveza frente a la boca.

—Creo que se ajusta bastante a la verdad.

—Les concediste una entrevista.

—Sí.

—Eso no lo habías hecho nunca. Hablaste de la lesión.

—Cierto.

—Ni siquiera habías querido ver las imágenes de lo sucedido.

—Cierto.

Habría sido demasiado duro. Normal, ¿no? Tu sueño, el objetivo de toda tu vida, todo lo que has deseado nunca... Lo tienes ahí, a tu alcance, a los veintidós años de edad, y de pronto se apagan las luces y adiós, se acaba: sayonara, baby.

—No veía la necesidad —puntualizó Myron.

—¿Y ahora?

Myron dio un largo sorbo a su cerveza.

—Todo el mundo dice que esa lesión «me definió».

—En su momento lo hizo.

—Exactamente. En su momento. Pero ahora ya no. Ahora ya puedo ver a Burt Wesson chocando conmigo y no sentir más que un pinchazo en mi interior. El estúpido narrador no dejaba de decir que la lesión —Myron trazó unas comillas en la frase con un gesto de los dedos— «me destrozó la vida». Pero ahora sé que no fue más que una bifurcación en el sendero de la vida. Todos esos tipos con los que empecé, todas esas estrellas que lo consiguieron y tuvieron carreras exitosas en la NBA ya están retirados. A ellos también se les pasó el momento.

—Pero por el camino se tiraron a montones de chicas guapas —observó Win.

—Bueno, sí, eso es cierto.

—Y en su caso los focos no se apagaron de golpe. Fueron bajando de intensidad.

—Lentamente —añadió Myron.

—Sí.

—Quizás eso lo haga más duro.

—¿Cómo es eso?

—Es como arrancarse un vendaje de golpe o irlo quitando poco a poco.

Win le dio un sorbo a su cerveza.

—Bien visto.

—También podría añadir el tópico de lanzarse a la piscina de golpe. El hecho de que fuera tan repentino me obligó a actuar. Me obligó a estudiar Derecho. Me convirtió en representante de deportistas.

—No te obligó —matizó Win.

—¿No?

—Siempre fuiste un cabrón competitivo. Y no, no solo eso: extremadamente ambicioso.

Myron sonrió y levantó su cerveza.

—Salud, colega.

Win volvió a brindar, se aclaró la garganta y dijo:

Der mentsh trakht un got lakht.

—¡Vaya! —exclamó Myron.

—He aprendido yidis de forma autodidacta —dijo el rubio anglosajón de ojos azules—. Va de maravilla para ligar con tías de origen judío.

Der mentsh trakht un got lakht. Traducción: el hombre hace planes y Dios se los toma a risa. Qué alegría volver a estar con Win.

Ambos se quedaron en silencio un momento. Estaban pensando lo mismo.

—Quizá lo de la lesión ya no importe demasiado —dijo Myron—, porque sé que en la vida hay muchas cosas mucho peores.

Win asintió.

—Patrick y Rhys.

—¿Qué sabes de las monedas virtuales?

—A veces se usan para pagar rescates, pero con las recientes leyes antiblanqueo resulta extraordinariamente difícil. Mi experto dice que tienes que comprar la moneda, meterla en una especie de cartera cibernética y luego hacer la transferencia. Es parte de la Internet oscura.

—¿Y entiendes lo que significa eso?

—Ya te lo he dicho. Soy un experto casi en todo —respondió Win. Myron esperó—. Pero no, no tengo ni idea.

—Puede que nos estemos haciendo viejos.

El teléfono de Win emitió un zumbido. Lo miró.

—Un amigo de la policía nos está mandando información sobre nuestro amigo Fat Gandhi.

—¿Y?

—En realidad se llama Chris Alan Weeks.

—¿De verdad?

—Veintinueve años. Las autoridades lo conocen, pero según esto trabaja sobre todo en la Internet oscura.

—Otra vez esa Internet oscura.

—Ha hecho incursiones en la prostitución, la trata de personas, robos, chantajes...

—¿Incursiones?

—Eso es de mi cosecha, no lo dicen ellos. Y... ah, por supuesto. Se ha dedicado a la piratería informática. Su sindicato realiza numerosas estafas cibernéticas.

—¿Quieres decir como esos mensajes de que un príncipe nigeriano quiere cederte todo su dinero?

—Me temo que es algo más complicado. A Fat Gandhi... Prefiero usar su nom de plume, si no te importa.

—No me importa.

—A Fat Gandhi se le dan bien los ordenadores. Se graduó en Oxford. Los dos sabemos que las fuerzas del orden odian definir a los delincuentes como «genios» o «cerebros», pero nuestro angelical amigo se acerca bastante a ambas definiciones. Hummm...

—¿Qué?

—Fat Gandhi también tiene fama de ser (y esto sí lo dicen ellos) «de una creatividad despiadada».

Win hizo una pausa y sonrió.

—Parece que no sois tan diferentes —observó Myron.

—De ahí mi sonrisa.

—¿Se dedica a los secuestros?

—El tráfico de personas supone esclavizar a alguien con la intención de explotarlo sexualmente. Por definición, eso es secuestro. —Win levantó una mano antes de que Myron lo interrumpiera—. Pero si te refieres a raptar a niños ricos para convertirlos en esclavos sexuales, no, no hay nada que indique que se dedica a eso. Además, Fat Gandhi tendría diecinueve años cuando se produjeron los secuestros. Todo indica que en ese momento estaba estudiando en Oxford.

—Así pues, ¿tenemos alguna teoría sobre cómo acabaron en sus manos Patrick y Rhys?

Win se encogió de hombros.

—Varias. El secuestrador los vendió. Los chicos pueden haber cambiado de manos decenas de veces en los últimos diez años. Puede que no sea el primer depredador que se aprovecha de ellos.

—Agh.

—Sí, agh. Podría ser que Patrick y Rhys se hubieran escapado y estuviesen viviendo en la calle. Un parásito como Fat Gandhi también consigue presas de este modo. Les ofrece trabajo. Les proporciona drogas y hace que se enganchen para que tengan necesidad de ganar dinero. Pudieron pasar montones de cosas.

—Ninguna buena —dijo Myron.

—No, no se me ocurre ninguna buena. Pero tal como hemos ido aprendiendo, la gente, sobre todo los más jóvenes, se endurece. Ahora mismo nuestra prioridad es rescatarlos.

Myron se quedó mirando su cerveza y dijo:

—Viste a Patrick en la calle.

—Sí.

—Si tenía cierta libertad de movimiento...

Win acabó la frase por él.

—¿Por qué no llamó a casa? Ya sabes la respuesta. Síndrome de Estocolmo, miedo, la posibilidad de que lo estuvieran observando, o quizá no recordaba su antigua vida. Tenía seis años cuando se lo llevaron.

Myron asintió.

—¿Qué más?

—Tengo hombres haciendo guardia en el salón recreativo.

—¿Para?

Win no respondió.

—Uno de ellos seguirá a Fat Gandhi cuando salga. El dinero llegará en unos diez minutos. Nuestras habitaciones son contiguas. Cuando te llame, nos ponemos en marcha. Aparte de eso...

—Solo podemos esperar.

La llamada llegó a las cuatro de la madrugada.

Myron se despertó sobresaltado y fue a coger el teléfono. Win apareció en la puerta de la habitación, aún vestido. Le indicó a Myron con un gesto de la cabeza que respondiera y se llevó el duplicado del teléfono al oído.

—Buenos días, señor Bolitar.

Era Fat Gandhi. La llamada a las cuatro de la mañana era a propósito. Myron lo entendía. Intentaba pillarlo desprevenido, en medio del sueño. Esperaba encontrarlo desorientado y algo fuera de juego. Una técnica clásica.

—Eh —dijo Myron.

—¿Tiene el dinero?

—Sí.

—Estupendo. Por favor, vaya al banco NatWest de Fulham Palace Road.

—¿Ahora?

—Lo antes posible, sí.

—Son las cuatro de la mañana.

—Soy consciente de ello. Una empleada llamada Denise Nussbaum lo esperará en la puerta. Diríjase a ella. Le abrirá una cuenta y hará el depósito.

—No lo sigo.

—Me seguirá si escucha bien. Vaya a donde le digo. Denise Nussbaum le dará las instrucciones para la transferencia.

—¿Espera que le transfiera el dinero antes de tener a los chicos?

—No. Espero que haga lo que le digo. Los chicos aparecerán en cuanto abra la cuenta. Cuando los vea, completará la transferencia de fondos a nuestra cuenta en moneda virtual. Y entonces tendrá a los chicos.

Myron miró a Win, que asintió.

—De acuerdo —dijo Myron.

—¿Qué pasa, señor Bolitar? ¿Prefiere la técnica clásica? ¿Cree que le voy a hacer usar varias cabinas de teléfono rojas y saltar al metro, o quizá dejar el rescate en el hueco de un árbol? —Fat Gandhi chasqueó la lengua—. Ve demasiada televisión, amigo mío.

Aquello era interminable.

—¿Hemos acabado?

—No tan rápido, señor Bolitar. Tengo algunas... digamos «peticiones» más.

Myron se quedó a la espera.

—No lleve armas de ningún tipo.

—De acuerdo.

—Venga solo. Lo estaremos siguiendo y observando. Somos conscientes de que cuenta con algún tipo de apoyo en este país, personas que trabajan para usted. Si vemos a alguna de ellas mínimamente cerca del lugar de la transacción, habrá consecuencias.

—¿Ahora quién es el que ve demasiada televisión?

Eso le gustó a Fat Gandhi.

—No querrá verme cabreado, amigo.

—No, no quiero —dijo Myron.

—Bien.

—Pero hay una cosa.

—¿Sí?

—Ya sé que usted da mucho miedo y todo eso —dijo Myron—. Pero nosotros también.

Myron esperó respuesta, pero el teléfono se quedó mudo. Myron y Win se quedaron mirándose.

—¿Ha colgado? —preguntó Win.

—Sí.

—Qué maleducado.

8

Se sentaron en el asiento trasero del Bentley. Win había puesto el dinero en una bolsa muy elegante. Myron leyó la etiqueta.

—¿Una bolsa Swaine Adeney Brigg para entregar un rescate?

—No tenía nada más barato a mano.

—¿Conoces Fulham Palace Road? —preguntó Myron.

—No muy bien.

—Así pues, ¿dónde me bajo para que no nos vean?

—Detrás del Claridge’s Hotel.

—¿Eso está cerca del banco?

—No. Está a veinte o veinticinco minutos.

—No te sigo.

—Anoche te cambié el teléfono.

—Ya, ya lo sé.

—Cuando tu gordo amigo del salón recreativo nos confiscó temporalmente el teléfono, le puso un chip rastreador.

—¿De verdad?

—Sí.

—Así que ha sabido dónde me encontraba en todo momento.

—Bueno, tú no, por supuesto. Le encargué a uno de mis hombres que llevara el teléfono al Claridge’s. Se inscribió en el hotel con el alias de Myron Bolitar.

—¿Y mi alias se alojó en la suite Davies?

—No.

—Mi alias está acostumbrado al lujo.

—¿Has acabado?

—Casi. ¿Así que Fat Gandhi cree que estoy en el Claridge’s?

—Sí. Accederás por la entrada de personal. Mi hombre te devolverá tu teléfono. También te colocará dos micrófonos.

—¿Dos?

—Dependiendo de adónde vayas, puede que vuelvan a registrarte. Probablemente no encuentren ambos.

 

Myron lo entendió. Cuando Win ponía mecanismos de rastreo en un coche, siempre situaba uno bajo el parachoques (donde resultaba fácil encontrarlo) y otro en un lugar más complicado.

—Usa la misma palabra en clave —dijo Win.

—«Articula».

—Sí, me alegro de que te acuerdes. —Win se volvió y miró a Myron a los ojos—. Úsala aunque creas que no va a servir de nada.

—¿Eh?

—Nos hemos pasado la noche controlando el salón recreativo —dijo Win—. Tu rollizo amigo no ha salido. Ni tampoco ha entrado nadie que coincida con las descripciones de Patrick o de Rhys.

—¿Teorías?

—Puede que los tenga retenidos en el salón. Hemos visto señales de... —Win hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios—. Señales de vida procedentes del sótano.

—¿Querría decir que hay alguien allí abajo?

—O más de una persona.

—¿Habéis usado un sensor térmico?

—Sí, pero las paredes del sótano son gruesas. Aun así...

—¿Qué?

Win cerró el asunto con un gesto de la mano. El coche se detuvo.

—Mi hombre está nada más entrar, a la izquierda. Entra, coge tu teléfono, enciéndelo y coge un taxi a esa dirección en Fulham Palace Road.

Myron hizo lo que le había dicho Win. Le asaltaron los recuerdos de su último paso por el hotel, y de la muerte, la destrucción y el caos que se desataron, pero los apartó. Myron no reconoció al hombre que lo ayudó. El hombre se puso manos a la obra en silencio. En primer lugar, le colocó un micrófono en el pecho, bajo la camisa.

—¡Ay, está frío! —exclamó él.

Nada.

El hombre le colocó el segundo micrófono en el interior del zapato. Myron se dirigió a la puerta principal, donde encontró a un portero uniformado con sombrero de copa.

—¿Puedo ayudarlo, señor?

Agarrando la bolsa del dinero con algo más de fuerza de lo normal, Myron escrutó disimuladamente el entorno en busca de alguien sospechoso que pudiera estar mirándolo. Aún no había nadie por la calle, ningún tipo apoyado en la pared fingiendo leer el periódico o parándose a atarse los cordones de los zapatos.

Lo único que quizá llamara la atención era un coche gris con los cristales tintados aparcado algo más allá, a la izquierda.

El portero hizo sonar un silbato, aunque ya había un Hackney negro a pocos metros de la puerta. Le abrió la puerta con gran ceremonia. Myron se hurgó los bolsillos en busca de algo de cambio para darle, pero no tenía, así que se encogió de hombros a modo de disculpa. El portero no pareció inmutarse. Myron se metió en el taxi, satisfecho al ver el amplio espacio del que disponía para las piernas, y le dio al conductor la dirección del banco, en Fulham Palace Road.

A las tres bocacalles, Myron tuvo claro que el coche gris lo estaba siguiendo. Myron sabía que la línea que lo comunicaba con Win estaba abierta, de modo que este podía oírlo todo. Pero de momento no había motivo para recurrir a esos juegos. Myron cogió el teléfono y se lo llevó al oído.

—¿Estás ahí?

—Sí.

—Me sigue un coche gris —soltó Myron.

—¿Marca?

—No lo sé. No entiendo de coches, ya lo sabes.

—Descríbemelo.

—El logo parece un león rampante.

—Un Peugeot gris. Es francés. Te encanta todo lo francés.

—Es cierto.

A pesar de que eran las cinco de la mañana, en Fulham Palace Road había mucho tráfico. El taxi dejó a Myron frente al banco NatWest, que, por supuesto, estaba cerrado. Myron pagó al taxista y salió. El taxi se fue. Myron se quedó de pie frente al banco, con la bolsa de dinero en la mano. Los billetes estaban «marcados» —es decir, que Win tenía constancia de sus números de serie—, pero Fat Gandhi no había pedido que fueran billetes sin marcar. ¿O sería eso otro tópico de las películas? ¿Quién comprueba los números de serie de los billetes cuando gastas dinero?

Myron pasó allí un minuto como un pasmarote, hasta que sonó el teléfono. El número estaba oculto, pero tenía que ser Fat Gandhi. Myron descolgó, puso un falso acento británico e imitó lo mejor que pudo a Alfred, el mayordomo.

—Mansión Wayne. Enseguida aviso al señor.

—Una referencia a Batman —dijo Fat Gandhi con una risita sofocada—. ¿Quién era su favorito? Christian Bale, ¿no?

—Solo hay un Batman, y se llama Adam West.

—¿Quién?

—La juventud de hoy en día...

—¿Ve el coche gris con los cristales tintados? —le preguntó Fat Gandhi.

—El Peugeot —dijo Myron, haciendo gala de su recién adquirido conocimiento sobre coches.

—Sí. Suba.

—¿Qué hay de Denise Nussbaum y el banco?

Fat Gandhi colgó.

El coche se acercó. El negro flaco de la trastienda del salón recreativo abrió la puerta de atrás.

—Vamos, colega.

Myron comprobó el interior del coche. Un conductor. Un tipo delgado.

—¿Dónde están los dos chicos?

—Lo llevo con ellos.

El tipo se apartó, dejándole sitio. Myron no lo tenía muy claro, pero entró. El flaco llevaba un ordenador portátil.

—Deme su teléfono —dijo.

—No.

—Tampoco le servirá de nada —anunció con una gran sonrisa—. Lo tengo intervenido.

—¿Cómo?

—¿Ve este ordenador? —dijo el flaco sonriendo—. Lo estoy usando para encriptar sus señales. ¿Recuerda el tráfico de datos de ayer entre usted y quienquiera que estuviera escuchándolo? Bueno, pues ya no puede oírlo. Ah, y si le han puesto algún tipo de micrófono, lo mismo.

—A ver si lo entiendo —dijo Myron—. ¿Tu portátil está bloqueando todas las señales?

La sonrisa de aquel tipo se ensanchó.

—Exactamente.

Myron asintió. Entonces bajó la ventanilla, le arrancó el portátil de las manos y lo tiró por ella.

—¡Eh! ¿Qué...? —Miró por el parabrisas trasero en dirección a donde yacía su portátil destrozado, con las tripas abiertas—. ¿En serio? ¿Sabe lo que cuesta?

—¿Un billón de libras?

—No tiene ninguna gracia, colega.

—Estoy seguro de que no. Ahora, basta de juegos. Llama a Fat Gandhi.

El chico puso una cara como si fuera a echarse a llorar.

—No hacía falta que hiciera eso —dijo con un quejido agudo—. Yo solo cumplo órdenes.

—Pues ahora haz lo que te digo yo. Llama a Fat Gandhi. Dile que llevo el dinero. Quiero a los chicos.

El chico dejó caer los hombros.

—¿Sabe lo que me ha costado ese ordenador?

—No me importa. Si me tocas las narices otra vez, serás tú quien salga por esa ventanilla. Ahora llámalo.

—No hace falta —dijo señalando el parabrisas—. Ya hemos llegado. ¿No podía tener un poco de paciencia?

Myron miró por la ventanilla. Estaban frente al salón recreativo del día anterior.

El Peugeot se paró. Myron salió sin preocuparse de pedir disculpas. Dos tipos con pantalones de camuflaje le abrieron la puerta. El flacucho lo siguió sin dejar de protestar.

—¡El muy jodido me ha tirado el ordenador por la ventanilla!

Era como si alguien hubiera desconectado el interruptor general del salón recreativo. Quizá fuera ese exactamente el caso: nada de sonidos, ni luces, ni movimiento. Todo el local, lleno de luces y colores agresivos unas horas antes, estaba sumido en las sombras. Con todo apagado, las oscuras siluetas de las máquinas tenían un aspecto raro, amenazador, grotesco. Todo aquello tenía un aspecto casi posapocalíptico.

—Vamos —le dijo Pantalones Uno a Myron.

—¿Adónde?

—A la sala de atrás.

A Myron no le gustaba aquello.

—Esto está desierto. Podemos hacer el intercambio aquí mismo.

—Así es como funciona —dijo Pantalones Dos.

—Entonces creo que me marcharé.

—Entonces yo creo —dijo Pantalones Uno cruzándose de brazos e intentando flexionar los bíceps— que vamos a darte una paliza y a quedarnos con el dinero.

Myron apretó aún más la mano que sostenía la bolsa. Podía acabar con los dos, eso no era problema —de hecho, ya estaba ensayando mentalmente el primer golpe—, pero... ¿y luego? Llegados a ese punto tenía que ir hasta el final. Así que siguió el mismo camino que había tomado la última vez, cuando lo acompañaba Collar de Perro, y se paró frente a la puerta.

Junto a esta vio la misma cámara de vigilancia. Myron levantó la vista, mostró una sonrisa radiante y levantó un pulgar. Don Seguridad Personificada. Norma 14 para la entrega de rescates: nunca permitas que los malos te vean preocupado. La puerta se abrió. Los tipos con pantalones de camuflaje le vaciaron los bolsillos. El detector localizó el micrófono del pecho.

Estaban a punto de quitarle el aparato cuando Fat Gandhi abrió la puerta de la sala de atrás y asomó la cabeza.

—¿Nada de armas?

—No.

—Está bien; dejadle lo demás.

Myron no sabía si aquello era bueno o no.

Entró en la misma sala llena de ordenadores y pantallas. El negro flacucho volvía a estar en su puesto.

—¡Me ha roto el jodido ordenador! —dijo señalando a Myron—. ¡Lo ha tirado por la ventanilla como si fuera basura!

Fat Gandhi llevaba un llamativo traje amarillo holgado como el de Jim Carrey en La Máscara.

—¿El dinero está en esa bolsa?

—No lo llevo en los calzoncillos —dijo Myron.

Fat Gandhi respondió al chiste frunciendo el ceño, aunque era de cajón.

—Hay alguien conectado a su teléfono, escuchando —dijo Fat Gandhi. Myron no se molestó en negarlo ni en confirmarlo—. Esta guarida solo tiene una entrada —añadió—. ¿Lo entiende?

—¿Acaba de decir que esto es una guarida?

—Tenemos cámaras por todas partes. Derek y Jimmy, levantad la mano.