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Un largo silencio

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Z serii: Myron Bolitar #11
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5

—Hampstead Heath —dijo Win cuando Myron volvió al coche—. Un lugar histórico.

—¿Y eso?

—Keats paseaba por sus calles. Kingsley Amis, John Constable, Alfred Tennyson, Ian Fleming... Todos tenían casa allí. Pero no es eso lo que lo ha hecho más famoso.

—¿Ah, no?

—¿Te acuerdas de cuando detuvieron a George Michael por buscar sexo en unos lavabos públicos?

—Claro. ¿Fue allí?

—Hampstead Heath, sí. Ha sido un lugar de encuentros gais toda la vida, pero por lo que yo sé no hay mucha prostitución. Siempre ha sido más bien una zona de cruising.

¿Cruising?

—Dios, pero qué alma de cántaro eres. Cruising. Sexo anónimo entre hombres tras unos arbustos, en lavabos públicos y sitios así. Raramente hay intercambio de dinero. Aun así, los jóvenes chaperos podrían intentar hacer negocio, quizás encontrar algún sugar daddy o una red de clientes. Si de mí dependiera, yo entraría en el parque y giraría a la izquierda, hacia los lavabos públicos. Sigue el sendero más allá de los estanques. Esa zona es la que más se presta.

—Sabes mucho del tema.

—Sé mucho de todos los temas.

Eso era cierto.

—Y también uso esa gran novedad llamada Google. —Win le mostró el móvil—. Deberías probarlo de vez en cuando. ¿Esto lo necesitas?

Win le entregó a Myron las imágenes de Patrick y de Rhys obtenidas con el simulador de edad. También le describió con muchísimo detalle el aspecto que tenía el día anterior su posible Patrick, y lo que llevaba puesto.

Myron se quedó mirando fijamente aquellos rostros.

—¿Qué edad tendrían ahora Patrick y Rhys?

—Ambos tendrían dieciséis años. Se da la casualidad (o quizá no) de que esa es precisamente la edad mínima para el sexo consentido en Reino Unido.

Myron tomó unas fotos de las fotos y se las devolvió a Win. Cogió la manilla de la puerta y se paró de pronto.

—Se nos está escapando algo, Win.

—Probablemente.

—¿Tú también tienes esa sensación?

—Sí.

—¿No será una trampa?

—Podría serlo —aventuró Win juntando otra vez la punta de los dedos—. Pero el único modo de salir de dudas es seguir adelante.

El coche estaba en punto muerto, en la esquina de Merton Lane y Millfield Lane.

—¿Todo listo?

—En marcha —dijo Myron, y salió del coche.

Hampstead Heath estaba precioso cubierto de un verde exuberante. Myron recorrió el sendero, pero no vio ni rastro de Patrick ni de Rhys. Había hombres, muchísimos, de dieciocho (o menos) a ochenta años, la mayoría vestidos de forma nada llamativa, pero... ¿qué se esperaba? Myron no vio ninguna actividad sexual, pero supuso que se debía a la presencia de lavabos públicos y matorrales apartados de los caminos.

Tras un cuarto de hora de paseo, Myron se llevó el teléfono al oído.

—Nada —dijo.

—¿Nadie te ha tirado los tejos?

—No.

—Vaya.

—Ya —dijo Myron—. ¿Tú crees que estos pantalones me hacen gordo?

—Aún bromeamos —respondió Win.

—¿Qué?

—Creemos en la igualdad total y saltamos ante cualquiera que muestre el más mínimo prejuicio —añadió Win.

—Y, sin embargo, seguimos bromeando. —Myron terminó la frase por Win.

—Por supuesto.

Pero entonces Myron vio algo que lo hizo detenerse de golpe.

—Espera un momento...

—Estoy a la escucha.

—Cuando me describiste la... bueno, la escena de ayer, mencionaste que había otros dos tipos haciendo la calle.

—Correcto.

—Dijiste que había uno con la cabeza rapada y un collar de perro.

—Correcto otra vez.

Myron movió el teléfono y orientó la cámara hacia el joven vestido de cuero que estaba cerca del estanque.

—¿Y bien?

—Es ese —afirmó Win.

Myron volvió a meterse el teléfono en el bolsillo y cruzó el sendero. Collar de Perro tenía las manos metidas en los bolsillos de los pantalones como si estuviera cabreado porque allí dentro no encontraba algo. Tenía los hombros echados hacia delante. Lucía un tatuaje en el cuello —Myron no distinguía qué era— y aspiraba el humo de su cigarrillo como si quisiera acabárselo de una calada.

—Eh —dijo Myron intentando llamar su atención pero, al mismo tiempo, temeroso de alzar demasiado la voz y asustar al... ¿chico?, ¿hombre?, ¿tipo?, ¿chaval?

Collar de Perro se volvió hacia Myron. Trató de mostrarse lo más duro posible. La dureza fingida suele esconder inseguridad. Y eso fue precisamente lo que vio Myron. Quien la finge suele ser alguien que, en primer lugar, ha recibido demasiadas palizas, y de ahí la inseguridad, y en segundo, ha descubierto por las malas que demostrar debilidad no hace sino empeorar las palizas, y de ahí la dureza fingida. Los daños sufridos —y ese chico había sufrido muchos— afloraban de forma intermitente.

—¿Tienes fuego? —preguntó Collar de Perro.

Myron iba a responder que no fumaba y que no llevaba encendedor, pero ¿y si pedir fuego era algún tipo de código? Así que se acercó.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Myron.

Collar de Perro movió los ojos de un lado al otro, como un pajarillo que saltase de rama en rama.

—Conozco un lugar —dijo el chico.

Myron no respondió. Se preguntó qué vida llevaría aquel chico, dónde habría empezado, qué camino habría seguido, en qué punto había empezado a torcerse. ¿Había sido una caída lenta, tal vez con una infancia rodeada de abusos o algo así? ¿Habría escapado de casa? ¿Tendría madre o padre? ¿Le pegaban? ¿Se aburría o se drogaba? ¿Había seguido una espiral descendente gradual, o tal vez había tocado fondo repentinamente, de golpe, con un grito o de un mazazo?

—¿Entonces? —lo apremió el chico.

Myron se quedó mirando a aquel chaval flacucho, con sus brazos pálidos, finos como juncos; con una nariz que le habían reventado a puñetazos más de una vez; los piercings en las orejas; el lápiz de ojos; ese maldito collar de perro, y pensó en Patrick y en Rhys, dos chicos que habían crecido en el lujo para luego perderlo todo.

¿Tendrían el aspecto de aquel chico?

—Sí —dijo Myron, intentando no parecer demasiado desmotivado—. Por mí, vale.

—Sígueme.

Collar de Perro siguió el sendero por entre los dos estanques, cuesta arriba. Myron no estaba seguro de si debía ponerse a su altura y caminar al lado del chico —pensaba en él como un chico porque le calculaba entre dieciocho y veinte años— o si debía mantenerse detrás. Collar de Perro caminaba a toda prisa, así que Myron decidió seguirlo a unos metros.

Aún no le había pedido dinero. Eso le preocupaba un poco a Myron, que no perdía de vista los alrededores. Estaban subiendo a lo alto del repecho, donde había arbustos más espesos. Allí no se veían tantos hombres. Myron se fijó en Collar de Perro. Al cruzarse con un tipo vestido con pantalones de camuflaje, Myron observó un gesto casi imperceptible con la cabeza entre ambos.

Oh, oh.

A Myron le habría gustado avisar a Win de algún modo.

—¿Quién es ese? —preguntó Myron.

—¿Eh?

—Ese tipo al que acabas de saludar. El de los pantalones de camuflaje.

—No sabes de qué estás hablando —respondió el chaval, que luego añadió—. Eres estadounidense.

—Sí.

El chico rodeó un arbusto. En ese momento estaban completamente ocultos. Myron descubrió un condón usado en el suelo.

—Bueno, ¿qué es lo que te va? —preguntó el chico.

—La conversación.

—¿Qué?

Myron era un tiarrón de metro noventa y tres, exjugador de baloncesto en la universidad. En aquellos tiempos pesaba noventa y siete kilos. Desde entonces había ganado otros cinco. Se situó de modo que Collar de Perro no pudiera salir corriendo. Myron no sabía si usaría la fuerza para detenerlo, pero tampoco quería ponérselo fácil.

—Ayer estuviste allí —dijo Myron.

—¿Eh?

—Cuando ocurrió... aquel incidente. Lo viste.

—¿Tú qué...? Un momento, ¿eres poli?

—No.

—¿Y por qué iba un estadounidense a...? —La voz se le quebró y puso los ojos como platos—. Oye, mira, yo no he visto nada.

Myron se preguntó si Win le habría dicho algo y si Collar de Perro estaría atando cabos: un estadounidense mata a tres personas... y otro estadounidense encuentra al testigo.

—Eso no me importa —dijo Myron—. Yo busco al chico que estaba allí. Salió corriendo.

Collar de Perro no parecía muy convencido.

—Mira, no he venido a haceros daño ni a ti ni a nadie.

Intentó ponerle esa cara que en teoría inspiraba confianza; pero, a diferencia de la fulana a quien había encontrado antes haciendo la calle, esa expresión debía de resultarle desconocida al chico. En su mundo solo había abusadores o clientes.

—Bájate los pantalones —ordenó Collar de Perro.

—¿Qué?

—Para eso estamos aquí, ¿no?

—No; oye, te pagaré. Te pagaré mucho.

Eso lo hizo detenerse de pronto.

—¿Por?

—¿Conoces al chico que salió corriendo?

—¿Y si lo conozco?

—Te pagaré quinientas libras si me llevas hasta donde esté.

Los ojos volvieron a disparársele.

—¿Quinientas?

—Sí.

—¿Llevas todo ese dinero encima?

Oh, oh. Pero de perdidos, al río...

—Sí, claro.

—Entonces es probable que lleves más.

Justo entonces dos tipos rodearon el arbusto y aparecieron allí mismo. Uno era el tipo con pantalones de camuflaje que Myron había visto antes. El otro era un matón enorme con una camiseta negra apretada como un torniquete, frente de cromañón y unos brazos grandes como jamones.

 

El matón mascaba tabaco como una vaca. Para parecer aún más duro, hizo crujir los nudillos.

—Vas a darnos todo el dinero que llevas encima —dijo Pantalones de Camuflaje— o Dex te dará una paliza... y luego te lo cogeremos, sin más.

Myron se quedó mirando a Dex.

—¿De verdad estás haciendo crujir los nudillos?

—¿Qué?

—Quiero decir que sí, que ya lo pillo: eres un tío duro. Pero ¿hacer crujir los nudillos? Eso es lo más.

Aquello confundió a Dex, quien frunció el ceño. Myron sabía cómo eran esos tipos. Un matón de taberna. De los que la toman con tipos más débiles. No debía de haber peleado nunca con nadie medianamente habilidoso.

Dex invadió el espacio de Myron.

—¿Tú qué eres? ¿Uno de esos listillos?

—¿Quiénes son los otros listillos?

—Tío, tío, tío... —Dex se frotó las manos—. Qué bien me lo voy a pasar.

—No lo mates, Dex.

Dex sonrió, y asomaron unos dientecitos pequeños y puntiagudos como los de un depredador marino rodeando un pececillo. No había motivo para esperar. Myron juntó la punta de los dedos, curvó ligeramente la mano y golpeó a Dex en la garganta, impactando con la precisión de un dardo.

Dex se llevó ambas manos al cuello y dejó el cuerpo completamente expuesto. Myron no estaba por la labor de hacerle daño de verdad. Le barrió la pierna de una patada, haciéndolo caer al suelo. Se volvió hacia Pantalones de Camuflaje, pero este no quiso saber nada. Quizá fuera por ver la facilidad con que habían derribado a su matón. O quizá fuera el saber lo que les había hecho Win a sus colegas de alta costura el día anterior. Salió corriendo.

También Collar de Perro.

Maldición.

Myron era rápido, pero al volverse sintió que la antigua lesión le presionaba la articulación de la rodilla. Debía haber estirado más la articulación durante la caminata.

Mientras tanto, el chico se movía como un conejo. Myron supuso que se habría visto obligado a correr en muchas ocasiones, y aunque en otras circunstancias aquello le habría inspirado compasión, de ningún modo iba a dejar perder aquella pista.

No podía permitir que Collar de Perro se alejara demasiado.

Si se alejaba demasiado —si llegaba a la civilización y se mezclaba con la gente—, Collar de Perro estaría seguro ante cualquier cosa que Myron quisiera... bueno, hacerle. También podría pedir ayuda. Aquellos territorios tenían sus propias normas de seguridad.

Aunque pensándolo bien, ¿querría llamar la atención un ladrón que había intentado desvalijar a un tipo en el parque?

Eso en ese momento no importaba. Myron ya estaba en el sendero, pero el chico le había sacado una ventaja considerable, y la ventaja parecía ir ampliándose. Si se le escapaba, sería otra ocasión perdida. Los vínculos con lo que había visto Win el día anterior —los vínculos con Patrick y Rhys— eran, como mucho, tenues. Si ese chaval se escapaba, se acababa todo.

Collar de Perro giró tras un farol y desapareció. Mierda. «Nada que hacer», pensó Myron. Ya no lo pillaría.

Y de pronto, Collar de Perro cayó redondo.

Las piernas le salieron volando y quedó tendido en el suelo. Alguien había hecho lo más sencillo del mundo.

Alguien le había puesto la zancadilla. Win.

Collar de Perro estaba tirado boca abajo. Myron dio la vuelta a la esquina.

Win apenas se volvió para mirarlo antes de desaparecer entre las sombras. Myron se acercó a la carrera y se puso a horcajadas sobre Collar de Perro. Le dio la vuelta. Collar de Perro se tapó la cara y esperó a que llegaran los puñetazos.

—Por favor... —suplicó con voz lastimera.

—No voy a hacerte daño —dijo Myron—. Cálmate. No pasa nada.

Tardó unos segundos más en apartar las manos del rostro. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas.

—Te lo prometo —insistió Myron—. No voy a hacerte daño. ¿Vale?

El chico asintió entre lágrimas, pero estaba claro que no se creía ni una palabra. Myron corrió el riesgo de quitarse de encima y lo ayudó a sentarse en el suelo.

—Vamos a intentarlo otra vez —dijo Myron—. ¿Conoces al chico que salió corriendo ayer, por el que se estaban peleando?

—El otro estadounidense —respondió Collar de Perro—. ¿Es amigo tuyo?

—¿Acaso importa?

—Los mató a los tres, como si nada. Les rebanó el pescuezo sin pestañear.

Myron lo intentó por otra vía.

—¿Tú conocías a esos tipos?

—Claro. Terence, Matt y Peter. Solían molerme a palos los tres. Si tenía una libra en el bolsillo, querían que les diera dos. —Levantó la vista y lo miró a los ojos—. Si tienes algo que ver con el otro tipo, bueno, encantado de conocerte.

—No, no tengo nada que ver —dijo Myron.

—Tú solo quieres al chico al que estaban acosando.

—Sí.

—¿Por qué?

—Es una larga historia. Tengo que encontrarlo.

Collar de Perro frunció el ceño.

—¿Lo conoces, sí o no?

—Sí —dijo Collar de Perro—. Claro que lo conozco.

—¿Puedes llevarme hasta él?

En los ojos del chico asomó cierto recelo.

—¿Aún tienes las quinientas libras?

—Sí.

—Dámelas.

—¿Y cómo sé que no vas a salir corriendo otra vez?

—Porque he visto lo que ha hecho tu amigo. Si salgo corriendo, me mataréis.

Myron quería decirle que de ningún modo, pero tal vez no le iría mal tenerlo algo asustado. Collar de Perro le tendió la mano. Myron le dio las quinientas libras. El chico se metió el dinero en el zapato.

—No le dirás a nadie que me las has dado, ¿verdad?

—No.

—Pues ven. Te llevaré con él.

6

Myron intentó charlar con el chico mientras se subían a un tren en Gospel Oak. Nada más ponerse en marcha el chaval se encasquetó los auriculares y subió tanto el volumen que Myron distinguía perfectamente las misóginas letras de la canción a través del canal auditivo de su compañero de viaje.

Myron se preguntó si a Win le seguía llegando la señal de su teléfono. Al cambiar de línea, en Highbury & Islington, el chico apagó la música y dijo:

—¿Cómo te llamas?

—Myron.

—¿Myron qué más?

—Myron Bolitar.

—Eres bastante bueno con los puños. Has tumbado a Dex como si fuera una pluma.

Myron no tenía muy claro qué decir.

—Gracias.

—¿De qué parte de Estados Unidos eres?

Curiosa pregunta.

—De Nueva Jersey.

—Eres un tipo grandullón. ¿Juegas al rugby?

—No. Yo... En la facultad jugaba al baloncesto. ¿Qué me dices de ti?

El chico soltó un bufido.

—La facultad. Ya. ¿A qué universidad fuiste?

—A una que se llama Duke —respondió Myron—. ¿Cómo te llamas?

—No es asunto tuyo.

—¿Cómo es que haces la calle? —insistió Myron.

El chaval intentó poner cara de duro, pero como suele ocurrir a esas edades, le salió un gesto más adusto que amenazante.

—¿A ti qué más te da?

—No lo digo como insulto ni nada así. Simplemente es que he oído que la mayoría del... negocio ahora se hace por Internet. En Grindr, Scruff y apps de ese tipo.

El chico bajó la cabeza.

—Es un castigo.

—¿Qué es un castigo?

—La calle.

—¿Por qué?

El tren se paró.

—Baja —dijo el chico poniéndose en pie—. Venga.

Al salir de la estación se encontraron en una calle concurrida y bulliciosa. Siguieron por Brixton Road, dejando atrás unos almacenes Sainsbury, y se metieron en un local con un cartel que decía «AdventureLand».

La cacofonía de sonidos, ninguno de ellos agradable, salvo quizá de un modo nostálgico, fue lo primero que se apoderó de sus sentidos. Se mezclaban los impactos de los bolos, el tintineo de las máquinas del millón, los lamentos por los disparos fallados y los gritos de ánimo grabados que acompañaban a los tiros libres a la canasta. También se oían aviones derribados y monstruos agonizantes abatidos por los tanques. Había luces de neón y colores fosforescentes. Había máquinas de Skee-Ball, de comecocos, de tiro al blanco y simuladores de coches de carreras, y también esas máquinas con una pinza con la que hay que pescar animales de peluche de una urna de cristal. Había autos de choque, mesas de pimpón, mesas de billar y un bar karaoke.

Y había un montón de adolescentes.

Myron recorrió la sala con la mirada. En la puerta había dos vigilantes de seguridad. No podían tener un aspecto más aburrido sin ayuda de la neurocirugía. No les prestó mucha atención. Lo que Myron sí observó, casi de inmediato, fueron los hombres adultos moviéndose por el lugar, intentando encajar... no, intentando integrarse.

Llevaban pantalones de camuflaje.

El chico con el collar de perro se abrió paso por entre la multitud hacia una zona llamada Laberinto Láser, que tenía el aspecto de una de esa escenas de Misión: Imposible en la que alguien intenta avanzar sin tocar uno de los rayos de luz y hacer saltar la alarma. Detrás había una puerta con un cartel de salida de emergencia. El chico se acercó y miró hacia una cámara de vigilancia. Myron se puso a su altura. El chico le indicó con un gesto que mirara a la lente. Myron lo hizo, con una gran sonrisa y saludando con la mano a la cámara.

—¿Qué tal estoy? —le preguntó al chico—. Voy despeinado, ¿verdad?

El chico se dio media vuelta sin responder.

La puerta se abrió y entraron. La puerta se cerró. Allí había otros dos hombres con pantalones de camuflaje. Myron señaló a los pantalones.

—¿Es que estaban de liquidación en alguna tienda?

Nadie encontró divertido el chiste.

—¿Llevas algún arma?

—Solo mi sonrisa irresistible —respondió Myron, mostrándola. Ninguno de los dos tipos parecía especialmente impresionado.

—Vacía los bolsillos. Cartera, llaves, teléfono.

Myron lo hizo. Incluso tenían una de esas bandejas donde pones las llaves y las monedas antes de pasar por el control de seguridad del aeropuerto. Uno de los hombres sacó un detector de metales y se lo pasó por todo el cuerpo. No contento con ello, luego empezó a palparlo con un énfasis quizás algo exagerado.

—¡Oh, sí, qué rico! —exclamó Myron—. Un poco más a la izquierda.

Al oír eso el hombre paró.

—Vale, segunda puerta a la derecha.

—¿Puedo recuperar mis cosas?

—Cuando salgas.

Myron le echó un vistazo a Collar de Perro. Este tenía la mirada fija en el suelo.

—¿Por qué tengo la impresión de que tras esa puerta no encontraré lo que busco?

Aquella puerta también estaba cerrada con llave. Había otra cámara de seguridad por encima. El chico miró hacia la cámara y le indicó a Myron con un gesto que también mirara él. Myron lo hizo, pero esa vez sin sonrisa irresistible. No tenía nada que esconder.

Se oyó un sonido metálico. La puerta, hecha de acero blindado, se abrió. Primero entró el chico. Myron lo siguió.

La primera palabra que le vino a la mente fue «tecnología punta». ¿O eso eran dos palabras? AdventureLand era una especie de desván, con juegos que habían visto mejores tiempos. Aquella sala era elegante y moderna. Había una docena de monitores y pantallas de última generación en las paredes, sobre las mesas, por todas partes. Myron contó cuatro hombres. Ninguno llevaba pantalones de camuflaje.

En medio de la sala había un hombre corpulento de raza india, con una interfaz en la mano. Todos jugaban a un videojuego de temática militar. Mientras todos a su alrededor agitaban los mandos violentamente, el hombre corpulento parecía tranquilo, casi relajado.

—Shhh, un momento, por favor. Esos malditos italianos creen que nos pueden ganar.

El indio corpulento les dio la espalda. Todos tenían la mirada puesta en la pantalla central de la pared opuesta. Myron supuso que sería el panel de puntuaciones de algún juego. En primer lugar estaba ROMAVSLAZIO. El segundo era FATGANDHI47. El tercero era SEMENTALDOTADO12. Sí, claro, sigue soñando, videoadicto. En el panel de máximas puntuaciones también figuraban otros equipos, como UNECHANCEDETROP, DARTHPAQUETÓN (probablemente amigo de seMENTALDOTADO12) y ELSÓTANODEMAMÁ (por fin un jugador consciente de su triste realidad).

 

El indio corpulento levantó la mano lentamente, como un director de orquesta a punto de arrancar. Miró a un hombre negro y delgado que tenía delante de un teclado.

—¡Ahora! —ordenó el indio antes de bajar el brazo.

El negro flaco apretó una tecla. Por un momento no pasó nada. Luego la lista de puntuaciones cambió, y FATGANDHI47 pasó a ocupar la primera plaza. Los hombres de la sala prorrumpieron en vítores y se felicitaron los unos a los otros. Luego empezaron a darse palmaditas en la espalda y abrazos. Myron y Collar de Perro se quedaron allí hasta que acabaron las celebraciones. Los otros tres hombres volvieron a situarse tras sus terminales. Myron veía el reflejo de las pantallas en sus gafas. El gran monitor del centro, el que reflejaba las puntuaciones, se apagó. En ese mismo momento el indio corpulento se volvió hacia Myron.

—Bienvenido.

Myron le echó una mirada rápida a Collar de Perro. El chico parecía petrificado.

Decir que el indio era corpulento habría sido lo políticamente correcto. Era rotundo, con capas y más capas de piel y una barriga como si se hubiera tragado una bola de bolera. La camiseta le cubría la cintura a duras penas, y le caía como una falda. La grasa del cuello se unía directamente con la cabeza rapada, y formaba una única entidad trapezoidal. Lucía un pequeño bigote, gafas de alambre y una sonrisa que podría interpretarse como un gesto amable.

—Bienvenido, Myron Bolitar, a nuestras humildes ofi­ cinas.

—Gracias por acogerme, Fat Gandhi —dijo él.

—Ah, sí, sí —respondió el indio, evidentemente halagado—. ¿Ha visto el marcador?

—Claro.

—¿Verdad que el nombre me encaja como un guante? —añadió abriendo los brazos y ondeando los tríceps como banderolas.

—Como un guante hecho a medida —confirmó Myron, aunque no tenía ni idea de qué quería decir.

Fat Gandhi se volvió hacia Collar de Perro. El chico se encogió hasta el punto en que Myron sintió la necesidad de ponerse delante para protegerlo.

—¿No va a preguntarme cómo he sabido su nombre? —preguntó Fat Gandhi.

—El chico me lo preguntó en el metro. También me preguntó de dónde era y a qué universidad fui. Supongo que estarían escuchando.

—Por supuesto que sí.

Fat Gandhi le mostró otra sonrisa beatífica, y aunque quizás esa vez fuera efecto de su imaginación, Myron notó la falsedad que se ocultaba detrás.

—¿Cree que es el único que puede usar el teléfono como herramienta de espionaje?

Myron guardó silencio.

Fat Gandhi chasqueó los dedos. En la pantalla grande apareció un mapa. Había puntos azules parpadeantes por todas partes.

—Todos mis empleados usan ese tipo de teléfonos. Podemos usarlos como micrófonos, como GPS, o para llamarlos. Podemos seguirles el rastro a todos nuestros empleados en todo momento. —Señaló a los puntos azules que mostraba la pantalla—. Cuando uno de nuestros aparatos detecta una coincidencia... pongamos que uno de nuestros clientes manifiesta cierto deseo por un blanquito desnutrido con un collar de perro tachonado...

El chico se puso a temblar.

—... sabemos dónde se encuentra ese empleado y podemos organizar un encuentro en cualquier momento. También podemos escuchar, si queremos. Podemos descubrir si hay algún peligro. O también... —ahora sí que la sonrisa era la de un depredador— podemos comprobar si nos están engañando.

El chico se llevó la mano al zapato, sacó las quinientas libras y se las tendió a Fat Gandhi. Este no las cogió. El chico puso el dinero sobre una de las mesas. Luego se escabulló hasta que estuvo tras Myron, que se lo permitió.

Fat Gandhi se volvió hacia el mapa y volvió a abrir los brazos. Los otros hombres de la sala seguían apretando teclas en sus ordenadores sin levantar la cabeza.

—¡Este es nuestro centro neurálgico!

«Centro neurálgico», pensó Myron. Aquel tipo debería estar acariciando a un gato sin pelo. Tenía toda la pinta de un malo malísimo de James Bond.

—¿Sabe por qué no me da ningún miedo contarle todo esto? —dijo mirándolo de reojo.

—¿Es por mi cara, que inspira confianza? Hasta ahora me ha sido muy útil.

—No —respondió volviéndose hacia él—. Es porque en realidad no puede hacer nada. Ya ha visto la seguridad. Sí, claro, las autoridades podrían acabar entrando, quizás incluso quienquiera que esté al otro lado de la línea de su teléfono. Por cierto, uno de mis hombres está dando vueltas en coche con su teléfono. Para hacerlo más divertido, ¿no le parece?

—Me parece la monda.

—Pero pasa una cosa, Myron. ¿Le importa que lo llame Myron?

—Por supuesto que no. ¿Puedo llamarlo Fat? ¿O Gordo?

—Ja, ja. Me gusta usted, Myron Bolitar.

—Genial.

—Myron, quizás haya observado que aquí no tenemos discos duros. Todo, toda la información de nuestros clientes, de nuestros empleados y de nuestros negocios se guarda en la nube. Así que si alguien consigue entrar, apretamos un botón y voilà. —Fat Gandhi chasqueó los dedos—. No encontrarán nada.

—Muy inteligente.

—No se lo digo para presumir.

—¿Eh?

—Es para que comprenda con quién está tratando antes de entrar en materia. Igual que mi responsabilidad consiste en saber con quién trato.

Volvió a chasquear los dedos.

Cuando la pantalla se encendió de nuevo, Myron estuvo a punto de soltar un gruñido.

—En cuanto supimos su nombre, nos resultó fácil reunir información sobre usted. —Fat Gandhi señaló a la pantalla. Alguien había puesto el vídeo en pausa en el momento en que aparecía el título:

EL CHOQUE: LA HISTORIA DE MYRON BOLITAR

—Hemos visto su documental, Myron. Es muy conmovedor.

Cualquier amante del deporte medianamente talludito conocía la «leyenda» de Myron Bolitar, elegido tras acabar la universidad por los Boston Celtics en la primera ronda del draft. En cuanto a los no amantes del deporte, o los más jóvenes, o los extranjeros, como esos tipos... bueno, gracias a un reciente documental de deportes de la ESPN llamado El choque, que se había vuelto viral, podían saber más de lo estrictamente necesario.

Fat Gandhi volvió a chasquear los dedos y el vídeo se puso en marcha.

—Sí —dijo Myron—. Ya lo he visto.

—Oh, venga, hombre. No sea tan modesto.

El documental empezaba con un tono optimista: música alegre, un sol brillante y aplausos en la grada. Alguien había conseguido cortes de vídeo de cuando Myron jugaba en categorías menores. Luego iba avanzando. Myron Bolitar había sido una estrella del baloncesto juvenil en Livingston (Nueva Jersey). Durante su paso por la Universidad de Duke su leyenda creció. Fue seleccionado como uno de los mejores jugadores de su categoría, dos veces campeón de la NCAA, e incluso jugador universitario del año.

La música alegre fue a más.

Cuando los Boston Celtics lo escogieron en la primera ronda del draft de la NBA, parecía que sus sueños se habían hecho realidad.

Y entonces, tal como anunciaba la voz en off del documental con tono apocalíptico, «se desencadenó la tragedia».

La música alegre desapareció de pronto, y en su lugar sonó una melodía funesta.

«La tragedia se desencadenó» en el tercer cuarto del primer partido de pretemporada de Myron, el primero —y el último— que jugaría con la camiseta número 34 de los Celtics. Los Celtics jugaban contra los Washington Bullets. Hasta entonces, el debut de Myron había estado a la altura de las expectativas. Llevaba dieciocho puntos. Encajaba en el equipo, tocaba todas las teclas y se dejaba llevar por la dulce y sudorosa sensación que solo sentía en la cancha, y de pronto...

Los directores de El choque mostraron la «terrible» repetición de la jugada un par de docenas de veces, desde diversos ángulos. A velocidad normal. A cámara lenta. Desde el punto de vista de Myron, desde arriba, desde la grada. No importaba. El resultado siempre era el mismo.

El novato Myron Bolitar estaba mirando hacia otro lado cuando Big Burt Wesson, un macizo ala-pívot, lo bloqueó. La rodilla de Myron se torció de un modo que ni Dios ni la anatomía habían previsto en ningún caso. El desagradable chasquido se oyó incluso desde lo lejos.

Adiós, carrera deportiva.

—Ver esto nos ha puesto muy tristes —dijo Fat Gandhi, que hizo un mohín exagerado mientras miraba alrededor—. ¿Verdad, chicos?

Todos los demás, incluido Collar de Perro, imitaron el mohín. Luego todos se quedaron mirando a Myron.

—Sí, ya lo he superado.

—¿De verdad?

—El hombre hace planes y Dios se los toma a risa —dijo Myron.

—Esa me gusta —respondió Fat Gandhi sonriendo—. ¿Es una expresión yanqui?

—Yidis.

—Ah, en hindi decimos que el conocimiento es más grande que el debate. ¿Lo ve? Así que primero supimos su nombre. Luego vimos su documental. Luego entramos en su correo electrónico...