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Quédate a mi lado

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Quédate a mi lado
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Título original inglés: Stay Close.

© Harlan Coben, 2012.

© de la traducción: Ramón de España, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO496

ISBN: 978-84-9006-995-0

Composición digital: Digitalbooks

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Contenido

Dedicatoria

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Epílogo

Agradecimientos

DEDICADO A MIS TÍOS DIANE Y NORMAN REITER

Y A MIS TÍOS ILENE Y MARTY KRONBERG,

CON AMOR Y GRATITUD.

Bien, todo muere ahora, nena, y no hay más que hablar

Pero tal vez todo lo que muere pueda algún día regresar.

BRUCE SPRINGSTEEN, Atlantic City

1

A veces, en ese nanosegundo en el que atrapaba una imagen y perdía de vista el mundo por culpa del fogonazo del flash, Ray Levine veía la sangre. Sabía, por supuesto, que solo estaba en su imaginación, pero a veces, como en ese preciso instante, la visión era tan real que tenía que bajar la cámara y mirar fijamente el suelo que tenía delante. Ese momento espantoso —el instante en que la vida de Ray cambió por completo, haciendo que dejara de ser un hombre con futuro e ilusiones para convertirse en ese fracasado monumental que tienes ahí delante— nunca lo visitaba en sueños ni cuando estaba a solas en la oscuridad. Más bien al contrario, esas visiones devastadoras esperaban a que estuviese totalmente despierto, rodeado de gente y dedicado a lo que podría definirse sarcásticamente como trabajo alimentario.

Compasivas, las visiones se fueron desvaneciendo mientras Ray seguía sacándole fotos al Chaval del Bar Mitzvah.

—Mira hacia aquí, Ira —le gritaba Ray desde detrás del objetivo—. ¿Quién te diseña la ropa? ¿Es cierto que Jen y Angelina siguen peleándose por ti?

Alguien le arreó una patada en la espinilla. Otro lo empujó. Pero Ray seguía inmortalizando a Ira.

—¿Dónde es la juerga, Ira? ¿Quién es la afortunada que te arranca el primer baile?

Ira Edelstein frunció el ceño y apartó el rostro de la cámara. Ray se lanzó hacia delante, inasequible al desaliento, tomando fotos desde cualquier ángulo posible. «¡Quítate de en medio!», le gritó alguien. Otro lo empujó. Ray intentaba mantener el equilibrio.

Snap, snap, snap.

—¡Malditos paparazzi! —gritó Ira—. ¿Es que no puedo tener ni un momento de tranquilidad?

Ray puso los ojos en blanco. Pero no se retiró. Desde atrás del objetivo de la cámara, regresó la visión de la sangre. Trató de quitársela de encima, pero no había manera. Mantenía el dedo clavado en el disparador. Ahora, Ira, el Chaval del Bar Mitzvah, se movía a cámara lenta, estroboscópica.

—¡Parásitos! —se quejó Ira.

Ray se preguntó si era posible caer más bajo.

Recibió la respuesta en forma de otro puntapié en la espinilla: ni hablar.

El guardaespaldas de Ira —un tipo enorme con la cabeza afeitada que atendía al nombre de Fester— apartó a Ray con la ayuda de un antebrazo del tamaño de un roble. La verdad es que se lo tomó demasiado en serio, pues estuvo a punto de tirarlo al suelo. Ray le dedicó una mirada del tipo «no te pases». Fester se disculpó.

Fester era el jefe y amigo de Ray, además del responsable de Celeb Experience: Paparazzi por Encargo... Que venía a ser exactamente lo que parecía. Ray no se dedicaba a acosar a famosos para obtener imágenes comprometedoras que vender a los tabloides, como haría un paparazzo de verdad. No, lo cierto es que Ray estaba incluso por debajo de eso —era lo que la Beatlemanía a los Beatles—, pues se limitaba a ofrecer la «experiencia de los famosos» a cualquier aspirante que se la pudiera permitir. Resumiendo: los clientes, que en su mayoría disfrutaban de una autoestima excesiva y que, probablemente, tenían problemas de erección, contrataban a paparazzi para que los siguiesen a todas partes, haciéndoles fotos que incluir en un álbum que recogiera «la experiencia definitiva de la fama gracias a tus propios y exclusivos paparazzi».

Ray imaginaba que siempre podría caer aún más bajo, pero ello no era posible sin una intervención divina urgente.

Los Edelstein se habían decidido por el «Megapaquete de primera»: dos horas con tres paparazzi, un guardaespaldas, un publicista y un tío con un micro de percha, todos ellos persiguiendo al «famoso» y sacándole fotos como si se tratara de Charlie Sheen entrando subrepticiamente en un monasterio. El «Megapaquete de primera» incluía un DVD de recuerdo, sin ningún gasto suplementario, y tu careto en la portada de una revista de cotilleos falsa bajo un titular hecho a medida.

¿Y cuánto cuesta el «Megapaquete de primera»?

Cuatro de los grandes.

Por responder a la inevitable pregunta: en efecto, Ray se odiaba a sí mismo.

Ira se abrió camino a empujones y desapareció en la sala de baile. Ray bajó la cámara y contempló a sus dos colegas. Ninguno de ellos llevaba grabada en la frente la F de fracasado porque, francamente, resultaría redundante.

Ray miró la hora.

—Maldita sea —sentenció.

—¿Qué pasa?

—Aún nos quedan quince minutos.

Sus compañeros de fatigas —cuya inteligencia apenas les daba para escribir su nombre en el barro con un dedo— gruñeron. Quince minutos más. Eso quería decir que había que irse para dentro y trabajarse la introducción. Algo que Ray detestaba.

El bar mitzvah tenía lugar en la Mansión Wingfield, una ridícula sala de banquetes que, si fuese un poco más discreta, podría pasar por uno de los palacios de Sadam Hussein. Por todas partes había lámparas de araña, espejos, marfil falso, madera ornamentada y pintura dorada a toneladas.

 

Regresó la imagen de la sangre. Ray se deshizo de ella con un parpadeo.

La fiesta era de campanillas. Los hombres parecían bregados y ricos. Las mujeres, bien conservadas y mejoradas quirúrgicamente. Ray se adentró entre la turba luciendo pantalones vaqueros, una arrugada chaqueta gris y unas Chuck Taylor negras de media caña. Varios invitados lo miraron como si acabara de defecar en su ensalada.

Había una banda con dieciocho músicos más un «dinamizador», quien se suponía que estaba allí para hacer más fluido el contacto entre los invitados. Algo así como el peor presentador de concursos televisivos que quepa imaginar. O el personaje más patoso de los Teleñecos. El dinamizador en cuestión agarró el micro y dijo «Damas y caballeros —con una voz que recordaba la de un presentador de combates de boxeo—, sean tan amables de darle la bienvenida, por primera vez desde que recibió la Torah y se convirtió en un hombre, al único e inimitable... ¡Ira Edelstein!».

Ira apareció junto con dos... Ray no sabía muy bien cuál era el término adecuado para describirlas, pero igual servía «strippers de lujo». Las dos macizas escoltaban al pequeño Ira por el salón, empujándolo con el escote. Ray tenía la cámara preparada y se propulsó hacia delante, meneando la cabeza. El crío tenía solo trece años. Si unas mujeres semejantes se le hubiesen acercado a él a su misma edad, la erección le habría durado una semana entera.

Juventud, divino tesoro.

El aplauso fue ensordecedor. Ira le dedicó a la masa un saludo real.

—¡Ira! —gritó Ray—. ¿Son tus nuevas diosas? ¿Es cierto que igual añades una tercera a tu harén?

—Por favor —dijo Ira con un quejido muy ensayado—. ¡Tengo derecho a mi intimidad!

Ray consiguió no vomitar.

—Pero tu público quiere saberlo.

Fester, el guardaespaldas de las gafas de sol, le clavó la manaza en el hombro, permitiendo que Ira pasara a su lado sin detenerse. Ray disparó, cerciorándose de que el flash cumpliría su mágica función. La banda estalló —¿cuándo empezaría a sonar la música en bodas y bar mitzvahs a un volumen tan estruendoso?— con el nuevo himno festivo Club Can’t Handle Me. Ira se dedicó a tontear un rato con las dos chicas contratadas a tal efecto. A continuación, sus amigos de trece años se sumaron al barullo, llenando la pista de baile y dando saltos sin orden ni concierto. Ray «luchó duramente» con Fester para obtener algunas fotos más; y luego miró el reloj.

Solo quedaba un minuto.

—¡Paparazzi de mierda!

Otra patada en la espinilla a cargo de otro pequeño cretino.

—¡Ay, joder, que eso hace daño!

El cretino se dio el piro. Ray tomó nota mental: había que llevar protección en las espinillas. Miró hacia Fester en busca de compasión. Fester lo liberó con un gesto de la cabeza para que lo siguiera hasta un rincón. Había tanto ruido que se deslizaron por entre las puertas.

Fester señaló hacia atrás, al salón de baile, con un enorme pulgar.

—El chaval lo ha hecho de miedo en la parte de la haftorah, ¿no te parece?

Ray se limitó a mirarlo fijamente.

—Mañana tengo un trabajito para ti —le dijo Fester.

—Chachi. ¿De qué se trata?

Fester puso mala cara.

Y eso a Ray no le gustó:

—Ay, ay, ay.

—Se trata de George Queller.

—Dios nos asista.

—Pues sí. Y quiere lo de costumbre.

Ray suspiró. George Queller intentaba impresionar a las chicas en su primera cita a base de abochornarlas y, finalmente, aterrorizarlas. Contrataba los servicios de Celeb Experience para hostigarlo a él y a la mujer de turno —la del mes pasado, sin ir más lejos, era una tal Nancy— cuando entraban en algún restaurantito romántico. Una vez la chica estaba a salvo en el interior del local, se le entregaba, ante su estupor, una carta redactada a propósito para la ocasión en la que podía leerse: «La primera cita, de muchas otras, entre George y Nancy», con la dirección, el día, el mes y el año impresos debajo. Cuando se iban del restaurante, los paparazzi por horas estaban allí, pulsando sus disparadores mientras le preguntaban a gritos cómo era que había renunciado a un fin de semana en St. Barth con Jessica Alba por la adorable (y ahora aterrorizada) Nancy.

George consideraba que esas románticas maniobras constituían el preludio de la felicidad eterna. Pero Nancy y las de su sexo opinaban, más bien, que eso era lo que venía antes de la mordaza y la mazmorra.

George nunca había disfrutado de una segunda cita.

Fester, finalmente, se quitó las gafas de sol.

—Quiero que lleves la voz cantante.

—Paparazzo en jefe —dijo Ray—. Más vale que llame a mi madre, para que pueda presumir con las amigas del bingo.

Fester se echó a reír.

—Te quiero, ya lo sabes.

—¿Ya hemos acabado por aquí?

—Sí.

Ray guardó cuidadosamente la cámara, separando el objetivo de la estructura, y se echó la funda al hombro. Se acercó a la puerta cojeando, no por las patadas recibidas durante el jolgorio, sino por los restos de metralla que tenía alojados en la cadera: fue toda esa munición la que marcó el inicio de su decadencia. No, eso era demasiado fácil. La metralla era una simple excusa. En un momento dado de su miserable existencia, Ray había tenido un potencial prácticamente ilimitado. Había salido de la Facultad de periodismo de la Universidad de Columbia con lo que uno de sus profesores había definido como «un talento casi sobrenatural» —que ahora desperdiciaba— en el área de fotoperiodismo. Pero al final, esa vida no le había funcionado. Hay gente que atrae los problemas. Ciertas personas, por agradable que sea el camino que les concede la vida, siempre se las apañan para acabar hundiéndose.

Ray Levine era una de esas personas.

Afuera estaba oscuro. Ray dudaba entre irse directamente a casa y a la cama o visitar un sórdido bar que se llamaba Tetanus. No es fácil decidirse cuando tienes tantas opciones.

Volvió a pensar en el cadáver.

Ahora las visiones atacaban con furia y rapidez. Algo comprensible, suponía. Hoy era el aniversario del día en que acabó todo, el día en que cualquier esperanza de felicidad duradera murió como... En fin, aquí la más obvia de las metáforas incluiría las visiones mentales, ¿no?

Frunció el ceño. ¡Eh, Ray, no te pongas melodramático!

Había confiado en que el trabajo insulso de hoy lo distraería. Pero no había sido así. Recordó su propio bar mitzvah, aquel momento en el púlpito en que su padre se inclinó junto a él y le susurró al oído. Recordó el olor a Old Spice de su progenitor y la suavidad con que le había puesto la mano en la cabeza mientras le decía, con lágrimas en los ojos: «Te quiero mucho».

Ray se deshizo de ese recuerdo. Le hacía menos daño pensar en el cadáver.

Los aparcacoches habían intentado cobrarle —supuso que no creían en la cortesía profesional—, así que acabó encontrando un hueco a tres manzanas de distancia, en un callejón. Torció y allí estaba: su asqueroso Honda Civic de los últimos doce años, con un parachoques de menos y una ventanilla sostenida con cinta aislante. Se frotó la barbilla. No se había afeitado. Cuarenta años y sin afeitar, con una birria de coche y un apartamento en el sótano que necesitaría multitud de obras para ser calificado como leonera, sin expectativas y con un consumo excesivo de alcohol. Le gustaría poder sentir pena de sí mismo, pero para eso tendría que sentir algo en general.

Estaba sacando las llaves del coche cuando alguien le asestó un potente golpe en la nuca.

¿Pero qué...?

Aterrizó sobre una rodilla. El mundo se oscureció. Sentía escalofríos en la cabeza. Estaba desorientado. Intentó mover la cabeza, despejarse.

Otro golpe. Esta vez, cerca de la sien.

Dentro de su cabeza, algo explotó como un relámpago de luz brillante. Se desplomó en el suelo, con cada una de sus extremidades desparramándose en derredor. Puede que perdiera el conocimiento —no estaba seguro—, pero de repente sintió que le tiraban del hombro derecho. Por un momento, se quedó inmóvil, sin capacidad ni ganas de ofrecer resistencia. La cabeza le dolía de una manera espantosa. La parte primitiva del cerebro, la más animal, se había preparado para la supervivencia. Evita más castigos, le decía. Hazte una bola y protégete.

Otro fuerte tirón estuvo a punto de desencajarle el hombro. El tirón remitió y empezó a desaparecer; en ese momento, una evidencia hizo que Ray abriera los ojos como platos.

Alguien le estaba robando la cámara.

Se trataba de una Leica clásica pasada recientemente a digital. Sintió que su brazo se alzaba en el aire, recorrido por la correa del estuche. En un segundo, nada más, la cámara desaparecería.

Ray no poseía gran cosa. La cámara era lo único que realmente apreciaba. Le servía para ganarse la vida, cierto, pero también era su única relación con el Ray de antes, con la existencia que había conocido antes de la sangre, y no pensaba renunciar a todo eso sin presentar batalla.

Demasiado tarde.

La correa ya había abandonado su brazo. Se preguntó si tendría otra oportunidad, si el ladrón iría a por los catorce pavos que llevaba en la cartera, brindándole así esa ocasión. Pero no podía esperar a descubrirlo.

Con la cabeza dándole vueltas y las rodillas cediendo, Ray gritó: «¡No!», y trató de lanzarse contra su agresor. Chocó con algo —puede que unas piernas— e intentó agarrarlo con los brazos. Aunque no lo tenía muy bien cogido, el impacto fue suficiente.

El agresor fue a parar al suelo. Igual que Ray, que aterrizó sobre el estómago. Oyó el tintineo de algo que se había caído y confió por lo más sagrado en no haberse cargado su propia cámara. Intentó mantener los ojos bien abiertos a base de parpadeos, pero solo obtuvo sendas ranuras por las que pudo entrever el estuche de la cámara a escasa distancia. Trató de arrastrarse hacia allí, pero entonces vislumbró dos cosas que le helaron la sangre.

La primera fue un bate de béisbol en el pavimento.

La segunda —y mucho más preocupante— fue la mano enguantada que lo recogía.

Intentó mirar hacia arriba, pero era inútil. Recordó el campamento de verano que dirigía su padre cuando él era un crío. Papá —todos los campistas lo llamaban «tío Barry»— solía encabezar una carrera de relevos en la que sostenías un balón de baloncesto por encima de la cabeza y te ponías a dar vueltas a la mayor velocidad posible, mirando la pelota, y cuando ya estabas bien mareado, tenías que recorrer la cancha y encestar. El problema consistía en que te habías mareado de tal manera con las vueltas, que acababas yéndote por un lado y la pelota, por otro. Así se sentía ahora, como si se tambalease hacia la izquierda mientras el resto del mundo tiraba hacia la derecha.

El ladrón de cámaras agarró bien el bate y fue a por él.

—¡Socorro! —gritó Ray.

No apareció nadie.

El pánico se apoderó de él... Seguido rápidamente por un primitivo instinto de supervivencia. Sal pitando. Intentó mantenerse de pie, pero no, de momento eso no parecía posible. Ray estaba hecho una lástima. Otro golpe, otro leñazo con el bate de béisbol...

—¡Socorro!

El atacante avanzó dos pasos hacia él. Ray no tenía elección. Echado sobre su estómago, se apartó como un cangrejo herido. Oh, claro, eso funcionaría. A esa velocidad, no tardaría nada en alejarse del bate, ¿verdad? Tenía prácticamente encima al capullo del bate de béisbol. No había nada que hacer.

Ray se golpeó el hombro contra algo y se dio cuenta de que se trataba de su coche.

Por encima de él, vio acercarse el bate. Faltaba un segundo, tal vez dos, para que le reventara el cráneo. Solo tenía una oportunidad, pero la aprovechó.

Ray torció la cabeza a la derecha hasta que la mejilla rozó el pavimento, aplanó el cuerpo todo lo que pudo y se deslizó bajo el vehículo. «¡Socorro! —volvió a gritar. Y luego le dijo a su agresor—: ¡Pilla la cámara y lárgate!».

Y eso fue exactamente lo que hizo. Ray oyó cómo los pasos se iban apagando por el callejón. Maravilloso. Intentó salir de debajo del coche. La cabeza se le quejó, pero siguió a lo suyo. Ahora estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada contra la puerta del copiloto. Se quedó ahí un rato. Imposible decir cuánto. Puede incluso que se desmayara.

Cuando se sintió capaz, maldijo al universo, se subió al coche y lo puso en marcha.

Qué raro, se dijo. Era el aniversario de toda aquella sangre... Y prácticamente se había derramado una tonelada de la suya. Casi sonrió ante la coincidencia. Avanzó con el coche mientras la sonrisa se le desdibujaba del rostro.

 

Una coincidencia, en efecto. Tan solo una coincidencia. No de mucha importancia, pensándolo bien. La noche de la sangre había tenido lugar diecisiete años atrás: a duras penas, como si se tratara de unas bodas de plata o algo parecido. A Ray ya le habían robado antes. El pasado año, estando muy beodo, había sido asaltado a la salida de un club de striptease a las dos de la madrugada. El imbécil que le había robado la cartera se había llevado siete dólares y la tarjeta cliente de un supermercado.

Menos es nada.

Encontró un hueco frente a la casa adosada que él consideraba su hogar. Alquilaba el apartamento del sótano. La casa era propiedad de Amir Baloch, un inmigrante paquistaní que vivía allí con su mujer y sus cuatro hijos revoltosos.

Supongamos por un segundo, por una milésima de segundo, que no se tratara de una coincidencia.

Ray salió del coche. Aún le dolía la cabeza. Y el día siguiente sería peor. Bajó los peldaños hacia la puerta del sótano, pasando junto a los cubos de basura, y metió la llave en la cerradura. Se estrujó las machacadas meninges en busca de alguna conexión —la más leve, pequeña, frágil y oscura— entre la trágica noche de diecisiete años atrás y el asalto de hacía apenas un rato.

Nada.

Lo de esa noche había sido un robo lisa y llanamente. Le atizas a un tío en la cabeza con un bate de béisbol, le robas la cámara y sales pitando. Exceptuando que, en fin, ¿acaso no aprovecharías para robarle también la cartera... a menos que se tratara del mismo tío que te atacó cerca del club de striptease y supiera que solo iba a llevarse siete miserables dólares? Hombre, igual ahí estaba la coincidencia. Olvídate de la hora y el aniversario. A lo mejor el atacante era el mismo tipo que lo había asaltado un año atrás.

Chico, no sabía lo que se decía. ¿Dónde diablos había metido el Vicodin?

Puso la tele y se fue al cuarto de baño. Cuando abrió el botiquín, una docena de frascos y varias cosas más fueron a parar al lavabo. Introdujo la mano en el desbarajuste hasta dar con el Vicodin. Bueno, confiaba en que se tratara realmente de Vicodin, pues le compraba las pastillas en el mercado negro a un tío que aseguraba traerlas de contrabando desde Canadá. Según Ray, aquello podía ser cualquier cosa.

Emitían el noticiario local: un incendio. Les preguntaban a los vecinos su opinión al respecto, ya que eso siempre aporta, como todos sabemos, alguna profunda observación. A Ray le sonó el móvil. Vio que se trataba de Fester.

—¿Qué pasa? —dijo mientras se desplomaba en el sofá.

—Suenas fatal.

—Me han atracado nada más salir del bar mitzvah de Ira.

—¿En serio?

—Como lo oyes. Me han atizado en la cabeza con un bate de béisbol.

—¿Y te han robado algo?

—La cámara.

—Un momento, ¿has perdido las fotos de hoy?

—No sufras tanto por mí —ironizó Ray—. Estoy bien, en serio.

—Sufro mucho por dentro, te lo aseguro. Solo te pregunto por las fotos para disimularlo.

—Las tengo —afirmó Ray.

—¿Cómo lo has hecho?

La cabeza le dolía demasiado para ponerse a dar explicaciones; y además, el Vicodin se lo estaba llevando al país de los sueños.

—Tú tranquilo. Están a salvo.

Hacía unos años, cuando Ray ejercía de genuino paparazzo, había obtenido unas fotos maravillosamente comprometedoras de un famoso actor gay poniéndole los cuernos al novio con —glups— una mujer. El guardaespaldas le arrebató la cámara a Ray y se cargó la tarjeta de memoria. Desde entonces, Ray le había añadido un dispositivo de envío a la cámara —algo parecido a lo que casi todo el mundo tiene en la cámara del móvil— que enviaba automáticamente, vía correo electrónico, las imágenes de la tarjeta SD cada diez minutos.

—Por eso te llamo —dijo Fester—. Las necesito con urgencia. Elige cinco y envíamelas por correo electrónico esta misma noche. El padre de Ira exige de inmediato nuestro nuevo pisapapeles en forma de cubo del bar mitzvah.

En el telediario, la cámara mostraba ahora a la «meteoróloga», una moza curvilínea embutida en un jersey rojo ajustado. Carnaza para la audiencia. A Ray se le empezaron a cerrar los ojos mientras la maciza acababa de comentar una fotografía por satélite y le devolvía el protagonismo al presentador.

—¿Ray?

—Cinco imágenes para un pisapapeles en forma de cubo.

—Exacto.

—Pero un cubo tiene seis caras —apuntó Ray.

—Eres un genio de las matemáticas, ¿sabes? La sexta cara es para el nombre, la fecha y una Estrella de David.

—Vale.

—Las necesito cuanto antes.

—De acuerdo.

—En ese caso, todo en orden —dijo Fester—. Exceptuando que... Bueno, si no tienes cámara, no puedes hacer mañana lo de George Queller. Tranquilo, que ya encontraré a alguien.

—Ahora dormiré mucho mejor.

—Eres un cachondo, Ray. Pásame las fotos, anda. Y luego descansa un poco.

—Tus muestras de preocupación me reconfortan, Fester.

Ambos colgaron. Ray se dejó caer de nuevo en el sofá. El fármaco estaba funcionando de maravilla. Casi sonreía. En la tele, el presentador adoptó su tono más grave de voz para decir: «El ciudadano Carlton Flynn ha desaparecido. Se ha encontrado su coche abandonado y con la puerta abierta cerca del muelle....».

Ray abrió un ojo. Ahora, en la pantalla aparecía un jovenzuelo con el pelo de punta engominado y un aro en la oreja. El tío ponía morros a la cámara. Aunque en el rótulo de abajo se leía «desaparecido», Ray pensó que le cuadraría mucho más «gilipollas». Frunció el ceño, mientras una vaga preocupación que no podía analizar de forma conveniente le cruzaba en ese instante por la mente. Todo su cuerpo ansiaba dormir, pero si no enviaba esas cinco fotografías, Fester lo volvería a llamar: algo nada deseable. Con un gran esfuerzo, consiguió ponerse en pie. Se fue dando tumbos hasta la mesa de la cocina, encendió el ordenador y se cercioró de que las fotos hubiesen llegado.

Así era.

Algo le escocía en la parte de atrás de la cabeza, pero no hubiera sabido decir el qué. Quizás algo absolutamente irrelevante lo estuviera preocupando. O igual se trataba de un asunto de la mayor importancia. O tal vez —eso era lo más probable—, el golpe con el bate de béisbol le había roto el cráneo de tal modo que algunas raspaduras se le hincaban literalmente en el cerebro.

Las imágenes del bar mitzvah aparecieron en orden inverso: la primera era la última que se había tomado. Ray procedió rápidamente a la selección, escogiendo una foto de baile, una familiar, una de la Torah, una con el rabino y una con la abuela de Ira besándole en la mejilla.

Cinco fotos. Las adjuntó a la dirección electrónica de Fester y apretó la tecla de enviar. Hecho.

Se sentía tan cansado que no estaba muy seguro de poder levantarse de la silla y dirigirse a la cama. Consideró la posibilidad de apoyar la cabeza en la mesa de la cocina y sestear, pero entonces recordó las demás fotografías de la tarjeta SD, las que había tomado durante el día, antes del bar mitzvah.

Una tristeza insoportable le invadió el pecho.

Había regresado a aquel maldito parque para sacar unas cuantas fotos. Una estupidez en la que incurría cada año. Sin saber por qué. O quizá sí lo supiera, aunque eso solo servía para empeorar las cosas. El objetivo de la cámara le proporcionaba distancia y perspectiva; de algún modo, le daba seguridad. Tal vez se trataba de eso. Tal vez, en cierta forma, contemplar ese lugar horrible a través de un prisma tan apacible iba a ayudarlo a cambiar algo que, evidentemente, nunca podría cambiar.

Ray contempló en la pantalla del ordenador las fotos que había tomado durante el día... Y entonces recordó algo más.

A un tío con los pelos de punta y un aro en la oreja.

Dos minutos después, encontró lo que andaba buscando. Se le congeló todo el cuerpo al darse cuenta de en qué consistía todo.

El agresor no iba a por su cámara. Iba a por una imagen.

Esa imagen.