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Título original: Gone for Good

© Harlan Coben, 2002

© Traducción de Francisco Martín, 2003

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO096

ISBN: 978-84-9867-934-2

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

NOTA

A ma vie de coeur entier

1

Tres días antes de morir, mi madre me dijo —no fueron sus últimas palabras, pero estuvieron cerca— que mi hermano vivía.

No dijo nada más. No dio explicaciones. Lo dijo sólo una vez. Estaba agonizando y la morfina le oprimía inexorablemente el corazón; el color de su piel había cobrado ese matiz de ictericia y bronceado desvaído. Sus ojos se habían hundido profundamente en el cráneo y apenas salía del profundo sopor. De hecho, sólo tuvo otro momento de lucidez si es que realmente lo fue, pues lo dudé mucho, que yo aproveché para decirle que había sido una madre estupenda, que la quería mucho y adiós. No hablamos de mi hermano, lo cual no quiere decir que no pensáramos en él como si estuviera sentado también junto al lecho.

Está vivo.

Ésas fueron sus palabras exactas. De ser cierto, yo ignoraba si era bueno o malo.

La enterramos cuatro días más tarde.

Cuando regresamos a casa para el shivah, mi padre irrumpió colérico en el cuarto de estar, donde había una alfombra roída. Tenía la cara congestionada de ira. Yo estaba allí, claro. Mi hermana Melissa y su marido habían venido en avión desde Seattle; tía Selma y tío Murray paseaban de arriba abajo y Sheila, mi alma gemela, estaba sentada a mi lado y me apretaba la mano.

Sólo nosotros.

Como único adorno teníamos un espléndido y monstruoso ramo de flores. Sheila sonrió y me apretó la mano al ver la tarjeta en blanco con un simple dibujo.

Papá no dejaba de mirar por los ventanales, los mismos contra los que habían disparado dos veces con una carabina de aire comprimido en los últimos once años, y musitó entre dientes: «Hijos de puta».

Se había vuelto para pensar en alguien que no había ido. «Dios, ¿cómo es posible que no aparezcan los Bergman?» Luego cerró los ojos y apartó la vista. Volvía a torturarse, mezclando su dolor con algo que no tenía el valor de afrontar.

Una traición más en diez años repletos de traiciones.

Necesitaba tomar el aire.

Me levanté y Sheila me miró preocupada.

—Voy a dar una vuelta —dije en voz baja.

—¿Te acompaño?

—No.

Sheila asintió con la cabeza. Llevábamos juntos casi un año y yo nunca había tenido una compañera tan en sintonía con mis vibraciones, más bien raras. Volvió a apretarme la mano amorosamente y sentí que el calor se extendía dentro de mí.

El felpudo de la entrada era de fibra, como si lo hubiéramos robado en la zona de prácticas de un campo de golf, y tenía una margarita de plástico en la esquina superior izquierda. Pasé por encima de él y di un paseo hasta Downing Place, una calle bordeada por construcciones de dos alturas con ventanas de aluminio abrumadoramente vulgares, de 1962 aproximadamente. Aún llevaba puesto el traje gris oscuro que me picaba con aquel calor. El sol brutal golpeaba como un tambor y algo perverso en mí me decía que hacía un día estupendo para estar de duelo. Ante mí surgió fugaz la imagen de la sonrisa de mi madre capaz de iluminar el mundo antes de que ocurriera aquello. La aparté de mi mente.

Sabía adónde iba, aunque difícilmente lo habría admitido. Me atraía el lugar y una fuerza invisible me impulsaba hacia él. Habrá quien diga que es masoquismo y otros quizá lo atribuyan a mi deseo de poner punto final. Yo no diría que fuese ni lo uno ni lo otro.

Simplemente quería echar un vistazo al lugar donde todo había acabado.

Las imágenes y los sonidos de barrio de la periferia en verano me invadieron: niños en bicicleta gritando. El señor Cirino, propietario de la tienda de coches Ford/Mercury en la Autopista 10, cortaba el césped. Los Stein, que habían montado una cadena de electrodomésticos, después absorbida por otra empresa mayor, daban un paseo cogidos de la mano. En casa de los Levine había un partido de fútbol, aunque yo no conocía a los jugadores. Del patio trasero de los Kaufman salía humo de barbacoa.

Pasé por delante de la antigua casa de los Glassman. Mark Glassman el Tonto había saltado cuando tenía seis años a través de la puerta corredera de cristal jugando a Supermán. Recordé los gritos y la sangre: tuvieron que darle más de cuarenta puntos de sutura. De mayor, el Tonto hizo una carrera fulgurante como multimillonario arribista en patentes de propiedad intelectual. No creo que ahora lo llamen el Tonto, pero nunca se sabe.

 

La casa de los Mariano, en la esquina, seguía teniendo aquel toldo de color amarillo flema horrendo, y un ciervo de plástico frente a la entrada principal. Angela Mariano, la chica mala del barrio, era dos años mayor que nosotros y de una especie superior que infundía temor. Mirando a Angela tomar el sol en el patio trasero de su casa con un top de cordoncillo sin espalda que desafiaba las leyes de la gravedad, yo había sentido las primeras y dolorosas punzadas hormonales del deseo. Se me hacía la boca agua. Angela solía discutir con sus padres, fumaba a escondidas en el cobertizo de herramientas de detrás de la casa y tenía un novio con moto. El año pasado tropecé con ella en Madison Avenue; yo esperaba encontrarla horrible —como se oye decir que sucede siempre a las lujuriosas precoces—, pero Angela tenía muy buen aspecto y parecía feliz.

En el 23 de Downing Place, un aspersor rociaba perezosamente el césped de Eric Frankel. Eric tenía un bar mitzvah ortodoxo con decoración de viajes espaciales en Chanticleer de Short Hills cuando los dos estábamos en el séptimo grado. El techo negro imitaba un planetario con las constelaciones; la tarjeta de mi mesa rezaba «Mesa Apolo 14»; el florero era un cohete en pequeño sobre una rampa de lanzamiento verde; los camareros vestían artísticos trajes espaciales, supuestamente del Mercurio 7, y nos servía «John Glenn». Allí entramos un día furtivamente, en la capilla, Cindi Shapiro y yo y estuvimos sobándonos más de una hora. Era mi primera vez. No sabía lo que estaba haciendo. Cindi sí. Recuerdo que fue fantástico: su lengua me acariciaba y me hacía cosquillas de una manera increíble. Pero también recuerdo que mi arrobamiento inicial cedió al cabo de veinte minutos aproximadamente a un franco aburrimiento, a un vago «¿y qué más?» y a un ingenuo «¿y eso es todo?».

Cuando regresamos a hurtadillas a la Mesa Apolo 14 en Cabo Kennedy con la ropa arrugada y mucho ánimo después del besuqueo (mientras la banda de Herbie Zane deleitaba al público con Fly Me to the Moon), mi hermano Ken me llevó aparte y me preguntó por los detalles. Yo, naturalmente, se los di alborozado y él me obsequió con una gran sonrisa y chocamos la mano. Aquella noche, tumbados en nuestras literas —la suya era la de arriba— y con el equipo estéreo tocando Don’t Fear the Reaper de Blue Oyster Cult (la canción favorita de Ken), él me explicó los secretos de la vida según la versión de un alumno de noveno. Después supe que estaba bastante equivocado (por su excesivo énfasis en lo de las tetas), pero nunca puedo evitar una sonrisa cuando pienso en aquella noche.

«Está vivo...»

Meneé incrédulo la cabeza de un lado a otro y doblé en Coddington Terrace a la altura de la vieja casa de los Holder. Era el mismo camino que Ken y yo seguíamos para ir a la escuela primaria Burnett Hill. Había un paso pavimentado entre dos casas que servía de atajo. Me pregunté si aún existiría. Mi madre —a quien hasta los niños llamaban Sunny— solía seguirnos hasta el colegio casi subrepticiamente y nosotros poníamos los ojos en blanco cuando notábamos que se escondía detrás de un árbol. Sonreí al pensar en aquel sentido sobreprotector, que a mí tanto me molestaba y ante el que Ken simplemente se encogía de hombros. Ken era desde luego lo bastante tranquilo para que le fuera indiferente. Yo no.

Sentí un nudo en el estómago y seguí adelante.

Quizá fuese mi imaginación, pero noté que la gente me miraba. Era como si se hubiera apagado el ruido de las bicicletas, de los pases de baloncesto, de los aspersores y de los cortacéspedes, de los gritos de los jugadores. Algunos me miraban con curiosidad porque era realmente extraño ver a alguien con traje gris oscuro pasear por allí una tarde de verano, pero la mayoría, o a mí me lo pareció, miraban horrorizados al reconocerme, sin poder creerse que osara hollar aquel suelo sagrado.

Llegué decidido hasta el 47 de Coddington Terrace. Me había aflojado la corbata; metí las manos en los bolsillos y recorrí la curva del camino de entrada a la casa. ¿Por qué había ido allí? Vi moverse un visillo y tras el cristal surgió el rostro demacrado y espectral de la señora Miller, que me miraba con odio. Yo le sostuve la mirada. Ella me siguió mirando, pero para mi sorpresa dulcificó acto seguido su actitud, como si nuestra mutua angustia hubiese conectado en cierto modo. Me saludó con una inclinación de cabeza. Yo correspondí sintiendo que mis ojos se inundaban de lágrimas.

Quizá conozcáis la historia por 20/20 o Prime Time Live, o cualquier programa basura de televisión. Para quienes no la conozcan, ésta es la versión oficial: el 17 de octubre, hace once años, en Livingston, Nueva Jersey, mi hermano Ken Klein, de veinticuatro años, violó y estranguló brutalmente a nuestra vecina Julie Miller.

En el sótano de su casa. Coddington Terrace 47.

Allí encontraron el cadáver. Aunque no había pruebas concluyentes de que la hubieran asesinado en aquel cuarto destartalado o de si la habían dejado una vez muerta detrás del sofá a rayas mojado, casi por unanimidad todos se inclinaban por lo primero. Mi hermano huyó y desapareció, repito que según la versión oficial.

Estos últimos once años, Ken ha burlado todos los operativos policiales de captura internacionales, aunque ha «sido visto».

La primera vez fue aproximadamente un año después del crimen en un pueblecito pesquero en el norte de Suecia. La Interpol se presentó, pero mi hermano logró librarse de ella. Se supone que recibió un aviso. No imagino cómo ni de quién.

La segunda vez fue cuatro años más tarde en Barcelona. Ken había alquilado —según la noticia del periódico— «una hacienda con vistas al océano» (Barcelona no está al borde de ningún océano) con —según decía el periódico, repito— «una mujer esbelta, de pelo negro, quizá bailarina de flamenco». Fue nada menos que un vecino de Livingston que pasaba allí las vacaciones quien dijo haber visto a Ken y a su amante española comiendo en la playa. La descripción de mi hermano correspondía a la de un hombre bronceado, de buen aspecto, con camisa blanca desabrochada y mocasines sin calcetines. El vecino de Livingston, Rick Horowitz, fue compañero mío en cuarto grado, en clase del señor Hunt, y recuerdo que durante tres meses el tal Rick hizo nuestras delicias comiendo orugas en los recreos.

El Ken de Barcelona volvió a escurrirse entre las garras de la ley.

El último supuesto avistamiento de mi hermano tuvo lugar en una pista de esquí de los Alpes franceses (lo curioso es que Ken nunca había esquiado antes del asesinato). Eso fue todo, salvo una noticia en 48 Horas. A lo largo de los años, la condición de fugitivo de mi hermano se había convertido en la versión criminal del vídeo musical Where Are They Now?, y aparecía donde surgía el menor rumor o, lo que es más probable, cuando las mallas de pesca de la cadena de televisión estaban flojas de capturas.

Yo odiaba por naturaleza los «reportajes televisivos» sobre «periferias urbanas delictivas» o de cualquier genérico parecido que inventaran. Sus «reportajes especiales» (me gustaría que por una vez calificasen a alguno de «reportaje normal sobre una historia ya contada»), iban siempre acompañados de idénticas fotografías de Ken con aquellos pantalones blancos de tenis —Ken figuró en su día en el ranking nacional de tenistas— y su gesto más pretencioso. No sé de dónde las sacaron. En ellas Ken aparece guapo de esa forma que cae mal a la gente de inmediato: altivo, peinado a la manera de Kennedy y con un bronceado que contrasta brutalmente con el blanco de los dientes. El Ken de la fotografía en cuestión parece uno de esos privilegiados (cosa que no era) que pasan por la vida aprovechando su encanto (algo sí) y gracias a una cuenta bancaria heredada (que él no tenía).

Yo aparecí en uno de esos reportajes porque un productor se puso en contacto conmigo, cuando la noticia era reciente, para decirme que quería presentar «los dos aspectos con imparcialidad». Señaló que había mucha gente decidida a linchar a mi hermano. Lo cierto era que, para lograr cierto «equilibrio», lo que realmente necesitaban era a alguien capaz de describir al «auténtico Ken».

Me dejé engañar.

Una presentadora rubia teñida de modales agradables me hizo una entrevista de más de una hora. En realidad, me agradó. Fue terapéutica. Me dio las gracias y me acompañó hasta la puerta, y cuando emitieron el reportaje sólo salió un recorte de la entrevista y eliminaron la pregunta de: «En cualquier caso, ¿no irá a decirnos que su hermano era perfecto, verdad? No pretenderá decirnos que era un santo, ¿no es cierto?», y únicamente dieron mi imagen en un primerísimo plano comentando con gesto de perplejidad: «Ken no era ningún santo, Diane».

Bien, ésa fue la versión oficial de lo que sucedió.

Yo nunca me lo creí. No digo que no fuera posible, pero pienso que es más verosímil que mi hermano esté muerto; que hace once años que está muerto.

Para corroborarlo está el hecho de que mi madre siempre creyó que Ken había muerto. Estaba firmemente convencida. Su hijo no era un asesino. Su hijo era una víctima.

«Está vivo... Él no fue.»

La puerta de la señora Miller se abrió y vi que salía. Se caló las gafas y apoyó los puños en las caderas en una ridícula imitación de Supermán.

—Largo de aquí, Will —dijo.

Y me largué.

La siguiente sorpresa me la llevé una hora más tarde.

Estaba con Sheila en el dormitorio de mis padres, que conservaba los mismos muebles de color gris claro con reborde azul que yo recordaba de toda la vida; nos habíamos sentado en la cama grande de matrimonio con colchón de muelles suaves y teníamos esparcidos sobre el edredón los objetos más personales de mi madre, las cosas que ella guardaba en los atiborrados cajones de la mesilla. Mi padre seguía abajo mirando con actitud desafiante por la ventana.

No sé por qué se me ocurrió curiosear en las cosas que tanto merecían el aprecio de mi madre, que guardaba y mantenía cerca de ella. Sería doloroso. Lo sabía. Pero existe una peculiar relación entre desahogo y dolor voluntario, una especie de aproximación al sufrimiento basado en jugar con fuego, y supongo que necesitaba hacerlo.

Miré el rostro encantador de Sheila, con la mirada baja y concentrada, con la cabeza ladeada hacia mí, y recobré el ánimo. Quizá parezca raro, pero podía pasarme horas mirando a Sheila. No únicamente por su belleza. La suya no era una belleza que pudiera llamarse clásica, sus rasgos eran algo asimétricos, por herencia o quizá más bien por su tenebroso pasado, pero tenía una cara tan expresiva, inquisitiva y al mismo tiempo delicada, que parecía que pudiera romperse al menor soplo. Sheila hacía que quisiera —al estar allí conmigo— ser fuerte para ella.

Sin levantar los ojos, Sheila dijo con una leve sonrisa:

—Corta.

—No estoy haciendo nada.

Finalmente, alzó la vista y vio mi expresión.

—¿Qué sucede? —dijo.

—Tú eres mi vida —respondí escuetamente encogiéndome de hombros.

—Y tú estás muy bien.

—Sí; es cierto —contesté.

Ella hizo amago de darme una bofetada.

—Sabes que te quiero —añadió.

—¿Qué es la vida sin amor?

Sheila puso los ojos en blanco, volvió la vista hacia el lado que solía ocupar mi madre en la cama y se calmó.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—En tu madre. La apreciaba mucho —contestó sonriendo.

—Ojalá la hubieses conocido antes.

—Ojalá.

Comenzamos a ojear recortes plastificados y tarjetas de nacimiento: la de Melissa, la de Ken, la mía; artículos sobre los triunfos de Ken en tenis: sus trofeos, aquellos homúnculos con raqueta que seguían llenando su dormitorio. Había fotos, casi todas antiguas, de antes del asesinato. Sunny, así llamaban a mi madre desde niña. Le pegaba. Había una foto suya de cuando fue presidenta de la Asociación de Padres, en donde se la veía haciendo no sé qué en el escenario con un sombrero ridículo mientras las otras madres se partían de risa. En otra aparecía en la fiesta del colegio vestida de payaso. Sunny era la persona mayor preferida de mis amigos; les encantaba cuando organizaba el transporte de la gente en los coches; les gustaba hacer una fiesta de fin de curso en nuestra casa. Sunny era una madre enrollada sin ser empalagosa, sólo un poco «ida», quizás algo alocada y por ello imprevisible. Era una mujer que suscitaba siempre cierto alboroto, cierta agitación como quien dice.

 

Estuvimos en la habitación más de dos horas. Sheila miraba despacio y atentamente las fotos. Al llegar a una de ellas se detuvo y frunció la frente.

—¿Quién es éste? —preguntó.

Me pasó la fotografía. En la izquierda se veía a mi madre con un bikini amarillo algo obsceno, de hacia 1972, pensé, luciendo sus curvas y apoyando el brazo en el hombro de un hombre bajito de bigote negro y sonrisa feliz.

—El rey Hussein —contesté.

—¡Qué dices!

Asentí con la cabeza.

—¿El de Jordania?

—Pues sí. Mis padres lo conocieron en el Fontainebleau de Miami.

—Ah.

—Y mamá le pidió que posara con ella para una foto.

—No me digas.

—Ahí tienes la prueba.

—¿Y no llevaba guardaespaldas o algo?

—No creo que ella pareciera armada.

Sheila se echó a reír y recordé a mi madre contándome la anécdota: ella posando con el rey Hussein mientras mi padre farfullaba maldiciones porque la cámara no funcionaba y ella le fulminaba con la mirada para que disparase, y el rey aguardando pacientemente mientras el jefe de seguridad examinaba la cámara, arreglaba el fallo y se la devolvía a mi padre.

Mi madre: Sunny.

—Era encantadora —dijo Sheila.

Es un tópico muy manido decir que parte de ella murió cuando encontraron el cadáver de Julie Miller, pero sucede que los tópicos suelen ser ciertos. A partir de entonces, el ánimo chispeante de mi madre se quebró y después del asesinato no volvió a gastar bromas ni a gritar histérica. Ojalá lo hubiera hecho. Mi veleidosa madre cayó en una atonía inquietante y se volvió apagada, monótona —desapasionada sería el término más apropiado—, lo que, en una persona como ella, era para nosotros más insoportable que la payasada más intempestiva.

Sonó el timbre, miré por la ventana del dormitorio y vi la furgoneta de reparto de Eppes-Essen. Comida triste para los dolientes. Mi padre, optimista, la había encargado en exceso, iluso hasta el final. Se quedaba en su casa como el capitán del Titanic. Recordé la primera vez que dispararon contra las ventanas con una escopeta de perdigones poco después del asesinato, él esgrimiendo el puño, desafiante. Creo que mi madre quería mudarse de casa, pero mi padre no; para él, cambiar de casa habría sido una derrota. Irse a otro lugar habría sido reconocer la culpabilidad de su hijo. Una traición.

Bobo.

Sheila me miraba. Su cordialidad era casi palpable, como un rayo de sol en mi rostro, y por un instante dejé que me bañase aquel calor. Nos habíamos conocido en el trabajo poco menos de un año antes. Yo soy director ejecutivo de Covenant House de la Calle 41 en Nueva York, una fundación benéfica que ayuda a jóvenes que abandonan su casa y viven en la calle, y Sheila entró allí de voluntaria procedente de un pueblo de Idaho, aunque poco tenía de pueblerina; me comentó que hacía muchos años ella también se había escapado de casa, pero fue todo cuanto me explicó de su pasado.

—Te quiero —dije.

—¿Qué es la vida sin amor? —replicó.

Yo no puse los ojos en blanco. Sheila se había portado muy bien con mi madre en los últimos días. Tomaba el autobús desde Port Authority hasta Northfield Avenue y llegaba a pie al centro médico de St. Barnabas, donde, antes de caer enferma, la última vez que mi madre había estado allí fue para traerme al mundo. Probablemente hubiera en ese dato algo conmovedor vinculado al ciclo vital, pero en aquellas circunstancias yo era incapaz de establecer esa relación.

El hecho de haber visto a Sheila hacer compañía allí a mi madre despertó mi curiosidad y me arriesgué.

—Tienes que llamar a tus padres —dije en voz baja.

Sheila me miró como si le hubiese dado una bofetada y se levantó despacio de la cama.

—Sheila.

—No es momento, Will.

Cogí una foto enmarcada de mis padres de vacaciones, bronceados.

—Como otros cualesquiera —dije.

—Tú no sabes nada de mis padres.

—Pero me gustaría conocerlos —repliqué.

—Tú has trabajado con jóvenes fugitivos —añadió volviéndome la espalda.

—¿Y qué?

—Sabes lo contraproducente que puede ser.

Era cierto. Miré de nuevo intrigado sus rasgos asimétricos, aquella nariz, por ejemplo, con un abultamiento revelador.

—Pero sé también que es peor si no se habla de ello —dije.

—Ya he hablado de ello, Will.

—No conmigo.

—Tú no eres mi terapeuta.

—Pero soy el hombre a quien quieres.

—Sí. Pero ahora no, ¿de acuerdo? Por favor —dijo volviéndose.

No sabía qué replicar; quizá tuviese razón. Mis dedos jugueteaban distraídamente con la foto enmarcada. Y entonces sucedió.

La fotografía se desplazó un poco y al bajar los ojos vi que aparecía otra debajo. Desplacé un poco la de encima y apareció una mano; traté de apartarla más pero no cedía: busqué las tarabillas traseras, las descorrí y sobre la cama cayó la tapa seguida de dos fotografías.

Una —la de encima— era de mis padres en un crucero, con aspecto feliz, y sanos y relajados como casi no recordaba haberlos visto nunca. Pero la que llamó mi atención fue la otra fotografía, la que estaba escondida.

La fecha en rojo de la parte inferior era de hacía menos de dos años y estaba tomada en un terreno elevado o una colina. En el fondo no se veían casas, sino montañas de cumbres nevadas muy parecidas a las de la primera escena de Sonrisas y lágrimas. El hombre que aparecía en la fotografía llevaba pantalones cortos, mochila, gafas de sol y botas de montaña gastadas. Su sonrisa me resultaba familiar. Su cara también, aunque tenía ya más arrugas y llevaba el pelo más largo y una barba canosa. Pero no había duda: aquel hombre era mi hermano, Ken.