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No se lo digas a nadie

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No se lo digas a nadie
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Título original inglés: Tell No One

© Harlan Coben, 2001.

© Traducción de Roser Berdagué, 2002.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF: OEBO306

ISBN: 978-84-9006-779-6

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Prefacio

1. Ocho años después

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AGRADECIMIENTOS

Notas

En memoria de mi querida sobrina Gabi Coben,

1997-2000, nuestra maravillosa niña, la pequeña Myszka...

«Pequeño dijo: “¿Qué pasará cuando nos muramos y nos vayamos? ¿Seguirás queriéndome? ¿Continúa el amor?”.»

«Y Grande dijo a Pequeño apretándolo con fuerza mientras ambos contemplaban la noche, la luna en la oscuridad y el centelleo de las estrellas: “Mira las estrellas, Pequeño, mira cómo brillan y relucen. Algunas murieron hace mucho tiempo. Aun así, siguen brillando en el cielo todas las noches para que tú las veas, Pequeño. Como la luz de las estrellas, el amor no muere nunca...”.»

DEBI GLIORI, No Matter What

(Bloomsbury Publishing)

Ojalá se hubiera percibido un murmullo misterioso en el viento. O un profundo escalofrío en los huesos. Algo. Una canción etérea que sólo Elizabeth o yo pudiéramos oír. Una tensión en el aire. Alguna premonición de manual. Hay desgracias en la vida que casi esperamos —lo que les ocurrió a mis padres, por ejemplo— y después hay otros momentos oscuros, momentos de inesperada violencia, que lo cambian todo. Mi vida antes de la tragedia. Y mi vida de ahora. Desgraciadamente, las dos tienen poco en común.

El día de nuestro aniversario, Elizabeth estuvo callada durante el trayecto en coche, pero no me pareció extraño porque ya de niña era propensa a impredecibles rachas de melancolía. De pronto se quedaba callada y se abandonaba a alguna profunda reflexión o a un insondable retraimiento. No llegué a saber nunca cuál era la situación. Supongo que formaba parte del misterio, aunque aquella vez fue la primera que sentí que entre los dos se abría un abismo. Nuestra relación había sobrevivido a muchas cosas, pero hube de preguntarme si sobreviviría a la verdad. O dicho de otro modo, a las mentiras no manifestadas.

El aire acondicionado del coche ronroneaba en la posición azul de MAX. El día era caluroso, bochornoso, un día típico de agosto. Atravesamos la laguna de Delaware por el puente Milford y fuimos recibidos en Pensilvania por un amable cobrador de peaje. Pasados quince kilómetros, distinguí el poyo de piedra donde se leía: LAGO CHARMAINE – PARTICULAR. Allí me interné en el camino de tierra.

Los neumáticos se hundían en el suelo y proyectaban polvo como si de un caballo árabe desbocado se tratara. Elizabeth apagó la música del coche. Mirándola por el rabillo del ojo, habría asegurado que estudiaba mi perfil. Me pregunté qué veía y el corazón me latió con fuerza. Dos ciervos ramoneaban unas hojas a nuestra derecha. Se detuvieron, nos miraron, comprobaron que no llevábamos malas intenciones y continuaron paciendo. Seguí avanzando hasta que de pronto el lago apareció ante nuestros ojos. El sol se debatía en una agonía de muerte y marcaba en el cielo una espiral anaranjada y purpúrea. Las copas de los árboles parecían estar ardiendo.

—Es increíble que todavía sigamos con esto —dije.

—Fuiste tú quien empezó.

—Sí, tenía doce años.

Elizabeth sonrió apenas. Raras veces sonreía, pero cuando lo hacía... ¡paf!, directo a mi corazón.

—Es romántico —insistió.

—Es una cursilada.

—Lo romántico me encanta.

—Te encantan las cursiladas.

—Te jode hacerlo.

—Bueno, entonces llámame señor Romántico —dije.

—¡Venga, señor Romántico, que está haciéndose de noche! —se echó a reír y me cogió la mano.

El lago Charmaine. El nombre se lo puso mi abuelo, un nombre que ponía frenética a mi abuela. Habría querido que pusieran su nombre al lago. Se llamaba Bertha. El lago Bertha. Mi abuelo no quiso ni oír hablar del asunto. Dos puntos a favor de mi abuelo.

Cincuenta y tantos años atrás, el lago Charmaine fue asentamiento de un campamento de verano para niños ricos. Cuando el propietario estiró la pata, mi abuelo tuvo ocasión de comprar el lago y los campos de alrededor a precio de ganga. Arregló la casa del director del campamento y derribó la mayoría de edificios de la zona frontal del lago. Pero en el corazón del bosque, allí donde ya nadie se internaba, dejó abandonadas a la podredumbre las literas de los chicos. Mi hermana Linda y yo solíamos explorar y escudriñar las ruinas buscando tesoros, jugando al escondite, nos atrevíamos incluso a buscar al coco, convencidos de que nos acechaba y nos estaba esperando. Elizabeth rara vez se nos unía. Le gustaba saber dónde estaba todo. Esconderse la asustaba.

Cuando bajamos del coche, percibí enseguida a los fantasmas. Eran muchísimos, demasiados, se arremolinaban y pululaban a mi alrededor tratando de despertar mi atención. Mi padre había resultado vencedor. El lago seguía siendo tan sobrecogedor como siempre, pero habría jurado que resonaba aún en el aire el grito de placer de mi padre saliendo del muelle raudo como una bala, las rodillas apretadas contra el pecho, una sonrisa loca en los labios, el inminente chapoteo levantando una ola virtual en los ojos de su único hijo. A mi padre le gustaba desembarcar cerca de la balsa donde mi madre tomaba sus baños de sol. Aunque ella lo reñía, no podía disimular una sonrisa.

 

Un parpadeo hizo que las imágenes se desvanecieran, pero esto no me impidió recordar las risas y los gritos y el chapoteo que rizaba el agua y resonaba en la calma de nuestro lago, y hube de preguntarme si aquellos ecos y ondas del agua se extinguían del todo, si no habría algún lugar del bosque donde continuasen aún rebotando suavemente de árbol en árbol los alegres gritos de mi padre. Un pensamiento tonto pero real.

Los recuerdos, es cosa sabida, duelen. Los buenos duelen más que ninguno.

—¿Estás bien, Beck? —me preguntó Elizabeth.

—Voy a joderme, ¿de acuerdo? —dije, volviéndome hacia ella.

—¡Pervertido!

Avanzó camino adelante, la cabeza levantada, la espalda recta. La observé un segundo y me acordé de la primera vez que la vi caminando de aquella manera. Yo tendría siete años y estaba a punto de montar en mi bicicleta —la que tenía el asiento en forma de banana y una calcomanía de Batman—, dispuesto a hacer una incursión a través de Goodhart Road. Goodhart Road era una calle empinada y azotada por el viento, el lugar perfecto para un ciclista exigente como yo. Me lancé sin manos cuesta abajo, sintiéndome todo lo tranquilo y arrollador que puede sentirse un niño de siete años. El viento me echaba los cabellos para atrás y me hacía lagrimear los ojos. Fue entonces cuando descubrí el camión de mudanzas delante de la vieja casa de los Ruskin, me volví y —¡oh, primer impacto!— la vi, vi a mi Elizabeth con su columna vertebral de titanio, tan equilibrada ya entonces, cuando no era más que una niña de siete años con zapatitos de charol, pulsera y muchas pecas en la cara.

Nos conocimos dos semanas más tarde en la clase de segundo de la señorita Sobel y a partir de aquel momento —¡por favor, no se rían!— nos convertimos en amigos del alma. La gente mayor juzgaba nuestra amistad a un tiempo enfermiza y encantadora, una amistad que nos hacía inseparables y que iba camino de convertirse en amor y obsesión adolescente y en las típicas citas puramente hormonales de instituto. Todo el mundo esperaba que nos hiciésemos mayores. También nosotros. Los dos éramos alumnos brillantes, sobre todo Elizabeth, estudiantes por encima de la media, racionales incluso ante un amor tan irracional como el nuestro. Entendíamos las diferencias.

Pues bien, allí estábamos, teníamos veinticinco años, hacía siete meses que estábamos casados y volvíamos al lugar donde, a los doce años, nos dimos el primer beso de verdad.

Vomitivo, lo sé.

Nos abrimos paso a través de las ramas y de una humedad tan densa que se palpaba. El olor pegajoso de los pinos hendía el aire. Avanzábamos con trabajo a través de altas hierbas. Nos seguía como una estela el zumbido de mosquitos y otros insectos que se perdía en lo alto. Los árboles proyectaban largas sombras que uno podía interpretar como quería, igual que cuando buscas un parecido a una nube o a una mancha del test Rorschach.

Dejamos aquel camino y seguimos abriéndonos paso a través de una maleza más espesa aún. Elizabeth abría la marcha. Yo la seguía a dos pasos de distancia, una posición que era todo un símbolo según lo veo ahora. Siempre creí que nada podía separarnos —nuestra historia lo probaba de manera irrefutable, ¿no?—, pero ahora más que nunca soy consciente de que presentí que el origen del problema estaba en arrancar a Elizabeth de mi lado.

Mi culpa.

Elizabeth, al frente, se desvió en ángulo recto al llegar a la gran roca de forma semifálica. A la derecha estaba nuestro árbol. Sí, allí estaban nuestras iniciales, grabadas en la corteza:

E.P.

+

D.B.

Y sí, estaban rodeadas por un corazón. Debajo del corazón, doce rayas, testimonio de cada uno de los aniversarios de aquel primer beso. Ya estaba a punto de soltar una agudeza de las mías acerca de lo repulsivo de todo aquello cuando, al ver el rostro de Elizabeth, las pecas habían desaparecido o apenas se distinguían, la inclinación de su cadera, el cuello largo y grácil, los ojos verdes de mirada decidida, los oscuros cabellos enlazados en una trenza que le caía por la espalda como una cuerda, me detuve. A punto estuve de decírselo entonces, pero algo me contuvo.

—Te quiero —le dije.

—Estás jodido.

—¡Oh!

—Yo también te quiero.

—Está bien, está bien —dije, fingiendo desconcierto—, también tú lo estarás.

Sonrió pero me pareció ver inseguridad en su sonrisa. La abracé. Cuando ella tenía doce años y por fin hicimos acopio del suficiente valor para pasar a la acción, olí el maravilloso perfume a cabellos limpios y a Pixie Stix de fresa que emanaba. La novedad del acto me conturbó como no podía ser menos, y también la excitación, la exploración. Hoy Elizabeth olía a lilas y a canela. Como una cálida luz, el beso salió del centro mismo de mi corazón. Cuando nuestras lenguas se tocaron, aún me sobresalté. Elizabeth se apartó, falta de aliento.

—¿Quieres hacer los honores?

Me tendió la navaja y grabé la raya número trece en el árbol. Trece. Al volver la vista atrás, se me antoja que quizá fuera una premonición.

Cuando volvimos al lago ya había oscurecido. La pálida luna rasgaba la oscuridad como un faro solitario. Era una noche silenciosa, ni siquiera se oían los grillos. Elizabeth y yo nos desnudamos rápidamente. Al mirarla a la luz de la luna, sentí un nudo en la garganta. La primera en sumergirse fue ella, apenas una ondulación en el agua. La seguí con torpeza. El agua del lago estaba extrañamente cálida. Elizabeth nadaba con brazadas precisas y regulares, cortando el líquido y abriéndose un camino en él. Yo chapoteaba detrás de ella. Producíamos el ruido que provocan las piedras lanzadas al agua. Elizabeth volvió a mis brazos. Su piel era cálida y húmeda. Me encantaba su piel. Nos abrazamos con fuerza, sus pechos apretados contra mí. Sentía los latidos de su corazón y oía su respiración. Sonidos de vida. Nos besamos. Mi mano se extravió en la deliciosa curva de su espalda.

Cuando terminamos, y todo volvió a su estado normal, agarré un madero que flotaba y me desplomé sobre él. Jadeante, despatarrado, con los pies colgando, oscilantes en el agua.

Elizabeth, enfurruñada, dijo:

—¡Vaya!, ¿vas a dormir ahora?

—Y a roncar.

—¡Qué hombre!

Me tumbé boca arriba con las manos detrás de la cabeza. Por delante de la luna pasó una nube que transformó la noche azul en algo pálido y gris. El aire estaba tranquilo. Oí a Elizabeth salir del agua y dirigirse al embarcadero. Intentaba acostumbrar los ojos a la oscuridad. Apenas podía distinguir su silueta desnuda. Era, sencillamente, impresionante. La vi doblarse por la cintura y escurrirse el agua de los cabellos. Después arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás.

El madero que me sostenía iba a la deriva y alejándose de la orilla. Traté de reflexionar sobre lo que me había ocurrido sin acabar de entenderlo. El madero seguía moviéndose. Empezaba a perder de vista a Elizabeth. Cuando se confundió con la oscuridad, tomé una decisión: se lo diría, se lo diría todo.

Asentí para mí con la cabeza y cerré los ojos. Me sentía un cero. Escuché al agua lamer suavemente el madero.

Entonces oí la puerta de un coche al abrirse.

Me senté.

—¿Elizabeth?

Salvo mi respiración, el silencio era absoluto.

Volví a buscar su silueta. Era difícil distinguirla, pero la entreví un momento. O me lo figuré. Ya no estoy seguro; ni siquiera sé si importa. En cualquier caso, estaba totalmente inmóvil, tal vez vuelta hacia mí.

Quizá parpadeé —en realidad, tampoco estoy muy seguro— pero, cuando volví a mirar, ya había desaparecido.

El corazón me golpeó la garganta al gritar:

—¡Elizabeth!

No hubo respuesta.

El pánico se apoderó de mí. Caí de la tabla y nadé hacia el embarcadero. Las brazadas eran ruidosas, ensordecedoras a mis oídos. No podía escuchar lo que ocurría suponiendo que ocurriera algo. Me detuve.

—¡Elizabeth!

Pasó un largo rato durante el cual no oí nada. La nube seguía tapando la luna. Tal vez Elizabeth se había metido en la cabaña. Tal vez había ido a buscar algo al coche. Abrí la boca para volver a gritar su nombre.

Fue entonces cuando escuché su grito.

Bajé la cabeza y me puse a nadar, a nadar con todas mis fuerzas, moví furiosamente brazos y piernas. Pero todavía estaba lejos del embarcadero. Intentaba mirar mientras nadaba, pero estaba demasiado oscuro para ver algo, la luna proyectaba débiles haces de luz que no iluminaban en absoluto.

Oí un ruido áspero de algo llevado a rastras.

Podía ver el embarcadero enfrente. No estaba a más de seis metros. Nadé con más ahínco. Tenía los pulmones a punto de reventar. Tragué un poco de agua, tendí los brazos hacia delante, buscando con la mano a tientas en la oscuridad. Y la encontré. La escalera. Me agarré a ella y subí, salí del agua. El embarcadero estaba mojado del agua de Elizabeth. Miré hacia la cabaña. Demasiado oscuro. No se veía nada.

—¡Elizabeth!

Algo parecido a un bate de béisbol me golpeó en el plexo solar. Los ojos casi se me saltaron de las órbitas. Me doblé por la cintura y sentí que me ahogaba. Me faltaba el aire. Otro golpe. Esta vez me dio en la parte superior del cráneo. Oí un crujido dentro de la cabeza y tuve la sensación de que me habían hundido un clavo en la sien a golpe de martillo. Me fallaron las piernas y caí de rodillas. Totalmente desorientado, me llevé las manos a los lados de la cabeza tratando de protegerla. El golpe siguiente, el final, me dio en plena cara.

Caí hacia atrás de nuevo en el lago. Se me cerraron los ojos. Oí que Elizabeth volvía a gritar —esta vez lo que gritó fue mi nombre— pero el sonido, todos los sonidos, se perdieron en un gorgoteo mientras yo me iba hundiendo en el agua.

1

Ocho años después

Otra chica estaba a punto de partirme el corazón.

Tenía los ojos castaños, el cabello ensortijado y una sonrisa toda dientes. Unos dientes sujetos con hierros. Tenía catorce años y...

—¿Estás embarazada? —le pregunté.

—Sí, doctor Beck.

Conseguí no cerrar los ojos. No era la primera vez que visitaba a una adolescente embarazada, ni siquiera era la primera que veía aquel día. Desde que había terminado mi residencia en el vecino centro médico presbiteriano de Columbia, cinco años atrás, ejercía como pediatra en la clínica Washington Heights. La clínica presta servicios de medicina general a una población con derecho a la asistencia pública sanitaria (léase: «pobre») y entre ellos figuraban los de obstetricia, medicina interna y, por supuesto, pediatría. Hay quien cree que esto me convierte en un benefactor, un médico de corazón blando. No se trata de eso. Me gusta mi profesión de pediatra, pero no particularmente ejercerla en un barrio residencial, con mamás que juegan al fútbol y papás que se hacen la manicura. En fin, gente como yo.

—¿Y qué piensas hacer? —le pregunté.

—Pues mire usted, doctor Beck, Terrell y yo estamos muy contentos.

—¿Qué edad tiene Terrell?

—Dieciséis.

Levantó la vista y me miró contenta y feliz. Conseguí de nuevo no cerrar los ojos.

Lo que me sorprende siempre, siempre, es que la mayor parte de estos embarazos no son accidentales. Esos niños quieren tener niños. La gente no lo entiende. Se habla mucho de control de natalidad y de abstinencia y son cosas que están muy bien, pero el hecho es que todos esos chicos tienen compañeros que han tenido hijos y todos saben que esos compañeros suyos reciben todo tipo de atenciones, así que, oye, Terrell, ¿por qué no nosotros?

—Me quiere —me dijo la niña de catorce años.

—¿Se lo has dicho a tu madre?

—Todavía no —hizo un gesto evasivo y me miró casi como una niña de catorce años, los que tenía—. He pensado que usted podría ayudarme a decírselo.

—Sí, claro —asentí.

He aprendido a no juzgar. Escucho. Me pongo en el lugar del otro. Cuando era residente, soltaba sermones. Miraba a los demás desde arriba y me dignaba hacer partícipes a mis pacientes de mis ideas sobre lo destructivo que sería para ellos una determinada conducta. Hasta que una tarde fría de Manhattan topé con una muchacha de diecisiete años, hastiada de la vida, que iba a tener un tercer hijo de un tercer padre y que, mirándome a los ojos, me soltó una indiscutible verdad:

 

—Usted no sabe nada de mi vida.

Fue algo que me dejó sin habla. Por eso, ahora escucho. Ya no hago el papel de hombre-blanco-y-bueno, gracias a lo cual soy mejor médico. Lo que quiero ahora es ofrecer a esa niña de catorce años y a su bebé los mejores cuidados posibles. No le diré que Terrell no seguirá a su lado, que el futuro es consecuencia del pasado ni tampoco que, si es como la mayoría de pacientes que tengo en esa zona, antes de cumplir los veinte años volverá a encontrarse por lo menos dos veces más en la misma situación.

Si uno se pone a pensar en ello, acaba volviéndose tarumba.

Estuvimos hablando un rato o, para decirlo con más exactitud, habló ella y yo escuché. La sala de reconocimiento, anexa a mi despacho, tenía las dimensiones aproximadas de una celda carcelaria (debo decir que es un dato que no conozco por experiencia propia) y estaba pintada de color verde institucional, como los lavabos de las escuelas primarias. De la parte trasera de la puerta colgaba una de esas cartas para calibrar la agudeza visual donde hay que señalar la dirección a la que apuntan las letras E. Una de las paredes estaba salpicada de calcomanías descoloridas con dibujos de Walt Disney y ocupaba la otra un póster gigantesco con una pirámide de alimentos. Mi paciente de catorce años estaba sentada en una mesa de reconocimiento, protegida con el papel sanitario de un rollo del que tirábamos para renovarlo después de cada paciente. Por alguna razón, la manera de desenrollar el papel me recordaba cómo envolvían los bocadillos del Carnegie Deli.

El radiador emanaba un calor sofocante, aunque era un artilugio imprescindible en un lugar donde era habitual que los niños tuvieran que desnudarse. Llevaba mi indumentaria habitual de pediatra: pantalón vaquero, zapatillas de deporte Chuck Taylor, camisa con cuello de botones y una brillante corbata «Salvad la Infancia» que delataba a gritos el año 1994. No llevaba bata blanca. En mi opinión, asusta a los niños.

La niña de catorce años —sí, éste es el límite de edad de mis pacientes— era, en realidad, una niña buena. Lo curioso del caso es que todas lo son. La envié a un ginecólogo conocido. Después hablé con su madre. Un hecho que no tenía nada de nuevo ni tampoco nada de sorprendente. Como ya he dicho, lo hago casi todos los días. Nos despedimos con un beso. Por encima del hombro de la niña, su madre y yo intercambiamos una mirada. Todos los días veo a veinticinco madres que me traen a sus hijos. Al cabo de la semana podría contar con los dedos de una mano las que están casadas.

Como he dicho antes, no juzgo. Sólo observo.

Cuando se fueron, garrapateé unas notas en el historial de la niña. Eché una ojeada a varias páginas atrás. La visitaba desde mis tiempos de residente, lo que significaba que había empezado a visitarla a los ocho años. Examiné su gráfica de crecimiento. Y la recordé a sus ocho años, pensé en el aspecto que tenía entonces. No había cambiado mucho. Al final cerré los ojos y los restregué.

Homer Simpson me interrumpió gritando:

—¡Correo! ¡Hay correo! ¡Uh, uh!

Abrí los ojos y me volví hacia el monitor. Tenía en la pantalla a Homer Simpson tal como aparece en el programa de televisión Los Simpson. Alguien había sustituido la monótona frase del ordenador: «Tiene correo» por el aviso de Homer. Me gustaba. Me gustaba mucho.

Estaba a punto de revisar mi correo electrónico cuando el graznido del interfono detuvo mi mano. Una de las recepcionistas, Wanda, dijo:

—Usted... ejem... usted... ummm. ¡Shauna al teléfono!

Comprendí su turbación. Le di las gracias y pulsé el botón parpadeante.

—Hola, encanto.

—¡No te molestes porque estoy aquí! —exclamó su voz.

Shauna colgó su móvil. Me levanté y salí al pasillo justo en el momento en que Shauna hacía su entrada desde la calle. Siempre que Shauna entra en una habitación parece que está haciendo un favor a alguien. Shauna era modelo de tallas especiales, una de las pocas conocidas simplemente por su nombre de pila: Shauna. Como Cher o Fabio. Un metro ochenta y cinco y ochenta y seis kilos. Como es lógico, era de las que hacía que la gente se volviera a mirarla, por lo que todas las cabezas de la sala de espera hicieron lo propio.

Shauna no se molestó en detenerse en recepción y las recepcionistas tampoco se molestaron en pararle los pies. Tras abrir la puerta, me saludó con estas palabras:

—¡A comer! ¡Ahora!

—Ya te dije que estaría ocupado.

—Anda, ponte la chaqueta, que fuera hace frío —dijo.

—Oye, que estoy bien. Además, el aniversario no es hasta mañana.

—No me vengas con cuentos.

Como dudé un momento, supo enseguida que me tenía en el saco.

—¡Venga, Beck! ¡Nos divertiremos! Como en los tiempos del instituto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos a espiar a las calentorras?

—En mi vida he ido a espiar a las calentorras.

—¡No, claro! La que iba a espiarlas era yo. Anda, ponte la chaqueta.

Ya de vuelta en el consultorio, una de las madres me dijo con una enorme sonrisa, llevándome aparte:

—Vista al natural todavía es más guapa que en las fotos —murmuró en voz baja.

—¿Qué? —respondí.

—Usted y ella... —y la madre juntó las manos en un gesto elocuente.

—No, ella ya está comprometida —dije.

—¿De veras? ¿Con quién?

—Con mi hermana.

Comimos en un restaurante chino de mala muerte con un camarero chino que sólo hablaba español. Shauna, impecable con un traje azul de escote más bajo que el Lunes Negro, frunció el entrecejo:

—¿Cerdo mu shu en tortilla?

—Arriésgate —le aconsejé.

Nos conocíamos desde el día que ingresamos en la universidad. Por error de la oficina de registro, donde se figuraron que su nombre era Shaun, nos pusieron en la misma habitación. Ya nos disponíamos a informar de la equivocación cuando empezamos a charlar. Shauna me pagó una cerveza. Y a mí me empezó a gustar. A las pocas horas decidimos no reclamar ya que pensamos que a lo mejor nos adjudicaban a unos imbéciles por compañeros de habitación.

Yo fui al Amherst College, una institución exclusivista no de la Liga de la Hiedra pero casi, enclavada al oeste de Massachusetts. No sé si hay en el mundo lugar más pijo que éste, en todo caso yo no lo conozco. Elizabeth, que pronunció el discurso de despedida en el instituto, escogió Yale. Habríamos podido ir a la misma universidad, pero lo hablamos y decidimos que aquélla podía ser una prueba decisiva para lo nuestro. Una vez más, hicimos lo que correspondía que hicieran las personas sensatas que éramos. ¿Cuál fue el resultado? Pues que nos echábamos de menos como locos. La separación no hizo más que consolidar nuestro compromiso y dar a nuestro amor aquella dimensión que demuestra que no siempre la distancia es el olvido.

Es vomitivo, lo sé.

Entre bocado y bocado, Shauna me preguntó:

—¿Podrías hacer de canguro de Mark esta noche?

Mark era mi sobrino de cinco años. En el último curso Shauna comenzó a salir con mi hermana mayor, Linda. Hace siete años que celebraron su unión con una ceremonia de compromiso. Mark es el producto secundario de su amor, por supuesto con ayuda de la inseminación artificial. Linda se encargó de gestarlo y Shauna de adoptarlo. Como eran un poco anticuadas, querían que su hijo tuviera un modelo masculino en su vida. Y aquí es donde entro yo.

Hablamos al estilo de Ozzie and Harriet.

—No hay problema —dije—, no quiero perderme la nueva película de Disney.

—La nueva chica de Disney es una chica y media —dijo Shauna—. Desde Pocahontas no habían hecho nada tan bueno.

—Me alegra saberlo —dije—. ¿Se puede saber dónde vais tú y Linda?

—Salir me pega tres patadas. Desde que las lesbianas estamos de moda, tenemos una agenda muy apretada. Casi añoro los tiempos en que estábamos en el armario.

Pedí una cerveza. Seguramente no debí hacerlo, pero por una no llegaría la sangre al río.

Shauna también pidió una.

—O sea que has roto con aquella como se llame —comentó.

—Brandy.

—Eso. ¡Vaya nombrecito, dicho sea de paso! ¿No tendrá una hermana que se llama Whisky?

—No salimos más que dos veces.

—De acuerdo, pero era una bruja y, además, flaca. Te tengo reservada una que te iría como anillo al dedo.

—Gracias, pero no —dije.

—Tiene un cuerpo asesino.

—No quieras dirigir mi vida, Shauna, te lo pido por favor.

—¿Por qué no?

—¿Te acuerdas de la última vez que lo intentaste?

—Sí, con Cassandra.

—Ni más ni menos.

—¿Qué tiene de malo?

—Para empezar, era lesbiana.

—¡Por el amor de Dios, Beck, hay que ver lo estrecho que eres!

Sonó su móvil. Respondió echando el cuerpo hacia atrás y sin apartar los ojos de mí. Tras gruñir unas palabras, cerró el móvil.

—Tengo que irme —dijo.

Le indiqué la nota.

—Ven mañana por la noche —dictaminó.

Fingí un suspiro.

—¿Es que las lesbianas no tienen planes?

—Yo no, pero tu hermana sí. Piensa asistir a la ceremonia extraordinaria Brandon Scope.

—¿No vas con ella?

—No.

—¿Por qué?

—Pues porque no queremos que Mark esté dos noches seguidas sin una de las dos. Y Linda tiene que salir. Ahora la que manda es ella. En cuanto a mí, tengo la noche libre. O sea que ven mañana por la noche, ¿de acuerdo? Yo me encargo de todo, veremos vídeos con Mark.

«Mañana» era el aniversario. Si Elizabeth hubiera vivido, «mañana» habríamos grabado la inscripción número veintiuno en aquel árbol. Pero por extraño que pudiera parecer, «mañana» no será para mí un día particularmente triste. Estoy pertrechado para afrontar aniversarios, vacaciones o cumpleaños de Elizabeth, generalmente los vivo sin problema alguno. Lo que me cuesta son los días «normales». Los problemas surgen al enfrentarme con cosas antiguas, cuando tropiezo accidentalmente con algún episodio clásico del programa de The Mary Tyler Moore Show o de Cheers. O cuando entro en una librería y veo de pronto un nuevo libro de Alice Hoffman o de Anne Tyler. O cuando escucho a los O’Jays o a los Four Tops o a Nina Simone. Cosas tan corrientes como éstas.

—Prometí a la madre de Elizabeth que iría a verla —expliqué.

—¡Ah, Beck!... —iba a decir algo pero se contuvo—. ¿Y después?

—Sí, claro —dije.

Shauna me agarró por el brazo.

—Vuelves a hacerte el huidizo, Beck.

No respondí.

—Te quiero, ya lo sabes. Quiero decir, si tuvieras alguna clase de atractivo sexual, del tipo que fuera, probablemente habría ido a por ti en lugar de dirigirme a tu hermana.

—Es muy halagador —dije—, de veras.

—No me rehúyas. Si me rehúyes, rehúyes a todo el mundo. Habla conmigo, ¿quieres?

—De acuerdo —contesté.

Lo que pasa es que no puedo hablar.

A punto estuve de borrar el mensaje.

Es tanta la basura que llega con el correo electrónico, la propaganda, la avalancha de misivas, que el dedo se va automáticamente a la tecla de suprimir. Lo primero que hago es leer la dirección del remitente. Si es alguna persona conocida o alguien del hospital, estupendo. En caso contrario, pulso la tecla borradora con gran entusiasmo.