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No hables con extraños

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No hables con extraños
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Título original: The Stranger

© Harlan Coben, 2015.

© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO383

ISBN: 9788490569412

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1

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4

5

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7

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9

10

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55

56

Agradecimientos

Notas

EN MEMORIA DE MI PRIMO

STEPHEN REITER.

Y PARA SUS HIJOS

DAVID, SAMANTA Y JASON.

Oh, alma mía, prepárate para el advenimiento del Forastero,

prepárate para él, que sabe hacer preguntas

[...]

Hay uno que recuerda el camino a vuestra puerta:

podéis evadir la vida, pero no así la Muerte.*

T. S. ELIOT

1

El desconocido no arrasó de golpe el mundo de Adam Price.

Eso fue lo que Adam se diría más tarde, pero era mentira. De algún modo, Adam supo enseguida, desde la primera frase, que la vida de padre de familia burgués que había conocido hasta entonces había desaparecido para siempre. En realidad, era una frase muy sencilla, pero había algo en el tono, el tono de quien sabe y hasta se preocupa, que le dejó claro que nada volvería a ser igual.

—Podrías haberla dejado —dijo el desconocido.

Estaban en el American Legion Hall, el local de la Asociación de Veteranos de Guerra de Cedarfield, en Nueva Jersey. Cedarfield era una población rica, que contaba entre sus vecinos con gestores de fondos de cobertura, banqueros y otros magnates de las finanzas. Les gustaba reunirse para tomar cerveza en el American Legion Hall porque era una manera cómoda de fingir que eran buenos chicos, como los que aparecen en los anuncios del Dodge Ram, cuando en realidad eran todo lo contrario.

Adam estaba en la barra, que se veía algo pringosa. Tenía una diana detrás. Unos carteles de neón anunciaban la Miller Lite, pero Adam tenía una botella de Budweiser en la mano derecha. Se volvió hacia el hombre, que se acababa de situar a su lado y, aunque Adam ya sabía la respuesta, le preguntó:

—¿Está hablando conmigo?

El tipo era más joven que la mayoría de los padres, más delgado, casi flaco, y sus grandes ojos eran de un azul penetrante. Tenía los brazos blancos y huesudos; llevaba camisa de manga corta; bajo una de ellas asomaba un tatuaje. También llevaba una gorra de béisbol. No era un hípster, pero tenía pinta de empollón, como si dirigiera un departamento técnico y no viera nunca el sol.

Los ojos de un azul penetrante se clavaron en los de Adam con tanta fuerza que le dieron ganas de apartar la mirada.

—Te dijo que estaba embarazada, ¿verdad?

Adam sintió que agarraba la botella con más fuerza.

—Por eso no la dejaste. Corinne te dijo que estaba embarazada.

Fue en aquel momento cuando Adam sintió como si se le accionara un interruptor en el pecho, como si alguien hubiera activado el temporizador digital rojo de una bomba de película y hubiera empezado la cuenta atrás. Tic, tic, tic, tic.

—¿Nos conocemos?

—Ella te dijo que estaba embarazada —prosiguió el desconocido—. Corinne, quiero decir. Primero te dijo que estaba embarazada, y luego, que perdió el bebé.

El American Legion Hall estaba lleno de papás de ciudad pequeña vestidos con esas camisetas de béisbol con mangas tres cuartos y pantalones cargo holgados o vaqueros de padre de familia, perfectamente inmaculados. Muchos de ellos llevaban gorras de béisbol. Esa noche se hacían las pruebas de selección para el equipo de lacrosse de los chavales de cuarto, quinto y sexto, y para el primer equipo. Si alguien quería ver un grupo de machos alfa comportándose como tales en su hábitat natural, no tenía más que ver a ese grupo de padres implicándose en la formación de los equipos de sus hijos. Era algo digno del Discovery Channel.

—Te sentiste obligado a quedarte, ¿no es así? —preguntó el hombre.

—No tengo ni idea de quién cojones...

—Mintió, Adam. —El hombre hablaba con convicción. No solo parecía seguro de lo que decía, sino que además daba la impresión de pensar solo en lo mejor para Adam—. Corinne se lo inventó todo. Nunca estuvo embarazada.

Las palabras seguían cayendo como puñetazos, dejaban a Adam descolocado, atónito y confundido, y con sus defensas mermadas listo para rendirse. Habría querido revolverse, agarrar a aquel tipo por la camisa, arrastrarlo por toda la sala por insultar a su mujer de aquel modo. Pero no lo hizo por dos motivos.

El primero, porque de pronto estaba atónito, como si le hubiera caído una lluvia de puñetazos, y eso había mermado sus defensas.

Y el segundo, porque había algo en el modo de hablar de aquel hombre, esa seguridad al hablar, esa convicción en su voz, que hizo que Adam se plantease la conveniencia de escucharlo.

 

—¿Quién eres tú? —le preguntó.

—¿Acaso importa?

—Sí, importa.

—Soy el desconocido —dijo—. El desconocido que sabe cosas importantes. Te mintió, Adam. Corinne. No estaba embarazada. No era más que una treta para que volvieras con ella.

Adam sacudió la cabeza. Trató de asimilarlo, de mantener la calma y el sentido común.

—Vi la prueba de embarazo.

—Falsa.

—Vi la ecografía.

—Falsa también —repuso, y levantó una mano antes de que Adam pudiera decir nada más—. Y sí, también la barriga. O quizá debiera decir barrigas. Cuando empezó a notársele, no volviste a verla desnuda, ¿verdad? ¿Qué hacía?, ¿se inventaba algún tipo de malestar a última hora de la noche para evitar el sexo? Eso es lo que ocurre la mayoría de las veces. Así, cuando llega el aborto, uno mira atrás y se da cuenta de que el embarazo ya había presentado complicaciones desde el principio.

Una voz estentórea se hizo oír desde el otro extremo de la sala.

—Muy bien, chicos, coged una cerveza fresca y empezamos.

La voz pertenecía a Tripp Evans, exejecutivo publicitario de Madison Avenue y presidente de la liga de lacrosse, un tipo bastante legal. Los otros padres empezaron a coger sillas de aluminio, de esas que se usan para los conciertos del colegio, y las fueron poniendo en círculo por la sala. Tripp Evans miró a Adam, detectó la innegable palidez de su rostro y frunció el ceño, preocupado. Adam no hizo caso y volvió a dirigirse al desconocido.

—¿Quién demonios eres tú?

—Piensa en mí como tu salvador. O como el amigo que te acaba de sacar de la cárcel.

—Deja de decir gilipolleces.

Ya no se oía hablar a casi nadie. Las voces se habían convertido en murmullos, y el sonido de las sillas al arrastrarlas resonaba en la sala. Los padres empezaban a ponerse serios, centrados en el proceso de selección. Adam odiaba todo aquello. Ni siquiera tenía que haber acudido, porque le tocaba a Corinne. Ella era la tesorera de la comisión de lacrosse, pero le habían cambiado el horario de la convención de profesores en Atlantic City, y aunque era el día más importante del año para el lacrosse en Cedarfield (de hecho, el principal motivo por el que Corinne se había vuelto tan activa), Adam se había visto obligado a sustituirla.

—Deberías darme las gracias —le dijo el hombre.

—¿De qué me estás hablando?

Por primera vez, el hombre sonrió. Era una sonrisa bondadosa, Adam no pudo evitar observarlo, la sonrisa de un benefactor, la de un hombre que tan solo desea hacer lo correcto.

—Eres libre —dijo el desconocido.

—Y tú eres un mentiroso.

—Sabes que no, ¿verdad, Adam?

Tripp Evans lo llamó desde el otro lado de la sala.

—¿Adam?

Se volvió hacia ellos. Todo el mundo estaba sentado, salvo Adam y el desconocido.

—Ahora tengo que irme —le susurró este—. Pero si realmente necesitas pruebas, comprueba el extracto de tu tarjeta Visa. Busca un cargo a nombre de Novelty Funsy.

—Espera...

—Una cosa más. —El hombre acercó la cabeza—. Si yo fuera tú, probablemente les haría pruebas de ADN a tus dos chavales.

Tic, tic, tic... ¡Catapún!

—¿Qué?

—De eso no tengo pruebas, pero cuando una mujer está dispuesta a mentir sobre algo así... Bueno, no me extrañaría que no fuera la primera vez que lo hace.

Y entonces, mientras Adam intentaba reaccionar a esa última acusación, el desconocido salió a toda prisa por la puerta.

2

Cuando Adam consiguió recuperar el control sobre las piernas, salió tras el desconocido.

Demasiado tarde.

Estaba metiéndose en el asiento del acompañante de un Honda Accord gris. El coche se puso en marcha. Adam corrió para verlo más de cerca, quizá para ver la matrícula, pero solo pudo ver que era de su estado, Nueva Jersey. Cuando el coche giraba hacia la salida, observó algo más.

Quien conducía era una mujer.

Era joven, y tenía una larga melena rubia. Cuando la luz de las farolas le dio en el rostro, vio que le estaba mirando. Sus ojos se cruzaron por un instante. En su rostro había una mirada de preocupación, de pena.

Por él.

El coche se alejó haciendo rugir el motor. Alguien le llamó por su nombre. Adam se volvió y regresó adentro.

Empezaron a seleccionar jugadores.

Adam trató de prestar atención, pero era como oír todos los sonidos del auditorio desde el interior de una ducha. Corinne le había facilitado mucho el trabajo. Había puntuado a todos los chicos que aspiraban a ingresar en el equipo de sexto, de modo que le bastaba con seleccionar a los que estuvieran disponibles. Lo verdaderamente importante —el motivo de su presencia allí— era asegurarse de que su hijo Ryan, que ahora estaba en sexto, accediera al equipo de la liga estatal. Su hijo mayor, Thomas, que ahora estaba en el instituto, había quedado fuera del equipo de las estrellas cuando tenía la edad de Ryan porque —al menos eso era lo que pensaba Corinne, y Adam estaba más o menos de acuerdo— sus padres no se habían implicado lo suficiente. Aquella tarde había más padres allí para proteger los intereses de sus hijos que por amor al deporte.

Incluido Adam. Era patético, pero así son las cosas.

Adam intentaba olvidar lo que acababa de oír —en cualquier caso, ¿quién demonios era ese tipo?—, pero no lo conseguía. Echó un vistazo a los «informes de los candidatos», pero los veía borrosos. Su mujer era tan organizada, casi obsesiva, que había hecho una lista con los chavales, ordenados del mejor al peor. Cuando seleccionaron a uno de los chicos, Adam lo tachó con un gesto mecánico. Observó la caligrafía perfecta de su mujer, prácticamente como las letras de molde que cuelgan los profesores de tercero en lo alto de la pizarra. Así era Corinne. La chica que llegaba a clase, se lamentaba de que iba a suspender, acababa el examen y sacaba un sobresaliente. Era lista, decidida, guapa y...

¿Mentirosa?

—Vamos a pasar a los equipos para la liga estatal, amigos —propuso Tripp.

El ruido de las sillas arrastrándose por el suelo resonó por la sala de nuevo. Aún descentrado, Adam se unió al corro de cuatro hombres que completarían los equipos A y B para la liga estatal. Aquello era lo que contaba en realidad. Los de la liga escolar se quedaban en la ciudad. Los mejores jugadores pasaban a los equipos A y B y competían viajando por todo el estado.

«Novelty Funsy. ¿Por qué me suena este nombre?».

El entrenador titular del equipo se llamaba Bob Baime, pero Adam siempre lo había identificado con Gastón, el personaje animado de La Bella y la Bestia, la película de Disney. Bob era un tiarrón con una de esas sonrisas luminosas que se ven en la oscuridad. Era ostentoso, orgulloso y cretino, y cada vez que se mostraba en público, pavoneándose, sacando pecho y balanceando los brazos, era como si lo acompañase una banda sonora que dijera: «El más fuerte es Gastón. Solamente Gastón es igual que Gastón. Si dispara Gastón, nunca falla Gastón...».

«Olvídalo —se dijo Adam—. Ese tipo solo quería jugar contigo».

Escoger los equipos debía ser un mero trámite. Cada chaval tenía una puntuación del uno al diez en diversas categorías: manejo del stick, velocidad, pase... Cosas así. Se hacía la suma y se calculaba la media. En teoría, bastaba con echar un vistazo a la lista, poner a los dieciocho primeros chavales en el equipo A, a los dieciocho siguientes en el B, y eliminar a los demás. Sencillo. Pero primero todo el mundo tenía que asegurarse de que sus respectivos hijos estaban en el equipo deseado.

Vale, muy bien.

Luego se seguía el listado de clasificaciones, del primero al último. Las cosas iban bastante bien hasta que llegaron al último puesto del equipo B.

—Deberíamos poner a Jimmy Hoch —declaró Gastón. Bob Baime raramente se limitaba a hablar. La mayoría de las veces emitía dictámenes.

—Pero Jack y Logan tienen mejores puntuaciones —observó uno de sus entrenadores auxiliares, un hombrecillo gris cuyo nombre Adam no conocía.

—Sí, es cierto —declaró Gastón—. Pero conozco a ese chico, Jimmy Hoch. Es mejor jugador que esos dos. Tan solo le fueron mal las pruebas. —Tosió, tapándose la boca con el puño, antes de proseguir—. Además, Jimmy ha tenido un mal año. Sus padres se han divorciado. Deberíamos darle una oportunidad y meterlo en el equipo. De modo que si a nadie le parece mal...

Empezó a escribir el nombre de Jimmy.

—A mí sí —dijo Adam, sin darse cuenta siquiera.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

Gastón orientó la barbilla con hoyuelo hacia Adam.

—¿Perdón?

—A mí me parece mal —repitió Adam—. Jack y Logan tienen puntuaciones más altas. ¿Quién tiene la puntuación más alta de los dos?

—Logan —respondió uno de los auxiliares.

Adam repasó la lista y vio las puntuaciones.

—Muy bien, pues es Logan quien debería estar en el equipo. Es el chaval que tiene la mejor valoración y el puesto más elevado en la lista.

Los asistentes a la reunión no emitieron ningún sonido, pero casi se oía la tensión en el ambiente. Gastón no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria. Se inclinó hacia delante y sonrió, mostrando su enorme dentadura.

—No te lo tomes a mal, pero solo has venido a sustituir a tu mujer.

Dijo la palabra «mujer» con cierto retintín, como si tener que sustituir a una mujer implicara falta de hombría.

—Ni siquiera eres entrenador auxiliar.

—Es cierto —respondió Adam—. Pero sé leer números, Bob. La puntuación total de Logan es de seis coma siete. Jimmy solo tiene un seis coma cuatro. Hasta con las matemáticas modernas, seis coma siete sigue siendo mayor que seis coma cuatro. Te puedo hacer una gráfica, si te sirve de ayuda.

Gastón no captó el sarcasmo.

—Pero como acabo de explicar, hay circunstancias atenuantes.

—¿El divorcio?

—Exactamente.

Adam miró a los entrenadores auxiliares, que de pronto habían encontrado en él un espectáculo fascinante.

—Bueno, ¿sabes cuál es la situación doméstica de Jack o de Logan?

—Sé que sus padres siguen juntos.

—Entonces ¿ese es ahora nuestro criterio de selección? —preguntó Adam—. Tu matrimonio va bastante bien, ¿no, Ga...? —Había estado a punto de llamarlo Gastón—. ¿Bob?

—¿Qué?

—Melanie y tú. Sois la pareja más feliz que conozco, ¿no?

Melanie era una rubia menuda y alegre, y parpadeó como si de pronto alguien le hubiera dado una bofetada. A Gastón le gustaba tocarle el culo en público, no tanto como gesto de cariño, ni siquiera de deseo, sino para demostrar que era de su propiedad. Se echó atrás e intentó sopesar sus palabras con cuidado.

—Nos va bien en el matrimonio, sí, pero...

—Bueno, pues eso debería restarle al menos medio punto a la valoración de tu hijo, ¿no? Eso deja a Bob júnior en... déjame ver... un seis coma tres. Equipo B. Lo que quiero decir es que si vamos a aumentar la puntuación de Jimmy porque sus padres tienen problemas, ¿no deberíamos bajar también la de tu hijo, en vista de que sus padres son tan increíblemente perfectos?

—Adam, ¿te encuentras bien? —le preguntó uno de los otros entrenadores auxiliares.

Adam se giró hacia la voz.

—Muy bien.

Gastón empezó a apretar los puños.

«Corinne se lo inventó todo. Nunca estuvo embarazada».

Adam miró fijamente a los ojos a aquel tiarrón y le sostuvo la mirada. «Venga, anímate, grandullón —pensó Adam—. Lúcete». Gastón era el clásico grandullón, todo fachada. Más allá, Adam vio que Tripp Evans los miraba con gesto de sorpresa.

—Esto no es un tribunal —dijo Gastón, luciendo sonrisa—. Se ve que no estás en tu medio.

Adam llevaba cuatro meses sin ver la sala de un tribunal, pero no se molestó en corregirle. Levantó las hojas para que todos las vieran.

—Las evaluaciones están aquí por algún motivo, Bob.

—Y nosotros también —replicó Gastón, pasándose la mano por la negra melena—. Como entrenadores. Como personas que hemos estado observando a los chavales durante años. Nosotros somos los que decidimos en última instancia. Y yo, como jefe de entrenadores, soy quien decide. Jimmy tiene actitud. Eso también importa. No somos ordenadores. Usamos todas las herramientas de que disponemos para seleccionar a los mejores. —Abrió sus enormes manos, intentando hacer volver a Adam al redil—. Y en realidad estamos hablando del último chaval del equipo B. No creo que sea tan importante.

 

—Yo apuesto a que será muy importante para Logan.

—Yo soy el jefe de entrenadores. La última palabra la tengo yo.

La gente empezaba a marcharse. Adam abrió la boca para decir algo más, pero ¿de qué iba a servir? No iba a ganar aquella discusión y, a fin de cuentas, ¿por qué lo hacía? Ni siquiera sabía quién demonios era ese Logan. Solo le había servido para dejar de pensar en el lío en que lo había metido aquel desconocido. Nada más. Estaba claro. Se levantó de la silla.

—¿Adónde vas? —preguntó Gastón, estirando la barbilla tanto que parecía estar pidiendo un puñetazo.

—Ryan está en el equipo A, ¿no?

—Sí.

Para eso había ido Adam, para defender a su hijo, de ser necesario. Lo demás no importaba.

—Buenas noches a todos.

Adam volvió a la barra del bar. Saludó con un cabeceo a Len Gilman, el jefe de Policía del pueblo, a quien le gustaba trabajar detrás de la barra porque así controlaba que no bebieran demasiado. Len le devolvió el cabeceo y le colocó una botella de Bud delante. Adam le quitó el tapón con un gesto de placer quizás algo exagerado. Tripp Evans tomó asiento a su lado. Len también le colocó una Bud delante. Tripp la levantó y la hizo chocar con la de Adam. Los dos bebieron en silencio mientras se disolvía la reunión. Los demás fueron despidiéndose. Gastón se levantó con un gesto teatral —se le daba muy bien todo lo teatral— y fulminó a Adam con la mirada. Adam levantó la botella en su dirección, como si brindase con él. Gastón se fue hecho una furia.

—¿Haciendo amigos? —preguntó Tripp.

—Soy un tipo sociable —respondió Adam.

—Sabes que es el vicepresidente de la comisión, ¿verdad?

—La próxima vez que lo vea no me olvidaré de hacerle una genuflexión.

—Yo soy el presidente.

—En ese caso, más vale que me compre unas rodilleras.

Tripp asintió. Le gustó aquella ocurrencia.

—Ahora mismo Bob está pasando un mal momento.

—Bob es un capullo.

—Bueno, sí. ¿Sabes por qué sigo en el cargo de presidente?

—¿Te ayuda a ligar?

—Eso también. Y porque si lo dejo, lo asume él.

—No quiero ni pensarlo —dijo Adam, dispuesto a dejar la cerveza en la barra—. Es hora de volver a casa.

—Está sin trabajo.

—¿Quién?

—Bob. Perdió su trabajo hace más de un año.

—Lo siento mucho —lamentó Adam—. Pero eso no es excusa.

—No he dicho que lo fuera. Solo quería que lo supieras.

—Vale. Ya lo sé.

—El caso es que... —prosiguió Tripp Evans—. Ha recurrido a una importante agencia de colocación.

Adam dejó la cerveza.

—¿Y?

—Pues que esa agencia de colocación está intentando encontrarle un nuevo puesto.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y la agencia la dirige un tal Jim Hoch.

Adam se quedó de piedra.

—¿Hoch? ¿Como Jimmy Hoch? ¿Su padre?

Tripp no dijo nada.

—¿Por eso quiere que el chaval entre en el equipo?

—¿Tú crees que a Bob le importa que sus padres estén separados?

Adam se limitó a menear la cabeza.

—¿Y a ti te parece bien?

Tripp se encogió de hombros.

—Aquí no hay nada puro. Cuando un padre se implica en el futuro deportivo de su hijo, bueno, ya sabes, es como una leona protegiendo a su cachorro. A veces escogen a un chaval porque es el vecino. A veces, porque su madre está buenísima y se viste provocativa en los partidos...

—¿Y eso lo sabes de primera mano?

—Pillado. Y a veces uno escoge a un chaval porque su padre puede ayudarle a conseguir trabajo. A mí me parece una razón tan válida como la que más.

—Tío, eres de lo más cínico, para ser publicista.

—Sí, lo sé —confesó Tripp con una risotada—. Pero es lo que solemos decir. ¿Hasta dónde llegarías para proteger a tu familiar? Nunca le harías daño a nadie. Yo nunca le haría daño a nadie. Pero si algo amenazara a tu familia, si se tratara de salvar a tu hijo...

—¿Mataríamos?

—Mira a tu alrededor, amigo mío. —Tripp abrió los brazos—. Este pueblo burgués, estos colegios, estos programas, estos chavales, estas familias... A veces me siento, miro a mi alrededor y no me puedo creer la suerte que tenemos todos nosotros. Estamos viviendo un sueño, ¿sabes?

Adam lo sabía. Más o menos. Había pasado de abogado de oficio mal pagado a socio de un bufete especializado en expropiaciones para poder pagarse el sueño. Se preguntaba si valía la pena.

—¿Y si eso es a costa de Logan?

—¿Desde cuándo es justa la vida? Mira, yo tenía unos clientes de una gran empresa de automóviles. Sí, la conoces. Y sí, has leído hace poco en el periódico cómo han tapado un problema en la dirección de sus coches. Ha habido muchos heridos, e incluso muertos. Esos tipos de la casa de coches son realmente majos. Normales. ¿Cómo pudieron permitir que sucediera? ¿Cómo pudieron decidir aumentar el margen de beneficios a riesgo de que muriera gente?

Adam veía adónde quería llegar, pero con Tripp la explicación siempre valía la pena.

—¿Porque son unos cabrones corruptos?

Tripp frunció el ceño.

—Sabes perfectamente que eso no es así. Es como los empleados de las tabacaleras. ¿Ellos también son malvados? ¿Todos? ¿O todos esos santos varones que han tapado los escándalos de la Iglesia o... no sé... que han contaminado los ríos? ¿Son todos unos cabrones corruptos, Adam?

Tripp era así: un papá filósofo de barrio residencial.

—Dímelo tú.

—Todo es cuestión de perspectiva, Adam —le respondió Tripp con una sonrisa. Se quitó la gorra, se alisó el escaso cabello y se la colocó de nuevo—. Los seres humanos no sabemos ser objetivos. Siempre hay algo que nos condiciona. Siempre protegemos nuestros propios intereses.

—Hay una cosa que observo en todos esos ejemplos... —apuntó Adam.

—¿Qué es?

—El dinero.

—Es el origen de todos los males, amigo mío.

Adam pensó en el desconocido. Pensó en sus dos hijos, que en ese momento estarían en casa, tal vez haciendo los deberes o jugando a un videojuego. Pensó en su esposa, y en la convención de profesores de Atlantic City.

—No de todos —puntualizó.