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La promesa

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Z serii: Myron Bolitar #8
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Mientras se probaba el... traje, Big Cyndi había abierto los brazos y dio una vuelta ante Myron. Las mareas de los océanos habían cambiado de curso y los sistemas solares de sitio.

—¿Qué te parece? —preguntó.

—¿Malva y melocotón?

—Es lo último, señor Bolitar.

Siempre le llamaba «señor». A Big Cyndi le gustaba la formalidad.

Tom y Esperanza intercambiaron votos en una iglesia singular. Los bancos estaban adornados con amapolas blancas. El lado del pasillo de Tom iba vestido de blanco y negro: un mar de pingüinos. El lado de Esperanza estaba tan lleno de color que Crayola habría mandado a un explorador. Parecía el desfile de Halloween en Greenwich Village. El órgano tocó hermosos himnos. El coro cantó como los ángeles. El escenario no habría podido ser más sereno.

Sin embargo, para la recepción, Esperanza y Tom querían un cambio de ritmo. Habían alquilado un club de S&M cerca de la Onceava Avenida llamado Leather and Lust. Big Cyndi trabajaba allí de gorila y a veces, a altas horas de la noche, salía al escenario a hacer un número que los dejaba a todos alucinados.

Myron y Ali aparcaron en un espacio al salir de la West Side Highway. Pasaron frente a King David’s Slut Palace, una tienda porno abierta veinticuatro horas. Las ventanas estaban enjabonadas. Había un gran rótulo en la puerta que decía CAMBIO DE PROPIETARIOS.

—Vaya —dijo Myron señalando el rótulo—. Ya era hora.

Ali asintió.

—Hasta ahora lo han llevado fatal.

Cuando entraron en Leather and Lust, Ali se paseó como si estuviera en el Louvre, mirando las fotos de la pared, observando los aparatos, los trajes, el material para atar. Meneó la cabeza.

—Soy una ingenua sin remedio.

—Sin remedio no —dijo Myron.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—No tengo ni idea.

—¿A ti te...?

—Oh, no.

—Lástima —dijo Ali. Y después—: Es broma. Broma broma.

Su relación progresaba, pero la realidad de salir con alguien con hijos pequeños se estaba imponiendo. No habían pasado toda una noche juntos desde aquella primera. Myron sólo había podido saludar brevemente a Erin y a Jack desde la fiesta. No estaban seguros de cuán rápidos o lentos debían avanzar en su relación, pero Ali era muy firme en cuanto a que debían proceder lentamente con los chicos.

Ali tuvo que marcharse temprano. Jack tenía que hacer un trabajo para la escuela y ella le había prometido ayudarle. Myron la acompañó fuera, y decidió quedarse a pasar la noche en la ciudad.

—¿Cuánto tiempo estarás en Miami? —preguntó Ali.

—Sólo un par de noches.

—¿Te darían ganas de vomitar si te digo que te echaré de menos?

—No muy violentamente, no.

Ella le besó suavemente. Myron la observó alejarse, con el corazón acelerado, y después volvió a la fiesta.

Como ya había decidido quedarse, se puso a beber. No era lo que se podría decir un gran bebedor —aguantaba la bebida tan bien como una niña de catorce años— pero esa noche, en aquella maravillosa aunque rara celebración, se sentía de humor para emborracharse. Win también, aunque él necesitaba más para ponerse ciego. El coñac era como leche materna para Win. Apenas se le notaba el efecto, al menos en apariencia.

Esa noche no importaba. La limusina de Win les esperaba fuera. Les llevaría de vuelta a la ciudad.

El piso de Win en el Dakota valía mil millones de dólares y tenía una decoración que recordaba a Versalles. Cuando llegaron, Win se sirvió un oporto de un precio obsceno, Quinta do Noval Nacional 1963. La botella había sido decantada varias horas antes porque, como explicó Win, debes dar al oporto vintage tiempo para respirar antes de consumirlo. Myron normalmente se tomaba un chocolate, pero su estómago no estaba de humor. Además no le daría al chocolate tiempo de respirar.

Win puso la televisión y vieron Antiques Roadshow. Una mujer esnob con un acento arrastrado llevaba un horrible busto de bronce. Le contaba al tasador la historia de que Dean Martin, en 1950, había ofrecido a su padre diez mil dólares por aquel retorcido amasijo de metal, pero su padre, dijo ella con un dedo insistente y una mueca a juego, era demasiado astuto. Aquello podía valer una fortuna. El tasador asintió pacientemente, esperó a que la mujer acabara y después bajó el martillo:

—Vale veinte dólares.

Myron y Win chocaron los cinco en silencio.

—Disfrutamos de la desgracia de los demás —dijo Win.

—Somos penosos —dijo Myron.

—Nosotros no.

—¿Ah, no?

—Es el programa —dijo Win—. Nos ilumina sobre todo lo malo de nuestra sociedad.

—¿Ah, sí?

—A la gente no le basta con que su baratija valga una fortuna. No, es mejor, mucho mejor, habérselo comprado barato a un pobre palurdo. Nadie tiene en cuenta los sentimientos del pobre infeliz que vendió su casa en el jardín, al que lo perdió.

—Bien pensado.

—Ah, pero hay más.

Myron sonrió y se acomodó para escuchar.

—Olvida la codicia un momento —siguió Win—. Lo que realmente nos fastidia es que todos, absolutamente todos, mienten en Antiques Roadshow.

Myron asintió.

—¿Te refieres a cuando el tasador pregunta: «¿Tiene idea de lo que vale?»?

—Exacto. Hace esa pregunta cada vez.

—Lo sé.

—Y el señor o la señora Córcholis se comportan como si la pregunta les pillara por sorpresa, como si nunca hubieran visto el programa.

—Es un coñazo —convino Myron.

—Y luego dicen algo como «Vaya por Dios, no lo había pensado. No tengo ni idea de lo que vale». —Win frunció el ceño—. Por favor. Arrastraste tu armario de granito de dos toneladas a no sé qué centro de convenciones impersonal e hiciste doce horas de cola, pero ¿nunca jamás, ni en tus sueños más alocados, te preguntaste cuánto podía valer?

—Mentira —convino Myron, sintiéndose colocado—. Es como lo de «Su llamada es muy importante para nosotros».

—Y por eso —dijo Win—, nos encanta que le den un buen chasco a una mujer como ésa. Las mentiras. La codicia. Por lo mismo que nos gusta el panoli de La rueda de la fortuna que sabe la solución pero siempre apuesta por el último giro y se queda sin nada.

—Es como la vida —pronunció Myron, acusando la bebida.

—Y que lo digas.

Entonces sonó el intercomunicador de la puerta.

Myron sintió que se le apretaba el estómago. Miró el reloj. Era la una y media de la madrugada. Miró a Win. Él le devolvió la mirada con placidez. Win seguía siendo guapo, demasiado guapo, pero los años, los abusos, las noches en vela por violencia o, como ésta, por sexo, empezaban a notarse un poquito.

Myron cerró los ojos.

—¿Es una de...?

—Sí.

Suspiró y se levantó.

—Ojalá me lo hubieras dicho.

—¿Por qué?

Ya habían pasado por eso antes. No había respuesta.

—Es de un sitio nuevo del Upper West Side —dijo Win.

—Sí, qué práctico.

Sin más palabras Myron se fue a su habitación. Win abrió la puerta. Aunque le deprimiera mucho, Myron echó un vistazo. La chica era joven y bonita. Dijo «hola» con una animación forzada en la voz. Win no contestó. Le hizo una señal para que le siguiera. Ella le siguió tambaleándose sobre los altos tacones. Desaparecieron en el pasillo.

Como había dicho Esperanza, hay cosas que no cambian, por mucho que te gustaría que cambiaran.

Myron cerró la puerta y se echó en la cama. La cabeza le daba vueltas por la bebida. El techo se movía. Lo dejó moverse. Se preguntó si vomitaría. Creía que no. Apartó de su cabeza los pensamientos sobre la chica. Lo consiguió más rápidamente de lo que solía, un cambio que estaba claro que no era para mejor. No oyó ningún ruido —la habitación que utilizaba Win (no su dormitorio, evidentemente) estaba insonorizada— y finalmente Myron cerró los ojos.

Recibió la llamada en su móvil.

Lo tenía en vibración. Vibró contra la mesita. Myron se despertó de su duermevela y lo cogió. Se dio la vuelta y la cabeza le dolió. Fue entonces cuando vio el reloj digital de la mesita.

Las 2:17.

No miró el identificador de llamadas y contestó.

—¿Diga? —rugió.

Primero oyó el sollozo.

—Diga —repitió.

—¿Myron? Soy Aimee.

—Aimee. —Myron se sentó—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?

—Dijiste que te llamara. —Otro sollozo—. A cualquier hora.

—Claro. ¿Dónde estás, Aimee?

—Necesito ayuda.

—Vale, no hay problema. Tú dime dónde estás.

—Oh, Dios...

—¿Aimee?

—No se lo dirás, ¿verdad?

Él vaciló. Pensó en Claire, la madre de Aimee. Recordó a Claire a esa edad y sintió una curiosa punzada.

—Lo prometiste. Prometiste no decírselo a mis padres.

—Lo sé. ¿Dónde estás?

—¿Me prometes que no se lo dirás?

—Te lo prometo, Aimee. Pero dime dónde estás.

7

Myron se puso unos pantalones de chándal.

Tenía el cerebro un poco nublado. Todavía tenía bebida en el cuerpo. La ironía no se le escapó: había dicho a Aimee que le llamara porque no quería que subiera a un coche con alguien que había bebido, y él mismo estaba achispado. Intentó concentrarse y juzgar su sobriedad. Decidió que estaba bien para conducir, pero ¿no es eso lo que piensan todos los borrachos?

Pensó en pedírselo a Win, pero estaba ocupado en otras cosas. Win incluso había bebido más, a pesar de su fachada sobria. De todos modos, no debía precipitarse, ¿no?

Buena pregunta.

Acababan de pulir el hermoso suelo de madera del pasillo. Myron decidió poner a prueba su sobriedad rápidamente. Caminó por una tabla como si fuera una línea recta, como si un policía le hubiera parado. Aprobó, pero la verdad era que Myron, modestia aparte, tenía una gran coordinación. Probablemente podría pasar esa prueba estando colocado.

 

En fin, ¿qué alternativa tenía? Aunque encontrara a alguien que le llevara a esas horas, ¿cómo reaccionaría Aimee si se presentaba con un desconocido? Había sido él quien le había hecho prometer que le llamaría si se presentaba aquella situación, dándole a guardar su tarjeta con sus números de teléfono. Y, como le había recordado ella, le había jurado confidencialidad.

Tenía que acudir él.

Había dejado el coche en el aparcamiento de la Calle 17. La puerta estaba cerrada. Myron llamó al timbre. El conserje apretó el botón de mala gana y se levantó la puerta.

Myron no era amante de los coches grandes, y por eso seguía conduciendo un Ford Taurus, al que apodaba «Imán de chicas». Un coche le llevaba del punto A al punto B. Nada más. Más importante que los caballos de potencia y V6 era tener el mando de la radio al volante, para cambiar de emisora constantemente.

Marcó el número de Aimee en el móvil. Ella respondió con una vocecita.

—Diga.

—Voy para allá.

Aimee no contestó.

—¿Por qué no sigues ahí? —dijo él—. Para que sepa que estás bien.

—Tengo la batería fatal. Es por ahorrar.

—No tardaré más de diez minutos, quince máximo —dijo Myron.

—¿Desde Livingston?

—Estoy en la ciudad.

—Oh, qué bien. Nos vemos.

Colgó. Myron miró el reloj del coche: las 2:30. Los padres de Aimee debían de estar desesperados de ansiedad. Esperaba que los hubiera llamado ya. Estuvo tentado de llamarles él mismo, pero no, no era cuestión de hacerlo. Cuando ella subiera al coche, la convencería de que lo hiciera.

Aimee estaba en el centro de Manhattan y le había sorprendido oírlo. Le había dicho que le esperaría en la Quinta Avenida con la 54. Eso era más o menos en el Rockefeller Center. Y era raro que una chica de dieciocho años en la Gran Manzana con intención de beber estuviera allí porque el centro estaba muerto por las noches. Durante la semana, la zona estaba llena de empresas. Los fines de semana, se llenaba de turistas. Pero un sábado por la noche había poca gente en la calle. Nueva York será la ciudad que nunca duerme, pero cuando Myron llegó a la Quinta Avenida en las Cincuenta y pico, el centro estaba echando una buena siesta.

Se paró en un semáforo de la Quinta Avenida y la Calle 52. La manilla de la puerta se abrió y Aimee subió al asiento de atrás.

—Gracias —dijo.

—¿Estás bien?

Desde atrás, una vocecita dijo:

—Estoy bien.

—No soy un chofer, Aimee. Siéntate delante.

Ella dudó, pero finalmente hizo lo que le pedía. Cuando cerró la puerta, Myron se volvió a mirarla. Aimee miró fijamente al parabrisas. Como tantos adolescentes, se había puesto demasiado maquillaje. Los jóvenes no necesitan maquillaje, y mucho menos tanto. Tenía los ojos rojos como un mapache. Llevaba puesto algo muy ajustado, una especie de gasa fina y envolvente, la clase de cosa que, aunque tengas muy buen tipo, más vale que no te pongas después de los veintitrés.

Se parecía mucho a su madre a esa edad.

—Se ha puesto verde —dijo Aimee.

Myron arrancó.

—¿Qué ha pasado?

—Algunos estaban bebiendo mucho. No quería irme con ellos.

—¿Dónde?

—¿Dónde qué?

Myron volvió a pensar que el centro no era un lugar de reunión para jóvenes. La mayoría frecuentaba los bares del Upper East Side o tal vez los del Village.

—¿Dónde estabais bebiendo?

—¿Importa eso?

—Me gustaría saberlo.

Aimee por fin se volvió a mirarle. Tenía los ojos húmedos.

—Me lo prometiste.

Él siguió conduciendo.

—Me prometiste no hacer preguntas, ¿recuerdas?

—Sólo quiero asegurarme de que estás bien.

—Lo estoy.

Myron giró a la derecha, para cruzar la ciudad.

—Entonces te llevaré a casa.

—No.

Él esperó.

—Estoy en casa de una amiga.

—¿Dónde?

—Vive en Ridgewood.

Él la miró y después volvió la vista a la calle.

—¿En el condado de Bergen?

—Sí.

—Preferiría llevarte a casa.

—Mis padres saben que estoy en casa de Stacy.

—Quizá deberías llamarles.

—¿Para decirles qué?

—Que estás bien.

—Myron, creen que he salido con unos amigos. Si les llamo no harán más que preocuparse.

Tenía razón, pero a Myron no le hizo gracia. Se encendió la luz de la reserva. Tendría que poner gasolina. Se dirigió hacia la West Side Highway y cruzó el George Washington Bridge. Se paró en la primera estación de servicio de la Ruta 4. Nueva Jersey es uno de los dos estados que no permiten autoservicio de gasolina. El empleado, con un turbante y una novela de Nicholas Sparks, no se emocionó al verle.

—Diez dólares —dijo Myron.

Les dejó solos. Aimee empezó a sorber por la nariz.

—No pareces borracha —empezó Myron.

—No he dicho que lo estuviera. Era el chico que conducía.

—Pero sí que parece que hayas llorado —siguió él.

Ella hizo aquel gesto adolescente que podía pasar por un encogimiento de hombros.

—¿Dónde está tu amiga Stacy?

—En su casa.

—¿No ha ido a la ciudad contigo?

Aimee meneó la cabeza y después la apartó.

—Aimee...

Su voz era baja.

—Creía que podía confiar en ti.

—Y puedes.

Ella volvió a menear la cabeza. Después cogió la manilla de la puerta como si fuera a abrirla. Empezó a salir. Myron la cogió de la muñeca izquierda un poco más fuerte de lo que pretendía.

—Eh —dijo ella.

—Aimee...

Ella intentó desasirse. Myron no le soltó la muñeca.

—Vas a llamar a mis padres.

—Sólo necesito saber que estás bien.

Ella tiró de los dedos de Myron, intentando zafarse. Myron sintió sus uñas en los nudillos.

—¡Suéltame!

La soltó. Ella saltó fuera del coche. Myron quiso salir tras ella, pero aún tenía abrochado el cinturón. La cinta del hombro lo retuvo en el asiento. Se soltó y salió. Aimee caminaba por la autopista con los brazos cruzados desafiadoramente.

Él corrió a su lado.

—Por favor, sube al coche.

—No.

—Te llevaré, ¿vale?

—Déjame en paz.

Ella salió corriendo. Los coches pasaban rozándola. Alguno le tocó la bocina. Myron la siguió.

—¿Adónde vas?

—He cometido un error. No debería haberte llamado.

—Aimee, vuelve al coche. No estás segura aquí fuera.

—Vas a contárselo a mis padres.

—No lo haré. Lo prometo.

Ella dejó de correr y después se paró. Pasaron más coches zumbando por la Ruta 4. El empleado de la gasolinera les miró y abrió los brazos en un gesto de desesperación. Myron levantó un dedo como indicando que necesitaban un minuto.

—Lo siento —dijo Myron—. Sólo me preocupa tu bienestar. Pero tienes razón. Hice una promesa. La mantendré.

Aimee todavía tenía los brazos cruzados. Le miró con los ojos entornados, de ese modo que sólo pueden mirar los adolescentes.

—¿Lo juras?

—Lo juro —dijo él.

—¿No más preguntas?

—No.

Volvió al coche.

Myron la siguió. Dio su tarjeta al empleado y después se marcharon.

Aimee le dijo que cogiera la Ruta 7 Norte. Había tantos centros comerciales, tantos grandes almacenes, que parecía una sola línea continua. Myron recordaba que su padre, siempre que pasaban frente al centro comercial de Livingston, meneaba la cabeza, señalaba y se quejaba: «¡Fíjate cuántos coches! Si la economía va tan mal, ¿por qué hay tantos coches? El aparcamiento está lleno. Fíjate».

Los padres de Myron vivían actualmente en una comunidad vigilada cerca de Boca Raton. Su padre había vendido por fin la ferretería de Newark y ahora se pasaba la vida maravillándose con lo que la mayoría de personas llevaban haciendo años: «Myron, ¿Has estado en Staples? Por Dios, tienen toda clase de papeles y plumas. Y precios especiales. No quiero ni hablar de ello. He comprado dieciocho destornilladores por menos de diez dólares. Siempre que voy compro tantas cosas, que le digo al hombre de la caja, no veas cómo se ríe, Myron, siempre le digo, “he ahorrado tanto dinero que estoy en bancarrota”».

Myron miró de soslayo a Aimee. Recordaba sus años de adolescencia, la guerra que es la adolescencia, y pensó en todas las veces que había engañado a sus padres. Había sido un buen chico. No se metía en líos, sacaba buenas notas, estaba bien considerado por su destreza en el baloncesto, pero había ocultado cosas a sus padres. Todos los chicos lo hacen. Tal vez era saludable. Los niños que están demasiado vigilados, que están bajo la constante vigilancia de los padres, son los que acaban saliendo por la tangente. Todos necesitan una salida. Hay que dejar sitio a los chicos para que se rebelen. Si no, la presión no para de aumentar hasta que...

—Coge esa salida —dijo Aimee—. Linwood Avenue West.

Hizo lo que le decía. Myron no conocía bien la zona. Nueva Jersey es una serie de pueblecitos. Sólo se llega a conocer bien el propio. Él era un chico del condado de Essex. Aquello era Bergen. Se sentía fuera de su elemento. Cuando se pararon en un semáforo, suspiró y se recostó en el asiento, y aprovechó el movimiento para mirar bien a Aimee.

Parecía joven, angustiada e indefensa. Myron pensó en lo último un momento. Indefensa. Se volvió y la miró a los ojos, y encontró un desafío en ellos. ¿Indefensa era la palabra correcta? Por estúpido que fuera pensarlo, ¿cuánto jugaba el sexismo en eso? Pongámonos chauvinistas un momento. Si Aimee fuera un chico, por ejemplo un muchachote del equipo de fútbol del instituto, ¿estaría tan preocupado?

La verdad era que la trataba de forma diferente porque era una chica.

¿Eso estaba bien o era presa de una tontería de correcciones políticas?

—Coge la siguiente a la derecha, después a la izquierda hasta el final de la calle.

Así lo hizo. Pronto se vieron metidos en un laberinto de casas. Ridgewood era un pueblo antiguo pero grande, con árboles en las calles, casas victorianas, calles serpenteantes, colinas y valles. La geografía de Jersey. Los suburbios eran piezas de rompecabezas, interconectadas, con partes metidas dentro de otras partes, pocos límites claros o ángulos rectos.

Le guió por una calle en cuesta, hacia abajo por otra, a la izquierda, después a la derecha, y después otra vez a la derecha. Myron obedeció en piloto automático, con los pensamientos en otra parte. Intentó elaborar algo correcto que decir. Aimee había estado llorando, de eso estaba seguro. Parecía en cierto modo traumatizada, pero a su edad, ¿no es todo un trauma? Probablemente se había peleado con su novio, el tal Randy que había mencionado en el sótano. Quizás el tal Randy la había dejado. Los chicos hacían esas cosas en el instituto. Se dedicaban a romper corazones. Les hacía sentirse hombres.

Se aclaró la garganta y probó algo informal.

—¿Sigues saliendo con Randy?

Respuesta de ella:

—La siguiente a la izquierda.

La obedeció.

—La casa está allí, a la derecha.

—¿Al final del callejón sin salida?

—Sí.

Myron paró enfrente. La casa estaba cerrada y totalmente a oscuras. No había farolas. Myron parpadeó un par de veces. Todavía estaba cansado, tenía el cerebro más nublado de lo que debería a consecuencia de la fiesta. Pensó en Esperanza un momento, en lo bonita que estaba, y, por egoísta que pareciera, volvió a pensar cómo cambiaría las cosas el matrimonio.

—No parece que haya nadie —dijo.

—Stacy estará durmiendo. —Aimee sacó una llave—. Su dormitorio está junto a la puerta trasera. Siempre entro por ahí.

Myron apagó el motor.

—Te acompaño.

—No.

—¿Cómo sabré que estás a salvo?

—Te haré una señal.

Otro coche pasó por la calle. Los faros deslumbraron a Myron por el retrovisor. Se tapó los ojos con la mano. Qué raro, pensó, dos coches en esa calle a esas horas de la noche.

Aimee le llamó la atención.

—¿Myron?

Él la miró.

—No les digas nada de esto a mis padres. Se pondrían como locos.

 

—No se lo diré.

—Las cosas... —Calló, miró por la ventana hacia la casa—. Las cosas no van demasiado bien con ellos ahora mismo.

—¿Con tus padres?

Ella asintió.

—Sabes que eso es normal, ¿no?

Ella volvió a asentir.

Myron tenía que tratarla con guantes de seda.

—¿Puedes contarme algo más?

—Es sólo que... no haría más que crear tensión. Que se lo cuentes, quiero decir. No se lo cuentes, ¿vale?

—Vale.

—Mantén tu promesa.

Después, Aimee bajó del coche. Fue corriendo hacia la puerta de atrás. Desapareció detrás de la casa. Myron esperó. Volvió a salir. Le sonrió y le hizo un gesto de que todo iba bien. Pero había algo en aquel gesto que no encajaba.

Myron estaba a punto de bajar del coche, pero Aimee le detuvo meneando la cabeza. Después se dirigió al jardín de atrás y la noche la engulló.